Gustav Mahler: Sinfonía No. 2 “Resurrección” (Lucerne Festival Orchestra, Claudio Abbado)

Para Freud ningún compositor se ha expresado de modo más conmovedor en lo que llamó “la lucha entre el Eros y la muerte, como se presenta en la especie humana”, como lo hizo Gustav Mahler en la sinfonía Resurrección.

Freud indica que Malher pretendía hacerla sonar “como si viniese hasta nosotros de otro mundo”, “luego se eleva a las alturas en las alas de los ángeles”, “el clímax del ultimo movimiento llega cuando la contralto entona la ferviente plegaria “cree, mi corazón cree. ¡¡Nada estará perdido para ti!!”. Nada esta perdido para ti -refexiona el vienés- se dibuja en la Segunda Sinfonía en “atroces dolores de cabeza que le impiden escuchar tumultuosos e inacabables aplausos”. “A la manera de  rayo, un más allá del principio del placer conmociona al yo, el dolor corporal encuentra su huella en el inconsciente, una señal de alarma que renueva su pacto sacrificial en el corazón mismo del trauma”.

Termina señalando que “el grito de su cuerpo Malher lo reconoce en un precedente bíblico, de la imagen más perfecta del artista creativo que es Jacob, que lucha con Dios hasta que le bendice”.

“Sólo cuando estoy haciendo un esfuerzo terrible en la creación de mis obras, puedo arrebatarle a Dios una bendición”, refiere Freud que le habría dicho el compositor. Sólo algunos se casan con su alma. Fue el caso del músico Gustav Mahler, cuyo matrimonio con Alma Shindler respondió a sus experiencias más primitivas, lo mostró en su más soberbia mezquindad y desembocó en un “dolor enloquecido”.

En esa crisis, intervino Freud: fue una sola sesión, inolvidable para ambos. Freud y Mahler, unidos por el esplendor del tormento, liberados -quizá- en el lenguaje musical.

 

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