Guerra Civil Española

Guerra Civil española: a 79 años de Las Trece Rosas

por Arantxa Cancelier //

El 5 de agosto  se cumplen 79 años del fusilamiento de: Carmen Barrero Aguado, Martina Barroso García, Blanca Brisac Vázquez, Pilar Bueno Ibáñez, Julia Conesa Conesa, Avelina García Casillas, Elena Gil Olaya, Virtudes González García, Joaquina López Laffite, Dionisia Manzanero Salas, Victoria Muñoz García, Ana López Gallego y Luisa Rodríguez de la Fuente.

Estos son los nombres de las trece mujeres fusiladas, ante las tapias del cementerio del Este, por la represión de la dictadura del ejército franquista en Madrid, el 5 de agosto de 1939, poco después de finalizar la Guerra Civil.

Al igual que ocurriera en la Alemania de Hitler o la Italia de Mussolini, el régimen de Franco creó un sistema de represión, miedo y tortura que se inició con el final de la Guerra Civil. En el 39, el bando de los sublevados emprendió una persecución contra todos aquellos que habían defendido al gobierno legítimo y elegido en las urnas, la Segunda República Española. Este es nuestro homenaje, nuestro pequeño recuerdo, y reivindicación por nuestra memoria histórica, a estas trece mujeres que la historia siempre recordará como LAS TRECE ROSAS.

El asesinato de estas trece mujeres, la mitad menores de edad (establecida en 21 años), fue uno de los episodios más crueles de la represión franquista. Con el final de la guerra, el país se dividió entre los vencidos y vencedores, y así, se inició un proceso de represión y persecución que atacó también a hijas, madres, en fin, mujeres que defendieron la República o, simplemente, tuvieron familiares o amigos a fines a ella. Es la España de los perseguidos, presos y exiliados. “Hay un gran sector de mujeres represaliadas, de mujeres vinculadas en mayor o menor medida a la España republicana que es la España del exilio, no sólo exterior sino interior, de las mujeres familiares de presos, y presas ellas mismas, de las mujeres perseguidas, represaliadas, muchas de ellas ejecutadas también por el régimen”, comenta la historiadora Ana Aguado de la Universidad de Valencia. De las 4.000 reclusas hacinadas en un espacio pensado para 400 (eran más de 280.000 los presos políticos en 1939), estas trece mujeres fueron elegidas para morir por el puro capricho y azar de sus verdugos.

El 4 de agosto de 1939, tras cuatro meses del final de la guerra, en la cárcel madrileña de Ventas, Julia una de estas trece mujeres le escribiría a su madre “madre, madrecita, me voy a reunir con mi hermana y papá al otro mundo, pero ten presente que muero por persona honrada. Adiós, madre querida, adiós para siempre. Tu hija que ya jamás te podrá besar ni abrazar… Que no me lloréis. Que mi nombre no se borre de la historia.” Estas fueron las últimas palabras de Julia Conesa Conesa de 19 años, que al igual que sus compañeras pertenecía a una España hundida, derrotada, a una Madrid devastada, destrozada, gris y triste, donde el régimen iniciaba sus cacerías y los procesos de depuración tanto en Administraciones, Universidades y otras instituciones. España se dibujaba como un país sangrado que durante tres largos años luchó por la defensa de la igualdad, la libertad y el progreso para el país. “La Segunda República del año 31 fue un punto de inflexión, implicó cambios y continuidades, las cosas no cambian en un solo día. Las leyes siempre decimos que son condición necesaria nunca suficiente”. Sin embargo,“con el triunfo franquista al final de la guerra se vuelve no a la etapa anterior, sino a situaciones de finales del siglo XIX”, explica Aguado.

Julia deseó que su “nombre no se borre de la historia”, y así ha sido, el recuerdo de estas trece mujeres se ha plasmado en papel, en el cine, en el teatro, en libros, aún permanece vivo y en la memoria de muchos porque a diferencia de otros países que han condenado abiertamente sus regímenes totalitarios, en España aún tenemos esta asignatura pendiente. Un reconocimiento que no implica abrir una herida como argumentan mucho, sino al contrario, para cerrarla, para que miles de familiares den sepultura a los hombres y mujeres enterrados en fosas comunes o desaparecidos, para que nuestra democracia madure y se convierta en un sistema realmente representativo donde se tenga en cuenta la voz del pueblo, y fundamentalmente, para hacer justicia con la propia historia, para que no se llene de telarañas y lagunas negras el recuerdo de la Segunda República, un sistema que no tuvo tiempo de madurar pero, que incluso, abogaba por la igualdad de las mujeres. “La Segunda República tuvo una gran amplia legislación relativa a la igualdad entre mujeres y hombres, una legislación que se traduce en la Constitución del año 31 y en muchas leyes: el matrimonio civil, el divorcio, o los derechos laborales de las mujeres. La Constitución de la Segunda República por primera vez en la historia incorpora el sufragio femenino, con lo cual, sólo en ese momento se puede hablar realmente en España de sufragio universal, por tanto, de democracia. Antes, la mitad de la población no tiene derecho a voto por el hecho de ser mujer, con lo cual, difícilmente se puede hablar de sufragio universal anteriormente”, manifiesta Ana Aguado.

Las Trece Rosas, “que mi nombre no se borre de la historia”

El nombre de estas trece mujeres, al igual que su trágica muerte, no puede quedar en el olvido. Ellas no sólo simbolizaban a esa España exiliada y derrotada, también la lucha por la igualdad, la libertad y la justicia.

Carmen Barrero Aguado (20 años, modista). Trabajaba desde los 12 años, tras la muerte de su padre, para ayudar a mantener a su familia, que contaba con 8 hermanos más, 4 menores que ella. Militante del PCE, tras la guerra, fue la responsable femenina del partido en Madrid. Fue detenida el 16 de mayo de 1939.

Martina Barroso García (24 años, modista). Al acabar la guerra empezó a participar en la organización de las JSU de Chamartín. Iba al abandonado frente de la Ciudad Universitaria a buscar armas y municiones (lo que estaba prohibido). Se conservan algunas de las cartas originales que escribió a su novio y a su familia desde la prisión.

Blanca Brisac Vázquez (29 años, pianista). La mayor de las trece. Tenía un hijo. No tenía ninguna militancia política. Era católica y votante de derechas. Fue detenida por relacionarse con un músico perteneciente al Partido Comunista. Escribió una carta a su hijo la madrugada del 5 de agosto de 1939, que le fue entregada por su familia (todos de derechas) 16 años después. La carta aun se conserva.

Pilar Bueno Ibáñez (27 años, modista). Al iniciarse la guerra se afilió al PCE y trabajó como voluntaria en las casas-cuna (donde se recogía a huérfanos y a hijos de milicianos que iban al frente). Fue nombrada secretaria de organización del radio Norte. Al acabar la guerra se encargó de la reorganización del PCE en ocho sectores de Madrid. Fue detenida el 16 de mayo de 1939.

Julia Conesa Conesa (19 años, modista). Nacida en Oviedo. Vivía en Madrid con su madre y sus dos hermanas. Se afilió a las JSU por las instalaciones deportivas que presentaban a finales de 1937 donde se ocupó de la monitorización de estas. Pronto se empleó como cobradora de tranvías, ya que su familia necesitaba dinero, y dejó el contacto con las JSU. Fue detenida en mayo de 1939 siendo denunciada por un compañero de su “novio”. La detuvieron cosiendo en su casa.

Avelina García Casillas (19 años). Militante de las JSU. Hija de un guardia civil viudo. Le mandaron una carta a su casa afirmando que sólo querían hacerle un interrogatorio ordinario. Se presentó de manera voluntaria, pero no regresó a su casa. Ingresó en prisión el 18 de mayo de 1939.

Elena Gil Olaya (20 años). Ingresó en las JSU en 1937. Al acabar la guerra comenzó a trabajar en el grupo de Chamartín.

Virtudes González García (18 años). Amiga de María del Carmen Cuesta (15 años, perteneciente a las JSU y superviviente de la prisión de Ventas). En 1936 se afilió a las JSU, donde conoció a Vicente Ollero, que terminó siendo su novio. Fue detenida el 16 de mayo de 1939 denunciada por un compañero suyo bajo tortura.

Ana López Gallego (21 años). Militante de las JSU. Fue secretaria del radio de Chamartín durante la Guerra. Su novio, que también era comunista, le propuso irse a Francia, pero ella decidió quedarse con sus tres hermanos menores en Madrid. Fue detenida el 16 de mayo, pero no fue llevada a la cárcel de Ventas hasta el 6 de junio. Se cuenta que no murió en la primera descarga y que preguntó “¿Es que a mí no me matan?”.

Joaquina López Laffite (23 años). En septiembre de 1936 se afilió a las JSU. Se le encomendó la secretaría femenina del Comité Provincial clandestino. Fue denunciada por Severino Rodríguez (número dos en las JSU). La detuvieron el 18 de abril de 1939 en su casa, junto a sus hermanos. La acusaron de ser comunista, pero ignoraban el cargo que ostentaba. Joaquina reconoció su militancia durante la guerra, pero no la actual. No fue conducida a Ventas hasta el 3 de junio, a pesar de ser de las primeras detenidas.

Dionisia Manzanero Salas (20 años). Se afilió al Partido Comunista en abril de 1938 después de que un obús matara a su hermana y a unos chicos que jugaban en un descampado. Al acabar la guerra fue el enlace entre los dirigentes comunistas en Madrid. Fue detenida el 16 de mayo de 1939.

Victoria Muñoz García (18 años). Se afilió con 15 años a las JSU. Pertenecía al grupo de Chamartín. Era la hermana de Gregorio Muñoz, responsable militar del grupo del sector de Chamartin de la Rosa. Llegó a Ventas el 6 de junio de 1939.

Luisa Rodríguez de la Fuente (18 años). Entró en las JSU en 1937 sin ocupar ningún cargo. Le propusieron crear un grupo, pero no había convencido aun a nadie más que a su primo cuando la detuvieron. Reconoció su militancia durante la guerra, pero no la actual. En abril la trasladaron a Ventas, siendo la primera de las Trece Rosas en entrar en la prisión.