Muere el poeta estadounidense John Ashbery, el último moderno de la posmodernidad

por Antonio Lucas//

Cuando aún se hablaba de posmodernidad, John Ashbery tenía sitio propio en la cabecera de la manifestación. Pocos poetas encarnaron mejor el espíritu de lo nuevo, de lo distinto, de lo experimental sin desvaríos. Hablamos de ese momento de excitación en que todas las fórmulas del arte se podían refundar. O se debían reinventar. O, al menos, poner bajo sospecha. En ese tiempo, finales del siglo XX (alrededor de los años 70) John Ashbery, neoyorquino de Rochester y de 1927, se aupó hasta situarse en la zona preferente de una poesía que buscaba la forma de decir el mundo de otro modo. Un libro fue principal en esa expedición: Autorretrato en espejo convexo, con el que Ashbery ganó el Pulitzer, el Premio Nacional del Libro y el de la Crítica. Los tres galardones más importantes de EEUU en poesía. Y a partir de ahí, un creciente interés por sus cosas que se apagó anteayer en Hudson (Nueva York), donde el poeta murió de su propia edad con 90 años.

Reconocimientos tuvo muchos. También fue rector de la Academy of American Poets. Y laureado profesor de universidad. Y respetado crítico de arte: le interesaba por igual el clasicismo, el expresionismo abstracto y el papel de celofán de la Factory de Warhol. Pero lo que más pesa de su aventura es la poesía. Su modo de construir un territorio personalísimo que tiene uno de sus impulsos en el viento garduño de las vanguardias históricas y va tomando la postura a un momento de la Historia en el que el desengaño, el extravío y el fin de las grandes utopías establecen un nuevo orden anímico occidental. John Ashbery es un gran poeta. Una segunda vuelta de Whitman, del que hereda el fuego sagrado del hombre capaz de abrazar un país y fundar con las palabras el territorio de una fraternidad. Todavía quedan países inventados/ en los que escondernos para siempre. Es una hermosa afirmación de Ahsbery en el poema Pulgarcito.

Los años en París (década de 1960), el contacto con artistas y la ráfaga del existencialismo moduló parte de su visión de las cosas y de su escritura. El paso por España junto al poeta Frank O’Hara (curator del MoMA), caminito de Tánger, fue otra experiencia que Ashbery mantuvo fresca en la memoria. Aquí tuvo de anfitrión al escultor Martín Chirino y a otros miembros del grupo El Paso. La poesía del autor de Un país mundano recoge esa identidad fugitiva de la posmodernidad, ese signo de collage de la vida ultramoderna, la sintaxis saboteada de los poemas confeccionados como un retal de conversaciones y a veces la imposibilidad de sentido que no impide la posibilidad de reflexión. Rompió los esquemas de la poesía bien peinada y halló una nueva pulsión que lo emparenta con Auden y Wallace Stevens, a su manera, desencajando el verso, pulverizando límites, en una psicodelia de cosas cercanas. La escritura de Ashbery, en ocasiones, se abre o eleva desde una emoción que no tiene doma o no la pretende. Y que, si acaso, ya después de la escritura (o de la lectura) hallará su lógica. Como en un desquiciado dial radiofónico el poema busca su sitio, su melodía, su noticia, su señal horaria, su camino.

Eso es lo moderno de su voz. Y ése es el enigma. Y la potencia. Y también el ritmo disparado que a veces alcanza esta poesía, su música mental. No renuncia a la imagen surrealista ni a la resonancia interior del simbolismo. En su casa del barrio de Chelsea, a este lado del río Hudson, a dos esquinas de donde tenía su cripta la artista Louise Bourgeois, Ashbery fue armando un libro y otro en una fiebre de trabajo sostenida no sólo por su estímulo inflamable y fidelísimo a la poesía, también por algunas exigencias de contrato editorial que le imponían ritmos de escritura extravagantes.

Exhibía (sin mucha confianza en ser entendido) una cordialidad de galán vestido de sport. Era como si alojase un karma de cosas por hacer… Pero no perdía el sedal de la conversación, y si lo destensaba era para recogerlo al poco tiempo y continuar la charla en el punto exacto donde la dejó en suspenso. «No sé si mi escritura se ordena a partir de un caos necesario. En realidad, tampoco sé mucho de mi poesía. Mi forma de trabajar tiene algo escenográfico, escribo a mano, al dictado de quién sabe qué. Y escribo rápido, muy rápido, en un impulso irrefrenable», decía en una entrevista a este periódico en 2006. Tiene casi 30 libros de poemas. Ha traducido a Rimbaud y a Pierre Martory al inglés. Es un ensayista desconcertante. Uno de los mirlos de la Escuela de Nueva York, propensa al experimentalismo, cercana al ruidismo, sin complejo ante la dinamita de emociones que puede llevar a un hombre desde un cuadro del Parmigianino (oor ejemplo: Autorretrato en espejo convexo) al pop de Popeye. Porque Ashbery es un poeta de fuerte rigor que sabe situarse por igual en lo solemne y en el lugar chicle de lo pop y sacar de esa combinación suicida una poesía minuciosa, visual, irónica, profunda, conversadora. Puedes en la jungla del poema escuchar las voces de quienes hablan (a veces muchos hablan mucho) y la del lector. No es la suya una aspiración de claridad, sino una necesidad de decir sin someterse sólo al sentido o la comunicabilidad del verso.

Ashbery juega siempre fuerte en cualquier estadio. Igual cuando el poema es admirablemente narrativo. O abismalmente caótico. O fríamente hermético. O deliberadamente desquiciado. Un gran poema de tantos, Cabellera Berenice, es un ejercicio de prosa demótica, simplificada: a veces suena como un folletín, como una novela barata o como un diario anónimo sin pretensiones literarias. Pero suena. Ashbery sabe y quiere ser todos los poetas a la vez, como Whitman quiso transportar en la canoa del pecho a todos los hombres. No se trata sólo de fijar aquí el porqué de su extraordinaria herencia, sino de entender algo más grave y excepcional: cómo un poeta alcanza la libertad a partir de la certeza de entender la poesía como una realidad que se llama “vosotros”. Visor publicó hace años Pirografía, una antología preparada por Ashbery para Peguin, y también Galeones de abril. La extinta editorial DVD apostó por Autorretrato… y Tres poemas. Lumen lo hizo por otros títulos necesarios: Una ola, Por dónde vagaré o Un país mundano. Y algunas editoriales más tienen a este poeta en su catálogo. En España está bien difundido. A la manera de John Cage, él también podría decir esto: “No tengo nada que decir y lo estoy diciendo, eso es poesía”. Pero sí tenía que decir. Y sobre todo pulsó como pocos las teclas de un lenguaje de incertidumbres que es signo de época, de extravío, de intemperie y de verdad. En ello seguimos.

No había en su obra una clara vocación política o social. No era eso. Pero sí una extraña complicidad con el otro o con los otros. “No me interesa demasiado la idea de poesía social. Prefiero la manifestación de una conciencia cívica, de una forma moral de mirar sin ser moralizante“. Todo esto lo decía en su casa de Nueva York. Una mañana de diciembre en la que su compañero, David Kermani, preparó un té que no se enfriaba nunca. “Es que, si se sabe escuchar, en lo popular y en la calle hay una enorme belleza. Ahí es donde está la forma de comunicación más directa. Eso es lo que yo entiendo por poesía social. O lo que me interesa entender”.

John Ashbery representa la última línea de cohesión con buena parte de las poéticas que conviven en la lírica inglesa del último tercio del siglo XX. Del experimentalismo a la formalidad narrativa. Un poeta que viene de la subversión sin necesidad de hacer pancarta de sí mismo. Ni soflamas. Basta con acercarse a su obra y aceptar que sólo desafiando y asumiendo el riesgo constante se llega a la posibilidad y limitación última de las palabras. A lo auténtico de una emoción, de una sospecha, de una culpa, de un daño, de otro entusiasmo. Así es.

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