Los problemas de la izquierda revolucionaria

por Gustavo Burgos //

El día de ayer los fiscales Gajardo y Norambuena renunciaron al Ministerio Público, en protesta por la política de impunidad que ha caracterizado a su institución respecto de los casos r de corrupción y financiamiento ilegal de la política. El Fiscal Nacional Abbott, en una pobre defensa de su proceder, indicó que su institución era “más que dos fiscales”.

Durante la alicaída gira por el país del Papa Francisco, que estuvo acosada por protestas del pueblo mapuche, denuncias de víctimas de abusos sexuales y de los fieles de Osorno, el pontífice minutos antes de tomar el avión a Perú, indicó que las denuncias de encubrimiento de abusos sexuales que pesan sobre el Obispo Barros son calumnias: “Hablaré cuando me presenten pruebas”. Unos días atrás un alto funcionario del Banco Mundial denunció las maniobras del organismo internacional para perjudicar al gobierno de Bachelet y beneficiar a Piñera. Cuando el polvo del escándalo aún estaba en el aire, Guillier y Frei se reúnen con Piñera para “hablar de futuro”. En la misma semana –entre gallos y media noche- CORFO (el gobierno de Bachelet) y SQM (Ponce Lerou) pone término a los litigios pendientes y consolidan la explotación privada de la mayor reserva de litio del mundo (45%) permitiendo a la minera explotar litio en el Salar de Atacama hasta el año 2030, aumentando su cuota de extracción. De rodillas ante el capital y el imperialismo.

Lo que observamos no es un simple ejercicio de la impudicia del poder. El régimen, luego de pasada la contienda electoral y aprovechando el impulso, trata de escorar el país hacia la derecha y contener cualquier manifestación de protesta silenciando los conflictos y escándalos que han abierto una grieta en su interior. Se cierran negocios a la rápida y se preparan para lo que sabe será difícil, el gobierno de Piñera no sólo deberá lidiar con minoría parlamentaria sino que enfrentará a un movimiento social que tras cuatro años de Bachelet sigue en pie y también se prepara para pasar a la acción. Por eso decíamos -hace ya un tiempo- que la hegemonía piñerista de los “Tiempos Mejores” era algo imposible y que el sensible debilitamiento de los partidos, la Iglesia y las instituciones legitimadoras del orden social y la democracia burguesa, contra todo designio y a pesar de la estruendosa fanfarria de los medios de comunicación, genera un cuadro global de crisis.

Pero esto no significa que avancemos hacia una crisis revolucionaria. Al contrario, el desarrollo de la actividad del movimiento social, de los trabajadores, enfrentará enormes obstáculos. El Piñera que gobernará –hay varios signos en ese sentido- será muy probablemente el conciliador de la segunda vuelta, asestará golpes simbólicos de seguro al designar su Gabinete, pero en general buscará aprovechar el derrumbe de la Nueva Mayoría y apoderarse del laguismo y de la política de los consensos que caracterizó a la Concertación. La burguesía chilena no tiene otro camino, artrítica y petrificada por la hiperconcentración de capital, el régimen no tiene más instrumentos de qué valerse, no puede sino que reiterar compulsivamente aquello que otrora le rindió frutos. En momentos en los que la dinámica bipartidista del duopolio hace aguas por todos lados, debe seguir caminando aunque ahora sólo tenga una pierna. En este contexto la polarización social y política que son el signo distintivo del momento, deja a los trabajadores y a los explotados en general sin siquiera la perspectiva de la formación de un referente político revolucionario que exprese sus intereses.

Hemos analizado –desde las páginas de El Porteño- desde distintas perspectivas lo inviable del reformismo burgués del Frente Amplio. Lo hicimos en un momento, aún antes de la elección de Sharp en Valparaíso, en que creímos posible la incubación de un proyecto revolucionario desde las filas de ese movimiento. Sin embargo el proceso político, la lucha de clases, pone a cada cual en el lugar que le corresponde, mucho más allá de las declaraciones de voluntad. El Frente Amplio ha quedado empantanado en el reformismo burgués keynesiano, ciudadanista y luego del abrumador éxito electoral de Revolución Democrática –la derecha de este movimiento- tiende en estos momentos a consolidarse en una matriz socialdemócrata convencional a lo Corbyn, PODEMOS o Syriza. De forma convulsiva la Nueva Democracia, Izquierda Libetaria e Igualdad, con dinámicas diversas, enfrentan un proceso de descomposición que los lleva a subsumirse en RD o el Movimiento Autonomista. No es tema de esta nota analizar ese proceso, baste con señalar que el curso de este movimiento en nada concurre a resolver el problema de la dirección política de los trabajadores, perspectiva que el frenteamplismo rechaza expresamente por lo demás.

No sólo en la coyuntura, ni en la situación política en general, la época que vivimos de descomposición social del orden capitalista, la construcción de un partido revolucionario, de la dirección política de los explotados en lucha, Lenin hablaba de su “Estado Mayor”, resulta un asunto de la mayor importancia. Corresponde señalar  que éste no es sólo un problema nacional, internacionalmente la crisis de dirección del movimiento obrero sigue abierta de forma crónica luego de la destrucción de la Tercera Internacional a manos del estalinismo. Chile no es una excepción y el marxismo chileno, después de Cuba el más antiguo de América Latina, esa corriente marxista que superó persecuciones, matanzas y dictaduras, se encuentra hoy en estado de coma reducida a su mínima expresión. Atesorada por diversos grupos que hoy forman la “microizquierda” –de la que formamos parte- la corriente marxista sigue siendo la columna vetebral de la izquierda revolucionaria chilena, de su vanguardia. Desde Recabarren, la ultilización de un lenguaje clasista en los medios obreros, las prontas expresiones de solidaridad en las luchas y la tendencia a la acción directa no sólo expresan del instinto comunista de los trabajadores, son también el resultado de generaciones de luchadores que han dejado su impronta en la cultura política y en la ética revolucionaria en nuestro país. Debemos reivindicar esta noble tradición de clase, no cabe duda, pero al mismo tiempo debemos superar sus desviaciones legalistas y parlamentaristas. y eso supone un esfuerzo político que apunte a dar expresión orgánica, política y programática a aquello que hoy es una lejana abstracción: la Revolución Socialista.

Para construir este partido no alcanza con agitar la idea del socialismo y condenar al capitalismo. No podemos dar la espalda a los problemas de los trabajadores y cerrarnos a los debates que atraviesan a nuestra sociedad. La primera tarea es ir a la clase obrera, a los centros de trabajo, a sus organizaciones, al movimiento vivo de los trabajadores. Esta primera cuestión –que también fue una tradición de la izquierda- aparece hoy abandonada en dos vertientes. La oportunista que concurre al movimiento a mimetizarse con él o la sectaria que da la espalda al mismo, a pretexto de que el movimiento no levanta las banderas de la revolución. Ambas concepciones –se necesitan dialécticamente- confluyen en la impotencia y la renuncia a dar la lucha por la dirección del movimiento. El origen de este problema no es genético ni psicológico, obviamente es político y se reduce a la incapacidad de interpretar teóricamente la realidad. Los griegos llamaban “teoría” a unos sencillos bancas de piedra, sin respaldo, desde los que se observaba la tragedia en el teatro, esa ubicación, esa capacidad de observación resulta imprescindible si se quiere intervenir para transformar la realidad, no alcanza (Tesis XI sobre Feuerbach!!!) con interpretarla. Esa teoría, seguimos aquí a Trotsky, es el Programa, no un pliego de reclamos ni una plataforma electoral, un Programa que contribuya a desentrañar las leyes que rigen el desenvolvimiento de la lucha de clases y plantee las tareas históricas de la clase obrera en una situación y país concreto.

Nuestro país ha experimentado en los últimos treinta años profundas transformaciones, ninguna de las cuales altera el carácter capitalista y semicolonial de su formación social. Sin embargo, el capitalismo chileno de hoy ha mudado a un punto de lograr una estabilidad política–este fenómeno es común a casi toda América Latina (Argentina, Bolivia)- que no tiene parangón en nuestra historia. El gigantesco crecimiento de la producción, el PIB pér cápita más alto de la zona; el enorme desarrollo del capital financiero tanto en el exterior como interiormente, expandiendo el consumo a niveles superlativos; la transformación capitalista del agro; las obras públicas (puertos, carreteras, etc.); la masificación del acceso a la enseñanza universitaria, por señalar sólo algunos aspectos, son cuestiones respecto de las cuales es necesario tener una planteamiento que interprete y proponga. Estas respuestas son fundamentales porque en estos aspectos se cimienta la propaganda burguesa y proburguesa, la que descansa en las expectativas que tienen las masas de que dentro del orden capitalista su vida será mejor. Una parte importante de la clase obrera y de las capas bajas de la clase media tiene a su primer hijo en la universidad, han comprado su primera casa, su primer auto, el efecto político de estos hechos es enorme. A estos sectores hablar de trabajadores, de socialismo, de revolución les parece algo del pasado, porque el capitalismo corregido es el futuro y el socialismo representa sólo derrotas y frustraciones.

Pero el régimen actual se apoya únicamente en la economía mundial, a la que vende y malbarata cobre, litio, harina de pescado, celulosa, salmones y un estupendo vino. Esta matriz productiva, en términos económicos se encuentra agotada y su capacidad de reproducción dependerá de la capacidad del régimen de asestar nuevas derrotas a los trabajadores. La llamada crisis sub prime del 2008 la pagamos los trabajadores, eso permitió que los grandes consorcios financieros sortearan la quiebra de Lehman Brothers, pero aquella sólo lorgó postergarse. En nuestro país la misma política se disfrazó con los ajustes contracíclicos que permitieron hacer flotar el aparato financiero que subsiste gracias a la subvención estatal por los préstamos de la dictadura y la caja dulce de las AFP. Pero la cuerda de ese trompo se acabó. Esto hará desaparecer la base material en la que se asientan las expectativas, las ilusiones de las masas. Llegado el momento, la pérdida del acceso al crédito y a sofisticados bienes de consumo, la proletarización de los profesionales, en una palabra, el fin de la capacidad del régimen de hacer subsistir esas expectativas abrirá las puertas de la crisis. Algún revolucionario, hace mucho tiempo, lo explicaba en estos términos: “la clase obrera sueca romperá con el régimen cuando los priven de su segundo auto o su casa en la playa”. Esa quiebra económica del régimen, que se avizora inminente, será el punto de inicio de una oleada de resistencia y de lucha popular como no se conoce en Chile desde los años 60. Responder a este problema, cuya profundidad pondrá en tela de juicio la gran propiedad burguesa, es una tarea de primer orden que demanda el mayor de nuestros esfuerzos, estudios y polémicas. Resulta necesario polemizar con las concepciones burguesas y derrotarlas, valiéndose para ello del método científico, alejado de todo tipo de especulación voluntarista y demostrar que la revolución socialista, el gobierno de los trabajadores apoyado en las masas explotadas, la dictadura del proletariado, es la única solución para los problemas nacionales.

Hemos esbozado al menos la cuestión del programa, sin el cual no podremos avanzar. Antes que ello, sin embargo se nos presenta el problema de la organización de los revolucionarios. La derrota inferida a la revolución por el pinochetismo en Chile y la derrota mundial que significó la restauración capitalista en el Este a partir de 1989 borró, de la conciencia colectiva la cuestión del partido. Pareciera que si se habla de dirección, de partido, de liderazgo proletario, estuviésemos hablando de dictadura stalinista, Muro de Berlin,  Henver Hoxa o Kim Jong-un, emblemas todos de la contrarrevolución, burocratismo y autocracia. Esto no deja de ser propaganda patronal. En la lucha de clases la más modesta de las huelgas obreras, requiere de una dirección enraizada en el movimiento que representa y con una mano firme que conduzca inalterable la lucha contra el enemigo de clase. Las recientes movilizaciones –No+AFP, Cobre, Aduanas- han demostrado este aserto: una gran organización de trabajadores, con la perspectiva de la revolución socialista, con la capacidad de disputar el poder, constituye la médula de las tareas de los revolucionarios. Esta organización, construida como debe ser para tomar el poder, debe expresar amplia y democráticamente el movimiento que expresa  y está obligada a participar de todas las acciones que emprendan las masas. En este sentido no necesitamos un aparato para la intervención electoral, tampoco una secta petardista, necesitamos la construcción de un gran partido de trabajadores, un partido moldeado por la estrategia de la revolución socialista.

Hoy, 20 de enero de 2018,  las herramientas político-teóricas y la realidad confluyen. El régimen de la transición pinochetista se cae a pedazos, sus partidos (PDC, PS, PC), su Iglesia, sus tribunales, su institucionalidad en su conjunto. Las masas trabajadoras dan la espalda a  aquello que nos oprimió durante décadas. Se dijo en su momento que el 73 la revolución obrera pegó en el travesaño, las alamedas se abren no como el resultado de la majestad de las instituciones patronales, sino como consecuencia del accionar de los trabajadores. El Movimiento No+AFP como vanguardia y el sinnúmero de instancias de organización popular, constituyen el espacio en el cual desarrollar la política revolucionaria. Es nuestra responsabilidad acometer esta tarea, la revolución está de nuestro lado.

(Fotografía: Santiago 1973, Marcel Montecino)