Entrevista a José Donoso: mis primeros cuentos los hice en inglés

por Joaquín Soler Serrano //

Joaquín Soler Serrano: José Donoso es un escritor bilingüe, un hombre que lo mismo escribe en castellano que en inglés, que ha estado enseñando en universidades americanas a escribir en inglés, no en español

JD: Sí, así es. Los primeros cuentos que publiqué los hice en inglés en la Universidad de Princeton, cuando era estudiante. Luego he vuelto durante algún tiempo a enseñar en lo que allí se llama un “taller literario”. La especialidad de inglés tiene un taller de literatura, es decir, gente que no es que quiera estudiar la historia de la literatura, sino que quiere estudiar cómo se hace la literatura. Desmontar las novelas con un escritor real que les enseña su propia experiencia y al cual ellos proponen sus propios proyectos de novelas y de cuentos. Entre ellos se critica y se lee. Esto se llama un “taller literario”.

JSS: O sea que colectivamente y en grupo se hace la disección de la obra de cada uno de estos futuros escritores.

JD: Exacto.

JSS: Y sobre la marcha se van corrigiendo sus defectos.

JD: Corrigiendo, dando ideas, hablando de las influencias, de las posibilidades de buscar otras influencias, de no arrimarse demasiado a un palo, sino variar un poco, moverlos. Para mí fue una experiencia muy enriquecedora porque a un hombre que tiene 50 años como yo le gusta estar en contacto con la gente joven, no me gusta quedarme muy atrás. Esto lo pone a uno en contacto con la gente joven americana, que es gente apasionante y muy interesante: tanto que cuando llegué de regreso de Estados Unidos a instalarme en Sitges, he organizado allí un “taller de escritores”, en castellano esta vez. Hay un grupo de doce o quince jóvenes que quieren ser escritores y vienen de Barcelona semanalmente, y se hace el mismo trabajo.

JSS: ¿Qué similitudes o qué diferencias hay entre los jóvenes norteamericanos o los jóvenes españoles en sus talleres literarios?

JD: Los americanos tienen muchas cosas que los españoles están tratando de conseguir desesperadamente. Una libertad moral, una libertad política, una libertad intelectual. La seriedad de las universidades norteamericanas es incomparable. Estos muchachos, que generalmente ya han hecho sus primeros años de universidad, vienen con un bagaje en el que han adquirido realmente un sentido de lo que es el humanismo. Ya han hecho trabajos sobre filosofía y sobre distintas cosas como parte de su creación como seres humanos. En cambio, el muchacho español tiene que conquistar eso a través de una lucha muy fuerte, y que muchas veces lo desgasta y lo desalienta. El muchacho que estudia aquí, por ejemplo, filosofía y letras, tiene una perspectiva bastante pobre al salir de la universidad. No sabe qué hacer, va a tener que hacer oposiciones, va a tener que esperar años, va a ser muy duro. En cambio, el muchacho que sale de filosofía y letras, o lo correspondiente, en los Estados Unidos tiene un campo ya abierto que es realmente enorme. Eso mismo le da una mayor fuerza.

JSS: El bilingüismo, ¿también formaba parte del ambiente familiar, o cómo lo adquieres?

JD: Fue una de esas cosas que suceden en las familias burguesas. Mi madre tenía una amiga con un niño de mi edad que llevaba a un colegio inglés. Lucía un uniforme muy mono de franela gris con un vivo azul. Mi mamá decidió que yo debía lucir tan mono como él, y me puso en el mismo colegio inglés. Pero no para que aprendiera la lengua, sino para verme lucir el uniforme. Pero esto me creó una vocación. Y a los siete años, me pusieron una institutriz que sólo me hablaba en inglés. De manera que hoy todavía no sé multiplicar en castellano.

JSS: ¿Hacia qué literatura te inclinaste primero?

JD: Decididamente hacia la inglesa, y ha sido la vocación de mi vida.

JSS: Sin embargo, quienes leemos tus libros en español, casi no entendemos que eso haya sido pensado en inglés…

JD: Es que ha sido pensado en español… Me acuerdo de que Buñuel me dijo que yo era el más español de todos los latinoamericanos. Lo que pasa es que yo no me reconozco mucho en mis libros. Los libros son una cosa que tira hacia afuera, sin que uno sepa exactamente lo que hace. La labor del escritor, de alguna manera, es una labor de ciego.

JSS: Pero en todos esos libros hay una manera de ver y de ser, una manera de decir, enteramente adscrita a la cultura hispanoamericana. En el lenguaje, en los personajes, hasta en los olores… Todas tus novelas transpiran Sudamérica.

JD: Sin duda, pero hay que darse cuenta de que Sudamérica es una especie de “olla podrida” de muchas cosas. Está, sin duda, la herencia española. Está asimismo la inyección de hispanismo de los emigrados de 1939. Pero también está la gran influencia norteamericana. La gran influencia francesa que hubo, y nuestra herencia indígena. Un latinoamericano es una mezcla enorme de cosas, una raza bastarda.

JSS: Durante tus estudios hubo una interrupción abrupta, debida a un hecho sorprendente, y es que fuiste a hacer de pastor…

JD: La verdad es que yo fui un pésimo alumno, muy perezoso, de escasa aplicación.

JSS: ¿Cuánto tiempo estuviste en ese colegio inglés?

JD: Diez años, y todos ellos tuve grandes problemas con matemáticas, con física, con química, empecé a hacer la cimarra y me arrancaba. Mi padre me pilló y me encerró en otro colegio del que después me echaron. Los últimos tres años de colegio los pasé en diez colegios distintos. No terminé mi bachillerato y mi padre dijo: si no quieres estudiar, no lo hagas, pero te voy a buscar un empleo. Me buscó un puesto en Wagons Lits Cook. Ese primer empleo fue tal vez un presagio de mis andanzas futuras. Naturalmente, me echaron a los tres meses. Me echaron también de los tres trabajos siguientes; al cuarto no me atreví a llegar a casa, y me arranqué y me fui con el dinero que tenía, que era muy poco. Tomé un pasaje y calculé adonde me llevaba más lejos de casa ese dinero. En esa época era muy difícil porque acababa de terminar la guerra y no venían barcos de Europa, y era muy difícil llegar a Estados Unidos porque había cuota. Lo más lejos posible era Magallanes, allí me fui, conseguí trabajo de pastor en una hacienda, y le escribí a mi padre con el deseo de que me repudiara como hijo. Le escribí una carta diciéndole: padre he huido de casa y aquí estoy. Entonces mi padre me escribió la carta más insolente del mundo; me dijo: «Te comprendo.» A mí no me gustó nada que me comprendiera, lo que yo quería era rebelarme contra él. Me decía: estoy orgulloso que un hijo mío haya tenido la capacidad para salir de esta vida frívola y vana de Santiago, etcétera, etcétera.

JSS: Qué inteligente era el papá.

JD: Es. De allí me fui a Buenos Aires, estuve trabajando en el puerto unos seis u ocho meses, y me pasó una cosa muy humillante. Me dio coqueluche, que es una enfermedad de niños. Mi padre y mi madre tomaron el primer avión y me fueron a buscar. Me llevaron a Santiago, me sané, terminé mis estudios, entré en la Universidad y me fui a Estados Unidos.

JSS: Y entonces ya te portaste como un buen estudiante.

JD: Por lo menos mejor que antes.

*Fragmento de Escritores a fondo (1986).