Bicentenario de su natalicio: la hijuela de Marx

por Manuel Garí //

 

De los escritos que componen la hijuela de Karl Marx, lo primero que salta a la vista es la ingente cantidad de herramientas útiles para el análisis y la acción que heredamos como bienes y derechos, pero también la pesada envergadura de los mandatos y obligaciones que suponen los asuntos abiertos y no resueltos por el legado marxista. A ello hay que sumar la necesidad de articular (actualizar) la relación del caudal marxista con las nuevas realidades del capitalismo globalizado patriarcal y productivista y su impacto sobre la biosfera y el género humano, lo que implica establecer el diálogo entre diferentes fuentes del pensamiento emancipador.

Por ello para Daniel Bensaïd “El pensamiento de Marx es el gran trueno de El Capital, poco audible en su tiempo; no es un punto de llegada, sino un punto de partida y un lugar de paso obligado que pide ser superado”. (Bensaïd, 2012, pp. 23). Esa es una buena definición de la hoja de ruta que tiene por delante el marxismo crítico y abierto.

1- La vuelta del fantasma

En estas fechas, con ocasión del aniversario del nacimiento de Karl Marx (al que los allegados llamaban El Moro), se han publicado numerosos artículos y organizado múltiples seminarios por parte de las corrientes que se reclaman del marxismo. Su objetivo común: dilucidar la actualidad de la herencia del autor alemán tras los cambios científicos, económicos, ambientales, sociales, políticos y culturales habidos desde 1848 -fecha de publicación del Manifiesto del Partido Comunista– a hoy, y tras los efectos de las experiencias -unas heroicas y emancipadoras, otras demoniacas y opresoras- autodenominadas socialistas. Ello es lógico. Lo novedoso es que desde las filas del capital ha renacido el interés y el temor ante las ideas del revolucionario de Tréveris.

El día 5 de mayo de 2018, fecha del 200 aniversario del nacimiento de Marx en el diario conservador The Economist se formuló una importante e ¿inesperada? pregunta: “¿por qué el mundo permanece obsesionado con las ideas de un hombre que ayudó a producir tanto sufrimiento?” en referencia a las hambrunas, gulags y dictaduras partidistas que se le imputan. Cuestión que, paradójicamente, había matizado anteriormente uno de los principales gobernantes del sistema capitalista, Jean-Claude Junker, presidente de la Comisión de la Unión Europa, al afirmar que “Marx no es responsable de toda la atrocidad que sus presuntos herederos han tenido”.

Pero… ¿”el mundo” (o sea el establishment) no había dado por muerto ideológicamente al pobre soñador que intentó dar con las claves del capitalismo desde el asiento G7 del Museo Británico?, ¿acaso representa un peligro un revolucionario que en vida jamás contó con una organización importante y a cuyo entierro el 17 de marzo de 1883 en el cementerio de Highgate sólo acudieron 11 personas?

Podemos deducir que a las élites del sistema vuelve a preocuparles Marx, el legado de Marx. Sus prohombres contemplan desconcertados que elementos centrales de la crítica de la economía política de Marx se verifiquen 150 años después. Pero lo que realmente les pone en alerta es que nuevas generaciones hagan suya la propuesta marxista: “… lo que nos toca realizar en el presente es la crítica radical al orden existente, radical en el sentido de que no tiene miedo ni a sus propios resultados ni a los conflictos con los poderes establecidos”. Dado que, desde esa actitud pueden incorporarse de forma dialéctica, no exenta de conflicto, las nuevas realidades y paradigmas a la teoría revolucionaria y al proyecto socialista.

1.1- Perro muerto

La mayoría de los economistas de finales del siglo XX e inicios del XXI se comportaron de idéntica manera que los de la época de Marx, quien en Miseria de la Filosofía narró de forma irónica que para los mismos solo hay dos tipos de instituciones: las artificiales -aquellas que proponen los críticos- y las naturales regidas por leyes inmutables que, en palabras del alemán “escapan a la influencia del tiempo”, son las que existen, las del modo de producción capitalista, las que ellos defienden. Estos creyentes de la religión del mercado como regulador universal y global concluyen que, llegada la humanidad a la madurez con el sistema capitalista tras la revolución industrial, la riqueza y las fuerzas productivas se desarrollan de conformidad con esas “leyes eternas que deben gobernar siempre la sociedad. De este modo, ha habido historia, pero ya no la habrá en adelante”. (Marx, 1970, pp. 104)

Los plumíferos de la derecha y los pensadores de las escuelas de negocio califican de antiguallas todas las concepciones diferentes a la dominante, heredera directa de la corriente marginalista o neoclásica, y cuyos enemigos declarados son el enfoque keynesiano y, especialmente, el marxista. Su idea-fuerza es que el egoísmo individual de cada uno de los componentes de la sociedad lleva al óptimo económico gracias a la racionalidad de los mercados – idea que se puede combatir con los números en la mano- y que ese equilibrio permite alcanzar la armonía. No hay clases en presencia, ergo, no hay conflicto de clases. Todo se reduce a un mero factor de producción. Lo social desaparece, pues los ingresos se determinan por leyes económicas objetivas. Para el neoliberalismo, el capital, simplemente es un conjunto de medios de producción y no una relación social.

Tras el triunfo del neoliberalismo y del neoconservadurismo, quienes anunciaron el fin de la historia y el comienzo de una era de estable armonía regida por la racionalidad del mercado, enviaron a Karl Marx a las tinieblas exteriores, los partidos socialdemócratas borraron su nombre y, por si acaso, el mundo académico lo eliminó de los programas de estudio. Una vez más el sentido común y lo correcto no eran otros que el sentido y la corrección impuestos desde arriba. Tras el ascenso del tándem Thatcher-Reagan y el retroceso del movimiento obrero, se decretó el no hay alternativa al sistema.

Marx pasó a convertirse en un “perro muerto”, calificativo que él mismo Marx utilizó en el Epílogo de la segunda edición de El Capital en 1873, para describir la actitud contra Hegel de los “impertinentes, soberbios y mediocres que hoy tiene la gran palabra en la Alemania instruida” (Marx, 2012, pp. 213); calificativo inspirado por el que utilizó Moses Mendelssohn en referencia a Spinoza. Pero, como en el caso de los anteriores: ni perro, ni muerto. Dicho de otra manera y tomando prestadas las palabras del clásico español, “los muertos que vos matáis gozan de buena salud”.

1.2- El rey quedó desnudo

El antropólogo e historiador danés Gustav Carl Henningsen describió casos de pueblos españoles en los que se difundió durante años la creencia de que estaban dominados por las brujas. Por ello ningún forastero se atrevía a acercarse por esos lugares. Mientras, quienes habían inventado el bulo se dedicaban a la falsificación de monedas y amasaban fortunas con el engaño, lejos de ojos extraños. Ese y no otro ha sido el mecanismo utilizado por el FMI, la Comisión Europea y las corporaciones financieras durante décadas para ocultar las reales razones de las políticas austeritarias difundiendo todo tipo de mentiras sobre brujas que vivían por encima de las posibilidades para poder, a la chita callando, llevar al límite las ganancias empresariales. Pero, al igual que algún osado forastero descubrió que las brujas se llamaban escudos y reales de vellón y puso en trance la mentira, la cruda realidad del capitalismo financiarizado ha puesto en su sitio el gran engaño neoliberal.

Uno de los efectos de la recesión iniciada en 2007 fue dejar al descubierto al ordoliberalismo alemán y al fundamentalismo de la Escuela de Chicago, sus políticas, su discurso y su soberbia. El capitalismo ya no podía ser presentado como el sistema natural, estable y creador de riqueza, culmen del desarrollo de la humanidad, máquina eficiente y fuente de bienestar general. Esta idílica visión del sistema capitalista estaba acompañada de dos afirmaciones falsas, realizadas desde la óptica etnocéntrica de la clase dominante de las viejas potencias imperialistas: ha descendido el peso numérico de los componentes de las clases trabajadoras y el trabajo ha perdido protagonismo en la generación de riqueza. Falsas porque el número de personas asalariadas no había cesado de crecer en las metrópolis antes de la crisis, por no aludir a su aumento exponencial en el resto del mundo. Y falsas porque el capitalismo ha echado mano del factor trabajo para regular su crisis, en un nuevo capítulo de la lucha de clases como bien describe el financiero norteamericano Warren Buffet.

Los mecanismos defensivos que puso en marcha la lógica directora de la acumulación capitalista durante 2007, 2008 y los años siguientes ante la crisis financiera mundial fueron el descenso de la masa salarial, el incremento del tiempo de trabajo, la generalización de la precarización laboral, la pérdida de derechos laborales, el deterioro de las condiciones de trabajo y el recorte de los derechos sindicales acompañado de la subalternización de las organizaciones sindicales. Al actuar así, los dirigentes de Davos, el FMI, la Comisión Europea y los gobernantes de las principales potencias, por la vía negativa, le dieron la razón a Marx: todo valor proviene del trabajo.

Paul Krugman, premio Nobel de economía, ajeno al marco conceptual marxista puso de manifiesto en el New York Times que la economía norteamericana en la segunda década del siglo XXI seguía deprimida, pero las ganancias de las grandes empresas y corporaciones seguían aumentando gracias a que los salarios bajaban. De forma cruda, casi empleando términos de un sindicalista de izquierdas o de un izquierdista irredento, afirma que al capital le va bien porque “agarra una porción cada vez más grande, a expensas de la mano de obra”. Y se pregunta “esperen, ¿de verdad volvemos a hablar de capital versus trabajo? ¿No es un tipo de discusión anticuada, casi marxista, desactualizada en nuestra moderna economía de la información? (…) tiene ecos del marxismo anticuado, que no debería ser una razón para ignorar los hechos, pero con demasiada frecuencia lo es y tiene implicaciones realmente incómodas”.

Nouriel Roubini, economista liberal y profesor de la New York University, famoso por predecir la crisis financiera de 2008, en una entrevista con el diario conservador Wall Street Journal, observó que el análisis de Marx de la crisis del capitalismo se estaba reproduciendo en las recientes crisis financieras y afirmó que “pensamos que los mercados funcionan. No funcionan. Lo que es individualmente racional, es un proceso autodestructivo”.

En este momento no cesan de surgir grietas en el pensamiento único y la heterodoxia, de nuevo, se abre camino. Aumenta la audiencia de los autores críticos (antisistema, les califica y, con razón, la derecha), y con ella una vuelta a Marx.

1.3- Marx reload

Si quien lea este artículo tiene un poco de paciencia, podrá encontrar en este apartado una muestra (pequeña) de la catarata de referencias sobre el viejo revolucionario alemán que ha inundado la prensa y publicaciones del sistema o reflexiones elogiosas de autores alejados del marco discursivo marxista en los últimos meses.

Para el New Yorker “él está de vuelta”; para el The Economist “Marx tiene mucho que enseñar a los políticos de hoy”; en el Financial Times se plantea “por qué Karl Marx es más relevante que nunca” y “por qué Marx tiene razón” a la par que califica de peligrosa la visión marxista del poscapitalismo. Uno de los columnistas del conservador The Telegraph, señaló que “lo verdaderamente extraordinario [del marxismo] es que, a pesar de ese registro monstruoso, sigue siendo intelectualmente respetable”. Hasta tal punto respetable que el Times califica al autor alemán de ”rascacielos que, en la niebla, sobresale por encima del resto”. The Economist también reflexiona sobre el “por qué Marx tenía razón”, a la par que recomienda “gobernantes del mundo: leed Karl Marx”. En The New York Times encontramos un rotundo “Feliz cumpleaños, Karl Marx. ¡Tuviste razón!”; y para terminar sin abusar de la paciencia lectora, recalcar que la revista liberal Desh manifestó que “mientras el capitalismo exista en todo el mundo, los explotados considerarán que el marxismo es indispensable” (Ojalá, diría yo).

No solo los medios de comunicación llevados por el aniversario han señalado la importancia del legado de Marx. También voces autorizadas (o respetadas) del sistema han puesto en valor el mismo. Mark Carney, gobernador del Banco de Inglaterra, reflexionando sobre los efectos sociales de la automatización de millones de trabajos señaló que “Marx y Engels podrían volver a ser relevantes”. El ya citado Jean-Claude Junker advirtió a los suyos que “cualquiera haría bien en recordar a Marx porque recordar y comprender son parte de asegurar el futuro”. Nouriel Roubini no tuvo reparos en decir que “Karl Marx tenía razón” y Paul Krugman: tampoco lo tuvo al afirmar que “el análisis económico de Marx del capitalismo no puede evitarse mientras se analiza la situación financiera actual crisis”.

¿Por qué tanto interés cuando no elogio? ¿Qué pasó? La respuesta es sencilla: la crisis de 2008. Esa es la razón por la The Economist invitase a los “reformadores liberales” a que “utilicen el bicentenario del nacimiento de Marx para reencontrarse con el gran hombre, no solo para comprender las graves fallas que él identificó brillantemente en el sistema, sino también para recordar el desastre que les espera” si no las afrontan.

¡Qué lejos quedan los ninguneos sobre la obra de Marx de los discípulos de Friedrich Hayek, de los Chicago Boys, de los mentores de las Escuelas de negocio! Pero también que desgastadas quedan las altaneras palabras de John Maynard Keynes, el adversario intrasistema de Hayek, cuando afirmó “mis sentimientos hacia Das Kapital son los mismos que hacia el Corán (…) sé que es históricamente importante pero no es controversia académica” (Keynes, 1988), por lo que dice el autor británico que no entiende por qué tanta gente sigue a Marx. Esta incomprensión teórica explica en el fondo el alejamiento del marxismo de la socialdemocracia que en la segunda parte de siglo XX fue más keynesiana que marxista para acabar en el XXI, huérfana de toda teoría propia, como variante social liberal del modelo capitalista.

Se equivocó Keynes, el gran inspirador de los gloriosos treinta de la expansión y estabilización capitalistas tras la Segunda Guerra Mundial, despreciando el peso científico de Marx, pero también reduciendo la polémica económica a mera “controversia académica”. Comunismo y revolución no son controversia académica, son y se mueven en el espacio de la transformación social a partir de sus concepciones. Engels frente a la tumba de Marx glosó el sentido de la obra y vida de su amigo y compañero de reflexiones y luchas: “Karl Marx fue ante todo un revolucionario. Su verdadera misión consistió en contribuir de todas las maneras a la caída del régimen capitalista y de las instituciones políticas creadas por este, así como a liberación del proletariado (…) El combate era su elemento”.

Los medios, pensadores y economistas liberales que habían despreciado a Marx lo recuperan; no, evidentemente, para convertirse en agentes revolucionarios, sino para comprender la naturaleza de los males de su sistema y poder así vacunarse de sus posibles patógenos, las clases subalternas en rebeldía.

Es en este marco en el que adquiere toda su dimensión la afirmación que hace Sven-Eric Liedman en su reciente biografía del autor de El Capital: “Es el Marx del siglo XIX quien puede atraer a la gente del siglo XXI”. (Liedman, 2018).

2- EL ACTIVO DE EL MORO

2.1- La dimensión de su pensamiento

Desde dos posiciones políticas distintas y dos disciplinas diferentes, dos relevantes autores, Schumpeter y Derrida, recordaron en diversas ocasiones la magnitud, resiliencia y pertinencia del caudal marxista. El economista conservador Joseph Schumpeter en 1942 defendió que “Todas las generaciones de economistas, una tras otra, vuelven la mirada a la obra de Karl Marx, aun cuando sean muchas las cosas condenables que se encuentran en ella” porque, afirma, hay “ideas que sufren eclipses, pero reaparecen de nuevo con personalidad propia; esas son las grandes creaciones frente a las que duran días y pasan al olvido”. (Schumpeter, 2015). Es claro donde sitúa Schumpeter a Marx. Pareciera, leyendo a Schumpeter, que el propio Marx es ese viejo topo de la historia que aparece y tras ser invisible vuelve a la superficie.

Por su parte, el filósofo Jacques Derrida es radicalmente explícito al considerar que no puede haber un avance del pensamiento obviando de forma irresponsable al autor alemán: “sería un error no leer y releer a Marx, no polemizar sobre él. Pero será cada vez más una falta de responsabilidad teórica, filosófica y política”. Aún más, para Derrida no hay futuro sin aceptar la hijuela marxista porque no habrá porvenir sin ello. No sin Marx. No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus”. Y acertadamente entiende que no hay un Marx icónico, único y verdadero, sino un diálogo con las diferentes fases de la evolución del propio pensamiento marxista y sus posibles lecturas posteriores pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno [espíritu de Marx], debe haber más de uno”. (Derrida, 1995, pp. 27).

Lo que le dio mayor impacto y durabilidad al marxismo fue su comprensión del capitalismo como un modo de producción concreto, como realidad histórica mutable, y, por tanto, perecedera pues no supone el fin y cénit de la historia de la civilización humana como han pretendido presentarlo los neoliberales.

Marx en El Capital analiza y desvela las leyes tendenciales intrínsecas del capitalismo europeo en plena expansión y sólo limitadamente la nueva realidad en el norte de América. Como el mismo Marx advierte, no es una teoría abstracta y general. Su vigencia temporal está ligada a la existencia misma del capitalismo al que somete a la crítica.

2.2- El quid de la cuestión

Al abordar Marx el papel del trabajo en el marco de las relaciones de producción capitalistas, no solo atiende a su importancia económica -cosa que otros autores clásicos ya habían desvelado- sino que establece el trabajo como creador de riqueza, de valor, y ese es el hilo conductor de la agenda de Marx en su investigación científica.

El trabajo estuvo presente en la década de los cuarenta del siglo XIX tanto en Los Manuscritos de 1844 como posteriormente en sus diversos escritos. Antes de comenzar a estudiar la mercancía, analizó la relación social que se establece en torno al trabajo. Y fue desentrañando los vericuetos de cómo el trabajo individual necesario para producir un objeto que no sea de uso personal sino mercancía, se convierte en trabajo social. Ello le permitió diferenciar el valor de uso y el de cambio y determinar que el trabajo origina mercancías y posibilita la acumulación de capital, bases ambas de la sociedad capitalista.

Para Louis Althusser existió una ruptura epistemológica entre el joven Marx antes de 1845 y el autor maduro de El Capital. (Althusser, 1966). Nada más equivocado pues la historia de Marx es la del investigador que a partir de la teoría de la alienación del trabajo, con pérdida de control del trabajador sobre producción y el producto, aspectos necesarios para la acumulación de capital, es capaz de analizar el funcionamiento del capitalismo en su conjunto en los tomos de El Capital que vieron la luz y que fueron desarrollándose, precisando y corrigiendo previamente en Elementos para la crítica de la economía política (Grundisse), en Las Teorías de las Plusvalías y en La contribución a la crítica de la economía política.

Descripciones de lo esencial del legado de Karl Marx podemos encontrarlo en muy diversas aportaciones. Aquí quiero destacar las realizadas por otro economista y otro filósofo, ambos militantes políticos y renovadores del marxismo crítico, que abordan la cuestión bajando al terreno de los elementos que luego determinan la estrategia revolucionaria, señalando los puntos nodales de la teoría marxista que deben guiar la acción transformadora.

En un reciente artículo en el Expresso con ocasión del 200 aniversario del nacimiento de Marx, Francisco Louça, al recorrer la vida de aquel escritorlo califica como “el detective que quería descifrar un supremo enigma, el del trabajo y de su valor, el del capital y de su poder, y que imaginó que un día podíamos producir y vivir con seres humanos no alienados”. (Louça, 2018). Con esta sencilla fórmula sintetiza lo fundamental, el núcleo duro, del proyecto intelectual y político de Marx y de los principales rasgos, retos y cambios civilizatorios de los viejos y nuevos tiempos que identifican los siglos XIX, XX y XXI. Y pone de relieve la necesidad de que las dos almas del marxismo de las que habló Ernest Bloch caminen de la mano: la corriente fría, racional, necesaria para la crítica de la economía política, y la que conlleva el principio de la esperanza imprescindible para la acción colectiva. Lo analítico como herramienta imprescindible y la utopía como horizonte estimulador mantienen una relación dialéctica en el marxismo que nos permita conjurar el riesgo del cientificismo positivista y el de los delirios románticos.

Por su parte, Daniel Bensaïd centra su foco de atención en uno de los aspectos más importantes del pensamiento de Marx: “El objeto de Crítica de la economía política es desvelar un secreto. Para superar las contradicciones internas que lo roen, el capitalismo se ve obligado a ampliar los espacios de acumulación y a acelerar el ciclo de las rotaciones. Tiende a convertir todo en mercadería, a devorar el espacio y a endiablar el tiempo”. (Bensaïd, 2012, pp. 56). A tal efecto el autor nos propone un entretenido recorrido en Marx ha vuelto a través de lo que califica “la novela negra del capital: ¿quién robó la plusvalía?” o sea “¿cómo explicar el gran misterio moderno, el dinero creador de dinero?” y para ello nos invita a recorrer de nuevo El Capital mediante una relectura del Libro I El proceso de producción capitalista como “la escena del crimen”; del Libro II, la circulación del capital como “el blanqueo del botín”; y del Libro III El proceso de conjunto de la producción capitalista como “el reparto del botín”.

En definitiva, la cuestión que aborda Marx es compleja: el trabajo socialmente necesario genera valor, y la plusvalía no es sino tiempo que roba el propietario de los medios de producción a la persona trabajadora, pero ¿cómo se mide el valor cuando el trabajo mismo es mutante porque es parte de una relación social mutante? ¿cómo lo relacionamos con la productividad que también varía? Cuestión compleja que requiere seguir investigando, pues es un caso, siguiendo con la metáfora detectivesca, del que ya sabemos mucho pero no está no cerrado.

2.3- Marx actual

El capitalismo industrial europeo que conoció y estudió Marx es anterior a su universalización; sin embargo, el revolucionario alemán percibió y analizó una tendencia inscrita en el ADN del capital: la agresiva necesidad de expansión continua que preside su lógica es la causa, a su vez, de sus crisis recurrentes. Esta compulsiva característica del sistema nadie la discute, ni en el campo de sus defensores y beneficiarios, ni en el de sus detractores y perjudicados. Es un hecho evidente en la era de la globalización (capitalista) a los ojos de la mayoría. Esta es una de las claves de la validez y capacidad de la teoría marxista muchos años después.

Mal que le pese a la ortodoxia, el marxismo es capaz de establecer el paradigma antagónico que puede impugnar su discurso. El marxismo es producto del modo de producción capitalista –realidad anterior en el tiempo- y por tanto tiene un espacio de desarrollo mientras el sistema exista. La textura del sistema económico en la era de la globalización y la financiarización de la economía es, en sus aspectos fundamentales, la del modo de producción capitalista. Al analizar las fronteras, contornos, características, variantes y formas de funcionamiento que ha ido adoptando el capitalismo desde su génesis, existen una serie de constantes sistémicas básicas y específicas que la ciencia económica dominante ignora en unos casos y deforma en otros: por ejemplo, explica las crisis como anomalías del funcionamiento del mercado, o intenta presentar como naturales y, por tanto, inmutables, los patrones de distribución de la renta, cuando estos son –como toda relación social- producto de una situación y una correlación de fuerzas dadas.

Valgan para ilustrar este argumento dos ejemplos de constantes sistémicas analizadas en su día por Marx e ignoradas habitualmente por la economía ortodoxa. En primer lugar, se corrobora que la fluctuación de los salarios prevista por Marx evoluciona según dos factores: a) el volumen del ejército industrial de reserva, determinado en última instancia por los altibajos de acumulación de capital y b) la correlación de fuerzas entre las clases. En pleno triunfo de las políticas neoliberales podemos comprobar que el paro actual y la fuerza perdida en los años anteriores están permitiendo la aplicación de unas políticas de austeridad antisociales.

En segundo lugar, las crisis periódicas tuvieron y tienen en el capitalismo un vínculo directo con la evolución de la tasa de ganancia y casi todas ofrecen manifestaciones similares: sobreproducción de mercancías y sobreacumulación de capital ficticio. Desde 1825, fecha en la que se origina la primera crisis industrial, hasta nuestros días se han producido 24 crisis en ciclos de 6 a 9 años, con un promedio de duración del ciclo industrial (crisis, estancamiento, reactivación, prosperidad, recalentamiento y de nuevo crisis) de 7,5 años. Con palabras que resultan de gran actualidad Marx explica que la plétora del capital ante la existencia de capitales ociosos y el descenso de la tasa de ganancia se ve empujada a caminos aventurados, a la especula ción, acombinaciones turbias a base de crédito y a manejos especulativos con acciones y crisis.

2.4- Releer a Engels (y a The Economist) para validar a Marx

Una teoría social es tanto más válida si es capaz de analizar el presente y prever las tendencias futuras. No deja de ser interesante comprobar la capacidad de anticipación de Karl Marx y, en el caso que ahora citamos, de Friedrich Engels. En 1895 éste escribió para la publicación Die Neue Zeit, dirigida por Karl Kautsky, “Apéndice y notas complementarias al tercer tomo de El Capital”, dónde enunció dos tendencias, que el actual proceso de globalización ha llevado a un extremo que a finales del siglo XIX eran difícilmente imaginables. En primer lugar, el papel de la bolsa en el funcionamiento del sistema: “Sin embargo, desde 1865, cuando se escribió este libro [El Capital], se produjo una modificación que asigna a la bolsa, en la actualidad, un papel significativamente acrecentado y aún creciente, y que con la evolución ulterior tiene la tendencia a concentrar la producción global, tanto industrial como agrícola, y todo el tráfico –tanto los medios de comunicación como la función de intercambio- en manos de bolsistas, de modo que la bolsa se convierte en la representante más conspicua de la producción capitalista” (Engels, 2009, pp. 1147). Ese Frankestein con vida propia en el que se han convertido las bolsas actualmente, en las que las cotizaciones van por su cuenta y a veces poco tienen que ver con la rentabilidad efectiva de las empresas, inició la andadura en el XIX.

En segundo lugar, Engels se refiere también al papel preponderante que adquieren en el mundo empresarial los representantes directos del capital ajenos al sector de actividad y lejanos de las mitificadas figuras del capitán de industria o del emprendedor pero que, sin embargo, determinan el curso del negocio: “Con esta acumulación aumentó asimismo la masa de rentistas (…) que solo querían tener una ocupación llevadera como directores y asesores de compañías”. (Engels. 2009, pp. 1148)

The Economist recientemente ha señalado varios “fallos del sistema” que dice habían sido pronosticados en su momento por Marx como tendencias de fondo del capitalismo. La revista se fija especialmente en el proceso creciente de concentración del capital y de constitución de monopolios. El dato que alarma al editorialista es el descenso del número de empresas cotizadas en los mercados bursátiles pese al enorme monto de las transacciones y ganancias, pero también hechos como que Google controla el 85 por ciento del tráfico de motores de búsqueda de Gran Bretaña, o que Facebook y Google absorban dos tercios de los ingresos publicitarios en la red de Estados Unidos y que Amazon controle más del 40% del mercado de compras on lineen pleno auge en el país.

En los años del boom neoliberal hemos comprobado los peores augurios marxistas sobre el papel y evolución de la mercancía dinero. La dinámica de creación endógena de dinero y de desplazamiento de capitales hacia la esfera financiera ha posibilitado una acumulación de activos financieros mucho más grandes y de forma más rápida que el crecimiento del PIB. De forma creciente la cotización de las acciones se desconecta del valor de los beneficios reales de las empresas, se enajenan de la dinámica productiva material y los acreedores financieros emiten deudas de forma masiva. Con ello, una enorme suma de los capitales invertidos en los mercados financieros e inmobiliarios se autonomizan y se convierten en capital ficticio, pues se corresponden con futuros derechos de cobro. La posibilidad de hacerlos efectivos en muy incierta e incluso improbable.

Tanto en los tiempos de Engels como en los actuales, las clases dominantes viven del trabajo humano ajeno, monopolizan las funciones de gestión y dirigen el proceso de acumulación (Husson, 2013) y mantienen la falaz y depredadora ilusión rentista que pretende hacer dinero durmiendo aspecto sobre el que puede encontrarse un riguroso análisis del papel de la bolsa, el dinero y las finanzas en la economía actual en Sombras. A Desorden Financeira na Era da Globalizaçao (Louça y Ash, 2017) que próximamente será editado en castellano.

2.5- ¿Cuál es la utilidad del marxismo? La historia razonada

Engels en el prólogo a la edición inglesa de 1888 del Manifiesto Comunista, plantea que Marx había comprendido y formulado en 1845 que en toda época histórica el modo económico predominante de producción e intercambio, y la estructura social que se deriva necesariamente de él, constituyen el fundamento sobre el cual se basa la historia política e intelectual de esa época. En la medida en que el marxismo constituye una teoría de la evolución social del capitalismo basada en una hipótesis fuerte -que la estructura económica tiene un papel central en la historia de dicho sistema- nos permite una comprensión racional y no mistificada de la sociedad, las relaciones sociales, el funcionamiento económico, el devenir social.

Para construir su teoría Marx echó mano del conjunto de conocimientos de su época. Por ello, frente a las críticas de eclecticismo interdisciplinario (sic) que le formuló el Croce postmarxista, es de gran utilidad la respuesta de Manuel Sacristán en ¿A qué ‘género literario’ pertenece El Capital?, (Sacristán, 1966), que haciéndola nuestra podemos reformular de esta manera: Marx usó todos los recursos que le permitieran tener una visión holística de las principales cuestiones y tendencias del modo de producción capitalista.

El marxismo proporciona una batería de conceptos con una gran potencia interpretativa: modo de producción, fuerzas productivas, o relaciones de producción, capaces de desvelar la naturaleza del capital como una relación social de producción y no un simple acumulado material. Pues el capital dispone de medios de existencia, instrumentos de trabajo y de materias primas, producidas o extraídas y, en cualquier caso, acumuladas en condiciones sociales dadas y con relaciones sociales determinadas. Ello es lo que llevó a Joseph A. Schumpeter en su Capitalismo, socialismo y democracia a concluir que Marx fue el primer pensador que logró que su teoría económica se transformase en análisis histórico, y el relato histórico en histoire raisonné.

Son conceptos teóricos que permiten utilizar y recrear otros: trabajo, fuerza de trabajo, tiempo de trabajo, valor de uso, valor de cambio, plusvalía, mercancía, fetichismo de las mercancías, crisis, leyes del aumento de la composición orgánica del capital o la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, que han encontrado en autores como Ernest Mandel, junto a otros, la renovación/actualización de la crítica de la economía política en la segunda mitad de siglo XX. Obras como El capitalismo tardío, Tratado de economía marxista o Las ondas largas del desarrollo capitalista: una interpretación marxista de Mandelson imprescindibles para entender los cambios habidos desde los análisis realizados por Lenin –El imperialismo, fase superior del capitalismo– que detallaban la evolución experimentada por capitalismo industrial tras su fase de expansión en los años setenta del siglo XIX y su creciente internacionalización.

Todo ello forma el corpus de conceptos sin los cuales difícilmente podemos abordar la naturaleza de la globalización en curso, de los planes de austeridad en curso o de la desigualdad en la sociedad actual. Corpus sobre el que se puede seguir construyendo, depurando y enriqueciendo el pensamiento emancipador.

En Historia y conciencia de clase Georg Lukács defendió, frente al dogmatismo asfixiante del estalinismo que le rodeaba y con el que tuvo una conflictiva coexistencia, que “en cuestiones de marxismo la ortodoxia se refiere exclusivamente a cuestiones de método” (Lukács, 1969, pp. 2). En mi opinión no hay ortodoxia canónica que valga, ni siquiera metodológica. Tal como plantea Ernest Mandel en El lugar del marxismo en la historia, solo las verdades religiosas (o neoliberales, podríamos añadir hoy) resultan irrefutables (Mandel, 1989). Por ello, el revolucionario belga postula que hay que aplicar al propio marxismo la interpretación materialista de la historia para poder comprender su papel y su origen ligado al nacimiento mismo del capitalismo. Todo hay que someterlo, tal cual hizo el mismo Marx, a la crítica y el único axioma válido tiene dos componentes a) que toda acción humana debe ser sometida a la prueba de la práctica y b) que el conocimiento se basa en aprender de la realidad, del devenir social.

Para Marx la producción capitalista industrial era una “simple estación” de tránsito en la historia económica de la humanidad, razonamiento que tanto irrita a quienes presentan la naturaleza y las leyes del mercado como naturales y, por tanto, deducen, inmutables. Por el contrario, Marx en las Cartas a los americanos (1848 a 1855) nos propone que estudiemos la formación social concreta de cada país en cada momento. Esa es su intención cuando se propone conocer las leyes que explican el origen, existencia, organización interna y muerte de un organismo social y su sustitución por otro organismo social dado.

Marx está en las antípodas de quienes tienen como Rostow una concepción lineal de las fases por las que atraviesa la economía y la sociedad a lo largo de la historia; visión determinista que desgraciadamente divulgaron también estalinistas y socialdemócratas que se reclamaban marxistas. Bien al contrario, su concepción abierta de las posibles líneas de evolución de las sociedades podemos comprobarla cuando diferencia entre sus previsiones para los países industrializados, y sus análisis sobre las potencialidades comunistas de la comunidad rural rusa (mir) en su carta a Mijailovski o en su correspondencia con Vera Zassulitch meses antes de morir. Igualmente, sus estudios sobre el modo de producción asiático, la India o Ceilán y su creciente interés por la etnología y la historia de las civilizaciones le alejaban de una visión eurocéntrica.

Por ello afirmó que no había que buscar la “ganzúa de una teoría histórico-filosófica general suprahistórica” (Marx, 2012, pp. 213), al margen del análisis concreto para explicar cualquier sociedad. Es más, Marx señala que en el seno de los países industrializados una “llamativa analogía” que se produce en “diferentes medios” puede ofrecer “resultados diferentes”. No existe un piloto automático que conduce la historia, ni un funcionamiento autónomo de carácter determinista del modo de producción capitalista. Por el contrario, sus contradicciones (objetivas) operan en el sentido de la necesidad (de su extinción), pero realmente lo que abren es la puerta a la posibilidad (de su muerte y sustitución) mediante la acción social y política (el factor subjetivo).

3- DEBERES PENDIENTES, TAREA EN CURSO

Dada la evolución del capitalismo una de las tareas más importantes para la crítica de la economía política sería contar con un, me tomo la licencia de ofrecer un título a los posibles autores, “El capitalismo tardío tras la globalización financiera”, que nos permitiera tener una visión holística.

Asimismo, a partir de las ideas de La ideología alemana (Marx y Engels, 2012, pp. 55) hay un amplio campo de trabajo sobre la ideología dominante, la lucha por la hegemonía cultural y su relación con la lucha de clases que deberá seguir siendo explorado tanto en los aspectos que planteó Gramsci como en la comprensión de la evolución de la conciencia de clase en los diversos estratos políticos de las clases trabajadoras a partir de sus experiencias de lucha y de la pugna de valores, ideologías y proyectos en la sociedad que plantearon Lenin, Trotsky, Luxemburgo y Mandel.

Nadie se plantea si la burguesía se esfumó, pero hay un empeño en diluir la existencia de la clase trabajadora en particular y de las subalternas en general. Las clases asalariadas han evolucionado al son de los cambios experimentados por el propio capitalismo, pero es cierto que necesitamos ahondar en el análisis y conceptualización sobre la clase obrera que la obra inconclusa de El Capital no abordó, obviamente sin caer en el reduccionismo obrerista del, por otra parte sugerente, André Gorz a partir del cual acaba negando el rol político de la clase trabajadora. (Gorz, 1981, pp. 76).

Pero hay dos líneas de trabajo que constituyen sendos retos para el marxismo y que deberá abordar de forma ineludible a la mayor brevedad posible: la dimensión feminista de los problemas sociales, políticos y económicos, y la asunción de los límites de la biosfera.

3.1- El metabolismo sociedad-naturaleza

Para actualizar el pensamiento marxista en términos ecológicos, cabe comenzar diciendo que la humanidad tiene un grave problema sin resolver: el de la creciente intensidad energética vinculada al modo de producción capitalista, que está provocando el calentamiento terrestre por la emisión de gases de efecto invernadero como consecuencia de la quema de combustibles fósiles.

Y no hay soluciones sin alterar el sistema socio económico. No hay soluciones en el seno de ese sistema. La defensa del beneficio hace inviable un capitalismo verde que pueda rebajar significativamente esa voracidad de crudo, carbón y gas. La cuestión energética es el talón de Aquiles del capitalismo en su doble vertiente: agotamiento de fuentes convencionales y riesgos que comporta el modelo energético (emisiones). Pero también es el punto más débil en el razonamiento ecológico de Marx, su caballo de Troya en expresión de Daniel Tanuro. Marx detectó múltiples impactos negativos de la acción humana en el medio natural y planteó la necesidad de racionalizar el metabolismo sociedad/naturaleza, aunque no percibió una cuestión central: la diferencia cualitativa entre la energía de flujo (solar y biomasa) y la de stock (combustibles fósiles) Tanuro (2011).

Hay más. El problema de Marx con la ecología no termina con la cuestión del cambio climático, que evidentemente no podía ni prever en el siglo XIX, abarca también otra cuestión: no incluyó en el núcleo duro de su razonamiento económico la finitud, los límites de la naturaleza, la escasez de los recursos y la capacidad de carga cuantitativa y cualitativa de la biosfera al metabolizar emisiones y vertidos.

Los marxistas tenemos que plantearnos a fondo esta cuestión. Hay una dimensión política –de antagonismo social– en la contradicción entre socialización de la principal fuerza productiva –el trabajo, cada vez más colectivo– y las relaciones de producción –cada vez más privadas, dado el régimen de propiedad de los medios de producción–. En eso acertó plenamente Marx; sin embargo, esta contradicción también tiene una clara dimensión ecológica. Así, el volumen del desarrollo de las fuerzas productivas ha tenido impactos muy negativos –cierto es, difíciles de prever a mediados del siglo XIX- que hacen inferir que el desarrollo de esas fuerzas no necesariamente es lo deseable.

Además, la conversión de la ciencia en fuerza productiva directa –que genera muchos efectos positivos- y la aparición de tecnologías peligrosas (sustancias tóxicas, aplicaciones sin control de las nanotecnologías, la biología sintética…) puso en riesgo la salud humana y el medio ambiente. Por ello, como plantea Michael Löwy, no basta con transformar sólo las relaciones de producción y las relaciones de propiedad. Es necesario cambiar la propia estructura de las fuerzas productivas, la estructura del aparato productivo y el mismo patrón de consumo (Löwy, 2012). En el Estado español para expresar esta idea, se habla de la necesidad de cambiar de modelo productivo comenzando por la clave: el modelo energético.

3.2- El trabajo reproductivo en Marx

Otro caballo de Troya en la teoría del trabajo de Marx es la cuestión del trabajo reproductivo (y de los cuidados) no asalariado. Marx inició la reflexión en forma objetivista, con cierta distancia y escaso desarrollo; el marxismo posterior no la retomó hasta que el feminismo planteó la cuestión. Si el debate entre la economía marxista y la economía ecológica tiene importantes carencias y retrasos, el debate con la economía feminista aún más.

Para Marx el trabajo no es principalmente una unidad de la medida común de los costes de producción de las mercancías, sino que es la esencia misma del valor. El valor es el trabajo. El potencial del trabajo, medido en términos de la masa de horas de trabajo disponible de una sociedad determinada durante un periodo dado, es el trabajo social abstracto que todo grupo humano necesita para vivir y perdurar. La persona asalariada no vende trabajo sino su fuerza de trabajo, o sea su capacidad de producción, que el capital transforma en mercancía. Esta mercancía, como cualquiera otra, tiene sus propios costes y gastos de producción y de reproducción. La fuerza de trabajo, como mercancía, tiene utilidad (valor de uso) para su comprador, condición previa para su venta pero que no determina el valor de la mercancía vendida. En ello se basa precisamente Marx para señalar la existencia del plusvalor/plusvalía, entendida ésta como la diferencia entre el valor que el trabajador crea en el proceso productivo y el valor de su fuerza de trabajo (por el que es remunerado), y que va a parar al capital. Estas consideraciones no pueden hacerse sin embargo con la fuerza de trabajo que no se mercantiliza.

El trabajo doméstico, generalmente desarrollado por las mujeres en el marco de la familia tradicional, contribuye a la reproducción de la fuerza de trabajo. Es más, constituye en buena medida la base que sustenta dicha reproducción. Sin embargo, esta contribución a la crianza, la atención a la enfermedad, la alimentación y el cuidado de la familia y un largo etcétera, en la medida en que no cristalizan en la producción de mercancías, no computan ni se contabilizan entre las cantidades de trabajo necesarias para la sociedad. Solamente se contabiliza la producción mercantil en el seno de una economía de mercado. Ello constituye un grave problema de inequidad entre géneros que refuerza al patriarcado, pero también manifiesta una inconsistencia analítica y política. Para las economistas feministas, como nos recuerda Mary Mellor (2002), la mayor parte del trabajo real de provisión del sustento se realiza en el marco del hogar y de las comunidades, por lo que la mayor parte del discurso económico es fallido al no tenerlo en cuenta.

Manuel Garí, economista y miembro del Consejo Asesor de viento sur

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