GÉRARD DE NERVAL, texto de ANTONIN ARTAUD

Querido señor:

Acabo de leer en la revista Fontaine dos artículos de usted acerca de Gérard de Nerval que me han causado una extraña impresión.
Usted debe de saber por mis libros que soy un ser violento e iracundo, lleno de espantosas tempestades internas, a las que siempre he canalizado en poemas, pinturas, puestas en escena y escritos, pues también debe de saber por mi vida que nunca muestro esas tempestades al exterior. He de decir a usted hasta qué punto he sentido siempre la vida de Gérard de Nerval junto a la mía, y hasta qué punto los poemas de las “Quimeras” en los que hace usted descansar su esfuerzo de elucidación, representan para mí esa especie de vínculos del corazón, esos viejos dientes de una acrimonia mil veces rechazada y extinta y con la cual Gérard de Nerval, desde el fondo de sus tumores de espíritu, logró hacer vivir seres, seres por él recuperados de la alquimia, y reivindicó los Mitos, y puso a salvo del amortajamiento de la Adivinación. Para mí, Anteros, Isis, Knef, Belus, Dagán o la Mirto de la Fábula no terminan de ser los de las turbias historias de la Fábula, sino seres inauditos y nuevos que no tienen del todo el mismo sentido y que tampoco traducen célebres angustias, sino las fúnebres de Gérard de Nerval, colgado una mañana y nada más.

Quiero decir que el poder de rechazo de un gran poeta frente a los Mitos es absoluto, pero que Gérard de Nerval, como ha dicho usted en ciertos pasajes de sus artículos, añadió a ello su propia transfiguración, no la de un iluminado, sino la de un ahorcado y que siempre sentirá al ahorcado. Para colgarse a la madrugada del farol de una calle turbia hay que tener torsiones del corazón como primicias de la inmanencia del colgamiento. Hay que tener unas ansias como las ansias con que Gérard de Nerval supo constituir increíbles músicas, que valen, no por la melodía o la música, sino por el tono bajo, quiero decir, la caverna baja, abdominal, de un corazón azotado.

Con toda seguridad, Gérard de Nerval estudió la Cábala alquímica, que, como todos saben, rozó la Gran Obra, pero nunca llegó a ella. En tanto que los poemas de Gérard de Nerval, quiero decir, los insólitos sonetos de sus irrecusables Quimeras, se hallan en el camino de las explosiones de la Gran Obra, que fueron siempre y serán la zambullida del poder de ser en el delirio de las reivindicaciones.

Me han sumergido tres veces en las aguas de Cocito
Y protegiendo siempre a mi madre Amalecita
Siembro a sus pies los dientes del viejo Dragón

Anteros se venga de su madre, como que la hace nacer con dientes viejos. Gérard de Nerval se retuerce tres veces contra el olvido en que “los monarcas de los dioses” lo hunden como en un baño de vitriolo.
El verso dice:

Y protegiendo siempre a mi madre Amalecita

¿A quién, pues? Sabido es que los amalecitas eran una raza que se creía surgida de la tierra pura, sin ningún compromiso con dios, pero que a la larga, y a fuerza de confundirse con el principio del limo generador, quiso encontrarlo en el útero para extraer de él su progenie, y si hay un algo heroico en ese siempre con el que Gérard de Nerval Anteros continúa protegiendo a su madre, en medio mismo de su descenso a los infiernos, también puede sentirse -y esto ya no se desprende de la Cábala de los Mitos, ni del juego de cartas de la Adivinación-, también puede sentirse, digo, el apretamiento de las primeras denticiones, y yo diría esa espantosa tripsis dentaria de un deber a punto de soltar la presa y sublevarse contra las servidumbres filiales. Pues la Amalecita es conocida en la Biblia por ser también la primera madre que haya querido tomarle a la tierra el principio innato de dios, y en la parte más húmeda de su propia caverna de tierra -el útero- incubarlo como a su propio hijo. Y sembrar a sus pies los dientes del viejo dragón es plantar raíces para hacerla, quizás, crecer, pero también es sacar contra ella todos los dientes de una teta materna a fin, sobre todo, de desembarazarse de ella. Y no es tan sólo un asunto de sentido. Quiero decir que la prueba del sentido de los versos de las Quimeras no puede ser dada por la Mitología, la alquimia, la adivinación por cartas, la mística, la dialéctica o la semántica de las psicurgías, sino únicamente por la dicción. Todos los versos han sido escritos para ser primero oídos, concretados en la plenitud de las voces, e incluso nada más que su música los aclara y pueden entonces hablar por las simples modulaciones del sonido, y sonido por sonido, pues sólo fuera de la página impresa o escrita puede un verso auténtico cobrar sentido y necesita el espacio del aliento entre la fuga de todas las palabras. Las palabras huyen de la página y se abalanzan. Huyen del corazón del poeta, quien incita su intraducible fuerza de asalto. Y que ya no las retiene en su soneto sino por el poder de la asonancia; sonar afuera con un idéntico ropaje, pero sobre una base de enemistad. Y esto lo dicen las sílabas de los versos, tan duros versos para parir las Quimeras, pero con la condición de ser nuevamente, y a cada lectura, expectorados. Pues entonces es cuando sus jeroglíficos se vuelven claros, entonces cuando todas las claves de su supuesto ocultismo se extinguen en los repliegues ya inútiles y nefastos de la materia cerebral. Pues los versos sólo son herméticos para quien jamás ha podido soportar a un poeta y, por odio al olor de su vida, se ha refugiado en el puro espíritu. Creo que el espíritu que desde hace ya cien años declara herméticos los versos de las Quimeras es ese espíritu de eterna pereza que siempre, frente al dolor -temeroso de acercársela demasiado, de sufrirlo también él de demasiado cerca; quiero decir, por miedo a conocer el alma de Gérard de Nerval como quien conoce los tumores de una peste o las terribles y negras huellas de la garganta de un suicidado-, ha ido a refugiarse en la crítica de las fuentes, como los sacerdotes en la liturgia de la misa huyen de los espasmos de un crucificado. Pues son las liturgias indoloras y críticas del ritual de los sacerdotes judíos que provocaron las excoriaciones y tumefacciones del cuerpo de cierto hombre que también fue colgado un día de los cuatro clavos de su calvario y luego arrojado a un basural como se arroja tocino a los perros. Y si Gérard de Nerval no fue colgado en el Gólgota, al menos él mismo se colgó de un farol como el traje de un cuerpo demasiado castigado que se colgara de un viejo clavo, como un viejo cuadro desesperado puesto en un clavo. Y esto se siente ahora en sus poemas; son los poemas de un ahorcado, colgado ante la crítica del ser y ante la captación de los rituales. Colgado ante el nacimiento de las fábulas y la fuente de las alegorías. Pues frente a cada alegoría o símbolo hay un sacerdote como Dom Pernety, como en la Edad Media hubo sacerdotes ante las desolladuras de ciertos seres nunca natos y siempre por nacer y de las escardaduras de la osamenta del dolor de los cuales, también nonatos y en la nada, pero viviendo del dolor como primicias de su futura maduración, los sacerdotes extrajeron los símbolos de la presunta ciencia abortiva de la alquimia.

Pues Gérard de Nerval no habría sufrido de la vida si no hubiese sido puesta en símbolos, no hubiese sido tipificada en símbolos, recortada en homúnculos astrales en ollas y si los símbolos y alegorías de seres, desesperados y rechazados por el ritual de la alquimia, no hubiesen sido estos, por otra parte, fuera de la simiente, fuera de esa semilla de tumores y simiente que en la vida real desemboca en la sífilis o en la peste, en el suicidio o en la locura. ¿Qué es la locura? Un trasplante fuera de la esencia, pero dentro de los abismos, de lo interior exterior. ¿Qué es la esencia? ¿Un agujero o un cuerpo? La esencia es el agujero de un cuerpo que el abismo de la boca circular de la olla nunca ha significado de verdad frente a las impaciencias de la alquimia. ¿Queda un puñado de huesos pulverizado? ¿Ni eso? Pero algo como una falsa sintaxis, las cansadas larvas de una antigua sintaxis en el esqueleto de nuestro cerebro. Como no queda un eje de la adivinación por cartas, sino las imágenes de una imaginativa floración fulminada. No unos precipitados en torno de un árbol de eje, sino los precipitados de un deshecho primarismo. La Adivinación es la idea de un Número en el que cabe hacer descansar las cosas, y hace ya más de mil siglos que este Número, como un árbol de mala cepa, ha sido erradicado de la realidad. Y si Gérard de Nerval se empapó de todo ello, sus Quimeras lo salvaron. Quiero decir que las Quimeras no pueden explicarse por las Cartas Adivinatorias, ni aun vistas como el juego interno de una prefiguración alquímica de las cosas; y con respecto al drama de todas las figuras que entran en ésta, tampoco pueden explicarse por la sombría aparición de principios que se halla en la base de la mitología, pues los principios de la Mitología fueron seres de los que Gérard de Nerval no tuvo necesidad para ser.

Jamás he podido soportar el manoseo de los versos de un gran poeta desde el punto de vista de la semántica, de la historia, de la arqueología o de la mitología; los versos no se explican, y en lo que incumbe a Gérard de Nerval, y sobre todo a los poemas de las Quimeras, me parece un pecado capital.

Pues la primera trasmutación alquímica que se efectúa en el cerebro de un lector de sus poemas consiste en perder pie frente a la historia y a lo concreto de los recuerdos mitológicos objetivos, para entrar en un concreto más válido y seguro, cual es el del alma del propio Gérard de Nerval, y olvidar, con ello, historia, mitología, poesía y alquimia.

Lo que me impresiona en las Quimeras de Gérard de Nerval es que Anteros, Knef, santa Gúdula y el príncipe de Aquitania se convierten en seres nuevos, no como Titania, julio César, Romeo y julieta o Hamlet, príncipe de Dinamarca, en los dramas de Shakespeare, sino como insólitas y maravillosas máquinas de conciencia, una flamante conciencia de una vida aparte y que parece preceder a la Mitología y a la historia, no surgir de ellas, como en la obra de Shakespeare o de otros poetas. Lo cual quiere decir que lejos de explicar a Gérard de Nerval por sus fuentes digamos científicas, como hace Georges Le Breton, diré que la historia, la Mitología y la alquimia han llegado de esa corriente anímica interna cuyo poder de ser y cuya emisión creadora de objetos han sido manejados por muy contados grandes poetas de la historia. Y estos objetos, todos ellos seres, se llaman Anteros, Isis, Knef, el Cocito, Mirto, Yaco, el Aqueronte y el Dragón. Lo cual quiere decir que, lejos de tratar de explicar a Gérard de Nerval por la Mitología y la alquimia, yo querría tratar de explicar la alquimia y sus Mitos por los poemas de Gérard de Nerval. La poesía es una inervación magnética del corazón, de la que el corazón de Gérard de Nerval tuvo durante toda su vida una caverna, una de las principales cavernas emisoras de un vacío en el que se rehace toda poesía. No hay un solo poema de las Quimeras que no haga pensar en las angustias físicas de un primitivo parto. Y yo a mi vez no creo que la ciencia de sus poemas la haya obtenido de sus investigaciones en el campo Mitológico o alquímico, ni que la realidad dialéctica de sus fabulosos personajes que evoca pueda provenir de un punto de vista cualquiera para elucidarlos, para situarlos en un trayecto metafísico, aun cuando se los quiera justificar frente a la percepción.

El trayecto metafísico de los poemas de Gérard de Nerval no es el de las grandes fábulas míticas ni el de la simbólica, a su vez, por lo demás, terriblemente evasiva -aunque no lo suficiente aún- de la alquimia; quiero decir que para los alquimistas la manera de realizar la Gran Obra es negativa, escapa por naturaleza al encarcelamiento en una idea o en un término y nunca evoca más que estados o hechos nuevos y hasta ese momento jamás producidos y que nada antiguo o conocido pueden proporcionar; y si cada poema de Gérard de Nerval es como la explosión de un ser de la Gran Obra, este ser lo es mucho mejor y con más sobrada razón que todas las conquistas de la alquimia real. La cual creo, nunca en rigor ha existido. Pues en la historia la alquimia, como el resto, no es más que el abecedario de un número hoy en día determinado de abortos científicos, un formulario no del todo catalogado, y que por lo demás no puede serlo, pero que entra a serlo cuando se habla de él, de operaciones que el hombre no puede considerar sin cometer un crimen y de las que sólo muy contados grandes poetas, como Baudelaire, Edgar Poe, Rimbaud y sobre todo Gérard de Nerval nos han restituido el equivalente. Y en la alquimia de la historia no son más que la cocina ya caduca de la semántica de un ritual. Y no se puede restablecer el alma de los intangibles poemas de las Quimeras, inexpugnables e intactos para siempre frente a los enfoques de los comentarios o las clasificaciones dialécticas del espíritu; no se puede llevar ese alma a una aproximación con realidades o clases alegóricas ya conocidas, experimentadas y oídas. Y tampoco son puras asociaciones de músicas y palabras. Hay en esos poemas un drama del espíritu, de la conciencia y del corazón puesto por delante por las más extrañas consonancias, no de sonidos, no dentro del registro auditivo, sino del animado, Gran Obra de una metamorfosis del principio mismo de la acción, expansión fuera de lo oscuro de la conciencia inocente, asiento de los más increíbles estallidos de lenguaje que jamás haya computado un ser humano. Quiero decir que los poemas de Gérard de Nerval son tragedias, y que tampoco es dable hablar a su respecto de alteraciones meramente pictóricas, fabulosas o sonoras de la imaginación sin pasar al lado de los pasionales tumores morales, de las maravillosas liberaciones efectivas morales, de todos esos flotantes clavos de la conciencia que Dios -ese experto siempre sentencioso, decidido y primario de, todos los rudimentos de lo insondable creado- no ha dejado de hacer flotar. Y estas tragedias de una humanidad rechazada, de una humanidad que hasta ahora nunca había podido vivir, son tempestuosas protestas de seres que alientan, sienten, perciben y sufren y a los que Gérard de Nerval ha logrado sacar a luz en sus poemas presuntamente jeroglíficos de las Quimeras.

Hay que dejar de hablar de mistagogía o de ocultismo a propósito de los poemas de Gérard de Nerval. Hay que dejar de dirigirse a una Cábala de los números y de sus formas, a una simbólica histórica de las fabulaciones efectivas, a una semántica ya existente de los sentimientos y sus formas, a una dramaturgia tipificada por otros de la concepción y de las ideas. El problema de la inmaculada concepción jamás se resolvió en la Cábala de la historia, y los poemas de Gérard de Nerval no surgieron de la Cábala ni de la historia; quiero decir que carecen en absoluto de relación con lo que fuere de ya emitido en la alquimia o la Cartomancia y que se derraman y expanden no paralelamente a una simbólica, a una mística ni a las alegorías cabalísticas de la ciencia monstruosamente falsa y criminal de los Iniciados, sino contradictoriamente con esta ciencia y con todas las claves psicúrgicas de las manos echadas en la adivinación por las cartas.

En el alma de Gérard de Nerval debieron de producirse -yo no estaba allí, pero sus poemas me lo dicen- espantosas explosiones durante su toma de contacto, ora con la ciencia alquímica, ora con las manipulaciones de la simbólica espantosamente primaria e impulsivo de las cartas. Las cartas se han valido de estados aún inconclusos y larvarios de la conciencia para cifrar una ciencia suya que sólo descansa en la nada y que ha querido precipitar en las cartas el nacimiento de una simbólica de la nada. Pero la nada es cosa de poetas y no de hechiceros, pitonisas, tiradores de cartas ni magos. La nada de ese abismo de horror del que la conciencia siempre está volviendo en sí para nacer en algo en lo cual existir. Un mundo de pariciones, no a propósito de algo, sino a propósito de nada y en primer término de nada, pues el alma nada sabe en un comienzo; no es ni sabe nada. Pero siempre se trata de lo mismo. El fondo del Ramayana consiste en no saber de qué está hecha el alma, pero en hallar que está hecha y siempre lo estuvo de algo que era antes, y no sé si en francés existe la palabra remanencia, pero traduce muy bien lo que quiero decir: que el alma es un sostén, no un depósito, sino un sostén, lo cual siempre se levanta e incorpora de lo que en otro tiempo quiso subsistir, yo querría decir remanecer, permanecer para reemanar, emanar conservando todo su resto, ser el resto que va a remontarse. Ahora bien, el poeta hace el alma y es el único en hacerla. Y no sé si la palabra viene de Rama, que fue un ser enemigo del hálito Brahma, pero sé que los poemas de Gérard de Nerval son seres, seres sacados por Nerval de la nada, no mediante las cartas adivinatorias, la historia ni la alquimia, sino a través de esa sombría historia que fue la suya propia, la sobrevivencia de su viejo corazón, la permanencia de un viejo corazón.

Pero a través de la sombría historia que fue su alma -sostenida en todos los tiempos por las cartas de la historia o los alambiques de la alquimia- no olvidemos que Gérard de Nerval murió colgado, que él mismo se colgó un amanecer de un farol y que el suicidio no puede ser otra cosa que una protesta contra una empresa, y ciertamente creo que ésta es la del tiempo, no por el lado en que el tiempo es el tiempo que nos sigue en la vida presente, sino por el lado en que la vida presente se subleva contra la presencia de la eternidad. Esa presencia eterna de una bestia en el cuantioso vientre de la cual siempre viven las cartas de la historia y los alambiques de una alquimia caduca. Gérard de Nerval sufrió espantosamente las cartas, la alquimia y la historia, y, lejos de creer que sacó de las cartas, la mitología, la alquimia o la historia la génesis de sus ideas, yo diría más bien que como reacción contra los símbolos de los mitos y el primarismo de las cartas fue inventado a través de los días y las noches el cenagoso hueso de la efervescencia de sus poemas como se repele una pútrida cruz, de modo paralelo a la invención de lo que maléficamente se llama la santa cruz. Pues fue su golem, diría yo por fin, quien hizo a Gérard de Nerval como ha hecho a todos los grandes poetas, ese ser arrancado a un cuerpo del presente y al que los espíritus fuerzan, dios sabe por qué siniestra magia, a regresar en sus sucias historias, cuando la del pasado ha muerto como muerto y bien muerto está el pasado.
No, nunca nadie ha regresado en el pasado o la historia, pero maniobritas de una magia criminal extraen del cuerpo de cada gran alma un cuerpo bueno, bueno para hacer transpirar en las angustias de la inicua historia donde se alimenta su vida superada.
Frente a la Mitología o a las Cartas, Gérard de Nerval encontró sus propias fuentes, y las historias de las altas fábulas palidecen ante los cañonazos del Desdichado, de Horus, de Anteros, de Delfica, de Artemis. Son cañonazos de doble sentido, y a mi modo de ver sólo son herméticos para quien cree aún en Hermes, la psicurgía, el ocultismo o la misa de las mistagogías.

Pues los poemas de Gérard de Nerval son muy claros, y no hay en toda la poesía escrita desde el alba de los tiempos nada que rechace así lo arcano oscuro, la oscuridad de las claves ocultas, la oscuridad de las claves por los celos (del espíritu santo) de todo el espíritu que se hayan escrito acerca de la carencia de nuestra carnal humanidad, de esta humanidad.

La carne de la humanidad sufre, por supuesto, pero por haberse dejado caer en carencia frente al esfuerzo de la claridad.
No ha merecido ser sacada de la carencia, pero la conciencia por ella blasfemado resurge en criaturas.

Pero de cuando en cuando, quiero decir, de tarde en tarde sobre el espacio entenebrecido del tiempo, un poeta ha lanzado un grito para hacer regresar criaturas. Y Anteros, Artemis, Horus, Délfica y el desdichado son esas mujeres, las almas de las criaturas, los seres nacidos en la tumefacto costra de su corazón de suicida inmortal que llegan al primer plano para bramar su drama, la tragedia de su voluntad de luz: para alumbrar la insistente tiniebla, como diría yo si fuese Mallarmé, pero diré como el Antonin Artaud que soy: la insistencia de las tinieblas que suben en torno de mi voluntad de existir.

La primera de tales tinieblas es espíritu, querer saber el cómo y el cuándo por fecha y referencia a los acantilados y a las trilladas costas de los mares de la geografía experimentada, referencia a ese embrujado río del tiempo de los hechos que en el tiempo corre, referencia a sentimientos ya vividos, derrumbados y supuestos, referencia a un drama íntegro ya enmarcado y deslindado por la historia, referencia a experimentados conflictos o pasiones (atrapadas por el féretro), en el féretro disueltas y a las que el retroceso de la muerte ha fijado, pero que aun fijadas están más muertas que si los seres que las vivieron llegasen a revivirlas doblemente por los modelos del pasado.

El espíritu pasado no esclarece, pues, a Gérard de Nerval, y sus poemas no esclarecen mitos, y tampoco, ni celosamente, pueden ser esclarecidos por los mitos amortajados en el pasado. El Anteros de Gérard de Nerval es -ya lo he dicho- un ser nuevo que no esclarece la historia de Anteo, pues Anteros es un ser inventado, la cuerda al corazón de una asonancia nueva que llega desde el fondo del presente soneto a zarandear represiones tan bien maceradas y complejas, que su aridez es una nueva claridad, y su complejidad es la simple trenza de una cuerda durante mucho tiempo fortalecida en la tierra que la inventó. Y esta tierra tiene 14 pies.

¿De qué se trata en el caso de Anteros? De un sublevado. Y saber de dónde llega a la mitología o a la historia es disolverlo. Y asesinarle, Pero mover su drama como una estocada es hacerlo
vivir.

Hace vivir a este incoercible insurrecto que de la hoja hundida en su corazón hace una arma contra el dios interior, espíritu del golpe que quiso asesinarle, herirlo, y del que hará un golpe asesino.
Vuelvo el dardo contra el dios vencedor. (verso de Nerval)
Pero de qué manera animar el drama, cómo hacerlo vivir y volver a verlo diciéndolo.

Los poemas de Gérard de Nerval han sido escritos, no para ser leídos en voz baja, en los pliegues de la conciencia, sino para ser expresamente declamados, pues su timbre necesita aire. Son misteriosos cuando no se los recita, y la página impresa los adormece; pero pronunciados entre labios de sangre, rojos, digo, porque son de sangre, sus jeroglíficos despiertan y es dable oír su protesta contra el intento de los acontecimientos, cuyo protestador no será un golem, sino un ser que de dios rechaza a jehová para obtener a Belus o a Dagón, y de Belus y de Dagón extrae al propio Gérard de Nerval, sublevado contra los monarcas de los dioses y diciendo:

“Me han sumergido tres veces en las aguas del Cocito, sumergido desnudo para hacerme olvidar, sumergido feto para hacerme olvidar, quemado tres veces en ese vitriolo genésico en el que todos los monarcas de la envidia -monarcas de la eterna envidia que los espíritus celestiales sienten por el hombre- hunden al hombre para hacerle olvidar la sucesión de sus combates de encarnado.”

Me han sumergido tres veces en las aguas del Cocito, y protegiendo completamente solo, solo en mi obstinada esencia ser y protegiendo completamente solo a mi madre Amalecita,
¿y por qué Amalecita ahora la madre de un Anteros obstinado?
Porque raza de los antiguos enterrados. ¿Cuáles? aquellos que, como los amalecitas primeros, eran los amantes de la tierra eterna, del estupro de las animalidades pues el ánima, el hálito del cuerpo, fue esa amante en la tierra, la primitiva tierra uterina empapada y que no tuvo otro amor ni otra luz que amar esa actitud,
ser, como el útero, una tierra que en el nombre del ánima su hálito transplanta al aire su animalidad.

ama, alma a través de todo leteo,
Amalecita, raza del alma que nunca pudo olvidar a la tierra irascible de la que nació y que Gérard de Nerval hará revivir como Anteo surgido de la tierra.
Siembro a sus pies los dientes del vicio dragón.

Este final puede entenderse en otro sentido. Es que la raza llegada de la tierra sexual de los amalecitas, humus de muerte por humus de muerte, laringe anal de la putrefacción, y que en la historia abandonó la tierra para entrar en la pura sexualidad, no ya terrena por humus voluntariamente amontonados y comprimidos del polvo, no polvo, sino seres animados de huesecillos, que abandonó la tierra, digo, para entrar en la sexualidad pura, encarnación fuera del huesecillo, y no ser más que el húmedo agujero que en su placenta de barro, húmedo se envilece por humedad -micción líquida de una adiposidad-, esa raza hízole olvidar a Anteo su origen de polvo puro, de polvo expansivo y animado (que, si siempre está algo mojado, lo está sólo por su naturaleza seca que se ha desprendido de lo húmedo), y Anteo, que para él fue Gérard de Nerval mismo, quiso vengarlo, pero apresurado como yo o como tú, lector del poema -recitador o declamador-, apresurado por las exigencias de las cosas y arrojado abajo por la dictadura de las cosas, que los monarcas de las fábulas celestiales no han dejado de representar, fue aprehendido y sumergido tres veces en las aguas del Cocito, y sin quererlo, pero impulsado por el viejo y olvidadizo atavismo de su inconsciente, continuó protegiendo siempre a su madre traidora, la amalecita, que toma su útero por ser y que ha hecho del útero un dios. Y útero por útero ella cree ser y tener preventivamente en ese cofre la génesis de su hijo dios.

(Aquí, la historia del cuadro negro en lo de la señora Guilhen, en el que yo progresaba con demasiada rapidez y en el que fui asesinado y puesto en segundo primario.)

Creo que lo que Gérard de Nerval acusa en sus poemas es el pecado original, no de los seres, sino de dios: afectos, voliciones, impulsos, repulsiones.

Antonin Artaud

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Nota:

Carata desde Rodez dirigida al señor Georges Lebreton
al cuidado del señor Max-Pol Fouchet
Director de la revista Fontaine
calle Saint-Placide 41
París.

Lenin: ¿Se debe participar en los parlamentos burgueses?

 
    Los comunistas “de izquierda” alemanes, con el mayor desprecio — y la mayor ligereza –, responden a esta pregunta negativamente. ¿Sus argumentos? En la cita que hemos reproducido más arriba leemos:

“. . . rechazar del modo más categórico todo retorno a los métodos de lucha parlamentarios, los cuales han caducado ya histórica y políticamente. . .”

Esto está dicho en un tono ridículo, de puro presuntuoso, y es una falsedad evidente. ¡”Retorno” al parlamentarismo! ¿Existe ya acaso en Alemania una República Soviética? Parece ser que no. ¿Cómo puede hablarse entonces de “retorno”? ¿No es esto una frase vacía?

El parlamentarismo “ha caducado históricamente”. Esto es cierto desde el punto de vista de la propaganda. Pero nadie ignora que de ahí a su superación práctica hay una distancia inmensa. Hace ya algunas décadas que podía decirse, con entera justicia, que el capitalismo había “caducado históricamente”, lo cual no impide, ni mucho menos, que nos veamos precisados a sostener una lucha muy prolongada y muy tenaz sobre el terreno del capitalismo. El parlamentarismo “ha caducado históricamente” desde un punto de vista histórico universal, es decir, la época del parlamentarismo burgués ha terminado, la época de la dictadura del proletariado ha empezado. Esto es indiscutible, pero en la historia universal se cuenta por décadas. Aquí diez o veinte años más o menos no tienen importancia, desde el punto de vista de la historia universal son una pequeñez, imposible de apreciar ni aproximadamente. Pero, precisamente por eso, remitirse en una cuestión de política práctica a la escala de la historia universal, es la aberración teórica más escandalosa.

    ¿Ha “caducado políticamente” el parlamentarismo? Esto es ya otra cuestión. Si fuese cierto, la posición de los “izquierdistas” sería sólida. Pero hay que probarlo por medio de un análisis serio, y los “izquierdistas” ni siquiera saben abordarlo. El análisis contenido en las “Tesis sobre el parlamentarismo”, publicadas en el número 1 del “Boletín de la Oficina Provisional de Amsterdam de la Internacional Comunista” (“Bulletin of the Provisional Bureau in Amsterdam of the Communist International”, February[16] 1920), y que expresan claramente las tendencias específicamente izquierdistas de los holandeses o las tendencias de izquierda específicamente holandesas, como veremos, no vale tampoco un comino.

En primer lugar, los comunistas “de izquierda” alemanes, como se sabe, ya en enero de 1919 consideraban el parlamentarismo como “políticamente caduco”, contra la opinión de dirigentes políticos tan eminentes como Rosa Luxemburgo y Carlos Liebknecht. Como es sabido, los “izquierdistas” se equivocaron. Este hecho basta para destruir de golpe y radicalmente la tesis según la cual el parlamentarismo “ha caducado políticamente”. Los “izquierdistas” tienen el deber de demostrar por qué ese error indiscutible de entonces ha dejado de serlo hoy. Pero no aportan la menor sombra de prueba, ni pueden aportarla. La actitud de un partido político ante sus errores es una de las pruebas más importantes y más fieles de la seriedad de ese partido y del cumplimiento efectivo de sus deberes hacia su clase y hacia las masas trabajadoras. Reconocer abiertamente los errores, poner al descubierto sus causas, analizar la situación que los ha engendrado y examinar atentamente los medios de corre girlos: esto es lo que caracteriza a un partido serio, en esto es en lo que consiste el cumplimiento de sus deberes, esto es educar e instruir a la clase, primero, y, después, a las masas. Como no cumplen esa obligación suya, como no ponen toda la atención, todo el celo y cuidados necesarios para estudiar su error manifiesto, los “izquierdistas” de Alemania (y de Holanda) muestran que no son el partido de una clase, sino un círculo, que no son el partido de las masas, sino un grupo de intelectuales y un reducido número de obreros que imitan los peores rasgos de los intelectualoides.

En segundo lugar, en el mismo folleto del grupo “de izquierda” de Francfort, del que hemos dado citas detalladas más arriba, leemos:

“. . . los millones de obreros que siguen todavía la política del centro” (del Partido Católico del “Centro”) “son contrarrevolucionarios. Los proletarios del campo forman las legiones de los ejércitos contrarrevolucionarios” (pág. 3 del folleto citado).

Como se ve, todo esto está dicho con un énfasis y una exageración excesivos. Pero el hecho fundamental aquí referido es indiscutible, y su reconocimiento por los “izquierdistas” atestigua con particular evidencia su error. En efecto, ¡¿cómo se puede decir que el “parlamentarismo ha caducado políticamente”, si “millones” y “legiones” de proletarios son todavía, no sólo partidarios del parlamentarismo en general, sino hasta francamente “contrarrevolucionarios”?!

Es evidente que el parlamentarismo en Alemania no ha caducado aún políticamente. Es evidente que los “izquierdistas” de Alemania han tomado su deseo, su ideal político por una realidad objetiva. Este es el más peligroso de los errores para los revolucionarios. En Rusia, donde el yugo profundamente salvaje y cruel del zarismo engendró, durante un período sumamente prolongado y en formas particularmente variadas, revolucionarios de todos los matices, revolucionarios de una abnegación, de un entusiasmo, de un heroísmo, de una fuerza de voluntad asombrosos, en Rusia, hemos podido observar muy de cerca, estudiar con mucha atención, conocer a la perfección este error de los revolucionarios, y por esto lo apreciamos con especial claridad en los demás. Naturalmente, para los comunistas de Alemania el parlamentarismo “ha caducado políticamente”, pero se trata precisamente de no creer que lo que ha caducado para nosotros haya caducado para la clase, para la masa. Una vez más, vemos aquí que los “izquierdistas” no saben razonar, no saben conducirse como partido de clase, como partido de masas.Vuestro deber consiste en no descender hasta el nivel de las masas, hasta el nivel de los sectores atrasados de la clase. Esto es indiscutible. Tenéis el deber de de cirles la amarga verdad, de decirles que sus prejuicios democrático-burgueses y parlamentarios son eso, prejuicios, pero al mismo tiempo, debéis observar serenamente el estado real de conciencia y de preparación de la clase entera (y no sólo de su vanguardia comunista), de toda la masa trabajadora entera (y no sólo de sus individuos avanzados).

Aunque no fuesen “millones” y “legiones”, sino una simple minoría bastante importante de obreros industriales, la que siguiese a los curas católicos, y de obreros agrícolas, la que siguiera a los terratenientes y campesinos ricos (Grossbauern ), podría asegurarse ya sin dudar que el parlamentarismo en Alemania no había caducado todavía políticamente, que la participación en las elecciones parlamentarias y la lucha en la tribuna parlamentaria es obligatoria para el partido del proletariado revolucionario, precisamente para educar a los elementos atrasados de su clase, precisamente para despertar e ilustrar a la masa aldeana analfabeta, ignorante y embrutecida. Mientras no tengáis fuerza para disolver el parlamento burgués y cualquiera otra institución reaccionaria, estáis obligados a trabajar en el interior de dichas instituciones, precisamente porque hay todavía en ellas obreros idiotizados por el clero y por la vida en los rincones más perdidos del campo. De lo contrario, corréis el riesgo de convertiros en simples charlatanes.

En tercer lugar, los comunistas “de izquierda” nos colman de elogios a nosotros, los bolcheviques. A veces dan ganas de decirles: ¡alabadnos menos, pero compenetraos más con nuestra táctica, familiarizaos más con ella! Participamos, de septiembre a noviembre de 1917, en las elecciones al parlamento burgués de Rusia, a la Asamblea Constituyente. ¿Era acertada nuestra táctica o no? Si no lo era, hay que decirlo claramente y demostrarlo: es indispensable para elaborar la táctica justa del comunismo internacional. Si lo era, deben sacarse de ello las conclusiones que se imponen. Naturalmente, no se trata, ni mucho menos, de equiparar las condiciones de Rusia a las de la Europa occidental. Pero especialmente con respecto al significado de la idea de que el “parlamentarismo ha caducado políticamente”, hay que tener cuidadosamente en cuenta nuestra experiencia, pues si no se toma en consideración una experiencia concreta, estas ideas se convierten con excesiva facilidad en frases vacías. ¿Acaso no teníamos nosotros, los bolcheviques rusos, en aquel período, de septiembre a noviembre de 1917, más derecho que cualesquiera otros comunistas de Occidente a considerar que el parlamentarismo había caducado políticamente en Rusia? Lo teníamos, naturalmente, pues no se trata de si los parlamentos burgueses llevan mucho tiempo de existencia o existen desde hace poco, sino del grado de preparación (ideológica, política, práctica) de las grandes masas trabajadoras para aceptar el régimen soviético y disolver o admitir la disolución del parlamento democráticoburgués. Que en Rusia, de septiembre a noviembre de 1917, la clase obrera de las ciudades, los soldados y los campesinos estaban, en virtud de una serie de condiciones específicas, excepcionalmente dispuestos a aceptar el régimen soviético y a disolver el parlamento burgués más democrático, es un hecho histórico absolutamente indiscutible y plenamente demostrado. Y no obstante, los bolcheviques no boicotearon la Asamblea Constituyente, sino que participaron en las elecciones tanto antes como d e s p u é s de la conquista del Poder político por el proletariado. Que dichas elecciones han dado resultados políticos extraordinariamente valiosos (y excepcionalmente útiles para el proletariado), es un hecho que creo haber demostrado en el artículo citado más arriba, donde analizo detalladamente los resultados de las elecciones a la Asamblea Constituyente de Rusia.

La conclusión que de ello se deriva es absolutamente indiscutible: está probado que, aun unas semanas antes del triunfo de la República Soviética, aun después de este triunfo, la participación en un parlamento democráticoburgués, no sólo no perjudica al proletariado revolucionario, sino que le facilita la posibilidad de hacer ver a las masas atrasadas por qué semejantes parlamentos merecen ser disueltos, facilita el éxito de su disolución, facilita la “eliminación política” del parlamentarismo burgués. No tener en cuenta esta experiencia y pretender al mismo tiempo pertenecer a la Internacional Comunista, que debe elaborar internacionalmente su táctica (no una táctica estrecha o exclusivamente nacional, sino precisamente una táctica internacional), significa incurrir en el más profundo de los errores y precisamente apartarse de hecho del internacionalismo, aunque éste sea proclamado de palabra.

Consideremos ahora los argumentos “izquierdistas específicamente holandeses” en favor de la no participación en los parlamentos. He aquí la tesis 4, una de las más importantes tesis “holandesas” citadas más arriba, traducida del inglés:

“Cuando el sistema capitalista de producción es destrozado y la sociedad atraviesa un período revolucionario, la acción parlamentaria pierde poco a poco su valor, en comparación con la acción de las propias masas. Cuando en estas condiciones el parlamento se convierte en el centro y el órgano de la contrarrevolución, y, por otra parte, la clase obrera crea los instrumentos de su Poder en forma de Soviets, puede resultar incluso necesario renunciar a toda participación en la acción parlamentaria”.

La primera frase es evidentemente falsa, pues la acción de las masas, por ejemplo, una gran huelga, es siempre más importante que la acción parlamentaria, y no sólo durante la revolución o en una situación revolucionaria. Este argumento, de indudable inconsistencia histórica y políticamente falso, muestra sólo, con particular evidencia, que los autores no tienen para nada en cuenta ni la experiencia de toda Europa (de Francia en vísperas de las revoluciones de 1848 y 1870, de Alemania entre 1878 y 1890, etc.) ni de Rusia (véase más arriba) sobre la importancia de la combinación de la lucha legal con la ilegal. Esta cuestión tiene una importancia inmensa, tanto de un modo general como de un modo especial, porque en todos los países civilizados y adelantados se acerca a grandes pasos la época en que dicha combinación será — y lo es ya en parte — cada vez más obligatoria para el partido del proletariado revolucionario, a consecuencia de la maduración y de la proximidad de la guerra civil del proletariado con la burguesía, a consecuencia de las feroces persecuciones de los comunistas por los gobiernos republicanos y, en general, por los gobiernos burgueses, que violan constantemente la legalidad (como ejemplo de ello basta citar a los Estados Unidos), etc. Esta cuestión esencial es absolutamente incomprendida por los holandeses y los izquierdistas en general.

La segunda frase es, en primer término, falsa históricamente. Los bolcheviques hemos actuado en los parlamentos más contrarrevolucionarios, y la experiencia ha demostrado que semejante participación ha sido, no sólo útil, sino necesaria para el partido del proletariado revolucionario, precisamente después de la primera revolución burguesa en Rusia (1905) para preparar la segunda revolución burguesa (febrero de 1917) y luego la revolución socialista (octubre de 1917). En segundo lugar, dicha frase es de un ilogismo sorprendente. De que el parlamento se convierta en el órgano y “centro” (aunque dicho sea de paso, no ha sido nunca ni ha podido ser en realidad el “centro”) de la contrarrevolución y de que los obreros creen los instrumentos de su Poder en forma de Soviets, se sigue que los trabajadores deben prepararse ideológica, política y técnicamente para la lucha de los Soviets contra el parlamento, para la disolución del parlamento por los Soviets. Pero de esto no se deduce en modo alguno que semejante disolución sea obstaculizada, o

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no sea facilitada por la presencia de una oposición sovietista en el interior de un parlamento contrarrevolucionario. Jamás hemos notado durante nuestra lucha victoriosa contra Denikin y Kolchak que la existencia de una oposición proletaria, sovietista, en sus dominios, haya sido indiferente para nuestros triunfos. Sabemos perfectamente que la disolución de la Constituyente, llevada a cabo por nosotros el 5 de enero de 1918, lejos de ser dificultada, fue facilitada por la presencia dentro de la Constituyente contrarrevolucionaria que disolvíamos, tanto de una oposición sovietista consecuente, la bolchevique, como también de una oposición sovietista inconsecuente, la de los socialrevolucionarios de izquierda. Los autores de la tesis se han embrollado completamente y han olvidado la experiencia de una serie de revoluciones, si no de todas, experiencia que acredita los servicios especiales prestados, en tiempo de revolución, por la combinación de la acción de masas fuera del parlamento reaccionario y de una oposición simpatizante de la revolución (o mejor aun, que la defienda francamente) dentro del parlamento. Los holandeses y los “izquierdistas” en general razonan aquí como unos doctrinarios de la revolución que nunca han tomado parte en una revolución verdadera, o que jamás han reflexionado sobre la historia de las revoluciones o que toman ingenuamente la “negación” subjetiva de una cierta institución reaccionaria, por su destrucción efectiva mediante el conjunto de fuerzas de una serie de factores objetivos.

El medio más seguro de desacreditar una nueva idea política (y no solamente política) y perjudicarla, consiste en llevarla hasta el absurdo, so pretexto de defenderla. Pues toda verdad, si se la obliga a “sobrepasar los límites” (como decía Dietzgen padre), si se exagera, si se extiende más allá de los limites dentro de los cuales es realmente aplicable, puede ser llevada al absurdo, y, en las condiciones señaladas, se convierte infaliblemente en absurdo. Tal es el mal servicio que prestan los izquierdistas de Holanda y Alemania a la nueva verdad de la superioridad del Poder soviético sobre los parlamentos democráticoburgueses. Indudablemente, quien de un modo general siguiera sosteniendo la vieja afirmación de que abstenerse de participar en los parlamentos burgueses es inadmisible en todas las circunstancias, estaria en un error. No puedo intentar formular aquí las condiciones en que es útil el boicot, porque el objeto de este artículo es más modesto: se reduce sólo a analizar la experiencia rusa en relación con algunas cuestiones actuales de táctica comunista internacional. La experiencia rusa nos da una aplicación feliz y acertada (1905) y otra equivocada (1906) del boicot por los bolcheviques. Analizando el primer caso, vemos: los bolcheviques consiguieron impedir la convocatoria del parlamento reaccionario por el Poder reaccionario, en un momento en que la acción revolucionaria extraparlamentaria de las masas (particularmente las huelgas) crecía con excepcional rapidez, en que no había ni un solo sector del proletariado y de la clase campesina que pudiera sostener de ningún modo el Poder reaccionario, en que la influencia del proletariado revolucionario sobre la masa atrasada estaba asegurada por la lucha huelguistica y el movimiento agrario. Es por completo evidente que esta experiencia es inaplicable a las condiciones actuales europeas. Y es también evidente — en virtud de los argumentos expuestos más arriba — que la defensa, aunque condicional, de la renuncia a participar en los parlamentos, hecha por los holandeses y los “izquierdistas”, es radicalmente falsa y nociva para la causa del proletariado revolucionario. En Europa occidental y América, el parlamento se ha hecho extraordinariamente odioso a la vanguardia revolucionaria de la clase obrera. Es indiscutible. Y se comprende perfectamente, pues es difícil imaginarse algo más vil, más abyecto, más traidor que la conducta de la inmensa mayoría de los diputados socialistas y socialdemócratas en el parlamento durante la guerra y después de la misma. Pero seria no sólo irrazonable, sino francamente criminal dejarse llevar por estos sentimientos al decidir la cuestión de cómo se debe luchar contra el mal universalmente reconocido. En muchos países de la Europa occidental el sentimiento revolucionario puede decirse que es todavía una “novedad”, una “rareza” esperada demasiado tiempo, en vano, con impaciencia, y por esto se deja con tanta facilidad que este sentimiento predomine. Naturalmente, sin un estado de espíritu revolucionario de las masas, sin condiciones favorables para el desarrollo de dicho estado de espíritu, la táctica revolucionaria no se trocará en acción; pero a nosotros, en Rusia, una larga, dura y sangrienta experiencia nos ha convencido de que con el sentimiento revolucionario solo, es imposible crear una táctica revolucionaria. La táctica debe ser elaborada teniendo en cuenta, serenamente, y de un modo estrictamente objetivo, todas las fuerzas de clase del Estado de que se trate (y de los Estados que le rodean y de todos los Estados en escala mundial), así como la experiencia de los movimientos revolucionarios. Manifestar el “espíritu revolucionario” sólo con injurias al oportunismo parlamentario, únicamente condenando la participación en los parlamentos, resulta facilísimo; pero precisamente porque es facilísimo no es la solución de un problema difícil, de un problema dificilísimo. Es mucho más difícil en los parlamentos occidentales que en Rusia crear una fracción parlamentaria verdaderamente revolucionaria.

Desde luego. Pero esto no es sino un reflejo parcial de la verdad general de que a Rusia, en la situación histórica concreta, extraordinariamente original del año 1917, le fue fácil comenzar la revolución socialista; en cambio, continuarla y llevarla a término, le será a Rusia más difícil que a los países europeos. Ya a comienzos de 1918 hube de indicar esta circunstancia, y la experiencia de los dos años transcurridos desde entonces ha venido a confirmar la exactitud de aquella indicación. Condiciones específicas como fueron: 1) la posibilidad de hacer coincidir la revolución soviética con la terminación, gracias a ella, de la guerra imperialista, que había extenuado hasta lo indecible a los obreros y campesinos; 2) la posibilidad de aprovechar durante cierto tiempo la lucha a muerte en que estaban enzarzados los dos grupos mundiales más poderosos de tiburones imperialistas, grupos que no podían unirse contra el enemigo soviético; 3) la posibilidad de soportar una guerra civil relativamente larga, en parte por la gigantesca extensión del país y sus exiguos medios de comunicación; 4) la existencia de un movimiento revolucionario democráticoburgués de los campesinos, tan profundo, que el partido del proletariado hizo suyas las reivindicaciones revolucionarias del partido de los campesinos (del partido socialrevolucionario, profundamente hostil, en su mayoría, al bolchevismo), realizándolas inmediatamente, gracias a la conquista del Poder político por el proletariado; condiciones específicas como éstas no existen ahora en la Europa occidental, y la repetición de estas condiciones o de condiciones análogas no es muy fácil. He aquí por qué, entre otras cosas — pasando por alto una serie de otros motivos — , le es más difícil a la Europa occidental que a nosotros comenzar la revolución socialista. Tratar de “esquivar” esta dificultad, “saltando” por encima del arduo problema de utilizar los parlamentos reaccionarios para fines revolucionarios, es puro infantilismo. ¿Queréis crear una sociedad nueva? ¡Y teméis la dificultad de crear una buena fracción parlamentaria de comunistas convencidos, abnegados, heroicos, en un parlamento reaccionario! ¿Acaso no es esto infantilismo? Si C. Liebknecht en Alemania y Z. Höglund en Suecia han sabido hasta sin el apoyo de la masa desde abajo, dar un ejemplo de la utilización realmente revolucionaria de los parlamentos reaccionarios, ¡¿cómo un partido revolucionario de masas, que crece rápidamente con las desilusiones y la irritación de estas últimas, características de la postguerra, no puede forjar una fracción comunista en los peores parlamentos?! Precisamente porque las masas atrasadas de obreros, y más aún las de pequeños agricultores, están más imbuidas en Europa occidental que en Rusia de prejuicios democráticoburgueses y parlamentarios, precisamente por esto únicamente en el seno de instituciones como los parlamentos burgueses pueden (y deben) los comunistas sostener una lucha prolongada, tenaz, sin retroceder ante ninguna dificultad para denunciar, desvanecer y superar dichos prejuicios.

Los comunistas “de izquierda” de Alemania se quejan de los malos “jefes” de su partido y caen en la desesperación, llegando hasta incurrir en la ridiculez de “negar” a los ” jefes”. Pero en circunstancias que obligan a menudo a mantener a estos últimos en la clandestinidad, la formación de “jefes” buenos, seguros, probados, con autoridad, es particularmente difícil y triunfar de semejantes dificultades es imposible sin la combinación del trabajo legal con el ilegal, sin hacer pasar a los ” jefes “, entre otras pruebas, también por la del parlamento. La crítica — la más violenta, más implacable, más intransigente — debe dirigirse no contra el parlamentarismo o la acción parlamentaria, sino contra los jefes que no saben — y aún más contra los que no quieren — utilizar las elecciones parlamentarias y la tribuna parlamentaria a la manera revolucionaria, a la manera comunista. Sólo esta crítica — unida, naturalmente, a la expulsión de los jefes incapaces y a su sustitución por otros más capaces — constituirá un trabajo revolucionario útil y fecundo que educará a la vez a los “jefes” para que sean dignos de la clase obrera y de las masas trabajadoras, y a las masas para que aprendan a orientarse como es debido en la situación política y a comprender los problemas, a menudo sumamente complejos y embrollados, que resultan de semejante situación*.


* He tenido demasiado pocas posibilidades de conocer el comunismo “de izquierda” de Italia. Indudablemente el camarada Bordiga y su fracción de “comunistas abstencionistas” cometen un error al defender la no participación en el parlamento. Pero hay un punto en que me parece que tiene razón, por lo que yo puedo juzgar ateniéndome a dos números de su periódico “Il Soviet” (núms. 3 y 4 del 18. I. y del 1. II. 1920), a cuatro números de la excelente revista del camarada Serrati “Comunismo” (núms. 1-4. 1. X. 30. XI. 1919) y a distintos números de periódicos burgueses italianos que he podido ver. Precisamente el carnarada Bordiga y su fracción tienen razón cuando atacan a Turad y sus partidarios, que están en un partido que reconoce el Poder de los Soviets y la dictadura del proletariado, que siguen siendo miembros del parlamento y prosiguen su vieja y perjudicial política oportunista. En efecto, al consentir esto, el camarada Serrati y todo el Partido Socialista Italiano[17] incurren en un error tan preñado de amenazas y peligros como en Hungría, donde los señores Turati húngaros sabotearon desde el interior el Partido y el Poder de los Soviets. Esa actitud errónea. inconsecuente, que se distingue por su falta de carácter, con respecto a los parlamentarios oportunistas, de una parte, engendra el comunismo “de izquierda”, y de otra, justtifica basta cierto punto su existencia. El camarada Serrati es evidente que no tiene razón al acusar de “inconsecuencia” al diputado Turati (“Comunismo”, núm. 3), porque el único inconsecuente es el Parddo Socialista Italiano, que tolera en su seno a oportunistas parlamentarios como Turati y compañia.

 

(Capítulo VII de LA ENFERMEDAD INFANTIL DEL “IZQUIERDISMO” EN EL COMUNISMO)

Problemas del Sindicalismo y del Anarquismo

por Joan Peiró//

 

I. PROBLEMA DE COMPRENSIÓN

Históricamente está comprobado que cada cataclismo trascendental, como lo ha sido la guerra mundial, conlleva como secuela fatal e inevitable un desequilibrio universal de todos los valores de la sociedad. Como el individuo, la sociedad hállase sujeta a las leyes de la biología, que regulan con exactitud inexorable todo su sistema de vida. Para los cuerpos sociales las guerras son lo que las enfermedades para los cuerpos humanos: durante la enfermedad o en período de convalecencia, óperase la crisis, y ello, en todo caso, significa una mutación que arrebata de la muerte y sana al paciente, unas veces, pero que en otras produce la muerte o, arruina la naturaleza del mismo. El problema, pues, consiste en saber evitar esas crisis o, en su defecto, en saber aplicar medidas terapéuticas que eviten la muerte y la ruina física del cuerpo paciente.

Para los cuerpos sociales, el razonamiento tiene una aplicación relativa, puesto que la muerte de los sistemas político-económicos no implica necesariamente la muerte de los cuerpos sociales. No hemos sabido dar muerte al sistema políticoeconómico, causa fundamental de la enfermedad expresada por la monstruosa guerra, y he ahí la crisis que en el presente arruina la naturaleza del conjunto social con sensible y hondo perjuicio de las partes, aunque más vitales, más humildes, del cuerpo paciente.

Visión en Llamas de Emma Goldman

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La reconstitución económico-industrial del mundo opérase en un sentido unilateral. Contrariamente a lo más elemental de la lógica, el capitalismo va saliendo de la guerra y sus consecuencias mucho más reforzado como sistema que al entrar en ella, ya que el panorama económico-industrial del mundo nos dice con harta elocuencia que es el capitalismo el único factor deferminante en el orden de la producción y de las valoraciones, todo ello como resultado de la inteligencia y la solidaridad del capitalismo y de las nuevas modalidades de la organización de la producción. Y una vez más aparece confirmado el concepto materialista de la historia: poseyendo el capitalismo el dominio absoluto en el orden económico-industrial, posee la fuerza de los Estados, y la fisonomía de la organización político-social de los pueblos es expresión de la soberana voluntad del capitalismo.

El fascismo que, más o menos disfrazado, impera en todos los países, es buena prueba de cuanto decimos, y prueba, además, que los factores sociales que mejor se libran de las consecuencias de la crisis universal provocada por la guerra, son aquellos que mejor saben renovarse espiritual y orgánicamente. El hecho de que el capitalismo haya entrado en una nueva fase del proceso de su evolución como clase, demuestra que en él existe el sentido de la continuidad, que es un sentido de adaptación al medio y lugar, razón tan fundamental para la supervivencia como esencial para la superación colectiva.

Lo interesante ahora es saber que para el Sindicalismo y Anarquismo aun es tiempo de renovarse espiritual y orgánicamente.

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Sindicalismo y anarquismo

Pocos anarquistas y sindicalistas nos apercibimos de que la guerra, como anteriormente la Revolución francesa y, antes de ésta, todas las revoluciones religiosas y políticas, significaba la revolución de todos los valores, no ya sólo político-económicos, sino de todos los valores morales y espirituales, lo que siempre tiene una enorme trascendencia en el orden de las estructuraciones doctrinales y colectivas. El prejuicio expresado por la locución «obrar sobre los hechos», tan peculiar entre sindicalistas y anarquistas, muchas veces no nos deja ver que hay hechos cuya compleja naturaleza dificulta extraordinariamente toda acción sobre ellos, hechos que generalmenté rechazan toda suerte de improvisaciones, que exigen no sólo el conocimiento de su existencia, sino, además, la previsión de su existencia y un constante estudio sobre ellos.

El exceso de confianza en la justicia de la causa que defendemos y en la fuerza colectiva representada, nos hizo perder de vista todas esas realidades.

No otra cosa le ha ocurrido a una buena parte de la burguesía. Ella aprovechó los beneficios extraordinarios de la guerra para ampliar las industrias y para lanzarse a una vida de escandalosos faustos, pero sin pensar en la renovación del utillaje con arreglo a las modernas manifestaciones de la técnica; y así el término de la guerra, que había de ser el principio del restablecimiento del equilibrio de la producción, ya que con el término de aquélla la industria de guerra se trocaba en industria de paz; el término de la guerra, repetimos, ha sido el fracaso industrial de esta parte de la burguesia imprevisora, cuando no inepta técnicamente.

La revolución española

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Ese mismo defecto de previsión debemos cargarnos en cuenta los anarquistas y sindicalistas, por no hablar más que de nosotros. Bien cierto es que durante la guerra, y aun después de ella, hemos sido nosotros los que mejor supimos aprovechar las posibilidades para mejorar sensiblemente la suerte económica, moral y humana del proletariado; nadie más que nosotros, sobre todo en España, supo llegar a todos los sacrificios con el fin de que la gloriosa C. N. T. se nimbara con la aureola de los grandes precursores de las más altas reivindicaciones sociales, pero cierto es, también, que no hemos sabido prepararnos ni preparar a las masas trabajadoras para hacer frente al presente momento de hegemonía capitalista, preparación que no debía referirse solamente al aspecto colectivo y de táctica ofensiva, sino también, y quizá en primer plano, en el orden de la estructuración orgánica y de la fortaleza espiritual para comprender y resistir los momentos de adversidad circustancial.

Hemos educado a las masas por y para los triunfos, en manera alguna por y para las derrotas, tan naturales en las luchas intensas y accidentadas por demás, cual las que, lógicamente, ha de mantener la C. N. T.; y es que en el fondo de ese defecto hay un problema de cultura, de comprensión de las realidades históricas, económico-industriales, políticas y psicológicas.

Digase lo que se quiera, y mal nos pese o no, cultura no es sólo superación moral y espiritual, ni es tampoco concluirlo todo cultivando al individuo trocándolo en ente sentimental hasta los lindes del misticismo. Cultura es, además, saber comprender que la vida es poesía y es prosa y que la vida social presente es más prosa que poesía, que es una cuestión de guarismos emanada del progreso de la mecánica, la química y las nuevas formas de orientación y organización de la producción, que es un problema asentado sobre los determinismos económicos, en torno de los cuales gira y se manifiesta el mecanismo político-social de los pueblos; como cultura es, también, saber tener la agilidad necesaria más para enfrentarse con esas realidades, y ejercer un dominio más o menos eficaz sobre ellos.

El mundo no es un espacio bordado de aldehuelas donde la vida de égloga no reclama la presencia de los sociólogos. El mundo está sembrado de grandes urbes, poblaciones y zonas industriales y agrícolas de vida compleja y de encontrados intereses, y es en ellas donde surgen los problemas debatiéndose entre dos o más razones opuestas, y es en ellas donde se exige, más que los lirismos literarios, y aun más que los idealismos -conste que sin idealismos, sin las ideas motores, nosotros creemos que no existe nada-, la asimilación de las realidades de la vida cotidiana, con toda su prosaica brutalidad, y la comprensión de la psicología de las masas. Y la comprensión del porqué y para qué del Sindicalismo, cuya entidad ha de tener un desarrollo completo, íntegro, de constante superación de sí mismo, y el cómo y para qué de la función del Anarquismo sobre aquél, cuya relación entre ambos debe ser de complemento, nunca de confusión y de tendencia absorbente, que en cualquier forma que ellas se manifiesten es contrario a la naturaleza de las dos entidades en cuestión.

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Sindicalismo y anarquismo

Joan Peiró en su despacho del Ministerio de Industria durante la guerra.

Detallar y razonar lo que es el Sindicalismo y sus diversas manifestaciones orgánicas y la función insufladora que el Anarquismo ha de ejercer sobre él, es el objetivo de este opúsculo.

Necesitamos reconstruir nuestro movimiento sobre su propia base, huyendo de las concepciones caprichosas para caer sobre un plano inteligente, de práctica viabilidad y de no menos práctica conformación a las conveniencias de la lucha de clases y a las exigencias psicológicas de las masas proletarias.

Aunque prolijo, nuestro trabajo es la vuelta al A B C del Sindicalismo Revolucionario, trabajo coronado con una concepción personal nuestra sobre el Anarquismo.

II. EL SINDICATO

Dicho simplemente, el Sindicato es el instrumento para la defensa de clase. Harto se comprende, además, que el concepto general de clase, desde nuestro punto de vista, no admite más que una: la sujeta a la ley del salario.

Si el concepto general no admite más que una sola clase, se deduce fácilmente que en el Sindicato caben todos los asalariados, con tal que lo sean efectivamente, sin distinción de ideas políticas y confesionales, ya que el Sindicato, de derecho, es el instrumento que se desenvuelve en el plano de las luchas económicas, y es en ese plano de convergencia, común a todos los asalariados, donde resulta posible un estado de convivencia inteligente entre los mismos, por más heterogénea que sea la composición espiritual e ideológica de la colectividad formada por ellos.

La defensa de clase frente a la burguesía, que como clase aparece siempre compacta en la defensa de sus intereses, sólo puede desarrollarse eficazmente mediante la unión del proletariado en un fuerte bloque de oposición; y esa unión no es, realizable en ningún caso por una espontánea coincidencia ideológica y siempre por la correlación de los intereses comunes de clase. Primero son los intereses profesionales y económicos el agente único que determina la unión, y luego es la convivencia la que engendra y realiza la coincidencia ideológica; de donde resulta fatalmente que si el Sindicato, de derecho, no es más que un instrumento que se desenvuelve en el plano de las luchas económicas, por la coincidencia ideológica trasciende de hecho en el orden de la lucha políticosocial.

Todo el problema consiste en una cuestión automática que nada ni nadie puede escamotear.

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La burguesía sabe perfectamente que su prosperidad económica y su hegemonía político-social dependen de la miseria del proletariado, y es ahora, en la post-guerra, que se comprueba, como predijeran pensadores y economistas, y muy magistralmente Henry George, que a mayor progreso corresponde mayor miseria. La burguesía fuerza el desenvolvimiento del progreso mecánico, e insuficiente éste para el objetivo social perseguido, busca el complemento en la llamada racionalización de la producción, cosas ambas cuya tendencia directa consiste en provocar la concurrencia de brazos y. por consiguiente, la depreciación de los mismos; es decir, el objetivo social perseguido, de que antes hablamos, es este: crear una reserva de desocupados con el doble fin de obtener la mano de obra barata y de situar al proletariado en estado de indefensión como clase.

Por otra parte, la concentración de las industrias en «trusts» o la inteligencia de las mismas sobre la base de los denominados «cartells», tiene por finalidad desterrar la concurrencia en los mercados, esto es, evitar las competencias comerciales, dejando vía libre a la iniciativa capitalista en la valorización de los productos, cuyo resultado no será otro, no es ya otro, que el encarecimiento general del coste de la vida.

De forma, pues, que mientras el progreso mecánico y la racionalización de la producción permite al capitalismo obtener la mano de obra barata y retener al proletariado en estado de indefensión como clase, a la vez, por medio de los «trusts» y « cartells », consigue la facultad de la iniciativa en la valorización de los productos en el mercado.

Si la prosperidad económica y la hegemonía político-social de la burguesía dependen de la miseria del proletariado, es indiscutible que la miseria de éste en la presente fase de la evolución capitalista tiene unas perspectivas desoladoras.

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Sindicalismo y anarquismo

Cooperativa de horno de vidrio en Mataró.

Pero simplifiquemos la cuestión hasta reducirla a términos asequibles a las más sencillas inteligencias, ya que éste y no otro es el objeto.

La lucha contra el patronato tiene dos trascendencias, una de carácter puramente económico y otra de orden humano. La primera, y en el mejor de los casos, no pasa de ser una conquista ilusoria; cuando en la segunda hay conquista, ella tiene una tangibilidad positiva, práctica, y además, trae siempre al proletariado ventajas de orden moral de clase, las cuales colocan a aquél en marcha ascendente hacia su integral emancipación.

Entendámonos. Cuando el proletariado se lanza a la lucha en pos de una conquista económica, esto es, de un aumento en los salarios, la conquista no es más que, una ilusión. La burguesía carga sobre la producción el tanto por ciento equivalente al aumento adquirido por la mano de obra, y la consecuencia es lógica: el proletariado ha visto aumentados sus salarios, pero ha visto a la vez, o casi a la vez, aumentar también el coste de la vida. El fenómeno es consubstancial deI sistema económico de la sociedad capitalista, y la expresión del fenómeno es cosa fatal e indeclinable. No pasa lo mismo cuando la conquista representa la reducción de la jornada u otra mejora que tienda a la humanización de las condiciones del trabajo, ya que entonces, aunque el patronato no descuida nunca buscar la compensación correspondiente a la mejora o mejoras obtenidas por la mano de obra, y la compensación significa siempre recargar los precios de los productos, el proletariado alcanza una cantidad de libertad y de bienestar físico y moral, más tangibles y positivos que las conquistas económicas, que en ningún caso, o en pocos casos, representan ventaja alguna.

Joe Hill

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Pero no hay que analizar el problema desde el punto de vista individual solamente, sino también desde el colectivo. Cuando las jornadas eran de diez y más horas diarias de trabajo, el argumento en que se apoyaba la petición de la jornada de ocho horas se basaba en la razón, muy humana, por cierto, de que con ello se facilitaría trabajo a los desocupados. Conseguida la jornada de ocho horas, se ha visto que las legiones de desocupados, lejos de desaparecer o disminuir, han aumentado. Nadie niega que la implantación de la jornada de ocho horas fue seguida de un período de tiempo en que los desocupados desaparecieron casi en absoluto, pero puede afirmarse que ese período no fué más que una transición necesaria, durante la cual el patronato organizó las industrias de forma que el exceso de producción creara de nuevo el problema de los desocupados.

Hay dos maneras de mantener la miseria del proletariado, tan necesaria a los intereses del capitalismo: la reserva de desocupados y la coerción gubernamental. En el grado de eficacia necesaria, esta última sola es posible con intermitencias, y por eso la burguesía pone siempre en primer plano la subsistencia del problema de los sin trabajo, que en la balanza social es el factor constantemente dispuesto a entrar en competencia y a suplantar a los trabajadores predispuestos a las rebeldías reivindicadoras.

No está el mal en una manifestación externa de la organización capitalista; el mal es más hondo, ya que él implica la médula del sistema social basado en la explotación del hombre por el hombre. Por este motivo la legislación social reguladora de las relaciones entre el capital y el trabajo, todo el intervencionismo del Estado creando institutos, corporaciones, tribunales arbitrales y demás órganos de fomento de la colaboración de clases, no son más que paliativos para desviar la verdadera y eficaz acción de clase del proletariado.

La solución positiva, pues, está en la destrucción del sistema capitalista.

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Sindicalismo y anarquismo

Sin embargo de lo dicho, el Sindicato no puede desdeñar el aplicar una parte de sus actividades a la consecución de mejoras económicas, y mucho menos a la consecución de reducciones de jornada. No puede desdeñarlo, por cuanto cada una de sus mejoras responde a anteriores imperativos de los determinismos económicos y de la evolución del progreso mecánico. En cada petición de mejoras económicas, el proletariado muévese determinado por el sentimiento de necesidades económicas apremiantes, y lo mismo ocurre en cualquier otro orden de peticiones. Pero constatemos que aun obteniendo el proletariado los mayores triunfos, su situación económico-social es siempre la misma.

La ventaja moral, imperceptible a simple vista, está en que, generalmente, toda petición de mejoras va seguida de lucha, y esta lucha por las cosas inmediatas es una gimnasia que entrena a las masas para la lucha final, aparte que cada lucha, mayormente si va seguida del triunfo, es ma afirmación de la personalidad y del valor social del proletariado.

Esto es, en síntesis, el Sindicato: afirmación de la personalidad y del valor social del proletariado, lo cual, sin el Sindicato, no tiene forma de expresión sino en contadas individualidades, incapaces por sí solas de manumitir a la Humanidad de su esclavitud económico-político-social, y aun para librar al proletariado de las injusticias y aberraciones del capitalismo y el Estado.

III. ESTRUCTURA ORGÁNICA DEL SINDICATO

El capitalismo industrialista tiende cada día más a la centralización industrial pasando, en materia de organización, de lo simple a lo compuesto. Vemos, por ejemplo, que una industria dependiente -y lo son generalmente- de otras complementarias que la surten de materias primas o de material preparado, o de ambas cosas a la vez, tiende a atraerse a éstas hasta formar una sola empresa industrial.

Si tomamos como modelo para el estudio a una gran empresa metalúrgica, veremos que siendo su objeto industrial la producción de maquinaria, la empresa tiene organizada la manufacturación de las máquinas, desde la fundición de sus piezas hasta dejarlas en estado de lanzarlas al mercado, y aun veremos, como ocurre en los Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Alemania y otros países industriales, que la empresa metalúrgica tiene establecido su negocio explotando por sí misma las minas y los altos hornos para transformar el mineral en hierro, consiguiendo con esto el que dos industrias, de las que era tributaria y dependiente en otros tiempos, estén ahora en sus manos.

Considerando, pues, que lo que pasa con las industrias metalúrgicas es lo mismo que pasa o, por lo menos, es la tendencia en que se orienta la generalidad de las industrias, la forma sindical que más corresponde a ese hecho o tendencia es el Sindicato de Industria.

No se trata de que el Sindicato de Industria sea de tipo único, ya que la uniformidad sería impropia, como impropio sería fijar como modelo el Sindicato local, cuando, según la naturaleza y extensión de las industrias, las necesidades pueden aconsejar que tal Sindicato debe ser de distrito o comarcal, cual otro regional y nacional el de más allá. Es ésa una cuestión para ser estudiada y resuelta por las partes interesadas en ella o, en en su defecto, por las organizaciones generales de cada localidad, comarca o región, según la geografía económico-industrial de cada una de ellas.

No obstante todo, en el orden industrial la evolución capitalista aconseja como tipo general el Sindicato de Industria.

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Sindicalismo y anarquismoTomando siempre como ejemplo a la industria metalúrgica, el Sindicato deben componerlo todas las secciones u oficios que intervienen en la producción de maquinaria y demás accesorios correlativos, como también aquellas profesiones de índole auxiliar, es decir, las proveedoras de materias primas o materiales preparados a la industria básica o central, que tal es la productora de maquinaria. Así se entiende que al Sindicato de Industria, compuesto por los productores de maquinaria, no deben pertenecer los cerrajeros en obras, por ejemplo, ya que éstos son más asimilables al ramo de la construcción, puesto que unos y otros obreros, sin duda alguna, pertenecen a la industria de la edificación. De la misma manera, en relación con otras industrias, seguramente se encontrarán otras ramas de la metalurgia, que a su vez también, deben ser asimiladas por convergencia a la industria central y constituir el Sindicato con arreglo a lo dicho con respecto a los cerrajeros en obras.

No se trata de establecer una norma exacta y fija sobre lo que debe ser este a aquel Sindicato, sino más bien de dar que una idea más o menos aproximada de lo que debe ser el Sin dicato de Industria.

Lo que nos interesa de momento, es dejar sentado que al constituir los Sindicatos Unicos, de hecho, nos pusimos de espaldas al sentido y prácticas federalistas, que son la característica que debe informar a nuestra organización. La constitución de los Sindicatos Unicos respondió a la necesidad de realizar una concentración de fuerzas, y por poco que nos fijemos en la fórmula de estatutos inserta en la Memoria del Congreso Regional de Cataluña, de 1918, advertiremos que la concentración no implica en manera alguna la absorción de la personalidad profesional de ninguna de las partes concentradas, sino, por el contrario, la reafirmación de esa misma personalidad. Experimentalmente considerado, pues, resulta que mientras la concepción del Sindicato Unico se asentaba sobre una base esencialmente federalista, en la práctica cayóse en el más acentuado centralismo.

Tanto si es de ramo como de industria, el Sindicato no es más que una federación de secciones profesionales agrupadas por la correlación industrial de que antes hemos hablado, y vinculadas por los intereses generales y por el sentimiento de la solidaridad de clase; de lo que resulta que en esa federación de secciones hay dos clases de intereses de naturaleza distinta, los profesionales y los de orden general y de solidaridad, siendo la defensa de los primeros cuestión privativa de las respectivas secciones y correspondiendo al Sindicato en pleno la atención y práctica de los segundos.

De ahí se deduce que en el Sindicato de Industria, como antes en el de Ramo -por lo menos en derecho- cada sección de oficio debe conservar su personalidad autónoma de las demás y, por tanto, cada una de ellas ha de tener su junta directiva o administrativa, si el adjetivo suena mejor, y la facultad de reunirse libremente y por separado en asamblea general, para tratar y resolver sus asuntos profesionales; sin que ello, empero, signifique que una sección quede relevada de informar de sus decisiones a las demás, y de consultar y aun de atenerse al consejo y voto de las mismas cuando las decisiones sean graves y de trascendencia general para el Sindicato.

No se trata solamente de una cuestión de principio, sino, además, de una cuestión de orden psicológico. Pocos trabajadores encontraremos que hablen bien de su profesión; pero tan pronto tratemos de desdibujar su personalidad profesional, de someterla a una confusión, al momento se dispondrán ellos a reivindicarla. De la misma manera que entre determinados institutos similares impera el orgullo de cuerpo, y entre los distintos sectores sociales el espíritu de clase, asimismo reina el espíritu profesional entre el proletariado. Que esto sea un prejuicio no impide que el prejuicio sea muy humano, una realidad viva.

Y si nos atenemos solamente a la cuestión de principio, convendremos en que el reconocimiento y práctica de la autonomía de las secciones, según queda dicho, responde esencialmente al principio federalista y convendremos, además, en que el normal desenvolvimiento de esa autonomía seccional, a su vez, normaliza y facilita las funciones de la máquina sindical, cuyo entorpecimiento es tanto más grande cuanto mayor es la expresión centralista y absorbente de la misma.

Siguiendo, pues, una trayectoria de abajo arriba, la estructura del Sindicato de Industria se define de la siguiente manera:

a) El Sindicato es un compuesto de secciones profesionales autónomas en la dirección y administración de los intereses que les son propios.

b) Cada sección, regida o administrada por una junta, es soberana para tratar y resolver sobre sus asuntos profesionales, tanto si son de orden económico y técnico como de carácter moral, siempre, desde luego, que sus resoluciones sean compatibles con los intereses generales del Sindicato.

c) Cuando las resoluciones y propósitos de una sección puedan por su trascendencia comprometer los intereses generales del Sindicato, como cuestión previa la junta de sección debe comunicarlo al comité general para que éste, a su vez, lo someta al consejo y aprobación de las juntas del resto de las secciones, primero, y de la asamblea general del Sindicato, después, si la importancia del asunto o asuntos lo mereciera.

d) Cada sección profesional designará uno o más individuos que, con los designados por las demás secciones, formarán el comité general del Sindicato, cuyo comité debe ser el nexo entre todas las secciones y el mandatario en la dirección y administración ele los intereses generales de la colectividad.

e) Aunque responsables siempre de sus actos, los individuos designados para el comité del Sindicato, cuyas funciones han de ser siempre de carácter esencialmente general, actuarán con entera independencia con relación a sus respectivas secciones.

f) El nexo entre la sección y el comité general se establecerá por medio de uno a más delegados de aquélla, a los cuales convocará el comité a periódicas reuniones de delegados de sección, con el fin de que cada una y todas las secciones estén al corriente de la marcha del conjunto sindical, como asimismo para que cada una de ellas pueda plantear al comité las iniciativas y cuestiones que estime convenientes.

g) El comité general del Sindicato convocará, siempre que lo considere necesario y oportuno, a reuniones de juntas de sección con el objeto de estudiar conjuntamente y deliberar sobre lo que los intereses generales del Sindicato demandasen.

He ahí esbozados los principios generales por que debiera regirse el Sindicato de Industria, en sus funciones internas, se entiende; principios perfectamente conformados a los postulados del federalismo, de los que no deben separarse nunca los amantes de la libertad. Queda por esbozar el aspecto administrativo del Sindicato; pero siendo ello una cuestión un tanto secundaria a nuestro objeto, bastará con dejar consignado que la administración debe ser una función descentralizada, con respecto a las secciones, si bien es normal que la aportación económica de éstas a la administración general del Sindicato ha de ser uniforme: esto es salvando las clasificaciones que se estimen naturales, el individuo de una sección debe contribuir a los gastos generales del Sindicato con una cotización igual a la de cada individuo del resto de las secciones.

 

Sindicalismo y anarquismo

Joan Peiró

IV. PROLONGACION DEL SINDICATO

El Sindicato no es una entidad encerrada entre cuatro paredes. En el espacio formado por éstas está el domicilio social, no el todo del Sindicato, ya que éste tiene su prolongación en la calle, la fábrica, el taller, la oficina, etc. Nos parece esencial agregar a lo anteriormente expuesto algo más respecto a la estructura orgánica del Sindicato.

Como agentes activos de primer orden en el mundo de la producción, el proletariado debe organizar la máquina sindical de forma que una parte de ella tenga emplazamiento y el desarrollo de sus funciones, una y otra cosa ampliamente reconocidas, en los mismos centros de producción. El domicilio social es el lugar de cita para las funciones administrativas y para ponerse de acuerdo acerca de las actividades a desplegar, después del estudio de los problemas planteados o en potencia. El lugar para el despliegue de esas actividades está en la calle, donde deben actuar los comités y delegados de barriada y de distrito, y está en los centros de producción, en los cuales es necesario actúen los Comités de fábrica y los delegados de las secciones de la misma.

Por lo mismo que el proletariado es un agente activo de primer orden en el mundo de la producción, una de sus aspiraciones inmediatas debe ser la conquista del derecho al ejercicio del control de la producción, no ya sólo en el aspecto informativo, sino también en cuanto se refiere a la orientación técnica y directriz de la misma, y aun en el propio aspecto administrativo, no olvidando que el control debe ejercerse de un modo decisivo para evitar la adulteración y nocividad de los productos, ya que con ello el proletariado adquiere una grave responsabilidad social. Pero en tanto esa conquista no sea un hecho, los comités de fábrica y los delegados de sección tienen un papel no menos importante a desempeñar, puesto que ellos han de ser en todo momento el nexo entre aquella parte del Sindicato yacente en el domicilio social y aquellas otras que, por prolongación, han de tener su emplazamiento y desarrollo en la fábrica etc.; aparte de que al cuidado de esos Comités y delegados debe estar la acción inmediata de hacer respetar por todos, patronos y obreros, las condiciones generales del trabajo y la personalidad individual y colectiva de los trabajadores, debiendo ser, además, los agentes de propaganda que capten para el Sindicato la voluntad y las entusiasmos de los hermanos en explotación.

Por otro lado, los Comités de fábrica y los comités y delegados de barriada y distrito, bien articulada su actuación, son los llamados a ser el verdadero nervio de la organización sindical.

Larga y penosa experiencia nos ha demostrado la inconsistencia de nuestra potencialidad colectiva. Un conflicto social o político más o menos grave, o el peligro de que aconteciera, ha bastado para que los gobernantes clausuraran los domicilios sociales de los Sindicatos, y la clausura de éstos, como ella durara algún tiempo, ha significado siempre la dispersión de las masas y la inexistencia real de los Sindicatos; y ello ha ocurrido porque casi toda la actividad sindical ha tenido expresión entre las cuatro paredes del centro social, y cerrado éste, la actividad ha sido imposible. Tan verdad es esto que, por el éxito que con ello se conseguía o se consigue siempre, las clausuras se erigieron en sistema.

De ahí la conveniencia, la precisión de que el Sindicato se prolongue hasta la calle y los centros de producción, ya que articuladas las actividades de forma que los comités y juntas sindicales no pierdan el contacto y la relación con los Comités de fábrica y de barriada y distrito, el Sindicato es intangible a pesar de todas las clausuras y por duraderas que ellas sean; pues manteniendo ese contacto y esa relación, la correspondencia de los comités y juntas sindicales a las masas y viceversa es absoluta, según puede verse por lo siguiente:

a) El Comité de fábrica y los delegados de sección están continuamente en contacto y relación con la masa del respectivo establecimiento industrial, y aquéllos recogen de ésta sus aspiraciones e iniciativas y, a su vez, les dan las indicaciones y consignas sindicales.

b) El Comité de barriada o distrito mantiene un continuo contacto con los Comités de fábrica de la respectiva demarcación, a los cuales transmite las indicaciones e iniciativas sindicales y todo cuanto significa el sentir general de la masa obrera de la barriada o distrito.

c) El Comité general del Sindicato y las juntas de las secciones profesionales están a su vez en contacto y asidua relación con los Comités de barriada y distrito, de los cuales recibe las impresiones respectivas, y tras previo estudio del conjunto de las mismas, ambos Comités acuerdan lo que estiman procedente, y de los Comités de barriada y distrito a los Comités de fábrica, y de éstos a los delegados de sección, lo acordado pasa a conocimiento de las masas, las cuales lo refrendan o lo rechazan.

d) Como en los períodos excepcionales lo que conviene es evitar las reuniones numerosas, para reunirse con el Comité general del Sindicato los Comités de barriada y distrito delegan su representación en uno de sus miembros para reunirse con aquél, y eso mismo es lo que hacen los Comités de fábrica, taller, etc., al reunirse con los Comités de barriada y distrito. A nadie escapa que el procedimiento es un tanto complicado y no muy de acuerdo con los principios federalistas; pero adviértase que el procedimiento en cuestión sólo es recomendable para los períodos de excepción, para cuando el Sindicato hállase legalmente incapacitado para actuar a la luz pública y cuya incapacidad debe estar determinada por circunstancias inevitables, jamás efectuada voluntariamente, a menos de no existir, poderosos motivos que aconsejen una clandestinidad voluntaria.

* * *

Pero la significación de los Comités de fábrica, taller, obrador, oficina, etc., tiene otros aspectos más trascendentales, como asimismo los tiene la significación de los Comités de barriada y distrito. Hasta ahora hemos hablado de ellos como piezas de la máquina sindical, y ocasión tendremos más adelante para poner de relieve que la parte fundamental de esos comités tiene un carácter esencial y eminentemente revolucionario, ya que su papel en el caso de una revolución es de una importancia capital y de una utilidad suma.

 

(Fotografía: Joan Peiró con sus compañeros de cooperativa)

La revolución rusa no fue una utopía

por Francisco Fernández Buey//

Fue la revolución rusa de octubre de 1917 una utopía? Los contemporáneos de aquella revolución tuvieron tres respuestas diferentes para esta pregunta.

La primera respuesta dice: sí, fue una utopía en el sentido peyorativo de la palabra; fue desde el principio una fantasía, una ilusión, porque socialismo es sinónimo de abundancia, de gran desarrollo de la industria y de las fuerzas productivas en general, y la Rusia de entonces, el topos en el que se pretendía construir el socialismo, era un país económica y culturalmente atrasado (por lo menos en comparación con la Europa occidental de la época). Según esto, los bolcheviques soñaban despiertos. Tal fue la respuesta de la mayoría de los teóricos marxistas de la socialdemocracia alemana de entonces.

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La segunda respuesta dice: sí, fue una utopía, aunque en el sentido positivo de la palabra; fue una aproximación al topos bueno, el intento de realización (parcial e imperfecta) de un ideal, el ideal socialista, en las condiciones históricas dadas y, en ese sentido, una utopía concreta, apreciable. Esta fue la respuesta de todas aquellas personas que pensaban que el espíritu de utopía es consustancial al movimiento revolucionario y al ideal emancipador o liberador.

La tercera respuesta dice: no, no fue una utopía; no fue una utopía en la acepción positiva de la palabra porque los sujetos que hicieron la revolución no querían tener nada que ver con utopías en el sentido de las fantasías y las ensoñaciones; y tampoco fue una utopía en la acepción negativa de la palabra porque, aunque la revolución no cumplía con los requisitos teóricos establecidos para la construcción del socialismo, los hombres y mujeres que la hicieron tenían la voluntad de poner las condiciones para hacer posible el topos bueno, la sociedad socialista. Esta respuesta fue la de Antonio Gramsci en 1918.

La revolución rusa no fue una autopía

José Carlos Mariátegui

El debate que produjo la contestación a aquella pregunta ha llegado hasta nuestros días. Y este debate es, entre otras cosas, un episodio significativo de lo que valen las palabras, de lo que cuenta en la historia quién y cómo las usa y de la importancia que tiene reconstruir el concepto cuando una palabra, en este caso la palabra “utopía”, ha quedado deshonrada. Vistas las cosas desde hoy, la tercera respuesta, la de Gramsci, es, sin duda, la más aguda de las respuestas que se dieron entonces a la pregunta. Para juzgar las cosas así importa poco que la revolución de 1917 acabara derrotada y que Gramsci haya sido un perdedor, un revolucionario sin revolución. Al fin y al cabo las pocas cosas de verdad importantes que se han dicho o escrito sobre estos asuntos las han escrito perdedores: de Platón a More, de Savonarola a Bloch, de Maquiavelo a Walter Benjamin y de Bartolomé de las Casas a Mariátegui y Guevara.

La respuesta de Gramsci suena un tanto paradójica. Se puede resumir así: la revolución rusa fue a la vez una revolución contra el capital (o sea, una revolución anticapitalista) y contra El capital (o sea, una revolución contra el libro célebre de Karl Marx). Y, siendo las dos cosas al mismo tiempo, no tiene por qué considerarse, sin embargo, como una utopía. ¿Cómo se come eso? Para entenderlo bien hay que probar a invertir el sentido corriente de las grandes palabras (utopía, orden social, socialismo), que están degradadas por el uso y el abuso, y recuperar el concepto auténtico que recubren. Esto obliga siempre a pensar por cuenta propia, con la propia cabeza, no sólo cuando se está en una determinada tradición (la socialista en este caso) sino incluso cuando se está en un partido político (el socialista o socialdemócrata que se quiere comunista, en su caso).

Hacia 1918-1919 Gramsci era un joven socialista revolucionario impresionado por lo ocurrido en Rusia. Ni más ni menos que tantos otros revolucionarios de entonces (socialistas, anarquistas, comunistas, libertarios e incluso liberales): como Lukács y Pestaña, como Pannekoek y De Leon, como Karl Korsch y Piero Gobetti. Pero aquel joven Gramsci no era un marxista típico: no era un marxista de manual, ni de libro, ni académico. No sabía tanto de Marx como Lenin, Kautsky, Trotsky o Rosa Luxemburg. Era un filólogo, pero no un marxólogo. Sabía de historia, pero no era un materialista histórico propiamente dicho. Daba mucha importancia a lo económico en el quehacer de los hombres en sociedad, pero no era determinista. Y daba tanta importancia importancia a la voluntad y a la subjetividad en la historia que, oyéndole hablar, parecía de una tribu distinta a la de los marxistas del momento.

La interpretación gramsciana de la revolución rusa como una rebelión, tan inevitable como voluntarista, que, contra las apariencias, entra en conflicto con las previsiones del primer volumen de El capital, fue en su momento tan atípica como sugerente. Gramsci ha sido uno los primeros socialistas en darse cuenta de la dimensión del problema político- social implicado por una situación muy nueva en la historia de la humanidad, a saber: la situación de un proletariado que era minoritario en el conjunto de la sociedad rusa, que en 1917 no tenía apenas nada que llevarse a la boca y que, sin embargo, resultó ser hegemónico, en un océano de campesinos, durante el proceso revolucionario propiciado por la guerra mundial; la situación paradójica, en suma, de una clase social que nada tiene, excepto –nominalmente– el poder político.

Gramsci adopta un punto de vista original: niega que haya leyes históricas con carácter absoluto; se opone a la aplicación de esquemas genéricos, muy abstractos (tomados de la interpretación del desarrollo normal de la actividad económica y política del mundo occidental), a la historia de Rusia; postula que todo fenómeno histórico tiene carácter individual o particular y que, por tanto, tiene que ser es tudiado en su concreción; afirma que el desarrollo histórico se rige por el ritmo de la libertad y acaba poniendo en primer plano el papel de la psicología, de la voluntad, de la subjetividad de los individuos que actúan desde y ante la necesidad particular. Rebate así Gramsci la opinión de que la revolución en curso tenga que ser considerada como una utopía.

La revolución rusa no fue una utopía

Piotr Kropotkin

Observa Gramsci que la intención de cambiar el mundo de base, de transformarlo en un sentido igualitario, socialista, tal como se expresa en el canto de La Internacional, suele identificarse vulgarmente con la utopía. La palabra degeneró, quedó deshonrada, a partir del momento en que se impuso el punto de vista según el cual toda propuesta de transformación, de cambio radical del mundo capitalista en que vivimos, es utópica, es una utopía, una ensoñación, ilusión irrealizable. Pero Gramsci distingue entre el sentido histórico que tuvo la utopía desde el Renacimiento y, sobre todo, en el siglo XIX, y el uso contemporáneo, ya habitual en el siglo XX, de la palabra. Históricamente con la utopía se quería proyectar en el futuro un fundamento del orden nuevo que quitara a los de abajo, a los pobres y proletarios que querían cambiar el mundo, la impresión de salto en el vacío. Este es el lado bueno de las utopías históricas, Pero lo que hace utópica en un sentido negativo o peyorativo –argumenta Gramsci– la aspiración al ideal de un orden nuevo no es la afirmación del principio moral (igualitario) que conlleva esta aspiración, sino el detalle sobre lo que debe ser la ciudad ideal, sobre la sociedad del futuro. La verdadera utopía negativa es la pretensión de que, para anticipar el orden nuevo, hay que basarse en una infinidad de hechos, en lugar de basarse en un solo principio moral, en función del cual luego se actúa. Lo que hace del ideal una utopía es, para Gramsci, la pretensión de calcular lo incalculable, de prever más de lo que razonablemente el hombre puede prever tratándose del futuro. Algo parecido había escrito el anarquista ruso Piotr Kropotkin: “Es imposible legislar para el futuro. Todo lo que podemos hacer con respecto al porvenir es precisar vagamente las tendencias esenciales y despejar el camino para su mejor y más rápido desenvolvimiento”.

El defecto de las utopías, que Gramsci llama “orgánico”, o sea, sustantivo, estriba íntegramente en esto: en creer que la previsión puede serlo de hechos, cuando lo razonable es pensar que en cuestiones sociopolíticas y socioculturales la prognosis, la anticipación, sólo puede serlo de principios o de máximas jurídicas. Las máximas jurídicas (el derecho, el ius, es, para Gramsci, la moral actuada, en acto) son creación de la voluntad de los hombres. Si se quiere dar a esa voluntad colectiva una dirección determinada, hay que proponerse como meta lo único que razonablemente puede serlo, pues en otro caso se cae en el detallismo, y el exceso de detalle anticipado sobre la organización del futuro, después de un primer entusiasmo, hace que las voluntades se ajen, se disipen, que la voluntad individual y colectiva decaiga y que lo que fue entusiasmo inicial se convierta en mera ilusión o en desilusión escéptica o pesimista.

Esta manera de ver las cosas supone una inversión de lo que el realista cree habitualmente. Éste tiende a pensar que la aspiración declarada a un orden nuevo será tanto más utópica cuanto más genérica y de principios porque la afirmación de principios deja muchos cabos sueltos acerca de qué ha de ser en concreto la sociedad del futuro. Gramsci, en cambio, mantiene que la aspiración al socialismo se degrada y se convierte en (mala) utopía cuanto más intentemos detallar cómo funcionará esa sociedad del futuro: a más detalle más degradación de la aspiración.

Reflexionando sobre el significado de la revolución rusa Gramsci descubre el Escila y Caribdis de la utopía. Scila: la conversión del ideal en programa detalladísimo para el futuro a partir de la consideración (en principio razonable) de que si no se perfila con todo detenimiento y concreción cómo serán la ciudad y la sociedad del futuro los que tienen que cambiar la sociedad presente no se moverán porque les parecerá que no hay garantías y se resignarán. Caribdis: presumir de que es posible pasar definitivamente de la utopía a la ciencia, imaginar una ciencia superior a la que se da el nombre de “socialismo científico” y concluir, de manera determinista, que la buena aplicación del método que funda esta ciencia tiene que conducir a la sociedad armónica, regulada, socialista, con la consideración (razonable también) de que los hombres no van a cambiar el mundo fantaseando sobre el futuro sino conociendo las leyes de la historia como se conocen las leyes de la naturaleza.

Ernst Bloch

Esta reflexión de Gramsci deja abierto un problema interesantísimo que ha llegado hasta nuestros días y del que hay un eco más reciente en la oposición entre el principio esperanza de Ernst Bloch y el principio de responsabilidad de Hans Jonas. El problema se puede formular así: ¿hasta dónde se puede concretar y precisar en la anticipación del orden nuevo cuando se ha llegado a la conclusión de que la mera afirmación del reino de libertad como principio es tan utópico (en el sentido negativo) como utópica es la pretensión de prefigurar en detalle lo que será la sociedad futura? ¿Puede la buena utopía, la utopía concreta que no quiere verse reducida a ensoñación, ilusión o fantasía, afirmar algo más que lo que Gramsci llamaba principios o máximas jurídicomorales y Kropotkin “precisar vagamente las tendencias esenciales”? O planteado de otra manera: ¿es posible escapar al Escila y Caribdis de la utopía por la vía de una futurología que no sea utópica en el sentido peyorativo de la palabra? ¿Lo ha intentado realmente el pensamiento socialista? La respuesta a esta otra pregunta tiene que ser: sí, lo ha intentado. Y lo sigue intentando. Ese intento consiste en precisar por la vía negativa. O sea: no diciendo “el socialismo será así y así”, sino diciendo más bien: “el socialismo no podrá ser así y así” porque quererlo sería tanto como: a) rebasar las capacidades humanas, o b) entrar en contradicción con los principios jurídico-morales que nos proponemos plasmar. Por esa vía negativa el pensamiento socialista acaba encontrándose con Maquiavelo: “Conocer los caminos que conducen al infierno para evitarlos”.

Hans Jonas

Ya los clásicos del socialismo fueron algo más allá de los principios jurídico-morales. Precisaron, por ejemplo, al hablar del trabajo, que el socialismo no aspira a superar toda división del trabajo (puesto que hay una división técnica del mismo que es condición sustantiva para la producción de riqueza), sino precisamente ese tipo de división social fija que hace que los hijos y los nietos de los trabajadores manuales sigan siendo trabajadores manuales mientras que los hijos y los nietos de los empresarios, funcionarios e intelectuales sigan disfrutando de los privilegios de sus antepasados.

Precisaron, por ejemplo, al hablar de la distribución en la futura sociedad de iguales, que el socialismo no aspira a repartir entre los trabajadores el fruto íntegro de su trabajo, porque del producto social total habrá que deducir fondos para la reposición de los medios de producción consumidos, fondos para la ampliación de la producción y proveer, entre otras cosas, un fondo de reserva contra accidentes y perturbaciones debidas a fenómenos naturales cuya cantidad no se puede calcular con criterios de justicia sino, a lo sumo, según el cálculo de probabilidades.

Precisaron, por ejemplo, al hablar del producto que habrá que destinar al consumo antes de llegar al reparto individual, que, aunque se simplifique drásticamente el aparato burocrático y aún aspirando a ello, se deben tener en cuenta los costes generales de la administración, lo que hay que dedicar a escuelas, a la sanidad y a otras necesidades sociales como las de los impedidos, inválidos e imposibilitados que en las sociedades anteriores han ido a cargo de la beneficencia.

Precisaron, por ejemplo, cómo pagar al trabajador en una sociedad socialista cuando se ha establecido ya el control social de la producción, a saber: mediante un vale que certificaría lo que el trabajador ha aportado, deduciendo en él lo que aporta al fondo colectivo; vale con el que el trabajador individual podrá obtener de los depósitos sociales de bienes de consumo una cantidad que cuesta lo mismo que su trabajo (en el sentido de que es equivalente).

Precisaron, por ejemplo, que siendo el trabajo el criterio principal por el que ha de regirse el derecho en la sociedad socialista, la concreción de la igualdad, más allá de las abstracciones, tiene que tener en cuenta las diferencias de aptitudes, capacidades y situaciones de los ciudadanos trabajadores, por lo que habrá que introducir algún tipo de discriminación, o sea, de derecho de la desigualdad, en este caso positiva, para favorecer a los que estén en peor situación de partida.

Y si se quiere seguir hablando de socialismo en serio, sin perder el espíritu positivo de la vieja utopía, habrá que seguir precisando en esa línea. Precisando sobre lo que, racional y plausiblemente, no puede ser. Esa es la vía que, con el tiempo, condujo a la nueva utopía, a la utopía rojiverde, al socialismo ecológicamente fundamentado. Y esa es, en mi opinión, la única vía que permite juntar utopía y ciencia sin que las dos palabras se peguen entre ellas ni caer en un cientificismo en el que no puede creer hoy en día ningún aspirante a científico social que se precie.

Documental: Matta un siglo d`Mente

Una historia narrada por el gran pintor chileno Roberto Matta, que arranca de una conversación que tuvo el genio con Volodia Teitelboim. La cinta da la posibilidad de conocer el mundo por el cual transitaba a través de sus vivencias en Chile y en Europa. Esto lo que ofrece la película testimonial “Matta, un Siglo D’Mente”, filme de 63 minutos del director Pablo Basalto,

El documental hace un recorrido histórico por su vida y obra, desde sus recuerdos del Santiago de principios del siglo XX, sus estudios en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica y su partida de Chile. Matta habla de sus recuerdos junto a Gabriela Mistral, García Lorca, Dalí, Breton y Picasso. Luego, su relato se introduce en su visión acerca del nuevo milenio, sobre el mundo y el cosmos.

Magnífico y necesario.

 

EP

El exorbitante gasto fiscal por jubilaciones de FF.AA.: $3,8 billones entre 2011 y 2015

por Alberto Arellano//

2016 marcó un hito para Codelco. No fue uno de esos que sacan aplausos. Por primera vez en su historia, y producto de la baja sostenida del precio del cobre, la principal empresa estatal tuvo que endeudarse para cumplir con sus compromisos financieros. Uno de ellos es la entrega de US$707 millones  a las FF.AA. –monto registrado a septiembre de 2016– en virtud de la Ley del Cobre(que ya no es reservada). Seguir leyendo El exorbitante gasto fiscal por jubilaciones de FF.AA.: $3,8 billones entre 2011 y 2015

Las mujeres de 1917

por Megan Trudell//

En el Día Internacional de la Mujer de 1917, las trabajadoras del textil del barrio de Vyborg, en Petrogrado, se declararon en huelga, abandonaron las fábricas y fueron de taller en taller, en piquetes de cientos de personas, para extender la huelga y enfrentarse violentamente a la policía y el ejército. Poco cualificadas, mal pagadas, obligadas a trabajar durante 12 o 13 horas por jornada en un entorno sucio e insalubre, las mujeres pedían solidaridad y reclamaban a los hombres que actuaran, especialmente a aquellos trabajadores cualificados que trabajaban en empresas de maquinaria y metalúrgicas, que se consideraban los más conscientes políticamente e influyentes socialmente de la mano de obra de la ciudad. Las mujeres lanzaron palos, piedras y bolas de nieve contra las ventanas de las factorías y forzaron la entrada en los centros de trabajo, exigiendo el fin de la guerra y el retorno de sus hombres del frente.

De acuerdo con numerosos coetáneos e historiadores, aquellas mujeres que se manifestaban para exigir pan –con métodos de protesta consagrados y primitivos para reclamar demandas puramente económicas y guiadas más por la emoción que la preparación teórica– desencadenaron sin saberlo la tempestad que acabó con el zarismo, antes de desaparecer tras los grandes batallones de trabajadores masculinos y partidos políticos dominados por hombres. Desde el comienzo de las huelgas de febrero, en las manifestaciones se corearon consignas contra la guerra. La audacia, la determinación y los métodos de las mujeres ponían de manifiesto que ellas sabían cuál era la raíz de sus problemas, la necesaria unidad de la clase obrera y la importancia de convencer a los soldados de que dejaran de proteger el Estado zarista y apoyaran la revuelta. Trotsky explicó más tarde:

Las mujeres trabajadoras desempeñan un papel importante en la relación entre obreros y soldados. Se acercan a los cordones militares con más atrevimiento que los hombres, sujetan los rifles, suplican, casi ordenan: “Bajad las bayonetas y uníos a nosotras”. Los soldados están nerviosos, avergonzados, intercambian miradas inquietas, vacilan; alguno es el primero en decidirse y entonces las bayonetas se alzan abochornadas por encima de los hombros de la multitud que avanza.

Al término del 23 de febrero, los soldados que habían estado haciendo guardia ante las cocheras del tranvía acudieron al llamamiento de las trabajadoras del tranvía a que se les unieran dentro, y los tranvías pasaron a utilizarse como barricadas contra la policía. El convencimiento de los soldados para la causa no fue simplemente resultado de la pesada carga de la guerra para la tropa o la espontaneidad infecciosa de las protestas. Las trabajadoras del textil se habían relacionado desde 1914 con gran número de soldados, en su mayoría campesinos, en Petrogrado. Los hombres en los cuarteles y las mujeres en las fábricas que habían acudido a la ciudad procedentes de las mismas zonas entablaron conversaciones y establecieron relaciones, difuminando la divisoria entre obrero y soldado y permitiendo a las trabajadoras percatarse claramente de la necesidad de un apoyo armado.

Las mujeres trabajadoras estuvieron a pie juntillas en la primera línea de la Revolución de Febrero, que culminó con la caída del zarismo. No fueron meramente la chispa, sino el motor que la impulsó adelante, a pesar de los recelos iniciales de muchos trabajadores y revolucionarios masculinos. Suele calificarse la Revolución de Febrero de espontánea, y en cierto sentido esto es cierto: no fue planeada ni llevada a cabo por revolucionarios. Pero la espontaneidad no equivale a falta de conciencia política. Las experiencias de las mujeres que asaltaron las fábricas de Petrogrado cuando tanto los trabajadores como los cabezas de familia les obligaban a hacer cola durante horas para conseguir alimentos para sus hogares, suprimió la distinción entre la demanda económica de pan y la reivindicación política de poner fin a la guerra. Las circunstancias materiales hicieron que se culpara por el hambre y la miseria a quien correspondía: a la guerra y a los políticos que la dirigían. Estas demandas no podían satisfacerse sin un cambio político radical.

Además, las mujeres bolcheviques desempeñaban un papel crucial en la huelga, habiendo dedicado muchos años de esfuerzo a organizar a las trabajadoras no cualificadas, a pesar de ciertas actitudes entre algunos hombres de su propio partido, que decían que organizar a las mujeres era, en el mejor de los casos, distracción de la lucha contra el zarismo y, en el peor, hacer el juego a las feministas de las clases altas que alejarían a las mujeres de la lucha de clases. Muchos hombres en el movimiento revolucionario pensaban que las manifestaciones del Día Internacional de la Mujer eran prematuras y que las trabajadoras debían esperar a que los trabajadores cualificados estuvieron listos para emprender la acción decisiva. Fueron militantes femeninas, una minoría en el partido, quienes abogaron por convocar una reunión de trabajadoras en el barrio de Vyborg para hablar de la guerra y de la inflación y fueron activistas femeninas quienes convocaron una manifestación contra la guerra en el Día Internacional de la Mujer. Una de ellas fue Anastasia Deviátkina, una bolchevique y trabajadora industrial que después de la Revolución de Febrero construyó un sindicato de esposas de soldados.

Después de febrero, las mujeres desaparecen casi totalmente de la crónica como parte integrante del desarrollo de la revolución a lo largo de 1917, aparte de algunas revolucionarias destacadas como Alexandra Kollontái, Nadeshda Krúpskaia e Inessa Armand, citadas a menudo tanto por su vida privada como esposas y amantes como por su actividad práctica y sus aportaciones teóricas.

En los órganos administrativos surgidos de las cenizas del zarismo casi no había mujeres. Algunas estaban presentes en consejos municipales, como delegadas a la Asamblea Constituyente o diputadas de un sóviet. Los comités de fábrica estaban dominados por hombres, incluso en centros en que la mayoría de la plantilla eran mujeres. Los motivos de ello eran dobles y estaban relacionados: las mujeres todavía tenían la tarea de alimentar a sus familias en circunstancias difíciles y carecían de confianza y educación, así como de tiempo, para dar un paso adelante o comprometerse mucho en la actividad política. La vida que habían llevado las trabajadoras en Rusia a lo largo de siglos, la realidad material de su opresión, condicionaban su capacidad de compatibilizar el aumento indudable de su conciencia política con el compromiso político.

Antes de 1917, Rusia era una sociedad predominantemente campesina; la autoridad absoluta del zar estaba consagrada y era reforzada por la iglesia y se reflejaba en la institución de la familia. El matrimonio y el divorcio estaban sometidos al control religioso; las mujeres estaban subordinadas legalmente, consideradas una propiedad e infrahumanas. Proverbios rusos comunes incluyen expresiones como esta: “Pensaba que veía a dos personas, pero no era más que un hombre con su mujer.” El poder del hombre en el hogar era absoluto y se esperaba de la mujer que fuera pasiva en condiciones brutales, entregada del padre al marido y a menudo víctima de la violencia autorizada. Las mujeres campesinas y trabajadoras se enfrentaban a castigos y a trabajos pesados en los campos y las fábricas, con la importante carga añadida del cuidado de los hijos y las responsabilidades domésticas en una época en que los partos eran difíciles y peligrosos, no existían los anticonceptivos y la mortalidad infantil era elevada.

Sin embargo, la implicación política de las mujeres en 1917 no vino de la nada. Rusia era una contradicción: paralelamente a la profunda pobreza, la opresión y la tiranía que sufría la mayoría de la gente, la economía rusa estuvo en auge durante las décadas anteriores a 1905. Enormes fábricas modernas producían armas y ropa, el ferrocarril conectaba las ciudades en rápido crecimiento y las inversiones y técnicas de Europa dieron lugar a fuertes incrementos de la producción de hierro y petróleo. Estos drásticos cambios económicos generaron una inmensa transformación social en los años que precedieron a la primera guerra mundial: cada vez más mujeres campesinas iban a trabajar a las fábricas en las ciudades, empujadas por la pobreza y animadas por empresarios que, gracias a la mecanización, generaban más puestos de trabajo no cualificado y cuya preferencia por una mano de obra dócil dio lugar a un enorme aumento del número de mujeres empleadas en la producción de lino, seda, algodón, lana, cerámica y papel.

Muchas mujeres habían participado en las huelgas del sector textil en 1896, en manifestaciones contra la leva antes de la guerra ruso-japonesa y, sobre todo, en la revolución de 1905, durante la cual trabajadoras no cualificadas de fábricas textiles, de tabaco y confitería, junto con empleadas domésticas y lavanderas, hicieron huelga e intentaron crear sus propios sindicatos en el marco de la revuelta masiva. El efecto de la primera guerra mundial contribuyó decisivamente al aumento del peso económico y político de las mujeres. La contienda destrozó las familias y alteró completamente la vida de las mujeres. Millones de hombres fueron destinados al frente, muchos fueron heridos o murieron, obligando a las mujeres a labrar los campos, sacar adelante los hogares y trabajar en las fábricas. Las mujeres representaban el 26,6 % de la mano de obra en 1914, pero casi la mitad (el 43,4 %) en 1917. Su proporción aumentó drásticamente incluso en los empleos cualificados: si en 1914 solo representaban el 3 % de la mano de obra en la industria metalúrgica, en 1917 la cifra había aumentado al 18 %.

En la situación de doble poder instaurada por la Revolución de Febrero, las acciones de mujeres no cesaron, pero pasaron a formar parte del proceso que supuso la pérdida del apoyo de la clase obrera por parte del gobierno a favor del sóviet y, en el interior de este, por parte de la dirección socialista moderada de los mencheviques y socialistas revolucionarios a favor de los bolcheviques en el mes de septiembre.

La esperanza de la clase obrera de que su vida mejoraría con la caída del zar se vio defraudada por el gobierno y la dirección del soviet, que decidieron continuar la guerra. En mayo, las manifestaciones antiguerra forzaron la caída del primer gobierno provisional formado por una coalición de los dirigentes mencheviques y socialistas revolucionarios del soviet con los liberales. La frustración de los trabajadores y trabajadoras dio pie a nuevas huelgas, encabezadas nuevamente por mujeres. Unas 40 000 lavanderas, miembras de un sindicato dirigido por la bolchevique Sofia Gonchárskaia, se declararon en huelga por un aumento salarial, la jornada de ocho horas y la mejora de las condiciones de trabajo: medidas de higiene y salud, prestaciones de maternidad (muchas trabajadoras ocultaban su embarazo hasta que daban a luz en la misma fábrica) y fin del acoso sexual. En palabras de las historiadoras Jane McDermid y Anna Hillyer:

Junto con otras activistas del sindicato, Gonchárskaia había ido de una lavandería a otra convenciendo a las mujeres a unirse a la huelga. Llenaron cubos de agua fría para apagar las estufas. En una lavandería, el propietario atacó a Gonchárskaia con una palanca; la salvaron las lavanderas que lo agarraron por detrás.

En agosto, ante los intentos del general Kornílov de aplastar la revolución, las mujeres se reunieron para defender Petrogrado, construyendo barricadas y organizando la asistencia médica; en octubre, mujeres del partido bolchevique participaron en la prestación de asistencia médica y en las cruciales comunicaciones entre localidades; algunas eran responsables de coordinar el levantamiento en distintas zonas de Petrogrado, y también había mujeres en la Guardia Roja. McDermid e Hillyer describen otra implicación de mujeres bolcheviques en octubre:

La conductora del tranvía A.E. Rodiónova había escondido 42 rifles y otras armas en su cochera cuando el gobierno provisional intentó desarmar a los trabajadores tras las jornadas de julio. En octubre se encargó de asegurar que dos tranvías con ametralladoras salieran de la cochera para asaltar el Palacio de Invierno. Tuvo que asegurar que el servicio de tranvía funcionara durante la noche del 25 al 26 de octubre para contribuir a la toma del poder y comprobar la situación de los puestos de la Guardia Roja en toda la ciudad.

La trayectoria de la revolución ensanchó la fisura entre las trabajadoras –para quienes la guerra era la causa de sus problemas y cuyos llamamientos a la paz se intensificaron a medida que avanzaba el año– y las feministas que seguían apoyando el derramamiento de sangre. Para la mayoría de las feministas liberales de clase alta que defendían la igualdad ante la ley y en la enseñanza y la reforma social, esas conquistas se obtendrían mostrándose leales al nuevo gobierno y apoyando el esfuerzo de guerra. Las muestras de patriotismo formaban parte del intento de obtener un asiento junto a la mesa. La Revolución de Febrero relanzó la batalla de las feministas por el sufragio universal, que supuso un importante paso adelante cuando se aprobó en julio. Sin embargo, para la mayoría de mujeres el derecho al voto no suponía una gran diferencia en su vida, que seguía sometida a la escasez, las largas jornadas de trabajo y la lucha por mantener a la familia unida. Tal como había escrito Alexandra Kollontái en 1908:

Por muy radicales que parezcan las reivindicaciones de las feministas, no hay que perder de vista el hecho de que las feministas no pueden, dada su posición de clase, luchar por el cambio fundamental de la estructura económica y social contemporánea sin el que la liberación de las mujeres no puede ser completa.

Para la mayoría de las mujeres trabajadoras y campesinas, las cuestiones de opresión e igualdad no se planteaban de forma abstracta, sino que surgían concretamente del proceso de lucha por la mejora de sus vidas y de las de sus hombres e hijos. Las que se politizaron abiertamente y adquirieron confianza, a menudo como afiliadas al partido bolchevique, lo hicieron a resultas de su propia acción colectiva contra la guerra y los políticos, acción que se centraba en la lucha contra el hambre, la guerra y por la propiedad de la tierra. Robert Service señala lo siguiente:

El programa político bolchevique resultó cada vez más atractivo para la masa de trabajadores, soldados y campesinos a medida que se agudizaba la agitación social y la ruina económica alcanzó un clímax en otoño. Pero solo con eso no podría haber habido una Revolución de Octubre.

Este proceso abarcó tanto a trabajadoras, campesinas y esposas de soldados como a sus homólogos masculinos. Sin el apoyo de la masa de mano de obra no cualificada en Petrogrado, en su mayoría mujeres, la insurrección de octubre no habría triunfado. El apoyo a los bolcheviques no fue ciego, sino el resultado, en palabras de Trotsky, de “un desarrollo cauto y doloroso de la conciencia” de millones de trabajadores, hombres y mujeres. Hasta octubre se había intentado todo: el gobierno provisional y los mencheviques los habían traicionado, las manifestaciones traían represión y escasos avances, que ya no satisfacían su esperanza de una vida mejor, y, sobre todo, el intento de golpe de Kornílov había puesto las cosas en su sitio: o sigues adelante o te aplastan. Un trabajador lo expresó de esta manera: “Los bolcheviques siempre habían dicho que ‘no somos nosotros quienes os convenceremos, sino la vida misma’. Y ahora los bolcheviques han triunfado porque la vida ha demostrado que su táctica es correcta.”

Fue un mérito de los bolcheviques tomarse en serio la cuestión de la mujer. Pese a que, visto desde hoy, las mujeres estaban muy infrarrepresentadas, dedicaron grandes esfuerzos a organizar y formar a las trabajadoras. El hecho de que los bolcheviques hicieran más que otros partidos socialistas por relacionarse con las mujeres no se debió necesariamente a un mayor compromiso con los derechos de las mujeres. Tanto mencheviques como bolcheviques eran conscientes de la necesidad de trabajar con las mujeres como parte de la clase obrera, pero los bolcheviques supieron integrar la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres en una estrategia basada en una acción de clase contra el gobierno y la guerra, mientras que los partidos que abogaban por la continuación de esta en virtud de sus pactos con los privilegiados y las empresas, no podían hacer mucho más que informar de las huelgas de las mujeres y hablar de los derechos políticos, sin poder ofrecer ninguna solución concreta a la presión material que sufrían las mujeres.

Los bolcheviques impulsaron cada vez más la organización y politización de las mujeres, en parte porque aprendieron del comienzo explosivo de Febrero y en parte gracias a la tenacidad de sus propias afiliadas. Destacadas mujeres bolcheviques como Kollontái, Krúpskaia, Armand, Konkordiya Samoilova y Vera Slútskaia, entre otras, llevaban tiempo batallando porque el partido dedicara un esfuerzo especial a organizar a las trabajadoras y desarrollar su educación política. Lucharon por convencer a sus camaradas masculinos de que las mujeres trabajadoras tenían una importancia crucial y no eran un elemento pasivo, conservador y atrasado que obstaculizaba la revolución. El periódico bolchevique Rabotnitsa (Trabajadora), publicado por primera vez en 1914 y relanzado en mayo de 1917, contenía artículos sobre la importancia de las guarderías y de una legislación que mejorara las condiciones de seguridad en los puestos de trabajo de las mujeres, y repetidamente subrayó la necesidad de la igualdad y de que las cuestiones de las mujeres incumbieran a todos los trabajadores.

El papel desempeñado por las mujeres en Febrero y su actividad como parte de la clase obrera de Petrogrado contribuyeron a cambiar el punto de vista de muchos hombres bolcheviques que decía que centrarse en las cuestiones de las mujeres daba pábulo a las feministas y de que la revolución la dirigirían los trabajadores (masculinos) más cualificados y políticamente conscientes. Sin embargo, fue una batalla ardua; cuando Kollontái propuso en abril una sección de mujeres dentro del partido, casi nadie le hizo caso, pese a que contaba con el apoyo de Lenin, cuyas Tesis de Abril no fueron recibidas con mucho mayor entusiasmo por la dirección bolchevique; de hecho, Kollontái fue la única que apoyó a Lenin en el comité central.

En los meses siguientes, sin embargo, quedó claro que tanto los argumentos de Lenin sobre la relación entre la revolución y el poder de los sóviets como la postura de Kollontái sobre la importancia de las mujeres trabajadoras se derivaban de la dinámica de la revolución y podían llevarla adelante. La prensa bolchevique, además de Rabotnitsa, afirmaba ahora que las actitudes machistas arraigadas ponían en peligro la unidad de la clase, y el partido batalló por que las mujeres estuvieran representadas en los comités de fábrica, criticó las actitudes de los hombres que consideraban que las mujeres eran una amenaza y trató de convencer a los hombres de que votaran por mujeres –especialmente en sectores en que estas eran mayoría– y las respetaran como compañeras de trabajo, representantes y camaradas.

Seis semanas después de la Revolución de Octubre, el matrimonio eclesiástico fue sustituido por el registro civil y el divorcio se concedía a petición de cualquier miembro de la pareja. Estas medidas se desarrollaron un año más tarde en el Código de Familia, que declaró a las mujeres iguales ante la ley. Se abolió el control religioso, poniendo fin de un plumazo a siglos de opresión institucionalizada; cualquier miembro de la pareja podía reclamar el divorcio sin tener que aportar ninguna justificación; las mujeres tenían derecho a administrar su propio dinero y ningún miembro de la pareja tenía derecho sobre las propiedades del otro. Se erradicó el concepto de ilegitimidad: si una mujer no sabía quién era el padre, se otorgaba la responsabilidad colectiva sobre el hijo a todos aquellos que habían mantenido previamente relaciones sexuales con ella. En 1920, Rusia fue el primer país en legalizar el aborto a petición de la mujer.

La revolución de 1917 fue iniciada y conformada por mujeres, y en el transcurso del año se pusieron en tela de juicio o eliminaron muchos prejuicios arraigados que consideraban a la mujer inferior, una propiedad, pasiva, atrasada, conservadora, no fiable y débil, gracias a la acción y al compromiso político de las mujeres. Sin embargo, al Revolución Rusa no abolió la dominación masculina ni liberó a las mujeres: las privaciones catastróficas de la guerra civil y las subsiguientes distorsiones del gobierno soviético lo impidieron. Las desigualdades se mantuvieron. Pocas mujeres ocuparon puestos de autoridad, pocas fueron elegidas a órganos administrativos y las ideas machistas no podían desaparecer sin más en las condiciones extremadamente adversas que siguieron a Octubre.

Durante la revolución, las mujeres no participaron en pie de igualdad con los hombres ni contribuyeron tan significativamente a los niveles superiores del proceso político, pero dentro de las limitaciones que les imponía su vida, desbordaron las expectativas y determinaron el devenir de la revolución. Como dicen McDermid e Hillyer:

Es cierto que la división del trabajo entre mujeres y hombres se mantuvo, pero en vez de concluir que las mujeres fracasaron a la hora de combatir el dominio masculino, podríamos tener en cuenta cómo maniobraron dentro de su esfera tradicional y qué significaba esto para el proceso revolucionario.

Las mujeres fueron parte integrante de la revolución de 1917, haciendo historia junto con los hombres, no como espectadoras pasivas o nulidades políticas, sino como participantes valerosas cuyo compromiso fue más significativo para el rechazo de la opresión arraigada. Ver la revolución con los ojos de las mujeres nos proporciona una lectura más rica de lo que sigue siendo el momento histórico más transformador para la vida de las mujeres.

León Trotsky: Su moral y la nuestra

1.- EMANACIONES DE MORAL

En épocas de reacción triunfante, los señores demócratas, socialdemócratas, anarquistas y otros representantes de la izquierda se ponen a desprender, en doble cantidad, emanaciones de moral, del mismo modo que transpiran doblemente las gentes cuando tienen miedo. Al repetir, a su manera, los Diez Mandamientos o el Sermón de la Montaña, esos moralistas se dirigen, no tanto a la reacción triunfante, cuanto a los revolucionarios perseguidos por ella, quienes, con sus “excesos” y con sus principios “amorales”, “provocan” a la reacción y le proporcionan una justificación moral.

Hay, sin embargo, un medio tan sencillo y seguro de evitar la reacción: el esfuerzo interior, la regeneración moral. En todas las redacciones interesadas se distribuyen gratuitamente muestras de perfección ética.

La base de clase de esta prédica falsa y ampulosa la constituye la pequeña burguesía intelectual. La base política son la impotencia y la desesperación ante la ofensiva reaccionaria. La base psicológica se halla en el deseo de superar el sentimiento de la propia inconsistencia, disfrazándose con una barba postiza de profeta.

El procedimiento favorito del filisteo moralizador consiste en identificar los modos de actuar de la reacción con los de la revolución. El éxito del procedimiento se obtiene con la ayuda de analogías de forma. Zarismo y bolchevismo son gemelos. También es posible descubrir gemelos del fascismo y el comunismo. Se puede formular una lista de rasgos comunes entre el catolicismo, y aún el jesuitismo y el bolchevismo. Por su parte, Hitler y Mussolini, utilizando un método enteramente semejante, demuestran que liberalismo, democracia y bolchevismo sólo son distintas manifestaciones de un solo y mismo mal. La idea de que stalinismo y trotskismo son “en el fondo” idénticos, encuentra hoy la más amplia aceptación. Reúne en su rededor a liberales, demócratas, píos católicos, idealistas, pragmatistas, anarquistas y fascistas. Si los stalinistas no están en posibilidad de unirse a ese “frente popular”, sólo es porque -por casualidad- se hallan ocupados en exterminar a los trotskystas.

El rasgo fundamental de esas asimilaciones e identificaciones lo constituye el ignorar completamente la base material de las diversas tendencias, es decir, su naturaleza de clase, y por eso mismo su papel histórico objetivo. En lugar de eso, se valoran y clasifican las distintas tendencias según cualquier indicio exterior y secundario; lo más a menudo, según su actitud frente a tal o cual principio abstracto, que para el clasificador dado tiene un valor profesional muy particular. Así, para el Papa romano, los francmasones, los darwinistas, los marxistas y los anarquistas son gemelos, puesto que todos por igual niegan sacrílegamente la Inmaculada Concepción. Para Hitler, liberalismo y marxismo son gemelos, puesto que ignoran “la sangre y el honor”. Para los demócratas son el fascismo y el bolchevismo los gemelos, puesto que no se inclinan ante el sufragio universal. Etc., etc.. Los rasgos comunes a las tendencias así comparadas son innegables.

La realidad, sin embargo, es que el desarrollo de la especie humana no se agota ni con el sufragio universal, ni con “la sangre y el honor”, ni con el dogma de la Inmaculada Concepción. El proceso histórico es, ante todo, lucha de clases y acontece que clases diferentes, en nombre de finalidades diferentes, usan medios análogos. En el fondo, no podría ser de otro modo.

Los ejércitos beligerantes son siempre más o menos simétricos y si no hubiera nada de común en sus métodos de lucha, no podrían lanzarse ataques uno al otro.

El campesino o el tendero rudos, si se encuentran entre dos fuegos, sin comprender ni el origen ni el sentido de la pugna entre proletariado y burguesía, tendrán igual odio para los dos campos en lucha; y ¿qué son todos esos moralistas demócratas? Los ideólogos de las capas medias, caídas o temerosas de caer entre dos fuegos. Los principales rasgos de los profetas de ese género son su alejamiento de los grandes movimientos históricos, el conservatismo petrificado de su pensamiento, la satisfacción de sí, en la propia mediocridad y la cobardía política más primitiva. Los moralistas quieren, ante todo, que la historia los deje en paz; con sus libritos, sus revistillas, sus suscriptores, el sentido común y las normas morales. Pero la historia no los deja en paz. Tan pronto de izquierda como de derecha, les da de empellones. Indudablemente, revolución y reacción, zarismo y bolchevismo, comunismo y fascismo, stalinismo y trotskysmo son todos gemelos. Que quien lo dude se tome la pena de palpar, en el cráneo de los moralistas, las protuberancias simétricas de derecha e izquierda.

2.- A MORALIDAD MARXISTA Y VERDADES ETERNAS

La acusación más conocida y más impresionante dirigida contra la “amoralidad” bolchevique se apoya en la supuesta regla jesuítica del bolchevismo: “el fin justifica los medios”. De ahí no es difícil extraer la con-clusión siguiente: puesto que los trotskystas, como todos los bolcheviques (o marxistas) no reconocen los principios de la moral, consecuentemente, entre trotskysmo y stalinismo no existen diferencias “principiales”. Que es lo que se quería demostrar.

Un semanario norteamericano, no poco vulgar y cínico, emprendió, a propósito del bolchevismo, una pequeña encuesta que, como de costumbre, sólo había de servir a la vez a los fines de la ética y la publicidad. El inimitable H. G. Wells [ Amén de novelista y escritor brillante, adscrito al laborismo inglés, desde un punto de vista más bien filantrópico y crítico implacable de la “barbarie” que suponía la revolución rusa.] , cuya homérica suficiencia siempre ha sido todavía mayor que la imaginación extraordinaria, se apresuró a solidarizarse con los snobs reaccionarios del Common Sense. Todo esto está en el orden natural. Aquellos de entre los participantes de la encuesta que juzgaron conveniente tomar la defensa del bolchevismo, no lo hicieron, en la mayoría de los casos, sin tímidas reservas: los principios del marxismo son, naturalmente, malos; pero se encuentra uno entre los bolcheviques a hombres excelentes (Eastman). En verdad, hay “amigos” más peligrosos que enemigos.

Si quisiéramos tomar en serio a nuestros señores censores deberíamos preguntarles, ante todo, cuáles son sus principios de moral. He ahí una cuestión a la cual sería dudoso que recibiéramos respuesta. Admitamos, en efecto, que ni la finalidad personal ni la finalidad social puedan justificar los medios. Será menester entonces buscar otros criterios fuera de la sociedad, tal como la historia la ha hecho, y fuera de las finalidades que suscita su desarrollo. ¿En dónde? Si no es en la tierra, habrá de ser en los cielos.

Los sacerdotes han descubierto, desde tiempo atrás, criterios infalibles de moral en la revelación divina. Los padrecitos laicos hablan de las verdades eternas de la moral, sin indicar su fuente primera. Tenemos, sin embargo, derecho de concluir diciendo: si esas verdades son eternas, debieron existir no sólo antes de la aparición del pitecántropo sobre la tierra, sino aun antes de la formación del sistema solar. En realidad, ¿de dónde vienen exactamente? Sin Dios, la teoría de la moral eterna no puede tenerse en pie.

Los moralistas de tipo anglosajón, en la medida en que no se contentan, gracias a su utilitarismo racionalista, con la ética del tenedor de libros burgués, resultan discípulos conscientes o inconscientes del vizconde de Shaftesbury, quien -¡a principios del siglo XVIII!- deducía los juicios morales de un “sentido moral” particular, dado -por decirlo así- de una vez para siempre al hombre. Situada por encima de las clases, la moral conduce inevitablemente a la aceptación de una substancia particular, de un “sentido moral”, de una “conciencia”, como un absoluto especial, que no es más que un cobarde pseudónimo filosófico de Dios. La moral independiente de los “fines”, es decir, de la sociedad, ya se la deduzca de la verdad eterna o ya de la “naturaleza humana”, sólo es, en resumidas cuentas, una forma de “teología natural”. Los cielos siguen siendo la única posición fortificada para las operaciones militares contra el materialismo dialéctico.

En Rusia apareció, a fines del siglo pasado, toda una escuela de “marxistas” (Struve, Berdiaev, Bulgakov y otros) que quisieron completar la enseñanza de Marx por medio de un principio moral autónomo, es decir, colocado por encima de las clases. Esas gentes partían, claro está, de Kant y del imperativo categórico. ¿Y cómo acabaron? Struve es ahora un antiguo ministro del barón Wrangel y un buen hijo de la Iglesia. Bulgakov es sacerdote ortodoxo. Berdiaev interpreta, en diversas lenguas, el Apocalipsis. Una metamorfosis tan inesperada, a primera vista, no se explica de ningún modo por el “alma eslava ” -Struve, por lo demás, tiene el alma germánica- sino por la magnitud de la lucha social en Rusia. La tendencia fundamental de esa metamorfosis es en realidad internacional.

El idealismo filosófico clásico, en la proporción en que tendió, en su época, a secularizar la moral, es decir, a emanciparla de la sanción religiosa, fue un enorme paso hacia adelante (Hegel). Pero una vez desprendida de los cielos, la moral tuvo necesidad de raíces terrestres. El descubrimiento de esas raíces fue una de las tareas del materialismo. Después de Shaftes-

bury, Darwin; después de Hegel, Marx. Invocar hoy las “verdades eternas”

de la moral es tratar de hacer que la rueda dé vueltas al revés. El idealismo

filosófico sólo es una etapa: de la religión al materialismo o, por el contra-

rio, del materialismo a la religión.

3.- “E L FIN JUSTIFICA LOS MEDIOS “

La orden de los jesuitas, fundada en la primera mitad del siglo XVI

para resistir al protestantismo, no enseñó jamás -digámoslo de pasada- que

cualquier medio, aunque fuese criminal desde el punto de vista de la moral católica, fuera admisible, con tal de conducir al “fin”, es decir, al triunfo del catolicismo. Esta doctrina contradictoria y psicológicamente absurda fue malignamente atribuida a los jesuitas por sus adversarios protestantes y a veces también católicos, quienes, por su parte, no se paraban en escrúpulos al seleccionar medios para alcanzar sus fines. Los teólogos jesuitas, preocupados como los de otras escuelas por el problema del libre albedrío, enseñaban en realidad que el medio, en sí mismo, puede ser indiferente y que la justificación o la condenación moral de un medio dado se desprenden de su fin. Así, un disparo es por sí mismo indiferente; tirado contra un perro rabioso que amenaza a un niño, es una buena acción; tirado para amagar o para matar, es un crimen. Los teólogos de la orden no intentaron decir otra cosa, más que ese lugar común. En cuanto a su moral práctica, los jesuitas no fueron de ningún modo peores que los otros monjes o que los sacerdotes católicos; por el contrario, más bien les fueron superiores; en todo caso, fueron más consecuentes, más perspicaces y más audaces que los otros. Los jesuitas constituían una organización militante cerrada, estrictamente centralizada, ofensiva y peligrosa no sólo para sus enemigos, sino también para sus aliados. Por su piscología y por sus métodos de acción, un jesuita de la época “heroica” se distinguía del cura adocenado, tanto como un guerrero de la Iglesia de su tendero. No tenemos ninguna razón para idealizar al uno o al otro; pero sería enteramente indigno considerar al guerrero fanático con los ojos del tendero estúpido y perezoso.

Si nos quedamos en el terreno de las comparaciones puramente formales o psicológicas, pues sí podrá decirse que los bolcheviques son a los demócratas y socialdemócratas de cualquier matiz lo que los jesuitas eran a la apacible jerarquía eclesiástica. Comparados con los marxistas revolucionarios, los socialdemócratas y los centristas resultan unos atrasados mentales o, comparados con los médicos, unos curanderos: no hay cuestión alguna que ellos profundicen completamente; creen en la virtud de los exorcismos y eluden cobardemente cualquier dificultad, esperanzados con un milagro. Los oportunistas son los pacíficos tenderos de la idea socialista, mientras que los bolcheviques son sus combatientes convencidos. De ahí el odio para los bolcheviques y las calumnias en su contra, de parte de quienes tienen en exceso los mismos defectos que ellos, condicionados por la historia, y ninguna de sus cualidades.

Sin embargo, la comparación de los bolcheviques con los jesuitas sigue siendo, a pesar de todo, absolutamente unilateral y superficial; más literaria que histórica. Por el carácter y por los intereses de clase en que se apoyaban, los jesuitas representaban la reacción, los protestantes el progreso. El carácter limitado de ese “progreso” encontraba, a su vez, expresión inmediata en la moral de los protestantes. Así, la doctrina de Cristo, “purificada” por ellos, no impidió en modo alguno al burgués citadino que era Lutero, clamar por el exterminio de los campesinos rebelados, esos “perros rabiosos”. El doctor don Martín consideraba sin duda que “el fin justifica los medios”, antes de que esa regla fuese atribuida a los jesuitas. A su vez, los jesuitas, rivalizando con los protestantes, se adaptaron cada día más al espíritu de la sociedad burguesa, y de los tres votos -pobreza, castidad y obediencia- no conservaron sino el último, por lo demás, en una forma extremadamente suavizada. Desde el punto de vista del ideal cristiano, la moral de los jesuitas cayó tanto más bajo cuanto más cesaron éstos de ser jesuitas. Los guerreros de la Iglesia se volvieron sus burócratas y, como todos los burócratas, unos pillos redomados.

4.- JESUITISMO Y UTILITARISMO

Esas breves observaciones bastan sin duda para mostrar cuánta ignorancia y cuánta cortedad se necesitan para tomar en serio la oposición entre el principio “jesuítico”: “el fin justifica los medios”, y el otro, inspirado por supuesto en una moral más elevada, según el cual cada “medio” lleva su pequeño marbete moral, lo mismo que las mercancías en los almacenes de precio fijo. Es notable que el sentido común del filisteo anglosajón consiga indignarse contra el principio “jesuítico”, mientras él mismo se inspira en la moral del utilitarismo tan característico de la filosofía británica. Sin embargo, el criterio de Bentham, John Mill -“la mayor felicidad posible para el mayor número posible”- significa: morales son los medios que conducen al bien general, fin supremo. Bajo su enunciado filosófico general, el utilitarismo anglosajón coincide así plenamente con el principio “jesuítico”: “el fin justifica los medios”. El empirismo -como vemos- existe en este mundo para libertar a las gentes de la necesidad de juntar los dos cabos del razonamiento.

Herbert Spencer, a cuyo empirismo Darwin había inoculado la idea de “evolución” del mismo modo que se vacuna contra la viruela, enseñaba que en el dominio de la moral, la evolución parte de las “sensaciones” para llegar hasta las “ideas”. Las sensaciones imponen criterios de satisfacción inmediata, mientras que las ideas permiten guiarse conforme a un criterio de satisfacción futura, más durable y más elevada. El criterio de la moral es así, aquí también, la “satisfacción” o la “felicidad”. Pero el contenido de este criterio se ensancha y profundiza según el nivel de la “evolución”. Así, hasta Herbert Spencer, por los métodos de su utilitarismo “evolucionista”, ha mostrado que el principio: “el fin justifica los medios” no encierra, en sí mismo, nada inmoral.

Sería, sin embargo, ingenuo esperar de este “principio” abstracto una respuesta a la cuestión práctica: ¿qué se puede y qué no se puede hacer? Además, el principio “el fin justifica los medios” suscita naturalmente la cuestión: ¿y qué justifica el fin? En la vida práctica, como en el movimiento de la historia, el fin y el medio cambian sin cesar de sitio.

La máquina en construcción es el “fin” de la producción, para convertirse, una vez instalada en una fábrica, en un “medio”, de esa producción. La democracia es, en ciertas épocas, el “fin” de la lucha de clases, para cambiarse después en su “medio”. Sin encerrar en sí nada inmoral, el principio atribuido a los jesuitas no resuelve, sin embargo, el problema de la moral.

El utilitarismo “evolucionista” de Spencer nos deja igualmente sin respuesta a medio camino, pues siguiendo las huellas de Darwin intenta disolver la moral histórica concreta en las necesidades biológicas o en los “instintos sociales” propios de la vida animal gregaria, mientras que el concepto mismo de moral surge sólo en un medio dividido por antagonismos, es decir, en una sociedad dividida en clases.

El evolucionismo burgués se detiene impotente en el umbral de la sociedad histórica, pues no quiere reconocer el principal resorte de la evolución de las formas sociales: la lucha de clases. La moral sólo es una de las funciones ideológicas de esa lucha. La clase dominante impone a la sociedad sus fines y la acostumbra a considerar como inmorales los medios que contradicen esos fines. Tal es la función principal de la moral social. Persigue “la mayor felicidad posible”, no para la mayoría, sino para una exigua minoría, por lo demás, sin cesar decreciente. Un régimen semejante no podría mantenerse ni una semana por la sola coacción. Tiene necesidad del cemento de la moral. La elaboración de ese cemento constituye la profesión de teóricos y moralistas pequeño-burgueses. Que manipulen todos los colores del arco iris; a pesar de ello siguen siendo, en resumidas cuentas, los apóstoles de la esclavitud y de la sumisión.

5.- “R EGLAS MORALES UNIVERSALMENTE VÁLIDAS”

Quien no quiera retornar ni a Moisés ni a Cristo ni a Mahoma, ni contentarse con una mezcolanza ecléctica, debe reconocer que la moral es producto del desarrollo social; que no encierra nada invariable; que se halla al servicio de los intereses sociales; que esos intereses son contradictorios; que la moral posee, más que cualquier otra forma ideológica, un carácter de clase.

Sin embargo, ¿es que no existen reglas elementales de moral, elaboradas por el desarrollo de la humanidad en tanto que totalidad, y necesarias para la vida de la colectividad entera? Existen, sin duda; pero la virtud de su acción es extremadamente limitada e inestable. Las normas “universalmente válidas” son tanto menos actuantes cuanto más agudo es el carácter que toma la lucha de clases. La forma suprema de ésta es la guerra civil; ella provoca la explosión de todos los lazos morales entre las clases enemigas.

En condiciones “normales”, el hombre “normal” observa el mandamiento: “¡No matarás!”; pero si mata en condiciones excepcionales de legítima defensa, los jueces lo absuelven. Si, por el contrario, cae víctima de un asesino, éste será quien muera, por decisión del tribunal. La necesidad de tribunales, lo mismo que la de la legítima defensa, se desprende del antagonismo de intereses. En lo que concierne al Estado, éste se limita, en tiempo de paz, a legalizar la ejecución de individuos, para cambiar, en tiempo de guerra, el mandamiento “universalmente válido” “¡no matarás!” en su contrario. Los gobiernos más “humanos” que, en tiempo de paz, “odian” la guerra, convierten, en tiempo de guerra, en deber supremo de sus ejércitos el exterminio de la mayor parte posible de la humanidad.

Las supuestas reglas “generalmente reconocidas” de la moral conservan en el fondo un carácter algebraico, es decir, indeterminado. Expresan únicamente el hecho de que el hombre, en su conducta individual, se encuentra ligado por ciertas normas generales, que se desprenden de su pertenencia a una sociedad. El “imperativo categórico” de Kant es la más elevada generalización de esas normas. A despecho, sin embargo, de la alta situación que ocupa en el Olimpo de la filosofía, ese imperativo no encierra en sí absolutamente nada de categórico, puesto que no posee nada de concreto. Es una forma sin contenido.

La causa de la vacuidad de las normas universalmente validas se en-cuentra en el hecho de que en todas las cuestiones decisivas, los hombres sienten su pertenencia a una clase, mucho más profunda e inmediatamente que su pertenencia a una “sociedad”. Las normas “universalmente validas” de la moral se cargan, en realidad, con un contenido de clase, es decir, antagónico. La norma moral se vuelve tanto más categórica cuanto menos “universal” es. La solidaridad obrera, sobre todo durante las huelgas o tras las barricadas, es infinitamente más “categórica” que la solidaridad humana en general.

La burguesía, que sobrepasa en mucho al proletariado por lo acabado y lo intransigente de su conciencia de clase, tiene un interés vital en imponer su moral a las masas explotadas. Precisamente por eso las normas concretas del catecismo burgués se cubren con abstracciones morales que se colocan bajo la égida de la religión, de la filosofía o de esa cosa hibrida que se llama “sentido común”. El invocar las normas abstractas no es error filosófico desinteresado, sino un elemento necesario en la mecánica de la engañifa de clase. La divulgación de esa engañifa, que tiene tras de sí una tradición milenaria, es el primer deber del revolucionario proletario.

6.- C RISIS DE LA MORAL DEMOCRÁTICA

Para asegurar el triunfo de sus intereses en grandes cuestiones, las clases dominantes se ven obligadas a hacer concesiones en las cuestiones secundarias; claro que hasta la medida en que esas concesiones quepan dentro de su contabilidad. En la época del ascenso capitalista, sobre todo durante las últimas decenas de años anteriores a la guerra, esas concesiones, por lo menos en lo que concierne a las capas superiores del proletariado, tuvieron un carácter enteramente real. La industria de esas épocas progresaba sin cesar. El bienestar de las naciones civilizadas, parcialmente también el de las masas obreras, se acrecentaba. La democracia parecía inquebrantable. Las organizaciones obreras crecían. Al mismo tiempo que ellas, crecían también las tendencias reformistas. Las relaciones entre las clases, por lo menos exteriormente, se suavizaban. Así se establecían en las relaciones sociales, junto a las normas de la democracia y a los hábitos de paz social, ciertas reglas elementales de moral. Se forjaba la impresión de una sociedad cada día más libre, justa y humana. La curva ascendente del progreso parecía infinita al “sentido común”.

En lugar de eso, estalló la guerra, con su cortejo de conmociones violentas, de crisis, de catástrofes, de epidemias, de saltos atrás… La vida económica de la humanidad se encontró en un callejón sin salida. Los antagonismos de clase se exacerbaron y se manifestaron a plena luz. Los mecanismos de seguridad de la democracia comenzaron a hacer explosión uno tras otro. Las reglas elementales de la moral se revelaron todavía más frágiles que las instituciones de la democracia y las ilusiones del reformismo.

La mentira, la calumnia, la venalidad, la corrupción, la violencia, el asesinato cobraron proporciones inauditas. A los espíritus sencillos y abatidos pareció que semejantes inconvenientes eran resultado momentáneo de la guerra. En realidad, eran y siguen siendo manifestaciones de decadencia del imperialismo. La putrefacción del capitalismo significa la putrefacción de la sociedad contemporánea, con su derecho y con su moral.

La “síntesis” del horror imperialista es el fascismo, nacido directamente de la bancarrota de la democracia burguesa ante las tareas de la época imperialista. Restos de democracia ya sólo se sostienen entre las aristocracias capitalistas más ricas. Por cada “demócrata” de Inglaterra, de Francia, de Holanda, de Bélgica, es preciso contar varios esclavos coloniales; la democracia de los Estados Unidos está manejada por “sesenta familias”, etc.. En todas las democracias, por lo demás, crecen rápidamente elementos de fascismo. El stalinismo es, a su vez, producto de la presión del imperialismo sobre un Estado obrero atrasado y aislado y, a su modo, es un complemento simétrico del fascismo.

En tanto que los filisteos idealistas -y, naturalmente, los anarquistas en primer lugar- denuncian sin descanso la “amoralidad” marxista en su prensa, los trusts norteamericanos gastan -según palabras de John Lewis (C.I.O.)- no menos de 80 millones de dólares anuales en la lucha práctica contra la “desmoralización” revolucionaria, es decir, gastos de espionaje, de corrupción de obreros, de falsificaciones judiciales y de asesinatos a mansalva. ¡El imperativo categórico sigue a veces, para triunfar, rutas bastante sinuosas!

Observemos -por escrúpulo de equidad- que los más sinceros y también los más limitados de los moralistas pequeño-burgueses viven, todavía hoy, de los recuerdos idealizados del ayer y las esperanzas de un retorno a ese ayer. No comprenden que la moral es función de la lucha de clases; que la moral democrática correspondía a la época del capitalismo liberal progresista; que la exacerbación de la lucha de clases, que domina en la época reciente, ha destruido definitiva y completamente esa moral; que su sitio ha sido tomado, de un lado por la moral del fascismo y, de otro, por la moral de la revolución proletaria.

7.- E L ” SENTIDO COMÚN “

La democracia y la moral “universal” no son las únicas víctimas del imperialismo. La tercera es el sentido común, “innato en todos los hombres”.

Esta forma inferior de la inteligencia, es necesaria en cualquier condición, y bajo ciertas circunstancias es también la adecuada. El capital fundamental del sentido común se ha forjado con las conclusiones elementales extraídas de la experiencia humana: no metáis el dedo al fuego, seguid de preferencia la línea recta, no molestéis a los perros bravos… etc., etc.. En un medio social estable, el sentido común resulta suficiente para practicar el comercio, cuidar a los enfermos, escribir artículos, dirigir un sindicato, votar en el parlamento, fundar una familia y multiplicarse. Pero cuando el sentido común trata de escapar a sus límites naturales, para intervenir en el terreno de generalizaciones más complejas, revélase que sólo es el conglomerado de los prejuicios de una clase y de una época determinadas. Ya la simple crisis del capitalismo lo despista; mas ante catástrofes como la revolución, la contrarrevolución y la guerra, el sentido común sólo es un imbécil a secas. Para conocer las conmociones catastróficas del curso “normal” de las cosas, se precisan facultades más altas de la inteligencia, cuya expresión filosófica ha sido dada, hasta ahora, por el materialismo dialéctico.

Max Eastman, que se esfuerza con buen éxito por dar al “sentido común” la más seductora apariencia literaria, se ha forjado de la lucha contra la dialéctica una especie de profesión. Eastman toma en serio las banalidades conservadoras del sentido común, mezcladas con un estilo florido, como si fueran la “ciencia de la revolución”. Viniendo en refuerzo de los snobs reaccionarios del Common Sense, con una seguridad inimitable enseña a la humanidad que si Trotsky se hubiese guiado, no por la doctrina marxista, sino por el sentido común, no hubiera perdido el poder. La dialéctica interna que se ha manifestado hasta ahora en la sucesión de las etapas de todas las revoluciones, para Eastman no existe. La sucesión de la revolución por la reacción se determina -según él- por la falta de respeto para con el sentido común. Eastman no comprende que precisamente, en el sentido histórico, Stalin resulta ser una víctima del sentido común, es decir, de la insuficiencia del sentido común, puesto que el poder de que dispone sirve fines hostiles al bolchevismo. Por el contrario, a nosotros, la doctrina marxista nos ha permitido romper oportunamente con la burocracia ther midoriana y continuar sirviendo los fines del socialismo internacional.

Toda ciencia, inclusive la “ciencia de la revolución”, está sujeta a verificación experimental. Puesto que Eastman sabe cómo mantener un poder revolucionario dentro de las condiciones de una contrarrevolución mundial, hay que esperar que también sepa cómo conquistar el poder. Sería muy de desearse que revelase, al fin, ese secreto. Lo mejor sería que lo hiciese en forma de proyecto de programa de partido revolucionario, y bajo el título de cómo conquistar y cómo conservar el poder. Tememos, sin embargo, que precisamente el sentido común detenga a Eastman, antes de lanzarse a empresa tan arriesgada. Y esta vez, el sentido común tendrá razón.

La doctrina marxista que -¡oh, dolor!- Eastman jamás ha entendido, nos ha permitido prever lo inevitable, en ciertas condiciones históricas, del thermidor [ Trosky suele referirse al estalinismo com el Thermidor de la URSS.] soviético, con todo su cortejo de crímenes. La misma doctrina había predicho, con mucho tiempo de anticipación, el inevitable hundimiento de la democracia burguesa y de su moral. Por el contrario, los doctrinadores del “sentido común” se han visto cogidos de imprevisto por el fascismo y el stalinismo. El sentido común procede a base de magnitudes invariables en un mundo en el que sólo la variabilidad es invariable. La dialéctica, en cambio, considera los fenómenos, las instituciones y las normas en su formación, su desarrollo y su decadencia. La actitud dialéctica frente a la moral, producto accesorio y transitorio de la lucha de clases, parece “inmoral” a los ojos del sentido común. Sin embargo, ¡nada hay más duro y más limitado, más suficiente y más cínico que la moral del sentido común!

8.- L OS MORALISTAS Y LA GPU [ Policía política de la URSS. Cambió varias veces de nombre: NKVD, KGB.]

El pretexto para la cruzada contra la “amoralidad” bolchevique lo proporcionaron los procesos de Moscú. La cruzada, sin embargo, no comenzó inmediatamente, ya que los moralistas en mayoría eran, directa o indirectamente, amigos del Kremlin. En tanto que amigos, durante cierto tiempo se esforzaron por disimular su estupor y hasta por simular que nada había pasado. Sin embargo, los procesos de Moscú de ningún modo son un azar. El servilismo y la hipocresía, el culto oficial de la mentira, la compra de conciencias y todas las demás formas de corrupción comenzaron a abrirse con opulencia en Moscú desde 1924-25. Las futuras falsificaciones judiciales se prepararon abiertamente, a los ojos del mundo entero. No faltaron advertencias. Sin embargo, los “amigos” no querían notar nada. No es asombroso: la mayoría de esos caballeros habían sido enteramente hostiles a la revolución de octubre y sólo se aproximaron a la Unión Soviética paralelamente a la degeneración thermidoriana de ésta. La democracia pequeño-burguesa de occidente reconoció en la burocracia pequeño-burguesa de oriente un alma hermana. ¿Creyeron verdaderamente esos individuos las acusaciones de Moscú?

Sólo las creyeron los más imbéciles. Los otros, no quisieron causarse la molestia de una verificación. ¿Valía la pena trastornar la amistad halagüeña y confortable, y a menudo provechosa, con las embajadas soviéticas? Por lo demás -¡oh, no lo olvidaban!- la imprudente verdad podía perjudicar el prestigio de la U.R.S.S.. Esos hombres taparon el crimen por razones utilitarias, es decir, aplicaron manifiestamente el principio: “el fin justifica los medios”.

El señor Pritt, consejero de S. M. Británica, que había tenido ocasión de echar en Moscú una mirada de soslayo bajo la túnica de Temis Staliniana y había encontrado sus intimidades en buen estado, tomó sobre sí la tarea de desafiar la vergüenza. Romain Rolland, cuya autoridad moral aprecian tanto los tenedores de libros de las editoriales soviéticas, se apresuró a publicar uno de sus manifiestos, en los que el lirismo melancólico se une a un cinismo senil. La Liga Francesa de los Derechos del Hombre, que condenaba en 1917 la “amoralidad de Lenin y de Trotsky”, cuando rompieron la alianza militar con Francia, se apresuró a tapar en 1936 los crímenes de Stalin, en interés del pacto franco-soviético. El fin patriótico justifica -como se ve- todos los medios. En los Estados Unidos, The Nation y The New Republic cerraron los ojos para las hazañas de Yagoda, puesto que la “amistad” con la U.R.S.S. se había convertido en sustento de su propia autoridad. No hace ni siquiera un año, esos señores no afirmaban que stalinismo y trotskysmo fueran idénticos. Estaban abiertamente por Stalin, por su espíritu realista, por su justicia y por su Yagoda. En esa posición se mantuvieron tanto tiempo como pudieron.

Hasta el momento de la ejecución de Tujachevsky,[ Tujachevsky y Iakir fueron destacados jefes del Ejército Rojo durante la guerra civil y luego militares de renombre. Fueron ejecutados en 1937 tras un juicio secreto en que fueron acusados de ser agentes de Hitler. La purga del Ejército Rojo facilitó la invasión de la URSS por Hitler.] de Iakir, etc., la gran burguesía de los países democráticos observó no sin satisfacción-aunque afectando cierta repugnancia- el exterminio de revolucionarios en la U.R.S.S.. En ese sentido, The Nation, The New Republic, para no hablar de los Duranty, Louis Fisher y otros prostituidos de la pluma, se adelantaban a los intereses del imperialismo “democrático”. La ejecución de los generales perturbó a la burguesía, obligándola a comprender que la muy avanzada descomposición del aparato stalinista podría facilitar la tarea a Hitler, a Mussolini y al Mikado. El New York Times se puso a rectificar prudente, pero insistentemente la puntería de su Duranty. El Temps de París dejó filtrar en sus columnas un débil rayo de luz sobre la situación en la U.R.S.S.. En cuanto a los moralistas y a los sicofantes pequeño-burgueses, jamás fueron más que auxiliares de las clases capitalistas. En fin, cuando la Comisión John Dewey [ La Comisión Dewey, presidida por este profesor norteamericano, y formada por personalidades independientes, a petición de Trotsky, estudió las “evidencias” presentadas por la acusación en los Procesos de Moscú. Concluyó que todo se trataba de una inmensa falsificación judicial.] formuló su veredicto, se hizo evidente a los ojos de todo hombre, por poco que pensara, que continuar defendiendo abiertamente a la GPU era afrontar la muerte política y moral. Sólo a partir de ese momento fue cuando los “amigos” decidieron invocar las verdades eternas de la moral; es decir, replegarse, atrincherándose en una segunda línea.

Los stalinistas y semi-stalinistas atemorizados ocupan el último sitio entre los moralistas. Eugene Lyons convivió alegremente durante varios años con la pandilla thermidoriana, considerándose casi un bolchevique.

Habiendo regañado con el Kremlin -poco nos importa saber por qué- Lyons se encontró, de nuevo, naturalmente, en las nubes del idealismo. Liston Oak gozaba, todavía muy recientemente, de tal crédito cerca de la Komintern, que se le encargó dirigir la propaganda republicana de lengua inglesa en España. Cuando renunció a su cargo, no tuvo el menor empacho, claro está, en renunciar también a su abecedario de marxismo. Walter Krivitsky, habiéndose rehusado a volver a la U.R.S.S. y habiendo roto con la GPU, pasó inmediatamente a la democracia burguesa. Parece también que esa es la metamorfosis del septuagenario Charles Rappoport. Una vez echado el stalinismo por la borda, las gentes de esta clase -y son numerosos- no pueden abstenerse de buscar en los argumentos de la moral abstracta una compensación a la decepción y al envilecimiento ideológico por que han atravesado. Preguntadles por qué pasaron de la Komintern o de la GPU al campo de la burguesía. Su respuesta está pronta: “el trotskysmo no vale más que el stalinismo”.

9.- DISPOSICIÓN POLÍTICA DE PERSONAJES

“El trotskysmo es romanticismo revolucionario; el stalinismo es la política realista”. De esta ramplona antinomia, por cuyo medio el filisteo vulgar justificaba, todavía ayer, su amistad con el thermidor, contra la revolución, no queda hoy una huella. Ya no se opone trotskysmo a stalinismo en general; ya se les identifica. Se les identifica en la forma y no en la esencia. Al batirse en retirada hasta el meridiano del “imperativo categórico”, los demócratas continúan en realidad defendiendo a la GPU; pero mejor disfrazados, más pérfidamente. Quien calumnia a las víctimas, labora con los verdugos. En éste, como otros casos, la moral sirve a la política.

El filisteo demócrata y el burócrata stalinista, si no gemelos, son por lo menos hermanos espirituales. Políticamente, pertenecen, en todo caso, al mismo campo. Sobre la colaboración de stalinistas, demócratas y liberales reposa actualmente el sistema gubernamental de Francia y, añadiendo los anarquistas, el de la España republicana. Si el Independent Labour Party de Inglaterra ofrece una tan pobre apariencia es porque durante años no ha salido de los brazos de la Komintern. El Partido socialista Francés excluyó a los trotskystas en el preciso momento en que se preparaba para la fusión con los stalinistas. Si la fusión no se llevó a cabo no fue a causa de divergencia de principios -¿Qué queda de ella?- sino a consecuencia del temor de los bonzos socialdemócratas de perder sus puestos. Al volver de España, Norman Thomas declaró que los trotskystas ayudaban “objetivamente” a Franco, y gracias a ese absurdo subjetivo proporcionó una ayuda “objetiva” a los verdugos de la GPU. Este apóstol ha excluido a los “trotskystas” norteamericanos de su partido, en el momento preciso en que la GPU fusilaba a sus camaradas en la U.R.S.S. y en España. En numerosos países democráticos, los stalinistas, a despecho de su “inmoralidad”, penetran -no sin buen éxito- en el aparato del Estado. En los sindicatos, se llevan bien con los burócratas de cualquier matiz. Es cierto que los stalinistas tratan demasiado a la ligera el Código Penal, cosa que aterroriza un poco, en tiempos apacibles, a sus amigos “demócratas”; por el contrario, en circunstancias excepcionales -como lo muestra el ejemplo de España-, con ello tanto más seguramente se convierten en jefes de la pequeña burguesía contra el proletariado.

La II Internacional y la Federación Sindical de Amsterdam [ Agrupaba a los sindicatos vinculados a la socialdemocracia.] no tomaron sobre ellas, claro está, la responsabilidad de las falsificaciones: dejaron semejante tarea a la Komintern. Callaron. En conversaciones privadas, sus representantes declaraban que desde el punto de vista moral, estaban contra Stalin; pero que desde el punto de vista político, estaban con él. Sólo cuando el Frente Popular de Francia reveló hendiduras irreparables, y los socialistas franceses tuvieron que pensar en el mañana, fue cuando León Blum encontró en el fondo de su tintero las indispensables fórmulas de la indignación moral.

Si Otto Bauer censura suavemente la justicia de Vichinsky, es para sostener, con tanta mayor “imparcialidad”, la política de Stalin. El destino del socialismo -según reciente declaración de Bauer- parece estar ligado a la suerte de la Unión Soviética. “Y el destino de la Unión Soviética -conti- núa diciendo- es el del stalinismo, mientras el desenvolvimiento de la Unión Soviética misma no haya superado la fase stalinista”. ¡Todo Bauer, todo el austromarxismo, toda la mentira y toda la podredumbre de la socialdemocracia están en esa frase magnifica! “Mientras” la burocracia stalinista sea suficientemente fuerte para exterminar a los representantes progresistas del “desenvolvimiento interior”, Bauer se queda con Stalin. Cuando las fuerzas revolucionarias, a despecho de Bauer, derroquen a Stalin, entonces Bauer reconocerá generosamente el “desenvolvimiento interior”, con un retraso de unos diez años, cuando más.

Tras las viejas internacionales gravita el Buró de Londres, de los centristas [ Agrupación que comprendía al ILP inglés, al POUM y a la SAP alemana.] , que reúne con todo acierto los aspectos de un jardín de niños, de una escuela para adolescentes atrasados y de un asilo de inválidos. El secretario del Buró, Fenner Brockway, comenzó por declarar que una investigación sobre los procesos de Moscú podría “perjudicar a la U.R.S.S.”, y en lugar de eso propuso se hiciera una averiguación sobre… la actividad política de Trotsky, por una comisión “imparcial”, integrada por cinco adversarios irreconciliables de Trotsky. Brandler y Lovestone se solidarizaron públicamente con Yagoda; no retrocedieron sino ante Iezhov. Jacob Walcher, con un pretexto manifiestamente falso, rehusó prestar a la Comisión John Dewey un testimonio que sólo podía ser desfavorable a Stalin. La moral podrida de semejantes individuos sólo es producto de su política podrida.

El papel más triste, sin embargo, corresponde, sin duda, a los anarquistas. Si el stalinismo y el trotskysmo son una y la misma cosa -como lo afirman ellos en cada renglón- ¿por qué, pues, los anarquistas españoles ayudan a los stalinistas a aniquilar a los trotskystas, y al mismo tiempo a los anarquistas que se mantienen revolucionarios? Los teóricos libertarios más francos responden: es el precio del suministro soviético de armas. En otros términos: el fin justifica los medios. Pero, ¿cuál es el fin de ellos: el anarquismo, el socialismo? No, la salud de la democracia burguesa, que ha preparado el triunfo del fascismo. A un fin sucio corresponden sucios medios. ¡Esa es la disposición verdadera de los personajes en el tablero de la política mundial!

10.-EL STALINISMO, PRODUCTO DE LA VIEJA SOCIEDAD

Rusia ha dado el salto hacia adelante más grandioso de la historia, y son las fuerzas más progresistas del país las que encontraron en él expresión. Durante la reacción actual, cuya amplitud es proporcional a la de la revolución, la inercia toma su desquite. El stalinismo se ha convertido en la encarnación de esa reacción. La barbarie de la antigua Rusia, vuelta a aparecer sobre nuevas bases sociales, resulta más repugnante aun porque ahora tiene que emplear una hipocresía como la historia no había conocido hasta hoy.

Los liberales y los socialdemócratas de occidente, a quienes la revolución de octubre había hecho dudar de sus añejas ideas, han sentido sus fuerzas renacer. La gangrena moral de la burocracia soviética les parece una rehabilitación del liberalismo. Se les ve exhibir viejos aforismos fuera de cuño, como estos: “toda dictadura lleva en sí los gérmenes de su propia disolución”; “sólo la democracia puede garantizar el desenvolvimiento de la personalidad”, etc.. Esa oposición de democracia y dictadura, que contiene, en este caso, la condenación del socialismo, en nombre del régimen burgués, asombra, desde el punto de vista teórico, por su ignorancia y su mala fe. La infección del stalinismo en tanto que realidad histórica, es opuesta a la democracia en tanto que abstracción suprahistórica. Sin embargo, la democracia también ha tenido su historia, y en ella no han faltado horrores.

Para caracterizar la burocracia soviética empleamos las expresiones: “thermidor” y “bonapartismo”, de la historia de la democracia burguesa, ya que -y que los adoctrinadores retrasados del liberalismo tomen nota- la democracia no apareció de ningún modo por la virtud de medios democráticos.

Sólo mentecatos pueden contentarse con razonamientos sobre el bonapartismo, “hijo legítimo” del jacobinismo, castigo histórico por los atentados cometidos contra la democracia, etc.. Sin la destrucción del feudalismo por el método jacobino, la democracia burguesa hubiera sido inconcebible.

Es tan falso oponer a las etapas históricas concretas: jacobinismo, thermidor, bonapartismo, la abstracción idealizada de “democracia”, como oponer el recién nacido al adulto.

El stalinismo, a su vez, no es una abstracción de “dictadura”, sino una grandiosa reacción burocrática contra la dictadura proletaria en un país atrasado y aislado. La revolución de octubre abolió los privilegios, declaró la guerra a la desigualdad social, sustituyó la burocracia por el gobierno de los trabajadores por ellos mismos, suprimió la diplomacia secreta, se esforzó por dar un carácter de transparencia completa a todas las relaciones sociales. El stalinismo ha restaurado las formas más ofensivas de los privilegios, ha dado a la desigualdad un carácter provocativo, ha ahogado la actividad espontánea de las masas por medio del absolutismo policíaco, ha hecho de la administración un monopolio de la oligarquía del Kremlin y ha regenerado el fetichismo del poder, bajo aspectos que la monarquía absoluta no se hubiese atrevido a soñar.

La reacción social, en cualquiera de sus formas, se ve obligada a ocultar sus fines verdaderos. Mientras más brutal sea la transición de la revolución a la reacción, más depende la reacción de las tradiciones de la revolución; es decir, más teme a las masas y tanto más se ve forzada a recurrir a la mentira y a la falsificación, en la lucha contra los representantes de la revolución. Las falsificaciones stalinistas no son fruto de la “amoralidad” bolchevique; no, como todos los acontecimientos importantes de la historia, son producto de una lucha social concreta; por lo demás, la más pérfida y cruel que exista: la lucha de una nueva aristocracia contra las masas que la han elevado al poder.

Se necesita, en realidad, una total indigencia intelectual y moral para identificar la moral reaccionaria y policíaca del stalinismo con la moral revolucionaria del bolchevismo. El partido de Lenin ha cesado de existir desde hace mucho tiempo: se ha roto contra las dificultades interiores y contra el imperialismo mundial. Su sitio ha sido tomado por la burocracia stalinista, que es un mecanismo de transmisión del imperialismo. En la liza mundial, la burocracia ha sustituido la lucha de clases por la colaboración de clases, el internacionalismo por el socialpatriotismo. Para adaptar el partido director a las tareas de la reacción, la burocracia ha “renovado” su composición, por medio del exterminio de revolucionarios y el reclutamiento de arribistas.

Toda reacción resucita, nutre, refuerza los elementos del pasado histórico sobre el que la revolución ha descargado un golpe sin haber logrado aniquilarlo. Los métodos del stalinismo llevan hasta el fin, hasta la tensión más alta y, al mismo tiempo, hasta el absurdo, todos los procedimientos de mentira, de crueldad y de bajeza que constituyen el mecanismo del poder en toda sociedad dividida en clases, sin excluir la democracia. El stalinismo es un conglomerado de todas las monstruosidades del Estado tal como lo ha hecho la historia; es también su peor caricatura y su repugnante mueca. Cuando los representantes de la antigua sociedad oponen sentenciosamente a la gangrena del stalinismo, una abstracción democrática esterilizada, tenemos excelente derecho de recomendarles, lo mismo que a toda la vieja sociedad, que se admiren en el espejo deformante del thermidor soviético. Ciertamente, la GPU supera en mucho todos los otros regímenes, por la franqueza de sus crímenes; pero eso es consecuencia de la amplitud grandiosa de los acontecimientos que sacudieron a Rusia en las condiciones de la desmoralización mundial de la era imperialista.

11. M ORAL Y REVOLUCIÓN

Entre liberales y radicales no faltan gentes que han asimilado los métodos materialistas de interpretación de los acontecimientos y que se consideran marxistas. Eso no les impide, sin embargo, seguir siendo periodistas, profesores o políticos burgueses. El bolchevique no se concibe, naturalmente, sin método materialista, inclusive en el dominio de la moral. Pero ese método no sólo le sirve para interpretar los acontecimientos, sino para crear el partido revolucionario, el partido del proletariado. Es imposible cumplir semejante tarea sin una independencia completa ante la burguesía y su moral. Sin embargo, la opinión pública burguesa domina perfecta y plenamente, en el actual momento, el movi-miento obrero oficial, de William Green [ Presidente del sindicato AFL.] en los Estados Unidos a García Oliver en España, pasando por León Blum y Maurice Thorez en Francia. El carácter reaccionario de esta época encuentra en ese hecho su más profunda expresión.

El marxista revolucionario no podría abordar su misión histórica sin haber roto moralmente con la opinión pública de la burguesía y de sus agentes en el seno del proletariado. Tal cosa exige un arrojo moral de distinto calibre del que se necesita para gritar en las reuniones públicas: “¡Abajo Hitler! ¡Abajo Franco!” Precisamente esa ruptura decisiva, profundamente reflexionada, irrevocable entre los bolcheviques y la moral conservadora de la grande y también de la pequeña burguesía, es lo que causa un espanto mortal a los fraseadores demócratas, a los profetas de salón y a los héroes de corredor. De ahí sus lamentaciones sobre la “amoralidad” de los bolcheviques.

Su manera de identificar la moral burguesa con la moral “en general”se observa, sin duda, del mejor modo en la extrema izquierda de la pequeña burguesía, precisamente en los partidos centristas del llamado Buró de Londres.

Ya que esta organización “admite” el programa de la revolución proletaria, nuestras divergencias con ella parecen a primera vista secundarias. En realidad su “admisión”del programa revolucionario carece de todo valor, ya que no la obliga a nada. Los centristas “admiten” la revolución proletaria como los kantianos admiten el imperativo categórico, es decir, como un principio sagrado, pero inaplicable en la vida de todos los días. En la esfera de la política práctica, se unen con los peores enemigos de la revolución, los reformistas-stalinistas, para luchar contra nosotros. Todo su pensamiento está impregnado de duplicidad y de falsía. Si no llegan hasta crímenes enormes sólo es porque siempre se quedan en el último plano de la política: son, en cierta forma, los carteristas de la historia. Precisamente por eso consideran los llamados a regenerar el movimiento obrero por medio de una nueva moral.

En la extrema izquierda de esta cofradía de “izquierda”, se encuentra un pequeño grupo, totalmente insignificante en lo político, de emigrados alemanes que publican la revista Neuer Weg (Nueva Ruta). Inclinémonos un poco y escuchemos a esos detractores “revolucionarios” de la amoralidad bolchevique. En tono de elogio de doble sentido, la Neuer Weg escribe que los bolcheviques se distinguen ventajosamente de los otros partidos por su falta de hipocresía: proclaman abiertamente lo que los demás aplican silenciosamente en la realidad, a saber, el principio: “el fin justifica los medios”. Pero -según la opinión de la Neuer Weg– una regla “burguesa” de ese género es incompatible “con un movimiento socialista sano”. “La mentira y algo peor aún no son medios permitidos en la lucha, como lo consideraba todavía Lenin”. La palabra “todavía” significa naturalmente que Lenin no había aún conseguido deshacerse de sus ilusiones, por no haber vivido hasta el descubrimiento de la “nueva ruta”.

En la fórmula “la mentira y algo peor aún”, el segundo miembro significa evidentemente la violencia, el asesinato, etc., ya que, supuesto invariable todo el resto, la violencia es peor que la mentira y el asesinato es la forma suprema de la violencia. Llegamos así a la conclusión de que la mentira, la violencia y el asesinato son incompatibles con “un movimiento socialista sano”.

Pero, ¿qué pasa con la revolución? La guerra civil es la más cruel de las guerras. Es inconcebible, no sólo sin la violencia ejercitada contra terceros, sino -con la técnica contemporánea- sin el homicidio de ancianos y niños. ¿Es preciso recordar a España? La única respuesta que podrían darnos los “amigos” de la España republicana sería que la guerra civil vale más que la esclavitud fascista. Esa respuesta, enteramente correcta, sólo significa que el fin (democracia o socialismo) justifica, en ciertas condiciones, medios tales como la violencia y el homicidio. ¡Inútil hablar de la mentira! La guerra es tan inconcebible sin mentiras como la máquina sin engrase. Con el fin único de proteger la sesión de las Cortes (lº de febrero de 1938) contra las bombas fascistas, el gobierno de Barcelona engañó varias veces, a sabiendas, a los periodistas y a la población ¿Podía obrar de otro modo? Quien quiera el fin – la victoria contra Franco- debe aceptar los medios, la guerra civil con su cortejo de horrores y de crímenes.

Sin embargo, la mentira y la violencia, ¿no deben condenarse “en sí mismas”? Seguramente, deben condenarse, y al mismo tiempo, la sociedad dividida en clases, que las engendra. La sociedad sin contradicciones sociales será, claro está, una sociedad sin mentira ni violencia. Sin embargo, sólo podemos tender hasta ella un puente por virtud de métodos revolucionarios, es decir, métodos de violencia. La revolución misma es producto de una sociedad dividida en clases y de ello lleva necesariamente impresas las huellas. Desde el punto de vista de las “verdades eternas”, la revolución es, naturalmente, “inmoral”. Pero eso sólo significa que la moral idealista es contrarrevolucionaria, es decir, se halla al servicio de los explotadores.

“Pero la guerra civil -dirá quizás el filósofo tomado de improviso- es, por decirlo así, una lamentable excepción. En tiempo de paz, un movimiento socialista sano debe abstenerse de la violencia y de la mentira”. Semejante respuesta sólo es una lastimosa escapatoria. No hay fronteras infranqueables entre la lucha de clases “pacífica” y la revolución. Cada huelga contiene en germen todos los elementos de la guerra civil. Las dos partes se esfuerzan por darse mutuamente una idea exagerada de su resolución de luchar y de sus recursos materiales. Gracias a su prensa, a sus agentes y a sus espías, los capitalistas se esfuerzan por intimidar y desmoralizar a los huelguistas. Por su lado, los piquetes de huelga, cuando la persuasión resulta inoperante, se ven obligados a recurrir a la fuerza. Así, “la mentira y algo peor aún” constituyen parte inseparable de la lucha de clases, hasta en su forma más embrionaria. Queda por añadir que las nociones de verdad y de mentiranacieron de las contradicciones sociales.

12.-L A REVOLUCIÓN Y EL SISTEMA DE REHENES

Stalin manda prender y fusilar a los hijos de sus adversarios, después de haber mandado que ellos mismos sean fusilados bajo falsas acusaciones. Las familias le sirven de rehenes para obligar a volver del extranjero a los diplomáticos soviéticos que quisieran permitirse alguna duda sobre la probidad de Yagoda o de Iezhov. Los moralistas de la Neuer Weg creen necesario y oportuno recordar con este motivo que Trotsky se sirvió, “él también”, en 1919, de una ley de rehenes. Y aquí es preciso citar textualmente: “La aprehensión de familias inocentes por Stalin es de una barbarie repugnante. Pero semejante cosa sigue siendo una barbarie cuando es Trotsky el que manda (1919)”. ¡He ahí la moral idealista en toda su belleza! Estos criterios son tan falaces como las normas de la democracia burguesa: se supone en ambos casos la igualdad, en donde no hay ni sombra de igualdad.

No insistamos aquí en que el decreto de 1919 muy probablemente no provocó el fusilamiento de parientes de oficiales, cuya traición no sólo costaba pérdidas humanas innumerables, sino que amenazaba llevar directamente la revolución a su ruina. En el fondo, no se trata de eso. Si la revolución hubiera manifestado desde el principio menos inútil generosidad, centenares de vidas habríanse ahorrado en lo que siguió. Sea lo que fuere, yo asumo la entera responsabilidad del decreto de 1919. Fue una medida necesaria en la lucha contra los opresores. Ese decreto, como toda la guerra civil, que podríamos también llamar con justicia “una repugnante barbarie”, no tiene más justificación que el objeto histórico de la lucha.

Dejemos a Emil Ludwig y a sus semejantes la tarea de pintarnos retratos de Abraham Lincoln, adornados con alitas de color de rosa. La importancia de Lincoln reside en que para alcanzar el gran objetivo histórico asignado por el desarrollo del joven pueblo norteamericano, no retrocedió ante las medidas más rigurosas, cuando ellas fueron necesarias. La cuestión ni siquiera reside en saber cuál de los beligerantes sufrió o infligió el mayor número de víctimas. La historia tiene un patrón diferente para medir las crueldades de los sureños y las de los norteños de la Guerra de Secesión. ¡Que eunucos despreciables no vengan a sostener que el esclavista que por medio de la violencia o la astucia encadena a un esclavo es el igual, ante la moral, del esclavo que por la astucia o la violencia rompe sus cadenas!

Cuando ya estuvo ahogada en sangre la Comuna de París y la canalla reaccionaria del mundo entero se hubo puesto a arrastrar su estandarte por el cieno, no faltaron numerosos filisteos demócratas para difamar, al lado de la reacción, a los comuneros (communards) que habían ejecutado 64 rehenes, empezando por el arzobispo de París. Marx no vaciló un instante en tomar la defensa de esta acción sangrienta de la Comuna. En una circular del Consejo General de la Internacional, en líneas por debajo de las cuales creería uno escuchar lava que hierve, Marx recuerda primero que la burguesía usó el sistema de rehenes en su lucha contra los pueblos de las colonias y contra su propio pueblo, para referirse en seguida a las ejecuciones sistemáticas de los comuneros prisioneros por los encarnizados reaccionarios. Y continúa: “para defender a sus combatientes prisioneros, la Comuna no tenía más que la toma de rehenes, acostumbrada entre los prusianos. La vida de los rehenes se perdió y volvió a perderse por el hecho de que los versalleses continuaban fusilando a sus prisioneros ¿Habría sido posible salvar a los rehenes, después de la horrible carnicería con que marcaron su entrada a París los pretorianos de MacMahon? ¿El último contrapeso al salvajismo implacable de los gobiernos burgueses -la toma de rehenes- habría de reducirse a una burla?”. Así escribía Marx sobre la ejecución de rehenes, a pesar de que tras él hubiese en el Consejo no pocos Fenner Brockway, Norman Thomas y Otto Bauers. La indignación del proletariado mundial ante las atrocidades de los versalleses era, sin embargo, todavía tan grande, que los confusionistas reaccionarios prefirieron callar, esperando tiempos mejores para ellos, que -desgraciadamente- no tardaron en llegar. Sólo después del triunfo definitivo de la reacción fue cuando los moralistas pequeñoburgueses, en unión de los burócratas sindicales y de los fraseadores anarquistas, causaron la pérdida de la Iº Internacional.

Cuando la revolución de octubre se defendía contra las fuerzas reunidas del imperialismo, en un frente de ocho mil kilómetros, los obreros del mundo entero seguían el desarrollo de esta lucha con una simpatía tan ardiente que hubiese sido peligroso denunciar ante ellos el sistema de rehenes como una “repugnante barbarie”. Fue precisa la completa degeneración del Estado soviético y el triunfo de la reacción en una serie de países para que los moralistas salieran de sus agujeros… en ayuda de Stalin. En efecto, si las medidas de represión tomadas para defender los privilegios de la nueva aristocracia tienen el mismo valor moral que las medidas revolucionarias tomadas en la lucha libertadora, entonces Stalin está plenamente justificado, a menos que… la revolución proletaria sea condenada en masa.

Al mismo tiempo que buscan ejemplos de inmoralidades en los acontecimientos de la guerra civil en Rusia, los señores moralistas se ven obligados a cerrar los ojos ante el hecho de que la revolución española restableció también el sistema de rehenes, por lo menos, durante el período en que fue una verdadera revolución de masas. Si los detractores todavía no se han atrevido a atacar a los obreros españoles por su “repugnante barbarie”, es únicamente porque el terreno de la península ibérica está aún demasiado quemante para ellos. Es mucho más cómodo remontarse a 1919. Eso es ya historia: los viejos habrán ya olvidado y los jóvenes todavía no aprenden.

Por esa misma razón, los fariseos de cualquier matiz retornan con tanta insistencia a Kronstadt y Makhno: ¡sus emanaciones de moral pueden exhalarse aquí libremente!

13.- “MORAL DE CAFRES”

No es posible dejar de convenir con los moralistas en que la historia toma caminos crueles. ¿Qué conclusión sacar de ahí para la actividad práctica? León Tolstoy recomendaba a los hombres ser más sencillos y mejores. El Mahatma Gandhi les aconseja tomar leche de cabra. ¡Ay! Los moralistas “revolucionarios” de la Neuer Weg no están muy lejos de esas recetas.

“Debemos libertarnos -predican ellos- de esa moral de cafres para la que no hay más mal que el que hace el enemigo” ¡Admirable consejo! “Debemos libertarnos…” Tolstoy recomendaba también libertarse del pecado de la carne.

Y sin embargo, la estadística no confirma el buen éxito de su propaganda.

Nuestros homúnculos centristas han logrado elevarse hasta una moral por encima de las clases, dentro de una sociedad dividida en clases. Pero si hace casi dos mil años que eso fue dicho: “Amad a vuestros enemigos”, “Ofreced la otra mejilla”… Y sin embargo, hasta ahora, ni el Santo Padre romano se ha “libertado” del odio para sus enemigos. ¡En verdad, el diablo, enemigo del género humano, es muy poderoso!

Aplicar criterios diferentes a los actos de los explotadores y de los explotados es -según la opinión de los pobres homúnculos- ponerse a nivel de la “moral de los cafres”. Preguntemos primero si corresponde a “socialistas” el profesar semejante desprecio por los cafres. ¿Su moral es tan mala? He aquí lo que dice sobre el tema la Enciclopedia Británica:

“En sus relaciones sociales y políticas manifiestan mucho tacto e inteligencia; son extraordinariamente valientes, belicosos y hospitalarios; y fueron honrados y veraces mientras el contacto con los blancos no les volvió suspicaces, vengativos y ladrones, y que no hubieron, además, asimilado la mayor parte de los vicios de los europeos”. No se puede dejar de concluir que los misioneros blancos, predicadores de la moral eterna, contribuyeron a la corrupción de los cafres.

Si a un trabajador cafre se le refiriera que los obreros, habiéndose rebelado en alguna parte del planeta, tomaron a sus opresores de improviso el cafre se alegraría. Le apenaría, por el contrario, saber que los opresores han logrado engañar a los oprimidos. El cafre a quien los misioneros no han corrompido hasta la médula de los huesos, no consentirá nunca en aplicar las mismas normas de moral abstracta a los opresores y a los oprimidos.

En cambio, comprenderá muy bien -si se le explica- que el objeto de esas normas abstractas es precisamente el de impedir la rebelión de los oprimidos contra los opresores.

Coincidencia edificante: para calumniar a los bolcheviques, los misioneros de la Neuer Weg tuvieron que calumniar al mismo tiempo a los cafres; y en ambos casos, la calumnia sigue el cauce de la mentira oficial burguesa: contra los revolucionarios y contra las razas de color. ¡No, nosotros preferimos los cafres a todos los misioneros, religiosos o laicos!

Sin embargo, es preciso no sobrestimar el grado de conciencia de los moralistas de la Neuer Weg o de los otros callejones sin salida. Las intenciones de estas gentes no son tan malas. A pesar de ellas, sin embargo, sirven de palanca al mecanismo de la reacción. En una época como la actual, en que los partidos pequeño-burgueses se aferran a la burguesía liberal o a su sombra (política de “frente popular”) paralizan al proletariado y abren la ruta al fascismo (España, Francia…) los bolcheviques, es decir, los marxistas revolucionarios se convierten en personajes particularmente odiosos a los ojos de la opinión pública burguesa. La presión política fundamental de nuestros días se ejerce de derecha a izquierda. En resumidas cuentas, todo el peso de la reacción gravita sobre los hombros de una pequeña minoría revolucionaria que se llama la IVº Internacional. ¡Voilá l’ennemi! ¡He ahí el enemigo!

El stalinismo ocupa en el mecanismo de la reacción muchas posiciones dominantes. Todos los grupos de la sociedad burguesa, inclusive los anarquistas, utilizan de un modo o de otro su ayuda en la lucha contra la revolución proletaria. Al mismo tiempo, los demócratas pequeñoburgueses tratan de echar, por lo menos en un cincuenta por ciento, lo odioso de los crímenes de su aliado moscovita sobre la irreductible minoría revolucionaria. Esa es precisamente la significación del dicho, desde ahora a la moda: “trotskysmo y stalinismo son una y la misma cosa”. Los adversarios de los bolcheviques y de los cafres ayudan así a la reacción para calumniar el partido de la revolución.

14. LA “AMORALIDAD ” DE LENIN

Los “socialistas-revolucionarios” [ Socialistas-revolucionarios o Narodnikis. Partido ruso que predicaba una especie de socialismo “campesino”, basado en las antiguas comunas rurales. Durante la revolución colaboraron con el Gobierno de Kerensky. Su ala izquierda se alió a los bolcheviques y apoyó la revolución de octubre. Durante la guerra civil apoyaron abiertamente a la reacción y la intervención extranjera contra la U.R.S.S.] rusos han sido siempre los hombres más morales: en el fondo, eran sólo pura ética. Eso no les impidió, sin embargo, engañar a los campesinos rusos durante la revolución. En el órgano parisiense de Kerensky [ Kerensky fue ministro y luego presidente del Gobierno “democrático establecido tras la revolución de Febrero y que fue derrocado por la de Octubre. Apoyó la acusación contra Lenin de ser “agente alemán”.] -él mismo socialista ético, precursor de Stalin en la fabricación de falsas acusaciones contra los bolcheviques- el viejo

“socialista-revolucionario” Zenzinov escribe: “Lenin enseñó, como se sabe, que para alcanzar el fin que se asignan, los bolcheviques pueden y a veces deben ‘usar de diversas estratagemas, del silencio y del disimulo de la verdad…'” (Novaia Rossia, 17 de febrero de 1938, pág. 3.) De ahí la conclusión ritual: el stalinismo es hijo legítimo del leninismo.

Por desgracia, ese detractor ético no sabe ni siquiera citar honradamente. Lenin escribió: “Es preciso saber aceptarlo todo, todos los sacrificios, y aun -en caso de necesidad- usar de estratagemas varias, de astucia, de procedimientos ilegales, de silencio, del disimulo de la verdad, para penetrar en los sindicatos, mantenerse en ellos, proseguir en ellos la acción comunista”. La necesidad de estratagemas y de astucias -según la explicación de Lenin- era consecuencia del hecho de que la burocracia reformista, entregando a los obreros al capital, persigue a los revolucionarios y recurre inclusive contra ellos a la policía burguesa. La “astucia” y el “disimulo de la verdad” no son, en el caso, más que los medios de una defensa legitima contra la burocracia reformista y traidora.

El partido de Zenzinov mismo desarrolló, hace años, un trabajo ilegal contra el zarismo y más tarde contra el bolchevismo. En ambos casos, sirvió de astucias, de estratagemas, de falsos pasaportes y de otras formas de “disimulo de la verdad”. Todos esos medios fueron considerados por él no sólo “éticos”, sino hasta heroicos, puesto que correspondían a los fines políticos de la democracia pequeño-burguesa. La situación, sin embargo, cambia tan pronto como los revolucionarios proletarios se ven obligados a recurrir a medidas conspirativas contra la democracia pequeño-burguesa.

¡La clave de la moral de esos señores -como se ve- tiene carácter de clase! El “amoralista” Lenin recomienda abiertamente, en la prensa, servirse de astucias de guerra para con los líderes que traicionan a los obreros. El moralista Zenzinov trunca deliberadamente una cita por sus dos extremos, a fin de engañar a sus lectores: el detractor ético ha sabido ser, como de costumbre, un bribón ruin. ¡No inútilmente gustaba Lenin de repetir que es terriblemente difícil encontrar un adversario de buena fe!

El obrero que no oculta al capitalista la “verdad” sobre las intenciones de los huelguistas es sencillamente un traidor que sólo merece desprecio y boicot.

El soldado que comunica la “verdad” al enemigo es castigado como espía.

Kerensky mismo intentó con mala fe acusar a los bolcheviques de haber comunicado la “verdad” al Estado Mayor de Ludendorff. Resulta así que la “santa verdad” no es un fin en sí. Por encima de ella, existen criterios más imperativos que, como lo demuestra el análisis, tienen un carácter de clase. Una lucha a muerte no se concibe sin astucias de guerra; en otras palabras, sin mentiras ni engaños. ¿Pueden los proletarios alemanes no engañar a la policía de Hitler? ¿Los bolcheviques soviéticos obran “amoralmente” engañando a la GPU? Todo burgués honrado aplaude la habilidad del policía que logra atrapar con astucias a un peligroso gángster. ¿Y no va a ser permitida las astucia cuando se trata de derrocar a los gangsters del imperialismo? Norman Thomas habla de “esa extraña amoralidad comunista que no toma nada en cuenta, sino su partido y su poder” (Socialist Call, 12 de marzo de 1938). Thomas coloca así en el mismo saco a la Komintern actual, es decir, el complot de la burocracia del Kremlin contra la clase obrera, y al partido bolchevique, que encarnaba el complot de los obreros adelantados contra la burguesía. Hemos suficientemente refutado arriba esta identificación enteramente desvergonzada. El stalinismo sólo se disfraza con el culto del partido; en realidad, destruye y pisotea en el cieno el partido mismo. Es verdad, sin embargo, que para el bolchevique el partido lo es todo. Esta actitud del revolucionario para la revolución asombra y choca al socialista de salón, que es sólo un burgués provisto de un “ideal” socialista. A ojos de Norman Thomas y de sus semejantes, el partido es un instrumento momentáneo para combinaciones electorales y demás, y sólo eso. Su vida privada, sus intereses, sus relaciones, sus criterios de moral están fuera del partido.

Considera con un asombro hostil al bolchevique, para quien el partido es el instrumento de la transformación revolucionaria de la sociedad, inclusive de la moral de ésta. En el marxista revolucionario no puede existir contradicción entre la moral personal y los intereses del partido, ya que el partido engloba, para la conciencia de aquél, las tareas y fines más elevados de la humanidad.

Sería ingenuo creer que Thomas tiene una noción más alta de la moral que los marxistas. Lo que ocurre es que tiene una idea mucho más ínfima del partido. “Todo lo que nace es digno de perecer” -dice el dialéctico Goethe. La ruina del partido bolchevique -episodio de la reacción mundial- no disminuye, sin embargo, su importancia en la historia mundial. En la época de su ascenso revolucionario, es decir, cuando representaba verdaderamente la vanguardia proletaria, fue el partido más honrado de la historia. Cuando pudo, claro que engañó a las clases enemigas; pero dijo la verdad a los trabajadores, toda la verdad y sólo la verdad. Únicamente gracias a eso fue como conquistó su confianza, más que cualquier otro partido en el mundo.

Los dependientes de las clases dirigentes tratan al constructor de ese partido de “amoralista”. A ojos de los obreros conscientes, esta acusación le rinde honor. Significa que Lenin se rehusaba a reconocer las reglas de moral establecidas por los esclavistas para los esclavos, y nunca observadas por los esclavistas mismos; significa que Lenin incitaba al proletariado a extender la lucha de clases inclusive al dominio de la moral. ¡Quien se incline ante las reglas establecidas por el enemigo no vencerá jamás!

La “amoralidad” de Lenin, es decir, su rechazo a admitir una moral por encima de las clases, no le impidió conservarse durante toda su vida fiel al mismo ideal; darse enteramente a la causa de los oprimidos; dar pruebas de la mayor honradez en la esfera de las ideas y de la mayor intrepidez en la esfera de la acción; no tener la menor suficiencia para con el “sencillo” obrero, con la mujer indefensa y con el niño. ¿No parece que la “amoralidad” sólo es, en este caso, sinónima de una más elevada moral humana?

15. UN EPISODIO EDIFICANTE

Es conveniente referir aquí un episodio que, aunque de poca importancia en sí, ilustra bastante bien la diferencia entre su moral y la nuestra. En 1935, en cartas a mis amigos belgas, desarrollé la idea de que el intento de un joven partido revolucionario de crear sus “propios” sindicatos equivaldría al suicidio. Es preciso ir a buscar a los obreros en donde estén. Pero, ¿eso significa dar cuotas para el sostenimiento de un aparato oportunista? Claro, respondí. Para tener derecho a desarrollar un trabajo de zapa contra los reformistas es preciso provisionalmente pagarles tributo. Pero, ¿los reformistas no permitirán desarrollar un trabajo de zapa contra ellos? Claro, respondí.

El trabajo de zapa exige medidas conspirativas. Los reformistas son la policía política de la burguesía, en el seno de la clase obrera. Es preciso saber obrar sin su autorización, y a pesar de sus prohibiciones… En el curso de una pesquisa practicada por casualidad en casa del camarada D., en relación -si no me equivoco- con un asunto de suministro de armas a los obreros españoles, la policía belga se apoderó de mi carta. Algunos días más tarde fue publicada. La prensa de Vandervelde, de De Man y de Spaak no escaseó las fulminaciones contra mi “maquiavelismo” y mi “jesuitismo”. ¿Y quiénes eran, pues, mis censores? Presidente de la IIº Internacional durante largos años, Vandervelde se había convertido desde hacía tiempo en el hombre de confianza del capital belga. De Man, quien en una serie de tomos panzudos había tratado de ennoblecer el socialismo, gratificándolo con una moral idealista y aproximándose, a escondidas, a la religión, aprovechó la primera ocasión para engañar a los obreros y convertirse en un ordinario ministro de la burguesía. En cuanto a Spaak, la cosa es todavía más impresionante. Año y medio antes, este caballero se encontraba en la oposición socialista de izquierda y había venido a verme a Francia para consultarme respecto de los métodos de lucha contra la burocracia de Vandervelde. Yo le había expuesto las ideas que más tarde formaron el contenido de mi carta. Un año apenas después de su visita, Spaak renunciaba a las espinas para quedarse con la rosa. Traicionando a sus amigos de la oposición, se convertía en uno de los ministros más cínicos del capital belga. En los sindicatos y en el partido, esos caballeros ahogan cualquier crítica, desmoralizan y corrompen sistemáticamente a los obreros más avanzados y excluyen también sistemáticamente a los indóciles. Se distinguen de la GPU únicamente por el hecho de no haber recurrido hasta hoy a la efusión de sangre: como buenos patriotas que son, reservan la sangre obrera para la próxima guerra imperialista. Está claro: ¡es preciso ser un enviado del diablo, un monstruo moral, un “cafre”, un bolchevique para dar a los obreros revolucionarios el consejo de observar las reglas de la conspiración en la lucha contra esos caballeros!

Desde el punto de vista de la legalidad belga mi carta no contenía, naturalmente, nada criminal. La policía de un país “democrático” se hubiera sentido obligada a restituirla al destinatario con sus excusas. La prensa del partido socialista hubiera debido protestar contra una pesquisa dictada por el cuidado de los intereses del general Franco. Los señores socialistas no experimentaron, sin embargo, el menor embarazo en sacar partido del servicio indiscreto que les ofrecía la policía: sin lo cual no hubieran gozado de la feliz ocasión de manifestar, una vez más, la superioridad de su moral sobre la amoralidad de los bolcheviques.

Todo es simbólico en este episodio. Los socialdemócratas belgas, me abrumaron con su indignación, en el momento preciso en que sus camaradas noruegos nos tenían, a mi mujer y a mí, tras las rejas, para impedirnos cualquier defensa contra las acusaciones de la GPU El gobierno noruego sabía perfectamente que las acusaciones de Moscú eran falsas: el órgano oficial de la socialdemocracia lo escribió con todas sus letras desde el primer día. Pero Moscú atacó el bolsillo de los armadores y los comerciantes de pescado noruegos, y los señores socialdemócratas se pusieron inmediatamente a cuatro patas. El jefe del partido, Martín Tranmael, es más que una autoridad en materia moral, es un justo: no bebe ni fuma, es vegetariano y se baña en invierno en el agua helada. Eso no le impidió, después de habernos mandado prender por órdenes de la GPU, invitar, especialmente para calumniarme, al agente noruego de la GPU, Jacob Friis, burgués sin honor ni conciencia. Pero basta….

La moral de esos señores consiste en reglas convencionales y procedimientos oratorios destinados a tapar sus intereses, sus apetitos y sus terrores. En su mayor parte, están dispuestos a todas las bajezas -a la renegación, a la perfidia, a la traición- por ambición o por lucro. En la esfera sagrada de los intereses personales, el fin justifica, para ellos, todos los medios. Precisamente por eso necesitan un código moral particular, práctico y al mismo tiempo elástico, como unos buenos tirantes. Detestan a quienquiera que revele a las masas su secreto profesional. En tiempo de “paz”, su odio se expresa por medio de calumnias, vulgares o “filosóficas”. Cuando los conflictos sociales se avivan, como en España, esos moralistas, estrechando la mano de la

GPU, exterminan a los revolucionarios. Y para justificarse, repiten que “trotskysmo y stalinismo son una y la misma cosa”.

16.- I NTERDEPENDENCIA DIALÉCTICA DEL FIN Y DE LOS MEDIOS

El medio sólo puede ser justificado por el fin. Pero éste, a su vez, debe ser justificado. Desde el punto de vista del marxismo, que expresa los intereses históricos del proletariado, el fin está justificado si conduce al acrecentamiento del poder del hombre sobre la naturaleza y a la abolición del poder del hombre sobre el hombre.

¿Eso significa que para alcanzar tal fin todo está permitido? -nos preguntará sarcásticamente el filisteo, revelando que no ha comprendido nada.

Está permitido -responderemos- todo lo que conduce realmente a la liberación de la humanidad. Y puesto que este fin sólo puede alcanzarse por caminos revolucionarios, la moral emancipadora del proletariado posee – indispensablemente- un carácter revolucionario. Se opone irreductiblemente no sólo a los dogmas de la religión, sino también a los fetiches idealistas de toda especie, gendarmes filosóficos de la clase dominante. Deduce las reglas de la conducta de las leyes del desarrollo de la humanidad, y por consiguiente, ante todo, de la lucha de clases, ley de leyes. ¿Eso significa, a pesar de todo, que en la lucha de clases contra el capitalismo todos los medios están permitidos: la mentira, la falsificación, la traición, el asesinato, etc.? -insiste todavía el moralista. Sólo son admisibles y obligatorios -le responderemos- los medios que acrecen la cohesión revolucionaria del proletariado, inflaman su alma con un odio implacable por la opresión, le enseñan a despreciar la moral oficial y a sus súbditos demócratas, le impregnan con la conciencia de su misión histórica, aumentan su bravura y su abnegación en la lucha. Precisamente de eso se desprende que no todos los medios son permitidos. Cuando decimos que el fin justifica los medios, resulta para nosotros la conclusión de que el gran fin revolucionario rechaza, en cuanto medios, todos los procedimientos y métodos indignos que alzan a una parte de la clase obrera contra las otras; o que intentan hacer la dicha de las demás sin su propio concurso; o que reducen la confianza de las masas en ellas mismas y en su organización, sustituyendo tal cosa por la adoración de los “jefes”. Por encima de todo, irreductiblemente, la moral revolucionaria condena el servilismo para con la burguesía y la altanería para con los trabajadores, es decir, uno de los rasgos más hondos de la mentalidad de los pedantes y moralistas pequeño-burgueses.

Esos criterios no dicen, naturalmente, lo que es permitido y lo que es inadmisible en cada caso dado. Semejantes respuestas automáticas no pueden existir. Los problemas de la moral revolucionaria se confunden con los problemas de la estrategia y de la táctica revolucionarias. Respuesta correcta a esos problemas, únicamente puede encontrarse en la experiencia viva del movimiento, a la luz de la teoría.

El materialismo dialéctico desconoce el dualismo de medios y fines.

El fin se deduce naturalmente del movimiento histórico mismo. Los medios están orgánicamente subordinados al fin. El fin inmediato se convierte en medio del fin ulterior. En su drama, Franz von Sickingen, Ferdinand Lassalle pone las palabras siguientes en boca de uno de sus personajes:

“No muestres sólo el fin, muestra también la ruta,
Pues el fin y el camino tan unidos se hallan
Que uno en otro se cambian,
Y cada nueva ruta descubre nuevo fin”.

Los versos de Lassalle son muy imperfectos. Lo que es peor aún, en la política práctica, Lassalle se separó de la regla enunciada por él; baste recordar que llegó hasta negociaciones secretas con Bismark.

La interdependencia del fin y de los medios, sin embargo, está expresada, en el caso de los versos reproducidos, de modo enteramente exacto.

Es preciso sembrar un grano de trigo para cosechar una espiga de trigo. ¿El terrorismo individual, por ejemplo, es o no admisible, desde el punto de vista de la “moral pura”? En esta forma abstracta, la cuestión, para nosotros, carece de sentido. Los burgueses conservadores suizos, hoy todavía, conceden honores oficiales al terrorista Guillermo Tell. Nosotros simpatizamos enteramente con el bando de los terroristas irlandeses, rusos, polacos, hindúes, en su lucha contra la opresión nacional y política. Kirov [ Serguei Kirov era secretario del PC de Leningrado y secretario del CC del PCUS. Su asesinato en 1934, a manos del comunista Nikolaiev -y posiblemente con la complicidad de la GPU- abrió el periodo de terror.], sátrapa brutal, no suscita ninguna compasión. Nos mantenemos neutrales frente a quien lo mató, sólo porque ignoramos los móviles que lo guiaron. Si llagamos a saber que Nikolaiev hirió conscientemente, para vengar a los obreros cuyos derechos pisoteaba Kirov, nuestras simpatías estarían enteramente del lado del terrorista.

Sin embargo, lo que decide para nosotros no son los móviles subjetivos, sino la adecuación objetiva. ¿Ese medio puede conducir realmente a fin? En el caso del terror individual, la teoría y la experiencia atestiguan que no. Nosotros decimos al terrorista: es imposible reemplazar a las masas; sólo dentro de un movimiento de masas podrás emplear útilmente tu heroísmo. Sin embargo, en condiciones de guerra civil, el asesinato de ciertos opresores cesa de ser un acto de terrorismo individual. Si, por ejemplo, un revolucionario hubiese hecho saltar al general Franco y a su Estado Mayor, es dudoso que semejante acto hubiera provocado una indignación moral, aun entre los eunucos de la democracia. En tiempo de guerra civil, un acto de ese género sería hasta políticamente útil. Así, aun en la cuestión más aguda -el asesinato del hombre por el hombre- los absolutos morales resultan enteramente inoperantes. La apreciación moral, lo mismo que la apreciación política, se desprende de las necesidades internas de la lucha.

La emancipación de los trabajadores sólo puede ser obra de los trabajadores mismos. Por eso no hay mayor crimen que engañar a las masas, que hacer pasar las derrotas por victorias, a los amigos por enemigos, que corromper a los jefes, que fabricar leyendas, que montar procesos falsos, en una palabra, que hacer lo que hacen los stalinistas. Esos medios sólo pueden servir un único fin: el de prolongar la dominación de una pandilla, condenada ya por la historia. No pueden servir, sin embargo, para la emancipación de las masas. He ahí por que la IV Internacional desarrolla contra el stalinismo una lucha a muerte.

Las masas, naturalmente, no carecen de pecado. La idealización de las masas nos es extraña. Las hemos visto en circunstancias variadas, en diversas etapas, en medio de los mas grandes sacudimientos políticos. Hemos observado su lado fuerte y su lado débil. El fuerte, la decisión, la abnegación, el heroísmo, encontraron siempre su expresión más alta en los periodos de ascenso de la revolución. En aquellos momentos, los bolcheviques estuvieron a la cabeza de las masas. Otro capítulo de la historia se abrió en seguida, cuando se revelaron los lados débiles de los oprimidos: heterogeneidad, falta de cultura, horizontes limitados. Fatigadas, distendidas, desilusionadas, las masas perdieron confianza en ellas mismas y cedieron su sitio a una nueva aristocracia. En este periodo los bolcheviques (los “trotskystas”) se hallaron aislados de las masas.

Prácticamente, hemos recorrido dos de esos grandes ciclos históricos: 1897-1905, años de ascenso; 1907-1913, años de reflujo; 1917-1923, años de ascenso, sin precedente en la historia; después, un nuevo período de reacción, que todavía hoy no ha terminado. De esos grandes acontecimientos, los “trotskystas” han aprendido el ritmo de la historia; en otros términos, la dialéctica de la lucha de clases. Han aprendido -y parece, hasta cierto grado, que han acertado a subordinar a ese ritmo objetivo sus planes y sus programas subjetivos. Han aprendido a no desesperar porque las leyes de la historia no dependen de nuestros gustos individuales o no se someten a nuestros criterios morales. Han aprendido a subordinar sus gustos individuales a las leyes de la historia. Han aprendido a no temer ni a los enemigos más poderosos, si su poder se halla en contradicción con las necesidades del desenvolvimiento histórico. Saben nadar contra la corriente, con la honda convicción de que el nuevo flujo histórico de poderoso impulso los llevará hasta la orilla.

No todos arribarán: muchos se ahogarán. Pero tomar parte en ese movimiento con los ojos abiertos y con la voluntad tensa -¡sólo eso puede dispensar la satisfacción moral suprema dable a un ser pensante!

Coyoacán, 16 de febrero de 1938.

P. S. – ESCRIBÍA ESTAS PÁGINAS SIN SABER QUE DURANTE ESOS DÍAS MI HIJO LUCHABA CON LA MUERTE. DEDICO A SU MEMORIA ESTE CORTO TRABAJO QUE -ASÍ LO ESPERO- HABRÍA CONSEGUIDO SU APROBACIÓN: PORQUE LEÓN SEDOV ERA UN REVOLUCIONARIO AUTÉNTICO Y DESPRECIABA A LOS FARISEOS.

Trump se prepara para aumentar sanciones económicas contra Venezuela

por Alexander Fangmann //

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, exigió “acciones económicas fuertes y rápidas” contra el gobierno venezolano el Lunes, levantando la amenaza implícita de sanciones contra la industria petrolera del país, cosa que tendría efectos devastadores en la economía del país.

La amenaza de Washington viene después de una escalada de la campaña de la oposición de derechas contra el plan del gobierno de celebrar una asamblea constituyente que reescriba la constitución. Esto ha culminado en la convocatoria de una huelga nacional de 24 horas que tendrá lugar el jueves 20 de julio.

Según un informe de Reuters, una expansión de sanciones enfocadas, dirigidas a oficiales del régimen, ya ha sido preparada y solo necesita que Trump la anuncie. Dos personalidades contra las que se pensó dirigir las medidas son el ministro de defensa Vladimir Padrino López y Diosdado Cabello, el antiguo presidente de la Asamblea Nacional y figura clave tanto en el ejército venezolano como en el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). Estas nuevas sanciones implicarían congelar los bienes de esos oficiales en los Estados Unidos y prohibir hacer negocios con compañías e individuos estadounidenses.

Esto sucede a dos rondas anteriores de sanciones contra oficiales del gobierno venezolano y la compañía petrolera estatal PDVSA. Más recientemente, el Departamento del Tesoro de EEUU anunció que iba a bloquear al vicepresidente Tareck El Aissami del sistema financiero estadounidense por presunta implicación en el tráfico de drogas.

De acuerdo con un informe publicado por el Financial Times, cuando se le preguntó por la posibilidad de una prohibición de las importaciones de petróleo venezolano, un oficial estadounidense habría afirmado que “todas las opciones están sobre la mesa”. Los Estados Unidos reciben alrededor del 25 por ciento de la producción venezolana de crudo, lo que quiere decir que cualquier disminución en las importaciones reduciría las divisas extranjeras disponibles al gobierno venezolano para financiar la importación de alimentos, medicamentos y otros productos básicos necesarios, exacerbando la ya severa escasez.

Con todo, ha habido oposición a un embargo exhaustivo del petróleo venezolano desde los operadores de refinería estadounidenses que dependen del crudo venezolano para sus operaciones y se enfrentarían con dificultades al cambiar a otras fuentes de crudo. El presidente de la asociación de Fabricantes de Combustible y Petroquímicos Estadounidenses, Chet Thompson, le escribió a Trump, diciendo, “Sanciones que limiten importaciones estadounidenses de crudo venezolano desfavorecerían a muchas refinerías estadounidenses, particularmente las de las regiones de la Costa del Golfo y de la Costa Este, que se han optimizado para utilizar crudo agrio producido en Venezuela”.

Entre los mayores importadores de petróleo venezolano están Citgo, la subsidiaria estadounidense de PDVSA, Valero Energy, Phillips 66 y Chevron. En su totalidad, Venezuela representa aproximadamente el 9 por ciento de las importaciones estadounidenses de petróleo crudo. Una reducción en la disponibilidad de crudo venezolano significaría una subida en los precios de la gasolina e incluso posiblemente despidos en refinerías.
A causa de las dificultades políticas involucradas en ampliar sanciones más allá de chavistas prominentes, buena parte de la presión estadounidense sobre Venezuela ha venido a través del apoyo a la oposición de derechas centrada en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) y su exigencia de nuevas elecciones y algún tipo de arreglo para compartir el poder basado en su control de la Asamblea Nacional.

Esto llevó el domingo a un referéndum nacional organizado por la MUD sobre el plan de la asamblea constituyente. Aunque fue celebrado sin los auspicios del Consejo Nacional Electoral, que tildó de ilegal esa votación, la MUD afirmó que hubo una participación de 7,2 millones, o el 37 por ciento, de los cuales el 98 por ciento votó contra la asamblea constituyente. Tales cifras se alinean de cerca con los votos totales recientes por la MUD en elecciones nacionales y aparentemente incluye votos emitidos en centros de sufragio en más de 100 países, incluyendo a los Estados Unidos.

El mismo día del referéndum de la MUD, el gobierno venezolano programó un “ensayo” de su propia votación de la asamblea constituyente, y fuentes de noticias próximas al gobierno, como Telesur, afirmaron que participaron millones. La votación verdadera está prevista para el 30 de julio. Una vez convocada, se encargará a la asamblea constituyente que reescriba la constitución para consolidar el control chavista en por lo menos ciertos aspectos del gobierno y de la economía venezolanos.

Después del referéndum, la oposición declaró que era la “hora cero” para el gobierno de Maduro, y exigió un paro nacional de 24 horas para el jueves. Sin embargo, dándose cuenta del aislamiento de la MUD respecto a la clase trabajadora y a amplias capas sociales, Freddy Guevara, el vicepresidente de la Asamblea Nacional y miembro del partido Voluntad Popular, dijo en Twitter que la “huelga civil de este jueves no puede partir solo de los hombres de negocio. El país es de todos y todos tienen que garantizar que se paralice Venezuela”. Según un informe de Associated Press, la cámara de comercio más grande de Venezuela incluso anunció que los empleadores no castigarán a los trabajadores por ir a la huelga.

También están surgiendo informes acerca de que hay negociaciones internacionales de alto nivel sobre cómo poner fin a la crisis en Venezuela. El Financial Times citó una fuente anónima que decía que el presidente colombiano Juan Manuel Santos tiene previsto viajar a La Habana el domingo al menos en parte para convencer a Raúl Castro para que dé su apoyo a una salida negociada a la crisis, posiblemente incluso dándoles asilo político a Maduro y a su esposa, Cilia Flores. La agencia privada de inteligencia, Stratfor, también afirma que Cuba es el nexo para el diálogo indirecto entre Rusia y los Estados Unidos, en el que el ex presidente del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero ha sido una figura clave. Stratfor también señaló que “ha recibido informes persistentes acerca de que [Maduro] ha barajado pedir asilo en Rusia o Cuba”.

Cuba, Rusia y China tienen intereses económicos sustanciales en Venezuela y sufrirían significativamente si fueran enteramente excluidos si cae el gobierno de Maduro. Participando en negociaciones en las que Maduro abandona la escena, esperan congraciarse con la derechista MUD y mantener sus relaciones actuales lo más que puedan.
El principal obstáculo en el camino de cualquier salida negociada a la crisis, o un golpe palaciego, es la propia clase trabajadora. Para la clase trabajadora, todos los desenlaces propuestos, basados como lo están en el mantenimiento del capitalismo, significan austeridad continuada para apuntalar las hojas de balance venezolanas en continuo declive y abonar a los tenedores de bonos.

Nicanor Parra conversa con Leonidas Morales sobre Violeta 

El día en que debíamos grabar la conversación sobre Violeta*. Nicanor me recibió vestido de poncho largo. Subimos al segundo nivel de su biblioteca. Me preguntó yo tenía música araucana. Dijo que le interesaba mucho. De inmediato empezó a imitar el sonido cavernoso de la trutruca y a bailar la parte final de una canción araucana, siguiendo el ritmo con los pies y girando. Separaba los brazos, que levantaban el poncho y le daban al bailarín un aspecto de pájaro ritual. Me habló luego de la idea de una obra musical que debería ser como “un collage, una diseminación”, he­cha solamente con finales de canciones. Empezando con el final de la Canción Nacional. “Al final de la Canción Nacio­nal como termina, por ejemplo, una rumba, como termina una conga, o como termina un vals, o como termina una ópera. Y son nada más que despedidas, despedidas, despedi­das. Hasta el infinito”. En seguida llevó la idea de la mezcla de finales de canciones en otra dirección. Recordó una canción de Chiloé, una sirilla, y canto una parte de ella, con muy buena voz. Dijo: “Fíjate lo que resulta ahora”. Tarareó el fragmento de la sirilla, pero enlazándolo al final con el fragmento de la canción araucana, sin dejar de seguir el ritmo con los pies. El resultado fue sorprendente: los dos frag­mentos parecían haber olvidado sus diferencias, fundiéndose y dando origen a un producto musical enteramente nuevo ¡Cómo se pasa de la una a la otra, oye, con qué naturalidad! Cómo se profundiza cuando se pasa de la cosa un poquitito pintoresca cspañola a lo telúrico araucano”. Concluyó diciendo: “España y América: integración”.

Esta introducción, obviamente, no era ajena al tema de la conversación. Nicanor fue creando sin duda la atmósfera de un conjuro. No se había mencionado todavía el nombre de Violeta, pero tampoco era necesario: su memoria estaba ya invocada.

L.M. Tu interés por la música, ¿es de siempre?

N.P. De siempre. Y cada vez me interesa más. Algunas voces llego a confundirme con los que ven en la música la expresión artística mas cabal.

L.M. Sé que influiste mucho en la orientación de Violeta hacia el folclor, y desde luego que fuiste su crítico litera­rio. ¿También su crítico musical?

N.E No, no, no. De todo.

L.M. De la música también.

N.P. Yo la saqué a ella de la música radial. La saqué a patadas. Y costó. ¡De repente se produjo todo! Claro, por­que yo disponía ya de un mínimo de criterio. Había ido a la universidad. Era amigo de Tomás Lago, que era un especia­lista, un folclorólogo. Entonces estaba en contacto ahí di­recto con los objetos de la cultura popular. Además que ha­bía tenido la misma formación de la Violeta. Había visto las mismas cosas que había visto ella. Y podía mirar esas cosas con un mínimo de espíritu critico, universitario al menos.

L. M. Ella llegó el 32 a Santiago. ¿Así fue?

N. P. No, después. Yo llegué el 32.

L. M. Isabel, en su libro sobre Violeta, dice que el 32

N.P. No, fue después. Tiene que ser el 35. Porque yo estaba ahí. O sea, 32, 33, 34… Y ya estábamos con la Revista Nueva, creo.

L.M. Es decir, eras aún inspector en el Internado Barros Arana.

N.P. Pero ya en el Pedagógico. Yo empecé sí de inspec­tor el año 33. Y entonces ahí hay un par de años enigmáticos. Eso tiene que haber ocurrido por el año 35 mas o me­nos. Cuando apareció la Violeta en el Internado… “Lo necesitan”.

L.M. Con su maleta.

N.P. ¡Qué maleta! Con su guitarra no más. ¡Qué maleta! ¡Con su guitarra! Yo no podía creerlo. Además, qué iba a hacer yo con la pobre Violeta. Yo era un pobre infeliz yo también. Pero eso funcionó bien. Yo entendí, parece, la in­tención.

L.M. ¿Qué hiciste entonces?

N.P. Claro. Porque ella llegó de Chillán, y en ese tiempo todo el resto de la familia estaba en Chillán. Yo la acogí, la llevé a la casa de unos parientes, donde ella quedó bien ins­talada. La casa del tío Ramón Parra Quezada. Este tío era primo del papá. Y era un hombre muy simple, pero muy gentil, muy bonachón. Trabajaba é1 para la Compañía de Electricidad. Era pagador. Y tenia una casita muy bien mon­tada en la Avenida Cumming. No sé, podríamos ir un día ahí. Una de las cosas que habría que hacer, fíjate tú. ¡Todavía se pueden tomar fotografías de lugares sagrados!, ¡absolu­tamente sagrados!, que nadie sabe que existen. Por ejemplo, todavía esta la casa donde vivió la Violeta! La casita del tío Ramón Parra. En Cumming, cerca de Balmaceda.

L.M. El ingreso de Violeta ala Escuela Normal fue idea tuya.

N.P. Total. ¡Llevarla allá, a la cultura, al templo de la Cultura, pues! Porque tú ves que los demás no tuvieron nada que ver con la enseñanza de la Secundaria. El único académico que salió de ahí fui yo.

L.M. De manera que los dos años que estuvo en la Nor­mal, vivió en la casa de tu tío Ramón.

N.P. No, no. En realidad, ella estudió y estuvo en el In­ternado de la Normal. Claro, cuando salía iba ala casa del tío Ramón. Esa familia estaba formada por el tío Ramón, la Matilde, que era… una sobrina de él. Se había casado con su sobrina Matilde. Era una mujer muy encantadora y muy ge­nerosa, ¿ah? Y en seguida también estaban ahí hermanos de la Matilde. La Elba, por ejemplo. Fue polola y novia mía. ¡Y la Chaco! La Chaco está muerta ya. Y también el Héctor, o Tito que le decíamos. Porque el otro, el mayor, ese vivía en Valparaíso. Y había uno más, semiflotante por ahí, del que se hablaba. Había referencias… Ah, no, ése so había muer­to… Esa era más o menos la atmósfera ahí en la casa del tío Ramón. Era una casita de clase media, muy bien atornillada, porque tenia hasta piano en el saloncito. Y era una casa de ladrillo con mampara, pasillo al centro. A la entrada, dos habitaciones, una a cada lado. Podían usarse como dormito­rios. Una de ésas fue dormitorio mío. En seguida venía una galería interior y un patiecito a la derecha. Al otro lado eh dormitorio del matrimonio y después al fondo el comedor, y unas piececillas adyacentes. Después el tío amplió adentro. Hizo otras construcciones. Incluso tenia arrendatarios, por­que esa casa era de él.

L.M. Una casa antigua, supongo.

N.P. Es una casa relativamente antigua. Yo diría que por ahí del 20 o 30. Pero ya con pretensiones de modernidad. No era una “bauhaus”, pero no era tampoco una casa de adobe o de tabique, con tejas. No, señor. Era una casa de ladrillo, baja. Ahí vivía la Violeta. Y ahí llegábamos nosotros. El tío nos invitaba a comer, a almorzar, qué sé yo. Vida social pequeño burguesa, oye. Con Jorge Millas, con Pedraza tam­bién, Luis Oyarzún.

L.M. ¿En esos primeros años la Violeta ya empezó a escribir poesía?

N.P. No, para nada. No, no, no. Esto es una cosa muy posterior. Yo recuerdo frases que decía ella, cuando muy niña, en Chillán. Juegos de niños. Yo ponía atención a eso. Ella tenia algunos años menos que yo, cuatro o cinco. Y yo era una especie de gurú cultural para ella. Había una relación muy estrecha, muy estrecha. A ella la profesora, la señorita Berta, le pedía poesías y ella las recitaba. Y las poesías, “au­tor: Nicanor Parra”. Poesías patrióticas… Pero, frases de ella de la época. Me llamó mucho la atención la siguiente: “Viva el Dieciocho de Septiembre / con pulgas, piojos y liendres!” Ya está, miéchica. En un barrio de Chillán. Y esto otro era más repetido. Parece que perteneció al folclor de la zona. La calle principal de Chillán es la calle Libertad. Libertad y Constitución, que parten de la estación ahí. Entonces los ni­ños jugaban. Decían en su juego: “Mi papá con mi mama / se agarraron a patá’ / en la calle Li-ber-tá” Fíjate tú. Esos detalles los recuerdo yo, que tienen que ver con ella. Y por cierto que ella desde muy chica era un personaje que tenia que ver con el espectáculo, ¿ah? Porque siempre en la casa el papá como profesor primario, músico y medio poeta, era muy aficionado a armar pequeños actos literarios, en la casa, con sus hijos. Y la Violeta que se lucía evidentemente. Ella sabía las canciones que se cantaban. Por ejemplo: “En una mesa te puse / un ramillete de flores, / María no seas ingrata, / regálame tus amores”. Pasos dobles, ¿ah? Esta era la época de la victrola. Todo el mundo en los barrios tenía su victrolita.

L.M. Ustedes también.

N.P. En la casa no habla victrola, pero los vecinos tenían. Yo recuerdo también en relación con esta misma canción que te acabo de decir… Los muchachos del barrio, los pelusas, qué se yo, los amigos, todos eran gente muy precaria, pues oye. Todos eran niños descalzos para empezar, niños sin za­patos. Fíjate tú la letra de la canción: “En una mesa te puse / un ramillete de flores, / Maria no seas ingrata, / regálame tus amores”. Pero cómo la cantaban los niños: “En una mesa te puse / un plato de chicharrones, / María no seas ingrata, / abájate los calzones”. Ahí están los orígenes de a antipoe­sía. Por una parte el establecimiento, diría yo potifrunci, y en seguida la libertad de la imaginación infantil, pues “Ma­ria no seas ingrata, / abájate los calzones”…

L.M. Así es que en los actos organizados por el padre, la Violeta intervenía con numeritos musicales.

N.P. Y ya con guitarra, eso si. No, no, no, ella desde chica con guitarra. Y ella reproducía entonces las canciones que salían de las victrolas. Pero también, y esto era lo im­portante, las canciones de las hermanas Aguilera, en el cam­po. Cantoras campesinas, cantoras de trillas, de faenas agrícolas. La Tencha…  A ver, cuál era la otra… Eran tres, oye.

L.M. He leído varios testimonios sobre los años de Vio­leta en Chillán, y las hermanas Aguilera aparecen como figuras importantes en la experiencia de Violeta en el terreno de la música campesina chilena. ¿Eran sólo amigas de tu familia, o también parientes?

N.E Eran medio parientes. Mira, Leonidas, es que aquí la cosa hay que aclararla en los siguientes términos. Estas eran comunidades, grupos de familia que vivían ahí, en Malloa, que es un valle. Huape también se llama eso. Huape significa “entre ríos”: entre el río Ñuble y el río Chillán. Hay ahí unas tierras muy fértiles. Los familiares de los abuelos maternos son de ahí. Son campesinos semiacomodados, con tierras propias y sobro todo con viñedos. Y al mismo tiempo el abuelo Ricardo era administrador de un fundo. Entonces, vida cultural de esta comunidad: la canción, las tonadas y las cuecas. Claro, y las guitarras en todas las cantoras cam­pesinas chilenas. No populares: cantoras campesinas. Que tenían sus repertorios propios. La victrola todavía no llegaba allá, o una que otra familia podía tener una victrola. No, no, no: ésta era una música que se transmitía oralmente.

L.M. Las mismas canciones campesinas que cantaba tu madre, me imagino.

N.P. También, claro. Canciones que cantaba la madre. Por cierto, si la mamá venía de ahí. Ahora, estas familias de esa comunidad estaban muy relacionadas y muy emparenta­das entre si. Y cuando no había gota de sangre común, de todas maneras existía la tradición de llamarse cariñosamen­te, por ejemplo, “la prima fulana”, “primo fulano”.

L.M. Aunque no lo fueran.

N.P. ¡Aunque no lo fueran! ¡Después hemos descubier­to que no! Que no había tal cosa. Por ejemplo, “las primas Aguilera”, decía la mamá. No decía “las niñas Aguilera”. No: “las primas Aguilera”. Era una manera, cómo te dijera yo, de apearse que tenían las gentes de esa zona. Y además las relaciones que había entre esas famillas, eran relaciones de parentesco en realidad, ¿ah? Por ejemplo, la Viola iba a la casa de las Aguilera a pasar el verano. Y las Aguilera la acogían especialmente bien a ella por sus condiciones musica­les, de carácter. Porque la Viola fue desde chica una lechu­guilla, como decía la mama. Y ella aprendió de las hermanas Aguilera sus primeras canciones.

L.M. Ocho o diez años, más o menos.

N.P. Justo. Ella y la Hilda, también. Porque ellas forma­ban una pareja. La Hilda era un par de años mayor. En se­guida, entre los hombres ahí había otra pareja, que era Ro­berto con Eduardo. Pero éstos no tenían mucho que ver con el campo. No, ésos operaban ahí en los suburbios no más. Se formaban en la vida popular de los suburbios, jugando a las chapitas que se decía.

L.M. Y en los veranos, a comer uvas seguramente.

N.P. Bueno, en el verano no tan solo a comer uvas, sino que también a tomar chicha dulce, con…

L.M. Con un canuto.

N.P. ¿Canuto se llamaba?

L.M. Me parece.

N.P. Caña la llamábamos nosotros. Cada uno andaba con su cañita. Y al menor descuido, claro, de los propietarios de estas pipas que se amontonaban ahí, en los patios de las bodegas, estaba pegado uno, chupando. Más de alguna vez nosotros quedábamos botados alrededor de las pipas, borra­chos como piojos. Porque era demasiado rica la chicha, y uno cuando se conecta con la pipa, ya no quiere soltarla más.  Y algunas veces esto era no tan sólo con chicha, sino tam­bién con chichones, fuertes ya, y también con vino. Había pipas con vino ahí que nadie controlaba, y todas semiabier­tas para que respire la pipa.

L.M. Claro, por la fermentación.

N.P. Estaba en fermentación. Bueno, entonces esto te­nía mucho que ver con la vida popular infantil. Yo participa­ba poco de eso. Yo ya estaba embarcado en el liceo. Ya tenía otros hábitos y otros proyectos. Yo no gocé la infancia como la gozaron estos demonios, o sea, la Violeta y Roberto, pues oye. Ahora uno ve en el lenguaje de Roberto, en la vitalidad de ese lenguaje, lo que ocurrió en aquella época.

L.M. Sin embargo, Violeta demoró muchos años en redescubrir el lenguaje de la infancia y abrirse al mundo de la cultura folclórica.

N.P. Tuvo que reprimirlo. Pero un día se produjo la iluminación. En Mac-Iver 22. Yo acababa de volver de Inglaterra y parece que habían madurado las brevas, oye.

L.M. ¿Cuándo se produjo eso?

N.P Yo volví el 51, y esto puede ser el 52, porque todavía no habían salido losAntipoemas. Pero un día ella apareció en el departamento que yo tenia ahí. Era como un depar­tamentito de dos ambientes. Tarde un día, tarde. Nos veíamos poco. Yo estaba recién llegado aquí a Chile desde Inglaterra con la Inga.

L.M. La sueca.

N.P. La sueca. Y ha Violeta no le había caído muy bien a la Inga. Porque la Violeta era un poco desastrada. Su presen­tación personal, ¿ah? Pero esa vez estaba yo solo. Estaba trabajando, leyendo. En ese tiempo mi interés era el contra­punto de Taguada y don Javier de La Rosa. Quería yo hacer una edición de ese contrapunto y completarlo.

L.M ¿Completarlo?

N.P. Con otras estrofas que metía yo, que iba produ­ciendo sobre la marcha. Pensaba dejar constancia, desde un punto de vista del siglo XX, a ver acaso se podía hacer algo, una obra literaria de más aliento a partir de esto documento del siglo XIX. Proyecto que no cristalizó plenamente nunca. Esa era la idea de aquella época. Y apareció en estas condiciones la Violeta. Parece que ella percibió que yo no le concedía mucha atención, y me preguntó: “¿Qué estás hacien­do?” Yo tal vez no me saqué los anteojos y seguí sentado. Le dije: “Estoy haciendo un trabajo aquí… muy difícil”. “¿Y en qué consiste ese trabajo?”, me dijo, un poco molesta. Entonces yo le expliqué y le leí algunas cuartetas del contrapunto, que ella no conocía. “¿Y esas cosas estudias tú?”, me dijo. Yo creo que cuando ella pronunció esa frase, se produjo la Iluminación. “Bueno, ¿por qué? —le digo yo— ¿por qué dices tal cosa?”. “Espérate -me dijo-. Vuelvo en un rato”. Salió y volvió en una hora o dos, con un alto así de papeles y con cualquier cantidad de coplas. ¡Cualquier cantidad! Todas estupendas, excelentes. “Estudia eso”, me dijo.

L.M. Ella había venido escribiendo eso desde años.

N.P. ¡No! ¡Lo inventó sobre la marcha!

L.M. ¿En una hora?

N.P. ¡En una hora! ¡En un par de horas! Le brotaban “como agua de manantial” las coplas pues, para citar a Mar­tin Fierro. Entonces me entrega estas coplas y yo me saco los anteojos, me pongo de pie le digo: “Violeta, por Dios… ¿quién hizo esto?” “Bueno, ¿y quién crees tú que lo hizo?” “Tenemos que hablar sobre estas pamplinas —le dijo yo—. A ver, vamos hablando. Porque tú ves muy bien que éstas son cuartetas. Pero lo más importante se da en las décimas”. “¿Y qué es eso? —me dice—, ¿qué son las décimas?” Le di un ejemplo de décima. Yo tenia ahí mis libritos, mi bibliografía. Estaba estudiando la poesía popular chilena. Ya conocía yo los folcloristas chilenos de comienzos de siglo. De ma­nera que estaba bien pertrechado. Y le digo: “Bueno, vea­mos aquí pues lo que son las décimas”. Quien había estudia­do lo que se llama la “poesía vulgar” de Chile era don Rodolfo Lenz. Entonces le leo algunas décimas, y la Violeta me dice: “Pero si ésas son las canciones de los borrachos, pues”. Esa fue la respuesta de ella. “¿De qué borrachos?”, le digo yo. “¡Cómo de qué borrachos! De los borrachos de Chillán, pues!”, me dijo. “Bueno, ¿y éstas tienen música?” “Si, son canciones de borrachos”, me dijo, y empezó a canturrear ahí. Le dije yo: “Ahora entonces lo que tenernos que hacer es buscar la guitarra”. Yo no tenía ahí en ese momento. Y volvió en un plazo de dos o tres días, ya con los tuntunes. Entonces empezamos ya con los versos a lo humano, a lo divino, versos por el fin del mundo. Todo lo imaginable le hablé de todo lo que yo sabia ya en ese momento, y ella lo captaba todo al vuelo. Además de eso, yo diría que se producía entre ella y yo una comunicación al estilo de los campos morfogenéticos de que hablan los ecólogos. No sé si tú ma­nejas eso…

L.M. No, no, no.

N.P. Yo te puedo explicar en qué consiste. En unas islas por ahí, alguien los enseñó a lavar las papas a los monos, a los gorilas, antes de comérselas. Y rápidamente los gorilas que no habían tomado lecciones, empezaron a lavar las pa­pas también… Lo más divertido es que gorilas de otras islas vecinas que no so comunicaban con ésta, todos ellos, todos lavaban las papas antes de morderlas. Eso tipo de comunica­ción la llaman los ecólogos, comunicación por campos morfogenéticos. Y eso se producía con la Violeta. Era una comunicación a través de la mirada, a través del tono de voz, a través de la expresión corporal. Éramos prácticamente una sola persona. O sea, bastaba con que yo estudiara algo para que eso automáticamente pasara a propiedad de ella, sin ne­cesidad de que yo se lo mencionara.

L.M. Por la adhesión, el respeto o la admiración que Violota desde chica sentía hacia ti, pienso que al verte estu­diando con seriedad esas coplas, pudo también percibir algo así como una legitimación de un lenguaje, de una cultura reprimidos hasta ese instante, como decías tú.

N.P. Absolutamente. Por eso es que… “Estudia eso también”. Entonces se produjo a partir de ese momento una alianza indisoluble. Nosotros estábamos comunicados antes, pero la comunicación era a nivel exclusivamente familiar. Yo la ironizaba mucho a ella, porque cada vez que iba a los suburbios donde ella vivía con la mamá, la encontraba bailando vals o bailando guaracha, o cantando esas cuestiones. Yo le decía: “Hasta cuando, Violeta por Dios, si esto no sirve. Tú tienes que hacer tus propias investigaciones”. Y ella no entendía qué era esto. Pero ese día que yo te acabo de describir, en ese minuto se produjo la iluminación, y ya no fue necesario insistir mucho. Claro, nosotros nos veíamos frecuentemente. Incluso hicimos viajes juntos. Una vez, por ejemplo, fuimos aquí a Puente Alto a ver a don Emilio Lobos y don Isaías Angulo: los cantores populares de la época. Ahora ya se trataba del guitarrón, para ver cómo había que acompañar efectivamente estos “cantos de borrachos”. Porque ella recordaba solamente las melodías, pero no los acompañamien­tos. Los acompañamientos los sacamos de los cantores de Puente Alto. Ahí estaba, por ejemplo, don Emilio Lobos, que cantaba así, a través de los bigotes, blancos, oye. Canta­ba a lo divino. Decía: “Un día que Asuero estaba / tomando cierto recreo, / vino a verlo Mardoqueo, / a quien el rey apre­ciaba”. Esos eran cantos “con Biblia en mano”, que llamaban ellos, ¿ah? Yo tengo por ahí todavía la grabadora de ha Violeta, una de esas grabadoras que pesaban más que un maletín de gásfiter, oye. Las grabadoras Phillips de la épo­ca. Con esa grabadora salíamos. No, yo salí un par de veces con ella. Al norte también hicimos una vez un viaje, con un fotógrafo, el Queco Larraín. Pero eso fue muy posterior. Ya era una celebridad la Violeta. Ahora, cómo se produjo el paso del departamento mío ya al dominio público. Bueno, en esos días yo tuve que ira una Escuela de Temporada en Valdivia, con Jorge Millas, Luis Oyarzún. Y cuando volví después de quince días, o de un mes, en Santiago no se hablaba de otra cosa que ¡de Violeta Parra!

L.M. Había comenzado a divulgar el canto folclórico.

N.P. Claro. Porque ya ella, que sabia todo esto y que lo tenia en el inconsciente, lo empezó a sacar, pues. Y fue a la Radio Chilena y en la Radio Chilena la recibieron poco me­nos que con un arco de flores. La hicieron cantar, y ya todo el mundo andaba con cantos a lo humano y a lo divino. Ahora, esto fue llevado, cómo te dijera yo, a los tribunales más exigentes. Porque rápidamente so hizo un recital de ella en eh Museo de Arto Popular, con programas con afiches y con presentación académica del director del Museo de Arte Po­pular, que era Tomás Lago. Ahora esto ya muy en grande. Y también se embarcó muy rápidamente, aunque contra su voluntad, el propio Neruda, que prestó su casa de aquí de Patricio Linch, para que Violeta hiciera una presentación. El estaba resfriado eso día, o se hizo el resfriado, y no concurrió. Porque él no tragó nunca a la Violeta, ¿ah?

L.M. ¿Verdad?

N.P. No, no, no. El no ha tragó nunca, o no la entendió nunca. En cambio, Tomás se dio cuenta desde el primer momento quién era la Violeta. Y Pablo solamente en el último minuto se subió al último carro del tren. Escribió esa…

L.M. El poema que aparece en la introducción alas Dé­cimas.

N.R Ese poema. Se lo escribió, claro.

L.M. Yo creía que Neruda había intuido algo también desde el comienzo.

N.P. Debió haber intuido algo. Pero es que la Violeta era un personaje critico, y además se produjo lo siguiente. La Violeta opacaba a todo el mundo. Y en las reuniones sociales hasta ese momento el florero centro de mesa era Neruda. Pero aparecía la Violeta con su guitarra, y simplemente todo el mundo lo único que quería era que Violeta tocara su guitarra. ¡Y los poetas pasaban a la historia! Hay que darse cuenta de eso también.

L.M. Tenia la impresión de que en esos primeros años en general las radios no habían acogido con mucho entusiasmo el canto folclórico de Violeta.

N.P. Para nada. Pero en la Radio Chilena sí desde Comienzo. En otras radios, no. Tuvo problemas. ¿Quién estaba en la Radio Chilena? ¿Estaba ya Ricardo García?

L.M. Él la presentaba.

N.E Claro. Ahora, yo conocia algunos personajes en RCA Victor, porque ella rápidamente empezó a hacer gra­baciones. Hay algunas anécdotas muy graciosas. Por ejem­plo, un día fui yo con ella a RCA Victor. Estaba citada para grabar. Bueno, ella ya grababa antes sus guarachas y sus rumbas, pero estaba conceptuada como un personaje de cuar­ta categoría. Música para los bares de los suburbios, una cosa así. Poro ahora llegaba la Violeta a grabar en otros términos. Y ye exigiendo dignidad máxima. Y se produjo lo siguiente. Este personaje que manejaba…, el gerente, digamos, dijo: “Bueno, Violeta, está todo esto listo”. No la hicieron esperar mucho, horas, pero finalmente le dijeron si, está todo listo. De manera que pasa y aquí vamos a hacer la grabación. Le habían aceptado la grabación de las tonadas. Se habían opues­to primero, porque eran tonadas campesinas, que no era música comercial. Pero yo le dije: “Tú te tienes que poner firme en esto”. Y fui yo a apoyarla. Yo no era ninguna auto­ridad tampoco para nadie, pero por lo menos era una fuerza física que estaba presente ahí. Entonces después de un rato me dice: “Va a empezar ha grabación inmediatamente”. “Y cómo se va a hacer”, le digo yo. “Me va a acompañar el guatón Campos”, me dijo. “No —lo dije yo—, aquí el guatón Campos ni ningún guatón tiene nada que ver. Aquí simplemente tocas tú tu guitarra, así como hemos acordado y cata­plumchinchin”. Entonces fue para allá y volvió diciendo: “Pero si el honor máximo es el guatón Campos aquí en RCA Victor. Es el primer guitarrista chileno, y cualquiera quisiera ser acompañada por el guatón Campos”. Yo le dije que el guatón Campos se retire de mi vista… ¡Que desaparezca del mapa! Y logramos que se grabaran las primeras tonadas, simplemente al estilo de las hermanas Aguilera de Malloa, del Huape, de Chillán para abajo. Y ahí empieza realmente el baile propiamente tal.

L.M. Es decir, la difusión del canto folclórico auténtico como resultado inmediato de un proceso: la apertura a la cultura de la infancia y, a partir de ahí, al amplio mundo del folclor chileno e hispanoamericano.

N.E Y cada vez ella me consultaba ahí si podía ampliar. Por ejemplo, al final ya ella quiso incorporar los valsesitos pueblerinos que también eran un tipo de folclor. Y a esas alturas yo la veía ya tan firme, tan sólida, que yo le ponía luz verde a todas sus proposiciones. La última vez que me pidió luz verde fue en Paris. O sea, después que ella era una cele­bridad. Estaba muy tímida, ¿ah? Me dijo: “Tito, ¿qué te pa­rece a ti este instrumentito? Tan lindo que es. Claro que no es un instrumento que pertenezca al folclor chileno”. Era un instrumento venezolano. El cuatro venezolano. Ese era un instrumento que causaba estragos en Paris, en las peñas de hispanoamericanos y de latinoamericanos. Sin el cuatro no se hacía nada. Y ella había aprendido a tocar el cuatro. Em­pezó a tocar, y le dije yo: “Adelante”. Claro, si el folclor no es una cosa de museo: el folclor es una cosa viva. Metemos el cuatro también. Eso si que ella me propuso el cambio de nombre: “Le vamos a llamar la guitarrilla”.

L.M. Sí, el cuatro es como una guitarra chica.

N.P. La guitarrilla. Ella volvió a Chile con la guitarrilla. Y empezó entonces el carnaval de la música andina aquí, de la música no tan solo campesina chilena, sino que ya a nivel hispanoamericano.

L.M. Las grabaciones de las que tú hablabas, os difu­sión de una música preexistente. Pero, ¿en qué momento comienza Violeta a poner lo suyo, a crear sus propias canciones?

N.P. Ella empieza pronto también. Bueno, ya hacia co­sas en la época de la música comercial. Yo tengo aquí un disco con canciones de ella de la época. El dúo de las herma­nas Parra, pero ya con música y letra de la Violeta, compadre.

L.M. No, yo sé eso. Hay unos boleros por ahí.

N.P. Unos boleros también, claro.

L.M. Yo me refiero al periodo posterior, cuando se ha producido ya su redescubrimiento del folclor.

N.P. Bueno, esta es una cosa a posteriori y que se hace posible solamente después que ella ha estudiado a fondo por si misma, y ha desenterrado este material arqueológico de la música chilena.

L.M. Y lo absorbe.

N.P. Lo absorbe, aprende ella por si misma, y ve que entonces está en condiciones, a partir de esos datos, de ela­borar y de hacer proposiciones personales. Y al mismo tiem­po estimulada, apoyada siempre por el hermano mayor. Si la frase clave de ella que está ahí, se ha publicado varias veces: ‘Sin Nicanor no hay Violeta”…

L.M. ¿Te mostraba a ti lo que escribía? Las letras de las canciones, por ejemplo.

N.P. En una época, claro. Al comienzo me mostraba ella. Yo nunca le corregí nada. Al contrario, ella me corrigió una vez a mi. Ella grabó varias canciones al comienzo con letra mía. Por ejemplo, la primera canción con letra mía que ella grabó… “Cuando salí de Chillán, / salí sin ningún motivo, / salí a recorrer el mundo / porque ése era mi destino, / porque ése era mi destino. / Fue mi destino ay si, / fue mi destino”. La letra es mía. La música es de ella. Después yo publico La cueca larga. Yo estaba trabajando ya en darle forma al contrapunto, y además tenía en proyecto en ese tiempo un li­bro que nunca aterrizó, que se llamaba Tonadas y cuecas. Me gustaba mucho el titulo como para un libro. Entonces ella leía esto, y como tenía una feroz sensibilidad y sabia que eso estaba bien hecho, puchas, no le quedaba otra cosa que embarcarse con esos textos, y ponerles música. Y de reponte ella se dio cuenta de que también podía hacerlo, y empezó a trabajar.

L.M. Cuando uno lee la poesía de Violeta, desde luego las letras de has canciones, piensa que tal vez pudo haber leído ella a algunos escritores, a algunos poetas.

N.P. Ah, no, ella empozó a ver el material de que dispo­nía yo, pero no con gran ahínco. Por ejemplo, hay que darse cuenta de lo siguiente. Que la Violeta, cuando estaba en el Louvre… Si ella estaba exhibiendo sus pinturas en el Lo­uvre, sus obras plásticas. y no conocía el Louvre. Si ella era un personaje que estaba absolutamente centrada en sí mis­ma. Yo tuve que llevarla poco menos que a la fuerza para que viera “La victoria de Samotracia”, y para que viera “La Mona Lisa”. A ese extremo. Pero de todas maneras ella veía con el rabo del ojo. Necesariamente ya el arte moderno esta­ba triunfando, aunque muerto, como diría Habermas, que di­cen, y estaba en todas partes. Necesariamente ella veía a Picasso. Veía todo en todas partes.

L.M. La poesia de Violeta, aunque tenga su origen en las formas del folclor, es netamente moderna. Por eso lo hacía la observación sobre la posibilidad de que hubiera leído a poetas modernos.

N.P. Bueno, ella desde luego leía toda la antipoesía mía. No tan sólo los poemas populares, sino que leía todo.

L.M. Pero aparte de lo tuyo, ¿no la viste interesada en algún poeta chileno, por ejemplo?

N.E Leyó poco. Ella no tuvo una debilidad por leer no­velas tampoco. Algo leyó, ¿ah?, pero literatura más bien de desecho. Yo creo que ni al propio Neruda le conoció a fondo. Claro, conoció necesariamente en el colegio a la Mistral, en los libro de lectura llegaba algo de Magallanes, de algunos poetas del primer modernismo chileno. Eso necesariamente. Y además yo estaba todo el tiempo leyendo en voz alta también, decía cosas, y todo eso pasaba automáticamente a ella. Bastaba aunque yo leyera a ojos cerrados, para que todo esto se comunicara a ella morfegenéticamente. Pero ella no fue una estudiosa como he sido yo de la literatura francesa, por ejemplo. No sé si conoció la palabra Rimbaud, la palabra Baudelaire. Yo mismo las manejaba muy poco. La primera vez que cayó un Baudolaire en mis manos, fue un Baudelaire de Neruda vía Gonzalo Rojas. Un día llegó Neruda a mi casa, ahí en Larraín, a la vuelta de la casa de él. El me había llevado para allá prácticamente. incluso me había prestado plata para que yo pagara anticipados unos me­ses de este chalecito nuevo, recién construido. Y muy bien, llego Pablo ahí. Pasaba todo el tiempo, ¿ah? Siempre don­de iba a tomar la micro, pasaba frente a mi casa, tocaba el timbre para indicar que él había pasado. Pero un día pescó un libro de mi biblioteca y dijo: “Este libro es mío. Cómo llegó aquí”. Era el Baudelaire de La Pléyade. Yo le dije: “Vía Gonzalo Rojas. El me lo prestó a mí”. Fue un pequeño es­cándalo… Creo que Pablo se lo había prestado a Gonzalo y se le había olvidado, a Pablo o a Gonzalo, no sé qué. Ahí se produje un impasse. Y creo que has relaciones de Neruda con Gonzalo, que nunca fueren excelentes, a partir de ese momento se enfriaron más todavía.

L.M. Patricio Manns escribió un libro sobre Violeta*. ¿Lo has visto?

N.E Lo he visto. Muy retórico, ¿ah?

L.M. Me parece interesante lo que él dice. Que para la comprensión de la poesía de Violeta es importante la pro­ducción de los poetas de la Lira Popular.

N.P. Ya se hacían poco esas cosas. Ya se había termina­do esa época. Muy de tarde en tarde aparecía una Lira Popu­lar por ahí. Bueno, esas Liras Populareslas podía ver la Violeta en mi propia casa, pues.

L.M. Patricio Manns piensa que Violeta, sobre todo en las letras de las canciones de protesta, es una heredera de les poetas populares de esas hojas sueltas.

N.E Yo nunca la vi a ella con un ejemplar de la Lira Popular. Si prácticamente ya no circulaban. Muy de tardo en tarde. Y además todo eso ella lo podía ver en mi bibliote­ca.

L.M. Y no se interesó.

N.P. No, se interesaba, y ella llegó a conocer totalmente ese lenguaje. Pero si yo le leía en voz alta toda la antología de la poesía vulgar chilena de don Rodolfo Lenz. ¿Tú conoces eso o no?

L.M. Sí, revisé en la Biblioteca Nacional la colección que publicó Lenz.

N.P. No, todo eso lo conoció la Violeta a través de mi biblioteca personal. Y había lecturas que hacíamos juntos. Yo le decía: “Mira qué maravilla, Violeta por Dios”… “la diabla se fue a bañar / y le robaron la ropa / y otro diablo le decía: / eso te pasó por loca”. Además nosotros habíamos mamado eso en Chillán, en los barrios. “En una mesa te puse / un plato de chicharrones, / María no seas ingrata, / abájate los calzones”. “Mi papá con mi mamá / se agarraron a patá’ / en la calle Libertá”. O yo le decía de pronto a la Violeta: “Mira esto”. Los Romances populares y vulgares de Julio Vicuña Cifuentes, que yo los manejé desde muy temprano. Le leía también otros romances. Por ejemplo éste, qué chileno es: “Del cielo cayó un carnero / y del golpe que se dio, / enterró un asta en el suelo”. “Mi mamá hizo un puchero, / apesta que estaba bueno”.

L.M. Yo no sé si Violeta, conversando contigo, mostró alguna vez tener conciencia acerca del destino de la cultura folclórica. Cultura que el desarrollo de la sociedad moderna condena prácticamente a morir, a desaparecer.

N.P. Ella trataba de prolongar la agonía. Pero al mismo tiempo sabía, estaba absolutamente cierta de los valores de este tipo de cultura. Que dicho sea de paso, no es otra cosa que la supervivencia de la cultura propiamente tal. Aquí me voy a poner un poco difícil. Yo no sé si tú vas a estar de acuerdo en esto. Poesía popular chilena, hispanoamericana y española… y cuál es el origen de todo esto. Es la poesía juglaresca y trovadoresca, la poesía de los trovadores del siglo XII. Yo he leído por ahí que el proceso de desarrollo de la cultura occidental propiamente tal, se había suspendido en el siglo XII, con los procesos de la Inquisición y con la expulsión de los albijenses, la destrucción de los hombres puros, de los búlgaros que también se llaman.

L.M. ¿Búlgaros? Cátaros.

N.P. Cátaros… entonces éstos son los últios ecos de esa cultura que fue destruida a sangre y a fuego por el Papa y por el rey de Francia. De estos pocos trovadores que se escaparon y huyeron hacia España. Y los españoles los acogieron, a pesar de que estaba funcionando la Inquisición, creo, en España. De manera que no hay que asombrarse de la calidad suprema de esta música y de esta poesía. Era la cultura albijense. La langue d’oc y la langue d’oïl. ¿Conoces a Miguel… Serrano?

L.M. Lo conozco.

N.P. Miguel Serrano a mí me dio algunas luces sobre la situación. Bueno, yo estudié en alguna época el siglo XII. Pero él me dice que precisamente lo que Hitler trataba de hacer, era recuperar esa cultura. Porque lo que ha ocurrido entre el siglo XII y el XX es solamente… basura.

L.M. Tus consideraciones sobre cátaros, trovadores y la cultura occidental, no están muy de acuerdo con lo que establecen los historiados, ¿no?

N.P. No, no, no. Esto es historia esotérica…

L.M. Esa impresión me da…

N.P. No, hay que partir de esa base: que es historia esotérica. Pero lo esotérico por algo está ahí también. Cuidado. El esoterismo lo lleva Miguel Serrano al extremo. Él cree a pie juntillas que Hitler está congelado en el polo no sé cuánto, y que alguna vez Hitler volverá en gloria y majestad. Y está toda la leyenda del Grial ahí, ¿ah?

L.M. . Quiero proponerte una relación entre el suicidio de Violeta y el estado de la cultura folclórica, con la cual ella tanto se identificó. Esa identificación que destacaba José María Arguedas…

N.P.. Que también se suicidó…

L.M. . Claro… ¿No crees tú que la percepción de esa cultura al borde de su extinción, condena de algún modo, pudo haber contribuido, a ir creando subterráneamente las condiciones de su decisión final?

N.P.. Es una componente también. No podría contestarse negativamente eso. Es imposible. Nosotros no nos hemos suicidado, pero yo por lo menos siento la erosión que se produce en alguna parte de uno mismo. Qué tremendo que eso desaparezca para siempre. Eso que parece que fue una componente fundamental de nosotros como individuos, de nuestros abuelos y de nuestros antepasados.

L.M. . Y en el caso de ella, que ni siquiera era una componente, porque era todo.

N.P.. Sí. Sí. Porque ella nunca reemplazó eso por otra cosa.

L.M. . Entonces, una identificación tan fuerte, que casi es como una identificación de destino…

N.P.. Pero aquí hay que hacer una pequeña observación colateral. Que es la siguiente: no hay que pensar que esa cultura ha desaparecido, ¿ah?

L.M. . No, no, no. Está.

N.P.. Está en los barrios, está en los campos. Está desfigurada, pero continúa. Continúa en el lenguaje callejero, en el lenguaje de La Vega, en el lenguaje de los obreros. Ciento por ciento. Y ella sabía dónde tenía que alimentarse. Cuando volvía, por ejemplo de Europa, y abría inmediatamente su ramada en el Parque o en el Zanjón de la Aguada, o donde fuera, ella… Me lo declaró una vez: “Nicanor, perdóname tú, que yo vengo del Louvre y me voy al Zanjón de la Aguada, pero es que de ahí yo saco mis energías”. De la gente. Y es de la gente inocente.

L.M. . Totalmente de acuerdo contigo. Yo me refiero a otra cosa: dentro de la sociedad moderna, la cultura folclórica históricamente está perdida como sistema, no importa que subsistan sus restos. Y la única manera de recuperarla, de salvarla, es, tal vez, lo que la misma Violeta hizo, es decir, transformándola artísticamente e insertándola por esta vía en la cultura moderna.

N.P.. Así parece, recuperar lo perdido.

L.M.  En Violeta, en cierto modo lo perdido es definitivo. Ahora, su realización artística no habría sido lo que fue sin la experiencia de la cultura urbana, del arte moderno, aun cuando haya sido de reojo, como decías tú, y desde luego sin esas comunicaciones morfogenéticas que había entre ustedes dos.

N.P.. Bueno… yo la consideraba a ella una aprte de mi propia persona. Yo jamás hubiera soñado con cerrarme ante ella. Éramos la misma persona, te lo repito. Pero incluso está en un antipoema mío: “La Viola y yo somos la misma persona / Sí: / no me tomen en serio pero créanmelo”. Eso está dicho ahí, con todas sus letras. Ahora, yo con más recursos de supervivencia que ella. Incluso logré formar un pequeño imperio, ¿no te parece, Leonidas?, cosa que para ella no fue posible. Me refiero a la cosa material. Claro que el imperio de ella hubiera sido mucho mayor si hubiera sobrevivido, porque estaba al borde de la eclosión. Por ejemplo, ella estaba al borde del reconocimiento como pintora. Y una vez que yo le dije a ella: “Violeta, hay que preocuparse también del nido”… Yo tenía mi casita aquí ya. Entonces ella me dijo “El nido se hace solo, guachito culebra”. El nido se hace solo… Claro, ella sabía que estaba a punto de producirse algo… yo pude haber evitado eso. La ascendencia de hermano mayor que yo tenía sobre ella era tan grande, que yo lo pude haber evitado.

L.M.  Tú crees.

N.P. Claro, si yo hubiera estado preparado como estoy ahora. Pero yo en la época en que ella se suicidó, no había llegado al taoísmo. De manera que no sabía nada sobre las relaciones humanas.

L.M. . ¿Pero habría podido seguirte?

N.P.. Habría aceptado, necesariamente, por empatía, por vasos comunicantes. Es decir, eso inmediatamente se hubiera transplantado a ella. Necesariamente. Por lo menos se hubiera amortiguado mucho el temperamento de ella, que era sumamente posesivo, ¿ah? Entonces ella no tuvo nunca la menor idea de que la fórmula correcta de comunicación el interlocutor es otra, que es la distancia. Que nadie es dueño de nadie.

L.M.  Sobre todo en la pareja.

N.P. Claro. Que nadie es dueño de nadie. Y que uno debe estar encantado si el interlocutor le concede algunos minutos de su vida.

L.M.  Difícil, oye. Es fácil formularlo, pero yo me imagino la situación existencial de ella, con todas sus ramificaciones. No sé hasta qué punto hubiera podido abrirse a ese pensamiento.

N.P.. Bueno, o se abre o suena. En el taoísmo se dice con todas sus letras lo siguiente… A nadie se le pide que acepte esta filosofía, ¿ah? Pero se le advierte lo siguiente: que no se sabe lo que pueda ocurrir con él si no se enchufa por aquí. Y si se enchufa, no le aseguramos nada. Hay una posibilidad de recuperación, pero es muy difícil. Ese es más o menos el planteamiento general.

L.M. . Nicanor, ¿tú te acuerdas bien cuándo empezó Violeta a escribir las Décimas? Isabel da en su libro el 58, pero ya vimos que otra fecha suya resultó equivocada.

N.P. Cuando yo volvía a Chile el 58, ya estaban escritas. Yo te voy a decir exactamente. Las escribió rápidamente, ¿ah? Las escribió en un mes.

L.M.  De una patada.

N.P. De una patada. Y de una patada hizo su obra pictórica. También. Simultáneamente hizo la obra pictórica y las Décimas. En el 58 las Décimas ya estaban. Yo vivía en Mirador de Los Leones. “Admirador de Los Leones”, le decía mi sobrino, Lucifer, ¿cómo se llama? Ángel. 16006, creo que era. En “Admirador de Los Leones”, cuando supe de las Décimas de la Violeta. Claro. Y de vuelta de un viaje largo. En mi regreso me encontré con las Décimas. No, ya estaban en el 58. la Chabelita tiene razón.

L.M.  La idea de narrar su vida en décimas fue como ella lo dice, ¿no? Sugerencia tuya.

N.P. No recuerdo. Yo le estaba dando tareas siempre, eso sí. Incluso el día sábado antes del suicidio le di otra tarea. Estábamos aquí en una terracita, frente a la quebrada. Yo la tenía invitada a almorzar, el día sábado. Ella el martes partía a Europa, vía Buenos Aires. Se iaba a quedar en Buenos Aires e iba a hacer una exposición ahí. Llegó tarde. Bien tarde. Con un regalo: con unos patos, blancos. Y estos patos venían amarrados, para que no se volaran. Entonces lo primero que hice yo: corté las amarras y los patos salieron volando. Salieron volando y se fueron a la quebrada. Estos patos blancos… Ella se sorprendió primero y dijo: “Vamos a perder los patos”. Pero después entendió completamente la situación. Y yo no sé por qué lo hice. Es un happening poético, también. A los patos los dimos por perdidos. Ahora, yo recuerdo que después que estuvimos largo rato ahí, largo, largo, de repente vimos que los patos estaban en la quebrada mirándonos a nosotros, poniendo atención a nuestra conversación… Un misterio insondable.

Ella se presentó con un amigo, Carlos Rodríguez creo que se llamaba. Vinieron en un jeep del Carlos Rodríguez. Carlos Rodríguez era un hombre joven, apuesto. No sé si era pololo de ella o un amigo no más. Almorzamos ahí, los tres. La nueva tarea que traté de darle fue la de escribir una novela. “Aquí falta la gran novela gran – le dije-. Quién sino tú la podría sacar adelante. Suspende tu viaje a Europa hasta después de tu novela”. Pero ella parece que ya había tomado su decisión, a juzgar por lo categórico de su respuesta: “Eso vas a tener que hacerlo tú mismo. Déjame cantarte la última canción”. Estúpidamente yo no entendía lo que quería decir la frase. Creí ese día que era la última canción de la sesión. Pero después me di cuenta que era la última de la última. Aquí ocurrió algo singular. “Día domingo en el cielo”: así se llamaba. Ahora, ella tuvo un contratiempo conmigo, porque yo le dije: “No, cántame otra antes. Cántame mi canción favorita, que es la canción chilota”. Describe ahí una familia chilota en un bote: “No es vida la del chilote…”. Bueno, le molestó que yo le pidiera esa canción, pero me la cantó. La cantó y rápidamente pasó a “Día domingo en el cielo”. Y se puso de pie, como una sombra así, y la guitarra aquí…

Con el Carlos Rodríguez se fue a la peña. Tenía que cantar ahí esa noche. Y extrañamente, fíjate tú que volvió tres horas más tarde. Volvió aquí. ¿Esta vez volvió con Carlos? No, creo que volvió sola. Porque ella llegó a su carpa y ahí había un grupo de argentinos que me andaban buscando a mí. Entonces ella volvió para acá. Estuvo un rato. Y esa noche había una gran fiesta aquí arriba. Un vecino que teníamos, muy amigo de ella. ¿Cómo se llamaba este escultor? Este… Edwards… ¿Te acuerdas tú cómo se llamaba?

L.M.  No, no lo conozco.

N.P.. Arturo Edwards… Que era prácticamente el dueño de todas estas tierras. Yo le compré a él, tengo entendido, o él tenía mucho que ver. Él era un hombre de negocios. Arturo Edwards. Un grna sujeto, ¿ah? Escultor y hombre de negocios. Simultáneamente, y gran señor, pero no rajadiablos chileno*. Gran señor chileno. Muy amigo de Violeta. Habían trabajado juntos, incluso se había asociado y habían hecho una gran fonda en el Parque. ¡Y ahí estaba el Arturo, fíjate! No se sentía disminuido por el hecho de estar en ese medio y haciendo este tipo de cosas con la Violeta. Bien, entonces en la casa de Arturo Edwards… ¿Se había muerto ya Arturo? No, no recuerdo. Pero estaba el Arturo chico, que acababa de volver, tengo entendido, de la Isla de Pascua. Estaba llena de pascuenses la casa.

L.M.  Y estaban de fiesta.

N.P. Estaban de fiesta. Gran fiesta gran. Y bajó el Arturo chico: “Nicanor – dijo- , todo el mundo p’arriba”. A la fiesta, miéchica. Yo le dije: “Violeta, vamos p’arriba”. “No, tengo que ir a la peña”. Y se fue a la peña. No sospechaba para nada. Si hubiera sospechado vagamente, yo me movilizo, pues oye. De todas maneras yo tuve una última chance. Al día siguiente yo tenía unos invitados a almorzar, y no tenía vino. A esta hora más o menos, dije yo, puchas, voy a buscar vino. Y se me ocurrió pasar por la casa que era de la Viola, la casita de madera que tenía ella, que se había comprado con los derechos de autor de esa canción… los negros…

L.M. . “Casamiento de negros”

N.P. “Casamiento de negros”. Entonces pasé por ahí, en mi escarabajo blanco. Y dije, la Violeta debe tener vino. No estaba ahí la Violeta. Estaba la hija de la Violeta, la Carmen Luisa. Me dijo : “No tío, no hay vino aquí”. “¿Y la Violeta?” “En la carpa”. “Ah, entonces voy – le dije yo -, me voy a la carpa”. Y aquí sucedió algo diabólico. La Carmen Luisa me dice: “No vaya a la carpa, tío. No va a encontrar vino allá. La mamá no tiene vino ahí en la carpa”. Claro, era la una y media de la tarde ya.

L.M. . Si vas, tú llegas a tiempo.

N.P.. Natural. Estábamos a dos horas, dos o tres horas… del disparo. Claro que de todas maneras esto se hubiera producido a posteriori, después, porque no era la primera vez que intentaba suicidarse. No era la primera vez. Ahora, a las cinco de la tarde de ese día… Las cinco tendrían que haber sido… Yo estaba transplantando un bambú allá detrás de la casa. Hacía calor. Y en plena ceremonia del transplante del bambú, de repente vi que llegaba alguien , un enviado, un emisario, no sé cómo caracterizarle, porque no era un simple mozo de la carpa, que estaba a cargo de él y de su mujer. Brotó de la nada, como un fantasma, mientras yo transplantaba unas matas de bambú. “Don Nicanor, acaba de ocurrir una cosa terrible”. “Lo sospecho – respondo – ¿Por qué no la llevan a la Posta?”. Se quedó en silencio mirando al suelo. Después me pasó una carta. Me dijo: “Esta carta estaba en las rodillas de ella”. Una carta con manchas de sangre… terrible… que no conoce nadie sino yo… Tal vez alguna vez me atreva a publicarla… Porque no deja títere con cabeza… A uno solamente… La “Carta del Vidente” de Rimbaud no es más lúcida, no es más apocalíptica, no es más humilde.

L.M. . ¿En qué estabas pensando tú cuando le decías que debía escribir esa novela? ¿Querías probarla?

N.P.. No, para nada. No, porque yo pensaba sinceramente que ella podía llevar adelante un proyecto tan ambicioso como ése. Escribir una novela no es como escribir una canción. Se requiere, me parece a mí, de muchos más recursos. Y me parecía que ella había llegado a una situación tal, en que podía esperarse de ella una novela o… cualquier cosa. Pensaba por cierto en una novela que pudiera equipararse a las grandes novelas hispanoamericanas. Yo estaba seguro que ella podía superar todo eso.

L.M. . Ya. Pero, ¿en qué te basabas para pensar que ella podría hacerlo? ¿En qué indicios?

N.P.. No, ella era una prosista eximia. Ah, no, no, no, eso hay que establecerlo de una vez por todas. Hay que leer, por ejemplo, las cartas de ella. O hay que leerse el librito que hizo sobre la poesía… ¿Cómo se llama?

L.M. . ¿Poesía popular de los Andes?

N.P. La Poesía popular de los Andes. Entonces ahí ella presenta los personajes ¡con una soltura! Es como si ella hubiera nacido sabiendo escribir.

L.M.  Y también en las Décimas.

N.P.. Bueno, pero las Décimas son versos.

L.M. . Sí, pero es un relato, y yo estaba recordando la facilidad con que maneja ahí los personajes y los presenta.

N.P.. Claro. No, yo estaba hablando de prosa. No, no, no: yo soy un admirador de la prosa de la Viola, ¿ah? Por ejemplo, hay que leer la última carta de ella, esa carta que dejó, que yo simplemente la parangono con la “Carta del Vidente”. Es decir, yo no veo otra prosa… Los adjetivos que se usan ahí son humildes y apocalípticos, una cosa así. La integración de los contrarios. Claro, yo recuerdo en este momento cómo empieza la “Carta del Vidente”, oye. Son especies de relámpagos, así. “Señor, yo he decidido darle una hora de literatura nueva”.  Y fíjate tú el salto: “Empiezo de inmediato con un salmo de actualidad”. A continuación, “Canto de guerra parisiense”, que es un largo poema de él. Ya está. Y que por otra parte no tiene nada que ver con el arte poética que va a desarrollar a continuación. Sigue. Dice: “He aquí la prosa de la poesía del futuro”. ¡Cómo! Si él tiene quince años, dieciséis años, qué nos puede decir él sobre el futuro de la poesía. Fíjate tú las frasecitas que se manda: “He aquí la prosa de la poesía del futuro”… “Toda poesía antigua culmina en la poesía griega”… Ese es el pulso de la carta de Violeta, y no tan sólo de esa carta. Yo recuerdo un discurso que ella se mandó, un discurso político después que fue derrotado González Videla. Es decir, ella era un pequeño Gorbachov en ese momento.

L.M.  ¿Derrotado González Videla? Ganó.

N.P.. ¿Ganó? No, entonces fue después. Eso se perdió, perdóname. No, no fue con González Videla. Fue con… Claro, alguna vez se perdió el candidato. Tal vez fue en la época en que ganó Frei.

L.M. . El derrotado fue Allende entonces, el 64.

N.P.. Exactamente. Fue con Allende. Y ella se transformó ¡en un energúmeno! ¡Y no dejó títere con cabeza, en una asamblea del Comité Central! Y los epítetos que le aplicó a Volodia. ¡De a uno por uno los iba descabezando! Y decía las mismas cosas que dicen ahora, cómo te dijera yo, los rebeldes del…

L.M.  Del PC.

N.P. Claro, los rebeldes del PC. Exactamente. Los rebeldes energuménicos de la actualidad, pues oye.

L.M. . Volvamos a la novela que Violeta no escribió. Cuando le propones esa tarea, ¿qué tipo de novela, de realización del género esperas de ella?

N.P.. Bueno, si lo hace ella, yo espero que ella lo haga de acuerdo con las normas, ¿ah?, con los cánones. Y esos cánones evidentemente que yo no los conocía en esa época. Los conozco ahora, después de estudiar a Macedonio. ¿He hablado contigo de Macedonio, no?

L.M.  No.

N.P. Ah, ¡no! ¿Tú conoces el Museo de la novela de la Eterna?

L.M.  Lo leí hace muchos años, y en este momento no recuerdo el detalle de los planteamientos de Macedonio Fernández.

N.P.. Ah, cuando releas ese libro, entonces me vas a encontrar un mínimo de razón, porque… Bueno, él dice que hasta ese momento, hasta el momento en que él escribió ese Museo de la novela de la Eterna, de donde desciende toda la literatura contemporánea, se dice, toda la literatura sudamericana, ¿ah?, incluyendo a Borges… Borges, cuando Macedonio murió, en el cementerio dijo que a lo único que aspiraba era a plagiar a Macedonio, porque no se podía hacer ninguna otra cosa. Y la sensación que yo tengo respecto de Macedonio, coincide con la de Borges. Yo había escrito lo siguiente: “Después de Kafka no se puede leer a Flaubert”. Lo había dicho sin saber quién era Macedonio, y tengo que retirar ese artefacto. Claro, cuando leí a Macedonio, por primera vez encontré algo que ese podía leer después de Kafka, que se podía leer efectivamente, ¿ah? Pero de aquí a Penco. Bueno, él dice que la novela hasta ese omento, y la poesía, ha sido hecha por historiadores. Que la novela no ha empezado. Falta una novela hecha por poetas. Pero una novela, cómo te dijera yo, donde no ocurre nada. Ese es el primer requisito. Porque si ocurre algo, eso es historia. Y para él el poema, porque él era poeta también, debe descolocar al lector. La idea es: el lectortiene que dudar incluso de su propia existencia. Esa es la finalidad de la poesía. No es contar historietas, según él, ¿ah? En cierto sentido, podría pensarse que él está con el creacionismo. Es un tipo de creacionismo el que él propone. No se deben repetir las cosas que ocurren en la realidad. El no habla de inventar nuevas realidades. Va más allá, diría yo. El dice que no hay que inventar nada, que no debe ocurrir nada en la novela. Es la novela sin personaje y sin mundo. Fíjate tú. Son estados de conciencia no más lo que cuenta, dice, para aclarar un poco.

L.M. . O sea, una novela que no es novela.

N.P.. Porque la novela también habría que decir que no-ve-la-realidad. Pero tampoco la realidad le importaba a él.

L.M. . Así es que tú crees que Violeta podría haber realizado de alguna manera el proyecto de Macedonio.

N.P.. Yo creo que la Violeta podría tal vez… En esa época yo no sabía exactamente, no disponía de una teoría de la novela. ¡Para nada! Es decir, para mí el prosista tenía que ser Kafka, o en su defecto Gombrowicz. Pero yo no estaba pensando en una novela a lo Mariano Latorre, ni a lo Julio Cortázar, ni a lo García Márquez. No, para nada de esto. No, no, yo pensaba que ella iba a salir con algo del mismo orden que hizo en la música, o en su propia poesía. No, no creas tú que yo estaba pensando que ella hiciera una novela criollista y que aparecieran ahí los huasos cantando cueca.

L.M. . Si crees que ella podía escribir una novela cuya teoría no tenías cuando le hiciste la propuesta, entonces era sólo una intuición lo que había en ti.

N.P.. En último término, era una confianza ciega en ella. Y por otra parte yo percibía un abismo, un hueco. Aquí faltaba, cómo te dijera yo, un trabajo en prosa a la altura de la poesía chilena. En ese tiempo me pareció que no lo había. Y extrañamente ella parece que había tomado su decisión, como te dije antes, y me devolvió la pelota. Me dijo: “Eso vas a tener que hacerlo tú mismo”.

L.M. . No escribió la novela, pero qué estupendo relato nos dejó en lasDécimas.

N.P. ¿Tú has visto las décimas de Roberto, o no?

L.M. . Las de La negra Ester, sí.

N.P. Así es que ahora son tres los de la fama, en la camada ésta, pues oye. Y cuatro con Lautaro, porque Lautaro tiene ahí unas décimas que son bastante notables. Alguen debía hacer una antología de estos poetas: Roberto, Lautaro y la Violeta y Nicanor. A ver, ¿quién más? A lo mejor hay algunas cosas de Eduardo también. Ya serían cinco, fíjate. En Estados Unidos ya se habría hecho.

L.M.  Una antología de la familia.

N.P. Claro.

L.M. . Nicanor, ¿qué obstáculos habría para que la carta de Violeta pudiera ser conocida, publicarse?

N.P.. Sobre eso yo quería hablar contigo. Es decir, el tema que quería tocar. Quiero que tú veas el texto y que opines sobre él. Y tú tendrías que decirme si ha llegado el momento o no, porque evidentemente que antes no se podía. Tú vas a ver que no se podía antes.

L.M. . Entiendo que hay ahí referencias familiares incómodas.

N.P. Para empezar.

L.M.  No tan sólo eso.

N.P. Hay referencias a Fidel, a Frei, a Hitler.

L.M.  Pero lo delicado sería la parte familiar.

N.P. La parte familiar claro que es muy brusca. Quién no queda por las cuerdas. Si el único que se salva soy yo. “Excepto uno”, se dice al terminar la carta. Todos los títeres quedan descabezados, menos uno. Hay juicios sobre parientes que están vivos… Juicios sobre sus hijos, nombrados con todas sus letras. Son juicios ya, cómo te dijera yo, desde la tumba… Bueno, si tú quieres, yo voy a buscar la carta, y tú la ves y veamos qué se piensa sobre ella ¿Ah?

L.M.  Muy bien.

 


* La entrevista se hizo en dos sesiones, grabadas los días 3 de agosto de 1989 y 2 de mayo de 1990, en la casa del poeta en el sector oriente de Santiago, en La Reina Alta.

* Se trata de Violeta Parra. Madrid, Ediciones Júcar, 1984 (1ª ed., 1978). El libro contiene un extenso estudio preliminar, seguido de una antología de letras de canciones de Violeta. Con pequeñas modificaciones, el estudio preliminar se publicó después como libro, en Chile. con el titulo de Violeta Parra. La guitarra indócil. Concepción, Ediciones LAR, 1986.

Cortázar: La noche de Mantequilla

Eran esas ideas que se le ocurrían a Peralta, él no daba mayores explicaciones a nadie pero esa vez se abrió un poco más y dijo que era como el cuento de la carta robada, Estévez no entendió al principio y se quedó mirándolo a la espera de más; Peralta se encogió de hombros como quien renuncia a algo y le alcanzó la entrada para la pelea, Estévez vio bien grande un número 3 en rojo sobre fondo amarillo, y abajo 235; pero ya antes, cómo no verlo con esas letras que saltaban a los ojos, MONZÓN V. NÁPOLES. La otra entrada se la harán llegar a Walter, dijo Peralta. Vos estarás ahí antes de que empiecen las peleas (nunca repetía instrucciones, y Estévez escuchó reteniendo cada frase) y Walter llegará en la mitad de la primera preliminar, tiene el asiento a tu derecha. Cuidado con los que se avivan a último momento y buscan mejor sitio, decile algo en español para estar seguro. El vendrá con una de esas carteras que usan los hippies, la pondrá entre los dos si es un tablón o en el suelo si son sillas. No le hables más que de las peleas y fíjate bien alrededor, seguro habrá mexicanos o argentinos, tenelos bien marcados para el momento en que pongas el paquete en la cartera. ¿Walter sabe que la cartera tiene que estar abierta?, preguntó Estévez. Sí, dijo Peralta como sacándose una mosca de la solapa, solamente espera hasta el final cuando ya nadie se distrae. Con Monzón es difícil distraerse, dijo Estévez. Con Mantequilla tampoco, dijo Peralta. Nada de charla, acordate. Walter se irá primero, vos dejá que la gente vaya saliendo y ándate por otra puerta. Seguir leyendo Cortázar: La noche de Mantequilla

Brasil: Lula es condenado por la justicia burguesa ¡Quién debe juzgar a Lula es la clase obrera y los demás explotados!

Después de un tumultuoso proceso e interrogación pública sobre el caso del apartamento triplex, Lula no podía escapar de una condena. Por más que su abogado haya demostrado que no hay ningún documento, ningún registro y ninguna prueba concreta de que el ex presidente era propietario del inmueble, eso no evitó el veredicto del juez Sérgio Moro, que determinó 9 años y seis meses de prisión, así como la prohibición de ocupar cargos públicos por 7 años. La condena, en realidad, ya se había dado a priori. En el caso de Lula, la mayoría de las veces, los sectores más derechistas de la burguesía conmemoraron. Pero en la burguesía no hay unanimidad. Hay quien considera que hubo la superposición de la política al “proceso legal”. Seguir leyendo Brasil: Lula es condenado por la justicia burguesa ¡Quién debe juzgar a Lula es la clase obrera y los demás explotados!

EE.UU. tiene el más pobre cuidado a la salud y la más grande brecha entre ricos y pobres en cuestión de salud

por Kate Randall//

Un nuevo estudio revela descubrimientos que no sorprenderán a la mayoría de trabajadores estadounidenses: en EE.UU., tu nivel de ingreso define tu acceso al cuidado a la salud, la calidad de cuidado que recibes y si encontrarás una muerte prematura debido a ello. EE.UU. también tiene el nivel de cuidado a la salud más paupérrimo en los países de mayor ingreso.
El estudio “Espejo, espejo 2017: Comparaciones internacionales reflejan fallas y oportunidades para mejorar el cuidado a la salud en EE.UU.” del Commonwealth Fund, que usa data extraída de encuestas para medir y comparar experiencias de pacientes y médicos en 11 países, encuentra que EE.UU. yace mayormente último en otorgar un cuidado a la salud accesible y de buena calidad, sin importar el ingreso.
El reporte compara el rendimiento del sistema de cuidado a la salud en EE.UU. con aquél en los 10 otros países de mayor ingreso, haciendo un ránking de cinco áreas: proceso del cuidado, acceso, eficiencia administrativa, equidad y resultados de sistema a la salud. EE.UU. yace mayormente al final excepto en un área estudiada: proceso del cuidado, en el que sale quinto.
Si EE.UU. fuese una sociedad políticamente saludable, la publicación de este reporte haría sonar las alarmas en la Casa Blanca y el Capitolio. ¿Por qué, en el “país más grande del mundo”, está la ciudad de sus ciudadanos en un estado tan deplorable? ¿Qué puede hacerse para remediar lo que solamente puede describirse como una emergencia gravísima de salud?
En vez de ello, la publicación del estudio vino luego de que se desvelara el jueves la última versión de de los republicanos del Senado de su Acta de Reconciliación por el Mejor Cuidado a la Salud (BCRA, siglas en inglés), el cual propone recortar $772 mil millones del programa Medicaid, que es para los pobres, y la expansión de éste en la Acta de Cuidado a la Salud Asequible. La Oficina Presupuestal del Congreso estimó que una versión más temprana de la acta dejaría a 22 millones más de personas sin seguridad por el 2026 que bajo el actual sistema.

El estudio de Commonwealth indica que los fáctores que contribuyen a este desastroso reporte de la salud en EE.UU. serán empeorados bajo cualquier “reforma” de cuidado a la salud tramada en Washington. La expectative de vida, luego de que mejorara en años recientes, ha sido agraviada por la crisis de opioides. A medida que la generación “baby boom” envejece, más personas en EE.UU. se encuentran viviendo con enfermedades relacionadas con la edad, lo que coloca cada vez más presiones en el sistema de cuidado a la salud.
Estos son problemas que podrían ser confrontados con un adecuado y oportuno sistema de salud, pero estos servicios son lamentablemente inadecuados. En particular, el pobre acceso al cuidado primario ha contribuido a la prevención inadecuada y el control de enfermedades. Y en EE.UU. más que en otro país estudiado, es mucho más probable que personas con menor acceso no puedan acceder al cuidado a la salud aquesible y sufran y mueran debido a ello.
44 por ciento de la población de pocos recursos reportaron barreras financieras al cuidado a la salud, comparadas con el 26 por ciento de aquellos con ingresos más altos. En comparación, en el Reino Unido tan sólo el 7 por ciento de personas con ingresos menores y 4 por ciento con mayores ingresos reportaron que los costos le prevenían obtener cuidado a la salud.
Según el estudio, en la población estadounidense en total el año pasado:
• El 33 por ciento tuvo problemas de obtención por el costo del cuidado médico.
• El 32 por ciento evitó el cuidado dental o los controles debido a los costos.
• Se le negó el 27 por ciento pago de seguro para el cuidado a la salud o no recibió tanto como esperaba.
• El 20 por ciento tuvo serios problemas para pagar o no pudo pagar gastos médicos.
• El 60 por ciento de doctores reportó que sus pacientes usualmente tienen dificultad en pagar medicamentos o costos de desembolso.
• El 54 por ciento de doctores reportó que el tiempo gastado en reclamación de seguro es un problema importante.
• El 54 por ciento de doctores reportó como un problema mayor hacer que sus pacientes necesiten medicamentos o tratamiento debido a las restricciones de cobertura de seguro.
Estos problemas son peores en el segmento de bajos ingresos en la población estadounidense. Por ejemplo, el 44 por ciento de este grupo tenía un problema con respecto a los costos en el cuidado médico y 45 por ciento evadió el cuidado dental o una revisión debido a los costos. También hay una brecha de 24 por ciento entre los grupos de ingreso por encima y por debajo del promedio que evadieron cuidado dental debido a los costos.
El estudio usa ingreso “promedio”, el cual fue alrededor de $75.000 en el 2016, como la línea divisora entre ingreso mayor y menor. Sin embargo, los multimillonarios desfiguran esta medida promedio hacia arriba y debido a la creciente desigualdad de ingresos en EE.UU., los problemas del cuidado a la salud de aquellos que viven en la pobreza en el grupo del “promedio bajo” están en gran parte poco representados.
Algunas de las estadísticas más impactantes presentadas son las de mortalidad de población, en el cual EE.UU. ocupó el último lugar de cada categoría estudiada comparada con los otros países.
• Mortalidad infantil: 6 muertos por 1000 nacimientos, comparado con Suecia que tiene 2,2 (el más bajo).
• Expectativa de vida a la edad 60: 23,5 años en EE.UU., comparado a 25,7 en Francia (el más alto).
El estudio también examina “mortalidad susceptible al cuidado a la salud” o muertas consideradas prevenibles por un cuidado a la salud oportuno y efectivo. EE.UU. tiene 112 muertes por 100.000 personas que podrían haber sido prevenidas por un cuidado a la salud oportuno y efectivo. Esto es más del doble de la tasa en Suiza: 55 por 100.000.
EE.UU. también tuvo un declive mucho más bajo en estas muertes prevenibles en los últimos 10 años: estás fueron reducidas en 16 por ciento en comparación a 34 por ciento en Holanda.
EE.UU. gastó $9364 por persona en cuidado a la salud en el 2016, comparado a $4094 en el Reino Unido, el cual obtuvo el primer lugar en cuidado a la salud. En otras palabras, si bien gasta más por persona, las poblaciones de EE.UU. tienen un cuidado a la salud más pobre que los otros 10 países estudiados.
Tales figuras evocan los reclamos de ambos partidos del gran capital para recortar el gasto. Típicos son los comentarios recientes del Secretario de Servicios de Salud y Humanos de Trump Tom Price quién afirmó que si bien estaba comprometido a luchar contra la epidemia de opioides que mató 60.000 personas el año pasado en EE.UU., “no necesitamos estar tirando dinero”, a la crisis.
Lo que no es mencionado en tales declaraciones es la causa de raíz de la crisis en el cuidado a la salud en EE.UU.: un sistema de salud basada en el lucro capitalista. Las compañías de seguro que buscan el lucro, las farmacéuticas y las gigantescas cadenas de cuidado a la salud no están en el negocio para promover la salud del pueblo estadounidense, sino incrementar sus resultados finales.
Sea cual sea la legislación a la salud aprobada en el Congreso –sea por los republicanos o en un “compromiso” bipartidista con los demócratas– estará basada en este modelo capitalista. Las actas a la salud de los republicanos de la Cámara y del Senado están, en realidad, basadas en Obamacare, el cual incorpora las estructuras establecidas bajo la legislación democrática.
El propósito central de Obamacare fue colocar los costos del gobierno y las corporaciones sobre los hombros de la clase trabajadora, con el cuidado a la salud cada vez más racionado sobre una base clasista. Los descubrimientos de Commonwealth Fund sobre el cuidado a la salud en EE.UU., particularmente aquellos en la mortalidad, son una señal del resultado preliminar de esta estrategia bipartidista.
Detrás de las propuestas del BCRA para destripar Medicaid y otorgar a las aseguradoras privadas aún más espacio para aumentar sus costos por medio de coberturas mezquinas y de alto costo, yace un intento calculado para reducir la expectativa de vida para la clase trabajadora y para muchos de los ancianos, enfermos o discapacitados a una muerta temprana.

Trotsky: Los diez mandamientos del comunista español

[Edición de Juan Andrade y José Martínez. Ruedo Ibérico, 1971. Digitalización: Germinal]

1. La monarquía ha perdido el poder, pero espera reconquistarlo. Las clases poseedoras están todavía firmes en sus estribos. El bloque de republicanos y socialistas se ha colocado en el terreno del cambio republicano para evitar que las masas tomen el camino de la revolución socialista. ¡Desconfiad de las palabras! ¡Actuar es lo que hace falta! ¡Para comenzar: detención de los dirigentes más destacados y sostenedores del antiguo régimen, confiscación de los bienes de la dinastía y de sus lacayos más comprometidos! ¡Armamento para los obreros!

2. El gobierno, apoyándose en republicanos y socialistas, se esforzará por todos los medios por ampliar sus bases hacia la derecha, en dirección de la gran burguesía, e intentará capitular a fin de neutralizar a la Iglesia. El gobierno es un gobierno de explotadores creado para protegerles de los explotados. El proletariado está en oposición irreconciliable con el gobierno de los agentes republicanos “socialistas” de la burguesía.

3. La participación de los socialistas en el poder significa que irán acrecentándose los choques violentos entre obreros y jefes socialistas. Esto abre amplias posibilidades a la política revolucionaria del frente único. Cada huelga, cada manifestación, cada acercamiento de los obreros a los soldados, cada paso de la masa hacia la verdadera democratización del país, se va a enfrentar de ahora en adelante con la resistencia de los jefes socialistas como hombres “del orden”. Por consiguiente, es tanto más importante para los obreros comunistas el participar en el frente único con los obreros socialistas, sindicalistas y sin partido, y arrastrarles más tarde detrás de ellos.

4. Los obreros comunistas constituyen hoy una pequeña minoría en el país. No pueden aspirar al poder de una manera inmediata. Actualmente no pueden proponerse como objetivo práctico la caída violenta del gobierno republicano-socialista. Toda tentativa en este sentido sería una aventura catastrófica. Es necesario que las masas de obreros, soldados y campesinos atraviesen la etapa de las ilusiones republicanas “socialistas” a fin de liberarse de ella más radical y definitivamente. No engañarse con frases, observar los hechos con los ojos muy abiertos, preparar tenazmente la segunda revolución, la revolución proletaria.

5. La tarea de los comunistas en el periodo actual, consiste en ganarse a la mayoría de los obreros, la mayoría de los soldados,la mayoría de los campesinos. ¿Qué hace falta para eso? Agitar, educar a los cuadros, “explicar con paciencia” (Lenin), organizar. Todo eso a base de la experiencia de las masas y de la participación activa de los comunistas en esta experiencia: la política amplia y audaz del frente único.

6. Con el bloque republicano-socialista o bien con partes de éste, los comunistas no deben hacer ninguna transacción que pueda limitar o debilitar de una forma directa o indirecta la libertad de crítica y de agitación comunista. Los comunistas explicarán, por todas partes y sin descanso, a las masas populares que en las luchas contra todas las variedades de la contrarrevolución monárquica estarán en primera fila, pero que para semejante lucha no es necesario ninguna alianza con los republicanos y los socialistas, cuya política estará inevitablemente basada en concesiones a la reacción e intentarán ocultar las intrigas de ésta.

7. Los comunistas emiten las más radicales consignas democráticas : libertad completa para las organizaciones proletarias, libertad de auto administración local, elegibilidad de todos los funcionarios por el pueblo, admisión al voto de hombres y mujeres a partir de 18 años, etc., creación de una milicia obrera y, más tarde, de una milicia campesina. Confiscación de todos los bienes de la dinastía y de los bienes de la Iglesia en favor del pueblo, en primer lugar en favor de los parados, de los campesinos pobres y para el mejoramiento de la situación de los soldados. Separación completa de la Iglesia y del Estado. Todos los derechos cívicos y libertades a los soldados. Elegibilidad de los oficiales en el ejército. El soldado no es un verdugo del pueblo, tampoco un mercenario armado de los ricos, ni un pretoriano, sino un ciudadano revolucionario, hermano de sangre del obrero y del campesino.

8. La consigna central del proletariado es la de soviet obrero. Esta consigna deberá anunciarse, popularizarse incansable y constantemente, y a la primera ocasión hay que proceder a su realización. El soviet obrero no significa la lucha inmediata por el poder. Es ésa sin duda la perspectiva, pero a la que la masa sólo puede llegar por el camino de su experiencia y con la ayuda del trabajo de clarificación de los comunistas. El soviet obrero significa hoy la reunión de las fuerzas diseminadas del proletariado, la lucha por la unidad de la clase obrera, por su autonomía. El soviet obrero se encarga de los fondos de huelga, de la alimentación de los parados, del contacto con los soldados a fin de evitar encuentros sangrientos entre ellos, de los contactos entre la ciudad y el pueblo, con objeto de asegurar la alianza de los obreros con los campesinos pobres. El soviet obrero incorpora representantes de los contingentes militares. Es así solamente, como el soviet llegará a ser el órgano de la insurrección proletaria y, más tarde, el órgano del poder.

9. Los comunistas deben elaborar inmediatamente un programa agrario revolucionario. La base de éste tiene que ser la confiscación de las tierras de las clases privilegiadas y ricas, de los explotadores, empezando por la dinastía y la Iglesia, a favor de los campesinos pobres y de los soldados. Este programa debe adaptarse concretamente a las diferentes zonas del país. Teniendo particularidades económicas e históricas singulares, es necesario crear inmediatamente en cada provincia una comisión para la elaboración concreta del programa agrario en estrecha relación con los campesinos revolucionarios de la región. Es necesario saber comprender la voz de los campesinos para formularla de una manera clara y precisa.

10. Los socialistas que se dicen de izquierda (entre los cuales hay honrados obreros) invitarán a los comunistas a hacer un bloque e incluso a unificar las organizaciones. A esto los comunistas responden: “Estamos dispuestos, en el interés de la clase obrera y para la solución de determinadas tareas concretas, a trabajar unidos con todo grupo y con toda organización proletaria. Con este fin proponemos correctamente la creación de soviets. Representantes obreros, pertenecientes a diferentes partidos, discutirán en esos soviets sobre todas las cuestiones actuales y todas las tareas inmediatas. El soviet obrero es la forma más natural, más abierta, más honesta y más sana de la alianza en vista del trabajo común. En el soviet obrero, nosotros los comunistas, propondremos nuestras consignas y nuestras soluciones y nos esforzaremos para convencer a los obreros de lo correcto de nuestro camino. Cada grupo debe gozar en el seno del soviet obrero de una entera libertad de crítica. En la lucha para los objetivos prácticos propuestos por el soviet, nosotros, los comunistas, estaremos siempre en primera fila”. Esta es la forma de colaboración que los comunistas proponen fraternalmente a los obreros socialistas, sindicalistas y sin partido.

Asegurando la unidad en sus propias filas, los comunistas ganarán la confianza del proletariado y de la gran mayoría de campesinos pobres, con su brazo armado ellos tomarán el poder, y abrirán la era de la revolución socialista.

Kadikei, 12 de abril de 1931

Fotografía: Despedida de las Brigadas Internacionales (foto de Robert Capa, 1938)

España construyendo el pasado. La identidad del 18 de julio

por Ferrán Gallego//

La diversidad de experiencias políticas y culturales que convergieron en el 18 de julio no resta a esta fecha su carácter unitario, como precipitante y aglutinador de un fascismo tan heterogéneo y funcional como el que se desarrolló en las experiencias similares del continente. La guerra civil fue el proceso constituyente del fascismo español en un sentido fundamental: la asunción de un marco de violencia generalizada que no se destinaba solo a la represión de los adversarios, sino a la construcción de una comunidad nacional definida por la exclusión radical de los vencidos, tanto en sus personas concretas como en lo que su experiencia política individual y colectiva representaban.
El fascismo español no fue exclusivamente el predecesor, organizado en Falange de las JONS, de un movimiento nacional más amplio, que tomaría cuerpo en el decreto de unificación de 1937. Fue el resultado de la llegada masiva de la extrema derecha española al episodio de la contienda, a sus condiciones de radicalización de proyectos, de asunción de esquemas totalitarios, de realización de prácticas inéditas de control de masas, de disciplina militar en el propio bando y de liquidación violenta del campo adversario; a sus condiciones, sobre todo, de sincretismo político, de fusión y no mera coordinación de experiencias partidistas, que incluyó a quienes habían militado en una u otra organización y, de forma masiva, a quienes se incorporaban directamente al movimiento unificado.

La especificidad del fascismo español sólo puede explicarse por la experiencia de la guerra civil, trauma generacional y ocasión impecable para que la constitución política unitaria del bando que iba a vencer se convirtiera en una oportunidad y en una obligación. Una tendencia congruente con la extrema popularidad del fascismo en la derecha radical europea del momento, a su percepción como solución unificadora de las “fuerzas nacionales”, pero también como solución a la dispersión en que se habían encontrado estos sectores durante la Segunda República. Aquella dispersión había de servir para agudizar el sentimiento de indefensión en que se encontraban los valores que representaban. Aunque resulte paradójico, de esta dispersión inicial había de surgir el reforzamiento del proceso unitario, la radicalidad del proceso de integración disciplinada de los diversos sectores de la extrema derecha, en una dinámica que aceleró y dispuso las condiciones concretas de su fascistización.

Si podemos establecer como terreno de debate legítimo la naturaleza del régimen, no creo que pueda considerarse la percepción por los contemporáneos de que se integraban, de pleno derecho, en un movimiento fascista que podía recibir en su seno a quienes lo comprendían como la realización final de las diversas trayectorias de la extrema derecha española. Ese rasgo de unidad había de ser destacado, al plantear la identificación entre lo militar y lo civil en el 18 de julio por Juan Beneyto:

Ser militar es reaccionar sintiéndose parte de una unidad histórica, ligarse a un Destino. Por eso el pueblo se hizo milicia el 18 de julio, y sólo haciéndose milicia ha conseguido volver a ser pueblo. Ya no hay masas amorfas que se agiten con procedimientos electorales. Hay un pueblo: el viejo y eterno pueblo de España, constituido en comunidad nacional por obra de un Caudillo frente a una tarea. Vibra en una estructura social que refleja a la Patria y dispone de un Estado, no como dominador ni leviatán, sino como instrumento dirigido a servir conceptos y órdenes de valores patrióticos. El hombre militar vuelve a ser hombre civil precisamente por haber sido militar. En un país de productores y de defensores, en una organización de combatientes que luchen en todas las vanguardias y en todas las retaguardias, el Caudillo que ha dirigido las jornadas de la guerra es quien da cauce a los esfuerzos y fatigas de la paz: el único Caudillo de España, Franco. Ahora en la paz, como en la guerra ayer.1

Las divergencias ideológicas entre los integrantes del bando vencedor no fueron un elemento que pueda descartarse como un simple fenómeno cultural sin interés en la organización del poder político que empezó a dibujarse en la contienda. Sin embargo, no es este factor el que puede caracterizar el caso español frente a otros, sino precisamente el grado de cohesión logrado por la virulencia de la experiencia bélica, por la radicalidad de sus delimitaciones y la potencia de sus criterios unitarios.

He expuesto ya en otros lugares una línea de interpretación que puede ofrecer tal perspectiva comparada, en especial en lo que se refiere al nacionalsocialismo alemán.2 Sin embargo, cabe reiterar la necesidad de fijar, en un espacio más amplio que el de los debates de elite, cuáles eran los factores de fusión de un movimiento social, cuyas sutilezas no habrían de llegar a instalarse en los combatientes, en los que primaba un horizonte de unidad convertido en mito movilizador. A ello se sumaba el esfuerzo de comunicación intensa entre los diversos sectores de la extrema derecha del periodo republicano, que habrían de incrementar su definición católica o su integración en el fascismo como factores complementarios en la justificación del combate.

La adhesión generalizada a unos principios generales, congruentes con la crisis social y la devastación de la identidad liberal o “democristiana” burguesas, se produjo en un crecimiento heterogéneo de todas las experiencias fascistas. Su característica fue, precisamente, generar una dinámica de aglutinación entre quienes fueron abandonando posiciones políticas previas para instalarse en el territorio de una “revolución nacional”. Las experiencias diversas de las que se procedía pervivieron en la diversidad interna del movimiento, tanto entre los dirigentes como en la amplia base militante de la que disponían, por no hablar del consenso logrado más allá de las fronteras escuetas de la organización política, a través de los espacios de sociabilidad creados por el régimen, donde la subordinación, simpatía o neutralización cultural ejercida por el fascismo se vivía de manera heterogénea.

No creo que las discrepancias expliquen la naturaleza de ninguna de estas experiencias políticas: lo que verdaderamente permite comprenderlas es definir qué funcionalidad tenían en el desarrollo del fascismo, al ser factores no antagónicos, sino áreas complementarias que permitían obtener la cohesión social y cumplir con la ambición totalizadora del régimen. La auténtica unificación debía dotarse de espacios de discrepancia que se daban en el interior del partido, donde podemos llegar a observar proyectos distintos incluso en su análisis meramente ideológico –sin ir más lejos, lo que podía diferenciar el elitismo racial de Himmler o Rosenberg de la tecnocracia propuesta por Todt o Speer, o de los sistemas de integración popular generados por los gestores del Frente Alemán del Trabajo–. En todos ellos, resulta indispensable comprender el propio periodo constituyente, ajustado a ritmos distintos, pero siempre diferente a un mero reclutamiento de masas por un partido originario.

Esencial en la obtención de la identidad del 18 de julio había de ser la reflexión sobre la historia. Si cualquier revolución necesita construir una tradición que la justifique en una interpretación del pasado interrumpido por su acceso, el fascismo español precisaba con especial urgencia de este proceso de legitimación, al presentarse como recuperación de una España eterna que podía actualizarse en las condiciones políticas del siglo XX.

A la decadencia española provocada por la derrota de la monarquía universal, debía responderse con la reivindicación de la razón histórica de aquella comunidad católica e imperial, sometida por poderes extranjeros de mayor potencia, cuyo triunfo había provocado el desorden espiritual de la civilización y la caída de España en la pérdida de su identidad y el cautiverio de imitaciones ideológicas. Este factor podía dar respuesta a los interrogantes sobre las características culturales del nuevo régimen que se planteaban durante la guerra y en la posguerra inmediata sus intelectuales, porque el rescate de España había sido un factor indispensable de cohesión en sus propósitos.

Sin embargo, también había de ser el escenario de un debate, que hemos visto realizarse ya en la búsqueda de magisterios en los cincuenta años anteriores a la guerra civil, y que se plantearía en torno a la idea de modernidad: condenable para unos en su conjunto, salvada para otros como modernidad católica, contrarreformista, históricamente recuperada y actualizada por la revolución nacional.

La reflexión histórica, realizada fuera y dentro de los espacios académicos, planteada como ensayo o como investigación, resultaba indispensable para el régimen y es muestra de su capacidad de establecer el tipo de complicidad cultural que se estableció entre herederos de tradiciones intelectuales distintas, pero que habían confluido en el esfuerzo de denostar la democracia y en la decisión de derribarla por las armas. La multitud de trabajos dedicados a los problemas políticos de los siglos XVI y XVII que se publicaron en la década de los cuarenta nos da cuenta de un espacio de reivindicación imperial que desbordaba la retórica, para tener una funcionalidad indispensable para el régimen.

Los estudios sobre el periodo imperial permitieron que la reivindicación falangista no se atuviera –aunque formara parte crucial de ella– a la expansión territorial solicitada en textos como Reivindicaciones de España o el que, publicado también en la Revista de Estudios Políticos por García Valdecasas, había de servirle de prólogo.3 La España imperial en su perspectiva histórica se presentaba como modelo de gran potencia y como salvaguarda de aquella doctrina que legitimaba la hegemonía española: el catolicismo. La lucha por la preservación de la España eterna no podía ser más que la que se había manifestado en la etapa de Isabel y Fernando, en los Austrias mayores y en la derrota del siglo XVII.

El catolicismo había pasado a ser elemento integral del falangismo y su españolidad esencial –base de la universalidad hispánica– había fijado el carácter del movimiento. Los principios de unidad de la patria, de justicia social, de comunidad jerárquica, de actitud de servicio, de negación del liberalismo y del socialismo se plasmaron históricamente en un molde fascista con el que tenían congruencia política. Los conflictos que pudieron derivarse de ello en las áreas de autoridad de los dos componentes no fueron aceptados como inevitables por quienes, desde las asociaciones católicas o desde el partido –o desde ambos lugares al mismo tiempo– señalaban la síntesis establecida por el falangismo como forma cristiana de organización de la comunidad.

A diferencia de la experiencia fascista de otras naciones, el catolicismo servía como un factor de identificación de una España que había combatido en nombre de la fe contra los enemigos del cristianismo, especialmente cuando la Reforma escindió a los monarcas y pueblos europeos. Tal factor identificador permite comprender la adhesión al falangismo y al catolicismo de forma simultánea a partir de la guerra civil, presentándose el primero como un instrumento más eficaz que cualquier otro para mantener esa línea de salvación. La sacralización de la patria pudo ser realizada por los laicos, pero no tuvo nunca un carácter distinto al de la identificación entre la nación y el catolicismo, puesto que el movimiento y el régimen habían de ofrecer una consagración de la España martirizada en la contienda, redimida por la sangre de los caídos en combate por una revolución nacional inseparable de la restauración católica.

El valor histórico del catolicismo que había defendido Ledesma Ramos como impulso de la España imperial en Discurso a las juventudes de España ya había pasado, en el momento en que se desarrolló Falange como movimiento de masas, a identificarse con la reivindicación del futuro de los españoles, con el estilo de vida que se requería de ellos, con su aceptación de un orden moral o con su adhesión a las instituciones del régimen que se generaba en la guerra civil.

Este último elemento podía demostrarse en la primera de las Leyes Fundamentales, el Fuero del Trabajo, promulgado como renovación de “la tradición Católica de Justicia Social y alto sentido humano que informó nuestra legislación del Imperio” –factor que destacarían los numerosos trabajos dedicados a establecer la vinculación entre sus principios y el catolicismo, así como la eficacia del nuevo régimen para aplicar los principios de la doctrina social de la Iglesia–.

Exacta formulación de identidad católica del Nuevo Estado, sin contradicción alguna con los principios del nacionalsindicalismo –incluyendo su concepción totalitaria– habrían de plantear los teóricos iniciales del régimen, como Legaz Lacambra, aun cuando su formulación dejara en pie posibles conflictos en el control de áreas de sociabilidad, afirmando que “nuestra teología política es teología católica”4. Si esta afirmación radicalizaba, en un sentido de absorción de lo católico por el Estado, las que había expuesto el propio Legaz en la revista Jerarquía, y que habría de reiterar en la misma publicación Laín Entralgo, en sendas adaptaciones del personalismo y del existencialismo cristianos, Juan Beneyto detallaba la recuperación de las ceremonias religiosas propias de un régimen en el que gobernaba el nuevo partido, ya que “la Falange es católica y, siendo católica nuestra tradición, no podía dejar de serlo el nuevo Estado.”5

El marqués de la Eliseda, que había justificado su salida de Falange por considerar que el fascismo era un movimiento católico cuya integridad no parecía recogerse suficientemente en los puntos fundacionales, aseguró poco después de acabar la guerra que esta inserción había sido característica fundamental del Movimiento. Años después de acabarse la contienda, Laín comentaba el libro de Corts Grau Motivos de la España eterna afirmando lo inexplicable del ser nacional fuera de la teología.

El catolicismo había de desempeñar, con todo, otra función en los años en que se produjera la primera adaptación del régimen a las condiciones de la posguerra y a la coincidencia a la derrota del fascismo europeo. Podía presentarse como la opción de recambio en la continuidad, haciendo de la sustancia católica del Nuevo Estado la demostración de su especificidad, de la creación de un orden cristiano centrado en la defensa del individuo en una organización comunitaria de la verdadera libertad.

La reflexión acerca de temas como el maquiavelismo, la razón de Estado y el bien común como legitimación de la autoridad se ilustrarían con el rescate de la propia tradición contrarreformista española. Con ello, la intensa labor de recuperación de la historia política española de los siglos XVI y XVII ofrecía un tema al que se ha prestado mucha menos atención posteriormente: la crisis de la modernidad tras la catástrofe de los años de entreguerras, culminada en el triunfo del débil liberalismo y del amenazador comunismo soviético.

La actualidad del régimen español podía presentarse como una salida para la civilización cristiana amenazada, atenta ahora a las razones que asistían a España desde la derrota imperial hasta la victoria franquista. El notable impulso para hacer de España una reserva alternativa de verdadera democracia y una zona de custodia de la redención espiritual de occidente inspiró tanto a teóricos del Nuevo Estado, instalados en el Instituto de Estudios Políticos y en las cátedras de diversas ramas del derecho o historia del pensamiento político –como era el caso de Corts Grau, de Juan Beneyto, de Manuel Fraga Iribarne, de Legaz Lacambra, de Francisco Javier Conde, de Ignacio María de Lojendio, de Luis Díez del Corral, de José Antonio Maravall, entre tantos otros–, para articular una doctrina que llegara a plantearse el catolicismo como superación de las doctrinas contingentes del periodo de entreguerras.

La recuperación del ser histórico de España y del perfil trascendente de la España eterna vinculados por el 18 de julio había de ser compartido, con matices indiscutibles, por todos los componentes del Movimiento Nacional. El inicio de la guerra civil era el de la reinstauración española de acuerdo con las necesidades del siglo XX. Este iba a ser el marco de la reflexión en que la percepción del destino de los españoles había de encontrarse en la lealtad a sus realizaciones históricas, el campo en que podrían desarrollarse los debates sobre la interpretación de los objetivos del 18 de julio, sobre la función del catolicismo, el papel del Estado y la modernidad del nuevo régimen.

“Queremos en nuestros cursos hacer de la historia como una buena y sana incorporación a nosotros, como una conciencia de nuestra sangre.” Para Antonio Tovar, de ello trataba averiguar la “historia como sentido” y no como mera estudio erudito, apartado de las condiciones políticas que exigían su presencia como inspiración vital. Estas palabras se incluían en una recopilación de trabajos que desembocaban en un extenso repaso a la historia de España que no tenía desperdicio ni en la forma ni en el fondo, y en el que miembros de la Sección Femenina de Barcelona podían escuchar, en el verano de 1939, la encendida defensa de la Contrarreforma, la bondad liberadora de la Inquisición y la inquebrantable unión del destino de España y de la Falange a aquel catolicismo que los Austrias defendieron con más convicción que los pontífices. Para escuchar, además, la necesidad de volver, para completar la historia aplazada por la derrota en el siglo XVII que daba sentido al 18 de julio, lo que no podía identificarse con una anacrónica reiteración6.

Notas

1.- Beneyto, Genio y figura del Movimiento. Madrid, Afrodisio Aguado, 1940, pp. 10-11.
2.- F. Gallego, “Fascismo, antifascismo…”; id., “La realidad y el deseo. Ramiro Ledesma Ramos en la genealogía del franquismo”, en F. Gallego y F. Morente (eds.), Fascismo en España. Ensayos sobre los orígenes sociales y culturales del franquismo. Barcelona, El Viejo Topo, pp. 253-447. También puede verse este planteamiento en el análisis de la estrategia nacionalsocialista alemana realizada en De Munich a Auschwitz. Una historia del nazismo, 1919-1945. Barcelona, Plaza y Janés, 2001, y el examen de la heterogeneidad y cohesión del movimiento y el régimen nazi en Todos los hombres del Führer. La elite del nacionalsocialismo, 1919-1945. Madrid, Debate, 2006.
3.- J. M. de Areilza y F.M. Castiella, Reivindicaciones de España. Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1941. A. García Valdecasas, “Política exterior”, Revista de Estudios Políticos, 1 (1941), pp. 7-16.
4.- L. Legaz Lacambra, Introducción a la teoría del Estado Nacionalsindicalista. Barcelona, Bosch, 1940, p. 116.
5.- J. Beneyto, El Nuevo Estado español. El régimen nacional sindicalista ante la tradición y los demás sistemas totalitarios. Madrid, Biblioteca Nueva, 1939, p. 260.
6.- A. Tovar, El Imperio de España. Madrid, Afrodisio Aguado, 1941 (4ª).
Fragmento de la contribución de Ferran Gallego Construyendo el pasado. La identidad del 18 de julio en el libro Rebeldes y reaccionarios. Intelectuales, fascismo y derecha radical en Europa

Fotografía: Millán Astray sale del cuartel general de Franco en 1936

Luis Mesina: “Es muy legítimo que los movimientos sociales disputen el escenario político”

El vocero de la Coordinadora NO+AFP conversó con Juan Pablo Cárdenas sobre el plebiscito que convocó el viernes pasado en Casa Central de la Universidad de Chile. La instancia buscará que las personas voten la continuidad del sistema de AFP o el cambio a un sistema de reparto solidario.
El viernes pasado en la Casa Central, la Coordinadora NO+AFP convocó a un plebiscito nacional para decidir qué se hará con el sistema previsional actual, es decir, si continúan las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP) o se cambia el modelo por un sistema de reparto solidario. Además, harán un llamado a un cacerolazo masivo el día 24 de julio. Seguir leyendo Luis Mesina: “Es muy legítimo que los movimientos sociales disputen el escenario político”

The Jazz Loft According to W. Eugene Smith: Un film sobre música, fotografía, y el mundo de la posguerra

por David Walsh//

Es un gran placer escribir sobre temas y películas como estos.
El fotógrafo estadounidense W. Eugene Smith (1918-1978) tomó cuarenta mil fotos y grabó cuatro mil horas de audio desde un loft o desván en Nueva York que se había convertido en un lugar especial para músicos de jazz en busca de algún lugar donde tocar a todas horas de la noche. Smith, había instalado cuidadosamente cables en este decaído edificio sobre la Sexta Avenida de Manhattan (821 Sixth Avenue), en el distrito de comercio al por mayor de flores. Allí, Smith hizo grabaciones de más de trescientos músicos, incluyendo los más famosos de la época.

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G20 de Hamburgo: fin del orden neoliberal global por el G3 (EE.UU/Rusia/China)

por Alfredo Jalife-Rahme//

Si se toman como parámetros de medición los conceptos de estabilidad estratégica, en materia nuclear (https://goo.gl/ePVvCw), y del triángulo estratégico de EU/Rusia/China (https://goo.gl/fdqwMA), la primera semana de julio de 2017 parece haber significado un punto de inflexión metahistórico que se encamina a un nuevo orden tripolar entre las dos grandes superpotencias nucleares (EU y Rusia) y la máxima superpotencia geoeconómica (China).
Lo relevante del primer encuentro exitoso del zar Vlady Putin y el presidente empresario Trump fue: 1) que haya ocurrido y haya durado cinco veces más de lo programado; 2) que haya detenido el deterioro estrepitoso de la relación bilateral de Estados Unidos (EU) y Rusia que legó la dupla Obama/Hillary, y 3) más allá de los supuestos avances de la agenda abordada, lo primordial radicó en los acuerdos secretos que catalizaron la química entre ambos mandatarios y su postura constructiva, en particular, el contencioso nuclear de Norcorea, en el que irrumpió con fuerza Rusia para intermediar entre Trump y el mandarín Xi.

El gran triunfador de la cumbre bilateral, y hasta del G20, fue el zar Putin, quien rompe su supuesto aislamiento por el mundo occidental.

Suena paradójico que Trump haya sido aislado por los 19 integrantes del G20 por el tema del cambio climático y del libre (sic) comercio, mientras Putin se haya brincado las sanciones occidentales de EU y Europa.

Nunca he escuchado algo más absurdo que el término propagandístico y ahistórico de Occidente que incorpora a Japón (país oriental) y a Israel (artefacto medioriental), mientras exorciza a Rusia: cuando San Petersburgo, capital occidental por antonomasia, fue fundada 73 años antes que la independencia de EU.

Si seguimos la dinámica de los vectores y los conceptos de los atractores físicos y del centro de gravedad, la primera semana de julio exhibió un G2 de Rusia y China (https://goo.gl/YFpXDR), que la cumbre entre Trump y Putin lo está jalando, por lo menos con la ausencia de belicosidad mutua, a un G3.

En un abordaje multidimensional de hipercomplejidad no-lineal, en la misma primera semana de julio, Trump llegó aislado a Hamburgo: tanto por la cumbre geoestratégica de Rusia y China, como por el imponente acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea (UE) y Japón (https://goo.gl/CJY3jz). Putin rescata así a Trump, quien al final de cuentas consigue un empate.

A juicio de Ray McGovern –oficial del ejército de EU y ex analista de la CIA durante 30 años–, el gran giro de las superpotencias ya se dio: es la “alianza de Rusia y China (https://goo.gl/pQ4wGN)”.

Después de que la atribulada canciller alemana Angela Merkel advirtió que Europa debe tomar su destino con sus propias manos, toda la fauna globalista trasatlántica ha entrado en pánico con la política proteccionista trumpiana de Primero EU, lo cual, a juicio del fanático neoliberal global Wolfgang Schäeuble, de 74 años y ministro de Finanzas, significa la destrucción del orden (sic) neoliberal global que otorgaría gran influencia a China y a Rusia.

En su metahistórica conferencia en la Academia Estadunidense (sic) en Berlín, Schaeuble, totalmente encapsulado en su disfuncional gueto mental, sentenció que “duda si EU verdaderamente cree que el orden mundial será igualmente sano (sic) si China o Rusia llenasen el vacío dejado por EU, y si a China y Rusia les fueron sencillamente (sic) otorgados una mano libre para dominar las esferas de influencia que han definido para sí mismos (https://goo.gl/7EYBTS)”.

En mi entrevista con Sputnik y Radio Uruguay aduje que “un G3 puede terminar con el orden mundial neoliberal (https://goo.gl/eA1gJn)”, cuando Merkel ha sido la gran perdedora –la tercera derrota mundial en más de 100 años, esta vez geoestratégica, de Alemania, máxima potencia geoeconómica de la UE–, mientras Peña era humillado por enésima vez por Trump (https://goo.gl/7jhVds).

Sin contar su estéril santa alianza con Obama, Merkel cometió varios errores que no habrían cometido sus lúcidos antecesores –Adenauer, Willy Brandt, Helmut Schmidt, Helmut Kohl y Gerhard Schröder, tanto del partido conservador como del Partido Socialdemócrata–, al pretender posicionarse como lideresa del orden neoliberal global a los dos lados del noratlántico y al chocar con las dos máximas superpotencias nucleares del planeta: con Trump, en materia geoeconómica, y con Putin, en geopolítica, desde la Cumbre del G20 en Brisbane (https://goo.gl/vzzYth).

La geopolítica, que tanto desprecia Merkel, la aniquiló.

Peor: independientemente de que un servidor apoye el acuerdo climático de París, Merkel hizo de ello un casus belli contra Trump, lo cual augura mayores atentados terroristas en una UE fracturada.

Como si lo anterior fuera poco, y en vísperas del G20, la UE pactó un colosal acuerdo de libre comercio con Japón que deja fuera al proteccionismo de Trump. Resultado: Trump se aleja de Alemania, mientras se acerca a Rusia.

La orfandad geoestratégica de Alemania y Japón, perdedoras de guerras mundiales y reconstruidas por EU, es que carecen de dientes nucleares y confunden la suprema geoestrategia con el vulgar mercantilismo neoliberal, no se diga con el plausible cambio climático –curiosamente apoyado por Rusia y China– que no es suficiente para operar el nuevo orden multipolar del siglo XXI.

En mero suelo polaco y en Hamburgo, Merkel sufrió dos afrentas de Trump: en Varsovia, antes de arribar a Alemania, el polémico presidente empresario arremetió contra la ocupación nazi en la icónica plaza Krasinski, mientras, con total desprecio al protocolo, en la cumbre del G20 cedió su lugar a su hija Ivanka, una frívola socialité sin conocimientos diplomáticos.

Una foto del portal Deutsche Welleexhibe con toda crudeza cómo Merkel se cubre el rostro con sus manos frente a la impetuosidad de Trump (https://goo.gl/8TyRpu).

En forma interesante –más que nada por haber sido reportado por el portal chino Global Times–, el viceministro de Finanzas ruso, Alexei V. Moiseev, reportó que Trump culpa a todos (sic) los otros 19 países por el déficit de EU. Mientras “los otros países peroran sobre el libre comercio, Trump exige trato justo para EU (https://goo.gl/DjNcLo).”

Me gustó el comentario al respecto del lector chino LHRTAT: “En un mundo de salarios injustos para diferentes categorías de trabajadores, injustas tasas de cambio de las divisas y el resultante precio desigual de los productos, ¿qué significa comercio ‘justo’?”

Según Bloomberg, Merkel practica un juego electorero muy arriesgado de cara a la elección del 24 de septiembre, al distraer a los alemanes de sus aflicciones domésticas al fustigar a EU (https://goo.gl/yygt7d)”.

A mi juicio, el formato economicista del G20, ahora trasmutado en ambientalista, quedó sepultado en Hamburgo y será gradualmente sustituido por el G3 de EU/Rusia/China.

En espera del resultado el segundo encuentro de Xi y el presidente empresario Trump, al margen de la Cumbre del G-20 en Hamburgo, no hay que subestimar el gran escollo de un sector del Deep State de EU para descarrilar el G3.

Fotografía:Protesta performática en Hamburgo de las “1000 figuras”.

León Trotsky: La agonía de la monarquía

La dinastía cayó apena sacudirla, como fruto podrido, antes de que la revolución tuviera tiempo siquiera a afrontar sus miras más inmediatas. La imagen que trazamos de la vieja clase dirigente no sería completa si no intentáramos exponer cómo se enfrentó la monarquía con la hora de su hundimiento.

El zar se encontraba en el Cuartel general, en Mohilev, adonde se había trasladado, no porque fuese necesaria su presencia allí, sino huyendo de las molestias petersburguesas. El cronista palaciego, general Dubenski, que se hallaba cerca del zar en el Cuartel general, registra en su diario: “Ha empezado aquí una vida tranquila. Todo seguirá como antes. El zar no cambiará nada. Sólo causas exteriores y fortuitas pueden imponer algún cambio…” El 24 de febrero, la zarina escribía al Cuartel general, en inglés, como siempre: “Confío en que el Kedrinski ese de la Duma (se trata de Kerenski) será ahorcado por sus detestables discursos; hay que hacerlo a toda costa (ley de tiempo de guerra). Y servirá de ejemplo. Todo el mundo anhela e implora de ti energía.” El 25 se recibe en el Cuartel general un telegrama del ministro de la Guerra comunicando que en la capital han estallado huelgas y disturbios, pero que se han tomado las oportunas medidas y que la cosa no tiene importancia. ¡Como se ve, no ha cambiado nada!

La zarina, que enseñaba siempre al zar a no retroceder, sigue haciendo todo lo posible por mantenerse firme. El 26, con el visible propósito de robustecer el ánimo vacilante de “Nicolás”, le telegrafía que “en la ciudad todo está tranquilo”. Pero en el telegrama de por la noche se ve obligada ya a confesar que “las cosas toman en la capital muy mal cariz.” Por carta le dice: “Hay que decirles, sin ambages, a los obreros que se dejen de huelgas, y si siguen organizándolas, mandarles al frente como castigo. No hay para qué disparar; lo único que hace falta es orden y no dejarles que atraviesen los puentes.” No era mucho pedir, en verdad: ¡orden solamente! Y, sobre todo, no permitir que los obreros lleguen al centro de la ciudad. Que se ahoguen de rabia e impotencia en sus suburbios.

Por la mañana del día 27 es enviado desde el frente a la capital el general Ivanov con un batallón de georgianos y plenos poderes dictatoriales, aunque con instrucciones para que no los proclame hasta después de ocupado Tsarskoie-Selo. “Difícilmente podía haberse pensado en un hombre menos adecuado para aquella misión -recuerda el general Denikin, que también más tarde había de hacer sus pinitos de dictadura militar-; era un hombre senil, incapaz d orientarse en una situación política, sin fuerzas, ni energía, ni voluntad, ni rigor.” La elección recayó en él en gracia a sus méritos durante la primera revolución: once años antes, este general había hecho entrar en razón a Kronstadt. Pero esos once años no habían pasado en balde. Durante ellos, los represores habían envejecido y los reprimidos se habían hecho adultos. Se dio a los frentes septentrional y occidental orden de que preparasen tropas para enviarlas a la capital. Por lo visto, creían disponer de tiempo sobrado. El propio Ivanov daba por supuesto que la cosa acabaría pronto y bien. Hasta tuvo la gentileza de acordarse de encargar a su ayudante en Mohilev que comprara provisiones para los amigos de Petrogrado.

El 27 de febrero, Rodzianko envió al zar un nuevo telegrama, que terminaba con estas palabras: “Ha llegado la hora suprema en que van a decidirse los destinos de la patria y de la dinastía.” El zar dijo a Frederichs, mayordomo de palacio, comentando el despacho: “Ese gordo de Rodzianko vuelve a escribirme cuatro tonterías, a las que ni siquiera pienso molestarme en contestar.” No; aquello no era ninguna tontería, y pronto había de convencerse de que no tenía más remedio que contestar.

El 27, cerca del mediodía, se recibe en el Cuartel general un comunicado de Jabalov hablando de motines en los regimientos de Pavlovski, de Volinski, de Litvoski y de Preobrajenski, y apuntando la necesidad de que se enviasen del frente tropas de confianza. Una hora después llega un telegrama completamente tranquilizador del ministro de la Guerra: “Los disturbios que estallaron por la mañana en algunos regimientos son sofocados firme y enérgicamente por las compañías y los batallones, fieles a su deber… Estoy firmemente persuadido de que se restablecerá pronto la tranquilidad…” Sin embargo, después de las siete de la tarde del mismo día, el propio ministro comunica que “las escasas tropas que siguen fieles a su deber no consiguen sofocar la sublevación”. Y pide el urgente envío de fuerza realmente leales y en cantidad suficiente “para proceder simultáneamente en los distintos sectores de la capital”.

El Consejo de Ministros reunido aquel día creyó llegado el momento oportuno para eliminar de su seno, por sí y ante sí, a la supuesta causa de todas aquellas calamidades: al ministro del Interior, Protopopov, hombre medio loco. Al mismo tiempo, el general Jabalov ponía en vigor el decreto firmado a espaldas del gobierno declarando por orden de su majestad el estado de guerra en Petrogrado. De este modo intentábase mezclar una vez más una paletada de cal con otra de arena, pretensión vana, aunque tal vez no fuese ése el designio. No se llegó siquiera a fijar los bandos declarando el estado de guerra; resultó que el general-gobernador Balk no tenía engrudo ni pinceles. La autoridad constituida no servía ya ni para pegar un bando: pertenecía ya al reino de las sombras.

La sombra principal de este último gabinete del zar era el príncipe Golitsin, un viejo de setenta años, que se había pasado varios regentando las instituciones benéficas de la zarina y a quien ésta había puesto al frente del gobierno en los días álgidos de la guerra y la revolución. Cuando los amigos le preguntaban a este “bonachón aristócrata ruso, a este viejo senil” -como le definía el liberal barón de Nolde-, por qué había aceptado un cargo de tanta responsabilidad, Golitsin contestaba: “Para tener un recuerdo agradable más que conservar.” Mas no lo consiguió, por cierto. Hay un relato de Rodzianko que atestigua cuál era el estado de ánimo del último gobierno del zar en aquellos momentos. Al recibirse las primeras noticias de que las masas avanzaban sobre el palacio de Marinski, donde el gobierno celebraba sus reuniones, fueron apagadas inmediatamente todas las luces del edificio. Aquellos hombres puestos al frente del Estado sólo aspiraban a una cosa: a que la revolución no se fijara en ellos. Mas el rumor no se confirmó, y cuando, viendo que el temidos asalto no ocurría, volvieron a encenderse las luces, más de un ministro zarista apareció, “con gran sorpresa propia” acurrucando debajo de la mesa. No ha podido averiguarse qué clase de recuerdos guardaría en aquel lugar.

Mas tampoco el propio Rodzianko debía de sentirse muy animoso. Después de varias tentativas trabajosas y estériles para establecer comunicación telefónica con el gobierno, consigue al fin que le pongan al habla con el príncipe Golitsin, el cual le previene: “Tenga la bondad de no dirigirse ya a mí para nada, pues estoy dimitido.” Al oír esto, Rodzianko, según nos cuenta su fiel secretario, se dejó caer pesadamente sobre un sillón, se cubrió la cara con ambas manos y balbuciendo: “¡Qué horror!… ¡Dios míos! ¡Sin autoridad!… ¡La anarquía!… ¡Sangre!”, rompió a llorar silenciosamente. Al derrumbarse el espectro caduco del zarismo no había consuelo para Rodzianko: sentíase desamparado, huérfano. ¡Qué lejos se hallaba en aquellos momentos de pensar que al día siguiente había de ponerse a la cabeza de la revolución!

La contestación telefónica de Golitsin se explica teniendo en cuenta que el día 27 por la tarde el Consejo de Ministros se había reconocido incapaz para dominar la situación y había aconsejado al zar que pusiese al frente del gobierno a una persona que gozara de la confianza general del país. El zar contestó a Golitsin en estos términos: “Respecto a las modificaciones propuestas en el ministerio, las considero inadmisibles en las circunstancias actuales. Nicolás.” ¿A qué otras circunstancias esperaba? Al propio tiempo, el zar exigía que se adoptasen “las medidas más enérgicas” para sofocar la sublevación. Pero esto era más fácil de decir que de hacer.

Al día siguiente, 28, hasta la indomable zarina se siente abatida. “Es necesario hacer concesiones -le telegrafía a Nicolás-. Las huelgas continúan y muchas tropas se han pasado a la revolución. Alicia.” Fue necesario que se sublevase toda la Guardia, toda la guarnición, para que la celosa guardadora de la autocracia comprendiese la necesidad de hacer concesiones. Ahora que el zar empieza también a darse cuenta de lo que le había telegrafiado “aquel gordo de Rodzianko” no eran ninguna “tontería”. Nicolás decide trasladarse al lado de su familia. Es posible que los caudillos del Cuartel general, que no se sentían tampoco muy seguros, hiciesen todo lo posible por quitárselo de encima.

En un principio, el tren real hizo su recorrido normalmente; como de costumbre, fue recibido en todas las estaciones por los agentes de policía y los gobernadores. Lejos del torbellino revolucionario, recluido en su vagón, entre su séquito habitual, el zar volvió a perder, visiblemente, la sensación del desenlace fatal que se avecinaba. El día 28, a las tres de la tarde, cuando el curso de los acontecimientos había decidido ya su suerte, el zar envía desde Viasma a la zarina este telegrama: “Tiempo magnífico. Confió en que os encontraréis buenos y tranquilos. Han sido enviados fuertes destacamentos de tropas desde el frente. Tiernamente tuyo, Nika.” En vez de las concesiones a las que la propia zarina le impulsa, el tierno amante envía tropas del frente. Pero, a pesar del “tiempo magnífico”, horas después, el zar ya no tiene más remedio que afrontar cara a cara el vendaval revolucionario. El tren llegó hasta la estación de Vischera, donde los ferroviarios no dejaron seguir viaje: “El puente está destruido”, le dijeron. Lo más probable es que este pretexto lo inventaran los del propio séquito imperial para disimular la verdadera realidad. Nicolás intentó pasar -o intentaron hacerle pasar- por Bologoye, línea de Nikolaievoski; pero tampoco aquí dejaron paso al tren real. Aquello era mucho más elocuente que todos los telegramas de Petrogrado. El zar había abandonado el Cuartel general y encontraba cerrado el paso a su capital. ¡Con los “peones” ferroviarios nada más, la revolución daba jaque mate al rey!

El general Dubenski, que acompañaba al zar en su viaje, escribe en el diario: “Todo el mundo se da cuenta de que este viraje nocturno de Vischera es una noche histórica… Para mí es evidente que el problema de la Constitución está ya decidido; no hay más remedio que implantarla… Ya no se habla más de la necesidad de ponerse de acuerdo con ellos, con los miembros del gobierno provisional.” Ante el semáforo cerrado, detrás del cual acecha acaso la muerte, todos, el conde Frederichs, el príncipe Dolgoruki, el duque de Leuhtenberg, todos estos caballeros aristócratas se sienten partidarios de la Constitución. No piensan siquiera en luchar y resistir un poco. Negociar nada más; es decir, volver a engañar al pueblo o intentarlo, por lo menos, como en 1905.

Mientras el tren real erraba de un lado para otro, sin encontrar salida, la zarina enviaba telegrama tras telegrama al zar incitándole a regresar a la capital lo más pronto posible. Pero los telegramas llegaban todos devueltos con esta inscripción en lápiz azul: “Se ignora el paradero del destinatario”. Los funcionarios de Telégrafos no podían dar con el zar de todas las Rusias.

Regimientos con bandera y música dirigíanse en manifestación al palacio de Táurida. La guardia de palacio formó bajo el mando del gran duque Cirilo Vladimorovich, en quien se reveló de súbito, como atestigua la condesa Kleinmichel, una gran prestancia revolucionaria. Los centinelas se retiraron. Los palatinos abandonaron el palacio. “Allí todo el mundo atendía a salvase a sí mismo” -dice la Wirubova-. Por el interior de palacio erraban grupos de soldados revolucionarios, que lo miraban todo con ávida curiosidad. Antes de que los dirigentes resolvieran lo que había que hacer, ya la gente de abajo había convertido en un museo el palacio de los zares.

El zar, cuyo paradero se ignora, vira con su tren hacia Pskov, donde está el Estado Mayor del frente septentrional que manda el viejo general Ruski. En el séquito del zar se suceden unas proposiciones a otras. El zar da tiempo al tiempo y sigue contando por días y por semanas, cuando la revolución cuenta ya por minutos.

El poeta Block pinta al monarca en los últimos meses de su reinado: “Terco, pero abúlico; nervioso, pero insensible a todo; receloso de todo el mundo, desquiciado, pero cauto en las palabras, no era ya dueño de sí mismo. Había dejado de comprender la situación y no daba ni un solo paso, echándose completamente en brazos de aquellos a los que él mismo había puesto en el poder.” ¡Piénsese hasta qué punto se acentuarían en este hombre esos rasgos de abulia y de desquiciamiento, de miedo y de desconfianza, al sobrevenir los últimos días de febrero y los primeros días de marzo!

Por fin, Nicolás, haciendo un último esfuerzo, se dispuso a enviar un telegrama al odiado Rodzianko -telegrama que no debió de llegar tampoco a cursarse- diciéndole que, en aras de la patria y de su salvación, le encargaba de la formación de un nuevo Ministerio, reservándose únicamente la provisión de las carteras de Negocios Extranjeros, Guerra y Marina. El zar quiere todavía regatear con “ellos”: no hay que olvidar que avanzan “numerosas tropas” sobre Petrogrado.

El general Ivanov pudo llegar, efectivamente, sin novedad a Tsarskoie-Selo. Por lo visto, los ferroviarios no se decidieron a hacer frente al batallón de los georgianos. El general había de confesar algún tiempo después que, durante el trayecto, se había visto obligado a usar por tres o cuarto veces de la “presión paternal” contra los soldados rebeldes, obligándoles a arrodillarse. Inmediatamente de llegar el “dictador” a Tsarskoie-Selo, las autoridades locales le comunicaron que un choque de los georgianos con las tropas podría poner en grave peligro la vida de la familia real. Pero por quien temían era por sí mismos, y esto les llevaba a aconsejar al “pacificador” que se volviese.

El general Ivanov formuló a Jabalov, el otro “dictador”, diez preguntas, a todas las cuales recibió una contestación precisa y categórica. Reproducimos aquí las preguntas y las respuestas, pues en verdad que lo merecen:

Preguntas de Ivanov

Respuestas de Jabalov

1º ¿Qué tropas se ajustan al orden y cuáles faltan a él?

1º En el edificio del Almirantazgo tengo bajo mis órdenes cuatro compañías de la Guardia, cinco escuadrones y sotnias de cosacos, y dos baterías; el resto de las tropas se han pasado a los revolucionarios o permanecen neutrales en connivencia con ellos. Los soldados recurren la ciudad, sueltos o en grupos, y desarman a los oficiales.

2ª ¿Qué estaciones están guardadas?

2ª Todas las estaciones están en manos de los revolucionarios, que las guardan celosamente.

3ª ¿En qué partes de la ciudad se mantiene el orden?

3ª Toda la ciudad está en poder de los revolucionarios el teléfono no funciona y están cortadas las comunicaciones con los distintos barrios de la capital.

4ª ¿Qué autoridades ejercen el poder en esos barrios de la capital?

4ª No puedo contestar a esta pregunta.

5ª ¿Funcionan normalmente todos los ministerios?

5ª Los ministros han sido detenidos por los revolucionarios.

6ª ¿De qué autoridades policiacas dispone usted en este momento?

6ª De ninguna.

7ª ¿Qué organismos técnicos y económicos del ramo de Guerra se hallan actualmente bajo sus órdenes?

7ª Ninguno.

8ª ¿Qué cantidad de víveres tiene usted a su disposición?

8ª No dispongo de víveres. El 25 de febrero había en la ciudad 5.600.000 puds de harina.

9ª ¿Han caído muchas armas, artillería y municiones, en manos de los rebeldes?

9ª Toda la artillería está en poder de los rebeldes.

10ª ¿Qué autoridades militares y Estados Mayores están a las órdenes de usted?

10ª Bajo mis órdenes personales se halla el jefe del Estado Mayor del distrito; con los demás organismos regionales no tenemos comunicación.

Después de obtener estos datos, que le imponían, de un modo bien inequívoco, de la realidad, el general “accedió” a retornar con sus fuerzas, que ni siquiera habían descendido del tren, a la estación de Dno. “He aquí -concluye una de las primeras figuras del Cuartel general, el general Lukomski- cómo el envío del general Ivanov, con plenos poderes dictatoriales, vino a parar en un fiasco escandaloso.”

La verdad es -dicho sea de paso- que el escándalo pasó desapercibido, ahogado por la marejada de los acontecimientos. Suponemos que el dictador enviaría las provisiones con que quería obsequiar a sus amistades de Petrogrado y sostendría una prolongada conversación con la zarina, en la que ésta le hablaría de su abnegación en los hospitales de campaña y se lamentaría de la ingratitud del ejército y del pueblo.

Entretanto llegaban a Pskov, pasando por Mohilev, noticia tras noticia, cada vez más sombría que la anterior. La Guardia personal de su majestad, que se había quedado en la capital y en la que la familia real conocía a cada soldado por su nombre, rodeándolos a todos de mimos y cuidados, se presenta a la Duma nacional pidiendo autorización para arrestar a los oficiales que se niegan a solidarizarse con la insurrección. El vicealmirante Kurosch comunica que no ve posibilidad de sofocar la insurrección de Kronstadt, pues no responde ni de un solo batallón. El almirante Nepenin telegrafía que la escuadra del Báltico no reconoce más gobierno que el Comité provisional de la Duma. El jefe de las tropas de Moscú, Mrosovski, dice: “La mayoría de las tropas, con la artillería, se han pasado a los revolucionarios, en cuyo poder se halla, por tanto, toda la ciudad: el general-gobernador y su ayudante han abandonado sus puestos.” Dicho más claramente: han huido.

Todo esto le fue comunicado al zar el día 1 de marzo, por la tarde. Hasta una hora avanzada de la noche se discutió el pro y el contra de un Ministerio responsable. Por fin, a las dos de la madrugada, el zar dio su conformidad. Los altos dignatarios que le rodeaban respiraron tranquilos. Creyéndose como la cosa más natural del mundo que con esto se cortaba de raíz el problema de la revolución, dieron al mismo tiempo órdenes para que volvieran al frente las tropas que habían sido destacadas a Petrogrado, al apuntar el día, la buena nueva. Pero el reloj del zar iba enormemente atrasado. Rodzianko, acosado ya en el palacio de Táurida por los demócratas, los socialistas, los soldados, los diputados obreros, contestó a Ruski: “Lo que usted propone no basta; lo que ahora se debate es la cuestión dinástica… Las tropas se ponen en todas partes al lado de la Duma y del pueblo y exigen la abdicación del zar en favor de su hijo, bajo la regencia de Miguel Alexandrovich.” La verdad era que a las tropas no se les había pasado siquiera por las mentes semejante cosa. Lo que ocurría era que Rodzianko achacaba bonitamente al ejército y al pueblo la fórmula con que la Duma confiaba todavía en contener la revolución. De todos modos, la concesión del zar llegaba demasiado tarde: “La anarquía ha tomado tales proporciones, que me he visto obligado a nombrar esta noche un gobierno provisional. Desgraciadamente, el manifiesto ha llegado tarde”… Estas palabras mayestáticas demuestran que el buen presidente de la duma se había enjuagado ya las lágrimas que derramara días antes justo al teléfono. El zar, leyendo las palabras cambiadas entre Rodzianko y Ruski, vacilaba, releía, esperaba. Pero los caudillos militares salieron de su mutismo para tomar cartas en el asunto: la cosa urgía y también a ellos les afectaba.

Aquella noche, el general Alexéiev pulsó, en una especie de plebiscito, la opinión de los jefes de los frentes. Es magnífico que las revoluciones modernas se realicen con ayuda del telégrafo, pues así las primeras reacciones y el eco que despiertan en los que ejercen el poder van quedando registradas para la historia en las cintas telegráficas. Las negociaciones entabladas entre los mariscales de campo del zar la noche del 1 al 2 de marzo, nos suministran un documento humano incomparable. ¿Debe abandonar el zar el trono, o no? El generalísimo del frente occidental, general Evert, se reserva su opinión hasta que hayan expuesto la suya los generales Ruski y Brusílov. El generalísimo del frente rumano, general Sazarov, exigía que e le comunicasen previamente los dictámenes de los demás generalísimos. Tras muchas vacilaciones, este bravo guerrero declaró que su ardiente amor por el monarca le impide avenirse a tan “vil proposición”; sin embargo, recomienda, “llorando”, al zar que abdique “para enviar imposiciones aún más viles”. El general-ayudante Evert expone minuciosamente las razones que aconsejan capitular: “Adopto todas las medidas para evitar que las noticias referentes a la situación actual reinante en las capitales penetren en el ejército, con el fin de preservarlo de desórdenes, de otro modo inevitables. Pero no hay modo de poner fin a la revolución en las capitales.” El gran duque Nicolás Nikolaievich exhorta al zar desde el frente caucásico a que tome una “resolución heroica y abdique la corona”; el mismo ruego formulan los generales Alexéiev y Brusílov y el almirante Nepenin. Por su parte, Ruski expone verbalmente al zar su opinión, que coincide con la de esos caudillos. Los generales encañonaban respetuosamente con los cañones de sus siete revólveres al adorado monarca. Temerosos de dejar escapar el momento propicio para ponerse a bien con el nuevo poder, no menos temerosos de sus propias tropas, estos guerreros, maestros en capitulaciones, dan a su zar y jefe supremo, unánimemente, un consejo prudentísimo: retirarse por el foro sin lucha. Ya no se trataba de aquel lejano Petrogrado, contra el que, por lo visto, se podían destacar tropas; se trataba del frente, de donde las tropas tenían que salir.

Oídos estos pareceres, el zar decide renunciar a un trono que ya no posee. Se redacta un telegrama a Rodzianko adecuado a las circunstancias: “No hay sacrificio que yo no sea capaz de hacer en aras del verdadero bien y de la salvación de nuestra querida madre Rusia. Estoy, pues, dispuesto a abdicar la corona en mi hijo, que seguirá a mi lado hasta llegar a la mayoría de edad, nombrando regente del reino a mi hermano el gran duque Miguel Alexandrovich. Nicolás.” Mas tampoco este telegrama se llegó a cursar, pues se recibieron noticias de que los diputados Guchkov y Chulguin salían de Petrogrado para Pskov. Aquello daba nuevo pie para aplazar la decisión. El zar ordenó que le devolviesen el telegrama. Temía, evidentemente, haberse precipitado y seguía esperando noticias tranquilizadoras; realmente, lo que esperaba era un milagro. Recibió a los diputados a las doce de la noche del día 2 de marzo. El milagro no ocurrió, y ya no podía diferirse más tiempo la resolución. Inesperadamente, el zar declaró que no podía separarse de su hijo -¿qué vagas esperanzas abrigaría en aquellos momentos?- y firmó un manifiesto renunciando a la corona en favor de su hermano. Firmó también unos ukases dirigidos al Senado nombrando al príncipe Lvov presidente del Consejo de Ministros, y generalísimo a Nicolás Nikolaievich. Los temores familiares de la zarina parecían confirmarse: el odiado “Nikolaska” subía al poder del brazo de los conspiradores. Por lo visto, Guchkov creía seriamente que la revolución se avendría con el augusto generalísimo. Éste tomó también en serio el nombramiento y hasta intentó durante algunos días gobernar apelando al cumplimiento de los deberes patrióticos. Pero la revolución le empujó a un lado insensiblemente.

Con el fin de guardar las apariencias de una decisión espontánea y libre, al manifiesto de renuncia a la corona se le puso como hora las tres de la tarde, fundándose en que la resolución primera del zar había sido tomada a esa hora. En realidad, lo que se hacía era revocar aquella “decisión” de por el día, que trasmitía la corona al hijo y no al hermano, en la esperanza de que los acontecimientos tomarían un giro favorable. Pero todo el mundo fingió no darse cuenta de esto. El zar hacía una última tentativa por salvar su dignidad ante los odiados representantes del parlamento, los cuales correspondieron a ello tolerando aquella falsificación de un acto histórico, es decir, un fraude contra el pueblo. La monarquía se retiraba de la escena con el mismo estilo con que había vivido. También sus sucesores se mantuvieron fieles a sí mismos. Es posible que viesen en su tolerancia una condescendencia generosa del vencedor para el vencido.

Apartándose un poco del estilo impersonal de su diario, Nicolás escribe en el asiento del día 2 de marzo: “Por la mañana vino Ruski y me leyó una larguísima conversación sostenida con Rodzianko por teléfono. A juzgar por sus informes, la situación en Petrogrado es tal, que un ministerio compuesto por miembros de la Duma no serviría de nada, pues tendría enfrente al partido socialdemócrata representado por el Comité obrero. Le indicó que era necesario que renunciase a la corona. Ruski comunicó esta conversación al Cuartel general, a Alexéiev y a todos los generalísimos. A las doce y media de la noche llegaron las respuestas. Para salvar a Rusia y retener las tropas en el frente he decidido dar este paso. Manifesté mi conformidad y desde el Cuartel general se envió un proyecto de manifiesto. Por la tarde llegaron de Petrogrado Guchkov y Chulguin, y, después de entrevistarme con ellos, les entregué el manifiesto, corregido y firmado. A la una de la noche me marché de Pskov con el corazón dolorido. Por todas partes traición, cobardía y engaño.”

Hay que reconocer que la amargura de Nicolás no carecía de fundamento. el 28 de febrero, el general Alexéiev vuelve a telegrafiar a todos los generalísimos de los frentes: “Pesa sobre todos nosotros, ante el monarca y la patria el deber sagrado de conservar en las tropas de los ejércitos en operaciones la fidelidad al deber y al juramento prestado.” Dos días después, Alexéiev excitaba a estos mismos generalísimos a violar la fidelidad “al deber y al juramento prestado”. En el alto mando no hubo ni una sola persona que defendiera a su zar. Todos se apresuraron a ponerse a salvo, pasándose a la nave de la revolución, en la firme creencia de que en ella encontrarían cómodo aposentamiento. Generales y almirantes se despojaban tranquilamente de las insignias zaristas para colocarse cintas rojas. Sólo se habló de un pobrecillo comandante de un cuerpo de ejército que murió de un ataque cardíaco al prestar juramento al nuevo poder. Lo que no sabemos es si el corazón le estalló al ver derrumbarse la amada monarquía o por otras causas. Los dignatarios civiles no tenían por qué demostrar profesionalmente más valor que los militares. Cada cual se salvaba como mejor podía.

Pero, decididamente, el reloj de la monarquía no marchaba acorde con el de la revolución. El 3 de marzo, de madrugada, Ruski fue llamado nuevamente al aparato desde la capital por el hilo directo. Rodzianko y el príncipe Lvov exigían que no se hiciera público el manifiesto del zar, que llegaba otra vez tarde. Acaso se tranquilizasen -¿quiénes?- con la subida al trono de Alexei, comunicaban evasivamente los nuevos amos del poder; pero la renuncia a favor del príncipe Miguel era absolutamente inadmisible. Ruski exteriorizó, no sin cierta perversidad, su pesar ante el hecho de que los diputados de la Duma destacado el día anterior no estuviesen lo bastante informados acerca de los verdaderos fines de su viaje. Pero también para esto encontraron los diputados una salida. “Ha estallado, inesperadamente para todo el mundo, una sublevación militar como nunca se había visto -le explicó el gran chambelán a Ruski, como si realmente se hubiera pasado la vida estudiando sublevaciones militares-. La proclamación del gran duque Miguel como emperador no haría más que echar leña al fuego y sobrevendría una verdadera hecatombe.” Están todos asustados, todos han perdido la cabeza.

Y los generales vuelven a tragarse silenciosamente esta nueva “imposición vil” de la revolución. Sólo Alexéiev se desahoga un poco en este comunicado telegráfico dirigido a los generalísimos del frente: “Los partido de izquierda y los diputados obreros ejercen una violenta presión sobre el presidente de la Duma, y en los comunicados de Rodzianko no hay franqueza ni sinceridad.” ¡Sinceridad era todo lo que echaban de menos los buenos generales en aquellos momentos!

El zar volvió a reflexionar mejor. Al llegar a Mohilev, procedente de Pskov, entregó a su exjefe de Estado Mayor, Alexéiev, para que la cursara a Petrogrado, una hoja dando su consentimiento a la abdicación en su hijo. Esta fórmula debía de parecerle, después de todo, la más aceptable. Según cuenta Denikin, Alexéiev se hizo cargo del telegrama y no lo cursó, entendiendo, sin duda, que bastaban los otros dos manifiestos dados a conocer ya al Ejército y al país. Aquella discordancia nacía sencillamente de que el cerebro, no sólo del zar y de sus consejeros, sino también el de los liberales de la Duma, trabajaba más lentamente que la revolución.

Antes de salir definitivamente de Mohilev, el 8 de marzo, el zar, ya formalmente arrestado, dirigió un llamamiento a las tropas, que terminaba con estas palabras: “El que en estos momentos piense en la paz, el que desee la paz, s un traidor a la patria.” Era una tentativa que alguien debió de sugerirle de ahogar en boca de los liberales la acusación de germanofilia. La tentativa no tuvo consecuencias, pues ya no se atrevieron a hacer pública la alocución.

Así terminaba un reinado que había sido todo él una cadena ininterrumpida de fracasos, catástrofes, calamidades y crímenes, empezando por la hecatombe de Chodinka durante las fiestas de la coronación, pasando por los fusilamientos en masa de huelguistas y campesinos sublevados, por la guerra rusojaponesa, por las terribles represiones que siguieron a la revolución de 1905, por las innumerables ejecuciones, razzias punitivas y los programas nacionalistas, y acabando por la participación insensata e infame de Rusia en la infame e insensata guerra mundial.

Al llegar a Tsarkoie-Selo, donde le recluyeron en el palacio real con su familia, el zar dijo en voz baja, según cuenta la Wirubova: “No hay justicia en este mundo.” Y, sin embargo, aquellas palabras eran precisamente una prueba irrefutable de que hay una justicia histórica, aunque a veces llegue con retraso.

La semejanza entre la última pareja de los Romanov y la pareja real de los tiempos de la gran Revolución Francesa salta a la vista. Esta semejanza ha sido señalada ya en la literatura, pero de un modo superficial y sin sacar de ella ninguna consecuencia. Sin embargo, esta analogía no es casual, como a primera vista pudiera parecer, y brinda un material precioso para deducir conclusiones.

Separados unos de otros por una distancia de cinco cuartos de siglo, hay momentos en que Nicolás II y Luis XVI se dirían dos actores que representasen el mismo papel. En ambos es la felonía pasiva, acechante, pero vengativa, le rasgo más destacado de carácter, con la diferencia de que el rey francés se oculta tras una dudosa bondad mientras que en el zar ruso es una forma de trato. Uno y otro producen la impresión de hombres a quienes les pesa el oficio que les cupo en suerte y que, sin embargo, no están dispuestos a ceder ni un ápice de los derechos que les rodean y que no saben cómo emplear. Sus diarios, semejantes hasta en el estilo o en la ausencia de estilo, revelan la misma agobiadora vacuidad espiritual.

La austríaca y la alemana de Hesse guardan, a su vez, una evidente simetría. Las dos reinas descuellan sobre sus maridos no sólo en estatura física, sino en talla moral. María Antonieta es menos beata que Alejandra Feodorovna y más ardientemente dada a los placeres. Pero ambas desprecian por igual a sus pueblos, ambas desechan indignadas toda idea de concesiones y ambas desconfían del valor de sus maridos y los miran de arriba abajo: Antonieta, con una sombra de desprecio; Alejandra, con lástima.

Cuando autores allegados de la corte petersburguesa nos aseguran en sus Memorias que Nicolás II, de no haber sido zar, habría dejado en el mundo un buen recuerdo, no hacen más que reproducir el viejo cliché benevolente que los de su tiempo acuñaron de Luis XVI, sin que con ello contribuyan gran cosa a enriquecer nuestros conocimientos, ni en punto a la historia ni en lo tocante a la naturaleza humana.

Ya hemos oído cómo se indignaba el príncipe Lvov cuando, en los momentos en que los sucesos trágicos de la primera revolución se hallaban en su apogeo, en donde creía encontrarse con un zar abatido, se encontró con “un hombrecillo alegre y animoso, ataviado con una camisa morada”. Sin saberlo, el príncipe no hacía más que repetir lo que el gobernador Morris había escrito, en 1790, en Washington, hablando de Luis XVI: “¿Qué se puede esperar de un hombre que, en la situación en que se halla, come, bebe, duerme y ríe; de este hombre simpático, más alegre que cuantos le rodean?”

Cuando Alejandra Feodorovna, dos meses antes de caer la monarquía, predice: “Las cosas toman un buen giro, los sueños de nuestro “Amigo” tienen un gran significado”, no hace más que repetir lo que María Antonieta decía un mes antes de derrumbarse en Francia el poder real: “Me siento muy animosa, y algo me dice que pronto seremos felices y estaremos salvados.” Están ahogándose, y ambas ven sueños de color de rosa.

Ciertos elementos en esta analogía tienen, naturalmente, un carácter puramente casual y no ofrecen más que un interés histórico anecdótico. Incomparablemente más importancia tienen aquellos rasgos destacados o directamente impuestos por la fuerza de las circunstancias y que proyectan una cruda luz sobre las relaciones que guardan entre sí la personalidad y los factores objetivos de la historia.

“No sabía querer: he aquí el rasgo más valiente de su carácter”, dice un historiador reaccionario francés hablando de Luis XVI. Estas palabras parecen el retrato de Nicolás II. Ninguno de los dos sabía querer; en cambio, sabían no querer. Y, en realidad, ¿qué iban a “querer”, suponiendo que pudiesen, los últimos representantes de una causa histórica definitivamente perdida?

“Generalmente, escuchaba, sonreía; pero rara vez se decidía a nada. Lo primero que se le ocurría decir instintivamente era no.” ¿A quién se refieren estas palabras? También a Luis Capeto. En todo era la conducta de Nicolás II un plagio del rey francés. Uno y otro caminaban al abismo “con la corona sobre los ojos”. Pero, ¿es que se puede caminar con los ojos abiertos a un abismo al que no hay manera de escapar? ¿Hubieran remediado algo con echarse la corona atrás para ver mejor?

Sería cosa de recomendar a los sicólogos profesionales la redacción de una antología de lugares paralelos en las vidas de Nicolás II y Luis XVI, de Alejandra y de Antonieta y sus afines y allegados. No les faltarían, desde luego, materiales, y el fruto de su trabajo sería un documento histórico sumamente interesante en abono de la sicología materialista: a rozamientos semejantes -no iguales, naturalmente- corresponden, en condiciones parecidas, reflejos también semejantes. Cuanto más generoso es el agente que provoca el rozamiento, antes supera las peculiaridades individuales. Tratándose de cosquillas, cada cual reacciona a su modo; pero si nos tocan con un hierro candente, todo el mundo reacciona igual. Y del mismo modo que el martillo pilón convierte en una plancha una bola o un cubo, bajo el peso de los acontecimientos magnos inexorables, las individualidades, por mucho que resistan, se aplanan y pierden sus contornos genuinos.

Luis XVI y Nicolás II eran los últimos vástagos de unas dinastías que habían vivido turbulentamente. La imperturbabilidad relativa de ambos, su serenidad y “su semblante risueño” en los momentos difíciles eran otras tantas expresiones, adquiridas por hábito de educación, de la pobreza de energías interiores, de la baja tensión de sus descargas nerviosas, de la indigencia de sus recursos espirituales. Eran ambos individuos moralmente castrados, que carecían en absoluto de imaginación y de capacidad creadora, que tenían la inteligencia estrictamente necesaria para darse cuenta de su propia trivialidad y sentían una envidia hostil contra cuanto significase talento y valor. A ambos les tocó en suerte gobernar a sus países en momentos de honda crisis interior y de despertar revolucionario del pueblo. Ambos se defendían contra la difusión de las nuevas ideas y la avalancha de las potencias enemigas, y su indecisión, su hipocresía y su falsedad no eran, en ambos, signos de debilidad moral personal precisamente, sino expresión de la absoluta imposibilidad de sostenerse en el puesto heredado.

¿Y sus esposas? Alejandra, en más alto grado todavía que Antonieta, viose exaltada por su matrimonio con el autócrata de un poderoso país a las más elevadas cumbres con que puede soñar una princesa, sobre todo la princesa de un rincón provinciano como Hesse. Ambas estaban poseídas hasta el último límite por la conciencia de su elevada misión: Antonieta, de un modo más frívolo; Alejandra, con el espíritu de la hipocresía protestante traducido al lenguaje de la Iglesia eslava. Los fracasos de su reinado y el descontento creciente de sus pueblos hicieron estremecerse despiadadamente el mundo fantástico que se habían construidos aquellos cerebros fantásticos, pero diminutos como de gallinas. Así se explica el furor creciente, la hostilidad sorda, su odio hacia aquellos ministros que tomaban en consideración, por poco que fuese, este mundo hostil, es decir, el país en que vivían, su aislamiento incluso dentro de la propia corte, y aquel eterno sentimiento de descontento hacia el marido en quien no se habían cumplido las esperanzas concebidas durante la época de noviazgo.

Los historiadores y los biógrafos de tendencia sicológica buscan, y muchas veces encuentran, rasgos puramente personales y fortuitos allí donde sólo hay una refracción de las grandes fuerzas históricas en una personalidad. Es el mismo error de visión en que incurren los palaciegos al no ver en el último zar de Rusia más que a un hombre de “mala suerte”. Y así lo creía él también. En realidad, sus fracasos provenían de la contradicción entre los viejos objetivos que había heredado de sus antecesores y las nuevas condiciones históricas en que se encontraba colocado. Cuando los antiguos decían que Júpiter privaba del juicio a aquel a quien quería perder, expresaban bajo la forma de una superstición el fruto de profundas observaciones históricas. La frase de Goëthe: “La razón se torna en absurdo” -Vernunft wird Unsinn- encierra la misma idea del Júpiter impersonal de la dialéctica histórica que priva de razón a las instituciones históricas caducas y condena al fracaso a sus defensores. Nicolás Romanov y Luis Capeto se encontraron con sus papeles históricos trazados de antemano por el curso del drama histórico. Lo más que ellos podían poner de su cosecha eran los matices de la interpretación. La “mala estrella” de Nicolás II, lo mismo que la de Luis XVI, no hay que buscarla en su horóscopo personal, sino en el horóscopo histórico de la monarquía burocrático-feudal. Eran ambos los últimos vástagos del absolutismo. Su nulidad moral, derivada del carácter agonizante de su dinastía, imprimió a ésta un sello doblemente siniestro.

Podría objetarse que si Alejandro III hubiera bebido menos, habría vivido acaso mucho más y la revolución se habría encontrado con otro zar completamente distinto, sin la menor afinidad con Luis XVI. Pero esta objeción deja completamente incólume lo dicho más arriba. No es nuestro propósito, ni mucho menos, negar la importancia que lo personal tiene en la mecánica del proceso histórico ni la influencia del factor fortuito en lo personal. Lo que sostenemos es que la personalidad histórica, con todas sus peculiaridades, no debe enfocarse precisamente como una síntesis escueta de rasgos sicológicos, sino como una realidad viva, reflejo de determinadas condiciones sociales, sobre las cuales reacciona. Del mismo modo que la rosa no pierde su fragancia por el hecho de que el naturalista indique los elementos del suelo y de la atmósfera de que se nutre, la personalidad no pierde su aroma, o su hedor, por poner al descubierto sus raíces sociales.

Precisamente esa objeción que se apunta -la referente a la longevidad de Alejandro III- puede contribuir a esclarecer el problema en otro aspecto. Supongamos, por un momento, que Alejandro III no hubiese emprendido la guerra con el Japón en 1904. Esto habría demorado la primera revolución. ¿Hasta cuándo? Es posible que la revolución de 1905, es decir, el primer choque en el que se probaron las fuerzas, la primera brecha abierta en el muro de la autocracia, no hubiera sido entones más que una simple introducción a la segunda, a la republicana, y a la tercera, la proletaria. Mas todo lo que se diga sobre este particular serán siempre conjeturas más o menos interesantes. Lo indiscutible es que la revolución no fue un fruto de las condiciones de carácter de Nicolás II, y que Alejandro II no hubiera resuelto tampoco los problemas por ella planteados. Baste recordar que, nunca ni en parte alguna, el tránsito del régimen feudal al burgués se realizó sin conmociones violentas. Ayer mismo lo veíamos todavía en China, como hoy lo podemos observar bien claro en la India. Lo más que se puede aventurar es que la política seguida por la monarquía y la conducta personal del monarca aceleran o retrasan, en ciertos casos, la revolución e imprimen un determinado sello a su proceso externo.

¿¡Con qué rencorosa e impotente tenacidad pugnaba por defenderse el zarismo en los últimos meses, semanas y días, cuando ya tenía irremediablemente perdida la partida! Si Nicolás II no tenía suficiente voluntad, la zarina se encargaba de suplir este defecto. Rasputin era el elemento de que se valía para gobernar la camarilla, luchando encarnizadamente por su propia conservación. Aun desde este punto de vista limitado, la personalidad del zar aparece absorbida por una pandilla que no es más que un coágulo del pasado y de sus últimas convulsiones. La “política” de la camarilla de Tsarskoie-Selo ante la revolución no era más que una resultante de los reflejos de una fiera acosada y desangrada. Si perseguimos por la estepa, leguas y leguas, a un lobo en un rápido automóvil, la fiera acaba, tarde o temprano, por perder el aliento y tenderse en el suelo, agotada. Pero en cuanto probemos a ponerle un collar, la veremos revolverse intentado destrozarnos. Y es natural, pues ¿qué otro recurso le queda en semejantes condiciones?

Los liberales no lo entendían así. Toda el acta de acusación del liberalismo contra el último zar era que Nicolás II, en vez de pactar a tiempo con la gran burguesía, evitando con ello la revolución, se negaba tozudamente a hacer concesiones, y hasta en los últimos momentos, bajo la cuchilla del destino ya, cuando cada minuto contaba, seguía dando largas y más largas, regateando con el destino y dejando perderse las últimas posibilidades. Y todo esto está muy bien. ¡Lástima que el liberalismo, que conocía remedios tan infalibles para salvar a la monarquía, no los hubiera encontrado para salvase a sí mismo!

Sería absurdo afirmar que el zarismo, nunca ni bajo ningún género de condiciones, se mostró dispuesto a ceder. Hizo concesiones en la medida en que se las imponía la necesidad de la propia conservación. Después del desastre de Crimea, Alejandro II decretó la semiemancipación de los campesinos y una serie de reformas liberales en los dominios de los zemstvos, la justicia, la prensa, las instituciones de enseñanza, etc. El mismo zar se encargó de dar expresión a la idea que informaba aquellas reformas: emancipar a los campesinos desde arriba, con el fin de que no se emancipasen ellos desde abajo. Acuciado por la primera revolución, Nicolás II llegó a conceder una semiconstitución. Stolipin se entregó a la obra de destruir la “comuna” rural, con el designio de abrir más ancho cauce a las fuerzas capitalistas. Pero todas estas reformas no tenían para el zarismo más sentido que mantener en pie, a costa de concesiones parciales, el sistema total: los fundamentos de la sociedad de castas y la monarquía misma. En cuanto vio que los frutos de la reforma iban más allá de los límites propuestos, la monarquía retrocedió inmediatamente. Alejandro II se paso la segunda mitad de su reinado escamoteando las reformas implantadas por él durante la primera mitad de su reinado. Alejandro III fue todavía más allá por la senda de la contrarreforma. En octubre de 1905, Nicolás II cedió ante la revolución; luego disolvió las Dumas creadas por él, y, tan pronto como la revolución se debilitó, dio un golpe de Estado. En el transcurso de tres cuarto de siglo -si se cuenta a partir de las reformas de Alejandro II- se desarrolla una pugna, unas veces latente y otras manifiesta, de las fuerzas históricas, que se remonta muy por encima de las cualidades personales de los zares y que encuentra su apogeo y remate en el derrocamiento de la monarquía. Dentro del marco de este proceso histórico es donde hay que situar a los distintos zares, para estudiar su carácter respectivo y trazar su “biografía”.

Aun el más autocrático de los déspotas queda muy lejos del individuo que, “libre” y arbitrariamente, imprime su sello propio a los acontecimientos. El monarca no es nunca más que un agente coronado de las clases privilegiadas, que forman una sociedad hecha a su imagen y semejanza. Cuando estas clases tienen todavía una misión que cumplir, la monarquía es fuerte y abriga confianza en sí misma, empuña un aparato firme de poder y puede elegir sin tasa sus gobernantes, pues los hombres de talento no se han pasado todavía al campo enemigo. El monarca, ya sea personalmente o por medio de un favorito, puede, si quiere, convertirse en depositario de una misión histórica, elevada y progresiva. Otra cosa acontece cuando el sol de la vieja sociedad camina irremediablemente a su ocaso: las clases privilegiadas, que eran antes las árbitras de la vida nacional, se convierten ahora en un tumor parasitario y, al perder sus funciones directivas, pierden la conciencia de su misión y la confianza en sus propias fuerzas; esta desconfianza en sí misma les hace perder, al propio tiempo, la confianza en la corona; la dinastía se aísla; el sector de los hombres que le son incondicionalmente adictos se va reduciendo; desciende su nivel; entretanto, van creciendo los peligros: las nuevas fuerzas presionan; la monarquía pierde la capacidad para toda iniciativa creadora, se defiende, se debate, cede, sus actos cobran el automatismo de simples reflejos. El despotismo semiasiático de los Romanov no podía escapar tampoco a este destino.

Si se analiza el zarismo agonizante en un corte vertical, por decirlo así. Nicolás II aparece como el eje de una camarilla que tiene sus raíces en un pasado condenado inexorablemente a desaparecer. Analizado en un corte horizontal, cronológico, el reinado de Nicolás II es el último eslabón de una cadena dinástica. Sus antecesores, miembros también, en su tiempo, de colectividades familiares, burocráticas y de casta, aunque fuesen más extensas, ensayaron distintos métodos de gobierno para salvaguardar el viejo régimen social contra el destino irreductible que le amenazaba y, sin embargo, sólo consiguieron legar a Nicolás II un imperio caótico que llevaba ya en sus entrañas la revolución. Toda la libertad de opción que a éste le quedaba era entre los distintos caminos que podían llevarle a la ruina.

El liberalismo soñaba con una monarquía de tipo británico. Pero ¿acaso el parlamentarismo surgió en las orillas del Támesis como fruto de una evolución pacífica o por obra y gracia de la “libre” previsión de un monarca? No, fue el resultado de una lucha que duró un siglo y que costó la cabeza a un rey.

En parangón histórico-sicológico que esbozábamos más arriba entre los Romanov y los Capeto podría hacerse extensivo perfectamente a la pareja que ocupaba el trono de Inglaterra al estallar la primera revolución. Carlos I acusaba sustancialmente los mismos rasgos que los analistas e historiadores atribuyen, con más o menos fundamento, a Luis XVI y Nicolás II. “Carlos -escribe Monteague- adoptaba una actitud pasiva, cedía, aunque de mala gana, allí donde no le era posible resistirse, pero recurriendo al engaño y sin ganar con ello popularidad y confianza.” “No era un hombre necio -dice otro historiador, hablando de Carlos Estuardo- pero no tenía la suficiente firmeza de carácter… El papel de estrella fatal corría a cargo de su mujer, de Enriqueta de Francia, hermana de Luis XIII, todavía más impregnada que él de las ideas del absolutismo…” No hay para qué detenerse a reseñar las características de esta tercera pareja de reyes, la primera en orden cronológico que pereció aplastada por la revolución nacional. Diremos únicamente que también en Inglaterra los odios se concentraban principalmente en la reina, por ser francesa y papista, acusándosele de manejos con Roma, de mantener relaciones secretas con los rebeldes irlandeses y de intrigar con la corte de Francia.

Pero Inglaterra tenía, al menos, un siglo a su disposición. Inglaterra era el heraldo de la civilización burguesa: no se hallaba bajo el yugo de otras naciones, sino que, por el contrario, mantenía a éstas cada vez más bajo el suyo propio, toda vez que explotaba al mundo entero. Esto suavizaba las contradicciones internas, fomentaba el conservadurismo, daba alas a la prosperidad y a la consistencia de un sector parasitario de grandes propietarios rurales, de la monarquía, de la Cámara de los Lores y de la Iglesia del Estado. Gracias al carácter privilegiado, históricamente excepcional del desarrollo de la Inglaterra burguesa, el conservadurismo pasó, combinado con la ductilidad de las instituciones a las costumbres, y aun hoy es el día en que los numerosos filisteos continentales, por ejemplo, el profesor ruso Miliukov o el austro-marxista Otto Bauer, siguen entusiasmándose con el ejemplo inglés. Pero hoy en que Inglaterra, cohibida ya en el mundo entero, está gastando todo lo que le quedaba de su situación de privilegio de ayer, su conservadurismo pierde ductilidad y hasta se convierte, en manos de los laboristas, en una desenfrenada reacción. Colocado ante la reacción india, el socialista MacDonald echa mano de los mismos métodos que Nicolás II oponía a la revolución rusa. Sólo un ciego puede dejar de ver que Inglaterra se halla abocada a gigantescas conmociones revolucionarias, entre las cuales se sepultarán los últimos restos de su conservadurismo, de su hegemonía mundial y de su actual maquinaria política. MacDonald prepara esas conmociones con la misma habilidad y con no menos ceguera que Nicolás II en su tiempo las suyas. Es, como veremos, otra demostración bastante elocuente del papel que la “libre” personalidad desempeña en la historia.

¿Y de dónde iba a sacar Rusia, con su desarrollo rezagado, que le ponía a la cola de todas las naciones europeas, con una base económica mezquina sobre que sustentarse, ese “conservadurismo dúctil” de las formas sociales, cortado a la medida del liberalismo académico y de su sombra de izquierda, el socialismo reformista? Rusia se hallaba demasiado atrasada para eso, y cuando el imperialismo mundial la cogió en sus garras, viose obligada a cursar rapidísimamente sus estudios de historia política. Si Nicolás II hubiera dado acogida al liberalismo sustituyendo a Sturmer por Miliukov, el desarrollo de los acontecimientos habría variado tal vez en cuanto a la forma, pero no en el fondo. No se olvide que éste fue el camino seguido por Luis XVI en la segunda fase de la Revolución Francesa, al llamar al poder a los girondinos sin que con ello consiguiesen librarse de la guillotina ni él, primero, ni más tarde los de la Gironda. Las contradicciones sociales acumuladas tenían que brotar al exterior y, al hacerlo, llevar a término su labor depuradora. Ante la presión de las masas populares, que sacaban por fin a combate franco sus infortunios, sus ofensas, sus pasiones, sus esperanzas, sus ilusiones y sus objetivos, las combinaciones tramadas en las alturas entre la monarquía y el liberalismo tenían un valor meramente episódico y podían ejercer a lo sumo una influencia sobre el orden cronológico de los hechos y acaso sobre su número, pero nunca sobre el desarrollo general del drama, ni mucho menos sobre su inevitable desenlace.

1929-1932

https://www.marxists.org/espanol/trotsky/1932/histrev/tomo1/cap_06.htm

Documental: el arte de la escucha

El arte de la escucha es un documental acerca del viaje que hace la música hasta los oídos del escucha, desde el instrumento del creador y el compositor hasta los productores e ingenieros que capturan y preservan la voz del artista. Este viaje es narrado por conversaciones intimas con artistas, ingenieros y productores acerca de la filosofía de su trabajo, y el intento detrás de cada nota que ellos crean.

Este filme es una invitación a los fans de la música para que re descubran lo oculto y los detalles disponibles en el sonido de sus discos favoritos. El arte de la escucha es el inicio de una conversación de como la calidad de nuestra experiencia de escucha define el medio.

Descubre más y escucha el soundtrack en : www.theartoflisteningfilm.com

Dirigido por:
Michael Coleman

Guillermo Lora: Política militar del proletariado

Extractamos un capítulo “Revolución y Foquismo”, del dirigente del Partido Obrero Revolucionario (POR) de Bolivia, el trotskista Guillermo Lora. Se resumen las valiosas experiencias del proletariado altiplánico, protagonista de gestas revolucionarias como la revolución de 1952 y la Asamblea Popular de 1971. Su estudio resulta imprescindible en la formación de las nuevas generaciones de revolucionarios.// EP Seguir leyendo Guillermo Lora: Política militar del proletariado

La conversión de Pablo Neruda

 

por Niall Binns//

La trascendencia de la guerra española en la literatura universal se mide con toda claridad en dos autores: George Orwell y Pablo Neruda (1904-1973). Nunca llegaron a conocerse pero me gustaría pensar que se vieron desde lejos en el otoño de 1927, siluetas distantes sobre las cubiertas de sus respectivos barcos, rumiando cada uno las incógnitas de sus nuevos destinos, mientras uno abandonaba Rangún para volver a Europa después de cinco años en la policía militar del Imperio Británico y el otro avanzaba hacia la misma ciudad para asumir su puesto de cónsul de Chile, iniciando así un largo descenso al infierno. Un cuarto de siglo después, las obras de estos dos escritores serían los paradigmas de los grandes bloques en que se había dividido el mundo: el apocalíptico anticomunismo de 1984 por un lado; el fervoroso comunismo de Canto general por otro. La existencia de ambos libros está directamente relacionada con la experiencia de sus au tores en la guerra de España. Seguir leyendo La conversión de Pablo Neruda

Luis Emilio Recabarren: el socialismo ¿qué es y cómo se realizará?

Escrito: En 1912.
Primera edición: Como separatas a el diario El Despertar de los Trabajadores (Iquique), del 8 de octubre al 21 de noviembre de 1912.
Digitalización: Por José Miguel Urzúa Bravo, 2002.
Esta edición: Marxists Internet Archive, 2002.

Los enemigos del socialismo presentan siempre esta doctrina distinta de lo que en verdad es, para de ese modo aumentar más sus enemigos y presentarlo de más difícil realización.

Es necesario no confundir la doctrina socialista con parte del movimiento obrero en el cual participan los socialistas.

En el movimiento obrero hacia la emancipación suelen verificarse actos que hieren el sentimiento de justicia y que los socialistas a veces no pueden ni prever, ni evitar.

¿QUÉ ES EL SOCIALISMO?

El socialismo es una doctrina de estructura precisa y definida que tiene por objeto modificar las defectuosas costumbres actuales proponiendo costumbres más perfectas.

La base social del socialismo consiste en la abolición o transformación de lo que actualmente se llama la propiedad privada, proponiendo en su reemplazo la constitución de la propiedad colectiva o común.

Se entiende por propiedad privada la posesión y usufructo individual sobre la tierra y sus productos, sobre las herramientas, máquinas y medios de producción, de cambio y transporte.

La consecuencia de la propiedad privada es la coexistencia de patrones y obreros y la explotación que hacen los patrones del trabajo de los obreros.

Como consecuencia de la existencia de patrones y obreros, existe también el gobierno político de los países con todo su cortejo de opresiones y tiranías.

El socialismo, por su nombre solo, tiene muchos enemigos, así como tiene también apasionados defensores y propagandistas.

Al hacer este trabajo queremos servir a los socialistas y a nuestros enemigos.

Creemos que toda persona que llegue a comprender completamente el socialismo no podrá rechazarlo y concluirá por ser su abnegado defensor, en la convicción de que esta doctrina es la única que, llevada a la práctica, realizara realmente la felicidad humana.

Por esta convicción queremos expresar, elementalmente, lo que es socialismo.

Con esta explicación nuestros amigos completarán sus conocimientos y tomarán argumentos suficientes para propagar la doctrina y para defenderla de los ataques injustificados del enemigo.

Con esta explicación creemos servir también a los que desconocen el socialismo. Los que crean inaceptables nuestras doctrinas tomarán en este librito el conocimiento de ella y podrán atacarla en donde encuentren sus defectos.

Queremos, pues, que especialmente lean este librito, los enemigos del socialismo.

La presentación de la doctrina la hacemos metódica y ordenadamente para facilitar su comprensión y su desarrollo.

Solicitamos, pues, un poquito de atención sobre las páginas siguientes.

Propiedad colectiva

Se entiende por propiedad colectiva y común, la abolición de la propiedad individual o privada, de manera que la tierra, los edificios, las maquinarias, herramientas y todo cuanto existe producido por el trabajo del hombre sea utilizado por todos y para todos, repartido en la justa proporción que cada cual necesita según sus gustos.

La transformación de la propiedad privada en colectiva, no significa en ningún caso un despojo de los bienes necesarios al individuo en beneficio de la colectividad.

No se piense que con esta transformación los ricos de hoy vayan a ser pobres mañana.

Eso no sería socialismo, sería solamente cambio de posesión de la riqueza.

La existencia de la propiedad privada y su consagración presente es la causa matriz de todo los males existentes. Por eso es que el socialismo ha nacido como remedio ineludible para ese mal social.

Si el socialismo es la abolición de los imaginarios derechos sobre la propiedad privada, el socialismo se presenta entonces como una doctrina de la más perfecta justicia, de verdadero amor, y de progresivo perfeccionamiento individual y moral.

El socialismo es, pues, desde el punto de vista científico una doctrina económica que tiene por objeto aumentar los goces humanos.

El socialismo es, pues, desde el punto de vista social, una doctrina de sentimientos de justicia y de moral, que tiene por objeto suprimir todas las desgracias ocasionadas por la mala organización, para que la vida sea vivida en medio de goces perpetuos.

Para probar que todo esto es justo y de fácil realización continuaremos con explicaciones detalladas y precisas.

Defectos actuales en la organización de los pueblos

En el presente, como en el pasado, los pueblos viven oprimidos bajo el yugo de una constitución defectuosa que produce inmensos males.

Todos los vicios, todos los delitos, todos los crímenes, el inmenso desarrollo de la prostitución, son consecuencias de la mala constitución de los pueblos y de su tolerancia por los individuos que sufren las consecuencias.

En medio de esta presente mala organización social, muchos individuos luchan por vivir lo mejor posible, sin preocuparse de que los medios sean honrosos o deshonestos.

Así, unos viven comerciando con la prostitución de la mujer; otros viven robando por medio del garito o de comercios ilícitos; otros, explotando inicuamente la ignorancia y el hambre.

¿Cómo podremos llamar honroso el medio de fortuna que muchos funcionarios (empleados fiscales) se buscan, dando libre progreso a la prostitución, al juego, a la borrachera, con tal que esto les produzca una renta permanente y segura que les permita acumular una fortuna para vivir holgadamente? Ese medio de vida es indigno.

Dentro de la doctrina socialista se considera que la naturaleza, ayudada por el hombre y la máquina, produce de sobra todo lo que se necesita, y entonces todos pueden vivir a sus anchas con el fruto de su trabajo honrado y aliviado.

El pauperismo o miseria.– Consecuencia de la mala organización social, como hemos dicho, es la miseria repugnante que domina sobre el mayor número de los habitantes de todos los pueblos.

Podríamos asegurar que de cada cien habitantes, en el mundo, ochenta viven mal, sufriendo la miseria.

Las clases más incultas de la sociedad soportan la peor parte de la miseria, porque carecen de todo. No tienen mobiliario ni el más necesario, no tienen ropa; viven con unos asquerosos andrajos que medio cubren sus carnes. Entre las clases obreras y empleados de negocios minoristas, la miseria es un poco menos, por tratarse de clases que tienen un poquito de más cultura. Entre las clases de empleados superiores y pequeños propietarios de talleres o comercios, hay siempre miseria, puesto que viven de rentas inseguras que en cualquier momento pueden desaparecer.

La miseria produce desgracias y dolores atroces que hacen tan amarga la vida que llevan a muchos a la desesperación.

El dolor es muy diferente según la cultura.

Un peón que ha nacido durmiendo sobre la tierra y que ha crecido rodeado de desnudeces y miserias, sufre cuando reconoce su miseria y sospecha que podría vivir mejor.

Pero un individuo que ha nacido rodeado de algunas comodidades, cuando comprende y ve que sobre el mundo hay muchas cosas de que gozar y sus recursos y esperanzas no se lo permiten, sus sufrimientos son mayores porque hay más capacidad.

La doctrina socialista propone medidas fáciles y hacederas para hacer desaparecer todas esas desgracias y esas medidas se verán más adelante.

La miseria moral.– El estado actual de las poblaciones nos muestra toda su miseria moral, que es motivo de retardo de todo progreso. Tenemos como consecuencia de esto que hay muchos individuos que no conciben una condición superior.

El alcohol desempeña una grande y funesta labor contribuyendo a embrutecer a los individuos.

Entre los seres más incultos, la degradación es tan inmensa que entristece, pues hay muchos hombres menos inteligentes que muchos animales.

Entre individuos más cultos existe depravación que los conduce a comerciar y explotar indignamente con sus propios semejantes.

La miseria moral es muy repugnante y aparte de que causa desgracias a toda la sociedad, es deber humano contribuir a la disminución y desaparición de todas las causas que producen la miseria.

La causa de estas miserias y sus efectos.– Las causas de las miserias son muchas y muy antiguas. La humanidad arranca desde un momento oscuro e inconsciente. Animal, primero salvaje; enseguida, durante un inmenso período, conservándose hasta la época presente una gran cuota de salvajismo.

La cultura y la civilización datan desde muy antiguo, es verdad, pero en dosis muy pronunciadas de egoísmo y privilegio. La civilización se ha ido desarrollando en medio de ciertos círculos sociales, no alcanzando a la mayor parte.

Las primeras civilizaciones nacidas en un ambiente de mucha ignorancia aún, contribuyeron por egoísmo y ambición a envilecer más las clases salvajes, porque fueron sometidas al servicio de los primeros que concebían un grado de progreso civil.

Los primeros hombres más civilizados, ambiciosos de aumentar sus goces, esclavizaron a sus semejantes, incapaces todavía de comprender las consecuencias de esa esclavitud.

La esclavitud ha viajado a través de la historia transformándose periódicamente, hasta llegar al momento actual en que en los países más civilizados se llama al productor, asalariado, pues, la mayoría de los hombres o mujeres está sometida a otros, bajo el nombre de salarlo o sueldo.

La constitución política.– A medida que la cultura ha progresado en ciertas clases, se han ido formando los pueblos o naciones, adoptando una ley o constitución escrita que les sirviera de norma de vida.

La constitución actual de las naciones data de muchos años atrás. Los pueblos más jóvenes de Sudamérica cuentan casi todos con más de cien años de vida nacional orgánica.

Organizados los pueblos en épocas muy antiguas, sus constituciones fueron hechas bajo el espíritu atrasado dominante en aquella época y por un reducido número de personas.

Esas constituciones defectuosas imperan todavía, constituyendo una verdadera tiranía para los pueblos modernos.

Sin embargo, esas constituciones, se han modificado, se modifican (también se violan), y continuarán modificándose por la intervención de los socialistas en los congresos.

A influencia de las modificaciones que los socialistas logran introducir en las Constituciones, se aumentarán las comodidades de que carecen los pueblos.

La constitución industrial.– La vida industrial es el poder económico de los pueblos.

La industria es el producto natural del desenvolvimiento y del progreso de los pueblos.

En el presente momento histórico la industria influye en la marcha política y social de los pueblos.

La industria ha nacido defectuosa e incompleta, mientras más atrás en la, historia, más atrasada. La inteligencia del hombre y la necesidad de hacer más aliviados los trabajos, fueron dando lugar a creaciones e inventos hasta llegar al momento presente en que la industria, si es el verdadero progreso, es también el sitio donde reside todo el problema social que ha dado vida al socialismo.

La industria es hoy el arma de la más cruel explotación y opresión que da a los audaces la riqueza, arrancada con el trabajo de los pobres.

La industria es hoy el principal factor de la propiedad privada o individual y es en ella donde la acción socialista se hace sentir con más intensidad, para modificarla hasta que deje de ser fuente de explotación.

La modificación del modo de ser industrial, ha venido realizándose por la fuerza propia del progreso industrial.

A medida que el progreso mecánico se ha demostrado en la industria, el obrero ha sentido también la necesidad de su progreso. Y como el obrero no podrá separarse de la industria, los progresos serán comunes.

La explotación.– El mundo actual vive montado sobre el régimen de la explotación del hombre.

Unos hombres explotan a otros.

En la época más remota de la humanidad no hubo explotación, porque no había trabajado organizado.

Desde que se inició la organización del trabajo comenzó la era de la explotación, hasta haber llegado al grado de la mayor iniquidad y tan monstruosa se ha presentado la explotación que, en repetidas ocasiones, los esclavos del salario han realizado verdaderas sublevaciones.

En el momento presente, entre los burgueses, no se concibe fortuna ni progreso económico sin explotación.

Desde el punto de vista humano y moral, el hombre no debe realizar esa obra de explotación.

El socialismo propone medios honrosos para amentar los goces humanos de todos, aboliendo el sistema de la explotación, y esos medios quedarán señalados más adelante.

La opresión y los impuestos.– A consecuencia de asegurar la estabilidad de la explotación ha tenido que establecerse la opresión, organizándose los gobiernos, con su conjunto de leyes egoístas y dictadas por la clase que gobierna para someter a las poblaciones al cumplimiento de esas leyes, especialmente de aquellas que producen dinero, como los impuestos y contribuciones.

Las leyes forman una verdadera cadena de opresiones y los impuestos que gravitan todos sobre el pueblo contribuyen a hacer más odiosa esa opresión.

Aparte de las contribuciones legales que se cobran para formar la renta fiscal, en todos los pueblos hay otra inmensa cantidad de contribuciones que se cobran indebidamente por las autoridades para aumentar sus rentas particulares, aumentando así el costo de la vida del pueblo y haciendo más odiosa la opresión.

Este estado moral de los pueblos es indigno.– La existencia de los seres humanos debe tener un objeto, y ese no puede ser otro que hacer de la vida una idealidad, fuente de goces verdaderos, donde los seres humanos perfectos disfruten de las creaciones de la inteligencia.

Para llegar a ese objetivo, la humanidad debe encaminarse gradualmente hacia su más completa perfección.

No puede ser más indigno que unos pocos hombres se deleiten esclavizando al mayor número y haciéndolos trabajar a sabiendas de que les explotan.

Los socialistas queremos perfeccionar la vida para que llegue un momento que no seamos opresores, explotadores ni verdugos; ni víctimas, ni explotados, ni miserables.

¿Se dirá que hay cosas irremediables en la vida?

Nosotros negamos esa afirmación.

Todas las cosas que existen pueden perfeccionarse, todas.

Todo el pasado de la humanidad es una cadena de pruebas, de que todas las cosas han venido perfeccionándose, hoy con más rapidez que antes, por razón de que hoy se dispone de medios más perfectos que en el pasado.

Por eso el socialismo tiene la absoluta certidumbre de su victoria, puesto que el socialismo no es otra cosa que la perfección en progreso incesante para multiplicar los goces de todos los seres humanos o sea, la abolición de todas las causas que producen desgracias y miserias.

La transformación de la propiedad no es otra cosa que el perfeccionamiento del derecho.

Todos tienen derecho a vivir bien.

La forma de la actual propiedad limita y hasta suprime el derecho a vivir bien; por esa razón la base del socialismo está en la transformación radical del derecho a la propiedad.

Razones de existencia del socialismo

Todo cuanto existe debe tener una razón de su existencia.

La palabra socialismo es la derivación de los fenómenos y problemas sociales condensados en la palabra socialismo.

La doctrina socialista es el producto filosófico de esos problemas sociales.

El socialismo tiene diversas razones de existencia que explicaremos en capítulos separados para cada razón.

Lo expresado en los capítulos anteriores ya serían bastantes razones constituyentes de la necesidad del socialismo.

Los capítulos anteriores representan los defectos de la sociedad actual y con su conjunto de desigualdades sociales, políticas y económicas, que tantos daños causan a la humanidad.

Pero todos esos defectos que demuestran la necesidad de corregirlos no bastan todavía, puesto que muchos defienden todo lo existente y sólo admiten mejorar por caridad la mala vida de los desgraciados y quieren que cada cual busque su mejoramiento por medios ilícitos, habiendo medios honrosos.

En medio de tantos defectos que causan miserias dolorosas, el socialismo nace como un remedio único y necesario.

El socialismo surge, entonces, exponiendo su sublime doctrina de justicia, de amor, de derecho estrictamente legal y natural.

Para justificar el derecho del socialismo, explicaremos en varios capítulos las distintas razones que constituyen su base de acción.

Para combatir al socialismo se invocan argumentos de todas clases y, entre ellos muchos históricos.

Se llega a decir que el socialismo es irrealizable sólo porque va a transformar todo lo que se ha hecho -con el trabajo de tantos siglos.

Otros dicen que si el socialismo llega a realizarse será después de muchos siglos.

También el presente es obra de muchos siglos.

Penetremos, pues, en la historia y constatemos sus acciones.

Las transformaciones sucesivas de los pueblos.– Casi todos los pueblos del mundo se han transformado cambiando sus costumbres sociales y políticas.

La Francia era una monarquía constitucional, con su gobierno aristocrático ayudado por el clero. El pueblo y las clases media e intelectual vivían en el ambiente propio de la monarquía y, sin embargo, concibieron y ejecutaron la transformación adoptando el sistema republicano.

Abolieron la monarquía de derecho hereditario y establecieron la república con presidente elegido y renovado.

Se abolió la propiedad feudal y confiscó muchos los frutos del feudalismo. Podríamos decir que se creó la propiedad industrial y desarrolló la propiedad privada o individual, al abolir la propiedad feudal.

Si se aceptó que la Revolución Francesa transformara la forma de la propiedad, ¿por qué el socialismo no podrá transformarla en forma más progresista todavía?

Una buena parte del mundo aplaudió y aceptó la acción de Francia.

La Revolución Francesa no sólo produjo efectos en Francia sino que su ejemplo repercutió en el resto del mundo y en los países sudamericanos, transformó la propiedad por medio de la Revolución.

¿Cómo se constituyó la propiedad en Chile, Argentina, Perú, etcétera?

Por medio de la revolución violenta y de la expropiación con las armas en la mano.

Producidas en estos países las revoluciones tendientes a constituirse en naciones independientes, confiscaron la propiedad de derecho español y expropiaron a todos los que no aceptaban el nuevo régimen o que no eran nativos.

Estas transformaciones de la propiedad han sido y son aplaudidas y consagradas hasta el presente, porque se trata de actos realizados ya por la clase rica, pero cuando se supone que el socialismo dirigido por el proletariado pudiera realizar confiscaciones o expropiaciones en beneficio de la colectividad, entonces se alzan irrazonables griterías contra el socialismo.

En las revoluciones de 1810, Argentina, Chile, Perú, etcétera, transformaron los Estados y expropiaron la propiedad aboliendo todos los derechos monárquicos y feudales en estos suelos.

Todos esos actos se realizaron en el nombre del pueblo.

Si la razón que obró entonces ha sido aceptada, con mayor lógica se aceptará la razón socialista.

En Chile, como en los demás países, existe una ley que autoriza al gobierno para declarar de utilidad nacional los terrenos que sean necesarios para los servicios, públicos o comodidades locales.

Ese mismo criterio, ampliado a un grado superior de Justicia, podría aplicarse dentro de la acción socialista: Declarar todo de utilidad nacional y para la explotación colectiva.

La Gran China, vieja nacionalidad con tradiciones carcomidas y antiquísimas, ha entrado a la vida moderna presente, realizando muchos actos de transformación, tanto en la vida pública como privada.

Organizó su régimen político de gobierno pasando al estado republicano democrático, desde la monarquía absoluta y despótica.

¿ No es esto una prueba de que todo se puede transformar y es modificable?

Si el socialismo es una doctrina que, introducida, en la vida social, política y económica aumenta los goces y felicidades, con sólo ir modificando paso a paso las costumbres, tiene en el pasado una razón de su evolución. El mundo ha sido en su carrera hasta el presente una cadena de transformaciones. El socialismo será una transformación inevitable. Lo que hoy hacemos los socialistas es guiar a esa transformación para que no se desvíe del espíritu de amor y justicia que debe serle inseparable.

La acción revolucionaria violenta.–En el pasado, casi todos los progresos políticos, sociales y económicos de los pueblos se han realizado por medio de la violencia sangrienta.

Pero felizmente, a medida que ha avanzado el tiempo, la violencia ha disminuido.

Si Francia derramó tanta sangre para convertirse en República, casi en la misma época los Estados Unidos de Norteamérica realizaban su transformación en condiciones menos cruentas.

Turquía, Portugal y China han realizado sus transformaciones con menos violencia.

Así, las acciones socialistas ya realizadas han llevado muchas el sello de la violencia sangrienta, pero, poco a poco, a medida que se organizan los socialistas, en sus actos va disminuyendo la violencia sangrienta.

Todas las acciones del presente tienden pues, a suprimir toda violencia.

La acción revolucionaria legal.–El socialismo cada día se acoge más a la acción revolucionaria legal, obrando directamente, como puede, sobre la legislación, la fiscalización y la administración desde las ya numerosas bancas que ocupa en los diferentes países, en el Parlamento y en los municipios,

Si llamamos revolucionario al socialismo es porque no admiten otra palabra el pensamiento- y la acción que se realizan para transformar este mundo lleno de miserias y desgracias en un verdadero paraíso de felicidad y goce.

La acción revolucionaria legal del socialismo quedará ampliamente tratada más adelante, en los capítulos que describen los medios de acción del socialismo.

La tendencia perenne hacia la transformación.– En apoyo de nuestros pensamientos podemos invocar los hechos de la historia.

La historia del mundo es la historia de las transformaciones y del progreso

Un descubrimiento o invento ha motivado el nacimiento de otro descubrimiento o invento, y así, en una cadena sucesiva de hechos jamás interrumpidos, se han modificado las cosas, los seres y sus leyes. El hecho de que la humanidad siga su camino ya empezado de continuar modificando las cosas, los seres y las leyes, ese hecho sólo constituirá el camino hacia la realización del socialismo, que ninguna fuerza puede evitar, puesto que nada ha podido detener el progreso hasta su grado presente.

Estos hechos de la vida ya vivida por el mundo son la prueba más formidable que el socialismo llegará a su completo triunfo.

La acción presente de los socialistas no sólo se limita a destruir los obstáculos señalando la historia como prueba y justificando la doctrina, sino que también avanza construyendo todo lo que puede con su acción creadora como lo expresaremos en otros capítulos.

Desde el pasado hasta hoy.– En el momento presente la generalidad de los individuos no medita sobre el espacio y tiempo que habrá necesitado cada progreso para realizarse.

Por ejemplo, el ferrocarril no cuenta con más de ciento cincuenta años de existencia y no cabe duda que los vehículos de transporte cuentan cerca de dos mil años de existencia.

Ha sido menester ese largo período para llegar a esa hermosa perfección presente que aún no se detiene.

¿Cuántos millones de días han sido menester para llegar a obtener la radiotelegrafía?

Es triste reconocer que en el momento presente se celebra y se goza de todo lo que hoy existe sin pensar que a cada progreso los egoístas de todos los tiempos ponían mil obstáculos de todas clases.

Ponían obstáculos los que creían que sólo del cielo podrían venir los inventos.

Los empresarios de carretas pusieron mil obstáculos al ferrocarril.

Así hoy, la carreta de las costumbres burguesas pretende impedir que avance por la vía de la conciencia humana la fuerza imponderable de la justicia socialista.

Desde hoy hacia el futuro.– La acción socialista desde hoy hacia el futuro se presentará, cada momento, más fácil y su marcha será de más en más rápida, porque los medios de que dispone el socialismo de hoy hacia el futuro son como todas las cosas más perfectos.

Por ejemplo, si en el pasado para transportar cien sacos de trigo se necesitaba cinco carretas con varias yuntas de bueyes y diez horas para recorrer sesenta kilómetros, hoy esa operación se puede hacer en una hora y en una bodega por ferrocarril. Resulta un trabajo mil veces más simple y rápido.

Así también, el socialismo dispone hoy de medios poderosos para realizar sus propósitos. El libro, la tribuna, el periódico, el diario, el folleto, la conferencia, el teatro, la organización, su representación en congresos y municipios, todos esos medios cada día más poderosos acercan la era de la vida socialista, porque todos esos medios irán, convenciendo a los burgueses que se vivirá mucho mejor dentro del régimen socialista que con la organización actual de la sociedad y también irán haciendo desaparecer todas las ignorancias y groserías actuales del pueblo para convertirlo en un elemento regenerado, instruido, pensador y progresista. Los niños de hoy, instruidos en el ambiente socialista, harán ya, tan cerca, inmensa labor sobre sus hijos que más adelante formarán la modalidad socialista dominante.

Razones económicas y científicas.– las razones de carácter histórico que prueban que el socialismo es una circunstancia normal de la vida e inherente al progreso, que no puede desconsiderarse, presentaremos en este capítulo razones que completan las anteriores.

La economía y la ciencia, se encargan de colocar al socialismo en el sitio preponderante que le corresponde.

Sólo seres degenerados pueden negar el socialismo o mirarle como despreciable e insignificante.

A las razones históricas agregamos ahora razones económicas y científicas que están más estrechamente ligadas a la vida presente.

Factores que producen la riqueza.– La riqueza no es producto de un individuo ni de una sociedad. La riqueza es producto común.

Cuantas riquezas posee el mundo repartidas en todas las naciones, son el producto del trabajo y de la inteligencia de la humanidad realizado en miles de años.

La riqueza no puede producirse sino con el concurso común y en la época presente la encontramos reducida a dos factores: el capital y el trabajo que explicaremos en párrafos siguientes.

Para explotar y gozar de las riquezas minerales de Sudamérica, los españoles tuvieron que traer herramientas compradas en Inglaterra y en transportes construidos con elementos diferentes, en lo cual tomaron parte muchas razas.

Hoy día, como antes, para muchas industrias se necesita reunir elementos de las distintas partes del mundo, en las cuales trabajan obreros de distintas razas y condiciones y capitales internacionales.

Todo esto es dicho en prueba de que por mucho que se individualice la propiedad del producto, éste no puede dejar de ser fruto del trabajo de comunidades de trabajadores.

Por esto si hay una ley que compele al trabajo común, el socialismo deriva su doctrina de una lógica estrictamente vinculada a la naturaleza de la vida.

El capital.– La sociedad presente alega que sus comodidades son frutos de su capital, olvidando, intencionalmente, que el capital no ha podido existir sin un trabajo previo, que después de convertido en capital ha sido disfrutado por los que no han realizado el trabajo.

El capital se formó en el pasado con el trabajo realizado por millones de esclavos a quienes no se pagaba salario.

El capital continúa formándose en el presente y aumentándose incesantemente con el fruto del trabajo que no se paga a los obreros, puesto que hoy día a un obrero que produce diez, le dan como salario dos. El resto pasa a ser capital (plusvalía).

El capital así formado en el pasado y en el presente forma, por hoy, un factor de riqueza y con él se realizan gigantescos negocios para la felicidad de unos pocos, con el sacrificio y el dolor de muchos.

En la región salitrera se ha constatado que cada trabajador produce al fisco solamente, la enorme suma de dos mil quinientos pesos anuales. Si esta suma le da al fisco como contribución, si el obrero no recoge arriba de dos mil pesos por salarios al año, si el capital se lleva otro producto grande, ¿cuánto es lo que produce cada obrero y cuántos le toca a él?

El trabajo.– La fuerza del hombre empleada para producir y transformar la producción es lo que llamamos trabajo.

El trabajo ha sido el primer acto del hombre que ha iniciado la vida del progreso.

Cuando empezó el trabajo, no existía aún ni la remota idea del capital, ni del dinero, ni cosa parecida.

Trabajo amontonado durante siglos ha venido a motivar, en una época donde la inteligencia no estaba aún desarrollada, la creación de un signo para cambiar un objeto por otro, signo que hoy se llama dinero.

En los tiempos primitivos se cambiaba trigo por bueyes, o bueyes por armas. Es decir, una especie por su equivalente.

Hoy se cambia trigo por dinero y dinero por pan.

El trabajo es, pues, el primer esfuerzo de los hombres y después de muchos siglos de traba o ha venido a organizarse el capital del trabajo ya realizado.

Si todas las cosas tienen un autor, el autor del capital es el trabajo

El trabajo es, entonces, la fuerza creadora de todas las cosas; al trabajo se debe todo; al trabajo debe su existencia el capital y todo cuanto exista que se llame riqueza.

Entonces no hay razón de ninguna clase para decir que el capital es quien produce el trabajo.

Los patronos han creado una expresión que han vulgarizado para hacer creer a los obreros que sin patronos no habría trabajo.

Pero esto es un error.

En siglos anteriores, la audacia de algunos individuos permitió que amontonaran abundancia de producción de la que fueron constituyéndose en propietarios y legándola a su posteridad en forma de herencias.

Pero esa producción abundante habla sido fruto del trabajo de muchos.

Todo el mundo sabe que durante el período de la esclavitud, los hombres más fuertes, dominando a los más débiles, les explotaron su trabajo y se adueñaron de las riquezas producidas por el trabajo de millares de esclavos.

Después de la esclavitud ha venido el salario, que es solamente una transformación de la esclavitud.

Pagando bajos salarios a miles de trabajadores, unos, pocos individuos amontonan en poco tiempo fortunas fabulosas.

El salario es la forma de la esclavitud presente.

Si diez hombres trabajando en una mina sacan cada día –término medio– quinientos pesos de metal, cambiable inmediatamente por dinero, y en cambio de ese trabajo se le da a cada uno, con el nombre de salario, diez pesos, demuestra que sólo se le da la quinta parte de lo que produce.

Del resto se apodera el capitalista.

El capitalista alega como razón justa para apoderarse de esa parte de la producción, que él invierte capital en salarios, y en herramientas, maquinarias y todo lo que origine una industria.

En el capítulo que tratamos de la maquinaria se verá el valor de ese aporte.

Por ahora, dejamos establecido aquí que el trabajo es el factor principal de toda producción, de toda riqueza, de todo capital.

Si en la producción de la riqueza entran como factores el capital, el trabajo y la máquina, todo queda reducido y derivado del trabajo, porque ya lo hemos probado que sin trabajo no hay ni capital ni máquina.

El trabajo ha dado vida a la máquina y al capital.

La maquinaria.– El progreso de la maquinaria en todas las industrias es un factor de gran importancia, que, si por ahora constituye un medio de mayor explotación para los obreros, un cambio para el porvenir, más largo que el presente, significará la verdadera felicidad de los pueblos.

La maquinaria es hecha por los trabajadores y no puede funcionar sin el concurso de los trabajadores.

Los capitalistas alegan hoy día, como un motivo para apropiarse de la mayor parte del producto, que ellos aportan la maquinaria, que significa un capital en movimiento.

Pero esto es un argumento sin razón.

Si la máquina produce es por obra del obrero que la conduce y procesa.

En la producción, la maquinaria no aumenta el valor del producto, no puede aumentarlo, ni tiene por qué.

La maquinaria traspasa su valor y nada más.

Así, por ejemplo, si una máquina de coser dura mil días y cuesta cien pesos, resulta que se gasta a razón de diez centavos al día y que esta cantidad es la que traspasa al producto.

Por una costura que se realice en el espacio de un día por la máquina no puede agregarse mayor valor que el que corresponda, más al interés equivalente.

La máquina aporta, pues, sólo un valor fijo.

La máquina aporta un movimiento mecánico inconsciente.

El obrero aporta cuidado, inteligencia, interés, arte.

El obrero tiene que ser el compañero inseparable de la máquina.

El obrero es el creador y constructor de la máquina.

Por ejemplo, si un par de zapatos tiene como precio corriente de venta treinta pesos y su valor se descompone como sigue:

 

Materiales (cuero, suela, etc.) $10.00
Uso de las máquinas $4.00
Administración y gastos generales $4.00
Salario del obrero $4.00
Precio neto $22.00

Y si se vende a treinta pesos, ¿quién le da ese valor?

Ese valor no puede salir sino de quien lo construye.

Los materiales no aumentan su valor.

El uso de las máquinas tampoco, sólo descuentan su amortización incluyendo intereses.

Administración y gastos generales están en el mismo caso de máquinas y materiales.

Siendo el obrero el factor indispensable de la producción, resulta el único agente que produce valores en todos los objetos de la producción.

Así, pues, esos ocho pesos que exceden del valor neto de los zapatos, es valor producido por el obrero.

Sobre esta materia se publicará, dentro de poco, un folleto que contendrá explicaciones más amplias y más completas.

Las necesidades individuales.– El hombre primitivo sólo necesitaba comer. Durante muchos siglos han vivido los hombres primitivos, sin otra necesidad que la comida.

Comían lo que estaba a su mano: frutas, raíces, yerbas, pájaros.

El primer trabajo ha consistido en buscarse el alimento.

Las necesidades de los hombres han variado y aumentado tanto que para señalarlas en un orden progresivo, tomando en cuenta cada época de la vida, no bastaría un gran libro y aquí no podemos disponer sino de un breve capítulo para ello.

Contemplemos al hombre primitivo, viviendo en un mundo vacío, sin casas, sin obras de ninguna clase, sin más trabajo que buscarse el alimento.

Contemplemos al hombre de hoy rodeado de millones y millones de objetos diferentes que se han fabricado en el transcurso del tiempo.

¡Cuán enormemente diferentes son las necesidades presentes del hombre de las necesidades pasadas!

Cada objeto, o cada instrumento o cosa que existe significa el desarrollo de las necesidades del hombre.

El hombre en la época presente no puede vivir como al principio de la humanidad.

Sus necesidades de hoy son mil veces más numerosas que antes.

La lucha que el proletariado desarrolla en el presente es empujada por las necesidades morales y materiales, creadas ya por la humanidad, y esta lucha no cesará hasta que el hombre pueda satisfacer sus necesidades sin más limitación que la razón.

La transformación sucesiva de las necesidades.– A medida que se han ido creando nuevos objetos, instrumentos o cosas, las necesidades han ido aumentando y transformándose.

El hombre, que primero sólo necesitó comer, después necesitó vestirse y cubrirse bajo techo. Para vestirse y cubrirse bajo techo tuvo que inventar.

Sus inventos han sido cada día más prodigiosos hasta producir el asombro.

Ojalá cada uno de nuestros lectores se detuviera algunos momentos para pensar en todo aquello que no nos es posible escribir, referente a los intentos que ha tenido que hacer el hombre al frente de cada necesidad creada.

Cuando se le ocurrió al hombre vestirse, no existían géneros ni herramientas.

Cuando se le ocurrió al hombre vivir en casas no había nada para construirlas.

Entonces apareció el trabajo en forma más variada y desde aquel momento el trabajo ha sido el poder más grande que ha convertido en realidad todas las caprichosas pero justificadas ilusiones del hombre.

¡Qué hermosa, qué sublime y, qué inmensa es la historia del trabajo!

Pero, qué triste es contemplar el producto del trabajo con los conductores del trabajo, o sea, los trabajadores.

Legiones innumerables de seres abyectos han sido los que con su fuerza y su mediana inteligencia individual han creado y dado forma a todo lo grandioso que hoy podamos admirar y que es en parte propiedad colectiva.

Llegamos a la época presente, donde se han reunido ya millares de necesidades, que el individuo las siente según sea el grado de conocimientos que haya alcanzado el ambiente en que viva.

Las necesidades que siente un campesino que no sale de su terruño, son bien diferentes a las necesidades de ese mismo campesino transformado en trabajador residente en una ciudad.

Dentro del justo concepto del derecho no es posible poner prohibiciones al derecho de satisfacer las necesidades.

El hombre necesita vestirse y cada día mejor, según vaya viendo el perfeccionamiento de los vestidos.

El hombre necesita vivir con comodidad, a medida que vaya apreciando las ventajas de una cómoda habitación.

El hombre necesita satisfacer otras mil necesidades que hoy forman parte de la vida y que nadie tiene derecho a prohibir que sienta el deseo de satisfacer esas necesidades.

Una enfermedad aquejará a un hombre y necesitará medicamentos caros y cambiar de ciudad para aspirar a su mejoramiento, pero tendrá que consultar su salario para ver si puede satisfacer aquellas necesidades.

Y aquí es cuando aparece el salario como una ley infame, y los creadores del salario como unos criminales y los que lo aceptan como unos idiotas e incapaces.

Aquí es donde surge espléndido el pensamiento de reformar y de perfeccionar la costumbre del salario para sacar al hombre de esa esclavitud que lo asesina.

Y es el socialismo únicamente quien impulsa este pensamiento de destruir la esclavitud del salario.

A los trabajadores les dice: sois víctimas y sufrís porque toleráis el salario.

A los ricos les dicen: aparecéis como verdugos de vuestros semejantes porque mantenéis la infame costumbre del salario.

¿Qué vendrá entonces en vez del salario? ¿Cómo viviremos sin salario o en otra forma?

La acción perfeccionadora del socialismo no tiene límites. De manera que nadie puede precisar cuándo se habrá llegado al estado de completa perfección.

Por esta razón no se podrá asegurar cómo y cuándo vendrá cada época de perfeccionamiento.

Hemos dicho antes que el salario es una esclavitud y que está llamado a desaparecer.

Pero, ¿con qué se remplazará el salario?

No podemos precisarlo.

Puede ser que durante mucho tiempo exista un signo de cambio, como la moneda. Bien puede ser también que algún día desaparezca, porque la organización social se hará de tal manera que no se necesitará signo alguno.

Habrá para esto una razón de alta moralidad.

Si del alimento no se puede privar a nadie, justo es que no se exija dinero por él. En las mismas condiciones están todas las cosas necesarias para la vida.

Pero cuando se habla de vivir en una sociedad sin dinero, se piensa en que eso sería imposible y se olvida que el mundo ha vivido, en épocas en que había menos inteligencia, más tiempo sin dinero que con dinero.

No se tratará de volver al pasado, sino de aceptar un modo de vivir más justo y sin enredos.

No se podrá alegar que haya cosas imposibles de realizar, porque después de haber descubierto la telegrafía sin hilos y las máquinas que hablan, llamadas fonógrafos o gramófonos, y que ya son verdades, todo lo que quiera el hombre arreglar lo arreglará, con sólo tener inteligencia y amor por el prójimo.

Como el socialismo es la abolición de la propiedad privada y único medio de perfeccionar la vida, las circunstancias ya expuestas de lo que son el capital, el trabajo y la maquinaria, dan por si solas pruebas suficientes en abono de la razón que gula al socialismo para establecer una sociedad sobre la base de la propiedad común.

Los medios que más adelante se exponen darán a conocer la facilidad con que se llegará al estado de la propiedad común.

Razones Morales

El socialismo no sólo acude a la ciencia, sino también al sentimiento.

La ciencia es la comprobación matemática de nuestra razón, de la razón de ser de la doctrina socialista.

El sentimiento es la razón moral.

Si la rigidez de la ciencia pudiera ser incomprensible para los cerebros menos cultivados, o para los que han vivido acostumbrados a los viejos moldes de las costumbres antiguas, el sentimiento sano y puro no puede cerrar los ojos a la verdad.

¿Será justo que un trabajador que trabaja los seis días de la semana con honradez, sin vicios, reciba un salario que apenas le alcanza para comer él con su compañera y sus hijos?

La mujer trabaja en la casa, puesto que una familia de tres niños ya absorbe todo el tiempo de la mujer, a menos que se deje abandonados a esos niños, como ocurre en muchos casos.

Si el salario apenas alcanza para mal vivir, ese mismo salario será más insignificante en cada ocasión que un accidente, común en la vida, perturbe ese hogar.

Una enfermedad en cualquiera de los miembros de esa familia, aumenta enormemente la miseria.

Pues, este es un caso muy común.

¿Es justo eso? ¿Es justo que el patrón de ese obrero aumente diariamente, multiplicando sus goces, su fortuna de reserva, sus comodidades, mientras sus obreros perecen de miserias?

Si desde el punto de vista del sentimiento constatamos las injusticias de la organización social, la lógica de ese sentimiento nos dice que debemos poner nuestra inteligencia al servicio del perfeccionamiento de la sociedad, para que poco a poco vayamos haciendo desaparecer todas las causas que producen la infelicidad humana.

Si la aspiración socialista puede resumirse en que todos los seres humanos tienen derecho a ser felices y a gozar de todos los productos del trabajo humano en combinación con la naturaleza, dos fuerzas formidables, acuden a dar razón a la doctrina socialista.

La ciencia, que prueba matemáticamente que el dueño del producto es el productor;

El sentimiento, que demuestra la justicia y la razón de la ciencia.

El sentimiento de justicia.– Sólo en los seres refinadamente groseros, degenerados y depravados, puede no aparecer jamás el sentimiento de justicia, pero en las personas llamadas buenas, con o sin educación, el sentimiento de justicia se revela, aparece y señala las cosas como son.

La educación influye poderosamente para localizar el sentimiento de justicia y para hacer concebir en sus detalles y amplitudes ese sentimiento.

La doctrina socialista y el sentimiento de justicia son una misma cosa.

Muchas personas de nuestro mundo actual logran concebir el sentimiento de justicia en el momento presente, pero sin enlazarlo con el pasado, y se encuentran con obstáculos y dudas insuperables debido a la falta de análisis histórico retrospectivo hacia el pasado.

Una persona de muy buenos sentimientos se encuentra en presencia del siguiente caso. Es un ejemplo:

Don Juan ha heredado de su señor padre un gran establecimiento minero que en la actualidad está evaluado en 500 mil pesos y produce una renta de 50 mil pesos anuales.

Además, el padre de don Juan dejó al morir en el Banco 500 mil pesos, varias casas y sus respectivos mobiliarios.

Don Juan sigue trabajando en la industria, y toma posesión de su herencia, considerándose propietario legítimo y sobre todo considerando esa fortuna en su poder de procedencia honrada.

Don Juan, joven, en posesión de ese capital sigue trabajando y multiplicando su fortuna.

¿Cómo se resuelve la honradez o falta de honradez en este caso?

Muy sencillo.

El padre de don Juan tenía trescientos trabajadores, en las minas.

La fortuna que el padre de don Juan acumuló fue trabajando en las minas. El padre de don Juan era obrero minero. Se descubrió y pidió una mina, la trabajó solo primero, acompañado, después, hasta llegar a tener trescientos trabajadores.

La venta del metal producía para pagar los salarios, y para dejar un saldo en el Banco.

Después de veinte años de trabajo en las minas, muere el padre de don Juan legando esa fortuna como la hemos descrito.

¿Cómo se acumuló esa fortuna? Trabajando solo el padre de don Juan, ¿habría logrado formar esa fortuna?

No, eso es imposible.

El trabajo honrado de un hombre solo, no permitirá jamás acumular fortuna.

Esa fortuna se formó debido al trabajo de esos trescientos trabajadores. Cada uno de esos trescientos trabajadores ha contribuido con una cuota en esa fortuna.

¿Cómo va apareciendo ahora el concepto de lo que es el sentimiento de justicia?

Mientras don Juan, a la muerte de su padre hereda esa fortuna, ese capital, los hijos de los trabajadores de esas minas no han heredado nada, aún cuando sus padres fueran honrados y sin vicios.

Analicemos un poquito cómo se ha formado esa fortuna.

Con el trabajo colectivo de esos muchos trabajadores; por pequeña que se considere la utilidad que cada trabajador aporta, entre muchos trabajadores forman la gran utilidad. Después de esto, el salario mezquino y bajo, explotado en veinte años.

¿Qué resulta, entonces, de esta gran herencia que hereda don Juan?

¡Explotación a los trabajadores!

Salarios no pagados a los trabajadores.

Sí trescientos trabajadores producían diez pesos diarios de metal cada uno y el salario de cada cual no llegaba a cinco pesos diarios, y el resto, salarios no pagados, pasaba poco a poco, día a día, a engrosar la fortuna del patrón.

Así queda explicada la procedencia de esa gran fortuna.

Podríamos no calificarla de falta de honradez por haberse acumulado en una forma ya establecida por las costumbres, pero si su procedencia pudiera calificarse de honrada, entonces preguntaríamos:

¿Hay justicia en la procedencia de esa fortuna?

Constatada su procedencia, ¿a quién le corresponde esa fortuna?

La respuesta es fácil: a la colectividad de trabajadores que la produjo.

Se dirá que al morir el padre de don Juan la mayor parte de los trabajadores se hallan dispersos, unos; muertos, otros.

Pues bien, por eso la doctrina socialista aspira a que el trabajador disfrute del fruto íntegro de su trabajo, porque esto es justicia y es razón.

Trabajando todos, cada cual según sus aptitudes y gustos, todos disfrutarán de bienestar y felicidad.

Si los socialistas decretaran que todas las fortunas privadas actuales pasaran a ser fiscales y municipales, no cometerían ninguna injusticia, porque ese acto sólo sería hacer volver a la colectividad para el beneficio, común, lo que la avaricia capitalista arrancó a la colectividad de trabajadores.

Sin embargo, parece que el socialismo no recurrirá a ese medio pues habrá medios para evitar la explotación en el porvenir y las grandes fortunas ya creadas irán poco a poco entrando al servicio de la colectividad.

Muy a menudo la burguesía nos condena diciendo que queremos destruir el pasado. Pero eso no es sino una expresión. El pasado no se destruye, ya se fue, ya pasó. Lo que existe en el presente como obra del pasado no lo destruye el socialismo, es el progreso quien lo modifica y lo perfecciona.

La obra del socialismo es empujar al progreso.

La acusación de los conservadores del pasado es una queja infantil.

Lo mismo que ha pasado con el ferrocarril y el automóvil; que han reemplazado todos los viejos y molestos vehículos de transporte, eso mismo pasará con el socialismo.

El conservador preferirá hacer un paseo en un automóvil y no en una carreta o a lomo de burro.

Igualmente le ocurrirá más tarde, cuando haya conocido las ventajas del socialismo.

Si el automóvil o el ferrocarril son una ventaja sobre la carreta, así el socialismo es una ventaja incomparable sobre el presente.

La necesidad del amor.— Bajo el sentimiento del amor toda empresa pequeña se vuelve gigantesca.

El amor mutuo es una ley de la naturaleza y de la razón, porque no tendría razón de ser la existencia de la humanidad sin amor.

El amor es la única base moral y justa en que descansa la vida de la humanidad.

La humanidad sirve y se multiplica por obra de la procreación, que sólo se realiza por la unión del hombre y la mujer.

Si el acto de la procreación se realiza sin amor, resulta un acto simplemente animal.

Si el amor es un sentimiento que debe estar internamente mezclado en el acto de la procreación y en el cuidado de su fruto, es muy natural que el amor sea el sentimiento que domina hoy sobre el mundo entero, puesto que la procreación que es a la vez un motivo de goces superiores, es el acto frecuente de todos los días.

Hemos llegado en el presente a un estado en que sin amor no hay moral y en que se estima grosera una sociedad que vive sin moral.

Pues bien, en el momento presente no hay amor en la sociedad, puesto que la vida está organizada sobre la base del egoísmo que es la negación del amor.

No puede haber amor donde hay explotación.

No puede haber amor donde hay opresión y tiranía.

No puede haber amor donde hay ignorancia.

Los que hoy viven bien estiman muy difícil organizar la sociedad sin explotación, sin opresión y sin ignorancia. Pero el socialismo lo estima muy fácil y realizable en corto tiempo. Más adelante explicaremos esto.

Las desigualdades actuales.– Los hombres han creado mayor número de desigualdades que las que crea la naturaleza.

Las desigualdades son de dos clases:

Unas creadas por la naturaleza.

Otras creadas por los hombres.

Las desigualdades creadas por la naturaleza no afectan sino excepcionalmente al bienestar.

Las desigualdades creadas por los hombres afectan íntima y directamente a la felicidad humana.

El socialismo quiere borrar esta clase de desigualdades, para aumentar el bienestar, y quiere dulcificar en lo posible las desigualdades de la naturaleza, cuando ellas afecten a la felicidad de los humanos.

La mayor y más cruel desigualdad que hoy afecta a los hombres, es la desigualdad social y sus consecuencias; la desigualdad política y económica.

En el presente y en vista del estado actual de la educación y de la cultura de los pueblos puede justificarse la desigualdad social.

Pero desde el punto de vista moral y humano, como desde el punto de vista del sentimiento de justicia, es inaceptable que exista la desigualdad social.

Si las circunstancias actuales en que está organizada la vida, presentan obstáculos para borrar esa desigualdad, esos obstáculos no son ni pueden ser permanentes ni durables. Se pueden destruir. Se pueden hacer desaparecer.

El mayor obstáculo para la igualdad social es hoy la diferencia de cultura y de educación de los hombres, junto con la diferencia de costumbres.

Pues bien, todo esto puede desaparecer con sólo facilitar los medios de educación y de cultura y de multiplicarlos de modo que con pocos años de activa labor desaparecería toda la incultura y grosería de la sociedad.

Pero cualquiera que sean las desigualdades, todos son iguales en sus necesidades. Todos necesitamos comer y vivir.

Y es de suponer que todos necesitan satisfacer la necesidad de comer y vivir con más o menos placer.

Por eso todas las circunstancias que miden la ración de comer y vivir deben modificarse, porque en el presente constituyen una tiranía cruel.

La ración de comer y vivir no puede ser medida sino por cada individuo.

“Solo yo siento cuando cesa mi hambre.”

El que me mira comer no puede determinar cuándo habrá cesado mi necesidad.

Pero en la vida presente esta necesidad está limitada bajo el régimen del salario.

Cada individuo y su familia viven del salario y como el salario es una cantidad variable y escasa, resulta que la mayor parte de los hombres tienen medida, por mano ajena, la ración de hambre.

Esto es inaceptable y por eso la doctrina socialista aduce y aporta todas las pruebas necesarias para demostrar que todo puede corregirse y perfeccionarse hasta hacer desaparecer todas las causas humanas de la desgracia.

Las desigualdades en el futuro.– A medida que la humanidad avance impregnándose de las doctrinas socialistas, irán desapareciendo todas las desigualdades creadas por los hombres y dejando subsistentes sólo las desigualdades de la naturaleza, porque la mayor parte de ellas son grandes, sublimes y hermosas,

La desigualdad de los hombres en el futuro no afectará gran cosa en la felicidad.

Muchas desigualdades que hoy parecen naturales desaparecerán cuando ellas dependan de la acción de los hombres.

La diferencia en la forma de los individuos que unos se clasifican de feos y otros hermosos, que parece obra de la naturaleza, es seguro que podrá modificarse y sujetarse a la acción y voluntad del hombre.

Puede decirse que está probado por la ciencia que si una pareja llena de salud procrea y vive en un ambiente dichoso y puro, donde todo contribuya a vivir bien, los hijos de esa pareja llevarán una vida natural superior a los que no puedan vivir y desarrollarse en iguales condiciones.

Si todos contribuimos a mejorar cada día las condiciones de la vida, llegará el momento en que no habrá otras desigualdades que aquellas que la naturaleza ha creado.

Lo que debe ser la humanidad.– Debido a las desigualdades presentes, el mundo no es feliz. El pobre sufre revolcándose en su miseria o en sus dolores; conspirando por hambre y por envidia, fruto de su ignorancia, contra los poderosos que a su vez sufren al sentir las maldiciones de los de abajo.

Así, en el estado actual de la organización social, la humanidad se asesina en una guerra permanente que en distintas formas produce malestar.

El socialismo aspira a que la humanidad sea un hogar feliz y dichoso, donde todo sea amor, arte, justicia, libertad, porque sólo así habrá vida.

El socialismo quiere que la humanidad sea una colectividad de hombres buenos que vivan como hermanos amantes, donde todos trabajen para aumentar siempre las comodidades y los goces de todos.

Este hermoso pensamiento socialista se realizará por los medios que detallare en otros capítulos.

Razones de derechos

No podemos hablar aquí del derecho concebido por los hombres del pasado o del presente y escrito en sus códigos, porque ese derecho está concebido defectuosamente y basado sobre teorías inaceptables.

Hablaremos del derecho natural, aceptable por toda persona que no tenga maleados sus sentimientos.

El hombre nace por obra ajena a su voluntad y desde ese momento nace con un derecho: el de vivir.

El hombre viene al seno de la sociedad, y es la sociedad la llamada a no destruirle ni impedirle sus medios para vivir.

El modo como la naturaleza hace nacer al hombre o a la mujer, nos está demostrando que es una obligación social hacer vivir al nuevo individuo que nace, por dos razones:

Primero: porque el nacimiento no es obra voluntaria del que nace;

Segundo: porque cada ser que nace viene destinado a perpetuar la vida de la especie y es el espíritu de conservación de su propia especie el que nos debe guiar a cuidar de la vida del que nace.

Si esta circunstancia nos presenta la naturaleza, nuestros actos deben obedecer sus leyes.

Pero los hombres de hoy, con la excepción de los socialistas, violan las leyes de la naturaleza, y ponen al que nace en el peligro de la muerte.

¿Cómo?

Habiéndose apropiado de los medos de vida y comerciando con ellos, vendiéndolos al que tiene dinero para comprarlos.

Dinero no tiene sino el que puede trabajar y todavía con un salario medido.

Todo eso es inicuo.

Todo eso debe desaparecer.

Hay derechos indiscutibles, que como el derecho a la vida y a sus goces, no pueden limitarse ni suprimirse y sobre esos derechos es que el socialismo se basa reclamándoles.

Dónde nace el producto.– Si el producto nace por la obra del trabajador, a él le pertenece.

Si el trabajador recibiera íntegro el producto del trabajo no existiría ningún trabajador miserable, ni habría miserias en el mundo.

Se ha constatado en páginas anteriores que el producto es sólo obra del trabajador.

En un inundo bien organizado, y con los progresos de la maquinaria ya existentes, trabajarían todos los seres aptos para el trabajo, y trabajando todos, bastaría el trabajo de tres o cuatro horas al día, en vez de las brutales jornadas que hoy se realizan.

Si cada trabajador recibe el producto íntegro de su producción, podría fácilmente contribuir a atender todos los gastos generales de la colectividad o pueblo donde viva.

Si también es efectivo que trabajando todos bastaría con tres o cuatro horas de trabajo diario, nos parece muy razonable que si en todos los pueblos llegan a vivir los hombres fraternalmente, los trabajos generales para el perfeccionamiento de las comodidades se harían con todo gusto, con parte del tiempo libre restante, después de cumplir con su trabajo obligatorio, o con cuotas impuestas sobre su producto, puesto que lo recibiría íntegro.

Si el producto nace del trabajo del trabajador a él le pertenece.

Si el trabajador trabaja con una máquina ajena, el producto debe repartirse como justamente corresponde entre el valor del trabajo aportado por el hombre y el desgaste de la máquina que corresponda.

Dónde nace la utilidad.– Como en la actualidad el capitalista es quien evalúa el valor del trabajo de cada obrero, resulta que realizada la producción en todas las industrias, queda un sobrante que el capitalista llama utilidad y se la guarda.

Pero como ya hemos demostrado en capítulos anteriores, esa utilidad no es otra cosa que la merma en el salario realizada en cada obrero, no necesitamos en este capítulo sino recordar ese hecho.

La utilidad nace del saldo del salario que no se paga al trabajador. Podríamos aceptar ese procedimiento si esa utilidad fuera destinada a obras de utilidad general para las colectividades que la producen, pero como actualmente se la guarda el patrón en beneficio individual, resulta una usurpación.

Pero aceptaríamos eso, siempre que primero se cubran las inmediatas necesidades del obrero.

Queda constancia, pues, que las llamadas utilidades se forman de una manera indigna.

El reparto presente.– En el presente el reparto de la producción se hace injustamente.

Fruto de ese mal reparto es la miseria del mayor número y la abundancia para unos pocos.

El reparto de la producción toma generalmente dos nombres: utilidad y salario.

La utilidad la aprovechan los que no trabajan.

El salario es una miserable ración de hambre para el mayor número.

En estas condiciones inicuas se hace el reparto de la riqueza social que la naturaleza da como patrimonio a todos, con la única condición de trabajar.

El reparto futuro.– Cuando la humanidad se vaya encaminando a vivir conforme a la doctrina socialista, el reparto de la riqueza social aprovechara a todos, porque como lo acabamos de manifestar poco antes, todos trabajarán y todos usufructuarán del producto de su trabajo.

El reparto se realizará conforme a los medios que se vayan empleando en cada país por medio de las leyes y de las costumbres. Esto está más ampliamente explicado en los capítulos que tratan sobre los medios de realizar el socialismo, pero no cerraremos este párrafo, sin darle más amplitud.

La acción socialista en la actualidad, ha modificado, la forma del reparto de la riqueza social, cuando por medio de su organización ha contribuido a elevar los salarios y a bajar el precio de la vida, a la vez que va conquistando seguros contra accidentes, protecciones contra el hambre, pensiones a la vejez.

Todo esto, que ya es una realidad en algunos países, no lo ha dado la burguesía capitalista, sino que se lo ha arrancado a viva fuerza la organización y la conciencia de los socialistas organizados,

Y sobre todo eso que ya es un principio de mejor reparto de la riqueza social, irá mejorándose cada momento más, a medida que crezca la fuerza socialista organizada, porque sin organización nada se consigue.

En el futuro la organización socialista conquistará menos horas de trabajo, más salario y vida más barata por medio de sus cooperativas y será de esta manera cómo el reparto de la riqueza social irá cumpliéndose, en beneficio de los que ahora sufren privaciones.

Las inmensas riquezas que hoy están en manos de los grandes hacendados irán pasando, poco a poco, a servir en beneficio de todos, por medio de impuestos progresivos sobre las rentas, sobre las herencias y de otras maneras juntas sin que por estos procedimientos se empobrezcan ni disminuyan sus placeres los señores de hoy.

Resumen y consecuencias

Terminaremos esta parte creyendo haber dejado expuesto en las páginas anteriores, lo que es el socialismo, es decir, hemos explicado que el socialismo es un sentimiento de justicia y de amor que va en busca de la felicidad para todos.

Hemos presentado a medias los defectos de la vida presente para convencer que es necesario perfeccionar esa vida que así resulta indigna tanto para los que viven bien como para los que viven mal.

Después de haber expresado lo que es el socialismo, procurando convencer a nuestros lectores de que el socialismo es en verdad un refinado sentimiento de amor y justicia luchando contra la maldad y el egoísmo organizado y que impera en el mundo actual, queremos ahora explicar por qué medios se realizara el socialismo.

Esto es muy importante decirlo, porque nuestra firme propaganda logra convencer a muchos de que son inmejorables nuestras ideas y de que ellas harían realmente la felicidad verdadera, pero en cambio se ha hecho más difícil convencer de que el socialismo no necesita muchos años para ser costumbre universal de la sociedad.

Por eso, las páginas que siguen están destinadas a presentar y analizar los medios por los cuales el socialismo se realizará.

El socialismo es, pues, lo opuesto a todos los defectos sociales y por lo cual aparece como el perfeccionamiento mismo.

II

¿COMO SE REALIZARÁ EL SOCIALISMO?

¿Cuáles serán sus medios?

Los enemigos del socialismo lo desfiguran y presentan su doctrina muy distinta de lo que es en realidad para, de ese modo, atacarlo más fácilmente y hacer creer a las gentes que el socialismo es imposible.

A la vez que así calumnian la doctrina, cuando hablan sobre los medios que se ponen o se pondrían en práctica para realizar el socialismo, nuestros enemigos hablan mil barbaridades, presentándonos a los socialistas como unos bandidos sanguinarios, a pesar de que la acción socialista se encauza en lo posible, dentro de un espíritu de justicia, equidad y amor.

El socialismo se realizará usando dos circunstancias predilectas:

La táctica y los medios.

La táctica se desarrollará en cada país, según su, ambiente atávico, y según las modalidades de cada pueblo y las conveniencias locales.

Los medios, generalmente, son iguales en todos los, países, pero se destacan dos medios predilectos: la organización de los trabajadores y su educación en la doctrina.

En consecuencia, el socialismo usará para realizarse como armas de combate: la educación doctrinaria y moral del pueblo por medio del libro, del folleto, del periódico, del diario, de la tribuna, de la conferencia, del teatro, del arte; la organización de toda clase de asociaciones que concurran al mismo fin; de la acción -política para la conquista de los poderes públicos; de la acción gremial para la lucha de clases; de la organización cooperativa para ir monopolizando los actuales negocios del mundo, hasta que el poder de la cooperativa sea tina verdadera fuerza de socialización de todos los medios de producción y de cambio.

Toda esta acción la realiza actualmente el socialismo usando para ello los medios legales que cada nación franquea, esto cuando las naciones tienen organización constitucional. En los países despóticos como Rusia, los socialistas se han visto forzados a una obra violenta para poder conquistar libertades democráticas que franqueen el progreso de las ideas.

El socialismo se realizará por esos medios ya dichos, en forma metódica y poco a poco, realizándose hoy una medida y mañana otra.

Los detalles de ese “cómo se realizará” es lo que empezamos a explicar.

Fundamentos históricos de los medios como llegará la realidad el socialismo.– La evolución natural que se opera en las sociedades es un medio fundamental histórico indestructible, inevitable, porque el progreso, como el movimiento son leyes de la vida, contra las cuales nadie ni nada se puede oponer.

La humanidad marcha progresivamente a su perfección. Esto es un hecho histórico innegable porque desde que hay historia, desde que se puede advertir su rasgo de la vida humana, desde ese pasado tan remoto, hasta el momento presente, la vida de la humanidad ha sido una carrera no detenida jamás de progreso y de perfección y ese mismo hecho histórico visto y probado, es la seguridad de que la humanidad seguirá marchando en busca de más perfección y el porvenir que ya se divisa para la humanidad no es otra cosa que el socialismo.

Para algunos está muy lejos.

Para nosotros los socialistas está muy cerca.

Convencidos de que el porvenir es el socialismo, queremos apresurar la llegada de ese porvenir adelantando la cultura y la educación de los pueblos.

Mientras más rápidamente avancemos en la cultura y la educación junto con la organización de los trabajadores, más cerca, mucho más cerca estamos del porvenir y, por lo tanto, del socialismo.

No somos nosotros los que aseguramos nuestro próximo triunfo, es la historia de hechos consumados, quien se encarga de garantizarnos de ese éxito.

La historia estricta de los hechos no engaña.

Como lo hemos dicho ya, la Humanidad es una cadena sin interrupción de progresos, con la hermosa particularidad de que un progresó alcanzado ha sido base indestructible para cimentar nuevos progresos, cada día más grandes, y como el socialismo no es otra cosa que el progreso maravilloso, llegará a ser cúspide cuando la Humanidad ofrezca por todas sus partes progreso y progresos.

Medios económicos

Para el socialismo, posiblemente los medios de carácter económico que adopta y que adoptará serán los de mayor potencia para llegar a la realización de los ideales.

La acción económica del proletariado, es el poder demás potencia y quizás superior al medio político.

Por eso le dedicamos mayor atención a la organización económica que a la organización política.

La lucha de clases.– Las clases existen en la sociedad muy marcadamente divididas; unas muy opulentas, muy aristocráticas y otras muy infelices y pobres.

Las clases existen. Son un hecho.

Desde que existen clases, existe lucha entre ellas. Esta lucha se ha hecho inevitable ya y más intensa cada día que transcurre.

Para el socialismo no puede pasar desapercibida la lucha de clases, porque es un factor de la transformación social.

El socialismo, propiamente dicho, no quiere hacer odiosa la lucha de clases, sino que, reconociendo su existencia, trata de encauzar la lucha de clases, para evitar sus desastrosas acciones y para llegar hacia la armonía social, consiguiendo la desaparición de las clases motivada por el antagonismo social, hasta que la Humanidad sólo se componga de hermanos trabajadores todos, dueños de su trabajo libre, trabajando amorosamente para el bien de todos, utilizando para su -comodidad de todas las invenciones de la mecánica y de la química.

La organización del trabajo.– Para suavizar las asperezas de la lucha de clases y para extinguirla, los socialistas se ocupan con actividad de organizar debidamente el trabajo y los trabajadores.

De la mayor organización que realicemos los socialistas dependerán los resultados más felices.

La organización ha dado ya excelentes frutos, que continúan aprovechando aquellos países, que han tenido suerte de experimentar ya los buenos resultados de la organización.

Es necesario convencer a los trabajadores de que son un gran poder, como no hay otro, pero la fuerza de su poder sólo reside en la organización.

El gremio.– El gremio es el primer escalón de la organización.

Cada trabajador se agrupa, asociándose, con los demás de su oficio o clase de trabajo.

Cada gremio reúne así en su seno las fuerzas productivas de una misma profesión y puede ejercer influencias sobre la industria.

Después de la organización gremial, los trabajadores forman otras clases de organizaciones combinadas que reúnen mayor fuerza y superior acción.

Los trabajadores de un mismo oficio en distintos pueblos de un país forman después del gremio, lo que se llama una federación nacional.

También se forma la federación internacional de un mismo oficio, estrechando sus relaciones los trabajadores de una nación a otra con el propósito de defender sus intereses.

En un mismo pueblo, existiendo organizados distintos gremios, se forma lo que se llama una federación local, para combinar las fuerzas obreras de un pueblo y hacerlas servir en beneficio de los intereses obreros.

En una nación que tenga muchas organizaciones en distintos pueblos, se forma la Confederación del Trabajo que reúne en un solo seno todas las fuerzas organizadas de un país para hacerlas servir en su propio bien.

Esta forma de organización de lo simple a lo compuesto, no es una ilusión ni un proyecto, es una realidad viva y poderosa en muchas naciones va.

En Europa están muy bien organizados los obreros de todas sus naciones, sin excluir ninguna.

Las demás partes del mundo cuentan con buenas organizaciones, aunque no en el pie de los europeos.

En Sudamérica, el país que cuenta con mejor organización es la República Argentina.

Esta forma de organización llevada cada día a mayor perfección y encaminada a servir las doctrinas del socialismo, será uno de los medios más poderosos para efectuar la realización de la doctrina, porque el trabajador organizado así luchará con más éxito para disminuir la explotación y la opresión que actualmente soporta.

La huelga.– Los trabajadores han tenido y tienen que luchar con la clase capitalista organizada, rica, poderosa Y en el Gobierno y todos sus medios a su disposición, de manera que la lucha entre estas dos clases es muy desigual. Sin embargo los trabajadores tienen a su disposición un arma formidable de un poder casi siempre invencible y esa arma es la huelga, es decir la paralización colectiva del trabajo.

Pero la huelga no puede hacerla el trabajador con seguridades de éxito sino cuando es organizada.

Por eso después de la organización gremial de los trabajadores, es cuando se puede emplear la huelga como un instrumento favorable a los intereses del trabajador.

Es verdad que la huelga, aunque sea pacífica, es en sí misma un acto de presión o de violencia, pero, es necesario reconocer que no hay otro medio que resulte eficaz a los intereses de los trabajadores.

La clase capitalista, en noventa casos sobre cien ha demostrado no tener conciencia ni corazón y a las peticiones razonables de los trabajadores les ha contestado negativamente.

Hasta el momento presente la huelga ha desempeñado el papel salvador de los trabajadores y gracias a la huelga los trabajadores disfrutan de algunas ventajas.

A medida que los trabajadores van perfeccionando su organización, la huelga va resultando más perfecta y más eficaz y se va empleando para la conquista de mejores libertades.

Con la huelga el trabajador ha conseguido mejor salario; menos horas de trabajo; descanso de un día por semana; abolición de trabajos nocturnos que pueden hacerse en el día; reglamentación nacional de las condiciones del trabajo; modificación del carácter de los jefes e capataces; perfeccionamiento de los instrumentos de trabajo para evitar desgracias; indemnizaciones en los accidentes; con la huelga se ha conseguido, en algunas partes, hasta el abaratamiento de los arriendos de habitaciones.

La huelga ha sido un medio de mejoramiento de los trabajadores siempre que se haya sabido emplearla.

La huelga ha obtenido hasta la modificación de las leyes y reglamentos.

Con la huelga, en Austria, se consiguió la ley del sufragio universal que dio a los trabajadores la representación que les correspondía.

Con la amenaza de la huelga, en Chile se consiguió la supresión de los impuestos al ganado argentino.

Con la huelga, en Rosario de Santa Fe, los trabajadores obligaron al municipio a derogar la ordenanza que exigía las impresiones digitales y el registro policial de los operarios de los vehículos.

En f in, la huelga es el gran medio, porque los trabajadores y los socialistas se ayudarán a ganar conquistas cada vez más grandes, a medida que crezca la capacidad de la organización de los trabajadores.

La huelga será, por fin, el arma formidable con que los trabajadores pondrán fin a la guerra y a la paz armada de las naciones, que es la ruina económica de los pueblos.

Este es el medio más eficaz de acción y de lucha y con este medio los trabajadores arrancarán hoy una mejora y mañana otra y sin detenerse jamás en el camino de su lucha por la verdadera emancipación los trabajadores podrán llegar a realizar completamente todas sus grandes aspiraciones de justicia social.

Sin embargo, a pesar de que la huelga es de por si un medio eficaz, los trabajadores tienen todavía varios otros medios poderosos de que están usando y que se explican enseguida.

La cooperativa y su gran fuerza de acción y de transformación.– Si la huelga es un medio de lucha ya conocido universalmente, la cooperativa es otro medio aunque no muy conocido todavía y menos experimentado que la huelga, pero es un medio eficaz y en el porvenir será un gran poder de transformación y de verdadera socialización colectiva que absorberá por completo toda la vida económica y financiera del mundo.

La cooperativa es un medio que se desarrolla más silenciosamente, con más inconvenientes, pero es más revolucionaria, más poderosa, más eficaz para la transformación que persigue el socialismo.

Podemos decir, que sólo en los últimos diez años, los socialistas principian a tomar verdadero interés y actividad por la cooperativa.

Parece más fácil organizar un gremio con su federación que una cooperativa.

El gremio se organiza y vive con pocos socios que paguen sus cuotas.

Mientras que la cooperativa necesita de más capital, de más cuidado, de más inteligencia. Pero en cambio la cooperativa hace efectiva las reivindicaciones o mejoras que conquista el gremio.

Sin la cooperativa, cuando un gremio conquista alza del salario, el comercio sube más el precio de la vida.

Con la cooperativa, cuando un gremio conquista alza del salario, se evita el encarecimiento de la vida, porque la cooperativa continúa vendiendo al precio justo, salvo que las producciones que ingresen de afuera a la cooperativa obliguen un alza.

La cooperativa venderá siempre más barato que cualquier comercio, puesto que la misión de la cooperativa no es para lucrar sino para cooperar al abaratamiento de la vida y a la vez independizarnos del comercio burgués.

La cooperativa es de dos clases generales: de consumo y de producción. A medida que se ensanche la acción de la cooperativa se independizará cada vez más del contacto con la burguesía.

Si la cooperativa es de consumo tiene que surtirse de todo lo que necesite en el comercio por mayor o en las fábricas.

Si la cooperativa es de producción vivirá más independiente si la materia prima la fabrica o la produce ella misma.

Para realizar la producción del pan, completamente independiente de la clase capitalista sería menester que la cooperativa socialista sea dueña del suelo, que coseche trigo, que tenga molinos y panaderías.

Las cooperativas de Manchester, en Inglaterra, han alcanzado ya ese grado de independencia.

La formación de muchas cooperativas aunque sean sólo de consumo, contribuirá mucho al abaratamiento de la vida.

A medida que la cooperativa vaya abarcando más el campo de la producción propia, más barata se irá haciendo la vida.

La cooperativa, mediante la cooperación de los gremios, realizara progresos increíbles. A medida que se agrande la acción de la organización gremial, más vastas serán las cooperativas y más pronto realizarán su obra emancipadora.

El ochenta por ciento, a lo menos, de los consumidores pertenecen a la clase proletaria. De manera que todas las cooperativas, si logran reunir el capital necesario para desarrollarse tendrán clientela suficiente.

La cooperativa extenderá su acción a todos los ramos de la industria.

Fundará fábricas de tejidos de todas clases, para fabricar telas necesarias para todos los usos.

Tendrá fábricas de ropa que consuman los productos de las fábricas de tejidos, aparte del consumo de los particulares.

Podrán alimentar la fábrica de telas, cooperativas agrícolas que produzcan la materia prima: algodón o lanas, etcétera.

Los gremios extenderán su acción para fundar el trabajo cooperativo como lo realizan los albañiles de Bahía Blanca con todo éxito.

Desarrollándose sin límites la acción de la cooperativa llegará a fabricar todo cuanto necesita el mundo, puesto que la mayor parte de los consumidores del mundo irán engrosando el ejército de la organización obrera.

Las cooperativas agrícolas producirán muchas materias primas, que utilizarán las cooperativas de producción, aparte de que producirán todos los artículos agrícolas destinados a la alimentación.

Las cooperativas de producción fabricarán todo cuanto sea necesario.

Las cooperativas de consumo venderán a los consumidores los productos de las otras cooperativas.

Las cooperativas de trabajo suprimirán los intermediarios llamados contratistas, lo que significará trabajo más barato y salario más alto.

Una vez que el socialismo domine sobre el comercio y las industrias, impondrá sus leyes; leyes que serán siempre en beneficio creciente para todos, y que en el caso más desfavorable será su acción superior a lo que actualmente se llama legal.

Hoy se establece una fábrica y funciona conforme a las leyes lanzando al mercado sus productos.

Al día siguiente se instala otra fábrica de igual producto, pero con más capital y procedimientos más modernos, que le permite vender más barato su producto, por lo cual la fábrica anterior fracasa sin que nadie indemnice al fracasado, cualquiera que fuese la cantidad perdida.

Si la acción de una cooperativa obliga el cierre de un establecimiento burgués análogo, no habrá hecho ningún acto ilegal ni condenable bajo el concepto de la vida actual.

Si los que fracasan por efectos de la competencia capitalista quedan en la miseria, la sociedad actual los deja abandonados a su propia suerte.

Posiblemente durante los primeros éxitos de la cooperativa ocurran estos mismos hechos sin otros remedios que los que tienen actualmente, pero a medida que el poder de la cooperativa avance, los individuos de los establecimientos burgueses que fracasen pasarán a ocupar empleos dentro de las cooperativas, para que ganen el sustento necesario.

Cuando el progreso de las cooperativas llegue al mayor grado de riqueza y de poder, irá motivando la clausura de las industrias y del comercio burgués y de esta manera se habrá remplazado el actual régimen industrial burgués, por el régimen industrial socialista en el cual, progresando también por grados, irá desapareciendo toda forma o vestigio de explotación hasta que llegue el momento en que cada trabajador reciba el fruto íntegro de su trabajo.

La acción de la cooperativa a medida que vaya creciendo irá recibiendo apoyos por dos fuerzas separadas dependientes del mismo proletariado y esas fuerzas son la organización gremial y la acción política encaminada a obtener del Estado algunas ventajas que la posición política del socialismo pueda determinar en su favor.

Considerando así las cosas, la cooperativa será el arma más formidable de la gran revolución que el socialismo opera para la felicidad humana.

¡Qué hermoso será ver en el mundo, dentro de un porvenir cercano, el comercio y la industria en manos de la cooperativa socialista, fabricando todo lo que es bueno y útil, y excluyendo, con su poder y con su bondad, para siempre, la fabricación de falsificaciones y venenos que se venden hoy al público por alimentos!

¡Qué hermoso y qué grande será ver en el mundo la Humanidad trabajando, unida, como una familia amante donde no haya más que ternura!

¡Qué sublime aparecerá entonces la obra del socialismo, tan ofendida y tan calumniada en el presente!

Medios políticos

Los medios económicos de lucha que usa el socialismo le son propios, no existen de su género en la sociedad burguesa.

Creemos que el socialismo podrá triunfar con sólo su acción económica. Quizás bastaría para su triunfo la acción del gremio y sus federaciones y la acción de la cooperativa.

Se entiende que a la acción gremial y cooperativa, va agregada la acción educativa, moral y de cultura, que elevará grado a grado el valor y la capacidad de los trabajadores.

Sin embargo de pensar así, estimamos que usar los medios políticos no estará de más. Mientras más armas se usan en una lucha, más seguridades habrá de llegar más luego a la victoria.

El proletariado socialista usa también los medios políticos para poner las fuerzas del estado al servicio del progreso de su doctrina.

Al usar el medio político podría guiarnos el criterio de que lo que por la ley se construye por la ley se perfecciona o modifica.

Todos los días los poderes legislativos derogan leyes y crean nuevas, según van apareciendo las necesidades conforme a los progresos de la vida moderna.

Es una medida de previsión usar el medio político y obtener la representación que se pueda; porque la clase capitalista al encontrarse sola en el poder legislativo dictaría leyes que detuvieran o prohibieran el desarrollo de la organización de los gremios y de las cooperativas, lo cual haría más difícil la lucha emancipadora del pueblo y producirla más víctimas puesto que los convencidos no detendremos jamás nuestra acción.

Veamos entonces cómo usaríamos los medios políticos para apoyar la acción gremial y cooperativa, que ha de llevarnos al triunfo de la doctrina socialista.

La conquista de los poderes políticos.– La vida económica y social está en íntimo contacto con la acción política en la actual sociedad. Los poderes políticos son instrumentos de servicio público que dispensan sus favores a quien los maneja.

Actualmente, la clase capitalista tiene en sus manos el poder político en todos los países.

Los industriales, para asegurar la fácil colocación de sus productos hacen servir los poderes del Estado en su beneficio individual dictando leyes protectoras en dos maneras: dentro del país, influyendo sobre las tarifas de fletes de transportes y sobre las contribuciones e impuestos y para barajarse de la competencia extranjera con las tarifas aduaneras.

Esas leyes llamadas de protección a la industria nacional se han presentado como una esperanza para el pueblo, pero en realidad sólo en beneficio de los capitalistas.

Cuando vemos que de los poderes políticos, la clase capitalista hace un poder de opresión para el pueblo y de beneficio para ella, comprendemos la necesidad de que nosotros recurramos a usar los poderes políticos para hacerlos servir nuestra doctrina y para eso es preciso conquistarlos.

Tal como el progreso de la maquinaria ha producido un malestar para los trabajadores y éstos en vez de pensar en destruirla trabajan por conquistarla para someterla a su servicio dentro de la doctrina socialista, así también los poderes políticos en vez de repudiarlos debemos conquistarlos, porque por ahora no podemos destruirlos.

Entonces el deber del proletariado organizado es conquistar los poderes políticos, y cuando la burguesía recurra a fraudes, cohecho y otras indecencias para burlar la ley, entonces el proletariado debe recurrir a supremas acciones para impedir que se burlen sus derechos y sus conquistas.

Misión de la minoría socialista en el Congreso.– Mientras los socialistas están en minoría en el Congreso su acción más importante será la fiscalización a los actos incorrectos y la crítica a los defectos de la organización presente.

En la creación de las leyes, los socialistas gastarán todos los empeños posibles por introducir todo aquello que concurra a salvar al proletariado de la rapacidad burguesa.

Si la minoría socialista puede, introducirá sus leyes propias y librará la batalla para convertirlas en leyes efectivas.

Dentro de esta acción la minoría socialista va obteniendo ventajas. Las primeras leyes conquistadas servirán de base y apoyo para sobre ellas conquistar otras.

Las leyes que ya en algunos países se han arrancado, son un principio de la doctrina socialista.

La obstrucción será otro medio con que la minoría socialista podría detener las picardías burguesas.

Misión de la minoría socialista en el municipio.– Los socialistas realizan ya muy importantes labores en los municipios donde tienen influencia, aunque ella sea en minoría.

Las minorías socialistas en Bélgica y en otros países han realizado una obra inmensamente grandiosa y sublime, que no podrá ser destruida, y que es ya el cimiento de la obra superior del socialismo que seguirá constituyéndose sobre ese principio.

Sin apartar su acción de crítica y fiscalización, los socialistas procuran aprovechar toda ocasión para empujar la acción municipal en servicio de la doctrina.

La acción legal e ilegal del socialismo.– En buenas cuentas el socialismo sólo realiza acciones legales, puesto que su marcha va siempre encaminada a perfeccionar.

Cualquiera que sea la opinión de los impugnadores del socialismo, la verdad aparecerá siempre constatando que nuestra acción marcha hacia la perfección y por eso jamás podrá ser ilegal.

La modificación de las costumbres sociales por medio de la ley.– Como ya lo hemos dicho, una ley modifica otra ley. Así la acción legisladora del socialismo en minoría o mayoría será para modificar lo que está imperfecto.

El código civil en muchos países establece responsabilidades para los patrones que tuvieran culpa en las desgracias que en el trabajo ocurran a los obreros, pero en forma tan deficiente que casi siempre resulta nula. En algunos países los socialistas han logrado introducir no sólo modificaciones sino leyes nuevas dentro de ese pensamiento.

La ley modifica en algunos casos las costumbres y en otros las leyes son un resultado de las costumbres.

La pena de muerte es una costumbre social que la ley modificará aboliéndola.

El salario es costumbre social que esclaviza a los obreros a una ración de hambre, pero el salario dejará de ser una esclavitud a medida que la ley, empujada por los socialistas, vaya creándoles continuas garantías.

Así por ese camino es como avanzará el socialismo, y no se crea que será marcha larga, podríamos comparar el progreso del socialismo con los progresos de los medios de locomoción y de transporte.

De la vieja carreta que costosamente acarreaba unos cuantos bultos y pasajeros, pasamos al coche más perfecto y después al ferrocarril y al vapor que multiplicó poderosamente la capacidad del transporte y como aún se abrigan esperanzas de más perfectos medios de transportes, así el socialismo día por día es más fácil su camino y día por día se multiplican sus medios de propaganda y de convicción, de tal modo que la fuerza modificadora es cada día más poderosa.

En Buenos Aires había 1200 socialistas el año 1904 y en 1912 hubo más de 20 000, de lo cual resulta que en nueve años, 18 000 individuos transformaron su criterio.

Y queda bien definido, porque no habiendo sido socialistas antes, lo eran ahora.

La transformación del pensamiento en Alemania es más rápida y sorprendente aún.

El año 1871 los socialistas eran 100 000. Diez años después, en 1881, eran 300 000. Doce arios más tarde en 1893 eran ya 1700 000, y once años más adelante, en 1912, son ya 4 000 000.

¿Qué significa todo este inmenso progreso?

Que la costumbre se modifica a impulsos de la propaganda.

Solamente en Alemania, más de 2 000 000 de electores transformaron su modo de pensar en el espacio de diecinueve años.

Esto es una prueba evidente en beneficio de todas nuestras afirmaciones. Como estos hechos nadie puede negarlos, porque existen, son nuestra mejor prueba.

De este modo es como el socialismo ganará su victoria y como se acercará cada día más a ella.

Se comprenderá fácilmente que cada día el socialismo dispone de más elementos de progreso.

Tomemos Alemania como ejemplo. En 1871 sólo eran 100 000 electores que hacían propaganda socialista. Ahora en 1912 son 4 000 000 de electores que hacen propaganda socialista. Por estos hechos se comprende que la acción de nuestra propaganda se multiplica infinitamente cada año.

En 1900, los socialistas alemanes no tenían cincuenta diarios y hoy tienen más de ciento veinte diarios sin tomar en cuenta los periódicos.

En distintas proporciones la propaganda socialista avanza en todos los países del mundo.

Cuando se comprueben estos hechos se verá que el triunfo del socialismo no está a siglos de distancia y aunque lo estuviera, si se considera indispensable, debe aportársele el mayor concurso para que se acerque más pronto.

La influencia socialista en la legislación nacional.– En todos los países donde haya diputados socialistas, la mayor parte de las leyes llevarán algo del socialismo y dentro de la legislación irán introduciéndose, poco a poco, los pensamientos del socialismo.

En la legislación de casi todos los países europeos hay ya bastante principiado en materia de legislación socialista. Esto es también un medio práctico usado actualmente por el socialismo para ir avanzando en el perfeccionamiento de la sociedad.

Las últimas huelgas mineras y ferrocarrileras de Inglaterra han hecho que la legislación se preocupara inmediatamente de perfeccionar las relaciones económicas entre patrones y obreros.

La influencia socialista en el municipio.– Siendo mayor la representación municipal socialista que la legislativa, es evidente que todo aquello que pueda resolverse dentro de la acción municipal será aprovechado, como lo es ya, por los socialistas.

A medida que avancemos en este trabajo vamos constatando que el socialismo lucha por todos los medios sin descuidar nada para aprovechar bien el tiempo.

Para detallar los resultados de la influencia ejercida por el socialismo hasta hoy en los distintos municipios sería necesario varios libros voluminosos.

La acción municipal socialista tiende a perfeccionar todo lo que esté a su alcance, pero muy especialmente tiende a abaratar la vida, haciendo que el municipio influya en el abasto de los alimentos y ha llegado a monopolizar algunos servicios como el de la leche, la luz, el agua, la locomoción urbana, etcétera.

No ha descuidado la instrucción, fomentando las escuelas municipales para llenar los vacíos que deja el descuido del Estado.

La acción burguesa para detener el socialismo.– La burguesía opone distintas acciones para detener el avance del socialismo, pero todas desgraciadas.

Si opone la violencia, el número de los abnegados para hacer f rente o burlar la violencia aumenta.

Si opone una acción de mejoramientos a medias, el socialismo los aprovecha.

La mayor parte del proletariado va reconociendo que la acción de la burguesía, cuando se inclina en sentido favorable al pueblo, no lleva nunca un sentimiento completamente noble.

Parece que en la actualidad la acción antisocialista de la burguesía no influye casi nada para detener el progreso del socialismo, que se opera aún en las naciones más atrasadas.

La política internacional.– El sentimiento llamado Patriotismo es creación burguesa para distanciar a los trabajadores de distintas naciones.

En presencia de esa acción burguesa el socialismo va realizando en cada nación una política de carácter internacional que día por día va borrando las fronteras creadas por la burguesía y haciendo efectiva la fraternidad de los trabajadores a través de las naciones.

La clase capitalista para aumentar sus riquezas, no se preocupa de nacionalidades y son muchas las empresas en que hay comprometidos capitales de distintas naciones.

La clase obrera también, como lo probaremos más adelante, realiza su política de acercamiento internacional.

Misión de la mayoría socialista en el Congreso y municipios.–Algún día los socialistas llegarán a disponer de mayorías en Congresos y municipios. Esto no significará de ninguna manera un triunfo final del socialismo. Pero sí una mayoría trabajará más rápidamente dentro de su radio de acción.

Hay ya mayorías en algunos municipios y su labor toda tiende a facilitar el camino para mayores progresos.

Las mayorías socialistas en cualquier Congreso, contarán durante muchos años con la oposición terrible de las minorías burguesas.

Sin embargo, uniendo la acción de la mayoría socialista en un Congreso, con la acción gremial, cooperativa y educativa, su poder revolucionario será incontenible y no será obra de muchos años la realización completa de una vida socialista.

Cualquier nación nos dará el día menos pensado un supremo ejemplo.

La idea de la república surgió esplendorosa y triunfó en algunas partes, pero la vida monárquica continúa su camino, procurando mantener su régimen.

En los últimos años hemos visto transformarse tres grandes e históricos imperios: Rusia y Turquía se transformaron en monarquías constitucionales; China se transformó en República, y el Portugal lo mismo.

Sin embargo todavía siguen altivos muchos imperios.

Así el socialismo logrará triunfar en toda una nación, y tal como hoy ha alcanzado gran dominio en algunos municipios, lo conseguirá en alguna nación.

La obra del socialismo es hoy más fácil que lo que fue en sus comienzos la obra de la República.

A medida que se acerquen las transformaciones más grandes, las responsabilidades socialistas serán superiores y la misión de las mayorías consistirá en cuidar que nada se desvíe de su propio camino.

Cuando llegue el momento en que aparezcan mayorías socialistas en algunos Congresos, la opinión pública de esos países ya estará altamente preparada por la propaganda que el socialismo haya realizado con los gremios, con las cooperativas, con la prensa, con las conferencias y con el teatro mismo, aparte de todo el can-lino de propaganda que se haya recorrido con las minorías socialistas en Congresos y municipios.

La Internacional de los Trabajadores.– En el presente momento es ya un hecho la existencia perfectamente organizada de la Internacional de los Trabajadores. Su fuerza de acción se afirma día por día. La influencia en marcha de la vida humana se deja sentir bien claramente.

En pocos años más la Internacional de los Trabajadores será un poder legislativo cuyas leyes se cumplirán con superior perfección a las leyes burguesas del presente.

La vida económica industrial será legislada por la Internacional sin que el poder del oro burgués pueda eludir sus sabios fallos, ni torcer el rumbo de sus acciones.

Pero ¿quiénes forman la Internacional de los Trabajadores que tanto poder desarrollará?

Forman parte de la Internacional la mayor parte de las grandes federaciones gremiales de los trabajadores; forman parte casi todos los partidos socialistas del mundo, con sus respectivos representantes y su ya poderosa prensa obrera y socialista; forman parte también las poderosas cooperativas.

En muy poco tiempo más, el gran mundo industrial ira sintiendo muy adentro la gran influencia de las leyes que dicta la Internacional de los Trabajadores que es dirigida por todos los trabajadores inteligentes y pensadores que hay en el mundo.

En la Internacional están reunidas todas las nacionalidades del mundo. La inteligencia obrera y socialista de todos los países se reúne y se refunde en la acción de la Internacional. Allí están unidos europeos con asiáticos, africanos, americanos y oceánicos.

Medios sociales y morales

A todos los medios de acción transformadora que utiliza el socialismo y que hemos detallado anteriormente, debemos de agregar los medios sociales que en cada círculo de la sociedad desarrolla el socialismo y que hace destacar en primer lugar la conducta y la moralidad.

Los socialistas actúan en todos los círculos de la sociedad y en cada uno de ellos van dejando la semilla, ya sea con el ejemplo de sus actos, ya sea con su propaganda desde la tribuna pública o parlamentaria, por la prensa o la conversación.

Toda persona que contemple un momento el radio de acción que abarca la propaganda socialista, se convencerá que no hay ya un rincón de la sociedad burguesa donde no penetre por lo menos un débil rayo de la luz de la doctrina socialista.

La influencia del socialismo en la educación.– Los socialistas influyen ya no sólo sobre la educación de la infancia sino que también en la de los adultos.

En las clases intelectuales el socialismo ha logrado captarse muchos adeptos, muy especialmente entre el profesorado, por lo cual no es raro que en las escuelas mismas del Estado algunos profesores van ofreciendo en su enseñanza y en su conducta algunas modalidades de la doctrina socialista.

La prensa es un arma de educación. Y la prensa socialista se multiplica incesantemente esparciendo su obra instructora y educadora en todas las esferas donde dicha prensa penetre.

Aparte de esto el socialismo va creando sus universidades superiores y populares y sus escuelas propias, elementales y superiores, donde la enseñanza es tan segura como incomparable a la enseñanza burguesa.

A medida que los socialistas aumenten su representación congresal o municipal aumentará su influencia sobre la educación nacional.

Según sea la doctrina que inspire a una mayoría de, gobierno, será el progreso de enseñanza que se adopte en las escuelas del Estado.

Por ejemplo, el clero que tiene muchos establecimientos propios de enseñanza desde la elemental a la superior y profesional, no deja por eso de batallar para que en las escuelas del Estado se enseñe conforme al programa que a ellos les conviene.

Con ese mismo derecho el socialismo, aparte de que cuando pueda funde sus escuelas, donde su acción política sea poderosa, impondrá su voluntad para reglamentar el programa que deba regir en las escuelas del Estado, ya sean fiscales o municipales.

La educación socialista realizada desde la más pequeña edad en el hombre, irá modificando más profundamente los cimientos de la sociedad capitalista.

La educación cada vez más desarrollada y más completa que irá elevando la cultura de los individuos y de la sociedad, contribuirá mientras más avancemos hacia el porvenir a dotar a cada individuo y a cada sociedad de una perfecta noción del derecho y de la libertad.

La educación tan firmemente introducida en el hombre futuro obrará para que, en ningún caso, ningún individuo viole el derecho ni la libertad ajenos.

Actualmente ocurre que los hombres más cultos y con mejores nociones del derecho y de la libertad ajenos que la multitud, saben hacer uso de sus acciones y jamás violan el derecho de los demás.

Por la acción natural del progreso y del socialismo cada día aumenta el número de los que saben respetar el derecho ajeno.

Progresando por grados en ese terreno, tiene que llegar un momento en que los jueces verán disminuir poco a poco su clientela. La disminución de los trabajos, de los jueces será, también, la disminución de los medios lucrativos de la sociedad (policías, receptores, tinterillos, ejército).

La escuela socialista.– Bajo este título podemos apreciar toda la acción de la propaganda socialista pero, sin embargo, a pesar de eso, los grupos socialistas batallan por ir multiplicando sus propias escuelas.

La conferencia.– Es el medio popular de más vasta educación socialista.

En el presente se realiza con una profusión asombrosa y se considera que la acción de la conferencia, ayudada por la prensa, produce muy rápidas transformaciones en el modo de pensar de los seres humanos.

Tan importante es este medio de propaganda que Alemania ha fundado una escuela con sección exclusiva para la preparación de sus conferencistas y periodistas. Esta acción está en vías de imitarse por varias otras naciones.

Además en varias naciones se han editado libros especiales para que sirvan de guía a los conferencistas en la construcción de sus conferencias.

Nos empeñamos en señalar los muchos medios de acción que utiliza el socialismo porque ello es necesario al prestigio de nuestra grandiosa obra, y para llevar convicción a los que dudan de los resultados de nuestra propaganda.

La prensa y su gran influencia.– La prensa es un arma poderosa y los socialistas tienen un gran cariño por la prensa y gastan gran actividad para su progreso.

Desde las columnas de la prensa el socialismo hace notar gráficamente los absurdos y los defectos monstruosos que existen todavía en el día de hoy amparados por la sociedad burguesa y adoptados como costumbres sociales.

La prensa socialista es actualmente una gran fuerza en todo el mundo, pero de un poder muy superior en algunos países del norte de Europa.

Es un medio más de lucha, de acción, de crítica, de propaganda, de discusión.

La prensa socialista surge poderosamente cada día más esplendorosa, revelándose en sus columnas la capacidad proletaria y la fuerza intelectual socialista.

Influencia de la cultura socialista en todas las clases sociales.– La cultura socialista toma una modalidad propia del socialismo que aparece altamente delicada y sensible.

El socialismo verdadero será siempre descubierto por sus modales exquisitamente cultos.

Muchos de los que hablan de socialismo poseídos aún de distintas clases de vicios, no son sino aspirantes a socialistas.

La cultura de los socialistas, en las sociedades que actúen será, por sí sola, un medio de propaganda de la doctrina.

Si las cosas todas progresan y se transforman por la voluntad e inteligencia del hombre, es justo creer que el hombre mismo se perfeccionará por la acción de los hombres que luchan por la perfección de la humanidad toda.

Se ha perfeccionado el sistema de alumbrado, pasando de la oscuridad a la luz maravillosa; se han perfeccionado los sistemas de locomoción (transporte), comunicación de todo género.

Lo que hoy existe no ha existido antes. Y hoy no existe lo que nacerá mañana.

La mayoría de los hombres de hoy no son capaces ni aptos para realizar el socialismo, pero hoy los socialistas sembramos la doctrina para preparar a los niños de hoy a vivir en el socialismo futuro.

El concepto que de la vida y de las cosas tienen hoy los hombres, no lo tuvieron los hombres de otras épocas. Las cosas que hoy existen han modificado los modos de vivir y de pensar de los seres humanos.

Muchas personas juzgan hoy imposibles las ideas socialistas, y eso es porque juzgan las cosas bajo el modo de vivir actual y con la cultura actual.

Pero hay que pensar que la inteligencia también progresa como, todas las, cosas y con mayor rapidez y más razón.

Los hombres del futuro, más inteligentes que los de hoy, salvarán todos los obstáculos, y peligros con más seguridad.

Actualmente muchos hombres se preocupan de perfeccionar todo lo que existe, así las cosas como los seres. Muchos se preocupan hoy de perfeccionar los medios de instrucción. En varios países de Europa se disputan la instrucción: el estado, el clero y el socialismo. Si esto pasa hoy, en el futuro el deseo de perfeccionar las cosas y los seres ocupará mucho mayor número de personas y esta labor hará que el socialismo sea tina práctica hermosa y sea la doctrina que presida los destinos de la vida futura.

Resumen y consecuencias

Hemos hecho desfilar innumerables medios de propaganda y de acción socialista. Todos esos medios están en permanente acción y todos producen buenos resultados.

Como ya hemos dicho antes, muchos consideran magnífica la doctrina socialista, pero dudan que surja pronto. Esta duda es producida porque ignoran que el socialismo usa tantos medios de acción que se multiplican sin cesar.

Hoy se organiza un gremio, mañana una federación, después un diario, a continuación una cooperativa, etcétera. Es la acción incesante de los socialistas de todos los países. A medida que se vayan haciendo muy conocidos todos los medios de lucha del socialismo y que se aprecien sus acciones irán aumentando los convencidos de la bondad de la doctrina y convencidos además de que la victoria ya ha principiado un camino ascendente.

Los actos del socialismo, téngase bien presente, no producirán nunca miseria para nadie, porque entonces desaparecería la inteligencia y la justicia que lo guían.

El más ordenado reparto de la producción y de la riqueza que la producción significa, disminuirá lo que en exceso sin beneficio toma la clase capitalista y lo que guarda y lo que queda sobrante sin colocaciones en los almacenes actuales, para aumentar el reparto a los que carecen de lo necesario en la vida presente.

Este procedimiento hará que en el futuro todos tengan de todo lo que necesitan, no pudiendo limitarse al libre reparto sino que en caso de escasez de ciertos artículos de la producción, que suceda por causas naturales.

La marcha majestuosa y tranquila del socialismo hacia la victoria final será sin interrupción y la inteligencia que se usa en la dirección de esta marcha hará que ningún acto del socialismo aparezca produciendo víctimas ni injusticias, porque su marcha es la marcha del progreso perfecto.

Los borrachos, los jugadores, los viciosos de todo género que hoy existen, desaparecerán por la acción del socialismo. Esto no es una ilusión, porque los millones de hombres que hoy viven dentro de la acción socialista, están probando que son capaces de dominar todos los vicios y malas pasiones.

Los enfermos y degenerados a consecuencia de los vicios también desaparecerán por la misma acción.

Así es como se seleccionara el mundo. Así es como los hombres llegarán a vivir bien.

El atraso de algunos países frente al progreso socialista de otros pueblos.– Eso será una circunstancia inevitable durante muchos años. Inevitable ha sido hasta el presente la desigualdad de educación y de cultura; y este hecho de la vida repercutirá durante algún tiempo después de iniciarse una verdadera vida socialista en algunos países.

Por mucho tiempo habrá algunos países más tardíos que otros en entrar a la verdadera civilización, pero la acción socialista será más potente entonces y apresurará la regeneración mental de los pueblos atrasados

III

EL PRESENTE HISTORICO FRENTE AL SOCIALISMO

Dos causas poderosamente ficticias oponen actualmente formidable barrera al socialismo:

El egoísmo y la ignorancia.– Los que momentáneamente se consideran felices y rodeados de petulancia creen que el porvenir siempre los ayudará.

Los ignorantes que no alcanzan a comprender los encantos de una vida mejor.

Ambas circunstancias juntas, en todas las clases de la sociedad, se conciertan hoy contra el socialismo, y logran formar pasajeramente un obstáculo.

Las grandes tormentas de la naturaleza logran formar montañas de nieve que por algunos momentos detienen la circulación de algunas actividades de la vida humana, hasta que aparece el sol, que parecía momentáneamente vencido, y con su inmenso poder convierte las montañas de nieve en agua cristalina que baja a las llanuras a hermosear los campos de la producción y a aumentar los elementos de la vida.

Eso es lo que ocurre en el presente histórico. El egoísmo y la ignorancia aliados forman una inmensa montaña de indiferencia a los dolores humanos.

Pero el Sol del socialismo destruirá todo eso, transformando en amor el egoísmo; en luz, la ignorancia y, entonces, todos los hombres se encontrarán en la llanura de una vida encantadora, conde la doctrina socialista habrá multiplicado hasta lo infinito los deleites del placer noble y artístico.

El socialismo no es el despojo, sino la gran balanza de la justicia.

El socialismo no es el odio, sino el verdadero amor.

Cuando de esto se haya convencido la mayoría, la desgracia humana empezará a desaparecer.

Hemos probado con hechos históricos conocidos del mundo civilizado que la sociedad humana ha pasado por diversas transformaciones en sus costumbres y modos de vivir, lo cual es un argumento poderoso de que también la sociedad humana soportará la transformación al socialismo.

Hemos probado que todos los medios que utiliza el socialismo son eficaces y que operando primero la transformación del modo de pensar de los individuos, lo que por consecuencia modifica sus costumbres, alcanzará enseguida a modificar la sociedad.

Llegamos casi al fin de nuestro trabajo, después de una serie sin interrupción de pruebas.

Ahora bastará que el lector sepa comprender todo lo escrito y que analice detenidamente el problema desarrollado, tomando en cuenta que al socialismo se llegará por una serie sucesiva de transformaciones que ocurrirán tanto en las costumbres sociales como individuales.

Lo mismo que para trepar un cerro es menester preparar un camino, así el socialismo que es la forma mas elevada de la perfección, necesita un camino Y ese es la instrucción y el progreso de la inteligencia y de la moral.

Diversas consideraciones más

Siempre después de todo lo leído anteriormente quedará un pero.

Pero… ¿y la iglesia

Pero… ¿y el ejército?

Pero … ¿etc.?

Vamos a dedicar unas cuantas líneas a cada pero.

Declaramos ante todo que si al lector le queda algún pero que aducir, será sólo por falta de reflexión en lo que haya leído.

Para definir algunas de las dudas que queden será menester repetir algo de lo ya dicho o bosquejado.

El dinero.– Mientras subsista el dinero en un régimen socialista, no desempeñará otra función que ser signo de cambio.

Si no desaparece inmediatamente será porque diversas circunstancias de la vida influirán para retardar esa modificación.

Cuando desaparezca el dinero será el momento en que la vida industrial habrá alcanzado el grado de perfección a que hoy la empujan los socialistas.

Las federaciones obreras locales, en relaciones las unas con las otras, reglamentarán la vida industrial y posiblemente llegarán a remplazar a los municipios porque su mecanismo orgánico resultará mejor.

Trabajarían todos los individuos de ambos sexos aptos para trabajar. En ese futuro no habrá motivos para que nadie repudie el trabajo.

Las federaciones locales de los gremios tendrán sus almacenes y a ellos acudirán, sin necesidad de dinero, a recoger las mercaderías que necesitan.

Nadie necesitará llevar mayor cantidad de lo que necesita, porque sabrá que siempre habrá de todo lo necesario.

Esta perfección se realizará cuando el estado de perfección social demuestre la completa inutilidad del dinero.

Actualmente se atreven a decir muchos que en un régimen socialista abundaran más que hoy los ociosos.

Eso no es otra cosa que una suposición infundada.

El grado de conciencia y de educación alcanzado ya en un régimen socialista hará que cada individuo sea más conocedor de todos sus deberes y será entonces una nobleza cumplir con esos deberes, de manera que nadie pensará dejar de trabajar, porque además el trabajo será una agradable entretención debido a los progresos de la maquinaria.

El ejército.– Los fanáticos patrioteros, cometen la inocencia de declararse enemigos del socialismo, sólo porque en su doctrina establece la desaparición de los ejércitos.

Pero es que esos pobres no saben pensar.

Hay un hecho innegable que ha quedado probado en las páginas anteriores y ese hecho es que la Humanidad ha venido progresando en forma que parece no haberse detenido un minuto y parece también por todas las pruebas rendidas hasta la f echa que la humanidad continuará su marcha sin término hacia mayores progresos.

Uno de sus más grandes progresos de orden moral será la superior cultura elevada día a día, junto con su inteligencia y grado por grado.

Cuando la humanidad haya llegado a vino de sus grados más altos en materia de cultura, por esa misma acción verá desaparecer unos tras otros sus ejércitos.

Si los hombres son buenos y no pelean ¿para qué habrá ejércitos?

Si en la conciencia de cada hombre penetra el sentimiento de hacer sólo el bien ¿quién irá a ser soldado?

Si este mismo sentimiento se apodera de los hombres que dirijan las naciones ¿para qué habría ejércitos?

El barómetro que marcará el progreso de la cultura de la verdadera moral en los pueblos será la disminución de los elementos de guerra de las naciones.

Por otro lado, los progresos mecánicos de la ciencia van haciendo cada día más imposibles las guerras.

Repetimos: el progreso del buen sentido será quien desarme los ejércitos, que ninguna misión tendrán que desempeñar en vista del progreso alcanzado por la humanidad.

Igual cosa pasará con las policías, jueces y armas de instrumentos de opresión.

No es el socialismo el que los va a destruir, es el amor que crece y que dominando al individuo, dominará a la sociedad.

Si la mayoría de los hombres, cuando tienen tina dificultad van donde el juez para que arregle el asunto, y ambas partes quedan al fin y al cabo conformes con lo que falla el juez, así esperamos que en el futuro procedan también las naciones, que cuando dos naciones tengan disputas vayan donde un juez que será otra nación.

Cuando esto sea una costumbre, el ejército y la marina no tendrán ninguna misión y por sí solos irán desapareciendo.

Las iglesias y sus religiones.– Si el socialismo es una ciencia económica, por su misma perfección, lleva en sí misma el sentimiento más puro de la justicia.

Cuando cada ser humano, desde el nacer, llegue a un ambiente donde sólo se respire justicia y perfección, ese ser crecerá perfeccionándose más, puesto que todas las cosas que le rodean le serán propicias a la perfección.

Cuando la humanidad llegue a esa edad, veremos qué misión desempeñarán las iglesias y sus religiones.

En nuestro concepto habrán desaparecido como instrumentos del pasado cuya utilidad cesó.

El futuro conservará del pasado el principio histórico de todas sus ciencias y sus artes, pero borrará todo aquello que haya resultado inútil.

El mundo actual está lleno de iglesias y de religiones y cada una de ellas se atribuye el privilegio de ser la verdadera. Todas ellas hablan del bien humano.

Pero el hecho es que ninguna religión ha producido la felicidad de la humanidad, ninguna. Esto sería una prueba suficiente para asegurar que no se alcanzará ningún bienestar con las religiones. Mientras tanto, el socialismo perfecciona a los hombres y produce la verdadera felicidad.

El matrimonio en el futuro socialista y los hijos.– Toda persona tiene derecho a expresar como quiera sus sentimientos. Debido a esto se han predicado atinados y disparatados pensamientos respecto al matrimonio futuro y a la suerte de los hijos.

El matrimonio, en el presente, es un producto de la sociedad que rige hasta hoy, y como todo en esta sociedad es defectuoso, el matrimonio tiene mil defectos.

Si como se ha expresado en las paginas anteriores, el socialismo es una doctrina de perfeccionamiento sin interrupción, dentro de ese mismo concepto, a la par que todo se perfeccione por la acción socialista, el matrimonio también recibirá las modificaciones que le correspondan.

Pensemos en la sociedad feliz del futuro. Feliz, porque habrá cesado la explotación y con ella el hambre, el delito y demás desgracias que nos afligen. Feliz porque habrán progresado el arte, la cultura, la ilustración y todos los medios de dicha.

Dentro de esa sociedad futura el matrimonio será la verdadera fuente de la dicha donde nazca el germen que asegure la prolongación de la vida de la especie junto con su perfección más grande aún.

No es necesario que hagamos un detalle de la forma matrimonial del futuro socialista. Baste saber que, la inteligencia obrará en cada época de la vida conforme al grado de progreso alcanzado. Creyendo en esto podemos asegurar que todos los horribles martirios que encierra el matrimonio presente, desaparecerán junto con las causas que hoy engendran más desgracias.

El amor libre es sólo una expresión digna del presente. En el futuro no existirá esta expresión que hace revivir en la actualidad los actos de la hipocresía.

Como hoy no hay libertad ni en el matrimonio ni en el amor, porque la tiranía del régimen presente la, entraba, es la causa de que exista esa expresión.

Repetimos: la mayor Perfección a que se llegue en el futuro perfeccionará la base de la Humanidad que reside en la unión de la pareja.

Diferencias entre la doctrina socialista y otras doctrinas que pretenden resolver la armonía social

Ninguna doctrina existente en el mundo puede por sí misma resolver el problema de la felicidad.

Sólo le está reservada esta virtud al socialismo.

No se tome esta afirmación por fanatismo o petulancia, pues, probaremos que esta afirmación es exacta.

Si son las doctrinas religiosas, muchas dejan el problema de la felicidad para alcanzarlo en una segunda vida y procurar que en el mundo se renuncie a los placeres humanos.

Si son las doctrinas de la democracia moderna cifran la felicidad en el mediocre progreso que puedan ofrecer las democracias.

Todas esas doctrinas carecen de base efectiva para producir el perfeccionamiento.

Si todas conservan la propiedad individual con el derecho a su progreso y al egoísmo que ese sistema encierra, es inútil que aspiren sinceramente a ningún mejoramiento ni perfeccionamiento efectivo.

Porque, precisamente, el socialismo transforma la propiedad individual perfeccionándola en, colectiva o común, es que adquiere su fuerza poderosa de verdadero progreso del cual no puede nacer sino felicidad.

La propiedad individual será siempre motivo de egoísmos.

La propiedad colectiva será siempre base de progresos, porque el espíritu se ensanchará para producir mayores comodidades colectivas.

Muchos viven bien hoy pero a fuerza de actos bajos e innobles. En el futuro socialista todos vivirán bien por medios nobles y dignos, lo que enaltecerá más la personalidad humana.

Lector:

Si la doctrina socialista la encontráis justa en su hermosura, grande en su nobleza, y digna de conducir la vida humana, no miréis los inconvenientes que se presentan para su realización.

Si tenéis inteligencia o si aspiráis a inteligencia, agregad vuestro individual concurso solamente a la obra propia del progreso y con eso solo contribuiréis poderosamente a establecer la vida socialista.

La inteligencia progresando sobre el futuro salvará todos los obstáculos y los imposibles que hoy se imaginan los temerosos de la vida nueva.

Lector:

Si sentís en vuestra persona íntima la nobleza y la moral para proceder conforme a un criterio de verdadero amor y justicia, podéis decir que ha penetrado en vos el noble ideal socialista.

Socialismo es moral y es amor.

Socialismo es justicia y es libertad.

Socialismo es progreso, progresando.

Porque todo esto, existirá abundante en el mundo futuro, es que el socialismo asegura su triunfo y la felicidad completa de los seres.

PROGRAMA Y REGLAMENTO DEL PARTIDO OBRERO SOCIALISTA

Exposición de principios

Socialismo es una doctrina por la cual se aspira a transformar la constitución de la sociedad actual, por otra más justa e igualitaria.

Consideramos que esta sociedad es injusta desde el momento que está dividida en dos clases; una capitalista que posee las tierras, las minas, las fábricas, las máquinas, las herramientas de labor, la moneda y en fin, posee todos los medios de producción; otra, la clase trabajadora, que no posee otra cosa, más que su fuerza muscular y cerebral, la cual se ve obligada a poner al servicio de la clase capitalista para asegurar su vida, mediante el pago de una cantidad, denominada salario.

Que este salario no corresponde al producto total del trabajo corporal o mental que el obrero realiza, sino que es una ínfima parte de este producto y que éste obedece únicamente a la necesidad de dotar de a1imento al hombre y cuya cantidad está sujeta a alteraciones según las necesidades de la industria o la afluencia de productores.

Considerando, además, que esta supremacía no proviene de ningún efecto natural, sino del acaparamiento llevado a cabo por la clase capitalista

Considerando, también, que el ambiente de vida actual, es defectuoso, corrompido, mísero y lleno de ignorancia para aquellos que no forman parte de la clase privilegiada.

Que los privilegios de la burguesía están garantizados por el poder político, el que tiene en sus manos y con el cual dispone de las fuerzas opresoras: ejércitos, policías, justicia, legislatura, etcétera.

Por otra parte:

Considerando que la necesidad, la razón y la justicia exigen que la desigualdad y el antagonismo entre una y otra clase desaparezcan, reformando o destruyendo el estado social que los produce.

El Partido Obrero Socialista expone que el fin de sus aspiraciones es la emancipación total de la Humanidad, aboliendo las diferencias de clases y convirtiendo a todos en una sola clase de trabajadores, dueños del fruto de su trabajo, libres, iguales, honrados e inteligentes, y la implantación de un régimen en que la producción sea, un factor común y común también el goce de los productos. Esto es, la transformación de la propiedad individual en propiedad colectiva o común.

Exponemos, también, que para realizar estos fines transformaremos en lo posible el medio ambiente social salvándole de ignorancia, vicios y prejuicios.

Realizaremos lucha política, para arrebatar a la burguesía el poder político dominante en el actual estado de cosas; realizaremos obra de saneamiento político llevando a las diputaciones representantes de nuestra clase que impongan nuestro programa; invadiremos las municipalidades para hacer obra de higienización en las poblaciones, abolir los impuestos a los artículos de primera necesidad para la vida y haciendo que los servicios de utilidad pública general estén en manos de las mismas municipalidades y no sirvan como objeto de lucro de particulares.

Crearemos fábricas y almacenes cooperativos de orden general, para evitar la carestía que los comerciantes particulares tratan de imponer.

Organizaremos a los trabajadores de todos los gremios y oficios en federaciones de defensa con cajas de fondos dedicadas esencialmente al sostén de las luchas entre el capital y el trabajo.

Todos estos actos se realizarán ciñéndose al siguiente programa mínimo, que servirá para que, dando mayor facilidad a los explotados para instruirse, regenerarse, dándoles mayor libertad, más comodidad, mejor alimento, más salud, en fin, vida más humana, transforme su medio de vida y se capacite para lograr el fin de nuestras aspiraciones.

PROGRAMA MINIMO DE MEJORAMIENTO SOCIAL

Medidas de orden político

Para obtener la conquista del poder político, el Partido Obrero Socialista procurará aplicar las siguientes medidas:

Perfeccionamiento de nuestro sistema político y administrativo, reformando o creando leyes que garanticen el derecho electoral, de asociación, de reunión, de prensa, de fiscalización, de seguridad y toda clase de garantías.

Supresión de los ejércitos permanentes.

Supresión del presupuesto del culto y clero y nacionalización de sus bienes.

Reforma del código civil reconociendo la igualdad de los sexos. Sumarios públicos y jurados populares para cada clase de delitos.

Abolición de la pena de muerte.

Abolición de la Cámara de Senadores y Consejo de Estado.

Sustitución del cargo de Presidente de la República por una comisión ejecutiva elegida directamente por el pueblo.

Medidas de orden económico

Creación de una moneda cupón oro y de valor estable. Abolición de los impuestos que encarecen la vida de los pueblos. Abolición de los impuestos y patentes que gravan la industria y las profesiones útiles. Impuestos directos y progresivos a la renta y a las propiedades de inmuebles y terrenos. Impuestos a los legados o donaciones.

Creación de una Cámara de Trabajo en la que estén representados los trabajadores, con oficinas en toda la República, que estudien las necesidades de la industria y de los productores y se encarguen de resolver los conflictos suscitados entre el capital y el trabajo. Reglamentación y fiscalización del trabajo, por obreros nombrados por los distintos ‘gremios. Fijación de la jornada máxima del trabajo y el salario mínimo.

Responsabilidades de los patronos, garantizadas por el Estado, en los accidentes del trabajo. Pensión a los ancianos o inválidos.

Supresión de todo trabajo a trato o pieza.

Supresión del trabajo de la mujer durante la noche o en los meses de embarazo, y del niño analfabeto.

Fundación de barrios obreros con medios de transportes cómodos y económicos.

Creación de casa de maternidad para los niños que tengan que dejarse en abandono por las madres ya durante las horas del trabajo, o por desgracia.

Medidas especiales para los trabajadores de las faenas salitreras o mineras

Pago de salarios en moneda nacional y abolición del sistema de fichas o vales.

Supresión total de las pulperías de orden obligatorio. Fiscalización de los objetos de consumo y de las pesas y medidas.

Medición y examen del caliche por técnicos nombrados de acuerdo con los trabajadores salitreros. Seguridad en la ejecución de las faenas, adoptando sistemas especiales para evitar los accidentes del trabajo.

Urbanización de los campamentos.

Higienización de las casas de los trabajadores adoptando mejoras materiales, elevando sus techos, pavimentando sus pisos y ventilando convenientemente las piezas.

Higienización de los pueblos de la pampa.

Reforma de la enseñanza

La instrucción será laica, obligatoria y gratuita para todos los niños hasta los catorce años.

Aplicación preferente de los recursos del Estado a la enseñanza primaria.

Suministro de alimento gratuito a los niños durante el día, como asimismo, de ropas, libros y útiles escolares.

Fomento de escuelas nocturnas y de profesionales.

Creación de colonias escolares.

Exposiciones frecuentes de labores, productos agrícolas, industriales y de arte.

Y por f in:

El Partido Obrero Socialista realizará todas aquellas medidas de orden político o económico que la necesidad y la experiencia aconsejen, mejorando siempre la condición moral y material del proletariado, elevando su intelectualidad, su nivel moral, corrigiendo sus vicios y aboliendo las fuentes que se lo proporcionan, organizando especialmente en sociedades de oficio a todos, para que sean capaces de influir en la evolución del medio ambiente que ha de transformar el actual orden de cosas, en sociedad de beneficio común.

REGLAMENTO

Objeto de la organización

Art. l.– El Partido Obrero Socialista es fundado con el objeto de reunir todas las fuerzas proletarias del país, a fin de mejorar de común acuerdo, la suerte del proletariado.

Art. 2.– Para cumplir esta tarea y para realizar enseguida su objeto más elevado: la emancipación completa de los trabajadores, el partido se organizará sobre el terreno económico y político.

Forma de organización

Art. 3.-Compondrán el partido el conjunto de agrupaciones seccionales que se organicen,

Art. 4.– Se organizarán agrupaciones seccionales donde haya a lo menos siete personas que acepten todos los principios y reglamentos de esta organización.

Art. 5.– El conjunto de estas secciones se federarán por comunas, departamentos, provincias o regiones según lo requieran las necesidades del partido.

De las secciones

Art. 6.– La agrupación seccional se constituye en cada pueblo o faena donde puedan agruparse a lo menos siete personas.

Art. 7.– Cada sección tiene su administración propia y regla sus asuntos internos, sin poder imponer sus decisiones a otras secciones.

Art. 8.– Todas las secciones son iguales y dependerán de un Consejo Federal, cuyo domicilio lo determinará el Congreso del Partido.

Art. 9.– Cada sección elegirá un Comité Administrativo compuesto de dos secretarios, un tesorero, un bibliotecario y un vocal.

Art. 10.– Cada sección designará un delegado para constituir el Consejo Federal, cuyas atribuciones se expresan más adelante. El delegado de cada sección debe residir en el punto fijado para residencia del Consejo Federal.

De los Asociados

Art.11.– Para ser miembro de una sección se solicitará la afiliación al Comité Administrativo, patrocinando un socio la solicitud de ingreso.

Art. 12.– Cada miembro pagará las cuotas que acuerde la sección, no pudiendo en ningún caso bajar esta cuota de un peso mensual. En ningún caso se cobrará cuota de incorporación.

Art. 13.– Cada sección enviará al Consejo Federal el veinte por ciento de sus cuotas, cada mes, para los gastos de correspondencia y propaganda general.

Art. 14.– Cada sección debe ocuparse de su progreso moral y material y del progreso de sus afiliados mediante la acción combinada de todos sus asociados.

Art. 15.– Los asociados deben reunirse lo mas a menudo posible.

Todos los asociados deben observar tanto en su, vida privada como pública una conducta ejemplar, alejándose de los vicios y corrupciones de que está invadida la actual sociedad, corno medio de cambiar el medio ambiente social.

Del Consejo Federal

Art. 16.– El Consejo Federal se forma de un delegado nombrado por cada sección y formará su mesa directiva igual que las secciones.

Art. 17.– Este Consejo tendrá a cargo la dirección ,general de la educación en la idea socialista y velará por la uniformidad de la propaganda.

Art. 18.– Habrá un Consejo Federal en cada región donde se estime necesaria la Federación de Secciones.

Art. 19.– Según las necesidades electorales, para la lucha política, o según las necesidades económicas para la lucha social, será la forma de las federaciones.

Art. 20.– Para armonizar la propaganda, y uniformar la acción, habrá un Consejo Nacional que tendrá a su cargo todo lo relacionado a la acción obrera del país.

De los Congresos Regionales

Art. 21.– Se celebrará un Congreso regional o provincial cada año, en el punto señalado por la mayoría.

En estos congresos estarán representadas todas las secciones por dos delegados cada una.

En estos Congresos se discutirá la actuación de las secciones durante el tiempo pasado y se señalarán los rumbos que conviene adoptar en el futuro.

Habrá Congresos extraordinarios cuando las necesidades lo requieran.

Se celebrarán Congresos Nacionales cuando fuere conveniente a las necesidades del Partido, conforme lo establezcan los mismos Congresos.

De la Administración

Art. 22.– Cada sección o Federación debe llevar sus libros de tesorería al día y presentará un balance cada mes, el que será revisado e informado por la comisión respectiva.

Art. 23.– Los fondos del partido sólo se invertirá en lo que lo acuerden las respectivas corporaciones.

Art. 24.– Los miembros del partido que desempeñen comisiones que los obliguen a abandonar su trabajo, ganarán su salario según la tasa corriente, que pagará la caja respectiva.

Educación, Prensa y Propaganda

Art. 25.– El partido mantendrá su prensa propia para realizar su misión de educar y de propagar la doctrina.

Art. 26.– El rumbo del diario o periódico será dirigido por el Consejo Federal.

Todos los afiliados al partido tienen la obligación de ser suscriptores del periódico, pagando estas suscripciones a la caja de la agrupación a que pertenezcan la cual se entenderá con la administración de la imprenta.

Art. 27.– El partido realizará cuantas conferencias sean posibles y no escatimará los medios de propaganda

Art. 28.– El Partido Obrero Socialista:

Propenderá por todos los medios a su alcance a la organización de sociedades gremiales y a la creación de federaciones de oficio para su mejoramiento moral y material y cooperará con sus fuerzas al triunfo de las luchas entre el capital y el trabajo.

Art. 29.– Los afiliados al Partido Obrero Socialista, están obligados a pertenecer a las sociedades gremiales, si están constituidas, y a constituir las no existentes.

Art. 30.– Pueden formar parte integrante del partido las sociedades gremiales, federaciones de oficio, cooperativas y todas las demás que acaten nuestros estatutos y principios. Esas secciones tendrán su movimiento independiente para los asuntos económicos pero en los movimientos políticos y en los generales obrarán de acuerdo con el partido.

En las luchas políticas

Art. 31.– La elección de candidatos se hará por las agrupaciones seccionales, en las fechas que de antemano fije el Consejo Federal, de acuerdo con todas las agrupaciones.

Cada agrupación hará su propio escrutinio y lo transcribirá al Consejo Federal.

La elección sólo debe recaer en miembros del partido.

Con la anticipación necesaria el partido se preocupará de cada campaña electoral.

Ninguno de los miembros del partido puede excusarse de cumplir con sus deberes electorales, para afianzar el poder del partido.

La proclamación de candidatos debe hacerse en convención regional o provincial y haciendo escrutar los votos individuales de las secciones, haciéndolo constar en las actas de las asambleas seccionales.

Las resoluciones de estos Congresos no son válidas sino después de veinte días durante los cuales pueden hacerse los reclamos a que haya lugar por las secciones.

Al Consejo Federal le corresponde declarar en vigencia estas resoluciones al terminar ese plazo, después de solucionados los reclamos.

El partido no podrá hacer pactos con ningún otro partido político, pero en caso de que hubiera proposición en este sentido se discutirá en las secciones primero, después en congresos regionales y por último en un Congreso Nacional si éste existiese.

Las secciones que no acaten estos acuerdos o pacten sin previo acuerdo del partido, quedan excluidas del seno del mismo.

Disposiciones generales

Art. 32.– Los acuerdos de las convenciones formarán parte complementaria de los reglamentos y programa.

Los miembros del partido que se radiquen en sitios donde no haya organización deberán pagar sus cuotas al Consejo Federal.

Todo asociado debe saber que con sus cuotas contribuirá a la grandeza del partido y a la mayor propaganda de la doctrina.

La Orquesta Roja: En la tumba de Leopold Trepper

Michel Warschawski//

A iniciativa de mi joven amigo, el documentalista Eran Torbiner, fuimos hace unas semanas a recogernos ante las tumbas de Leopold Trepper y de su compañera y cómplice Luba Brojde. Fue precisa toda la habilidad de Eran para encontrar el emplazamiento de sus tumbas en el inmenso cementerio judío de Jerusalén.

El mismo día, aún conmovido, conté a mi hija Talila, una joven cultivada y erudita, lo que acababa de hacer. Talila no había oído nunca hablar ni de Leopold (Leib) Trapper ni de la Orquesta Roja. Inmediatamente he descubierto que para la juventud israelí de su generación el nombre del jefe de la Orquesta Roja no significaba absolutamente nada. Asumo la entera responsabilidad de la falta de transmisión a mis hijos, pero la ignorancia generalizada de su generación -así como, por otra parte, de la que la precede- es un problema de sociedad y un fracaso del sistema educativo israelí. ¿Fracaso? Más bien una opción: un judío comunista que además fue un espía soviético, no es un ejemplo para la juventud israelí. Seguir leyendo La Orquesta Roja: En la tumba de Leopold Trepper

Documental: Slavoj Žižek, La Realidad de lo Virtual.

Rodado en Londres el 11 de diciembre de 2003. Son setenta minutos de Žižek en estado puro. En su peculiar estilo, hace un análisis político de la situación mundial apoyándose en las categorías de Lacan. Aunque, en principio, esto puede parecer bastante complejo, la habilidad didáctica de Žižek para ilustrar sus complejas teorías con ejemplos hilarantes de la vida cotidiana o el cine, convierte a The Reality of the Virtual en un magnífico testimonio de para qué puede servir hoy la filosofía. Seguir leyendo Documental: Slavoj Žižek, La Realidad de lo Virtual.

Documental: Roberto Bolaño, el último maldito

Documental emitido en el programa “Imprescindibles” de La 2 de TVE sobre la vida itinerante de Bolaño a través de entrevistas con las gentes más cercanas a su entorno, centrándose sobre todo en sus últimos años en España, cuando paralelo al comienzo de un cierto respeto en los entornos literarios, siguió llevando una vida de austeridad cercana a la pobreza. Con las opiniones de Jorge Herralde, Vargas Llosa o Pere Gimferrer sobre la obra de Bolaño.

La teoría marxista de las crisis económicas en el capitalismo

por Michael Roberts//

En mayo pasado, en la Conferencia Marx ist Muss en Berlín, debatí con el profesor Michael Heinrich sobre si Marx tenía una teoría coherente de las crisis en el capitalismo que pudiese ser probada empíricamente. La posición de Heinrich esta recogida en un artículo que escribió para Monthly Review Press en 2014, defendiendo que Marx no tenía una teoría coherente de las crisis y que, de todos modos, no puede probarse ya que sólo tenemos estadísticas oficiales capitalistas.

En la primera parte de este artículo lidio con el hecho de si Marx tenía o no una teoría coherente de las crisis. Defiendo que la teoría de Marx se basa en su ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancias y que esta ley es realista y coherente. También sostengo que Marx no abandonó esta ley en sus obras posteriores, como algunos han afirmado y que sigue siendo la mejor y más convincente teoría de las crisis económicas periódicas y recurrentes en el capitalismo. En la segunda parte del artículo, voy a proporcionar algunas evidencias empírica de las economías capitalistas modernas para apoyar esta posición. Con ello llego al final de lo que en realidad sólo es un corto ensayo sobre la teoría marxista de las crisis económicas – como yo la entiendo – y quedan sin tratar muchos aspectos.

Libro recomendado

¿Por qué nos preocupamos por la teoría de las crisis?

Quienes participan en las luchas de los trabajadores contra el capital internacionalmente pueden preguntarse por qué algunos dedicamos tanto tiempo a reflexionar sobre las ideas de Marx y otros sobre por qué el capitalismo tiene crisis regulares y recurrentes y crisis financieras. Sabemos que es así, por lo tanto luchemos por acabar con el capitalismo y dejemos a un lado las sutilezas de la teoría.

Pero hay buenas razones para entender la teoría, porque una buena teoría conduce a una mejor práctica. Sí, sabemos que el capitalismo tiene crisis económicas regulares y a menudo profundas. Crisis que causan enormes daños a los medios de vida de la gente y frenan la organización social humana en su avance hacia un mundo de abundancia, sin escasez ni sufrimiento. Y las crisis son indicios de la naturaleza contradictoria y derrochadora del modo de producción capitalista.

Antes del capitalismo, las crisis eran producto de la escasez, el hambre y los desastres naturales. Ahora son la consecuencia de una economía monetaria con fines de lucro; que son causadas por el hombre y, sin embargo, parecen escapar a su control; un fetichismo. Por encima de todo, las crisis demuestran que el capitalismo es un sistema con fallos, a pesar de los grandes avances en la productividad del trabajo que este modo de producción ha generado en los últimos 200 años aproximadamente. Si la Humanidad quiere progresar o incluso sobrevivir como especie, tendrá que ser sustituido. Así que es importante.

¿Tenía Marx una teoría coherente de las crisis?

¿Cual es? Se trata de un intenso debate entre los marxistas. Hay varias interpretaciones. Las crisis de producción capitalista se deben al “subconsumo”, a la falta de gasto de los trabajadores que no tienen suficiente para gastar; o al “desequilibrio”, a la anarquía de la producción capitalista que implica que la producción en varios sectores puede no estar en línea con los demás y la producción apenas puede superar a la demanda; o es la falta de rentabilidad en un sistema económico que depende del beneficio de los propietarios privados para que la inversión y la producción tengan lugar. En mi opinión, esta última interpretación es la que mejor se ajusta a la teoría de Marx, es lógica y se ajusta a los hechos.

Algunos argumentan que Marx no tenía una teoría coherente de las crisis económicas, y sobre todo en el caso de la ley de la rentabilidad de Marx. El argumento es que la lectura de las obras de Marx: El Capital, Teorías de la plusvalía y los Grundrisse, muestran que la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancias de Marx es incoherente e ilógica.

Por ejemplo, la ley sostiene que el valor de los medios de producción (maquinaria, oficinas y otros equipos), con el tiempo, aumenta en relación con el valor de la fuerza de trabajo (el coste de emplear una fuerza de trabajo determinada). Marx lo llamó la composición orgánica creciente del capital. Como el valor (y las ganancias), sólo son creadas por el poder de la fuerza de trabajo, el valor producido por la fuerza de trabajo, con el tiempo, disminuye en relación con el coste de la inversión en medios de producción y fuerza de trabajo. La tasa de ganancias tiende a caer.

Pero algunos críticos marxistas piensan que esto supone asumir que la tasa de plusvalía (la ganancia en relación con el coste de la fuerza de trabajo) será estática o crecerá menos que la composición orgánica del capital. Y no hay ninguna razón lógica para asumir esto – de hecho, el aumento de la composición orgánica implica un aumento de la tasa de plusvalía (para aumentar la productividad), por lo que la ley es muy imprecisa. No sabemos si conducirá a una caída o a un aumento de la tasa de ganancias.

Pero esto es no entender la ley y cómo Marx la planteó. La ley “como tal” es que un aumento de la composición orgánica del capital, suponiendo que la tasa de plusvalía es estática, hará caer la tasa de ganancias. Pero esto es sólo una “tendencia”, porque hay “contratendencias”, incluyendo una tasa de plusvalía que aumenta, el abaratamiento del valor de los medios de producción, salarios que caen por debajo del valor de la fuerza de trabajo, el comercio exterior y las ganancias ficticias de la especulación financiera. Pero estas son ‘contratendencias”, no forman parte de la “ley como tal”, precisamente porque no pueden cambiar (la tendencia de) la ley a la larga.

Como Marx dijo: “No abolen la ley general. Pero hacen que la ley actúe más bien como una tendencia, como una ley cuya acción absoluta es obstaculizada, retardada y debilitada por circunstancias contrarias … Estas últimas no anulan la ley, sino que merman su efecto. La ley actúa como una tendencia. Y es sólo en determinadas circunstancias y sólo después de largos períodos cuando sus efectos se hacen sorprendentemente pronunciados“.

Marx sostiene que la ley se basa en dos supuestos realistas: 1) la ley del valor opera, a saber, que el valor (y la plusvalía) sólo son creadas por el trabajo vivo y 2) la acumulación capitalista conduce a un aumento de la composición orgánica del capital. Estos supuestos (o “priores” en lenguaje estadístico moderno) no sólo son realistas: son evidentes.

En primer lugar, la ley del valor. La producción de lo que Marx llamó “valores de uso” (cosas y servicios que necesitamos) es necesaria para crear valor. Pero incluso un niño puede ver que nada se produce a menos que intervenga el trabajo vivo. “Todos los niños saben que una nación que deje de trabajar, no ya un año, sino incluso un par de semanas, perecería” (Marx a Kugelmann, 11 de julio de 1868).

La composición orgánica creciente del capital es también evidente. Desde las herramientas manuales a las fábricas, la maquinaria, las estaciones espaciales, hay un enorme aumento de la productividad del trabajo en el capitalismo como consecuencia de la mecanización. Que crea nuevos puestos de trabajo para el trabajo vivo, pero que es esencialmente un proceso de ahorro del trabajo vivo en términos relativos. Mientras que cada unidad de un nuevo medio de producción puede contener menos valor (debido al menor precio de la producción de esa tecnología) que una unidad de un medio de producción más antiguo, por lo general el viejo es sustituido por medios de producción nuevos y diferentes, o por un nuevo sistema de medios de producción que contiene más valor total que el valor de los medios de producción que ha sustituido.

Como explica Marx en los Grundrisse: “Lo que se abarata es la máquina individual y sus partes componentes, pero también se  desarrolla un sistema de maquinaria; la herramienta no es simplemente reemplazada por una sola máquina, sino por todo un sistema … A pesar del abaratamiento de los elementos individuales, el precio de todo el conjunto agregado aumenta enormemente“. Como dijo Marx: “Sería posible escribir toda una historia de las invenciones realizadas desde 1830, con el único propósito de suministrar al capital armas contra las revueltas de la clase obrera“. (Marx, 1967a, p 436.).

El objetivo de la inversión capitalista no es una mayor productividad; es un mayor beneficio. Y para lograr eso, el capital necesita una mayor productividad y nuevos medios de producción que ahorren trabajo. ¿Estaba Marx en lo cierto de que la inversión capitalista conduce a una mayor composición orgánica del capital con el tiempo? Si. Mire este gráfico.

Muestra un aumento constante del valor de los medios de producción (maquinaria, etc.) en relación con el valor del trabajo (medido en tiempo de trabajo) en los EE.UU. desde 1947. También muestra el aumento de la productividad (el tiempo de trabajo necesario para producir una unidad de producto o servicios). (Aquí para el Reino Unido desde 1855, según Esteban Maito). Así que tenemos una composición orgánica del capital (VKxH) que crece. un aumento de la productividad del trabajo y un declive de la tasa de ganancias en el tiempo (TDG). Esta es la ley tal como la definió Marx.

Hay contra-tendencias pero no superan la tendencia, la ley como tal, de forma indefinida. ¿Por qué? Bueno, primero, hay un límite a la tasa de plusvalía (24 horas) y no hay límite a la expansión de la composición orgánica del capital. En segundo lugar, hay un “límite social” al aumento de la tasa de plusvalía, en concreto, la resistencia de la mano de obra (las luchas obreras) y de la sociedad (legislación social y la costumbre) establecer un mínimo de trabajadores) que establecen un nivel de vida “social” mínimo estándar y las horas de trabajo etc. Esta se la esencia de la lucha de clases bajo el capitalismo.

¿Abandonó Marx su ley de la rentabilidad como teoría de las crisis?

En una carta a Engels en fecha tan tardía como 1868, más de diez años después del primer desarrolló de la ley, Marx afirma que la ley “fue uno de los mayores triunfos sobre el puente de asnos de todos los economistas anteriores“.

Pero muchos críticos marxistas creen que Marx abandonó esta ley tan relevante porque no parece referirse a ella después de su definición a finales de los años 1860 y se centró más en el papel del crédito en situaciones de crisis (como Keynes y los economistas heterodoxos modernos hacen ahora). Por otra parte, Engels, en la edición de los manuscritos de Marx después de su muerte en los volúmenes II y III de El Capital, habría llevado demasiado lejos la ley de Marx; de hecho distorsionó las opiniones de Marx al respecto.

Ya en 1978, Jerrold Seigel pudo mirar los manuscritos. Sí, Engels hizo cambios editoriales significativos a los escritos de Marx sobre la ley, así como al volumen III de El Capital. La aborda en tres capítulos, del 13 al 15; el 13 hasta dedicado a ‘la ley’; el 14 a las ‘influencias contrarias’ y el 15 describe las “contradicciones internas” (la combinación de la tendencia y las contratendencias). Engels pasó parte del texto de las notas de Marx al capítulo 13 sobre la ‘ley como tal ‘, cuando en el manuscrito de Marx aparecen después de los factores opuestos del capítulo 14. Pero al hacerlo, Engels no hace excesivo hincapié en la importancia de la ley. Por el contrario, Engels en realidad hace que parezca que Marx equilibra las contratendencias con la ley como tal, cuando la secuencia original del texto subrayaba que la ley se acaba imponiendo a las contratendencias. Así que, como Seigel lo resume: “Engels hizo que la confianza de Marx en el funcionamiento real de la ley de rentabilidad pareciese más débil que lo que lo que sugiere el manuscrito de Marx“. (Seigel, Marx’s Fate: The Shape of a Life, Princeton, Princeton University Press, 1978, p339 y nota 26).

Fred Moseley y Regina Roth han prologado recientemente una nueva traducción al inglés de los cuatro borradores de Marx para el Volumen 3 de Ben Fowkes, donde Marx desarrolla la ley de la rentabilidad y muestran cómo Engels editó esos manuscritos para El CapitalMoseley concluye que el tan denostado Engels hizo un buen trabajo de interpretación de los borradores de Marx y no hay ninguna distorsión real. “Se puede suponer, por lo tanto, que las intervenciones de Engels se hicieron sobre la base de que deseaba hacer las posiciones de Marx más nítidas y, de esta manera, más útiles para el debate contemporáneo político y social, por ejemplo, en el tercer capítulo, sobre la tendencia decreciente de la tasa de ganancias“.

A partir de 1870, Engels se había trasladado de Manchester a Londres. Así que Marx y él se reunían, rutinariamente, casi todos los días. Las discusiones podían continuar hasta la madrugada. La casa de Marx estaba a poco más de 10 minutos a pie … y siempre estaban los pubs Mother Redcap o Grafton Arms. Todavía en 1875, Marx estaba desarrollando diversas formas de calcular la tasa de plusvalía y la tasa de ganancias. Si Marx realmente hubiera abandonado la ley como su más importante contribución a la comprensión de las contradicciones del capitalismo, ¿no se lo habría mencionado a Engels?

¿La ley de Marx se ajusta a los hechos?

Algunos críticos marxistas de la ley de la rentabilidad de Marx creen que la ley no puede ser empíricamente probada o refutada porque las estadísticas oficiales no se pueden utilizar para mostrar el funcionamiento de la ley de Marx. Pero hay un montón de estudios de economistas marxistas que muestran lo contrario. Las pruebas claves de la validez de la ley en las economías capitalistas modernas sería demostrar 1) si la tasa de ganancia cae con el tiempo a medida que la composición orgánica del capital aumenta; 2) si la tasa de ganancias aumenta cuando la composición orgánica del capital se reduce o cuando la tasa de plusvalía aumenta más rápido que la composición orgánica del capital; 3) si la tasa de ganancias aumenta, si hay fuerte caída de la composición orgánica del capital como en una crisis. Estas serían las pruebas empíricas y hay un montón de evidencia empírica para las economías de los EE.UU. y mundial para demostrar que la respuesta es sí a todas estas preguntas.

Por ejemplo, Basu y Manolakos aplicaron el análisis econométrico a la economía de Estados Unidos entre 1948 y 2007 y encontraron que había una tendencia secular a la caída de la tasa de ganancia, con una disminución medible de alrededor del 0.3 por ciento al año “después de controlar las contra-tendencias”. En mi trabajo sobre la tasa de ganancias estadounidense,también encontré un descenso medio del 0,4 por ciento al año hasta el 2009. Y aquí está un cuadro de G. Carchedi sobre el aumento de la composición orgánica del capital (COC) en el sector industrial de los EE.UU. desde 1947 en comparación con la tasa media de ganancia (TMG). Cuentan la misma historia.

TMG y COC de EE.UU. (es decir, C / V)

Hay una clara correlación inversa entre el aumento de la composición orgánica del capital y una tasa decreciente de ganancias.

¿Puede la ley de Marx explicar las crisis?

¿Cómo funciona la ley de la rentabilidad de Marx como explicación y previsión de las crisis en las economías capitalistas? La ley lleva a una relación causal clara entre las crisis periódicas y recurrentes. Que se extiende de la caída de rentabilidad a la caída de las ganancias a la caída de la inversión a la caída del empleo y los ingresos. Acaba cuando hay destrucción suficiente de valores de capital (abandono de tecnologías obsoletas, quiebra de empresas, reducción de los costes salariales) para aumentar primero las ganancias y luego la rentabilidad. El aumento de la rentabilidad conduce a su vez al aumento de la inversión. El ciclo de auge recomienza y toda la “mierda” comienza de nuevo, para usar la colorida frase de Marx. Hay un ciclo de beneficios paralelo a la tendencia a largo plazo de la tasa de ganancia a caer.

La evidencia empírica de esta causalidad entre ganancia e inversión está disponible. José Tapia Granados, utilizando el análisis de regresión,considera que, en más de 251 trimestres de la actividad económica en EE.UU. a partir de 1947, las ganancias comenzaron a reducirse mucho antes que la inversión y que las ganancias antes de impuestos pueden explicar el 44% de todos los movimientos de inversión, mientras que no hay evidencia de que la inversión pueda explicar ningún movimiento en los beneficios. Encuentro una “causalidad de Granger” del 60% a partir de los cambios anuales en ganancias y la inversión (sin publicar) y una correlación de 0,67 para el período desde 2000. Y ver esta presentación de G. Carchedi ( Carchedi Presentation).

En el período previo a la Gran Recesión 2008-9, podemos ver la causalidad visualmente para las ganancias, la inversión y el PIB real en EE.UU. en el siguiente gráfico. La masa de ganancias corporativas alcanza su techo a mediados de 2006, la inversión y el PIB dos años más tarde. Las ganancias vuelven a recuperarse a finales de 2008 y la inversión un año más tarde.

Hay dos regularidades básicas de acuerdo con los datos: que un cambio en las ganancias tiende a ser seguido un año después por un cambio en la inversión en la misma dirección; y que un cambio en la inversión es generalmente seguida en pocos años por cambios en los beneficios en la dirección opuesta. Así pues, tenemos un ciclo. A partir de estos resultados, de la “regularidad” del ciclo económico, y del hecho de que la rentabilidad se estancó en 2013 y disminuyó en 2014 (y ahora la masa de ganancias en 2015) después de crecer entre 2008 y 2012, se puede concluir con cierta seguridad que una recesión de la economía estadounidense, que será también parte de una crisis económica mundial como la Gran Recesión, volverá a ocurrir en los próximos años.

Y la ley sobre la tendencia decreciente de la tasa de ganancias de Marx permite hacer una predicción aún más importante: que el modo de producción capitalista no será eterno, que es transitorio en la historia de la organización social humana. La ley de la tendencia predice que, con el tiempo, habrá una caída en la tasa de ganancia a nivel mundial, provocando más crisis de carácter devastador. Hay trabajos de análisis marxista modernos que confirman que la tasa mundial de ganancias ha caído en los últimos 150 años. Ver el gráfico siguiente (datos de Esteban Maito “cocinadas” por mí).

Los datos de Maito para el siglo XIX han sido cuestionados recientemente  (DUMENIL-LEVY sobre MAITO, pero en un reciente trabajo, utilizando diferentes fuentes y países, encuentro una tendencia similar para el período posterior a 1945 a nivel mundial (Revisiting a world rate of profit June 2015).Un trabajo pionero de  Minqi Li y colegas, así como otro de   Dave Zachariah,muestran una tendencia similar.

Como concluye Maito: “La tendencia decreciente de la tasa de ganancias y su confirmación empírica ponen de relieve el carácter históricamente limitado de la producción capitalista. Si la tasa de ganancias mide la vitalidad del sistema capitalista, la conclusión lógica es que se está acercando a su punto final. Hay muchas maneras como el capital puede intentar superar las crisis y regenerarse constantemente. Las crisis periódicas son específicas del modo de producción capitalista y permiten, en última instancia, una recuperación parcial de la rentabilidad. Este es un aspecto característico del capital y de la naturaleza cíclica de la economía capitalista. Pero la naturaleza periódica de estas crisis no ha detenido la tendencia decreciente de la tasa de ganancias a largo plazo. Así que los argumentos que afirman que existe una inagotable capacidad del capital para restaurar la tasa de ganancias y su propia vitalidad y que por lo tanto consideran el modo de producción capitalista como algo natural y un fenómeno ahistórico, son refutadas por la evidencia empírica“.

Así que la ley prevé que, en la medida en que la composición orgánica del capital crece a nivel mundial, la tasa de ganancias caerá pesar de los factores contrarios y pese a las sucesivas crisis (que ayudan temporalmente a restaurar la rentabilidad). Esto demuestra que el capitalismo como un modo de producción y de relaciones sociales es transitorio. El capitalismo no siempre ha existido y tiene límites en última instancia, en concreto, el propio capital. Tiene “fecha de caducidad”. Esa es la esencia de la ley de la rentabilidad de Marx.

Las teorías alternativas

Con ello no se pretende negar otros factores en las crisis capitalistas. El papel del crédito es una parte importante de la teoría marxista de la crisis y, de hecho, en la medida en que la tendencia de la tasa de ganancia a caer engendra contratendencias, una de las más importantes es la expansión del crédito y la utilización de la plusvalía en la inversión en capital ficticio en lugar de capital productivo, para elevar la rentabilidad temporalmente, pero con consecuencias desastrosas, finalmente, como ha demostrado la Gran Recesión. (La Gran Recesión; La deuda importa).

Las teorías alternativas de la crisis como la del subconsumo, o la falta de demanda efectiva, se han desarrollado a partir de las teorías del reaccionario Thomas Malthus y del radical Sismondi, ambos de comienzos del siglo XIX, que fueron recogidas por Keynes en la década de 1930 y por modernos teóricos de la desigualdad como Stiglitz y por los economistas post-keynesianos. Pero la falta de demanda y el aumento de la desigualdad no puede explicar la regularidad de las crisis o predecir la siguiente. Estas teorías no tienen tampoco un fuerte respaldo empírico (¿Provoca la desigualdad crisis?).

El profesor Heinrich, tras concluir que Marx no tenía una teoría de la crisis y había abandonado la ley de la rentabilidad, sí ofrece una vaga teoría propia: a saber, el capital acumula y produce más medios de producción a ciegas. Esto crea un desequilibrio con la demanda de consumo de los trabajadores. Así que aparece una “brecha” que tiene que ser rellenada con crédito, pero de alguna manera no basta para resolver el problema indefinidamente y la producción se derrumba. Bueno, es una teoría, pero más o menos la misma que la teoría del subconsumo (sobreproducción) que el propio Heinrich rechaza y que Marx descartó hace más de 150 años. Parece menos convincente y con menos apoyo empírico que la propia teoría de las crisis de Marx basada en la ley de la rentabilidad.

Ninguna otra teoría, ya sea de la economía dominante o de la economía heterodoxa, puede explicar las crisis recurrentes y regulares y ofrecer un fundamento objetivo claro del carácter históricamente determinado del sistema capitalista.

¿Por qué no la ley de la rentabilidad de Marx?

Por último, ¿por qué el profesor Heinrich y otros como los profesores  David Harvey, Dumenil y Levy y muchos otros economistas marxistas, quieren abandonar la ley de la rentabilidad de Marx como una teoría de las crisis?

Obviamente, piensan que esta equivocada. Pero todas estas teorías alternativas tienen una cosa en común. Sugieren una salida a las crisis dentro del sistemacapitalista. Si es debida al subconsumo, el gobierno tiene que gastar más; si es debido al aumento de la desigualdad, es necesaria una corrección redistributiva fiscal; si es debido al exceso de crédito o a la inestabilidad del sector financiero, hay que regularlos. Nada de ello implica políticas o acciones para sustituir al modo de producción capitalista, sino simplemente para corregirlo o mejorarlo. Conducen a estrategias reformistas, es decir, no hay necesidad de reemplazar el modo de producción capitalista con la propiedad común de los medios de producción y la planificación controlada democráticamente para la satisfacción de las necesidades (el socialismo).

El socialismo se convierte en una cuestión moral para poner fin a la pobreza y la desigualdad, no en una necesidad objetiva si la sociedad humana quiere abolir la explotación del trabajo. Esa es una visión reformista, pero no la de Marx. En realidad, incluso estos pequeños cambios para preservar el capitalismo pueden requerir una acción revolucionaria frente a la feroz oposición por parte del capital. ¿Por qué limitarse, por lo tanto, a reformas?

(Imagen de portada: Fragmento de los murales industriales del artista Diego Rivera pintados en Detroit por encargo de Edsel Ford para la comapanía. El personaje principal es Charles Sorensen que entonces era el jefe de producción de la planta, Rivera refleja la relación entre la patronal y los trabajadores).

Estados Unidos camino al fascismo: Corte Suprema aprueba órdenes antimusulmanas de Trump

por Tom Carter//

La decisión de la Corte Suprema del 26 de junio de permitir la imposición del veto antimusulmán promulgado por Trump es uno de los casos más importantes en la historia de la institución. Después de que algunos tribunales federales inferiores bloquearan la flagrantemente discriminatoria orden ejecutiva de Trump, la Corte Suprema intervino para regalarle una victoria.

La opinión escrita de la corte es de particular importancia, no porque exhiba un razonamiento jurídico brillante ni por su profunda reafirmación de algún principio democrático. Es un documento deslucido y desinteresado de tan sólo trece páginas. Se nota que constituye un compromiso político y que el “razonamiento jurídico” de la decisión fue una burda improvisación para justificar un resultado predeterminado.
El documento prescinde de todo sentimiento democrático reconocible. Anuncia simplemente que “la balanza se ha inclinado a favor de la obligación del gobierno de encargarse de la seguridad de la nación”.
La decisión de la Corte Suprema es una señal que, después de un largo atardecer, se avecina el ocaso de todo lo que aún pueda llamarse democracia estadounidense. La asociación histórica de la élite política estadounidense con una cierta cultura política, ciertas instituciones y tradiciones democráticas, heredadas de la Revolución Estadounidense y la Guerra Civil, ha pasado sobre el horizonte; ya no es una realidad.
Donald Trump, de forma estridente y de mal gusto, proclama cuál va a ser la nueva realidad. Con sus apelaciones a intolerancia y prejuicios, Trump expresa el estado de putrefacción del sistema social del país. Todo lo que se encuentra enfermo en el capitalismo estadounidense, incluyendo la delincuencia, la ignorancia, la rapacidad, el narcisismo y la cleptomanía de la clase gobernante, ha sido vomitado por el sistema en la forma de tan vulgar imbécil. La llegada de Trump al poder pregona una nueva era de guerras, represión, contrarrevolución social y lucha de clases.
La comparación de la decisión del lunes con la notoria decisión de la Corte Suprema de 1944 en el caso Korematsu v. Estados Unidos es totalmente justificada. En ese caso, una mayoría de los jueces, a raíz de consideraciones militares, ratificó la legalidad de las prohibiciones de residencia, los campos de internamiento y los toques de queda para las personas de ascendencia japonesa. Una vez más, la Corte Suprema ha autorizado la discriminación basada en la nacionalidad.
Pero a diferencia de Korematsu, hoy día, ni siquiera hay jueces disidentes que protesten tales injusticias contra una hostigada minoría. La decisión de Korematsu, al menos, contuvo la famosa disensión del juez Frank Murphy, quien llegó a la conclusión: “Estoy en desacuerdo, por lo tanto, con esta legalización del racismo. La discriminación racial, en cualquiera de sus formas y en cualquier grado, no tiene justificación alguna en nuestra forma democrática de vida. Es poco atractiva en todo entorno, pero es completamente repugnante en un pueblo libre que ha adoptado los principios enunciados en la Constitución de Estados Unidos”.
¿Dónde están los disidentes hoy? En el año 2017, la única disensión en la Corte Suprema proviene de la extrema derecha. La controversia es entre seis integrantes que permitirían que la prohibición contra los musulmanes entre en vigor excepto para aquellos con algún “relacionamiento bona fide [de buena fe]” en EE.UU. y tres jueces que lo buscaban aprobar sin restricciones.
No está claro si los decretos antimusulmanes son peores con o sin la salvedad de “relacionamientos bona fides”, respaldada por el ala supuestamente liberal del tribunal. Esta excepción les concede una autoridad aún más caprichosa a los funcionarios de inmigración de Trump. ¿Considerarían a un refugiado sirio, sin dinero, desesperado y con familiares en Los Ángeles alguien con “relacionamientos bona fides”? ¿Recibiría el mismo trato un empresario rico con socios en Wall Street?
La decisión de la Corte Suprema no se basa en leyes, sino en mentiras y prejuicios. Según los datos recopilados por el profesor de la Universidad de Carolina del Norte, Charles Kurzman, un gran total de cero de los extremistas musulmanes que han llevado a cabo ataques terroristas dentro de EE.UU. vinieron de los países incluidos en la orden ejecutiva de Trump.
Si bien los medios de comunicación prefieren utilizar el término “veto a viajes”, tanto los opositores como los que simpatizan con los decretos ejecutivos de Trump reconocen que fueron motivados por una intolerancia contra los musulmanes. Durante su campaña presidencial, Trump declaró que impondría un “cierre total y completo de EE.UU. para los musulmanes”, y se ha referido frecuentemente en sus mítines a una “selección extrema” de musulmanes. El asesor de Trump y exalcalde de Nueva York, Rudy Giuliani, ha alardeado públicamente que él fue consultado en la redacción de un instrumento de persecución contra musulmanes que superara un escrutinio legal.
En enero, el anuncio del veto fue recibido con grandes protestas, mientras que la mayoría de los estadounidenses se opone a las medidas antimusulmanes. En estas manifestaciones, algunos de los mejores carteles decían cosas como: “Primero vinieron por los musulmanes”. Muchos de los que participaron en estas protestas expresaron un entendimiento de que esta prohibición contra musulmanes es más que un ataque a una minoría en particular, sino que constituye un ataque contra los derechos democráticos fundamentales en su totalidad, un intento para dividir y conquistar, y un precedente para represiones futuras.
En última instancia, el blanco del aparato represivo es la clase obrera, la gran mayoría de la población, la que está excluida de la vida política y está cada vez más enojada con las políticas al servicio de la oligarquía y sus riquezas.
Steve Bannon y Stephen Miller, los asesores de tendencias fascistas de Trump que redactaron los decretos antimusulmanes, tienen un método. Como los reaccionarios del siglo pasado, están fomentando deliberadamente el atraso, el oscurantismo y los prejuicios, y buscan canalizarlos en una dirección política reaccionaria. Trump mismo, según un artículo de 1990 en la revista Vanity Fair, mantenía un libro de discursos de Hitler en su mesa de noche.
Los comentaristas de “izquierda” y “progresistas” de Estados Unidos, quienes se encuentran en una negación completa acerca de la profundidad de la crisis, están llamando a la complacencia en respuesta al fallo de la semana pasada. Estos individuos, quienes están alineados con el Partido Demócrata, intentan ocultar la vergonzosa capitulación del “ala liberal” de la Corte Suprema, incluyendo a los jueces nombrados por Obama, Sonia Sotomayor y Elena Kagan.
El día después de que entrara en uso el veto, el New York Times, que funciona como portavoz del Partido Demócrata y la CIA, escondió la noticia, enfocándose en cambio, en el alboroto mediático sobre los tuits de Trump que atacan a los anfitriones del canal MSNBC, Mika Brzezinski y Joe Scarborough.
Estas son las mismas capas sociales que afirman cada otro año que votar por los demócratas es necesario para orientar a la Corte Suprema a la izquierda. Obsesionado con las políticas de identidades y ciego a la realidad social, el periódico celebró con entusiasmo el nombramiento en el 2009 de “la primera hispana y tercera mujer en integrar la Corte Suprema”, como comienza uno de sus artículos. Tras la decisión unánime a favor de Trump el lunes de la semana pasada, esta gente ahora sólo encoge los hombros y da excusas.
El propio Partido Demócrata, dedicado a su campaña reaccionaria contra Rusia, no tiene interés en alentar ninguna oposición popular a las órdenes ejecutivas antimusulmanes o antiinmigrantes de la Casa Blanca.
La decisión del Tribunal Supremo surge a raíz de décadas de continuos ataques contra los derechos democráticos y el estado de derecho, sea en gobiernos demócratas o republicanas. En particular, la decisión fue hecha posible principalmente por el empuje bipartidista de la última década y media para la librar la “guerra contra el terrorismo”, con asesinatos y tortura de Estado, rendiciones extraordinarias, poderes dictatoriales al ejecutivo, comisiones militares, policía militarizada, impunidad oficial, sitios de ciudades completas, espionaje interno, secretos de Estado, persecuciones de los denunciantes y xenofobia ultranacionalista. Este período también ha sido testigo de una contrarrevolución social dentro del país que ha aumentado dramáticamente la desigualdad social, además de las sangrientas aventuras militares estadounidenses en el extranjero.
Se deben tomar conclusiones acordes a la severidad de la decisión de la Corte Suprema de la semana pasada. Nuestra época no empatiza con acciones a medias o concepciones nebulosas. Quienes protesten contra las órdenes ejecutivas antimusulmanas de Trump se enfrentan a más que un multimillonario y su cuadrilla de asesores fascistas. Se enfrentan al aparato político podrido entero, a la clase dirigente capitalista y a sus sirvientes. La incipiente insurgencia contra el régimen de Trump tiene que unir las luchas contra las guerras imperialistas, la desigualdad y la represión como parte de un movimiento político de masas, independiente de los demócratas y los republicanos, y en contra del agónico sistema social, político y económico mundial enfermo.

El fracaso del Frente Amplio y la generación de expectativas

Ya con las cifras en la mano y según los objetivos y resultados auto impuesto por el Frente Amplio este fracasó. Seguir leyendo El fracaso del Frente Amplio y la generación de expectativas

Una primaria de miedo

por Ibán de Rementería//

Las primarias presidenciales del domingo pasado fueron de miedo. De miedo fue la sorpresa por la alta participación no prevista por nadie, 1,8 millón de votantes, tampoco por el Servel que en una errónea unificación de mesas generó largas colas, demoras y tumultos en los lugares de votación más conspicuos, pese a que partido de futbol para la definición final por la copa de Confederaciones entre Alemania y Chile hacía prever gran ausentismo Seguir leyendo Una primaria de miedo

León Trotsky: la industria nacionalizada y la administración obrera

 

En los países industrialmente atrasados el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación al proletariado nacional. Esto crea condiciones especiales de poder estatal. El gobierno oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esto le da al gobierno un carácter bonapartista sui generis, de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases. En realidad, puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento del capital extranjero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones, ganando de este modo la posibilidad de disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas extranjeros. La actual política (del gobierno mexicano, N. del T.) se ubica en la segunda alternativa; sus mayores conquistas son la expropiación de los ferrocarriles y de las compañías petroleras.

Estas medidas se encuadran enteramente en los marcos del capitalismo de estado. Sin embargo, en un país semicolonial, el capitalismo de estado se halla bajo la gran presión del capital privado extranjero y de sus gobiernos, y no puede mantenerse sin el apoyo activo de los trabajadores. Eso es lo que explica por qué, sin dejar que el poder real escape de sus manos, (el gobierno mexicano) trata de darles a las organizaciones obreras una considerable parte de responsabilidad en la marcha de la producción de las ramas nacionalizadas de la industria.

¿Cuál debería ser la política del partido obrero en estas circunstancias? Sería un error desastroso, un completo engaño, afirmar que el camino al socialismo no pasa por la revolución proletaria, sino por la nacionalización que haga el estado burgués en algunas ramas de la industria y su transferencia a las organizaciones obreras. Pero esta no es la cuestión. El gobierno burgués llevo a cabo por sí mismo la nacionalización y se ha visto obligado a pedir la participación de los trabajadores en la administración de la industria nacionalizada. Por supuesto, se puede evadir la cuestión aduciendo que, a menos que el proletariado tome el poder, la participación de los sindicatos en el manejo de las empresas del capitalismo de estado no puede dar resultados socialistas. Sin embargo, una política tan negativa de parte del ala revolucionaria no sería comprendida por las masas y reforzaría las posiciones oportunistas. Para los marxistas no se trata de construir el socialismo con las manos de la burguesía, sino de utilizar las situaciones que se presentan dentro del capitalismo de estado y hacer avanzar el movimiento revolucionario de los trabajadores.

La participación en los parlamentos burgueses no puede ya ofrecer resultados positivos importantes; en determinadas situaciones, puede incluso conducir a la desmoralización de los diputados obreros. Pero esto no es argumento para que los revolucionarios apoyen el antiparlamentarismo.

Sería inexacto identificar la participación obrera en la administración de la industria nacionalizada con la participación de los socialistas en un gobierno burgués (lo que se llama ministerialismo). Todos los miembros de un gobierno están ligados por lazos de solidaridad. Un partido representado en el gobierno es responsable de la política del gobierno en su conjunto. La participación en el manejo en una cierta rama de la industria brinda, en cambio, una amplia oportunidad de oposición política. En caso de que los representantes obreros estén en minoría en la administración, tienen todas las oportunidades para proclamar y publicar sus propuestas rechazadas por la mayoría, ponerlas en conocimiento de los trabajadores, etc.

La participación de los sindicatos en la administración de la industria nacionalizada puede compararse con la de los socialistas en los gobiernos municipales, donde ganan a veces la mayoría y están obligados a dirigir una importante economía urbana, mientras la burguesía continúa dominando el estado y siguen vigentes las leyes burguesas de propiedad. En la municipalidad, los reformistas se adaptan pasivamente al régimen burgués. En el mismo terreno, los revolucionarios hacen todo lo que pueden en interés de los trabajadores y, al mismo tiempo, les enseñan a cada paso que, sin la conquista del poder del estado, la política municipal es impotente.

La diferencia es, sin duda, que en el gobierno municipal los trabajadores ganan ciertas posiciones por medio de elecciones democráticas, mientras que en la esfera de la industria nacionalizada el propio gobierno los invita a hacerse cargo de determinados puestos. Pero esta diferencia tiene un carácter puramente formal. En ambos casos, la burguesía se ve obligada a conceder a los trabajadores ciertas esferas de actividad. Los trabajadores las utilizan en favor de sus propios intereses.

Sería necio no tener en cuenta los peligros que surgen de una situación en que los sindicatos desempeñan un papel importante en la industria nacionalizada. El riesgo radica en la conexión de los dirigentes sindicales con el aparato del capitalismo de estado, en la transformación de los representantes del proletariado en rehenes del estado burgués. Pero por grande que pueda ser este peligro, sólo constituye una parte del peligro general, más exactamente, de una enfermedad general: la degeneración burguesa de los aparatos sindicales en la época del imperialismo, no sólo en los viejos centros metropolitanos sino también en los países coloniales. Los líderes sindicales son, en la abrumadora mayoría de los casos, agentes políticos de la burguesía y de su estado. En la industria nacionalizada pueden volverse, y ya se están volviendo, sus agentes administrativos directos. Contra esto no hay otra alternativa que luchar por la independencia del movimiento obrero en general; y en particular por la formación en los sindicatos de firmes núcleos revolucionarios que, a la vez que defienden la unidad del movimiento sindical, sean capaces de luchar por una política de clase y una composición revolucionaria de los organismos directivos.

Otro peligro reside en el hecho de que los bancos y otras empresas capitalistas, de las cuales depende económicamente una rama determinada de la industria nacionalizada, pueden utilizar, y sin duda lo harán, métodos especiales de sabotaje para poner obstáculos en el camino de la administración obrera, desacreditarla y empujarla al desastre. Los dirigentes reformistas tratarán de evitar el peligro adaptándose servilmente a las exigencias de sus proveedores capitalistas, en particular de los bancos. Los líderes revolucionarios, en cambio, del sabotaje bancario extraerán la conclusión de que es necesario expropiar los bancos y establecer un solo banco nacional, que llevaría la contabilidad de toda la economía. Por supuesto, esta cuestión debe estar indisolublemente ligada a la de la conquista del poder por la clase trabajadora.

Las distintas empresas capitalistas, nacionales y extranjeras, conspirarán inevitablemente, junto con las instituciones estatales, para obstaculizar la administración obrera de la industria nacionalizada. Por su parte, las organizaciones obreras que manejen las distintas ramas de la industria nacionalizada deben unirse para intercambiar experiencias, darse mutuo apoyo económico, y actuar unidas ante el gobierno, por las condiciones de crédito, etc. Por supuesto, esa dirección central de la administración obrera de las ramas nacionalizadas de la industria debe estar en estrecho contacto con los sindicatos.

Para resumir, puede afirmarse que este nuevo campo de trabajo implica las más grandes oportunidades y los mayores peligros. Estos consisten en que el capitalismo de estado, por medio de sindicatos controlados, puede contener a los obreros, explotarlos cruelmente y paralizar su resistencia. Las posibilidades revolucionarias consisten en que, basándose en sus posiciones en ramas industriales de excepcional importancia, los obreros lleven el ataque contra todas las fuerzas del capital y del estado burgués. ¿Cuál de estas posibilidades triunfará? ¿Y en cuanto tiempo? Naturalmente, es imposible predecirlo. Depende totalmente de la lucha de las diferentes tendencias en la clase obrera, de la experiencia de los propios trabajadores, de la situación mundial. De todos modos, para utilizar esta nueva forma de actividad en interés de los trabajadores y no de la burocracia y aristocracia obreras, sólo se necesita una condición: la existencia de un partido marxista revolucionario que estudie cuidadosamente todas las formas de actividad de la clase obrera, critique cada desviación, eduque y organice a los trabajadores, gane influencia en los sindicatos y asegure una representación obrera revolucionaria en la industria nacionalizada.

 

Coyoacán, 12 de mayo de 1939.

[1] Publicado en Fourth International, agosto de 1946. Sin firma. Cuando se publicó el artículo en Fourth International se calculó que había sido escrito en mayo o junio de 1938 (en el manuscrito no figuraba fecha). Pero en el original que está en los archivos de Trotsky en Harvard figura la fecha 12 de mayo de 1939. Trotsky escribió este artículo después de que el gobierno de Cárdenas expropió la industria petrolera y los ferrocarriles y dio a los sindicatos gran responsabilidad en su administración. Un funcionario de la CTM, Rodrigo García Treviño, en ese entonces adversario de los stalinistas, le preguntó a Trotsky su opinión sobre la actitud que deberían tomar los sindicatos respecto a participar en la administración. Trotsky aceptó escribir un memorándum y varios días después le entregó este artículo a Treviño. Tomado de la versión publicada en Escritos, Tomo X, pág. 482, Editorial Pluma.