Antes del alba. La evolución.

por Nicholas Wade //

La principal conclusión a la que llegamos en este trabajo, a saber, que el hombre desciende de una forma de organización inferior, provocará, lamento decirlo, el desagrado de muchos. Pero tampoco es posible dudar de que descendemos de un grupo de bárbaros. Nunca olvidaré el estupor que me causó ver a un grupo de fueguinos en una costa irregular y salvaje, cuando me cruzó por la cabeza la idea de que aquellos eran nuestros ancestros. Aquellos hombres iban totalmente desnudos y embadurnados de pintura; sus cabellos eran largos y enmarañados, estaban excitados y echaban espuma por la boca, y su cara mostraba una expresión salvaje, de temor y desconfianza. Apenas poseían destreza alguna y, como los animales salvajes, vivían de lo que podían cazar; carecían de gobierno y eran despiadados con los que no pertenecían a su propia tribu… Podemos perdonar al hombre que se sienta orgulloso de haber ascendido, aunque no por su propio esfuerzo, hasta la cima misma de la escala orgánica, y que por el hecho de que al haber ascendido de este modo, en vez de haber sido colocado en el lugar que ocupa desde su origen, pueda abrigar la esperanza de alcanzar un destino todavía más alto en un futuro lejano. Pero no es la esperanza ni el temor lo que nos ocupa aquí; solo la verdad, en la medida en que nuestra razón nos permita descubrirla, y yo he dado pruebas de ello lo mejor que he sabido. Debemos, sin embargo, reconocer, como me lo parece a mí, que el hombre, pese a todas sus nobles cualidades, pese a la simpatía que siente por los más débiles y a la benevolencia que aplica no solo a los demás hombres sino a las más humildes criaturas vivas, pese a su intelecto divino que ha sido capaz de penetrar y deducir los movimientos y la constitución del sistema solar –pese a todos estos exaltados poderes– todavía lleva en su cuerpo la marca indeleble de su humilde origen.

Charles Darwin, El origen del hombre

Volvamos ahora la vista atrás, al momento –hace 5 millones de años– en que el linaje humano se separó del de los simios. Con el poder de la genética, esta historia puede ahora contarse con un nivel más profundo de detalle, confirmando la extraordinaria perspicacia de que hizo gala Darwin primero en su Origen de las especies de 1859, y que luego hizo más explícita en El origen del hombre, de 1871. Los humanos son solo una de las muchas ramas del árbol de la vida; comparten los mismos mecanismos genéticos fundamentales que el resto de las especies vivas, y han sido configurados por las mismas fuerzas evolutivas. Esta es la verdad, en la medida en que nuestra razón nos permite descubrirla. Todos los demás relatos sobre el origen humano, aunque han sido materia de dogma religioso durante la mayor parte de la historia escrita y son actualmente materia de fe para mucha gente, no dejan de ser mitos.

La idea de Darwin era tanto más notable cuanto que él desconocía el concepto de gen, y mucho menos el de ADN, el guión químico en que están escritas las instrucciones genéticas. No fue hasta 1953 que el ADN fue reconocido como el material hereditario, y solo desde 2003, el guión totalmente descifrado del genoma humano está disponible para su interpretación.

Con dicho guión en la mano podemos empezar a describir el funcionamiento del gran proceso que Darwin solo pudo ver en esbozo. El cuadro dista mucho de estar completo, pero como hemos visto en capítulos anteriores, es mucha la información que ya ha sido sacada a la luz. Hemos podido ver cómo la forma humana se ha ido configurando, paso a paso, desde la anatomía de un antepasado simiesco, perdiendo el vello corporal y oscureciendo su piel del modo que se indica en el gen del color de la piel. El comportamiento humano, tanto en la búsqueda de una ventaja reproductiva como en la defensa del territorio, muestra una clara continuidad con el de los simios. Pero también desarrolló su propio patrón característico con dos pasos fundamentales: la emergencia de un vínculo duradero entre hombres y mujeres hace 1,7 millones de años, y la evolución del lenguaje hace unos 50.000 años. El lenguaje, una nueva facultad evolutiva que permitió a los individuos compartir simbólicamente una secuencia de pensamientos precisos, abrió la puerta a un nuevo nivel de interacción social. Los grupos humanos tempranos desarrollaron las instituciones que dan forma incluso a las sociedades urbanas de hoy más grandes y sofisticadas. Entre ellas, la guerra organizada, la reciprocidad y el altruismo, el intercambio y el comercio, y la religión. Todas estaban embrionariamente presentes en las sociedades de cazadores-recolectores del Paleolítico Superior. Pero fue preciso otro desarrollo, una disminución de la agresividad humana, y probablemente la evolución de nuevas facultades cognitivas, para que surgieran los primeros asentamientos, hace unos 15.000 años, y fue en el contexto de las sociedades sedentarias donde la guerra, el comercio y la religión adquirieron nuevos grados de complejidad y refinamiento.

Antes del alba. La evoluciónLa naturaleza humana es el conjunto de comportamientos adaptativos que han evolucionado en el genoma humano para vivir en las sociedades actuales. Hemos desarrollado, y podemos ejecutar de manera instintiva, los comportamientos necesarios para la guerra, el comercio y el intercambio, para ayudar a los demás como si fuesen nuestros parientes, para detectar a los intrusos y a los tramposos, y para sumergir nuestra independencia en la religión de nuestra comunidad.

El relato del genoma humano explica nuestros orígenes, nuestra historia y nuestra naturaleza, pero muchas de sus implicaciones distan mucho de ser bienvenidas por un grupo u otro. “La mente humana evolucionó para creer en los dioses. No evolucionó para creer en la biología”, escribe Edward O. Wilson.[1] La religión no es el único tema por el que la evolución proporciona una opinión discordante del mundo. Los genetistas pueden proporcionar seguramente más detalles acerca de cómo varían los individuos, cómo hombres y mujeres tienen diferentes intereses y habilidades, y cómo las razas difieren. Los científicos que estudian el genoma pueden llegar a establecer, con el tiempo, que muchos motivos humanos, desde la conducta de apareamiento hasta ciertos aspectos de la personalidad, están configurados por unos circuitos neurales de base genética, proyectando de este modo dudas sobre la autonomía de las acciones humanas. Sin embargo, por inquietantes que puedan ser estos hallazgos, flaquear en la investigación científica sería volver a tiempos oscuros.

Una de las implicaciones más desconcertantes de la teoría de Darwin es que los humanos son el producto de un proceso aleatorio ciego y no planificado. Si miramos a nuestros primos hermanos los chimpancés, parecemos mucho más avanzados que ellos, como si hubiésemos sido creados con un propósito superior. Esta es en parte una ilusión que nuestros antepasados contribuyeron a crear eliminando a todas las especies humanas que podían competir con ellos. Cuanto más entendemos a los chimpancés, más evidentes resultan sus semejanzas con las personas. Han sido modelados con la misma arcilla que nosotros, el pool genético de nuestro antepasado común. Aproximadamente el 99% de su secuencia de ADN se corresponde casi exactamente con el nuestro.[2] Son muy inteligentes, sienten simpatía por el otro, fabrican una variedad de instrumentos y tienen una vida social compleja. Pero por una serie de circunstancias aleatorias, los chimpancés tomaron un camino en el espacio evolutivo y el linaje humano tomó otro. Tal vez el camino tomado por los chimpancés no requería muchos cambios, mientras que el linaje humano, que buscaba una forma de vida más allá de los árboles, se volvió tan diferente porque se vio constantemente forzado a innovar.

La implacable búsqueda de nuevas soluciones produjo no una, sino un puñado de especies de homínidos. Al menos tres de ellas –los neandertales, el Homo erectus y el Homo floresiensis– sobrevivieron hasta que los humanos modernos salieron de África. Si estas tres especies arcaicas hubiesen durado hasta hoy, nuestra propia especie no parecería seguramente tan especial, porque evidentemente sería una de las muchas formas en que la evolución puede tejer variaciones sobre el tema común del linaje simiesco básico.

Pero si la evolución genera nuevas especies mediante mecanismos que son en parte aleatorios, ¿tiene que atribuirse la existencia humana simplemente a una larga secuencia de acontecimientos aleatorios? En el pasaje más arriba citado, que concluye su Origen del hombre, Darwin da una respuesta típicamente prudente, un sí con reservas. El hombre ha ascendido hasta la cima misma de la escala orgánica, dice, “aunque no por su propio esfuerzo.” Sin embargo, un “cierto orgullo” en el resultado sería perdonable. ¿Por qué, si no ha habido esfuerzo humano en ello? La referencia, unas líneas más abajo, a los poderes humanos de simpatía, benevolencia e intelecto es presumiblemente la respuesta de Darwin, y podemos empezar al fin a entender lo que significa.

Aunque la evolución por selección natural depende de procesos aleatorios, está configurada por el entorno en el que cada especie lucha por sobrevivir. Y para las especies sociales, el aspecto más importante del entorno es su propia sociedad. Así, en la medida en que la gente ha configurado su propia sociedad, ha determinado las condiciones de su propia evolución.

La naturaleza de esta interacción entre cultura y evolución todavía no está clara, porque apenas acaba de salir a la luz. Durante mucho tiempo historiadores, arqueólogos y científicos sociales han dado por supuesto que la evolución humana se había completado en un pasado distante, probablemente antes de que empezase ningún tipo de cultura, y que no había habido ningún cambio evolutivo, al menos un cambio no insignificante, en los últimos 50.000 años. Incluso los psicólogos evolucionistas, que se han propuesto explicar la mente en función de cómo la ha configurado la evolución, dan por supuesto que la obra de esta quedó completada en el pasado preagrícola, hace más de 10.000 años.[3]

Antes del alba. La evoluciónPero la evidencia que se ha ido acumulando en el genoma establece que la evolución humana ha continuado durante los últimos 50.000 años. El pasado reciente, especialmente desde que se formaron los primeros asentamientos hace 15.000 años, es una época en la que la sociedad humana ha experimentado extraordinarios desarrollos en complejidad, creando muchos nuevos entornos y presiones evolutivas. Hasta ahora se ha dado por supuesto que el genoma humano ya había sido fijado y que no podía responder a estas nuevas presiones. Pero ahora parece que no era así, y que el genoma humano ha estado en un estado de flujo constante. Por consiguiente, ha podido adaptarse a los cambios en la sociedad humana, e indudablemente lo ha hecho. Y esto puede significar que las personas se han adaptado de varias formas, buenas y malas, al tipo de sociedad en la que han vivido.

A continuación repasamos la evidencia de que la evolución es una fuerza activa y vigorosa en la población humana, analizamos algunas de las implicaciones que ello comporta, y discutimos hacia dónde puede ir la evolución humana en el futuro.

La evolución en el pasado humano reciente

A su nivel más bajo, el proceso de la evolución es simplemente un cambio en las frecuencias génicas entre generaciones; dicho de otro modo: una versión de un gen se vuelve más común en una población y otras versiones menos.[4] Puede llevar muchas generaciones, sin embargo, para que el cambio en las frecuencias génicas sea significativo o para que una versión de un gen suplante completamente a las demás. La creencia de que la evolución humana es esencialmente completa se basa en la conjetura de que avanza demasiado lentamente para que se hayan producido cambios importantes recientemente, por ejemplo durante los últimos 50.000 años.

Pero el genoma humano, como el de todas las demás especies, puede adaptarse bastante rápidamente a los cambios que se producen en el entorno. Sin esta capacidad, hace mucho tiempo que los humanos se hubiesen extinguido. Al menos cuatro tipos de cambio evolutivo reciente se han hecho evidentes y otros muchos saldrán sin duda a la luz. Entre los cambios genéticos recientes ya descubiertos están las defensas contra ciertas enfermedades, el aumento de la fertilidad, las respuestas a aquellos cambios culturales que afectan al entorno humano, y los cambios en la conducta cognitiva.

La enfermedad y otros parásitos se cuentan entre las amenazas más serias al bienestar de los animales de gran tamaño, y pocas enfermedades han sido una amenaza tan grande para la existencia humana como la malaria. Aunque el parásito de la malaria es muy antiguo, se cree que la malaria se ha convertido en una enfermedad común entre las personas solo en los últimos 10.000 años, y tal vez en los últimos 5.000, cuando se introdujo en África occidental la agricultura de quema y roza. Las charcas soleadas en los claros habrían proporcionado un lugar de cría ideal para los mosquitos que vehiculan al parásito.

Confrontada con una amenaza tan severa y repentina como la forma de malaria que trasmite el Plasmodium falciparum, la selección natural favorecerá cualquier mutación útil que pueda producirse. Varias enfermedades de la sangre, como la anemia falciforme, han surgido a causa de los cambios producidos en la hemoglobina que protege de la malaria. Otra defensa natural contra el parásito es la deficiencia de una enzima conocida como G6PD (por glucosa-6-fosfato dehidrogenasa) que pone en marcha la serie de reacciones que llevan al metabolismo de la glucosa. Las variaciones genéticas que reducen drásticamente la eficiencia de la enzima hacen maravillas contra el parásito de la malaria, aunque también causan un serio problema en la sangre.

Hay dos variantes principales del gen G6PD, que parecen haber surgido independientemente. Una se encuentra en las poblaciones africanas, la otra en pueblos del Mediterráneo. Sarah Tishkoff, de la Universidad de Maryland, ha fechado el momento de la aparición de las dos variantes G6PD. El método estadístico que utilizó da un amplio margen de posibles fechas, pero todas ellas son consistentes con la idea de que el genoma humano ha evolucionado para adquirir resistencia a la malaria solo recientemente. La variación del gen G6PD que es común en África surgió en algún momento entre hace 4.000 y hace 12.000 años, según los cálculos de Tishkoff. La variante mediterránea empezó a propagarse hace entre 2.000 y 7.000 años.[5]

Una protección aún más reciente contra la enfermedad evolucionó hace unos 1.300 años entre las personas del norte de Europa. La protección consiste en una modificación de una proteína conocida como el receptor CCR5, que está incrustada en la superficie de los glóbulos blancos. El gen variante, conocido como CCR5-delta-32 porque ha perdido 32 unidades de su ADN, se da en un 14% de suecos, cae hasta un 5% en las poblaciones mediterráneas, y es raro o inexistente en las poblaciones no europeas.[6] Seguramente adquirió su súbita prominencia a través de la selección natural causada por una grave epidemia que se produjo en Europa por esa época.

El gen variante fue descubierto porque también protege contra el SIDA. Pero el SIDA es una enfermedad demasiado reciente como para haber elevado la frecuencia del CCR5-delta-32 a un nivel tan alto en la población europea. Al principio se pensó que esta fuerza impulsora podría haber sido la Peste Negra, que mató entre un 25% y un 40% de europeos entre los años 1346-1352, y a otro 15-20% en 1665-1666. Pero ahora parece que la viruela, que a la larga acabó matando a un número aún mayor de personas, aunque de una forma menos dramática, ha sido el probable agente de selección.[7] Presumiblemente, la pérdida de 32 unidades del gen altera la estructura de la proteína superficial utilizada tanto por el virus del SIDA como por el de la viruela para acceder a una célula.

Las enfermedades, especialmente las que matan a las personas antes de que accedan a la edad de reproducción, son potentes fuerzas selectivas. También lo son los genes que afectan a la fertilidad. Un cambio genético que favorece la fertilidad ha sido observado a alta frecuencia en las poblaciones europeas. Se da raramente en las africanas, pero lleva la marca de estar bajo una fuerte presión selectiva en Europa, como si estuviera siendo promovida por algún elemento presente en el medio ambiente europeo. El cambio consiste en un largo segmento del cromosoma 17, de unas 900.000 unidades de ADN de longitud, que ha dado la vuelta o se ha invertido. La inversión implica a varios genes, pero no está claro cuál de ellos es el responsable de conferir una mayor fertilidad[8]. La inversión evidentemente adquirió una alta frecuencia entre los europeos después del éxodo desde África y tal vez durante los últimos 10.000 años.

Antes del alba. La evolución

Desde un punto de vista histórico, la clase más interesante de cambios evolutivos son los que se han producido en respuesta a la cultura humana. Cuando la gente empezó a abandonar su forma de vida como cazadores-recolectores hace unos 15.000 años, tuvieron menos necesidad de dos tipos de gen, los genes olfativos, que median en el sentido del olfato, y los genes que utiliza el hígado para eliminar la toxicidad de los venenos naturales con los que las plantas silvestres se defienden. Cuando un gen es vital para la supervivencia de un organismo, cualquier mutación en el gen es letal y la versión mutada desaparece de la población. Pero cuando la mutación se produce en genes que ya no tienen importancia, el gen puede sobrevivir, aunque haya perdido su función.

Este ha sido el destino de muchos genes olfativos humanos. Los mamíferos poseen un juego estándar de unos mil de estos genes. Las proteínas que fabrican cada uno de ellos están incrustadas en la superficie de las células que cubren la nariz y que sirven para detectar olores concretos. Una vez que las personas se establecieron y empezaron a cultivar su comida, dejaron de depender de sus narices para detectar qué frutas estaban maduras o qué plantas silvestres podían ingerir sin correr riesgos. Según el principio evolucionista “úsalo o piérdelo”, más del 60 por ciento de los genes olfativos en las personas están actualmente inactivos. Yoav Gilad y sus colegas del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva en Leipzig encontraron que los humanos están perdiendo sus genes receptores olfativos cuatro veces más rápido que otros primates superiores. “Probablemente, este proceso todavía está en marcha en los humanos”, concluyen.[9] Por penoso que sea esto para los gourmets y para los enófilos, el precio de la civilización es que la facultad del olfato se está degradando inexorablemente.

En paralelo con la pérdida de genes olfativos, las personas también están perdiendo los genes que eliminan las toxinas de los venenos naturales de las plantas. Las enzimas fabricadas por estos genes ya no son necesarias para su propósito original, pero han asumido un rol en las sociedades modernas, el de metabolizar las drogas medicinales. Este estímulo no natural no se produce lo bastante a menudo, sin embargo, y muchos de los genes se pierden a causa del desuso. (Este proceso explica buena parte de la variabilidad que se da en la respuesta a las drogas, incluido el hecho de que algunas personas sufran efectos secundarios graves o que requieran dosis diferentes. Las personas que han perdido el gen que descompone una determinada droga mantendrán una elevada dosis de la misma en su sangre, mientras que las que todavía retienen el gen eliminarán la droga rápidamente.)

Después del asentamiento y de la agricultura vino la cría de ganado. La tolerancia a la lactosa, como hemos visto, es la respuesta genética a la disponibilidad de leche animal. El cambio genético evolucionó hace unos 6.000 años entre los criadores de ganado del norte de Europa y más tarde entre los pueblos de África y del Oriente Próximo que se dedicaban al pastoralismo. De dos recientes cambios evolutivos en el plano cognitivo, uno es el postulado desarrollo de genes para mejorar la inteligencia entre los judíos ashkenazíes de la Europa medieval. Como hemos señalado en el capítulo anterior, la hipótesis dice que debido a las ocupaciones intelectualmente exigentes a las que se vieron confinados los judíos durante 900 años, cualquier mutación que redujese las restricciones al crecimiento del cerebro se vería favorecida, y que estas mutaciones son las que resultaban familiares por causar una variedad de enfermedades genéticas entre las personas de origen ashkenazí.

El otro cambio cognitivo es el que puede inferirse del sorprendente ascenso a la prominencia de versiones de dos genes del cerebro. Como hemos explicado en el capítulo 5, estos genes vieron la luz por vez primera debido a que las versiones mutadas de los mismos provocan microcefalia, una enfermedad en la que las personas nacen con una cabeza y un cerebro anormalmente pequeños. La nueva versión del gen de la microcefalina apareció hace unos 37.000 años y rápidamente se volvió más común debido a una intensa presión selectiva, y actualmente son portadores de la misma la mayor parte de personas de Europa y el este de Asia.[10] El otro gen, una nueva versión del ASPM surgió hace 6.000 años y son ahora portadores del mismo un 44% de los caucasianos[11]. Se cree que estos dos genes están implicados en la determinación del número de neuronas que se forman en el córtex cerebral del embrión temprano. La rápida propagación de estos dos alelos indica que el cerebro humano ha estado sometido a intensas presiones evolutivas en el pasado reciente y que es posible que aún esté evolucionando.

Estos ejemplos de cambio evolutivo reciente solo son probablemente los primeros de los muchos que quedan por descubrir. Ya que todo ocurrió después de la dispersión desde África, los alelos que los causan están presentes en diferentes medidas en diferentes poblaciones. La diversidad humana, por consiguiente, no puede ser un fenómeno puramente cultural, como muchos científicos sociales a veces parecen creer. También tiene un componente genético. Este componente está por definir y cuantificar, pero podría ser muy importante.

La evolución en la historia

Teniendo en cuenta estos nuevos ejemplos de cambio evolutivo, parece claro que la evolución humana ha continuado como mínimo hasta el pasado reciente, y tampoco hay ningún motivo para pensar que vaya a cesar. Se sigue de ello una conclusión obvia pero de gran alcance. La evolución y la historia no son dos procesos diferentes, con uno de ellos siguiendo al otro como el cambio entre dinastías reales. En realidad, la evolución y la historia se solapan, con el período histórico recubierto por un proceso todavía en marcha de cambio evolutivo.

Las implicaciones son claramente de interés para historiadores y científicos sociales. A los historiadores les interesan las motivaciones, pero apenas consideran que la selección sexual sea uno de los motores de la política nacional. Los estudiantes del imperio mongol han propuesto muchas razones sofisticadas para explicar su expansión, como el supuesto deseo de Gengis Khan de impedir que ningún otro grupo de habitantes de la estepa subiera al poder de la forma en que lo habían hecho los mongoles. El descubrimiento de que el 8% de asiáticos en las tierras gobernadas por Gengis Khan son portadores del cromosoma Y de la casa real mongol ofrece un motivo muy distinto, pero de una concreción poco habitual.

La selección sexual –en este caso, el intento de un macho de propagar sus genes a expensas de otros machos– ha sido una poderosa fuerza en la historia de los primates, desde las sociedades de los chimpancés a las de los yanomamo. Ha operado con pocos cambios en sociedades más complejas, especialmente durante épocas en que el acceso a las mujeres era una de las recompensas aceptadas del poder. Incluso en muchas sociedades contemporáneas, donde se espera de los gobernantes al menos una apariencia de monogamia, los viejos instintos no han desaparecido. Es cierto que la procreación no desempeñó ningún papel en la subida al poder de dictadores como Hitler o Stalin. Pero Mao Tsé-tung, como revela en sus memorias su médico personal Li Zhisui, vivió como un emperador, con grandes mansiones con piscina y la recua de mujeres jóvenes que le proporcionaba la Compañía del Trabajo Cultural de la Comandancia Central. “Estaba feliz y satisfecho cuando disponía simultáneamente de varias mujeres jóvenes para compartir su lecho”, escribe su médico y biógrafo.[12]

Los presidentes John F. Kennedy y Bill Clinton tuvieron aventuras sexuales mientras estaban en la Casa Blanca. “No conozco a un solo jefe de estado que no haya cedido a algún tipo de tentación carnal, pequeña o grande. Esto, en sí mismo, es una razón para gobernar”, dijo François Miterrand, el presidente francés a cuyo funeral en 1996 acudieron tanto su esposa como su amante[13]. Pero el impulso del éxito reproductivo no es un motivo que se cite en muchas historias. La posibilidad de que el deseo animal de procrear pueda regir los asuntos de estado es un concepto que los historiadores consideran tal vez demasiado absurdo tener en cuenta.

Dado que determinadas características físicas, como la capacidad de digerir la lactosa, han evolucionado durante la historia reciente, también lo habrán hecho otras muchas características, incluidos algunos cambios en la conducta social. Son al menos dos las condiciones necesarias para que el genoma humano se haya modificado de manera significativa: la existencia de una presión selectiva constante a lo largo de varias generaciones, y que los que han sido capaces de adaptarse a la presión hayan dejado más descendientes. Estas dos condiciones pueden haberse dado bastante a menudo en el pasado humano, aunque actualmente es difícil identificarlas.

Ni siquiera los cambios evolutivos necesitan ser permanentes. La agresividad de los yanomamo podía tener mucho que ver con la naturaleza marginal del entorno en el que algunos de ellos vivían. En las condiciones en las que los hombres agresivos tienen más hijos, los genes que favorecen la agresión se volverán más comunes. Si los yanomamo se hubiesen convertido de pronto en unos pacíficos comerciantes durante muchas generaciones, un nuevo conjunto de genes se habría visto favorecido. Los temibles vikingos del siglo X se han convertido en los pacíficos escandinavos de hoy. Normalmente se da por sentado que esto tiene una explicación cultural y que los genes no pueden cambiar con tanta rapidez. Pero tal vez se ha subestimado la velocidad con que puede actuar la selección natural en las poblaciones humanas. Los biólogos están apenas comenzando a entender a los genes que afectan a la conducta social, de los que hasta ahora se ha detectado un 30 por ciento, la mayoría en diversas especies de animales de laboratorio. Uno de los descubrimientos más interesantes que se han hecho es el de un mecanismo genético para producir un cambio evolutivo rápido en un gen del comportamiento.[14][15]

Antes del alba. La evoluciónUn posible tema de investigación para el futuro es si las características más antiguas de determinadas sociedades pueden tener una base evolutiva, tal vez porque durante muchas generaciones hayan permitido a las personas con un determinado tipo de personalidad disfrutar de un mayor éxito reproductivo. Algunos estudiosos han destacado las diferencias culturales a largo plazo entre las sociedades del este y las del oeste. Richard E. Nisbett, un psicólogo social de la Universidad de Michigan, cree que hay “diferencias espectaculares en la naturaleza de los procesos mentales de asiáticos y europeos”, principalmente que los occidentales ven el comportamiento de los objetos físicos y de los organismos como gobernados por reglas precisas, mientras que los asiáticos orientales tratan de entender los acontecimientos en función de la compleja red de interrelaciones en las que están incrustados. Las estructuras sociales de Europa y China están configuradas para adecuarse, en opinión de Nisbett, al hecho de que las sociedades asiáticas son interdependientes y las occidentales individualistas[16].

Otro estudioso, el historiador militar Victor Davis Hanson, atribuye las continuas proezas de los militares occidentales desde la época de la Grecia clásica, hace 2.500 años, a las instituciones democráticas y a la disposición de los pequeños terratenientes libres a aceptar la disciplina militar efectiva, manteniendo al mismo tiempo su independencia y su iniciativa. “Las ideas occidentales de libertad, que arrancan del temprano concepto helénico de política como gobierno de consenso, y de una economía abierta… iban a desempeñar un rol en casi todos los combates que iban a librar los soldados occidentales”, escribe Hanson[17].

En la medida en que estos rasgos culturales a largo plazo realmente existan, ¿cuál puede ser su origen? Nisbett cita el hecho de que la civilización china fue fundada sobre los arrozales, que requieren una irrigación y un control central; de ahí que los chinos se encontrasen viviendo en un mundo de restricciones sociales complejas, mientras que la ecología de la antigua Grecia favoreció actividades como la caza, el pastoreo, la pesca y el comercio, que podían llevarse a cabo sin una organización social elaborada.

¿Alentó el cultivo del arroz el conformismo que caracteriza a las sociedades orientales, y la agricultura a pequeña escala el fuerte individualismo de las occidentales? Dada la propensión que tiene el genoma humano a adaptarse a su entorno, incluido el entorno social, no es imposible que muchas sociedades hayan dejado su huella en la genética de sus miembros, y que el carácter de diferentes sociedades refleje los rasgos de personalidad de los reproductivamente más exitosos en ellas. Esto es tal vez lo que Darwin tenía en mente al permitir que la gente se atribuyese parte del crédito de su progreso evolutivo.

La amplitud que puede haber tenido este proceso en la historia todavía no es posible determinarlo. Pero la cuestión del cambio evolutivo humano reciente es de particular interés, sin embargo, porque tiene que ver con la de qué direcciones es probable que tome la evolución humana en el futuro. Como dijo Darwin, el hecho de que el hombre haya evolucionado hasta su estado actual “puede hacerle abrigar la esperanza de alcanzar un destino todavía más alto en el futuro distante.”

Futuras direcciones de la evolución humana

El aspecto más improbable de las películas de ciencia ficción no son los viajes supralumínicos de los rayos del transportador, sino algo que las audiencias aceptan de inmediato sin reflexionar: las personas. Los habitantes del futuro son representados siempre exactamente con el mismo aspecto y comportamiento que las personas actuales.

Lo único que puede afirmarse con certeza acerca de la evolución futura es que las personas no serán iguales a como son hoy. Serán diferentes porque el entorno del futuro será diferente, y las personas se habrán adaptado a él o habrán perecido.

Muchos futuros son posibles. Tal vez la gracilización de la forma humana continuará si las sociedades que favorecen el intercambio y la cooperación amplían su ventaja sobre aquellas que están más inclinadas a la agresión. Es posible que nuestros lejanos descendientes sean mucho más inteligentes que nosotros y que hayan evolucionado en respuesta a las exigencias intelectuales cada vez mayores de una sociedad más compleja. Tal vez serán más fornidos, con brazos y piernas más cortos, si siguen las reglas biológicas estándar de la adaptación a los climas fríos a medida que la Tierra se sumerja de nuevo en la próxima e inevitable edad de hielo. Tal vez el linaje humano reanudará su especiación y se dividirá en dos o más castas que habitarán diferentes nichos sociales. Y si alguna vez se establecen poblaciones capaces de autosostenerse en Marte o en Europa (el satélite de Júpiter), seguirán con toda seguridad unas sendas evolutivas diferentes, adaptando su forma física y su conducta social a las reglas ecológicas de su nuevo planeta.

Los teóricos aún no se han puesto de acuerdo respecto a la evolución futura de la especie humana. Dos de los fundadores de la genética de poblaciones, Ronald Fisher y Sewall Wright, discrepaban respecto a las condiciones que favorecen el cambio evolutivo. Wright creía que la evolución trabajaba mejor cuando una población estaba dividida en pequeños grupos independientes con un flujo de genes limitado entre ellos; una innovación genética surgida en un grupo podía propagarse a los otros. Fisher, por otro lado, creía que las innovaciones beneficiosas tenían más probabilidades de surgir en poblaciones grandes con un elevado grado de mezcla. “¿Quién de los dos tiene razón? Nadie lo sabe”, dice Alan Rogers, un genetista de poblaciones de la Universidad de Utah.

Resulta que las condiciones favorecidas por Wright se aplican bien a la mayor parte de la historia humana reciente anterior a hace 10.000 años, cuando la población estaba dividida en grupos pequeños y distantes repartidos por todo el globo. Pero el mundo actual, con un número cada vez mayor de viajes y migraciones, parece mucho más cercano a las condiciones ideales para el cambio evolutivo que favorecía Fisher. “Antes uno se casaba con una chica del pueblo, y ahora es muy posible que lo haga con una que ha conocido en Internet”, dice Mark Pagel, un biólogo evolutivo de la Universidad de Reading, en Inglaterra.[18]

En su obra más importante, La teoría genética de la selección natural, publicada en 1929, Fisher desarrolló el argumento de que los genes para la habilidad mental eran más frecuentes entre los ricos, que tienen menos hijos, mientras que los pobres, que tienden a ser menos inteligentes, tienen más hijos; en consecuencia, la selección natural actúa en contra de los genes que favorecen la inteligencia. Este aspecto de la obra de Fisher no se ha discutido mucho porque se utilizó para apoyar la desastrosa política de la eugenesia de comienzos del siglo XX. Pero en opinión de algunos genetistas de poblaciones, su argumentación teórica no ha sido refutada; al menos en los países desarrollados, las personas más inteligentes tienden a tener menos hijos, por lo que al parecer sus genes no pueden volverse más comunes en la siguiente generación. Otros aducen que los pobres tienden a tener más hijos por falta de educación, no por falta de inteligencia. “La observación empírica de Fisher es correcta; las clases bajas tienen menos hijos, pero esto no significa que sus genotipos sean inferiores”, dice Pagel.

El tamaño del cerebro y la inteligencia humana se han expandido claramente durante la mayor parte de la evolución, y sería muy extraño que esta tendencia se detuviese bruscamente, precisamente cuando las sociedades, y las habilidades necesarias para prosperar en ellas, se han vuelto más complejas que nunca. Sería aún más extraño que los humanos, seleccionados a lo largo de la evolución sobre la base de la máxima aptitud, la propensión a dejar tantos descendientes como sea posible, decidiesen abandonar de pronto este comportamiento profundamente arraigado. Tampoco hay evidencia alguna en los tests de inteligencia que permita suponer que la habilidad cognitiva humana esté menguando, como predijo Fisher. En consecuencia, pese a la aparente corrección de la premisa de Fisher según la cual en las sociedades modernas los ricos y más inteligentes tienden a tener menos hijos, su conclusión de una decadencia intelectual inexorable parece ser falsa.

El motivo, sugieren los psicólogos evolucionistas, es que los ricos pueden invertir más en sus hijos –una buena educación universitaria es un elemento diferencial importantísimo para tener éxito– y de este modo dejan más descendientes a la larga, aunque tengan menos hijos. El argumento da por supuesto que los hijos que reciben una buena educación y que tienen más talento tendrán a su vez hijos de características similares, generación tras generación, mientras que a determinado nivel de indigencia la fertilidad se verá reducida. Así, a determinado nivel de riqueza, la mejor forma que tienen los padres de maximizar su aptitud darwiniana será tener menos hijos con la expectativa de tener muchos más biznietos.

No está claro si esto es lo que sucede en la práctica. Desentrañar la relación entre riqueza y fertilidad no es asunto fácil, y los datos demográficos necesarios para resolver el tema brillan por su ausencia. “Esta es una cuestión sutil y complicada”, escribe el psicólogo evolucionista Bobbi Low, “y los datos actualmente disponibles, recogidos para responder otras cuestiones, son inadecuados.”[19]

Una forma en que la evolución humana del futuro diferirá de la del pasado, es que en las poblaciones grandes el efecto de la deriva genética se reduce mucho. Cuanto mayor es la población, más tiempo tarda una versión del gen en suplantar todas las versiones alternativas. Dado que la deriva es el mecanismo principal para reducir la diversidad que están introduciendo constantemente las mutaciones, se sigue de ello que el genoma humano se volverá más diverso a medida que se acumulen las mutaciones neutras. Un exceso de diversidad, según los cálculos teoréticos, podría eventualmente hacer a las personas estériles, a menos que se apareasen solamente con aquellas personas de genoma similar al suyo.[20] Esto haría imposible que todos los humanos pudiesen cruzarse, como es el caso actualmente, y confinaría a la gente a buscar pareja dentro de los grupos genéticamente similares. Este resultado sería otro paso hacia la fragmentación de la población humana en diferentes especies.

El debilitamiento de la deriva y su efecto reductor de las mutaciones podría ser compensado, en cierta medida, por la intervención humana en forma de ingeniería genética. Los biólogos pueden aprender pronto cómo modificar los óvulos, el esperma o el embrión en sus primeras fases, para insertar en ellos genes correctores que resuelvan futuros defectos de salud. Nuevos genes insertados en el genoma humano a gran escala para reemplazar genes existentes podrían tener el mismo efecto reductor de la mutación que tiene la deriva genética.

Supongamos que la modificación genética toma eventualmente la forma de añadir muchos nuevos genes, empaquetados en forma de un cromosoma extra que podría introducirse en un par óvulo-espermatozoide antes de su fertilización in vitro, que desde hace unas cuantas décadas ha sustituido al curioso y peligroso método de concebir al azar.

Este cromosoma extra incluiría una serie de genes para corregir todas las enfermedades genéticas diagnosticadas en los posibles padres. Sería portador de genes para fortificar el sistema inmunitario, para evitar el cáncer y para combatir las crueles enfermedades degenerativas de la edad. El procedimiento de la fertilización in vitro y la ingeniería genética individualmente adaptada serían caros, pero los críticos que afirman que solamente los ricos se beneficiarían quedarían desconcertados si los gobiernos considerasen que el procedimiento es barato comparado con los costes de toda una vida de asistencia sanitaria que se evitarían, y lo ofreciesen gratuitamente a todos los ciudadanos.

A las versiones tempranas del cromosoma extra, para seguir un poco más con este escenario, se incorporarían solamente genes para corregir amenazas a la salud. Pero cuando la primera generación de humanos portadores de veinticuatro pares de cromosomas resultase ser enteramente normal y vigorosamente sana, podrían introducirse mejoras en forma de cualidades deseables. El cromosoma extra sería portador de genes para promover la longevidad, mejorar la simetría y la belleza del cuerpo y aumentar la inteligencia, aunque todo dentro de unos límites cuidadosamente prescritos. Tras varios ajustes, la tecnología alcanzaría un elevado nivel de perfección. El único inconveniente sería que las personas con veinticuatro pares de cromosomas no podrían cruzarse con las que tuviesen veintitrés, a menos que estas últimas aceptasen someterse a modificaciones genéticas, cosa a la que muchos se resisten. Una vez más, la especiación, la división de la población humana en dos o más especies, sería el resultado no buscado.

Se abrirían así dos opciones. Una sería entre la evolución humana dirigida o la de tipo natural; la otra sobre si permitir o promover la especiación. La idea de dirigir la evolución humana modificando la línea germinal puede parecer arriesgada, pero el método de la evolución se basa en el resultado de dos procesos aleatorios, la mutación y la deriva genética. Podría argüirse que, pese a lo demencial que es su método, la evolución no lo ha hecho tan mal hasta ahora. Pero la evolución trabaja con una lentitud glacial. Con la modificación de la línea germinal, por otro lado, igual que con la cría de animales domesticados, la intervención humana puede buscar un resultado deseado con mucha mayor rapidez.

Probablemente la desventaja más grave de controlar activamente la línea germinal humana consista en los riesgos en que se incurre de suprimir sin querer la enorme capacidad para innovar que tiene la evolución. Creando mutaciones al azar, y poniéndolas a prueba para ver si funcionan, la evolución aporta novedades en las que nadie pensaría. Los encargados de modificar la línea germinal humana, por otro lado, limitados sin duda por la ética médica que propugna evitar todo riesgo, cargarían inevitablemente al genoma con sus preferencias conservadoras.

La especiación, el otro gran tema en la evolución humana futura, es otra poderosa forma de generar novedad y por consiguiente de mejorar las probabilidades, esencialmente desfavorables, de que la especie humana perdure a la larga. Nuestra reacción anterior a la existencia de otras especies de la misma familia que la nuestra fue exterminarlas, pero en los últimos 50.000 años nos hemos moderado un poco. Una bifurcación entre personas terrestres y personas marinas –los mamíferos ya han regresado al mar varias veces– no tendría por qué provocar necesariamente un conflicto, como tampoco tendría que provocarlo la evolución por separado de dos poblaciones humanas en la Tierra y en Marte. Más problemático sería el hecho de diferentes especies humanas ocupando el mismo entorno, especialmente si una de ellas fuese considerada inferior o destinada a servir a la otra.

No hay un solo futuro evolutivo humano posible, sino muchos, algunos de ellos forjados por el azar y otros por la elección. Hasta aquí hemos llegado. Pero queda aún mucho camino por recorrer.

Notas:

[1]. Edward O. Wilson, Consilience, Alfred A. Knopf 1998, p. 286.

[2]. The Chimpanzee Sequencing and Analysis Consortium, “Initial Sequence of the Chimpanzee Genome and Comparison with the Human Genome”, Nature 436: 69-87 (2005). La concordancia de un 99 por ciento se basa en una comparación de las secuencias de ADN del humano y del chimpancé que se corresponden directamente. La similaridad entre el genoma humano y el del chimpancé cae hasta el 96 por ciento después de tener en cuenta las inserciones y las supresiones, es decir, los fragmentos del ADN de un genoma que no tienen correspondencia en el otro.

[3]. Louise Barrett, Robin Dunbar & John Lycett, Human Evolutionary Psychology, Princeton University Press, 2002, p. 12.

[4]. Mark Pagel, en Encyclopedia of Evolution, p. 330.

[5]. Sarah A. Tishkoff et al., “Haplotype Diversity and Linkage Desequilibrium at Human G6PD: Recent Origin of Alleles That Confer Malarial Resistance”, Science 293: 455-462 (2001).

[6]. J. Claiborne Stephens et al., “Dating the Origin of the CCR5-Δ32 AIDS-Resistance Allele by the Coalescence of Haplotypes”, American Journal of Human Genetics 62: 1507-1515 (1998).

[7]. Alison P. Galvani & Montgomery Slatkin, “Evaluating Plague and Smallpox as Historical Selective Pressures for the CCR5-Δ32 AIDS-Resistance Allele”, Proceedings of the National Academy of Sciences, 100: 15276-15279 (2003).

[8]. Hreinn Stefansson ert al., “A Common Inversion Under Selection in Europeans”, Nature Genetics 37: 129-137 (2005); Nicholas Wade, “Scientists Find DNA Region That Affects Europeans’ Fertility”, New York Times, 17 de enero de 2005, p. A12.

[9]. Yoav Gilad et al., “Human Specific Loss of Olfactory Receptor Genes”, Proceedings of the National Academy of Sciences 100: 3324-3327 (2003).

[10]. Patrick D. Evans et al., “Microcephalin, a Gene Regulating Brain Size, Contisnues to Evolve Addaptively in Humans”, Science 309: 1717-1720 (2005).

[11]. Nitzan Mekel-Bobrov et al., “Ongoing Adaptive Evolution of ASDPM, a Brain Size Determinant in Homo sapiens”, Science 309: 1720-1722 (2005).

[12]. Li Zhisui, The Private Life of Chairman Mao, Random House, 1994.

[13]. Citado en Bobbi S. Low, Why Sex Matters, Princeton University Press, 2000, p. 57.

[14]. Elizabeth A.D. Hammock & Larry J. Young, “Microsatellite Instability Generates Diversity in Brain and Sociobehavioral Traits”, Science 308: 1630-1634 (2005).

[15]. El gen en cuestión fomenta una buena conducta parental en los ratones de campo. Adherido al gen hay un fragmento de ADN que cambia de longitud bastante rápidamente entre generaciones. En una población de ratones de campo este fragmento se da en todo un espectro de longitudes. Los machos con un fragmento más largo cuidan con devoción a sus crías; los machos con un fragmento más corto no son tan atentos. En aquellos ambientes en los que una buena crianza de los hijos se ve recompensada, los machos con el fragmento más largo tendrán más éxito. Pero en aquellos entornos en los que no lo es, predominarán los machos con el fragmento más corto. El gen en cuestión se conoce como el gen receptor de la vasopresina. Los humanos poseen el mismo gen y el fragmento variable, pero el efecto que esto tiene en las personas se desconoce.

[16]. Richard E. Nisbett, The Geogtraphy of Thought, Free Press (2003).

[17]. Victor Davis Hanson, Carnage and Culture, Doubleday, 2001, p. 54.

[18]. Nicholas Wade, “Can It Be? The End of Evolution?” New York Times, 24 de agosto de 2003, Section 4, p. 1.

[19]. Bobbi S. Low, Sex, Wealth, and Fertility en Adaptation and Human Behavior, editado por Lee Cronk, Napoleon Chagnon y William Irons, Walter de Gruyter, 2000, p. 340.

[20]. El motivo es que antes de la generación de óvulos y espermatozoides, el cromosoma heredado de la madre tiene que alinearse con el cromosoma heredado del padre. Para que la alineación se produzca correctamente, el ADN de los dos cromosomas tienen que encajar perfectamente en toda su longitud. Si los cromosomas son demasiado diferentes, con demasiadas unidades de ADN diferentes, no se emparejarán correctamente; no se crearán óvulos o espermatozoides viables y el individuo resultante será estéril. M.A. Jobling et al., Human Evolutionary Genetics, Garland, 2004, p. 434.

Fuente: Primeras páginas del capítulo 12º, La evolución, del libro de Nicholas Wade Antes del alba. Recuperando la historia perdida de nuestros ancestros. Biblioteca Buridán // Imagen de portada de la película “La Guerra  del Fuego”, de Jean-Jacques Annaud, 1981.