Revolución Rusa: Paz, Pan y Tierra

por Fernando Armas//

Es en general conocido que estas tres consignas configuraron el “programa de acción” que motorizó la revolución rusa. Una primera consideración al respecto es que las tres consignas no podían ser concebidas por separado, sino como una unidad. Esto porque las causas que determinaban su razón de ser, es decir, la guerra, el hambre y la propiedad feudal de la tierra, tenían su origen en una crisis del sistema capitalista en su fase imperialista.

Bien miradas, ninguna de las tres consignas planteaban el socialismo, es decir, la colectivización de los medios de producción expropiación revolucionaria mediante. Se trata, pues, de consignas que, teóricamente, son reformistas, compatibles con la sobrevivencia del sistema capitalista. ¿Cómo se explica, entonces, que hayan generado una revolución gigantesca? ¿Cómo se explica que el partido que las enarboló y las llevó a la victoria fuera la fracción bolchevique de la Socialdemocracia rusa, y no las diversas corrientes liberales burguesas o pequeñoburguesas? Para responde a estas preguntas corresponde tirar varias líneas de investigación:

  • ¿Estaba “preparada” Rusia para una revolución social? Desde una mirada marxista ¿qué se entiende por revolución social?

Proponemos partir de este texto clásico para relacionarlo luego con la dinámica de la revolución de octubre y con las posibilidades revolucionarias en estos cien años hasta nuestros días:

“Prefacio a la crítica de la economía política” (extracto)
Karl Marx, 1859

En la producción social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad; estas  relaciones de producción corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus  fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real, sobre la cual se eleva una superestructura jurídica y política y a la que corresponden formas sociales determinadas de conciencia El  modo de producción de la vida material condiciona el proceso de vida social, política e intelectual en general.  No es la conciencia de los hombres la que determina la realidad; por el contrario, la realidad social es la que determina su conciencia.  

Durante el curso de su desarrollo, las  fuerzas productoras de la sociedad  entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo cual no es más que su expresión jurídica, con las relaciones de propiedad en cuyo interior se habían movido hasta entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran estas relaciones se convierten en trabas de estas fuerzas. Entonces se abre una era de  revolución social. 

Una sociedad no desaparece nunca antes de que sean desarrolladas todas las fuerzas productoras que pueda contener, y las relaciones de producción nuevas y superiores no se sustituyen jamás en ella antes de que las condiciones materiales de existencia de esas relaciones hayan sido incubadas en el seno mismo de la vieja sociedad. Por eso la humanidad no se propone nunca más que los problemas que puede resolver, pues, mirando de más cerca, se verá siempre que el problema mismo no se presenta más que cuando las condiciones materiales para resolverlo existen o se encuentran en estado de existir.

 

Una lectura literal y dogmática de este texto nos habilitaría a la siguiente interpretación: el capitalismo no ha desaparecido porque no se han desarrollado aún todas las fuerzas productoras que puede contener. Esto explicaría el “retraso” de la revolución socialista a escala mundial, y en el tema que nos ocupa en esta ponencia, la inmadurez objetiva para que la revolución rusa pudiera sostenerse en el tiempo. Así, su degeneración burocrática stalinista primero, y la restauración capitalista posterior pueden ser interpretados como fenómenos inevitables, condicionados por la vitalidad del capitalismo como sistema planetario.

Partiendo de la base que este célebre prefacio explica desde un alto nivel de abstracción (como es inevitable en cualquier generalización científica), es muy importante para su interpretación llevar esa categoría abstracta al nivel concreto de la historia, de la lucha de clases. Usemos este método para la revolución rusa:

  1. Se verifica que las viejas relaciones de producción (la incipiente y creciente relación capital/trabajo asalariado inserta en la dominante feudal) trababan el desarrollo de las fuerzas productivas. El zarismo intenta resolver esta contradicción en términos imperialistas, formando parte de uno de los bloques de la 1ª Guerra Mundial. Rusia se convierte así, por su atraso, y por su desarrollo desigual y combinado, en el eslabón más débil de la cadena imperialista.
  2. La revolución, portadora de las posibilidades de la planificación colectivista-estatista, demuestra la potencialidad de desarrollo de las fuerzas productivas. A pesar de las deformaciones burocráticas, Rusia pasa de ser el país más atrasado de Europa a conformarse como potencia mundial. (ver primeros capítulos de La Revolución Traicionada, de León Trotsky).
  3. Tal desarrollo “nacional” encuentra su límite, su techo, en el propio mercado mundial. La revolución paga el precio del atraso desde el cual se parte. El mundo capitalista desarrollado (Europa occidental, EEUU, Japón) siguen muy por encima de la URSS en su nivel de desarrollo de las fuerzas productivas.
  4. Esto demuestra que no se puede llegar al socialismo (sociedad sin explotación de clase), en un solo país. Lo que sí es posible es que se obtengan victorias parciales contra el capitalismo como sistema, incluidas revoluciones triunfantes que toman el poder y expropian al capital. Por eso hablamos de Estados Obreros y no de “países socialistas”.
  5. El prefacio, a pesar de su abstracción, contempla claramente que la revolución no es un “momento” sino un largo proceso: nos habla de una “ERA” de revolución social, y también explica que las nuevas relaciones de producción “SE INCUBAN EN EL SENO DE LA VIEJA SOCIEDAD”.
  6. Finalmente, cabe agregar que en esta “ERA” que estamos atravesando todavía, la lucha anticapitalista en general, y socialista revolucionaria en particular, ha tenido, tiene y seguirá teniendo avances y retrocesos, victorias y derrotas. Esos avatares deben ser considerados seriamente para ajustar la caracterización del tiempo histórico y las tareas que se desprenden de la misma. No hacerlo, minimizarlo, o peor aún, definir como método el exitismo a partir de un pronóstico de inevitabilidad de la victoria (como lo hace la mayor parte de los partidos de la izquierda tradicional) es un camino de confusión ideológica y política que desarma a la militancia. Los signos de barbarie del capitalismo existen, y es una tarea de los socialistas desnudarlos y combatirlos, sin presumir que para los trabajadores ya son evidentes.

 

  • El concepto metodológico de las consignas y del programa de transición

Como ya explicáramos en la breve introducción sobre el programa de acción motorizador de la revolución rusa (paz, pan y tierra), las consignas y el programa no deben ser formulados como categorías estáticas y abstractas, sino como planteamientos concretos que se deben entender en relación con toda la dinámica de la situación política, de la lucha de clases. Así, el mencionado programa de acción podía ser genéricamente suscripto hasta por fracciones del viejo régimen autocrático. ¿Quién puede estar, en general, a favor de la guerra, del hambre o de que millones de hectáreas se mantengan improductivas por el carácter feudal de la propiedad de la tierra? Sería como decir hoy “salarios dignos, pleno empleo, educación, salud, vivienda”. Es la propia lógica del proceso capitalista mundial (en esos tiempos, en una fase imperialista clásica según la descripción científica y detallada de Lenin) el que OBJETIVAMENTE niega a las grandes masas esos derechos elementales. Como los trabajadores y los campesinos no se movilizan por una finalidad estratégica, socialista revolucionaria, sino por sus reclamos inmediatos, hay que partir de esas reivindicaciones elementales para orientar el movimiento de lucha. Todo el programa de intervención de los bolcheviques en el proceso de la revolución rusa está marcado por este método de consignas transicionales: “TODO EL PODER A LOS SOVIETS DE OBREROS, CAMPESINOS Y SOLDADOS”, “ABAJO EL ZAR, ASAMBLEA CONSTITUYENTE”, “FUERA LOS MINISTROS CAPITALISTAS DEL GOBIERNO PROVISIONAL” (por nombrar sólo algunas relacionadas con la cuestión del poder político) siempre fueron formuladas concatenadas con las revindicaciones básicas, con “paz, pan y tierra”. Esto no significa que las consignas transicionales, por sí mismas, tengan un carácter “mágico”, y que de lo que se trata es de “acertar” en las mismas. De hecho, en el propio proceso de la revolución rusa hay revisiones permanentes respecto al programa y a las consignas. Pero en todos los casos lo que es fundamental es cómo presentar el programa como transicional: a partir de la lucha por las reivindicaciones mínimas progresar hacia la lucha por el poder. En la “era revolucionaria” (al decir de Marx), consideramos equivocado el concepto de separación entre “programa mínimo de reclamos reivindicativos bajo el capitalismo” y “programa socialista máximo” como eje de la propaganda. El concepto transicional no se desprende sino de una REALIDAD TRANSICIONAL, dinámica, entre la vieja sociedad que no termina de morir y la nueva sociedad que no acaba de nacer.

  • El protagonismo activo de las masas como sujeto social y como actor irreemplazable de los cambios históricos. Democracia obrera, los concejos obreros (soviets) y la acción directa de masas

En dos de sus “obras cumbre” (Historia de la Revolución Rusa y Mi Vida), León Trotsky refuta la especie de que la toma del poder por los bolcheviques en 1917 fue una suerte de “golpe de estado”. Con la fuerza argumental de lo vivencial, expone con claridad la magnitud de la participación activa de las grandes masas en los acontecimientos revolucionarios. La creación de los soviets (concejos obreros, asambleas populares), que ya habían surgido en la revolución de 1905, fueron tan sólo el canal oportuno, posible y adecuado para un potente torrente multitudinario. La característica esencial de esos soviets (que por otra parte se reproducían hacia las bases en cada territorio o barrio, en cada fábrica) era su más amplia democracia de bases. El principio de “unidad en la diversidad” se verificaba tanto políticamente (en la lucha de partidos en el seno mismo de esas asambleas) como socialmente (en la composición de obreros, intelectuales, campesinos y soldados).

Pero además, y esencialmente, los soviets marcaron una clara diferenciación con los métodos de la democracia burguesa. En esta última, las masas tienen un rol pasivo, mediante el mecanismo del sufragio universal. Votan por representantes en los cuales delegan la ejecución de los actos de gobierno, delegan el poder del estado. Tanto en el plano ejecutivo como legislativo. En cambio, el método de la democracia obrera, directa, concentra en el organismo colectivo del que se trate (en este caso, los soviets) todas las funciones: deliberación, resolución y ejecución. Prestemos atención que este método de construcción exige, por su propia naturaleza, una participación muy activa de sus protagonistas, y por lo tanto, un crecimiento cuantitativo y cualitativo en la conciencia.

En la propia revolución rusa este contraste entre democracia burguesa y democracia obrera se expresó políticamente en los debates sobre la Asamblea Constituyente (institución máxima de la primera) y su relación con los soviets, como expresión primero del doble poder, y luego de la propia dictadura del proletariado, del gobierno obrero naciente.

Los bolcheviques tomaron el poder con su mayoría en los soviets de las grandes ciudades (Moscú, Petrogrado) cuando todavía eran minoría en una Asamblea Constituyente, cuya relación de fuerzas se medía por el sufragio universal en todo el país. 

Obviamente, también es importante recordar que en un país con una estructura económica y social con amplio predominio poblacional campesino (vigencia aún del feudalismo), este contraste entre lo urbano y lo agrario profundizó el contraste entre democracia obrera y democracia burguesa.

El protagonismo de las masas también puso su impronta a la cuestión de la violencia, del armamento, de la propia insurrección. El Comité Militar Revolucionario era uno de los sub-organismos de los soviets. Más allá de que la acción militar, por su propia naturaleza, requiere especialistas y manejos específicos clandestinos, secretos, lo cierto es que se trató de una forma organizada de violencia de masas, opuesta por el vértice con el terrorismo individual, que tenía en Rusia una fuerte tradición.

Esta verificación histórica nos permite una enseñanza fundamental para nuestra militancia actual: tanto en un período de luchas defensivas (como la actual) como en una fase de ascenso de masas (como podemos caracterizar, por ejemplo, la Argentina del 2001/2002), la premisa básica para las posibilidades de éxito de cualquier movimiento es el grado de participación activa de las bases y el pleno funcionamiento de democracia directa en su seno. Y esto debe ser impulsado por los socialistas revolucionarios, más allá de las limitaciones de clase y/o políticas que tengan formas incipientes de esta democracia de bases, como el ejemplo citado más arriba.

Asimismo, en tanto la dictadura de clase de la burguesía sobre los explotados se realiza hoy por el método de la democracia basada en el sufragio universal (los trabajadores son llevados a votar por sus propios verdugos) tiene una enorme importancia, especialmente si intervenimos con listas y candidatos propios en las elecciones, desarrollar la agitación y propaganda tendiente a desenmascarar esta forma de dictadura, contrastándola con los métodos de la democracia obrera.

Algunas observaciones sobre el proceso de restauración capitalista en la URSS y otros estados emergentes de procesos revolucionarios

Para los socialistas que estamos convencidos que es necesaria una revolución que expropie al capital y organice la sociedad bajo un plan colectivista, el proceso de restauración capitalista que se ha consumado en la URSS, pero también en China, el sudeste asiático y Europa del Este, configura una derrota histórica para los objetivos estratégicos de la clase obrera mundial, tal como los concibieron Marx y Engels, y como comenzaron a llevarlos a la práctica Lenin y Trotsky.

La esencia de esta derrota consiste en que el sistema capitalista ha logrado sobrevivirse naturalizando su existencia, no sólo en los hechos, sino además en la conciencia de la abrumadora mayoría de los trabajadores del mundo. Reina la sensación que el capitalismo es la estación terminal de la evolución humana, y que a lo que más podemos aspirar los luchadores es a morigerar sus manifestaciones de barbarie.

Son conocidas las razones del proceso que culminó con la restauración capitalista: degeneración burocrática-stalinista de por medio, la teoría del “socialismo en un solo país” se demostró como inviable, en tanto el capitalismo es un sistema cada vez más globalizado. La presión del mercado mundial superó y aplastó al limitado desarrollo de las fuerzas productivas de países atrasados. La revolución proletaria nunca triunfó en los centros económicos fundamentales del sistema capitalista.

La burocracia stalinista, como correa de transmisión deformada entre ese mercado mundial globalizado, entre el Imperialismo y las masas, operó como opresora, y como beneficiaria directa, primero gozando de privilegios en la administración del Estado Obrero, y luego travestiéndose en flamante burguesía en el proceso de restauración capitalista. La caída del stalinismo no fue, pues, el resultado de una Revolución Política en la que las masas se re-apropiaran del poder, sino que fue un fenómeno absolutamente reaccionario. El potencial aspecto progresivo de la caída del stalinismo, que forma parte del exitismo de la mayor parte de la corrientes trotskistas, se ve negado por el peso del cambio de contenido de clase del Estado, y por la aceptación de las grandes masas rusas de la restauración capitalista, sin que mediara un aplastamiento a sangre y fuego, en términos fascistas, como lo pensaba Trotsky antes de su muerte, y como lo repetían las corrientes trotskistas en los 80/90.

Lejos de significar esta dura realidad un desmerecimiento de la revolución rusa, así como de los demás procesos revolucionarios del siglo XX, no sólo los reivindicamos como gestas heroicas, sino que además, desde el punto de vista estrictamente económico social, significaron saltos importantes en cuanto a conquistas de los explotados, no sólo en los países donde hubo revoluciones, sino en los propios países capitalistas más desarrollados, en tanto se crearon mejores condiciones para la lucha, incluso una relación de fuerzas potencialmente revolucionaria.

Las posibilidades revolucionarias, como las ocasiones para la lucha contra el capital, no pueden ser objeto de una programación a la medida de la perspectiva estratégica de los explotados. Es absurdo, por lo tanto, hablar de la “inoportunidad” de la revolución rusa, a partir de, con el diario del lunes, describir su proceso de degeneración posterior.

Preferimos pensar esta compleja cuestión como un proceso histórico, que como tal, no se puede medir con el calendario de las vidas biológicas de los militantes. Hablamos, pues, de marchas y contramarchas, de un proceso contradictorio, que se debe medir en décadas, o incluso, en siglos.

Hemos desarrollado hasta aquí lo que se da en llamar “factores objetivos”, tanto del proceso revolucionario, como de la reacción, de la restauración capitalista. Dejamos para el último capítulo de esta ponencia el llamado factor subjetivo.

La cuestión de la dirección revolucionaria, la cuestión del Partido

El bolchevismo leninista, y muy especialmente, su continuidad histórica, el trotskismo, atribuyó un papel decisivo a la voluntad militante (organizada en partido) como factor revolucionario. Cabe recordar esa definición trotskista clásica: “LA CRISIS DE LA HUMANIDAD SE REDUCE A LA CRISIS DE DIRECCIÓN REVOLUCIONARIA DEL PROLETARIADO”. No nos parece que esta premisa sea correcta, en tanto las propias masas no demuestren su voluntad de lucha. Hemos señalado en esta ponencia nuestra crítica a la unilateralidad con la que se aborda la supuesta “madurez objetiva” para las posibilidades revolucionarias. Negar a esta altura las posibilidades de revitalización del capitalismo (a caballo de las derrotas infringidas al movimiento obrero) es negar simplemente la realidad.

Pero también es cierto, volviendo a la Revolución Rusa, que con todas las “condiciones objetivas” dadas, no hubiera habido revolución proletaria triunfante sin partido bolchevique, sin dirección revolucionaria.

Y también es cierto que esa dirección, ese partido, no fue el resultado ocasional de acontecimientos excepcionales, sino que se forjó en un proceso largo, trabajoso, contradictorio, que se puede medir en varias décadas.

No nos referimos sólo ni restringidamente a los bolcheviques, sino en todo  caso a éstos como fracción del movimiento marxista internacional.

Es que desde mediados del siglo XIX, tomando como documento liminar el Manifiesto Comunista, hasta la victoria revolucionaria de Octubre de 1917, el marxismo conquistó la conciencia de millones de obreros e intelectuales en Europa, extendiéndose hacia todo el mundo.

Tomando como referencia organizada a la 2ª Internacional, la lucha de tendencias y fracciones tenía como caja de resonancia a partidos de masas, lo que hacía que el debate interno se abriera camino hacia las bases, no se limitara a las cúpulas.

Se trata entonces de un período histórico en el que asistimos a una elevación general de la conciencia de clase entre los trabajadores, de su politización, y de su participación activa en las distintas formas de lucha.

La selección de una vanguardia es inconcebible, a nuestro modo de ver, sin un proceso de esa característica. Aún en las derrotas políticas (por ejemplo, el apoyo a la guerra imperialista de la mayoría del Partido Socialdemócrata alemán) se produjo un aprendizaje y una selección política (los internacionalistas) que configuró una corriente histórica con incidencia real a partir de la magnitud de la 2ª Internacional, y esto a pesar de lo pequeña que era numéricamente esa fracción revolucionaria.

La Tercera Internacional Comunista intentó una superación de la Segunda a partir del impulso de la Revolución Rusa, y de hecho logró ser una referencia importante (aunque aún minoritaria) en el seno del movimiento obrero mundial. Quizás movida al principio de su construcción por una expectativa desmesurada sobre las posibilidades revolucionarias, y seguramente después como parte del papel burocrático contrarrevolucionario del stalinismo, se acuñaron las famosas 21 condiciones para que cualquier grupo o partido de los distintos rincones del mundo pudieran adherir a ella.

Hoy, a casi 100 años vista, nos parece que existió en la concepción general de ese método una deformación burocrática en nombre del centralismo democrático.

El urgentismo revolucionario primero y las necesidades del aparato stalinista después, operaron como factor liquidacionista de los procesos de maduración política (y de los debates necesarios para que ellos se produzcan) en todas las secciones de la Tercera Internacional.

Creemos que las distintas corrientes que reivindican y que se sienten herederas de la Revolución Rusa no han revisado este aspecto fundamental. Por eso (y nos referimos también y especialmente a las corrientes autoproclamadas trotskistas más importantes del planeta) reproducen al interior de sus organizaciones ese liquidacionismo, que ahoga el debate, que expulsa disidentes, y que viola sistemáticamente el centralismo democrático.

Como aprendizaje y puesta en plan de acción, creemos que es necesario recuperar los anclajes que alojen al marxismo y sus militantes en el seno de las masas, y que los innumerables grupos y partidos existentes se consideren a sí mismos como fracciones de un movimiento o gran partido (obrero, revolucionario y socialista) con amplia libertad de tendencias.

Para avanzar por ese camino habrá que superar el aislamiento de las masas, y el sectarismo, especialmente aquel que se basa en la pertenencia a un aparato del cual se depende económicamente.

Recrear el clima de confianza, de fraternidad, de debate y de espíritu crítico es la gran tarea. Creemos que es el mejor homenaje a los revolucionarios rusos de hace 100 años. A los líderes que no deben ser sacralizados, y a los militantes anónimos que hicieron posible la victoria socialista de octubre.

(el autor de este texto milita en la agrupación Socialismo Revolucionario de Argentina)

 

 

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