Nuestra Revolución Rusa

por Charles Michaloux y François Sabado//

El centenario de la Comuna de París, en mayo de 1971 en París, estuvo marcado por una gran marcha en la que la muy reciente energía de Mayo del 68 flotaba en el ambiente de la primavera parisina delante del cementerio del Père-Lachaise y el Muro de los Federados. Era la celebración de un evento fundador pero que terminó en derrota. Si bien el recuerdo de la masacre de los Comuneros por los Versallescos y la burguesía parisina otorgaba a ese centenario toda su gravedad, estaba impregnado por la feliz esperanza de la juventud que salió a la calle aquel día.

El centenario de la Revolución Rusa se presenta de manera muy diferente. Sin embargo, Octubre de 1917, a diferencia de la Comuna de Paris, concluyó con una victoria; una victoria prolongada, de forma brillante, por la que se ganó contra el cerco contrarrevolucionario de todas las grandes potencias de la época. Pero, tras los destrozos del estalinismo, la implosión de la Unión Soviética se dio sin que este brutal colapso reavivara la memoria de Octubre. No está previsto ninguna movilización [conmemorativa], y actualmente, tras una década de crisis en la que se siente cada vez más la violencia de un capitalismo sin fronteras, empieza a pesar el espíritu de los tiempos. Se aprovecha el centenario para hacer propaganda sobre lo nocivo o inútil de esa revolución que terminó en dictadura, o dando a entender que desde su nacimiento fue el instrumento de esta última gracias al golpe de Estado.

En este escrito tomamos partido en defensa de la Revolución Rusa como un gran acontecimiento en la historia de la emancipación de los pueblos, un momento fuera de lo común en el que las clases dominantes perdieron el control que esperaban tener para los siglos futuros, y en el que las masas populares arrasaron con todo para tomar las riendas de su destino. Estamos convencidos de que la respuesta a la decisiva pregunta histórica y teórica sobre si había que tomar el poder en las condiciones precisas de Octubre de 1917 sigue siendo que sí. El impulso de la movilización antes, durante y después de Octubre de 1917, el entusiasmo que suscitó y la sacudida que provocó en el mundo entero muestran el alcance de esta revolución. “Concretamente, lo que podrá sacar a la luz los tesoros de las experiencias y las enseñanzas no será la apología ciega, sino la crítica penetrante y reflexiva”. “Pues una revolución proletaria modelo en un país aislado, agotado por la guerra mundial, estrangulado por el imperialismo, traicionado por el proletariado internacional, sería un milagro. Lo que importa es distinguir, en la política de los bolcheviques, lo esencial de lo accesorio, lo substancial de lo fortuito”, escribía Rosa Luxemburg en sus notas de prisión sobre la Revolución Rusa.

Frente a una burguesía rusa que, zigzagueante durante los diferentes estadios de la movilización revolucionaria, se batía para que continuara la guerra, para que el campesinado siguiera sin tierra y para que las duras condiciones de vida de los obreros no cambiaran en nada, los bolcheviques optaron por la organización independiente del movimiento en sóviets y acompañaron la profundización del movimiento señalando los objetivos que lo alejaban de toda conciliación hasta lograr derrocar al gobierno a través de la insurrección que daría todo el poder a los sóviets. Pero lo que en el corto período que siguió a la revolución era (o podía parecer) accesorio se mostró después como algo fundamental; en cualquier caso, así lo presentaron no solo los adversarios de la revolución sino también sus principales actores, en los años 20.

El contexto explica algunos de los errores o desviaciones: una revolución proletaria en un océano campesino, una guerra civil de una crueldad descabellada, el agotamiento de las fuerzas productivas y de toda la sociedad, el aislamiento internacional, la historia del país y su carencia de tradiciones democráticas. Pero estas circunstancias no explican todo. Los bolcheviques —y, en su dirección, los más eminentes de entre ellos, Lenin y Trotsky— hicieron de tripas corazón y transformaron las medidas de excepción de la guerra en leyes y reglas de funcionamiento del Estado y de la sociedad. Se sofocó a la oposición y la vida democrática del país de forma progresiva y rápidamente (en apenas unos años). Por tanto, es necesario reevaluar la política impulsada en los primeros años de la Revolución por Lenin y Trotsky en este ámbito. Ya que este fue el caldo de cultivo en el que la contrarrevolución estalinista, una vez congelada la revolución (como decía Saint-Just de la francesa), pudo acabar con lo que aún quedaba de la herencia viva de Octubre.

A nuestro entender, este enfoque se inscribe de manera deliberada en la continuidad de las reflexiones críticas de Rosa Luxemburg desde los primeros meses que siguieron a la toma del poder (véanse sus Notas sobre la Revolución Rusa), de la defensa de Ernest Mandel de la “legitimidad de la Revolución Rusa” (Octubre de 1917: golpe de Estado o revolución social, http://www.vientosur.info/spip.php?article12178 ) y del balance crítico de Daniel Bensaïd en 1997 (http://danielbensaid.org/Questions-d-Octobre?lang=fr).

Hoy en día nos parece importante sistematizar y dar forma a este balance crítico, más de lo que ya lo hicieron Mandel y Bensaïd. Aun así, el telón de fondo de esta reflexión sigue siendo el mismo: la Revolución Rusa es la primera revolución proletaria victoriosa de la historia. Lo que consiguió continúa siendo una inspiración viva; en este marco, la acción de las mujeres y los hombres que tuvieron esa audacia merece un examen crítico, por respeto a sus logros y por la voluntad de extraer las mejores lecciones posibles de ellas. Toda revolución tendrá que cargar con estas cuestiones, como ya perfila la fuerte sensibilidad democrática en todas las movilizaciones de cierto alcance.

Revolución e insurrección

¿Golpe de Estado? La insurrección fue a la vez la culminación de la revolución iniciada en febrero y el punto de partida de una nueva situación revolucionaria. ¡En cualquier caso, no fue un golpe de Estado! Preparada y debatida abiertamente, la insurrección fue el punto culminante de un proceso de radicalización de masas y de su representación en los sóviets que —a trompicones en función de los acontecimientos que sacudían Rusia— dio la mayoría a quienes defendían la toma del poder por los sóviets. La insurrección de Octubre no fue una operación tramada por círculos político-militares sin la intervención o a espaldas de las masas. Desde este punto de vista, la referencia a Blanqui no es más justa que la caracterización de “golpe de Estado”.

Tuvo lugar con dificultades y sobresaltos, incluso en el seno del partido bolchevique. Pero cuando se reunieron las condiciones, a finales de septiembre, surgió un debate más avanzado.

Lenin, que ya había tenido que pelear duro para obtener un acuerdo sobre la perspectiva de la toma del poder, desconfiaba de las tergiversaciones que, a su parecer, no tenían otra función que la de retrasar los plazos. Así pues, preconiza ir rápido, y exige que se lancen los regimientos y batallones de la flota y las tropas de Finlandia, fieles a los bolcheviques, al asalto del Palacio de Invierno, para derrocar al gobierno provisional de Kerenski. Se dirige a la dirección del partido sin ambigüedad: “Los bolcheviques han de tomar el poder”. Trotsky, que resistía a sus conminaciones cada vez más apremiantes, hace hincapié en la necesidad de que la insurrección, o sea la toma del poder, emane de la legalidad soviética. Vela porque el sóviet de Petrogrado —del que fue nombrado presidente— se dote de un Comité Militar Revolucionario (CMR) al que respondan los sóviets de soldados, los cuales representan un ejército en plena efervescencia revolucionaria. Y es el CMR el que organiza la insurrección en la noche del 25 al 26 de octubre (en nuestro calendario, es la que va del 6 al 7 de noviembre).

La divergencia entre Lenin y Trotsky remite a una cuestión más sustancial que el simple carácter “técnico” de la insurrección, sobre cuya necesidad estaban de acuerdo. Evidentemente, toda organización insurreccional exige preparativos militares específicos y secretos de orden conspirativo. Todo ello fue llevado a cabo con un perfecto dominio por el CMR dirigido por los bolcheviques, con Trotsky a la cabeza. Los centros neurálgicos del poder (correos, comunicaciones, cuarteles) fueron ocupados rápidamente por los batallones revolucionarios. Como sabemos, la toma del Palacio de Invierno, donde residía el gobierno provisional, fue un poco más lenta por una menor organización.

Este episodio, que es en cierto sentido el primero del nuevo poder, es bastante revelador de ciertos problemas que se agravarán más tarde con las terribles dificultades de la guerra civil.

Lenin ve los sóviets como una máquina de destrucción del zarismo, de su Estado, de todas sus instituciones, y como el instrumento de la movilización de las masas contra el zarismo y contra el gobierno provisional. Desde este punto de vista, los sóviets eran también un organismo de frente único para derrocar al poder establecido. De ahí las consignas de Lenin a favor de “todo el poder a los sóviets” y la presión para que mencheviques y socialrevolucionarios constituyesen un gobierno de ruptura con la burguesía, apoyado por los sóviets. En esta situación revolucionaria, anterior a la conquista del poder, con un partido bolchevique minoritario, la democracia soviética ocupaba un lugar importante, con sus distintos componentes (corrientes, partidos, sindicatos). Pero confrontado a los problemas tácticos y estratégicos de la toma del poder (¿quién toma el poder?), Lenin relega la auto-organización a un segundo plano, y no confía más que en la dirección militar bolchevique. No se concibe ya a los sóviets como el verdadero lugar del poder sino como el instrumento, o incluso como la “tapadera” del poder bolchevique.

Trotsky tiene otra manera de proceder. Su papel en la revolución de 1905, a la cabeza del sóviet de San Petersburgo, su imagen de defensor de la unidad en el movimiento revolucionario ruso, lo conducen a otorgar un lugar más central a la auto-organización popular; de ahí su insistencia en lo relativo a la toma del poder por el CMR. La fuerza de la dinámica soviética, pero sobre todo Trotsky y los principales dirigentes bolcheviques, obligaron a Lenin a pasar por el CMR y el sóviet para dirigir la insurrección. En el corazón mismo de la insurrección se expresa este crucial problema: ¿quién toma y quién tiene el poder? ¿Los sóviets o el partido? Es así como se plantea de entrada la cuestión de un cierto sustitucionismo (del Partido respecto a los órganos revolucionarios).

La paradoja de El Estado y la revolución

Unos meses antes de estas jornadas de Octubre, Lenin se ve empujado a la clandestinidad por la represión que sigue a las jornadas de julio. En su exilio forzado, vuelve a los textos de Marx y Engels, especialmente sobre la Comuna de París. En agosto de 1917 acaba El Estado y la revolución. Este texto capital es una carga contra el líder alemán de la social-democracia (Karl Kautsky) y sus seguidores en Alemania y en Rusia. Volviendo a los fundamentos, da con una fórmula a menudo sorprendente de la necesidad de destruir la vieja máquina burocrática y militar del Estado para construir un nuevo gobierno, una nueva administración y un nuevo ejército —cuyo objetivo es transformar de arriba abajo la sociedad y cuya función es perecer nada más creados—. Siguiendo y citando a Marx, Lenin ve en la Comuna “la forma política al fin encontrada” de esta empresa revolucionaria.

La Comuna es la forma al fin encontrada, por la revolución proletaria, bajo la cual puede lograrse la emancipación económica del trabajo”. (Lenin, O.E. pp. 169).

La Comuna es el primer intento de la revolución proletaria de destruir la máquina estatal burguesa y la forma política, descubierta al fin, que puede y debe sustituir a lo destruido”. (ibid).

Y Lenin concluye quelas revoluciones rusas de 1905 y de 1917 prosiguen, en otras circunstancias, bajo condiciones diferentes, la obra de la Comuna y confirman el genial análisis histórico de Marx”. (ibid. pp 171).

La paradoja es que este texto, escrito tres meses antes de la toma del poder, si bien es muy eficaz para echar por tierra las pseudo-teorías marxistas ortodoxas de la época —que justificaban para los socialdemócratas alemanes o los mencheviques rusos la perspectiva de amoldarse al Estado burgués—, no dice nada sobre las cuestiones específicas de la democracia y de la representación política para un régimen de transición entre el capitalismo y el socialismo. Haciendo suya la profesión de fe de Engels en el Anti-Dühring (el gobierno de las personas deja lugar a la administración de las cosas y a la dirección de las operaciones de producción”), El Estado y la revolución arrasa con fuerza las antiguallas reformistas de adaptación a la sociedad burguesa y a su Estado represivo; sin embargo, no dice nada sobre el debate político propiamente dicho, o sobre el pluralismo de opiniones y de corrientes organizadas para defenderlas. En fin, no se aborda la política como tal, como si ella también tuviera que perecer después de la revolución.

Así pues, lo paradójico es que el aliento revolucionario auténtico que recorre este folleto parece al mismo tiempo desfasado respecto a la realidad de las intensas luchas políticas que tienen lugar entonces en Rusia (y en los partidos obreros mismos), y respecto a aquella que va a aparecer tras la toma del poder.

Pero lo que Lenin deja sin abordar relativo a la democracia socialista que ha de poner en la agenda la revolución, bajo circunstancias y decisiones extrañas. a la argumentación central de El Estado y la revolución, se va a ver cargado con otro contenido, realmente diferente.

Este callejón sin salida tiene un doble origen: la ausencia de tradiciones políticas democráticas, siquiera parlamentarias, en la vieja Rusia, combinada a la concepción dominante en la Segunda Internacional según la cual la socialdemocracia era la expresión orgánica de la clase obrera y del movimiento obrero, y en la que al movimiento sindical se le considera subordinado al partido. Las tendencias existían, pero en el seno de un solo y mismo partido: la socialdemocracia. En el movimiento obrero, el multipartidismo no formaba parte de la cultura de la época: una sola clase, un solo sindicato, un solo partido. Sin embargo, la lucha entre tendencias y fracciones eran extremadamente agudas, especialmente en Rusia, incluso en el partido bolchevique de marzo a octubre de 1917. Las cosas cambiarían progresivamente tras la conquista del poder.

El giro de los años 20 y la asfixia democrática

Tanto en la ciudad como en el campo, la economía estaba muy desorganizada, y la clase obrera terriblemente debilitada. El ejército se encontraba en gran parte descompuesto debido a la movilización de los soldados. La Administración, más que reticente hacia el poder de los sóviets, hacía todo lo que podía para no hacer nada. Rápidamente, la situación tomó un rumbo dramático.

La primera cuestión espinosa fue poner fin a la guerra sin entorpecer el desarrollo de la revolución, tan esperada en Alemania y en Europa. Al respecto, el partido bolchevique se vio desgarrado por fuertes discusiones, al igual que las demás corrientes presentes en los sóviets como los mencheviques, los socialrevolucionarios, los anarquistas. Este debate impidió terminar pronto [la guerra], como lo deseaba Lenin, que preconizaba con realismo aceptar las exigencias alemanas. Unos meses más tarde, el ejército alemán penetraba profundamente en territorio ruso. Y el tratado de Brest-Litovsk, firmado en marzo de 1918, ratificaba la amputación de un cuarto del territorio ruso y de su población, así como la pérdida del 70 % de los recursos agrícolas y de acero. Una verdadera sangría que, sin duda, la hubiera podido evitar o reducir una decisión más rápida. Pero tan pronto como fue firmado, el tratado provocó la salida de los mencheviques internacionalistas y de los SR de izquierda de los organismos soviéticos, para denunciarlo. Algunos sectores de los SR añadieron también la vuelta al terrorismo contra dirigentes bolcheviques (Volodarski fue asesinado en Petrogrado en junio de 1918).

Desde finales de 1917, una mayoría de la dirección había impuesto a Lenin (que no quería) la entrada de los llamados mencheviques internacionalistas y de los SR de izquierda (ambos en disidencia con la orientación conciliadora de su dirección) en las instancias del nuevo gobierno. Así pues, su presencia duró poco. Pero este clima que tanto nos cuesta imaginar ahora mismo, tiene bastante que ver con las propensiones monolíticas que se agudizarían más adelante. Las tergiversaciones y la inmadurez puestas de manifiesto en el debate en relación a la paz costarían muy caras al final. Y la inconstancia política de los mencheviques y de los SR de izquierda (los de derecha se fueron rápidamente a unirse a la contrarrevolución) tampoco ayudó a reducir la tentación de gobernar solos. Sobre todo teniendo en cuenta que la guerra civil y la intervención extranjera franco-británica comenzaron bastante rápido, en el otoño de 1918.

Las circunstancias jugaron su papel pero, durante todo este período, los bolcheviques no tuvieron una política orientada a la construcción de coaliciones que tradujeran las correlaciones de fuerzas políticas del país. Los bolcheviques eran mayoritarios en los sóviets de las principales ciudades. Lo que no era el caso en el campo, donde la tradición populista (narodniki) y los socialrevolucionarios eran ampliamente mayoritarios. Además, subsistían corrientes y sensibilidades de los partidos de la democracia revolucionaria, mencheviques, SR y anarquistas. La cuestión de las alianzas o de las coaliciones gubernamentales se planteó desde la toma del poder, a pesar de la desconfianza o la oposición de Lenin. Lenin y Trotsky nunca teorizaron el poder de un partido único… pero, una vez conquistado el poder, no tuvieron un enfoque unitario, como diríamos ahora. Al contrario, Lenin llegó a declarar en mayo de 1918: Ahora que el poder ha sido conquistado, conservado, consolidado entre las manos de un solo partido, no toca compartirlo.

Por supuesto, había que combatir, reprimir y condenar a quienes tomaban las armas contra la revolución. ¿Pero al resto? Había que encontrar los medios y las mediaciones para que pudieran encontrar su lugar en el seno del poder soviético, en la medida en que se inscribían en el proyecto revolucionario. Este rechazo de una representación política pluralista no solamente aislará a los bolcheviques, sino que les conducirá a servirse cada vez más de métodos administrativos, represivos y, por último, del terror hacia otros partidos y corrientes políticas.

La guerra civil y la lucha encarnizada contra el ejército blanco y sus aliados extranjeros pusieron al país de rodillas. Durante el año 1920 se gana la prueba porque las fuerzas sociales que se enfrentan en este cruel combate disciernen perfectamente sus vínculos y sus intereses. Los campesinos no querían dar sus tierras a los grandes propietarios y los obreros se negaban a perder el control de su producción, a pesar de que tanto las tierras como la producción industrial estaban asfixiadas. En esta tormenta, los bolcheviques teorizarán una transición al socialismo identificada con el comunismo de guerra. La política, la economía y la sociedad debían estar centralizadas al máximo. Trotsky no dejó de preconizar por entonces la militarización del trabajo y de los sindicatos. Por fortuna, Lenin se negó a seguirle por ese camino.

Una vez ganada la guerra, se planteo la cuestión de la salida del comunismo de guerra (con las expropiaciones en el campo y las milicias en las fábricas para forzar la producción). Un año antes de la adopción de la Nueva Política Económica (NEP), Trotsky, de vuelta de sus concepciones ultra-centralistas, propuso realizar este giro. Confrontado a la resistencia de Lenin y de la mayoría de la dirección, tuvo que esperar hasta marzo de 1921 para que los problemas se agravaran, planteándose todos al mismo tiempo. Las revueltas en el campo eran numerosas (dirigidas a veces por anarquistas como Makhno en Ucrania), y la atmósfera apenas era mejor en las fábricas, donde los sóviets sobrevivían en el papel. La revuelta de los marinos de Cronstadt vino a completar un cuadro catastrófico. El relámpago ha iluminado la realidad más vivazmente que todo lo demás, dice Lenin en el X Congreso bolchevique que tiene lugar en ese mismo momento.

La conclusión que se sacará de ello no deja de plantear serias interrogaciones.

La NEP estaba absolutamente justificada por la necesidad de relanzar la industria —incluso con inversiones extranjeras—, así como la producción agrícola dando el control de ella a un campesinado que pagase impuestos. Pero la mejor protección contra las posteriores derivas de la NEP (el enriquecimiento rápido de ciertos koulaks, campesinos medios y comerciantes) residía sin duda en un régimen reactivado de apertura política, paralela a la apertura económica. Una NEP política para todos los partidarios de la revolución, tras la victoria sobre la contrarrevolución interna y externa. Ello habría estimulado el renacimiento de la vida política, soviética, sindical y asociativa, que habría visto en el resurgimiento de sus derechos una motivación para acompañar la reactivación de la economía y del país.

Pero lo que se puso en marcha fue todo lo contrario. En primer lugar, por la terrible represión contra los marineros y los obreros de Cronstadt. Fuesen los que fuesen los peligros que estos últimos hacían correr a la revolución al sublevarse, la violencia de esta represión no tiene justificación. En segundo lugar, por un proceso de represión molecular que se extiendieron por todo el país, como señala Boris Souvarine. Y por último, por las decisiones del X Congreso bolchevique, que asfixiarían el debate político en el partido y en el país. La prohibición de tendencias y fracciones en el seno del partido, ya transformado en comunista, respondía sin lugar a dudas al temor de un desgarro o de una explosión tras las crisis que lo habían atravesado. El remedio fue, evidentemente, peor que la enfermedad. Además, ratificó —fuera del partido y para toda la sociedad— el monolitismo de un partido único que conllevaban tales medidas disciplinarias.

A finales de la década de los 20, cuando Stalin y la burocracia germinada a partir de estas reglas sangraron al partido, no les será difícil encontrar justificaciones leninistas, que Lenin puso en tela de juicio al final de su vida y que Trotsky comenzó a denunciar demasiado tarde.

Este balance crítico en el terreno de las libertades políticas no estaría completo sin considerar la cuestión del terror y de su instrumento, la Checa. Todas las revoluciones han tenido que hacer frente a proyectos contrarrevolucionarios que utilizan todos los medios violentos a su alcance. A los que hay que responder. En su Historia socialista de la Revolución Francesa, Jean Jaurès describía las cosas así: “Cuando un país lucha al mismo tiempo contra las facciones interiores y contra el mundo, cuando la más mínima duda o el mínimo error pueden comprometer, quizá por siglos, el destino del nuevo orden, aquellos que dirigen esta empresa inmensa no tienen tiempo de incorporar a los disidentes, de convencer a sus adversarios. No pueden dejar demasiado lugar al espíritu del debate o al espíritu de la artimaña. Tienen que abatir, que actuar y, para guardar intacta su fuerza de acción, para no disiparla, preguntar a la muerte que establezca a su alrededor la unanimidad inmediata que necesitan.

El problema es entonces el de distinguir entre las medidas de excepción que por desgracia son necesarias y la utilización de dichas medidas como medio perenne de gobierno. Ahora bien, Lenin no tarda en exclamar, en enero de 1918: “¡Mientras no empleemos el terror contra los especuladores fusilándolos de inmediato, nada cambiará!”. Declaración intempestiva que conducirá al SR de izquierda Isaac Steinberg a preguntar inocentemente por qué se le había nombrado Comisario del pueblo para la Justicia. Las derivas fueron, en efecto, numerosas para estos chequistas vestidos de cuero que se creían la punta de lanza de la revolución (revolución en la que no todos habían participado). Un dirigente bolchevique de la Checa, Latsis, escribirá con frialdad en una orden de misión: La cuestión que está al orden del día es la de saber a qué clase social pertenecen, su extracción, su instrucción, su profesión. Su destino se decido en función de eso.

En su momento, el uso del terror fue justificado tanto en términos de principio (“instrumento de la dictadura del proletariado”) como en términos de reacción circunstancial (“en la guerra como en la guerra”). La verdad obliga a decir que las protestas contra este estado de cosas, y hubo muchas, fueron apartadas de un manotazo como si fueran escrúpulos pequeñoburgueses. En un clima en el que se despreciaba el pluralismo con sarcasmos en nombre de la lucha de clases, estas derivas no dejaron de corromper profundamente los ideales de la revolución, y sobre todo a los autores de dichas conductas. Después, se les podrá reclutar más fácilmente en las tropas de choque del estalinismo.

Creyendo, probablemente de manera sincera, que todo ello era necesario dadas las duras circunstancias, los dirigentes bolcheviques no volvieron a abordar de forma explícita lo ocurrido, lo cual nos deja una herencia que hoy preferiríamos no tener. Lenin no hizo balance crítico hasta poco antes de su muerte. Trotsky esperará mucho tiempo. Es cierto que las plataformas de la Oposición reclamaban la restauración de la libertad de discusión en el partido, pero no se pronunciaban en lo relativo a la libertad de las demás corrientes.

En 1936, en La revolución traicionada, Trotsky escribe a propósito de las medidas del X Congreso de 1921, quince años antes: La prohibición de los partidos de oposición produjo la de las fracciones; la prohibición de las fracciones llevó a prohibir el pensar de otra manera que el jefe infalible. El monolitismo policíaco del partido tuvo por consecuencia la impunidad burocrática que, a su vez, se transformó en la causa de todas las variantes de la desmoralización y de la corrupción. (pp.75)

En 1938, en el Programa de transición, decía: “Es imposible una democratización de los sóviets sin legalización de los partidos soviéticos. Los obreros y campesinos deben indicar mediante su voto qué partidos reconocen como soviéticos.”.(Edit. Traficantes de sueños, Madrid, pp.66)Lo cual supone de manera implícita el derecho de existencia, de reunión y de expresión para las organizaciones y las corrientes políticas que deseen presentarse a elecciones. Y la organización de elecciones libres. Si hubiera sido así en la Unión Soviética de Lenin y de Trotsky en los años 20, justo después de la victoria sobre los Blancos, no cabe duda de que habría habido mencheviques, socialrevolucionarios, anarquistas y quizás otras fuerzas representadas.

Podemos añadir que hoy sabemos mejor que antes, que los votos populares pueden ir a corrientes que no se identifican con el socialismo, o para los cuales la palabra no es más que una tapadera que esconde otras baratijas. Este tipo de problema ya surgió durante las elecciones a la Asamblea Constituyente Rusa, a finales de 1917. Vale la pena volver a abordarlo.

La Constituyente, las elecciones y la democracia socialista

Contra las acusaciones de “putschismo” o de “blanquismo” que florecían ya contra los bolcheviques, Lenin exclamaba en mayo de 1917: No queremos hacernos con el poder, pues toda la experiencia de las revoluciones nos enseña que sólo está sólidamente establecido un poder que se apoye en la mayoría de la población. En efecto, esta mayoría, en la clase obrera y el campesinado pero también en una parte de la pequeña burguesía urbana, se ganó con el paso de los meses. Se manifiesta con resplandor en septiembre de 1917, cuando la mayor parte de los sóviets de las principales ciudades de Rusia bascula a favor de los bolcheviques. Es entonces cuando la cuestión de la toma del poder se plantea y se debate abiertamente.

Pero, a principios de febrero de 1917, la lucha contra la autocracia zarista había tomado el estandarte de la convocatoria de una Asamblea Constituyente, que era aún más imperiosa tras la abdicación de Nicolas Romanoff y la sucesión de gobiernos provisionales hasta el último, presidido por Kerenski. Además, sus dudas e indecisiones se refugiaban de manera regular tras el futuro dominado por la llegada de la Constituyente. Las elecciones que tenían que conducir a ella fueron retrasadas una y otra vez debido a distintos acontecimientos. Y en un país como Rusia, cuya extensión es la de un continente, en plena guerra mundial, la organización del escrutinio tomó meses. Pero esta asamblea fue elegida finalmente y reflejó más la situación de febrero-marzo que la de septiembre-octubre de 1917. Este estado de cosas permite comprender hasta qué punto la Constituyente se ha quedado rezagada respecto al desarrollo de la lucha política y de los cambios conseguidos en la correlación de fuerzas entre los distintos partidos, comenta Trotsky en ese momento, defendiendo pues la decisión tomada de disolverla.

Merece la pena mencionar la composición de la asamblea elegida. Los bolcheviques representan más o menos un cuarto, los mencheviques casi nada (un 3 %), la derecha (kadetes) un 10 %, los partidos nacionales y musulmanes un 22 %; al final, la fracción más grande es la de los SR (tomando en cuenta en la misma lista a los de derecha y a los de izquierda), con un 41 %. Una eventual alianza, realizada tras un nuevo escrutinio, entre bolcheviques, mencheviques internacionalistas y SR de izquierda (esto es, favorables a la revolución), así como al menos una parte de las corrientes “nacionales y musulmanas”, no parece ser una apuesta insensata.

Muchos testimonios de la época, incluso de la parte de adversarios de la revolución, dan fe de que la disolución de la Constituyente no provocó una gran perturbación. Pero el problema no es ese. Las descripciones efectuadas del desajuste entre la situación rusa y el resultado de estas elecciones prolongadas no son cuestionables. Lo que sí lo es, es la ausencia de alternativa presentada por los dirigentes revolucionarios frente a este callejón sin salida democrático, cuando ellos mismos habían defendido con entusiasmo esta perspectiva durante largo tiempo.

Todo ocurre como si a partir de entonces juzgaran, tras la insurrección victoriosa y la toma del poder, como superflua toda manifestación electoral general distinta de la renovación periódica de la representación en los distintos sóviets. En cierto modo, esta Constituyente se reveló finalmente como caduca desde su formación, pero el proceso que la defendió y defendió la Revolución durante largos meses, proceso de una vibrante aspiración democrática, hacía necesaria una respuesta institucional, paralela a la representación soviética y no contra ella. El nuevo poder no lo quiso y, rápidamente, dejó esta cuestión en el olvido.

Por el contrario, Rosa Luxemburg, en sus Notas sobre la Revolución Rusa, aborda la cuestión de manera más práctica: Si la Asamblea Constituyente ya estaba elegida mucho antes del punto crítico, de la rebelión de octubre, y en su composición reflejaba la imagen de un pasado superado y no de la nueva situación, la conclusión evidente era liquidar esa asamblea caduca, no nata, y convocar sin tardanza nuevas elecciones para la Constituyente. Los bolcheviques no querían y no debían encomendar el futuro de la revolución a una asamblea que reflejaba la Rusia de ayer, el periodo de las debilidades y de la coalición con la burguesía; perfecto, lo único que había que hacer era convocar de inmediato otra asamblea que representase a la Rusia más avanzada y renovada.

“En lugar de llegar a esta conclusión, Trotski se centra en las deficiencias específicas de la Asamblea Constituyente reunida en octubre y llega a generalizar acerca de la inutilidad de toda representación popular surgida del sufragio universal durante el período de la revolución.

“¿Qué quedaría, en realidad, si todo esto desapareciese? Lenin y Trotski han sustituido las instituciones representativas, surgidas del sufragio popular universal, por los soviets, como única representación auténtica de las masas trabajadoras. Pero al sofocarse la vida política en todo el país, también la vida en los soviets tiene que resultar paralizada.

“Sin sufragio universal, libertad ilimitada de prensa y de reunión y sin contraste libre de opiniones, se extingue la vida de toda institución pública, se convierte en una vida aparente, en la que la burocracia queda como único elemento activo.Es ésta una ley suprema y objetiva, a la que no puede sustraerse ningún partido. La vida pública se adormece poco a poco. El error básico de la teoría de Lenin y Trotski es que, exactamente igual que Kautsky, contraponen la dictadura a la democracia. “Dictadura o democracia”, es como plantean la cuestión tanto los bolcheviques como Kautsky; el último se pronuncia lógicamente por la democracia y, concretamente, por la democracia burguesa, a la que considera como una opción frente a la revolución socialista; Lenin y Trotski se pronuncian, en cambio, por la dictadura en oposición a la democracia, es decir, por la dictadura de un puñado de personas, por la dictadura según el modelo burgués. Son dos polos opuestos, equidistantes de la verdadera política socialista.”.

La opinión de Rosa Luxemburg es ilustradora. Pero sería presuntuoso decir hoy en día que hacía falta nuevas elecciones para la Constituyente. Su disolución forzada en marzo de 1918 precede, por pocos meses, al inicio de la guerra civil y de la coalición extranjera que intentaría ahogar la Revolución. Pero después de la victoria, en 1920, la reanimación de la vida democrática era de nuevo una necesidad tan abrasadora como la de relanzar la economía. Ello pasaba, como hemos dicho anteriormente, por el reimpulso de los sóviets exangües a través de una transfusión masiva de libertades recuperadas en su interior, pero también por la reconstrucción de un debate democrático nacional que condujera a elecciones y a un organismo capaz de convertirse en el lugar de debate y de toma de decisiones sobre las opciones políticas globales que afectaban a todo el país. Así pues, no adoptar esta vía costó mucho más caro que los riesgos que se hubieran corrido tomándola.

El poder: ¿tomarlo?, ¿conservarlo?, ¿siempre?

El mayor de los riesgos es, efectivamente, el de perder el poder. En nombre de este riesgo y de manera explícita, la deriva condujo una dictadura (en principio del proletariado) que, sin duda, era inevitable durante la guerra civil, hacia una dictadura del partido, a pesar de que este se encontraba en gran medida limitado respecto a sus propias tradiciones. Este riesgo era evidente durante toda la guerra civil, pero lo que estaba en juego entonces era muy claro. Por supuesto, si la guerra se ganó tras dos años de combates encarnizados, es gracias a la movilización de todo el país detrás de los sóviets y de su Ejército Rojo. Pero esta movilización fue el resultado de los desafíos sociales que prolongaban aquellos que estaban en juego en la propia revolución.

Antes de Octubre, la alternativa no estaba entre la toma del poder por los sóviets o una democracia parlamentaria más o menos estabilizada. Se resumía a la disyuntiva entre la revolución hasta el final o el retorno hacia una autocracia reinstalada por los complotistas de la reacción. Durante la guerra entre el ejército blanco y rojo, el primero fue rechazado y vencido porque, en las zonas que controlaron temporalmente, no hacían más que reinstaurar la supremacía de los grandes propietarios y de los capitalistas, esto es, la deshonrosa autocracia, ya sin zar.

Esta componente social —que se tiende a relativizar demasiado en todos los debates sobre la política propiamente dicha— habría seguido siendo determinante más adelante si la apertura política hubiera acompañado a las reformas económicas. Probablemente, habría existido el riesgo de que las elecciones nacionales vieran retroceder a los bolcheviques o, incluso, que fueran minoritarios. Un siglo después, la cuestión es: ¿se puede dudar de que esta eventualidad era menos peligrosa que la catástrofe histórica que fue la degeneración de la Unión Soviética? Desde luego, las masas rusas estaban agotadas y hartas de la guerra; aspiraban a un cambio rápido de sus condiciones de vida. Pero es improbable que hubieran optado entonces por votar a fuerzas que amenazaban con restituir a aquellos que la revolución había derrotado y que la guerra había vencido. Y aún si hubiera sido así, la lucha habría renacido rápidamente para defender por todos los medios las conquistas de la revolución, y habría encontrado su traducción política en las siguientes elecciones, renovando la confianza hacia los responsables del cambio social iniciado en 1917 por la revolución y los sóviets.

Pero la minoría, el Partido, no puede implantar el socialismo. Podrán implantarlo decenas de millones de seres cuando aprendan a hacerlo ellos mismos, decía Lenin en el IV Congreso Panruso de los Sóviets. En evidente contradicción con esta profesión de fe, las decisiones de los primeros años impidieron la representación de las correlaciones reales de fuerzas políticas, así como el reparto del poder en el seno de los sóviets.

Se puede comprender que estas opciones parezcan hoy en día mucho más claras que en el espeso humo de las batallas de entonces. Los revolucionarios de Octubre no eran, desde luego, conscientes de las consecuencias de sus decisiones, obligados y limitados como estaban por las circunstancias dramáticas de los años 20. Las consecuencias, sin embargo, se manifestaron de forma clara y bastante rápida. Sin embargo, durante la década de los 20, hasta los terribles años 30, aun era posible un cambio de tendencia; es más, se debatió su posibilidad en el seno del partido bolchevique, en lo que quedaba de los demás partidos y en toda la sociedad.

Continuidad, discontinuidad, ruptura

No hay comparación entre la represión de los años 1918-1924 y la degeneración estalinista; no solamente en términos cuantitativos sino también en lo que respecta a sus mecanismos más profundos. La represión bolchevique se inscribía en la situación de excepción del choque violento de la guerra civil. La simultaneidad del XI Congreso y de Cronstadt marca un cambio que va favorecer, sin lugar a dudas, la degeneración estalinista. Pero la situación no se había estabilizado aún. La lucha entre fracciones y los debates en el partido dan cuenta de una situación que aún podía evolucionar. Es verdad que hay elementos de continuidad entre la época leninista y la reacción estalinista, pero las discontinuidades y las rupturas son aun más importantes. A finales de la década de los 20, y con la colectivización forzosa de 1928, se produce una ruptura histórica, primero con la derrota de todas las oposiciones, y más adelante con la normalización del partido bolchevique, la difusión de un poder totalitario de represión política y social en toda la sociedad rusa, las deportaciones, las liquidaciones masivas.

La política estalinista no se inscribió en la dinámica revolucionaria, sino en la defensa de los intereses particulares del centro estalinista y de la burocracia, con sus privilegios, que fue la base del poder personal de Stalin. Es también una política reaccionaria a nivel internacional. El poder establecido no defiendía ya los mismos intereses. El poder de la burocracia sustituye al de los obreros y campesinos, representado todavía en los sóviets y en el partido de principios de los años 20. Es en el seno mismo de la revolución donde se desarrolla la contrarrevolución estalinista. Esta no es el resultado de lo anterior, a pesar de que haya habido graves errores durante el período leninista; es una contrarrevolución violenta contra la propia base política del proceso revolucionario, que finalmente pudo usurpar el poder.

La combinación fatal entre asfixia democrática, hartazgo social, cristalización burocrática y, sobre todo, la purga brutal a gran escala con una tremenda represión, hizo que la continuidad revolucionaria de Octubre saltara en pedazos. Y ahora que está rota, es necesario analizar claramente lo que pasó, para que el transcurso de los acontecimientos pueda ser distinto en el futuro, cuando la revolución se ponga a escribirlo de nuevo.

Publicado en el nº 34 de la revista Contretemps

¿Futuro del Frente Amplio en España?: Podemos se une a una coalición regional con el PSOE

por Paul Mitchell y Alejandro López//

Por primera vez, el partido de pseudoizquierda Podemos se ha unido a un gobierno de coalición regional con el Partido Socialista (PSOE). El acuerdo en Castilla-La Mancha es un modelo para otros acuerdos regionales y el posible precursor de un “gobierno de progreso” nacional que con ambos partidos.

La decisión de unirse a una coalición en Castilla-La Mancha se produce menos de un año después de que Podemos se viese obligado a retirar su apoyo de la administración minoritaria regional del PSOE encabezada por Emiliano García-Page, tras abandonar las medidas sociales que había prometido, lo que puso en una crisis a nivel nacional la orientación de Podemos hacia el PSOE.

García-Page fue una figura clave en el golpe interno que derrocó a Pedro Sánchez como líder del PSOE para que el Partido Popular (PP) pudiese formar un gobierno minoritario en Madrid. Sánchez representaba a secciones del PSOE que consideraban que un indefinido “giro a la izquierda” y unas relaciones más cercanas con Podemos controlarían el creciente descontento social y frenarían el colapso electoral del PSOE. García-Page se opuso amargamente a esto, acusando a Sánchez de querer “Podemosear” al PSOE.

Con la reelección de Sánchez como secretario general del PSOE a principios de este año, las esperanzas de los dirigentes de Podemos se elevaron de nuevo para nuevas discusiones sobre una alianza de izquierda. El 17 de julio, Sánchez y el líder de Podemos, Pablo Iglesias, se reunieron para establecer un comité de enlace a fin de discutir las áreas en las que pueden cooperar.

La oferta de García-Page a Podemos en Castilla-La Mancha debe ser vista en este contexto. Necesita que Podemos apruebe el presupuesto, bloqueado por el PP en el Congreso regional.

El PP tiene 16 diputados, el PSOE 15 y Podemos mantiene el equilibrio de poder con sus dos diputados, el secretario regional José García Molina, un aliado cercano de Iglesias, y David Llorente, destacado miembro del grupo pablista Anticapitalistas.

El 25 de julio, Iglesias fue coautor de un artículo para el diario en línea 20 Minutos con su exdiputado, Iñigo Errejón, el primero durante muchos meses. Los dos no estaba de acuerdo sobre la mejor manera de suprimir la oposición de la clase obrera, ya sea mediante protestas simbólicas en alianza con los sindicatos (Iglesias) o evitando movilizaciones sociales en favor de maniobras puramente electorales y parlamentarias orientadas al PSOE (Errejón).

Refiriéndose a la reelección de Sánchez como líder del PSOE Iglesias y Errejón declararon: “Si hoy es posible empezar a construir una colaboración mayor con el PSOE en el ámbito estatal, es precisamente por la victoria en este partido de los favorables a acercarse al polo del cambio asumiendo que no pueden gobernar solos y que no les conviene hacerlo con el PP y Ciudadanos”.

Concluyeron: “En Podemos nos marcamos el gobierno de las Comunidades Autónomas como nuestro principal objetivo estratégico en este ciclo político. Sabemos que ese camino no podemos hacerlo solos; necesitamos las fuerzas políticas hermanas que nos acompañan y a la sociedad civil y también necesitamos que el Partido Socialista siga dando pasos que le acerquen a ser antes un aliado del bloque del cambio que del bloque de la restauración”.

Al final, prevaleció la línea de Iglesias y Errejón. Nadie en el Consejo Ciudadano de Podemos, incluyendo a sus ocho miembros pablistas, votó en contra de entrar en el gobierno. Fue aprobado 26 a 0 con nueve abstenciones. Se les preguntó a los 15 000 seguidores de Podemos en Castilla-La Mancha: “¿Crees que Podemos Castilla-La Mancha debería votar sí a los presupuestos si con un acuerdo de gobierno se garantiza la puesta en marcha y el control de políticas propias como la Renta Garantizada o el Plan de Garantías Ciudadanas?”. El 78 por ciento votaron a favor.

García Molina declaró, “Se abre una nueva etapa en Podemos Castilla-La Mancha”. En respuesta a las acusaciones de que el presupuesto es el mismo que Podemos rechazó a principios de este año, respondió: “No hay que quedarse enredado en lo que pasó sino en lo que tiene que pasar”.

Como parte del acuerdo, el PSOE conjuró dos nuevos puestos que apestaban a las mismas “castas” bizantinas a las que Iglesias se opone. Molina ha sido colocado en un segundo puesto de vicepresidente y su compañera Inmaculada Herranz se convertirá en la nueva titular de la Consejería del Plan de Garantías Ciudadanas.

Llorente y los pablistas hicieron campaña para unirse al gobierno regional, insistiendo que, “La presión al Gobierno de Page hay que hacerla con los movimientos sociales, las organizaciones populares y sindicales”. Sin embargo, Llorente ha tranquilizado a todos de que acepta la decisión, pero intenta absolverse de cualquier responsabilidad personal por las consecuencias políticas de esta traición de Podemos –respondiendo con la réplica santa, “No aceptaré un cargo en el gobierno de Page”—.

Podemos es ahora indistinguible del PSOE en cómo persigue el poder a través de las instituciones burguesas y sobre un programa procapitalista y una política exterior imperialista.

En un artículo de opinión para El Confidencial, el periodista Ignacio Varela declaró: “Podemos se ha domesticado y ya es tan parte del sistema como el que más… El partido de Iglesias se va convirtiendo a gran velocidad en una fuerza que representa establemente a un importante sector de la sociedad, lo contiene dentro de los muros de la institucionalidad y, desde uno de sus espacios laterales [los pablistas], contribuye a mantener el equilibrio ecológico del sistema político…”.

Tales observaciones de figuras conservadoras como Varela, que hace tan sólo un año se enfrentaba a Iglesias y a Podemos como enemigos del Estado, son una exposición devastadora de Anticapitalistas y del Secretariado Unificado. Son responsables de este monstruo político que ayudaron a crear en el 2014.

Un boletín interno que se filtró en su momento explica cómo es que Anticapitalistas no iba a ser “demasiado explícito” en su nuevo proyecto, sino que estarían “a cargo” de promocionarlo “organizacional y políticamente”. Recurrieron a la creciente celebridad mediática y antiguo apparatchik del Partido Comunista, Pablo Iglesias, para que fuese la “cara pública” de Podemos.

Llorente deja claro el papel que desempeñó, explicando en su biografía para el sitio web de Podemos: “contribuimos a impulsar Podemos. Estoy en Podemos desde su inicio y creo firmemente en la potencialidad de este proyecto”.

En cada momento en que Podemos bota a la basura otro elemento de su vagamente radical manifiesto fundador, Anticapitalistas hace sus protestas obligatorias, antes de pasar al siguiente asunto. La integración de la dirigencia de Anticapitalistas a posiciones de alto perfil en las organizaciones locales, urbanas y regionales de Podemos continuó rápidamente.

Para desviar las críticas del papel de Anticapitalistas en Castilla-La Mancha, Isidro López y Raúl Camargo, pablistas líderes de Podemos en la comunidad de Madrid, escribieron un artículo para Público que fue reproducido en International Viewpoint el 8 de agosto, llamando el pacto un “error histórico”.

Haciendo sólo una referencia fugaz a su hombre Llorente, que ahora tiene el voto decisivo sobre la legislación en el Congreso regional, López y Camargo se quejan de que unirse al gobierno “a cambio de unos cuantos puestos en el aparato de estado” proporciona la “primera prueba experimental” de “un giro profundo en la dirección política de Podemos… hacia una dinámica de pactos de gobierno con el PSOE” y prefigura la formación de “un gobierno alternativo” a nivel nacional.

La reinvención de Sánchez como figura de oposición es “una hábil maniobra de marketing político”, añaden. Ellos advierten que Podemos se está transformando “en el ala izquierda de la regeneración del régimen”, condenándolo “a la irrelevancia política, y en el peor de los casos, su implosión…”.

Su única preocupación es evitar que la clase obrera y la juventud se conviertan en una alternativa revolucionaria, por lo que se centran en desarrollar el contrapeso de “un movimiento político suficientemente fuerte” como un supuesto control para la dirección de Podemos. Además, ponen de manifiesto que están a favor de la continua colusión con el PSOE, siempre y cuando no sea tan explícito como la formación de coaliciones. Declaran: “No se trata de mantener una posición meramente pasiva, se pueden explorar muchas vías de relación con otras fuerzas políticas, incluido el PSOE, que no pasan por entrar en gobiernos, desde los acuerdos puntuales hasta los acuerdos sectoriales en materias que se ajusten a los principios programáticos de Podemos”.

Tales giros patéticos no pueden ocultar cómo los pablistas se propusieron deliberadamente crear una versión española del partido Syriza, vocalmente de izquierda pero procapitalista, con el objetivo de desarmar a los trabajadores frente al desempleo masivo, los recortes de salarios y servicios, la pobreza y el crecimiento del militarismo.

John Locke: el empirismo naturalista

por Pascal Charbonnat//

En los albores de un nuevo período, un filósofo inglés, John Locke (1632-1704), realiza una síntesis del empirismo filosófico. Da su forma acabada al empirismo nacido del naturalismo metodológico, buscando la verdadera fuente de la facultad de conocer. Las fronteras de la razón natural están claramente trazadas; experiencia y creación se enfrentan, extrañas entre sí pero respetuosas una con otra. Seguir leyendo John Locke: el empirismo naturalista

Mary Shelley, o tal vez Mathilda

por Carmen Virgili//

So now my summer task is ended, Mary, and I return to thee, mine own heart’s home;

With thy beloved name, thou Child of love and light.

Así que ahora mi tarea veraniega ha terminado, Mary, y vuelvo a ti, hogar de mi propio corazón
Con tu amado nombre, ¡oh tú, hija del amor y de la luz!

 

Con estos versos empieza la dedicatoria A Mary con que uno de los mayores poetas del Romanticismo inglés, Percy B. Shelley, quiso encabezar su largo poema épico La Revuelta del Islam como homenaje a su esposa; las catorce estancias Spenserianas de la dedicatoria, con sus resonancias platónicas y sus referencias familiares, constituyen en sí mismas uno de los más bellos y sentidos poemas del gran poeta.

¿Pero quién fue en realidad Mary W. Shelley, universalmente conocida por ser la creadora de Frankenstein, uno de los mitos más fecundos de nuestro tiempo, y a quien ahora nos acercamos como autora de Mathilda? Dejemos que sea Percy B. Shelley quien nos la describa tal como la conoció en 1814, cuando Mary contaba 17 años:

Me encontraba en Londres en junio para un asunto relacionado con Godwin, lo cual requería mi presencia casi constante en su casa. Fue allí donde conocí a su hija Mary. La gracia y la singularidad de su carácter se transparentaban incluso en sus gestos y en el tono de su voz. La impetuosidad salvaje y la altura de sus sentimientos se revelaban en su modo de ser y en su mirada… ¡Su sonrisa es tan convincente y tan conmovedora…! Creo que no hay una sola perfección que no posea… Así hablo hoy de Mary… Nuestras almas están ahora tan unidas que al intentar describir sus muchas cualidades me siento como un egoísta que intentase acrecentar sus propios méritos… No obstante soy profundamente consciente de mi inferioridad, confieso sin ambages que Mary me supera en mucho por la originalidad y profundidad de su inteligencia…

Shelley prosigue en términos parecidos la carta a su amigo Thomas Hogg, hablándole en tono exaltado de su “ardiente deseo de poseer aquel tesoro inestimable”, confesándole que al principio trató de ocultarse a sí mismo “la verdadera naturaleza” de aquel amor, y de ocultárselo a ella, hasta “el momento sublime de mi éxtasis cuando ella me confesó que era mía…”, para terminar declarando: “Poseo el inalienable tesoro que buscaba y que por fin he encontrado”.

Hay que tener en cuenta que a la sazón el joven poeta rebelde estaba casado con la también jovencísima Harriet Westbrook, y que a sus ojos Mary no aparecía únicamente como “un tesoro” en sí misma, sino también, o quizá sobre todo, por ser hija de aquellos “gloriosos padres” a los que se refiere en la dedicatoria ya mencionada, de una madre que dejó la tierra en plena gloria y cuya fama brillaba en ella, de un padre del que Mary siempre podría “reclamar el refugio de un nombre inmortal”.

La madre, Mary Wollstonecraft, universalmente conocida por ser la autora de Vindicación de los Derechos de la Mujer, fue también prolífica ensayista y escritora, valiéndose incluso de las convenciones de la novela gótica para defender y propagar sus ideas.

El padre fue William Godwin, filósofo radical muy influyente en su tiempo, autor de Political Justice, obra que Shelley –expulsado de la Universidad de Oxford en 1811 por su panfleto sobre La Necesidad del Ateísmo– había estudiado a fondo. Fue esta obra, junto con la doctrina de la Necesidad sostenida por Godwin, lo que llevó a Shelley a aquella casa, donde defendió frente al padre la doctrina platónica de un cierto margen de libre voluntad en el Universo, encontrando en la hija la encarnación de la mujer ideal, el símbolo de la felicidad terrena y de la “Belleza Intelectual” del amor platónico.

Mary Wollstonegraf

Mary Wollstonecraft

Así empezó una relación que había de consolidarse sobre la tumba de la madre de Mary en el cementerio de la Old St. Pancras Church, donde los dos amantes se citaban para leer su obra, ya que Shelley era también gran admirador de la madre. Mary Wollstonecraft había muerto de parto al nacer su hija Mary, y su sombra debió flotar siempre sobre la vida de esta última, educada en su recuerdo y en su obra, según queda consignado en su Diario; de aquella madre a la que nunca conoció mas que por referencias Mary Shelley dejó escrito lo siguiente: “Mary Wollstonecraft es uno de esos seres que no aparecen más que una sola vez en el curso de una generación, su genio es incontestable… Su inteligencia, su coraje, su sensibi­lidad y su apertura de espíritu daban a sus escritos fuerza, encanto y sinceridad… Quien la conocía no podía por menos de amarla…”

El trauma del nacimiento de Mary, el esquema de la hija que causa la muerte de su madre al nacer para luego reemplazarla en el corazón del padre, se refleja con tanta fidelidad en Mathilda que resulta difícil ignorar su carácter autobiográfico. ¿Cómo no ver en la descripción que Mathilda hace del amor de su padre por su madre, con todos sus ecos platónicos, el reflejo del amor de Godwin por Mary Wollstonecraft, la comunidad de intereses entre ellos, patente en las cartas que han llegado hasta nosotros? Mathilda nos habla de su padre como de “un enamorado iluminado por la virtud y la verdad. La amaba por su belleza y su bondad, pero sin duda la amaba más todavía por lo que estimaba ser su sabiduría superior. Así fue como mi padre llegó a la cima de la felicidad”.

Percy Shelley

Nos hallamos ante un relato romántico, de carácter marcadamente autobiográfico, que poco tiene que ver con el cuento de terror o novela gótica moralizante que fue Frankenstein o el Moderno Prometeo, escrita solo dos años antes, en 1816, cuando Mary contaba solo 19 años. Fruto de un verano lluvioso junto al lago de Ginebra, y de las veladas en la Villa de Lord Byron, en las que los participantes se propusieron escribir historias de fantasmas, Frankenstein contiene ya interesantes proyecciones de la vida de la propia Mary, pero es en Mathilda donde lleva a la perfección la crónica familiar.

El relato comienza cuando Mathilda, con la certidumbre de que va a morir, decide evocar su vida declarando que necesita centrar sus ideas por medio de la escritura. Se trata pues de la recapitulación de toda una vida a la triste luz de la muerte, de la descripción de un estado, de una situación, más que de unos acontecimientos: del estado de “Beatitud en el Paraíso” y de la pérdida de ese estado, tal como se nos dice al final del capítulo tercero: “Solo puedo describir, utilizando términos breves pero vigorosos, el tránsito brusco pero irremediable de la felicidad a la desesperación.” Ese “’tránsito brusco” se produce cuando Mathilda descubre la verdadera naturaleza del amor que su padre le profesa, cuando comprende que él desea que sustituya en todo a su madre, tal como lo expresa en la carta de despedida que le deja al correr hacia la muerte: “Diana murió para darle vida, el espíritu de su madre ha pasado a su cuerpo, ella debe ser lo mismo que Diana fue para mí.”

Resulta curioso que sea la mera posibilidad de una relación incestuosa la que desencadene la tragedia en una época en la que el incesto se había convertido en tema caro a los románticos gracias al principio de “derecho divino” de la pasión. Dignificado por Chateaubriand en Atala, el mismo Shelley, en La Revuelta del Islam, convirtió a los amantes Laon y Cythna en hermano y hermana, y, a pesar de todo su simbolismo, los hizo morir intercambiando miradas de “amor insaciable”. Pero Shelley, que a propósito de la obra de Calderón Cabellos de Absalón escribió: “El incesto, al igual que otras muchas cosas incorrectas, es una circunstancia muy poética”, fue aún más lejos en su drama en verso The Cenci, en el que Swinbur­ne, en su Prefacio a la edición francesa, vio la huella del Divino Marqués. En efecto, el viejo Cenci se recrea con delectación en la seducción y posterior abyección de su propia hija: “La arrastraré, paso a paso, a través de infamias desconocidas entre los hombres… Su cuerpo será abandonado a los perros; su nombre será el terror de la tierra.”

William Godwin

El contraste entre esta tragedia de inspiración y atmósfera isabelina y la desesperada agonía de Mathilda ante el “abismo” que se abre en ella al descubrir el amor culpable de su padre resulta aún más curioso si se tiene en cuenta que The Cenci y Mathilda fueron escritas casi simultáneamente, en 1819, durante la segunda estancia de los Shelley en Italia. ¿Trató Mary Shelley de exorcizar algún fantasma con su relato, algún episodio de su propia vida, algo que pudo haber ocurrido, o que nunca debió ocurrir? Mathilda reproduce con exactitud el triángulo básico de la vida de Mary: el Padre, la Protagonista, el Poeta… Y aquí conviene recordar la violenta reacción de Godwin, el padre de Mary, cuando Shelley, el Poeta, le comunicó su decisión de huir con su hija. Al referirle el episodio a un pariente, aquel librepensador que defendía que la relación matrimonial debía terminar cuando una de las dos partes lo decidie­ra, empleó los siguientes términos: “El domingo, 26 de junio, él (Shelley) acompañó a Mary y a su hermana, Jane Clairmont, a la tumba de su madre… y allí, al parecer, concibió la idea impía de seducirla, traicionándome y abando­nando a su mujer”.

Lo cierto es que Mary, haciendo honor a las ideas liberadoras de la madre, no dudó en desafiar las iras del padre y huir a Europa con el Poeta… Y Godwin, a pesar de su indignación, aceptó e incluso exigió que Shelley siguiese pasándole una pensión, y fue él quien años más tarde consiguió la publicación de Frankenstein y se ocupó de ella, cosa que no hizo con Mathilda, que permaneció inédita en vida de Mary. Quizá la misma Mary lo prefiriese así, ya que esta obra, escrita tras la muerte de su hija Clare, que apenas tenía un año, y de su hijo Wi­lliam, que tenía tres años, refleja uno de los períodos más amargos y difíciles de su existencia, un período que resume así en su Diario: “…terminado al mismo tiempo que mi felicidad el 17 de junio de 1819”. Ese fue el día de la muerte de William.

El Diario queda interrumpido y Mary Shelley se refugia en Mathilda, que se abre con un desolado panorama de soledad y de muerte y que tiene mucho de confesión, de desahogo. En efecto, no resulta difícil percibir la voz de la propia Mary cuando Mathilda exclama: “Y yo, que fuí alimentada por las lágrimas y bañada por el rocío de la aflicción durante tantos años, ¿podría yo acaso relataros, aunque fuera por unos momentos, otra cosa que una historia de dolor y de muerte?”

La historia que nos relata Mathilda es de hecho parte de la historia de la propia Mary, o mejor dicho, el lado oscuro de esa historia, en el que, a la muerte de sus dos hijos en Italia, hay que sumar la muerte unos años antes de una hija recién nacida en Inglaterra, así como el suicidio, en octubre de 1816, de su hermanastra Fanny, hija de Mary Wollstonecraft, y en diciembre del mismo año, de Harriet Westbrook, la primera esposa de Shelley. La primera recurrió al láudano y la segunda se ahogó en el lago de Hyde Park; las dos eran personas muy jóvenes y próximas a Mary, que vivía a la sazón cerca de Londres y que debió sentirse en parte responsable de aquellas muertes.

Sin necesidad de proponérselo Mary Shelley llevó a la perfección la teoría romántica de que el mejor modo de expresar las pasiones es expe­rimentarlas en la vida real, experimentar las sugerencias más monstruosas de la imaginación… A pesar de su juventud, el suicidio le era tan familiar como la muerte, y si compartió el inmenso amor de Shelley compartió también las profundas crisis que éste superaba con láudano. Cuando nos habla en Mathilda de los vaivenes de la pasión y la desesperación, de la elección de la soledad, de la búsqueda de la muerte como liberación, Mary sabe muy bien de qué está hablando. Y son esas notas de sinceridad, de vida vivida, de testimonio de una época, las que conectan este relato con la sensibilidad de nuestro tiempo por encima de toda la hojarasca romántica.

Lord Byron

En efecto, si el padre de Mathilda se configura según los esquemas del héroe fatal del Romanticismo –hábitos melancólicos, huellas de pasiones extinguidas, culpas inconfesables, ca­ra pálida, ojos penetrantes e inolvidables…– que se destruye a sí mismo y destruye a la mujer que cae en su órbita, haciendo suyo el motto del Manfred de Byron “I loved her and destroy’d her” (La amé y la destruí), la voz de Mathilda suena enormemente fresca y próxima a nosotros cuando exclama: “No os confundáis, nunca estuve loca de verdad”, o cuando anali­za su situación concluyendo: “En mí había muerto el aliento de la vida.”

Pero quizá el mayor interés de Mathilda resida en que se trata de una obra extrañamente premonitoria, que no se limita a reflejar el presente, sino que anticipa el porvenir. La tragedia de Mathilda recuperando el cadáver de su padre ahogado en plena tempestad y devuelto por las aguas resulta estremecedoramente profética: en julio de 1822, y al cabo de una semana de inquietud y angustia, las aguas devolvieron a la orilla los cadáveres de Shelley y de su amigo Williams, ahogados en el golfo de La Spezia, al volcar su barco en plena tempestad. Una vez más la vida imita al arte y Mary Shelley tiene que vivir en la realidad una tragedia que ya había imaginado y descrito. “Mathilda predice hasta los más pequeños detalles lo que ocurrió más tarde; en conjunto, se trata de un documento conmemorativo de lo que estoy viviendo hoy”, declaró un año más tarde, en una carta escrita a su amiga Mary Ginsborne.

Su Diario de esta época parece en efecto la continuación de aquel relato romántico en el que puso tanto de su vida: “¡Y ahora, estoy sola! Las estrellas pueden ver mis lágrimas, el viento puede beber mis suspiros, pero mis pensamientos son como un tesoro sellado que no puedo confiar a nadie. ¿Cómo podría darles la palabra a los pensamientos y sentimientos que me atraviesan como una tempestad…?”

A través de las convenciones románticas y como una caja de resonancias entre la imaginación y la realidad, Mathilda capta y refleja la sensibilidad de toda una época porque en ella se proyecta el espíritu de una mujer que vivió esa época a fondo, que conoció y amó a los mejores poetas, y que pudo escribir, a modo de recapitulación: “…Francia, la pobreza, los días de soledad, las dificultades, después la estancia en Bishpgate, Suiza, Bath, Marlow, Milán, Bagni di Lucca, Este, Venecia, Roma, Nápoles, Roma, la desgracia, Livorno, Florencia, Pisa, la soledad, los Williams, Baños de Pisa: tales son los capítulos, y cada uno encierra una historia más romántica que cualquier posible relato”.

 

Este texto constituye el prólogo de la edición española de Mathilda

Municipios mineros: los millones de Los Pelambres que se esfumaron en Salamanca

por Alberto Arellano y Catalina Albert//

Salamanca es un hervidero: la municipalidad está en quiebra con un hoyo financiero de más de $5 mil millones. En el centro de las acusaciones: Gerardo Rojas (PPD), alcalde por 12 años hasta 2016. CIPER descubrió que el forado se tapó por años con millonarios aportes de Minera Los Pelambres, la que carga con un prontuario ambiental en la zona. Contraloría cuestiona este tipo de aportes por conflicto de interés. CIPER estableció que entre 2010 y 2016 la empresa del Grupo Luksic traspasó al municipio más de $7 mil millones. Al menos $2 mil millones fueron desviados al pago de sueldos y gastos corrientes.

En mayo pasado las sirenas de peligro en la faena de Minera Los Pelambres volvieron a sonar. Esta vez no se trataba de derrames de desechos, ni tampoco de cortes de caminos provocados por opositores a la mega faena de cobre y molibdeno del Grupo Luksic. A principios de ese mes, los ejecutivos de la minera fueron notificados por la nueva administración de la Municipalidad de Salamanca, comuna ubicada a 45 kilómetros de Los Pelambres (Región de Coquimbo), que un monto significativo de los más de $5.200 millones que transfirió a las arcas de la entidad entre 2015 y 2016 se habían esfumado.

La búsqueda de esos dineros –que hoy ha dado paso a una exhaustiva investigación en Los Pelambres, la Municipalidad de Salamanca y la Contraloría– es solo la superficie de una caja que esconde el destino de otros millonarios traspasos desde la minera al municipio. La indagación de CIPER arroja que entre 2010 y 2016 Minera Los Pelambres inyectó a la Municipalidad de Salamanca $7.200 millones en donaciones. Para graficar el impacto de ese monto en las finanzas municipales, basta citar un ejemplo: los $3.255 millones que Los Pelambres traspasó a la administración edilicia en 2016 representaron más del 16% del presupuesto municipal, superando en $1.200 millones el monto disponible para la gestión de salud en toda la comuna.

Gerardo Rojas Escudero, ex alcalde de Salamanca (Fuente: ppd.cl)

Gerardo Rojas Escudero, ex alcalde de Salamanca (Fuente: ppd.cl)

El protagonista central de los más de $2 mil millones investigados es uno de los históricos aliados de Minera Los Pelambres: Gerardo Rojas Escudero (PPD), quien fue desde 2004 y hasta 2016 alcalde de Salamanca. Rojas, con estudios de Derecho, también ocupó el sillón edilicio entre 1992 y 1994. Versiones recogidas para este reportaje indican que entre ambos periodos el ex alcalde trabajó algunos años para la propia minera como asesor jurídico.

Pese a la danza de millones que recibió el gobierno local bajo el mandato de Gerardo Rojas, hoy la Municipalidad de Salamanca arrastra un hoyo financiero que sobrepasa los $5 mil millones. Eso no es todo. El arqueo que hizo la nueva administración edilicia arroja que, del total de dineros que Los Pelambres depositó en las arcas municipales entre 2015 y 2016 –y que debían ir en beneficio de los vecinos–, hay al menos $2 mil millones que fueron desviados al pago de remuneraciones de funcionarios y a cubrir la operación del municipio.

En otras palabras: la gestión del ex alcalde Gerardo Rojas ha dependido en buena medida de los recursos de Los Pelambres. Los traspasos también le han permitido a la minera obtener beneficios tributarios en virtud de la Ley de Donaciones.

No solo beneficios tributarios ha conseguido Los Pelambres con sus aportes millonarios a Salamanca. Los traspasos de dinero están estrechamente ligados a los sucesivos problemas medioambientales protagonizados por la minera y que han sacudido a sus más de 25 mil habitantes.

PRONTUARIO MEDIOAMBIENTAL

El año 2008 fue fatídico para los habitantes de Salamanca. El 28 de noviembre, la rotura de un ducto de Minera Los Pelambres originó el derrame de 12 mil litros de petróleo. No era el primer episodio de contaminación de la mega operación controlada por Antofagasta Minerals (AMSA), el brazo minero del Grupo Luksic. En agosto de ese mismo año, aguas residuales de la faena minera habían escurrido al río Cuncumén y al estero Las Camisas. Un año después, 13 mil litros de concentrado de cobrecayeron al río Choapa.

Por esos eventos Los Pelambres fue multada por la autoridad ambiental en 2009 con $82,5 millones, el 0,02% de sus utilidades de ese año que, en el atardecer del “superciclo” del cobre, sobrepasaron los $480 mil millones.

El prontuario socio ambiental de Los Pelambres incluye la remoción de glaciares rocosos, estrés hídrico, polvo en suspensión y la construcción de El Mauro, uno de los tranques de relaves más grandes de Sudamérica, a pocos kilómetros del pueblo de Caimanes. La lista se engrosó con nuevos episodios de derrame en 2012, 2015 y con los cargos que presentó en su contra la Superintendencia de Medio Ambiente (SMA) en 2016 por varias infracciones calificadas como graves.

Lo anterior no ha sido obstáculo para que la minera se haya granjeado el férreo apoyo de autoridades de Salamanca y de la región, entre ellas el del ex alcalde Gerardo Rojas, cuya gestión municipal está hoy bajo la lupa de la Contraloría General de la República.

El default del municipio es vox populi en Salamanca y hace algunos meses la noticia llegó a las oficinas de la minera que, en mayo pasado, encargó una auditoría a Pricewaterhouse Coopers (PWC) para conocer el destino de las platas entregadas al municipio en los dos últimos años de gobierno del ex alcalde. El informe ya está terminado y será presentado a las autoridades de Salamanca en el transcurso de esta semana.

Alertas anteriores por el mal uso de los aportes de la minera por parte de la administración de Rojas eran conocidas. En 2009, por ejemplo, la Contraloría advirtió que desde al menos 2007 la municipalidad había destinado fondos de la minera al pago de remuneraciones y cuentas del municipio. Esos hechos “podrían revestir carácter de delito”, concluyó la investigación.

(Fuente: martagimenoa.wordpress.com)

(Fuente: martagimenoa.wordpress.com)

Pese a lo lapidario del informe, los dineros remesados por Los Pelambres a las arcas municipales aumentaron vertiginosamente año a año. En 2016, cayó una nueva advertencia de Contraloría sobre el desvío de fondos de la administración del ex alcalde PPD.

“Pelambres ayudaba a la Municipalidad de Salamanca con recursos porque el alcalde le paraba los conflictos, gestionaba con los vecinos que no se le opusieran, entonces por ahí partieron esos proyectos”, señaló una autoridad de la región que pidió reserva de su identidad.

Históricamente, Gerardo Rojas ha jugado un rol clave como mediador entre la comunidad de Salamanca y la minera. “Si se cierra Minera Los Pelambres los indicadores económicos se van a las pailas”, señaló a la prensa en marzo de 2015 tras el fallo de primera instancia que ordenó la demolición de El Mauro, el gigantesco contenedor donde la minera deposita sus relaves. Las últimas estimaciones indican que el índice de pobreza en la comuna de Salamanca alcanza 19%, casi cinco puntos arriba de la media nacional.

Bajo el mandato de Rojas la alcaldía ha tenido que pronunciarse formalmente sobre los planes de expansión de la faena del Grupo Luksic. Así ocurrió en 2012, cuando el Servicio de Evaluación Ambiental (SEA) le pidió a ese municipio analizar la compatibilidad territorial de un proyecto para aumentar la capacidad productiva de Los Pelambres. La entidad edilicia se manifestó “conforme” (ver documento). No debió hacerlo.

Un dictamen de Contraloría del 5 de marzo de 2010 instruye que las municipalidades tienen la obligación de no suscribir convenios o recibir aportes de empresas o personas que “tengan o puedan tener interés en asuntos que deban ser analizados, conocidos o resueltos por la entidad edilicia”. Ese dictamen se hizo para efectos de impugnar las donaciones a municipios de Aysén realizadas por empresas que controlaban dos proyectos hidroeléctricos en esa región que en ese momento eran evaluados por el SEA (ver documento).

Desde Antofagasta Minerals negaron que Minera Los Pelambres haya vulnerado alguna vez ese dictamen de Contraloría y agregaron que están avanzando en un modelo de gestión en el que quienes reciban los aportes no sean los municipios, sino terceros expertos en ejecución de proyectos.

DERRAME DE PLATA

CIPER pudo rastrear parte importante de los montos traspasados por la minera a la cuenta del municipio desde 2010 en adelante: son al menos $7.200 millones en los últimos siete años. Aunque no se pudo conocer con exactitud la cifra total de aportes anteriores a esa fecha, hay evidencias de traspasos de dineros desde al menos 2007.

Más de la mitad de los $7.200 millones inyectados desde 2010 por Los Pelambres fueron transferidos en los dos últimos años de la gestión de Gerardo Rojas, quien después de 12 años en el cargo fue derrotado en las elecciones de octubre de 2016. A partir de abril de 2015, la mayoría de las donaciones comenzaron a ejecutarse al alero del programa “Viva Salamanca”. El acuerdo, firmado entre el municipio y la minera, debía formalizar y canalizar los cuantiosos aportes en proyectos que prometían “mejorar la calidad de vida de los vecinos”.

Firma del convenio "Viva Salamanca"

Firma del convenio “Viva Salamanca”

“Viva Salamanca” es parte de un proyecto más amplio de Los Pelambres llamado “Somos Choapa”, a través del cual desde hace un par de años se gestionan las donaciones de la minera a todas las comunas de esa provincia. La metodología de “Somos Choapa” fue diseñada a la medida de Los Pelambres por la empresa de comunicaciones del sociólogo Eugenio Tironi.

El acuerdo que selló el programa “Viva Salamanca” en abril de 2015 es explícito en que los fondos de la minera debían ser usados “única y exclusivamente para los objetos mencionados (…) y, por ende, no pueden ser destinados para fines que no estén indicados en el presente convenio”.

Pero eso no ocurrió. Según los antecedentes que CIPER tuvo a la vista, de los $5.258 millones que entre 2015 y 2016 la administración edilicia recibió de la minera, al menos $2.103 millones no figuran en la cuenta corriente municipal y no cuentan con documentación de respaldo. Esos millonarios fondos no se han traducido en ninguna obra que vaya en beneficio de los salamanquinos.

POZO SIN FONDO

La investigación de CIPER arroja que una tajada considerable del dinero que históricamente ha fluido desde Los Pelambres a la alcaldía, ha ido a tapar los hoyos de la escuálida caja municipal. Con esos fondos se montó una bicicleta financiera que hace poco colapsó. Lo que sí está claro por ahora, es que por años ese flujo de dinero le permitió a  Gerardo Rojas solventar los gastos operacionales de su administración.

El edil electo de Salamanca, Fernando Gallardo (Independiente por Chile Vamos), reconoció a CIPER que la deuda municipal asciende actualmente a $5.080 millones.

El descalabro financiero que afecta a la alcaldía de Salamanca quedó registrado en el acta del Concejo Municipal del 12 de junio pasado. Allí, el jefe de Finanzas del municipio y quien fuera brazo derecho de Rojas,  Rodrigo Muñoz, reconoció ante los concejales que “durante largo tiempo la administración anterior funcionó con fondos del convenio Viva Salamanca” (ver acta).

Municipalidad de Salamanca (Fuente: salamancachile.cl)

Municipalidad de Salamanca (Fuente: salamancachile.cl)

Según expuso Muñoz, a medida que llegaban las platas de Minera Los Pelambres, estas se iban utilizando para cubrir otros gastos. Y entregó detalles: $654 millones para el pago de honorarios; $312 millones usados como “aporte a educación”; $599 millones en “gasto corriente”; $181 millones en actividades municipales, entre otros.

Esto continuó, relató Muñoz, hasta que “fue imposible revertir el saldo a estado positivo”. El jefe de Finanzas municipal no titubeó cuando una concejala consultó sobre el conocimiento de la administración anterior sobre la precaria situación de la entidad: “La unidad de Finanzas siempre mantuvo informado de este déficit de caja al ex alcalde Rojas (…) todos los días le entregábamos el estado de fondos para que tomara conocimiento”, dijo.

El alcalde Gallardo transparentó a CIPER que aún no ha sido posible determinar con exactitud el destino de parte de las donaciones de la minera: “Yo creo que aquí hay una malversación clarísima, porque los aportes de Los Pelambres eran para hacer proyectos, pero esos proyectos no se hicieron. Entonces, ¿dónde quedó la plata?”, se pregunta.

El alcalde se refiere a obras inexistentes, como la construcción de una plaza en el barrio Santa Rosa de la comuna; la pavimentación de caminos en el sector de Tranquilla; cuatro plazas en la localidad de Chillepín y la habilitación de un centro cultural.

Uno de los mayores problemas que deberá resolver el alcalde Fernando Gallardo en los meses venideros es cómo pagarle a proveedores que fueron contratados por el municipio con platas de la minera:

-En el proyecto de soterramiento de cables en la Avenida Infante, una de las arterias principales de la ciudad, hay un avance de un 95%, pero le debemos a la empresa constructora unos $1.150 millones -señaló Gallardo a CIPER.

El nuevo alcalde espera que el municipio siga recibiendo aportes de Minera Los Pelambres. Consultado respecto del tratamiento que en adelante le dará la nueva administración a estas donaciones, el alcalde fue categórico: “Los aportes de la minera no me amarran”.

CIPER intentó comunicarse en reiteradas oportunidades, aunque sin éxito, con el ex alcalde Gerardo Rojas para conocer su versión. El jueves 17 de agosto se logró contactar a su esposa, la que señaló que Rojas devolvería el llamado. Al cierre de esta edición eso no ocurría.

OÍDOS SORDOS

Antes que se hiciera público el colapso financiero que hoy tiene a la Municipalidad de Salamanca sin fondos, hace ocho años la Contraloría ya había hecho reparos al uso que el municipio hacía de los recursos que le donaba Los Pelambres.

Un informe de la Contraloría de 2009 constató que casi la mitad de los $226 millones traspasados por la minera en 2007 para la compra de un terreno y el diseño de construcción de un liceo técnico profesional, habían sido ocupados por la alcaldía para el pago de remuneraciones de funcionarios. La situación se repitió en 2008 y 2009 (ver informe).

Fueron los años en que Los Pelambres protagonizó una decena de incidentes medioambientales: vertimientos de aguas de proceso, petróleo y hasta concentrado de cobre que en ocasiones escurrieron a esteros y al mismo río Choapa, la arteria de la economía agrícola de la zona. No solo las aguas del río se vieron afectadas por la extracción minera. En 2008 se dio a conocer un informe de la Universidad de Waterloo (Canadá) que denunció que Los Pelambres había removido glaciares rocosos cercanos a su operación, los que contenían reservas de agua de entre 1,89 y 2,84 millones de metros cúbicos. Esa cantidad equivale a entre 48 y 72 veces el total de agua potable facturada por la sanitaria Aguas del Valle en toda la Región de Coquimbo en 2015.

Las intervenciones de glaciares rocosos no fueron anunciadas por Pelambres en ninguno de lo estudios ambientales presentados a la autoridad entre 1997 y 2004. Sin embargo, se conocía de su existencia (…) por causas que desconocemos se omitió esa información”, señalaron los expertos de Waterloo (ver documento).

Glaciares rocosos afectados por Minera Los Pelambres entre los años 1997 y 2006 (Fuente: Informe Universidad de Waterloo)

Glaciares rocosos afectados por Minera Los Pelambres entre los años 1997 y 2006, según estudio de la Universidad de Waterloo.

En medio de la seguidilla de episodios de daño ambiental protagonizada por Los Pelambres, la preocupación del entonces alcalde Rojas estaba puesta en responder a los cuestionamientos de la Contraloría por los desvíos de dinero. Su argumento fue uno solo: el municipio arrastraba una deuda estructural. Y el mal uso de los recursos de la minera se debía a situaciones “urgentes” y que “una vez que se contaba con los fondos suficientes, estos se reponían”.

Para el organismo contralor la respuesta fue insuficiente: “Además de vulnerar la normativa sobre donaciones, constituye una falta a las obligaciones del alcalde (…) Considerando que los hechos podrían revestir carácter de delito, la Contraloría formulará la denuncia correspondiente ante el Ministerio Público, consignó.

Por razones que se desconocen la vía penal fue desestimada. CIPER contactó a la Fiscalía de Coquimbo donde afirmaron no haber recibido antecedentes sobre esta situación, ni de Contraloría ni de ningún otro organismo público.

El terremoto que en 2015 remeció al norte del país originó un nuevo cuestionamiento. En noviembre de 2016 la Contraloría impugnó que el municipio utilizara $43,4 millones donados por la minera en la reparación de viviendas. El problema: el compromiso era hacerlo con 47 casas y solo “alcanzó” para 18.

Rojas explicó entonces que “al momento de la suscripción del convenio se entregó una propuesta estimativa del costo de las soluciones, sin un proyecto de respaldo que las justificara”.

El informe volvió a desnudar el caos en las arcas edilicias: el municipio llevaba siete meses sin hacer una conciliación de sus cuentas y había diferencias de más de $214 millones entre los registros contables vigentes. También se constató la inexistencia de documentación que respaldara algunas compras y servicios prestados al municipio (ver documento).

Llama la atención que las alertas de Contraloría sobre el mal uso de los millones aportados por Los Pelambres a Salamanca no tuvieran ningún efecto ni en el municipio ni en la minera. Y ello, porque  entre 2009 y 2016, años del primer y último informe del organismo, el flujo de recursos de la minera no hizo más que aumentar. Las cifras que CIPER pudo pesquisar indican que las donaciones alcanzaron $1.075 millones en 2013; $1.132 millones en 2014; $2.151 millones en 2015 y $3.255 millones en 2016. Dependiendo del año, los montos representan entre el 0,2% y el 2% de las utilidades de Los Pelambres.

–Nosotros no conocíamos el informe de Contraloría de 2009. No teníamos información respecto de su existencia. Si lo hubiésemos tenido a la vista, algo hubiéramos hecho en esa época –indicó a CIPER el gerente de Asuntos Públicos de Antofagasta Minerals, Andrés Morán.

Cristina Farías, presidenta de la Junta de Vecinos Arboleda Grande de Salamanca, ha sido crítica de los aportes de Los Pelambres y de la relación del ex alcalde Rojas con la minera:

–Gerardo Rojas jamás hizo un levantamiento del impacto de las operaciones de la minera. Cuando las comunidades tenían conflictos con Los Pelambres el municipio jamás estuvo a la cabeza apoyando.Tampoco se preocupó de exigirles el cumplimiento de la resolución de calificación ambiental ante los servicios competentes, para disminuir el impacto que produce su actividad extractiva en la población –dijo a CIPER.

Casi un mes antes del pronunciamiento de Contraloría sobre la gestión de recursos del municipio tras el terremoto, la Superintendencia de Medio Ambiente (SMA) había emitido un lapidario informe. Su destinatario: Minera Los Pelambres.

CAMIONESEn ese documento, fechado el 13 de octubre de 2016, la SMA formuló a la minera nueve cargos –cinco catalogados como “graves”– por diversas violaciones a las resoluciones de calificación ambiental que le dieron luz verde a su operación. Entre las infracciones se detectaron bombeos desde pozos donde la minera no contaba con derechos de agua establecidos, lo que podría “estar afectando los derechos de terceros” en la cuenca del estero Pupío, e incumplimientos de medidas de compensación asociadas a la reforestación de especies arbóreas (canelos, guayacanes y algarrobos), todas ellas diezmadas por la construcción del tranque de relaves El Mauro (ver documento).

La profesora Ana Leyton, directora del Centro Cultural del Choapa en Illapel, ha sido testigo de las transformaciones que introdujo en la década de los ’90 la actividad minera en toda la provincia. También es crítica respecto de los métodos que ha empleado Los Pelambres para implantar su faena e insertarse en la región:

–Nosotros somos sacrificados ambientales y esto fue decidido por las propias autoridades regionales de Coquimbo. Pelambres destruyó la vida agrícola en gran parte del valle. Dígame usted, ¿por qué tendría uno que estar agradeciéndole sus donaciones a una empresa extractivista que destruye el valle? –cuenta en conversación con CIPER.

MÁS ALLÁ DE SALAMANCA

Los históricos aportes de Minera Los Pelambres a la Municipalidad de Salamanca no son los únicos cuestionados por Contraloría. En mayo de 2015, el organismo emitió un informe que indagó en la relación entre la Gobernación de Choapa y la minera. En su investigación, el ente fiscalizador detectó que durante la administración del entonces gobernador, Iván Cisternas (RN), se suscribieron diversos convenios de colaboración con la compañía. El problema es que la Gobernación no tiene las facultades legales para hacerlo, pues ese rol le compete a la Intendencia (ver Nota de la Redacción).

En dos convenios se centraron los reparos del ente contralor: un programa de “seguridad pública” y otro de “seguridad ambiental”. Para ambos Los Pelambres allegó recursos a la gobernación con el propósito de que se contratara personal a honorarios para su funcionamiento, entre otros ítems. Entre las irregularidades detectadas por la Contraloría figura un abogado remunerado con dineros de la minera realizando labores distintas a las estipuladas en el convenio. También, obras de “ampliación y mejoramiento” del edificio de la gobernación. No hubo licitación para la ejecución de esas obras.

Minera Los Pelambres busca coordinar sus acciones con los diversos organismos públicos y privados y comunitarios preocupados del desarrollo y crecimiento de la provincia del Choapa, motivo por el cual otorgó el financiamiento de las obras ejecutadas en el inmueble de la gobernación con el objeto que los recursos humanos contratados con cargo al convenio de colaboración, tuvieran los equipamientos y espacios físicos necesarios para la ejecución de las tareas propias del convenio”, fue la respuesta del gobernador consignada en el informe (ver documento).

PELAMBRES1Los aportes financieros y nexos con políticos en las zonas donde Antofagasta Minerals (AMSA) tiene sus inversiones, han sido motivo de cuestionamientos y polémicas. La más bullada fue la renuncia a su cargo que debió presentar en junio de 2015 el entonces ministro Secretario General de la Presidencia, Jorge Insunza(PPD), tras conocerse que mientras era diputado le vendía a la minera del Grupo Luksic informes a cambio de un pago mensual de $2,2 millones. Insunza, quien presidió además la Comisión de Minería de la Cámara, reconoció que el trabajo que hacía para la minera a través de una consultora, venía desde antes de 2014, cuando asumió como diputado precisamente por el Distrito 9, correspondiente a las comunas de Salamanca, Illapel y Los Vilos, entre otras.

La minera también se ha involucrado en el financiamiento de campañas políticas en la región. Así lo reconoció el ex gobernador de Choapa, Iván Cisternas, a una radio de Salamanca a principios del año pasado. Cisternas acudió a las oficinas centrales de la minera en Santiago a pedir apoyo financiero, cuando se presentó en 2013 como candidato a diputado por el Distrito 9.

El gerente de Asuntos Públicos de AMSA, Andrés Morán, dijo a CIPER que la minera nunca ha recibido a candidatos en sus oficinas:

–Nosotros efectivamente hacíamos aportes a campañas políticas bajo la norma vigente en la época. Se hacían como aportes reservados de modo estrictamente legal. No me puedo hacer cargo de lo que dijo Iván Cisternas, porque no nos reunimos con candidatos para escuchar sus necesidades de financiamiento de campaña.

Pero Cisternas insistió en sus dichos en conversación con CIPER: “A mí me dieron $10 millones, por la vía legal a través del Servel”. Consultado respecto de cómo supo la identidad del donante de esos dineros si se trata de aportes reservados, afirmó:

-Cualquiera que te diga que no sabe de dónde vienen los millones te está mintiendo. Nadie los regala, llegan de algún lado de donde tú fuiste a pasar el sombrero. Yo fui a Pelambres, pedí plata, me dijeron ok, te vamos a depositar tanto, tal como le vamos a dar al resto”.

Iván Cisternas perdió la elección parlamentaria en 2013. Los dineros de la minera, esa vez, no bastaron.

 

Mientras Occidente fabrique terroristas, habrá atentados

por Marc Cher-Laparrain//

Anteayer una bomba estallaba en Bagdad, ayer unos asesinos atacaban en Londres, hoy un coche ataca a la policía en París, ¿y mañana?

Quince años después del desencadenamiento de la guerra contra el terrorismo dirigida por Estados Unidos y apoyada por la mayor parte de los países occidentales, entre ellos Francia, cada vez se contabilizan más ataques calificados de terroristas. ¿No ha llegado el momento para Occidente de preguntarse sobre sus responsabilidades, sobre la manifiesta ineficacia de las soluciones policiales y militares contra el yihadismo y sobre su responsabilidad en la fabricación de terroristas?

Después de su aparición en 2014, tras el comienzo de la campaña aérea de la coalición dirigida por Estados Unidos contra la organización del Estado Islámico (EI), a día de hoy (21/06/2017), los atentados ligados al EI en Europa han provocado 331 víctimas, de ellas 239 en Francia, 37 en Reino Unido, 36 en Bélgica, 12 en Alemania, 5 en Suecia, 2 en Dinamarca.

En Irak, los atentados cometidos por esa organización yihadista provocan una media de 1 500 víctimas cada año entre la población civil, sin contar las producidas en los combates que le enfrentan al ejército iraquí y sus aliados. En los demás países arabo-musulmanes afectados por el EI y sus filiales locales, aunque el balance sea inferior, se trata sin embargo de varios centenares de muertos al año, desde Túnez a Afganistán, pasando por Yemen.

Desde su lanzamiento como consecuencia de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos (2 993 muertos), la guerra contra el terrorismo iniciada por Georges W. Bush ha provocado entre 500 000 y un millón de víctimas, incluso si sirvió también y sobre todo como pretexto para las ambiciones ideológicas y económicas de los neoconservadores americanos entonces en el poder. Igualmente, desde esa fecha se cuentan 544 muertes en Europa por atentados yihadistas y 11 en s Estados Unidos, es decir, un total de 655. Es decir que por cada 1 000 víctimas de esta guerra en Oriente, de las que solo algunas son de yihadistas, hay una víctima en Occidente. ¿ Es éste un discurso de propaganda del EI o de Al Qaeda? No, sencillamente es recordar los hechos.

El precio a pagar

El 11 de septiembre de 2001 no se trataba más que de un crescendo en la serie de atentados que Al Qaeda había perpetrado desde 1992 contra Estados Unidos en África, Arabia Saudita, Yemen, Filipinas y en Estados Unidos mismo. Cierto que fue mucho más importantes que los precedentes, pero se inscribía en su continuidad. No era un fenómeno nuevo en su principio. Todos estos atentados, 11 de septiembre incluido, eran una respuesta al masivo despliegue militar americano en Arabia Saudí tras la invasión de Kuwait por Irak en 1990, y más aún a las entre 500 000 y 700 000 víctimas civiles provocadas por el embargo de Irak que había seguido durante el decenio de 1990. Madeleine Allbright, entonces secretaria de Estado, comentando en 1996 una estimación de la FAO que evaluaba el número de víctimas en medio millón, como “el precio vale la pena”. Washington ya había reaccionado a algunos de esos atentados, en particular en 1998, mediante bombardeos en Afganistán y en Sudan contra bases de Al Qaeda.

Desde hace más de 15 años, el intervencionismo occidental en Próximo Oriente no está justificado o determinado más que por esto: luchar contra el terrorismo. Pero, hay que repetirlo una vez más, los medios empleados -intervención militar y apoyo a regímenes represivos aliados de Occidente- no hacen sino mantener y reforzar las raíces del yihadismo. Recordemos también que el terrorismo es un modo de acción, no una entidad en sí, ni una ideología, ni una religión. Tratándose de yihadismo, ya sea en Próximo Oriente o en África, sigue siendo un movimiento de reacción a lo que es sentido y vivido como una agresión. En toda su historia, no ha actuado ex nihilo, sino siempre como respuesta, empleando el terrorismo en sus ramas extremas. Y su esencia es de orden político y no religioso, ya sea en Irak, Yemen o en el Sahel. Lo religioso no es para él más que un vector identitario allí donde el islam es una referencia endógena de sociedad.

“Atacan nuestros valores”

En Occidente, a cada nuevo ataque yihadista, vuelve el mismo discurso, letanía asestada a la opinión pública, ya sea por la clase política o por los medios: “atacan nuestros valores, la democracia, la libertad”. La dimensión religiosa extremista del yihadismo es puesta en el primer plano de forma exclusiva: es el combate de una ideología islamista contra los valores occidentales. La radicalización de un individuo se juzga a través de su adhesión a esta ideología. Además, en Francia este planteamiento es defendido por especialistas en islamología tanto más mediatizados en la medida en que sus opiniones sintonizan tanto con los miedos y fantasmas de la población como con el discurso de una parte de la clase política francesa.

Cuando el EI comete atentados en Irak en mercados o en mezquitas de barrios chiítas, ¿a qué valores ataca? ¿la libertad? ¿la democracia? ¿Es solo porque son chiítas, o en primer lugar porque los sunitas han sido marginados, incluso reprimidos en Irak desde que los chiítas están en el poder en Bagdad? Los atentados del EI en Arabia Saudí, bien reales, pero de los que se habla poco, contra objetivos tanto sunitas como chiítas, ¿apuntan a la libertad y la democracia? ¿No buscan más bien, como Al Qaeda hizo con numerosos atentados en el reino a mediados de los años 2000, desestabilizar la monarquía saudí aliada de los Occidentales? ¿Quién está en el punto de mira de los atentados contra las iglesias coptas en Egipto? Los cristianos como tales o, como el conjunto de los atentados que se han multiplicado en Egipto desde el golpe de Estado de 2013 y que no solo han atacado a los coptos, el régimen del mariscal Sissi y su represión sin límites de los Hermanos Musulmanes y de toda fuerza de oposición incluso las laicas?

Igualmente, ¿a qué atacan los grupos yihadistas del Sahel? ¿A la libertad, la democracia o bien a regímenes que han abandonado a las minorías del desierto? En cuanto a los elementos argelinos del yihadismo en esta región, siguen siendo la herencia del golpe de Estado del ejército argelino de enero de 1992 contra el partido islamista democráticamente vencedor en las urnas. Argelia de 1992 y Egipto en 2013 tienen un punto común que podría resumirse así: vosotros, partidos del islam político que respetáis las reglas democráticas, podéis participar, pero en ningún caso ganar. ¿Cómo empujar mejor a una franja de ellos a irse, como reacción, al yihadismo?

Comprendemos que en Francia o en el Reino Unido, al EI le da igual la democracia, de las libertades, de las terrazas de los bares o de la celebración de conciertos de rock, en definitiva, de lo que son los Occidentales. Pero no lo que hacen en Próximo Oriente, de las miles de toneladas de bombas que tiran allí, de su apoyo a los regímenes que le combaten así como a toda forma de oposición, aunque sea pacífica.

La valentía de Jeremy Corbyn

Aquí no se trata, en absoluto, de justificar y aún menos de excusar estos atentados, sino de situarlos en los contextos que los provocan. A sus determinantes del otro lado del Mediterráneo se añaden los de la orilla Norte: el disfuncionamiento del vivir juntos, la desigualdad en la inserción en el mundo del trabajo según se llame uno Jean o Mohamed, la intolerancia ante las diferencias, particularmente exacerbada por los discursos de los partidos de extrema derecha con fuerte audiencia, y repetidos por otros partidos con fines electoralistas. La discriminación y la desigualdad en función del origen étnico siguen siendo una realidad.

En Francia, antes rampante y de perfil bajo pero bien real, la estigmatización de los musulmanes ha aumentado progresivamente en los años 2000, con la polémica sobre el velo islámico, luego con el asunto Mohammed Merah, para hacerse aún más violenta con los atentados de enero de 2015 contra el diario Charlie Hebdo y el Hyper Cacher. El mecanismo del proceso es, no obstante, sencillo: racismo y discriminación engendran en el seno de la minoría discriminada reacciones identitarias que aumentan su estigmatización por la mayoría dominante, provocando de rebote respuestas más violentas entre esta minoría. Y el puente se realiza con el llamamiento que organizaciones como el EI hacen a los musulmanes que viven en los países que participan en la coalición que le bombardean en Oriente, para que cometan ellos mismos atentados. La oferta de yihad hace así eco a una demanda de yihad.

Muy raros son desgraciadamente los políticos occidentales que se atreven a decir que Occidente debe interrogarse sobre su parte de responsabilidad en el desarrollo del yihadismo incluso en su propia casa. En el Reino Unido, el líder laborista Jeremy Corbyn, en plena campaña electoral en el mes de mayo pasado para la renovación de la cámara de los comunes, asumió el riesgo político de establecer públicamente la relación entre lo que hace su país en Oriente y el aumento de los atentados en su suelo:

“Numerosos expertos, incluso los profesionales de nuestros servicios de información y de seguridad, han subrayado las relaciones existentes entre las guerras que nuestro gobierno ha apoyado o hecho en otros países y el terrorismo aquí, en nuestra casa. Esta evaluación no reduce en nada la culpabilidad de quienes atacan a nuestros niños. […]. Pero una comprensión bien informada de las causas del terrorismo es una parte esencial de una respuesta eficaz que protegerá la seguridad de nuestra población combatiendo más que alimentando el terrorismo” 1/.

En Francia, el candidato a la elección presidencial Emmanuel Macron subrayaba por su parte en la página web de su campaña que “las redes terroristas de Al Qaeda y del EI constituyen un asunto estratégico para Francia (…). Dicho esto, hay que comprender en qué, en Francia, hay un caldo de cultivo, y en qué ese caldo de cultivo es nuestra responsabilidad”. Más precisamente, planteaba la cuestión de los disfuncionamientos de la sociedad francesa que alimentan ese caldo de cultivo:

“Hay que mirar de frente el hecho de que nuestra sociedad, nuestra economía ha producido también anomia, exclusión, destinos individuales que han podido conducir a algunos y a algunas a llegar a atrocidades. (…) Tomar conciencia de los orígenes interiores del terrorismo, es también tomar la medida de las responsabilidades y pensar más ampliamente la respuesta al terrorismo. La ideología islamista (…) no tendría una influencia tan grande sobre los jóvenes franceses si la República no hubiera abandonado a una parte de su juventud”.

La ausencia de reflexión política

Sobre las actuales intervenciones militares exteriores francesas, todas ligadas a la lucha contra el terrorismo, el candidato Emmanuel Macron decía también: “Si no se tiene a mano la solución diplomática y política sobre el terreno, proponer soluciones militares que no son siempre más que a corto plazo es equivocarse siempre”.

¿Existen soluciones políticas construidas y puestas en marcha sobre el terreno, paralelamente a las intervenciones militares contra el yihadismo, capaces de secar su caldo de cultivo político? ¿Paralelamente a los bombardeos en los que participa el ejército francés, el apoyo sin contrapartidas políticas -y no comerciales- concedido al mariscal Sissi en Egipto, a las monarquías del Golfo, al régimen iraquí; la flexibilización de la postura respecto a Bachar Al-Assad -que se ha servido del EI y de Al-Nusra favoreciendo su ascenso-; el apoyo al gobierno maliense sin exigir de él que respete finalmente las promesas, todas traicionadas desde hace decenios, hechas a las poblaciones tuaregs; la complacencia sistemática hacia Israel cuando viola permanentemente desde hace cincuenta años el derecho internacional en los territorios ocupados palestinos. .. Todo esto es susceptible de atenuar el caldo de cultivo del yihadismo que la política de esos regímenes no hace más que mantener, igual que las intervenciones militares occidentales actuales?

A la pregunta de si el yihadismo ataca en Occidente a valores la respuesta es: no a los que son proclamados, sino a la forma en que son aplicados. Tanto en Occidente como en Oriente, solo las soluciones policiales y militares contra el yihadismo conducirán siempre a un callejón sin salida y le alimentarán cada vez más. Mientras Occidente prosiga políticas que contribuyen a fabricar terroristas aquí y allí, habrá atentados en todos los países promotores de la guerra -sin fin- contra el terrorismo.

El silencio de Goethe

por Antonio Priante//

Ya no me inquieta verme en el espejo. Toda la vida intentando evitarlo, sobre todo esa imagen captada al azar, tan irreconocible y que has de aceptar como la tuya propia, muy diferente de la que ex professo compones cuando te vistes y arreglas, que más que una forma real, objetiva, es la imagen que proyectas de tu voluntad de ser, no, ya no me inquieta, al contrario, me gusta mirarme, me gusta contemplar todo eso que he hecho de mí: la noble y elevada arquitectura de la frente, los ojos vivaces y malignos, las hondas comisuras bajo los pómulos, y ese mentón voluntarioso, y esa línea horizontal de los labios que no hace mucho ocultaban una hermosa dentadura, sí, me gusta contemplar ese anciano sano y robusto de setenta y dos años que contra viento y marea ha mantenido su propio designio de vida… ese cabello que flamea por los lados, esas blancas patillas, esa cara barbilampiña, claro desafío a las barbas obscenas de los burgueses de hoy. Esos ojos vivaces y malignos…

El silencio de Goethe¡Parece un gato salvaje! dicen que dijo Wagner cuando vio el retrato que le envié. Si Goethe me hubiese conocido en mi aspecto actual, no habría dudado en proponerme como modelo físico de su Mefistófeles… ¿Qué hora es? Las nueve en punto. Me acostaré pronto, muy pronto. Será la manera de acabar cuanto antes con este estúpido día… Ese anciano sano y robusto, ¡qué barbaridad! La mejoría ha sido tan rápida y pasmosa que hasta había olvidado los tormentos de estos últimos días.

Pero se acabó. Estoy muy bien ahora, sí, muy bien. Otro día de convalecencia y listo. Veremos qué dice el médico mañana. ¿El médico? Nadie conoce mejor su cuerpo que uno mismo. Los médicos poseen conceptos generales, inducidos de multitud de casos concretos, que a veces aplican sin la apreciación debida de la individualidad, pero si uno es buen observador y posee los conocimientos necesarios, como es mi caso, ningún médico profesional, es decir, general, abstracto, puede darle lecciones de cómo funciona su cuerpo…

Quizá debería escribir. No, ahora no. O al menos tomar nota de estos pensamientos. No, tampoco. ¿Para qué? Pienso y ya está. La vieja cuestión de si cuando pensamos utilizamos palabras resulta bastante estúpida. Depende de cómo pensemos. Llamamos pensar a la actividad consciente del cerebro. Esta actividad puede ser de dos clases: evocativa o discursiva. La primera no necesita palabras, la discursiva sí. Ahora mismo mi cerebro es una máquina discursiva, los pensamientos se formulan y encadenan con el mismo rigor que si los estuviese escribiendo. Veo las palabras como si, por impulso del pensamiento, fuesen apareciendo en un papel, negro sobre blanco, y sin que falte ni un punto ni una coma. Podría estar escribiendo, punto. Pero no, coma, sólo pienso, punto. No, coma, no quiero escribir ahora, punto.

Además, la noche nunca me ha sido propicia. Eso para los románticos, los viejos románticos hoy perdidos, que andaban buscando fantasmas entre las sombras. Goethe siempre escribía en las primeras horas del día… ¿Y leer? No, ahora no, menos aún. Más pensar y menos leer. Yo que he leído ríos de palabras, yo que he navegado por océanos de papel siempre he defendido lo mismo, más pensar y menos leer, y cuando se lea que sea lo básico, lo fundamental, lo imprescindible. Yo no he hecho otra cosa, y aún así apenas me ha dado tiempo.

Lo que impugno es la actitud del hombre de cabeza hueca, que lee un libro como quien toma el té, como quien juega a las cartas, para matar el tiempo. Pero ocurre que con el té o con las cartas lo que se mata es eso, el tiempo, mientras que con cierto tipo de lecturas se matan además otras cosas, las ideas propias, por ejemplo, las intuiciones verdaderas, de las que uno puede llegar a avergonzarse, ¡y tan verdaderas como son!, al verlas puestas en duda por la presunta autoridad de la letra impresa. Ojos para ver, oídos para escuchar, entendimiento para comprender y razón para establecer lo general y deducir lo particular, eso y por ese orden es todo lo que se necesita…

¡Qué día tan estúpido! Cuánto hace que no he estado en el Hotel Inglaterra, charlando en la sobremesa ante una taza de buen café, saboreando uno de mis espléndidos cigarros, con la presencia inevitable, claro está, de los ocupantes de otra mesa, como la otra tarde el profesor Geyer, acompañado de dos jóvenes, sin duda alumnos suyos, que con sus miradas furtivas y el tono susurrante de su hablar –innecesario dada la distancia– amenazaban con acercarse para las consabidas presentaciones. Como si lo oyera: sí, es el doctor Schopenhauer, el genio de nuestra filosofía, si lo desean se lo puedo presentar, es amigo mío, no hay que perderse la ocasión, ¿no les parece? ¿Desde cuándo, profesor Geyer, somos amigos? ¿Mencionaste para algo mi obra hasta que mi fama no fue notoria? ¿Dónde estabas cuando se me ignoraba al tiempo que se me utilizaba clandestinamente?

Y como Geyer otros muchos. Ahora sí, ahora todos me conocen, ahora todos celebran mi fama y pretenden de alguna manera participar de su resplandor. Están en todas partes. Cuando me ven cuchichean con sus alumnos, con sus amigos, con sus queridas: mira, es Schopenhauer, el genio de la filosofía alemana, es amigo mío. ¿Dónde estabais antes, cretinos? Hace cuarenta años que mi obra fundamental fue publicada ¡Cuánto tiempo ha tardado en derribar la barrera de silencio que los indignos levantaron a su alrededor! Pero la verdad acaba imponiéndose, eso lo sé yo mejor que nadie… ¿Que no se ha impuesto todavía? Cierto, todavía no. Pero el camino ya está abierto.

El silencio de GoetheMi obra es conocida. Ya nadie tendrá excusa. Las “osadas” construcciones de los “genios” de la filosofía alemana se han venido abajo como castillos de naipes desbaratados. Fichte y Schelling se perdieron ya en el olvido. Hegel, el mayor embaucador de todos los tiempos, se descompone en facciones y en fracciones de facciones que lo niegan y lo reniegan en sucesivas piruetas de paranoia dialéctica. ¿Cómo han podido pasar por filósofos semejante raza de charlatanes? Atención a lo que escribe uno de tantos residuos hegelianos: “Las verdades de la filosofía no necesitan ser demostradas empíricamente, pues su relación no es con la realidad, sino consigo misma; su materia prima no son los datos de la realidad, sino las categorías”. ¡Acabáramos!

¡Haber empezado por ahí! O sea, que la filosofía, según esos señores, no tiene nada que ver con la realidad del mundo; o sea, que la filosofía, según esos señores, es pura fantasmagoría, pura imaginación desbocada sin sustento real alguno… Y es cierto. Eso es lo que ha sido la filosofía alemana en los últimos sesenta años: una colosal engañifa. En mis tiempos de estudiante una frase de Hegel se me quedó grabada en la mente en mi ingenuo intento de desentrañarla: “Que lo verdadero es real tan sólo como sistema, o que la sustancia es esencialmente sujeto se expresa diciendo que lo absoluto es espíritu”. ¡Genial! No hay nada detrás de esas palabras, eso sí que es lo absoluto… pero el vacío absoluto. Y sin embargo, miles de frases como ésa han levantado el imperio de la filosofía alemana de este medio siglo.

Pero el final ha llegado… Sí, más de treinta años tuvieron que pasar entre la publicación de mi gran obra y el principio de un reconocimiento cada vez más amplio y acelerado. Si Goethe, quizá el primero de mis lectores, hubiese hablado entonces… una palabra, tan sólo una palabra… Goethe, siempre Goethe.

Imagino un futuro no lejano en que mi obra sea conocida y celebrada como se merece, imagino al erudito de turno escudriñando al detalle el vasto territorio de mis escritos, ese tipo de erudito que consagra su vida al conocimiento de cosas tan fundamentales para el bien de la humanidad como establecer cuántas veces utiliza Tito Livio el ablativo absoluto en los libros de su historia, imagino a ese erudito, sí, contando las veces que he citado a Goethe en toda mi obra… ¿Lo tienes ya, mentecato? ¿Cuántas? ¿Cuarenta? ¿Cuatrocientas? ¿Cuatro mil? ¡Qué importa, estúpido!… Y en cambio, lo que al erudito de turno, y a todos los que son como él, se le escapa, es que de las posibilidades de la especie humana Goethe ha sido, quizá, la realización más alta.

Goethe… ahí está, en el retrato que él mismo me regaló, la imagen del gran poeta presidiendo la estancia del gran filósofo… ¿Cuándo lo vi por primera vez?… En 1808, sin duda. En casa de mi señora madre, sin ninguna duda, casa que ella había convertido en centro elegante de reuniones, más que elegante, espiritual en el sentido francés de la palabra, donde tenía cabida lo más aparente de la sociedad artística e intelectual, aunque poco importaba que esa apariencia se correspondiese con la realidad mientras se exhibiesen los modales requeridos y el encanto imprescindible para entretener a las damas.

Hoy se habla de la Weimar de aquellos años como de la Atenas alemana, y es que el tiempo y la distancia lo embellecen todo. Pero algo hay de cierto. Muertos ya Herder y Schiller, los Brentano, Von Arnim, Werner, Fernow, Falk, raramente Wieland y otros varios personajes de distintas calidades y valías –a los que sin embargo mi bueno y atrabiliario profesor Passow tildaba sin excepción de vulgares bípedos– frecuentaban el salón de mi señora madre…

El rey era Goethe. Su aparición solía coincidir con la de alguna cara nueva que se había hecho invitar con la sola intención de ver y oír al poeta… En realidad, yo fui una de esas caras nuevas. Sí, Weimar era una ciudad pequeña, yo tenía veinte años, pero mi señora madre había decidido que no residiría en su casa. Quería que le respetase su independencia, esa independencia que –claramente lo decían sus palabras– nunca le había respetado su difunto esposo, mi buen padre, ya se sabe, la astuta simulación de la casada se convierte en el obsceno descaro de la viuda. Pero me convenía el arreglo. Iba sólo a comer, luego me llevaba la cena que la cocinera me había preparado y me volvía a mi sencillo hospedaje o a casa de mi profesor de letras clásicas, Passow, el misántropo fustigador de la sociedad que, dos tardes a la semana, acudía al salón de la señora Schopenhauer, como yo cuando sabía que había de aparecer Goethe.

Y sin embargo, durante el tiempo de mi primera estancia en Weimar apenas nos cruzamos unas palabras. Yo tenía veinte años, él cincuenta y nueve. Todavía no estaba preparado, apenas tenía claro a lo que aspiraba. Me limitaba a observarle, la elegancia discreta de su vestir, la actitud siempre digna, cortés, unas veces retraído, otras expansivo y como iluminado… Años después, entre el otoño de 1813 y la primavera de 1814, ya en posesión de mi flamante diploma de doctor, la cosa sería distinta…

Fue el 9 de noviembre, precisamente el mismo día del primer encontronazo con mi señora madre desde que, en mi segunda estancia en Weimar, residía, esta vez sí, en su misma casa. Pero el portazo de turno no tuvo más consecuencia que un largo encierro en mi habitación. Goethe había de comparecer: yo no podía faltar. Esta vez ya no sería una mera sombra para él, una de tantas figuras borrosas y prescindibles. Hacía un mes que le había enviado mi tesis doctoral, y sabía que la había leído… no recuerdo por qué, pero lo sabía. ¿Por Adele? No, mi hermana era muy joven entonces… pero, no, no tan joven… porque, si yo había cumplido veinticinco años, ella tendría… dieciséis… sí, quizá me confundo. Bien, qué más da, el caso es que yo sabía que Goethe había leído mi trabajo Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente… “¿La cuádruple raíz? Parece algo para boticarios, ¿no?”, comentario de mi señora madre ante el ejemplar que le pongo bajo las narices. Y yo: “Tenga por muy cierto, señora mía, que todavía será leído cuando de sus escritos no quede ni rastro”. Y ella: “Cuando de mis escritos no quede ni rastro de los tuyos estará por venderse toda la edición”. Y de alguna manera los dos acertamos…

Tras el cristal de la ventana de la habitación observo la tarde desapacible de otoño, los tristes movimientos de la gente común de la ciudad, asolada por la enfermedad y la miseria, consecuencias palpables del paso reciente de la guerra. No hace un mes que Napoleón ha sido derrotado en Leipzig; con la puerta cerrada de la habitación, tengo la certeza de cuál es el tema de conversación de los invitados ya presentes. Una epidemia más horrible y pertinaz que la del tifus se va extendiendo por todo el país: el patriotismo alemán.

Cuando entre en la sala el gran hombre los prudentes bajarán la voz o cambiarán de tema. Todo el mundo lo sabe. El gran hombre está por encima de todas las patrias y, si admiró a Napoleón en su gloria, no lo admirará menos en la derrota. Abro un poco la puerta para poder captar el momento… ya está, ya entra en la casa. Aguardo un poco, unos minutos, un poco más. El corazón late con fuerza ¿Cómo habré de abordarle? Impensable la mediación de la anfitriona. ¿Y si apenas me atiende? ¿Y si, después de todo, no ha leído mi obra? ¿Y si no le ha interesado? ¿Y si sigo siendo para él una sombra prescindible?

Salgo, desciendo por la escalera, avanzo por el breve pasillo, el corazón golpea con fuerza, abro la puerta…Veo ahora mismo la escena con la viveza y precisión propias de los recuerdos de los grandes momentos de la vida. Todas las lámparas encendidas, sentados en torno de una mesita, dos señoras y un caballero se entretienen en recortar siluetas, manía de aquellos años tan omnipresente como insulsa, una joven vestida de rosa, sentada ante el piano cerrado, muestra una partitura a dos jóvenes que se inclinan delicadamente sobre ella en el sofá del fondo varias personas hablan de un asunto sin duda muy grave –la patria soñada, supongo– en las butacas del centro la anfitriona y dos señoras contemplan y comentan unos grabados con el arqueamiento de cejas propio de la gente entendida.

No le veo, no le veo… Ah, sí, allá está, precisamente ante su mesita, la que solía utilizar, no me acordaba, para enfrascarse en sus dibujos cuando no se sentía especialmente sociable, y está hablando con Majer, qué suerte, precisamente con Majer, la única amistad interesante que he hecho desde mi llegada a Weimar. Nada de raro tendrá que me acerque, ayer mismo dejamos interrumpido un tema apasionante. Pero estoy inmóvil, de pie, en el centro de la sala. He de moverme, he de tomar alguna dirección, no puedo seguir así un segundo más. Miro a Majer, él me mira y sonríe, Goethe también me mira, pero no sonríe, se levanta, avanza unos pasos, unos pasos en dirección a mí, que estoy de pie, inmóvil en el centro de la sala.

–Así que usted es el doctor Schopenhauer –la voz de Goethe se alza sobre el rumor general y todas las miradas convergen en nosotros–. Le felicito –y dirigiéndose a la concurrencia–, he aquí una de las cabezas mejor organizadas que he conocido. –El cuerpo de Goethe me impide ver la expresión de mi madre–. Me ha interesado su obra, sí señor, me ha interesado mucho.

–Gracias, Excelencia, estaba seguro que sabría apreciar lo que tiene de bueno.

–Tiene mucho de bueno, pero lo que en especial me ha interesado es el tratamiento que hace de la intuición como forma de conocimiento. Véngase, siéntese con nosotros, precisamente Majer me estaba comentando…

Un poco de conversación, un poco de música, un poco de pastas y té y se acaba, para los demás, una de tantas veladas. Para mí, no, para mí no acaba nada, para mí se inicia el camino de la gloria basada en la dedicación total, en el esfuerzo continuo y en la comunicación ininterrumpida con los más grandes, pensaba.

Fuente: páginas iniciales del libro de Antonio Priante El silencio de Goethe

El proceso electoral: los competidores en sus partidores.

por Ibán de Rementería//

Este título a lo Turfman , o a lo Agustín Squella, refiere a un proceso electoral altamente despolitizado, tanto en sus propuestas como en su convocatoria, si bien se afirma que las elecciones son una fiesta de la democracia, esta fiesta tiene un previsible problema de concurrencia debido a lo poco atractivo y creíble de las propuestas que en ella se realizan, tanto es así que los estudios sobre las tendencias electorales han introducido el concepto de votante probable, que sería algo así como el 45% de los habilitados para votar. Si tomamos la pasada elección municipal de concejales para fijar a partir de los resultados obtenidos por los dos grandes bloques políticos y suponer la situación en los partidores, esta fue el 47% para la Nueva Mayoría y 40% para Vamos Chile. Seguir leyendo El proceso electoral: los competidores en sus partidores.

Sobre el terror

por  Eduardo Luque//

Vuestra causa es noble y Dios está con vosotros”

Zbigniew Brzezinski asesor presidencial en EEUU.
(Discurso dirigido a los dirigentes de Al Qaida en Afganistan.)

Sólo era cuestión de tiempo. Todos barruntábamos que se produciría. El dónde y el cuándo, era solo cuestión de geografía y de momento. El terror se ha enseñoreado de una de las vías turísticas más conocidas del mundo. Barcelona y las Ramblas están de moda.

No será, desgraciadamente, ni el primer ni el último atentado. El ataque ha afectado a un gran número de nacionalidades diferentes, por eso ha tenido enorme repercusión internacional. Los medios deseosos de incrementar las audiencias, especialmente en época de estiaje veraniego, han cubierto profusamente los sucesos. El tratamiento informativo ha sido prácticamente unánime; la consigna, la descontextualización. El atentado no debe tener relación con nada de lo que pasa en Oriente Medio. Los cientos de españoles, especialmente de origen magrebí, que han marchado a combatir con los grupos terroristas en Siria, nada tienen que ver con el apoyo ofrecido por el gobierno español a la oposición armada en ese país. En 2013 y 2014, el ministerio de Asuntos Exteriores, dirigido por el señor Margallo, organizó sendas conferencias de los autodenominados “Amigos de Siria” en Madrid (mayo 2013) y Córdoba (enero 2014) respectivamente. En las dos reuniones estuvieron presentes la mayoría de los representantes políticos que daban cobertura a los grupos terroristas. Eran su cara amable. Entre esos personajes figuraba el “opositor sirio” Ussama Jandali, unos de los defensores desde las páginas de “Rebelión” de la “Revolución siria” asiduo, al parecer, al despacho del Ministro de Asuntos Exteriores. La financiación procedía en gran parte de la AECID (Agencia Española para la Cooperación Internacional), dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores. El gobierno Rajoy creó específicamente el programa MASAR para apoyar a la oposición siria. En 2014, parecía que los grupos terroristas armados y entrenados directamente por EEUU harían caer al gobierno de Basar Al-Assar.

Los sucesos de Barcelona no son obra de unos locos. En principio, los medios intentaron en principio atribuirlos a unos “supuestos lobos solitarios”. El número de los autores abatidos por la policía y la reivindicación del “Daesh” como implicado obligó a las autoridades a cambiar el discurso. Se habló entonces de una “célula terrorista” intentando separar, eso sí, la explosión en Alcanar, producida horas antes del atentado en las Ramblas, de los sucesos posteriores. Hoy sabemos que en esa localidad se preparaba un camión bomba con centenares de quilos de explosivos. Reconocer explícitamente ese hecho, es reconocer que no es obra de unos pocos “iluminados” sin más. Es hacer claro lo evidente. Detrás había especialistas en la fabricación y manipulación de explosivos. ¿De dónde vienen? ¿Dónde han aprendido? Es un atentado que requiere preparación y tiempo (más de 9 meses). ¿Quién ha financiado todo esto? ¿Dónde han conseguido el dinero? Estas son algunas de las preguntas que los medios no querrán hacerse.

Hay, como todos sabemos, una enorme red de intereses políticos, económicos y geoestratégicos retroalimentándose. Fue Zbigniew Brzezinski, el que reconocía, en 1998, que la creación de Al Qaida era su obra. Este siniestro personaje fue asesor de múltiples presidentes desde la época de Jimmy Carter. Su impronta ha quedado marcada en la historia reciente: desde las matanzas en Afganistán, hasta el intento destrucción del estado sirio, pasando por el genocidio libio. Mas tarde, Hillary Clinton reiteraba, en 2012 y 2013, que el Daesh era obra suya. Nadie ha pedido cuentas a ese malvado personaje, que estuvo a punto de ser presidenta de los EEUU. Otros nombres, igualmente siniestros, próceres y adalides de la democracia occidental como Sarkozy, Hollande, Netanyahu, Cameron o Theresa May han sido interlocutores directos en algunos casos de los líderes de los grupos terroristas que asolaron Libia y Siria.

El terror, el terrorista, no nace: se hace. Se le prepara, se le financia, se le instruye. Se requiere tiempo, dinero y planificación. Los grandes medios nos inundarán con imágenes terribles, se repetirán hasta el hastío los mismos argumentos, se crearán héroes y villanos; ocultando como en un juego de trileros las respuestas y evitando las preguntas incómodas. ¿Por qué el gobierno español intervino en Libia? ¿Por qué apoyó a la oposición siria, responsable de tantos crímenes? La respuesta es terriblemente simple. Apunta, eso sí, al cinismo de la política occidental, en este caso la nuestra. El Daesh es obra de la CIA, el M16 y el Mossad; financiadores y reclutadores de parte de este ejército han sido Arabia Saudita y Qatar, reconocidos internacionalmente como las fuentes de financiación del terrorismo especialmente en Oriente Medio. Occidente (menos Italia) se ha negado a intercambiar información de inteligencia con el gobierno sirio durante años; España tampoco lo hizo, aunque consta el interés de los servicios de información, sobre todo los desplazados en el Líbano en desarrollar estos contactos. Parece ser que la oposición del anterior ministro del Interior fue clave para cortocircuitar esta línea de investigación. Para nuestros políticos era prioritario mantener las relaciones con Arabia Saudita, sobre todo porque nuestro gobierno y el monarca (el emérito y el actual) han hecho grandes negocios con sus socios árabes. Y, ¿qué decir de las relaciones económicas, estimuladas por la Casa Real y los sucesivos gobiernos (fueran del color que fueran) con el mayor financiador del terrorismo internacional, Arabia Saudita? Las jugosas comisiones recibidas por el rey emérito a cuenta del AVE a la Meca o la venta de 350 carros de combate a Arabia Saudita… Hasta el 14 de julio de este año, según informes de Greenpeace, la industria española había vendido 8656 toneladas de explosivos. En el 2016 se vendieron por valor de 4000 millones de euros a Riad, este año superaremos con creces esa cifra. Nadie va a morder la mano que te da de comer.

Pero no sólo ha sido Madrid quien ha coqueteado con estados patrocinadores del terrorismo internacional. El gobierno catalán ha sido durante décadas uno de los mejores aliados de Israel. Tel Aviv ha reconocido que, sólo en la actual guerra siria, se han lanzado más de 4000 terroristas contra Damasco, desde la zona controlada por Israel en los Altos del Golán. La aviación hebrea ha realizado más de 500 incursiones sobre Siria dando apoyo a estos grupos. Durante décadas, la relación entre el “Palau de la Generalitat” y Tel Aviv han sido intensas: desde la importación de los primeros sistemas informáticos para las escuelas catalanas (sistema TOAM) desarrollados por el ejército israelí para controlar a la población palestina y, posteriormente, adaptados al mundo educativo, hasta la dotación de sensores de movimiento en las escuelas catalanas, como resultante de los diseños realizados para controlar los “guetos palestinos” en Gaza y Cisjordania. En el extremo de este circo cínico, donde al final sólo pagan las gentes sencillas, el Barça (símbolo patriótico donde los haya) lucía la propaganda de unos de los países que financian la secta wahabita. La propaganda de Qatar ha estado incluida en las camisas de los astros del Futbol Club Barcelona hasta julio del 2017. Qatar necesitaba obtener una pátina de respetabilidad pública para ocultar su relación con los grupos extremistas y ¿qué mejor que las camisetas de uno de los clubs con mayor impacto mediático del mundo? Ahora se comienzan a destapar algunos escándalos en los organismos internacionales del fútbol para que ese país sea anfitrión del mundial en 2022 ¿Cuánto dinero se ha tenido que derramar en comisiones? Qatar es el segundo país, tras Arabia Saudita, en dinero invertido para apoyar los grupos terroristas en Siria y el Líbano, y el primer inversor en la financiación de la prédica de la “la guerra Santa“ a través de las redes. El papel y el valor ideológico de la emisora qatarí Al Jazeera es a estos efectos impagable.

Los atentados en Barcelona, generan y generarán más preguntas que respuestas.
¿Quién financia los videos, algunos de extraordinaria calidad, que circulan en la red? ¿Quién expande la ideología extremista en algunas mezquitas como en Francia donde el 70% de los imanes son argelinos financiados por Arabia Saudita? ¿Por qué no intervienen los gobiernos? Son preguntas a las que no se quiere responder. La islamofobia avanza y con ella el fascismo. Se pretende enfrentar a unos contra otros. Autóctonos contra extranjeros, pero ¿se puede llamar extranjero a jóvenes integrados, nacidos y educados en el país? El objetivo, lo adivinamos, es propagar el miedo al que es diferente, sobre todo si es pobre como nosotros. El jeque árabe no dejará de ser recibido en palacio por dignatarios que le brindarán pleitesía; en cambio veremos como competidor al extranjero que pide ayudas, mientras el gobierno recorta, una y otra vez, los presupuestos sociales. La expansión del miedo presupone aumentar los gastos en seguridad, sacar los ejércitos a la calle, aunque no eviten ningún atentado. Es, en definitiva, justificar las guerras de agresión para que unos pocos hagan pingües negocios, amparados en el terror de la mayoría.

Sobre la dialéctica de Hegel

por Manuel Sacristán//

Del concepto de dialéctica no debería ignorarse algo que yo, en cambio, voy a pasar por alto por razones de tiempo y que es una alusión a su origen histórico y a su uso en un sentido un poco tecnificado. Me voy a limitar a una alusión a la dualidad de arranque en Heráclito y Platón porque tiene importancia para los usos contemporáneos de dialéctica, sobre todo en las discusiones dentro de la tradición marxista e incluso un poco también entre los fenomenólogos. Dedicaremos sólo un par de minutos a precisar lo siguiente:
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Sacco y Vanzetti

por Howard Zinn//

Cincuenta años después de la ejecución de los inmigrantes italianos Sacco y Vanzetti, el gobernador Dukakis de Massachusetts instauró un panel para juzgar la justicia de dicho proceso, y la conclusión fue que a ninguno de estos dos hombres se les siguió un proceso justo. Esto levantó en Boston una tormenta menor. John M. Cabot, embajador estadunidense retirado, envió una carta donde declaraba su “gran indignación” y apuntaba que la sentencia de muerte fue ratificada por el gobernador Fuller luego que “tres de los más distinguidos y respetados ciudadanos hicieran una revisión especial del caso: el presidente Lowell, de Harvard; el presidente Stratton, del MIT, y el juez retirado Grant”.
Esos tres “distinguidos y respetados ciudadanos” fueron vistos de modo muy distinto por Heywood Broun, quien en su columna de New York World escribió inmediatamente después que los invitados distinguidos del gobernador rindieran su informe. Y decía: “No cualquier prisionero tiene a un presidente de Harvard University que le prenda el interruptor de corriente… si esto es un linchamiento, por lo menos el vendedor de pescado y su amigo el obrero podrán sentirse ungidos en el alma pues morirán a manos de hombres con trajes de etiqueta y togas académicas”. Heywood Broun, uno de los más distinguidos periodistas del siglo XX, no duró mucho como columnista de New York World.

Ejecución Sacco y VanzettiEn el 50 aniversario de la ejecución, el New York Times informó que “los planes del alcalde Beame de proclamar el martes siguiente como el ‘día de Sacco y Vanzetti’ fueron cancelados en un esfuerzo por evitar controversias, dijo un vocero de la municipalidad ayer”.

Debe haber buenas razones para que un caso de 50 años de antigüedad, hoy ya de 80 años, levante tantas emociones. Sugiero que esto ocurre porque hablar de Sacco y Vanzetti inevitablemente remueve asuntos que nos perturban hoy: nuestro sistema de justicia, la relación entre la guerra y las libertades civiles, y lo más preocupante de todo: las ideas del anarquismo: la obliteración de las fronteras nacionales y como tal de la guerra, la eliminación de la pobreza y la creación de una democracia plena.

El caso de Sacco y Vanzetti revela, en los más descarnados términos, que las nobles palabras inscritas en los frontispicios de nuestras cortes “igualdad de justicia ante la ley”, siempre han sido una mentira. Esos dos hombres, el vendedor de pescado y el zapatero, no lograron obtener justicia en el sistema estadunidense, porque la justicia no se imparte igual para el pobre que para el rico, para el oriundo que para el nacido en otros países, para el ortodoxo que para el radical, para el blanco o la persona de color. Y aunque la injusticia se juegue hoy de maneras más sutiles y de modos más intrincados que en las crudas circunstancias que rodearon el caso de Sacco y Vanzetti, su esencia permanece.

En su proceso la inequidad fue flagrante. Se les acusaba de robo y asesinato, pero en la cabeza y en la conducta del fiscal acusador, del juez y del jurado, lo importante de ambos era, como lo puso Upton Sinclair en su notable novela Boston, que eran wops, bachiches (es decir “italos mugrosos”), extranjeros, trabajadores pobres, radicales.

He aquí una muestra del interrogatorio policiaco.

Policía: ¿Eres ciudadano?

Sacco: No.

Policía: ¿Eres comunista?

Sacco: No.

Policía ¿Anarquista?

Sacco: No.

Policía ¿Crees en el gobierno de nosotros?

Sacco: Sí. Algunas cuestiones me gustan de modo diferente.

¿Qué tenían que ver estas cuestiones con el robo de una fábrica de zapatos en South Braintree, Massachusetts, y con los disparos que recibieron el pagador de la fábrica y un guardia?

Sacco mentía, por supuesto. No, no soy comunista. No, no soy anarquista. ¿Por qué le mintió a la policía? ¿Por qué habría de mentirle un judío a la Gestapo? ¿Por qué habría de mentir un negro en Sudáfrica a sus interrogadores? ¿Por qué necesitaba mentir un disidente en la Unión Soviética a la policía secreta? Porque saben que no existe la justicia para ellos.

¿Alguna vez ha habido justicia en el sistema estadunidense para los pobres, las personas de color, los radicales? Cuando los ocho anarquistas de Chicago fueron sentenciados a muerte en 1886 tras el motín de Haymarket (un motín policiaco, por cierto), no fue porque existiera alguna prueba de conexión entre ellos y la bomba que alguien arrojó en medio de la policía, no había ni un jirón de evidencia. Los condenaron por ser los líderes del movimiento anarquista de Chicago.

Cuando Eugene Debs y otros mil fueron enviados a prisión durante la Primera Guerra Mundial, de acuerdo con la Ley de Espionaje, ¿fue porque eran culpables de espionaje? Eso es muy dudoso. Eran socialistas que hablaban en voz alta contra la guerra. Cuando se emitió la sentencia de diez años para Debs, el magistrado de la Suprema Corte, Oliver Wendell Holmes, quiso dejar muy claro que Debs debía ir a prisión: Y citó un discurso de Debs: “La clase de los patrones siempre ha declarado las guerras, y la clase sometida siempre ha peleado en las batallas”.

Holmes, muy admirado como uno de los grandes juristas liberales, dejó claro los límites del liberalismo, las fronteras que le fijaba el nacionalismo vindicativo. Después de agotadas todas las apelaciones de Sacco y Vanzetti, el caso llegó ante el propio Holmes, en la Suprema Corte, quien se rehusó a revisar el caso, y dejó que el veredicto quedara en pie.

En nuestro tiempo, Ethel y Julius Rosenberg fueron enviados a la silla eléctrica. ¿Fue porque eran culpables, más allá de cualquier duda razonable, de pasarle secretos atómicos a la Unión Soviética? ¿O fue porque eran comunistas, como dejó claro el fiscal con la aprobación del juez?

¿No fue también porque el país estaba en medio de una histeria anticomunista, cuando los comunistas tomaban el poder en China, había guerra en Corea, y el peso de todo eso había que imputárselo a dos comunistas estadunidenses?

Ejecución Sacco y Vanzetti¿Por qué fue sentenciado en California a diez años de prisión George Jackson, por un robo de 70 dólares, y luego fue asesinado a tiros por los guardias? ¿No fue porque era pobre, negro y radical?

¿Puede hoy un musulmán, en la atmósfera de “guerra contra el terror” confiar en una justicia equitativa ante la ley? ¿Por qué sacó la policía de su carro a mi vecino del piso de arriba, si no había violado ningún reglamento de tránsito y luego fue cuestionado y humillado? ¿Acaso fue porque es un brasileño de piel morena que podría parecer un musulmán de Medio Oriente?

¿Por qué los dos millones de personas en las cárceles y prisiones estadunidenses, y los seis millones que están bajo fianza, vigilancia o libertad condicional son fuera de toda proporción gente de color o pobres? Un estudio muestra que 70 por ciento de la gente que está recluida en las prisiones de Nueva York proviene de siete barrios de la ciudad conocidos como zonas de pobreza y desesperación.

La injusticia de clase corta transversalmente todas las décadas, todos los siglos de nuestra historia. En medio del caso de Sacco y Vanzetti, en el poblado de Milton, Massachusetts, un hombre rico le disparó a otro que recogía leña en su propiedad y lo mató. Pasó ocho días en la cárcel, luego se le dejó salir con fianza, y no fue procesado. Una ley para los ricos, una ley para los pobres; esa es una característica persistente de nuestro sistema de justicia.

Pero ser pobres no fue el crimen principal de Sacco y Vanzetti. Eran italianos, inmigrantes, anarquistas. No habían pasado siquiera dos años desde el fin de la Primera Guerra Mundial. Habían protestado contra la guerra, se habían negado al reclutamiento. Vieron cómo crecía la histeria contra los radicales y los extranjeros, observaron las redadas que emprendían los agentes del procurador general Palmer, del Departamento de Justicia, que irrumpían en mitad de la noche a los hogares sin órdenes judiciales, mantenían a las personas incomunicada y las golpeaban con garrotes y cachiporras.

En Boston 500 fueron arrestados, los encadenaron y marcharon con ellos por las calles. Luigi Galleani, editor del periódico anarquista Cronaca Sovversiva, al cual estaban suscritos Sacco y Vanzetti, fue detenido y deportado de inmediato.

Había ocurrido algo más aterrador. Un compañero de Sacco y Vanzetti, también anarquista, un tipógrafo llamado Andrea Salsedo, que vivía en Nueva York, fue secuestrado por agentes de la FBI (uso el término “secuestrado” para describir la abducción ilegal de una persona), y se le mantuvo en las oficinas del piso 14 del Park Row Building. No se le permitió hablar con su familia, ni con sus amigos o abogados, y fue interrogado y golpeado, según otro prisionero. Durante la octava semana de su encierro, el 3 de mayo de 1920, el cuerpo de Salsedo, aplastado y desfigurado hasta quedar hecho un amasijo, fue encontrado sobre el pavimento cercano al Park Row Building, y la FBI anunció que Salsedo se había suicidado brincando de la ventana del piso 14, justo del cuarto donde lo tenían retenido. Esto ocurrió tan sólo dos días antes de que Sacco y Vanzetti fueran arrestados.

Hoy sabemos, como resultado de los informes del Congreso en 1975, de un programa de contrainteligencia de la FBI conocido como Cointelpro (Counter Intelligence Program) en el cual los agentes de dicha dependencia irrumpían en casas y oficinas, implantaban micrófonos ilegalmente, se involucraban en actos de violencia hasta el punto del asesinato y en 1969 colaboraron con la policía de Chicago en el asesinato de dos líderes de los Panteras Negras. La FBI y la CIA han violado la ley una y otra vez. No hay castigo para ellos.

Hay muy pocas razones que nos hagan tener fe en que las libertades civiles en Estados Unidos puedan protegerse en la atmósfera de histeria que siguió al 11 de septiembre de 2001 y que continúa hasta el día de hoy. En el país ha habido redadas de inmigrantes, detenciones indefinidas, deportaciones y espionaje doméstico no autorizado. En el extranjero se cometen matanzas extrajudiciales, tortura, bombardeos, guerra y ocupaciones militares.

Así también, el proceso contra Sacco y Vanzetti comenzó inmediatamente después del Memorial Day, año y medio después de que terminara la orgía de muerte y patriotismo que fue la Primera Guerra Mundial, mientras los periódicos seguían vibrando con el redoble de los tambores y la retórica jingoísta.

Doce días después de comenzado el juicio, la prensa informó que los cuerpos de tres soldados habían sido transferidos de los campos de batalla en Francia a la ciudad de Brockton, y que toda la población había salido a celebrar una ceremonia patriótica. Todo esto se hallaba en los periódicos que el jurado podía leer.

Sacco fue interrogado por el fiscal Katzmann:

Pregunta: ¿Amó usted a este país durante la última semana de mayo de 1917?

Sacco: Eso es muy difícil de expresar en una sola palabra, señor Katzmann.

Pregunta: Son dos las palabras que puede usted usar, señor Sacco, sí o no. ¿Cuál es la palabra?

Sacco: Sí.

Pregunta: Y para poder mostrarle su amor a este país, Estados Unidos de América, cuando estaba a punto de llamarlo para que se hiciera usted soldado, ¿se fue usted corriendo a México?

Al principio del juicio, el juez Thayer (que hablando con un conocido con el que jugaba al golf se refirió a los acusados como “esos anarquistas mal nacidos”) dijo al jurado: “Los conmino a que brinden este servicio, al que se les ha llamado a que presten aquí, con el mismo espíritu de patriotismo, coraje y devoción al deber como el que exhibieron nuestros muchachos, nuestros soldados, del otro lado de los mares”.

Las emociones evocadas por una bomba que estalló en la casa del procurador general Palmer durante el tiempo de la guerra –al igual que las emociones desatadas por la violencia del 11 de septiembre– crearon una atmósfera de ansiedad en la cual las libertades civiles se pusieron en entredicho.

Sacco y Vanzetti entendieron que cualquier argumento legal que sus abogados pudieran haber invocado no prevalecería contra la realidad de una injusticia de clase. Sacco dijo a la corte, al escuchar la sentencia: “Sé que la sentencia será entre dos clases, la de los oprimidos y la de los ricos… Es por eso que estoy aquí ahora, en el banquillo de los acusados, por pertenecer a la clase de los oprimidos”.

Tal punto de vista parece dogmático, simplista. No todas las decisiones en las cortes pueden explicarse así. Pero, a falta de una teoría que encaje en todos los casos, el punto de vista simple, fuerte de Sacco, es con seguridad una mejor guía para entender el sistema legal que aquel que asume que hay una competencia entre iguales basada en una búsqueda objetiva por averiguar la verdad.

Vanzetti sabía que los argumentos legales no los salvarían. A menos que un millón de estadunidenses se organizaran, él y su amigo Sacco morirían. Palabras no, lucha. Apelaciones no, exigencias. Peticiones al gobernador no, toma de fábricas. No se trataba de lubricar la maquinaria de un supuesto sistema legal justo para que funcionara mejor, sino de una huelga general que detuviera la maquinaria.

Tal cosa nunca ocurrió. Miles se manifestaron, marcharon, protestaron, no sólo en Nueva York, Boston, Chicago y San Francisco; también en Londres, París, Buenos Aires y Sudáfrica. No fue suficiente. La noche de su ejecución, miles se manifestaron en Charlestown, pero un enorme contingente de policías los mantuvo alejados de la prisión. Fueron arrestados muchos manifestantes. Las ametralladoras estaban emplazadas en las azoteas y los reflectores barrían el escenario.

Una gran multitud se juntó en Union Square el 23 de agosto de 1927. Unos minutos antes de la medianoche, las luces de la prisión se atenuaron en el momento en que los dos hombres fueron electrocutados. El New York World describió la escena: “La multitud respondió con un sollozo gigante. Las mujeres se desmayaron en 15 o 20 lugares. Otras, sobrecogidas, se tumbaron en las banquetas y hundieron la cabeza entre los brazos. Los hombres se apoyaban en los hombros de otros hombres y lloraban”.

Su crimen máximo era su anarquismo, una idea que aún hoy nos desconcierta como un relámpago debido a su verdad esencial: todos somos uno, las fronteras nacionales, los odios nacionales deben desaparecer, la guerra es intolerable, los frutos de la tierra deben compartirse, y mediante la lucha organizada contra la autoridad, puede advenir un mundo así.

Lo que nos llega a hoy del caso de Sacco y Vanzetti no es sólo la tragedia, también nos llega la inspiración. Su inglés no era perfecto, pero cuando hablaban se volvía una especie de poesía. Vanzetti dijo de su amigo: “Sacco es un corazón, una fe, un carácter, un hombre; un hombre que ama la naturaleza y a la humanidad. Un hombre que lo dio todo, que lo sacrifica todo a la causa de la libertad y a su amor a la humanidad: el dinero, el descanso, la ambición mundana, su propia esposa, sus niños, él mismo y su propia vida… Ah, sí, puede que sea yo más ingenioso y más parlanchín que él, pero muchas, muchas veces, al escuchar cómo resuena en su voz valerosa una fe sublime, al considerar su sacrificio supremo, al recordar su heroísmo, me he sentido pequeño, pequeño en presencia de su grandeza, y me he sentido empujado a no dejar que me invadan las lágrimas, a dominar el corazón que se me agolpa en la garganta para no llorar ante él; ante este hombre al que se le llama capo , asesino y maldito”.

Lo peor de todo es que fueran anarquistas, lo que significaba que tenían alguna loca noción de democracia plena donde no existiría la extranjería ni la pobreza, y que pensaran que sin esas provocaciones la guerra entre las naciones terminaría para siempre. Pero para que esto ocurriera los ricos debían ser combatidos y sus riquezas confiscadas. Esa idea anarquista es un crimen mucho peor que robar una nómina y por eso hasta el día de hoy Sacco y Vanzetti no pueden ser recordados sin gran ansiedad.

Sacco escribió esto a su hijo Dante: “Así que, hijo, en vez de llorar, sé fuerte, de modo que seas capaz de consolar a tu madre… llévala a una larga caminata por el campo en silencio, junten flores silvestres aquí y allá, descansen a la sombra de los árboles… pero recuerda siempre, Dante, en este juego de la felicidad no te sirvas a ti mismo únicamente… ayuda a los perseguidos y a las víctimas, porque son ellos tus mejores amigos… en esta lucha de vida hallarás más amor y serás amado”.

Sí, fue su anarquismo, su amor por la humanidad, lo que los condenó. Cuando Vanzetti fue arrestado, tenía en el bolsillo un volante que anunciaba una reunión que debía ocurrir cinco días más tarde. Es un volante que podría distribuirse hoy, en todo el mundo, de modo tan apropiado como el día de su arresto. Decía: “Han combatido en todas las guerras. Han trabajado para todos los capitalistas. Han recorrido todos los países. ¿Han cosechado los frutos de sus fatigas, el premio de sus victorias? ¿Acaso el pasado les da consuelo? ¿El presente les sonríe? ¿El futuro les promete cualquier cosa? ¿Han encontrado un pedazo de tierra donde puedan vivir como seres humanos y morir como seres humanos?

Sobre esas cuestiones, sobre estos argumentos de la lucha por la existencia, Bartolomeo Vanzetti hablará en esa reunión”.

Ese encuentro nunca tuvo lugar. Pero su espíritu existe hoy en la gente que cree y que ama y que lucha en todo el mundo.

 

*Tomado del libro de Howard Zinn: A Power Governments Cannot Suppress, City Lights Books, San Francisco, 2007.

Película uruguaya: El baño del Papa

El baño del Papa, una historia inspirada en hechos reales, recibió más de diez reconocimientos luego de su estreno, y fue una de las películas más populares del cine uruguayo. Entre los reconocimientos, la película ganó el premio Mejor Guión en el Festival Internacional de Cine de Huelva (2007), Mejor Película, Mejor Actor, Mejor Actríz en el Festival de Gramado y el de Mejor Película en el Festival de Cine de Bogotá.

También fue, en buena parte, la plataforma desde la cual el actor César Troncoso despegó para convertirse en una figura reconocida internacionalmente, sobre todo en Brasil.

Sincronías de la historia, se recuerdan los diez años de esta formidable película, de la misma forma que este año recordamos 30 años de la venida de Juan Pablo II a Chile, quien como cabeza de la Iglesia actuó como puente de plata para viabilizar la transición pactada – entre la Dictadura y la Asamblea de la Civilidad- de forma perpetuar el régimen pinochetista sin Pinochet, como en definitiva ocurrió.

Con la difusión de esta película, como revista, damos inicio a nuestra campaña en rechazo a la venida a Chile del Papa Francisco. Como ya se ha dicho en algunos medios aún minoritarios, por los millones de dólares que gastará el Estado laico en financiar actividades religiosas; porque es el portavoz de la curia que se opuso a la despenalización del aborto en tres causales y, de fondo,  por ser el titular de una institución cuya nomenclatura ha hecho del oscurantismo, la defensa del orden establecido y la naturalización de la explotación, un dogma de fe.

 

EP

Rajoy amenaza con desplegar ejército de España después de atentado en Barcelona

por Alejandro López//

Mucho antes de que se establecieran claramente los hechos del horrendo atentado terrorista del jueves en Barcelona, el gobierno español de derecha del Partido Popular (PP) está presionando para movilizar al Ejército dentro del país. Esta sería la primera vez en la que se despliega el Ejército dentro del país desde que lo gobernaba el régimen fascista de Francisco Franco, que tomó el poder a través de un alzamiento militar en 1936 y una sangrienta guerra civil de tres años.

El ministro del Interior, Ignacio Zoido, anunció ayer que, por ahora, mantendrá la alerta de terrorismo en el nivel cuatro de la escala española de cinco puntos. Sin embargo, el gobierno del primer ministro Mariano Rajoy del PP está convocando un consejo de defensa para discutir elevar la alerta de terrorismo a cinco, indicando un “peligro de atentado terrorista muy alto e inminente” y permitiendo el despliegue interno del ejército.
El Ejército ya se está preparando para el cambio al nivel cinco. El Confidencial informó ayer que la ministra de Defensa, Dolores María de Cospedal, había dado al Estado Mayor de la Defensa “instrucciones concretas” para que “estén listos” para movilizar tropas dentro de España en los próximos días. Cospedal había comentado previamente en una entrevista con la radio COPE que si el nivel de alerta de terrorismo se elevara a cinco, “intervendría el Ejército con total normalidad”.
El despliegue del Ejército en España no estaría dirigido a prevenir futuros atentados como la última atrocidad en Barcelona. Más bien, el PP pretende imponer la ley marcial y empujar la vida política española a la derecha. Su objetivo es estrangular las luchas obreras y resolver sus disputas con el gobierno proausteridad de Cataluña, las cuales fueron detonadas en junio después de que Barcelona programara un referéndum sobre la independencia catalana de España para el 1 de octubre, en línea con este traslado a la derecha.
Menos de dos días después de que el ataque de Barcelona fuese reivindicado por Estado Islámico (EI), con muchos detalles aún por conocer, ya se plantean preguntas de máxima seriedad sobre cómo fue que se permitió que se llevaran a cabo estos atentados. La CIA envió advertencias desde hace dos meses a los Mossos d’Esquadra, la policía regional catalana, informando que La Rambla era un objetivo terrorista. El 30 de julio, una cuenta de Twitter vinculada a EI anunció un “atentado inminente” en España.
Sin embargo, la seguridad aparentemente no fue movilizada en La Rambla, a pesar de que Cataluña es conocida por ser un centro de actividad yihadista en España. En un informe publicado el año pasado titulado “Estado Islámico en España”, el Real Instituto Elcano de España dijo que el Tribunal Supremo de España y las fuerzas de seguridad españolas tienen una “enfoque preventivo” que implica la vigilancia masiva de la población musulmana en Cataluña. Sin embargo, permitieron que una importante célula terrorista de EI preparara un atentado de grandes dimensiones sin ser molestada
Ahora parece que el ataque fue un intento fallido de preparar una atrocidad aún mayor. La policía sospecha que una explosión de gas el miércoles pasado en una casa en Alcanar, una pequeña ciudad a 224 kilómetros de Barcelona, fue de hecho un accidente durante la preparación de las bombas que se iban a cargar en dos furgones alquilados en Santa Perpetua de Mogoda. Esto obligó a la célula terrorista a entrar en acción inmediatamente, antes de que fueran descubiertos. Condujeron una furgoneta a la muchedumbre en la avenida de La Rambla en Barcelona el jueves a las 4:50 p.m., matando a 14 e hiriendo a 126, con 17 todavía en condiciones críticas.
Otro coche atravesó a la fuerza un puesto de control policial en la Avenida Diagonal en Barcelona a alrededor de las 8 p.m., golpeando a tres policías y siendo disparado por la policía. Un hombre fue luego encontrado muerto en el asiento trasero del coche, pero con heridas de apuñaladas, no de bala, según los Mossos d’Esquadra. No está claro si esto está relacionado con el ataque de La Rambla.
Después de la medianoche del viernes por la mañana, la policía disparó y mató a cinco sospechosos de terrorismo en Cambrils, mientras trataban de conducir su Audi A3 a través de un puesto de control policial y luego agredían a civiles con cuchillos y hachas. Una mujer ha muerto desde entonces de las heridas sufridas durante este asalto.
Los cinco hombres asesinados por la policía en Cambrils fueron identificados como Moussa Oukabir, de 17 años, quien se cree que fue el conductor de la furgoneta en Barcelona; El Houssaine Abbouyaaqoub, 19; Omar y Mohamed Hychami, 21 y 24; y Said Aallaa, 19. Todos eran marroquíes que vivían en España. Hay informes de que Younes Abbouyaaqoub, de 22 años, el hermano de El Houssaine, pudo haber escapado y cruzado la frontera hacia Francia, conduciendo una camioneta Renault Kangoo.
Es asombroso que, a pesar de la vigilancia masiva del Estado, un empeño tan masivo como el ataque de Barcelona-Cambrils pudiera ser preparado bajo las narices de la policía española y de los Mossos d’Esquadra. Todavía no está claro cómo fue posible. Sin embargo, parece que un factor importante fue el creciente conflicto entre Madrid y Barcelona. En medio de los temores de que el referéndum catalán condujera a un conflicto entre los Mossos y la Guardia Civil española, la colaboración antiterrorista entre Cataluña y las fuerzas de seguridad centrales se derrumbó en gran medida.
Los sindicatos de la policía catalana ahora critican agudamente a Madrid, acusándola de socavar a los Mossos. Zoido les negó el derecho de contratar a 500 nuevos agentes, en lo que la funcionaria sindical Imma Viudes describió el viernes a Público como una “clara represalia” por la programación del referéndum sobre la independencia catalana. Quizás de mayor importancia, según el portavoz de la policía, Sergi Miquel, Madrid también le negó acceso a los Mossos de la Europol y otras bases de datos policiales internacionales.
Estos puntos subrayan lo fraudulenta que es la campaña del PP para imponer ahora la ley marcial bajo el pretexto de que está librando una “guerra contra el terrorismo”. Las redes islamistas en Europa son de hecho herramientas confiables para la política exterior europea, a través de las cuales envían a miles de combatientes a las guerras de cambio de régimen de la OTAN en Siria y en todo Oriente Medio que cuentan con la protección y los ojos atentos de los servicios de inteligencia. La llamada “guerra contra el terrorismo” es utilizada como un pretexto para que las élites gobernantes impongan guerras impopulares y políticas de austeridad a pesar de la oposición masiva.
Poderosas facciones de la élite gobernante española están tratando de utilizar el ataque para rendir cuentas con los separatistas burgueses catalanes en Barcelona. En un editorial titulado “Ataque en Barcelona”, el periódico prosocialdemócrata El País exige sin rodeos que los separatistas abandonen el referéndum: “Un ataque de esta magnitud tiene que ser un aldabonazo que devuelva a la realidad a las fuerzas políticas catalanas, que, desde el Govern, el Parlament o los movimientos por la independencia han hecho de la quimera secesionista la sola y única actividad de la agenda política catalana en los últimos años”.
Los funcionarios de Madrid se preguntan sin duda si sería más fácil bloquear la secesión de Cataluña si no sólo estuviese sólo la Guardia Civil desplegada en Barcelona, sino también el propio Ejército de España.
Pero, sobre todo, el despliegue del ejército dentro de España estaría dirigido a la clase obrera. En medio de las explosivas tensiones en todo el país, con un desempleo del 18 por ciento y 40 por ciento entre los jóvenes, sólo sería cuestión de tiempo antes de que el ejército fuese ordenado a dirigirse contra los trabajadores, como lo fue en los años treinta.
El propio ataque de Barcelona ya ha sido utilizado para suprimir luchas obreras. La burocracia sindical estalinista de las Comisiones Obreras (CC. OO.) informó que, debido al ataque terrorista, se cancelaría una huelga de los trabajadores de seguridad que buscan mejores salarios y condiciones laborales en el aeropuerto El Prat de Barcelona. Si el ejército se desplegara en medio de una histérica atmósfera de ley y orden, sin duda desempeñará una función similar a la de las fuerzas de seguridad en el estado de emergencia en Francia, utilizadas para hostigar e intimidar a los protestantes contra la ley de reforma laboral proempresarial del año pasado.

León Trotsky: el derecho de las naciones a la autodeterminación

Hemos comprobado que en las cuestiones concretas que atañen a la formación de nuevos Estados nacionales, la socialdemocracia no puede dar ningún paso sin contar con el principio de la autodeterminación nacional, que, en última instancia no es sino el reconocimiento del derecho que asiste a cada grupo nacional a decidir sobre la suerte de su Estado, y por lo tanto a separarse de otro Estado dado (como, por ejemplo, de Rusia o Austria). El único medio democrático para conocer la “voluntad” de una nación es el referéndum. Esta solución democrática obligatoria seguirá siendo empero, tal como se define, puramente formal. En realidad no nos aclara nada sobre las posibilidades reales, las formas y los medios de la autodeterminación nacional en las condiciones modernas de la economía capitalista. Y sin embargo en esto mismo reside el centro del problema.

Para muchas naciones, si no es para la mayoría de las naciones oprimidas, grupos y sectores nacionales, el sentido de la autodeterminación es la supresión de los límites existentes y el desmembramiento de los Estados actuales. En particular, este principio democrático conduce a la emancipación de las colonias. Sin embargo, toda la política del imperialismo, indiferente ante el principio nacional, tiene como objetivo la extensión de los límites del Estado, la incorporación forzada de los Estados débiles en sus límites aduaneros y la conquista de nuevas colonias. Por su misma naturaleza, el imperialismo es expansivo y agresivo, y esta es su cualidad característica y no las maniobras diplomáticas.

De aquí se deriva el conflicto permanente entre el principio de autodeterminación nacional que, en muchos casos, conduce a la descentralización económica y estatal (desmembramiento, separación) y las poderosas tendencias centralizadoras del imperialismo que tiene a su disposición el aparato de Estado y la potencia militar. Es cierto que un movimiento nacional separatista a menudo encuentra el apoyo de las intrigas imperialistas de un estado vecino. Sin embargo este apoyo no puede ser decisivo más que por el ejercicio de la fuerza militar. Y cuando las cosas llegan al extremo de un conflicto armado entre dos países imperialistas, los nuevos límites del Estado ya no se decidirán sobre la base del principio nacional sino sobre el de la relación de fuerzas militares. Y forzar a un Estado que ha vencido a declinar la anexión de los nuevos territorios conquistados es tan difícil como obligarlo a conceder la libre autodeterminación de las provincias conquistadas con anterioridad. Finalmente, incluso si por un milagro Europa fuera dividida en Estados nacionales fijos y pequeños por la fuerza de las armas, la cuestión nacional no estaría resuelta de ningún modo y, al día siguiente de esa “justa” redistribución nacional, volvería a comenzar la expansión capitalista. Comenzarían nuevos conflictos que provocarían nuevas guerras y conquistas, violando totalmente el principio nacional en todos los casos en que no puede defenderse con suficientes bayonetas. Daría la impresión de una partida de jugadores empedernidos que se ven obligados a repartirse la banca “justamente” en medio del juego a fin de volver a empezar la misma partida con renovado frenesí.

De la potencia de las tendencias centralizadoras del imperialismo de ninguna manera se deriva el que estemos obligados a someternos pasivamente a ellas. Una comunidad nacional es el corazón de la cultura, igual que la lengua nacional es su expresión viva, y este hecho mantendrá su significación a través de períodos históricos indefinidamente largos. La socialdemocracia desea y está obligada a salvaguardar la libertad de desarrollo (o disolución) de la comunidad nacional en interés de la cultura, material o espiritual. Y por eso ha asumido como una obligación política el principio democrático de la autodeterminación nacional de la burguesía revolucionaria.

El derecho a la autodeterminación nacional no puede ser excluido del programa proletario de paz: pero tampoco puede pretender atribuirse una importancia absoluta. Al contrario, para nosotros está limitado por las tendencias convergentes profundamente progresivas del desarrollo histórico. Si bien es cierto que este derecho debe oponerse -mediante la presión revolucionaria- al método imperialista de centralización que esclaviza a los pueblos débiles y atrasados y quiebra el núcleo de la cultura nacional, también lo es que el proletariado no debe permitir que el “principio nacional” se convierta en un obstáculo a la tendencia irresistible y profundamente progresiva de la vida económica moderna en dirección a una organización planificada en nuestro continente, y, más adelante, en todo el planeta. El imperialismo es la expresión que el bandidaje capitalista confiere a la tendencia de la economía moderna para acabar completamente con el idiotismo de la estrechez nacional, como sucedió en el pasado con los límites provinciales y locales. Luchando contra las formas imperialistas de centralización económica, el socialismo en absoluto toma partido contra esta tendencia particular sino que, por el contrario, hace de ella su propio principio rector.

Desde el punto de vista del desarrollo histórico y desde el punto de vista de las tareas de la socialdemocracia, la tendencia de la economía moderna es fundamental y es preciso garantizarle la posibilidad de ejercer su misión histórica verdaderamente liberadora: construir la economía mundial unificada, independiente de los límites nacionales, sus barreras estatales y aduaneras, sometida únicamente a las particularidades del territorio y los recursos naturales, al clima y a las necesidades de la división del trabajo. Polonia, Alsacia, Dalmacia, Bélgica, Serbia y otras pequeñas naciones europeas que aún no han sido anexadas podrán recuperarse o proclamarse por primera vez en la configuración nacional hacia la que gravitan y, sobre todo, podrán adquirir un status permanente y desarrollar libremente su existencia cultural solo en la medida en que, como grupos nacionales, dejen de ser unidades económicas, dejen de estar trabadas por los límites estatales y no se encuentren separadas u opuestas económicamente unas a otras. En otras palabras, para que los polacos, los rumanos, los serbios, etc., puedan formar unidades nacionales libremente, es preciso que sean destruidos los límites estatales que actualmente los dividen, que el marco del Estado se amplíe en una unidad económica, pero no como organización nacional, que englobe a toda la Europa capitalista, hasta ahora dividida por tasas y fronteras y desgarrada por la guerra. La unificación estatal de Europa es claramente la condición previa para la autodeterminación de las pequeñas y grandes naciones de Europa. Una existencia cultural nacional despojada de antagonismos económicos nacionales y basada sobre una autodeterminación real sólo es posible bajo el amparo de una Europa unida democráticamente, libre de barreras estatales o aduaneras.

Kamenev, Lenin y Trotsky.

Esta dependencia directa e inmediata de la autodeterminación nacional de los pueblos débiles del régimen colectivo europeo, excluye la posibilidad de que el proletariado plantee cuestiones como la independencia de Polonia o la unificación de todos los serbios al margen de la revolución europea. Pero, por otra parte, esto significa que el derecho a la autodeterminación, como elemento del programa de paz proletario, no tiene un carácter “utópico” sino revolucionario. Esta consideración se dirige en dos sentidos: contra los David y Lindberg alemanes, quienes, desde lo alto de su “realismo” imperialista, denigran el principio de la independencia nacional como romanticismo reaccionario; y contra los simplificadores de nuestro campo revolucionario cuando afirman que no es realizable más que en el socialismo y con ello evitan una respuesta principista a las cuestiones que plantea la guerra.

Entre nuestras condiciones sociales actuales y el socialismo aún queda un largo período de revolución social: es decir, la época de la lucha proletaria abierta por el poder, la conquista y ejercicio de este poder para la total democratización de las relaciones sociales y la transformación sistemática de la sociedad capitalista en sociedad socialista. No será un período de pacificación y calma, al contrario, será una época de intensa lucha de clases, de levantamientos populares, de guerras, de experiencias de extensión del régimen proletario y de reformas socialistas. Esta época exigirá al proletariado una respuesta práctica, es decir, inmediatamente aplicable, a la cuestión de la existencia permanente de las nacionalidades y sus relaciones recíprocas con el Estado y la economía.

Hemos intentado aclarar más arriba que la unión económica y política de Europa es la condición previa indispensable de toda posibilidad de autodeterminación. Igual que la consigna de “independencia nacional” de los serbios, búlgaros, griegos, etc.,se queda en una abstracción vacía si no va acompañada de la consigna suplementaria de “Federación de repúblicas balcánicas”-que juega este papel en la política de la socialdemocracia de los Balcanes-, a escala europea, el principio del “derecho” de los pueblos a disponer de ellos mismos no podrá hacerse efectivo más que en una “Federación de Repúblicas europeas”. Y del mismo modo que en la península balcánica la consigna de federación democrática se ha convertido en un eslogan esencialmente proletario, con más razón lo es a nivel europeo, donde los antagonismos capitalistas son incomparablemente más profundos.

Para los políticos burgueses la supresión de las barreras aduaneras entre los diferentes países de Europa es una dificultad insuperable; pero sin esta supresión los tribunales de arbitraje entre los estados y las normas legales internacionales no durarían más que la neutralidad de Bélgica, por ejemplo. La tendencia hacia la unificación del mercado europeo, que, como la lucha por apoderarse de los países atrasados no europeos, está motivada por el desarrollo del capitalismo, se enfrenta a una tenaz oposición de los terratenientes y capitalistas, que tienen en las tarifas aduaneras, junto al aparato militar, un medio indispensable de explotación y enriquecimiento.

La burguesía industrial y financiera húngara se opone a la unificación económica con Austria, pues ésta ha alcanzado un grado de desarrollo capitalista más elevado que aquélla. De igual forma, la burguesía de Austria-Hungría rechaza la idea de unión aduanera con Alemania, mucho más poderosa.

Por otra parte, los propietarios agrícolas alemanes no consentirán jamás voluntariamente que se supriman las tasas sobre el grano. Es más, los intereses económicos de las clases poseedoras de los imperios centrales no pueden reconducirse fácilmente para coincidir con los de los capitalistas y terratenientes franceses, ingleses y rusos. La actual guerra lo demuestra muy elocuentemente. Últimamente, la falta de harmonía y el carácter inconciliable de los intereses capitalistas entre los mismos aliados son aún más flagrantes que entre los Estados de la Europa central. En estas condiciones, una unión económica de Europa incompleta y diseñada de arriba abajo, concluida mediante tratados entre gobiernos capitalistas es, simplemente, una utopía. Las cosas no irían mucho más allá de algunos compromisos parciales y medidas incompletas. Por lo tanto, la unión económica de Europa, que presenta enormes ventajas para productores y consumidores y, en general, para el desarrollo cultural, es la tarea revolucionaria del proletariado europeo en su lucha contra el proteccionismo imperialista y su instrumento, el militarismo.

Los Estados Unidos de Europa, sin monarquía, sin ejércitos permanentes y sin diplomacia secreta, constituyen la parte más importante del programa proletario de paz.

Los ideólogos y políticos del imperialismo alemán recogieron frecuentemente en su programa, sobre todo al principio de la guerra, los Estados Unidos europeos o, por lo menos, centroeuropeos (sin Francia, Inglaterra ni Rusia). El programa para una unificación violenta de Europa es una tendencia tan característica del imperialismo alemán como el desmembramiento forzoso de Alemania lo es del imperialismo francés.

Si los ejércitos alemanes lograran la victoria decisiva en la guerra con la que se cuenta en Alemania, no cabe ninguna duda que el imperialismo alemán realizaría una gigantesca tentativa para imponer una unión aduanera obligatoria a los Estados europeos que implicaría cláusulas preferenciales, compromisos, etc…, reduciendo a su mínima expresión el sentido progresivo de la unificación del mercado europeo. No hace falta añadir que, en tales condiciones, no podría plantearse la autonomía de las naciones así reunidas por la fuerza en una caricatura de Estados Unidos de Europa. Imaginemos por un momento que el militarismo alemán logra realizar esta semi-unión europea por la fuerza, igual que hizo el militarismo prusiano en el pasado cuando logró imponer la unidad de Alemania. ¿Cuál debería ser entonces la consigna central del proletariado europeo? ¿La disolución de la forzada unión europea y el retorno de todos los pueblos al amparo de los Estados nacionales aislados? ¿O el restablecimiento de las tarifas aduaneras, los sistemas monetarios “nacionales”, la legislación social “nacional” y todo lo demás? Nada de esto. El programa del movimiento revolucionario europeo sería entonces la destrucción de la forma obligatoria y antidemocrática de la coalición, pero conservando y ampliando sus cimientos con la supresión completa de los aranceles, la unificación de la legislación y, sobre todo, de la legislación laboral, etc… En otras palabras, la consigna de Estados Unidos de Europa “sin monarquía ni ejércitos permanentes” se convertiría en tal caso en la principal consigna unificadora de la revolución europea.

Examinemos ahora la segunda posibilidad, la de una salida “dudosa” del conflicto actual. Al principio de la guerra Liszt, el conocido profesor, ferviente partidario de los “Estados Unidos de Europa”, demostró que, incluso en el caso de que los alemanes no vencieran a sus adversarios, la unión europea no dejaría de realizarse, y, según Liszt, de forma mucho más completa que en el caso de una victoria alemana. Dada su creciente necesidad de expansión, los Estados europeos, hostiles entre sí aunque fueran incapaces de luchar unos contra otros, continuarían dificultándose mutuamente su “misión” en el Oriente Próximo, África, Asia, y serían derrotados en todas partes por los Estados Unidos de América y el Japón. En el caso de que la guerra termine sin un vencedor “claro”, Liszt piensa que la absoluta necesidad de una entente económica y militar de las potencias europeas prevalecerá sobre los intereses de pueblos débiles y atrasados y, sin duda alguna sobre todo, contra sus propias masas trabajadoras. Ya hemos expuesto más arriba los grandes obstáculos que impiden la realización de este programa.

Pero si estos obstáculos fueran superados, aunque sólo fuera parcialmente, sobrevendría inmediatamente la instauración de un trust imperialista de los Estados europeos, es decir una sociedad de pillaje por acciones. En tal caso, el proletariado no debería luchar por el retorno a un Estado “nacional” autónomo, sino por convertir el trust imperialista en una federación democrática europea.

Frida Kahlo y León Trotsky

Sin embargo, cuanto más avanza el conflicto más se pone de manifiesto la absoluta incapacidad del militarismo para resolver los problemas que plantea la guerra y menos posibilidades hay para estos proyectos de unificación europea desde arriba. La cuestión de los “Estados Unidos de Europa” imperialistas ha dejado paso a los proyectos de unión económica entre Austria y Alemania y a la perspectiva de una alianza cuatripartita con sus aranceles y sus impuestos de guerra completados por el militarismo de unos dirigido contra los otros.

Después de lo que acabamos de decir, sería superfluo insistir sobre la enorme importancia que, para la ejecución de estos planes, tendrá la política del proletariado de los dos trust de Estados por su lucha contra los aranceles establecidos y contra las barreras militares y diplomáticas, por la unión económica de Europa.

Y ahora, tras los inicios tan prometedores de la revolución rusa, tenemos buenas razones para esperar que un poderoso movimiento revolucionario se extienda por toda Europa. Está claro que tal movimiento no podría tener éxito, desarrollarse y vencer más que como movimiento general europeo. Aislado entre los límites de sus fronteras nacionales estaría condenado al fracaso. Nuestros social-patriotas nos muestran el peligro que supone el militarismo alemán para la revolución rusa. Indudablemente es un peligro, pero no es el único. Los militarismos inglés, francés, italiano son peligros no menos terribles para la revolución rusa que la máquina de guerra de los Hohenzollern. La esperanza de la revolución rusa estriba en su propagación a toda Europa. Si el movimiento revolucionario se desarrollara en Alemania, el proletariado alemán buscaría y encontraría un eco revolucionario en los países “hostiles” de Occidente, y, si en uno de estos países el proletariado arrancara el poder de manos de la burguesía, se vería obligado, aunque sólo fuera para conservarlo, a ponerlo al servicio del movimiento revolucionario de los otros países. En otras palabras, la instauración de un régimen de dictadura del proletariado estable sólo sería concebible a escala europea, bajo la forma de una Federación democrática europea. La unificación de los Estados de Europa, que no puede ser realizada ni por la fuerza militar ni mediante tratados industriales y diplomáticos, constituirá la principal y más urgente tarea del proletariado revolucionario triunfante.

Los Estados Unidos de Europa son la consigna del período revolucionario en el que hemos entrado. Sea cual sea el giro que tomen las operaciones militares en lo sucesivo, sea cual sea el balance que la diplomacia pueda sacar de la guerra actual, y sea cual sea el ritmo de progresión del movimiento revolucionario en lo inmediato, la consigna de Estados Unidos de Europa seguirá teniendo en todo caso una gran importancia como fórmula política de la lucha por el poder. Mediante este programa se expresa el hecho de que el Estado nacional ha quedado desfasado, como marco para el desarrollo de las fuerzas productivas, como base de la lucha de clases, y por lo tanto como forma estatal de la dictadura proletaria. Nosotros oponemos una alternativa progresiva al conservadurismo que defiende una patria nacional caduca, a saber, la creación de una nueva patria más completa, de la revolución, de la democracia europea, única capaz de ser el punto de partida que necesita el proletariado para propagar la revolución en todo el mundo. Claro que los Estados Unidos de Europa no serán más que uno de los dos ejes de “reorganización mundial” de la industria. Los Estados Unidos de América serán el otro.

Trotsky entrevistado en su casa de Coyoacán (México) en 1937.

Ver las perspectivas de la revolución social en los límites nacionales significa sucumbir al mismo espíritu nacionalista estrecho que configura el contenido del social-patriotismo. Hasta el final de su vida, Vaillant consideraba a Francia como el país predilecto de la revolución social y por ello insistió en su defensa hasta el final. Lutsh y otros, unos hipócritamente, otros sinceramente, creían que la derrota de Alemania significaría ante todo la destrucción de las bases mismas de la revolución social. Últimamente, nuestros Tseretelli y nuestros Chernov, que, en nuestras condiciones nacionales, han repetido la misma triste experiencia que el ministerialismo francés, juran que su política está al servicio de los objetivos de la revolución y, por lo tanto, no tiene nada en común con la política de Guesde y Sembat. De forma general, no hay que olvidar que en el social-patriotismo al lado del más vulgar reformismo hay un reformismo activo, un mesianismo revolucionario nacional que consiste en considerar a la propia nación como el Estado elegido para conducir a la humanidad al “socialismo” o a la “democracia”, aunque no sea más que bajo su forma industrial o democrática y orientada hacia las conquistas revolucionarias. Defender la base nacional de la revolución por tales métodos, que perjudican las relaciones internacionales del proletariado, equivale realmente a minar la revolución, que no puede comenzar más que sobre una base nacional, pero que no podría completarse sobre esta base dada la actual interdependencia económica, política y militar de los Estados europeos, jamás tan evidente como en el curso de la actual guerra. La consigna de los Estados Unidos de Europa expresará esta interdependencia que determinará directa e inmediatamente la acción conjunta del proletariado europeo durante la revolución.

El social-patriotismo, que en principio es, si no lo es siempre en los hechos, la aplicación del social-reformismo en su forma más depurada y de su adaptación a la época imperialista, se propone tomar la dirección de la política del proletariado, enmedio de la actual tormenta mundial, y seguir el camino del “mal menor”, es decir unirse a uno de los dos bandos. Nosotros rechazamos este método. Sostenemos que la guerra preparada por la evolución anterior ha puesto de manifiesto claramente los problemas fundamentales del desarrollo capitalista actual en su conjunto. Es más, la línea política que debe seguir el proletariado internacional y sus secciones nacionales no debe estar determinada por rasgos políticos nacionales secundarios, ni por las ventajas problemáticas que supondría la preponderancia militar de uno de los bandos (máxime cuando estas ventajas problemáticas deber pagarse por adelantado con la renuncia a toda política proletaria independiente), sino por el antagonismo fundamental que existe entre el proletariado internacional y el régimen capitalista en su conjunto. La unión democrática republicana de Europa, una unión realmente capaz de garantizar el libre desarrollo nacional, solamente es posible mediante la lucha revolucionaria contra el militarismo, el imperialismo, el centralismo dinástico, mediante revueltas en cada país y la convergencia de todas estas sublevaciones en una revolución europea. La revolución europea triunfante, independientemente de su curso en los diferentes países y en ausencia de otras clases revolucionarias, sólo puede transmitir el poder al proletariado. Y de este modo, los Estados Unidos de Europa son la única forma concebible de la dictadura del proletariado europeo.

Documental: Neltume 81

Realizado por: Evelyn Campos, Cristian Fuentes y Andrea Sánchez / Documental / 72 minutos.
Sinópsis:

En 1980 un grupo de exiliados militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) se organizó en Europa y se preparó en Cuba para retornar al país con el objetivo de desestabilizar a la dictadura militar de Augusto Pinochet en el marco de la llamada “Operación Retorno”. Parte del plan consistía en desarrollar dos campamentos para la preparación de futuras fuerzas guerrilleras, uno de ellos en la zona de Neltume. Seguir leyendo Documental: Neltume 81

León Trotsky:Manifiesto de la Cuarta Internacional sobre la guerra imperialista y la revolución proletaria mundia

Publicamos este manifiesto en conmemoración al luctuoso asesinato del último de los clásicos del marxismo, León Trotsky. Un 20 de agosto de 1940, México, Coyoacán, el líder bolchevique, el militante, el teórico y el genio militar, caía asesinado por el stalinismo contrarrevolucionario. Trotsky -como todo revolucionario- muere en su ley y precisamente por eso, le recordamos con un texto profético, de mayo de 1940, en plena Segunda Guerra Mundial, en cuyas líneas se anticipa la post guerra que en muchos sentidos seguimos viviendo hoy. Honor y gloria, hasta el socialismo, siempre!!!

EP

 

La Conferencia de Emergencia de la Cuarta Interna­cional, el partido mundial de la revolución socialista, se reúne en el momento inicial de la segunda guerra impe­rialista. Atrás quedó ya la etapa de intentos de aperturas, de preparativos, de relativa inactividad militar. Alemania desató las furias del infierno en una ofensiva general a la que los aliados responden igualmente con todas las fuerzas destructivas de que disponen. De ahora en adelante y por mucho tiempo el curso de la guerra imperialista y sus consecuencias económicas y políticas determinarán la si­tuación de Europa y la de toda la humanidad.

La Cuarta Internacional considera que éste es el mo­mento de decir abierta y claramente cómo ve esta guerra y a sus protagonistas, cómo caracteriza la política respec­to a la guerra de las distintas organizaciones laborales y, lo más importante, cuál es el camino para lograr la paz, la libertad y la abundancia.

La Cuarta Internacional no se dirige a los gobiernos que arrastraron a los pueblos a la matanza, ni a los políticos burgueses responsables de estos gobiernos, ni a la burocracia sindical que apoya a la burguesía belicista. La Cuarta Internacional se dirige a los trabajadores y las trabajadoras, a los soldados y los marineros, a los campesinos arruinados y a los pueblos coloniales esclavizados. La Cuarta Internacional no tiene ninguna ligazón con los opresores, los explotadores, los imperialistas. Es el parti­do mundial de los trabajadores, los oprimidos y los explotados. Este manifiesto está dirigido a ellos.

 

Las causas generales de la guerra actual

 

La tecnología es hoy infinitamente más poderosa que a fines de la guerra de 1914 a 1918, mientras que la humanidad es mucho más pobre. Descendió el nivel de vida en un país tras otro. En los umbrales de la guerra actual la situación de la agricultura era peor que cuando estalló la guerra anterior. Los países agrícolas están arrui­nados. En los países industriales las clases medias caen en la ruina económica y se formó una subclase permanente de desempleados, los modernos parias. El mercado inter­no ha estrechado sus límites. Se redujo la exportación de capitales. El imperialismo realmente destrozó el mercado mundial, dividiéndolo en sectores dominados individual­mente por países poderosos. Pese al considerable incre­mento de la población del planeta, el intercambio comer­cial de ciento nueve países del mundo decayó casi en una cuarta parte durante la década anterior a la guerra actual. En algunos países el comercio exterior se redujo a la mitad, a la tercera o a la cuarta parte.

Los países coloniales sufren sus propias crisis internas y las de los centros metropolitanos. Naciones atrasadas que ayer todavía eran semilibres hoy están esclavizadas (Abisinia, Albania, China…)[2]Todos los países impe­rialistas necesitan poseer fuentes de materias primas sobre todo pasa la guerra, es decir, para una nueva lucha por las materias primas. A fin de enriquecerse posteriormente, los capitalistas están destruyendo y asolando el producto del trabajo de siglos enteros.

El mundo capitalista decadente está superpoblado. La admisión de cien refugiados extras constituye un problema grave para una potencia mundial como Estados Uni­dos. En la era de la aviación, el teléfono, el telégrafo, la radio y la televisión, los pasaportes y las visas paralizar el traslado de uno a otro país. La época de la decadencia del comercio exterior e interior es al mismo tiempo la de la intensificación monstruosa del chovinismo, especialmente del antisemitismo. El capitalismo, cuando surgió, sacó al pueblo judío del guetto y lo utilizó como instru­mento de su expansión comercial. Hoy la sociedad capi­talista en decadencia trata de expulsar por todos sus poros al pueblo judío; ¡entre dos mil millones de perso­nas que habitan el globo, diecisiete millones, es decir menos del uno por ciento, ya no pueden encontrar un lugar donde vivir! Entre las vastas extensiones de tierras y las maravillas de la tecnología, que además de la tierra conquistó los cielos para el hombre, la burguesía logró convertir nuestro planeta en una sucia prisión.

 

Lenin y el imperialismo

 

El 1° de noviembre de 1914, a comienzos de la última guerra imperialista, Lenin escribió: “El imperialismo arriesga el destino de la cultura europea. Después de esta guerra, si no triunfan unas cuantas revoluciones, vendrán otras guerras; el cuento de hadas de ‘una guerra que acabará con todas las guerras’ no es más que eso, un vacío y pernicioso cuento de hadas…” ¡Obreros, recor­dad esta predicción! La guerra actual, la segunda guerra imperialista, no es un accidente; no es la consecuencia de la voluntad de tal o cual dictador. Hace mucho se la previó. Es el resultado inexorable de las contradicciones de los intereses capitalistas internacionales. Al contrario de lo que afirman las fábulas oficiales para engañar al pueblo, la causa principal de la guerra, como de todos los otros males sociales (el desempleo, el alto costo de la vida, el fascismo, la opresión colonial) es la propiedad privada de los medios de producción y el estado burgués que se apoya en este fundamento.

El nivel actual de la tecnología y de la capacidad de los obreros permite crear condiciones adecuadas para el desarrollo material y espiritual de toda la humanidad. Sólo sería necesario organizar correcta, científica y racio­nalmente la economía de cada país y de todo el planeta, siguiendo un plan general. Sin embargo, mientras las principales fuerzas productivas de la sociedad estén en manos de los trusts, es decir, de camarillas capitalistas aisladas; mientras el estado nacional siga siendo una he­rramienta manejada por estas camarillas, la lucha por los mercados, las fuentes de materias primas, la dominación del mundo asumirá inevitablemente un carácter cada vez más destructivo. Solamente la clase obrera revolucionaria puede arrancar de las manos de estas rapaces camarillas imperialistas el poder del estado y el dominio de la economía. Ese es el sentido de la advertencia de Lenin de que “si no triunfan unas cuantas revoluciones” inevi­tablemente estallará una nueva guerra imperialista. Los distintos pronósticos y promesas que se hicieron entonces fueron sometidos a la prueba de los hechos. Se compro­bó que era una mentira el cuento de hadas de “la guerra para acabar con todas las guerras”. La predicción de Lenin se convirtió en una trágica verdad.

 

Las causas inmediatas de la guerra

 

La causa inmediata de la guerra actual es la rivalidad entre los viejos imperios coloniales ricos, Gran Bretaña y Francia, y los ladrones imperialistas que llegaron retrasa­dos, Alemania e Italia.

El siglo XIX fue la era de la hegemonía indiscutida de la potencia imperialista más antigua, Gran Bretaña. Entre 1815 y 1914 reinó, aunque no sin explosiones militares aisladas, la “paz británica”. La flota británica, la más poderosa del mundo, jugó el rol de policía de los mares. Esta era, sin embargo, es cosa del pasado. Ya a fines del siglo pasado, Alemania, armada con una moderna tecno­logía, comenzó a avanzar hacia el primer lugar en Euro­pa. Allende el océano surgió un país aun más poderoso, una antigua colonia británica. La contradicción económi­ca más importante que llevó a la guerra de 1914-1918 fue la rivalidad entre Gran Bretaña y Alemania. En cuanto a Estados Unidos, su participación en la guerra fue preventiva; no se podía permitir que Alemania some­tiera el continente europeo. La derrota arrojó a Alemania a la impotencia total. Desmembrada, rodeada de enemi­gos, en bancarrota por las indemnizaciones, debilitada por las convulsiones de la guerra civil, parecía haber quedado fuera de circulación por mucho tiempo, sino para siempre. En el continente europeo el primer violín volvió temporalmente a las manos de Francia. El balance de la victoriosa Inglaterra después de la guerra resultó, en última instancia, deficitario: independencia creciente de los dominios, movimientos coloniales en favor de la liberación, pérdida de la hegemonía naval, disminución de la importancia de su armada por el gran desarrollo de la aviación.

Por inercia, Inglaterra todavía intentó jugar un rol dirigente en la escena mundial durante los primeros años que siguieron a la victoria. Sus conflictos con Estados Unidos comenzaron a volverse obviamente amenazantes. Parecía que la próxima guerra estallaría entre los dos aspirantes anglosajones a la dominación del mundo. Sin embargo, Inglaterra pronto tuvo que convencerse de que su fuerza económica era insuficiente para combatir con el coloso de allende el océano. Su acuerdo con Estados Unidos sobre la igualdad naval significó su renuncia for­mal a la hegemonía naval, que en la actualidad ya ha perdido. Su vuelco del libre comercio a las tarifas adua­neras fue la admisión franca de la derrota de la industria británica en el mercado mundial. Su renuncia a la política de “espléndido aislamiento” trajo como consecuencia la introducción del servicio militar obligatorio. Así se hicieron humo todas las sagradas tradiciones.

Francia también se caracteriza, aunque en menor esca­la, por una inadecuación similar entre su poderío econó­mico y su posición en el mundo. Su hegemonía en Europa se apoyaba en una coyuntura circunstancial crea­da por la aniquilación de Alemania y las estipulaciones artificiales del Tratado de Versalles. Su cantidad de habi­tantes y sus bases económicas eran demasiado reducidas para asentar sobre ellas su economía. Cuando se disipó el encantamiento de la victoria salió a la luz la relación de fuerzas real. Francia demostró ser mucho más débil que lo que creían tanto sus amigos como sus enemigos. Al buscar protección se convirtió, en esencia, en el último de los dominios conquistados por Gran Bretaña.

La regeneración de Alemania en base a su tecnología de primer orden y su capacidad organizativa era inevita­ble. Ocurrió antes de lo que se pensaba, en gran medida gracias al apoyo de Inglaterra a Alemania en contra de la URSS, de las pretensiones excesivas de Francia y, mas indirectamente, de Estados Unidos. Inglaterra, más de una vez, tuvo éxito en esas maniobras internacionales en el pasado, mientras era la potencia más fuerte. En su senilidad se demostró incapaz de dominar los espíritus que ella misma evocó.

Armada con una tecnología más moderna, más flexi­ble y de mayor capacidad productiva, Alemania comenzó otra vez a competir con Inglaterra en mercados muy importantes, especialmente del sudeste de Europa y Amé­rica Latina. En el siglo XIX la competencia entre los países capitalistas se desarrollaba en un mercado mundial en expansión. Hoy, en cambio, el espacio económico de la lucha se estrecha de tal manera que los imperialistas no tienen otra alternativa que la de arrancarse unos a otros los pedazos del mercado mundial.

La iniciativa de efectuar una nueva división del mundo proviene ahora, como en 1914, naturalmente, de Alema­nia El gobierno inglés, que fue tomado desprevenido, intentó primero comprar la posibilidad de quedar al mar­gen de la guerra con concesiones a expensas de los demás (Austria, Checoslovaquia). Pero esta política podría durar poco. La “amistad” con Gran Bretaña fue para Hitler solamente una breve fase táctica. Londres ya le había concedido más de lo que él había calculado conseguir. El acuerdo de Munich, con el cual Chamberlain esperaba sellar una larga amistad con Alemania sirvió por el con­trario para apresurar la ruptura. Hitler ya no podía con­seguir nada más de Londres; la expansión ulterior de Alemania golpearía vitalmente a Gran Bretaña. Así fue como “la nueva era de paz” proclamada por Chamberlain en octubre de 1938 condujo en pocos meses a la más terrible de todas las guerras.

 

Los Estados Unidos

 

Mientras Gran Bretaña hacía todos los esfuerzos posi­bles, desde los primeros meses de la guerra, para apro­piarse de las posiciones que la bloqueada Alemania dejó libres en el mercado mundial, Estados Unidos, casi auto­máticamente, desalojaba a Gran Bretaña. Los dos tercios de todo el oro del mundo se concentran en las arcas norteamericanas. El tercio restante sigue el mismo cami­no. El rol de banquero del mundo que jugó Inglaterra ya es cosa del pasado. Y en otros terrenos las cosas no andan mucho mejor. Mientras la armada y la marina mercante de Gran Bretaña están sufriendo grandes pérdi­das, los astilleros norteamericanos construyen a un ritmo colosal los barcos que garantizarán el predominio de la flota norteamericana sobre la británica y la japonesa. Estados Unidos se prepara, evidentemente, para alcanzar el nivel de las dos potencias (una armada más poderosa que las flotas combinadas de las dos potencias que le siguen). El nuevo programa para la flota aérea se propone garantizar la superioridad de Estados Unidos sobre el resto del mundo.

Sin embargo, la fuerza industrial, financiera y militar de Estados Unidos, la potencia capitalista más avanzada del mundo, no asegura en absoluto el florecimiento de la economía norteamericana. Por el contrario, vuelve especialmente maligna y convulsiva la crisis que afecta su sistema social. ¡No se puede hacer uso de los miles de millones en oro, ni de los millones de desocupados! En las tesis de la Cuarta Internacional, La guerra y la Cuarta Internacional, publicadas hace seis años, se pronosticaba:

“El capitalismo de Estados Unidos se enfrenta con los mismos problemas que en 1914 empujaron a Alemania a la guerra. ¿Está dividido el mundo? Hay que redividirlo. Para Alemania se trataba de ‘organizar Europa’. Los Esta­dos Unidos tienen que ‘organizar’ el mundo. La historia está enfrentando a la humanidad con la erupción volcáni­ca del imperialismo norteamericano.”

El New Deal y la “política del buen vecino” [3] fueron los últimos intentos de postergar el estallido ali­viando la crisis social con concesiones y acuerdos. Después de la bancarrota de esta política, que se tragó decenas de miles de millones, al imperialismo norteameri­cano no le quedaba otra cosa por hacer que recurrir al método del puño de hierro. Con uno u otro pretexto y con cualquier consigna Estados Unidos intervendrá en el tremendo choque para conservar su dominio del mundo. El orden y el momento de la lucha entre el capitalismo norteamericano y sus enemigos no se conoce todavía; tal vez ni siquiera Washington lo sabe. La guerra con Japón tendría como objetivo conseguir más “espacio vital” en el Océano Pacífico. La guerra en el Atlántico, aunque en lo inmediato se dirija contra Alemania, sería para conse­guir la herencia de Gran Bretaña.

La posible victoria de Alemania sobre los aliados pen­de sobre Washington como una pesadilla. Con el conti­nente europeo y los recursos de sus colonias como base, con todas las fábricas de municiones y astilleros europeos a su disposición, Alemania (especialmente si está aliada con Japón en Oriente) constituiría un peligro mortal para el imperialismo norteamericano. Las titánicas batallas que se libran actualmente en los campos de Europa son, en este sentido, episodios preliminares de la lucha entre Alemania y Norteamérica. Francia e Inglaterra son sólo posiciones fortificadas que posee el imperialismo nortea­mericano del otro lado del Atlántico. Si las fronteras de Inglaterra llegan hasta el Rin, como lo planteó uno de los premiers británicos, los imperialistas norteamericanos po­drían decir muy bien que las fronteras de Estados Unidos llegan hasta el Támesis. En su febril actividad de prepara­ción de la opinión pública para la guerra inminente, Washington no deja de demostrar una noble indignación por la suerte de Finlandia, Dinamarca, Noruega, Holanda, Bélgica… Con la ocupación de Dinamarca surgió inespe­radamente la cuestión de Groenlandia, que “geológicamente” formaría parte del Hemisferio Occidental y, por feliz casualidad, contiene depósitos de creolita, indispen­sable para la producción de aluminio. Tampoco desprecia Washington a la esclavizada China, a las indefensas Filipi­nas, a las huérfanas Indias Holandesas y a las rutas marinas libres. De este modo las simpatías filantrópicas por las naciones oprimidas y hasta las consideraciones geológicas están arrastrando a Estados Unidos a la guerra.

Las fuerzas armadas norteamericanas, sin embargo, podrán intervenir con éxito solamente si cuentan con Fran­cia y las Islas Británicas como sólidas bases de apoyo. Si Francia fuera ocupada y las tropas alemanas llegaran hasta el Támesis, la relación de fuerzas se volcaría drásti­camente en contra de Estados Unidos. Todas estas consi­deraciones obligan a Washington a acelerar el ritmo, pero al mismo tiempo a plantearse el problema de si no se ha dejado pasar el momento oportuno.

Contra la posición oficial de la Casa Blanca se levantan las ruidosas protestas del aislacionismo norteamerica­no, que constituye sólo una variante distinta del mismo imperialismo. El sector capitalista cuyos intereses están ligados fundamentalmente al continente americano, Aus­tralia y el Lejano Oriente considera que, en el caso de una derrota de los aliados, Estados Unidos automáticamente obtendría para sí el monopolio de Latinoamérica y también de Canadá, Australia y Nueva Zelandia. En cuanto a China, las Indias Holandesas y el Oriente en general, toda la clase gobernante de los Estados Unidos está convencida de que, de todos modos, la guerra con Japón es inevitable en un futuro próximo. Con el pretex­to del aislacionismo y el pacifismo, un sector influyente de la burguesía prepara un programa para la expansión continental de Norteamérica y para la lucha contra el Japón. De acuerdo con este plan, la guerra con Alemania por la dominación del mundo únicamente queda diferida. En cuanto a los pacifistas pequeñoburgueses del tipo de Norman Thomas y su fraternidad, son sólo los corifeos de uno de los planes imperialistas.

Nuestra lucha contra la intervención de Estados Uni­dos en la guerra no tiene nada en común con el aislacio­nismo y el pacifismo. Les decimos abiertamente a los obreros que el gobierno imperialista no puede dejar de arrastrar este país a la guerra. Las disputas internas de la clase gobernante son solamente alrededor de cuándo en­trar a la guerra y contra quién abrir fuego primero. Pretender mantener a Estados Unidos en la neutralidad por medio de artículos periodísticos y resoluciones pacifistas es como tratar de hacer retroceder la marea con una escoba. La verdadera lucha contra la guerra implica la lucha de clase contra el imperialismo y la denuncia implacable del pacifismo pequeñoburgués. Sólo la revolu­ción podrá evitar que la burguesía norteamericana inter­venga en la segunda guerra imperialista o comience la tercera. Cualquier otro método es nada más que charlatanería o estupidez, o una combinación de ambos.

 

La defensa de la “patria”

 

Hace casi cien años, cuando el estado nacional todavía constituía un factor relativamente progresivo, el Manifiesto Comunista proclamó que los proletarios no tienen patria. Su único objetivo es la creación de la patria de los trabajadores, que abarca el mundo entero. Hacia fines del siglo XIX el estado burgués, con sus ejércitos y sus tarifas aduaneras, se transformó en el mayor freno del desarrollo de las fuerzas productivas, que exigen un campo de acción mucho más extenso. El socialista que hoy sale en defensa de la “patria” juega el mismo rol reaccionario que los campesinos de la Vendée, que salieron en defensa del régimen feudal, es decir, de sus propias cadenas.[4]

En los últimos años, e incluso en los meses más recientes, el mundo vio con asombro con qué facilidad desaparecen del mapa de Europa los estados: Austria, Checoslovaquia, Albania, Polonia, Dinamarca, Noruega. Holanda, Bélgica… Nunca antes se transformó el mapa político con tanta rapidez, salvo en la época de las guerras napoleónicas. En ese entonces se trataba de estados feudales que habían sobrevivido y tenían que dejar paso al estado nacional burgués. Hoy se trata de estados burgueses sobrevivientes que deben dejar paso a la federación de pueblos socialistas. La cadena, como siempre, se rompe por su eslabón más débil. La lucha de los bandidos imperialistas deja tan poco espacio a los pequeños estados independientes como la lucha viciosa de los trusts y los cárteles a los pequeños manufactureros y comerciantes independientes.

A causa de su posición estratégica, a Alemania le resulta más provechoso atacar a sus enemigos fundamen­tales a través de los países pequeños y neutrales. Gran Bretaña y Francia, por el contrario, se benefician más cubriéndose con la neutralidad de los estados pequeños y dejando que Alemania con sus ataques los arrastre al campo de los aliados “democráticos”. El nudo de la cuestión no cambia por esta diferencia en los métodos estratégicos. Los pequeños satélites se hacen polvo entre las trituradoras de los grandes países imperialistas. La “defensa” de las patrias mayores hace necesaria la liqui­dación de una docena de países pequeños y medianos.

Pero lo que le interesa a la burguesía de los grandes estados no es en absoluto la defensa de la patria sino la de los mercados, las concesiones extranjeras, las fuentes de materias primas y las esferas de influencia. La burgue­sía nunca defiende la patria por la patria misma. Defien­de la propiedad privada, los privilegios, las ganancias. Cuando estos sagrados valores se ven amenazados la burguesía inmediatamente se vuelca al derrotismo. Fue lo que ocurrió con la burguesía rusa, cuyos hijos, después de la Revolución de Octubre, lucharon y están dispuestos a luchar una vez más en todos los ejércitos del mundo contra su propia antigua patria. Para salvar su capital, la burguesía española pidió ayuda a Mussolini y Hitler con­tra su propio pueblo. La burguesía noruega colaboró en la invasión de Hitler a su país. Así fue y así será siempre.

El patriotismo oficial es una máscara que encubre los intereses de los explotadores. Los obreros con conciencia de clase arrojan despreciativamente esta mascara. No de­fienden la patria burguesa sino los intereses de los traba­jadores y los oprimidos de su país y del mundo entero. Las tesis de la Cuarta Internacional afirman:

“Contra la consigna reaccionaria de la ‘defensa nacio­nal’ es necesario plantear la consigna de la destrucción revolucionaria del estado nacional. Es necesario oponer a la locura de la Europa capitalista el programa de los Estados Unidos Socialistas de Europa como etapa previa en el camino a los Estados Unidos Socialistas del Mundo.”

 

La “lucha por la democracia”

 

No es menor el engaño de la consigna de la guerra por la democracia contra el fascismo. ¡Como si los obreros hubieran olvidado que el gobierno británico ayudó a subir al poder a Hitler y su horda de verdugos! Las democracias imperialistas son en realidad las mayores aristocracias de la historia. Inglaterra, Francia, Holanda, Bélgica se apoyan en la esclavización de los pueblos coloniales. La democracia de los Estados Unidos se apoya en la apropiación de las vastas riquezas de todo un continente. Estas “democracias” orientan todos sus es­fuerzos a preservar su posición privilegiada. Descargan buena parte del peso de la guerra sobre sus colonias. Se obliga a los esclavos a entregar su sangre y su oro para garantizar a sus amos la posibilidad de seguir siéndolo. Las pequeñas democracias capitalistas sin colonias son satélites de los grandes imperios y se llevan una tajada de sus ganancias coloniales. Las clases gobernantes de estos estados están dispuestas a renunciar a la democracia en cualquier momento para conservar sus privilegios.

En el caso de la minúscula Noruega, se reveló una vez más ante el mundo la mecánica interna de la democracia decadente. La burguesía noruega apeló simultáneamente al gobierno socialdemócrata y a la policía, los jueces y los oficiales fascistas. Al primer impacto serio fueron barridos los dirigentes democráticos y la burocracia fas­cista, que inmediatamente encontró un lenguaje común con Hitler, se adueñó de la situación. Con distintas va­riantes según el país ya se había llevado a cabo el mismo experimento en Italia, Alemania, Austria, Polonia, Che­coslovaquia y una cantidad de países. En los momentos de peligro la burguesía siempre pudo librar de trabas democráticas a su verdadero aparato de gobierno, instru­mento directo del capital financiero.  ¡Sólo un ciego contumaz puede creerse que los generales y almirantes británicos y franceses están librando una guerra contra el fascismo!

La guerra no detuvo el proceso de transformación de las democracias en dictaduras reaccionarias; por el contrario, lo está llevando a su conclusión ante nuestros pro­pios ojos.

Dentro de cada país y en el plano mundial, la guerra fortaleció inmediatamente a los grupos e instituciones más reaccionarios. Pasan al frente los estados mayores generales, esos nidos de conspiración bonapartista, las fieras malignas de la policía, los patriotas a sueldo, las iglesias de todos los credos. Todos, especialmente el pro­testante presidente Roosevelt, halagan a la corte del Papa, el centro del oscurantismo y el odio entre los hombres. La decadencia material y espiritual siempre trae aparejadas la opresión policial y una demanda cada vez mayor de opio religioso.

Para lograr las ventajas que les proporciona el régimen totalitario, las democracias imperialistas encaran su pro­pia defensa con una ofensiva redoblada contra la clase obrera y la persecución de las organizaciones revolucio­narias. Utilizan el peligro de la guerra y ahora la guerra misma, primero y antes que nada, para aplastar a sus enemigos internos. La burguesía sigue invariable y firmemente la regla de que “el enemigo fundamental está dentro del propio país”.

Como sucede siempre, los más débiles son los que más sufren. En esta matanza de los pueblos los más débiles son los innumerables refugiados de todos los países, entre ellos los exiliados revolucionarios. El patriotismo burgués se manifiesta antes que nada en la manera brutal con que se trata a los extranjeros indefensos. Antes de que se construyeran campos de concentración para los prisione­ros de guerra ya todas las democracias habían construido campos de concentración para los revolucionarios exilia­dos. Los gobiernos de todo el mundo, y especialmente el de la URSS, escribieron la página más negra de nuestra época por el tratamiento que infligen a los refugiados, los exiliados, los sin hogar. Enviamos nuestros más cálidos saludos a los hermanos presos y perseguidos y les decimos que no se desanimen. ¡De las prisiones y los campos de concentración capitalistas saldrá la mayor parte de los líderes del mundo del mañana!

 

Las consignas de guerra de los nazis

 

Las consignas generales de Hitler no son dignas de consideración. Ya hace mucho que se demostró que la lucha por la “unificación nacional” es una mentira, ya que Hitler convierte el estado nacional en un estado de muchas naciones, pisoteando la libertad y la unidad de los demás pueblos. La lucha por el espacio vital no es más que un camuflaje de la expansión imperialista, es decir de la política de anexiones y pillaje. La justifi­cación racial de esta expansión es una mentira; el nacionalsocialismo cambia sus simpatías y antipatías raciales según sus consideraciones estratégicas. Un elemento algo más estable de la propaganda fascista es, tal vez, el antisemitismo, al que Hitler confirió formas zoológicas, poniendo al desnudo el verdadero lenguaje de la “raza” y la “sangre”: el ladrido del perro y el gruñido del cerdo. ¡Por algo Engels llamaba al antisemitismo el “socialismo de los idiotas”! El único rasgo verdadero del fascismo es su voluntad de poder, sometimiento y saqueo. El fascis­mo es la destilación químicamente pura de la cultura imperialista.

Los gobiernos democráticos, que en su momento salu­daron en Hitler a un cruzado contra el bolchevismo, ahora hacen de él una especie de Satán inesperadamente escapado de las profundidades del infierno, que viola la santidad de las fronteras, los tratados, los reglamentos y las leyes. Si no fuera por Hitler el mundo capitalista florecería como un jardín. ¡Qué mentira miserable!. Este epiléptico alemán con una máquina de calcular en el cerebro y un poder ilimitado en las manos no cayó del cielo ni ascendió de los infiernos; no es más que la personificación de todas las fuerzas destructivas del impe­rialismo. Gengis Kan y Tamerlane se les aparecían a los pueblos pastores más débiles como los destructores azotes de Dios, mientras que en realidad no expresaban otra cosa que la necesidad de más tierras de pastoreo, que tenían todas las tribus, para lo cual saqueaban las áreas cultivadas. Del mismo modo Hitler, al conmover hasta sus fundamentos a las viejas potencias coloniales, no hace más que ofrecer la expresión más acabada de la voluntad imperialista de poder. Con Hitler, el capitalismo mundial, arrojado a la desesperación por su propia im­passe, comenzó a hundir en sus entrañas una afilada daga.

Los carniceros de la segunda guerra imperialista no lograrán transformar a Hitler en el chivo emisario de sus propios pecados.

Todos los gobernantes actuales comparecerán ante el tribunal del proletariado. Hitler no hará más que ocupar el primer puesto entre todos los reos criminales.

 

La preponderancia de Alemania

 

Sea cual fuere el resultado de la guerra, la preponde­rancia de Alemania ya quedó claramente demostrada. Indudablemente Hitler no posee ninguna “nueva arma secreta”. Pero la perfección de todas las armas existentes y la combinación bien coordinada de estas armas (sobre la base de una industria altamente racionalizada) confie­ren al militarismo alemán un peso enorme. La dinámica militar está estrechamente ligada con los rasgos peculiares de todo régimen totalitario; voluntad unificada, iniciativa concentrada, preparativos secretos, ejecución súbita. La paz de Versalles, sin embargo, les rindió un flaco favor a los aliados. Después de quince años de desarme alemán, Hitler se vio obligado a comenzar a construir de la nada un ejército, y gracias a ello el ejército está libre de la rutina, la técnica y los pertrechos obsoletos tradicionales. El entrenamiento táctico de las tropas se inspira en las nuevas ideas que surgen de la tecnología más moderna. Aparentemente, sólo Estados Unidos puede superar la maquinaria mortífera de los alemanes.

La debilidad de Francia y Gran Bretaña no es una sorpresa. Las tesis de la Cuarta Internacional (1934) declaran. “El colapso de la Liga de las Naciones está indisolublemente ligado al comienzo del colapso de la hegemonía francesa en el continente europeo”. Este documento programático declara luego que “la Inglaterra dirigente tiene cada vez menos éxito en la concreción de sus astutos designios”, que la burguesía británica está “aterrorizada por la desintegración de su imperio, por el movimiento revolucionario de la India, por la inestabili­dad de sus posiciones en China”. En esto reside la fuerza de la Cuarta Internacional, en que su programa es capaz de pasar la prueba de los grandes acontecimientos.

La industria de Inglaterra y Francia, debido a la afluencia segura de superganancias coloniales, quedó re­trasada tanto tecnológica como organizativamente. Ade­más, la llamada “defensa de la democracia” de los parti­dos socialistas les creó a las burguesías británica y france­sa una situación política extremadamente privilegiada. Los privilegios siempre traen aparejados el retraso y el estancamiento. Si hoy Alemania hace gala de un predo­minio tan colosal sobre Francia e Inglaterra, la responsa­bilidad fundamental les cabe a los defensores social-patriotas, que evitaron que el proletariado arrancara oportu­namente de la atrofia a Inglaterra y Francia realizando la revolución socialista.

 

“El programa de paz”

 

A cambio de la esclavitud de los pueblos Hitler pro­mete implantar en Europa una “paz alemana” que durará siglos. ¡Milagro imposible! La “paz británica” después de la victoria sobre Napoleón pudo durar un siglo -¡no un milenio!- solamente porque Inglaterra era la pionera de una nueva tecnología y de un sistema de producción progresivo. A pesar de la potencia de su industria, la actual Alemania, como sus enemigos, es el adalid de un sistema social condenado. El triunfo de Hitler en realidad no traería la paz sino el comienzo de una nueva serie de choques sangrientos a escala mundial. Si derroca al impe­rio británico, reduce a Francia al nivel de Bohemia y Moravia, se apoya en el continente europeo y sus colo­nias, indudablemente Alemania se transformará en la primera potencia mundial. Junto con ella, Italia, cuanto mucho, y no por largo tiempo, controlará la cuenca del Mediterráneo. Pero ser la primera potencia no implica ser la única. Solamente se entraría a una nueva etapa de la “lucha por el espacio vital”.

El “nuevo orden” que Japón se prepara a establecer, apoyándose en el triunfo alemán, tiene como perspectiva la extensión del dominio japonés sobre la mayor parte del continente asiático. La Unión Soviética se vería apri­sionada entre una Europa germanizada y un Asia japoni­zado. Las tres Américas, igual que Australia y Nueva Zelandia, caerían en manos de Estados Unidos. Si además tomamos en consideración el imperio provincial italiano, el mundo quedaría circunstancialmente dividido en cinco “espacios vitales”. Pero el imperialismo, por naturaleza, abomina la división de poderes. Para tener las manos li­bres contra América, Hitler tendría que ajustar cuentas con sus amigos de ayer, Stalin y Mussolini. Japón y Estados Unidos no se quedarían observando desinteresadamente la nueva lucha. La tercera guerra im­perialista no se entablaría entre estados nacionales ni entre imperios a la vieja usanza sino entre continentes enteros. . El triunfo de Hitler en la guerra actual no significaría, por lo tanto, mil años de “paz alemana” sino muchas décadas o muchos siglos de caos sangriento.

Pero un triunfo aliado no traería consecuencias más brillantes. Una Francia victoriosa sólo podría restablecer su posición de gran potencia desmembrando Alemania, restaurando a los Habsburgos, balcanizando Europa. Gran Bretaña sólo podría jugar nuevamente un rol dirigente en los asuntos europeos restableciendo su táctica de moverse con las contradicciones que oponen por un lado a Alema­nia y Francia y por el otro a Europa y Norteamérica. Esto significaría una nueva edición, diez veces peor, de la paz de Versalles, con efectos infinitamente más perjudi­ciales sobre el debilitado organismo europeo. A esto hay que añadir que es improbable una victoria aliada sin la asistencia norteamericana, y esta vez Estados Unidos exi­giría por su ayuda un precio mucho mayor que en la última guerra. La Europa envilecida y exhausta, el objeti­vo de la filantropía de Herbert Hoover, se transformaría en el deudor en bancarrota de su salvador transoceánico.

Finalmente, si suponemos la variante menos probable, la conclusión de la paz por los adversarios exhaustos de acuerdo a la fórmula pacifista “ni vencedores ni venci­dos”, ello significaría la restauración del caos internacio­nal anterior a la guerra, pero esta vez basado en sangrien­tas ruinas, el agotamiento, la amargura. En un breve lapso saldrían a la luz nuevamente, con explosiva violencia, los viejos antagonismos y estallarían nuevas convul­siones internacionales.

La promesa de los aliados de crear esta vez una federa­ción europea democrática es la más grosera de todas las mentiras pacifistas. El estado no es una abstracción sino el instrumento del capitalismo monopolista. En tanto no se expropie a los trusts y bancos en beneficio del pueblo, la lucha entre los estados es tan inevitable como la lucha entre los mismos trusts. La renuncia voluntaria por parte del estado más fuerte a las ventajas que le proporciona su fuerza es una utopía tan ridícula como la división volun­taria del capital entre los trusts. En tanto se mantenga la propiedad capitalista, una “federación” democrática no sería más que una mala repetición de la Liga de las Naciones, con todos sus vicios y sin ninguna de sus antiguas ilusiones.

En vano los señores imperialistas del destino intentan revivir un programa de salvación que quedó totalmente desacreditado por la experiencia de las últimas décadas. En vano sus lacayos pequeñoburgueses inventan panaceas pacifistas que hace mucho quedaron convertidas en su propia caricatura. Los obreros avanzados no se dejarán engañar. Las fuerzas que ahora libran la guerra no lleva­rán a la paz. ¡Los obreros y soldados forjarán su propio programa de paz!

 

Defensa de la URSS

 

La alianza de Stalin con Hitler, que levantó el telón sobre la guerra mundial, llevó directamente a la esclavi­tud del pueblo polaco. Fue una consecuencia de la debili­dad de la URSS y del pánico del Kremlin frente a Alemania. El único responsable de esta debilidad es el mismo Kremlin, por su política interna, que abrió un abismo entre la casta gobernante y el pueblo; por su política exterior, que sacrificó los intereses de la revolu­ción mundial a los de la camarilla stalinista.

La conquista de Polonia oriental, prenda de la alianza con Hitler y garantía contra Hitler, estuvo acompañada de la nacionalización de la propiedad semifeudal y capita­lista en Ucrania occidental y en la Rusia Blanca occiden­tal. Sin esto el Kremlin no podría haber incorporado a la URSS el territorio ocupado. La Revolución de Octubre, estrangulada y profanada, dio muestras de estar viva todavía.

En Finlandia el Kremlin no logró concretar un vuelco social similar. La movilización por los imperialistas de la opinión pública mundial “en defensa de Finlandia”, la amenaza de intervención directa de Inglaterra y Francia, la impaciencia de Hitler, que tenía que apropiarse de Dinamarca y Noruega antes de que las tropas francesas y británicas pisaran tierra escandinava; todo esto obligó al Kremlin a renunciar a la sovietización de Finlandia y a limitarse a la conquista de posiciones estratégicas indis­pensables.

Es indudable que la invasión a Finlandia suscitó una profunda condena en la población soviética. Sin embargo, los obreros avanzados comprendieron que, pese a los crímenes de la oligarquía del Kremlin, sigue en pie la cuestión de la existencia de la URSS. La derrota en la guerra mundial no sólo significaría el derrocamiento de la burocracia totalitaria sino la liquidación de las nuevas formas de propiedad, el colapso del primer experimento de economía planificada, la transformación de todo el país en una colonia, es decir, la entrega al imperialismo de recursos naturales colosales que le darían un respiro hasta la tercera guerra mundial. Ni los pueblos de la URSS ni la clase obrera de todo el mundo tienen interés en esa salida.

La resistencia de Finlandia a la URSS fue, pese a todo su heroísmo, nada más que un acto de defensa de la independencia nacional similar a la resistencia que poste­riormente Noruega opuso a Alemania. El mismo gobierno de Helsinki lo comprendió cuando eligió capitular ante la URSS antes que transformar a Finlandia en una base militar de Inglaterra y Francia. Nuestro sincero reconoci­miento del derecho de todas las naciones a su autodeter­minación no altera el hecho de que en la guerra actual este derecho pesa tanto como una pluma. Tenemos que determinar nuestra línea política fundamental de acuerdo a los factores básicos, no a los de décimo orden. Las tesis de la Cuarta Internacional afirman:

“La concepción de la defensa nacional, especialmente cuando coincide con la defensa de la democracia, puede fácilmente engañar a los obreros de los países pequeños y neutrales (Suiza, Bélgica parcialmente, los países escandinavos…) […] ¡Sólo un burgués desesperadamente tonto de una aldea suiza olvidada de la mano de Dios (como Robert Grimm) puede creer seriamente que la guerra mundial en la que está metido se libra en defensa de la independencia de Suiza.”

Estas palabras adquieren hoy un significado especial. De ningún modo son superiores al social-patriota suizo Robert Grimm esos pequeños burgueses seudo revolucionarios que creen que se puede determinar la estrategia proletaria respecto a la defensa de la URSS en base a episodios tácticos como la invasión a Finlandia por el Ejército Rojo.

Extremadamente elocuente por su unanimidad y su furia fue la campaña de la burguesía mundial sobre la guerra soviético-finlandesa. La perfidia y la violencia de que hasta entonces había dado muestras el Kremlin nun­ca habían despertado tal indignación en la burguesía, pues toda la historia de la política mundial se escribe con perfidia y violencia. Lo que despertó su terror e indigna­ción fue la perspectiva de que en Finlandia se produjera un cambio social como el que provocó el Ejército Rojo en Polonia Oriental. Estaba en juego una amenaza real a la propiedad capitalista. La campaña antisoviética, clasista de la cabeza a los pies, reveló una vez más que la URSS, en virtud de los fundamentos sociales impuestos por la Revolución de Octubre, de los cuales depende en última instancia la existencia de la misma burocracia, sigue sien­do un estado obrero que aterroriza a la burguesía de todo el mundo. Los acuerdos episódicos entre la burgue­sía y la URSS no desmienten el hecho de que “tomado a escala histórica, el antagonismo entre el imperialismo mundial y la Unión Soviética es infinitamente más pro­fundo que los antagonismos que separan entre sí a los países capitalistas”.

Muchos radicales pequeñoburgueses hasta ayer estaban de acuerdo en considerar a la Unión Soviética un posible eje de agrupamiento de las fuerzas “democráticas” contra el fascismo. Ahora descubrieron súbitamente, cuando sus países están amenazados por Hitler, que Moscú, que no acudió en su ayuda, sigue una política imperialista y que no hay diferencia entre la URSS y los países fascistas.

¡Mentiras! responderá todo obrero con conciencia de clase; hay una diferencia. La burguesía comprende esta diferencia social mejor y más profundamente que los charlatanes radicales. Es cierto que la nacionalización de los medios de producción en un país, y más si se trata de un país atrasado, no garantiza todavía la construcción del socialismo. Pero puede avanzar en el requisito fundamen­tal del socialismo, es decir el desarrollo planificado de las fuerzas productivas. No tomar en cuenta la nacionaliza­ción de los medios de producción en función de que por sí misma no asegura el bienestar de las masas es lo mismo que condenar a la destrucción un cimiento de granito en función de que es imposible vivir sin paredes y techo. El obrero con conciencia de clase sabe que es imposible lograr éxito en la lucha por la emancipación completa sin la defensa de las conquistas ya obtenidas, por modestas que éstas sean. Tanto más obligatoria, por lo tanto, es la defensa de una conquista tan colosal como la economía planificada contra la restauración de las rela­ciones capitalistas. Los que no son capaces de defen­der las viejas posiciones no podrán conquistar otras nuevas.

La Cuarta Internacional sólo puede defender a la URSS con los métodos de la lucha revolucionaria de clases. Enseñar a los obreros a comprender correctamente el carácter de clase del estado -imperialista, colonial, obrero- así como sus contradicciones internas, permitirá que los obreros extraigan las conclusiones prácticas co­rrectas en cada situación determinada. Mientras libra una lucha incansable contra la oligarquía de Moscú, la Cuarta Internacional rechaza decididamente cualquier política  que  ayude  al imperialismo en contra de la URSS.

La defensa de la URSS coincide, en principio, con la preparación de la revolución proletaria mundial. Rechaza­mos llanamente la teoría del socialismo en un solo país, ese engendro cerebral del stalinismo ignorante y reaccio­nario. Sólo la revolución mundial podrá salvar a la URSS para el socialismo. Pero la revolución mundial implicará inevitablemente la desaparición de la oligarquía del Kremlin.

 

Por el derrocamiento revolucionario de la camarilla bonapartista de Stalin

 

Después de adular durante cinco años a las “democra­cias”, el Kremlin reveló un cínico desprecio por el prole­tariado mundial al concluir una alianza con Hitler y ayudarlo a estrangular al pueblo polaco. Se jactó de un vergonzoso chovinismo en vísperas de la invasión a Fin­landia y desplegó una incapacidad militar no menos ver­gonzosa en la lucha posterior. Hizo ruidosas promesas de “emancipar” de los capitalistas al pueblo finlandés y luego capituló cobardemente ante Hitler. Esta fue la actuación del régimen stalinista en estas horas críticas de la historia.

Los juicios de Moscú ya habían demostrado que la oligarquía totalitaria se ha transformado en un obstáculo absoluto para el desarrollo del país. El creciente nivel de las necesidades económicas cada vez más complejas ya no puede tolerar el estrangulamiento burocrático. Sin embar­go la banda de parásitos no está dispuesta a hacer ninguna concesión. Al luchar por mantener su posición destruye lo mejor del país. No se puede suponer que el pueblo que realizó tres revoluciones en doce años súbitamente se ha vuelto estúpido. Está aplastado y desorienta­do, pero observa y piensa. La burocracia está presente en cada día de su existencia con su gobierno arbitrario, su opresión, su rapacidad y su sangrienta sed de venganza. Los obreros semihambrientos y los campesinos de las granjas colectivas comentan entre sí, murmurando su odio, los costosos caprichos de los comisarios rabiosos. Para el sexagésimo aniversario de Stalin se obligó a los obreros de los Urales a trabajar durante un año y medio en un gigantesco retrato del odiado “padre de los pue­blos” hecho de piedras preciosas, empresa digna de un Jerjes persa o de una Cleopatra egipcia. Un régimen capaz de caer en tales abominaciones inevitablemente se granjeará el odio de las masas.

La política exterior se corresponde con la política interna. Si el gobierno del Kremlin expresara los verdaderos intereses del estado obrero, si la Comintern sirviera a la causa de la revolución mundial, las masas populares de la diminuta Finlandia inevitablemente se hubieran inclina­do hacia la URSS y la invasión del Ejército Rojo, o no hubiera sido en absoluto necesaria o hubiera sido acepta­da inmediatamente por el pueblo finlandés como una emancipación revolucionaria. En realidad, toda la política previa del Kremlin alejó de la URSS a los obreros y campesinos finlandeses. Mientras que Hitler, en los países neutrales que invade, puede contar con la ayuda de la llamada “quinta columna”, Stalin no encontró ningún apoyo en Finlandia, pese a la tradición de la insurrección de 1918 y a la existencia, desde hace largo tiempo, del Partido Comunista Finlandés.[5] En estas condiciones la invasión del Ejército Rojo asumió un carácter de violen­cia militar directa y abierta. La responsabilidad de esta violencia cae total y únicamente sobre la oligarquía de Moscú.

La guerra constituye una amarga prueba para todo régimen. Como consecuencia de la primera etapa de la guerra, la posición internacional de la URSS, pese a sus éxitos poco importantes, obviamente empeoró. La políti­ca exterior del Kremlin alejó de la URSS a amplios sectores de la clase obrera mundial y los pueblos oprimi­dos. Las bases estratégicas de apoyo que conquistó Moscú representarán un factor de tercer orden en el conflicto mundial de fuerzas. Mientras tanto Alemania obtuvo la zona más importante e industrializada de Polonia y una frontera común con la URSS, es decir una salida al este. A través de Escandinavia, Alemania domina el Mar Bálti­co, transformando al Golfo de Finlandia en una botella fuertemente taponada. La amargada Finlandia queda bajo el control directo de Hitler. En lugar de débiles estados neutrales, la URSS ahora tiene tras su frontera de Lenin­grado a la poderosa Alemania. Quedó en evidencia ante todo el mundo la debilidad del Ejército Rojo decapitado por Stalin. Se intensificaron dentro de la URSS las tendencias nacionalistas centrífugas. Declinó el prestigio de la dirección del Kremlin. Alemania en Occidente y Japón en Oriente se sienten ahora infinitamente más seguros que antes de la aventura finlandesa del Kremlin.

Stalin no encontró en su magro arsenal más que una sola respuesta a la ominosa advertencia de los aconteci­mientos: reemplazó a Voroshilov por una nulidad aun más hueca, Timoshenko.[6] Como siempre en estos ca­sos, el objetivo de la maniobra es alejar la ira del pueblo y el ejército del principal y criminal responsable de las desgracias y poner a la cabeza del ejército a un individuo cuya insignificancia garantiza que se puede confiar en él. El Kremlin se reveló una vez más como el centro del derrotismo. Sólo destruyendo este centro se pondrá a salvo la seguridad de la URSS.

La preparación del derrocamiento revolucionario de la casta dirigente de Moscú constituye una de las tareas fundamentales de la Cuarta Internacional. No es una tarea simple ni fácil. Exige heroísmo y sacrificio. Sin embargo, la época de grandes convulsiones en que entró la humanidad asestará golpe tras golpe a la oligarquía del Kremlin, destruirá su aparato totalitario, elevará la con­fianza en sí mismas de las masas trabajadoras y por lo tanto facilitará la formación de la sección soviética de la Cuarta Internacional. ¡Los acontecimientos trabajarán a favor nuestro si somos capaces de ayudarlos!

 

Los pueblos coloniales en la guerra

 

Al crearles enormes dificultades y peligros a los cen­tros metropolitanos imperialistas, la guerra abre amplias posibilidades a los pueblos oprimidos. El tronar del ca­ñón en Europa anuncia que se aproxima la hora de su liberación.

Si es utópico un programa de transformaciones sociales pacíficas para los países avanzados, lo es doblemente el programa de liberación pacífica de las colonias. Por otra parte, fuimos testigos de la esclavización de los últimos países atrasados semilibres (Etiopía, Albania, China…)

La guerra actual está volcada sobre las colonias. Algunos persiguen su posesión; otros las poseen y se rehusan a soltarlas. Nadie tiene la menor intención de liberarlas voluntariamente. Los centros metropolitanos en decaden­cia se ven obligados a extraer todo lo posible de las colonias y devolverles lo menos posible. Sólo la lucha revolucionaria directa y abierta de los pueblos esclaviza­dos puede allanarles el camino para su emancipación.

En los países coloniales y semicoloniales la lucha por un estado nacional independiente, y en consecuencia la “defensa de la patria”, es en principio diferente de la lucha de los países imperialistas. El proletariado revolu­cionario de todo el mundo apoya incondicionalmente la lucha de China o la India por su independencia, porque es­ta lucha “al hacer romper a los pueblos atrasados con el asiatismo, el sectarismo o los lazos con el extranjero […] golpea poderosamente a los estados imperialistas”.

Al mismo tiempo la Cuarta Internacional sabe desde ya, y se lo advierte abiertamente a las naciones atrasadas, que sus estados nacionales tardíos ya no podrán contar con un desarrollo democrático independiente. Rodeada por el capitalismo decadente y sumergida en las contra­dicciones imperialistas, la independencia de un país atra­sado será inevitablemente semificticia. Su régimen político, bajo la influencia de las contradicciones internas de clase y la represión externa, inevitablemente caerá en la dictadura contra el pueblo. Así es el régimen del Partido “del Pueblo” en Turquía; el del Kuomintang en China; así será mañana el régimen de Ghandi en la india. La lucha por la independencia nacional de las colonias es, desde el punto de vista del proletariado, sólo una etapa transicional en el camino que llevará a los países atrasa­dos a la revolución socialista internacional.

La Cuarta Internacional no establece compartimientos estancos entre los países atrasados y los avanzados, entre las revoluciones democráticas y las socialistas. Las combina y las subordina a la lucha mundial de los oprimidos contra los opresores. Así como la única fuerza genuina­mente revolucionaria de nuestra época es el proletariado internacional, el único programa con el que realmente se liquidará toda opresión, social y nacional, es el programa de la revolución permanente.

 

La gran lección de china

 

La trágica experiencia de China constituye una gran lección para los pueblos oprimidos. La revolución china de 1925 a 1927 tenía todas las posibilidades de triunfar. Una China unificada y transformada sería en este mo­mento una poderosa fortaleza de la libertad en el Lejano Oriente. La suerte de Asia, y en cierta medida la de todo el mundo, podría haber sido distinta. Pero el Kremlin, que no tenía confianza en las masas chinas y buscaba la amistad de los generales, utilizó todo su peso para subor­dinar el proletariado chino a la burguesía, ayudando así a Chiang Kai-shek a aplastar la revolución china. Desilusio­nada, desunida y debilitada, China quedó abierta a la invasión japonesa.

Como todo régimen condenado, la oligarquía stalinista ya es incapaz de aprender de las lecciones de la historia. A comienzos de la guerra chino-japonesa, el Kremlin nuevamente ligó el Partido Comunista a Chiang Kai-shek aplastando desde su nacimiento la iniciativa revoluciona­ria del proletariado chino. Esta guerra, que ya lleva cerca de tres años, podría haber terminado hace mucho en una verdadera catástrofe para Japón si China la hubiera llevado adelante como una genuina guerra popular apoyada en una revolución agraria, abrazando en su llama a los soldados japoneses. Pero la burguesía china teme más a sus propias masas armadas que a los invasores japoneses. Si Chiang Kai-shek, el siniestro verdugo de la revolución china, se ve obligado por las circunstancias a librar una guerra, su programa seguirá siendo la opresión de sus propios trabajadores y el compromiso con los imperialistas.

La guerra en Asia oriental se entrelazará cada vez más con la guerra imperialista mundial. El pueblo chino logra­rá la independencia sólo bajo la dirección de su joven y abnegado proletariado, que recobrará la indispensable confianza en sí mismo con el resurgir de la revolución mundial. Él marcará con firmeza la línea a seguir. El curso de los acontecimientos hace indispensable el desa­rrollo de nuestra sección china en un poderoso partido revolucionario.

 

Tareas de la revolución india

 

En las primeras semanas de la guerra las masas indias presionaron con fuerza creciente a los dirigentes “nacio­nales” oportunistas, obligándolos a utilizar un lenguaje desacostumbrado. ¡Pero ay del pueblo indio si deposita su confianza en las palabras altisonantes!  Ocultándose tras la consigna de la independencia nacional, Gandhi ya se apresuró a proclamar que se niega a crearle dificulta­des a Gran Bretaña durante la severa crisis actual. ¡Como si en algún lugar o en algún momento los oprimidos hubieran podido liberarse de otro modo que explotando las dificultades de sus opresores!

El rechazo “moral” de Gandhi a la violencia refleja simplemente el temor de la burguesía india a sus propias masas. Tiene muy buenos fundamentos su previsión de que el imperialismo británico los arrastrará también a ellos en su colapso. Londres, por su parte, previene que al primer amago de desobediencia aplicará “todas las medidas necesarias”, incluyendo, por supuesto, la fuerza aérea, que en el frente occidental es deficiente. Hay una división del trabajo claramente delimitada entre la bur­guesía colonial y el gobierno británico: Gandhi necesita las amenazas de Chamberlain y Churchill para paralizar con más éxito el movimiento revolucionario.

El antagonismo entre las masas indias y la burguesía promete agudizarse en un futuro próximo, a medida que la guerra imperialista se convierte cada vez más en una gigantesca empresa comercial para la burguesía india. La apertura de un mercado excepcionalmente favorable para las materias primas puede promover rápidamente la in­dustria india. Si la destrucción completa del imperio británico rompe el cordón umbilical que liga al capital indio con la City de Londres, la burguesía nacional buscará rápidamente en Wall Street a su nuevo patrón. Los intereses materiales de la burguesía determinan su política con la misma fuerza de las leyes de la gravitación.

Mientras el movimiento de liberación esté controlado por la clase explotadora seguirá metido en un callejón sin salida. Lo único que puede unificar a la India es la revolución agraria realizada bajo las banderas de la libera­ción nacional. La revolución conducida por el proletaria­do estará dirigida no sólo contra el dominio británico sino también contra los príncipes indios, las concesiones extranjeras, el estrato superior de la burguesía nacional y los dirigentes del Congreso Nacional y de la Liga Musul­mana.[7] Es la tarea fundamental de la Cuarta Internacio­nal crear una sección estable y poderosa en la India.

La traidora política de colaboración de clases, con la que el Kremlin viene ayudando desde hace cinco años a los gobiernos capitalistas a preparar la guerra, fue abrup­tamente liquidada por la burguesía en cuanto dejó de necesitar disfrazarse de pacifista. Pero en los países colo­niales y semicoloniales -no sólo en China y la India sino también en Latinoamérica- el fraude de los “frentes populares” sigue paralizando a las masas trabajadoras, convirtiéndolas en carne de cañón de la burguesía “pro­gresiva”, creándole de esta manera al imperialismo una base política indígena.

 

El futuro de América Latina

 

El monstruoso crecimiento del armamentismo en Estados Unidos prepara una solución violenta de las comple­jas contradicciones que aquejan al Hemisferio Occidental. Pronto se planteará como problema inmediato el destino de los países latinoamericanos. El interludio de la políti­ca “del buen vecino” está llegando a su fin. Roosevelt o quien lo suceda se sacarán a breve lapso el guante de terciopelo y mostrarán el puño de hierro. Las tesis de la Cuarta Internacional declaran:

“Sud y Centro América sólo podrán romper con el atraso y la esclavitud uniendo a todos sus estados en una poderosa federación. Pero no será la retrasada burguesía sudamericana, agente totalmente venal del imperialismo extranjero, quien cumplirá este objetivo, sino el joven proletariado sudamericano, destinado a dirigir a las masas oprimidas. La consigna que presidirá la lucha contra la violencia y las intrigas del imperialismo mundial y contra la sangrienta explotación de las camarillas compradoras nativas será, por lo tanto: Por los estados unidos soviéti­cos de Sud y Centro América.”

Escritas hace seis años, estas líneas adquieren ahora una candente actualidad.

Sólo bajo su propia dirección revolucionaria el proleta­riado de las colonias y las semicolonias podrá lograr la colaboración firme del proletariado de los centros metro­politanos y de la clase obrera mundial. Sólo esta colabo­ración podrá llevar a los pueblos oprimidos a su emanci­pación final y completa con el derrocamiento del impe­rialismo en todo el mundo. Un triunfo del proletariado internacional libraría a los países coloniales de un largo y trabajoso período de desarrollo capitalista, abriéndoles la posibilidad de llegar al socialismo junto con el proletaria­do de los países avanzados.

La perspectiva de la revolución permanente no signifi­ca de ninguna manera que los países atrasados tengan que esperar de los adelantados la señal de partida, ni que los pueblos coloniales tengan que aguardar pacientemente que el proletariado de los centros metropolitanos los libere. El que se ayuda consigue ayuda. Los obreros deben desarrollar la lucha revolucionaria en todos los países, coloniales o imperialistas, donde haya condiciones favorables, y así dar el ejemplo a los trabajadores de los demás países. Sólo la iniciativa y la actividad, la decisión y la valentía podrán materializar realmente la consigna “¡Obreros del mundo, uníos!”

 

La responsabilidad que les cabe por la guerra a los dirigentes traidores

 

El triunfo de la revolución española podría haber abierto una era de cambios revolucionarios en toda Europa y así haber evitado la guerra actual. Pero esa revolución heroica, que albergaba en su seno todas las posibilidades de triunfo, se disipó en el abrazo de la Segunda y la Tercera Internacional, con la colaboración activa de los anarquistas. El proletariado internacional se empobreció con la pérdida de otra gran esperanza y se enriqueció con las lecciones de otra traición monstruosa.

La poderosa movilización que realizó el proletariado francés en junio de 1936 reveló condiciones excepcional­mente favorables para la conquista revolucionaria del poder.[8] Una república soviética francesa inmediatamente hubiera obtenido la hegemonía revolucionaria en Europa, hubiera repercutido en todos los países, derroca­do a los regímenes totalitarios, y de esta forma hubiera salvado a la humanidad de la actual matanza imperialista con sus innumerables víctimas. Pero la política totalmen­te cobarde y traidora de León Blum y León Jouhaux, apoyada activamente por la sección francesa de la Comintern, llevó al desastre a uno de los movimientos más promisorios de la década pasada.

En el umbral de la guerra actual se ubican dos hechos trágicos: el estrangulamiento de la revolución española y el saboteo de la ofensiva proletaria en Francia. La burguesía se convenció de que con tales “dirigentes de los trabajadores” a su disposición podía darse el lujo de cualquier cosa, hasta de una nueva matanza de los pue­blos. Los dirigentes de la Segunda Internacional impidie­ron que el proletariado derrocara a la burguesía al final de la primera guerra imperialista. Los dirigentes de la Segunda y la Tercera Internacional ayudaron a la burgue­sía a desatar una segunda guerra imperialista. ¡Que estos hechos se constituyan en su tumba política!

 

La Segunda Internacional

 

La guerra de 1914-1918 dividió inmediatamente a la Segunda Internacional en dos bandos separados por las trincheras. Cada partido socialdemócrata defendió su pa­tria. Recién varios años después de la guerra se reconcilia­ron los traidores hermanos enemistados y proclamaron la amnistía mutua.

Hoy la situación de la Segunda Internacional cambió mucho, superficialmente. Todas sus secciones, sin excepción, apoyan políticamente a uno de los bandos simila­res, el de los aliados; algunos porque son partidos de los países democráticos, otros porque son emigrados de las naciones beligerantes o neutrales. La socialdemocracia ale­mana, que siguió una despreciable política chovinista durante la primera guerra, bajo el estandarte de los Hohenzollern, es hoy un partido “derrotista” al servicio de Francia e Inglaterra. Sería imperdonable creer que estos lacayos endurecidos se han vuelto revolucionarios. Hay una explicación más simple. La Alemania de Guiller­mo II ofrecía a los reformistas suficientes oportunidades de obtener sinecuras personales en los cuerpos parlamentarios, los municipios, los sindicatos y otros lugares. De­fender la Alemania imperial implicaba defender un pozo bien repleto en el que la burocracia laboral conservadora metía el hocico. “La socialdemocracia seguirá siendo patriótica mientras el régimen político le garantice sus ganancias y privilegios”, prevenían nuestras tesis hace seis años. Los mencheviques y narodnikis rusos eran patriotas en la época del zar, cuando tenían sus fracciones sindica­les, sus periódicos, sus funcionarios sindicales y esperaban avanzar más lejos en esta dirección. Ahora que perdieron todo esto tienen una posición derrotista respecto a la URSS.

En consecuencia, lo que explica la actual “unanimidad” de la Segunda Internacional es que todas sus secciones esperan que los aliados mantengan los puestos y las rentas de la burocracia laboral de los países democráticos y les devuelvan los que perdieron a la de los países totalitarios. La socialdemocracia no se hace ilusiones inútiles sobre la protección de la burguesía “democrática”. Estos inválidos políticos son totalmente incapaces de luchar aun cuando se ven amenazados sus intereses personales.

Esto se reveló muy claramente en Escandinavia, que aparecía como el santuario más seguro de la Segunda Internacional; los tres países estuvieron gobernados du­rante años por la soberbia, realista, reformista y pacifista socialdemocracia. Estos caballeros llamaban socialismo a la democracia monárquica conservadora, más la iglesia estatal, más las anodinas reformas sociales que durante un tiempo fueron posibles gracias a los limitados gastos militares. Apoyados por la Liga de las Naciones y protegidos por el escudo de la “neutralidad”, los gobiernos escandinavos especulaban con generaciones de tranquilo y pacifico desarrollo. Pero los amos imperialistas no prestaron atención a sus cálculos. Se vieron obligados a eludir los golpes del destino. Cuando la URSS invadió Finlandia los tres gobiernos escandinavos se proclamaron neutrales en lo que respecta a ese país. Cuando Alemania invadió Dinamarca y Noruega, Suecia se declaró neutral respecto a las dos víctimas de la agresión. Dinamarca trató incluso de declararse neutral respecto a sí misma. Noruega. bajo la boca de los cañones de su guardiana Inglaterra, sólo intentó algunos gestos simbólicos de autodefensa. Estos héroes están muy dispuestos a vivir á expensas de la patria democrática, pero muy poco dispuestos a morir por ella. La guerra que no previeron derribó al pasar sus esperanzas de una evolución pacífica presidida por el Rey y Dios. El paraíso escandinavo, refugio final de las esperanzas de la Segunda Internacional, se transformó en un minúsculo sector del infierno imperialista ge­neral.

Los oportunistas socialdemócratas no conocen mas que una política, la adaptación pasiva. En las condiciones del capitalismo decadente nada les queda más que la rendición de sus posiciones una tras otra, el olvido de su ya miserable programa, la rebaja de sus exigencias, la renuncia a toda demanda, la retirada permanente cada vez más y más atrás hasta que no les quede lugar donde replegarse, salvo algún nido de ratas. Pero también allí llega la mano implacable del imperialismo y los arrastra tirándoles de la cola. Esta es la historia resumida de la Segunda Internacional. La guerra actual la está ma­tando por segunda vez y, esperemos, ahora será para siempre.

 

La Tercera Internacional

 

La política de la degenerada Tercera Internacional -una mezcla de crudo oportunismo y aventurerismo de­senfrenado- ejerce una influencia sobre la clase obrera, todavía -si cabe- más desmoralizadora que la de su hermana mayor, la Segunda Internacional. El partido revolucionario construye toda su política sobre la con­ciencia de clase de los trabajadores; a la Comintern nada le preocupa más que contaminar y envenenar esta con­ciencia de clase.

Los propagandistas oficiales de cada uno de los secto­res beligerantes denuncian, a veces bastante correctamen­te, los crímenes del bando opositor. Hay mucho de verdad en lo que dice Göebbels sobre la violencia británi­ca en la India. La prensa francesa y la inglesa reflejan con mucha penetración la política exterior de Hitler y Stalin. Sin embargo, esta propaganda unilateral constituye el peor veneno chovinista. Las verdades a medias son las mentiras más, peligrosas.

Toda la propaganda actual de la Comintern entra en esta categoría. Después de cinco años de adulación desca­rada a las democracias, durante los cuales todo su “co­munismo” se reducía a monótonas acusaciones contra los agresores fascistas, la Comintern súbitamente descubrió, en el otoño de 1939, al imperialismo criminal de las democracias occidentales. ¡Giro completo! Desde enton­ces, ¡ni una palabra de condena sobre la destrucción de Checoslovaquia y Polonia, la conquista de Dinamarca y Noruega y la chocante bestialidad de las bandas de Hitler hacia los pueblos polaco y judío! Hitler pasó a ser un vegetariano amante de la paz continuamente provocado por los imperialistas occidentales. La prensa de la Comintern llamaba a la alianza anglo-francesa “el bloque imperialista contra el pueblo alemán”.  ¡Ni el mismo Göebbels podía haber cocinado algo mejor! El Partido Comunista Alemán exiliado ardía en la llama del amor a la patria. Y como la patria alemana no había dejado de ser fascista, la posición del Partido Comunista Ale­mán resultaba… social-fascista. Por fin llegó la hora en que se concretó la teoría stalinista del social-fascismo. [9]

A primera vista la actitud de las secciones francesa e inglesa de la Internacional Comunista parecía diametralmente opuesta. A diferencia de los alemanes, se veían obligados a atacar a su propio gobierno. Pero este súbito derrotismo no era internacionalismo sino una variedad distorsionada del patriotismo; estos caballeros consideran que su patria es el Kremlin, del que depende su prosperi­dad. Muchos stalinistas franceses demostraron un coraje innegable al ser perseguidos. Pero el contenido político de este coraje se vio ensombrecido por su embellecimiento de la política rapaz del bando enemigo. ¿Qué pensarán de ello los obreros franceses?

La reacción siempre presentó a los internacionalistas revolucionarios como agentes de un enemigo extranjero. La situación que les creó la Comintern a sus secciones francesa e inglesa dio todos los pretextos para esa acusa­ción, y en consecuencia empujó forzosamente a los obre­ros al patriotismo o los condenó a la confusión y la pasividad.

La política del Kremlin es simple: le vendió a Hitler la Comintern junto con el petróleo y el manganeso. Pero el servilismo perruno con que esta gente se dejó vender atestigua irrefutablemente la corrupción interna de la Comintern. A los agentes del Kremlin no les quedan principios, ni honor, ni conciencia; sólo un espinazo flexible. Pero los espinazos flexibles hasta ahora nunca dirigieron una revolución.

La amistad de Stalin con Hitler no será eterna, ni siquiera durará mucho tiempo.[10] Puede ser que antes de que nuestro manifiesto llegue a las masas la política exterior del Kremlin dé un nuevo giro. En ese caso también cambiará la propaganda de la Comintern. Si el Kremlin se acerca a las democracias, la Comintern nueva­mente desenterrará de sus archivos el Libro Marrón de los crímenes nacionalsocialistas. Pero esto no significa que su propaganda asumirá un carácter revolucionario. Cambiará los rótulos, pero seguirá tan servil como antes. La política revolucionaria exige, ante todo, que se diga la verdad a las masas. Pero la Comintern miente sistemática­mente. Nosotros les decimos a los obreros de todo el mundo: ¡No crean a los mentirosos!

 

Los socialdemócratas y los stalinistas en las colonias

 

Los partidos ligados a los explotadores e interesados en obtener privilegios son orgánicamente incapaces de seguir una política honesta para con las capas más explo­tadas de los trabajadores y los pueblos oprimidos. Pero las características de la Segunda y la Tercera Inter­nacional se revelan con especial claridad en su actitud hacia las colonias.

La Segunda Internacional, que actúa como represen­tante de los esclavistas y como accionista de la empresa de la esclavitud, no tiene secciones propias en las colo­nias, si exceptuamos a grupos casuales de funcionarios coloniales, predominantemente masones franceses, y en general a los oportunistas de izquierda que aplastan a la población nativa. Como renunció oportunamente a la poco patriótica concepción de la necesidad de levantar a la población colonial contra la “patria democrática”, la Segunda Internacional se ganó el privilegio de proporcio­nar a la burguesía ministros para las colonias, es decir capataces de esclavos (Sidney Webb, Marius Moutet y otros).[11]

La Tercera Internacional, que comenzó haciendo un valiente llamado revolucionario a todos los pueblos opri­midos, también se prostituyó completamente en un breve lapso en lo que respecta a la cuestión colonial. No hace muchos años, cuando Moscú vio la oportunidad de una alianza con las democracias imperialistas, la Comintern planteó la consigna de emancipación nacional no sólo para Abisinia y Albania sino también para Austria. Pero, respecto a las colonias de Gran Bretaña y Francia, se limitó modestamente a desearles reformas “razonables”. En ese entonces la Comintern no defendió a la India contra Gran Bretaña sino contra posibles ataques del Japón y a Túnez contra Mussolini. Ahora la situación cambió abruptamente. ¡Independencia total de la India, Egipto, Argelia!, Dimitrov no aceptará menos. Los árabes y los negros encontraron otra vez en Stalin a su mejor amigo, sin contar, por supuesto, a Mussolini y a Hitler. La sección alemana de la Comintern, con el des­caro que caracteriza a esta banda de parásitos, defiende a Polonia y a Checoslovaquia contra los complots del imperialismo británico. ¡Esta gente es capaz de todo y está dispuesta a todo! Si el Kremlin cambia nuevamente de orientación hacia las democracias occidentales, otra vez solicitarán respetuosamente a Londres y París que garanticen reformas liberales para sus colonias.

A diferencia de la Segunda Internacional, la Comintern, gracias a su gran tradición, ejerce una induda­ble influencia en las colonias. Pero su base social cambió de acuerdo con su evolución política. En la actualidad, en los países coloniales la Comintern se apoya en los sectores que constituyen la base tradicional de la Segun­da Internacional en los centros metropolitanos. Con las migajas de las superganancias que obtiene de los países coloniales y semicoloniales el imperialismo creó en éstos algo similar a una aristocracia laboral nativa. Esta, insigni­ficante en comparación con su modelo de las metrópolis, se destaca sin embargo sobre el telón de fondo de la pobreza general y se aferra tenazmente a sus privilegios. La burocracia y la aristocracia laborales de los países coloniales y semicoloniales, junto con los funcionarios estatales, proveen de elementos especialmente serviles a los “amigos” del Kremlin. En Latinoamérica uno de los representantes más repulsivos de esta especie es el aboga­do mexicano Lombardo Toledano, cuyos servicios espe­ciales el Kremlin retribuyó elevándolo al decorativo puesto de presidente de la Federación Sindical Latino­americana. [12]

Al poner al rojo vivo los problemas de la lucha de clases, la guerra les crea a estos prestidigitadores y falsos profetas una situación cada vez más difícil, que los bol­cheviques verdaderos tienen que utilizar para barrer por siempre a la Comintern de los países coloniales.

 

Centrismo y anarquismo

 

Al poner a prueba todo lo que existe y descartar todo lo que está podrido, la guerra representa un peligro mortal para las Internacionales que le sobreviven. Un sector considerable de la burocracia de la Comintern, especialmente en el caso de que la Unión Soviética sufra algunos reveses, inevitablemente se volverá hacia sus pa­trias imperialistas. Los obreros, por el contrario, irán cada vez más hacia la izquierda. En esa situación son inevitables las divisiones y las rupturas. Hay una cantidad de síntomas que indican la posibilidad de que también rompa el ala “izquierda” de la Segunda Internacional. Surgirán grupos centristas de distintos orígenes, se rom­perán, crearán nuevos “frentes”, “bandos”, etcétera. Nuestra época descubrirá, sin embargo, que no puede tolerar la existencia del centrismo. El rol patético y trágico que jugó el POUM, la más seria y honesta de las organizaciones centristas, en la revolución española quedará siempre en la memoria del proletariado avanzado como una terrible advertencia. [13]

Pero a la historia le gustan las repeticiones. No está excluida la posibilidad de que haya nuevos intentos de construir una organización internacional del tipo de la Internacional Dos y Media o, esta vez, la Internacional Tres y Un Cuarto. Esos balbuceos sólo merecen atención como reflejos de procesos mucho más profundos por los que atraviesan las masas trabajadoras. Pero desde ya se puede afirmar con seguridad que los “frentes”, “bandos” e “Internacionales” centristas; por carecer de fundamen­tos teóricos, tradición revolucionaria y un programa aca­bado sólo serán efímeros. Los ayudaremos criticando implacablemente su indecisión y ambigüedad.

Este esquema de la bancarrota de las viejas organiza­ciones de la clase obrera quedaría incompleto si no mencionáramos al anarquismo. Su decadencia constituye el fenómeno más irrefutable de nuestra época. Ya antes de la primera guerra imperialista los anarco-sindicalistas franceses lograron convertirse en los peores oportunistas y en los sirvientes directos de la burguesía. La mayor parte de los dirigentes anarquistas internacionales se hizo patriota en la última guerra. En el apogeo de la guerra civil en España los anarquistas ocuparon cargos de ministros de la burguesía. Los predicadores anarquistas niegan el estado en tanto éste no los necesita. En el momento de peligro, igual que los socialdemócratas, se transforman en agentes de la clase capitalista.

Los anarquistas entraron a la guerra actual sin un programa, sin una sola idea y con una bandera manchada por su traición al proletariado español. Hoy lo único que son capaces de aportar a los obreros es una desmora­lización patriótica mechada con lamentos humanitarios. Al buscar un acercamiento con los obreros anarquistas que estén realmente dispuestos a luchar por los intereses de su clase, les exigiremos al mismo tiempo que rompan com­pletamente con esos dirigentes que tanto en la guerra como en la revolución sólo sirven de mandaderos de la burguesía.

 

Los sindicatos y la guerra

 

Mientras los magnates del capitalismo monopolista se ponen por encima de los órganos del poder estatal, controlándolo desde las alturas, los dirigentes sindicales opor­tunistas rondan los umbrales del poder estatal tratando de conseguir que las masas obreras les den su apoyo. Es imposible cumplir esta sucia tarea si se mantiene la de­mocracia obrera dentro de los sindicatos. El régimen interno de los sindicatos, siguiendo el ejemplo del régi­men de los estados burgueses, se está volviendo cada vez más autoritario. En épocas de guerra la burocracia sindi­cal se transforma definitivamente en la policía militar del estado mayor del  ejército dentro de la clase obrera.

Pero por más empeño que ponga, no tiene salvación. La guerra significa la muerte y la destrucción de los actuales sindicatos reformistas. A los sindicalistas en la flor de la edad se los moviliza para la matanza. Los reemplazan los muchachos, las mujeres y los viejos, es decir los menos capacitados para resistir. Todos los países saldrán de la guerra tan arruinados que el nivel de los trabajadores retrocederá un siglo. Los sindicatos reformis­tas sólo son posibles bajo el régimen de la democracia burguesa. Pero lo primero que desaparecerá con la guerra será la democracia, completamente putrefacta. En su derrumbe definitivo arrastrará consigo a todas las organi­zaciones obreras que le sirvieron de apoyo. No habrá cabida para los sindicatos reformistas. La reacción capita­lista los destruirá cruelmente. Es necesario prevenir de esto a los obreros, inmediatamente y en voz bien alta, para que todos lo oigan.

Una época nueva exige métodos nuevos. Los métodos nuevos exigen líderes nuevos. Hay una sola manera de salvar los sindicatos: transformarlos en organizaciones de lucha que se planteen corno objetivo el triunfo sobre la anarquía capitalista y el bandidaje imperialista. Los sindi­catos jugarán un rol enorme en la construcción de la economía socialista, pero la condición previa para lograrla es el derrocamiento de la clase capitalista y la nacio­nalización de los medios de producción. Solamente si toman el camino de la revolución socialista podrán los sindicatos escapar al destino de quedar enterrados bajo las ruinas de la guerra.

 

La Cuarta Internacional

 

La vanguardia proletaria es el enemigo irreconciliable de la guerra imperialista. Pero no teme a esta guerra. Acepta dar la batalla en el terreno elegido por el enemigo de clase. Entra a este terreno con sus banderas flameando al viento.

La Cuarta Internacional es la única organización que previó correctamente el curso general de los acontecimientos mundiales, que predijo la inevitabilidad de una nueva catástrofe imperialista, que denunció los fraudes pacifistas de los demócratas burgueses y los aventureros pequeñoburgueses de la escuela stalinista, que luchó contra la política de colaboración de clases conocida como “frente popular”, que cuestionó el rol traidor de la Comintern y los anarquistas en España, que criticó irreconciliablemente las ilusiones centristas del POUM, que continuó fortaleciendo incesantemente a sus cuadros en el espíritu de la lucha de clases revolucionaria. Nuestra política en la guerra es sólo la continuación concentrada de nuestra política en la paz.

La Cuarta Internacional construye su programa sobre los fundamentos teóricos del marxismo, sólidos como el granito. Rechaza el despreciable eclecticismo que predo­mina en las filas de la burocracia laboral oficial de los distintos bandos, y que muy frecuentemente sirve de indicador de la capitulación ante la democracia burguesa. Nuestro programa está formulado en una serie de documentos accesibles a todo el mundo. Su eje se puede resumir en tres palabras: dictadura del proletariado.

 

Nuestro programa, basado en el bolchevismo

 

La Cuarta Internacional se apoya completa y sinceramente sobre los fundamentos de la tradición revoluciona­ria del bolchevismo y sus métodos organizativos. Que los radicales pequeñoburgueses lloren contra el centralismo. Un obrero que haya participado aunque sea una vez en una huelga sabe que ninguna lucha es posible sin discipli­na y una dirección firme. Toda nuestra época está imbui­da del espíritu del centralismo. El capitalismo monopolis­ta llevó hasta sus últimos límites la centralización econó­mica. El centralismo estatal en el marco del fascismo asumió un carácter totalitario. Las democracias intentan cada vez más emular este ejemplo. La burocracia sindical defiende con ensañamiento su maquinaria poderosa. La Segunda y la Tercera Internacional utilizan descarada­mente el aparato estatal en su lucha contra la revolución.

En estas condiciones la garantía más elemental de éxito reside en la contraposición del centralismo revolu­cionario al centralismo de la reacción. Es indispensable contar con una organización de la vanguardia proletaria unificada por una disciplina de hierro, un verdadero núcleo selecto de revolucionarios templados dispuestos al sacrificio e inspirados por una indomable voluntad de vencer. Sólo un partido que no se falla a sí mismo será capaz de preparar sistemática y afanosamente la ofensiva para, cuando suene la hora decisiva, volcar en el campo de batalla toda la fuerza de la clase sin vacilar.

Los escépticos superficiales se deleitan en señalar la degeneración en burocratismo del centralismo bolche­vique. ¡Como si todo el curso de la historia dependiera de la estructura de un partido!. De hecho, es el destino del partido el que depende del curso de la lucha de clases. Pero de todas maneras el Partido Bolchevique fue el único que demostró en la acción su capacidad de realizar la revolución proletaria. Es precisamente un parti­do así lo que necesita ahora el proletariado internacional. Si el régimen burgués sale impune de la guerra todos los partidos revolucionarios degenerarán. Si la revolución proletaria conquista el poder, desaparecerán las condicio­nes que provocan la degeneración.

Con la reacción triunfante, la desilusión y la fatiga de las masas, en una atmósfera política envenenada por la descomposición maligna de las organizaciones tradiciona­les de la clase obrera, en medio de dificultades y obstácu­los que se acumulaban, el desarrollo de la Cuarta Inter­nacional necesariamente era lento. Los centristas, que desdeñaban nuestros esfuerzos, hicieron más de una vez intentos aislados y a primera vista mucho más amplios y prometedores de unificación de la izquierda. Todos ellos, sin embargo, se hicieron polvo aun antes de que las masas tuvieran la posibilidad de recordar siquiera sus nombres. Sólo la Cuarta Internacional, con valentía, persistencia y éxito cada vez mayores se mantiene nadando contra la corriente.

 

¡Hemos pasado la prueba!

 

Lo que caracteriza a una genuina organización revolu­cionaria es sobre todo la seriedad con la que trabaja y pone a prueba su línea política con cada nuevo giro de los acontecimientos. Su centralismo fructifica en demo­cracia. Bajo el fuego de la guerra nuestras secciones discuten apasionadamente todos los problemas de la política proletaria, comprobando la validez de nuestros métodos y barriendo de paso a los elementos inestables que sólo se nos unieron a causa de su oposición a la Segunda y la Tercera Internacional. La separación de los compañeros de ruta que no son de total confianza es el precio inevitable que hay que pagar por la formación de un verdadero partido revolucionario.

La inmensa mayoría de los camaradas de los diferentes países salieron airosos de la primera prueba a que los sometió la guerra. Este hecho es de inestimable significación para el futuro de la Cuarta Internacional. Cada miembro de base de nuestra organización tiene no sólo el derecho sino también el deber de considerarse de aquí en más un oficial del ejército revolucionario que se creará al calor de los acontecimientos. La entrada de las masas en la lucha revolucionaria pondrá de manifiesto inmediatamente la insignificancia de los programas de los oportunistas, los pacifistas y los centristas. Un solo revo­lucionario verdadero en una fábrica, una mina, un sindi­cato, un regimiento, un barco de guerra vale infinitamen­te más que cien seudo revolucionarios pequeñoburgueses que se cocinan en su propia salsa.

Los políticos de la gran burguesía entienden mucho mejor el rol de la Cuarta Internacional que nuestros pedantes pequeñoburgueses. En víspera de la ruptura de relaciones diplomáticas, el embajador francés Couloundre y Hitler, que buscaban en su entrevista final asustarse recíprocamente con las consecuencias de la guerra, estaban de acuerdo en que “el único vencedor real” sería la Cuarta Internacional. Cuando la declaración de hostili­dades contra Polonia, la prensa grande de Francia, Dinamarca y otros países publicó cables que informaban que en los barrios obreros de Berlín aparecieron carteles que decían “¡Abajo Stalin, viva Trotsky!” Esto significa: “¡Abajo la Tercera Internacional, viva la Cuarta Inter­nacional!”. Cuando los obreros y estudiantes más resuel­tos de Praga organizaron una manifestación en el aniver­sario de la independencia nacional, el “Protector”, Barón Neurath, sacó una declaración oficial atribuyendo la res­ponsabilidad de esta manifestación a los “trotskistas” checos. La correspondencia desde Praga publicada por el periódico que edita Benes, el ex presidente de la Repúbli­ca Checoslovaca, confirma el hecho de que los obreros checos se están volviendo “trotskistas”.[14] Sin embargo, éstos son sólo síntomas. Pero indican inequívocamente las tendencias del proceso. La nueva generación de obre­ros a los que la guerra empujará por el camino de la revolución tomará nuestro estandarte.

 

La revolución proletaria

 

La experiencia histórica estableció las condiciones básicas para el triunfo de la revolución proletaria, que fueron aclaradas teóricamente: 1) el impasse de la bur­guesía y la consecuente confusión de la clase dominante; 2) la aguda insatisfacción y el anhelo de cambios decisi­vos en las filas de la pequeña burguesía, sin cuyo apoyo la gran burguesía no puede mantenerse; 3) la conciencia de lo intolerable de la situación y la disposición para las acciones revolucionarias en las filas del proletariado; 4) un programa claro y una dirección firme de la vanguardia proletaria. Estas son las cuatro condiciones para el triunfo de la revolución proletaria. La razón principal de la derrote de muchas revoluciones radica en el hecho de que estas cuatro condiciones raramente alcanzan al mismo tiempo el necesario grado de madurez. Muchas veces en la historia la guerra fue la madre de la revolu­ción precisamente porque sacude hasta sus mismas bases los regímenes ya obsoletos, debilita a la clase gobernante y acelera el crecimiento de la indignación revolucionaria entre las clases oprimidas.

Ya son intensas la desorientación de la burguesía, la alarma y la insatisfacción de las masas populares, no sólo en los países beligerantes sino también en los neutrales; estos fenómenos se intensificarán con cada mes de guerra que pase. Es cierto que en los últimos veinte años el proletariado sufrió una derrota tras otra, cada una más grave que la precedente, se desilusionó de los viejos partidos y la guerra indudablemente lo encontró deprimi­do. Sin embargo, no hay que sobrestimar la estabilidad o duración de esos estados de animo. Los produjeron los acontecimientos; éstos los disiparán.

La guerra, igual que la revolución, la hacen ante todo las generaciones más jóvenes. Millones de jóvenes que no pudieron acceder a la industria comenzaron sus vidas como desocupados y por lo tanto quedaron al margen de la política. Hoy están encontrando su ubicación o la encontrarán mañana; el estado los organiza en regimien­tos y por esta misma razón les abre la posibilidad de su unificación revolucionaria. Sin duda la guerra también sacudirá la apatía de las generaciones más viejas.

 

El problema de la dirección

 

Queda en pie el problema de la dirección. ¿No será traicionada la revolución otra vez, ya que hay dos Inter­nacionales al servicio del imperialismo mientras que los elementos genuinamente revolucionarios constituyen una minúscula minoría? En otras palabras: ¿lograremos preparar a tiempo un partido capaz de dirigir la revolución proletaria? Para contestar correctamente esta pregunta es necesario plantearla correctamente. Naturalmente, tal o cual insurrección terminará con seguridad en una derrota debido a la inmadurez de la dirección revolucionaria. Pero no se trata de una insurrección aislada. Se trata de toda una época revolucionaria.

El mundo capitalista ya no tiene salida, a menos que se considere salida a una agonía prolongada. Es necesario prepararse para largos años, si no décadas, de guerra, insurrecciones, breves intervalos de tregua, nuevas guerras y nuevas insurrecciones. Un partido revolucionario joven tiene que apoyarse en esta perspectiva. La historia le dará suficientes oportunidades y posibilidades de probarse, acumular experiencia y madurar. Cuanto más rápidamen­te se fusione la vanguardia más breve será la etapa de las convulsiones sangrientas, menor la destrucción que sufrirá nuestro planeta. Pero el gran problema histórico no se resolverá de ninguna manera hasta que un partido revolu­cionario se ponga al frente del proletariado. El problema de los ritmos y los intervalos es de enorme importancia pero no altera la perspectiva histórica general ni la orien­tación de nuestra política. La conclusión es simple: hay que llevar adelante la tarea de organizar y educar a la vanguardia proletaria con una energía multiplicada por diez. Este es precisamente el objetivo de la Cuarta Internacional.

El mayor error lo cometen aquellos que, buscando justificar sus conclusiones pesimistas, se refieren simplemente a las tristes consecuencias de la última guerra. En primer lugar, de la última guerra nació la Revolución de Octubre, cuyas lecciones están vivas en el movimiento obrero de todo el mundo. En segundo lugar, las condicio­nes de la guerra actual difieren profundamente de las de 1914. La situación económica de los estados imperialis­tas, incluyendo Estados Unidos, hoy es infinitamen­te peor, y el poder destructivo de la guerra infinitamente mayor que hace un cuarto de siglo. Hay por lo tanto razones suficientes para suponer que esta vez la reacción por parte de los obreros y el ejército será mucho más rápida y decisiva.

La experiencia de la primera guerra no pasó sin afectar profundamente a las masas. La Segunda Internacional extrajo sus fuerzas de las ilusiones democráticas y pacifis­tas que estaban casi intactas en las masas. Los obreros creían seriamente que la guerra de 1914 sería la última. Los soldados se dejaban matar para evitar que sus hijos tuvieran que sufrir una nueva carnicería. Este esperanza es lo único que permitió a los hombres soportar la guerra durante más de cuatro años. Hoy no queda casi nada de las ilusiones democráticas y pacifistas. Los pueblos sufren la guerra actual sin creer más en ella, sin esperar de ella otra cosa que nuevas cadenas. Esto también se aplica a los estados totalitarios. La generación obrera más vieja, que llevó sobre sus espaldas la carga de la primera guerra imperialista y no olvidó sus lecciones, está lejos todavía de haber sido eliminada de la escena. Aún suenan en los oídos de la generación siguiente a aquélla, la que iba a la escuela durante la guerra, las falsas consignas de patriotis­mo y pacifismo. La inestimable experiencia política de estos sectores, ahora aplastados por el peso de la maqui­naria bélica, se revelará en toda su plenitud cuando la guerra impulse a las masas trabajadoras a ponerse abiertamente contra sus gobiernos.

 

Socialismo o esclavitud

 

Nuestras tesis, La Guerra y la Cuarta Internacional (1934), afirman que: “el carácter completamente reaccio­nario, putrefacto y saqueador del capitalismo moderno, la destrucción de la democracia, el reformismo y el pacifismo, la necesidad urgente y candente que tiene el proletariado de encontrar una salida segura del desastre inminente ponen a la orden del día, con fuerzas renovadas, la revolución internacional”.

Hoy ya no se trata, como en el siglo XIX, de garantizar simplemente un desarrollo económico más rápido y sano; hoy se trata de salvar a la humanidad del suicidio. Es precisamente la agudeza del problema histórico lo que hace temblar los cimientos de los partidos oportunistas. El partido de la revolución, por el contrario, encuentra una reserva inagotable de fuerzas en su conciencia de ser el producto de una necesidad histórica inexorable.

Más aun; es inadmisible poner a la actual vanguardia revolucionaria al mismo nivel de aquellos internaciona­listas aislados que elevaron sus voces cuando estalló la guerra anterior. Sólo el partido de los bolcheviques rusos representaba en ese entonces una fuerza revolucionaria. Pero incluso éste, en su inmensa mayoría, exceptuando un pequeño grupo de emigrados que rodeaban a Lenin, no logró superar su estrechez nacional y elevarse a la perspectiva de la revolución mundial.

La Cuarta Internacional, por el número de sus militan­tes y especialmente por su preparación, cuenta con venta­jas infinitas sobre sus predecesores de la guerra anterior. La Cuarta Internacional es la heredera directa de lo mejor del bolchevismo. La Cuarta Internacional asimiló la tradición de la Revolución de Octubre y transformó en teoría la experiencia del periodo histórico más rico entre las dos guerras imperialistas. Tiene fe en sí misma y en su futuro.

La guerra, recordémoslo una vez más, acelera enorme­mente el desarrollo político. Esos grandes objetivos que ayer no mas nos parecían estar a años, si no a décadas de distancia pueden planteársenos directamente en los próximos dos o tres años, o todavía antes. Los programas que se apoyan en las condiciones habituales de las épocas de paz inevitablemente quedarán colgando en el aire. Por otra parte, el programa de consignas transicionales de la Cuarta Internacional, que les parecía tan “irreal” a los políticos que no ven más allá de sus narices, revelará toda su importancia en el proceso de movilización de las masas por la conquista del poder.

Cuando comience la nueva revolución los oportunistas tratarán una vez más, como lo hicieron hace un cuarto de siglo, de inspirar a los obreros la idea de que es imposible construir el socialismo sobre las ruinas y la desolación. ¡Como si el proletariado tuviera libertad de elegir! Hay que construir sobre los fundamentos que pro­porciona la historia. La Revolución Rusa demostró que el gobierno obrero puede sacar de la pobreza más profunda hasta a un país muy atrasado. Mucho mayores son los milagros que podrá realizar el proletariado de los países avanzados. La guerra destruye estructuras, ferrocarriles, fábricas, minas; pero no puede destruir la tecnología, la ciencia, la capacidad. Después de crear su propio estado, organizar correctamente sus filas, aportar la fuerza de trabajo calificado heredada del régimen burgués y organi­zar la producción de acuerdo a un plan unificado, el proletariado no sólo restaurará en unos años todo lo destruido por la guerra; también creará las condiciones para un gran florecimiento de la cultura sobre las bases de la solidaridad.

 

Qué hacer

 

La Conferencia de Emergencia de la Cuarta Internacio­nal vota este manifiesto en el momento en que, luego de abatir a Holanda y Bélgica y aplastar la resistencia inicial de las tropas aliadas, el ejército alemán avanza como un fuego arrollador hacia París y el Canal. En Berlín ya se apresuran a celebrar la victoria. En el sector aliado cunde una alarma lindante con el pánico. Aquí no tenemos posibilidades ni necesidad de internamos en especulacio­nes estratégicas sobre las próximas etapas de la guerra. De todos modos, la tremenda preponderancia de Hitler pone en este momento su impronta sobre la fisonomía política de todo el mundo.

“¿No está obligada la clase obrera, en las condiciones actuales, a ayudar a las democracias en su lucha contra el fascismo alemán?” Así plantean la cuestión amplios sec­tores pequeñoburgueses para quienes el proletariado es siempre una herramienta auxiliar de tal o cual sector de la burguesía. Rechazamos con indignación este política. Naturalmente hay diferencias entre los distintos regímenes políticos de la sociedad burguesa, así como en un tren hay vagones más cómodos que otros. Pero cuando todo el tren se está precipitando en un abismo, la dife­rencia entre la democracia decadente y el fascismo asesi­no desaparece ante el colapso de todo el sistema capita­lista.

Los triunfos y bestialidades de Hitler provocan natu­ralmente el odio exasperado de los obreros de todo el mundo. Pero entre este odio legítimo de los obreros y la ayuda a sus enemigos más débiles pero no menos reaccio­narios hay una gran distancia. El triunfo de los imperia­listas de Gran Bretaña y Francia no sería menos terrible para la suerte de la humanidad que el de Hitler y Musso­lini. No se puede salvar la democracia burguesa. Ayudando a sus burguesías contra el fascismo extranjero los obreros sólo acelerarán el triunfo del fascismo en su propio país. La tarea planteada por la historia no es apoyar a una parte del sistema imperialista en contra de otra sino terminar con el conjunto del sistema.

 

Los obreros tienen que aprender la técnica militar

 

La militarización de las masas se intensifica día a día. Rechazamos la grotesca pretensión de evitar este militari­zación con huecas protestes pacifistas. En la próxima etapa todos los grandes problemas se decidirán con las armas en la mano. Los obreros no deben tener miedo de las armas; por el contrario, tienen que aprender a usarlas. Los revolucionarios no se alejan del pueblo ni en la guerra ni en la paz. Un bolchevique trata no sólo de convertirse en el mejor sindicalista sino también en el mejor soldado.

No queremos permitirle a la burguesía que lleve a los soldados sin entrenamiento o semientrenados a morir en el campo de batalla. Exigimos que el estado ofrezca inmediatamente a los obreros y a los desocupados la posibilidad de aprender a manejar el rifle, la granada de mano, el fusil, el cañón, el aeroplano, el submarino y los demás instrumentos de guerra. Hacen falta escuelas militares especiales estrechamente relacionadas con los sindi­catos para que los obreros puedan transformarse en espe­cialistas calificados en el arte militar, capaces de ocupar puestos de comandante.

 

¡Esta no es nuestra guerra!

 

Al mismo tiempo, no nos olvidamos ni por un mo­mento de que esta guerra no es nuestra guerra. A diferencia de la Segunda y la Tercera Internacional, la Cuarta Internacional no construye su política en función de los avatares militares de los estados capitalistas sino de la transformación de la guerra imperialista en una guerra de los obreros contra los capitalistas, del derrocamiento de la clase dominante en todos los países, de la revolu­ción socialista mundial. Los cambios que se producen en el frente, la destrucción de los capitales nacionales, la ocupación de territorios, la caída de algunos estados, desde este punto de vista sólo constituyen trágicos episo­dios en el camino a la reconstrucción de la sociedad moderna.

Independientemente del curso de la guerra, cumplimos nuestro objetivo básico: explicamos a los obreros que sus intereses son irreconciliables con los del capitalismo sediento de sangre; movilizamos a los trabajadores contra el imperialismo; propagandizamos la unidad de los obreros de todos los países beligerantes y neutrales; llamamos a la fraternización entre obreros y soldados dentro de cada país y entre los soldados que están en lados opuestos de las trincheras en el campo de batalla; movilizamos a las mujeres y los jóvenes contra la guerra; preparamos cons­tante, persistente e incansablemente la revolución en las fábricas, los molinos, las aldeas, los cuarteles, el frente y la flota.

Este es nuestro programa. ¡Proletarios del mundo, no hay otra salida que la de unirse bajo el estandarte de la Cuarta Internacional!

[1] “Manifiesto de la Cuarta Internacional sobre la guerra imperia­lista y la revolución proletaria mundial”. Socialist Appeal, 19 de junio de 1940. El manifiesto fue adoptado por la Conferencia de Emergencia de la Cuarta Internacional, celebrada del 19 al 26 de mayo de 1940 en Nueva York.

[2] Abisinia (Etiopía) y Albania habían sido ocupadas por Italia en 1935 y 1939 respectivamente, y China fue invadida por Japón, primero en 1931 y nuevamente en 1937.

[3] La política del buen vecino, proclamada por el presidente de Estados Unidos Franklin Roosevelt, planteaba que Estados Unidos no recurriría más a las intervenciones armadas en Latinoamérica y el Caribe sino que funcionaría como un “buen vecino”.

[4] Vendée es una provincia del sudoeste de Francia que fue bastión del sentimiento contrarrevolucionario durante la Revolución Francesa.

[5] En enero de 1918 los soviets fineses, bajo la conducción de los comunistas, intentaron tomar el poder, pero el gobierno finés llamó a tropas alemanas para derrotarlos. El gobierno soviético no era lo suficientemente fuerte en ese tiempo como para suministrar a los revolucionarios la ayuda necesaria.

[6] Semion K. Timoshenko (1895): amigo de Stalin desde 1910, dirigió la ocupación de Polonia Oriental en 1939 y parte de las operaciones contra Finlandia (1939-1940). Se convirtió en mariscal en 1940 y reemplazó a Voroshilov como comisario del pueblo de defensa el mismo año.

[7] La  Liga Musulmana y el Congreso Nacional eran las principales organizaciones burguesas que se oponían al dominio inglés en la India. El Congreso Nacional se convirtió en el partido más importante de la India después de la independencia, mientras que la Liga Musulmana llegó a ser la fuerza política principal de Pakistán después de que éste se separó de la India.

[8] En junio de 1936 estalló en Francia una ola masiva de huelga que abarcaron a por lo menos siete millones de trabajadores a la vez, muchos de ellos participantes de huelgas de brazos caídos. Otra alza en la ola de huelgas tuvo lugar en julio de 1936.

[9] La teoría del “social-fascismo”, una inspiración de Stalin, soste­nía que la socialdemocracia y el fascismo no eran adversarios sino gemelos. Como los socialdemócratas eran sólo una variedad de fascistas, y como todos, excepto los stalinistas, eran en cierta medida fascistas, no se permitía a los stalinistas comprometerse en frentes únicos contra los fascistas con cualquier otra tendencia. Ninguna teoría fue ni podría ser mas útil para Hitler en los años en que se encaminaba a la toma del poder en Alemania. Los stalinistas, finalmente, dejaron de lado la teoría en 1934, y pronto se dedicaron a cortejar no sólo a los socialdemócratas sino también a políticos capitalistas como Roosevelt y Daladier. Con esta alu­sión Trotsky refuerza la ironía sobre el hecho de que los stalinistas, cuya sectaria negativa a trabajar con otras organizaciones obreras de 1928 a 1934 se basaba en la insistencia en que todas las organizaciones no stalinistas eran “social-fascistas”, se convirtieron realmente en defensores incondicionales de la Alemania nazi duran­te la vigencia del pacto Stalin-Hitler.

[10] La política del Kremlin hacia Hitler sufrió un decisivo y brusco cambio en junio de 1941 cuando los ejércitos del Tercer Reich invadieron la Unión Soviética.

[11] Sidney Webb (1859-1947): fue uno de los fundadores de la Sociedad Fabiana de socialistas utópicos y colaboró en los comien­zos de New Statesman. Fue secretario de colonias (1929-1931) y dominios (1929-1930). Marius Moutet: fue ministro socialista de colonias en el gobierno frentepopulista francés en 1938 y responsa­ble por el encarcelamiento de Ta Thu Thau, líder de los trotskistas indochinos.

[12] Vicente Lombardo Toledano (1893-1968): stalinista, fue jefe también de la CTM (Confederación Mexicana de Trabajadores, la mayor organización obrera de México). Fue un activo participante en la campaña de calumnias llevada a cabo por los stalinistas mexicanos contra Trotsky, campaña que éste estaba convencido se había lanzado para preparar a la opinión pública para el asesinato.

[13] El POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) fue fundado en España en 1935, cuando los miembros de la Oposición en España rompieron con Trotsky y se unieron con el Bloque de Obreros y Campesinos (centrista). Trotsky rompió todas las rela­ciones con los mismos cuando se adhirieron al gobierno frente populista español.

[14] Edouard Benes (1884-1948): se convirtió en presidente de Checoslovaquia en 1935 y renunció en octubre de 1938, cuando los alemanes ocuparon los Sudetes. Fue reelecto presidente en 1946 y lo asesinaron o se suicidó cuando el Partido Comunista se hizo cargo de Checoslovaquia en 1948.

La Revolución Rusa y el movimiento negro estadounidense

por James P. Cannon//

Durante todo el período de los primeros diez años del comunismo estadounidense, el partido estaba preocupado por la cuestión negra y gradualmente llegó a una política que era diferente y superior a la del radicalismo estadounidense tradicional. Sin embargo, en mis memorias publicadas concernientes a ese período, la cuestión negra no aparece en ninguna parte como tema de controversia interna entre las fracciones principales. La explicación era que ninguno de los dirigentes estadounidenses planteó alguna nueva idea sobre esta cuestión explosiva por cuenta propia; y ninguna de las fracciones como tal propuso ninguno de los cambios de política, actitud y forma de abordar la cuestión que se habían realizado gradualmente cuando el partido llegó al fin de su primera década.

Las principales discusiones sobre la cuestión negra ocurrieron en Moscú, y la nueva forma de abordar la cuestión fue elaborada allá. Ya en el Segundo Congreso de la Comintern en 1920, “Los negros en América” fue un punto en el orden del día y se realizó una discusión preliminar sobre esta cuestión. Las investigaciones históricas comprobarán decisivamente que la política del PC sobre la cuestión negra recibió su primer impulso de Moscú, y también que todas las siguientes elaboraciones de esta política, hasta incluir la adopción de la consigna de “autodeterminación” en 1928, vinieron de Moscú.

Bajo los constantes empujes y la presión de los rusos en la Comintern, el partido comenzó con el trabajo entre los negros durante sus primeros diez años; pero reclutó a muy pocos negros y su influencia dentro de la comunidad negra no llegó a mucho. De esto sería fácil sacar la conclusión pragmática de que toda la discusión y preocupación sobre la política en esa década, desde Nueva York hasta Moscú, era mucha preocupación sobre nada, y que los resultados de la intervención rusa fueron completamente negativos.

Esta es, quizás, la evaluación convencional en estos días de la Guerra Fría, cuando la aversión a todo lo ruso es el substituto convencional de la opinión considerada. Sin embargo, no es la verdad histórica ni mucho menos. Los primeros diez años del comunismo estadounidense son un período demasiado corto para permitir una evaluación definitiva de los resultados de la nueva forma de abordar la cuestión negra impuesta al partido estadounidense por la Comintern.

La discusión histórica de la política y la acción del Partido Comunista sobre la cuestión negra -y de la influencia rusa en la formación de éstas durante los primeros diez años de la existencia del partido- por exhaustiva y detallada que sea, no puede ser suficiente si la investigación no se proyecta hasta la década siguiente. El joven partido tomó los primeros diez años para lograr un buen comienzo en este terreno hasta ese entonces inexplorado. Los logros espectaculares de la década de los 30 no pueden ser entendidos sin referencia a esta década anterior de cambios y reorientación. Las posteriores acciones vinieran de esto.

  

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Un análisis serio de todo el proceso complejo tiene que empezar con el reconocimiento de que los comunistas estadounidenses a principios de los años 20, tal como todas las otras organizaciones radicales de ese período y períodos anteriores, no tenían nada con qué empezar en cuanto a la cuestión negra sino una teoría inadecuada, una actitud falsa o indiferente y la adherencia de unos individuos negros con tendencias radicales o revolucionarias.

El movimiento socialista anterior, del cual surgió el Partido Comunista, jamás reconoció ninguna necesidad de un programa especial sobre la cuestión negra. Esta fue considerada pura y sencillamente como un problema económico, una parte de la lucha entre los obreros y los capitalistas; no se podía hacer nada sobre los problemas especiales de la discriminación y la desigualdad antes de la llegada del socialismo.

Los mejores de los socialistas del período anterior fueron representados por Debs, quien era amistoso a todas las razas y completamente libre de prejuicio. Sin embargo, lo limitado del punto de vista del gran agitador sobre esta compleja cuestión fue expresado en su declaración: “Nosotros no tenemos nada especial que ofrecer al negro, y no podemos hacer llamamientos separados a todas las razas. El Partido Socialista es el partido de toda la clase obrera, sea cual sea el color, de toda la clase obrera de todo el mundo” (Ray Ginger, The Bending Cross). Esta fue considerada una posición muy avanzada en ese entonces, pero no planteó el apoyo activo a la reivindicación especial del negro por un poco de igualdad aquí y ahora, o en el futuro previsible, en el camino hacia el socialismo.

Incluso Debs, con su fórmula general que hizo caso omiso del punto principal -la cuestión candente de la constante discriminación contra los negros en todo aspecto- fue muy superior en esta cuestión, tal como en todas las otras, a Víctor Berger, quien fue un racista abierto. He aquí un pronunciamiento sumario de una editorial de Berger en su periódico de Milwaukee, el Social Democratic Herald: “No cabe duda de que los negros y mulatos constituyen una raza inferior.” Este era el “socialismo de Milwaukee” sobre la cuestión negra, como fue expresado por su ignorante e insolente líder-jefe. Un negro perseguido y atacado no podría mezclar eso muy bien con su cerveza, inclusive si tuviera cinco centavos y pudiera encontrar una cantina de blancos donde pudiera tomar un vaso de cerveza, en la parte trasera del bar.

El chauvinismo abierto de Berger jamás fue la posición oficial del partido. Había otros socialistas, tales como William English Walling quien fue un defensor de la igualdad de derechos para los negros y uno de los fundadores de la National Association for the Advancement of Colored People [Asociación Nacional para el Avanzo de las Personas de Color] en 1909. Pero tales individuos fueron una pequeña minoría entre los socialistas y radicales antes de la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa.

La insuficiencia de la política socialista tradicional sobre la cuestión negra ha sido ampliamente documentada por los historiadores del movimiento, Ira Kipnis y David Shannon. Shannon resume la actitud general y prevaleciente del Partido Socialista hacia los negros de la siguiente forma:

“No eran importantes en el partido, el partido no hizo ningún esfuerzo especial para atraer a militantes negros, y el partido no estaba generalmente interesado en el esfuerzo de los negros por mejorar su posición dentro de la sociedad capitalista estadounidense, cuando no era en realidad hostil al mismo.” Y más adelante: “El partido mantenía que la única salvación del negro era la misma que la única salvación del blanco: el ‘socialismo’.”

Mientras tanto, no se podía hacer nada sobre la cuestión negra como tal, y mientras menos se dijera sobre esta cuestión, mejor; es decir, se la mantenía escondida bajo la alfombra.

Esta fue la posición tradicional que el joven Partido Comunista heredó del movimiento socialista anterior, del cual había surgido. La política y práctica del movimiento sindical fue aún peor. El IWW [Obreros Industriales del Mundo] no excluyó a nadie de la militancia por su “raza, color, o credo”. Pero los sindicatos predominantes de la AFL [Federación Estadounidense del Trabajo], con sólo unas pocas excepciones, fueron exclusivamente para los blancos de la aristocracia obrera. Estos tampoco tenían nada especial que ofrecer a los negros; de hecho, no tenían absolutamente nada que ofrecerles.

  

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La diferencia -y fue una diferencia profunda– entre el Partido Comunista de los años 20 y sus antecesores socialistas y radicales fue mostrada por la ruptura de los primeros con esta tradición. Los comunistas estadounidenses de los primeros días, bajo la influencia y presión de los rusos en la Comintern, estaban aprendiendo lenta y dolorosamente a cambiar suactitud; a asimilar la nueva teoría de la cuestión negra como una cuestión especial de gente doblemente explotada y relegada a ser ciudadanos de segunda clase, que requería un programa de demandas especiales como parte del programa general; y a empezar a hacer algo sobre esta cuestión.

La verdadera importancia de este cambio profundo, en todas sus dimensiones, no puede ser medida adecuadamente por los resultados que ocurrieron durante la década de los 20. Hay que considerar a los primeros diez años principalmente como el período preliminar de reconsideración y discusión, y de cambio en la actitud y la política sobre la cuestión negra; como preparación para la actividad futura en este terreno.

Los efectos de este cambio y esta preparación en los años 20, producidos por la intervención rusa, se manifestarían explosivamente en la década posterior. Las maduras condiciones favorables para la agitación y organización radicales entre los negros, producidas por la Gran Depresión, encontraron al Partido Comunista preparado para actuar en este terreno como ninguna otra organización radical en este país había hecho anteriormente.

 

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Todo de nuevo y progresista sobre la cuestión negra vino de Moscú, después de la Revolución de 1917 -y como resultado de la Revolución- no sólo para los comunistas estadounidenses, quienes respondieron directamente, sino para todos los demás que se interesaban en la cuestión. Por sí mismos, los comunistas estadounidenses nunca inventaron nada nuevo ni diferente de la posición tradicional del radicalismo estadounidense sobre la cuestión negra.

Esta, como muestran las citas ya dadas de las historias de Kipnis y Shannon, fue bastante débil en cuanto a la teoría y aun más débil en la práctica. La fórmula simplista de que la cuestión negra era meramente económica, una parte de la cuestión de capital contra trabajo, jamás inspiró a los negros, quienes sabían que no era cierto, aunque no lo decían abiertamente; ellos tenían que vivir con la discriminación brutal cada hora de cada día.

Esta discriminación no tenía nada de sutil ni disfrazada. Todo el mundo sabía que al negro le tocaba lo peor en todo momento, pero a casi nadie le importaba y casi nadie quería hacer algo para intentar moderarlo o cambiarlo. La mayoría blanca de la sociedad estadounidense, el 90 por ciento de la población, incluyendo su sector obrero, tanto en el norte como en el sur, estaba saturada con el prejuicio contra el negro; y a un grado considerable el movimiento socialista reflejaba este prejuicio, aunque -por deferencia hacia el ideal de la hermandad humana- la actitud socialista fue callada y tomó la forma de evasión. La vieja teoría del radicalismo estadounidense mostró en la práctica ser una fórmula para la falta de acción sobre la cuestión de los negros e -incidentalmente- una cobertura conveniente para los latentes prejuicios raciales de los mismos radicales blancos.

La intervención rusa cambió todo esto, y lo cambió de una manera drástica y benéfica. Aun antes de la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa, Lenin y los bolcheviques se distinguían de todas las otras tendencias en el movimiento socialista y obrero internacional por su preocupación por los problemas de las naciones y minorías nacionales oprimidas, y su apoyo firme a las luchas por la libertad, la independencia y el derecho a la autodeterminación. Los bolcheviques daban este apoyo a toda la “gente sin igualdad de derechos” de una forma sincera y honesta, pero no había nada “filantrópico” en esta posición. Reconocían también el gran potencial revolucionario en la situación de los pueblos y naciones oprimidos, y los veían como aliados importantes de la clase obrera en la lucha revolucionaria contra el capitalismo.

Después de noviembre de 1917 esta nueva doctrina -con un énfasis especial en los negros- empezó a ser transmitida al movimiento comunista estadounidense respaldada por la autoridad de la Revolución Rusa. Los rusos en la Comintern empezaron a enfrentar a los comunistas estadounidenses con la exigencia brusca e insistente de que se deshicieran de sus propios prejuicios no declarados, que prestaran atención a los problemas y quejas especiales de los negros estadounidenses, que trabajaran entre ellos y que se convirtieran en paladines de su causa dentro de la comunidad blanca.

A los estadounidenses, que habían sido educados en una tradición distinta, les tomó tiempo asimilar la nueva doctrina leninista. Pero los rusos seguían año tras año, apilando los argumentos e incrementando la presión sobre los comunistas estadounidenses hasta que éstos finalmente aprendieron, cambiaron, y empezaron a trabajar en serio. Este cambio en la actitud de los comunistas estadounidenses, que se efectuó gradualmente en los años 20, iba a ejercer una influencia profunda en círculos mucho más amplios durante los años posteriores.

  

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La ruptura del Partido Comunista con la posición tradicional del radicalismo estadounidense sobre la cuestión negra coincidió con cambios profundos que estaban ocurriendo entre la misma población negra. La migración en gran escala desde las regiones agrícolas del sur hacia los centros industriales del norte se aceleró mucho durante la Primera Guerra Mundial, y continuó en los años posteriores. Esto produjo algunas mejorías en sus condiciones de vida en comparación con lo que habían conocido en el Sur Profundo, pero no fueron suficientes como para compensar el desencanto de encontrarse relegados a los guetos y sometidos todavía a la discriminación por todos lados.

El movimiento negro, tal como era en ese entonces, apoyó patrióticamente a la Primera Guerra Mundial “para hacer el mundo seguro para la democracia”; y 400 mil negros sirvieron en las fuerzas armadas. Regresaron a casa buscando un poquito de democracia para sí mismos como recompensa, pero no encontraron gran cosa en ningún lado. Su nuevo espíritu de autoafirmación fue respondido con cada vez más linchamientos y una serie de disturbios raciales a lo largo del país, tanto en el norte como en el sur.

Todo esto en conjunto -las esperanzas y las decepciones, el nuevo espíritu de autoafirmación y las represalias bestiales- contribuyó al surgimiento de un nuevo movimiento negro en vías de formación. Rompiendo así tajantemente con la tradición de Booker T. Washington de acomodación a una posición de inferioridad en el mundo del hombre blanco, una nueva generación de negros empezó a impulsar su reclamo por la igualdad.

  

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Lo que el nuevo movimiento emergente de los negros estadounidenses -una minoría de diez por ciento [de la población de Estados Unidos]- más necesitaba, y de lo que carecía casi por completo, era apoyo efectivo dentro de la comunidad blanca en general y dentro del movimiento obrero, su aliado necesario, en particular. El Partido Comunista, defendiendo agresivamente la causa de los negros llamando por una alianza del pueblo negro y el movimiento obrero combativo, entró en la nueva situación como un agente catalizador en el momento preciso.

Fue el Partido Comunista, y ningún otro, el que convirtió a los casos de Herndon y Scottsboro en cuestiones de resonancia nacional y mundial y que puso a las turbas de linchamiento legal de los “Dixiecrats” [políticos racistas del Partido Demócrata en el Sur de los EE.UU.] a la defensiva, por primera vez desde el derrumbe de la Reconstrucción. Los activistas del partido dirigían las luchas y las manifestaciones para conseguir consideración justa para los negros desempleados en las oficinas de socorro, y para colocar nuevamente en sus departamentos vacíos los muebles de los negros echados a la calle por orden de desalojo. Fue el Partido Comunista el que en forma demostrativa presentó a un negro como candidato a vicepresidente en 1932, algo que ningún otro partido radical o socialista jamás había contemplado.

Por medio de tales acciones y agitación, y otras similares, en los años 30, el partido sacudió a todos los círculos más o menos liberales y progresistas de la mayoría blanca, y empezó a efectuar un cambio radical en la actitud sobre la cuestión negra. Al mismo tiempo, el partido se convirtió en un verdadero factor entre los negros, quienes avanzaron además en su condición y confianza en sí mismos; en parte como resultado de la agresiva agitación del Partido Comunista sobre la cuestión.

No se puede descartar estos hechos diciendo: los comunistas actuaron así porque tenían un interés creado. Toda agitación a favor de los derechos de los negros favorece al movimiento negro; y la agitación de los comunistas fue mucho más enérgica y eficaz que cualquier otra en ese entonc

Estos nuevos acontecimientos parecen contener un sesgo contradictorio, el cual, que yo sepa, jamás ha sido confrontado o explicado. La expansión de la influencia comunista dentro del movimiento negro durante los años 30 ocurrió a pesar del hecho de que una de las nuevas consignas impuestas sobre el partido por la Comintern nunca pareció adecuarse a la situación real. Esta fue la consigna de la “autodeterminación”, sobre la que se hizo el mayor alboroto y se escribieron muchas tesis y resoluciones, siendo inclusive pregonada como la consigna principal. La consigna de la “autodeterminación” encontró poca o ninguna aceptación en la comunidad negra. Después del colapso del movimiento separatista dirigido por Garvey, su tendencia fue principalmente hacia la integración racial con igualdad de derechos.

En la práctica el PC brincó encima de esta contradicción. Cuando el partido adoptó la consigna de la “autodeterminación”, no abandonó su agresiva agitación a favor de la igualdad y los derechos de los negros en todos los frentes. Al contrario, intensificó y extendió esta agitación. Eso era lo que los negros deseaban oír, y es lo que marcó la diferencia. La agitación y acción del PC bajo esta última consigna fue lo que produjo resultados, sin la ayuda -y probablemente a pesar- de la impopular consigna de la “autodeterminación” y todas las tesis escritas para justificarla. 

  

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Durante el “Tercer Período” de ultrarradicalismo, los comunistas convertidos en estalinistas llevaron a cabo su actividad entre los negros con toda la deshonesta demagogia, exageraciones y distorsiones que les son propias y de las cuales son inseparables. Sin embargo, a pesar de esto, el llamado principal en torno a la igualdad de derechos se abrió paso y encontró eco en la comunidad negra. Por primera vez desde la época de los abolicionistas, los negros veían a un grupo agresivo, dinámico y combativo de gente blanca que defendía su causa. Esta vez no fueron unos cuantos filántropos y pálidos liberales, sino los tenaces estalinistas de los años 30, que estaban a la cabeza de un movimiento radical de gran alcance que, generado por la depresión, estaba en ascenso. Había una energía en sus esfuerzos en esos días y ésta fue sentida en muchas esferas de la vida estadounidense.

La respuesta inicial de muchos negros fue favorable; y la reputación del partido como una organización revolucionaria identificada con la Unión Soviética era probablemente más una ayuda que un obstáculo. La capa superior de los negros, buscando respetabilidad, tendía a distanciarse de todo lo radical; pero las bases, los más pobres entre los pobres que no tenían nada que perder, no tenían miedo. El partido reclutó a miles de miembros negros en la década de los 30 y se convirtió, por un tiempo, en una fuerza real dentro de la comunidad negra. La causa principal de esto era su política sobre la cuestión de la igualdad de derechos, su actitud general -la cual habían aprendido de los rusos- y su actividad en torno a la nueva línea.

  

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En los años 30, la influencia y la acción del Partido Comunista no se restringían a la cuestión de los “derechos civiles” en general. También funcionaban poderosamente por darle nueva forma al movimiento obrero y auxiliar a los obreros negros a conseguir en éste el lugar que anteriormente les había sido negado. Los obreros negros mismos, quienes habían aportado lo suyo en las grandes luchas para crear los nuevos sindicatos, presionaban a favor de sus propias reivindicaciones más agresivamente que en ningún período anterior. Pero necesitaban ayuda, necesitaban aliados.

Los activistas del Partido Comunista empezaron a desempeñar este papel al punto crítico en los días formativos de los nuevos sindicatos. La política y la agitación del Partido Comunista en este período hicieron más, diez veces más, que cualquiera otra fuerza para ayudar a los obreros negros a asumir un nuevo status de, por lo menos, semiciudadanía dentro del nuevo movimiento obrero creado en la década de los 30 bajo la bandera del CIO [Congreso de Organizaciones Industriales].

  

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Se suele atribuir el progreso del movimiento negro, y el cambio de la opinión pública a favor de sus demandas, a los cambios producidos por la Primera Guerra Mundial. Pero el resultado más importante de la Primera Guerra Mundial, el acontecimiento que cambió todo, incluyendo las perspectivas para los negros estadounidenses, fue la Revolución Rusa. La influencia de Lenin y la Revolución Rusa -aun degradada y distorsionada como lo fue posteriormente por Stalin, y después filtrada a través de las actividades del Partido Comunista en Estados Unidos- contribuyó más que ninguna otra influencia de cualquier fuente al reconocimiento, y la aceptación más o menos general, de la cuestión negra como un problema especial de la sociedad estadounidense; un problema que no puede ser incluido simplemente bajo el encabezado general del conflicto entre capital y trabajo, como hacía el movimiento radical precomunista.

Se añade algo, pero no mucho, al decir que el Partido Socialista, los liberales y los dirigentes sindicales más o menos progresistas aceptaron la nueva definición y otorgaron algún apoyo a las demandas de los negros. Eso es exactamente lo que hicieron; la aceptaron. No tenían ninguna teoría ni política independientes desarrolladas por ellos mismos; ¿de dónde iban a sacarlas? ¿De sus propias cabezas? Difícilmente. Todos iban a la zaga del PC sobre esta cuestión en los años 30.

Los trotskistas y otros grupos radicales disidentes -que también habían aprendido de los rusos- contribuyeron lo que pudieron a la lucha por los derechos de los negros; pero los estalinistas, dominando el movimiento radical, dominaban también los nuevos sucesos en el terreno de la cuestión negra.

  

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Todo lo nuevo sobre la cuestión negra vino de Moscú, después de que empezó a retumbar a lo largo del mundo la exigencia de la Revolución Rusa por la libertad y la igualdad para todas las minorías nacionales, todos los pueblos sojuzgados y todas las razas, para todos los despreciados y rechazados de la tierra. Este trueno sigue retumbando, más fuerte que nunca, como atestiguan los encabezados diarios de los periódicos.

Los comunistas estadounidenses respondieron primero, y más enfáticamente, a la nueva doctrina que venía de Rusia. Pero el pueblo negro, y sectores significativos de la sociedad blanca estadounidense, respondieron indirectamente, y siguen respondiendo, lo reconozcan o no.

Los actuales líderes oficiales del movimiento por los “derechos civiles” de los negros estadounidenses, bastante sorprendidos ante la creciente combatividad del movimiento y el apoyo que está consiguiendo en la población blanca del país, apenas sospechan cuánto debe el ascendente movimiento a la Revolución Rusa que todos patrióticamente rechazan.

El reverendo Martin Luther King sí señaló, al tiempo de la batalla del boicot de Montgomery, que su movimiento formaba parte de la lucha mundial de los pueblos de color por la independencia y la igualdad. Debería haber agregado que las revoluciones coloniales, que efectivamente son un poderoso aliado del movimiento negro en Estados Unidos, obtuvieron su impulso inicial de la Revolución Rusa, y son estimuladas y fortalecidas día tras día por la continuada existencia de esta revolución en la forma de la Unión Soviética y la nueva China, la cual el imperialismo blanco súbitamente “perdió”.

Indirectamente, pero por ello más convincentemente, los más rabiosos antisoviéticos, entre ellos los políticos liberales y los dirigentes sindicales oficiales, atestiguan esto cuando dicen: el escándalo de Little Rock y cosas parecidas no deberían ocurrir, porque ayudan a la propaganda comunista entre los pueblos coloniales de piel morena. Su temor a la “propaganda comunista”, como el temor de dios en otras personas, los hace virtuosos.

Ahora resulta convencional que los líderes sindicales y los liberales -en el norte- simpaticen con la lucha de los negros por unos cuantos derechos elementales como seres humanos. Es lo que Se Debe Hacer, la seña de la inteligencia civilizada. Hasta los ex radicales convertidos en una especie de “liberales” anticomunistas -una especie muy miserable- son ahora orgullosamente “correctos” en su apoyo formal a los “derechos civiles” y en su oposición a la segregación de los negros y otras formas de discriminación. Pero, ¿cómo llegaron a ser así?

A los liberales actuales jamás se les ocurre preguntarse por qué a sus similares de una generación anterior -salvo algunas notables excepciones individuales- no se les ocurrió esta nueva y más ilustrada actitud hacia los negros antes de que Lenin y la Revolución Rusa pusieran patas arriba a la vieja, bien establecida y complacientemente aceptada doctrina de que las razas debían ser “separadas pero desiguales”. Los liberales y dirigentes sindicales anticomunistas estadounidenses no lo saben, pero algo de la influencia rusa que odian y temen tanto se les ha pegado.

  

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Por supuesto, como todo el mundo sabe, a la larga los estalinistas estadounidenses estropearon la cuestión negra así como estropearon todas las demás cuestiones. Traicionaron la lucha por los derechos de los negros durante la Segunda Guerra Mundial -en servicio de la política exterior de Stalin- del mismo modo, y por la misma razón fundamental, que traicionaron a los obreros huelguistas estadounidenses y aplaudieron a la fiscalía cuando por primera vez se utilizó la Ley Smith, en el juicio en Minneapolis.

Ahora todo el mundo lo sabe. Al fin se cosechó lo que se había sembrado, y los estalinistas mismos se han visto obligados a confesar públicamente algunas de sus traiciones y acciones vergonzosas. Pero nada, ni el profesado arrepentimiento por crímenes inocultables, ni los alardes sobre virtudes pasadas que otros están poco dispuestos a recordar, parecen servirles de algo. El Partido Comunista, o mejor dicho lo que queda de éste, está tan desprestigiado y despreciado que hoy se le reconoce poco o nada de su trabajo en cuanto a los negros durante esos años anteriores; cuando tuvo consecuencias de largo alcance que, en su mayor parte, fueron progresistas.

No es mi deber ni mi propósito prestarles ayuda. El único objetivo de esta reseña abreviada es aclarar algunos hechos acerca de la primera época del comunismo estadounidense, para el beneficio de estudiantes inquisitivos de una nueva generación que deseen conocer la verdad íntegra, sin temor ni favor, y aprender algo de ella.

La nueva política sobre la cuestión negra, aprendida de los rusos durante los primeros diez años del comunismo estadounidense, dio al Partido Comunista la capacidad de avanzar la causa del pueblo negro en los años 30, y de extender su propia influencia entre los negros en una escala que nunca había sido alcanzada por ningún movimiento radical previo. Estos son hechos históricos; no sólo de la historia del comunismo estadounidense, sino también de la historia de la lucha por la emancipación de los negros.

  

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Para aquéllos que miran hacia el futuro, estos hechos son importantes, una anticipación de las cosas por venir. Por medio de su actividad combativa durante los años anteriores, los estalinistas dieron un gran ímpetu al nuevo movimiento negro. Posteriormente, su traición a la causa de los negros durante la Segunda Guerra Mundial preparó el camino para los gradualistas proponentes del avance a paso de tortuga que han sido los dirigentes incontestados del movimiento desde ese entonces.

La política del gradualismo, de prometer liberar al negro dentro del marco del sistema social que lo subordina y lo degrada, no está dando resultado. No trata la raíz del problema. Grandes son las aspiraciones del pueblo negro y grandes también las energías y emociones expendidas en su lucha. Pero las conquistas concretas de su lucha hasta la fecha son lastimosamente escasas. Han avanzado unas cuantas pulgadas, pero la meta de la verdadera igualdad se encuentra a millas y millas de distancia.

El derecho a ocupar un asiento vacío en un autobús; la integración simbólica de un puñado de niños negros en unas cuantas escuelas públicas; algunos puestos accesibles para individuos negros en la administración pública y algunas profesiones; derechos de empleo justo en papel, pero no en la práctica; el derecho a la igualdad, formal y legalmente reconocido pero negado en la práctica a cada momento; éste es el estado de cosas en la actualidad, 96 años después de la Proclamación de la Emancipación.

Ha habido un gran cambio en la perspectiva y las demandas del movimiento de los negros desde la época de Booker T. Washington, pero ningún cambio fundamental en su situación real. El crecimiento de esta contradicción está llevando a un nuevo estallido y un nuevo cambio de política y dirigencia. En la próxima etapa de su desarrollo, el movimiento negro estadounidense se verá obligado a orientarse hacia una política más combativa que la del gradualismo y a buscar aliados más confiables que los políticos capitalistas del norte que se encuentran coludidos con los dixiecrats del sur. Los negros, más que nadie en este país, tienen derecho y razón para ser revolucionarios.

Un partido obrero honesto de la nueva generación reconocerá este potencial revolucionario de la lucha negra, y llamará por una alianza combativa del pueblo negro y el movimiento obrero en una lucha revolucionaria común contra este sistema social imperante.

Las reformas y las concesiones, mucho más importantes y significativas que las obtenidas hasta ahora, se derivarán de esta alianza revolucionaria. En cada fase de la lucha se luchará a favor de ellas y se las logrará. Pero el nuevo movimiento no se detendrá con las reformas, ni estará satisfecho con las concesiones. El movimiento del pueblo negro y el movimiento obrero combativo, unificados y coordinados por un partido revolucionario, resolverá la cuestión de los negros de la única manera que puede ser resuelta: mediante una revolución social.

Los primeros esfuerzos del Partido Comunista a este respecto, durante la generación pasada, serán reconocidos y asimilados. Ni siquiera la experiencia de la traición estalinista será desperdiciada. El recuerdo de esta traición será una de las razones por las que los estalinistas no serán los dirigentes la próxima vez.

 

Los Angeles,
8 de mayo de 1959.

 

Recomposición, sociedad y malestar.

por Patricio Quiroga//

En un mundo en crisis las ideas de la izquierda también entraron en crisis. Durante años, los sucesivos embates de la ortodoxia (m-l), del eurocomunismo, del posmodernismo, y otros, descalabraron la teoría crítica. Así, en Chile, independientemente de su pertinencia, desaparecieron como instrumentos de análisis social, el marxismo, la teoría de la dependencia, la propuesta de la CEPAL, el nacionalismo de izquierda y la teología de la liberación. Seguir leyendo Recomposición, sociedad y malestar.

Alemania de nuevo: Der Spiegel exige un gobernante fuerte

por Wolfgang Weber//

La revista de noticias alemana, Der Spiegel, dedicó toda su edición del 29 de julio al tema: “El estado de la nación”. Según lo indica el editorial, el enfoque es: “¿Cómo viven y piensan los alemanes?”. Pero lo que los lectores encuentran son, sobre todo, los pensamientos políticos de los editores de la revista más influyente de Alemania.

La edición se publica en una edición especial con seis cubiertas distintas. Cada una muestra una caricatura de la canciller alemana, Angela Merkel. Mientras que cinco la presentan en los colores de la bandera alemana, como un ayudante narcisista de refugiados, ignorando la “agresión del oso ruso” o de forma ingenua y autosatisfecha, una portada de las portadas es diferente. Merkel sale disparando con toda su fuerza un balón de fútbol en la cara del presidente estadounidense, Donald Trump. El mensaje es claro: Merkel no es así, pero los editores de Spiegel anhelan un canciller como tal, lleno de brutal agresividad.

Ante el odio generalizado que existe hacia Trump y sus políticas reaccionarias, esperan que esta provocación obtenga fácilmente la aprobación de sus lectores más superficiales. Pero nadie debería ser engañado: Der Spiegel no se está movilizando en contra de las políticas reaccionarias y brutales de Trump, sino a favor de un gobierno alemán que actúe de una manera igualmente brutal y reaccionaria, tanto hacia el exterior contra Estados Unidos como hacia el interior contra su propia población.

De esto se trata el número de Der Spiegel. Alemania debe ser sacudida de su sueño por un gobierno de acción, con una policía y un ejército expandidos, y liberada de los “grilletes políticos y mentales de la posguerra” —este es el tema central de los tres artículos principales—.

El primero es un artículo de cinco páginas sobre el estado supuestamente miserable de la policía en la capital de Berlín, escrito en un tono sensacionalista típico de la propaganda reaccionaria y el lenguaje cataclísmico de la extrema derecha, indica que la policía tiene “los salarios más bajos de Alemania, probablemente es el peor equipado, con precintos garantizados de mala calidad y una carga laboral sin fin”.

Al igual que con la acumulación de la policía, una renovación gigantesca al ejército también se presenta como una necesidad irrefutable, “sin alternativa alguna”. En el ensayo titulado “El examen final—por qué es que Alemania debe abandonar su moderación militar y dirigir por fin—”, la comentarista estadounidense Anne Applebaum, cuyo esposo es Radosław Sikorski, excanciller de Polonia, describe las tareas futuras en política exterior. Alemania debe estar preparada para el retiro total de EE. UU. de Europa, debe tomar la iniciativa en la lucha contra el llamado “ciberterrorismo” y “seguir una línea dura” militarmente, especialmente hacia Rusia.

“A Alemania le falta el poder militar y por lo tanto el poder para afirmar su política exterior”, escribe Applebaum. En Oriente Medio y África, los alemanes podrían hablar de paz y “hablar del futuro … pero no pueden hacer nada”. En lugar de presionar por la necesaria acumulación militar de Alemania, continúa, el ministro de Relaciones Exteriores, Sigmar Gabriel, supuestamente se distanció del tema por consideraciones electorales y “convirtió los gastos alemanes en defensa en una cuestión de campaña”, algo “extraordinariamente irresponsable”, desde el punto de vista de la autora, “considerando el mal estado de la Bundeswehr (el ejército alemán)”.

Por lo tanto, su mensaje principal está relacionado con la política interna: los alemanes deben “cambiar su forma de pensar”.

“Quien quiera mantener lo que ha logrado debe cambiar”, argumenta. “La irresolución alemana en buscar o no una confrontación” era históricamente comprensible, pero ya no es apropiada para hoy. Creer en soluciones no violentas es ciertamente honorable, pero políticamente ingenuo. Alemania no podría sobrevivir de esa manera.

El autor Dirk Kurbjuweit hace el mismo diagnóstico e incluso ofrece una terapia: ¡Alemania necesita a un hombre que gobierne con fuerza como Trump! Su artículo “El milagro político” es quizás el más significativo en esta edición de Spiegel. Está subtitulado: “Por qué es que no hay un Trump entre nosotros. Y por qué eso no es del todo lo mejor”. Dicho de forma clara: ¡un canciller que sea como Trump también tendría sus lados buenos!

Pero el autor no habla así de claro por no ser oportuno: “, hay que rechazar casi todo lo que es, pero él fue posible porque EE. UU. puede desarrollar un poder inmenso, tanto positivo como negativo”. Además: “En este sentido, Alemania no puede mantenerle la competencia”. ¡Pero tiene que hacerlo si quiere estar lista para el futuro! De esta forma, el artículo de Kurbjuweit persigue esta tortuosa argumentación de sí… pero.

¿De cuáles fuerzas y cualidades que definen la “compostura política” de EE. UU. y que produjeron a Trump habla el autor de Spiegel? “La megalomanía, el espíritu de redención, el quebrantamiento de los tabúes”, “la economía de apostadores en bienes raíces y especulación financiera”, “hacer negocios de una manera repudiable e incluso brutal”, y “una concepción de la realidad influenciada por Hollywood”.

Hace falta todo eso en Alemania, y es algo malo. Según Kurbjuweit, mientras que el aburrimiento (de Alemania) tiene su lado positivo, también lo tienen estas características. Después de todo, formaron Silicon Valley y están detrás del éxito de empresas que han “conquistado el mundo como Facebook, Apple, Google, Amazon y Tesla”.

“Conquistar el mundo” con la ayuda de “inmensos poderes” como la megalomanía, el espíritu redentor, la criminalidad y la brutalidad tanto en los negocios como en la política —eso es lo que se requiere, según Kurbjuweit, para que Alemania “se mantenga en competencia”—.

Pero, para comenzar, ¿cuáles son los obstáculos que impiden que Alemania no lo esté haciendo? A juicio de los historiadores, y como el mismo Kurbjuweit sugiere, el último político alemán que implementó todas estas grandiosas características fue Adolfo Hitler. El autor de Spiegel considera que éste es el problema: La supuesta falta de estas cualidades “no está en el ADN de este país”, sino que está enraizada en la derrota militar del Tercer Reich y en la historia de la posguerra.

Su diagnóstico indica que, después de 1945, Alemania …

… es establecida, no como una entidad independiente, sino como parte de una unidad más grande, como un apéndice de EE.UU., como miembro de la OTAN, como parte de Europa. Fue protegida, impulsada y controlada por alianzas. Estuvo demasiado quebrada para el egoísmo, para la megalomanía. Estuvo y todavía está perfectamente dispuesta a llegar a acuerdos con otros, encontrar compromisos y entender los intereses de Europa en general como los suyos. Alemania ante todo no es un lema para Alemania.

Se refiere a una política de acomodación interna, de pequeños y cautelosos pasos, una política exterior considerada y de compromisos, en resumen, ¡la política del aburrimiento! Bajo las condiciones de la Guerra Fría y de los últimos 25 años, Alemania pudo haber ganado influencia, poder y admiración, “sólo 72 años después de que terminara la guerra … qué milagro político”.

Pero Kurbjuweit no ha tomado su pluma para celebrar este “milagro político”, sino para declararlo obsoleto y no muy satisfactorio:

No es apropiado, regocijarnos en la comodidad de no tener a este estúpido de Trump, sino a la firme Merkel. El milagro político es de hecho algo encantador por el momento, pero esta tierra del aburrimiento feliz no está particularmente bien equipada para el futuro.

Los “grilletes del pasado” deben ser destruidos. Haber aceptado los viejos grilletes y tabúes tuvo un efecto paralizante, impidió “la oscilación del péndulo” entre los extremos liberadores, y si se sigue la lógica implícita de los argumentos de Kurbjuweit, estos son los extremos del radicalismo de derecha:

La oscilación del péndulo no es un recorrido alemán. El gran tabú alemán corresponde enteramente a cualquier cosa que se asemeje a los nazis, algo ampliamente aceptado. Este tabú mantiene la polaridad pequeña. Córrete un poco demasiado a la derecha, y ya eres casi un nazi, y estando cerca de los nazis y ya está. Estás perdido.

Hace por lo menos tres años, Kurbjuweit ya había intentado romper el “gran tabú alemán”. En su notorio artículo, “El cambio del pasado”, planteó el caso de alterar la evaluación de Hitler y los crímenes del nacionalsocialismo que se hizo en la posguerra. Citó al profesor de la Universidad de Humboldt, Jörg Baberowski, quien dijo: “Hitler no era un psicópata. No era vicioso. No quería que la gente hablara del exterminio de los judíos en su mesa”.

Basándose en Baberowski, Kurbjuweit también intentó rehabilitar al revisionista histórico, Ernst Nolte, quien justificó al nacionalsocialismo como una reacción defensiva comprensible ante una expansión de la Revolución de Octubre, un argumento que valió su derrota en “la disputa de los historiadores” en los años ochenta. Kurbjuweit citó de nuevo a Baberowski, quien dijo: “A Nolte le hicieron una injusticia. Históricamente hablando, él tenía razón”.

Kurbjuweit le estaba proporcionando así una palanca ideológica para la “nueva política exterior” que estaba siendo anunciada al mismo tiempo. El retorno de Alemania al militarismo y su resurgimiento como una gran potencia militar exigen una reinterpretación de la historia del imperialismo alemán —de ambas guerras mundiales y, sobre todo, de Hitler—.

Pero Kurbjuweit y Baberowski se encontraron con una oposición. El Partido Socialista por la Igualdad de Alemania (SGP, por sus siglas en alemán) y los Jóvenes y Estudiantes Internacionales por la Igualdad Social (JEIIS) atacaron públicamente los intentos para restarle importancia a Hitler y otras declaraciones ultraderechistas de Baberowski, advirtiendo en artículos, folletos y reuniones públicas acerca del regreso del militarismo alemán. Esto produjo una gran respuesta entre estudiantes y trabajadores por igual.

Luego, se escuchó un fuerte clamor y lamento en los medios de comunicación —Baberowski está siendo intimidado, calumniado y privado de su libertad de expresión—. El mismo Baberowski llevó un caso a la corte para prohibir legalmente que los representantes estudiantiles de Bremen lo llamaran un extremista de la derecha y un racista, pero sufrió una clara derrota.

Kurbjuweit alude a esto, sin decir nombres, cuando escribe: “En algunas universidades ya existe una tendencia que se acerca al ambiente estadounidense. Pero, se trata de pequeñas minorías que pueden, sin embargo, arruinar la vida de un profesor”.

Ahora, Der Spiegel está lanzando una nueva ofensiva para romper el “gran tabú alemán”. A través de su edición sobre el estado de la nación, está llamando inequívoca y enfáticamente a superar una vez por todas los obstáculos políticos internos que siempre bloquean el camino adelante: las políticas centristas, de compromisos, de pequeños pasos, de deferencia —¡el legado nacional de la derrota de 1945!—.

Con toda modestia, Kurbjuweit señala que las características repulsivas y reaccionarias de Hitler y Trump, “como todo lo malo en el mundo”, también tienen su lado bueno: ¡sólo un canciller con estas características podría por fin hacer despertar a Alemania!

En primera instancia, el apoyo vendrá del SPD. Su candidato para canciller, Martin Schulz, comparte esa opinión. En una entrevista con Spiegel Online, acusó a Merkel de descuidar su deber y prometió que Trump sería su modelo a seguir: “Los hombres como Trump necesitan lo mismo que difunden: declaraciones claras. Yo lo enfrentaría de la manera más clara y explícita posible. Un jefe de gobierno alemán no sólo tiene el derecho de hacer esto, sino también el deber”.

En su política de refugiados y de rearme interno, el SPD también se ha orientado cada vez más hacia Trump y, a través de lemas derechistas, ha estado compitiendo por los votantes del partido ultraderechista Alternativa para Alemania

No es casualidad que, aparte del SGP y JEIIS, prácticamente nadie se ha pronunciado en contra de los esfuerzos de Baberowski y Kurbjuweit para reescribir la historia y minimizar los crímenes de los nazis. Hoy, el SGP es el único partido en las elecciones parlamentarias federales con un programa contra la política de las grandes potencias y el militarismo.

Un cuento de Philip K. Dick: El Impostor

– Uno de estos días voy a tomarme tiempo – dijo Spence Olham en el desayuno. Miró a su mujer -. Creo que me he ganado un descanso. Diez años es mucho tiempo.

– ¿Y el Proyecto?

– La guerra será ganada sin mí. Esta bola de arcilla nuestra no está realmente en mucho peligro. – Olham se sentó a la mesa y encendió un pitillo -.

Las máquinas de noticias alteran losdespachos para hacer aparecer que los Extraespaciales están sobre nosotros. ¿Sabes cómo me gustaría pasar mis vacaciones? Me gustaría hacer una excursión de camping a estas montañas en las afueras de la ciudad, donde fuimos aquella vez. ¿Recuerdas? Yo cogí zumaque venenoso y tú casi pisaste una culebra.

– El Bosque Sutton – Mary comenzó a retirar los platos -. El Bosque se incendió hace unas semanas. Creí que lo sabías. Alguna especie de rayo.

Olham se combó.

– ¿Y no intentaron nunca hallar la causa? – Se contrajeron sus labios -. A nadie le importa ya nada. Todo en lo que pueden pensar es en la guerra.

Apretó las mandíbulas, representándose todo el cuadro en su mente, los Extraespaciales, la guerra, las naves-aguja

– ¿Cómo podríamos pensar en otra cosa cualquiera?

Olham asintió. Ella tenía razón, desde luego. Las pequeñas naves negras de AlphaCentauri habían desviado fácilmente a los cruceros de Tierra, dejándolos como indefensas tortugas. Habían sido combates unidireccionales, todos en dirección a la Tierra.

Todos hacia allí hasta que fue demostrada la ampolla protectora de los «Laboratorios Westinghouse». Tendida en torno a las principales ciudades, y finalmente al propio planeta, la ampolla era la primera defensa real, la primera respuesta legítima a los Extraespaciales…como los etiquetaron las máquinas de noticias.

Pero ganar la guerra era ya otra cosa. Cada laboratorio, cada proyecto estaba trabajando noche y día, interminablemente, para encontrar algo mejor: un arma de combate positivo.

Su propio proyecto, por ejemplo. Durante todo el día, año tras año.

Olham se puso en pie, dejando a un lado su pitillo.

– Como la espada de Damocles – dijo -. Siempre pendiente sobre nosotros. Me estoy cansando. Todo lo que deseo es tomar un largo descanso. Pero supongo que todo el mundo siente lo mismo.

Cogió la chaqueta del perchero y salió al porche. En cualquier momento aparecería el rápido microvehículo que le transportaría al Proyecto.

– Espero que Nelson no se retrase – dijo mirando su reloj -. Son casi las siete.

– Aquí llega ya el micro – dijo Mary, ojeando entre las hileras de casas. El sol brillaba tras los tejados, reflejándose contra las gruesas planchas de plomo. La colonia estaba tranquila; sólo unas pocas personas parecían afanarse -. Hasta luego. Trata de no excederte en el trabajo, Spence.

 

Olham abrió la portezuela del vehículo y se deslizó en su interior, recostándose en su asiento con un suspiro… Había un hombre mayor con Nelson.

– ¿Y bien? – preguntó Olham -. ¿Algunas noticias interesantes?

– Lo acostumbrado – respondió Nelson -. Unas cuantas naves extraespaciales alcanzaron a otro asteroide abandonado por razones estratégicas.

– Todo irá bien cuando llevemos el Proyecto a la fase final. Quizá sea sólo la propaganda de las máquinas de noticias, pero en el último mes ya me he aburrido de todo eso. Todo parece tan torvo y serio, una vida tan incolora, tan sin motivo…

– ¿Cree usted que la guerra es en vano? – dijo de pronto el hombre de más edad -. Usted mismo es una parte íntegra de ella.

– Aquí el mayor Peters – anunció Nelson.

Olham y Peters se estrecharon las manos. Olham estudió al otro.

– ¿Qué es lo que le trae tan de mañana? – preguntó -. No recuerdo haberle visto a usted antes en el Proyecto.

 – No, no estoy con el Proyecto – respondió Peters -, pero conozco algo de lo que está usted haciendo. Mi trabajo es completamente diferente.

Una mirada se cruzó entre él y Nelson. Olham la observó y frunció el ceño. El vehículoestaba ganando velocidad, cruzando como una centella el pelado terreno sin vida hacia el distante borde de los edificios del Proyecto.

– ¿En qué se ocupa usted? – preguntó Olham -. ¿O no se le permite hablar de ello?

– Estoy con el Gobierno – respondió Peters -. Con el FSA, el Organismo de Seguridad.

– ¿Ah? – Olham alzó una ceja -. ¿Es que hay en esta región alguna infiltración enemiga?

– En realidad estoy aquí para verle a usted -, señor Olham.

Olham quedó desconcertado. Consideró las palabras de Peters, pero no pudo sacar nada en limpio.

– ¿Para verme a mí? ¿Y por qué?

– Estoy aquí para detenerle como espía del Espacio exterior. Por eso me he levantado tan temprano esta mañana. Atrápale, Nelson…

El arma presionó en el costado de Olham. Las manos de Nelson temblaban de emoción y tenía la cara pálida. Respiró profundamente.

– ¿Hemos de matarlo ahora? – cuchicheó a Peters -. Creo que deberíamos hacerlo. No podemos esperar.

Olham miró fijamente a la cara de su amigo. Abrió la boca para hablar, pero no lesalieron las palabras. Ambos hombres le tenían clavada una mirada torva, rígida de espanto. Olham se sintió mareado. Le dolía y daba vueltas la cabeza.

– No comprendo… – murmuró.

En aquel momento el vehículo dejó el suelo y se elevó en dirección al espacio. Bajo ellos, el Proyecto fue empequeñeciéndose hasta desaparecer. Olham cerró la boca.

– Podemos esperar un poco – dijo Peters -. Quiero hacerle primero algunas preguntas.

Olham lanzó una inexpresiva mirada, al precipitarse el vehículo por el espacio.

– La detención se ha efectuado perfectamente – dijo Peters en el videoteléfono, en cuya

pantalla aparecieron las facciones de jefe de Seguridad -. Un peso quitado de cualquier

mente.

– ¿Alguna complicación?

– Ninguna. Entró en el vehículo sin sospechas. No pareció pensar que mi presencia era

demasiado insólita.

– ¿Dónde se encuentran ahora?

– En camino exterior, justamente dentro de la ampolla protectora. Nos estamos moviendo a velocidad máxima. Puede decirse que ha pasado el período crítico. Me satisface que los propulsores de despegue hayan funcionado debidamente. De haber habido algún fallo en ese momento…

– Déjeme verle – dijo el jefe de Seguridad.

Miró directamente a donde estaba Olham sentado, con las manos en el regazo, y la mirada fija adelante.

– Así que ése es el hombre – dijo mirando a Olham durante unos momentos. Olham no dijo nada. Finalmente, el jefe hizo un gesto de asentimiento a Peters -. Está bien. Ya basta.

– Una débil huella de disgusto arrugó sus facciones -. Ya he visto lo que deseaba. Ha hechousted algo que se recordará durante mucho tiempo. Están preparando alguna especie de citación para ustedes dos.

– No es necesario – dijo Peters.

– ¿Cuánto peligro hay ahora? ¿Existe aún mucha probabilidad de que…?

– Hay alguna probabilidad, pero no demasiada. Desde mi punto de vista, esto requiere una frase clave verbal. En todo caso, hemos de correr el riesgo.

– Notificaré a la base Luna la llegada de ustedes.

– No – Peters meneó la cabeza -. Posaré el vehículo en el exterior, más allá de la base. No quiero que corra ningún riesgo.

– Como desee.

Los ojos del jefe flamearon al mirar de nuevo a Olham. Luego se desvaneció su imagen y la pantalla quedó en blanco.

Olham desvió la mirada a la ventanilla. El vehículo estaba atravesando ahora la ampolla protectora, precipitándose cada vez a mayor velocidad. Peters se apresuraba en la tarea de la apertura total de los propulsores. Tenía miedo, una prisa frenética, a causa de él.

En el asiento de su lado, Nelson se agitaba inquieto

– Creo que deberíamos hacerlo ya – dijo -. Daría cualquier cosa por acabar ya con esto.

– Tranquilízate – dijo Peters -. Conduce todavía para que pueda hablarle.

Se deslizó al lado de Olham, mirándole a la cara. Tendió ahora una mano y le tocó cautelosamente, primero en un brazo y luego en la mejilla.

Olham no dijo nada. Si pudiese hacérselo saber a Mary, pensó de nuevo. Si pudiese hallar algún medio de hacérselo saber… Miró en derredor. ¿Cómo? ¿El videoteléfono?

Nelson estaba junto a él, empuñando el arma. No había nada que pudiese hacer. Estaba cogido, atrapado.

¿Pero por qué?

 

– Escuche – dijo Peters -. Quiero hacerle algunas preguntas. Usted sabe a dónde nos dirigimos. Nos movemos en dirección a Luna. Dentro de una hora alunizaremos en el extremo opuesto, en la parte desolada. Y una vez lo hagamos, usted será entregadoinmediatamente a un equipo de hombres que espera allí. Su cuerpo será destruido enseguida. ¿Lo comprende? – Consultó su reloj -. Dentro de dos horas sus partes serán desperdigadas por el terreno. No quedará nada de usted.

Olham pugnó por salir de su letargo.

– ¿Puede usted decirme…?

– Seguramente, se lo diré – asintió Peters -. Hace dos días recibimos un informe de que una nave del Espacio exterior había penetrado la ampolla protectora. La nave soltó un espía en forma de robot humanoide. El robot debía destruir un ser particular humano y ocupar su lugar… – Peters miró tranquilamente a Olham, y prosiguió -: En el interior del robot había una Bomba-U. Nuestro agente no sabía cómo sería detonada, pero conjeturó que podría realizarse por una determinada frase hablada, o cierto grupo de palabras. El robot viviría la vida de la persona que mataba, asumiendo sus acostumbradas actividades, su trabajo, su vida social. Había sido construido para parecerse a esa persona. Nadie notaría la diferencia.

El rostro de Olham se tornó blanco como la tiza.

– La persona a la que debía personalizar el robot – prosiguió Peters – era Spence Olham, un alto funcionario de uno de los Proyectos de investigación. Y debido a que este proyecto particular estaba aproximándose a su fase crucial, la presencia de una bomba animada moviéndose hacia el centro del mismo…

Olham se miró fijamente las manos. ¡Pero yo soy Olham!

– Una vez el robot hubiese localizado y matado a Olham, era una simple cuestión asumir su vida. El robot fue soltado de la nave posiblemente hace ocho días. La sustitución se realizó durante el último fin de semana, cuando Olham fue a dar un pequeño paseo por los cerros.

– ¡Pero yo soy Olham! – repitió, volviéndose a Nelson sentado ante los controles -. ¿Es que no me reconoces tú? Tú me has conocido durante veinte años. ¿No recuerdas cómo íbamos al colegio juntos? – Se puso en pie -. Tú y yo estuvimos en la Universidad.

Ocupamos la misma habitación. – Se dirigió a Nelson.

– ¡Apártate de mí! – gruñó Nelson.

– Escucha. ¿Recuerdas nuestro segundo año? ¿Recuerdas aquella muchacha? ¿Cómo se llamaba…? – Se frotó la frente -. Aquella del cabello negro. La que conocimos donde Ted

– ¡Calla! – Nelson agitó frenéticamente su arma -. No quiero oír nada más. ¡Tú le mataste! Tú máquina.

Olham le miró fijamente.

– Estás equivocado – dijo -. No sé lo que sucedió, pero el robot no me alcanzó nunca.

Algo debió ir mal. Quizá la nave se estrellara. – Se volvió a Peters -. Yo soy Olham, lo sé.

No se me ha hecho ningún traspaso. Soy el mismo que siempre he sido. – Recorrió su

cuerpo con sus manos -. Debe haber algo para probarlo. Llevadme de nuevo a Tierra. Un

examen de rayos X, un estudio neurológico, algo por el estilo os lo demostrará. O quizá

podamos encontrar la nave estrellada.

Ni Peter ni Nelson hablaron.

– Yo soy Olham – repitió de nuevo -. Sé que lo soy. Pero no puedo demostrarlo.

– El robot – dijo Peters – no se percataría de que no era el verdadero Spence Olham. Se

convertiría en Olham tanto de mente como de cuerpo. Se le habría dado un sistema de

memoria artificial, un falso recuerdo. Tendría su mismo aspecto, sus memorias, sus

pensamientos e intereses, realizaría su trabajo… Pero habría una diferencia. Dentro del

robot habría una Bomba-U, dispuesta a explotar a la frase detonadora – Peters se apartó un

poco -. Ésa es la única diferencia. Por eso es que le estamos llevando a la Luna. Ellos le

desarticularán y quitarán la bomba. Quizás explote, pero no importará, por lo menos allí.

Olham volvió a sentarse, lentamente.

– No tardaremos en llegar – dijo Nelson.

 

Se tendió hacia atrás, pensando frenéticamente, al descender la nave. Bajo ellos estaba la

superficie de la Luna. cubierta de hoyos, la interminable extensión de ruina. ¿Qué podía

hacer él? ¿Qué lo salvaría?

– Prepárese – dijo Peters.

En pocos minutos estaría muerto. Allá abajo podía ver una motita, un edificio de alguna

clase. Había hombres en él, el equipo de demolición, esperando hacerle trizas. Le

descuartizarían, le arrancarían piernas y brazos, le harían pedazos. Y cuando no

encontrasen ninguna bomba, se sorprenderían; lo sabrían entonces, pero sería demasiado

tarde.

Olham miró en torno a la pequeña cabina. Nelson seguía sosteniendo su arma. No había

probabilidad alguna por aquella parte. Si pudiese conseguir un médico, hacer que le

examinasen… era la única manera. Mary podía ayudarle. Los pensamientos corrían

desolados en su cerebro. Sólo quedaban unos cuantos minutos, un brevísimo espacio de

tiempo. Si pudiese entrar en contacto con ella, comunicarse como fuese…

– Tranquilo – dijo Peters. El vehículo descendió lentamente, dando un tope en el áspero

suelo.

– Escuche – dijo con voz estropajosa Olham -. Puedo probar que soy Spence Olham.

Consiga un médico. Tráigalo aquí…

– Allí está la patrulla – apuntó Nelson -. Vienen hacia aquí – lanzó una nerviosa ojeada a

Olham -. Espero que no suceda nada.

– Nos habremos ido antes de que empiecen a actuar – dijo Peters -. Estaremos fuera en

un momento. – Se puso su traje de presión, y tomó el arma de Nelson -. Yo le vigilaré

entretanto – dijo.

Nelson se puso a su vez su traje de presión con torpe apresuramiento.

– ¿Qué hay de él? – Señaló a Olham -. ¿También necesitará uno?

– No – respondió Peters meneando la cabeza -. Los robots probablemente no necesiten

oxígeno.

El grupo de hombres estaban casi junto a la nave. Se detuvieron, esperando. Peters los

señaló.

– ¡Adelante! – Agitó su mano y los hombres se acercaron cautelosamente; envaradas y

grotescas figuras en sus inflados trajes.

– Si se abre la portezuela – dijo Olham -, será mi muerte. Seré asesinado.

– Abrid la portezuela – dijo Nelson, tendiendo la mano al picaporte.

Olham le observó. Vio la mano del hombre apretarse en torno al metal. En un momento,

la portezuela se abriría, saldría expelido el aire del interior, él moriría, y entonces ellos se

percatarían de su error. Quizás en algún otro tiempo, cuando no hubiese guerra, los

hombres no actuarían así, enviando apresuradamente a un individuo a la muerte, porque

tuvieran miedo. Todo el mundo estaba asustado, todo el mundo estaba dispuesto a

sacrificar al individuo debido al miedo del grupo.

Él iba a morir porque ellos no podían esperar a estar seguros de su culpabilidad. No

había tiempo suficiente.

Miró a Nelson. Había sido su amigo durante años. Habían ido a la escuela juntos. Había

sido padrino de su boda. Y ahora Nelson iba a matarle. Pero Nelson no era un malvado; no

era su culpa. Era la época. Seguramente pasó lo mismo durante las plagas. Cuando los

hombres mostraban una lacra, se les mataba también, sin un momento de vacilación, sin

pruebas, por la sola sospecha. En épocas de peligro no había otro medio.

No los reprochaba. Pero tenía que vivir. Su vida era demasiado preciosa para ser

sacrificada. Olham pensó rápidamente. ¿Qué podía hacer? ¿Había algo? Miró en derredor.

– Ya va – dijo Nelson.

– Tienes razón – dijo Olham. El sonido de su propia voz le sorprendió. Era la fuerza de la

desesperación -. No tengo necesidad de aire. Abre la puerta.

Nelson y Peters le miraron con alarmada curiosidad.

– Adelante. Abridla. No supone ninguna diferencia. – La mano de Olham desapareció en

el interior de su zamarra -. Me pregunto hasta dónde podréis correr.

– ¿Correr?

– Tenéis quince segundos de vida. – En el interior de su zamarra se retorcieron sus dedos,

con su brazo súbitamente rígido. Se relajó, sonriendo ligeramente -. Estabais equivocados

sobre la frase de disparo. Sí, estabais equivocados al respecto. Catorce segundos ahora.

Dos rostros impresionados le miraron fijamente desde sus trajes de presión. Luego

pugnaron, se apresuraron, abrieron la portezuela. El aire salió clamoreante, esparciéndose

en el vacío. Peter y Nelson fueron expelidos de la nave. Olham fue tras ellos, pero asiendo

la portezuela tiró de ella cerrándola. El sistema automático de presión produjo un furioso

ruido de escape de gases, restaurando el aire. Olham respiró con un escalofrío.

Un segundo más y…

A través de la ventanilla vio cómo los dos hombres se unían al grupo que se

desperdigaba corriendo en todas direcciones, vio cómo ambos alunizaban, uno tras otro y,

sentado ante el panel de control, reguló los dispositivos de gobierno. Y aún tuvo tiempo,

mientras la nave se enderezaba en el aire, de ver cómo los dos hombres abajo se ponían en

pie y miraban arriba, con las bocas abiertas.

– Lo siento – murmuró Olham -, pero yo he de volver a Tierra.

Y dirigió la nave por donde habían venido.

 

Era de noche. Chirriaban los ensamblajes internos de la nave, perturbando la fría

oscuridad. Olham se inclinó sobre la pantalla del video. Se formó gradualmente la imagen;

la llamada se había efectuado sin dificultad. Lanzó un suspiro de alivio.

– Mary – dijo.

La mujer le miraba.

– ¡Spence! – jadeó -. ¿Dónde estás? ¿Qué ha sucedido?

– No puedo decírtelo. Escucha. He de hablar rápidamente, pues pueden interrumpir esta

llamada en cualquier momento. Ve a las instalaciones del Proyecto y llama al doctor

Chamberlain. En caso de que no se encuentre allí, lleva a casa a otro doctor cualquiera. Haz

que lleve un equipo completo, rayos X fluoroscopio…, en fin, todo.

– Pero…

– Haz lo que te digo. Aprisa. Tenlo dispuesto en una hora. – Olham se inclinó hacia la

pantalla -. ¿Todo va bien? ¿Estás sola?

– ¿Sola?

– ¿Hay alguien contigo? ¿Ha… ha entrado en contacto contigo Nelson o cualquiera?

– No, Spence. No lo comprendo…

– Está bien. Te veré en casa dentro de una hora. Y no le digas nada a nadie. Lleva a

Chamberlain u a otro con cualquier pretexto.

Cortó la comunicación y consultó su reloj. Y poco después abandonaba la nave,

introduciéndose en la oscuridad. Tenía media milla de camino.

Echó a andar.

 

Una luz aparecía en la ventana, la luz del estudio. La contempló, arrodillándose junto a

la valla. No había ningún ruido, tampoco movimientos de ninguna clase. Consultó su reloj

a la luz de las estrellas. Había pasado casi una hora.

Un vehículo atravesó la calle, prosiguiendo su rauda carrera.

Olham miró a la casa. El doctor debía haber llegado ya. Debía estar dentro, esperando

con Mary. Un pensamiento le asaltó. ¿Habría podido abandonar la casa? Quizá la hubieran

interceptado. Quizá fuera a caer en una trampa.

¿Pero qué otra cosa podía hacer?

Con registros, fotografías e informes de un médico, había una probabilidad de demostrar

quién era. Si pudiera ser examinado, si pudiera permanecer con vida el tiempo suficiente

para que lo estudiaran…

Podía probarlo de esa manera. Era probablemente la única forma. Su única esperanza

residía en el interior de la casa. El doctor Chamberlain era un hombre respetado. Era el

médico del personal del Proyecto. Él lo sabría; su palabra en la cuestión pesaría

decisivamente. Podía superar con hechos la histeria, la locura que los dominaba.

Locura… eso era. Si tan sólo quisieran esperar, actuar despacio, tomarse su tiempo. Pero

no podían esperar. Él tenía que morir, morir en seguida, sin pruebas, sin ninguna especie de

juicio o examen. El más simple test lo diría, pero ellos no tenían tiempo ni para esto. Sólo

podían pensar en el peligro. En el peligro, y en nada más.

Se puso en pie y se dirigió hacia la casa. Cuando llegó al porche, hizo una pausa,

escuchando. Ningún ruido todavía. La casa estaba absolutamente silenciosa.

Demasiado en silencio.

Olham permaneció en el porche, inmóvil. Trataban de estar callados en el interior… ¿Por

qué? Era una casa pequeña; a muy poca distancia de la puerta, Mary y el doctor

Chamberlain deberían estar en pie. Sin embargo, él no podía oír nada, ningún ruido o

voces, nada en absoluto. Miró la puerta. Era una puerta que había abierto y cerrado miles

de veces, cada mañana y cada noche.

Puso la mano en el picaporte. Luego, de pronto, apartó la mano y tocó el timbre, que

repicó en alguna parte de la casa. Olham sonrió al oír movimiento.

Mary abrió la puerta. Y tan pronto como la vio se dio cuenta.

Y corrió, precipitándose a los matorrales. Un oficial de Seguridad apartó del camino a

Mary, disparando el paso. Apartando los matorrales, Olham contorneó el costado de la

casa, y dando un brinco corrió desesperadamente en la oscuridad. El haz luminoso de un

foco trazó un círculo a su paso.

Atravesó el camino, franqueó una valla y siguió corriendo por un césped. Le perseguían

hombres, oficiales de Seguridad, gritándose unos a otros mientras se aproximaban. Olham

jadeaba buscando aliento, con restallante vaivén de su pecho.

El rostro de su mujer… lo había adivinado al instante. Los labios contraídos, y los

aterrorizados y lastimeros ojos… ¡Suponiendo que él hubiera seguido adelante, empujado la

puerta y entrado…! Ellos habían registrado su llamada y acudido en seguida. Quizás ella

creyera lo que ellos le habían contado. Sin duda, también pensaba que él era el robot.

 

Olham corrió sin descanso. Estaba despegándose de los oficiales, dejándolos atrás. Al

parecer no eran buenos corredores. Trepó una colina y descendió por el otro lado. En un

momento volvería a estar en la nave. ¿Pero adónde iría esta vez? Se detuvo. Podía ver la

nave, recortada contra el cielo, donde la había aparcado. La instalación del Proyecto estaba

a su espalda; él se encontraba en los lindes de la selva, entre los lugares habitados y donde

comenzaban los bosques y la desolación. Atravesó un erial y se internó en la arboleda. Al

llegar a la nave se abrió la portezuela por donde se asomó Peters, enmarcado contra la luz y

llevando en brazos un arma pesada. Olham se detuvo, rígido. Peters miró en torno, en la

oscuridad.

– Sé donde estás, en algún sitio – dijo -. Ven aquí, Olham. Los hombres de Seguridad te

rodean por todas partes.

Olham no se movió.

– Escúchame. Te atraparemos muy pronto. Al parecer sigues sin creer que no eres el

robot. La llamada a tu mujer indica que te encuentras aún bajo la ilusión creada por tus

memorias artificiales.

»Pero tú eres el robot. Tú eres el robot y en tu interior está la bomba. En cualquier

momento puedes pronunciar la frase detonadora, o quizá la pronuncie cualquier otro. Y

cuándo eso suceda, la bomba lo destruirá todo en muchas millas a la redonda. El Proyecto,

las mujeres, todos nosotros desapareceremos. ¿Lo comprendes?

Olham siguió callado. Estaba a la escucha. Hombres se movían hacia él, deslizándose a

través de los árboles.

– Si no sales – prosiguió Peters -, te atraparemos. Sólo será cuestión de tiempo. No

tratamos ya de trasladarte a la base Luna. Serás destruido a la vista y habremos de correr el

riesgo de que detone la bomba. He dado órdenes a todos los oficiales de Seguridad

disponibles en la zona. Están registrando toda la región, centímetro a centímetro. No hay

ningún lugar donde puedas ir. En torno a este bosque hay un cordón de hombres armados.

Te quedan unas seis horas antes de que el último centímetro sea cubierto.

Olham se apartó de allí y Peters siguió hablando; no le había visto en absoluto, pues

estaba demasiado oscuro. Pero Peters tenía razón. No había lugar adonde pudiera ir. Estaba

más allá de la instalación, en el lindero donde comenzaban los bosques. Podía ocultarse

durante algún tiempo, pero a la larga le atraparían.

Sólo era cuestión de tiempo.

Olham echó a andar a través del bosque. Milla a milla, cada parte de la región se estaba

midiendo, registrando, estudiando, examinando. El cordón se estrechaba cada vez más,

reduciendo el espacio libre.

¿Qué le quedaba? Había perdido la nave, la única esperanza de huida. Ellos estaban en

su casa; su mujer estaba con ellos, creyendo, sin duda, que el verdadero Olham había

muerto. Apretó los puños. Recordó que en algún lugar cercano había una aguja-nave del

Espacio exterior estrellada, y entre sus restos, los del robot. En algún lugar cercano se había

estrellado y destrozado la nave. Se lo habían dicho.

Y en su interior yacía destruido el robot.

Una débil esperanza le agitó. ¿Y si pudiese encontrar los restos? ¿Si pudiese mostrarles,

los restos de la nave, el robot…?

¿Pero dónde? ¿Dónde podía encontrarlo?

Siguió adelante, perdido en pensamientos. En algún lugar, no demasiado lejos,

probablemente. La nave debía haber esperado aterrizar no lejos del Proyecto y el robot

habría esperado hacer a pie el resto del camino. Subió la ladera de una colina y miró en

derredor. Estrellada e incendiada. ¿Había alguna pista, alguna sugerencia? ¿Había leído u

oído algo? Algún lugar cercano, a distancia de marcha… Algún lugar relativo selvático, un

remoto paraje donde no habría gente…

De pronto, Olham sonrió. Estrellada e incendiada…

El bosque Sutton.

Apresuró el paso.

 

Era la mañana. Los rayos de sol se filtraban entre los árboles, hasta el hombre agazapado

en el borde del claro. Olham alzaba la cabeza de cuando en cuando, escuchando. Ellos no

estaban lejos, sólo a cinco minutos. Sonrió.

Allá abajo, desperdigada a través del claro y entre los troncos carbonizados de lo que

había sido el bosque Sutton, había una enmarañada masa de restos. Destellaban a la luz del

sol, y no le había costado mucho encontrarlos. El bosque Sutton era un lugar que él conocía

bien; había recorrido aquellos aledaños muchas veces en su vida, cuando era más joven.

Había sabido dónde encontrar los restos. Un pico emergía de sopetón y así, una nave que

descendía y no estaba familiarizada con el bosque tenía pocas probabilidades de evitarlo.

Ahora, agazapado, miraba a la nave o lo que quedaba de ella…

Olham se puso en pie. Podía oír a sus perseguidores, a poca distancia, juntos, y hablando

bajo. Se puso tenso. Todo dependía de quien le viera primero. Si era Nelson, no tendría

ninguna opción. Nelson dispararía de inmediato. Estaría muerto antes de que ellos vieran

los restos. de la nave. Pero si tuviera tiempo de llamarles la atención, de contenerlos por un

momento… Esto era todo cuanto necesitaba. Una vez vieran la nave, él estaría a salvo.

Pero si disparaban primero…

Crujió una rama carbonizada. Apareció una figura, que avanzaba insegura. Olham

respiró profundamente. Sólo quedaban unos cuantos segundos, quizá los últimos segundos

de su vida. Alzó los brazos, escudriñando intensamente.

Era Peters.

– ¡Peters! – Olham agitó los brazos. Peters alzó su arma, apuntando -. ¡No dispares! –

gritó Olham con voz quebrada -. ¡Espera un momento! ¡Mira cerca de mí, a través del

claro!

– ¡Le he encontrado! – gritó Peters a sus compañeros.

Aparecieron los hombres de Seguridad, surgiendo de la maleza incendiada que los

rodeaba.

– ¡No disparéis! – volvió a gritar Olham -. Mirad cerca de mí! ¡La nave, la nave-aguja!

¡La nave del Espacio! ¡Mirad!

Peters vaciló. El arma penduló.

– ¡Está ahí! – dijo rápidamente Olham -. Sabía que la encontraría aquí. El bosque

incendiado. Ahora me creeréis. Encontraréis los restos del robot en la nave. Mirad,

¿queréis?

– Hay algo allá abajo – dijo uno de los hombres nerviosamente.

– ¡Disparad! – clamó una voz.

Era Nelson.

– Esperad – atajó Peters volviéndose -. Yo estoy al mando. Que nadie dispare. Quizás

esté diciendo la verdad.

– ¡Disparad! – repitió Nelson -. Él mató a Olham. En cualquier momento puede matarnos

a nosotros. Si la bomba explota…

– ¡Cállate! – conminó Peters avanzando hacia el declive -. Fíjate en eso – dijo mirando

abajo. Llamó a dos hombres, haciendo un gesto con la mano para que se acercaran -. Bajad

ahí y ved lo que es eso – les ordenó.

Los hombres bajaron por el declive, a través del claro. Se inclinaron, hurgando en las

ruinas de la nave.

– ¿Qué hay? – gritó Peters.

Olham contuvo la respiración. Sonrió un poco. El robot debía estar allí; no había tenido

tiempo de mirar, pero tenía que estar. Una repentina duda le asaltó. ¿Y suponiendo que el

robot hubiese vivido lo bastante como para ir a otra parte? ¿Y suponiendo que su cuerpo

hubiera quedado completamente destruido, reducido a cenizas por el fuego?

Se pasó la lengua por los labios resecos. El sudor brotó en su frente. Nelson le estaba

mirando fijamente, y con el rostro lívido aún. Su pecho subía y bajaba a impulsos de la

agitación que le dominaba.

– Matadlo – repitió -. Antes de que él nos mate a nosotros.

Los dos hombres se pusieron en pie.

– ¿Qué habéis encontrado? – dijo Peters. Sostenía con firmeza su arma -. ¿Hay algo ahí?

– Parece que sí. Es una nave-aguja, sí. Hay algo junto a ella.

– Voy a verlo – Peters pasó ante Olham, y éste le vio descender por el declive e ir hacia

donde estaban los hombres. Los demás le siguieron, fisgando.

– Hay una especie de cuerpo – dijo Peters -. ¡Miradlo!

 

En el suelo, encorvado y retorcido de forma extraña, había una grotesca figura. Parecía

humana, pero estaba encorvada de una manera muy rara, con los brazos y piernas

disparados en todas direcciones. Tenía la boca abierta, y los ojos vidriosos y fijos.

– Como una máquina desvencijada – murmuró Peters.

– ¿Y bien? – dijo Olham, sonriendo levemente.

Peters le miró.

– No puedo creerlo. Estuvo usted diciendo la verdad todo el tiempo.

– El robot no me alcanzó nunca – dijo Olham. Sacó un pitillo y lo encendió -. Quedó

destruido al estrellarse la nave. Todos ustedes estaban demasiado ocupados con la guerra

para preguntarse por qué un paraje boscoso se había incendiado de repente. Ahora ya lo

saben.

Permaneció fumando y contemplando cómo los hombres arrastraban de la nave los

grotescos restos. El cuerpo estaba tieso y los brazos y piernas rígidos.

– Ahora encontrarán la bomba – dijo Olham.

Los hombres depositaron el cuerpo en el suelo. Peters se inclinó sobre él.

– Creo que veo el escondite del artefacto – dijo.

Tendió una mano tocando el cuerpo.

El pecho del cadáver estaba abierto. Dentro del boquete brillaba algo metálico. Los

hombres lo miraron sin hablar.

– Eso nos hubiese destruido a todos, si hubiese vivido – dijo Peters -. Ese objeto

metálico, ahí.

Hubo un silencio completo.

– Creo que le debemos a usted algo – dijo Peters a Olham -. Esto debió haber sido una

pesadilla para usted. De no haber huido, le hubiésemos…

Se detuvo.

Olham arrojó su pitillo.

– Yo sabía, desde luego, que el robot no había conseguido alcanzarme nunca. Pero no

tenía manera alguna de probarlo. A veces no es posible demostrar debidamente una cosa.

Ese fue todo el trastorno. No había medio alguno de que yo pudiera demostrar que era yo

mismo.

– ¿Qué le parecen unas vacaciones? – dijo Peters -. Creo que podríamos destinarle un

mes. Podría usted serenarse, relajarse del todo.

– Creo que lo que más deseo ahora es irme a casa – dijo Olham.

– Está bien, pues – dijo Peters -. Como prefiera.

Nelson se había agazapado en el suelo, junto al cadáver. Tendió su mano hacia el brillo

del metal visible en el interior del pecho.

– No lo toques – dijo Olham -. Podría estallar aún. Será preferible que intervenga en ello

el equipo de demolición.

Nelson no dijo nada. De súbito asió el metal, metiendo su mano en la cavidad del pecho.

Tiró.

– ¿Qué estás haciendo? – gritó Olham.

Nelson se puso en pie. Estaba sosteniendo el objeto metálico. Su rostro estaba lívido de

terror. Era una navaja metálica, una navaja-aguja del Espacio exterior, cubierta de sangre.

– Esto lo mató – murmuró Nelson -. Mi amigo murió a causa de esto. – Miró a Olham -.

Tú lo mataste con esto y lo dejaste junto a la nave.

Olham estaba temblando. Le castañeteaban los dientes. Miró la navaja del cuerpo.

– Ése no puede ser Olham – dijo. Su mente era un torbellino. ¿Estaba equivocado? Jadeó

-. Pero si ése es Olham, entonces yo debo ser…

No completó la frase. La ráfaga del estallido fue visible en todo el trayecto a Alpha

Centauri.

 

FIN

EEUU: La Casa Blanca y los disturbios fascistas en Charlottesville

por Eric London//

Después de meses de planeación y coordinación deliberadas con la policía, la demonstración nazi “Unite the Right” (“Unamos a la Derecha”) en Charlottesville, Virginia, alcanzó su apogeo mortal el sábado por la tarde cuando un admirador de Hitler de 20 años, oriundo de Ohio, condujo su automóvil contra una multitud de manifestantes opositores, asesinando a la joven de 32 años, Heather Heyer, una partidaria de Bernie Sanders, e hiriendo a 14 personas más. Seguir leyendo EEUU: La Casa Blanca y los disturbios fascistas en Charlottesville

El rey desnudo: el Frente Amplio como cuento infantil

por Miguel Farías//

Hace algunos días se publicaba la noticia que relataba como más de 100 militantes de Revolución Democrática solicitaban hacer todo lo posible para que Alberto Mayol no fuera candidato por el distrito 10, por otro lado, Gonzalo Winter declaraba que Mayol no es el modelo político al que aspiran, Francisco Figueroa profesionalizó el oficio twittero enviando mensajes en contra del ex presidenciable, y Natalia Castillo, acusaba de que la entrada de Mayol a la competencia por el distrito estaba teñida de machismo y elitismo, bajo el relato de una reunión en que el candidato le confirmaba su participación. Todo parece relatar una angustia histérica por la entrada de Mayol en carrera. Pero ¿por qué?

El traje nuevo del emperador, o el rey desnudo, es un cuento que relata como una comunidad termina convenciéndose de un relato ficticio, con la finalidad de no dejar de ser parte de ella. El cuento coincide con la histeria de las cúpulas de RD, los que logran expandir un relato demonizante de Mayol.

Así, la comunidad descrita en el cuento, se plasma en Revolución Democrática, una comunidad enorme –más de 30.000 adherentes-, formada por un pequeño grupo de fieles militantes que conforman cúpulas de poder, y decenas de miles de sostenedores del partido–mediante su firma para la legalización de RD-, los que juntos sueñan con una política renovada, basada en la justicia, pero situación en que solo una parte –las cúpulas- de manera excluyente deciden qué es y que no es este sueño a alcanzar.

¿El relato ficticio? Es el que se fundamenta en lo moral:  RD sugiere ser moralmente superior a cualquier ser que lo circunde. Durante estos días se ha instalado una ola de negatividad sobre la candidatura de Mayol, llegando incluso a naturalizar el veto como una vía correcta, ya que nadie puede osar ensuciar la moral superior de RD y su previa arquitectura electoral en el distrito. ¿A qué arquitectura nos referimos? Giorgio Jackson debería obtener una gran votación, el que deja su subpacto –Jackson,Castillo y Winter- instalado en una nube, a pesar de que se preveen votaciones diminutas para Castillo y Winter. Si todo sale como previsto, Francisco Figueroa, en el subpacto ecologista debería sacar una votación importante, no al nivel de Jackson, pero suficiente para superar con creces a Natalia Castillo y Gonzalo Winter. Esta es la arquitectura que se menciona constantemente. Jugar a que Giorgio Jackson utilice su capital político, ganado principalmente con el pacto por omisión con la Nueva Mayoría hace algunos años, para arrastrar a cualquiera de los mencionados. Acá nadie está jugando a ganar, si no que están jugando a que Giorgio Jackson los haga ganar, lo que contrapuesto a los valores que promueve esta comunidad –principalmente una política renovada- transforma la situación completa en un relato ficticio. La naturalización del veto está en el horizonte, ya que en los últimos días se confirmó que le ceden el cupo del Partito Igualdad al candidato Mayol –cupo que no va en subpacto, por lo que es una derrota casi 100% segura-, mientras, una vez más las cúpulas, votan por prohibir –vetar- el que el Partido Poder ceda su cupo, a pesar de su expresa voluntad. Es en este cupo que la votación de Mayol, muy probablemente, desplace a la todos los mencionados ya posibles arrastrados por Jackson a no obtener un cupo en el parlamento.

Lo increíble de esto no es la estrategia, sino que la naturalización de esta. Mayol entra en terreno con la posibilidad de tener una votación alta, incluso cercana a Jackson, por lo que desecha las posibilidades de entrar por la ventana (como Figueroa), o por la chimenea (Winter y Castillo) al parlamento. Por lo que el sueño a alcanzar, debe ser re-elaborado por parte de las cúpulas de esta gran comunidad

La defensa con garras y dientes de estas entradas al parlamento, los hace capaces de crear relatos ficticios –o al menos imposibles de corroborar- en torno a Mayol, tiñendo su participación de negro, mientras también se refuerza que es un líder necesario (siempre y cuando sea líder en otro lugar). Mitos sobre Mayol como un candidato individualista, siendo que es apoyado por grandes movimientos, como Ukamau y liderazgos como los de Cuevas, o que fue de los principales gestores de la formación del Frente Amplio y posteriormente de sus primarias legales, de manera desinteresada.

Una comunidad dispuesta a todo por sacar a Mayol, convencidos, porque sí, de que sacarlo es lo mejor para la democracia, obviando por lo demás que representa a un tercio de los votantes reales -hasta ahora- del Frente Amplio. Todos seguros de que ir en contra de este relato inventado, los dejará fuera de un movimiento, convencidos de hacer oídos sordos a las justificaciones más que razonables de la participación de Mayol en el Distrito 10. Todos implacables en acusar cualquier error del ex- presidenciable, pero jamás de los otros personajes en cuestión. Todos adulando el traje invisible de un rey que se pasea desnudo por el reino de San Joaquín, La Granja, Macul, Ñuñoa, Providencia y Santiago.

Homofobia y mundo del trabajo

por Laurentino Vélez-Pellegrini//

El Vaticano promulgó el pasado mes de diciembre un documento que prohibe a los homosexuales el ejercicio del sacerdocio, viniendo así a añadir unas cuantas páginas a la larga antología de despropósitos que esta nueva Iglesia preconciliar o mejor dicho, contraconciliar, ha ido predicando desde el advenimiento de la Era Woytila. La Santa Sede es libre de ejercer su poder en el ámbito que le corresponde y los individuos (en especial los creyentes) de asumir sus dictados. Lo preocupante del asunto ya no es el que el mencionado documento formalice una condena moral de un determinado tipo de vida y elección sexual, sino que opere simultáneamente un mecanismo de descalificación, estigmatización y exclusión social de un colectivo, incluidos los miembros de éste que reivindican su pertenencia a la Iglesia. En suma, que decrete la disfuncionalidad social de un ciudadano (que es eso precisamente lo que tampoco deja de ser un sacerdote) sólo por su orientación sexual. Son de imaginar las graves consecuencias del documento si la sociedad en la que vivimos hubiese pertenecido a otras épocas caracterizadas por un mayor dominio de la Iglesia y peso de su influencia política, social y cultural. Afortunadamente la situación ya no es así y la sociedad de nuestro tiempo ha acogido el documento como lo ha hecho: con más o menos indiferencia. Como ha subrayado el politólogo Kerman Calvo (autor por otra parte de una importante investigación sobre la evolución del movimiento gay en España), existe por ejemplo una posición mayoritariamente contraria a la restricción de los derechos civiles de los gays y de las lesbianas, y son ya minoría los que consideran que la homosexualidad pueda ser un pretexto de discriminación para el acceso a la Función Pública, al ejercito o la enseñanza. Si bien una cosa son los posicionamientos políticos (que reflejan un talante liberal) y otra las prácticas sociales (que distan mucho de ser las idóneas). Pese a los avances, los gays y las lesbianas siguen padeciendo sendas y notorias discriminaciones en muchos ámbitos de la vida colectiva que, si ya no obedecen a motivaciones religiosas o a argumentaciones médicopsiquiátricas como ocurría en el pasado, si continúan bebiendo de ciertas representaciones culturales y simbólicas sobre la identidad sexual y la identidad de género y los respectivos roles sociales vinculadas a éstas. El ámbito laboral es un ejemplo elocuente.

Al igual que cualquier otro colectivo, los gays albergan en su seno acentuadas diferencias de estatuto socioprofesional y contrastes de rentas salariales que condicionan sus respectivas capacidades de reacción y autodefensa frente a las discriminaciones homófobas en el mercado laboral y en la vida cotidiana en general. Por otra parte hay que hacer notar que a diferencia del acoso moral o sexual o de la discriminación por motivos de género, las discriminaciones por razones de orientación sexual no gozan de constitucionalización, ni figuran en el Estatuto de los Trabajadores, ni son objeto de una mención implícita y precisa en el actual Código Penal. Eso explica que los actos de afirmación de la diferencia y la tolerancia hacia las minorías sexuales que imperan en determinados círculos profesionales adscritos a categorías sociales muy “ilustradas” choquen con la realidad de otros ámbitos laborales como por ejemplo el de la industria en el que el tema parece complejizarse para muchos gays que desempeñan su actividad profesional en dicho sector.

El mundo industrial, nido de la formación de la identidad y de la conciencia obrera, pero también ámbito en el que las clases populares, en especial, el cabeza de familia, realzaban su resistencia física, su hombría y virilidad sigue circunscrito, a pesar de los cambios sociales y culturales, por toda una serie de pautas, de valores, de símbolos y de ritos vinculados a la identidad masculina. Rascarse los genitales, eructar o expulsar gases en público, hacer gala de voluminosos atributos sexuales debajo del mono de trabajo o del uniforme, recurrir a un vocabulario obsceno, defecarse en el Todopoderoso, poner en duda la honorabilidad de la madre del prójimo, recurrir a la pelea física como el instrumento por excelencia de reglaje y solución de cualquier litigio, mantener propósitos misóginos y machistas o convertir el último partido de football en tema central y favorito de conservación durante los descansos son muchos de los elementos que siguen primando en eso que engloba el llamado “trabajo de hombres”. El sentido del valor y del riesgo (ilustrado por las escalofriantes cifras de siniestralidad laboral) acaban de redondear un mundo que contrasta con el glamoroso universo gay transmitido por los medios de comunicación, que sin embargo forma parte de la vida cotidiana de muchos homosexuales.

Un factor a tener en cuenta es que los actos de discriminación homófoba en estos escalafones de la actividad productiva sólo llegan a ser neutralizados por el actor social a partir del instante en que éste ha conseguido acomodar su comportamiento a roles tradicionalmente vinculados con la masculinidad. Los gays adscritos profesionalmente al sector industrial suelen tener una vida privada y social en la que la propia homosexualidad ha sido plenamente asumida.

Sin embargo no deja de ser cierto que se definen a menudo por un deliberado y hostil distanciamiento respecto a lo que se acostumbra a denominar la “Cultura Gay”, en especial en lo que hace referencia a sus aspectos más folklóricos. La consecuencia es que esta clase de sujetos compatibilicen frecuentemente una homosexualidad practica con una heterosexualidad actitudinal en sus representaciones más arcaicas. Esta “virilización” simbólica suele derivar en una rápida y espontánea integración en un universo laboral masculino en principio hostil que criba a los nuevos llegados según demuestren éstos su capacidad de adaptación a sus reglas y normas. En algunos otros casos estos gays simbólicamente “virilizados” optan a menudo por estrategias de ocultación poniendo a prueba la propia masculinidad ante la mirada del entorno: abrir una zanja en un abrir y cerrar de ojos o alzar sobre un palet una caja de cuarenta kilos sin apenas inmutarse ayudan en despejar sospechas sobre las verdaderas orientaciones sexuales. Inventarse una novia, una vida familiar “tradicional”, una infidelidad o un divorcio son por norma elementos de autoprotección añadidos. Las cenas de fin de semana con los “compañeros”, dominados por los ritos del alcohol y la prueba del prostíbulo son elementos que otorgan carta de legitimidad a la virilidad del sujeto.

Las “contingencias identitarias” entre los propios gays suelen ser frecuentes en estos sectores laborales muy codificados respecto a la identidad de género. En efecto, la afirmación de la hombría por parte de ciertos homosexuales acostumbra a reforzar la situación de discriminación de muchos otros cuya representación de si mismos queda fuera de la simbología masculina. El gay “afeminado” (al menos de que utilice como moneda de cambio un papel de bufón oficial del reino) ve así multiplicadas por mil sus dificultades de integración laboral. Algunas grandes empresas, celosas de su imagen y movidas por una ideología patronal paternalista, se han apresurado por ejemplo en poner en aplicación la reforma del Código Civil votada el año pasado, concediendo el periodo de vacaciones reglamentario a los gays que acaban de formalizar su convivencia en pareja gracias a la reforma. Política que protege de las acusaciones de discriminaciones, aun a pesar de que su actitud sea asimétrica en su trato con los gays “comportamentalmente heteronormativizados” y con los que son portadores de identidades personales codificadas como “no varoniles”. Hay que subrayar a ese respecto la situación dramática de muchos homosexuales contratados a través de las Empresas de Trabajo Temporal, obligados a circular por una buena veintena de plantillas a lo largo del año y atrapados entre las discriminaciones y los acosos morales en las empresas en las que prestan servicio (con la indiferencia de la propia dirección de las mismas) y la precariedad laboral (que desencadena el inmediato despido por “temperamento conflictivo” a partir del momento que el sujeto presenta queja por su situación ante un medioambiente de trabajo hostil). Respecto a esto, craso error cometido por la UGT al querer incluir en la negociación colectiva y en el Estatuto de los Trabajadores el reconocimiento de los derechos de las parejas gays y lesbianas a efectos de las ventajas concedidas por las organizaciones empresariales a las unidades familiares, sin exigir antes una reglamentación básica que impida la existencia de varias varas de medir según esté o no el sujeto integrado en las estructuras culturales y simbólicas dominantes.

A diferencia de los espacios más informales como puedan ser los lugares públicos, la empresa no es un ámbito que facilite la agresión física o verbal directa, debido sobre todo a la aguda reglamentación de su vida colectiva y la transformación de los litigios individuales en sujeto de sanción o rescisión de contrato. Aun así, el universo del trabajo masculino resiste con fuerza a la evolución de la esfera política y no son pocos los gays en el ámbito industrial que ven desfilar delante de ellos y de manera olímpica el progreso de los derechos civiles, sin por ello conseguir hacerse con la antorcha de sus ventajas. Elisabeth Badinter ya ha analizado de qué manera la persistencia de los ideales y las actitudes machistas en ciertos círculos sociales y laborales, aun pesar de los progresos políticos a favor de las mujeres y de los propios homosexuales, reflejan a menudo la crisis de la identidad masculina y en el caso de la homofobia, el miedo hacia la homosexualidad propia de aquellos mismos que exaltan sistemáticamente su hombría. Cuando en American Beauty el exmarine, machista, homófobo y un tanto fascista, por miedo a ser delatado, asesina a su vecino heterosexual con un tiro en la nuca después de haberle convertido en objeto de deseo sexual y confesado sus verdaderas orientaciones mediante un beso en los labios, el genial director no hizo otra cosa que llevar a la pantalla las propias tesis de la celebre teórica feminista francesa. El gay amanerado suele reproducir esos mismos temores en su ámbito laboral y acostumbran a quedar reflejados por ejemplo a través de la frialdad en el trato personal y el alzamiento de barreras a la integración del sujeto en los espacios ajenos al trabajo reglamentado: las áreas de reposo, los comedores, o los vestuarios. Rincones de sociabilidad destinados al almuerzo, el café y el cigarrillo, a las conversaciones informales, a las bromas, a las familiaridades y en los que se van dibujando y definiendo poco a poco las afinidades electivas entre las partes y engrosándose las agendas de “coleguillas”, también suele ser el coto vedado para el gay desvirilizado, como lo son las pandillas o los grupos masculinos de iguales en la escuela para los muchachos “aniñados”. Es conocido y notorio que las manifestaciones descalificatorias de contenido homófobo son inherentes al ámbito laboral que se está analizando aquí. Al descubrir que un palet está mal montado o que un genero ha sido situado de manera equivocada en las estanterías del almacén, el encargado se preguntará de manera automática que “Quién es el maricón que ha hecho esto”. Si los contenidos de la injuria y sus significados son siempre un producto nacional, cultural o contextual, la injuria homófoba tiene un curioso carácter universal que permite su aplicación en cualquier situación. El propio chiste homófobo, en cuanto a él, con sus habituales connotaciones vinculadas al trasero, sigue ampliamente arraigado en el universo del vestuario masculino. Esto a pesar de que ya no guarde relación alguna con la experiencia sexual concreta de los gays: el fenómeno del Sida y la invención de nuevas y alternativas formas de gestión de la sensualidad y el placer durante los años 90 han relativizado la importancia de la sodomía. Cosa que atestigua de qué manera, (a pesar de la corrección política de la que hacen gala los medios de comunicación y los humoristas de hoy) el chiste continúa conservando su función de dispositivo destinado a crear en el imaginario colectivo representaciones sociales denigrantes que facilitan la estigmatización de los individuos. El chiste homófobo es un instrumento que ayuda a quien lo narra a construir fronteras y trazar líneas de demarcación respecto al homosexual, realzando así su propia heterosexualidad. La famosa frase “Yo no tengo nada contra ti, pero a mi no me van los tíos” refleja a la perfección esa autocomplaciencia del hombre heterosexual y viril, temeroso de convertirse en objeto de codicia sexual por parte de su compañero de faena y aterrorizado ante la posibilidad de acabar siendo lo que ha querido representar que no se es. Como la injuria directa ha pasado a la orilla de lo “políticamente incorrecto”, de un gay afeminado ya no se dice que es un “marica”, (expresión aniquilada por la tiranía de las nuevas modas terminologías) sino que “pierde aceite”. En la jerga de la maquinaria o de la automoción algo que “pierde aceite” es aquello que empieza a ser inservible, disfuncional, inoperante y desechable. Y eso es lo que parece caracterizar al gay amanerado en el virilizado “trabajo de hombres”. Este recurso a términos sutiles y que libran del calificativo de carca a quienes hacen uso de ellos no es irrelevante y tiene el mérito de subrayar la hipócrita corrección política del significante y los valores culturales en realidad profundamente reaccionarios que encierra todavía el significado.

* * *

La “camaradería viril” y excluyentemente homófoba no es exclusiva del mundo industrial o de la construcción y se reproduce a su manera en otros ámbitos genéricamente categorizados como masculinos como puedan ser por ejemplo las Fuerzas de Seguridad del Estado o las empresas privadas de seguridad. Ha sido repetido por los sociólogos de la estratificación y la movilidad social que las profesiones más idealizadas por los adolescentes son por orden de importancia la de futbolista, policía y militar, sobre todo en la medida que encarnan protagonismo social y valores internalizados por los adolescentes a través de los procesos de socialización primaria como son la valentía, el heroísmo y la hombría. En la edad adulta el concurso de acceso a los cuerpos de las Fuerzas de Seguridad del Estado están condicionadas por motivaciones más instrumentales, como por ejemplo la estabilidad en el empleo, (objeto de reclamo en las campañas institucionales de reclutamiento de personal) pero su elección permanece todavía muy condicionada con las viejas representaciones de los roles sociales, como lo demuestra la escasez de candidaturas femeninas. Mundo de “hombres” y “entre hombres”, la integración de las mujeres en el cuerpo de la Policía o de la Guardia Civil ha sido una auténtica travesía del desierto, debido sobre todo a los tics misóginos que todavía dominan a estos cuerpos. Sin embargo, en lo que concierne a los gays, ésta parece haberse producido por partida doble: en un cuerpo como en el otro se perdona mal e incluso no se perdonan en absoluto las indiscreciones de sus miembros homosexuales, sobre todo en la medida en que son consideradas como una traición a la propia identidad de la profesión. Esto debería interpelar al Sindicato Unificado de la Policía, el cual sigue teniendo como asignatura pendiente la cuestión del acoso moral por motivos de orientación sexual, aun a pesar de que el acceso a la Función Pública exija el cumplimiento a raja tabla de los preceptos constitucionales. De recibo es reconocer, a pesar de todo, que la composición interna de las Fuerzas de Seguridad del Estado ha ido cambiando a lo largo de los años sobre todo en relación al perfil de los contingentes y la elevación del nivel de exigencia en términos formativos y educativos. El caso de los dos Guardias Civiles gays y pareja entre ellos, a los que les fue concedido el derecho de convivir bajo el mismo techo dentro del cuartel, con el mismo estatuto y ventajas que las parejas o las familias de Guardia Civiles heterosexuales, refleja una lenta aunque significativa evolución cultural de estas instituciones tradicionalmente adscritas a una muy determinada representación de la masculinidad. En el campo de la Policía Local o Nacional se están dando el caso de la constitución de grupos asociativos de profesionales gays, como ha ocurrido por ejemplo en la ciudad de Sabadell en la provincia de Barcelona. Signo de los esfuerzos por cambiar a la institución desde su propio interior, ha sido por ejemplo la participación de una delegación española de esta asociación en el encuentro organizado en Londres por la Asociación de Policías Homosexuales y el Home Office con el fin fomentar la tolerancia y la diversidad en este cuerpo. La concienciación de los miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado en los casos de acoso escolar por razones de orientación sexual, la investigación criminal en las redes de sociabilidad homosexuales y la intervención contra las formas de violencia doméstica entre parejas del mismo sexo han sido muchos de las cuestiones altamente positivas planteadas por el asociacionismo policial gay y lésbico. Estas iniciativas han sido a pesar de todo llevadas a cabo por miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado con un nivel cultural superior al de la media imperante en este sector de actividad profesional, situados en los escalafones más elevados del sistema jerárquico y provistos de una dilatada experiencia sindical. Un perfil que no se corresponde con el de muchos de los recién incorporados miembros, obligados a alistarse en estos cuerpos por motivos estrictamente económicos y en escasas condiciones de poder manifestar de forma abierta su homosexualidad.
La composición de las fuerzas de seguridad está aún condicionada por las viejas representaciones de los roles sociales

Nuevo fenómeno en emergencia a la par del proceso de adelgazamiento de las funciones del Estado, las empresas de seguridad constituyen un universo cultural accesorio al de la Policía o la Guardia Civil. Las escasas exigencias para el acceso a la profesión de lo que popularmente se conoce como “segurata” y su propio ornamento estético, con su consecuente carga simbólica, viene a codificar culturalmente a la profesión, integrándola en un mundo de hombría y virilidad y convirtiéndola en un foco de atracción entre miembros de la población activa masculina con “historias de vida” dudosas y con el culto a la brutalidad como pauta actitudinal. Cabe hace notar que la imagen de compostura y seriedad, elegancia y pulcritud que brindan los empleados de estas fuerzas “paralelas” de seguridad en nuestras visitas a un gran almacén, contrasta con la dinámica interna de dichas empresas de vigilancia, en las que prima una estructura jerárquica de tinte mafioso y en la que las novatadas, la violencia física y la injuria entre los empleados son ampliamente toleradas por los inspectores o los jefes de servicio como elementos inquebrantables de la “cultura de hombres”. Al no emanar del Estado y estar inscritas en el campo de la actividad patronal, la iniciativa privada y el principio de libre empresa, se saltan a la torera todas las normas habidas y por haber en términos de derechos civiles y de políticas antidiscriminatorias, aún a pesar de que presten servicios de vigilancia en instituciones y empresas públicas que se sostienen con el dinero de los ciudadanos, incluidos los ciudadanos gays y lesbianas. No está de más recordar a ese respecto que los Departamentos del Plan por la Igualdad o la Federación de Empresas de Servicios de la UGT y de las Comisiones Obreras tienen en su haber auténticos baúles de denuncias contra conocidas empresas de este sector por discriminación de género y/o de orientación sexual. Cómo no, los ejemplos aquí enunciados solo son gotas en el océano de los prejuicios y las discriminaciones que siguen imperando en el marco laboral.

* * *

La perpetuación de las mentalidades y las manifestaciones homófobas al encuentro del gay amanerado en el ámbito del trabajo en general y del trabajo masculino en particular tiene mucho que ver con la propia manera en qué las instituciones externalizan las representaciones de la realidad social. Un ejemplo es la escuela. Pese al triunfo político que ha supuesto históricamente la supresión de la segregación de género en las aulas y los más recientes esfuerzos de la tradición pedagógica constructivista (base de la reforma educativa de los años 90) por incentivar por igual entre niños y niñas las potenciales intelectuales y morales, los ciclos formativos siguen muy “sexuados” y adosados a roles socialmente construidos. Una muestra de ello son los ciclos de Formación Profesional de Grado Medio o Superior. Estos últimos han mejorado en profundidad su oferta de conocimientos técnicos, prácticos y teóricos, rompiendo muchas ideas establecidas y desvaloradas de antaño, y preparando al alumnado para lanzarse a un mercado laboral cada vez más exigente y en el que la figura del “aprendiz a tropicones” ha sido prácticamente liquidada. Aun así, no deja de ser cierto que la famosa F-P permanece encuadrada en una división sexual del trabajo. Módulos como la electrónica, la electricidad, la mecánica, el metal o la química no son elegidos desde
un análisis racional por parte de los alumnos de las oportunidades laborales o salariales brindadas por el sector de los servicios o los sectores más punteros y productivos del mundo industrial. Muy por el contrario su elección viene condicionada por una percepción cultural y simbólica que relaciona estos ámbitos laborales con la hombría y la virilidad. Es sabido que la “virilidad” nunca ha sido una realidad conductiva en si misma y que más que otra cosa, lo único que ha habido es una narración ideológica sobre ella, una representación cultural estandarizada alrededor de la masculinidad y un discurso sobre el cuerpo y el “Yo” varonil. El cuerpo no es una realidad anatómica neutra, sino un elemento clave en los mecanismos de aprendizaje social cuyos cimientos están en el sistema de funcionamiento de las ya mencionadas instituciones, las cuales intervienen directamente en el trabajo constitutivo de la identidad masculina y femenina en cuanto se asoman los indicios de la pubertad. Hay que recalcar que la pubertad es un proceso evolutivo universal, cuya regulación está inscrita en el patrimonio genético de la especie humana. Es de recibo hablar por lo tanto de una metamorfosis impuesta por la naturaleza y que en principio modifica las imágenes de uno mismo. Pero esas representaciones no están desvinculadas de la propia violencia simbólica que delimita la legitimidad o ilegitimidad de esa misma identidad. Un indicador de la pubertad es la voz, que está en relación directa con el simple desarrollo de la laringe y si ésta es habitualmente más acentuada en los chicos que en las chicas, pueden darse casos en la que no ocurre así. Las incertidumbres de la naturaleza son amortiguadas por las certezas de la cultura puesto que cuando un hijo varón, en lugar de desarrollar una voz grave, “una voz de hombre” como se suele decir, desarrolla una voz aguda, enseguida sus padres intentaran enmendarlo, a temor de que el vástago venga a despertar incomodas sospechas. Lo que confirma que los padres e incluso los profesores están influidos por las creencias relacionadas con la aparición, precoz o tardía, de la pubertad, así como con la naturaleza de los signos que anuncian la maduración sexual (morfología, pilosidad pubiana etc.). Unos y otros se pliegan de esta manera a las normas sociales adscritas a las formas femeninas y masculinas del estadio adulto. Y lo mismo puede decirse respecto al desarrollo y las habilidades físicas, que la escuela, por inercia o por voluntad propia, se esfuerza en encauzar por los caminos de los estandartes culturales establecidos.

Tradicionalmente la asignatura de educación física quedó legitimada como un saludable complemento del desarrollo intelectual del adolescente, cuando en realidad su función ha sido mucho ideológica que didáctica o pedagógica. En efecto, la educación física ha sido, cómo lo ha estudiado de manera brillante José Ignacio Barbero en su investigación sobre la homofobia en el deporte, un dispositivo normalizador de la heterosexualidad, la virilidad y la brutalidad masculina que encuentran sus orígenes en el mito olímpico. La idea establecida desde la creación de los Juegos Olímpicos a instancia del barón de Coubertin (por cierto, hombre adicto a las ideas imperialistas y racistas) era que el deporte formaba parte de la esencia del hombre, al mismo nivel que la familia, el Estado, la religión, el lenguaje o las Bellas-Artes. Por lo tanto, la practica deportiva sería una manifestación sensible de la “humanidad” de los hombres y una necesidad instintiva de los mismos. Sus críticos subrayaban con razón que estas tesis “naturalistas” fingían ignorar los procesos sociales y culturales mediante los cuales se aseguraba el mecanismo de institucionalización de las practicas físicas. Porque era evidente que el deporte no era una creación natural espontanea, sino el producto de un trabajo histórico de codificación y de puesta en escena institucional de algunas técnicas del cuerpo en si mismo. La sociología del deporte de inspiración ideológica radical de los 70 y parte de los 80 se esforzó por comprender cómo el cuerpo era en realidad insertado en el complejo juego de las relaciones sociales: militares, económicas, políticas, culturales y simbólicas. En ese sentido, una de las singularidades de esta perspectiva radical fue su intento por paliar los limites de las teorías marxistas y liberales según las cuales el deporte habría sido naturalmente bueno y al que solo podría reprochársele su perversión a manos de los intereses ideológicos y económicos. La réplica consistió en afirmar que el discurso deportivo estaba saturado por las mitologías sobre el progreso (las capacidades ilimitadas del hombre) o con la naturaleza (el mundo de las bestias en el que el hombre se convierte en un animal embarcado en la “guerra de todos contra todos”). Los sociólogos del deporte han subrayado a ese respecto de cómo, pese a sus formalismos y reglamentaciones, la ceremonia deportiva sigue funcionando como un rito sacrificial, una muerte simbólica y una fascinación frente a la acción violenta. Síndrome moderno del antiintelectualismo, el culto a la sangre, al enfrentamiento físico, a la barbarie corporal, al salvajismo pagano se vuelven dominantes. El deporte es así un sustituto de la cultura militarista, convirtiéndose en una referencia alucinatoria a las glorias del pasado y del poderío. A través de relatos canalizados mediante la imagen e ilustraciones fotográficas la ideología deportiva ha conseguido difundir un resumen narrativo, una historia oficial, un esquema interpretativo del mundo que tiene función de historia legitima y por tanto, de mitología comunitaria o nacional. Es de ese control de la memoria popular, de esa selección ideológica del pasado deportivo, y de ese filtro del propio pasado social en general, que emanará, precisamente la idolatría del deporte y del Olimpismo y gracias a esta última, la apologética de la virilidad y la valentía como valores propiamente masculinos e inherentemente en las antípodas de la homosexualidad. Y de esta mitología surtirá por supuesto también la estigmatización del niño flacucho e enclenque incapaz de competir con sus compañeros en las pruebas físicas y cómo no, la homofobia laboral contra el gay amanerado y desvirilizado, que se niega a trepar por los bordes de las estanterías de una nave industrial a riesgo de sufrir una caída que le produzca una lesión espinal de por vida, que no levanta cuarenta sacos de cemento por hora a riesgo de padecer una lesión muscular, que no desafía la rapidez de una prensadora a riesgo de amputarse una mano o que no arbitra una pelea a riesgo de ser el principal receptor de los golpes.

No hace mucho me comentó mi colega y amigo Oscar Guasch que él nunca se había considerado a si mismo como un teórico de la identidad y la cultura gay, (sobre la que finalmente se pueden realizar multitud de interpretaciones, definiciones y conceptualizaciones), sino como un estudioso y analista de algo más sutil que todo eso: la homofobia y sus dispositivos simbólicos. Este ha sido modestamente el objetivo también del presente artículo. No hay ninguna sombra de dudas, a ese respecto, que el gran mérito de las corrientes intelectuales constructivistas (que es la tradición académica y teórica en la que se inscriben Guasch y otros especialistas sobre el control social de la sexualidad) ha estribado en su indagación de la genealogía misma de los mecanismos de dominación, en la arqueología del poder como hubiese dicho Foucault. Y si algo es cierto, es que la única manera de hacer operativa la lucha contra las discriminaciones, (en especial, en el ámbito laboral) es atacando y arrancando las raíces mismas justamente de los universos culturales sobre los que se legitiman las desigualdades y el desprecio hacia el prójimo.

Julio del 73, Frei Montalva clama por un Golpe Militar

(Acta de la reunión que tuvo la directiva de la Sociedad de Fomento Fabril con el Presidente del Senado, Eduardo Frei Montalva, levantada ese mismo día por el abogado Rafael Rivera Sanhueza, entonces secretario de la directiva de esa sociedad)

Hoy viernes 6 de julio de 1973, día frío de invierno, al anochecer, la directiva de la Sociedad de Fomento Fabril, concurrió a entrevistarse con el presidente del Senado, don Eduardo Frei Montalva, quien había accedido a recibirla en las dependencias de la Cámara Alta, a las 18:30 horas.

Integraban el grupo Raúl Sahli Natermann, en su calidad de presidente subrogante, ya que el titular, Orlando Sáenz Rojas, se encontraba en el extranjero; Eugenio Ipinza Poblete, segundo vicepresidente; Sergio López Vásquez, tesorero; Fernando Aguero Garcés, gerente general, y Rafael Rivera Sanhueza, asesor jurídico.

Frei se demoró en recibirnos. Hubo que esperarlo en el salón de la presidencia alrededor de 45 minutos. Al ingresar, se excusó, expresando que había sostenido una reunión de emergencia con los senadores de oposición ante la grave situación que aquejaba al país.

Los representantes de Fomento Fabril le manifestaron su inquietud por el giro que habían tomado los acontecimientos a raíz del “tanquetazo” del viernes 29 de junio último (alzamiento frustrado del Regimiento Blindados Nº 2, comandado por el teniente coronel Souper), que había originado una toma masiva de industrias.

Se le dijo a Frei que el país estaba desintegrándose y que si no se adoptaban urgentes medidas rectificatorias fatalmente se caería en una cruenta dictadura marxista, a la cubana.

Frei oyó en silencio, cabizbajo. Se le veía abrumado. Se paró de su sillón, abrió una caja de plata y ofreció cigarros ‘Partagas’ a los asistentes. Luego se sentó arrellanándose, y en forma pausada y solemne dijo que agradecía la visita, pero que estaba convencido de que nada se sacaba con acudir a los parlamentarios y a las directivas políticas contrarias a la Unidad Popular, ya que la situación era tan crítica que los había sobrepasado.

Claramente agregó, casi textualmente: ‘Nada puedo hacer yo, ni el Congreso ni ningún civil. Desgraciadamente, este problema sólo se arregla con fusiles’, de manera que en vez de ir al Congreso debíamos ir a los regimientos. ‘Les aconsejo plantear crudamente sus aprensiones, las que comparto plenamente, a los comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas’, ojalá hoy mismo.

Acto seguido contó que un alto oficial de Ejército le había confidenciado que tanto él como su familia corrían serio peligro en el barrio alto, al cual le había respondido que él y su familia eran 12 personas y que en el barrio alto vivían decenas de miles de personas, razón por la cual su situación era en el fondo irrelevante, agregándole que él, como senador, había sido elegido por el pueblo para legislar, deber que estaba cumpliendo. ‘Ustedes, en cambio, tienen las bayonetas y deberían saber lo que tienen que hacer para salvar al país’.

Nos despedimos, sorprendidos por lo que oyéramos de labios de Frei. Nos llamó la atención su claridad y su decisión, ajenas a su natural dubitativo y cauteloso.

Siguiendo el consejo de Frei, nos dirigimos a pie por la calle Morandé en dirección al Ministerio de Defensa. Serían alrededor de las 20 horas o más. Las puertas del ministerio estaban entornadas. Consultamos a la guardia si estaban algunos de los tres comandantes en jefe, manifestándole que deseábamos ser recibidos por alguno de ellos. Tras las consultas de rigor se nos informó que sólo se encontraba en su despacho el Jefe del Estado Mayor de las FF.AA., vicealmirante don Patricio Carvajal. Sin embargo éste, al conocer el motivo de nuestra visita, por intermedio de su ayudante mandó a decirnos que nada teníamos que plantearle, que no nos recibiría y que tuviéramos la bondad de retirarnos.

Angustiados frente a tal acogida, nos alejamos con menores esperanzas que las que abrigábamos antes de esta frustrada visita.

(Nota de José Piñera. Transcribo la carta que he recibido del Sr. Rafael Rivera Sanhueza junto con el manuscrito original de esta Acta. He pedido y recibido confirmación escrita de los señores Agüero, Ipinza y Sahli en cuanto a que esta Acta es fiel reflejo de lo sucedido en esa reunión).

*Fuente: José Piñera

Estado y capital: el debate alemán sobre la derivación del Estado

por Alberto Bonnet y Adrián Piva//

El debate alemán de la derivación del Estado es aún hoy, a algo más de cuarenta años de su desarrollo, poco conocido en América Latina, incluso entre los marxistas. Tuvo lugar en la ex República Federal de Alemania entre 1970 y 1974, principalmente en Berlín occidental y en Frankfurt. Las intervenciones se publicaron en su mayoría en las revistas Probleme des Klassenkampfs. Zeitschrift für politische Ökonomie und sozialistische Politik (PROKLA) de Berlín y Gessellschaft. Beiträgezur Marxschen Theorie (Gesellschaft) de Frankfurt. Si bien el debate se desarrolló en círculos marxistas de la academia alemana y a pesar de su alto nivel de abstracción, sus verdaderos desencadenantes deben buscarse en el contexto político de la Alemania occidental 1/. Como señala Hirsch en su prólogo a este volumen, el contexto del debate estuvo signado por el ascenso de la socialdemocracia al gobierno a fines de los ’60, en un clima de alza de la conflictividad protagonizada por las revueltas estudiantiles y la emergencia de nuevos movimientos sociales. De esta manera, Alemania Federal se sumaba a la agitación que por entonces conmovía a Francia e Italia; aunque, a diferencia de estos países, sin una presencia significativa de la clase obrera en los conflictos. La adhesión de los sindicatos y de la mayoría de los trabajadores al gobierno socialdemócrata y a su proyecto de orientación keynesiana y de expansión del Estado de bienestar puso entonces al Estado, y particularmente a la crítica de la “ilusión del estado social”, en el centro del debate político. Si la respuesta keynesiana a la recesión de 1966-67 –que anunciaba la crisis del capitalismo keynesiano de posguerra– obligaba a discutir los límites de la intervención del Estado, la “ilusión” de los trabajadores en el Estado social ponía en cuestión la relación del Estado con la lucha de clases, con la burguesía y con la clase obrera.

La crisis del capitalismo de posguerra y el nuevo ascenso de la lucha de clases acarrearon entonces una extraordinaria renovación de una crítica marxista del Estado que, tanto dentro como fuera de Alemania, había permanecido relativamente estancada desde el período de entreguerras. Este desafío implicaba, en el plano teórico, una revisión de las perspectivas teóricas que dominaban las concepciones de la izquierda sobre el Estado. Por un lado, el extremo instrumentalismo de la teoría del capitalismo monopolista de Estado –la doctrina oficial de los Partidos Comunistas de Europa Occidental– no permitía rendir cuenta de la compleja relación existente entre el Estado y la clase dominante y de las ilusiones que brotaban de su separación “de los reales intereses particulares y colectivos” 2/. Por otro lado, los enfoques “neo frankfurtianos” de Habermas y Offe extremaban la separación entre sistema económico y sistema político, asumiendo como un dato la capacidad de regulación del primero por el segundo y la autonomía de las lógicas de funcionamiento de ambos sistemas 3/. En este contexto, el desafío de rendir cuenta, simultáneamente, de la naturaleza capitalista del Estado y de su efectiva separación de todo interés real individual o colectivo fue encarado por los derivacionistas de un modo radicalmente distinto de los intentos realizados hasta entonces 4/.

Lo que singularizó al debate alemán de la derivación es, en primer lugar, su punto de partida: no se trataba de asumir la separación entre economía y política como un dato, sino de explicarla. Se trataba de dar cuenta de la apariencia de separación del Estado respecto de la sociedad, es decir, de la particularización del Estado, como la forma específica que asume la dominación de clase en las sociedades capitalistas. El debate alemán de la derivación se diferencia, en segundo lugar, por su método: si el Estado es una forma específica de las relaciones capitalistas, dicha forma debe ser derivada, al igual que la mercancía, el dinero o el capital, de la crítica de la economía política. La derivación de la forma Estado debía encontrar su lugar en la exposición sistemática pero incompleta del concepto de capital encarada por Marx en El capital, es decir, del desarrollo de sus formas, desde las más abstractas y simples hasta las más concretas y complejas. Sólo una vez resuelto el problema de la forma Estado, es decir, de la separación entre economía y política, entre Estado y sociedad, era posible pasar al problema de las funciones del Estado y, en particular, de los límites de la intervención del Estado. Las intervenciones tienen en consecuencia, generalmente, dicha estructura. En primer lugar, una propuesta de derivación que involucra dos cuestiones. La primera, la definición del punto de partida de la derivación: ¿debe ser la mercancía, el capital en general, la forma de superficie de la competencia capitalista? La segunda, la derivación propiamente dicha: ¿cuál es la contradicción específica, situada en ese momento del desarrollo del concepto de capital, que determina la posibilidad e incluso la necesidad, desde el punto de vista de la reproducción de las relaciones sociales capitalistas, de la organización del dominio de clase en la forma separada del Estado? Y, en segundo lugar, una discusión, sobre la base de la derivación realizada, de los alcances y límites de la intervención del Estado.

Las limitaciones de estos intentos de derivación del Estado se pusieron de manifiesto a lo largo del debate. En efecto, sólo era posible derivar lógicamente la necesidad –desde el punto de vista de la relación de capital- y la posibilidad de la separación de economía y política, pero de ninguna manera podía derivarse la existencia misma del Estado capitalista ni muchas de sus características más relevantes aunque más concretas. Las últimas intervenciones en el debate –especialmente las de von Braumühl y Gerstenberger– contienen así un fuerte llamado a la investigación histórica como medio de superar tales limitaciones.

Sin embargo, como señalan Holloway y Piccioto en su introducción al debate, que incluimos en esta compilación, lejos está ello de significar que las conclusiones y los aportes del debate alemán carezcan de relevancia para el estudio y la comprensión del Estado capitalista. Dichos aportes y conclusiones siguen constituyendo el punto de partida más avanzado con el que contamos para emprender una crítica marxista rigurosa del Estado capitalista y brindan los fundamentos de un marco analítico que nos permite emprender esa investigación histórica de largo aliento 5/. En oposición a otros intentos de superar el instrumentalismo y el economicismo del marxismo vulgar –aquel de la segunda internacional y de su canonización stalinista en el DIAMAT de la tercera- el debate de la derivación permite superar las aporías que caracterizan a los enfoques que asumen como un simple dato la separación entre economía y política. Nos referimos a las oscilaciones entre economismo y politicismo, propias del estructuralismo marxista pero también del instrumentalismo más complejo de Miliband y del marxismo del PC italiano de posguerra, a la misteriosa “determinación en última instancia” como intento de resolver esas oscilaciones, a las tensiones entre historia y estructura, entre lucha de clases y condiciones objetivas, etc. Todos estos callejones sin salida tienen su origen en la concepción de la economía y la política como esferas o instancias totalmente exteriores vinculadas por relaciones de determinación mutua. La perspectiva de la derivación supera las dificultades de esta determinación mutua y exterior entre instancias separadas al concebir a las formas económicas y políticas como formas diferenciadas de una misma relación de subordinación del trabajo al capital. Se trata de formas por medio de las cuales la relación contradictoria entre capital y trabajo se reproduce del único modo en que puede hacerlo, desplazándose, hasta encontrar su límite en las crisis. Dichas crisis, crisis generales de las relaciones capitalistas, no son “crisis económicas” que puedan ser reguladas por un Estado que intervenga “políticamente” desde afuera. Se trata de crisis de las propias formas a través de las cuales existe la relación de capital, de crisis de la propia separación entre economía y política por medio de la cual el capital se reproduce. De esto se siguen dos conclusiones centrales. En primer lugar, el Estado no puede resolver las contradicciones que presuntamente se situarían en la “economía”, sino sólo reproducirlas en su modo específicamente “político” hasta su estallido en las crisis, crisis que se convierten, en consecuencia, en procesos de desestructuración del Estado. En segundo lugar, dado que las crisis son procesos de disolución conjunta de la forma mercado y de la forma Estado y que los procesos de recomposición de las relaciones capitalistas son procesos de reconstitución simultánea de esas formas mercado y Estado, no existe ningún juego de suma cero entre ambas instancias.

La importancia de estas nociones generales y abstractas se pone de manifiesto cuando investigamos las maneras concretas en que se articulan la acumulación y la dominación capitalistas. No se trata de deducir la realidad histórica de las categorías lógicas, naturalmente, sino de que, en tanto categorías de pensamiento, estas categorías resultan adecuadas para encarar la conceptualización de los fenómenos históricos. Es aquí donde se sitúa en general la relevancia del debate alemán de la derivación del Estado, de sus aportes y sus conclusiones, detrás de la aspereza de su lenguaje y de la abstracción de su nivel de análisis.

Esto es evidente, por ejemplo, a la hora de analizar las transformaciones que atravesaron las sociedades latinoamericanas en las últimas décadas. En efecto, los aportes y conclusiones del debate de la derivación resultan especialmente adecuados para intentar comprender los llamados procesos de “reforma del Estado” que se llevaron a cabo en los años ’90 a lo largo y a lo ancho de la región. La mayor parte del pensamiento heterodoxo y gran parte del pensamiento de izquierda representó dichas reformas como procesos de “achicamiento del Estado” y, presuponiendo un juego de suma cero entre Estado y mercado, de creciente peso del mercado en la articulación de las sociedades latinoamericanas. Esto dio lugar a caracterizaciones de los Estados emergentes de esos procesos de reforma como “Estados mínimos”, “Estados ausentes” y otras nociones similares. Sin embargo, la inadecuación de estas caracterizaciones se puso de manifiesto en la contradicción en la que incurrieron esos mismos análisis cuando no podían evitar otorgar un rol fundamental a esos Estados, supuestamente debilitados, en el proceso de reformas neoliberales y en el disciplinamiento de los trabajadores que permitió su imposición. El caso argentino, por la velocidad y la profundidad de los cambios, fue paradigmático. La hiperinflación de 1989-90 fue, al mismo tiempo, un profundo proceso de disolución de relaciones sociales -de crisis de la producción y de la circulación, del dinero y del Estado- y el terreno donde se registró una alteración radical de las relaciones de fuerza entre las clases, un disciplinamiento de la clase obrera y una construcción del consenso para la implementación del programa de políticas neoliberales. Sobre esta base se recompusieron la acumulación y la dominación capitalistas. Y un aspecto clave de ese proceso de recomposición fue la reconstitución del propio Estado o, para decirlo al modo de la ciencia política, la reconstitución de sus “capacidades institucionales”. Este fortalecimiento del Estado, no su debilitamiento, fue lo que permitió impulsar una profunda reestructuración capitalista que trasformó fundamental y duraderamente la dinámica de funcionamiento del capitalismo argentino. Y este fortalecimiento tuvo su principal expresión en la capacidad de subordinación de la clase obrera. Lo que se produjo fue una metamorfosis del Estado que implicó el abandono o el debilitamiento de algunas de sus funciones y el fortalecimiento y o la asunción de otras. Pero, de acuerdo a todos los criterios habituales para medir la importancia del Estado, al finalizar ese proceso de reforma el Estado argentino era más grande y más fuerte que al comienzo 6/.

Pero los aportes y conclusiones del debate de la derivación también resultan relevantes para analizar el momento actual de América Latina. Atravesamos en nuestros días una coyuntura de agotamiento y crisis de los llamados gobiernos progresistas o de izquierda que encabezaron varios Estados de la región durante la década pasada 7/. El caso de Venezuela es sin duda el más significativo, no sólo por la magnitud de la crisis, que alcanza dimensiones de catástrofe, sino porque se reivindicó explícitamente como un intento de transición democrática y pacífica al socialismo. Más allá de la heterogeneidad de esos gobiernos y de sus especificidades, todos ellos dieron sustento a una resurrección de concepciones fundadas en la primacía de lo político, de las relaciones de fuerzas como únicos determinantes de cualquier resultado social y del estado como instrumento de emancipación o, al menos, de reformas progresivas y duraderas. Huelga desarrollar aquí la importancia que recobra en circunstancias como estas aquella crítica derivacionista que, orientada entonces a combatir las ilusiones en el Estado social, vuelve a enfrentarse aquí a una renovada fe en el Estado. Una Estadolatría que no surgió simplemente de la pasión y del voluntarismo de una militancia de izquierda forjada en la resistencia contra las políticas neoliberales sino que, más profundamente, brota una y otra vez del fetichismo adherido a la forma Estado como una ilusión objetiva. En los setenta, las ilusiones de los obreros europeos en el Estado de Bienestar keynesiano terminaron con su derrota, atados como estaban a la defensa de un modelo capitalista en crisis e incapaces como eran de trascender la política de los partidos socialdemócratas y comunistas también en crisis. Hoy en América Latina, frente a la caída de las experiencias populistas y al retorno de gobiernos de derecha que intentan poner en marcha una nueva ofensiva contra los trabajadores, romper con las ilusiones en el Estado, desarrollar una crítica radical del mismo es, si no una condición suficiente, al menos sí una condición necesaria para la reconstrucción de una estrategia revolucionaria.

Sobre la recepción del debate

El debate alemán de la derivación del Estado, como señalamos al comienzo, sigue siendo poco conocido en América Latina. Ello se debe a diversas razones. Sin duda, el idioma fue un obstáculo para su difusión, y de hecho los primeros textos que tuvieron cierta circulación en nuestro medio y dieron lugar a las primeras traducciones al español fueron traducciones al francés y al inglés de algunas intervenciones. Tales son los casos, particularmente, de los artículos de Altvater, Hirsch y Wirth, traducidos del inglés y del francés por la revista mexicana Críticas de la economía política a fines de los ´70, a los que haremos referencia más adelante 8/. Sin embargo, es probable que la fuerte influencia del estructuralismo marxista en la región durante las décadas del ’60 y del ’70 también tuviera su cuota de responsabilidad en la escasa difusión inicial del debate alemán. El estructuralismo marxista fue la corriente dominante del marxismo en América Latina y eclipsó parcialmente a otras lecturas y debates. Parecida suerte corrió, por caso, ese hervidero en que se había convertido el marxismo italiano de los ’60 y los ’70.

A pesar de estos factores, pueden encontrarse elementos provenientes del debate en trabajos de los años ´70 de algunos importantes intelectuales latinoamericanos, como Guillermo O’Donnell (en Argentina) o Norbert Lechner (en Chile) 9/ e, indirectamente, en intelectuales europeos que abordaron por entonces la problemática del Estado en América Latina, como Tilman Evers o Pierre Salama 10/. El debate alemán volvería a estar presente en algunos trabajos de los ´80 de Víctor Moncayo y Fernando Rojas (en Colombia), Ruy Fausto (en Brasil) y otros intelectuales marxistas latinoamericanos, pero sólo muy ocasionalmente sería motivo de abordajes sistemáticos 11/.

Acabamos de referirnos a versiones en francés y en inglés de aportes del debate que sirvieron de base para las primeras traducciones al español. En efecto, la revista francesa de orientación trotskista Critiques de l´economie politique, vinculada a su homónima mexicana antes mencionada, había publicado ya en 1975 un volumen en formato de libro que contenía aquellos artículos de Altvater, Hirsch y Wirth 12/. Este volumen no era ni pretendía ser, propiamente hablando, una compilación de los trabajos del debate. Estaba orientado más bien, como dejaba en claro Jean Marie Vincent en su introducción, a la discusión de la orientación política reformista del Partido Comunista Francés, para la cual algunos tópicos del debate alemán, como su explícito rechazo de la concepción del capitalismo monopolista de Estado e incluso sus diferencias implícitas respecto de la concepción del Estado de los estructuralistas franceses, eran muy acordes. Pero, en cualquier caso, este volumen compilado por Vincent ayudó en gran medida a la difusión del debate por fuera del ámbito de habla alemana 13/.

State and capital, editado en 1978 por John Holloway y Sol Picciotto, fue, en cambio, una auténtica recopilación del debate y siguió siendo hasta nuestros días la principal referencia por fuera de ese ámbito de habla alemana 14/. Aunque también en este caso, naturalmente, el contexto de la recepción del debate en Inglaterra fue muy diferente del que le había dado origen en Alemania. Desde la crisis de la libra en 1967, el capitalismo británico se encontraba en una situación estanflacionaria, con recurrentes crisis e inestabilidad política. En la primera mitad de los años ’70 se produjo una fuerte agitación huelguística que le costó la salida anticipada al gobierno conservador de Heath en 1974. Y los intentos posteriores del laborismo de consensuar políticas de austeridad también sucumbirían frente a la conflictividad obrera, hasta que el ascenso de Margaret Thatcher en 1979 cerrara el período. De modo que las preocupaciones que dominaron el debate sobre el Estado en la Inglaterra de aquellos años estuvieron más orientadas a dar cuenta del fracaso del Estado para regular la crisis que a enfrentar una ilusión obrera en el Estado de bienestar keynesiano que ya parecía quebrada. Pero, a pesar de estas diferencias de contexto, los derivacionistas no dejaron de ejercer una fuerte influencia en ciertos círculos, como el integrado por los propios Holloway y Picciotto, junto con Simon Clarke, Hugo Radice y otros, nucleado en la Conference of Socialists Economists y la revista Capital and class.

En el plano teórico, los tempranos ’70 estuvieron marcados por el conocido debate entre el “instrumentalismo” de Miliband y el “estructuralismo” de Poulantzas, por un lado, y entre los “fundamentalistas” (Yaffe) y los “neoricardianos” (Gough), por el otro 15/. Mientras el primer debate giraba básicamente alrededor de la relación entre la clase dominante y el Estado, el segundo, más ligado a las preocupaciones de coyuntura, intentaba discutir las causas de la crisis y el lugar del Estado en ella. La posición de Yaffe recuperaba la tendencia decreciente de la tasa de ganancia para explicar la crisis y sostenía que el Estado apenas podía moderar los efectos de dicha crisis, pero de ningún modo evitarla como pretendían los keynesianos. El resultado final, sin embargo, era el de un economicismo crudo que reducía al Estado al papel de un apéndice de las leyes de la acumulación capitalista. Gough, en cambio, recuperaba la teoría neoricardiana del estrangulamiento de los beneficios como causa de la crisis, poniendo el eje en la lucha entre capitalistas y trabajadores en la esfera de la distribución. El resultado era, en este caso, un divorcio entre la producción y la distribución que conducía a un politicismo. Las mismas oscilaciones entre economismo y politicismo que se observaban en el debate entre estructuralistas e instrumentalistas reaparecían así en el debate entre fundamentalistas y neoricardianos. En este marco, Holloway y Picciotto, recuperaron el debate de la derivación para superar este economismo y politicismo de los enfoques dominantes. La incapacidad del Estado para regular la crisis, argumentaron, se fundaba simplemente en que el Estado y el capital no son más que dos formas diferenciadas de la misma relación social antagónica. Y la propia crisis no era sino una manifestación de que la lucha de clases ya no podía ser contenida dentro de dichas formas 16/.

Sobre la presente compilación

El volumen que presentamos a continuación es, ciertamente, la compilación más ambiciosa de los aportes del debate alemán de la derivación del Estado que se haya publicado hasta nuestros días. Esto explica que sea –y que no hubiera podido sino ser- resultado de un trabajo colectivo. Colaboraron en este trabajo colectivo, por una parte, varios integrantes de nuestro programa de investigación 17/. Se trata de Camilo Ayala, Luciana Ghiotto, Juan Grigera, Rodrigo Pascual y Javier Waiman, en la traducción de artículos desde el inglés, y Florencia Isola Zorruzúa, en el tipeado y corrección de artículos que ya se encontraban traducidos al español. Pero colaboraron también, por otra parte, amigos y colegas ajenos a nuestro programa. Nos referimos en primer lugar a Katrin Zinsmeister y Silvia Córdoba, quienes encararon la ardua tarea de traducir del alemán algunos textos que no habían sido publicados previamente sino en dicha lengua. Y tenemos que mencionar también, naturalmente, a los propios Joachim Hirsch y John Holloway, que nos facilitaron el acceso a materiales y nos asesoraron durante el curso de nuestro trabajo. Nosotros, por nuestra parte, nos ocupamos de revisar el conjunto de las traducciones comparándolas con las versiones originales, de añadir algunas expresiones alemanas en los casos de conceptos centrales -entre corchetes- y algunas notas aclaratorias –a pié de página- y de sustituir las citas y las referencias bibliográficas originales por las correspondientes a ediciones disponibles en español, cuando los textos referidos se encontraban traducidos.

La compilación comienza con cuatro textos que incluimos en calidad de balances críticos retrospectivos acerca del debate en su conjunto. Los dos primeros son “Retrospectiva sobre el debate” de Joachim Hirsch y “El debate sobre la derivación del estado. Una reflexión reminiscente” de John Holloway, dos artículos que sus autores tuvieron la amabilidad de escribir y enviar especialmente para este volumen. La traducción del alemán del artículo de Hirsch estuvo a cargo de Katrin Zinsmeister, con revisión de Silvia Córdoba, mientras que Holloway escribió el suyo directamente en español. El tercero es un artículo de Elmar Alvater y Jürgen Hoffman, “El debate sobre la derivación del Estado en Alemania Occidental: la relación entre economía y política como un problema de la teoría marxista del estado”, publicado originalmente en inglés (como “The west german state derivation debate: the relation between economy and politics as a problem of marxist state theory”, Social Text 24, Duke University Press, 1990) y traducido por Camilo Ayala. Y el cuarto, “Hacia una teoría materialista del Estado”, es la extensa introducción crítica de John Holloway y Sol Picciotto a su citada recopilación en inglés de muchas de las intervenciones en el debate (incluida como “Introduction: toward a materialist theory of the state” en dicha compilación). Este último texto excede en realidad los límites de una retrospectiva y, a pesar de que fue escrito unos años después de finalizado el debate y en un contexto diferente, fue reconocido por los propios participantes en el debate alemán como un aporte más al mismo 18/. Existía una traducción previa de esta introducción, empleada en la docencia en algunas asignaturas de la Universidad de Buenos Aires, pero era fragmentaria y muy deficiente, de manera que optamos por rehacerla. La traducción estuvo a cargo de Alberto Bonnet.

Sin embargo, el cuerpo central de esta compilación está integrado, naturalmente, por los textos originales del debate. Decidimos ordenarlos de una manera cronológica y nuestra decisión responde a que este orden facilita la lectura debido a las referencias cruzadas que existen entre ellos. El primer texto es la extensa monografía de Wolfgang Müller y Christel Neusüß “La ilusión del Estado social y la contradicción entre trabajo asalariado y capital” (“Die Sozialstaatsillusion und der Widerspruch von Lohnarbeit und Kapital”, originalmente publicado en Sozialistiche Politik 6/7, Berlín, 1970, y poco después recogido en la edición de lanzamiento de PROKLA de mediados de 1971). La traducción que incluimos a continuación se basa en la versión en inglés del artículo (publicada como “The illusion of state socialism and the contradiction between wage labor and capital” en Telos 25, St. Louis, Washington University, 1975) y fue realizada por Alberto Bonnet aunque, como en los demás casos, fue cotejada con esta última versión de la edición original de alemán 19/.

El segundo texto es el artículo de Elmar Alvater “Algunos problemas del intervencionismo de Estado” (“Zu einigen Problemen des Staatsinterventionismus”, aparecido originalmente en PROKLA 3, Berlín, 1972). Poco después de su aparición en alemán se publicó una versión en inglés de este artículo (“Notes on some problems of state interventionism”, en Kapitalistate 1 y 2, California, 1973) y, a partir de esta versión en inglés, se tradujo al español en dos ocasiones (como “Estado y capitalismo. Notas sobre algunos problemas de intervención estatal”, en Cuadernos políticos 9, México, Era, 1976, en traducción de Josefina Rubio, y Notas sobre algunos problemas del intervencionismo de Estado”, en H. R. Sonntag y H. Valecillos (comps.): El Estado en el capitalismo contemporáneo, México, Siglo XXI, 1977, en traducción de Héctor Valecillos) 20/. Tuvimos en cuenta estas versiones en español –especialmente la segunda- para nuestra compilación. Pero la versión original en alemán era considerablemente más extensa que la versión en inglés a partir de la que se realizaron estas traducciones (esta no incluía buena parte de la introducción, los dos excursus, el quinto apartado y varios párrafos aislados). Repusimos pues estas partes faltantes en la versión que incluimos a continuación y su traducción del alemán estuvo a cargo de Katrin Zinsmeister.

El tercer texto es la extensa monografía de Sybille von Flatow y Freerk Huisken “El problema de la derivación del Estado burgués. La superficie de la sociedad burguesa, el Estado y las condiciones generales de producción” (“Zum Problem der Ableitung des bürgerlichen Staates. Die Oberfläche der bürgerlichen Gesellschaft, der Staat und die allgemeinen Rahmenbedingungen der Produktion”, publicado originalmente en PROKLA 7, Berlín, 1973). Hasta donde sabemos este trabajo de Flatow y Huisken, a pesar de su importancia decisiva para el desarrollo del debate en su conjunto, nunca fue traducido a ninguna lengua. La traducción al español que incorporamos a esta compilación estuvo a cargo de Silvia Córdoba, con revisión de Katrin Zinsmeister.

El cuarto texto es “Acerca de la crítica de la teoría del capitalismo monopolista de estado” de Margareth Wirth (“Zur Kritik der Theorie der staatsmonopolistischen Kapitalismus”, publicado originalmente en PROKLA 8-9, Berlín, 1973). Este artículo ya había sido publicado en inglés (“Towards a critique of the theory of state monopoly capitalism”, en Economy and society 6 (3), Londres, 1977) y en francés (“Contribution á la critique de la théorie du capitalisme monopolisted’ Etat”, en la citada compilación de J. M. Vincent) y, a partir de esta última versión, se tradujo al español (con el mismo título, en Críticas de la economía política 12-13, México, El Caballito, 1979, en versión de María Dolores de la Peña). Aquí decidimos incluir esta última traducción, que en líneas generales era adecuada, aunque con algunas modificaciones.

Los siguientes dos textos pertenecen ambos a Joachim Hirsch. En efecto, el quinto es el artículo “Elementos para una teoría materialista del estado” (“Elemente einer materialistischen Staatstheorie”, incluido originalmente en el volumen colectivo escrito por C. von Braunmühl, K. Funken, M. Cogoy y J. Hirsch Probleme einer materialistischen Staatstheorie, Frankfurt, Suhrkamp, 1973). Este texto también había sido publicado en español (con el mismo título, en la citada Críticas de la economía política 12-13, México, El Caballito, 1979 y traducido por María Dolores de la Peña a partir de la versión en francés, “Eléments pour une théorie matérialiste de l’Etat”, incluida en aquella compilación de J. M. Vincent) y aquí también recuperamos esta traducción porque creemos que era adecuada. El sexto, por su parte, es “El aparato de Estado y la reproducción social: elementos de una teoría del Estado burgués”. Este texto no es un artículo independiente, en realidad, sino el primero y quinto apartados del libro de Hirsch Staatsapparat un Reproduction des Kapitals (Frankfurt, Suhrkamp, 1974), apartados que Holloway y Picciotto consideraron pertinente incluir en su compilación (bajo el título de “The state apparatus and social reproduction: elements of a theory of the bourgeois state”) porque contienen importantes diferencias respecto del anterior y que nosotros también consideramos pertinente incluir en la nuestra. La traducción, a partir de esta última versión en inglés, fue de Javier Waiman.

El séptimo texto es el artículo “Acerca de la reciente discusión marxista sobre el análisis de la forma y la función del Estado burgués. Reflexiones sobre la relación entre economía y política” de Bernhard Blanke, Ulrich Jürgens y Hans Kastendiek (publicado originalmente como “Zur neueren marxistischen Diskussion über die Analyse von Form und Funktion des bürgerlichen Staates. Überlegungen zum Verhältnis von Politik und Ökonomie” en PROKLA 14-15, Berlín, 1974 y también en W.-D. Narr (comp.): Politik und Ökonomie – autonome Handlungsmöglichkeiten des politischen Systems, Westdeutscher Verlag, Opladen, 1975). Holloway y Picciotto incluyeron en su compilación una versión en inglés de la publicada en PROKLA (con el título de “On the current marxist discussion on the analysis of form and function of the bourgeois state”), a la que los autores añadieron una introducción, y esta es la base de la versión en español que presentamos en esta compilación. La traducción corresponde a Adrián Piva.

Entre los siete textos que acabamos de mencionar se encuentran acaso los centrales del debate acerca de la derivación del Estado. Pero decidimos incluir en este volumen algunos otros textos que, aunque aborden problemáticas algo más específicas, creemos que contienen aportes muy importantes. El octavo texto, entonces, es una crítica de Helmut Reichelt al trabajo de Flatow y Huisken antes citado: “Algunos comentarios acerca del ensayo `Sobre el problema de la derivación del estado burgués` de Sybille von Flatow and Freerk Huisken” (“Einige Anmerkungen zur Sybille von Flatows und Freerk Huiskens Ausatz ´Zum Problem der Ableitung des bürgerlichen Staates`, aparecido en Gesellschaft 1, Frankfurt, 1974). La traducción al español a partir de su versión en inglés (“Some comments on Flatow and Huisken’s essay ’On the problem of the derivation of the bourgeois state”, incluido en la compilación de Holloway y Picciotto) estuvo a cargo de Rodrigo Pascual. El noveno es el artículo “Antagonismo de clase, competencia y funciones del estado”, de la historiadora Heide Gerstenberger (“Klassenantagonismus, Konkurrenz und Staatsfunktionen”, aparecido en Gesellschaft 3, Frankfurt, 1975). La traducción al español, a partir de su versión en inglés (“Class conflict, competition and state functions”, también incluido en la compilación de Holloway y Picciotto), estuvo a cargo en este caso de Juan Grigera. Y el décimo y último texto es el artículo de Claudia von Braunmühl “El análisis del Estado nacional burgués en el contexto del mercado mundial. Un intento por desarrollar una aproximación metodológica y teórica” (“On the analysis of the bourgeois nation state within the world market context. An attempt to develop a methodological and theoretical approach”, escrito especialmente para la compilación de Holloway y Picciotto), que fue traducido por Luciana Ghiotto 21/.

Algunos otros trabajos de los autores mencionados –ciertos artículos de von Braunmühl o de Gerstenberger- así como trabajos de otros autores vinculados con el debate –de los integrantes del Projekt Klassenanalyse, por ejemplo- podrían haberse incluido en esta compilación. Aunque preferimos no hacerlo para no expandir aún más las dimensiones de este volumen. Dejamos en manos del lector, de todas maneras, los que seguramente fueron los principales aportes al debate alemán de la derivación del estado.

Leer Estado y Capital el debate alemán sobre la derivación del Estado

1/ Para una contextualización más extensa del debate puede consultarse, además de los trabajos introductorios de Hirsch, de Holloway, de Alvater y Hoffman y de Holloway y Picciotto incluidos en esta compilación, Bonnet, A.: “Estado y capital. Debates sobre la derivación y la reformulación del estado”, en M. Thwaites Rey (comp.): Estado y Marxismo. Un siglo y medio de debates, Bs. As., Prometeo, 2007.

2/ Marx, K., y Engels, F.: La ideología alemana, Bs. As., Santiago Rueda, 2005, p. 34.

3/ La comprensión de esta relación entre los derivacionistas alemanes y los “neo frankfurtianos” requiere dos aclaraciones: en primer lugar, las diferencias entre ambas perspectivas son notorias y explícitas en las distintas intervenciones en el debate (aunque pasadas por alto en algunas recepciones del debate –véanse las reseñas de Kapitalistate que mencionamos más adelante o el estudio de Carnoy, M.: El estado y la teoría política, México, Alianza, 1993, cap.5); pero, en segundo lugar, dichas diferencias afectan específicamente a los discípulos de segunda generación de la Escuela de Frankfurt más alejados del pensamiento frankfurtiano original y del marxismo en general (los frankfurtianos de la primera generación -particularmente Adorno- y otros de la segunda –como Backhaus o el propio Reichelt- ejercieron en cambio una importante influencia entre ellos).

4/ Esto vale igualmente a propósito de la perspectiva estructuralista del estado (cuyo máxima expresión era entonces Poulantzas, N.: Poder político y clases sociales, México, Siglo XXI, 1986) que quizás constituya, junto con esta perspectiva derivacionista, los principales hitos de esa renovación de la crítica marxista del estado de los ‘60s y ‘70s.

5/ Al respecto véase Gerstenberger, H.: Impersonal power. History and theory of the bourgeois state, Leiden, Brill, 2007. Para una presentación en español de la problemática abordada por Gerstenberger en este monumental estudio puede consultarse Gerstenberger, H.: “Una nueva mirada sobre la forma burguesa de estado”, en Periferias 1, Bs. As., FISyP, 1996 (se trata de “The bourgeois state form revisited”, un artículo incluido en Bonefeld, W., Gunn, R. y Psychopedis, K. (eds.): Open Marxism, London, Pluto Press, vol. I, 1992).

6/ Para un mayor desarrollo de estas hipótesis, véanse Bonnet, A.: La hegemonía menemista. El neoconservadurismo en Argentina, 1989-2001, Bs. As., Prometeo, 2008, y Piva, A.: Acumulación y hegemonía en la Argentina menemista, Bs. As., Biblos, 2012. Precisamente el ascenso del neoliberalismo en los noventa fue, en nuestro medio, la coyuntura en la que comenzaron a conocerse los aportes del debate alemán –aunque, básicamente, a través de su asimilación por parte de los críticos británicos del neoliberalismo (véanse, por ejemplo, las compilaciones de Hirsch, J. et alii: Los estudios sobre el estado y la reestructuración capitalista, Bs. As., Tierra del Fuego, 1992 y de Holloway, J.: Marxismo, estado y capital. La crisis como expresión del poder del trabajo, Bs. As., Tierra del Fuego, 1994, así como una serie de artículos publicados por entonces principalmente en las revistas Cuadernos del Sur, Doxa, Herramienta y Periferias.

7/ Para análisis más detallados de este período, en el caso argentino, pueden consultarse a su vez Bonnet, A.: La insurrección como restauración. El kirchnerismo, 2002-2015, Bs. As., Prometeo, 2015, y Piva, A.: Economía y política en la Argentina kirchnerista, Bs. As., Batalla de ideas, 2015.

8/ Esta interesante revista publicó también otros trabajos que contribuyeron a su difusión, como una presentación del debate de Holloway y Picciotto (“Debates marxistas sobre el estado en Alemania Occidental y la Gran Bretaña”, en el número 16/17 de 1980) y una revisión del debate de Salama (“El estado capitalista como abstracción real”, en el número 12/13 de 1979).

9/ Véanse, por ejemplo, las referencias al debate alemán en O’Donnell, G.: “Apuntes para una teoría del estado”, Bs. As., Documento CEDES 9, CEDES, 1977, reproducido luego en Revista mexicana de sociología 40 (4), México, UNAM, 1978, y en Lechner, N.: “La crisis del estado en América Latina”, Santiago de Chile, Documento de Trabajo FLACSO, 1977, reproducido con el mismo título en Caracas, El Cid, 1977.

10/ Véanse Evers, T.: BürgerlicheHerrschaft in der Dritten Welt. Elemente einer Theorie des Staates in ökonomisch unterentwickelten Gesellschaftsformationen, Köln – Frankfurt, Europäische Verlagsanstalt, 1977, publicado en español como El Estado en la periferia capitalista, México, Siglo XXI, 1979, y Salama, P. y Mathias, G.: L’ État surdéveloppé: des métropoles au Tiers-monde, Paris, Maspéro – La Découverte, 1983, publicado en español como El estado sobredesarrollado. De las metrópolis al tercer mundo, México, Era, 1986.

11/ Véanse, entre otros, Moncayo, V. y Rojas, F. (comps.): Crisis permanente del estado capitalista, Bogotá, S.E.I, 1980; Archila, M. (comp.): La critica marxista del estado capitalista: del estado instrumento a la forma estado, Bogotá, CIEP, 1980; Sánchez Susarrey, J.: La forma mercancía, la forma estado, Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 1986; Fausto, R.: Lógica y política, Rio de Janeiro, Brasilense, 1987; Nakatami, P.: “Estado e acumulação do capital: discussão sobre a teoría da derivação”, en Análise Econômica 5 (8), Rio de Janeiro, 1987. El único trabajo sistemático sobre el debate en su conjunto que conocemos, sin embargo, es muy posterior: Caldas, C. O.: A teoría da derivaçao do estado e do direito, San Pablo, Dobra, 2015.

12/ Se trata de Vincent, J. M. (ed.): L’État contemporain et le marxisme, Paris, Maspero, 1975. El volumen incluía “Remarques sur quelques problèmes posés par l´interventionnisme etatique” de Alvater (una versión recortada y traducida del inglés del artículo que incluimos en esta compilación), y “Eléments pour une théorie matérialiste de l´État” de Hirsch y “Contribution a la critique de la théorie du capitalisme monopoliste de´État” de Wirth (traducidos del alemán e incluidos en esta compilación). También contenía el artículo del marxista británico David Yaffe que mencionamos más adelante, pero que no se relacionaba con el debate.

13/ El derivacionismo no dejaría de estar presente entre algunos intelectuales franceses –como el citado Pierre Salama-, pero desde entonces no se sumaron nuevas traducciones al francés de los artículos originales. Una muestra de ambas cosas son los recientes trabajos de Antoine Artous (Artous, A.: Marx, el estado y la política, Barcelona, Sylone, 2016, prologado precisamente por J. M. Vincent, y Artous, A. (comp.): Naturaleza y forma del estado capitalista, Bs. As., Herramienta, 2016).

14/ Holloway, J. y Picciotto, S.: State and capital. A marxist debate, London, Edward Arnold, 1978.

15/ El debate instrumentalismo – estructuralismo se publicó en español en Tarcus, H. (comp.): Debates sobre el estado capitalista1. Estado y clase dominante, Bs. As., Imago Mundi, 1991; algunos textos del debate entre fundamentalistas y neoricardianos en español son Yaffe, D.: “La teoría marxista de la crisis, del capital y del estado”, en Críticas de la economía política 16/17, México, El Caballito, 1980 y Gough, I.: “Gastos del estado en el capitalismo avanzado”, en H. R. Sonntag y H. Valecillos (comps.): El estado en el capitalismo contemporáneo, México, Siglo XXI, 1977. Para un análisis detallado del contexto de recepción del debate de la derivación en Gran Bretaña puede consultarse, además de la introducción de Holloway y Picciotto incluida en esta compilación, Clarke, S.: “The state debate”, introducción a S. Clarke (ed.): The state debate debate, Londres, Palgrave Macmillan, 1991.

16/ La recepción británica del debate fue particularmente productiva y dio lugar a la emergencia del “Marxismo Abierto” y al trabajo de inspiración poulantziana de Bob Jessop, para mencionar a los más relevantes. El proceso de reestructuración del capital y del estado que iniciaría el gobierno de Tatcher en el Reino Unido daría lugar al llamado “Debate de la reformulación del estado”, del que participó Hirsch pero que tuvo su centro particularmente en Gran Bretaña y cuyos protagonistas fueron Jessop, Holloway, Bonefeld y Clarke, entre otros. Dicho debate, a partir de los aportes y conclusiones del debate de la derivación, intentó abordar el problema de las transformaciones históricas en curso de la forma de estado (en español véase Bonefeld, W. y Holloway, J. (comps.): ¿Un nuevo estado? Debate sobre la reestructuración del estado y el capital, México, Cambio XXI, 1994, Hirsch, J. et alii: Los estudios sobre el estado y la reestructuración capitalista, Bs. As., Tierra del Fuego, 1992 y varios números de la revista Cuadernos del Sur). Algo similar ocurrió con la irrupción de las discusiones en torno a la “globalización” y el “dominio de las finanzas” (en español véase por ejemplo Holloway, J. “La reforma del estado: capital global y estado nacional”, en Perfiles latinoamericanos 1, México, 1993 y Holloway, J. et alii: Globalización y estados – nación. El monetarismo en la crisis actual, Bs. As., Tierra del Fuego, 1995) y en torno a la teoría de las relaciones internacionales y los procesos de integración regional (en español véase Kan, J. y Pascual, R. (comps.): Integrados. Debates sobre las relaciones internacionales y la integración regional latinoamericana y europea, Bs. As., Imago Mundi, 2013, especialmente la primera parte dedicada a los debates teóricos sobre el tema dentro el marxismo).

17/ “Acumulación, dominación y lucha de clases en la Argentina contemporánea, 1989-2011”, radicado en el Centro de Investigaciones sobre la Economía y la Sociedad de la Argentina Contemporánea de la Universidad Nacional de Quilmes. Los principales trabajos de este programa, centrado en el análisis interdisciplinario de la historia argentina reciente, están disponibles en www.laargentinareciente.com.ar.

18/ Heide Gerstenberger señaló en este sentido, por ejemplo, que “en su introducción a la compilación no sólo evaluaron los ensayos alemanes, sino que ellos mismos ofrecieron una contribución muy rigurosamente argumentada al desarrollo de una teoría marxista del estado” (“Gerstenberger, H.: “The historical constitution of political forms of capitalism”, en Antipode 43 (1), 2011, p.81).

19/ Este artículo de Müller y Neusüß incluye duras críticas al pensamiento político de Habermas y Offe y su publicación en inglés originó un debate en las páginas de Telos (pueden consultarse en este sentido Habermas, J.: “A reply to Müller and Neusüß” y Offe, C.: “Further comments on Müller and Neusüß”, ambos en Telos 25, 1975).

20/ Working papers on the kapitalistate (Kapitalistate) fue una revista impulsada por un colectivo de intelectuales marxistas de diversos países, alemanes incluidos, encabezado por James O´Connor desde California. Además de este artículo de Alvater, publicó una extensa reseña de la compilación de Holloway y Picciotto (por M. A. Fay, en Kapitalistate 7, 1978) y del artículo de von Braunmühl incluido en dicha compilación (por M. A. Fay y B. Stuckey, en Kapitalistate 8, 1980), así como textos posteriores de autores emparentados con el debate (Picciotto, Hirsch, Jessop, Clarke). Esta revista fue así el principal medio de la escasa difusión del debate alemán en los Estados Unidos.

21/ La lectura de este artículo de von Braunmuhl puede complementarse con la de “Mercado mundial y estado nación”, disponible en Cuadernos políticos 38, México, El Caballito, 1983 (traducción de “Kapitalakkumulation in Weltmarketzusammenhang. Zum methodischen Ansatz einer Analyse des burgerlichen Nationalstaats”, publicado originalmente en Gesellschaft 1, 1974), que decidimos no incluir en esta compilación por razones de espacio.

La normalización de la servidumbre

por Dikastis//

Es bien sabido que en el mundo occidental las formas de dominación totalitarias crean un repudio casi automático por parte de la población al ser planteadas como método de gobierno. Estamos adaptados a democracias parlamentarias y a sistemas de votación y elección de representantes, de modo que un sistema absolutista y dictatorial nos parece un arcaísmo evitable y aborrecible.

Aun así, es inevitable contemplar la situación de la sociedad contemporánea, en prácticamente cualquier parte del mundo desarrollado, sin percatarse de constantes y flagrantes abusos a las libertades más esenciales,  de una forma muy similar a las dictaduras absolutistas de antaño.

Las democracias modernas, enmascaradas tras unas libertades aparentes y con unos límites difusos, amagan un trasfondo que en prácticamente nada se distinguen de regímenes dictatoriales. Pero sin embargo, esa apariencia de libertad constituye un pilar fundamental para la aceptación y la perpetuación de la sociedad de clases.

En definitiva, de la misma manera que en épocas pasadas se aceptaron como normales sistemas de dominación embrutecedores, nuestra etapa histórica no es una excepción.  Seguimos haciéndolo sin cuestionarlo demasiado, casi por inercia, pese a ser conscientes de la existencia diaria de casos de represión, coerción de libertades básicas, desahucios, corrupción, no cumplimiento de programas electorales, etc…

No es extraño, pues, plantearse la siguiente pregunta en clave sociológica: “¿Por qué estamos tan mal y por qué lo permitimos?”.

EL SÍNDROME DEL ESCLAVO SATISFECHO

Es curioso que los manuales de diagnóstico psiquiátrico (como el DSM americano) contemplen la rebeldía como un trastorno mental, pero que sin embargo, asuman como un comportamiento normal el hecho de sufrir una existencia objetivamente miserable y estar agradecido de ello, resignándose a aceptar sus penurias con un único argumento: “es lo que hay”.

Y es que hay algo peor que sufrir un trato constante de dominancia y humillación, y ese algo es estar agradecido y satisfecho de su condición de esclavo.

Algunos pensarán que exagero cuando hablo con tal soltura sobre un término tan peyorativo y extinto como “esclavitud”, pero la esclavitud psicológica moderna nada tiene que envidiar a la esclavitud física de antaño.

La neoesclavitud se fundamenta en el principio de la asunción del pensamiento y de los intereses de las clases dominantes. Hecho que desemboca en una personalidad resignada, indulgente y acrítica, que concibe las necesidades de los poderosos como suyas propias, “superando” la lucha de clases por la negación de estas. Nada más lejos de la realidad.

Pongamos un ejemplo:

El aparato de dominación nos vende una imagen: “La empresa es una GRAN FAMILIA, hay que hacer sacrificios porque TODOS sufrimos la crisis y hay que proteger a los empresarios porque GENERAN RIQUEZA al crear nuevos puestos de empleo”

Este discurso inclusivo engloba dos clases de intereses opuestos en un todo homogéneo con intereses predefinidos por la clase dominante.

Se reparten sentimientos de familiaridad, calidez y cercanía que van más allá de una relación meramente laboral, personalizando entidades corporativas y generando en el trabajador un sentimiento de traición si no cumple. También se exculpa a los culpables de la situación económica y lo que es peor, se les considera agentes imprescindibles para la salvación.

Al final, encontramos una clase dominante reforzada (dando imagen de necesaria, salvadora, de una omnipotencia casi religiosa e incuestionable) y una clase obrera debilitada y con un discurso ajeno a sus necesidades (dando una imagen temerosa, trabajadora, sacrificada y de la que se espera que no traicione tales preceptos).

UN SÍNDROME RECURRENTE EN LA HISTORIA

LA CAVERNA DE PLATÓN

Para encontrar el primer ejemplo de la tesis que sostengo en el artículo, debemos remontarnos a la Grecia Antigua.

Platón, conocido por muchos, fue un filósofo cuyos pensamientos influenciaron de forma notable en los pilares sobre los cuales se han sustentado prácticamente todas las sociedades históricas occidentales.

Una alegoría propuesta en su libro “La República”, es el famoso Mito de la caverna de Platón.

En ella, Platón nos habla de unos hombres encadenados en las profundidades de una caverna desde su nacimiento, sin haber nunca salido de allí y sin tener la capacidad de poder mirar hacia atrás para entender sus cadenas. Por lo tanto están obligados permanentemente a mirar hacia la pared que tienen delante. Tras ellos se halla un muro ocultando una hoguera de la que sólo les llega algo de luz. Entre el muro y la hoguera se encuentran unos individuos con objetos que sobresalen por encima del muro y utilizan la luz de la hoguera para proyectar las sombras de dichos objetos, emulando formas de árboles, personas o animales. Por lo tanto, todo lo que ven los hombres encadenados, son meras emulaciones de la realidad, aunque para ellos esa es la realidad, ya que no conocen otra.

Si uno de ellos lograra girarse y ver la auténtica realidad, la luz le cegaría, vería siluetas extrañas de otras personas y al intentar salir de la cueva, probablemente querría volver a la oscuridad de esta, por la lumbre cegadora del sol. De esta forma, si realmente quisiera salir de allí, necesitaría tiempo y esfuerzo para comprender y adaptarse a la nueva realidad.

LA SERVIDUMBRE VOLUNTARIA

Allá por el siglo XVI nos encontramos con el pensamiento humanista del escritor bordelés y precursor del anarquismo Étienne de La Boétie, reflejado en su ensayo “Discurso de la servidumbre voluntaria”.

La Boétie se preguntaba: “¿Cómo es posible que tantos hombres, tantos pueblos, tantas ciudades, tantas naciones soporten a veces un tirano que no dispone de más poder que el que se le otorga?”

La respuesta la encuentra en la forma en la que se constituyen las sociedades: la violencia.

Al principio, el sometimiento popular se ejerce mediante dominación armada y violenta, en donde el vencido se ve obligado a estar subyugado por obligación, pero en las generaciones venideras, nacidas en el seno de unas costumbres de servidumbre, deciden servir por pura resignación.

La Boétie lo resumía de esta forma: “Es verdad que al comienzo uno sirve obligado y vencido por la fuerza; pero los que vienen después sirven sin disgusto y hacen de buen grado lo que los precedían habían hecho por obligación.”

Al igual que el ejemplo de Platón, este también es extrapolable a la sociedad actual. Aunque la dominación no siempre se ejerza de manera violenta o armada, los métodos de coerción económicos, más refinados, también gestan en los individuos un espíritu de resignación y derrota.
La dominación, en ambos ejemplos, se rompería con un trabajo arduo y una dedicación premeditada hacia ello.

LA ALIENACIÓN: MARX Y MARCUSE

Ya en el siglo XIX, Marx, influenciado por el pensamiento de Hegel y Feuerbach, analizará un concepto que también se podría englobar dentro de este paradigma: la alienación.

La alienación, grosso modo, se puede entender como una disociación del trabajador con respecto al rendimiento de su actividad productiva (cuánto produce), al usufructo generado por tal actividad productiva (qué produce), a las relaciones humanas y a su propio potencial como humano.

Si bien estar alienado no es una patología en sí, el concepto nos puede ayudar a entender las causas de la servidumbre voluntaria.

Un trabajador (dominado), al no saber cuánto produce ni tener control sobre el producto generado mediante su actividad productiva, desconoce la situación económica. Relegando así involuntariamente el control de esta al empresario (dominante). Esta situación perpetúa el engranaje de dominación y le otorga el control económico absoluto y por ende, una posición de dominio a dicha clase.

Por otro lado, el obrero, obligado a competir con sus compañeros y compañeras, suscita en él un mecanismo defensivo primario de conservación: la individualidad. Ante tal situación, cada individuo se distancia de sus semejantes, abogando por desentonar sobre el resto y desmerecerlos; virtualmente, se generan objetivos contrapuestos entre cada obrero (“yo tengo que quedarme con este trabajo a toda costa”) aunque el objetivo definitivo, sea común (“porque si no, no podré comer”).

En la misma línea de ideas, el sociólogo Herbert Marcuse, de la Escuela de Fráncfort adapta la teoría marxista de la alienación al contexto industrial, con una visión renovada. Enlazo un artículo acerca de esto AQUÍ para no explayarme más de la cuenta.

Sin duda, es muy curioso como un discurso como el del principio del artículo, puede propiciar que un esclavo sienta más afinidad y cercanía de clase con aquél que le domina que con un congénere con los mismos fines.

LA EXISTENCIA INAUTÉNTICA Y LA MALA FE

Por último, me gustaría mencionar dos interesantes conceptos surgidos de dos filósofos con perspectivas ideológicas antagónicas pero que mucho tienen que aportar a todo esto.

El primero es el concepto de la “Existencia Inauténtica”, del alemán Martin Heidegger.

El individuo, consciente y angustiado por el conocimiento de su propia muerte se entrega a la “existencia inauténtica”. Una forma del ser que pretende negar la propia consciencia escudándose tras la pasividad, la mediocridad y el anonimato.

Esta existencia inauténtica enmascara la autenticidad del individuo y representa la imagen que queremos mostrar a los demás, de forma que también, dicha representación, viene determinada desde el exterior.

Se podría ejemplificar de la siguiente manera:

Tenemos a cinco individuos que conforman una sociedad con una identidad cultural, unas normas, una ideología y una forma de ser determinadas. Dos de ellos dominan, los otros tres trabajan para ellos sin cuestionárselo. Supongamos que llega un sexto individuo con una mentalidad que rompería con la homogeneidad del entorno, sin embargo esto no pasa. Poco a poco, ese sujeto se homogeneiza ocultándose tras una máscara de apariencias que le sirve para no destacar sobre nadie, para, de esta forma, poder permanecer como miembro íntegro de la sociedad. Lo curioso es que no se cuestiona porqué lo está haciendo, así que sirve voluntariamente.

El segundo concepto es el de la “Mala Fe”, acuñado por Jean-Paul Sartre.

La mala fe es el autoengaño. Una conducta mediante la cual un ser niega su propia libertad convirtiéndose en un ser inerte.

Esta actitud se representa muy claramente cuando hay que elegir entre dos situaciones. Sartre, en “El ser y la nada”, nos muestra el siguiente ejemplo:

“Un camarero sirve a los clientes con excesivo celo, con excesiva amabilidad; asume tanto su papel de camarero que olvida su propia libertad; pierde su propia libertad porque antes que camarero es persona y nadie puede identificarse totalmente con un papel social.”

El camarero del ejemplo renuncia a tomar una decisión; quizás dejar el restaurante, quizás probar a trabajar con mayor naturalidad… Si le preguntáramos, probablemente excusaría su situación indicando que no puede hacer otra cosa, que tiene que actuar así.

Tanto la renuncia como la excusa son mala fe sartreana.

Este concepto está sumamente ligado a esclavitud voluntaria. La mala fe le sirve a la estructura de dominación para mantener engrasados sus engranajes.

Si como individuos somos incapaces de romper una disyuntiva mediante elecciones razonadas y preferimos ocultarnos tras el autoengaño, por tal de no cuestionar el porqué de actuar de tal o cual forma, como sociedad ese problema se magnifica y se perpetúa.

LA NECESIDAD DE PENSAMIENTO CRÍTICO

Como hemos podido ver, el síndrome de la esclavitud voluntaria no es un concepto de la nueva era. A lo largo de la historia se ha estudiado su existencia así como los medios que nos llevan a ella desde distintas perspectivas. Todas son válidas e interrelacionables.

Tanto la mala fe como la existencia inauténtica, son conceptos que aluden a la representación del individuo de cara al exterior, pero a su vez, esta representación es diseñada por los agentes externos.

Estos conceptos son otra forma de alienación complementaria a los preceptos de Marx y a su vez, desarrollos más concretos y específicos de la antiquísima caverna platónica.

La única forma de romper con esta rueda de servidumbre voluntaria es mediante el escepticismo y el pensamiento crítico. Cuestionar absolutamente todo lo que uno hace y saber por qué se hace. Porque no hay praxis más irresponsable que utilizar la libertad de elección como forja de nuestras propias cadenas.

Documental: Walter Benjamin, Constelaciones.

Constelaciones es una “reflexión en imágenes” en torno a algunos conceptos centrales de la obra de Walter Benjamin. Se trata de un conjunto de citas audiovisuales –escenas de películas, fotografías, pinturas, grabaciones sonoras, animaciones, documentos históricos…– articuladas según una metodología que desarrolló el propio Benjamin. Forma parte de un proyecto del Círculo de Bellas Artes de Madrid:

Música 44 Duos para dos violines: IV. (37 – 44)”, de André Gertler & Josef Suk

Documental: Tomé, memoria obrera.

Documental realizado por José Burgos, documentalista audiovisual del taller audiovisual Llalliypacha, producción inserto en el género de la memoria histórica, realizado entre el año 2012 y 2014. editado en el 2015.

Le damos las gracias por la motivación , los contactos y el tremendo apoyo moral del compañero Hector Coloma quien nos habló y nos hizo interesar en este importante proceso histórico y social de gran significancia en los años en que Chile vivió cambios profundos en el período de 1970 a 1973 proceso encabezado por el doctor Salvador Allende. Este documental fue autogestionado integralmente, no se recibió apoyo económico de ONGs o alguna institución del estado, ni de particulares.

Lo invitamos a conocer este documental.

 

Circo electoral y lucha anticapitalista

por Gustavo Burgos//

Los demócratas alarmados por Venezuela, el Tribunal Constitucional y las tres causales del aborto, la ética de la DC y Rincón, parecen ser la pobre fanfarria que acompaña un proceso electoral anómalo y extravagante, en el que sin mayor despliegue y con una inminente justa en noviembre todo indica que –de no mediar algún imprevisto- Piñera de un lado, Guillier y Sánchez del otro son los principales oponentes. Seguir leyendo Circo electoral y lucha anticapitalista

La demasiado breve convergencia entre la revolución rusa y la ecología científica

por Daniel Tanuro//

16 de enero de 1919. La guerra civil está en su apogeo. Las tropas blancas del almirante Koltchak han franqueado los Urales y progresan hacia Moscú. La porción del territorio controlada por los rojos se reduce progresivamente. Los soviets están en peligro de muerte. Sin embargo, en su oficina del Kremlin, Lenin se toma tiempo para debatir sobre… la protección de la naturaleza.

Zapovedniks

Por recomendación del comisario del pueblo para la educación Lunacharski, Lenin recibe ese día a Nikolai Podiapolski, del Comité Ejecutivo territorial de Astracán. Quiere informarse sobre la situación político militar en esa región. Pero el agrónomo Podiapolski solicita su apoyo para la creación de una reserva natural integral (zapovednik) en el delta del Volga.

Lunacharsky ha sugerido a Podiapolski que sitúe su propuesta en el marco general de una necesaria política de conservación de las riquezas naturales. El consejo es juicioso: no contento con aprobar el proyecto sobre el Volga, Lenin demanda a su interlocutor que le redacte un decreto aplicable a toda la Unión. Se trata de una “prioridad urgente”, según comenta.

Animado por este resultado, Podiapolski trabaja con ahínco. El día siguiente por la mañana, el texto está en la oficina de Lenin. El mismo día, éste envía su acuerdo al agrónomo, precisando que el texto debe ser sometido al Comisariado de Educación (Narkompros) para su aprobación.

La zapovednik del delta del Volga será creada por Podiapolski a su vuelta a Astracán. Será la primera de una larga serie -diez años más tarde, las zapovedniks cubrirán 40 000 km2. Por otra parte, el Narkompros creará una comisión temporal sobre la conservación. Con varios científicos de renombre entre sus miembros, será dirigida por un astrónomo miembro del Partido Comunista: Vagran Tigran Ter-Oganesov.

Narkompros

Sin embargo, habrá que esperar al final de la guerra civil para que el proyecto de Podiapolski desemboque efectivamente en un decreto general. Firmado el 21 de septiembre de 1921, confirma que la política de conservación es colocada bajo la responsabilidad del Narkompros. Este punto es de una importancia capital.

Las exportaciones de madera y de pieles representaban una gran fuente de divisas y los campesinos, sedientos de tierras que cultivar para combatir el hambre, apenas -es un eufemismo- estaban preocupados por la preservación del patrimonio natural…

Dos días después de la toma del poder, el gobierno soviético había adoptado el decreto “Sobre la tierra” que nacionalizaba el suelo, el subsuelo y los bosques. Pero Lenin era consciente de que la nacionalización solo es una precondición necesaria, no suficiente para garantizar una política socialista.

Confiar la política conservacionista al Narkompros, era protegerla contra las lógicas “cortoplacistas” burocráticas y utilitaristas de otros aparatos del Estado. Contrariamente al Comisariado para la Agricultura, en particular, el Narkompros ofrecía la oportunidad de una gestión guiada ante todo por preocupaciones científicas.

Ecologistas y soviets

Se conoce la “ley del desarrollo desigual y combinado” invocada por Trotsky: un país atrasado puede, debido a su integración en el mercado mundial, presentar rasgos de una gran modernidad. Esta paradoja no solo vale para la economía. Los ecologistas rusos eran punteros en ciencia antes de 1917. El geoquímico Vladimir Vernadsky (inventor del concepto de biosfera) es el más conocido, pero muchos otros científicos -el zoólogo Kozhevnikov o el botánico Borodin, por ejemplo- gozaban de una reputación internacional.

Estos sabios no querían solo proteger santuarios naturales, como en los parques americanos. Querían además comprender el funcionamiento de los ecosistemas. El antiguo régimen no les había escuchado. El gobierno soviético les daba satisfacción creando reservas integrales, destinadas a la investigación, en las que toda intervención humana estaba (teóricamente) excluida.

Vernadsky era un fundador del Partido Constitucional Demócrata (“cadetes”), un partido liberal. En general, los científicos rusos no tenían casi simpatías políticas por los bolcheviques. Decir que quedaron más bien sorprendidos de que la revolución respetara la independencia de sus investigaciones y solicitara su colaboración es quedarse corto.

De esta colaboración resultaron una serie de iniciativas excepcionales, que favorecieron el desarrollo de la ecología como disciplina científica. En este terreno, la URSS de los años veinte ocupaba incluso una posición de vanguardia en la escena internacional.

Anticapitalismo y gestión racional

La política del poder revolucionario en materia de protección del medio ambiente es poco conocida. ha sido escamoteada por la contrarrevolución estalinista y por los desastres posteriores (mar de Aral, Chernóbil). Merece ser rehabilitada. Porque la verdad tiene sus derechos… y porque sus enseñanzas son muy actuales.

Como señala Douglas Weiner 1/, los dirigentes bolcheviques ponían un signo de igualdad entre el socialismo y la organización racional de la sociedad sobre una base científica. Pero rechazaban cualquier instrumentalización de las ciencias por la política. Una política que sometiera a la ciencia solo podía, en su opinión, esterilizar la ciencia… y por consiguiente perjudicar en definitiva un proyecto político de un desarrollo social racional.

Los teóricos bolcheviques, Lenin el primero, consideraban de hecho el anticapitalismo como una conclusión lógica que debía imponerse lógicamente a todo científico coherente. De ahí la seriedad con la que tomaban en cuenta los trabajos científicos en todas las disciplinas. De ahí también su interés por el debate sobre la base de esos trabajos.

Esta actitud está sin duda en continuidad directa con la actitud de Marx y Engels hacia Ricardo, Smith, Morgan o Darwin: integrar los descubrimientos científicos de forma crítica, discutir los presupuestos filosóficos de los investigadores, denunciar si es preciso los sesgos ideológicos derivados de sus concepciones de clase.

Ecología materialista

Para comprender la acogida favorable reservada a las propuestas de Podiapoliski hay que saber, además, que Lenin predicaba la humildad ante los “sabios burgueses” y que el agrónomo pertenecía a una corriente particular de los conservacionistas rusos: no era ni un romántico nostálgico, ni un partidario de la ecología instrumental que tiene por objetivo privilegiar las “buenas” especies destruyendo las “malas”, sino un representante de la tercera corriente, que D. Weiner califica de ecologistas materialistas.

N. Podiapolski, Grigori Kozhevnikov, Vladimir Stanchinsky, y otros, desarrollaban un planteamiento muy moderno: temiendo que la destrucción del medio ambiente provocara a fin de cuentas un hundimiento social, abogaban por que la humanidad asumiera una gestión racional de la naturaleza, y lo hiciera con una muy extrema prudencia, apoyándose en la mejor ciencia posible.

Para estos sabios, los zapovedniks eran laboratorios que servían para comprender el funcionamiento de las biocenosis a fin de que la sociedad eligiera conscientemente las orientaciones de desarrollo (agrícola en particular) más adaptadas a las posibilidades de los ecosistemas.

Una convergencia parcial pero real

Este planteamiento no podía sino convencer a Lenin. Hay que recordar que se debe a Lenin una crítica precoz de las teorías económicas (¡en boga hoy!) sobre la posibilidad de sustituir con capital los recursos naturales destruidos: “Es tan imposible reemplazar las fuerzas de la naturaleza por el trabajo humano como reemplazar archines (medida de longitud) por pouds (medida de peso) 2/”.

La decisión soviética de nacionalizar los bosques tampoco caía del cielo: estaba en continuidad directa con el análisis de Marx sobre la contradicción entre el cortoplacismo capitalista y las exigencias, forzosamente a largo plazo, de una silvicultura responsable.

De forma general, la idea de regulación humana racional de los intercambios de materias con la naturaleza no era extraña a Lenin. Conocía los escritos de Marx sobre la necesidad de que “el hombre social, los productores asociados gestionen racionalmente su metabolismo con la naturaleza”, en particular devolviendo los excrementos humanos a la tierra.

Nada indica sin embargo que los dirigentes bolcheviques integraran la visión de largo plazo de Stanchinsky, Kozhevnikov, y otros sobre la finitud de los recursos, los límites del desarrollo y la amenaza ecológica. Pretender lo contrario sería anacrónico y engañoso.

Algunos comunistas pueden haber sido sensibles a la cuestión; su dirección no lo era. Por tres razones. 1) tenía otras tareas que hacer; 2) el riesgo de una crisis ecológica global no era aún más que una proyección científica, no una dimensión determinante de la crisis social; 3) las ideas cientificistas sobre el “dominio de la naturaleza” eran muy atractivas 3/.

El giro de 1928

En cualquier caso, la política de conservación del joven poder soviético era rica en desarrollos científicos que no demandaban más que ser integrados al marxismo. Particularmente prometedores eran los trabajos de Stanchinsky sobre la distribución, a los diferentes niveles de las cadenas alimentarias, de la energía solar captada por las plantas, las consecuencias sobre el equilibrio dinámico de las comunidades naturales y las implicaciones para la “gestión racional del metabolismo” humanidad-naturaleza.

Este impulso teórico fue desgraciadamente roto por la contrarrevolución estalinista.

A partir de 1928, el origen “burgués” o “pequeñoburgués” de los investigadores es cada vez más denunciado para desacreditar sus posiciones. Stalin refuerza su dictadura política. No puede tolerar la libertad de pensamiento científico del que era garante el agradable y brillante Lunacharsky (fue empujado a abandonar el Narkompros en 1929).

Una “ciencia proletaria”

La tensión sube rápidamente con el primer Plan Quinquenal (1929-1934). Los ecologistas denuncian la intensificación desmesurada de la explotación forestal y de la caza. Sobre todo, desarrollan una crítica acerada de la colectivización forzada: no tiene en cuenta en absoluto la productividad natural de los ecosistemas, predicen su fracaso y temen una pérdida de biodiversidad.

Los hechos confirman los pronósticos: la producción agrícola se hunde. Como consecuencia de la revuelta de los campesinos, ciertamente, no como consecuencia de los disfuncionamientos ecológicos (cuyo efecto se marcará a largo plazo). Pero poco importa: para Stalin, la crítica es intolerable. Busca chivos expiatorios. Se denuncia el carácter intocable de los zapovedniks, los “sabios burgueses” son tratados de “saboteadores”.

Esta propaganda odiosa desemboca muy rápidamente en un cambio completo de las relaciones entre marxismo y ciencias. Stalin inventa la “ciencia proletaria”: la que se somete al partido, por tanto, a su Jefe. Solo le importa la práctica, abandona la investigación fundamental, se pone al servicio del Plan y de sus objetivos productivistas. Nueva verdad revelada, el diamat (materialismo dialéctico) ocupa el lugar del dogma religioso en una política digna de la Santa Inquisición.

Represión feroz, indignación selectiva

Dirigida por Stalin en persona, la ofensiva es orquestada en los medios académicos por el filósofo Izaak Prezent. Siguiéndole, charlatanes expertos en reverencias lograrán ocupar el lugar de los verdaderos sabios. Les bastará con tratar a éstos de “traidores a la clase obrera”, y de plantear supuestas soluciones milagrosas para aumentar la producción…

Con su denuncia de la genética como “falsa ciencia burguesa”, Lyssenko entró en la historia como el prototipo de esos arribistas sin escrúpulos. Mientras Stalin le cubre de laureles, Nikkolai Vavilov, pionero de la biodiversidad, fundador del primer banco mundial de semillas, es condenado por espionaje y encarcelado hasta su muerte en prisión.

La represión golpea también a los defensores del medio ambiente. El antiguo inspector jefe de la salud pública y ministro Kaminsky es detenido en 1937 y ejecutado: denunciaba las consecuencias sanitarias de la polución industrial. Stanchinsky y otra veintena de personas son detenidas en 1934.

La suerte de esas personas conmovió menos en Occidente que la de Vavilov. D. Weiner plantea una explicación interesante para esta indignación selectiva. “Apenas parece extraño, escribe, que nuestra cultura científica orientada hacia la dominación haya tomado rápidamente nota de un asalto contra la genética pero haya permanecido beatamente ignorante del sometimiento (de la ecología)”.

El “diablo” Lenin

Es en efecto cómodo tomar la defensa de la genética: es una ciencia bien establecida y que halaga los sueños tecnocráticos de dominio de la naturaleza. Denunciar el estrangulamiento burocrático de la ecología rusa es más engorroso puesto que los responsables capitalistas ignoran desde hace 50 años las toneladas de informes científicos que hacen sonar la señal de alarma sobre la destrucción del medio ambiente y sus peligros.

La razón de esta actitud de los responsbles capitalistas es evidente: a su manera, hacen pasar también el dogma por delante de la ciencia; poner en cuestión el crecimiento material es tan tabú a sus ojos como a los de Stalin.

Los bolcheviques no eran ciertamente ecosocialistas avant la lettre. Lo que no impide que el “diablo” Lenin, en plena guerra civil, encontrara algunas horas de entrevista para comenzar a esbozar una política que hubiera podido cambiar el curso de la historia de las relaciones entre la humanidad y la naturaleza.

 

1/ Este artículo está basado en el libro de Douglas Weiner “Models of Nature. Ecology, Conservation and Cultural Revolution in Soviet Russia”, University of Pittsburgh Press, 1988. Una reseña comentada de esta obra, en francés, ha sido redactada por nuestro compañero Jean Batou: “Révolution russe et écologie”. http://www.persee.fr/doc/xxs_0294-1759_1992_num_35_1_2562

El asunto Vavilov es en particular objeto de un libro de Peter Pringle: “The Murder of Nikolaï Vavilov. The Story of Stalin’s Persecution of one of the Great Scientists of the XXth Century”, Paperback, 2011.

2/ Lenin “La cuestión agraria y los críticos de Marx”. (https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/oc/akal/lenin-oc-tomo-05.pdf ) La posibilidad de sustituir sin límites capital a los recursos naturales está tras la tesis de la “sostenibilidad débil” defendida por los economistas Hartwick y Solow.

3/ El caso de Trotsky es característico: aboga por la independencia de la investigación científica a la vez que defiende una visión extrema de la “dominación de la naturaleza” por el “hombre socialista”. Leer Daniel Tanuro “Ecologie, le lourd héritage de Léon Trotsky” . http://www.lcr-lagauche.be/cm/index.php?option=com_sectionnav&view=article&Itemid=53&id=1739

David Lynch: Rabbits

En una ciudad sin nombre, inundada por una lluvia continua… Tres conejos viven con un aterrador misterio”

Enigmático como sólo puede serlo David Lynch, Rabbits (2002) es el desmontaje y alteración de los cánones de las series cómicas llamadas sitcoms, donde situaciones cotidianas puestas en un orden especifico y agregándoles risas enlatadas logran que el espectador ría (en el mejor de los casos por supuesto).

En Rabbits dichos cánones están puestos en un orden aparentemente aleatorio que la hace ver incomprensible a primera vista, pero que una mirada un poco mas detallada hace notar que hay un orden semi-lógico que el espectador debe ir construyendo a medida que suceden las situaciones y los diálogos.
Los 50 minutos de metraje es un plano fijo de un cuarto semi oscuro, donde 3 humanos con cabezas de conejos (dos conejas hembra y uno macho) tienen una conversación acerca de 3 temas en donde el que mas desquicia es el de un engaño que tiene lugar entre ellos y del cual no sabremos nada.

El entorno de todo esto es mas lúgubre aún que los diálogos: un cuarto semi iluminado donde sofás, lámparas y puertas nos hacen reconocer el lugar como un sitio familiar, donde alguna vez hemos estado. Los actores van vestidos con ropas humanas pero sus cabezas, manos y piernas son de piel de conejo, lo cual hace mas inexplicable el entorno. Ellos a lo largo de lo que dura la película van intercambiando diálogos que son, a simple vista, incoherentes y sin orden. también hay escenas donde cada uno de ellos se para en medio y comienza a recitar lo que podría decirse que son poemas y cánticos, sin ninguna relación con los diálogos anteriores.
el ambiente terrorífico lo complementa la música de Angelo Badalamenti, un tipo acostumbrado a trabajar con Lynch. Dichos sonidos (esa palabra cuadra mejor) dan el toque sonoro para este claustrofóbico ambiente. y es que el terror en este trabajo es básicamente psicológico , la tensión que da ver a 3 conejos dialogando entre si, vistos con un solo plano de cámara con una iluminación tenebrosa, da para que cualquier cosa que rompa ese ambiente (un teléfono sonando, una puerta que se abre) haga que el corazón lata aún más rápido que si viéramos sangre o recursos similares.igual al parecer el capitulo que supuestamente falta en esta serie esta contenido dentro de la anteriormente mencionada.

Una historia pesada, tenebrosa y necesaria. Es Lynch, nada más, nada menos.

Reparto:

  • Scott Coffey – Jack
  • Rebekah Del Río – Jane (cuando canta)
  • Laura Harring – Jane (como Laura Elena Harring)
  • Naomi Watts – Suzie

EP

Ejército venezolano afirma que suprimió intento de golpe

por Bill Van Auken//

Los principales comandantes militares venezolanos declararon el domingo que las fuerzas armadas del país habían aplastado un intento de golpe de Estado protagonizado por “terroristas” y “mercenarios” vinculados a la oposición derechista del país y a gobiernos extranjeros.
El presunto intento de golpe aparentemente involucró no más de dos docenas de hombres armados que intentaron hacerse cargo de la base militar estratégica de Paramacay de la 41ª Brigada Blindada en la ciudad de Valencia, ubicada en la Zona Central de Venezuela.
El supuesto golpe ocurrió un día después de que la asamblea constituyente votara a favor de la destitución de la fiscal general del país, Luisa Ortega, una partidaria desde hace mucho tiempo del partido gobernante, que había cuestionado públicamente la legitimidad de las elecciones para la asamblea celebrada el domingo pasado.
Ortega había procesado a miembros de las fuerzas de seguridad por actos de represión llevados a cabo durante las manifestaciones contra el gobierno que fueron organizados por la oposición derechista. Cuatro meses de protestas han dejado más de 100 muertos, casi 2.000 heridos y más de 500 detenidos. Un número significativo de los muertos han sido miembros de las fuerzas de seguridad, ya que los elementos de la extrema derecha han empleado métodos cada vez más violentos.
Después de que la asamblea constituyente votara a favor de la destitución de Ortega, miembros armados de la guardia nacional rodearon sus oficinas en el centro de Caracas, bloqueando su paso cuando intentó entrar al edificio.
Ortega sostiene que la razón verdadera de su despido fueron los cargos que presentó contra miembros del gobernante PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela) del presidente Nicolás Maduro por vínculos ilícitos con Odebrecht, el gigante brasileño de la construcción. La empresa admitió haber pagado 98 millones de dólares en sobornos para conseguir contratos en Venezuela, y Ortega imputó a la esposa y la madre de un exministro del PSUV el mes pasado en relación con estos planes.
En la misma sesión en que la asamblea votó por la expulsión de Ortega, Diosdado Cabello, un poderoso miembro de la dirección del PSUV y exoficial militar, anunció que el órgano legislativo permanecería en sesión por un periodo de dos años. Una asamblea constituyente convocada a través de un referéndum convocado por el fallecido predecesor de Maduro, Hugo Chávez, duró sólo cuatro meses.
El líder del supuesto intento de golpe de Estado en Valencia fue identificado como Juan Carlos Caguaripano, excapitán de la Guardia Nacional, quien fue destituido en el 2014 después de haber hecho declaraciones públicas contra el gobierno. Posteriormente, Caguaripano apareció en CNN en Español, denunciando a Maduro y, según los informes, se había exiliado en Estados Unidos.
Presentándose el domingo en un video subido a YouTube con una docena de hombres vestidos en uniformes de camuflaje, algunos armados con armas automáticas, Caguaripano declaró: “…este no es un golpe de Estado. Esta es una acción cívica y militar para restablecer el orden constitucional. Pero más aún, para salvar al país de la destrucción total”.
Entre los relatos contradictorios sobre la acción militar, se habla de elementos dentro de la brigada blindada que apoyaron la acción antes de que fuera aplastada por fuerzas leales al gobierno. El gobierno afirmó que el grupo armado fue inmediatamente reprimido por las tropas.
Según un comunicado difundido por el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, los hombres armados que fueron capturados admitieron haber sido reclutados por elementos de la “extrema derecha venezolana” actuando en colaboración con gobiernos extranjeros.
También hubo informes de un pequeño grupo de manifestantes civiles que salieron a las calles cerca de la base militar para apoyar el levantamiento antes de que fuera expulsado por las fuerzas de seguridad con gas lacrimógeno y balas de goma.
Sin embargo, los medios locales citaron a otras personas en Valencia que opinaron que todo el asunto había sido “organizado” por el gobierno para desviar el creciente enojo popular.
Se expresaron reacciones similares a finales de junio cuando un excapitán de la policía y ocasional actor de películas se apoderó de un helicóptero y lanzó granadas contra el edificio de la Corte Suprema de Venezuela.
En todo caso, el gobierno de Maduro se encuentra extremadamente sensible ante la amenaza de un levantamiento dentro del ejército, que ha servido como su principal pilar desde que Chávez, un excoronel de paracaidistas que lideró un golpe fallido y luego quedó electo por primera vez en 1999. Los oficiales y exoficiales militares ocupan aproximadamente un tercio de los puestos del gabinete del gobierno y comprenden casi la mitad de los gobernadores del país.
Los últimos acontecimientos sucedieron en un momento en que la Casa Blanca está considerando la imposición de sanciones más amplias contra el gobierno de Maduro, descrito por miembros del gabinete de Trump como un dictador. El gobierno estadounidense ha impuesto sanciones personales contra Maduro, convirtiéndolo en el quinto presidente en el poder que ha recibido tal penalización. Los otros cuatro incluyen al iraquí Sadam Huseín y el libio Muamar Gadafi, ambos asesinados, y el sirio Bashar al Asad y el norcoreano Kim Jong-un, ambos objeto de amenazas de guerra y cambios de régimen.
Aunque se han propuesto sanciones económicas más amplias, la crisis y reorganización en la Casa Blanca de Trump han demorado estas medidas. Según se informa, el jefe del gabinete de la Casa Blanca, John Kelly, un general recientemente retirado de la Marina y exjefe del Comando Sur de EE. UU. que supervisa las operaciones militares estadounidenses en América Latina, quiere dirigir personalmente la escalada de agresión estadounidense contra Venezuela.
La otra cuestión es que la imposición de sanciones contra el petróleo venezolano, la principal palanca económica al alcance del imperialismo estadounidense, sería un arma de doble filo. El año pasado, Estados Unidos importó cerca de 10 000 millones de dólares de petróleo crudo de Venezuela para alimentar a las refinerías estadounidenses. Si bien un bloqueo de estas importaciones probablemente obligaría a el estatal Petróleos de Venezuela, S.A. (PDVSA), a incurrir en incumplimiento y hundir aún más la economía del país que ya está cayendo en picada, también implicaría un aumento en los precios de la gasolina en EE. UU.
La imposición de sanciones económicas estadounidenses significaría un mayor deterioro en las condiciones de vida de la clase obrera venezolana. La falta de ingresos por petróleo disminuiría aún más la capacidad de importar productos básicos como alimentos y medicinas. El 75 por ciento de los venezolanos informaron haber perdido un promedio de 19 libras en el 2016 debido a la escasez de alimentos, y las tasas de mortalidad infantil y materna en el país aumentaron en un 30 y 65 por ciento, respectivamente.
En el último año, la divisa nacional, el bolívar, ha perdido 94 por ciento de su valor en el mercado cambiario, reduciendo drásticamente los salarios reales de los trabajadores venezolanos, aun cuando la denominada boliburguesía, el sector de capitalistas que, junto con los militares, constituye la principal base de apoyo del gobierno de Maduro, se ha enriquecido a través de la especulación y la manipulación de divisas.

El Dow Jones en 22.000: Un nuevo récord de parasitismo

por Nick Beams//

El Promedio Industrial Dow Jones registró su séptimo récord consecutivo el día del 3 de agosto, después de llegar a 22.000 el miércoles, impulsado por un aumento de 4,7 por ciento en las acciones de Apple. El Dow ha casi triplicado su valor desde que alcanzó su punto bajo post-crisis financiera del 2008 de 6.547 en marzo del 2009.
El histórico auge bursátil ha continuado a pesar de la inestabilidad del gobierno de Trump y el aumento de las tensiones geopolíticas, con EE.UU. amenazando con guerra en Europa contra Rusia, en el Medio Oriente contra Irán, y en el este de Asia contra Corea del Norte y China. El mismo día del auge del Dow, Donald Trump promulgó nuevas sanciones contra Rusia, Irán y Corea del Norte. La Unión Europea se desmorona después del Brexit y la alianza entre los Estados Unidos y Alemania se está convirtiendo en hostilidad abierta y mutua. En medio del continuo estancamiento económico, las relaciones comerciales mundiales se están desintegrando, dando lugar a la guerra comercial y el proteccionismo.
Nada de esto ha puesto fin a la bonanza en Wall Street y las bolsas del mundo. En lo que va del año, el Dow ha subido un 11,5 por ciento. Una inversión de $10.000 hecha hace apenas una década ahora valdría $33.600. Estas enormes ganancias no llegan a toda la población —la Reserva Federal estima que sólo un 15 por ciento de los hogares posee acciones— sino que a la élite financiera.
En las primeras décadas del período post-Segunda Guerra Mundial, un alza en el mercado bursátil de los EE.UU. indicaba un fortalecimiento generalizado de la economía estadounidense, impulsada por las grandes corporaciones industriales que encarnaban la superioridad general de los métodos productivos del país. Esta época quedó en el pasado. El auge bursátil actual es una expresión de la inmensa y creciente distancia entre los mercados financieros y la economía real subyacente.
El júbilo de los directorios empresariales, Washington y la prensa por el alza del Dow por sobre los 22.000 coincide con escenas que recuerdan a la Gran Depresión. Decenas de miles trabajadores, viejos y jóvenes, en ciudades y pueblos económicamente devastados en todos los EE.UU, hacían cola para solicitar empleo con el minorista online Amazon con esperanzas de obtener puestos que pagan apenas $12,50 la hora.
Las verdaderas condiciones de millones de trabajadores quedaron en evidencia el mes pasado cuando Foxconn, el gigante taiwanés de la manufactura electrónica, decidió abrir una planta de ensamblaje en los Estados Unidos. Los salarios reales en el país ya son tan bajos que se volvió rentable trasladar la producción a los EE.UU, más cercano a la sede central de Apple y las otras empresas de alta tecnología a las que provee.
Con el hito del 2 de agosto, el Dow marcó un nuevo récord de rapidez en subir 1.000 puntos. El suceso fue bienvenido por la prensa financiera, comentando que el alza significaba un incremento en las oportunidades de ganancias de las empresas estadounidenses gracias al fortalecimiento de la economía de Estados Unidos y el mundo.
El New York Times citó a un ejecutivo empresarial que dijo que a nadie le importaba la “teleserie” en Washington y que lo que importaba era la mayor demanda mundial de las industrias pesadas y el dólar débil, que favorece las exportaciones estadounidenses.
El Wall Street Journal citó a un analista de capital de JPMorgan que afirmaba que la actual temporada de altas ganancias era “más evidencia de un repunte en las fortunas de la economía mundial” y que el crecimiento global acelerado mantendría las acciones en alza.
Estas afirmaciones no se sostienen en datos verdaderos. El Fondo Monetario Internacional proyecta un crecimiento mundial de 3,5 para este año. Mientras esto significa una leve alza respecto a las evaluaciones anteriores, está muy por debajo de los niveles anteriores a la crisis financiera mundial. Todas las principales instituciones económicas mundiales, como el FMI, el Banco Mundial y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, indican que bajas tasas de inversión en la economía real siguen ralentizando el crecimiento de la productividad.
El mes pasado, el FMI modificó a la baja sus estimados de la expansión económica de los EE.UU. a 2,1 por ciento, comparado con su predicción de 2,5 por ciento de hace un año. La organización descartó que la economía estadounidense volvería a una tasa de crecimiento de 3 por ciento, lo que el gobierno de Trump afirma que logrará con su programa de recortes tributarios para las corporaciones, desregulación empresarial y bonos del gobierno disfrazados de inversión en infraestructura.
En lugar de reflejar la fuerza de la economía estadounidense, el auge en el mercado de valores es la consecuencia de las formas parásitas de acumulación de lucro que se han generalizado más y más en las últimas décadas, especialmente después de la crisis financiera mundial del 2008.
Estas diversas formas de parasitismo se reflejan en las principales fuerzas impulsoras detrás del alza perpetua del mercado bursátil. Una de las principales causas del alza del Dow ha sido la subida de las acciones bancarias anticipando el desmantelamiento de las mínimas normas impuestas por la Ley Dodd-Frank, que se aprobó el 2010 en respuesta a la crisis financiera. Los bancos recibieron otra ayuda cuando el mes pasado se anunció que habían aprobado las pruebas de esfuerzo organizadas por la Reserva Federal, lo que les permitió desplegar inmensas alzas en los dividendos y comprar sus propias acciones para inflar su valor.
Los motores clave del mercado ya no son las grandes corporaciones industriales, sino empresas como Facebook, Netflix, Google, Apple y Amazon, las cuales tienen acumulan lucro de manera muy distinta a los líderes del mercado del pasado. Amazon, por ejemplo, no produce nada. El alza de sus acciones, que la semana pasada convirtió brevemente a su dueño Jeff Bezos en el hombre más rico del mundo, proviene de su habilidad para inventar nuevas maneras de socavar a los gigantes minoristas tradicionales. Por tanto, el ascenso de Amazon ha venido de la mano de una ola de clausuras de tiendas minoristas y la pérdida de decenas de miles de empleos en todo los Estados Unidos.
Las empresas de alta tecnología Apple y Google, igual que las principales compañías farmacéuticas, aumentan sus ganancias monopolizando el conocimiento, protegidos por los llamados derechos de propiedad intelectual, de la misma manera que en una época pasada la posesión de tierras y la extracción de renta formaba un componente principal de la acumulación de riqueza.
Estas empresas reclaman que sus precios de monopolio son necesarios para financiar nuevas investigaciones. Pero en realidad, estos dineros se utilizan para financiar la recompra de acciones y así enriquecer groseramente a los grandes inversionistas. Apple es una de varias grandes empresas, apodadas “monstruos de la recompra” por el canal de economía CNBC, que han estado utilizando sus ganancias no para invertir en la producción, sino para aplicar “ingeniería financiera” e inflar el valor de sus acciones.
Una investigación reciente mostró que del 2006 al 2015, las 18 farmacéuticas en el índice S&P 500 gastaron $516 miles de millones en recompras y dividendos, un 11 por ciento más que lo que gastaron en investigación y desarrollo. En otras palabras, más de 500 mil millones de dólares que podrían haberse usado para mejorar la educación en salud y otros servicios sociales esenciales se gastaron en aumentar la riqueza de los ultra-ricos. Se estima que cada año las empresas del índice S&P 500 gastan entre $500 y $600 mil millones en recompra de acciones.
Estas operaciones, que mueven miles de millones de dólares directo a las manos de los ultra-millonarios, son financiadas por la Reserva Federal de los Estados Unidos. Ésta inyectó billones de dólares en los mercados financieros tras la crisis financiera del 2008, y bajó al mínimo histórico la tasa de interés de los dineros prestados para esta “ingeniería financiera”.
A contrario de lo que afirman los medios convencionales, el alza del Dow no indica que la salud de la economía estadounidense esté mejorando, sino que expresa la diseminación de la decadencia y el parasitismo.
En última instancia, este proceso de saqueo social debe ser pagado —a expensas de los empleos y el nivel de vida de la clase obrera, la misma que produce todo el valor a través de su trabajo. La enorme inflación de los activos financieros es como una pirámide invertida asentada sobre una base cada vez más estrecha de valores reales generados por la inversión productiva y la expansión de las fuerzas productivas.
Se requieren dos cosas para perpetuar esta burbuja financiera inestable e insostenible: la explotación cada vez más brutal de la clase obrera y la supresión de sus luchas. Para poner fin a lo primero hay que acabar con lo segundo, e infundir las luchas de la clase obrera con una conciencia revolucionaria y socialista.

León Trotsky: Cinco días (23-27 de febrero de 1917)

El 23 de febrero era el Día Internacional de la Mujer. Los elementos socialdemócratas se proponían festejarlo en la forma tradicional: con asambleas, discursos, manifiestos, etc. A nadie se le pasó por las mentes que el Día de la Mujer pudiera convertirse en el primer día de la revolución. Ninguna organización hizo un llamamiento a la huelga para ese día. La organización bolchevique más combativa de todas, el Comité de la barriada obrera de Viborg, aconsejó que no se fuese a la huelga. Las masas -como atestigua Kajurov, uno de los militantes obreros de la barriada- estaban excitadísimas: cada movimiento de huelga amenazaba convertirse en choque abierto. Y como el Comité entendiese que no había llegado todavía el momento de la acción, toda vez que el partido no era aún suficientemente fuerte ni estaba asegurado tampoco en las proporciones debidas el contacto de los obreros con los soldados, decidió no aconsejar la huelga, sino prepararse para la acción revolucionaria en un vago futuro. Tal era la posición del Comité, al parecer unánimemente aceptada, en vísperas del 23 de febrero. Al día siguiente, haciendo caso omiso de sus instrucciones, se declararon en huelga las obreras de algunas fábricas textiles y enviaron delegadas a los metalúrgicos pidiéndoles que secundaran el movimiento. Los bolcheviques -dice Kajurov- fueron a la huelga a regañadientes, secundados por los obreros mencheviques y socialrevolucionarios. Ante una huelga de masas no había más remedio que echar a la gente a la calle y ponerse al frente del movimiento. Tal fue la decisión de Kajurov, que el Comité de Viborg hubo de aceptar. “La idea de la acción había madurado ya en las mentes obreras desde hacía tiempo, aunque en aquel momento nadie suponía el giro que había de tomar.” Retengamos esta declaración de uno de los actores de los acontecimientos, muy importante para comprender la mecánica de su desarrollo. Seguir leyendo León Trotsky: Cinco días (23-27 de febrero de 1917)

¿Una laguna en la obra de Marx o ignorancia del lector?

por Elmar Altvater//

(El intercambio metabólico entre naturaleza y sociedad en un modo de producción basado en el valor)

En los 150 años transcurridos desde que se publicó por primera vez el Capital se han formulado tantos reproches contra Karl Marx y, en mayor medida todavía, contra su amigo y coautor Friedrich Engels, que casi es imposible enumerarlas. A diferencia de los economistas políticos que le precedieron, Marx fue supuestamente incapaz de explicar la formación de los precios. Es más, según sus críticos, la depauperación que predijo de la clase obrera no se ha producido y el capitalismo no se halla en proceso de colapso, sino que ha surgido triunfante de la competencia entre sistemas. También se acusa a Marx y Engels de haber allanado el camino, con sus escritos teóricos y políticos, a las atrocidades de Stalin, siendo por tanto autores intelectuales de los crímenes cometidos en la “edad de los extremos”.

Estas son duras acusaciones que todavía hoy sostienen no pocos periodistas. Claro que algunas de las lagunas que Marx sin duda dejó abiertas en su obra, parecen más bien responder a un prejuicio: Marx, y especialmente Engels, supuestamente no tenían respuesta alguna a las cuestiones ecológicas que constituyen nuestra principal preocupación en nuestros días. Se dice que no tuvieron en cuenta el hecho de que el valor no solo lo crea el trabajo, sino también la naturaleza; que, en su edificio teórico, la naturaleza ocupa menos espacio que el que se otorga a la sociedad y que la noción monoteísta de la dominación de la naturaleza por los humanos no se cuestiona críticamente. Sin embargo, un examen de los escritos conjuntos de Marx y Engels, especialmente del primer volumen del Capital, demuestra que los lectores han dejado manchas y huellas dactilares, es decir, rastros de su existencia ecológica. Es imposible leer a Marx sin tener en cuenta la ecología. Uno lee a Marx con la cabeza y, por consiguiente, con la razón, pero la experiencia también es táctil y uno gira las páginas con la yema de los dedos.

Un autor sin puntos ciegos en su obra es como un héroe sin tacha, un verdadero modelo de un santo o, en otras esferas, un pelmazo monumental. Por descontado, los lectores que viven 150 años después de la muerte del autor son, ante todo, más inteligentes, o al menos deberían serlo, por mucho que el autor se llame Karl Marx. Sin embargo, esta inteligencia normalmente solo alcanza para detectar predicciones incumplidas del autor y para señalar una u otra laguna en su razonamiento; y para anunciar tales descubrimientos a los cuatro vientos. Algunos lectores solo son capaces de combatir las teorías de Marx armados con viejos argumentos.

Al igual que otros muchos autores y autoras, no cabe duda de que Marx dejó muchos flancos abiertos. Estos puntos débiles deben contemplarse como un reto para el lector de consolidarlos con sus propios pensamientos y los argumentos resultantes. Esto requiere cierto esfuerzo, por mucho que las lagunas que dejó Marx encierren tanto potencial que podrían dar pie a muchos centenares de ideas. Pero nadie cultiva estas creaciones en una época en que el presidente de un falso país ordena incursiones aéreas muy reales y mortíferas a golpe de Twitter por debajo del umbral de reflexión, y cuando, de modo menos escandaloso, la crítica de ideas, incluso de teorías elaboradas para las que Marx aportó una base científica y muchos ejemplos, pasa a formar parte de un oportunismo promocional adaptado afirmativamente, o cuando algún periodista insensato de un periódico respetado se propone la misión imposible de descubrir errores.

Nos referimos a Marx del mismo modo en que nos referimos a otras mentes preclaras que han impartido conocimientos indispensables para responder a los enigmas irresueltos en nuestra labor actual. Ni siquiera podemos nombrar a todas ellas porque algunas se han convertido en una segunda naturaleza y parte del discurso cotidiano, hasta el punto de que nos extrañamos cuando alguien menciona la autoría de algún pensamiento o dicho familiar; por ejemplo, que los economistas son gente que sabe el precio de todo, pero el valor de nada. Esto lo dijo Oscar Wilde, quien a todas luces, como poeta, lo sabía mejor que el club de premios Nobel de economía que se reúnen regularmente en Lindau para reflexionar sobre sí mismos en plan narcisista.

Marx dijo que las monedas y el dinero en efectivo del “sistema monetario” era un invento “esencialmente católico”, mientras que “el sistema crediticio [era] esencialmente protestante”. Como prueba, añadió que esto ya lo ilustraba el hecho de que “los escoceses odian el oro” (El Capital, vol. III). Hoy sabemos que fueron sobre todo protestantes quienes crearon el sistema monetario del euro y protestantes los que están tratando de abolir el dinero en efectivo en Europa. Una lucha entre confesiones lidiada con medios monetarios. Y Marx lo anticipó porque conocía el vínculo indestructible que existe entre un modo de producción basado en el valor y sus construcciones culturales e ideológicas.

Con cada nueva lectura de El Capital, uno descubre algo nuevo. Pero esto solo sucede si uno aborda el texto con curiosidad y desde una perspectiva actual y no lo lee como una serie de mandamientos grabados en tablillas de piedra. Incluso 200 años después de que naciera Marx persiste el vano empeño de no querer ver el mundo bajo la misma luz, sino sumergirse en la penumbra de la propia falta de visión. Hay marxistas fundamentalistas que demonizan una relectura crítica de El Capital (como la de Mathias Greffrath, de 2017), aunque ahora son menos en número.

Es una tarea intelectual fundamental de la Ilustración –podríamos añadir que con el fin de mejorar a la humanidad– arrojar luz sobre todo el ámbito de la lucha de clases, la diversidad de conflictos sociales y sus agentes, sus orígenes, sus dinámicas y formas de desarrollo y sus consecuencias deseadas y efectos secundarios no deseados. Esta diversidad es actualmente diferente de lo que fue durante la Revolución Rusa en 1917, o un siglo antes, cuando nació Marx en Tréveris en 1818, o en 1867, cuando Marx entregó en mano el manuscrito de El Capital a su editor de Hamburgo, Otto Meissner.

Se suponía que no era un mero manuscrito de un libro, sino “el más terrible misil que se ha lanzado hasta ahora a la cabeza de la burguesía”, como escribió Marx a Johann Philipp Becker el 7 de abril de 1867, poco después de volver de Hamburgo. Un escrito teórico, sumamente complejo y no fácilmente accesible a todos y todas que se convirtió en un proyectil en la lucha de clases. La prueba de la praxis indaga en su calidad para el trabajo teórico, para formular una estrategia y también para desarrollar tácticas en el ejercicio político de generar movimiento(s) social(es) y político(s). Todo el complejo de la sociedad burguesa, su economía y su ecología, pasa a estar en el punto de mira. Marx destaca entre los economistas como el único que, en las categorías que examina, considera y descodifica analíticamente “el contexto dialéctico general” de la materia y el valor, el material y la forma, el valor de uso y el valor de cambio, el trabajo concreto y abstracto, la naturaleza y la sociedad, la estructura social y la acción individual y colectiva, y por tanto de la teoría y la práctica.

El contexto general del “modo de producción basado en el valor” determina el enfoque analítico, la forma y el alcance de la crítica. Es holístico, más completo que los enfoques analíticos de otras ciencias sociales y “escuelas” de economía teóricas, que de este modo presentan más lagunas que los enfoques teóricos de la obra de Marx y Engels. Por esta razón, Marx es el único economista (sí, el único) en cuyo sistema de categorías pueden analizarse y debatirse adecuadamente los problemas ecológicos de la sociedad capitalista. ¿Es esta una afirmación arrogante y por tanto descarada y boba? Es posible, pero hay buenos argumentos que avalan esta línea de razonamiento.

Antes del comienzo de la era industrial impulsada por los combustibles fósiles también había teorías económicas, por lo que la historia del dogma se remonta hasta tiempos bíblicos. Sin embargo, únicamente desde que el hombre comenzó a utilizar los combustibles fósiles de modo sistemático los trabajadores han sido capaces de emplear instrumentos para alterar la naturaleza que, por un lado, permiten aumentar la productividad del trabajo y la “riqueza de las naciones” hasta niveles antes inasequibles, pero que, por otro, también conducen a la destrucción de la naturaleza. El metabolismo de la reproducción capitalista abarca tanto el consumo como la excreción, es decir, la creación de material natural, aunque su composición no siempre puede ser tolerada por el hombre o la naturaleza. La crisis medioambiental comienza y los efectos que tiene este cambio en las condiciones de vida de la gente los describe Engels en su obra de 1844 titulada La situación de la clase obrera en Inglaterra.

La posibilidad del crecimiento proporciona el ímpetu para los esfuerzos tanto científicos como empíricos para investigar sistemáticamente los orígenes de esta nueva riqueza. ¿Proviene del comercio practicado en el mercado o del trabajo realizado en el proceso de producción? Son preguntas que se puede plantear cualquier hada buena, pero a las que no puede dar una respuesta satisfactoria. Cuando el hada no llega, ha de intervenir la ciencia. Toma forma una nueva disciplina, al comienzo, por supuesto, dentro del canon científico tradicional. Por eso no es extraño que los enciclopedistas prerrevolucionarios de la Francia del siglo XVIII creyeran que las respuestas a las cuestiones económicas se hallaban en la doctrina moral. En este punto, los neoliberales modernos solo pueden negar con la cabeza. En todo caso, nació la economía política. Empecemos por tanto con un breve repaso de las escuelas de pensamiento económico más influyentes que ha conocido el mundo desde el siglo XVIII.

1) Los economistas clásicos entendían que el valor económico lo crea el trabajo y que el factor clave es el excedente, es decir, la plusvalía. También identificaban la diferencia entre material y valor, pero no llegaron a reconocer su forma social específica. Para ellos, el capitalismo y la economía de mercado eran la ultima ratio del orden económico y natural. La diferencia entre el excedente en las sociedades precapitalistas y la plusvalía en la sociedad capitalista dejó de ser un tema, tanto como la posibilidad de una sociedad poscapitalista o la cuestión candente en que se ha convertido hoy el medio ambiente.

No obstante, los “economistas clásicos” habían reconocido que la economía era política y que tenía algo que ver con “sentimientos morales” y la ética, al tiempo que también tenía que ser analíticamente fuerte e influir normativamente en el orden de la comunidad. Por consiguiente, la economía política era –al menos al comienzo de la época burguesa– un programa autoconsciente para diseñar lo que Leibniz consideraba el mejor de los mundos posibles. Para los intereses de la burguesía (la clase capitalista ascendente), la economía política clásica era una ciencia partidista. Todavía no estaba afectada por los conflictos en torno a los juicios de valor desatados en el siglo XX.

2) La idea presuntuosa y realmente loca de la mejor sociedad posible ya fue ridiculizada a comienzos del siglo XVIII por Bernard Mandeville (1703) en su poema satírico La fábula de las abejas y por Voltaire en su novela Cándido, dirigida contra Leibniz. Claro que el escarnio y la burla no eran una “crítica de la economía política”, sobre la que Marx estaba trabajando desde la década de 1840. La economía política que surgió primero como ciencia de la mano de la burguesía no se desarrolló hasta convertirse en una crítica de la economía política, sino que siguió el principio más cómodo de separar todo lo que era económico de los contextos sociales y políticos, así como de los conflictos, presiones de legitimización, tradiciones y costumbres. Esto encaja en el paisaje de lo que hoy es la economía de mercado capitalista prevaleciente.

La economía se convirtió en la ciencia de una economía de mercado descontextualizada, que pasó a ser objeto de la investigación de Karl Polanyi (1978). La economía dejó de considerarse economía política, tal como la habían concebido los economistas clásicos; contemplaba las normas moralmente justificadas a la defensiva y con escepticismo y estaba muy lejos de una crítica de la economía política materialista y dialéctica. La palabra “economía”, que remitía a su sustancia materialista, y por tanto social y natural, también quedó suprimida y fue sustituida por economics (ciencia económica). A lo largo de esta historia de descontextualización, en cuyo transcurso desapareció toda noción de sociedad, política, cultura y naturaleza del concepto de ciencia económica, también cayó en desgracia la crítica de los discursos económicos, quedando después fuera de los planes de estudio universitarios: desterrados, cómo no, del contexto social que todavía encerraba el término “economía”. El triste estado de las facultades de ciencias económicas actuales tiene por tanto una historia igual de deprimente.

Los economistas neoclásicos del siglo XIX, y especialmente sus seguidores neoliberales del siglo XX, no se interesaban por tanto más que por el aspecto monetario de los procesos económicos y no perdían el tiempo estudiando el origen, la forma y el contenido del dinero, que ellos son los únicos capaces de emplear para debatir sobre cuestiones económicas. Por tanto, cuando despotrican sobre el capital natural, no son capaces de reconocer problemas ecológicos y comentarlos racionalmente. Las notificaciones de los bancos centrales que han establecido ellos mismos sobre la masa monetaria (que, de acuerdo con una gracia del sumo sacerdote neoliberal, Milton Friedman, ha sido lanzada desde un helicóptero, ganándose por tanto el nombre de dinero helicóptero M1, M2, M3, etc.) son suficientes para ellos.

Desde su punto de vista, el valor creado por el trabajo, así como la economía material de la materia y la energía, carecen de importancia. Tampoco les interesa el proceso de producción previo al funcionamiento del mercado ni el proceso de vertido de residuos, aguas residuales y gases de escape en el medio natural del planeta Tierra, una vez fabricados y consumidos los productos. Lo único que importa es que todo tenga su precio, que los economistas pueden entonces calcular. La naturaleza solo interesa como capital natural; y los seres humanos, como capital humano.

Este es el nadir de la inteligencia económica que el Comité Nobel ha celebrado con incontables premios. El mismo economista admite que esto es inhumano, en su mayor parte, sin entender qué está diciendo: cuando él (solo en unos pocos casos habría que decir “ella”) hilvana supuestos muy artificiales en modelos matemáticos o asume la racionalidad del homo oeconomicus. Esto siempre es instrumental y por tanto ha de excluir del cálculo todo lo que no aparece en el radar del “hombre económico” o del “inversor”. Por tanto, queda exento de toda responsabilidad por el daño medioambiental causado por el afán de lucro que nutre las decisiones de inversión. “Los costes sociales y el quebranto medioambiental… pueden considerarse la principal contradicción dentro del sistema de empresa lucrativa”, escribe K. William Kapp, uno de los pocos economistas que han abordado la cuestión de las consecuencias medioambientales de la acumulación de capital privado.

En la teoría económica neoclásica, con su capital privado desbocado, el afán de acumulación y el recorte de los bienes comunes y de la regulación estatal, la externalización es un principio estructural, indispensable en la economía capitalista moderna. Los intentos de internalizar los “costes sociales”, por consiguiente, solo pueden materializarse si se pone en tela de juicio la racionalidad de la sociedad capitalista, es decir, si se cambia de sociedad. La externalización es por tanto una expresión (que los economistas no captan) de la descontextualización de la economía de mercado con respecto a la sociedad y la naturaleza, cosa que Marx criticaba, calificándola de fetichismo. Esto inhibe la comprensión que la ocupación del planeta con fines de valorización capitalista (habitualmente comercial), llamada “externalización”, es nada menos que la digestión de la naturaleza en el tracto metabólico insaciable y glotón de la economía y la sociedad.

3) Fue en la política económica keynesiana que siguió a la gran crisis económica global de la década de 1930 cuando se redescubrió el espacio y el tiempo, y por tanto categorías de la naturaleza, como elementos significativos para los economistas. Sin embargo, la comprensión fue extremadamente limitada, puesto que la principal preocupación consistía en detectar inestabilidades económicas que surgían a resultas de la incertidumbre de decisiones de inversión que tendrían efecto en el futuro. Una decisión se adopta en el presente sobre la base de certezas dadas que provienen de periodos que ya pertenecen al pasado. Las expectativas, en cambio, se basan en ingresos futuros. Por tanto, las inversiones siempre conllevan necesariamente un riesgo y pueden fracasar, pues el futuro es desconocido y las cosas pueden evolucionar de un modo muy diferente de lo previsto por la entidad económica que ha tomado la decisión. Esta entidad compara tipos de interés externos e internos, interés de mercado que puede regularse dentro de ciertos límites por parte del banco central, con la tasa de beneficio, que depende de la productividad y los costes laborales. Sin embargo, las decisiones se basan en cálculos privados, centrados en el beneficio.

4) A diferencia de la economía clásica, de la economía neoclásica o del keynesianismo y sus variantes, en la economía termodinámica la materia, la energía y sus transformaciones, es decir, las condiciones ecológicas de la producción, el consumo y la circulación, son categorías centrales. La economía termodinámica fue la respuesta que dan los economistas que están descontentos con las escuelas de pensamiento neoliberales y neoclásicas que olvidan la naturaleza. También respondía a la teoría de Marx, aunque sobre la base de una interpretación terriblemente truncada del análisis marxiano del modo de producción basado en el valor (y no, desde luego, en la materia).

Actualmente, la economía termodinámica o bioeconomía suele mencionarse en relación con el matemático y economista rumano Nicholas Goergescu-Roegen y su obra principal del año 1971. Las transformaciones materiales y energéticas tienen una importancia fundamental para el análisis económico y no deben excluirse del mismo, puesto que todas las transacciones económicas tienen lugar en el espacio y en el tiempo y una ciencia económica que no tenga en cuenta el tiempo físico y el espacio físico sería por tanto absurda, pues excluiría la posibilidad de comprender el carácter entrópico de todas las transformaciones económicas de la materia y la energía.

Con el tiempo aumenta la entropía, es decir, una vez utilizada, la energía no puede reutilizarse (algo parecido ocurre con el material). Disminuye la calidad del rendimiento del trabajo. Esto lo señala la economía termodinámica, que, en contraste con la economía neoclásica, permite discutir debidamente la externalización de los costes sociales generados en la economía privada, como se ha mencionado más arriba. Sin embargo, en la economía termodinámica se deja de lado el análisis de las formas sociales de la actividad económica. Ni siquiera entran dentro de su campo visual. Tampoco se reconoce suficientemente el significado de los agentes capitalistas que están detrás de las actuales transformaciones –desastrosas para el medio ambiente– de la materia y la energía ni cómo influyen en la ecología y la política medioambiental. Una vez más, el papel central de la categoría de la naturaleza dual del trabajo y su producto, la mercancía, se presenta como “pivote” de la economía política.

5) La economía política ha sido unilateral desde el comienzo. O bien todo lo que importa es el dinero, o bien todo se centra en la materia y la energía. La forma social específica del uso de la materia y la energía en el modo de producción capitalista y las cuestiones de por qué el dinero se transforma en capital y por qué el modo de producción revoluciona entonces todos los modos de vida, no aparecen en el radar de los teóricos de la economía de ninguna de las dos vertientes. Esta unilateralidad no se suprime de ninguna manera cuando se diversifica declarándola “economía plural” y se acentúa cuando se utilizan múltiples nombres, como economía plural, economía de los comunes, economía comunitaria y economía del poscrecimiento.

Así no se crea la ciencia que, desde Marx, se denomina “crítica de la economía política” y que nosotros, junto con Engels, podemos llamar “la ciencia del conjunto dialécticamente relacionado” o bien, como diríamos hoy, un enfoque holístico acorde con la teoría del caos. El pluralismo es bueno, pero no basta para captar las contradicciones y crisis de la dinámica social de las economías capitalistas y la “web of life” (Jason Moore) que regulan en el planeta Tierra. Hasta ahora, esta “red de vida” no se ha reconocido en toda su complejidad, y puede que no se pueda captar científicamente, y además comprende a muchos actores que todos desempeñan una función en el conflicto social y en las luchas de clases de la era ecológica. Hemos de reconocerlos lo antes posible para poder seguir siendo capaces de actuar. El espacio medioambiental de que disponemos no solo es limitado, como se ha constatado desde la década de 1990 con las conclusiones de los estudios sobre los límites del crecimiento. Quienes nos hallamos en la “esfera planetaria limitada” (por utilizar un término citado por Immanuel Kant) nos acercamos a los “límites planetarios” marcados por un grupo internacional de científicos encabezados por Johan Rockström en 2009. Ya hemos sobrepasado algunos de ellos. Estamos viviendo a salto de mata. La oferta es cada vez más escasa, pero la demanda sigue exigiendo a voz en grito, sobre todo por parte de los “great Americans”.

Las pruebas aportadas por los científicos, que no solo demuestran el carácter finito de los recursos, sino también el declive del planeta Tierra, a medida que este se convierte en un único gran vertedero o en un cementerio de residuos peligrosos, son tan obvias como aterradoras, máxime cuando se tienen en cuenta los agentes capitalistas analizados por Marx, y por tanto específicos de esta formación social: la producción de valor, que trata el trabajo, es decir, a los seres humanos, así como el mundo natural, sin ninguna consideración, y que debe imponerse cada vez en contra del interés capitalista de proteger a la naturaleza y a la humanidad. “¡Acumulad, acumulad! ¡Esto es Moisés y los profetas!” (Karl Marx, El Capital, Volumen 1): así se refiere Marx a la regla de oro del capitalismo. Hasta las normas de pureza más evidentes han de arrancarse al capital si esto restringe siquiera un poquito la creación de plusvalía a través del trabajo. El antagonismo existente entre materia y valor, trabajo asalariado y capital, naturaleza y sociedad, acumulación y crisis debe entenderse por tanto, sobre todo, como una contradicción económica y un conflicto social dentro del modo de producción capitalista antes de poder hablar razonablemente de economía del bien común, del poscrecimiento, etc. o de economía plural, que no quieren saber nada de las imposiciones del sistema.

En la economía neoliberal dominante, la situación es desesperada. Pero incluso la economía pluralista de la sostenibilidad cree en la reconciliación de los intereses del capital con el interés de la preservación de la naturaleza y los intereses de los trabajadores. Desde luego, los conflictos sociales no siempre se libren sobre el filo de un cuchillo; se producen negociaciones, los acuerdos son posibles e incluso perduran algún tiempo. Los Objetivos de Desarrollo Sosternible (ODS) ofrecen un rayo de esperanza y son una señal del surgimiento de un nuevo futuro de poscrecimiento sostenible.

Podemos ver algunas similitudes con los acontecimientos que tuvieron lugar durante los periodos de reformismo, cuando el movimiento obrero creía en la posibilidad de conciliar intereses de clase enfrentados. En los conflictos ecológicos también se están sentando las bases, de modo que las partes pueden avanzar algún día codo a codo hacia el acuerdo. Sin embargo, la manera en que puede lograrse la sostenibilidad socioecológica deseada y la forma que debería adoptar si no se pone coto al impulso acumulador del capital, es decir, si no se priva de poder a Moisés y los profetas, es un tema que todavía debe abordar la economía plural.

Marx y Engels escribieron en el Manifiesto Comunista que hasta ahora la historia ha sido una historia de lucha de clases. Este sigue siendo el caso. Sin embargo, en el futuro las luchas no solo se producirán en relación con los salarios, el rendimiento y la cantidad y calidad del empleo dentro de la sociedad capitalista existente, y/o con la conveniencia de cambiar este marco social, sino también en relación con las condiciones de vida y de trabajo en una sociedad en los límites de la capacidad del planeta. La organización de un imperialismo de saqueo, como el descrito por David Harvey (2005), o la externalización de cargas y la sobrecarga de la naturaleza a raíz de los cálculos racionales efectuados por “inversores”, descrita por Lessenich (2016), no son más que un vano intento desesperado de erigir una valla protectora que ya ha sido tumbada.

No hay otra opción que crear una sociedad económicamente eficiente y socialmente equilibrada, organizada democrática y ecológicamente de acuerdo con los principios de sostenibilidad. Muchos recibirán este mensaje con aprobación. Pero no proviene de la conciencia de las ventajas de una economía de poscrecimiento, porque esta no puede existir sin ir más allá del capitalismo. Como siempre ha ocurrido en la historia, es el resultado de las luchas de clases por un futuro digno de ser vivido, en el siglo XXI y más allá: esfuerzos políticos pragmáticos en pro de la configuración del conjunto dialéctico global con criterios de humanidad y ecología.

 

(El autor es profesor emérito de economía política (internacional) del Departamento de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Libre de Berlín.)

(Fotografía: Sebastián Salgado, trabajadores en la mina de oro de Serra Pelada, Brasil

Trump apela al discurso fascista

por Patrick Martin//

En medio de un recrudecimiento de la guerra política en Washington, el presidente Trump dio un discurso el jueves en Huntington, estado de West Virginia, en el que realzó un conjunto de temas fascistas que la Casa Blanca ha estado desarrollando durante las últimas semanas.
Proclamándose el defensor de los mineros y otros trabajadores en contra de los inmigrantes, ambientalistas y grupos de “intereses especiales” que no nombró, Trump elogió al gobernador demócrata del estado, el multimillonario empresario del carbón, Jim Justice, quien anunció en el mitin que se iba a pasar al Partido Republicano.
Trump exhortó a otros demócratas a apoyar sus políticas derechistas y abandonar la campaña, impulsada por el aparato militar y de inteligencia, sobre la supuesta interferencia rusa en las elecciones del 2016. “La razón por la cual los demócratas sólo hablan sobre la completamente inventada historia de Rusia es porque no tienen un mensaje, una agenda ni una visión”, exclamó.
Esta caracterización del Partido Demócrata es de hecho certera. La maniática obsesión de los demócratas con la investigación sobre Rusia crea un vació político, sin una oposición oficial a la ofensiva de Trump contra los derechos democráticos y los triunfos sociales de la clase obrera.
Trump tiene en mente aprovecharse de esto a través de una retórica demagógica sobre la (inexistente) resurrección de la industria del carbón y el (ficticio) auge de empleos manufactureros. El primer “logro” de su gobierno al que se refirió puso de manifiesto el verdadero contenido de su programa económico: “el tope histórico del mercado bursátil”, el cual ha enriquecido a multimillonarios como Trump y el mismo Justice, pero que se ha dado a costa de empleos y de los niveles de vida de los trabajadores.
Trump mezcla este tipo de mentiras de que está luchando por la gente trabajadora con declaraciones demagógicas contra los inmigrantes y a favor de la ley y el orden, en las que destaca a los villanos tradicionales: “los terroristas islámicos radicales”, “los traficantes de drogas”, “los traficantes de personas”, “las viciosas y violentas pandillas”. En cuanto a los verdaderos responsables de las terribles condiciones de vida en regiones como West Virginia —las enormes corporaciones y bancos que han presidido despidos en masa, agresivos recortes salariales y una epidemia de opioides que se sigue esparciendo—, Trump no tuvo nada que decir.
Su visita a Huntington se suma a una serie de apariciones en público que han sido parte de una campaña de la Casa Blanca para movilizar, paso por paso, el apoyo que tengan entre policías, militares, fundamentalistas cristianos, racistas blancos y fascistas.
Mientras que el gobierno de Trump ha dejado entrever su empuje autoritario desde su discurso inaugural, durante las últimas dos semanas, se ha desenvuelto de forma calculada una estrategia política definida que comenzó con su discurso el 22 de julio ante las fuerzas navales en la inauguración del nuevo portaaviones USS Gerald Ford.
Trump se pronunció la semana pasada en Long Island, Nueva York, ante una audiencia de policías en uniforme, urgiéndoles tratar “bruscamente” a los sospechosos que arresten, particularmente aquellos asociados con las pandillas de inmigrantes latinos.
Entre otros llamados al racismo y la homofobia, Trump tuiteó su decisión de prohibir que las personas transgénero “sirvan en cualquier capacidad en el ejército de EE. UU.”. El Departamento de Justicia además adoptó la postura de que la discriminación homofóbica de parte de los patrones no viola ningún derecho civil, mientras que han aparecido informes de que arremeterá contra las universidades que tengan programas de acción afirmativa por participar en discriminación “anti-blanca”.
El lunes pasado, el nuevo jefe de personal del gabinete de Trump, el exgeneral marine John F. Kelly, fue juramentado, reemplazando a Reince Priebus, expresidente del Comité Nacional Republicano. Por primera vez en casi medio siglo, el puesto más alto de la Casa Blanca será ocupado por un militar.
El asesor político de Trump, Stephen Miller, compareció en una rueda de prensa de la Casa Blanca el miércoles para anunciar el apoyo del mandatario a una legislación que cortaría a la mitad el número de inmigrantes legales en EE. UU., implementando una nueva norma racista que favorece a los angloparlantes y a aquellos que las empresas quieren, en vez de sus familias.
Los llamados políticos de la administración se han distanciado más y más de una agenda legislativa o electoral. El enfoque es uno personalista, basado en la figura de Trump y en la construcción de un movimiento político a su alrededor.
La reaparición de Miller el miércoles, después de haber sido apartado varios meses tras la debacle del veto antimusulmán de Trump, puso de vuelta a los asesores más explícitamente autoritarios de la Presidencia en primera línea frente al público y la prensa. Durante la rueda de prensa, en un debate luego ampliamente publicitado con el reportero de CNN, Jim Acosta, Miller develó sin querer la conexión directa de la Casa Blanca bajo Trump y la derecha fascista.
El intercambio tocó el tema del famoso poema de Emma Lazarus que está impreso en la Estatua de la Libertad (que dice “Dame tus exhaustas, empobrecidas y empuñadas masas ansiosas de respirar libremente”). Miller contendió que el poema, “fue añadido después y no es parte de la Estatua de la Libertad original”. Como lo señalaron el Washington Post y el Jewish Daily Forward, esa afirmación reproduce las posturas que han circulado en círculos fascistas y neonazis este mismo año, como Rush Limbaugh en la radio, el líder del Ku Klux Klan, David Duke y el supremacista blanco, Richard Spencer.
Trump y sus asesores más cercanos están buscando explotar el generalizado disgusto hacia el Partido Demócrata como partido de la élite económica liberal, incluyendo secciones de Wall Street, con una postura completamente fraudulenta de Trump como el defensor del “hombre olvidado”, como lo manifestó durante su campaña electoral y nuevamente el jueves por la noche. Trump no tiene un programa económico que siquiera aparente abordar el aumento de la pobreza y la miseria social en las masas.
Los demócratas no han dicho nada sobre los llamados de línea fascista de Trump. Al contrario, han reforzado la campaña antirrusa. Se informó el jueves que el fiscal independiente Robert Mueller convocó un gran jurado especial como parte de su investigación sobre la presunta interferencia rusa en las elecciones del año pasado y la colusión de Moscú con la campaña de Trump.
La publicación de filtraciones de información de la Casa Blanca y las agencias de inteligencia mantiene un ritmo sin precedentes. La más reciente fue del Washington Post, que hizo públicos transcritos de las conversaciones telefónicas de Trump con líderes mexicanos y australianos, dando una vergonzosa mirada al matonismo y doble juego que caracterizan sus comunicaciones con homólogos internacionales.
Estos ataques son el resultado de diferencias sobre política exterior dentro de la élite gobernante. Mientras que Trump ha buscado apaciguar a sus críticos, como con la aprobación reciente de nuevas sanciones contra Rusia, también busca movilizar a sus simpatizantes ultraderechistas y ejercer presión de vuelta contra sus opositores.
El Partido Demócrata no hará nada para oponerse a su movilización de elementos ultraderechistas y de tendencia fascista para atacar a los inmigrantes y deshacerse de los derechos democráticos. Las críticas de los demócratas se limitan al encasillamiento del aparato de seguridad nacional: es indulgente con Rusia y actúa erráticamente, se preocupa por los intereses financieros de su familia y no por los intereses de Wall Street y el imperialismo norteamericano en su conjunto.
Al mismo tiempo, están dispuestos a colaborar con Trump, particularmente en la “reforma fiscal”, la cual promete nuevas ganancias exorbitantes para la élite corporativa y financiera.
La batalla en contra de la ultraderecha y en defensa de los derechos democráticos es la lucha por unir a todos los sectores de la clase obrera —sean blancos, negros, hispanos, asiáticos, indios americanos o inmigrantes— con base en los intereses comunes de clase, en defensa de los empleos, los niveles de vida y en oposición a la creciente amenaza de otra guerra imperialista. Esto sólo es posible mediante la movilización independiente de la clase obrera contra ambos partidos de las grandes empresas, el demócrata y el republicano, y por un programa socialista e internacionalista.

Friedrich Engels: A las clases obreras de Inglaterra

Trabajadores!

A vosotros dedico una obra en la que he intentado describir a mis compatriotas alemanes un cuadro fiel de vuestras condiciones de vida, de vuestras penas y de vuestras luchas, de vuestras esperanzas y de vuestras perspectivas. He vivido bastante tiempo entre vosotros, de modo que estoy bien informado de vuestras condiciones de vida; he prestado la mayor atención a fin de conocerlas bien; he estudiado los diferentes documentos, oficiales y no oficiales, que me ha sido posible obtener; este procedimiento no me ha satisfecho enteramente; no es solamente un conocimiento abstracto de mi asunto lo que me importaba, yo quería veros en vuestros hogares, observaros en vuestra existencia cotidiana, hablaros de vuestras condiciones de vida y de vuestros sufrimientos, ser testigo de vuestras luchas contra el poder social y político de vuestros opresores.

He aquí cómo he procedido: he renunciado a la sociedad y a los banquetes, al vino y al champán de la clase media, he consagrado mis horas de ocio casi exclusivamente al trato con simples obreros; me siento a la vez contento y orgulloso de haber obrado de esa manera. Contento, porque de ese modo he vivido muchas horas alegres, mientras al mismo tiempo conocía vuestra verdadera existencia -muchas horas que de otra manera hubieran sido derrochadas en charlas convencionales y en ceremonias reguladas por una fastidiosa etiqueta; orgulloso, porque así he tenido la ocasión de hacer justicia a una clase oprimida y calumniada a la cual, pese a todas sus faltas y todas las desventajas de su situación, sólo alguien que tuviera el alma de un mercachifle inglés podría rehusar su estima; orgulloso asimismo porque de ese modo he estado en el caso de ahorrar al pueblo inglés el desprecio creciente que ha sido, en el continente, la consecuencia ineluctable de la política brutalmente egoísta de vuestra clase media actualmente en el poder, y, muy simplemente, de la entrada en escena de esta clase.

Clase obrera InglaterraGracias a las amplias oportunidades que he tenido de observar al mismo tiempo a la clase media, vuestra adversaria, he llegado muy pronto a la conclusión de que tenéis razón, toda la razón, de no esperar de ella ninguna ayuda. Sus intereses y los vuestros son diametralmente opuestos, aunque trate sin cesar de afirmar lo contrario y quiera haceros creer que siente por vuestra suerte la mayor simpatía. Sus actos desmienten sus palabras.

Yo espero haber aportado suficientes pruebas de que la clase media -pese a todo lo que se complace en afirmar- no persigue otro fin en realidad que el de enriquecerse por vuestro trabajo, mientras pueda vender el producto del mismo, y de dejaros morir de hambre, desde el momento en que ya no pueda sacar más provecho de este comercio indirecto de carne humana. ¿Qué han hecho ellos para demostrar que os desean el bien, como ellos dicen? ¿Han prestado jamás la menor atención a vuestros sufrimientos? ¿Jamás han hecho otra cosa que consentir en los gastos que implican media docena de comisiones de investigación cuyos voluminosos informes son condenados a dormir eternamente debajo de montones de expedientes olvidados en los anaqueles del Home Office1. ¿Jamás han revelado sus modernos Libros Azules las verdaderas condiciones de vida de los “libres ciudadanos británicos”? En absoluto. Estas son cosas de las cuales prefieren no hablar. Ellos han dejado a un extranjero la tarea de informar al mundo civilizado sobre la situación deshonrosa en que sois obligados a vivir.

Extranjero para ellos, pero yo espero que no para vosotros. Puede ser que mi inglés no sea puro; pero abrigo la esperanza de que, a pesar de todo, resulte un inglés claro.

Ningún obrero en Inglaterra -ni tampoco en Francia, dicho sea de paso- jamás me ha considerado extranjero. Siento la mayor satisfacción al ver que estáis exentos de esa funesta maldición que es la estrechez nacional y la suficiencia nacional y que no es otra cosa a fin de cuentas que un egoísmo en gran escala; he notado vuestra simpatía por cualquiera que consagre honradamente sus fuerzas al progreso humano, ya se trate de un inglés o no -vuestra admiración por todo lo que es noble y bueno, ya sea producto de vuestro suelo natal o no; he hallado que sois mucho más que miembros de una nación aislada, que sólo desearían ser ingleses; he comprobado que sois hombres, miembros de la gran familia internacional de la humanidad, que habéis reconocido que vuestros intereses y aquellos de todo el género humano son idénticos; y es a este título de miembros de la familia “una e indivisible” que constituye la humanidad, a este título “de seres humanos” en el sentido más pleno del término, que yo saludo -yo y muchos otros en el continente- vuestro progreso en todos los campos y os deseamos un éxito rápido. ¡Y ante todo por el camino que habéis elegido! Muchas pruebas os esperan aún; manteneos firme, no os desalentéis, vuestro éxito es seguro y cada paso adelante, por la vía que tenéis que recorrer, servirá nuestra causa común, ¡la causa de la humanidad!

Friedrich Engels

Barmen (Prusia renana), 15 de marzo de 1845.

Dedicatoria del libro de Friedrich Engels La situación de la clase obrera en Inglaterra, 1845.

 

Las ideas pedagógicas de Gramsci

por José María Laso//

Los escritos de Gramsci sobre el papel de lo ideológico en los procesos de cambio social abren el camino a la reflexión sobre el papel legitimador/transformador de los aparatos escolares. Sin embargo,  a causa de las duras condiciones de su vida política y carcelaria, no tuvo tiempo ni oportunidad de desarrollar sistemáticamente sus concepciones pedagógicas . Éstas se hallan implícitas en sus conceptos de hegemonía y revolución cultural, y explícitas , aunque dispersas, en diversos textos de sus “Cartas desde la Cárcel” y en sus célebres “Cuadernos de Cárcel”. Para Gramsci, el problema escolar se halla conectado con la relación neurálgica que existe entre pedagogía y política, tal y como la elaboró en su concepción central de hegemonía.

Así lo explicita, en uno de sus textos publicado en el volumen El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce, al precisar que “este problema puede ser relacionado con el del planteamiento moderno de la doctrina y de la práctica pedagógica, según la cual la relación entre maestro y escolar es una relación activa, de interacciones recíprocas, por las cuales todo maestro es al mismo tiempo alumno, y todo alumno maestro. Pero la relación pedagógica no puede reducirse al ámbito de las interacciones específicamente escolásticas, por las cuales las nuevas generaciones entran en contacto con sus predecesores, cuyas experiencias y valores históricos necesarios absorben para madurar una personalidad propia, histórica y culturalmente superior. Esta relación existe en toda sociedad en su conjunto y para cada individuo con respecto a los demás, entre las clases intelectuales y las no intelectuales, entre los gobernantes y los gobernados, entre las élites y los seguidores, entre los dirigentes y los dirigidos, entre las vanguardias y los cuerpos de los ejércitos. Toda relación de hegemonía es necesariamente una relación pedagógica y se verifica, no sólo en el interior de un país, entre las diferentes fuerzas que lo componen, sino en todo el campo internacional y mundial, entre grupos de civilización nacionales y continentales”.

Educación de élites y educación de masas

Gramsci se planteaba también el problema de la educación como un problema esencial en el proceso de elevación cultural del pueblo, que en el período del “Risorgimento” —típico movimiento de élites— había sido descuidado. Empero, para Gramsci, hacer política no era sólo educar a una vanguardia sino tratar de elevar a las masas al nivel de una cultura integral. Y así lo subraya con la siguiente matización: “Crear una nueva cultura no significa hacer sólo individualmente descubrimientos originales, sino también, y especialmente, difundir críticamente verdades ya descubiertas, socializarlas, por así decirlo, y por lo tanto convertirlas en base de acciones vitales, elementos de coordinación y de orden intelectual y social. Que una masa de hombres sea conducida a considerar unitariamente el presente real es un hecho filosóficamente mucho más importante y original que el hallazgo por parte deun genio filosófico de una nueva verdad que se conserve como patrimonio de pequeños grupos intelectuales”.

Hegemonía y escuela

La profesora Cristhine Buci Glusckmann, analizando tales textos, considera que para Gramsci el sistema escolar es —como las demás organizaciones culturales que actúan en la sociedad civil— uno de los factores de hegemonía de una clase social y constituye el hilo conductor en la elaboración de los Cuadernos de la Cárcel. Y es lógico que así sea, pues la supremacía de una clase social no es sólo dominación sino —como hegemonía— dirección intelectual y moral. Para imponerla no basta la coerción —de los aparatos regresivos del Estado— sino que es preciso también el consenso o consentimiento de las clases subalternas.

Para el logro de esa hegemonía, es fundamental la función que desempeñan los intelectuales. Actuando como “funcionarios de las superestructura” cimientan la unidad de la estructura y la superestructura, que constituye un bloque histórico determinado, mediante la elaboración y difusión de la ideología de la clase dominante dando lugar a su hegemonía. De ahí la importancia de la educación, ya que ésta desempeña una función esencial en la formación de los intelectuales del bloque emergente como ya lo habían desempeñado en la gestación del bloque dominante. Con la particularidad de que, para los intelectuales del nuevo bloque emergente, la cultura constituye un integrante básico del socialismo, pues éste debe integrar una concepción integral de la vida que comprenda no sólo la organización política sino también la organización del saber a través de la actividad cultural.

El hombre en la sociedad y en la escuela

Antes de iniciar, en 1929, una reflexión sistemática sobre los problemas pedagógicos, Gramsci se había planteado —reflexionando sobre la “filosofía de la praxis”— el problema de la naturaleza humana. Para Gramsci no existe una “naturaleza humana universal” (concepto metafísico) ni tampoco una individualidad preconstituida al proceso de formación histórica de cada uno de los hombres. Preguntarse ¿qué es el hombre? es preguntarse si el hombre puede modelar su propio destino. Es decir, si puede crearse una vida propia. Según Gramsci, la respuesta es que “el hombre es un proceso, el proceso de sus actos”. O, dicho de otro modo, el hombre es, sobre todo, espíritu, o sea, creación histórica, no naturaleza. Aunque el hombre es un ser material, esta materialidad no puede reducirse al significado que la materia tiene en las ciencias naturales o en las metafísicas materialistas premarxistas. No existe, por lo tanto, una naturaleza humana de base, determinada y fija ontológicamente en la variedad de sus manifestaciones durante el conjunto de su historia sino que la naturaleza humana es un continuo transformarse que se va determinando poco a poco a través de la dialéctica de las relaciones sociales: la naturaleza humana es el conjunto de las relaciones sociales que determina una conciencia históricamente definida. Además, el conjunto de las relaciones sociales es contradictorio en todo momento y se halla en continuo desarrollo, de forma que la naturaleza del hombre no es algo homogéneo para todos los hombres y todos los tiempo.

Para Franco Lombardi. es ésta una historización de la realidad humana en la que adquiere sentido y significado preciso la primitiva observación gramsciana de que “el hombre es creación histórica, expresión de las relaciones entre la voluntad humana —situada en la superestructura de una formación económico-social— y la estructura económica de la sociedad. La escuela o, más genéricamente, la educación desempeña una función muy importante en el desarrollo de esas relaciones al asegurar la transmisión del acervo cultural de una a otra generación” (Gramsci).

Educación y formación de la personalidad

La concepción que Gramsci tenía de la función de la educación emerge así de todo el conjunto del pensamiento gramsciano y enlaza estructuralmente con la “filosofía de la praxis”, en cuanto que ésta aspira a ser una reforma moral cuyo fin será elevar la conciencia crítica de las clases populares para que los individuos que la constituyeron lleguen a adquirir una concepción superior de la vida. En ese sentido, debe precisarse que la característica educativa implícita en la “filosofía de la praxis” (marxismo) se manifiesta, sobre todo, en el proceso de formación de la personalidad. Para Gramsci, el hombre, que es el resultado de unas condiciones de vida, es también el sujeto de una transformación determinada, ya por un cambio del conjunto de las relaciones sociales, ya por la toma de la conciencia de estas situaciones objetivas y por la voluntad de querer servirse de ellas.

De este modo, apoyándose en las condiciones objetivas de existencia, el hombre pone en movimiento la propia voluntad como aplicación efectiva del querer en abstracto y forma así su propia personalidad. Esta formación no es sólo individual y subjetiva sino una operación compleja en la que los elementos individuales y subjetivos se asocian a los elementos de masas, objetivos o materiales. con los que el individuo se encuentra en unas relaciones de acción recíproca. Conviene también precisar que, si bien la síntesis de dichos elementos es individual, ésta se realiza por medio de una actitud que está en conexión recíproca con el exterior —la naturaleza y los otros hombres— realizando un progreso ético que sería vano considerar individual.

Rechazo del determinismo y del innatismo pedagógico

El rechazo que Gramsci realiza tanto del determinismo como del innatismo pedagógico es una consecuencia de su concepción de la naturaleza humana. Según Gramsci, no se puede hablar de una naturaleza “a priori” del niño, ni del hombre en general, innata, cuya simple función sería la de manifestarse. Es evidente que en el individuo humano hay elementos naturales de carácter innato, pero después de un examen detenido se muestran menos innatos de lo que parecen, y, por lo tanto, su importancia debe limitarse al máximo, incluso porque no todo lo que en el niño parece ser natural resulta ser tal y, a veces, es mejor considerarlo como historia.

Dado que la conciencia del niño no es algo “individual” sino reflejo de la parte de la sociedad civil en la que el niño estaba integrado, de las relaciones sociales que se crean en la familia, en la vecindad, el pueblo, etc., se deduce que la posición innatista que propone “renunciar a formar al niño” significa únicamente permitir que su personalidad se desarrolle tomando caóticamente del ambiente general todos los aspectos de la vida. En consecuencia, Gramsci se opone a la pedagogía que considera la educación como el desarrollo de algo ya existente bajo la forma de una fuerza latente originaria, teniendo en cuenta que esta originalidad no es más que un indiferenciado e informe complejo de sensaciones e imágenes obtenidos durante la primera fase de la vida del niño. Este modo de concebir la educación, no es válido, en todo caso, sino para contraponerlo a otro peor —que Gramsci denomina “jesuítico”, basado en una coacción externa brutal— pero que acaba por exasperar tanto la espontaneidad que corre el peligro de caer en el fatalismo, mientras que, por el contrario, la educación debería ser organizada y dirigida, incluso a través de una cierta forma de coacción.

Gramsci argumenta también esta tesis en una carta dirigida a su esposa sobre la educación de los hijos. Decía entonces así: “Pero en conjunto (sus cartas) me han dado la impresión de que tú y otros miembros de tu familia sois demasiado metafísicos, al presuponer que el niño contiene al hombre entero en potencia, siendo preciso por tanto ayudar al desarrollo de ese contenido latente sin ejercer ninguna clase de coacción, dejando actuar a las fuerzas espontáneas de la naturaleza o qué sé yo. Por mi parte, pienso que el hombre es toda una formación histórica, obtenida a través de la coerción (entendida en el sentido más general que el de brutalidad y violencia externa), y además pienso que de otro modo se caería en una forma de trascendencia o de inmanencia. Lo que se toma por una fuerza latente no es, en su mayor parte, sino el complejo informe e indiferenciado de las imágenes y sensaciones de los primeros días, de los primeros meses, de los primeros años de la vida; imágenes y sensaciones que no siempre corresponden a lo mejor según nuestros deseos. Esta manera de concebir la educación como el desenredar una madeja ya preexistente tuvo su importancia cuando se trataba de oponerla a la escuela jesuítica, por cuanto negaba una filosofía aún peor, pero hoy está superada a su vez. Renunciar a formar al niño no significa otra cosa sino permitir que se desarrolle su personalidad acogiendo caóticamente del ambiente general todos los motivos que han de formar su vida. Es extraño e interesante que el psicoanálisis de Freud haya creado, especialmente en Alemania, tendencias similares a las que rigieron en Francia en el siglo XVIII, y que aparezca de nuevo el tipo del buen salvaje corrompido por la sociedad, esto es, por la historia. Resulta una nueva forma de desorden intelectual muy interesante”.

Educación crítica

Al poner el acento sobre el elemento voluntarista de la educación Gramsci resalta la necesidad de que no provenga de la familia del niño y de que no actúe como puro individuo, sino que sea portador de los ternas más importantes del grupo social. Según Gramsci, para educar es necesario un aparato cultural a través del cual la generación anterior transmita a la generación de los jóvenes toda la experiencia del pasado —de las generaciones pasadas— y les haga adquirir sus inclinaciones y hábitos. Incluso los físicos y técnicos que se adquieren con la repetición. Esta transmisión de contenidos culturales de la vieja a la nueva generación se realiza especialmente a través de la escuela. Es decir, de la obra del maestro que en su trabajo realiza el nexo instrucción-educación, ya que para Gramsci no puede existir, al menos en teoría, una instrucción sin educación.

En definitiva, para Gramsci, maestro no es sólo el que enseña en la Escuela, sino que el verdadero maestro, el educador, es aquel que representando la conciencia crítica de la sociedad, y teniendo en cuenta el tipo de hombre colectivo que se encuentra representado en la Escuela, asume el papel de moderador entre la sociedad en general y la sociedad infantil en desarrollo. Es también educador y quien secunda estimula el proceso evolutivo a través de la búsqueda de un equilibrio dinámico y dialéctico entre imposición social e iniciativa autónoma del individuo. Gramsci considera también al maestro como intelectual, es decir, como un dirigente (especialista político) que trabaja en el campo de la educación difundiendo la ideología del bloque histórico dominante o tratando de elaborar la hegemonía del nuevo bloque emergente. De ahí la necesidad de que el educador sea también educado ya que, según la célebre Tercera tesis de Marx sobre Feuerbach, “la doctrina materialista de que los hombres son el producto del ambiente y que, por lo tanto, los cambios en los hombres son el de otros cambios en el ambiente no tiene en cuenta que también los hombres puedan modificar el ambiente y de que el educador de ser a su vez educado”.

La Escuela única o unitaria

El concepto dé Escuela única, o unitaria, desempeña una función relevante en las concepciones pedagógicas de Gramsci. En realidad, es una consecuencia de la visión que el pensador italiano tiene del desarrollo de la sociedad. Según Betti, la sociedad que se plantea Gramsci es una comunidad nueva, animada de un espíritu de justicia social, una sociedad donde la escuela se inserta como elemento activo y propulsor para la educación de las nuevas generaciones, una sociedad que no entre en contradicción con la escuela, sino que sea capaz de revivir y prolongar las recíprocas interacciones que la escuela establece. En la visión gramsciana, el problema de la sociedad es esencial. Gramsci, al igual que Makarenko, está convencido de que la cuestión de la revalorización del trabajo como actividad humana y social, de la construcción de una sociedad capaz de realizar las más válidas aspiraciones del hombre no puede encontrar una solución satisfactoria en el mero activismo pedagógico por cuanto que la educación social ha de ir unida a la idea de transformación social.

Con Makarenko, ya no se piensa en actuar por actuar sino que se aspira a una actividad concreta, socialmente interesante, que una vez más la escuela a la vida y a las rápidas transformaciones sociales se producen. Ahora está claro que no es posible plantearse el problema de la escuela sin vincularlo al de las exigencias de la sociedad, de la cual debe ser expresión y motor la escuela. Todos los aspectos, desde los ideales educativos hasta los programas, han de valorarse a la luz de los problemas presentes y futuros de la comunidad. La vitalidad de una escuela se mide por su sensibilidad frente a estas nuevas solicitudes que proceden de la vida, lo mismo que la causa de su decadencia haya que buscarla en la ruptura entre escuela y sociedad. Gramsci advierte que el retraso de la escuela debe ser diagnosticado en razón de su no adecuación a la vida. Ello ocurre cuando se presenta como escuela culturista que insiste en presentar problemas que, si tuvieron importancia en otros tiempos, han dejado de tenerla. Del aislamiento de la escuela respecto a la vida nace lo que Dewey llamó “despilfarros de la educación”, que impiden al niño el aprovechamiento de su experiencia cotidiana e inversamente no le permiten servirse en la vida de lo que aprende en la escuela.

Para Betti, de cuanto queda dicho, y ante la necesidad de difundir los valores humano a fin de que nadie se vea privado de condiciones para el desarrollo de su personalidad, nace la exigencia grarnsciana de una escuela unitaria elemental-media como instrumento para formar a las nuevas generaciones a través de la acción consciente del adulto, de la sociedad. ¿En qué razones se funda esta reivindicación?: Por una parte, en tratar de eliminar la orientación clasista de la escuela, que procura dar un tipo diferente de educación a cada estrato social para cristalizar a cada uno de éstos “en una función social determinada, o directiva o instrumental, en vez de ofrecer a todos los niños iguales oportunidades de elección de su propio provenir”. Por otra, la escuela única es concebida por Gramsci como un medio insustituible para la creación de nuevas relaciones, de relaciones más justas entre trabajo intelectual y trabajo industrial, a fin de superar, como bien precisaba Hessen, “la antigua y decisiva oposición entre la cultura general y la instrucción profesional”, entre escuelas para las élites y escuelas para artesanos.

Además del rechazo de la tradicional escuela media para las élites, distanciada de la vida y empeñada en “instruir a la juventud sobre materias alejadas de cuanto sea útil y relacionado con el presente”, aflora en el pensamiento de Gramsci un nuevo concepto de la escuela profesional entendida no ya como escuela meramente artesana, sórdidamente practicista, sino como medio para asegurar a los jóvenes aprendices una específica cultura general. Es significativo que, aunque Gramsci no estima que pueda ser competencia exclusiva de la escuela la reconstrucción social, pues la considera insuficiente como instrumento para eliminar las diferencias de clase, que piense que sin embargo la escuela única podría dar lugar a una mejor comprensión entre los jóvenes de las diferentes capas, con efectos beneficiosos que tal vez se harían sentir “no sólo en la escuela sino en toda la vida social”. Esta posibilidad de entendimiento no será inconsciente ni impuesta por una fuerza exterior, sino que se originará como fruto o resultado de la escuela unitaria, porque antes de adoptar el camino de la especialización intelectual y profesional los jóvenes habrán adquirido una conciencia moral y social sólida y homogénea que les habrá permitido entenderse, comprenderse y ser comprendidos, estableciéndose un encuentro anterior a las divisiones religiosas, políticas e ideológicas.

Para Gramsci, la escuela única constituye una gran exigencia de la sociedad moderna, que necesita aprovechar todas las posibilidades de los jóvenes para mantenerse sólida y progresiva. En consecuencia, la educación debe entenderse como una presión enérgica “sobre todo el sector escolar para hacer emerger a esos millares, centenares, o aunque sólo sean docenas de estudiosos de altos vuelos, necesarios para la continuidad de cualquier cultura”. Desde esta perspectiva, según Betti, no debe creerse que Gramsci, al mencionar esa intención de seleccionar enérgicamente, pretende reducir la escuela a una pequeña élite, aunque fuese la élite de la inteligencia. Grámsci está íntimamente convencido de que el problema de llevar la cultura a todos coincide con el de seleccionar los grandes dirigentes de la sociedad. Pues en realidad, cuando se dice que todos deben seguir el mismo curso, no significa que todos vayan a alcanzar los mismos objetivos y los mismos resultados, sino que todos deben tener la oportunidad y los medios para constituirse como personas, deben estar sometidos a la disciplina y al trabajo intelectual ser puestos en contacto con el patrimonio cultural acumulado por las generaciones precedentes, y estar cada cual en condiciones para poder expresar “su verdadera y esencial capacidad. asegurándole para ello el desarrollo natural tantas veces comprometido por los shocks psíquicos debidos a hechos de la vida del alumno en la familia y en la escuela”.

En esta concepción gramsciana, la escuela no puede concebirse ni siquiera en sus primeros años, como una diversión, como una enseñanza fácil y atrayente en todo momento y a cualquier precio, sino como una acción que, dentro del respeto al educando, impone sacrificios, renuncias y esfuerzos. Pues nunca dejará de ser cierto que el entendimiento del niño no progresa sino “por medio del esfuerzo”, al mismo tiempo que lucha por “sujetarse a privaciones y limitaciones del movimiento físico, es decir, que se somete a una disciplina psicofísica”. Basándose en sus propias experiencias, Gramsci concibe el estudio como una tarea muy seria y fatigosa que no se lleva a cabo espontáneamente, sino que exige una preparación no sólo intelectual sino también muscular y nerviosa: es como un proceso de adaptación, un hábito adquirido a través del esfuerzo, superando el tedio e incluso el sufrimiento. De ahí la posición negativa de Gramsci ante la idea de que la escuela, por ser para todos, haya de ser fácil. De ahí también la sugerencia de generalizar la enseñanza preescolar, a fin de que todos los niños adquieran esos hábitos necesarios para facilitar la adaptación psico-física a la escuela, así como al proyecto de crear una serie de actividades integradoras, tales como bibliotecas, guarderías, etc, para favorecer el proceso de homogeneización de los diversos elementos de la vida escolar y elevar a los más desposeídos al nivel de los mejores. Desde esta perspectiva resulta claro que el objetivo de la escuela unitaria es crear un estrato de intelectuales, elevando las masas a la cultura para hacerles adquirir una concepción superior de la vida, en contra de las tendencias que se proponen mantener a los simples, a los humildes, en su filosofía primitiva. En consecuencia, la escuela unitaria es “un elemento básico en la lucha por la hegemonía de las clases populares”.

En ese sentido, Gramsci supera netamente el concepto de la cultura subalterna, destinada a las clases más pobres, y el de la cultura humanística, desinteresada, como privilegio de las clases dirigentes. No sólo rechaza la idea de la escuela hecha a medida de las clases populares —luchando decididamente desde las páginas de “L’Ordine Nuovo” contra tales tendencias, que se manifestaban incluso en el seno del movimiento obrero— sino que además se oponía a toda concepción de la cultura como saber enciclopédico, como adquisición de nociones inconexas que forman hombres mecánicamente determinados, cuando no desarraigados, gentes que se creen superiores al resto de la humanidad porque han acumulado en la memoria cierta cantidad de datos y fechas, que desgranan en toda ocasión para alzar una barrera, entre ellos y los demás.

Para Betti, en el Gramsci joven es más evidente la influencia idealista y la valoración de la espontaneidad, de la subjetividad, que el Gramsci maduro colocaría luego en sus más justos términos de relación concreta con el mundo humano y natural. Pero, por el contrario, se mantuvo siempre firme en el rechazo de una cultura subalterna para las clases populares. Rechazó el concepto de “escuela popular” porque se daba a ésta un carácter de escuela profesional, inmediatamente práctico, quedando las clases populares en su sempiterna posición de inferioridad. A su juicio, la escuela popular obedecía al propósito de someter a los desheredados, de inculcarles resignación y respeto frente a la situación existente. En cambio, la escuela propugnada por Gramsci trataría de implantar en todo joven “una psicología de constructor”. Todos deberían estar en condiciones de ser “gobernantes”, aunque sea en un sentido abstracto. Así se funden los ideales humanístico y democráticos, y la tradicional dualidad entre el hombre aristocrático y el hombre común se superaba en el hombre moderno.

(el autor es presidente de la Fundación Isidoro Acevedo y autor , entre otros libros , de ” Introducción al pensamiento de Gramsci”)

Del arte y la revolución

por Manuel Gari//

Per a Lluís Riera

“Decir que a través del tiempo fugaz / Todo pertenece al futuro/ Que el conquistador lívido de cejas / puede morir con más seguridad que la conquistó”.

Louise Michele 1/

Todo acontecimiento impactante en la vida social conmociona al conjunto de la comunidad. Su irrupción hace posicionarse a las élites del poder, a las clases sociales y a todos sus voceros, gestores y representantes políticos. Pero también genera reflexiones sobre el mismo de pensadores, escritores, artistas y en general de todos los creadores. Si ese acontecimiento tiene carácter disruptor en la situación política y, por tanto, supone un cambio brusco que marca un antes y un después en la percepción que tiene de sí misma la sociedad, el posicionamiento se convierte en pronunciamiento y la reflexión conlleva la auto ubicación en un campo en disputa. En este segundo caso el suceso sobrevenido puede alterar el estatus quo y marcar el devenir de la sociedad. Todos los intereses, emociones y opiniones se ponen en juego.

Los efectos que provoca en la sociedad y las actitudes que induce en el mundo cultural esa disrupción, han podido comprobarse en el siglo XIX con los virajes autocráticos que intentaban la vuelta al antiguo régimen y detener las consecuencias positivas de la Ilustración. Pero la mejor muestra de cambio a la derecha, la encontramos en el siglo XX en las reacciones ante el ascenso al poder de ideologías totalitarias que obligaban a optar entre la loa o el castigo, entre el sometimiento o la rebelión. Se trata de una disrupción que destruye todo el sistema de defensas y crecimiento del cuerpo social e impone una degeneración patológica con graves consecuencias para las clases trabajadoras y populares, para los valores democráticos y para la paz entre los pueblos.

Cambiar el mundo, cambiar la vida

De naturaleza diametralmente opuesta es la disrupción revolucionaria. La reacción que desencadena en el conjunto social, particularmente entre las clases plebeyas y, más en concreto, sobre el mundo cultural, es mucha más rica e intensa, tiene mucha mayor amplitud y adquiere un sentido prometeico cuando el acontecimiento impactante es la revolución social.

En ese caso, es importante identificar, por un lado, las características de las actitudes que se mantienen desde la política y militancia que busca la transformación social e institucional y la artística y literaria que tiene como guía cambiar la vida. Es importante conocer la creación que se genera alrededor de las revoluciones pues estas son producto de la necesidad sociohistórica y la acción consciente y racional, pero también de la emoción, de la ilusión en un mundo diferente. Y ahí entra la novela, la poesía, la música, la pintura, el teatro, la fotografía o el cine.

Ello es lo que hace que en todas las revoluciones de los siglos XIX y XX haya una pléyade de intelectuales y artistas que las acompañan, pero también las configuran, pues son parte de la escena: el proceso revolucionario. Años más tarde del triunfo sandinista Sergio Ramírez en su Biografía y Autobiografía afirmó que los escritores y artistas no sólo le dieron prestigio a la revolución, sino que la espolearon para avanzar. Uno de los puentes entre creadores y revolucionarios es el objetivo de posibilitar la existencia de un hombre nuevo, empleando la alicorta y criticable expresión del masculino genérico al uso. Ese objetivo, que encontró en el Ché Guevara su mejor exponente, forma parte de las aspiraciones del cambio social revolucionario, que hoy formularíamos como la persona nueva. Persona real, libre y humana que forma parte del sueño emancipador y en las antípodas de toda pesadilla de ingeniería social estalinista.

Ese anhelo de una sociedad de mujeres y hombres iguales y libres, productores cooperantes de los bienes que necesitan en armonía con la naturaleza, es lo que explica que décadas y décadas después del comienzo del ciclo de las revoluciones sociales provocadas por la consolidación y expansión del sistema capitalista y la aparición de su antagonista el movimiento obrero y el socialismo, sigamos intentando aprender y aprehender de los hitos emancipatorios.

El primer ensayo de la ciudad emancipada

La Commune de Paris es una experiencia especial en la historia del movimiento obrero. La gran singularidad a destacar es que fue la primera gran intentona de autogobierno proletario y popular. Ese fue su significado y estamos en la obligación -y todavía a tiempo- de sacar todas las lecciones de la primera ocasión en la que por 72 días los de abajo sustituyeron a los de arriba en el gobierno de la polis y comenzaron a construir un futuro común y constituirse con su práctica en un sujeto emancipador.

La segunda característica es que la Comuna delimitó en bandos antagónicos las pasiones y las posiciones de la burguesía y la nobleza (organizada desde Versalles) que odiaba a las clases subalternas por su voluntad de emancipación, y así lo demostró en su feroz represión. Pero también supuso una línea de demarcación en el seno de la intelectualidad francesa (y europea) y del mundo de la creación artística. Fue el primer gran escenario dónde revolución y arte se daban la mano. A tal efecto resulta de interés el ensayo Escritores y artistas comprometidos ante la Comuna de París de Pepe Gutiérrez-Álvarez que puede encontrarse en Arte y revolución en la Comuna de Paris 2/.

La Comuna tuvo muchas luces y algunas sombras, por ello conviene acercarse a los acontecimientos con ojos de leer y ver, de forma crítica, sin mitificaciones, mistificaciones o hagiografías, tomando los hechos y analizárlos con el amor y el rigor del entomólogo. Pero siempre admirando la gesta y el empeño. Usando herramientas de precisión, evitando el trazo grueso que nos permitan comprender tal como hizo Miguel Romero (2011) en El tiempo del reloj y el tiempo de las cerezas 3/

La experiencia comunera acabó siendo calificada en los ámbitos marxistas de forma un tanto optimista (pues su duración fue corta y sus funciones muy elementales dada la situación) como el primer Estado obrero de la historia. Eso sí, la Comuna de 1871 fue una de las mayores gestas de la lucha obrera y popular bajo el capitalismo y es base esencial para intuir y diseñar las formas de organización democrática radical y participativa que deben dar soporte institucional a los procesos de revolución social. De ahí su importancia fundadora para el marxismo revolucionario y para el anarquismo. Y puede ser uno de los puntos de partida de un nuevo diálogo, demasiado tiempo interrumpido, entre ambas corrientes constituyentes de la clase obrera en acción y ¿por qué no? delimitar un nuevo espacio de trabajo común en una suerte de marxismo libertario.

Cultura y cambio social

La revolución de 1871 en Paris adquirió una orientación socialista-plebeya que la diferenció de las precedentes de 1830 e incluso de la de 1848. Eso marca el inicio de una nueva época en las relaciones entre creación y movimiento social y político. Ciclo en el que se supera la conversión de la experiencia estética en un concepto con entidad filosófica que es la idea central de Emmanuel Kant en Observaciones sobre el sentimiento de lo Sublime y lo Bello publicada en 1764, que supone un gran avance respecto a las ideas anteriores, pero que es superada por la necesidad transformar el mundo y cambiar la vida.

A finales del siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX la agitación social es determinante tanto en las sociedades industrializadas en las metrópolis como, de forma creciente, en las colonias y para colonias. Y es tan intensa que buena parte de los creadores se verán impelidos a intervenir en la situación tomando partido en el conflicto social y político. Se va a abrir paso la idea del arte, la literatura y cualquier forma de creación como instrumento para cambiar el mundo. Y en ese contexto aparecen las vanguardias artísticas en todos los campos. Y con ello surge una amistad, no exenta de conflicto, entre creación y revolución. De forma metafórica podríamos afirmar que se inician simbólicamente en la primera década del siglo XX en Zúrich, dónde vivía Lenin exiliado y dónde los dadaístas tomaron como sede el Cabaret Voltaire.

El fracaso de la revolución rusa de 1905 supuso persecución por la reacción de las ideas disidentes y comportó desánimo y deserción entre los intelectuales y artistas de vanguardia. La victoria bolchevique de 1917 hizo que muchos artistas tomaran partido de nuevo por la revolución que funcionó como un gigantesco imán de ilusiones y deseos y con ello se convirtió en una gran impulsora de la creación en sus diversas manifestaciones. Las vanguardias creativas se plantean la función social del arte y la función política del mismo en un contexto de lucha y conflicto que intenta demoler el viejo mundo, la explotación y la opresión, y la construcción de una sociedad sin clases de mujeres y hombres libres.

Años después sobrevino el choque frontal entre el poder y el pensamiento en el primer país socialista del mundo. El estalinismo supuso la liquidación de la revolución, pero también de la esperanza entre los creadores. De ahí que solamente sólidas personalidades como las de André Breton (cambiar la vida) y León Trotsky (cambiar el mundo), ambos disidentes proscritos, siguieran manteniendo una alianza político-creativa de calidad e interés en torno al Manifiesto de México Por un arte revolucionario independiente.

Impulso creativo y poder revolucionario

En el necesario diálogo marxista-libertario, los aspectos culturales del cambio, de la sociedad soñada y de la lucha contra la sociedad repudiada es un campo que puede ser sumamente fértil en la labor de ganar la hegemonía en la sociedad. De ahí la importancia de conocer, entender y aprender de la Comuna, la Revolución rusa de 1917 que en el próximo octubre cumplirá 100 años, la revuelta de Asturias del 34, o la gran experiencia poumista y anarquista del 36-37 catalán, pero también de Cuba, Vietnam o el sandinismo particularmente de -empleando la expresión de Manuel Vázquez Montalbán- “los años de la inocencia” que acompañan a los inicios de toda revolución. De ahí la importancia en 2017 de identificar y seguir los movimientos artísticos y culturales impugnadores del orden, defender su libre expansión y establecer con los mismos desde la política un diálogo preñado de respeto a su autonomía absolutamente ajeno a cualquier intento de instrumentalización.

Debemos comprender y asumir que la relación entre el impulso vital y creativo y el poder revolucionario es una relación necesariamente conflictiva por sus diferentes roles en el proceso. Isaac Deutscher en su trabajo Sobre la Revolución Cultural China y la actitud del maoísmo ante la disidencia intelectual, nos recuerda que Trotsky defendió el pleno derecho de los escritores y artistas del movimiento Prolekult a expresarse libremente, máxime cuando la Revolución Rusa concitó en sus primeros años (antes de la imposición del depredador realismo socialista) un elevado clímax creativo y una adhesión al proceso revolucionario entre escritores y artistas. El siempre creativo Trotsky en Literatura y revolución es taxativo: “En nuestros días, no se puede consentir que exista un misticismo portátil, algo así como un perrito doméstico que uno lleva a su lado”.

Podemos convenir para finalizar algunas cuestiones. En primer lugar, que los movimientos vanguardistas deberían verse como “una disidencia o una revuelta más que como una vanguardia en el sentido literal” utilizando las palabras de Raymond Williams. En segundo lugar, compartir también con este autor un cierto marxismo de la subjetividad en el que la conciencia juega un rol central a diferencia de lo que podríamos calificar de marxismo de la objetividad en el que el cambio social vendría dado de forma determinista por factores ajenos a la voluntad y la acción consciente de las personas, criterio por el cual el sujeto político es un mero acompañante de unas supuestas fuerzas de la historia (abstractas y ahistóricas). Y, en tercer lugar, que “El papel del escritor (o en general del creador, podríamos añadir cambiando la acción verbal) dentro de la revolución, en primer lugar, es escribir bien” a pesar de que quien pronunció estas palabras fuera el decepcionante Tomás Borge cuando todavía era un referente moral revolucionario.

Así son las cosas y en esto del arte y la revolución, como en tantos aspectos de la vida, conviene aplicar el aforismo de un poeta de Auch que recomienda un artista revolucionario, Acacio2 Puig: “On change une équipe qui perd./ On conserve une “épique” qui gagne.

 

(El autor es miembro del Consejo Asesor de la revista española Viento Sur)

(Imagen: Revolución del viaducto, Paul Klee)

La suerte está echada

por Ibán de Rementería//

En lo político más que decir que la suerte está echada, es la elección presidencial y parlamentaria la que está echada, la de gobernadores regionales no tuvo suerte alguna, las fuerzas políticas están nucleadas en tres tercios y un cuarto tercio volante, la Democracia Cristiana (DC), que queda a la espera de a cuál de los tres tercios triunfante le puede dar la mayoría parlamentaria, o a la oposición dura, esto ya es historia conocida, terminó en un golpe y una dictadura militar sangrienta. Seguir leyendo La suerte está echada

César Vallejo: El Tungsteno

Dueña, por fin, la empresa norteamericana Mining Society, de las minas de tungsteno de Quivilca, en el departamento del Cuz­­co, la gerencia de Nueva York dispuso dar comienzo inme­dia­tamente a la extracción del mineral.

Una avalancha de peones y empleados salió de Colca y de los lugares del tránsito, con rumbo a las minas. A esa avalancha si­guió otra y otra, todas contratadas para la colonización y la­bo­­res de minería. La circunstancia de no encontrar en los al­re­dedores y comarcas vecinas de los yacimientos, ni en quince le­­guas a la redonda, la mano de obra necesaria, obligaba a la em­­presa a llevar, desde lejanas aldeas y poblaciones rurales, una vas­­ta indiada, destinada al trabajo de las minas.

El dinero empezó a correr aceleradamente y en abundancia nunca vista en Colca, capital de la provincia en que se hallaban situadas las minas. Las transacciones comerciales adquirieron proporciones inauditas. Se observaba por todas partes, en las bodegas y mercados, en las calles y plazas, personas ajustando compras y operaciones económicas. Cambiaban de dueños gran número de fincas urbanas y rurales, y bullían constantes ajetreos en las notarías públicas y en los juzgados. Los dólares de la Mining So­ciety habían comunicado a la vida provinciana, antes tan apa­cible, un movimiento inusitado.

Todos mostraban aire de viaje. Hasta el modo de andar, an­tes lento y dejativo, se hizo rápido e impaciente. Transitaban los hombres, vestidos de caqui, polainas y pantalón de montar, hablando con voz que también había cambiado de timbre, sobre dólares, documentos, cheques, sellos fiscales, minutas, cancelaciones, toneladas, herramientas. Las mozas de los arrabales salían a verlos pasar, y una dulce zozobra las estremecía, pensando en los lejanos minerales, cuyo exótico encanto las atraía de modo irresistible. Sonreían y se ponían coloradas preguntando:

–¿Se va usted a Quivilca?

–Sí. Mañana muy temprano.

–¡Quién como los que se van! ¡A hacerse ricos en las minas!

Así venían los idilios y los amores, que habrían de ir luego a anidar en las bóvedas sombrías de las vetas fabulosas.

En la primera avanzada de peones y mineros marcharon a Qui­vilca los gerentes, directores y altos empleados de la empre­sa. Iban allí, en primer lugar, místers Taik y Weiss, gerente y sub­gerente de la Mining Society; el cajero de la empresa, Javier Ma­chuca; el ingeniero peruano Baldomero Rubio, el co­­mer­cian­te José Marino, que había tomado la exclusividad del ba­zar y de la contrata de peones para la Mining Society; el co­­misario del asiento minero, Baldazari, y el agrimensor Leó­ni­das Be­nites, ayudante de Rubio. Este traía a su mujer y dos hijos pequeños. Marino no llevaba más parientes que un sobrino de unos diez años, a quien le pegaba a menudo. Los demás iban sin familia.

El paraje donde se establecieron era una despoblada falda de la vertiente oriental de los Andes, que mira a la región de los bosques. Allí encontraron, por todo signo de vida humana, una pequeña cabaña de indígenas, los soras. Esta circunstancia, que les permitiría servirse de los indios como guías en la región solitaria y desconocida, unida a la de ser ése el punto que, según la topografía del lugar, debía servir de centro de acción de la empresa, hizo que las bases de la población minera fuesen echadas en torno a la cabaña de los soras.

Azarosos y grandes esfuerzos hubieron de desplegarse para poder establecer definitiva y normalmente la vida en aquellas punas y el trabajo en las minas. La ausencia de vías de comuni­cación con los pueblos civilizados, a los que aquel paraje se halla­ba apenas unido por una abrupta ruta para llamas, cons­tituyó, en los comienzos, una dificultad casi invencible. Varias veces se suspendió el trabajo por falta de herramientas y no pocas por hambre e intemperie de la gente, sometida bruscamente a la acción de un clima glacial e implacable.

El tungsteno
César Vallejo

Los soras, en quienes los mineros hallaron todo género de apoyo y una candorosa y alegre mansedumbre, jugaron allí un rol cuya importancia llegó a adquirir tan vastas proporciones que, en más de una ocasión, habría fracasado para siempre la empresa, sin su oportuna intervención. Cuando se acababan los víveres y no venían otros de Colca, los soras cedían sus granos, sus ganados, artefactos y servicios personales, sin tasa ni reserva, y, lo que es más, sin remuneración alguna. Se contentaban con vivir en armoniosa y desinteresada amistad con los mi­neros, a los que los soras miraban con cierta curiosidad infan­til, agitarse día y noche, en un forcejeo sistemático de apa­ra­tos fantásticos y misteriosos. Por su parte, la Mining Society no necesitó, al comienzo, de la mano de obra que podían prestarle los soras en los trabajos de las minas, en razón de haber traído de Colca y de los lugares del tránsito una peonada numerosa y suficiente. La Mining Society dejó, a este respecto, tranquilos a los soras, hasta el día en que las minas reclamasen más fuerzas y más hombres. ¿Llegaría ese día? Por el instante, los soras seguían viviendo fuera de las labores de las minas.

–¿Por qué haces siempre así? –le preguntó un sora a un obrero que tenía el oficio de aceitar grúas.

–Es para levantar la cangalla.

–¿Y para qué levantas la cangalla?

–Para limpiar la veta y dejar libre el metal.

–¿Y qué vas a hacer con metal?

–¿A ti no te gusta tener dinero? ¡Qué indio tan bruto!

El sora vio sonreír al obrero y él también sonrió maquinalmente, sin motivo. Le siguió observando todo el día y durante muchos días más, tentado de ver en qué paraba esa maniobra de aceitar grúas. Y otro día, el sora volvió a preguntar al obrero, por cuyas sienes corría el sudor:

–¿Ya tienes dinero? ¿Qué es dinero?

El obrero respondió paternalmente, haciendo sonar los bolsillos de su blusa:

–Esto es dinero. Fíjate. Esto es dinero. ¿Lo oyes?

Dijo el obrero esto y sacó a enseñarle varias monedas de ní­quel. El sora las vio, como una criatura que no acaba de entender una cosa:

–¿Y qué haces con dinero?

–Se compra lo que se quiere. ¡Qué bruto eres, muchacho!

Volvió el obrero a reírse. El sora se alejó saltando y silbando.

En otra ocasión, otro de los soras, que contemplaba absortamente y como hechizado a un obrero que martilleaba en el yunque de la forja, se puso a reír con alegría clara y retozona. El herrero le dijo:

–¿De qué te ríes, cholito? ¿Quieres trabajar conmigo?

–Sí. Yo quiero hacer así.

–No. Tú no sabes, hombre. Esto es muy difícil.

Pero el sora se empecinó en trabajar en la forja. Al fin, le consintieron y trabajó allí cuatro días seguidos, llegando a pres­tar efectiva ayuda a los mecánicos. Al quinto, al mediodía, el sora puso repentinamente a un lado los lingotes y se fue.

–Oye –le observaron–, ¿por qué te vas? Sigue trabajando.

–No –dijo el sora–. Ya no me gusta.

–Te van a pagar. Te van a pagar por tu trabajo. Sigue no más trabajando.

–No. Ya no quiero.

A los pocos días, vieron al mismo sora echando agua con un mate a una batea, donde lavaba trigo una muchacha. Des­pués se ofreció a llevar la punta de un cordel en los socavones. Más tarde, cuando se empezó a cargar el mineral de la bocami­na a la oficina de ensayos, el mismo sora estuvo llevando las parihuelas. El comerciante Marino, contratista de peones, le dijo un día:

–Ya veo que tú también estás trabajando. Muy bien, cholito. ¿Quieres que te socorra? ¿Cuánto quieres?

El sora no entendía este lenguaje de “socorro” ni de “cuánto quieres”. Sólo quería agitarse y obrar y entretenerse, y nada más. Porque no podían los soras estarse quietos. Iban, venían, alegres, acezando, tensas las venas y erecto el músculo en la acción, en los pastoreos, en la siembra, en el aporque, en la caza de vicuñas y guanacos salvajes, o trepando las rocas y precipicios, en un trabajo incesante y, diríase, desinteresado. Carecían en absoluto de sentido de la utilidad. Sin cálculo ni preocupa­ción sobre sea cual fuese el resultado económico de sus ac­tos, parecían vivir la vida como un juego expansivo y gene­roso. Demostraban tal confianza en los otros, que en ocasio­nes ins­piraban lástima. Desconocían la operación de com­pra-venta. De aquí que se veían escenas divertidas al respecto.

–Véndeme una llama para charqui.

Entregado era el animal, sin que se diese y ni siquiera fuese reclamado su valor. Algunas veces se les daba por la llama una o dos monedas, que ellos recibían para volverlas a entregar al primer venido y a la menor solicitud.

(Páginas iniciales de la novela de César Vallejo El tungsteno)

Carta de los Cordones Industriales a Salvador Allende

Compañero Salvador Allende:

Ha llegado el momento en que la clase obrera organizada en la Coordinadora Provincial de Cordones Industriales, el Comando Provincial de Abastecimiento Directo y el Frente Único de Trabajadores en conflicto ha considerado de urgencia dirigirse a usted, alarmados por el desencadenamiento de una serie de acontecimientos que creemos nos llevará no sólo a la liquidación del proceso revolucionario chileno, sino, a corto plazo, a un régimen fascista del corte más implacable y criminal. Seguir leyendo Carta de los Cordones Industriales a Salvador Allende

Elección de asamblea constituyente en Venezuela se realiza en medio de amenazas estadounidenses y violencia

por Andrea Lobo//

El gobierno de Nicolás Maduro y el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) consumó la elección de los 545 miembros de la asamblea constituyente el domingo mediante el despliegue de 230 000 soldados y milicianos bolivaristas alrededor del país, en medio de amplios brotes de violencia, el asesinato de líderes tanto del gobierno como la oposición y una escalada de amenazas de EE. UU.
Los primeros reportes de la prensa indican que la participación en el balotaje fue baja, incluso en los barrios pobres menos afectados por las protestas que alguna vez fueron la principal base de apoyo del PSUV. Una encuesta publicada el viernes por Datanálisis indica que el 75 por ciento de los venezolanos no considera que sea necesaria una nueva constitución, mientras que más del 80 por ciento rechaza la gestión de Maduro.
El principal objetivo de la votación es aislar y potencialmente disolver la Asamblea Nacional que controla la oposición. De acuerdo con el Consejo Nacional Electoral (CNE) oficialista, la constituyente tendrá la potestad completa de modificar cualquier constitución existente y crear un nuevo marco legal. El nuevo órgano legislativo se reunirá esta semana después de que se presenten los resultados.
El preludio al voto del domingo involucró cuatro meses de intentos cada vez más agresivos del gobierno del PSUV, por un lado, y la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) de derecha y respaldada por EE. UU. para intentar marginar al lado opositor y obtener un mayor control del Estado. La encarnizada disputa entre ambos sectores de la burguesía venezolana sucede en el contexto de una inmensa oposición social de los trabajadores y la juventud. El hambre, la hiperinflación y el desempleo son generalizados, mientras que la mayoría de los trabajadores no tiene acceso a servicios básicos. Ambos, el PSUV y la MUD, temen el estallido de un levantamiento de masas que ninguno de los dos pueda controlar.
A pesar de la amplia oposición al gobierno, la MUD no ha logrado conseguir un apoyo consistente fuera de la clase media-alta y algunos sectores estudiantiles debido a su programa manifiestamente proimperialista y corporativista. Desde que ganó una mayoría en la Asamblea Nacional en el 2015, ha apelado a sectores de las fuerzas armadas y a Washington para menoscabar el gobierno de Maduro.
La MUD boicoteó las elecciones, no presentó candidatos y llamó a sus partidarios a bloquear las principales avenidas e interrumpir el voto. El gobierno de Trump y otros como el de México, Colombia y Panamá han anunciado que no reconocerán la constituyente.
Esperando poder instalar un gobierno que le permita a las corporaciones estadounidenses explotar de forma irrestricta los recursos energéticos de Venezuela, los cuales ya componen el diez por ciento de las importaciones de petróleo de EE. UU., el vicepresidente Mike Pence llamó por teléfono al Leopoldo López, el ultraderechista líder de la MUD, para prometerle que Washington tomaría “acciones económicas fuertes e inmediatas” de llevarse a cabo el voto del domingo. Algunas secciones de la cúpula de política exterior estadounidense han presionado al gobierno de Trump para imponer sanciones a las exportaciones de petróleo de Venezuela.
La titular diplomática de la Unión Europea, Federica Mogherini, exigió “medidas urgentes” para reanudar el diálogo con la oposición, advirtiendo que una asamblea constituyente podría, “polarizar el conflicto más y aumentar el peligro de una confrontación”.
El domingo por la mañana, el ejército venezolano lanzó una ofensiva represiva, principalmente en las áreas controladas por la MUD. La jornada comenzó con veinte por ciento de los centros electorales “inhabilitados” principalmente por los bloqueos de la oposición, pero terminó con menos del cinco por ciento, conforme las fuerzas armadas fueron despejando violentamente los cortes de calle y las instalaciones ocupadas.
El gobierno de Maduro ya le había concedido a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) el control operativo de la policía nacional y municipal con el objetivo de asegurar que el proceso electoral se llevase a cabo y que se cumpliese la prohibición de “las reuniones y manifestaciones públicas, concentraciones de personas y cualquier otro acto similar que puedan perturbar o afectar el normal desarrollo del proceso electoral”.
Tales medidas, junto con el despliegue de efectivos militarizados, buscan intimidar toda oposición social, incluyendo aquella en la clase obrera, y desmiente la garantía de Maduro de que la asamblea constituyente traerá, “paz y democracia”.
Se espera que el vicepresidente del PSUV, Diosdado Cabello, quien hizo campaña por todo el país, asuma la dirección de la constituyente. El excapitán del Ejército es un miembro leal a la cúpula militar que colocó a Chávez en el poder y que formó parte de la boliburguesía que se enriqueció tremendamente a través de corrupción y la administración de contratos petroleros y de infraestructura. Cabello ha insistido en un programa de “liquidar al enemigo” y ampliar los poderes de la FANB.
El conflicto entre las dos facciones está llegando a un punto de quiebre. La oposición ha buscado establecer estructuras de gobierno paralelas, utilizando su control del congreso para juramentar una Corte Suprema “en la sombra” de 33 magistrados en oposición al gobierno de Maduro, quien respondió con el arresto de tres de ellos. Más allá, la agencia de inteligencia policial SEBIN arrestó el viernes al alcalde de la MUD de la municipalidad de Iribarren, Alfredo Ramos, quien fue sentenciado a quince meses en prisión por la Corte Suprema por permitir barricadas en su jurisdicción.
El domingo por la mañana, los dirigentes del PSUV anunciaron una “victoria” contra los intentos de menoscabar la jornada. Sin embargo, tomando en cuenta el grado de tensión y la censura de los principales medios venezolanos, el vicepresidente del país, Tareck El Aissami, insistió en que “necesitamos continuar aislando a los sectores de la oposición que se han opuesto a todo debate público…”.
El martes y miércoles, ocho personas murieron en enfrentamientos durante la “huelga general de 48 horas” que apoyaron las cámaras empresariales y sindicatos alineados con la MUD. Esto fue seguido el viernes y sábado por protestas denominadas la “Toma de Venezuela”, las cuales se limitaron a bloqueos dispersos y que fueron descritas por el diario español Público como habiendo “casi más fotógrafos que tipos dispuestos a lanzar piedras”.
La noche del sábado, el candidato a la constituyente, José Félix Pineda, fue asesinado a tiros en su casa, mientras que la MUD anunció en la mañana del domingo que ya habían muerto tres personas en las protestas, incluyendo el secretario de la juventud de Acción Democrática (AD), Ricardo Campos. De confirmarse, esto llevaría el número de muertes de la oleada de protestas que inició a principios de abril a más de 115.
El carácter reaccionario de la oposición estuvo a plena vista el lunes anterior en una entrevista en Venevisión con el dirigente del MUD, Freddy Guevara, quien fue preguntado si la situación actual se asimila al Pacto de Puntofijo, cuando los distintos partidos que representaban a la oligarquía terrateniente y a la burguesía liberal acordaron celebrar elecciones democráticas.
“Aquí hay unos temas que implican un parecido hacia la concertación chilena, que fue lo que se enfrentó a Allende, y la reconstrucción de Chile que vino después,” respondió.
Guevara se estaba refiriendo al golpe de Estado del 11 de setiembre de 1973 organizado por la CIA y las agencias de inteligencia militar estadounidenses con secciones de las fuerzas armadas chilenas encabezadas por el comandante en jefe de Allende, Augusto Pinochet. La dictadura fascista que fue instalada torturó y asesinó a decenas de miles de trabajadores e impuso arrolladores ataques sociales para imponer privatizaciones y otras políticas de libre mercado.
Es esta la perspectiva que guía a los sectores de la clase gobernante que apoyan al MUD, quienes buscan la aplicación de medidas proimperialistas bajo una dictadura fascista y respaldada por EE. UU. El sábado, Guevara anunció que estaban preparando que, “para el día lunes tengamos ya nuevas acciones, tácticas y estratégicas, enmarcadas en la nueva realidad que vamos a vivir.”
“Tenemos que reafirmar con convicción que estamos en los momentos finales de esta dictadura” continuó. No obstante, reflejando el cinismo que domina el MUD, añadió, “Vamos a sacarlos sin convertirnos en lo que ellos son”.