Castración y sexualidad burguesa: el pubis angelical

por Gustavo Burgos //

Vivencialmente, la medida más intensa de la dominación política se expresa en la sexualidad humana. No es simple perversión que las torturas, perpetradas por los aparatos represivos de los regímenes fascistas, se concentren en los órganos sexuales de sus víctimas. Por lo mismo, el incendio y la violación son actos expresivos de las profundas pulsiones del poder.

En este plano, la represión de los instintos sexuales de forma de adaptarlos a los requerimientos de la cada vez más concentrada sociedad burguesa, es directamente proporcional al surgimiento del moderno estado nacional. De hecho, nunca en la historia el ethos sexual se ha empequeñecido tanto como en nuestros días.

En un orden teórico, la hiperclasificación de las conductas sexuales y su pertinente moralización son la norma áurea de la ética burguesa. La prostitución y la pornografía son la única ventana que permite el régimen capitalista a sus esclavos. Sobre este concepto Wilhelm Reich, en su período bolchevique, agotó teóricamente el tema y planteó en este orden los desafíos de la liberación sexual en el marco de la revolución proletaria.

En nuestro país, es sintomático que el pinochetismo, barrido políticamente por el escándalo del Penatagate, ha encontrado un refugio –penoso pero refugio al fin- en el oscurantismo antiabortista.

Esta es una cuestión que captó perfectamente el recientemente fallecido Pedro Lemebel, poeta que hizo de la liberación sexual un programa artístico y político. A pesar de que no entiendo su obra, ni comparto su propuesta, es evidente que la trinchera cavada por Lemebel buscaba desafiar el orden social machista, provinciano y homófobo, en el que surgió. Si lo logró o no, es harina de otro costal.

Así las cosas, el epítome de la represión sexual, qué duda cabe es la castración. En la cultura agrícola, salvo los elegidos para la reproducción, los novillos son castrados y hacer de ellos bueyes para las labores de campo, dóciles y fuertes.

En un plano simbólico, el complejo de castración es un concepto perteneciente al psicoanálisis y refiere a una estructura que irrumpe en el psiquismo humano a edad temprana, en íntima relación con el complejo de Edipo, esto ocurre entre los tres a cinco años, aproximadamente. Básicamente, se trata en el varón del miedo a la pérdida del falo (más allá del pene, en tanto representación de poder, superioridad y posibilidad de reunificación con la madre) a manos de su padre, y en la mujer a la constatación de que “ha sido castrada”.

El concepto fue descrito por Sigmund Freud por primera vez en 1908 en el texto Sobre las teorías sexuales infantiles, aunque había sido previamente referido ambiguamente en 1900 en La interpretación de los sueños como amenaza de castración.

Freud construye su nomenclatura partiendo de la iconografía y marco conceptual griego clásico, aún cuando el concepto totémico, falocrático, es común a todas las culturas. De ahí que el vienés optara por la figura edípica como arquetipo.

Es probable que Freud, como judío, haya optado por no analizar una costumbre mucho más cercana temporal y espacialmente, cual era la de los castrati, por la cercanía de ésta con la Iglesia Católica. La castración de pre púberes varones, con la finalidad de preservar su voz blanca en una caja torácica de adulto, es una manifestación elocuente del poder masculino burgués.

En este punto la castración deja de ser algo puramente figurativo o psíquico.

Concretamente, la idea de crear castrati surgió durante el siglo XVI en Roma, cuando el papa prohibió que las mujeres cantaran en las iglesias y en los escenarios. Los castrati, eran hombres capaces de cantar con una tonalidad muy aguda, cuyas voces acabarían siendo objeto de veneración, gracias a la combinación antinatural de tono y potencia, al emitirse las notas altas de un muchacho prepubescente desde los pulmones de un adulto; el resultado, según comentaban los contemporáneos, era mágico y extrañamente incorpóreo.

Durante la época barroca fueron el equivalente a las grandes estrellas del pop que tenemos actualmente, Michael Jackson es la más vívida expresión contemporánea de este concepto. Sin embargo, para poder gozar de esta fama, además de ser unos talentosos cantantes, tenían que pagar un tributo muy preciado: sus testículos.

Los niños que quisieran conservar su aguda tesitura durante los años barrocos, tenían que someterse a una operación quirúrgica, llamada orquidectomía. Esta intervención suponía la amputación de los testículos, a fin de que no pudieran producir hormonas sexuales masculinas, responsables, entre otras cosas, del cambio de voz durante la adolescencia.

La castración como negocio.

Se estima que unos 4.000 niños eran castrados anualmente al “servicio del arte”, durante las décadas de 1720 y 1730. Para que fuese efectiva, la castración debía realizarse entre los 8 y 12 años de edad. La súbita popularidad de la ópera italiana en toda la Europa del siglo XVII lo que generó el repentino aumento internacional de la demanda. Al niño italiano que nacía con una voz prometedora lo llevaban al local de un barbero-cirujano en los barrios bajos, lo drogaban con opio y lo metían en un baño con agua caliente. El experto cortaba los conductos que desembocaban en los testículos, que se atrofiaban con el tiempo.

Muchas familias humildes sometían a sus niños a esta barbarie para que pudiesen ganarse un buen sustento y, así, poder sacarles de la pobreza. Sin embargo, otros jóvenes pedían voluntariamente ser castrados a fin de preservar su angelical voz. El resultado de esta práctica, era una voz espectacular que aunaba la dulzura de un niño y la potencia de un adulto.

Los castrati, los mejores amantes de todos los tiempos y estrellas cotizadas por reyes

Carlo Braschi, comúnmente conocido como Farinelli, fue el castrato italiano más famoso del siglo XVII. La foto adjunta a esta nota pertenece a la película de Corbiau, de 1994, basada en este personaje, “Farinelli”.

Para las mujeres de la alta sociedad europea, los castrati eran un ícono sexual. Anécdotas e historias sobre su contracepción y mayor resistencia decían que estos podían centrarse por completo en el deseo de la mujer -que poco importaba para muchos hombres de la época-. El famoso catastro Consolino, sacó buen provecho de sus delicados rasgos femeninos en Londres. Acudía a las citas disfrazado con vestido, y después mantenía una apasionada aventura ante las propias narices del marido. La iglesia prohibió que los castrati contrajeran matrimonio, lo que avivó las llamas del deseo y lo prohibido.

Entre los castrati más famosos destacaron Nicolini, Senesino, Caffarrelli, Salimbeni, entre otros. Pero el más famoso de todos fue Carlo Broschi -conocido popularmente como Farinelli-, cuya vida fue recreada en la famosa película de 1994 que lleva su nombre. Su castración, según versiones oficiales, se debió a que cuando era niño sufrió un accidente con un caballo. Se convertiría en leyenda gracias a la increíble voz que adquirió durante sus largos años de aprendizaje, bajo la instrucción de Nicola Porpora. Todo el mundo se agolpaba para verle, no solo en Italia -donde sería conocido como il ragazzo o el muchacho-, sino también en Viena, Londres y España, donde acabó residiendo 25 años bajo el mandato del rey Felipe V, al que cantaba todas las noches para curarle de la fuerte depresión que sufría.

El declive del castrati

Ya en el siglo XIX, la voz de los castrati fue erradicada de los escenarios, que decidieron incluir la figura de la mujer, pero esta permaneció en el ámbito religioso. En 1878, el Papa León XIII prohibió la contratación de nuevos castrati por parte de la iglesia, excepto en la Capilla Sixtina y en algunas otras basílicas papales de Roma, donde los castrati pudieron quedarse.

Alessandro Moreschi fue el último castrato y del único del que se tienen grabaciones de su voz permaneció en el coro del Vaticano como solista hasta 1898, hasta que fue nombrado director del mismo, compaginando su faceta de cantante y dirección. Un trabajo que mantendría hasta su retiro en 1913. Moriría en la más absoluta soledad en 1922 a los 64 años de edad.

Conclusión

La desaparición los castrati importa no un avance cultural o humanitario, sino que la consolidación de la castración como norma. La masiva incorporación de la mujer al aparato productivo y a las artes hizo caer esta práctica en la obsolescencia e inutilidad, pero arroja hasta nuestros días una de las bases estéticas de la represión sexual burguesa: la reducción de la sexualidad a lo reproductivo. Como dicen los esperpentos de la UDI, a “la vida”.

En efecto, como se afirma más arriba, el antiabortismo -expresión viva del castracionismo- se basa en la idea de que el cuerpo humano es un objeto sometido al control social y cuya única finalidad reconocible es la reproducción. Esta concepción es la castración en sí misma, la negación de la vida sexual y del dominio del hombre sobre su propio cuerpo. La reducción de la vida humana al código genético del embrión, sepultando la vida social, los sentimientos, el amor a la fría y normativa impolutabilidad de un pubis angelical.