Piñera, triunfo político y (ausencia) de “hegemonía”

por Pablo Torres //

El significado del triunfo de Piñera

El triunfo de Piñera sobre Guillier fue aplastante. Con casi 3,8 millones de votos (54,6%, 1,4 millones más que primera vuelta, y 200 mil más que 2009) fue la votación más alta para un presidente desde el año 2003 (casi igualando a Aylwin al inicio de la transición). Guillier liderando a la Nueva Mayoría, sufrió la peor derrota de la centro-izquierda desde la vuelta a la democracia. Obtuvo 3,1 millones de votos (45,4%).

Es un triunfo importante de la derecha tras el desastre de la primera vuelta. No solo logró cohesión de todas sus sensibilidades (desde Kast hasta Ossandón, tras un año de fragmentación y fuego cruzado) y una inédita movilización ofensiva de todo el electorado de la derecha (donde sí influyó y no poco, la polarización del “Chilezuela” con que intentaba contrapesar el “anti-Piñera”, y que ayer se movía en cánticos de “Chile se salvó”), sino a la vez un nuevo electorado, el que al parecer logró conectar con su agenda “social” (lo que exigía y fue esencial de Ossandón, para “sintonizar” con un latente malestar existente). Es decir, una combinación de factores (y discursos oscilantes entre el “Chilezuela” y continuidad de “reformas”) que renovaron las fuerzas y la moral de Piñera y de la derecha. La gran mayoría del gran empresariado y sus dirigentes celebraron, así como las finanzas, y entre la celebración de ayer, algunos llevaron bustos de Pinochet.

Es un triunfo político de la derecha y el gran capital, que influye también en la relación de fuerzas de conjunto, no solo porque entrará un gobierno neoliberal de derechas, sino porque con ello buscará avanzar en su agenda más estratégica (nuevos gobiernos).

¿Significa esto que entramos a un giro a la derecha? De ninguna manera. El triunfalismo derechista puede nuevamente llevar a la distorsión de la realidad. El triunfo político a la vez que derechiza la superestructura, no es igual a “hegemonía” derechista, pues la agenda (las “reformas”) tienen un acento a izquierda, razón por la cual Piñera tuvo que proclamar “la gratuidad” (de mercado), y es parte de la relación de fuerzas más general desde el 2011, de un amplia deslegitimación a las instituciones y un existente, aunque contenido, malestar social con los aspectos más irritantes del “modelo” (uno de cuyos pilares son las AFP).

¿Cuál es la paradoja de la elección? Que no hay “giros” unilaterales (a izquierda y a derecha) y es más compleja la relación entre el malestar social y la representación política, en un escenario más general fluido de la relación de fuerzas. Si por un lado Piñera da honor a la relación de fuerzas tomando la “gratuidad” (que sigue siendo de merado) y un discurso de “centro” (que atrae a una derecha tipo Ossandón o Felipe Kast), por otro lado tiene que expresar las bases de una tendencia polarizante en el “Chilezuela” (y las presiones tanto de una derecha más dura como de las que vendrán del gran capital).

Esperar solo “caos” viendo nada más que debilidad de Piñera sería miopía ante el nuevo escenario político. Sin embargo, ver los árboles sin ver el bosque de conjunto, vale decir, considerar a éste como un triunfo estratégico de la derecha, sería un error. No hay en el triunfo político ni la inmediata “estabilidad” que anhela el piñerismo para imponer una agenda totalmente “propia” de derechas; ni tampoco la lucha de clases directa inmediata. Sobre todo porque hoy la hegemonía se trata de recomponer las bases de legitimidad del “modelo”, un objetivo estratégicamente centralmente defensivo.

La derrota aplastante de Guillier, la más importante de la centro-izquierda desde el inicio de la transición, y de Bachelet (que nuevamente le entregará la banda presidencial a Piñera) más allá de los cuchillos largos que se vienen, mostró el agudo agotamiento del progresismo neoliberal de la vieja concertación, de un programa moderado, sin decidirse a tocar los pilares de la herencia de la dictadura (“el modelo”). Es el fin del viejo arco de la centro-izquierda que abrirá un período de su entera reconfiguración. El “frente Anti-Piñera” que se intentó aglutinar y el chantaje del “mal menor” ya no fue suficiente para motivar a un electorado que no vio en Guillier ninguna alternativa real para enfrentar a la derecha, sino decepción y desencanto. El fracaso de la Nueva Mayoría llevará a una completa reordenación del mapa político de la izquierda.

Agenda, relación de fuerzas y hegemonía

“Hacer un buen Gobierno requiere de todos, incluso de aquellos que votaron por Guillier (…) porque el camino hacia tiempos mejores no va a ser fácil”. Así señalaba Piñera ayer en su discurso. Hay dos problemas estratégicos fundamentales que deberá enfrentar:

1) De orden político: Pese a la alta votación, y al buen resultado electoral de Chile Vamos en el parlamento, será un gobierno de minoría. Minoría en primer término porque la votación de Piñera representa el 26,5% del electorado (con abstención del 51%), un factor para nada menor, y que hace a la existente crisis de legitimidad de las instituciones y separación con sus “representados” (mayor aún en sectores populares y la juventud). No solo tendrá que gobernar a una coalición más “fragmentada” en diversas tendencias (y sin hegemonía UDI), sino que necesitará de alianzas para pasar sus leyes.

En la Cámara de Diputados (155 parlamentarios) tiene 72 diputados (46%). Fuerza de Mayoría (PS, PR, PC, PPD) tiene 43, la DC 14, Frente Amplio 20 (11 RD) y luego hay 4 diputados regionalistas verdes, 1 PRO y 1 ex DC. En el Senado, donde casi se ha mantenido el binominal, Chile Vamos son 19, FM 15 y 4 la DC. El FA conquistó 1 Diputado por Valparaíso.

Si no pretende gobernar por “decreto” (una hipótesis tampoco descartable) pasando por encima del parlamento, está obligado a negociar acuerdos y ganar aliados, ya sea entre la DC (que vive una crisis histórica y un quiebre en su dirección) o entre regionalistas verdes. Si lee bien la relación de fuerzas Piñera, no sólo tendrá que mantener las “reformas” implementadas por Bachelet, sino gobernar mediante acuerdos parlamentarios, en un parlamento con mayor fragmentación, y un ánimo existente a reformas, no a “restauración” (para lo cual debe derrotar los movimientos sociales). Bajo el alero de un parlamento dividido y con tendencias a la polarización, el Congreso será un actor fundamental en las contiendas políticas.

Esta preocupación no es nueva y se debate entre las lecciones de la derecha, de cómo hacer un gobierno estable que garantice gobernabilidad (y que hace a su vez la preocupación estratégica de un “ciclo derechista”). Las sacudidas de las masivas movilizaciones desde el 2011, del protagonismo de las calles y en particular la juventud, le costó la derrota política a la derecha en las elecciones del 2013 y una de sus principales crisis y procesos de rupturas (que reordenaron al sector).

El giro al “centro” de Piñera, de diálogos, acuerdos, unidad nacional, y “segunda transición”, siendo gobierno de minoría, expresa esa relación de fuerzas. Y a su modo también del gran empresariado, que busca “reformar” su rostro tras los carteles de colusión y el amplio malestar con un crecimiento “sólo para ricos” (ver para ello encuestas CERC).

2) “Social”. La agenda de los últimos años la pusieron las calles, sobre todo tras la irrupción del 2011 (su primer gobierno). Bachelet usurpó esas banderas para hacer reformas, que se ven anheladas por un amplio sector de la población, pero que sin embargo no tocaran los pilares del “modelo”. Si Piñera se dispone a una retroexcavadora al revés, para aplicar un programa de ataques, probablemente enfrentará la resistencia y oposición a esos planes. Las calles fueron verdaderamente la “oposición” al primer gobierno de Piñera, y el escenario de conflicto social y lucha de clases, es probable si Piñera se dispone a pasar al ataque. Pero esto no es seguro. No solo puede mirar el propio 2011, sino ahora a su amigo Macri en Argentina, que tras dos años de “gradualismo” y relativa estabilidad, confundió su triunfo electoral de Octubre con “hegemonía” para aplicar un programa de contrarreformas totalmente anti-popular, de las pensiones, el trabajo y de impuestos, y que ha quedado en crisis con un parlamento sitiado con movilizaciones, enfrentamientos con la policía, retornando la lucha en las calles.

Por lo mismo, Piñera tiene que dar cuenta de esa relación de fuerzas, y se ha dispuesto a un programa más de centro, relativamente “moderado”, de rescate histórico de la obra de la concertación, y con un último discurso de preservar las reformas (no desmantelarlas). Es decir, podría ir a un curso más gradualista, y no de ataques directos, vista la relación de fuerzas. Lo exige en parte la propia situación de minoría. Es decir, no juega con la música del “crecimiento” sino con las “reformas”. O más bien, jugará con ambas, en un escenario de presiones. ¿Mantendrá la gratuidad universitaria expandiéndola? ¿Intentará reducir los impuestos como plantea su programa? ¿Avanzará reformando la reforma laboral a favor de mayor flexibilidad y mayores límites sindicales?

En la economía, por ahora se ve la tendencia al inicio de un ciclo de crecimiento, no sólo con un buen precio del cobre, sino el fortalecimiento de la demanda china del metal y un aliento de inversiones con el triunfo de Piñera. Sin embargo, son 4 años, en un escenario de fragilidad del orden mundial imperialista en el cual está inserto Chile. El anterior gobierno, tuvo en el crecimiento económico de 5% promedio un enorme colchón político, que permitió sostener políticas sociales y crear el imaginario del presidente de la “creación de empleos”, que un sector que lo ha votado por ello ve como una oportunidad (en el marco del aumento del empleo precario). Un escenario económico más favorable puede jugar a su favor, aunque a la vez animar a franjas del movimiento sindical (en un 2018 donde habrá 32 negociaciones colectivas en la gran minería, Escondida entre ellas).

La derecha se ha fortalecido como subproducto de la debacle de la centro-izquierda (que entrará en un histórica reconfiguración), pero puede sobreestimar su fuerza y capacidad. “Se hace campaña en poesía y se gobierna en prosa” dice la frase de un viejo político norteamericano.

En esta relación de fuerzas, aunque no ahora, sí está presente “la calle”, y Piñera puede jugar con fuego nuevamente. Su agenda al centro, “gradualista”, y prometiendo mantener reformas, parece dar cuesta de esta situación. Está por verse. Las luchas políticas del próximo período serán lejos del viejo binominalismo de las dos grandes coaliciones pasadas. En este escenario, será fundamental el desarrollo de la crisis histórica de la centro-izquierda (ya ex Nueva Mayoría), y el rol que juegue el Frente Amplio, como tercera fuerza política.

(el autor integra el Comité de Redacción de Izquierda Diario / Partido de Trabajadores Revolucionarios)