Cincuentenario 1968: el feminismo revolucionario en las empresas

por| Annick Coupé, Christine Poupin

 

Prólogo al libro de Fabienne Lauret

Annick Coupé

Cuando Fabienne Lauret me hizo el honor de proponerme escribir el prólogo de su libro, he aceptado inmediatamente por dos razones.

La primera razón es que Fabienne y yo somos de la misma generación; las dos estamos comprometidas desde hace mucho tiempo con los movimientos sociales y su historia debía necesariamente interesarme. La segunda razón es que no ha habido (según mi conocimiento) libros de mujeres implantadas en las fábricas; ¡como si esa cuestión de la implantación de militantes de extrema izquierda en los años setenta solo hubiera concernido a los hombres

Este libro es en primer lugar una historia de vida y de compromiso de ¡50 años! Una vida que fue marcada por mayo del 68: ya nada será más como antes para numerosas jóvenes estudiantes y asalariadas, que tomaron parte en ese bonito mes de mayo, en su instituto, en su universidad y a veces en sus fábricas.

Es también un testimonio remarcable sobre la condición obrera en una fábrica que quería ser vista como el buque insignia de la industria automóvil francesa: las condiciones de trabajo en las cadenas de producción, la jerarquía, el lugar de los obreros inmigrados, los sectores de producción reservados al 10 % de las mujeres asalariadas en el sector… En él leemos también la solidaridad, los momentos de luchas colectivas, las huelgas y también la represión o la división sindical.

Fabienne dice que no quiere hacer un trabajo de socióloga y sin embargo es un bello ejercicio de sociología que ¡vuelve a dar a voz a las y los que vivían su pertenencia a Renault a la vez como un orgullo y como un sufrimiento!

He aquí una narración singular de un compromiso político y social, que atestigua que esas mujeres han querido en primer lugar poner en coherencia sus ideas revolucionarias y su modo de vida. Ello pasaba entonces por compartir las condiciones de vida de los obreros y, más generalmente, sus condiciones de existencia.

Este libro traza la historia de ese compromiso asumido por Fabienne en 1972 cuando fue contratada en Renault Flins, donde permaneció hasta su jubilación en octubre de 2008.

Como ella escribe tan bien: Mayo del 68 la propulsó a un mundo desconocido y entusiasmante, un mundo que, justamente, quería acabar con ese viejo mundo desesperante y atrofiado que no escuchaba a su juventud y a su pueblo… Esto no la abandonará jamás y será el fermento de su opción por “instalarse en la fábrica”, algo necesario para acercarse a la clase obrera. Lo hizo en Renault-Flins porque su organización política de la época había analizado que era una de los centros en los que se expresaba la combatividad obrera de mayo del 68: los enfrentamientos con los CRS y la muerte del joven estudiante Gilles Tautin contribuyeron a una visión un poco mítica de esa clase obrera que estaría en el centro de los futuros combates revolucionarios. Todo eso puede parecer un poco ingenuo o incongruente hoy en día, pero Renault Flins era entonces una fábrica de 22.000 trabajadores y trabajadoras, con una organización del trabajo muy dura y jerarquizada. Una fábrica que tenía una tradición de luchas fuerte y sindicatos (CGT y CFDT) particularmente combativos. Su plan de establecerse en fábrica se confrontó con una realidad más compleja que la visión militante, sin duda un poco idealista y un poco romántica, que compartía con sus camaradas de extrema izquierda.

La organización jerárquica del trabajo pesaba muy fuerte, especialmente en el único sector feminizado de la fábrica, el taller de costura en la que se encontró empleada. Las cadencias eran duras, las mujeres resistían pero a veces se desmoronaban… Pero nunca fue cuestionada la organización del trabajo: “tiene la reglas”, “está preocupada por sus hijos”… Era también la doble jornada para las mujeres que trabajaban en equipo. La toma de conciencia feminista de Fabienne fue consolidada por el hecho de compartir esa condición obrera femenina cotidianamente. Por supuesto que hubo también solidaridad, solidaridad frente a los jefecillos (hombres, inevitablemente), solidaridad frente a los problemas que cada una encuentra en su vida personal y familiar… El combate por el derecho al aborto se convirtió en una cuestión decisiva en la que estuvieron concernidas las mujeres de todos los ámbitos.

Convertida en delegada del personal en 1973, se enfrentó con prácticas y discursos sexistas en un ambiente laboral masculino en el que tuvo que ejercer su mandato: silbidos admirativos, bromas obscenas, miradas lascivas: fue percibida como una bonita joven mujer y no como una delegada al cien por cien.

Todavía existía la fiesta de las catherinetes, tradición misógina -felizmente caída en el olvido- que quiere que a los 25 años una mujer debía estar casada: la empresa permitía a las mujeres concernidas librar ese día ¡pero debían ponerse un ridículo sombrero rojo y verde! Eso me recuerda lo que me contaron mis camaradas de Cheques Postales cuando llegué a Correos: en esos mismos años setenta, cuando la famosa jornada de las catherinetes, el jefe de centro permitía que, después mediodía, las empleadas librasen e hiciesen una pequeña fiesta con música en el servicio: el jefe del centro en persona venía a bailar con las catherinetes… Cuesta creer en semejante grado de paternalismo teñido de misoginia: ¡sin embargo, no es tan viejo!

Más decepcionante para Fabienne, que descubrió entonces que el sindicalismo estaba contaminado de ese machismo ambiental: algunas mujeres militantes lo tenían difícil para tomar la palabra, con intentos de encerrarlas en los papeles tradicionales (limpieza del local, preparación del café), enfrentamiento con las prácticas habituales del Comité de Empresa: propuestas de cintas pornográficas para la videoteca o calendarios con mujeres desnudas distribuido por un sindicato al comienzo de año…

Su testimonio me trae a la memoria el magnífico film We want sex equalitiy que trata de una lucha de mujeres (en un taller de tapicería de una empresa automóvil en Gran Bretaña al inicio de los años setenta).

Para remover estas posiciones será necesario tiempo, paciencia, pedagogía y broncas. Será necesario convencer a los militantes hombres del sindicato e imponer nuevas prácticas: por ejemplo, organizar las giras sindicales en los talleres en dúo mixto o desarrollar las comisiones mujer no mixtas para permitir que las mujeres sean una fuerza colectiva y hagan oír sus voces. Estos combates en el seno de la empresa y del sindicato iban acompañados del compromiso con el movimiento feminista de la época, especialmente en la constitución de grupos mujeres en los barrios.

Fabienne ha guardado aferradas al cuerpo sus convicciones feministas de esta época, a pesar de las dificultades, los fracasos a veces de ciertos combates y algunas heridas íntimas que ha costado mucho cicatrizar y de las que habla con delicadeza.

Renault era una fábrica cosmopolita, con decenas de nacionalidades y obreros inmigrados que la empresa iba a buscar, a veces, a lejanos países, esperando encontrar una mano de obra más dócil que los obreros franceses demasiado sindicalizados. Trabajo inútil, ya que esos obreros se organizaron, se revolvieron. Estaban en lo más bajo de la escala salarial y de las cualificaciones, en las condiciones de trabajo más difíciles, sin esperanza de conocer una progresión profesional. Esa situación les llevó a organizar huelgas muy ofensivas, por la dignidad y la igualdad. A veces, esas movilizaciones dieron lugar a tensiones muy fuertes con la dirección y los capataces, de algunos de los cuales tenían comportamientos racistas. Esos movimientos suscitaron también debates a veces tensos en el seno de las organizaciones sindicales. Esos obreros tomaron todo su espacio y permitieron avanzar hacia una mejor asunción de lo que vivían, afectados por comportamientos racistas en y fuera de la fábrica.

Este libro nos cuenta también el aprendizaje de un sindicalismo combativo, de la organización de las acciones, de las huelgas y de las tensiones relativas a todos los movimientos: ¿cómo implicar a las asalariadas en la dirección de la acción y de las negociaciones? ¿Cómo convencer y ensanchar un movimiento? ¿Cómo sobrepasar el miedo de lanzarse a la batalla, sobre todo cuando se es una mujer? Con mucha emoción, Fabienne nos cuenta su primera huelga, su primer paro, un cierto miedo de la mirada de los otros, el temor a que sus colegas no la sigan…¡Y la felicidad cuando se consigue hacer retroceder a la dirección y los momentos de solidaridad festiva que lo acompañan!

Este libro no aburre nunca: también habla de la vida. Incluso aunque la fábrica está en el centro de esta narración, hay vida fuera de la fábrica: amores y amistades, libros, cultura, compromisos ciudadanos, pequeñas alegrías cotidianas…

Un libro bello porque deja de lado la nostalgia o la lamentación, más aún el arrepentimiento. Al contrario: de esas decenas de años pasados en Renault-Flins, Fabienne nos transmite su voluntad de continuar participando en los cambios en el mundo, incluso si ese mundo ha cambiado mucho desde ese 3 de mayo de 1972 en el que traspasó las puertas de esa fábrica. Algunos querrían liquidar mayo del 68 y su herencia: frente a ello, el libro de Fabienne es un sagrado antídoto. En ese sentido, merece ser leído por los y las de la generación de Fabienne pero ¡también por las nuevas generaciones que no aceptan que se les prive de toda esperanza de cambiar el mundo!

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La otra cara de Flins. Una feminista revolucionaria en el taller

Christine Poupin

El libro de Lauret hará revivir a la generaciones más viejas, y a las más jóvenes de entre nosotras hará descubrir una época: la inmediata tras mayo del 68, en la que la posibilidad de cambiar el mundo parecía al alcance de la mano. Animadas por esta inminencia, la juventud revolucionaria, mujeres y hombres, no entendía su vida fuera de un compromiso militante global: entrando en las grandes fábricas, en Correos, en la SNCF (Sociedad Nacional de los Ferrocarriles, empresa pública que en la actualidad el gobierno Macron pretende privatizar, ndt)…, pero también abarcando el conjunto de sus alternativas vitales, en su entorno, en la vida cotidiana y en las relaciones humana.

El feminismo trastornó también el militantismo alrededor de la idea central que lo privado es político. Mientras que en los centros de trabajo el 25 de noviembre se festejaban aún las Catherinettes, refente a las mujeres “todavía solteras” a los 25 años; mientras que la fiesta de las madres era la ocasión para regalos domésticos, incluso por parte de las organizaciones sindicales, los grupos de mujeres florecían un poco en todas partes, el combate por el derecho al aborto movilizaba masivamente… Serán necesarios algunos años y mucha determinación para hacer surgir las comisiones sindicales mujeres.

El relato cubre cerca de cuarenta años pasados en la fábrica de Flins en el taller de costura y en el Comité de Empresa. Es profundamente humano, rico en retratos de obreras, de sindicalistas, de militantes… Fabienne también habla de las “huelgas a gogo”. Entre 1972 y comienzos de 1983, “ ni una semana, ni un mes, ni un año sin huelga ”. Sectoriales o generales, largas o cortas, victoriosas o no, estas luchas eran reveladoras de las relaciones de fuerza y de las cuestiones planteadas : duración del trabajo (huelga del sábado a la mañana), organización del trabajo (reorganización de las cadenas) y sobre todo del lugar de los trabajadores inmigrantes, de la huelga de 1973 calificada de huelga de salvajes para estigmatizar a los huelguistas, esos obreros venidos del Magreb o de África para trabajar en cadena, a la del 76 por las vacaciones sin sueldo que permitieran alargar las estancias en el país…

Los debates sindicales y políticos tienen también su espacio, sobre las tácticas de lucha, la auto-organización ; ¡ahí también la gente jóven descubrirá una CFDT que no tiene nada que ver con lo que defiende en la actualidad !