“Dos años de vacaciones”, de Julio Verne: La referencia poética a Valparaíso

por Carlos Ravest Letelier //

Tal como lo señalara Victor Domingo Silva en sus monografías históricas, el denominado puerto principal cumple con ciertas características geográficas que le permitieron robustecer una identidad particular en el concierto continental. Es ahí donde se editó primeramente el diario El Mercurio, el llamado “Decano” de la prensa chilena e hispanoamericana, es esa la ciudad donde la Bolsa de Valores se consolida, la urbe en la cual la Masonería avanza a paso firme mediante logias como Harmony, y la bahía en la que barcos, y embarcaciones de distinto origen y patente naufragan perdidos en los límites del Valle del Paraíso.

El siglo XIX, fue una época de cambios profundos a nivel tecnológicos. Los aportes derivados de la Revolución Industrial, generaron un hombre cada vez más mecanizado con la maquina a vapor, el ferrocarril, la imprenta y la denominada acción instrumental. Para Touraine, el citado fenómeno junto con el capitalismo financiero, generaron una disociación entre la economía internacional y el Estado nacional, fracturándose de esta manera el modelo de sociedad nacional que unía el universo de la racionalidad instrumental, con el de las identidades culturales.

Este hombre “fábrica”, el “Homo Faber” ha tenido que enfrentarse a diversos cambios por parte de la naturaleza, poniendo a prueba de esta manera, la creatividad y la solidez de sus invenciones. Uno de estos casos, es el que Julio Verne (1828 – 1905) narra a través de su obra Dos años de vacaciones (Deux ans de vacances, 1888), donde describe el naufragio de un velero galo en las costas del puerto chileno de Valparaíso, durante el mencionado siglo XIX.

En esta obra, Verne nos introduce a la naturaleza desde la perspectiva de la incertidumbre, y el rol que juegan los cambios radicales en el comportamiento y en la personalidad de los personajes. El viaje desde la perspectiva de la búsqueda y de los naufragios, permite abrir el lente hacia fenómenos como el mestizaje, el vínculo entre los inmigrantes con los grupos indígenas, la identidad cultural existente en ciertos rincones geográficos, y la desaparición de ciertas embarcaciones al navegar por lugares australes. Valparaíso durante esa época se transformó en uno de los puertos más importantes del mundo, albergando a un sinnúmero de identidades, de navegantes que llegaron buscando fortunas, instalando negocios, organizando comunidades políticas, religiosas, educacionales, mezclando la óptica del nativo hispano con la óptica del extranjero anglosajón.

Tal como lo señalara Victor Domingo Silva en sus monografías históricas, el denominado puerto principal cumple con ciertas características geográficas que le permitieron robustecer una identidad particular en el concierto continental. Es ahí donde se editó primeramente el diario El Mercurio, el llamado Decano de la prensa chilena e hispanoamericana, es esa la ciudad donde la Bolsa de Valores se consolida, la urbe en la cual la Masonería avanza a paso firme mediante logias como Harmony, y la bahía en la que barcos, y embarcaciones de distinto origen y patente naufragan perdidos en los límites del Valle del Paraíso.

Si bien el lente de Verne gestiona toda una historia y una tripulación detrás de la obra Dos años de vacaciones, Valparaíso, por su parte ha ganado la atención de una serie de escritores, investigadores, cronistas, los cuales distinguen el particular carácter que toma la ciudad como punto de referencia en el comercio durante el siglo XIX, y parte del XX. No es casualidad que la nieta del explorador y connotado investigador francés Jacques Cousteau, finalmente llegue a este puerto buscando el registro de aquel velero francés que naufragó en las costas de la Quinta Región hace más de 100 años.

El escritor francés Julio Verne escribió y publicó la novela “Dos años de vacaciones” en 1888

Imagen destacada: Plaza de la Victoria de Valparaíso, en el año 1900. Atrás a la izquierda se alcanza a ver el famoso Teatro Victoria, que caería con el gran terremoto de seis años más tarde. También se puede apreciar detrás de la plaza, en el costado derecho, la gran mansión que perteneció a doña Juana Ross de Edwards, acaudalada filántropa chilena del siglo XIX. Fotografía de Victorio Gianotti.

(Tomado de Cine y Literatura)