El lado oscuro de la paternidad

por Irene Fridman //

 

En el trabajo clínico con pacientes varones es habitual escuchar que, a través del relato de sus padecimientos, aparece otro relato, una suerte de melodía de fondo que atraviesa todos los cuestionamientos y que se basa en la permanente interrogación acerca de su masculinidad, junto con una constante comparación con un ideal de masculinidad exitosa y total.

En los recuerdos que traen a sesión surgen muchas veces vivencias angustiantes acerca de cómo han sido “masculinizados” por sus padres; esto es, constantes apelaciones acerca de haber logrado o no ser “ suficientemente hombres” y por ende estos recuerdos se acompañan con la vivencia de nunca ser demasiado o establemente exitosos en la tarea de ser varones.

No es ajeno a nosotros observar padres que intentan masculinizar a sus hijos a través de actitudes hostiles y violentas, de desafío. La costumbre patriarcal de “forjar el carácter en los varones” es uno de los caminos desde donde se aprende el ejercicio de la dominación. La mirada de un varón sobre otro varón desde esta perspectiva adquiere mucha importancia, ya que desde ese lugar se va a confirmar o no la “supuesta masculinidad”.

La vivencia de fracaso por no poder estar a la altura de lo que marca lo social como los rasgos máximos esperados para lo masculino, solo trae aparejado sumisión, miedo y un profundo sentimiento de inseguridad, por no haber estado a la altura de ese “gran varón” que representa al padre o al mito cultural de la masculinidad.

Así como el análisis de las relaciones entre los géneros nos ha mostrado que los modos de construcción y subjetivación social distintivo por genero están al servicio de la cristalización de las relaciones de poder, es de suma importancia empezar a revisar y develar los efectos que acarrea en la subjetivación de los varones las relaciones de poder al interior del mismo género, para entender mejor esta parte del “malestar masculino”.

En el articulo “La búsqueda del padre. El dilema de la masculinidad” del libro “Psicoanálisis y Genero. Debates en el Foro” (Meler, Tajer 2000) formulé la hipótesis de que el ideal de género en los varones se constituía a través de una formación que denominé Otro Completo Imaginario, término que aplicaré a la depositación en la figura del padre, o del varón de la cultura, de la imagen de una masculinidad completa, nunca alcanzable por el hijo. Una masculinidad sin castración, sin la necesidad del otro/a; un ideal que se supone lo tiene todo y detenta el único lugar posible, el lugar del poder.

La comparación con este ideal llevaría a los varones “a estar a la defensiva porque nunca pueden dar por sentadas sus masculinidades” (Seidler 1995), por no poder alcanzar este ideal que en realidad es inalcanzable, pero que está totalmente narcisizado por la cultura en virtud del deslizamiento semántico entre poder, dominación y masculinidad.

Cuanto más inalcanzable es esta figura más problemática es la búsqueda de identificación por parte del hijo; el mantenimiento de la distancia sirve como forma de asegurar la cristalización de la figura ideal y, por otro lado, es una forma de escapar al compromiso afectivo que llevaría a perder el posicionamiento del Amo. Todos sabemos que una práctica de dominio corriente es mantenerse a una distancia lo suficientemente lejana para asegurarnos un lugar idealizado y de aparente fuerza, ” son los débiles los que aman”.

En la antigua Grecia los términos de ciudadano y hombre eran equivalentes, y la relación sexual estaba en íntima vinculación con la relación social, siendo percibida de la misma forma que el par superior- inferior y, por lo tanto, pensada en términos de dominador-dominado, pasivo- activo, penetración- penetrado. Desde este lugar, podríamos pensar que la lógica griega impera hasta nuestros días en la consolidación de la masculinidad social. La Ley que se introduce es la ley del único deseo, “el de la dominación”, y los sujetos sociales solo puede alinearse de uno u otro lado de esta ley, quedando los varones atrapados en los miedos que trae la transgresión de la misma y ubicándose del lado de los objetos de deseo, los penetrados, los dominados, Lo otro (todo lo que esta asociado con lo femenino).

En el interjuego especular del reconocimiento del padre hacia su hijo del mismo sexo, al no poder ser como el ideal que se espera desde los imperativos culturales, el temor del hijo es quedar convertido en su negativo. La imagen idealizada del Otro Completo Imaginario (ese gran varón) se convierte, por efecto de la lógica fálica, en el Uno. El pequeño varón, en su intento de identificación, pasa, entonces, por dos momentos. Por un lado, momento de identificación: “Si soy varón, soy como él, Completo”, pero por el carácter totalizador de este tipo de ideal entrará, también, en el lado oscuro, que será el momento del sometimiento al ideal y, por lo tanto, la abrochadura con el otro rol, el temido, la traducción de que cualquier suceso que remita a debilidad o declinamiento será por lógica transitiva identificado, con lo que se ha repudiado: Lo otro, Lo femenino.

Si aplicamos la lógica del dominador- dominado a los aspectos más terroríficos de las relaciones padre-hijo, podríamos pensar que en el relato mítico de la muerte del padre primitivo se condensan algunas situaciones problemáticas para la construcción de la masculinidad. El padre se convierte en una figura idealizada de poder tan distante que propone dos resoluciones, o el sometimiento o el derrocamiento violento, como forma de participar de la omnipotencia paterna, y la valoración masculina pasará permanentemente por quien se atreva a desafiar a esta figura de máxima detentación de poder.

Me gustaría ejemplificar todo lo expuesto previamente comentando dos películas. “Karacter”, que es del mismo realizador, de origen holandés, de la brillante película “Las memorias de Antonia”, Mike Van Dame, cuya línea argumental narra las vicisitudes de una tortuosa relación entre un hijo, que busca el reconocimiento del padre, y este último, que lo desconoce permanentemente. Asimismo, el film “La celebración” del director del grupo Dogma 95. Estas películas, como así también algunos textos literarios [2], se inscribirían en una corriente cultural de cuestionamiento a lo que se podría denominar el lado oscuro de la paternidad, corriente que se relaciona con develar los efectos que acarrean las figuras paternas, en su ejercicio máximo de poder y dominación, sobre la subjetividad de sus hijos varones.

Voy a refrescar un poco el relato para poder ir analizándolo. El personaje principal, el señor Kattedrunfen, es un muchacho que es hijo bastardo de un poderoso “oficial de la ley”, Drevenhaven, y de su mucama, una mujer que en el relato cinematográfico casi no habla. Su origen se debe a una situación de abuso (primera situación de abuso por efecto del poder del “oficial de la ley”). Toda la película es la búsqueda, por parte de este chico, de un espacio de reconocimiento del padre así como de salir de la pobreza en que viven (otra situación de reconocimiento). La relación con este “padre” es de dominación y desconocimiento, pues solo admite un vínculo cuya condición es el sometimiento. En un momento, este hijo es detenido por la policía, quien piensa que ha robado pan, y -cuando el oficial de la policía le pregunta su apellido- el niño da el apellido del padre, Drevenhaven, como intento de salvarse de su destino. Por su parte, el padre concurre a la policía y niega su paternidad, por lo que el niño es encarcelado.

A partir de aquí se suceden una serie de situaciones en las cuales el personaje principal busca salir de la pobreza en que esta sumido y también de este padre todopoderoso y sádico que solo se vincula con él en tanto y en cuanto lo somete económica y psíquicamente.

El protagonista Kattedrunfen decide ser abogado, el padre representa la ley sin compasión. El señor Kattedrunfen busca el reconocimiento del padre, a costa del sometimiento a situaciones abusivas. Sin embargo, a lo largo del relato van apareciendo otras figuras masculinas, muy importantes, que lo reconocen y lo aprecian y que le van otorgando dones: el abogado del estudio que lo alienta a estudiar y le ayuda económicamente, el trabajador comunista que se relaciona con él desde el placer intelectual pero también desde el cariño. En todo momento se delinea la lucha entre un padre todopoderoso y sádico que quita permanentemente “para forjar el Karacter” a través de la violencia y la dominación y otros que pueden dar, en los cuales también predomina la ética del cuidado.

En la escena final el protagonista, habiéndose recibido de abogado, va a decirle al padre que no lo quiere ver más, y -en una escena de profunda violencia física y psicológica- se desarrolla una pelea en la cual pareciera que el hijo mata al padre, para develarse al final que, al no lograr que el hijo lo mate, Drevenhaven se mata a sí mismo. Es este el único momento en que el padre reconoce a su hijo y decide donarle todo su poderío económico. Pero ha habido un costo altísimo en esta búsqueda de reconocimiento del hijo por el padre, el hijo ha perdido la posibilidad de amar y ha quedado solo.

En la película “La celebración” (un festejo familiar en la cual el patriarca cumple 60 años y reúne a toda la familia) el protagonista revela, en medio de la fiesta, las situaciones de abuso sexual que ha sufrido a manos de su padre junto con su hermana, la que se ha suicidado poco tiempo antes de “La celebración”. El hijo se anima rebelarse contra este patriarca poderoso a raíz del suicidio de su hermana gemela y de lo que podríamos llamar “la muerte en vida” que padece. En el film, él es sostenido en esta revelación por otros varones (el cocinero Jefe); se repite, en este sentido, la misma imagen de la película “Karacter”, la aparición de otras figuras masculinas más benignas.

Otra vez vemos, en el relato fílmico, la secuencia dominación, abuso, cosificación del otro; esta vez en la circulación entre varones pero, por sobre todo, una búsqueda de reconocimiento del hijo por el padre.

Realmente, si bien ambas películas tienen muchísimas líneas de análisis, me gustaría centrarme en las que se refieren a la lucha con el padre todopoderoso que somete y los costos que acarrea la misma en la constitución de la masculinidad.

Lo que ambas películas ponen al descubierto es que La Ley del padre, en tanto y en cuanto todavía cumpla con la lógica griega de la dominación, traerá para las mujeres cierto tipo de costo y, para los varones, otro que no por menos mencionado es menor; costo que está ligado a la búsqueda constante de relaciones de dominio, como forma de asegurar el sentimiento de virilidad. Incluso así, será perseguido permanentemente por el temor de quedar en la posición del otro dominado y degradado.

Kattedrunfen busca al padre para derrotarlo, pero en esta búsqueda se aliena de la vida. La búsqueda de la derrota permanente del otro para asegurar una posición de dominio termina con la más absoluta de las soledades, la de no tener a un otro que lo reconozca, Drevehaven (el padre) padece la más absoluta de las soledades y debe matarse a sí mismo, indiferente y cansado de la vida. El hijo busca permanentemente al padre y no desea matarlo, desea conservarlo, para poder tener pro-genitor.

Tanto las figuras paternas de “Karacter” como las de “La celebración” nos enfrentan con los padres omnipotentes representantes máximos de la Ley del padre, La ley sin compasión, sin amor. Esto significaría el placer de la dominación hasta la destrucción del otro. O hasta que el otro, identificado con aquel que domina, lo destruya.

Ambos padres solo dejan lugar a los protagonistas a través de una muerte -real en la película “Karacter” y metafórica en “La celebración”- y ambos protagonistas encuentran la salida ante estos padres terroríficos de la dominancia a través de otras figuras masculinas (esto me parece importante) donde impera el amor al otro, la ética del cuidado y en los cuales el efecto de donación no se vive como despojamiento.

Tener en cuenta estos aspectos en la escucha clínica nos permitirá empezar a deconstruir los aspectos “más terroríficos” de las relaciones entre los padres y sus hijos varones y entender los efectos patógenos que acarrean las relaciones de dominación al interior del mismo género. Nos permitirá el beneficio del locutor (Foucault 1995) ya que tomar la palabra sobre este tema, forzar la red de la información institucional, nombrar el blanco, es ya una primera inversión de poder, es ya un primer paso para otras luchas sobre el poder. Aspecto que les permitirá a nuestros varones en conflicto, encontrar una mayor libertad para reorganizar sus masculinidades en forma menos rígida y persecutoria, pudiendo vivir sin tanto temor, los momentos de declinamiento que la lucha por el poder permanente, les exige.

 

Notas
[1] Versión abreviada del trabajo incluído en el libro “El malestar en la diversidad”, Ana Maria Daskal, comp. Chile, Isis Internacional, 2000

[2] En el libro Psicoanálisis y Género. Debates en el Foro, tomé para su análisis el relato de Paul Auster “La invención de la soledad” en la cual un hijo, el autor, reelabora su vinculo con su padre quien acaba de morir, a través de su propia paternidad, y de sus dificultades para la creación.

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