Cuento de Agustín Torralba: Bessie Emperatriz

VENDRÁN CUATRO GATOS

I

La noche que Bessie nació una lluvia de meteoros surcaba los cielos del Sur de Francia, dejando platinotipias de galaxias remotas y estelas de estrellas fugaces apagadas hace millones de años. Quedaron en la piel de las uvas de la campiña de Avignon, en las piedras cansadas de sus puentes y en la retina de los búhos de ascendencia normanda. Dvorak andaba componiendo la Sinfonía del Nuevo Mundo. Y en Samoa, en la flor de la vida, Robert Louis Stevenson se sumergió en las aguas del Mar de Coral, rumbo al Trópico de Capricornio, para nunca jamás volver.

Quienes la oyeron lo saben, su voz exhalaba el vapor de todas las tristezas. La primera vez que tomó conciencia de sí misma estaba tirada en mitad de la calle embarrada. Intentaba hacerse con el recortable del valeroso capitán Grant impreso en el reverso de un paquete de arroz vacío. Lo cortaba con un fragmento de hoja de sierra oxidado, tarareando para sí una ancestral melodía de las tribus Aradas de África. Hambrienta y sucia, su carita de tres años y sus gestos de niña sin futuro traslucían la inseguridad y el miedo de quienes han sido educados a gritos, corregidos a golpes. En uno de sus viajes, mientras tomaban un trago en el vagón restaurante, Huxley le dijo: “Lo mejor de la escuela eran las ventanas”. Ella no supo qué responder, ni entonces, ni nunca.

La calle fue siempre su medio. Cuando entendió que el mundo no acababa en su barrio quiso descubrir el resto del decorado y se fue con las manos a la espalda, dando pequeños saltos de negrita, a recorrer la city. Era invisible entre el séquito de los músicos callejeros que al finalizar el pasacalles, con una mirada de ternura, siempre extendían su mano ofreciendo unas monedas y pellizcándole los mofletes. Ella ponía rumbo a su casa con un hormigueo en el estómago, esquivando los charcos donde se ahogaban las nubes sobre un fondo turquesa; los postes del tendido eléctrico y sus combados cables; y el hocico negro y redondo de los perros que perturbaban el agua con finas olas de mares diminutos. Bessie, miraba un cielo surcado por fugaces pájaros prestos a recogerse. Soñaba pianos y terciopelos con una inexplicable alegría en el corazón. Ajena por completo a cualquier péndulo. Tenía toda una vida por delante. Al llegar a su casa los ilusorios aplausos que le habían acompañado durante el trayecto enmudecían y los focos soñados de su éxito se apagaban. Blasfemias y mugre al otro lado de la puerta.

Pero hay talentos que no pueden dejarse ir por el sumidero de la inadvertencia. Aquella voz era un río quejumbroso y en sus aguas viajaban, como partículas en suspensión, el silbido de los látigos; la tropelía de los mercados de esclavos; el grito de los niños de color mutilados por las trilladoras; y ese llantito de viejo olvidado en el asilo con el que plañen los humillados. Como una pianola por los rincones de América con el rollo del alma en vilo de las madres negras, así era su voz.

Ma Reiny le mostró cómo habían de subirse las escaleras de un buen blues. “Mucho trabajo, pocas ganancias. Primer peldaño. En el segundo es más o menos igual que en el primero o que en el séptimo y así hasta llegar a la nubes, mi niña. Eso sí, no olvides cantar como si parieras todo el tormento de los hombres”.

Sin embargo, nada le dijo de los perros de caza que aguardan expectantes en el fondo de las botellas. Nada le dijo de aquel penúltimo peldaño, el de los pianos desdentados y las notas rotas, el de los pentagramas torcidos y las trompetas sin pulmones, nada del frío y la náusea de los amores sin amor. Tampoco le habló de cuán cambiantes eran las nubes a las iba a dirigirse.

Bessie se despidió de la robusta columna de agua que sostiene el firmamento. Cruzó el enorme puente azul sobre el Tennesse con un desportillado maletón cargado de miedos, estolas y lentejuelas. Se fue. La factoría de Candler producía sin descanso una negra medicina que vendía en los comercios a cinco centavos de dólar la botella.

 

II

Cuando pisó por primera vez el camino de baldosas amarillas de la Gran Manzana, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Escuchó con erótica complacencia el jadeo de los fajadores del puerto, inmunes ya a los ahogados, y la saña de sus garfios penetrando los abultados vientres de pita de los costales. Percibió el hedor de los aceites refritos de los restaurantes y de las cafeterías. Vio el apresuramiento de los trajes y nada, nada en los ojos de aquella riada de gente que la vapuleaba en la acera de la enésima avenida, tan de mañana. Oyó la locura de cinco millones de minuteros desacompasados en los apartamentos sin ventanas y el grito de las parturientas asistidas por matronas con modales de camionero. Colonias de cucarachas atascaban las tuberías. Contempló una ciudad de exconvictos que se deleitaba con el borboteo de las zarpas de los osos cociéndose en las perolas como tarántulas panza arriba, sedientos de tradiciones con las que imprimir grandeza a la levedad de su historia. Bajo sus pies, pudo sentir la huída sísmica de mitológicos reptiles ciegos, que a tientas buscaban el sol. Intimidada por los edificios, llenó sus pulmones con aquel aire tan rico en metales pesados y pensó: “¡Dios mío, esto es un cementerio!”. Ningún pájaro salió a volar esa mañana.

Qué no habría en su voz para que incluso tamaña chusma de expoliadores de acres y asesinos de indios recibiese la patada en el corazón de aquel lamento. Hicieron un alto en sus insalubres vidas para agolparse en las distribuidoras de Columbia y adquirir uno de esos discos nuevos de doble cara donde la voz de Bessie dormía a la espera de que el pinchazo doméstico de una aguja la despertase.

Su vida se llenó de glamour efímero, caprichos caros y fiestas coloreadas por canallas diestros en licuar la suerte ajena, bebérsela y hasta tirarla, inservible ya, en el despreciable ritual del engaño. Cuerpos de hombres y mujeres con los que retozaría ante la mirada desencantada del mobiliario de las más variopintas estancias. Ningún rastro de amor quedó en ellas porque no lo hubo, porque ni los efluvios más íntimos ni la desmesura de los gemidos ni lo concurrido de la alcoba podrían siquiera invocarlo. Era la insomne orgía de la soledad.

Pero Bessie era buena. Corría siempre con la cuenta. Era una negra generosa con un desastre por infancia, que arrastraba el frío atrasado de muchos inviernos. Pagaba como nadie por que le susurrasen al oído dulces mentiras que habría deseado fuesen ciertas. La Gran Bessie era una frágil niña de tres años en mitad de la calle embarrada que pasó su vida mendigando cariño, viendo el cielo reflejado en los charcos… sufriendo por aquel caracol tierno y despistado que crepitó bajo su pie la tarde irrepetible y única en la que ambos descubrieron el arco iris.

 

III

Estaban rumiando dólares a dos carrillos en torno a la imponente mesa del capitalismo, sudando grasa de caballo, supurando la usura que les llevó a enriquecerse con la devastación de la Primera Gran Guerra. Pero aquel jueves no tenía buenas noticias para ellos ni para nadie. Por una vez en su historia Wall Street fue imparcial. “¡Ruina para todos!” gritó su espectro. Y quitó el seguro a las pistolas dormidas en los cajones de las casas y los despachos, trastornó el paso a nivel de los trenes, abrió con sus dedos famélicos las ventanas de los últimos pisos de todos los rascacielos. Un aquelarre de sirenas desdentadas llamaba a los hombres a las cornisas de los puentes desde los lodos podridos del Hudson. La desesperación hizo el resto.

Las terribles leyes de mercado dieron el tiro de gracia a la Edad Dorada del blues. Atrás quedaban las elegantes salas de baile, puertas cerradas de un tiempo mejor. Era la hora de los antros y las destilerías clandestinas, de los sótanos y los cuchitriles infectos donde el viejo blues, más demacrado que nunca, sollozaba para nadie.

Con Louis Armstrong

Bessie estuvo allí. Anduvo torpemente los desórdenes y la halitosis de las últimas resacas, los escombros de una época que poco a poco dejaba de pertenecerle. Y aún seguía allí cuando vio desde los bajos fondos de su delirium tremens la huida en procesión de los banjos buscando porches donde mecerse junto a enormes jarras de zarzaparrilla. Arpas melancólicas, contrabajos que miraban de soslayo embutidos en capas españolas, clavecines arrastrando penumbras y paredes de casas blasonadas, guitarras que veían el mundo por un ojo de cíclope, violonchelos gestando camadas de violines, pianos engreídos que hacían resonar deliberadamente sus cascos contra el asfalto. Y por el aire huían enjambres de armónicas con alitas de colibrí, el si bemol de las trompetas vestidas de blanco y pajarita granate en el zepelín de la última glorieta de Central Park. La tuba más vieja calentando el aire de aquel globo cargado de nibelungos agazapados por el vértigo. Bessie vio también un corro ingrávido de trompas, cuernos y caracolas buscando el mar por los cielos. Y a pie de calle, rezagado, picoteando colillas, con su enorme trasero de pavo de pascua, iba el trombón. Las percusiones pasaron en el remolque de un vehículo del ejército, diciendo adiós con esos ridículos barquitos de papel en la cabeza, camino de alguna nueva ofensiva.

IV

Bessie vivía afectada por ese desánimo que aborda a los artistas cuando las actuaciones se espacian y el caché baja sensiblemente. La noche de la tragedia acudía sin demasiado entusiasmo a un pequeño club de una población emergente en el estado de Memphis. Llovía a mares. Hacía cinco días que el verano dijo adiós ante la irrupción de un otoño que se anunciaba severo. Cuando salió de su casa y vio la manta de agua que estaba cayendo pensó: “Vendrán cuatro gatos”. Se inclinó un poco para abrir el paraguas y sus ojos repararon en el barro que salpicaba el aloe de su pequeño jardín. No iba a ser su noche.

El coche en marcha de su acompañante la esperaba fuera con los faros encendidos y los parabrisas trabajando a toda máquina. Abrió la puerta y percibió la cálida atmósfera del interior: humo de cigarrillo y ritmo de swing de alguna emisora de radio cercana. Lanzó al asiento de atrás su pequeña bolsa de viaje y puso el paraguas a escurrir sobre los esterillos. Se trataba de uno de esos coches de gama media al que sus altos y finos neumáticos conferían una vulnerabilidad de velociclo de Michaux. Pero en una tarde como aquella era el mejor refugio que dos negros del Sur podían soñar. Fuera, el viento en los árboles y la lluvia gris del firmamento invitaban al recuerdo. Bessie estaba triste. Al bajar la ventanilla el olor a tierra mojada se mezclaba con el del brezo y la caléndula. Habían llegado al cruce de caminos donde Robert Johnson vendió su alma al diablo por un puñado de canciones. Luego vino aquel frenazo. El coche del revés con sus ruedas girando en el aire…

Sombreros de copa, y una austera liturgia de saxofón, tomaron las calles al día siguiente. La noche cayó azul.

 

Cuento extraído del libro de relatos Náufragos del Rock and Roll

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