No me mata la democracia chilena

por Robinson Ortega //

Es una buena persona, dice un vecino para referirse a Piñera, el hombre que supuestamente robó un banco y otras calamidades, porque tiene plata y no va a robar agrega, en otra ocasión una vecina pide, por favor, que la gente que  no se apure a tomar partido. Dice que las cosas no son como se comenta por ahí, que el hombre no es un ladrón, sino que  se transformó de una forma que nadie entiende, porque estudió y se preparó para ser quien es. En definitiva, detrás de una masacre producida por capitalistas en suelo chileno, lo que hay son empresarios y un Gobierno arrasado por la furia de la economía mundial y un pueblo que entiende que ellos tienen sus razones para estar prevenidos y desarrollar las políticas de recortes, para seguir ajustándonos,  para que el país siga su senda de crecimiento: un problemazo como se hacen difíciles  las cosas y nos suben el precio del gas, de los alimentos, de los servicios básicos, nos estafan y roban nuestras cotizaciones, no hay protección ni en salud, ni en educación, ni ambientalmente, los empresarios lo son todo y ellos saben cómo hacerlo para que sigan habiendo empleos y menos despidos.

La naturalización de la explotación en nuestro país, tanto en su forma contractual como en sus múltiples manifestaciones contenidas y rutinarias fuera de la ley del trabajo, es habitual en los pueblos y ciudades, campos, montañas y mares. El maltrato, la grosería, los desplantes y las humillaciones se cargan a la cuenta de la idiosincrasia o del temperamento, las locuras se asimilan y se aceptan sin que nadie piense en consultar a un dirigente, a un abogado  o a un médico, y los vínculos se eternizan en esa aceptación del estado de cosas: despidos injustificados, precariedad laboral, bebés nacidos con malformaciones, intoxicaciones masivas, poblaciones y terrenos azotados por las llamas, etc. Hasta que un día todo se sale de control y alguien muere, y casi siempre es un trabajador que no utilizó las medidas de seguridad proporcionadas por la empresa, o que lo asaltaron o que lo atropellaron, o que no ahorro lo suficiente para recibir una mejor atención de salud, o una mejor pensión o una mejor educación o capacitación, o que vivía en los márgenes de una ciudad o en un conventillo que fue alcanzado por las llamas, la más de las veces, de un incendio intencionado, etc.

Cuando la Cámara de Diputados votaba la ley laboral nos dijeron que sería para el fortalecimiento sindical, garantizando la necesidad de la negociación colectiva, pero también estableciendo expresamente como no afectara la libertad de los trabajadores no involucrados en ella, ni la ejecución de las funciones convenidas en sus contratos de trabajo.

Otros cambios relevantes fueron el establecimiento del último contrato colectivo vigente como piso para la negociación, la ampliación del catálogo de conductas que se califican como prácticas antisindicales y la mayor regulación de la obligación de los empleadores de entregar información a los sindicatos para que éstos preparen la negociación colectiva, unida a la posibilidad de exigir administrativa y judicialmente el cumplimiento de esa obligación.

Por otra parte, dentro de las conductas antisindicales se ha establecido como tal, el infringir la prohibición de realizar reemplazo de trabajadores durante la huelga, permitiéndose, eso sí, efectuar las ‘adecuaciones necesarias’ para que los trabajadores no involucrados en la huelga puedan ejecutar las funciones convenidas en sus contratos de trabajo, como también se definió una práctica antisindical, esta vez de las organizaciones sindicales: el impedir durante la huelga, por medio de la fuerza, el ingreso a la empresa del personal directivo o de trabajadores no involucrados en ella tendría mecanismos de sanción, ¿a quién? ¿a los dirigentes?¿a los sindicatos como instituciones?.

Por otra parte, a nuestro entender, una de las reformas laborales que resultan interesantes es aquella que se aplica en la negociación colectiva a los trabajadores que no participan de ella de la siguiente manera: la situación del trabajador no afiliado frente al sindicato, la que indica que para extender el contrato colectivo a los trabajadores no afiliados se requerirá el acuerdo de éste, el que les podrá imponer el pago de hasta el 100% de la cuota sindical. Antes de la reforma, esta extensión no requería acuerdo del sindicato y sólo se pagaba el 75% de la cuota sindical. Ahora, la última palabra la tiene el sindicato, ya que se requiere su acuerdo. Es decir,  adicionalmente, para acceder a los beneficios del contrato colectivo, al trabajador no afiliado a este se le podrá imponer el pago del total de la cuota sindical. En esas condiciones, ¿qué razón tendrá el trabajador para no afiliarse?, la reorganización de los trabajadores tiene acá una cabeza de playa que sería oportuno levantar territorialmente como política de propaganda para la reagrupación clasista.

La oposición, agrupada en Chile Vamos, anunció que recurrirían al Tribunal Constitucional (TC) por cuatro materias de la reforma laboral: titularidad sindical, extensión de beneficios, negociación interempresa y derecho a información de los sindicatos. Para demostrar un requerimiento de inconstitucionalidad, y asegurar que ciertos trabajadores puedan negociar colectivamente, no solo a través de los sindicatos, y para que no haya afiliación obligatoria. Así por medio de la prensa los trabajadores chilenos vieron cómo se cocinó la reforma laboral en su contra

El senador y vocero de la coalición, Hernán Larraíndio un ejemplo redondo de cuál es el sentido común en torno a cuestiones como la explotación en Chile.

Este senador y el mismo conglomerado son los que ha dicho que en las demandas sociales expresadas en movilizaciones callejeras, marchas de estudiantes, trabajadores, mujeres, no+ afp, transgeneros, salud y otras demandas de derechos ciudadanos, las personas que participan en ellas salen a las calles a loquear y a payasear porque la izquierda y los sindicatos las mantienen con el dinero de los contribuyentes. ¿Disparatado? Sin duda, pero ese disparate coincide con los que quieren escuchar, los que no se interesan en la política, cómo algunos de nosotros, como los compañeros de trabajo que van de la casa a la pega porque tienen que trabajar mande quien mande.

La buena gente que no tiene tiempo para perder en asuntos complejos, que no tiene ganas de preguntarse cómo son las cosas, que sólo quiere vivir tranquila y estar segura de que nadie le toma el pelo.

Porque antes que todo el explotado,  políticamente es un paranoico, y suele sentirse estafado. Lo estafa el gobierno, que no lo tiene en cuenta y le saca plata para dársela a los que no quieren trabajar. Lo estafa el Estado, que está lleno de atorrantes que cobran un sueldo por no hacer nada mientras él tiene que matarse trabajando. Lo estafan los políticos, que dicen discursos y no resuelven los problemas reales de la gente. El explotado odia a los que se interesan en la política, pero eso no le impide dar su voto y su opinión sobre cualquier asunto, y sobre todo sobre cualquier asunto que huela a mafia y pituto. Y todos, prácticamente, le huelen a mafiosos y apitutados, porque el explotado es desconfiado por naturaleza y siempre teme que lo engañen. Al explotado no le importan los grandes conceptos detrás de las políticas públicas: le importa que no le saquen a él para darle a otro. Y ese miedo no tiene por qué corresponderse con la realidad (de hecho, es habitual que gente que no le paga a la Municipalidad nada más que el cobro de aseo  se queje del sueldazo que cobran los recolectores de basura). Y así, con un preconcepto por acá y otro por allá, con la tranquilidad de espíritu que da la convicción de que uno es bueno y no se mete en cosas feas y con la certeza de que todo es plata, los explotados, ese buen vecino, justifica un atropello laboral aún en su contra, se queja de la ideología de clase que promueve la izquierda o anuncia, consternado, que se han perdido los valores y que a nadie le importa nada.

En la construcción de este territorio político, lugar que habita el explotado, – este no-sujeto– intervienen generosamente los medios de comunicación, pero no sin la complicidad del propio sistema político que terminará por ser su víctima.

Acá profundizamos un poco porque es importante señalar el papel de las aspiracionesen la formación de las ideas que las personas tienen respecto de la distribución y redistribución de la riqueza.

El concepto de aspiración es un gran concepto político: hace referencia a las creencias de movilidad social ascendente que tienen los individuos, y es lo que explica que personas que no ocupan un lugar elevado en la pirámide social tiendan a reproducir las ideas de los que tienen el sartén por el mango.

Pero para que eso ocurra, para que un sector social de ingresos modestos o precarios tenga fe en que el esfuerzo o en que la buena suerte mejorará sustancialmente su situación, hace falta instalar ese credo simplón y aproblemático. Hace falta recitarlo en publicidades pero también en discursos, imponerlo por medio de mecanismos de premios y reconocimientos, repetirlo mediante fórmulas diversas que quieren decir siempre lo mismo: al éxito se llega mediante el esfuerzo, y a la derrota y el sufrimiento se llega por andar en malos pasos.

Así, pasando por alto los infinitos detalles que hacen a la vida, se termina por imponer un sentido común que llega a considerar natural que un joven vinculado al tráfico de drogas mate a dos jóvenes estudiantes que protestaban en Valparaíso, que la policía ocupe militarmente el Wallmapu, que siete familiassean dueñas de los recursos de todo el mar de Chile, que la extracción de materias primas y el monocultivo destruyan el territorio nacional y condenen a las futuras generaciones a la hambruna, la deforestación y contaminación que hoy se ejerce sobre la biomasa chilena. En la otra punta del delirio, él mismo explotado entiende, que el empresario y  los gobiernos complices de este Estado capitalista y que a este modelo neoliberal  se le fue la mano, pero que en todo momento el empresariado y el modelo ha operado guiado por las instituciones y el derecho. Y el derecho se mide, razonablemente, por el esfuerzo: me maté trabajando para que en mi casa no faltara nada, los políticos producen nada y son un mal necesario y los empresarios son quienes nos dan la papa, al costo que sea, al fin, aunque endeudado he mejorado mi calidad de vida y la cobertura de mis adquisiciones, con una tarjeta de crédito podemos comprar en el supermercado los alimentos, en la universidad el estudio, formación o capacitación, en los bancos las hipotecas, el divertimiento, el auto que siempre quise, la salud que merezco.

Sáquesele a un sujeto la habilidad de simbolizar, retíresele la curiosidad por el otro, convénzaselo de que su vida es trabajar para proveer, prométasele que todo va a salir bien si él no se mete en líos y tenga por seguro que lo que obtendrá será un individuo paranoico y desconfiado, incapaz de verbalizar su frustración o de entender sus propios mecanismos emocionales. Deje solo a ese individuo y tenga paciencia: la explosión será cuestión de tiempo, nos hacen pelear entre nosotros, entre nuestra propia clase, nos engañan por medio de la diferencia de sueldos, con la existencia de una supuesta “clase media” y hacen políticas para esa clase media fomentando el odio de los trabajadores que ganan menos contra los que ganan más, para que así nadie controle a los empresarios, a los políticos, al Gobierno y al Estado, quienes hacen negocios con empresas de otros países más poderosos económicamente que Chile y con empresarios más enriquecidos que los empresarios y millonarios chilenos.

En “democracia”, un policía frustrado y enojado mata a personas, por decisión propia o siguiendo órdenes: son más de 60 personas que han sido asesinadas en la “democracia chilena”

Pero el riesgo de que esas conductas explosivas y extremas se produzcan ya no entre individuos aislados, sino entre individuos reunidos por cualquier circunstancia coyuntural, es alto. Las simplificaciones están siempre disponibles para blindar preconceptos y fortalecer rencores.

Es tiempo de tener en cuenta los detalles y no subestimar a los explotados chilenos