¿Por qué se está beneficiando la ultraderecha de la crisis del capitalismo?

por Alejandro Valenzuela y Barry Grey//

Las elecciones alemanas del domingo vieron el surgimiento de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD, siglas en alemán) y el colapso de la fuerza oficialmente de izquierda, el Partido Socialdemócrata (SPD). La votación de más de noventa diputados del AfD marca la primera vez desde el final del Tercer Reich que políticos explícitamente fascistas y racistas integrarán la legislatura nacional.

Lejos de ser una excepción, el triunfo electoral del partido neofascista de Alemania es parte de un patrón que se sigue repitiendo, una y otra vez, en toda Europa e internacionalmente.

El ultraderechista Partido de la Independencia de Reino Unido (UKIP, siglas en inglés), emergió como la fuerza política líder en el plebiscito del año pasado sobre la salida de la Unión Europea o brexit. En Francia, la dirigente del Frente Nacional, Marine Le Pen, alcanzó la segunda ronda en las elecciones generales del año pasado, consiguiendo el 34 por ciento de los votos, el doble del resultado de su padre en el 2002. En las elecciones del próximo mes, se espera que el neofascista Partido de la Libertad de Austria forme parte del Gobierno nacional.

En Estados Unidos, Donald Trump, un especulador de bienes raíces y estrella de televisión multimillonario y de orientación fascista, ganó las elecciones del año pasado, llevando al poder al Gobierno más derechista en la historia de EUA.

Estos acontecimientos suscitan las siguientes interrogantes: ¿Por qué es que la década después de la peor crisis del capitalismo mundial desde los años treinta, la cual hizo colapsar todo el sistema financiero y provocó medidas brutales de austeridad y militarismo internacionalmente, ha traído consigo un fortalecimiento paulatino de los partidos ultraderechistas? Más allá de fracasar en ganar apoyo después de presidir el desmantelamiento de programas sociales y el empobrecimiento de amplias capas de la clase trabajadora, ¿por qué sufren los partidos socialdemócratas y laboristas una derrota tras otra?

Durante la última década y a raíz de un proceso -particularmente desde la disolución de la Unión Soviética- hace cuatro décadas, lo que es presentado como la política de izquierda se ha disociado completamente de cualquier oposición al capitalismo. El Partido Laborista británico, el Partido Laborista australiano, el Partido Socialista francés, el Partido Socialdemócrata alemán y el Partido Demócrata en EUA todos han abandonado toda orientación hacia la clase trabajadora o atención a las dificultades sociales que enfrentan. Han sustituido las cuestiones de clase por las de identidades raciales y de género, un fundamento falso y reaccionario en política.

Las fuerzas políticas más reaccionarias han explotado el vacío creado por la ausencia de un desafío al sistema capitalista, permitiéndoles presentarse como representantes de las masas. Se han esforzado para desviar el descontento social a lo largo de líneas derechistas y nacionalistas. Su postura populista es completamente cínica, demandando al mismo tiempo drásticos recortes sociales y mayores reducciones de los impuestos para la élite corporativa

No es el caso que las masas de trabajadores apoyen políticas racistas ni fascistas. Los votos que han recibido estos partidos han sido principalmente de protesta contra los partidos establecidos, que no han ofrecido ninguna respuesta progresista al descontento popular. Las masas saben muy bien que los partidos de “izquierda” han estado directamente implicados en la imposición de los dictados de austeridad de los bancos y las corporaciones.

En Reino Unido, el Partido Laborista bajo Tony Blair y, luego, Gordon Brown continuó expandiendo las políticas de recortes sociales y ataques contra las huelgas de Margaret Thatcher y su sucesor tory, John Major.

Por su parte, el Gobierno de François Hollande del Partido Socialista francés impuso la primera ronda de “reformas” laborales en ofensiva contra los derechos y las protecciones laborales, rebajándoles los impuestos a los ricos e implementando un estado de emergencia permanente. Su sucesor, Emmanuel Macron, quien ya impuso una ley de “reforma” laboral de mayor alcance por medio de un decreto ejecutivo y está exigiendo mayores recortes sociales, fue ministro bajo Hollande.

En Alemania, fue el Gobierno de la coalición entre el SPD y el Partido Verde de 1998 al 2005 que comenzó la destrucción del Estado de bienestar de la posguerra mediante su Agenda 2010 y leyes Hartz. En estas elecciones, lejos de ofrecer una alternativa al AfD, los socialdemócratas buscaron anteponerse a los neofascistas en llamar por un mayor rearme militar, ataques más severos contra los inmigrantes y un reforzamiento más extenso de la policía. El SPD no enfocó sus ataques en la ultraderecha, sino en el “extremismo izquierdista”.

El modelo de la “izquierda” en la imposición de una austeridad salvaje es el Gobierno de Syriza en Grecia, el cual llegó al poder en el 2015 prometiendo desafiar los dictados de austeridad de la Unión Europea pero rápidamente tomó las riendas del régimen austero. Luego, hizo caso omiso al resultado contra los recortes de un referéndum popular que convocó y puso en marcha medidas aún más brutales que las de sus antecesores conservadores y socialdemócratas.

En EUA, la Administración demócrata de Obama, la cual llegó al poder prometiendo un “cambio en el que puedes creer”, expandió el rescate financiero a Wall Street, atacó los servicios sociales y el acceso a la salud y presidió la mayor transferencia de riqueza de los pobres a los ricos en la historia del país.

Ante la ofensiva de Trump, los demócratas han abandonado toda defensa de los inmigrantes, permaneciendo callados sobre su nuevo y expandido veto a viajantes. En cambio, han declarado su disposición para colaborar con Trump en cuestiones económicas, incluyendo los recortes fiscales para los ricos y nuevos ataques contra el cuidado de salud.

Conforme la Casa Blanca amenaza a Corea del Norte con un genocidio nuclear y a Irán con guerra, el Partido Demócrata se mantiene obsesivamente avanzando su campaña mccarthista contra Rusia. En esto, está aliado con las facciones dominantes del “Estado profundo” militar y de inteligencia, el cual demanda que Trump avance una política más agresiva contra Moscú.

Pese a las demonstraciones de masas en EUA y alrededor del mundo durante la inauguración de Trump (en las que los demócratas tomaron pasos para suprimir y encauzar esta oposición detrás de su cruzada militarista contra Rusia), el poder de iniciativa descansa hoy en manos de las fuerzas más derechistas dentro y alrededor del Partido Republicano.

Trump y su exasesor en la Casa Blanca, Stephen Bannon de Breitbart News, buscan trabajar en tándem para crear la base de un movimiento fascista en EUA.

Esta semana, en un discurso de campaña en apoyo del fundamentalista cristiano y ultraderechista, Roy Moore, quien ganó la primaria republicana el martes para el escaño en el Senado para Alabama, Bannon hizo una apelación de tinte fascista al desconcierto social entre trabajadores y otras capas oprimidas. El multimillonario exbanquero de Goldman Sachs denunció a “la clase corporativista, donante, consultora, de cabilderos de la calle K, vendedores de influencias y políticos” y a los “crímenes económicos de odio contra los trabajadores y trabajadoras de este país”.

“Han destripado a este país”, declaró. “Han eviscerado los puestos industriales y los han despachado al exterior”. Luego, asoció la crisis de adicciones a opioides a “las fábricas y empleos enviados a China, dejando a los trabajadores atrás en desarraigo total”.

A medida que la clase obrera permanezca subordinada a los demócratas y al sistema bipartidista en EUA –y a los partidos socialdemócratas y nacionalistas de “izquierda” en Europa, Asia y América Latina— existe un peligro real acerca del surgimiento del fascismo. El protagonismo de Kast en las elecciones presidenciales en Chile, es un concreta demostración de este aserto, mientras la izquierda se diluye en torno a los paradigmas democráticos y de consenso, la polarización de las clases sociales deja a los trabajadores sin expresión política frente a la clara identidad de las corrientes fascistas, que hoy día reivindican a Pinochet y a su dictadura como una “gesta liberadora”.

El auge de la ultraderecha demuestra que la separación de la lucha contra Trump de una movilización de la clase obrera en oposición al capitalismo sólo lleva a la bancarrota. Cien años después de la Revolución de Octubre en Rusia, la perspectiva que guio este histórico evento tiene que ser reactivada. Los bolcheviques insistieron en que la única respuesta a la guerra imperialista y la crisis social era una ofensiva frontal contra el capitalismo.

Hoy día, como lo fue entonces, la clase obrera debe tomar control de la riqueza de la élite financiera y utilizarla para reducir la desigualdad social dramáticamente. Las principales industrias y bancos tienen que ser puestas bajo propiedad pública y un control democrático que provea empleos bien remunerados, educación, vivienda, salud y una jubilación asegurada para todos. Materializar este objetivo supone poner en alto reivindicación de la revolución socialista, puesta en una perspectiva insurreccional, contra todo democartismo y cretinismo parlamentario. Para ello resulta imprescindible la agrupación de la vanguardia como partido revolucionario.

 

 (Imagen: Morton Ether, 1846)

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