Aporte hacia un reagrupamiento socialista revolucionario en América Latina

por Fernando Gustavo Armas //

I-SOMERA MIRADA HISTÓRICA SOBRE LA “GRAN PATRIA GRANDE” EN EL CONTEXTO DE LA SITUACIÓN MUNDIAL

A dos siglos largos del proceso emancipador de las metrópolis originarias (España, Portugal, Francia, Holanda), y de las que posteriormente aprovecharon y dirigieron la independencia (Inglaterra, Estados Unidos), el sueño de la gran patria grande latinoamericana (una suerte de “Estados Unidos de América Latina” que abarcara desde el Río Grande límite norte de México hasta Tierra del Fuego), aparece más lejano que nunca. Dicho “sueño”, colocado como posibilidad de un desarrollo capitalista unificado, como tarea democrático burguesa de “unidad nacional”, fue expresado de diferentes ángulos y con diferente intensidad por los próceres de aquellas revoluciones políticas (que no fueron sociales justamente porque mantuvieron intactas las relaciones de producción de la colonia).

Con las limitaciones propias de su tiempo histórico, Bolívar, San Martín, Miranda, Belgrano, Moreno, Castelli, Monteagudo, Benito Juárez, Artigas, dibujaron borradores de ese sueño general, pero siempre les faltó una clase social de carne y hueso capaz de sostener ese proyecto. Por eso las “guerras de liberación nacional” anticoloniales terminaron siendo manipuladas por un nuevo colonialismo, el Imperialismo británico primero, y norteamericano después, que generaron otras guerras a su medida, generando una balcanización aún mayor de la que regía en tiempos del Virreinato. El caso de América Central es notable, respecto a la hiper división artificial en pequeños países sometidos, más fáciles de controlar y oprimir.

Los diferentes bloques capitalistas que se formaron a lo largo del último tiempo (en defensa de los intereses de sectores de las burguesías latinoamericanas, como el pacto andino, el MERCOSUR, o el ALBA, entre otros), no sólo no lograron sus objetivos proteccionistas, sino que incluso fueron el terreno de la operatoria de las multinacionales. En el caso de México y Centroamérica, el fenómeno fue aún más grave, con los tratados de libre comercio con Estados Unidos y Canadá.

Y en el caso de Cuba, las presiones objetivas del mercado mundial han impuesto el avance de la restauración capitalista, bajo los controles del régimen castrista.

Los marx-leninistas-trotskystas podemos decir que pronosticamos este fracaso del sueño de la patria grande en clave burguesa, al que oponíamos, revolución social mediante, el planteo programático de “LOS ESTADOS UNIDOS SOCIALISTAS DE AMÉRICA LATINA”. Inclusive, armados con esa estrategia, le dimos forma organizativa a “secretariados”, “comités de enlace” de cuño cuartainternacionalista. Inclusive hoy día existe el PSOCA (partido socialista centro americano), que más allá de su desarrollo y/o voluntarismo, trata de expresar la necesidad legítima de superar en chiquito lo que en grande parece imposible.

Creo que nuestro “sujeto social” para esa unidad socialista de América Latina (la clase obrera en su acepción más amplia) está profundamente enraizada en cada una de sus “patrias específicas”, profundamente ganada al nacionalismo de contenido burgués, o peor aún, al sometimiento que esos nacionalismo han instituido respecto al mercado mundial, o a lo que nosotros llamamos durante mucho tiempo el “IMPERIALISMO”.

Inclusive el peso histórico de la cuestión de los pueblos originarios (de tanto peso en los países andinos, pero también en México o en Chile) se manifestó bajo sus formas pre-capitalistas, muy lejos de empalmar sus reclamos a una estrategia socialista revolucionaria, expropiatoria del gran capital.

Es necesario ligar el fracaso del proyecto de unidad latinoamericana a los acontecimientos que definen la situación mundial en su conjunto: la restauración capitalista en la ex URSS, en China, Europa del Este, y en prácticamente todos los llamados “estados obreros degenerados y/o deformados, burocratizados”, revitalizó al capitalismo como sistema mundial, le permitió un nuevo desarrollo de las fuerzas productivas, logrando crear las expectativas de mejoras en el nivel de vida de la clase obrera a caballo de ese desarrollo.

Como señalamos en nuestro folleto “A CIEN AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA”:  Quizás, subjetivamente, los trabajadores no sientan hoy que tienen sólo sus cadenas para perder, como claramente lo sufrían (1ª Guerra mundial mediante), hace 100 años. El hiperconsumismo es expresión de la forma bajo la cual el capitalismo ha logrado diversificar su extracción de plusvalía y su acumulación de capital. El sistema se sobrevive creando nuevas cadenas, formadoras de conciencia burguesa en una abrumadora mayoría de obreros en todo el planeta. El problema pareciera ser que dichas cadenas no son sentidas como tales por los explotados, sino por el contrario, operan como estímulo permanente en un circuito adictivo cuyo derrotero es consumir más y más mercancías.”

 Al mismo tiempo, la restauración capitalista logró presentar como INVIABLE la revolución socialista, o peor aún, como algo PEOR que el capitalismo vigente.

Las consecuencias de este proceso restaurador han implicado, en el plano económico, un aumento de la desigualdad, un incremento en los desastres ecológicos que tienden a destruir el planeta y la calidad de vida de sus habitantes, y la preparación de nuevas crisis en el ciclo de acumulación del capital. Pero, a estas derrotas sociales de los trabajadores (que sólo transitoriamente pudieron gozar de mejoras parciales, luchas mediante), hay que sumarle la derrota histórica, ideológica y política, que supone la restauración capitalista, que parece haber tirado al basurero de la historia la hoz, el martillo y las banderas rojas.

 El capitalismo se fortaleció objetiva y subjetivamente, lo cual no niega sus contradicciones, sus crisis, sus manifestaciones de barbarie. Nuestra afirmación como socialistas revolucionarios no nos puede impedir negar la realidad adversa bajo la cual militamos.

II- DESARROLLO DE LAS FUERZAS PRODUCTIVAS Y GLOBALIZACIÓN-FORTALECIMIENTO DE LAS BURGUESÍAS NACIONALES

El proceso de apertura de nuevos mercados (restauración capitalista mediante), y la llamada “revolución informática” que significó una enorme innovación científico técnica potenció el fenómeno de “GLOBALIZACIÓN”, que barrió con todas las posibles formas precapitalistas que pudieran quedar en algunos rincones del planeta, universalizando la relación CAPITAL/TRABAJO ASALARIADO en todo el mundo. Más aún: se incorporó a esta relación de producción (y por lo tanto, al fenómeno de extracción de plusvalía y de acumulación de capital) a nuevas ramas de la producción y de los servicios (salud, educación, informática, comunicaciones, y el propio narcotráfico). Se transformó radicalmente la producción agropecuaria, introduciendo tecnología de punta en todos los pasos, proletarizando al campesinado clásico de América Latina. Algo similar sucede con la minería.

Este proceso, que se dio cronológicamente durante la última década del siglo XX y la primera del siglo XXI, significó un desarrollo capitalista muy importante en países históricamente atrasados, o bien de capitalismo restaurado: es el caso de China, la India, Corea, Sudáfrica, Rusia, y también de los principales de América Latina, con liderazgo en Brasil, pero también Argentina, México, Chile, y aún desde su punto de partida inferior, Bolivia, Perú o Venezuela.

Los bajos salarios (en relación a los llamados “países centrales”) aumentaron la extracción de plusvalía. Y en el caso de América Latina, fue especialmente poderoso el impulso dado por el precio internacional de los productos primarios: petróleo, cobre, otros minerales, granos, etc.

Todo este proceso combinado fortaleció a sectores de las burguesías nacionales, no como antimperialistas, sino como fenómenos asociados al capital extranjero. Por eso no es incorrecto llamarlos “neo-desarrollistas”, tomando el diseño programático de los políticos y economistas argentinos Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio de los años 50 y 60 del siglo pasado. Desde luego, fue necesario un fuerte intervencionismo estatal para garantizar el bonapartismo que arbitrara entre las distintas fracciones de la burguesía y el capital extranjero, y también, entre los intereses general de la clase dominante y los trabajadores y demás clases subalternas.

Este proceso general y básico rigió tanto para Venezuela como para Chile; para Argentina como para Brasil; para Bolivia o Ecuador como para Perú. Dependió de la historia particular de cada país, de la lucha de clases concreta, cual fue el revestimiento político que usó el nacionalismo de contenido burgués y el estado bonapartista para garantizar sus intereses y sostener su gobernabilidad.

No hubo, pues, ninguna revolución social en América Latina. La clase obrera no tuvo en ningún caso una intervención políticamente independiente, ni aún en situaciones de crisis política aguda del régimen (como el caso del 2001/2002 en Argentina), o de las importante movilizaciones de masas, como el propio proceso argentino recién citado, o los períodos iniciales de la Venezuela de Chávez, la Bolivia de Evo, o el Ecuador de Correa.

Entonces sí existieron, desigualmente, con las particularidades de cada país y región, importantes luchas y manifestaciones de masas que, a caballo del período de “vacas gordas” del desarrollo capitalista, lograron conquistas parciales de diferente grado y de diferente tipo. En todos los casos, muy por debajo de las posibilidades objetivas que permitía esa bonanza. El “distribucionismo post keynesiano” de los Kirchner, Chávez, Lula o Evo Morales fue bastante mezquino y clientelista, marcado por la matriz de la corrupción y de la propia creación en algunos casos de una “burguesía nacional” a la medida del régimen. Es el caso de la llamada “boliburguesía” venezolana.

Me parece de vital importancia estudiar la cuestión del Imperialismo como fase superior del capitalismo bajo las condiciones actuales del mercado mundial. Advirtiendo que el avance de China, Rusia, Japón, la Unión Europea, plantean una multipolaridad que niega en parte la historia de que América Latina es el “patio trasero” de EEUU, es indudable también que las tensiones continúan, e incluso se han profundizado a partir de la victoria de Trump. Recomiendo como material anexo a este documento el escrito por Manuel Quiroga, en polémica con Rolando Astarita, entitulado “PENSAR EL IMPERIALISMO DESDE LA IZQUIERDA HOY”, que se puede leer íntegro acá.

 

III- CONTRADICCIONES CON EL MERCADO MUNDIAL Y FIN DE CICLO DE LAS EXPERIENCIAS NEO-DESARROLLISTAS, POPULISTAS, NACIONALISTAS DE CONTENIDO BURGUÉS-POSIBILIDADES DEL “VOLVEREMOS”

A partir de la crisis capitalista global, con epicentro en Europa y Estados Unidos, que podemos datar alrededor del 2008, se produce una caída abrupta de los precios internacionales de los productos primarios que enriquecieron a América Latina y que posicionaron a sus burguesías nacionales en el mercado mundial. Desde el punto de vista económico, incluso sin pretenderlos socialistas, nuestra principal crítica al neo desarrollismo de todas estas expresiones políticas nacionalistas burguesas es que mantuvieron intacta la matriz extractivista exportadora de materias primas, fueron sumamente débiles los pasos de industrialización, y actuaron en todo momento asociadas (como burguesías nacionales) al capital extranjero. La relación de Venezuela y EEUU con el petróleo; de Bolivia y las multinacionales que explotan sus minerales; de los países del Mercosur y sus polos sojeros; de Chile con el cobre y sus minerales; y de todos, generando una fenomenal fuga de divisas al exterior, demuestran que este neo-desarrollismo no tuvo nada de antimperialista (mucho menos de anticapitalista, por más que se discursee con el “socialismo del siglo XXI”).

Como bien acredita el economista marxista Rolando Astarita:

“En entradas anteriores señalé que uno de los principales problemas que dificulta el desarrollo en Argentina es que una parte sustancial del excedente (esto es, de la plusvalía) no se reinvierte productivamente en el país, y sale al exterior. Por ejemplo, en polémica con los K-economistas, escribí en septiembre de 2011:

“… en los 2000, y al igual de lo sucedido en períodos anteriores, otra parte fundamental del excedente ha estado saliendo al exterior, sea bajo la forma de remesas de utilidades, pagos de intereses y salidas de capitales que se colocaron en inversiones inmobiliarias y de cartera. La diferencia con los 90 es que esa salida de capitales, en lugar de financiarse con deuda, se financió con buena parte de los excedentes de la balanza comercial. (…) [Entre 2003 y 2010] las salidas netas por pagos de intereses, utilidades y dividendo… fueron por 63.192 millones de dólares. Y los activos externos (incluyen inversiones inmobiliarias, depósitos en el exterior, tenencia de moneda extranjera y diversas inversiones de cartera) del sector privado pasaron de 118.008 millones de dólares en 2003 a 172.888 millones [en 2011]”

 

Además, si bien generaron “movilidad social” en importantes estratos de la población (especialmente cuando se partía de un nivel de atraso, marginación y pobreza muy altos, como la Argentina post 2001, Brasil, Paraguay o la Venezuela pre chavista), esa incorporación de nuevos sectores (campesinos, desocupados, jóvenes, etc.) a la clase trabajadora activa, lo hicieron a la medida de la necesidad burguesa de extracción de plusvalía. La precariedad laboral del kirchnerismo (¡más del 50% de la población económicamente activa con contratos basura o ni siquiera eso!) es un ejemplo palmario de las limitaciones que tuvo para la clase obrera el mencionado desarrollo capitalista.

Cuando se produce el inicio del período de “vacas flacas” comienza un “cambio de frente” de la burguesía nacional, fortaleciendo su entramado con el capital extranjero, atacando las conquistas obreras y sociales del período de bonanza, y buscando formas políticas alternativas de dominación que canalicen el creciente descontento popular con el viejo régimen.

El equilibrio ideal para estos cambios de frente, pareciera estar dado por países como Chile y Uruguay. La “centroderecha” y la “centroizquierda” han construido un régimen político de alternancia, que garantiza la contención institucional del descontento, que amortigua las tensiones de la lucha de clases, y que presenta ante el gran capital las seguridades jurídicas y políticas para las inversiones.

En el caso de países como Venezuela, Argentina, Brasil, Ecuador o la propia Bolivia, el cambio de frente de la burguesía nacional y sus relaciones con el mercado mundial necesitaron también de un cambio en la forma política de dominación de clase. Este es el origen de las famosas “GRIETAS” que polarizan a la sociedad entre dos campos burgueses: uno supuestamente “nacional y popular”, y otro claramente “neo liberal”.

Esta polarización deja poco espacio para una “avenida del medio” (en términos burgueses, el intento de Masa y Stolbizer en la Argentina). Pero también quita espacio a una política obrera de independencia de clase.

Por otra parte, aún desplazadas del poder, las experiencias populistas lejos están de haber muerto. No sólo mantienen un respetable caudal electoral (es el caso de Lula o Cristina) sino que además aparecen como la principal alternativa opositora al “neo-liberalismo” gobernante. Un amplio sector de las masas no evocan estas experiencias por sus limitaciones y por sus frustraciones, sino por los pequeños logros que redundaron en ciertas mejoras en el nivel de sus vidas. Por eso está planteada la posibilidad del “VOLVEREMOS”. Y por eso, como desarrollaremos más adelante, los socialistas revolucionarios estamos obligados a dialogar con esas ilusiones de las masas en el terreno de la unidad de acción con el populismo en el combate contra los gobiernos “neo-liberales”, de “derecha”, etc.

Es verdad que hay un agotamiento del viejo régimen de representatividad de los partidos (cosa notable en Argentina, por ejemplo, de larga tradición de partidos burgueses populares, como el radicalismo, el peronismo y otros partidos con fuerte arraigo provincial). Pero lo que la burguesía ha logrado como clase es estabilizar un sistema de representatividad basado en el sufragio universal. Es decir: el derrotero de las pugnas interburguesas, así como el de las luchas obreras, desemboca por ahora en el circo electoral, que es visto por las grandes masas como el único terreno de transformación política. La acción directa, las huelgas, las movilizaciones, los cortes de calles y rutas están profundamente desprestigiados, no sólo por el discurso de los medios de comunicación reaccionarios, sino porque aparecen como ineficaces ante el poder consagrado por el voto popular. Es nuestra tarea desenmascarar la trampa que significa esta unilateral perspectiva política, avanzando en recuperar los métodos de la democracia y de la acción de bases, directa, asamblearia.

IV-LA SITUACIÓN DE LOS TRABAJADORES-LA CLASE OBRERA Y LOS NUEVOS DESTACAMENTOS DESARROLLADOS EN EL ÚLTIMO PERÍODO – DIAGNÓSTICO Y PRONÓSTICO DE LAS LUCHAS DEFENSIVAS DE LOS TRABAJADORES

En un marco general, mundial, de carácter adverso (cuestión ya señalada en capítulos anteriores), América Latina estuvo atravesada a partir de principios de este siglo XXI por luchas y movilizaciones de masas que ofrecieron la oportunidad para trascender el mero desarrollo capitalista burgués nacionalista y desembocar en situaciones revolucionarias.
Esto no sucedió, porque en ningún caso (ni siquiera en las crisis políticas más radicalizadas, como Bolivia, Venezuela o Ecuador), la clase obrera adquirió el lugar de caudillo de esas movilizaciones de masas, dándoles la impronta de su carácter de clase y de su perspectiva histórica. Esto marca una diferencia esencial con el ascenso revolucionario de los 60/70, en los que fueron necesarias las dictaduras genocidas para aplastar las posibilidades insurreccionales.

En el caso de los países andinos mencionados, el auge de masas fue el sustrato para potenciar construcciones políticas nuevas como el movimiento bolivariano en Venezuela o el MAS boliviano, extremadamente dependientes de liderazgo carismático.

En el caso de Argentina y Brasil, dada la tradición mayor de partidos, una variante del peronismo (el kirchnerismo) y el PT liderado por Lula pilotearon el desarrollo capitalista, se fueron derechizando, para postularse como los garantes de la gobernabilidad.

Cuando comienzan los ajustes a partir del 2008, los propios partidos que canalizaron las ilusiones de las masas se convierten en ajustadores, con distintos tiempos, grados y relaciones de clase.

Esto inicia un proceso de luchas defensivas de la clase obrera, que en general fueron derrotadas, tanto en el plano social/sindical, como en el plano político. Esta mirada general objetiva no niega el valor de esas luchas (seguramente si no se hubieran dado las derrotas hubieran sido mayores), pero es imprescindible este señalamiento realista para preparar en mejores condiciones las luchas futuras. El putchismo, el sustituismo en el campo sindical, en fin, el luchismo extremo sin considerar los necesarios repliegues en orden fueron moneda corriente, impulsados por las organizaciones de izquierda en Argentina. Las Madres de Plaza de Mayo tienen un aforismo que marcó esta tendencia: “LA ÚNICA LUCHA QUE SE PIERDE ES LA QUE SE ABANDONA”. Esto es radicalmente falso. Esta bueno sostener y no abandonar. Pero eso no significa por sí mismo la victoria. Y muchas veces un repliegue en orden, aceptar un retroceso, no es necesariamente “abandonar”.

Lo fundamental de este balance es que integralmente la clase trabajadora latino-americana salió debilitada de estas luchas defensivas. No sólo por el resultado sindical concreto de cada una de ellas (pasaron los despidos, se impuso un retroceso salarial, etc.), sino porque se debilitó la organización sindical (bajó la afiliación y la cantidad de delegados y hubo un descabezamiento del activismo más combativo), y se fue produciendo un divisionismo que multiplicaron los sellos y organizaciones sindicales, que facilita el ajuste “neo-liberal” e inclusive el papel de la burocracia más integrada al gobierno de turno.

En contraste con esta dispersión de las luchas sindicales, debemos registrar tres ejes que tuvieron un carácter movilizador unitario, bien que con diferente grado de masividad:

  1. El movimiento feminista en general.
  2. La lucha democrática contra la represión.
  3. La pelea ambientalista, especialmente contra los agrotóxicos.

Sin embargo, a pesar de su masividad, y su generalización en distintos países de América Latina (en el caso de la cuestión femenina ya tiene un alcance mundial como lo demostraron los últimos 8 de marzo), sus resultados efectivos fueron magros, si nos atenemos que se mantienen o incluso se han agravado las causas que determinaron estos movimientos.

Estas derrotas sociales tuvieron también su correlato en el plano político.

El “golpe blando” que derroca a Dilma en Brasil (y su antecedente con la caída de Lugo en Paraguay), la victoria de Macri en Argentina, la reciente derrota de Correa en Ecuador, y el proceso de derechización de los gobiernos de Evo y de Maduro enfrentando movilizaciones de masas que resisten los planes de ajuste, configuran una situación, que vista de conjunto, plantea un panorama negro para la clase trabajadora latino americana.

V-LA BANCARROTA IDEOLÓGICA Y POLÍTCA DE LA IZQUIERDA LATINO AMERICANA Y LA INEVITABLE DISPERSIÓN ORGANIZATIVA-EL DESAFÍO DEL REAGRUPAMIENTO SOCIALISTA REVOLUCIONARIO

El común denominador de las principales corrientes de la izquierda latinoamericana es su caracterización equivocada del tiempo histórico, su exitismo sobre las posibilidades revolucionarias del auge de masas de principios de este siglo, y su incapacidad para aceptar la posibilidad del desarrollo capitalista en América Latina, incluido el fortalecimiento del nacionalismo de contenido burgués. Esta incapacidad tiene una de sus raíces en un error teórico: seguir sosteniendo en el tiempo la famosa definición trotskista previa a la 2ª Guerra mundial del estancamiento de las fuerzas productivas.

Más allá de la conciencia o inconsciencia de este error teórico, el común denominador de la izquierda se expresó en la sobre-dimensión del auge de masas antedicho.

Una amplia fracción de la izquierda apologizó dicho auge así como a su conducción nacionalista burguesa. Se disolvió (en distintos grados y con diversas particularidades) en el chavismo bolivariano, el MAS en Bolivia, el kirchnerismo en Argentina o el PT brasileño. Compró sin poner precio el “socialismo del siglo XXI”, contribuyendo así a la impostura, a la confusión y a la mentira reformista. Recordemos, tuvo su punto máximo en aquel encuentro contra el ALCA en Mar del Plata. Desde luego, también apologiza el régimen castrista, negando la dura realidad del proceso de restauración capitalista en Cuba. Esta izquierda no es necesariamente stalinista, sino que está atravesada por múltiples corrientes y tendencias, también en pugna entre sí. Actualmente está empeñada en esas pugnas, sin ir a la raíz de los problemas. Es el caso, por ejemplo, de Marea Socialista en Venezuela, que correctamente busca construir hoy una política de independencia de clase del gobierno de Maduro, sin haber iniciado siquiera un proceso autocrítico respecto a su chavismo de la primera hora.

La otra gran fracción de la izquierda es la de cuño trotskista, con importante arraigo y tradición en Bolivia, Brasil y Argentina. Vale, antes que nada, lo dicho en el primer párrafo de este capítulo. Esto llevó a estas corrientes a caracterizar “revoluciones proletarias” donde no las había, y a partir de ahí, detectar “traidores y/o usurpadores de la revolución” por parte de los Chávez, Evo, Correa, Lula, Cristina, etc. Con distintas variantes (también en pugna entre sí), caracterizaban que las revoluciones fueron desactivadas y/o aplastadas por los mecanismos de colaboración de clases, de los frentes populares (tal como los describía Trotsky en la década del 30).

Se pierde de vista que la condición para que haya frentes populares que estrangulen revoluciones pavimentando el camino al ascenso del fascismo, es la independencia formal de la clase obrera. Es necesaria la existencia de partidos obreros de masas (aunque éstos tengan direcciones no revolucionarias). Es el caso de Unidad Popular chilena de los 70, del Frente Popular en España o Francia de la década del 30. En la práctica, la existencia de un proceso revolucionario está en relación dialéctica con cierto grado de independencia formal, organizada en partidos, de la clase obrera. Los mecanismos de colaboración de clases existen en todo momento, como contraste a la lucha de clases. Pero atribuirle un papel de aplastamiento de revoluciones como el que correctamente Trotsky les asignas en el Programa de Transición de 1938 es simplemente estar FUERA DE LA REALIDAD.

Desde esta lógica, la “izquierda populista” es contrarrevolucionaria, ya que contribuye al aplastamiento de sus supuestas revoluciones por el mecanismo del frente popular. Así, las distintas fracciones de la izquierda trotskista rivalizan en abusos de pureza y excesos de sectarismo. No establecen un diálogo vivo con las ilusiones de las masas en el populismo, no comprenden la necesidad vital de la unidad de acción y/o el frente único y construyen intervenciones ultimatistas en los frentes de masas. El mérito indudable que han tenido respecto a sostener (al menos en el plano electoral) una postura de independencia de clase ante los partidos burgueses, no se ve acompañado de una clara propaganda socialista revolucionaria, adaptando el discurso al oído más o menos conservador de sus potenciales votantes. Este electoralismo va de la mano de sus caracterizaciones exitistas y urgentistas: NO HAY TIEMPO PARA EL LARGO Y TRABAJOSO PROCESO DE LA PROPAGANDA SOCIALISTA REVOUCIONARIA GENERADORA DE CONCIENCIA EN LA VANGUARDIA. Son necesarias consignas, slogans, candidatos “que midan”, como recurso para generar “éxitos” y “victorias”.

Es notable que las decenas de fracciones que se han producido a partir de los troncos originales autoproclamados trotskistas no establecen con los mismos delimitaciones ideológicas y/o programáticas profundas, justificando su fraccionamiento y su propia existencia por alguna postura coyuntural más o menos significativa.

Nuestras críticas, expuestas en diversos materiales e iniciativas, no tienen por ahora repercusión en cuanto a debate interno en todas estas organizaciones. Pareciera que la principal “herejía” es aquella que interpela la naturaleza esencial de la secta, aquella que cuestiona el dogma del triunfalismo, del fatalismo revolucionario.

Yo creo sinceramente que las cúpulas dirigentes de estas organizaciones no se equivocan, y que no sólo han perdido la gimnasia elemental de la revisión autocrítica. Yo creo que conscientemente alimentan el exitismo como forma de acumulación rápida, de engorde del aparato, y de sostener sus propias vidas personales como burócratas políticos rentados. Por eso ese exitismo va acompañado, visceralmente, con la autoproclamación revolucionaria: “MI PARTIDO ES EL ÚNICO PARTIDO REVOLUCIONARIO”.

Es interesante también estudiar el proceso de la llamada “NUEVA IZQUIERDA”, que tiene por común denominador un rechazo al aparatismo de la izquierda tradicional, un movimientismo con rasgos anarquistas en su práctica, y una deliberada liviandad ante toda cuestión ideológica y programática. En ciertos casos ha significado fenómenos de masas, especialmente en sus manifestaciones electorales: es el caso del Frente Amplio chileno, o de Ciudad Futura de Rosario, Argentina. El valor que tiene este amplio espectro izquierdista es que no puede ser emblocado plenamente con los nacionalismos burgueses, ni tampoco con las variantes de la izquierda ortodoxa (sea en clave trotskista, maoísta o castroguevarista). Eso, y que en general practica una militancia social, sindical, territorial o estudiantil de base, hace a sus militantes más permeables a la profundización del debate ideológico y político, así como también a la construcción unitaria.

Escribo desde las limitaciones de un pequeño grupo (SOCIALISMO REVOLUCIONARIO) con cierta inserción regional, que intenta abrirse camino a través del contacto con otros grupos y/o individuos que están procesando reflexiones similares.

Si bien nadie puede cuestionar nuestro carácter militante, especialmente refugiado en una correcta intervención político-sindical allí donde nos da nuestro desarrollo, adolecemos del peligro de girar en un círculo vicioso: nuestro realismo y nuestra debilidad pueden ser confluentes para una intervención mezquina en la lucha de clases, no sólo ni tanto en el pronóstico, sino en la acción práctica. Corremos entonces el riesgo permanente a caer en el prejuicio, en clave escéptica. A mi modo de ver, para superar esta característica, es necesario un crecimiento cuantitativo y cualitativo a nivel internacional, que nos ayude a superar el aislamiento, que nos interpele, que nos critique, que nos presione desde otras miradas.

Creo que, por las conexiones en otros lugares de la Argentina, y con grupos de países vecinos (Brasil, Chile, Bolivia), un primer paso de reagrupamiento internacional podría ser una corriente latinoamericana. Al servicio de este objetivo he escrito el presente documento.

(Imagen: óleo del rosario Antonio Berni, New Chicago Athletic Club, 1937)