Es imposible que gane Piñera

por Gustavo Burgos//

Aunque las encuestas lo estén dando como ganador desde hace más de un año, es imposible que Piñera gane las elecciones. Podrá imponerse en las urnas -que es algo que está por verse- pero lo que resulta ineludible es que el proyecto piñerista está derrotado y no hay forma que reflote las expectativas que generó su primer gobierno. 

La polarización ha hecho volar en pedazos cualquier proyecto que apueste a salidas de compromiso social y la idea de generar un polo de “centro derecha liberal” como se planteó el 2009, se encuentra agotada del todo. Para ganar en una segunda vuelta Piñera necesita reeditar su capacidad de copar el centro político, de disputar la masa electoral de lo que fue la Concertación, con este objetivo cuenta exclusivamente con la dispersión electoral de lo que fue la Nueva Mayoría.

De alguna forma, en las presidenciales la cena parece estar servida para el controversial especulador financiero. Pero sólo si se trata de hacer apuestas a corto plazo. Hasta ahora, si el curso de la campaña sigue el adormilado ritmo que han tenido hasta el día de hoy, y no se logra despertar una verdadera lucha electoral, lo más probable es que se imponga Piñera. Curiosamente, la “politización” de la campaña no ha venido del sector que podríamos presumir se siente amenazado por la Derecha, la centroizquierda. Por el contrario, ha sido Kast emblema fascista, cuyo capital electoral se encuentra tras las rejas en Punta Peuco, quien se ha encargado de agitar las aguas, proclamando –hasta donde su inteligencia se lo permite- que la salida a los problemas nacionales pasa por el aplastamiento militar al movimiento de masas.

La penosa polémica iniciada hace un par de días a partir de la legítima defensa y el porte privado de armas, se inició con Kast diciendo: “Si entran a mi casa, les voy a disparar. Sé usar mi arma”. Piñera, para no ser menos, en términos más dramáticos replicó: “Si un delincuente mata a mi hija, agarro un martillo y se lo quiebro en la cabeza”, haciendo un fuerte énfasis en el verbo “quiebro”.

La derecha está hablando de pistolas y martillos, en parte por su prosaica y tradicional campaña de terror, porque necesitan cohesionarse, dotarse de un discurso que de sentido a su intervención electoral, pero principalmente porque se siente amenazada. Si fuera por el discurso de quien perciben como una amenaza, Guillier, gran campaña no deberían realizar. A su turno, la campaña de Sánchez tampoco debería quitarles el sueño, más por su aparente menor peso electoral que por sus posturas, que han emergido con permanente vaguedad.

La derecha en realidad le teme a la intervención de las masas, a aquello que han anatemizado como “la calle”. Así las cosas, de forma unánime, los medios de comunicación han sumergido en el silencio un hecho político de primera magnitud y esto es que la Coordinadora No+AFP –la principal organización de trabajadores en el país- convocó para su consulta nacional a más de un millón de personas, superior a cualquiera de los candidatos que se presentaron a las primarias y superior, por lo mismo, a los ochocientos mil y tantos votos que obtuvo el propio Piñera en las primarias de Chile Vamos.

Con todas sus limitaciones, la convocatoria del Plebiscito No+AFP, es el mayor hecho político en lo que va corrido del año, tiene lugar a menos de dos meses de las presidenciales y constituye –ahora sí- un mazazo al sistema de ahorro forzado y de subvención a la banca privada, que el régimen “ideológicamente” insiste en llamar “sistema previsional”. Se trata de una movilización política que logró hacerse camino contra toda la prensa burguesa y a pesar de la indolencia de la izquierda.

Este potencial movilizador -cuyos objetivos no pueden ser asimilados por el régimen como ocurrió con la demanda universitaria de gratuidad- da cuerpo a un obstáculo mayúsculo a los planes de ajuste y a la política reaccionaria del régimen en su conjunto. La envergadura de este obstáculo está dada por la catástrofe con que termina el gobierno de Bachelet.

Contra lo que dicen los escribas de la derecha, el gobierno de Bachelet –desde el punto de vista patronal- fue un gobierno exitoso porque estabilizó al régimen: desactivó al movimiento estudiantil casi por completo y logró destruir las principales organizaciones de trabajadores ya sea quebrándolas o quitándoles todo peso, como ocurrió con la ANEF, la CUT y los trabajadores del cobre. Bachelet no sólo desactivó los principales movimientos que tenía en frente, sino que además plasmó una institucionalidad que debe permitir al régimen manejar estos conflictos y así lo hizo con la reforma educativa –que consolidó el modelo privado de subvención a la demanda- y con la reforma laboral que, en la práctica, pone cotas más altas para la sindicalización y entorpece el derecho a huelga, consolidando por lo mismo el Plan Laboral de cuño pinochetista.

Bachelet cumplió su labor, no se puede negar, pero lo hizo a un costo muy alto, desfondó y terminó de liquidar a los partidos que con cuya influencia de masas, sostuvieron al régimen durante estos 27 años de “transición”. En efecto, la DC terminó siendo barrida en la administración pública, quedando reducida a una fuerza política insignificante para una organización oficialista; a su turno, el PC y el PS, a pesar de sus esfuerzos organizativos desplegados durante el refichaje, vieron como su dirigencia en el movimiento obrero colapsó bajo el derrumbe de la CUT y sobrevive hoy en sus ruinas sin ninguna identidad política.

El estado actual del PC, merece una mención especial, aunque su análisis excede con creces los marcos de esta nota. El Partido Comunista, particularmente desde la fase de ascenso de masas antidictatorial en los 80, se transformó en el eje articulador de toda la izquierda, la transición habría sido del todo imposible sin su dilecta colaboración. El democratismo “antipinochetista”, la disciplina social expresada en la fórmula de “todas las formas de lucha”, la unidad pluriclasista contra la Dictadura y –a partir de los 90- la profundización de la democracia, son conceptos políticos fundamentales sin los cuales la llamada transición democrática habría sido del todo imposible. Sólo a vía ejemplar, resulta importante recordar el papel del stalinismo en las movilizaciones de la FENATS y Lota a comienzos de los 90; el apoyo a Lagos en la segunda vuelta; su papel articulador de la burocracia de la CUT, en el CONFECH, Trabajadores del Cobre, etc.

Este papel político, llamémoslo de válvula de escape a la presión de las movilizaciones, fue fundamental para ejercer el control social, nítidamente hasta el año 2011. Desdibujada la imagen de Pinochet y quebrada la Concertación o devenida en fuerza de oposición al primer gobierno de Piñera, el Partido Comunista pierde su rol auxiliar y el ímpetu del movimiento de masas se expresa en toda su intensidad directamente, contra el régimen. El punto más alto de este proceso lo constituyó el Paro Nacional de agosto de 2011, movimiento que no fue exclusivamente estudiantil universitario y secundario, sino que tuvo múltiples expresiones coetáneas regionales (Punta Arenas, Freirina, Coyhaique).

Pero este movimiento no logra generar nuevas direcciones políticas que lo expresen. Un sector de las direcciones -Revolución Democrática- ingresa al Gobierno como fuerza secundaria; los Autonomistas al Congreso y finalmente el PC se incorpora a la Nueva Mayoría, como fuerza de Gobierno, con Bachelet. Más allá de los devaneos sobre si tendría un pie en la Moneda y otro en la calle, lo concreto es que desde el Gobierno, el PC retoma su papel de control social como articulador del proceso de reformas.

Este escenario de incorporación del PC al Gobierno, resistido siempre por la Democracia Cristiana, puso al régimen en el actual entredicho. Lograron en lo inmediato estabilizar el régimen, pero al costo de destruir los instrumentos para ejercer ese control social. La política de reacción democrática, que está en el ADN concertacionista, de contener, neutralizar y desmontar a los movimientos sociales, la verdadera “retoexcavadora”, ha tocado –como la conocíamos- a su fin. Un león sin dientes, como Ricardo Lagos, es la viva manifestación de esta crisis política de primera magnitud para la burguesía.

Este proceso político hace imposible la victoria de Piñera, porque aunque logre ganar estas elecciones, la misma sería un triunfo a lo Pirro, irrelevante, intrascendente a los efectos de ejercer algún control social como lo requiere el régimen, simplemente porque no tiene herramientas políticas para materializar esta tarea. En una palabra, la visibilidad política de Piñera tiene como única explicación, la derrota y la crisis de las direcciones tradicionales de masas la DC, el PS y el PC.

En este contexto, el desafío para la izquierda revolucionaria, aquella que reivindica el socialismo como alternativa superadora a la crisis social por la que atraviesa nuestro país, es máximo. La respuesta no provendrá de la burguesía ni de la clase media (ni aún la frenteamplista), es en las movilizaciones de la clase obrera, de los trabajadores que se hace visible una salida a la situación que vive el país. La politización generada por el proceso electoral, aún sin referentes políticos que interpreten a la clase trabajadora, debe ser aprovechada al máximo para ayudar a unificar a los grupos de izquierda. No podemos dar la espalda al proceso electoral, es necesario intervenir en él para ayudar a las masas a superar sus ilusiones puestas en la democracia burguesa explicitando que es el socialismo la respuesta a los grandes problemas democráticos, nacionales y sociales.

La construcción, en esta fase, de un partido revolucionario constituye la mayor de las prioridades. En la vereda opuesta, la de la burguesía, la derrota es un hecho de la causa y –por supuesto- es imposible que gane Piñera.

 

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