La identidad de clase del Frente Amplio y las tareas de la izquierda

por Gustavo Burgos //

Raúl Zurita, uno de los más grandes poetas chilenos vivos e insigne figura de la izquierda criolla, ha difundido una carta en la que emplaza dramáticamente al Frente Amplio a votar por Guillier el próximo 17 de diciembre: “No son sólo cuatro años, son los próximos cien años, y la lucha de ahora es decisiva, si la partida la ganan ellos, los que no queremos, no serán cuatro años, no se equivoquen. No crean que pasado este “retroceso” serán ustedes los que estarán allí para remediarlo. No repitamos el error histórico de menospreciar al verdadero enemigo. No dejen que ellos les roben a ustedes el porvenir, no permitan que nosotros, sus padres, muramos en un país gobernado por los mismos que nos diezmaron, que nos exiliaron, que nos mataron”. Conmueve Zurita, se trata de los próximos cien años y de dejar morir a los padres.

Sin embargo, al pie de la letra lo que ha declarado el Frente Amplio, respecto de su posición en la segunda vuelta es muy distinto: “confiamos en el voto de la gente, y por eso esperamos que quienes nos apoyaron concurran a las urnas este 17 de Diciembre. El poder está en ustedes y así́ debe expresarse (…) Porque nuestra preocupación es Chile, no nos da lo mismo quien gobierne. Sabemos que Sebastián Piñera representa un retroceso, más desigualdad y exclusión, menos derechos, menos libertades, en sentido completamente contrario a las demandas que día a día escuchamos en la calle y en todos los espacios (…) Porque Chile necesita un futuro distinto, en el Frente Amplio confiamos en el voto de la gente”.

Es verdad, no es un explícito llamado a votar por Guillier, pero –sobre todo en política- los textos han de ser leídos en el movimiento que los contextualiza y en el caso de la declaración del pasado jueves 30, resulta nítido que el Frente Amplio ha adoptado una política clara de apoyo a Guillier. Primero, porque así lo han dicho importantes figuras del sector como Sharp, Crispi o Mirosevic; en segundo lugar, porque la propia declaración del conglomerado indica que Piñera representa un retroceso, que es importante ir a votar y que confían en el voto de la gente. Orejas, bigotes y patas de gato: es un gato.

Que el Frente Amplio no haga un llamado explícito y no se integre al comando de campaña del abanderado de la recompuesta Nueva Mayoría, obedece más bien a una determinación táctica orientada a conservar su propia identidad política a la cual repugnaría una “orden de partido” dirigida a su electorado. Una convocatoria explícita debilitaría el sentido “antipiñerista” bajo el cual puede ser reconducido el voto frenteamplista que en importante medida es crítico de lo que representa Guillier. No puede ser apreciado de otra forma, el Frente Amplio ha desplegado naturalmente su condición de reformistas del régimen, operando dentro de sus límites. En la misma línea, el baile de Sharp y Bachelet es un acto político de primera magnitud, de solidaridad y compromiso. Pero además es constructor de una ética común, prefigurativo de la conducta del sector en su conjunto. No se baila ni con el enemigo ni con el extraño.

¿Se equivoca Zurita?, ¿Cree que el Frente Amplio abandona en la estacada a sus padres?. No, no se equivoca el poeta, ni se equivocan aquellos que pretenden transformar esta elección en un hecho político de primera magnitud. Tampoco lo hace el Frente Amplio al decir que no da lo mismo quien gobierne. Guillier y el Frente Amplio están conscientes de que la posibilidad de preservar al régimen reformándolo depende exclusivamente de sus fuerzas descompuestas en un caso, emergentes en otro.

La trascendencia de estas elecciones, como la de cualquier proceso electoral burgués, está determinado por la dinámica que a ella le impone la lucha de clases. No se trata de sumar los porcentajes electorales de cada sector y moderar su ponderación de conformidad al volumen de la abstención. Estos ejercicios aritméticos, que ha provocado toda una línea de debate sobre la credibilidad de las empresas encuestadoras, permiten una observación superficial de los problemas que –en general- persiguen apuntalar la democracia burguesa representativa, legitimándola como expresión de la voluntad popular.

En nuestro país, hoy en concreto, la segunda vuelta electoral expresará las expectativas, las probabilidades del régimen de sobrevivir y la extensión de sus transformaciones. No hay otra cosa en juego. Para la gran burguesía, en lo inmediato, que hayan llegado Piñera y Guillier son una garantía que el panorama para los inversionistas, el gran capital monopólico financiero y las transnacionales, no se verá modificado, por ahora. Sin embargo, esto no es suficiente para sustentar al régimen y a la dominación que por su intermedio ejerce la burguesía sobre la mayoría explotada.  No basta con ganar elecciones, es necesario gobernar, dominar y neutralizar a las masas y eso no se logra con una montonera de votos.

Es un hecho de la realidad que las grandes organizaciones obreras construidas durante el siglo XX han colapsado políticamente. El Partido Socialista, devenido en organización patronal, acosado por los escándalos de corrupción y las subsecuentes rupturas, subsiste de forma exclusiva por la administración de su patrimonio y su apoyo en el aparato estatal. El Partido Comunista, organización emblema del bacheletismo, ha visto durante estos cuatros años desintegrar su presencia en las principales organizaciones de trabajadores, perdiendo la otrora indiscutida preeminencia en la CUT, el Cobre, ANEF, Colegio de Profesores, algo parecido ha ocurrido en las organizaciones estudiantiles, donde subsiste en su mínima expresión como abanderados del oficialismo.

Ante este hecho, el emerger del Frente Amplio no resulta suficiente. Armado como un aparato electoral salido de las federaciones estudiantiles, su presencia en la clase obrera, entre los trabajadores se encuentra aún en ciernes. Si bien es cierto socialmente son una manifestación explosiva del big bang del 2011, no es menos cierto que son una expresión acotada de la clase media profesional, urbana y estudiantil. Esto en nada desmerece que han logrado –como ocurre acá en Valparaíso- alguna influencia en otros sectores sociales, como los pequeños propietarios de esta zona agrupados en torno a la defensa patrimonial del puerto, pero su influencia en la clase trabajadora y su política –por sobre todo- en nada avanza en orden a transformarse en una referencia para los explotados. Cuando despliegan el discurso aristocrático y ciudadanista, están manifestando a voz en cuello que no pretenden expresar a los explotados ni desean ningún tipo de revolución social.

Dicho en palabras del diputado electo RD, Renato Garín, laureado hoy en La Tercera por Jocelyn-Holt como uno de los más brillantes de su generación: “estamos en la tesis intermedia de abogar para que el régimen cambie y apostar a ser la fuerza hegemónica del cambio”. No están –en sus palabras- por “quebrar el sistema” sino que por mejorarlo. Pasar de un neoliberalismo salvaje –la Corea del Norte del neoliberalismo- a una sociedad de derechos, a un Estado de Bienestar de signo keynesiano. De Corea del Norte a los escandinavos de Latinoamérica. No se trata de un simple anatema, el Frente Amplio –como política- expresa a la burguesía chilena, no a los explotados.

En este escenario, la izquierda que se reclama del socialismo, de la revolución, de la causa antiimperialista, la basureada “ultraizquierda”, parece haber desaparecido. En general, han optado por adaptarse al fenómeno frenteamplista, han cerrado los ojos y se han limitado a plegar como vagón de cola del proceso, sin mayores reparos. Todos ellos, satélites de la SurDa y en otro sentido pero también de los stalinistas del PC-AP, han quedado aplastados por el huracán de Beatriz Sánchez. Las fuerzas post elecciones quedaron claramente marcadas hacia el polo RD, digamos de derecha del frenteamplismo. Quienes apostaron a un crecimiento por derrame terminaron borrados del mapa, más allá de los balanaces exitistas que pudiesen mostrar.

Fuera del Frente Amplio, muy pocos sectores apostaron por un crecimiento autónomo. Es el caso del PTR (Partido de Trabajadores Revolucionarios) cuya presencia en la FECH y en el Colegio de Profesores de Antofagasta, los impulsó a apostar por candidaturas a diputados en sus sectores, precisamente para construirse como partido. El resultado electoral de ellos fue mínimo y el balance desmedido y autoproclamatorio que hacen de su experiencia, parece más hecho para entusiasmar a la militancia que para señalar un camino a los trabajadores. En su discurso se centraron en el anticapitalismo y en articular –correctamente- sus candidaturas con las luchas obreras en curso.

No hay más. La izquierda chilena no logró intervenir de mayor manera en el proceso y eso la tiene hoy sujeta a la intrascendencia. Es una gran contradicción que siendo los trabajadores mayoría objetiva, cuya ubicación en el proceso productivo le permite arrastrar a la mayoría nacional, estos no tengan mayor expresión en la política de nuestro país.

Hay dos aspectos sobre los que urge abrir debate. Primero, que el debate de la izquierda debe hacerse político, en los términos que lo planteara Lenin, un debate sobre los problemas inmediatos y consistentes de los trabajadores, aquellos que enfrentan día a día. Porque una cosa es que históricamente el capitalismo esté quebrado y en descomposición, y otra muy distinta es que esta quiebra se exprese políticamente. La lucha contra las AFP, en este sentido, debe transformarse en el eje programático de la izquierda si ésta quiere jugar algún papel, precisamente porque esta lucha obrera por definición apunta al corazón financiero del régimen y su consecución plantea –objetivamente- el problema del poder. Esta lucha será el vehículo de las transformaciones sociales que urgentemente reclaman las masas.

En otro sentido, es necesario igualmente, plantear la cuestión del partido. La caída del Muro de Berlín de un lado y el pinochetismo del otro lograron borrar de la vanguardia la importancia de la construcción de un partido revolucionario, concebido como Estado Mayor de los explotados en lucha. La construcción de este partido supone un programa, una organización centralizada democráticamente y accionar en el seno de las masas, en sus conflictos diarios, en sus movilizaciones. Esta construcción supone la estrategia del socialismo, no el estatismo pequeñoburgués de la CEPAL,  sí la expropiación de los grandes medios de producción, la destrucción del Estado burgués y la instauración de un gobierno obrero, de los trabajadores, asentado en los órganos asamblearios de poder desde las bases.

Esta identidad de clase, proletaria, de trabajadores, obrera, como quiera llamarse, no puede quedar en los anaqueles de las sectas. Es necesario llevarlas a la vida política diaria. Es necesario reivindicar abiertamente no las reformas al orden burgués, sino que el socialismo como la necesaria identidad de clase de la izquierda. Que la izquierda no puede estar condenada por una eternidad a votar por la Concertación bajo la admonición de que si no lo hace, colabora con la derecha. Que la izquierda debe anular su voto si las candidaturas que se le presentan representan los intereses patronales.

No sólo Zurita se equivoca hoy día. Grandes poetas también se han equivocado y de qué manera, pensemos en Neruda o en Borges. Pero en algo no se equivoca el poeta, vivimos momentos trascendentales y efectivamente no repetiremos  el error histórico de menospreciar al verdadero enemigo, los explotadores. No dejaremos que ellos nos roben el porvenir, no permitiremos que nuestros padres, mueran en un país gobernado por los mismos que los diezmaron, exiliaron, y mataron. No dejaremos de luchar hasta la victoria.

 

 

(Imagen: Pie Fight Study 2, Adrian Ghenie)

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