El discurso final de Allende y la revolución proletaria: Reforma o Revolución.

por Gustavo Burgos//

No debemos amar a los hombres, sino a la llama que no es humana y que los hace arder. No debemos luchar por la humanidad, sino por la llama que transforma en fuego a esta paja húmeda, inquieta, ridícula, a la que llamamos Humanidad.

Nikos Kazantzakis

El 11 de septiembre de 1973 no sólo tuvo lugar la más profunda derrota sufrida por el proletariado y los explotados de Chile, una derrota arquetípica, como la alemana del 23 o la española que culmina con el franquismo. Ese día culminó, además, la colisión entre la política reformista, de la vía pacífica (chilena) al Socialismo y los requerimientos históricos de la revolución proletaria: el choque abierto entre reforma y revolución.

Es, cuatro décadas después, ya un lugar común en la izquierda revolucionaria caracterizar a la Unidad Popular como la antesala del fascismo. Tal afirmación proviene del propio Trotsky, quien logra desentrañar la relación umbilical –de clase- entre fascismo y frentepopulismo, expresadas en las trágicas experiencias europeas de España y Francia. Efectivamente, la política de Frente Popular –propugnada por Stalin- parió profundas derrotas de alcance mundial, los regímenes de Franco y Hitler.

El Frente Popular fue, en la práctica, el último muro de contención del régimen burgués frente a la amenaza revolucionaria de los explotados. Culminado el extremo democrático de la dominación burguesa, los capitalistas sólo pueden mantener su orden social sacando a las calles a las jaurías del fascismo.

En la concepción frentepopulista, el proceso revolucionario chileno debía agotar su etapa burguesa para materializar las tareas nacionales y democráticas, para hacer viable –luego de desarrollada la “segunda independencia nacional”- la revolución socialista. Corolario de esta concepción era la necesidad de realizar este proceso apoyados en la burguesía industrial y progresista. En la UP el papel “fantasma” de la burguesía lo representaba el Partido Radical.

En 1970 estas concepciones eran conocidas, sin embargo la mayor parte de la izquierda revolucionaria chilena, fue incapaz de alzarse en contra de la concepción de la vía chilena al socialismo, que explícitamente se definía como una alternativa “democrática” (burguesa) a la dictadura del proletariado.

Sin ir más lejos, el MIR, la principal organización de la vanguardia de ese período, no fue capaz de hacer un llamado concreto frente a la elección de Allende y, una vez constituida la UP en gobierno desarrolló una ambigua política de apoyo crítico. Ningún sector de la izquierda revolucionaria chilena rompió con el frentepopulismo, con la idea etapista de la revolución. La discusión se mantuvo encapsulada en la cuestión de los métodos: voto o fusil.

Sostenemos que la verdadera disyuntiva no se agotaba en una cuestión de métodos, sino que alcanzaba la estrategia: la reforma al capitalismo o la revolución proletaria. Trataremos de representar esta tesis valiéndonos de dos textos históricos fundamentales que encarnan este enfrentamiento, los cinco discursos finales de Allende (los tres primeros de Radio Corporación y los dos últimos en Radio Magallanes) y la carta que la Coordinadora de los Cordones Industriales entregara a Allende cinco días antes del Golpe.

 Los discursos de Allende

Hace 40 años, a las 7:55 del 11 de septiembre de 1973, Salvador Allende realizaría la primera de sus cinco alocuciones a través de Radio Corporación. Es la primera de las noticias oficiales sobre el inicio de las operaciones del Golpe. Hasta el día de hoy escuchar a Allende ese 11 de septiembre estremece por su dramatismo, por representar, trágicamente, la obertura del horror pinochetista.

Pero tenemos la obligación de ir más allá de las emociones. Ya en la primera intervención de Allende se prefigura el desenlace de la jornada y del propio proceso revolucionario. Pocas veces en la historia tenemos la posibilidad de “escuchar”, en vivo, el crujido a veces monstruoso, de la lucha de clases.

Además de afirmar tener la certeza de que los militares cumplirían sus obligaciones constitucionales, Allende llama a que “el pueblo y los trabajadores, fundamentalmente, deben estar movilizados activamente, pero en sus sitios de trabajo, escuchando el llamado que pueda hacerle y las instrucciones que les dé el compañero presidente de la República”.

En éste, el momento culminante, el “compañero Presidente” llama a los trabajadores a lo que él entiende por estar movilizados: escuchar las instrucciones que él mismo dará. Esto es el resumen de tres años de vía chilena al socialismo: la subordinación de la movilización de los explotados a la institucionalidad del régimen burgués.

Esta convocatoria resumía el centro de la política de la Unidad Popular, desde la contundente respuesta de los explotados frente al Paro Patronal de Octubre de 1972. Es así como el desarrollo de los Cordones Industriales en las principales concentraciones obreras de Santiago, Concepción y Valparaíso, puso a la orden del día el problema del poder y frente a ello, la sistemática respuesta de Allende fue desplazar el poder obrero en favor de la institucionalidad burguesa.

El gobierno de la Unidad Popular fue tolerante con la reacción. Toleró las abiertas acciones sediciosas del Ejército y la Armada, amparadas en una ley promulgada por el propio Allende, la Ley de Control de Armas. Toleró los allanamientos a las fábricas ocupadas y la detención y tortura de los Marinos antigolpistas que se alzaron para denunciar a la oficialidad sediciosa.

            Esta capitulación de última hora de la UP, no era un accidente, estaba contenida en el Pacto de Garantías Constitucionales, suscrito con la Democracia Cristiana, que en 1970 permitió a la Unidad Popular obtener los votos necesarios en el Congreso para que asumiese Allende, como primera mayoría relativa, sobre Alessandri. Entre otras cosas, en lo medular, Allende se compromete en él a impedir las milicias armadas. El sentido es claro, si el aparato militar de la burguesía se preserva incólume, el avance de la revolución podría conjurarse mediante un golpe militar.

Expresión de lo anterior era la tesis constitucionalista, la llamada “Doctrina Schneider”, que era la que estaba en juego cuando la CIA ordenó la muerte del General Schneider el 22 de octubre del 70, días antes de la suscripción de este Pacto. Y es la que expresa Allende en esta primera alocución de las 7:55 en Radio Corporación: cuando afirma esperar la rectitud de los militares “que han jurado defender el régimen establecido, que es la expresión de la voluntad ciudadana, y que cumplirán con la doctrina que prestigió a Chile y le prestigia el profesionalismo de las Fuerzas Armadas”.

En su segunda alocución, a las 8:15, 20 minutos después, Allende ha sido informado de que la operación militar tiene una extensión mayor que la del tanquetazo del 29 de junio recién pasado. Sus esperanzas en el profesionalismo de las FFAA parecen esfumarse e indica que ha “ordenado que las tropas del Ejército se dirijan a Valparaíso para sofocar este intento golpista”, se observa claramente la disposición a enfrentar militarmente el problema, pero aún en este estadio reitera la instrucción a los trabajadores a permanecer alerta en los puestos de trabajo.

A renglón seguido y como corolario, el Presidente señala la salida a la situación: “Las fuerzas leales respetando el juramento hecho a las autoridades, junto a los trabajadores organizados, aplastarán el golpe fascista que amenaza a la Patria”. Acá se reitera lo que ha sido un dogma para la UP, las FFAA constitucionalistas junto a los trabajadores organizados constituyen la condición suficiente y necesaria para aplastar al golpismo.

Pero se pasa por alto algo sustancial, se habla de los trabajadores “organizados” no “armados”, con lo que la posibilidad de enfrentar útilmente al golpismo queda radicado exclusivamente en aquellos institutos armados de la burguesía que mantengan su lealtad al gobierno cuya derrota comienza a explicitarse, a esa hora, en todas las ciudades del país. Allende se apoya ni más ni menos que en la moral de los militares de la burguesía.

Media hora después, a las 8:45, el Presidente realiza su última alocución en Radio Corporación, minutos después la Aviación bombardearía sus antenas. Ya en este momento Allende ha tomado total conciencia de que se está en presencia de un Golpe Militar, no una mera asonada y que definitivamente no hay ningún sector de las FFAA que lo apoye y que el Comandante en Jefe del Ejército, Augusto Pinochet, está con los sublevados.

En este contexto, el discurso de Allende abandona toda referencia al combate y comienza a centrarse en su propia persona. En esta línea indica: “Que lo sepan, que lo oigan, que se lo graben profundamente: dejaré La Moneda cuando cumpla el mandato que el pueblo me diera, defenderé esta revolución chilena y defenderé el Gobierno porque es el mandato que el pueblo me ha entregado. No tengo otra alternativa. Sólo acribillándome a balazos podrán impedir la voluntad que es hacer cumplir el programa del pueblo”.

Finalmente indica lo que ha de ser, su concepción estratégica, la idea del legado moral que es el hermano siamés de la fatalidad de la revolución : “Si me asesinan, el pueblo seguirá su ruta, seguirá el camino con la diferencia quizás que las cosas serán mucho más duras, mucho más violentas, porque será una lección objetiva muy clara para las masas de que esta gente no se detiene ante nada”… “El proceso social no va a desaparecer porque desaparece un dirigente. Podrá demorarse, podrá prolongarse, pero a la postre no podrá detenerse”.

Rubrica, una vez más, que “los trabajadores deben mantenerse en calma” y seguir a la espera de instrucciones cuya entidad que él les de, a esas alturas, resulta totalmente etérea. Compensa esta impotencia oponiéndole su propia inmolación: “Permaneceré aquí en La Moneda aún a costa de mi propia vida”.

A las 9:03 y a las 9:15 se producen las últimas dos intervenciones radiales de Allende, ahora por radio Magallanes. Los aviones sobrevuelan el palacio de Gobierno y transcurre el plazo de rendición incondicional sin parlamentar, que habían impuesto los golpistas. Allende ha tomado la determinación de resistir hasta el final, a costa de su propia vida y todas las alocuciones tienen la terca determinación del que no aceptará doblegarse.

En directa relación con lo anterior, Allende delinea lo que estima ha de ser el ideario de la UP post Golpe: “En nombre de los más sagrados intereses del pueblo, en nombre de la Patria, los llamo a ustedes para decirles que tengan fe. La historia no se detiene ni con la represión ni con el crimen. Esta es una etapa que será superada. Este es un momento duro y difícil: es posible que nos aplasten. Pero el mañana será del pueblo, será de los trabajadores. La humanidad avanza para la conquista de una vida mejor”.

            A las 9:15 enfatiza este mismo concepto e indica con estas palabras que se conservan en la memoria colectiva: “Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”.

            Demoledoramente, Allende formula las que fueron sus últimas palabras: “tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, serán una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”. Esas palabras parecen escritas en piedra y, muy probablemente, le tomaron a Allende toda la vida, su formulación. En ellas está contenida su grandeza, pero categóricamente en ellas se expresa la limitación de clase de las mismas.

            No cabe duda, no puede discutirse, que Allende es un ejemplo de consecuencia, determinación y convicción. Su valía moral, fuera de toda discusión, lo ubicó y ubica dentro de los grandes personajes de la historia mundial.

Pero lo que hizo grande a Allende fue ante todo, el escenario en que tales palabras fueron expuestas: la culminación de un proceso revolucionario de décadas, que puso a prueba el máximo paradigma liberal burgués, la posibilidad de que el propio capitalismo pueda mutar en socialismo, como resultado del accionar de la propia institucionalidad burguesa.

El Programa de la UP de las 40 medidas, planteaba la transformación de la sociedad capitalista en socialista, valiéndose como herramienta de la propia legalidad, constitucionalidad e institucionalidad burguesas. Atrevidamente, los reformistas del capitalismo, planteaban en ese momento que la burguesía chilena sería capaz de romper con el imperialismo y avanzar en la segunda independencia nacional.

La fuerza de este paradigma, repetimos este punto, logró doblegar a la propia izquierda revolucionaria. Digamos que “el objetivo”, el socialismo vía reforma del capitalismo, del proceso, no estaba en discusión. El debate estaba constreñido al problema de las vías, la vía armada o la vía electoral. Inclusive, más profundo, al factor hegemónico de tales métodos, en términos gramscianos. El resultado fue que aún los sectores más radicalizados competían por la defensa del proceso abierto por la UP, con lo que el proletariado quedó políticamente atado de manos a elegir entre variantes de una misma estrategia.

El 17 de julio de 1973, en el Caupolicán, Miguel Enríquez como Secretario General del MIR, expone correctamente que la disyuntiva que enfrentaban los explotados era reforma o revolución. Luego de plantear la necesidad de una contraofensiva en la forma de un Paro Nacional, de defenestrar la pusilanimidad del reformismo, despliega el planteamiento del mirismo: “El pueblo no se dejará amarrar las manos. La clase obrera y el pueblo están en disposición de combate, están decididos a defender sus conquistas y están más decididos hoy que nunca a conquistar su futuro… Por eso, los trabajadores han puesto en marcha una gran contraofensiva revolucionaria y popular: por eso, la clase obrera y el pueblo han organizado la defensa de sus conquistas y se preparan a conquistar nuevas posiciones”.

            Esta contraofensiva existía sólo en los deseos del MIR. No había posibilidad alguna que los trabajadores pasasen a la ofensiva si la propia vanguardia, que formaba el propio Enríquez, no indicaba la principal tarea política del momento: enfrentar al reformismo, a Allende y a la Unidad Popular. Era imprescindible caracterizar al gobierno de la UP como un gobierno burgués y hacer lo mismo que los bolcheviques frente al gobierno de Kerensky, un izquierdista social revolucionario: combatirlo como se combate al enemigo de clase, sin medias tintas y abrir paso, sólo así, a la necesaria contraofensiva del proletariado.

            Enríquez convoca a salir adelante con todas las fuerzas de la historia, pero no se atreve a señalar claramente al enemigo, con lo que vuelve al círculo vicioso de los métodos, en un momento político en que la lucha debió desplegarse abierta y frontalmente por el poder.

            Mientras los stalinistas agitaban histéricos sus manos en alto, con la infame consigna de “No a la Guerra Civil” y Allende trataba de apuntalar su proyecto incorporando a los militares al Gabinete Cívico-Militar, la izquierda revolucionaria se limitaba a comentar moralmente estos desaciertos, sin determinarse a pasar a la guerra total contra la burguesía y el fascismo, apoyándose en los órganos de poder que los explotados comenzaban a poner en pie. Pero tomar medidas de esta naturaleza suponía la ruptura con Allende, lo que ningún sector se atrevió a hacer.

La suerte estaba echada, los discursos finales de Allende terminaron siendo la marcha fúnebre con que los explotados entrarían en la noche del fascismo. No es un accidente que en ellos no se mencione ninguna vez la palabra Socialismo.

 

La Carta de los Cordones Industriales

En el otro extremo, del lado de los explotados, hace un buen tiempo que había claridad respecto de la perspectiva que se avizoraba. En palabras de la Coordinadora de Cordones Industriales el 5 de septiembre, “horas” antes del Golpe, dicen a Allende: “usted no nos tuvo confianza, a pesar de que nadie puede negar la tremenda potencialidad revolucionaria demostrada por el proletariado, y le dio una salida que fue una bofetada a la clase obrera, instaurando un Gabinete cívico-militar, con el agravante de incluir en él a dos dirigentes de la Central Única de Trabajadores, que al aceptar integrar estos ministerios, hicieron perder la confianza de la clase trabajadora en su organismo máximo”.

Pero esta carta, en la que se reprocha a Allende no haber confiado en los trabajadores, se escribe con un puro sentido testimonial. Era perceptible ya el 5 de septiembre la inevatibilidad del Golpe Fascista. La carta lo explicita: “Lo que faltó en todas estas ocasiones fue decisión, decisión revolucionaria, lo que faltó fue confianza en las masas, lo que faltó fue conocimiento de su organización y fuerza, lo que faltó fue una vanguardia decidida y hegemónica”. El uso del pretérito “lo que faltó” los ubica en una hipótesis de derrota consumada.

La Coordinadora de Cordones Industriales escribe ya para la historia. A pesar de que formalmente es un reclamo que culmina con la exigencia de la adopción de 12 medidas al Gobierno, no trata, en cuanto a su contenido, de un petitorio. Se trata del resumen de la experiencia de la vanguardia proletaria después de más de cuatro décadas de frentepopulismo y reformismo, desde Aguirre Cerda. El enfrentamiento de clase entre reformismo y revolución proletaria, adquiere toda su plena dimensión.

La Coordinadora se interroga, “pero nosotros preguntamos, ¿dónde está el nuevo Estado? ¿La nueva Constitución Política, la Cámara Única, la Asamblea Popular, los Tribunales Supremos?…Han pasado tres años, compañero Allende y usted no se ha apoyado en las masas y ahora nosotros los trabajadores tenemos desconfianza”. La vanguardia proletaria ha perdido confianza en la UP, porque ha experimentado materialmente la incapacidad de ella de materializar su programa.

En el mismo texto, antes, indican particularizadamente lo esencial de la política reformista cuyo fracaso están viviendo millones de explotados. Se cita el Programa de la UP, porque aún en esta instancia, los Cordones lo reclaman como propio. Inclusive llegan a ironizar indicando que este Programa, a septiembre del 73 está tan pisoteado por la propia UP, que parece política de ultraizquierda.

Efectivamente, el propio Programa de la UP define, con precisión, el concepto de “revolución” esgrimido por el reformismo: “Las fuerzas populares y revolucionarias no se han unido para luchar por la simple sustitución de un Presidente de la República por otro, ni para reemplazar a un partido por otros en el Gobierno, sino para llevar a cabo los cambios de fondo que la situación nacional exige, sobre la base del traspaso del poder de los antiguos grupos dominantes a los trabajadores, al campesinado y sectores progresistas de las capas medias…” “Transformar las actuales instituciones del Estado donde los trabajadores y el pueblo tengan el real ejercicio del poder…”

            Acá está lo central “el traspaso del poder” a los trabajadores y la consecuente “transformación de las actuales instituciones” donde los trabajadores “tengan” el real ejercicio del poder. “Traspaso”, “transformación”, “tener el poder”, son expresiones que dominan la médula de la concepción reformista, en ellas el sujeto histórico que materializa tales acciones es un fantasma. ¿Quién traspasa, quién transforma? ¿cómo llegan los trabajadores a tener el poder?. No se sabe, más bien no puede explicitarse a riesgo de desnudar la impotencia reformista, el traspaso y transformación debe efectuarlo la propia burguesía, una fantasmagórica clase social que actuaría como lazarillo de los explotados. Esto es idealismo puro, esto es una utopía reaccionaria que objetivamente abrió las puertas al fascismo.

            Los obreros instintivamente, con el instinto comunista con que construyeron esos embriones de poder obrero que fueron los Cordones Industriales, avanzaron en la ruptura con la concepción reformista. La Carta de la Coordinadora expresa, por encima de cualquier otra consideración, el balance proletario de la política de la Unidad Popular: la UP no hizo otra cosa que subordinar el ímpetu revolucionario de los explotados al Estado y a la institucionalidad de los explotadores. El problema entonces, como se demuestra en esta conmovedora Carta, es un problema político mayúsculo. Es un problema de clase: de un lado la UP como última salvaguarda de la dominación y dictadura burguesa, del otro, la clase obrera como caudillo nacional, organizada en los Cordones Industriales, prefigurando los órganos de la dictadura del proletariado.

            La propia carta, con una segunda ironía, con el humor negro que tan bien nos caracteriza como chilenos, desliza que en una cosa están de acuerdo con la cabeza de la reacción golpista agrupada en el CODE, con Eduardo Frei Montalva, la alternativa es dictadura militar o dictadura del proletariado. Los obreros aparecen en este punto resueltos, que cada cual tome la trinchera que le corresponde, porque esto no es una disputa jurídica sobre la vigencia de la Constitución Política, esto es, compañeros, lucha de clases.

            La Carta de los Cordones, a pesar de la pusilanimidad de la UP, a pesar de los allanamientos masivos en la Lanera Austral, en Mademsa, Cobre Cerrillos, Indugas, CCU, Textil Sumar, Cemento Melón; a pesar de la impunidad con que libremente operaran los fascistas de Patria y Libertad, la CODE y El Mercurio. A pesar de todas estas graves capitulaciones, los Cordones no logran emanciparse de la tutela ideológica del reformismo. Hasta el día de hoy, 40 años después, criticar por la izquierda a la Unidad Popular resulta un esfuerzo titánico y arriesgado, porque los propios reformistas –a los pocos días después del Golpe- ya habían propagado la especie de que el fracaso de la UP había sido el resultado de la política de la “ultraizquierda” que rompió la disciplina que exigía el proceso allendista.

a 40 años, la lección: la urgente construcción del partido de la revolución proletaria.

            No hay otra lectura posible. El Golpe consuma una conclusión insuperable, el reformismo, la idea de transformar pacíficamente el capitalismo en socialismo es una vía muerta. La tarea de los revolucionarios es, entonces, enterrar este cadáver insepulto. Y sepultarlo supone tareas concretas en el Chile de hoy.

            Los reformistas de hoy están dispersos en todo el arco político. Los de derecha, obsesionados con impulsar transformaciones efectivas en la Nueva Mayoría, plantean la necesidad de transformar el sistema “desde adentro”. Son los PC y algunos socialistas que todavía los días domingo se acuerdan de lo que ellos llaman la “utopía”. Hace unos días, en esta línea, la ex dirigente estudiantil y hoy máxima figura stalinista, Camila Vallejo, declaró en televisión esta vocación “socialista”. Se trata de un socialismo “chileno” que ellos no pretenden imponer, sino que “proponer” para el debate y decisión en el marco democrático burgués. Este reformismo gusano, no requiere mayor atención, porque ha abandonado la lucha por la dirección de las masas y ha optado por incorporarse orgánicamente al régimen burgués. La Nueva Mayoría formalmente representa el programa imperialista, si alguien le queda alguna duda revise las conclusiones del encuentro de Bachelet, hace unos días con los grandes capitalistas de la Confederación de la Producción y Comercio (CPC).

            Pero el reformismo no se agota en la Nueva Mayoría. Una parte sustancial ha permanecido en la izquierda revolucionaria. Su elemento característico –más allá de si llevan o no candidato en las elecciones de noviembre- es el reclamo de una Asamblea Constituyente. Todas estas corrientes Izquierda Autónoma, UNE, PC (AP), Igualdad y un sinnúmero de grupos dentro de los cuales, se cuentan algunos que atrevidamente se reclaman incluso del trotskismo, coinciden en la necesidad de convocar a una Asamblea Constituyente.

Algunos la llaman a secas y se preocupan de su viabilidad jurídica, otros en el otro extremo del arco, plantean que se base en la movilización. Otros reclaman su condición de revolucionaria. En fin, todo el reformismo coincide en una cosa, la cúspide del proceso revolucionario debe reconducirse a un acto electoral, la elección de los delegados a esa Asamblea.

            La Constituyente fue planteada por los bolcheviques como una forma de ayudar a las masas rusas a salir del oscurantismo y atraso feudales. Se trataba de masas que venían saliendo del gamonalismo más abyecto, de la semi esclavitud, que no tenían ninguna experiencia con la democracia burguesa y que como tal, para preparar su ruptura con el democratismo burgués, expresado orgánicamente en el Parlamento (la Duma), se les planteó la Asamblea Constituyente, en una dinámica de choque con la burguesía que aún no lograba poner en pie siquiera instituciones demoburguesas. Demñás está decir que los bolcheviques jamás convocaron a esa Asamblea Constituyente, estando en el poder.

            La política bolchevique, del partido de Lenin y Trotsky, buscaba emancipar a los explotados de la eventuales ilusiones en la democracia burguesa. En idénticos términos hoy tal política podría sostenerse en Egipto o Siria, cuyos pueblos no conocen la democracia burguesa, ni siquiera la más formal. Pero Chile no es la Rusia del 17, ni Egipto, ni Siria. Tenemos más de 150 años de elecciones. Nuestra historia institucional registra tres Constituciones Políticas 1833, 1925 y 1980, que han consagrado el ordenamiento institucional de manera estable. En estas condiciones el llamado a una Asamblea Constituyente constituye un despropósito, es la última confesión del reformismo de buscar una respuesta institucional (burguesa) a los problemas de la revolución proletaria.

            Muy por el contrario, la tarea política central del momento consiste en la construcción del Partido de la Revolución Proletaria, cuya estructuración se haga sobre la base de la estrategia de la Dictadura del Proletariado y que plantee, abiertamente, sin ninguna mediación, que el único camino posible para el triunfo de la revolución es el insurreccional. No hay medias tintas, si los explotados no se arman con su propio partido revolucionario, organización de cuadros profesionales para el combate por el poder, estarán condenados a nuevas derrotas y a seguir bajo el yugo burgués.

            La emancipación de la nación oprimida, acaudillada por la clase obrera, sólo podrá materializarse mediante un auténtico Gobierno Obrero-Campesino, que materialice la Dictadura del Proletariado, que es el gobierno de los órganos de poder de los explotados. Es democracia directa para los explotados y dictadura inclemente para los explotadores y la reacción, su objetivo será la expropiación de la burguesía, la expulsión del imperialismo y el impulso de la revolución mundial. Las tareas democráticas de revolución agraria, desarrollo de mercado interno, industrialización, plenas garantías individuales, sólo podrán ser resueltas bajo el liderazgo proletario.

            La revolución, en contra de la concepción reformista, es la toma del poder física, por vía insurreccional del poder. Supone no la reforma del aparato estatal burgués, sino que su completa destrucción, empezando por sus FFAA. Esto no será una lucha de fusil contra fusil, sino que un enfrentamiento de clases. En este proceso la clase obrera deberá ser capaz de ganar para su lado a lo mejor de la tropa de las FFAA burguesas y de formar sus propias milicias, de allí nacerá la fuerza militar que sostendrá al Estado Obrero que impulsará el proceso revolucionario.

            Nuestro homenaje, compañeros, a los miles de camaradas que cayeron bajo la el fuego fascista a partir del 11 de septiembre de 1973, será la victoria. A los miles y miles de ejecutados, desaparecidos, torturados y exiliados, nuestro homenaje es redoblar el ímpetu por el triunfo proletario. A 40 años de la barbarie fascista, las bases sociales que permitieron el genocidio pinochetista, siguen intactas.

            Rechazamos la idea del “Nunca Más”, porque supone abandonar la lucha por la revolución. Que los reformistas se arrepientan, si les cabe. La izquierda revolucionaria, la que busca interpretar a los explotados en sus luchas cotidianas en sus huelgas, paros y protestas, no puede decir “Nunca Más”. Los revolucionarios hemos resuelto construir nuestro propio partido, hemos resuelto luchar hasta el Socialismo, siempre.

 

 

(Fotografía: Antonio Aguirre -hoy detenido desparecido- resiste en La Moneda en junio del 73, fecha del tanquetazo// Artículo publicado originalmente en la revista Revolución Proletaria, Santiago, 1º de septiembre de 2013).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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