Cuento de Enrique Lihn: Tigre de Pascua

Hace veinte años yo era profesor de inglés. A mi hermano, el Tigre -de filosofía-, lo mataron a culatazos en el 73. Luego tuve un taxi; ahora nada. Con esto lo digo todo.

¡Tigre, a cada cual de acuerdo con sus necesidades! ¿Tan poco necesitados estábamos nosotros?

Sobrevivo, pues, en una de esas poblaciones de nombre paradójico (La Triunfadora), donde nunca antes me habría soñado poniendo los pies. Cuidadosa, cuidadosamente.

Las experiencias me sirven para ordenar una cosa, una imagen, un pensamiento, serán las que se llaman vitales. En la de sobrevivir, no se capitaliza. Puro trabajo. Se parte una y otra vez de cero. Por eso hay quienes prefieren a la sobrevida, una vida peligrosa. Así, antes, el Tigre -héroe de elección- y, ahora, los cogoteros. Son demasiados, por otro lado, quienes mendigan. Y trabajamos los cesantes encubiertos. Por dignidad o por debilidad, según como se mire la cosa. Pero la cesantía encubierta es el disfraz de la mendicidad. En suma, mendigos somos casi todos. Hasta los aficionados al cogoteo que quitan en lugar de pedir, pero sin profesionalismo.

Desde aquí veo a unos y otros ir y venir. Todos los caminos llevan al Paseo Ahumada, nuestra Roma. Aquí (por donde alguna vez tendrá que pasar el Papa) se cumple eso de que siempre hay Pascua en diciembre. Nos entregaron la calle para vigilarnos mejor. Que no se diga que no hay trabajo para todos en las fiestas de guardar, carajo. No hay tigre, hermano, que se resista a la tentación de parecer un gato si le permiten olfatear, en las calles de Bagdad, las puertas de todas las carnicerías.

Entre los que venden cualquier cosa -cuchillos a cien pesos- reconocí, denantes, a los hermanos Cárcamo. Me perdonaron la vida una noche. No sé si por caridad o por desprecio.

¡Hijos de puta! Desde entonces me miran, fijamente, sin verme. Me niegan con esa mirada vacía el derecho territorial sobre el suelo que cubro con mis pies. ¡Tanto fue lo que tuve que deshonrarme, Tigre, para no morir como tú, con gloria!

Está también la gente de paz como esa familia gorda de apellido Soto, como la pensión. Malos, pero muchos. Ocupan una buena lonja del Paseo. Para no tener que correr, compran productos “naturales”, lejos de Santiago. Si se los requisan no tienen que pagárselos a los distribuidores. Por lo demás, los pacos no le codician una piedra pómez, un mojón de luche, un cachorro o una de esas muñecas horribles que ellos mismos tejen en su media agua.

Hasta tienen un permiso municipal. A lo menos el Soto viejo que reparte la mercadería entre los suyos o la reingresa a la casa matriz en caso de peligro. Están también los payasos Cuevas. Y cuatro locas que reproducen una escena de la ópera Carmen, haciendo fonomímica.

Todo está, literalmente, botado en las calles. Un mosquerío de gente que entra y sale de las tiendas, transfigurado, en las tardes, por las luces de colores. País de mierda. Los reflejos condicionados de la oferta y la demanda. Comprar y vender basura.

En este cuadro los viejos de Pascua, que se repiten menesterosamente en la calle… sin comentarios. Con trineos hechos de catres de guagua y de restos de bicicletas. Con ciervos de sacos harineros, enarbolando unos cuernos que parecen racimos de manos llenas de sabañones. Los que no son viejos de verdad merecerían serlo por lo desbaratados que están, con sus barbas y pelucas de algodón. Algunos a medio filo. Con una guagua en brazos o un cabro chico en las rodillas. Mientras el socio les toma una polaroid caída, de cuando en vez.

Sé, por los otros, que olemos mal. A viejo curado, de población. Tú, Tigre, no ibas a oler nunca así, mientras te mataban.

Así es que, en recuerdo tuyo, me estoy quitando toda esta mierda de encima. Hasta las barbas, que son de verdad. Arranquen a perderse, cabros del carajo. Y usted, señora ¿no ha visto nunca a un mendigo de Pascua, todo desnudo?

¡Vengan a ver a un gato, señoras y señores, que tira para tigre! ¡Vengan a ver a un tigre al que van a reventar estos cobardes, a culatazos!

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