Francis Bacon (1561-1626)

por Pascal Charbonnat //

La ruptura metodológica con el aristotelismo cristiano efectuada por Bacon representa el apogeo del naturalismo metodológico. El filósofo inglés desarrolla el método que lleva más lejos el vuelco de la escolástica y que conquista una mayor audiencia en los medios científicos. Consuma el combate en los círculos de la élite intelectual; después de él, la obsolescencia del modo de proceder escolástico es aceptada por todos los sabios de envergadura.

El padre del joven Bacon es miembro de la alta administración real. Natural mente, alienta a su hijo a proseguir estudios de derecho, y le permite convertirse a los 18 años en secretario del embajador de Inglaterra en Francia. Ese mismo año muere su padre dejándole una herencia insignificante. Privado del apoyo paterno, se consagra a la obtención de su grado de abogado, que consigue en 1582. Elegido diputado por Melcombe en 1584, comienza su carrera política dirigiendo una carta a la reina Isabel en la que defiende las prerrogativas del Parlamento. Si bien respeta al poder monárquico, le advierte que unos impuestos excesivos pueden dañar el comercio y la unidad política del reino. Recibe el apoyo del prometedor conde de Essex, oficial del reino, que le hace donación de unas tierras. Bacon es nombrado consejero extraordinario de la reina en 1596 y publica sus primeros textos filosóficos (sus Essays da tan de 1597). Essex, en desacuerdo con la reina, fracasa en una expedición para mantener el orden en Irlanda. De inmediato es juzgado y puesto en prisión, y su suerte queda definitivamente sellada cuando Bacon hace una declaración sobre su supuesta trai ción. Es, pues, a partir de 1601 que Bacon se alinea con la Corona, cuya primacía de fiende ante el Parlamento. Al adoptar así una postura contraria a la de sus primeros años de diputado, se le abre la perspectiva de una carrera en las más altas esferas de la realeza.

Jacobo I sucede a Isabel y convierte a Bacon en su consejero ordinario en 1604. Paralelamente, sigue publicando: On the Proficience and Advancement of Learning (1605) y De Sapientia Veterum (1609). En 1610, ayuda al rey en las negociaciones con el Parlamento para la creación de nuevos impuestos. El rey le gratifica con su confianza, nombrándolo consejero privado en 1616 y Ministro de Justicia al año siguiente. La coronación tiene lugar en 1618: Bacon se convierte en lord canciller y en barón de Verulamio. El acceso a puestos de responsabilidad no le impide continuar su obra con el Novum Organum (1620). Su defensa de las prerrogativas reales le vale el odio de los diputados burgueses radicales representados por Edward Coke. En 1621, los «patriotas» del partido de Coke logran vencer al cortesano Bacon. Lo hacen en ocasión de un proceso que establece la implicación de los intereses del canciller con unos monopolios culpables de extorsiones. El rey no puede hacer nada: el canciller es conde nado a la pérdida de sus dignidades, de sus derechos cívicos y de sus bienes, así como a ser encarcelado de por vida. Indultado poco después, consagra el resto de su vida a escribir (De Dignitate et Augmentis Scientiarum, 1623, traducción y revisión en latín de su obra de 1605). Jacobo I le otorga finalmente su perdón y restablece su pensión.

Francis BaconUna nueva lógica

La oposición a la escolástica en Bacon se expresa mediante un proyecto de reforma de los saberes y de su enseñanza. La crítica a la lógica antigua tiene como blanco tres de sus componentes esenciales: el silogismo, la inducción propia de los dialécticos y las creencias imaginarias. Estos elementos son portadores de tres enfermedades del conocimiento que han contaminado a los sabios y a los estudiantes de las universidades. En Del Progreso y de la promoción de los saberes divino y humano (1605), el filósofo analiza estos tres males de la ciencia de su época. El uso incontrolado del silogismo conduce a un saber amanerado en el que las palabras predominan sobre el asunto que se trata. La inducción escolástica, que a partir de materiales débiles edifica innumerables proposiciones pretendidamente universales, desemboca en un saber trapacero, en el que el espíritu tiende a trabajar sobre sí mismo a falta de sustancia experimental. Finalmente, las creencias acordadas con demasiada facilidad a relatos dudosos llevan a un saber peregrino en el que la imaginación mina las bases de un saber razonable. Cada uno de estos tres síntomas tiene como agente infeccioso la ausencia de contacto entre el espíritu y los fenómenos, entre las palabras y las manifestaciones concretas de la naturaleza. El silogismo, la inducción y las creencias no son rechazables en sí, sino porque ellas se construyen sobre un terreno inestable. Si las palabras de un silogismo no tienen un correlato material, el razonamiento se derrumba como un edificio carente de cimientos. Todo el corpus de las ciencias de la Escuela no es más que superchería en cuanto se basa en unas agitaciones desordenadas del lenguaje, separadas de lo concreto del mundo. Bacon ataca así la figura trascendente que ha revestido a la ciencia de su época, que ha erigido en dogma la lógica aristotélica y que se ha convertido en una autoridad incontrolable. Sigue las hue llas de los naturalistas precedentes mediante el análisis crítico del lenguaje escolástico.

Las relaciones entre ciencia y religión en el sistema baconiano están marcadas por este esfuerzo de naturalización del conocimiento, por este retorno al estudio de lo concreto. Esto implica, en efecto, una división estricta de los papeles. En su clasificación de las ciencias de 16231, aparecida en De Dignitate et Augmentis Scientiarum, Bacon delimita la esfera teológica de las demás ciencias. La teología posee un objeto de estudio propio que le prohíbe inmiscuirse en los demás saberes. La primera división entre las ciencias se establece a partir de su objetivo respectivo:

La naturaleza incide en el entendimiento con un rayo directo. La divinidad, a causa de la desigualdad del medio (quiero decir, de las criaturas), lo hace con rayo refractado. Finalmente, incide en el hombre, mostrado y presentado a sí mismo, con un rayo reflejado. Conviene, pues, dividir la filosofía en tres doctrinas: a saber, la doctrina de Dios, la doctrina de la naturaleza y la doctrina del hombre. (Bacon 1800 [1623]: 3).

La naturaleza se manifiesta pues de un modo original, irreductible, mediante este «rayo directo» que no es otro que el punto de contacto entre los sentidos y los fenómenos. La teología y todo lo que concierne a lo divino no deben interferir con este modo, so pena de enturbiar la visibilidad y conducir a la oscuridad. Así, en la clasificación de 1623, tras erigir una monumental arquitectura de las ciencias, desde la poesía hasta la física pasando por la psicología, Bacon omite presentar las divisiones de la teología (expuestas en la clasificación de 1605). Prefiere guardar silencio sobre este asunto, probablemente porque este es un dominio reservado de la Iglesia, y porque este dominio del saber no aporta nada a las ciencias de la naturaleza y del hombre. El sabio no debe insertar lo divino en sus explicaciones; tiene que preservar la impermeabilidad entre la naturaleza, el hombre y la revelación.

Esta separación es una consecuencia del proceso de elaboración de conocimientos válidos. ¿Cuáles son los criterios de verdad instaurados por el método baconiano? Se enuncia por primera vez la teoría del reflejo: las verdades científicas dan una representación fiel y real de la naturaleza. El conocimiento es una representación de la verdad, en absoluto convencional, sino a imagen de un rayo de luz. La naturaleza es un rayo directo que los saberes restituyen bajo la forma de un rayo reflejado (Bacon 1991 [1605]: 37). En estas condiciones, el núcleo del proceso cognoscitivo consiste en la interfaz entre los dos rayos; es decir, en el espejo de la sensibilidad y de la experiencia. Los objetos del mundo adquieren, pues, una consistencia científica gracias al filtro de los sentidos, que no son más que una prueba, pero son la prueba que revela la realidad de las cosas.

Este presupuesto fundamenta el concepto de experiencia en Bacon. El encuentro de los sentidos y de la naturaleza es el medio del desarrollo científico que debe, por supuesto, armonizarse con las especulaciones del entendimiento; pero que constituye un motor insustituible. La experiencia está en el fundamento de las ciencias, en tanto que ella es un primer paso indispensable hacia el descubrimiento de la verdad. No ha de ser un recurso anecdótico, como en la tradición escolástica, sino la base del edificio de los saberes. ¿Cuál es la razón de esta necesidad? La naturaleza sólo entrega sus secretos cuando es atormentada por los sabios, que la someten a las diferentes técnicas de que disponen (telescopio astronómico, disección, etc.) a fin de examinar sus reacciones. La simple observación no es suficiente; una sensibilidad bruta no sirve al sabio. La experiencia mantiene una relación permanente con el entendimiento, en la cual se establecen los procedimientos que han de hacer hablar a las cosas. Es por eso que Bacon recomienda una y otra vez la confección «de historias experimentales », es decir, listas exhaustivas de experiencias logradas, especialmente en astronomía y en mecánica, para que los sabios tengan una referencia común y hablen el mismo lenguaje. Bacon busca reemplazar el culto al discurso y a la lógica aristotélica por el estudio directo y razonado de los fenómenos.

Bacon no es, pues, un empirista ingenuo. Para él, la experiencia es una relación inestable entre el entendimiento y los fenómenos, gracias a la cual se llevan a cabo lecturas, comparaciones y selecciones. En cada etapa de este proceso inductivo, sensibilidad y razón avanzan juntas, hasta el descubrimiento de la verdadera forma del objeto.

Francis BaconEste método, que él califica de inducción verdadera por oposición a la antigua inducción, está expuesto en su Novum Organum. El título indica la ambición valerosa y exorbitante del filósofo-canciller: sustituir con una nueva lógica la que prevalecía desde la Edad Media. El proceso cognoscitivo es rigurosamente jerarquizado. Ha de se guir un orden preciso de progresión entre los diferentes niveles de las proposiciones: partir de los axiomas más particulares (los más cercanos a la experiencia) para avanzar hacia los axiomas menores, luego los medianos y por último los más generales. El error de la lógica escolástica es saltarse algunas de estas etapas, o bien recorrer esta escala en sentido inverso. Hay que respetar esta graduación axiomática, que evitará elevarse «de un aletazo» hacia falsas generalidades.

La originalidad de la lógica baconiana consiste en aliar las palabras y los sentidos en cada grado del proceso cognoscitivo. La razón ha de ayudar a los sentidos en la experimentación, mientras que las experiencias han de enmarcar el entendimiento 1. A lo largo de la inducción baconiana, entendimiento y experiencia están estrechamente ligados, desde los axiomas más particulares a los más generales. Ni uno ni otra está nunca ausente; ambos coexisten constantemente pero en proporciones variables en función del grado de generalidad alcanzado. La reforma de los saberes a la que aspira Bacon no se reduce, pues, a introducir un poco más de lo sensible en la ciencia, sino a exigir nuevos criterios, tanto lógicos como experimentales, de validez para el conjunto de los saberes.

Para que el método baconiano pueda valer para todas las ciencias, hay que delimitar los diferentes objetos de la naturaleza que son constitutivos de cada una de ellas, y que sirven de fundamento al proceso inductivo. Este es el objetivo de las clasificaciones establecidas por Bacon entre 1605 y 1623. La organización de los saberes trata de adaptarse a la naturaleza tal como se la concibe en la época, no a una serie de categorías lógicas. En el caso de la filosofía natural, por ejemplo, se divide en una parte práctica (investigación de inventos, o de efectos, a partir de los axiomas) y una parte teórica (investigación de los axiomas, o de las causas, a partir de la experiencia). La filosofía teórica se divide, a su vez, en física (estudio de las causas eficientes y materiales) y en metafísica (estudio de las causas formales y finales), mientras que la fi losofía práctica se compone de la mecánica (efectos materiales y eficientes) y de la magia 3(efectos formales y finales). La física se divide además en tres ramas, según se considere la naturaleza en su principio, en su sistema o en su diversidad. Todas estas divisiones llevan la huella del aristotelismo, ya que los cuatro tipos de causas son una herencia directa del mismo. Sin embargo, esta clasificación lleva a cabo una ruptura en la ordenación de las ciencias: la metafísica ya no es la ciencia primera y fundadora que dicta sus condiciones de desarrollo a las demás ciencias; de ahora en adelante, la filosofía natural se basa en un objeto de estudio autónomo, la naturaleza, que se divide según su relación con la experiencia. Los axiomas teóricos que produce son regulados por el trabajo experimental y alimentan a su vez a este último. A un la do, la mina; al otro, los hornos 4.  Es necesario proceder a un reparto de tareas en el seno del conocimiento, entre los que «excavan» la naturaleza para explorarla y los que dan forma a los descubrimientos puestos de este modo al desnudo.

La validez de los saberes depende del acuerdo entre estas dos tareas, de su práctica armoniosa y equilibrada. La escolástica privilegia demasiado el discurso en detrimento de su contenido material. Es algo tan absurdo como ver a un herrero golpear sobre el yunque sin material bajo su martillo. La reforma baconiana no exige otra cosa sino el lanzamiento de campañas de prospección.

El propósito de esta reforma coincide con la finalidad de las ciencias. Si el cono cimiento lo guarda celosamente un pequeño círculo privilegiado que no se preocupa de acrecentar su alcance y su potencia, sino que cultiva el esoterismo y el misterio, el de terioro intelectual acecha a los hombres. La advertencia vale en particular para la fi losofía natural.

Por filosofía natural, entiendo yo una filosofía que no se desvanezca en el humo de las especulaciones, sutiles o sublimes, sino una filosofía que se ponga manos a la obra y que trabaje eficazmente para aliviar las miserias de la condición humana. (Bacon 1800 [1623] : 282).

La ciencia ha de servir a la humanidad, en particular la que se ocupa de los asuntos económicos y políticos, para salir del confinamiento monacal al que la ha reducido el feudalismo. Manejada eficazmente, puede ayudar al perfeccionamiento de las técnicas, de la medicina, del transporte, de los cultivos, etc. Descartes retomará, en una fórmula célebre, esta nueva concepción de la finalidad científica: «Convertirnos en dueños y señores de la Naturaleza». Por supuesto, la ciencia también tiene como fin la contemplación de la verdad, tal como se da en las investigaciones teóricas y prácticas. Pero esta verdad sólo encuentra una confirmación en las obras obtenidas a partir de sus aplicaciones. El profundo cambio social de los siglos XV y XVI atraviesa esta visión: la burguesía y la monarquía necesitan una ciencia a su servicio para continuar explorando y conquistando. El frontispicio del Novum Organum es su símbolo: un navío que entra en el estrecho de Gibraltar con esta cita: «Muchos harán la travesía, y con ello el saber aumentará». La conquista de nuevos espacios va acompañada de descubrimientos científicos.

Según esta breve caracterización del método baconiano y de su proyecto, la fuente del saber reside en esta relación constante entre el entendimiento y la sensibilidad, es decir, en una experiencia razonada de todo tipo de fenómenos. El origen del conocimiento se sitúa en ese lugar de reflexión en el que la naturaleza viene a manifestarse y a representarse a la inteligencia. Este espejo significa también aquí, como en todo naturalismo, la reconciliación y unificación de la naturaleza en un todo homogéneo. La gran ruptura contenida en la lógica baconiana consiste más en este inmanentismo que en la defensa de la experiencia. Bacon evita ser un empirista; construye una lógica que apunta a regular el uso del logos en la ciencia. A cambio, predi ca sin cesar la adecuación entre las palabras y la materia, entre la lógica y la práctica, entre el herrero y la mina; finalmente, hace de la unidad de los fenómenos y de la inteligencia su primer principio.

El naturalismo baconiano

Naturalizar el mundo y los hombres requiere una mediación entre las cosas mismas y el lugar de su manifestación, la sensibilidad. Este nexo se realiza gracias a la experiencia en las ciencias naturales, o mediante el uso de materiales comunes en el saber en general. Bacon no es un sensualista; la experiencia para él es una estrategia para modelar los fenómenos hasta que adquieren una significación. El sabio no se limita a observar pasivamente la naturaleza, acumulando percepciones de manera de sinteresada como si fuera una máquina inerte. Desde las primeras sensaciones, la razón está en acción y esta colaboración prosigue hasta las más elevadas generalizaciones, aunque se inviertan las proporciones. La experimentación revela al hombre que su lenguaje ha de ser el mismo que el de la naturaleza.

Esta voluntad de reconciliación explica el combate contra la escolástica, que no es tanto una crítica a Aristóteles (cuyos conceptos impregnan las obras de Bacon), cuanto un rechazo de los discursos artificiales, desconectados de lo concreto. La crítica baconiana no es física, como en los paduanos, sino metodológica. Es por eso que su con cepción de la naturaleza se inspira a la vez en Aristóteles y en Demócrito. En el No vum Organum, ilustra su método con el tratamiento de un objeto físico: lo «caliente»1. Forzado a estudiar este objeto con cualidades heredadas del aristotelismo, desarrolla una física cercana a la tradición, más bien conservadora en comparación con las innovaciones de los físicos italianos. Al mismo tiempo, parece conocer, y tal vez aprobar, el atomismo antiguo, que evoca en diferentes ocasiones.

Este [Demócrito], más abiertamente que nadie, defendió la eternidad de la materia y negó la eternidad del mundo; y con ello se acercó mucho a la verdad del relato divino, donde se dice que antes de la obra de los seis días la materia era todavía informe. (Bacon 1997 [1619] : 97).

Es en las cosas más pequeñas donde mejor se revela la naturaleza. Esta regla tiene tanta fuerza en física que produjo los átomos de Demócrito. Sin embargo, también en el campo de la política la utilizó con razón Aristóteles, quien, a partir de la consideración de una simple familia se eleva al conocimiento de la república. (Bacon 1800 [1623]: 6).

Las concepciones físicas de Bacon provienen de diversas fuentes, pero siguen siendo tributarias del aristotelismo dominante en su tiempo. Si bien defiende una práctica radicalmente nueva para los sabios, no logra la misma subversión cuando se trata de aplicarlas a la teoría física. Viniendo de un hombre cuya carrera le lleva a tomar las riendas del reino de Inglaterra, esta insuficiencia es comprensible. Por otro lado, los filósofos físicos no logran sistematizar en un método de pretensión universal lo que realizan en el ámbito de la naturaleza. Tal vez una vida de intrigas y de luchas políticas dio al filósofo canciller la distancia necesaria para ver claramente los defectos de la ciencia de su época.

Convertir a Bacon en un materialista daría una imagen errónea de su filosofía. Como todos los naturalistas, lleva a cabo una unificación de la realidad que produce un inmanentismo que cuestiona las creencias sobrenaturales y otras sutilezas trascendentales. En eso entronca con uno de los más poderosos caracteres del materialismo antiguo. Sin embargo, escribe también:

Todo conocimiento ha de estar limitado por la religión y estar relacionado con la utilidad y con la acción. […] El estudio de las criaturas de Dios tiene por finalidad el conocimiento. […] Y en el caso de la naturaleza de Dios, este mismo estudio ya no tiene como fin el conocimiento, sino la admiración. […] Los sentidos nos hacen descubrir las cosas naturales, pero velan y enmascaran las cosas divinas. (Bacon 1986b [1603]: 24-25).

El inmanentismo es algo más contenido frente a la cuestión del origen; la trascendencia surge cuando nos preguntamos de dónde viene el mundo, lógica y cronológicamente. Incluso el origen del conocimiento remite al creacionismo: «Todo lo que no es Dios, sino una parcela de este mundo, la ha hecho Dios para ser comprendida por el espíritu humano» (Bacon 1986b [1603]: 29). La naturaleza es totalmente accesible a la razón humana, a condición de hacer de su origen una exterioridad irreductible.

La naturaleza puede fragmentarse así en diferentes pedazos, en función de los fenómenos estudiados. Cada parte de la naturaleza halla entonces su correspondencia en la inteligibilidad de la razón. Las clasificaciones de los saberes experimentan esta adecuación entre la realidad y la facultad de conocer; si sólo quedan por descubrir los múltiples nudos de esta correspondencia, los misterios desaparecen definitivamente del mundo. La clasificación baconiana tiene como objetivo mostrar que ningún dominio ha de escapar de la ciencia (excepto el origen y el comienzo); que a cada parcela de materia le corresponde un conocimiento. Todo el espíritu de reconciliación naturalista está contenido en este trabajo de conjugación.

A semejanza del movimiento de las ciencias de la época, Bacon se ve conducido implícitamente a separar los conocimientos científicos de las especulaciones metafísicas. Los progresos en medicina, en astronomía, en física y en matemáticas tienden a separar cada especialidad en un cuerpo autónomo de saberes. La física se convierte en una disciplina cada vez menos confundida con la filosofía. Bacon efectúa la separación entre la ciencia en general, cuyo criterio de validez fundador (la experiencia) enuncia, y la filosofía, en tanto que discurso desencarnado e incontrolable. Cierta mente, sus conocimientos científicos contienen aún nociones escolásticas, pero él se propone verificarlas mediante el trabajo experimental. Esta escisión que engendra el naturalismo tendrá repercusiones importantes en el siglo XVII, en la medida en que la física empezará a constituir sus propias reglas de inteligibilidad, especialmente con las matemáticas, prohibiendo así el acceso de la naturaleza al discurso filosófico.

Con Bacon, la ciencia adquiere una doble autonomía: al colocar la experiencia en el centro del proceso cognoscitivo, se da su propio criterio de validez; y volviendo de este modo totalmente cognoscible a la naturaleza, define los objetos de investigación que sólo a ella pertenecen. Las prerrogativas de la filosofía y de la teología quedan circunscritas, mientras que se hace sentir con agudeza la necesidad de independencia de las ciencias. A partir de esta aspiración de los medios ilustrados, Bacon hace un trabajo de síntesis en el plano metodológico. Este derecho de autodeterminación, reafirmado más o menos explícitamente, constituirá para el futuro el nuevo punto de partida por debajo del cual la ciencia ya no aceptará negociar con sus adversarios.

Fuente: Sección 5.4 del Capítulo 5º del libro de Pascal Charbonnat Historia de las filosofías materialistas

Notas:

1. Bacon elaboró una primera clasificación en 1605, en Del progreso y de la promoción de los saberes, retomada y modificada en 1623.
2. Bacon denomina « eucatalepsia » a esta interdependencia.
3. La magia natural no es una práctica oculta o adivinatoria, sino la comprensión de los fenómenos naturales desde el punto de vista de su finalidad o de su esencia.
4. Para retomar la metáfora de Del Progreso y de la promoción de los saberes (Bacon 1991 [1605]: 117).