Las elecciones en México y las tareas políticas de la clase obrera

por Bill Van Auken //

Las elecciones nacionales en México el domingo presentan cuestiones vitales para la clase obrera mexicana e internacional.

Después de seis años bajo el corrupto y brutal régimen del Gobierno del Partido Revolucionario Institucional (PRI) del presidente Enrique Peña Nieto, México se encuentra sumido en una violencia pandémica, desigualdad social sin precedentes y niveles impactantes de desempleo y un recrudecimiento de la pobreza para la mayoría de la población.

El gobernante PRI, el cual se aferró al poder de forma indisputable entre 1929 y el 2000, es tan odiado que eligió a un “tecnócrata” como candidato, José Antonio Meade, que ni siquiera es miembro del partido. Las encuestas lo colocan en tercer lugar, mientras que hay una evidente posibilidad de que el partido sufra derrotas por todo el país, a nivel local, estatal y federal.

Ricardo Anaya, el candidato del Partido Acción Nacional (PAN), con quien ha alternado poder el PRI desde que comenzó el milenio, es ampliamente visto como un representante del sistema corrupto de sobornos que presidió como presidente de la Cámara de Diputados.

Dado el repudio masivo hacia los dos partidos gobernantes tradicionales, Andrés Manuel López Obrador, un exalcalde de la Ciudad de México y candidato presidencial por tercera vez, ahora como líder del Movimiento Regeneración Nacional (MORENA), tiene proyectado ganar las elecciones del primero de julio por un margen sin precedentes históricos, según prácticamente todas las encuestas.

La llegada al poder de López Obrador no ofrecerá ninguna salida a la crisis actual, sino una intensificación y nuevos peligros para la clase obrera mexicana. Un Gobierno encabezado por MORENA traicionará rápidamente las aspiraciones de las masas a poner fin a sus dificultades sociales y sufrimiento, aprovechados cínicamente por López Obrador.

No cabe duda de que existen ilusiones populares enormes en López Obrador o AMLO, como es conocido popularmente. Como un político profesional de 64 años, comenzó su carrera en el PRI, pasándose luego al Partido Revolucionario Democrático (PRD) y convirtiéndose en su candidato presidencial en dos elecciones. Fundó MORENA después de que el PRD girara fuertemente hacia la derecha y firmara el “Pacto por México” de Peña Nieto en el 2012, que liberalizó el mercado laboral mexicano, su sistema educativo y los sectores de energía, finanzas y telecomunicaciones, sometiéndolos a programas de privatización, las denominadas “reformas” de libre mercado.

El cierre de campaña de AMLO el miércoles por la noche, ante una multitud que llenó el estadio Azteca al sur de la Ciudad de México, reflejó esta marcada contradicción entre las ilusiones populares hacia López Obrador y la realidad de su posición de clase y programa político.

Mientras aseguraba que los partidos gobernantes del pasado perderían la elección, prometió que “no habrá represalias”. Esto significa que los crímenes de los últimos seis años, incluyendo la desaparición y presunto asesinato de los 43 normalistas de Ayotzinapa y las incontables otras masacres a manos de las fuerzas estatales, ni mencionar la corrupción generalizada que AMLO convirtió en el centro de su campaña, se mantendrán impunes.

Además, declaró que buscaran “la unidad hasta donde se pueda.” Ya hay exoficiales del PRI y PAN en su potencial gabinete, garantizando la continuidad de las políticas antiobreras impuestas por ambos partidos durante las últimas décadas.

Luego, dio señal de su disposición a dialogar y alcanzar acuerdos con Donald Trump, quien es el hombre más odiado en México después de Peña Nieto, debido a su racismo antimexicano, persecución de inmigrantes y demandas de que México pague hasta $15 mil millones para construir un muro en su frontera. AMLO dijo que le propondría a Trump la creación de algo “similar a lo que fue la Alianza para el Progreso”, el programa de asistencia inaugurado por el presidente estadounidense Kennedy en 1961 con el objetivo de amarrar a América Latina más estrechamente con el imperialismo estadounidense y prevenir otras revoluciones nacionalistas de izquierda como la de Cuba.

A medida que López Obrador se mantiene prácticamente como el vencedor de los comicios del primero de julio, se ha trasladado gradualmente hacia la derecha, incluso siendo aceptado por la oligarquía gobernante mexicana, que antes lo denunciaba como un demagogo que quería convertir a México en una Cuba o Venezuela.

Asimismo, el milmillonario Carlos Slim, el hombre más rico de México y anteriormente el más rico del mundo, advirtió recientemente que, si AMLO no quedaba como presidente, el país podría toparse con inestabilidad económica.

Presentándose frente a los directores de los principales bancos mexicanos en marzo, el candidato de MORENA les garantizó que el “régimen de propiedad” en México sería respetado y que no considerarían “expropiaciones ni nacionalizaciones”. Proclamó su lealtad a la “economía de mercado” y prometió que con sus políticas “no vamos a afectar a la banca”.

De forma similar, sus asistentes y asesores se han alejado de las denuncias hechas previamente por AMLO contra los pasos para privatizar el sector energético, que anteriormente controlaba el Estado, y ofrecerlo a la explotación de los conglomerados internacionales de energía. Han prometido que todos los contratos de esta índole deben ser respetados.

Los mercados ya incorporaron en sus cálculos una victoria de López Obrador y, bajo cualquier consideración, no ven ninguna amenaza para los intereses del capitalismo mexicano y mundial.

“Esta estabilidad quizás está sorprendiendo,” declaró José Oriol Bosch, director general de la Bolsa Mexicana de Valores. “Siempre hay quien busca lo negativo, pero lo que se está demostrando en los mercados es que el país está preparado para este proceso”.

Después de sus reuniones con ejecutivos de los principales bancos internacionales como Citigroup Inc., JPMorgan Chase & Co. en meses recientes, Wall Street se mantiene con una racha positiva ante una victoria de AMLO.

No puede excluirse, dada la profunda crisis y las encarnizadas divisiones dentro de la clase gobernante mexicana, que las elecciones del 2018 no lleguen a ser determinadas por el voto popular, sino por fraude electoral. Tal fue el caso en 1988, cuando le robaron la elección a Cuauhtémoc Cárdenas con el propósito de instalar al candidato del PRI, Carlos Salinas.

Este ha sido el proceso electoral más violento en la historia del país, con más de 120 políticos asesinados desde que comenzó la campaña. Estos asesinatos están tomando lugar en el contexto de una ola continua de violencia que se ha cobrado 8.000 vidas en el mismo periodo, en un país donde al menos 35.000 personas están clasificadas como desaparecidas.

La aprobación de una Ley de Seguridad Interior el año pasado le ha otorgado al presidente la autoridad para imponer lo que equivale a ley marcial, desplegando el ejército en las calles. Sin embargo, el intento de instalar a un presidente bajo tales condiciones podría desencadenar rápidamente una violenta revuelta social en un México ya volátil.

La clase obrera internacional ha vivido experiencias amargas con partidos burgueses como MORENA, que se apoyan en capas adineradas de la clase media y emplean una retórica vagamente izquierdista, mientras que prometen “esperanza” y “cambio”. Al otro lado de la frontera norte de México, los trabajadores estadounidenses tuvieron una experiencia similar con el demócrata Barack Obama, quien fue promovido por la pseudoizquierda como un “presidente transformativo”, pero que, al llegar al poder, impuso políticas que expandieron las guerras, aceleraron la transferencia de riqueza de las capas más pobres a las más ricas y aumentaron las deportaciones masivas a niveles récord.

Luego, se produjo la elección de Syriza en Grecia, celebrada por partidos izquierdistas de la pequeña burguesía en todo el mundo. Llegó al poder en el 2015 con base en promesas de finalizar las medidas de austeridad impuestas por la UE solo para capitular en pocos meses, pisoteando en el camino un referéndum que había rechazado abrumadoramente la continuación de la austeridad e imponiendo los recortes exigidos por los bancos internacionales.

Hay una similitud impactante entre las campañas realizadas por Syriza y MORENA. Syriza formó una coalición después de las elecciones del 2015 con los Griegos Independientes, un partido derechista y nacionalista que avanza políticas antiinmigrantes y apoya a la Iglesia Ortodoxa Griega, mientras que recurre abiertamente al antisemitismo.

El partido MORENA de AMLO integra en su coalición al Partido Encuentro Social (PES), una organización derechista conformada principalmente por cristianos evangélicos que hacen campaña contra los derechos de los gays, el matrimonio de parejas del mismo sexo y el aborto.

Esta notable simetría no es mera coincidencia. En ambos casos, la alianza de estos candidatos burgueses supuestamente “izquierdistas” con partidos de la extrema derecha representan una señal inequivocable para la élite política de que pueden confiar en ellos la defensa de los intereses tanto del capital nacional como extranjero, incluso apoyando las políticas más derechistas.

MORENA y AMLO representan los intereses del capitalismo. Cabe notar que López Obrador no ha respaldado ni dado un visto bueno a las luchas explosivas de los trabajadores mexicanos y oprimidos, desde las protestas contra el gasolinazo o aumento de los precios energéticos hasta las huelgas de docentes y continuas luchas de las víctimas de la violencia estatal.

Mientras que promete el populismo más barato, una lucha contra la corrupción —mientras que les garantiza impunidad a los corruptos— y aumentos mínimos en los programas de asistencia para los pobres, no cabe duda de que un Gobierno de López Obrador no responderá a la creciente presión de la clase trabajadora con concesiones, sino con ataques feroces en defensa de los intereses de la élite financiera que ha acogido a AMLO.

La aguda crisis en México y la falta de una alternativa política independiente de la clase obrera subrayan la urgencia de construir una nueva dirección revolucionaria, una sección del Comité Internacional de la Cuarta Internacional, luchando por unir las luchas de la clase obrera mexicana con las luchas de los trabajadores en Estados Unidos y el resto del continente americano para poner fin al capitalismo.

(Tomado de WSWS)