Guillermo Lora: el marxismo en Bolivia (1985)

1. El fantasma del comunismo

Los bolivianos llegaron a conocer la palabra comunismo por obra de los gobernantes y de los teóricos de la clase dominante, esto ya en el siglo XIX. Era evidente que el fantasma del comunismo recorría Europa y llenaba de terror a los potentados bolivianos que lograron bucear en la cultura. Las más de las veces era utilizado el término como espantapájaros por los gobernantes demagogos, buscando alertar a propios y extraños sobre un hipotético peligro de pérdida de la propiedad privada.

Las explosiones instintivas de las masas, particulamente de los campesinos, que no cejaban en su empeño de mantener llameante el gallo rojo, eran calificadas de comunistas.

Los campesinos instintivamente se encaminaban al reparto negro, como demostraron en 1953. Santiago Vaca Guzmán señaló no venían del comunismo, había que añadir que tampoco se encaminaban a él. Es fácil comprender que la casi inexistente clase obrera era arbitrariamente sustituída por los campesinos y éstos identificados con el comunismo.

Nuestro primer roce fue con el comunismo – amenaza y no con un movimiento político contrario a la propiedad privada burguesa. Mucho más tarde la feudal burguesía pretenderá volear a los campesinos contra los obreros con el argumento de que el comunismo supone la destrucción de la pequeña propiedad.

Parece increíble que el horror a las fechorías del fantasma europeo hubiese echado raíces en el país altiplánico, que todavía estaba viviendo de espaldas al mundo. La raíz hay que encontrarla en el apasionado afán de defender la propiedad privada, aunque en el caso boliviano servía para permitir la supervivencia de la servidumbre, polo opuesto del capitalismo que está llamado a generar en su seno a la futura sociedad socialista. No estaban en el escenario los proletarios, que instintivamente ya son socialistas, pero la sublevación campesina, que al decir de los alzados de 1781 era como una irrupción de la tierra misma, tenía atemorizado al gamonalismo. Por esta razón daban manotazos y pronunciaban airados discursos para ahuyentar al fantasma.

Mecánicamente se repite que el primer socialista que pisó tierra boliviana habría sido Simón Rodríguez, maestro de Bolivar, a quien se le encomendó la organización de la enseñanza. Se lo supone saintsimoniano, aunque él mismo en Chile sostuvo no haber tenido relación alguna con dicha escuela ni con su fundador. Era, más bien, roussoniano, preocupado de educar a los ciudadanos para la democracia burguesa. La educación, básicamente artesanal, debía igualar a los hombres. Las idea de Rodríguez resultaron por demás exóticas en su intento de aplicación en un contexto económico-social dominado por los privilegios de clase y de sangre.

Rodríguez y Saint Simon aparecen como portavoces de los productores, lo que constituye una identidad de ambos.

No olvidemos que Claudio Enrique de Saint-Simon, que decía descender de Carlomagno y luchó en Norteamérica por su independencia, vivió de 1760 a 1825. Sus teorías las desarrolló al finalizar su vida y contando con el apoyo financiero del banquero Olinde Rodríguez.

Rodríguez permanece ignorado en su obra pedagógica, en sus ideas; no dejó discípulos y los bolivianos prácticamente lo expulsaron del país.

Isidoro Belzu, que marchó en hombros de artesanos y campesinos, sintetizó su política en la tesis de que para evitar que las masas se hiciesen justicia con sus propias manos era preciso permitirles participar en el banquete del poder. La democracia boliviana fue considerada como la incorporación a ella de la mayoría nacional.

Difícil considerar una mayor arbitrariedad que aquella que considera a Belzu un precursor del marxismo. ¿Descubrió la lucha de clases? No era un teórico, era un hombre de acción, encarnaba la energía. Marx puntualizó que los investigadores burgueses ya describieron la lucha de clases y que él sólo introdujo la novedad de que la lucha entre burguesía y clase obrera conduce la la dictadura del proletariado,

Cuando Belzu gobernaba, Marx estaba colocando los pilares fundamentales de su doctrina. El Manifiesto Comunista ya se había publicado, Pero la versión castellana circulará solamente mucho más tarde. Se puede asegurar que el caudillo de las masas bolivianas no conoció las tendencias socialistas de su tiempo.

Algunas de las cosas que hizo y dijo guardan alguna similitud con las tesis socialistas. Belzu no pudo menos que actuar como portavoz de las poderosas corrientes subterráneas que impulsaban a los explotados y multitudes de su tiempo. La evolución de la política nacional llevó a eso.

Más tarde viajó por Europa, pero no se molestó en conectarse con los revolucionarios y socialistas. Vivió totalmente absorvido por los problemas bolivianos.

Sotomayor Valdez caracterizó de la siguiente manera a Belzu: “El rasgo más genial y característico de aquel gobernante consistió en oponer a las altas clases de la sociedad, el peso del bajo pueblo, en quien supo despertar la conciencia de su poder irresistible, y a quien no teniendo tiempo de educarse ganó por el halago y la seducción”.

La puesta en pie del que tan despectivamente llaman “bajo pueblo” se identificó con el extremismo político y para algunos no fue otra cosa que comunismo.

El caudillo, al que todos reconocen una gran firmeza de carácter, fue disminuido a la condición de sombra o instrumento de la plebe enfurecida e insurrecta: “La personalidad de Belzu no había atraído la simpatía de ningún elemento de opinión ya fuera de la alta política o simplemente en la vida social de su tiempo. Abandonado a su propia suerte, desprovisto del apoyo de los hombre cultivados y por propia suerte, desprovisto del apoyo de los hombres cultivados y prestígiosos, Belzu no se sintió suficientemente consolidado en el poder por el concurso de las bayonetas… En ese coloquio misterioso de aventureras y caudillescas: echaos en brazos del populacho!”

Es sugerente que Alfredo H. Otero hubiese sostenido que Saavedra, que para sus adversarios pasaba como el producto y el portavoz del populacho y del extremismo, no fue más que la encarnación tardía de Belzu. Nadie ignora que, pese a los marbetes que se colocó, no fue socialista sino un admirador de fascismo.

Melchor Terrazas, valioso por tantos conceptos, no sólo era perito en derecho civil, sino un pensador de fuste y hasta tuvo sus devaneos literarios. El escribió “El sitio de París”, en ese momento el romanticismo todavía no se planteaba volver a la tierra. “El sitio de París” es una diatriba contra los comuneros que alentaron la existencia de la dictadura del proletariado por no más de 70 días, pero en tan breve tiempo abrieron anchuroso camino para el desarrollo de la historia de la humanidad. El boliviano describe apasionadamente todos los horrores que se dice cometieron los comunistas, que supieron poner a raya a la reacción prusiana y francesa.

Mariano Baptista, clerical, oscurantista y amigo de los grandes mineros, estuvo a la sazón en Europa y dedicó largas columnas de su “Correspondencia” para zaherir a los tan vapuleados comuneros parísinos. Baptista creía ver en la Comuna a las diabólicas fuerzas desencadenadas y que buscaban barrer la civilización y la cultura de la faz de la tierra. El reaccionario criollo tronó contra los comunistas y puso mucho empeño en alertar a los bolivíanos contra la peste de los librepensadores y enemigos de la propiedad privada.

No pocos comuneros perseguidos ganaron las playas latinoamericanas, pero ninguno de ellos llegó hasta Bolivia. Esos luchadores impulsaron el desarrollo del socialismo en diferentes regiones. Sin embargo, de manera indirecta, sobre todo a través del socialismo argentino, influenciaron sobre el movimiento obrero altiplánico.

Baptista, al mismo tiempo que combatía toda idea renovadora, expresó con alguna coherencia las ideas que alentaban algunos sectores de la clase dominante tan interesados en atraer capitales y tecnología foráneos. En cierto momento dijo que Bolivia no debía aspirar a ser un país industrial tras el vano sueño de competir con esa fábrica del mundo que era Inglaterra, sino que debía limitarse a ser una eficiente productora de materias primas. La división mundial del trabajo impuesta por las grandes metrópolis encontró eco en el político criollo, que nunca dejó de ser amanuense de los potentados.

Aniceto Arce, el Industrial minero y el presidente que tan tercamente se empeñó en modernizar el país, no se cansó de invocar al comunismo, buscando convencer a los bolivianos que debían trabajar disciplinada y silenciosamente para hacer posible la acumulación del capital.

Los diversos sectores de la clase dominante, que ya se perfilaban como partidos políticos y que se dividían en los grandes bandos de conservadores y liberales, discutían apasionadamente alrededor de la forma de hacer posible la vigencia de la democracia formal sobre las espaldas de los pongos. Se trataba de la democracia de una minoría privilegiada, que deliberadamente colocaba a las masas al margen de toda posibilidad de participación. Si éstas lograban organizarse y agitarse el fantasma del comunismo podía en cualquier momento aparecer en el escenario nacional.

A los campesinos no se los consideraba capaces ni dignos de participar en el juego democrático, esto si exceptuamos a esa osada mínoria de intelectuales que conformó la izquierda liberal de fines del siglo XIX.

Si el fantasma del comunismo era una amenaza muy lejana, la acción de las masas era algo palpable. Lo más grave fue que los propios partidos de la clase dominante, como el liberal por ejemplo, se vieron obligados a apoyarse en esas masas, a organizarlas y movilizarlas. De esta manera los dueños de la economía no tuvieron el menor reparo en poner en pie a sus propios sepultureros.

Se insinuó que masones y librepensadores eran también portadores del virus comunista y anarquista. Este era el tema preferido de los elementos clericales, que estaban en abierta competencia con aquellos en el empeño de abrir las puertas del país al capital internacional. El entreguismo los unía férreamente.

2. Canales por los que penetra el marxismo

El marxismo es una tendencia ideológica y política internacional. Su propio creador estaba seguro que comenzaría imperando en lo que él llamó el mundo civilizado, que en gran medida se circunscribía a Europa.

En la época del capitalismo mundial, no sólo la literatura, sino que todas las manifestaciones superestructurales, de igual manera que las fuerzas productivas, son fenómenos internacionales. Las fronteras nacionales no existen para la expansión de las ideas ni del capital. La burguesía al transformar allí donde ponía los pies, fue uniendo todos los rincones e internacionalizó la producción económica e intelectual. De manera excepcional, las fronteras de los países oprimidos por el imperialismo y su defensa conservan su caracter progresista, constituyen parte integrante de la lucha por la liberación nacional. Mas, lo que enseña al respecto el Manifiesto Comunista conserva toda su validez.

En Bolivia no ha aparecido un marxismo nacional y ni siquiera podemos encontrar predecesores de él. Esta teoría nos ha venido de fuera. Entendámonos: durante mucho tiempo el marxismo llegaba de afuera virtualmente empaquetado. En las universidades se repetían mecánicamente consignas y textos y llegaban hasta la costra aristocratizante de los artesanos como dogmas sagrados. Unicamente más tarde, después de los años cuarenta del presente siglo, el método marxista se soldó con la acción creadora de los explotados, lo que permitió vitalizar el árbol reseco de la teoría. Lentamente, a través de tremendas luchas ideológicas, fue elaborándose la teoría de la revolución, lo que con propiedad puede considerarse como marxismo boliviano. Para esto ha tenido que darse las espaldas al marxismo académico y devolverle su carácter de instrumento revolucionario de los explotados.

Los teóricos de la clase dominante y particularmente los profesores universitarios (nos estamos refiriendo a los de avanzada) gustaban referirse con insistencia al anarquismo y a sus prohombres. Con qué fruición repetían la sentencia de Proudhon de que “la propiedad es un robo”, frase efectista pero falsa.

Hasta ahora nadie ha explicado por que se cutaban a los ácratas, cuando se tenía tanto temor por el comunismo. El anarquismo es un extremismo liberal. Los liberales bolivianos, que no llegaban a tanto, se sentían complementados con los exabruptos de Proudhon y sus seguidores.

Las minorías leídas, pertenecientes a la clase dominante, se topaban con las nuevas ideas en Paris, España y Buenos Aires e imperceptiblemente las transmitían a tierras bolivianas. Sucre, la culta Atenas criolla, según puede tararearse siguiendo las creaciones dejadas por Roncal, y ridículo remedo de la capital francesa, recibía los mayores envíos de publicaciones provenientes de las metrópolis auropeas y argentina, pero también su influencia se dejaba sentir en los centros económicamente activos: La Paz, Oruro, Potosí. Los hijos del privile-gio y de la explotación, moviéndose bajo la imfluencia foránea, resultaron ser los hilos conductores del veneno socialista y anarquista.

Los que se iban a Europa, generalmente a llevar una vida de libertinos, lo hacían gracias a la plata de las minas o a la sangre de los pongos convertida en oro, o a las dos cosas. Algunos se toparon inclusive con grupos de activistas y quedaron horrorizados del espectáculo. Arguedas -lo imaginamos de jaquet, fingidamente elegante- cuenta algo sugerente al respecto: “Este espíritu de solidaridad en el infortunio -dice de un grupo de estudiantes rusos-, daba apariencia de heroísmo a su conducta, porque ninguna conocía tampoco los dones alegres de la vida, pues habíanse dado desde muy temprano a la reflexión y empapado su alma en el espectáculo desolador de su país abatido y esclavizado entonces. Y mis amigas eran, mentalmente, como los otros y profesaban las ideas más radícales en materia política, y no concebían siquiera que ciertos principios pudieran ser objeto de discusión. Su criterio era de un simplismo desconcertante en política: había miserables y potentados, hartos y hambrientos, déspotas y esclavos y eso no podía, no debía ser. Esa era su lógica clara, neta, precisa, incontrovertible… estaban impregnadas del romanticismo político y de falsos mírajes de la revolución. Y se apasionaban de todas esas ideas que pretendían nivelar toda suerte de desigualdades; se prendían a ellas con fervor de fanáticos y un grande espíritu de sacrifício” Arguedas veía la lucha revolucionaria únicamente como un martirio y no como la realización del individuo. Ciertamente no podía comprender a esas estudiantes radicalizadas quien más tarde se inclinó hacía el fascismo (“La danza de las sombras”) y que obtuvo el premio de literatura Roma, que otorgaba Mussolini con indiscutible intención política.

No bien los obreros se organizaron, presionaron poderosamente sobre el liberalismo, que en ese momento lo consideraban como su propio partido, para que solucionase sus premiosos problemas que tenían relación con las condiciones de vida y de trabajo. En ese entonces se batallaba para hacer posible la dictación de leyes protectoras y no pocos alimentaban la ilusión de que éstas serían capaces de acabar con la explotación de los trabajadores e inclusive de instaurar la sociedad socialista. Este reformismo fue también copia de lo que sucedía en el exterior.

La respuesta no dejó de ser sorprendente. Algunos núcleos juveniles del liberalismo descubrieron a Marx y Bakunin y comenzaron a propagar sus consignas. Era la influencia teórica de otras latitudes la que motivó en los jóvenes que manejan ideas esta especie de rebelión contra los progenitores.

Sólo en la primera década del siglo XX algunos obreros muy radicalizados (Chumacero, etc,) lograron codearse con el socialismo y, juntamente con unos pocos universitarios, constituyeron un núcleo de avanzada en Potosí, ya importante centro proletario. Las actividades de ese grupo no han quedado consignadas en letras de molde. En el seno de otras concentraciones obreras, como Corocoro, por ejemplo, había más influencia anarquista que marxista, venida particularmente de Chile.

En el Segundo Congreso Universitario de 1909, el estudiante Abastoflor cuestionó la legitimidad de la propiedad privada. Pero ya sabemos que este cuestionamiento tiene mucho tinte anarquista, porque para el marxismo la propiedad privada burguesa aparece necesariamente en cierto momento del desarrollo de las fuerzas productivas y desaparecerá en otro. Abastoflor va a aparecer muchas veces en contacto con los obreros y acabará en el saavedrismo.

Pero existe documentación y abundante, de las actividades del Centro Agustín Aspiazu, llamado así en homenaje del liberal de izquierda que llevó a las calles a los artesanos paceños para combatir a Melgarejo. El Centro Agustín Aspiazu estaba conformado por jóvenes venidos del liberalismo y que más tarde pasarán por el Partido Radical, para concluir retornando al vientre materno. Los Monje Gutiérrez, los Elío, etc., abrieron las páginas de su boletín de un primero de mayo con la consigna internacionalista de, “¡Proletarios del mundo uníos!”.

Predominantemente, el socialismo de estos primeros años no pasaba de ser una preocupación intelectual, pero aun así tuvo bastante influencia en el desarrollo posterior de las ideas sociales del país y del movimiento sindical.

Hay que preguntarse por qué los jóvenes liberales se tornaron, cierto que por brevísimo tiempo, en propagandistas del marxismo. Se pagaba así el precio de acomodarse a las corrientes ideológicas socialistas que agitaban y organizaban a la clase obrera de Europa y de algunos países sudamericanos. La postura de rebeldía resultaba inofensiva por el momento porque el advenimiento del socialismo era considerado como algo muy lejano y propio únicamente de los países altamente industrializados. Los jóvenes liberales podían escribir sobre las consignas del socialismo porque el trabajo de los pongos les proporcionaba horas de ocio para ello.

Entre quienes manejaban ideas y venían del tronco liberal, no apareció el socialista de cuerpo entero, el ideólogo; los aficionados a lo nuevo se limitaron a ser transmisores casi pasivos de las ideas antiburguesas. Esos jóvenes se presentaban como progresistas, pero estaban muy lejos de haber roto con su clase de origen, cuidaban meticulosamente la bolsa, por eso que no emerge el revolucionario que hubiese podido profundizar en el conocimiento de la realidad nacional y social y plantear los hitos de la teoría revolucionaria boliviana, pues no se trata simplemente de repetir algunos textos y nada más. No podía esperarse que en ese momento el caudillo revolucionario se incorporase desde el seno mismo de las masas explotadas.

Qué diferente con lo sucedido en el campo del liberalismo de la primera época, donde desde el primer momento estuvieron presentes los líderes del positivismo y de las ideas y movimientos liberales.

Ese “socialismo’ que podemos llamarlo elitista guarda relación con la caracterización que de Bolivía hizo el anarquista Elíseo Reclús: la minoría blancoide -o pretendidamente blancoide- presume llevar en sus venas torrentes de sangre española. La minoría privilegiada, actuando de espaldas a la mayoría nacional, ha sido y es la minoría que puede leer y escribir. El socialismo, la doctrina revolucionaría de las masas explotadas, comenzó siendo manejado por parte de esa minoría más como punzante curiosidad académica que otra cosa.

En todo lo que entonces se hizo y dijo, particularmente desde la cátedra, una tribuna muy poco escuchada en un país con un número abrumador de analfabetos, quedó en el estrecho ámbito de la avanzada liberal y con dificultad se filtró entre los cuadros obrero-artesanales que giraban alrededor del partido de gobierno. La semilla no fue dejada todavía en el fecundo surco de las masas.

Durante muchas décadas se partió de la certeza de que la revolución social no podría tener lugar en un medio muy atrasado, con pocas industrias, con una escasa clase obrera. Todos convenían que la “barbarie campesina” debía ser superada a través de la escuela. Consciente o inconscientemente se repetía la tesis de la socialdemocracia en sentido de que la revolución dirigida por el proletariado era un problema propio de los países europeos. Hasta los años cuarenta se estaba seguro que el socialismo sería importado, mientras tanto conforme indicaba el stalinismo, había que arreglar cuentas con la revolución burguesa y dedicarse a cooperar a los dueños de los medios de producción. De esta manera el socialismo se convirtió en una preocupación académica, rodeado de adornos intelectuales, y dejó de ser una práctica diaria directamente relacionada con los sectores mayoritarios del país. Dedicarse a hablar y a escribir sobre ese socialismo inofensivo era un snob propio de intelectuales. Todos estaban seguros que debía limitarse a moverse en las aulas universitarias, entonces se lo toleraba y hasta protegía. Sin embargo, no bien algunos trabajadores lo tomaron en sus manos se desata la represión policial y el liberalismo se tornó oscurantista. La clase dominante no bien las ideas apuntan a su caja fuerte muestra su verdadero rostro de intolerancia y de despótica dictadura.

Los frutos de este “socialismo-liberal” fueron magros, demasiado magros, esto porque la planta no tardó en marchitarse. Aparece como una simple curiosidad en nuestra historia.

Lo anterior no quiere decir que careciese de toda significación; la tuvo y remarcable si no se olvida que en esa forma el país todo se topó con la nueva doctrina. Lo que tiene que comprenderse es que no tenía mayores posibilidades de evolucionar, de enraizar realmente en tierra boliviana.

El “socialismo-liberal” aparece totalmente extraño a las luchas que entonces libraban los explotados, permaneció siendo flor exótica hasta el momento de agotarse, lo que sucedió muy pronto.

La crítica nacionalista e inclusive la realizada por ese contrahecho engendro que se llama “izquierda nacional”, toma en cuenta, en verdad, ese socialismo enclaustrado en la universidad. En la elección hay mucho de maña polémica: tal producto es muestra inequívoca de algo importado que no alcanza a aclimatarse en tierras altiplánicas.

No es necesario apuntar que los reparos son unilaterales y malintencionados. Hay otro socialismo completamente enraizado en el país a su turno, producto genuino de él. La crítica nacionalista mal intencionada está representada por Carlos Montenegro, Augusto Céspedes y otros.

A pesar de todo, la especulación intelectual tuvo eco inmediato en las capas avanzadas de los obreros, particularmente de los obreros artesanos, que desde los tiempos de la Sociedad de Obreros El Porvenir se sentaban en la misma mesa junto a los intelectuales liberales en cada “Fiesta del Trabajo”; todavía no se descubrió que la fecha de la inmolación de Chicago fue consagrada como un día de combate por la liberación de los explotados. La universidad popular que alentaron estos artesanos, mucho antes de que Mariátegui y Haya de la Torre pusieran en pie las universidades populares Gonzalez Prada, se convirtió en tribuna de los jóvenes liberales que pontificaron sobre el problema social y se convirtieron en virtuales líderes del naciente sindicalismo.

El liberalismo en el poder saltó destrozado en varias astillas, sobre todo como consecuencia de la imposibilidad material que existe en Bolivia para poder estructurar una vigorosa democracia formal.

Una de esas astillas, que se llamó Partido Radical, arrastró a gran parte de los obreros que vivieron, sus primeras experiencias en el seno del liberalismo y reaccionaron vigorosamente sobre esa organización política que se empeñaba en imitar al radicalismo francés y que desapareció porque no pudo ir más allá del liberalismo criollo. La presión obrera determinó que el Partido Radical plantease públicamente, particularmente a través de su filial orureña algunos atisbas y sugerencias socialistas. El paso por el partido de Espinoza y Saravia, Elío, Tamayo, etc., se convirtió en el camino obligado para que la vanguardia obrera llegase al convencimiento de que era su deber construir su propio partido político.

En ese momento el socialismo socialdemócrata sirve a la avanzada obrera para comprender que debe emanciparse de la influencia y control del liberalismo y estructurar de manera independiente sus propias organizaciones. El problema se concretaba en una reivindicación central: arrancar a los sindicatos de las garras del oficialismo o bien oponerle otras organizaciones. Siguiendo por este camino concluirá planteando la estructuración del partido político propio de los trabajadores.

Los explotados mostraban una conciencia evolucionada con referencia al pasado inmediatamente anterior.

3. Las huellas del utopismo

La innegable influencia sobre jóvenes intelectuales argentinos de Saint-Simons, Enfantin, etc, así como de los discidentes de la escuela utópica, entre ellos principalmente de Leroux, que coloreó de rojo los planteamiento de la izquierda republicana, de los grupos de activistas políticos de proyección internacional como la joven Europa (1834), se concretizó organizativamente en la Asociación de Mayo (1837) y en la proposición ideológica titulada Dogma Socialista. Algunos de los protagonistas trajeron la nueva de Europa y los más se rozaron con los planteamientos utópicos a través de las lecturas y de las traducciones que hacían de los escritos de los maestros de allende los mares.

Los seguidores de Echeverría protestaron no copiar a los europeos y dijeron que su propósito era crear un “criterio socialista” auténticamente argentino. Pese a todo, su destino no era otro que el de postrarse de hinojos ante el amo extranjero, como sucedió cuando Francia declaró el boicot a Rosas. Solamente podían contribuir al desarrollo capitalista y no ocultaban que su objetivo no era otro que el estructurar la democracia, partiendo de la igualdad entre las clases, aunque no de la económica, sino de la igualdad ante la ley.

El napolitano Pedro de Angelis, que ha dejado publicados seis importantes volúmenes de documentos acerca de la historia americana, le dice a Echeverría que se limitaba a reproducir los delirios de los utopistas europeos. El escritor italiano fue acusado en la polémica de extrema ubicuidad en la política argentina y de servilismo frente a los dueños del poder…

En el Dogma Socialista se lee que, la igualdad social se resolvería según la fórmula de Saint Simon de “a cada hombre según su capacidad, a cada hombre según sus obras”. En el texto menudean las citas tomadas de la Joven Europa y también de Lammenais, que se esforzó por unir la religión con el liberalismo.

Tampoco se puede ignorar que para los afiliados a la Asociación de. Mayo se planteaba el enunciado difuso de la unidad continental. Algunos de sus componentes se esforzaron por propagar su credo por los países latinoamericanos. No ocultaron la posibilidad de pegarse a algunos gobiernos, para desde allí propagar su ideario y cumplir sus planes. Manuel Quiroga Rosas sobresalió por su actividad, por firmar Quirogarrosa para diferenciarse del “tirano”, por proyectar trasladarse, al Perú y Bolivia: buscaba penetrar en el gobierno Santa Cruz, conforme le dice a Alberdi en carta de 25 de enero de 1839.

Quiroga no fue más allá de Chile y los planes parecieron estar destinados al fracaso. Sin embargo, la persecución rosista aventó a la Asociación de Mayo y sus componentes se vieron obligados a peregrinar por el exterior, de esta manera llegaron también a Bolivia.

Villafañe y el general Madrid permanecieron en Sucre, dedicados a la enseñanza. Los Paz estuvieron en Tarija y Tupiza.

Juan C. Paz y sus hijos, entre ellos Paulino, fundador de la Asociación en Córdoba, arribaron a Tarija el 4 de febrero de 1841. Entre las avalanchas antirosistas llegó igualmente la futura esposa de Belzu, la famosa escritora Gorriti. Hay que mencionar también a Pedro Pascual Yañiz, Felipe Limariño, etc.

Bien pronto Tarija se vio convertida en cuartel general de la lucha androsista. En septiembre de 1844 marchó una expedición de hombres armados con rumbo a Jujuy y fue derrotada.

Los exiliados argentinos realizaron activa campaña en favor de sus ideas y a semejanza de la organización argentina pusieron en pie la “Asociación de Voluntarios del Pueblo”. Su actividad central era la lucha contra Rosas más que la formación de ideólogos capaces de difundir o de adaptar a tierra boliviana el “Dogma Socialista”. En la Argentina la capa democratizante de la intelectualidad se sintió a sus anchas en la Asociación de Mayo, parece que en Bolivia estuvo ausente ese factor. Los emigrantes dejaron hijos, formaron hogares, pero no discípulos políticos. Puede ser que a través de canales invisibles las ideas de Echeverría hubiesen llegado a influir en las corrientes ideológicas del país, pero hasta ahora no se ha revelado nada visible al respecto.

El advenimiento de Belzu como presidente desnudó la esencia de las tendencias que animaban a los componentes de la Asociación de Voluntarios del Pueblo. El caudillo boliviano fue identificado con Rosas y por tanto combatido. El gobierno hizo saber a Juan C. Paz que su permanencia en territorio nacional era considerada un peligro para la seguridad del Estado y fue conminado a retornar a su patria, cosa que efectivamente sucedió.

El socialismo boliviano siempre estuvo marcado de utopismo, no por la influencia directa de los emigrantes argentinos, que le dieron poca importancia a los problemas bolivianos, sino por su rezagamiento con referencia a las corrientes internacionales, por la extrema incultura y primitivismo del país. El nuestro fue un utopismo sin teóricos y sin grandes escritos.

Unicamente cerca de cien años después, en 1921, nos topamos con un utopista de cuerpo entero y que ha desaparecido casi sin dejar huella. Su nombre: Gerardo F. Ramirez, activista sindical y organizador de los partidos socialistas de la época. Elaboró el esquema de una sociedad ideal y perfecta, que lo hizo aprobar primero como programa del Partido Obrero Socialista de La Paz y luego lo divulgó, en 1922, en forma de folleto.

El socialismo es definido como sinónimo de perfección: “Primero, la humanidad es un conjunto de individuos, el individuo es sociable y perfectible, luego aquella puede ser perfecta; segundo, la humanidad es parte integrante de la naturaleza, ésta, en sí, es sabia, es bella y perfecta, luego la humanidad puede estar en armonía con aquella”. Confiaba en el valor de la propaganda para la realización de sus propósiciones, repudiando los métodos insurreccionales.

El esquema de funcionamiento de una Bolivia comunista ostenta en la tapa escudo y bandera especiales.

Sólo después de estas experiencias, de ninguna manera periféricas al movimiento obrero sino elementos que permitieron el avance político de los explotados, aparece alrededor de 1914 el Centro Obrero de Estudios Sociales, francamente socialista y conformado por trabajadores. Este avance tiene que considerarse con relación al pasado inmediatamente anterior.

Se trataba de un socialismo difuso, contradictorio, con una enorme dosis de resabios liberales, donde imperaba potente el instinto de rebelión de los explotados y oprimidos más que la doctrina marxista. No sólo era reformista, sino que se agotaba en el esfuerzo de conquistar las reformas legales, en una palabra, la legislación social, y a través de ésta la igualdad entre los hombres. En esta medida los socialistas seguían siendo liberales.

4. Discusión sobre el problema social

Hemos indicado que correspondió al Partido Liberal organizar sindicalmente a los trabajadores. De la misma manera como más tarde procederá el MNR, el liberalismo movilizó a los explotados para potenciarse políticamente y en momento alguno abandonó su empeño por controlarlos de manera directa. El Partido Liberal y el MNR no sospecharon que esos obreros organizados por ellos, un poco más tarde, concluirían poniendo en pie nada menos que al partido que se proponía materializar el comunismo. La explicación hay que buscarla en que la clase obrera no puede menos que luchar por la destrucción de la propiedad privada, es una de sus características.

Los primeros avances del socialismo, utilizando, como hemos visto los canales más insospechados, estaba a la vista. Urgía pues intentar contener lo que amenazaba con convertirse en una avalancha arrasadora. Los aparatos represivos se pusieron en actividad, buscando descabezar a las incipientes organizaciones de socialista.Lo que no pudo lograr la policía se pensó que podía se alcanzado mediante la actividad de los intelectuales salidos de la clase dominante. Las columnas de los periódicos oficialistas y conservadores se llenaron con artícuculos que buscaban demostrar que en Bolivia no había “problema social”, es decir, que no había lugar para la lucha de clases, esto porque el país era poco desarrollado industrialmente. Se argumentaba que la lucha de clases y el socialismo eran propios y naturales de las grandes metrópolis y los escribas exteriorizaban muy complacidos la certidumbre de que en Bolívia no podía prosperar un movimiento socialista.

Los primeros líderes obreros y socialistas se entregaron de lleno a la polémica, oficiaron de periodistas. Su finalidad era la de demostrar que también en nuestro país habían injusticias, explotación, marginamiento de la vida nacional de la mayoría. de la población, etc. Ponían mayor énfasis en la injusticia (a veces considerada así en abstracto), más que en la lucha de clases. Ganó mucho terreno, inclusive entre los socialistas, la especie de que la incipiente industrialización no permitía la agudización del choque entre las diversas clases sociales. Sólo más tarde se comprenderá que en los países atrasados la lucha de clases alcanza un carácter extremadamente virulento, como consecuencia de la ausencia de una clase media acomodada, que cumple la función de amortiguadora de los choque sociales.

La polémica fue larga, pero no conoció momentos de gran lucidez, porque estaban ausentes del campo socialista los grandes teóricos Los más de los periodistas ocasionales eran obreros artesanos que ingresaban a las universidades.

La legión de periodistas obreros estuvo timoneada por el orureño Ricardo Perales, zapatero-abogado. “La Patria”, paladín de la oposición republicana publicaba una “Página obrera” que escribían los trabajadores socialistas.

En verdad, una capa de la feudal burguesía se apoyaba en los desplantes de los radicales para dar vigor a su oposición al oficialismo. Los socialistas estaban empeñados en arrancarles a los partidos tradicionales su clientela obrera, pero no tuvieron el menor reparo de valerse de “El Fígaro”, “La Razón”, “La Patria”, etc, como canales de difusión de sus ideas. Algunos intelectuales inclinados al marxismo se habían agrupado en “La Patria”.

Los artesanos que se orientaron hacia el liderazgo de las masas concurrían a las universidades y obtenían el infaltable título de abogado.

En realidad, fueron los propios acontecimientos, dominados por una sostenida lucha de clases, los que sepultaron en el olvido la primera gran batalla ideológica que libró la clase dominante contra los pioneros del socialismo.

Estas primeras manifestaciones socialistas aparecen entremezcladas con las tesis liberales de la escuela laica y del divorcio absoluto.

5. La “Biblioteca Roja” y un ejemplar de “El Capital”

La palabra impresa adquiere en cierto momento vida propia y tiene la tendencia de penetrar en todos los rincones y de vencer todos los obstáculos.

Las primeras publicaciones socialistas nativas ven la luz bastante tarde, cuando ya fenecía la segunda década del siglo XX. Los bolivianos bebieron las nuevas ideas en otras fuentes bibliográficas.

La colección más antigua de libros socialistas que se conoció en el país fue la “Biblioteca Roja” de Barcelona. Un poco más tarde circularon los pequeños volúmenes de la Biblioteca Sociológica internacional, que incluyó algunos títulos de Kautsky.

Conviene advertir que en ambas colecciones predominaban los escritos anarquistas. Esta fue seguramente una de las razones por las cuales nuestro primitivo socialismo apareció tan influenciado y tan confundido con el anarquismo.

Los escritos de Engels sobre la religión formaban. de la “Biblioteca Roja”, que ofrecía volúmenes con tapas del color que simboliza la revolución. Se tuvo que esperar hasta los años treinta para poder conocer los escritos fundamentales del marxismo. Las colecciones de Zenit y Zeus, incluyeron inclusive textos de Trotsky, sobre todo gracias a las inmejorables traducciones de Andrés Nin.

El autor encontró en Uncía, en el corazón de las más importantes concentraciones obreras, volúmenes de la “Biblioteca Roja” en poder de la familia Campos, que con anterioridad había vivido en Chayanta, la gran urbe campesina. No hay duda que así imperceptiblemente se fueron filtrando las ideas socialistas y anarquistas en el seno de la clase proletaria.

Como se sabe la primera traducción al español del primer libro de “El Capital” de Marx fue hecha por el socialista argentino Juan B. Justo. Esta versión circuló poco en el país. Se conoció mayormente y un poco más tarde la edición hecha por Aguilar en Madrid. Era una traducción de Pedroso.

Antes de la versión completa de “El Capital” se conoció y profusamente, el resumen debido a Gabriel Deville. Es una lástima que los trabajos de este tipo desechen lo mejor de la savia de los libros, esto es lo que sucedió con la obra de Marx, inclusive tratándose de la inteligente síntesis del primer libro de “El Capital” hecha por Ruhle.

En las pequeñas bibliotecas de los líderes obreros de la época coexistían pacíficamente marxistas y anarquistas. El grado de madurez y la poca experiencia alcanzados por la clase no permitieron que los textos fuesen debidamente asimilados,sin embargo, los espíritus más acuciosos tuvieron oportunidad de leer a Marx en inglés. Conocemos un ejemplar de “El Capital” en ese idioma que perteneció a Enrique Borda y que, por los datos que se encuentran en él, parece que fue traído a Bolivia en 1909. De lo que no estamos seguros es de si su poseedor estudió o no la obra maestra de la literatura marxista. Puede ser que Borda hubiese leído de pasada e incompletamente, pues se trata de uno de los más activos organizadores del sindicalismo ferroviario y que en ese entonces se presentaba como un socialista de cuerpo entero.

6. El Club de la Igualdad de Santa Cruz de la Sierra

Acerca de la labor sorprendente, única y ejemplar de Andrés Ibañez existen documentos y comentarios, pero estos últimos muestran una total incomprensión. Montenegro, cuya perspicacia está fuera de duda aunque no su condición de revolucionario, sostiene que “fue un auténtico precursor de la revolución social en América del Sud”. Hablando con propiedad esto significaría que propugnó la sustitución en el poder de la burguesía por el proletariado o cosa parecida. El caudillo oriental, que fue partidario de Daza y luego se rebeló contra él, no llegó a tanto y no rompió del todo sus ligaduras con la clase dominante.

Se puede decir que, en alguna forma, encarna, conscientemente o no a la tendencia beleista, acentuando la participación activa de los explotados en la actividad política. En Santa Cruz, moviéndose de espaldas a un país en el que no se ha logrado la unidad nacional y en el que las tendencias centrífugas del federalismo son muy poderosas, dominaba entonces el artesanado y esa enorme masa entroncada en las tribus nómadas y que prácticamente había sido reducida al trabajo esclavista por hacendados y monopolizadores de la exportacion de la goma y de la quina. Ibañez luchó y adoptó medidas durante la revolución en favor de estos explotados y buscó su participación en el nuevo gobierno popular estructurado por un sector de la propia clase dominante. Planteó, en el mejor de los casos, un socialismo imposible. No todos los levantamientos de masas son iguales, cada uno tiene particular orientación y objetivos. Las limitaciones de los igualitarios provenían de la ausencia del proletariado como clase; por otra parte es siempre posible encontrar gérmenes de la clase obrera no propietaria.

Los parciales de Ibañez se agruparon en el Club de la Igualdad y en 1873 publicaron”El Eco de la Igualdad”, “ Periódico del pueblo y para el pueblo” rezaba su encabezamiento. El Club no tardó en ser identificado como portavoz de los intereses populares y plebeyos, como dirección de la gran masa desheredada. Fue sañudamente combatido y perseguido por unos y calurosamente aplaudido por otros. Sostuvo importante polémica acerca de los candidatos presidenciales en las elecciones de 1876. Se convirtió en fuerza electoral de importancia.

Los candidatos Santivañez y Daza le pidieron su apoyo y el Club dio sus votos al segundo, lo que ahora puede parecer inexplicable. Se ignora que a partir de los albores de la república el ejército, que, estaba a muchos kilómetros de distancia de ser uno de casta y que entroncaba directamente en las montoneras de sabor y contenido plebeyos, fue refugio y a veces expresión de las capas más profundas de las masas. De aquí la popularidad de no pocos caudillos uniformados que venían del pueblo, que teniendo tal raíz se vieron a veces obligados a expresar y proyectar sus ansiedades. Daza era uno de esos caudillos. Montenegro atisbó algo en esta maraña, pero sus conclusiones no siempre fueron satisfactorias porque su pensamiento estaba encasíllalo en esquemas preconcebidos para justificar una determinada posición política que contrariaba el curso de la historia.

Cuando llegó a la prefectura del departamento a raíz de un levantamiento popular encendido por la rebelión de los soldados que lo tenían preso, proclamó la federación, medidas en favor de los artesanos (creación de un banco de crédito) y de las capas más humildes de la población. El movimiento se proyectó hacia las provincias y duró más de medio año totalmente aislado de los valles y del altiplano. El gobierno destacó en persecución de los insurgentes al Gral. Villegas a la cabeza de tropas del ejército. Ibañez se refugió en la región chiquitana donde fue apresado y fusilado.

En el oriente persistió por algún tiempo el movimiento ibanista, pero no logró proyectarse al resto de la república. El artesanado, en sus sectores más avanzados, estaba atrapado en la red de ideas de liberalismo y era utilizado como carne de cañón o masa electoral en la lucha contra el oscurantismo conservador y clerical.

Algunos de los que sostenían que en Bolivia no había cuestión social en el campo de las ideas porque la realidad material no le permitía prosperar, repetían la conclusión de Vicente Gay (“España moderna”, enero de 1912): “No, no hay que temer la idea ni la propaganda de la doctrina. Ellas se quiebran al contacto con la realidad, cuando ésta es refractaria a aquellas”.

El joven proletariado agrícola oriental, soldado al resto de la clase, sabrá retomar en su lucha todo lo positivo de la experiencia de Andrés Ibañez.

7. Ni Marof ni Prudencio

En los medios intelectuales es corriente considerar a Ignacio Prudencio Bustillo como a uno de los precursores del socialismo. Esto significaría que antes de él no hubieron ideas, agrupaciones o individuos de inclinación marxista, lo que no es exacto. Prudencio Bustíllo aparece por los años veinte a la cabeza de un grupo de jóvenes estudiosos de Sucre.

No sólo se trata de la tardía actividad de Prudencio, sino del hecho de que no era marxista. En sus lecciones de filosofía del derecho en la Universidad de San Francisco Xavier habla del marxismo, de igual manera que de otras corrientes filosóficas, en el plano de la pura información académica. Dio muestras de ser un cerebro bien organizado y cultivado de grandes quilates. Pero era un liberal a la europea, que todavía se movía al influjo del positivismo. Como todo buen liberal consideraba provechoso conocer todas las facetas del pensamiento humano y ser tolerante con ellas.

Mientras Ignacio Prudencio Bustillo escribía sobre crítica literaria y cumplía su labor más osada en la universidad femenina, el socialismo boliviano ya había recorrido una parte de su camino.

Alberto Ostria Gutiérrez sostiene que “anticipándose a los hombres de su generación, divididos en el conservantismo y el liberalismo, se inclina al socialismo. `Es preciso ver en éste -escribe en su ‘Ensayo de una filosofía jurídica’- la moderna faz del ideal que con diversos nombres trata de dar el bienestar y la felicidad a los hombres”. Tal afirmación fue repetida más tarde por Valentías Abecia.

Gustavo Navarro aparece como Tristán Marof demasiado tarde, después de la revolución republicana de 1920 acaudillada por Bautista Saavedra, del que el joven chuquisaqueño era uno de sus más apasionados parciales.

Aprovechó la permanencia del republicanismo en el poder para viajar a Europa y es en el viejo continente que toma contacto con las ideas marxistas. Su pequeño folleto titulado “La Justicia del Inca” incluye la consigna de” ¡Tierras al indio y minas al Estado! “, que casi simultáneamente es también enarbolada por el Tercer Congreso Nacional Obrero. El escrito parte del muy difundido equívoco de que el Imperio de los Incas era comunista, No en vano el indigenismo estaba en su pleno apogeo. Cuando Marof retorna a Bolivia, para ser seguidamente desterrado, ya la clase obrera había vivido gran parte de su experiencia en el seno de los múltiples partidos socialistas.

Se tejió la leyenda de un Marof iniciando el socialismo en el Altiplano, porque logró convertirse en uno de los grandes revolucionarios de América Latina y su nombre se transformó en una leyenda, para los desposeídos. Por esto mismo el Marof renegado causó un grave daño al movimiento revolucionario.

¿Literato o marxista revolucionario? El novelista frustrado nunca dejó de ser literato y en el campo de la política hizo más literatura que otra cosa, escribió buenos panfletos, pero no alcanzó a elaborar teoría. Su mejor libro, “La tragedia del altiplano”, es una arenga pero no una contribución a la teoría de la revolución. No llegó a comprender debidamente el marxismo, lo que le impidió manejarlo como método. El republicano Navarro siguió pensando bajo el pellejo de Tristán Marof.

En su momento más remarcable fue un centrista que no alcanzó a entender la trascendental significación de la disputa entre stalinismo y trotskysmo y nunca llegó a ser un trotskysta militante. Formó parte del POR esperando que sería la gran masa humana marchando detrás de él, cuando comprobó que esto era muy improbable se marchó para formar un partido grande y sin principios claros, el PSOE.

El fantasma creado por la persecución policial y por la propaganda se esfumó al contacto con la realidad. De mentalidad caudillista nunca, en verdad, llegó a convertirse en un verdadero caudillo. Mucho más tarde, escribió de sí mismo con alguna nostalgia: “cuando yo era considerado como un ser diabólico. Había llegado del des-tierro de once años… Sólo dos amigos vinieron a verme: Federico Ostria Reyes y Jaime Mendoza”, este último pasaba entonces como “escritor socialista”. Su concepción de la política: “Gobernar un País es entenderlo, sentirlo, dominarlo y poseer la sangre fría de los líderes que están empeñados en grandes empresas”, escribió no ocultando su admiración a Montes, Saavedra y Arce. El líder republicano se le antoja la encarnación de las muchedumbres: “Es apasionado, tenaz, ilustrado y de poderosa inteligencia: se llama Bautista Saavedra. Y todavía su nombre es símbolo de muchedumbre exaltada y combativa. Saavedra no ha muerto; pervive en el mitin, en el discurso y en las calles”. Marof nunca puntualizó que para Saavedra el socialismo era sinónimo de fascismo.

Cosmopolita como escritor, lo fue también como hombre: se vinculó con todas las lumbreras de su tiempo. Llegó hasta “Amauta” y Mariátegui le prodigó elogios; no sería exagerado decir que se convirtió en canal de la influencia del marxista peruano sobre los izquierdistas bolivianos.

Tres fueron los socialistas extranjeros que mayormente contribuyeron a la estructuración del socialismo boliviano: el argentino Palacios, como social demócrata y reformista de cuerpo entero; el chileno Recabarren, que contribuyó a la formación de muchos dirigentes obreros y Mariátegui que en cierta manera modeló a los intelectuales marxistas. En cierto momento el libro “ 7 ensayos” se convirtió en la biblia de los izquierdistas universitarios.

8. El Centro Obrero de Estudios Sociales y los primeros partidos socialistas

La propaganda clerical ha sostenido que los primeros materialistas e inclusive positivistas eran comunistas. En verdad se trataba de teóricos del liberalismo. Con mayor razón se podía afirmar que la primera manifestación socialista fue el periódico “El revolucionario”, que se editó en Sucre en 1855 (“Historia del periodismo boliviano”). La publicación estaba preocupada de encontrar la perfectibilidad humana y circuló bajo la protección intelectual de Condorcet, el enciclopedista francés de posiciones girondinas, defensor de la propiedad privada y que se suicidó en la prisión. “El revolucionario” decía formular un “revolucionarismo o socialismo sucrense”.

En 1914 ya funcionaba el Centro Obrero de Estudios Sociales, que tenía su cuartel general en La Paz y estaba conformado principalmente por obreros que abiertamente habían abrazado la causa socialista. Hay que indicar que algunos de los que aparecen en el COES seguirán, casi inmediatamente después, la orientación anarquista. Las figuras más activas del COES: Perales, los hermanos Ordoñez, Mendoza Mamani, los Cáceres, etc.

El COES no era un club de discusiones, sino que tomó en sus manos la tarea de impulsar la organización sindical y también la estructuración del partido de la clase obrera, que estaba viviendo los momentos fundamentales de su experiencia en el seno de los partidos de la feudal burguesía, algunos de los cuales aparecían, ocasionalmente, como muy radicales.

El Centro Obrero de Estudios Sociales era el núcleo en el que se formaron los dirigentes obreros y un activo grupo propagandístico. Vivió durante la experiancia de la formación de los diversos partidos socialistas.

Hemos indicado que el COES era marxista, pero, como corresponde a la época, sufría la influencia de las corrientes anarquistas. Funcionaba al lado suyo el Centro Dramático Rosa Luxemburgo: curiosa amalgama de la adhesión a la revolucionaria polaca con un medio de educación de los explotados típicamente ácrata.

Es en este período que aparece en el escenario político-sindical y cultural, esa mujer excepcional que fue Angélica Ascui, de origen plebeyo y de familia enriquecida en el comercio, que supo entregarse a la lucha en favor de los desposeídos.

Fue actriz de cine, militante de la Federación Obrera del Trabajo y peregrinó por el PSOE y el PIR. Murió trágicamente, víctima de las pequeñas miserias hogareñas. Estuvo ausente el gran movimiento que hubiese podido elevarla intelectualemente y darle la oportunidad de cortar las ataduras sociales.

En la historia social boliviana se destaca junto a la anarquista Domitila Pareja, desaparecida prematuramente.

Las obreras bolivianas son grandes luchadoras, pero no se les ofrece la oportunidad para que puedan elevarse a las cumbres de la teoría: las destruye la esclavitud del hogar y un ambiente machista por excelencia.

El movimiento obrero, el estrictamente sindical e inclusive el COES, estuvieron penetrados de intelectuales y artistas, aunque en cierto momento se perfiló con nitidez una tendencia marcadamente obrerista. Alberto Saavedra Perez, Perales, etc, escribían piezas de teatro de intencionado contenido social. Arturo Borda y Mario Illanes llegaron a elevados cargos de la FOT.

Por la misma época hace su aparición el primer partido socialista de Bolivia, conformado por intelectuales y algunos obreros artesanos. Se organizó alrededor de una breve plataforma, que contenía enunciados generales y una que otra reivindicación inmediata. Entre sus animadores se encontraban Ezequiel Salvatierra, Jaime Mendoza, Alberto Mendoza López, etc.

A este partido le siguieron las numerosas agrupaciones que adoptaron el nombre de partidos obreros socialistas; en cierto momento había en cada ciudad importante del país un POS. La necesidad de estructurar el partido de la clase obrera emergió de la propia realidad boliviana, del proceso de emancipación política de la clase obrera. La forma en que se concretizó esta idea fue tomada de la experiencia que estaba viviendo en Chile Luis E. Recabarren, ese admirable líder obrero que llegó hasta la Tercera Internacional, sin haber tenido el tiempo suficiente para asimilar debidamente el leninismo. No pocos de los líderes obreros socialistas hicieron su aprendizaje, allá en las salitreras chilenas, bajo el ala protectora del caudillo chileno.

En 1921, se reunen en Oruro los líderes socialistas y acuerdan unificarse, medida que fracasó casi inmediatamente. Un acentuado localismo fracturó todos los intentos de fusión.

Después de la primera reunión de los partidos comunistas en Buenos Aires, la Tercera Internacional creyó llegado el momento de superar los múltiples ensayos esporádicos encaminados a estructurar el partido revolucionario y ordenó poner en pie un partido comunista. En ese momento los marxistas estaban inmersos en el Partido Laborista, que formalmente copió los emblemas y algunas consignas de la Internacional Comunista, pero ideológicamente seguía siendo la amalgama de ideas socialdemócratas y anarquistas, es decir, no era más que una versión modernizada de los viejos partidos socialistas.

El Partido Comunista, cuyo núcleo central estuvo constituido por obreros gráficos timoneados por Segaline, no llegó a convertirse en una organización de masas y fue empujado desde el primer momento a la clandestinidad. Bajo la influencia de Ravines, la Internacional Comunista impuso desde arriba y autoritariamente programas a casi todos los partidos comunistas latinoamericanos, mas, no procedió así con el boliviano, para el que se limitó a redactar algunas de sus famosas cartas abiertas.

El hundimiento de este primer Partido Comunista se debe a la causa fundamental de que sus cuadros no lograron elaborar la teoría de la revolución boliviana, es decir, su programa. La Internacional Comunista stalinizada trataba el problema de una manera burocrática y adminístrativa. Los documentos emanados por Moscú no podían considerarse programáticos, no eran un balance de las experiencias revolucionarias vividas en el país y menos expresaban el ensamblamiento de la vanguardia con la clase, como tampoco eran el resultado de la formación del partido en el seno del proletariado.

Otro factor que conspiró contra el porvenir de este partido fue el haberse convertido, en su estado incipiente, en instrumento de la burocracia foránea. Aun antes de que hubiese sido puesto en pie de una manera total tuvo que soportar la campaña de bolchevización ordenada por Moscú, que se tradujo en la persecución de los intelectuales y en la hipertrofia de las tendencias obreristas.

En vísperas de la pre-guerra chaqueña aparece el Partido Socialista Revolucionario, uno de los más maduros por sus principios programáticos.

Algunas publicaciones animadas por intelectuales de izquierda, a veces de una izquierda muy difusa, tuvieron marcada influencia en los movimientos obrero y socialista. Uno de esos casos fue el de la casi olvidada revista orureña Argos, fundada por Enrique Condarco en 1923. Escribían José Antonio de Sainz, Roberto Guzmán Télles, Estanislao Boada, Mario Nerval, Pablo Iturri Jurado, etc.

El atomizado movimiento socialista no encontró la gran idea alrededor de la cual unificarse, No logró ser enunciado el objetivo estratégico de la clase obrera, lo que denuncia que no se contaba con la posibilidad de la revolución proletaria en el país. Se creía que el socialismo vendría de afuera y que dentro de las fronteras nacionales correspondía alfabetizar y educar a las masas. El propio Partido Socialista Revolucionario al enarbolar la consigna stalinista del momento de “gobierno obrero-campesino” se refería a la revolución democrática. Hasta ahí alcanzó la evolución de la conciencia de las masas durante el agitado período de la preguerra chaqueña.

Caracteriza este período la separación entre el movimiento obrero y también socialista que tenía lugar en las minas, sembrado de masacres y brutales represiones, y el de las ciudades. Separación que se proyectará hasta los años cuarenta.

9. La organizacion sindical obrera, basamento del movimiento socialista

Teóricamente y partiendo de la experiencia mundial, sabemos que el sindicato es la primera organización obrera que aparece, corresponde al período de las luchas instintivas e inmediatas, salariales, si se quiere.

En Bolivia, habría sido imposible la aparición del movimiento socialista, si los obreros no hubiesen. antes madurado en las luchas sindicales para poder comprender cuáles eran los intereses históricos o generales de su clase.

En 1905 aparece la Unión Gráfica y tres años después la Federación Obrera del Trabajo de la Paz, que en cierto momento funcionó como central nacional. Fueron elementos liberales los que estructuraron estas primeras organizaciones sindicales y que comenzaron funcionando como soportes del régimen imperante en oposición a los conservadores.

Los trabajadores comenzaron a desarrollar un movimiento opositor al liberalismo desde el momento en que comprendieron que el gobierno de la clase dominante no era capaz de satisfacer sus demandas más premiosas, sobre todo las que se referían a la dictación de una amplia legislación social. Siguieron las vicisitudes de las luchas internas del oficialísmo. Los opositores pusieron en pie a la Federación. Obrera Internacional (1912) y que muestra los rasgos inconfundibles de las organizaciones de resistencia, de la voluntad de fundirse con el socialismo y el internacionalismo proletario, A partir de este instante las organizaciones obreras pugnan tercamente por emanciparse de la influencia de los diversos sectores de la clase dominante o de la feudal burguesía. El norte de la lucha cotidiana era pues la independencia de la clase obrera.

Cuando aparecen los partidos socialistas, los sindicatos, que en ese momento habían acumulado mucha experiencia en su vida cotidiana, eran virtualmente adheridos a los flamantes partidos políticos. No era posible distinguir partido de sindicato y, de esta manera, muchas de las organizaciones socialistas concluían como una ficción.

Los obreros maduraban en la lucha cotidiana sindical, para elevarse hasta la altura de las concepciones socialistas. Lentamente los sindicatos se convirtieron en escenario y canal para la difusión del marxismo y para la estructuración de los partidos . En las minas no se da esta confusión y es donde primero aparecen los sindicatos verticales. En las ciudades dominaba el sindicalismo horizontal. Cuando en 1928 se realiza la convención que organizó a la Federación de Estudiantes, era posible constatar cierta unidad de movimiento entre sindicatos y núcleos socialistas, cosa que venía sucediendo desde algunos años atrás.

Tanto el movimiento obrero como el socialista convirtieron al problema campesino (entonces se llamaba problema del indio) en una de sus fundamentales preocupaciones. Constituye uno de los indiscutibles méritos de estos movimientos el haber planteado que la raíz del problema radicaba en la cuestión de la tierra, esto frente a todos los ideólogos y pedagogos que estaba sometidos a la clase dominante, En la posición de los socialistas se podía percibir la directa influencia del peruano Mariátegui y también de las corrientes indigenistas.

Pero, como eran inveterados reformistas, abandonaban la solución práctica del drama campesino en la supuesta capacidad renovadora de la escuela.

Desde la colonia y durante todo el transcurso de la república, los reformistas y la clase dominante agotaron todos los recursos para domesticar a las masas campesinas, instintivamente apegadas al gallo rojo, al reparto negro y a comer el corazón del adversario, mediante el evangelio y el alfabeto. Por este canal llegó hasta el movimiento sindical y socialista la convicción de que los explotados dentro del modo de producción capitalista debían preocuparse de alfabetizar al indio y también al obrero.

Cuando se trataba de llevar la escuela hasta “los pobres” parecía esfumarse la diferenciación entre los explotadores, sus ideólogos y los socialistas. La valoración que se hace de Tomás Omiste es ilustrativa al respecto. Carlos Medinaceli, en el momento de agravación de su apego al socialismo, escribió que Omiste no se preocupó de educar a la “burguesía universitaria parasitaria”, sino a los desheredados. por eso puso en pie las escuelas municipales en Potosí. Omiste era un liberal de avanzada que estaba pensando en la aparición de obreros que pudiesen ser óptimamente explotados, como en su tiempo Rodríguez buscó educar a buenos artesanos. La escuela liberadora fue y sigue siendo un prejuicio dentro del socialismo criollo.

10. Características del socialismo de ese periodo

El viejo partido socialista argentino desarrollaba una actividad intensa y había logrado llevar hasta el parlamento al primer diputado socialista, que era nada menos que el espectacular Alfredo Palacios. Este socialismo tuvo mucha influencia en el movimiento obrero de izquierda, esto mucho antes de que cobrase forma acabada el movimiento de la reforma universitaria, que funcionó como canal transmisor de las tendencias marxistas y bolcheviques.

Está señalado que en Bolivia había ya socialismo antes de 1917. Los bolcheviques tuvieron que emplearse a fondo para ganar a su causa a los primeros núcleos socialistas del país.

Paralelamente a la influencia socialista que venía de la Argentina y de Chile, actuaban sobre Bolivia las tendencias anarquistas, que eran poderosas en los países vecinos. En algunos centros obreros (Corocoro, La Paz, etc.) habían sentado su plaza propagandistas de las organizaciones ácratas, que rápidamente penetraron en los sindicatos.

El socialismo boliviano era pues el producto de estas dos tendencias. Hay que advertir que el marxismo venido de la Argentina y de Chile e inclusive a través de España, era básicamente socialdemócrata. Las tendencias opositoras dentro de la socialdemocracia, inclusive las que pugnaban por oponerse al social chauvinismo de la Segunda Internacional de 1914, no lograron trasmontar los Andes, Prácticamente los socialistas bolivianos vivieron al margen de estas corrientes opositoras, que en su momento lograron vivificar al marxismo.

Nuestro socialismo de la primera época resultó, casi de una manera natural, una yuxtaposición de ideas social demócratas y anarquistas. Durante una buena temporada conocieron entre nosotros su luna de miel estas tendencias, mientras en escala mundial luchaban encarnizadamente buscando destruirse.

El flanco anarquista del socialismo boliviano resultó su talón de Aquiles, no sólo porque era la consecuencia de su debilidad orgánica, del predominio artesanal, sino porque por este lado estaba ya planteada la futura escisión del movimiento obrero. En efecto, la anarquista Federación Obrera Local se levantó contra la marxista Federación Obrera del Trabajo. En cierto momento, en 1930, la escisión fue tan profunda que prácticamente quedó paralizado el movimiento sindical.

El propio desarrollo interno del socialismo imponía la necesidad de aplastar teóricamente al anarquismo, cosa que no se hizo. Los marxistas cobraron preeminencia no como resultado de la batalla principista contra los ácratas, sino a través de componendas administrativas en las cumbres dirigentes. La victoria alcanzada fue pírrica, porque el marxismo sobrevivió con tremendas deformaciones y limitaciones internas.

Elementos ligados a la Tercera Internacional, como José Antonio Arze, no tuvieron el menor reparo en adherirse al partido nacionalista organizado desde el poder por Hernando Siles, apareciendo confundidos con quienes se convetirían en pivotes del nacionalismo de contenido burgués, como fue el caso de Montenegro y Céspedes por ejemplo.

¿Un traspie? De ninguna manera. El stalinismo, seguro de la vigencia de la revolución democrática, ya buscaba desesperadamente a sectores burgueses progresistas con los cuales cooperar.

José Cuadros Quiroga se desplazó desde posiciones marxistas hasta un nacionalismo a ultranza. El stalinismo permitía y alentaba todo esto.

El rasgo más notable del socialismo de la primera época radica en su caracterización del país como pre-capitalista, esto debido a su poco desarrollo industrial. Esta tipificación importa exteriorizar cómo se considera la realidad nacional, no en vano ya supone el tipo de revolución que debe realizarse.

Los socialdemócratas -si se permite el término- no hablaron con la claridad con que van a hacerlo después los stalinistas. En un país precapitalista, las fuerzas productivas sólo pueden desarrollarse para hacer posible la revolución burguesa, la proletaria desemboca en la utopía. Nuestros marxistas esperaban la industrialización del País y descontaban que por este camino la clase obrera llegaría a ser la mayoría del país y a educarse políiticamente en la escuela de la democracia formal.

Estas premisas teóricas llevan implícita la posibilidad de colaboración de los socialistas con los gobiernos feudal burgueses, que se mostrasen obreristas o inclinados a dictar leyes de protección social. Efectivamente muchos de los partidos y líderes socialistas de este período concluyeron colaborando con los regímenes imperantes. No pocos desarrollaron la teoría de que desde el vientre de un gobierno se le puede siempre transformar en socialista.

Acaso el ejemplo mas visible constituya el de Adolfo Flores. Venido del Partido Socialista Argentino y notable por sus condiciones de propagandista, colaboró con Saavedra. El congreso de unificación de los socialistas de 1921 no tuvo más remedio que expulsarlo .

Otra de las teorías que dominaba en los medios obreros indicaba que si bien había lucha de clases en Bolivia, ésta se veía tremendamente atenuada por el atraso industrial. Esta lucha de clases a medias sólo era suficiente para lograr algunas reformas, no para desembocar en la revolución proletaria, que se la consideraba imposible, por el poco número de los obreros y por su atraso cultural. El socialismo boliviano era pues reformista y no revolucionario. Desde esa época el stalinismo tipifica a nuestro proletariado como incipiente.

La “teoría” de que el atraso atenúa la lucha de clases -en verdad la exacerba- es la antesala del colaboracionismo. Stalinistas y nacionalistas desarrollaron la política de la unidad nacional, claro que dirigida por sectores de la clase dominante, como obligada respuesta frente al enemigo común que es el imperialismo y que ejerce una opresión nacional. La liberación del país fue convertida en estrategia y en obstáculo opuesto para que las masas pudiesen acceder al poder. Un otro punto común entre stalinistas y nacionalistas, un otro pretexto para su cooperación. En el marco de la revolución democrática el incipiente proletariado no tendría más salida que apuntalar a los gobiernos de la burguesía progresista y antiimperialista. Algunos años después esta será la norma de la actuación de los presuntos marxistas.

Por sus orígenes, por su poco desarrollo teórico y hasta por su inexperiencia nuestro socialismo aparecía profundamente impregnado, de ideas y prejuicios burgueses. El respeto a la autoridad y a la ley, cuadraba muy bien en los reformistas, que se empeñaban en buscar el bienestar de los explotados a través de la reforma de las leyes. La clase dominante había sido desgarrada por la lucha entre practicistas y reivindicacionistas con referencia al problema marítimo. Los socialistas y los obreros aparecieron públicamente como furibundos reivindicacionistas.

El marxismo sostiene que los obreros sólo podrán libertarse utilizando los métodos de la revolución proletaria. Nuestros reformistas no pudieron asimilar este planteamiento, la lucha por las reformas se acomodó perfectamente a sus afanes electoreros. Eran parlamentaristas y no revolucionarios, esto pese a que las masas cotidianamente recurrían a la acción directa.

A medida que se fueron desarrollando el movimiento socialista y el sindicalismo, la feudal burguesía utilizó su artillería pesada para eliminar la politización de las organizaciones sindicales. Hemos viste que en un primer momento se identificaba al sindicato con el partido. Pero, la batalla fue ganada por los dueños del poder, los propios socialistas se encargaban de preservar el pretendido apoliticismo de las organizaciones laborales, que, como todo apoliticísmo, importaba agachar la cabeza ante los opresores.

Sin embargo, en Bolivia no ha existido ni existe tradición parlamentarista y mucho menos condiciones materiales para un generoso desarrollo de la democracia burguesa. No en vano los partidos de la clase dominante se dividieron y pulverizaron en su afán de encontrar una fórmula mágica que les permitiese asegurar la pureza del sufragio universal. Los socialistas, que no en vano se habían precipitado por el plano inclinado del reformismo, concluyeron envueltos en la disputa bizantina acerca de la pureza del sufragio.

La crisis mundial de 1929 tuvo enorme impacto en las filas obreras y sobre el movimiento socialista del continente. La clase dominante mostró todas sus flaquezas e ingresó a un período de desintegración y de extrema ínestabílidad política. Cayeron los gobiernos de Argentina, Bolivia, Chile, Perú, etc. La desocupación, la miseria se tradujeron en agitación social. Las masas estudiantiles volvieron a irrumpir en el escenario: en el Perú se estableció por primera vez el cogobierno, que a Paul Morand, que demostró poca capacidad para comprender el problema universitario, le arrancó la siguiente interrogante: “¿y todavía los profesores no reciben lecciones de sus aiumnos?” En Bolivia fue aprobada la autonomía universitaria.

El advenimiento del gobierno de Marmaduke Grover en Chile impresionó enormemente en Bolivia y se creía que ya se había ingresado a una etapa socialista. Los obreros, tanto socialistas como anarquistas, vieron en los subvertores de turno a sus libertadores, a pesar de que el movimiento armado que llevó a Blanco Galíndo a la presidencía era inconfundiblemente patiñista.

El socialismo había sido amoldado para servir a determinado sector de la clase dominante y en ningún momento se planteó la posibilidad de la revolución social utilizando los métodos propios del proletariado.

11. Persecución al fantasma del comunismo

Ni el reformismo, ni el parlamentarismo de los marxistas de esta primera época, les libró de ser sañudamente perseguidos por los gobíernos feudal burgueses. Unos más que otros, destrozaron a las organizaciones obreras, que tan tercamente luchaban por conquistar el derecho de asociación, clausuraron periódicos, persiguieron, encarcelaron, confinaron y desterraron a los líderes de izquierda.

El reformismo no importa un peligro mortal para el régimen capitalista, es, más bien, una válvula de seguridad que desinfla la presión de las masas.

Con todo, la persecución contra la izquierda es un hecho histórica innegable. Corresponde explicar por qué se produjo, qué veía la autoridad detrás de los moderados planteamientos de los socialistas.

Como tantas veces ha sucedido, los gobiernos acertadamente creían que las arengas y documentos vacuos de los socialistas no eran más que una falsa cobertura del empuje de las masas y que éstas, movilizadas y radicalizadas, constituían una seria amenaza para el régimen de la propiedad privada. Si los líderes estaban dispuestos a sacrificarse a cambio de un asiento en el parlamento, los obreros, puestos en pie de combate, podían concluir arrasando todo el estado de cosas imperante.

Las autoridades al perseguir a los líderes créían estar persiguiendo y aplastando a las masas radicalizadas, que para ellas era nada menos que la encarnación del fantasma del comunismo.

Por otro lado la persecución contra la izquierda permitía a algunos gobiernos, que fue el caso del de Salamanca, solucionar sus problemas internos, lograr una precaria estabilidad a cambio de garantizar a los empresarios paz social y disciplinado trabajo.

Toda vez que las masas se movilizaban en pos de mejores condiciones de vida y de trabajo aquellas eran calificadas por el oficialismo como comunistas. Unas veces era miedo auténtico, pero casi siempre una mascarada, un pretexto para justificar la represión.

La clase dominante se guía por una mentalidad policial: cree que todo el malestar social y las protestas son obra de algunos agitadores; los encierra y está segura de haber solucionado el problema social. Como cuadra a gobernantes de un país tan rezagado culturalmente, le dan poca importancia al papel impreso y a las mismas ideas; se ensañan, más bien, con los activistas, con los que preparan acciones de hecho.

Sin embargo, también el socialismo boliviano se ha ido forjando lentamente en las mazmorras y en el exilio.

12. La campaña contra la guerra del Chaco

La guerra internacional con el Paraguay importó un profundo sacudimiento social, económico y político. La ciase dominante demostró toda su incapacidad e hizo reflotar a la clase medía y a otros sectores sociales.

Entregó armas a los campesinos y obreros. También fue una prueba de fuego para la izquierda. El socialismo que hemos visto cambió de súbito de fisonomía. La propaganda contra la guerra realizada por la Internacional Comunista dominó el escenario. Los intelectuales radicalizados se dirigieron a las masas, convocándolas a luchar contra la guerra. Se levantaron airados para oponerse a la avalancha chauvinista que era alentada por el gobierno y las corrientes políticas tradicionales. El grito de combate era “¡guerra a la guerra!”. El conflicto bélico con el Paraguay fue calificado como imperialista, porque de por medio estaban los intereses de los grandes consorcios petroleros. La izquierda se definió como derrotista: convertir la guerra imperialista en revolución social. Las actitudes eran francamente desafiantes y heroicas. Era preciso un gran coraje para plantear la guerra a la guerra. Sólo la firmeza teórica podía formular el derrotismo cuando la opinión pública exigía marchar hasta Asunción.

Es evidente que algunos socialistas del primer momento fueron aarastrados y ganados por las posiciones belicistas de la clase dominante, que confiaba que la guerra podía sacarla del atolladero. Sin embargo, una parte de la izquierda, la más importante, supo seguir el camino correcto.

¿Cómo fue posible todo esto? Las corrientes socialdemócratas y parlamentaristas resultaron sepultadas por las ideas que habían logrado difundir los bolcheviques desde el exterior, muchas de las cuales siguieron los canales tortuosos de la Internacional Comunista. Esas ideas al generalizarse, se apoderaron de grandes sectores de la izquierda y obraron como poderosas fuerza materlales.El proceso que hemos esbozado permitió que apareciese un socialismo con un otro rostro, con un rostro bolchevique.

Tiene que subrayarse que se trató de una actitud momentánea, pues los marxistas bolcheviques carecían de una poderosa organización partidista y también de un programa. El Partido Socialista Revolucionario fue más un anticipo que una realización.

Podemos concluir que el socialismo de la primera época fue básicamente socialdemócrata y reformista, sin embargo en su flanco izquierdo fue formándose lentamente una tendencia bolchevique. La coyuntura política excepcional creada por el desencadenamiento de la guerra permitió que la minoría bolchevique irrumpiese como dirección de las masas y aplastase a los patrioteros y parlamentaristas. Pero esto por un momento.

La lucha contra la guerra y los planteamientos leninistas del momento, tuvieron un cuarto de hora de actualidad, pero más fueron perspectiva tendida hacia el futuro.

Los elementos radicalizados bien pronto tuvieron que enfrentarse contra la bestial represión del oficialismo y fueron empujados a las catacumbas de la clandestinidad, donde los más sucumbieron quebrados y muy pocos alcanzaron a estructurarse como cuadros del futuro movimiento revolucionario.

Los izquierdistas de mayor coraje se enrolaron en las filas del ejército y no pocos de ellos fueron sacrificados en el frente de batalla. Los más ganaron las fronteras voluntariamente o fueron desterrados por el gobierno. De esta manera el socialismo boliviano tendrá su encuentro con las expresiones más elevadas del marxismo.

La guerra le permitió al socialismo nativo dar un salto hacia adelante y plantearse, al menos en sectores más avanzados, la urgencia de estructurar un partido de tipo bolchevique.

El balance e interpretación del conflicto bélico permitió un franco avance de la teoría y se planteó la necesidad de realizar un análisis crítico de las diversas manifestaciones que se reclamaban del marxismo.

13. El marxismo de la post guerra chaqueña

Inclusive el marxismo leninista boliviano vivía, en cierta manera, de espaldas al movimiento revolucionario internacional y a los sacudimientos internos que tenían lugar en la Internacional Comunista. Tal rezagamiento era, como se tiene indicado, una de las características de la cultura boliviana.

En ese momento, la tercera década de nuestro siglo, el movimiento marxista internacional se estremecía como consecuencia de la disputa de los bolchevique-leninistas contra la buorcracia termidoriana. El stalinismo, aparentemente contradictorio, es un fenómeno político emergente del largo aislamiento de la revolución soviética y de la arremetida de la reacción internacional y también de la rusa. El Estado obrero se degeneró y la burocratización logró desplazar a la clase obrera de la dirección del partido bolchevique. La Internacional Comunista devino en dócil instrumento de la diplomacia del Kremlin, acabando por ser disuelta como una concesión al imperialismo.

La Oposición de Izquierda, desde 1923 hasta 1933, desarrolló una titánica campaña buscando reenderezar la línea política de los partidos comunistas. La derrota sin batalla de los stalinistas alemanes decidió a los trotskystas a luchar francamente por la constitución de la Cuarta Internacional.

Como se ve, el movimiento revolucionario estaba atravesando por un momento crucial y tenían lugar las polémicas principistas que, más tarde, permitirán sentar las bases del programa de la revolución socialista. Pero, nada de esto llegaba al país. Los marxistas, tan fuertemente teñidos de anarquismo, seguían marchando unidos, sin grandes discrepancias internas. “Bandera Roja”, que publicaban los elementos vinculados a la Tercera Internacional, sostenían, aún en 1927, que la supuesta lucha entre Trotsky y Stalin era una invención de las agencias noticiosas imperialistas.

Va a ser necesaria la sañuda persecución policial contra los comunistas y el destierro de éstos, para que los bolivianos tomen conocimiento de las descomunales peleas que acaparaban gran parte de las energías del movimiento marxista internacional. La élite más brillante de los marxistas del Altiplano va a ser rápidamente arrastrada por la vorágine de esa disputa. Los más se alinearon junto al stalinismo. Los menos formaron filas junto a la Oposición de Izquierda. Desde este momento el marxismo, también en Bolivia, aparecerá dominado por el apasionado debate entre stalinistas y trotskystas.

Los stalinistas en Bolivia ya ensayaban formas organizativas frentes populistas y sus múltiples núcleos, con gran influencia entre los obreros, los estudiantes, los educadores, buscaban afanosamente el camino de su unidad.

Los trotskystas fundaron en el exilio su propio partido, el POR, que al trasladarse a las grandes alturas del país no pudo aclimatarse de inmediato, viéndose obligado a llevar una larga vida larvaria.

De esta manera el stalinismo tuvo el escenario casi totalmente limpio (Marof fue arrinconado muy rápidamente) para desarrollar a plenitud su política acentuadamente pro-bunguesa.

El escenario de la política izquierdista comenzó siendo ocupado por la generación de la reforma universitaria y este hecho dominará prácticamente hasta los años cincuenta. El stalinismo, teniendo como a sus figuras mayores a José A. Arze y a Ricardo Anaya, logró aglutinar a lo más relievante de la intelectualidad, del universitariado y de los maestros, lo que le permitió contar con un indiscutible predominio entre los jóvenes profesionales. Se fue agrupando en una serie de cenáculos izquierdistas que en el momento oportuno giraron alrededor de la idea de la unificación de las izquierdas. Esa maniobra maestra dio nacimiento al PIR, en julio de 1940, como un partido de gran influencia en el seno de las masas.

Otro sector se fue perfilando como nacionalista, como partidario de las reformas democráticas, lo que le hermanaba con el stalinismo. Montenegro, Cuadros Quiroga, Céspedes, Mendoza López, fueron los paladines del nacionalismo desde el primer momento y entraron en obligada pugna con el stalinismo y el trotskysmo, esto por el afán de buscar clientela.

Una pequeña minoría encabezada por el excepcional José Aguirre Gainsborg y secundada por Marof, Valencia Vega, Arze Loureiro, abrazó, aunque sin meridiana nitidez, el camino del trotskysmo y desde los primeros momentos apareció como tendencia minoritaria y alejada de las masas. Esta situación se prolongará hasta los años cuarenta.

Arze, Aguirre y otros recorrieron el camino del destierro. Anaya permaneció dentro del país y por algún tiempo se mostró trotskyzante, tal vez impresionado porque la IC expulsó a Arze como seguidor del teórico de la revolución permanente. Sin embargo, se fue definiendo más y más como adepto incondicional de la burocracia del Kremlin, lo que le abrió las puertas para justificar todas sus piruetas, inclusive la de volver a reflotar más tarde como seguidor del Gral. Barrientos.

La reacción, desde el otro extremo, alentó la formación de FSB, en 1935, como fuerza de choque que fue utilizada en la búsqueda de la destrucción física de las organizaciones revolucionarias. Su tardía democratización fue la causa de su pérdida definitiva como corriente política.

14. El “Socialismo militar”

En los medios izquierdistas dominaba la creencia de que el fin de la guerra del Chaco sería el comienzo de la revolución social. Fueron los trotskystas los que con mayor esmero elaboraron esta teoría. Efectivamente, la guerra trajo una gran convulsión social; pero, la clase obrera no estaba madura para convertirse en el eje de la transformación revolucionaria y la situación política fue definida por la ausencia de la dirección política de aquella.

El POR fue apresuradamente organizado para responder a la convulsión social. Este apresuramiento se refiere a que no fueron debidamente superadas las diferencias principistas existentes entre los grupos de Aguirre y de Marof (Tupac Amaro), lo que era ya un anticipo de la futura escisión de 1938. Los principios fueron sacrificados ante el caudillismo típico de Marof, en la creencia de que éste lograría arrastrar detrás suyo a las masas explotadas, cosa que no ocurrió en ningún momento. Se tardó demasiado en establecer la adecuada ínter-relación entre el Partido y la clase obrera, como quiera que ésta no acumuló la suficiente experiencia rechazaba intermitentemente a aquella.

La otra izquierda estaba atomizada en innumerables pequeños grupos y que sostenían las ideas más heterogéneas.

Estaba virtualmente ausente el partido revolucionario y el vacío dejado por este no tardó en ser ocupado por los militares “socialistas” que se movían rodeados e impulsados por personalidades y grupos “izquierdistas”. Las masas fueron llevadas al degolladero por sus líderes tradicionales, muchos de los cuales venían cargados de prestigio de la pre-guerra.

El fenómeno más significativo de la post guerra fue la irrupción de la clase media en el escenario político. Los gobiernos oligárquicos fueron sustituidos por los gobiernos militares. Los perdedores de la guerra se vieron convertidos en los dueños del poder político. Las masas se desplazaban amenazadoramente hacía la izquierda y toda la política apareció luciendo el marbete izquierdista. El stalinismo, que públicamente aparecía como la expresión del marxismo, se hizo oficialista, ingresó a los ministerios y creía estar dictando la política gubernamental. La consecuencia práctica: las masas fueron empujadas hacia las posiciones gubernamentales y se perdió totalmente la independencia de clase que tan difícilmente se había conquistado. El grueso de la clase medía fue arrastrado por el stalinismo, que aseguraba publicidad, carrerismo y prebendas sin fin. La otra parte se hizo nacionalista. De esta manera desembocó en las trincheras del oficialismo militar, al que con tanto entusiasmo calificó “socialista”. José Aguirre pretendió volcar a parte de la clase media intelectualizada hacia el trotskysmo, pero fallaron todas sus maniobras y su prédica. Da la impresión de un predicador en el desierto.

En el pasado inmediato la Internacional Comunista propagó la consigna de gobierno obrero campesino, que muchos entendían como sinónimo de gobierno obrero. Durante el “socialismo militar” no había lugar para hablar de dictadura del proletariado. Sólo mucho después, con auxilio de la teoría de la revolución permanente, va a ser posible caracterizar debidamente a la revolución boliviana y puntualizar las razones justificativas de la estrategia de la revolución y dictadura proletarias en un país atrasado.

En tales circunstancias, el movimiento de la reforma universitaria, cobró preeminencia y se convirtió en el canal de difusión del marxismo. En 1928 la primera convención de los estudiantes aprobó el programa redactado por Arze y que no iba más allá de la revolución democrática. En 1938, la cuarta convención, señaló, partiendo del liderazgo de la clase obrera sobre las masas, la perspectiva de la revolución proletaria, llamada a cumplir las tareas democráticas y su transformación en socialistas. Este hecho tiene enorme significación política, porque desde el campo universitario se comenzó a señalar un camino totalmente nuevo que debía recorrer el proceso revolucionario.

La figura central y casi solitaria de la cuarta convención -también actuó A. Valencia Vega- fue el entonces trotskysta Ernesto Ayala. Ya entonces, pese al aislamiento del POR frente a las masas, se pudo comprobar que los militantes dotados de condiciones para escribir y para pronunciar discursos se agigantaban gracias al escenario partídista, se convertían en portavoces del trabajo colectivo de la clase y del mismo partido. Aislados de su escenario natural, esas potenciales grandes figuras concluyeron disolviéndose en la nada.

La experiencia de 1936 y la vivida bajo el gobierno Busch, constituyeron la prueba fehaciente de que el stalinismo se orientaba, de una manera natural, a integrarse en los gobiernos llamados populares, aunque éstos no fuesen más que hechura de la feudal burguesía. Resulta natural que estos elementos no hubiesen podido aprender nada de tales hechos, habiendo persistido en su política reaccionaria, esto porque corresponde a su propia naturaleza programática.

El stalinismo logró unificarse el año 1940 y acentuó mucho más su orientación a colaborar con la burguesía nacional e internacional. Esta unidad consolidó su preeminencia temporal.

15. Marxismo y nacionalismo

Únicamente la minoría trotskysta hizo un balance crítico de la colaboración de la izquierda con los gobiernos militares de 1936-39. Este balance servirá para juzgar, más tarde, al nacionalismo y para superar de manera autocrítica los enormes equívocos cometidos durante este período.

La clase dominante al verse totalmente perdida frente a la certeza de la subversión de las masas, no tuvo más remedio que jugar a la carta militar. Toro y Busch se autotitularon “socialistas” para contener y desarmar a la mayoría nacional, lo que lograron momentáneamente con ayuda de los tradicionales líderes de los explotados. El reformismo fue abusívamente identificado con la sociedad socialista. Bien pronto los caudillos militares adoptaron medidas francamente fascistas y persiguieron a sus aliados de ayer.

Stalinístas y nacionalistas actuaron como pivotes de sustentación de los gobiernos militares. Los primeros creyeron haber encontrado no solamente a políticos que representaban a la burguesía progresista, sino a la misma sociedad sin clases. Más tarde la burguesía antúmperialista aparecerá encarnada en la misma rosca y luego en el movimientista de derecha Hernán Siles y en el propio Paz Estenssoro.

No hubo ni podía haber una severa autocrítica stalinista de lo hecho durante los gobiernos militares”socialistas”; su política posterior no será otra cosa que la yuxtaposición a esta herencia de otras actitudes similares. El marxismo aparece encarnado en el solitario Aguirre Gainsborg.

El stalinismo convirtió los objetivos estratégicos del proletariado en inalcanzables y en los hechos adoptó la política de determinados sectores burgueses. Este es el mecanismo por el cual vació su contenido obrero y se trocó en partido pro-burgués, en obrero-burgués. En la actualidad no se trata de una discusión teórica, sino de una simple constatación histórica, de recuento de hechos.

Se puede decir que el marxismo de nuestros días es aquel que ha salido templado de la lucha contra el nacionalismo de contenido burgués.

Cuando se estructuró el gobierno Radepa MNR (1943-46), la izquierda en su conjunto pasó por su mayor prueba. La actitud frente a este gobierno nacionalista y tímidamente reformista, que no se atrevió a dar pasos firmes en el camino de la liberación nacional no fue homogénea por parte de toda la izquierda, apareció, más bien, profundamente escindida en dos posturas.

El stalinismo se unió con la rosca boliviana y con el imperialismo para combatir mejor contra lo que llamaba el nazifascismo criollo. Era la época de la segunda guerra mundial y cuando la política del Kremlin se orientó hacia un entendimiento con la democracia imperialista. Esta política en Bolivia se tradujo en la táctica de la unidad nacional dirigida por la burguesía, que en los hechos no fue otra cosa que el sometimiento de los izquierdistas a los dictados de la reacción. El frente antifascista, que tenía en los stalinistas a su brigada de choque, logró fracturar internamente al ejército y así acabó con Villarroel. El golpe contrarrevolucionario de julio de 1946 derrocó al nacionalismo con sus banderas relativamente intactas, planteando, desde el primer momento, la posibilidad de su futuro retorno al poder.

El contubernio del PIR con la rosca minera -repetimos: no fue un equívoco sino la aplicación consecuente de su programa- le costó tan caro que llegó al extremo de barrerlo del escenario. Se ha comprobado después de la muerte de ese agentillo del imperialismo y cachorro del clan de Carlos V. Aramayo que se llamó Guillermo Gutiérrez Vea Murguía que fue importante militante pirista. ¿Revolucionario? No. Reformista, legalista y parlamentarista en extremo, se agotó en el empeño de dotar a la rosca opresora de un tegumento democrático: se estrelló ante una realidad que mostraba poco desarrollo capitalista.

El PIR fue stalinista y sirviente del imperialismo. No pocos ingénuos esperaban que su criatura, el PCB, llegase a ser revolucionario. La experiencia ha demostrado que acabó siendo el complemento perfecto de la madre que lo amamantó: no paró hasta no encontrar a la burguesía a la cual servir y se autodestruyó en sus trabajos de pionero en favor de la democracia burguesa. El stalinismo ya fracasó siendo el antiguo y olvidado Partido Comunista Clandestino. Pueden haber diferencias entre la rosca minera y la UDP de nuestros días, pero nadie negará, que se tratan de dos expresiones de la clase dominante.

Contrariamente, el débil núcleo trotkysta, que apenas si comenzaba a penetrar en los medios obreros, entroncó en las larvarias tendencías sindicales antivíllarroelistas, por considerar que el gobierno no tenía capacidad para romper las ataduras impuestas por el imperialismo y menos para libertar a los explotados, y desarrolló una política opositora desde la izquierda, buscando llevar a las masas más allá del estrecho marco del capitalismo y de la democracia formal.

En ese momento, la posición trotskysta no era más que un pronóstico que debía todavía esperar la prueba de la historia. El pronóstico decía que el nacionalismo burgués más osado estaba llamado a concluir a los pies del imperialismo y que la presencia del proletariado como clase le obligaría a acentuar su derechizacíón. Esta ley de la revolución en nuestra época ha sido confirmada una y otra vez por los acontecimientos.

El nacionalismo ha venido usando un único argumento para combatir al POR: si combatió al gobierno Villarroel -parece decir no importa desde qué intereses clasistas- quiere decir que era pro-imperialista y enemigo de los obreros, en fin, contrarrevolucionario. Es ya un abuso confundir a los que combaten a un gobierno o a una posi-ción política desde la izquierda con los que lo hacen desde la derecha, olvidando que en ambas posturas hay un diferente contenido de clase. Villarroel había ya agachado la cabeza ante Washington, se tornó democratizante. Por haber dejado de encarnarla furia popular anti-yanqui es que mereció los ataques de la avanzada minera. La evolución de la conciencia de clase, la independencia política y la lucha por la liberación nacional pasaban por este camino. La posición del trotskysmo fue correcta desde el punto de vista de la estrategia del proletariado. Todos los “revolucionarios” Que han capitulado ante la burguesía nativa, civil o uniformada, han concluido invariablemente en las trincheras del proimperialismo.

16. Del socialismo universitario al marxismo creador

Hasta la cuarta década el marxismo iba de la universidad a los centros obreros y mostraba rasgos inconfundiblemente pequeño burgueses. Se limitaba a hacer una colección de generalidades y de consignas abstractas sacadas de los folletos de propaganda que circulaban en el exterior. No era un método que permitiese el conocimiento de la realidad que se pretendía transformar . Era un marxismo seco, discursivo y libresco, que acentuaba desmesuradamente los rasgos de nuestro atraso cultural.

Con todo, la propaganda realizada por el socialismo universitario no fue del todo inutíl; bien o rnal cayeron algunas ideas en terreno fértil, esto cuando los obreros habían llegado a cierto grado de madurez a traves de su propia experiencia sindical y política.

Circunstancias políticas tan particulares como las que siguieron a julio de 1946, permitieron que las ideas bolcheviques penetrasen aceleradamente en el seno de las masas. Después de algunos pasos previos dados por la oposición obrera al villarroelismo, el Congreso Minero de Pulacayo, fines de 1946, aprobó un documento que va a marcar nuevas pautas para la revolución boliviana. Partiendo de la caracterización del país como capitalista atrasado, se señaló la estrategia de la revolución Y dictadura proletarias. teniendo como eje la alianza obrero-campesina, como el único camino que puede permitir el pleno cumplimiento de las tareas democráticas y su transformación en socialistas. Al legalismo y al parlamentarismo se opuso la acción directa, el camino insurreccional. De un golpe la clase obrera llegó a un alto grado de politización y las ideas revolucionarias se apoderaron del grueso de los explotados.

A partir de este momento el marxismo se torna creador, porque nutriéndose de la experiencia cotidiana de las masas, se traduce en la elaboración de la teoría de la revolución boliviana, lo que constituye un aporte al viejo árbol doctrinal. También a partir de este momento, el marxismo, enriquecido por las masas analfabetas, va del campo obrero hacia las universidades. Este acontecimiento trascendental ha creado las condiciones ideológicas para que el pujante movimiento universitario se subordine programática y organizativamente al proletariado. El POR transformó a la clase obrera e hizo reverdecer la teoría.

17. La experiencia posterior a 1952

Las masas impulsadas en la evolución de su conciencia de clase por la Tesis de Pulacayo plantearon al POR el problema crucial de la revolución: la inter-relación entre ellas y su vanguardia en la solución de la conquista del poder, que el joven Partido no pudo resolver oportunamente. Este factor negativo, que no tardó en traducirse en una aguda crisis interna organizativa, juntamente con la traición del stalinismo, la persecución policial contra el MNR (fundado en 1941) y el hecho de que no se agotaron las esperanzas acerca de sus posibilidades revolucionarias, determinaron que la mayoría nacional durante el sexenio, movilizada alrededor de consignas radícales, desembocase en las filas del nacionalismo. El MNR se vió obligado a actuar con traje prestado.

De aquí se desprende que la nación oprimida maduró para destruir el Estado de la rosca, pero no para tomarlo en sus manos, No se dieron las condiciones para el necesario fortalecimiento del partido revolucionario.

La creación de la COB como órgano de poder, la dualidad con el gobierno central que se dio inmediatamente, volvieron a convertir al trotskysmo en el eje político fundamental del proceso revolucionario. Seguidamente se vivió una breve etapa de aflojamiento de la capacidad de vigilancia de las masas y de arrinconamiento de la vanguardia obrera. El gobierno Siles (1956-60) marcó el punto de franco viraje del MNR hacía las posiciones proimperialistas y de lucha frontal contra el movimiento obrero. La diferenciación política entre los explotados y el oficialismo constituyó el inicio del retorno a las tesis sustentadas en Pulacayo. La historia estaba confirmando los planteamientos poristas sobre el nacionalismo.

Los trabajadores no se encaminan en línea recta hacia su partido, sino que recorren todos los vericuetos de la lucha interna de sus organizaciones políticas tradicionales. Los explotados bolivianos maduraron lentamente en la experiencia de la lucha de la izquierda movimientista, veleidosa y erratil en extremo, contra la derecha. Los hombres del llano volvieron a vivir la emoción del radicalismo trotskysta, pero organizativamente desembocaron en las tiendas lechinistas, pese a tratarse de una corriente que se limitaba a desarrollar la política burguesa en el campo sindical.

Con todo, alrededor de 1964 la vanguardia minera comenzó a marchar por un camino independiente con referencia a todas las corrientes nacionalistas. Cuando Siles y Lechín apuntalaron política y organizativamente el golpe contrarrevolucionario del Gral. Barrientos, esa avanzada señaló la perspectiva del gobierno propio de los obreros.

Durante los gobiernos militares nacionalistas de izquierda (Ovando y Torres) esa tendencia independiente de los trabajadores tendió a afirmarse. Sin embargo, el propio partido del proletariado fue fuertemente influenciado por las tendencias nacionalistas. En un país como Bolivia, donde quedan pendientes de cumplimiento importantes tareas burguesas, el nacionalismo reflota como una respuesta política que busca el desarrollo nacional en el marco capitalista. Aquí se encuentra, juntamente a la gran popularidad que tuvo el movimientismo, la raíz de la terca persistencia del nacionalismo.

Las corrientes más profundas de las masas desembocaron en la Asamblea Popular, un órgano de poder que contó con un programa acabado de conquista del poder.

La lucha popular contra las dictaduras gorilas obligó a los explotados a desplazarse hacia posiciones democratizantes, que concluyeron encadenadas en ellas bastante tiempo. La necesidad de luchar por mejores condiciones de vida y de trabajo les impulsó hacia la independencia de clase y hacia el encuentro de las tradicionales posiciones radicales del movimiento obrero boliviano. El gobierno burgués de la UDP no pudo contener este proceso y en cierto momento se convirtió en fuerza propulsora del mismo.

En la actualidad se ha puesto en evidencia, debido a las consecuencias desastrozas de la crisis capitalista mundial, que la burguesía se ha agotado totalmente en el poder, ya que no puede dar de comer a los esclavos modernos y que, como último recurso de supervivencia, va encubando en sus entrañas un nuevo golpe gorila. Las masas se movilizan y evolucionan rápidamente en el campo político, proceso que puede llevarles al convencimiento de que para libertarse y libertar al país no tendrán más remedio que acabar con la burguesía nativa sirviente del imperialismo y tomar el poder. En este período, como en ningún otro, ha quedado demostrado que la contradicción fundamental en Bolivia es la que se da entre el proletariado, actuando en su condición de caudillo de la nación oprimida, y la metrópoli imperialista. Unicamente la política revolucionaria antiimperialista podrá consumar la liberación nacional.

Si la protagonista de la revolución proletaria es la nación oprimida se impone como táctica obligada por todo este período la constitución del frente antiimperialista, que no es otra cosa que la unidad de la mayoría nacional bajo la dirección política de la clase obrera.

La mayor de las lecciones: la clave de la transformación revolucioria consiste en el fortalecimiento del partido del proletariado.

18. Altura a la que ha llegado el marxismo en Bolivia

La estructuración del proletariado como clase, se supone su politización y el desarrollo de su tendencia a convertirse en caudillo de la nación oprimida por el imperialismo, se ha producido al mismo tiempo que el marxismo logra en nuestro país un considerable y con contradictorio desarrollo. La actividad cotidiana de las masas, marco para su capacidad creadora y para su misma madurez. Permite el florecimiento de la teoría, pero la chatura de la izquierda en general, la falta de tradición teórica, la no existencia de publicistas en el campo revolucionario determinan que el movimiento socialista vivificado por la lucha revolucionaria no encuentre su adecuada expresión teórica. La discusión política se pierde en los aspectos formales o extremadamente pedestre, pero no toca cuestiones principistas. El dirigente político sigue viviendo la época del socialismo universitario, mientras los explotados están haciendo la historia y, por tanto, prestando aportes al seco árbol de la teoría.

Los principales aportes de los explotados al marxismo que aún esperan su adecuada interpretación, son los siguientes:

a) Las fuerzas motrices de la revolución son la clase obrera y el campesinado. La alianza obrero-campesina constituye el eje fundamental de la estrategia revolucionaria. El gobierno obrero-campesino es tomado como expresión popular de la dictadura del proletariado.

b) Se ha vuelto a comprobar la vigencia del planteamiento marxista de que únicamente la vía insurreccional puede conducir a una nueva sociedad. No se debe olvidar que Bolivia carece de tradición parlamentarista y que no existe condiciones materiales para el pleno desarrollo de la democracia formal.

c) La politización no sigue el alfabeto, sino que parte de la experiencia vivida por las masas. Un proletariado de un país culturalmente atrasado puede colocarse a la vanguardia del movimiento revolucionario mundial.

d) Es posible estructurar sindicalmente a la clase obrera alrededor de las ideas políticas revolucionarias. el concento de que el partido debe dirigir ideológicamente al sindicato se convierte en realidad. La independencia de la clase se traduce en política revolucionaria y las organizaciones laborales, de una manera natural, actúan como canales de movilización de las masas hacia la conquista del poder.

e) Se ha probado que los métodos propios de la clase obrera son los métodos de la revolución proletaria, que tienden a ser adoptados por las otras clases sociales. El, parlamentarismo y el reformismo carecen de porvenir.

f) La madurez política de la clase obrera, que arranca de su experiencia dentro del movimiento nacionalista de contenido burgués, que en Bolivia ha periclitado por agotamiento, la coloca más a la izquierda, de todas las posiciones, adoptadas por el nacionalismo, incluso por su izquierda radicalizada.

g) En la práctica se ha probado que los explotados, al incorporarse en su lucha revolucionaria, no tienen más remedio que sacar de su entraña amplias organizaciones que se convierten en órganos de poder y que, más tarde, cumplirán la función de organismos de la dictadura del proletariado. Se trata del camino que necesariamente se tiene que recorrer para llegar al poder. En este sentido la experiencia más elevada constituye la Asamblea Popular.

h) La revolución proletaria tendrá como protagonista a la nación oprimida, a condición de que políticamente esté dirigida por el proletariado. Lo que supone la derrota de las direcciones políticas de las otras clases. Esto puede efectívizarse en el marco del frente anti-imperíalísta, organizado alrededor de la estrategia obrera, un anticipo valioso al respecto constituye el FRA.

i) Por la experiencia de las masas bolvianas, se tiene el convencimiento de que en Bolivia la revolución y dictadura proletarias no son consignas lanzadas para un futuro indeterminado, sino que pueden materializarse muy prontamente.

j) La subordinación de los estudiantes a la política del proletariado ha permitido superar todas las desviaciones que en sentido inverso se han dado en Europa y otras partes, sobre todo alrededor de los acontecímientos de 1968.

k) La separación y contraposición entre programa mínimo y máximo, que condena la lucha de la clase obrera al reformismo, ha sido superada con el programa de transición, que ese caracter tiene las tesis de Pulacayo y la COB. Esto permite que la estrategia y la táctica sean tomadas como una unidad. El programa del POR es un importantísimo aporte a respecto.

19.Cómo utilizan el marxismo las diferentes tendencias

Únicamente si el marxismo es utilizado como un método para conocer la realidad se puede llegar a su interpretación ortodoxa. Esa es la forma cómo han empleado el materialismo histórico las tendencias revolucionarias que han contribuido decisivamente a la estructuración del proletariado como clase y que le han dotado de un programa revolucionario, es decir, que han probado su capacidad de dirección.

Las tendencias stalinístas, tanto moscovitas como pekinesas, utilizan el marxismo como un recetario, esto en la parte que les interesa para justificar su lucha cotidiana, porque obligadamente lo amputan y lo revisan en lo que se refiere a sus tesis fundamentales y revolucionarias. No se trata de una incapacidad individual, sino de la obligada consecuencia de su naturaleza contrarrevolucionaria. Ejemplos sobre lo que llevamos dicho abundan y nos limitamos a citar dos. Cuando los maoístas se vieron ante la necesidad de caracterizar al campesino boliviano no hicieron otra cosa que copiar al pie de la letra las conclusiones de Mao Tse Tung sobre el campesino chino, que ciertamente tiene particularidades que no se encuentran en el agro boliviano. El PC moscovita soluciona sus dificultades políticas buscando afanosamente una cita que se acomode al momento en la abundante propaganda que se difunde desde Moscú. No se trata de casos excepcionales, sino de una norma política que convierte al marxismo en algo inservible.

Los programas de los partidos stalinistas parecerían corresponder a la época del socialismo universitario, son una repetición interminable de generalizaciones, aunque se eliminen las más importantes del marxismo, y de consignas que tienen caracter de obligatorias para los dependientes de Moscú o de Pekin. No hay una asimilación crítica de las luchas revolucionarias de la clase obrera boliviana e internacional y menos una elaboración creadora acerca de la realidad dentro de la cual actúa.

Los que pretenden reducir el marxismo a un esquema académico, como parte de la erudición vacía y anquilosada, disecan la teoría y amputan sus tesis revolucionarias. El marxismo viviente nunca puede dejar de ser un instrumento transformador de la clase revolucionaria de la sociedad capitalista, del proletariado

Enero de 1985

Publicado por vez primera: Bolivia, 1985.
Fuente de la version digital: Partido Obrero Revolucionario, Sección Boliviana del CERCI, http://www.masas.nu.
Esta edición: Marxists Internet Archive, febrero de 2011.