Cuento de Mario Bellatín: Salón de Belleza

Hace algunos años, mi interés por los acuarios me llevó a decorar mi sa- lón de belleza con peces de distintos colores. Ahora que el salón se ha convertido en un Moridero, donde van a terminar sus días quienes no tienen dónde hacerlo, me cuesta mucho trabajo ver cómo poco a poco los peces han ido desapareciendo. Tal vez sea que el agua corriente está llegando demasiado cargada de cloro, o quizá que no tengo el tiempo suficiente para darles los cuidados que se merecen. Comencé criando Gupis Reales. Los de la tienda me aseguraron que se trataba de los peces más resistentes y, por eso mismo, los de más fácil crianza. En otras palabras, eran los peces ideales para un principiante. Tienen, además, la particularidad de reproducirse rápidamente.
Los Gupis Reales son vivíparos, no necesitan tener un motor de oxígeno para que los huevos se mantengan en la pecera sin que el agua tenga que cambiarse. La primera vez que pu- se en práctica mi afición no tuve demasiada suerte. Compré un acuario de medianas proporciones y metí dentro una hembra preñada, otra to- davía virgen y un macho con una larga cola de colores. Al día siguiente el macho amaneció muerto. Estaba echado boca arriba, entre las piedras multicolores con las que recubrí la base. De inmediato busqué el guante de jebe con el que hacía el teñido de cabello a las clientas, y saqué al pez muerto. En los días siguientes nada importante ocurrió. Simplemente traté de encontrar la medida correcta de comida para que los peces no sufrieran de empacho ni murieran de hambre. El control de la comida ayudaba además a mantener todo el tiempo el agua cristalina. Pero cuando la hembra preñada parió se desató una persecución implacable. La otra hembra quería comerse a las crías. Sin embargo, los recién nacidos tenían unos poderosos y rápidos reflejos que momentáneamente los salvaban de la muerte. De los ocho que nacieron sólo tres quedaron vivos. La madre, sin ninguna razón visible, murió a los pocos días. Esa muerte fue muy curiosa. Desde que parió se había quedado estática en el fondo del acuario sin que la hinchazón de su vientre disminuyera en ningún momento. Nuevamente tuve que ponerme el guante que usaba para los tintes. De ese modo saqué a la madre muerta y la arrojé después por el escusado que hay detrás del galpón donde duermo. Mis compañeros de trabajo nunca estuvieron de acuerdo con mi afición por los peces. Afirmaban que traían mala suerte. No les hice el menor caso y con el tiem- po fui adquiriendo nuevos acuarios así como los implementos necesarios para tener todo en regla. Conseguí pequeños motores para el oxígeno, que simulaban cofres de tesoro olvidados en el fondo del mar. Hallé tam- bién motorcitos en forma de hombres rana de cuyos tanques salían en forma constante las burbujas. Cuando al fin conseguí cierto dominio con otros Gupis Reales que fui comprando, me aventuré con peces de crianza más difícil. Me llamaban mucho la atención las Carpas Doradas. Creo que fue en la misma tienda donde me enteré de que en ciertas culturas era un placer la simple contemplación de las Carpas. A mí comenzó a sucederme lo mismo. Podía pasar muchas horas seguidas admirando los reflejos que emitían las escamas y las colas. Alguien me confirmó después que ese tipo de pasatiempo era una diversión extranjera.

Pero lo que sí no me parece ningún tipo de diversión es la cantidad cada vez mayor de personas que vienen a morir al salón de belleza. Ya no son solamente amigos en cuyos cuerpos el mal está avanzado, sino que la mayoría son extraños que no tienen dónde irse a morir. Aparte del Moridero, la única alternativa sería perecer en la calle. Ahora sólo quedan los acuarios vacíos. Todos menos uno, que trato a toda costa de mantener con algo de vida en el interior. Algunas de las peceras las utilizo para guardar los efectos personales que traen los parientes de quienes están hospedados en el salón. Para evitar confusiones coloco una cinta adhesiva con el nombre del enfermo, y allí guardo la ropa y las golosinas que de vez en cuando permito que les traigan. Solamente admito que las familias aporten dinero, ropa y golosinas. Todo lo demás está prohibido.

Es curioso ver cómo los peces pueden influir en el ánimo de las personas. Por ejemplo cuando me aficioné a las Carpas Doradas, aparte del sosiego que me causaba su contemplación siempre buscaba algo dorado con que adornar los vestidos que usaba en las noches. Ya fuera una cinta, los guantes o las mallas que me ponía en esas oportunidades. Pensaba que llevar puesto algo de ese color podía traerme suerte. Tal vez salvarme de un en- cuentro con la Banda de los Matacabros que rondaba por las zonas centrales de la ciudad. Muchos no sobrevivían a los ataques de esos malhechores, pero creo que si después de un enfrentamiento alguno salía con vida era peor. En los hospitales donde los internaban los trataban siempre con des- precio. Muchas veces no querían recibirlos por temor a que estuviesen contagiados. Desde entonces me nació la compasión de recoger a alguno que otro compañero herido que no tenía dónde recurrir. Tal vez de esa manera se fue formando este triste Moridero que tengo la desgracia de regentar.

Pero regresando a los peces, en cierto momento también me aburrí de tener exclusivamente Gupis y Carpas Doradas. Creo que se trata de una deformación de mi personalidad: me canso muy pronto de las cosas que me atraen. Lo peor es que después no sé qué hacer con ellas. Al principio fue- ron los Gupis, que en determinado momento me parecieron demasiado insignificantes para los majestuosos acuarios que tenía en mente formar. Sin ninguna clase de remordimiento dejé gradualmente de alimentarlos. Tenía la esperanza de que se fueran comiendo unos a otros. Los que que- daron vivos los arrojé al escusado, de la misma forma como lo hice con aquella madre muerta. Así fue como tuve los acuarios libres para recibir peces de crianza más difícil. Los Goldfish fueron los primeros en los que pensé. Sin embargo recordé que eran demasiado lerdos, casi estúpidos. Yo quería algo colorido pero que también tuviera vida, para así pasarme los momentos en los que no había clientas observando cómo los peces se per- seguían unos a otros, o se escondían entre las plantas acuáticas que había sembrado sobre las piedras del fondo.

Mi trabajo en el salón de belleza lo llevaba a cabo de lunes a sábado. Pero algunos sábados en la tarde, cuando estaba muy cansado, dejaba encarga- do el negocio y me iba a los baños de vapor para relajarme. El local de mi preferencia era atendido por una familia de japoneses. Era un lugar exclusivo para personas de sexo masculino. El dueño, un hombre maduro de baja estatura, tenía dos hijas que hacían las veces de recepcionistas. En el vestíbulo se había tratado de respetar el estilo oriental del letrero de la puerta. Había allí un mostrador decorado con peces multicolores y con dragones rojos tallados en alto relieve. En forma invariable se podía encontrar a las dos jóvenes armando grandes rompecabezas. Cuando llegaba alguien, dejaban el entretenimiento y se esmeraban en la atención. El primer paso era la entrega de unas pequeñas bolsas de plástico transparente, para que el visitante introdujera en ellas sus objetos de valor. Las jóvenes daban luego un disco con un número, que cada quien se debía colgar de la muñeca. Las japonesas guardaban la bolsa en un casillero de- terminado y después invitaban al visitante a pasar a una sala posterior. Aquí la decoración cambiaba totalmente. El lugar tenía el aspecto de los baños del Estadio Nacional que conocí la vez que me llevó un futbolista amateur. Las paredes estaban cubiertas, hasta la mitad, con losetas blancas. En la parte superior habían pintado delfines dando saltos. Esos di- bujos estaban descoloridos. Apenas se percibía el lomo de los animales. En esa sala siempre me esperaba el mismo empleado para pedirme la ropa que llevaba puesta. En cada visita tuve siempre la precaución de usar sólo prendas masculinas. Luego de desvestirme delante de sus ojos, con un gesto mecánico estiraba sus brazos para recibirlas. Se fijaba en el número que colgaba de mi muñeca, y se llevaba luego la carga al casillero correspondiente. Antes de hacerlo, me entregaba dos toallas raídas pero limpias. Yo me cubría con una los genitales y me colgaba la otra de los hombros.

La última vez que visité los baños recordé una historia que, cierta noche en que estábamos esperando hombres en una esquina bastante transitada, me contó un amigo. A él le gustaba vestirse exóticamente. Siempre usaba plumas, guantes y accesorios de ese tipo. Decía que algunos años atrás, su padre le había obsequiado un viaje a Europa. Afirmaba que durante aquel viaje había aprendido a vestirse de esa manera. Sin embargo, parece ser que en esta ciudad no era posible apreciarse una moda de ese tipo. Mi amigo se quedaba por eso muchas horas parado solo en las es- quinas. Ni siquiera los patrulleros que rondaban la zona se lo llevaban a dar la vuelta de rutina. En ese momento me acordé de él, porque en una ocasión me contó que su padre acostumbraba ir a unos baños de vapor a pasar los fines de semana. Se trataba de otro tipo de baños, de alta categoría y no como los del japonés. Me dijo que en una de las primeras visitas, los mismos amigos del padre abusaron de él en una de las duchas individuales. Mi amigo no tendría entonces más de trece años, y el mie- do hizo que no dijera nada de lo sucedido. El caso es que estos baños son distintos, porque a diferencia de los que frecuentaba el padre de mi amigo aquí todos los usuarios saben a lo que van. Una vez que se está cubierto sólo por las toallas, el terreno es todo de uno. Lo único que se tiene que hacer es bajar las escaleras que conducen al sótano. Mientras se desciende, una sensación extraña comienza a recorrer el cuerpo. Minutos después queda uno confundido con el vapor que emana de la cá- mara principal. Unos pasos más y casi de inmediato se es despojado de las toallas. De allí en adelante cualquier cosa puede ocurrir. En esos momentos, siempre me sentía como si estuviera dentro de uno de mis acuarios. Revivía el agua espesa, alterada por las burbujas de los motores del oxígeno, así como las selvas que se creaban entre las plantas acuáticas. Experimentaba también el extraño sentimiento producido por la persecución de los peces grandes cuando buscan comerse a los más pequeños. En esos momentos la poca capacidad de defensa, lo rígido de las transparentes paredes de los acuarios, se convertían en una realidad que se abría en toda su plenitud. Pero ahora aquéllos son tiempos idos que estoy seguro nunca volverán. Actualmente mi cuerpo esquelético me impide seguir frecuentando ese lugar. Otro factor importante para considerar aquello como cosa del pasado es el ánimo, que parece haberme abandonado por completo. Siento como algo casi imposible haber contado en algún momento con la fuerza necesaria para pasar tardes enteras en baños de esa naturaleza. Pues aun en los mejores tiempos de mi condición física, salía de una sesión totalmente extenuado.

Tampoco tengo fuerza ya para salir a buscar hombres en las noches. Ni siquiera en verano, cuando no es tan desagradable tener que vestirse y desvestirse en los jardines de las casas cercanas a los puntos de contacto que se establecen en las grandes avenidas. Porque toda la transformación se tiene que hacer en ese lugar y además a escondidas. Sería una locura regresar de madrugada en un autobús de servicio nocturno vestidos con la ropa con la que se trabajaba de noche. Ahora tengo que regentar este Moridero. Debo darles una cama y un plato de sopa a las víctimas en cuyos cuerpos la enfermedad ya se ha desarrollado. Y lo tengo que hacer yo solo. Las ayudas son bastante esporádicas. De vez en cuando alguna institución se acuerda de nuestra existencia, y nos socorre con algo de dinero. Otros quieren colaborar con medicinas. Pero tengo que volver a recalcar que el salón de belleza no es un hospital ni una clínica, sino sencillamente un Moridero. Del salón de belleza quedan los guantes de jebe, la mayoría con huecos en las puntas de los dedos. También las vasijas, los ganchos y los carritos donde se transportaban los cosméticos. Las secadoras, así como los sillones reclinables para el lavado del pelo, los vendí para obtener los implementos necesarios para la nueva etapa en la que ha entrado el salón. Con la venta de los objetos destinados a la belleza compré colchones de paja, catres de fierro y una cocina a kerosene. Un elemento muy importante que deseché en forma radical fueron los espejos que en su momento habían multiplicado con sus reflejos los acuarios así como la transformación de las clientas a medida que se sometían a los distintos tratamientos que se les ofrecían. A pesar de que me pare- ce estar acostumbrado a este ambiente, creo que para cualquiera sería ahora insoportable multiplicar la agonía hasta ese extraño infinito que producen los espejos puestos uno frente al otro. A lo que también parezco haberme acostumbrado es al olor que despiden los enfermos. Menos mal que en el asunto de la ropa he recibido alguna ayuda. Con la tela fallada que nos donó una fábrica hicimos algunas sábanas, que suelo acomodar en distintos montones según sea la cantidad de enfermos esa temporada.

A veces me preocupa quién va a hacerse cargo del salón cuando la enfermedad se desencadene con fuerza. Hasta ahora he sentido sólo ciertos atisbos, sobre todo los signos externos tales como la pérdida de peso y el ánimo decaído. Nada interno se me ha desarrollado. Hace unos momentos me referí al asunto del hedor y de la costumbre porque mi nariz no siente ya casi los olores. Me doy cuenta principalmente por las muecas de asco que hacen los que vienen de fuera apenas ponen un pie en este lugar. Por eso conservo con agua y con dos o tres raquíticos peces uno de los acuarios. Aunque no reciba los cuidados de antes, me da la idea de que aún se mantiene algo fresco en el salón. Sin embargo, parece existir una razón desconocida que me impide darle la dedicación que se merece. Ayer, por ejemplo, encontré una araña muerta flotando con las patas hacia arriba.

Antes de convertirse en un lugar usado exclusivamente para morir en compañía, el salón de belleza cerraba sus puertas a las ocho de la noche. Era buena hora para hacerlo, pues muchas de las clientas preferían no visitar tarde la zona donde está ubicado el establecimiento. En un letrero colocado en la entrada, se señalaba que era un local donde recibían tratamiento de belleza personas de ambos sexos. Sin embargo, era muy reducido el número de hombres que traspasaba el umbral. Sólo a las mu- jeres parecía no importarles ser atendidas por unos estilistas vestidos casi siempre con ropas femeninas. El salón estaba situado en un punto tan alejado de las líneas de transporte público, que para llegar había que efectuar una fatigosa caminata. En el local trabajábamos tres personas, quienes un par de veces a la semana nos cambiábamos, alistábamos unos pequeños maletines, y tras cerrar las puertas al público partíamos con dirección a la ciudad. No podíamos viajar así, vestidos de mujer. En más de una oportunidad habíamos pasado por peligrosas situaciones. Por eso guardábamos en los maletines los vestidos y el maquillaje que íbamos a necesitar apenas llegásemos a nuestro destino. Antes de esperar en alguna concurrida avenida, ya travestidos nuevamente, ocultábamos los maletines en los agujeros que había en la base de la estatua de uno de los héroes de la patria. En ciertas oportunidades nos cansaba tanto cambio de ropa y, si bien con eso no se ganaba dinero, buscábamos algo de diversión en los mezanines de algunos cines que proyectan en forma continua películas pornográficas. Los tres lo pasábamos bien especialmente cuando ciertos espectadores iban al baño. El paseo por el centro duraba hasta las primeras horas de la madrugada. Volvíamos por los maletines y regresábamos a dormir al salón. En la parte trasera habíamos construido un galpón de madera, donde los tres estilistas dormíamos casi hasta el mediodía. Lo hacíamos juntos en una gran cama.

En ese tiempo lo más importante era la decoración que podía dársele al salón de belleza. Por la zona se estaban abriendo nuevas estéticas, por lo que era fundamental para competir el aspecto que se le diera al negocio. Desde el primer momento, pensé en tener peceras de grandes proporciones. Lo que buscaba era que mientras eran tratadas, las clientas tuvieran la sensación de encontrarse sumergidas en un agua cristalina para luego salir rejuvenecidas y bellas a la superficie. Por eso, lo primero que hice fue comprar una pecera de dos metros de largo. Aún la conservo. Pero no es en ella donde se mantienen los tres peces que todavía me quedan con vida.

Puede parecer difícil que me crean, pero ya casi no individualizo a los huéspedes. Ha llegado un estado en el que todos son iguales para mí. Al principio los reconocía. Incluso una que otra vez llegué a encariñarme con alguno. Pero ahora no son más que cuerpos en trance hacia la desaparición. Me viene a la memoria uno en especial, a quien ya conocía antes de que cayera enfermo. Poseía una belleza sosegada, como la de los cantantes extranjeros que aparecen en la televisión. Recuerdo que cuan- do organizábamos algún concurso de belleza la reina siempre pedía tomarse fotos a su lado. Creo que aquello le daba un matiz internacional a las ceremonias. Ese muchacho viajaba al exterior con regularidad. Se sabía que tenía un amante con mucho dinero, que cuando cayó enfermo lo abandonó. El muchacho no quiso recurrir a su familia. Inventó un viaje y vino a alojarse al Moridero. Vendió el departamento que poseía y me entregó todo el dinero. Antes de que su enfermedad avanzara hasta dejar- lo en un estado de delirio constante, me contó que sus frecuentes viajes no eran solamente viajes de placer sino que tenía como misión transportar drogas ocultas en su cuerpo. Me explicó, en detalle, los métodos que utilizaba para adherírsela. Se introducía las bolsitas en diversas partes de su cuerpo. Utilizaba para hacerlo unos métodos que me llegaron a causar repulsión. Me conmovió la forma en que alguien tan bello había sido utilizado de ese modo por su amante. Creo que incluso llegué a sentir algo especial hacia su persona, pues dejé de lado la atención que requerían los demás huéspedes y durante el tiempo que duró su agonía no estuve sino atento a cumplir con sus necesidades. Como una deferencia especial, le coloqué un acuario lleno de peces en su mesa de noche. Me emocionó constatar que aquel muchacho no fue ajeno a mis preocupaciones. De alguna forma me demostró también su cariño. Incluso un par de veces estuve en una situación íntima con aquel cuerpo deshecho. No me importaron las costillas protuberantes, la piel seca, ni siquiera esos ojos desquiciados en los que curiosamente había aún lugar para el placer.

Tampoco vayan a creer que yo era un suicida y me entregué totalmente. Antes de hacerlo tomé mis precauciones. Pero, como dije antes, mis gustos cambian con frecuencia. De un momento a otro dejó de interesarme por completo. Por esa razón, en determinado momento retiré la pecera del lado de su cama y lo traté con la distancia que me impongo para todos los huéspedes. Casi al instante el mal lo atacó con violencia. No tardó en morir. En su caso, la decadencia final vino por el cerebro. Comenzó con un largo discurso delirante, que sólo interrumpía durante las horas en que era vencido por el sueño. En algunas ocasiones el tono de su voz se alzaba más de lo adecuado, y opacaba con sus palabras exaltadas las quejas de los demás. Me parece que fue atacado poco después por una tuberculosis fulminante, pues falleció luego de un acceso de tos. Para ese entonces, el cuerpo del muchacho sólo significaba un cuerpo más al que había la obligación de eliminar.

En forma un tanto extraña, con el muchacho perecieron tres peces juntos. Si bien es cierto que en aquel tiempo los peces habían dejado atrás su antiguo esplendor, aún mantenía un buen número de ejemplares. Casi todos eran esos peces llamados Monjitas, negros con el pecho blanco. No sé, en esa época rechazaba los colores. Lo que mi ánimo exigía era el blanco y el negro. Cada vez que pienso en el muchacho por el que sentí un especial interés, lo recuerdo echado en su cama con la pecera con Monji- tas al lado. Inmediatamente después de su muerte, encontré tres Monjitas rígidas al fondo. No quise pensar en nada mientras las retiraba de la pecera. Para las Monjitas es preciso contar con un calentador de agua. Había tenido uno enchufado todo el tiempo. En ese entonces, todavía cumplía con las reglas necesarias que me imponían los acuarios. Considero por eso más que una casualidad que murieran precisamente las tres la noche en que expiró el muchacho. Al día siguiente desenchufé el ca- lentador. Luego de dos días comprobé que ninguna de las Monjitas había resistido el frío del agua. En esos días murieron también unos Escalares, a los que les aparecieron hongos en la piel. Salí por eso a la tienda para adquirir Gupis Reales como al principio. A todos los metí en un mismo acuario. Son los que actualmente conservo. Como ya he dicho se trata de peces resistentes, que a pesar de los mínimos cuidados se han mante- nido de una forma más o menos regular: muriendo algunos y naciendo otros de vez en cuando. Pero el agua ya no luce cristalina. Ha adquirido un tono verdoso, que ha terminado por empañar las paredes del acuario. He colocado esta pecera en un lugar algo alejado de los huéspedes. No quiero que las miasmas caigan encima del agua. No deseo que los peces se vean atacados por hongos, virus o bacterias. A veces, cuando nadie me ve, introduzco la cabeza en la pecera e incluso llego a tocar el agua con la punta de la nariz. Aspiro profundamente, y siento que de aquella agua emana aún algo de vida. A pesar del olor del líquido estancado, puedo sentir todavía una cierta frescura. Lo que más me sorprende es lo fiel que se ha mostrado esta última camada de peces. Pese al poco tiempo dedicado a su crianza, se aferran de una manera extraña a la vida. Me hacen pensar en esa curiosa muerte que se suele vivir en los baños de vapor. Allí también existe una larga agonía, que sin embargo está más allá de la ener- gía vital que muestran los visitantes al abrir y cerrar todo el tiempo las puertas de las cámaras individuales. Otra situación similar la encontraba con algunas de las clientas que acudían en las buenas épocas al salón de belleza. La mayoría eran mujeres viejas o acabadas por la vida. Sin embargo, debajo de aquellos cutis gastados era visible una larga agonía que se vestía de una especie de esperanza en cada una de las visitas.

Pero el tema de la larga agonía no tiene nada que ver con los huéspedes. En ellos es una suerte de maldición. Mientras menos tiempo estén alojados en el Moridero es mejor. Los más afortunados sufren realmente unos quince días. Pero hay otros que se aferran a la vida igual que los Gupis de la última camada. Quieren vivir, a pesar de que no existe for- ma en que vean sus males atemperados. A pesar de que el frío del invierno se cuela sin cesar por las rendijas de las ventanas. A pesar de que es cada vez menor la ración de sopa que les sirvo. Como creo haber dicho en algún momento, los médicos y las medicinas están prohibidos. También las yerbas medicinales, los curanderos y el apoyo moral de los amigos o familiares. En ese aspecto las reglas del Moridero son inflexibles. La ayuda sólo se canaliza en dinero en efectivo, golosinas y ropa de ca- ma. No sé de dónde me viene la terquedad de llevar yo solo la conducción. Mis compañeros de antes, con los que trabajaba en los peinados y en la cosmetología, han muerto hace ya mucho tiempo. Ahora ocupo yo solo el galpón. La cama donde antes dormíamos se me hace ahora demasiado grande. Los extraño. Son los únicos amigos que he tenido. Los dos murieron de lo mismo. En el momento final los traté con la misma rectitud que al resto. Todavía tengo colgadas en el perchero las ropas con las que solíamos salir a la aventura. En una caja guardo además las tarjetas que nos dieron algunos de los hombres de la noche. Nunca he llamado a ninguno. Ni siquiera para informarles por qué ya no nos encuentran en las esquinas de costumbre. Aunque lo más probable es que ni siquiera se acuerden de nuestra existencia. Seguro que otros jóvenes ocupan ahora nuestros lugares.

No sé de dónde saqué fuerza para ir, la penúltima vez, a la tienda de peces. Recordé con qué despreocupación solía perderme entre los acuarios, buscando los peces más coloridos, más vivaces, más majestuosos. Pero aquella vez sentí remordimiento por encontrarme rodeado de toda aquella naturaleza llena de vida. Fue la ocasión en que me dirigí hacia la pece- ra de las Monjitas. Se trataba del único espacio carente de color en aquel lugar. Pregunté por los cuidados que necesitaban y me informaron que se trataba de peces delicados. El encargado cazó, entonces, diez Monjitas pa- ra mí. Contaba con un pequeño colador, que movía hábilmente dentro del agua. Se demoró cerca de quince minutos en la operación. Me entregó luego la bolsa de nailon transparente con las Monjitas en su interior.

Otro de los motivos de mi remordimiento fue el gasto que hice en aquella ocasión. Aunque no era mucho, se trataba de un dinero que me habían entregado para otra finalidad. Hice uso de parte de los ahorros de una anciana, quien me había confiado su alcancía y a su nieto menor. El nieto era un muchacho de unos veinte años, que ya había comenzado con la disminución de peso y los ganglios inflamados. Cierta noche lo encontré tratando de huir. Fue tal la paliza que le propiné, que muy pronto se le quitaron las ganas de escapar. Se mantuvo acostado en la cama, es- perando pacíficamente que su cuerpo desapareciera después de pasar por las torturas de rigor. Cuando volví al salón con mi bolsa de Monjitas, muy pocos se dieron cuenta de mi adquisición. Había algunos huéspedes que no habían perdido todavía la conciencia, por lo que me molestó que se mostraran tan indiferentes. Me pareció que no eran lo suficientemente agradecidos, que no bastaban las palabras con las que ellos o sus familiares me pedían alojamiento, ni tampoco las cosas agradables que de vez en cuando les escuchaba. Faltaba que me expresaran su gratitud de una manera más tangible. Por ejemplo, admirando los peces que aún quedaban con vida o, tal vez, con alguna alusión hacia mi cuerpo, como haciendo ver que aún se mantenía en forma.

Uno de los momentos de crisis por los que atravesó el Moridero fue cuan- do acudieron mujeres a pedir alojamiento para morir. Venían hasta la puerta en pésimas condiciones. Algunas traían en sus brazos a sus pequeños hijos, también atacados por el mal. Pero yo desde el primer momento me mostré inflexible. El salón en algún tiempo había embellecido hasta la saciedad a las mujeres, no estaba dispuesto a echar por la borda tantos años de trabajo sacrificado. Nunca acepté por eso a nadie que no fuera del sexo masculino. Por más que me rogaron una y otra vez. Por más que me ofrecieron dinero nunca dije que sí. En un principio, cuando estaba a solas, me ponía a pensar en aquellas mujeres que tendrían que morir en la calle con sus hijos a cuestas. Pero había sido testigo ya de tantas muertes, que comprendí muy pronto que no podía echar sobre mis espaldas toda la responsabilidad de las personas enfermas. Con el tiempo logré hacer oídos sordos, tanto a las súplicas como a la animadversión de algunas personas. Eso, aunado a la campaña de desprestigio que se gene- ró en la zona donde el salón está situado, hizo que en más de una ocasión temiera por mi vida.

La campaña que se desató en mi contra fue bastante desproporcionada. Tanto, que cuando la gente quiso quemar el salón tuvo que intervenir hasta la misma policía. Los vecinos afirmaban que aquel lugar era un foco infeccioso, que la peste había ido a instalarse en sus dominios. Se organizaron y la primera vez que supe de ellos fue por una comisión que apareció en la puerta con un documento donde habían firmado en una larga lista. Pude leer que pedían que desalojáramos el local de inmediato. Después la junta se encargaría de echar fuego, pienso que como símbolo de purificación. Pude leer también algunos nombres, al lado de los cuales estaban las firmas y un número que supongo era el de sus documentos personales. A pesar de que los traté con amabilidad, no hice caso a la petición. No llegué a leer la parte donde se nos daba veinticuatro horas como plazo para el desalojo. Al día siguiente, la primera señal de alarma la dieron unas cuantas piedras que rompieron los vidrios de la ventana que da a la calle. Nos asustamos. Había huéspedes que aún estaban con los sentidos en orden y otros, incluso peor, que se encontraban con los nervios exaltados. Hasta yo me inquieté cuando los escuché gritar con lo que les quedaba de voz. Se inició entonces un sobrecogedor co- ro de moribundos. Afuera la multitud empezaba a enardecerse. Tuve que escaparme por la parte del galpón donde duermo. Dejé a los huéspedes a merced de la turba. Con lo que tenía de fuerza corrí varias cuadras. Era de noche. Mientras corría imaginaba que los vecinos entraban al salón llevando sus antorchas en alto. Podía ver cómo los huéspedes eran apenas capaces de entender lo que estaba ocurriendo y seguían aferrados a esos colchones, a esas frazadas con que yo había sustituido los antiguos instrumentos dedicados a la belleza. No sé cómo, después de caminar infinidad de cuadras, pude llegar a un teléfono público. En el cuaderno que llevaba conmigo tenía algunos números que había pensado me podían ser útiles. Se trataba de las instituciones que siempre habían querido ayudarme con medicinas y otras cosas propias de hospitales. Luego de hacer un par de llamadas seguí corriendo hasta llegar a la estación de policía. Tuve que exponerme a frases sarcásticas por parte de los agentes. Hasta que finalmente un cabo, que parecía tener más sensibilidad que los demás, se dig- nó escucharme. Oyó parte del relato, omití por cierto algunos detalles, y designó a un grupo de sus hombres para que lo siguiera.

Regresamos juntos. Cuando llegamos, la turba había logrado romper la puerta principal. Sin embargo, por alguna razón que intuyo relacionada con los olores o el temor al contagio no habían entrado. La policía hizo algunos disparos al aire. La gente se dispersó. Pero allí no terminaron los problemas. La policía, que no tenía ni la menor idea de nuestra existencia, comenzó a hacer preguntas. Hicieron una inspección gene- ral. Hablaron de cierto código sanitario. Felizmente, en ese momento llegaron los miembros de las organizaciones a las que había convocado. Hablaron con los policías. Incluso uno de ellos fue con el cabo hasta la estación. Con los otros recién llegados, había algunos que pertenecían a una comunidad religiosa, tratamos de calmar a los huéspedes. Acto seguido construimos una especie de palizada en la puerta para pasar la noche. En los días posteriores se hicieron los trabajos de remodelación. Durante esos días yo caí en una depresión profunda que, sin embargo, no me hi- zo descuidar en ningún momento a los huéspedes. La única diferencia fue que pasé más tiempo recluido en mi galpón. Pese a todo, desde temprano salía al mercado a comprar las verduras necesarias así como las menudencias de pollo con las que hacía la sopa diaria. Después de regresar pasaba revista a los huéspedes. Los limpiaba luego lo mejor que podía. A los que eran capaces de levantarse, los acompañaba hasta el escusado. Me ponía después a cocinar. En realidad, no era una tarea muy complicada. Se trataba solamente de meter en la olla las verduras, las menudencias y dejarlas luego que hirvieran un par de horas. Le echaba un puñado de sal y tapaba nuevamente la olla. A la hora del almuerzo servía los platos. Era la única comida del día. Los huéspedes casi nunca tenían hambre. Muchos de ellos, ni siquiera terminaban el plato diario de sopa que les ponía delante. Yo comía lo mismo. Me acostumbré también a hacerlo sólo una vez.

Todo parecía ir bien en el par de acuarios que mantenía con vida hasta que, de un día para el otro, comenzaron a aparecerles hongos a unos Escalares que habían continuado con vida desde los tiempos de prosperidad. Al principio se trató de unas pequeñas nubes que les crecieron en los lomos. Es extraño el aspecto que adquieren los peces en tales circunstancias. Se ven los colores opacados por una gran aureola, que parece de algodón. Finalmente, todos los cuerpos fueron contagiados y los Escalares cayeron al fondo un par de días antes de morir. No estoy totalmente seguro, pero creo que para aminorar la impresión que me causó verlos compré rápidamente los Gupis que hasta ahora me acompañan. Los escogí prácticamente al azar, sin detenerme demasiado en las características de ninguno. Como la vez que adquirí los primeros peces, elegí un macho y dos hembras. Una de ellas resultó también estar preñada. Co- mo ya dije, a diferencia de aquellos primeros peces éstos sí resultaron re- sistentes. Soportan de una manera más que razonable la falta de cuidados. Los motores del oxígeno están todos inservibles menos uno, que funciona a trompicones. El agua se purifica sólo a veces. Casi nunca tengo tiempo para renovarla. Por eso en ocasiones el nivel baja y los peces tienen un espacio mínimo para moverse. Cuando la situación es alarmante, lleno un recipiente y dejo que el agua repose veinticuatro horas. La arrojo luego sobre esta única pecera que aún se mantiene con vida. Por lo general los peces, que han estado aletargados por falta del líquido suficiente, comien- zan otra vez a moverse de un extremo a otro del acuario. Pero lo hacen con dificultad, pues a pesar del agua nueva la pecera continúa luciendo ese color verde oscuro que la caracteriza. Es tanta la turbidez, que desde el exterior apenas si distingo las formas en movimiento. He perdido, por eso, la cuenta del número exacto de peces que se mantienen con vida. Sospecho que son sólo dos o tres.

Desde hace algún tiempo, me he dado cuenta de que pareciera que el mal atacara por oleadas. Hay temporadas en que el salón está vacío por completo. Esto se produce después de que todos los huéspedes mueren en un periodo corto y no aparecen aún enfermos recientes para reemplazarlos. Pero esas épocas no son muy duraderas. Cuando uno menos lo piensa, nuevamente los futuros huéspedes tocan las puertas del salón. Con una sola ojeada puedo predecir cuánto tiempo de vida tienen por delante. La actitud con la que llegan varía de acuerdo al carácter de la persona. Casi todos están desesperados, pero algunos muestran algunos signos de luz a pesar de esa condición. Otros están derrotados por completo, y a duras penas pueden incluso mantenerse de pie. Una vez que son recluidos, yo me encargo de llevar a todos a un mismo punto con respecto a sus estados de ánimo. Después de unas cuantas jornadas de convivencia, logro establecer la atmósfera apropiada. Se trata de un estado que no sabría có- mo describir con propiedad. Logran el aletargamiento total donde no cabe, ni siquiera, la posibilidad de preguntarse por sí mismo. Éste es el es- tado ideal para trabajar. Así se logra no involucrarse con ninguno en especial haciéndose, de ese modo, más expeditivas las labores. De esa forma se cumple con el trabajo sin ninguna clase de impedimento.

Cuando tuve aquel acercamiento con el muchacho que murió de tuberculosis, aún no había perfeccionado del todo mi técnica. Aunque está mal decirlo, me arrepiento de haber caído sentimentalmente en esa oportunidad. Pienso que a ese muchacho jamás debí haberle puesto la pecera con Monjitas en su mesa de noche. Nunca tocarlo con fines ajenos a los higiénicos. Este caso podría considerarlo como una mancha en mi oficio. No he contado algunas cosas, pero a pesar de la indiferencia que mostré cuando el muchacho entró en la recta final debo confesar que secretamente me preocupé por el tipo de sepultura que recibiría. Tal vez lo hice movido por la considerable cantidad de dinero que me entregó antes de ser admitido como huésped. El caso es que su cuerpo no fue a dar, como los otros, a una fosa común que hay en las cercanías. Me interesé por que recibiera una sepultura más digna. Fui a una funeraria donde ad- quirí un ataúd de color oscuro. Aparté los muebles del galpón donde duermo e improvisé un velorio, donde yo fui el único deudo presente. Contraté además una camioneta negra y separé un nicho no muy alejado del piso. Pero todavía no me atrevo, y estoy casi seguro de que nunca lo haré, a ir al cementerio a decorar con flores su tumba. Como ya dije, los demás muertos van a dar a la fosa común. Sus cuerpos son envueltos en unos sudarios que yo mismo confecciono con parte de las telas de sá- bana que nos donaron. No hay velorio. Se quedan en sus camas, hasta que unos hombres que tengo contratados los trasladan en carretillas. Yo no los acompaño, y cuando vienen los familiares a preguntar me limito a informarles que ya no están más en este mundo.

Sin embargo, pese a todas estas circunstancias, siento una alegría un tanto triste al comprobar que, de cierta forma, en los últimos tiempos el orden se ha instalado por primera vez en mi vida. Aunque me parece algo sombría la forma de haberlo obtenido. Se acabaron las aventuras callejeras, las noches pasadas en celdas durante las redadas, las peleas a pico de botella que se suscitaban cuando algún otro trataba de quitarme un novio conseguido a fuerza de sacrificio. Aquellas escenas solían generarse casi siempre en las discotecas donde iba a divertirme. Había una que era mi preferida. El dueño era amigo mío desde los tiempos en que yo era un muchacho. En esa época me había escapado recién de la casa de mi madre, quien nunca me perdonó que no fuera el hijo recto con el que ella había soñado. Como no tenía medios de subsistencia, me aconsejaron que viajara al norte del país. En aquel tiempo, el dueño de la discoteca regentaba allí un hotel para hombres que contaba con un gran salón de baile en el primer piso. Hice caso a los consejos y partí. Yo no tendría entonces más de dieciséis años, y no puedo quejarme ni del trato ni de la cantidad de dinero que recibí. El dueño, que tenía unos veinte años más que yo, me trató con mucho respeto. Me aconsejaba siempre. Me habló con claridad de una regla fundamental. Me dijo que en ningún momento olvidara lo efímera que es la juventud. Yo debía aprovechar lo más posible los años que tenía entonces. Gracias a esa persona, llevé con inteligencia mis finanzas. Por eso, antes de cumplir los veintidós años pude regresar con el capital necesario para invertirlo en la creación del salón de belleza. No adquirí todos los artículos desde el primer momento. Pude hacerme sólo del terreno y logré construir la sala principal. Al principio no contaba más que con tres o cuatro cosas, pero muy pronto se hi- zo público que tenía buena mano para los cortes de pelo. Así fue como la clientela aumentó gradualmente, y pude comprar los elementos necesarios para hacer creer a las clientas que se encontraban en un establecimiento de alta categoría. Sin embargo, sentía que aún faltaba algo para que el salón fuera un lugar verdaderamente diferente. Fue entonces cuando pen- sé en los peces. Serían el toque que daría al local un matiz especial.

Con respecto a mi persona las cosas eran cada vez más distintas. A medida que el negocio se estabilizaba, yo me sentía cada vez más vacío por dentro. Fue entonces cuando comencé a llevar una vida que puede llamarse algo disipada. Es cierto que cumplía con mis obligaciones diarias, pero no veía el momento de que llegara uno de los días de la semana que habíamos señalado para salir a la calle vestidos de mujer. Fuimos adop- tando también la costumbre de vestirnos así para atender a las clientas. Me pareció que de ese modo se creaba un ambiente más íntimo en el salón. Las clientas podían sentirse más a gusto. De esta forma podían contarnos quizá sus vidas, sus secretos. Sentirse aliviadas de sus problemas. Pero pese a que dentro del salón se llegó a formar algo así como una uni- dad y una armonía agradables, con el abuso de las aventuras callejeras mi vida fue perdiendo en algo su centro psicológico.

Cuando el salón de belleza comenzó a cambiar, sentí también una trans- formación interna. Entre otras cosas, al momento de dar atención a los huéspedes me hice algo así como más responsable. En ese entonces no era ya tan joven. Desde hacía un tiempo me era cada vez más difícil conseguir éxito en las noches en el centro. Había empezado a vivir, en carne propia, la soledad del amigo que trajo su vestimenta de Europa. Tuve que pararme en avenidas menos exclusivas, o hacer mis cosas amparado por la oscuridad de los cines de barrio. Recordaba, en ese tiempo más que nunca, los consejos que me había dado en su momento el dueño del hotel de provincia. Iba constatando que, una a una, sus predicciones se estaban cumpliendo. Como contrapartida, las cosas en el salón de belleza iban cada vez mejor. Aquélla fue la época en que los acuarios llegaron a su esplendor. Tenía toda una colección de Escalares, Goldfish y Peces Lápiz. Incluso, en una pecera con una serie de compartimentos separados, criaba Pirañas Amazónicas. Las clientas se amontonaban en la puerta, porque tres veces a la semana abríamos a las doce del día. Por eso tuvimos que establecer un exacto ritmo de citas, que curiosamente se cumplieron en forma religiosa. Tuve que ir imponiendo reglas. Nunca acepté que una clienta llegara tarde, tampoco hice caso a las que venían con urgencias de última hora, ni a las que pedían entreturnos.

La primera vez que acepté a un huésped, lo hice a pedido de uno de los compañeros que trabajaba conmigo. Como ya señalé, antes habíamos dado cobijo a uno que otro herido por la Banda de los Matacabros o por otro tipo de asaltantes. En esas ocasiones se habían tratado sólo de alojamientos temporales. Pasado un tiempo, todos abandonaban el salón por sus propios medios. Pero aquella vez ese compañero me contó que uno de sus amigos más cercanos estaba al borde de la muerte y no lo que- rían recibir en ningún hospital. Su familia tampoco quería hacerse cargo del enfermo y, por falta de recursos económicos, su única alternativa era morir debajo de uno de los puentes del río que corre paralelo a la ciudad. Lo habían llevado hasta ese lugar ciertos vagabundos, quienes para mitigar los escalofríos que lo acometían lo abrigaban con unos cartones. El muchacho que trabajaba conmigo me rogó que lo recogiéramos. Acepté sin pensar mucho en las consecuencias, pues de habérseme hecho ese pedido en otro momento jamás hubiera permitido que mi salón de belleza se convirtiera en un Moridero.

Aquel joven murió un mes después de su ingreso. Recuerdo que casi nos volvimos locos por tratar de restablecerlo. Convocamos a algunos médicos, enfermeras y yerberos. Visitamos también a personas que se de- dicaban a la curandería. Hicimos algunas colectas entre los amigos para comprar las medicinas, que eran sumamente caras. Todo fue inútil. La conclusión fue simple. El mal no tenía cura. Todos aquellos esfuerzos no fueron sino vanos intentos por estar en paz con nuestra conciencia. No sé dónde hemos aprendido que socorrer al desvalido es tratar de apartarlo, a cualquier precio, de las garras de la muerte. A partir de esa experiencia, tomé la decisión de que si no había otro remedio, lo mejor era una muerte rápida dentro de las condiciones más adecuadas que fuera posible brindársele al enfermo. No me conmovía la muerte como muerte. Lo único que buscaba evitar era que esas personas perecieran como perros en medio de la calle, o abandonados por los hospitales del Estado. En el Moridero tenían asegurados una cama, un plato de sopa y la compañía de todos mis demás moribundos. Si el huésped estaba consciente, o mejor aún, si estaba en condiciones de efectuar movimientos podía ayudar tanto moral como físicamente. Aunque, hay que reconocer que la ayuda física era esporádica. Se daba sólo cuando algún huésped, de pronto, sufría una recuperación transitoria, pues yo siempre me aseguraba de aceptar sólo a los que no tenían ya casi vida por delante.

Algunas veces, muchachos jóvenes y vigorosos tocaron las puertas. Ase- guraban que estaban enfermos, e incluso algunos llevaban consigo los resultados de los análisis que lo certificaban. Viéndolos en aquellas condiciones físicas, era fácil imaginárselos desnudos o realizando ejercicios corporales. Nadie podría pensar que la muerte ya los había elegido. Pero aunque sus cuerpos parecían intactos, sus mentes daban la impresión de haber aceptado ya la pronta desaparición. Querían a toda costa ser hués- pedes del Moridero. Se ofrecían, incluso, para ayudarme en la regencia. Yo tenía que sacar la misma fuerza que mostraba delante de las mujeres que pedían hospedaje y decirles que regresaran meses después. Que no volvieran a tocar las puertas sino hasta cuando sus cuerpos fueran irreconocibles. Con los achaques y la enfermedad desarrollada. Con esos ojos que yo ya conocía. Sólo cuando no pudieran más, les era permitido volver. Únicamente así podían aspirar a la categoría de huéspedes. Re- cién entonces se pondrían en juego las verdaderas reglas que he ideado para el correcto funcionamiento del salón. Era sorprendente ver que este tipo de huésped, el que había tocado las puertas sano para ser aceptado tiempo después, era el más agradecido con los cuidados. Incluso muchos de ellos alabaron los acuarios aunque dentro de las aguas no hubiera ya nada que llamara la atención.

Los primeros síntomas del mal los sentí en mi cuerpo cierta mañana, en que desperté más tarde que de costumbre. Se trató de un amanecer algo extraño. Con las primeras luces del alba, me sobresaltó una pesadilla. Soñé que regresaba al colegio donde había estudiado la primaria, y nadie me reconocía. Si bien es cierto que en apariencia tenía el mismo aspecto de cuando era niño, había cierto elemento en mí que delataba el paso de los años. Era algo así como un hombre viejo en un cuerpo de niño. Pasé revista a mis compañeros de salón y a algunas profesoras. Eran los mismos con los que había estudiado, pero me trataban como a un descono- cido al que, además, le tuvieran miedo. Finalmente, mi madre fue por mí a la salida y con ella ocurrió lo mismo. Había ido por mí y, sin embargo, no era capaz de reconocerme. Desperté con una tristeza profunda. Sobre todo por haber visto a mi madre, quien murió poco después de mi huida al norte del país. Era una mujer que se quejaba con frecuencia. Decía siempre estar enferma, y recuerdo que muchas de las horas de mi infancia las pasé en las salas de espera de grandes hospitales, acompañándola para que se hiciera uno de sus innumerables exámenes. Cuando desperté, sentí también una gran angustia. Me paré, salí del galpón y, como de costumbre, me eché agua en la cara. Regresé luego a la cama y me dormí hasta cerca de las diez de la mañana. Me despertaron unos fúne- bres sonidos que venían del salón principal. Los huéspedes se estaban quejando por no ser atendidos. Era muy tarde. A muchos había que cambiarles el pañal. A otros acompañarlos hasta el escusado que hay detrás del galpón. En uno de esos viajes noté el brote de la enfermedad. A la pasada me miré en el pequeño espejo que reservaba para afeitarme. Vi un par de pústulas en mi mejilla derecha. No tuve necesidad de palpar los ganglios para ver si estaban inflamados. Tenía la suficiente experiencia para reconocer, al instante, el más insignificante de los síntomas.

Semanas después, mi fuerza corporal empezó a disminuir aunque no de manera tan radical. En ese entonces ya estaba totalmente dedicado al Moridero, pero me reservaba uno que otro día para salir a divertirme. A veces era una visita a los baños. Otras ir hasta las calles vestido con la ropa que me habían dejado mis compañeros ya fallecidos. Sin embargo, no se trataba de una actividad sostenida. Lo hacía muy de vez en cuando. Pe- ro al descubrir las heridas en mis mejillas las cosas acabaron de golpe. Llevé los vestidos, las plumas y las lentejuelas hasta el patio donde se en- cuentra el escusado. Hice allí una gran fogata. Olió muy mal. Parece que había muchas prendas de material sintético, porque se levantó un humo bastante tóxico. Ese día había estado tomando aguardiente desde temprano. Lo hice mientras cumplía con mis obligaciones en el Moridero. En realidad, era capaz de hacer las tareas en cualquier estado. Ya fue- ra bajo los efectos de una droga, del alcohol o del sueño. Mis movimientos se habían vuelto lo suficientemente mecánicos como para hacer mis la- bores a la perfección, guiado únicamente por la fuerza de la costumbre. En el momento de la fogata, me había puesto uno de los trajes de mis amigos. Estaba totalmente mareado, aunque sé que bailaba alrededor del fuego mientras cantaba una canción que ahora no recuerdo. Me imaginaba a mí mismo en la discoteca con esas ropas femeninas, y con la cara y el cuello totalmente cubiertos de llagas. Mi intención era caer, yo tam- bién, dentro del fuego. Ser envuelto por las llamas y desaparecer antes de que la lenta agonía fuera apoderándose de mi cuerpo. Pero parece que el canto mitigó mis intentos suicidas. Mientras más cantaba, iba recordando de manera más clara nuevas canciones. Era creciente la sensación de ir entrando, poco a poco, en los recuerdos que las canciones me sugerían. Lentamente la fogata se fue apagando, hasta no quedar sino un leve hu- mo saliendo de los restos achicharrados. Yo estaba echado de costado. Uno de los ruedos de mi traje había sido alcanzado por el fuego y el raso que decoraba el vestido estaba completamente chamuscado. Igualmente sentía el pelo y las pestañas. Pese a todo continué acostado, maravillándome con las leves columnas de humo. Las canciones habían cesado. Aparte del final del fuego, el único ruido que se podía sentir era el que producían los gemidos que reinaban en el salón principal.

Ya casi nadie me pregunta acerca de los peces, pero me gustaría decir que los ejemplares más extraños que alguna vez he criado han sido los llamados Ajolotes. Se trata de esos peces que parecen estar a mitad del camino en la evolución. Son de forma cilíndrica, casi como gusanos gigantescos que, aparte de las aletas habituales, cuentan también con unas pequeñas patas incipientes. Poseen además, alrededor del cuello, unas agallas como las de ciertos animales de la época de los dinosaurios. Los ejemplares que mantenía eran de un blanco rosáceo. Los ojos mostraban un rojo intenso. Lo pasaban todo el día estáticos al fondo del acuario, y solamente se mo- vían cuando les arrojaba las lombrices vivas con las que se alimentaban. A muchas de las clientas, esos peces les daban algo de asco. Pero también hubo una que otra que mostró cierto interés, debido seguramente a la rareza que evidenciaban. Debían estar en un acuario especial. No soportaban la presencia de piedras en el fondo, ni tampoco las plantas con las que solía decorar las peceras. Se mantenían únicamente entre las cinco paredes transparentes. Yo mismo debía pasar una esponja por el vidrio, pues eran tan feroces y tan carnívoros que no aceptaban, ni por un instante, la pre- sencia de un Pez Basurero. Una vez hice la prueba de poner un par mien- tras ellos dormían. Me quedé unos momentos para ver la reacción. En la primera media hora nada importante ocurrió. Los Peces Basurero empezaron a cumplir con su deber y, con sus grandes bocas pegadas a los cristales, se dedicaron a comerse las impurezas. Los Ajolotes, como de costumbre, se mantuvieron al fondo. Yo sé que, en general, los peces no sa- ben qué está ocurriendo en el exterior de sus peceras. Sin embargo, apenas dejé el acuario los dos Ajolotes se lanzaron a devorar a los Peces Basurero. Regresé a los pocos minutos, y me encontré con la carnicería. Los Ajolotes estaban, nuevamente, al fondo del acuario. En apariencia estaban tranquilos, pero de sus bocas sobresalían partes de los peces que se habían tragado. Parece que a partir de entonces se les despertó una furia desenfrenada. Lo digo porque pocos días después terminaron despedazándose uno al otro. Luego de esa experiencia, jamás se me ocurriría criar esos pe- ces nuevamente. Y no sólo por la ferocidad de sus costumbres. He tenido otras especies incluso mucho más agresivas. Estaban los Peces Peleadores, las Pirañas y otros ejemplares menores cuyos nombres no recuerdo. Lo repudiable de los Ajolotes era lo desagradable de su estilo que, aunado a su aspecto, daba al asunto de criar peces cierto carácter diabólico.

En estos años he aprendido que una de las formas más fastidiosas de morir se da cuando la enfermedad empieza por el estómago. Decir esto me causa cierta gracia, pues siempre he oído aquel dicho popular que afirma que al hombre se le agarra por el estómago. Y no solamente lo oí, sino que en más de una ocasión traté de ponerlo en práctica. Señalo esta característica de la enfermedad porque no deja de sorprenderme la razón por la cual cuando el mal comienza por el estómago el resto del cuerpo queda algo así como inmune. Cuando empieza por la cabeza, los pulmones u otros órganos, muy pronto compromete a las demás funciones vitales. Sobreviene una reacción en cadena, que se lleva al huésped en menos de lo que canta un gallo. Pero con el estómago todo parece ser diferente. El huésped cae en una diarrea constante, que va minando el organismo pero sólo hasta cierto punto. El estómago se afloja cada vez más, y el enfermo cada día es- tá más decaído. Sin embargo, nunca llega a alterarse, de manera significativa, ese continuo deterioro. Sigue su ritmo, sin subidas ni bajadas. Sin grandes sufrimientos súbitos. Sencillamente, continúan los cólicos y los calambres constantes. Largos y sostenidos. En el Moridero he tenido huéspedes que han soportado ese proceso hasta un año seguido. Y, durante todo ese periodo, los dolores se han mantenido invariables. En ningún momento el enfermo deja de saber que no tiene escapatoria. Yo me encargo, además, de que no abriguen falsas esperanzas. Cuando creen que se van a recuperar, tengo que hacerles entender que la enfermedad es igual para todos. Que aquellos que no pueden más con los dolores de cabeza o con las llagas que les supuran por todo el cuerpo, pasan por un proceso similar al de los que están con las largas y aparentemente interminables diarreas. Hasta que llega un día en el cual el organismo se ha vaciado por dentro de tal modo que no hay ya nada por eliminar. En ese instante no queda sino entrar en la espera final. El cuerpo cae en un extraño letargo, donde no pide ni da nada de sí. Los sentidos están completamente embotados. Se vive como en un limbo. Por lo general, este estado suele durar de una semana a diez días. Depende del cuerpo y de la vida que el huésped haya llevado an- tes de ser alojado en el Moridero.

Digo forma fastidiosa de morir, porque para nadie es un favor que el hués- ped esté sufriendo todo un año completo. He repetido muchas veces que no hay bendición mayor que la agonía rápida. Ni para los huéspedes ni para mí significa ninguna ventaja estarse muriendo en forma interminable. Al ocupar una cama más tiempo que el necesario, se le está quitan- do oportunidad a otro huésped que seguramente verá atacado su cerebro o sus pulmones antes que su estómago. A otro huésped que cumplirá a cabalidad su papel de huésped, y ocupará la cama, mi tiempo y mis re- cursos no más de lo necesario. Pero muchas veces me he preguntado qué hacer ante estos casos. Al final llego a la conclusión de que aceptar es- te tipo de huéspedes, el que sufrirá interminablemente con el estómago, es un deber que no puedo eludir. Ya me he puesto demasiadas restricciones como para imponerme una regla más. Si el Moridero no acepta mujeres ni enfermos en la etapa primaria, no puede ahora rechazar también a los postulantes cuyos estómagos están atacados. Me parece que una actitud semejante terminaría por desvirtuar, por completo, los orígenes de la idea que llevo adelante. De hacer caso a esta última restricción, será inútil seguir manteniendo transformado el salón. Hubiera sido más fácil hacer caso omiso a lo que ocurría a mi alrededor y, sin inmutarme, haber continuado viendo morir a los compañeros, a los amigos, a gente desconocida. A los jóvenes fuertes, a los que alguna vez fueron reinas de belleza, que desaparecían con los cuerpos destrozados y sin ninguna clase de amparo. Sin embargo, debo ser fiel a las razones originales que tuvo este Moridero. No a la manera de las Hermanas de la Caridad, que apenas se enteraron de nuestra existencia quisieron asistirnos con traba- jo y oraciones piadosas. Aquí nadie está cumpliendo ningún tipo de sacerdocio. La labor que se hace obedece a un sentido más humano, más práctico y real. Hay otra regla, que no he mencionado por temor a que me censuren, y es que en el Moridero están prohibidos los crucifijos, las estampas y las oraciones de cualquier tipo.

Las heridas de mis mejillas se extendieron pronto por todo el cuerpo. Yo sabía que era preferible no frotarlas con los dedos. Tampoco tratarlas con ninguna crema. Me habían contado de los efectos que producía la cortisona sobre este tipo de úlcera. Al principio las curaba por completo, pero al cabo de una semana aparecían con más fuerza que nunca. Logré resignarme y traté de lucir las llagas con orgullo. Noté algunas reacciones, principalmente entre los familiares de los huéspedes que llegaban hasta el salón. Se trataba de un primer impacto, que luego disimulaban creyendo seguramente que yo no me daba cuenta. Esta nueva condición de mi cuerpo me sirvió para retirarme definitivamente de la vida pública.

Si bien es cierto que ya no contaba con los vestidos de noche, tampoco tenía ganas de ir hasta los baños de vapor los sábados por la tarde. A veces imaginaba con regocijo cuál sería la reacción de los asistentes al ver- me con el cuerpo brotado. Lo más probable era que en un primer momento no se dieran cuenta, y sólo lo notaran cuando estuvieran ya demasiado comprometidos. Puedo asegurar que muchos huirían aterrados. Aunque puedo asegurar también que otros seguirían como si nada sucediese. Eso mismo podía pasar si salía vestido en las noches. Claro que en esas circunstancias sería diferente, pues era muy probable que me las tuviera que ver, cara a cara y sin salida, con algún tipo entre asquea- do y furibundo. A mi edad y en mi estado, no estaba como para pasar por ese tipo de experiencias. Me sentía como aquellos peces tomados por los hongos, a los cuales les huían hasta sus naturales depredadores.

En más de una oportunidad realicé cierta prueba donde quedaba claro que los peces atacados por los hongos se volvían sagrados e intocables. Por más que les pusiera Ajolotes o Pirañas en su pecera, eran respetados en forma absoluta. Cualquier pez con hongos sólo muere de ese mal. A mí tal vez me sucedería lo mismo si me aventuraba a visitar nuevamente los baños o salir a las calles de noche. Quizá nadie se atrevería a golpearme ni a hacerme pasar por situaciones de peligro. Aunque también es cierto que la conducta de los peces a veces no guarda relación alguna con la de los hom- bres. Yo había visto, por ejemplo, cómo en ciertas ocasiones trataban de colarse al Moridero amantes desconsolados. Venían en busca de alguno de los huéspedes. Escuchaba que gritaban sus nombres en medio de la noche. A veces, era tal la fuerza de los gritos que muchos de los enfermos se despertaban asustados y comenzaban con el acostumbrado coro de quejidos. Yo me mantenía en mi cama, alerta por si las cosas pasaban a mayores. La puerta de calle estaba reforzada, era improbable que alguno de los amantes pudiera entrar. Pero de todos modos yo me mantenía despierto. Me preguntaba entonces qué podía mover a esos seres a buscar a los enfermos. Tal vez el recuerdo de un pasado feliz o quizá la convicción de que el amor va mucho más allá de lo físico. ¿Y entrar para qué? Sólo para encontrarse con alguien que no era más que hueso y pellejo. Alguien que, además del decadente aspecto, no era otra cosa que un simple portador del mal. Un portador del mal que estaba predestinado sólo a morir de ese mal. Por alguna extraña razón, este tipo de amantes rehuía la luz del día. Nunca se presentaba en horas que no fueran las nocturnas.

La llegada de esos hombres me producía cierto fastidio. Principalmente porque nunca nadie vino por mí. Me pregunto entonces de qué me sirve tanto sacrificio en la administración de este salón. Sigo solitario como siempre. Sin ninguna clase de retribución afectiva. Sin nadie que venga a llorar mi enfermedad. Creo que esto es el resultado de haberme preocupado tan- to por el salón de belleza en los momentos de esplendor. También de la dedicación que les ofrecí a mis compañeros de trabajo mientras estuvieron a mi lado. Estoy seguro de que, de estar vivos, ellos sí se preocuparían por mí. Verían la forma de mantenerme entretenido. Me traerían Marchantes —era el nombre que les dábamos a los muchachos que nos daban algo de diversión a cambio de dinero— de vez en cuando. Quizá mi mayor desgracia consista en que la enfermedad tomó mi cuerpo demasiado tarde. De haber muerto antes, mi enfermedad habría sido quizá más dulce. Con mis compañeros al pie de la cama, atentos a mis quejas. Pero ahora tengo que vérmelas yo solo. Debo sufrir la decadencia sin pronunciar palabra. Rodeado de caras que veo siempre por primera vez. Hay noches en que siento miedo. Temo por lo que sucederá cuando la enfermedad se presen- te en su esplendor. Por más que haya visto morir a innumerables huéspe- des, por más que desde hace ya bastante tiempo la muerte crea tener en el salón la libertad de hacer lo que le venga en gana, reconozco que ahora que viene por mí no sé qué va a pasar. Tal vez esta sensación fue la misma que tuvo mi madre cuando al fin, después de ir año tras año a las consultas de los hospitales, le dijeron que tenía un tumor maligno. Yo me enteré cuando estaba trabajando en el norte del país. Me mandó una carta que nunca contesté. Pero ahora yo, que me encuentro en una situación similar, no tengo a nadie a quien enviarle nada. Ni siquiera puedo guardar la esperanza de que exista alguna persona que no me quiere escribir.

Precisamente ayer, cuando estaba viendo la pecera del agua verdosa, me di cuenta de que la desaparición de un pez no le importa a nadie. En todos estos años el único afectado con la mortandad en los acuarios he sido yo. Noté que algunos Gupis se escondían entre las plantas. Después salían pero sólo para volverse a esconder. La única reacción que tienen ciertos peces ante la muerte es comerse al pez sin vida. Si no se saca a tiempo se convierte en alimento de los demás. Hubo veces en que, a pro- pósito, los dejé varios días muertos en el fondo del acuario. Cada mañana veía cómo el resto iban desapareciéndolos de a pocos. Me parecía que en esas ocasiones la muerte cobraba cierto sentido. Pero no hice de esta práctica una costumbre. Casi siempre recogía al pez casi al momento de encontrarlo. De ese modo me sentía más tranquilo, pues a veces no po- día dormir bien en las noches si sabía que el pez estaba siendo despeda- zado por alguno de sus compañeros.

En honor a la verdad, debo decir que las heridas que aparecen en mi cuer- po no es lo más grave que me sucede. En casos extremos, ante la inmi- nencia de una aventura amorosa por ejemplo, siempre está el recurso del maquillaje. Una base de color carne sería suficiente para hacer desaparecer las fastidiosas heridas. El maquillaje y la ayuda de una luz tenue. Ya me sucedió una vez. Lástima que no se trató de un trance amoroso, sino de una de las tantas Hermanas de la Caridad que vienen hasta las puer- tas del Moridero a ofrecer sus servicios. No quería que supieran que es- toy enfermo. Sabía que aprovecharían cualquier señal de debilidad en mi mando para tomar las riendas por completo. Y eso es algo que yo no voy a permitir. Me imaginé cómo sería este lugar manejado por gente así. Con medicinas por todos lados, tratando de salvar inútilmente unas vidas ya elegidas por la muerte. Prolongando los sufrimientos bajo la apariencia de la bondad cristiana. Y lo peor, tratando por todos los medios de de- mostrar lo sacrificada que es la vida cuando se la ofrece a los demás. De ninguna manera quiero permitir que se haga esto con mi salón. No sé qué pasará una vez que esté muerto. Algunos podrán decir que no debería importarme, pero es algo que me preocupa demasiado. Incluso más que mi interés por la regencia del local. Tal vez sea porque sé que todos los huéspedes morirán inmediatamente después de mí. Y no es que este suceso me alarme mayormente. Lo triste serán las formas. Caerán mori- bundos en medio del mayor desconcierto. Los nuevos huéspedes además ya no serán iguales. Seguramente tendrán que pasar por algunas pruebas antes de ser admitidos. A algunos los remitirán a los asquerosos hospita- les del Estado. A otros sencillamente les cerrarán las puertas. Lo más probable es que no quieran saber nada de los más míseros, ni de los de conducta escandalosa, pues muchos de los huéspedes, a pesar de encontrarse gravemente enfermos, no abandonan jamás sus hábitos de costum- bre. Pese a las circunstancias que los rodean, de la suerte de estandarización que suelo imponer, continúan con sus actitudes de siempre, con aquellos modales que dejan tanto que desear. No puedo imaginarme a las Herma- nas de la Caridad lidiando con este tipo de personaje.

Tengo algunas ideas, pero no sé si tendré la fuerza suficiente para en su momento realizarlas tal como las he pensado. La más simple tiene que ver con el hecho de quemar el Moridero con todos dentro. Sé que nunca voy a llevar a cabo una idea así. Y no es sólo por remordimiento o por miedo que la rechazo, sino que sencillamente me parece una salida de- masiado fácil. Carente, por completo, de la originalidad que, desde el primer momento, le quise imprimir al salón de belleza. También se me ocurrió inundarlo. Hacer del salón un gran acuario. Rápidamente rechacé esa idea por absurda. Lo que sí creo que voy a poner en práctica es el bo- rrado total de huellas. Debo hacer como si en este lugar nunca hubiera existido un Moridero. Esperaré que se muera esta última remesa de huéspedes, y después no recibiré a nadie más. Poco a poco iré recobrando los artículos de belleza y los instalaré en sus antiguos lugares. Compraré tres grandes secadoras, un nuevo carrito para los cosméticos y decenas de ganchos y horquillas. Arrojaré los colchones y los catres a un basural. También las bacinicas y la vajilla de fierro enlozado donde sirvo las sopas. A alguien interesado le venderé la lavadora industrial que nos donaron el mes pasado. No es por falta de dinero, sino para no levantar sospechas arrojándola a un descampado así porque sí. Repito, no es por falta de dinero pues el negocio a nivel económico nunca fue más floreciente que cuando el salón de belleza se convirtió en un Moridero. Entre las dona- ciones, las herencias de los fallecidos y los aportes de los familiares logré reunir un buen capital. Así que por ese lado no tendré problemas para lle- var a cabo los cambios que quiero realizar.

Uno de los hechos que me entusiasman con el final del Moridero, es que nuevamente los acuarios tendrán su pasado esplendor. He pensado muy cuidadosamente los pasos a seguir. Primero me desharé de la pecera que contiene la última generación de Gupis. La arrojaré al mismo descampado donde irán las bacinicas y la vajilla. Será muy fácil verter la pecera y ver cómo los peces se asfixian hasta morir en aquel terreno agreste. Incluso, una vez que estuviera vacía, podría recuperarla y llenarla nuevamente para ponerle los peces especiales que tengo en mente comprar. Pero no, quiero dejar la pecera intacta en medio del descampado. Incluso le echaría agua nueva para oxigenar el ambiente. Pondría la comida justa para varios días. Dejaría los peces a la mano de Dios. Tal vez algún perro metería el hocico en las aguas o quizás un mendigo la encontraría. Lo más probable es que algún traficante de basura se tropezara con ella. Creo que se sorprendería con lo extraño de su hallazgo. Arrojaría en- tonces el agua y los peces para luego llevar el acuario a vender. Para ese entonces, en el salón estarían las nuevas peceras junto a los flamantes implementos de belleza. No habría clientas, el único cliente del salón sería yo. Yo solo, muriéndome en medio del decorado. De vez en cuando ha- ría acopio de mis fuerzas para llegar hasta el lavatorio, donde mojaría mi pelo para después meter la cabeza en una de las secadoras. Todo lo haría a puertas cerradas. No le abriría a nadie. Ni a los nuevos huéspedes, cuyas súplicas es muy probable que atravesaran el espesor de las paredes. Tampoco a los amantes nocturnos, quienes tocarían las puertas desesperados al no poder aceptar que la muerte había sido implacable con el objeto de sus deseos. Quizá también vendrían hasta el local los miembros de las instituciones que hacen de la ayuda un modo de vida. Entre ellos estarían las Hermanas de la Caridad y los empleados de las asociaciones sin fines de lucro. Yo me quedaría muy callado. Trataría de no hacer el mínimo ruido. Lo más seguro es que, a los pocos días, sospechasen que algo extraño estuviera pasando dentro, y es muy probable que derribaran la puerta. Entonces me encontrarían, muerto sí, pero rodeado del pasado esplendor.

Éstas son ideas sueltas, que tal vez nunca llegue a poner en práctica. Es demasiado difícil saber cuál será el rumbo que tome mi enfermedad. Puedo tener ciertas intuiciones, aprendidas durante estos años, pero estoy seguro de que mi mal tomará un camino diferente al habitual. Se hace complicado también el cálculo del tiempo. Lo más lógico es pensar que necesite de alguien a mi lado para que me asista en los momentos finales. Será inútil, por eso, desmantelar este lugar, que tiene todo destinado para la agonía. Incluso la decoración, pues, entre otros objetos, la pecera del agua verde es la más adecuada para convertirse en la última imagen de cualquier moribundo. Nada podré hacer para librarme de las Hermanas de la Caridad. Lo más seguro es que tomen las riendas sin que yo me dé cuenta del momento exacto en que esto ocurra. Es posible, además, que mientras yo esté en el último trance, acepten nuevos huéspedes sin consultarme. Estoy seguro de que no harán caso a mis reglas. Serán capaces, incluso, de consentir mujeres en el local. Las escucharé entonces gemir sin descanso. Aquél será un sonido nuevo y desesperante para mí. Todas las intenciones se torcerán. Lo que antes fue un lugar destinado estrictamente para la belleza, ahora se convertirá solamente en un sim- ple lugar dedicado a la muerte. Nadie, a partir de entonces, verá nada de mi trabajo, de mi tiempo desperdiciado. No conocerán de la preocupación que sentía por que todas mis clientas salieran satisfechas del salón. Ninguno sabrá del grado de ternura que me inspiró el muchacho al que lo obligaban a dedicarse al tráfico de drogas. Nadie de la angustia que me causaba oír llegar a los amantes ajenos. Cuando caiga enfermo todos mis esfuerzos habrán sido inútiles. Si pienso con mayor serenidad creo que tal vez yo en algún momento me sentí inmortal y no supe preparar el terreno para el futuro. Quizá ese sentimiento me impidió concederme un tiempo para mí mismo. De otra manera, no me explico por qué es- toy tan solo en esta etapa de mi vida. Aunque es muy probable que sea mi forma de ser la culpable de que no cuente con nadie que me llore por las noches.

Sólo recientemente he llegado a estas conclusiones. Es extraño compro- bar la forma en que mis pensamientos fluyen ahora más rápido. Creo que antes nunca me detenía tanto a pensar. Más bien actuaba guiado por una serie de impulsos. De esa forma conseguí, durante mi juventud, el dinero necesario para instalar el salón de belleza y empecé en las noches a salir vestido de mujer. Pero cuando vino todo ese asunto de la transformación del local, se produjo un cambio. Por ejemplo, siempre reflexiono antes de hacer alguna cosa. Analizo luego las posibles consecuencias. Antes no me hubiera preocupado, por ejemplo, el futuro de este Moridero tras mi desaparición. Hubiera dejado que los huéspedes se las arreglasen como pudieran. Ahora, lo único que puedo pedir es que respeten la soledad que se aproxima.