Argentina: algunas notas sobre organización

por Alfredo Romero, Ezequiel Rodríguez,

Héctor Scorza, Roberto Parodi //

 

El panorama de dispersión de las escasas fuerzas revolucionarias que existe en todo el globo y que en Argentina se expresa en centenares de organizaciones, nos plantea un problema recurrente y de mayúscula importancia: el de la organización y la forma de secta política que adopta la mayoría de las veces.

La secta política es la forma organizativa que domina el panorama en la militancia actual.

Se asume a la organización como una institución que es un fin en sí mismo, que tiende a reproducirse y desarrollarse, donde los miembros ansían progresar en la estructura jerárquica. Un “organismo” donde el discurso monolítico, uniforme, es condición necesaria porque cualquier crítica es una amenaza a toda la organización y una afrenta para el “dirigente”. Ni por error se piensa la organización como reunión de voluntades críticas que necesitan diferentes formas de expresión.

Esta forma, sistemáticamente, establece fronteras orgánicas a partir de principios fijos y de posicionamientos ideológicos sobre todos los problemas de la vida en sociedad. Así sean problemas estratégicos o cuestiones tácticas coyunturales. Lo diverso, lo distinto a la voz unánime de la organización sectaria sólo tiene dos caminos: o se expresa hacia “adentro” en la cápsula del organismo, sin posibilidad de exteriorizarse, o lo hace -inevitablemente- como ruptura formal con la organización. Otra posibilidad, no de menor peso social, es la de apagar la llama, resignarse a dejar de lado (temporal o definitivamente) toda intención de transformar revolucionariamente la sociedad. La secta política es una gran máquina de consumir improductivamente las energías transformadoras de los sujetos. Incluso ha desarrollado categorías culposas y degradantes como la de “fundido”, para denominar al que no se ha doblegado después de interminables jornadas de “discusión interna”, pero ya no le quedan fuerzas para “dar la batalla desde adentro”.

Se pone así un obstáculo entre los revolucionarios críticos de las formas actuales de organizar las voluntades transformadoras y las organizaciones que caen recurrentemente en las formas sectarias de organización (problema que incluso las organizaciones “horizontales” repiten).

Se piensa que tenemos una “buena organización” cuando las voces minoritarias son acalladas con el voto mayoritario; cuando existe un supuesto apego a los “cuerpos orgánicos” hasta en cuestiones de interpretación histórica o asuntos que hoy en día requieren de flexibilidad táctica. De esta forma se llega a aberraciones tales como que haya organizaciones (más grandes, más pequeñas) que tienen “una” posición sobre todos los procesos revolucionarios del siglo XX; “una” posición sobre si hay que participar de una marcha, o sobre si hay que participar de una lista sindical; “una” opinión sobre todos y cada uno de los revolucionarios que han aportado a la lucha contra el capitalismo, por poner algunos ejemplos.

Este tipo de frontera ideológica de la organización sólo puede dar como resultado el panorama actual: la más extrema dispersión. La compulsión a “cerrar filas” en posiciones donde no sólo no es necesario,sino que es imposible, no hace más que preparar nuevas rupturas.

En algún momento las opiniones distintas se convirtieron en un supuesto “caos organizativo”; en algún momento nos convertimos en intolerantes con la opinión opuesta; en algún momento nos convencimos que acallando a la minoría con una votación construíamos organizaciones sólidas. Pero en lo inmediato no es tan importante datar ese comienzo, como reconocer el fenómeno y superarlo.

Reflexionamos (y llamamos a la reflexión) sobre este asunto no por gusto o curiosidad teórica, sino porque identificamos en la manera que tiene de organizarse el movimiento revolucionario uno de los problemas más importantes a los que tenemos que enfrentarnos, uno de los nudos que tenemos que desatar para comenzar a rearmarnos, para que en este marco de derrota y retroceso mundial del ideario socialista, el proletariado pueda volver a pensar en la posibilidad su emancipación, en su necesidad de organizarse como clase.

En este sentido, es importante recordar que la organización no es más (ni menos) que la construcción que le permite a un conjunto de personas coordinar sus acciones en aras de un objetivo, consiguiendo, por un lado, una eficiencia superior a la que logra una multitud de esfuerzos individuales inconexos y, por el otro, la potenciación de esas individualidades coordinadas con el conjunto. Ahora bien, la forma organizativa, los medios y los métodos que utilice estarán indivisiblemente ligados a su realidad concreta y al objetivo que la organización persigue, lo que nos hace rechazar de plano cualquier forma organizativa o metodología predeterminada, pre-moldeada,que nos “asegure el éxito”, ya que su construcción irracional no sólo que muy probablemente haga esquivo ese “éxito”, sino que será incapaz de hacer surgir los mecanismos necesarios para corregir los equívocos. La necesidad de espacios críticos en organizaciones revolucionarias es inherente a cualquiera que se plantee realmente una transformación radical de la realidad y no la mera reproducción (en algunos casos, supervivencia) de la entidad, ya que el resultado de cualquier análisis crítico de la realidad deberá incidir en las formas, medios o métodos que forman a dicha organización, y que ésta utiliza.

El examen de las formas organizativas que a través del tiempo se dieron los revolucionarios es urgente y necesario. Pero, en ese aspecto, no se puede pensar la acción sin estar actuando. La discusión colectiva sobre las formas organizativas surge cuando los revolucionarios se organizan. Desde el interior de la organización debe emerger, ante los obstáculos que se le plantean, su propia crítica.

Es necesario retomar el camino de la organización plural, que a partir de algunos núcleos de ideas encuentre la mayor flexibilidad táctica, la libertad para desarrollar posiciones y actuar sin que la opinión mayoritaria se convierta en la forma de alienar a los demás, en la manera en que se obliga a otros a sostener posiciones de las que no están convencidos.

Que las fronteras ideológicas sean las mínimas indispensables y no artificios de conductas que han demostrado, y demuestran a diario, que lo que verdaderamente reflejan es temor a la diversidad de opinión. Para peor, esto se extiende a asuntos en los que sólo puede haber diversas opiniones.

Si pensamos que es posible que la sociedad se auto-organice según sus capacidades y necesidades, donde los individuos se realicen en plenitud, no estaremos lejos de pensar que es posible que se auto-organicen núcleos militantes en los que los individuos puedan realizarse como sujetos revolucionarios de los más diversos modos.

Por todo esto planteamos dejar atrás las formas organizativas alienantes y apuntar a otras donde la plenitud del individuo sea capaz de realizarse en lo colectivo, donde se defiendan los más diversos desarrollos de la actividad militante, donde los sujetos encuentren espacios de expresión y colaboración.

Somos partidarios de la organización y de la acción centralizada, pero no contra la voluntad de los sujetos militantes, no como corset de su espíritu crítico, ni como espacio monolítico y de “encuadramiento”. La centralización de las acciones, en un marco democrático, no puede decretarse como se hace cada vez que nace una nueva organización. La centralización es un proceso en donde deben madurar y confluir experiencias individuales y colectivas. La centralización debe construirse sobre la base de una creciente formación como militante revolucionario, porque la actual división (al interior de cada organización) entre quienes elaboran la línea política (y se forman para eso) y los que la llevan adelante (y sólo se ejercitan en ir de campaña en campaña), conspira contra el menor sesgo democrático.

El centralismo en la secta política no potencia la individualidad, sino que la anula. El argumento es siempre el mismo: “golpear como un solo puño” a la burguesía, que se organiza políticamente en el Estado. Pero como la revolución, para la secta política, es asunto de “EL” partido, y no del conjunto de los revolucionarios (que pueden estar organizados en otros grupos o pueden no estar organizados), no alcanza a ver que no se logra “golpear como un solo puño”, por la dispersión y las cientos de organizaciones que actúan en forma desorganizada.

Las organizaciones revolucionarias deben revolucionarse, entendiendo que es estéril reincidir en las formas de sectas ante una vanguardia que carga con infinidad de derrotas encima y que en buena parte descree de recetas salvadoras y verdades incuestionables. Hace falta un paciente proceso de cuestionamiento, que debe partir por aceptar no sólo diversas opiniones al interior de las fronteras organizativas, sino que esas diversas opiniones tienen que expresarse al exterior, cobrar vida en el conjunto social. Las organizaciones políticas deben dejar de ser ghettos intelectuales.

Los agrupamientos internos, espontáneos, transitorios o permanentes, no sólo deben dejar de estar estigmatizados y perseguidos, sino que deben ser asimilados como una práctica habitual de las organizaciones militantes. Los militantes deben encontrar en la organización la posibilidad de hacer experiencias acordes a su pensamiento, y no sólo la experiencia que quieren hacer otros.

¿Cómo funcionar con líneas internas que se expresan libremente? ¿Cómo funcionar tolerando las diferencias? Son preguntas que enseguida se nos hacen presentes. Pero también son preguntas que se responden solas: ¿Se puede seguir funcionando con organizaciones tal como las conocemos? ¿Tiene algún sentido seguir construyendo organizaciones que recrean como ficción la “libertad de tendencia”? ¿O hay que arriesgarse a construir organizaciones donde las diferencias no se oculten, ni se supriman, aunque no sepamos aún cómo hacerlo, aunque no tengamos ejemplos claros y contundentes de donde aprender?

Agruparse por grandes ejes políticos, y a partir de ahí forjar organizaciones con ideas y prácticas diversas o seguir el camino de la secta política son, a esta altura, las opciones presentes.

(Imagen; Lenin en 1893, junto a un grupo de militantes de la Socialdemocracia Rusa)