Guillermo Lora: Política militar del proletariado

Extractamos un capítulo “Revolución y Foquismo”, del dirigente del Partido Obrero Revolucionario (POR) de Bolivia, el trotskista Guillermo Lora. Se resumen las valiosas experiencias del proletariado altiplánico, protagonista de gestas revolucionarias como la revolución de 1952 y la Asamblea Popular de 1971. Su estudio resulta imprescindible en la formación de las nuevas generaciones de revolucionarios.// EP

Cuando hablamos de la política militar del proletariado nos referimos, ni duda cabe, a la del Partido Obrero Revolucionario, cuyos documentos programáticos lo definen como la vanguardia del proletariado boliviano. Si se toma en cuenta que la estrategia del POR (gobierno obrero-campesino) es comprensible que se dé por sobreentendida su concepción militar. Esto está bien cuando se plantea el problema en términos generales.
Nadie puede poner en tela de juicio que en el país existe una desviación militarista de la política de izquierda y que es sumamente peligrosa para el conjunto del movimiento revolucionario. Esta postura comienza separando, a veces imperceptiblemente, las acciones militares de la política y concluye convirtiendo a aquellas en un objetivo en sí mismas, vale decir, que de operaciones tácticas las transforman en la única estrategia. Es conocida nuestra larga polémica acerca de la imposibilidad de sustituir al partido del proletariado (que es tal en la medida en que expresa los intereses históricos de la clase) por grupos armados, éstos sólo pueden concebirse como el brazo armado de aquél. También en materia de política militar retornamos a las enseñanzas de Marx, Engels, Lenin y Trotsky.

PRINCIPIO GENERAL
La estrategia define ya el carácter de la política militar. Las operaciones y preparación militar y la forma de realizarlas están determinadas por la política. En el campo de la revolución proletaria es la política la que engloba todos los problemas, y entre ellos el militar.
El objetivo del proletariado no es únicamente tomar el poder sino instaurar el gobierno obrero-campesino, como resultado de una revolución hecha por las masas, siguiendo los métodos de lucha de la clase obrera. Los trabajadores asalariados, además de ser una de las clases más importantes, constituyen la dirección política del proceso revolucionario. La política militar está definida por la política del proletariado.
La revolución social (la sustitución de una clase por otra en el poder) se convierte en el requisito indispensable para poder lograr el cumplimiento de las tareas nacionales. Esta revolución la entendemos como obra de las propias masas y no de ninguna otra agrupación que pretenda sustituirlas. La revolución será hecha por vastas capas humanas explotadas y desorganizadas, la dirección política de esta mayoría nacional es el proletariado (se supone que para llegar a esta altura posee conciencia de clase); pero no debe olvidarse que se trata de una clase social sojuzgada y que no tiene en sus manos el poderío económico, ni el monopolio cultural y menos el manejo del aparato estatal. Son estos rasgos diferenciales los que determinan muchas de sus modalidades de lucha y la naturaleza de los instrumentos y métodos que precisa en su lucha liberadora (la naturaleza y estructura del partido obrero, por ejemplo).
Se puede decir que la revolución (entendida en el sentido de la marcha multitudinaria hacia la insurrección) es un proceso que se opera en el seno mismo de las masas y no es un fenómeno exterior a ellas; es oportuno recordar que el proletariado encarna y expresa la madurez a la que han llegado las fuerzas productivas. Tendencias y sectas que se reclaman del marxismo hablan de la importancia que tienen las masas en la revolución, pero entienden a ésta como algo que se impone a aquellas desde el exterior. Todos los esquemas que elaboran buscan orquestar desde un escritorio los movimientos de las masas; el que la realidad hubiese empujado a los “teóricos” de pacotilla a romperse las narices, una y otra vez, no impide que continúen tenazmente en su trabajo.
La política revolucionaria del proletariado determina el carácter de las actividades militares; pero, éstas, en cierto momento (ese momento es el golpe insurreccionál que se consuma para tomar el poder), adquieren inconfundible preeminencia sobre la política, lo que equivale a decir que la insurrección no es más que la prolongación de la política por medios militares. De todas maneras, la insurrección es el camino que permitirá materializar la estrategia y en esta medida está determinada por ésta.
El partido del proletariado encarna la conciencia de la clase y su programa, expresa los intereses históricos de aquél. No se trata ciertamente de un producto pasivo del grado alcanzado por la evolución de las masas, sino que, más bien, es el elemento activo que interviene de manera decisiva en la formación y avance de la conciencia clasista. Asimilar críticamente la experiencia diaria de las masas y generalizarla (darle validez política), para que se convierta en patrimonio de toda la clase, tales son las tareas básicas del partido, y en esta medida no puede ser reemplazado en dicha función por ninguna otra organización popular u obrera. Estamos hablando de un partido que trabaja y se fortalece en el seno del proletariado. La labor partidista es la que permite que las ideas se enseñoreen de las masas y se convierten en fuerza material. El Partido Revolucionario es aquel que trabaja en el seno de las masas por excelencia y en su propia organización, esto porque la técnica militar es colocada, sin atenuante alguna, al servicio de la política revolucionaria.
En la realidad ocurre que aparecen organizaciones y acciones militares propias de las masas pero al margen del partido, como consecuencia, de la pujanza que adquieren las tendencias espontáneas de los explotados y de su relativo retraso político. La elevación de la conciencia de clase se traduce en la mayor influencia del partido en el seno de las mayorías sojuzgadas, lo que importa que una mayor cantidad de acciones y destacamentos armados sean controlados por el partido revolucionario.

LAS MASAS Y EL TRABAJO MILITAR
La tesis, tan publicitada ahora, en sentido de que una excelente preparación material de pequeños grupos (estos pequeños grupos se organizan y desarrollan alrededor del slogan de que ellos, en la medida de que estén bien preparados, resuelven los problemas de dirección y políticos en general es suficiente para consumar la in- surrección constituye una peligrosa desviación putchista y militarista, que puede hacer abortar el proceso revolucionario. Conviene recordar que este camino conduce al foquismo tradicional, una concepción en franca crisis. La deformación que puede aflorar en cualquier momento es la militarista y que concluye subordinando la po- lítica a las acciones militares, consideradas como una finalidad en sí crismas. Para éstos desaparece la estrategia revolucionaria del proletariado desde el momento que la lucha puramente militar es elevada la categoría de las organizaciones y actuaciones militares son consideradas como los ejes alrededor de los cuales debe estructurarse el trabajo político y a los que deben supeditarse las masas. Lo correcto es plantear la cuestión a la inversa: las organizaciones y actuaciones militares subordinadas al partido de la clase obrera.
La preparación militar debe corresponder a la movilización y evolución de la conciencia del proletariado, es decir, debe ser realizado con miras a servir de punto de apoyo a las masas y ser utilizada por éstas. La desviación militarista más peligrosa es la que se presenta encubierta. Los que sostienen que las organizaciones y acciones militares se desarrollan junto a las masas parecería que así subrayan su adhesión al proletariado, que desde luego no puede considerarse incondícional porque está condicionada a que la clase se someta a los grupos armados y a lo que hagan ellos; sin embargo, lo que están planteando es la existencia de dos movimientos y actividades paralelos: el movimiento de masas y los grupos armados; la actividad política-sindical y las acciones militares. Apenas si se ha encubierto el desprecio pequeño burgués a las masas, a su capacidad revolucionaria y creadora, que el providencialismo de los intelectuales está obligado a desconocerlas. Según éstos la clase no tiene aptitudes ni posibilidades de desarrollar acciones armadas y menos de sacar de su seno a las organizaciones militares (este extremo importa un desconocimento, de la rica historia social boliviana), campos de acción reservados a los especialistas, es decir, a los activistas extraños al proletariado y componentes de los grupos guerrilleristas. Si se parte de la evidencia de que la clase obrera hará la revolución se tiene que concluir si hay consecuencia en los planteamientos, que los destacamentos armados y las acciones militares deben ser creaciones dentro de masas y hechas por ellas. Para sintetizar: los grupos y acciones militases son instrumentos en manos de los explotados y no creaciones extrañas.
Las masas están integradas por clases sociales que tienen intereses diversos y hasta contrapuestos; pese a esto, encuentran objetivos comunes y que adquieren dimensiones nacionales, consecuencia de la opresión ejercida por el imperialismo sobre el país. Por otro lado se constata una falta de uniformidad en el ritmo de movimientos de las diversas clases como consecuencia de sus propias características. En la base de la estrategia revolucionaria para Bolivia se encuentra la alianza obrero-campesina. Lo que supone ignorar que la gran masa empobrecida del agro, que apenas si puede sobrevivir en marco de la economía natural, se mueve de manera diferente que el proletariado, inclusive siguiendo, en cierto momento una orientación diferente a la de éste último. La radicalización de la clase obrera influencia directa e inmediatamente a las capas de la burguesía de las ciudades y, sobre todo, a su capa intelectual y estudiantil. No se puede sostener que lo que ocurre en las ciudades no tenga nada que ver, en último término, con la suerte del campesinado, pero se trata de una influencia que tarda bastante en traducirse en hechos y a veces se ejercita de manera indirecta. Ignorando esta realidad y el hecho de que el desarrollo revolucionario de las masas es para los partidos un fenómeno objetivo, algunos pequeño burgueses elaboran planes para poder manejar a su antojo a las diferentes clases sociales y presuponen, que existe ya una coordinación perfecta de movimiento entre proletariado, campesinos y sectores universitarios; sus esquemas se limitan a señalar un determinado papel y suponen que este conjunto de movimientos debe indefectiblemente conducir a la victoria. Les resulta necesaria esta falsificación de la realidad para justificar la preponderancia de los grupos y acciones armados, pues resultan decidiendo la suerte de una masa homogénea y presuntamente socialista y que sólo espera la voz de mando para asaltar la ciudadela del poder.
La experiencia boliviana demuestra, de un modo indiscutible, que las cosas ocurren de otra manera. En vísperas de las jornadas de agosto de 1971 se constató que el movimiento campesino estaba viviendo los primeros momentos de su radicalización y desplazamiento a la izquierda y que se traducía en el hundimiento del aparato sindical burocratizado que servía obsecuentemente a los gobiernos de turno. El pacto militar-campesino, una maniobra ideada por el gorilismo en su afán de oponer una fuerza social poderosa al radicalismo del proletariado, particularmente de los mineros, no pudo ser ratificado ni siquiera por un “congreso” propiciado por el oficialismo; la Confederación Campesina, que venía encarnando el caciquismo corrupto desde la época de Barrientos, se desmoronaba a la luz pública. Con todo, se trataba de expresiones visibles de los primeros pasos que daba la avanzada campesina en su marcha hacia la izquierda, la primera consecuencia fue el fortalecimiento del Bloque Campesino (en ese momento adoptó la denominación de Confederación Campesina Independiente). En vísperas del 21 de agosto la Confederación oficialista se apersonó a los organismos de la Asamblea Popular para ofrecer su cooperación, etc. Todo lo anterior permite afirmar que rápidamente la masa campesina, a no mediar el golpe fascista, se habría alineado detrás del proletariado y se puede decir que en el momento culminante de la insurrección ambos sectores sociales habrían coincidido en sus movimientos, En abril de 1952 la masa campesina se incorporo al proceso revolucionario con bastante retraso, pero no bien lo hizo demostró su capacidad de ra dicalizarse muy velozmente y de llegar a extremos insospechados para el mismo proletariado. La tesis en sentido de que el proletariado vencerá sólo en caso de actuar como caudillo nacional y contar con el apoyo directo de campesinos y sectores mayoritarios de la pequeña-burguesía de las ciudades, se refiere a la gran estrategia de la revolución, lo que no debe interpretarse como la imposibilidad de que el proletariado, apoyado por la clase media ciudadana, pueda tomar el poder (o comenzar a tomarlo) antes de que la radicalización de los campesinos hubiese llegado a su punto culminante; lo que no debe olvidarse es que ese poder obrero no podrá consolidarse y realizar su obra futura sin contar con la inmediata incorporación de la masa campesina al proceso revolucionario. Los sindicatos campesinos se convertirán en órganos de poder y en la variante planteada el gobierno obrero estaría lejos de abarcar a todo el país.
Hemos puntualizado lo anterior para demostrar que la preparación militar y las acciones armadas deben ajustarse las consideraciones como expresiones de los explotados, a la evolución, generalmente desigual, de los diferentes sectores de las masas. No se puede concebir a los destacamentos de combate actuando en el aire, se trata de elementos activos de la lucha cle clases, y deben moverse teniendo como apoyo y cobertura a las masas movilizadas; su combatividad se entronca en la combatividad de los explotados y una buena dirección traduce la clarividencia del proletariado. Esto no supone que consideremos que los campesinos y la pequeña burguesía en general se oriente instintiva o conscientemente, como ocurre con el proletariado, hacia el socialismo. Las tendencias ultraizquierdistas parten del supuesto de que un sistemático trabajo sobrg los campesinos puede a éstos darles conciencia de clase y convertirlos en socialistas, tan sorpresiva tarea seria cumplida por los grupos armados. Esta postura no sólo que es antimarxista, sino que violenta la lógica más elemental. El instinto socialista del proletariado parte del desarrollo del capitalismo (lo que importa decir cierto grado de desarrollo de las fuerzas productivas) y del lugar que ocupa en el proceso de la producción. El marxismo no hace más que dar expresión consciente a lo que es un adecuado adoctrinamiento puede convertir en marxista a la masa campesina (no se debe confundir la asimilación individual de algunos campesinos al programa del partido obrero con la actitud que asume la masa campesina como tal), es producto del afán de subordinar el proceso histórico a un esquema elaborado a priori; sólo de esta manera se puede explicar la pretendida uniformidad de movimientos de las diversas clases y la supuesta lucha socialista de los campesinos y al mismo tiempo, justifica por qué los “teóricos” pequeño burgueses concluyen convirtiendo a aquellos en el eje principal de la lucha revolucionaria. Para el marxismo la clase fundamental y dirigente de la revolución es el proletariado y por esto mismo, debe ser también el sector más importante para la realización de los trabajos militares. El agro es el sostén de la lucha del proletariado y las actividades militares en el campo adquieren el mismo carácter, si se toma en cuenta la estrategia revolucionaria en su conjunto y no únicamente los movimientos tácticos aislados.
Es oportuno puntualizar que en un país atrasado el proletariado no sólo llega al poder cómo caudillo nacional, sino que lo hace bajo la presión e impulso de la masa campesina.
La conciencia de la clase está expresada por sus capas más avanzadas y la gran masa atrasada sigue a esta avanzada en condiciones excepcionales, aquella continúa moviéndose alrededor de motivaciones económicas y siguiendo impulsos instintivos. No sólo la lucha política, sino la actuación militar y la organización de los destacamentos de combate no pueden ignorar este hecho importante. El considerar al proletariado como una clase homogénea y toda ella en un ambiente y actuando exclusivamente en el marco de la política es una superchería y una actuaciónes absurdas. No sólo se trata de algo fatal, sino el primer paso hacia la adopción de posturas aventureras. Contrariamente, la lucha espontánea de las masas es un elemento valioso, ni duda cabe que la victoria de la revolución y la defensa del proletariado que esa espontaneidad sea organizada y a transforme en lucha consciente. No pocas veces los destacamentos armados son producto de la lucha espontánea, igualmente que las acciones militares en cierto momento del desarrollo de la lucha de las masas. Las organizaciones militares revolucionarias están obligadas a desarrollar al extremo su iniciativa y su capacidad creadora, que no son más que formas de la capacidad creadora de las masas en los momentos de mayor tensión de la lucha de clases. Según la concepción leninista es la lucha espontánea la que se transforma, en determinadas condiciones, en lucha consciente o política.
Los destacamentos armados deben estructurarse dentro de las masas y ser instrumentos de éstas, lo que supone que deben madurar para poder utilizarlas adecuadamente. La penetración militar de las masas no es una abstracción, sino que, contrariamente, se trata de una respuesta que dan los explotados a los interrogantes que surgen en determinado momento de su desarrollo.
Constituiría un grave error realizar el trabajo militar en el seno de las masas dando las espaldas a la rica experiencia que tienen éstas en la materia, porque esto supondría volver a insistir en algo ya superado. Un buen trabajo debe siempre partir de lo que ya saben las masas y elevar esta lección a un elevado plano político y organizativo. La tradición de las luchas armadas es patrimonio de campesinos y obreros y estos últimos han pugnado por poner en pie, una y otra vez, sus milicias armadas. Por lo menos desde 1946 la consigna de armar piquetes obreros ha estado en la orden del día y su funcionamiento ha permitido recoger ricos antecedentes. El arte militar tiene que partir de esta realidad.
De una manera general, los trabajos militares no pueden concebirse al margen de la lucha de clases, es decir de la vida y nace las luchas diarias de las masas. Esos acciones daben entroncar en la lucha que cotidianamente realizan los explotados. El uso del movimiento revolucionario, la politización y radicalización del proletariado recorre el camino sinuoso de las batallas parciales por modestas reivindicaciones.
Las masas al movilizarse y politizarse, partiendo de su experiencia diaria, van mando sus instrumentos de lucha (uno de estos instrumentos son los destacamentos de combate) que les permitirá enfrentarse exitosamente con las clases dominantes y sus organis- mos de represión. Es esto lo que permite comprender que las actividades militares no deben ser consideradas como extrañas a los explotados o impuestas desde el exterior. Es esta también una de las razones por la que la lucha militar es sólo un aspecto de la lucha política revolucionaria del proletariado.
Los problemas militares adquieren enorme importancia para las masas oprimidas y explotadas desde el momento que han fracasado todos los intentos de transformar pacíficamente al capitalismo en socialismo o de resolver los problemas fundamentales de la política revolucionaria dentro del marco del parlamentarismo.

II
Las condiciones para la insurrección están jalonados por el agotamiento de las posibilidades de la clase dominante para solucionar los problemas de trascendencia y el hundimiento del equipo gubernamental como fuerza compulsiva unitaria, expresado por el estallido de sus contradicciones y luchas intestinas entra grupos y caudillos; por la certeza que adquiere el proletariado de que vencerá en la batalla, estado de ánimo que se afirma en la medida en que se convierto en cadillo nacional y que se traduce en el fortalecimiento de sus propias organizaciones, incluidos los aparatos militares; por las pronunciadas oscilaciones hacia la izquierda de las capas pequeño-burguesas, particularmente de su inteligencia, lo que determina su alineación detrás de la clase obrera; por la presencia de una dirección de masas capaz y que despierte absoluta confianza y por la efectivización de la unidad da toda la nación revolucionaria, que en las actuales condiciones sólo puede darse a través del fortalecimiento del Frento Revolucionario Antimperíalista.
El gobierno fascista de la pandilla Banzer-Paz-Gutiérrez, se presenta como la encarnación del ejército, como la expresión indiscutida de la jerarquía castrense y, al mismo tiempo, ha contado, por lo menos en sus primeros momentos, con el apoyo, o por lo menos tolerancia de las capas más altas de la pequeña burguesía, además, del entusiasmo de los sectores burgueses (Confederación de Empresarios Privados, jerarquía castrense, etc.), El trabajo revolucionario tiene que encaminarse a socavar el apoyo social en el que se asienta el régimen y para esto resulta imprescindible ganar a la clase media. En la práctica esta lucha tiene que centrarse contra la cobertura civil de los gorilas: FSB y MNR, particularmente, que en alguna forma influencian sobre capas de la clase media. La rebelión de las bases movimientistas contra su dirección, que se viene traduciendo en periódicas escisiones y exclusiones, son un anticipo de este proceso (nacimiento del MNR rebelde, por ejemplo). La propia reacción burguesa, al comprobar la ineficacia de las medidas represivas y demasiado duras puestas en práctica tiende a atomizarse y algunos grupos no ocultan su inconformidad con la orientación seguida por el equipo gubernamental.
Dedicamos aparte especial al hecho de que una de las condiciones de la insurrección radica en el fortalecimiento de la alianza obrero-campesina, que supone que las masas del agro se emancipen del control del gobierno y de las tendencias nacionalistas de derecha y, al mismo tiempo, se movilicen. Las masas campesinas han creado sus propias organizaciones e instrumentos de lucha, cediendo en gran medida a la presión e influencia ejercida sobre ellas por el proletariado: sindicatos y milicias armadas. La vitalización de estas organizaciones será la consecuencia obligada de la movilización y radicalización de la mayoría campesina. Puede ser que la iniciación o avance en el camino de este proceso coincidan con el momento culminante de los trabajos preparatorios de la insurrección. Lo que queremos subrayar es que sería criminal prescindir del movimiento campesino o suponer que en todo momento está presto a secundar los movimientos del proletariado.
En varias oportunidades se ha constado que alguna gente de izquierda considera la insurrección como uno de los tantos métodos de lucha, diferente y hasta contrapuesto a los otros. Con cuanta frecuencia se opone el foco guerrillero a la insurección. Si cuenta que la insurrección es la toma misma del poder, se tiene que concluir que ésta condiciona los métodos a utilizarse. Contraponer la insurrección a determinada forma de lucha armada, supondría convertir a esta última en finalidad en sí misma y olvidarse de la toma del poder, que es el objetivo estratégico de la clase obrera.

DISGREGACIÓN DEL EJÉRCITO
La victoria de la revolución y el éxito de la de la etapa predominante militar no pueden concebirse al margen de la disgregación de las fuerzas armadas (ejército y policía) a los que se apoya el gorilismo. La experiencia boliviana e internacional enseña que hay que comenzar por ganar a los soldados, clases y jóvenes les hacia posiciones revolucionarias. Este trabajo paciente y sistemático, necesariamente clandestino, constituye una de las grandes finalidades del trabajó militar. Tiene que procederse secretos revolucionarios en el seno del ejército y la policía, cuyos movimientos deben estar controlados por el partido del proletariado.
No se trata de derrotar al ejército regular manejado por la jerarquía castrense fascista, oponiéndole otro ejército igualmente potente de los obreros o de los campesinos. Si los explotados contasen con medios para poner en marcha semejante munstruoso de fuego habría que convenir que han dejado de ser explotados.
Las masas insurrectas aplastan a su enemigo, que en cierto momento se encarna en las fuerzas armadas, no en guerra formal, síno en choques esporádicos y oponiéndole a todo el pueblo, Un ejército intacto, sin fisuras ni contradicciones internas, será indiscutiblemente un obstáculo infranqueable para la revolución. En el momento culminante de la insurrección, los explotados chocan con un ejército dividido y que ha comenzado a desmoronarse y, por esto mismo, no tiene posibilidades de desarrollar todo potencial de fuego. La victoria exige que una parte del ejército, particularmente su amplia estructura social que se encuentra en su seno sume a la revolución o que, por lo menos, no dispare. Es tarea de primer orden el comenzar una campaña sistemática y sin tregua destinada al ejército, campaña que debe buscar el desarrollo de la lucha de tales dentro de las fuerzas armadas del sevicio militar obligatorio determina que los jóvenes campesinos y obreros, principalmente, constituyan la tropa. Los clases y suboficiales no sólo son los que mas directamente se encuentrar ligados a los soldados, sino que portan la presión de las masas e inclusive de los estudiantes, como es el caso de esta categoría en la fuerza aérea. Sería una ligereza imperdonable ubicar a todos los oficiales en el mismo polo reaccionario, muchos de los elementos jóvenes han dado muestras inequívocas de su natural inclinación hacia la izquierda y ni duda cabe que pueden ser ganados por el movimiento revolucionario. Es la alta jerarquía castrense la que directamente depende del Pentágono (una dependencia mucho, más estrecha de la que se encuentran los altos mandos militares de los otros países latinoamericanos) y encarna los intereses de la reacción y capitalismo criollos, llegando, en cierto momento, a ser su única expresión política.
El objetivo es, pues, lograr que una parte del ejército, que actualmente es el soporte fundamental del gorilismo, se sume a la revolución o que deje de obedecer a la alta jerarquía castrense. Se trata de todo un proceso lleno de altibajos que comienza como brotes de rebelión contra la disciplina tradicional y humillante para la naturaleza humana (disciplina que es una imposición de la voluntad de las cumbres de la jerarquía a la tropa y a los mandos inferiores), pasa por la negativa a disparar sobre los manifestantes e insurrectos y concluye cuando los fusiles se vuelcan contra los generales y coroneles. Sólo considerando, así, puede comprenderse por qué decimos que el ejército es el arsenal natural del pueblo.
En Bolivia los jóvenes obreros comienzan a trabajar en los sindicatos y políticamente desde muy temprano y llegan a los cuarteles con alguna experiencia y bagaje ideológico. Los estudiantes ya no llegan a los cuarteles y son militarmente instruidos mientras estudian y al margen de les soldados. No sabemos si de una manera deliberada o no, la masa estudiantil y universitaria ha sido anulada, como fuerza de presión capaz de actuar directamente sobre la tropa uniformada. La estructura de las fuerzas armadas, la disciplina y el orden impuestos por la jerarquía castrense actúan como chaleco de fuerza puesto a la tropa y a clases y suboficiales y que no les permite exteriorizar sus ideas y experiencias políticas. En cierto momento de la desintegración del ejercito esos elementos volverán a aflorar. Con todo, soldados, clases y suboficiales constituyen los contingentes potencialmente aptos para sumarse a la revolución.
Por el trabajo en el seno del ejército no debe entenderse solamente la propaganda dirigida y que debe tender a ahondar las diferencias de clase y de intereses que naturalmente existen en su seno, sino la paciente formación de cuadros revolucionarios en su seno y que en el momento oportuno actuarán como verdaderos caudillos. La campaña política con vistas a minar al ejército debe permitir que los soldados tengan plena conciencia de sus actos y alcancen a comprender la gran importancia que tiene que reprimir a los obreros o dejen de hacerlo. Por este camino se logra romper la disciplina.
El trabajo dirigido a Las fuerzas armadas es poco probable que rinda resultados inmediatos y se cosechará lo sembrado cuando la presión del ascenso revolucionario de las masas logre dibujar las grietas de las contradicciones clasistas dentro del ejército. La propaganda ciertamente que puede acelerar el proceso de desintegración, pero no podrá por si sola reemplazarlo. La desintegración del soporte armado del régimen imperante es, en último análisis, un aspecto del ascenso de la ola revolucionaria. El ejército vive y se mueve en la sociedad y soporta la presión poderosa de las clases en pugna. Es la ola revolucionaria la que penetra, mina y desintegra a las fuerzas armadas. No se trata de aplastar al ejército en batallas formales, sino de anular su potencia de fuego. En 1952 las masas pésimamente armadas pudieron destrozar al ejército porque éste ya estaba desintegrándose y la dinamita de los revolucionarios no hizo más que darle el golpe de gracia,
Lo anterior bien puede aplicarse a los ejércitos de las grandes metrópolis como de los países atrasados. En estos últimos las fuerzas armadas ofrecen ciertas particularidades que es preciso tener en cuenta para evitar equívocos políticos considerables.
El ejército es obra de la clase dominante y refleja sus características; en los países semicoloniales no escapa a la naturaleza y límitaciones de la burguesía nacional o de su sucedáneo pequeño-burgués. De aquí se desprende que en el seno de las fuerzas armadas se generan constantemente tendencias nacionalistas, empeñadas en acaudillar a las masas antiimperialistas, ciertamente que pretendiendo encerrarlas dentro del limitado marco capitalista, y que se plantean el cumplimiento de las tareas democráticas pendientes, Por lo menos teóricamente, no puede descartarse de plano que algunos elementos iniciados en estas tendencias pueden evolucionar hasta el marxismo. Con todo, el movimiento revolucionario tiene que tomar en cuenta a los nacionalistas uniformados. Esta nueva contradicción puede facilitar el trabajo de desintegración del ejército.

EL “MOMENTO” CULMINANTE DE LA INSURRECCIÓN
El proceso revolucionario es un período necesariamente largo y también lo es la preparación de la insurrección y sería absurdo darle plazos de tiempo apriorísticos para que se ajuste a ellos, lo que equivaldría a ponerle un chaleco de fuerza a la historia. Es explicable que los que incurren en la desviación militarista comiencen estableciendo etapas en el tiempo para el desarrollo del trabajo preparatorio de la insurrección y que se les antoje que ineludiblemente debe pasar por ellas. Ni la revolución ni su período insurreccional pueden precipitarse a voluntad de los actores de la historia, son esencialmente hechos objetivos. Sin embargo, el punto culminante de la insurrección, hacia la cual están dirigidos todos los trabajos preparatorios, no es otro que el asalto al poder. Es este “momento” el que tiene que ser fijado con precisión en el tiempo y en el espacio. Las circunstancias han madurado suficientemente para hacer posible ese asalto, pero esta situación es por demás efímera y exige de la dirección política clarividencia y audacia. Hasta este instante los revolucionarios se han distinguido de toda la gama de aventureros por su extremada paciencia,que les ha permitido preparar y hacer madurar una situación revolucionaria, para no perderla tienen que pasar a la acción decisiva con una extrema audacia. Es el partido el que detecta ese momento culminante y prepara cuidadosamente su desenlace militar.

III LAS OPERACIONES MILITARES
El vanguardismo incurre en una gravísima desviación cuando considera a las operaciones militares al margen o contrapuestas a los métodos de la revolución proletaria (la huelga general política constituye la expresión más elevada de la acción directa de las masas). La huelga general lleva en sí la perspectiva de transformarse en insurrección y en guerra civil. Lo correcto es partir del principio de que las operaciones militares no sólo deben, subordinarse a los métodos de la revolución proletaria, sinó que deben integrarse en éstos. Es el contenido político el que da determinado sentido a las operaciones y técnicas militares.
Antes de que la insurrección llegue a su punto culminante (asalto del poder), será preciso realizar una serie de operaciones militares, grandes o pequeñas. Éstas opéraciones pueden ser simplemente acciones de hostigamiento o distracción en manos de las masas; pero también puede ser necesario que todas las energías se vuelquen hacia importantes operaciones militares. Sin embargo, en ambos casos, esas operaciones deben someterse estrictamente a la política revolucionaria del proletariado, es por éste mecanismo que se asimilan a los métodos de la revolución dirigida por la clase obrera.

LA GUERRA IRREGULAR
El proletariado es una clase explotada y tiene que luchar contra un ejército más poderoso que sus milicias y organizaciones de combate, en armas, efectivos y hasta organización. Para neutralizar la capacidad de fuego de las fuerzas castrenses no tiene mas remedio que recurrir a las técnicas de la guerra irregular, sacando toda la ventaja posible de su conocimiento minucioso de la topografía de una región y de su entroncamiento en las masas populares.
Las modalidades de la lucha militar se modifican con las transformaciones que se operan en el campo de la tecnología bélica y los revolucionarios deben estudiar en qué medida el ejército, regular se apropia de esta técnica. La lucha en las calles tiene que adaptarse al tipo de armas que poseen el enemigo y también las milicias populares. La experiencia ha demostrado que la guerra irregular adquiere diversas formas conforme a las etapas de su desarrollo. A comienzos de siglo se desahució la guerra de posiciones y las barricadas, reemplazándolas por la extrema movilidad de las pequeñas unidades. Pero cuando una parte del territorio nacional es liberado y controlado por los revolucionarios, que bien puede considerarse como una etapa superior de la lucha, será preciso volver a la guerra de posiciones. La dirección revolucionaria tiene que dar oportuna y claramente instrucciones al respecto, imitando, por ejemplo, la actitud asumida por el Soviet de Petrogrado de 1905, que resumió así la experiencia de la lucha hasta ese momento:
“l.- No actuar en masa. Hay que realizar las operaciones en pequeños grupos de tres o cuatro hombres como máximo, multiplicar estos grupos lo más posible y que cada uno de ellos debe atacar resueltamente y desaparecer con prontitud. La policía tratade fusilar a miles de personas con sólo cien cosacos. A esos cien cosacos no debe enfrentarse más de tres o cuatro tiradores, porque es más fácil alcanzar a un grupo que a un solo hombre, sobre todo si éste último sabe disparar inopinadamente y desaparecer en un instantenstante.
“2.- Por otra parte, no debe intentarse nunca ocupar posiciones fortificadas, porque la tropa sabrá siempre tomarlas o, simplemente, destruirlas con su artillería. Las mejores fortalezas son los lugares de paso y todos los sitios desde donde es fácil tirar y esca- par. Si la tropa llegase a tomar un lugar de este tipo no encontraría a nadie, habiendo perdido, sin embargo, muchos hombres en el empeño
Si las tropas regulares se basan en los reglamentos y en una disciplina vertical impuesta despóticarnente y la oficialidad tiene constantemente que cuidar que los soldados disparen bien, las milicias y destacamentos de combate populares se asientan en la gran iniciativa y capacidad creadora de los revolucionarios, cuya disciplina parte de una clara concepción política.

EL FACTOR INTERNACIONAL
La revolución boliviana es sólo parte de la revolución internacional y, particularmente, de la latinoamericana. Su estrategia política toma en cuenta el estado en que se encuentra la evolución de la conciencia de clase del proletariado en las otras latitudes. Es claro que Bolivia no podrá construir, contando únicamente con sus propias fuerzas, el socialismo dentro de sus fronteras, necesariamente la revolución victoriosa en el país tendrá que entroncarse en el movimiento socialista internacional. La lucha contra el imperialismo y sus lacayos indígenas es, por su misma esencia, una lucha continental.
Las tareas militares a cumplirse por la clase obrera dentro del país tendrán en cuenta el estado en que se encuentra el movimiento revolucionario internacional y particularmente latinoamericano, en consideración de que constituyen su punto de apoyo natural. Los trabajos militares deben buscar contar con el apoyo solidario de los explotados latinoamericanos.
Otro aspecto importante: la política militar del proletariado se estructura y fortalece asimilando críticamente la experiencia ofrecida sobre el tema por los oprimidos de todo el mundo, particularmente la que emerge de la lucha de los pueblos de los países oprimidos contra el coloso imperialista (caso de Vietnam, por ejemplo).

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