¿Cómo combatir a Piñera?

por Gustavo Burgos //

Demás está decirlo, una luna de miel supone sino amor, al menos deseo de hacer una vida juntos. La expresión se utiliza corrientemente para definir ese tono de gracia u oportunidad de que gozan los gobiernos recién electos, para materializar sus programas en un concierto de armonía social. Si revisamos el caso chileno actual, podemos decir que no alcanza para luna de miel, sí para una comedia de desconciertos, porque la falta de contenidos –a la prensa burguesa le gusta hablar de “relato”- impide cualquier tragedia. No podría ser de otra forma, los novios se conocen y la última vez terminaron bastante mal.

Que Piñera haya iniciado su mandato reflotando explícitamente la política de los acuerdos que caracterizó al gobierno de Aylwin, el primero tras la Dictadura, da cuenta del desgaste del régimen y de la incapacidad de la Derecha para desembarazarse del pinochetismo y asumir las banderas democráticas de igualdad, libertad y todas aquellas que el movimiento de masas –en distintos momentos- ha ido levantando. Dicho de otra forma, en la misma Plaza de la Constitución, el mismo día que Piñera asume –más allá del espíritu protofascista de sus adherentes- el centro del discurso del multimillonario estuvo centrado en buscar un acuerdo con la oposición. No hay forma más explícita de anticipar una derrota que abstenerse formalmente de enunciar tareas políticas y convocar a la ciudadanía que en el papel lo ha distinguido con una reelección. Estos acuerdos –creo recordar que son cinco- que miran una vez más a alcanzar el desarrollo y se limitan a  expresar los deseos de “solucionar” los problemas nacionales de trabajo, pensiones, educación, infancia y una larga retahíla que culmina con la delincuencia, el narcotráfico y la corrupción, miran más bien a dotar de cohesión interna a su alianza política que a disputar un palmo de conducción de las masas.

Hasta este momento el piñerismo ha optado por el camino “concertacionista” que tan buenos réditos dio a la burguesía y al imperialismo. Desde una óptica de clase esto resulta natural, probablemente nunca, después de la crisis de poder que significó la Unidad Popular, la banca, los grupos económicos y las transnacionales habían gozado de tanta libertad y legitimidad política para saquear al país, hiperexplotar a los trabajadores y –encima- gozar de buena imagen internacional. Pero aunque Piñera levante la imagen de Patricio Aylwin, el objetivo hasta cierto punto manifestado, es apoderarse del laguismo que tiene un pie en el ataúd y el otro en el actual Gobierno. El desplante de “estadista” con que Ricardo Lagos criticó a Guillier con motivo de la posición de este último respecto del conflicto con Bolivia, fue no sólo una pasada de cuenta por las primarias de la Nueva Mayoría el año pasado, fue también un gesto claro de disciplina en torno al Gobierno entrante.

La idea de que existen “problemas de Estado” que no admiten debate, o una expresión igualmente espeluznante “problemas país”, hacen evidente que más allá de la formalidad democrática el régimen avanza crecientemente a una política de unanimidad, que no es otra cosa que una dictadura endurecida del gran capital. Pero hacer viable esta política, como para bailar, hacen falta dos partes y la dificultad de Piñera hoy es que su oposición se encuentra desarticulada y con mínima capacidad de colaborar útilmente. Lo único orgánico de la Nueva Mayoría, sobre lo cual podría construirse esta política de acuerdos, es el Partido Socialista, y especialmente sus controladores Elizalde, Allende y cía., quienes son en este momento el puente de plata por el que podría transitar la segunda administración de Derecha. La DC evidencia signos inequívocos de descomposición y el PC está más preocupado de servir de enlace con el Frente Amplio. Una vez más, como ocurrió en 1990, todo depende del PS, la presidencia del Senado de Montes y de Diputados de Maya Fernández dan cuenta gráficamente de esta realidad. Grados más, grados menos, Piñera se dispone a apuntalar al régimen “recreando” la Concertación, la continuidad –los 8 años mínimos de los que atrevidamente se habla- dependerá de la fortaleza de esta política de acuerdos.

En todo caso, no debe perderse de vista que el fracaso de esta perspectiva abrirá la posibilidad de que busque entroncar con el proceso de polarización social, apoderándose del discurso KKK de Kast y enarbolar el ideario de Duterte en Filipinas: definir con nitidez el enemigo interno, la delincuencia, los inmigrantes y el “terrorismo” mapuche. Esto no es mera especulación, el dictador de Oceanía –confeso asesino de traficantes y drogadictos- tiene acorralada a la oposición y se ha embarcado en un proceso fascistizante apoyado en las FFAA, los Escuadrones de la Muerte y el lumpen, que lo ha llevado a distanciarse de los EEUU, explotando el chauvinismo y el anticomunismo. Este es un camino real, ni Duterte ni Kast son fantasmas salidos de una película de terror. Es más, el triunfo electoral de Piñera se debe en buena medida a su capacidad de convocar al pinochetismo duro, a la llamada “familia militar”, tras su candidatura.

Resulta evidente que Piñera no tiene más caminos y esta perspectiva se trazará en uno u otro sentido en la medida que los trabajadores y las masas en general logren entrar en escena. En ambos casos lo que enfrentan los trabajadores es una ofensiva a gran escala para hacer retroceder las movilizaciones y consolidar al régimen.

Con la CUT en estado de coma, la ANEF desarticulada y las organizaciones sindicales padeciendo los efectos de la contrareforma laboral de Bachelet, los primeros focos de movilización estarán radicados –como ya se anunció el pasado 8 de marzo- en la resistencia a los despidos en la administración pública, la CONFECH y por encima de ambas el Movimiento No + AFP, movimiento que en estos momentos no sólo es la principal organización de trabajadores en el país, sino que además es el campo de batalla de la izquierda que quiera interpretarla.

El Frente Amplio, contrariamente a lo que fue su discurso de campaña, ha intervenido en la instalación de este Gobierno sólo para apuntalarlo, destacándose principalmente por su compulsión genética a alinearse en política internacional con los EEUU, como lo demostró su apoyo a los diputados UDI y DC expulsados de Cuba por pretender ingresar el primero y hacerlo el segundo, para participar de actividades contrarrevolucionarias. El Frente Amplio no ha llamado a la organización ni a la movilización, muy por el contrario ha observado un discurso rigurosamente ajustado al plano institucional que hace prever en principio un acuerdo con el ala “izquierda” del PC (Jadue, Vallejos).

En este escenario surge la pregunta con que se titula esta nota: ¿cómo se combate a Piñera?. No sólo la contrarreforma laboral, también la reforma educacional que siguió la línea de subvencionar a los privados sino también el proyecto de reforma previsional, la privatización del Litio y el TPP (ambos suscritos en penumbras), estos hechos ponen en evidencia que Bachelet y Piñera –con las obvias diferencias- persiguen en lo sustancial un fin común, la preservación del régimen y de los intereses del gran capital. En este sentido es imprescindible hacer claridad en orden a que combatir a Piñera, consecuentemente, sólo puede hacerse en tanto se combata al régimen en su conjunto. La disyuntiva democracia/dictadura con que penosamente se llamó a votar por Guillier ha revelado carecer de toda sustancia política. Luchar contra Piñera supone agrupar al conjunto de la izquierda en torno a las banderas de la revolución socialista, precisamente porque sólo acabando con la explotación y consecuencialmente con la propiedad privada de los grandes medios de producción, podrán realizarse las tareas democráticas que demandan las movilizaciones y que, por lo mismo, es sólo en la arena de la movilización y la acción directa –armas de la clase obrera- donde se verificarán las reivindicaciones que agitan la lucha de clases en Chile.

Hay una trampa, habitual en el reformismo de izquierda, que es suponer que la enunciación del ideario revolucionario asusta a los trabajadores y a los explotados en general. Que el discurso revolucionario no garantiza la unidad y que por estas razones la izquierda debe limitar su accionar a “influir” en el proceso, induciendo avances que paulatinamente cambien la correlación de fuerzas. Este discurso razonable y fuertemente enraizado en el sentido común, condescendiente con los trabajadores -a los que infantiliza- pretende ubicar el trabajo político de la izquierda en la retaguardia social con la sola mirada en los procesos electorales. Se les escucha decir que resulta necesario “encantar al 50% que no votó” y otras lindezas por el estilo.

La realidad y la historia nos dicen otra cosa. Cada vez que la izquierda renuncia a su responsabilidad programática y de clase, alineándose con una facción de la burguesía o la pequeñaburguesía, termina destruida y lo que es realmente importante, resultan derrotadas las masas. El discurso reformista, en la práctica, divide y desmoraliza. El discurso de la izquierda reformista lo único que garantiza –más temprano, más tarde- es la derrota. El triunfo electoral de Piñera –por más que se empeñen en minimizarlo- es una derrota para los trabajadores y esta derrota es la consecuencia directa de que la izquierda se alineó con la política patronal y timorata de Guillier.

Lo hemos planteado otras veces parafraseando a Safatle, la izquierda no debe temer a decir su nombre. La polarización social que sacude al régimen y lo ha debilitado al extremo de obligar a la burguesía a desarrollar una línea de acuerdos nacionales, es un signo de que debemos pasar a la ofensiva. Debemos organizar un frente de trabajadores que confiera a la movilización y sólo a nuestras propias fuerzas, la capacidad de materializar los reclamos que el proceso exige. Sólo los trabajadores, sólo la clase obrera movilizada puede combatir a Piñera. No se trata de organizar bancadas. Se trata de garantizar la unidad de los trabajadores, se trata de abrir las Alamedas, se trata de hacer barricadas.

 

(Imagen: 1º mayo 2017, Estación Central, Santiago)