Frente al juicio de La Haya: Ni Piñera ni Evo Morales, el mar para los explotados chilenos y bolivianos

 

por Gustavo Burgos //

El desarrollo de los alegatos orales en la Corte Internacional de La Haya entre Chile y Bolivia, en pleno desarrollo en estos momentos, ha forzado a todos los sectores políticos a pronunciarse. No haremos una reseña completa de tales posiciones, pero sí una mención en orden a que en su conjunto, el régimen ha reflotado el inveterado chauvismo burgués con que se conduce nuestra política internacional respecto de los países limítrofes. La intangibilidad del Tratado de 1904 y, por él, de los tratados que dan cuerpo al Derecho Internacional Público como derecho de principios, constituye la médula de la posición de Estado, tras la cual se han alineado Bachelet y Piñera. La falta de interés de la población sobre el problema, más allá de lo que exhiben los medios de comunicación, parece una réplica del desinterés que marcó la visita del Papa Francisco en enero pasado. Ni Dios, ni la Patria, ni los héroes del 79, agitan las aguas en Chile, valga la metáfora.

Sin embargo, resulta de interés la campaña que parte de la izquierda chilena ha levantado, alineándose con Evo Morales y que sostiene la consigna de “Mar Para Bolivia”. La referida campaña sostiene que se le debe dar un “acceso soberano” a Bolivia al mar y aunque no lo dicen explícitamente, entendemos que quienes la apoyan plantean algún tipo de cesión territorial. En este sentido la argumentación de mayor significación consiste en que el mar chileno está radicado en las siete familias que licitaron su explotación con la corrupta Ley Longueira, que por lo mismo no está comprometido -al cederse territorio- el interés nacional. “Mar Para Bolivia” se presenta como una forma vicaria de latinoamericanismo, verificada en el incondicional apoyo a Evo Morales. En esta línea, más de alguno afirma que apoyar al Estado Plurinacional de Bolivia es apoyar la causa del socialismo, aunque en general pareciera dominar el concepto humanitario y bastante más ambiguo de que “el mar es de todos”, al decir de Florcita Motuda: “lo que piden los bolivianos es muy poco”.

Creemos que esta campaña de seguidismo a Evo Morales equivoca el camino. El antiimperialismo y la unidad latinoamericana han sido patrimonio de la izquierda chilena desde los tiempos de Recabarren y nunca ella se cimentó en la defensa de un país en particular en detrimento de otro, precisamente porque -más allá de los ponchos y la Pachamama- lo que despliega Morales en política internacional es el chauvinismo boliviano tradicional, el mismo del MNR, Torres y Banzer. Explicar el atraso de Bolivia por la mediterraneidad es patrimonio político de la burguesía boliviana que agita el antichilenismo con motivaciones de unidad nacional para disfrazar su política de colaboración con el imperialismo. Dicho de otra forma, el atraso de Bolivia –y de Chile también- no tiene que ver con la mediterraneidad sino que con su condición de semicolonia del imperialismo, su economía capitalista atrasada, con el latifundio y la monoexplotación de materias primas. Es el capitalismo, la propiedad privada de los grandes medios de producción y la sumisión de la burguesía boliviana a la metrópoli lo que explica su atraso. Aún la recuperación de Antofagasta y la expulsión de todos los chilenos que viven allí serían insuficientes para poner fin al atraso boliviano. Miente Evo cuando acusa a Chile de este atraso y –lo más grave- renuncia con ello a dar una lucha antiimperialista.

 ¿Por qué ocurre esto?, ¿por qué sectores de izquierda chilenos se alinean con el nacionalismo boliviano al que califican de “socialismo”?

El caso de Bolivia y de su presidente Evo Morales, ya en el poder por tres períodos consecutivos, 2005, 2009 y 2014 (gobernará hasta el 2020 como mínimo) convoca a errores. En su política combina radicalismo discursivo y ortodoxia de ajustes fiscales, al tenor del Consenso de Washington, de corte neoliberal.

En la historia de Bolivia, ningún presidente ha obtenido tantas victorias electorales consecutivas y gobernado, democráticamente y con estabilidad política, por un período que hasta ahora alcanzará los 15 años y podría ampliarse aún más después de sus avances con la justicia electoral con reelecciones indefinidas. No hay en la historia de Bolivia, país que ostentaba hasta los años ochenta una extrema debilidad institucional, múltiples gobiernos y golpes de Estado, ningún gobernante ni régimen que se le asimile, democrático o dictatorial.

Esto es autoevidente y no requiere de mayores explicaciones. Es más, de ser por lejos el país más pobre de América Latina, durante el mandato de Morales el desarrollo en obras públicas (principalmente carreteras), transporte, construcción de escuelas (materializando una campaña de alfabetización) y ahora de hospitales, ha observado el crecimiento de su Producto Interno Bruto al punto de ser considerado ahora por el FMI como un país de ingresos medios.

Lo indicado constituye la base material del éxito del “primer presidente indígena”, cuyas medidas, centradas en legitimar el orden institucional boliviano, no han transformado -a pesar de todas estas concesiones a los explotados- a Bolivia en socialista. Este éxito político del nacionalismo boliviano, cuya capacidad de seguir reproduciendo concesiones parciales a las masas dependerá del precio internacional de las materias primas, hacen a Evo Morales el paladín regional del capital extractivo o del extractivismo clásico.

En la construcción de su imaginario redentor de las nacionalidades amerindias oprimidas Evo Morales ha sabido explotar un antiimperialismo de cartón: contra la intervención de Estados Unidos en Venezuela, contra el embargo a Cuba, en favor de la demanda argentina en las Islas Malvinas. Al mismo tiempo se afilió al bloque regional ALBA, apoyando proyectos de “integración regional” que excluyen a Estados Unidos. Denunció el TPP (Trans-Pacific Pact) como un “proyecto neo-liberal”. Pero al mismo tiempo que denunciaba el militarismo de los EEUU, se dirigía a los grandes inversores españoles para invitarlos a invertir en Bolivia en términos ampliamente favorables. En otras palabras, estos pronunciamientos radicales han estado dirigidos a permitir la materialización de políticas económicas imperiales. Evo ha sido muy cuidadoso en diferenciar el militarismo imperial de la inversión extranjera (o imperialismo económico), pues este segundo encaja perfectamente con su estrategia de desarrollo económico capitalista funcional al capital transnacional.

Mientras en La Haya, sosteniendo un juicio contra Chile, Evo Morales habla de integración de los pueblos, su gobierno en el mismo momento inaugura un stand en la Convención de Toronto para atraer inversiones en la minería altiplánica. El ministro de Minería, César Navarro, dijo que “el estar en el PDAC es decirle al mundo que Bolivia tiene las puertas abiertas con una gran oferta mineralógica y que en el país se trabaja de manera coordinada entre los actores mineros, privados, cooperativistas y estatales”. Este es verdadero rostro del gobierno del MAS boliviano.

Evo Morales ha articulado su movimiento, primero en torno a su persona –respecto del cual su movimiento observa un riguroso culto a la personalidad- pero principalmente mediante maniobras envolventes con las cuales ha ido poniendo bajo su conducción a quienes fueran sus adversarios. Las “nacionalizaciones” de los recursos naturales en realidad son alianzas estado/empresarios que garantizan las “legítimas” utilidades de los inversionistas que en algún momento se le opusieron. La “reforma agraria” de Evo consistió básicamente en un acuerdo con los latifundistas permitiéndoles desarrollar una vigorosa agroindustria orientada al comercio exterior, de esta forma las tierras repartidos a los campesinos fueron principalmente tierras fiscales de baja productividad; con esta “reforma”, las élites cruceñas de Cochabamba y Sucre terminaron incorporándose a su gobierno. El propio Rodríguez Veltzé, sucesor del depuesto Carlos Mesa, acusado otrora por el propio Morales como traidor a la patria en su breve interinato del 2005, actúa actualmente como agente boliviano ante la Corte de La Haya en la causa contra Chile.

Bajos impuestos al inversionista extranjero, más de 17 mil millones de dólares en garantía para estos inversionistas, baja conflictividad laboral y una política internacional que legitima al régimen, constituyen los pilares del “socialismo” de Evo Morales. Las peroratas indigenistas, las chombas y los ponchos son la cáscara de un programa político que reditúa enormes ganancias al capital europeo.

Para el trabajador boliviano, Evo Morales representa bajos salarios (los más bajos de América del Sur), trabajo infantil, criminalización de la protesta social (en enero Morales tuvo que retirar su proyecto de Código Penal por la resistencia a las normas que criminalizaban la protesta y limitaban la libertad de expresión) e intervención en las organizaciones de trabajadores, las que tercamente han resistido y hecho retroceder sus planes de flexibilización laboral. Pese a los miles de millones de dólares en reservas fiscales y los excedentes de las exportaciones, el 51,3% de la población vive con menos de 2 dólares al día y el crecimiento económico boliviano ha sido acompañado por la agudización de la desigualdad: el 10% de la población en la cima recibe el 45,5% de todo el ingreso y el 10% más bajo el 1%. Bolivia depende todavía de la exportación de materias primas y de la importación de productos manufacturados. La oligarquía boliviana vive sus mejores días, mientras los trabajadores y los jubilados sobreviven con sueldos y pensiones por debajo de la línea de supervivencia.

El Estado Plurinacional de Bolivia es un Estado burgués, su economía  capitalista se sustenta en la explotación del trabajo asalariado y su gobierno no hace otra cosa que desplegar una política coherente con tales intereses de clase. Las cosas son lo que son y no lo que nuestros deseos de fraternidad nos puedan sugerir. La campaña “Mar Para Bolivia” sirve a Evo Morales y su proyecto político, pero esta campaña no sirve ni a los trabajadores chilenos ni a sus hermanos de clase bolivianos. La campaña “Mar Para Bolivia”, funcional a los intereses del gobierno altiplánico no ayuda a los explotados de ambos lados de Los Andes, porque alienta el nacionalismo chauvinista y saca de escena que el verdadero enemigo es la clase patronal y el imperialismo.

Nos preguntábamos más arriba por qué algunos sectores de izquierda apoyan la campaña de “Mar Para Bolivia”, creemos haber dado las bases para articular una respuesta: por simple error, por la incapacidad de racionalizar el conflicto de la mediterraneidad boliviana en términos de clase y en términos de nación oprimida/nación opresora. Los conflictos sociales no pueden resolverse frente a ningún tribunal porque éstos son –inequívocamente- instrumentos políticos de dominación de clase. Cualquier resolución de la Corte de La Haya será una determinación de las potencias imperiales que crearon ese tribunal. Instar por un fallo favorable a Bolivia en este litigio como hace “Mar para Bolivia”, por lo mismo, importa apoyar la voluntad del imperio y en ningún caso servir los intereses de nuestros hermanos, los trabajadores y explotados bolivianos. La izquierda que apoya esta campaña peca de ingenuidad, de legalismo y democratismo, precisamente porque es en la arena de la legalidad y la institucionalidad donde nunca se han resuelto favorablemente los intereses de los trabajdores.

Hoy día, nuestras republiquetas siguen siendo títeres de las multinacionales y el capital financiero, sometidas como están a la Corte de la Haya un tribunal emblema del imperialismo. Este conflicto va a ser usado en Chile para expulsar a los indocumentados, para intensificar el trabajo informal de los inmigrantes, para alimentar el chauvinismo. A ambos lados de la frontera, este conflicto servirá para avivar el odio patriotero sobre el que se construye el andamiaje ideológico que busca perpetuar la explotación del proletariado y la defensa de los intereses antinacionales de las oligarquías.

La defensa de las privatizaciones, de las exenciones tributarias para las multinacionales, de los intereses de los grupos económicos y el capital financiero, son los que están en juego. Son los intereses de los de los inversionistas y de la oligarquía extractivista, los que están detrás de Evo Morales. Por este lado y tras Piñera están –además de sus intereses personales- los de los Matte, Luksic y la piara de piratas que se enriquecieron con el pinochetismo. Se pelean el mar territorial que la Ley de Pesca en Chile, entregó de por vida a 7 grandes familias de la industria pequera. Ninguna resolución de La Haya responderá a las necesidades de los trabajadores.

Frente a este juicio de La Haya, no corresponde apoyar los intereses patronales que se ocultan –con mayor o menor eficacia- de tras de los gobiernos de Chile y Bolivia. Resulta imprescindible defender los intereses de los explotados chilenos y bolivianos, lo que hoy significa la unidad de los explotados de ambos países en contra de sus clases patronales y del imperialismo. La subsistencia del orden capitalista es la base material de los conflictos limítrofes y las guerras, si hoy Piñera y Morales hacen votos de buena crianza y se muestran respetuosos del derecho internacional, mañana por idénticos intereses nos llamaran nuevamente a la guerra.

Resulta necesario hoy día alzar las banderas del internacionalismo proletario, de la fraternidad de clase y del pacifismo revolucionario. No tomaremos las armas en contra de nuestros hermanos de clase, los obreros y explotados bolivianos. Debemos movilizarnos para expulsar a la burguesía del poder y expropiarla, para consumar la auténtica independencia nacional expulsando al imperialismo, uniendo nuestros pueblos en una Unión de Repúblicas Socialistas de América Latina. Lo que no hicieron ni Bolívar ni San Martín, lo haremos los proletarios unidos de América Latina. Los proletarios de Chile y Bolivia unidos en contra de sus verdugos: los Pinochet, los Banzer y las putrefactas oligarquías antinacionales.