‘Tres anuncios en las afueras’ es una soberbia fábula criminal que rebosa misantropía y humor macabro

por John Tones  //

Es casi un milagro que, con el punto de partida de la historia, esquemática y rotunda, que sostiene ‘Tres anuncios en las afueras’ (‘Three Billboards Outside Ebbing, Missouri’), su director y guionista, el irlandés Martin McDonagh, consiga que el espectador empatice con los personajes, que sus dramas y actitudes importen. Pero lo consigue.

Al fin y al cabo, había espacio para la fe después de la negrísima y desnortada ‘Escondidos en Brujas’ (‘In Bruges’) o la metalocura de ‘Siete psicópatas‘ (‘Seven Psychopaths’): si algo se le da bien a McDonagh es dotar de densidad dramática a auténticos desalmados. Los Globos de Oro lo han corroborado con los cuatro premios a mejor actriz, mejor actor de reparto, mejor guión y mejor película dramática.

 

Que no necesariamente criminales o delincuentes. Pero éticamente, hay uno o dos peros que ponerle a Mildred, encarnada por una impresionante Frances McDormand que hace pocas concesiones a la simpatía, en lo que posiblemente es su mejor papel desde ‘Fargo’ -aunque por aquí también somos muy fans de la entrañable boba de ‘Quemar después de leer‘ (‘Burn After Reading’)-. Ella es el motor emocional, uno medio trastornado, de todo lo que sucede en ‘Tres anuncios en las afueras’.

El espectador puede sospecharlo desde que ve el contenido de los tres anuncios que contrata y coloca en la carretera que sale de su pueblo, acusando a la policía (concretamente, al jefe de policía) de no haber hecho todo lo que debía para encontrar al culpable del brutal asesinato de su hija siete meses antes. Todo el pueblo apoya al jefe Willoughby (interpretado con hipnótico acento del sur por un también espectacular Woody Harrelson), y eso pondrá a la población en contra de Mildred.

Como en las películas previas de McDonagh, el director y guionista y juega con nuestras espectativas, y no solo acerca de qué podemos esperar de los protagonistas, empezando por todo lo que germina a partir de los tres carteles del título: ¿está justificado el odio de Mildred al Jefe Willoughby? También juguetea con los códigos de género, y aunque la película ha sido comparada con justicia con el ritmo, el humor sardónico y la tipología de la América Profunda de los hermanos Coen, la película también se adentra en el estilo de un whodunit(¿sabremos finalmente quién es el asesino de la hija de Mildred?) y en la pura observación de una tipología de personajes con muchas heridas por cicatrizar.

Mildred es el prisma con el que ‘Tres anuncios en las afueras’ observa a sus personajes, y por eso su ex-marido es un capullo y su nueva y jovencísima novia es boba. Por eso “el enano” es patético (un Peter Dinklage adorable) y el cuerpo de policía está lleno de imbéciles, chupatintas y torturadores. Empezando por Dixon (otra creación espectacular, y van tres, esta a manos de Sam Rockwell), un auténtico enigma policial del que no está claro qué debemos pensar.

Está claro que ‘Tres anuncios en las afueras’ es una película “de personajes”, pero está claro también que estos no se ajustan a ningún esquema claro. Buena parte de la culpa la tiene el empeño de McDonagh en ser militantemente imprevisible, lo que conduce a un tramo final, precisamente cuando todo parece que se orienta a uno de los géneros mencionados arriba, que posiblemente se convertirá en lo más discutido de la película por el radical giro temático y tonal que propone. Pero es parte del juego de McDonagh que, no lo olvidemos, hace cine, pero también reflexiona sobre las rueda dentadas que lo hacen funcionar.

Como autor teatral antes que director de cine, McDonagh cincela estos personajes gloriosos (a los mencionados se suman el cartelista afroamericano, el responsable de la agencia de publicidad, la familia de Mildred o la mujer del sheriff) a golpe de diálogo profano y con fondo negrísimo. Palabroteros y faltones, los diálogos también son hilarantes, y el mejor ejemplo es una secuencia de auténtica reverencia, el diálogo que Mildred tiene con el sacerdote del pueblo, y que es a la vez un chiste perfecto y una reflexión afiladísima sobre una tragedia cotidiana.

De algún modo, a base de una combinación extrañamente equilibrada de planos de gran belleza formal, monólogos verborreicos rebosantes de deliciosas obscenidades que los actores parecen lanzar como si fueran piedras y momentos de calma surgida de lo inesperado (construcciones e instituciones que arden, establos a punto de contemplar una tragedia, carreteras que no van a ninguna parte), ‘Tres anuncios en las afueras’ parece hablar de cómo gente que no se entiende acaba encontrando puntos de contacto. Caracteres dispares y actitudes opuestas con objetivos comunes.

‘Tres anuncios en las afueras’ habla de casualidades y de gente sin metas en la vida que acaba encontrándose sentido, pero también de cómo esas cosas hay que azuzarlas. Aunque sea desde el rencor. El que lleva a una madre sin nada que perder a poner tres anuncios maleducados en las afueras de Ebbing, Missouri.