Un cuento de George Steiner: A las cinco de la tarde

M. tiene la fama de ser la ciudad más peligrosa de la tierra. El promedio semanal de homicidios se sitúa entre veinte y treinta. Apenas si se presta atención a la explosión de un coche bomba o al crepitar de las armas automáticas. Algunos cadáveres son secuestrados y abandonados a la intemperie. La mayor parte se recoge a la caída del día sin mayor trámite. Sólo subsiste el olor a sangre. De tiempo en tiempo, mujeres y niños son atrapados por el fuego cruzado o alcanzados por las esquirlas de metal lanzadas como catapultas desde un automóvil destripado. Cuando eso sucede, se da un estremecimiento de malestar. Proviene de un pasado de usos civilizados y civiles, de un sentido de la seguridad desaparecido desde hace mucho tiempo.
     En la capa de aire caliente que recubre M., han proliferado los buitres. Después de un asesinato, se atropellan, como cobradores de impuestos sobriamente vestidos, sobre el filo de los techos. En ocasiones suele advertirse su robusta sombra aun antes de que se haya oído un disparo.
     Los asesinos y los asesinados pertenecen a una misma familia. Crecieron juntos y se han casado entre ellos. Resulta casi imposible distinguir sus nombres. A menudo, ha sido el azar de un tiro de dados el que les ha valido ser reclutados en un cártel. Son clanes al servicio de los estupefacientes y del asesinato. En principio, tienen un territorio asignado, se supone que deben explotar zonas precisas del país profundo, dirigir las cadenas de cosecha, refinamiento, empaque y embarque que conectan las plantaciones de coca en el interior con los laboratorios clandestinos de la selva y con las pistas aéreas improvisadas que permiten embarcar la mercancía. Pero las líneas de demarcación, de acceso a los intermediarios y a los compradores se borran y confunden. La codicia abre nuevos apetitos. Las complicidades, los arreglos negociados entre cárteles se deshilvanan y deshacen. Entonces vuelven a empezar los asesinatos. Los beneficios, los feudos sangrientos y las revanchas urden una sólida trama.
     Existen, desde luego, gendarmes, unidades militares y paramilitares de combate al narcotráfico, fuerzas federales,* pelotones de soldados estadounidenses fuertemente armados para imponer la ley.
     De vez en cuando una plantación es fumigada o arrasada hasta la raíz, se logra incendiar un laboratorio en medio de la selva. Se oyen, como si fuesen morosas trompetas, helicópteros de vigilancia o lanchas equipadas con armamento. Corre el rumor de un cártel dirigido clandestinamente desde una prisión donde los padrinos viven a todo lujo. Pero las fuerzas del orden son ellas mismas un cártel. Están minadas por los soplones y están vorazmente ávidas del botín del vecino. Inevitablemente, un oficial de policía, un teniente destacado al pelotón de los arrancarraíces, un piloto de vuelos de reconocimiento, tendrá que venderse. Las recompensas son espectaculares. Los asesinatos ocurren hasta en las oficinas centrales de la represión contra el bandidaje. Los investigadores, los jueces, tienen esposas e hijos. Algunos han sido encontrados con un tajo en la garganta o con los ojos arrancados yaciendo en un basurero municipal. Los cárteles establecen alianzas temporales: en cuanto se perfila un peligro desde la capital o del lado de los Boinas Verdes, que suelen ser ellos mismos adictos o drogados, se observa un armisticio.
     Pero que nadie se engañe. En M. la vida sigue su curso. Hay matrimonios, bautizos, entierros, pues muchos logran morir de muerte natural. Las tardes de primavera y de verano, los cines están atestados, sobre todo cuando se proyecta una película de humor o una epopeya criminal. Se juega al futbol con una pasión desenfrenada. En la piscina municipal estallan gritos y risas de niños. Los salones de baile pagan su cuota de protección. Los cafés suelen estar llenos, aunque a una señal imperceptible, casi barométrica, la clientela se evapora. Los prostíbulos de M. tienen una fama bien ganada y, hasta ahora, han sido inmunes a cualquier asesinato que no sea de orden estrictamente privado. Por las escaleras pesadamente adornadas suben y bajan los pistoleros cruzándose con ciega indiferencia. La ciudad es rica y la Santa Madre Iglesia administra sus diezmos con resignada melancolía. Los días de fiesta en la Plaza Bolívar se lanzan fuegos artificiales tan estruendosos que, en cierta ocasión memorable, sus explosiones y silbidos estridentes ahogaron el ruido producido por un intercambio de armas de fuego que dejó como resultado seis cadáveres. A decir verdad, la vida cotidiana en M. cuenta con sus abogados sardónicos, y quiere el rumor que sea capaz de atraer a los turistas (una agencia de viajes estadounidense propone tours por “Las zonas más inseguras y peligrosas del planeta: Camboya, Afganistán, Colombia”). En las colinas de los alrededores prosperan raras especies de orquídeas.n
     Los orígenes del proyecto siguen siendo oscuros. En la ciudad de México hierven los talleres literarios, las pequeñas revistas y las lecturas de poesía en voz alta. Como un arco tenso, la poesía parece ser uno de los raros instrumentos capaces de mantener el equilibrio y de estimular los polos opuestos de las herencias amerindia e hispanocatólica. Tiende un puente por encima de los recuerdos de violencia entre etnias claras y etnias oscuras, entre las nieves y la jungla. Como si fuese un crepúsculo humano, la poesía gradúa y matiza, se ajusta entre la presión tajante del sol en el cielo de cobalto —cuatro soles alumbran el cielo azteca— y la caída abrupta de la noche. Desarma en parte las colisiones ideológicas, facciosas, desahoga de algún modo la rabia social que se fermenta en este país de volcanes.
     Como si lo guiase la naturaleza, el poema fluye y se desliza en la canción mexicana, canta en los dialectos de la danza. Cuando muere un poeta destacado, la ciudad llora.
     El círculo de lectura se reunía los martes por la noche en el Café del Águila y la Serpiente (el café cargado hace juego con los jeroglíficos aztecas). Se reunía en un salón trasero ensordecido por el ruido intermitente del sistema de aire artificial que arrancaba y tosía con imprevisible estrépito. El grupo contaba con alrededor de una docena de hombres y mujeres, aunque no siempre eran los mismos. Se recitaban poemas, se discutían, eran retocados y revisados colectivamente.
     Como el humo de los cigarrillos, las voces, particularmente durante las horas nocturnas, serpenteaban y cobraban perfiles imprevistos. ¿Quién, a sabiendas de que se trataba de un lugar común, había puesto sobre la mesa de discusión el tema de Orfeo, uno de los más sobados timbres de la poesía para pretender el poder y la eternidad? ¿Quién había formulado la tan traída y alborozada proposición de que la poesía y el encantamiento del poeta eran capaces de dominar el mundo natural, por feroz y por brutal que fuera, al punto de atravesar y liquidar la roca muda y de hacer al voraz lobo soñar con campos de lilas? La presuntuosa idea era tan venerable y añeja como la poesía misma. Algo más que incómoda, Francesca no había olvidado su Ovidio:

Tale nemus vates attraxerat inque ferarum
     Concilio, medius turbae, volucrumque sedebat.
     ut satis impulsas temtavit pollice chordas
     et sensit varios, queamcis diversa sonarent
     concordare modos…

Cardenio, el populista autoproclamado y heraldo del hombre (trotskista) común y corriente, insistía exigiendo una traducción.
     —Oh, ya sabes —suspiró Francesca—, Orfeo reúne a su alrededor a los animales salvajes del bosque. Su arte pone a temblar a los pájaros. Las rosas y los árboles se inclinan hacia él para oírlo mejor. La zorra duerme junto al conejo.
     —Petrarca adaptó este pasaje, igual que Shakespeare, Rilke y Neruda. —Roberto Casteñon asumía los privilegios de la pedantería. Profesor de escuela, escribía sonetos.
     —Si sólo fuese cierto —intervino Jiménez con una voz que era casi un susurro. Lo irritaba el humo, y sólo era un participante esporádico—. Si sólo fuese cierto.
     —Y entonces —fue ella, Rosaria, quien planteó la pregunta, —¿cuándo ha servido un poema para detener una bala?
     —Es peor que eso —atajó Casteñon—. Un poema no sólo no puede impedir una matanza: a menudo sirve para adornarla. Embellece el asesinato, y lo hace más soportable. El asesinato de García Lorca se volvió en cierto modo inevitable, ceremonioso, noblemente memorable gracias a sus poemas.
     Cardenio dio un puñetazo con su mano herida sobre la mesa:
     —Abstracciones, siempre abstracciones. El hecho más obsceno es que muchos poetas competentes, aun grandes poetas, se han puesto de lado de la muerte. O han sido fascistas o han cantado himnos al Padre Stalin. El señor Aragon escribió una oda a la Gepeú. La poesía es y quizá debe ser perfectamente inútil. Está más allá del bien y del mal.
     —Y con todo, hay algunos de nosotros, aquí y esta noche, para quienes la poesía es simple y sencillamente lo único que da sentido a la vida —expresó Francesca limpiando sus lentes con nerviosa vehemencia.
     Junio Serra era el más viejo de todos. Había publicado. Tenía su pequeña entrada en el diccionario biográfico mexicano. Su vista ya no era muy confiable, aunque modulaba sus frases con la punta de los dedos, como sopesándolas.
     —Niños, ¿y no es eso lo esencial? Sólo lo que es inútil puede volver soportable la vida. La poesía, la música, las obras de arte. Nos vamos tropezando y cansando a lo largo de nuestras breves vidas, tan a menudo miserables, buscando lo que es útil, poniéndole a todo un precio y preguntándonos: ¿En qué me beneficia esto a mí? “El collar miserable del sentido común…” (Estaba citando unos versos de su poema “La ceguera de la razón”, que había recitado por primera vez hacía un año en esta misma sala.) “Solamente el arte y la poesía nos liberan. Al decir una y otra vez ‘No’ y ‘No’ y ‘No’ a lo que es necesario, al despotismo de los hechos y de la hoja de saldos. Un poema es el más poderoso de los agentes secretos. ¿No fue Brecht el que llamó a los poemas “los más altos explosivos de la esperanza?”
     —Más bien creo que fue el camarada Maiakovsky —opinó Cardenio. Veneraba a Serra pero desconfiaba de su retórica.
     Luego, nadie supo recordar quién había hecho la pregunta: “¿Y alguna vez alguien lo intentó?”
     —Intentó ¿qué?
     —Intentó detener las balas con poemas.
     —Durante la Primera Guerra mundial —intervino Casteñon—, al menos así lo dice la leyenda: un soldado de infantería salvó la vida gracias a un volumen de Keats que de casualidad se había puesto en el bolsillo a la altura del pecho y que desvió la bala.
     —No es eso lo que quiero decir, ustedes lo saben bien. (Ésa debía ser Rosaria Cruz, cuya voz de mezzo atrajo de inmediato la atención de todos.) No quise decir eso para nada. ¿Alguna vez los poetas han intentado, realmente intentado interponer la fuerza de un poema para impedir un crimen?
     Junio entonó: “Ellas, esas locas de Tracia, lo despedazaron. Bebieron la sangre de Orfeo. Sólo quedaba su cabeza flotando sobre las aguas del río.”
     —”Pero la lengua insaciable del poeta quedó cantando todavía” —añadió Francesca moviendo los labios al compás de Ovidio.
     —¿No es ése el punto esencial? Si la muerte no puede reducir la poesía al silencio, la poesía ¿puede acallar a la muerte? —Osvaldo hablaba muy rara vez. Nunca leía en voz alta. De tanto en tanto, cuando todo mundo estaba a punto de irse, distribuía un poema copiado al carbón sobre papel corriente. Y ahora ahí estaba Osvaldo, inclinándose con las manos trémulas—. Más poderoso que la muerte. El poeta, el artista vence a la muerte. Su oda sobrevivirá a la ciudad a la que está dirigida. A través de la traducción o de la imitación, sobrevivirá a la lengua en que fue escrita. Es más poderoso que la medianoche. Eso es lo que nos han enseñado a creer. Como una letanía, como un amparo que garantiza la seguridad de la casa saqueada del espíritu. Pero eso no es cierto, ¿o sí? A los libros se los quema, a los poetas se los mata al igual que a los otros. ¿En dónde estaban las musas en la época de los campos de concentración? El epigrama de Mandelstam le atrajo a él un fin atroz, pero no sobresaltó a Stalin ni por un momento. —Osvaldo se detuvo, incrédulo ante su repentina elocuencia. Tosió con una tos seca y triste. El refrigerador moribundo fue el único que le hizo segunda desde su oscuro rincón, cerca de la puerta de los sanitarios.
     Pero Rosaria no iba a dejarse contradecir. —”La esperanza descansa en desmentir los hechos.”
     —No es un mal verso —atajó Cardenio—. “La propiedad es el robo.” Alguna vez lo usaré.
     —En serio, se los ruego. Por supuesto que el odio tiene más poder que la gracia. (Hasta en sus poemas líricos, Rosaria eludía la palabra “amor”, no sabiendo a ciencia cierta si los seres humanos comunes y corrientes tienen derecho a usarla). Y la codicia es todavía más poderosa. Para la policía siempre será un placer rompernos el hocico. Lo sé. La mayor parte de la gente vive en la mierda, es verdad. En una indiferencia absoluta a la belleza. Cualquier imbécil sabe que…
     —Y los poetas sacan de ahí su lado patético —murmuró Serra.
     —Eso también lo sé demasiado. Pero me dan náuseas, náuseas hasta aquí… —El gesto de Rosaria fue terminante—. Pero imaginar que por una vez, en nuestra pequeña vida, tratásemos de hacer actuar a la poesía: ir a dar martillazos con las palabras en los hechos. Hacerlo así, en público, en la plaza, como un puño que golpea entre ceja y ceja.
     —¿Y cómo te propones hacerlo? —Pero no había ni censura ni burla en el tono.
     Rosaria extendió las manos con pena y culpa. —No sé. Sencillamente no sé, y no debería hacerles largos discursos.
     Fue Osvaldo, con las palmas de las manos sudorosas, quien extendió el periódico que había comprado en el camino antes de llegar a El Águila y la Serpiente. La fotografía le había dado náuseas. No estaba seguro de soportar mirarla una segunda vez, ya no digamos de ser capaz de hacerla dar la vuelta alrededor de la mesa.
     Dos mujeres yacían muertas en la calle con las piernas abiertas: junto a ellas, un niño, con la cara parecida a una col aplastada pero chorreando sangre. Al borde del desagüe, se agazapaba un perro callejero, con el hocico olisqueando filamentos de sangre y de cerebro desperdigados sobre la banqueta. La fotografía había sido tomada con buen tiempo y luz brillante, un día en que las techumbres estaban iluminadas por una luz pura. El pie de foto rezaba: Otro día en Medellín. El artículo anexo explicaba que las víctimas eran la familia de un pequeño traficante de droga sospechoso de ser un informante de la policía. Su esposa estaba embarazada.
     —¿Poemas? —Eso fue todo lo que Osvaldo pudo decir.
     Francesca miraba fijamente la fotografía. Estaba hablando con la claridad concentrada de un sonámbulo.
     —Sí, poemas. Leídos, cantados en la calle. Para quien quiera detenerse, y escuchar, en esa misma calle. Antes de que se haga desaparecer todo vestigio de sangre. Poemas puestos en las manos de los muertos y para los vivos. En especial para los vivos. Poemas contra el asesinato. Añadir algo, por insignificante que sea, al peso de la vida en tal lugar. Poemas llenos de una furia de vivir más fuerte que la de los asesinos. La cólera del amor en un poema… —Se interrumpió, todavía más incómoda por lo que acababa de decir que por Ovidio. El periódico pasaba crujiendo de mano en mano. Osvaldo ya ni siquiera quería tocarlo.
     —¿Me toca a mí ser el aguafiestas? —preguntó Cardenio—. Querida Francesca, usa tu cabeza. ¿Sabes qué sucedería? La policía nos arrestaría por ser unos lunáticos o, acusándonos de perturbar el orden público o de ser los matones que trabajan al servicio de los carteles, nos haría vivir el infierno.
     Serra añadió: —Y lo que es peor, ni siquiera ese pobre perro se detendría a escucharnos.
     Casteñon escuchó su propia voz como si viniera de lejos: —Y con todo, quizá valga la pena intentarlo. Quizá podría lograrse algo. Honradamente no sé qué. Pero nada más tratar podría ser importante.
     —¿Se imaginan los encabezados de los periódicos? —Los hombros de Cardenio subieron y bajaron sacudidos por una risa forzada—. “Poetas de segunda secuestrados por los capos de la droga. Inútil cualquier oferta de rescate.”
     Rosaria concedió: —La idea es loca, completamente loca.
     —Pero ése es el punto, ¿no lo ven? —Hacía semanas que Osvaldo no había hablado tanto—: Una pura locura. Inútil. Quizá sin esperanza. Pero inmaculada. —La palabra dio vueltas a la mesa como una canica en la ruleta hasta que Francesca se apoderó de ella.
     —Inmaculada, querido Osvaldo. Eso es exactamente. Una locura inmaculada. Tan inmune, tan invulnerable, como un caso desesperado.
     —¿Qué podríamos perder sino nuestra pretendida dignidad? —Un cierto hilo de insensatez quedó bailando en la cabeza de cada uno.
     —Querida, querida niña, lo que podemos perder es la vida. Mira de nuevo esa fotografía.
     Casteñon tenía razón, por supuesto. La canica vacilante estaba en equilibrio, y podía caer de cualquier lado. Rosaria había terminado su último cigarrillo y estaba arrugando el paquete como si se vengara. Entonces habló Osvaldo. La suya era la presencia más gris del concierto. Tenía una muy pequeña librería, en parte literatura de vanguardia, en parte libros curiosos y esotéricos. Él sabía que su propia poesía derivaba hacia tenues imitaciones, pero acariciaba la idea de que los practicantes, de que los oficiantes de una sobria ausencia de estilo personal terminaban por ayudar a poner de relieve a los verdaderos maestros.
     —A Octavio le gustaría que fuésemos. Él mismo habría ido si hubiera podido. —Para los presentes, para cualquier poeta mexicano dondequiera que estuviese, la referencia a Octavio Paz valía como un talismán. Era como un papel tornasol para probar la integridad. El ejemplo de Paz no era discutible.
     —Tienes razón, Octavio iría —afirmó Cardenio. Continuar la discusión habría sido una cordial descortesía.
     —Él habría querido que fuéramos —añadió Rosaria sin necesidad. ¿Qué más había que decir?
     Solamente en la puerta de entrada del café, bajo las estrellas repentinamente aparecidas, Julio Serra preguntó como en sueños: —¿Y dónde está precisamente Medellín?
     n
     —¿Pablo Escobar? ¿Quieren saber quién era Escobar? Un mierda hijo de puta. ¿Quieren saber quién inventó a Escobar, quién hizo al jodido Escobar una superestrella? Cabezas de mierda como ustedes. Periodistas gringos.
     Ahí está lo que era. A él le bastaba tirar un pedo, y ahí estarían todos ustedes a sus pies rogándole un pase. Escobar, el emperador de la cocaína. El sádico que asesinaba a montones. Escobar, el ángel guardián de las barriadas, el benefactor de los desheredados. El que daba dinero para las escuelas y los terrenos de juego de las ciudades perdidas. El que hacía saltar a los niños sobre sus rodillas y les llenaba de helados dulces la boca. Fueron los malditos medios de comunicación los que lanzaron a Escobar. Hasta el momento en que quiso jugar al gran señor desde la cárcel, en su suite de multimillonario, jacuzzi y patio con aire acondicionado. Dando conferencias de prensa y posando para sesiones de foto en pijama color púrpura.
     —¿Escobar? Les diré lo que era…
     El informante vació su vaso y tronó los dedos para pedir otro. Toby Warren (del Philadelphia Inquirer) sabía que la cuenta iba aumentando, pero deslizó otra cinta en su grabadora. Le había costado bastante trabajo obtener su entrevista en ese hotel de mala muerte de Bogotá. Le había costado semanas enteras de diplomacia serpenteante y de propinas a los mediadores. Ahora lo que lo hipnotizaba era la panza de aquel hombre, desparramándose como carnosa lava sobre su cinturón labrado en piel de culebra. Parecía un odre fofo. Pero el periodista sentía que si llegaba a darle un golpe, aun con toda la fuerza de su puño, terminaría estrellándose contra algo similar al granito. Probablemente se rompería la mano. Un vislumbre que casi lo distrajo de la voz rasposa del informante.
     —Escobar era un rancherito salido de Cúcuta. Como quien dice, salido del estiércol. Administraba un tendajón de juego, arreglaba peleas de gallos y azotaba a las putas cuando se le antojaba. No sé cómo llegó a ser uno de los operadores de la organización de Bucaramanga. Es allí cuando se empezó a oír algo de él. Era listo, eso se lo aseguro. Llenar de polvo blanco las tripas de un puerco, sepultarlo entre pacas de fertilizante que apestaba tanto que a ningún agente o patrullero de la frontera se le habría ocurrido asomar ahí la nariz. Lo que puso a Escobar en el mapa fue la forma en que usaba el secuestro. El secuestro ha sido una industria en Colombia. Escobar vio que podía combinar eso con el tráfico de droga. Se secuestra a un hombre, y se lo atiborra de droga. Luego se lo cuelga de un gancho en un rastro, y se lo deja sudar. Hasta que pide a gritos droga. Hasta que te propone fornicar con sus propios hijos para obtener su dosis. Así es como Pablo Escobar reclutaba a su gente. Sus hombres, sus mujeres, eran también adictos, con el cerebro reventado, totalmente dependientes de las sucias agujas que Escobar les dejaba. Luego vino la matanza de Manizales.
     Este simple recuerdo hizo al informante remecerse de placer y continuar devanando su madeja con renovado vigor.
     —Un gran cargamento iba a llegar a Manizales. Realmente grande. Cuarenta millones de dólares en el mercado estadounidense. A los federales les había llegado el pitazo. Estaban en guardia. Irrumpieron justo cuando los muchachos estaban acarreando la mercancía en un aeropuerto local. Las cosas se resolvieron mal. Escobar fue uno de los pocos que escapó. Estaba ligeramente herido. Acusó al viejo Gonzalo Santo por haber dejado infiltrarse a un espía, a un agente doble justo en medio del negocio. Juró que lo haría escupir la verdad. Le puso los testículos en una horma de carpintero hasta que confesó. Nadie supo nunca si en realidad había sido él, pero el pobre diablo enloqueció y Escobar lo mandó estrangular. Después de eso, remplazó él mismo a Santo. Pero incluso en aquel entonces no habría podido hacer nada sin Gacha, sin Gonzalo Rodríguez Gacha. Ese sí que era un duro.
     El informante dejó escapar esa frase en un susurro a través de su dentadura café, e hizo rodar sus ojos hacia el cielo con un aire reverente.
     —Gacha estaba totalmente desprovisto de miedo. Podía despedazar a un gato con las manos. Era capaz de lanzar un cuchillo a tal velocidad que uno habría jurado que todavía estaba en su funda. Miraba a una mujer y a ella se le humedecían los calzones. Gacha era un rey. Nunca entendí por qué se arregló con Escobar. Por qué estaba satisfecho con ser el segundo comando. Quién sabe si por desprecio. Sabía que Escobar valía lo que un asado. Pero dejen que los medios zumben alrededor del Poderoso Pablo, mientras el Gacha salía adelante con el trabajo. Se dice que entre los dos hicieron mil quinientos muertos. Medellín se volvió un lugar caliente para el asesinato cuando la banda de Ruiz Valencia irrumpió en el escenario y empezó a rostizar a fuego lento a los peones de Escobar. Un cártel vive de la protección que puede garantizar a sus proveedores y a sus revendedores. Así empezó la guerra. Pero Escobar era un cobarde. Gacha dio la pelea. Plantaba los carros bomba y seguía andando como en un paseo dominical. Cuando la policía de Miami mandó a su sabueso estrella, Gacha lo siguió sigilosamente. Lo encontraron en las letrinas con su verga en el culo. Fue muriendo lentamente.
     Toby checó la grabadora. Nada lo podía impactar. Cero en la Escala Richter del Impacto. En cambio, el foco de su atención se centró en el adornado diseño de las botas del informante.
     —¿Puede haber alguna justificación para esta carnicería?
     El informante tomó de inmediato un aire vidrioso. Se frotó la papada como si acabaran de abofetearlo con un pez húmedo.
     —¿Y usted es el Juicio Final? —No era en realidad una pregunta. Más bien parecía un silbido—. ¿Justificación, cabeza de mierda? Como si usted y sus semejantes supieran de lo que están hablando. Y no es así, amigo. No saben nada de la mierda. Pregúntele a los finqueros allá arriba en el campo. Si no fuera por los plantíos de coca reventarían de hambre. Estarían masticando estiércol y despellejando ratas. Antes de que los cárteles cuidaran de las siembras y de las cosechas, antes que tuvieran una paga regular, esos pobres hijos de puta ni siquiera llegaban a vivir treinta y cinco años. Los niños tenían la panza hinchada como conejas preñadas. ¿Cultivar otras cosas? Eso es lo que les predicaban las agencias de ayuda internacional y los turistas de las Naciones Unidas. Puras pendejadas. Cuando no hay mercado para ninguna otra cosa. Cuando la tierra no es buena. Mientras no llegaron nuestros muchachos, esos muertos de hambre no habían visto en toda su vida ni un foco de luz eléctrica. Cuando no llegaban las lluvias, tenían que beberse su orina. ¿Qué carajos puede usted saber del hambre, Señor Warren? El hambre tiene un olor. ¿Lo sabía usted, eh? Ese olor flotaba por los valles. —El informante hizo girar en su vaso su último cubo de hielo.
     —¿Excusas? —La debilidad de esa palabra le agriaba la garganta—. Yo le voy a decir a usted quién necesita excusas. Y asegúrese de captarlo bien, verifique que su aparato no lo pierda. —Toby miró de reojo la cinta—. Son los maricones jodidos que viven en su país. Son los millones de Laredo a Chicago que consumen la mercancía. Los que se dan su pase en todas las calles pestilentes, en los retretes. Los ricos y los menos que sacan y distribuyen sus toques y pastillas en todas las fiestas. Los que comienzan jalando por la nariz y luego buscan la aguja. Son sus adolescentes los que encuentran a los vendedores a la puerta de las escuelas. Los padres que deslizan narcóticos de baja graduación entre los labios de los niños para que se estén tranquilos y sonrían. Los millones de ustedes que se van haciendo añicos el cerebro a fuego lento y no tan lento. Los que se toman su sobredosis en el motel. Y la carencia que va carcomiendo las tripas como un escorpión. Nieve. Ácido. Velocidad. Cualquier cosa, cualquier cochina mixtura. Para detener la ansiosa ausencia, la segueta que corta por dentro. He visto a esas perras estadounidenses dispuestas a todo, a cualquier cosa, ¿me entiende amigo? “Métemela en el culo. Déjame chuparte. Déjame chuparte los huevos.” Cualquier cosa para obtener la próxima dosis. “Ponme la jeringa, mi rey…”
     El informante se estremeció casi con delicadeza dejando que su risa rodara en sus opulentas entrañas. Luego se curvó hacia delante, dirigiéndose a la grabadora en un aparte susurrando.
     —Si ustedes, estadounidenses de mierda, no estuviesen devorando todas esas drogas, si no se estuvieran arrojando a la calle como perros rabiosos, toda esa cloaca desaparecería de un día para otro. No más hojas de coca. No más laboratorios en la selva. No más acarreadores. No más mulas ni camellos llevando a través de las fronteras la mercancía. No más baños de sangre en Medellín. Kaput, Nada, mi joven amigo. ¿Lo entiende, escritorzuelo? Gringos jodidos. Predican, piden excusas y perdón mientras se meten cocaína por la nariz. ¿Cree usted que las medidas contra la droga pueden tener algún efecto?
     El informante pidió otra bebida con un chasquido de los dedos.
     —Para ser alguien sagaz, como usted parece ser, hace preguntas bastante obtusas. Los cárteles están al corriente de todo mucho antes de que se enteren los asnos de Washington o se hagan siquiera alguna idea de que algo se tramaba en las oficinas de Miami, o en las de los idiotas de México o de Bogotá. Comprar agentes es como robar una máquina tragamonedas. Piden ser comprados. Desde el policía en la frontera hasta las más altas esferas. Desde los agentes de la cia controlados por Noriega hasta la mujer del agregado militar en la embajada estadounidense. Cuando hay un necio —y eso sucedió hace poco en Monterrey—, cuando sale por ahí un valiente pendejo que cree que va a cambiar las cosas, sus hijos son secuestrados, se simula que se les inyecta heroína en las venas y se le envía por correo el video. Y el héroe ni siquiera ha tenido tiempo de limpiarse el culo cuando ya está pidiendo que lo cambien de puesto. ¿Y quién le dijo a usted que el Tío Sam de veras quiere parar el tráfico? Se pagan cuotas a lo largo de todo el camino. Si no hubiera droga para mantenerlos tranquilos, los negros incendiarían las ciudades. Los narcóticos son una buena excusa para enviar tropas al sur de la frontera, para la formación de regimientos contrainsurgentes y atacar el cáncer de las supuestas guerrillas marxistas o maoístas. Cuán ingenuo puede ser usted, amiguito. Los grandes muchachos de Washington, de Houston, de Miami, se encuentran periódicamente con los capos del cártel. Tienen muchas cosas de qué hablar.
     —¿Dónde se dan cita?
     Un crujido seco como de madera muerta.
     —No le haría bien saberlo, pero se encuentran, créame.
     Warren buscaba a tientas una nueva cinta. El informante se rascaba la tráquea. El tequila empezaba a enturbiar sus ojos fríos.
     —De cualquier manera, amigo, las cosas están cambiando. Las mujeres están tomando el relevo. Las mujeres, ¿lo habría creído usted? Los jefes se han dispersado, o bien han sido traicionados. Entre nosotros también están los soplones. —No había la más leve ironía en su voz, apenas una nota de desprecio—. Después de la muerte de Gacha, ya nada volvió a ser lo mismo. Las “Viudas Negras” tomaron el relevo (así las llamamos nosotros). Se dice que Mery Valencia manipuló más de doce toneladas de cocaína en un año. Fueron necesarios más de cien agentes para acorralar a la mujer de Gacha, Gladys Álvarez. Si de veras quiere usted saber qué es lo que pasa en Medellín, encuentre a “La Madrina”. Empezó como una ladronzuela de carteras a los seis años. Tenía nueve cuando los policías le pusieron el guante. Le dijeron que la dejarían ir si los dejaba sodomizarla ahí mismo, en la celda. Se hizo puta. Luego traficante de droga. Se dice que ha estado presente en unas doscientas ejecuciones. Así llegó a ser el Capo el día en que aparecieron flotando en el desagüe los brazos y las piernas de Manuelito. Si no le gusta cómo te echas un pedo, Gladys encarga a sus muchachos que, a cuenta gotas, te pongan ácido sulfúrico en la garganta. “El remedio del Dr. Blanco contra el catarro en invierno.” Pero he hablado demasiado.
     Sus uñas mordidas se acercan a la grabadora.
     —Te he dado más de lo que debía por lo que pagaste. He sido bueno contigo, cabeza de mierda. —El informante dio la impresión de extraerse de su propia masa con asombrosa agilidad. Toby ni siquiera advirtió el signo que le hizo al guardaespaldas que surgió detrás de una palmera plantada en un macetón. Los dos hombres se eclipsaron en un instante. El vaso había quedado vacío.
     Toby Warren guardó su material. Escondió sus cintas y sus cuadernos de notas bajo un montón de ropa sucia en su mochila de viaje. Fue entonces cuando advirtió a un grupo extraño. Distinguió a dos mujeres y a tres o cuatro hombres que se dirigían hacia la recepción. Se diría que llevaban pancartas envueltas en papel periódico. Toby no pudo dejar de ver que eran periódicos mexicanos.

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     El camino hasta Bogotá había sido agotador. El adjetivo que usó Rosaria fue “vomitivo”. En la carcacha de tercera que habían rentado, había tenido náuseas a intervalos previsibles. Reinaba la peste. Osvaldo, que había insistido en venir al viaje —pues después de todo era él el que había compuesto y armado las pancartas—, había tenido una crisis de almorranas. Era intolerable su estoica letanía apologética. El sexteto había acampado a la intemperie siempre que esto había sido posible, pero las lluvias como de diluvio los habían obligado a buscar refugio en moteles de una índole verdaderamente épica. Cuando llegaron a la capital, olían a rancio y tenían todos los huesos entumidos a causa de las constantes sacudidas del vehículo.
     Cardenio parecía hablar a nombre de todos cuando sugirió renunciar a su loca aventura para regresar de inmediato a casa. De una forma u otra, pagarían el tren de Rosaria, que sufría el viaje como un martirio. La idea de continuar hacia Medellín atravesando la Cordillera Central parecía una broma siniestra.
     —¿Y qué vamos a encontrar en ese hoyo infernal? ¿Quién, en nombre de Dios, vendrá a escucharnos?
     Hasta Ovidio parecía darle las espaldas a Francesca, pues se sentía volver a nacer nada más de pensar en los efectos de una ducha que le disolviera la grasa de su cabello apelmazado. Los músculos envejecidos de Serra lo hacían sufrir atrozmente, como si alguien le hubiese sembrado clavos en el lumbago. Para irritación de sus cómplices, Casteñon había guardado todo su equilibrio. Incluso bajo la lluvia, había logrado encontrar que el paisaje era intrigante.
     —Ya hemos capoteado lo peor de la jornada. Una buena noche de sueño y veremos todo de otro modo.
     —¿Lo peor? —retó Cardenio—. ¿Tienes la menor idea de cómo serán los caminos tierra adentro? Ya hemos hecho el doble de tiempo de lo que esperábamos. Yo digo que cortemos y adiós.
     Francesca había leído en algún lado que la fatiga extrema podía producir lágrimas calientes. Sopló ruidosamente en un pañuelo arrugado y sintió malestar al ver cuán impregnado de sudor, cuán gris se había vuelto guardado en su bolsillo. La repentina volubilidad de Osvaldo los dejó cortados. Se habían frotado contra un cable de alta tensión.
     —Yo no he hecho toda esta cabalgata sólo para darme la vuelta a la primera. No le di las llaves de mi tienda al ladrón de Ernesto así porque sí. Ni tampoco sudé sangre sobre esa pancarta por nada. (Estaban apoyados contra una de las ornamentadas escupideras del hotel con sus envoltorios hechos jirones). Todos esos discursos sobre la poesía que abreva en la esperanza. Las palabras sobre los presuntos deseos de Paz y su ejemplo. Ustedes se pueden volver cuanto antes a casa. Yo voy a Medellín aunque tenga que pedir aventón. Y ahí voy a poner esos carteles. Denme los modelos para las fotocopias y yo me encargaré de distribuirlos y ponerlos por todas partes. Lo haré de cualquier modo. Pero maldito seré si me regreso ahora. —Osvaldo se limpió la saliva de sus labios, asustado por sus propias altivas palabras, por su imprevista elocuencia—. Adiós y buen viaje, pero no cuenten conmigo. —Lo dijo con aspaviento superfluo, realizado con un gesto de la mano casi caballeresco, levemente despectivo, pero que sorprendió a Osvaldo tanto como a sus compañeros de viaje.
     Con una voz casi inaudible, Julio Serra le hizo eco: —Tiene razón, ustedes lo saben. Sería abyecto y tonto que nos diéramos la vuelta ahora.
     Pero Casteñon insistió: —Vamos a empezar por dormir. De todos modos no podemos irnos esta noche hacia ningún sitio.
     Y se arrastraron hacia la recepción, pulsaron el timbre y oyeron su tintineo tan leve como una capa de polvo. Con un gesto no exento de ternura, Osvaldo recogió los carteles. Se sorprendió tarareando “Flores para los muertos…”, una vieja canción pasada de moda. Era un niño muy pequeño cuando la había oído por primera vez, bajo la ventana de su madre, en Cuernavaca. Rosaria reconoció el ritmo y se unió a él. Pronto, todos tarareaban, los cuatro hombres y las dos mujeres, terminando de convencer al vigilante nocturno que estaba tratando con una tropa de vocalistas pobres en busca de trabajo. Y no tenían guitarra.
     Cuando se volvieron a encontrar en el desayuno, la discusión pareció a la par indispensable y absurda. ¿Debían abandonar en el estacionamiento su vehículo abollado y proseguir en tren? Cardenio protestó que eso sería como tirar el dinero por la ventana y dar pruebas de una autocomplacencia culpable. Farfulló la palabra burgués. Rosaria prometió que, si le era posible, iría a descargarse en el campo, a una distancia decente. Osvaldo formuló excusas sinceras por su arrogancia de la noche anterior. Con la barba peinada, los ojos brillantes como la luna nueva, Serra dijo que había borroneado un poema en lo más oscuro de la noche. El tono imperioso de Osvaldo lo había inspirado. Cardenio, con quien compartía la recámara, no había escuchado el garrapateo del lápiz arañando el cuaderno. Pero la forma en que Cardenio roncaba…
     Casteñon desplegó el mapa con las carreteras. El río Magdalena lo cortaba como una serpiente azul. Después del río, venía el café de las montañas y el descenso en espiral por el Envigado. No había forma de saber si su quebrantado automóvil lograría vencer las carreteras del país, algunas de las cuales aparecían como hechas de terracería. —”El carro de Apolo, el rutilante arreo de los caballos del sol” —recitó Francesca, agitando su cabellera mojada y dejando que Serra completara los célebres versos de Quevedo. El agua en el hotel era salitrosa, las moscas inevitables. Pero ella sintió que volvía a nacer. Era ya tarde en la mañana cuando se pusieron en camino, abriéndose paso a través de las interminables barriadas de Bogotá bajo un cielo de cobre. Rosaria se apretaba contra la boca un kleenex impregnado de lo que le quedaba de su preciosa agua de Colonia.
     Por la tarde, cuando llegaron a Medellín, el cielo se había vuelto lechoso. Se adentraron en la ciudad buscando un hotel barato. La banda sufría visiblemente y Casteñon la rodeaba gentilmente de sus atenciones. Él mismo se sentía endurecer y volverse una suerte de voyeur. Miraba fijamente a través del parabrisas sucio y giraba la cabeza por todos lados. ¿En busca de qué?
     No sabía demasiado, pero estaba en guardia, casi en una histérica alerta. De tanto en tanto un transeúnte le devolvía la mirada o se detenía ante el espectáculo de ese automóvil asmático. Una viejecilla sonreía a través de sus dientes rotos. Un motociclista los rebasó haciendo restallar su motor. Casteñon se sobresaltó y de inmediato se ruborizó de vergüenza. Los perros no estaban más deteriorados o flacos que en otras partes. ¿Acaso la gente parecía más apurada cuando atravesaba frente a él? ¿Ignoraban las luces rojas de los semáforos más que en Monterrey?
     Avanzando hacia la calle San Martín, Casteñon advirtió unas vitrinas rotas sobre las cuales se habían pegado cartones con cintas adhesivas. ¿O no se trataba más que de un sitio en construcción como cualquier otro? En dos ocasiones —Francesca le dio un codazo— vio o pensó ver un ramo de flores al pie de un poste de luz. Una vez, en el límite de su campo de visión, advirtió algo así como un filamento de baba secretada por un caracol gigante, una mancha de sombra en la banqueta. Podía ser una mancha oxidada o un charco con aceite. Ante el Cine Vasco, la cola se iba alargando. Los oídos entrenados de Casteñon podían adivinar la baraúnda de la música heavy metal, el crepitar de las máquinas tragamonedas de un pasaje vecino. Las calles parecían viajarse a medida que los viajeros se aproximaban del centro. A menos que todo eso no fuese perfectamente normal en vista de que ya se acercaba la hora del crepúsculo. Entre chien et loup, como se dice en francés o entre azul y buenas noches según reza la voz mexicana. Casteñon siempre había adorado la expresión francesa que nombra la llegada de la noche.
     Pero no había ningún lobo a la vista, ni siquiera de los que caminan en dos patas. El olor penetrante era el de la gruesa grasa industrial y el de la basura acumulada. ¿Realmente Casteñon había esperado que olería el terror en el aire, que captaría husmeando el suave olor fétido de los rastros públicos? Luego de siete horas al volante y con ayuda del agotamiento, no estaba lejos de sentir cierta decepción. Reprimió una vaga sospecha de ridículo, de estar sobreactuando.
     Faltaban algunas letras en el anuncio de neón del motel. Incrustado como lo estaba en el asiento del conductor, el único relente de que estaba seguro era el de las alcantarillas tapadas. Una peste a la que ya estaba acostumbrado desde la ciudad de México. Se detuvo por un momento intentando despertar la circulación de la sangre en sus muslos adoloridos. ¿Así que era ésta la capital del asesinato en las Américas?
     Justo antes del amanecer, las ventanas temblaron y una vibración incesante recorrió los leves muros. La explosión retumbaba como tambores atropellados llamando a la retirada. Rosaria se precipitó en el corredor, con los ojos lívidos, blancos bajo el efecto de la impresión.

n
     Durante las entrevistas con el asistente del subprefecto de policía, las invocaciones al Salvador y a su distinguida Madre eran tan frecuentes en la boca del sargento, tan reiteradas que sugerían una letanía arcaica. “JesuMaría”, “JesuMaría” y “Madre de Dios” eran otros tantos rellenos que puntuaban cada frase, a menos que fueran, más simplemente, su sola y única respuesta. El sargento se jaló el cuello de su uniforme, cosa de respirar un poco, y se columpió sobre su sillón hasta hacer gemir los resortes. “JesuMaría”, “Madre de Dios”, era ya demasiado. En nombre del cielo, ¿quién había querido enviarle a estos visitantes? ¿Quiénes eran estos descarriados que se agolpaban en el apestado agujero que le servía de oficina, con esas voces cada vez más enfáticas, más irritantes que el crujido del ventilador eléctrico, que tenía una de sus aspas rotas?
     Diversas conjeturas corrían garrapateando como ratas en el cráneo del sargento, que palpitaba por la jaqueca. Sus visitantes habían salido en grupo de un asilo, de algún hospicio para débiles mentales. Eran los restos de una banda de músicos mendicantes o de una compañía ambulante de teatro en quiebra. Los cuatro hombres y las dos mujeres, una de las cuales tenía el pecho descorazonadoramente plano, eran estafadores, salteadores a la buena ventura que estaban preparando un nuevo, torcido golpe. Pero más probablemente no eran más que pordioseros deseosos de aprovecharse, adulándolo a él, del legendario corazón de Medellín —¡y sin licencia ni permiso! ¡Madre de Dios! ¿Debía detenerlos en el acto? Una siniestra verdad se había abierto paso en sus tripas. Esta banda de piojosos era una especie subversiva de anarquistas o de anarcosindicalistas (se acordaba de la expresión, y se la frotaba contra el pecho). Eran guerrilleros urbanos salidos de México, la ciudad roja. Tal vez debería revisar su vehículo para ver si traían armas o residuos de algún explosivo. ¿Debía hacer que las dos putitas se encueraran para hurgarlas a fondo? ¿Acercar a la barba del viejo (el sargento creía que los anarcosindicalistas usaban barba) ese encendedor en el que se dejaba leer, en letras elegantemente repujadas, “por veinticinco años de leales servicios”? Pero quizá sería más astuto dejarlos que siguieran con su maldito espectáculo, “JesuMaría”, para ver si lograba descubrir qué mierda era aquello. El sargento se aflojó el cinturón y simuló interesarse.
     —¿Y cuánto van a pedir que les paguen por sus cosas?
     —Ni un peso. Se lo daremos gratis a cualquiera que se interese. Ése es todo el fin del juego. —Cardenio habló como si se estuviese dirigiendo a un niño a medias sordo pero peligroso.
     —¿Van ustedes a distribuir esas huevadas gratis? JesuMaría, ¿y eso qué les da? ¿Entonces es propaganda? ¿Panfletos incendiarios? ¿El pequeño libro rojo? —El sargento estaba engolosinado con su clarividencia.
     —Nada de eso. —Y Francesca le brindó su más hermosa sonrisa—. Sólo es poesía. Estaríamos muy honrados si usted y su jefe le echaran un vistazo. —Empezó a sacar un puñado de hojas de su morral tejido con grecas mayas.
     —Ya les diré cuando queramos examinar su basura. Quítela de ahí. ¿Y qué tienen en la cabeza para pensar que pueden venir desde México hasta Medellín para montar su espectáculo de mierda y distribuir quién sabe qué basura subversiva? ¿Están chiflados? Díganme.
     —Quizá tiene usted razón, sargento. Pero los poetas, usted sabe, suelen estar un poco tocados de la cabeza. Para ellos, es casi necesario. Piense en Orfeo, en Blake o en Rimbaud… —Osvaldo hablaba en un tono de voz a la vez soterrado e intensamente concentrado. Involuntariamente, el sargento se inclinó hacia delante intentando captar lo que quería decir con su discurso el mariconcito (por supuesto, era un marica, las antenas del sargento eran en ese terreno infalibles). Pero trataba inútilmente de ubicar a cualquiera de los personajes nombrados por Osvaldo en su inventario interno de agitadores conocidos, de agentes clandestinos conocidos de oídas o de desertores destripados de Sendero Luminoso. A todas luces, estos vagabundos debían tener sus contactos, y sus nombres, por supuesto, debían estar en clave. Era necesaria una estrecha vigilancia.
     —¿Y quiénes imaginan ustedes que van a venir a oírlos?
     —Quizá nadie. Quizás uno o dos desocupados que tengan tiempo. Algunos que estén de paso, los que estén saliendo del trabajo. Pero tiene usted razón, su excelencia (a Rosaria le pareció que era del todo inútil cualquier título honorífico), muy probablemente nadie. Ni siquiera un alma.
     —Y en ese caso, ¿qué piensan ustedes hacer? —preguntó entre dientes, sin aflojar las mandíbulas.
     —Dejar nuestros poemas en la banca de un parque, y volver a casa. —Serra había replicado con tanto aplomo y serenidad que el sargento no pudo dejar de oler una trampa.
     —¿Dejar su basura en un lugar público? ¿En el jardín municipal? JesuMaría, hay edictos públicos. Los haré encerrar por vagabundeo, por vandalismo, antes de que tengan tiempo de… —Pero no encontró la palabra. El tono lancinante del viejo pendejo lo ponía más que incómodo, como el ritmo hace mucho olvidado pero perturbador de un pasado irrecuperable. La maldita conversación había durado demasiado.
     El guardia pretoriano se levantó de su sillón. —¿Y suponiendo que alguien se detuviera a escuchar su mierda —disparó la palabra dirigiéndola hacia las dos mujeres—, entonces, qué? ¿A qué le están tirando realmente? Quiero la verdad pura y dura. Ésta es una advertencia para todos. —Y golpeteó la funda de su revólver.
     Se podría pensar que Roberto Casteñon traía la respuesta preparada:
     —Honorable asistente del procurador adjunto: entendemos que en Medellín hay no pocos problemas y dificultades.

 

La esperanza estimada de vida en esta ciudad no es lo que debía ser. La poesía no sirve para nada contra las balas y los carros bomba. Eso lo sabemos. Usted dirá que los poemas son inútiles, algo así como residuos. Pero ése, entiéndalo, es nuestro punto, nuestra idea. Es su inutilidad la que guarda su fuerza, su poder. Ésta es una contradicción, una paradoja. Pero hay crisis humanas en las cuales sólo lo perfectamente inútil es capaz de ayudar. Las autoridades más honorables de su comunidad están sin duda haciendo todo lo que pueden para hacer descender los índices de mortalidad. Pueden estar ustedes orgullosos, sin duda alguna, de la abnegación de los hospitales y de la buena disposición de la Iglesia. ¿Cómo podríamos ser tan tontos, tan soberbios para creer que podríamos serles a ustedes de alguna utilidad? Sólo brindando algo tan inútil, tan aparentemente ineficiente que tome por sorpresa a los corazones. Algo tan impotente como un ramo de flores recién cortadas, o como la luz de las estrellas. Lo que esperamos realizar aquí es recordar a quienes nos escuchen (oh, estoy muy de acuerdo con usted que quizá nadie llegue a escucharnos) el sonido, incluso el sabor, si puedo decirlo así, del placer puro, de la risa. Me doy cuenta de que nos toma usted por traficantes o quizá por algo peor, mi querido sargento. Y quizá lo somos. Pero lo que nosotros traficamos es una droga más dura que la cocaína, y que crea una adicción más intensa. Existen todo tipo de nombres para ella. Algunos la llaman “sueños”, otros le dicen “esperanza”. Por lo que hace a mí, pienso que se trata de algo que tiene un efecto mágico sobre el tiempo. Es algo que detiene el tiempo normal, el tiempo del asesinato, de los secuestros, del abuso sexual a los niños. Los poemas derrochan el tiempo. No como el Nintendo o las máquinas tragamonedas. No es fácil de explicar. Tiempo perdido, sí, pero por exceso de plenitud. De maravilla, de renovación. En él alienta el encanto, son como ejercicios respiratorios para el espíritu gastado. Déjenos intentarlo, amigo sargento.
     El sargento tenía los ojos fijos en el techo y en la maraña de sus resquebrajaduras. La contrariedad había cedido lugar a un sentimiento mucho más amenazante. En su boca había un sabor a rabia, pero también un resabio de triste, extraño orgullo. Intentó controlar el tono de su voz.
     —Ustedes no entienden, ¿verdad? Ustedes no han empezado a entender nada con todos sus hermosos discursos. ¿Por qué demonios no van a montar su circo de pulgas a Tijuana? He oído que ahí matan a la gente con casi tanta frecuencia como aquí y que luego juegan a mandar los cuerpos al otro lado de la frontera. Medellín es especial. ¿Qué carajos saben de esto? Nada. —Su hocico echaba fuego—. Ustedes no saben nada de Medellín, ni de la forma en que aquí se hacen las cosas. Créanme, ustedes me importan menos que un pedo. Pero ¿a título de qué va a pagar la municipalidad su entierro? Si ellos llegan a sentirse ofendidos con su basura, no llegan a ver que caiga el sol… Cuando el chofer regresó a su casa y guardó su coche, se encontró con un cachorro amarrado en la puerta del garaje. Era precisamente el tipo de cachorrito que su hija no dejaba de reclamarle. El animal gemía de sed o de miedo. Entonces el cretino, se inclinó para acariciarlo. Madre de Dios, al perro le habían puesto dinamita en la panza. Ahí está cómo es la vida y la muerte en Medellín. ¿Y me quieren hacer ustedes creer que esto va a cambiar un centímetro por su fina charla y sus pildoritas de poesía?
     Al escucharse a sí mismo, el sargento sintió que deliraba y que la situación se le estaba yendo de las manos. No había ventilación en el cuarto, y Rosaria tenía un pañuelo desechable pegado a la boca.
     —Así que váyanse de aquí, mientras puedan. Si llego a verlos deambulando por ahí, les confisco el vehículo (de todos modos, muy probablemente ya no resista el camino) y los entambo. ¿Escuchan bien, mis finos amigos? Dejen de hacer payasadas y lárguense de Medellín. En esta delegación policíaca se practican inspecciones corporales. Desafortunadamente, no contamos con mujeres en el pelotón. —Al sargento le ganó una risa metálica sin dejar de mirar a Rosaria que estaba a punto de desmayarse—. Medellín es muy especial.
     El sargento cayó en la cuenta de que se estaba repitiendo. También eso lo enojó y lo puso triste. Era una tristeza cuyo origen se le escapaba. Escurría desde lo más profundo como un jarabe espeso, estancado. Volvieron a surgir nuevamente esos desoladores recuerdos de infancia que estos comediantes enloquecidos no tenían ningún derecho de venir a remover.
     Se dirigieron hacia la puerta con pasos desalentados. Eran espectros que recordaban vagamente el miedo y las pruebas del viaje. ¿No les había dado a entender cabalmente que no se permitiría ningún teatrito loco en ningún lugar público, que para ellos era tiempo de dejar el campo libre? ¿Debía precipitarse tras esas sombras que ya se batían en retirada y deletrearles todo de nuevo para que incluso ellas entendieran? En lugar de eso, con las manos levemente temblorosas se dejó caer sobre el sillón y tomó el teléfono.
     Habitualmente, Dos Dedos (los otros tres de su mano derecha le habían sido cortados con una sierra eléctrica por los esbirros que no se habían dado cuenta de que le dejaban todavía dos, y esa negligencia más adelante les costaría cara, y de que su víctima era zurda) habría colgado brutalmente el teléfono. Los resoplantes farfulleos del sargento y su pesada respiración eran los de alguien o bien borracho o bien prendido por la mariguana que, como Dos Dedos bien sabía, envolvía desde temprano la delegación de policía de Medellín en una humareda parda. Pero una palabra en el cerebro fofo de Dos Dedos lo había enganchado: México. El sargento había musitado México. Esos carajos charlatanes habían venido desde México. El traficante de droga escupió con cierto aire meditabundo en las manos trémulas y empezó a alarmarse.
     Las distintas organizaciones tenían sinapsis, fosos de serpientes pactados a través de los cuales podían darse, negociándolas, alertas vitales. Nadie habría podido hacer exactamente el mapa de sus ramificaciones, la red sofocante pero finamente tejida que se extendía desde la media docena de capos en la cumbre hasta los más abyectos revendedores en la base de la pirámide, que enlazaban los campos de coca en las altas planicies con las calles destartaladas del South Bronx, con los patios de Malibú o con los casinos de Nevada. Las fibras pulsátiles de la comunicación y de la oferta, de la asignación de los precios y del blanqueo del dinero, de la corrupción politicojudicial y de la sádica paga. Basta un leve movimiento en una parte estratégica de la red para que la trama laberíntica empiece a temblar a lo largo y a lo ancho de toda la malla. México era, por supuesto, una terminal nerviosa de importancia absolutamente crucial. A través de México la cocaína fluía hacia los apetitos histéricos de Estados Unidos. Los puntos de tránsito, a través de aviones ligeros, lanchas de alta velocidad o transportistas individuales, las bolsas donde se negociaban las expediciones y se pesaban las mercancías compradas se encontraban en Ciudad Juárez, en Tijuana, en Cucuña, en depósitos clandestinos sembrados a todo lo largo de una frontera demasiado porosa. Las relaciones diplomáticas con el equipo de Quintero en Guadalajara, con la banda de los Arellano en Tijuana, con los comerciantes y refinadores especializados en la heroína y en las anfetaminas, que operaban desde el patio abandonado de una antigua fábrica a las afueras de Monterrey, tenían que ser mantenidas y fortalecidas. Cualquier cosa que tuviese que ver con México exigía una atención inmediata.
     Dos Dedos corrió la voz. Una de las voces tácticas del cartel de Cali le susurró un consejo sumario: “Agarra a una de las putas y métele un cable de alta tensión por el culo.” El reflejo que vino de Guadalajara fue —eso era típico— más circunspecto: “Averigua a qué vinieron esos payasos. ¿Quién los mandó?” Calma. El contacto en Tijuana hizo su sugerencia: “Mira si hay un cojo entre ellos. Hay un agente de la oficina de Miami que cojea. Tratamos de cogerlo cerca de la frontera pero falló el levantón. Es de mediana edad, y cojea.” Dos Dedos lo absorbió todo como a través de un popote. El problema estaba ahora en Medellín. Estaba por llegar un gran embarque. Esa puta de Álvarez seguramente se las había olido. Alguien había visto a dos de sus mirones en el aeropuerto de Río Negro. ¿Podía haber alguna conexión? Dos Dedos era responsable de que todo estuviese en orden en Medellín. Detestaba la anarquía, y el coche bomba no había sido su fuerte. La violencia debe llevar una etiqueta, hasta la tortura tiene sus convenciones. De otra forma, el mundo sólo sería para los escorpiones. En la visión de Dos Dedos, los aficionados eran la peor plaga. Espiar a los seis mexicanos estaba muy debajo de su dignidad, por debajo del escalafón que le correspondía en la jerarquía. Mandaría a Emilio. No era ningún genio, seguro, pero era observador. Un hombre capaz de diluirse en la multitud (¿qué multitud?). Quizá todo este asunto no era más que una alucinación de un poli aburrido y fumado hasta atrás. Dos Dedos alzó lo que le quedaba de mano en un signo de bendición masónica. Una broma privada entre el clan de San Tomé. Deslizó la pistola en el cinturón y fue a buscar a Emilio.

n
     Toby Warren tenía un problema. Madame Álvarez era inaccesible, estaba fuera de todo alcance. Las tarántulas anidan en la profundidad. ¿Así que dónde estaba su reportaje? Cierto, había habido el carro bomba. Pero a pesar del macabro escenario, la carnicería no había suscitado el menor —ningún— interés. La víctima pertenecía a un grupo de sórdidos agentes inmobiliarios, y se decía que su esposa era una judía brasileña. La justicia local no se había mostrado para nada hospitalaria. Los reporteros gringos no valían más que las moscas que devoraban a los caballos, y que había que aplastar. Los vecinos le habían cerrado la puerta en las narices. Aunque intentó proponer una respetable mordida, la visita de Warren a la morgue no dio ningún resultado. ¿En qué cosa había puesto la nariz? Lo poco que había quedado del cadáver despedazado ni siquiera se le podía enseñar a la adolorida viuda. “Estas cosas pasan, usted sabe, Señor Warren.” Desafortunadamente, Toby había escrito el epitafio del muertito. Arrancó la página. Ya le pasaban los dos whiskys que había bebido demasiado temprano. El aire pesaba como una malla de queso, cubría su boca con un calor sofocante.
     Quizá, quizá había algo que extraer de la perorata del informante. Pero en lo esencial eran cosas sobadas y sabidas por todos aquellos que habían tenido algo que cazar entre los cárteles del Narco y de la Adicción Estadounidense. La saga de Escobar había engendrado reportajes, entrevistas más o menos apócrifas, e incluso libros. Toby tenía la impresión de haberse metido en un banco de arena. La muela del juicio necesitaría atención tan pronto como regresara a su base (un cavernoso departamento de un solo cuarto en Filadelfia, en un condominio habitado por gente recién divorciada). Entretanto, su lengua no dejaba de frotarse una y otra vez contra su muela rota. Lo mejor sería hacer la maleta e irse. Éste efectivamente había sido el consejo que, entre bostezo y bostezo, habría proferido el hombre del bar en la bodega vacía, casi hundida en la oscuridad.
     Toby Warren ya se iba hacia el motel (recordaría las moscas) cuando sus ojos se quedaron clavados en el póster:

gratis, absolutamente gratis. lectura de poesía. canciones cantadas por los vates de los cuatro soles. plaza municipal. a las cinco de la tarde. gratis.

En la esquina siguiente, había un segundo anuncio. En forma de luna nueva, con las letras impresas entre sus cuernos jubilosos:

la poesía es la droga de la esperanza. traigan a sus amores. vengan con sus hijos. absolutamente gratuito.

Y una vez más el lugar y la hora.
     El tercer cartón había sido puesto sobre un andamio, justo delante del motel.

los poemas son el alcohol de la alegría. vengan a escucharnos. traigan a los suyos. a nadie le hace mal un poema. gracias a las flores suceden las mejores cosas. admisión absolutamente libre. plaza municipal. a las cinco de la tarde.

Ese refrán, a las cinco de la tarde, Warren, lo había oído en algún sitio. Significaba más de lo que decía. ¿Y qué? Se quedó de pie ante el cartel, extrañamente perturbado. Otra noche más en Medellín podría ser una buena inversión. Le haría falta un fotógrafo. De un diario local o de una agencia de prensa. En cuanto se dio la vuelta, Toby oyó un ruido de papel desgarrado. El niño se alejó al trote. El texto del afiche había quedado algo dañado. Toby se miró a sí mismo intentando parcharlo. Lo observaban dos gatos con sus ojos indiferentes y lisos como el oro.
     n
     Rosaria estaba segura de que no aguantaría las ganas. El miedo siempre empezaba por anidar en su desgraciada vejiga. Pero ¿cómo disfrazar esa mancha repugnante? A la altura de su codo el cenicero desbordaba. La serenidad de Francesca, la fría atención que ponía en el poema que estaba ensayando, le parecía detestable a Rosaria. Pensar que pronto se vería declamando en una plaza desierta —o algo peor: las advertencias del sargento seguían resonando en sus tímpanos— la sofocaba. Cuando llegara su turno de recitar, ella se levantaría, incapaz de emitir un sonido coherente, y orinaría. Había estado fuera de sus sentidos cuando había decidido venir a esta maldita aventura.
     —Debemos encontrar la forma de explicar algo sobre Orfeo. Sin hacernos los superiores. ¿Me imagino que habrán oído hablar de Lorca? —La pregunta de Francesca, su voz helada, dejaron indefensa a Rosaria.
     —Ay, Dios mío —fue todo lo que pudo decir. Francesca alzó los ojos interrogante:
     —¿Crees que conozcan aunque sea un poco a Lorca?
     —Pero eso, ¿a quién le importa? ¿No te das cuenta? Aquí los gángsters te cortan el cuello sólo para pasar el tiempo. ¿Tienes idea de cuántas mujeres han sido aquí violadas a plena luz del día? —La voz de Rosaria le recordó a Francesca la de una querida tía que estaba muriendo de cáncer en la garganta.
     —Vamos, no es tan melodramático. En apariencia, la mayoría de la gente lleva una vida de lo más ordinaria en Medellín. Muy probablemente ni un alma viviente se molestará en irnos a ver. O habrá un aguacero. —Francesca lanzó una mirada interminable a la luz que se eclipsaba. Cuando sus ojos dejaron la ventana, encontró la puerta abierta y escuchó las sandalias de Rosaria alejándose por el corredor rumbo a los baños.
     Osvaldo no dejaba de maravillarse ante su destreza. Él, con su aire de ratón, había logrado pegar más de media docena de pósters en lugares muy visibles. Él, la rata de biblioteca, bienconocido por su timidez ineficiente y sus modales de solterón. Hasta hoy su existencia había sido un celibato del alma y de la carne, había vivido acolchonado contra cualquier riesgo íntimo o público, ya fuese de la carne o de la mente. Como si la vida misma hubiese sido un charco peligroso, como se envuelven los zapatos en hule (los suyos los había heredado de su padre hacía muchos años), y hete aquí que ahora estaba en esa cueva de los leones que era Medellín poniendo carteles desafiantes. Se había sentido desnudo, esperaba cualquier agresión, incluso que lo liquidaran. Le dio vueltas a esta palabra siniestra en su lengua. Y se dio cuenta de que estaba feliz. En él, el estremecimiento de la felicidad era nuevo, como el tañido de una campana exótica. Aguzaba el oído.
     Cardenio intentaba ser práctico.
     —Si nadie llega a venir, debemos esperar un momento. O ponernos a leer hasta que alguien se detenga a escucharnos. El secreto está en captar la atención. Será infernalmente difícil si no hay amplificador. Nada más nuestras voces. Debemos empezar por leer o recitar lo que nos sabemos de memoria. Para hacer nuestros comentarios, debemos esperar a que alguien se detenga. Tu sermón sobre la poesía y la esperanza. “La droga de lo inútil”. —Al escuchar que lo remedaban, Casteñon sonrió. Se sentía a gusto con la irrisión fraternal de Cardenio, con la cálida impaciencia de ese hombre que caminaba una y otra vez entre las camas revueltas. Sonrió de nuevo cuando Cardenio tartajeó algo sobre estar completamente indefensos. ¿No deberían tener, en nombre del sentido común, un revólver descargado a la mano? —Hay mujeres, sabes.
     —Probablemente están menos asustadas que nosotros. Francesca ciertamente… Y si alguien busca problemas o quiere arrestarnos, léeles tu balada sobre la cólera del perico. —Cardenio respondió con un gruñido relajado:
     —Con tal de que no caiga un aguacero. —Pero nada podía detener a Casteñon.
     —Podemos llevar un paraguas. Rosaria tiene uno. Es de seda color lila.
     Julio Serra rezaba con una vehemencia nada disimulada. ¿A quién? El viejo rapsoda había sopesado la cuestión desde la infancia. La noción de un dios al otro lado de la línea le daba vértigo. Qué loca arrogancia creer que podía haber un auditorio de ese tamaño. En cuanto a los santos o a los demonios, a una escala más humilde, a Serra le parecía que estaban por debajo de su dignidad. ¿A quién entonces se dirigía con tan apremiante y articulada necesidad? ¿Para qué oídos iba entreverando plegaria con poesía, desiderata con lamentación? Serra había llegado a intuir que la plegaria era un ejercicio esquizofrénico y una disciplina. Estaba en diálogo con otro yo. No por fuerza un yo más puro quizá o más poderoso. Pero otro íntimo, infatigablemente atento a cada matiz, a cada palpitación del sentido pulsando oculta pero turbulenta entre líneas. Más allá de su propio desciframiento consciente, una atención alerta, aunque desprendida, a la intención encubierta, a las fugas, a las verdades que elevan las paráfrasis, oscuramente resonantes en sus invocaciones como en la música. —No nos ridiculicemos a nosotros mismos. O mejor, sí, hagámonos los ridículos, pasemos por cobardes, si es necesario. Ojalá que no olvide yo mis gotas contra la tos. Que las alas de los ángeles dichosos nos guarden de la lluvia.
     Cuando dejaron el hotel precipitadamente, un mirón los seguía. Al parecer ni siquiera le importaba esconderse. Si la forma de caminar de alguien puede proclamar el arte del desdén indiferente, ese arte lo había llegado a dominar Emilio.
     Avanzaron en fila india. Como niños, reflexionó Francesca, jugando a los Pieles Rojas. De su bolsa deshilachada extrajo una mascada, una prenda que hacía muchos años le había ofrecido un enamorado y que desde entonces no usaba. Ahora su gallardo estampado de rosas amarillas y de unicornios caracoleando entre ellas, parecía un talismán. Al mirar uno de los carteles, Casteñon le quitó a Osvaldo un sombrero imaginario. Pero se preguntaba si había hecho bien dejándolo venir. El pobre hombrecillo tenía la tez cenicienta.
     Casteñon tomó posesión de la plaza con solo un vistazo. Parecía haber seis o siete almas reunidas alrededor del pedestal, desfigurado por los graffiti, desde donde pensaban leer. Un viejo estaba apretando contra su pecho la mitad desgarrada de uno de los carteles que indicaba el lugar y la hora. Había un joven, casi un niño, fumando; un ciego vacilante se apoyaba en su bastón blanco. Como si lo hubiese sorprendido un viento repentino. Y dos o tres mujeres cargadas con bolsas y canastas repletas, moviendo impacientemente los pies cansados.
     En la luz vacilante, le fue preciso un momento antes de ver a los otros (Cardenio le había dado un codazo). Ahí estaba su sombra fiel, ahora adosada a un enrejado donde la gente ponía sus bicicletas, escupiendo de tanto en tanto sobre sus botas con ostentoso desprecio. Un policía, en las Arcadas que llevaban a la Calle de San Martín, con un teléfono móvil colgado de su cintura. “Como un hombre colgado”, imaginó Rosaria. Y extrañamente fuera del campo de visión, en la ventana de la planta baja, un observador de traje color beige, con un pañuelo floreciendo en la bolsa a la altura del pecho. Intermitentemente el caballero parecía emitir —como un flash— un destello vívido de luz. Casteñon no dejó de darse cuenta de que el invitado llevaba un anillo de macizo metal; al moverse, el anillo reflejaba el sol de la tarde. “Mas de lo que nos atrevimos a esperar”, resopló Serra. Casteñon hizo un signo de bienvenida.
     —Señoras y señores, por favor acérquense. —Nadie se movió, y el policía habló por su teléfono móvil.
     —Señoras y señores, de todo corazón les agradecemos que hayan venido a escucharnos. Nos damos cuenta de que para ustedes no ha sido fácil ni conveniente hacerlo. Que muy probablemente tengan ustedes cosas mejores o más urgentes que hacer. Mi nombre es Roberto Casteñon, y quiero decirles de nuevo cuán agradecidos estamos con ustedes mis colegas y yo.
     En ese momento apareció un pordiosero cojeando y arrastrando detrás de él un perro callejero entre gris y pardo.
     —Amigos míos, si puedo llamarlos así: ustedes saben por qué estamos aquí. Para leerles a ustedes, para leer con ustedes algunos de los grandes poemas escritos en nuestra amada lengua. (Osvaldo empuñó el rollo de copias xeroxcomo aquel que alza en alto la oriflama en alguna batalla caballeresca perdida.) Pero como deben ustedes de saberlo, amigos, los poetas son creaturas vanidosas, pavorreales. Así que esperamos que nos permitan leerles también algunos de nuestros propios versos. —Una de las mujeres que llevaba cubierta la cabeza con un pañuelo (¿era india?) movió la cabeza con un vigor enigmático—. ¿Qué intentamos hacer?
     —Buena pregunta —farfulló Cardenio aparte y sólo para él.
     —Lo que estamos intentando hacer es a la vez muy pequeño y muy grande. Entendemos que la vida en Medellín (les pido que perdonen a un extranjero por decirlo así) resulta a veces difícil. —Casteñon había sopesado la palabra y su posible exactitud desde que había salido de México—. Que la muerte y la desesperanza recorren las calles de Medellín. —El anillo que estaba en la ventana lanzó un destello glacial, como dando una señal—. Tenemos la esperanza de dar a ustedes una hora o dos de belleza, de ese género de olvido que es también recuerdo.
     —Oh, Madre de Dios, pensó Cardenio, otra vez Casteñon el místico, el sofista. —Pero el ciego alzó los ojos, poniendo su mano tras el oído como para oír mejor.
     —La poesía puede ayudarnos a salir de nosotros mismos y de nuestras miserias. Nos hace soñar mientras estamos despiertos. Habla de cosas que son fantásticamente reales, pero que no pertenecen a nuestra vida diaria. De cosas que perduran cuando nuestras preocupaciones presentes y nuestras actuales confusiones, por graves que sean, hayan pasado hace mucho. —El pordiosero ciego lanzó al aire un agudo cacareo y Casteñon, por un momento, se creyó perdido.
     —Siga —gritó el ciego con magnánima condescendencia—, siga.
     —Los poetas creen, o al menos algunos entre ellos lo hacen, que un poema verdaderamente grande es más poderoso que la muerte. Porque sobrevive y dura más tiempo que la residencia en la tierra, no sólo del hombre o de la mujer que lo escribió, sino también de quienes lo oyen o lo leen. En ciertos casos, el poema sobrevive incluso a la lengua en la que fue originalmente escrito. ¡Un hecho verdaderamente asombroso si piensan ustedes en él! —Casteñon estaba sonriendo desde el fondo de sí mismo, casi libre de sus perturbaciones intestinales—. Ésa es la razón, amigos nuestros, de por qué hemos venido hasta Medellín a compartir con ustedes el más poderoso narcótico conocido hasta ahora por el hombre: la esperanza. Y por eso deseamos empezar leyendo un poema que, sin duda alguna, ya les será conocido. Un poema que vence a la muerte.
     Justo Serra barrió la plaza con sus ojos como si lo esperara una multitud. Por un momento, sus labios parecieron privados de palabra. Entonces empezó:

A las cinco de la tarde
     Eran las cinco de la tarde
     Un niño trajo la blanca sábana
     A las cinco de la tarde

El sombrío esplendor del lamento de Lorca por el torero Ignacio Sánchez Mejías golpeó el aire como un gong. Sin que nada lo amortiguara, el eco de los muros y de las arcadas alrededor quedó resonando. Serra estaba recitando sólo la sección inicial. Cuando llegó a la imagen del carro de la muerte y del extraño sonido de la trompeta fúnebre, su voz pareció vacilar:

Un ataúd con ruedas es la cama
     A las cinco de la tarde
     Huesas y flautas suenan en su oído…

Y fue el señor que traía el cartel desgarrado y el clavel en el ojal del saco el que vino a su rescate:

El toro ya mugía por su frente…

Había enrollado el papel como un altavoz. El mugido ahorcado del toro era perfecto. Y al llegar la caída lacerante del poema, su voz se unió a la de Serra:

Eran las cinco de la tarde.

Ante este gesto de alianza y simpatía, el calor inundó el corazón de Casteñon que batía como un martillo. Saludó en silencio inclinándose hacia él, al comparsa imprevisto, mientras que Osvaldo circulaba poniendo de prisa en las manos del público renuente copias de los poemas. Atravesó la plaza para poner una hoja en las manos del mirón que los acechaba y en las del policía. Sólo quedó fuera de su alcance el hombre que miraba desde la ventana.
     Francesca dio un paso hacia delante. Leyó algo de Homero Aridjis, luego de Gabriel Zaid, introduciendo cada poema con unas palabras útiles para situarlo y hablando de estos poetas como si ellos también estuviesen presentes ahí. El niño había dejado de fumar.
     —Ahora queremos que escuchen un poema escrito por uno de nosotros, una especie de canción que está esperando música. Escrito especialmente para Medellín. —Casteñon señaló hacia Rosaria Cruz. Ella se quedó de pie como si tuviese raíces. Sabía que se estaba meando. ¿La delataría algún olor? Cardenio la tomó de la muñeca, y la apremió para que se adelantara.
     —No puedo oírla —ladró el ciego. Rosaria empezó de nuevo; y la mujer con la gran canasta asintió:
     —Así está mejor.

No hay ciudades de la muerte, de la muerte
     No hay medias noches que duren para siempre
     El corazón es un barrio de la esperanza
     Un primer alto en la frontera
     Vivir es atravesar la vida
     Apenas comienza
     Quién nacerá aquí esta noche
     Trayendo la mañana
     Como el águila
     Cuando con la mirada
     Parece dar órdenes al sol

¿El hombre de la ventada había eructado o había emitido una estentórea carcajada? Mientras Rosaria recitaba, otras personas se habían venido acercando lentamente hasta el centro de la plaza. Había ahora una docena o más, y una de las personas que escuchaba, un barbón, se había quitado el sombrero y aplaudía. De nuevo, Casteñon se adelantó.
     —Hemos venido aquí con ustedes a causa del espíritu y del ejemplo de Octavio Paz, pero no es sólo porque Octavio Paz haya sido el mayor poeta de México. Es porque él fue un ejemplo fulgurante de valentía, de pasión por la justicia y de clemencia. Él nos habría apremiado a venir a Medellín, a traer poesía para todos aquellos que podrán beber de ella fortaleza y consuelo. Así pues deseamos concluir esta lectura con uno de los poemas mágicos de Octavio. —La voz de barítono bajo de Cardenio proclamaba sin esfuerzo:

Luz que no se derrama, ya diamante,
     detenido esplendor del medio día,
     Sol que no se consume ni se enfría
     de cenizas y fuego equidistante…

Cuando lanzaba el último verso, Cardenio abrió los brazos, como abrazando el ardor intacto de ese sol diamantino, equidistante de todas las cosas y criaturas. Siguió una oleada de aplausos y, desde el círculo exterior de la asistencia cada vez más numerosa, sonó algo como un grito de gratitud.
     El guardián de la sombra atravesó la multitud moviendo los codos.
     —¿Dónde está su permiso? —No hubo respuesta—. ¿Creen ustedes realmente que pueden armar un espectáculo público sin permiso? —Se apoderó de lo que quedaba de las hojas por distribuir—. ¡Confiscadas! —Dio a la palabra un volumen amenazante como si se dirigiera a todos los que ahí se habían reunido—. Me van a seguir hasta la delegación de policía. En Medellín no están permitidos los vagabundos. Aquí no necesitamos pordioseros mexicanos. Tenemos bastante con los nuestros. —Una vez más, pareció que se volvía a los que ahí estaban.
     Su indeseado guardián se había materializado intempestivamente saliendo de la oscuridad. Se inclinó hacia el oído del policía. Con un ojo puesto sobre el observador de la ventana, que lanzaba destellos con su anillo (ya diamante, pensó Francesca). Un segundo susurro, más cortante. El guardián del orden público pareció dudar. Luego alzó los hombros en un gesto de morosa aceptación, devolvió el fajo de copias xerox a Osvaldo, se aclaró la garganta ruidosamente, como un rumiante que ha perdido el aliento, y se retiró de ahí con un paso casi distraído.
     El hombre que había susurrado cruzó su mirada con la de Casteñon. Hizo un signo apenas perceptible en dirección al motel. Había empezado a caer una lluvia muy fina. Serra alzó su rostro hacia ella. De cenizas y fuego equidistante

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     En cuanto entraron al lobby, se les quedó grabada la voz del hombre que los estaba esperando. Aterciopelada y nauseabunda como una melaza caliente. Una voz que contrastaba con la corpulencia del hombre y el cruel resplandor de su anillo.
     —Me gustó esa parte sobre el águila. “Ordenando al sol” o algo parecido. —Rosaria tembló imaginando que no faltaba nada para que extendiera los brazos y le estrujara los senos—, Robles, Camilo Robles. Pero ustedes me pueden llamar “Pepe”. Como todo el mundo, o casi. —Y Robles movió la cabeza como maravillado—. ¡Fue usted la que hizo eso? ¿Se sacó sola eso de la cabeza, la damita? —Una breve pausa—. Quiero que escriban un poema para mí. —Ante el estupor, confirmó con un signo de la cabeza—. ¿Cómo se llamaba aquello? Un llanto, un lamento, como el dedicado al torero. —Francesca tenía los ojos clavados en el cinturón del hombre, recamado de plata labrada, de su traje de lino claro y de sus zapatos hechos en piel de cocodrilo—. Pagaré, por supuesto. El camarada Pepe es generoso. Pregunten en Medellín. —Cardenio sintió el dinero en la voz del hombre, en su panza. El sillón de bejuco crujía bajo su peso desparramado, pero Pepe no invitó a sentarse a los viajeros. Sabía que dominaba y saboreaba la situación—. Como el dedicado al torero, pero mejor! —Miró con grandes ojos a Serra, como un maestro de escuela airado.
     Con la garganta ardiendo, Casteñon logró preguntar: —¿Un lamento, señor Robles? ¿Pero para quién?
     Pepe pareció contento. Jugó delicadamente con su anillo y dejó salir un suspiro voluptuoso. —Justo. Una buena pregunta. —Se movió hacia el escritorio de la recepción. Tequila para sus invitados—. Y nada de servir esos meados de chivo que sirves aquí de costumbre. ¿Entendiste? —El empleado se precipitó hacia la oficina—. Un llanto para Jesús Soto. Conocido como Pancho el Tigrillo. —Rosaria se descubrió a sí misma absurdamente sentada a los pies de Robles, intentando captar cada palabra que salía de esa voz sofocante.
     —Créanme, amigos míos, Pancho era mi mejor hombre. El mejor, con mucho. Salvó mi vida cuando los putos Boinas Verdes y sus helicópteros cayeron sobre nosotros a la salida de Cartagena. Cuando regaron el camino de petróleo y empezaron a disparar sus lanzallamas, yo ya empezaba a rostizarme en vida pero Pancho me sacó de ahí y apagó el fuego a mano limpia. Sin él… —Pepe se alzó delicadamente una pierna del pantalón con delicada deliberación. La cicatriz estaba lívida, y tenía forma de araña—. Sin El Tigrillo, yo habría quedado asado. Rostizado en vida. —Robles hacía que cada una de sus pausas fuera elocuente—. O la vez en que estábamos descargando la mercancía en el aeropuerto de Managua y cuando los jodidos matones de Gacha nos habían tendido una emboscada. Animales, eso es lo que son. No sé cómo pero Pancho los advirtió en la oscuridad mucho antes de que empezaran a adelantarse. En la oscuridad más completa. Las balas zumbaban como mosquitos. El Tigrillo fue herido primero en el brazo, luego en las costillas. Pero no se daba por vencido. Se mantuvo disparando hacia atrás y gritando tan fuerte que los cobardes huyeron con la cola entre las patas. Y cuando llevamos a Pancho hacia la camioneta, todo lleno de sangre, Jesús no dejaba de repetir: “Todavía tengo balas, no hay que desperdiciarlas.” —Los ojos de Robles se humedecieron con el recuerdo—. Ése fue Pancho el Tigrillo para ustedes. No lo desperdiciemos. —Vació su vaso de un golpe y pidió una nueva ronda—. Hace unos seis meses, lo mandé a inspeccionar un cargamento a las afueras de una de nuestras plantaciones. Material de la mejor calidad, casi listo para viajar. Pancho conocía la pista como la palma de su mano. Se desplazaba con frecuencia de noche. ¿Fue uno de esos indios comemierda el que lo entregó? Lo que hicieron con él los federales ni siquiera debería de contárselos. No en presencia de las señoras. —Robles movió todo su peso como en una discreta marca de deferencia—. Me enviaron las fotos. Le habían arrancado los ojos y le habían rellenado la boca con sus propios testículos. “Cuando todavía estaba vivo.” Fue eso lo que escribieron a la vuelta de las fotografías, esos sucios torturadores. “Cuando todavía estaba vivo.” —Pausa—. Mi mejor soldado. Tenía una mujer y dos niños en Yarumal. Y un perico. Con ojos rosas, color coral. Oh, ese cotorro, cómo amaba Pancho ese cotorro. —El tono de voz de Pepe oscilaba entre el placer distante y la pena—. Ahora ya saben, señoras y señores, por qué quiero que escriban un lamento para Jesús Soto, mejor conocido como Pancho el Tigrillo. Y quiero que lo reciten en la plaza y que pongan copias por todas las paredes. No repararé en gastos.
     Incluso la lluvia había dejado paso al silencio. De alguna forma, Cardenio logró asumir un aire marmóreo—. Estimado señor Pepe, nosotros, todos nosotros, estamos muy honrados y halagados por su proposición. La apreciamos mucho, se lo aseguro. Pero ¿cómo podríamos componer un llanto para el llorado señor Soto? Como usted debe saberlo, querido Señor, nosotros hemos venido a Medellín movidos por la aflicción de lo que sucede aquí, por el horror a las masacres y a las mutilaciones. Usted sabe infinitamente mejor que nosotros todo lo que se esconde detrás de esos hechos, en todos los sentidos (por un instante, los labios de Cardenio se congelaron), en qué formas sus empresas, sus negocios están involucrados en estos tristes hechos. —Los ojos de Robles nunca dejaron de estar sobre el rostro de Cardenio; se habían puesto lisos y ahumados como estaño viejo—. Nosotros no estamos aquí para juzgar, Señor Robles. ¿Cómo podríamos hacerlo? No tenemos ningún poder. Nuestra esperanza estriba en traer a la gente de aquí una chispa de placer, un pequeño sabor a aire fresco para todos aquellos que quieran escuchar nuestros poemas y releerlos. Hacerles recordar lugares donde haya menos muertes, un tipo de vida en que los niños no vuelen en pedazos y que los perros no lleven dinamita cosida en las tripas. —Cardenio se acercó más. No podía ocultar el temblor de las manos ni el sudor—. Eso es todo lo que tenemos la esperanza de hacer aquí. ¿Cómo podríamos componer y recitar un lamento para su amigo el Tigrillo? Seguramente un hombre de sus alcances, comprenderá que eso es imposible. —Camilo Robles se había levantado a medias de su sillón, pero luego lo pensó mejor.
     —Qué finos discursos hace usted, amigo. Como paletas de dulce. “Una bocanada de aire fresco.” ¿Fue así como dijo? El pobre viejo Pepe no sabe emplear así las palabras. Ahora permítanle hablarles a ustedes francamente. —Su voz se había apagado, obligándolos a acercarse. Más duro de oído, Serra se puso la mano en el oído como para escuchar mejor—. Es usted un hablador. No es usted más que un pequeño mierda que juega con las grandes palabras. Pero no tiene usted la clave de nada, ¿o sí? —Robles movió la cabeza como si estuviese dirigiendo a unos niños retardados—. ¿Saben ustedes quiénes son los que perpetran la mayor parte de los asesinatos por aquí? Bueno, déjenme decírselos. Pongan atención. A Pepe no le gusta repetirse. Los verdaderos asesinos son el Ejército y las Fuerzas Armadas Revolucionarias, los locos rojos. Son ellos lo que están tratando de controlar los campos de coca, y los caminos que llevan al sur. Si no ayudáramos a los campesinos con las cosechas y les enseñáramos cómo hacer la pasta para poder embarcarla hacia el exterior, se morirían de hambre. Como están las cosas, ellos pagan protección a los putos marxistas. No a nosotros, mi amigo, culo brillante. Los indios han venido masticando coca durante más de dos mil años, para engañar el hambre, para mantenerse en su mundo de sueños. De otro modo, la miseria los volvería locos. Cuando los yanquis lanzan sus defoliantes, todo se muere, todo. ¿Usted no sabía eso, cretino, o sí? Así los precios suben, y a los agentes estadounidenses y a los militares estadounidenses les toca una tajada mayor.
     Con la velocidad relampagueante de una víbora, cosa asombrosa de parte de un hombre tan corpulento, Pepe agarró a Cardenio por el cuello. Sus caras estaban sólo a unos centímetros una de la otra. —Yo no toco la droga, nunca la he tocado. ¿Puede usted meterse eso en su cráneo? Pero millones de gente se mueren por esa mierda. Se vuelven dementes sin ella. Se prostituirán y rogarán y matarán por la próxima dosis. Ni siquiera pueden esperar a que atravesemos la frontera. Se empujan en los palacios de Bocagrande, esperando con impaciencia que les sea entregada la mercancía. Se orinan en los pantalones cuando nos ven venir. He oído que hay más de sesenta y cinco mil hectáreas dedicadas al cultivo de la coca, lo que vale un billón de dólares al año. Sólo porque la piden y la piden en Europa y en Estados Unidos. Si dejaran de usar esa mierda, lo que usted llama nuestro horrible negocio cerraría de inmediato. ¿Entiende lo que quiero decir, señor poeta?
     Robles aflojó su mano. Cardenio se incorporó temblando. Cuando Pepe prosiguió, su voz provenía como de una gran distancia, y con serenidad concluyó: —Ustedes van a escribir ese lamento para Pancho. No se les vaya a olvidar mencionar que me salvó la vida. Y que no había un mejor tirador o un mejor contrabandista en ningún otro cártel. ¿Han entendido eso, todos ustedes? Habría atravesado el fuego por mí, Pancho, el Tigrillo, se los digo yo. Desde que murió mis sueños son amargos. —Robles ya se había levantado—. Van a poner su circo mañana. A las cinco de la tarde. —Su mirada maligna esa casi infecciosa—. Puedo prometerles un gran público. Eso sí, se los puedo garantizar. Y música. Y fanfarrias. Tenemos las mejores bandas en Medellín. De ustedes quiero calidad, y de la mejor. Nada de cosas gastadas ni de segunda mano. ¿Me he dado a entender? Ahora amigos, manos a la obra. —Alejándose de ahí con un paso lento y en cierta forma majestuoso, Pepe dejó caer en el regazo de Rosaria un fajo de billetes.
     Ni él ni los escritores alquilados oyeron el clic de la grabadora de Toby Warren oculta detrás del gran árbol de hule.

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     Podían oír la fanfarria cuando dejaron el motel. El sonido se hizo caliente y amarillo como el destello del fuego en el aire. El pellejo del cráneo le picaba a Osvaldo. Era la marcha solemne de los toreros entrando en la plaza. Francesca se columpiaba al compás. A su alrededor la gente corría hacia la plaza. Algunos con niños colgados sobre sus espaldas. El preludio de cobre había dejado el lugar a un éxito popular. Los muros y paredes hacían reverberar su resonancia. Involuntariamente, los pies de Casteñon siguieron el ritmo. Los seis actores debían abrirse paso entre la multitud moviendo los codos. Un escenario verdadero se había armado junto al pedestal. Festivamente decorado con los colores nacionales, equipado con un micrófono y altoparlantes, lo más moderno y actual para el arte. De las jacarandas y de los postes de luz, bailaban colgados los globos como fruta madura. A medida que Casteñon y compañía se acercaban, el flash empezó a destellar y el camarógrafo caminó hacia atrás como una lagartija desarticulada que fuera en retirada. Ahora la orquesta concluía un tango.
     Desde un balcón, el alcalde agitaba la mano con un aire benévolo mientras su bufanda y cadena al cuello emitían chispas alegres. El jefe de la policía parecía envuelto por el follaje de los galones y las doradas condecoraciones. Osvaldo intentó buscar con la mirada al señor Pepe, pero fue inútil y no se sintió bien. El observador anónimo de la víspera probaba el micrófono. A cada golpecillo, una ronca onda estática florecía por toda la plaza. Se hizo un silencio abrupto: el himno nacional.
     Después de lo cual, los músicos de la banda pusieron de lado sus instrumentos y se pusieron a vaciar botellas de agua mineral sacadas de debajo de sus asientos. ¿Fue un gesto del alcalde lo que disparó los aplausos? A medida que los visitantes extranjeros se trepaban al escenario, crecía el tumulto. La rubia platinada que estaba inmediatamente detrás del jefe de la policía sopló un beso. El niño que había estado ahí el día anterior lanzó un agudo silbido. Y ahí estaba el ciego con la boca abierta como si estuviese bebiéndose el clamor del festival.
     Al buscar el micrófono, Casteñon se sentía dividido entre el miedo y la exultación “como un galeote en libertad”, garrapateó Toby Warren en su cuaderno de notas. Casteñon alzó las manos, con las palmas abiertas pidiendo silencio. Cuando cedieron los gritos y los aplausos, se inclinó ante los potentados y dirigió a los músicos un saludo fraternal. El músico de la tuba le devolvió el saludo. Una oleada de cuervos se cernió en una espiral en la media luz de la tarde. Rosaria se afanaba en contarlos como si su vida dependiera de sacar bien la cuenta.
     —Apreciado Alcalde, Su Excelencia —las hombreras del jefe de la policía gruesas como coles no parecían pedir menos—, señoras y señores de Medellín, mis colegas y yo estamos muy agradecidos y conmovidos por su bienvenida. Nos alivia el corazón. —Un vigoroso “Bravo” salió de algún sitio entre la multitud—. Somos personas común y corrientes, que llegan aquí con muy sencillas esperanzas. Su presencia aquí y la suya Señor —otra inclinación hacia la zona de los balcones— nos demuestran que no hemos venido aquí en vano. —Los aplausos se desencadenaron crepitando como si hubiesen seguido el gesto de un oculto director de orquesta—. Para expresar nuestra gratitud, hemos preparado un poema nuevo para esta ocasión especial. Pero antes de que yo pida a Francesca que se los lea, permítanme unas palabras de introducción. —Una iglesia cercana marcó el cuarto de hora con un tañido discreto—. Este poema, al igual que aquel con el que comenzamos ayer —”¿había sido solamente ayer?”, fantaseó Osvaldo transpirando —es un poema triste. Cuenta la historia de un amigo ¿Por qué teníamos que escribir un poema tan triste para una reunión tan alegre? ¿Por qué cantar a la muerte cuando lo que hemos intentado es despertar la vida y la esperanza? —La atención del público era como un peso suspendido en el aire—. Al igual que la música, la poesía seria no es nunca ni completamente jubilosa ni completamente triste. Quiere ser como la vida misma; busca tocar el acento del dolor en nuestras alegrías y de la alegría en medio de nuestros dolores. Nos recordará la muerte incluso en la más alegre de las fiestas, y el renacimiento en la más negra de las noches. Perder a un amigo es algo terrible; pero es algo maravilloso intentar recordarlo, saber que nuestro recuerdo continuará haciéndolo vivir en nosotros. Y ahora le toca a Francesca decir y cantar un llanto para ustedes en memoria de Jesús Soto que murió tan joven.
     Casteñon lo habría jurado. Había visto el agrio destello del anillo. Pero ¿de qué lugar perdido de la plaza o de los balcones podía venir? Francesca se adelantó con los ojos entre cerrados. Cardenio no pudo dejar de ver que, bajo su blusa con motivos peruanos, estaban erguidos sus pezones.

Los ojos del Tigrillo son de fuego
     Cuando miran a los arbustos espinosos
     Y el fuego en ascuas
     No conocen ni el miedo ni la clemencia
     Pero el mundo está lleno de demonios
     Y el Tigrillo nunca conocerá la traición.

El humo se había disipado en la garganta de Francesca. Cantaba con una voz de nítida campana.

¿Quiénes somos nosotros
     en las ramas enmarañadas de los espinos
     para decir lo que está mal?
     La amistad es más poderosa
     —prevalece aun en el infierno— que el amor.
     Osvaldo apenas si podía creer la fuerza nueva, el alto vuelo de su voz. La plaza estaba tensa, rebosante por su voz.

Adiós amigo Pancho, adiós
     Llevaste mensajes de muerte
     Como los ojos del Tigrillo
     Guardas el fervor con la noche.

Francesca había abierto sus brazos de par en par. La envolvía la luz que se eclipsaba tras las montañas. Cantó la desolación con exultante júbilo. Rosaria vio que las aves se iban en bandada envueltas en un viento silencioso.

Adiós Amigo Pancho,
     tú que caminabas a través del fuego
     Ojalá que puedas encontrar la luz
     Como tigrillo en el crepúsculo
     Como tigrillo en el crepúsculo

Entonces sonaron los primeros disparos. –
     

— Traducción de Adolfo Castañón

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