Circo electoral y lucha anticapitalista

por Gustavo Burgos//

Los demócratas alarmados por Venezuela, el Tribunal Constitucional y las tres causales del aborto, la ética de la DC y Rincón, parecen ser la pobre fanfarria que acompaña un proceso electoral anómalo y extravagante, en el que sin mayor despliegue y con una inminente justa en noviembre todo indica que –de no mediar algún imprevisto- Piñera de un lado, Guillier y Sánchez del otro son los principales oponentes.

La miseria política del régimen pone a los candidatos a referirse, inclusive a definirse en torno estos tópicos, dentro de los cuales emergerían las particularidades o matrices programáticas de uno y otro. Es posible que la tímida reforma previsional del Gobierno varíe este escenario, pero siempre dentro del marco de los “posible” y de la “mejora” del sistema de capitalización individual.

Que un especulador financiero salido de las cloacas del pinochetismo y dos periodistas de televisión se disputen la presidencia de la república, no debería alarmar a nadie, es el juego democrático. Lo que resulta destacable de este cuadro es que los partidos políticos del régimen, aún con su sólida presencia parlamentaria, aparecen encaramados tras estas figuras agitando –cual más, cual menos- la garantía de la independencia de quienes son sus portavoces. Lo que es lo mismo que decir que la virtud de los candidatos es no ser quienes son: el fruto del accionar de los partidos que los sustentan.

La falta de programa que sustente las candidaturas es un hecho público y notorio. Hasta hoy, salvo algunas generalidades, sabemos de dónde provienen pero no hacia dónde se dirigen. Esta indefinición no resultará paliada porque en un fin de semana o mediante una encuesta electrónica, den forma a una plataforma electoral.

¿Significa esto que los candidatos y sus partidos dotados –cual más, cual menos también- de equipos de profesionales, fundaciones, universidades y centros de estudios no saben hacia dónde van y qué pretenden hacer cuando -inevitablemente- alguno de ellos llegue al gobierno?. Indudablemente no. Saben perfectamente qué van a hacer, que política legislativa adoptar y muy probablemente de qué forma se ordenará el parlamento y qué cargos y hasta quiénes, los desempeñarán.

Lo dicho tampoco debería alarmar a nadie. La democracia burguesa, como el revestimiento de toda dictadura de clase, es precisamente eso: la pantomima y el boato de las instituciones, de la supuesta soberanía nacional, popular o ciudadana –como quieran llamarla- para dar legitimidad, forma social, a la inclemente dictadura patronal en que sustenta el régimen capitalista. Esa dictadura en que se puede discutir de todo menos de lo escencial, de la vigencia de la gran propiedad privada de los medios de producción que subsiste en base a la explotación y a la opresión sobre la mayoría nacional.

En efecto, es así como en estas elecciones se discute de los temas tratados más arriba, todos ellos relevantes pero insustanciales a la vida social. Ni una ley de aborto libre, ni el florecimiento de la democracia en Venezuela, ni la más severa e impoluta plantilla parlamentaria de la DC, alcanzan a cuestionar o servir de vehículo para cambiar las bases sociales del capitalismo chileno. Mientras el debate transcurra por estos carriles la banca, la gran industria minera, los grupos económicos y sus muletas las AFP, pueden dormir tranquilos.

La hiperconcentración de capital es el resultado directo de la superexplotación de la fuerza de trabajo y ella no sería concebible sin el andamiaje financiero y parasitario de las AFP, las que no sólo son la negación de la seguridad social sino que son –principalmente- la fuente de sustento de plusvalía suplementaria del gran capital. Al prestar a un 2% el dinero a la banca que a su vez ésta presta a un 30% y hasta un 50%, se construye un delta adicional que ha permitido a la modesta burguesía monoproductora y rentista criolla, expandir sus tentáculos fuera de nuestras fronteras. Esta estructura productiva, que políticamente se expresa como la dictadura del gran capital, es el nudo material de los conflictos de clase en Chile y es aquél que permite entender el carácter de clase que ostenta la necesaria destrucción de la educación, de la salud y del sistema previsional, que conforman la médula de los conflictos sociales en las últimas décadas.

La madurez de las condiciones objetivas de la revolución obrera en nuestro país se desprenden de la completa decadencia e incapacidad de la burguesía para dar respuesta a los grandes y aún a los pequeños reclamos nacionales. Cuando los políticos del régimen nos dicen que no es posible ajustar los salarios a la canasta familiar, que el sistema previsional de reparto está quebrado, que no es posible desarrollar la industria y el mercado interno, lo que están confesando explícitamente es que son el capitalismo y el poder de la burguesía los que se encuentran agotados. La burguesía, por una incontenible necesidad histórica, autoevidente, debe abandonar el poder.

Pero ninguna clase social sale de escena como resultado de un ejercicio introspectivo, por su baja popularidad o porque sus candidatos pierden una elección, los chilenos lo aprendimos catastróficamente en 1973. Pero de esto no se sigue –mecánicamente- que los revolucionarios no debamos participar de las elecciones ni del parlamento burgués. En nuestro país debemos hacerlo porque abrumadoramente los trabajadores siguen abrigando esperanzas en la democracia burguesa, aún con el descrédito de los partidos, de la corrupción y de los SQM, las ilusiones democráticas. Aún con la fragilidad de las candidaturas y la probable baja participación electoral, aún en este escenario resulta imprescindible dar una respuesta en el plano electoral, una respuesta socialista, revolucionaria y antiimperialista, pero una respuesta política, concreta, que dialogue no en abstracto sobre la necesidad del socialismo, sino que lo plantee en la contingencia cotidiana como una respuesta a los problemas concretos que día a día enfrentan los trabajadores.

Resulta necesario, por lo dicho, articular una respuesta que logre quebrar el sectarismo aislacionista que corroe a los grupos revolucionarios y se transforme en una respuesta de clase: explotados contra explotadores, ninguna confianza en la institucionalidad y legalidad patronales, exclusiva confianza en la capacidad de movilización de los trabajadores. Los militantes debemos volcarnos a la realidad, a los conflictos sociales sin ceder espacio ni al retaguardismo –que renuncia ante la despolitización- ni al vanguardismo narcisista de los iluminados.

Es una tarea difícil, mucho más difícil si se considera que los trabajadores siguen desplegando su lucha de forma independiente día a día y que, frente a este proceso, la única respuesta posible es dar una respuesta programática, teórica, que exprese las leyes que rigen el desenvolvimiento de la lucha de clases hoy, en Chile, en el 2017.

El Frente Amplio se presentó en su momento como un canal para dar expresión a esta lucha política, hace un año eso era válido, pero hoy las cosas han decantado: Sharp lleva varios meses sin novedad en la alcaldía de Valparaíso y el Frente Amplio, a través de sus órganos, ha sido bastante explícito en orden a que su estrategia es la participación y la profundización democrático-liberales, pero en ningún caso la revolución obrera y el socialismo.

Cada cual en su lugar.

La izquierda debe recomponerse como una corriente política de clase, revolucionaria y partidista. Que no nos pierda el ensordecedor repique de la farsa electoral. Es el momento de comprender, de aprender de nuestros múltiples errores y de confiar en la inagotable capacidad de lucha de la clase obrera.

(Fotografía, Sergio Larraín, Valparaíso, 1962)

 

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