¿Avanzamos a una nueva Tangentópolis?

por Gustavo Burgos//

La afiebrada campaña electoral ha terminado por desempeñar el papel de clase para el que ha sido concebida: la actividad de las masas, de los trabajadores y explotados en general, ha terminado sometida al espejismo democrático y orientada a actuar como pilar legitimador de la institucionalidad patronal.

Resulta difícil y hasta cierto punto inútil, pronosticar un resultado de las presidenciales de noviembre. Pareciera que Piñera debería imponerse porque ha logrado disciplinar a la derecha y con el voto pinochetista le alcanza para imponerse en un contexto de abstención cercano al 70% del padrón electoral. Guillier, igualmente, podría imponerse en segunda vuelta en tanto la Nueva Mayoría logre recomponer su maquinaria electoral y reestablezca la vitalidad de sus partidos; esto dependerá principalmente de la capacidad de las directivas PS y el PC para alinear a su militancia, proceso en curso y de perspectiva incierta. Sánchez, finalmente, también podría – luego del oxígeno de las primarias- reproducir el efecto Sharp a nivel nacional y capitalizar el derrumbe electoral de la Derecha y la Nueva Mayoría.

No se sabe y no se sabe porque hasta cierto punto es irrelevante. Lo verdaderamente sustancial es la dinámica de la lucha de clases y la forma como ella golpea al régimen capitalista. En ese sentido los referentes electorales a que hemos hecho referencia no encarnan sino deformadamente los intereses de las clases sociales en pugna.

La Derecha y la Nueva Mayoría representan la plataforma política patronal e imperialista que ha venido gobernando Chile desde casi tres décadas, terminada la Dictadura. Son los sustentadores del pinochetismo sin Pinochet y –por lo mismo- la superación dialéctica de la contradicción democracia vs dictadura, la encarnación de la democracia protegida del gremialismo, legitimada electoralmente.

Contra este régimen y consecuencia directa de su decadencia crece y se desarrolla el Frente Amplio, contra el “duopolio” y sus capitanes. El Frente Amplio se alza contra el fracaso de la transición, por lo mismo no se estructura para barrer con el régimen, sino que para corregirlo, en palabras de Mayol para “normalizar” el capitalismo, no para acabar con él. Esta definición tiene, eso sí, corto alcance, por cuanto el inminente derrumbe de la Nueva Mayoría puede poner en muy poco tiempo en manos del Frente Amplio ni más ni menos que el Gobierno, lo que sellaría la incorporación al régimen de un nuevo elemento.

En efecto, así como el término de la Dictadura selló el ingreso de la Concertación al régimen como una fuerza de gobierno, el fin del mentado duopolio tendrá idéntico resultado para el devenir del Frente Amplio. Extinguido el duopolio como fuerza política estable de gobierno, la mecánica de clase del régimen burgués pondrá al Frente Amplio frente a la tarea de gobernar y de gobernar para él. Cuando el Frente Amplio, a través de sus candidaturas y partidos proclama la profundización de la democracia, el empoderamiento de la ciudadanía y la normalización del capitalismo, lo que está diciendo -en la práctica- es que lo que proponen al país es la modificación y la reforma del régimen, no su abolición.

Todo régimen burgués y aún las más excelsas democracias patronales encubren la inclemente dictadura de clase de la minoría explotadora en contra de la mayoría explotada. La intangibilidad del derecho de propiedad, que en nuestra Constitución alcanza el nivel de un dogma, persigue preservar no la propiedad de los trabajadores –que resulta pisoteada día a día por el capital- si no que la gran propiedad privada de los medios de producción sobre la que se alza todo nuestro orden social.

Mientras esta gran propiedad privada subsista no hay democracia posible, el principal derecho económico y social es la propiedad social de los medios de producción para lo cual resulta imprescindible la expropiación de la burguesía y la destrucción de su Estado. Bajo la dominación del capital no hay democracia posible y los intersticios que se abran deben ser utilizados para echar abajo a la burguesía. Hacer lo contrario supone subordinarse a los intereses de la clase explotadora.

Cuando hablamos de “régimen” estamos haciendo referencia a una particular y precisa articulación de las instituciones de la burguesía. Es esta propia burguesía la que en determinados momentos insta por la reforma de su propio régimen con la finalidad de preservar su dominio como clase. Estas fisuras viabilizan la actividad de las masas, como lo caracterizara Lenin en su clásica definición de situación revolucionaria, pero ante ellas la burguesía no permanece pasiva, sino que por el contrario, actúa vigorosamente para transformar la crisis en una “oportunidad”.

Aunque el proceso electoral lo nuble a ratos, en Chile, vivimos un momento de cambios profundos. Tan profundos como no se vivían desde fines de la Dictadura pinochetista. Las masas avanzan sobre el régimen y lo golpean sacudiendo a las instituciones más trascendentes de la etapa: sus partidos.

Algo parecido se vivió en Italia a partir del asesinato del juez Falcone a manos de la mafia en 1992. Tras el atentado se develó la llamada República del Pago (Tangentopolis) con el mismo era designado el círculo de relaciones económicas según el cual los políticos recibían importantes pagos (tangenti) a cambio de proporcionar contratos, obras, subvenciones con dinero público de acuerdo con un riguroso orden preestablecido y no menos estrictos porcentajes de distribución entre los partidos del poder. ¿Suena conocido?.

En un par de años los grandes partidos del régimen se vinieron abajo. El Partido Socialista desapareció, su máximo dirigente Bettino Craxi debió escapar a Túnez huyendo de una condena a 27 años de prisión; el capo Giulio Andreotti –emblema de la corrupción- logró eludir las acciones judiciales, pero al costo de reducir a su partido, la Democracia Cristiana, a la irrelevancia absoluta; a su turno el otrora gran Partido Comunista de Gramsci, terminó reconvertido, fraccionado y renovado luego de años de “compromiso histórico” con la burguesía.

La crisis no logró ser aprovechada por la clase obrera italiana. El fraccionamiento de la izquierda y su inveterado democratismo terminó abriendo las puertas a la llamada era Berlusconi, una larga etapa de corrupción y retroceso democrático ahora a manos de la más prosaica y brutal de las derechas.

El paralelo resulta irresistible. El caso Penta y la caja de SQM, han abierto en los últimos años nuestra versión criolla de Tangentópolis. Bajo el eufemismo del “financiamiento irregular de la política” se esconde un sistema de corrupción a través del cual se ejerce el poder político en nuestro país, contra él se han levantado los trabajadores, porque es ese poder el que los oprime y explota. Son los bancos, las multinacionales y las AFP, con utilidades de un 40% a costa de la miseria de la masa trabajadora.

Éste es el contenido de la crisis del momento. Su resolución no se producirá en el cauce institucional democrático burgués. Por más que se apele al empoderamiento ciudadano, si éste no se traduce en movilización y acción directa contra el orden capitalista, devendrá en frustración.

Piñera ha leído este orden de cosas y apuesta a transformarse en el Berlusconi chileno. Es la salida burguesa, plutocrática si se quiere, a la crisis, por sobre los partidos. En su contra la izquierda sigue empantanada en un discurso puramente electoral e institucional, de reforma al capitalismo. Ese camino conduce a la intarscendencia, lo hemos vivido desde 1990.

Poner fin al régimen de corrupción y explotación, no otra cosa es el capitalismo chileno, hace necesario utilizar los espacios de libertad democrática que hemos conquistado para luchar en contra del orden capitalista. Esta lucha supone plantear como objetivo la lucha por el socialismo, por la expropiación de la burguesía y la destrucción de su Estado. Esta lucha supone la construcción y agrupamiento de la vanguardia como partido revolucionario.

(Fotografía: montaje, Andreotti de un lado, del otro Berlusconi y Craxi)

 

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