“La isla de los pingüinos”: las emociones desbordadas de una ficción

por Juan José Jordán //

Usando como base el contexto real de las movilizaciones estudiantiles del 2006, la película narra una historia inventada en torno a la toma de un colegio subvencionado. Un gran desafío el trabajar con la materia viva, de un evento fresco aún en la memoria del espectador. Se retratan los pormenores de la vida al interior de la toma, como la amenaza constante del desalojo del establecimiento y los ataques de neo-nazis, algo que el director ya había abordado en su documental El desalojo (2014), pero esta vez desde la ficción.

Pero no es solo una película política. La política está, claro. Pero se trata más bien del sentido básico del término: aprender a convivir en comunidad. Como señala el director en una entrevista: el legado para las personas que integraron la toma, él entre ellos, fue tomar conciencia de los propios actos y apreciar como repercuten en el entramado social: la pequeña comunidad creada adentro de las murallas del colegio, existe gracias al compromiso proactivo de todos los involucrados. Esa palabra quizás sea la clave: Involucrarse, ser parte del todo desde la acción. Por lo mismo, no es de extrañar que esto derive en una crítica hacia la política partidista, en donde no es inusual que las acciones se emprendan para cosechar frutos personales, crítica que está retratada en Paredes, (interpretado por Juan Cano), vicepresidente del Centro de Alumnos y militante del Partido Comunista, quien ve en la efervescencia del momento una buena oportunidad para abrirse camino en la carrera política, lo que hace que sus acciones sean realizadas de forma calculada.

Uno de los grandes peligros al hacer un filme de este tipo es que el espectador sienta que le están dando lecciones de vida, escollo que se logra sortear ya que carece del tono del sabio que viene a enseñar. En este sentido, ayuda bastante el uso del humor, el lenguaje cargado al punk que remite a los diálogos de Te creí la más linda pero erís la más puta (2009, Ché Sandoval), y también, la mirada escéptica del protagonista–narrador, Matías Riquelme.

Riquelme podría perfectamente haber sido un personaje tipo que ya más o menos se conoce de memoria: el adolescente que no cree en nada y mira todo con distancia. El humor juega un rol fundamental ahí; esa característica es expuesta por sus mismos compañeros, en particular por su entrañable amigo El Jota, interpretado por Germán Díaz, al decirle que se cree Holden Caulfield [1], lo que permite que el espectador no sienta que le están dando un plato conocido. Y claro, se logra. Más allá del slogan del “no estoy ni ahí”, se trata de un personaje que arrastra una gran tristeza; un hijo de militar que ha vivido viajando de un lugar a otro de Chile, lo que lo ha obligado a desarrollar una mirada del mundo desde el desarraigo. Porque toda su vida se estuvo yendo, o bien, los otros se fueron. Que es lo que sucede con Laura, interpretada por Rayén Montenegro, su mejor amiga de sus tiempos en Constitución, quien se viene Santiago a terminar la enseñanza media, donde se vuelven a encontrar cuando él llega al mismo colegio a terminar cuarto medio. Y claro, el paso del tiempo no es inocuo y no se puede pretender simplemente retomar una relación tal como se la dejó hace un buen tiempo: ella ahora es presidenta del Centro de Alumnos y pareciera no quedar nada de la niña que elegía al villano Bowser de Mario Bros en todos los juegos, cuando pasaban tardes enteras juntos. Pareciera, pero en realidad, a no ser que se trate de un cínico que se pone una chaqueta de mentiras para caerle bien a todo el mundo, y algo de eso que fue antes, sigue existiendo.

Desde ese lugar hace sentido su necesidad de estar todo el tiempo con la cámara, registrando de forma obsesiva la vida de la toma, como el que anda siempre de paso. Lo que da pie para un interesante juego: la película que filma se llama justamente La isla de los pingüinos, generando una suerte de puesta en abismo, que prolonga el relato. Por otra parte, la incorporación de su material filmado es una buena decisión, porque realza el carácter intimista del largometraje.

La emocionalidad que arrastran los personajes se aprecia en los diálogos, utilizando de buena manera un recurso del guión: el llamado metasintagma, que es la descripción hablada por un personaje de una experiencia. Ahora bien, no es fácil implementarlo bien: suele suceder que se agreguen escenas de personajes mirando a la nada hablando de cosas trascendentales, para darle cierta aura de profundidad al filme, pero el resultado puede ser tedioso. Acá, no, están bien empleados y logran que el personaje se de a conocer en otros términos. Como cuando los compañeros le piden a Martín que cuente alguna anécdota de su tiempo en la Antártica y se refiere a cuando vio un pingüino emperador y se sintió muy triste por él, por la forma en que estaba siendo observado por todos los de la base, como alguien que llegara a invadir un terreno que no le perteneciera. Emociona, porque en realidad habla de cómo se siente él.

Esto se aprecia frecuentemente: diálogos que dicen una cosa y al mismo tiempo otra, utilizando el sobre entendido, como el modo en que la gente habla en su vida diaria: no se saca a relucir constantemente de forma explícita lo que pasa en el interior. Pero también a veces es necesario llamar las cosas por su nombre, como cuando Javi Frutas (Paulina Moreno) le cuenta a Laura, en el bus de vuelta a Santiago después de la manifestación del 21 de mayo, como tres carabineros se aprovecharon en la comisaría y la tocaron por todo el cuerpo, con la excusa de que necesitaban revisarla. No es que quiera ponerle más tragedia a lo que pasó para generar la compasión de su interlocutora (de hecho, le hace prometer que no lo usarán para la causa): está genuinamente afectada por la humillación y es doloroso ver una muestra de sufrimiento sin tanto adorno, quizás por lo mismo: la desnudez con que lo expresa logra que se acceda a ella.

La fluidez en los diálogos y el modo en que los personajes se dan a conocer se logra en gran medida por el estilo de actuación, alejado de afectaciones, como las películas de John Cassevets o, en nuestra propia filmografía, la obra de Christian Sánchez. Algo que juega a favor en esto es la elección del elenco: no todos son actores.  El protagonista, por ejemplo, interpretado por Lucas Espinoza, se dedica a los stand up comedy. Las actuaciones son verosímiles y, además, los personajes muestran un amplio registro de emociones. Quizás en este punto la elección de Ana Tijoux para interpretar a la profesora puede haber sido desacertada, ya que apunta a una relación un tanto obvia, al haber sido Tijoux una pública defensora del movimiento desde sus inicios. Por lo demás, su actuación, si bien un papel menor, no deja de ser esquemática y poco natural.

Una obra interesante, que no tiene miedo a retratar de cerca el dolor. Y eso es porque lo que prevalece en el fondo son las relaciones humanas, con todo el dolor que conllevan: el desamor, los desencuentros, las expectativas frustradas. Pero también el saber que no todo se disuelve en el aire y hay espacio para los sentimientos genuinos, los vínculos que perduran.  Y el hacerse cargo del todo, del cual uno es parte desde la acción.

(Tomado de Cine y Literatura)

[1] Protagonista de El guardián entre el centeno, uno de los grandes referentes para este tipo de personajes.