La violencia revolucionaria

por Guillermo Lora//

raíz de la violencia

El marxismo excluye, por su propia esencia, la posibilidad de una pacífica y gradual transformación de la sociedad capitalista en socialista. La teoría del colapso revolucionario es parte fundamental del socialismo científico y los que han pretendido hacerla a un lado han sido catalogados como revisionistas. Con todo, nos parece que en la última época se ha tergiversado el sentido marxista de la revolución social, correspondiendo a la ultraizquierda esa tergiversación. No se trata de un aspecto secundario que puede pasarse por alto, sino de algo que tiene muchísima importancia en el problema de la fijación de la estrategia y táctica del movimiento proletario.

Sería inexacto decir que el aporte fundamental del marxismo radica en la lucha de clases (ya señalada por los historiadores burgueses), ese aporte tiene que encontrarse en la conclusión de que esa lucha entre burguesía y proletariado lleva indefectiblemente a la dictadura del proletariado por el camino revolucionario. No hay lugar a la transformación pacífica de la sociedad porque no existen posibilidades de acomodar las relaciones de producción imperantes a las nuevas necesidades de la sociedad, sino que urge destruirlas, abolirlas, para que sean reemplazadas por otras nuevas. Marx en “Las luchas de clases en Francia de 1848 1850” escribió: “Pero detrás del derecho al trabajo está el poder sobre el capital, y detrás del poder sobre el capital la apropiación de los medios de producción (por la dictadura del proletariado, Ed.), su sumisión a la clase obrera asociada, y por consiguiente la abolición tanto del trabajo asalariado como del capital y de sus relaciones mutuas”.

Ciertamente que la revolución social no es un hecho pacífico, menos gradual, sino una verdadera catástrofe producida en la sociedad, un hecho violento. Este concepto de la revolución guarda conformidad con las leyes generales del desarrollo de la sociedad; es un salto porque se trata de la transformación de la cantidad en calidad. Marx enunció la ley más general del desarrollo de las sociedades en la siguiente forma:

“Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad chocan con las relaciones de propiedad existentes, o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y así se abre una época de revolución social. Al cambiar la base económica, se revoluciona, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella”.

De aquí se Llega a la conclusión, anotada por el mismo Marx, de que “ningún régimen social desaparece antes de haber desenvuelto sus fuerzas productoras hasta el máximo de lo que pueda alcanzar tal régimen, y ningún régimen social nuevo puede aparecer, si no halló previamente las condiciones necesarias en el régimen antiguo”.

 

el papel de la violencia

Un mecanicista -no un marxista- puede deducir de lo anterior que un régimen que se levanta sobre relaciones de producción que chocan con las poderosas tendencias de crecimiento de las fuerzas productivas, desaparecerá automáticamente. Es parte del pensamiento marxista que ese régimen caduco y reaccionario concentrará todas sus fuerzas para oponerse a su desplazamiento, esto explica por qué la violencia revolucionaria juega el papel irreemplazable de partera de la historia. Cuando se dice que los hombres realizan la historia en condiciones predeterminadas se quiere significar que la evolución histórica se produce por medio de los hombres: “las fuerzas de producción constituyen la potencia motriz de la evolución histórica, esta evolución, sin embargo, no se produce fuera de los hombres, sino por medio de los hombres” (Trotsky). Para que se produzca la revolución es preciso que se haga evidente la necesidad de cambiar las formas sociales, a fin de penmitir el ulterior desarrollo del poder humano, “entonces se produce la revolución -dice Trotsky-, no por si misma, como una salida o puesta de sol, sino gracias a la acción humana, gracias a la lucha conjunta de los hombres reunidos en clases”.

Estamos hablando de la rebelión de las fuerzas productivas -y la clase obrera es una de las más importantes- contra el régimen de la propiedad privada de los medios de producción; rebelión es ya violencia y en ese caso se exterioriza por fenómenos que nada tienen que ver con la transformación pacífica o el gradualismo: las guerras, las crisis, y las revoluciones. La revolución social quiere decir el desplazamiento de una clase por otra en el poder, resultado de la lucha de clases llevada a su mayor radicalización, y no de un entendimiento parlamentario o del pacífico sometimiento de los convencidos de su conservadurismo a los que dicen reprensentar el porvenir de la humanidad. La clave reolucionario victoriosa conquista -no recibe como obsequio- el poder político en lucha multifacética. Así termina cada período histórico y comienza otro nuevo, Después de la victoria revolucionaria, que por sí misma importa la destrucción del ordenamiento jurídico imperante de la vieja sociedad, viene la etapa destinada a dar juricidad a las transformaciones, se procede a las innovaciones legales, cuya finalidad básica es consolidar a la clase domínente. La revolución no supone la negación por principio de las reformas de todo tipo; más, llega un momento en que toda reforma es inocua y es preciso acabar con el viejo orden social. La revolución no es una adición mecánica de reformas. “Cada constitución política -leemos en Rosa Luxemburgo- es el producto de una revolución. En la historia de las clases la revolución es el acto de creación política, mientras la legislación es la expresión política de la vida de una sociedad que ha surgido ya. La lucha por las reformas no genera su propia fuerza independientemente de la revolución. Durante cada período la lucha por las reformas se lleva a cabo sólo en el sentido indicado por el ímpetu de la última revolución; y continúa en tanto que el ímpulso de ella sigue haciéndose sentir. o, para decirlo más concretamente, en cada período-histórico la lucha por las reformas se lleva a cabo solamente dentro del marco de la forma social creada por la última revolución”.

 

el proletariado encarna la violencia

En el plano clasista, es el proletariado el que encarna la rebelión de las fuerzas productivas contra las relaciones de producción imperantes, así se convierte en la expresión indiscutible de la violencia revolucionaria, esto porque su acción tiende a estructurar una nueva sociedad. La burguesía, a su turno, utiliza la violencia para prolongar indefinidamente la agonía del capitalismo y concentra y organiza su aparato represivo, ésta es una violencia reaccionaria. De aquí se deduce que la violencia de las otras clases sociales que se rebelan contra la opresión capitalista, sólo adquiere proyección revolucionaria si contribuye a aproximar a los trabajadores a la conquista del poder y se torna reaccionaria si los aleja de este objetivo. Así debe entenderse cuando el “Manifiesto Comunista” habla de actitudes revolucionarias de las capas sociales que no son obreras. La revolución social sólo puede consumarla el proletariado (debe entenderse este enunciado en sentido de que debe dirigir y fisonomizar el proceso de transformación) y, por esto mismo, es absurdo intentar sustituirlo por otra clase social y mucho menos por un determinado grupo de personas. Si la clase obrera encarna la violencia revolucionaria, los grupos foquistas, por ejemplo, cuando hablan y actúan a nombre de esta última están buscando, en los hechos, suplantar a la primera. La actuación de los guerrilleros puede ser revolucionaria o reaccionaria y sería una arbitrariedad elevar a la categoría de principio universal cualesquiera de estas conclusiones. Esas actitudes exteriores a la clase pueden adquirir proyección revolucionaria únicamente si se someten a la estrategia y movimientos del proletariado. De manera normal, las agrupaciones y organismos obreros se someten a la línea política de la clase por medio del partido político obrero. Esta regla es mucho más imperiosa tratándose de grupos de intelectuales pequeño burgueses o que por su naturaleza tienden a aislarse de las masas.

La violencia revolucionaria se exterioriza a través de las fomas de lucha propias del proletariado. En la base de esas formas de lucha se encuentran, ni duda cabe, la movilización y la acción directa de masas. Las masas al incorporarse y ganar las calles toman en sus manos la solución de sus propios problemas y de los otros sectores sociales, no de acuerdo al ordenamiento jurídico sino a sus propios intereses, a su voluntad autoritaria. La imposición de las soluciones por la clase puede adquirir las formas más diversas, de acuerdo al grado de movilización y a las circunstancias políticas imperantes. Esas formas pueden ir desde la simple presencia física de la clase, las manifestaciones, las huelgas hasta las diversas manifestaciones de la lucha armada. Pero, toda esta violencia es ejercitada por la clase, es su proyección, es su voluntad, ejecutada a través de los hombres aglutinados en el seno de ella. Así actúa la violencia revolucionaria. En la sociedad se presentan otras formas de violencia y ejecutadas a través de grupos e individuos extraños a la clase obrera, que no son necesariamente revolucionarias y que pueden concluir desorganizando la lucha obrera y perjudicando el logro de la destrucción del capitalismo.

 

formas de la violencia

La violencia revolucionaria tiene que ser considerada como multifacética, teniendo como punto de partida y como fin a la obrera. La acción directa es ya sinónimo de violencia y adquiere grados y formas diversos según las circunstancias de determinado momento. Es equívoco reducir la violencia revolucionaria al estallido de las bombas o a una cierta forma de lucha armada; mucho más si pueden llegar a ser contrarias a la revolución según quien las utilice y las motivaciones políticas a las que sirvan. El proletariado puede o no utilizar las bombas y las guerrillas, por ejemplo, pero independiente de esta circunstancia su lucha es revolucionaria y expresión de la violencia. Hay violencia revolucionaria aunque se dé el

caso extremo de que el obrero no empuñe el fusil para tomar el poder.

Siendo la estructuración de la clase obrera en partido político una de las claves para el éxito de la lucha revolucionaria, se llega a la conclusión de que es esta vanguardia a la que le corresponde organizar, concentrar y dirigir la violencia revolucionaria, que indefectiblemente es sólo una forma de manifestarse de la clase, de imponer su voluntad, de cumplir sus objetivos históricos.

Con todo, el partido revolucionario no puede actuar al margen del resto de las clases y del mismo proletariado. Lenin consideraba que para que la insurrección no acabase en un golpe blanquista debía reunir tres condiciones: “debe apoyarse no en un complot, en un partido, sino en la clase más avanzada. Esto en primer lugar. En segundo lugar, debe apoyarse en el ascenso revolucionario del pueblo. Y en tercer lugar, la insurrección debe apoyarse en aquel momento de viraje en la historia de la revolución ascendente en que la actividad de la vanguardia del pueblo sea mayor, en que mayores sean las vacilaciones en las filas de los enemigos y en las filas de los amigos débiles, a medias indecisos, de la revolución. Estas tres condiciones son las que, en el planteamiento del problema de la insurrección, diferencian al marxismo del blanquismo”.

Existe en Latinoamérica y en otras latitudes, una tendencia pequeño-burguesa que es un peligro para el porvenir del movimiento revolucionario. Nos referimos al foquismo, que considera que monopoliza la violencia revolucionaria, que la reduce a una forma particular de la lucha armada, que actúa al margen de toda consideración del momento político que se vive y que, naturalmente, se aísla de las masas. Es fácil comprender que esta tendencia es un elemento perturbador y disolvente en el camino de la construcción del partido revolucionario, desde el momento que pretende sustituir a la clase y a sus organizaciones.

No podemos por principios considerar a la violencia foquísta como revolucionaria, porque, en determinadas circunstancias, puede contribuir a apartar a la clase de su objetivo de la captura del poder político. El foquismo frecuentemente concluye como un aborto y no como una insurrección victoriosa. Sin embargo, la guerrilla puede, siempre que se den determinadas condiciones político-sociales, ser provechosamente usada por la clase revolucionaria.

La tarea fundamental de los revolucionarios es construir un fuerte partido obrero, estrecha y vitalmente vinculado con la clase, capaz de convertirse en caudillo nacional. Este trabajo paciente y poco espectacular enardece a los jóvenes intelectuales, presos de la desesperación y que sólo exigen actuar. No se trata de actuar por actuar y tampoco de usar la violencia indiscríminada, sino de organizar a la clase, concentrar sus fuerzas y conducirla a la lucha en condiciones que puedan hacer posible la victoria, aunque no siempre aseguren de antemano su logro infalible.

Los que precipitan un aborto del proceso revolucionario, los que obstaculizan la construcción del partido, los que marchan por su lado sin preocuparse del estado de ánimo de las masas, esos son sencillamente contrarrevolucionarios, aunque todos los días tiren bombas.

Todos los días vemos pruebas palpables de lo que indicamos. No pocas veces los grupos foquistas son destrozados, lo que no supone que no puedan renacer, incluso inmediatamente, y, sin embargo, al mismo tiempo, los propios elementos de la pequeña burguesía, por ejemplo los estudiantes, logran victorias significativas, como consecuencia de su lucha masiva.

Al construir un partido es preciso trabajar incansablemente para elevar el nivel de la conciencia de la clase, eso se logra enseñando a los obreros a confiar en la fuerza y eficacia de sus propias organizaciones, enseñanndoles que se libertarán recurriendo a sus propios recursos. Si aparece un grupo armado, una élite heroica, a solucionar los problemas obreros, a castigar a los verdugos de los trabajadores, cuando éstos todavía no han logrado castigarlos con sus propias manos, lo que hace es evitar que la clase se afirme como clase y contribuye a que tienda, más bien, a dispersarse, a abandonarse en brazos de fuerzas extrañas. Este es el mejor camino para concluir no construyendo partido político alguno.

Una cosa es decir que las guerrillas pueden ser viables en determinadas condiciones históricas concretas y otra muy diferente canonizarlas como la única forma. de lucha. La pequeña-burguesía ha inventado el foquismo y pretende imponerse a las masas que las considera atrasadas. De Lenin hemos aprendido que el marxismo “reconoce las más diversas formas de lucha, pero sin ‘inventarlas’, sino simplemente generalizando, organizando la lucha de las clases revolucionarias e ínfúndiéndo conciencia a aquellas formas de lucha de las clases revolucionarias que por sí mismas surgen en el curso del movimiento”. No hay una sola forma de lucha, sino que su gama es inmensa, pero no todas pueden ser aplicadas indistintamente en cualquier momento. En resumen: no hay formas de lucha de validez universal y eterna. Son las condiciones políticas las que actualizan ciertas formas de lucha y relegan al olvido a otras. Tampoco las formas de lucha están dadas para siempre, sino que son proceso en transformación y es de preveer que en el futuro nuevas condiciones impongan también nuevas formas de lucha.

Para Lenin las guerrillas eran sólo un método auxiliar y secundario con referencia a las otras formas de lucha de las masas. “Sobre este fondo se perfila -indudablemente, como algo parcial, secundario, accesorio- el fenómeno (la guerra de guerrillas)”. La guerra de guerrillas debe considerarse históricamente y preguntarse -estamos siguiendo a Lenin- “qué relación guarda con la lucha de la clase obrera, organizada y dirigida por la socialdemocracia (el partido del proletariado)”. Las guerrillas para no caer en el blanquismo deben estar estrechamente ligadas con una situación insurreccional, deben ser expresión de la lucha de las masas y deben concluir coordinando sus movimientos bajo la dirección del partido revolucionarío. El foquismo hace exactamente todo lo contrario, y por eso concluye, muchas veces, en posturas contrarias a la revolución.

 

(Publicado por primera vez en Masas, no. 413, Julio-Agosto 1972)

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