Ernest Mandel: por qué Keynes no es la respuesta y el ocaso del monetarismo (1992)*

Al volverse aparentes las desastrosas consecuencias de las políticas de libre mercado, se levantan voces en círculos capitalistas y socialdemócratas pidiendo la intervención del estado para revivir la economía. Pero, ¿es realmente una alternativa? ¿Tendría una nueva ronda de intervención estatal en la economía y crecimiento financiado por deuda efectos beneficiosos para los trabajadores? Aquí ERNEST MANDEL argumenta que las políticas reflacionarias del keynesianismo tradicional deben ser distinguidas de las políticas de déficit presupuestario de Thatcher y Reagan; y que la reflación capitalista trae solo ventajas a corto plazo para la clase trabajadora, e inevitablemente desemboca en una nueva recesión

La idea fundamental del keynesianismo es que el gasto estatal, un déficit al presupuesto nacional, puede ser utilizado para combatir las crisis económicas y recesiones.

Desde un punto de vista teórico, incrementar la demanda general en un país facilitará la recuperación en tanto haya capacidad productiva disponible (trabajadores desempleados, materia prima en stock, máquinas trabajando por debajo de su capacidad). Estos recursos no utilizados son movilizados por el poder de compra adicional creado por el déficit presupuestario. Solo cuando estas reservas se agotan se da el fatal comienzo de la inflación.

Sin embargo, existe un problema. Para que el déficit presupuestario no impulse la inflación antes de alcanzar el pleno empleo, los impuestos directos deben incrementarse en misma proporción que los ingresos.

Dado que la burguesía prefiere comprar bonos al estado antes que pagar impuestos, y que la evasión impositiva es endémica de su clase, la mayor carga impositiva implicada por las políticas keynesianas cae sobre los trabajadores.

A medida que crece la deuda pública, hacer frente a la misma consume cada vez más del gasto público, por lo que el déficit presupuestario muestra una tendencia creciente sin que el empleo reciba efectos beneficiosos de forma correspondiente.

En definitiva, entonces, la expansión keynesiana tiende a socavarse a través de la inflación creciente y disminución de los retornos de ese “empujón” inicial que había brindado el déficit presupuestario; el resultado es una nueva recesión, y la creciente carga impositiva tiende a redistribuir los ingresos hacia la burguesía.

El balance histórico de las políticas keynesianas es claro. Su más acabado experimento, el New Deal de Roosevelt en los Estados Unidos de la década del 30, terminó fracasando.

A pesar del incremento del gasto público, culminó en la crisis de 1938, cuando el desempleo alcanzó los 10 millones1. Fue solo gracias al enorme armamento que demandó la guerra que se redujo el desempleo masivo.

Hay algo bizarro en el modo en que los dogmáticos neoliberales contrastan sus políticas basadas en la “teoría de la oferta” con aquellas basadas en crear demanda valiéndose del presupuesto estatal. Nunca, de hecho, han sido más altos los déficits presupuestarios estatales como durante la presidencia del baluarte de los neoliberales, Ronald Reagan.

Lo mismo aplica en gran medida al “reinado” de Margaret Thatcher. Implementaron programas neokeynesianos de cifras récord al tiempo que profesaban una fe completamente opuesta. El debate real no era sobre el tamaño del déficit sino para qué se usaba.

Los hechos hablan por sí solos. El neokeynesianismo de Reagan y Thatcher reforzó brutalmente la ofensiva de la austeridad en todas partes. Los gastos sociales y de infraestructura fueron recortados; el gasto en armas se expandió masivamente en los Estados Unidos y Gran Bretaña y en menor medida en Japón y Alemania.

Los subsidios a las empresas privadas han crecido. El desempleo y la desigualdad social se extendieron. En los últimos 20 años el número de desempleados en países de la OCDE (“el club de los países ricos”), se ha cuadruplicado.

El efecto social ha sido desastroso de manera generalizada. Se puede aprender en cualquier curso universitario sobre desarrollo económico que las inversiones más productivas a largo plazo son aquellas realizadas en educación, salud pública e infraestructura.

Sin embargo, los dogmatistas neoliberales omiten esta verdad elemental cuando se aproximan a los problemas desde la perspectiva de un “equilibrio” que debe restablecerse a cualquier costo. Sus objetivos favoritos para recortar son precisamente la educación, salud, seguridad social e infraestructura, con los inevitables efectos dañinos que esto causa, incluso a la productividad.

¿Significa esto que los socialistas preferimos el keynesianismo tradicional y el estado de bienestar al cocktail venenoso de monetarismo y neokeinesianismo actualmente en boga? Si nuestra respuesta es positiva, debe ser de una manera muy condicionada.

El keynesianismo tradicional implica varias formas del ejercicio y división de poder dentro del marco de la sociedad burguesa. Esto lleva a varias formas de contrato social y consenso con aquellos que actualmente detentan el poder económico, en sus términos.

Este consenso es puramente unilateral y va contra los intereses de la clase trabajadora. El keynesianismo tradicional solo puede considerarse un mal menor en caso de ser

1 Business Cycles, James Arthur Estey, Purdue Univ., Prentice-Hall, 1950, pages 22-23 chart.
Este estudio señala cómo el desempleo, si bien no volvió el 25% de 1933, pasó del 14,7% en 1937 al 19% en 1938.

comparado con una política deflacionaria en tanto que promueve una inmediata y rápida caída en el desempleo.

Sin embargo, en las condiciones presentes el neokeynesianismo lleva a un crecimiento en el desempleo y marginalización de sectores crecientes de la población, con toda clase de consecuencias reaccionarias.

Además, quienes abogan por el keynesianismo tradicional tienen que lidiar con un incómodo hecho fundamental; la efectividad de sus prácticas está siendo grandemente reducida por el crecimiento del poder de las corporaciones multinacionales. Aun siendo ridículo decir que la intervención estatal hoy no tiene poder, es por supuesto mucho menos poderosa que durante los ‘30 y ‘50.

Enfrentado al crecimiento de las empresas transnacionales, el estado nacional deja de ser un instrumento adecuado para las facciones dominantes de la burguesía. Por ello, se están realizando esfuerzos consistentes por sustituirlo por instituciones supranacionales, siendo el caso clásico las varias instituciones de la Comunidad Europea.

Pero muchos otros obstáculos deberán ser vencidos para que las instituciones supranacionales tomen las características de un verdadero estado supranacional, por ejemplo en Europa.

La unificación de Europa permanece suspendida entre una vaga confederación de estados soberanos y una federación europea con características de un estado: moneda común, banco central, políticas industriales y agrícolas comunes, fuerzas militares y policiales articuladas y, finalmente, una autoridad gubernamental central.

Hay una bomba en el proceso de unificación capitalista de Europa, que está comenzando a detonar en las huelgas de Italia y Grecia. Es el simple hecho de que la “estabilización presupuestaria” requerida para la unión monetaria tendrá un efecto enorme. Esto en sí mismo debiese ser causa suficiente para que el movimiento trabajador rechace el tratado de Maastricht2.

Maastricht no ofrece más que una excusa para la continuidad y reforzamiento de las políticas de austeridad. Es más preciso que nunca el continuar la lucha contra él.

*Extraído de Socialist Outlook, No.29, 10 de octubre de 1992, p.7. Cortesía de Joseph Auciello. Traducción al español: Federico Silvero.

2 El tratado de Maastricht, firmado en 1992 y puesto en efecto al año siguiente, llevó a la creación de la Unión Europea y el Euro como moneda central.