Las derrotas de Mayo del 68 y el nuevo capitalismo

por Emmanuel Chamorro //

 

En este quincuagésimo aniversario de Mayo del 68 nos hemos encontramos de nuevo (como cada año terminado en ocho desde hace ya décadas) con la letanía de quienes quieren convencernos de que el 68 fue “la primera revolución indiferente” (Lipovetsky, 2015: 45): un movimiento individualista, superficial y hedonista. Así se llega a decir que en 1968 en Francia “no pasó nada” —ya que todo lo importante sucedió en Praga— o que fue, en cualquier caso, una “revolución divertida” de los hijos de la clase media cuyo verdadero objetivo era asaltar los colegios mayores de las universitarias. Para dar lustre a este relato se nos presenta la trayectoria de buena parte de los líderes de Mayo como la prueba definitiva de que las nuevas formas de capitalismo han saciado las expectativas de aquel movimiento

En nuestra opinión, sin embargo, este tipo de acercamientos a Mayo del 68 nos habla más de nuestro tiempo que del acontecimiento mismo, de los discursos hegemónicos en el presente que de los de entonces, de la sociedad actual que de la de los sesenta. Por el contrario, creemos que un acercamiento más honesto y útil políticamente exige un análisis cuidadoso de esa relación entre Mayo del 68 (entendido en el contexto de los movimientos de los sesenta y setenta) y las transformaciones del capitalismo hasta nuestros días. En este sentido, y adelantando nuestra conclusión, creemos que esta relación únicamente se puede conceptualizar en términos de una derrota de las aspiraciones del 68, asfixiadas en diferentes movimientos de rechazo e integración que de algún modo han determinado las formas definitivas que ha tomado el neoliberalismo.

1. La respuesta disciplinaria

Como es conocido, el Mayo francés (especialmente en lo que afectaba al movimiento obrero) fue en buena medida desactivado por los llamados “acuerdos de Grenelle” 1/. Estos suponían una serie de concesiones pactadas entre el gobierno de De Gaulle y los principales sindicatos (CGT y CFDT, entre otros). A pesar de incluir buena parte de las reivindicaciones históricas del movimiento obrero francés, en un primer momento estos acuerdos fueron rechazados por los trabajadores de algunas de las principales empresas francesas de modo que aunque se firmaron en los últimos días de mayo, la huelga no se detuvo hasta mediado el mes de junio.

Además de esto, el retorno al trabajo no fue el fin de fiesta que algunos pretenden hacernos creer, sino que exigió el uso de la fuerza del Estado y la amenaza de una guerra civil que nadie estaba dispuesto a asumir. A este respecto, tan importante para comprender esta primera derrota de Mayo del 68 es la firma de los acuerdos de Grenelle como dos hechos que suelen pasar más desapercibidos: la reunión de De Gaulle en Baden Baden con el general Massu y la amnistía de los presos de la OAS 2/ en los primeros días de junio de 1968. Estos movimientos nos hablan de un Estado gaullista preparado para acabar con las protestas por la vía militar. No en vano los tres muertos que oficialmente se reconocen en Mayo a manos de la policía remiten al marco de las jornadas de junio. Así el día 11, en los enfrentamientos en la fábrica Peugeot-Sochaux mueren dos obreros, Henri Blanchet y Pierre Beylot, el primero por el efecto de una granada lacrimógena y el segundo tiroteado a quemarropa por un suboficial (Astarian, 2008: 121). En esa misma jornada, al menos otros dos trabajadores, Serge Hardy y Joël Royer, quedarán amputados (Baynac, 2008: 368).

Los relatos de estos últimos días de protestas señalan que además de la fuerza empleada para sofocar la huelga, se produce un cambio de estrategia por parte de la policía que controla la ciudad de París. En un contexto que recuerda a una ocupación militar, se emplea la fuerza policial contra cualquier grupo de jóvenes que parezca pertenecer al movimiento estudiantil. Esta espiral de violencia se cobrará el 10 de junio la vida de GillesTautin, militante de 16 años que muere ahogado en el Sena tras ser atacado junto a otros jóvenes por una unidad de gendarmes móviles.

A pesar de la sensación de derrota que acompaña la “vuelta a la normalidad” 3/(con consecuencias, a menudo trágicas, tanto por esa violencia como por la frustración que llevó a algunos militantes incluso a quitarse la vida), hay que reseñar que los logros en el campo laboral debidos al impulso de Mayo del 68 fueron muy importantes. En este sentido, aunque no se produjo la revolución anunciada, las condiciones sindicales y laborales mejoraron sustancialmente en los años posteriores a 1968, consiguiendo las cuatro semanas de vacaciones pagadas en 1969, el acuerdo sobre la baja maternal y sobre formación continua en 1970, la ley sobre la duración máxima del trabajo en 1971, el acuerdo sobre prejubilaciones, la participación de los trabajadores inmigrantes en las elecciones profesionales, la prohibición del trabajo clandestino y la generalización de las jubilaciones complementarias en 1972 así como la indemnización total por desempleo durante un año en 1974 (Boltanski y Chiapello, 2002: 265).

La lógica que subyace a esta primera respuesta a las exigencias de Mayo consiste en una negociación en términos de lo que los sociólogos Luc Boltanski y Ève Chiapello han denominado “crítica social”, que se traduce en un reparto económico beneficioso para los asalariados y un avance legislativo que de algún modo incrementa su seguridad. La contrapartida de estas mejoras, la línea roja que no se rebasará en las negociaciones, es la que podemos identificar con las reivindicaciones de autogestión (especialmente importantes en la CFDT y que constituyen una de las líneas de fuerza de la convergencia obreros-estudiantes en Mayo del 68) y de crítica a la autoridad y las formas de vida dominantes. De este modo los subsecuentes acuerdos entre patronal y sindicatos, aunque representan un avance social desconocido en Europa, tendrán como contrapartida el mantenimiento de las jerarquías en la empresa, ahogando cualquier reivindicación de autogestión o cogestión.

El panorama general que se dibuja en el mundo del trabajo posterior al 68 nos presenta una primera derrota de las aspiraciones que toman cuerpo en Mayo jalonada con algunas victorias nada desdeñables. Esta respuesta en términos de crítica social, que trata de ofrecer mejoras materiales a cambio de reducir la conflictividad, no supone una estrategia estable puesto que no permite detener la “crisis del trabajo” que recorre buena parte de las economías “avanzadas” en los años sesenta y setenta. Esta crisis, identificada con las estrategias de rechazo al trabajo, hace que por primera vez el aumento de la racionalización de la producción no implique un correlativo crecimiento de la tasa de ganancia. En estas circunstancias, paralela y contradictoriamente con esas mejoras materiales, la salida propuesta por el capital consiste en aumentar la tasa de explotación (a través de la inflación que hace descender el poder adquisitivo de los trabajadores, imponiendo medidas disciplinarias, etc.).De este modo la reedición de una solución tradicional a la crisis que toma cuerpo en 1968 se muestra insuficiente para enfrentar una realidad que supera la capacidad de negociación de ambas partes: el fin del capitalismo de posguerra forzado simultáneamente por sus propios límites internos y por el aumento de la fuerza de la crítica anticapitalista.

2. La respuesta del deseo

En este contexto ni siquiera el calado de esas reformas en el mundo del trabajo permite conseguir los dos objetivos previstos: por un lado recuperar la tasa de ganancia y por otro fijar a los trabajadores al aparato productivo (ya que la deserción y el rechazo al trabajo no se habían visto frenados con las mejoras laborales, especialmente entre los obreros más jóvenes).

Ante tales circunstancias y de un modo no orquestado se comienza a experimentar estrategias diferentes para lograr esos dos objetivos. En este momento la mirada se vuelve de nuevo a Mayo del 68 y a los movimientos que surgen de él para tratar de comprender la lógica profunda de su rechazo al trabajo. Así inicia el segundo asalto contra el impulso del 68 que atiende ya no a los contenidos de su “crítica social”, sino a la llamada “crítica artista” que se identifica con una reivindicación de autonomía, libertad y creatividad. Esta faceta compartida por los movimientos de los sesenta y setenta y que se hace especialmente influyente en el 68 consiste en señalar no sólo las contradicciones materiales sino el desencanto, la inautenticidad y la opresión producidas por el capitalismo (Boltanski y Chiapello, 2002: 84). Lo que en términos del marxismo clásico podemos identificar con la alienación.

Así, si en un primer momento se trata de fijar a los trabajadores a través de la mejora de sus condiciones materiales pero impidiendo que se cuestione la jerarquía y manteniendo el poder en manos únicamente de la dirección de las empresas, ahora el experimento va a consistir justamente en lo contrario: implicar a los trabajadores en la gestión a cambio de reducir su seguridad. De esta manera se trata de colmar buena parte de las aspiraciones de los obreros jóvenes y los cuadros, que reclaman formas de trabajo menos alienantes y más creativas. Se cambia seguridad por libertad y se introducen estrategias de flexibilización, democratización, cogestión e individualización, cuyo objetivo es seducir (y ya no forzar) para frenar la ola de rechazo del trabajo y recuperar la tasa de ganancia.

Esta transformación no sólo implica al mundo laboral, sino que representa una revolución social completa cuya lógica última consiste en desplazar las estrategias de seguridad colectiva (relacionadas con el Estado del bienestar surgido en la posguerra) hacia modelos de aseguramiento privado. Esta transformación, que toma como punto de partida el diseño teórico del «nuevo liberalismo» desde los años treinta (Foucault, 2012), se encuentra con el impulso de la crítica artista y su exigencia de autenticidad y libertad. La estrategia de fondo constituye una radicalización del lema “lo personal es político” —fundamental para entender tanto el 68 como el feminismo desde los años setenta— que consigue anular su fuerza crítica al convertirlo en su reverso: lo político es personal. De este modo, a través de un movimiento de “privatización de las contradicciones” (Castro, 2010: 78), el incipiente neoliberalismo a final de los años setenta hará suyas algunas de las reivindicaciones que encontramos en Mayo del 68 pero suprimiendo cualquier rastro de la crítica social que las acompañaba.

En nuestra opinión hay dos imágenes que ejemplifican a la perfección esta “inversión” —détournement como lo llamaban los situacionistas— de la potencia transformadora de los movimientos de los sesenta. La primera de ellas es la pintada aparecida en el 68 parisino que invitaba a “gozar sin trabas, vivir sin tiempos muertos”; la segunda es la reivindicación de la flexibilidad como alternativa a la monotonía del trabajo en una pancarta del movimiento autonomista italiano de los setenta que rezaba “la flessibilità è bella”. Ambos lemas, similares a cientos que podemos encontrar entre las reivindicaciones de la época, remiten hoy al lenguaje del emprendimiento o del coaching motivacional. Esto nos da una idea de cómo este mensaje que reivindicaba la autenticidad y el riesgo y exaltaba la vida ha sido completamente disociado de la crítica anticapitalista que lo acompañaba convirtiéndose finalmente en la coartada de una forma de existencia plenamente dominada por las relaciones mercantiles y competitivas. Con ello podemos ver uno de los desplazamientos de la lógica que moviliza el capitalismo neoliberal, que ya no responde primeramente a la identidad de las mercancías sino a la diferencia, a los marcadores de autenticidad y libertad que nos permiten comprender la existencia social como una permanente competición entre individuos considerados “empresarios de sí” (Foucault, 2012: 228).

En nuestra opinión este movimiento debe ser caracterizado como una contrarrevolución en tanto que constituye “una revolución a la inversa […] una innovación impetuosa de los modos de producir, de las formas de vida, de las relaciones sociales que […] al igual que su opuesto simétrico, no deja nada intacto” (Virno, 2003: 127). Esta contrarrevolución supone, según el desarrollo que hemos tratado de presentar, la derrota definitiva de las aspiraciones encarnadas por Mayo del 68. De este modo el capitalismo después de las crisis económicas de los setenta y ante la imposibilidad de continuar el ciclo expansivo de la economía de posguerra se reinventa atendiendo a las transformaciones en el deseo que expresaban los movimientos sociales de la época. Así el neoliberalismo renuncia a la contención del deseo y vuelca su potencia hacia la multiplicación y capitalización permanentemente de este. El proceso de financiarización —pública y privada— que acompaña a este nuevo modelo desde los años ochenta constituye un pilar fundamental para comprender cómo se construye esta nueva economía libidinal (Fernández-Savater, 2018) que va más allá de la sociedad de consumo, de masas y del espectáculo procurando una transformación antropológica radical.

3. El mundo después de la derrota de Mayo

Como hemos tratado de presentar, tras un primer intento de terminar con las aspiraciones encarnadas en Mayo del 68 a través de estrategias tradicionales de disciplina y seguridad, su derrota efectiva se produce cuando el poder atiende a aquello que hizo de los movimientos de los sesenta y setenta su seña de identidad histórica: el impulso de libertad, creatividad y autonomía que vehiculaba las reivindicaciones materiales.

Así como las conquistas laborales de los años inmediatamente posteriores a 1968 se podían comprender como una victoria de esos movimientos, también los cambios legislativos en materia de libertad sexual y reproductiva introducidos en los setenta y ochenta merecerían tal calificativo. Sin embargo, a pesar de constituir avances fundamentales y, al menos estos últimos, duraderos, creemos que el balance general exige una conceptualización en términos de derrota. Esto se debe a que aquellas victorias relativas se consiguen no a costa del programa de máximos de Mayo, sino de su programa de mínimos que nosotros ciframos en esa unión entre crítica artista y crítica social.

Retomando el esquema propuesto por Nancy Fraser (2017), desde los años ochenta y especialmente en la década posterior, el neoliberalismo se configura como una forma de gobierno progresista que hace suyas algunas reivindicaciones de los “nuevos movimientos sociales” a cambio de borrar del mapa cualquier rastro del impulso anticapitalista que las animaba. Más allá del análisis del neoliberalismo estadounidense de Fraser, resulta llamativo el hecho de que hayan sido gobiernos progresistas (y no conservadores) los que hayan promovido algunas de las más duras reformas políticas y económicas en los primeros años de implantación del nuevo liberalismo. Así, aunque habitualmente identifiquemos el nacimiento del neoliberalismo con las políticas de Margaret Thacther, Ronald Reagan o los Chicago Boys, los gobiernos socialistas de Francia o España, los primeros gobiernos de la democracia chilena o posteriormente el gobierno laborista de Blair o la administración Clinton muestran cómo en cierto momento son las fuerzas de izquierda las únicas que han contado con una legitimidad suficiente para llevar adelante una modernización de las relaciones sociales que traduce en términos aceptables algunas de las políticas privatizadoras más duras del programa neoliberal. Cuando Margareth Thatcher señaló a Tony Blair como su mejor discípulo no se trataba de una metáfora, sino de una expresión literal que nos hace pensar que el neoliberalismo constituye no una ideología, sino una tecnología de gobierno que permea a derecha e izquierda (Dardot y Laval, 2013: 235-246).

Desde esta perspectiva podemos ver cómo la extensión de la precariedad y la flexibilidad se ha encarnado en unas fuerzas políticas que a menudo no se muestran conservadoras sino renovadoras y en buena medida han construido el relato de la nueva sociedad sobre algunos de los elementos de la crítica artista que hemos analizado como el riesgo, la autenticidad, la experimentación o la libertad. De este modo se ha imprimido al neoliberalismo un carácter progresista identificado con la renovación de las costumbres, la libertad sexual, la tolerancia con las minorías o la multiplicación de las diferencias que tiene menos que ver con las formas clásicas de liberalismo que con una coyuntura en la que el escenario de pugna por la hegemonía ha estado marcado —en buena medida debido a esos movimientos críticos— por una explosión del deseo que ya no puede ser contrarrestada por los medios tradicionales.

A pesar de ello no creemos justificado concluir, como continúa haciendo cierta izquierda ortodoxa, que Mayo del 68 haya sido “la cuna de la nueva sociedad burguesa” (Debray,1978: 10), sino que su fuerza fue tal que consiguió determinar buena parte del campo de batalla en el que peleó y finalmente fue derrotado. Se podrá argumentar que el empuje de los movimientos de resistencia está en la base de lo mejor de nuestro presente —la tolerancia, el respeto a la diferencia, la libertad sexual, la despenalización del aborto o del divorcio…— y sin duda se estará en lo cierto, pero al aceptar esa perspectiva corremos el peligro de ocultar un hecho fundamental: que esas fuerzas que venían actuando desde décadas anteriores y toman forma en Mayo del 68 respondían a un impulso anticapitalista que tenía en el horizonte una transformación de las formas de vida radicalmente contraria a la implantada por el neoliberalismo

Cuestionar nuestro mundo hoy, y por esto creemos interesante volver nuestra mirada sobre el 68, supone pensar cómo ese neoliberalismo progresista parece agotarse dando lugar a nuevas imbricaciones con formas conservadoras cuando no abiertamente reaccionarias. Y cómo en un contexto de profundas transformaciones políticas y económicas la disociación entre la crítica de la miseria y de la alienación y la derrota del horizonte anticapitalista constituyen el terreno sobre el que se debe cimentar cualquier apuesta política crítica. Pero frente al la idea de un fin de la historia, la crisis de 2008 que acaba de algún modo con el ciclo progresista del neoliberalismo, también nos muestra las fallas de una democracia liberal que aparecía como un ideal que “es imposible mejorar” (Fukuyama, 1992: 11). Así, en este aparente desierto, viejos y nuevos topos continúan señalando la necesidad de una transformación radical de las formas de vida no sólo como liberación del deseo sino cada vez más como una exigencia simultánea de libertad y justicia social imprescindible para la supervivencia del ser humano y del planeta.

13/06/2018

Emmanuel Chamorro es investigador en el Departamento de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.

Notas:
1/ Se puede encontrar un análisis en profundidad del contenido de estos acuerdos en Astarian, 2008: 93-104.

2/ Grupo paramilitar de extrema derecha surgido contra la independencia de Argelia y que cuenta con un historial de más de 3000 muertes y desapariciones.

3/ Una vuelta a la normalidad que el mismo movimiento inmortalizará con un cartel en el que bajo el rótulo “retour a la normale” se ve un rebaño de ovejas que, cabeza gacha, sigue su camino.

Referencias

Astarian, B. (2008). Las huelgas en Francia durante mayo y junio de 1968. Madrid: Traficantes de Sueños.

Baynac, J. (2016). Mayo del 68: la revolución dentro de la revolución. Madrid: Acuarela & machado.

Boltanski, L. y Chiapello, E. (2002). El nuevo espíritu del capitalismo. Madrid: Akal.

Castro, R. (2010). “Neoliberalismo y gobierno de la vida”. En Arribas, S.; Cano, G. y Ugarte, J. (Coords.) Hacer vivir, dejar morir. Biopolítica y capitalismo. Madrid: CSIC.

Debray, R. (1978) Modestecontributionauxdiscours et cérémoniesofficielles du dixièmeanniversaire. París: Maspero.

Fernández-Savater, A. (2018). “Políticas del deseo”. Recuperado de http://www.eldiario.es/interferencias/mayo_del_68-deseo-Lyotard_6_770332960.html [Consulta: 28/04/2018].

Foucault, M. (2012). Nacimiento de la biopolítica. Madrid: Akal.

Fraser, N. (2017). “TheEnd of ProgressiveNeoliberalism”. Dissent Magazine. Recuperado de https://www.dissentmagazine.org/online_articles/progressive-neoliberalism-reactionary-populism-nancy-fraser [Consulta: 29/04/2018].

Fukuyama, F. (1992). El fin de la historia y el último hombre. Barcelona: Planeta.

Laval, C. y Dardot, P. (2013). La nueva razón del mundo: ensayo sobre la sociedad neoliberal. Barcelona: Gedisa.

Lipovetsky, G. (2015). La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Barcelona: Anagrama.

Virno, P. (2003) “Do yourememberthecounterrevolution?”, en Virtuosismo y revolución, la acción política en la época del desencanto. Madrid: Traficantes de Sueños.