León Trotsky: ¿Qué es la objetividad histórica?

1° de abril de 1933//

Todas las personas digieren sus alimentos y oxigenan su sangre. Pero no cualquiera se atreve a escribir un tratado sobre digestión y circulación sanguínea. No ocurre lo mismo con las ciencias sociales. Puesto que todas las personas viven bajo la influencia del mercado y de los procesos históricos en general se considera que basta con tener sentido común para escribir tratados sobre temas económicos y, sobre todo, histórico-filosóficos. En general, lo único que se le exige a un trabajo histórico es que sea “objetivo”. En realidad, cualquiera que sea el sentido de este término altisonante en el lenguaje del sentido común, el mismo no tiene nada que ver con la obje­tividad científica.
El filisteo, sobre todo cuando se encuentra separado en el tiempo y en espacio del escenario de la lucha, se considera por encima de los bandos en pugna por el solo hecho de no comprenderlos. Con toda sinceridad opina que su ceguera respecto del obrar de las fuerzas históricas es el colmo de la imparcialidad, ya que está acostumbrado a usarse a sí mismo como medida normal de todas las cosas. No obstante su valor documental, son muchos los trabajos históricos que se escriben de acuerdo con esas pautas. El autor que lima las asperezas mediante una distribución pareja de luces y sombras, la conciliación moralizante y la simulación de sus simpatías consigue fácilmente para su obra histórica la elevada reputación que deriva de la “ob­jetividad”.
Cuando el tema de investigación como la revolución es un fenómeno que se concilia tan mal con el sentido común, la “objetividad” histórica dicta a priori conclu­siones inmutables: la causa de la conmoción reside en que los conservadores fueron excesivamente con­servadores y los revolucionarios excesivamente revo­lucionarios; ese exceso histórico que se llama gue­rra civil podrá evitarse en el futuro si los propieta­rios se vuelven más generosos y los hambrientos más moderados. Un libro escrito de acuerdo con estos lineamientos es bueno para los nervios, sobre todo en una época de crisis mundial.
La ciencia -no la “objetividad” filistea de salón- exige que el autor señale los factores sociales que condicionan los acontecimientos históricos, por mucho que esto altere los nervios. La historia no es un va­ciadero de documentos y sentencias morales. La his­toria es una ciencia no menos objetiva que la fisiología. Exige un método científico, no una “impar­cialidad” hipócrita. Se puede aceptar o rechazar la dialéctica materialista como método histórico científico, pero es menester tenerla en cuenta. La objetividad científica puede y debe ser inherente al método empleado. Si el autor no logró aplicar correctamente su método, hay que señalar exactamente dónde ocurrió.
Traté de basar mi Historía [de la Revolución Rusa], en los cimientos materiales de la sociedad, no en mis simpatías políticas. Enfoqué la revolución como un proceso, condicionado por el pasado, de lucha de las clases por el poder. Mi atención se centró en los cambios provocados en la conciencia de las clases por el ritmo febril de su propia lucha. Observé a los partidos y agentes políticos bajo la exclusiva óptica de los cambios y choques entre las clases. De esa manera, el trasfondo de la narrativa está constituido por cuatro procesos simultáneos, condicionados por la estructura social del país: la evolución de la conciencia del proletariado entre febrero y octubre; los cambios producidos en el estado de ánimo del ejér­cito; el incremento del deseo de venganza campesino; el despertar e insurgencia de las nacionalidades oprimidas. Al revelar la dialéctica de una conciencia de masas que supera su punto de equilibrio, el autor quiso mostrar la clave más inmediata de todos los acontecimientos de la revolución.
Una obra literaria es “auténtica” o artística cuando las relaciones entre los protagonistas se desarrollan, no según los deseos del autor, sino de acuerdo a las fuerzas latentes en los personajes y en el ambiente. Existe una gran diferencia entre el conocimiento científico y el conocimiento artístico. Pero ambos tienen algunos rasgos en común, que se definen en el hecho de que la descripción depende del objeto descrito. Una obra histórica es científica cuando los hechos se combinan en un proceso total que, al igual que en la vida real, se desenvuelve según sus propias leyes internas.
¿Es verídica la descripción de las clases en Rusia? Estas clases, por intermedio de sus partidos y perso­neros políticos, ¿hablan su propio idioma? Los aconte­cimientos -naturalmente, sin que se los fuerce-, ¿se corresponden con su origen social, es decir, con la lucha de las fuerzas históricas vivas? La concepción general de la revolución, ¿choca con los hechos?
Debo reconocer con gratitud que muchos críticos enfocaron mi obra precisamente desde el punto de vista de estos criterios genuinamente objetivos, vale decir, científicos. Sus observaciones podrán resultar justas o erróneas pero son, en su amplia mayoría, constructivas.
En cambio, no es casual que los críticos que se lamentan de mi falta de “objetividad” se olvidan totalmente del problema del determinismo histórico. En realidad se quejan de la “injusticia” del autor Para con sus adversarios, como si no se tratara de una investigación científica sino de un boletín escolar donde se califica la conducta. Un crítico se ofende en nombre de la monarquía, otro en nombre de los liberales, un tercero en nombre de los conciliadores.[2] Puesto que la realidad de 1917 no fue indulgente con las simpatías de dichos críticos ni las reconoció, ahora les gustaría encontrar consuelo en las páginas de la historia, así como algunos buscan refugiarse de los golpes del destino en las páginas de la literatura romántica. Pero nada más lejano del pensamiento del autor que pretender brindar consuelo a persona alguna. En su libro sólo quiso interpretar el fallo del propio proceso histórico. Dicho sea de paso: las personas ofendidas, a pesar de los quince o dieciséis años transcurridos, jamás trataron de explicar las causas de lo que les ocurrió. La colonia de emigrados blancos[3] no produjo una sola obra histórica digna de ese nombre. Todavía trata de atribuir sus infortunios al “oro alemán”,[4] al analfabetismo de las masas, a las conspiraciones criminales de los bolcheviques. El rencor personal de los apóstoles de la objetividad -confío en que nadie lo pondrá en duda- será necesariamente tanto mayor, cuanto más convincentemente demuestre la narrativa histórica que su destrucción era inevitable y su futuro carece de perspectivas.
Los más cautelosos de entre los críticos políti­camente desilusionados suelen ocultar las verdaderas razones de su escozor con la queja de que el autor de la Historia se permite utilizar la polémica y la ironía. Aparentemente, creen que ese tipo de recursos no va con la dignidad del gremio científico. Pero la revolución misma es una polémica que se transforma en acción de masas. Y el proceso histórico tampoco carece de ironía; durante una revolución, la misma puede medirse en millones de caballos de fuerza. Los discursos, resoluciones, cartas y memorias de los protagonistas son necesariamente de carácter polémico. No hay nada más fácil que “conciliar” todo este caos de luchas envenenadas según el método del justo medio; pero tampoco hay nada más estéril. El autor se esforzó por definir la verdadera fuerza relativa que tuvieron todas las opiniones, consignas, promesas v reivindi­caciones en el curso de la lucha social mediante la selección y descarte críticos (o, si se quiere, polémicos). Redujo lo individual a lo social, lo particular a lo gene­ral, lo subjetivo a lo objetivo. En nuestra opinión, en esto reside, precisamente, el carácter científico de la historia como ciencia.
Hay un grupo muy especial de críticos que se ofende personalmente en nombre de Stalin; para ellos la historia, fuera de ese problema, no existe. Se consi­deran “amigos” de la Revolución Rusa, pero en realidad, no son sino abogados defensores de la burocracia soviética. No es lo mismo. La burocracia se fortaleció a medida que se debilitó la actividad de las masas. El poder de la burocracia es un reflejo de la reacción contra la revolución. Es cierto que esta reacción se desarrolla sobre las bases sentadas por la Revolución de Octubre, pero no por ello deja de ser reacción. Los abogados de la burocracia son frecuen­temente los abogados de la reacción contra Octubre; y este hecho no cambia por que cumplan sus funciones inconscientemente.
Como el tendero enriquecido que se fabrica una genealogía más acorde con su nueva posición, la casta burocrática que surgió de la revolución creó su propia historiografía. Cuenta con cientos de imprentas, pero la cantidad no compensa la falta de calidad histórica. Aunque hubiera querido complacer a los amigos más desinteresados de las autoridades soviéticas, no podía dejar de referirme a esas leyendas que quizás resulten muy halagadoras para la vanidad de la burocracia pero que, no obstante, tienen la desgracia de contra­decir los hechos y los documentos.
Me limitaré a un solo ejemplo, que considero muy ilustrativo. Dedico varias páginas de mi libro a contra­decir el cuento de hadas fabricado después de 1924 en el cual se dice que yo traté de postergar la insurrección armada hasta después del Congreso de los Soviets, mientras que Lenin, aparentemente con el respaldo de la mayoría del Comité Central, consiguió que la insurrección se realizara en vísperas del congreso. Presenté numerosas pruebas para tratar de demos­trar -y creo que lo demostré más allá de toda duda- que Lenin, separado del teatro de los acontecimien­tos en virtud de su situación ilegal, estaba demasia­do impaciente por iniciar la insurrección, deslindán­dola del Congreso de los Soviets. En cambio yo, que contaba con el respaldo de la mayoría del Comité Central, traté de que la insurrección se efectuara en la fecha más próxima posible al congreso, para revestirla con la autoridad de éste. Este desacuer­do, pese a su importancia, era de carácter exclusi­vamente práctico y circunstancial. Mas adelante Lenin reconoció con franqueza que se había equi­vocado.
Mientras escribía mi Historia, no tenía a mano la recopilación de los discursos pronunciados en el mitin aniversario celebrado en Moscú el 23 de abril de 1920, en honor del quincuagésimo cumpleaños de Lenin. En una de las páginas de ese libro se lee el párrafo que transcribo textualmente a continuación:
“Los integrantes del Comité Central resolvimos proceder a fortalecer los soviets, convocar el Congreso de los Soviets, iniciar la insurrección y proclamar al Congreso de los Soviets órgano de poder estatal. Ilich [Lenin], que en esa época estaba en la clandes­tinidad, no estuvo de acuerdo y escribió [a mediados de setiembre- L.T.] que […] era necesario disolver la Conferencia Democrática[5] y arrestar a sus integran­tes. Para nosotros, las cosas no eran tan sencillas […] Todos los obstáculos, las trampas del camino nos resultaban más evidentes […] A pesar de las exigencias de Ilich procedimos con ese criterio y el 25 de octubre se desplegó ante nosotros la insurrección. Ilich nos miraba con una sonrisa intencionada y nos dijo: ‘Sí, teníais razón'”. (Quincuagésimo aniversario de V.I. Ulianov-Lenin, 1920, pp. 27-28)
El discurso arriba citado lo pronunció Stalin y data de unos cinco años antes de que él mismo pusiera en circulación la venenosa insinuación de que yo trato de “subestimar” el papel de Lenin en la revo­lución del 25 de octubre. Si ese documento, que confirma plenamente mi versión (en términos más gro­seros, por cierto), hubiera estado en mi poder hace un año, me habría obviado la necesidad de aducir pruebas menos directas y autoritarias. Pero por otra parte, estoy contento de que este librito, olvidado por todos, impreso en un papel mediocre y editado de igual forma (¡1920, un año difícil!) haya llegado a mis manos tan tarde, pues ello contribuye a reforzar la “objetividad”, o más sencillamente, la veracidad de mi narración aun en la esfera de aquellos asuntos personales en discusión.
Nadie, -y me permito afirmar esto del modo más categórico posible- nadie hasta ahora ha encontrado en mi narración una sola violación a la verdad, lo cual constituye una de las normas fundamentales para la narración histórica y de otro tipo. ¡Es posible cometer errores de detalle pero nunca distorsiones tendenciosas! Si en los archivos de Moscú fuese posible encontrar un solo documento que directa o indirec­tamente refutase o debilitase mis escritos hace mucho tiempo que habrían sido traducidos y publicados en todos los idiomas. La hipótesis inversa no es difícil de comprobar: todos los documentos que en mayor o menor grado representen algún peligro para las leyendas oficiales, están cuidadosamente apartados del público. No es sorprendente que los defensores de la burocracia stalinista que se proclaman amigos de la Revolución de Octubre, se vean obligados a suplir su falta de argumentos, con una excesiva dosis de fanatismo. Pero este tipo de crítica altera muy poco mi conciencia científica. Las leyendas se olvidan, los hechos permanecen.

[1] ¿Qué es la objetividad histórica? The Militant, 15 de julio de 1933. Tradu­cido [al inglés] por Max Eastman. Trotsky analiza el discurso de Stalin sobre Lenin en Stalin presenta testimonio contra Stalin (Escritos 1932).
[2] Llamábase conciliadores a los mencheviques y socialrevolucionarios, que apoyaron al Gobierno Provisional, capitalista, que intentó gobernar Rusia entre las Revoluciones de Febrero y Octubre de 1917.
[3] Blancos, Guardias Blancas y rusos blancos: fuerzas contrarrevolucionarias que actuaron durante la Guerra civil.
[4] Una de las acusaciones más corrientes contra los bolcheviques fue que eran agentes del imperialismo, pagados con oro alemán para provocar distur­bios en Rusia y así garantizar su derrota en la Primera Guerra Mundial.
[5] La Conferencia Democrática: al igual que el preparlamento, fue un intento de Kerenski y los “conciliadores” de encontrar una base de apoyo popular fuera de los soviets, cuando éstos comenzaron a repudiarlos y volcarse hacia el bando bolchevique en las semanas que precedieron a las derrotas del Gobierno Provisional. Sus resultados fueron nulos.

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