Isaak Rubin: Historia del pensamiento económico

Isaak Ilyich Rubin (12 junio 1886 - 27 noviembre 1937) nació en Dinaburg, en la actual Latvia, hijo de una familia judía. Rubin fue un abogado y economista ruso y, en su época, considerado el mayor teórico sobra el concepto de valor en el pensamiento de Marx.

Desde 1905 participó activamente en el proceso revolucionario de su natal Rusia, adhiendose primero al Bund Judío y luego a la fracción menchevique del POSDR.

Se retiró de la política en 1924, dedicándose íntegramente a sus estudios de la economía marxista. Trabajó de profesor de economía marxista y en 1926 fue nombrado investigador adjunto al Instituto Marx-Engels, dirigido entonces por David Riazánov.  En ese período publicó sus principales obras en economía e historia económica, y fue editor de una colección de clásicos de economía política.

En diciembre de 1930 Rubin fue arrestado y acusado de pertecer a un inexistente complot menchevique. Gracias a su entrenamiento como abogado, Rubin logró evadir condena, hasta que, a finales de enero, Rubin fue confrontado con otro prisionero, quien fue ejecutado a tiros delante de Rubin cuando este se negó a autoinculparse. La escena se repitió en la noche siguiente, luego de lo cual Rubin aceptó “confesar” sus supuestos crímenes.

En su juicio, Rubin implicó a Riazánov, pero trató de minimizar los cargos, negandose a confirmar la existencia de organización menchevique alguna. Por su negativa a cooperación total, fue sentenciado a cinco años de prisión.

Cuando, en el transcurso de su condena Rubin enfermó y se le diagnosticó un probable cáncer, se le movió a un hospital, donde se buscó infructuosamente sacarle más “confesiones” a cambio de tratamiento más favorable.  En 1934, fue puesto en libertad y se le permitió trabajar en planificación económica en Kazajistán.

En 1937, se produjo una nueva ola de purgas stalinistas, y Rubin fue nuevamente detenido. Nunca más se le vió con vida. Dejamos con ustedes este opúsculo, una breve introducción a la economía política, de este héroe y genio bolchevique.
EP

La economía política moderna se creó y desarrolló paralelamente al surgimiento y crecimiento de la economía capitalista, su objeto de estudio. En su evolución se refleja la evolución de la economía capitalista y de su clase dominante, la burguesía. La literatura mercantilista, por ejemplo, claramente expresa las preocupaciones y requerimientos del capital mercantil y la burguesía comercial.

Desde la mitad del siglo XVIII, cuando las estrictas regulaciones estatales y los monopolios de las compañías comerciales habían comenzado a poner un freno al crecimiento del capitalismo industrial, hubo extendida oposición a las ideas mercantilistas. En la agrícola Francia fueron los fisiócratas quienes emprendieron la lucha contra los mercantilistas, bajo el lema de cuidar el capital productivo agrícola. Los esfuerzos de los Fisiócratas terminaron en un fracaso práctico y, en menor medida, teórico.

Le tocó a la escuela clásica inglesa, la cual expresó en primera instancia los intereses de la burguesía industrial, realizar los principales progresos prácticos y teóricos. En la doctrina de Smith la tarea de sostener una lucha contra las anticuadas restricciones que encadenaban el crecimiento de la economía capitalista, ocultó y mantuvo bajo tierra los intereses conflictivos de las diferentes clases que componen la sociedad burguesa. La doctrina de Ricardo proveyó los fundamentos teóricos para la burguesía en su conflicto de intereses con la clase terrateniente, un conflicto que se manifestó con amarga intensidad en Inglaterra al comienzo del siglo XIX.

Al mismo tiempo Ricardo no podía dejar de reconocer que la burguesía y la clase trabajadora también tenían intereses divergentes, una admisión que ya contenía las semillas de la desintegración de la escuela clásica. Con la finalización exitosa de su lucha contra los propietarios de la tierra (en la década de 1830), la burguesía comenzó a sentirse crecientemente amenazada por la naciente clase obrera: la descomposición de la escuela clásica prosiguió a paso acelerado.

1. Mercantilismo (siglos XVI y XVII en Inglaterra)

La política mercantilista, que aceleró la destrucción de la economía feudal y de los gremios de artesanos, correspondía a los intereses de la burguesía comercial y el capital mercantil. Su objetivo principal era fomentar un rápido crecimiento del comercio exterior (junto con el transporte marítimo y ciertas industrias de exportación como los tejidos de lana), esforzándose en particular en fomentar el ingreso de metales preciosos en el país, lo cual a su turno aceleró la transición desde una economía natural a una monetaria. Es por eso comprensible que la literatura mercantilista enfocara su atención principalmente en dos problemas fuertemente interrelacionados: 1) la cuestión del comercio exterior y el balance comercial, y 2) la cuestión de la regulación de la circulación monetaria. Podemos distinguir tres períodos caracterizados por la forma en que la solución de estos problemas fue encarada: a) el período del mercantilismo temprano, b) el período de la doctrina mercantilista desarrollada, y c) los comienzos de la oposición antimercantilista.

a) Los primeros mercantilistas dedicaron su atención principalmente a la circulación de dinero, la cual venía de un período de casi total desarreglo durante los siglos XVI y XVII. En parte esto se debió a la “revolución de los precios” que tuvo lugar en ese tiempo [debido al influjo de metales preciosos de América], y en parte a que los soberanos rebajaban la cantidad de metal precioso en las monedas metálicas. (debasement of the currency)

La degradación de las monedas metálicas, el empeoramiento del tipo de cambio del dinero, y la salida de las monedas no alteradas a otros países afectaban severamente los intereses de la burguesía comercial. Los primeros mercantilistas del siglo XVI y principios del XVII abogaron por el “sistema de balance monetario”, y creyeron que sería posible extirpar estos males a través de regulacióngubernamental compulsiva de la circulación de moneda. En particular ellos demandaron una absoluta prohibición de la exportación de monedas metálicas, esperando que por este medio el “balance monetario” del país mejoraría.

b) Los mercantilistas posteriores del siglo XVII habían comprendido ya que las fluctuaciones dentro de la esfera de la circulación monetaria (un tipo de cambio desmejorando y la exportación de monedas metálicas) resultaban de un desfavorable balance comercial del país. Ellos no creyeron posible regular el flujo de dinero directamente, y por eso aconsejaron a los gobernantes concentrar energías en regular el balance comercial del país estimulando la exportación de mercancías a otros países. En particular recomendaron el desarrollo de las industrias de exportación (así se podría exportar manufacturas industriales más caras, en vez de materias primas) y el comercio de tránsito (por ejemplo la compra de mercancías coloniales de los países oceánicos, tales como India, para ser vendidas en los países europeos a precios más altos).

En Inglaterra, la teoría del “balance comercial” fue expresamente desarrollada en el libro de Thomas Mun (1571-1641) England’s Treasure by Forraign Trade, escrito en 1630 pero no publicado hasta 1664.

c) Hacia el fin del siglo XVII había ya comenzado a aparecer una oposición al mercantilismo. Dudley North (1641–1691) fue uno de los primeros librecambistas. El requirió al estado dejar de ejercer regulaciones compulsivas sobre el flujo de dinero desde y hacia otros países, y sobre la circulación de mercancías entre ellos. North demandó total libertad para el comercio exterior y creyó beneficioso para la circulación de dinero y mercancías el ser autorreguladas.

Los economistas que debatían los problemas del balance monetario y el balance comercial se interesaron principalmente en aquellas cuestiones prácticas que tocaban los intereses de la burguesía comercial.

Junto con esta corriente “mercantil” en el pensamiento mercantilista, apareció, hacia fines del siglo XVII, una tendencia “filosófica” cuyos representantes (Petty, Locke, Hume) exhibieron gran interés en solucionar problemas teóricos, primero y principalmente aquellos sobre el valor y el dinero.

Tan pronto como los economistas dirigieron su pensamiento hacia el análisis teórico de los fenómenos económicos, ellos se encontraron confrontados con el problema del valor.

En la Edad Media, cuando los precios eran fijados compulsivamente por las autoridades de la ciudad y de los gremios, el problema del valor había sido planteado normativamente: Los escritores Escolásticos argumentaban sobre el “justo precio” (justum pretium) que era necesario establecer compulsivamente para asegurar al artesano su acostumbrado estándar de vida.

Durante la época del capital mercantil, la formación de precios vía regulación gradualmente cedió lugar a la espontánea formación de precios a través del mercado. Los economistas del siglo XVII se encontraron de cara a un nuevo problema teórico: ¿Cuáles eran las leyes que gobernaban esta formación de precios en el mercado? Las respuestas a esta cuestión eran aún superficiales y no desarrolladas. John Locke (1632-1704), el bien conocido filósofo, respondió que el movimiento de los precios dependía de los cambios en la oferta y la demanda. Nicholas Barbon (1637-1698), su contemporáneo, planteó la teoría de la “utilidad subjetiva”: en sus palabras “El valor de todas las mercancías, surge de su utilidad” y depende de las “necesidades y deseos” de aquellos que las consumen.

Una tentativa más exhaustiva para encontrar una regularidad determinada por una ley en lo que parecía a primera vista el desordenado y azaroso movimiento de los precios fue hecho por James Steuart (1713-1780), uno de los últimos mercantilistas y un defensor de la teoría de los “costos de producción”. Desde su punto de vista una mercancía tiene un “valor real” igual a su costo de producción. El precio de una mercancía no puede ser menor que este valor real, pero es normalmente más alto, conteniendo este excedente el “beneficio” del industrial. Este beneficio, por eso, es algo añadido al valor de la mercancía, y corresponde al industrial porque él ha conseguido venderla bajo circunstancias favorables (es el “beneficio comercial”). La idea de que el beneficio es creado dentro del proceso de circulación es encontrada en casi todos los escritos mercantilistas y refleja las condiciones de la época del capital mercantil, en la cual se conseguían colosales beneficios en el comercio exterior, el comercio colonial en particular. Desde un punto de vista teórico la doctrina del “beneficio comercial” (profit upon alienation) significa el completo repudio de cualquier solución al problema del beneficio y del plusvalor en general.

La solución más sofisticada para el problema del valor vino de William Petty (1623-1687), el ingenioso progenitor de la “teoría del valor trabajo” (labour theory of value: teoría laboral del valor). De acuerdo a la doctrina de Petty, el “precio natural” de un producto o su valor es determinado por la cantidad de trabajo gastado en su producción. Cuando un productor intercambia su producto recibe una cantidad de plata (dinero) en la cual ha sido incorporado tanto trabajo como él mismo ha gastado produciendo el producto en cuestión. El valor de un producto, pan por ejemplo, se descompondrá en dos componentes: 1) salarios, que igualan al mínimo necesario de medios de subsistencia del trabajador (Petty y otros mercantilistas fueron defensores de la “ley de hierro de los salarios”, en el sentido de que ellos recomendaban limitar los salarios de los trabajadores a un mínimo de medios de subsistencia en el interés del desarrollo del capitalismo), y 2) renta de la tierra. Consecuentemente Petty identificaba la renta de la tierra con plusvalor en general, un punto de vista que fue generalmente sustentado en un período en el que el capitalismo estaba recién desarrollándose, y que más tarde fue explícitamente adoptado por los Fisiócratas.

Haciendo esta identificación Petty se prevenía de postular el problema del plusvalor. A pesar de caer en innumerables contradicciones en la manera en que la expuso, en su teoría del valor trabajo Petty puso los cimientos en los cuales los Clásicos y Marx fueron más tarde a construir la teoría del plusvalor. Se puede decir con seguridad que la teoría del valor de Petty es el más valioso legado teórico que la literatura mercantilista iba a legar.

El otro problema teórico junto con la teoría del valor que atrajo la atención de los mercantilistas fue el del dinero. Toda la vieja literatura mercantilista había girado alrededor de los problemas prácticos de la circulación monetaria: La degradación de las monedas metálicas, la exportación de dinero al extranjero, etc. Hacia el fin del período mercantilista, sin embargo, nosotros ya encontramos a Hume y Steuart haciendo reflexiones y formulaciones más o menos maduras sobre las dos teorías en conflicto sobre el dinero, las cuales están aún hoy en día luchando por la supremacía científica. El famoso filósofo David Hume (1711–1776), dio una formulación explícita de la “teoría cuantitativa” del dinero metálico, de acuerdo a la cual el valor de la unidad monetaria depende de la cantidad de moneda en circulación: el valor del dinero cambia inversamente a la variación en su cantidad. La “teoría cuantitativa” había sido formulada ya en el siglo XVI, bajo el impacto de la “revolución de los precios” provocada por el influjo de metal precioso desde América. Hume, sin embargo, la profundizó y la refirió. El oponente de Hume en esta cuestión fue el ya mencionado James Steuart, quien argumentaba que la cantidad de dinero metálico en circulación depende de las necesidades de la circulación de mercancías. Las ideas de Steuart fueron más tarde retomadas por Thomas Tooke (1774-1858) en la primera mitad del siglo XIX y posteriormente fueron desarrolladas por Marx.

2. Los Fisiócratas (segunda mitad del siglo XVIII en Francia)

El término “Fisiócratas” fue aplicado a un grupo de economistas que aparecieron en escena en la década de 1760, especialmente en Francia, La cabeza de la escuela fue François Quesnay (1694-1774), quien reunió a su alrededor un grupo de discípulos y partidarios. Después de un breve período de brillante éxito, la doctrina fisiocrática fue suplantada por las teorías de la nueva escuela “clásica” que había emergido en Inglaterra, y fue por un largo tiempo observada con desprecio y aún con burla. Marx fue uno de los primeros en notar los méritos científicos de los Fisiócratas, los que más tarde a fueron a ganar creciente y extendido reconocimiento científico.

Mientras la doctrina mercantilista reflejaba las condiciones de la economía inglesa durante la época del capital mercantil, la teoría fisiocrática correspondió más a las condiciones sociales y económicas de la Francia a mediados del siglo XVIII. Este fue un tiempo en que Francia se vio envuelta en una lucha global con Inglaterra por la supremacía naval, comercial y colonial y, después de una prolongada guerra, se vio forzada a ceder el primer lugar a su rival. La política mercantilista -practicada con especial determinación bajo el ministerio de Jean-Baptiste Colbert (1665-1683)- de fomentar la industria, la navegación y el comercio a expensas del estado, había fallado en alcanzar sus objetivos y había devorado enormes recursos.

El efecto combinado de las políticas mercantilistas y las supervivencias feudales fue la devastación de la agricultura. Una miríada de factores estaba operando para contener el crecimiento de la agricultura: una tecnología agrícola atrasada, acompañada por pobres cosechas; las políticas mercantilistas de prohibir la exportación de trigo, que deprimía el precio del mismo y un sistema de impuestos cuyo peso recaía sobre los campesinos y liberaba a la nobleza. En su programa de reformas económicas, los Fisiócratas se esforzaron por eliminar cada uno de estos factores. Ellos fervientemente defendían el tipo de agricultura racional que se desarrollaba con notable éxito en Inglaterra. Recomendaban que la tierra fuera arrendada a grandes agricultores con abundante capital. Reclamaban la abolición de las prohibiciones a la exportación de trigo, argumentando el beneficio de altos precios del trigo y bajos precios de los bienes industriales. Finalmente, a fin de proteger al agricultor de los pesados impuestos, pedían que todos los impuestos fueran trasladados sobre la renta recibida por los señores de la tierra.

El programa económico de los Fisiócratas, especialmente su esquema de reforma impositiva, correspondía a los intereses de la burguesía rural y estaba dirigida directamente contra la nobleza feudal. Sin embargo, como ellos no podían confiar en ninguna clase social influyente (la burguesía rural a mediados del siglo XVIII en Francia era demasiado pequeña e inconsecuente), los Fisiócratas pusieron sus esperanzas principalmente en la corona, de quien esperaban que llevara adelante las deseadas reformas. Es por eso comprensible que los Fisiócratas hicieran cuanto pudieran para mellar el filo de su programa dirigido contra la nobleza feudal y en cambio agudizaran el ataque a la política mercantilista. Ellos escamoteaban el carácter burgués de su programa y enfáticamente acentuaban su naturaleza agraria. El slogan de defender la agricultura de las dañosas consecuencias de la política mercantilista se convirtió en la consigna favorita de los fisiócratas. [a esto hay que sumar su defensa del librecambio: laissez faire.]

Los mercantilistas habían mantenido que el mejor medio para hacer rico a un país era el extensivo desarrollo del comercio exterior. Los Fisiócratas reconocieron como única fuente de riqueza de una nación a la agricultura. Los mercantilistas habían visto el comercio exterior como la milagrosa fuente de metales preciosos y enormes beneficios hacia el interior del país. Para refutar esta noción mercantilista, los Fisiócratas tenían que construir una nueva teoría del dinero y del excedente de valor. Desde su punto de vista el dinero no era nada más que una ayuda conveniente en la circulación de los productos: la riqueza de una nación consistía en productos, no en dinero. Pero como los productos industriales no eran nada más que materias primas obtenidas de la agricultura y remodeladas por el trabajo de la población industrial, y como esta última obtenía sus medios de subsistencia también de la agricultura, la riqueza de una nación consistía en última instancia en el producto agrícola, o en la sustancia material que la población agrícola extraía de las generosas entrañas de la madre naturaleza. La riqueza era creada solamente en el proceso de la producción agrícola, y no en el proceso de circulación. Así la política mercantilista de fomentar unilateralmente y artificialmente el comercio y la industria a expensas de la agricultura era absurda y dañosa en grado sumo, ya que una política de fuerte regulación y limitación estatal pone restricciones a la libertad económica individual y por eso viola las leyes del “derecho natural” (laissez faire: dejen hacer).

Para dar a su programa de política económica un más sólido fundamento, los Fisiócratas construyeron su sistema teórico, cuyos puntos centrales fueron: 1) la doctrina del “producto neto” (plusvalor), y 2) la teoría de la reproducción del capital social.

Para demostrar la necesidad de bombear capital fuera del comercio y la industria y dentro de la agricultura, los Fisiócratas plantearon la doctrina de que solamente la agricultura crea “producto neto” o “ingresos” (plusvalor). En la producción agrícola, la generosidad de la naturaleza suministraba al hombre una cantidad mayor de sustancia material que la que había sido necesaria para las necesidades del cultivador y para reponer sus costos de producción. Este excedente de sustancia material o “producto neto”, iba a los propietarios de la tierra como renta sobre las propiedades y formaba así la base para la riqueza de la nación. Esto constituía el fondo que “alimentaba” a la población industrial en los pueblos y cubría los gastos del aparato del estado. Así, para los Fisiócratas, el trabajo agrícola era el único trabajo que era verdaderamente “productivo”; el trabajo industrial era trabajo “estéril”, en el sentido que no rendía “producto neto” (plusvalor) sobre y por encima de los costos de producción.

Para ilustrar más claramente la dependencia que las clases terrateniente e industrial tenían de la clase de los agricultores (a los cuales Quesnay veía como representando a toda la población agrícola), Quesnay creó su famosa teoría de la reproducción, la cual difundió en su famoso Tableau Economique (1758). En el Tableau Quesnay mostró como se movía el total de la producción anual de una nación. La totalidad de la cosecha de trigo venía primero de todo a las manos de la población agrícola, la cual retenía parte de la misma para su propia provisión y pagaba una parte a la clase de los propietarios de la tierra como renta; una tercera parte del producto agrícola (materias primas para el procesamiento industrial y medios de subsistencia) pasaba a las manos de la clase industrial, la cual a su turno regresaba productos terminados – en parte a la clase de los cultivadores, en parte a los propietarios de la tierra. Paralelamente con el movimiento de productos entre las distintas clases sociales, pero en dirección inversa, se establecía un movimiento de dinero, el cual funcionaba meramente como un auxiliar, para mediar la circulación de mercancías. Como lo representaba Quesnay, todo el proceso de distribución del producto social entre las distintas clases sociales era tal que al finalizar todas las clases de la sociedad tenían sus necesidades de consumo satisfechas y un nuevo ciclo de reproducción estaba listo a comenzar.

El Tableau Economique representó el más importante legado teórico de Quesnay. Fue la primera, ingeniosa tentativa de capturar la totalidad del proceso de producción, circulación, distribución y consumo del producto social con un simple esquema. Mientras que los mercantilistas se habían ocupado en debatir problemas aislados, y usualmente de índole práctica, Quesnay hizo un audaz intento de descubrir el mecanismo de la reproducción capitalista como un todo, un intento que le da el derecho de ser llamado el padre de la economía política contemporánea. En su teoría de la reproducción Quesnay se adelantó mucho a su tiempo. Aún los economistas Clásicos fueron incapaces de comprender este logro teórico; solamente Marx iba a desarrollarlo más tarde.

Hay también una valiosa idea teórica en la doctrina Fisiocrática del “producto neto”, aunque está oculta debajo de un ropaje fantástico. Para los mercantilistas la fuente de beneficio era el comercio y el beneficio era un excedente que quedaba después de cubrir los costos de producción. Los Fisiócratas enseñaron que el excedente, o ingreso neto, está estrictamente formado dentro del proceso de producción agrícola. Consecuentemente ellos trasladaron la fuente de formación del plusvalor fuera del proceso de circulación y dentro del proceso de producción. Esta fue una nueva formulación del problema del plusvalor y constituyó uno de los grandes méritos de los Fisiócratas, Ellos fueron incapaces de resolverlo, sin embargo, porque su naturalismo ingenuo, el cual pone la productividad física del suelo en el lugar de la productividad económica del trabajo, y la producción de sustancia material en el lugar de la producción de valor. Fue necesario dar una nueva base a la teoría del valor tan vigorosamente planteada por los Fisiócratas, a saber la teoría del valor-trabajo dada a conocer por los mercantilistas, y por Petty en particular. Le tocó a Adam Smith llevar adelante esa tarea.

3. Adam Smith (1723-1790) y La riqueza de las naciones (1776)

Los mercantilistas actuaban como defensores de los intereses del capital mercantil, pero hacia el siglo XVIII la política mercantilista ya se había convertido en un freno para el posterior desarrollo del capitalismo: estaba retardando la transición de la preponderancia del capital mercantil a la preponderancia del capital industrial. En Francia la burguesía rural, de quien los fisiócratas actuaron como delegados, era numéricamente pequeña y tenía poca influencia. Por eso los fisiócratas fueron impotentes para vencer la dominación del capital mercantil. Solamente la burguesía industrial en las ciudades tenía el poder para quebrar la preponderancia del mercantilismo. En forma similar, al nivel de la teoría económica, fue solamente gracias a los esfuerzos de la escuela clásica, representando los intereses del capitalismo industrial, que el mercantilismo fue vencido como doctrina. Adam Smith es considerado el fundador de la escuela clásica.

La primera mitad del siglo XVIII fue un período de transición en la historia de la economía inglesa. Aunque la artesanía aún mantenía parcialmente su posición, había dejado bastante lugar a la industria domiciliaria (cottage industry). Había también una más modesta propagación de la manufactura.

Adam Smith puede ser llamado el economista del período manufacturero. El nacimiento del capitalismo industrial a gran escala, en la forma de las manufacturas basadas en la división del trabajo, hizo posible para Smith:

a) Concebir al conjunto de la sociedad como un gigantesco taller con una división del trabajo (de allí la doctrina de Smith sobre la división del trabajo).

b) Comprender la importancia del trabajo industrial, junto con el comercio y la agricultura (gracias a lo cual Smith superó la unilateralidad de los mercantilistas y de los Fisiócratas).

c) Concebir el intercambio entre diferentes ramas de la producción como un intercambio de productos equivalentes basado en igual gasto de trabajo (por eso el lugar central que la teoría del valor ocupa en el sistema de Smith).

d) Clasificar correctamente las diferentes formas de ingreso (salarios, beneficio y renta) que van cada uno a diferentes clases sociales.

Smith comienza describiendo la división del trabajo, a la cual él ve como el mejor medio para aumentar la productividad del mismo. Esta visión fue asimismo un reflejo de las condiciones prevalecientes durante el período de las manufacturas, cuando no había todavía una amplia aplicación de maquinaria y la base del progreso técnico era aún la división del trabajo. Como Smith se interesó principalmente por las ventajas técnico- materiales de la división del trabajo y no por su forma social, es perfectamente comprensible que pudiera confundir la división social del trabajo entre empresas individuales con la división técnica del trabajo dentro de la misma empresa. A pesar de este error, la doctrina de Smith sobre la división del trabajo es de enorme valor. A partir de ella, Smith concibe al conjunto de la sociedad como una vasta sociedad laboriosa de gente que trabaja una para otra e intercambia mutuamente los productos de su trabajo. La concepción de la sociedad como siendo al mismo tiempo una sociedad de individuos trabajadores y de intercambio, le permitió a Smith comprender la importancia de la industria y darle un lugar central a la teoría del valor trabajo.

Smith consideró a la sociedad como una sociedad trabajadora de individuos dependiendo unos de otros en virtud de su actividad productiva. A diferencia de los mercantilistas, él comprendió que el intercambio de las mercancías por dinero equivale en definitiva a un intercambio de los productos del trabajo de diferentes productores. Por otro lado, superó la unilateralidad de los Fisiócratas, quienes consideraban el movimiento de mercancías como un movimiento de materia, o de la substancia material natural, desde la clase de los cultivadores a las otras clases de la sociedad (por ejemplo a las clases terrateniente e industrial). Por debajo del intercambio de productos Smith percibió un intercambio de actividades laborales de los diferentes productores. Si todos los productores dependen el uno del otro, esto obviamente elimina la privilegiada posición que los mercantilistas habían acordado al comercio exterior y los Fisiócratas a la agricultura. Si la industria depende de la agricultura, entonces esta última debe depender de la industria precisamente en el mismo grado. Es absurdo sostener que la población agrícola “mantiene” a la población industrial que es “estéril” en sí misma. La agricultura y la industria son ramas de la producción con igual categoría: el intercambio entre ellas es un intercambio de equivalentes.

Habiendo evitado del error de los Fisiócratas en la comprensión de la relación entre la agricultura y la industria, Smith fue capaz de llegar a una comprensión más correcta del capital y de la productividad del trabajo. Según Smith, todo trabajo es productivo si genera valor o plusvalor, independientemente de si es aplicado a la agricultura o a la industria (Smith vacila en su definición: a veces él define trabajo productivo como aquel que genera plusvalor y otras veces como el que se incorpora en productos materiales que poseen valor).

Paralelamente a extender el concepto de trabajo productivo, Smith también extendió el concepto de capital. Durante el período mercantilista usualmente se llamaba capital a una suma de dinero prestada a interés. Los Fisiócratas mantuvieron que capital (ellos usualmente empleaban el término les avances) no era el dinero sino los productos empleados como medios de producción. Tenían en mente solamente el capital invertido en la agricultura, y además, veían al capital principalmente como un medio de incrementar el “producto neto” (por ejemplo la renta). Smith amplió el concepto de capital y lo extendió igualmente a la industria y el comercio. Más adelante, Smith enlazó el concepto de capital íntimamente al concepto de beneficio, viendo al capital como un generador de beneficios. Haciendo esto él propuso un concepto “económico privado” de capital como un medio de extraer beneficios, al lado del concepto “económico nacional” de capital (en el sentido de medios de producción producidos) que encontramos en los Fisiócratas.

En base a su doctrina de la división del trabajo, Smith colocó a la teoría del valor en una posición central. Los Fisiócratas, con su limitado punto de vista naturalista, habían confundido valor con substancia material. Smith aceptó las ideas que nosotros encontramos presentadas en embrión entre los mercantilistas (especialmente en Petty) y desarrolló luego la teoría del valor trabajo. La secuencia de los pensamientos de Smith es aproximadamente como sigue: En una sociedad fundada sobre la división del trabajo, cada persona produce productos para otra gente y, al entrar en el intercambio, recibe aquellos productos que son necesarios para su propia subsistencia. Adquiriendo los productos del trabajo de alguna otra persona, nuestro productor está disponiendo sobre, o “comandando” el trabajo de otra. Pero, ¿cómo hace nuestro productor para determinar el valor de los productos que él mismo ha producido? Por la cantidad de trabajo de otras personas que él puede obtener a cambio de sus propios productos, responde Smith. Pero ¿cómo hacemos para determinar esta cantidad de trabajo? En una economía mercantil simple [sin trabajo asalariado] esta igualará la cantidad de trabajo que nuestro productor gastó en producir su propio producto. Así Smith a veces determina correctamente el valor de una mercancía por el trabajo gastado en su producción, mientras que otras veces él lo determina, erróneamente, por el trabajo que la mercancía en cuestión puede comprar cuando es intercambiada. Mientras Smith permanece en los límites de una economía mercantil simple esta confusión conceptual es poco dañina, dado que las dos cantidades coinciden. En la economía capitalista sin embargo, esta coincidencia desaparece: el capitalista adquiere el trabajo vivo del obrero (la fuerza de trabajo), por ejemplo ocho horas de su trabajo, a cambio de un producto que contiene una cantidad más pequeña de trabajo. Al ser incapaz de explicar las leyes de este intercambio de capital por fuerza de trabajo, Smith erróneamente concluye que en la economía capitalista el valor del producto es mayor que la cantidad de trabajo gastado en su producción, y es igual a la suma que el capitalista ha desembolsado al emplear obreros más el beneficio promedio (en ciertas circunstancias también más la renta). En consecuencia, cuando llega a la economía capitalista Smith niega que la ley del valor trabajo opere: aquí él cae en la teoría vulgar de los costos de producción. A causa de sus vacilaciones en la teoría del valor, Smith se convirtió en el predecesor de las dos corrientes dentro del pensamiento económico a los comienzos del siglo XIX: la tendencia Clásica, la cual obtuvo su máxima expresión en Ricardo, y la corriente vulgar, representada por Say. La inconsistencia de la teoría del valor de Smith le impidió solucionar completamente su teoría de la distribución. Es verdad que el hizo un enorme avance cuando se compara con los fisiócratas. Reemplazó el falso esquema de las clases sociales de los fisiócratas (clase terrateniente, clase productiva y clase estéril) por un esquema correcto de terratenientes, capitalistas industriales y trabajadores asalariados. Enumeró correctamente las tres formas de ingreso que cada una de estas clases recibe: salarios, beneficios y renta. Especialmente Smith merece reconocimiento por haber distinguido claramente la categoría de beneficio industrial (industrial profit), aplicable también a la agricultura, que los fisiócratas habían ignorado.

A pesar de todos los planteos que Smith hizo en la teoría de la distribución, finalmente su tratamiento de la misma quedó muy incompleto, en parte debido a que no mantuvo el punto de vista de la teoría del valor trabajo, sino que lo abandonó en favor de la doctrina de los costos de producción. Habiendo mantenido Smith la teoría de que el valor de un producto es creado por el trabajo humano y es dividido entre las distintas clases sociales, la interdependencia de los ingresos de las diferentes clases se había mostrado a sus ojos y demandado elucidación a través de la teoría de la distribución. Pero tan pronto como Smith cayó en la teoría de los costos de producción, de acuerdo a la cual el valor de un producto es el resultado de la suma de los distintos costos de producción, o del ingreso de aquellos participantes de la producción (salarios, beneficio y renta), estos ingresos se le aparecieron como algo previo al valor e independientes uno del otro. En vez de referirse al valor del producto como lo primario y a los ingresos como lo secundario, Smith consideró al valor como una magnitud secundaria derivada del ingreso. Pero si este fuera el caso, una pregunta podría surgir inmediatamente: ¿Cómo se determina la medida de estos ingresos (por ejemplo los salarios o el beneficio)? Smith no encontró mejor respuesta a esta pregunta que hacer una disimulada apelación a la teoría de la oferta y la demanda. Desde su punto de vista el nivel de los beneficios depende de la abundancia de capital o, para ser más precisos, de la tasa de acumulación: cuando el capital está creciendo rápidamente la tasa de beneficios cae; cuando el capital total del país declina, la tasa de beneficios sube. Pero un crecimiento del capital indica un crecimiento simultáneo de la demanda de fuerza de trabajo, y es así acompañada por un alza de los salarios. La situación inversa ocurre cuando el capital total de un país está disminuyendo. Finalmente, cuando el capital está en un estado estacionario los salarios y los beneficios se fijan en un bajo nivel. De esta manera el movimiento de los ingresos de los capitalistas y de los trabajadores dependen de que la economía de la nación esté en un estado progresivo, estacionario o declinante. Con esa posición difícilmente se podría decir que Smith resolvió el problema de la distribución: él meramente dio una descripción de los hechos, acompañada por una superficial explicación de los mismos en el espíritu de la teoría de la oferta y la demanda. Quedó para el otro gran economista de la escuela Clásica, David Ricardo, dar el decisivo paso adelante en la teoría de la distribución.

4. David Ricardo (1772-1823) y los Principios de economía política y tributación (1817)

La vida de David Ricardo coincide más o menos con la época de la revolución industrial inglesa, la cual, con la introducción extensiva de nueva maquinaria y el rápido desarrollo de la producción fabril, desplazó exitosamente a las formas previas de la industria (la artesanía, la industria domiciliaria y las manufacturas). Si Smith puede ser llamado el economista del período de las manufacturas, entonces Ricardo es el economista de la época de la revolución industrial, cuyas características básicas se reflejaron en su teoría. En su teoría del valor trabajo Ricardo generalizó los diversos hechos asociados con el drástico y rápido abaratamiento de la producción industrial que resultó de la introducción de nueva maquinaria y del crecimiento de la productividad técnica del trabajo. En su teoría de la distribución, y más visiblemente en su teoría de la renta, él reflejó la agudización de la lucha de clases entre la burguesía y la nobleza terrateniente que acompañó los primeros éxitos de la industria fabril.

El mérito principal de Ricardo es haber liberado a la teoría del valor trabajo de las contradicciones internas que había sufrido en la formulación de Smith, y haber intentado usarla para explicar el fenómeno de la distribución.

Smith había fallado en hacer una distinción suficientemente clara entre la cantidad de trabajo gastada en la producción de un producto y la cantidad de trabajo que ese producto era capaz de adquirir cuando se intercambiaba. De acuerdo con este punto de vista dual, Smith reconoció que el valor de un producto podía modificarse tanto como resultado de un cambio en la productividad del trabajo empleado en producirlo, como a consecuencia de una alteración en el “valor del trabajo” (por ejemplo en el monto de los salarios o de los costos de producción).

Ricardo atacó este error de Smith. El demostró claramente que la cantidad de trabajo que puede ser adquirida a cambio de una determinada mercancía no puede servir como una medida invariable de su valor, y que buscar tal medida invariable es en general una empresa sin esperanza. Ricardo identifica un cambio en la cantidad de trabajo gastado en la producción de mercancías como la única fuente (con la excepción de los casos citados más abajo) de cambios en su valor. Por eso él hace depender la magnitud de valor de una mercancía directamente del desarrollo de la productividad técnica del trabajo. Al adherir consistentemente a esta posición Ricardo hace una gran contribución hacia la solución del problema cuantitativo del valor, aunque con su horizonte limitado (como fue el caso de Smith) a la economía capitalista, él ignoró la naturaleza cualitativa o social del valor como la expresión externa de un determinado tipo de relaciones de producción entre las personas.

Smith había negado que la ley del valor trabajo operara dentro de la economía capitalista, donde el valor de los productos no va completamente a sus productores, sino que es repartida entre los salarios y el beneficio. Para refutar completamente esta errónea visión de Smith, habría sido necesario explicar las leyes por las cuales el capital se intercambia por fuerza de trabajo. Solo hubiera sido posible explicar estas leyes analizando las relaciones sociales de producción que sujetan al obrero al capitalista. Pero el método de analizar relaciones de producción como relaciones entre personas fue desconocido para Ricardo tal como lo había sido para Smith. Ricardo, por eso, no tuvo otro recurso que dejar de lado la pregunta que Smith había planteado. Así lo hizo, restringiendo sus investigaciones a la cuestión del valor “relativo” de las mercancías. Debido a que esta es una cuestión de valor “relativo” de dos mercancías A y B, es obvio que algún cambio en los salarios de los obreros (una suba, por ejemplo) que ejerza una influencia uniforme en los costos de producción de las dos mercancías no afectará en lo más mínimo su valor “relativo”. El resultado de un alza en los salarios no es el incremento del valor del producto, como Smith había pensado, sino solamente el descenso del nivel de los beneficios. No importa como esté distribuido el valor del producto entre salarios y beneficios, esto no afectará la magnitud de valor del producto, el cual en la economía capitalista está determinado por la cantidad de trabajo necesario para producirlo. Al tomar la posición de que los salarios y el beneficio cambian recíprocamente uno al otro, Ricardo hizo un decisivo aporte al punto de vista de que el beneficio es una porción del valor del producto el cual los trabajadores han creado con su trabajo y del cual los capitalistas se apropian.

En esto Ricardo rectifica el error de Smith que consistía en negar que la ley del valor trabajo operara en la economía capitalista. Pero él no se las arregló para mostrar cómo la ley del valor trabajo, la cual no se manifiesta directamente en el funcionamiento de la economía capitalista, sin embargo lo regula indirectamente a través de los precios de producción. Ricardo no logró explicar exitosamente la aparente contradicción entre la ley del valor trabajo y los fenómenos observables de la economía capitalista. En realidad, Ricardo fue capaz de eliminar la influencia de la fluctuación de los salarios (y la correspondiente fluctuación en la tasa de beneficios) en los valores relativos de dos mercancías, A y B, solamente si los salarios tienen aproximadamente el mismo peso en los costos de producción de las dos mercancías, o sea, en tanto que las dos ramas de la producción empleen capitales con idéntica composición orgánica. Si los capitales que producen las mercancías A y B tienen composiciones orgánicas desiguales (o diferente período de ciclo), una suba de los salarios (o caída en la tasa de beneficio) afectará más perceptiblemente a la mercancía producida con una más baja composición orgánica, por ejemplo la mercancía A. Para preservar el mismo nivel de beneficio en las dos ramas de la producción el valor relativo de la mercancía A deberá subir en comparación con la mercancía B. Así Ricardo llega a su famosa “excepción” a la ley del valor trabajo. Los valores relativos de las mercancías A y B cambiarán no solamente con las fluctuaciones en las cantidades relativas de trabajo requeridas para su producción, sino también con un cambio en la tasa de beneficio (o con un correspondiente cambio en los salarios). El beneficio sobre el capital es de esta manera un factor independiente que regula el valor de los productos junto con el trabajo.

Permitiendo estas “excepciones” a la ley del valor trabajo Ricardo abrió el camino para que los economistas vulgares (Malthus, James Mill, McCulloch, etc.) abandonaran completamente la teoría del valor trabajo. Ricardo mismo, sin embargo, consideraba estas “excepciones” como de importancia secundaria comparada con el principio básico del valor trabajo, su punto de partida para construir su propia teoría de la distribución.

La teoría de la distribución de Ricardo persiguió dos grandes objetivos: primeramente debía surgir a partir de su teoría del valor, en segundo lugar debía dar cuenta de los fenómenos reales de la distribución que Ricardo venía observando en la Inglaterra de comienzos del siglo XIX. La teoría de Smith de la distribución había caído en una vulgar teoría de los costos de producción: la suma de los salarios, beneficios y rentas formaba el valor de la mercancía. Nosotros hemos visto ya cómo Ricardo eliminó la contradicción entre la existencia real de beneficio y el principio del valor trabajo: él consideró el beneficio como una porción del valor del producto que quedaba después de la deducción de los salarios (aunque Ricardo se inclinó en sus “excepciones” a tratar el beneficio como un factor independiente en la formación del valor). Ahora Ricardo se enfrentaba con la necesidad de remover la contradicción entre este mismo principio del valor trabajo y la existencia de la renta, la cual a primera vista tiene la apariencia de estar añadida al valor de la mercancía. En tanto esta fue una cuestión de renta “diferencial” Ricardo se las arregló para resolver la contradicción con supremo sentido artístico. La renta crece porque diferentes lotes de tierra tienen diferentes productividades del trabajo. El valor de un bushel de trigo es determinado por la cantidad de trabajo necesaria para su producción en la tierra de inferior calidad bajo cultivo en ese momento. La diferencia entre este valor social del trigo y su valor individual en parcelas de mayor fertilidad (o en parcelas situadas más cerca de los mercados, incurriendo así en menores gastos de transporte) forma la renta que es pagada al propietario de la tierra. Para Ricardo la peor tierra bajo cultivo no paga ninguna renta (un punto de vista erróneo, ya que asume que no existe la renta absoluta). Al ser cultivadas nuevas y cada vez inferiores tierras, el precio del bushel de trigo aumentará. Y también lo hará la renta de la tierra, ambos en términos reales en trigo (ya que la diferencia en productividad entre la mejor y la peor tierra estará creciendo), y aún más nominalmente, en términos de dinero (desde que el valor de cada bushel de trigo habrá subido).

Al tratar la renta no como una adición al valor social del trigo, sino como la diferencia entre este valor social y el valor del trigo en cada parcela en particular, Ricardo fue capaz de hacer su teoría de la renta consistente con su teoría del valor. Al mismo tiempo intentó derivar de su teoría de la renta conclusiones lógicas que estuvieran de acuerdo con los hechos de la realidad. La época de la revolución industrial inglesa estuvo caracterizada no solamente por la tremenda caída en los precios de los artículos industriales que vino con la introducción de nueva maquinaria, sino también por un enorme aumento en el precio del trigo. Este aumento era en los hechos explicable por la rápida industrialización del país, el bloqueo continental de Napoleón y por los altos impuestos a la importación de trigo que se habían establecido en beneficio de la aristocracia inglesa. Este fue un fenómeno temporario, pero Ricardo lo convirtió en una ley permanente de la economía capitalista. En su visión, el crecimiento de la población podría hacer cada vez más necesario transferir los cultivos a cada vez peores parcelas de tierra, lo cual sería acompañado por el crecimiento de los precios del trigo y una tendencia al crecimiento en la renta nominal y real. Todas las ventajas de la industrialización del país irían a la clase de los propietarios de la tierra. Los trabajadores no compartirían estos beneficios porque aunque sus salarios nominales podrían subir con la suba de los precios del trigo, su salario real quedaría estacionario en el mejor de los casos, por ejemplo al mínimo nivel de los medios de subsistencia requeridos por el obrero y su familia (lo que Lasalle llamó la “ley de hierro de los salarios”). En cuanto al beneficio, este exhibiría una tendencia inexorable a la caída, debido a la inevitable suba de los salarios. La caída en el beneficio debilitaría la iniciativa de los capitalistas a acumular capital, y el progreso económico de la nación inevitablemente se demoraría, acercándose a una detención total.

Todo el retrato que hace Ricardo de los movimientos entre las diferentes clases sociales fluye de su convencimiento de que el precio del trigo debía necesariamente elevarse. Ricardo subestimó la posibilidad de un poderoso crecimiento en la productividad en el trabajo agrícola. Su doctrina de un necesario e inexorable crecimiento en el precio del trigo no fue confirmado por los hechos, ni tampoco lo fueron las conclusiones deducidas del mismo. Aun así, su teoría de la distribución representa un enorme avance científico. El pintó el vasto recorrido de los movimientos en los ingresos de todas las clases sociales, y su íntima interconexión; mostró esta dinámica como una consecuencia necesaria de la ley del valor trabajo; y reveló claramente los conflictos que existen entre los intereses de las diferentes clases.

5. La desintegración de la escuela clásica

Ricardo había sido lo suficientemente audaz como para comprender abierta y directamente los conflictos de intereses entre los capitalistas y los trabajadores. Como la lucha entre las dos clases se agudizó y empujó a la lucha entre los capitalistas y la aristocracia a un segundo plano, los economistas burgueses comenzaron a cambiar desde una clara descripción y explicación de la economía capitalista a presentar una justificación de ella. La economía política burguesa devino crecientemente apologética (es decir, se dio ella misma como fin la justificación del capitalismo) y vulgar (por ejemplo restringió sus investigaciones al estudio superficial de los fenómenos tal como ellos podían aparecérsele al capitalista, en vez de probar la conexión interna entre ellos). Aproximadamente en la década de 1830 comenzó el período de “desintegración’’ de la escuela clásica. Los economistas burgueses de ese período repudiaron la teoría del valor-trabajo desarrollada por Smith y Ricardo. Con el fin de mostrar que el beneficio no es parte del valor creado por el trabajo de los obreros, ellos inventaron nuevas teorías sobre su origen. La doctrina de Jean-Baptiste Say (1767-1832) fue que el beneficio es creado a causa de la productividad de los medios de producción pertenecientes al capitalista (la teoría de la productividad del capital); Nassau William Senior (1790-1864) vio el beneficio como la recompensa a la “abstinencia” de los capitalistas, quienes acumulan capital al refrenar la satisfacción directa de sus necesidades personales (la teoría de la abstinencia). Así como la economía política burguesa devino apologética y vulgar, así también comenzó la oposición a ella. Se le opusieron los representantes de la clase terrateniente, puesta en un segundo plano por la burguesía -Thomas Robert Malthus (1766-1834), quien enseñaba que solamente la existencia de una clase rica de terratenientes podría crear un mercado para los artículos industriales-, los defensores de la pequeña burguesía, el campesinado y los artesanos -Sismondi (1773-1842), quien argumentaba que el capitalismo, llevando a la ruina al campesinado y a los artesanos, reducía el poder de compra de la población y creaba así las condiciones para constantes crisis-, y , finalmente, los primeros defensores de la clase obrera (los socialistas utópicos).

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