Contra el sectarismo

por Gustavo Burgos //

La izquierda revolucionaria chilena es presa de una paradoja histórica. Las tradicionales fuerzas del PS y el PC se encuentran reducidas a su mínima expresión, licuadas como organizaciones de clase y –para usar la metáfora de Marx- se disuelven en el aire. Por otro lado las masas perseveran en su accionar y a la más mínima manifestación ponen en entredicho al gobierno piñerista que se presenta extremadamente debilitado y sin capacidad de respuesta. Con sus limitaciones, y por vía ejemplar, la movilización feminista logró imponerse políticamente y obtuvo lo fundamental de sus reclamos, en esta fase, en una sola acción.

A pesar de este escenario auspicioso los grupos revolucionarios –que son aquellos que se reclaman de la revolución obrera- no logran entroncar con la actividad de las masas y al contrario, en su accionar predominan los rasgos de retroceso. Para seguir en la línea del análisis del movimiento feminista, podemos observar que el PTR -organización pionera en la actividad feminista a través de la corriente Pan y Rosas- no ha logrado sino intervenir de forma subordinada en este movimiento, llegando a ser cuestionada por decisiones políticas –se les acusa de eventual amparo a algún abuso- que irían en contra de las premisas del activismo y el “yo te creo”.

Algunas cuestiones para ordenar este problema.

Los marxistas rechazamos por principio la posibilidad de acceder pacíficamente al socialismo: tal revolución será el resultado de la insurrección de los explotados o no lo será. Como lo revela nuestra historia, la burguesía no será persuadida institucionalmente de la necesidad de socializar de los medios de producción, por el contrario tales medios le han de ser expropiados con el uso de la fuerza, militarmente hablando. A su turno serán los explotados, el proletariado, los trabajadores quienes logren materializar tal objetivo en tanto se organicen como partido revolucionario,  en un proceso transicional que parte de las reivindicaciones inmediatas de los explotados que los proyecten al poder. Esta lucha descrita no tiene fronteras y su escala es internacional, porque la revolución socialista es mundial, la restauración del capitalismo en la URSS, China y Cuba, confirman este aserto.

Estas afirmaciones base de la concepción permanente de la revolución –desordenadas si se quiere- forman parte del ABC del marxismo y sin embargo su simple enunciado no contribuye, sino en la esfera testimonial, a hacer realidad el ideario emancipatorio socialista. La propaganda contribuye a la difusión del programa proletario, es verdad, pero a condición que la misma gire en torno no a las concepciones de los revolucionarios, sino que a las necesidades de los explotados.

Domina –por lo mismo- en los grupos revolucionarios un trastorno que podríamos llamar de hipermetropía política. Se ven bien y con claridad los hechos lejanos –pensamos en ese infantilismo internacionalista, limitado hacer campañas por causas del exterior- y al contrario, los hechos próximos o no se ven o se ven de manera borrosa. El resultado político de este accionar anticipa el desastre, estos grupos rechazan participar de las discusiones y problemas de la contingencia, desarrollando líneas de análisis abstractas, evasivas, puramente ideológicas, separándose del movimiento de masas y emplazando de los trabajadores a realizar la política revolucionaria, sacándolos de su accionar diario.

En esta dinámica el reformismo tiene el camino despejado y a pesar de sostener anquilosadas concepciones democratistas, electoreras y keynesianas en lo económico, logran imponerse porque dialogan con la vanguardia, hablan su idioma, participan de su accionar diario. Esto hace que las ideas del reformismo  superadas por la historia luego de la tragedia de la Unidad Popular, como son la cuestión del ciudadanismo o el igualitarismo jurídico de los “derechos sociales” (Autonomistas, Fernando Atria, Nueva Democracia, etc.) prevalezcan en la vanguardia de izquierda, porque intervienen electoralmente y se hacen cargo de responder las cuestiones inmediatas que plantea el accionar de las masas.

Una buena forma de ejemplificar este problema es la actual situación de uno de los principales movimientos de trabajadores que hay en el país, el Movimiento No+AFP. La conducción de este Movimiento se ha basado en el encuentro de diversas organizaciones sindicales y su permanencia es el resultado de un complejo equilibrio sostenido en el liderazgo de Luis Mesina. El discurso del Movimiento es estrictamente sindical y se centra en la reivindicación de un sistema previsional de reparto y el ataque al actual sistema de ahorro forzado de las AFP, pilar del modelo pinochetista. La limitación de este discurso está condicionado por la precariedad organizativa de los trabajadores y su falta de profundidad por lo mismo, es expresivo de una dirección consensuada y centrista. Resulta indudable que la única forma de garantizar el triunfo de esta causa es acabando con el capital monopólico financiero, expropiando a la burguesía, haciendo el Socialismo. Sin embargo el debate político ha tomado, extrañamente, cursos muy distintos.

Contra la naturaleza de clase y la extensión social del Movimiento, el reformismo –que ha logrado imponerse en muchos sentidos- ha querido hacer del No+AFP algo blando, familiar, apolítico. Marchas domingueras, batucadas, disfraces, mimos, etc. Una especie de emanación democrática, alegre y despojada de todo rasgo de clase. Es lo que corresponde a su concepción del proceso político, nada podemos reclamar desde la izquierda.

Sin embargo, las corrientes revolucionarias, a pesar de tener la tendencia del Movimiento a su favor, no han hecho otra cosa que atacar al Movimiento No + AFP, anatemizarlo como “pequeñoburgués” y proponerle salidas ultimatistas, haciendo uso de un fetichismo “de clase”. Esto último es otra forma –la sectaria- de estrangular el proceso.

Como decíamos ya hace un tiempo, una de las variantes sectarias, idealistas de comprender este Movimiento, es ignorar su carácter obrero. El sectarismo obrerista contrasta idealmente lo que hoy hacen los trabajadores dentro de este Movimiento, con la gloriosa gesta de los Cordones Industriales. Es verdad, hoy no se ven participar sindicatos encolumnados por rama de producción (como en la UP), aguerrida militancia socialista y altisonantes consignas de poder. La Dictadura y cuatro décadas de prepotencia neoliberal (sumado al trabajo de zapa del reformismo) han barrido con tales formas en la lucha de clases. Sin embargo, la confusión entre forma y contenido, tan cara a los razonamientos idealistas, es una expresión de terror, de pánico al accionar de las masas. No es otra cosa.

Por lo indicado, calificar a este Movimiento No + AFP de pequeñoburgués por sus formas, por lo dominante en su dirección, es ceguera política, pero fundamentalmente es una manifestación de cobardía, típica de la clase media. Esta es la paradoja del sectario, quien no es capaz de verse en el espejo de clase que lo une al reformista y –desde afuera- pontifica sobre las verdades inmutables del Manifiesto Comunista y la “Torah” de la Revolución Obrera.

Otra manifestación de este sectarismo, igualmente paradójica, es el fetichismo de la consigna. La “Dictadura del Proletariado”, la “Huelga General”, por señalar algunas, son presentadas en abstracto como la “solución” del problema social. En abstracto, hay que decirlo, estas consignas o tareas, así como “todo el poder a los soviets”, las milicias obreras, la insurrección, la acción directa, la democracia obrera, son momentos, principios y particularidades del largo proceso de transición entre el Capitalismo y el Comunismo. Si se trata de hacer enunciados invencibles, los revolucionarios sólo deberíamos plantear el Comunismo, como  sociedad basada en la propiedad de los bienes de producción y consumo, libre de clases sociales y de Estado. Bastaría con alzar dicha proclama y nos evitaríamos con ello la engorrosa tarea de construir un partido revolucionario y de convencer a las masas de hacer la revolución.

La Huelga General en particular así planteada –como se ha hecho dentro del Movimiento No+AFP- carece de todo contenido político. Se argumenta que la Iniciativa Popular de Ley sería como un pliego de peticiones y que su rechazo por el Parlamento, conduciría (quizá justificaría) la realización de tal Huelga General. Como ocurre con los razonamientos idealistas, los mismos obedecen a la lógica formal en su estado puro. Sin embargo, los materialistas debemos someter al rigor de la dialéctica nuestros postulados y ese rigor no proviene de los textos de Hegel, sino que de la experiencia viva de la lucha de clases.

Compañeros:  ¿quiénes convocan, organizan y ejecutan tal Huelga?, ¿en qué tradición concreta o conducta de la clase obrera se apoya tal planteamiento?, ¿a dónde nos conduce tal Huelga?. Estas cuestiones –por mencionar las principales- deben ser respondidas si es que seriamente creemos que se encuentra en la orden del día el llamado a una Huelga General. Pero la realidad es muy distinta, el nivel de organización de la clase obrera chilena es muy precario en el día de hoy, el mismo no alcanza salvo excepcionalidades ni tan solo el nivel de rama de producción y nuestro país no conoce una oleada huelguística, que revista tal carácter, desde 1916, ¡más de un siglo!. Es más – a diferencia de lo que ocurre en Argentina, país con tradición de Huelgas Generales- la radicalización de los trabajadores, como lo expresaron los Cordones Industriales, no pasó necesariamente por la experiencia huelguística, entre otras cosas porque los trabajadores chilenos no se expresan tanto sindicalmente, sino que directamente como organización política.

La Huelga General es un posible camino de desarrollo de la lucha de clases, como lo puede ser la Asamblea Constituyente, pero atribuirle rango estratégico y plantearla “como salida concreta para una situación igualmente concreta”, al decir de Lenin, es un sucedáneo de política y sólo conduce a la parálisis y a la desorganización. Los sectarios –igualmente- en su momento calificaron el Plebiscito de Octubre No+AFP del año pasado como una experiencia “electoralista”, ignorando que no es el acto electoral, sino el carácter de clase de la organización, la que define el rasgo distintivo de un proceso electoral. Muchas elecciones, por ejemplo las sindicales, son una expresión genuina de democracia obrera. El carácter revolucionario o reaccionario de una determinada conducta política, está en estrecha relación y se encuentra determinada por su relación con la actividad de las masas y la capacidad de la misma de afirmar la voluntad de lucha de los explotados. Ni una elección, ni una huelga, ni una barricada, ni una guerrilla -consideradas en abstracto- resuelven los problemas políticos y las relaciones de lucha entre las clases.

En último análisis, el sectarismo, como fenómeno político, es expresivo del instinto de autopreservación de las pequeñas organizaciones frente a la actividad de las masas. Esta conducta tiene un origen pequeñoburgués y se cura con la lucha de clases, no hay otro remedio. Como tal, inclusive puede jugar un papel progresivo para ayudar a la identificación de pequeños círculos de propaganda. No obstante ello, el sectarismo  debe ser superado en el contacto con los trabajadores. La búsqueda de ese puente con la clase obrera –Recabarren es nuestro célebre modelo al respecto- es la garantía de superar esta enfermedad infantil.

La izquierda revolucionaria, la clasista que se reclama de los trabajadores y el socialismo, está obligada a unificarse en torno a una estrategia de poder, a construir un partido y proclamar la necesidad de ir a la clase obrera. Son medidas concretas, debates específicos y reales, en el seno de las masas, las que ayudarán a penetrar las ideas revolucionarias entre los trabajadores. La unidad de las bases movilizadas se hará posible y se potenciará por la agudización de los antagonismos de clase y el recrudecimiento sin límites de la opresión imperialista. Es el socialismo, no la utópica humanización del capital, la respuesta a la totalidad de la catástrofe social que día a día viven los explotados en el mundo entero. El proceso histórico está del lado de la revolución, pero ella no caerá del cielo como en los textos bíblicos. Será el resultado del accionar consciente de miles de millones, de la mayoría social contra la minoría explotadora. Esos poderosos lazos sociales son más fuertes que cualquier escisión sectaria, la historia nos lo demanda, unidos venceremos.