A 500 años de la Reforma protestante

por Jaume Botey//

Introducción

El 31 de octubre de 2017 se cumplirán 500 años desde que, según la leyenda, Lutero clavó en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg su escrito sobre las indulgencias. Se considera el inicio de la Reforma protestante. Fue una ruptura que iba más allá de los términos religiosos en los que se planteó. Las consecuencias de ese cataclismo pusieron en evidencia la existencia en Europa de dos culturas, dos modelos de relaciones sociales, dos formas de entender la política y el poder, incluso, dos modelos económicos que, de hecho, aún hoy perviven entre la Europa del norte y la Europa mediterránea.

Los grandes debates entre los métodos racional y empírico, platonismo y aristotelismo, laicidad y conservadurismo, el poder temporal de la Iglesia y la pobreza, la fe y la religión, representaban las dudas de una sociedad decadente y, a la vez, consciente de que llevaba los gérmenes de un nuevo modelo que no acababa de nacer. Muchos de esos debates que configuraron el inicio del Renacimiento vuelven a ser los grandes debates de hoy, en una sociedad tan perpleja como la de entonces. Para comprender la Europa de hoy es importante comprender qué supuso la Reforma en el s. XVI y especialmente cuál fue el punto de partida de su principal protagonista, Lutero.

1.1 Intentos de reforma antes de la Reforma

El movimiento de Lutero fue la expresión de las profundas fisuras que, desde finales del s. XIII, aparecen en la monumental unidad entre pontificado e Imperio, sobre la cual se asentó el feudalismo: el nacimiento de la consciencia individual, la tendencia a la secularización, la aspiración a un nuevo modelo de relaciones sociales, los inventos (la imprenta, la brújula,…), la nueva visión del universo de Copérnico y Galileo, el incipiente capitalismo y el nacimiento de la banca, la formación de los nacionalismos y los estados, etc.; eran algunos de los síntomas que anunciaban un cambio. En filosofía y teología, suponía el agotamiento de la escolástica, la aparición del nominalismo, la importancia del método empírico como fuente de conocimiento, etc. Y, por lo que respecta a la vida religiosa, una creciente consciencia de la necesidad de reformar la Iglesia, demasiado vinculada a intereses temporales.

Inicio Reforma protestante

En la baja Edad Media, fueron frecuentes las propuestas e intentos de reforma, la mayoría movidas por un espíritu sincero. Podríamos citar a san Bernardo (s. XI), con la profunda renovación del monacato, o a san Francisco (s. XIII), iniciador de un nuevo modelo de espiritualidad, de vida pobre y de imitación evangélica de Jesús, en la ciudad. De la Corona de Aragón, debemos citar a Ramon Llull, Eiximenis o Arnau de Vilanova. A la vez, aparece una serie de movimientos, en la frontera entre disidencia y fidelidad, en permanente conflicto con la jerarquía y con el Imperio, y perseguidos por ambos. Por ejemplo, el movimiento de las beguinas y begardos en los Países Bajos, de los valdenses o “Pobres de Lyon” en el norte de Italia, hoy considerados precedentes del protestantismo, o el movimiento de los cátaros y albigeses en el sur de Francia, en el s. XIII, todos ellos duramente perseguidos.

A principios del s. xiv surgen nuevas formas de espiritualidad, de carácter subjetivo y místico como la denominada “Devotio Moderna”, los místicos Eckhart y Tauler a orillas del Rin, los Hermanos de la Vida Común, inspiradas más en la experiencia personal y en la contemplación que en los procesos racionales o deductivos de la escolástica. Tienen en común que “la verdad” se expresa más con los hechos que con las palabras, que la adhesión de la voluntad es más importante que el conocimiento por la inteligencia, que la experiencia de fe vale más que la adhesión racional a un dogma. Todos coinciden en la necesidad de volver al cristianismo primitivo, a la pobreza de la Iglesia, a poder leer los textos sagrados en la lengua del pueblo, fomentando una piedad dulce y tierna, vinculada a la figura humana de Jesús y el rechazo a la jerarquía y al lujo de la liturgia. Esta era la respuesta a la profunda crisis religiosa y moral de la institución eclesiástica.

Priorizar el conocimiento procedente de la experiencia suponía no concedérsela a los denominados “artículos de fe” (por otro lado, imposibles de demostrar) y, en consecuencia, dudar de conceptos como “justificación”, “salvación”, “gracia”, “perdón”, de los que, según esto, no podemos saber si significan algo. Era uno de los efectos del nominalismo que defendía que, antes de los nombres y los conceptos, antes de la filosofía abstracta, hay un conocimiento procedente de la realidad, de las cosas concretas que podemos experimentar y tocar. De aquí a considerar que el papado, la jerarquía, los sacramentos, la Iglesia son invenciones humanas al servicio de estas palabras sin contenido, hay un paso. Ockham fue uno de los principales representantes de esta corriente.

Sobre esta base se asentó la popularidad de Juan Wiclef y, después, de Juan Huss, en plena crisis del Cisma de Occidente y condenados en el concilio de Constanza. Wiclef, que ya había muerto, en condena póstuma, y Huss, llevado a la hoguera, se consideran hoy los precursores del protestantismo.

Con estos antecedentes, la “ruptura” –por decirlo de algún modo– ya se había producido antes de Lutero. «Todo lo que debía reformarse y no se reformó se convirtió en causa y justificación de la Reforma».

1.2 La situación del Imperio y de la Iglesia

La Iglesia se encontraba en sus horas bajas. La larga lucha desde el s. xi entre el poder político y el Papa a raíz de las investiduras, pero sobre todo del escándalo del Cisma de Occidente a finales del s. xiv y principios del s. xv, debilitaron de forma notable la autoridad moral y política del Papa, hasta tal punto que incluso el Concilio de Constanza, para poder resolver el callejón sin salida en el que se hallaban los tres papas, proclamó la sumisión del Papa al Concilio general. Superado el cisma, los Papas sucesores asumieron muy rápidamente la vida mundana del Renacimiento, las luchas entre familias (Borja, Médici, Farnesio…) o preocuparse más por el arte que por la vida de la Iglesia.

Por otro lado, Maquiavelo, en El Príncipe, resucitaba en 1513 las tesis de Marsilio de Padua –condenadas 200 años antes– sobre la necesaria separación entre el poder político y el poder religioso, del Estado laico, de la soberanía del pueblo para elegir emperador y, consecuentemente, la innecesaria consagración de este por el Papa.

Inicio Reforma protestanteEl Renacimiento nace en este contexto. Los primeros grandes humanistas, en especial Tomás Moro y Erasmo de Róterdam, contemporáneos de Lutero, son expresiones de ruptura y de continuidad. No quieren romper nada, pero son conscientes de que esa unidad política, de conceptos y de modelo social se ha terminado.

Social y políticamente, el Sacro Imperio era un país fragmentado, dividido en pequeños feudos relativamente autónomos, ducados, condados, dominios eclesiásticos, pequeñas ciudades-estado sometidas a los príncipes y a las grandes familias de la nobleza feudal. A la vez, iba apareciendo una nueva clase social, la burguesía, que impulsaba el desarrollo económico y comercial, las manufacturas, la artesanía, la minería, la banca. Ante el poder de los príncipes y la burguesía, el poder del emperador era exiguo, ocupado en la defensa contra Francia y el Imperio Otomano, y obligado a convocar continuamente “dietas” o asambleas exigidas por los príncipes, a quienes se veía obligado a hacer concesiones continuas. Mientras, la mayoría de la población eran los campesinos, la clase social más baja, analfabeta y acostumbrada a la precariedad, que sufría las hambrunas y las continuas epidemias.

Este conflicto social de clases se reproducía también en el clero: la jerarquía o la “aristocracia eclesiástica” (arzobispos, obispos y otros prelados) eran también príncipes con grandes terrenos que explotaban a los sirvientes igual que los señores no eclesiásticos. La mayoría del clero, en cambio, verdadero proletariado espiritual era de origen popular, pobre y sin formación. Todos, además, estaban sometidos a un riguroso y pesado sistema de impuestos que debían pagar a Roma.

Esta ebullición –fragmentación política, conflictividad social, corrupción en la Iglesia, nominalismo en la filosofía– configuraba un ambiente propicio para el nacimiento de muchas “reformas”. Efectivamente, además de Lutero, estuvieron Melanchthon, Zwinglio, Müntzer, Calvino, los anglicanos, los anabaptistas… Por la época, se expresaban en términos religiosos, instando a una nueva forma de relacionarse con Dios, de modo directo y prescindiendo de mediaciones. Fue una crisis espiritual. Era una ruptura cultural.

 

Epílogo

Desafortunadamente, en Trento, se impuso la línea de ganar y rechazar más que la de dialogar e incorporar. El abismo entre católicos y protestantes se fue haciendo cada vez más insuperable. La “contrarreforma” católica supuso no entender el sustrato del profundo cambio de mentalidades que se había producido en Europa. Después de cuatro cientos años de condenas comunes, la investigación historiográfica y teológica ha dado el resultado del reconocimiento de la aportación luterana y del acercamiento institucional.

Wittenberg

7.1 Lutero, testigo de Jesucristo

Ya en 1980, en la celebración del 450 aniversario de la Confesión de Augsburgo, católicos y luteranos en un documento conjunto, Todos bajo un solo Cristo: Declaración entorno a la Confesión de Augsburgo. 1980, pusieron las bases de la unidad, al señalar a Jesucristo como el centro viviente de la común fe cristiana. En 1983, con motivo del 500 aniversario del nacimiento de Lutero, la Comisión mixta católico-luterana, hizo pública una Declaración titulada Martín Lutero, testigo de Jesucristo. El 31 de octubre de 1999, la Iglesia Católica y la Federación Luterana Mundial firmaban una Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación, aceptando la tesis fundamental de Lutero de la salvación por la gracia. Por el lugar simbólico elegido para firmar, Augsburgo –donde Lutero conoció la condena–, algunos interpretaron la Declaración como el levantamiento de la excomunión. En torno a este hecho, Juan Pablo II, en un discurso dirigido a la delegación evangélico-luterana, pedía a todos un esfuerzo por aclarar la historia y de purificación de la verdad. Una tercera Declaración conjunta de la Comisión Luterano-Católica sobre la Unidad, en ocasión del próximo 500 aniversario de 1517, titulada Del conflicto a la comunión, insta a católicos y protestantes a la investigación teológica y a la práctica de la unidad. Finalmente, en octubre de 2016, en ocasión de los 500 años de la Reforma y del inicio del “año Lutero”, el papa Francisco viajó a Suecia y con el presidente de la Federación Luterana Mundial, Munib Younan, firmaron en la catedral luterana de Lund una declaración conjunta en la que rechazan cualquier tipo de violencia en nombre de la religión. En el sermón de la celebración, el Papa dijo que «la experiencia espiritual de Martín Lutero nos interpela y nos recuerda que no podemos hacer nada sin Dios». Al regresar de Lund, en una entrevista con La Civiltà Cattolica, expuso: «Lutero fue un reformador en un momento difícil y puso la palabra de Dios en manos de los hombres. Quizás algunos métodos no fueron los correctos, pero si leemos la historia vemos que la Iglesia no era un modelo a imitar, había corrupción, mundanismo, afección a la riqueza y al poder».

7.2 La laicidad hoy

Han pasado 500 años. Afortunadamente ya no hay anatemas. Hoy, católicos y protestantes pueden celebrar conjuntamente aquel episodio trascendental intentando hallar aquello que nos une y nos ayuda a situarnos ante los retos del mundo actual.

Muchos de los debates que configuraron el inicio del Renacimiento, hoy vuelven a ser grandes debates en una sociedad tan decadente y perpleja como la de antaño. Cambio de modelos económicos, políticos e, incluso, filosóficos en un creciente nominalismo y desgaste de las grandes palabras tanto en política como en el campo cultural y religioso. Me fijaré solo en dos de los grandes retos a los que católicos y protestantes deberían poder dar respuesta hoy.

Por lo que respecta a la dimensión de la fe, es el hecho irreversible de la secularización de la cultura contemporánea. Dios ya no interesa en el mundo de hoy; ya no es un ser necesario. Por eso, el diálogo siempre necesario ya no se plantea como diálogo entre confesiones religiosas, sino como un diálogo entre culturas. Posiblemente las consideraciones de Lutero sobre la laicidad podrían iluminarnos.

El otro gran reto es sobre qué bases de fe podemos encarar la monumental tragedia del mundo actual, el sufrimiento de las mayorías, el crecimiento escandaloso de la pobreza, la marginación de los últimos, el tema de los refugiados ante el cual las jerarquías políticas y económicas tienen respuestas evasivas y a menudo cínicas. Sin duda, nos puede ayudar a acercarnos a la Teología de la Cruz de Lutero.

7.3 Teología de la Cruz

En Heidelberg, Lutero contrapuso la Teología de la Gloria, la que se hace desde el poder o desde la razón, a la Teología de la Cruz, que es la que se hace desde la nada de Dios crucificado y colgado. Para el mundo de hoy, esta aportación de Lutero es de una tremenda actualidad y, posiblemente, la clave de bóveda que puede hacer significativa para nuestros contemporáneos la presencia del mensaje de Jesús. De hecho, tiene mucho que ver con la Teología de la Liberación y con el pensamiento de un sector de la teología protestante de hoy (Moltmann).

Wittenberg Lo que Lutero denomina Teología de la Cruz no es un apartado o un capítulo más de la teología, sino una perspectiva, una epistemología, una manera de construir la visión de Dios y su relación con el mundo. Es una teología de la historia leída a partir de los últimos, de la cruz de Jesucristo y que es capaz de dar un sentido y esperanza a los últimos y a todos los crucificados que ha habido a lo largo de la historia. La Teología de la Cruz ayuda a mirar el mundo al revés de lo que se suele hacer y de lo que hace la Teología de la Gloria. Cuando en su Comentario al Magníficat afirma que, al contrario que la mayoría, Dios mira hacia abajo, hacia las víctimas y a los que no son nada, habla de los crucificados hoy y de su salvación. Es leer e interpretar a Dios en medio de la nada. En la cruz, el Jesús- Dios, murió colgado y abandonado. La teología ayuda a interpretar que aquella cruz y aquel colgado son el paradigma de todos los colgados y abandonados.

Esta era la situación de impotencia y sentimiento de abandono en la que se hallaba Jesús en la Cruz. El teólogo de la Cruz debe hacer ciencia, debe buscar a Dios en el escarnio y la humillación del Gólgota y de todos los otros gólgotas, Auschwitzs, Grandes Lagos, Idomenis y campos de refugiados.

Desde esta perspectiva, la presencia y el compromiso del cristiano hoy en un mundo definitivamente desacralizado y laico no sería el poder, sino, en palabras de Ellacuría, «bajar de la cruz al pueblo crucificado». Salvación que solo sucede «en la realidad de la fe, de forma tan amargada que aquellos que sufren la opresión no pueden verlo, solo pueden creer».

Fuente: Introducción y epílogo del Cuadernos de Cristianismo y Justicia, nº 204, julio 2017.  El Cuaderno completo puede consultarse, en su versión original catalana, aquí: 
Y en su versión castellana, aquí: 

El partido de extrema derecha, Alternativa para Alemania, ingresa al parlamento

por Johannes Stern

La convocatoria del nuevo Bundestag (parlamento federal) marca un hito decisivo político en Alemania. Setenta y dos años después del final de la dictadura de Hitler, los nazis, extremistas, demagogos, racistas y xenófobos una vez más se sientan en el parlamento alemán. La primera sesión el 25 de octubre ya ha resaltado que la influencia política de la facción de la Alternativa para Alemania (AfD) se extiende más allá de su fuerza numérica. Bajo el marco de detener el influjo de refugiados y aumentar los poderes del Estado, ahora además establecen el tono del parlamento.

“La gente ha decidido. Ahora, comienza una nueva época”, amenazó Bernd Baumann, el líder parlamentario de la AfD, quien fue el primer portavoz del grupo de extrema derecha en dirigirse al Bundestag. “A partir de este momento, aquí se tratarán los problemas de manera diferente”, por ejemplo, “el euro, la toma de deudas gigantescas, las enormes cifras de inmigración, las fronteras abiertas y los crímenes cada vez más brutales en nuestras calles”.

Albrecht Glaser, un candidato de la AfD, no fue elegido como presidente del Bundestag en tres rondas electorales, pero esto no puede ocultar el hecho de que los antiguos partidos están dispuestos a trabajar estrechamente con la AfD. Significativamente, Glaser recibió 121 votos en la segunda ronda electoral, 31 votos más que miembros de la AfD en el Bundestag. El presidente honorario del Bundestag (el parlamentario más viejo por edad), Hermann Otto Solms (Partido Democrático Libre, FDP), le dio la bienvenida a Baumann como su “colega”.

En su discurso, Solms dijo que estaba abierto a llegar a un acuerdo con la AfD. “Como alguna vez dijo el presidente federal, Frank Walter Steinmeier, en su discurso sobre la unidad alemana: ‘La controversia, sí, pero ninguna irreconciliabilidad puede surgir en base a las diferencias’.” Solo podía “estar de acuerdo” con el ex ministro socialdemócrata (SDP) de Asuntos Exteriores. Alemania necesita “menos guerra ideológica de trincheras y más soluciones orientadas a los problemas”.

Este plan es apoyado por todos los partidos parlamentarios. Por ejemplo, el portavoz del Partido de Izquierda, Jan Korte, pidió “más discurso en este Bundestag” y “una señal para los que se han alejado”. ¡Por esto recibió aplausos de numerosos diputados del SPD y la AfD!

No hay duda de que el Partido de Izquierda también colaborará bien con el AfD en los comités parlamentarios. Sahra Wagenknecht, presidenta del grupo parlamentario del Partido de Izquierda, ya fue elogiada por Alexander Gauland, el nuevo presidente del parlamento de la AfD, por sus arrebatos contra los refugiados. En Grecia, Syriza, el partido hermano del Partido de Izquierda, está en una coalición con los conservadores derechistas Griegos Independientes (ANEL), los cuales están vinculados con la AfD a nivel europeo.

Para luchar contra estos eventos peligrosos y derechistas en Alemania y en Europa en su conjunto, se deben entender sus raíces políticas y sociales. Bajo condiciones de la crisis más profunda del capitalismo desde la década de 1930, la clase dominante ha promovido deliberadamente a las fuerzas neofascistas para impulsar su política de militarismo, aumentar los poderes del Estado y la devastación social contra la creciente oposición de la población.

En el caso de la AfD, queda claro de dónde desciende. No representa los intereses del “pueblo”, sino los de la clase dominante. La mayoría de sus más de 90 diputados parlamentarios han sido reclutados directamente del aparato estatal, especialmente del ejército, la judicatura y la policía, y / o anteriormente fueron miembros de un partido establecido. Por ejemplo, Baumann comenzó su carrera como asistente del editor multimillonario alemán Hubert Burda, según Wikipedia.

Los mismos partidos que son política e ideológicamente responsables por el surgimiento de la AfD ahora están usando su entrada al parlamento para formar un nuevo gobierno derechista. Significativamente, poco después del final de la primera sesión parlamentaria ocurrió una deportación masiva de alrededor de 50 refugiados a Afganistán. El hecho de que el ex ministro de Finanzas Wolfgang Schäuble (Unión Demócrata Cristiana, CDU) fuera elegido como el nuevo presidente del Bundestag por una gran mayoría dice mucho. Como ningún otro, Schäuble representa las políticas de austeridad dictadas por Bruselas y Berlín que han devastado a países enteros como Grecia y sumido a millones de personas en la pobreza.

La llamada coalición “Jamaica” (por los colores del partido) de los Demócratas Cristianos, los Verdes y el neoliberal FDP, la cual ha sido explorada oficialmente desde el martes, impulsaría los ataques contra la clase obrera y la militarización de Europa interna y externamente. En una entrevista programática en la edición actual del semanario de noticias Der Spiegel, el ex ministro de Relaciones Exteriores del Partido Verde, Joschka Fischer, declara, “Jamaica es una necesidad”. Frente a los “grandes problemas del siglo XXI” y los “cambios dramáticos que vemos a nivel mundial, incluyendo con Brexit y la elección de Donald Trump,” se requiere más liderazgo alemán.

“Los responsables entrarán en una situación en la cual deben liderar”, continúa Fischer. “Simplemente porque las condiciones actuales son lo que son”. La presión “de las realidades” se volverán “enormes”. Fischer no deja dudas de que quiere decir con esto: nuevas campañas militares alemanas y un aumento masivo de los poderes del Estado en el país. “Ya vivimos esto con rojiverde [el gobierno SPD-Partido Verde]. Ni siquiera estábamos en el poder cuando se tuvo que responder a la cuestión de la guerra en Kosovo”, dijo.

La entrevista de Fischer devela el giro a la derecha de un estrato social que había sido considerado como “izquierdista” desde el movimiento estudiantil de 1968. Basado en las teorías antimarxistas de la Escuela de Frankfurt y el postmodernismo, siempre rechazó una orientación hacia la clase obrera y se centró en cuestiones de identidad, el medio ambiente y, en la última instancia, el aumento de su propia riqueza personal. Bajo condiciones de extrema polarización social, sus representantes, como el antiguo luchador callejero Fischer, están listos para llegar a un acuerdo con la extrema derecha con la que lucharon en un período anterior. Aunque Fischer admite que la AfD se mantiene en la tradición de los nazis, él recomienda “una cierta ecuanimidad básica” al lidiar con ella.

Detrás de la “ecuanimidad básica” de Fischer hacia los nazis yace una política que no es menos reaccionaria que la de la AfD. “Yo prefiero a Macron y a Francia que a Kurz, Strache y Austria”, dijo cínicamente. Este elogio para el presidente francés significa el apoyo para el estado de emergencia permanente en Francia, con el cual Macron está reprimiendo la resistencia a sus reformas laborales, los ataques sociales masivos y las políticas de la Unión Europea.

Hace apenas unos días, en una contribución especial para Süddeutsche Zeitung, Fischer defendió la brutal represión de Cataluña por parte del gobierno derechista en Madrid. “Sería una locura histórica”, escribió Fischer, “si los Estados miembros de la Unión Europea ingresaran a una fase de secesión y desintegración en el siglo XXI, cuando con las nuevas potencias mundiales —China, India, EE. UU., etc.— el futuro común de los europeos requiere más cohesión e integración”.

La clase dominante no está preocupada por el aumento de la extrema derecha, sino por la creciente resistencia de la izquierda a sus grandes planes de poder militar y la desigualdad social. Esa es la razón por la cual el SPD tentativamente ha decidido entrar en la oposición y su líder, Martin Schulz, criticó hipócritamente al capitalismo en una entrevista con Die Zeit. El SPD, en estrecha cooperación con el Partido de Izquierda y los sindicatos, quiere obstaculizar el desarrollo de una genuina oposición izquierdista y marxista al nuevo gobierno derechista y a la AfD.

El brusco giro hacia la derecha de todos los partidos del establecimiento muestra que la lucha contra los espectros del pasado requiere una política revolucionaria. Junto con sus organizaciones hermanas en el Comité Internacional de la Cuarta Internacional, el Partido de Socialista por la Igualdad en Alemania lucha por un programa que combine la lucha contra la desigualdad social, el fascismo y la guerra con la lucha contra el capitalismo y por una sociedad socialista. Cien años después de la Revolución de Octubre en Rusia, una vez más la construcción de un partido socialista masivo que expropie la riqueza de la elite financiera y la utilice para terminar con la masiva desigualdad social es la única forma de prevenir una recaída al barbarismo.

La esclavitud moderna, una industria global

por Stephen Agnew//

Cuando pensamos en la esclavitud, recordamos inmediatamente los horrores del comercio transatlántico de esclavos, que alcanzó su apogeo en los siglos XVIII y XIX. Pero mientras que la esclavitud de tal dimensión y atrocidad ha sido relegada a los libros de historia, nunca ha sido abolida en todas sus formas. De hecho, hoy en día hay más esclavos en el mundo que en el momento álgido de la trata de esclavos en la era colonial.

Generalizada

La esclavitud moderna se presenta en muchas formas en todo el mundo y destroza la vida de millones de personas. La Organización Internacional del Trabajo estima que 21 millones de personas están actualmente atrapadas en una situación de esclavitud, y los llamados países capitalistas “avanzados”, como Gran Bretaña, no están en modo alguno inmunes.

La Agencia Nacional del Crimen (NCA) del Reino Unido ha tenido que revisar recientemente sus datos sobre la cantidad de esclavos en Gran Bretaña, ya que las anteriores estimaciones, que ascendían a 10 000 – 13 000, se consideraban solo la “punta del iceberg”. Se desconoce la cifra real, pero se estima una mucho más elevada. Will Kerr, portavoz de la NCA, declaró: “Cada vez es más probable que nos crucemos con una víctima de la explotación en nuestro día a día, y es por eso que pedimos a los ciudadanos que identifiquen sus problemas y los denuncien”.

Las víctimas de la trata de personas en el Reino Unido se ven obligadas a realizar trabajos forzosos en industrias intensivas en mano de obra, como la agricultura y la construcción, pero además de esto están las personas que son objeto de trata únicamente para la explotación sexual, el 98 % de las cuales son mujeres y niñas. A menudo, las niñas son deliberadamente el blanco de la trata por su vulnerabilidad, y se estima que una de cada cuatro víctimas de la esclavitud en el Reino Unido es menor de edad.

Con el fin de frenar el creciente problema de la esclavitud en el Reino Unido, Theresa May firmó la “Ley de la Esclavitud Moderna” en 2015, cuando era Ministra del Interior. Con ella se pretendía aumentar la tasa de condenas y dar a la policía más potestad de acusación, así como establecer un Comisario contra la Esclavitud independiente para examinar las políticas antiesclavitud del Reino Unido y hacer que las empresas británicas informen públicamente sobre cómo se enfrentan a la esclavitud en sus cadenas de suministro global.

Sin embargo, los esfuerzos legislativos del gobierno británico han sido en gran medida en vano, ya que el número de esclavos en el Reino Unido ha seguido aumentando. Klara Skrivankova, coordinadora del Programa de Lucha contra la Trata de Personas en Europa, dijo que su organización tenía “sentimientos encontrados” en cuanto a la ley, y explicó: “Por un lado, la Ley de la Esclavitud Moderna, que cuenta con buenas cláusulas, es un gran paso en la dirección correcta, pero por otro aún hay deficiencias que nos dejan a nosotros, y a las víctimas de la esclavitud moderna, totalmente insatisfechos”.

Un problema fundamental de la legislación nacional antiesclavitud es la naturaleza inherentemente internacional de la trata de personas, a menudo vinculada con la pobreza y la explotación tanto en el país de origen como en el de recepción. La mayoría de las víctimas de la esclavitud en el Reino Unido son de origen extranjero, especialmente de Albania, Vietnam, Nigeria, Rumania y Polonia.

Cabe señalar que cuatro de cada cinco de estos países son antiguos países estalinistas que han sido reintroducidos en el sistema capitalista mundial durante los últimos 30 años. Después de la disolución de la URSS y la liberalización de los mercados en Asia, hemos visto una caída drástica en el nivel de vida y las condiciones de trabajo en estos lugares. No es de extrañar que estos países, así como las colonias europeas, se encuentren entre los principales países donde se origina la esclavitud moderna.

Lucrativa

Otra razón por la que los gobiernos capitalistas no han sido capaces de abolir la esclavitud de manera definitiva es que es increíblemente lucrativa. La esclavitud moderna genera más de 115.000 millones de libras al año, lo que la convierte en la tercera mayor industria criminal después del contrabando de armas y el tráfico de drogas. Estos tres representan una condena irrebatible del capitalismo y sus fracasos. Además, las ganancias acumuladas gracias a la esclavitud tienen una repercusión positiva para la burguesía tanto si lo admiten como si no.

Para los capitalistas, los esclavos pueden suponer una inversión muy atractiva, ya que el dueño del esclavo solo paga por el sustento básico y el coste de su aplicación, lo que a veces puede ser mucho más bajo que los salarios.

El uso de mano de obra esclava de Catar en la construcción es solo uno de los ejemplos actuales de mayor repercusión mediática. Los esclavos también pueden ser forzados a realizar trabajos particularmente duros o trabajos ilegales como el contrabando o la elaboración de drogas. Se estima que 2,2 millones de personas en situación de esclavitud están explotadas directamente por sus respectivos gobiernos a través de trabajos penitenciarios o del pago forzoso de deudas.

Esto limita la capacidad de las autoridades internacionales para frenar esta práctica, dado que entre bastidores muchos capitalistas y países no están dispuestos a renunciar a estos beneficios. Esto se ve más claramente en el tercer mundo, donde los intereses de las clases dominantes se esconden menos detrás del disfraz de la “democracia” y del “Estado de derecho”. Los Estados permiten con frecuencia diversas formas de esclavitud de manera tácita, a pesar de la prohibición de los tratados internacionales. El reclutamiento de niños soldado por parte de algunos gobiernos generalmente también se considera una forma de esclavitud respaldada por el gobierno.

Otro ejemplo escandaloso es el del gobierno marroquí, que según un informe de 2014 encargado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos, hace la vista gorda ante el creciente comercio del trabajo forzoso y el tráfico sexual que se da dentro de sus fronteras. Niñas de hasta seis años son reclutadas en zonas rurales y forzadas a prostituirse y a realizar trabajo doméstico en las ciudades; a los niños más comúnmente se les obliga a trabajar en la construcción o en trabajos mecánicos. Los trabajadores migrantes del África subsahariana, sobre todo aquellos procedentes de la Costa de Marfil y del Congo, acaban siendo regularmente víctimas de traficantes y de bandas criminales que los someten a condiciones de trabajo brutales y los fuerzan a la esclavitud por medio de violencia, amenazas, extorsión y la retención de sus pasaportes. A muchos de ellos los introducen de contrabando en Europa.

Sin embargo, no cabe duda de que este problema no se limita únicamente a Marruecos. En 2016, solo se dictaron 9.000 condenas contra la esclavitud a nivel mundial. Si combinamos esto con el hecho de que el número total de esclavos aumenta cada año, vemos cómo a medida que el capitalismo cae en una mayor decadencia, arrastra cada vez más a la esclavitud a las capas sobreexplotadas de las masas.

Esclavitud asalariada

La historia del capitalismo está intrínsecamente ligada a la esclavitud. Dado que el sistema capitalista aspira constantemente a mercantilizar y sacar beneficio de todo, nada es sagrado ni está fuera de sus límites. Por lo tanto, el cuerpo, la vida y el sexo se comercializan de las maneras más abusivas y deshumanizadoras. Cuando los Estados nación y los legisladores mundiales tratan de criminalizar y perseguir la esclavitud, solo están intentando eliminar y encubrir los peldaños más bajos e inhumanos de la escalera capitalista. Hemos de preguntarnos: “Si la esclavitud es ilegal en todos los países, ¿por qué hay más esclavos hoy en día que a lo largo de toda la historia de la humanidad?”.

Hay que culpar directamente al sistema capitalista, en el cual la base de clase, las condiciones materiales y el estímulo económico crean las condiciones necesarias para que se dé la explotación. Esto significa que la esclavitud continuará, simplemente actuará fuera de la jurisdicción de la ley burguesa. La esclavitud en sí misma puede considerarse la forma más brutal y decrépita de explotación capitalista.

En efecto, las similitudes entre la explotación “normal”, aceptable (la que se da bajo el capitalismo), y la esclavitud son extremadamente estrechas. La definición de esclavitud que ofrece la Organización Internacional Antiesclavitud (Anti-Slavery International) es un claro ejemplo de esto. Esta dice que un esclavo es:

  • A quien se obliga a trabajar por medio de coerción o amenazas físicas o psíquicas.
  • A quien se trata como propiedad o a quien un “empleador” controla por medio de maltrato físico o psíquico o la amenaza de maltrato.
  • A quien se deshumaniza, se trata como una mercancía o se compra y vende como una propiedad.
  • A quien se restringe o prohíbe la libertad de movimiento.

Como consecuencia de la coacción implacable del trabajo asalariado, la amenaza física y psíquica de las deudas, la pobreza y el hambre, y el trato repugnante que dan los capitalistas a los empleados -bien documentado en todos los países-, vemos ante nosotros un panorama alarmante. Solo existe una delgada línea de legalidad entre las capas más explotadas y maltratadas de la clase obrera y los esclavos.

De acuerdo al profesor estadounidense Kevin Bales, cofundador de la organización internacional Free the Slaves, la esclavitud moderna ocurre “cuando una persona está bajo el control de otra persona, que utiliza la violencia y la fuerza para mantener dicho control, y el objetivo de dicho control es la explotación”. ¿Es tan complicado señalar que el monopolio de la violencia que la clase dominante utiliza contra los trabajadores del mundo es terriblemente parecido a esta definición?

La esclavitud continuará mientras sobreviva el sistema económico que la sustenta. En la medida en que la mercantilización con fines lucrativos y la propiedad privada formen los cimientos de nuestra sociedad, este será un terreno fértil para la esclavitud. Solo con el control obrero de la economía podremos eliminar la base de la explotación y desenmascarar estos maltratos ocultos que se dejan infectar y supurar detrás de puertas cerradas. Armados con un programa revolucionario, los trabajadores de todo el mundo podrán romper las cadenas de gobiernos cómplices, negocios criminales y círculos de tráfico, y finalmente, liberarse de la explotación.

Bolivia: Evo Morales defiende el trabajo infantil

por Alejandro Valenzuela//

La figura de Evo Morales, el primer indígena en acceder a la presidencia de la república de un país latinoamericano, resulta señera para la definición del llamado “Socialismo del Siglo XXI”. Junto con Mujica, conforman la máxima expresión de esta corriente y en general gozan de buena prensa, los medios de comunicación no dejan de propalar sus costumbres y especialmente sus declaraciones, en las que aparecen reivindicando la sobriedad, la modestia y la identidad latinoamericana.

Pero los marxistas debemos comprender y actuar con el criterio de realidad que emana de la lucha de clases, debemos ver lo que las cosas son, no lo que dicen que son. De esta forma resulta necesario puntualizar que el gobierno de Evo Morales, desde hace más de una década y más allá de sus rabietas contra la Coca Cola y el McDonald, ha centrado su política económica en garantizar la inversión extranjera, creando fondos multimillonarios que afiancen sus intereses en el país.

En politica internacional, por lo mismo, Morales ha seguido  hasta el extremo el tradicional antichilenismo de la oligarquía boliviana, desarrollando el discurso facilista de que el atraso y miserias altiplánicas se deberían a la impuesta mediterraneidad, poniendo a Chile y no a las potencias imperialistas -con las que tiene excelentes relaciones- como responsable de los problemas nacionales de Bolivia. A pesar de que usurpe el discurso latinoamericanista y bolivariano, Evo Morales sigue la vieja política imperialista de crear frentes internos en América Latina (en este caso Bolivia/Chile), el romano “dividir para reinar”.

De la misma forma, en la arena nacional, ha desarrollado un accionar sistemático de combate a los movimientos sociales (obreros, indígenas) como ha quedado de manifiesto el pasado 24 de octubre. Con el argumento de evitar que grupos de personas se atribuyan  la representación del pueblo, las  marchas de protesta serán penalizadas  entre dos y cuatro años de prisión, según el artículo 294 del Código Penal, aprobado en la Cámara de Diputados. La oposición advierte sobre el riesgo de persecución a quienes discrepen con el MAS.  El oficialismo dice que la sanción se aplicará a manifestantes que vayan contra un gobierno  democráticamente elegido y que generen inseguridad.

Pero una forma nítida de comprender la conducta política de Evo Morales y su partido, el MAS, en su relación con la actividad de las masas, lo constituye su vergonzosa defensa del trabajo infantil en Bolivia, amparándose en que el mismo expresaría inveteradas costumbres ancestrales.

Veamos la realidad: han pasado poco más de tres años desde la promulgación de la Ley 548 del Código Niño, Niña y Adolescente (17/07/2014), que ha puesto a Bolivia en el ojo de las críticas al convertirse en el primer Estado en el mundo en permitir que los niños trabajen a partir de los 10 años.

El nuevo Código en su artículo 129 “ Fija como edad mínima para trabajar los 14 años de edad”, sin embargo autoriza de manera excepcional “la actividad laboral por cuenta propia realizada por niñas, niños o adolescentes de diez (10) a catorce (14) años, y la actividad laboral por cuenta ajena de adolescentes de doce (12) a catorce (14) años […]”. Además, el artículo 136 que prohíbe las actividades laborales y trabajos considerados como peligrosos, insalubres o atentatorios a la dignidad, entre ellos la pesca en ríos y lagos, el trabajo en actividades agrícolas, la cría de ganado mayor y la albañilería, son permitidos cuando se desarrollan en el ámbito familiar o social comunitario ya que tendrían una naturaleza formativa y cumplirían la función de socialización y aprendizaje.

La controversia que ha desatado la nueva ley se debe a que Bolivia incumple los convenios internacionales, además que vulnera los derechos a la salud, a la educación, a la recreación y al desarrollo pleno e integral de los niños. La Constitución Política del Estado en su artículo 13, parágrafo IV señala que “los derechos y deberes consagrados en esta Constitución se interpretarán de conformidad con los Tratados Internacionales de derechos humanos ratificados por Bolivia”. Además, los artículos 60 y 61 establecen la necesidad de velar por el interés superior de la niña, niño y adolescente, así como la prohibición del trabajo forzado y la explotación infantil.

La promulgación de esta ley, claramente estaría violando normas internacionales ratificadas por el gobierno boliviano, entre ellas: el Convenio 138 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) sobre la edad mínima de admisión al empleo, el Convenio 182 de la OIT sobre la prohibición de las peores formas de trabajo infantil y la acción inmediata para su eliminación, la Convención sobre los Derechos del Niño y la Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los Pueblos Indígenas. Es importante mencionar que al ratificar una ley o convenio internacional, los países asumen el compromiso de adecuar la legislación nacional y desarrollar las acciones oportunas de acuerdo a las disposiciones contenidas en dicho convenio, y debido a su carácter vinculante, es obligatorio para los países que lo  firman o ratifican y es de estricto cumplimiento en el territorio nacional.

Las acciones y el discurso del gobierno después de la promulgación de la ley son confusos y contradictorios. En octubre de 2014, junto a otros 24 países, Bolivia  firma la “Iniciativa Regional América Latina y el Caribe libre de trabajo infantil”, una alianza entre los países de la región con la  finalidad de acelerar el avance hacia el cumplimiento de las metas de eliminación de las peores formas de trabajo infantil hasta 2016 y la completa eliminación del trabajo infantil hasta 2020. Al  firmar la iniciativa regional, el gobierno se compromete a trabajar de manera urgente y coordinada ante la persistencia del trabajo infantil incluso en contextos de crecimiento económico en la región. Además, la iniciava pretende hacer sostenibles los avances y logros alcanzados en los últimos 20 años, evitando efectos regresivos que agudicen el problema, entonces ¿Cómo pretende el Gobierno agilizar la erradicación del trabajo infantil, cuando la nueva ley legaliza el trabajo de los niños menores de 14 años?

El doble discurso del gobierno emerge cuando decide rechazar las recomendaciones para abolir el trabajo infantil emitida por la Organización de Naciones Unidas (ONU) durante la sesión de aprobación del Examen Periódico Universal (EPU) llevada a cabo en diciembre de 2014, al que se presentó el país. Asimismo, en la sesión realizada en Ginebra (Suiza) en junio de 2015, el país tuvo la oportunidad de justificar y explicar las razones por las que decidió modificar la edad mínima permitida para trabajar. El argumento de la delegación boliviana hizo referencia a “que el trabajo desde edad temprana es una cuestión cultural en Bolivia”, una realidad ante la cual no se puede ir en contra. Esta declaración le ha costado al país la pérdida del apoyo irrestricto del Grupo de América Latina y el Caribe ante las Naciones Unidas (GRULAC) pues la postura boliviana fue considerada “casi una reivindicación del trabajo de los menores”, además de ir “a contramano de las iniciativas a nivel mundial, pero sobre todo a nivel regional sobre la erradicación del trabajo infantil”.

La implementación del Código

Como parte de la implementación del Código Niña, Niño y Adolescente, en el mes de septiembre de 2017 el Ministerio de Trabajo, Empleo y Previsión Social en coordinación con el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) inició el proceso de socialización del “Protocolo para el llenado del formulario de registro y/o autorización de ac tividad laboral excepcional (léase trabajo infantil) o trabajo adolescente”4 desde los 10 y 12 años respectivamente, a través de capacitaciones al personal de las diferentes gobernaciones y su extensión a los gobiernos municipales, SEDEGES y Defensorías de la Niñez y Adolescencia5; estas últimas son responsables del control orientado a evitar la explotación infantil.

Hasta noviembre, más de 300 municipios tendrán la responsabilidad de implementar el registro, autorizar el trabajo a niños y niñas entre 10 y 14 años, y realizar el control respectivo.

A contramano, el Gobierno promueve el registro y autorización para el control del trabajo infantil, en lugar de mantener en 14 años la edad permitida para trabajar como era en el Código anterior y de asignar un rol al Estado en la protección social integral de los menores de esa edad. De esta manera, abre la compuerta para perpetuar el trabajo infantil, lo que constituye un retroceso frente a las políticas y acciones realizadas durante la primera década del milenio a favor de su erradicación.

Resulta imprescindible luchar en contra del trabajo infantil creando desde el Estado y la sociedad las condiciones para incidir en los factores estructurales que lo originan; es decir, transformando el contexto económico, social, laboral y político que favorece la distribución desigual de la riqueza y de los ingresos, profundizando la desigualdad social. Mientras no se cambien las condiciones generales del mercado de trabajo para los adultos y no se sancione la demanda de trabajo infantil, miles de niños y niñas seguirán trabajando, muchos bajo condiciones de explotación6.

El trabajo infantil en Bolivia: algunas cifras

En Bolivia, no existe información actualizada sobre la dimensión y las características del trabajo infantil y adolescente; el Censo Nacional de Población y Vivienda realizado por el INE en 2012, que es la única información oficial disponible sobre el tema, reportaba que un total de 391.747 niños, niñas y adolescentes entre 7 y 17 años participaban en algún tipo de actividad económica, de ellos poco más de la cuarta parte eran niños y niñas entre 7 y 12 años y el resto adolescentes mayores de 12 años.

Los niños y niñas se desempeñaban principalmente como trabajadores por cuenta propia, trabajadores familiares o aprendices no remunerados, u obreros o empleados; y se encontraban insertos en actividades agropecuarias, el comercio, la industria manufacturera y la construcción.

Ponemos estos datos a disposición de nuestros lectores para ayudar a comprender correctamente un fenómeno político tan poderoso en la izquierda como lo es la corriente política de Evo Morales, ayudando a develar su verdadera naturaleza de clase, más allá de la pirotecnia indigenista. Es tarea de los revolucionarios altiplánicos la construcción de un partido revolucionario que asuma las grandes tareas nacionales y sociales que plantea la revolución boliviana: un gobierno obrero-campesino que ponga fin a la explotación en todas sus formas y libere a las naciones oprimidas.

 

 

(Esta nota se ha hecho en base a información obtenida del Boletín informativo del Observatorio Boliviano de Empleo y Seguridad Social de octubre de 2017)

EEUU: La burocracia sindical de AFL-CIO aliada de Trump

por Trévon Austin//

Del 22 al 25 de octubre, la Federación Estadounidense del Trabajo-Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO) celebró su convención cuatrienal en St. Louis, Missouri.

La reunión de los muy bien pagados ejecutivos sindicales pasó mayormente desapercibida para los trabajadores estadounidenses, que no miran a esas organizaciones, las cuales hace mucho tiempo abandonaron cualquier defensa de sus intereses y han perdido millones de miembros. El porcentaje de trabajadores en los sindicatos ha bajado a solo el 10,4 por ciento, comparado con el 20,1 por ciento en 1983 y el 32,5 por ciento en 1953.

En la medida en que la AFL-CIO juega algún papel significativo, este es apoyar al Partido Demócrata y promover los objetivos de la política doméstica y exterior del imperialismo estadounidense. Lejos de oponerse al ataque corporativo a la clase trabajadora, los sindicatos han pasado las últimas cuatro décadas suprimiendo la lucha de clases y reduciendo los estándares de vida de los trabajadores en nombre de hacer competitivo globalmente al capitalismo estadounidense.

Las principales figuras de la AFL-CIO, incluyendo al presidente Richard Trumka, tienen amplios antecedentes de traición a las luchas obreras y de confabular con la patronal para reducir la participación de los ingresos nacionales que va a los trabajadores. Durante los ocho años de la administración de Obama, los sindicatos limitaron el número de huelgas a su nivel más bajo en la historia estadounidense, facilitando una transferencia sin precedentes de la riqueza hacia arriba.

La creación de un sufrimiento indecible a la clase trabajadora, sin embargo, no ha socavado los intereses materiales de la burocracia de la AFL-CIO, que sigue prosperando gracias a su control de vehículos de inversión multibillonarios en pensiones y sanidad y una miríada de otros planes de negocios obrero-patronales. Las revelaciones de este año acerca de los sobornos multimillonarios a altos cargos de la United Auto Workers, que pasaron a través de los Centros de Formación Nacional de UAW-Chrysler, son solo la punta del iceberg.

La convención de St. Louis fue un asunto dirigido y burocrático de principio a fin. Los delegados seleccionados cuidadosamente votaron unánimemente la reelección de Trumka para un tercer mandato de cuatro años y reinstalar a la secretaria-tesorera Liz Shuler y al vicepresidente ejecutivo Tefere Gebre, que no tuvieron oposición.

De manera significativa, la AFL-CIO no invitó a demócratas destacados a su convención, como habían hecho en otras ocasiones. En sus comentarios de apertura, Trumka declaró, “Encontraremos esperanza y oportunidad para la gente trabajadora, no dentro de los partidos políticos principales, sino dentro de nuestro movimiento y nuestras comunidades…

No me importa si eres demócrata o republicano o algo intermedio, si eres justo con nosotros, seremos justos contigo”, dijo.

En realidad, las palabras del jefe de la AFL-CIO sobre la “independencia política” se refieren a los pasos que da una sección de los sindicatos para aliarse con la administración de Trump y secciones del Partido Republicano. Aunque los sindicatos tradicionalmente han subordinado a la clase trabajadora a las necesidades de la clase gobernante por medio de los demócratas, han visto en Trump un espíritu afín que abraza su programa de “comprar lo estadounidense, contratar a estadounidenses” para desviar hacia afuera la oposición social.

Tras su desastroso respaldo a Hillary Clinton en 2016, los sindicatos de la construcción, el United Auto Workers, el United Steelworkers (acereros unidos) y otros sindicatos se aliaron con Trump en base a los pasos que ha dado para renegociar o cancelar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, siglas en inglés), construir el oleoducto Keystone XL y aumentar el gasto en infraestructura.

Durante la convención de esta semana, el presidente de United Steelworkers Leo Gerard despotricó contra el “acero chino” y promocionó medidas de guerra comercial, que los sindicatos, junto con Trump y su antiguo asistente fascistoide Stephen Bannon afirman falsamente que defienden los empleos de los trabajadores estadounidenses y los estándares de vida. Gerard estaba al lado de Trump en el Despacho Oval este año cuando el presidente firmó una medida de guerra comercial declarando que las importaciones de acero de China y otros países estaba socavando la “seguridad nacional” estadounidense.

La aceptación abierta por parte de Trump de los neonazis, sin embargo, ha sido fuente de cierto bochorno, particularmente para los sindicatos minoristas y de servicios, que están intentando reclutar a trabajadores inmigrantes por poco dinero para aumentar el número de miembros. En agosto, Trumka decidió renunciar a la presidencia del Consejo Manufacturero después de que Trump defendiera a los neonazis y a los miembros del KKK detrás de los disturbios en Charlottesville, Virginia, que dejó a 19 personas heridas y se saldó con la muerte de la manifestante antifascista de 32 años de edad Heather Heyer. En aquel momento, Trumka dijo, “No puedo sentarme en un consejo para un presidente que tolera el fanatismo y el terrorismo doméstico”.

La consternación de Trumka por el descubrimiento de elementos fascistoides en la Casa Blanca fue enteramente fraudulento. Lejos de estar impactados por su presencia, los ejecutivos de la AFL-CIO tienen una afinidad natural por Trump y Bannon. Solo una semana después de renunciar al consejo, Trumka elogió los esfuerzos del presidente por renegociar el NAFTA.

Hablando sobre miembros del sindicato que apoyaban a Trump en 2016, Trumka declaró, “Mis miembros, como muchos estadounidenses, están enfadados porque el sistema no funciona para ellos. Que los relega cada vez más”, añadiendo, “aunque el país es el país más rico sobre la faz de la tierra”. Añadió también, “[los trabajadores] estaban dispuestos a asumir el riesgo de Trump porque él prometió un cambio de sistema radical”.

En la medida en que algunos sectores de los trabajadores dirigieron su mirada desesperadamente hacia el presidente billonario, es solo porque los sindicatos y los demócratas no han mostrado más que menosprecio hacia los trabajadores, que han sufrido un declive histórico en sus estándares de vida debido a décadas de desindustrialización, recortes sociales y pobreza crónica. Los sindicatos colaboraron en ello y fueron cómplices de ello, y arrojaron veneno nacionalista para bloquear cualquier lucha unificada por parte de los trabajadores estadounidenses y sus hermanos y hermanas de clase en el extranjero.

Lejos de oponerse a Trump, la AFL-CIO, junto con el Partido Demócrata, no temen a nada más que al surgimiento de un poderoso movimiento de la clase trabajadora contra la administración y su programa de recortes fiscales masivos para los ricos, la destrucción de la sanidad, y otros servicios sociales vitales, y su expansión del militarismo y amenazas de dictadura. Ello es así porque tal movimiento se volvería muy pronto una confrontación directa con todos los que defienden el dominio de la élite corporativa y financiera, incluyendo a los demócratas y la propia AFL-CIO.

 

(Imagen: Richard Trumka)

La revolución en la era Putin

por Martín Baña y Pablo Stefanoni//

Una década después del derrumbe soviético, y coincidentemente con el inicio del siglo XXI, llegó al poder Vladímir Putin. Con él se inició un período de reconstrucción del Estado y del peso geopolítico de Rusia. En este proceso también se construyó un nuevo relato histórico en el que el acontecimiento revolucionario de 1917 entra de manera ambigua e incómoda en el proyecto conservador vigente desde 2000: reconstruir una Rusia grande[1].

Vladímir Putin, ex espía del KGB, había llegado a la cúspide del poder de la mano de Boris Yelstin y allí pudo sentir la crisis del país, sumido en la humillación tras haber caído de su lugar de superpotencia y sin perspectivas de futuro. Los setenta años de historia soviética parecían desecharse en el baúl de los trastos viejos de la historia. Es más, en “las aguas heladas del cálculo egoísta” de la nueva elite ultraliberal yeltsiniana –parafraseando al Manifiesto comunista– el período soviético quedaba reducido a una suerte de paréntesis, un desvío del camino que debía rectificarse recuperando la continuidad con la historia prerrevolucionaria.

Personajes como el banquero Boris Jordan vivieron el proceso como una venganza personal: “Lo que mi abuelo no pudo lograr en la época de la guerra civil con el Ejército Blanco contra los comunistas, lo hicimos nosotros expulsando al Estado de las relaciones de propiedad”. El regreso del capitalismo constituyó para muchos rusos una catástrofe material y también moral. Si en Europa del Este el comunismo era visto como algo impuesto desde afuera, para Rusia resulta inseparable de su propia historia e identidad. Además, como escribió Bruno Groppo, la liberación del orden opresivo en Rusia coincidió con la pérdida de la posición hegemónica del imperio soviético, y a la postre con su desintegración. Es decir, la caída del comunismo ponía en cuestión la propia historia e identidad de Rusia.

Fue en este contexto que Putin llegó a la primera magistratura. Nacido en Leningrado y criado en los años de oro de la Unión Soviética, su principal meta fue reponer el brillo ruso. La construcción de la imagen de Putin tiene como base numerosas fotos que lo muestran como un líder viril, y pese a su metro setenta de estatura, se proyecta como un líder fuerte, como “un grande”.

Una de las facetas del proyecto de Putin es reponer una historia “positiva” de Rusia, plasmada en los nuevos manuales escolares. Desde el Kremlin se propuso, con éxito, incorporar positivamente la historia soviética dejando de lado su costado más utópico como también sus derivas más sangrientas. En ese marco, la evaluación del desempeño de un líder como Stalin está lejos de la condena absoluta, ya que se lo recuerda como el jefe de la Gran Guerra Patria y no tanto como el responsable de políticas que causaron millones de muertes. Los juegos de sentido no están exentos de ambigüedades. En 2016 Putin declaró que muchos tiraron o quemaron el carné del Partido Comunista cuando la Unión Soviética dejó de existir, cosa que él no hizo. “Yo no quiero acusar a nadie […] pero todavía lo tengo.” Incluso fue más allá: “Si vemos el Código moral del constructor del comunismo, que tuvo una amplia circulación en la Unión Soviética, se parece mucho a la Biblia. Y no es una broma. Es una especie de extracto de la Biblia. Pero las ideas son muy buenas: igualdad, fraternidad, felicidad”. No obstante, aclaró que “la aplicación práctica de esas maravillosas ideas en nuestro país estuvo lejos de lo que exponían los socialistas utópicos. Nuestro país no se pareció a la Ciudad del Sol”.

La incomodidad hacia los acontecimientos revolucionarios de 1917 se refleja en los vaivenes del feriado del 7 de noviembre –día de la toma del poder por parte de los bolcheviques–. Durante la era soviética ese feriado era el más importante. Yelstin intentó quitarlo y, si bien no lo logró, lo vació de contenido. El feriado fue eliminado por el Parlamento en 2004, bajo el gobierno de Putin.

El día de la Gran Revolución Socialista de Octubre fue reemplazado por el Día de la Unidad Nacional, que se celebra el 4 de noviembre, es decir, muy cerca de la vieja efeméride. Este nuevo día feriado conmemora la expulsión de las fuerzas polacas de Moscú en 1612 y coincide con el día del Ícono de Kazán. La celebración más importante hoy es la victoria soviética contra los nazis en la Gran Guerra Patria.

Los rasgos democráticos y disruptivos de la Revolución no atraen las simpatías de un régimen autoritario como el de Putin, y el cosmopolitismo y antimilitarismo de un líder como Lenin chocan con el nuevo nacionalismo del Kremlin. A diferencia del relato soviético, que construyó una línea indeleble entre el pasado prerrevolucionario y el nuevo Estado socialista, el relato oficial vuelve a ensamblar la historia rusa a través de diferentes mojones en la construcción de la grandeza patria. Un panteón en el que Pedro el Grande puede convivir pacíficamente con Stalin en su rol de “autócratas modernizadores” y en el que el filósofo Iván Ilyin, un antibolchevique de ideas eslavófilas autoritarias, puede ser una inspiración para el presidente. No menos importante, la Iglesia ortodoxa –históricamente cohesionadora del “alma rusa”– fue potenciada, nuevamente, desde el Estado y a través de la reconstrucción de varios templos, como la imponente Catedral de Cristo Salvador en el centro de Moscú, dinamitada por orden de Stalin en 1931.

En palabras de Vladímir Iakunin, ex compañero de Putin en el KGB y escuchado por el presidente, “Rusia no está entre Europa y Asia. Europa y Asia están a la izquierda y a la derecha de Rusia. No somos un puente entre ellos, sino un espacio de civilización separado”. Otros teóricos nacionalistas son Aleksandr Duguin, partidario de un neoeuroasianismo, que reivindica a la Unión Soviética y a Stalin como artífices de la expansión rusa en una clave ultra- nacionalista, y el “patriota socialista” y defensor de la Gran Rusia Aleksandr Projánov.

Para estos ideólogos, la Unión Soviética fue una de las formas que tomó el Imperio ruso. Opositores iniciales a Putin, la situación cambió en los últimos años a partir de las políticas con tonalidades de guerra fría contra Occidente. El propio Partido Comunista –una oposición tolerada por Putin– devino una fuerza “nacional-comunista”: en su panteón, Stalin ocupa un lugar preferente. Aunque reivindiquen 1917, los líderes del partido buscan desvincularse de las turbulencias de esos años de caos y revolución y rememorar el período de avances y estabilidad, como el de Leonid Brézhnev.

Al firmar el decreto que recomienda a la Sociedad Histórica Rusa la formación de un comité organizador de la celebración y encarga al Ministerio de Cultura coordinar los actos, el premier ruso advirtió: “No podemos arrastrar hasta nuestros días las divisiones, los odios, las afrentas y la crueldad del pasado. Recordemos que somos un pueblo unido. Un solo pueblo. Y Rusia solo hay una”. En gran medida, la Revolución de 1917 es una tragedia a conjurar. Desde una visión nacional-conservadora, la prioridad para Putin es preservar “la actual concordia política y civil”.

En pocas palabras; a cien años, la Revolución Rusa resulta incómoda en el relato conservador de Vladímir Putin, más atento a reponer a Rusia como gran potencia que a combatir sus desigualdades sociales.

Los freudianos rusos y la revolución de Octubre

por Enrique Carpintero//

En octubre de 1917 los bolcheviques toman el poder en un país devastado. Mientras Rusia participa de la Primera Guerra Mundial comienza a desarrollarse una guerra civil desatada por los partidarios de la monarquía zarista y otros opositores al partido bolchevique. A esta situación debemos sumarle el boicot de las grandes potencias y una tremenda crisis económica y social. Esto llevó a que con el fin de alimentar a la población se habían abandonado a los animales del zoológico de Moscú; Pavlov para hacer su prueba con los famosos perros tuvo que pedir una autorización especial firmada por el propio Lenin. Esta anécdota refleja cómo a pesar de las profundas privaciones que caracterizaron esos primeros años de la revolución los avances científicos e intelectuales de esa época continuaron y, aún más, se multiplicaron. Es que la revolución había abierto el camino de la creatividad en todos los ámbitos al romper con la rígida censura religiosa, en especial en las manifestaciones artísticas y científicas. En este contexto, el psicoanálisis en Rusia se fue afianzando a partir de nuevas experiencias, aunque se encontró atrapado entre dos perspectivas que se le oponían radicalmente. Por un lado, desde la Internacional Psicoanalítica, que rechazó a las nuevas asociaciones rusas; las cuales nunca llegaron a tener un pleno reconocimiento por parte de los psicoanalistas vieneses quienes, en su mayoría eran conservadores antimarxistas que se oponían a la revolución rusa. Por otro lado, en el partido bolchevique, si bien había dirigentes que apoyaban el psicoanálisis, otros, a partir de una concepción economicista y mecanicista del marxismo, lo consideraban una práctica “burguesa y capitalista” a la cual había que oponerse. Sin embargo, el psicoanálisis no fue simplemente tolerado, ya que durante esos primeros años de la revolución trató de encontrar un espacio propio en la lucha para fundar las bases de una nueva organización de la sociedad; había la ilusión de poder encontrar “una ciencia psicológica” que junto al marxismo pudiera dar cuenta de “una nueva cultura socialista”. Aunque ser psicoanalista y de izquierda eran dos perspectivas que en Rusia iban a ser cada vez más difícil de compatibilizar.

Para dar cuenta de los cambios que se intentaban realizar en esa época para romper con el modelo de la familia patriarcal es necesario mencionar el lugar que ocupaba Alexandra Kollantai. Nació en San Petersburgo en 1872 en el marco de una familia liberal. De joven abrazó las ideas revolucionarias; para transformarse luego de la revolución en la primera mujer que participó en un gobierno y la primera en ejercer la función de representante en un gobierno extranjero. En los años ´20 pertenecía a la llamada oposición obrera del partido al cual cuestionaba por su excesivo centralismo. Su contribución principal fue aportar a la historia de la emancipación femenina y la libertad sexual. En la línea de Marx y Engels de El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, Kollantai afirmaba que en la sociedad socialista la igualdad y el reconocimiento recíproco de los derechos debían constituirse en los principios de las relaciones entre hombres y mujeres. Con el nuevo gobierno revolucionario fue elegida Comisaria del Pueblo de la Asistencia Pública desde donde luchó para alcanzar la igualdad política, económica y sexual de hombres y mujeres. Es que a partir de la revolución las mujeres consiguieron el pleno derecho al voto, las leyes civiles hicieron del matrimonio una relación voluntaria, se eliminaron las diferencias entre hijos legítimos e ilegítimos, se igualaron los derechos laborales de la mujer a los del hombre y se dieron el mismo salario a las mujeres y un salario universal por maternidad. Así la Rusia de los Soviets fue el primer país del mundo donde se estableció la total libertad de divorcio y donde el aborto fue libre y gratuito. Ahora bien, una vez establecida la situación legal había que alcanzar una igualdad real y objetiva. Por ese motivo se lanzaron movilizaciones políticas entre las mujeres y en 1918 se celebró el primer Congreso de Mujeres Trabajadoras de toda Rusia. Kollantai creía que en la nueva sociedad la igualdad entre ambos géneros no solo se lograría con la transformación de las bases económicas que producen las desigualdades, sino también con un cambio en las relaciones sexuales entre las personas. Sin embargo, las ideas de Kollantai no fueron plenamente aceptadas por los dirigentes del partido; finalmente con el estalinismo se volvió al papel tradicional de la mujer y a una exaltación de la familia. Kollantai fue acusada de sectarismo por Stalin y alejada del país en misiones diplomáticas a Noruega, México y Suecia.

Aunque la concepción sobre la sexualidad que sostenía Kollantai en muchos sentidos era ajena a la defendida por Freud, los psicoanalistas rusos aportaban al desarrollo de estas ideas que implicaba romper con prejuicios muy arraigados en la sociedad. Además, debían seguir las duras condiciones que la realidad social y económica imponían a la sociedad. Mientras tanto, continuaban con la difusión del psicoanálisis. Ivan D. Ermarkov dictaba conferencias en el Instituto Psiconeurológico de Moscú y trataba de organizar un centro para niños perturbados menores de cuatro años que incluía como programa de formación un análisis para los que cuidaban de los niños. Esta problemática era una necesidad social debido a la gran cantidad de niños abandonados producto de la muerte de sus padres en la Gran Guerra o en la Guerra Civil que se estaba desarrollando. Moshe Wulff era profesor de la Universidad de Moscú. Ambos crean en 1921 la Asociación Psicoanalítica de Investigaciones sobre la Creación Artística que en el inicio tenía ocho miembros fundadores. Al año siguiente se funda la Sociedad Psicoanalítica de Moscú, que se organizó en tres secciones: la primera dedicada a los problemas psicológicos de la creatividad y la literatura dirigido por Ermarkov; la segunda llevada adelante por Wulff, que trabajaba en el análisis clínico, y la tercera se ocupaba de la aplicación del psicoanálisis al sistema educativo dirigida por el matemático y psicoanalista Otto Schmidt, esposo de Vera Schmidt.

Ese mismo año en Kazan se funda una segunda sociedad psicoanalítica bajo la dirección de Alexander Romanovich Luria. En este grupo, la mayoría de sus fundadores eran médicos, entre los que se encontraban Fridman y Averbuj, que en 1923 iban a traducir al ruso Psicología de las masas y análisis del yo. En la Sociedad Psicoanalítica de Moscú se forma el primer Instituto de Psicoanálisis del país que fue el tercero en el mundo junto al de Viena y Berlín. Su originalidad estaba dada por ser la única institución mundial sostenida financieramente por el Estado ya que se consideraba que el psicoanálisis podía desempeñar un papel importante en la construcción del socialismo. El hecho de conformarse como Instituto implicaba que podía formar analistas y, por lo tanto debía tener la aprobación de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA). A excepción de Freud, casi todos los miembros de la IPA se oponían debido a la poca cantidad de médicos que formaban parte del Instituto ruso y a su oposición a los marxistas del Estado soviético. Para Ernest Jones, que lideraba la oposición, la idea de que un matemático como Otto Schmidt fuera vicepresidente le resultaba inexplicable. Finalmente, bajo la influencia de Freud, se conformó la Sociedad Psicoanalítica Panrusa que incluía a los psicoanalistas de Petrogrado, Kazan, Odessa, Kiev y Rostov. Como responsables quedaron Ermarkov, O. Schmidt y Luria. La formación teórica y técnica estaba en manos de Ermarkov, Wulff daba seminarios de medicina y psicoanálisis y Sabina Spielrein, que recién había llegado de Viena, se dedicaba al psicoanálisis de niños. Sin embargo “el problema ruso” –como lo llamaba Jones– continuaba. En 1924, en el Congreso de Psicoanálisis de Salzburgo se hizo una declaración donde se saludaba al nuevo grupo pero el Instituto Ruso quedó aislado de la IPA, pese a ser uno de los grupos más numerosos que participaron.

 

El fin del psicoanálisis en Rusia

Las polémicas cada vez se hacían más duras y políticas; en especial luego de la muerte de Lenin en enero de 1924, cuando al psicoanálisis se lo asociaba con la oposición de izquierda a Stalin. Varios dirigentes de la revolución como Lunacharsky, Radek, Bujarin, Ioff y fundamentalmente Trotski defendían la práctica del psicoanálisis. Lenin nunca tomó posición sobre el tema; aunque conocía muy bien el debate a través de su esposa nunca se opuso al psicoanálisis. Si bien tenía una posición en relación a la sexualidad que podíamos denominar conservadora, como lo evoca en una memoria Klara Zetkin1, defendió la experiencia del “Hogar de niños” que dirigía Vera Schmidt. En este sentido, el historiador Alexander Etkind argumenta que el apogeo de la fuerza del psicoanálisis llegó en un momento –principios del ´20– cuando Trotsky estaba ejerciendo una gran influencia y su declinación coincide con su caída política. Por ello afirma que a pesar del apoyo de Krupskaia, la esposa de Lenin, y de Radek e incluso del apoyo de Stalin al “Hogar de niños” donde estaba su hijo, el vínculo de Trotski fue políticamente su fuerza principal y, en última instancia, el inconveniente2. Creemos –como venimos sosteniendo a lo largo de este artículo– que si bien Trotsky fue un factor importante, se dio una complejidad de factores tanto para su auge como para su caída.

Luego de la muerte de Lenin y la expulsión de Trotsky comienza una “caza de brujas” desarrollada por Stalin contra toda oposición a sus ideas basadas en el “socialismo en un solo país”. Se prohíbe la libertad de asociación, con lo que –para limitarnos al campo de la psicología– todas las corrientes psicológicas son perseguidas a excepción de la “oficial” que se basaba en una adaptación mecanicista de la psicología pavloviana. Se anula la legislación sobre el aborto y el divorcio para afianzar la familia tradicional. La homosexualidad pasa a ser considerada una “sexualidad perversa y degradada”; esto lo lleva a Máximo Gorki –claro exponente del realismo socialista– a afirmar que “en la tierra donde el proletariado gobierna con coraje y exitosamente, la homosexualidad, con sus efectos corruptos sobre los jóvenes, está considerada como un crimen social punible por la ley”3. En este marco se desarrolla en 1930 el Congreso sobre Comportamiento Humano, donde se realizan contundentes críticas a diferentes corrientes psicológicas que se las clasifica como “burguesas desviacionistas” y “capitalistas idealistas”. Allí Zalkind critica las bases del psicoanálisis y sostiene lo que había escrito el año anterior en sus “Doce mandamientos” para las relaciones de pareja donde –entre otras cuestiones– afirmaba: “El acto sexual no debe repetirse a menudo. No se debe cambiar seguido de partenaire. El amor debe ser monógamo. En el acto sexual, siempre se debe tener en cuenta la posibilidad de concebir hijos. La elección sexual debe ejercerse siguiendo criterios de clase; debe estar conforme a las finalidades de las revolucionarias y proletarias. La clase tiene el derecho a intervenir en la vida sexual de sus miembros”4. Todo un tratado reaccionario y totalitario sobre la sexualidad.

Es evidente que en este clima social y político era imposible que pudiera desarrollarse cualquier práctica con una mínima garantía de libertad, mucho menos la del psicoanálisis; para el estalinismo el objetivo del pensamiento marxista no era la crítica sino la fe: había que tener fe en un partido al cual se debía responder desde la sumisión; caso contrario se lo declaraba enemigo de la revolución. Pero debemos reconocer que, en la medida que se afianzaba el totalitarismo estalinista, se imponía el dogmatismo de la Segunda Internacional que se situaba en la tradición anti-psicológica presente desde los inicios de la revolución. Como venimos señalando, el marxismo se lo había encerrado en una concepción economista y mecanicista de la historia donde se establecía una relación directa entre la situación social, los intereses colectivos y la conciencia política. Dicho de otra manera: si se cambiaban las relaciones de producción se modificaban las relaciones del sujeto con sí mismo y con los otros. De esta forma con una interpretación voluntarista se dejaban de lado los determinantes subjetivos del sujeto para adherir a un proyecto de transformación social. Por ello los desarrollos para encontrar una relación entre psicoanálisis y marxismo se basaban en paradigmas positivistas que se transformaban en reduccionismos económicos o biológicos; como la pretendida psicología soviética de orientación pavloviana o el enfoque histórico-social.

En la actualidad han cambiado los paradigmas con los que se ha pensado la relación entre el psicoanálisis y el marxismo. Aún más, esta confluencia quedó en la historia. De allí que creemos necesario rescatar la noción de límite. Pero entendiendo el límite como positividad –en el sentido spinoziano del término–, es decir como potencia. Creemos que el límite epistemológico que hay entre el psicoanálisis y el marxismo permite la fecundidad para pensar un proyecto emancipatorio.

El sujeto del inconsciente no se corresponde con el sujeto de la historia. Freud parte del sujeto y, si bien reconoce la influencia de lo social, su interrogación se dirige a cómo lo social se inscribe en la subjetividad a partir de su historia personal.

En Marx, en cambio, el sujeto es social y el entramado social e histórico es el que explica la subjetividad. De esta manera la ontogénesis marxista (es decir, los procesos que sufren los seres vivos desde su fecundación hasta la vejez) no es asimilable al sujeto óntico del psicoanálisis (es decir, al ser). De allí la imposibilidad epistemológica de armonizar estos dos sistemas conceptuales que devienen en prácticas diferentes. Estamos en presencia de dos órdenes en la constitución del sujeto diferentes pero complementarios. No a partir de una hipotética conjunción sino a partir de sus límites y alcances comprensivos5.

En esta perspectiva podemos decir que si para Marx la historia es la historia de la lucha de clases ésta adquiere en cada proceso histórico en el interior de la cultura una complejidad que debemos dar cuenta. Es una ilusión creer que modificar las relaciones de producción presupone automáticamente un cambio en las relaciones de los sujetos, como clásicamente se pensó desde el marxismo. Si bien este es un paso necesario no es suficiente, como lo han demostrado las experiencias social totalitarias estalinistas. En ellas el pensamiento utópico escondía el sueño reaccionario del cierre completo de lo social y la creencia de una sociedad ideal basada en la imposición de una cultura organizada desde el Estado. Esta era la advertencia de Freud cuando decía: “Yo opino que mientras la virtud no sea recompensada ya sobre la Tierra, en vano se predicará la ética. Me parece también indudable que un cambio real en las relaciones de los seres humanos con la propiedad aportará aquí más socorro que cualquier mandamiento ético; empero, en los socialistas, esta intelección es enturbiada por un nuevo equívoco idealista acerca de la naturaleza humana, y así pierde valor de aplicación.”6

Dilucidar estos problemas sigue siendo un desafío para el desarrollo de un pensamiento de izquierda que permita un nuevo modo de apropiación de la realidad que posibilite el surgimiento de un proyecto de emancipación social y político.

 

* Psicoanalista. Fragmento del libro El psicoanálisis en la revolución de octubre, de reciente aparición. Enrique Carpintero (compilador), Eduardo Grüner, Alejandro Vainer, Hernán Scorofitz, Juan Carlos Volnovich, Juan Duarte, Lev Vygotski y Alexander Luria (Ed. Topía)

 

Notas

 

  1. Miller, Martín A., Op. Cit.
  2. Etkind, Alexander, Eros de los imposible. La historia del psicoanálisis en Rusia, editorial Baulder Cobo, Madrid 1997.
  3. Miller, Martín A., Op. Cit.
  4. Chemouni, Jacquy, Trotsky y el psicoanálisis, ediciones Nueva Visión, Buenos Aires 2007.
  5. Para un desarrollo de esta perspectiva ver Carpintero, Enrique y Vainer, Alejandro, “Psicoanálisis y Marxismo: historia y propuestas para el siglo XXI” en Pavón-Cuéllar, David (coordinador), Capitalismo y psicología crítica en Latinoamérica: del sometimiento neocolonial a la emancipación de subjetividades emergentes, editorial Kanakil, México 2017.
  6. Freud, S. (1927), El porvenir de una ilusión, Obras completas XXI, editorial Amorrortu, Buenos Aires 1976.

 

 

Desastre kurdo: la independencia que siempre no fue

por Alfredo Jalife-Rahme//
En mi artículo postsísmico sobre cómo Israel apoya la secesión del Kurdistán para desestabilizar a Irán y Turquía(https://goo.gl/Sb48Mu), adelanté que la alta vulnerabilidad del Kurdistán iraquí radica en que se encuentra totalmente rodeado de países que pueden ser desestabilizados, lo cual beneficia enormemente a Israel, pero a costa de un elevado precio del pueblo kurdo, que puede volver a ser sacrificado en el altar de la geopolítica regional, como sucedió con el tratado de Sèvres de 1920.

Pues fue justamente lo que sucedió casi 100 años más tarde cuando Massoud Barzani, líder de la región kurda en el norte de Irak y prócer de su fugaz independencia, fue abandonado por Donald Trump (sucesor de los negociadores occidentales del Tratado de Sèvres).

En una fulgurante operación del ejército iraquí –curiosamente entrenado tanto por el Pentágono como por los pasdarán iraníes (Guardias Revolucionarios Islámicos Chiítas)– fue tomada la región de Kirkuk y su capital, con pletóricos yacimientos de hidrocarburos, ante la sorprendente huida de los combatientes kurdos, los legendarios peshmergas (que se arrojan a la muerte), a lo que no hicieron honor, y cayeron después de 12 horas casi sin combatir.

La independencia del Kurdistán iraquí –no se diga su efecto dominó en Irán, Siria y Turquía, con relevantes minorías kurdas (https://goo.gl/Fh5HV2)– quedó hecha añicos. Sin el petróleo de Kirkuk no es viable el estado independiente kurdo en el norte de Irak (https://goo.gl/vudtvp).

Con la hostilidad de todos los estados regionales islámicos fronterizos –en particular los no árabes: la sunita Turquía y la chiíta Irán– y con la sola excepción del apoyo envenenado de Israel, Erbil (con 5 millones de habitantes), capital del Kurdistán iraquí, se aisló de la realidad geoeconómica/geopolítica. Quizá el peor error de Barzani fue su obsceno meretricio con el Estado sionista, Israel, expoliador de tierras, derechos, vidas y sueños palestinos.

La gran mayoría de los analistas se equivocó al sobrestimar la valentíade los peshmergas y al subestimar al ejército central iraquí, después de su previa derrota humillante ante los yihadistas en Mosul: ciudad plural del norte de Irak, con mayoría árabe e importante presencia de asirios cristianos que hablan el arameo (el idioma de Cristo) y de caldeos católicos.

Con la ignominiosa derrota de los peshmergas, Kirkuk es hoy compartida por tres diferentes grupos étnicos y religiosos: los árabes semitas, los turcomenos (de origen turco-mongol y que aquí en su mayoría son chiítas) y los cristianos asirios/arameos/caldeos semitas. El triunfo de los turcomenos chiítas, casi la mitad de la población de Kirkuk, resume la nueva alianza entre la Turquía sunita y el Irán chiíta contra la balcanización de los pueblos kurdos inducida por Israel.

Israel y Trump sufren dos derrotas humillantes con la pérdida de la plaza petrolera de Kirkuk, destinada esquemáticamente a los kurdos.

Debka Weekly (número 774), portal desinformativo del Mossad, se desvive explicando teorías conspirativasentre los mismos kurdos y la traición del grupo Talabani, tradicional enemigo de los Barzani (vinculados a la CIA y al Mossad).

La narrativa hilarante de Debka eleva a dimensiones sobrehumanas al legendario general Qassem Soleimani, jefe de la rama de élite expedicionaria Qods, dependiente de los pasdarán jomeinistas. Días antes, Trump había despotricado en forma grotesca contra los pasdarán y el mismo Soleimani, para complacer a su yerno, el israelí-estadunidense Jared Kushner, y a su supremo aliado, el premier Benjamin Netanyahu. Trump obtuvo días más tarde su respuesta en Kirkuk, con la entrada triunfal de su vilipendiado general Soleimani.

Los británicos entienden mejor la geopolítica que sus maniqueos/lineales alumnos de Estados Unidos. David Gardner colige perfectamente la hipercomplejidad no-lineal de las arenas movedizas del Medio Oriente y sostiene que la captura de Kirkuk y la derrota de Barzani, aliado de Israel, debe ser vista como parte de la competencia geopolítica entre Irán y Estados Unidos(https://goo.gl/MpvJCA).

Otro británico muy sagaz, Patrick Cockburn, apunta que los kurdos perdieron 40 por ciento del territorio que controlaron previamente, mientras la geografía política del norte de Irak será transformada, en detrimento de los kurdos. Sin campos petroleros bajo su control –reservas de 45 mil millones de barriles de petróleo y 150 millones de millones (trillones anglosajones) de metros cúbicos de gas, con una exportación de 600 mil barriles diarios (https://goo.gl/3hni88)–, los kurdos pierden su independencia económica.

El premier iraquí Haider al Abadi –chiíta árabe semita– consigue su segundo triunfo fenomenal este año: la captura de Mosul contra los yihadistas sunitas y la derrota de los peshmergas sunitas kurdos. Curioso: los dos grupos derrotados por el chiíta premier iraquí son sunitas, mientras se expande el proyectado Creciente Fértil chiíta del C4+1 (Irán, Irak, Siria, Hezbolá+Rusia; https://goo.gl/ZKN3CX).

Para el analista británico filorruso Alexander Mercouris, el plan C de Trump se frustró en Irak: “Estados Unidos fracasó en conseguir el cambio de régimen en Siria (plan A) y falló en catalizar la balcanizacion de Siria sobre líneas sectarias (plan B; https://goo.gl/M7EhyS), y ahora buscaba usar a los kurdos para desestabilizar tanto a Irak como a Siria” (https://goo.gl/ce4Wq8) con el fin de frenar la influencia creciente de Irán y de alienar a Turquía. Le salió el tiro por la culata a Trump, ya que lo único que consiguió es alinear a Irán, Turquía, Siria e Irak, mientras aisló a los kurdos.

Mercouris comenta que en los recientes dos años se ha demostrado que “los rusos son los maestros (sic) de la estrategia militar y tecnología en el Medio Oriente, y que los iraníes son los maestros (sic) indiscutibles de operaciones encubiertas, con su excepcional conocimiento de la región, mediante sus diversas agencias de espionaje y seguridad”.

En forma interesante, Mercouris aduce que la debacle del plan C exhibe el rápido declive del poder estadunidense en el Medio-Oriente: Trump –quien, a instigación de su aliado supremo Netanyahu, descertificó en forma unilateral e insensata el acuerdo nuclear del P5+1 con Irán (https://goo.gl/LCV7u6)– se está aislando, mientras Irán, el supuesto marginado, sancionado y vituperado, exhibe excelentes relaciones con Turquía, Siria, Irak y Pakistán, así como los países centroasiáticos. Le faltó agregar a Líbano.

El Pentágono mantiene 10 mil soldados en Irak y es aliado de Bagdad en el combate contra los yihadistas, quienes ahora se encuentran en franca retirada en Siria e Irak. ¿Para resucitar en el sudeste asiático?

¿Se inclinaron tanto el Pentágono como Rex Tillerson, secretario de Estado y ex mandamás de ExxonMobil, por los más pletóricos y lucrativos yacimientos petroleros del sur chiíta iraquí, en detrimento del menor yacimiento de Kirkuk, el cual hubiera sido otorgado a los kurdos sunitas no árabes por los intereses de Israel para su abasto? ¿Tuvo miedo Trump a un alza descomunal del petróleo, que hubiera beneficiado a Rusia, por lo que prefirió laisser-fairea Irán?

Editorial: El siglo de la Revolución Rusa

Para quienes militamos bajo las banderas de la revolución socialista, la celebración de un aniversario tan significativo, el centenario de la Revolución Rusa, resulta de una enorme trascendencia.

Quienes integramos el equipo editorial de esta revista, provenimos de distintas corrientes de origen marxista y revolucionario, y para todos nosotros –desde diversas perspectivas- la Revolución Rusa ha significado y significa el basamento material y teórico de nuestro accionar militante.

Se puede afirmar que la burguesía no ha logrado silenciar la fecha y, en nuestro país, hasta el mismísimo Centro de Estudios Públicos –órgano capitular de la oligarquía chilena- organizó un ciclo de charlas que bajo el nombre de la Revolución Rusa en América Latina y Chile, con la finalidad de poner de relieve la derrota, la imposibilidad e inclusive los supuestos crímenes de tal Revolución.

A su turno, a lo largo de todo el país y con distintos énfasis y magnitudes, las actividades conmemorativas de la gesta del octubre soviético se han venido desarrollando, demostrando con ello que no se trata de un acto de nostalgia o de rescate arqueológico, sino que expresiones concretas y vigentes de lucha política. Resulta, en consecuencia, autoevidente que la Revolución Rusa sigue siendo un hito nodal, estructural, en el desarrollo del discurso político de nuestros días.

Frente a los que, basados en el hecho cierto de que la clase obrera ha sufrido importantes retrocesos políticos en los últimos años, sostienen que “se ha demostrado” su incapacidad revolucionaria, sostenemos que nunca una clase explotada ha logrado tanto en tan poco tiempo.

En poco más de ciento cincuenta años de existencia el movimiento obrero ha generado una teoría social superior a la de la clase dominante. Ha creado organizaciones propias, como sindicatos, cooperativas y asociaciones culturales y deportivas.

Organizó partidos propios, sustentados en la teoría crítica y científica, que han desarrollado estrategias y tácticas de acción política altamente elaboradas.

Obligó a la clase dominante a conceder mejoras como nunca una clase explotada logró arrancar a los explotadores (Estado de bienestar en la posguerra).

Generó organizaciones radicalmente democráticas, como los concejos de obreros y campesinos. Creó ejércitos, desarrollando una estrategia militar propia.

Tomó el poder e inició la construcción de sociedades que por primera vez fueron concebidas como proyectos conscientes de un reordenamiento social sin clases.

Es necesario no perder esta perspectiva histórica, y fomentar la educación a las nuevas generaciones en las tradiciones revolucionarias, porque en ellas se alimentará la futura recomposición política de las fuerzas del trabajo y del socialismo. La perspectiva de la revolución proletaria es, en este contexto, no sólo necesaria, sino que su viabilidad constituye hoy en día la única posibilidad de salvar a la humanidad de las garras de la barbarie.

Habitualmente dedicamos la Editorial de nuestra revista al análisis de la coyuntura, que hoy día con la contienda electoral, el movimiento No +AFP y la absolución de los 11 comuneros mapuche en el llamado “caso Luchsinger”, entrega múltiples facetas, pero hoy queremos –intencionadamente- detenernos a homenajear a la primera revolución obrera triunfante de la historia.

Desde las páginas de El Porteño, cuando también cumplimos un año de funcionamiento, acompañando la lucha de los trabajadores en Chile y el mundo entero, rendimos sentido homenaje –repetimos- a esta primera revolución obrera triunfante de la historia y a su vanguardia bolchevique. El programa proletario, de la revolución socialista, que es el gobierno de los órganos de poder de los explotados, resplandece en su vigencia frente a la colosal descomposición del orden burgués. Levantamos el puño izquierdo, orgullosos de engrosar las filas proletarias de esta gloriosa marcha llamada Revolución.

 

EP

 

Marx, ¿un economista del siglo XIX?

por Michel Husson//

Acaba de publicarse la traducción francesa de la biografía de Jonathan Sperber,1/ titulada Karl Marx, homme du XIXe siècle. Es la ocasión, 150 años después de la publicación del Libro I de El Capital, de preguntarnos si hay que considerar a Marx un economista del siglo XIX.2/

La biografía de Sperber está consagrada esencialmente a la vida privada de Marx y a su relación con las corrientes de pensamiento de su época. La tesis central –Marx es una “figura del pasado” (a backward-looking figure)– tiene al menos la ventaja de librar a Marx de toda responsabilidad sobre la práctica ulterior del “marxismo-leninismo” con salsa estalinista. Pero en sentido inverso, remite a Marx a la historia de las ideas, carente en el fondo de todo interés de cara a la interpretación del mundo contemporáneo, por no hablar ya de los proyectos encaminados a transformarlo. Esta tesis, evidentemente, es discutible y al respecto nos remitimos a las reseñas críticas sobre el conjunto de la obra, para examinar aquí el capítulo que habla de Marx como economista.3/ Este aspecto de la obra de Marx solo ocupa, por cierto, un espacio singularmente reducido: una cuarentena de páginas de un total de 500.

Sobre el método

Sperber propone una lectura “heguelianizada” de Marx. Por ejemplo, escribe que “Marx solamente fue capaz de mostrar cómo la apariencia del sistema depende de las lógicas asociadas a sus funcionamientos internos recurriendo al trabajo hegueliano de desarrollo conceptual”. Lenin afirmó que “no se puede comprender plenamente El Capital de Marx, y en particular su capítulo I, sin haber estudiado mucho y sin haber comprendido toda la Lógica de Hegel”.4/

No obstante, sin entrar en un debate que va más allá de las competencias de un economista, no hay que olvidar que Marx no fue únicamente discípulo de Hegel y que criticó el idealismo de este. Sperber cita su célebre fórmula, según la cual, en Hegel, la dialéctica “se halla cabeza bajo; basta colocarla sobre los pies para descubrir en ella la fisionomía plenamente razonable”.5/ Sin embargo, si se recuerda que la redacción del Libro I es posterior al grueso de los manuscritos que darán lugar a la publicación por Engels de los Libros II y III, se constata que Marx partió de los aspectos más concretos del funcionamiento del capitalismo antes de derivar de ello los conceptos más abstractos. El orden de la exposición que siguió es entonces inverso al orden de la investigación, como él mismo explica con toda claridad:

El procedimiento de exposición debe distinguirse formalmente del procedimiento de investigación. Con la investigación de trata de apropiarse de la materia en todos sus detalles, de analizar sus diveras formas de desarrollo y de descubrir su vínculo íntimo. Una vez realizada esta tarea, y solamente entonces, se puede exponer el movimiento real en su conjunto. Si se consigue, de manera que la vida de la materia se refleje en su reproducción ideal, este milagro puede hacer creer que se trata de una construcción a priori.6/

Esto es asimismo lo que expresa la primera frae de El Capital:

La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un “enorme cúmulo de mercancías”, y la mercancía individual como la forma elemental de esa riqueza. Nuestra investigación, por consiguiente, se inicia con el análisis de la mercancía.

El caso es que Sperber no es fiel a su lectura “hegueliana” en un punto importante. Hace de la dicotomía entre valor de cambio y valor de uso una de las cinco “distinciones conceptuales” que según él estructuran la teoría económica de Marx. Sin embargo, esta “distinción conceptual” no debe entenderse, evidentemente, como una pura oposición binaria. Ahora bien, en esta cuestión fundamental, Sperber comete un error –ya clásico, por cierto– consistente en sostener que Marx no concede ningún papel a la “utilidad” (el valor de uso) en la formación de los precios de las mercancías. Esta es incluso, según Sperber, una de las razones por las que los marginalistas pudieron imponerse sobre la tradición clásica (de la que formaría parte Marx): su enfoque “combinaba el valor de uso y el valor de cambio, que Marx había separado con tanto esmero”. Así, la “distinción conceptual” se convierte en una “sepración” poco dialéctica y que no se corresponde en nada con el planteamiento de Marx.

Una pequeña frase habría bastado para suscitar de entrada la duda sobre la comprensión de Marx por parte de su biógrafo: “el Libro I de El Capital estaba consagrado a la distribución”, escribe. Esta es una sandez reveladora: el Libro I está consagrado principalmente a la teoría del valor y no trata del reparto, sino del análisis del “laboratorio de la producción”, por retomar la expresión del propio Marx.

Sobre la caída tendencial de la tasa de beneficio

Sperber no arroja ninguna luz realmente nueva sobre esta cuestión ampliamente debatida. Recuerda que la ley de la caída tendencial de la tasa de beneficio era para Marx “la ley más importante de la economía”, pero que esta proclamación, efectuada en los Grundrisse, vino sin duda un poco pronto. En efecto, Marx volvió “constantemente sobre este problema y escribió ecuaciones por última vez en 1882, un año antes de su muerte, proponiendo numerosas explicaciones y soluciones, de las que ninguna le parecía del todo satisfactoria”. A este respecto se hace referencia a los trabajos de Michael Heinrich, quien propone una demostración análoga, basada en particular en una nota manuscrita de Marx que apunta en sentido contrario al de la famosa ley.7/

Los argumentos de Sperber sobre esta cuestión son, en efecto, bastante deshilvanados. Por ejemplo, según él, Marx planteó que los aumentos de productividad podían “incrementar la tasa de plusvalía, la tasa de beneficio y el salarios de los obreros al mismo tiempo”, pero “semejante desarrollo, añadía Marx, solo sería posible en una economía comunista, nunca en una economía capitalista”. Me pregunto dónde habrá ido Sperber a buscar este argumento descabellado. Mejor que hubiera meditado sobre una de esas “causas que contrarrestan la ley” y que basta para poner en tela de juicio su existencia como ley:

La misma evolución que hace que aumente la masa del capital constante en comparación con el capital variable hace que disminuya el valor de sus elementos debido al aumento de la productividad del trabajo e impide así que el valor del capital constante, que sin embargo crece sin cesar, no aumente en la misma propoción que su volumen material. En algún que otro caso, la masa de los elementos del capital constante puede incluso aumentar, mientras que el valor permanece igual o incluso disminuye.8/

Sperber menciona asimismo la idea de que “los capitalistas son reacios a introducir una maquinaria más productiva y formas más eficaces de producción porque esto haría que sus equipos existentes se volviern obsoletos y se redujera la tasa de beneficio”. Existe efectivamente un pasaje en el que Marx plantea esta conjetura:

Ningún capitalista empleará de buen grado un nuevo modo de producción, independientemente de la proporción en que aumente la productividad o la tasa de plusvalía, si con ello se reduce la tasa de beneficio.

Esta idea se teorizará más tarde con el nombre de “teorema de Okishio”.9/ Sin embargo, esta hipótesis es contradictoria con el conjunto del análisis de Marx de la competencia, que, una página más adelante, concluye así su comentario: “En una palabra, este fenómeno es un efecto de la competencia; ellos también tienen que adoptar el nuevo modo de producción”.10/

Sobre la transformación de los valores en precio

Sperber tampoco aporta nada nuevo en este terreno y se contenta con repetir la doxa dominante: “Como han señalado los discípulos de Sraffa, la solución que da Marx al problema de la transformación es formalmente inexacta”. No obstante, tiene razón cuando menciona que la perecuación de la tasa de beneficio no se produce mediante transferencia “de los sectores más mecanizados a los menos mecanizados”, cosa que ya nadie sostiene (o no debería sostener).

Podría haber indicado que esta línea de crítica se remonta de hecho a Eugen Böhm-Bawerk, a quien cita en relación con otras cuestiones. Aunque señalemos de paso que esta es una referencia sorprendente, pues Böhm-Bawerk, el mismo que reprochaba a Marx sus errores de cálculo, cometió a su vez uno, y bastante gordo, en su cálculo de la “duración media del periodo de producción”. Esto es lo que subrayó Paul Samuelson en un artículo en que hizo balance del debate sobre la teoría del capital (y en el que capituló ante sus adversarios): Böhm-Bawerk confunde interés simple e interés compuesto y por tanto su medición “ya no merece que nos refiramos a ella”.11/

No es extraño que Sperber no mencione el enfoque TSSI (Temporal Single-System Interpretation), que elimina los supuestos errores de Marx. La clave de esta “solución” la resume así Ernest Mandel:

Los insumos de un ciclo de producción son datos disponibles al comienzo de este ciclo que no tienen efecto alguno en la igualación de las tasas de beneficio en los distintos sectores de producción durante este ciclo. Basta suponer que ya han sido calculados en precios de producción y no en valores, y que estos precios de producción resultan de la igualación de las tasas de beneficio en el transcurso del ciclo de producción precedente, para que desaparezca toda incoherencia.12/

Por lo demás, Mandel se limita a seguir esta indicación de Marx:

El coste de producción de la mercancía está determinado; representa un dato independiente de la producción del capitalista, mientras que el resultado de su producción es una mercancía que contiene la plusvalía, que es un excedente de valor con respecto a su coste de producción.13/

Sobre la renta

El libro contiene una exposición bastante amplia dedicada, con razón, a la teoría de la renta. No carece de interés, pero se contradice con la tesis general de Sperber, ya que este –además de no discernir correctamente el vínculo con la teoría del valor– no ve que esta teoría puede extenderse a otros terrenos distintos de la renta de la tierra. “¡Todos rentistas!”, proclama por ejemplo Philipe Askenazy en un libro reciente.14/ El análisis de la renta inmobiliaria o petrolera es perfectamente posible empleando el marco teórico de Marx y de los clásicos. Lo mismo podemos decir del debate que acaba de iniciarse en EE UU sobre los superbeneficios de las grandes empresas a partir de un estudio de su “poder de mercado”.15/ Todas estas cuestiones deben abordarse a partir del principio metodológico de Marx, que establece que la renta es una captación de la plusvalía producida en los demás sectores. Es esta una aportación fundamental que permite, por ejemplo, evitar el error consistente en pensar que existen fuentes de creación de valor distintas del trabajo (por ejemplo, las “finanzas”).

La lectura de Sperber, que declara a Marx un hombre del siglo XIX, es, en el fondo, coherente con su representación de que la supremacía de la economía marginalista (o neoclásica) es el fruto de un progreso lineal de la ciencia económica. Ahora se trata de criticar esta lectura mostrando cómo las problemáticas marxistas tienen prolongaciones –y no únicamente entre los marxistas– a lo largo de los 150 años que nos separan de la aparición de El Capital.

Marx, ¿un economista del siglo XIX?

La clave del análisis de Sperber es coherente con su tesis más general. Podemos resumirla así: Marx es el último de los economistas clásicos (en el linaje de Smith y Ricardo), pero, por desgracia para él, en el momento en que Engels publica los Libros II y III de El Capital, la economía está a punto de bifurcarse y de romper con esta línea de pensamiento. Dejemos de lado la cuestión de saber si Marx se sitúa en la prolongación/superación de Ricardo o en ruptura total con él para captar esta clave de la lectura de Sperber, quien al menos podría haberse preguntado por qué el subtítulo de El Capital es “Crítica de la economía política”. De ortodoxo (sic), Marx habría pasado así bruscamente a devenir obsoleto:

Cuando sus ideas se difundieron finalmente entre un público más amplio (…), todo esto había cambiado. Lo que antaño había sido la ortodoxia económica se había convertido, para la corriente dominante, en obsoleta y no científica o, si se prefiere, en disidente y no ortodoxa.

De ahí la conclusión radical de Sperber:

Encontramos en la obra de Marx pocas cosas que interesen a las tendencias de la economía o de la teoría económica de finales del siglo XIX y del siglo XX.

Esta visión es de un simplismo desconcertante. Olvida que la teoría marginalista no se tornó dominante en virtud de su superioridad intrínseca, sino porque ofrecía una alternativa a las implicaciones subversivas de la teoría de Marx. Es preciso reproducir de nuevo lo que escribió en 1899 John Bates Clark, uno de los fundadores de la teoría neoclásica del reparto:

Los trabajadores, nos dicen, se ven desposeídos permanentemente de lo que producen (…). Si esta acusación estuviera fundada, toda persona dotada de razón debería hacerse socialista, y su voluntad de transformar el sistema económico no haría más que medir y expresar su sentido de la justicia.

Para responder a esta acusación –que hace referencia claramente a la teoría marxista de la explotación– hace falta, explica Clark, “descomponer el producto de la actividad económica en sus elementos constitutivos, con el fin de ver si el juego natural de la competencia lleva a no a atribuir a cada productor la parte exacta de las riquezas que contribuye a crear”.16/

Piero Sraffa dedujo una constatación amarga de lo que llamó la “degeneración” de la teoría del valor:

Con el ataque frontal de Marx, la aparición de la Internacional y la Comuna de París, hacía falta una línea de defensa mucho más resuelta (…), había que pasar a la utilidad, de ahí el éxito de los Jevons, Menger y Walras. La economía clásica tomada en su conjunto resultaba demasiado peligrosa: había que dar al traste con ella como tal. La casa estaba en llamas y amenazaba con incendiar toda la estructura y los cimientos de la sociedad capitalista: la economía clásica fue inmediatamente suplantada.17/

Marx, fundador de la macroeconomía moderna

En el Libro II de El Capital, Marx expone los esquemas de la reproducción que distinguen dos grandes secciones: la sección I, que produce los bienes de equipo, y la sección II, que produce los bienes de consumo. Describe las condiciones de reproducción, o dicho de otro modo, las relaciones que han de existir entre la producción de las empresas y sus mercados. Estas relaciones se expresan en valor, pero Marx insiste también en el hecho de que la estructura de esta oferta debe corresponder a la de la demanda social en términos de valor de uso. Es este un punto importante que permite no ver en Marx tan solo al teórico exclusivo del valor-trabajo que habría despreciado así las “preferencias de los consumidores”, por retomar la terminología moderna.

El enfoque de Marx se inspira a todas luces en el famoso Cuadro de Quesnay18/ (otra “figura del pasado”), que era según él un “planteamiento tan simple como genial para su época”.19/ El sistema de los fisiócratas representaba a ojos de Marx “la primera concepción sistemática de la producción capitalista”, por mucho que los “límites de su horizonte” llevaran a Quesnay a postular que “la agricultura constituye la única esfera de inversión en que el trabajo humano produce plusvalía”.20/ En una carta del 6 de julio de 1863, Marx muestra a Engels un esquema en que se ve cómo “traduce” el cuadro de Quesnay a su propio sistema conceptual.

Por tanto, incluso si no partió de cero (podríamos citar también a Sismondi entre sus fuentes de inspiración), se puede sostener que Marx es el fundador de la macroeconomía moderna. Así lo reconoció la keynesiana de izquierda Joan Robinson, que por lo demás era muy crítica con Marx21/: “partir de Marx le habría ahorrado [a Keynes] muchos problemas” (a lot of trouble). Habla de otro economista keynesiano, Richard Kahn, quien en un seminario en 1931 trató de “explicar el problema del ahorro y de la inversión imaginando una red que parte de los sectores que producen bienes de equipo y después estudiando sus relaciones con los sectores de bienes de consumo”. Con ello, sin embargo, añadió Robinson, no hacía más que “redescubrir los esquemas de Marx”.22/ Incluso Paul Samuelson, blanco favorito de las invectivas de Robinson y a su vez un crítico sumamente cáustico de Marx, admitió que “sin duda todos habríamos salido ganando si hubiéramos estudiado antes los cuadros de Marx”.23/

Pero el mejor homenaje es el que pronunció Wassily Leontief en 1937, durante un coloquio organizado por la American Economic Association sobre “el significado de la economía marxista”. Leontief es el fundador del análisis input-output, que describe las relaciones entre las distintas ramas de la economía, lo que los contables nacionales denominan hoy los consumos intermedios. Leontief fue a su vez alumno de Ladislaus von Bortkiewicz, cuya crítica de Marx sobre la cuestión de la transformación está en el origen de toda la literatura neoricardiana. Para Leontief,

Quien trate de comprender realmente la realidad de los beneficios y salarios en las empresas capitalistas puede encontrar en los tres volúmenes de El Capital informaciones de primera mano, más realistas y pertinentes que en diez volúmenes de la inspección de mercancías de EE UU, en una docena de manuales sobre las instituciones económicas contemporáneas e incluso, me atrevo a decir, en las obras completas de Thorstein Veblen.24/

Leontief subraya en particular que Marx “desarrolló el esquema fundamental que describe las relaciones entre los sectores de los bienes de consumo y de los bienes de equipo. Por mucho que no cierre el tema, el esquema marxista sigue siendo una de las raras propuestas en torno a las cuales existe un amplio consenso entre los teóricos del ciclo económico”, y añade que “el análisis contemporáneo del ciclo económico es claramente tributario de la economía marxiana. Sin suscitar la cuestión de la prioridad, no sería exagerado decir que los tres volúmenes de El Capital contribuyeron más que cualquiera otra obra a situar esta cuestión en el centro del debate económico”. Compárese este elogio con el juicio incongruente de Sperber, según quien “al Libro I de El Capital le falta una teoría explícita de los ciclos económicos y de las crisis comerciales. Y si bien el tema se desarrolla más en el Libro III, publicado a título póstumo, su contenido difiere sustancialmente de las afirmaciones del Libro I”.

Claro que Marx no utilizó el cálculo matricial, pero para András Bródy, otro experto de referencia para el análisis input-output, “lo esencial ya estaba ahí”. Bródy da como ejemplo un esquema estraído de los Grundrisse,25/ que según él resulta tanto más interesante cuanto que Marx parte de coeficientes técnicos para construirlo: “este podría ser muy bien el primer cuadro de entrada-salida (ficticio) en ciencia económica”.26/ En la misma onda, el marxista polaco Oskar Lange demostró la estrecha correspondencia que existe entre la matriz input-output de Leontief y los esquemas de Marx.27/

Tampoco está de más afirmar que los esquemas de la reproducción inspiraron el modelo de equilibrio general de John von Neumann28/ (que produce un esquema de crecimiento equilibrado). Para Nicholas Kaldor29/, este modelo es “en realidad una variante del enfoque clásico de Ricardo y Marx”. Como ya hemos señalado, los esquemas de reproducción de Marx le sirvieron para establecer las condiciones de esta reproducción, pero toda su lógica llevaba acto seguido a mostrar que las mismas no podían verificarse más que de modo excepcional debido a la competencia entre capitales y la presión constante sobre los salarios; de ahí la posibilidad de las crisis. Sin embargo, ciertos autores que se reclaman del marxismo, en particular Michel Tougan-Baranowski, realizaron un análisis “armonicista” de los esquemas de reproducción y abrieron un debate que de hecho no se ha agotado.30/

También podríamos citar a Martin Bronfenbrenner, para quien posiblemente Marx no sea el más grande de los economistas, pero sí, sin duda, “el más grande teórico de ciencias sociales (social scientist) de todos los tiempos”.31/ Acuñó esta bonita fórmula (que podría atribuirse a Piketty): “El Capital sigue siendo el libro más influyente aunque nadie lo lea”. Bronfenbrenner enumera las aportaciones “modernas” de El Capital, que “los economistas universitarios olvidaron casi totalmente hasta la década de 1930”. Menciona en particular “la articulación armoniosa y natural entre estática y dinámica”, deplorando al mismo tiempo que “el análisis estático se hubiera impuesto en la década de 1870 y que todavía no hayamos vuelto al nivel de Marx”.

El desempleo

La victoria de los marginalistas, que según Sperber convirtió a los clásicos en cosa del pasado, tuvo por efecto colateral la desaparición casi completa de toda teoría del desempleo. Tuvo que producirse la crisis de la década de 1930 para que la cuestión fuera abordada de nuevo por Keynes. No obstante, fue después de la segunda guerra mundial cuando reapareció la problemática de Marx en la forma extraviada de la “curva de Phillips”.32/ La idea es que existe una relación inversa entre la tasa de paro y la progresión de los salarios. Los economistas dominantes dedujeron de ello la noción de la tasa de paro “natural” que no debe rebasarse a la baja si se desea evitar un “patinazo salarial” descontrolado. La Comisión Europea calcula actualmente la NAWRU (non-accelerating wage rate of unemployment), o sea, la “tasa de paro que no acelera los salarios”. Pero también se podría hablar (como es demostrable) de una “tasa de paro que no hace descender los beneficios”.

A los economistas del sistema les habrá bastado invertir la teoría del “ejército industrial de reserva”, que Marx formuló de este modo:

Las variaciones de la tasa salarial general no responden por tanto a las de la cifra absoluta de la población; la proporción diferente según la cual la clase obrera se descompone en ejército activo y ejército de reserva, el aumento o la disminución de la sobrepoblación relativa, el grado en el que esta se halla ora “ocupada”, ora “desocupada”, en una palabra, sus movimientos de expansión y contracción alternativos corresponden a su vez a las vicisitudes del ciclo industrial, que es el que determina exclusivamente estas variaciones. (…) De este modo, la sobreproblación relativa, una vez convertida en el pivote sobre el que gira la ley de la oferta y la demanda de trabajo, solo le permite funcionar dentro de unos límites que dejan suficiente campo libre para la actividad de explotación y el espíritu dominador del capital.33/

El carácter cíclico de la economía política

Podríamos hablar de muchos otros aspectos. Por ejemplo, los análisis de Marx del capital portador de interés son de una actualidad asombrosa tras diez años de crisis y resultan muy útiles para rechazar concepciones erróneas según las cuales “las finanzas” son una fuente autónoma de valor y no un instrumento de captación del valor producido en la llamada esfera productiva.34/ Toda la tesis de Sperber se basa, como hemos visto, en el postulado de un progreso lineal de la ciencia económica que convertiría en progresivamente obsoletas las teorías superadas. Para él, interesarse por la economía de Marx no tiene más que un interés histórico, como el que puede tener el estudio de las concepciones precopernicanas o de la estimación de Newton, quien, a partir de una lectura de la Biblia, dató la creación del mundo en 3998 antes de Cristo.

Sperber lleva muy lejos este tipo de lectura, ya que sitúa incluso a Keynes o Minsky (el teórico de la inestabilidad financiera) entre los neoclásicos. Esta enormidad, proferida en el debate arriba mencionado, dice mucho del dogmatismo de este enfoque que se niega a cnsiderar la economía una ciencia social que avanza por ciclos, con un retorno periódico de las teorías antiguas, aunque sea con formas renovadas. Por ejemplo, resulta sumamente chocante señalar que la revolución neoclásica no hizo más que retomar las elaboraciones de autores anteriores a los clásicos de la economía política, como por ejemplo los abades Condillac (1714-1780) y Galiani (1728-1787).35/ Este tipo de constatación es molesto y constituye sin duda una de las razones de la obstinación de los economistas dominantes por expulsar de la universidad toda referencia a la historia del pensamiento económico. Sperber nos habrá brindado al menos la ocasión de hacer una breve incursión en ella y mostrar que las temáticas planteadas por Marx están llamadas a volver periódicamente, y no solo para celebrar el sesquicentenario de El Capital. (Artículo escrito para A l’Encontre)

 

https://alencontre.org/laune/marx-un-economiste-du-xixe-siecle-a-propos-de-la-biographie-de-jonathan-sperber.html

 

Notas

1/ Jonathan Sperber, Karl Marx, homme du XIXe siècle, Piranha, 2017. Traducción (de David Tuaillon) de: Karl Marx. A Nineteenth-Century Life, Liveright, 2013.

2/ El autor de esta reseña debatió con Sperber con motivo de la presentación de su obra en la Facultad de Ciencias Políticas de París, el 10 de octubre de 2017.

3/ Capítulo XI. L’économiste.

4/ Lenin, Cuadernos filosóficos, 1914-1915.

5/ Karl Marx, Posfacio de la segunda edición alemana, 1875. “Mi método dialéctico no solo difiere básicamente del método hegueliano, sino que incluso constituye exactamente su contrario. Para Hegel, el movimiento del pensamiento, que él personifica con el nombre de idea, es el demiurgo de la realidad, que no es más que la forma fenomenal de la idea. Para mí, en cambio, el movimiento del pensamiento no es más que el reflejo del movimiento real, transportado y transpuesto en el cerebro humano. Critiqué la vertiente mística de la dialéctica hegueliana hace casi treinta años, en una época en que todavía estaba de moda… Pero a pesar de que, debido a su error, Hegel desfigura la dialéctica a través del misticimo, ello no quita que él fue el primero en exponer el movimiento del conjunto. En él se halla cabeza abajo; basta colocarla sobre los pies para descubrir su fisionomía plenamente razonable. En su versión mística, la dialéctica se puso de moda en Alemania porque parecía glorificar las cosas existentes. En su aspecto racional, es un escándalo y una abominación para las clases dirigentes y sus ideólogos doctrinarios, porque en la concepción positiva de las cosas existentes incluye, al mismo tiempo, la inteligencia de su negación fatal, de su destrucción necesaria; porque al captar el movimiento mismo, del que toda forma realizada no es más que una configuración transitoria, nada podría imponérsele; porque es esencialmente crítica y revolucionaria.”

6/ Karl Marx, Posfacio de la segunda edición alemana, 1875.

7/ Michael Heinrich, “Crisis Theory, the Law of the Tendency of the Profit Rate to Fall, and Marx’s Studies in the 1870s”, Monthly Review, tomo 64, n.º 11, abril de 2013. La nota de Engels dice: “En el ejemplar manuscrito de Marx figura aquí, en el margen, la siguiente observación: ‘Anotar esto para más tarde: Si la ampliación [un aumento de la composición del capital] solo es cuantitativo, los beneficios, para un capital más o menos grande en el mismo sector industrial, seguirán las magnitudes respectivas de los capitales adelantados. Si la ampliación cuantitativa tiene un efecto cualitativo, la tasa de beneficio aumenta al mismo tiempo para el capital más grande.’” Heinrich también hace referencia a un manuscrito de 1875 titulado Tratamiento matemático de la tasa de plusvalía y de la tasa de beneficio (MEGA II/14), que no hemos conseguido consultar.

8/ Karl Marx, El Capital, Libro III.

9/ Nuobo Okishio, Technical Change and the Rate of Profit, Kobe University Economic Review, 7, 1961. Véanse también dos artículos de Shalom Groll y Ze’ev B. Orzech, interesantes desde un punto de vista metodológico, pero cuyas conclusiones no compartimos: “Technical progress and values in Marx’s theory of the decline in the rate of profit: an exegetical approach”, History of Political Economy 19:4, 1987; “From Marx to the Okishio Theorem: a genealogy”, History of Political Economy 21:2, 1989.

10/ Karl Marx, El Capital, Libro III.

11/ “It has no longer a presumptive claim on our attention”. Paul A. Samuelson, “A Summing Up”, The Quarterly Journal of Economics, vol. 80, n.º 4, 1966.

12/ Ernest Mandel, The Transformation Problem, extracto de su introducción a la edición inglesa del Libro III de El Capital, Penguin, 1981.

13/ Karl Marx, El Capital, Libro III.

14/ Philippe Askenazy, Tous rentiers! Pour une autre répartition des richesses, Odile Jacob, 2016.

15/ Jan De Loecker y Jan Eeckhoutz, The Rise of Market Power and the Macroeconomic Implications, 24/08/2017.

16/ John Bates Clark, The Distribution of Wealth. A Theory of Wages, Interest and Profit, 1899, p. 7.

17/ Cf. Michel Husson, La dégénérescence de la théorie de la valeur selon Sraffa, note hussonet n° 108, 13/10/2017.

18/ François Quesnay, “Analyse de la formule arithmétique du Tableau Economique”, Journal de l’agriculture, du commerce & des finances, junio de 1766.

19/ Karl Marx, en el capítulo “Sobre la historia crítica” del Anti-Dühring de Engels que escribió en su mayor parte.

20/ Karl Marx, El Capital, Libro III.

21/ Joan Robinson, An Essay on Marxian Economics, 1942. Véase también su Lettre ouverte d’une keynésienne à un marxiste, 1953.

22/ Joan Robinson, “Kalecki and Keynes”, en Essays in Honour of Michał Kalecki, 1964. Reproducido en Contributions to Modern Economics, 1978.

23/ Paul A. Samuelson, “Marxian Economics as Economics”, The American Economic Review, vol. 57, n.º 2, mayo de 1967.

24/ Wassily Leontief, “The Significance of Marxian Economics for Present-Day Economic Theory”, The American Economic Review, vol. 28, n.º 1, marzo de 1938.

25/ Karl Marx, Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie, Berlín 1953 (p. 353 del pdf).

26/ András Bródy, Proportions, Prices and Planning, Budapest, 1970. Bródy precisa que no ha hecho más que “modernizar la formalización” de Marx recurriendo a la álgebra matricial desarrollada y aplicada a la economía posterior a la época de Marx.

27/ Oskar Lange, “Some Observations on Input-Output”, The Indian Journal of Statistics, vol. 17, parte 4, febrero de 1957.

28/ John von Neumann, “A Model of General Economic Equilibrium”, The Review of Economic Studies, vol. 13, n.º 1, 1945.

29/ Nicholas Kaldor, Capital Accumulation and Economic Growth, en Lutz F.A. y Hague D.C. (editores), The Theory of Capital, Macmilllan, 1961.

30/ En los dos polos de este debate podemos situar a Michel Tougan-Baranowski, Les crises industrielles en Angleterre, 1894, y Rosa Luxemburg, L’accumulation du capital, 1913.

31/ Martin Bronfenbrenner, “Marxian Influences in ‘Bourgeois’ Economics”, The American Economic Review, vol. 57, n.º 2, mayo de 1967.

32/ Alban W. Phillips, “The Relation Between Unemployment and the Rate of Change of Money Wage Rates in the United Kingdom, 1861-1957”, Economica, vol. 25, n.º 100, noviembre de 1958.

33/ Karl Marx, El Capital, Libro I, capítulo XXV.

34/ Michel Husson, “Marx et la finance: une approche actuelle”, prefacio a Karl Marx, Le capital financier, Demopolis, 2012.

35/ Étienne Bonnot de Condillac, Le commerce et le gouvernement considérés relativement l’un à l’autre, 1776; Ferdinando Galiani, De la monnaie, 1751.

En los cien años de la Revolución Rusa y en el Chile de hoy

por Ibán de Rementería//

A cien años de la Revolución de Octubre la pregunta que tienen que ser hecha es porque ésta  termina en los gobiernos de Gorbachov, Yeltsin y Putin, todos ellos productos políticos de esa revolución. ¿Cómo esa revolución política que realizó una revolución social terminó como ya sabemos? ¿Cómo el saber de los bolcheviques convertido en poder soviético –poder de consejos de obreros, campesinos y soldados-, transformaron ese país agrario y feudal, en un país estatista e industrial, para convertirlo finalmente en un país capitalista, extractivista e industrial retrasado?.

Si bien las revoluciones son políticas, son procesos vertiginosos de redistribución del poder, de crecimiento de la democracia, sus propósitos son siempre de redistribución de la riqueza que colectivamente toda la sociedad produce. La Revolución Francesa fue principalmente una reforma agraria, la Revolución Rusa fue una reforma agraria y la estatización de los principales medios de producción, lo que le aseguraba al estado la apropiación del excedente económico y el poder discrecional para hacer uso social y económico de él.  

Cuando en la historia occidental se habla de revolución se refiere a la Revolución Francesa (1789) y a la Revolución Rusa (1917), se consideran como revoluciones también a la Revolución Inglesa (1630) y la Revolución Americana (1774), pero  sólo en aquellas los pueblos francés y ruso –en lo concreto los pueblos de París y Petrogrado – respectivamente, tomaron la iniciativa y mantuvieron el protagonismo hasta que el orden político institucional se los apropio. Allí el Consulado y el Imperio, allá el Estado Soviético.

La Revolución  Rusa se asumió como terror rojo con los bolcheviques en su conducción desde la toma del Palacio de Invierno hasta las purgas estalinistas de 1937-1938, de igual manera como la Revolución Francesa  se asumió como el Terror, a secas, cuando los jacobinos radicalizados se tomaron el poder en el momento de mayor peligro para ella, aplicándole la guillotina a todo el que representara la aristocracia, incluidos el Rey y la Reina, como a cualquiera que se opusiese a ella o no mostrase suficiente lealtad con ella,  el líder de este procedimiento de salvación nacional, Robespierre terminará él mismo aguillotinado para tranquilidad tanto de sus enemigos como de sus asociados, la mayor hazaña del jacobino Napoleón Bonaparte fue la represión del pueblo de Paris, el 18 de brumario, luego Napoleón le podrá orden institucional a la revolución y en su intento de volverla así universal –europea imperial- terminará su aventura en la derrota militar de Waterloo. Pero las cosas nunca volvieron a ser las de antes, los pueblos siguieron intentado librarse de la dominación y luchando por la emancipación en 1830, 1848 y de manera radical el pueblo de Paris en 1871. Los desacuerdos sobre la distribución del poder político, territorial y de la riqueza en Europa más o menos se resolvieron mediante dos guerras mundiales (1914 y 1939), movilizando a grandes masas de población como en la revolución.

La Unión Soviética fue una invención política de un partido político, el Partido Comunista, un partido con una ideología estructurada, en lo concreto representar los intereses políticos,  económico y sociales de los trabajadores asalariados –los proletarios- frente a la burguesía industrial, comercial y financiera que los explota para hacer reproducción ampliada del capital, por lo tanto contaba con un proyecto político específico para representar en cada momento y lugar los intereses de aquellos.

No se necesita ser un avezado científico político para cerciorase que el jacobinismo radicalizado de la facción bolchevique –la mayoría- del Partido Obrero Social Demócrata de Rusia terminó absorbido en el autoritarismo organizativo e ideológico instalado por el estalinismo, conduciendo a sus militantes y cuadros a la despolitización. Como es sabido el  “poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. El  intento democratizador de Gorbachov fue derrotado por la fracción burocrática del Partido Comunista de la Unión Soviética y ambos anulados entre sí fueron desplazados por la facción neo liberal encabezada por Yeltsin, hecho internacionalmente celebrado, quien puso fin a la Unión Soviética, asunto no previsto ni por la CIA ni por la KGB, y dejó al Partido Comunista en la oposición donde no es una amenaza para nadie, vive de la nostalgia y la celebración de Stalin como fundador de la Rusia moderna. 

La Revolución Rusa nos ha dejado dos lecciones históricas fundamentales, primero, que para hacer una revolución política, la toma del poder, y realizara una revolución social, económica, cultural y tecnológica se necesita una organización política y una ideología de clases, en este caso de los trabajadores, se requiere un partido político revolucionario; segundo, que la revolución debe ser democrática, constantemente redistribuidora del poder, o merece ser puesta en una jaula con otros objetos políticos curiosamente perversos, ya que de lo contrario indefectiblemente terminará en manos de líderes personalista como Napoleón o Stalin y así el poder retornará a las clases dominantes.

Aquí, después de 17 años de dictadura militar y 27 años de democracia tutelada por la constitución Pinochet-Guzmán, regida por la economía neoliberal extractivista y rentista con un estado socialmente subsidiario, produjo un modelo de control político y social altamente privatizador y concentrador de la riqueza, conocido como la exitosa transición, conducida por los partidos de la Concertación. Pero este modelo manifiesta sus primeros signos de crisis con la derrota de Lagos Escobar por Joaquín Lavin en la primera vuelta presidencial en 1999, no obstante aquel logra triunfar en la segunda vuelta convocando al PC y al resto de la izquierda no institucionalizada en la Concertación, constituyéndose su gobierno en el paradigma de cooperación público privada y el reformismo político, luego la elección de la carismática  Michel Bachelet en 2006 salva la situación. Pero, ese modelo de control social y político despolitizador de la ciudadanía –medido en abstencionismo creciente- fracasará estruendosamente con la elección presidencial de Sebastián Piñera en 2010. Entonces, en el año 2011 el movimiento social se expresa a lo largo de todo el país protestando por las consecuencias locales inaceptables del modelo económico extractivista y rentista, ahí “la calle” pone en jaque al gobierno y en crisis de representación al conjunto de los partidos políticos, el liderazgo del movimiento social lo asumen los estudiantes, quienes establecen que la principal causa de la desigualdad es el acceso selectivo o negado a la educación en general y a la superior en particular, en ese momento el movimiento social estableció el programa mínimo de gestión de la distribución del poder y la riqueza, constituido por el derecho al acceso universal, gratuito y de calidad a la salud, la educación y la seguridad para todas y todos los habitantes del país; además para hacer ese proceso de redistribución de la riqueza estableció que es absolutamente necesario hacer un proceso de  redistribución del poder político mediante una Asamblea Constituyente. En 2014 la candidata indiscutible de la Concertación para recuperar el poder es nuevamente Michelle Bachelet,  que más el Partido Comunista conforman la Nueva Mayoría, quien hace suyo como programa presidencial la demanda de la calle por la plena satisfacción de los derechos sociales fundamentales en salud, educación y seguridad social. El nuevo gobierno para financiar esas reformas acomete la reforma tributaria y mejorará la capacidad negociadora de los trabajadores con la reforma laboral, pero las negociaciones cupulares intra y extra Nueva Mayoría no dejan conforme ni a beneficiarios ni afectados: ni a trabajadores ni a empresarios; la reforma tributaria vuelve al conocimiento tributario en una ciencia compleja; la reforma educativa no convoca ni satisfaces a estudiantes, ni a docentes, ni a rectores, ni a propietarios de las instituciones educativas; la constituyente y la regionalización se diluyen entre los intereses de los incumbentes tanto en el Gobierno como en el Parlamento; la reforma del sistema de seguridad social, pese a ser demandada por el segundo movimiento social masivo luego del estudiantil, con la consigna: “No más AFP”, es remitida a “comisiones” especializadas.

Lo anterior y la situación electoral actual plantean tres escenarios y una sola coyuntura. La mayor novedad política es que el movimiento social conducido por los estudiantes se configura como un tercer actor político, el Frente Amplio, conformado por un conjunto de 15 partidos y movimientos políticos originados entre los estudiantes y diversos proyectos de izquierda frustrados.

Cada escenario queda definido por la propuesta política que se propone realizar cada uno de los contendientes presidenciales en relación a la satisfacción de los tres derechos sociales fundamentales, propuestos por el movimiento social  y que intentó implementar el Gobierno de la Presidenta Bachelet.

El primer escenario es el eventual triunfo de Sebastián Piñera, quien se propone dar marcha atrás en esas tres reformas, eso generará movilizaciones sociales de resistencia tanto más fuertes cuan profundas sean las contra reformas, todo lo cual provocará una creciente polarización social y política. Una primera manifestación de esto fue que José Antonio Kast, candidato presidencial de la extrema derecha conservadora en lo valórico y neo liberal en lo económico social,  fue aplaudido 17 veces en la última  ENADE (Encuentro Nacional de la Empresa), mostrando así el profundo carácter reaccionario del empresariado nacional.

El segundo escenario es el posible triunfo de Alejandro Guillier, quien se ha comprometido a continuar las reformas iniciadas por la Presidenta Bachelet, pero dado que su programa no prevé la recuperación para el Estado de las rentas y utilidades proveniente de la explotación de los recursos naturales concesionados a los privados, como tampoco de las que producen las obras públicas sobre los bienes nacionales, ni los servicios públicos que constituyen monopolios naturales, está claro entonces que no se contará con los recursos suficientes para profundizar esas reformas, lo cual le otorga un carácter demagógico y populista a esa propuesta programática, es decir no se tiene voluntad de hacerlas e irresponsabilidad fiscal en caso de hacerlo. Esto generará frustraciones en el movimiento social y aumentará la perdida de legitimidad política de la  Fuerza de Mayoría  lo cual a su vez aumentará las movilizaciones sociales y la polarización política.

El tercer escenario es el no descartable triunfo de Beatriz Sánchez y el Frente Amplio, ellos no tan solo se han comprometido a dar cumplimiento a la satisfacción de los derechos sociales en salud, educación y seguridad social, también se proponen la recuperación de la explotación de los recursos naturales o al menos de una renegociación sobre sus rentas con los actuales concesionarios, también sobre algunos servicios públicos, incluso han valorizado el costo anual de dar cumplimiento a sus promesas en unos US$ 13.000 millones anuales, incluido entre otros poner fin a la privatización de la seguridad social de la población civil, lo cual se aproxima a los US$ 12.000 millones anuales que las mineras privadas del cobre se han llevado como sobre ganancias en los últimos diez años –más allá de sus utilidades, costos de riesgo, costos tecnológicos, etc.-, según la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile. Aquí lo claro es que el empresariado nacional e internacional no se dejará quitar esa parte de la riqueza nacional que les ha cedido graciosamente el Estado de Chile durante la Dictadura Militar, los gobiernos de la Concertación, la Coalición por el Cambio y la Nueva Mayoría. En este escenario la polarización política es un claro proyecto y amenaza política por el empresariado y sus partidos políticos, incluidos sectores de la Democracia Cristiana y de los partidos de la Fuerza de la Mayoría, aquí el discurso explicativo y de advertencia es la venezolanización de la política nacional.

Es obvio que los dos escenarios dos y tres pueden producir una variedad de variantes según sean los acuerdos o desacuerdos a los cuales lleguen los diversos actores políticos para realizar sus respectivos proyectos de gobierno. Igual cosa acontece en el escenario uno donde la gobernabilidad del eventual  Gobierno de Piñera dependerá de los aliados que logre sustraer de la DC, poniendo en duda la integridad de esta, la experiencia pasada resultó un fiasco; también la gobernabilidad de ese eventual gobierno dependerá de los aliados que obtenga en algunos partidos de la Fuerza de la Mayoría.

Cualquiera de los tres escenarios electorales previsibles generará la misma coyuntura política nacional marcada por grandes movilizaciones sociales en pro de las reformas por los derechos sociales fundamentales y la resistencia política de las organizaciones empresariales y políticas que se oponen a las mismas. Aquí, entonces, la pregunta a cien años de la Revolución de Octubre es: ¿existe un partido político con una coherencia ideológica suficiente y una capacidad organizativa competente, socialista y democrático, para convertir al movimiento social creciente en una alternativa de poder ante el previsible vacío de poder que la actual coyuntura electoral está produciendo?  Eso que los opinólogos llaman “las aburridas elecciones”.

 

 

(el autor milita en el Núcleo Valparaíso Socialista del PS)

 

URSS: ¿Fue un sistema socialista? ¡En absoluto!

por Denis Paillard//

Con el título Rusia/URSS/Rusia el libro de Éditions Page Deuxy Éditions Syllepse reúne ocho textos de Moshe Lewin* (en adelante M.L.). Seis de estos textos, redactados a comienzos de los años 90, fueron publicados en inglés en una recopilación con el mismo título Russia/USSR/Russia (The New Press, 1995)< 1/. En el anexo se puede encontrar un texto de síntesis sobre la represión y los campos de concentración. Como indica el título, no hemos querido centrar esta recopilación en el año 1917 y la Revolución de Octubre, sino tratar de la historia de los setenta años en que existió la URSS, desde el acontecimiento fundador de Octubre 1917 a la implosión del sistema al final de la Perestroika. Para M.L., historiador, el hecho de focalizar todo en Octubre 1917 y la revolución victoriosa dirigida por el partido bolchevique suele ser indicio de un desinterés por los acontecimientos que le siguieron, en beneficio de discusiones sin fin sobre la naturaleza del régimen surgido de Octubre −esta ignorancia o este desinterés por la historia de estos setenta años se suele traducir, tanto en la derecha como también en la izquierda, en el recurso generalizado al término “totalitarismo” para caracterizar al régimen.

¿Qué es la URSS?

Lo que está en juego en los debates sobre la naturaleza del régimen soviético es la cuestión del comunismo: ¿fué (o no) la URSS un país comunista?

Para la burguesía, sus ideólogos y sus historiadores, la respuesta no tiene ambigüedad: URSS = comunismo = estalinismo = Gulag. Esta ecuación pretende descalificar de una vez por todas la idea de una alternativa al capitalismo y, en esta perspectiva, la desaparición de la URSS significaría también de una vez para siempre el “final del comunismo” 2/. Se puede citar en Francia, entre otros muchos, a François Furet, André Glucksmann y a los autores del Libro negro del comunismo. El impacto del Libro negro del comunismo fue considerable. Jean Pierre Garnier, en un artículo de Le Monde Diplomatique(enero 2009), menciona incluso la organización de un debate con S. Courtois en la Federación anarquista (sic).

Esta ecuación URSS = comunismo se encuentra también, con una simple inversión de los signos, entre quienes consideran que el comunismo se realizó en la URSS, aunque por lo general con una reserva importante: sólo en los tiempos de Stalin. Esta tesis, muy defendida en el pasado en el movimiento comunista, sigue teniendo defensores hoy día: se puede citar a Domenico Losurdo y su libro Stalin. Historia y crítica de una leyenda negra (Éditions Aden, Bruselas, 2011); la obra de dos miembros del PC americano, Roger Keeran y Thomas Kenny El socialismo traicionado, Las causas de la caída de la Unión Soviética (publicado en francés por ediciones Delga); y Ludo Martens [dirigente del PTB belga], autor del libro Otro Stalin, uno de los pocos autores que reivindica y justifica totalmente el exterminio por Stalin de la vieja guardia bolchevique, lo que le lleva a citar como dirigentes bolchevique en 1917 (además de Lenin y, por supuesto, Stalin) a Molotov, Zhdanov y Malenkov (!).

La cuestión de la naturaleza de la URSS se vuelve más compleja cuando se cuestiona la relación entre la URSS y el comunismo, y más en general con el socialismo 3/. Se pueden distinguir tres grandes posiciones. Para los defensores de la teoría del capitalismo de Estado 4/, la opresión de los trabajadores bajo Stalin significa que el régimen no se podía asociar en ningún caso con el socialismo. La segunda posición, reflejada recientemente en el libro de Roger Martelli ¿Qué queda del Octubre ruso? (Éditions du Croquant, 2017) considera, con más o menos reservas, que la URSS tiene relación con el comunismo. Según Martelli, la URSS (incluido el período estalinista) simboliza la forma dominante del “comunismo en el siglo XX“. La tercera posición tiene su origen en la obra de Leon Trotsky La Revolución traicionada 5/. Al caracterizar a la URSS como un Estado obrero burocráticamente degenerado, Trotsky define a la sociedad soviética como una sociedad en transición entre el capitalismo y el socialismo, cuestión que deberá ser resuelta en un sentido (vuelta al capitalismo tras una contrarrevolución burguesa) o en el otro (construcción de una sociedad socialista con la eliminación de la burocracia). El estallido del sistema soviético ha zanjado la cuestión: Rusia es hoy día un país capitalista sin que por ello se pueda hablar de “contrarrevolución”6/.

Se suele recurrir a caracterizaciones en términos de “socialismo existente” o incluso de “socialismo real” [una fórmula aparecida inicialmente en la RDA: “real existierender Sozialismus”] para destacar lo que sería la ambivalencia del sistema (sin definir por ello en qué sentido hablar de socialismo en el caso de la URSS, a no ser como forma de señalar que no era capitalista). Como veremos más en detalle, M.L. tiene una posición muy categórica en esta cuestión de la relación de la URSS con el socialismo: “¿Era un sistema socialista? En absoluto. El socialismo consiste en que los medios de producción son propiedad de la sociedad y no de una burocracia. El socialismo siempre ha sido concebido como una profundización de la democracia política, y no como su rechazo. ¡Seguir hablando de “socialismo soviético” es un verdadero despropósito! Es sorprendente que el debate sobre el fenómeno soviético se haya hecho, y se siga haciendo, en estos términos. Si delante de un hipopótamo alguien insistiera en que se trata de una jirafa, ¿se le concedería una cátedra de zoología?” (El Siglo soviético)7/.

Estas distintas posiciones sobre la naturaleza de la URSS, por contradictorias que sean, tienen en común el hecho de considerar como un todo 8/ los setenta años en que ha existido la URSS, donde sólo opera la cuestión de la naturaleza del sistema político y económico establecido tras la revolución de Octubre, sin tener en cuenta a la sociedad, su evolución en el plano social, nacional y cultural, ni las complejas relaciones que se desarrollan entre esta sociedad y el poder. Esta cuestión conduce a un atolladero cuando se abordan las razones del estallido de la Unión Soviética en base a sus propias contradicciones: el sistema se hundió sin que hubiera ni oposición interna organizada ni agresión procedente del exterior. Para M.L., el hundimiento del Imperio soviético se explica en lo fundamental por el divorcio entre un poder burocrático totalmente esclerotizado y la emergencia desde los años 60 de una sociedad de dominante urbana y educada (sobre este punto, cf. más adelante). El otro factor que interviene de manera central en los debates sobre la naturaleza de la URSS es la gran interferencia entre la cuestión de la URSS como tal y la situación del movimiento obrero a escala internacional: a lo largo de todo el siglo XX, la existencia de la URSS y la referencia a Moscú fueron decisivas y sobredeterminaron los debates y las orientaciones del movimiento obrero en los diferentes países y continentes 9/.

El enfoque desarrollado por M.L. en esta recopilación y en otros textos (comenzando por El Siglo soviético), introduce una doble ruptura respecto a estos debates: por una parte, la historia de la URSS no es lineal, está hecha de continuidades y de discontinuidades, de fases dinámicas y de momentos de crisis, en los que se recrea la cuestión del régimen; por otra parte, para M.L., ya lo hemos dicho, la URSS no era un país socialista.

Continuidades y discontinuidades en la historia de la URSS

M.L. considera que es crucial distinguir diferentes períodos y su encadenamiento para comprender lo que fue ese “continente desaparecido”. Los recordamos brevemente, remitiéndonos para más precisiones a los textos de M.L.

─ La revolución de Octubre fue una auténtica revolución dirigida por un partido revolucionario, el partido bolchevique. A su vez, en cuanto a lo que está en juego en 1917, es importante considerar lo que escribió Trotsky al comienzo de la primera parte de la Historia de la Revolución rusa: “La ley del desarrollo desigual y combinado −en el sentido de una combinación singular de elementos de atraso y de factores totalmente nuevos− se presenta ante nosotros en su forma más acabada y por ello mismo nos da la clave del principal enigma de la revolución rusa. Si la cuestión agraria, heredera de la barbarie de la historia de la antigua Rusia, hubiese sido resuelta por la burguesía, si hubiese sido resuelta entonces, el proletariado ruso no habría llegado en ningún caso al poder en 1917. Para que se creara el Estado soviético, hizo falta la convergencia y la interpenetración de dos factores de naturaleza histórica totalmente diferente: por un lado, la guerra campesina, característica de los comienzos de la era burguesa, por otro un levantamiento proletario, un movimiento que marca el declive de la sociedad burguesa. En esto consiste el año 1917” 10/.

── La Guerra civil (1918-1922) consagró la victoria de los bolchevique, pero las enormes destrucciones ocasionadas por esta guerra y el aislamiento del nuevo Estado en ausencia de revoluciones en el Oeste significaron un cambio de perspectiva en la construcción del nuevo Estado, con el período de la Nueva Política Económica (NEP). Como escribe Pierre Rolle, “La realidad del comunismo de guerra es la guerra” 11/. Ver en esta recopilación el texto La Guerra civil. Dinámica y consecuencias.

── Para M.L., la NEP fue un período relativamente tranquilo de reconstrucción, señalado en diferentes textos de la recopilación; viene marcado por la toma de control del partido y del aparato de Estado por Stalin, con la derrota de las diferentes oposiciones, la Oposición de izquierda y la llamada Oposición de derecha de Bujarin.

── El período estalinista va de finales de los años 1920 a la muerte de Stalin en 1953. M.L. insiste en la necesidad de no convertir al término estalinismo en un término genérico para designar a la URSS, sino en reservar el término para designar el período en que Stalin está en el poder. Además, recalca que es necesario distinguir entre el estalinismo dinámico de los años 30 (colectivización, industrialización a marchas forzadas, terror y grandes procesos) y un estalinismo en crisis en los años de postguerra −sobre este segundo período, nos remitimos al capítulo 12 titulado Final de partida, en la segunda parte de El Siglo soviético. En cuanto al período de guerra, significó el ascenso potencial de la burocracia de Estado, muy vejada y reprimida por Stalin en los años 30: es la que aseguraba el funcionamiento del país. En cuanto a Stalin, aunque generalísimo, nunca corrió el riesgo de ir al frente 12/.

── Los años 1950-1960 hasta la eliminación de Jruschov en 1964 estuvieron marcados por el XX Congreso del PCUS, con la denuncia (parcial) del período estalinista, un período de reformas y de liberalización relativa del régimen. En su libro Political Undercurrents in Soviet Economic Debates (Pluto Press, 1974), M.L. se refiere a los debates sobre los problemas económicos (se reflejan en distintos textos de la recopilación), pero también al nuevo rostro de la sociedad soviética, de mayoría urbana y educada, y a su relación con un poder cada vez más desconectado de la realidad: “Para un observador atento, no es difícil distinguir toda una gama de opiniones diferentes, políticas, religiosas, nacionalistas, autoritarias, democráticas, liberales y fascistas, por no hablar de diferentes corrientes éticas y filosóficas. La ideología oficial es desde luego compartida por algunos, aunque en general sólo ofrece estereotipos utilizados de manera puramente formal en ocasiones solemnes, en su mayor parte sin relación alguna con la realidad. Se puede formular la hipótesis de que, bajo las apariencias de una proclamada homogeneidad política, existe en la sociedad rusa una realidad política subterránea, formando potencialmente e incluso desde ya mismo un amplio espectro de opiniones”. Y añade: “Es un hecho que el partido en sus tomas de posición oficiales ha manifestado sensibilidades políticas poco ortodoxas, y estas opiniones sólidamente instaladas se pueden ver en el creciente papel del nacionalismo [gran ruso], a veces bajo una forma virulenta”.

── El período de estancamiento (fin de los años 1960 – 1986) siguió a la depuración de Jruschov (1964) y vio la llegada al poder de Leonid Brezhnev. Este período estuvo marcado por la voluntad de acabar con los debates sobre la urgencia de reformas económicas y por mantener a cualquier precio un monolitismo de fachada 13/. Refiriéndose al Plenario del Comité Central de diciembre de 1969, M.L. escribe: “El plenario suprimió importantes aspectos de las reformas económicas, si no ya su propia alma, y las sustituyó por llamamientos a la disciplina. Había que reforzar los controles y la implicación del partido, y se presentaron las políticas de movilización a iniciativa del partido como la única respuesta a las dificultades y a los disfuncionamientos crecientes de la economía”. Y añade: “La obsesión del partido por querer conservar todas las cartas en sus manos dificultó el juego”. De hecho lo hizo imposible. El sistema quedó poco a poco bloqueado y acabó por estar totalmente paralizado. Estas cuestiones se abordan en el texto Informe de autopsia y en la parte III de El Siglo soviético, capítulos 6 y 7.

── La perestroika y el final de la URSS (1986-1991). Como ya hemos indicado antes, la URSS se hundió bajo el peso de sus propias contradicciones, a causa de un divorcio entre un poder burocrático, obstinado en no reformarse, y una sociedad que se había vuelto urbana y educada. En El Siglo soviético, M.L. escribe: “El poder ha perdido esta capacidad [para abordar reformas en todos los planos], lo que le ha llevado a una serie de paradojas: el partido estaba despolitizado, la economía burocratizada estaba gestionada y controlada por una burocracia más atenta a conservar su poder que a hacer avanzar la producción, más preocupada en preservar confortables rutinas que en desarrollar la creatividad y la innovación tecnológica (…). En resumen, una verdadera fórmula mágica para que el sistema deje de funcionar”. Y lo formula de manera lapidaria: “Un sistema económico sin economía, un sistema político sin política” 14/.

Esto es lo que escribe Galina Rakitskaja sobre el período 1989-1991: “En 1989-91, la movilización de fuerzas sociales en Rusia (y en general en la URSS) tomó la forma de una revolución antiburocrática y democrática (…). La derrota en agosto de 1991 de los miembros de la nomenklatura que habían intentado oponerse al más alto nivel a dichos cambios [se trata del intento de putsch de las fracciones duras de la burocracia en agosto de 1991. D.P.] debería haber abierto la vía de las transformaciones democráticas, respondiendo a los intereses de la mayoría de la población. En realidad, los políticos liberales radicales, tras haber consolidado su poder, emprendieron reformas dirigidas contra el pueblo, siguiendo el modelo de la terapia de choque15/. Refiriéndose a la privatización salvaje de la casi totalidad de la economía, M.L. habla del mayor “atraco del siglo”

── Otro punto en que M.L. insiste en muchas ocasiones, como lo subraya el título de esta recopilación, es que no se puede separar el período soviético de la Rusia anterior a 1917 y posterior a 1991. Aborda la cuestión en dos textos: Rusia / URSS en el movimiento de la historia. Un intento de interpretación y Rusia entre reformas y marginalización. Se refiere sobre todo a dos cuestiones. En primer lugar, la cuestión campesina: en 1917, los campesinos representaban casi el 90 % de la población. Para dar cuenta de este peso del campesinado, M.L. habla de la “conexión agraria” e insiste mucho, sobre todo en Rusia/URSS en el movimiento de la historia. Un intento de interpretación, en que esta “conexión agraria” ocupa un lugar central hasta final de los años 1930. Nos referirnos también a la cita de Trotsky antes señalada. La otra cuestión es la permanencia del nacionalismo gran-ruso, que atraviesa toda la historia de la URSS, ya se trate del debate que enfrentó a Lenin y a Stalin en el momento de la creación de la URSS, de la celebración por Stalin de la Santa Rusia y los zares autócratas (el propio Stalin se consideraba un autócrata), y también la existencia de corrientes nacionalistas rusas muy activas dentro del aparato del partido-Estado desde los años 1960. Esta cuestión es abordada en detalle en el texto Nacionalismo de nuestro tiempo. El caso de Rusia 16/.

La URSS y el socialismo

En el texto El Socialismo soviético. Un error de etiquetación, M.L. desarrolla con amplitud esta idea: a no ser que se confunda “socialización” con “nacionalización-estatización” de la economía, no se puede hablar de “socialismo” en la URSS; lo que le lleva a cuestionar la idea de que “no capitalista” signifique mecánicamente “socialista”.

Antes de 1917, teniendo en cuenta el peso del campesinado, Rusia era una sociedad precapitalista, con un sector capitalista en vía de desarrollo rápido, pero muy dominado por el capitalismo europeo. Al final del texto El Socialismo soviético, haciéndose eco de la cita de Trotsky sobre la revolución rusa, escribe:

“Si algún día emergiera una economía de mercado estable en la ex−URSS, podríamos concluir que el papel del período soviético ha consistido en realizar aquello en lo que el capitalismo ruso fracasó de partida: hacer nacer una sociedad industrial, urbana y educada, capaz de integrarse de verdad en el sistema económico actual. Esto marcaría el cierre de un ciclo y no la apertura de una nueva época en la historia de la humanidad”.

Y un poco antes de este pasaje, haciéndose eco de los debates sobre la naturaleza de la URSS, escribe:

“Aunque tenemos algunas dificultades en caracterizar el sistema soviético, no tenemos en cambio ninguna duda sobre lo que era y lo que no podía ser. Por eso los slogans que han proliferado (aunque hoy se vuelven más discretos) afirmando que el hundimiento de la Unión Soviética habría significado “la muerte del socialismo y del marxismo”, no son más que ideología “pura” y sólo pueden inducir a error. El socialismo, como ideal que pretende más democracia y una ética social exigente, nunca ha existido como sistema en ningún sitio. El sistema soviético, un sistema más bien atrasado, no presentaba ninguna de las características del socialismo. El régimen que se hacía llamar soviético, y hasta comunista, pertenece a la clase de formaciones sociales que combinan “subdesarrollo” y “estatismo”, es un caso particular de poder burocrático”.

En este texto (y también en el último capítulo de El Siglo soviético), M.L. no aborda sólo de un modo negativo la cuestión de la naturaleza del sistema soviético. En relación directa con la necesidad de distinguir diferentes períodos en la historia de la URSS, propone dos caracterizaciones distintas, una para el período estalinista, la segunda para el período post-estalinista, aunque insiste en que estas caracterizaciones no reflejan plenamente la singularidad del sistema. Sólo pretenden destacar una característica esencial. Para el período estalinista, propone hablar de “despotismo agrario”, dado el lugar que ocupa la conexión agraria. Para el período post-estalinista, defiende la idea de un “absolutismo burocrático”.

El chovinismo gran-ruso y la burocracia

En el debate sobre el lugar de las nacionalidades en la URSS en formación, el 6 de octubre de 1922, Lenin hizo pasar a Kamenev una nota donde escribió: “Yo declaro la guerra, no una pequeña guerra, sino una guerra a vida o muerte al chovinismo gran-ruso”. Y calificaba a Stalin (y a Ordzhonikidze) de “brutos gran-rusos”. El chovinismo gran-ruso denunciado de forma tan violenta por Lenin se convertirá, al cabo de los años, en una componente esencial de la ideología del poder bajo Stalin; sobre todo después de la Segunda Guerra mundial, y también durante el período post-estalinista.

El conflicto entre Lenin y Stalin sobre la cuestión de las nacionalidades es muy conocido tras el libro de M.L. El Último combate de Lenin, aparecido en 1967 [editado en castellano en 1970, Lumen]. En El Siglo soviético, en base a nuevos documentos aparecidos después de la perestroika, M.L. retoma la cuestión (1ª parte, cap. 2, Autonomías vs. Federación 1922-23). En fin, en el texto Nacionalismo de nuestro tiempo. El caso ruso, a la vez que vuelve a este período clave de la formación de la Unión Soviética, amplía la cuestión a toda la historia soviética. El término derzava, heredado del período zarista 17/ y que designaba a un estado fuerte y poderoso, se va imponiendo como una referencia positiva para designar al Estado soviético, aunque para Lenin, como lo recuerda M.L., derzavnik era una expresión absolutamente negativa, utilizada en su polémica con Stalin “para designar al partidario de un nacionalismo ruso opresor y brutal”. Esta conversión de derzava de término negativo en término positivo para designar al Estado, revela los cambios radicales que operan en la ideología de los dueños del Kremlin.

El texto Ego y política. La autocracia estaliniana analiza ampliamente dos componentes del estalinismo, la política de terror y la celebración de Rusia como derzava, esto es una Rusia que siempre ha sabido resistir y vencer a sus enemigos. Una componente central del terror estaliniano fue la fabricación sistemática y a gran escala de enemigos. A la pregunta “¿cuál era la lógica de esta fabricación sistemática de enemigos?”, M.L. responde: “Es la lógica de un hombre con inmensos poderes que inventaba [subrayado nuestro, D.P.] hordas de enemigos sin fin, tenía tanta necesidad de ellos que los fabricaba a voluntad para probar que estos enemigos existían y eran vencidos y castigados por una policía secreta”.

Esta fabricación de enemigos de todo género conocerá una nueva orientación después de la guerra con el resurgimiento del nacionalismo gran-ruso y su corolario, el antisemitismo. Este giro es indisociable de la manera como Stalin fue fabricando su propia leyenda, en tres etapas, en ruptura con la herencia bolchevique. La primera etapa corresponde a la toma de control por Stalin del partido y del aparato de Estado con la eliminación sucesiva de las diferentes oposiciones (años 20). La segunda corresponde al exterminio físico de toda la vieja guardia bolchevique (años 30). La tercera es la afirmación de un poder absoluto, en ruptura total con el período revolucionario y en continuidad con la autocracia zarista. «Para Stalin, el hecho de subrayar las afinidades de su régimen con el Imperio y de reivindicar raíces históricas comunes, sobre todo refiriéndose a la construcción del Estado por el más crueles de los zares, hizo posible una redefinición radical de su propio personaje, pero también de la identidad ideológica y política del sistema y de sus raíces” (…) “En adelante, la ideología, el sistema de poder, los escenarios, estaban tomados de un pasado mucho menos dinámico, con símbolos arcaicos y obsoletos”: adopción de un nuevo himno conmemorando la Santa Rusia, establecimiento de tribunales de honor en las esferas dirigentes del partido y del Estado; en los ministerios, los altos funcionarios debían llevar uniforme y sus títulos estaban directamente tomados del cuadro de rangos instituido en su corte por el zar Pedro el Grande. En los años 40, Andrei Zhdanov lanzó una virulenta campaña contra el cosmopolitismo y la fascinación de la intelligentsia por Occidente. Comentario de M.L.: “La ideología zhdanoviana es la de Stalin. Marca el punto culminante de sus derivas ideológicas. En adelante estará fascinado por el glorioso pasado zarista. (…) Pero lo más grave de este bricolaje ideológico es el nacionalismo ruso extremo, de rasgos protofascistas, del estalinismo en declive” 18/.

Después de la muerte de Stalin, la burocracia se preocupó en desembarazarse de la parte más negra de la herencia estaliniana: denuncia del culto a la personalidad, fin del terror, supresión de los tribunales de honor y del cuadro de rangos para altos funcionarios, paralización de las campañas oficiales contra el cosmopolitismo y del llamado proceso de las Batas blancas contra médicos judíos. Pero hizo plenamente suyo el culto al Estado fuerte. M.L. utiliza el término estatismo, aunque sería más justo, como veremos, hablar de nacional-estatismo.

“El estatismo se convirtió entonces en una ideología en toda regla, recurriendo a eslóganes pretendidamente socialistas (nacionalización) y a temas del autoritarismo tradicional ruso (aunque sin exhibir las imágenes de los autócratas del pasado zarista). Después de la muerte de Stalin aparecieron distintas corrientes ideológicas, de forma insidiosa y subterránea, hasta llegar a manifestarse abiertamente. Los cambios que conoció la sociedad soviética tras la muerte de Stalin acarrearon la reemergencia de corrientes subterráneas en la sociedad, lo que tuvo repercusiones incluso en el seno del propio partido, tanto en la base como a nivel del aparato, dando nacimiento a un conglomerado de ideologías, tendencias y corrientes que nada tenían que ver con el monolito marxista-leninista imperturbablemente proclamado tanto en el Este como en el Oeste” (Ego y política. La autocracia estaliniana).

La burocracia del Estado y del partido estaba fragmentada, llena de fracciones, cliques y redes dentro de las distintas instancias del poder, reagrupándose en juegos de alianzas más o menos duraderas en base a intereses comunes y posiciones ideológicas más o menos compartidas. Estas distintas componentes de la burocracia tenían en común la celebración de la URSS (en realidad, de Rusia) como derzava (“estado fuerte”). Se había eliminado toda referencia a la revolución de Octubre, en adelante la Segunda Guerra mundial (“la Gran Guerra patriótica”) simbolizará la grandeza de la URSS, proclamada como superpotencia. Hubo un reforzamiento de la política de asimilación de las otras nacionalidades, las instancias superiores del poder central están compuestas en un 86 % de rusos (y de hermanos eslavos, biolorrusos y ucranianos) y se desarrolló una forma de antisemitismo de Estado pretendiendo excluir a los ciudadanos judíos de toda una serie de instituciones: KGB, Estado Mayor del ejército, Ministerio del Interior y Ministerio de Asuntos Exteriores y muchas otras.

En su texto sobre el nacionalismo ruso, M.L. señala el desarrollo de corrientes nacionalistas rusas en el seno mismo del aparato del partido y del Estado. Durante sus estancias en Rusia en los años 1990, después de la desaparición de la URSS, le sorprendió la multiplicación de organizaciones nacionalistas rusas, incluso abiertamente fascistas 19/; una cosa le pareció evidente: los animadores de estos movimientos no venían de “ninguna parte”. Pero a comienzos de los años 1990 existían pocas fuentes fiables, más allá de los trabajos de algunos investigadores occidentales. Diez años más tarde, en la propia Rusia, existía ya una documentación abundante. En 2003 aparecía en Moscú el libro de Nikolai Mitrohin, “Russkaja Partija. Dvizenie russkih nacionalistov v SSSR 1953-1985” (“El partido ruso. El movimiento de los nacionalistas rusos en la URSS 1953-1985”), una obra de más de 600 páginas, basada en entrevistas y en la lectura de las memorias de muchos antiguos responsables del poder que no dudaban en hablar “a cara descubierta” de las ideas y las convicciones que tenían en realidad en el pasado 20/. El cuadro es impresionante y es difícil informar en detalle, visto el gran número de protagonistas, y también la extrema diversidad de organizaciones e instituciones a que se refiere. Nos limitaremos a algunos puntos.

─ El libro está lleno de anécdotas, extraídas de memorias y de entrevistas, muy reveladoras del doble lenguaje en marcha, donde los altos responsables se presentan como verdaderos Dr. Jekyll y Mr. Hyde ideológicos. Como ejemplo, citamos el relato que hace Ju. Tonkov, un alto responsable de propaganda del Komsomol en los años 60, de una velada en casa del pintor I. Glazunov, nacionalista y antisemita de primera hora 21/, cuyo taller era un lugar de encuentro de los nacionalistas: “Nos sentamos a la mesa, todos los presentes son miembros del partido, entre ellos Torsuev, secretario del Comité Central del Komsomol. Y Glazunov declara: “Sueño con el día en que colgaremos a todos los comunistas”. Y todos se echan a reir” (p. 348).

─ Hay nacionalistas en todas las instancias dirigentes del partido, Politburo, CC del PCUS, Komsomol. El caso más revelador es el del grupo formado por antiguos altos responsables del Komsmol de los años 1940-1950 en torno a A. Shelepin, sucesivamente primer secretario del Komsomol (1952-1958), presidente de la KGB ante el Consejo de Ministros de la URSS (1958-1967), secretario del CC del PCUS, miembro del Politburo (1964-1975) 22/. La mayor parte estuvieron directamente implicados en las campañas antisemitas de finales de los años 40 y comienzos de los años 50. En los años 50 y 60 desarrollaron campañas, junto a la KGB y prolongando las lanzadas por Zhdanov en los años 40, contra las ideas liberales (pro-occidentales) en el seno de la intelligentsia y contra el cosmopolitismo. Shelepin fue el principal artesano de la destitución de N. Jruschov.

─ Esta actividad del grupo de Shelepin se desarrolló en el Komsomol con el nombramiento de S. Pavlov en 1962 como primer secretario del Komsomol. Mitrohin caracteriza así la ideología del grupo de Pavlov: anti-occidentalismo virulento, admiración por Stalin presentado como el constructor de un Estado fuerte, celebración de la Gran Guerra patriótica como momento de movilización intensa del pueblo soviético en defensa de la patria, necesidad de reforzar la educación militar y la militarización de la juventud, antisemitismo y glorificación de la Gran Rusia. Además de los responsables del Komsomol, el grupo de Pavlov asocia a sus actividades a personalidades famosas, como el escritor Mijail Shólojov, el cosmonauta Yuri Gagarin e incluso al pintor Ilia Glazunov.

─ En esta época, el Komsomol creó toda una serie de asociaciones concebidas como espacios que podían servir de tapadera para desarrollar más libremente estas actividades: la Universidad del joven marxista (sic), el club Patria, el Club Búlgaro-Soviético de jóvenes creadores. El Komsomol controlaba toda una serie de publicaciones, del diario Komsomolskaja Pravda a la revista Molodaja Gvardija (“Joven Guardia”). La destitución de Pavlov en 1967 (tras la marginación de Shelepin por el clan Brezhnev) no puso fin a la actividad de los nacionalistas rusos. Su sucesor a la cabeza del Komsomol, E. Tiajelnikov, defendía las mismas orientaciones −acabará dirigiendo el Departamento de Propaganda del CC del PCUS (1978-1982). Los demás consiguieron encontrar otras administraciones e instituciones donde continuar sus actividades, ya fueran diferentes departamentos del CC del PCUS o redacciones de las numerosas revistas controladas por los nacionalistas.

Aunque hasta finales de los años 60 las diferentes corrientes nacionalistas estaban todavía muy marcadas por la herencia estaliniana y la referencia a Stalin simbolizando la construcción de Rusia como derzava, en los años 70 y hasta 1985 los nacionalistas se replegaron del nivel pansoviético a las instituciones de la REFSR (la república de Rusia) y, a diferencia del grupo de Shelepin y del grupo de Pavlov, renunciaron a una intervención directa en el plano político. La referencia a Stalin se fue haciendo cada vez más rara.

Se pueden distinguir dos espacios distintas, aunque articulados, donde los nacionalistas rusos concentraron sus actividades.

1º Las corrientes nacionalistas controlaban la redacción de gran número de publicaciones: diarios como Sovetskaja Rossija(“Rusia Soviética”), semanarios como Ogonek, revistas de gran tirada como Molodaja Gvardija (“Joven Guardia”), NasSovremennik (“Nuestro contemporáneo”), Oktjabr (“Octubre”) y también casas editoriales ligadas o no a estas revistas. Las revistas, en primer lugar Molodaja Gvardija, llevaron una ofensiva extremadamente violenta contra la revista “liberal” Novyj Mir y su redactor jefe A. Tvardovski, quien fue destituído en 1970. La importante sección de la Unión de Escritores de Moscú estaba completamente controlada por nacionalistas.

2º Otro momento importante fue el movimiento por la preservación de los monumentos históricos; ante todo edificios religiosos, iglesias y monasterios. Otro rodeo para celebrar la Rusia anterior a 1917. Durante el verano de 1965, con la garantía del Consejo de Ministros de la República de Rusia, se creó la Sociedad Panrusa de conservación de monumentos históricos y culturales (VOOPiIK). Tres de los miembros del Comité de organización fueron importantes nacionalistas, entre ellos el pintor I. Glazunov y el escritor Leonid Leonov. Miembros del grupo de Shelepin y del grupo de Pavlov fueron también muy activos. Aún controlado por los nacionalistas rusos, VOOPiIK se transformó rápidamente en una organización de masas: en 1972 contaba con 7 millones de miembros, en 1985 con 15 millones.

Durante los años de la perestroika y sobre todo tras el hundimiento de la URSS, esta temática se desarrolló abiertamente. Y el Partido Comunista de la Federación de Rusia fue un vector importante. Sobre este tema, nos remitimos a los artículos citados en la nota nº 19.

En cuanto al impacto de estas corrientes nacionalistas sobre la sociedad, se puede pensar que quedó muy limitado, con excepción de la asociación VOOPiIK. Como subraya Mitrohin, el terreno de acción privilegiada de los nacionalistas rusos era ante todo el espacio del poder (partido y Estado), espacio del que ellos mismos eran parte integrante.

Totalitarismo y URSS: la sociedad invisible

La utilización, generalizada en la derecha pero por desgracia también en la izquierda, de la noción de totalitarismo para hablar de la URSS es sobre todo el signo de un desinterés por la realidad del país, su historia, su sociedad; todo se reduce a una caracterización, a veces caricaturesca y simplista, del poder 23/; en la izquierda suele ser una manera de pasar página, o más bien de despedazarla, sobre una historia de revolución que ha ido mal.

En setiembre de 1991, Ian Kershaw, especialista en el tema del nazismo, y Moshe Lewin organizaron en la universidad de Filadelfia una conferencia internacional sobre el tema: “Estalinismo y Nazismo: Comparativa de Dictaduras”, cuyas actas fueron publicadas en 1997 con el título Nazismo y Estalinismo (Cambridge University Press). El objetivo de la conferencia pretendía ser precisamente una respuesta a los (numerosos) que ponen (con o sin reservas) un signo de igualdad entre nazismo y estalinismo, extendido por algunos a comunismo.

En la introducción al volumen y en el Postfacio, I. Kershaw y Moshe Lewin explican que la legitimación de la comparación se basa en la existencia de algunos rasgos comunes (en ambos casos se trata de “dictaduras”) que definen lo “comparable”, pero que el trabajo de comparación pretende identificar las características singulares de los dos sistemas en todos los terrenos, incluida la política de represión y los campos de concentración. Y cuestionan con toda pertinencia a la utilización de la noción de totalitarismo.

En Mi visión de la historia (En Los Senderos del pasado, Syllepse/Page Deux), M.L. escribe a propósito de la escuela totalitaria dominante entre los historiadores de la URSS en los Estados Unidos: “La escuela totalitaria no veía en todo este asunto más que una purga permanente, o dicho de otra forma, no veía ni pasado ni futuro. Sólo una especie de eterno presente (a menos que algo, con toda probabilidad llegado del exterior, lo hiciera cambiar), donde el Estado es fundamentalmente un mecanismo de control y de adoctrinamiento, y donde la sociedad sólo existe como prolongación del Estado. En esta concepción tan plana no hay ningún lugar para un mecanismo de cambio, y la figura de Jruschov y la desestalinización, por limitada que haya podido ser, le dieron un buen golpe. No es difícil ver que la visión totalitaria era en sí misma un instrumento de la batalla ideológica desencadenada por la Guerra Fría. Era absolutamente inadecuada, no porque el estalinismo no haya sido la máquina mortífera que efectivamente lo ha sido, sino porque el sistema entero se volvía de una complejidad siempre creciente, lo que no hacía sino reducir la pertinencia de estos conceptos” (p. 89).

En esta cita, M.L. destaca un punto importante, característico de la visión más extendida de la URSS, mucho más allá de la escuela histórica totalitaria: “la sociedad sólo existe como prolongación del Estado”. Esta invisibilidad de la sociedad es en su origen el producto de la capa de plomo que el poder ha hecho pesar sobre la sociedad, pretendiendo prohibir toda palabra o manifestación no conforme. Pero invisibilidad no significa que la sociedad fuera pasiva, muda y sin reacciones. Muy al contrario.

En los diferentes textos reunidos en Los Senderos del pasado, M.L. habla de su experiencia y de sus encuentros con los de abajo: los miembros de un koljós cerca de Tambov donde pasó algunos meses, los obreros de la fundición en los Urales donde estuvo destinado [cuando llegó, muy joven, a la URSS] o incluso el recuerdo de una velada en un aislado koljós (a 50 km de la estación más cercana): alrededor del fuego, los miembros del koljós pasaban la noche cantando canciones de los campos de concentración y canciones de amor, y recitando astuski, breves poemas satíricos que ridiculizaban los slogans oficiales.

Desde el comienzo, en todo su trabajo de historiador, M.L. ha pretendido estudiar la sociedad, hacer visible sus diferentes componentes. De partida, lo esencial de sus trabajo tuvo que ver con el campesinado (que, recordemos, en el momento de la Revolución representaba el 90 % de la población). Su tesis, defendida en los años 60, es el primer estudio en profundidad de la colectivización 24/. En muchos trabajos posteriores (sobre todo, los que figuran en La Formación del sistema soviético 25/, continúa su estudio del mundo campesino, insistiendo en que los campesinos (los campesinos rusos en este caso) no son simplemente “los que cultivan la tierra”: el mundo campesino constituye un mundo rico y complejo, no sólo en el plano social, sino también cultural y religioso. En un texto (no incluído en esta recopilación) que figura en Russia/USSR/Russia, “The Village ant the Community: ‘Molecular Energy’ in Rural Societies”, trata de la reactivación de la organización comunitaria del campesinado ruso durante la NEP. Sobre esta cuestión de la comuna rusa no es inútil recordar que Marx, al final de su vida, se había apasionado por la comuna campesina en Rusia y las nuevas perspectivas que abría 26/.

Paralelamente a sus trabajos sobre el campesinado y la colectivización, M.L. extendió sus trabajos al conjunto de la sociedad en los años 1930. En La Formación del sistema soviético, insiste en el hecho de que durante este período el poder fracasa precisamente en su voluntad demente de control absoluto de todos los ámbitos de la vida de la sociedad. La colectivización y la industrialización a marchas forzadas pusieron de hecho patas arriba a la sociedad, “una sociedad de arenas movedizas” 27/. Esta situación se trata también en la primera parte de El Siglo soviético así como en varios textos de esta recopilación.

Sobre la base de estos trabajos y de la inmensa documentación que reunió, M.L. estaba preparando un gran estudio (en tres volúmenes) sobre la sociedad soviética de los años 1930. Pero los acontecimientos ocurridos en la URSS, la destitución de Jruschov, los debates sobre la reforma económica y su brutal paralización, el frenazo a la liberalización del sistema, llevaron a M.L. a abandonar los años 1930 y a preguntarse por las transformaciones de la sociedad soviética después de la muerte de Stalin. Su trabajo en profundidad sobre los años 1960 se presentó en el libro ya citado Political Undercurrents in Soviet Economic Debates (1975). Tomando en serio la opinión del académico Nemchinov (“Un sistema político hasta tal punto paralizado de arriba abajo sólo puede frenar el desarrollo técnico y social, y se hundirá pronto o tarde bajo la presión de los verdaderos procesos de la vida económica”), se pregunta por la capacidad misma del régimen para sobrevivir.

La sociedad y el poder

Después del hundimiento del sistema, la voluntad del poder pretendiendo prohibir y reprimir toda protesta, toda palabra no conforme, se transformó en su contrario. Los archivos del NKVD y de la KGB (encargados de la represión), y también de otras administraciones e instituciones, han resultado ser verdaderas minas de información sobre la realidad de la sociedad, sobre el estado anímico de amplias capas de la población.

Un primer ejemplo lo proporciona el libro de Sarah Davies Popular opinion in Stalin’s Russia. Terror, Propaganda and Dissent(1997, Cambridge University Press). Este libro se basa en la explotación de los archivos del NKVD de la región de Leningrado en los años 1930, donde figuran los casos de represión de personas por delitos de opinión o protestas, y también numerosas peticiones y cartas dirigidas a dirigentes (estas cartas, muchas veces anónimas, fueron conservadas) 28/. En la medida en que se trata de casos que han sido objeto de medidas de represión, se puede pensar que sólo muy parcialmente refleja la situación real. Leyendo el libro, sorprende la cantidad y la extrema diversidad de las manifestaciones disidentes y las críticas del poder. El capítulo 8, titulado ‘Nosotros’ y ‘Ellos’. Identidad social y Terror (donde ‘ellos’ designa a los representantes del poder) es particularmente apasionante.

Un ejemplo entre otros lo aporta la deformación de un slogan oficial: “Quien no trabaja no come”, se convierte en “Quien no trabaja [los burócratas del partido, D.P.] no sólo come sino que también bebe vino, mientras que quien trabaja sólo puede zampar mierda”. Otro ejemplo de esta crítica social del poder lo ofrece la deformación de las siglas oficiales o de algunas palabras. M.L. da un ejemplo en el texto sobre los obreros: O.R.S.: Otdel Raboego Snabzenija (“Departamento de avituallamiento obrero”) se convierte en Obspei Ran’se Sebja (“Sírvete primero”), y también en Ostal’noe Raboim i Sluzasim(“El resto para los obreros y empleados”). Citemos otro caso de deformación, la palabra SPORT (‘deporte’) se convertirá en Sovetskoe Pravitel’stvo Organizovalo Raboij Terror (“el gobierno soviético ha organizado el terror contra los obreros”). Otra manifestación de la crítica del poder son también las anécdotas, muy numerosas. Citemos una, muy política, sacada del Boletín de la Oposición (nº 38-39, p. 21): “Lenin resucita y descubre que se encuentra en un sólido edificio vigilado por soldados. −Debo estar en prisión, la contrarrevolución ha triunfado. Encuentra un teléfono y llama a Trotsky. Le responden que no hay ningún Trotsky. Lo que le confirma la idea de que la contrarrevolución ha triunfado. Llama a Rykov al Comisariado del Pueblo, a Zinoviev en el Komintern, a Bujarin a la redacción de Pravda. Todo ello sin resultado. −Pero puede que el partido siga existiendo, se dice Lenin. Llama al Secretariado del Comité Central. −¿Camarada Stalin? ¿Qué pasa? Lenin le expone la situación. Mientra le escucha, Stalin coge otro teléfono y llama a la Gepeú: −El Viejo [Stalin se refería de esta manera despectiva a Lenin. D.P.] chochea, quiera saber demasiado, haced que se calme“.

Los obreros: resistencias individuales y colectivas

Un texto de la recopilación está dedicado a la situación de los obreros (Los obreros en busca de una clase. Entre ‘personalidad’ y ‘clase’), abordando desde distintos ángulos la situación de los obreros soviéticos, incluida la cuestión de saber si formaban o no una clase 29/. No vamos a abordar esta cuestión que, para M.L., expresa “un juego del escondite histórico”. Se puede recordar lo que Trotsky escribió en La Revolución traicionada, donde citando a Pravda opone la propaganda oficial a la situación real de los obreros: “[De creer a Pravda] el obrero no es, en nuestro país un esclavo asalariado, un vendedor de trabajo-mercancía. Es un trabajador libre (Pravda). En la actualidad esta fórmula elocuente no es más que inadmisible fanfarronada. El paso de las fábricas al poder del Estado no ha cambiado mas que la situación jurídica del obrero; de hecho, vive en la necesidad trabajando cierto número de horas por un salario dado”. Por su parte, en el postfacio a la obra ya mencionada, L.H. Siegelbaum y R. Suny escriben: “No hay ninguna duda de que una fuerza de trabajo industrial ha existido y crecido durante las dos primeras décadas y media del poder soviético. Sus miembros se consideraban ciertamente parte de una clase obrera, pero habían perdido el espacio político en el que podían desarrollar la forma como se representarían a sí mismos y definir sus propios programas”. Y M.L. cita en varias ocasiones esta frase con que se definen los obreros: “No se nos considera seres humanos”.

En la considerable masa de trabajos dedicados a la URSS, la parte dedicada a los obreros es ridículamente débil 30/ −lo que en cierta medida revela la fijación en la caracterización/denuncia del régimen, pero también una hipótesis, explícita en los trabajos soviéticos oficiales y más o menos repetida en el Oeste: en su inmensa mayoría, los obreros se adherían al poder soviético y apoyaban al régimen.

Esto es particularmente cierto en las publicaciones en francés. La única obra importante es la de Jean Paul Depretto, Los obreros en URSS 1928-1941 (Publications de la Sorbonne, 1997), un libro muy rico en informaciones históricas, sociológicas y que da una primera idea de las diferentes formas de resistencia obrera durante este período. En cambio, en los países anglosajones, en los años 1990 y sobre todo después, los trabajos sobre los obreros basados en el acceso ya posible a diferentes archivos, han comenzado a ofrecer un cuadro impresionante de la situación de los obreros y de las diferentes formas de resistencia, individuales y colectivas, desde finales de los años 1920 al período de la perestroika 31/: huelgas y manifestaciones de masas, motines de hambre, ralentización de la producción (conocido en Rusia con el nombre de huelga a la italiana), violencias contra las administraciones y también actos de resistencia individual.

Vamos a citar brevemente algunos aspectos de resistencias individuales, así como la huelga de primavera de 1932 en una fábrica textil de la región de Ivanovo y los acontecimientos de Novotcherkassk en 1962.

Las resistencias individuales

La importancia de las resistencias individuales es la consecuencia de la política del poder, transmitida por el aparato de los sindicatos, de prohibir cualquier forma de acción colectiva, de destruir, como subrayan L-H. Siegelbaum y R. Suny, toda conciencia de clase, por medio de una atomización en la que cada obrero se encuentra solo frente al arbitrio del poder y de la dirección de la empresa. De hecho, los obreros están profundamente despolitizados y alienados. Pero a pesar de esta situación, desde los años 30 a la perestroika, aún con todas las medidas represivas y también los incentivos materiales, el poder, en su obsesión por controlar todo desde arriba, se ha mostrado incapaz de forzar/persuadir a los obreros a trabajar eficazmente, esto es, como lo entendía el poder.

En un texto Labour discipline and the decline of the Soviet system 32/, D. Filtzer traza un cuadro preciso de este fracaso “en meter en vereda a la clase obrera”, un fracaso que no ha dejado de jugar un papel en el hundimiento del sistema. Como conclusión, Filtzer escribe: “La industrialización estaliniana dio lugar a relaciones laborales específicas en las cuales los obreros no estaban en posición de hacer frente a las élites del poder y ni siquiera a los directores de empresas, que constituían una entidad colectiva movilizada para defender sus objetivos económicos y objetivos políticos más amplios. Sin embargo, la naturaleza burocrática del sistema y la ausencia de planificación, bloqueando toda forma de regulación económica sistemática, hicieron que los obreros pudieran reaccionar negativamente en el mismo lugar de producción. No se puede hablar propiamente de una resistencia sino más bien de acciones defensivas e individualizadas por parte de una mano de obra atomizada y despolitizada. Los obreros se volvieron una de las fuentes del declive del sistema en el plano económico, lo que Jruschov y Gorbachov reconocieron cuando defendieron la necesidad de hacer reformas” 33/.

Filtzer destaca tres elementos principales: 1º, la considerable movilidad de los trabajadores; 2º, el control del tiempo de trabajo; 3º, una forma de connivencia/complicidad entre los obreros y la dirección de la empresa frente a las exigencias del Centro 34/. Retomemos brevemente algunos puntos del análisis más detallado de Filtzer sobre los puntos 1º y 2º, aunque precisando que los términos utilizados (movilidad de la mano de obra / control del tiempo de trabajo / connivencia con la dirección de la empresa frente a los dictados del Centro) son términos administrativos de connotación negativa, que designan no ya las resistencias, sino los principales espacios donde se desarrollan esas resistencias. Las sucesivas políticas puestas en marcha, utilizando alternativamente la zanahoria y el palo, fueron reacciones del poder frente a los problemas, más que políticas predefinidas por el Centro para formatear el comportamiento de los obreros.

1º Movilidad

Por movilidad (o rotación) hay que entender el hecho de que los obreros cambian frecuentemente de trabajo, un fenómeno posible por la penuria de mano de obra. En los años 1930, la rotación era extremadamente elevada. A comienzos de los años 1930, como media, un obrero cambiaba de trabajo cada seis meses, en 1936 cada catorce meses.

La principal causa era la caída brutal del nivel de vida así como las reducciones del salario, por ello la búsqueda permanente de un nuevo empleo mejor pagado. El absentismo y el retraso en el trabajo, debidos también a las enormes dificultades de la vida cotidiana y al estado calamitoso de los transportes, eran también un fenómeno masivo. En la prensa abundaban las denuncias de los elementos asociales de todo tipo (trotskystas 35/, miembros de las antiguas clases poseedoras, y otros saboteadores). El poder adoptó en distintos momentos una legislación represiva orientada a luchar contra el absentismo y la rotación. Para los años 1940, Filtzer da la cifra de un millón de trabajadores sancionados por absentismo y de 200 000 trabajadores reprimidos por haber cambiado de trabajo sin autorización −en sí mismas, estas cifras muestran la importancia del fenómeno.

A partir de los años 1950, el poder abandona la política puramente represiva e intenta tener en cuenta el hecho de que la movilidad de los trabajadores debe ser interpretada como una reacción frente a las condiciones de vida y al nivel muy bajo de los salarios. Además, y M.L. menciona este punto en varias ocasiones, los directores de empresas multiplican las medidas para retener a los trabajadores 36/, constituyen reservas de mano de obra, lo que, como contrapartida, contribuye a alimentar la penuria de mano de obra. En los años 1970, el déficit en mano de obra se estima en 700 000 trabajadores, un déficit reforzado además por la explosión de la “economía a la sombra” 37/ y por el elevado número de personas que trabajan “por su cuenta”.

2º Control del tiempo de trabajo

Un rasgo característico es la débil utilización del tiempo de trabajo, así como una productividad muy baja. En particular, la política oficial de control se traduce a nivel del proceso productivo en una parcialización máxima de las tareas (un puesto − una operación), lo que significa, de hecho, una desorganización por arriba del proceso de producción: los obreros no tienen ninguna responsabilidad sobre un trabajo puramente mecánico y repetitivo, ni una comprensión del proceso de producción en el que participan. Como escribe Filtzer: “Esta sobre-individualización del trabajo ofrece muchas posibilidades a los obreros para apropiarse de amplias porciones de su jornada de trabajo. Es imposible separar este no-respeto de la disciplina laboral de las pérdidas de tiempo debidas al disfuncionamiento del sistema”. En cierta medida, cada cual trabaja para sí, a su ritmo. Esta falta de coordinación tiene un gran coste económico, sobre todo por el hecho de la penuria de piezas que, en un momento u otro, bloquea el proceso. Se calcula en 15% el tiempo de trabajo perdido (o sea, 30/40 días al año).

Las resistencias colectivas

Como subrayan Filtzer y otros autores, en los años del primer plan quinquenal las resistencias colectivas fueron más numerosas 38/. Sobre el período post-estalinista, M.L. considera, apoyándose en un libro aparecido primero en Rusia y después en inglés (Mass Uprisings in the USSR. Protest and Rebellion in the Post-Stalin Years, Vladimir A. Koslov, 2002) 39/, que los levantamientos populares no fueron más de seis, siendo el de Novotcherkassk en 1962 el más conocido.

Las huelgas en las fábricas textiles en la región de Ivanovo en la primavera de 1932

El libro de J. Rossman, Worker Resistance under Stalin: Class and Revolution on the Shop Floor, describe una serie de huelgas que explotaron en 1932 en las fábricas textiles de la región de Ivanovo. En la web libcom.org se puede encontrar un capítulo de este libro dedicado a la huelga de la fábrica textil de Teikovo, en primavera. Esta largo texto describe las increíblemente duras condiciones de vida y de trabajo de los obreros (una mayoría eran mujeres) 40/ y el relato día a día de la huelga del 7 al 17 de abril de 1932. El autor concede un amplio espacio a los debates sobre las formas de organización, a la personalidad de los líderes del movimiento así como a las reacciones de las autoridades locales y de Moscú. Por último, cuenta la represión del movimiento y las concesiones hechas por el poder tras esta huelga y otras que tuvieron lugar en la misma época en la región de Ivanovo.

El levantamiento de Novotcherkassk en 1962

Este levantamiento se conoce mejor; un primer relato de los acontecimientos figura en el Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn. Otros relatos han aparecido después. El más interesante se encuentra en un folleto publicado en Moscú en 1992, con el título Novotcherkassk 1-3 de junio de 1962. La huelga y el tiroteo, resultado de una larga entrevista de David Mandel con Piotr Sjuda, uno de los participantes en el movimiento, que fue condenado a 12 años de campo de concentración. Esta entrevista habla también de la detención en el campo de concentración y la vida de Piotr Sjuda, obrero disidente, tras su liberación, su visión de la clase obrera soviética que no idealiza en absoluto, su crítica del régimen (Sjuda era el hijo de un bolchevique ejecutado por Stalin en los años 30). En 1990, Sjuda, que participaba activamente en los acontecimientos ligados a la perestroika, murió en un accidente de coche.

Las razones que estuvieron en el origen del movimiento fueron el descenso de los salarios y un aumento de los precios de los alimentos básicos; estas medidas suscitaron un profundo descontento entre los obreros. La huelga estalló el 1 de junio en la fábrica eléctrica tras un tormentoso encuentro con el director de la empresa que se burló abiertamente de los obreros y de sus problemas. Desde el primer día de la huelga, las autoridades hicieron intervenir sin éxito a soldados con vehículos blindados, pero los huelguistas obstaculizaron a los vehículos y los soldados se retiraron. Durante un mitin que tuvo lugar a las puertas de la fábrica, algunos oradores sugirieron enviar delegaciones a otras fábricas y a otras ciudades, pero al final del día la ciudad quedó aislada del resto del país. A la mañana del día siguiente, todo el barrio donde se encuentra la fábrica fue invadido por soldados y tanques, y comenzaron las detenciones masivas. Una imponente columna de varios miles de personas se dirigió al centro de la ciudad, a los gritos de “dejad pasar a la clase obrera”, y se reunió en la plaza principal donde se encuentra la sede regional del partido, que fue tomada al asalto.

En ese momento se dio orden de abrir fuego contra los manifestantes, provocando una matanza. Una delegación del Politburo, con Mikoyan a la cabeza, llegó a Novotcherskassk pero se contentó con sobrevolar a la muchedumbre en un helicóptero y con una intervención, amenazadora en la radio. El movimiento terminó el 3 de junio por la mañana. Fue el comienzo de una represión muy dura: más de un centenar de personas fueron condenadas a altas penas de campo de concentración, siete manifestantes fueron condenados a muerte por “bandidismo”.

A modo de conclusión: la historia como reto

En La Revolución traicionada, hablando de la URSS, Trotsky cita la frase de Spinoza “ni reir ni llorar sino comprender”. En el texto Para una historia de la clase obrera soviética, Pierre Rolle escribe: “La historia del mundo cuando admita la historia soviética como uno de sus desarrollos, será seguramente muy distinta de la que se ha construído excluyendo esta experiencia”41/.

Al final de El Siglo soviético, M.L. cita las muy extendidas opiniones que hay actualmente en Rusia, procedentes muchas veces de antiguos burócratas que pretenden rechazar en bloque el período soviético: “En paralelo a esta campaña mentirosa y nihilista se asistió a una forma de búsqueda frenética de otros pasados que puedan ser propuestos a la nación para que se identifique con ellos (…) Después, cuando el rechazo de todo lo que era soviético se volvió demasiado fuerte, volcándose en el odio a Lenin, el leninismo y el bolchevismo, presentados como emanaciones del infierno, se intentó rehabilitar a los Blancos de la Guerra Civil, el ala derecha más retrógrada del espectro político del zarismo, que perdió la batalla porque no tenía nada que ofrecer al país”.

Ante esta situación, M.L. insiste en que es necesario que los rusos se reapropien del pasado soviético: “La historia es un remedio que debe permitir recubrir una identidad y un futuro”. En cierta manera, esta invitación de M.L. se dirige también a quienes piensan que el combate por el socialismo tiene todavía sentido hoy.

* Moshe Lewin nació en 1921 en Vilnius, entonces Polonia. Murió el 14 de agosto de 2010 en París. Moshe Lewin es el historiador de referencia para lo que tiene que ver con la historia social de la URSS y, entre otros, de su período estaliniano. Es autor de numerosas obras y artículos, entre los cuales citaremos:

─La Paysannerie et le pouvoir soviétique : 1928-1930, Ed. Mouton, París-La Haya, 1966

─El último combate de Lenin. Edición en castellano Lumen 1970)

─The Political Undercurrents of Soviet Economic Debates : From Bukharin to the Modern Reformers, Princeton University Press 1974 ; se hizo una reedición en 1991 con el titulo: Stalinism and the Seeds of Soviet Reform : The Debates of the 1960’s

─The Making of the Soviet System. Essays in the Social History of Interwar Russia, Pantheon, Nueva York, 1985

──The Gorbatchev Phenomenon: A Historical Interpretation, University of California Press, Berkeley, 1988.

─Stalinism and Nazism : Dictatorships in Comparison, Cambridge University Press, 1997 (en colaboración con Ian Khershaw)

─El Siglo soviético. Edición en castellano Crítica, 2006. Reedición en 2017 con el título: El siglo soviético. ¿Qué sucedió realmente en la Unión Soviética?

Notas:


1/ La obra en inglés es más importante y presenta dieciséis textos, entre ellos uno sobre la situación del campesinado durante la NEP, tres textos sobre el fenómeno burocrático, uno sobre la industrialización y uno más sobre la planificación, titulado The disappearance of Planning in the Plan.2/ De forma un tanto sorprendente, Enzo Traverso en La Melancolía de izquierda (La Découverte, 2016) hace aparentemente suya la tesis de que el hundimiento de la URSS significaría el fin del comunismo.

3/ Sobre los debates relativos a la naturaleza de la URSS, se puede citar también a Marcel van der Linden, Western Marxism and the Soviet Union: A Survey of Critical Theories and Debates Since 1917, Haymarket books (2009); John Eric Marot, The October Revolution in Prospect and Retrospect. Interventions in Russian and Soviet History, Haymarket books (2013); y Thomas Twiss Trotsky ant the Problem of Soviet Bureaucracy, Political Science, University of Pittsburgh (2009).

4/ Se puede citar, entre otros, a Tony Cliff y el SWP inglés, así como a Raya Dunayevskaya, cf. su libro recientemente aparecido en Éditions Syllepse, Marxisme et liberté.

5/ La Revolución traicionada no era el título original del libro, que en ruso se llamaba ¿Qué es la Unión Soviética y a dónde va?, destacando la inestabilidad del régimen desde el punto de vista de su caracterización.

6/ La tesis de la contrarrevolución (versión ‘conspiratoria’) es defendida en cambio por los admiradores incondicionales de Stalin antes mencionados.

7/ Como veremos más adelante, para caracterizar el régimen soviético M.L. utiliza el concepto de estatismo, introducido por el sociólogo americano Eric Olin Wright en su texto: “En busca de una brújula de la emancipación. Hacia una alternativa socialista”, publicado en la web de la revista Contretemps (2011). Olin Wright propone distinguir tres modos alternativos de organización de las relaciones de poder a través de los cuales los recursos económicas son asignados, controlados y utilizados: el capitalismo, el socialismo y el estatismo.

8/ Aunque con una focalización en el período estalinista donde el régimen se presenta en estado puro. El período postestalinista, ya se trate de Jruschov o de Brehznev y el llamado período de ‘estancamiento’ (zastoj) han tenido la consecuencia de complicar la cuestión.

9/ A este nivel, los cuatro tomos del Boletín de la Oposición de izquierda (en ruso), publicados de 1929 a 1941 (87 números en total) resultan ejemplares: la denuncia del régimen establecido por Stalin y la construcción de un movimiento a escala internacional en el resto del mundo son las dos componentes de un solo y mismo planteamiento.

10/ Trotsky insiste sobre este punto al final del tomo 2.

11/ P. Rolle, Le travail dans les révolutions russes, Éditions Page Deux, 1998, p. 232.

12/ Un historiador soviético, Mijail Gefter, ha caracterizado el período de la guerra como “desestalinización fallida”.

13/ M.L. cita la valoración que hizo en 1973 el académico V. Nemchinov sobre los disfuncionamientos y atascos del sistema: «Un sistema político hasta tal punto paralizado de arriba abajo sólo puede frenar el desarrollo técnico y social, y se hundirá pronto o tarde bajo la presión de los verdaderos procesos de la vida económica»; esta cita figura también en El Siglo soviético.

14/ Sobre la burocracia, hay que remitirse también a El Siglo soviético, III, capítulo 6, titulado El Laberinto burocrático, y más en particular a la parte De un sistema de partido único a un sistema ‘sin partido’.

15/ Extraído de “El Estado y las perspectivas del movimiento obrero”, en: V. Garros (ed.), Russie postsoviétique: la fatigue de l’histoire, ediciones Complex, 1995. Galina Rakitskaja y Boris Rakitski han jugado un papel importante en la reconstrucción de un movimiento sindical de luchas en Rusia.

16/ Más adelante volveremos a tratar de la explosión del nacionalismo en la Rusia postestalinista.

17/ Así como sus dos derivados samoderzec, que designa al “maestro absoluto’ (el zar ‘autócrata’) y samoderzavie que significa ‘autocracia’.

18/ Cf. El Siglo soviético, III, cap. 6, Fin de partida.

19/ Sobre las corrientes nacionalistas en el período post-soviético, nos remitimos a tres de nuestros artículos: “Les nationalistes, les communistes et le phénomène patriotique”, en V. Garros (ed.) Russie post-soviétique: la fatigue de l’histoire (ediciones Complexe), p. 135-152; “Les héritiers du PCUS: entre stalinisme et national étatisme”, Cahiers Marxistes, 214, diciembre 1999; y “La Russie de Guennadi Ziuganov”, Critique Communiste, 146 (1996), p. 14-19.

20/ Las posiciones defendidas por G. Ziuganov, secretario del Partido Comunista de la Federación de Rusia en muchas publicaciones son particularmente expresivas. Citemos en particular el folleto Derzava y el titulado Yo soy ruso de corazón y de sangre.

21/ En tiempos de la URSS, I. Glazunov era un pintor muy oficial, decorado con el título de ‘artista del pueblo de la URSS’; en 1978, una exposición de sus obras tuvo lugar en Carrusel, la principal sala de exposiciones de Moscú.

22/ La lista de miembros del grupo y de sus funciones que aporta Mitrohin es impresionante: un miembro del Politburo (además de Shelepin), varios miembros del CC del PCUS, responsables de diferentes departamentos del CC del PCUS, altos responsables de diferentes ministerios, el redactor jefe de Izvestija, de Komsomolskaja Pravda y de Sovetskaja Rossija.

23/ Sobre el uso más que abusivo de la noción de “totalitarismo” aplicado a la URSS y en general a los países del Este, se puede leer el artículo, muy polémico, pero corrosivo, de Alain Brossat “Misère et grand-peur de l’idéologie du totalitarisme”, Critique communiste 55 (1986). En este artículo, Brossat hace una distinción esencial entre la teoría del totalitarismo de Hannah Arendt y la ideología del totalitarismo. Sobre la cuestión de la “exportación” de la noción de totalitarismo de Hannah Arendt para tratar a la URSS (Agnès Heller, Claude Lefort, Cornelius Castoriadis) se puede leer el capítulo 4 Totalitarianism del libro de Ph. Hansen Hannah Arendt. Politics, History and Citizenship, Polity Press (1993).

24/ La paysannerie et le pouvoir soviétique 1928-1930, París / La Haya, Mouton, 1966.

25/ Primera publicación en 1987 en Gallimard; republicado en 2013 en la colección Tel Gallimard.

26/ Sobre esta cuestión, cf. Pierre Dardot y Christian Laval, Marx, Prénom: Karl, Gallimard (2012); Kevin B. Anderson Marx aux antipodes (capítulo sobre los escritos tardíos), Syllepse & M editor (2015); y sobre todo el libro de Teodor Shanin Late Marx and the Russian Road, Marx ant the ‘Peripheries’ of Capitalism, Monthly Review Press, 1983.

27/ Este análisis de los años 30 ha sido desarrollado por otros historiadores, en particular R. Suny y Sh. Fitzpatrick.

28/ Ejemplo de carta (anónima) dirigida al Comité del partido de Leningrado: “Lo mejor sería borrar del mapa a todos los dirigentes del poder soviético para que dejen de insultar a la clase obrera… Ya es hora de dejar de burlarse de la clase obrera. También, eso es lo que os queda por hacer a vosotros los jefes: si no se bajan los precios de los alimentos, un 40% para el pan, os va a ir mal. Dejad de esclavizar y de burlaros de la clase obrera”.

29/ Esta cuestión es muy discutida en la Introducción a la obra de donde está sacado el texto de M.L. (Making Workers Soviet: Power, Class and Identity, 1994).

30/ El primer trabajo sistemático es el de S. Schwartz Los obreros en la URSS (1956).

31/ Citemos en primer lugar los distintos libros, apasionantes, de Donald Filtzer: Soviet Workers and Stalinist Industrialization: The Formation of Modern Soviet Production Relations, 1928-1941, Londres, Pluto Press, 1986, 338 p., Soviet Workers and De-Stalinization: The Consolidation of the Modern System of Soviet Production Relations, 1953-1964, Cambridge University Press, 1992, 340 p., reed. 2002, The Khrushchev Era: De-Stalinization and the Limits of Reform in the USSR, 1953-1964, Londres, Macmillan Press, 1993, 104 p., Soviet Workers and the Collapse of Perestroika: The Soviet Labour Process and Gorbachev’s Reforms, 1985-1991, Cambridge University Press, 1994, 316 p., Soviet Workers and Late Stalinism: Labour and the Restoration of the Stalinist System After World War II, Cambridge University Press, 2002, 294 p., reed.. 2007, The Hazards of Urban Life in Late Stalinist Russia: Health, Hygiene, and Living Standards, 1943-1953, Cambridge University Press, 2010, 379 p. La otra obra importante es la de Jeffrey J. Rossman Worker Resistance under Stalin: Class and Revolution on the Shop Floor, Cambridge, Mass., Harvard University Press. En el libro ya citado de S. Davies, Popular opinion in Stalin’s Russia, un capítulo está dedicado a las reacciones de los obreros, y el capítulo 8 sobre ‘nosotros’ y ‘ellos’ contiene también mucha información.

32/ Este texto está accesible en la página web libcom.org. En esta web se encuentra también el texto de J. Rossman sobre la huelga de una fábrica textil en Teikovo en 1932 (cf. más abajo).

33/ En Political Undercurrents in Soviet Economic Debates, M.L. traza un cuadro detallado de los disfuncionamientos de la economía y de las consecuencias para los obreros.

34/ El ejemplo más conocido es la resistencia multiforme de los obreros y de las administraciones de las empresas para neutralizar el movimiento ‘estajanovista’ en los años 30.

35/ En esta época, la etiqueta trotskysta se utiliza extensamente para denunciar a todos los enemigos del régimen.

36/ Recordemos que en la URSS toda una serie de servicios (en particular, la vivienda) eran por lo general un recurso de las empresas, que podían utilizarlos para hacer presión sobre los obreros.

37/ M.L. dedica a este fenómeno todo un capítulo de El Siglo soviético (“Distinguir la luz de la sombra”, IIIª parte, cap. 7).

38/ Cf. en particular Depretto (1984) Les ouvriers en URSS, p. 286-297 y Donald Filtzer (1986), Soviet Workers and Stalinist Industrialization: The Formation of Modern Soviet Production Relations, 1928-1941

39/ Por desgracia, el autor de este libro se contenta con recoger sin distancia crítica las informaciones dadas por los archivos oficiales. Libro publicado en ruso, traducido al inglés por Elaine McClarnand, Ed. Routledge.

40/ Ocasión para recordar que una manifestación de las obreras del textil de Petrogrado fue la que marcó el inicio de la revolución de febrero de 1917.

41/ P. Rolle, op. cit.

León Trotsky: El arte de la insurrección

 Al igual que la guerra, la gente no hace por gusto la revolución. Sin embargo, la diferencia radica en que, en una guerra, el papel decisivo es el de la coacción; en una revolución no hay otra coacción que la de las circunstancias. La revolución se produce cuando no queda ya otro camino. La insurrección, elevándose por encima de la revolución como una cresta en la cadena montañosa de los acontecimientos, no puede ser provocada artificialmente, lo mismo que la revolución en su conjunto. Las masas atacan y retroceden antes de decidirse a dar el último asalto.

De ordinario se opone la conspiración a la insurrección, como la acción concertada de una minoría ante el movimiento elemental de la mayoría. En efecto: una insurrección victoriosa que sólo puede ser la obra de una clase destinada a colocarse a la cabeza de la nación; es profundamente distinta, tanto por la significación histórica como por sus métodos, de un golpe de Estado realizado por conspiradores que actúan a espaldas de las masas.

De hecho, en toda sociedad de clases existen suficientes contradicciones como para que entre las fisuras se pueda urdir un complot. La experiencia histórica prueba, sin embargo, que también es necesario cierto grado de enfermedad social -como en España, en Portugal y en América del Sur- para que la política de las conspiraciones pueda alimentarse constantemente. En estado puro, la conspiración, incluso en caso de victoria, sólo puede reemplazar en el poder camarillas de la misma clase dirigente o, menos aún, sustituir hombres de Estado La victoria de un régimen social sobre otro sólo se ha dado en la historia a través de insurrecciones de masas. Mientras que, frecuentemente, los complots periódicos son la expresión del marasmo y la descomposición de la sociedad, la insurrección popular, en cambio, surge de ordinario como resultado de una rápida evolución anterior que rompe el viejo equilibrio de la nación. Las “revoluciones” crónicas de las repúblicas sudamericanas no tienen nada en común con la revolución permanente, sino que, al contrario, son en cierto sentido su antítesis.

Lo que acabamos de decir no significa en absoluto que la insurrección popular y la conspiración se excluyan mutuamente en todas las circunstancias. Un elemento de conspiración entra casi siempre en la insurrección en mayor o menor medida. Etapa históricamente condicionada de la revolución, la insurrección de las masas no es nunca exclusivamente elemental. Aunque estalle de improviso para la mayoría de sus participantes, es fecundada por aquellas ideas en las que los insurrectos vean una salida para los dolores de su existencia. Pero una insurrección de masas puede ser prevista y preparada. Puede ser organizada de antemano. En este caso, el complot se subordina a la insurrección, la sirve, facilita su marcha, acelera su victoria. Cuanto más elevado es el nivel político de un movimiento revolucionario y más seria su dirección, mayor es el lugar que ocupa la conspiración en la insurrección popular.

Es indispensable comprender exactamente la relación entre la insurrección y la conspiración, tanto en lo que las opone como en lo que se completan recíprocamente, y con mayor razón dado que el empleo mismo de la palabra “conspiración” tiene un aspecto contradictorio en la literatura marxista según designe a la actividad independiente de una minoría que toma la iniciativa o a la preparación por la minoría del levantamiento de la mayoría.

Es cierto que la historia demuestra que una insurrección popular puede vencer en ciertas condiciones sin complot. Al surgir por el ímpetu “elemental” de una revuelta general, en diversas protestas, manifestaciones, huelgas, escaramuzas callejeras, la insurrección puede arrastrar a una parte del ejército, paralizar las fuerzas del enemigo y derribar el viejo poder. Esto es -hasta cierto punto- lo que sucedió en febrero de 1917 en Rusia. Un cuadro análogo presenta el desarrollo de las revoluciones alemana y austrohúngara durante el otoño de 1918. En la medida en que en estos dos casos no estaban a la cabeza de los insurrectos partidos profundamente penetrados de los intereses y designios de la insurrección, la victoria de ésta debía transmitir inevitablemente el poder a las manos de los partidos que se habían opuesto a la insurrección hasta el último momento.

Derribar el antiguo poder es una cosa. Otra diferente es adueñarse de él. En una revolución, la burguesía puede tomar el poder, no porque sea revolucionaria, sino porque es la burguesía: tiene en sus manos la propiedad, la instrucción, la prensa, una red de puntos de apoyo, una jerarquía de instituciones. En muy diferente situación se encuentra el proletariado: desprovisto de los privilegios sociales que existen en su exterior, el proletariado insurrecto sólo puede contar con su propio número, su cohesión, sus cuadros, su Estado Mayor.

Del mismo modo que un herrero no puede tomar con su mano desnuda un hierro candente, el proletariado tampoco puede conquistar el poder con las manos vacías: le es necesaria una organización apropiada para esta tarea. En la combinación de la insurrección de masas con la conspiración, en la subordinación del complot a la insurrección, en la organización de la insurrección a través de la conspiración, radica el terreno complicado y lleno de responsabilidades de la política revolucionaria que Marx y Engels denominaban “el arte de la insurrección”. Ello supone una justa dirección general de las masas, una orientación flexible ante cualquier cambio de las circunstancias, un plan meditado de ofensiva, prudencia en la preparación técnica y audacia para dar el golpe.

Los historiadores y los hombres políticos designan habitualmente insurrección de las fuerzas elementales a un movimiento de masas que, ligado por su hostilidad al antiguo régimen, no tiene perspectivas claras ni métodos de lucha elaborados, ni dirección que conduzca conscientemente a la victoria. Los historiadores oficiales, por lo menos los demócratas, presentan a la insurrección de las fuerzas elementales como una calamidad histórica inevitable cuya responsabilidad recae sobre el antiguo régimen. La verdadera causa de esta indulgencia consiste en que la insurrección de las fuerzas elementales no puede salir de los límites del régimen burgués.

Por el mismo camino marcha también la socialdemocracia: no niega la revolución en general, en tanto que catástrofe social, del mismo modo que no niega los terremotos, las erupciones de los volcanes, los eclipses de sol y las epidemias de peste. Lo que niega como “blanquismo” o, peor aún, como bolchevismo, es la preparación consciente de la insurrección, el plan, la conspiración. En otros términos, la socialdemocracia está dispuesta a sancionar, aunque ciertamente con retraso, los golpes de Estado que transmiten el poder a la burguesía, condenando al mismo tiempo con intransigencia los únicos métodos que pueden transmitir el poder al proletariado. Tras una falsa objetividad se esconde una política de defensa de la sociedad capitalista.

De sus observaciones y reflexiones sobre los fracasos de numerosos levantamientos en los que participó o fue testigo, Augusto Blanqui dedujo un cierto número de reglas tácticas, sin las cuales la victoria de la revolución se hace extremadamente difícil si no imposible. Blanqui recomendaba la creación con tiempo suficiente de destacamentos revolucionarios regulares con dirección centralizada, un buen aprovisionamiento de municiones, un reparto bien calculado de las barricadas, cuya construcción sería prevista y que se defenderían sistemáticamente. Por supuesto, todas estas reglas, concernientes a los problemas militares de la insurrección, deben ser inevitablemente modificadas al mismo tiempo que las condiciones sociales y la técnica militar cambien; pero de ningún modo son “blanquismo” en sí mismas, en el sentido que los alemanes puedan hablar de “putchismo” o de “aventurismo” revolucionario.

La insurrección es un arte y como todo arte tiene sus leyes. Las reglas de Blanqui respondían a las exigencias del realismo en la guerra revolucionaria. El error de Blanqui consistía no en su teorema directo, sino en el recíproco. Del hecho que la incapacidad táctica condenaba al fracaso a la revolución, Blanqui deducía que la observación de las reglas de la táctica insurreccionar era capaz por sí misma de asegurar la victoria. Solamente a partir de esto es legítimo oponer el blanquismo al marxismo. La conspiración no sustituye a la insurrección. La minoría activa del proletariado, por bien organizada que esté, no puede conquistar el poder independientemente de la situación general del país: en esto el blanquismo es condenado por la historia. Pero únicamente en esto. El teorema directo conserva toda su fuerza. Al proletariado no le basta con la insurrección de las fuerzas elementales para la conquista del poder. Necesita la organización correspondiente, el plan, la conspiración. Es así como Lenin plantea la cuestión.

La crítica de Engels, dirigida contra el fetichismo de la barricada, se apoyaba en la evolución de la técnica en general y de la técnica militar. La técnica insurreccional del blanquismo correspondía al carácter del viejo París, a su proletariado, compuesto a medias de artesanos; a las calles estrechas y al sistema militar de Luis Felipe. En principio, el error del blanquismo consistía en la identificación de revolución con insurrección. El error técnico del blanquismo consistía en identificar la insurrección con la barricada. La crítica marxista fue dirigida contra los dos errores. Considerando, de acuerdo con el blanquismo, que la insurrección es un arte, Engels descubrió no sólo el lugar secundario de la insurrección en la revolución, sino también el papel declinante de la barricada en la insurrección. La crítica de Engels no tenía nada en común con una renuncia a los métodos revolucionarios en provecho del parlamentarismo puro, como intentaron demostrar en su tiempo los filisteos de la socialdemocracia alemana, con el concurso de la censura de los Hohenzollern. Para Engels, la cuestión de las barricadas seguía siendo uno de los elementos técnicos de la insurrección. Los reformistas, en cambio, intentaban concluir de la negación del papel decisivo de la barricada la negación de la violencia revolucionaria en general. Es más o menos como si, razonando sobre la disminución probable de la trinchera en la próxima guerra, se dedujese el hundimiento del militarismo.

La organización con la que el proletariado pudo no sólo derribar el antiguo régimen, sino también sustituirlo, es el soviet. Lo que más adelante se convirtió en el resultado de la experiencia histórica, hasta la insurrección de Octubre, no era más que un pronóstico teórico, aunque se apoyaba, es cierto, sobre la experiencia previa de 1905. Los soviets son los órganos de preparación de las masas para la insurrección, los órganos de la insurrección y, después de la victoria, los órganos del poder.

Sin embargo, los soviets no resuelven por sí mismos la cuestión. Según su programa y dirección, pueden servir para diversos fines. El partido es quien da a los soviets el programa. Si en una situación revolucionaria -y fuera de ella son generalmente imposibles- los soviets engloban a toda la clase, a excepción de las capas completamente atrasadas, pasivas o desmoralizadas, el partido revolucionario está a la cabeza de la clase. El problema de la conquista del poder sólo puede ser resuelto por la combinación del partido con los soviets, o con otras organizaciones de masas más o menos equivalentes a los soviets.

Cuando el soviet tiene a su cabeza un partido revolucionario, tenderá conscientemente y a tiempo a adueñarse del poder. Adaptándose a las variaciones de la situación política y al estado de espíritu de las masas, preparará los puntos de apoyo de la insurrección, ligará los destacamentos de choque a un único objetivo y elaborará de antemano el plan de ofensiva y del último asalto: esto precisamente significa introducir la conspiración organizada en la insurrección de masas.

Más de una vez, y mucho antes de la insurrección de Octubre, los bolcheviques habían tenido que refutar más de una vez las acusaciones que les dirigían sus adversarios, quienes les imputaban maquinaciones conspirativas y blanquismo. Y sin embargo nadie como Lenin llevó una lucha tan intransigente contra el sistema de pura conspiración. Los oportunistas de la socialdemocracia internacional tomaron más de una vez bajo su protección la vieja táctica socialista revolucionaria del terror individual contra los agentes del zarismo, resistiéndose a la crítica implacable de los bolcheviques, que oponían al individualismo aventurero de la intelligentsia el camino de la insurrección de masas. Pero al rechazar todas las variantes del blanquismo y del anarquismo, Lenin no se postraba ni un minuto ante la fuerza elemental “sagrada” de las masas. Había reflexionado antes, y con más profundidad que cualquier otro, sobre la relación entre los factores objetivos y subjetivos de la revolución, entre el movimiento de las fuerzas elementales y la política del partido, entre las masas populares y la clase avanzada, entre el proletariado y su vanguardia, entre los soviets y el partido, entre la insurrección y la conspiración.

Pero el hecho de que no se pueda provocar cuando se quiere un levantamiento y que para la victoria sea necesario organizar oportunamente la insurrección, plantea a la dirección revolucionaria el problema de dar un diagnóstico exacto: es preciso sorprender a tiempo la insurrección que asciende para completarla con una conspiración. Aunque se haya abusado mucho de la imagen, la intervención obstétrica en un parto sigue siendo la ilustración más viva de esta intromisión consciente en un proceso elemental. Herzen acusaba hace tiempo a su amigo Bakunin de que, en todas sus empresas revolucionarias, invariablemente tomaba el segundo mes del embarazo por el noveno. En cuanto a Herzen, estaba más bien dispuesto a negar el embarazo incluso en el noveno mes. En febrero, casi no se planteó la cuestión de la fecha del parto en la medida en que la insurrección había estallado de “manera inesperada”, sin dirección centralizada. Pero precisamente por eso el poder pasó no a los que habían realizado la insurrección, sino a los que la habían frenado. Ocurría de una forma muy distinta en la nueva insurrección: estaba conscientemente preparada por el partido bolchevique. El problema de elegir el buen momento para dar la señal de ofensiva recayó, por ello mismo, en el Estado Mayor bolchevique.

La palabra “momento” no ha de entenderse literalmente, como un día y una hora determinados: incluso para los alumbramientos, la naturaleza concede un margen de tiempo considerable cuyos límites no sólo interesan a la obstetricia, sino también a la casuística del derecho de sucesión. Entre el momento en que la tentativa de provocar un levantamiento, por ser aún inevitablemente prematura, conduciría a un aborto revolucionario, y el otro momento en que la situación favorable debe ser considerada ya como irremediablemente perdida, transcurre un cierto período de la revolución -puede medirse en semanas y, algunas veces, en meses- durante el cual la insurrección puede realizarse con más o menos probabilidades de triunfo. Discernir este período relativamente corto y escoger después un momento determinado, en el sentido preciso del día y de la hora, para dar el último golpe, constituye la tarea más llena de responsabilidades para la dirección revolucionaria. Se puede justamente considerarlo como el problema clave, puesto que relaciona la política revolucionaria con la técnica de la insurrección: ¿habrá que recordar que la insurrección, lo mismo que la guerra, es, la prolongación de la política, sólo que por otros medios?

La intuición y la experiencia son necesarias para una dirección revolucionaria, así como para los otros aspectos del arte creador. Pero eso no basta. También el arte del curandero puede reposar, y no sin éxito, sobre la intuición y la experiencia. El arte del curandero político sólo basta para las épocas y períodos en los que predomina la rutina. Una época de grandes cambios históricos ya no tolera las obras de los curanderos. La experiencia, incluso inspirada por la intuición, no es suficiente. Es necesario un método materialista que permita descubrir, tras las sombras chinescas de los programas y las consignas, el movimiento real de los cuerpos sociales.

Las premisas esenciales de una revolución consisten en que el régimen social existente se encuentra incapaz de resolver los problemas fundamentales del desarrollo de la nación. La revolución no se hace, sin embargo, posible más que en el caso en que entre los diversos componentes de la sociedad aparece una nueva clase capaz de ponerse a la cabeza de la nación para resolver los problemas planteados por la historia. El proceso de preparación de la revolución consiste en que las tareas objetivas, producto de las contradicciones económicas y de clase, logran abrirse un camino en la conciencia de las masas humanas, modifican aspectos y crean nuevas relaciones entre las fuerzas políticas.

Como resultado de su incapacidad manifiesta para sacar al país del callejón, las clases dirigentes pierden fe en sí mismas, los viejos partidos se descomponen, se produce una lucha encarnizada entre grupos y camarillas y se centran todas las esperanzas en un milagro o en un taumaturgo. Todo esto constituye una de las premisas políticas de la insurrección, extremadamente importante aunque pasiva.

La nueva conciencia política de la clase revolucionaria, que constituye la principal premisa táctica de la insurrección, se manifiesta por una furiosa hostilidad al orden establecido y por la intención de realizar los esfuerzos más heroicos y estar dispuesta a tener víctimas para arrastrar al país a un camino de rehabilitación.

Los dos campos principales, los grandes propietarios y el proletariado, no representan, sin embargo, la totalidad de la nación. Entre ellos se insertan las amplias capas de la pequeña burguesía, que recorren toda la gama del prisma económico y político. El descontento de las capas intermedias, sus desilusiones ante la política de la clase dirigente, su impaciencia y su rebeldía, su disposición a apoyar la iniciativa audazmente revolucionaria del proletariado, constituyen la tercera condición política de la insurrección, en parte pasiva en la medida que neutralice a los estratos superiores de la pequeña burguesía, y en parte activa en la medida que empuje a los sectores más pobres a luchar directamente codo a codo con los obreros.

La reciprocidad condicional de esas premisas es evidente: cuanto más resuelta y firmemente actúe el proletariado y, por tanto, mayores sean sus posibilidades de arrastrar a las capas intermedias, tanto más aislada quedará la clase dominante y más se acentuará su desmoralización. Y, en cambio, la disgregación de los grupos dirigentes lleva agua al molino de la clase revolucionaria.

El proletariado sólo puede adquirir esa confianza en sus propias fuerzas -indispensable para la revolución- cuando descubre ante él una clara perspectiva, cuando tiene la posibilidad de verificar activamente la relación de fuerzas que cambia a su favor y cuando se siente dirigido por una dirección perspicaz, firme y audaz. Esto nos conduce a la condición, última en su enumeración pero no en su importancia, de la conquista del poder: al partido revolucionario como vanguardia estrechamente única y templada de la clase.

Gracias a una combinación favorable de las condiciones históricas, tanto internas como internacionales, el proletariado ruso tuvo a su cabeza un partido excepcionalmente dotado de una claridad política y de un temple revolucionario sin igual: únicamente esto permitió a una clase joven y poco numerosa cumplir una tarea histórica de gran envergadura. En general, como lo atestigua la historia -la Comuna de París, las revoluciones alemana y austríaca de 1918, los soviets de Hungría y de Baviera, la revolución italiana de 1919, la crisis alemana de 1923, la revolución china de los años 1925-1927, la revolución española de 1931-, el eslabón más débil en la cadena de las condiciones ha sido hasta ahora el del partido: lo más difícil para la clase obrera consiste en crear una organización revolucionaria que esté a la altura de sus tareas históricas. En los países más antiguos y más civilizados, hay fuerzas considerables que trabajan para debilitar y descomponer la vanguardia revolucionaria. Una importante parte de este trabajo se ve en la lucha de la socialdemocracia contra el “blanquismo”, denominación bajo la cual se hace figurar la esencia revolucionaria del marxismo.

Por numerosas que hayan sido las grandes crisis sociales y políticas, la coincidencia de todas las condiciones indispensables para una insurrección proletaria victoriosa y estable no se ha visto hasta ahora en la historia más que una sola vez: en octubre de 1917, en Rusia. Una situación revolucionaria no es eterna. De todas las premisas de una insurrección, la más inestable es el estado de ánimo de la pequeña burguesía. En los momentos de crisis nacionales, la pequeña burguesía sigue a la clase que, no sólo por la palabra sino por la acción, le inspira confianza. Capaz de fuertes impulsos, e incluso de delirios revolucionarios, la pequeña burguesía no tiene resistencia, pierde fácilmente el valor en caso de fracaso y sus ardientes esperanzas se transforman en desilusiones. Son precisamente los violentos y rápidos cambios de su estado de ánimo los que dan esa inestabilidad a cada situación revolucionaria. Si el partido proletario no es lo suficientemente resuelto como para transformar a tiempo la expectativa y las esperanzas de las masas populares en una acción revolucionaria, el flujo será pronto reemplazado por un reflujo: las capas intermedias apartarán su mirada de la revolución y buscarán su salvación en el campo opuesto. Así como en la marea ascendente el proletariado arrastra con él a la pequeña burguesía, en el momento del reflujo la pequeña burguesía arrastra consigo a importantes capas del proletariado. Tal es la dialéctica de las olas comunistas y fascistas en la evolución política de la Europa de posguerra.

Intentando apoyarse en el aforismo de Marx -ningún régimen desaparece de la escena antes de haber agotado todas sus posibilidades-, los mencheviques negaban que fuese admisible luchar por la dictadura del proletariado en la Rusia atrasada donde el capitalismo estaba todavía muy lejos del desgaste completo. En este razonamiento había dos errores, y cada uno era fatal. El capitalismo no es un sistema nacional sino mundial. La guerra imperialista y sus consecuencias han probado que el régimen capitalista se ha agotado a escala mundial. La revolución en Rusia fue la ruptura del eslabón más débil en el sistema capitalista mundial.

Pero la falsedad de la concepción menchevique se revela también desde el punto de vista nacional. Admitamos que, ateniéndonos a una abstracción económica, pueda afirmarse que el capitalismo en Rusia no había agotado sus posibilidades. Pero los procesos económicos no tienen lugar en las esferas celestes, sino que se producen en un medio histórico concreto. El capitalismo no es una abstracción: es un sistema vivo de relaciones de clase que, ante todo, tienen necesidad del poder estatal. Los mencheviques no negaban que la monarquía, bajo cuya protección se había formado el capitalismo ruso, había agotado sus posibilidades. La revolución de Febrero intentó establecer un régimen estatal intermedio. Hemos seguido paso a paso su historia: en unos ocho meses este régimen estaba completamente agotado. En tales condiciones, ¿qué orden gubernamental podía asegurar el desarrollo ulterior del capitalismo ruso?

“La república burguesa, defendida únicamente por los socialistas de tendencias moderadas, que no encontraban apoyo en las masas…, no podía mantenerse. Lo esencial de ella estaba corroído y sólo quedaba la cáscara.” Esta justa apreciación pertenece a Miliukov. Según el mismo, la suerte del sistema corroído debía ser la misma que la de la monarquía zarista: “Ambos habían preparado el terreno para la revolución y el día de ésta ninguno de ellos encontró un solo apoyo.”

Miliukov caracterizaba la situación de julio y agosto por una alternativa entre dos nombres: Kornílov o Lenin. Pero Kornílov había hecho ya su juego, que terminó con un lamentable fracaso. En todo caso no había lugar ya para el régimen de Kerenski. Por diversos que fuesen los ánimos, testimonia Sujánov, “no había unidad más que en el odio al kerensquismo”. Así como la monarquía zarista se había hecho imposible para las esferas dirigentes de la nobleza, incluidos los grandes duques, el gobierno de Kerenski se hizo odioso para los mismos inspiradores del régimen, los “grandes duques” de los círculos conciliadores. En ese descontento general, en ese agudo malestar político de todas las clases, reside uno de los síntomas más importantes de una situación revolucionaria ya madura. Es así como cada músculo, cada nervio, cada fibra del organismo están intolerablemente tensos cuando un grueso abceso está a punto de abrirse.

La resolución del Congreso bolchevique de julio, que prevenía a los obreros de los conflictos prematuros, indicaba al mismo tiempo que se haría necesario aceptar la batalla “cuando la crisis de toda la nación y el profundo levantamiento de las masas creasen las condiciones favorables para que los elementos pobres de las ciudades y del campo hagan suya la causa de los obreros”. Este momento llegó en septiembre y octubre.

La insurrección podía contar en adelante con el éxito, puesto que podía apoyarse en una auténtica mayoría popular. Por supuesto, esto no ha de comprenderse formalmente. Si se hubiera abierto previamente un referéndum sobre la cuestión de la insurrección, habría dado resultados extremadamente contradictorios e indecisos. La disponibilidad íntima a apoyar la insurrección no es en absoluto identificable con la facultad de ser consciente de antemano de su necesidad. Además, las repuestas dependerían en gran medida de la forma misma de plantear la cuestión, del órgano que dirijiese la encuesta o, hablando más simplemente, de la clase que se encontrase en el poder.

Los métodos de la democracia tienen sus límites. Se puede interrogar a todos los viajeros de un tren para saber cuál es el tipo de vagón que mejor conviene, pero no se puede ir a preguntarles a todos para saber si hay que frenar en plena marcha el tren que va a descarrilar. No obstante, si la operación se efectúa con destreza y a tiempo, se podrá contar con seguridad con la aprobación de los viajeros.

Las consultas parlamentarias al pueblo tienen lugar todas al mismo tiempo; sin embargo, en tiempos de revolución, las diversas capas populares llegan a las mismas conclusiones con un retraso inevitable, a veces muy pequeño. Mientras que la vanguardia arde de impaciencia revolucionaria, las capas atrasadas comienzan únicamente a despertar. En Petrogrado y en Moscú, todas las organizaciones de masas estaban bajo la dirección de los bolcheviques; en la provincia de Tambov, que contaba con más de tres millones de habitantes, es decir, un poco menos que las dos capitales juntas, sólo surgió por primera vez una fracción bolchevique en el soviet poco antes de la revolución de Octubre.

Los silogismos del desarrollo objetivo no coinciden nunca día a día con los silogismos de la reflexión de las masas. Y cuando, por la marcha de los acontecimientos, se hace urgente una gran decisión práctica, lo último que se podrá hacer es recurrir a un referéndum. Las diferencias de nivel y de consciencia de las diversas capas populares se reducen a través de la acción: los elementos de vanguardia arrastran a los vacilantes y aíslan a los que se resisten. La mayoría no se cuenta, se conquista. La insurrección asciende precisamente cuando no se ve más salida a las contradicciones que la acción directa.

Aunque incapaz de sacar por sí mismo las deducciones políticas necesarias de su guerra contra los propietarios nobles, el campesinado, por el hecho mismo de su levantamiento agrario, se unía de antemano a la insurrección de las ciudades, la llamaba y la exigía. Expresaba su voluntad, no por una papeleta en blanco, sino por el “gallo rojo” (el incendio): éste era un referéndum más serio. El campesinado ofrecía su apoyo en los límites indispensables para el establecimiento de la dictadura soviética. “Esta dictadura -replicaba Lenin a los indecisos- dará tierra a los campesinos y todos los poderes a los comités campesinos locales: ¿cómo se puede dudar, a menos de volverse loco, de que los campesinos sostendrán esta dictadura?” Para que los soldados, los campesinos, las nacionalidades oprimidas, errando en la tormenta de nieve de las papeletas electorales, conociesen a los bolcheviques en la práctica, era necesario que los bolcheviques tomasen el poder.

¿Cuál debía ser la relación de fuerzas que permitiese al proletariado conquistar el poder? “En un momento decisivo, sobre un punto decisivo, hay que tener una aplastante superioridad de fuerzas”, escribía Lenin más tarde, explicando la insurrección de Octubre; esta ley de los éxitos militares es también la ley del éxito político, sobre todo en esta encarnizada e hirviente guerra de clases que es la revolución. Las capitales y en general los grandes centros comerciales e industriales… deciden en gran parte los destinos políticos del pueblo, por supuesto a condición de que los centros sean apoyados por las fuerzas locales, rurales, aunque este apoyo no llegue inmediatamente.” En este sentido dinámico, Lenin hablaba de la mayoría del pueblo e indicaba el único significado real del concepto de mayoría.

Los adversarios demócratas se consolaban pensando que el pueblo que seguía a los bolcheviques no era más que la materia prima, arcilla moldeable de la historia: el molde serían los demócratas en colaboración con los burgueses instruidos. “¿No comprende esta gente -preguntaba el periódico de los mencheviques- que nunca el proletariado y la guarnición de Petrogrado habían estado tan aislados de las otras capas sociales?” La desgracia del proletariado y de la guarnición consistía en que estaban “aislados” de las clases a las que se disponían a arrebatar el poder.

En realidad, ¿podía contarse seriamente con la simpatía y el apoyo de las masas ignorantes de la provincia y del frente? Su bolchevismo, escribía desdeñosamente Sujánov, “no era otra cosa que odio a la coalición y ansia por obtener la tierra y la paz”. ¡Como si eso no bastase! El odio a la coalición significaba un esfuerzo para arrebatar el poder a la burguesía. El ansia de la tierra y la paz era un programa grandioso que los campesinos y soldados se disponían a realizar bajo la dirección de los obreros. La nulidad de los demócratas, incluso de los que estaban más a la izquierda, procedía de la falta de confianza de los escépticos “instruidos” respecto a esas masas oscuras que captan los fenómenos globalmente, sin entrar en los detalles y los matices . Una actitud intelectual, tan falsamente aristocrática y desdeñosa del pueblo, era extraña al bolchevismo, contraria a su misma naturaleza. Los bolcheviques no eran hombres de manos blancas, amigos del pueblo trabajando en su gabinete, pedantes. No tenían miedo de las capas atrasadas que por primera vez se elevaban de las profundidades. Los bolcheviques tomaban al pueblo tal como lo había hecho la historia, tal como estaba destinado a realizar la revolución. Los bolcheviques consideraban que su misión era colocarse a la cabeza de ese pueblo. Contra la insurrección se pronunciaban “todos” excepto los bolcheviques. Pero los bolcheviques eran el pueblo.

La fuerza política esencial de la insurrección de Octubre residía en el proletariado, en cuya composición ocupaban el primer lugar los obreros de Petrogrado. A la vanguardia de la capital estaba, por otro lado, el distrito de Viborg.

El plan de insurrección había escogido este barrio esencialmente proletario como punto de partida para el desarrollo de la ofensiva.

Los conciliadores de todos los tipos, comenzando por Mártov, intentaron, después de la insurrección, presentar al bolchevismo como una tendencia de simples soldados. La socialdemocracia europea se apoderó alegremente de esa teoría. Se cerraban los ojos ante los hechos históricos fundamentales, a saber: que el proletariado había sido el primero en pasar al bando de los bolcheviques; que los obreros de Petrogrado señalaban el camino a los obreros de todo el país; que las guarniciones y el frente continuaron mucho tiempo apoyando a los conciliadores; que los socialistas revolucionarios y los mencheviques introdujeron en el sistema soviético toda clase de privilegios para los soldados en detrimento de los obreros, lucharon contra el armamento de éstos y excitaron contra ellos a los soldados; que sólo bajo la influencia de los obreros se produjo el cambio en las tropas: que la dirección de los soldados se encontró en manos de los obreros en el momento decisivo y, en fin, que un año más tarde la socialdemocracia alemana, siguiendo el ejemplo de sus correligionarios rusos, se apoyó en los soldados para la lucha contra los obreros.

Hacia el otoño, los conciliadores de derecha habían perdido ya definitivamente la posibilidad de hablar en las fábricas y en los cuarteles. Pero los de izquierda intentaban todavía persuadir a las masas de que la insurrección era una locura. Mártov, que, al combatir la ofensiva de la contrarrevolución en julio, había encontrado un sendero hacia la conciencia de las masas, volvía ahora a una tarea sin esperanzas. “No podemos estar seguros -reconocía el 14 de octubre en la sesión del Comité ejecutivo central- de que los bolcheviques nos escucharán.” Sin embargo, consideraba que su deber era advertir a “las masas”. Pero las masas querían acción y no lecciones de moral. Aun en los casos en que escuchaban con relativa paciencia al advertidor conocido, continuaban, como reconoce Mstislavski, “pensando a su manera, como antes”. Sujánov cuenta que, bajo un cielo lluvioso, intentó convencer a los obreros de los talleres Putilov de que era posible arreglar todo sin insurrección. Fue interrumpido por voces impacientes. Le escucharon dos o tres minutos y le interrumpieron de nuevo. “Después de varias tentativas, abandoné. Esto no iba bien… y la lluvia nos mojaba cada vez más.” Bajo el cielo poco clemente de octubre, los pobres demócratas de izquierda, según sus propias descripciones, parecían polluelos mojados.

El motivo político favorito de los adversarios “de izquierda” de la insurrección -y se encontraban igualmente en los medios bolcheviques- consistía en señalar la ausencia de combatividad en la base. “El estado de ánimo de los trabajadores y de las masas de soldados -escribían Zinóviev y Kámenev el 11 de octubre- no recuerda en absoluto al que existía antes del 3 de julio.” Esto no estaba desprovisto de fundamento; la larga espera había producido una cierta fatiga en el proletariado de Petrogrado. Comenzaba a desesperar hasta de los bolcheviques: ¿también ellos iban a decepcionarlos? El 16 de octubre, Rajia, uno de los bolcheviques más combativos de Petrogrado, de origen finés, decía en la conferencia del Comité central: “Evidentemente, nuestra consigna empieza a retrasarse, ya que dudan que hagamos lo que hemos llamado a hacer.” Pero la fatiga de la espera, que daba la impresión de decaimiento, sólo duró hasta la primera señal de combate.

Atraerse a las tropas es la primera tarea de toda insurrección. Esto se logra principalmente por medio de la huelga general, las demostraciones de masas, las escaramuzas callejeras, los combates de barricadas. La exclusiva originalidad de la insurrección de Octubre, en ninguna parte y nunca alcanzada en un grado tan acabado, consiste en el hecho de que, gracias a un concurso feliz de circunstancias, la vanguardia proletaria consiguió arrastrar a su lado a la guarnición de la capital antes de que comenzase el levantamiento; no solamente a arrastrar, sino a consolidar organizativamente su conquista mediante el mecanismo de la insurrección de Octubre, sin ser completamente consciente de que el problema más importante, que se prestaba más difícilmente a un cálculo previo, había sido resuelto en lo esencial en Petrogrado, antes del comienzo de la lucha armada.

Eso no significa que la insurrección se hizo superflua. Aunque la aplastante mayoría de la guarnición se colocase al lado de los obreros, la minoría estaba contra los obreros, contra la insurrección, contra los bolcheviques. Esa pequeña minoría se componía de los elementos más cualificados del ejército: el cuerpo de oficiales, los junkers, los batallones de choque y quizá también los cosacos. No se puede conquistar políticamente a estos elementos: había que vencerlos. En su última parte, el problema de la insurrección, que ha entrado en la historia bajo el signo de Octubre, tenía un carácter puramente militar. La solución debía venir, en su última etapa, de los fusiles, de las bayonetas, de las ametralladoras y quizá incluso de los cañones. El partido bolchevique trabajó en este sentido.

¿Cuáles eran las fuerzas militares del conflicto que se preparaba? Boris Sokolov, que dirigía el trabajo militar del partido socialista revolucionario, cuenta que, en el período que precedió a la insurrección, “todas las organizaciones de partido en los regimientos se habían desintegrado, con la excepción de las bolcheviques, y las circunstancias no eran las mejores para formar otras nuevas. La opinión de los soldados era manifestamente bolchevique, pero su bolchevismo era pasivo y carecían de toda propensión a actuar activamente por las armas”. Sokolov no olvida añadir: “Hubieran bastado uno o dos regimientos totalmente fieles y capaces de combatir para tener en jaque a toda la guarnición.” Decididamente, todos, desde los generales monárquicos a los intelectuales “socialistas”, carecían “de uno o dos regimientos” contra la revolución proletaria. Pero lo que es cierto es que la guarnición, en su inmensa mayoría hostil al gobierno, ni era capaz de batirse, ni se alineó junto a los bolcheviques. La causa de esto residía en la ruptura entre la antigua estructura militar de las tropas y su nueva estructura política. La espina dorsal de una formación combativo de tropas está constituida por el mando. Este estaba contra los bolcheviques. Desde el punto de vista político, la espina dorsal de la tropa eran los bolcheviques. Sin embargo, no solamente no sabían mandar, sino que en la mayor parte de los casos casi no sabían servirse de las armas. La masa de los soldados no era homogénea. Los elementos activos, combativos, formaban -como siempre- una minoría. La mayoría de los soldados simpatizaba con los bolcheviques, votaba por ellos, los elegía, pero no esperaba de ellos una solución. Los elementos hostiles a los bolcheviques entre las tropas eran demasiado insignificantes para atreverse a alguna iniciativa. La opinión política de la guarnición era así excepcionalmente favorable a una insurrección. Pero, desde el punto de vista combativo, estaba claro de antemano que no tenía un peso importante.

Sin embargo, hubiera sido erróneo no contar con la guarnición en los cálculos de las operaciones militares. Millares de soldados dispuestos a luchar al lado de la revolución estaban diseminados en una masa más pasiva, y precisamente por eso la arrastraban en mayor o menor medida. Diversos contingentes, de composición más escogida, guardaban la disciplina y su capacidad de combate. Existían sólidos núcleos revolucionarios en todas las formaciones. En el 6.º Batallón de reserva, que contaba aproximadamente con diez mil hombres, de cinco compañías, la primera se distinguía siempre, habiendo adquirido casi desde el comienzo de la revolución reputación de bolchevique y se mostró digna de ello en las jornadas de Octubre. En término medio, los regimientos de la guarnición, en realidad, no existían en tanto que tales, ya que, dislocado el mecanismo de su dirección, eran incapaces de un gran esfuerzo militar; pero a pesar de ello eran aglomeraciones de hombres armados, la mayoría de los cuales estaban ya fogueados. Todos los contingentes estaban ligados por un único y mismo estado de ánimo: derribar cuanto antes a Kerenski, volver a los hogares y proceder a la reforma agraria. Así, la guarnición, completamente disgregada, estrechó filas una vez más durante las jornadas de Octubre para llevar a cabo un impresionante estrépito de armas antes de disolverse definitivamente.

¿Qué fuerza constituían, desde el punto de vista militar, los obreros de Petrogrado? Esta cuestión concierne a la Guardia roja. Ha llegado el momento de hablar de esto con más detalle: en las próximas jornadas está destinada a comprometerse en la gran arena de la historia.

La guardia obrera, cuyas tradiciones se remontan al año 1905, renació con la revolución de Febrero y compartió después las vicisitudes de esta última. Kornílov, entonces comandante en jefe de la región militar de Petrogrado, afirmaba que los depósitos de artillería habían dejado escapar, durante las jornadas del derrocamiento de la monarquía, treinta mil revólveres y cuarenta mil fusiles. Además, una considerable cantidad de armas cayó en las manos del pueblo a consecuencia del desarme de la policía y gracias a los regimientos simpatizantes. Nadie respondió cuando se exigió la restitución de las armas. La revolución enseña que hay que hacer caso de un fusil. Los obreros organizados sólo pudieron procurarse una parte muy pequeña de esta ganga.

El problema de la insurrección no se planteó a los obreros durante los cuatro primeros meses. El régimen democrático de la dualidad de poderes abría a los bolcheviques la posibilidad de conquistar la mayoría en los soviets. Las compañías [drujini] obreras de francotiradores constituían uno de los elementos de la milicia democrática. Pero todo esto era más bien en la forma que en el fondo. Un fusil en manos de un obrero significa un principio histórico bien distinto que en las manos de un estudiante.

El hecho de que los obreros poseyesen armas inquietó desde un principio a las clases dominantes, ya que de esta forma se desplazaban bruscamente la relación de fuerzas en las fábricas. En Petrogrado, donde el aparato estatal, apoyado por el Comité ejecutivo central, representaba al comienzo una fuerza indiscutible, la milicia obrera no parecía aún tan amenazadora. Pero en las regiones industriales de provincia, el reforzamiento de la guardia obrera indicaba la subversión de todas las relaciones, no sólo en el interior de la empresa, sino también mucho más en sus alrededores. Los obreros armados destituían a los contramaestres, a los ingenieros e incluso los detenían. Por decisión de las asambleas de fábrica, los guardias rojos eran frecuentemente pagados con los fondos de las empresas. En el Ural, con ricas tradiciones de lucha guerrillera en 1905, las compañías de francotiradores obreros imponían el orden bajo la dirección de los antiguos militantes. Los obreros armados liquidaron casi imperceptiblemente el poder oficial, sustituyéndolo por los órganos soviéticos. El sabotaje practicado por los propietarios y los administradores imponía a los obreros la necesidad de proteger las empresas: máquinas, depósitos, reservas de carbón y materias primas. Los papeles estaban invertidos. El obrero estrechaba sólidamente los puños sobre su fusil para defender la fábrica, en la cual veía la fuente misma de su poder. De este modo, los elementos de la dictadura obrera se constituían en las empresas y los distritos, aun antes de que el proletariado en su totalidad se hubiese apoderado del poder estatal.

Los conciliadores, que reflejan como siempre las aprehensiones de los propietarios, se oponían con todas sus fuerzas al armamento de los obreros de la capital, reduciéndolo al mínimo. Según Minichev, todo el armamento del distrito de Narva se componía “de una quincena de fusiles y de algunos revólveres”. Durante este tiempo se multiplicaban los asaltos y los actos de violencia en la ciudad. De todas partes llegaban rumores alarmantes que anunciaban nuevas sacudidas. En vísperas de la manifestación de julio se esperaba ver el distrito incendiado. Los obreros buscaban armas golpeando en todas las puertas, y a veces las derribaban.

De la manifestación del 3 de julio, los obreros de Putilov volvieron con un trofeo: una ametralladora con cinco cajas de cartuchos. “Estábamos contentos como niños” -cuenta Minichev. Según Lichkov, los obreros de su fábrica poseían ochenta fusiles y veinte grandes revólveres. ¡Toda una riqueza! Del Estado Mayor de la Guardia roja obtuvieron dos ametralladoras; una fue establecida en el refectorio y otra en el desván. “Nuestro jefe -cuenta Lichkov- era Kocherovski, y sus adjuntos más próximos eran Tomchak, asesinado por los guardias blancos durante las jornadas de Octubre en Tsarkoie Selo, y Yefímov, fusilado por las bandas de blancos en Yamburg.” Estas líneas parsimoniosas permiten echar un vistazo al interior del laboratorio de las fábricas donde se formaban los cuadros de la insurrección de Octubre y del futuro Ejército rojo, donde se seleccionaban, se habituaban a mandar y se forjaban los Tomchak, los Yefímov, cientos y miles de obreros anónimos que, tras conquistar el poder, lo defendieron intrépidamente contra el enemigo y cayeron, después, en todos los campos de batalla.

Los acontecimientos de Julio modifican inmediatamente la situación de la Guardia roja. El desarme de los obreros se efectúa ya abiertamente y no por la persuasión, sino por el empleo de la fuerza. Bajo la apariencia de entregar las armas, los obreros sólo entregan los desechos. Todo lo que vale algo es cuidadosamente escondido. Los fusiles son repartidos entre los miembros seguros del partido. Las ametralladoras se entierran cubiertas de grasa. Los destacamentos de la guardia se repliegan y pasan a la clandestinidad, uniéndose más estrechamente a los bolcheviques.

La tarea del armamento de los obreros estaba concentrada en un principio en los comités de fábrica y los comités de distrito del partido. Restablecida después del aplastamiento de Julio, la Organización militar de los bolcheviques, que hasta entonces sólo había trabajado entre la guarnición y en el frente, se ocupó por primera vez de instruir a la Guardia roja procurando instructores a los obreros y, en algunos casos, armas. La perspectiva de la insurrección armada indicada por el partido inclina imperceptiblemente a los obreros avanzados a dar otro sentido a la Guardia roja. Ya no es la milicia de las fábricas y de los barrios obreros, sino que son los cuadros del futuro ejército de la insurrección.

Durante el mes de agosto se hicieron más frecuentes los incendios en los talleres y las fábricas. Cada una de las crisis que se suceden va precedida de una convulsión en la conciencia colectiva, que envía delante de ella una onda alarmante. Los comités de fábrica trabajan intensamente para proteger a las empresas contra los atentados. Se sacan los fusiles escondidos. El levantamiento de Kornílov legaliza definitivamente a la Guardia roja. En las compañías obreras se inscriben alrededor de veinticinco mil hombres, pero en realidad ni remotamente se les puede armar de fusiles, ni tan siquiera de ametralladoras. De la fábrica de pólvora de Schluselburg, los obreros conducen por el Neva una barca llena de granadas y explosivos: ¡contra Kornílov! El Comité ejecutivo central de los conciliadores rechaza este don de los “griegos”. Los hombres de la Guardia roja del distrito de Viborg distribuyeron durante la noche, en los barrios, esos peligrosos regalos.

“La instrucción referente al arte del manejo del fusil, que antes se hacía en habitaciones y tugurios -cuenta el obrero Skorinko-, se hacía ahora al aire libre, en los jardines y en las avenidas.” “El taller se transforma en plaza de armas -afirma en sus recuerdos el obrero Rakitov. Ante los tornos, los fresadores tienen la mochila en la bandolera y el fusil sobre la máquina.” Pronto todos los del taller donde se fabrican bombas se inscribían en la guardia, salvo los viejos socialistas revolucionarios y los mencheviques. Después de la señal de la sirena, se reúnen todos para hacer ejercicio. “Se codean el obrero barbudo y el pequeño aprendiz, mientras que ambos escuchan atentamente a su instructor.” Mientras que se dislocaban definitivamente las antiguas tropas del zar, en las fábricas se asentaban las bases del futuro Ejército rojo.

Una vez sobrepasado el peligro de Kornílov, los conciliadores obstaculizaron la ejecución de sus compromisos: sólo entregaron trescientos fusiles a los treinta mil obreros de Putilov. Pronto cesó completamente el suministro de armas: el peligro no provenía ahora de la derecha, sino de la izquierda; había que buscar protección no en los proletarios, sino en los junkers.

La ausencia de un fin práctico inmediato y la insuficiencia del armamento dieron lugar a un reflujo de obreros que abandonaron la Guardia roja. Pero esto sólo fue un corto decaimiento. En cada acometida se había formado el suficiente número de cuadros esenciales. Se establecieron sólidos lazos entre las diferentes compañías obreras. Los cuadros saben por experiencia que existen considerables reservas y que en el momento de peligro deben ser puestas en pie.

El paso del Soviet a manos de los bolcheviques modifica radicalmente la situación de la Guardia roja. Perseguida o tolerada hasta entonces, se transforma en un órgano oficial del Soviet, que ya extiende su brazo hasta el poder. Frecuentemente los obreros pueden procurarse armas y sólo piden al Soviet una autorización. Desde finales de septiembre, y sobre todo después del 10 de octubre, los preparativos de la insurrección se plantean abiertamente en el orden del día. Un mes antes del levantamiento, se realizan intensivamente ejercicios militares, especialmente de tiro, en decenas de fábricas de Petrogrado. Hacia mediados de octubre aumenta todavía más el interés por el manejo de las armas. En algunas empresas se inscriben casi todos en las compañías.

Los obreros reclaman cada vez más impacientemente las armas del Soviet, pero hay infinitamente menos fusiles que manos tendidas para recibirlos. “Yo iba diariamente al Smolni -cuenta el ingeniero Kozmin- y veía a los obreros y marineros acercarse a Trotsky, ofreciéndole o pidiéndole armas para los obreros, informándole de la distribución de esas armas y preguntándole: ¿Cuándo comenzará esto? La impaciencia era grande…”

Formalmente, la Guardia roja sigue siendo independiente de los partidos. Pero cuanto más próximo está el desenlace, tanto más los bolcheviques están en primer plano: constituyen el núcleo de cada compañía, tienen en sus manos el aparato de mando y el enlace con las otras empresas y distritos. Los obreros sin partido y los socialistas revolucionarios de izquierda siguen a los bolcheviques.

Sin embargo, aun en vísperas de la insurrección, las filas de la Guardia roja son poco numerosas. El 16, Uritski, miembro del Comité central bolchevique, estimaba que el ejército obrero de Petrogrado se componía de cuarenta mil bayonetas. La cifra es más bien exagerada. Los recursos en armamento seguían siendo muy limitados: por débil que fuese el gobierno, no se podían ocupar los arsenales sin lanzarse por el camino de la insurrección.

El 22 tuvo lugar la conferencia de la Guardia roja de toda la ciudad: un centenar de delegados representaban aproximadamente a veinte mil combatientes. La cifra no debe ser tomada muy a la letra: no todos los inscritos se mostraron activos; en cambio, numerosos voluntarios acudieron a los destacamentos en los momentos de peligro. Los estatutos adoptados al día siguiente por la conferencia definen a la Guardia roja como “la organización de las fuerzas armadas del proletariado para combatir a la contrarrevolución y defender las conquistas de la revolución”. Notemos esto: veinticuatro horas antes de la insurrección, el problema se define en términos defensivos y no ofensivos.

La formación de base es una decuria; cuatro decurias constituyen una sección; tres secciones forman una compañía; tres compañías, un batallón. Con el mando y los contingentes especiales, el batallón cuenta con más de quinientos hombres. Los batallones de distrito constituyen un destacamento. En las grandes fábricas como Putilov organizan destacamentos autónomos. Los equipos especiales de técnicos -zapadores, automovilistas, telegrafistas, ametralladoristas, artilleros- unas veces están encolados en sus empresas respectivas como adjuntos a los destacamentos de infantería y otras veces operan independientemente, según el tipo de tarea a realizar. Todos los mandos son electivos. Esto no supone ningún riesgo: todos son voluntarios y se conocen bien entre ellos.

Las obreras crean destacamentos de ambulancias. En la fábrica de material para los hospitales militares se anuncian cursos para enfermeras. “En casi todas las fábricas -escribe Tatiana Graf- hay ya servicios regulares de obreras que trabajan como ambulancistas, provistas del material sanitario indispensable.” La organización es extremadamente pobre en recursos pecuniarios y técnicos. Poco a poco, los comités de fábrica envían material para las ambulancias y los cuerpos francos. Durante las horas de la insurrección, estas débiles células se desarrollaron rápidamente; pronto tuvieron a su disposición considerables recursos técnicos. El 4, el Soviet del barrio de Viborg prescribe lo siguiente: “Requisar inmediatamente todos los automóviles… Inventariar todo el material sanitario para ambulancias y establecer servicios de guardia en estas últimas.”

Un número creciente de obreros sin partido se incorporaban a los ejercicios de tiro y de maniobra. Aumentaba el número de los cuerpos de la guardia. En las fábricas, la guardia era asegurada día y noche. Los Estados Mayores de la Guardia roja se instalaban en locales más espaciosos. El 23 se procedió al examen de conocimientos de los guardias rojos de la fábrica de cartuchos. Un menchevique intentó hablar contra el levantamiento, pero su tentativa fue ahogada bajo una tempestad de indignación: “¡Basta, ya ha pasado el tiempo de las discusiones!” Es tan irresistible el movimiento, que se apodera incluso de los mencheviques. “Se enrolan en la Guardia roja -cuenta Tatiana Graf-, participan en todos los servicios de mando y hasta muestran iniciativa.” Skorinko describe el modo en que, el día 23, socialistas revolucionarios y mencheviques, jóvenes y viejos, fraternizaron con los bolcheviques dentro del destacamento, y cómo él mismo abrazó con alegría a su padre, obrero de la misma fábrica. El obrero Peskovoy cuenta: en el destacamento armado “había jóvenes obreros, de dieciséis años aproximadamente, y viejos de hasta la cincuentena”. La mezcla de edades añadía “ímpetu y espíritu combativo”. El barrio de Viborg se preparaba a la batalla con un ardor muy particular. Se toman las llaves de los puentes móviles que pasan por el arrabal, se estudian los puntos vulnerables del barrio, se elige un Comité militar revolucionario, y los comités de fábrica restablecen sus permanencias. Kaiurov escribe con legítimo orgullo sobre los obreros de Viborg: “Han sido los primeros en entrar en lucha contra la autocracia, los primeros en establecer en su distrito la jornada de ocho horas, los primeros en salir en armas para protestar contra los diez ministros capitalistas, los primeros en protestar, el 7 de julio, contra las persecuciones infligidas a nuestro partido, y no han sido ,los últimos en la jornada decisiva del 25 de octubre.” ¡La verdad es la verdad!

La historia de la Guardia roja es en gran medida la historia de la dualidad de poderes: ésta, por sus contradicciones internas y sus conflictos, facilitaba a los obreros la creación de una importante fuerza armada desde antes de la insurrección. Es una tarea prácticamente irrealizable, al menos por el momento, calcular el número de destacamentos obreros que existían en todo el país en el momento de la insurrección. En todo caso, decenas y decenas de miles de obreros armados constituían los cuadros de la insurrección. Las reservas eran casi inagotables.

Evidentemente, la organización de la Guardia roja estaba muy lejos de ser perfecta. Todo se hacía apresuradamente, en bloque, no siempre con destreza. La mayor parte de los guardias rojos estaban mal preparados, los servicios de enlace marchaban mal, los avituallamientos no eran muchos, el cuerpo de ambulancias no estaba todavía dispuesto. Pero, completada con los obreros más capaces de sacrificio, la Guardia roja ardía de deseos de llevar esta vez la lucha hasta final. Y esto es lo que decidió el asunto.

La diferencia entre los destacamentos obreros y los regimientos campesinos no estaba únicamente determinada por la composición social de unos y otros. Un gran número de soldados campesinos, habiendo regresado de nuevo a sus aldeas y habiéndose repartido la tierra de los propietarios, combatirán desesperadamente contra los guardias blancos, primero en los destacamentos de guerrilleros y después en el Ejército rojo. Independientemente de la diferencia social, existe otra, que es más inmediata: mientras que la guarnición es un conglomerado coactivo de viejos soldados refractarios a la guerra, los destacamentos de la Guardia roja son de reciente formación, por selección individual, sobre nuevas bases y con nuevos objetivos.

El Comité militar revolucionario dispone todavía de una tercer arma: los marinos del Báltico. Por su composición social, su medio, es mucho más próximo a los obreros que la Infantería. Entre ellos hay un gran número de obreros de Petrogrado. El nivel político de los marinos es infinitamente más elevado que el de los soldados. A diferencia de los reservistas, poco combativos y que habían olvidado el uso del fusil, los marinos no habían interrumpido el servicio efectivo.

Para las operaciones activas, se podía confiar firmemente en los comunistas armados, en los destacamentos de la Guardia roja, en la vanguardia de los marinos y en los regimientos mejor conservados. Los elementos de este conglomerado militar se completaban entre sí. La numerosa guarnición no tenía mucha voluntad de lucha. Los destacamentos de marinos no eran muy numerosos. A la Guardia roja le faltaba experiencia. Los obreros, con los marinos, aportaban energía, audacia, ímpetu. Los regimientos de la guarnición constituían una reserva poco móvil que imponía por su número y aplastaba por la masa.

En el contacto cotidiano con los obreros, los soldados y los marinos, los bolcheviques se daban cuenta claramente de las profundas diferencias cualitativas entre los elementos del ejército que debían conducir al combate. Sobre el cálculo de esas diferencias se basó en buena parte la elaboración del plan mismo de la insurrección.

La fuerza social del otro campo estaba constituida por las clases dominantes. Ello determinaba su debilidad militar. ¿Cuánto y dónde se habían batido los importantes personajes del capital, de la prensa, de las cátedras universitarias? Tenían la costumbre de informarse por teléfono o telégrafo del resultado de los combates en los que se decidió su propia suerte. ¿La joven generación, los hijos, los estudiantes? Casi todos eran hostiles a la insurrección de Octubre. Pero la mayor parte de ellos, como sus padres, esperaban a distancia el resultado de los combates. Una parte se adhirió más tarde a los oficiales y a los junkers, que ya antes eran reclutados en gran parte entre los estudiantes. Los propietarios no tenían al pueblo con ellos, Los obreros, soldados y campesinos se habían vuelto contra ellos. El derrumbe de los partidos conciliadores mostraba que las clases dominantes se habían quedado sin ejército.

La importancia de los raíles en la vida de los Estados modernos hacía que la cuestión de los ferroviarios ocupase un lugar dominante en los cálculos políticos de ambos campos. La composición jerárquica del personal ferroviario abría posibilidades de una extrema heterogeneidad política, creando así condiciones favorables para los diplomáticos conciliadores. El “Vikjel” (comité ejecutivo panruso de los ferroviarios), que se había formado tardíamente, tenía raíces mucho más sólidas entre los empleados e incluso entre los obreros que, por ejemplo, los comités del ejército en el frente. Sólo una minoría de los ferroviarios seguía a los bolcheviques, principalmente en los depósitos y talleres. Según el informe de Schmidt, uno de los dirigentes bolcheviques del movimiento sindical, los ferroviarios más próximos al partido eran los de las redes de Petrogrado y Moscú.

Pero también en la masa de empleados y obreros conciliadores, la huelga ferroviaria de septiembre produjo un brusco viraje hacia la izquierda. El descontento provocado por el “Vikjel”, que se había comprometido con sus zig-zags, era cada vez más resuelto. Lenin señalaba que “los ejércitos de ferroviarios y de empleados de Correos continúan en agudo conflicto con el gobierno”. Esto era casi suficiente ya desde el punto de vista de los problemas inmediatos de la insurrección.

La situación era menos favorable en la administración de Correos y Telégrafos. Según el bolchevique Boki, “los aparatos telegráficos están custodiados, sobre todo por kadetes”. Pero aun aquí, el personal inferior se oponía con hostilidad a la jerarquía. Entre los carteros había un grupo dispuesto a apoderarse del correo en el momento favorable.

Era inútil soñar en convencer a todos los ferroviarios y empleados de Correos únicamente con palabras. Si hubiesen vacilados los bolcheviques, habrían dominado los kadetes y los dirigentes conciliadores. Si la dirección revolucionaria actuaba resueltamente, la base debía arrastrar tras ella a las capas intermedias, aislando a los dirigentes del “Vikjel”. La estadística no es suficiente en los cálculos de la revolución: es necesario el coeficiente de la acción viva.

Los adversarios de la insurrección, incluso en las mismas filas del partido bolchevique, encontraban sin embargo bastantes motivos para sus deducciones pesimistas. Zinóviev y Kámenev advertían que no había que subestimar las fuerzas del adversario. “Petrogrado decide, pero en Petrogrado los enemigos disponen de fuerzas importantes: cinco mil junkers perfectamente armados y que saben batirse; un Estado Mayor; batallones de choque, cosacos; y una parte importante de la guarnición, más una muy considerable artillería dispuesta en abanico alrededor de Piter. Además, es casi seguro que los adversarios intentarán traer tropas del frente con la ayuda del Comité ejecutivo central…” Esta enumeración es imponente, pero sólo es una enumeración. Si en su conjunto el ejército es una aglomeración social, cuando se escinde abiertamente, los dos ejércitos son conglomerados de campos opuestos. El ejército de los poseedores llevaba adentro el gusano del aislamiento y de la disgregación.

Después de la ruptura de Kerenski con Kornílov, los hoteles, los restaurantes y los garitos estaban repletos de oficiales hostiles al gobierno. Sin embargo, su odio contra los bolcheviques era infinitamente más vivo. Según la regla general, Inactividad más intensa en favor del gobierno se manifestaba por parte de los oficiales monárquicos. “Queridos Kornílov y Krímov, lo que no habéis podido hacer quizá lo consigamos nosotros si Dios nos ayuda…” Tal es la invocación del oficial Sinegub, uno de los más valerosos defensores del Palacio de Invierno el día de la insurrección. Pero no hubo más que raras unidades que se mostraron realmente dispuestas a la lucha, aunque el cuerpo de oficiales era muy numeroso. Ya el complot de Kornílov había mostrado que el cuerpo de oficiales, profundamente desmoralizado, no constituía una fuerza combativa.

La composición social de los junkers es heterogénea y no hay unanimidad entre ellos. Junto a los militares por herencia, hijos y nietos de oficiales, hay buen número de elementos adventicios, reclutados por las necesidades de la guerra ya en tiempos de la monarquía. El jefe de la escuela de ingeniería dice a un oficial, “Tú y yo estamos condenados… ¿Acaso no somos nobles? ¿Podemos razonar de otra forma?” A los junkers de origen democrático, estos señores vanidosos, que habían esquivado con éxito una muerte noble, los consideran palurdos, mujiks, “de rasgos groseros y obtusos”. En el interior de las escuelas de los junkers hay una línea profundamente trazada que separa a los hombres de sangre roja de los de sangre azul, y los más celosos en la defensa del poder republicano son precisamente los que más añoran la monarquía. Los junkers demócratas declaran que no están con Kerenski ni con el Comité ejecutivo central. La revolución había abierto por primera vez las puertas de las escuelas de los junkers a los judíos. Al esforzarse para estar a la altura de los privilegiados, los hijos de familia de la burguesía judía manifestaban un espíritu extremadamente belicoso contra los bolcheviques. Desgraciadamente, esto no bastó para salvar al régimen y ni siquiera para defender el Palacio de Invierno. La composición heterogénea de las escuelas militares y su completo aislamiento del ejército daban como resultado que en las horas críticas también los junkers comenzasen a tener sus mítines: ¿qué harán los cosacos? ¿Se moverán otras fuerzas aparte de nosotros? Y en general, ¿valía la pena batirse por el gobierno provisional?

Según el informe de Podvoiski, a principios de octubre había unos ciento veinte junkers socialistas en las escuelas militares de Petrogrado, de los cuales cuarenta y dos o cuarenta y tres eran bolcheviques. “Los junkers dicen que todo el mundo de las escuelas es contrarrevolucionario. Se les prepara ostensiblemente para aplastar el levantamiento en caso de manifestaciones…” Como puede verse, el número de socialistas, y sobre todo de bolcheviques, es completamente insignificante. Pero da la posibilidad al Smolni de conocer lo esencial de lo que ocurre dentro de los junkers. Por lo demás, toda la topografía de las escuelas militares es sumamente desventajosa: los junkers están diseminados por los cuarteles y, aunque hablen con desdén de los soldados, los consideran con suma aprehensión.

Sus temores están muy suficientemente motivados. Miles de miradas hostiles observan a los junkers desde los cuarteles vecinos y los barrios obreros. La vigilancia es tanto más efectiva cuanto que en cada escuela hay un destacamento de soldados que en palabras conservan la neutralidad, pero que de hecho se inclinan a favor de los insurrectos. Los arsenales de las escuelas están en manos de los soldados rasos. “Estos tunantes -escribe un oficial de la escuela de ingeniería- no sólo han perdido las llaves del depósito, de tal forma que me he visto obligado a derribar la puerta, sino que además habían quitado los cerrojos a las metralletas y los habían escondido vaya a saberse dónde.” En semejantes circunstancias, es difícil esperar de los junkers milagros de heroísmo.

¿Estaba amenazada la insurrección de Petrogrado de un golpe desde fuera, de las guarniciones vecinas? Durante los últimos días de su existencia, la monarquía no había cesado de confiar en el pequeño anillo de tropas que rodeaba a la capital. La monarquía había calculado mal. Pero, ¿qué sucedería esta vez? Asegurarse de condiciones que excluyesen todo peligro, era hacer inútil la insurrección: su función es precisamente romper los obstáculos que no se pueden eliminar por la política. No sé puede calcular todo de antemano. Pero todo lo que se podía prever fue calculado.

A principios de octubre tuvo lugar en Cronstadt la Conferencia de los soviets de la provincia de Petrogrado. Los delegados de las guarniciones de las afueras -de Gachina, de Tsarkoie-Selo, de Krasnoie-Selo, de Oranienbaum, de Cronstadt mismo- dieron la nota más alta, según el diapasón de los marinos del Báltico. Su resolución fue apoyada por el Soviet de los diputados campesinos de la provincia de Petrogrado: los mujiks, sobrepasando a los socialistas revolucionarios de izquierda, se inclinaban vivamente hacia los bolcheviques.

En la conferencia del Comité central del día 16, el obrero Stepanov trazó un cuadro bastante abigarrado del estado de fuerzas en la provincia, pero en el que dominaban netamente los tonos del bolchevismo. En Sestroretsk y en Kolpino, los obreros se arman y el ánimo es de batalla. En Novi-Peterhof ha cesado el trabajo en el regimiento, está desorganizado. En Krasnoie-Selo, el regimiento número 176 (el mismo que había montado la guardia ante el palacio de Táurida el 4 de julio) y el número 172 están del lado del bolchevismo; “pero, además, está la Caballería”. En Luga, la guarnición, de treinta mil hombres, se ha pasado al banco del bolchevismo, una parte todavía duda; el Soviet es partidario aún de la defensa nacional. En Gdova, el regimiento es bolchevique. En Cronstadt había decaído el ánimo; la ebullición de las guarniciones había sido demasiado fuerte en los meses precedentes y los mejores elementos de la marinería se encontraban en la flota para las operaciones de guerra. En Schluselburg, a sesenta verstas de Petrogrado, el soviet se había transformado desde hacía tiempo en el único poder; los obreros de la fábrica de pólvora estaban dispuestos a apoyar a la capital en cualquier momento.

Si se combinan con los resultados de la Conferencia de los soviets de Cronstadt, los datos sobre las reservas de primera línea pueden ser considerados muy alentadores. Las ondas que emanaban de la insurrección de Febrero fueron suficientes para disolver la disciplina en una esfera muy amplia. Ahora se puede tener, por tanto, más confianza en las guarniciones más próximas a la capital, ya que sus tendencias son suficientemente conocidas de antemano.

A las reservas de segunda línea pertenecen las tropas de los frentes de Finlandia y del norte. Allí el asunto se presenta de forma aun más favorable. El trabajo de Smilga, de Antónov, de Dibenko dio frutos inapreciables. Con la guarnición de Helsingfors, la flota se transformó, sobre el territorio de Finlandia, en un poder soberano. El gobierno no tenía allí ninguna autoridad. Dos divisiones de cosacos llevadas a Helsingfors -Kornílov las había destinado a dar un golpe sobre Petrogrado- habían tenido tiempo de ligarse estrechamente a los marinos y apoyaban a los bolcheviques o a los socialistas revolucionarios de izquierda, que en la flota del Báltico se distinguían muy poco de los bolcheviques.

Helsingfors tendió la mano a los marinos de la base de Reval, menos decididos hasta entonces. El Congreso regional de los soviets del norte, cuya iniciativa, al parecer, pertenecía también a la flota del Báltico, agrupó a los soviets de las guarniciones más próximas a Petrogrado en un círculo tan amplio que englobó por una parte a Moscú y por otra a Arjangelsk. “De este modo -escribe Antónov- se realizaba la idea de blindar a la capital de la revolución contra los posibles ataques de las tropas de Kerenski.” Smilga volvió del congreso a Helsingfors para preparar un destacamento especial de marinos, de infantería y artillería, destinado a ser enviado a Petrogrado a la primera señal. El ala finlandesa era una de las mejores garantías de la insurrección de Petrogrado. De ahí podía esperarse no un golpe sino una ayuda seria.

Pero también en otros sectores del frente las cosas iban muy bien, y en todo caso mucho mejor que lo que se imaginaban los bolcheviques más optimistas. Durante el mes de octubre hubo nuevas elecciones de comités en el ejército y en todas partes con un notable cambio a favor de los bolcheviques. En el cuerpo acantonado en Dvinsk, “los viejos soldados razonables” fueron todos totalmente marginados en las elecciones para comités de regimiento y compañía; sus puestos fueron ocupados por “oscuros e ignorantes sujetos… de ojos irritados, centelleantes y gargantas de lobo”. En otros sectores ocurrió lo mismo. “Por todas partes se realizan nuevas elecciones para los comités y en todas partes son elegidos únicamente bolcheviques y derrotistas.” Los comisarios del gobierno empezaban a evitar las misiones en los regimientos: “En estos momentos, su situación no es mejor que la nuestra.” Citamos aquí al barón Budberg. Dos regimientos de caballería de su cuerpo, húsares y cosacos del Ural, que habían permanecido durante más tiempo que otros en manos de sus jefes y no se habían negado a aplastar los motines, cedieron súbitamente y exigieron “que se dispensase de toda función punitiva o de gendarme”. El sentido amenazador de esta advertencia era más claro para el barón que para cualquier otro. “No se puede tener a raya a una jauría de hienas, de chacales y de carneros tocando el violín -escribía-… la única solución está en la aplicación a gran escala del hierro candente.” Y aquí, con una confesión trágica: “Este hierro falta y no se sabe dónde encontrarlo.”

Si no mencionamos testimonios análogos de otros cuerpos y divisiones, únicamente es porque sus jefes no eran tan observadores como Budberg o porque no redactaban diarios íntimos, o porque esos diarios no han salido aún a la superficie. Pero el Cuerpo del ejército acantonado en Dvinsk no se distinguía en nada especial, si no es por el coloreado estilo de su jefe, de otros cuerpos del V Ejército, el cual, por otra parte, sólo llevaba una escasa ventaja a los otros contingentes.

El Comité conciliador del V Ejército, que había quedado en suspenso desde hacía tiempo, continuaba expidiendo telegramas a Petrogrado, en los que amenazaba con restablecer el orden en la retaguardia por la bayoneta. “Todo esto no son más que fanfarronadas, viento”, escribe Budberg. El Comité vivía, sus últimos días. El día 23 fue reelegido. El presidente del nuevo comité bolchevique fue Sklianski, joven y excelente organizador, que pronto dio toda la magnitud de su talento en el terreno de la formación del Ejército rojo.

El 22 de octubre, el adjunto del comisario gubernamental del frente norte comunicaba al comisario de Guerra que las ideas del bolchevismo tenían un éxito cada vez más creciente en el ejército, que las masas querían la paz y que hasta la Artillería, que había resistido hasta el último momento, se había hecho “accesible” a la propaganda derrotista. Este era también un síntoma importante. “El gobierno provisional no goza de ninguna autoridad”, así se expresa en un informe al gobierno uno de sus agentes directos en el ejército, tres días antes de la insurrección.

Es cierto que el Comité militar revolucionario no conocía entonces todos estos documentos. Pero lo que sabía era más que suficiente. El 23, los representantes de los diversos contingentes del frente desfilaron ante el Soviet de Petrogrado reclamando la paz: en caso contrario, las tropas se lanzarían contra la retaguardia y “exterminarían a todos los parásitos que se disponen a guerrear otros diez años más”. Tomad el poder, decían al Soviet las gentes del frente: “las trincheras os apoyarán”.

En los frentes más alejados y atrasados, sudoeste y rumano, los bolcheviques eran todavía raros, seres extraños. Pero también allí eran las mismas las tendencias que se manifestaban entre los soldados. Eugenia Boch cuenta que en el segundo cuerpo de la Guardia, acantonado en los alrededores de Jmerinka, de sesenta mil soldados, apenas si había un joven comunista y dos simpatizantes; lo cual no impidió que el cuerpo partiese para defender a la insurrección en las jornadas de Octubre.

Hasta el último momento, los círculos gubernamentales depositaron su confianza en las tropas cosacas, pero, menos ciegos, los políticos burgueses de derechas comprendían que también allí se presentaban muy mal las cosas. Los oficiales cosacos eran casi todos kornilovianos. Los cosacos rasos tendían siempre más hacia la izquierda. Esto no se comprendió durante mucho tiempo en el gobierno, que estimaba que la frialdad de los regimientos cosacos ante el Palacio de Invierno provenía del agravio infligido a Kaledin. Pero, finalmente, resultó claro, incluso para el ministro de Justicia, Maliantovich, que Kaledin “sólo tenía con él a los oficiales cosacos, mientras que los cosacos rasos, como los demás soldados, se inclinaban simplemente hacia el bolchevismo”.

De aquel frente que, en los primeros días de marzo besaba manos y pies al sacrificador liberal, que llevaba en triunfo a los ministros kadetes, se embriagaba con los discursos de Kerenski y creía que los bolcheviques eran agentes de Alemania, no quedaba nada. Las rosadas ilusiones quedaban pisoteadas en el fango de las trincheras que los soldados se negaban a seguir midiendo con sus botas agujereadas. “El desenlace se acerca -escribía el mismo día de la insurrección de Petrogrado Budberg- y no puede haber ninguna duda sobre su desenlace; en nuestro frente no hay ya un solo contingente… que no esté en poder de los bolcheviques.”

 

(capítulo XX de Historia de la Revolución Rusa, LT)

El líder de China hace el llamado a una “nación fuerte” y un “ejército fuerte”

por Peter Symonds//

En su extenso discurso esta semana ante el congreso del Partido Comunista de China (PCCh), el presidente Xi Jinping declaró e insistió en que China se convertirá en una “gran potencia” y una “fuerte potencia” en el periodo adelante. Esta será una “era que verá a China acercarse al centro del escenario”, declaró.

Xi se refirió como de costumbre al “gran éxito del socialismo con características chinas”. En realidad, lo que hizo fue elaborar las aspiraciones de la nueva burguesía que ha acumulado una enorme cantidad de riquezas en las cuatro décadas desde la restauración capitalista, algo que requiere para continuar que Beijing encare más firmemente a sus rivales en la palestra global.

El “sueño chino” de Xi, de una nación rejuvenecida surge inevitablemente de la colisión con los intereses de las potencias imperialistas establecidas, principalmente los de Estados Unidos, el cual busca desesperadamente apuntalar su posición dominante en el mundo por medio de su poderío militar. La “nueva era” de la que habla Xi, no será de paz ni estabilidad, sino de guerra y revolución.

El mandatario no apuntó en su discurso el cercano peligro de una catastrófica guerra estadounidense con Corea del Norte que arrastraría a China, Rusia y a otras potencias nucleares. El presidente estadounidense, Donald Trump, ha rechazado inequívocamente las propuestas de Beijing y Moscú de reentablar negociaciones y ha en cambio preparado al ejército para la “destrucción total” del único aliado militar formal de China.

La imprudente marcha a la guerra de EUA no es simplemente el producto de un individuo con una orientación fascista como Trump, sino del callejón sin salida en el que se encuentra el imperialismo estadounidense. El surgimiento económico de China durante las últimas cuatro décadas, con base en la inundación de inversiones extranjeras para aprovechar su mano de obra barata, ha venido acompañado de una mayor influencia económica y política china alrededor del mundo, conforme busca materias primas y mercados. A medida que EUA se ve incapaz de dar tanta asistencia económica como China —el llamado “poder blando”—, recurre cada vez más al poder duro o militar para desafiar a Beijing.

El “pivote hacia Asia” del Gobierno de Obama representó una estrategia comprensiva para socavar a Beijing diplomática y económicamente alrededor de la región del Indo-Pacífico y para cercar a China militarmente. Obama recrudeció deliberadamente los más peligrosos focos de conflicto, como la península coreana y creó nuevos, incluyendo el desafío de los reclamos territoriales chinos en el mar de China Meridional.

Trump procura los mismos objetivos, pero de manera más agresiva, aumentando dramáticamente el peligro de guerra. Tras haber desmantelado el plan de Obama de formar un bloque comercial y de inversiones contra China —el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica—, Trump amenazó a Beijing directamente con una guerra económica. La acumulación militar alrededor del conflicto con Corea del Norte también es un preparativo militar dirigido contra China. El cálculo de los círculos de estrategia estadounidense se reduce a que, ante el continuo declive de EUA, un enfrentamiento con China es preferible lo antes posible.

El miércoles, tan sólo horas después del discurso de Xi, el secretario de Estado, Rex Tillerson, cuestionó implícitamente las ambiciones chinas. “China, mientras que surge junto a India, lo ha hecho menos responsablemente, en tiempos socavando el orden internacional de derecho”, declaró, concentrándose en “las acciones provocativas de China en el mar de China Meridional”. Dicho “orden internacional de derecho es, por su puesto, el orden mundial establecido después de la Segunda Guerra Mundial, en el que Washington dominaba y ponía las reglas a su conveniencia.

El discurso de Xi es un signo de que los intereses económicos y estratégicos de China no se pueden acomodar más al orden global que prevalece. Les advirtió a otros países que no subestimen la voluntad de China a defenderse a sí misma. “Nadie debería esperar que China se trague cualquier cosa que mine sus intereses”, declaró Xi ante los delegados del congreso.

Lejos de abandonar sus reclamos territoriales en el mar de China Meridional, Xi declaró al principio de su intervención, considera que la consolidación del control chino de los islotes en disputa en realidad es un punto destacado de sus cinco años en el poder. Presumió, además, su iniciativa “Un cinturón, una ruta”, el masivo plan de infraestructura para integrar el continente euroasiático por medio de caminos, ferrocarriles y el mar, y así enlazar a China y Europa, esquivando el cerco estadounidense.

En respuesta a la acumulación militar estadounidense y las amenazas en Asia, Xi presagió una aceleración de la carrera armamentística, por lo que elaboró ciertas metas que culminarían con un ejército chino de “clase mundial” para el 2050. “Un ejército listo para la guerra. Todas las obras militares tienen que adherirse a los estándares de poder librar una guerra y poder ganar una guerra”, sentenció Xi.

De principio a fin, su discurso hedía a la pestilencia del nacionalismo. “La nación china es una gran nación, ha atravesado dificultades y adversidades, pero sigue siendo indomable. El pueblo chino es un gran pueblo, son industriosos y valientes y nunca pausan en su procura del progreso”, remarcó.

Al igual que Trump en Estados Unidos, Xi fomenta el patriotismo, tanto para avanzar agresivamente los intereses de la burguesía china como para subordinar a la populosa clase obrera a esos mismos intereses. Xi se encuentra agudamente consciente de las tensiones sociales que han sido generadas por la restauración del capitalismo en el país y por la profunda brecha entre la diminuta capa de ultrarriccos y la vasta mayoría de la población. Conforme se acelera la marcha hacia la guerra, esta división social tan sólo se ensanchará, alimentando el malestar social. Es por esto que Xi también hizo un llamado a reforzar el aparato represivo estatal.

Sin la intervención de la clase obrera, un conflicto es inevitable, sea en Corea del Norte, el mar de China Meridional o en el sinnúmero de otras zonas explosivas de conflicto en Asia e internacionalmente. El imperialismo estadounidense percibe a China como su principal obstáculo para la hegemonía global, mientras que el capitalismo chino pone en tensión las restricciones del orden mundial establecido y dominado por Washington.

Los trabajadores y la juventud en China, Estados Unidos, alrededor de Asia y en todo el mundo no tienen el interés de ser arrojados como carne de cañón a guerras para defender los intereses de los ultrarricos. Es sólo a través de un movimiento unificado, internacional y basado en un socialismo auténtico —lo que significa la reconstrucción de la sociedad para satisfacer las necesidades apremiantes de la mayoría, no el lucro masivo de unos pocos— que se le puede poner alto a este impulso bélico. Esta es la perspectiva por la que lucha el Comité Internacional de la Cuarta Internacional y sus secciones alrededor del mundo”.

 

Cine animado: El Ilusionista (2010)

El ilusionista es una película animada de 2010 dirigida por Sylvain Chomet. La historia está basada en un guión no publicado del actor y director francés Jacques Tati, en colaboración con Henri Marquet. Existe controversia en relación a la motivación que tuvo Tati con el guión, que fue escrito como una carta personal para su hija mayor Helga Marie-Jeanne Schiel, de la cual estaba distanciado.

El personaje principal es una versión animada de Tati creada por Laurent Kircher. La trama gira en torno a un ilusionista que visita un pequeño pueblo donde conoce a una joven, la cual está convencida de que es un verdadero mago. La idea de Tati es que la historia estuviera ambientada en Checoslovaquia, pero Chomet lo cambió a la Escocia de los años 1950. Según el director, no es una historia de amor, es más la relación entre un padre y una hija.

Una joya en un mundo que se resiste a desaparecer.

 

EP

El exitoso plebiscito de ‘No+AFP’

por Paul Walder//

Hacia finales de la primera semana de octubre, el plebiscito convocado por la Coordinadora de Trabajadores NO+AFP había reunido más de un millón de votos, de los cuales casi el 97 por ciento rechazó el actual sistema privado de pensiones. Un evento de carácter nacional que superó todas las expectativas de participación y puso nuevamente al movimiento que busca desmantelar el sistema de las Administradoras de Fondos de Pensiones en una posición de poder. Tras poco más de un año del inicio de las marchas que lograron congregar a millones de personas durante el invierno de 2016, la Coordinadora hace una lectura que no puede ser más favorable. Un breve proceso de acumulación de fuerzas que con el último evento la instala como representante de una corriente social y laboral con proyección futura.

Al interior de la organización se suman varias lecturas, muy favorables en el corto y mediano plazo. Al éxito de las masivas marchas del año pasado e inicios de 2017, el movimiento ha ingresado un proceso que integra distintas acciones, entre las que el plebiscito es, posiblemente, la mejor demostración de cohesión. Con anterioridad, y con menos exposición mediática, está el llamado a los cotizantes a abandonar los fondos de pensiones más riesgosos, con especial énfasis del Fondo A, y redirigir sus ahorros al Fondo E, que canaliza las inversiones en instrumentos de renta fija. Esta campaña, que lleva más de seis meses, ha logrado que más de 1,3 millones de trabajadores se cambien al fondo E en lo que va del año. Un hecho sin duda destacable al considerar que el total de personas que cotizan regularmente cada mes no supera los cinco millones.

La Coordinadora NO+AFP cuyo vocero es el dirigente bancario Luis Mesina, trabaja en los valiosos datos que permiten, entre otras cosas, tener una mejor visión territorial sobre el comportamiento de sus simpatizantes. Una primera observación, que comparte el economista Patricio Guzmán, miembro de la Coordinadora, es que la participación y el rechazo a las AFP es un fenómeno transversal. Cruza territorios, barrios, regiones, edades, estratos socioeconómicos y género.

Diferentes miembros de NO+AFP destacan el trabajo y la organización en el plebiscito. La actividad, que se extendió durante tres jornadas (29 y 30 de septiembre y 1º de octubre), contó con la participación de unos veinte mil voluntarios miembros de sindicatos medianos y pequeños y de una red de organizaciones del sector público. Una actividad autofinanciada cuyo éxito no sólo se expresó en la capacidad de convocatoria y movilización, sino en la capacidad de trabajo y organización. No es casualidad ni coincidencia que más de un millón de personas votara sólo con la información que circuló a través de los sindicatos, redes sociales y la prensa independiente.

 

SILENCIO DE LA PRENSA HEGEMONICA

Como es habitual en las actividades de NO+AFP, la prensa hegemónica silenció estas actividades. Ni una sola línea en el duopolio de diarios impresos y breves notas en dos o tres canales de la televisión abierta. Una omisión que empalma, o es evidente efecto, con una campaña publicitaria de las AFP en los grandes medios y de la Asociación que las reune para evitar el cambio al Fondo E y la deteriorada, y posiblemente irrecuperable imagen, que tiene el sistema.

Alrededor de tres mil mesas a lo largo del país recogieron la votación del plebiscito. Para atender estos puntos participaron voluntarios, que trabajaron unas once horas por día. Todo ello sin contar el esfuerzo que significó preparar el plebiscito meses antes constituyendo comités en la mayoría de las comunas del país.

La Coordinadora ha trazado una comparación entre el plebiscito, que no ha tenido costos sino esfuerzo, y una elección presidencial. Para las presidenciales, legislativas o comunales se instalan alrededor de 42.400 mesas de votación y participan 127.200 personas entre presidentes y vocales. A cada vocal se le cancela 17.800 pesos, lo que equivale a un gasto de alrededor de 2.264 millones de pesos. Las primarias que instalaron a Sebastián Piñera como el candidato de la derecha costaron eso y Piñera obtuvo 827.347 votos. El plebiscito NO+AFP sin recursos y sin difusión por los medios de comunicación masivos, logró más de un millón.

Cada punto de votación fue implementado por la propia gente, imprimieron votos, actas y registros, construyeron urnas y garantizaron lo necesario para llevar a buen puerto la consulta popular. Cabe destacar también el trabajo colaborativo entre las más disímiles organizaciones sindicales, sociales y políticas tras el objetivo, que no es otro que demostrar el extenso repudio ciudadano al sistema de las AFP.

“Cuando nos propusimos realizar un plebiscito lo hicimos pensando en que era una forma de involucrar y movilizar al pueblo trabajador, ofrecerle practicar el ejercicio de su soberanía más allá de los límites institucionales con rituales electorales donde lo que quiere la mayoría sucumbe ante la política de los consensos. Nos propusimos apostar a la gente y apostar con la gente. Hoy las cifras contundentes nos confirman que fue una buena decisión”, señaló la evaluación de la Coordinadora.

 

ESCANDALO DE AFP CAPITAL

Tras el plebiscito, un video viralizado en las redes sociales registró una fiesta en el Caribe de ejecutivos de la AFP Capital, liderados por su gerente general, Eduardo Vildósola. Se generó un escándalo que desbordó Internet para extenderse desde la televisión abierta a la prensa especializada. El video, filtrado por el candidato a diputado del Frente Amplio y simpatizante de la Coordinadora, Alberto Mayol, que exhibía con detalle comportamientos indecorosos no sólo para funcionarios encargados de administrar las pensiones de los trabajadores sino para un empleado de cualquier sector o actividad, indignó a una ciudadanía que pudo ver en toda su magnitud el uso que las administradoras dan a sus ahorros. Una fiesta y alcohol a destajo a bordo de un yate, cuyo costo ascendió a 80 millones de pesos, contra pensiones de miseria. Vale recordar que el monto promedio de las pensiones de vejez que pagan mensualmente las AFP no alcanza al salario mínimo.

El escándalo llegó al núcleo de las AFP y del sector financiero, que no pudieron ocultar ni negar las evidencias. Páginas completas en la prensa escrita hegemónica, notas en los diarios financieros especializados con variadas disculpas sólo echaron más leña a la hoguera de la indignación ciudadana. Una escena que usó una empoderada Coordinadora NO+AFP para colocar en su justo lugar a las administradoras. No sólo abusan, también son un foco de corrupción.

Tras una funa en las oficinas de AFP Capital, Luis Mesina, vocero de la Coordinadora, dijo que esta fiesta “es la expresión más clara de que estamos frente a una industria que jamás ha guardado relación con la seguridad social, administrada y manejada por sujetos cuya impudicia supera todos los márgenes de imaginación de la gente”. En declaraciones publicadas por El Ciudadano , Mesina agregó: “En el mundo de las finanzas, donde yo trabajo hace 40 años, la mayoría es gente proba, digna, gente que no comete estos excesos, que no tiene doble moral. No estamos haciendo una suerte de cuestionamiento moral respecto de que estaban bailando con travestis o bebiendo alcohol. Nosotros no tenemos un doble discurso. Ellos lo tienen. Ellos son los que se oponen a todos los progresos de la Humanidad”.

La coyuntura permitió al dirigente extender y profundizar las críticas al sistema de pensiones. Ante la justificación que hiciera de la fiesta el presidente de AFP Capital y ex ministro del Trabajo del gobierno de Sebastián Piñera, Juan Carlos Jobet, en cuanto a que la fiesta fue financiada por recursos propios, Mesina calificó a las AFP como “una industria parasitaria. Producen empleos muy precarios, pero además administran con un sentido absolutamente contrario a la seguridad social nuestro ahorro previsional”.

 

REFORMAS SIN CONTINUIDAD NI SOLUCION

El gobierno, como respuesta a las masivas movilizaciones y al traspaso de afiliados al Fondo E, así como la salida de cotizantes de las AFP Cuprum y Provida, en cuanto su comprobada corrupción, envió durante el pasado invierno los proyectos de ley de reforma al sistema. Una maniobra populista, que aun cuando no toca los recursos de los trabajadores administrados por estas corporaciones, agrega dos puntos porcentuales bajo una modalidad de reparto que podrían, eventualmente, elevar los montos de las pensiones. El proyecto, sin embargo, ha sido postergado para que no coincida con las elecciones presidenciales y legislativas, por lo que es probable que su aprobación quede para el próximo gobierno. Una maniobra que Patricio Guzmán califica propia de un gobierno saliente y errático, en cuanto ha sido una operación contra el tiempo destinada a frenar las presiones y movilizaciones del movimiento NO+AFP.

“Simplemente gatopardismo”, señala el economista. Básicamente, todo se mantiene igual, en tanto pregunta qué pasará con los jubilados del IPS que quedan fuera de la reforma, qué pasa con los que no cotizan por la precariedad e informalidad laboral, con los trabajadores a honorarios.

El siguiente paso de la Coordinadora será la acción sobre los actores políticos de cara a las elecciones. Una presión no sólo sobre los presidenciables, sino también, y es lo que más les dolerá dice Guzmán, sobre los candidatos a parlamentarios. Esta campaña se iniciará en las próximas semanas para denunciar a los candidatos que apoyan a las AFP y llamar a no votar por ellos.

Las imbricación de las AFP con el capital industrial y financiero es un punto relevante que sin duda tendrá efectos en las decisiones de los políticos, la mayoría amparada directa o indirectamente por las grandes corporaciones. Los fondos son el alimento de las grandes corporaciones.

Un 60 por ciento de los ahorros de los trabajadores está invertido en instrumentos de diversas entidades nacionales, los que suman más de 106 mil millones de dólares. Aun cuando sólo un 16 por ciento de ese total está invertido en acciones y otros fondos, el resto está canalizado hacia instrumentos de renta fija, la gran mayoría en entidades privadas. Unos 64 mil millones de dólares se destinan a financiar al gran sector privado nacional: a fines del año pasado los fondos de los trabajadores en el mercado nacional estaban en cinco instituciones estatales, en 17 instituciones financieras privadas, en 114 empresas, 92 fondos de inversión, nueve fondos mutuos y un fondo de inversión de capital extranjero.

Como ejemplo, las diez principales inversiones de las AFP, además de algunos instrumentos estatales, apuntan al sector financiero privado. Entre ellos al Banco Santander Chile, el Banco de Chile (grupo Luksic), Itaú, Corpbanca (grupo Saieh), BCI (grupo Yarur), Scotiabank Chile, BBVA y Cencosud (de Horst Paulmann). En este último caso, las AFP Provida, Capital y Hábitat tienen más del seis por ciento de la propiedad accionaria del gigante del retail .

Una red de poder económico financiada por los trabajadores y amparada por el sistema político. Aquí apunta la Coordinadora NO+AFP, “nuestro objetivo está cada día más claro, dice Patricio Guzmán: echar a las AFP”.

Publicado en “Punto Final”, edición Nº 886, 13 de octubre 2017.

Marx y la Revolución Francesa: la “poesía del pasado”

por Michael Lowy//

Mientras que el film de Raoul Peck sobre el joven Marx está en las salas en este momento (ver, por ejemplo, https://www.elconfidencial.com/cultura/2017-02-13/karl-marx-berlinale-pelicula_1330238/, ndr) , merece la pena interrogarse sobre la relación de Marx con la revolución, y en particular con la Revolución Francesa. Según Michael Löwy, Marx quedó literalmente fascinado por la Revolución Francesa, como otros muchos intelectuales alemanes de su generación; aquella era a sus ojos, sencillamente, la revolución por excelencia –o más precisamente- “la revolución más gigantesca (“Kolossalste”)” que haya conocido la historia”[1].

Se sabe que en 1844, había tenido la intención de escribir un libro sobre la Revolución Francesa, a partir de historia de la Convención. Desde 1843, había empezado a consultar las obras, a tomar notas, a despellejar los periódicos y las colecciones. En primer lugar son sobre todo las obras alemanas, -Karl Friederich Ernst Ludwig y Wilhelm Wachsmuth- pero a continuación predominaron los libros franceses, especialmente las memorias del miembro de la C Levasseur, cuyos extractos llenan varias páginas del cuaderno de notas de Marx redactado en París en 1844. Además de esos carnets (reproducidospor Maximilien Rubel en el volumen III de las Obras en la Pléiäde), las referencias citadas en estos artículos o estos libros atestiguan la amplia bibliografía consultada: L’Histoire parlementaire de la Révolution française, de Buchez et Roux, L’Histoire de la Révolution française, de Louis Blanc, las de Carlyle, Mignet, Thiers, Cabet, los textos de Camille Desmoulin, Robespierre, Saint-Just, Marat, etc. Se puede encontrar una relación parcial de esa bibliografía en el artículo de Jean Bruhat sobre Marx et la Révolution française ”, publicado en los ” Annales historiques de la Révolution française ”, en abril-junio de 1966.

El triunfo de un nuevo sistema social

El proyecto de libro sobre la Convención no se realizó pero se encuentran, dispersas en sus escritos a lo largo de toda su vida, múltiples observaciones, análisis, excursiones historiográficas y esbozos interpretativos sobre la Revolución Francesa. Ese conjunto está lejos de ser homogéneo: se muestran cambios, reorientaciones, dudas y a veces contradicciones en su lectura de los acontecimientos. Pero se pueden desprender también algunas líneas de fuerza que permiten definir la esencia del fenómeno –y que van a inspirar toda la historiografía socialista a lo largo de un siglo y medio.

Esta definición parte, se sabe, de un análisis crítico de los resultados del proceso revolucionario: desde este punto de vista, se trata para Marx, sin ninguna sombra de duda, de una revolución burguesa. Esta idea no era, en si misma, nueva: la novedad de Marx ha sido la de fusionar la crítica comunista de los límites de la Revolución Francesa (desde Babeuf y Buonarroti hasta Mosses Hess) con su análisis de clase por los historiadores de la época de la Restauración (Mignet, Thiers, Thierry, etc.) y situar el todo en el marco de la historia mundial, gracias a su método histórico materialista. Resulta de ello una visión de conjunto, amplia y coherente, del paisaje revolucionario francés, que hace destacar la lógica profunda de los acontecimientos más allá de los múltiples detalles de los episodios heroicos o crapulosos, de los retrocesos y avances. Una visión crítica y desmitificadora que desvela la victoria de un interés de clase, el interés de la burguesía. Como señala en un pasaje brillante e irónico de La Santa Familia (1845), que en un rasgo de pluma se apodera del hilo rojo de la historia: La potencia de este interés fue tal que venció la pluma de un Marat, la guillotina de los hombres del terror, la espada de Napoleón, así como el crucifijo y la sangre azul de los Borbones[2].

En realidad, la victoria de esta clase fue, al mismo tiempo, la llegada de una nueva civilización, de nuevos procesos de producción, de nuevos valores, no sólo económicos sino también sociales y culturales –en resumen, de un nuevo modo de vida. Reuniendo en un parágrafo la significación histórica de las revoluciones de 1848 y 1789 (pero sus observaciones son más pertinentes para la última que para la primera), Marx observa, en un artículo de la Nueva Gaceta Renana en 1848: Ellas eran el triunfo de la burguesía, pero el triunfo de la burguesía era entonces el triunfo de un nuevo sistema social, la victoria de la propiedad burguesa sobre la propiedad feudal, del sentimiento nacional sobre el provincialismo, de la competencia sobre el corporativismo, del reparto sobre el mayorazgo, (…) de las luces sobre la superstición, de la familia sobre el nombre, de la industria sobre la pereza heroica, del derecho burgués sobre los privilegios medievales.”[3]

Por supuesto, este análisis marxiano sobre el carácter –en último análisis- burgués de la Revolución Francesa no era un ejercicio académico de historiografía: tenía un objetivo político preciso. Tendía, desmitificando 1789, a mostrar la necesidad de una nueva revolución, la revolución social –la que denomina, en 1844, “la emancipación humana” (en oposición a la emancipación únicamente política) y, en 1846, como la revolución comunista.

Una de las características principales que distinguirán esta nueva revolución de la Revolución Francesa de 1789-1794 será, según Marx, su “anti-estatismo”, su ruptura con el aparato burocrático alienado del Estado. Hasta aquí, todas las revoluciones han perfeccionado esta máquina en lugar de romperla. Los partidos que lucharán sucesivamente por el poder consideran la conquista de este inmenso edificio de Estado como la principal presa del vencedor”.

Presentando su análisis en El Dieciocho Brumario, observa -de forma análoga que Tocqueville- que la Revolución Francesa no ha hecho más que desarrollar la obra iniciada por la monarquía absoluta: la centralización, (…) la extensión, los atributos y los ejecutantes del poder gubernamental. Napoleón acabó de perfeccionar esta maquinaria de Estado”.

Sin embargo, durante la monarquía absoluta, la revolución y el Primer Imperio, ese aparato no ha sido más que un medio para preparar la dominación de clases de la burguesía, que se ejercerá más directamente sobre Louis-Philippe y la República de 1848… A fin de dejar lugar para lo nuevo, la autonomía de lo político durante el Segundo Imperio -cuando el Estado parece haberse hecho “completamente independiente”. En otros términos: el aparato estatal sirve a los intereses de clase de la burguesía sin estar necesariamente bajo su control directo. Según Marx, no tocar al fundamento de esta máquina parasitaria y alienada es una de las limitaciones burguesas más decisivas de la Revolución Francesa.

Como se sabe, esa idea esbozada en 1862 será desarrollada en 1871 en sus escritos sobre la Comuna -primer ejemplo de revolución proletaria que rompe el aparato de Estado y acaba con esta “boa constrictor” que amordaza el cuerpo social en las mallas universales de su burocracia, de su policía, de su ejército permanente”. La Revolución Francesa, por su carácter burgués, no podía emancipar a la sociedad de esa “excrecencia parasitaria”, de este “alboroto de gusano de Estado”, de ese “enorme parásito gubernamental[4].

Las tentativas recientes de los historiadores revisionistas para “sobrepasar” el análisis marxiano de la Revolución Francesa conducen generalmente a una regresión hacia las interpretaciones más antiguas, liberales o especulativas. Se confirma así la profunda observación de Sartre: el marxismo es el horizonte insuperable de nuestra época y los intentos para ir “más allá” de Marx acaban a menudo por caer por abajo de él. Se puede ilustrar esa paradoja por el enfoque del representante más talentoso y más inteligente de esa escuela, François Furet, que no encuentra otros caminos para sobrepasar a Marx que la vuelta a Hegel. Según Furet, el idealismo hegeliano se preocupa infinitamente más de los datos concretos de la historia de Francia del siglo XVIII que el materialismo de Marx”.

¿Cuales son, pues, esos “datos concretos” infinitamente más importantes que las relaciones de producción y la lucha de clases? Se trata del “largo trabajo del espíritu en la historia..” Gracias a él (el espíritu con una E mayúscula), podemos al fin entender la verdadera naturaleza de la Revolución Francesa: más que el triunfo de una clase social, la burguesía, es la afirmación de la conciencia de si como voluntad libre, coextensiva con lo universal, transparente a ella misma, reconciliada con el ser”.

Esa lectura hegeliana de los acontecimientos conduce a Furet a la curiosa conclusión de que la Revolución Francesa ha conducido a un “fracaso”, del que sería necesario buscar la causa en un “error”: querer deducir lo político de lo social”.El responsable de este “fracaso” sería, en último análisis… Jean-Jacques Rousseau. El error de Rousseau y de la Revolución Francesa se contienen en el intento de afirmar el antecedente de lo social sobre el Estado”. En revancha, Hegel había entendido perfectamente que solo a través del Estado, esta forma superior de la historia, la sociedad se organiza según la razón”. Es una interpretación posible de las contradicciones de la Revolución Francesa, ¿pero es ella verdaderamente infinitamente más concreta que la esbozada por Marx?[5].

¿Cuál fue el papel de la clase burguesa?

Queda por saber en qué medida esta revolución burguesa fue efectivamente conducida, impulsada y dirigida por la burguesía. En algunos textos de Marx se encuentran verdaderos himnos a la gloria de la burguesía revolucionaria francesa de 1789; se trata casi siempre de escritos que la comparan con su equivalente social al lado del Rin, la burguesía alemana del siglo XVIII.

Desde 1844 lamenta la inexistencia en Alemania de una clase burguesa provista de “esa grandeza de alma que se identifica, aunque no fuese más que un momento, al alma del pueblo, de este genio que se inspira a la fuerza material el entusiasmo por la potencia política, de esa osadía revolucionaria que lanza al aniversario en forma de desafío: no soy nada y debería ser todo”.[6]

En sus artículos escritos durante la revolución de 1848 no cesa de denunciar la “bajeza” y la “traición” de la burguesía alemana, comparándola con el glorioso paradigma francés: “La burguesía prusiana no era la burguesía francesa de 1789, la clase que, frente a los representantes de la antigua sociedad, de la realeza y de la nobleza, encarnaba ella sola toda la sociedad moderna. Estaba degradada al rango de una especie de casta (…) inclinada desde el inicio a traicionar al pueblo y a intentar compromisos con el representante coronado de la antigua sociedad” [7].

En otro artículo de la Nueva Gaceta Renana (julio de 1848), examina de forma más detallada ese contraste: “la burguesía francesa de 1789 no abandonará ni un instante a sus aliados, los campesinos. Sabía que la base de su dominación era la deconstrucción de la feudalidad en el campo, la creación de una clase campesina libre, poseedora de tierras. La burguesía de 1848 traicionó sin dudar a los campesinos, que son sus aliados más naturales, la carne de su carne y sin los que ella es impotente frente a la nobleza”[8].

Esta celebración de las virtudes revolucionarias de la burguesía francesa va a inspirar más tarde (sobre todo en el siglo XX) a toda una visión lineal y mecánica del progreso histórico entre algunas corrientes marxistas. Hablaremos de ello más adelante,

Leyendo estos textos, se tiene a veces la impresión de que Marx exalta a la burguesía revolucionaria de 1789 para estigmatizar mejor a su “miserable” contrapartida alemana de 1848. Esta impresión es confirmada por los textos un poco anteriores a 1848, en los que el papel de la burguesía francesa se presenta mucho menos heroico. Por ejemplo, en La Ideología Alemanaobserva que, en relación con la decisión de los Estados Generales de proclamarse como Asamblea soberana: “La Asamblea Ncional se vio forzada a hacer ese paso hacia adelante. empujada por la masa innumerable que tras de sí”[9].

En un artículo de 1847, afirma en relación con la abolición revolucionaria de los vestigios feudales en 1789-1794: “Timorata y conciliadora como es, la burguesía no llegó hasta esa tarea ni en varios decenios. Por consiguiente, la acción sangrante del pueblo solo le ha preparado los caminos”[10].

Si el análisis marxiano del carácter burgués de revolución es de una notable colegado y claridad, no se puede decir lo mismo de sus intentos de interpretar el jacobinismo, el Terror, 1793. Confrontado al misterio jacobino, Marx duda. Esa duda es visible en las variaciones de un período a otro, de un texto a otro e incluso a veces en el interior de un mismo documento… Todas las hipótesis que avanza no son del mismo interés. Algunas, bastante extremas -y por otra parte mutuamente contradictorias-, son poco conviencentes. Por ejemplo, en un pasaje de La Ideología Alemana, ¡presenta al Terror como la puesta en práctica del “liberalismo enérgico de la burguesía”! Sin embargo, algunas páginas antes, Robespierre y Saint-Just son definidos como los “auténticos representantes de las fuerzas revolucionairas: la masa ‘innumerable’”[11].

Esta última hipótesis se sugiere otra vez en un pasaje del artículo contra Karl Heinzen, de 1847: si, “como en 1794, (…) el proletariado derroca la dominación política de la burguesía”antes que estén dadas las condiciones políticas de su poder, su victoria “solo será pasajera” y servirá, en último término, a la misma revolución burguesa[12]. La formulación es indirecta y la referencia a la Revolución Francesa solo se hace de pasada, a la vista de un debate político actual, pero resulta sin embargo sorprendente que Marx haya podido considerar los acontecimientos de 1794 como una “victoria del proletariado”.

Otras interpretaciones son más pertinentes y pueden ser consideradas como recíprocamente complementarias:

a) El Terror es un momento de autonomía de lo político que entra en conflicto violento con la sociedad burguesa. El “locus classicus” de esta hipótesis es un pasaje de La Cuestión Judía (1844): “Evidentemente en las épocas en las que el Estado político como tal nace violentamente de la sociedad burguesa (…) el Estado puede y debe ir hasta la supresión de la religión (…) pero únicamente como va hasta la supresión de la propiedad privada, al máximo, a la confiscación, al impuesto progresivo, a la supresión de la vida, a la guillotina. (…) La vida política busca ahogar sus condiciones primordiales, la sociedad burguesa y sus elementos para erigirse en vía genética verdadera y absoluta del hombre. Pero ella solo puede alcanzar este fin poniéndose en contradicción violenta con sus propias condiciones de existencia, declarando la revolución en estado permanente; también el drama político se termina necesariamente por la restauración de todos los elementos de la sociedad burguesa”[13].

El jacobinismo parece bajo este ángulo como un vano intento y necesariamente abortado de afrontar la sociedad burguesa a partir del Estado de forma estrictamente política.

b) Los hombres del Terror –”Robespierre, Saint-Just y su partido”- han sido victimas de una ilusión: han confundido la antigua república romana con el Estado representativo moderno. Atrapados en una contradicción insoluble, han querido sacrificar la sociedad burguesa “a una forma antigua de vida política”. Esta idea, desarrollada en La Santa Familia, implica como hipótesis anterior, un período histórico de exasperación y de autonomización de lo político. Conduce a la conclusión, un poco sorprendente, de que Napoleón es el heredero del jacobinismo; ha representado “la última batalla del terrorismo revolucionario contra la sociedad burguesa, proclamada ella también por la revolución, y contra su política”. Es cierto que “no tenía nada de un terrorista exaltado”; sin embargo, “consideraba todavía al Estado como un fin en si y a la sociedad civil únicamente como su tesorero y subalterno, que debía renunciar a toda voluntad propia. Realizó el terrorismo al reemplazar a la revolución permanente por la guerra permanente”[14].

Se reencuentra esta tesis en El Dieciocho Brumario (1852), pero esta vez Marx insiste sobre el engaño de la razón que hace de los jacobinos (y de Bonaparte) los parteros de esa misma sociedad burguesa a la que despreciaban:“Camille Desmoulin, Danton, Robespierre, Saint-Just, Napoleón, los héroes, así como los partidos y la masa cumplieron en la antigua Revolución Francesa el traje romano, y con la fraseología romana, la tarea de su época, a saber la liberación y la instauración de la sociedad burguesa moderna. (…) Una vez establecida la nueva sociedad, desaparecieron los colosos antediluvianos y, con ellos, la resucitada Roma: los Brutus, los Gracchus, los Publicola, los tribunos, los senadores y el mismo César. La sociedad burguesa, en su sobre-realidad, se había creado sus verdaderos interpretes y portavoces en la persona de los Say, los Cousin, los Royer-Collard, los Benjamin Constant y los Guzot”[15].

Robespierre y Napoleón, ¿un mismo combate? La fórmula es discutible. Se encontraba ya bajo la pluma de liberales tales como Madame de Staël que describía a Napoleón como un “Robespierre a caballo”.En Marx, en todo caso, se muestra el rechazo de toda filiación directa entre jacobinismo y socialismo. Sin embargo, se tiene la impresión que ello procede menos de una crítica del jacobinismo (como en Daniel Guérin un siglo más tarde) que de una cierta “idealización” del hombre del Dieciocho Brumario, considerado por Marx- de acuerdo con una tradición de la izquierda renana (por ejemplo Heine)- como el continuador de la Revolución Francesa.

c) El Terror ha sido un método plebeyo de acabar de forma radical con los vestigios feudales y en este sentido ha sido funcional para la llegada de la sociedad burguesa. Esta hipótesis se sugiere en varios escritos, especialmente el artículo sobre “La burguesía y la contrarrevolución” de 1848. Analizando el comportamiento de las capas populares urbanas (“el proletariado y las otras categorías sociales que no pertenecen a la burguesía”), Marx afirma:“Incluso cuando se oponían a la burguesía, como por ejemplo de 1793 a 1794 en Francia, solo luchaban para hacer triunfar los intereses de la burguesía, aunque eso no fuere a su manera. Todo el Terror en Francia no fue otra cosa que un métodoplebeyo de acabar con los enemigos de la burguesía, el absolutismo, el feudalismo y el espíritu pequeño-burgués”[16].

La ventaja evidente de este análisis era la de integrar los acontecimientos de 1793-1794 en la lógica de conjunto de la Revolución Francesa -la llegada de la sociedad burguesa. Utilizando el método dialéctico, Marx muestra que los aspectos “antiburgueses” del Terror solo han servido, en último término, para asegurar mejor el triunfo social y político de la burguesía.

El marxismo y el jacobinismo

Los tres aspectos puestos en evidencia por estas tres líneas interpretativas del jacobinismo –la hipertrofia de lo político en lucha contra la sociedad burguesa, la ilusión de volver a la República antigua y el papel de instrumento plebeyo al servicio de los intereses objetivos de la burguesía- son completamente compatibles y permiten comprender diferentes facetas de la realidad histórica.

Sin embargo nos encontramos perplejos por dos aspectos: por una parte, por la importancia un poco excesiva que atribuye Marx a la ilusión romana como clave explicativa del comportamiento de los Jacobinos. Tanto más que una de las exigencias del materialismo histórico es la de explicar las ideologías y las ilusiones por la posición y los intereses de las clases sociales… Pero, no hay en Marx (o en Engels) un intento, ni siquiera aproximativo, de definir la naturaleza de clase del jacobinismo. No faltan análisis de clases en sus escritos sobre la Revolución Francesa: se examina el papel de la aristocracia, del clero, de la burguesía, de los campesinos, de la plebe urbana e incluso del “proletariado” (concepto un poco anacrónico en la Francia del siglo XVIII). Pero el jacobinismo permanece suspendido en el aire, en el cielo de la política “antigua” -o asociado de forma un poco rápida al conjunto de las clases plebeyas, no burguesas.

Si en las obras sobre la revolución de 1848-1852 Marx no duda en calificar a los herederos modernos de la Montagne como “demócratas pequeño-burgueses”, es muy raro que extienda esa definición social a los Jacobinos de 1793. Uno de los únicos pasajes donde ello se sugiere se encuentra en la circular de marzo de 1850 a la Liga de los Comunistas. “De la misma forma que en la primera Revolución Francesa, los pequeño-burgueses dieron las tierras feudales a los campesinos como libre propiedad, es decir que quisieron (…) favorecer a una clase campesina pequeño-burguesa para que cumpliese el mismo ciclo de pauperización y de endeudamiento en el que está actualmente encerrado el campesino francés”[17].

Pero se trata de nuevo de una observación “de pasada”, en la que los jacobinos no son ni explícitamente designados. Es un hecho curioso, pero hay muy pocos elementos en Marx (o Engels) para un análisis de clase de las contradicciones del jacobinismo –como por ejemplo la de Daniel Guérin, según la cual el partido jacobino era “a la vez pequeño-burgués en la cabeza y popular en la base”[18].

En todo caso, una cosa está clara: a sus ojos, 1793 no era de ninguna forma un paradigma para la futura revolución proletaria. Cualquiera que fuese su admiración por la grandeza histórica y la energía revolucionaria de un Robespierre o de un Saint-Just, el jacobinismo es expresamente rechazado como modelo o fuente de inspiración de la praxis revolucionaria socialista. Ello aparece desde los primeros textos comunistas de 1844, que oponen la emancipación social a los callejones sin salida e ilusiones del voluntarismo político de los hombres del terror.

Pero es en el curso de los años 1848-1852, en los escritos sobre Francia, cuando Marx va a denunciar, con la mayor insistencia, la “superstición tradicional en 1793”, a los “pedantes de la vieja tradición de 1793”, las “ilusiones de los republicanos de la tradición de 1793”, y todos los que “quedan fascinados con el opio de los sentimientos y de las fórmulas patrióticas de 1793”. Razonamientos que le conducen a la célebre conclusión formulada en El Dieciocho Brumario: “La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino únicamente del futuro. No puede comenzar con ella misma antes de haber liquidado completamente toda superstición respecto al pasado”[19].

Esta es una afirmación muy discutible –la Comuna de 1793 ha inspirado a la de 1871 y ésta, a su vez, ha alimentado Octubre de 1917-, pero ella manifiesta la hostilidad de Marx a todo resurgimiento del jacobinismo en el movimiento proletario.

Ello no significa de ninguna forma que Marx no perciba, en el seno de la Revolución Francesa, los personajes, los grupos y los movimientos precursores del socialismo. En un pasaje muy conocido de La Santa Familia, analiza rápidamente a los principales precursores de esta tendencia: “El movimiento revolucionario que empezó en 1789 en el círculo social, que, en medio de su carrera, tuvo como principales representantes a Leclerc y Roux y acabó por sucumbir provisionalmente con la conspiración de Babeuf, había hecho germinar la idea comunista que el amigo de Babeuf, Buonarroti, reintrodujo en Francia después de la revolución de 1830. Esta idea, desarrollada consecuentemente, es la idea del nuevo estado del mundo”[20].

Curiosamente, Marx no parece interesarse más que en la idea comunista, y no presta mucha atención al movimiento social, a la lucha de clases en el interior del Tercer Estado. Por otra parte, no se ocupará más, en sus escritos posteriores, de esos “gérmenes comunistas” de la Revolución Francesa (con excepción de Babeuf) y no intentará nunca estudiar los enfrentamientos de clases entre burgueses y “brazos desnudos” en el curso de la revolución. En el viejo Engels (en 1889), se encuentran algunas referencias rápidas al conflicto entre la Comuna (Hébert, Chaumette) y el Comité de Salud Pública (Robespierre), pero no es cuestión de la corriente “rabiosa” representada por Jacques Roux[21].

Entre esas figuras de precursores, Babeuf es pues el único que parece realmente importante a los ojos de Marx y de Engels, que se refieren a él en varias ocasiones. Por ejemplo, en el artículo contra Heinzen (1847), Marx observa: “La primera aparición de un partido comunista realmente activo se encuentra en el marco de la revolución burguesa, en el momento en el que la monarquía constitucional es suprimida. Los republicanos más consecuentes, en Inglaterra los Niveladores, en Francia Babeuf, Buonarroti, son los primeros en proclamar estas cuestiones sociales. La conspiración de Babeuf, descrita por su amigo y compañero Buonarroti, muestra como estos republicanos han extraído del movimiento de la historia la idea de que eliminando la cuestión social de la monarquía o la república, todavía no se resolvía la menor cuestión social en el sentido del proletariado”.

Por otra parte, la frase, en el Manifiesto Comunista, que describe “los primeros intentos del proletariado para imponer directamente su propio poder de clase -intentos que han tenido lugar “en el período de derrocamiento de la sociedad feudal”- se refiere también a Babeuf [22] (explícitamente mencionado en este contexto). Este interés es comprensible, en la medida en que varias corrientes comunistas en la Francia de antes de 1848 estuvieron más o menos directamente inspiradas por el babuvismo. Pero la cuestión de los movimientos “sans-culottes” (populares) anti-burgueses –y más avanzados que los jacobinos- de los años 1793-1794 fue poco abordada por Marx (o Engels).

¿Una revolución permanente?

¿Se puede decir en estas condiciones que Marx percibió, en la Revolución Francesa, no solo la revolución burguesa sino también una dinámica de revolución permanente, en embrión de revolución “proletaria” que desbordaría el marco estrictamente burgués? Si y no…

Es cierto, como hemos visto más arriba, que Marx utiliza en 1843-1844 el término “revolución permanente” para designar la política del Terror. Daniel Guérin interpreta esta fórmula en el sentido de su propia interpretación de la Revolución Francesa: “Marx empleó la expresión de revolución permanente en relación con la Revolución Francesa. Mostró que el movimiento revolucionario de 1793 intentó (durante un momento) sobrepasar los límites de la revolución burguesa” [23].

Sin embargo, el sentido de la expresión de Marx (en La Cuestión Judía) no es del todo idéntico al que le atribuye Guérin: la “revolución permanente” no designa en ese momento a un movimiento social, semi-proletario, que intenta desarrollar la lucha de clases contra la burguesía -desbordando el poder jacobino-, sino una vana tentativa de la “vida política” (encarnada por los jacobinos) para emanciparse de la sociedad civil/burguesa y suprimir a ésta por la guillotina. La comparación que esboza Marx un año más tarde (La Santa Familia) entre Robespierre y Napoleón, atribuyendo a este último “realizar el Terror reemplazando la revolución permanente por la guerra permanente”, ilustra bien la distancia entre esta fórmula y la idea de un germen de revolución proletaria.

El otro ejemplo que da Guérin en el mismo parágrafo es un artículo de 1849 en el que Engels indica la “revolución permanente” como uno de los rasgos característicos del “glorioso año 1793”. Sin embargo, en ese artículo, Engels cita como ejemplo contemporáneo de esa “revolución permanente” el levantamiento nacional-popular húngaro de 1848 dirigido por Lajos Kossuth, “que era para su nación Danton y Carnot en una sola persona”. Es evidente que para Engels ese término era simplemente sinónimo de movilización revolucionaria del pueblo y no tenía de ninguna forma el sentido de una transcrecimiento socialista de la revolución[24].

Estas observaciones no tienen por objetivo criticar a Daniel Guérin, sino al contrario, a poner de relieve la profunda originalidad de su análisis: no ha desarrollado simplemente las indicaciones ya presentes en Marx y Engels, sino que ha formulado, utilizando el método marxista, una nueva interpretación, que pone en evidencia la dinámica “permanentista” del movimiento revolucionario de los “brazos desnudos” en 1793-1794.

Dicho esto no hay duda que la expresión “revolución permanente” está estrechamente asociada, en Marx (y Engels), a los recuerdos de la Revolución Francesa. Esta ligazón se sitúa a tres niveles:

-El origen inmediato de la fórmula remite probablemente al hecho de que los clubs revolucionarios se declaraban frecuentemente como asamblea “en permanencia”. Esta expresión aparece por otra parte en uno de los libros alemanes sobre la revolución que Marx había leído en 1843-1844[25].

-La expresión implica también la idea de un avance ininterrumpido de la revolución, de la monarquía a la constitucional, de la república girondina a la jacobina, etc.

-En el contexto de los artículos de 1843-1844, sugiere una tendencia de la revolución política (en su forma jacobina) a convertirse en un fin en si y a entrar en conflicto con la sociedad civil/burguesa.

En revancha, la idea de revolución permanente en sentido fuerte -el del marxismo revolucionario del siglo XX- aparece en Marx por primera vez en 1844, en relación con Alemania. En el artículo Contribuciones a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, constata la incapacidad de la burguesía alemana de cumplir su papel revolucionario: en el momento en que se pone en lucha contra la realeza y la nobleza, “el proletariado está ya comprometido en el combate contra el burgués. Apenas la clase media osa concebir, desde su punto de vista, el pensamiento de su emancipación, que ya la evolución de las condiciones sociales y el progreso de la teoría política declaran caducado ese punto de vista, o al menos problemático”.

Se deduce que en Alemania, “eso no es la revolución radical, la emancipación universalmente humana que es (…) un sueño utópico; es más bien la revolución parcial, la revolución puramente política, la revolución que deja subsistir los pilares de la casa”. En otros términos: “En Francia, la emancipación parcial es el fundamento de la emancipación universal. En Alemania, la emancipación universal es la condición sine qua non de toda emancipación parcial”[26].

Es pues en oposición al modelo “puramente político”, “parcial”, de la Revolución Francesa que se esboza, en un lenguaje todavía filosófico la idea de que la revolución socialista deberá, en algunos países, cumplir las tareas históricas de la revolución democrático-burguesa.

Es solo en marzo de 1850, en la circular a la Liga de los Comunistas, que Marx y Engels van a fusionar la expresión francesa con la idea alemana, la fórmula inspirada por la revolución de 1789-1794 con la perspectiva de un transcrecimiento proletario de la revolución democrática (alemana): “Mientras que los pequeño-burgueses democráticos quieren terminar rápidamente la revolución (…) es nuestro interés y nuestro deber de hacer la revolución permanente, hasta que todas las clases más o menos poseedoras hayan sido expulsadas del poder, que el proletariado haya conquistado el poder público en los principales países del mundo y concentrado en sus manos las fuerzas productivas decisivas”[27].

Es en este documento en el que la expresión “revolución permanente gana por primera vez el sentido que tendrá a continuación en el curso del siglo XX (especialmente en Trotski). En su nueva concepción, la fórmula guarda de su origen y del contexto histórico de la Revolución Francesa sobre todo el segundo aspecto citado: la idea de una progresión, de una radicalización y una profundización ininterrumpidas de la revolución. Se reencuentra también el aspecto de la confrontación con la sociedad civil/burguesa, pero contrariamente al aspecto jacobino de 1793 ella ya no es la obra terrorista (necesariamente destinada al fracaso) de la esfera política en tanto que tal -que intenta en vano atacar a la propiedad privada por la guillotina)- sino desde la misma sociedad civil, bajo la forma de revolución social (proletaria).

¿Qué legado?

¿Cuál es pues el legado de la Revolución Francesa para el marxismo del siglo XX? Como hemos visto, Marx pensaba que el proletariado socialista debía desembarazarse del pasado revolucionario del siglo XVIII. La tradición revolucionaria le parece un resultado esencialmente negativo: “La tradición de todas la generaciones muertas pesa como una pesadilla sobre el cerebro de los vivos. E incluso cuando parecen ocupados en transformarse, ellos y las cosas, para crear alguna cosa completamente nueva, es precisamente en estas épocas de crisis revolucionarias que ellos llaman temerosamente a los espíritus del pasado para su rescate, que les prestan sus nombres, sus consignas, sus vestidos. (…) Las revoluciones anteriores tenían necesidad de reminiscencias históricas para disimularse a ellas mismas su propio contenido. La revolución del siglo XIX debe dejar a los muertos enterrar a sus muertos para realizar su propio objeto”[28].

Por supuesto, esta observación se sitúa en un contexto preciso, el de una polémica de Marx contra la “caricatura de Montagnede los años 1848-1852, pero presenta también un objetivo más general. Me parece que Marx tiene a la vez razón y se equivoca…

Tiene razón, en la medida en que los marxistas han querido a menudo inspirarse, en el curso del siglo XX, en el paradigma de la Revolución Francesa, con resultados bastante negativos. Es el caso, en primer lugar, del marxismo ruso, en sus dos grandes ramas:

Plejanov y los mencheviques -que creían que la burguesía democrática rusa iba a desempeñar en la lucha contra el zarismo el mismo papel revolucionario que la burguesía francesa desempeñó (según Marx) en la revolución de 1780. A partir de ese momento, el concepto de “burguesía revolucionariaentró en el vocabulario de los marxistas y se convirtió en un elemento clave en la elaboración de las estrategias políticas -ignorando la advertencia de Marx, en relación con Alemania (pero con indicaciones más generales): las clases burguesas que llegan demasiado tarde (es decir, que se encuentran ya amenazadas por el proletariado) no podrán tener una práctica revolucionaria consecuente.

Por supuesto, gracias al estalinismo el dogma de la burguesía democrático-revolucionaria (o nacional) y la idea de una repetición -en las nuevas condiciones- del paradigma de 1789 han sido componentes esenciales de la ideología del movimiento comunista en los países coloniales, semi-coloniales y dependientes, desde 1926, con nefastas consecuencias para las clases dominadas.

Lenin y los bolcheviques no tenían ilusiones sobre la burguesía liberal rusa, pero adoptaron, sobre todo antes de 1905, el jacobinismo como modelo político. De ahí resultaba una concepción frecuentemente autoritaria del partido, de la revolución y del poder revolucionario… Rosa Luxemburgo y León Trotski van a criticar –especialmente durante los años 1903-1905- ese paradigma jacobino, insistiendo sobre la diferencia esencial entre el espíritu, los métodos, las prácticas y las formas de organización marxistas y las de Robespierre y sus compañeros. Se puede considerar al Estado y la Revolución, de Lenin, como una superación de ese modelo jacobino.

Tratar a Stalin y a sus acólitos de herederos del jacobinismo sería demasiado injusto para los revolucionarios de 1793, y comparar el Terror del Comité de Salud Pública con el del GPU de los años 1930 es una absurdidad histórica evidente. En revancha, se puede observar la presencia de un elemento jacobino en un marxista tan sutil e innovador como Antonio Gramsci. Mientras que, en sus artículos de 1919 para Ordine Nuovo, proclamaba que el partido proletario no debe ser “un partido que se sirve de la masa para intentar una imitación heroica de los jacobinos franceses”,en sus Cuadernos de Prisión de los años 1930 se encuentra una visión bastante autoritaria del partido de vanguardia, presentado explícitamente como el heredero legítimo de la tradición de Maquiavelo y de los jacobinos[29].

A otro nivel me parece sin embargo que Marx se equivocaba al negar todo valor (para el combate socialista) a la tradición revolucionaria de 1789-1794. Su propio pensamiento es un excelente ejemplo de ello: la idea misma de revolución en sus escritos (y en los de Engels), como movimiento insurreccional de las clases dominadas que derroca un Estado opresor y un orden social injusto estuvo en muy amplia medida inspirada por esa tradición… De una forma más general, la gran Revolución Francesa forma parte de la memoria colectiva del pueblo trabajador -en Francia, en Europa y en el mundo entero- y constituye una de las fuentes vitales del pensamiento socialista, en todas sus variantes (comunismo y anarquismo incluidos). Contrariamente a lo que escribió Marx en El Dieciocho Brumario, sin “poesía del pasadono hay sueño de futuro…

En una cierta medida, el legado de la Revolución Francesa permanece, todavía hoy, vivo y actual, activo. Guarda alguna cosa de inacabada… Contiene una promesa todavía no realizada. Es el comienzo de un proceso que todavía no ha terminado. La mejor prueba la constituyen los intentos persistentes e insistentes de poner fin, una vez por todas, oficial y definitivamente, a la Revolución Francesa. Napoleón ha sido el primero en decretar, el Dieciocho Brumario, que la revolución había finalizado. Otros se han entregado, en el curso de los siglos, a este tipo de ejercicios, retomados hoy con un bello aplomo por François Furet. Sin embargo, ¿quién tendría en nuestros días la descabellada idea de declarar “terminada” la revolución inglesa de 1648? ¿O la revolución americana de 1788? ¿O la revolución de 1830? Si se obstinan de tal forma sobre la de 1789-1794 es porque es porque ella continúa manifestando sus efectos en el campo político y en la vida cultural, en el imaginario social y en las luchas ideológicas (en Francia y en otras partes).

¿Cuáles son los aspectos de este legado más dignos de interés? ¿Cuáles son los espíritus del pasado (Marx) que merecen ser evocados doscientos años después? ¿Cuáles son los elementos de la tradición revolucionaria de 1789-1794 que manifiestan más profundamente esa no finalización? Se podrían mencionar al menos cuatro, entre los más importantes:

1. La Revolución Francesa ha sido un momento privilegiado en la constitución del pueblo oprimido -la masa innumerable (Marx) de los explotados- como sujeto histórico, como actor de su propia liberación. En este sentido ella ha sido un paso gigantesco en lo que Ernst Bloch llama la “puesta en pie de la Humanidad” –un proceso histórico que todavía está lejos de finalizar… Por supuesto, se encuentran precedentes en los movimientos anteriores (la Guerra de los Campesinos del siglo XVI, la revolución inglesa del siglo XVII), pero ninguno alcanza la claridad, la fuerza política y moral, la vocación universal y osadía espiritual de la revolución de 1789-1794 -hasta esa época la más colosal (Marx) de todas ellas.

2. En el curso de la Revolución Francesa han aparecido movimientos sociales cuyas aspiraciones sobrepasaban los límites burgueses del proceso iniciado en 1789. Las principales fuerzas de ese movimiento –los brazos desnudos”, las mujeres republicanas, los rabiosos”, los Iguales y sus portavoces (Jacques Roux, Leclerc, etc.) han sido vencidas, aplastadas, guillotinadas. Su memoria -sistemáticamente borrada de la historia oficial- forma parte de la tradición de los oprimidos de la que hablaba Walter Benjamin, la tradición de los antepasados martirizados que alimenta el combate de hoy. Los trabajos de Daniel Guérin y Maurice Dommanget -dos marginales exteriores a la historiografía universitaria- han salvado del olvido a los “brazos desnudos” y los “rabiosos”, mientras que las investigaciones más recientes descubren poco a poco toda la riqueza de la “mitad escondida” del pueblo revolucionario: las mujeres.

3. La Revolución Francesa ha hecho germinar las ideas de un “nuevo estado del mundo”, las ideas comunistas (el “círculo social”, Babeuf, Sylvain Maréchal, François Bossel, etc.) y feministas (Olympe de Gouges, Théroigne de Méricourt). La explosión revolucionaria liberó sueños, imágenes de deseo y exigencias sociales radicales. En este sentido también es portadora de un futuro que permanece abierto e inacabado.

4. Los ideales de la Revolución Francesa -Libertad, Igualdad, Fraternidad, los Derechos del Hombre (especialmente en su versión de 1793), la soberanía del pueblo- contienen un “añadido utópico” (Ernst Bloch) que desborda el uso que ha hecho de los mismos la burguesía. Su realización efectiva exige la abolición del orden burgués. Como señala con fuerza visionaria Ernst Bloch,“libertad, igualdad, fraternidad, forman también parte de los compromisos que no fueron cumplidos, no están todavía resueltos, apagados”. Poseen “esa promesa y ese contenido utópico concreto de una promesa” que no será realizada más que por la revolución socialista y por la sociedad sin clases. En una palabra: “libertad, igualdad, fraternidad -la ortopedia tal como se ha intentado, de la marcha de pies, del orgullo humano- reenvía mucho más allá del horizonte burgués”[30].

Conclusión y moral de la Historia (con una H mayúscula): la Revolución Francesa de 1789-1794 solo ha sido un comienzo. El combate continúa.

Este texto ha sido publicado en la obra colectiva Permanence(s) de la Révolution, París, Éditions la Brèche, 1989. La transcripción y los antetítulos han sido realizados por el sitio Avanti4.be.

https://www.contretemps.eu/marx-revolution-francaise/


[1] K. Marx,”Die Deutsche Ideologie”, 1846, Berlin, Dietz Verlag, 1960, p. 92.

[2] K. Marx, “Die Heilige Familie”, 1845, Berlin, Dietz Verlag, 1953, p. 196.

[3] K. Marx, “La bourgeoisie et la contre-révolution”, 1848, en Marx et Engels,”Sur la Révolution française” (SRF), Messidor, 1985, p. 121. Además de ese compendio, preparado para las Editions Sociales por Claude Mainfroy, existe otro, que contiene únicamente los escritos de Marx (con una amplia introducción de F. Furet) reunidos por Lucien Calviez : “Marx et la Révolution française” (MRF), Flammarion, 1986. Los dos compendios son incompletos. Utilizo tanto el uno como el otro, y a veces el original alemán (especialmene para los textos que no figuran en ninguno de los compendios).

[4] K. Marx, “El Dieciocho Brumario”, citado en SRF, p. 148 ; – Id., “ La Guerrea Civil en Francia” (primero y segundo ensayo de redacción), citado en SRF, p. 187-192.

[5] F. Furet, “Marx et la Révolution française “, Flammarion, 1986, p. 81-84. Cf. p. 83 : ”Pero para afirmar la universalidad abstracta de la libertad, la Revolución ha debido proceder por una escisión entre sociedad civil y Estado, deduciendo, por así decir, lo político de lo social. Eso es su error, su fracaso, al mismo que el de las teorías del contrato, y especialmente de Rousseau.”

[6] K. Marx, “Introduction à la Contribution à la Critique de la Philosophie du Droit de Hegel”, 1944, NRF, p. 152.

[7] K. Marx, “ La bourgeoisie et la contre-révolution “, 1848, dans Marx et Engels, “ Sur la Révolution française” (SRF), Messidor, 1985, p. 123.

[8] K. Marx, “ Projet de Loi sur l’abrogation des charges féodales”, 1848, SRF, p. 107.

[9] K. Marx, “L’Idéologie allemande”, citado en NRF p. 187.

[10] K. Marx, “La critique moralisante et la morale critique (contre Karl Heinzen)”, NRF p. 207.

[11]K. Marx, “L’Idéologie allemande”, cité dans NRF p. 184 et 181.

[12] K. Marx, “La critique moralisante et la morale critique (contre Karl Heinzen”, SRF p. 90.

[13] K. Marx, “La Question Juive“, 1844, Oeuvres Philosophiques, Costes, 1934, p. 180-181. Volveré más abajo sobre el sentido que sería necesario atribuir en este contexto a la expresión “revolución en estado permanente”.

[14] K. Marx, “La Sainte-Famille”, 185, citado en NRF, p. 170-171.

[15] K. Marx, “Le Dix-Huit Brumaire de Louis Bonaparte”, 1852, citado en SRF p. 145-146.

[16] K. Marx, “La bourgeoisie et la contre-révolution”, 1848, en Marx y Engels, “Sur la Révolution française”, (SRF), Messidor, 1985, p. 121. Cf. también el artículo contra Karl Heinzen de 1847 : “Asestando violentos golpes de masa, el Terror no debía servir pues en Francia más que a hacer desaparecer del territorio francés, como por encanto, las ruinas feudales. A la burguesía timorata y conciliadora no le fue suficiente con varios decenios para cumplir esa tarea.” (SRF, p. 90).

[17] K. Marx et F. Engels, “Adresse de l’autorité centrale à la Ligue des Communistes”, marzo de 1850, citado en SRF, p. 137 et 138.

[18] Daniel Guérin, “La lutte de classes sous la Première République”, Gallimard, 1946, p. 12.

[19] Cf. SRF p. 103, 115,118; -NRF, p. 238,247.

[20] Citado en SRF p.62.

[21] Carta de Engels a Karl Kautsky, 20 de febrero de 1889, citado en SRF p. 245-246.

[22] K. Marx, ”La critique moralisante et la morale critique (contre Karl Heinzen)”, citado en SRF p. 91 y el pasaje del “Manifiesto” se encuentra en NRF p. 215.

[23] Daniel Guérin, “La lutte de classes sous la Première République”, Gallimard, 1946, p. 7.

[24] Ibid. Cf. Engels, “Der Magyarische Kampf”, Marx-Engels Werke, Dietz Verlag, Berlín 1961, Tomo 6, p. 166.

[25] Cf. W. Wachsmuth, “Geschichte Frankreichs im Revolutionalter”, Hamburgo, 1842, Vol. 2, p. 341 : “Von den Jakobineren ging die nachricht ein, dass sie in Permanenz erklärt hatten”.

[26] K. Marx, “Contribution à la Critique de la Philosophie du Droit de Hegel”, 1944, citado en NRF, p. 151-153.

[27] K. Marx et F. Engels, “Adresse de l’autorité centrale à la Ligue des Communistes”, marzo de 1850, “Karl Marx devant les jurés de Cologne “, Costes 1939, p. 238.

[28]K. Marx et F. Engels, “Adresse de l’autorité centrale à la Ligue des Communistes”, marzo de 1850, citado en SRF, p. 137 et 138.

[29]A. Gramsci, “Ordine Nuovo”, Einaudi, Turin, 1954, p. 139-140 ; – “Note sul Machiaveli, sul la politica e sul lo stato moderno” , Einaudi, Turin, 1955, p. 6 à 8, 18, 26.

[30] “Ernst Bloch,”Droit naturel et dignité humaine”, Payot, 1976, p. 178-179.

George Novack: La ley del desarrollo desigual y combinado de la sociedad

EL CURSO DESIGUAL DE LA HISTORIA

Este ensayo pretende dar una explicación comprensible y coherente de una de las leyes fundamentales de la historia humana, la ley del desarrollo desigual y combinado. Es la primera vez, en mi opinión, que se intenta hacer esto. Tratare de demostrar que es esta ley, como ha operado en las principales etapas de la historia y también como puede clarificar algunos de los más importantes fenómenos sociales y problemas políticos de nuestra época.

 

LA DOBLE NATURALEZA DE LA LEY

La ley del desarrollo desigual y combinado es una ley científica de la más amplia aplicación en el proceso histórico. Tiene un carácter dual o, mejor dicho, es una fusión de dos leyes íntimamente relacionadas. Su primer aspecto se refiere a las distintas proporciones en el crecimiento de la vida social. El segundo, a la correlación concreta de estos factores desigualmente desarrollados en el proceso histórico.

Los aspectos fundamentales de la ley pueden ser brevemente ejemplificados de la siguiente manera:

El factor más importante del progreso humano es el dominio del hombre sobre las fuerzas de producción. Todo avance histórico se produce por un crecimiento más rápido o más lento de las fuerzas productivas en este o aquel segmento de la sociedad, debido a las diferencias en las condiciones naturales y en las conexiones históricas. Estas disparidades dan un carácter de expansión o compresión a toda una época histórica e imparte distintas proporciones de crecimiento a los diferentes pueblos, a las diferentes ramas de la economía, a las diferentes clases, instituciones sociales y campos de cultura. Esta es la esencia de la ley del desarrollo desigual. Estas variaciones entre los múltiples factores de la historia dan la base para el surgimiento de un fenómeno excepcional, en el cual las características de una etapa mas baja del desarrollo social se mezclan con las de otra superior.

Estas formaciones combinadas tienen un carácter altamente contradictorio y exhiben marcadas peculiaridades. Ellas pueden desviarse mucho de las reglas y efectuar tal oscilación como para producir un salto cualitativo en la evolución social y capacitar a pueblos antiguamente atrasados para superar por un cierto tiempo a los mas avanzados. Esta es la esencia de la ley del desarrollo combinado. Es obvio que estas dos leyes estos dos aspectos de una sola ley, no actúan al mismo nivel. La desigualdad del desarrollo precede cualquier combinación de factores desarrollados desproporcionalmente. La segunda ley crece sobre y depende de la primera. Y a su vez esta actúa sobre aquella y la afecta en su posterior funcionamiento.

 

EL TRASFONDO HISTORICO

El descubrimiento y formulación de esta ley es el resultado de mas de 2.500 años de investigaciones teóricas sobre las formas del desarrollo social. Las primeras observaciones sobre ella fueron hechas por los filósofos e historiadores griegos. Pero la ley misma fue llevada a un primer plano y efectivamente aplicada por primera vez, por los fundadores del materialismo histórico, Marx y Engels, aproximadamente un siglo atrás. Esta ley es una de las más grandes. contribuciones del marxismo para la comprensión científica de la historia y uno de los más poderosos instrumentos de análisis histórico.

Marx y Engels derivaron la esencia de esta ley, a su vez, de la filosofía dialéctica de Hegel. Hegel utilizó la ley en sus obras sobre la historia universal y la historia de la filosofía sin darle no obstante, un nombre especial o un reconocimiento explícito.

De la misma manera, muchos pensadores dialécticos, antes y después de Hegel, usaron esta ley en sus estudios y la aplicaron mas o menos concientemente para la solución de complejos problemas histórico-sociales y políticos. Los mas destacados teóricos del marxismo, desde Kautzky y Luxemburgo hasta Plejanov y Lenin, advirtieron su importancia, observaron su funcionamiento y consecuencias y la usaron para la solución de problemas que confundían a otras escuelas de pensamiento.

 

UN EJEMPLO DE LENIN

Déjenme citar un ejemplo de Lenin, quien basó su análisis de la primera etapa de la revolución rusa en 1917 en esta ley. En sus “Cartas desde Lejos” escribió a sus colaboradores bolcheviques desde Suiza: “El hecho de que la revolución (de febrero) haya ocurrido tan rápidamente… es debido a una coyuntura histórica inusual donde estaban combinados, de una manera “altamente favorable”, movimientos absolutamente distintos, intereses de clases absolutamente diferentes y tendencias políticas y sociales absolutamente opuestas” (Collected Works, Book I, pag. 31).

¿Que había ocurrido? Una sección de la nobleza y terratenientes rusos, la oposición burguesa, los intelectuales radicales, los obreros y soldados insurgentes, junto con los aliados del imperialismo-fuerzas sociales absolutamente disimiles”- se habían unido momentáneamente contra la autocracia zarista. Cada una por sus propias razones. Todas juntas sitiaron, aislaron y voltearon al régimen de Romanov. Esta extraordinaria coyuntura de circunstancias y combinaciones de fuerza irrepetible surgió de la totalidad de desigualdades previas del desarrollo histórico ruso por sus largamente pospuestos y no resueltos problemas sociales y políticos exacerbados por la primera guerra imperialista mundial.

Las diferencias, que habían desaparecido superficialmente en la ofensiva contra el zarismo, se manifestaron inmediatamente y no pasó mucho tiempo antes de que esta alianza de facto, de fuerzas opuestas por naturaleza, se desintegrara y rompiera. Los aliados de la revoluci6n de febrero de 1917 se transformaron en los irreconciliables enemigos de octubre de 1917. ¿C6mo se llegó a esto? La caída del zarismo, en su momento, produjo una nueva y superior desigualdad en la situación, que puede ser sintetizada en la fórmula siguiente: Por un lado, las condiciones objetivas estaban maduras para la toma del poder por los obreros; por el otro, la clase obrera rusa -y sobre todo su dirección-no habían apreciado correctamente la situación real ni probado la nueva relación de fuerzas. O sea que, subjetivamente, no estaban maduros para realizar la tarea suprema. El desarrollo de la lucha de clases, desde febrero a octubre de 1917, se puede decir que consistió en el reconocimiento creciente, por parte de la clase obrera y sus líderes revolucionarios, de lo que debía hacerse y de las condiciones objetivas y la preparación subjetiva. La brecha abierta entre ellos fue cerrada en la acción por el triunfo de los bolcheviques en la revolución de Octubre, que combino la conquista obrera del poder con el más amplio levantamiento campesino.

 

EL FORMULADOR DE LA LEY

Este proceso esta totalmente explicado por Trotsky en su Historia de la Revolución Rusa. La revolución rusa misma fue el ejemplo mas claro del desarrollo desigual y combinado en la historia moderna. En su análisis clásico de este acontecimiento Trotsky dió al movimiento marxista la primera formulación explícita de la ley.

Trotsky, el teórico, es mas celebrado por la formulación de la teoría de la Revolución Permanente. Sin embargo, su exposición de la Ley del desarrollo desigual y combinado podría ser aparejada a aquella en cuanto a su valor. No solo puso nombre a esta ley sino que también fue el primero que la expuso en su pleno significado y le dió una expresión redondeada.

Estas dos contribuciones a la comprensión científica de los movimientos sociales están, de hecho, íntimamente ligadas. La concepción de Trotsky de la Revolución Permanente resultó de su estudio de las peculiaridades del desarrollo histórico ruso, a la luz de los nuevos problemas que se le presentaban al socialismo mundial en la época del imperialismo. Estos problemas eran particularmente agudos y complejos en piases atrasados donde la revolución democrático-burguesa no se había dado, y planteaban la solución de sus tareas más elementales en un momento en que estaba planteada la revolución proletaria. Los frutos de sus ideas sobre esta cuestión, confirmados por el desarrollo actual de la Revolución Rusa, prepararon y estimularon su subsecuente elaboración de la ley del desarrollo desigual y combinado.

Por cierto, la teoría de Trotsky de la Revolución Permanente es la aplicación más fructífera de esta verdadera ley a los problemas claves de la lucha de clases internacional de nuestro tiempo-época de transición de la dominación capitalista al mundo socialista-y ofrece el mas alto ejemplo de su penetrante poder. Sin embargo, la ley misma no sólo es aplicable a los acontecimientos revolucionarios de la época presente sino, como veremos, para toda la evolución social. Tiene también aplicaciones más amplias.

 

DESARROLLO DESIGUAL EN LA NATURALEZA

Dejando de lado el trasfondo histórico del cual ha surgido la ley del desarrollo desigual y combinado, vayamos ahora a la consideración del alcance de su aplicación.

Aunque directamente originada en el estudio de la historia moderna, la ley del desarrollo desigual y combinado tiene raíces en acontecimientos comunes a todos los procesos de crecimiento en la naturaleza como así también en la sociedad. Los investigadores científicos han puesto énfasis en la prevalencia de las desigualdades dominantes en muchos campos. Todos los elementos constituyentes de una cosa, todos los aspectos de un acontecimiento, todos los factores de un proceso en desarrollo no se realizan en la misma proporción o en igual grado. Mas aun, bajo diferentes condiciones materiales, las mismas cosas exhiben diferentes proporciones y grados de crecimiento. Cualquier campesino o jardinero urbano conoce esto.

En “Life of the Past”, G. G/ Simpson, una de las autoridades más notables en materia de evolución, desarrolla este mismo punto, diciendo:

“Lo más importante con respecto a las proporciones de evolución es que varían enormemente y que las mas rápidas de ellas parecen al mismo tiempo las más lentas para los seres humanos (incluyendo a los paleontólogos, podría decir). Si seguimos una línea de filogenia en su registro fósil, es casi seguro que encontraremos que distintos caracteres y partes evolucionan en proporciones bastante diferentes, y en general que ninguna parte evoluciona por un largo tiempo en la misma proporción. El cerebro del caballo evoluciona rápidamente mientras el resto del cuerpo cambia muy poco. La evolución del cerebro es mucho más rápida durante un espacio de tiempo relativamente corto, que en ningún otro momento. La evolución del pie queda prácticamente estacionada durante toda la evolución del caballo pero en tres oportunidades sufre relativamente rápidos cambios en su mecanismo.

“Las proporciones de evolución varían aun mucho de una familia a otra, e igualmente entre familias ligadas. Hay un numero de animales que viven actualmente, que han cambiado muy poco en largos periodos de tiempo: un pequeño branquiopodo llamado Lingula, en alrededor de 400 millones de años; el Limidus, el “cangrejo” herradura-mas bien un escorpión que un cangrejo-, en 175 millones de años o más; el Esphenodon-un reptil parecido a una lagartija-ahora confinado a Nueva Zelandia, en alrededor de 15 millones de años; el Didelphis -una zarigüeya americana en alrededor de 75 millones de años. Estos y otros animales, para los cuales la evolución se detuvo mucho tiempo atrás, han tenido que evolucionar todos a una proporción común relativamente rápida.

“Hay, por otra parte, diferencias características de proporciones en los distintos grupos. La mayor parte de los animales terrestres ha evolucionado más rápido que la mayor parte de los acuáticos -esta generalización no contradice el hecho de que algunos animales acuáticos hayan evolucionado más rápido que algunos terrestres” (p. p. 137-138). La evolución de un orden entero de organismos ha pasado, durante un ciclo marcado, por una fase inicial de crecimiento lento, restringido, seguido por un periodo mas corto pero intenso de “expansión explosiva”, la que vuelve a caer en una prolongada fase de cambios menores.

En “El significado de la Evolución” (p. p. 72-73), G. G. Simpson señala: “El tiempo de expansión rápida, alta variabilidad y comienzo de radiación adaptativa…… son periodos que alargan las oportunidades que se presentan a los grupos capaces de continuarla”. Tal oportunidad para una expansión explosiva se abrió a los reptiles cuando evolucionaron, al punto de independizarse del agua como medio de vida y entrar en la tierra, en la árida vida de los vertebrados. Cuando un “periodo más tranquilo siguiente a la radicación ha sido completado”, el grupo puede entrar indulgentemente en el “goce progresivo de la conquista lograda”.

La evolución de nuestra propia especie ha llegado, a través de la primera fase de tal ciclo, a entrar en la segunda. Los antecesores animales inmediatos del genero humano pasaron por un prolongado periodo de crecimiento restringido, como lo demuestra su pequeño cerebro comparado a otros. El género humano arribo a su fase de “expansión explosiva” solo en el último millón de años aproximadamente, después de que el primate de que descendemos adquirió los necesarios poderes sociales. Sin embargo, el posterior desarrollo del género humano no duplicó su ciclo de evolución animal, porque el crecimiento de la sociedad procede de una base cualitativamente diferente y es gobernado por sus leyes específicas.

La evolución de los distintos organismos humanos esta marcada por una considerable irregularidad. El cráneo desarrolló sus presentes características entre nuestros antecesores monos, mucho antes que nuestras manos flexibles con el pulgar opuesto. Solamente después que nuestros prototipos hubieran adquirido la postura erecta y las manos para trabajar, el cerebro dentro del cráneo desarrollo sus presentes proporciones y complejidades.

Lo que es válido para órdenes enteros, y especies de animales y plantas también lo es para especímenes individuales. Si la igualdad prevaleciera en el crecimiento biológico, cada órgano del cuerpo podría desarrollarse simultáneamente y en el mismo grado de proporciones, pero tan perfecta simetría no se encuentra en la vida real. En el crecimiento del feto humano, algunos órganos emergen y maduran antes que otros. La cabeza y el cuello se forman antes que los brazos y piernas, el corazón en la tercera semana y los pulmones después. La culminación de todas estas irregularidades se manifiesta en los recién nacidos, que salen de la matriz en diferentes condiciones, con deformaciones y en distintos intervalos entre la concepción y el nacimiento. El periodo de nueve meses de gestación no es mas que un promedio estadístico. La fecha de nacimiento puede divergir por días, semanas o meses de este promedio. El sinus frontal, un desarrollo tardío que solo poseen los primates y los hombres, no se da en los jóvenes humanos, sino después de la pubertad y, en mucho casos, nunca se produce este desarrollo.

 

LA EVOLUCION DESIGUAL DE LAS SOCIEDADES PRIMITIVAS

El desarrollo de la organización social y de las estructuras sociales particulares exhibe desigualdades no menos pronunciadas que la historia biológica de los antecesores de la raza humana. Los diversos elementos de la existencia social han aparecido en tiempos diferentes, evolucionado en proporciones enormemente distintas y desarrollado en grados diferentes bajo distintas condiciones. Los arqueólogos dividen la historia humana en edad de Piedra, de Bronce e Hierro, teniendo en cuenta los principales materiales usados en la fabricación de herramientas y armas. Estas tres etapas del desarrollo tecnológico han tenido inmensas diferencias temporales de vida. La edad de Piedra tuvo alrededor de 900 mil años; la edad de Bronce de 3.000 a 4.000 años a. C; la edad de Hierro tiene menos de 4.000 años. Sin embargo, los distintos grupos del género humano han atravesado estas etapas en diversas fechas, en distintas partes del mundo. La edad de Piedra finalizó 3.500 años a. C., en la Mesopotamia, alrededor de 1.600 años a. C., en Dinamarca, en 1942 en América y no había terminando todavía en 1.800 en Nueva Zelandia.

Una desigualdad parecida se puede señalar en la organización social. El salvajismo, basado en la recolección de alimentos; hierbas, caza y pesca, se extiende alrededor de muchos centenares de miles de años, mientras que el barbarismo, fundado en la crianza de animales y el cultivo y cosechas de cereales, data de 8.000 años a. C. La civilización tiene menos de 6.000 años de vida.

La producción regular, amplia y creciente de alimentos produjo un avance revolucionario en el desarrollo económico, y elevo la producción alimenticia de los pueblos muy por encima de la de las tribus atrasadas, que continuaban subsistiendo en base a la recolección de alimentos. Asia fue el lugar de nacimiento de la domesticación de animales y la horticultura. Es incierto cual de estas ramas de la producción se desarrollo antes, pero los arqueólogos han descubierto remanentes de comunidades campesinas mixtas, que llevaban ambos tipos de producción de alimentos, tan tempranamente como 8.000 años a. C.

Existen tribus puramente pastoras que dependen exclusivamente del stock de animales para su existencia, como también pueblos completamente agrícolas, cuya economía esta basada sobre el cultivo de cereales o tubérculos.

La cultura de estos grupos especializados tiene un desarrollo unilateral por virtud de su tipo particular de producción de los medios básicos de vida. El modo de subsistencia puramente pastoral no tiene, sin embargo, las potencialidades inherentes al desarrollo de la agricultura. Las tribus pastoras no pueden incorporar a su economía los tipos más altos de producción de alimentos en ninguna escala sin dejar de lado y cambiar enteramente sus modos de vida. Esto se cumple especialmente después de la introducción del arado, que supera las técnicas de quemar y cavar de la horticultura. No podían desarrollar una división extensa del trabajo ni avanzar desde la aldea a la vida de la ciudad en tanto continuaran como simples cuidadores de su stock de ganado

La superioridad inherente a la agricultura sobre la cría de ganado fue demostrada por el hecho de que las poblaciones densas y las más avanzadas civilizaciones, como la azteca, inca y maya lo han probado, se desarrollaron sobre la base de la agricultura.

Los agricultores han podido incorporar fácilmente animales domesticados a su modo de producción mezclando o combinando el cultivo del alimento con el pastoreo de animales como también transfiriendo animales de tiro a la tecnología de la agricultura, con la invención del arado.

Fue la combinación de la ganadería con el cultivo de cereales en chacras mixtas lo que ayudó, dentro de la sociedad bárbara, a pueblos agrícolas a superar a las tribus meramente pastoras, y a transformarse, en las condiciones favorables de los valles de los ríos de la Mesopotamia, Egipto, India y China, en las niñeras de la civilización.

Desde el advenimiento de los pueblos civilizados han existido tres diferentes niveles esenciales de progreso, que corresponden a sus modos de asegurarse las necesidades vitales: la recolección de alimentos, la producción elemental de alimentos y la producción mixta con un alto desarrollo de la división del trabajo y un creciente cambio de mercaderías.

Los griegos de la época clásica eran altamente conscientes de esta disparidad del desarrollo entre ellos mismos y los pueblos que aun se mantenían en una etapa mas atrasada del desarrollo social. Señalaron esta diferencia haciendo una distinción tajante entre griegos civilizados y bárbaros. La conexión y distancia histórica entre ellos fue explícitamente señalada por el historiador Tucídides cuando dijo: “Los griegos vivían anteriormente como los bárbaros viven ahora”.

 

EL NUEVO Y EL VIEJO MUNDO

La desigualdad del desarrollo histórico mundial raras veces ha sido más notable que cuando los habitantes aborígenes de América se enfrentaron por primera vez con los invasores blancos que venían de Europa. Se encontraron allí dos rutas de evolución social completamente separadas, productos de diez a veinte mil años de desarrollo independiente en dos Hemisferios. Ambas se vieron obligadas a comparar sus proporciones de crecimiento y medir sus respectivos logros totales. Esta fue una de las más tajantes confrontaciones de diferentes culturas en toda la Historia.

En este momento la Edad de Piedra choc6 con los finales de la Edad del Hierro y el comienzo del Maquinismo. En la caza y en la guerra, el arco y la flecha tuvieron que competir con el mosquete y el cañón; en la agricultura, la azada y el bastón, con el arado y los animales de tiro; en el transporte acuático, la canoa con el buque; en la locomoción terrestre, las piernas humanas con el caballo y el pie descalzo con la rueda. En la organización social, el colectivismo tribal contra las instituciones y costumbres feudal burguesas; la producción para la consumisión inmediata de la comunidad contra una economía monetaria y el comercio internacional.

Podrían multiplicarse estos contrastes entre los indios americanos y los europeos occidentales. Sin embargo, la desigualdad de los productos humanos de tan amplias etapas separadas de desarrollo económico fue, aparentemente, demasiado violenta. Surgieron grandes antagonismos; trataron de apartarse cada uno del otro, y así como al principio los jefes aztecas identificaron a los recién llegados blancos con dioses, los europeos, recíprocamente, miraron y trataron a los nativos como a animales.

La desigualdad en productividad y poder destructivo en Norteamérica no fue superada, como sabemos, por la adopción por los indios de los métodos de los blancos y su asimilación gradual y pacífica a la sociedad de clases. Por el contrario, en los cuatro siglos siguientes se llegó a la desposesión y aniquilación de las tribus indias.

 

EL RETRASO DE LA VIDA COLONIAL

Si los colonizadores blancos desarrollaron su superioridad material sobre los pueblos nativos ellos mismos estaban atrasados en relación a su madre patria.

El retraso general del continente norteamericano y sus colonias, comparado con el occidente europeos predetermino las principales líneas de su desarrollo desde el comienzo del siglo XV hasta mediados del siglo XIX. En este periodo, la tarea central de los americanos fue alcanzar a Europa y superar la disparidad en el desarrollo social de los dos continentes. Cómo y por quiénes fue hecho esto es el principal tema de la Historia Norteamericana a través de estos tres siglos y medio.

Ello requirió, entre otras cosas, dos revoluciones para completar la tarea. La revolución colonial, que corono la primera etapa de progreso que dió al pueblo americano instituciones políticas más avanzadas que las de cualquier otro lugar del viejo mundo y allano el camino para la rápida expansión económica. De todos modos, después de haber ganado la independencia nacional, los EE.UU., todavía tuvieron que conquistar la independencia económica dentro del mundo capitalista. La diferencia económica entre este país y las naciones del occidente de Europa fue limitada en la primera mitad del siglo XIX y virtualmente cerrada por el triunfo del capitalismo industrial del Norte sobre los poderes esclavistas en la guerra civil. No fue necesario mucho tiempo para que los Estados Unidos superaran a la Europa occidental.

 

LA DESIGUALDAD DE LOS CONTINENTES Y PAISES

Estos cambios en la posición de Estados Unidos ilustran la desigualdad del desarrollo entre los centros metropolitanos y las colonias, entre los diferentes continentes y entre los países de un mismo continente.

Una comparación entre los diversos modos de producción en los distintos países demostraría mas abruptamente sus desigualdades. La esclavitud había virtualmente terminado como modo de producción en los países de Europa antes que fuera introducida en América, en virtud de las necesidades de los mismos europeos. La servidumbre había desaparecido en Inglaterra antes que surgiera en Rusia y se hubieran hecho intentos de implantarla en las colonias norteamericanas después que había sido barrida en la madre patria. En Bolivia, el feudalismo floreció bajo los conquistadores españoles y languideció la esclavitud, mientras en Estados Unidos esta surgió cuando el feudalismo era frenado.

El capitalismo estaba altamente desarrollado en el occidente de Europa, en tanto que en el Este era implantado sólo superficialmente. Una disparidad similar en el desarrollo capitalista prevaleció entre los Estados Unidos y México.

La desigualdad es la “ley mas general del proceso histórico” (Historia de la Revolución Rusa p. 5). Estas desigualdades son la expresión especifica de la naturaleza contradictoria del progreso social y de la dialéctica del desarrollo humano.

 

DESIGUALDADES INTERNAS

La desigualdad del desarrollo entre los continentes y países es acompañada por un semejante crecimiento desigual de los distintos elementos dentro de cada grupo social u organismo nacional.

En una obra sobre la clase obrera norteamericana, escrita por Karl Kautzki a principios de siglo, el marxista alemán señalaba algunos de los contrastes marcados en el desarrollo social de Rusia y de los Estados Unidos en ese tiempo. “Dos estados existen”-escribió-“diametralmente opuesto el uno al otro. Cada uno de ellos contiene un elemento extraordinariamente desarrollado en comparación con su standard capitalista. En un estado-Norteamérica-es la clase capitalista. En Rusia es el proletariado. En ningún otro país como en Norteamérica se puede hablar con tanta propiedad de la dictadura del capital, mientras el proletariado en ninguno ha adquirido tanta importancia como en Rusia”. Esta diferencia en el desarrollo, que Kautzki describe en su comienzo, se acentuó enormemente en sus etapas ulteriores. Trotsky hizo un análisis extraordinario del significado de tales desigualdades para explicar el curso de una historia nacional, en el primer capítulo de su Historia de la Revolución Rusa, sobre “las peculiaridades del desarrollo ruso”. La Rusia zarista contenía fuerzas sociales que pertenecían a tres diferentes etapas del desarrollo histórico. En las alturas, estaban los elementos feudales: una monstruosa autocracia asiática, un clero estatal, una burocracia servil, una nobleza territorial favorecida. Mas abajo había una débil, impopular burguesía, y una intelectualidad cobarde. Estos fenómenos opuestos estaban orgánicamente interrelacionados. Constituían distintos aspectos de un proceso social unificado. Las condiciones históricas que fortificaron y preservaron el predominio de las fuerzas feudales -la lentitud del desarrollo ruso, su economía atrasada, el primitivismo de sus formas sociales y su bajo nivel de cultura-habían frenado el crecimiento de las fuerzas sociales y acentuado su debilidad social y política.

Este fue un aspecto de la situación. Por el otro lado, el extremo retraso de la historia rusa había dejado los problemas agrarios y nacionales sin resolver, provocando descontento, hambre de tierra en el campesinado y ansias de libertad en las nacionalidades oprimidas. Mientras tanto aparecía la industria capitalista, dando nacimiento a empresas altamente concentradas, bajo la dominación del capital financiero extranjero, y a un no menos concentrado proletariado, armado con las últimas ideas, organizaciones y métodos de lucha. Esta violenta desigualdad en la estructura social de la Rusia zarista proveyó la base para los acontecimientos revolucionarios que estallaron cuando la caída de la decadente estructura medieval en 1917, y concluyo en unos pocos meses poniendo al proletariado y al partido bolchevique en el poder. Solamente analizando y comprendiendo esto, es posible captar por que la revolución Rusa se dió de esta manera.

 

IRREGULARIDADES EN LA SOCIEDAD

Las pronunciadas irregularidades que se han producido en la historia han inducido a algunos pensadores a negar que haya o pueda haber alguna causalidad o ley en el desarrollo social. La escuela mas conocida de los antropólogos norteamericanos, encabezada por el desaparecido Franz Boas, explícitamente niega que pueda haber alguna secuencia determinada de etapas que puedan descubrirse en la evolución social, o que las expresiones culturales estén ligadas a la tecnología o economía. De acuerdo a R. H. Lowitt, el expositor mas conocido de este punto de vista, los fenómenos culturales presentan meramente el carácter de “un caos sin plan”, una “jungla caótica”. La “jungla caótica” esta en la cabeza de este anti-materialista y antievolucionista, no en la historia o en la constitución de la sociedad.

Es posible que los pueblos que viven bajo las condiciones de la edad de Piedra en el siglo XX posean una radio-resultado del desarrollo combinado-. Pero es categóricamente imposible encontrar tal producto de la electrónica contemporánea enterrado con los remanentes humanos de la edad de Piedra depositados muchísimos años atrás.

No se necesita mucha penetración para ver que un recolector de alimentos, de hierbas, cazador, pescador o cazador de pájaros existieron mucho antes que la producción de alimentos en forma de horticultura o ganadería. O que las herramientas de piedra precedieron a las de metal; que la palabra precedió a la escritura; que las cavernas existieron antes que las aldeas; que el trueque de bienes precedió a la moneda. A una escala histórica general estas secuencias, son absolutamente inviolables.

Las principales características de la estructura social simple de los salvajes están determinadas por sus primitivos métodos de producir los medios de vida, que dependen a su vez del bajo nivel de sus fuerzas productivas.

Se estima que los pueblos recolectores de alimentos requieren un promedio de 40 millas cuadradas per capita para mantenerse. No pueden ni producir, ni mantener grandes concentraciones de población sobre tales fundamentos económicos. Generalmente agrupan un numero de personas menor de 40 y raras veces exceden de 100. La ineludible pequeñez de su producción de alimentos y la dispersión de su fuerza limitan estrictamente su desarrollo.

 

DEL BARBARISMO A LA CIVILIZACION

¿Qué se puede decir con respecto a la próxima etapa del desarrollo social, el barbarismo? El notable arqueólogo V. Gordon Childe ha publicado recientemente, en un libro llamado Evolución Social, un informe de los “sucesivos pasos a través de los cuales las culturas barbaras entran en la vía de la civilización, en contraste con su ambiente natural”. Childe reconoce que el punto de partida en la esfera económica fue idéntico en todos los casos, “en la medida en que las primeras culturas barbaras examinadas estaban basadas en el cultivo de los mismos cereales, y el pastoreo de las mismas especies de animales” Es decir, el barbarismo esta separado de las formas salvajes de vida por la adquisición y aplicación de mas altas técnicas productivas para la agricultura y la ganadería.

La llegada al resultado final-la civilizaci6n -exhibe diferencias concretas en cada caso, “sin embrago, en todos lados, ello significa el agregado de grandes poblaciones en las ciudades, como la diferenciación entre la producción primaria (pescadores, cultivadores, etc.) de artesanos especializados full-time, mercaderes, burócratas, curas y gobernantes; una efectiva concentración del poder político y económico, el uso de símbolos convencionales para recordar y transmitir informaciones (escritura) e igualmente standards convencionales de pesos y medidas, y de medidas de tiempo y espacio que llevan a un tipo de ciencia matemática y calendario”.

Al mismo tiempo, Childe señala que “los pasos que integran este desarrollo no presentan igualmente, un paralelismo abstracto” La economía rural de Egipto, por ejemplo, tiene un desarrollo diferente del de Europa templada. En la agricultura del viejo mundo la azada fue reemplazada por el arado, herramienta que no fue conocida por los mayas.

La conclusión general que Childe saca de estos hechos es que “el desarrollo de la economía rural barbara de las regiones estudiadas no presenta paralelismos sino convergencias y divergencias” (p. 162). Pero esto no es suficiente. Considerados en su totalidad y en su interrelación histórica, la mayoría de los pueblos que entran en el barbarismo surgen de las mismas actividades económicas esenciales, el cultivo de cereales y la ganadería. Han logrado un desarrollo diversificado de acuerdo a los diferentes habitats naturales y circunstancias históricas y prueban, al atravesar el camino hacia la civilización, que no fueron detenidos en la ruta u obliterados, y arribaron por fin al mismo destino: la civilización.

 

LA MARCHA DE LA CIVILIZACION

¿Qué ocurrió con la evolución de la civilización? ¿Es un “caos sin plan”? Cuando analizamos la marcha del género humano a través de la civilización, vemos que sus segmentos avanzados pasaron sucesivamente a través de la esclavitud, feudalismo y capitalismo y ahora están en camino hacia el socialismo. Esto no significa que cada sector de la humanidad haya pasado por esta invariable secuencia de etapas históricas, de la manera que cada uno de los bárbaros pasó a través de la misma secuencia de etapas. Pero su verdadero logro capacita a quienes llegan mas tarde a combinar o comprimir etapas históricas enteras.

El real curso de la historia, el pasaje de un sistema social a otro, de un nivel de organización a otra, es mucho más complicado, heterogéneo y contradictorio que el que se puede dar en un esquema histórico general. El esquema histórico universal de las estructuras sociales -salvajismo, barbarismo, civilización-con sus respectivas etapas, es una abstracción. Es una abstracción indispensable y racional que corresponde a las realidades esenciales del desarrollo y sirve como guía para la investigación, pero no puede sustituir directamente el análisis de ningún segmento concreto de la sociedad.

Una línea recta puede ser la distancia mas corta entre dos puntos, pero la humanidad ha dejado de lado frecuentemente este adagio y ha seguido a menudo aquel que dice que “el camino más largo es el mas corto a casa”.

En la historia se mezclan ambas: regularidades e irregularidades. La regularidad es fundamentalmente determinada por el carácter y desarrollo de las fuerzas productivas y el modo de producir los medios de vida. Sin embargo, este determinismo básico no se manifiesta en el actual desarrollo de la sociedad de una manera simple, directa y uniforme, sino por medios extremadamente complejos, desviados y heterogéneos.

 

LA EVOLUCION DESIGUAL DEL CAPITALISMO

Esto esta ejemplificado con mayor énfasis en la evolución del capitalismo y sus partes componentes. El capitalismo es un sistema económico mundial. En los últimos cinco siglos se desarrollo de país a país, de continente a continente, y pasó a través de las sucesivas fases del capitalismo comercial, industrial, financiero y el capitalismo estatal monopolista. Cada país, aunque atrasado, ha sido llevado a la estructura de las relaciones capitalistas y se ha visto sujeto a sus leyes de funcionamiento.

Mientras cada nación ha entrado en la divisi6n internacional del trabajo sobre la base del mercado mundial capitalista, cada una ha participado en una forma peculiar y en un grado diferente en la expresión y expansión del capitalismo, y jugó diferente rol en las distintas etapas de su desarrollo.

El capitalismo surgió con mucha mayor fuerza en Europa y Norteamérica que en Asia y Africa. Estos fueron fenómenos interdependientes, lados opuestos de un solo proceso. El bajo desarrollo capitalista en las colonias fue un producto y una condición del super desarrollo de las áreas metropolitanas, que se realizó a expensas de las primeras.

La participación de varias naciones en el desarrollo del capitalismo ha sido no menos irregular. Holanda e Inglaterra tomaron la dirección en el establecimiento de las formas y fuerzas capitalistas en el siglo XVI y XVII, mientras Norteamérica estaba aun en gran medida en posesión de los indios. Sin embargo, en la fase final del capitalismo, en el siglo XX, los Estados Unidos superaron ampliamente a Inglaterra y Holanda. A medida que el capitalismo iba captando dentro de su órbita a un país tras otro, aumentaban las diferencias mutuas. Esta creciente interdependencia no significa que siguen idénticas pautas o poseen las mismas características. Cuando más se estrechan sus relaciones económicas surgen profundas diferencias que los separan. Su desarrollo nacional no se realiza, en muchos aspectos a través de líneas paralelas, sino a través de líneas de ángulos, algunas veces divergentes como ángulos rectos. Adquieren trazos no idénticos, sino complementarios.

 

A IGUALES CAUSAS DIFERENTES EFECTOS

La regla que dice que las mismas causas producen los mismos efectos no es incondicional y general. La ley es sólo valida cuando la historia produce las mismas condiciones, pero generalmente hay diferencias para cada país y constante cambio e intercambio entre ellos. Las mismas causas básicas pueden conducir a muy diferentes y aun opuestos resultados.

Por ejemplo, en la primera mitad del siglo XIX, Inglaterra y EE. UU. eran ambos gobernados por las mismas leyes del capitalismo industrial. Pero estas leyes operaban bajo diferentes condiciones en los dos países y produjeron muy diferentes resultados en el campo de la agricultura. Las enormes demandas de la industria británica de algodón y alimento barato estimularon poderosamente la agricultura norteamericana, al tiempo que los mismos factores económicos estrangularon a los campesinos de Inglaterra. La expansión de la agricultura en un país y su contracción en el otro fueron consecuencias opuestas pero interdependientes de las mismas causas económicas.

Pasando del proceso económico al intelectual, el marxista ruso Plejanov señalaba, en su notable trabajo “En defensa del materialismo” (p. 126), como el desarrollo desigual de los diversos elementos que componen una estructura nacional permite al mismo conjunto de ideas producir muy diferente impacto social sobre la vida filosófica. Hablando del desarrollo ideológico en el siglo XVIII, Plejanov señalaba: “El mismo conjunto de ideas llevo al ateísmo militante de los materialistas franceses, al indiferentismo religioso de Hume, y a la religión “práctica” de Kant. La razón fue que la cuestión religiosa en Inglaterra, en ese tiempo, no jugaba el mismo rol que en Francia, ni en Francia que en Alemania. Y esta diferencia en el significado de la cuestión religiosa tenia sus raíces en la distinta relación en que estaban las fuerzas sociales en cada uno de esos países. Similares en su naturaleza, pero disimiles en su grado de desarrollo, los elementos de la sociedad se combinaban de modo diferente en los distintos países europeos y conducían a hacer de cada uno de ellos un muy particular estado de conciencia que se expresaba en la literatura nacional, la filosofía, el arte, etc. Como consecuencia de esto, una misma cuestión puede excitar a los franceses a la pasión y dejar fríos a los británicos. Un mismo argumento puede ser considerado con respeto por un alemán progresivo, mientras un francés progresivo lo verá con un odio amargo”.

 

PECULIARIDADES NACIONALES

Desearía cerrar este examen del procese de desarrollo desigual con una discusión del problema de las peculiaridades nacionales. Los marxistas son a menudo acusados por sus enemigos de negar, ignorar o subestimar las peculiaridades nacionales en favor de las leyes históricas universales. No es verdad. No es correcta esta crítica. Aunque algunos marxistas individualmente puedan ser acusados de tales errores.

El marxismo no niega la existencia y la importancia de las peculiaridades nacionales. Sería teóricamente estúpido y prácticamente sin valor si lo hicieran, desde que las diferencias nacionales pueden ser decisivas para dar la política del movimiento obrero, de una lucha nacional o de un partido revolucionario, durante un cierto período en un país dado. Por ejemplo, la mayor parte de los activistas obreros en Gran Bretaña siguen al partido laborista. Este monopolio es una peculiaridad primaria de Gran Bretaña y del desarrollo político de sus trabajadores. Los marxistas que no tomen en cuenta este factor como la clave de su. orientación organizativa violarán el espíritu de su método. Hay otro remoto ejemplo: en la mayor parte de los países coloniales hoy día las razas de color están luchando contra el imperialismo por la independencia nacional de la opresión de las naciones blancas. En los Estados Unidos, por el contrario, la lucha de los negros contra su carácter de ciudadanos de segunda clase se caracteriza por no ser un movimiento hacia la separación sino por la demanda de la integración incondicional en la vida americana sobre bases iguales. Sin tener en cuenta este carácter especifico es imposible comprender las principales tendencias de la lucha de los negros americanos en la presente etapa. Lejos de desechar las diferencias nacionales el marxismo es el único método histórico, la única teoría sociológica que las explica adecuadamente, demostrando cuales son sus raíces en las condiciones materiales de vida y considerando sus orígenes históricos, desarrollo, desintegración y desaparición. Las escuelas burguesas de pensamiento miran las particularidades nacionales con un criterio distinto, como accidentes inexplicables, como producto de la voluntad divina o características fijas y finales de un pueblo particular. El marxismo las ve como un producto histórico que surge de combinaciones concretas de fuerzas y condiciones internacionales.

Este procedimiento de combinar lo general con lo particular, y lo abstracto con lo concreto concuerda no solamente con las exigencias de la ciencia sino con nuestros hábitos diarios de juicio. Cada individuo tiene una distinta expresión facial, lo que nos permite reconocerlo y separarlo de los otros. Al mismo tiempo, comprendemos que este individuo tiene el mismo género de ojos, oídos, boca, frente y otros órganos que el resto de la raza humana. De hecho, la fisonomía particular que produce su expresión distinta es solo la manifestación fundamental de un específico complejo de estas estructuras y características humanas comunes. Así ocurre con la vida y la fisonomía de una nación dada.

Cada nación tiene sus propios rasgos distintivos. Pero estas peculiaridades surgen como consecuencia de la modificación de leyes generales por el material específico y las condiciones históricas. Son, en ultima instancia, la cristalización individual de un proceso universal.

Trotski concluyó que las peculiaridades nacionales son el producto más general del desarrollo desigual histórico, su resultado final.

 

LOS LIMITES DE LAS PECULIARIDADES NACIONALES

Sin embargo, por profundamente asentadas que estén estas peculiaridades en la estructura social y por poderosa que sea su influencia sobre la vida nacional, ellas son limitadas. En primer lugar, son limitadas en la acción. No reemplazan el proceso superior de la economía y política mundial ni pueden abolir el funcionamiento de sus leyes.

Consideremos, por ejemplo, las diferentes consecuencias políticas de la crisis mundial de 1929, en EE.UU. y Alemania, debidas a su diferente trasfondo histórico, especifica estructura social y evolución política nacional. En un caso, el New Deal de Roosevelt llegó al poder, en el otro el fascismo de Hitler. El programa de reforma bajo los auspicios democrático-burgueses, y el programa de la contrarrevolución bajo la desnuda dictadura totalitaria, fueron métodos totalmente diferentes utilizados por las respectivas clases capitalistas para salvar su pellejo.

Este contraste entre las formas capitalistas americana y alemana de auto preservación fue explotada hasta la saturación por los apologistas del capitalismo norteamericano, quienes lo atribuyeron al espíritu democrático inherente a la nación americana y a sus gobernantes capitalistas. En realidad, la diferencia se debió a la mayor riqueza y fuentes del imperialismo de EE. UU., por un lado y a la inmadurez de las relaciones de clase y conflictos, por el otro. Sin embargo, en la etapa siguiente y antes de que sobreviniera la decadencia, el proceso del imperialismo llevó a ambos poderes a una Segunda Guerra Mundial, para determinar quién dominaría el mercado mundial. A pesar de significativas diferencias en sus regímenes políticos internos, ambos llegaron al mismo destino. Continuaron subordinados a las mismas leyes fundamentales del imperialismo capitalista y no pudieron impedir su funcionamiento, o evitar sus consecuencias.

En segundo lugar, las peculiaridades nacionales tienen límites históricamente definidos. No están fijados para siempre ni tienen un destino absolutamente determinado. Condiciones históricas las generan y las suplantan; nuevas condiciones históricas pueden alterarlas, eliminarlas e igualmente transformarlas en sus opuestos.

En el siglo XIX Rusia era el país mas reaccionario de Europa y de la política mundial; en el siglo XX se transforma en el más revolucionario. A mediados del siglo XIX los Estados Unidos eran la nación más revolucionaria y progresiva; a mediados del siglo XX, le tomó a Rusia su lugar como fortaleza de la contrarrevolución mundial. Pero este rol tampoco puede ser eterno, como lo señalaremos en el próximo capítulo, donde estudiaremos el carácter y consecuencias del desarrollo desigual y combinado.

 

EL DESARROLLO COMBINADO Y SUS CONSECUENCIAS.

Analizaremos ahora el segundo aspecto de la ley de desarrollo desigual, y combinado. Su nombre indica de qué ley general es ella una expresión particular -verbigracia, la ley de la lógica dialéctica llamada Ley de la interpenetración de los opuestos-. Los dos procesos- desigualdad y combinación–que están unidos en esta formulación representan dos diferentes y opuestos y, no obstante, íntegramente relacionados e interpenetrados aspectos o etapas de la realidad.

La ley del desarrollo combinado parte del reconocimiento de la desigualdad en las proporciones de desarrollo de varios fenómenos del cambio histórico. La disparidad en el desarrollo técnico y social y la combinación fortuita de elementos, tendencias y movimientos pertenecientes a diferentes etapas de la organización social, dan la base para el surgimiento de algo nuevo y de más alta cualidad.

Esta ley nos permite observar cómo surge la nueva cualidad. Si la sociedad no se desarrollara en un camino diferencial, es decir, a través del surgimiento de diferencias, por momentos tan agudas que se vuelven contradictorias , la posibilidad para la combinación e integración de fenómenos contradictorios no se daría. Sin embargo, la primera fase del proceso evolutivo -desigualdad- es la indispensable precondición para la segunda fase: la combinación de características que pertenecen a diferentes etapas de la vida social en las distintas formaciones sociales, desviándose de los standards deducidos abstractamente o tipos “normales”.

Esta combinación llega como la necesaria superación de la pre-existente desigualdad. Podemos ver como se dan juntas casi siempre y ligadas en la simple ley de la combinación y desigualdad del desarrollo. Partiendo del hecho de los niveles dispares del desarrollo que resultan de la progresión desigual de los distintos aspectos de la sociedad, podremos ahora analizar la próxima etapa y la necesaria consecuencia de esta situación: su combinación.

 

FUSION DE DIFERENTES FACTORES HISTORICOS

Ante todo debemos preguntarnos que significa Combinado. Hemos podido ver como características que pertenecen a un estado de la evolución se ligan a otras que son esencialmente propias de una etapa más alta. La Iglesia Católica, cuyo centro está en el Vaticano, es una característica institución feudal. En la actualidad, el Papa usa radio y televisión-invenciones del siglo XX-para diseminar la doctrina de la Iglesia. Esto conduce a una segunda cuestión: ¿Cómo se combinan las diferentes características? Aquí, las combinaciones de los metales nos proporcionan una analogía útil. El bronce, que juega un gran rol en el desarrollo de las más tempranas construcciones de herramientas, que ha dado su nombre a toda una etapa del desarrollo histórico, se ha compuesto de dos metales elementales, el cobre y el estaño, mezclados en proporciones especificas. Su fusión produce una aleación con propiedades importantes que difieren de ambos constituyentes.

Algo parecido ocurre en la historia cuando se unen elementos que pertenecen a diferentes etapas de la evolución social. Esta fusión da origen a un nuevo fenómeno con sus propias características especiales. El período colonial de la historia Norteamericana se une al salvajismo y barbarismo, cuando la civilización europea cambiaba del feudalismo al capitalismo. De este modo, proveyó un magnifico caldo de cultivo para las combinaciones y dio el más instructivo campo para su estudio. Casi todos los géneros de relaciones sociales conocidos, desde el salvajismo a las compañías por acciones, se pueden encontrar en el nuevo mundo durante el periodo colonial. Varias colonias, como Virginia y Carolina del Norte y del Sur, fueron originalmente colonizadas por empresas capitalistas de acciones, cuyas cartas habían sido garantizadas por la Corona. Las formas mas avanzadas de capitalismo regían la firma accionaria que tomó contacto con los indios que vivían aun bajo primitivas condiciones tribales.

Las formas precapitalistas de vida con las que se encontraron fueron combinadas en un grado u otro con las características fundamentales de las civilización burguesa. Tribus indias, por ejemplo, fueron anexadas al mercado mundial a través del comercio de pieles; y es verdad que los indios se volvieron, en cierta medida, civilizados. Por otro lado, los colonos blancos europeos, cazadores, leñadores y pioneros de la agricultura se barbarizaron parcialmente por haber sobrevivido en el desierto de las planicies y montañas de los campos “vírgenes”. Sin embargo, el leñador europeo que penetraba en los desiertos de América, con su rifle y su hacha de hierro, y también con su concepción y hábitos de civilización, fue muy diferente del indio tribal Piel Roja, aunque muchas de las actividades de la sociedad barbara del leñador también le correspondían.

En su obra sobre las fuerzas sociales en la historia Norteamericana, A. M. Simon, uno de los primeros historiadores socialistas, escribió: “El curso de la evolución siguió en cada colonia una línea de desarrollo muy parecida a la que la raza había seguido (p. 30-31). En el comienzo, -señalo-hubo un comunismo primitivo. Después, una pequeña producción individual, y así se siguió hasta llegar al capitalismo.

Sin embargo, la concepción según la cual la colonia americana, o algunas de ellas, sustancialmente repitieron las secuencias de las etapas que las sociedades avanzadas habían atravesado antes de ella, es excesivamente esquemática e ignora el principal punto respecto a su desarrollo y estructura. La peculiaridad más significativa de la evolución de las colonias británicas en América se deriva del hecho de que todas las formas de organización y las fuerzas impulsoras pertenecientes a las primeras etapas del desarrollo social, desde el salvajismo, igualmente en el caso de la esclavitud, fueron incorporadas en, y condicionadas por el sistema en expansión del capitalismo internacional. No hay, en el suelo americano, repetición mecánica de las etapas hist6ricamente superadas. Por el contrario, la vida colonial testimonia una dialéctica mezcla de todos estos variados elementos, de la que resultan deformaciones sociales combinadas de un tipo nuevo y especial. La esclavitud de las colonias americanas fue muy distinta de la esclavitud de la Grecia clásica y de Roma. La esclavitud norteamericana fue una esclavitud burguesificada; que no fue solamente un brazo subordinado del mercado capitalista mundial, sino que cada ramificación de esta fusión de esclavitud y capitalismo fue la aparición de traficantes de esclavos entre los indios Creek, en el Sur. ¿Podría encontrarse algo más contradictorio que indios comunistas, ahora propietarios de esclavos, vendiendo su producto en un mercado burgués?

 

LA DIALECTICA DE LA COMBINACION

El resultado de esta fusión de diferentes etapas o elementos del progreso histórico es, en consecuencia, una mezcla o aleación particular de cosas. En la unión de diferentes y opuestos elementos, la naturaleza dialéctica de la historia se manifiesta por sí misma más poderosa y prominente. Aquí la contradicción, simple, obvia, flagrante, predomina. La historia le hace todo tipo de travesura a todas las formas rígidas y las rutinas fijas. Surgen todos los géneros de desarrollos paradójicos que confunden y dejan perplejas las mentes limitadas y formalizadas.

Como un importante ejemplo de esto, permítasenos considerar la naturaleza del stalinismo. En la Rusia actual, la más avanzada forma de propiedad -la propiedad nacionalizada- y el más eficiente modo de organización industrial, la economía planificada, ambos logrados a través de la revolución proletaria de 1917, se han unido en una sola masa con el tipo más brutal de tiranía, creada por una contrarrevolución política de la burocracia soviética. Los fundamentos económicos del régimen stalinista históricamente pertenecen a la era socialista del futuro. Sin embargo. este fundamento económico esta unido a una superestructura política que muestra los aspectos mas malignos de las dictaduras de clase del pasado. No debemos maravillarnos de que este fenómeno extraordinariamente contradictorio haya confundido a mucha gente y los haya llevado por mal camino.

El desarrollo desigual y combinado se nos presenta como una mezcla particular de elementos atrasados con los factores más modernos. Muchos píos católicos llevan imágenes en sus coches, que se supone los protegerán contra los accidentes. Esta costumbre combina el fetichismo de los crédulos salvajes con el producto de la industria automovilística, una de las industrias automatizadas más avanzadas del mundo moderno.

Por otra parte, estas anomalías son especialmente pronunciadas en los países más atrasados. Existen curiosidades tales como harenes con aire acondicionado!

“El desarrollo de las naciones históricamente atrasadas lleva necesariamente a una combinación peculiar de diferentes etapas del desarrollo histórico”, escribió Trosky en la Historia de la Revolución Rusa (p. 5).

Carlton S. Coone escribe: “…… Hay todavía regiones marginales donde la difusión cultural es desigual, donde simples cazadores de la Edad de Piedra están enfrentados sorprendentemente con extraños cazadores con rifles, donde jardineros neolíticos están cambiando sus hachas de piedras por otras de acero y sus cacharras de agua por descartados de hojalata, donde orgullosos ciudadanos de los antiguos imperios acostumbraban recibir las novedades algunas semanas después de las caravanas de camellos, se encuentran oyendo la propaganda radial de radios públicas. Y en el paseo de baldosas azules y blancas de las ciudades el claro llamado de los muslim pidiendo la fe del creyente es reemplazada un día una caja metálica colgada del alminar. Afuera, en el aeropuerto, los peregrinos de los lugares santos, saltan directamente del lomo de sus camellos a los asientos del DC4. Estos cambios en la tecnología conducen al nacimiento de nuevas instituciones en estos lugares como en cualquier otro, pero el recién nacido es a menudo una criatura no familiar, que no recuerda ni los parientes cercanos ni los alejados, superando a ambos”. The History of man, (pp. 113-114).

En el Africa actual, entre los kikuyos de Kenya, como también entre los pueblos de la Costa de Oro, las antiguas ligazones y costumbres ayudan a fortalecer su solidaridad en la lucha por el avance social y la independencia nacional contra el imperialismo británico. En el Movimiento Nacionalista del Premier Nkrumah’s el partido parlamentario nacional esta ligado con los sindicatos y el tribalismo-los tres pertenecen a diferentes etapas de la historia social.

La mezcla de elementos atrasados con los más modernos factores puede verse cuando comparamos la China moderna con los Estados Unidos de América. Actualmente muchos campesinos chinos en pequeñas aldeas tienen retratos de Marx y Lenin en sus paredes y se inspiran en sus ideas. El obrero norteamericano medio vive en ciudades más modernas y tiene, por contraste, pinturas de Cristo o fotografías de Eisenhower o del Papa sobre sus paredes prefabricadas. Sin embargo los campesinos chinos no tienen el agua corriente, caminos pavimentados, automóviles, radios o televisión, que tienen los obreros norteamericanos.

De esta manera, aunque los Estados Unidos y su clase obrera han progresado mucho más que China en su desarrollo industrial y standard de vida y de cultura, en ciertos aspectos los campesinos chinos han superado al obrero norteamericano. “La dialéctica histórica no conoce nada semejante al atraso desnudo o al progreso químicamente puro” como señalara Trotsky.

 

LA ESTRUCTURA SOCIAL DE GRAN BRETAÑA

Si analizamos la estructura social de la Gran Bretaña contemporánea, podremos ver que conserva características de tres periodos histórico-sociales distintos, inextricablemente relacionados. En las alturas de su sistema político hay una monarquía y una Iglesia establecida, ambas heredadas del feudalismo. Estas están conectadas a una estructura de propiedad capitalista monopolista perteneciente a la etapa más alta del capitalismo. Junto a esta industria capitalista existen la industria socializada, sindicatos y un partido laborista, todos precursores del socialismo.

Es significativo que esta particular combinación contradictoria en Gran Bretaña, deje perplejos a los norteamericanos. Los norteamericanos liberales no pueden comprender por qué los ingleses tienen una monarquía y una Iglesia establecida. Los norteamericanos con mentalidad capitalista se sorprenden de que la clase dominante británica tolere al Partido Laborista.

Al mismo tiempo, Gran Bretaña está golpeada por el más formidable de todos los movimientos combinados de fuerzas sociales de nuestro tiempo a escala mundial, verbigracia, la combinación del movimiento anticapitalista de la clase obrera con la revolución anticolonial de los pueblos de color. Estos dos movimientos muy diferentes, opuestos ambos al dominio imperialista, se refuerzan mutuamente.

Sin embargo, estos dos movimientos no tienen el mismo efecto en todos los países imperialistas. Se sienten, por ejemplo, más fuerte y directamente en Francia y Gran Bretaña que en EE. UU. No obstante, en EE. UU. la lucha de los pueblos coloniales por la independencia y de la minoría negra por la igualdad se influencian mutuamente.

 

LOS SALTOS PROGRESIVOS EN LA HISTORIA

La manifestación más importante de la interacción del desarrollo desigual y combinado es el surgimiento de “saltos” en el flujo histórico. Los más grandes saltos se hacen posibles por la co-existencia de pueblos de diferente nivel de organización social. En el mundo actual, estas organizaciones sociales cubren toda la gama, desde el salvajismo hasta el verdadero umbral del socialismo. En Norteamérica, mientras los esquimales en el Artico y los indios Seri en la Baja California viven aun en el salvajismo, los banqueros de Nueva York y los obreros de Detroit operan en la más alta etapa del capitalismo monopolista. Los “saltos” históricos se tornan inevitables porque los sectores retrasados de la sociedad se ven enfrentados a tareas que solo pueden resolver utilizando los métodos más modernos. Bajo la presión de las condiciones externas, se ven obligados a saltar o precipitar etapas de evolución que originalmente requirieron un período histórico entero para desarrollar sus potencialidades.

Cuando más amplias son las diferencias del desarrollo y mayor el numero de etapas presentes en un periodo dado, mas dramáticas son las posibles combinaciones de condiciones y fuerzas, y más rápida la naturaleza de los saltos Algunas combinaciones producen extraordinarias erupciones y rápidos movimientos en la historia. El transporte ha evolucionado lentamente la locomoción humana y animal, a través de los vehículos a rodado hasta el tren, automóviles y aeroplanos. En época reciente, sin embargo, los pueblos de Sudamérica y Siberia han pasado directamente y de un solo salto desde el animal al uso de los aviones.

Tribu, nación y clase son capaces de comprimir etapas o de saltar sobre ellas, asimilando los logros de los pueblos mas avanzados. Usan esto como una picana para encaramarse sobre las etapas intermedias y sobrepasan obstáculos de un solo salto. Pero no pueden hacer nada hasta tanto los países pioneros a la vanguardia del genero humano, hayan previamente allanado el camino, prefabricando las condiciones materiales. Otros pueblos preparan los medios y modelos para, una vez maduros, adaptarlos a sus condiciones peculiares.

La industria soviética fue capaz de hacer tan rápido progreso porque, entre otras razones, pudo importar las técnicas y maquinarias del Oeste. Ahora también China puede marchar a un ritmo más acelerado en su industrialización porque no solamente se basa en los logros técnicos de los países capitalistas avanzados, sino también sobre los métodos de planificación de la economía soviética.

En sus esfuerzos para superar a la Europa Occidental, los colonizadores de la costa del Atlántico Norte, pasaron a través del “barbarismo salvaje”, virtualmente saltando por encima del feudalismo, implantando y extirpando la esclavitud, constituyendo grandes pueblos y ciudades sobre una base capitalista. Esto se hizo a un ritmo acelerado. A los pueblos europeos les llevo 3000 años saltar de la etapa superior del barbarismo de la Grecia homérica a la Inglaterra triunfante de la revolución burguesa de 1849. Norteamérica cubrió las mismas transformaciones en 300 años, o sea a un ritmo de desarrollo diez veces más rápido. Pero esto fue posible por el hecho de que Norteamérica pudo beneficiarse con los logros previos de Europa, combinados con la impetuosa expansión del mercado capitalista en todos los rincones del globo.

A lo largo de esta aceleración y compresión del desenvolvimiento social se fue acelerando también el tiempo de desarrollo de los acontecimientos revolucionarios. El pueblo británico tardó ocho siglos desde el comienzo del feudalismo en el siglo IX, hasta su revolución burguesa triunfante en el siglo XVII. Los colonos norteamericanos solamente en ciento setenta y cinco años pasaron de sus primeros asentamientos en el siglo XVII a su revolución victoriosa en el ultimo cuarto del siglo XVIII.

En estos saltos históricos las etapas del desarrollo son algunas veces comprimidas y otras omitidas, lo que depende de las condiciones particulares y las fuerzas. En las colonias norteamericanas, por ej. el feudalismo, -que floreció en Europa y Asia por muchos siglos- logro apenas asentarse Las instituciones características del feudalismo (feudo, siervos, la monarquía, la iglesia establecida y las corporaciones medievales) no tuvieron un ambiente favorable y fueron comprimidas entre la esclavitud comercial por un lado, y la sociedad burguesa injertada por el otro. Paradójicamente, al mismo tiempo que el feudalismo iba siendo atrofiado y estrangulado en las colonias norteamericanas, adquiría una vigorosa expansión en el otro lado del mundo, Rusia.

 

REVERSIONES HISTORICAS

La historia tiene sus reversiones, así como sus movimientos hacia adelante; sus periodos de reacción; formas infantiles y características caducas propias de etapas primitivas de desarrollo pueden unirse con estructuras avanzadas para generar formaciones extremadamente regresivas e impedir el avance social. Un ejemplo primario de tal combinación regresiva fue la esclavitud en Norteamérica, donde un modo de propiedad y una forma de producción anacrónica, perteneciente a la infancia de la civilización, se inserto en un ambiente burgués que pertenecía a una sociedad de clase madura.

La reciente historia política nos ha hecho familiarizar con los ejemplos del fascismo y el stalinismo, que son fenómenos históricos del siglo XX simétricos, aunque no idénticos. Ambos representan reversiones de formas de gobiernos democráticos preexistentes que tenían bases sociales completamente diferentes El fascismo fue el destructor y reemplazante de la democracia burguesa en el periodo final de la destrucción y decadencia del imperialismo. El stalinismo fue el destructor y reemplazante de la democracia obrera de la Rusia revolucionaria en el periodo inicial de la revolución socialista internacional.

De esta forma, nosotros vemos mezclados dos etapas en el movimiento dialéctico de la sociedad. Primero, algunas partes del genero humano y ciertos elementos de la sociedad, se mueven mas rápidamente y se desarrollan antes que otros. Mas tarde, bajo el choque de fuerzas externas se produce un retroceso, o una detención en relación al ritmo de progreso de sus precursores, por la combinación de las últimas innovaciones con viejos modos de existencia.

 

LA DESINTEGRACION DE LAS COMBINACIONES

Pero a la historia no se detiene en este punto. Cada síntesis única, que ha surgido del desarrollo desigual y combinado engendra en si misma posteriores crecimientos y cambios, los que a su vez pueden llevar a una eventual desintegración y destrucción de la síntesis. Una formación combinada amalgama elementos derivados de diferentes niveles del desarrollo social. Su estructura interna es, por lo tanto, altamente contradictoria. La oposición de sus polos constituyentes no solamente imparte inestabilidad a la formación, sino que lleva directamente a posteriores desarrollos. Mas claramente que a cualquier otra formación, la lucha de los opuestos caracteriza el curso de vida de una formación combinada.

Hay dos tipos principales de combinación. En un caso, el producto de una cultura avanzada es absorbido en la estructura de un organismo social arcaico. En otro, aspectos de un orden primitivo son incorporados a un organismo social mas altamente desarrollado.

El efecto que produce la asimilación de elementos más modernos en una estructura depende de muchas circunstancias. Por ejemplo, los indios pudieron reemplazar el hacha de piedra por el hacha de hierro sin dislocaciones fundamentales de su orden social, porque este cambio significó solamente una mínima dependencia de la civilización blanca de la cual el hacha de hierro fue tomada. La introducción del caballo cambio considerablemente la vida de los indios de las praderas, al extender el alcance de sus campos de caza y de sus habilidades guerreras Sin embargo, el caballo no transformo su relación tribal básica. Pero, en cambio, la participación en un naciente comercio y la penetración de la moneda tuvo consecuencias revolucionarias sobre los indios destruyendo su sistema tribal, oponiendo los intereses privados a las costumbres comunitarias, lanzando una tribu contra otra y subordinando los nuevos comerciantes y cazadores indios al mercado mundial.

Bajo ciertas condiciones históricas la introducción de nuevas cosas puede, también, prolongar por un tiempo la vida de las instituciones más arcaicas. La entrada de los grandes consorcios capitalistas de petróleo en el Medio Oriente ha fortalecido temporariamente a los sheiks, dándoles enormes cantidades de riquezas. Pero a largo plazo, la invasión de técnicas e ideas modernas no puede ayudar, sino minar los viejos regímenes tribales, porque rompen las condiciones sobre las cuales ellos se apoyan y crean nuevas fuerzas que se les oponen para reemplazarlos.

Un poder primitivo puede afirmarse rápidamente sobre uno más moderno, ganando renovada vitalidad, y puede también aparecer por un tiempo como superior al otro. Pero el poder menos desarrollado llevara una existencia esencialmente parásita y no podrá sostenerse indefinidamente a expensas del mas desarrollado. Carece de adecuado terreno y atmósfera para su crecimiento, mientras las instituciones mas desarrolladas no solo son superiores por naturaleza, sino que además, pueden contar con un favorable ambiente para su expansión.

 

ESCLAVITUD Y CAPITALISMO

El desarrollo de la esclavitud en Norteamérica da una excelente ilustración de esta dialéctica. Desde el punto de vista de la historia mundial, la esclavitud fue un anacronismo desde su nacimiento en este continente. Como modo de producción pertenecía a la infancia de la sociedad de clases; había desaparecido prácticamente de la Europa Occidental. Sin embargo, la importancia de las demandas por parte de Europa Occidental, de materias primas como el azúcar, índigo y tabaco, combinada con la carencia de trabajadores para llevar a cabo operaciones agrícolas en gran escala, obligaron a implantar la esclavitud en Norteamérica . La esclavitud colonial creci6 como un brazo del capitalismo comercial. De esta manera un modo de producción y una forma de propiedad superadas mucho tiempo atrás, surgió de nuevo como consecuencia de las exigencias de un sistema más moderno y formó parte de el.

Esta contradicción se agudizo cuando el surgimiento del capitalismo industrial en Inglaterra y los Estados Unidos incrementó la producción de algodón de los estados del Sur hasta un lugar de primer rango en la vida económica y política de Norteamérica. Durante décadas los dos sistemas opuestos funcionaron como equipo. Cuando estalló la guerra civil norteamericana, rompieron. El sistema capitalista-que en una etapa de su desarrollo alentó el crecimiento de la esclavitud-creó en otra una nueva combinación de fuerzas que la destruyó.

La formación combinada de lo viejo y de lo nuevo, de lo mas bajo y lo mas alto, de la esclavitud y el capitalismo, demostró no ser permanente ni indisoluble; fue condicional, temporaria, relativa. La asociación forzada de las dos tendía hacia la disociación y un conflicto creciente. Si una sociedad marcha hacia adelante, la ventaja preponderante corresponderá, a larga escala, a la estructura superior, la cual prosperará a expensas de características inferiores, superándolas y dislocándolas eventualmente.

 

LA SUSTITUCION DE LAS CLASES

Una de las consecuencias más importantes y paradójicas del desarrollo desigual y combinado es la solución de los problemas de una clase a través de otra. Cada etapa del desarrollo social genera, pone y resuelve sus propios complejos específicos de tareas históricas. El barbarismo, por ejemplo, desarrollo las técnicas productivas del cultivo de las plantas, del pastoreo de animales y la labranza, como ramas de su actividad económica. Estas actividades fueron también prerrequisitos para suplantar al barbarismo por la civilización.

En la época burguesa, la unificación de provincias separadas en estados centralizados nacionales y la industrialización de estos estados fueron tareas históricas planteadas por el surgimiento burgués. Pero, en cierto numero de países, el bajo desarrollo de la economía capitalista y la consiguiente debilidad de la burguesía hace insostenible el logro de estas tareas históricas de la burguesía. En el corazón de Europa, por ejemplo, la unidad del pueblo alemán fue lograda desde 1866 hasta 1869 no por la burguesía o la clase obrera, sino por una casta social ya superada, los terratenientes Junkers prusianos, encabezados por la monarquía Hohenzollern y dirigida por Bismark. En este caso la tarea histórica de la clase capitalista fue llevada a cabo por fuerzas precapitalistas.

En el presente siglo China representa otro ejemplo opuesto, en un nivel histórico mas alto. Bajo la doble explotación de sus viejas relaciones feudales y de la subordinación imperialista, China no podía ser unificada ni industrializada. Se necesito nada menos que una revolución proletaria (aunque deformada en sus comienzos) que, apoyándose en una insurrección campesina? allano el camino para la solución de estas tareas burguesas largamente postergadas. Hoy día China esta unificada por primera vez y se esta industrializando rápidamente. Sin embargo, estas tareas no han sido llevadas a cabo por fuerzas capitalistas o precapitalistas, sino por la clase obrera y bajo su propia dirección. En este caso, las tareas no completadas de la abortada era de desarrollo capitalista han sido realizadas por una clase postcapitalisla.

El desarrollo extremadamente desigual de la sociedad hizo necesario este cambio de roles históricos entre las clases: la grandiosidad de la etapa histórica hizo posible la substitución. Como Hegel señalo, la historia a menudo recurre a los mecanismos más indirectos y astutos para lograr sus fines.

Uno de los mayores problemas que dejo sin resolver la revolución democrático-burguesa de los Estados Unidos fue la abolición de los viejos estigmas de la esclavitud, con la integración sin restricciones de los negros en la vida norteamericana. Esta tarea fue parcialmente solucionada por la burguesía industrial del norte durante la guerra civil. Este fracaso de la burguesía industrial ha sido igualmente una gran fuente de problemas y dificultades para sus representantes. La cuestión que ahora esta planteada es si los actuales gobernantes capitalistas ultrarreaccionarios de USA podrán llevar a cabo una tarea nacional que fueron incapaces de completar en su época revolucionaria.

Los portavoces de los demócratas y republicanos consideran necesario decir que ellos podrán de hecho cumplir esta tarea; los reformistas de todo pelaje juran que el gobierno burgués podrá hacerlo. Es nuestra opinión, sin embargo, que solo la lucha conjunta del pueblo negro y las masas obreras contra los gobernantes capitalistas será capaz de batallar contra los restos de la esclavitud hasta su conclusión victoriosa. En ese sentido, la revolución socialista completara lo que resta realizar de la revolución democratico-burguesa.

 

LOS CASTIGOS DEL PROGRESO Y LOS PRIVILEGIOS DEL ATRASO

Aquellos que hacen un culto del progreso puro creen que altos logros en un número de campos presuponen equivalente perfección en otros. Muchos norteamericanos sacan la conclusión inmediata de que los Estados Unidos sobrepasan al resto del mundo en todas las esferas de la actividad humana, justamente porque así ocurre en tecnología, producci6n material y standard de vida. Sin embargo, en política y filosofía, para no mencionar otros campos, el desarrollo general de Estados Unidos no ha ido mas allá del siglo XIX, mientras que países de Europa y Asia, mucho menos favorecidos económicamente, están mucho mas allá que USA en estos campos.

En los últimos años de su gobierno, Stalin trató de imponer la noción de que solamente “cosmopolitas sin raíces” podían sostener que el oeste superaba a la URSS en alguna rama del esfuerzo humano desde las invenciones mecánicas hasta la ciencia de la genética. Esta expresión del nacionalismo “pan ruso” no fue menos estúpida que la concepción occidental de que nada superior puede provenir del barbarismo asiático de la Unión Soviética.

La verdad es que cada etapa del desarrollo social, cada tipo de organización social, cada nacionalidad, tiene sus virtudes y defectos esenciales, ventajas y desventajas. El progreso tiene sus castigos: hay que pagar por él. Avances en ciertos terrenos pueden significar retrocesos en otros. Por ejemplo, la civilización desarrolló el poder de producción y la riqueza del genero humano sacrificando la igualdad y la fraternidad de las sociedades primitivas que suplantó. Por otro lado, bajo ciertas condiciones el atraso tiene sus beneficios. Mas aun, lo que es progresivo en una etapa de desarrollo puede volverse una precondición para el establecimiento de un retraso en una etapa subsiguiente o en un terreno a el ligado. Y lo que es un atraso puede volverse la base para un salto hacia adelante.

Parece ridículo decir a pueblos que están oprimidos por el atraso y están deseando vivamente superarlo, que su arcaísmo tiene sus ventajas. Para ellos el atraso aparece como un mal evidente. Pero la conciencia de este “mal” aparece en primer lugar después que estos pueblos han tomado contacto con formas superiores del desarrollo social. Es el contacto de las dos formas, atrasada y adelantada, lo que demuestra las deficiencias de la cultura atrasada. En la medida en que la civilización es desconocida el salvaje primitivo se mantiene contento. Es solamente la yuxtaposición de los dos la que introduce la visión de algo mejor y alimenta las semillas del descontento. En ese sentido la presencia y conocimiento de la etapa superior se vuelve un motor del progreso.

La critica y condenación resultante de la vieja situación genera la urgencia de superar la disparidad en el desarrollo y lleva a los retrasados hacia adelante por el surgimiento en ellos del deseo de superar a los mas avanzados. Cada persona que conoce lo que es aprender ha sentido esto personalmente.

Cuando los pueblos atrasados hacen nuevas e imperativas demandas, la ausencia de instituciones acumuladas e intermediarias puede ser de un valor positivo, por los pocos obstáculos que se presentan para obstruir el avance y la asimilación de lo nuevo. Si las fuerzas sociales existen y actúan efectiva, inteligentemente y en el momento oportuno, lo que ha sido un castigo puede transformarse en una ventaja.

 

LOS DOS CURSOS DE LA REVOLUCION RUSA

La reciente historia de Rusia da el ejemplo más extraordinario de esta conversión de un castigo histórico en un privilegio. Al comienzo del siglo XX, Rusia era entre las grandes naciones de Europa la más atrasada. Este atraso abrazaba todos los estratos, desde el campesino abajo hasta la dinastía absolutista de los Romanov arriba. El pueblo ruso y sus nacionalidades oprimidas sufrían ambos las miserias del feudalismo decadente y del retraso del desarrollo burgués en Rusia.

Sin embargo, cuando llegó el momento de la solución revolucionaria de estos problemas acumulados, este retraso demostró sus ventajas en muchos terrenos. Primero, el zarismo estaba totalmente alienado de las masas. Segundo, la burguesía era muy débil para tomar el poder en su propio nombre y mantenerlo. Tercero, el campesinado, al no recibir satisfacción de la burguesía, fue obligado a replegarse sobre la clase obrera en busca de dirección. Cuarto, la clase obrera no tenía formas de actividad petrificadas o sindicatos frenadores y burocracias políticas que la hicieran retroceder. Fue más fácil para esta joven y enérgica clase que tenía muy poco que perder y mucho que ganar, adoptar rápidamente la más avanzada teoría, el más claro programa de acción y el mas alto tipo de organización partidaria. La revuelta campesina contra el feudalismo, un movimiento que en el occidente de Europa ha caracterizado el surgimiento de las revoluciones democrático-burguesas, se mezcló con la revolución proletaria contra el capitalismo, exclusiva del siglo XX. Como Trotsky señaló en la Historia de la Revolución Rusa, fue la conjunción de estas dos revoluciones diferentes lo que dio su poder expansivo al alzamiento del pueblo ruso y lo que explica la extraordinaria rapidez de su triunfo.

Pero los privilegios del atraso no son inagotables; están limitados por condiciones históricas y materiales. Efectivamente, el atraso heredado de la Rusia de los zares reaccionó, en la etapa siguiente de su desarrollo, bajo nuevas condiciones históricas y sobre una base social enteramente nueva. Los privilegios previos debieron ser pagados en las próximas décadas por los amargos sufrimientos, privaciones económicas y pérdida de las libertades que el pueblo ruso soportó bajo la dictadura stalinista. El gran atraso que había fortalecido la revolución y propulsado a las masas rusas a la cabeza del resto del mundo, se transformó entonces en el punto de arranque de la reacción política y de la contrarrevolución burocrática, a consecuencia de lo cual la revolución internacional fracasó en la conquista de los países industriales mas avanzados. El atraso económico y cultural de Rusia combinada con el retraso de la revolución mundial, fueron las condiciones básicas que permitieron a la camarilla stalinista romper al partido bolchevique y a la burocracia usurpar el poder político. Por estas razones, el régimen stalinista se convirtió en el más contradictorio de la historia moderna, una coagulación de las más avanzadas formas de propiedad y conquistas sociales surgidas de la revolución, con una resurrección de las más repulsivas características del dominio de clase. Fábricas gigantes, provistas con la maquinaria más moderna, eran atendidas por obreros a los que, al igual que a siervos, no se les permitía dejar sus lugares de empleo; aeroplanos que volaban por intransitables caminos llenos de barro; una economía planificada que funcionaba junto a campos “de trabajo esclavo”; colosales avances industriales paralelos a la regresión política; en fin, el prodigioso crecimiento de Rusia como poder mundial, acompañado por una igualmente prodigiosa decadencia interna del régimen.

Sin embargo, el desarrollo dialéctico de la revolución rusa no se detuvo en ese punto. La extensión de la revolución al oriente de Europa y Asia, después de la segunda guerra mundial, la expansión de la industria soviética y el ascenso en numero y nivel de cultura de los obreros soviéticos, prepararon condiciones para una transformación de las viejas tendencias, el renacimiento de la revolución sobre una etapa mas alta y la decadencia y parcial superación del azote del stalinismo. La primera manifestación de ese movimiento hacia adelante de las masas en Rusia y sus satélites, con la clase obrera en su dirección, ha sido ya anunciada al mundo.

Desde el discurso de Kruschev a la revolución húngara, se ha producido una serie continua de acontecimientos que demuestra la dialéctica del desarrollo revolucionario. A cada paso de la revolución rusa, podemos ver la interacción de su atraso y progreso con su conversión de uno en el otro, de acuerdo a las circunstancias concretas del desarrollo internacional y nacional. Solamente la comprensión de la dialéctica de esos cambios puede darnos una pintura exacta del desarrollo extremadamente complejo y contradictorio de la URSS, durante los 40 años de su existencia revolucionaria. Las docenas de ultrasimplificadas caracterizaciones de la naturaleza de la moderna sociedad rusa que sirven solo para confundir al movimiento revolucionario, derivan de una falta de comprensión de las leyes de la dialéctica, y del uso de métodos metafísicos en el análisis del proceso histórico.

La ley del desarrollo desigual y combinado es una herramienta indispensable para analizar la revolución rusa y para precisar su crecimiento y decadencia a través de sus complejas fases, sus triunfos, su degeneración y su próxima regeneración.

 

Escrito: Escrito en 1957 bajo el seudónimo “William F. Warde”.
Historial de publicación: “Uneven and Combined Development in History”, en la revista Labour Review.  En 1957 fue republicado como pamfleto con el titulo The irregular movement of history: the Marxist law of the combined and uneven development of society por New Park Publications en Nueva York y por la imprenta de A. Bandara para Spark Publishers en Colombo – Sri Lanka.  En 1965 el SWP de los EEUU, a través de su editorial, Pioneer Publishers, lo volvió a publicar con el título Uneven and Combined Development in History, y al año siguiente lo volvió a hacer a través de su Meritt Publishers.
Edición en castellano: George Novack, La ley del desarrollo desigual y combinado de la sociedad, Editorial Pluma, Bogotá, 1974.
Esta edición: Marxists Internet Archive, 2012.

200.000 protestan por el encarcelamiento de líderes nacionalistas catalanes en Barcelona

por Paul Mitchell //

El encarcelamiento esta semana de líderes de las principales organizaciones separatistas en Cataluña —Jordi Sànchez de la Asamblea Nacional de Cataluña (ANC) y Jordi Cuixart de Òmnium Cultural— se encontró con manifestaciones en toda Cataluña que culminaron en una protesta de 200.000 personas en Barcelona la noche del martes.

El encarcelamiento de los dos marca los primeros encarcelamientos de presos políticos desde el final de la dictadura fascista del general Francisco Franco.

Se ha programado una movilización masiva para el sábado por la tarde pidiendo su liberación. Hay conversaciones sobre otra “huelga nacional” por parte de la “Junta para la Democracia”, que comprende a 60 organizaciones, entre ellas los sindicatos ANC, Òmnium Cultural, UGT y CCOO y las organizaciones paraguas de empleadores, CECOT y PIMEC.

Sánchez y Cuixart se encuentran en espera de investigación de cargos falsos de sedición, que tienen una sentencia máxima de 15 años de prisión. Están acusados de organizar manifestaciones el 20 y 21 de septiembre, que intentaron evitar las redadas policiales contra organizaciones que promovían el referéndum sobre la independencia catalana del primero de octubre.

Los arrestos se produjeron luego de semanas de represión sostenida por el gobierno del Partido Popular (PP) del presidente del Gobierno Mariano Rajoy. Funcionarios del gobierno catalán han sido arrestados, decenas de sitios web cerrados, millones de carteles y folletos confiscados, impresos y periódicos buscados, reuniones prohibidas y cientos de alcaldes amenazados con enjuiciamiento por apoyar el referéndum.

El primero de octubre, el gobierno del PP envió decenas de miles de policías en un intento fallido por evitar el referéndum. Las redes sociales se vieron inundadas por imágenes de guardias civiles que se abrieron paso en los lugares de votación, agarraron urnas y golpearon a votantes pacíficos e indefensos, cientos de los cuales resultaron heridos. Se ha azuzado una histeria nacionalista, de orden público y se alientan las protestas de la extrema derecha.

Hoy, a las 10 de la mañana, el presidente regional catalán, Carles Puigdemont, debe “aclarar” si ha declarado o no la independencia, tras su declaración de la semana pasada en la que reafirmó el derecho de Cataluña a la independencia, pero que no se declararía durante varias semanas para permitir negociaciones con Madrid.

Si no niega la declaración de independencia, muchos informes sugieren que el Consejo de Ministros de Rajoy invocará medidas en virtud del artículo 155 de la Constitución española, rutinariamente descrita como la “opción nuclear”, que suspende la autonomía catalana. Tal paso sienta las bases para imponer el gobierno directo desde Madrid a través de la intervención militar.

Según los informes de los medios, el parlamento regional se disolverá y se creará una “autoridad gubernamental de transición”, integrada por tecnócratas nombrados que asumirán el funcionamiento de los diversos ministerios catalanes.

Puigdemont podría continuar como presidente del gobierno regional, pero se lo despojaría de sus poderes. El vicepresidente Oriol Junqueras, responsable de las finanzas de la Generalitat —y culpado por la pérdida de inversiones en Cataluña y de las empresas que reubicaban sus sedes— podría ser destituido. Es probable que Junqueras y otros funcionarios sean detenidos y encarcelados como lo han sido Jordi Sánchez y Jordi Cuixart.

El siguiente paso, según los informes, sería celebrar nuevas elecciones en Cataluña. Estas no serían convocadas por el gobierno regional como normalmente es el caso, sino bajo el control de Madrid. Que a los partidos que piden la independencia se les permita presentarse a las elecciones es cada vez más improbable, ya que aumentan las exigencias de que se los prohíba.

El gobierno no habla abiertamente actualmente de la intervención militar, pero se enviaron tropas logísticas para apoyar a las unidades de la Policía Nacional y de la Guardia Civil en Cataluña y se publicaron detalles del plan de despliegue de tropas de “Cota de Malla” junto con los comentarios de figuras militares.

Rajoy viajará el jueves por la tarde a Bruselas para participar en la cumbre del Consejo Europeo de Jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea (UE). La UE ha declarado consistentemente que la sucesión catalana es una crisis “interna” que España debe resolver dentro de los límites establecidos por su Constitución, una visión tomada por la administración Trump en Estados Unidos. La represión del PP goza del apoyo de la UE y los Estados Unidos porque estos temen que la UE y la alianza de la OTAN se fragmenten en un mosaico de miniestados competidores.

Con ese fin, Cataluña ni siquiera aparece como un artículo oficial en la agenda de la cumbre. “No tenemos la intención de incluirlo en la agenda, pero, por supuesto, si el presidente Rajoy quiere hablar sobre eso, lo reflejaremos en la agenda”, dijo un alto funcionario europeo.

El Secretario General del Partido Socialista (PSOE), Pedro Sánchez, también está visitando Bruselas. Su papel principal es cubrir al PP e intentar contrarrestar las representaciones de las medidas represivas que promulga el Estado español. El miércoles se reunió con el presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, la Alta Representante de Política Exterior, Federica Mogherini, y con el presidente del Grupo Socialista en el Parlamento Europeo, Giani Pittella, antes de participar en una conferencia organizada por la facción Socialdemócrata Europea. Hoy se reunirá con el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude-Juncker.

La implacable fuerza de las medidas estatales policiales impuestas en Cataluña por el gobierno del PP, que rige sobre el quinto país capitalista supuestamente democrático de Europa, es una advertencia para los trabajadores y jóvenes en todo el continente e internacionalmente. La luz verde dada a la represión del PP, apoyada por el partido derechista Ciudadanos y el PSOE por parte de la UE y los EUA es una confirmación adicional de que la élite gobernante global no tolerará ninguna oposición a sus políticas contrarrevolucionarias sociales.

Lo que está sucediendo en Cataluña se convertirá en el punto de referencia para la regla en toda Europa.

El rápido resurgimiento de tales medidas represivas en un país, que el PSOE y el Partido Comunista insistieron en haber resuelto su amarga historia del siglo XX de la lucha de clases, la revolución y la dictadura a través de la “transición a la democracia”, tras la muerte de Franco en 1975, es una expresión gráfica del colapso del orden capitalista global posterior a la Segunda Guerra Mundial.

El acuerdo político inventado durante la Transición se ha desintegrado. El PSOE, el principal partido de gobierno de la élite gobernante española en el período posterior a Franco, ha quedado desacreditado por décadas de políticas de austeridad y guerra.

La cuestión crítica es la movilización política de toda la clase obrera española y europea en la lucha contra el retorno al gobierno estatal policial y cualquier intento de movilizar al ejército.

Los trabajadores y los jóvenes en Cataluña, en toda España y en todo el continente deben exigir el fin de la brutal represión que se está llevando a cabo en Cataluña. Todas las tropas y las fuerzas gubernamentales deben ser retiradas de Cataluña y los que permanecen cautivos como prisioneros políticos liberados inmediatamente.

La oposición a la represión estatal no se puede montar bajo los auspicios de los partidos gobernantes en Madrid o los nacionalistas catalanes, que son incansablemente hostiles a la clase trabajadora.

El Comité Internacional de la Cuarta Internacional insiste en que la única política viable contra el peligro de la guerra y la dictadura es luchar por unificar a la clase obrera en España y Europa en una lucha contra el capitalismo y por la reorganización socialista de la sociedad. Esto solo puede llevarse a cabo en la lucha revolucionaria contra todas las facciones burguesas españolas, ya sea en Madrid o Barcelona.

Karl Liebknecht: ¿Qué quiere la Liga Espartaquista? – 1918

Lo que sobre todo es necesario en este momento es tener una idea clara de los objetivos de nuestra política. Tenemos necesidad de una comprensión muy exacta de la marcha de la revolución, darnos cuenta de lo que ha sucedido hasta aquí para ver en que consistirá nuestra tarea futura.

Hasta aquí, la revolución alemana no ha sido más que un intento de poner fin a la guerra y superar sus consecuencias. Por eso su primer acto fue concluir un armisticio con las potencias enemigas y apartar a los líderes del antiguo régimen. La tarea de todos los revolucionarios consiste ahora en reforzar y ampliar sus conquistas. Vemos que el armisticio que el gobierno actual negocia con las potencias adversarias es utilizado por estas para estrangular a Alemania. Esto es contrario a los objetivos del proletariado, puesto que tal trato no es compatible con el ideal de una paz digna y duradera.

El objetivo del proletariado alemán, como el del proletariado mundial, no es una paz provisional, basada en la violencia, sino una paz duradera, basada en el derecho. Esto no es lo que hace el gobierno actual, el cual, conforme a su naturaleza, se esfuerza únicamente en concluir con los gobiernos imperialistas de los países de la Entente una paz provisional. No quiere afectar a los fundamentos del capital.En tanto el capitalismo sobreviva -y esto lo saben todos los socialistas muy bien-, las guerras serán inevitables. ¿Cuáles son las causas de la guerra mundial? La dominación capitalista significa la explotación del proletariado y una ampliación creciente del capitalismo en el mercado mundial. Aquí se oponen violentamente las fuerzas capitalistas de los diferentes grupos nacionales, y el conflicto económico lleva inevitablemente al enfrentamiento de las fuerzas militares, a la guerra.

Ahora se nos quiere arrullar con la idea de la Sociedad de las Naciones, que debe conducir a una paz duradera entre los pueblos. Como socialistas, sabemos perfectamente que tal organismo no es sino una alianza que no puede disimular su carácter capitalista, que está dirigida contra el proletariado y es incapaz de garantizar una paz duradera.La concurrencia, que esta en la base de la sociedad capitalista, significa para nosotros, socialistas, un fratricidio; por el contrario, nosotros queremos una comunidad internacional de hombres. Unicamente el proletariado aspira a una paz durable; jamás el imperialismo de la Entente podrá dar esta paz al proletariado alemán. Este último la obtendrá de sus hermanos de Francia, de América, de Italia. Poner fin a la guerra mundial mediante una paz duradera y digna solo es posible gracias a la acción del proletariado internacional. Esto es lo que nos enseña nuestra doctrina socialista básica.

Ahora, después de la inmensa mortandad, se trata en verdad de crear una obra sólida. La humanidad entera ha sido lanzada al crisol ardiente de la guerra mundial. El proletariado tiene el martillo en su mano para forjar un mundo nuevo. No se trata solamente de la guerra y de los estragos que sufre el proletariado, sino del régimen capitalista mismo, que es la verdadera causa de la guerra. Suprimir el régimen capitalista es la única vía de salvación para el proletariado, la única que le permitirá escapar a su sombrío destino. ¿Cómo puede ser alcanzado este objetivo?. Para responder a esta pregunta, es necesario darse cuenta claramente de que únicamente el proletariado puede, por su propia acción, liberarse de la esclavitud. Se nos dice: la Asamblea Nacional es la vía que nos lleva a la libertad. Pero la Asamblea Nacional no es otra cosa que la democracia política formal, no la democracia que el socialismo siempre ha exigido. El carnet del voto no es la palanca que puede levantar y voltear al régimen capitalista. Sabemos que un gran número de países, por ejemplo, Francia, América, Suiza, poseen desde hace largo tiempo esta democracia formal. Pero en estas democracias reina igualmente el capital.Es evidente que en las elecciones a la Asamblea Nacional, la influencia del capital, su superioridad económica, se hará sentir en el más alto grado. Grandes masas de la población se situarán, bajo la presión de esta influencia, en contradicción con sus verdaderos intereses y darán sus votos a sus adversarios. Ya por esta razón la elección de una Asamblea Nacional no será jamás una victoria de la voluntad socialista. Es completamente falso creer que la democracia parlamentaria formal crea las condiciones propias para la realización del socialismo. Por el contrario, el socialismo realizado es la condición fundamental de la existencia de una verdadera democracia. El proletariado revolucionario alemán no puede esperar nada de la resurrección del antiguo Reichstag bajo la nueva forma de Asamblea Nacional, puesto que esta tendrá el mismo carácter que la vieja “boutique de bavardage” de la Koenigsplatz. Seguramente encontraremos allí a todos los señores ancianos que se esforzaban antes y durante la guerra en decidir de una forma tan fatal la suerte del pueblo alemán. Es igualmente probable que en esta Asamblea Nacional los partidos burgueses tengan la mayoría. Pero incluso aunque este no fuera el caso, incluso si la Asamblea Nacional tuviese una mayoría socialista que decidiese la socialización de la economía alemana, tal decisión parlamentaria quedaría como un simple pedazo de papel y se enfrentaría a una resistencia encarnizada de parte de los capitalistas.

No es con el Parlamento y con sus métodos como se puede realizar el socialismo; aquí el factor decisivo es la lucha revolucionaria del proletariado, ya que solo el podrá fundar una sociedad según sus deseos. La sociedad capitalista no es otra cosa que la dominación más o menos velada de la violencia. Esta sociedad tiende ahora a volver a la legalidad del “orden” precedente, a desacreditar y a anular la revolución que el proletariado ha hecho, a considerarla como una acción ilegal, una especie de malentendido histórico. Pero el proletariado no ha soportado en vano los mas pesados sacrificios durante la guerra; nosotros, los pioneros de la revolución, no nos dejaremos anular. Permaneceremos en nuestro puesto hasta que hayamos instaurado el reino del socialismo. El poder político del que el proletariado se apoderó el 9 de noviembre le ha sido ya arrebatado en parte, y se le ha arrancado, sobre todo, el poder de colocar en los puestos mas elevados de la administración a hombres de su confianza. Incluso el militarismo, contra la dominación del cual nos alzamos, vive todavía. Conocemos perfectamente las causas que han conducido a desalojar al proletariado de sus posiciones; sabemos que los consejos de soldados, al comienzo de la revolución, no comprendieron claramente su papel. Se han deslizado en sus filas numerosos calculadores astutos, revolucionarios de ocasión, cobardes que después del hundimiento del antiguo régimen, para salvar sus existencias amenazadas, se han unido nuevamente. En numerosos casos, los consejos de soldados han confiado a tales individuos puestos importantes, haciendo así de la zorra el guardián del gallinero.

Por otra parte, el gobierno actual ha restablecido el antiguo Gran Estado Mayor y ha entregado así el poder a los antiguos oficiales. Si ahora reina el caos por toda Alemania, la culpa no incumbe a la revolución, que se ha esforzado en suprimir el poder de las clases dirigentes, a las mismas clases dirigentes y el incendio de la guerra alumbrado por estas. “El orden y la tranquilidad deben reinar” nos grita la burguesía, y esta piensa que el proletariado debe capitular para que el orden y la tranquilidad se restablezcan; que debe entregarse el poder en manos de los que, bajo la mascara de la revolución, preparan ahora la contrarrevolución. Sin duda que un movimiento revolucionario no puede deslizarse sobre un parquet encerado; existen astillas y virutas en la lucha por una sociedad nueva, por una paz duradera. Al entregar a los generales el Alto Mando del ejército para proceder a la desmovilización, el gobierno ha hecho esta más difícil. Sin duda que la desmovilización seria mas ordenada si se hubiese confiado a la libre disciplina de los soldados. Por el contrario, los generales, armados con la autoridad del gobierno del pueblo, han intentado por todos los medios suscitar entre los soldados el odio hacia el gobierno. Por propia decisión, los generales han disuelto los consejos de soldados, prohibido desde los primeros días de la revolución la bandera roja y ha hecho quitar esta bandera de los edificios públicos. De esto es responsable el gobierno, que, para mantener el “orden” de la burguesía, ahoga a la revolución en sangre.

Osadamente se afirma que somos nosotros los que queremos el terror, la guerra civil, la efusión de sangre; osadamente se nos sugiere que renunciemos a nuestro trabajo revolucionario, a fin de que el orden de nuestros adversarios sea restablecido. No somos nosotros los que queremos la efusión de sangre, pero si es cierto que la reacción, en cuanto tenga la menor posibilidad, no dudará ni un instante en ahogar la revolución en sangre. Recordemos la crueldad y la infamia de la que es culpable la reacción, y no hace tanto tiempo aun. En Ucrania se ha entregado a un trabajo de verdugo; en Finlandia ha asesinado a millares de obreros. Esta es la labor sangrienta del imperialismo alemán, cuyos portavoces nos acusan hoy en la prensa calumniosa, a los socialistas, de querer el terror y la guerra civil.¡No! Nosotros queremos que la transformación de la sociedad y de la economía se produzcan en el orden. Si ha de haber desorden y guerra civil, la responsabilidad será únicamente de los que siempre han reforzado y ampliado su dominación y su provecho por las armas y quieren hoy poner al proletariado bajo su yugo. No es a la violencia y a la efusión de sangre a lo que llamamos al proletariado, sino a la acción revolucionaria enérgica, para poner en marcha la reconstrucción del mundo. Llamamos a las masas de soldados y de proletarios a trabajar vigorosamente para la formación de los consejos de soldados y obreros. Los llamamos a desarmar a las clases dirigentes y a armarse ellos mismos, para defender la revolución y asegurar la victoria del socialismo. Solamente así podremos asegurar la vida y el desarrollo de la revolución en interés de las clases oprimidas. El proletariado revolucionario no debe dudar un solo instante en apartar a los elementos burgueses de todas las posiciones políticas y sociales; debe tomar el mismo el poder en sus manos. Sin duda, tendremos necesidad, para conducir con éxito la socialización de la vida económica, de la colaboración de los intelectuales burgueses, de los especialistas, de los ingenieros, pero estos deben trabajar bajo el control del proletariado. De todas nuestras acuciantes tareas, ninguna ha sido emprendida por el gobierno actual. Por el contrario, el gobierno ha hecho todo lo posible por frenar la revolución. Y ahora nos enteramos que con la colaboración del gobierno se han formado en el campo consejos de campesinos, en esta capa de la población que siempre ha sido el adversario mas retrogrado y encarnizado del proletariado, en particular del proletariado rural.A todas estas maquinaciones, los revolucionarios deben oponerse enérgicamente; deben hacer uso de su poder y orientarse resueltamente en la vía del socialismo. El primer paso en este sentido consistiría en poner todos los depósitos de armas y toda la industria de armamentos bajo el control del proletariado. A continuación, las grandes empresas industriales y agrícolas deben ser transferidas a la colectividad. No cabe la menor duda de que esta transformación socialista de la producción, dado el grado de centralización de esta rama de la economía, puede ser realizada bastante rápidamente. Por otra parte, poseemos un sistema de cooperativas muy desarrollado, en el cual esta interesada igualmente y sobre todo la clase media. Esto también constituye un factor favorable para la construcción eficaz del socialismo. Sabemos perfectamente que esta socialización será un proceso de larga duración; no disimulamos las dificultades a las que nos enfrentamos en esta tarea, sobre todo la situación peligrosa en que nuestro pueblo se encuentra actualmente. Pero ¿quien puede creer seriamente que los hombres pueden elegir a su gusto el momento propicio para una revolución y para la realización del socialismo?. ¡La marcha de la historia no es esa precisamente! No se trata de decir: ni hoy ni mañana nos conviene la revo lución; será pasado mañana, cuando nuevamente tengamos pan y materias primas y nuestro modo de producción capitalista este en plena marcha, será entonces cuando estaremos dispuestos a discutir la construcción del socialismo. No, esta es una concepción falsa y ridícula de la naturaleza de la evolución histórica. No se puede elegir el momento propicio para una revolución ni transferir esta revolución a una fecha que nos convenga. Pues las revoluciones no son en el fondo otra cosa que grandes crisis sociales elementales, cuyo estallido y desarrollo no dependen de individuos aislados y que, pasando por encima de sus cabezas, se descargan como formidables tormentas. Ya Marx nos enseñó que la revolución social debe producirse en el curso de una crisis del capitalismo. Y bien, esta guerra es precisamente una crisis, por ello ha sonado la hora del socialismo. En la víspera de la revolución, en el curso de la famosa noche del viernes al sábado, los dirigentes de los partidos socialdemócratas dudaban de que la revolución era inminente; no querían creer que el fermento revolucionario en las masas de soldados y obreros había progresado hasta tal punto. Pero cuando percibieron que había comenzado la gran batalla acudieron todos; si no, habrían corrido el riesgo de ser desbordado por el movimiento. Ha llegado el momento decisivo. Estúpidos y débiles serán los que lo consideren inoportuno y lamenten que haya llegado precisamente ahora. Todo depende de nuestra resolución, de nuestra voluntad revolucionaria. La gran tarea para la que nos hemos preparado desde hace tanto tiempo exige ser cumplida ahora. ¡La revolución está ahí, debe ser desencadenada! No se trata de preguntarse quien, sino como. La cuestión esta planteada, y dado que la situación en que nos encontramos es difícil, no podemos decir que este no es el momento de hacer la revolución. Repito que no desconocemos las dificultades del momento. Ante todo, somos conscientes de que el pueblo alemán no tiene ninguna experiencia, ninguna tradición revolucionaria. Pero, por otra parte, la tarea de la socialización esta esencialmente facilitada al pueblo alemán por toda una serie de circunstancias. Los adversarios de nuestro programa nos objetan que, en una situación tan amenazante como es la de hoy, tan preocupados por el paro, por la escasez de artículos alimenticios y materias primas, es imposible emprender la socialización de la economía. Pero ¿acaso el gobierno de la clase capitalista, como consecuencia de una situación por lo menos tan peligrosa, no ha tornado medidas extremadamente enérgicas que han transformado por completo la producción y el consumo? Y todas estas medidas han sido tomadas para servir los fines guerreros, en interés de los militaristas y de las clases dirigentes, para permitirles subsistir.

Las medidas de economía de guerra no han podido ser aplicadas más que gracias a la autodisciplina del pueblo alemán; en su tiempo, esta autodisciplina estaba al servicio del genocidio y era contraria a los intereses del pueblo. Ahora debe servir a losintereses del pueblo y ser utilizada para transformaciones mucho mas profundas que jamás hayan sido conocidas. Al servicio del socialismo, esta autodisciplina creara la socialización. Precisamente son los social-patriotas los que han calificado estas medidas económicas de socialismo de guerra, y Scheidemann, celoso defensor de la dictadura militar, las defendió con entusiasmo. Pues bien, nosotros debemos considerar este socialismo de guerra como una transformación de nuestra vida económica, que preparará la vía de la realización de la verdadera socialización bajo el signo del socialismo. El socialismo es inevitable, y debe venir precisamente porque es necesario superar el desorden del que se lamentan tanto actualmente. Pero este desorden es insuperable en tanto continúen en sus posiciones las fuerzas económicas y políticas del capitalismo; ellas son las que han provocado el caos. Hubiese sido deber del gobierno intervenir y actuar rápida y enérgicamente. Pero este no ha hecho avanzar ni un paso a la socialización. ¿Qué ha hecho para resolver el problema del aprovisionamiento de la población? El gobierno ha dicho al pueblo: “Es necesario que seas prudente y que te conduzcas convenientemente, entonces Wilson te enviara alimentos”. Esto es lo que nos dice día tras día la burguesía, y la que no hace aun unos meses no encontraba palabras suficientemente injuriosas para cubrir de cieno al Presidente de los Estados Unidos, se entusiasma ahora con él y cae a sus pies llena de admiración -a fin de recibir de el alimentos-. Si, efectivamente, Wilson y sus amigos puede ser que nos ayuden, pero solamente en la medida en que esta ayuda corresponda a los intereses del capitalismo de la Entente. Ahora, todos los enemigos declarados o disimulados de la revolución proletaria se apresuran a glorificar a Wilson como un amigo del pueblo alemán; mas este Wilson humanitarista ha aprobado las crueles condiciones del armisticio impuestas por Folch y contribuido a aumentar hasta el infinito la miseria del pueblo. No, nosotros no creemos ni un solo instante, nosotros, socialistas revolucionarios, en las mentiras del humanitarismo de Wilson, el cual no hace ni puede hacer otra cosa que representar de forma inteligente los intereses del capitalismo de la Entente. ¿A quien sirven, en realidad, las mentiras de la burguesía y de los social-patriotas?. Sirven para persuadir al proletariado a que abandone el poder que ha conquistado por la revolución. Nosotros no caeremos en la trampa. Colocamos nuestra política sobre el suelo de granito del proletariado alemán, sobre el suelo de granito del socialismo internacional. No conviene ni a la dignidad ni a la tarea revolucionaria del proletariado que nosotros, que hemos comenzado la revolución social, confiemos en la benevolencia del capital de la Entente; nosotros contamos con la solidaridad revolucionaria y la combatividad de los proletarios de Francia, de Inglaterra, de Italia y de América. Los pusilánimes y los incrédulos desprovistos de todo espíritu socialista nos dicen que somos locos al esperar que estalle una revolución en los países vencedores en la guerra. ¿Qué es lo cierto?. Claro está que sería estúpido pensar que en un instante, a una orden, la revolución va a estallar en los países de la Entente. La revolución mundial, nuestro objetivo y nuestra esperanza, es un proceso histórico bien complejo para que estalle golpe a golpe en unos días o en unas semanas. Los socialistas rusos han previsto la revolución alemana como consecuencia necesaria de la revolución rusa, pero un año después de que esta revolución estallara todo esta en calma en Alemania, hasta que al fin suene la hora. Es comprensible que en estos momentos reine en los pueblos de la Entente una cierta embriaguez de triunfo. La alegría producida por el aplastamiento del militarismo alemán, por la liberación de Francia y Bélgica es tan grande que no debemos esperar, por el momento, un eco revolucionario por parte de la clase obrera de nuestros antiguos enemigos. Por otra parte, la censura existente todavía en los países de la Entente impondrá brutalmente silencio a quien llamara a unirse al proletariado revolucionario.

Igualmente es necesario no olvidar que la política de traición criminal de los social-patriotas ha tenido por resultado romper durante la guerra los lazos internacionales del proletariado. De hecho, ¿qué revolución esperamos nosotros de los socialistas franceses, ingleses, italianos y americanos?. ¿Qué objetivo y qué carácter debe tener esta revolución?. La del 9 de noviembre se impuso como tarea, en su primer estadio, el establecimiento de una república democrática y tenía un programa burgués. Nosotros sabemos muy bien que esta revolución no ha ido más lejos: ha llegado al estadio actual de su desarrollo. Pero no es una revolución de este género la que esperamos del proletariado de los países de la Entente, por la siguiente razón: Francia, Inglaterra, América e Italia gozan, desde largo tiempo, desde decenios e incluso siglos, de estas libertades democráticas por las que nos hemos batido nosotros el 9 de noviembre. Estos países tienen una Constitución republicana, precisamente la que la Asamblea Nacional tan ensalzada debe, en primer termino, concedernos, pues la realeza en Inglaterra e Italia no es mas que un decorado sin importancia, una simple fachada. Así, nosotros no podemos pedir al proletariado de otros países que desencadenen la revolución social en tanto que nosotros no la hayamos desencadenado. Corresponde a noso­tros dar el primer paso. Cuanto más rápida y más enérgicamente dé el proletariado alemán el buen ejemplo, más rápida y más enérgicamente nos seguirá el proletariado de los países de la Entente. Pero para que este gran proyecto del socialismo se realice, es indispensable que el proletariado conserve el poder político. Ahora no puede haber duda: lo uno o lo otro. O el capitalismo burgués se mantiene y continúa haciendo la felicidad de la humanidad con su explotación y su esclavitud asalariada y el peligro permanente de guerra que representa, o el proletariado toma conciencia de su tarea histórica y de sus intereses de clase y se decide a abolir definitivamente toda dominación de clase. Los social-patriotas y la burguesía se esfuerzan en desviar al proletariado de su misión histórica, presentándole un cuadro horrible de los peligros de la revolución y describiéndole con los colores más sombríos la miseria, la ruina y las perturbaciones que acompañarían a la transformación de las condiciones sociales. ¡Pero esta negra pintura es trabajo perdido!. Las mismas condiciones, la incapacidad en que se encuentra el capitalismo de restablecer la vida económica que el mismo ha destruido, es lo que impulsa ineluctablemente al pueblo hacia la vía de la revolución social. Si consideramos los grandes movimientos huelguísticos de los últimos días, veremos claramente que, incluso en plena re­volución, el conflicto entre la patronal y los asalariados continúa vivo. La lucha de clase proletaria proseguirá tanto tiempo como la burguesía se mantenga sobre las ruinas de su antigua dominación, y esta lucha no se detendrá más que cuando la revolución social haya triunfado.

Esto es lo que quiere la Liga Espartaco. Ahora se ataca a los miembros de Espartaco por todos los medios imaginables. La prensa de la burguesía y de los social-patriotas, desde el Vorwarts hasta la Krezzeitung, rebosan de mentiras vergonzosas, de las mas escandalosas deformaciones y de las peores calumnias. ¿De qué se nos acusa? De proclamar el terror, de querer desencadenar una espantosa guerra civil, de prepararnos para la insurrección armada; en una palabra: de ser los perros sangrientos mas peligrosos y sin conciencia que haya en el mundo: mentiras fáciles de desenmascarar. Cuando al comienzo del conflicto mundial yo agrupaba en torno mío a un pequeño grupo de revolucionarios valientes y decididos a luchar contra la guerra y la embriaguez guerrera, se nos atacó por todas partes, se nos acorraló y se nos mandó a prisión. Y cuando yo manifestaba abiertamente y en voz alta lo que entonces nadie se atrevía a decir y que muy pocos querían admitir, a saber: que Alemania y sus jefes políticos y militares eran responsables de la guerra, se me acusó de ser un vulgar traidor, un agente pagado por la Entente, un sin-patria que quería la ruina de Alemania. Hubiera sido más cómodo para nosotros callar o hacer coro con el chauvinismo y el militarismo. Pero nosotros preferimos decir la verdad, sin preocupamos del peligro a que nos exponíamos. Ahora todos, e incluso los que entonces se desencadenaron contra nosotros, comprenden que teníamos razón. Ahora, después de la derrota y de los primeros días de la revolución, los ojos del pueblo se han abierto y el pueblo comprende que fue precipitado a la desgracia por sus príncipes, sus pangermanistas, sus imperialistas y sus social-patriotas. Y ahora que de nuevo elevamos la voz para mostrar al pueblo alemán la única vía que puede llevarlo a la verdadera libertad y a una paz duradera, los mismos hombres que entonces nos difamaron, a nosotros y a la verdad, reemprenden la misma campaña de mentiras y de calumnias.

Pero estos podrán babear y aullar tanto como quieran y correr tras de nosotros como perros rabiosos: seguiremos imperturbablemente nuestro recto camino, el de la revolución y el socialismo, y nos diremos: “!Muchos enemigos, mucho honor!” Pues sabemos muy bien que los mismos traidores y criminales que en 1914 engañaron al proletariado alemán, prometiéndole la victoria y la conquista, pidiéndole que se mantuviera “hasta el fin” y pactando la vergonzosa unión sagrada entre el capital y el trabajo; los mismos que intentaron ahogar la lucha revolucionaria del proletariado y reprimido cada huelga como huelga salvaje con la ayuda de su aparato sindical y de las autoridades: estos son los que ahora, en 1918, hablan de nuevo de la tregua nacional y proclaman la solidaridad de todos los partidos para la reconstrucción de nuestro Estado. A esta nueva unión del proletariado y la burguesía, a esta traidora continuación de las mentiras de 1914 servirá la Asamblea Nacional. Esta será su verdadera tarea: con su ayuda se proponen ahogar por segunda vez la lucha de clase revolucionaria del proletariado. Pero nosotros sabemos que, en realidad, detrás de la Asamblea Nacional esta el viejo imperialismo alemán, el que a pesar de la derrota de Alemania no ha muerto. No, no ha muerto y, si pervive, el proletariado no recogerá los frutos de su revolución. Esto no debe ser. El hierro esta todavía caliente, y nos falta forjarlo. ¡Ahora o nunca!. O bien caemos en el viejo pantano del pasado, del que intentamos salvarnos con un impulso revolucionario, o bien proseguiremos la lucha hasta la victoria, hasta la liberación de toda la humanidad de la maldición de la esclavitud.

Para que podamos acabar victoriosamente esta gran obra -la tarea mas importante y mas noble que jamás se haya planteado la civilización humana-, el proletariado alemán debe instaurar su dictadura.

 

PROGRAMA DE LA LIGA ESPARTACO

 

MEDIDAS INMEDIATAS PARA ASEGURAR LA REVOLUCIÓN

 

 

Primera

Desarme de toda la policía, de todos los oficiales, de todos los soldados no proletarios. Desarme de todos los individuos pertenecientes a las clases dominantes.

Segunda

Incautación por los Consejos de obreros y soldados (C.O.S.) de todas las armas y municiones, así como de todas las fábricas de armas.

Tercera

Armamento de toda la población adulta proletaria masculina para formar una milicia obrera. Creación de una Guardia Roja de proletarios, como parte activa de la milicia, para proteger a la Revolución contra los atentados y maquinaciones contrarrevolucionarios.

Cuarta

Abolición del derecho de mando de los oficiales y suboficiales. Abolición de la ciega obediencia militar, sustituyéndola por la espontánea disciplina de los soldados. Nombramiento de los superiores por los mismos soldados, con derecho a revocación. Abolición de los tribunales militares.

Quinta

Alejamiento de los oficiales y suboficiales de todos los Consejos de soldados.

Sexta

Sustitución por hombres de confianza de la C.O.S. de los funcionarios políticos y autoridades del antiguo régimen.

Séptima

Institución de un Tribunal revolucionario encargado de juzgar a los principales responsables de la guerra, a los dos Hohenzollerns, Ludendorff, Hindenburg, Tirpitz y a sus cómplices, y a todos los conspiradores de la contrarrevolución.

Octava

Confiscación inmediata de todos los géneros alimenticios para asegurar la alimentación del pueblo.

 

MEDIDAS POLÍTICAS Y SOCIALES

 

Primera

Abolición de todos los Estados y creación de una República socialista alemana unida.

Segunda

Abolición de todos los Parlamentos y Concejos comunales, y asunción de sus funciones por parte de los Consejos de obreros y soldados, de sus órganos y Comités.

Tercera

Elección de Consejos de obreros en toda Alemania por todos los obreros adultos, de ambos sexos, en las ciudades como en el campo. Elección de Consejos de soldados por los soldados, excluyéndose a los oficiales. Derecho de los obreros y soldados, a revocar en cualquier momento a sus representantes.

Cuarta

Elecciones de delegados de los C.O.S. en toda Alemania para el Consejo central de los mismos, el cual deberá elegir el Comité ejecutivo, que será el órgano supremo del poder ejecutivo y legislativo.

Quinta

Convocatoria del Consejo central, por lo menos cada tres meses -procediendo cada vez a nueva elección de delegados-, para ejercer la inspección sobre la actividad del Comité ejecutivo y para establecer una viva vigilancia entre la masa de los C.O.S. y su supremo órgano gubernativo. Derecho de los C.O.S. locales a revocar, en todo momento, a sus representantes en el Consejo central, siempre que éstos no actúen conforme a los deseos de sus mandatarios. Derecho del Comité ejecutivo a nombrar y deponer a los comisarios del pueblo, así como a las autoridades y a los empleados.

Sexta

Abolición de todas las diversas clases, títulos y órdenes caballerescas. Completa igualdad jurídica y social de ambos sexos.

Séptima

Legislación social radical: acortamiento de la jornada de trabajo para evitar la desocupación, teniendo en cuenta el debilitamiento físico de los obreros a causa de la guerra. Duración máxima del trabajo, seis horas.

Octava

Inmediata y radical transformación de la legislación sobre alimentación, habitaciones, higiene, instrucción, en el sentido y según el espíritu de la revolución proletaria.

 

 

POSTULADOS ECONÓMICOS INMEDIATOS

 

Primero

Confiscación de todos los patrimonios y rentas dinásticas en beneficio de la colectividad.

Segundo

Anulación de las deudas del Estado y demás deudas públicas, así como de todos los empréstitos de guerra, a partir de las suscripciones de una cuantía determinada, que deberá fijarse por el Consejo central de los C.O.S.

Tercero

Expropiación del terreno de todas las grandes y medianas haciendas agrícolas, bajo una dirección central, en toda Alemania. Las pequeñas propiedades agrícolas quedarán en posesión de sus dueños hasta su espontánea adhesión a las Cooperativas socialistas.

Cuarto

Expropiación por la República de todos los Bancos, minas, ferrocarriles y todas las grandes empresas industriales y comerciales.

Quinto

Confiscación de todos los patrimonios, a partir de una cuantía que será fijada por el Consejo central de los C.O.S.

Sexto

Asunción de todos los medios públicos de transporte por parte de la República de los Consejos.

Séptimo

Elección de Consejos en todas las fábricas, los cuales, de acuerdo con los Consejos de obreros, regularán los asuntos internos de dichos establecimientos, las condiciones de trabajo, vigilando la producción para asumir, finalmente, la dirección de ésta.

Octavo

Nombramiento de una Comisión central de huelgas, la cual, con una continua cooperación de los consejeros de las fábricas, asegurará a los movimientos huelguísticos que se inicien una única dirección en toda Alemania, una orientación socialista y el más eficaz auxilio por parte del poder políticos de los C.O.S.

 

FINES INTERNACIONALES

 

Inmediata reanudación de relaciones con los Partidos socialistas de los demás países para establecer la Revolución socialista sobre bases internacionales y constituir y asegurar la paz por medio de la fraternización internacional y del levantamiento revolucionario.”

 

 

Gandhi: misógino, imperialista y antiobrero

por Ravi Mistry//

Mahatma Gandhi, la figura destacada de la campaña nacionalista india contra el dominio colonial británico en la India, es conocida por la mayoría como un antiimperialista, cuyos métodos pacíficos, no violentos, ayudaron a derrocar el dominio británico. Este mito ha sido perpetuado por muchos. La verdad, sin embargo, es que traicionó a aquellos a los que inspiró en la campaña de independencia, defendió abiertamente los intereses imperialistas británicos, consolidó las desigualdades existentes, incluyendo la discriminación de castas, raciales y de género y, en última instancia, su papel ayudó a la desastrosa separación de la India con Pakistán.

Muchas de las controvertidas aseveraciones de Gandhi, como sus comentarios abiertamente racistas sobre el estatus de los africanos, o el apoyo que le brindó a los británicos en la guerra de los Boers, a menudo se asocian a errores de juventud, que con el tiempo llegaría a rectificar. Esto se ha exagerado enormemente, pues Gandhi mantuvo muchos de estos prejuicios a lo largo de toda su vida, así como sus sistemáticos puntos de vista y acciones que siempre estuvieron alejados del proletariado, ya fueran obreros contratados, obreros industriales, “intocables” [la casta en la India que agrupa a los más pobres y marginados, NdT], campesinos o africanos. Sería necesario analizar su desarrollo político dentro de esta perspectiva.

Mohandas Karmadas Gandhi nació el 2 de octubre de 1869 en Porbandar, una ciudad del entonces estado principesco de Kathiawar, en el actual estado de Gujarat (India). Nació en el seno de una familia rica, perteneciente a la casta Bania (comerciante). Se casó con Kastur Kapadia a la edad de 13 años y se fue a estudiar a Rajkot. Su padre era el diwan (primer ministro) de un rajá local (rey), así que la familia disponía de una situación adinerada para enviar al joven Gandhi a Gran Bretaña, donde estudió Derecho en el University College de Londres.

Gandhi pertenecía a la clase profesional educada británica, que iba a dirigir la campaña india de la independencia en nombre de la burguesía nativa. Los otros líderes famosos del movimiento de la independencia tomaron una trayectoria similar, tal como Mohammed Ali Jinnah, Jawaharlal Nehru, R. Ambedkar y Vallabhbhai Patel, por citar solamente algunos nombres.

Gandhi en Sudáfrica

Tratando de establecerse sin éxito como abogado en Bombay, aceptó un trabajo en Natal, Sudáfrica, en la compañía india de un amigo empresario de Porbandar, Dada Abdulla. Llegó a la edad de 24 años, en mayo de 1893, con un contrato de trabajo de un año y un generoso salario de 105 libras, gastos de manutención y pasaje de primera clase. Es aquí donde Gandhi se enfrentó al racismo del Imperio de manera más palpable y donde primero desarrolló sus ideas de protesta no violenta. Sin embargo, también fue aquí donde afloraron sus prejuicios de clase y raciales contra sus compañeros indios y africanos, apoyando lealmente los intereses imperialistas británicos.

La población de Natal en 1893 era de 584.326 personas, compuesta por un 8% de blancos, 6% de indios y un 85% de zulúes. Gandhi experimentó  inmediatamente esta inestabilidad racial. Se le pidió que se quitara el turbante cuando fue a la corte, a lo que se negó abandonando el edificio. Dos semanas más tarde, protagonizó el famoso incidente en el que fue expulsado forzosamente de un tren en Pietermartizburg por negarse a desalojar un vagón de primera clase, porque un pasajero blanco desaprobaba compartir el compartimento con un coolie indio (emigrante). Poco después, viajando en una diligencia, fue golpeado por el conductor porque se negó a ceder su asiento a un pasajero de piel blanca.

A Gandhi también se le negó la estancia en varios hoteles, tomando conciencia rápidamente del estatus de segunda clase de sus compañeros indios en la colonia. A los indios se les impedía caminar en las aceras y se los obligaba a usar entradas en los establecimientos diferentes a las de los blancos. Estas restricciones iban aumentando, especialmente porque la población blanca temía que los inmigrantes indios compitieran con los negocios de los blancos y menoscabaran a los trabajadores blancos. Desde el principio fue muy consciente de las numerosas desigualdades que sufrían, no sólo los indios, sino también la población indígena zulú.

En ese contexto, optó por posicionarse del lado de sus opresores, mostrándoles lealtad y servilismo, y entrando en el juego paternalista blanco, en lugar de atacar estas injusticias directamente con el fin de lograr la igualdad con la población blanca del imperio. Intentó separar a los siervos indios de los indios pequeñoburgueses y burgueses como él, a través de la lógica del Imperio.

En uno de sus escritos de 1895 prometía lealtad a la Corona británica en nombre de los indios y citaba las ideas de los archi-imperialistas Cecil Rhodes y Lord Milner de “igualdad de derechos para los hombres civilizados” para los propietarios indios. Los «hombres civilizados» no incluían a los trabajadores migrantes que llegaron a Natal con contratos de cinco años, sufriendo condiciones de vida y trabajo horribles, a quienes Gandhi describió como “mis compatriotas mudos e indefensos”. En diciembre de 1895, declaró que los indios propietarios de bienes “no tienen ningún deseo de ver puestos a los indios ignorantes, de quienes no se puede esperar que entiendan el valor de la votación, en el “censo electoral”.

Este modo de separarse de otros grupos oprimidos es aún más claro cuando se trata de la condición de los africanos. Gandhi promovió activamente la segregación racial, ya que utilizó las ideas del siglo XIX sobre la raza para afirmar que los indios descendían de los arios, lo que los separaba y situaba por encima de los africanos. Gandhi creía que a los indios se los maltrataba porque los blancos los veían de la misma forma que a los africanos, por lo que hizo todo lo posible para separar a los indios de los africanos, y así lo afirmó claramente:

“Los europeos desearían degradarnos al nivel del simple Kaffir, cuya ocupación es la caza y cuya única ambición es acumular un cierto número de ganado para comprar una esposa y, luego, pasar su vida en la indolencia y la desnudez”. (Obras Completas de Mahatma Gandhi, Vol. 1)

Gandhi ayudó a fundar el Partido Indio del Congreso de Natal en 1894, promoviendo dicha separación con la petición –que consiguió– de que hubiera entradas diferentes para los indios en la oficina de correos de Durban. Si antes había dos: una para los blancos y otra para los “hombres de color”, ahora había tres: una para los blancos, una para los asiáticos y otra para los nativos. De manera similar, en mayo de 1895, en una petición de los indios de Transvaal al secretario colonial británico, Lord Ripon, sobre la cuestión de los pasajes de primera y segunda clase para los indios en los ferrocarriles, se lamentaba de que “los indios se agrupen en el mismo compartimiento con los nativos”.

Gandhi mantuvo estas observaciones y acciones durante su tiempo en Sudáfrica. En respuesta a las apelaciones de la Liga Blanca contra la inmigración india y la propuesta sobre inmigración china en 1903, declaró: “Creemos también que la raza blanca de Sudáfrica debería ser la raza predominante”. Aunque algunos tienen en cuenta estas afirmaciones, a menudo se dice que Gandhi cambió sus puntos de vista más adelante cuando inició su lucha contra el Imperio, pero esto no es necesariamente cierto. Si bien defendió más tarde el nacionalismo cultural africano, como vestirse con trajes africanos nativos, también criticó a los socialistas indios por llevar a cabo una lucha común con la causa africana, queriendo mantener separados los intereses de la India.

Durante su época en Sudáfrica, Gandhi desarrolló y practicó el método de “resistencia pasiva”, con motivo de la promulgación de una serie de leyes restrictivas que atacaban directamente los derechos de los indios. Una de las más polémicas fue la llamada “Ley Negra” en Transvaal: con ella se pretendía poner fin a la inmigración india y se obligaba a todos los hombres indios mayores de 8 años a registrarse.

Cerca de tres mil indios se comprometieron a desafiar la ley promulgada, sufriendo castigos de prisión repetidos durante el tiempo que Gandhi trató sin éxito de negociar con el gobierno la retirada de la ley. Es aquí donde Gandhi comenzó su campaña de resistencia pasiva. Miles de indios fueron encarcelados. Sin embargo, iba a traicionar a aquellos que habían sacrificado su poca libertad al aceptar un acuerdo mediocre con el general Jan Smuts, líder de Transvaal, en las primeras muestras de llegar a una concesión. Los indios ricos y educados quedaban exentos, el resto se registraría voluntariamente en vez de ser obligados a hacerlo. Gandhi vio en esto una victoria al no haber coacción y al considerar legítima la barrera de clases, ya que no estaba basada en la raza. Provocó fuerte indignación entre las miles de personas que se habían sacrificado sufriendo encarcelamiento.

Dichas leyes restrictivas continuaron existiendo, incluyendo un impuesto anual de 3 libras y el no reconocimiento de los matrimonios no cristianos. No estaba claro si los siervos indios [peones y trabajadores no remunerados, NdE] y sus familias, los que vinieron después de 1895, tenían plenos derechos de residencia; a los indios se les negaba el acceso al Estado Libre de Orange (la actual provincia de Free State Province), y siguieron imponiéndose estrictas restricciones al comercio, a las licencias y a la inmigración. Gandhi, a pesar de haber estado al servicio de los británicos y haber tratado de efectuar cambios, tanto constitucionalmente como a través de actos de desobediencia civil moderados, no logró encontrarle una solución concreta a ninguno de estos agravios y ataques a la comunidad india en Sudáfrica.

En 1913, se aprobó otra ley de inmigración que restringía la libre circulación de los indios, y a pesar del fracaso de las sucesivas campañas de resistencia pasiva, la de 1913 resultó ser decisiva. Los partidarios de la resistencia pasiva que sufrirían penas de cárcel incluían ahora a mujeres y a más participantes en general; sin embargo, los mineros indios y los trabajadores contratados libraron una lucha contundente para sorpresa de Gandhi. A pesar de calificarlos de “ignorantes” y desconfiar de su poder político, utilizó su apoyo junto al de los siervos, a medida que se extendía una campaña de masas a través de todo el país contra los numerosos agravios.

Los disturbios, las huelgas de los mineros y de los siervos, la resistencia pasiva, y la presión extranjera ejercida por blancos que les daban su apoyo, obligaron finalmente al gobierno a otorgar concesiones. Finalmente, se aprobó un proyecto de ley que derogaba el impuesto de 3 libras, legitimaba los matrimonios no cristianos y el derecho de residencia durante tres años, pero también dejaba a la policía libre de cargos por cualquier acto ilícito que hubiera podido cometer durante la lucha. Otras muchas restricciones permanecieron, entre ellas la de la entrada al Estado Libre de Orange, la inmigración a Sudáfrica o las restricciones comerciales.

Hay que señalar que en esta lucha, Gandhi denunció la idea de que los mineros indios se vincularan con los africanos. Al mismo tiempo, los mineros indios dijeron no estar luchando con Gandhi, afirmando que él no era su líder y, de hecho, actuaron al margen de su dirección, como la mayoría de los trabajadores siervos. La resistencia pasiva sin el respaldo de la clase obrera india no había conseguido nada previamente; Gandhi aceptó rápidamente las mínimas concesiones para conseguir un acuerdo lo antes posible. Regresaría a la India como un héroe, pero la gran ironía es que su mayor éxito fue debido a la fuerza y ​​ solidaridad de la clase obrera india, no a la de los satyagrahi (partidarios del “apego o devoción a la verdad”), aquellos que siguieron su ideología puritana y dirección.

Hind Swaraj, Gandhismo y la resistencia pasiva

En 1909, en el viaje en barco de regreso a Sudáfrica desde Londres, Gandhi escribe un texto con el título de Hind Swaraj, en el que describe de manera concisa y clara sus puntos de vista filosóficos. Su contenido es esencialmente utópico y reaccionario. Se posiciona contra la civilización moderna, que representan los británicos, médicos, ferrocarriles y abogados, y que describe como “el reino de Satanás”, en contraste con la “civilización antigua, reino de Dios”.

Sostiene que para obtener el verdadero “Swaraj” (autogobierno), el Estado no sólo debe ser reemplazado por los indios a todos los niveles, sino que debe ser completamente transformado. Argumenta contra el aprendizaje de la mayoría de las ciencias a favor de la educación religiosa, que debe ocupar la mayor prioridad. A su vez, establece el camino de la resistencia pasiva (‘satyagraha’) como medio para lograrlo, en contraposición con el armamento de las masas, que es visto como una concepción extranjera europea. Afirma que la resistencia pasiva requiere pobreza y castidad, para crear un cuerpo sin miedo dispuesto a sacrificarse.

Casi todo lo que escribe en este libro está repleto de una gran incoherencia, ya que Gandhi se benefició de una educación británica, viajó ampliamente en ferrocarriles y barcos de vapor británicos y llegó él mismo a ser abogado. Gandhi también frecuentaba los clubes coloniales donde buscaba el apoyo para sus campañas y experimentos entre la clase industrial capitalista nativa y simpatizantes europeos. La búsqueda de tal apoyo fue la razón por la que él mismo se estableció en Ahmedabad, la capital industrial de Gujarat. Entre sus compañeros nacionalistas, los puntos de vista de Gandhi expuestos en Hind Swaraj resultaban extraños, reaccionarios y confusos.

Gandhi intentó poner en práctica su utopía filosófica creando comunidades cooperativas (ashram), pero incluso a una escala tan pequeña fue difícil su funcionamiento. Gandhi utilizó un control autoritario para tratar de aplicar una utopía comunal, con una estricta dieta vegetariana sin sal, ghee, ni leche; celibato para todos; viviendas separadas para hombres y mujeres, cocina y vida comunal entre las castas y las religiones. Pero a pesar de estos ideales comunales, en la práctica los hindúes seguían esterilizando los cubiertos usados ​​por los musulmanes; la esposa de Gandhi, Kasturba, se oponía a limpiar los orinales, y perceptiblemente, no se admitió a ningún africano. Millie Polak, quien residió en “La granja de Tolstói” (la primera comunidad cooperativa que fue creada), escribió:

“El señor Gandhi nunca supo que el té y el café, el azúcar y la sal, y una docena de otras cosas deliciosas, pero prohibidas, fueron introducidas clandestinamente en la Granja y consumidas allí”. (Millie Polak: El Sr. Gandhi: El hombre. 1931)

También es irónico que los ashram de Gandhi, desde “La granja de Tolstói” al ashram de Sabarmati, en Ahmedabad, dependieran de las donaciones de los ricos capitalistas europeos e indios, para crear un espacio de austeridad y armonía comunal autosuficiente.

Gandhi y Ahmisa (no violencia)

Uno de los mitos que imperan sobre Ganghi es su visión pacifista y no violenta. Esta creencia ha sido perpetuada por los académicos, el Estado indio y la cultura popular en general. Se contradice, sin embargo, con sus acciones y declaraciones, que apoyaron sin tapujos la violencia colonial, el asesinato y la guerra.

Mientras Gandhi estuvo en Sudáfrica, se libraron dos brutales conflictos imperiales a favor del imperialismo británico. Ambos conflictos no sólo fueron apoyados por Gandhi abiertamente, sino que los vio como oportunidades para probar el valor de los indios en Sudáfrica.

Sudáfrica se dividió entre los británicos y los holandeses Afrikaners, conocidos como Boers, que literalmente significa agricultor. La segunda de las guerras tuvo lugar en el área Boer de Transvaal, que contaba con una de las mayores reservas de oro. Además, con el nuevo ferrocarril de Delagoa Bay, los Boers podían prescindir de los puertos británicos; las importaciones alemanas y las finanzas europeas, a su vez, aumentaban significativamente hacia finales del siglo XIX. Los capitalistas británicos y los terratenientes sudafricanos, que veían en esto un motivo de mayor preocupación, acabaron desatando una guerra, el 11 de octubre de 1899, con el único objetivo de proteger y expandir los intereses imperiales británicos.

En este contexto, Gandhi trató por todos los medios de ayudar a la causa imperial británica, declarando al Secretario colonial que los indios mostraban “un afán extremo por servir a nuestro Soberano”, y pidiendo ser ubicados en los hospitales del frente. Debido a las primeras victorias de los Boer, los británicos aceptaron la oferta de Gandhi. También estuvo a cargo de la creación de un fondo patriótico de guerra y mantuvo su lealtad a pesar de la brutalidad de la guerra. Más tarde, se crearon campamentos de concentración cuando los Boers procedieron a la guerra de guerrillas. 28.000 Boers(incluyendo 22.000 niños) y 20.000 africanos murieron. Esto no pareció preocupar a Gandhi, en su lugar, felicitó a los británicos por su victoria, pidió el chocolate de Queens (que se les daba a los soldados blancos), y repartió certificados para dejar constancia de la participación de los indios en la guerra. No recibiría a cambio ninguna concesión política para los indios.

A pesar de no recibir nada, Gandhi continuó demostrando sin piedad su lealtad incondicional al Imperio, durante el brutal aplastamiento de la rebelión de Bhambatha de 1906 (la segunda guerra zulú). Tanto los Boers como los británicos habían desposeído violentamente a los zulúes de sus tierras. Con el fin de forzarlos a convertirse en obreros, se impuso un impuesto de 1 libra a todos los hombres zulúes que no hubieran pagado todavía el impuesto de cabaña. Bhambatha ka Mancinza, jefe del clan Zondi, lideró una lucha que comenzó atacando a una patrulla de la policía, matando a tres. En represalia, los británicos comenzaron una campaña brutal para acabar con la rebelión, en la que murieron casi cuatro mil zulúes, siete mil fueron encarcelados y decenas de miles quedaron sin hogar o fueron obligados, como querían los británicos, a convertirse en trabajadores de las minas del Imperio, de los agricultores blancos y otras industrias. (Shula Marks: La Historia de Cambridge de Sudáfrica, 2011)

Gandhi apoyó abiertamente a los británicos en aplastar el levantamiento y menospreciar a los zulúes por rebelarse. Pretendía demostrar que los indios eran tan “civilizados” e iguales como los blancos, así como súbditos leales del Imperio. La rebelión de los zulúes contra el imperialismo británico era una oportunidad para demostrarlo. Un editorial de 1905 publicado en el periódico fundado por Gandhi, Indian Opinion, afirmaba de manera llamativa que la sociedad zulú era “tratada excesivamente bien” por los británicos y que un “pequeño impuesto razonable extra no haría daño … en la mayoría de los casos, obligaría al nativo a trabajar unos días más al año”. (Desai y Vahed: El Gandhi sudafricano, 2015)

Refiriéndose al ofrecimiento del apoyo de los indios a los británicos, Gandhi escribió que “más de cien mil indios en Natal demostraron que pueden hacer un trabajo muy eficiente en tiempo de guerra…”. Los indios “no aspiran a ningún poder político en la colonia” y el gobierno debe aprovechar la oportunidad para “convertir una comunidad hasta ahora descuidada en un activo permanente y más valioso del Estado”. (Obras Completas de Mahatma Gandhi, Vol. 5, )

Ni siquiera podría decirse que Gandhi fue un hombre de su tiempo. El imperialista, Winston Churchill, se pronunció incluso contra la guerra. A Gandhi no pareció importarle la barbarie de la guerra e, incluso, tuvo el valor de escribir al gobernador colonial un año después de salir en defensa de los indios, para que pudieran servir en el ejército. Gandhi continuó ofreciendo su apoyo incondicional al imperialismo británico, dando no sólo un apoyo continuado durante la Primera Guerra Mundial, sino también reclutando activamente a soldados indios para la causa.

La hipocresía llega a ser mayor al comprobar que, a medida que progresaba la guerra, Gandhi comenzó a dirigir los levantamientos campesinos entre los trabajadores de índigo en Champaran, en 1916, y entre los campesinos del distrito de Jeda (1917-18) en su Gujarat natal. Gandhi y muchos de sus seguidores alentaron a estos campesinos para que desafiaran al gobierno británico, boicoteando el pago de las rentas, y fomentaron activamente el fermento contra el gobierno colonial británico.

Dirigiéndose a los campesinos en el distrito de Jeda, en 1918, dijo:

“Nuestra lucha no es sólo para asegurar la suspensión de los impuestos de la tierra … En verdad, estamos luchando por el bien de la importante cuestión que está involucrada en ella. Es la cuestión del gobierno democrático. La gente ha despertado y ha empezado a entender sus derechos. Una plena comprensión de estos derechos es lo que se entiende por Swaraj. “(Obras Completas de Mahatma Gandhi, Vol. 14)

La protesta campesina en Jeda fue resuelta discretamente a mediados de 1918 y fue considerada como una victoria. Sin embargo, durante el tiempo de la revuelta, Gandhi fue convocado en Delhi para reunirse con el virrey, con el fin de restablecer su apoyo al esfuerzo de guerra. Incluso en esta etapa, siendo muy consciente de la guerra sangrienta y violenta que se libraba, Gandhi, de nuevo, respaldó pública y abiertamente a los británicos. A pesar de luchar por los campesinos, de escribir Hind Swaraj, y hacer su voto de celibato y no violencia, Gandhi no sólo reiteró su apoyo a la Primera Guerra Mundial, sino que tuvo el valor de regresar al distrito de Jeda, donde los campesinos habían estado luchando contra los colonos británicos, para reclutar a soldados indios para luchar del lado de los imperialistas británicos en la guerra. ¡Incluso llegó a decir que los acompañaría  al frente en Europa!

Los mismos campesinos que unas semanas antes se sentían fascinados, se mostraban ahora confundidos e indignados. Cuando se le preguntó acerca de su postura sobre la no violencia, dijo que no llevaría armas. Él y otros de sus seguidores se dispusieron a reclutar soldados, aunque ninguno tuvo que luchar en la guerra, pues esta terminó cuando se disponían a empezar el adiestramiento.

El uso de la protesta no violenta por Gandhi, no sólo era una forma de mostrar quién era el oprimido, sino también un medio para controlar la combatividad tanto de la clase obrera como del campesinado. Tal combatividad se hizo más visible con los disturbios de Chauri-Chaura, donde un grupo de manifestantes del movimiento de no cooperación de 1920-22 (iniciado y dirigido por Gandhi), incendió una comisaría de policía matando a 22 gendarmes. Gandhi usó esto como una excusa para poner fin al movimiento, obstaculizar la causa de la independencia y frenar el empuje que ésta había iniciado.

A pesar de su prédica constante de la no violencia durante las protestas contra el colonialismo británico en la India, Gandhi la instigó activamente en el movimiento “Quit India” de 1942, cuando el Partido del Congreso fue expulsado del poder en el gobierno provincial, y sus principales miembros, incluido Gandhi, encarcelados. En medio de la Segunda Guerra Mundial, Gandhi pronunció su famosa frase, “hacer o morir”, y su fiel aliado, Vallabhbhai Patel, declaró en más de una ocasión a los congresistas que:

“Si ocurrieran casos como el de Viramgam o se suprimiera la línea de ferrocarril o asesinara a un inglés, la lucha no se detendría …. Atacad con valentía, incluso a costa de la violencia… Deberíais dejar de lado el programa constructivo y estar listo para llevar a cabo las órdenes de Gandhi. Los actos de violencia incluso del tipo de Chauri Chaura no detendrán el movimiento”. (David Hardiman: Historias de los Subordinados, 2006)

La idea de que Gandhi era un hombre de paz es claramente risible. Reclamó activamente el apoyo a tres violentos conflictos imperiales en nombre del Imperio, aplastó las rebeliones y la militancia de las masas indias bajo el disfraz de la no violencia, para al final instar a dicha violencia en 1942. En sus propias palabras , declaró en 1920:

“En mi humilde opinión, ningún indio ha cooperado más que yo con el gobierno británico, durante veintinueve años ininterrumpidos de vida pública, en circunstancias que bien podrían haber convertido a cualquier otro hombre en un rebelde”. (Obras Completas de Mahatma Gandhi, Vol. 14)

Gandhi y el movimiento nacionalista indio

Cuando Gandhi regresó a la India en enero de 1915, su liderazgo entre la comunidad india y las luchas que había dirigido en Sudáfrica lo habían convertido en un dirigente del país, condición que pocos líderes indios tenían en aquel momento. Esto, junto con el creciente radicalismo por las condiciones de la Primera Guerra Mundial, que esencialmente expoliaban los recursos de la India; con un Estado cada vez más intrusivo y la creciente represión del gobierno a cualquier disensión, hizo emerger la figura del Mahatma y expresar esta ira a través de la demanda del Swaraj (autogobierno). Durante esta fase, los líderes nativos de la burguesía esperaban obtener el poder dentro del imperio, concediendo a la India el mismo estatus del que se beneficiaban las colonias blancas de Australia y Canadá.

Gandhi atrajo un seguimiento masivo debido a estas condiciones, su forma de desobediencia civil le permitió expresar a una capa cada vez más radical de campesinos y capas pequeño-burguesas su resentimiento. Su humilde apariencia convenció a muchos de que era un “hombre del pueblo” y conectó con una multitud a la que alentó a forjar una lucha contra leyes y decretos específicos. Millones de personas que buscaban una expresión contra su opresión fueron atraídas por el movimiento nacionalista, conectando su lucha con el objetivo específico del Swaraj.

La primera tentativa nacional surgió en 1919 con el Rowlatt Satyagraha: una campaña de resistencia pasiva contra la llamada ley de Rowlatt. Dicha ley suprimía derechos civiles, como el juicio sin detención de hasta dos años, ya que los británicos temían un movimiento revolucionario como el de la Revolución Rusa. La campaña hizo un llamamiento a la huelga de negocios, no de trabajadores (!) el 6 de abril. Gandhi declaró específicamente que, “los empleados que deban trabajar incluso el domingo, sólo pueden suspender el trabajo después de obtener una licencia previa de sus patrones”.

A pesar de las restricciones de Gandhi, muchos no las respetaron y terminaron tomando iniciativas por su propia cuenta, en algunas ocasiones provocando disturbios, especialmente después de que se propagaran rumores sobre la detención de Gandhi. Los disturbios se fueron extendiendo entre un campesinado y una clase obrera radicalmente politizados, que atacaban símbolos del dominio colonial (por ejemplo, las líneas de ferrocarril y postes de telégrafos); Gandhi se puso inmediatamente del lado de los británicos e hizo todo lo que pudo para calmar la situación. Los que protestaron fueron arrestados o multados, sin que Gandhi opusiera resistencia alguna a tales castigos.

El movimiento nacionalista se consolidó más tarde bajo el gobierno de Gandhi a través del Congreso Nacional de la India, el principal partido nacionalista burgués nativo en el sur de Asia. En septiembre de 1920, Gandhi hizo un llamamiento para crear un movimiento nacional de no-cooperación con los británicos, hasta que se concediera la soberanía. Para entonces, Gandhi se había consolidado como el principal líder nacionalista de la India, convirtiéndose en el presidente del Congreso. Había unido a la gran mayoría de los líderes burgueses musulmanes, conectando el movimiento de no cooperación con el movimiento Jalifat contra las acciones británicas en el Imperio Otomano. Se podría decir que Gandhi promovió la causa nacionalista, al menos políticamente, entre los burgueses nativos de toda la India. Sin embargo, al final acabaría traicionando la campaña para ponerse del lado de los británicos, como lo siguió haciendo durante su carrera política.

Las demandas propuestas por Gandhi durante el movimiento de no cooperación no estuvieron respaldadas por acciones radicales, como requería dicha tarea. Gandhi hizo un llamamiento para boicotear los tejidos extranjeros, las posiciones gubernamentales, escuelas y otras instituciones similares dirigidas directamente por los británicos; pero también exigió sus propias medidas puritanas tales como organizar piquetes en las licorerías. Estas acciones no fueron aceptadas por todos. Pero comenzaron a aglutinar a una militancia de obreros y campesinos, muchos de los cuales fueron arrestados.

Los taimados llamamientos de Gandhi obligaron a los trabajadores y campesinos a tomar la iniciativa por su cuenta, luchando contra sus propias condiciones de opresión, lo que inevitablemente acabó en disturbios. El 4 de febrero de 1922, en Uttar Pradesh, 22 policías fueron asesinados durante unos disturbios en Chauri Chaura, el movimiento de la no-cooperación había aglutinado a una gran militancia. Gandhi volvió a usar la excusa de la violencia para posicionarse del lado del gobierno colonial, y detuvo el movimiento que había iniciado. Esto al final retrasó la causa de la independencia durante décadas.

Gandhi fue arrestado durante dos años y no se involucró en el movimiento nacionalista hasta finales de los años veinte. Cuando volvió a entrar en la política nacional, se opuso a la declaración de Purna Swaraj (independencia total de la India) en 1927 y la detuvo, a iniciativa de Subash Chandra Bose y de Jawaharlal Nehru, ambos bajo la influencia del comunista indio, Bhaghat Singh, que reclamaba la independencia total. La Purna Swaraj se retrasó hasta enero de 1929 con la petición de que para entonces el gobierno británico habría otorgado el estatuto de autonomía a la India, algo que Gandhi sabía que no concedería; de nuevo se volvería a lanzar una campaña de desobediencia civil.

Durante este período, ante la ausencia de una campaña de independencia secular radical, el movimiento se fragmentó en facciones religiosas cada vez mayores, impulsadas por grupos reaccionarios reformistas y nacionalistas religiosos. Éstos sembraron las semillas para la posterior partición de la India. Gandhi tuvo mucho que ver en esto en gran medida, liderando una campaña religiosa puritana con sus llamamientos al “trabajo constructivo” y la autosuficiencia; invocando a dioses hindúes de la casta alta como Ram, el Bhagvad Gita, y tratando a los grupos religiosos como comunidades separadas. Esto contribuyó a dibujar una imagen del partido del Congreso como un partido dominado por las castas superiores hindúes –y en verdad lo era. Esta división, especialmente con respecto a los musulmanes, se ilustró vívidamente en la famosa marcha de la sal en Gujarat, en 1930, donde apenas se hicieron visibles o participaron.

El gobierno provincial había sido concedido en 1935, después de muchas décadas de lucha de las masas indias, no por el liderazgo de Gandhi. Sin embargo, los británicos todavía mantuvieron el pleno derecho de control, que se ejerció debidamente con el inicio de la Segunda Guerra Mundial. La última gran contribución de Gandhi al movimiento nacionalista fue su llamamiento al pueblo indio a “hacer o morir” bajo el movimiento “Salid de India”. Irónicamente, hizo un llamamiento a un levantamiento violento, que fue brutalmente aplastado por los británicos, especialmente en el Uttar Pradesh y Bihar, a medida que los británicos perdían el control en ciertas áreas. Gandhi, sin embargo, no tenía ninguna intención de liderar ninguna lucha armada, y su llamamiento fue en gran medida una misión suicida para los millones de personas a las que estaba pidiendo sacrificar sus vidas. Así quedó patente en el caso de Subash Chandra Bose, que se vio obligado a abandonar el Congreso a causa de Gandhi, y dirigió una fuerza de liberación armada a favor de la independencia, algo que Gandhi no apoyó.

La intención de Gandhi fue siempre la de asegurar una transferencia de poder pacífica a la burguesía india. Sin embargo, su temor a la clase obrera y a los campesinos lo llevó a unirse al gobierno colonial y retrasar la victoria de la independencia durante décadas. Esta contradicción de proteger la propiedad privada de la burguesía nativa, al mismo tiempo que también movilizaba a trabajadores y campesinos por la causa nacionalista, caracterizó la naturaleza del movimiento nacionalista indio bajo la dirección de Gandhi. Así se expresaba Trotsky a los trabajadores indios en 1939:

“La burguesía india es incapaz de dirigir una lucha revolucionaria. Están íntimamente ligados y dependientes del capitalismo británico. Tiemblan por su propia propiedad. Tienen miedo de las masas. Buscan compromisos con el imperialismo británico sin importar el precio y acallan a las masas indias con esperanzas de reformas desde arriba. El líder y profeta de esta burguesía es Gandhi. ¡Un falso líder y un falso profeta! “(León Trotsky: Carta abierta a los trabajadores de la India, New International, 1939)

Gandhi y la clase obrera

Mahatma Gandhi se abstuvo continuamente de comprometerse con la clase obrera en las ciudades industriales de la India. A pesar de ser una minoría de la población, fueron los trabajadores los que constituyeron la fuerza social y política más progresista de la India colonial. Esto se demostró a través de su solidaridad de clase y comunal, como en las huelgas y negociación colectiva para mejorar sus condiciones de trabajo, sus derechos y sus salarios; o sus acciones nacionalistas combativas como el motín de la Marina Real India de 1946.

La actitud de Gandhi hacia los trabajadores industriales era paternalista y condescendiente en el mejor de los casos. En 1923, tras la derrota de la huelga general de 65 días, en Ahmedabad, por el recorte salarial del veinte por ciento a los trabajadores de la fábrica de algodón, Gandhi les aconsejó que:

“Los propietarios y los trabajadores deben establecer una relación de padre a hijo.” (Howard Spodeck, Ahmedabad, 2011)

El propio Gandhi era un representante de la burguesía india. En la rara ocasión en que dirigió una huelga de los trabajadores de la fábrica de Ahmedabad, en 1918, lo hizo sólo porque un funcionario colonial le había pedido que interviniera. Los trabajadores protagonizaron una huelga salvaje, forzando un impasse. Cuando se estableció un comité de arbitraje, ninguno de los obreros de la fábrica estaba representado. Además, el presidente de la Asociación de propietarios de molinos, Ambalal Sarabhai, acababa de salvar el ashram Sabarmati de Gandhi con sus generosas donaciones, lo que ponía a Gandhi en una ambigua situación a la hora de representar a la clase trabajadora en una huelga.

Los trabajadores exigieron un aumento del 50% de los salarios, debido a los beneficios sin precedentes de la compañía y a la rápida inflación. Gandhi rebajó la petición al 35% y se limitó a apaciguar a los trabajadores, haciéndoles comprometerse a no “entregarse a travesuras, pelear, robar, saquear o hacer uso de un lenguaje impertinente, o causar daño a la propiedad de los dueños de los molinos”. Durante la lucha, Gandhi incluso tuvo la audacia de conducir en el coche de Ambalal Sarabhai, y también aceptó un almuerzo en su ashram. El creciente descontento y distanciamiento con las tácticas de Gandhi lo obligaron a ayunar por la causa, con el fin de manejar a la militancia obrera. La disputa se resolvió finalmente con la obtención del aumento salarial propuesto por Gandhi.

Allí donde la clase trabajadora demostró su fuerza, unidad comunal y potencial revolucionario, Gandhi trabajó para destruirla activamente. Esto se vio reflejado con mayor claridad durante el motín de la Marina Real India, en febrero de 1946, donde unos 20.000 marineros de las bases navales en todo el país se declararon en huelga, muchos de los cuales izando la bandera roja. El Partido Comunista (PCI), respaldado por los dirigentes socialistas del Congreso, convocó una huelga nacional, en la que unos 300.000 trabajadores paralizaron las fábricas en solidaridad con la ciudad de Bombay. Tal unidad de clase y potencial revolucionario despertaron el temor en la burguesía nativa. El partido del Congreso, mayoritariamente de base hindú, y la Liga musulmana trabajaron mano a mano para aplastar esta unidad comunal y de clase, apenas un año antes de la partición sangrienta. Gandhi condenó la huelga declarando de forma increíble que:

“Una alianza entre hindúes, musulmanes y otros [partidos] con el propósito de realizar una acción violenta, es impía” (Sumit Sarkar: Modern India, 1989)

Gandhi y el campesinado

La mayoría de los indios en la India colonial (alrededor del 90%) provenían de la zona rural, la mayoría de los cuales eran campesinos. El poder británico se mantuvo principalmente gracias a los ingresos de las rentas de las tierras, haciendo del campesinado indio una fuerza potencialmente poderosa. Los principales líderes nacionalistas de la burguesía preferían hacer su labor de agitación entre los campesinos en lugar de la clase obrera, porque muchos se encontraban más aislados y poseían su propia tierra y, por lo tanto, no perjudicarían directamente a las empresas indias.

Los movimientos campesinos, desde los impuestos tributarios hasta los derechos de tierra, tenían una larga historia en la India, muy anterior al movimiento nacionalista. Esto, sin embargo, siempre creó un conflicto de intereses en Gandhi, ya que golpeaba a las relaciones de clase. Por ejemplo, durante el movimiento de no-cooperación en Oudh (ahora Awadh) en Uttar Pradesh, donde una campaña patrocinada por el Congreso alentaba a los inquilinos y zamindaris (propietarios) a no pagar impuestos al gobierno británico, los trabajadores exigieron que los inquilinos se negaran a pagar rentas a los zamindaris –una  provocación directa a la directiva de la dirección del Congreso que buscaba proteger las relaciones de clase existentes. En 1921, el propio Gandhi se vio obligado a intervenir, insistiendo a los campesinos de Faizabad a no ejercer la violencia, ni utilizar un lenguaje insultante o boicotear a los terratenientes.

Incluso durante la exitosa campaña de Bardoli Satyagraha, de 1928, Gandhi trató de amortiguar el espíritu combativo del campesinado. Decididos a luchar, los campesinos buscaron en Gandhi una dirección. Sin embargo, después de meses de lucha, Gandhi y los dirigentes que habían sido elegidos, buscaron un acuerdo privado con el gobierno sobre la cuestión de la tributación de la tierra, en virtud del cual un empresario privado en Bombay pagaría el total del impuesto restante que el distrito le debiera al gobierno. Los campesinos quedaron decepcionados y desilusionados, ya que muchos perdieron sus tierras como resultado de las concesiones hechas por Gandhi. Por otra parte, cuando uno de los aliados más cercanos de Gandhi, Vallabhbhai Patel, pidió a Gandhi que lanzara una campaña radical más amplia de no tributación en toda la India para aplastar al Estado, Gandhi se opuso, afirmando que Satyagraha sólo debería luchar contra agravios específicos. Así, las posturas de Gandhi a menudo fueron las más conservadoras de entre el resto de destacados nacionalistas.

Muchos de los campesinos más combativos sacrificaron sus tierras durante estas revueltas dirigidas por Gandhi, cuando el gobierno confiscó sus parcelas. Esto provocó el distanciamiento con los líderes del Congreso. Así quedó reflejado al no realizarse más convocatorias de desobediencia civil entre el campesinado. También quedó de manifiesto con la formación de Kisan Sabha de India en 1936, la agrupación campesina del Partido Comunista Indio. Muchos campesinos se orientaron hacia este partido al ver que Gandhi y el Congreso no luchaban en interés de los campesinos, sino que representaban al partido de los terratenientes.

Claramente había un potencial revolucionario para una lucha de clases unificada de obreros y campesinos indios; pero sin una dirección revolucionaria que apoyara, coordinara y dirigiera tal lucha a escala nacional, no podría tener lugar una revolución contra el dominio colonial británico. El conservadurismo de Gandhi mientras trataba de comprometerse con el campesinado es un reflejo de las contradicciones de clase que trató de conciliar. Ya sea en Bardoli u Oudh, surgieron contradicciones de clase en las luchas campesinas, en las que Gandhi siempre tomó partido por los intereses de los grandes terratenientes en detrimento de los pequeños y medianos campesinos, y sin tierra. Por eso Gandhi se negó a cualquier intento de forjar una lucha campesina nacional, porque entendía las contradicciones de clase y las implicaciones revolucionarias que habría desatado.

Gandhi y el comunismo

Gandhi se autodenominó socialista, pero sus acciones y creencias fueron contrarias a todo lo que el socialismo moderno representa. Su filosofía, tal como se establece en Hind Swaraj, defiende un retorno a una especie de comunismo primitivo, pero en la práctica estaba ligado completamente a los intereses de la burguesía india. Además, Gandhi temía a la clase obrera y a los comunistas, y usó el disfraz de su filosofía pacífica para desacreditarlos y denunciarlos.

Gandhi percibió la revolución rusa de 1917 y el bolchevismo como un asunto europeo, ajeno y demasiado ateo para liberar el sur de Asia:

“En cuanto que se basa en la violencia y la negación de Dios, me repele…  Soy un oponente intransigente de los métodos violentos, incluso si sirven a la más noble de las causas.” (Anthony Parel: Gandhi, la libertad y el yo).

Esto es sumamente hipócrita, ya que apoyó sin reservas e, incluso, reclutó soldados para la guerra más sangrienta y más violenta de la historia de la humanidad desde el principio hasta el final. Además, cuando se le preguntó acerca de la propiedad privada y los  zamindaris (terratenientes), dejó meridianamente claro su interés de clase:

“Puede estar seguro de que pondré todo el peso de mi influencia en la prevención de la guerra de clases. Suponiendo que hubiera un intento injusto de privarle de su propiedad, me encontraría luchando a su lado”. (Nirmal Bose: Selections From Gandhi)

La aversión de Gandhi a los comunistas fue más allá de las palabras, como se vio en el pacto de Gandhi-Irwin en marzo de 1931, firmado para detener la campaña de desobediencia civil a cambio de negociaciones sobre el estatuto de autonomía. En estas conversaciones, decenas de miles de presos políticos fueron puestos en libertad. Sin embargo, los revolucionarios indios de Punjab: Bhaghat Singh, Sujdev, Udham Singh y Shivaram Rajguru, que habían sido encarcelados como prisioneros políticos, fueron ejecutados. Gandhi ni siquiera condenó estos asesinatos políticos por parte del gobierno colonial, ni se preocupó por su liberación.

Cuando Gandhi llegó al Punjab se encontró con banderas negras y una enorme indignación por su fracaso en asegurar su liberación. Aunque la complicidad de Gandhi nunca ha sido probada de manera concreta, el hecho de haber sido capaz de lograr la liberación de decenas de miles de presos políticos y de estar dispuesto a tomar medidas extremas para alcanzar sus objetivos políticos, como ayunar hasta causarse su propia muerte, ilustra claramente que fue cómplice.

Gandhi, las mujeres y la sexualidad

Las posiciones y el trato hacia las mujeres del joven Gandhi eran muy atrasadas, ya que consideraba a la mujer como el sujeto fiel de su marido. Se puede ver en la relación con su esposa Kasturba, ambos tenían trece años cuando se casaron, cuando da a entender que la violó, al decir: “No tardé en asumir la autoridad de un marido”.

Sus visiones profundamente puritanas y patriarcales quedaron patentes en “La Granja de Tolstói”, en Sudáfrica. Gandhi se sintió molesto al ver a algunos chicos cortejando a dos chicas. Perturbado por esto, les cortó el pelo a las niñas como un castigo para proteger su pureza. Gandhi también estaba en contra de los matrimonios intercomunales, por ejemplo, se opuso al deseo de su propio hijo, Manilal, de casarse con una chica musulmana, Fátima Gul, casándolo en su lugar con una hindú.

Cambiaría algunas de sus opiniones a lo largo del tiempo, lamentando las acciones emprendidas contra su esposa y denunciando las prácticas más perniciosas del patriarcado indio, como el matrimonio de niños, así como apoyaría la educación de las mujeres. Alentó la participación de las mujeres en el movimiento nacionalista al creer que las mujeres hacían buenos satyagrahis, debido a su mejor capacidad para sufrir. Sin embargo, siguió manteniendo una perspectiva patriarcal y considerando que los dos sexos no eran iguales. En un artículo publicado en Harijan, en febrero de 1940, sobre el papel de la mujer, Gandhi se expresa así:

“El deber de la maternidad, al que la gran mayoría de las mujeres se someterá, requiere cualidades que el hombre no necesita poseer. Ella es pasiva, él es activo. Ella es esencialmente dueña de la casa. Él es el que se gana el pan, es el guardián y distribuidor del pan … El arte de criar a los bebés de la raza es su única y exclusiva prerrogativa. Sin su cuidado, la raza se extingue. “(Obras Completas de Mahatma Gandhi Vol. 77)

Atraer a las mujeres al movimiento nacionalista tenía muchas semejanzas con las organizaciones derechistas hindúes-reformistas, que compartían muchas de las creencias de Gandhi. Como declara al final del pasaje anterior, sus creencias en la pureza racial, con la mujer india como símbolo de la nación, en última instancia se traducía en control masculino sobre las mujeres bajo el disfraz de su deber a la nación; un legado que sigue persistiendo hasta el día de hoy. La participación de las mujeres en el movimiento nacionalista iba a ser en gran medida un papel simbólico y visible.

Los puntos de vista de Gandhi sobre la sexualidad también eran increíblemente extraños, pues creía que el sexo debe servir puramente a la procreación, incluso en las parejas casadas. El propio Gandhi tomó un voto de celibato en 1906, a los 38 años, sin consultar a su esposa. También puso en práctica experimentos extremadamente extraños, el más famoso de los cuales fue dormir junto a jóvenes mujeres desnudas, incluida su sobrina Manu, para poner a prueba su voto de celibato.

Gandhi siempre se mostró interesado en fotografiarse con sus más cercanas seguidoras femeninas, generalmente, las que vivían en su ashram, que vestían con jadi saris blancos. Sin embargo, no fueron tratadas como iguales sino como objetos. Las opiniones patriarcales de Gandhi y sus prácticas extrañas no contribuyeron en nada a la liberación de las mujeres en la India, en todo caso, han ayudado a consagrar las atrasadas visiones patriarcales.

Gandhi y el sistema de castas

El sistema de castas -basado en el estatus jerárquico en el que alguien nace- fue apoyado sin tapujos por Gandhi. Declaraba lo siguiente en Young India, en diciembre de 1920:

“El hombre siendo un ser social tiene que idear algún método de organización social. Nosotros en la India hemos creado la casta: en Europa han organizado el sistema de clase. “(Obras Completas de Mahatma Gandhi, Vol. 19)

Gandhi apoyaba las distinciones jerárquicas de casta, propuso una reforma dentro de dicho sistema para que todas las castas fueran “respetadas”. En la práctica, sin embargo, Gandhi se mostró despectivo y condescendiente hacia los intocables y grupos de castas inferiores, y luchó activamente para negarles la representación política, a pesar de que Gandhi era consciente de la tremenda discriminación que sufrían estos grupos. En 1927, realizó un informe sobre la difícil situación de los intocables y tribus en el distrito de Surat. Las mujeres eran violadas por la casta de los ricos terratenientes hindúes, dejaban niños ilegítimos y propagaban enfermedades venéreas. La práctica de la servidumbre también era común bajo el “sistema hali“, pero para Gandhi la responsabilidad del cambio dependía de las castas superiores, que debían tratar a las tribus e intocables de una manera más respetuosa.

Gandhi ilustró sus puntos de vista hacia estos grupos en una confrontación con Bhimrao Ambedkar, el líder dalit (“intocable”) más prominente. El liberal Ambedkar pedía representación comunal de los “intocables” y tribus en las negociaciones de Londres. Ambedkar había reclamado un colegio electoral separado para su representación, ya que se había establecido un precedente con los musulmanes. Gandhi no quería que los dalits se convirtieran en un electorado separado, ya que socavaría la posición de la burguesía hindú, perteneciente a las castas superiores, que dominaba el Partido del Congreso Indio. Se declaró en huelga de hambre hasta que Ambedkar diera marcha atrás en sus peticiones. Ambedkar se retiró, firmando el Pacto de Puna, en 1932. Gandhi ganó la disputa declarando que los intocables, tribus y grupos de castas inferiores formaban parte de la familia hindú. El acuerdo incluía reservar unos escaños para los intocables en las legislaturas provisionales, aunque dentro de la representación electoral general.

Las posiciones y métodos de “rehabilitación” de Gandhi eran compartidos en gran medida con los de Hindu Sabha y  Arya Samaj, dos organizaciones reformistas del hinduismo de derechas, que se oponían  a la separación de la comunidad hindú, y tenían similares “proyectos de protesta” a los de Gandhi, con la intención de cooptar a estos grupos para apoyar la campaña burguesa por la independencia. Gandhi promovió dicha “rehabilitación” a través de métodos paternalistas, tales como renombrar a los intocables como Harijans (‘hijos de dios’) y a las tribus como Raniparaj (‘gente del bosque’). Fomentó métodos de autosuficiencia a través del hilado de telas y sustituyó a sus dioses por Ram. Sin embargo, cuando se trató de sus derechos económicos y sociales o de su representación, Gandhi rechazó apoyarlos de forma cómplice y despectiva.

Gandhi, el Islam y la Partición

Sería erróneo responsabilizar a Gandhi de la partición, pero él representó y ayudó a impulsar las contradicciones que llevaron a la división de la India a través de su política de tintes comunales.

La orientación religiosa de su política nacionalista se ve en el movimiento de no-cooperación (1920-22), donde encabezó el movimiento Jilafat.

Los musulmanes indios se aliaron con el nacionalismo indio después de la Primera Guerra Mundial, para presionar al gobierno británico para preservar la autoridad del sultán otomano como califa del Islam, después de la desintegración del Imperio otomano. Si bien se intentaba limitar la invasión del imperialismo británico en el Oriente Medio, los musulmanes y los hindúes fueron tratados como comunidades separadas. Al infundir sentimientos religiosos en la política nacionalista y tratar a las comunidades religiosas como entidades separadas, Gandhi apartó a un miembro clave del Congreso, Muhammed Ali Jinnah, más tarde fundador de Pakistán. Jinnah dejó el Congreso en 1920 debido a la política de Gandhi, pero irónicamente, acabó reproduciendo sus tácticas religiosas para sembrar sentimientos nacionalistas hacia Pakistán.

Con el fracaso del movimiento de no-cooperación, Gandhi siguió promoviendo una forma de política religiosa a lo largo de los años veinte. Por ejemplo, invocó a los dioses hindúes de Ram, y recitó pasajes del Bhagavad Gita en sus discursos políticos para ganar gente a la causa de la independencia. En un discurso político de 1925 se dirigió a los grupos tribales de esta forma:

“Madruga por la mañana, enjuágate la boca, lávate la cara … luego toma el nombre de Rama. Rama significa Dios. Repetir Ramnama es un remedio soberano. Debemos orarle, “Oh Rama!” (Obras Completas de Mahatma Gandhi, Vol. 26)

Fue en gran medida esta retórica religiosa y simbolismo hindúes lo que llevó a musulmanes y a otras minorías a tomar cada vez más distancias, que con el tiempo comenzaron a sentir que el nacionalismo promovido por el Congreso era un movimiento hindú de las castas superiores. Además, muchos líderes del Congreso también tenían vínculos con los grupos nacionalistas hindúes de derecha, que eran hostiles a las demandas comunales musulmanas.

A una capa de las antiguas élites y de la clase capitalista musulmana -la más prominente de las cuales estaba en Uttar Predesh- no le pasó desapercibido este distanciamiento de las masas musulmanas hacia el Partido del Congreso, cada vez más visto como un partido al servicio de los intereses y privilegios hindúes. El fomento de dicha campaña de agitación nacionalista con tintes religiosos por parte de Gandhi, cuyo núcleo de apoyo era fundamentalmente burgués y pequeño-burgués, terminó exacerbando estas divisiones.

En 1944, las conversaciones que tuvieron lugar entre Gandhi y Jinnah, líder de la Liga Musulmana (burguesa), no tuvieron éxito. Esta fue la última contribución de Gandhi a la búsqueda de un acuerdo comunal entre los partidos burgueses nativos antes de la independencia, ya que la propia influencia de Gandhi en la política y en el partido del Congreso se debilitó.

Bajo una solución capitalista, las dos burguesías religiosamente divididas se dirigían inevitablemente hacia alguna forma de división comunal en el reparto de la soberanía. La Liga Musulmana se vio obligada a azotar el nacionalismo religioso para aumentar su apoyo, lo que inevitablemente creó una reacción negativa.

Además de esto, la situación revolucionaria en India después de la Segunda Guerra Mundial, con los motines en las fuerzas armadas y el descontento hirviente entre los obreros y los campesinos, hizo que el poder británico de la India fuera cada vez más insostenible. Con el imperialismo británico debilitado a escala mundial después de la guerra, los estrategas de la clase dominante buscaron una solución que les permitiera abandonar la India, manteniendo sus inversiones e influencia.

De ahí que los imperialistas británicos –que también habían promovido divisiones religiosas a lo largo de su gobierno para conquistar y aferrarse al poder- enviaron a Lord Mountbatten para llevar a cabo la partición, en un intento cínico de mantener una India independiente, débil y dividida. Aproximadamente, entre medio millón y un millón de personas fueron asesinadas, cientos de miles de mujeres fueron violadas y doce millones de personas pasaron a ser refugiados en la mayor migración de personas de la historia de la humanidad.

En el momento en que se decidió la partición, Gandhi no participó directamente en las discusiones, y fue incapaz de contener la ola de odio y división que había ayudado a crear. No celebró la independencia,  e intentó tratar de calmar la matanza masiva por la partición en Bengala. En última instancia, fue una pequeña victoria dentro de lo que fue un baño de sangre.

Gandhi fue asesinado el 30 de enero de 1948 a manos de Nathuram Godse; un extremista derechista hindú que creía que Gandhi estaba siendo demasiado conciliador con Pakistán y detestó su postura de no-violencia. Cínicamente, iba a ser inmortalizado por la burguesía como el padre de la nación; para legitimar el Estado, y para tratar de calmar las tensiones comunales desatadas tras la partición. Gandhi fue presentado como un icono pacifista de la India para oscurecer la verdadera historia de la independencia india, que dejó a millones de desplazados, desarraigados, violados y asesinados.

Gandhi y su legado

No es casualidad que Gandhi sea idolatrado y retratado como un santo por los portavoces oficiales de la clase dominante. Sus sermones a los obreros y campesinos sobre la “no violencia” y la “resistencia pasiva” son música para oídos de los explotadores que, armados hasta los dientes, no tienen nada que temer de tales métodos. En lugar de luchar por el derrocamiento de esta clase parásita de terratenientes y capitalistas, Gandhi predicó la colaboración de clase y las concesiones. De ahí que sea celebrado en películas, libros de historia y escuelas, mientras líderes genuinamente revolucionarios como Lenin y Trotsky son denigrados.

En realidad, Mahatma Gandhi fue un líder burgués utópico y reaccionario, que luchó por la independencia de la India en nombre de la burguesía india, no de la clase obrera o el campesinado indios. Una y otra vez, acabó traicionando a los obreros y campesinos indios, ignorando y reprimiendo sus demandas, al tiempo que aplacaba su activismo. Lejos de hacer avanzar el movimiento nacionalista, participó activamente en la dilución y limitación de su combatividad. Su justa lucha contra la injusticia de las castas, la opresión racial y patriarcal es un mito de cabo a rabo, ya que de hecho perpetuó y consolidó esas divisiones.

Las afirmaciones positivas sobre la figura de Gandhi como pionero en la protesta de la desobediencia civil a escala nacional son ciertas. Sin embargo, el contenido de su política traicionó los intereses de aquellos que lucharon contra la opresión del dominio colonial en la India. La forma de protesta de Gandhi pasó a inspirar a gente como Martin Luther King en el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, quien mostró los éxitos, pero también las limitaciones de la protesta no violenta. Pero a diferencia de King, Gandhi se basó en un programa reaccionario.

En Sudáfrica, algunos han afirmado que Gandhi estableció el camino o guía para que los africanos se liberaran. Sin embargo, esto desacredita un movimiento contra el gobierno colonial y el imperialismo que precedía a la llegada de Gandhi al continente africano. Gandhi perpetuó estereotipos blancos sobre los africanos y desacreditó la lucha común entre indios y africanos contra el imperialismo y el racismo del Imperio.

Mohandas Karmadas Gandhi fue un utópico reaccionario que ni siquiera siguió su propia filosofía y enseñanzas. Sus defensa de la no violencia y protesta pacífica fueron hipócritas. Siguió teniendo visiones misóginas patriarcales sobre las mujeres a lo largo de su vida, despreciando a la clase obrera india, a los campesinos, a los trabajadores sin tierra y, especialmente, a las tribus y a los intocables. Sus tácticas diluyeron y rompieron el movimiento de independencia, y su versión religiosa de la casta superior del hinduismo contribuyó a la desastrosa calamidad de la partición del país.

Ted Grant: ¿por qué Hitler llegó al poder?

La inminente derrota de Hitler suscita muchas preguntas sobre el pasado y futuro de Alemania. Según los informes de la Conferencia de Québec [1], Qué hacer con Alemania, cuando ésta sea derrotada puede convertirse en un problema tan grande que incluso está ya preocupando al portavoz del imperialismo anglo-americano. Lo consideran un problema tan grave y espinoso como la destrucción de la misma potencia imperialista alemana. Sus temores ante la posibilidad de mantener el control de Alemania por medio de los ejércitos aliados de ocupación, han llevado a los imperialistas a lanzar una virulenta campaña de odio. Ahora, a la cabeza de la brigada, vomitando alocadas doctrinas de racismo y nacionalismo, azuzando el odio indiscriminado contra los alemanes como nación, y de esta forma imitando las peores características de la doctrina racista nazi, se encuentra la dirección del llamado Partido Comunista. En la parte trasera, con más cautela por temor a su propia militancia, se encuentran los dirigentes laboristas que fielmente se hacen eco de las enseñanzas de Vansittart [2], su maestro imperialista.

 

Pero el destino actual de Alemania, como ocurre desde hace décadas, es todavía una cuestión clave para el destino de Europa. La insistencia de la clase dominante y de Stalin en la fórmula de la rendición incondicional, refleja su temor a la revolución socialista que tan rápidamente está madurando en Alemania. Cuando hayan desaparecido la Gestapo y las SS no dispondrán de una fuerza organizada capaz de mantener la represión sobre las masas alemanas. Durante el dominio de Hitler, los nazis han perpetrado crímenes y represiones monstruosas que han engendrado un odio sin precedentes en la historia. Se está preparando una enorme explosión social que amenaza no sólo con golpear al Partido Nazi, también amenaza al propio sistema capitalista. Todo trabajador alemán sabe que los cartel, los monopolios, los trusts y los grandes capitalistas, son los que organizaron y llevaron a Hitler al poder. Como Rauschning [3], el ex–nacionalista y ex-Gauleiter nazi de Danzing ha señalado, la expropiación de los judíos inevitablemente plantea el problema de la expropiación de todos los capitalistas. No es casualidad que Hitler haya intentado dar a su demagogia tintes “socialistas”. Esto refleja las aspiraciones, no sólo de los trabajadores alemanes, también de la aplastante mayoría de la población alemana. En las últimas décadas se han puesto a prueba todas las formas de explotación y dominio político capitalistas, por esa razón, después de la caída de Hitler, la revolución socialista surgirá de forma automática.

 

Pero la clase dominante de Gran Bretaña y EEUU —junto a los traidores del Kremlin— teme a esto más que a cualquier otra cosa. El espectro de la revolución alemana ¾ pero ahora triunfante¾ de 1918 es su principal preocupación ahora que el militarismo alemán ha quedado reducido a cenizas.

 

El instinto de la clase obrera en los países aliados es, al mismo tiempo que mantienen su odio implacable hacia el fascismo, distinguir entre las bandas fascistas y el trabajador alemán normal. Aprovechando su experiencia después de la última guerra mundial, cuando todos los ejércitos de ocupación confraternizaron con las masas alemanas (rápidamente se convencieron de que no había deferencias entre ellos), la clase dominante está intentado poner barreras en el camino de su reocupación. Los Estados Mayores, tanto el británico como el estadounidense, han apoyado la campaña ideológica chovinista con órdenes estrictas de castigar a cualquier soldado que confraternice con los civiles alemanes.

 

La actitud de los trabajadores británicos y estadounidenses ante los trabajadores alemanes puede decidir el futuro de la próxima revolución alemana y al hacer esto, también decidirá si aparece una nueva versión del fascismo y con ella una tercera guerra mundial imperialista. En estas condiciones, una de las tareas más importantes es la necesidad de enseñar la historia a las masas británicas y el significado de los acontecimientos alemanes, al menos desde la pasada guerra mundial. Es necesario reafirmar las proposiciones más elementales del marxismo. Hoy, aquellos traidores que señalaban con desprecio a los trabajadores alemanes, dicen que Hitler llegó al poder por culpa de los trabajadores alemanes. Intentan eludir su propia responsabilidad histórica ante esta catástrofe. Al comentar el asesinato de Thaelmann [4] el Daily Worker dice cínicamente que él luchaba por el frente único en Alemania con las demás organizaciones obreras para destruir el fascismo. Por esa razón es aún más necesario explicar a los trabajadores británicos, y a los del resto del mundo, que ocurrió exactamente. En particular, la nueva generación, si quieren comprender el papel actual del estalinismo deben comprender el papel que jugó éste en los acontecimientos alemanes antes de la llegada al poder de Hitler.

 

Thaelmann fue asesinado por los nazis junto a otra decenas de miles de víctimas de los bárbaros fascistas. Pero es necesario decir la verdad si no queremos más victimas del sistema creado por Hitler. Ahora los estalinistas quieren utilizar el martirio de Thaelmann para encubrir sus crímenes contra el pueblo alemán. Es necesario demostrar el papel que jugó el estalinismo en la llegada de Hitler.

 

La verdad es que los estalinistas dedicaron la mayor parte de sus energías a ridiculizar el peligro de los nazis y concentraron toda su atención en la lucha contra los socialdemócratas, a quienes consideraban su “principal enemigo”. Lucharon violentamente contra la sugerencia de Trotsky del frente único como la única forma de aplastar a Hitler y preparar el camino para la victoria de la clase obrera. De los labios del propio Thaelmann salieron las siguientes palabras: “Trotsky, con toda seriedad quiere una acción común de los comunistas con el asesino de Liebknecht, Rosa (Luxemburgo) y otros, con Zoergiebei [5] y aquellos jefes policiales a quienes el régimen de Papen dejó en el puesto para oprimir a los trabajadores. Trotsky ha intentado varias veces en sus escritos apartar a la clase obrera exigiendo negociaciones entre los líderes del Partido Comunista Alemán y el Partido Socialdemócrata. (Discurso final de Thaelmann en el 12º plenario, septiembre 1932. Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista”. (Communist International nº 17-18, p. 1.329)

 

Los estalinistas fueron más allá, incitaron abiertamente a los trabajadores comunistas para que golpearan a los trabajadores socialistas, rompieran sus reuniones, etc., ¡incluso llevaron la lucha al patio del recreo de la escuela! Thaelmann incluso planteó abiertamente la consigna: “Cazar a los social-fascistas en sus empleos, en las fábricas y en los sindicatos”. Siguiendo las directrices del líder, el órgano de la Juventud Comunista La joven guardia, propuso la consigna: “Cazar a los social-fascistas en las fábricas, las oficinas de empleo y las escuelas de aprendices”.

 

Pero había que llevar esta política hasta el final. En el órgano de los Jóvenes Pioneros que abastecían a los niños comunistas, el Drum, la consigna ‘unificada’ era: “Golpear a los pequeños zoergiebels en las escuelas y patios de recreo”.

 

Thaelmann denunció el frente único

 

Thaelmann, indignado, repudió la idea del frente único con el Partido Socialdemócrata. En un artículo publicado en Die Internationale (noviembre, diciembre de 1931, p. 488) decía lo siguiente: “Amenaza [el Partido Socialdemócrata] con hacer un frente único con el Partido Comunista. El discurso de Breitscheid [6] (su asesinato se anunció al mismo tiempo que el de Thaelmann) en Darmastadt con ocasión de las elecciones de Hesse y los comentarios de Worwaerts a este discurso, demuestran que la socialdemocracia con esta maniobra quiere recurrir al demonio del fascismo de Hitler y de esta forma ocultar a las masas la verdadera lucha contra la dictadura del capital financiero. Estos mentirosos… esperan presentarse de una forma más aceptable con esa supuesta amistad hacia los comunistas (contra la prohibición del PC alemán) y ser así más agradables para las masas”.

 

Y de nuevo un ataque violento contra Trotsky:

 

“En su panfleto sobre esta cuestión, ¿Cómo se derrotará al nacionalsocialismo? Trotsky da siempre la misma respuesta: ‘El PC alemán debe formar un bloque con la socialdemocracia…’ Trotsky ve en este bloque la única forma de salvar completamente a la clase obrera del fascismo. O el PC forma un bloque con la socialdemocracia o la clase obrera alemana está perdida durante los próximos diez o veinte años.

 

“Esta es la teoría de un fascista y contrarrevolucionario completamente acabado. Ésta es la peor de las teorías, la más peligrosa y la más criminal que Trotsky ha formulado durante los últimos años de su propaganda contrarrevolucionaria”. (Thaelmann, discurso de clausura del 13º plenario, septiembre 1932. Communist International, Nº 17-18, p. 1.329).

 

No se puede engañar a la gente. La fuente de esta política criminal fue Joseph Stalin. Él planteó la teoría sin sentido de que el Partido Socialista y los fascistas eran la misma cosa:

 

“El fascismo”, decía Stalin, “es la organización de lucha de la burguesía, que se basa en el apoyo activo de la socialdemocracia. Objetivamente, la socialdemocracia es el ala moderada del fascismo. No hay razón alguna para admitir que la organización de lucha de la burguesía podría conseguir éxitos decisivos en las luchas o en el gobierno del país sin el apoyo activo de la socialdemocracia… Hay pocas razones que lleven a admitir que la socialdemocracia puede obtener un éxito decisivo en las luchas o en el gobierno del país sin el apoyo activo de la organización de lucha de la burguesía. Estas organizaciones son mutuamente excluyentes, pero lo contrario es mutuamente complementario. No son las Antípodas, son gemelos. El fascismo es el bloque disforme de estas dos organizaciones. Sin este bloque la burguesía no podría permanecer al timón. (Stalin. Citado en Die Internationale, febrero 1932).

 

Para poner en práctica esta teoría el sabio Manuilsky [7] explicó lo siguiente en el XI Plenario de la Internacional Comunista de abril de 1931:

 

“Los socialdemócratas, para engañar a las masas, proclaman deliberadamente que el principal enemigo de la clase obrera es el fascismo… ¿No es verdad que toda la teoría del ‘mal menor’ descansa sobre la presuposición de que el fascismo de Hitler representa el principal enemigo?” (The Communist Parties and the Crisis of Capitalism, p. 112).

 

Con esta revisión de todas las enseñanzas de Lenin, el Partido Comunista de Alemania, con la ayuda de la socialdemocracia, confundió y paralizó a los trabajadores y les entregó sin luchar a las manos del ejecutor fascista.

 

Los hipócritas británicos que ahora calumnian a los trabajadores alemanes, en su momento aplaudieron esta política de traición, cuando los socialistas revolucionarios estaban alzando la voz en todo el mundo intentando evitar la tragedia que se cernía sobre Alemania. ‘Resulta significativo’, se mofaba el Daily Worker del 26 de mayo de 1932, ‘que Trotsky haya salido en defensa del frente único entre los partidos comunista y socialdemócrata frente al fascismo. Posiblemente, es la consigna más perjudicial y contrarrevolucionaria que se ha dado hasta ahora’.

 

Justo antes de la llegada de Hitler al poder, Ralph Fox escribía en el Communist Review de diciembre de 1912:

 

“El Partido Comunista de Alemania ha conseguido ganar a la mayoría de la clase obrera en las zonas industriales, donde ahora es el primer partido de Alemania. Las única excepciones son Hamburgo y Sajonia, pero incluso aquí, el voto del partido ha aumentado enormemente a expensas de los socialdemócratas.

 

Estos éxitos se han conseguido sólo siguiendo la línea del partido y la Comintern. Insistiendo en todo momento en que la socialdemocracia es el principal apoyo social del capitalismo, el partido ha realizado una lucha intensa e incesante contra el Partido Socialdemócrata Alemán y el nuevo ‘Partido Socialista Obrero Independiente’, y también contra la derecha y los renegados trotskistas que querían que el partido del proletariado formase un frente único con el social-fascismo para luchar contra el fascismo”.

 

Esta es la política suicida del estalinismo contra la que Trotsky y la Oposición Internacional de Izquierdas libraron una intensa batalla durante los críticos años de 1930-1933, cuando el destino de Alemania pendía de un hilo. Las obras de Trotsky sobre Alemania permanecerán para siempre como libros de texto sobre el problema del frente único. Servirán como modelo para el movimiento revolucionario en el futuro. Por esa razón, en Gran Bretaña empezamos con la publicación del material, hasta ahora inédito, de Trotsky sobre esta cuestión, tiene que servir de reflexión para el movimiento revolucionario británico. Todo estudiante que desee comprender la degeneración del estalinismo debe estudiar cuidadosamente este material.

 

Aunque el artículo Alemania: la clave de la situación internacional fuera escrito en 1931, en la actualidad, mantiene toda su vigencia. La descripción de la situación, no sólo en Alemania, también en los demás países de los que se ocupa el artículo, demuestra claramente la profunda comprensión que tenía Trotsky del proceso político que se está desarrollando en nuestra época. Sólo Trotsky y la Cuarta Internacional advirtieron de la catástrofe que supondría la llegada de Hitler al poder, y lo que significaría para los trabajadores de Alemania, Europa y la Unión Soviética. Cuando los estalinistas se negaron a aprender la lección de los acontecimientos y, de la forma más cobarde, entregaron sin luchar a las masas alemanas a Hitler, sin ni siquiera un disparo; cuando incluso llegaron a calificar de victoria para la clase obrera la llegada de Hitler al poder —porque eso expresaba la crisis del capitalismo y su victoria era simplemente la victoria antes de la crisis final—, jactándose al proclamar ‘nuestro próximo giro’, fue entonces cuando Trotsky proclamó el final de la Comintern como un instrumento para conseguir el socialismo mundial.

 

Cuando se analizan acontecimientos históricos reales, qué lamentables, qué despreciables resultan los escritos sobre Alemania de las plumas a sueldo del Kremlin. Los Dutts [8], Rusts, Ehrenburgs, no satisfechos con haber traicionado a los trabajadores alemanes en manos de los nazis, ahora sistemáticamente diseminan el veneno chovinista ante los trabajadores “aliados” para ayudar al imperialismo anglo-americano y esclavizar al pueblo alemán. Después de haber demostrado su incapacidad para dirigir a los trabajadores alemanes hacia la victoria, ahora se oponen activamente a la revolución socialista en Alemania. De este modo, como siempre ocurre en política, la ineptitud y la estupidez, si no se corrigen, se transforman en traición.

 

Los trabajadores alemanes y británicos tienen que ajustar cuentas no sólo con sus opresores imperialistas, también con sus traidores en las filas de la clase obrera. Cuando la clase obrera se de cuenta de la profundidad de su traición, como los difamadores de la Comuna, serán despreciados para siempre en la memoria de la clase obrera.

 

Era imposible concebir cómo elementos qué pretenden representar a la clase obrera puedan caer a niveles tan bajos como han caído los estalinistas. De los socialdemócratas no se puede esperar otra cosa, permanecieron fieles a su pasado de traición reformista. Los estalinistas a menudo en el pasado han hecho referencia al asesinato de Liebknecht, Luxemburgo y a la traición de la revolución de 1918. Pero nada es comparable a la larga lista de crímenes en el libro de cuentas del estalinismo.

 

Seguramente, los dioses se deben haber reído del espectáculo protagonizado por los dirigentes estalinistas que solemnemente entonaban la necesidad de ‘reeducar’ a los trabajadores alemanes, ¿y a sus educadores? ¡El imperialismo Aliado y el estalinismo! Sí, ¡es necesario reeducar! Reeducar a las bases de la clase obrera en el papel que debe jugar la dirección de las organizaciones que pretenden representarla. Reeducar a la clase obrera en como acabar con el cáncer del estalinismo y el reformismo que sólo llevará a los trabajadores a nuevas catástrofes. Para llevar a cabo la tarea de ‘educar’, no sólo a los alemanes, también a los británicos y a los trabajadores de todo el mundo, es necesario formar y armar a la vanguardia con el conocimiento del método marxista y la historia de las derrotas pasadas. Es necesario que los trabajadores estudien conscientemente las obras de Trotsky como un medio indispensable para comprender la situación alemana actual. Alemania todavía es la clave de la situación internacional, con la comprensión y el conocimiento de las tareas pasadas y futuras, conseguiremos avanzar en la construcción de un nuevo mundo socialista.

 

Diciembre 1944

 

 

 

 

 

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NOTAS

 

[1] Al final de la guerra se celebraron varias conferencias, una de ellas fue en Québec (1943), entre Churchill y Roosevelt, donde se discutieron los problemas a los que se enfrentaría el imperialismo al final de la guerra, especialmente en los Balcanes, Europa central y Alemania.

 

[2] Robert Vansittart, jefe del Foreign Office, se opuso a la política de entreguismo hacia Hitler, pero lo hacía desde una postura antialemana, mientras prestaba de boquilla un servicio al antifascismo.

 

[3] Hermann Rauschning era un capitalista que al principio apoyó a los nazis en la medida que se oponían a la clase obrera organizada, pero cambió su posición cuando los nazis se escaparon a todo control y publicó un libro titulado: We Never Wanted This. En la Alemania nazi un Gauleiter era un ‘dirigente’ de distrito.

 

[4] Ernst Thaelmann se unió al Partido Comunista Alemán en 1920, se convirtió en su dirigente con el apoyo de Stalin en 1925. Arrestado por los nazis en 1933 fue asesinado en 1944.

 

[5] Karl Zoergiebel era un comisario socialdemócrata de la policía de Berlín. Fritz von Papen fue nombrado Canciller el 1 de junio de 1932. El 20 de julio fue destituido del gobierno socialdemócrata de Prusia. Se convirtió en vicecanciller con Hitler.

 

[6] Rudolf Breitscheid (1876-1945) era un diputado socialista en el Reichstag. Huyó a Francia cuando Hitler llegó al poder y fue entregado a los nazis por el régimen de Vichy. Vorwaerts era el órgano central del SPD.

 

[7] Dimitri Manuilski fue secretario de la Comintern 1931-43.

 

[8] Destacado publicista estalinistas, Dutt y Rust del PC Británico y Ehrenberg de la burocracia rusa.

 

Fecha: 1944
Primera vez publicado:  Socialist Appeal, vol. 6 no. 9 (diciembre 1944).
Tradución al castellano: Fundación Federico Engels.
Esta edicion: Marxists Internet Archive, 2014.

 

La farsa de las reformas educativas y el movimiento estudiantil

por Maxiimiliano Cortés//

El sistema de educación vigente, implementado en los 80 ́s por la dictadura se ha visto cues onado duramente tanto por estudiantes, que se han movilizado ac vamente, como por gran parte de la comunidad educa va, incluyendo profesores y funcionarios. Las masivas movilizaciones estudian les iniciadas el 2011 han instaurado un debate necesario sobre ejes puntuales que caracterizan la miseria que envuelve la educación hoy en Chile; la gratuidad o la desmunicipalización, han sido foco tanto de crí cas por parte de estudiantes y trabajadores de la educación, como también blanco de las reformas ar ciales del gobierno, que buscando bajar la agitación iniciada por las movilizaciones y conciliando los intereses capitalistas han cocinado bias reformas que no ofrecen ninguna respuesta ni a las demandas del movimiento ni a las necesidades de acceso a la educación.

La tan manoseada “gratuidad universal” se sorteó con un pobre sistema de becas con cupos limitados que man ene el sistema empresarial a nivel educa vo, el alto nivel de endeudamiento de los estudiantes y les cierra las puertas a gran parte de hijos de obreros que no cumplen los requisitos; y la “desmunicipalización” por otro lado que, según dicen, busca mejorar la lamentable ges ón económica y pedagógica de los colegios públicos se traduce en la creación de una Agencia Pública que, además de crear nuevos cargos burocrá cos estatales, no propone soluciones para los estudiantes ni para los trabajadores de la educación. Fueron los propios docentes quienes plantearon su rechazo frente a esta nueva ley en una consulta nacional que resultó con un 80% de rechazo hacia el proyecto que fue aprobado recientemente por el Senado, sin una clara oposición ni movilización por parte del Colegio de Profesores, que también sigue profundizando su crisis interna.

Se ha echado a andar el aparato legisla vo para aplacar demandas estructurales que enen su base en las relaciones capitalistas que se dan en el mercado de la educación. El gobierno bonapar sta de Bachelet, en su intento por conciliar los intereses

de los empresarios de universidades y colegios con las demandas de estudiantes y trabajadores de la educación, se ha visto en la necesidad de maquillar ciertas normas con pincelazos sociales para lograr mantener rme el negocio en la educación y la estructura capitalista.

LEY DE FORTALECIMIENTO DE UNIVERSIDADES ESTATALES DEBILITANDO EL MOVIMIENTO

Otra de las reformas del gobierno en materia de educación es la Ley de reforma a las universidades estatales que viene a regular dis ntos aspectos de estas en dades públicas en cuanto a nanciamiento, gobernabilidad y precarización laboral de los funcionarios.

Si bien, sus creadores dicen que fortalece la Educación Superior Estatal, ésta man ene las mismas lógicas de nanciamiento que hasta hoy opera en las universidades generando un ejército de endeudados tanto de estatales como privadas; por otro lado recon gura precarizando las relaciones laborales de los funcionarios tanto de planta como a contrata y honorarios; y por úl mo, crea un Consejo Superior compuesto en parte por integrantes designados por el gobierno que tendrá injerencia en las decisiones de la Universidad aplicando los criterios de la coalición burguesa de turno.

Hubo desde un comienzo una permanente oposición a la reforma por parte de estudiantes y trabajadores de las universidades, quienes se movilizaron en una marcha de miles de estudiantes este 5 de sep embre pasado, cuando la comisión de educación de la cámara de diputados aprobó la idea de legislar la reforma con los votos de la nueva mayoría (incluida Camila Vallejo como embajadora de un PC rme con los intereses burgueses del gobierno). El rector de la U. de Chile Ennio Vivaldi, que en un comienzo se opuso al proyecto junto a los estudiantes, que hicieron la con él, fácilmente hizo un paso al costado cuando el Ministerio de Educación le ro como

migajas las indicaciones respecto a los integrantes de la universidad en el Consejo Superior y mantener a los funcionarios bajo el Estatuto Administra vo, dando la impresión de haber respondido a las demandas de las movilizaciones, sin embargo, los problemas de nanciamiento, calidad, accesibilidad y precarización laboral siguen en pie y los estudiantes y trabajadores sin poder dar una lucha efec va contra los ataques del gobierno.

TAREAS DEL MOVIMIENTO ESTUDIANTIL

El movimiento estudian l hoy se encuentra estancado en las tác cas del gobierno por mantener las estructuras capitalistas dentro de la educación, se enfrasca en infructuosos diálogos que terminan desviando la atención con reformas que no son más que maquillaje de un sistema que ya no se sos ene. Por esto es necesario no transar sino profundizar y generalizar la lucha de los estudiantes contra los empresarios de la educación y el carácter burgués del sistema educa vo, sin dejar por eso de luchar por demandas necesarias como la gratuidad efec vamente universal que abra las puertas de las escuelas y las universidades para el libre acceso de los trabajadores y sus hijos.

El movimiento estudian l debe sacar lecciones de sus luchas, y la reforma a las universidades estatales es un ataque que debería rea rmar la necesidad de luchar junto a los trabajadores. Los estudiantes al ser un movimiento heterogéneo y transitorio no ene intereses propios de clase, ya que tampoco se con guran como una clase social por la relación indirecta que enen con la producción, esto es importante tenerlo en cuenta para entender las tendencias pequeñoburguesas que se desarrollan dentro del movimiento y también para comprender la necesaria relación que debe exis r entre estudiantes y trabajadores en una lucha uni cada por imponer un Sistema Único de Educación que sepulte la educación burguesa.

(tomado de Nuevo Curso, Octubre 2017, COR)

El marxismo, la primavera árabe y el fundamentalismo islámico

por Joseph Daher//

El proceso revolucionario en Oriente Medio y el Norte de África (OMNA) ha conocido un periodo de derrotas y reveses desde los días gloriosos de 2011.[1] Las fuerzas progresistas y democráticas han quedado o están quedando atrapadas entre dos fuerzas contrarrevolucionarias –los regímenes existentes y diversas ramas del fundamentalismo islámico– y sus valedores imperiales y regionales. Los regímenes eran y siguen siendo la principal amenaza para las revueltas. Al mismo tiempo, los movimientos fundamentalistas islámicos deben considerarse una fuerza política esencialmente reaccionaria en toda la región.

Esta función contrarrevolucionaria exige revisar gran parte de los análisis y del enfoque estratégico de la izquierda con respecto al fundamentalismo islámico. La izquierda debe adoptar una posición independiente tanto con respecto a los regímenes existentes como a los fundamentalistas islámicos, sobre la base de un programa de democracia, justicia social, igualdad y liberación y emancipación de los oprimidos.

¿Por qué empleamos el término “fundamentalismo islámico”?

Organizaciones como el llamado Estado Islámico (EI),[2] Al Qaeda, las diversas ramas de los Harmanos Musulmanes (HM) e Hezbolá tienen diferencias desde el punto de vista de su formación, desarrollo, composición y estrategia. Sin embargo, tienen en común un proyecto político, pese a la importancia de sus diferencias. Como señala el académico y comentarista marxista Gilbert Achcar, todas las variantes del fundamentalismo islámico comparten un objetivo común reccionario y sectario: establecer “un Estado islámico basado en la sharía[3] que preserve el orden capitalista neoliberal existente.

Esto es lo que une a los fundamentalistas islámicos desde su ala gradualista hasta la yihadista. Así, por ejemplo, el ex viceguía supremo de los HM egipcios, Muhamad Jairat al Shater, declaró en marzo de 2011, tras el derrocamiento del entonces presidente Hosni Mubarak:

Los Hermanos trabajan por restaurar el islam en su concepción omnímoda en las vidas de la gente y creen que esto solo se materializará a través de una sociedad fuerte. Por tanto, la misión está clara: restaurar el islam en su concepción omnímoda; someter al pueblo a Dios; instituir la religión de Dios; la islamización de la vida, empoderando la religión de Dios; establecer el renacimiento de la umma [comunidad de fieles] sobre la base del islam… Así hemos aprendido [a empezar] a construir el individuo musulmán, la familia musulmana, la sociedad musulmana, el gobierno islámico, el Estado islámico global.[4]

De un modo similar, el partido fundamentalista chií libanés Hezbolá (fundado oficialmente en 1985) ha expresado reiteradamente su punto de vista de que un Estado islámico es su sistema político preferido. Sin embargo, señala que debido al acuerdo constitucional del país, que reparte el poder político entre confesiones y etnias, este objetivo es impracticable en estos momentos. Claro que esto no ha impedido que Hezbolá se opusiera a varias propuestas de secularización del Estado libanés, tachándolas todas de antiislámicas.[5] Por ejemplo, ha denunciado el matrimonio civil por considerarlo “una implantación del ateísmo”.[6]

Los grupos fundamentalistas islámicos aplican diferentes estrategias y tácticas para alcanzar sus objetivos. Como señala Achcar, “algunos siguen una estrategia gradualista de relizar su programa primero en la sociedad y después en el Estado, mientras que otros recurren al terrorismo o al establecimiento de un Estado por la fuerza, como es el caso del llamado Estado Islámico”.[7] Los gradualistas, como los Hermanos Musulmanes, Hezbolá o Dawa en Irak participan en elecciones y en las instituciones estatales existentes. En cambio, los yihadistas, como Al Qaeda y el Estado Islámico (EI), consideran a aquellos no islámicos y recurren en su lugar a tácticas de guerrilla o terroristas con la idea de hacerse finalmente con las riendas del Estado. Entre los yihadistas hay debates y divisiones sobre tácticas y estrategias para lograr su objetivo de establecer un Estado islámico. En diversos contextos y periodos históricos, las distintas corrientes han colaborado ocasionalmente entre ellas y en otros momentos han competido o incluso chocado entre sí.

A pesar de sus diferencias estratégicas, todas ellas comparten un programa político y una visión de la sociedad de cariz reaccionario y autoritario. Esto se ve claramente en su actitud hacia las mujeres. Todas las tendencias del fundamentalismo islámico promueven una visión sexista que apoya el predominio del hombre y somete a las mujeres a un papel subordinado en la sociedad. Ante todo, reducen la función primordial de la mujer a la “maternidad” y, en particular, a la tarea de inculcar los principios islámicos a la siguiente generación. Imponen una forma de vestir y un comportamiento que supuestamente preservan el honor de las mujeres y de la familia.

Cualquier desviación de estas normas y restricciones la consideran una concesión al imperialismo cultural occidental. Por ejemplo, el líder de la República Islámica de Irán, el ayatolá Alí Jamenei, ha advertido contra la adopción de la versión occidental de la igualdad de género, afirmando que ha llevado a la corrupción.[8] Los HM de Egipto denunciaron un informe de 2013 de Naciones Unidas que instaba a los Estados a reconocer la violación marital como un crimen, a asegurar la igualdad entre hombres y mujeres en materia de matrimonio, divorcio y herencia y a poner fin a la poligamia y la dote, calificándolo de intento de “socavar la moral islámica y destruir la familia”.[9] Estas “restricciones conservadoras del papel de las mujeres”, señala Adam Hanieh, “son un componente integral de unos objetivos contrarrevolucionarios más amplios”, concluyendo con razón que “la posición de las mujeres constituye por tanto un barómetro clave de la salud del proceso revolucionario”.[10]

Los fundamentalistas islámicos sostienen puntos de vista similares con respecto a las poblaciones LGBTQ. Por ejemplo, el líder de Hezbolá, Hasán Nasralá, ha acusado a los homosexuales de “destruir las sociedades”. Ha calificado a las personas LGBTQ de importación extranjera que amenaza a la sociedad islámica con la desviación moral y estilos de vida extraños.[11] De modo similar, el salafista egipcio jeque Yusef Qardaui, toda una referencia para los HM, ha calificado repetidamente a las personas LGBTQ de “pervertidas sexuales” y reclamado su castigo colectivo, incluida la pena de muerte.[12]

Finalmente, los movimientos fundamentalistas islámicos han atacado a minorías religiosas en sus países y propalado discursos y comportamientos sectarios contra ellas. El EI ha llevado a cabo, por ejemplo, campañas de asesinatos, violencia y represión contra cristianos, yazidíes y otras minorías religiosas en los territorios que ocupaba en Irak y Siria y lanzado ataques terroristas contra los coptos en Egipto y los chiíes en Irak.

Mientras que los fundamentalistas islámicos comparten esta ideología reaccionaria, los socialistas han de discernir las diferencias entre las corrientes gradualistas de movimientos fundamentalistas islámicos como Hezbolá y los HM por un lado, y los grupos yihadistas como Al Qaeda y el EI por otro. No son lo mismo y los socialistas han de tratarles de modo distinto. Cabe imaginar una unidad de acción con las tendencias gradualistas en determinados contextos en torno a objetivos concretos y puntuales. Los socialistas pudieron colaborar, y lo hicieron, con los HM en la plaza Tahrir en El Cairo durante los 18 días de movilización masiva contra Mubarak. Sin embargo, es del todo imposible plantearse colaboraciones similares con Al Qaeda y el EI. En Siria, estos grupos han atacado a activistas por propagar consignas no sectarias y democráticas.[13]

Al mismo tiempo, los socialistas no deben tratar de establecer alianzas políticas duraderas con las corrientes gradualistas de los movimientos fundamentalistas islámicos, en particular si estas son mucho más importantes. El peligro en esta situación es que los socialistas se colocarán bajo la férula de un movimiento reaccionario más poderoso y, en lugar de quitarle adherentes, en el mejor de los casos no hará más que proporcionarle cobertura de izquierda, en detrimento del crecimiento de la izquierda como alternativa.

Fundamentalismo islámico, islam e islamofobia

No obstante, los socialistas deben tener cuidado de no confundir el islam con el fundamentalismo islámico. Más bien debemos establecer una distinción muy clara entre la religión musulmana y los grupos fudamentalistas. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de caer en la islamofobia, fomentada por las clases dominantes norteamericanas y europeas y sus medios de comunicación. La islamofobia es una forma de fanatismo religioso combinado con racismo dirigido contra la población musulmana.

Las potencias imperialistas han utilizado cada vez más la islamofobia, desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, para justificar su llamada “guerra contra el terrorismo”. Conciben la situación como un “choque de civilizaciones” entre un “Occidene cristiano/laico, civilizado y democrático” y un “mundo musulmán” bárbaro y violento. Los marxistas deben combatir esta islamofobia, defendiendo en cambio la libertad religiosa y al mismo tiempo el derecho de autodeterminación de los grupos oprimidos. En su Crítica del programa de Gotha, Marx sostuvo que debemos rechazar la intervención del Estado en asuntos de confesión y culto.[14] Por consiguiente, entendemos las normas sobre el uso del velo, bien sea impuesto por los fundamentalistas, bien restringido por la ley en Europa, como una medida reaccionaria que atenta contra el derecho de autodeterminación de las mujeres.

También debemos rechazar la idea islamófoba de que las raíces del EI, Al Qaeda, Boko Haram y otros fundamentalistas se encuentran en el Corán. Estos grupos y sus acciones han de analizarse como fruto de las condiciones sociales, económicas y políticas internacionales y locales actuales, no de un texto escrito hace 1400 años. ¿Acaso explicamos la invasión estadounidense de Irak por las creencias religiosas de George Bush (quien dijo que Dios le ordenó en un sueño que invadiera Irak)? Desde luego que no. En vez de ello, explicamos la guerra de Bush, sus motivos y su justificación ideológica como productos del imperialismo estadounidense.

Por tanto, es necesario que los marxistas analicen los grupos fundamentalistas islámicos a la luz de la dinámica socioeconómica que los genera y contemplen su programa como un intento de aportar soluciones reaccionarias a problemas reales de la sociedad. En su artículo “Actitud del partido obrero hacia la religión”, escrito en 1909, el revolucionario ruso Vladímir Lenin afirmó que si no aplicamos este método del materialismo histórico, los marxistas no harán más que reflejar el método equivocado de los ideólogos burgueses que explican la religiosidad por la supuesta ignorancia de las masas o alguna característica mística imputada a todo un pueblo.[15] Tales enfoques conducen ahora a la sustanciación del “otro”, en este caso el “musulmán”.

Las raíces del fundamentalismo islámico

¿Cuáles son las raíces del fundamentalismo islámico? Lo primero que hay que señalar es que dicho fundamentalismo es un fenómeno internacional, no exclusivo de Oriente Medio ni de otras sociedades cuya población es predominantemente musulmana. Hemos visto desarrollarse corrientes políticas similares, como el fundamentalismo cristiano, el fundamentalismo hindú y el fundamentalismo judío en Israel, todas ellas con su propia variante de política de derechas. Sin embargo, ninguno de ellos, a pesar de su deseo de volver a una antigua edad de oro, debe considerarse un elemento fosilizado del pasado. Puede que empleen símbolos y narrativas de periodos pretéritos, pero todos estos fundamentalismos son producto de sociedades modernas.[16]

Es interesante observar que en todo el mundo los movimientos religiosos fundamentalistas y conservadores apoyan políticas neoliberales y promueven labores caritativas, lo que lleva a algunos estudiosos a hablar de “una santa alianza entre neoliberales y fundamentalistas religiosos”, que podría calificarse de “neoliberalismo religioso”.[17]

El fundamentalismo islámico surgió en la situación política y económica específica de Oriente Medio, donde las potencias imperialistas han influido de manera esencial y continuada en los Estados y en la política económica de la región. Tras el descubrimiento de petróleo en las décadas de 1920 y 1930 en los países del Golfo, especialmente en Arabia Saudí, las potencias imperialistas pasaron a contemplar la región como un trofeo material que había que ganar. Como señala Adam Hanieh, estas potencias consideraron que la región desempeñaría “un papel potencialmente decisivo en la determinación de la suerte del capitalismo a escala global”.[18]

Las potencias imperialistas occidentales, principalmente EE UU, contribuyeron de un modo determinante a configurar los Estados rentistas de la región, especialmente los Estados del Golfo como Arabia Saudí, que obtienen ingresos cediendo su petróleo y su gas natural a compañías petroleras internacionales. Desde la década de 1980, estos Estados han adoptado un modelo neoliberal centrado en la inversión especulativa, en busca de beneficios rápidos, en los sectores improductivos de la economía, como el inmobiliario.

EE UU ha utilizado su asociación estratégica con Irán (hasta la caída del sha en 1979), Israel y Arabia Saudí para dominar la región. Les apoyó en su enfrentamiento con regímenes nacionalistas árabes como el de Egipto bajo Gamal Nasser, la izquierda comunista regional y diversas luchas populares y nacionales, que en general aspiraban a una mayor soberanía, justicia social e independencia de sus países de la dominación imperial. En el marco de este esfuerzo, Arabia Saudí fomentó y financió varios movimientos fundamentalistas islámicos suníes, sobre todo a los HM, para contrarrestar a los nacionalistas y a la izquierda.

Con la ayuda de sus aliados en la región, inclusive Arabia Saudí y Pakistán, EE UU se gastó, a partir de 1979, millones de dólares en instruir y armar a combatientes y grupos fundamentalistas islámicos. Apoyaron a tales grupos en Afganistán con el fin de debilitar a su gran enemiga de la guerra fría, la Unión Soviética. Así es cómo nació Al Qaeda. El imperialismo estadounidense ayudó a crear el ala más extremista del fundamentalismo islámico, que más tarde se volvería contra Washington.

Israel utilizó una estrategia similar en los territorios ocupados de Palestina, especialmente en la Franja de Gaza, reprimiendo a las fuerzas nacionales y progresistas de la Organización por la Liberación de Palestina (PLO) mientras hacía la vista gorda ante la expansión de los competidores fundamentalistas islámicos. El derrocamiento del régimen del sha a raíz de la revolución iraní y el subsiguiente establecimiento de la República Islámica de Irán en 1979 impulsaron el crecimiento de movimientos fundamentalistas chiíes en la región.

La crisis de los regímenes nacionalistas árabes dejó vacío un espacio en que pudieron florecer los movimientos fundamentalistas. Egipto y otros países abandonaron sus anteriores políticas sociales radicales y su antiimperialismo por dos razones fundamentales. En primer lugar, sufrieron una derrota a manos de Israel. En segundo lugar, sus modelos de capitalismo de Estado comenzaron a estancarse. A resultas de ello, optaron por al acercamiento a los países occidentales y sus aliados del Golfo y abrazaron el neoliberalismo, anulando muchas de las reformas sociales que les habían granjeado las simpatías de los trabajadore y campesinos. A cambio, estos regímenes presionaron al movimiento nacional palestino para que llegara a un acomodo con Israel. Al mismo tiempo, todos los regímenes nacionalistas árabes y otros, como Túnez, apoyaron deliberadamente a movimientos fundamentalistas islámicos o permitieron que se desarrollaran frente a los movimientos de izquierda y nacionalistas. En Egipto, por ejemplo, tras la muerte de Nasser en 1970, el nuevo régimen encabezado por Sadat estableció una alianza tácita con los HM contra las fuerzas nacionalistas y progresistas del país.

El último fenómeno significativo que impulsó el ascenso del fundamentalismo fue la creciente rivalidad política entre Arabia Saudí e Irán. Cada gobierno instrumentalizó a su propio fundamentalismo sectario para lograr sus objetivos contrarrevolucionarios. En primer lugar, lo utilizaron para desviar a las clases populares de la reivindicación de sus propios objetivos políticos y socioeconómicos y, cuando crecía la oposición popular, trataron de dividirla y desviarla hacia posiciones sectarias. En segundo lugar, utilizaron el fundamentalismo para movilizar el apoyo tanto dentro de sus respectivos países como en el bloque de sus competidores a fin de incrementar su poder en la región. Estas fueron las condiciones materiales históricas modernas que dieron pie al fundamentalismo islámico tanto chií como suní.

La base social del fundamentalismo islámico

La base social histórica del fundamentalismo islámico desde comienzos del siglo XX es la pequeña burguesía. Por supuesto, las formaciones fundamentalistas de cada país tienen su propia historia particular, pero todas ellas tienen en común sus raíces en diversos elementos de la pequeña burguesía. En Egipto, por ejemplo, creció entre los elementos rurales de esta clase que emigraron a las ciudades al amparo de los cambios económicos y sociales de las décadas de 1960 y 1970. Una vez urbanizadas en los años 80 y 90, sus dirigentes pasaron a proceder cada vez más de sectores profesionales como médicos, ingenieros y abogados. Aumentó su número de adherentes entre la juventud educada que se quedó sin futuro cuando los regímenes respectivos adoptaron el neoliberalismo.[19]

Como ocurre con la pequeña burguesía en general, las organizaciones fundamentalistas islámicas se ven atraídas en dos direcciones opuestas: hacia la rebelión contra la sociedad existente y hacia el compromiso con ella. Cualquiera que sea la opción, su proyecto reaccionario no ofrece ninguna solución a los sectores del campesinado y de la clase obrera que se acercan a ellas. Los partidos fundamentalistas islámicos pretenden restablecer la umma, una entidad político-religiosa que reúna a todos los musulmanes por encima de las diferencias que los dividen actualmente. Por eso, para ellos la lucha de clases es negativa porque fragmenta a la umma.

Con el tiempo, la dirección pequeñoburguesa de los fundamentalistas ha ido estrechando lazos con la burguesía, pese a su intento de preservar su base de apoyo interclasista. Arabia Saudí ha desempeñado un papel crucial en este proceso, facilitando a los HM egipcios y a otros grupos un acceso privilegiado a oportunidades de negocio y de empleo durante el auge petrolero de los años 70 y 80. Esta situación aceleró el proceso de aburguesamiento del movimiento fundamentalista, y cada vez más capitalistas comenzaron a desempeñar el liderazgo dentro del mismo.[20] Los servicios secretos egipcios identificaron alrededor de 900 empresas pertenecientes a miembros de los HM de aquel país.[21]

En Líbano, Hezbolá experimentó una transformación similar. Originalmente tenía líderes y cuadros pequeñoburgueses que atraían a una base social popular entre las clases medias y las capas pobres chiíes. Con el tiempo, una fracción chií de la burguesía en Líbano y en la diáspora fue adquiriendo cada vez más influencia en el partido. Ahora, Hezbolá cuenta con una importante base de apoyo entre hombres de negocios chiíes y en la clase media alta, especialmente profesionales de elite.

Sus fuentes de financiación cada vez más de origen burgués explican el apoyo de los fundamentalistas al sistema capitalista y su actual régimen de acumulación neoliberal. Reciben donaciones o solo de varios Estados, sino también donativos religiosos de particulares (el zakat) a través de redes privadas de ectores burgueses y pequeñoburgueses de la sociedad. Por ejemplo, Hezbolá recibe gran cantidad de fondos de Irán y de la burguesía y pequeña burguesía chií libanesa.

Hezbolá también recibe “donaciones de individuos, grupos, comercios, empresas y bancos, así como de sus homólogos de países como EE UU, Canadá, América Latina, Europa y Australia”.[22] En virtud de su aburguesamiento, Hezbolá posee “docenas de supermercados, gasolineras, grandes almacenes, restaurantes, empresas constructoras y agencias de viajes”.[23]Podemos observar una dinámica similar en algunas ramas de los HM. Todo esto contribuye a integrar a los fundamentalistas en el orden existente.

Las tensiones entre la dirección cada vez más burguesa de los fundamentalistas, por un lado, y su base social en los sectores pequeñoburgueses y depauperados del campesinado y de la clase obrera, por otro, han generado contradicciones en su programa y sus actividades políticas. Por un lado, profesan un compromiso con la igualdad y la justicia social que abordan principalmente mediante proyectos de beneficencia de arriba abajo. Por otro, defienden principios económicos neoliberales y se oponen a los movimientos sociales de abajo, en particular al movimiento sindical.[24]

Estas contradicciones atraviesan toda la teoría y la práctica del fundamentalismo. Por ejemplo, el fundador de los HM de Siria, Mustafa al Sibai, dijo que “el socialismo del islam coduce necesariamente a la solidaridad de diversas categorías sociales y no a la guerra entre clases como el comunismo.”[25] Su libro escrito en 1959, El socialismo del islam, lanzó la idea de que la igualdad social puede lograrse apelando a la obligación moral del individuo a donar a los pobres en vez de implantar reformas gubernamentales y sociales como los impuestos progresivos, la nacionalización y el desarrollo de programas de bienestar social. La visión de Sibai de un socialismo islámico, sin embargo, no fue más que una maniobra puramente retórica destinada a contrarrestar la creciente influencia de los baasistas y comunistas sirios.[26]

Con el declive del nacionalismo árabe y de la izquierda, los pensadores fundamentalistas islámicos abandonaron esta retórica radical para afirmar cada vez más que la solución del problema de la pobreza se halla en el retorno a los valores y las tradiciones del islam. Rached Ganuchi, el líder de la rama tunecina de los HM, Al Nahda, señaló que “hemos de insistir en que la pobreza, a ojos del islam, está vinculada a la falta de fe” y añadió: “Nosotros [los movimientos fundamentalistas islámicos] somos los garantes de un determinado orden social y de un régimen económico liberal.”[27]

Podemos observar una tendencia similar por parte de figuras y movimientos del fundamentalismo islámico chií. Por ejemplo, durante la revolución iraní, Jomeini presentó el islam a través del cristal de la justicia social, elogiando a los pobres oprimidos y condenando a los ricos, a los codiciosos habitantes de palacios y a sus patronos extranjeros. Utilizó esta retórica para movilizar a la población urbana contra el régimen del sha, pero una vez Jomeini consolidó el nuevo régimen islámico y reprimió a sus competidores de la izquierda, dejó de lado su retórica igualitaria para ensalzar el mercado libre como pilar fundamental de la sociedad y encomiar la propiedad privada. Su definición de “los oprimidos” dejó de ser una categoría económica que abarcaba a las masas depauperadas para convertirse en una etiqueta política aplicada a los seguidores del nuevo régimen, incluidos los ricos comerciantes del bazar.[28] Asimismo afirmó que el régimen aspiraba a establecer relaciones armoniosas entre los patronos y los obreros y entre los terratenientes y los campesinos. El régimen incluso estableció que la reforma agraria no debería limitar la propiedad, pues tal restricción violaría el derecho a la propiedad privada consagrado en la sharía.

Neoliberalismo y beneficencia

Los fundamentalistas islámicos han apoyado políticas neoliberales y construido organizaciones de beneficencia para llenar el vacío dejado por la destrucción de los programas de bienestar social. Utilizan estas organizaciones para ganarse el apoyo de la gente a su proyecto reaccionario. Los HM de Egipto constituyen tal vez el mejor ejemplo de ello.[29] Hassan Malek, un hombre de negocios y figura ascendente del partido, declaró en 2012 que la política neoliberal del ex dictador Hosni Mubarak era correcta y que únicamente la corrupción y el nepotismo estropeaban su aplicación.[30] Reconociendo a un potencial aliado, el banco de inversión cairota EFG-Hermes organizó una reunión en junio de 2011 entre 14 fondos de inversión y el viceguía supremo de los HM, Jairat al Shater. Los inversores declararon que “estaban positivamente sorprendidos de descubrir que algunas de las ideas expresadas por los Hermanos eran prácticamente de naturaleza capitalista”.[31]

El partido libanés Hezbolá también defiende insistentemente políticas de libre mercado y la propiedad privada, pese a profesar igualmente objetivos de justicia social. Hezbolá ha apoyado medidas de privatización, liberalización y apertura a capitales extranjeros. Considera que esto no está en contradicción con su supuesto compromiso con la igualdad social, pese a la pobreza que causan esas políticas.

Los fundamentalistas utilizan organizaciones caritativas para paliar los efectos sociales del neoliberalismo. Aunque estas organizaciones no pueden acabar con la pobreza, los fundamentalistas las han utilizado para hacerse con la hegemonía sobre sectores populares.[32] A menudo han llegado a acuerdos con las administraciones públicas para destinar fondos a sus organizaciones benéficas que promueven principios islámicos. En Egipto, ahora que el Estado ha recortado los presupuestos sociales, los Hermanos Musulmanes han utilizado su gigantesca red de organizaciones para extender su mensaje fundamentalista entre las clases subalternas.

De un modo similar, Hezbolá se hizo con el liderazgo de la población chií libanesa mediante una combinación de conentimiento y coacción. Por un lado, ganó apoyos gracias a la prestación de servicios muy necesarios a amplios sectores de las capas populares chiíes y, por otro, mediante la represión de quienes desafiaban sus normas morales y dictados políticos. Combinó el consentimiento y la coacción a través de su predominio en la resistencia armada contra Israel. De este modo, Hezbolá logró establecerse, junto con su ideología fundamentalista, como la fuerza dominante entre los chiíes de Líbano.

Geopolítica, el fundamentalismo islámico y la primavera árabe

Potencias imperiales y regionales han utilizado a los fundamentalistas islámicos para ampliar su influencia y reducir la de sus oponenes en Oriente Medio. Irán ha respaldado a Hezbolá en Líbano y a otras organizaciones fundamentalistas islámicas chiíes como Al Dawa en Irak. Arabia Saudí apoyó a los HM hasta 1991 y posteriormente a diversos movimientos salafistas. Catar sustituyó a Arabia Saudí como principal patrocinador de los Hermanos a partir de 1991 y al mismo tiempo financia a otras organizaciones salafistas. Estos Estados capitalistas no apoyan a los fundamentalistas por motivos religiosos, sino con el fin de incrementar su poder en la región, debilitar a sus oponentes y controlar o reprimir a movimientos sociales democráticos desde abajo.

Por ejemplo, Catar utilizó a los HM durante las revueltas de la región OMNA para expandir su influencia política y económica en la región. Reconoció que los HM eran una alternativa segura a las estructuras decrépitas de los viejos regímenes. Esperaba sustituir a los antiguos dictadores por un aliado fundamentalista procapitalista. De este modo pretendía estabilizar la región después de las revueltas y extender su protagonismo regional a expensas de otros Estados del Golfo como Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos (EAU). Esto explica la reciente iniciativa de Arabia Saudí para aislar a Catar.

Las potencias imperialistas también han apoyado a grupos fundamentalistas para sus propios fines. EE UU estuvo a favor de la elección de los HM al gobierno en Egipto y Túnez durante las revueltas de la región, considerando que eran una vía para estabilizar y preservar el orden existente bajo un nuevo liderazgo y reconociendo que, en palabras de Tancredi en El Gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, “si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”.[33]

EE UU esperaba que los HM se ajustarían al precedente del partido Justicia y Desarrollo (AKP) de Recep Erdogan en Turquía. El régimen de Erdogan es procapitalista, a veces colabora con el imperialismo estadounidense y sin duda no lo cuestiona y permanece leal a la OTAN. Pero el AKP se diferencia de los HM en varios aspectos significativos. No es un partido fundamentalista islámico, sino conservador, nacionalista y autoritario. Así, en sus primeros años en el poder, antes de la oleada represiva tras el reciente intento de golpe de Estado, logró obtener el apoyo de sectores liberales e incluso de izquierdas de la sociedad por sus esfuerzos por reducir el poder del ejército en el país.

El AKP también llegó al poder en una situación no revolucionaria y fue capaz, al menos por un tiempo, de establecer una hegemonía más estable en el país. A resultas de estas diferencias, los HM en Egipto y Túnez no lograron sustituir a los antiguos regímenes y alcanzar la hegemonía entre las clases populares. No obstante, es significativo que EE UU viera en los HM una posible solución para estabilizar los Estados en Túnez y Egipto, amenazados por la revolución.

Ni “islamofascistas”…

El ascenso del fundamentalismo ha generado un enconado debate entre socialistas sobre cómo caracterizarlo y sobre el posicionamiento de la izquierda en relación con el mismo. Algunos socialistas, como el marxista egipcio Samir Amin, han calificado a diversas corrientes del fundamentalismo islámico, incluidos los HM, de “islamofascistas”. Amin arguye que el programa del islam político forma parte del tipo de fascismo que encontramos en sociedades dependientes. De hecho, tiene en común con todas las formas de fascismo dos características fundamentales: (1) la ausencia de un cuestionamiento de los aspectos esenciales del orden capitalista (lo que en este contexto equivale a no cuestionar el modelo de lumpendesarrollo asociado a la expansión del capitalismo neoliberal globalizado); y (2) la opción por formas de gestión política antidemocráticas, propias de un Estado policial (como la prohibición de partidos y organizaciones y la islamización forzosa de la moral y las costumbres).[34]

Esta definición es tan genérica que podría aplicarse a muchos de los regímenes autoritarios de la región, incluidos los supuestamente laicos, que dirigen economías rentistas y defienden políticas religiosas conservadoras. Como tal, no sirve para explicar el fascismo ni el fundamentalismo islámico. El fascismo es mucho más específico que la definición de Amin. Históricamente, el fascismo surge en el seno de la pequeña buguesía en periodos de profunda crisis social. Su propósito es proteger a la clase media frente a las dos clases principales del sistema capitalista: el gran capital y la clase obrera. Aunque utiliza una retórica anticapitalista, su objetivo principal es construir un movimiento de masas para atacar a la clase obrera y sus organizaciones, sofocar las libertades políticas en general y descargar las culpas en las poblaciones oprimidas.

El fundamentalismo islámico no es fascista. Como explica Achcar, la analogía con el fascismo deja de lado algunas diferencias importantes entre las dos corrientes y se centra únicamente en algunas características organizativas que son comunes a partidos muy diferentes basados en la movilización de masas y el adoctrinamiento, incluida la tradición estalinista. A diferencia del fascismo histórico, los HM no surgieron en países imperialistas en respuesta a la lucha de la clase obrera contra el capitalismo y con el fin de encarnar una versión más dura del imperialismo.[35]

Por ejemplo, los HM en Egipto se fundaron en 1928 en respuesta al colapso del imperio otomano, la ocupación británica y la expansión de ideologías laicas e influencias culturales extranjeras.[36] Los movimientos fundamentalistas de signo chií se extendieron desde Nayaf, en Irak, a través de redes clericales internacionales con el propósito de oponerse a ideologías y organizaciones laicas y comunistas. Esto es muy distinto del fascismo europeo.

Además, los movimientos fundamentalistas islámicos se proponen en general unificar la umma por encima de las fronteras territoriales y las diferencias étnicas. También pretenden resucitar un mítico sistema político del pasado, el califato. Esto contrasta profundamente con los movimientos fascistas, que desean definir nítidamente la nación en términos étnicos y construir un nuevo orden y una nueva civilización. Tampoco se puede llamar fascistas a los grupos yihadistas como el EI y Al Qaeda. Desde luego que son violentos, sectarios y tienen una visión totalitaria de la sociedad. Pero son muy diferentes del fascismo en sus orígenes y su naturaleza. Al Qaeda surgió como un producto del apoyo saudí, estadounidense y paquistaní a los rebeldes fundamentalistas que combatieron la ocupación rusa en Afganistán. Fue más tarde cuando se volvieron contra EE UU.

El EI surgió a raíz de la ocupación de Irak por EE UU. Fue una derivación de Al Qaeda en Irak, que resistió tanto a la ocupación estadounidense como al régimen fundamentalista chií instalado por EE UU y apoyado por Irán. Más tarde se extendió a Siria con el intento de establecer un califato islámico suní. Estas formaciones son hijas del imperialismo y de la contrarrevolución en Oriente Medio. No presentan los rasgos típicos del fascismo. No pretenden construir movimientos de masas. Ni el EI ni el antiguo grupo afiliado a Al Qaeda en Siria, Jabhat Al Nusra,[37] han organizado manifestaciones de masas, y mucho menos luchas populares de ninguna clase, ni siquiera cuando se han enfrentado a la oposición popular a su política reaccionaria.[38]Ambos operan principalmente como un ejército o una red terrorista y no como un movimiento político de masas con un brazo armado.

Partiendo de esta identificación equivocada del fundamentalismo como un movimiento fascista, Amin y otros han apoyado desastrosamente a los regímenes existentes en la región.[39] Lo hacen con la esperanza de que el Estado frene a los fundamentalistas. Esto ha dado resultados catastróficos, especialmente en Egipto, donde mucha gente de izquierda apoyó el golpe del general Abdel Fattah al Sisi contra los HM o icluso participaron en el gobierno provisional establecido tras el golpe de Estado de julio de 2013.[40] Como era de prever, el nuevo régimen ha practicado una represión generalizada y suprimido los derechos y libertades civiles, no solo para los HM, sino también para todos los posibles opositores, incluidos los revolucionarios laicos.

Asimismo, muchos militantes de izquierda han apoyado al régimen de Bachar el Asad como única alternativa a Al Qaeda y al EI. Con ello traicionaron a la revolución siria y se convirtieron en defensores de la contrarrevolución, que no se dirigió principalmente contra el EI o Al Qaeda, sino contra los revolucionarios, devastanto el país en el camino. El apoyo tácito o expreso de Amin y otros a dictadores como Sisi y Asad les presta una cobertura de izquierda para limitar y cerrar el espacio para que las fuerzas democráticas y progresistas puedan organizarse. Peor aún, proporciona un toque izquierdista a la justificación por el régimen de la represión como una “guerra contra el terrorismo” frente al “extremismo”, rehabilitando así la principal justificación de la actividad belicista global del imperialismo estadounidense.

Los socialistas no deberían elegir entre los dos polos de la contrarrevolución, y menos optar por el principal de ellos, que son los regímenes existentes. En vez de ello, la izquierda debe oponerse a las dictaduras, a su contrarrevolución, y encabezar la defensa de los derechos democráticos. En Egipto, por ejemplo, la izquierda, al tiempo que se niega a prestar apoyo político a los HM, debe oponerse a la represión ejercida por el gobierno de Sisi contra ellos. ¿Por qué? Porque Sisi ha utilizado, y seguirá utilizando, sus ataques contra los HM como precedente para cercenar el derecho de todos a organizarse, incluidas las fuerzas progresistas y democráticas. Así, defender los derechos democráticos de todos, incluidos los movimientos fundamentalistas islámicos gradualistas, como los HM, frente a la represión, es defender los derechos de los movimientos sociales, los sindicatos, las clases populares y la izquierda.

Asimismo, los socialistas deberín oponerse a todas las guerras lanzadas por los Estados con objetivos imperialistas, colonialistas y autoritarios, apoyando al mismo tiempo el derecho a la resistencia al imperialismo, independientemente de la ideología de quienes la dirigen. Por ejemplo, en el caso de las guerras emprendidas por Israel contra Líbano y la Franja de Gaza en el pasado, los socialistas deberían solidarizarse con los pueblos de estos dos territorios y apoyar el derecho a la resistencia, incluso de movimientos como Hezbolá y Hamás. No hacerlo supone que uno se coloca del lado del opresor en contra de los oprimidos. Sin embargo, tanto en el caso de la oposición a la represión como en el de la defensa del derecho a la resistencia, esto no debe traducirse en sembrar ilusiones o apoyar el proyecto político y el programa de formaciones fundamentalistas islámicas.

Los socialistas deben entender que ponerse del lado del orden existente no es enfrentarse al fundamentalismo islámico, sino preservar realmente las condiciones creadas por el imperialismo, la dictadura y el neoliberalismo que las establecieron. Únicamente podemos frenarlo construyendo una fuerza de izquierda y movimientos sociales por el cambio social progresista. Esto significa que los socialistas deben trabajar juntos con los grupos demócratas y progresistas sobre la base de la lucha por derribar los regímenes autoritarios, construir una alternativa a los fundamentalistas islámicos y acabar con el neoliberalismo y las consiguientes desigualdades de clase y opresiones sociales, desde el sectarismo hasta el machismo. Al mismo tiempo, debemos oponernos a las intervenciones contrarrevolucionarias de las potencias regionales e imperialistas.

… ni reformistas y antiimperialistas

Calificar el fundamentalismo islámico de fascista y apoyar a los regímenes existentes menoscaba el proyecto de construir una izquierda progresista e independiente. Una minoría de la izquierda ha intentdo presentar una alternativa a esto caracterizando a las organizaciones fundamentalistas islámicas gradualistas, como los HM, de reformistas e incluso antiimperialistas con las que la izquierda puede y debe colaborar en frentes únicos en determinadas condiciones.

Jad Bouharoun explica esta designación argumentando, por ejemplo, que no son reformistas “en el sentido marxista clásico de utilizar reformas para tratar de establecer el socialismo; tampoco pueden considerarse de naturaleza similar a los partidos socialdemócratas europeos”. Al mismo tiempo, utiliza el término reformista de una manera bastante elástica, que minimiza el carácter reaccionario del proyecto de los HM. Así, afirma que “son reformistas en la medida en que prometen a sus seguidores un cambio real mediante reformas del estado actual sancionadas por las instituciones”. Equipara los HM a la izquierda nasserista, calificándolos de “reformistas institucionales”.[41]

Anne Alexander también rechaza la analogía con la socialdemocracia. Por ejemplo, señala que ella y otras personas “nunca han afirmado que los HM tengan el programa o la base social de un partido socialdemócrata. El reformismo de los HM es expresión de sus contradicciones sociales internas, que los empujan continuamente entre la confrontación y el compromiso con el régimen, a menudo en contra del deseo de su dirección”.[42] Sin embargo, Alexander también ha comparado a Mohamed Morsi con el socialista reformista chileno Salvador Allende. “Morsi, por supuesto, repitió el error de Salvador Allende de nombrar al hombre que lo derribaría. Los reformistas socialdemócratas hacen todas estas cosas, o peores, en momentos de profunda polarización y lucha de clases”.[43]

Los intelectuales de izquierda que caracterizan a los HM de reformistas los comparan repetidamente con partidos socialdemócratas. Phil Marfleet, por ejemplo, afirma que su programa político de 2011 es una réplica de un “programa socialdemócrata universal; con excepción de las referencias a zakat y waqf, podría haber sido un programa reformista como el que presentan partidos en toda Europa”.[44] Así, los socialistas que califican de reformista el ala gradualista del fundamentalismo emplean el término de manera escurridiza, negando la analogía con la socialdemocracia, pero utilizándola repetidamente. En realidad, el programa de 2011 de los HM estaba lejos de ser socialdemócrata; era neoliberal. Las analogías repetidas con la socialdemocracia son probemáticas y engañosas.

En primer lugar, conviene dejar claro qué es y qué no es el reformismo. Originalmente, el reformismo socialdemócrata creía que era posible acceder a través de las urnas a posiciones de poder en el Estado burgués y utilizarlo para desmantelar el capitalismo y pasar a una sociedad socialista. En general, sus dirigentes no procedían de la clase capitalista, sino de las organizaciones sindicales y las profesiones liberales pequeñoburugesas, mientras que las bases eran en su gran mayoría de clase obrera.

El origen de clase de sus dirigentes, y especialmente el papel de los cuadros sindicales como negociadores con los capitalistas en las luchas obreras, conformaron su política y su práctica conservadoras. Tal como explica el marxista Ernest Mandel, los reformistas defienden sus propios intereses cuando institucionalizan la colaboración de clases. Estos intereses coinciden históricamente con la defensa del orden burgués. No coinciden necesariamente en todo momento con la defensa de los intereses inmediatos de la mayoría o siquiera la totalidad de la gran burguesía. Los burócratas reformistas aspiran a incrementar su “porción del pastel”.[45]

En las condiciones específicas del prolongado auge económico de posguerra, los partidos socialdemócratas y sus formas de “lucha” burocráticas lograron obtener salarios más altos, mejores prestaciones sociales, unas condiciones de trabajo estables y la ampliación del Estado de bienestar en Europa. Sin embargo, tras el estallido de la crisis en la década de 1970, los partidos reformistas ajustaron cada vez más sus políticas a la nueva situación de deterioro de las condiciones de vida y de trabajo. La burocracia sindical y los políticos reformistas en Europa no tenían entonces otra alternativa que pactar y hacer concesiones a la ofensiva patronal y gestionar las políticas de austeridad en el Estado capitalista.[46]

Los socialistas, por tanto, no deberían albergar ninguna ilusión con respecto a los socialdemócratas y su estrategia. En efecto, los reformistas pueden desempeñar y han desempeñado un papel contrarrevolucionario en la historia del movimiento obrero.[47] Es más, gobiernos socialdemócratas se han alineado con sus Estados respectivos en guerras imperialistas y han mantenido relaciones de explotación con colonias, semicolonias y Estados menos poderosos del “tercer mundo”. Más recientemente, la gran mayoría de antiguos partidos socialdemócratas han adoptado el neoliberalismo y sus políticas de austeridad.

Pese a las numerosas deficiencias de las organizaciones reformistas y su papel contrarrevolucionario en varios periodos de la historia, es engañoso equipararlos a la versión gradualista del fundamentalismo islámico. Partidos y movimientos como los HM e Hezbolá nunca han pretendido en su historia –ni siquiera han dicho que lo pretendieran– desmantelar gradualmente el capitalismo. Lo cierto es lo contrario; los gradualistas han apoyado históricamente el capitlismo, incluido su actual régimen neoliberal de acumulación depredadora.

Como hemos visto, los orígenes y la composición social de los dirigentes y militantes fundamentalistas son muy distintos de los partidos socialdemócratas. La base social de los fundamentalistas es la pequeña burguesía, mientras que la base social de la socialdemocracia es la clase obrera. Además, los dirigentes gradualistas, como hemos visto, han experimentado un proceso de aburguesamiento. Los capitalistas desempeñan ahora un papel cada vez mayor y más explícito en estos partidos y movimientos.

Los gradualistas, a diferencia de los reformistas más neoliberales, defienden un programa político conservador, sectario, machista, homófobo y antiobrero. La analogía real con la socialdemocrcia europea en Egipto no son los HM, sino el político nasserista Hamdin Sabahi. Sabahi tenía un programa reformista y cometió errores políticos, en particular el apoyo al golpe de Estado y a la represión contra los HM. Sin embargo, en las elecciones presidenciales de 2013 representó las aspiraciones democráticas y sociales de la población. Prometió aplicar un resuelto programa de reformas sociales, que incluía el establecimiento de un salario mínimo y máximo, la ampliación del sector público para crear empleo, la renacionalización de empresas y un impuesto extrarodinario del 20 % sobre el ptrimonio del 1 % más rico de la población.[48] Su partido, Al Karama, solía estar formado por gente de clase trabajadora, y el apoyo que recibía en el movimiento obrero y los nuevos sindicatos indepedientes era mucho mayor que el de los HM. Además, rechazó el sectarismo de estos últimos y sus ataques a los derechos de las mujeres.

Sabahi se parece más al líder socialista chileno de comienzos de la década de 1970, Salvador Allende. Cualquier equiparación del reformista chileno a los HM es engañosa. En primer lugar, pasa por alto el abismo ideológico y las políticas aplicadas por ambos cuando estuvieron en el poder. Además, su política con respecto a los militares fue muy distinta. Allende eligió al general Augusto Pinochet después de un golpe anterior, esperando que fuera un “legalista” que respetaría la neutralidad política del ejército. Esto fue, dede luego, de una ingenuidad desastrosa.

En cambio, la relación de los HM con el ejército egipcio fue muy distinta. El ejército chileno nunca había desempeñado un papel tan importante en la economía de Chile como el que desempeña el ejército egipcio en su país. La institución dirigida por Sisi constituye el verdadero poder y el núcleo duro del Estado profundo. Morsi y los HM no se dirigieron a los militares con la idea de evitar un golpe, sino que trataron de constituir una alianza directa con el ejército desde los primeros días de la revuelta en 2011, conociendo perfectamente su peso político y su función represiva durante décadas. Desde los primeros días de la revolución, los HM actuaron como un baluarte frente a las críticas y protestas contra los militares hasta el derrocamiento de Morsi en julio de 2013. Calificaron a quienes se quejaban del ejército de contrarrevolucionarios y sediciosos. De hecho, Morsi nombró a Sisi jefe del ejército a sabiendas de que había encarcelado y torturado a manifestantes.

La distinción es incluso más clara en relación con las respectivas políticas de Morsi y Allende ante las manifestaciones de masas. El error de Allende consistió en no apoyar y basarse en la movilización popular de los trabajadores en Chile contra la burguesía con el fin de arrebatarle el poder en el país. En contraste con ello, Morsi y los HM se opusieron e incluso reprimieron las movilizaciones populares y obreras en Egipto y defendieron al ejército.

Morsi nunca prometió ni trató de llevar a cabo reformas socialdemócratas como sí hizo Allende. Por tanto, el famoso dicho de Saint-Just de que “quienes hacen revoluciones a medias solo cavan su propia tumba” no puede aplicarse a los HM. Habría que reformular la frase para decir que “quienes colaboran con el antiguo régimen cavan su propia tumba”. Pese a los esfuerzos de los HM por colaborar con el ejército, este derrocó a Morsi. Al fin y al cabo, el ejército y los HM representaban diferentes alas de la clase capitalista, con distintos apoyos regionales, que no consiguieron llegar a un acomodo. El ejército, mucho más poderoso, decidió finalmente ejercer directamente el mando dictatorial, en detrimento de todos en Egipto.

También es un error ver en el fundamentalismo una especie de expresión deformada del antiimperialismo. Los fundamentalistas tienen una concepción religiosa del mundo, en particular el deseo de volver a cierta mítica “edad de oro” del islam como medio para explicar el mundo contemporáneo y proponer una solución a sus problemas.
En primer lugar, deberíamos ser críticos con la noción de que la liberación y el desarrollo de los países árabes dependen sobre todo de la afirmación de una identidad islámica considerada “permanente” y “eterna”. Esto es lisa y llanamente reaccionario y contrasta totalmente con los verdaderos movimientos antiimperialistas del pasado.

Los nacionalistas y socialistas aspiran a una transformación social progresista de las estructuras socioeconómicas de opresión y dominación; los fundamentalistas, en cambio, enmarcan la lucha en una batalla de culturas y religiones. Ven en el imperialismo un conflicto entre “Satanás” y los fieles oprimidos, no como lo ven tradicionalmente los nacionalistas y socialistas, como un conflicto entre las grandes potencias, su sistema capitalista, y los países oprimidos. A este respecto, los fundamentalistas islámicos se hacen eco de la idea de Samuel Huntington del mundo como un “choque de civilizaciones”, en que la lucha contra Occidente se basa en un rechazo de sus valores y su sistema religioso y no en unas relaciones de explotación a escala mundial.

Por consiguiente, no tienen una visión del mundo antiimperialista. En efecto, tanto la corriente yihadista como la gradualista del fundamentalismo islámico han contado con patrocinadores estatales imperialistas y regionales. Como ya se ha señalado, EE UU, Arabia Saudí y Pakistán respaldaron a movimientos fundamentalistas islámicos en Afganistán como instrumento en su conflicto interimperialista con Rusia contra el régimen de Kabul apoyado por Moscú. EE UU financió la producción de libros de texto –leídos por millones de niños afganos– que glorificaban la yihad y el martirio. Favoreció el surgimiento de señores de la guerra islámicos inyectando miles de millones en el país e inundándolo de armas.[49]

Lo mismo cabe decir de los gradualistas. Lejos de preconizar un antiimperialismo coherente, han cultivado relaciones tanto con potencias imperialistas como regionales. Los HM fueron patrocinados por Arabia Saudí hasta 1991 y últimamente por Catar, y durante su breve periodo de gobierno en Egipto llegaron a un acuerdo con EE UU. Hezbolá cuenta con el patrocinio de Irán y colabora con el imperialismo ruso en la contrarrevolución siria.

Los fundamentalistas no son reformistas ni antiimperialistas. Considerar que su defensa retórica de “reformas” y de “lucha contra la corrupción” demuestra su aspiración a una situación política democrática más abierta es, cuando menos, problemático. ¿Por qué? Porque estas demandas están sujetas al establecimiento del Estado islámico y de un “modo de vida islámico”. Como declaró el antiguo guía supremo de los HM, Muhamad Mahdi Akef:

Si deseamos progresar en nuestras vidas, [debemos] retornar a nuestra fe y aplicar la sharía [ley islámica]… La instauración de la ley divina es la solución real a todo nuestro sufrimiento, tanto si se debe a problemas nacionales como foráneos. Esto [la implantación de la sharía] se logra mediante la creación del individuo musulmán, del hogar musulmán, del gobierno musulmán, y del Estado que dirige las naciones islámicas y lleva la bandera del dawa [proselitismo], de modo que el mundo sea suficientemente afortunado para recibir lo mejor del islam y sus enseñanzas.[50]

Por supuesto, los movimientos fundamentalistas islámicos gradualistas tienen muchas contradicciones internas entre su dirección burguesa y pequeñoburguesa y su base popular. Esto también puede decirse de todos los partidos políticos regidos por elites, desde los partidos capitalistas del sistema hasta los partidos populistas de derechas de todo el mundo. La existencia de contradicciones de clase dentro de los partidos no es exclusiva de los partidos reformistas. Y su existencia entre los gradualistas no justifica calificarlos de reformistas. Los gradualistas experimentan tensiones derivadas de su composición de clase contradictoria, pero hemos de hacer una distinción muy clara entre los fundamentalistas, que utilizan una ideología reaccionaria para ganarse el apoyo de las clases populares, y los partidos reformistas, que proponen un programa laico y progresista que, aunque sea de manera inviable, expresa los intereses de las clases y grupos oprimidos.

En realidad, las diversas fuerzas fundamentalistas islámicas constituyen la segunda ala de la contrarrevolución, siendo la primera los regímenes existentes. Su ideología, su programa político y su práctica son reaccionarias y diametralmente opuestas a los objetivos de la emancipación revolucionaria: la democracia, la justicia social y la igualdad. Sus políticas repelen a los sectores más conscientes de la clase trabajadora y de los grupos oprimidos com las minorías religiosas, las mujeres, las personas LGBT y otras.

Construir una alternativa progresista

Las revueltas de la región OMNA han sufrido derrotas a manos de los regímenes establecidos, de sus patrocinadores imperialistas y de los fundamentalistas. Se hallan en una situación complicada y calamitosa y no hay respuestas fáciles a la pregunta de cómo liberarlas del yugo de la contrarrevolución. Sin embargo, hemos de extraer algunas lecciones claras y ofrecer al menos una vía preliminar a la izquierda para seguir adelante. Esto debe comenzar por rechazar toda ilusión y todo apoyo a los regímenes autoritarios. Y por rechazar también toda ilusión similar en las fuerzas fundamentalistas islámicas.

Toda colaboración con los regímenes autoritarios ha dado y dará resultados destructivos, reduciendo significativamente el espacio democrático de los trabajadores y la población oprimida para organizarse de cara a la liberación. Estos regímenes son el enemigo principal de las fuerzas revolucionarias en la región. Al mismo tiempo, los movimientos fundamentalistas islámicos no ofrecen ninguna alternativa. Tanto si están en el poder como si no, también atacan a los trabajadores, a sus sindicatos y a las organizaciones democráticas, al tiempo que promueven una economía neoliberal y una política social reaccionaria. También forman parte de la contrarrevolución.

En vez de aliarse con cualquiera de estas dos fuerzas, la izquierda debe concentrarse en construir un frente independiente, democrático y progresista que promueva la autoorganización de los trabajadores y oprimidos. Únicamente a través de este proceso podemos comenzar a pensar como clase con intereses comunes con otros trabajadores y opuestos a los capitalistas. La política progresista debe basarse en la defensa y el impulso de la autoorganización de las clases populares con el objetivo de luchar por la democracia.

Sin embargo, la lucha de los trabajadores por sí sola no será suficiente para unir a las clases asalariadas. Los socialistas deben abanderar también, en esta lucha, la liberación de todos los oprimidos. Esto exige plantear reivindicaciones relativas a los derechos de las mujeres, las minorías religiosas, las comunidades LGBT y los grupos raciales y étnicos oprimidos. Cualquier concesión con respecto a la firme defensa de estas reivindicaciones impedirá a la izquierda unir a la clase trabajadora en pos de la transformación radical de la sociedad.

¿Cómo debería relacionarse esta izquierda con las fuerzas fundamentalistas islámicas? Aunque constituyen la segunda ala de la contrarrevolución, los gradualistas no representan un peligro similar al del Estado existente. Cuando no controlan el Estado, como hacen por ejemplo en Irán o Arabia Saudí, no suelen tener la misma capacidad destructiva que los regímenes existentes. Sin embargo, esto no significa que la izquierda deba considerarlos un mal menor, pues esto equivaldría a sembrar ilusiones de que son potenciales aliados en la lucha por cambiar el sistema político y asegurar los derechos democráticos y sociales. No lo son. Y pensar que sí lo son menoscaba la capacidad de la izquierda para romper los lazos del fundamentalismo con las clases populares.

¿Qué implica este análisis para la estrategia y la táctica en la lucha? No significa que los socialistas deban rechazar la unidad de acción en un contexto determinado en torno a demandas concretas con sectores gradualistas del fundamentalismo islámico. Si estas acciones favorecen a la causa de los explotados y oprimidos, dicha unidad de acción táctica es correcta y adecuada. La manera de tratar con organizaciones con las que los progresistas tienen muy poco en común, aparte de un enemigo común, la definieron bolcheviques hace más de un siglo. Achcar resume el planteamiento: 1) No fusionar las organizaciones. Marchar separados y golpear juntos. 2) No abandonar las demandas políticas propias. 3) No ocultar las diferencias de intereses. 4) Vigilar al aliado del mismo modo que vigilamos al enemigo. 5) Centrarnos más en el aprovechamiento de la situación creada por la lucha que en la conservación de un aliado.[51] Achcar añade a esto lo siguiente:

Si se cumplen estas reglas, lo que queda es demostrar, por parte de los progresistas, que están igual de comprometidos con la lucha contra el enemigo común que los fundamentalistas, mientras defienden resueltamente los intereses de los trabajadores, las mujeres y todos los sectores explotados y oprimidos, en contraste directo con los fundamentalistas y, a menudo, en oposición a ellos.[52]

Se pueden formar alianzas tácticas breves hasta con el diablo, pero no hay que confundir nunca a este diablo con un ángel. En ningún caso debe adoptarse una orientación duradera hacia la unidad estratégica con los fundamentalistas gradualistas. Así, esta recomendación de un enfoque de unidad táctica ocasional en determinadas situaciones es distinta de una estrategia de frente único, que aspira a unirse con las fuerzas reformistas y democráticas dispuestas a organizarse para tratar de obtener la satisfacción de demandas inmediatas que benefician a los trabajadores y grupos oprimidos e incrementan su conciencia, su confianza y su capacidad de lucha.

Los fundamentalistas islámicos, al igual que los movimientos populistas y de extrema derecha de todo el mundo, no deben formar parte de esta estrategia de frente único, por todas las razones expuestas en este artículo. Hablar de una estrategia de frente único con estas fuerzas es generar ilusiones en ellas. En su lugar, la izquierda debe construir su propia organización política y participar en la lucha por la liberación y la democracia, ocasionalmente en unidad táctica con los gradualistas, pero siempre con el propósito de apartar a los explotados y oprimidos de esta segunda fuerza de la contrarrevolución.

http://isreview.org/issue/106/marxism-arab-spring-and-islamic-fundamentalism

 


[1] Véase una sucinta descripción de la contrarrevolución en Gilbert Achcar, Morbid Symptoms: Relapse in the Arab Uprising(Stanford: Stanford University Press, 2016).

[2] La prensa de EE UU se refiere al Estado Islámico o Daesh (como suele llamarse por su acrónimo en árabe) con las siglas ISIS (Islamic State of Iraq and Syria).

[3] Gilbert Achcar, “Onze thèses sur la résurgence actuelle de l’intégrisme islamique”, Europe Solidaire, 01/02/1981, http://www.europe-solidaire.org/spip.php….

[4] Amal al-Ummah TV, Mashru’ al-nahda al-Islâmî… Khayret Al-Shâter, 24/04/2011, https://www.youtube.com/watch?v=JnSshs2qzrM.

[5] Naim Qassem, Hezbolá, la voie, l’expérience, l’avenir (Beirut: Albouraq 2008), 288.

[6] Mikaelian Shoghig, “Overlapping Domestic/Geopolitical Contests, Hizbullah, and Sectarianism”, en The Politics of Sectarianism in Postwar Lebanon, ed. Jinan S. Al-Habbal, Rabie Barakat, Lara W. Khattab, Shogig Mikaelian, Bassel Salloukh (Londres: Pluto Press 2015), 171.

[7] Gilbert Achcar, “Islamic fundamentalism, the Arab Spring, and the Left”, International Socialist Review 103 (invierno de 2016-2017), http://isreview.org/issue/103/islamic-fu…

[8] Women and Men are Different in Some Cases, Similar in Others, Khamenei.ir, 19/03/2017, http://english.khamenei.ir/news/4726/Women-and-men-are-different-in-some-cases-similar-in-others. En Irán, las mujeres tienen menos derechos que los hombres en materia de herencia, divorcio y custodia de los hijos. También sufren restricciones en relación con los viajes y la vestimenta. Y existe una “policía moral” que vela por el cumplimiento estricto de la ley islámica.

[9] “Muslim Brotherhood Statement Denouncing UN Women Declaration for Violating Sharia Principles”, IkhwanWeb, 14/03/2013, http://www.ikhwanweb.com/article.php?id=…

[10] Adam Hanieh, Lineages of Revolt: Issues of Contemporary Capitalism in the Middle East (Chicago: Haymarket Books, 2013), 172.

[11] Joey Ayoub, “Empowerment is Underway, Despite Nasrallah’s Homophobia and Misogyny”, The New Arab, 03/04/2017, https://www.alaraby.co.uk/english/commen…

[12] Qardawi on Homosexuals, MEMRI TV, 27/01/2013, https://www.youtube.com/watch?v=NxnVSnnZs0Q.

[13] No incluyo la colaboración militar en este comentario, que tiene una dinámica diferente.

[14] “Toda persona debe tener la posibilidad de atender sus necesidades religiosas y físicas sin que la policía meta las narices.” Karl Marx, Crítica del programa de Gotha, https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/gotha/gothai.htm

[15] Vladímir Lenin, Actitud del partido obrero hacia la religión, https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1900s/1909reli.htm

[16] Martin E. Marty, “Fundamentalism as a Social Phenomenon”, Bulletin of the American Academy of Arts and Sciences, n.º 2 (1988): 17.

[17] Jason Hackworth, “Welfare and the Formation of the Modern American Right”, en Religion in the Neoliberal Age, Political Economy and Modes Of Governance, editado por F. Gauthier y T. Martikainen, (Surrey, Reino Unido: Ashgate), 100-105.

[18] Hanieh, The Lineages of Revolt.

[19] En Siria, la organización de los Hermanos Musulmanes se componía originalmente de individuos pertenecientes a importantes familias religiosas que formaban parte de la clase de los pequeños comerciantes en zonas urbanas. Los establecimientos de los comerciantes-religiosos solían encontrarse en el vecindario de las mezquitas. Esto explica por qué los Hermanos Musulmanes siempre han sido aliados naturales de la clase media liberal siria dedicada al suq (zoco). El suq, que normalmente se halla en los barrios antiguos de las ciudades, ha sido casi siempre un bastión del conservadurismo y un guardián de la tradición, valores promovidos asimismo por los Hermanos Musulmanes.

[20] Véase Hanieh, Lineages of Revolt, y Stephan Roll, Egypt’s Business Elite after Mubarak, A Powerful Player between Generals and Brotherhood, septiembre de 2013, https://www.swp-berlin.org/fileadmin/con…

[21] Gilbert Achcar, Le peuple veut, une exploration radicale du soulèvement arabe (Paris: Sindbad-Actes Sud, 2013), 147.

[22] A. Nizar Hamzeh, In the Path of Hizbullah (Syracuse, New York: Syracuse University Press, 2004), 64.

[23] Ibid.

[24] Durante la revolución en Egipto y Túnez, cuando los Hermanos Musulmanes llegaron al poder, atacaron a los trabajadores y los sindicatos y promovieron políticas neoliberales. Asimismo, en el Irak ocupado a partir de 2003, los sucesivos gobiernos dominados por un partido fundamentalista chií, Al Dawa, reprimió a sindicalistas, trabajadores y protestas obreras.

[25] Olivier Carré y Gérard Michaud (un seudónimo utilizado por Michel Seurat), Les Frères musulmans Égypte et Syrie (1928-1982), (París: Gallimard y Julliard, 1983), 87.

[26] Raphael Lefèvre, Ashes of Hama, the Muslim Brotherhood in Syria (Londres: C. Hurst and Co., 2013), 53; Joshua Teitelbaum, “The Muslim Brotherhood in Syria, 1945-1958: Founding, Social Origins, Ideology”, Middle East Journal 65, n.º 2, (2011), 220.

[27] Luiza Toscane, L’Islam un autre nationalisme? (París: L’Harmattan, 1995), 28, 95.

Ervand Abrahamian, Khomeinism: Essays on the Islamic Republic (Berkeley: University of California Press, 1993), 53.

[28] Ervand Abrahamian, Khomeinism: Essays on the Islamic Republic (Berkeley: University of California Press, 1993), 53.

[29] Programa electoral del Partido de la Libertad y la Justicia, 2011, http://kurzman.unc.edu/files/2011/06/FJP…

[30] Reuters, Egypt Brotherhood Businessman: Manufacturing is Key, Ahram Online, 28/10/2011, http://english.ahram.org.eg/~/NewsConten…

[31] Citado en Mariam Fam, “Egypt’s Muslim Brotherhood Embraces Business”, Bloomberg Businessweek, 11/07/2011, https://www.bloomberg.com/news/articles/…

[32] El concepto de hegemonía se entiende aquí en el sentido gramsciano, que abarca un conjunto de creencias y normas culturales arraigadas en la sociedad que suscitan el consenso en el seno de las clases oprimidas y explotadas.

[33] Giuseppe Tomasi di Lampedusa, El Gatopardo.

[34] Samir Amin, “The Return of Fascism in Contemporary Capitalism,” Monthly Review, vol. 66, n.º 4, https://monthlyreview.org/2014/09/01/the….

[35] Gilbert Achcar, “Islamic Fundamentalism, the Arab Spring, and the Left”, International Socialist Review 103 (invierno de 2016-2017), http://isreview.org/issue/103/islamic-fundamentalism-arab-spring-and-left. Esto, sin embargo, no significa que no puedan aparecer organizaciones de tipo fascista en países de fuera del mundo occidental, especialmente con la aparición en las últimas décadas de muchos nuevos centros de acumulación de capital: países de reciente industrialización que han adquirido influencia política y son lugares cada vez más importantes de inversión regional.

[36] Hassan al Banna, el fundador y principal ideólogo de los Hermanos Musulmanes, fue un discípulo de Rashid Rida. Rida condujo las tendencias reformistas del panislamismo, particularmente las inspiradas en intelectuales como Mohamad Abduh y Jamal al Din Afgani, hacia una orientación fundamentalista. La evolución de Rida le acercó a la doctrina puritana de Hanbali, en particular a sus seguidores wahabitas. Se convirtió en un firme defensor del régimen saudí y del wahabismo, llegando a colaborar con el rey saudí Abdel Asis. Comenzó a oponerse y a combatir a las hermandades y prácticas sufíes de sus adherentes. Defendió la restauración del califato tras su abolición en 1924. Asimismo, desarrolló un agresivo discurso antichií, acusando a los chiíes árabes de ser agentes de Irán (un tema que aparece hoy a menudo entre los salafistas y otros movimientos fundamentalistas islámicos). Rashid Rida ejerció en particular una fuerte influencia en el entorno intelectual y político de los Hermanos Musulmanes, tratando de revitalizar el literalismo de Ibn Tammiyya y el llamamiento a la yihad. Esta nueva tradición salafista fue propagada individualmente por intelectuales como Rashid Rida en las décadas de 1920 y 1930, y posteriormente a escala social por grupos como los Hermanos Musulmanes en Egipto y otros países.

[37] Jabhat al Nusra logró movilizar a algunos sectores de la sociedad y organizar pequeñas manifestaciones, pero nada parecido a las protestas masivas del movimiento popular sirio.

[38] Jabhat al Nusra y el EI difieren en su metodología para establecer un califato y no tanto en la naturaleza del Estado que pretenden construir. El cisma de Jabhat al Nusra con el EI se debe en gran parte a que el primero sigue la metodología propuesta por el líder de Al Qaeda, Ayman al Zawahiri. Este había defendido un planteamiento gradualista, sobre todo durante el apogeo de la guerra de Irak, atacando vehementemente la estrategia de movilización sectaria y declaración abierta de un Estdo islámico por parte de Abu Musab al Zarqawi, el líder del grupo precursor del EI, Al Qaeda en Irak. El EI rechaza la línea gradualista de Zawahiri y se mantiene fiel a la estrategia de Zarqawi de movilización activa y abierta. El enfoque gradualista no ha impedido a Jabhat Al Nusra mostrar un comportamiento cada vez más violento contra otros grupos de oposición armada tras su ruptura con el EI. Sin embargo, Jabhat Al Nusra ha intentado aplicar los métodos básicos de Zawahiri para implantarse en la sociedad y establecer ostensiblemente estructuras de base con el fin de lograr los grandes objetivos estratégicos de Al Qaeda. Con todo, pese a los fuertes choques entre ambos grupos desde que se separaron en 2013, esto no impidió que hubiera casos de colaboración táctica entre ellos. En Qalamun, por ejemplo, en verano de 2014, ambos grupos yihadistas mantenían estrechas relaciones. Zawahiri, aunque negó toda legitimidad al EI y a su líder, Abu Bakr al Bagdadi, declaró en septiembre de 2015 que estaba dispuesto a cooperar con ellos en Irak y en Siria para combatir a la coalición encabezada por EE UU. Dijo que “a pesar de sus graves errores, si yo estuviera en Irak o en Siria, cooperaría con ellos para matar a los cruzados, a los laicos y a los chiíes, si bien no reconozco la legitimidad de su Estado”. Orient le Jour, “Al-Nosra prend possession de la dernière base du régime dans Idleb”, 10/09/2015. http://www.lorientlejour.com/article/943…

[39] Samir Amin, “Interview of Samir Amin,” Samir Amin 1931, 15/07/2013, http://samiramin1931.blogspot.ch/2013_07….

[40] El veterano sindicalista y nasserista Kamal Abu Eita, antiguo dirigente del sindicato de funcionarios de la autoridad tributaria y presidente de la Federación Egipcia de Sindicatos Independientes (Al Ittihad al Masri lil Naqabat al Mustaqilla, EFITU), por ejemplo, fue ministro de Trabajo en el gobierno provisional tras el golpe militar de julio de 2013 hasta marzo de 2014, y durante este tiempo aceptó la “hoja de ruta” del ejército para la transición.

[41] Jad Bouharoun, “Understanding the Counter-revolution”, International Socialism, n.º 153, enero de 2017, http://isj.org.uk/understanding-the-coun…

[42] Ann Alexander, “Reformism, Islamism & Revolution,” Socialist Review, n.º 406, octubre de 2015, http://socialistreview.org.uk/406/reform…

[43] Ibid.

[44] Phil Marfleet, “’Never Going Back’: Egypt’s Continuing Revolution”, International Socialism, n.º 137, enero de 2013, http://isj.org.uk/never-going-back-egypt…

[45] Ernest Mandel, “The Nature of Social-Democratic Reformism, The Material Foundations of Opportunism”, Marxist.org, octubre de 1993, https://www.marxists.org/archive/mandel/…

[46] Para más información sobre este tema, véase Charlie Post, “Ernest Mandel and the Marxian Theory of Bureaucracy”, Ernest Mandel.org, julio de 1996, https://www.ernestmandel.org/en/aboutlif…; Charlie Post, “The Myth of the Labor Aristocracy, Part 1”, Against the Current, n.º 123 (julio-agosto de 2006), https://www.solidarity-us.org/node/128#N18; y Charlie Post, “The ‘Labor Aristocracy’ and Working-Class Struggles: Consciousness in Flux, Part 2”, Against the Current, n.º 124 (septiembre-octubre de 2006), http://www.solidarity-us.org/node/129.

[47] Véase Ernest Mandel, “La social-démocratie désemparée – Nature du réformisme social-démocrate”, Ernest Mandel.org, 21/09/1993, http://www.ernestmandel.org/new/ecrits/a…

[48] Anne Alexander y Mostafa Bassiouny, Bread, Freedom, Social Justice, Workers and the Egyptian Revolution (Londres: Zed Books, 2014), 20.

[49] Anand Gopal, “The Roots of ISIS, Imperialism, Class, and Islamic Fundamentalism”, International Socialist Review, n.º 102 (otoño de 2016), http://isreview.org/issue/102/roots-isis.

[50] Jeffrey Azarva y Samuel Tadros, “The Problem of the Egyptian Muslim Brotherhood”, American Enterprise Institute, 30/11/2007, https://www.aei.org/publication/the-prob…

[51] Citado en Abbas Shahrabi Farahani y Gilbert Achcar, Towards Progressive Politics in the Middle East, Problematica in Conversation with Gilbert Achcar, 24/03/2016, http://newpol.org/content/towards-progre…

[52] Ibid.

El último retrato de Oscar Wilde

por Higinio Polo//

De todas las fotografías que se conservan de Oscar Wilde, hay algunas que me parecen relevantes, o conmovedoras, conociendo el destino que le estaba reservado.

Una de esas imágenes está tomada en 1897, en el Palacio Real de Nápoles, y en ella vemos al poeta, gordo, tocado con bombín, perdida la distinción y la elegancia que persiguió durante toda su vida. En otra fotografía, disparada en el mismo Nápoles decadente, está sentado ante una mesa, con una botella de vino, y con su amante, lord Alfred Douglas, de pie, tras él, con la mano descansando en el hombro de Wilde. Todavía hay otra, impresionada en abril de 1900, que lo paraliza ante la estatua de Marco Aurelio, en el Campidoglio romano. Posa con bastón, un brazo en la cadera, simulando indolencia, tocado con sombrero, apenas seis meses antes de morir. Reparo ahora en que todas esas fotografías que creo conmovedoras están tomadas en Italia, y es probable que, para mí, su desdichada textura emane del recuerdo prestado que tenemos de los desolados días que la vida le había forzado a derramar, y cuyo ruido no podemos separar de los años de triunfo. Ese es, para mí, el último retrato de Oscar Wilde, el dandi caído que había tenido la insolencia de postular el socialismo.

El alma del hombre bajo el socialismoEn todas esas fotografías, Wilde estaba muy lejos de sus días de gloria, del momento –por ejemplo– en que al llegar al puerto de Nueva York, en enero de 1882, joven y brillante, ante la rutinaria pregunta del aduanero –“¿Algo que declarar?”–, contesta: “Nada, excepto mi genio”. Es la misma afectación que revela en el momento en que, requerido para citar las cien obras más notables de la literatura de todos los países y de todos los tiempos, contesta que le es imposible, puesto que él sólo ha escrito cinco libros. También reitera esa actitud en Londres, diez años después de su viaje a América, cuando con ocasión del estreno de El abanico de Lady Windermere, sale a escena para saludar a los espectadores, al finalizar la obra, entre aclamaciones, y sonríe, dueño del mundo: “Celebro mucho, señoras y señores, que les haya gustado mi obra. Estoy seguro de que aprecian sus méritos casi tanto como yo mismo.” El público lo aclama. Es un atrevimiento, pero entonces a Wilde se le perdona todo, se celebran todas sus frases, y Londres está rendido ante el escritor de genio, en medio de un éxito teatral sin precedentes que le proporciona fama y dinero. Aparecen también los enemigos, aunque en ese momento nada parece amenazarlo.

Pero en esas placas italianas no le quedaba ya mucho tiempo: el 30 de noviembre, de ese mismo año de 1900 en que lo vemos en el Campidoglio, lo fotografiarán por última vez, en su lecho de muerte. En esas fotografías finiseculares, el gusto por la doble vida que mostraba Wilde había quedado ya muy atrás, y en esos meses finales de su existencia el escritor es la sombra de sí mismo, aunque mantiene su compromiso con los débiles, como indica su preocupación por la vida de los reclusos en las siniestras cárceles británicas. André Gide escribió que Wilde mostraba ante los demás una máscara, para el asombro o la exasperación de quien le escuchaba. En uno de sus relatos, La esfinge sin secreto, Wilde nos describe a una mujer misteriosa, lady Alroy, que, sorprendentemente, no oculta ningún secreto. No es el caso del escritor irlandés. De hecho, había vivido durante mucho tiempo mostrando apenas una parte de sí mismo, como nos indica la circunstancia de que Frank Harris no hubiese descubierto la homosexualidad de Wilde hasta que él mismo se la reveló con ocasión de su proceso con el marqués de Queensberry. Pero no es ese uno de sus secretos mejor guardados –al menos para el lector del siglo XXI, que conoce su ascenso y su caída, y la persecución sufrida como consecuencia de sus inclinaciones sexuales en la hipócrita sociedad victoriana de finales del XIX–, sino probablemente su simpatía por el socialismo, su apuesta por una sociedad libre que espera acabe con la voracidad de la burguesía y en la cual germinen unas nuevas formas de relación humana en las que no tengan cabida ni la propiedad privada ni ninguna de sus lacras derivadas. Porque Wilde se muestra, en El alma del hombre bajo el socialismo, decididamente partidario de la dignidad obrera que despunta en el horizonte, en unos días en los que Lenin apenas es un joven de poco más de veinte años al que acaban de expulsar de la universidad.

El alma del hombre bajo el socialismoAndré Gide nos dejó escrito que en 1895, cuando se encontraron en Argelia, Oscar Wilde le había confesado: “He puesto todo mi genio en mi vida; en mis obras sólo he puesto mi talento”. En ese momento, cuando disfrutaba del suave clima argelino y frecuentaba algunos cafetines discretos y casas de jóvenes en compañía de sus amigos y camaradas del momento, estaba lejos de imaginar que apenas unos meses después, su vida quedaría quebrada sin remedio, para siempre. Richard Ellmann, su más paciente biógrafo, mantiene que Wilde tuvo que vivir su vida dos veces: que en el primer período fue un granuja, y, en el segundo, una víctima. Cuando Wilde vuelve de Ar gelia a Londres, encuentra una carta en el club Abermale: está escrita por el marqués de Queensberry, el padre del amante del poeta, lord Alfred Douglas. En ella, el aristócrata le acusa de sodomía, y es probable que Wilde reparase más en la zafiedad del marqués que en las consecuencias que aquella acusación podía tener en la relamida sociedad victoriana. Tal vez ni tan siquiera lo sospechaba, pero en aquel momento preciso, iniciaba el ca mino hacia la destrucción. Cinco años después, Oscar Wilde apenas sería una sombra del brillante dramaturgo aclamado por el público de Londres y París, apenas recordaría al celebrado poeta que había tenido a sus pies a la mejor sociedad londinense, y estaba esperando la muerte en una pobre habitación de un hotel modesto, casi siniestro, de la calle Beaux-Arts de París.

Hoy conocemos casi hasta el menor detalle de la vida de Wilde, gracias al minucioso trabajo de sus biógrafos, como el de Robert Harborough Sherard, quien publicó varios libros sobre su vida a partir de 1902, que todavía son hoy interesantes por los detalles que aportan. Sherard, que fue amigo de Wilde, era algo más joven: había nacido en 1861 y lo sobrevivió casi medio siglo, hasta su muerte en 1943. Sherard explica anécdotas de la vida de Wil de en París, su inclinación por los marineros o la visita que realizaron ambos a Verlaine.

Contamos también con otros materiales de primera mano: el mismo año de 1902 publica André Gide su In Memoriam Oscar Wilde. Y Frank Harris da a la imprenta la Vida y confesiones de Oscar Wilde. Harris era un norteamericano amigo de Wilde, nacido en 1856, que publicó la Vida en 1914, de forma restringida, y en 1918 en una segunda edición en Nueva York, libro que se publica en España en 1928. Harris, que nos habla de la “lamentable personalidad de lord Alfred Douglas”, escribe sus recuerdos en unos años en los que los críticos literarios hablaban, con precaución de capellanes católicos, de la “anomalía sexual” de Wilde. Detrás de ellos vendrían otros autores, interesados en el drama vital de Wilde o en las palabras esparcidas de las obras que subsisten. Pero tenemos noticia de su vida, sobre todo, por la monumental biografía de Richard Ellmann, publicada en España en 1987, el mismo año de su muerte. Antes, Ellmann se ha bía convertido en el biógrafo de James Joyce, otro irlandés, y documenta los menores detalles de la existencia de Wilde, la peripecia de su familia, de sus compañeros de cla se, sus relaciones. Cuando Ellmann murió, llevaba vein te años dedicado a la reconstrucción de la vida de Oscar Wilde. En España, Wilde tuvo pronto traductores, como Julio Gómez de la Serna, o Ricardo Baeza, traductor también de Frank Harris. Y conoció a Manuel Ma cha do, en 1899, quien escribiría un artículo premonitorio, titulado La última balada de Oscar Wilde.

El alma del hombre bajo el socialismoOscar Wilde no agradaba a todo el mundo, pese a las apariencias. Es notable conocer que Harris siente “repulsión” por el escritor cuando lo conoce: aunque su estatura de casi dos metros impresiona, el norteamericano observa sus manos fofas, su piel poco limpia, su ropa demasiado ceñida, su obesidad, las bolsas que deformaban su mandíbula. Pese a todo, Wilde es un hombre joven: el encuentro entre ambos se produce en 1884, cuando el escritor apenas tiene treinta años. Después, a Harris le ganará la simpatía de nuestro personaje, aunque no deje de anotar que una de las causas del éxito de Wilde es el grupo de admiradores que lo acompañaba casi siempre, que lo rodeaba en las fiestas sociales, que lo exaltaba como un gran poeta en los salones y en los círculos ilustrados. De esos seguidores, la mayoría eran invertidos que surgen entre “la alta burguesía que imita al mundo elegante”, según las palabras de Harris. Invertidos que eran un producto de Eton y de los internados y las universidades británicas de la época, hombres cultos que adornaban las reuniones sociales y cuyas hazañas eran seguidas por la prensa, que los calificaba de decadentes, estetas. De esa conjunción entre las instituciones donde se educa la élite y una sensibilidad que siempre fue periférica y marginada, atenta al padecimiento de los pobres y considerada como advenediza por los intelectuales ligados al poder, surge Oscar Wilde.

Primeras páginas del prólogo de Higinio Polo al libro de Oscar Wilde El Alma del Hombre bajo el Socialismo

Tribunal popular internacional para castigar a Pinochet (1998)

 

por Raúl Bengolea//

            Las últimas dos semanas han constituido una verdadera prueba para todos los sectores, tendencias y corrientes políticas. Efectivamente, el país se ha polarizado, han emergido las verdaderas posturas de algunos, otros han guardado un hermetismo “bastante parecido a la estupidez”, y en el centro de todo una vez más Pinochet. Su imprevista y sorpresiva detención en Londres ha puesto de manifiesto la verdadera cara del régimen.

            Un hecho como la detención del Dictador, de profundas raíces en la política chilena, y mundial, nos entrega en una primera lectura algunas cuestiones fundamentales:

1.- Que Chile es una semicolonia, cuya burguesía es enteramente impotente para desarrollar una política antiimperialista, así sea le toquen a la “madre”;

2.- Que Pinochet sigue siendo el único dirigente indiscutido de la burguesía criolla, y que su Dictadura se prolonga hasta nuestros días, bajo un manto civil que emerge exclusivamente de las elecciones. Por lo mismo, la derecha, la Concertación y el PC, desde distintas perspectivas se ubican hoy día en la extrema derecha de la política mundial, el pinochetismo es la piel de la burguesía chilena, así como para la burguesía israelita lo es el sionismo;

3.- Que la resolución de un reclamo democrático elemental, tan primario como el castigo a los genocidas, no puede ser resuelto en el marco de dominación burguesa. Las decadentes democracias imperialistas, y su podrido “Derecho Internacional Público” no escapan a esta caracterización, lo que se probará con la segura liberación de Pinochet.

4.- Que pese al alza de la lucha de los explotados en las metrópolis y en las semicolonias, cuestión que explica la detención de Pinochet, y plantea la formación de un Tribunal Popular Internacional, no emerge una nítida dirección política internacional que permita canalizar la lucha como acción directa internacionalista, como lucha revolucionaria.

 

POR QUÉ ES DETENIDO EN LONDRES

            La noche del 16 de Octubre, el embajador chileno en Gran Bretaña, Mario Artaza, había convenido con la comitiva de Pinochet que éste abandonara Inglaterra a la brevedad el próximo martes 20. Esta medida se tomó por cuanto se pensaba que las diligencias seguidas por el juez Garzón en España, podrían repercutir en la regularidad de la gira que realizaba el senador vitalicio y que tenía entre otros objetivos interceder en negociaciones gubernamentales vinculadas a la compra de armamento, industria en la que Pinochet es un gran inversionista. Una señal, que enturbiaba la tradicional hospitalidad con que Pinochet es recibido por los gobiernos de casi todo el mundo, la dio la Cancillería francesa que se negó a visar su pasaporte.

            Para el Gobierno esta gira era muy importante, al punto que se le designó en forma casi clandestina como “embajador plenipotenciario en misión especial”, categoría que perseguía exclusivamente garantizar la “impunidad” diplomática del genocida confiriéndole las prerrogativas de Jefe de Estado. Es necesario subrayar en este punto, que tanto Aylwin como Frei, en reiteradas y diversas oportunidades tomaron estos resguardos que permitían al genocida gozar internacionalmente del mismo trato que recibe en Chile. Con el amparo de la Concertación, Pinochet ha recorrido el mundo en muchas oportunidades utilizando documentación adulterada, registrándose bajo nombres supuestos (en Holanda fue sorprendido como el “Sr. Escudero”) y rodeado de un aparato de seguridad que pasea ametralladoras y explosivos por donde quiera, todo ello por supuesto costeado por el erario nacional.

            Si Pinochet estaba en Inglaterra y se disponía a otra de sus giras, lo hacía no sólo con el beneplácito sino que con la complicidad de la Concertación. Esto no es ninguna novedad, ya que es el simple reflejo de lo que ocurre en el país: la Concertación se limita a seguir el derrotero señalado por la Dictadura Militar.

            Por eso, cuando Scotland Yard irrumpe en la ya mítica “London Clinic”, desarma y detiene a sus guardaespaldas, acordona el edificio e incomunica a Pinochet por dos horas, el sudor helado no se apodera del decrépito asesino (que a su idiotez tradicional sumaba el embotamiento post operatorio) sino que principalmente del Gobierno concertacionista, el que construyó su imagen durante años de “defensor de los DDHH”, “antipinochetista”, “democrático”, “de plena inserción internacional”. La Concertación, la del arcoiris, la que sirve de modelo de estabilidad, la alianza ejemplar, el “non plus ultra” de la tolerancia, debió ante estos hechos a salir a defender a su aliado y lo hizo con el destemple y virulencia común en los tránsfugas: señalaron que estaba en juego la soberanía del país y que no permitirían bajo ningún respecto que se enjuiciara a un genocida que es su principal sostén político, que es quien en definitiva cohesiona a la burguesía chilena.

            La imagen del Canciller José Miguel Inzulza vociferando desesperado en defensa del General que lo torturó, encarceló y exilió, no es sino la patética caricatura de la maniobra gubernamental orientada al salvataje no sólo físico, sino que principalmente político que se hizo de la figura de Pinochet. El Gobierno puso a Pinochet como la encarnación de la soberanía nacional, haciendo de su defensa un asunto de principios, “de Estado” como gustan decir los voceros del pinochetismo. Los fascistas de la UDI y RN captaron esto rápidamente y ocuparon un inmejorable lugar explotando demagógicamente el antiimperialismo. Los huevos en la Embajada Británica, la supresión de los estacionamientos de la Embajada Española, y otras manifestaciones “contra el colonialismo”, son expresión de esta formidable campaña que durante la primera semana paralizó por completo a los partidos de gobierno.

            Esta idea de hacer de la liberación de Pinochet un problema de respeto a la soberanía nacional, constituye una impostura, una falsificación. La bandera antiimperialista es demasiado grande -aún para jugar con ella- para quienes han hecho de la defensa de los intereses del capital transnacional una cuestión de principios. El propio pinochetismo, que emergió autoevidente como LA política de los partidos del régimen, es esencialmente eso: la sumisión de los intereses nacionales en beneficio del imperialismo. Clara demostración de ello es que a pesar de las bravatas nacionalistas, ni el gobierno, ni los fascistas fueron capaces de promover una auténtica medida antiimperialista en contra de los intereses españoles y británicos presentes en Chile.

            Mientras gobiernistas y pinochetistas simulaban una postura antiimperialista, aprobaban un presupuesto ajustado a las necesidades del capital transnacional, reprimían al magisterio que luchaba en contra de la reforma educativa imperialista, a los miles portuarios despedidos en el proceso de privatización de los puertos, a los mineros del carbón cesantes para beneficio de compañías británicas. El “antiimperialismo” de estos connotados agentes del capital imperialista, no pasa de ser una mueca impotente, porque en la práctica siguieron -aún en los momentos más graves de la crisis de Pinochet- defendiendo la “economía abierta”, los tratados de sumisión militar, económica y política al imperialismo. Cuestiones elementales como la ruptura de relaciones diplomáticas con España e Inglaterra y la expropiación de sus capitales en Chile ni siquiera fueron insinuados, por ninguno de los histéricos huerfanitos de Pinochet, ni Piñera ni Lavín, ni Zaldívar, ni mucho menos Lagos.

            La burguesía chilena, no por un problema racial o religioso, sino que por un problema estructural que arranca de la formación capitalista chilena, del papel del Estado, de su ubicación en la división internacional del trabajo, es incapaz de realizar la más mínima tarea antiimperialista. Esta realidad pone en evidencia la absoluta subordinación de los partidos -desde la UDI al PC- al proyecto e intereses imperialistas. Ello es expresión de la sumisión de la burguesía chilena al gran capital, que se desprende del carácter atrasado y semicolonial de nuestra formación social y al mismo tiempo de su papel de semicolonia.

            El alegato antiimperialista, que tan mal queda a los sirvientes del imperio, sólo fue esgrimido con la intención de movilizar a sectores de masas en la defensa de un objetivo reaccionario: la liberación de Pinochet en Inglaterra, la impunidad del genocida para garantizar la estabilidad del régimen chileno.

            Algunos, quizás desde las filas de la propia izquierda, podrían caer en la tentación de comparar el apresamiento de Pinochet con el de Noriega el 89. Sin embargo, debemos señalar que las diferencias son abismales: Chile no ha sido invadido por un ejército metropolitano, ni ha sido secuestrado su Presidente por el mismo; como en el caso de Noriega, que hoy día purga crímenes por narcotráfico en una cárcel de Miami. El apresamiento de Noriega, además de expresar la política invasora y genocida del imperialismo, manifestaba la necesidad de los yanquis de oprimir a las masas caribeñas. Muy por el contrario, Pinochet ha sido detenido en territorio británico, fuera de la jurisdicción chilena, por lo que no cabe alegar violación a la soberanía nacional; si bien es cierto la detención fue por orden de la justicia española, es fruto a su vez del accionar multitudinario de activistas y organizaciones defensoras de los DDHH, que forman parte de un movimiento aún mayor de luchas que sacuden de cabo a rabo el orden “democrático” de las decadentes potencias europeas.

            Mientras el apresamiento de un asesino como Noriega a manos de un ejército invasor constituye una agresión imperialista, la mera detención en el exterior de un genocida como Pinochet constituye un pequeño pero significativo triunfo de las masas del mundo entero que se encaminan a castigar a sus verdugos.

 

¿QUIÉN ES EN REALIDAD PINOCHET?

            A no pocos, en Chile y el exterior, podría resultar sorprendente la actitud asumida por el Gobierno de Frei, el que sustenta su prestigio ante las masas por encabezar una alianza que ha hecho del antipinochetismo, de su democratismo, su principal capital político. El Gobierno actual es lo que fuera la “Oposición” a la Dictadura Militar. Aún en el marco de la transición, (recordemos el acto de asunción de Aylwin en el Estadio Nacional, en el que se “purificó” el recinto con una liturgia ecuménica en defensa de los DDHH), la Concertación se presentó como la redentora de la libertad, la justicia, la tolerancia, la democracia, etc..

            En este marco la cuestión del genocidio quedó como un reclamo moral, vigente cuya resolución era imposible habida cuenta de la Ley de Amnistía cuya vigencia se consideró esencial para viabilizar el traspaso del mando militar al civil opositor. En esta época se acuñó la expresión pusilánime de Aylwin, de “hacer justicia en la medida de lo posible”. Este elemento es clave, y distingue por ejemplo a la transición chilena de la paraguaya que fue de militares a civiles stroessneristas; o de la argentina en la que los civiles opositores no establecieron claramente amnistía a los genocidas el 83, la que finalmente hubo de establecer Menem con su Punto Final y la liberación de Videla y Cía.

            La Ley de Amnistía del 79, marca y funda el proceso de institucionalización de la Dictadura que hasta ese momento era comandada, en forma un tanto invertebrada, por una Junta Militar. Esta Ley establece la impunidad para los crímenes perpetrados por los golpistas y marca una tendencia al orden y a la resolución de la crisis interna de la burguesía chilena que sumó al Golpe del 73, la violenta conmoción -a partir del 74- de la llamada crisis del petróleo.

            EE.UU. bajo la administración demócrata de Carter, observando el descontrol internacional que comenzó a generar Pinochet y la DINA, con su operación Cóndor (Coordinación de las policías políticas del Cono Sur) y con los atentados a Prats, Letelier y Leighton, impuso a Pinochet un boycot internacional que tuvo como mayor exponente la Enmienda Kennedy, que cortó el suministro de armas a la Dictadura chilena. Estas presiones, que eran expresión de la repulsa internacional que generaban los crímenes de los militares en contra de la vanguardia obrera y de izquierda en nuestro país, tuvieron como resultado la disolución de la DINA, la dictación de la Amnistía (que exceptuaba de su aplicación expresamente a los crímenes cometidos fuera de Chile, como el caso Letelier) y la llegada del equipo económico de Friedman, los lúgubres “Chicago Boys”.

            En este momento el régimen chileno se encontraba extraordinariamente aislado, aislamiento que buscaba romperse precisamente con la institucionalización, lo que ocasionó un nuevo quiebre en la burguesía. La marginación definitiva de los democristianos del gobierno dio lugar a un viraje muy violento, al punto que connotados funcionarios de la propia Dictadura -como el actual precandidato Zaldívar, en ese entonces Vicepresidente de CODELCO- fueron al exilio. En esa etapa los propios militares comienzan a pensar en su transición a una forma gubernamental civil. Se da cuerpo a la Comisión Ortúzar -cuyo cerebro fue el ajusticiado Jaime Guzmán- , que comienza a elaborar la nueva Constitución Política de la República, teniendo como principal modelo la anticomunista Ley Fundamental de Alemania Federal.

            Hasta 1978, los bloques políticos seguían armados tal y como se conformaron para el Golpe del 73. De un lado el CODE (Derecha y DC), del otro la UP (PC, PS, Radicales), esto era expresivo a su vez de un quiebre en la propia burguesía que fue precisamente el que posibilitó la instauración de la Dictadura. La Democracia Cristiana rompe este cuadro y pasa a integrar la “oposición” a la Junta Militar, lo que polariza a su vez al bloque gobernante que ve definitivamente en Pinochet, más allá de la Junta, el único elemento capaz de dar coherencia al régimen.

            El 78, año clave en el desarrollo del proyecto de “Reconstrucción Nacional” en que se encontraba envuelta la Dictadura, es el año a su vez de Pinochet, quien tuvo la capacidad de asumir el liderazgo de importantes sectores de la burguesía. Pinochet, un simple gorila sanguinario que ganó espacio político por su determinación genocida, a la hora de reprimir y regimentar al país, era el dirigente que necesitaba la patronal. Aquél que clausuró las instituciones parlamentarias y sumió a las masas en un baño de sangre, era el hombre del momento.

            Un hombre mediocre, vulgar, astuto, de escasa inteligencia; un hijo de la arruinada clase media rural del centro del país, no un aristócrata de las castas militares de tradición familiar, ni mucho menos un refinado orador de la propia burguesía, se fue transformando en una institución del régimen político chileno.

            El discurso de Pinochet, cuya extraordinaria simpleza y claridad ha maravillado a más de algún filólogo con pretensiones científicas, es simple precisamente porque se sustenta no en la demagogia democrática, sino que en la amenaza pura y simple. Su escasa cultura, su filiación casi infantil con la religión (él mismo reconoció la imagen de la Virgen del Santísimo Socorro en las trizaduras provocadas por un misil Low,  en la ventana blindada de su automóvil, con motivo de su  el frustrado atentado del 86), lo liberaron de las trabas morales y prejuicios democráticos de un Schneider, por ejemplo. Pero por otro lado, su carácter advenedizo lo hacía al mismo tiempo que inescrupuloso, en un disciplinado y servil instrumento de la burguesía.

            La ambición de Pinochet estuvo siempre subordinada a los intereses generales de la burguesía, esto lo distinguía de los típicos caudillos militares y personalistas, como por ejemplo Viaux Marambio. Prueba palpable de ello es que escoltó a Fidel en su vista a Chile durante la UP; emergió en Junio del 73 como un general “constitucionalista” que frenó la intentona del “tancazo” de Supper, lo que le valdría a la postre ser designado Comandante en Jefe del Ejército por el propio Allende; y -todos concuerdan- fue el último en sumarse al Golpe en cuya conspiración no participó.

            El anticomunismo de Pinochet que es parte de la tradición de las FF.AA. chilenas, toma cuerpo teórico en la geopolítica,  que es la ideología de origen prusiano según la cual se ha de regimentar la sociedad con un criterio organicista, diríase biológico, que entiende que un cuerpo político sano requiere de un Estado disciplinado, sin disensiones internas.

            Dentro de las tendencias “geopolíticas” del Ejército, Pinochet se encuentra en su ala más moderada que adhiriendo a la idea de que el Estado es el organismo vivo de la nación, rechaza no obstante la visión belicosa de que esta “vida” se traduciría en una actitud expansionista, el “espacio vital” del Tercer Reich. Esta postura implica en este caso concreto la sumisión política frente al imperio opresor, frente al cual Pinochet adopta una postura colaboracionista, pugnando con la línea dominante, “dura”, de gran peso dentro del Ejército que pregona el concepto de “frontera móvil” que supone que la responsabilidad militar llega allí donde se encuentren comprometidos los intereses económicos de la nación.

            Dotados de estos precarísimos rudimentos ideológicos, la Junta Militar se prepara para barrer con las masas mediante una operación de terror generalizado. En esta tarea contrarrevolucionaria, Pinochet gana espacios dentro de la burguesía por corresponderse a una concepción institucional, despersonalizada, más profesional de la Dictadura, encarnaba a los “blandos”. Por oposición en la misma Junta Gustavo Leigh, Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea (FACH),  representaba una línea “dura” reacia a componendas con los civiles, y de mayor autonomía de los mandos militares (tipo Junta de Videla , en Argentina). Esta última línea, de escasa proyección política, termina finalmente abandonando la escena el 78 con la salida del propio Leigh de la Junta Militar.

            Nada más lejano a la concepción pinochetista que enfrentarse al imperialismo. La inequívoca vocación pro-imperialista de Pinochet, única expresión política posible de la burguesía criolla, obligaba a hacer abandono de cualquier postura de corte nacionalista, ello ha quedado marcado a fuego con la política de “restitución” de capitales y mediante el Estatuto del Inversionista Extranjero, carta blanca a las transnacionales para saquear al país. Por ello el viraje del 78-79, la institucionalización, si bien es cierto da lugar a una nueva crisis interburguesa (ruptura de la DC con los militares), en ella ambas fracciones pugnan por servir los intereses norteamericanos. Las diferencias estribaban en los plazos, no en los métodos ni en los objetivos.

            Por lo anotado, Pinochet fue transformado y elevado, por el proceso histórico, en el único elemento que en medio de la aguda descomposición de las instituciones burguesas, fue capaz de ponerse a la altura de las exigencias de la contrarrevolución. Por esto la burguesía chilena es pinochetista, como lo son también sus partidos políticos, aún cuando las circunstancias exijan que para contener a las masas deba recurrirse al discurso democrático “antipinochetista”. Con Pinochet la burguesía se une, pasó por encima de una revolución obrera en curso, pero para gobernar necesita atacarlo en el discurso. He aquí la paradoja de este régimen del transfugio político que tanto sorprende a algunos reformistas. Ya lo hemos señalado el pinochetismo es el “sionismo” chileno, se podrá ser de derecha,  socialista o comunista pero la defensa de su régimen es una cuestión esencial. Del mismo modo que laboristas y conservadores, discuten en el parlamento israelí construido sobre una montaña de cadáveres palestinos.

            Finalmente cabe preguntarse: ¿ encarnó Pinochet efectivamente un régimen fascista?. En esta materia debemos ser claros, la dictadura pinochetista NUNCA LOGRÓ CONSTITUIRSE COMO FASCISTA, A PESAR DE TODA LA BASURA ANTICOMUNISTA Y NAZI-FASCISTA QUE LLENABA LA CABEZA DE LOS GENOCIDAS. El régimen no fue fascista por cuanto tras su movimiento contrarrevolucionario, la burguesía no logró arrastrar a amplios sectores de la población para darle sustento de masas a su accionar. Mientras los camisas pardas de Hitler apaleaban comunistas y judíos en las calles, con el apoyo de importantes sectores de las masas alemanas; Pinochet debió salir a las calles de Santiago en medio del terror y de la soledad: era la Junta Militar, las FF.AA., aplastando a las masas. La burguesía chilena se impuso por medio de las armas, no de la demagogia delirante de algún “caudillo”.

            La etiqueta de “fascista” la acuñaron los stalinistas no porque correspondiera a la realidad, sino porque era funcional a su política de alianza con la DC, a la cual hasta nuestros días sigue lastimosamente llamando a formar un “Frente Antifascista”. El Golpe del 73, homologable a la intentona de Kornilov en Julio del 17 en Rusia, no logró generar un sólido régimen fascista, alcanzó a derrotar y desarticular a las masas pero fue incapaz de generar un movimiento social de amplio apoyo. En este sentido, el Movimiento de Avanzada Nacional de fines de los 70 impulsado por el propio Pinochet, podrá pasar a la historia como una de las más grandes operaciones de inteligencia de la historia (se catastró y caracterizó políticamente a millones de chilenos) pero fracasó estrepitosamente en cuanto capacidad de nuclear y dar apoyo de masas al régimen genocida.

            En último término, debe constatarse que no conocemos casos de auténticos regímenes fascistas en países semicoloniales. Perón, Vargas, como nacionalistas, Banzer, Stroessner, como simples gorilas, de seguro tuvieron en su mente el ideario fascista pero fueron incapaces de generar un amplio movimiento social de apoyo a su política contrarrevolucionaria, de aniquilamiento físico del movimiento obrero. Un auténtico movimiento fascista se basa además en una concepción expansionista, colonialista, requiere de una burguesía independiente, imperialista, capaz de ejecutar por sí misma sus intereses. Ni en Chile, ni en ninguna semicolonia (ni siquiera en Irak), se observa esta capacidad por parte de las burguesías criollas

 

¿POR QUÉ NI LA BURGUESÍA NI EL IMPERIALISMO PUEDEN JUZGAR Y CASTIGAR A PINOCHET?

            Hemos demostrado la inacapacidad de la burguesía chilena de desarrollar cualquier tarea que signifique un choque con el imperialismo. Con ello la defensa de Pinochet se explica no por un problema de defensa de soberanía nacional, sino por el papel central de Pinochet en la institucionalidad del régimen. Sin embargo, el problema de fondo del castigo al genocida es un problema democrático esencial, que muchos han creído se resolvería con el proceso seguido por el Juez Garzón en España.

            La socialdemocracia, los vestigios stalinistas y algunas organizaciones de DD.HH.  como Amnistía Internacional, han presentado la detención del genocida como un acto de justicia, que significaría una alerta para los violadores de los derechos humanos. Ellos señalan que sería una señal para los Husein, Milosevic, Videla, Massera, etc., acerca de lo que no se debe hacer.

            En nuestro país sectores del PS, DC y el PC, se han plegado a la idea de hacer de esta instancia judicial accidentalmente abierta, un camino de justicia y de fin a la impunidad. Con esta postura se siembran ilusiones en orden a que la justicia inglesa y española, podrían responder a la tarea democrática de juzgar y castigar al octogenario ex-Dictador. Como si de la noche a la mañana, imperios construidos sobre la base de las más grandes masacres que haya conocido la historia de la humanidad, comenzasen a preocuparse de castigar a uno de sus sirvientes ejemplares. Las “democracias” inglesa y española, ambas decadentes monarquías, no sólo en sus posesiones de ultramar, sino que dentro de sus propias fronteras han generado una Justicia que legaliza las muertes, torturas y encarcelamientos de irlandeses y vascos, por poner ejemplos groseros y de amplio conocimiento. Pero pareciera que la muerte en huelga de hambre dura de Bobby Sands, del IRA; o la formación de los GAL (Grupo Armado de Liberación) por parte del propio PSOE en España, son hechos que nunca existieron para los entusiastas adoradores de la Justicia imperialista. Nada se puede esperar de la mano de jueces genocidas como lo son los de Inglaterra y España, nada que importe un castigo a sus colegas genocidas.

            Ya lo hemos indicado, la detención de Pinochet es un triunfo de la lucha de las masas a escala mundial, pero como todo triunfo de las masas se trata inmediatamente de revertir y utilizarse en contra de sus propios intereses. En este caso, el imperialismo está jugando a prestigiar sus instituciones a un costo muy bajo: juzgar a un símbolo de la masacre y la represión capitalista, qué mejor que este genocida de los confines del mundo. A esta maniobra han contribuido los reformistas de todo pelaje, los que se han limitado a “celebrar”, es decir a esperar o en el mejor de los casos a “presionar” para que actúe la “justicia”.

            El juzgamiento de Pinochet por parte de cualquier tribunal burgués, sea inglés, español o argentino, de hacerse efectivo y de comenzar a aplicarse la demagógica legislación internacional contra el genocidio, conllevaría un desastre para el orden imperialista. Ello por cuanto deberían iniciarse procesos por genocidio en contra de la totalidad de los gobernantes vivos de las principales potencias imperialistas. Clinton, por ejemplo, debería purgar penas por su responsabilidad directa en la muerte de cientos de personas en los bombardeos sobre Sudán y Afganistán hace un par de semanas; no sólo Milosevic, sino que Kohl, Major, Yeltsin y toda la OTAN deberían responder por los crímenes cometidos en la ex-Yugoeslavia; las NU deberían responder por las recientes masacres en Panamá, Somalía e Irak, etc.. En resumen: el consecuente juicio y castigo a Pinochet plantea necesariamente una lucha contra el orden capitalista, bajo cuyos marcos es imposible esperar una efectiva resolución de cualquier reclamo democrático.

            Desde este punto de vista, el juicio a Pinochet es un negocio para regímenes tan desprestigiados como los europeos. Ello por cuanto mediante este expediente, pretenden contribuir mínimamente a embellecerse mientras dan rienda suelta a la brutal ofensiva contra las masas que significa el plan EURO. La figura de Pinochet, en este contexto resulta especialmente emblemática, ya que es presentado como un destructor de un orden democrático burgués, cuya estructura partidaria era y es típicamente europea. Es un General que organizó la sistemática eliminación de socialistas y comunistas, lo que es más claro a los ojos de las masas europeas que la persecución, por ejemplo, de los shiítas por parte de Saddam en Irak.

            En este minuto  resulta improbable realizar un pronóstico que corra en un solo sentido. El Gobierno inglés -las peroratas sobre la supuesta independencia del “Poder” judicial se las dejamos a los abogados- enfrenta una disyuntiva extraordinariamente compleja. Si determina la inmunidad de Pinochet y permite su regreso a Chile, perderá todo lo ganado hasta ahora con la detención; ello significará poner en evidencia a escala MUNDIAL la complicidad del imperialismo con los genocidas, y el carácter meramente decorativo de las instituciones del Derecho Internacional Público; liberar a Pinochet será una manifiesta confesión de que las Convenciones y Tratados Internacionales sobre defensa de los DD.HH., son sólo literatura cuya única finalidad es legitimar en determinados casos las intervenciones militares del imperio en sus colonias. Si, por el contrario, se decide dar curso a la extradición pedida por España, esto con justicia será percibido como un triunfo de las masas lo que podrá abrir paso a un torrente de reclamos de extradición que indudablemente pasarían a encarnarse como lucha antiimperialista. En definitiva, la capacidad de ponderar estos elementos, pero por sobre todo la potencia de las luchas que se desarrollen en Europa, decidirán este problema en uno u otro sentido.

            En Chile las implicancias son parecidas, pero siempre tendrán como resultado la polarización. De resultar extraditado Pinochet, se debilitaría la postura gubernamental lo que obligaría a una extrema radicalización de la política “pinochetista” de la Concertación. Si, en contrario, es liberado, el regreso del Senador Vitalicio daría lugar a manifestaciones triunfalistas de la derecha que doblegarían la imagen democrática del Gobierno el que recibiría todo el descrédito y la ira popular ante tan infame resultado que confirmaría la impunidad internacional de Pinochet.

            Más allá de las variables, con o sin extradición, Pinochet no será castigado por ningún tribunal burgués. En el mejor de los casos Pinochet podría pasar una temporada detenido en España, tras la cual el franquismo se encargaría de liberarlo por razones humanitarias, haciendo uso de sus facultades ejecutivas. Lo que realmente preocupa a la burguesía y al propio imperialismo, es la forma de responder a la polarización social que este hecho está ocasionando. La Derecha sabe que su triunfo ha costado extraordinariamente caro al régimen, las ilusiones democráticas, “antipinochetistas” de las masas están muy golpeadas y para nadie es un misterio el carácter “pinochetista” al menos de la Concertación.

            Con una política legalista y servil al imperio, sólo logra salvarse el PC, pero resulta evidente que el stalinismo no tiene ninguna capacidad de conducción en términos de Gobierno, por lo que no es una alternativa de Gobierno para la burguesía, ello a pesar de la política liberal y colaboracionista de clases que desarrolla el PC, que lo ubican en sus períodos de mayor derechización.

            Foco de esta preocupación lo constituyen la naturaleza de las medidas que han de tomarse luego de resuelto el tema en Inglaterra. En este orden son numerosas las señales, y hasta contradictorias. La ultraderecha reclama la formación de un Gobierno Derecha-DC, de “Unidad Nacional”. Sectores más moderados, RN, la DC los socialistas comienzan a pensar en un proceso de Reconciliación que se base en dos cuestiones: 1.- que Pinochet haga un “gesto” de constricción y se retire de la vida política (ese es el sentido de la reciente norma que regimenta el retiro de los Parlamentarios); 2.- Que se entregue información sobre la ubicación de los detenidos-desaparecidos. Con estas medidas cosméticas, se pretende sepultar el problema de los DD.HH. y salvar esta crisis. Como hemos señalado en relación con el problema europeo, nuevamente la respuesta habrá de encontrarase en el grado de actividad y lucha que desplieguen las masas, actividad que puede medirse como patrón de referencia con la enorme envergadura que alcanzaron las movilizaciones contra la llegada de Pinochet al Senado en calidad de vitalicio.

            En definitiva, más allá de las variables que se impongan a la liberación de Pinochet una cosa es segura: el asesino será liberado, porque no hay tribunal burgués en el mundo con capacidad de dar resolución al problema del genocidio. La aplicación de esta medida exigiría dar vuelta atrás la rueda de la historia, y no hay maniobra política que pueda poner las instituciones imperialistas y burguesas, al servicio de los explotados y el conjunto de la humanidad. La burguesía, especialmente en medio de esta profunda crisis, sólo puede recortar libertades, aumentar la explotación y reprimir. Si incidentalmente se ve obligada a tomar una medida democrática, como es la detención del ex-Dictador, está obligada a retacearla y dejarla sin efecto. Las episódicas convulsiones sociales a que dan lugar las cíclicas crisis capitalistas, hacen que la más elemental de las conquistas de las masas tengan sus días contados mientras la burguesía siga en el poder.

 

EL PARTIDO REVOLUCIONARIO Y LA LUCHA POR LAS REIVINDICACIONES DEMOCRÁTICAS

            La lucha por las reivindicaciones de orden democrático, de conformidad a la metodología del Programa de Transición de Trotsky, en esta etapa de descomposición capitalista, adquiere un primer lugar en el orden de prioridades de la lucha revolucionaria. La estrategia proletaria, su propia revolución y dictaduras, presuponen que la clase obrera acaudille al conjunto de la nación oprimida en su lucha antiimperialista que sólo puede proyectarse como lucha de clases a condición que se exprese como lucha anticapitalista. Parte central de esta lucha la ocupan las reivindicaciones de orden democrático, como el castigo a los genocidas, la liberación de los presos políticos, cuestiones que aparecen bajo la etiqueta jurídica de “DD.HH.”

            Ello explica que el juicio y castigo a Pinochet, juegue un papel trascendental en la política proletaria, toda vez que sólo bajo su conducción, será posible resolver el problema del genocidio castigando a los asesinos e imponiendo la liberación de los presos políticos en Chile. Se trata de que reclamando una cuestión democrática como es el castigo de los criminales, como es la libertad de expresión política y el derecho a la organización de los trabajadores, se pase a golpear los aparatos represivos de la burguesía ajusticiando a sus militares asesinos, abriendo sus cárceles, consagrando la irrestricta libertad de organización y de lucha de los explotados por su liberación. Estos reclamos de orden democrático, de ser exigidos consecuentemente, sólo pueden ser impuestos vía acción directa de las masas lo que plantea la expulsión de la burguesía del poder.

            En consecuencia, este reclamo democrático del castigo a los genocidas, no puede ser resuelto dentro de los marcos burgueses, ni por sus tribunales, ni por sus leyes. Esta incapacidad se desprende de una realidad histórica del porte de una catedral: el capitalismo sólo puede sobrevivir a costa de la destrucción masiva de fuerzas productivas, del genocidio de millones. No otra cosa podemos concluir de este siglo, que registra los genocidios más gigantescos de la historia de la humanidad. En los últimos cien años millones y millones de seres humanos han sido eliminados en campos de concentración, en fusilamientos masivos, en explosiones atómicas, guerras bacteriológicas, etc.. Estas atrocidades no son el cumplimiento de profecías apocalípticas, sino que son la nítida corroboración del pronóstico científico del marxismo: el retraso en el triunfo de la revolución socialista conduce a la humanidad al pantano de la barbarie capitalista. La disyuntiva, hoy más que nunca, es: Socialismo o Barbarie.

            Sin embargo, la izquierda socialdemócrata, stalinista y reformista en general, tanto a nivel nacional como mundial, ha venido sosteniendo una política que va del cretinismo legalista al abierto pro-imperialismo. En Europa los partidos de izquierda se han diluido en las organizaciones de DD.HH. y otros frentes por el estilo, enfrentando el problema como una cuestión de aplicación de “tratados internacionales”; en Chile el PC y algunos sectores del PS e incluso la DC, han caracterizado al hecho como un triunfo de la justicia en que ha sido la “comunidad internacional”, la que ha tomado en sus manos una cuestión que los chilenos no hemos sido capaces de resolver. El PC remata esta capitulación a los tribunales europeos con una capitulación al orden jurídico nacional: para ellos el problema se resuelve convocando un Plebiscito para una Asamblea Constituyente, que se pronuncie sobre la Anulación de la Ley de Amnistía.

            En pocas palabras: la izquierda europea y la chilena (también sus colegas argentinos PC, PO, MAS, etc., no olvidemos que Garzón investiga también a la Junta de Videla) se ha limitado a saludar el accionar de la justicia burguesa, subordinándose una vez más a la legalidad y al Estado de los patrones. Con esto no han hecho más que seguir alimentando ilusiones en la democracia burguesa, que en el caso de la izquierda chilena y argentina constituye un postura además pro-imperialista, por atribuirle a la justicia imperial capacidad para resolver un problema como los genocidios de los 70 en el Cono Sur latinoamericano.

            Si en Chile, en Argentina y en Europa, no emerge un poderoso movimiento de masas que se proponga la lucha por el juicio y castigo a los genocidas; que es lo mismo que decir: un sólido movimiento anticapitalista y antiimperialista, se debe a la falta de una dirección política internacional que lidere la lucha de los obreros y explotados del mundo entero. Esta dirección política de los explotados en lucha es el Partido Mundial de la Revolución Socialista, la IV Internacional. La ausencia de esta dirección política internacional ha impedido a las masas del mundo entrar a desempeñar un papel trascendente en el hecho puntual de la detención de Pinochet en Inglaterra. Para nosotros, los trotskystas del POR, esta cuestión es esencial y fundamental en el análisis y desarrollo de una política frente al problema del genocidio. Sólo la revolución castiga a sus verdugos, para ello necesitamos las tres condiciones: “el partido, el partido y el partido”.

            La tarea de estructuración partidaria presupone la formulación de una línea nítidamente proletaria, pues sólo esta clase puede abordar consecuentemente esta lucha. El castigo a Pinochet, sólo podrá ser impuesto por un Tribunal Popular Internacional integrado por las organizaciones de base de clase obrera, entidad que centralizará y potenciará no sólo el castigo a Pinochet sino que servirá de punto de partida para el combate a la represión burguesa y el potenciamiento de la lucha revolucionaria. El Tribunal Popular ya ha condenado a Pinochet, lo ha hecho la conciencia lúcida de los explotados del mundo entero, como lo ha hecho con Hitler, Mussolini y otros carniceros por el estilo.

            La estructuración de este Tribunal Popular no se basa en la convocatria a “notables” de izquierda, ni a intelectuales “progre”, ni a distinguidos burócratas sindicales. Su formación dependerá de la capacidad del partido revolucionario de llevar la lucha por el castigo a los genocidas, al seno de las luchas que hoy se desarrollan en Chile y el mundo entero. Debe rechazarse la impostura del PC que dirigiendo abrumadoramente la heroica huelga docente, fue incapaz de incorporar la lucha por el Castigo a Pinochet al torrente movilizado del magisterio. Impulsar el castigo a Pinochet, pasaba fundamentalmente por el apoyo y potenciamiento de la Huelga del Colegio de Profesores y por la preparación de la Huelga General. El Castigo a Pinochet no es un problema de “delincuencia” como interesadamente plantean los reformistas, es de la lucha de clases de la que emergerá su resolución. Politizar la lucha del magisterio, la lucha por los DD.HH., por el castigo a los genocidas, por la inmediata e incondicional libertad de los presos políticos de Pinochet-Aylwin-Frei, significa construir con estos reclamos un puente para el poder de los explotados: un Gobierno Obrero y de los Explotados de la Ciudad y el Campo.

            El combate al legalismo, que deja la resolución del genocidio en manos de la patronal; el combate al gremialismo, que aisla la lucha contra la represión y el genocidio, de las demás luchas de masas; el combate al electoralismo, que pretende resolver con candidaturas de “izquierda”; todos estos combates, forman parte de la lucha de los revolucionarios. Legalismo, gremialismo, electoralismo, son todas expresiones de la política de la burguesía para doblegar a los trabajadores, es por eso que las convocatorias a Asambleas Constituyentes, a Plebiscitos y otras ingeniosas soluciones “jurídicas” son sólo eso: letra muerta en las páginas de la prensa reformista. Estas salidas, tantas veces planteadas por el PC, sólo son reveladoras de su impotencia frente al orden capitalista, del cual son sólo un engranaje.

            Ya lo dijimos en nuestro primer volante referido a la detención de Pinochet, a él lo queremos ver como a Mussolini: ahorcado en una Plaza Pública por resolución de un Tribunal Popular. Esa es nuestra lucha: acción directa, autodeterminación de las bases, poder para los explotados, la violencia multitudinaria de los obreros transformando revolucionariamente la sociedad. Cuando esta lucha se desate, una muralla caerá sobre pinochetistas, proburgueses y burgueses de toda calaña, esa muralla aplastará al capitalismo, sobre esos muros flameará orgullosa la bandera de la revolución proletaria.

 

Santiago, Octubre de 1998

 

Federico Engels: El papel de la violencia en la historia (1888)

Apliquemos ahora nuestra teoría a la historia contemporánea de Alemania y a su práctica de la violencia a hierro y sangre. Veremos claramente la causa de que la política de hierro y sangre había de tener éxito temporal y de que deba hundirse por fin.

 

En 1815, el Congreso de Viena[2] vendió y repartió Europa de tal manera que el mundo entero pudo convencerse de la incapacidad total de los potentados y los hombres de Estado. La guerra general de los pueblos contra Napoleón fue la reacción del sentimiento nacional de todos los pueblos que éste pisoteara. En recompensa, los príncipes y los diplomáticos del Congreso de Viena pisotearon aún con más desprecio este sentimiento nacional. La dinastía más pequeña valía más que el pueblo más grande. Alemania e Italia volvieron a ser fraccionadas en pequeños Estados. Polonia fue desmembrada por cuarta vez, Hungría seguía subyugada. Y no se puede decir siquiera que los pueblos hayan sido víctimas de una injusticia: ¿por qué lo admitieron y por qué saludaron en el zar ruso[i] a su liberador?

 

Pero eso no podía durar mucho. Desde fines de la Edad Media, la historia trabaja en el sentido de constituir en Europa grandes Estados nacionales. Sólo Estados de ese tipo forman la organización política normal de la burguesía europea en el poder y ofrecen a la vez, la condición indispensable para el establecimiento de la colaboración internacional armoniosa entre los pueblos, sin la cual es imposible el poder del proletariado. Para asegurar la paz internacional, es preciso primero eliminar todos los roces nacionales evitables, es preciso que cada pueblo sea independiente y señor en su casa. Y, efectivamente, con el desarrollo del comercio, de la agricultura, de la industria y, a la vez, del poderío social de la burguesía, el sentimiento nacional se había elevado en todas partes, y las naciones dispersas y oprimidas exigían unidad e independencia.

 

Por ello, en todas partes, excepto Francia, la meta de la revolución de 1848 era satisfacer las reivindicaciones nacionales a la par que las exigencias de libertad. Pero, detrás de la burguesía, que merced al primer asalto, se vio victoriosa, se alzaba por doquier la figura amenazante del proletariado, con cuyas manos, en realidad, había sido lograda la victoria, y eso puso a la burguesía en los brazos del adversario recién vencido, en los brazos de la reacción monárquica, burocrática, semifeudal y militar, de cuyas manos sucumbió la revolución de 1849. En Hungría, donde las cosas ocurrieron de otro modo, entraron los rusos y aplastaron la revolución. Sin contentarse con eso, el zar se fue a Varsovia y se erigió en árbitro de Europa. Nombró a Cristiano de Glucksburg, su dócil criatura, para la sucesión del trono de Dinamarca. Humilló a Prusia como ésta jamás había sido humillada, prohibiéndole hasta los más tímidos deseos de explotar las tendencias alemanas a la unidad, constriñiéndola a restaurar la Dieta federal[3] y a someterse a Austria. Todo el resultado de la revolución se redujo, por tanto, a primera vista, a la instauración en Austria y Prusia de un gobierno de la forma constitucional, pero en el espíritu viejo. El zar ruso se hizo amo y señor de Europa aún más que antes.

 

Pero, en realidad, la revolución sacó de un solo poderoso golpe a la burguesía, incluso en los países desmembrados y, en particular, en Alemania, de la vieja rutina tradicional. La burguesía logró una participación, aunque modesta, en el poder político, y cada éxito político suyo lo utiliza en beneficio del ascenso industrial. El “año loco”[4], que felizmente había pasado, mostró a la burguesía de una manera palpable que debía poner fin de una vez y para siempre al letargo y a la indolencia de otros tiempos. A raíz de la lluvia de oro de California y de Australia[5] y de otras circunstancias se produjo una inusitada ampliación de las relaciones comerciales mundiales y una animación en los negocios jamás vista; lo único que había que hacer era no perder la ocasión y asegurarse uno su participación. La gran industria, cuyas bases habían sido sentadas desde 1830 y, sobre todo, desde 1840 en el Rin, en Sajonia, en Silesia, en Berlín y en algunas ciudades del Sur, comenzó a extenderse y a perfeccionarse rápidamente; la industria a domicilio en los cantones se extendía más y más. La construcción de ferrocarriles se aceleró, y el enorme crecimiento de la emigración creó una línea transatlántica alemana que no necesitaba subvenciones. Los comerciantes alemanes comenzaron a afianzarse en proporciones mayores que nunca en todas las plazas comerciales ultramarinas; se erigieron en intermediarios de una parte cada vez más importante del comercio mundial, comenzando poco a poco a atender las ventas no sólo de los artículos ingleses, sino también alemanes. Pero, la división de Alemania en pequeños Estados con sus distintas y múltiples legislaciones del comercio y los oficios había de convertirse pronto en traba insoportable para esa industria cuyo nivel se había elevado inmensamente, y para el comercio que dependía de ella!. ¡Cada dos millas un derecho comercial distinto, por doquier condiciones diferentes en el ejercicio de una misma profesión, en todas partes cada vez nuevas triquiñuelas, nuevas trampas burocráticas y fiscales y, con frecuencia, barreras gremiales, contra las que no ayudaban ni siquiera las patentes oficiales! ¡Además, las numerosas legislaciones locales, las limitaciones del derecho de estancia que impedían a los capitalistas trasladar en suficiente cantidad la mano de obra que se hallaba a su disposición allí donde el mineral, el carbón, la fuerza hidráulica y otros recursos naturales permitían establecer empresas industriales! La posibilidad de explotar libremente la mano de obra masiva del país fue la primera condición del progreso industrial; pero, en todas partes en las que el industrial patriota reunía a obreros procedentes de todos los confines, la policía y la asistencia pública se oponían al establecimiento de los inmigrados. Un derecho civil alemán, la completa libertad de domicilio para todos los ciudadanos del Imperio, una legislación industrial y comercial única no eran ya fantasías patrióticas de estudiantes exaltados, sino que constituían las condiciones de existencia necesarias para la industria.

 

Además, en cada Estado, incluso enano, había su propia moneda, regían distintos sistemas de pesas y medidas, hasta dos o tres en un mismo Estado. Y de todas estas innumerables monedas, medidas o pesas ninguna era reconocida en el mercado mundial. ¿Podía acaso extrañar que los comerciantes y los industriales que tenían que presentarse en el mercado mundial o hacer la competencia a las mercancías importadas debiesen usar monedas, medidas y pesas extranjeras, además de las propias; que el hilado de algodón se pesase en libras inglesas, los tejidos de seda se fabricasen en metros, las cuentas para el extranjero se estableciesen en libras esterlinas, en dólares y en francos? ¿Cómo podían surgir grandes establecimientos de crédito sobre la base de sistemas monetarios de tan limitada propagación, aquí con billetes de banco en gúldenes, allí en táleros prusianos, al lado en táleros de oro, en táleros a “nuevos dos tercios”, en marco de banco, en marco corriente, en monedas de veinte y de veinticuatro gúldenes, y todo acompañado de infinitos cálculos y fluctuaciones del cambio? Incluso cuando se lograba superar, en fin, todo eso, ¡cuántas fuerzas costaban todos estos roces, cuánto dinero se perdía y tiempo! Y en Alemania se comenzó también, por fin, a comprender que, en nuestros días, el tiempo es dinero. La joven industria alemana debía mostrar lo que valía en el mercado mundial: sólo podía crecer mediante la exportación. Pero, para ello debía contar en el extranjero con la protección del derecho internacional. El comerciante inglés, francés o norteamericano podía permitirse en el extranjero incluso más que en su casa. La legación de su país intervendría en favor suyo y, en caso de necesidad, intervendrían varios buques de guerra. ¿Y el comerciante alemán? El austríaco podía aún contar hasta cierto grado con su legación en el Levante, pues en otros lugares no le ayudaba mucho. Pero, cuando un comerciante prusiano se quejaba en su embajada de alguna injusticia de que había sido víctima, le respondían siempre: “¡Lo tiene bien merecido! ¿Qué hace usted aquí? ¿Por qué no se queda tranquilamente en su casa?” Y el súbdito de algún Estado pequeño no gozaba de derecho alguno en ninguna parte. Dondequiera que llegasen los comerciantes alemanes se hallaban siempre bajo una protección extranjera “francesa, inglesa, norteamericana”; o tenían que naturalizarse rápidamente en su nueva patria[ii]. Incluso si su legación quisiese intervenir en favor de ellos, ¿qué ayudaría? A los propios cónsules y embajadores alemanes les trataban como a unos limpiabotas.

 

De ahí se ve que las aspiraciones de una “patria” única tenían una base muy material. No era ya la aspiración nebulosa de las corporaciones de estudiantes reunidos en sus festejos de Wartburg[6], cuando “el valor y la fuerza ardían en las almas alemanas” y cuando, como se dice en una canción con música francesa, “quería el joven ir al ferviente combate y a la muerte por su patria”[iii], a fin de restaurar la romántica pompa imperial de la Edad Media; y, al declinar los años, ese joven ardiente se convertía en un criado corriente, pietista y absolutista, de su príncipe. No era ya un llamamiento a la unidad, mucho más terrenal, de los abogados y otros ideólogos burgueses de la fiesta de los liberales de Hambach[7], que se creían que amaban la libertad y la unidad como tales, sin darse cuenta de que la helvetización de Alemania para formar una república de pequeños cantones, a lo que se reducían los ideales de los más sensatos de ellos, era tan imposible como el Imperio de Hohenstaufen de los mencionados estudiantes. No, era el deseo del comerciante práctico y de los industriales, nacido de la necesidad inmediata de los negocios, de barrer la basura legada por la historia de los pequeños Estados, que obstruía el camino del libre desarrollo del comercio y la industria, de suprimir todos los impedimentos superfluos que esperaban al negociante alemán en su tierra si quería presentarse en el mercado mundial y de los que estaban libres todos sus rivales. La unidad alemana devino una necesidad económica. Y los que la reivindicaban ahora sabían lo que querían. Habían sido formados en el comercio y para el comercio, se entendían y sabían cómo había que ponerse de acuerdo. Sabían que se debía pedir altos precios, pero que también se debía bajarlos sin mucho regateo. Cantaban acerca de la “patria del alemán”, incluidas Estiria, Tirol y Austria “rica en victorias y gloria”[iv], así como:

 

 

Von der Maas bis an die Memel,

Von der Elsch bis an den Belt,

Deutschland, Deutschland über alles,

Über alles in der Welt[v].

Y, de pagarse al contado, estaban dispuestos a bajar una parte considerable “del 25 al 30 por ciento” de esa patria que debía ser cada vez mayor[vi]. Su plan de unificación estaba hecho y podía ponerse en práctica inmediatamente. Pero, la unidad de Alemania no era una cuestión puramente alemana. Desde la guerra de los Treinta años[8], ningún asunto público alemán se había decidido sin la injerencia, muy sensible, del extranjero[vii]. En 1740, Federico II conquistó la Silesia con ayuda de los franceses. En 1803, Francia y Rusia dictaron palabra por palabra la reorganización del Sacro Imperio Romano por decisión de la diputación imperial[10]. Luego, Napoleón implantó en Alemania un orden de cosas que respondía a sus intereses. Finalmente, en el Congreso de Viena[viii], bajo la influencia de Rusia principalmente y de Inglaterra y Francia, fue dividida en treinta y seis Estados y más de doscientas parcelas de territorio grandes y pequeños, y las dinastías alemanas, exactamente igual que en la Dieta de Ratisbona de 1802 a 1803[11], ayudaron lealmente a eso y agravaron aún más el desmembramiento del país. Por si fuera poco, unos trozos de Alemania fueron entregados a príncipes extranjeros. Así, Alemania, además de impotente y sin recursos, desgarrada por discordias intestinas, se encontró condenada a la nulidad desde el punto de vista político, militar e incluso industrial. Peor aún, Francia y Rusia, por precedentes repetidos, se tomaron el derecho a desmembrar Alemania, de la misma manera que Francia y Austria se arrogaron el de cuidar de que Italia permaneciese dividida. De este derecho imaginario se valió el zar Nicolás en 1850, al impedir del modo más grosero todo cambio de la Constitución, exigió y logró el restablecimiento de la Dieta federal, símbolo de la impotencia de Alemania.

 

Por tanto, no hubo de reconquistar la unidad de Alemania sólo en lucha contra los príncipes y otros enemigos del interior, sino también contra el extranjero. O incluso más: con la ayuda del extranjero. Y ¿cuál era a la sazón la situación en el extranjero?

 

En Francia, Luis Bonaparte había aprovechado la lucha entre la burguesía y la clase obrera para subir a la presidencia con la ayuda de los campesinos, y al trono imperial con la ayuda del ejército. Sin embargo, un nuevo emperador, Napoleón, llevado al trono por el ejército en las fronteras de la Francia de 1815 era un aborto. El Imperio napoleónico renacido significaba la expansión de Francia hasta el Rin, la realización del sueño tradicional del chovinismo francés. Pero, en los primeros tiempos, no cabía hablar de la toma del Rin por Bonaparte; toda tentativa en este sentido hubiera tenido como consecuencia una coalición europea contra Francia. Mientras tanto se ofreció una ocasión para aumentar la potencia de Francia y conseguir nuevos laureles al ejército mediante una guerra, emprendida con el asenso de casi toda Europa, contra Rusia, la cual se había aprovechado del período revolucionario en Europa Occidental para apoderarse con toda tranquilidad de los principados del Danubio y preparar una nueva guerra de conquista contra Turquía. Inglaterra se alió a Francia, Austria adoptó una actitud favorable respecto de las dos, sólo la heroica Prusia seguía besando el knut ruso, con el cual todavía ayer la fustigaban, y mantenía una neutralidad benevolente hacia Rusia. Pero ni Inglaterra ni Francia buscaban una victoria seria sobre el adversario, y, por eso, la guerra terminó con una humillación muy ligera de Rusia y con una alianza ruso-francesa contra Austria[ix].

 

La guerra de Crimea hizo de Francia la potencia dirigente de Europa, y al aventurero Luis Napoleón, el héroe del día, lo que, en verdad, no quiere decir gran cosa. Pero, la guerra de Crimea no aportó aumento de territorio a Francia, por cuya razón iba preñada de una nueva guerra, en la que Luis Napoleón debía satisfacer su verdadera vocación de “aumentador de las tierras del Imperio”[x]. Esta nueva guerra fue preparada ya en el curso de la primera, cuando Cerdeña recibió el permiso de unirse a la alianza occidental como satélite de la Francia imperial y especialmente como avanzadilla de éste contra Austria; la preparación de la guerra prosiguió al concluirse la paz mediante el acuerdo de Luis Napoleón con Rusia[12], a la que nada era más agradable que un castigo para Austria.

 

Luis Napoleón se hizo el ídolo de la burguesía europea. Y no sólo merced a la “salvación de la sociedad” del 2 de diciembre de 185[13], con la que, la verdad sea dicha, puso fin al poder político de la burguesía, pero con tal de salvar el poder social de la misma; no sólo por haber mostrado que, en las condiciones favorables, el sufragio universal podía ser transformado en un instrumento de opresión de las masas; no sólo porque, bajo su reinado, la industria, el comercio y, sobre todo, la especulación y la Bolsa alcanzaron una prosperidad inaudita; sino, ante todo, porque la burguesía reconocía en él al primer “gran hombre de Estado” que era la carne de su carne y la sangre de su sangre. Era un advenedizo, como cualquier auténtico burgués. “Pasado por todas las aguas”, conspirador carbonario en Italia, oficial de artillería en Suiza, distinguido vagabundo endeudado y agente de la policía especial en Inglaterra[14], pero siempre y en todas partes pretendiente al trono, con su pasado aventurero y con sus compromisos morales en todos los países, se había preparado para el papel de emperador de Francia y regidor de los destinos de Europa. Así, el burgués ejemplar, el burgués norteamericano, se prepara a devenir millonario mediante una serie de bancarrotas honestas y fraudulentas. Llegado a emperador, además de subordinar la política a los intereses del lucro capitalista y de la especulación bursátil, se atenía en la política misma a los principios de la Bolsa de valores y especulaba con el “principio de las nacionalidades”. El desmembramiento de Alemania y de Italia habían sido hasta entonces un derecho inalienable de la política francesa: Luis Napoleón se puso inmediatamente a la venta al por menor de ese derecho a cambio de las llamadas compensaciones.

 

Estaba dispuesto a ayudar a Italia y Alemania a poner fin a su desmembramiento a condición de que Alemania e Italia le pagasen cada una su paso hacia la unificación nacional con concesiones territoriales. Eso, además de satisfacer el chovinismo francés y de llevar a la extensión progresiva del Imperio hasta las fronteras de 1801[15], volvía a hacer de Francia una potencia específicamente ilustrada y liberadora de los pueblos y colocaba a Luis Napoleón en la situación de protector de las nacionalidades oprimidas. Y toda la burguesía ilustrada e inspirada en ideas nacionales (puesto que estaba vivamente interesada en suprimir todo lo que podía obstaculizar los negocios en el mercado mundial) aclamó unánime ese espíritu de liberación universal.

 

Se comenzó en Italia[xi]. Aquí imperaba, desde 1849, de modo absoluto, Austria, pero, ésta era, a la sazón, la cabeza de turco de toda Europa. La pobreza de los resultados de la guerra de Crimea no se imputaba a la indecisión de las potencias occidentales, que no habían querido más que una guerra de ostentación, sino sólo a la posición indecisa de Austria, en la que nadie tenía más culpa que dichas potencias mismas. Pero Rusia se sentía tan ofendida por el avance de los austríacos hacia el Prut -gratitud por la ayuda rusa en Hungría en 1849 (aunque precisamente este avance la salvó)-, que acogía con placer cualquier ataque a Austria. Con Prusia no se contaba ya para nada, y en el Congreso de la paz de París[16] la trataron en canaille. Así, la guerra de liberación de Italia “hasta el Adriático”, emprendida con la colaboración de Rusia, se inició en la primavera de 1859 y terminó ya en verano en el Mincio. Austria no fue arrojada de Italia, Italia no se vio “libre hasta el Adriático” y no fue unificada, Cerdeña aumentó su territorio; pero Francia obtuvo Saboya y Niza, llegando así a sus fronteras con la Italia de 1801[17].

 

Pero, los italianos no quedaron satisfechos. En Italia dominaba la manufactura propiamente dicha, y la gran industria se hallaba en pañales. La clase obrera estaba aún lejos de ser completamente expropiada y proletarizada; en las ciudades poseía aún sus propios medios de producción, mientras que, en el campo, el trabajo industrial suponía un ingreso secundario de los pequeños campesinos propietarios o arrendatarios. Por eso, la energía de la burguesía no había sido todavía socavada por el antagonismo de un proletariado moderno consciente de sus intereses de clase. Y por cuanto la división en Italia no se mantenía más que por la dominación extranjera de Austria, bajo cuya protección los abusos de los príncipes llegaron al extremo del mal gobierno, la nobleza, propietaria de grandes extensiones de tierra, y las masas populares urbanas estuvieron al lado de la burguesía, campeona de la independencia nacional. Pero, en 1859, se sacudió la dominación extranjera, excepto en Venecia; Francia y Rusia impidieron en lo sucesivo toda injerencia extranjera en Italia; nadie la temía más. E Italia tenía en la persona de Garibaldi a un héroe de carácter clásico, que podía hacer y hacía milagros. Acompañado de mil voluntarios derrocó todo el reino de Nápoles, unificó prácticamente a Italia y rompió la red artificial tramada por la política de Bonaparte. Italia estaba libre y, en realidad, unificada, pero no merced a las intrigas de Luis Napoleón, sino a la revolución.

 

Desde la guerra de Italia, la política exterior del Segundo Imperio no era ya secreto para nadie. Los vencedores del gran Napoleón debían ser castigados, pero, l’un aprËs l’autre, uno tras otro. Rusia y Austria ya recibieron lo suyo, ahora el turno era de Prusia. Y a ésta la despreciaban más que nunca; su política durante la guerra de Italia había sido cobarde y miserable, igual que en los tiempos de la paz de Basilea de 1795[18]. La “política de las manos libres”[19] había llevado a Prusia a una situación en que ésta se vio completamente aislada en Europa, todos sus vecinos grandes y pequeños se alegraban con la idea del espectáculo de la Prusia derrotada completamente y al ver que sus manos estaban libres sólo para ceder a Francia la orilla izquierda del Rin.

 

En efecto, durante los primeros años que siguieron al de 1859, por doquier y, más que nada, en el propio Rin se propagó el convencimiento de que la orilla izquierda del Rin pasaba irrevocablemente a manos de Francia. Cierto es que no se ansiaba mucho ese paso, pero se le consideraba fatalmente inevitable y, la verdad sea dicha, no se le temía mucho. Renacían entre los campesinos y los pequeños burgueses de la ciudad los viejos recuerdos de los tiempos franceses, que les habían traído efectivamente la libertad; y entre la burguesía, la aristocracia financiera, sobre todo la de Colonia, estaba ya muy ligada a las fullerías del “Crédit Mobilier”[20] y otras compañías bonapartistas fraudulentas, y exigía a voz en cuello la anexión[xii]. Pero la pérdida de la orilla izquierda del Rin significaría el debilitamiento, no sólo de Prusia, sino también de Alemania. Y Alemania estaba más dividida que nunca. El enajenamiento entre Austria y Prusia llegó al extremo debido a la neutralidad de esta última durante la guerra de Italia; la pequeña chusma de príncipes miraba, con miedo y ansia a la vez, a Luis Napoleón, como protector futuro de una nueva Confederación del Rin[21]. Tal era la situación de la Alemania oficial. Y eso ocurría cuando sólo las fuerzas mancomunadas de toda la nación estaban en condiciones de impedir el desmembramiento del país. Ahora bien, ¿cómo mancomunar las fuerzas de toda la nación? Quedaban tres caminos abiertos después del fracaso de los intentos de 1848, casi todos nebulosos, fracaso que disipó precisamente muchas nubes.

 

El primer camino era el de la verdadera unificación del país mediante la supresión de todos los Estados separados, es decir, era un camino abiertamente revolucionario. En Italia, ese camino acababa de llevar a la meta: la dinastía de Saboya se puso al lado de la revolución, apropiándose de ese modo la corona italiana. Pero nuestros saboyanos alemanes, los Hohenzollern, lo mismo que sus Cavours más audaces ý la Bismarck eran absolutamente incapaces para tanto. El pueblo tendría que hacerlo él mismo, y en una guerra por la orilla izquierda del Rin sabría hacer todo lo necesario. La inevitable retirada de los prusianos al otro lado del Rin, el asedio de las plazas fuertes renanas y la traición de los príncipes de Alemania del Sur, que hubiera sucedido indudablemente, podían originar un movimiento nacional capaz de hacer añicos todo el poder de los dinastas. Y entonces, Luis Napoleón hubiera sido el primero en envainar la espada. El Segundo Imperio sólo podía luchar contra Estados reaccionarios, frente a los que aparecía como continuador de la revolución francesa, como liberador de los pueblos. Contra un pueblo que se hallaba en estado de revolución era impotente; además, la revolución alemana victoriosa podía dar un impulso al derrocamiento de todo el Imperio francés. Este sería el caso más favorable; en el peor de los casos, si los príncipes se pusiesen al frente del movimiento, la orilla izquierda del Rin se entregaría temporalmente a Francia, se denunciaría ante el mundo entero la traición activa o pasiva de los dinastas y se crearía una crisis de la que no habría otra salida que la revolución, la expulsión de los príncipes y la instauración de la República alemana única.

 

Tal y como estaban las cosas, Alemania sólo podía emprender ese camino de la unificación si Luis Napoleón comenzase la guerra por la frontera del Rin. Pero esta guerra no tuvo lugar por razones que expondremos más adelante. Mientras tanto, tampoco el problema de la unificación nacional dejaba de ser una cuestión urgente y vital que había que resolver de un día para otro so pena de hundimiento. La nación podía esperar hasta cierto momento.

 

El segundo camino era la unificación bajo la hegemonía de Austria. Austria había conservado en 1815 de buen grado su situación de Estado con territorio compacto y redondeado impuesta por las guerras napoleónicas. No pretendía más a sus posesiones anteriores en Alemania del Sur y se contentaba con que se le juntaran antiguos y nuevos territorios que se pudiesen ajustar geográfica y estratégicamente al núcleo restante de la monarquía. La separación de la Austria alemana del resto de Alemania, iniciada con la implantación de barreras aduaneras por José II, agravada por el régimen policíaco de Francisco I en Italia y llevada al extremo por la disolución del Imperio germánico y la formación de la Confederación del Rin, se mantuvo, prácticamente, en vigor incluso después de 1815. Metternich levantó entre su Estado y Alemania una verdadera muralla china. Las tarifas aduaneras impedían la entrada de productos materiales de Alemania, la censura, los espirituales; las más inverosímiles restricciones en materia de pasaportes limitaban al extremo mínimo las relaciones personales. En el interior, un absolutismo arbitrario, único incluso en Alemania, aseguraba al país contra todo movimiento político, hasta el más débil. De ese modo, Austria permanecía al margen de todo movimiento liberal burgués de Alemania. En 1848 se vinieron por tierra, en su mayor parte, al menos, las barreras espirituales que se habían levantado entre ellas; pero los acontecimientos de ese año y sus consecuencias no podían en absoluto contribuir a la aproximación entre Austria y el resto de Alemania; al contrario, Austria se jactaba más y más de su situación de gran potencia independiente. Y por eso, aunque se quería a los soldados austríacos en las fortalezas federales[22], mientras se odiaba y se burlaba de los prusianos, y aunque en todo el Sur y Oeste, preferentemente católicos, Austria era todavía popular y gozaba de respeto, nadie pensaba en serio en la unificación de Alemania bajo la dominación de Austria, salvo unos que otros príncipes de Estados alemanes pequeños y medios.

 

Y no podía ser de otro modo. Austria misma no deseaba otra cosa, aunque siguiese alentando a la chita callando anhelos románticos imperiales. La frontera aduanera austríaca se hizo con el tiempo la única barrera material de separación en Alemania, lo que la hacía tanto más sensible. La política de gran potencia independiente no tenía sentido si no significaba el abandono de los intereses alemanes en favor de los específicamente austríacos, es decir, italianos, húngaros, etc. Lo mismo que antes de la revolución, después de ésta, Austria era el Estado más reaccionario de Alemania, la que más a regañadientes seguía la corriente moderna; además, era la última gran potencia específicamente católica. Cuanto más el Gobierno de Marzo[23] trataba de restaurar el viejo poder de los curas y los jesuitas, más se hacía imposible su hegemonía sobre un país protestante en uno o dos tercios. Y, finalmente, la unificación de Alemania bajo la dominación austríaca sólo hubiera sido posible como resultado del desmembramiento de Prusia. Eso, de por sí, no hubiera significado una desgracia para Alemania, pero el desmembramiento de Prusia por Austria no hubiera sido menos funesto que el desmembramiento de Austria por Prusia en la víspera de la inminente victoria de la revolución en Rusia (después de la cual no tenía sentido desmembrar a Austria, que había de desmoronarse por sí misma).

 

Dicho en breves palabras, la unidad alemana bajo el auspicio de Austria era un sueño romántico que se hizo ver como tal cuando los príncipes alemanes, pequeños y medios, se reunieron en Francfort, en 1863, para proclamar al emperador Francisco José de Austria emperador de Alemania. El rey de Prusia[xiii] se limitó a no venir, y la comedia imperial se cayó miserablemente al agua. Quedaba el tercer camino: la unificación bajo la dirección de Prusia. Y este camino, que ha seguido efectivamente la historia, nos hace bajar del dominio de la especulación al suelo firme, aunque bastante sucio, de la política práctica, de la “política realista”[24].

 

Después de Federico II, Prusia veía en Alemania, al igual que en Polonia, un simple territorio de conquista, territorio del que uno toma todo lo que puede, pero que, como es lógico, hay que compartir con otros. El reparto de Alemania con la participación del extranjero -Francia en primer término-, tal era la “misión alemana” de Prusia desde 1740. <“em>Je vais, je crois, jouer votre jeu; si les as me viennent, nous partagerons (creo que voy hacer su juego de usted; si me tocan los ases, los repartiremos), tales fueron las palabras de Federico al despedirse del embajador francés[xiv], cuando emprendía la primera guerra[25]. Fiel a esa “misión alemana”, Prusia traicionó a Alemania en 1795, al concertarse la paz de Basilea, consintiendo de antemano (el tratado del 5 de agosto de 1796) ceder la orilla izquierda del Rin a los franceses a cambio de la promesa de aumento de territorio y obtuvo, efectivamente, una recompensa por su traición al Imperio, por acuerdo de la decisión de la diputación imperial dictado por Rusia y Francia. En 1808 volvió a hacer traición a sus aliados, a Rusia y Austria, en cuanto Napoleón la llamó ostentando Hannover como cebo -y ella lo mordió-, pero se enredó tanto en su propia y estúpida astucia que se vio arrastrada a la guerra contra Napoleón y recibió en Jena el castigo que merecía[26]. Federico Guillermo III, aún bajo la impresión de esos golpes, hasta después de las victorias de 1813 y 1814 quiso renunciar a todas las plazas exteriores del Oeste de Alemania, limitarse a las posesiones del Nordeste de Alemania, retirarse, como Austria, lo más lejos posible de Alemania, lo cual convertiría a toda la Alemania Occidental en una nueva Confederación del Rin bajo la dominación protectora rusa o francesa. El plan no tuvo éxito: a despecho de la voluntad del rey, Westfalia y Renania le fueron impuestas y con ellas una nueva “misión alemana”. Ahora se acabó temporalmente con las anexiones, sin contar la compra de mínimos trozos de territorio. En el país volvió a florecer progresivamente la vieja administración de los junkers y los burócratas; las promesas de Constitución dadas al pueblo en el momento de la extrema agravación de la situación se vulneraban con pertinacia. Pero, con todo y con eso, la burguesía se elevaba sin cesar incluso en Prusia, ya que sin industria y sin comercio hasta el arrogante Estado prusiano se reducía ahora a cero. Hubo de hacer concesiones económicas a la burguesía lentamente, con una resistencia tenaz y en dosis homeopáticas. Y, de un lado, estas concesiones le ofrecían a Prusia la perspectiva de apoyo a la “misión alemana”: de esta manera, Prusia, para suprimir las fronteras aduaneras ajenas entre sus dos mitades, invitó a los Estados alemanes vecinos a formar la unión aduanera. Así surgió la Unión aduanera que no fue más que una buena intención hasta 1830 (sólo Hesse-Darmstadt entró en ella), pero luego, a medida que se fue acelerando algo el desarrollo político y económico, anexionó económicamente a Prusia la mayor parte del interior de Alemania. Las tierras no prusianas del litoral quedaron fuera de la Unión hasta después de 1848.

 

La Unión aduanera fue un gran éxito de Prusia. El que significase la victoria sobre la influencia austríaca era todavía lo de menos. Lo esencial consistía en que había atraído al lado de Prusia a toda la burguesía de los Estados alemanes pequeños y medios. Excepto Sajonia, no había un solo Estado alemán en el que la industria no hubiese logrado un desarrollo aproximadamente igual a la de Prusia; y eso no se debía solamente a premisas naturales e históricas, sino, además, a la ampliación de las fronteras aduaneras y a la extensión consecutiva del mercado interior. Y, a medida que se dilataba la Unión aduanera, a medida que a ese mercado interior se incorporaban los pequeños Estados, los nuevos burgueses de los mismos se acostumbraba a ver en Prusia su soberano económico y, posiblemente, en el porvenir, soberano político. Y los profesores silbaban lo que los burgueses cantaban. Mientras en Berlín, los hegelianos argumentaban filosóficamente la misión de Prusia de ponerse al frente de Alemania, en Heidelberg, los alumnos de Schlosser y, sobre todo, Hausser y Gervinus probaban lo mismo históricamente. Se partía, naturalmente, de que Prusia cambiaría su sistema político y que satisfaría las pretensiones de los ideólogos de la burguesía[xv].

 

Por lo demás, todo eso no se hacía en virtud de preferencias especiales por el Estado prusiano, como, por ejemplo, ocurrió con los burgueses italianos, que reconocieron el papel rector de Piamonte después de que éste se puso abiertamente a la cabeza del movimiento nacional y constitucional. Nada de eso, todo se hizo a regañadientes; los burgueses eligieron a Prusia como el mal menor, porque Austria no los admitía en sus mercados y porque Prusia, comparada con Austria, conservaba, de mal grado, cierto carácter burgués, ya por la sola razón de su avaricia financiera. Dos buenas instituciones constituían una ventaja de Prusia ante los otros grandes Estados: el servicio militar obligatorio y la instrucción escolar obligatoria. Las implantó en tiempos de miseria desesperada, y se contentaba en las épocas mejores con quitarles lo que podían tener de peligroso en ciertas condiciones, llevándolas a cabo con negligencia y desfigurándolas premeditadamente. Pero, en el papel, seguían en pie, de modo que Prusia se reservaba la posibilidad de desencadenar un día la energía potencial latente en las masas populares en unas proporciones imposibles en otro lugar con igual número de habitantes. La burguesía se adaptó a esas dos instituciones; el servicio militar personal para los que lo cumplían durante un año, es decir, para los hijos de los burgueses, era soportable y se podía eludir fácilmente alrededor de 1840 con ayuda de un soborno, tanto más que en el ejército no se apreciaba mucho a la sazón a los oficiales de la Landwehr[28], reclutados en los medios comerciales e industriales. Y el gran número de hombres que poseían cierta suma de conocimientos elementales, que existían incontestablemente en Prusia, merced a los tiempos de la escuela obligatoria, era útil en el más alto grado para la burguesía; a medida que crecía la gran industria eso terminó por ser incluso insuficiente[xvi]. Se quejaban, principalmente en los medios pequeñoburgueses, del alto costo de estas dos instituciones, que se expresaba en altos impuestos[xvii]; la burguesía ascendente había calculado que los gajes, desagradables, pero inevitables, relacionados con la futura situación del país, como gran potencia, se compensarían con creces merced al aumento de las ganancias.

 

En una palabra, los burgueses alemanes no se hacían ilusión alguna acerca de la amabilidad de Prusia. Y el que la idea de la hegemonía prusiana hubiese ganado influencia entre ellos a partir de 1840 era porque y por cuanto la burguesía prusiana, gracias a su rápido desarrollo económico, se ponía al frente de la burguesía alemana en los aspectos económico y político; porque y por cuanto los Rotteck y los Welcker del Sur constitucional desde hacía mucho tiempo habían sido eclipsados por los Camphausen, los Hansemann y los Milde del Norte prusiano; porque los abogados y los profesores habían sido eclipsados por los comerciantes y los industriales. En efecto, entre los liberales prusianos de los últimos años que precedieron al de 1848, sobre todo en el Rin, se sentían aires revolucionarios muy distintos de los que había entre los cantonalistas liberales de Alemania del Sur[30]. A la sazón aparecieron las dos mejores canciones políticas populares desde el siglo XVI: la canción del alcalde Tschech y la de la baronesa von Droste-Vischering, cuya temeridad indigna ahora a los viejos que las cantaban con desenvoltura en 1846:

 

 

Hatte je ein Mensch so’n Pech

Wie der Bürgenneister Tschech.

Dass er dicken Mann

Auf zwei Schritt nicht treffen kann![xviii]

 

Pero todo eso había de cambiar pronto. Sobrevinieron la revolución de Febrero, las jornadas de Marzo en Viena y la revolución de Berlín del 18 de marzo. La burguesía venció sin grandes combates, y no tenía deseo de luchar en serio cuando llegaba al caso. Porque la misma burguesía que había coqueteado aún hacía poco tiempo con el socialismo y el comunismo de entonces (sobre todo en Renania) se dio cuenta de que no había formado a obreros individuales, sino una clase obrera, un proletariado, todavía medio dormido, en verdad, pero que se despertaba paulatinamente y era revolucionario por su naturaleza. Y ese proletariado, que había conquistado en todas partes la victoria para la burguesía, presentaba ya, sobre todo en Francia, unas reivindicaciones incompatibles con la existencia de todo el régimen burgués; la primera lucha grave entre estas dos clases tuvo lugar en París el 23 de junio de 1848; tras cuatro días de lucha, el proletariado fue derrotado. A partir de ese momento, la masa de la burguesía pasa en toda Europa al lado de la reacción, se alía a los burócratas, feudales y curas absolutistas, a los que había derrocado con la ayuda de los obreros, contra los “enemigos de la sociedad”, es decir, contra los mismos obreros.

 

En Prusia, esto se expresó en que la burguesía traicionó a los representantes que ella había elegido y vio con satisfacción secreta o manifiesta que el gobierno los dispersaba en noviembre de 1848[31]. El ministerio junker-burocrático, que se afianzó entonces en Prusia por un período de diez años, tuvo que gobernar indudablemente bajo una forma constitucional, pero se vengaba por eso mediante todo un sistema de triquiñuelas y vejaciones mezquinas, inauditas hasta entonces incluso en Prusia, que hacían sufrir principalmente a la burguesía. Pero ésta, arrepentida, se ensimismó, soportando humildemente los golpes y puntapiés con que la colmaban como castigo por sus anteriores apetitos revolucionarios y acostumbrándose paulatinamente a la idea que expresó con posterioridad: ¡pese a todo, somos unos perros!

 

Vino la regencia. A fin de probar su fidelidad realista, Manteuffel rodeó con espías al heredero al trono[xix], al emperador actual, exactamente de la misma manera que lo ha hecho ahora Puttkamer con la redacción de Sozialdemokrat[32]. En cuanto el heredero se hizo regente, se echó, como era lógico, a Manteuffel, y comenzó la “era nueva”[33]. No era más que un cambio de la decoración. El príncipe regente se dignó permitir a la burguesía que volviese a ser liberal. Esta se valió contenta del permiso, pero se creyó que tenía la sartén por el mango, que el Estado prusiano iría a bailar al son de su flauta. Pero no era ésa en absoluto la intención de los “círculos competentes”, valiéndonos de la expresión de la prensa rastrera. La reorganización del ejército debía ser el precio que los burgueses liberales habían de pagar por la “era nueva”. El gobierno no exigía más que se cumpliese el servicio militar obligatorio en las proporciones en que se había cumplido hacia 1816. Desde el punto de vista de la oposición liberal, no se podía objetar absolutamente nada que no se encontrase en evidente contradicción con sus propias frases acerca de la potencia y la misión alemana de Prusia. Pero, la oposición liberal subordinó su aceptación a la condición de que el servicio militar obligatorio se limitase legislativamente a dos años como máximo. De por sí, eso era perfectamente racional; la cuestión estribaba solamente en saber si se podía extorcar esa decisión al gobierno, en si estaba la burguesía liberal del país dispuesta a insistir en ello hasta el fin, al precio de cualesquiera sacrificios. El gobierno insistía firme en tres años de servicio militar, y la Cámara, en dos; estalló el conflicto[34]. Y, a la par que el conflicto en el problema militar, la política exterior volvía a desempeñar el papel decisivo incluso en la política interior.

 

Hemos visto cómo Prusia, por su actitud en la guerra de Crimea y en la de Italia, perdió todo lo que le quedaba de consideración. Esta lastimosa política hallaba una excusa parcial en el mal estado del ejército. Puesto que ya antes de 1848 no se podía instaurar nuevos impuestos ni conseguir préstamos sin el consentimiento de los estamentos, y no se quería convocar para ese fin a los representantes de los mismos, jamás se disponía de suficiente dinero para el ejército, y, dada esa avaricia sin límite, éste llegó a un estado de completa decadencia. Arraigado en el reinado de Federico Guillermo III, el espíritu de gala y exagerada disciplina hizo el resto. El conde de Waldersee escribe hasta qué punto ese ejército de gala se mostró impotente en los campos de batalla de Dinamarca en 1848. La movilización de 1850 fue un fiasco completo[35]: faltaba todo, y lo que había no servía para nada en la mayoría de los casos. Cierto es que los créditos votados por la Cámara remediaron la situación; el ejército se sacudió de la vieja rutina, el servicio en campaña, al menos en la mayoría de los casos, comenzó a desalojar los desfiles de gala. Pero la fuerza del ejército seguía la misma que hacia 1820, mientras que las otras grandes potencias, sobre todo Francia, precisamente el peligro mayor, habían aumentado considerablemente sus fuerzas militares. Mientras tanto, en Prusia regía el servicio militar obligatorio; cada prusiano era, en el papel, un soldado, pero, al aumentar la población de 10 1/2 millones (1817) a 17 3/4 millones (1858), el contingente del ejército fijado no permitía incorporar a sus filas y formar a más de un tercio de los útiles para el servicio militar. Ahora el gobierno exigía un reforzamiento del ejército que correspondiese exactamente casi al aumento de la población desde 1817. Sin embargo, los mismos diputados liberales que habían exigido sin cesar al gobierno que se pusiese al frente de Alemania, que protegiese el poderío de Alemania respecto del exterior y restableciese su prestigio internacional, esos mismos hombres se mostraban tacaños, calculaban y no querían consentir nada que no se basase en el servicio de dos años. ¿Tenían ellos suficiente fuerza para hacer valer su voluntad, en la que insistían tan pertinaces? ¿Les respaldaba el pueblo o, al menos, la burguesía, dispuesto a acciones decididas?

 

Al contrario. La burguesía aplaudía sus torneos oratorios con Bismarck, pero, en realidad, organizó un movimiento dirigido en la práctica, aunque inconscientemente, contra la política de la mayoría de la Cámara prusiana. Los atentados de Dinamarca a la Constitución de Holstein y los intentos de dinamarquizar por la fuerza el Schleswig indignaban al burgués alemán; éste estaba acostumbrado a que le potreasen las grandes potencias, pero montaba en cólera por los puntapiés que le propinaba la pequeña Dinamarca. Se fundó la Liga nacional[36]; precisamente la burguesía de los pequeños Estados formaba su fuerza. Y la Liga nacional, con todo su liberalismo, exigía ante todo la unificación de la nación bajo la hegemonía de Prusia, de una Prusia en lo posible liberal, en caso de necesidad, de la Prusia tal y como era. Lo que la Liga nacional exigía en primer término era que se acabase con la situación miserable de los alemanes en el mercado mundial, tratados como gente de segunda clase, que se refrenara a Dinamarca y que se mostrara los colmillos a las grandes potencias en Schleswig-Holstein. Además, ahora se podía exigir la dirección prusiana sin las vaguedades e ilusiones que acompañaban esta reivindicación hasta 1850. Se sabía perfectamente que significaba la expulsión de Austria de Alemania, que abolía, de hecho, la soberanía de los pequeños Estados y que lo uno y lo otro era imposible sin la guerra civil y sin la división de Alemania. Pero no se temía más la guerra civil, y la división no hacía más que el balance del cierre de la frontera aduanera con Austria. La industria y el comercio de Alemania habían alcanzado tan alto desarrollo, la red de firmas comerciales alemanas, que abarcaba el mercado mundial, se había extendido tanto y se había hecho tan densa que no se podía tolerar más el sistema de pequeños Estados en la patria, así como la carencia de derechos y la ausencia de protección en el exterior. Al propio tiempo, cuando la más poderosa organización política que jamás había tenido la burguesía alemana les negaba, en realidad, el voto de confianza a los diputados de Berlín, ¡estos últimos seguían regateando en torno a la duración del servicio militar!

 

Tal era la situación cuando Bismarck decidió inmiscuirse activamente en la política exterior.

 

Bismarck es Luis Napoleón, es el aventurero francés pretendiente a la corona, convertido en junker prusiano de provincia y en estudiante alemán de corporación. Lo mismo que Luis Napoleón, Bismarck es un hombre de gran espíritu práctico y muy astuto, un hombre de negocios innato y socarrón que, en otras circunstancias, podría competir en la Bolsa de Nueva York con los Vanderbilt y los Jay Gould; y, en verdad, no organizó mal sus pequeños asuntos personales. No obstante, tan desarrollada inteligencia en el dominio de la vida práctica suele ir acompañada de horizontes muy limitados, y en este aspecto Bismarck supera a su antecesor francés. Este último, a despecho de todo, se formó por su cuenta sus “ideas napoleónicas”[37] en el curso de su período de vagabundaje, aunque éstas no valían más de lo que valía él, mientras que Bismarck, como veremos más adelante, jamás había tenido siquiera sombra de idea política propia, ya que sólo combinaba a su manera ideas ajenas. Y esa estrechez de horizontes fue precisamente su suerte. Sin ella jamás hubiera podido enfocar toda la historia universal desde el punto de vista específico prusiano; y de haber en esta su concepción del mundo ultraprusiana una hendidura cualquiera que dejase penetrar la luz del día, se hubiera confundido en toda su misión y se hubiera acabado su gloria. En efecto, apenas cumplió a su manera su misión especial, prescrita desde el exterior, se vio en un atolladero; luego veremos qué saltos hubo de dar debido a la ausencia absoluta de ideas racionales y a su incapacidad de comprender por su cuenta la situación histórica que había creado.

 

Si, por su vida anterior, Luis Napoleón se había acostumbrado a no pararse en la elección de los medios, Bismarck aprendió de la historia de la política prusiana, principalmente de la política del llamado gran elector[xx] y de Federico II sobre todo, a proceder con todavía menos escrúpulos; podía hacer todo eso conservando la alentadora conciencia de que seguía fiel a la tradición nacional. Su espíritu práctico le enseñaba a que, en caso de necesidad, había que relegar a segundo plano sus veleidades de junker; cuando le parecía que esa necesidad había pasado, las veleidades resurgían rápidamente; pero, eso era una señal de decadencia. Su método político era el del estudiante de corporación: en la Cámara aplicaba sin reparo a la Constitución prusiana la interpretación literal y burlesca de las cervecerías, con ayuda de la cual se salía de los apuros en las tabernas estudiantiles; todas las innovaciones que introducía en la diplomacia habían sido tomadas por él de las corporaciones de estudiantes. Ahora bien, si Luis Napoleón no estaba muy seguro de sí en los momentos decisivos, como, por ejemplo, durante el golpe de Estado de 1851, cuando Morny hubo de recurrir positivamente a la violencia para que continuase lo que había comenzado, o como en la víspera de la guerra de 1870, cuando, por indeciso, estropeó toda la situación, hay que reconocer que con Bismarck eso no ocurre nunca. Su fuerza de voluntad jamás le abandona, sino que se traduce más bien en franca brutalidad. Y en ello reside, en primer término, el secreto de sus éxitos. Todas las clases dominantes de Alemania, los junkers, lo mismo que los burgueses, habían perdido hasta tal punto sus últimos restos de energía, en la Alemania “culta” era tan común el no tener voluntad, que el único hombre que efectivamente aún la poseía se hizo por eso el más grande de todos, se erigió en tirano que reinaba sobre todos, ante el cual todos “saltaban la varita”, como decían ellos mismos, a despecho del sentido común y la honestidad elementales. En todo caso, en la Alemania “inculta” no se ha ido todavía tan lejos: el pueblo trabajador ha mostrado que tiene voluntad con la que no puede ni siquiera la fuerte voluntad de Bismarck.

 

Nuestro junker de la Vieja Marca tenía por delante una brillante carrera, haciéndole falta nada más que emprender las cosas con valor e inteligencia. ¿Acaso Luis Napoleón no se hizo ídolo de la burguesía precisamente por haber disuelto su Parlamento, pero aumentando sus ganancias? ¿Acaso Bismarck no poseía el mismo talento de hombre de negocios que los burgueses admiraban tanto en el falso Bonaparte? ¿Acaso no se sentía atraído por su Bleichr–der como Luis Napoleón por su Fould? ¿Acaso en la Alemania de 1864 no había una contradicción entre los diputados burgueses a la Cámara, que por avaricia querían acortar el plazo del servicio militar, y los burgueses fuera de la Cámara, los de la Liga nacional, que ansiaban actos nacionales a todo precio, actos para los que hacía falta la fuerza militar? ¿Acaso no hubo análoga contradicción en Francia, en 1851, entre los burgueses de la Cámara que querían refrenar el poder del presidente y los burgueses de fuera de la misma, que ansiaban la tranquilidad y un gobierno fuerte, la tranquilidad a todo precio, contradicción que Luis Napoleón resolvió dispersando a los camorristas parlamentarios y dando la tranquilidad a las masas de la burguesía? ¿Acaso la situación de Alemania no era aún más favorable para un golpe de mano audaz? ¿Acaso el plan de reorganización del ejército no había sido ya presentado en forma acabada por la burguesía y acaso ésta no había expresado públicamente su deseo de que apareciese un enérgico hombre de Estado prusiano que pusiese en práctica el plan, excluyese a Austria de Alemania y unificase los pequeños Estados alemanes bajo la hegemonía de Prusia? Y si hubiese de maltratar algo la Constitución prusiana y apartar a los ideólogos de la Cámara y de fuera de ella, dándoles lo merecido, ¿acaso no se podía, igual que Luis Bonaparte, respaldarse en el sufragio universal? ¿Qué podía ser más democrático que la implantación del sufragio universal? ¿No habrá demostrado Luis Napoleón que es absolutamente inofensivo, al tratarlo como es debido? Y ¿no ofrecía precisamente ese sufragio universal el medio de apelar a las grandes masas populares, de coquetear ligeramente con el movimiento social naciente, caso de que la burguesía se mostrase recalcitrante?

 

Bismarck puso manos a la obra. Había que repetir el golpe de Estado de Luis Napoleón, mostrar palpablemente a la burguesía alemana la auténtica correlación de fuerzas, disipar por la fuerza sus ilusiones liberales, pero cumplir las exigencias nacionales suyas que coincidían con los designios de Prusia. Fue Schleswig-Holstein que dio pábulo para la acción. El terreno de la política exterior estaba preparado. Bismarck atrajo al zar ruso[xxi] a su lado con los servicios policíacos que le prestara en 1863 en la lucha contra los insurgentes polacos[38]; Luis Napoleón también había sido trabajado y podía justificar con su preferido “principio de las nacionalidades” su indiferencia, si no la protección tácita, respecto de los planes de Bismarck; en Inglaterra, el Primer Ministro era Palmerston, que había puesto al pequeño lord John Russel al frente de los asuntos exteriores con el único fin de convertirlo en un hazmerreír. Austria era una rival de Prusia en la lucha por la hegemonía en Alemania, y precisamente en ese problema se inclinaba menos que nada a ceder la primacía a Prusia, tanto más que en 1850 y 1851 se había portado en Schleswig-Holstein como esbirro del emperador Nicolás, procediendo, prácticamente, de manera más vil que la propia Prusia. Por tanto, la situación era extraordinariamente propicia. Por más que Bismarck odiase a Austria y por más que Austria quisiese, por su parte, descargar su cólera sobre Prusia, al morir Federico VII de Dinamarca, no les quedaba otra cosa que emprender la campaña conjunta contra Dinamarca, con el tácito consentimiento de Rusia y de Francia. El éxito estaba asegurado de antemano si Europa permanecía neutral; ocurrió precisamente eso: los ducados fueron conquistados y cedidos con arreglo al tratado de paz[39]. Prusia tenía en esa guerra, además, otro objetivo: probar frente al enemigo su ejército, instruido a partir de 1850 sobre bases nuevas, así como reorganizado y fortalecido después de 1860. El ejército confirmó su valor más de lo que se esperaba y, además, en las situaciones bélicas más distintas. El combate de Lyngby, en Jutlandia, donde 80 prusianos apostados tras un seto vivo pusieron en fuga, merced a la rapidez del fuego, a un número triple de daneses, mostró que el fusil de percusión era muy superior al de avancarga y que se sabía manejarlo. Al propio tiempo se presentó una oportunidad para observar que los austríacos habían sacado de la guerra italiana y del modo de combatir de los franceses la enseñanza de que el disparar no servía de nada y el auténtico soldado debía arremeter en seguida con la bayoneta contra el enemigo; se lo tomaron en cuenta, ya que no cabía desear táctica enemiga más a propósito frente a las bocas de los fusiles de retrocarga. Y para poner a los austríacos en condiciones de convencerse de eso lo más pronto posible en la práctica, los condados conquistados fueron colocados bajo la soberanía común de Austria y Prusia, de acuerdo con el tratado de paz; se creó, en consecuencia, una situación provisional que no podía por menos de engendrar conflicto tras conflicto y brindaba, por eso, a Bismarck la plena posibilidad de utilizar, a su elección, uno de ellos como pretexto para su gran lucha contra Austria.

 

Dada la costumbre de la política prusiana -“utilizar hasta el fin sin vacilaciones” la situación favorable, según expresión del señor von Sybel-, era natural que, so pretexto de liberar a los alemanes de la opresión danesa, se anexasen a Alemania 200.000 habitantes daneses de Schleswig del Norte. Pero quien quedó con las manos vacías fue el duque de Augustenburg, candidato de los Estados pequeños y de la burguesía alemana al trono de Schleswig-Holstein. Así, en los ducados, Bismarck cumplió la voluntad de la burguesía alemana en contra de la voluntad de la misma. Expulsó a los daneses. Desafió al extranjero, y el extranjero no se movió. Pero se trató a los ducados recién liberados como a países conquistados; sin preguntar su voluntad se les repartió temporalmente entre Austria y Prusia. Prusia volvió a ser gran potencia y no era más la quinta rueda del carro europeo; el cumplimiento de los anhelos nacionales de la burguesía marchaba con éxito, pero el camino elegido no era el camino liberal de la burguesía. El conflicto militar prusiano proseguía y se hacía cada día más insoluble. Debía comenzar el segundo acto de la comedia política de Bismarck.

 

La guerra de Dinamarca había cumplido una parte de los anhelos nacionales. Schleswig-Holstein había sido “liberado”. El protocolo de Varsovia y el de Londres, en los que las grandes potencias habían ratificado la humillación de Alemania ante Dinamarca[40] fueron rotos y arrojados a los pies de las mismas, sin que éstas chistaran siquiera. Austria y Prusia volvieron a estar juntas, sus tropas vencieron luchando hombro con hombro, y ninguno de los potentados pensaba más en tocar el territorio alemán. Las apetencias renanas de Luis Napoleón, hasta entonces relegadas a segundo plano por otras ocupaciones -la revolución italiana, la sublevación polaca, las complicaciones de Dinamarca y, finalmente, la expedición a México[41]- no tenían ahora la menor probabilidad de éxito. Para un estadista prusiano conservador, la situación mundial era, por tanto, la mejor que se podía desear. Pero, Bismarck, hasta 1871, no era conservador en absoluto, y menos aún en ese momento, y la burguesía alemana no estaba satisfecha de ninguna manera. La burguesía alemana seguía en poder de la consabida contradicción. De una parte, exigía el poder político exclusivo para ella misma, es decir, para un ministerio elegido de entre la mayoría liberal de la Cámara; y ese ministerio debía sostener una lucha de diez años contra el viejo sistema representado por la corona, antes de que su nuevo poder fuese reconocido definitivamente. Eso significaría diez años de debilitamiento interior. Pero, de otra parte, la burguesía exigía una transformación revolucionaria de Alemania, posible sólo mediante la violencia y, por tanto, mediante una dictadura efectiva. Y a partir de 1848, la burguesía había mostrado paso a paso, en cada momento decisivo, que no tenía ni sombra de la energía necesaria para realizar una u otra cosa, sin hablar ya de las dos a la vez. En política no existen más que dos fuerzas decisivas: la fuerza organizada del Estado, el ejército, y la fuerza no organizada, la fuerza elemental de las masas populares. En 1848, la burguesía había desaprendido de apelar a las masas; les tenía más miedo que al absolutismo. Y el ejército no estaba en absoluto a su disposición. Como era lógico, se hallaba a la de Bismarck.

 

En el conflicto en torno a la Constitución, que no había terminado aún, Bismarck combatió al extremo las exigencias parlamentarias de la burguesía. Pero ardía en deseos de hacer valer sus reivindicaciones nacionales, ya que éstas coincidían con los anhelos más íntimos de la política prusiana. Si cumpliese una vez más la voluntad de la burguesía contra la voluntad de esta misma, si llevase a la práctica la unificación de Alemania tal y como había sido formulada por la burguesía, el conflicto se hubiera resuelto de por sí, y Bismarck hubiera devenido el ídolo de los burgueses del mismo modo que Luis Napoleón, su modelo. La burguesía le señaló el objetivo, y Luis Napoleón, la vía de lograrlo; el lograrlo era obra de Bismarck.

 

A fin de poner a Prusia a la cabeza de Alemania no sólo era preciso expulsar por la fuerza a Austria de la Confederación Germánica[42], sino, además, someter los pequeños Estados alemanes. La guerra “fresca y alegre”[43] de alemanes contra alemanes había sido siempre en la política prusiana el procedimiento predilecto de aumentar su territorio; un bravo prusiano no tenía motivos para temer tal cosa. El segundo procedimiento principal de la política prusiana, la alianza con el extranjero contra los alemanes, tampoco podía suscitar dudas. Al sentimental zar Alejandro de Rusia lo tenía en el bolsillo. Luis Napoleón jamás había negado la misión de Prusia de desempeñar en Alemania el papel de Piamonte y estaba dispuesto a concertar una pequeña transacción con Bismarck. Prefería, si fuese posible, conseguir lo que le hacía falta, por vía pacífica, en forma de compensaciones. Además, no tenía necesidad de toda la orilla izquierda del Rin de una vez; si se la diesen por partes, a trozo por cada avance nuevo de Prusia, chocaría menos, pero no por menos llegaría a la meta. En los ojos de los chovinistas franceses, una milla cuadrada en el Rin equivalía a toda la Saboya y Niza. Comenzaron, por tanto, las negociaciones con Luis Napoleón y se obtuvo su consentimiento para la ampliación de Prusia y la constitución de una Confederación Germánica del Norte[44]. Está fuera de duda que se le ofreció en cambio una porción de territorio alemán en el Rin[xxii]; durante las negociaciones con Govone, Bismarck habló de la Baviera y la Hesse renanas. Cierto es que, posteriormente, lo negó. Pero, un diplomático, sobre todo prusiano, tiene sus propias ideas de hasta qué límite está autorizado o incluso obligado a practicar cierta violencia respecto de la verdad. La verdad es una mujer, y le debe gustar que se haga eso, razonaba el junker. Luis Napoleón no era tan tonto como para consentir la dilatación de Prusia sin que ésta le prometiese una compensación; era más probable que Bleichr–der prestase dinero sin cobrar interés. Pero no conocía bastante bien a sus prusianos y, en fin de cuentas, hizo el tonto. En una palabra, una vez inofensivo, se concertó una alianza con Italia para asestar el “golpe en el corazón”.

 

Los filisteos de diversos países se sintieron profundamente indignados con esa expresión. ¡Absolutamente sin razón! ¿la guerre comme ý la guerre ?[xxiii]. Esta expresión no hace más que probar que Bismarck veía en la guerra civil alemana de 1866[45] lo que era efectivamente, es decir, una revolución, y que estaba dispuesto a llevarla a cabo con medios revolucionarios. Y lo hizo así. Su modo de proceder respecto de la Dieta federal era revolucionario. En lugar de acatar la decisión constitucional del órgano federal, lo acuso de haber violado la confederación -puro subterfugio-, rompió la Federación, proclamó una Constitución nueva con un Reichstag elegido sobre la base del sufragio universal revolucionario y expulsó, al final, la Dieta federal de Francfort[46]. En Alta Silesia organizó una legión húngara al mando del general revolucionario Klapka y otros oficiales revolucionarios; los soldados de esta legión, desertores y prisioneros de guerra húngaros, debían luchar contra sus generales legítimos[xxiv]. Después de la conquista de Bohemia, Bismarck dirigió una proclama A los habitantes del glorioso reino de Bohemia, cuyo contenido se contradecía violentamente con las tradiciones legitimistas. Concertada la paz, se apoderó en favor de Prusia de todas las posesiones de tres príncipes federales alemanes legítimos y de una ciudad libre[xxv], con la particularidad de que la expulsión de estos príncipes, que no tenían menos “derecho divino” que el rey de Prusia, no suscitaba el menor remordimiento de la conciencia cristiana y legitimista de este último. Dicho en breves palabras, era una revolución completa llevada a cabo con medios revolucionarios. Por supuesto, estamos lejos de reprocharlo. Al contrario, le reprochamos el no haber sido suficientemente revolucionario, el haber sido nada más que un revolucionario prusiano desde arriba, el haber iniciado toda una revolución desde unas posiciones desde las que sólo se puede realizarla a medias, el haberse contentado, una vez tomado el camino de las anexiones, con cuatro miserables pequeños Estados. Pero apareció renqueando Napoleón el Pequeño y pidió su recompensa. Durante la guerra hubiera podido tomar en el Rin todo lo que quisiese: no ya el territorio, sino las plazas fuertes estaban sin protección. Titubeaba; esperaba una guerra duradera que agotase las dos partes, pero de pronto se asestaron golpes rápidos: Austria fue derrotada en ocho días. Exigió primero lo que Bismarck había designado al general Govone como territorio posible de compensación: la Baviera y la Hesse renanas con Maguncia. Pero, Bismarck ya no podía entregar eso aunque quisiese.

 

Los grandes éxitos de la guerra le habían impuesto nuevas obligaciones. Desde el momento en que Prusia asumió el deber de apoyar y proteger a Alemania no podía ya vender al extranjero Maguncia, la llave del Rin Medio. Bismarck se negó. Luis Napoleón estaba dispuesto a regatear; no pidió más que Luxemburgo, Landau, Sarrelouis y la cuenca hullera de Serrebruck. Pero tampoco eso podía ahora ceder Bismarck, tanto más que esta vez se exigía también territorio de Prusia. ¿Por qué Luis Napoleón no se apoderó de ello en el momento oportuno, cuando los prusianos estaban enfrascados en Bohemia? En fin, lo de las compensaciones en favor de Francia no dio resultado. Bismarck sabía que eso significaba una guerra ulterior contra Francia, pero era precisamente eso lo que quería.

 

Al concertarse la paz, Prusia utilizó esta vez la situación favorable con más escrúpulos que lo solía hacer en casos de éxito. Había bastantes motivos para ello. Sajonia y Hesse-Darmstadt fueron integradas en la nueva Confederación Germánica del Norte y, por tanto, perdonadas. A la Baviera, Wurtemberg y Baden había que tratarlos con moderación, ya que Bismarck se proponía concluir con ellos alianzas defensivas y ofensivas secretas. Y Austria, ¿acaso Bismarck no le había prestado servicio al cortar las trabas tradicionales que la sujetaban a Alemania y a Italia? ¿Acaso no le había creado por vez primera, finalmente, la tan ansiada situación independiente de gran potencia? ¿Acaso no comprendía, en realidad, mejor que la propia Austria, lo que le vendría mejor al vencerla en Bohemia? ¿Acaso Austria no debía comprender, al razonar sensatamente, que la situación geográfica y la proximidad territorial de los dos países convertían la Alemania unificada por Prusia en su aliada necesaria y natural? Así, por vez primera en toda su existencia, Prusia pudo cubrirse con una aureola de generosidad, renunciando al embutido para quedarse con el jamón. En los campos de batalla de Bohemia no fue derrotada sólo Austria, sino también la burguesía alemana. Bismarck le mostró que sabía mejor que ella lo que le convenía más. No cabía pensar siquiera en la continuación del conflicto por parte de la Cámara. Las pretensiones liberales de la burguesía habían sido enterradas para mucho tiempo, pero sus exigencias nacionales se cumplían cada día más y más. Bismarck hizo realidad su programa nacional con una rapidez y precisión que la asombraron. Y, después de mostrarle palpablemente, in corpore vile, en su propio cuerpo miserable, su decrepitud, falta de energía y, a la vez, su completa incapacidad de poner en práctica su propio programa, Bismarck, ostentando generosidad también con ella, se presentó ante la Cámara, ahora ya prácticamente desarmada, para pedir un proyecto de ley de indemnidad por el gobierno anticonstitucional durante el conflicto. La Cámara, emocionada hasta las lágrimas, aprobó el proyecto, ya completamente inofensivo[47]. No obstante, se le recordó a la burguesía que también ella había sido vencida en K–niggr”tz[48]. La Constitución de la Confederación Germánica del Norte fue cortada siguiendo el patrón de la Constitución prusiana[49] en la auténtica interpretación que se le diera en el conflicto. Se prohibió negarse a votar los impuestos. El canciller federal y sus ministros los nombraba el rey de Prusia independientemente de toda mayoría parlamentaria. La independencia del ejército respecto del Parlamento, asegurada merced al conflicto, se mantuvo también respecto del Reichstag. Pero, los diputados a este último tenían la alentadora conciencia de haber sido elegidos por sufragio universal. Se lo recordaba también, aunque de modo desagradable, la presencia de dos socialistas entre ellos[xxvi]. Por vez primera aparecían diputados socialistas, representantes del proletariado, en una asamblea parlamentaria. Era un presagio amenazante.

 

En los primeros tiempos todo eso no tenía importancia. Tratábase ahora de llevar a término y utilizar la nueva unidad del Imperio en beneficio de la burguesía, al menos la de Alemania del Norte, y, con ayuda de eso, atraer también a la nueva Confederación a los burgueses de Alemania del Sur. La Constitución Federal suprimió las relaciones económicas más importantes de la legislación de los Estados y las asignó a la competencia de la Confederación, a saber: el derecho civil común y la libertad de circulación en todo el territorio de la Confederación, el derecho de domicilio, la legislación de los oficios, del comercio, las aduanas, la navegación, la moneda, las pesas y medidas, los ferrocarriles, las vías acuáticas, los correos y telégrafos, las patentes, los bancos, toda la política exterior, los consulados, la protección del comercio en el extranjero, la policía médica, el derecho penal, el procedimiento judicial, etc. La mayor parte de estos problemas fue resuelta ahora por vía legislativa y, considerada en conjunto, en un espíritu liberal. Así se eliminaron -¡en fin!-, las más monstruosas manifestaciones del sistema de pequeños Estados, que impedían más que nada el desarrollo del capitalismo, por una parte y, por otra, los apetitos de dominación prusiana. Pero no era una realización de alcance histórico universal, como lo proclamaba ahora a los cuatro vientos el burgués, que se volvía chovinista; era una imitación extremamente atrasada e incompleta de lo realizado por la revolución francesa setenta años antes y llevado a cabo desde hacía mucho tiempo por todos los demás Estados civilizados. En lugar de jactarse habría que sentir vergüenza de que la “muy culta” Alemania hubiese sido la última.

 

Durante todo ese período de existencia de la Confederación Germánica del Norte, Bismarck accedía gustoso a la burguesía en el terreno económico e incluso en la discusión de los problemas de los poderes parlamentarios sólo mostraba su puño de hierro metido en guante de terciopelo. Eran sus mejores tiempos. A veces se podía incluso dudar de su estrechez de espíritu específicamente prusiana, de su incapacidad de comprender que en la historia universal existen otras fuerzas más poderosas que los ejércitos y las intrigas diplomáticas apoyadas en estos últimos.

 

El que la paz con Austria estuviese preñada de la guerra con Francia lo sabía perfectamente Bismarck y, además, lo deseaba. Esa guerra debía ofrecer precisamente el medio de concluir la creación del Imperio prusiano-alemán que la burguesía alemana le había planteado[xxvii]. Las tentativas de transformar paulatinamente el Parlamento aduanero[51] en Reichstag y de incorporar de este modo poco a poco los Estados del Sur a la Confederación del Norte fracasaron, tropezando con la unánime exclamación de los diputados de esos Estados: “¡Ninguna ampliación de competencia!” Los ánimos de los gobiernos que acababan de ser vencidos en los campos de batalla no eran más favorables. Sólo una prueba nueva y palpable de que Prusia era mucho más fuerte que ellos y que, además, era bastante fuerte para protegerlos, por consiguiente, sólo una nueva guerra, una guerra de toda Alemania, podía llevarlos rápidamente a la capitulación. Además, la línea de separación a lo largo del Meno[52], convenida secretamente antes entre Bismarck y Luis Napoleón, parecía, después de la victoria, impuesta por este último a Prusia, por lo cual la unificación con Alemania del Sur constituía una violación del derecho reconocido esta vez formalmente de Francia a dividir la Alemania, era un motivo de guerra.

 

Mientras tanto, Luis Napoleón debía ver si hallaba algún terreno en cualquier parte de la frontera alemana que pudiese apropiarse como compensación por Sadowa. Al reorganizarse la Confederación Germánica del Norte se dejó al margen Luxemburgo;así, este último era ahora un Estado que, aún completamente independiente, se hallaba en unión personal con Holanda. Además, Luxemburgo estaba casi tan afrancesado como Alsacia y tendía mucho más hacia Francia que hacia Prusia, a la que odiaba positivamente.

 

Luxemburgo ofrece un ejemplo asombroso de lo que la miseria política de Alemania desde fines de la Edad Media ha hecho de las regiones fronterizas franco-alemanas, un ejemplo tanto más asombroso que, hasta 1866, Luxemburgo pertenecía nominalmente a Alemania. Compuesto hasta 1830 por una parte alemana y una francesa, la primera, no obstante, se sometió pronto a la influencia de la civilización francesa, superior. Los emperadores alemanes de la casa de Luxemburgo eran, por su idioma y educación, franceses. Después de su incorporación al ducado de Borgoña (1440), Luxemburgo, al igual que el resto de los Países Bajos, no mantenía más que relaciones nominales con Alemania: su admisión a la Confederación Germánica en 1815 no cambió nada. Después de 1830, su mitad francesa y una gran porción de la parte alemana pasaron a Bélgica. Pero en la parte alemana que quedaba, todo se conservaba sobre bases francesas: en los tribunales, en las instituciones gubernamentales, en la Cámara, todo se hacía en francés; todos los documentos oficiales y privados, todos los libros comerciales se escribían en francés; la enseñanza en las escuelas medias se practicaba en francés; el idioma culto seguía siendo el francés, por supuesto un francés que se las veía negras a causa del desplazamiento altoalemán de las consonantes. En breves palabras, en Luxemburgo se hablaban los dos idiomas: un dialecto popular franco-renano y el francés; pero el altoalemán seguía siendo un idioma extranjero. La guarnición prusiana de la capital agravaba más que mejoraba la situación. Todo eso es bastante humillante para Alemania, pero es verdad. Y este afrancesamiento voluntario de Luxemburgo arroja la verdadera luz sobre semejantes fenómenos en Alsacia y la Lorena alemana.

 

El rey de Holanda[xxviii], duque soberano de Luxemburgo, sabía aprovechar muy bien su dinero y se mostró dispuesto a vender el ducado a Luis Napoleón. Los luxemburgueses hubieran consentido sin reserva la incorporación a Francia: lo probó su posición en la guerra de 1870. Desde el punto de vista del derecho internacional, Prusia no podía objetar en absoluto, ya que ella misma había provocado la exclusión de Luxemburgo de Alemania. Sus tropas se hallaban en la capital como guarnición de una plaza fuerte federal alemana; desde el momento en que Luxemburgo dejó de ser una plaza fuerte federal, dichas tropas no tenían más razón de encontrase allí. Ahora bien, ¿por qué no se marcharon, por qué Bismarck no pudo consentir la anexión?

 

Simplemente porque las contradicciones en que se había embrollado habían salido a la superficie. Antes de 1866, Alemania era para Prusia nada más que un territorio para anexiones que había que compartir con el extranjero. Después de 1866, Alemania pasó a ser un protectorado de Prusia, al que había que defender contra las guerras extranjeras. Cierto es que, por razones de Prusia, partes enteras de Alemania no fueron incluidas en la llamada Alemania recién formada. Pero, el derecho de la nación alemana a la integridad de su propio territorio imponía ahora a la corona prusiana el deber de impedir la incorporación de esos territorios de la antigua confederación a Estados extranjeros y de tener abierta la puerta para su anexión futura al nuevo Estado prusiano-alemán. Por esa razón se detuvo a Italia en la frontera del Tirol[53] y por la misma razón Luxemburgo no debía ahora pasar a manos de Luis Napoleón. Un gobierno realmente revolucionario podía proclamarlo abiertamente, pero no el revolucionario prusiano del rey, el que consiguió, finalmente, hacer de Alemania un “concepto geográfico”[54] al estilo de Metternich.

 

Desde el punto de vista del derecho internacional, se había colocado en la situación de infractor y sólo podía salir del apuro recurriendo a su predilecta interpretación del derecho internacional en boga en las tabernas corporativas de estudiantes.

 

El que no se le hubiera puesto abiertamente en ridículo se debió sólo a que, en la primavera de 1867, Luis Napoleón no estaba aún preparado de ninguna manera para una guerra grande. Se llegó a un acuerdo en la Conferencia de Londres. Los prusianos se retiraron de Luxemburgo; la fortaleza fue demolida, el ducado se proclamó neutral[55]. Se volvió a aplazar la guerra. Luis Napoleón no podía sentirse tranquilo. Aceptó de buen grado el acrecentamiento del poderío de Prusia, pero sólo a condición de recibir las correspondientes compensaciones en el Rin. Estaba dispuesto a contentarse con poco e incluso a moderar aún más sus modestas pretensiones, pero no consiguió nada, lo engañaron en todo. Pero, un imperio bonapartista en Francia sólo era posible si desplazaba progresivamente la frontera hacia el Rin y si Francia seguía siendo -en realidad o, al menos, en la imaginación- el árbitro de Europa. No se logró correr la frontera, la situación de árbitro se hallaba ya en peligro, la prensa bonapartista gritaba a voz en cuello acerca de la revancha por Sadowa; a fin de mantenerse en el trono, Luis Napoleón debía permanecer fiel a su papel y conseguir por la fuerza lo que no había logrado por las buenas, pese a todos los servicios que había prestado.

 

Por ambas partes comenzó una preparación activa diplomática y militar para la guerra. Y aquí tuvo lugar el siguiente incidente diplomático. España buscaba un candidato al trono. En marzo[xxix], Benedetti, embajador francés en Berlín, oye decir que el príncipe Leopoldo de Hohenzollern solicita el trono; París le encarga comprobarlo. El subsecretario de Estado von Thile le asegura bajo palabra de honor que el gobierno prusiano no sabe nada. Durante su viaje a París, Benedetti conoce el punto de vista del emperador: “esta candidatura es esencialmente antinacional, el país no lo consentirá, hay que impedirlo”.

 

Diremos de pasada que con eso, Luis Napoleón probaba que había venido ya mucho a menos. En efecto, ¿podía haber una “venganza por Sadowa” más bella que el reinado de un príncipe prusiano en España, los inconvenientes que se desprendían de ello, el enfrascamiento de Prusia en las relaciones internas de los partidos españoles, posiblemente una guerra, una derrota de la enana marina de Prusia y, en todo caso, Prusia en una situación extremamente grotesca ante los ojos de Europa? Pero, Luis Napoleón no podía permitirse ya semejante espectáculo. Su crédito estaba tan minado que tenía que contar con el punto de vista tradicional, según el cual un príncipe alemán en el trono de España colocaría a Francia entre dos fuegos y, por consiguiente, no se podía tolerar, punto de vista pueril después de 1830.

 

Así, Benedetti visitó a Bismarck para recibir nuevas explicaciones y exponerle la posición de Francia (el 11 de mayo de 1869). No consiguió saber nada determinado. En cambio, Bismarck se enteró de lo que quería enterarse: que la presentación de la candidatura de Leopoldo significaría la guerra inmediata con Francia. De este modo, Bismarck obtuvo la posibilidad de comenzar la guerra cuando le viniese mejor.

 

En efecto, en julio de 1870, volvió a surgir la candidatura de Leopoldo, lo que llevó inmediatamente a la guerra, por más que se opusiese a ello Luis Napoleón. Este no sólo se dio cuenta de que había caído en la trampa. Comprendió igualmente que se trataba de su poder imperial y confiaba muy poco en la honradez de su pandilla bonapartista de azufre[56], que le aseguraba que estaba todo preparado hasta el último botón en las polainas, y se fiaba todavía menos de sus aptitudes militares y administrativas; ya sus propias vacilaciones aceleraban su caída.

 

Bismarck, al contrario, además de estar completamente preparado en el aspecto militar, se respaldaba esta vez efectivamente en el pueblo, que, tras de todas las mentiras diplomáticas de ambos partidos, sólo veía una cosa: no se trataba sólo de una guerra por el Rin, sino de una guerra por su existencia nacional. Por vez primera desde 1813, los reservistas y la Landwehr afluyeron en masa, llenos de entusiasmo y de espíritu combativo, para ponerse bajo las banderas. No importaba cómo se había producido todo eso, no importaba qué parte de la herencia nacional de dos milenios Bismarck había o no había prometido por su propia iniciativa a Luis Napoleón, tratábase de dar a entender al extranjero de una vez y para siempre que no debía inmiscuirse en los asuntos interiores alemanes y que Alemania no tenía la misión de apuntalar el vacilante trono de Luis Napoleón con concesiones de territorio alemán. Y frente a tal entusiasmo nacional desaparecieron todas las diferencias de clase, se disiparon todos los antojos de las cortes de Alemania del Sur acerca de la Confederación del Rin y todos los pujos de restauración de los príncipes expulsados.

 

Las dos partes se buscaban aliados. Luis Napoleón estaba seguro de Austria y Dinamarca y, hasta cierto punto, de Italia. Bismarck tenía a su lado a Rusia. Pero, Austria, como siempre, no estaba preparada y no pudo intervenir activamente antes del 2 de septiembre, y el 2 de septiembre Luis Napoleón era ya prisionero de los alemanes; además, Rusia notificó a Austria que la atacaría en cuanto ésta atacase a Prusia. En Italia, Luis Napoleón recogía los frutos de su doblez política: había querido levantar el movimiento de la unidad nacional, pero, a la vez, había querido proteger al papa contra esa unidad nacional; seguía ocupando Roma con tropas que necesitaba en casa, pero que no podía retirar sin obligar a Italia a que respetase Roma y la soberanía del papa, y eso, a su vez, no permitía que Italia acudiese en su ayuda. Finalmente, Dinamarca recibió de Rusia la orden de estar quieta. Pero los rápidos golpes de las armas alemanas desde Spickeren y Woerth hasta Sedán[57] ejercieron en la localización de la guerra un efecto más decisivo que todas las negociaciones diplomáticas. El ejército de Luis Napoleón fue derrotado en todos los combates y, finalmente, tres cuartas partes del mismo se vieron prisioneros en Alemania. La culpa de ello no la tenían los soldados, que habían combatido con bastante valor, sino el jefe y el régimen. Pero quien había creado, como Luis Napoleón, su Imperio con ayuda de una pandilla de canallas, quien había mantenido en sus manos a lo largo de dieciocho años el poder en ese Imperio sólo por haberle dado a esa caterva la posibilidad de explotar a Francia, quien había colocado en los principales puestos del Estado a hombres de esa gavilla, y en los cargos secundarios, a los cómplices de aquéllos, no debía emprender una lucha de vida o muerte, si no quería verse en un atolladero. En menos de cinco semanas se desmoronó el edificio del Imperio que durante largos años había entusiasmado al filisteo de Europa. La revolución del 4 de septiembre[58] no hizo más que recoger los escombros, y Bismarck, que había empezado la guerra para fundar el Imperio pequeño alemán, se vio una bella mañana en el papel de fundador de la República Francesa.

 

Según la propia proclama de Bismarck, la guerra no se había llevado contra el pueblo francés, sino contra Luis Napoleón. Con la caída de este último, desaparecía todo motivo de guerra. Lo mismo pensaba el gobierno del 4 de septiembre -no tan ingenuo en otros problemas- y quedó muy sorprendido cuando Bismarck mostró de pronto todo lo junker prusiano que era. Nadie en el mundo odia tanto a los franceses como los junkers prusianos. Y no sólo porque éstos, exentos de impuestos, habían sufrido en 1806-1813 el duro castigo que les habían impuesto los franceses y las consecuencias de su propia vanidad; era mucho peor el que esos ateos franceses hubiesen turbado tanto las cabezas con su criminal revolución que la anterior magnificencia de los junkers se había enterrado casi completamente hasta en la vieja Prusia, y los pobres junkers tenían que sostener año tras año una lucha tenaz por los últimos restos de esa magnificencia, habiendo la mayor parte de ellos bajado al rango de deplorable nobleza parasitaria. Francia merecía la venganza por todo eso, y los oficiales junkers del ejército, bajo la dirección de Bismarck, se encargaron de ello. Se redactaron las listas de las contribuciones de guerra que Francia había cobrado a Prusia, se evaluaron luego las proporciones de la contribución de guerra que debían pagar las ciudades y los departamentos de Francia, habida cuenta, naturalmente, que Francia era un país mucho más rico. Se requisaban víveres, forrajes, ropa, calzado, etc. con una implacabilidad ostentativa. Un alcalde de las Ardenas, que declaró no poder satisfacer la exigencia, recibió sin más ni más veinticinco golpes de bastón; el gobierno de París publicó pruebas oficiales de eso. Los francotiradores[59], que procedían tan exactamente de acuerdo con el decreto de 1813 sobre el Landsturm[60] prusiano, como si lo hubiesen estudiado para eso, eran fusilados sin piedad sobre el terreno. Son igualmente fidedignos los cuentos de los relojes de péndola enviados a Alemania: K–lnische Zeitung[61] publicó eso. Sólo en opinión de los prusianos esos relojes no se consideraban robados, sino hallados como bienes sin dueño en las casas de campo abandonadas en las inmediaciones de París y anexadas en favor de los familiares que se habían quedado en la patria. De esta manera, los junkers, bajo la dirección de Bismarck, se encargaron de que, a despecho de la conducta irreprochable tanto de los soldados como de una gran parte de los oficiales, se mantuviese el carácter específicamente prusiano de la guerra y de que los franceses no se olvidasen de ello; pero estos últimos hicieron recaer sobre todo el ejército la responsabilidad por la odiosa mezquindad de los junkers.

 

No obstante, a esos mismos junkers les tocó en suerte rendir al pueblo francés unos honores que la historia jamás había visto. Cuando todas las tentativas de eliminar el bloqueo de París habían fracasado, cuando todos los ejércitos franceses habían sido rechazados, cuando la última gran ofensiva de Bourbaki sobre la línea de comunicación de los alemanes fracasó, cuando toda la diplomacia europea abandonó a Francia a su propia suerte, sin mover un dedo, París, presa del hambre, hubo de capitular. Y los corazones de los junkers latieron aún más fuerte cuando pudieron, en fin, entrar triunfantes en el nido impío y vengarse a sus anchas de los archirrebeldes parisinos, cosa que no les permitiera hacer en 1814 el emperador ruso Alejandro, y en 1815, Wellington; ahora podían ensañarse en el foco y la patria de la revolución.

 

París capituló, pagó 200 millones de contribución de guerra; los fuertes fueron entregados a los prusianos; la guarnición depuso las armas a los pies de los vencedores y entregó su artillería de campaña; los cañones de las fortificaciones fueron desmontados de las cureñas; todos los medios de resistencia pertenecientes al Estado fueron entregados uno por uno. Pero no se tocó a los verdaderos defensores de París, la guardia nacional, el pueblo parisino en armas; nadie se atrevió a exigirle sus armas ni sus cañones[xxx]. Y para anunciar al mundo entero que el victorioso ejército alemán se había detenido respetuosamente frente al pueblo armado de París, los vencedores no entraron en la ciudad, se contentaron con ocupar por tres días los Campos Elíseos -¡un jardín público!- ¡en el que se hallaban vigilados y bloqueados por centinelas de los parisinos! Ningún soldado alemán entró en el Ayuntamiento de París, ninguno pudo pasear por los jardines y los pocos, que fueron admitidos al Louvre para admirar las obras de arte, hubieron de pedir permiso para ello, a fin de no violar las condiciones de la capitulación. Francia había sido derrotada, París se moría de hambre, pero el pueblo parisino se había ganado con su glorioso pasado tal respeto que ningún vencedor se atrevió siquiera a exigir su desarme, ninguno tuvo el valor de entrar en sus casas para hacer un registro y profanar con una marcha triunfal esas calles, campo de batalla de tantas revoluciones. Fue como si el recién salido emperador alemán[xxxi] se quitase el sombrero ante los revolucionarios vivos de París, como en otros tiempos su hermano[xxxii] se descubriera ante los cadáveres de los combatientes de Marzo en Berlín[62] y como si todo el ejército alemán, formado detrás del emperador, les presentase armas. Pero fue el único sacrificio que hubo de aceptar Bismarck. So pretexto de que en Francia no había gobierno que pudiese concertar la paz con él, lo que era tanto verdad, como mentira, tanto el 4 de septiembre, como el 28 de enero[63], se valió de sus éxitos de una manera puramente prusiana, hasta la última gota, y no se declaró dispuesto a la paz hasta que vio a Francia completamente postrada. Al concluir la paz, volvió a “utilizar sin escrúpulos la situación favorable”, como un buen viejo prusiano. Además de extorsionar la cuantía inaudita de 5 mil millones de indemnización, se arrancó a Francia dos provincias -Alsacia y la Lorena alemana, con Metz y Estrasburgo- y las incorporó a Alemania. Con esa anexión, Bismarck se portó por vez primera como un político independiente, que, además de cumplir con sus métodos propios un programa que le había sido impuesto desde fuera, ponía en práctica los productos de su propia actividad cerebral; y aquí cometió su primer error colosal[xxxiii].

 

Alsacia había sido conquistada en lo fundamental por Francia ya en la guerra de los Treinta años. Richelieu había abandonado con eso el firme principio de Enrique IV:

 

 

“Que la lengua española sea de España, la alemana, de Alemania, pero donde se habla francés me pertenece a mí”.

Richelieu partía aquí del principio de la frontera natural del Rin, de la frontera histórica de la vieja Galia. Era una necedad; pero el Imperio alemán, que comprendía los dominios lingüísticos franceses de Lorena, de Bélgica y hasta del Franco Condado, no tenía derecho a reprochar a Francia la anexión de países de habla alemana. Y si Luis XIV se apoderó en 1681, en tiempos de paz, de Estrasburgo, con ayuda de un partido de inspiración francesa de la ciudad[64], no era Prusia la que debía indignarse por ello después de haber recurrido, en 1796, a la violencia, aunque sin éxito, respecto de la ciudad libre imperial de Nuremberg, a la que no le había invitado, por cierto, ningún partido prusiano[xxxiv].

 

La Lorena fue vendida a Francia por Austria en 1735 de acuerdo con el tratado de paz de Viena y pasó en 1766 definitivamente a manos de Francia. A lo largo de los siglos no había pertenecido más que nominalmente al Imperio alemán, sus duques eran franceses en todos los aspectos y casi siempre se habían aliado a Francia.

 

En los Vosgos, hasta la Revolución francesa, había una multitud de pequeños señores que se portaban respecto de Alemania como dignatarios imperiales dependientes directamente del emperador y, a la vez, reconocían la soberanía de Francia respecto de ellos. Sacaban provecho de esa doble situación. Y, puesto que el Imperio alemán lo toleraba, en lugar de pedir cuentas a esos dinastas, no podía quejarse cuando Francia, en virtud de sus derechos soberanos, puso bajo su protección contra esos señores expulsados, a los habitantes de dichos dominios.

 

En total, este territorio alemán antes de la revolución no había sido afrancesado en absoluto. El idioma alemán seguía siendo el de las escuelas y las instituciones administrativas, al menos en Alsacia. El gobierno francés favorecía a las provincias alemanas que, después de largas y devastadoras guerras, ahora, a partir de comienzos del siglo XVIII, no habían vuelto a ver al enemigo en sus tierras. Desgarrado por eternas guerras intestinas, el Imperio alemán no podía verdaderamente suscitar entre los alsacianos el deseo de volver a la madre patria; al menos gozaban de la tranquilidad y la paz, sabían cómo marchaban los asuntos, y los filisteos, que marcaban la pauta, veían en ello los caminos inescrutables del Señor. Además, su suerte no carecía de ejemplos, ya que los habitantes de Holstein se hallaban también bajo la dominación extranjera de Dinamarca.

 

Pero sobreviene la Revolución francesa. Lo que Alsacia y Lorena no se habían atrevido siquiera a esperar de Alemania les regaló Francia. Las trabas feudales fueron rotas. El campesino siervo sujeto a la corvea devino hombre libre, en muchos casos propietario libre de su finca y de su campo. En las ciudades desaparecieron el poder de los patricios y los privilegios gremiales. Se expulsó a la nobleza y, en las posesiones de los pequeños príncipes y señores, los campesinos siguieron el ejemplo de sus vecinos; echaron a los dinastas, las cámaras del gobierno y la nobleza y se proclamaron ciudadanos franceses libres. En ninguna parte de Francia, el pueblo se adhirió con mayor entusiasmo a la revolución que en las regiones de habla alemana. Y cuando el Imperio germánico declaró la guerra a la revolución, cuando se vio que los alemanes, además de soportar aún obedientes sus cadenas, se dejaban utilizar para volver a imponer a los franceses su antigua servidumbre y, a los campesinos de Alsacia, los señores feudales que acababan de ser expulsados, se acabó el germanismo de Alsacia y Lorena, cuyos habitantes aprendieron a odiar y a despreciar a los alemanes. Entonces se compuso en Estrasburgo la Marsellesa y fueron los alsacianos los primeros en cantarla; los franceses alemanes, a despecho del idioma y del pasado, en los campos de centenares de batallas en la lucha por la revolución, se unieron a los franceses nacionales para formar un mismo pueblo.

 

¿Acaso la gran revolución no había hecho el mismo milagro con los flamencos de Dunkerque, con los celtas de Bretaña y con los italianos de Córcega? Y cuando nos quejamos de que lo mismo haya ocurrido a los alemanes, ¿no nos habremos olvidado de toda nuestra historia, que lo ha hecho posible? ¿Habremos olvidado que toda la orilla izquierda del Rin, aun habiendo tenido una participación pasiva en la revolución estuvo en favor de los franceses cuando los alemanes volvieron a entrar en esas tierras en 1814 y siguió así hasta 1848, cuando la revolución rehabilitó a los alemanes a los ojos de la población de las regiones renanas? ¿Acaso nos olvidamos de que el entusiasmo de Heine por los franceses y hasta su bonapartismo no eran otra cosa que el eco del estado de espíritu de todo el pueblo de la orilla izquierda del Rin?

 

Cuando los aliados entraron en Francia en 1814, precisamente en Alsacia y Lorena tropezaron con los enemigos más decididos, con la resistencia más fuerte por parte del propio pueblo, ya que se sentía el peligro de que habría que volver a pertenecer a Alemania. Mientras tanto, en Alsacia y Lorena se hablaba aún casi exclusivamente el alemán. Pero, cuando ya no había peligro de que se le apartase de Francia, cuando se puso fin a los apetitos anexionistas de los chovinistas románticos alemanes, se comprendió que era necesario unirse más estrechamente a Francia incluso desde el punto de vista del idioma; a partir de ese momento se hizo lo mismo que en Luxemburgo, se procedió voluntariamente al paso de las escuelas a la enseñanza en francés. No obstante, el proceso de transformación era muy lento; sólo la actual generación de la burguesía se ha afrancesado efectivamente, mientras que los campesinos y los obreros siguen hablando el alemán. La situación es aproximadamente la misma que en Luxemburgo; el alemán literario cede el lugar al francés (excepto parcialmente en el púlpito), pero el dialecto popular alemán ha perdido terreno sólo en la frontera lingüística, siendo de uso familiar más común que en la mayor parte de Alemania.

 

Tal es el país que Bismarck y los junkers prusianos, sostenidos, al parecer, por la reminiscencia de un romanticismo chovinista inseparable de todas las iniciativas alemanas, se propusieron volverlo a convertir en país alemán. El propósito de convertir Estrasburgo, la patria de la Marsellesa, en ciudad alemana fue tan absurdo como el deseo de hacer de Niza, la patria de Garibaldi, una ciudad francesa. Pero, en Niza, Luis Napoleón respetaba las conveniencias, poniendo a votación el problema de la anexión, y la maniobra tuvo éxito. Sin hablar ya de que los prusianos detestaban, y no sin motivo de peso, semejantes medidas revolucionarias -no se conocía un solo caso de que las masas populares hubiesen querido unirse a Prusia-, se sabía demasiado bien que precisamente aquí la población era más unánime en su deseo de ser francesa que los propios franceses nacionales. Y la separación fue llevada a cabo mediante la violencia. Era algo así como una venganza por la Revolución francesa; se arrancó uno de los trozos que se habían fundido con Francia precisamente merced a la revolución.

 

Desde el punto de vista militar, la anexión tenía en ese caso un objetivo determinado. Con Metz y Estrasburgo, Alemania adquiría un frente de defensa de excepcional fuerza. Mientras Bélgica y Suiza sigan neutrales, los franceses sólo pueden emprender una ofensiva masiva en la estrecha franja comprendida entre Metz y los Vosgos y, además, Coblenza, Metz, Estrasburgo y Maguncia constituyen el cuadrilátero de plazas fuertes más poderoso y más grande del mundo. Pero, la mitad de este cuadrilátero, al igual que el austríaco en Lombardía[xxxv], se halla en país enemigo y sirve allí de ciudadela para reprimir a la población. Es más: a fin de cerrar el cuadrilátero había que salir de la zona de propagación del idioma alemán, había que anexar a un cuarto de millón de franceses nacionales.

 

Por consiguiente, la gran ventaja estratégica es el único punto que puede justificar la anexión. Ahora bien, ¿puede esta ventaja compararse en alguna medida con el daño que ha causado?

 

Al junker prusiano le importa un comino el inmenso daño moral que se ha causado el joven Imperio alemán proclamando abierta y desvergonzadamente como principio básico la violencia brutal. Al contrario, le hacen falta súbditos recalcitrantes y sometidos por la violencia, ya que éstos sirven de prueba del crecimiento del poderío prusiano; en realidad, jamás ha tenido otros. Pero con lo que debía contar era con las consecuencias políticas de la anexión. Y éstas eran evidentes. Incluso antes de que la anexión adquiriese fuerza de ley, Marx la anunció al mundo en una circular de la Internacional: La anexión de Alsacia y Lorena hace de Rusia el árbitro de Europa[xxxvi]. Y los socialdemócratas lo repitieron con harta frecuencia desde la tribuna del Reichstag hasta que el propio Bismarck reconoció la razón de esta frase en su discurso parlamentario del 6 de febrero de 1888, gimoteando ante el todopoderoso zar, amo de la guerra y la paz.

 

En efecto, eso estaba claro como la luz del día. Al arrancar a Francia dos de sus provincias más fanáticamente patrióticas, se la echaban en los brazos del que le diese la esperanza de recuperarlas, y hacían de Francia un enemigo eterno. Cierto es que Bismarck, que representa en este aspecto digna y conscientemente a los filisteos alemanes, exige de los franceses que no renuncien a Alsacia y Lorena sólo en el sentido jurídico estatal, sino también en el moral y que, además, se alegren bastante, puesto que estos dos pedazos de la Francia revolucionaria “han sido devueltos a la madre patria”, de la que no quieren saber absolutamente nada. Pero, por desgracia, los franceses no lo hacen, del mismo modo que los alemanes no renunciaron durante las guerras napoleónicas a la orilla izquierda del Rin, aunque en esa época dicha región no pensaba volver al poder de estos últimos. Por cuanto los alsacianos y los loreneses quieren volver a Francia, ésta procurará y debe procurar recobrarlos, deberá buscar los medios de conseguirlo y, entre otras cosas, deberá buscarse aliados. Y su aliado natural contra Alemania es Rusia. Si las dos naciones más grandes del continente occidental se neutralizan recíprocamente mediante su hostilidad, si entre ellas existe, además, una eterna manzana de la discordia, que las incita a combatirse mutuamente, de ello sale ganando sólo Rusia, ya que se le desatan más y más las manos, Rusia, que en sus designios anexionistas tropezará con menos obstáculos por parte de Alemania y podrá contar más con el apoyo incondicional de Francia. ¿Acaso Bismarck no ha colocado a Francia en una situación en que ésta tiene que implorar la alianza rusa y abandonar amablemente Constantinopla a Rusia si ésta sólo promete a Francia la devolución de las provincias perdidas? Y si, pese a ello, la paz se ha mantenido durante diecisiete años, ¿no habrá que atribuirlo a otro hecho, a que el sistema de formación de reservas militares implantado en Francia y en Rusia requiere dieciséis años, al menos, y después de los recientes perfeccionamientos alemanes, veinticinco años para formar los necesarios contingentes anuales? ¿Acaso la anexión de Alsacia y Lorena, que durante los últimos diecisiete años ha sido el factor principal determinante de toda la política de Europa, no es ahora también la causa fundamental de toda la crisis que entraña el peligro de guerra en el continente? ¡Suprímase nada más que esto, y la paz estará asegurada!

 

El burgués alsaciano, que habla el francés con una pronunciación altoalemana, ese petulante híbrido que hace alarde de francés, como si fuera un francés de pura cepa, que mira a Goethe por encima del hombro y se entusiasma con Racine, pero que no puede deshacerse de la torturante conciencia de su secreto origen alemán y, precisamente por eso, tiene que hablar con desdén de todo lo alemán, de modo que no puede siquiera servir de intermediario entre Alemania y Francia, ese burgués alsaciano es, indudablemente, un individuo despreciable, ya sea un industrial de Mulhouse, ya un periodista de París. Pero ¿quién lo ha hecho así, sino la historia de Alemania de los últimos trescientos años? ¿Acaso no eran hasta hace poco tiempo casi todos los alemanes en el extranjero, sobre todo los comerciantes, como los alsacianos, que abjuraban de su origen alemán, que se sometían a toda clase de torturas para adoptar la nacionalidad extranjera de su nueva patria y se colocaban voluntariamente en la misma situación ridícula, al menos, que los alsacianos, los cuales se ven más o menos forzados a ello por las circunstancias? Por ejemplo, en Inglaterra, todos los comerciantes alemanes inmigrados entre 1815 y 1840 se asimilaron casi enteramente, hablaban entre sí casi exclusivamente en inglés e, incluso ahora, en la Bolsa de Manchester, se pueden ver no pocos viejos filisteos alemanes que darían la mitad de su fortuna por poder pasar por verdaderos ingleses. Sólo después de 1848 se produjeron ciertos cambios en este problema, y a partir de 1870, cuando un teniente de reserva llega a Inglaterra y Berlín envía allí su contingente, el servilismo anterior cede incluso lugar a la arrogancia prusiana, que nos hace no menos ridículos ante los ojos de los extranjeros.

 

¿Acaso, después de 1871, la reunificación con Alemania se hizo más atractiva para los alsacianos? Al contrario. Los sometieron a una dictadura, mientras que al lado, en Francia, regía la república. Se implantó en su provincia el importuno y pedante sistema prusiano de la Landrath, en comparación con la cual la injerencia administrativa de las llamadas prefecturas francesas rigurosamente reglamentada por la ley, parecía de oro. Se puso pronto fin a los últimos restos de la libertad de prensa, del derecho de reunión y de asociación, se disolvió los recalcitrantes consejos municipales y se instaló en las funciones de alcaldes a burócratas alemanes. En cambio, se trató de agradar por todos los medios a los “notables”, es decir, a los aristócratas y burgueses afrancesados completamente, protegiendo sus intereses explotadores contra los campesinos y los obreros de habla alemana, pero que no eran de mentalidad alemana, que constituían el único elemento con el que hubiera sido posible una tentativa de reconciliación. Y ¿qué se logró con eso? Pues, que en febrero de 1887, cuando toda Alemania se dejó intimidar y envió al Reichstag la mayoría del cartel[66] de Bismarck, Alsacia y Lorena eligieron nada más que a franceses decididos, rechazando a todos los sospechosos de la más mínima simpatía hacia los alemanes.

 

Ahora bien, siendo los alsacianos como son, ¿tenemos derecho a indignarnos por eso? De ninguna manera. El que se opongan a la anexión es un hecho histórico que hay que explicar y no anular. Y aquí debemos preguntarnos: ¿cuántas faltas históricas graves habrá debido cometer Alemania para que fuese posible semejante estado de ánimo en Alsacia? Y ¿qué aspecto debe tener nuestro nuevo Imperio alemán, visto desde fuera, si después de diecisiete años de regermanización, los alsacianos se muestran unánimes al decirnos: dejadnos en paz? ¿Tenemos el derecho a pensar que dos campañas victoriosas y diecisiete años de dictadura de Bismarck bastan para acabar con todas las consecuencias de toda la bochornosa historia de tres siglos?

 

Bismarck había logrado su objetivo. Su nuevo Imperio prusiano-alemán había sido proclamado en Versalles, en la sala de gala de Luis XIV[67]. Francia se hallaba desarmada a sus pies; la altanera ciudad de París, a la que ni él mismo se había atrevido a tocar, había sido llevada por Thiers a la insurrección de la Comuna y, luego, derrotada por los soldados del ex-ejército imperial que regresaban del cautiverio. Todos los filisteos de Europa admiraban a Bismarck como no habían admirado a su modelo, a Luis Bonaparte, en los años 50. Con el apoyo de Rusia, Alemania se erigió en la primera potencia de Europa, y todo el poder en Alemania se hallaba concentrado en manos del dictador Bismarck. Ahora todo dependía de cómo sabría utilizar ese poder. Si hasta entonces había puesto en práctica los planes de unidad de la burguesía sin recurrir a los medios burgueses, sino a los bonapartistas, ahora ese problema estaba resuelto en cierta medida; tratábase de concebir planes propios y mostrar qué ideas era capaz de engendrar su propia cabeza. Y eso debía hacerse patente en la organización interior del nuevo Imperio.

 

La sociedad alemana consta de grandes propietarios de tierras, campesinos, burguesas, pequeños burgueses y obreros; todos ellos se agrupan, a su vez, en tres clases principales.

 

La gran propiedad rural se concentra en manos de unos cuantos magnates (sobre todo en Silesia) y de un número considerable de propietarios medios, que prevalecen en las viejas provincias prusianas al Este del Elba. Precisamente estos junkers prusianos predominan en toda la clase de los grandes propietarios de tierras. Son agricultores en la medida en que explotan sus fincas con ayuda de gerentes y, además, suelen ser, con mucha frecuencia, propietarios de destilerías y fábricas de azúcar de remolacha. En los casos en que ha sido posible, las tierras han pasado a pertenecer a las familias en concepto de mayorazgo. Los hijos menores van al ejército o a ocupar cargos en la administración civil; así, de esa pequeña nobleza terrateniente depende otra, aún más pequeña, de oficiales y funcionarios, cuyas filas crecen, además, a cuenta de los altos oficiales y funcionarios procedentes de la burguesía, a los que se conceden a montones títulos nobiliarios. En el límite inferior de esta ralea noble se forma, como es lógico, una numerosa nobleza de parásitos, el lumpemproletariado noble, que vive de deudas, juegos dudosos, indiscreciones, mendicidad y espionaje político. El conjunto de toda esa pandilla constituye el mundo de los junkers prusianos y viene a ser uno de los pilares principales del Estado prusiano. Pero, el núcleo terrateniente de estos junkers se asienta sobre una base muy precaria. El deber de mantener el tren de vida que corresponde a ese estado resulta cada día más caro; hace falta dinero para mantener a los hijos menores hasta que obtengan el grado de teniente o de asesor y para casar a las hijas; visto que ante el cumplimiento de estas obligaciones se relegan a segundo plano todas las otras consideraciones, no tiene nada de extraño que las rentas no sean suficientes y que haya que firmar letras de cambio o recurrir a la hipoteca. En una palabra, todo el mundo de los junkers se halla constantemente al borde del abismo: cualquier calamidad -guerra, mala cosecha o crisis comercial- le amenaza con la quiebra; por tanto, no tiene nada de asombroso que, a lo largo de los últimos cien años y pico, lo haya salvado de la ruina toda clase de ayuda del Estado; en efecto, sólo existe merced a la ayuda de éste. Es una clase que se mantiene artificialmente y está condenada a desaparecer; no hay ayuda del Estado que pueda mantener su existencia durante mucho tiempo. Pero, con ella dejará de existir también el viejo Estado prusiano.

 

El campesino es, políticamente, un elemento poco activo. Mientras sigue siendo propietario se arruina más y más debido a las condiciones de producción desfavorables en la hacienda parcelaria campesina, privada de los antiguos pastizales comunales de la marca y de la comunidad, sin lo cual el campesino no tiene posibilidad de criar ganado. Como arrendatario, se encuentra en condiciones todavía peores. La pequeña explotación campesina implica más que nada la economía natural y se arruina en la economía monetaria. De ahí las crecientes deudas, la expropiación masiva por los acreedores hipotecarios y la necesidad de recurrir a industrias a domicilio únicamente para no perder su porción de tierra. En el aspecto político, el campesinado suele ser, en la mayoría de los casos, indiferente o reaccionario: ultramontano[68] en la región renana debido a su viejo odio a los prusianos; en otras zonas es particularista o conservador protestante. En esta clase, el sentimiento religioso sirve todavía de expresión de los intereses sociales o políticos.

 

De la burguesía hemos hablado ya. Desde 1848 ha experimentado un inaudito auge económico. Alemania tuvo una participación creciente en el colosal progreso de la industria después de la crisis comercial de 1847, progreso logrado merced al establecimiento de una línea de navegación a vapor transoceánica en esa época, merced a la enorme ampliación de la red ferroviaria y al descubrimiento de las minas de oro en California y en Australia. Precisamente el afán de la burguesía de suprimir los obstáculos provenientes de la división en pequeños Estados ante el comercio y de conseguir en el mercado mundial una situación igual a la de sus rivales extranjeros fue lo que dio impulso a la revolución de Bismarck. Ahora, cuando los miles de millones que pagaba Francia inundaban Alemania, para la burguesía comenzaba un nuevo período de febril actividad empresarial, y aquí, por vez primera, mediante la quiebra a escala nacional[69], Alemania mostró que era una gran nación industrial. A la sazón, la burguesía era económicamente la clase más poderosa de la población; el Estado tenía que someterse a sus intereses económicos; la revolución de 1848 le dio al Estado una forma constitucional exterior, en la que la burguesía podía ejercer también la dominación política y habituarse al ejercicio del poder. No obstante, estaba aún lejos del auténtico poder político. No había salido victoriosa del conflicto con Bismarck: la liquidación del conflicto mediante la revolución en Alemania desde arriba le mostró aún más claramente que, por el momento, el poder ejecutivo, en el mejor de los casos, dependía de ella muy poco e indirectamente, que no podía destituir ministros, ni influir en el nombramiento de los mismos, ni disponer del ejército. Además, era cobarde y débil frente a un poder ejecutivo enérgico; pero, los junkers eran iguales, y para ella eso era más perdonable dado el antagonismo económico directo entre ella y la revolucionaria clase obrera industrial. Sin embargo, no cabía la menor duda de que debía aniquilar poco a poco económicamente a los junkers y que, entre todas las clases poseedoras, ella era la única que tenía perspectivas en el porvenir.

 

La pequeña burguesía constaba, en primer lugar, de los restos de los artesanos medievales, que, en Alemania, atrasada durante mucho tiempo, eran mucho más numerosos que en los demás países de Europa Occidental; en segundo lugar, de burgueses arruinados y, en tercer lugar, de elementos de la población desheredada que habían llegado a ser pequeños comerciantes. Con la expansión de la gran industria, la existencia de toda la pequeña burguesía perdía lo que le quedaba de su estabilidad; los cambios de ocupación y las quiebras periódicas se erigieron en regla. Esta clase antes tan estable, núcleo fundamental de los filisteos alemanes, que llevaba antes una vida tan acomodada y se distinguía por su domesticidad, servilismo, devoción y honorabilidad, se hundió hasta llegar a un estado de completa confusión y de descontento con la suerte que Dios le había deparado. De los artesanos que quedaban, unos exigían a voz en cuello la restauración de los privilegios corporativos, otros se convertían parcialmente en dóciles demócratas progresistas[70] y parcialmente se acercaban hasta a los socialdemócratas y se adherían directamente, en ciertos casos, al movimiento obrero. Finalmente, los obreros. Los obreros agrícolas, al menos los del Este de Alemania, se hallaban aún en dependencia semiservil y no estaban en condiciones de responder de sus actos. En cambio, entre los obreros de la ciudad, la socialdemocracia progresó rápidamente y creció a medida que la gran industria fue proletarizando a las masas populares y agravando de este modo al extremo la oposición de clase entre capitalistas y obreros. Si los obreros socialdemócratas estaban todavía escindidos en dos partidos[71] rivales, después de la aparición de El Capital de Marx, las divergencias de principio entre dichos partidos desaparecieron casi enteramente. El lassalleanismo de estricta observancia, con su específica reivindicación de “cooperativas de producción subvencionadas por el Estado”, se fue reduciendo paulatinamente a la nada, revelando cada vez más su incapacidad de crear el núcleo de un partido obrero bonapartista-socialista estatal. Las faltas que unos jefes habían cometido en este aspecto fueron corregidas por el sano sentido común de las masas. La unificación de las dos tendencias socialdemócratas, que se retrasaba casi exclusivamente debido a cuestiones personales, estaba asegurada para un futuro próximo. Pero ya en la época de la escisión y a despecho de la misma, el movimiento era bastante poderoso para infundir pavor a la burguesía industrial y para paralizarla en su lucha contra el gobierno, todavía independiente de ella; por lo demás, después de 1848, la burguesía alemana no ha podido ya desembarazarse del fantasma rojo.

 

Esa división en clases era la base de la división en partidos en el Parlamento y los landtags. Los grandes propietarios de tierras y una parte de los campesinos formaban la masa de conservadores; la burguesía industrial constituía el ala derecha del liberalismo burgués, los liberales nacionales; el ala de izquierda -el Partido Demócrata debilitado o, como lo llamaban, Partido Progresista- constaba de pequeños burgueses, apoyados por una parte de la burguesía, como también de obreros. Finalmente, los obreros tenían su propio partido, el Socialdemócrata, al que pertenecía también la pequeña burguesía.

 

Un hombre en la situación de Bismarck y con el pasado de Bismarck debiera haberse dicho, al comprender en alguna medida el estado de las cosas, que los junkers, tal y como eran, no formaban una clase viable, que, de todas las clases poseedoras, sólo la burguesía podía pretender a un porvenir, y que, por consecuencia (hacemos abstracción de la clase obrera, pues no pensamos pedir a Bismarck que comprenda su misión histórica), su nuevo Imperio prometía tener una existencia tanto más segura cuanto más preparase su transformación paulatina en un Estado burgués moderno. No le vamos a pedir lo que en aquellas condiciones concretas le era imposible. No era posible ni oportuno pasar a la sazón inmediatamente a la forma de gobierno parlamentario, con un Reichstag dotado de poder decisivo (como la Cámara de los Comunes en Inglaterra); la dictadura de Bismarck ejercida en forma parlamentaria debía aún parecerle a él mismo necesaria; no le reprochamos en absoluto el haberla conservado en los primeros tiempos; únicamente preguntamos ¿con qué fin había que emplearla? Difícilmente se dudará de que la única vía que permitía asegurar al nuevo Imperio una base sólida y una evolución interior tranquila consistía en preparar un régimen que correspondiese al de la Constitución inglesa. Parecía que, con abandonar la mayor parte de los junkers, condenados inevitablemente a la ruina, a su ineludible suerte, era todavía posible formar con la parte restante y con los nuevos elementos una clase de grandes propietarios de tierra independientes, clase que sólo sirviese de fleco ornamental de la burguesía; una clase a la que la burguesía, incluso en plena posesión de su poder, debía entregar la representación oficial en el Estado, y con ello los puestos más rentables y una influencia muy grande. Al hacer concesiones políticas a la burguesía, que con el tiempo igual no se le podría negar (al menos así debían pensar las clases poseedoras), al hacerle esas concesiones paulatinamente e incluso muy de tarde en tarde y en pequeñas dosis, se podría, por lo menos, encauzar el nuevo Imperio por un camino que permitía alcanzar los otros Estados occidentales de Europa, que la habían adelantado mucho en el aspecto político, liberarse, finalmente, de los últimos vestigios del feudalismo y de la tradición filistea, todavía muy fuerte en los medios burocráticos y, lo que era lo principal, adquirir la capacidad de mantenerse en sus propios pies cuando sus fundadores, ya nada jóvenes, entregasen el alma a Dios.

 

Además, eso no era tan difícil. Los junkers y los burgueses no tenían energía, ni siquiera media. Los primeros lo habían probado en los últimos sesenta años, cuando el Estado no cesaba de adoptar medidas en beneficio de ellos, pese a la oposición de estos Don Quijotes. La burguesía, a la que la larga historia anterior había acostumbrado a la docilidad, se resentía aún mucho del conflicto; desde entonces, los éxitos de Bismarck quebrantaron todavía más la fuerza de su resistencia, mientras que el miedo ante el movimiento obrero creciente de una manera amenazadora hizo el resto. En esas condiciones, a un hombre que había hecho realidad las aspiraciones nacionales de la burguesía no le costaría trabajo invertir el tiempo que le diese la gana para satisfacer sus aspiraciones políticas, muy modestas en general ya de por sí. Lo único que necesitaba era tener una idea clara del objetivo.

 

Desde el punto de vista de las clases poseedoras, era ese el único camino razonable. Desde el punto de vista de la clase obrera, estaba claro que era ya demasiado tarde para instaurar un poder burgués duradero. La gran industria y con ella la burguesía y el proletariado, se constituyeron en Alemania en una época en que la burguesía y el proletariado podían, casi al mismo tiempo, presentarse cada uno por su cuenta en el escenario político, en que, por consiguiente, la lucha entre las dos clases había comenzado ya antes de haber la burguesía conquistado el poder político exclusivo o predominante. Pero, si hasta era ya demasiado tarde para un poder firme y tranquilo de la burguesía en Alemania, la mejor política todavía en 1870, desde el punto de vista de las clases poseedoras en general, era el rumbo hacia ese poder de la burguesía. En efecto, sólo así se podían eliminar las innumerables supervivencias de los tiempos del feudalismo putrefacto, que seguían pululando en la legislación y la administración; sólo así se podía aclimatar gradualmente en suelo alemán el conjunto de los resultados de la Gran Revolución francesa, en una palabra, cortar a Alemania su vieja y larguísima trenza china y llevarla consciente y definitivamente a la vía de la evolución moderna, poner sus condiciones políticas a tono con las industriales. Y cuando, en lo sucesivo, se desplegase la lucha inevitable entre la burguesía y el proletariado, ésta transcurriría, al menos, en condiciones normales, en las que cada cual podría ver de qué se trataba, y no en un ambiente de confusión y oscuridad, de entrelazamiento de intereses y de perplejidad que observamos en Alemania en 1848, con la única diferencia de que, esa vez, la perplejidad abarcaba exclusivamente a las clases poseedoras, ya que la clase obrera sabe lo que quiere.

 

Como estaban las cosas en 1871 en Alemania, un hombre como Bismarck hubo de aplicar, efectivamente, una política de maniobra entre las distintas clases. Aquí no se le puede reprochar nada en absoluto. Trátase sólo de saber qué objetivo se planteaba esa política. Si marchaba consciente y resueltamente, no importa a qué ritmo, hacia la instauración, en fin de cuentas, del poder de la burguesía, respondía a la evolución histórica en la medida en que era, en general, posible desde el punto de vista de las clases poseedoras. Si en cambio, marchaba hacia el mantenimiento del viejo Estado prusiano, hacia la prusificación paulatina de Alemania, era reaccionaria y, en fin de cuentas, estaba condenada al fracaso. Si no se planteaba más que conservar el poder de Bismarck, era bonapartista y debía acabar como todo bonapartismo.

 

 

 

 

 

La tarea siguiente era la Constitución del Imperio. Como material se tenía, de una parte, la Constitución de la Confederación Germánica del Norte y, de otra, los tratados con los Estados alemanes del Sur[72]. Los factores, con ayuda de los cuales Bismarck debía crear la Constitución eran, por una parte, las dinastías representadas en el Consejo federal y, por otro, el pueblo representado en el Reichstag. En la Constitución de Alemania del Norte y en los tratados se puso un límite a las pretensiones de las dinastías. El pueblo, al contrario, podía pretender a una participación considerablemente mayor en el poder político. Había ganado en los campos de batalla la independencia, en cuanto a la intervención extranjera en los asuntos interiores y la unificación de Alemania, en la medida en que se podía hablar de unificación y precisamente él debía decidir, en primer término, el uso que cabía dar a esa independencia y el modo de realizar y utilizar concretamente esa unificación. E incluso si el pueblo reconocía las bases del derecho incluidas ya en la Constitución de la Confederación Germánica del Norte y en los tratados, ello no era óbice en absoluto para conseguir con la nueva Constitución una participación en el poder mayor que con la precedente. El Reichstag era la única institución que representaba, de hecho, la nueva “unidad”. Cuanto mayor peso adquiría la voz del Reichstag, cuanto más independiente era la Constitución del Imperio respecto de las constituciones particulares de las tierras, tanto mayor debía ser la cohesión del nuevo Imperio, tanto más debían fundirse en el alemán el bávaro, el sajón y el prusiano.

 

Para cualquiera que viese más allá de la punta de su nariz eso debía estar completamente claro. Pero, Bismarck tenía otra opinión. Se servía, al contrario, de la embriaguez patriótica, que se había intensificado después de la guerra, precisamente para lograr que la mayoría del Reichstag renunciase tanto a toda ampliación como hasta a la definición clara de los derechos del pueblo y que se limitase a restituir simplemente en la Constitución del Imperio la base jurídica de la Constitución de la Confederación Germánica del Norte y de los tratados. Todas las tentativas de los pequeños partidos de expresar en la Constitución los derechos del pueblo a la libertad fueron rechazadas, hasta la propuesta del centro católico acerca de la inclusión de los artículos de la Constitución prusiana referentes a la garantía de la libertad de prensa, de reunión y de asociación y a la independencia de la Iglesia. De este modo, la Constitución prusiana, cercenada dos o tres veces, era más liberal aún que la Constitución del Imperio. Los impuestos no se votaban anualmente, sino que se establecían de una vez y para siempre, “por la ley”, así que quedaba descartada para el Reichstag la posibilidad de rechazar la aprobación de los mismos. De esta manera se aplicó a Alemania la doctrina prusiana, incomprensible en el mundo constitucional no alemán, según la cual los representantes del pueblo sólo tenían el derecho en el papel a rechazar los gastos, mientras que el gobierno recogía en su saco los ingresos en moneda contante y sonante. Sin embargo, a la vez que se privaba al Reichstag de los mejores medios de poder y se le reducía a la humilde posición de la Cámara prusiana, quebrantada por las revisiones de 1849 y de 1850, por la camarilla de Manteuffel, por el conflicto y por Sadowa, el Consejo federal dispone, en lo fundamental, de toda la plenitud de poder que poseía nominalmente la antigua Dieta federal y dispone de esa plenitud de hecho, ya que se ve libre de las trabas que paralizaban la Dieta federal. El Consejo federal, además de tener un voto decisivo en la legislación, a la par que el Reichstag, es, a la vez, la máxima instancia administrativa, puesto que promulga decretos sobre la aplicación de las leyes del Imperio y, además, adopta acuerdos sobre “las deficiencias que surgen al poner en práctica las leyes del Imperio…”, es decir, de las deficiencias que en otros Estados civilizados sólo pueden ser eliminadas mediante una nueva ley (artículo 7, ß 3, que recuerda mucho un caso de conflicto jurídico).

 

Así, Bismarck no procuraba apoyarse principalmente en el Reichstag, que representa la unidad nacional, sino en el Consejo federal, que representa la dispersión particularista. No tuvo el valor, a pesar de que se hacía pasar por un portavoz de la idea nacional, de ponerse realmente al frente de la nación o de los representantes de ésta; la democracia debía servirle a él, y no él a la democracia; Bismarck no se fiaba en el pueblo, sino más bien en las intrigas de entre bastidores, en su habilidad de amañarse, con ayuda de medios diplomáticos, de la miel y del látigo, una mayoría aunque recalcitrante, en el Consejo federal. La estrechez de concepción y la mezquindad de criterio que se revelan aquí responden perfectamente al carácter de ese señor tal y como lo hemos conocido hasta ahora. Sin embargo, no debe asombrarnos el que sus grandes éxitos no le hayan ayudado a situarse aunque no fuese más que por un instante por encima de su propio nivel.

 

Sea como fuere, todo se redujo a dar a la Constitución del Imperio un eje único y fuerte, es decir, el canciller del Imperio. El Consejo federal debía llegar a ocupar una posición que hiciese imposible otro poder ejecutivo responsable que no fuese el del canciller del Imperio y, en virtud de ello, descartase la posibilidad de existencia de ministros responsables del Imperio. En efecto, todo intento de organizar la administración del Imperio mediante la Constitución de un ministerio responsable se entendía como un atentado a los derechos del Consejo federal y tropezaba con una resistencia insuperable. Como se advirtió pronto, la Constitución estaba “hecha a la medida” de Bismarck. Significaba un paso más por el camino de su poder dictatorial mediante el balanceo entre los partidos en el Reichstag y entre los Estados particularistas en el Consejo federal, significaba un paso más por el camino del bonapartismo.

 

Por lo demás, no se puede decir que la nueva Constitución del Imperio, sin contar algunas concesiones a Baviera y a Wurtemberg, sea un paso directamente atrás. Pero eso es lo mejor que se puede decir de ella. Las necesidades económicas de la burguesía fueron satisfechas en lo esencial, y ante sus pretensiones políticas, por cuanto las presentaba todavía, se levantaron las mismas barreras que en el período del conflicto.

 

¡Por cuanto la burguesía presentaba aún pretensiones políticas! En efecto, es incontestable que esas pretensiones se reducían en boca de los liberales nacionales a proporciones muy modestas y disminuían cada día. Estos señores, muy lejos de pretender que Bismarck les diese facilidades de colaborar con él, aspiraban más bien agradarle donde fuese posible y, con frecuencia, incluso donde no lo era ni debía serlo. Nadie reprocha a Bismarck el despreciarlos, pero ¿acaso los junkers habían sido siquiera un poco mejores o más valientes? El dominio siguiente, en el que había que instaurar la unidad del Imperio, la circulación monetaria, fue puesto en orden por las leyes promulgadas de 1873 a 1875 sobre la moneda y los bancos. El establecimiento del patrón de oro ha sido un progreso significativo, pero se ha llevado a cabo lentamente y con muchas vacilaciones, y no cuenta incluso ahora con una base bastante firme. El sistema monetario adoptado, en el que se ha tomado como base bajo el nombre de marco el tercio de tálero, admitido con división decimal, fue propuesto ya a fines de los años 30 por Soetbeer; de hecho, la unidad era la moneda de veinte marcos de oro. Cambiando de un modo casi imperceptible el valor de la misma se podría hacerla equivalente, ya bien al soberano inglés, ya bien a la moneda de 25 francos de oro, ya bien a la de cinco dólares de oro norteamericanos e incorporarse de este modo a uno de los tres sistemas monetarios principales del mercado mundial. Sin embargo se prefirió crear un sistema monetario propio, dificultando sin necesidad el comercio y los cálculos de las cotizaciones. Las leyes sobre el papel moneda del Imperio y los bancos limitaban la especulación en títulos de los pequeños Estados y sus bancos y, vista la quiebra que se produjo mientras tanto, procedían con cierta cautela perfectamente justificable para Alemania, todavía carente de experiencia en este dominio. También aquí, los intereses económicos de la burguesía se tuvieron debidamente en cuenta.

 

Finalmente había que implantar una legislación única en la esfera de la justicia. La resistencia de los Estados medios a la extensión de la competencia del Imperio al derecho civil material fue superada, pero el código civil está todavía en fase de elaboración, mientras que la ley penal, el procedimiento penal y civil, el derecho comercial, la legislación sobre las quiebras y la organización judicial obedecen ya a un modelo uniforme. La supresión de las normas jurídicas materiales y formales abigarradas de los pequeños Estados era ya, de por sí, una necesidad imperiosa del continuo progreso de la sociedad burguesa y constituye también el principal mérito de las nuevas leyes, mucho mayor que su contenido.

 

El jurista inglés se apoya en un pasado jurídico que ha salvado, a través de la Edad Media, una buena parte de la antigua libertad germánica, que ignora el Estado policíaco, estrangulado ya en su embrión por las dos revoluciones del siglo XVII, y ha alcanzado su apogeo en dos siglos de desarrollo continuo de la libertad civil. El jurista francés se apoya en la Gran Revolución que, después de acabar con el feudalismo y la arbitrariedad policíaca absolutista tradujo las condiciones de vida económica de la sociedad moderna recién nacida al lenguaje de las normas jurídicas en su clásico código proclamado por Napoleón. Y ¿cuál es, pues, la base histórica en que se apoyan nuestros juristas alemanes? Nada más que el proceso de descomposición secular y pasivo de los vestigios de la Edad Media, acelerado en su mayor parte por golpes desde fuera y que, todavía hoy, no ha terminado: una sociedad económicamente atrasada, en la que el junker feudal y el maestro de un gremio andan como fantasmas en busca de nuevo cuerpo para encarnarse; una situación jurídica, en el que, la arbitrariedad policíaca -habiendo desaparecido en 1848 la justicia secreta de los príncipes- abre todavía una hendedura tras otra. De estas escuelas, peores de las peores, salieron los padres de los nuevos códigos del Imperio, y la obra ha salido al estilo de la casa sin hablar ya del aspecto puramente jurídico, la libertad política se las ha visto negras en esos códigos. Si los tribunales de regidores[73] dan a la burguesía y la pequeña burguesía la posibilidad de participar en la obra de refrenar a la clase obrera, el Estado se protege en la medida de lo posible contra el peligro de una oposición burguesa renovada limitando la competencia de los tribunales de jurados. Los puntos políticos del código penal son en muchos casos tan indefinidos y elásticos como si estuvieran cortados a la medida del actual tribunal del Imperio, y éste, a la de aquéllos. De suyo se entiende que esos nuevos códigos son un paso adelante en comparación con el derecho civil prusiano, código que ni siquiera Stucker podría fabricar hoy algo más siniestro aunque lo castrasen. Pero, las provincias que han conocido hasta ahora el derecho francés sienten mucho la diferencia entre la copia descolorida y el original clásico. Y precisamente la renuncia de los liberales nacionales a su programa hizo posible este reforzamiento del poder estatal a cuenta de las libertades civiles, ese auténtico primer paso atrás.

 

Cabe mencionar, además, la ley de prensa promulgada por el Imperio. El código penal ya había reglamentado en lo esencial el derecho material en todo lo referente a este problema; trátase del establecimiento de disposiciones formales idénticas para todo el Imperio, la supresión de las cauciones y los derechos de timbre que subsistían aún en unos u otros lugares, que constituían el principal contenido de esa ley y, a la vez, el único progreso logrado en este dominio.

 

A fin de que Prusia pudiese presentarse una vez más como un Estado modelo se implantó en ella la llamada administración autónoma. Tratábase de suprimir los más chocantes vestigios de feudalismo y, al propio tiempo, dejar en lo posible las cosas como estaban. Para eso sirvió la ordenanza de los distritos[74]. El poder policíaco de los señores junkers en sus fincas era ya un anacronismo. Había sido abolido en cuanto a la designación, como privilegio feudal, pero restaurada en cuanto al fondo, al crearse los distritos rurales autónomos [Gutsbezirke], dentro de los cuales el propietario es, ya personalmente, el prepósito [Gutsvorsteher] con atribuciones de preboste rural [landlicher Gemeindevorsteher], ya el que nombra a semejante prepósito; este poder de los junkers fue restaurado de hecho también merced a la transferencia de todo el poder policial y de toda la jurisdicción policial dentro del distrito administrativo [Amtsbezirk] al jefe de distrito [Amtsvorsteher], que en el campo ha sido casi siempre un gran propietario de tierra; bajo su férula se hallaban, por tanto, las comunidades rurales. Fueron abolidos los privilegios feudales de los particulares, pero la plenitud de poder ligada a ello fue dada a la clase entera. Con ayuda de semejante escamoteo, los grandes propietarios de tierra ingleses se transformaron en jueces de paz, en amos y señores de la administración rural, de la policía y de los organismos inferiores de la jurisdicción, asegurándose de este modo, bajo un título nuevo, modernizado, el continuo usufructo de todos los puestos de poder esenciales que ya no podían mantener en sus manos bajo la vieja forma feudal. Pero ésa es la única similitud entre la “administración autónoma” alemana y la inglesa. Quisiera yo ver al ministro inglés que se atreviese proponer al Parlamento que los funcionarios elegidos para cargos administrativos locales necesitasen ser aprobados por el gobierno, que, en caso de voto de oposición, el gobierno pudiese imponer los suplentes, que se instituyeran los cargos de funcionarios del Estado con las atribuciones de los Landraths prusianos, de miembros de administraciones de distrito y de oberpresidentes; proponer la injerencia de la administración estatal, prevista en la ordenanza de los distritos, en los asuntos interiores de las comunidades, los distritos y las comarcas; proponer la supresión del derecho de recurrir a los tribunales, tal y como se dice casi en cada página de la ordenanza de los distritos, completamente inaudito en los países de habla inglesa y de derecho inglés. Y mientras las asambleas de distrito y las provinciales constan siempre, a la manera feudal antigua, de representantes de tres estamentos -los grandes propietarios de tierras, las ciudades y las comunidades rurales-, en Inglaterra, hasta el gobierno más archiconservador presenta un proyecto de ley acerca de la entrega de toda la administración de los condados a organismos mediante un sufragio casi universal[75].

 

El proyecto de ordenanza de los distritos para las seis provincias orientales (1871) fue la primera prueba de que Bismarck no pensaba disolver a Prusia en Alemania, sino que, al contrario, se disponía a reforzar más aún este baluarte del viejo prusianismo, es decir, estas seis provincias. Los junkers han conservado, bajo otro nombre, todos los poderes esenciales, que les aseguran su dominación, mientras que los ilotas de Alemania, los obreros agrícolas de estas regiones, tanto los domésticos, como los jornaleros, siguen, en realidad, bajo el régimen de la servidumbre, lo mismo que antes, siendo admitidos a cumplir sólo dos funciones públicas: ser soldados y servir de ganado de votación a los junkers durante las elecciones al Reichstag. El servicio que Bismarck ha prestado con eso al partido revolucionario socialista es inexpresable y merece toda clase de agradecimiento.

 

Ahora bien, ¿qué cabe decir de la estupidez de los señores junkers, que, igual que los niños mal educados, patalean protestando contra esta ordenanza de los distritos, implantada exclusivamente en beneficio suyo, en aras de mantener sus privilegios feudales disimulados con una denominación ligeramente modernizada? La Cámara prusiana de los señores, mejor dicho, la Cámara de los junkers, comenzó por rechazar el proyecto, al que se estuvo dando largas durante casi un año, y no lo aceptó hasta que no sobrevino una “hornada” de 24 “señores” nuevos. Los junkers prusianos volvieron a mostrar que eran unos reaccionarios mezquinos, empedernidos, incurables, incapaces de formar el núcleo de un gran partido independiente que asumiese un papel histórico en la vida de la nación, como lo hacen en realidad los grandes propietarios de tierras ingleses. Con eso han confirmado la ausencia completa de juicio; a Bismarck no le quedaba más que hacer patente ante el mundo entero que tampoco tenían carácter, y una pequeña presión ejercida con habilidad los trasformó en partido de Bismarck sans phrase. Y para eso debía servir el Kulturkampf[76].

 

La ejecución del plan imperial prusiano-alemán debía producir, como contragolpe, la agrupación en un partido de todos los elementos antiprusianos que se basaban en el anterior desarrollo aparte. Estos elementos de todo pelaje hallaron una bandera común en el ultramontanismo[77]. La rebelión del sentido común humano, hasta entre los numerosos católicos ortodoxos, contra el nuevo dogma de la infalibilidad del papa, por una parte, y, por otra, la supresión de los Estados de la Iglesia y el pretendido cautiverio del papa en Roma[78] obligaron a todas las fuerzas militantes del catolicismo a unirse más estrechamente. Así, ya durante la guerra, en otoño de 1870, en el Landtag prusiano se constituyó el partido específicamente católico del centro; ese partido entró en el primer Reichstag alemán (1871) nada más que con 57 representantes, aumentando ese número con cada nueva elección hasta pasar de 100. Constaba de los elementos más diversos. En Prusia, formaban su fuerza principal los pequeños campesinos renanos, que se consideraban todavía como “prusianos por la fuerza”; luego estaban los terratenientes y los campesinos de los obispados westfalianos de Münster y Paderborn y de la Silesia católica. El otro contingente importante procedía de entre los católicos del Sur, sobre todo de entre los bávaros. Sin embargo, la fuerza del centro no consistía tanto en la religión católica cuanto en que expresaba las antipatías de las masas populares hacia todo lo específicamente prusiano, que pretendía ahora a la dominación en Alemania. Esta antipatía era particularmente sensible en las zonas católicas; al propio tiempo se advertía la simpatía respecto de Austria, que había sido expulsada de Alemania. De acuerdo con estas dos corrientes populares, el centro ocupó una posición resueltamente particularista y federalista.

 

Este carácter esencialmente antiprusiano del centro fue advertido inmediatamente por las otras fracciones pequeñas del Reichstag que estaban en contra de Prusia por razones locales, y no de carácter nacional y general, como los socialdemócratas. No sólo los católicos -polacos y alsacianos-, sino hasta los protestantes welfos[79] se aliaron estrechamente al partido del centro. Y, aunque las minorías burguesas liberales jamás habían comprendido el auténtico carácter de los llamados ultramontanos, mostraron que, no obstante, tenían cierta idea del estado real de las cosas al dar al centro el título de “sin patria” y “enemigo del Imperio”…[xxxvii]

 

Notas al pie de página de la edición de Editorial Progreso

 

[i] Alejandro I. (N. de la Edit.)

 

[ii] Glosa marginal de Engels, a lápiz: “Weert”. (N. de la Edit.)

 

[iii] Ambas citas han sido tomadas de la poesía de C. Hinkel, “La canción de la Unión”. (N. de la Edit.)

 

[iv] De la poesía de E. M. Arndt, “Des Deutschen Vaterland”. (N. de la Edit.)

 

[v] Hoffman von Fallersleben, Lied der Deutschen. (“Desde el Mosa hasta Memel, desde el Adigio hasta el Belt, Alemania, Alemania por encima de todo, por encima de todo en el mundo”). (N. de la Edit.)

 

[vi] Véase la poesía de E. M. Arndt “Des Deutschen Vaterland”. (N. de la Edit.)

 

[vii] Glosa marginal de Engels, a lápiz: “Paz de Westfalia y paz de Teschen”[9]. (N. de la Edit.)

 

[viii] En el manuscrito se lee la siguiente glosa de Engels hecha a mano: “Alemania-Polonia”. (N. de la Edit.)

 

[ix] La guerra de Crimea fue una comedia colosal única de errores, en la que uno se preguntaba ante cada escena nueva: ¿quién será ahora el engañado? Pero la comedia costó inestimables recursos y más de un millón de vidas (continúa en la ) humanas. Apenas comenzó la lucha, Austria entró en los principados danubianos; los rusos se replegaron frente a ella y, por tanto, mientras Austria permanecía neutral, una guerra contra Turquía en la frontera terrestre de Rusia era imposible. Pero se podía tener a Austria como aliada en una guerra en las fronteras rusas sólo en el caso de que la guerra se librase en serio con el fin de restaurar Polonia y de hacer retroceder para mucho tiempo la frontera occidental de Rusia. Entonces, Prusia, a través de la cual Rusia recibía aún todas las mercancías importadas, se vería obligada a adherirse, Rusia se encontraría bloqueada tanto por tierra como por mar y habría de sucumbir rápidamente. Pero no era ésa la intención de los aliados. Al contrario, ellos se sentían felices de haber descartado todo peligro de una guerra seria. Palmerston aconsejó trasladar el teatro de operaciones a Crimea, lo que deseaba la propia Rusia, y Luis Napoleón lo consintió de muy buen grado. En Crimea, la guerra sólo podía ser una apariencia de guerra, y en tal caso todos los participantes principales quedarían satisfechos. Pero, el emperador Nicolás se metió en la cabeza la idea de que era necesario librar en ese teatro una guerra seria, habiendo olvidado que, si bien era un terreno propicio para una apariencia de guerra, no lo era para una guerra de verdad. Lo que constituía la fuerza de Rusia en la defensa -la enorme extensión de su territorio poco poblado, impracticable y pobre en recursos de abastecimiento- se volvía en contra de ella en una guerra ofensiva, y eso no se manifestaba en ninguna parte con más fuerza que precisamente en la dirección de Crimea. Las estepas de la Rusia meridional, que debían ser la sepultura de los agresores, se convirtieron en sepultura de los ejércitos rusos que Nicolás lanzaba unos tras otros con estúpida brutalidad contra Sebastopol hasta la mitad del invierno. Y cuando la última columna, formada de prisa y corriendo, pertrechada a duras penas, miserablemente abastecida, perdió en el camino dos tercios de sus efectivos (batallones enteros sucumbían en las tempestades de nieve), cuando el resto del ejército no era ya capaz de expulsar al enemigo del suelo ruso, el cabeza de chorlito de Nicolás perdió miserablemente el ánimo y se envenenó. Desde este momento, la guerra volvió a ser una guerra ficticia y se marchó hacia la conclusión de la paz. (N. de Engels)

 

[x] Engels emplea aquí la expresión: Mehrer des Reiches, que era parte del título de los emperadores del Sacro Imperio Romano en la Edad Media. (N. de la Edit.)

 

[xi] Glosa marginal de Engels, a lápiz: “Orsini”. (N. de la Edit.)

 

[xii] Marx y yo hemos tenido más de una ocasión para convencernos sobre el terreno de que ese era el estado de ánimo a la sazón en Renania. Los industriales de la orilla izquierda me preguntaban, entre otras cosas, cómo repercutiría en sus empresas el paso a las tarifas aduaneras francesas. (N. de Engels)

 

[xiii] Guillermo I. (N. de la Edit.)

 

[xiv] Beauvau. (N. de la Edit.)

 

[xv] Rheinische Zeitung[27] discutió en 1842, desde este punto de vista, la cuestión de la hegemonía prusiana. Gervinus me dijo ya en verano de 1843 en Ostende: Prusia debe ponerse al frente de Alemania, pero eso requiere tres condiciones: Prusia debe dar una Constitución, debe dar la libertad de prensa y aplicar una política exterior más definida. (N. de Engels)

 

[xvi] Hasta en los tiempos de Kulturkampf[29], los industriales renanos se me quejaban de que no podían promover a contramaestres a excelentes obreros debido a que éstos carecían de conocimientos escolares suficientes. Eso se refería más que nada a las comarcas católicas. (N. de Engels)

 

[xvii] Glosa marginal de Engels: “Escuelas medias para la burguesía”. (N. de la Edit.)

 

[xviii]

¿Se habrá visto cosa pareja

A la de lo ocurrido con el alcalde Tschech?

No acertó en ese gordiflón

A dos pasos de distancia!

 

(N. de la Edit.)

[xix] Al príncipe Guillermo, posteriormente, emperador Guillermo I. (N. de la Edit.)

 

[xx] Federico Guillermo. (N. de la Edit.)

 

[xxi] Alejandro II. (N. de la Edit.)

 

 

Notas a la edición de Editorial Progreso

 

[1] La presente obra constituye el cuarto capítulo del folleto ideado, pero no terminado por Engels El papel de la violencia en la historia. Los tres primeros capítulos del trabajo debían constituir, en forma revisada, los capítulos de la sección segunda de Anti-Dühring, unidos por el título común La teoría de la violencia. Engels tenía intención de someter en el folleto a un análisis crítico toda la política de Bismarck y mostrar en el ejemplo de la historia de Alemania después de 1848 la justeza de las conclusiones teóricas sacadas en Anti-Dühring acerca de la relación mutua entre la economía y la política. El capítulo no fue terminado. Engels analiza en él el desarrollo de Alemania hasta 1888.

En la obra El papel de la violencia en la historia Engels da una clara definición de las posibles vías de la unificación de Alemania, explicando las causas que condicionaron su unión “desde arriba”, bajo la hegemonía de Prusia. Al señalar el carácter progresivo del propio hecho de la unificación, a pesar de haberse operado por esta vía, Engels pone al desnudo al mismo tiempo, la limitación histórica y el carácter bonapartista de la política de Bismarck, que condujo, en última instancia, a la formación en Alemania de un Estado policíaco, a la prepotencia de los junkers, al crecimiento del militarismo. Engels desenmascara la ambigüedad y la cobardía de la burguesía prusiana, incapaz de defender hasta el fin sus propios intereses y conseguir la liquidación completa de las supervivencias feudales. Engels critica acerbamente la política militar belicosa de las clases dominantes de Alemania, que encontró su expresión más nítida en el saqueo de Francia en 1871 y en la anexión de la Alsacia y Lorena. Al analizar el estado interior del Imperio alemán y la distribución de las fuerzas de clase en él, poniendo de manifiesto las contradicciones interiores que le eran inherentes desde el momento mismo de la fundación sus aspiraciones militaristas y agresivas, Engels llega a la conclusión de la inevitabilidad de su bancarrota. Del trabajo de Engels se deduce con toda evidencia que en Alemania una sola clase, el proletariado, puede pretender al papel de portavoz de los intereses realmente de todo el pueblo.

 

[2] En el Congreso de Viena (1814-1815), Austria, Inglaterra y Rusia, tras la derrota de Francia, rehicieron el mapa de Europa con el fin de restaurar las monarquías “legítimas” en contra de los intereses de la reunificación nacional e independencia de los pueblos.

 

[3] Dieta federal: órgano central de la Confederación Germánica (creada a base de la decisión del Congreso de Viena del 8 de junio de 1815; era una unión de Estados feudales absolutistas alemanes); se reunía en Francfort del Meno y era un instrumento de la política reaccionaria de los gobiernos alemanes. En 1848-1849 suspendió su actividad debido al desmoronamiento de la Confederación, reanudándola en 1850, cuando la Confederación Germánica fue restaurada. Esta dejó de existir definitivamente durante la guerra austro-prusiana de 1866.

 

[4] “Año loco” (“das tolle Jahr”): así denominaban algunos literatos e historiadores reaccionarios alemanes el año 1848. La expresión pertenece al escritor Ludwig Bechstein, quien publicó en 1833 una novela de este título dedicada a los disturbios en Erfurt en 1509.

 

[5] Se trata de la influencia que ejerció en el desarrollo del comercio internacional el descubrimiento de nuevos placeres de oro en California en 1848 y en Australia en 1851.

 

[6] Los festejos de Wartburg fueron organizados por las organizaciones estudiantiles alemanas (los burschenschafts) el 18 de octubre de 1817 en relación con el 300 aniversario de la Reforma y el 4 aniversario de la batalla de Leipzig. La fiesta se transformó en una manifestación de los estudiantes de tendencias oposicionistas contra el régimen reaccionario de Metternich y por la unidad de Alemania.

 

[7] La fiesta de Hambach: manifestación política del 27 de mayo de 1832 cerca del castillo de Hambach en el Palatinado bávaro, organizada por los representantes de la burguesía liberal y radical alemana. Los participantes de la fiesta llamaban a la unidad de todos los alemanes contra los príncipes alemanes en nombre de la lucha por las libertades burguesas y transformaciones constitucionales.

 

[8] 205 La guerra de los Treinta años (1618-1648): guerra europea provocada por la lucha entre los protestantes y católicos. Alemania fue el teatro principal de esta lucha, objeto de saqueo militar y de pretensiones anexionistas de los participantes en la guerra. Esta se acabó en 1648 con la paz de Westfalia que refrendó el fraccionamiento político de Alemania.

 

[9] La paz de Teschen: tratado de paz entre Austria, por una parte, y Prusia y Sajonia, por otra, firmado en Teschen el 24 de mayo de 1779, que concluyó la Guerra de la Herencia bávara (1778-1779). De acuerdo con ese tratado, Prusia y Austria recibieron porciones del territorio bávaro, y Sajonia una compensación en metálico. Rusia intervino como intermediario en la conclusión del tratado, siendo, junto con Francia, garante del mismo.

 

[10] La llamada diputación imperial era una comisión de representantes del Imperio alemán, elegido por la Dieta imperial en octubre de 1801. Después de prolongadas discusiones y bajo la presión de los representantes de Francia y Rusia (que concertaron en octubre de 1801 un convenio secreto sobre la regulación de las cuestiones territoriales en las regiones renanas de Alemania en favor de la Francia napoleónica), adoptó el 25 de febrero de 1803 la decisión de suprimir 112 Estados alemanes y entregar una parte considerable de sus posesiones a Baviera, Wurtemberg, Baden y Prusia.

 

[11] Se alude a la discusión y aprobación por la Dieta imperial, órgano supremo del Sacro Imperio Romano Germánico, que constaba de representantes de los Estados alemanes, de la decisión impuesta por Francia y Rusia acerca de la regulación de las cuestiones territoriales en la Alemania renana (véase la nota 207). Desde 1663, la Dieta imperial se reunía en Ratisbona.-

 

[12] Engels alude a la conclusión en París, el 3 de marzo (19 de febrero) de 1859, de un tratado secreto entre Rusia y Francia, en virtud del cual Rusia prometía ocupar la posición de favorable neutralidad en caso de guerra entre Francia y Cerdeña, por una parte, y Austria, por otra. De su parte, Francia prometió plantear la cuestión de la revisión de los artículos del tratado de paz de París de 1856 que limitaban la soberanía de Rusia en el Mar Negro.

 

[13] Trátase del golpe de Estado organizado por Luis Bonaparte el 2 de diciembre de 1851, que dio comienzo al régimen bonapartista del Segundo Imperio.

 

[14] Engels alude a los hechos siguientes de la biografía de Luis Bonaparte: deseando ganarse popularidad, éste trataba de granjearse la confianza de distintos partidos de oposición, en particular de los carbonarios italianos; en 1832 tomó la ciudadanía suiza en el cantón Thurgau; el 30 de octubre de 1836, con ayuda de dos regimientos de artillería intentó levantar un motín en Estrasburgo; en 1848, durante la estancia en Inglaterra, se alistó como voluntario al cuerpo de constables especiales (en Inglaterra, reserva de la policía constituida por civiles), que tomaron parte en la disolución de la manifestación de los cartistas el 10 de abril de 1848.

 

[15] Trátase de las fronteras de Francia, establecidas por la paz de Lunéville, concertada entre Francia y Austria el 9 de febrero de 1801. El tratado de paz refrendó la ampliación de las fronteras de Francia como resultado de las guerras contra la primera y la segunda coaliciones y, en particular, la anexión de la orilla izquierda del Rin, de Bélgica y de Luxemburgo.

 

[16] Trátase del Congreso de representantes de Francia, Inglaterra, Austria, Rusia, Cerdeña, Prusia y Turquía en París, que tuvo como resultado la firma, el 30 de marzo de 1856, del Tratado de paz de París, poniendo fin a la guerra de Crimea de 1853-1856.

 

[17] La guerra italiana: guerra de Francia y Piamonte contra Austria, desencadenada por Napoleón III so falso pretexto de liberación de Italia. Lo que quería Napoleón III, en realidad, era conquistar nuevos territorios y consolidar el régimen bonapartista en Francia. Sin embargo, asustado por la gran envergadura del movimiento de liberación nacional en Italia y empeñado en mantener el fraccionamiento político de ésta, Napoleón III concertó una paz separada con Austria. Francia se quedó con Saboya y Niza. Lombardía pas