Educación: la experiencia de la escuela soviética en la década de 1920

por Samuel Joshua//

En lo referente a educación, se puede retomar palabra a palabra lo que decía Rosa Luxemburgo a propósito de la Revolución Rusa en general: “Lenin, Trotsky y sus amigos fueron los primeros que dieron ejemplo al proletariado mundial; hasta ahora son los únicos que pueden exclamar con Hutten: ‘Yo me he atrevido!’”. En la Rusia soviética anterior a Stalin, se estableció una escuela revolucionaria durante varios años. ¡Ellos y ellas se atrevieron! Afectaba a millones de alumnas y alumnos lo que proporciona una base de discusión a partir de una experiencia sin equivalente a nivel mundial.

Pero esta experiencia es mal conocida y cuando lo es, a menudo se ve a través del deformador prisma que representan las “colonias” de Anton Makarenko. Incluso prototipo de “escuela total”, la colonia Makarenko 2/ es la “comunidad sana” base de todo. En lo fundamental, la importancia educativa de la colonia se debe a la socialización, los aspectos instructivos apenas son abordados. Globalmente, esto da una visión bastante autoritaria del funcionamiento de estas colonias. Mientras tanto se olvida la circunstancia de que se trata de estructuras destinadas a jóvenes delincuentes en la Rusia destrozada del comunismo de guerra y de posguerra civil.

Esta experiencia tan especial, en realidad, aclara poco las cuestiones de fondo planteadas. Pero la realidad educativa de los primeros años de la República de los Soviets es muy distinta. Desde 1918, brota una gran esperanza de acabar con el despotismo de la escuela zarista, su fabricación de la jerarquía de clases, el elitismo y el lavado de cerebro. Cada universidad es dotada poco a poco de “facultades obreras” accesibles también a los trabajadores de bajo nivel escolar (a veces solo con nivel primario). Las universidades propiamente dichas serán accesibles para los estudiantes salidos de estas “facultades obreras” y poco a poco también, el acceso estará seleccionado según “el origen de clase”, después del paso a la escuela única.

Esta “Escuela única del trabajo” que abarca toda Rusia y más allá, va a funcionar sin castigos, sin exámenes y sin calificaciones. Es gratuita, mixta, basada en un tronco común de 8 a 17 años, precedidos por un preescolar a partir de los seis años. Una inmensa llamada a la educación de la libertad de pensamiento y de acción. Es de la experiencia de esta escuela de la que se trata aquí. ¿Cuáles son sus principios? ¿Qué vínculos tiene con la revolución en su conjunto? ¿Qué balance educativo?¿Cómo se relaciona todo esto con los problemas de la transición al socialismo y de la democracia obrera? ¿Cómo este balance aclara cuestiones escolares en una perspectiva actual de emancipación?

Una tarea prioritaria, la alfabetización

La Rusia que ve cómo hace surge esta escuela es una sociedad rural y especialmente atrasada. Las estadísticas son poco fiables para esta época pero se estima que el analfabetismo alcanzaba como mínimo al 50% de la población y hasta el 80% según otras fuentes. Es imposible imaginarse en estas condiciones una escuela revolucionaria (para las nuevas generaciones) en semejante océano de ignorancia.

Desde 1918, un decreto lanzaba un programa de alfabetización de toda la población entre 8 y 50 años. Se dirigía a todas las repúblicas de lo que se iba a convertir la URSS. Un programa llevado a cabo a pesar de de las dificultades increíbles de aquel tiempo, entre los que estaba los efectos de la guerra civil. Implicaba decenas de millares de centros dedicados a esto, y también poco a poco, una red casi tan densa de bibliotecas. Un programa mantenido gracias a la movilización de quienes ya disponían de los rudimentos. Por decreto, se les ordenaba a estos como un deber “instruir a varios analfabetos”.

Dirigiéndose a los jóvenes comunistas en 1920, Lenin da una idea de esta titánica tarea. Refiriéndose al papel central de la educación para el régimen revolucionario, afirma: “Nuestra escuela debe dar a la juventud las bases del conocimiento., enseñarle a elaborar ella misma las concepciones comunistas, debe hacer hombres cultivados”. Y añade: “Hay que aprender por sí mismo, hay que enseñar a toda la generación venidera de trabajadores. Esta es la tarea de cualquier comunista consciente, de todo joven que se considere comunista y que se dé cuenta de que adhiriéndose a la Unión de Juventudes Comunistas, adquiere el compromiso de ayudar al Partido a construir el comunismo y ayudar a la nueva generación a crear la sociedad comunista. Debe comprender que esto solo es posible sobre la base de la educación moderna y que si no posee esa educación, el comunismo será un simple deseo. 3/

La novela del kirguiso (antiestalinista y eso tiene su importancia) Tchinguiz Aïtmatov, describe la llegada del “Primer Maestro”. Aparecida en 1963, fue llevada al cine dos años más tarde por Andreï Kontchalovski. Cuenta la llegada a Kirguistán en 1923 de un joven soldado del Ejército Rojo. Recién alfabetizado él mismo, acaba por convencer a los niños y a sus padres de comprometerse en la aventura escolar en un gesto heroico.

En 1932, Trotsky destaca la importancia de este movimiento que removerá las bases de la sociedad: “El solo hecho de que la Revolución de Octubre haya enseñado al pueblo ruso, a las decenas de pueblos de la Rusia zarista, a leer y escribir, es incomparablemente más importante que toda la cultura rusa restringida de otros tiempos”. 4/

La escuela única y sus principios

Sí, hablamos de principios. Y como siempre que se habla de la Revolución Rusa, la realidad no concuerda siempre con ella. Pero los principios son más que ambiciosos. Revolucionarios en el pleno sentido.

He aquí cómo Bujarin y Preobrazhenski presentan esta escuela en el ABC del comunismo, en 1923:”De entrada, esto significa que la separación por sexos debe ser suprimida. A continuación hay que dejar esa división de las escuelas en superiores, secundarias y primarias cuyos programas no se adaptan las unas a las otras. Igualmente, hay que abandonar la distinción entre enseñanza general y enseñanza profesional, la división de las escuelas en accesibles a todos y en escuelas reservadas a las clases privilegiadas. La escuela única debe constituir una escala única que todo alumno de la República Socialista puede y debe superar empezando por el nivel más bajo: preescolar y terminando en el más alto: la universidad. La enseñanza general y la cultura politécnica serán obligatorias para todos”.

Nada de estudio del “marxismo” (como más tarde del marxismo-leninismo), sino al contrario (en una línea que se remonta a Condorcet -incluso si no era una referencia para estos revolucionarios), un fuerte rechazo a cualquier adoctrinamiento. Y aunque suponemos que para los bolcheviques, el estudio de las cuestiones de la sociedad está de alguna forma ligada al “materialismo histórico” y el de la naturaleza al ”materialismo dialéctico”.

La autogestión es la regla, muy vinculada con el entorno social incluyendo la definición de las asignaturas, en el marco de los principios comunes. Los temas para trabajar son definidos por los enseñantes y los alumnos (idea tomada de John Dewey uno de los inspiradores de esta escuela). Se trabaja un proyecto con una finalidad productiva (o creadora en el sentido más amplio puesto que también puede referirse a la producción artística): exposición de técnicas agrícolas, avances de la lucha contra el analfabetismo. Los conocimientos de los alumnos se orientan para llevarse a cabo después /y para ser desarrollados en el plano teórico de las disciplinas.

En fin, se impulsa el “método de los complejos” seleccionado para mostrar la organización de las relaciones sociales y las relaciones con la naturaleza, el trabajo especializado por materia que solo vendrán en un momento posterior (si viene). El punto central que une este sistema al (pobre) pensamiento de Marx sobre la cuestión educativa es su conexión con la “producción”. Pero con una diferencia fundamental: la formación profesional propiamente dicha queda excluida de la “escuela del trabajo”, mandada de vuelta a institutos especializados, opción explícitamente ligada al rechazo de la especialización precoz, contra la que solo una “cultura general” con amplio respaldo puede proteger 5/. Esto apoyado en una voluntad de pedagogía colectiva contraria a cualquier autoritarismo 6/.

Las fuentes de inspiración se dicen de Marx. Pero “el pensamiento educativo” de este está contenido en dos páginas en total con no pocas banalidades. En realidad, la referencia es más, paradójicamente, la del pragmático estadounidense John Dewey ( y su rechazo a los aprendizajes formales en provecho del tema típicamente pragmático de la “investigación”). Además, un Dewey asombrado e incluso deslumbrado, verificará cómo sus ideas podían sentar las bases de la enseñanza de masas. Llegó a la firme convicción de que la escuela con la que soñaba era imposible si el mismo capitalismo no era superado.

De hecho, aunque los términos están próximos, no es la tal teoría deweiniana de darle un lugar central a esta “investigación” en los aprendizajes, la que marcará la diferencia. Sobre todo, es que Dewey, al contrario de las pedagogías individualistas en honor a esta época entre los innovadores en Occidente 7/ era muy favorable a un principio cooperativo (aproximándose en esto a los marxistas) sin por ello abandonar un sesgo emancipador de cada individuo (coincidiendo con una preocupación central de la pedagogía soviética antes del estalinismo). < 8/: una especie de pedagogía colectiva antiautoritaria 9/.

El segundo punto destacado (incluso si no parecía tan importante en la época) es que Dewey (y sus émulos soviéticos) tuvieron la firme convicción de la necesidad de separar en parte la escuela del resto de la sociedad (de protegerla por decirlo así). La educación debe antropológicamente acercarse a las relaciones humanas fuera de la escuela (es el significado dado al término soviético de la época de la “ocupación” fundamental de la humanidad – cocinar, coser pero también bailar y hacer teatro). Pero debe permanecer como una educación diferenciada en sus principios no teniendo otro fin que ella misma.

Pero para pensar todo esto existían también raíces propias del progresismo pedagógico ruso. La obra muy influyente de Kroupskaïa, Instrucción Pública y Democracia 10/data de 1915 y sentó las bases más cercanas de la política educativa seguida. Defiende lo siguiente: “El objetivo de esta escuela nueva debe ser asegurar el pleno desarrollo de los individuos para que tengan una visión global de las cosas, comprendan claramente la naturaleza y la sociedad que los rodea, aptos tanto en la práctica como en la teoría para ejercer cualquier trabajo físico o intelectual y capaces de forjar una vida en sociedad sensata, rica en contenidos , llena de alegría y de belleza”

Esto, con el apoyo de Lounatcharski, responsable del equivalente al ministerio de educación, el Narkompros, que desempeñó el cargo hasta 1929.

La elección decisiva fue, en realidad, mantener una especificidad de la escuela, preocupación directamente salida de tradición pedagógica socialista rusa, aunque se reclaman vínculos de mil tipos con la sociedad en general. Y esto es objeto de una batalla duradera, frontal o insidiosa, cien veces renovada con los partidarios del término “decadencia de la escuela”, preconizada por el “izquierdismo educativo”. Para este último, a la par que la familia, el estado, y como todas las instituciones del antiguo régimen, la escuela debe desaparecer, fundirse en la sociedad y el poder proletario. Un principio intensamente defendido por los dirigentes del Komsomol 11/> y de los bolcheviques, sobre todo, en Moscú.

Hubo, se comprende, relación entre la batalla que llevaban y los temas generales desarrollados por la “Oposición obrera”. Pero aunque admitiendo el objetivo a largo plazo, Lounarcharski, Krupskaia y el mismo Lenin (cuyo pensamiento educativo fue incomparablemente más desarrollado que el de Marx y Engels) se opusieron a ello paso a paso y cada vez más cuando los primeros balances mostraron que las promesas de un nuevo sistema no eran aplicados.

Esta “separación”, condición de una educación individual autónoma 12/
y emancipadora se hará insoportable al final de la década de 1920, cuando la contrarrevolución estalinista va a empezar a atacar esto como una desviación individualista y pequeñoburguesa. Se puede extraer una enseñanza más importante, la de la necesidad de pensar con el máximo detalle la “especificidad” de la escuela y de una educación liberadora.

La “bolchevización” de los maestros, la autogestión , la democracia

Pero por retomar la tesis de Marx sobre Feuerbach, “¿quién educará a los educadores? El cuerpo de enseñantes heredado del zarismo es un cuerpo mayoritariamente hostil a la Revolución. Cuando no es simplemente reaccionario, es más bien de tradición socialista-revolucionaria (SR). En este caso preciso, se va a poder verificar, una vez más, los mecanismos que mezclan la necesidad de destrucción del antigua aparato pero también, a menudo en el mismo movimiento, la instalación de la dirección directa del partido Bolchevique convertido en Partido Comunista de la Unión Soviética. (PCUS).

Ya había que acometer la expropiación masiva de la Iglesia Ortodoxa en Educación, 34.000 escuelas parroquiales son nacionalizadas desde el 11 de diciembre de 1917. El 15 de diciembre de 1917, al Comisario de Instrucción Pública, el Narkompros, se le encomiendan por decreto estas escuelas religiosas, cerradas de un día para otro como lo había hecho la Comuna de París. Más tarde, después de la salida de las tropas alemanas, entre 1920 y 1921, cerca de 9000 escuelas primarias judías fueron cerradas.

La cuestión religiosa era central en este caso puesto que desde el comienzo, el Narkompros había decidido que la enseñanza de la escuela única podía ser impartida en la lengua local cualquiera que fuera esta y que la autogestión era la regla, pero en un marco público y no religioso. La supresión de los símbolos religiosos de los establecimientos religiosos suscitó más problemas, Riazanov et Lounartchaski temían las reacciones negativas de la población rural. Sin embargo, esto se hizo solamente en un año, a lo largo de 1918. Recordemos que en Francia la Ley de 1905 fue un proceso que duró hasta la década de 1930.

La “destrucción del Estado” adquirió una forma muy concreta en el ámbito educativo.Purga casi completa en el ministerio en el que la aplastante mayoría del personal, adherido al antiguo régimen, rechaza colaborar con el nuevo.A comienzos de la década de 1920, se expulsa a los inspectores y algunas funciones como la dirección de las escuelas son suprimidas a finales de 1917. Más doctorados a partir de 1918. Todo esto es reemplazado por un sistema soviético a todos los niveles. El Narkompros anuncia “finalización de la sovietización” de las provincias en el verano de 1918.

Nada que repetir desde un punto de vista revolucionario. Pero se advierte ya que algunas cuestiones serán complicadas desde el punto de vista democrático. En los ambientes rurales aún ampliamente vinculados a la religión, se puede dar por sentado que las medidas de laicidad rápidas ciertamente no se decidieron “en las bases”.

Al comienzo, las mismas escuelas funcionan según el sistema soviético. Una cuarta parte de representantes de los enseñantes y personal para los alumnos de más de 12 años, un delegado externo representante del soviet local, el mismo número que los delegados del alumnado para las organizaciones obreras del entorno. La relación con “la sociedad” está asegurada mediante esos representantes externos que están encargados de dar un contenido preciso a la expresión de las necesidades sociales. Fuera de los objetivos generales comunes a todas las escuelas, depende de este soviet en particular la elección de las “tareas” que darán materia a las entradas “complejas”.

Pero esto también supone para un funcionamiento óptimo que la parte enseñante “se incorpore al juego”. Pero por el contrario, es totalmente reticente; por conservadurismo de la profesión se podría decir, horrorizada por la radical novedad pero también por su antigua posición social, relativamente mucho más privilegiada en aquella época que el cuerpo docente en nuestros días. Algunos por ser partidarios del antiguo régimen, y la gran mayoría por su hostilidad a los bolcheviques. Con un conflicto sindical: el antigua agrupamiento profesional (más bien próximo a SR, en cualquier caso muy hostil a los bolcheviques) es reemplazado ( después de un debate del mismo tipo del que mantienen Lenin con Trotski y Tomski en ese momento sobre la “militarización de los sindicatos”) por una “Unión de los trabajadores de la enseñanza y de la cultura socialista” con una base leninista por tanto relativamente inclusiva.

Aquí topamos con la cuestión de la democracia en Lenin, no siempre evidente. Muy a menudo, cuando se debate esto, se siente inquietud, justamente, por la forma en la que los órganos obreros son poco a poco son colocados bajo la dictadura del partido. Ahí, si los efectos son los mismos, el inicio es un poco más complicado: ¿cómo dejar el poder en materia educativa a poblaciones retrógradas o a agentes que son visceralmente hostiles a las orientaciones progresistas? Grave problema que sobrepasa el marco de este texto pero que añade bastante complejidad al debate:es absolutamente verdad que ninguna política educativa revolucionaria puede ni siquiera pensarse en un marco antiguo.

Esto dice Lenin en 1920: “Debemos educar un nuevo ejército de personal pedagógico enseñante que debe estar estrechamente ligado al partido y a sus ideas, que debe estar impregnado de su espíritu, que debe atraer a las masas obreras, impregnarlas del espíritu del comunismo, interesarlas en lo que hace el 13/”.

El caso es que como resultado de estas contradicciones, todos los soviets que no deliberen “convenientemente” son disueltos y reemplazados. Hasta que no se llega a la drástica limitación de la autogestión volviendo a dar el poder a los enseñantes nombrados, el soviet de escuela conserva durante un tiempo una posibilidad de ser consultivo (1923). Y finalmente, el poder es entregado a las “secciones de educación” de lo soviets locales. Ellos mismos en un acelerado proceso de burocratización.

Primeros balances

En realidad, desde el comienzo se puso de manifiesto que sin un mínimo de diferencia “ de las materias” en cuanto a los contenidos, sería difícil organizar los estudios. Debajo, la forma en realidad, los contenidos estaban, sin embargo, algo clasificados en la escuela elemental 14/.

  Naturaleza Trabajo Sociedad
!º año Las estaciones-Elementos de geografía física La vida de trabajo de una familia en un pueblo o en un a ciudad Constitución de la familia en relación a la escuela
2º año El aire- el agua- la tierra La vida del trabajo del pueblo o del barrio en el que vive el alumnado Instituciones sociales del pueblo o de la ciudad
3 año Las plantas cultivadas Economía de la región Instituciones sociales de la región. Psado y presente
4º año Geografía física y económica de la URSS y de otros países Economía de la URSS y otros países Régimen político y social de la URSS y de otros países. Pasado y presente

Los primeros balances son desiguales, diferentes sin duda, pero a veces, muy malos. Y al mismo tiempo que la NEP, llega el momento de un cuestionamiento importante de las modalidades realizadas de los principios de salida. En realidad, el nivel alcanzado de los alumnos son a menudo decepcionantes. Al salir de Primaria, se dice que una mayoría del alumnado domina mal (es decir, nada) las base mínimas de la escritura y el cálculo.

Como el resto de la revolución en ese momento, se encienden los debates. ¿Por qué estamos ahí? ¿Qué hacer? ¿Son los enseñantes quienes no están formados en los nuevos métodos? Es el análisis de Lounatcharski. Puede haber algo de eso si se refiere a la parte ya citada que describe cómo ha sido necesario prescindir de una buena parte del cuerpo de enseñantes (se estima que, en algunos casos, más de la mitad), y como siempre en esos problemas, de recurrir o no a los “especialistas burgueses” sin que el nivel de formación de las nuevas incorporaciones sea realmente satisfactorio.

¿Se debe culpar a los medios materiales (cuyo nivel hay que imaginar al día siguiente a la guerra civil)? ¿Hay que moverse en pedagogía y en contenidos yendo de una a otros? Al contrario, ¿hay que dar la razón a los izquierdistas (para quienes las dificultades nacen de quedarse a medio camino) decretando definitivamente la “desaparición de la escuela?

Por razones financieras, (y quizás, más profundas también), se restringe el periodo de enseñanza común a partir de entonces a los 7 años, orientada una parte del alumnado hacia la formación profesional ( por otra parte, hay que tener en cuenta la mayor valoración social de las actividades obreras en aquella época). Sobre todo, sin renunciar a nada del dispositivo pedagógico, el “método de los complejos”, se irá poco a poco aumentando el tiempo de estudio sistemático materia por materia, después a una descripción de objetivos en términos más clásicamente por disciplinas. Hay en ello, una cuestión de fondo sobre la que volverá más tarde. Pero esto sin abandonar otras raíces de las que se debe medir la novedad en su justo valor para le época: escuela común al comienzo, mixta de niñas y niños, (este último punto podría con todo derecho justificar un balance positivo, sobre todo, en un país tan atrasado en término de costumbres).

De forma más general, si como se ha dicho, la educación debía acercarse antropológicamente a las relaciones humanas generales fuera de la escuela, permanecía como un fin en sí misma. Muchos pedagogos bolcheviques, no fueron todos, extendieron la desconfianza respecto a la sociedad anterior, a una toma de distancia en contra de la sociedad que ellos contribuían a crear. La contrarrevolución educativa sucederá a partir de 1929 cuando todo esto se considerará “desviación pequeñoburguesa” (y entonces la referencia a Dewey será un argumento decisivo en este sentido). Toda separación de la escuela y la sociedad , todo espacio para la construcción personal y colectiva de los saberes es atacado de frente. Se puede leer: “¡Fuego a los manuales escolares!” y “¡El peligro principal, es el apoliticismo!” La vida escolar es reglamentada, militarizada, ideologizada al extremo. Lo que no quiere decir ineficacia global.

Bajo el nombre de “politecnificación” de creará una máquina apta para suministrar la base profesional de la industrialización , privilegiando todos los aspectos pedagógicos más jerárquicos y autoritarios. Por su propio camino, la escuela ocupa su lugar en la estalinización general de la URSS.

¿Qué lecciones?

Me atengo aquí a las reflexiones educativas aunque, como se ha visto, es difícil separarlas de las otras, las más generales. Para juzgar la opción de la escolarización, hay que responder a tres cuestiones relativamente autónomas. ¿Quién escolariza? ¿Qué se estudia (la elección de las asignaturas y los programas)? ¿Cómo se estudia (la cuestión pedagógica)?

La cuestión pedagógica (cómo se estudia) es una cuestión política en sentido pleno, no una cuestión técnica. La escuela estalinista tuvo éxito en formar al alumnado en función de los objetivos de los que se dotaba. “La escuela del trabajo” también, con bastante nitidez, en condiciones difíciles de otra forma y después de importantes rectificaciones. ¡Pero no formaban los mismos ciudadanos y ciudadanas! La elección de la cooperación frente a la competencia individualista, la limitación del papel del enseñante a ser un “director de estudios” más que un “maestro” incontestable: las opciones de la escuela rusa de la década de 1920 fueron impulsadas al máximo hacia el lado cooperativo. Y, no lo olvidemos jamás, no exactamente como una experiencia “limitada” en la que la abnegación de los iniciadores es una condición importante del éxito. No, a escala de decenas de millones de niñas y niños…

¿Quién escolariza? Una escuela democrática, es en primer lugar, una escuela para todos. ¡Y todas! Pues independiente de las otras cuestiones, el carácter mixto es un dato capital en la perspectiva de la lucha por la igualdad de género (incluso si hoy se sabe que no es para nada suficiente). Esta es una cuestión cuya respuesta debería ser puesta en evidencia desde una perspectiva de izquierda: la escolarización debe ser universal y común hasta una edad a discusión. En la Rusia del inicio de los años 20, era hasta los 17 años. Una de las discusiones más importantes en este marco es hasta cuándo la escolaridad debe ser común. Este debe ser entendido en sentido riguroso: no solo ser agrupados en los mismos edificios sino seguir la misma finalidad (es decir, los mismos programas) en estilos pedagógicos comparables.

“La escuela del trabajo” al comienzo, descansaba en una autonomía reforzada incluso respecto a los mismos programas (aparte algunos objetivos generales). ¿Pero así se crea lo común? Sabemos bien que “lo universal” puede enmascarar potentes efectos diferenciadores. Pero hay en esto un problema complejo: dejar “libres” la elección a sectores de la población en situación de desigualdad cierta puede también reforzar esta desigualdad.

Las “luchas de la vida” y “el método de complejos”

Una gran parte de la reflexión educativa histórica de la izquierda (Marx y Bakunin, por ejemplo) está basada en el hecho de considerar que cualquier problema desaparece por sí mismo si el “formalismo” de los contenidos se elimina (entre otras razones, por el fin de la separación con la sociedad y la producción). Esa es la raíz del del “izquierdismo educativo”. Pero entonces, ¿cómo responder al otro tipo de demanda, resumida por Gramsci, de que el proletariado saque “todo el provecho” del saber humano como tal?

La respuesta dada en la Rusia revolucionaria es interesante con el “método de los complejos”. Este tiene un fundamento filosófico (hegeliano si se quiere, de lo abstracto a lo concreto, de lo complejo a lo simple y no a la inversa) pero también una consecuencia sobre la elección de contenidos. Se trata de empezar de las “cuestiones verdaderas” (sociales, culturales, productivos) de las que se puede pensar que tendrán más directamente “sentido” para la masa del pueblo. De alguna manera, se une ahí con una posición constante de Jaurès. Como en su discurso en la Cámara del 21 de octubre de 1886:

“Sencillamente desarrollo el pensamiento de que el día en el que los programas estén controlados por la propia experiencia de los niños del pueblo, el día en el que los trabajadores puedan decir lo que más les ha mantenido en los combates de la vida, ese día, tendremos programas mejor adaptados a las exigencias y necesidades de la vida cotidiana. De este modo, estimularéis a la educación popular, no al pensamiento cautivo y frío de algunos funcionarios inclinados al descanso sino el alma ardiente y libre del trabajo humano”.

Sin embargo, esto no organiza tan fácilmente el poner en relación estas entradas “complejas” con la profundización “disciplinaria” que no se deja dominar a demanda, de una manera dividida, y sin una línea de estudio autónoma y duradera propia de cada materia (por ejemplo, la de las matemáticas). Muy rápidamente la “escuela del trabajo” ha tropezado con esta cuestión, que aparece como el primero y principal que Lounatcharski et Kroupskaia pidieron rectificar.

No se escapa fácilmente a la siguiente pregunta: ¿las disciplinas son un rodeo para abordar las “verdaderas cuestiones de la vida” o bien los “complejos” son finalmente “pretextos”, entradas, para dotar de sentido…a las disciplinas? Desde el punto de vista antropológico, nos podemos convencer cómodamente de que las “disciplinas” solo son herramientas intelectuales para abordar los problemas de la humanidad que son el verdadero objetivo y no el saber per se. Pero la escuela justamente es un paso al lado, un tiempo de conocimiento de las herramientas para forjar de una forma más profunda la capacidad de enfrentarse a estos problemas humanos.

Esto será más verdadero si se inicia más claramente el conocimiento motivado de estas técnicas y herramientas. Por esta razón, la contradicción solo aparece con fuerza con la generalización relativamente reciente de la enseñanza universal y especialmente, de la enseñanza secundaria.

Si se admite cualquier escisión entre la sociedad en general y su institución escolar, volviendo a encontrar el viejo significado que los griegos daban a la “skolè” 15/
se llega inevitablemente a que en la escuela no domine el sentido “social” directo de las actividades realizadas sino el del estudio y el conocimiento de saberes y técnicas donde radican las “obras” 16/humanas.

Se puede comprender que en una sociedad comunista, la apertura hacia la sociedad plantea incomparablemente menos problemas que si se “abre” a una sociedad de explotación. Pero la dificultad continúa. Entonces, la pregunta es: ¿cómo combinar por un lado, la “apertura” importante e indispensable, y por otro, la especificidad de la función escolar, la del estudio sistemático? Este a su vez, se traduce en la necesidad de un debate político para el que hay que preparar las modalidades respecto a la elección de “obras” comunes para estudiar, cuestión mucho más profunda que la diversidad absolutamente legítima, es decir, necesaria, de los “complejos” que de entrada llevan a fundar dichas obras.

Justamente para toda esta discusión de importancia central, hay que partir del hecho siguiente: “Ellos se atrevieron” y así contribuyeron a sentar las bases de una reflexión profunda. En el fondo, como toda la Revolución de Octubre

21/06/2017

http://www.contretemps.eu/author/samuel-johsua/

1/ Garreta G., L’école en révolution. L’application des méthodes deweyennes en Russie soviétique, Coloquio “La crise de la culture scolaire”, Sorbonne, Paris, 4-6 de septiembre de 2003.

2 > / Gotovitch L., Makarenko pédagogue patricien, PUF, 1996.

3/ Les tâches des unions de la jeunesse. Discurso pronunciado en el III Congreso de la Unión de la Juventud Comunista de Rusia, el 2 de octubre de 1920.

4/ Conferencia en Copenhague, La Revolución Rusa, noviembre de 1932.

5/ Nadedja Kroupsakia, “La escuela politécnica se distingue de los establecimientos de enseñanza profesional en que ella se orienta esencialmente a hacer comprender los procesos de producción ,a desarrollar la capacidad de unir la teoría y la práctica y a la aptitud, a captar la interdependencia de los fenómenos conocidos, mientras que la enseñanza profesional se propone inculcar al alumnado la práctica de un trabajo”. Œuvres Pédagogiques, vol. 4, Moscú, 1963.

6/ / Dewey J., Lógica: teoría de la investigación, Fondo de Cultura Económica, México,1950 y Dewey J., Experiencia y educación, Biblioteca Nueva, Madrid, 2010.

7/ Especialmente, entre la gran mayoría de los partidarios de la “Escuela Nueva”: Pestalozzi, Montessori, Decroly, más tarde Rogers.

8/ Nadedja Kroupskaia, “considerar lo que enseña el trabajo en el plano de la experiencia del trabajo colectivo y lo que ofrece en el plano de la organización de este: capacidad de fijar objetivos primordiales, determinar la duración del trabajo, planificarlo y repartirlo juiciosamente de forma que a cada uno se le atribuya el trabajo que mejor responde a sus capacidades; la aptitud ayudará a sus compañeros de trabajo, a tomar en consideración el trabajo de cada uno, los resultados de ste trabajo y la eficacia de sus resultados”Œuvres Pédagogiques,vol. 10, Moscú, 1963.

9/ Dewey, John, Democracia y educación, Morata, Madrid, 2004

10/ < Publicada solo en1917 y que fue objeto de varias reediciones hasta 1930.

11/ De ahí las advertencias de Lenin sobre la necesidad e la instrucción general.

12/ “ Construir el socialismo” destacaba Kroupskaïa en una conversación con Máximo Gorki, “no significa solamente construir fábricas gigantescas y silos de cereales, condición necesaria pero no suficiente. El hombre debe además de desarrollar su corazón y su espíritu”.

13/ De l’éducation nationale. Artículos y discursos, Moscú, 1957.

14/ Extraído de Michel Violet, 2010, L’enseignement en URSS dans les années 20, Pédagogies alternatives, Les actes de lecture numéro 111.

15/ El primer significado, “placer”, “tiempo libre”. Para Bourdieu, es un paso decisivo. En las Méditations Pascaliennes, destaca la razón de ser técnica de esta separación, de este avance: “tiempo libre y liberado de las urgencias del mundo que hace posible una relación libre y liberada de estas urgencias y al mundo”.

16/ En el sentido de Ignace Meyerson, Les Fonctions psychologiques et les œuvres, Albin Michel, 1995.

Glenn Gould, mucho más que el pianista preferido de Hannibal Lecter

 

Dejaba una mano en el aire, como dirigiéndose a sí mismo; la otra atacaba las teclas del piano. Aderezaba con gruñidos y suspiros el rígido protocolo impuesto para la música clásica, musitaba a ratos las melodías, agachaba la cabeza como en un ceremonial. Seguir leyendo Glenn Gould, mucho más que el pianista preferido de Hannibal Lecter

Chile, la desigualdad sin caretas

por Paul Walder//

La economía chilena mantiene desde los últimos tres años una tasa de crecimiento inferior al dos por ciento anual, ritmo que con seguridad se extenderá durante este año y con no pocas probabilidades el entrante. Un fenómeno que lleva consigo una caída en la producción, en las exportaciones y el consumo interno, más un deterioro en las condiciones laborales. Pese a ello, el capital y sus dueños en Chile gozan de otras estadísticas, con tasas de crecimiento que superan varias veces el escenario de la economía real. Seguir leyendo Chile, la desigualdad sin caretas

Toralply, portero del Athletic, fusilado “vivo o muerto”

por Miguel Lara//

Una de las primeras órdenes que recibieron los médicos del Santo Hospital del Bilbao el 19 de junio de 1937, el día que la capital del Gobierno Vasco, cayó en manos de las tropas franquistas, fue la de salvar la vida del comandante rojo del batallón número dos de la UGT (Batallón Prieto) que había ingresado el día anterior con una herida de metralla en el cráneo. Las autoridades militares de la División Navarra ordenaron que ese herido fuera “fusilado vivo o muerto”, una práctica que se hizo habitual durante la Guerra Civil, la de fusilar cadáveres como si la rabia de no haber cazado al enemigo con vida pudiera calmarse así.

El cuerpo que yació 10 días en el hospital en el que la República instaló la primera Facultad de Medicina (que no se volvió a abrir hasta 1970 tras cerrarla en 1937) y que fue luego trasladado el día 27 a los Trinitarios de Algorta, era el de Aniceto Alonso Rouco, para todos Toralpy, uno de los porteros más populares del fútbol vasco en los años 20.

La crónicas de la época, cuando aún no existía la Liga y el campeonato regional era la máxima expresión semanal del fútbol, hablan de un gran portero, ejemplo de la escuela vasca que tantos gigantes ha dado bajo palos, y que tomó su sobrenombre (sobrevivió en el tiempo porque su hijo tuvo un bar en Erandio hasta los 90) de un portero inglés que pasó por Euskadi en mediados de la primera década del siglo XX.

La figura de Toralpy era muy popular en Bilbao y su cinturón obrero. Ajustador de profesión, compartió siempre su pasión por del deporte con una intensa actividad política

 

Jugó en el Sestao, el Cantabria, el Acero y el 6 de septiembre de 1925 debutó con el Athletic (derrota por 4-0 ante el Real Unión) y el 21 de febrero de 1926 lo hizo en su único partido oficial (triunfo 2-3 ante el Acero). Sus mejores momentos los vivió bajo los palos del Sestao. Y de esa época data un partido ante el Athletic, cuyo portero era uno de los primeros grandes (Vidal), que estuvo presidido por la violencia. Toralpy fue protagonista del choque que midió Las Llanas a los dos equipos el 20 de octubre de 1924. A los rojiblancos les recibió un campo lleno, de uñas y protegido por la Guardia Civil. Los leones de Pentland se adelantaron tras un penalti cometido sobre Rousse y marcado por Larraza.

A la vuelta del descanso, Rousse y el árbitro, Ángel de la Torre, fueron agredidos y la Guardia Civil de caballería “intervino para calmar los ánimos” (La Vanguardia, 21-10-1924). En un partido llenó de patadas e incidentes en un campo embarrado, el Sestao remontó con dos goles de penalti de Arana, pero el héroe fue su portero, Toralpy, que con 0-1 detuvo otro lanzamiento de once metros a Larraza. El ‘1’ del Sestao salió a hombros del campo y con un ramo de flores mientras que la Benemérita tuvo que proteger a los jugadores del Athletic y al árbitro.

La figura de Toralpy era muy popular en Bilbao y su cinturón obrero. Ajustador de profesión, compartió siempre su pasión por del deporte con una intensa actividad política como miembro del PSOE y de la UGT. Ajustador de profesión, cuando estalló la Guerra Civil sus tiempos de portero ya habían pasado. Seguía siendo un apasionado del balón, pero ya desde la grada y las tertulias de bares.

[foto de la noticia]

Pronto destacó en las tareas defensivas de Bilbao cuando el 11 de junio de 1937 la Legión Cóndor y la Aviación italiana iniciaron el ataque que haría caer a la capital vasca. Indalecio Prieto, desde Madrid, había dado orden de defender Bilbao hasta el último hombre, en especial el cinturón industrial. Toralpy salió de la capital como comandante al mando de su batallón para alcanzar la línea Kalamua y Marquina-Echeverria.

El día 17 de junio estaba hablando por teléfono con las unidades que defendían Bilbao y anunciaba que estaban listos para la ofensiva a pesar del intenso fuego aéreo enemigo cuando llegó una visita a la caseta (txabola) que hacía de puesto improvisado de mando. Mientras saludaba a Víctor Frutos , un socialista nacido en Argentina y que llegó a Madrid con sólo 8 años para acabar siendo jefe de la VI Brigada del Ejército de Euzkadi, cayó herido: “Aún con las manos enlazadas vi como sus ojos se quedaban en blanco. Su rostro se contraía con un gesto de dolor, estaba ya inconsciente. Un trozo de metralla alargada, en forma de cuchillo y de unos 20 centímetros, asomaba a través del casco. Instintivamente traté de arrancarla, pero mi esfuerzo resultó inútil: estaba demasiado incrustada en su cabeza. Su corazón aún latía e inmediatamente una ambulancia lo trasladó al hospital. En el pensamiento de todos quedó que el comandante Toralpy había muerto”. (Vicente Talón, Memoria de la Guerra en Euzkadi).

Tras caer Bilbao con la salida de las últimas tropas leales a la República la madrugada del 19 de junio y la entrada de la V Brigada Navarra al mando del general Juan Bautista Sánchez, los mandos republicanos dieron a Toralpy como caído en combate mientras su cuerpo estaba en el Hospital de Basurto. Sus documentos le daban como “muerto en campaña el 17 de junio de 1937”. Tan seguros estaban que a su viuda se le concedió una pensión de manera inmediata.

El final fue más macabro. Al caer la ciudad, los heridos en los hospitales se convirtieron en prisioneros de guerra. En las ruedas de reconocimiento, Toralpy fue reconocido. Era un rostro popular por sus tiempos de portero y por su alta actividad política. Se decidió ‘salvar su vida’ para luego acabar con ella. Si moría antes iba a dar igual, sería fusilado el cadáver. Su cuerpo de deportista hizo que resistiera a la herida. Acabó de recuperarse en Algorta (Getxo). Había llegado el momento. El 7 de septiembre de 1937 fue entregado por las autoridades del hospital a las militares. Se le leyó la sentencia a muerte como “autor de un delito de alta rebelión por acción directa sin circunstancias modificativa de responsabilidad”. La tapia del Cementerio Vista Alegre de Derio, donde fueron ejecutadas más de 400 personas tras la caída de Bilbao, fue lo último que vieron los ojos del Toralpy.

Megafusiones agrícolas: quién decidirá lo que comemos

por Silvia Ribeiro//

Definitivamente, el futuro de la alimentación no es lo que era. Al menos en lo que agricultura industrial se refiere. Monsanto, el villano más conocido de la agricultura transgénica, podría pronto desaparecer del escenario con ese nombre, si se autoriza su compra por parte de Bayer –aunque sus intenciones serán las mismas.

Las fusiones Syngenta-ChemChina y DuPont-Dow siguen también bajo escrutinio de las autoridades antimonopolio en muchos países. Si se concretan, las tres empresas resultantes controlarán 60 por ciento del mercado mundial de semillas comerciales (incluido casi 100 por ciento de semillas transgénicas) y 71 por ciento de los agrotóxicos a nivel global, niveles de concentración que superan ampliamente las reglas antimonopolio de cualquier país.

Estas megafusiones tendrán muchas repercusiones negativas a corto plazo: aumento notable de precios de insumos agrícolas, más disminución de innovación y de variedades a disposición del mercado, mayores limitaciones al fitomejoramiento público y aumento de agrotóxicos en los campos –y por tanto en alimentos– para poder seguir vendiendo semillas transgénicas, aunque hayan provocado resistencia en decenas de plantas invasoras y haya que subir dosis y agregar mezclas con agroquímicos aún más tóxicos. Para esas empresas, su mayor negocio es vender veneno, o sea que si no se lo impiden, éste será el curso de acción.

Estas fusiones tendrán también fuertes impactos sobre las economías campesinas y de agricultores familiares, aunque éstos en su mayoría usan sus propias semillas y pocos o ningún insumo químico, porque el poder de presión de estas megaempresas frente a gobiernos e instancias internacionales aumentará con su tamaño y por monopolizar los primeros eslabones de la cadena agroalimentaria. Aumentarán la presión para obtener leyes de propiedad intelectual más restrictivas; para restringir o ilegalizar los intercambios de semillas entre campesinos –por ejemplo con normas fitosanitarias y obligación de usar semillas registradas–; para que los programas para el campo y los créditos agrícolas sean condicionados al uso de sus insumos y semillas patentadas; para que los gastos en infraestructura y otras políticas agrícolas beneficien a la agricultura industrial y desplacen a los campesinos.

Como si no fuera suficiente, hay otros factores muy preocupantes. La ronda de fusiones no finalizará con esos movimientos, sino que apenas empieza. Lo que está en juego a mediano plazo es quién controlará los 400 mil millones de dólares (mdd) de todos los insumos agrícolas. Actualmente, el valor conjunto del mercado comercial global de semillas y agrotóxicos es de 97 mil mdd. El resto, tres veces mayor, está controlado por empresas de maquinaria y fertilizantes, que también se están consolidando. Las cuatro empresas de maquinaria más grandes (John Deere, CNH, AGCO, Kubota) ya controlan 54 por ciento de ese sector.

El sector maquinaria ya no es de simples tractores: han adquirido un alto grado de automatización, integrando GPS y sensores agrícolas a sus máquinas, drones para riego y fumigación, tractores no tripulados, así como un acúmulo masivo de datos satelitales sobre suelos y clima. A su vez, Monsanto y compañía, las seis grandes gigantes genéticas, también se han digitalizado y controlan una enorme base de datos genómicos de cultivos, microorganismos y plantas de agroecosistemas, además de otras bases de datos relacionados.

Ya existen entre ambos sectores contratos de colaboración y hasta empresas compartidas para la venta de datos climáticos y seguros agrícolas. Monsanto, por ejemplo, adquirió en 2012 la empresa Precision Planting, de instrumentos y sistemas de monitoreo para agricultura de precisión, desde siembra a riego y administración de agroquímicos. En 2013, compró The Climate Corporation, para registro y venta de datos climáticos. John Deere acordó en 2015 comprar Precision Planting a Monsanto, pero las oficinas antimonopolio de Estados Unidos y luego Brasil, objetaron la compra, por considerar que John Deere pasaría a controlar un porcentaje virtualmente monopólico del sector. Aunque finalmente la venta se canceló en 2017, es una muestra de la tendencia. Existen varias otras empresas de base digital-instrumental (Precision Hawk, Raven, Sentera, Agribotix) compartidas o en colaboración entre las trasnacionales de maquinaria agrícola con las de semillas-agrotóxicos. Ver al respecto el documento Software contra Hardware del grupo ETC (http://tinyurl.com/y9dnpano).

Todo indica que las grandes empresas de maquinaria se moverán para comprar a los gigantes genéticos, luego de finalizada la primera ronda de fusiones. Esta segunda ronda tiene el objetivo de imponer una agricultura altamente automatizada, con muy pocos trabajadores, que ofrecerá a los agricultores un paquete que no podrán rechazar: desde qué semillas, insumos, maquinaria, datos genómicos y climáticos hasta qué seguros tendrá que comprar, además de que buscarán que se condicionen los créditos agrícolas a la adquisición de este nuevo paquete, así como ahora ya se hace con semillas y agroquímicos.

Es fundamental entender y denunciar los impactos de las megafusiones desde ya. Muchas organizaciones se han movilizado para protestar en Estados Unidos, Europa, China y varios países de África y América Latina, incluso ante las oficinas anti-monopolio, lo que al menos ha retrasado su aprobación. De fondo se trata de impedir que los agronegocios se apropien de todo el campo y la alimentación, también una forma de proteger la producción campesina y agroecológica, la única forma para poder comer sano y para la soberanía alimentaria.

Revolución y Constitución

por Raúl Bengolea//

 1.- POR QUÉ ENTRAMOS EN EL DEBATE CONSTITUCIONAL (NUESTRA LUCHA CONTRA LOS REFORMISTAS)

            En los círculos de izquierda, es frecuente escuchar, frente a los ampulosos y circenses debates políticos de los patrones, que nada de eso nos interesa. Que lo que ocurra en el Congreso, en el Gobierno o el Poder Judicial, en nada nos debe preocupar y que la respuesta la debemos encontrar en los problemas “concretos” de los trabajadores. Se pretende por esta vía delimitar la política de los patrones con la de los explotados, limitando las preocupaciones, reclamos y discusiones de la izquierda al entorno doméstico de los trabajadores. Se dice que no debe interesarnos el destino de los senadores designados, ni el debate tributario ni las posibles reformas a la Constitución.

            Esta postura, debemos admitir, en principio es correcta en cuanto de un modo muy prosaico se trata de esbozar una política clasista. Con esta posición, en verdad, se trata de rechazar la política traidora y colaboracionista de clases de los principales partidos de la izquierda, el PS y el PC. La apelación tan frecuente a los problemas “concretos”, se opone al seguidismo electorero y democratizante (culto a la democracia burguesa) de los reformistas.

            Sin embargo, esta delimitación rudimentaria y a veces instintiva, no alcanza a conformarse como una política coherente que exprese los intereses generales de los explotados en el marco de la lucha de clases. La política del proletariado, de los explotados, debe expresarse en todos los planos. Si se trata del Gobierno y organización del país, de las reformas constitucionales,  esta obligación es doble.

            La  propaganda alrededor de las reformas constitucionales, o incluso -como plantean sectores del PC- la creación de una nueva con una Asamblea Constituyente,  desorienta a cerca de su significado y alcance. Para sus sostenedores este camino conduce nada menos que a la transformación social, a la democratización del país, a la masiva participación en las decisiones de “las bases”, a la redistribución de la riqueza, respeto de los DDHH, etc.. Todo ni más ni menos que con una reforma constitucional.

            El Comité Constructor del POR -trotskista- busca, como instrumento consciente de las leyes de la historia, la transformación radical de la estructura económica y social de este país y no la sustituye  con un cambio en la Constitución por muy importante que pueda ser ésta. Algo más, sostenemos que la transformación cualitativa de la sociedad o la superación de la contradicción fundamental de su estructura económica, sólo podrán lograrse por la vía insurreccional y de ninguna manera por la vía parlamentaria o constitucional. Sin embargo, consideramos fundamental pronunciarnos sobre este debate constitucional, en torno al cual, desde hace varios años diversos círculos de la izquierda vienen alimentando ilusiones en la democracia.

            La política del proletariado engloba todos los aspectos de la vida social, incluyendo por supuesto los emergentes de la Constitución, del poder político burgués. No podría ser de otra forma si se trata de una clase social que históricamente lucha precisamente por el poder político y la expulsión de la burguesía, lo que importará destruir su poder económico -la gran propiedad de los medios de producción- el aparato estatal y el ordenamiento jurídico, incluyendo la Constitución Política imperantes. Esto permite comprender que la política, de manera inexcusable, está obligada a dar respuesta a los problemas que se plantean a los hombres en su actividad social cotidiana.

            La revolución social supone las reformas, y la lucha por éstas puede llevar en determinadas condiciones, a la transformación cualitativa de la sociedad.  Por ello es equivocado sostener que el cuantitativo aumento de reformas jurídicas a la Constitución contribuyen al cambio social, que “hacen avanzar”, “ganar espacios”, etc.. Nada se obtiene con reformas constitucionales, las que en último término son letra muerta al lado de la descomunal crisis que atraviesa el capitalismo a escala mundial, crisis que efectivamente contribuye a definir la relación entre burguesía y proletariado, no otra cosa define los rasgos del actual régimen político. Las letritas en papel son sólo adorno.

            La cuestión radica en que la lucha alrededor de las respuestas de las necesidades inmediatas se proyecta hacia la transformación radical de la sociedad, hacia la conquista del poder por los explotados. Tratándose de reformas constitucionales, su análisis y la campaña sobre ellas deben ayudar a las masas a comprender que no es revisando la Constitución de Pinochet, que se transformará la sociedad o la estructura económica. Debe en primer lugar transformarse la estructura social, económica del país; el proletariado debe tomar el poder, y esto se proyectará en una nueva constitución.

            Para comprender debidamente nuestra participación en el debate constitucional y nuestras propuestas al respecto, no se puede soslayar lo indicado, que no es la simple acumulación de reformas lo que ocasiona cambios en el régimen y la sociedad. El cambio social, debe darse en la base económica y es esta crisis económica -producción social versus apropiación privada de la misma- la que sirve de base para el salto en la transformación social. La lucha  por las demandas inmediatas prepara la lucha que busca la destrucción de la vieja sociedad. Es en este marco que planteamos nuestra propuesta constitucional, lo que no supone que acatemos la actual constitución o que creamos que algunas enmiendas puedan llevarnos al socialismo.

 

2.- ¿QUÉ ES EL DERECHO?

                        Marx ha definido el derecho como la voluntad de la clase dominante convertida en ley. En este marco, Lenin, al definir a la Constitución Política o Ley Fundamental del Estado, nos indicaba que “la esencia de la Constitución consiste en que las leyes del Estado en general y las que atañen el derecho a elegir los componentes de las instituciones representativas, a sus funciones, etc., expresan la verdadera correlación de fuerzas en la lucha de clases. Una constitución es ficticia cuando le ley y la realidad divergen y no lo es cuando coinciden”. No solamente la constitución sino todas las leyes burguesas se empeñan en disimular el poder de la burguesía y su dominio económico y político sobre la mayoría nacional.

            El trotskista boliviano Guillermo Lora nos dice que “El Estado es la organización del poder político en la sociedad dividida en clases. El Estado se expresa y actúa a través de diversas formas gubernamentales”. Marx dijo que el gobierno es el administrador de los intereses generales de la clase dominante. Por su parte, según Lenin “el Estado es una máquina para mantener la dominación de una clase sobre otra”.

            De esta forma se concluye que en realidad el derecho es el estatuto normativo por medio del cual la burguesía ordena las potestades compulsivas del estado (violencia), con la finalidad de preservar su dominio sobre el conjunto de la sociedad. Se garantiza con ello especialmente la propiedad privada de los medios de producción (“propiedad”), la libertad de explotación de la fuerza de trabajo (“libertad e igualdad”) y el monopolio de las armas (“fuerza pública”).

            Este estatuto, cualquiera sea la forma que asuma, se limita a regimentar el regular funcionamiento del orden capitalista en períodos de estabilidad social. Por el contrario, la agudización de la lucha de clases en tanto cuestione las bases de dominación burguesa (“propiedad, libertad, igualdad, fuerza pública), por la propia mecánica social llevará a la burguesía a prescindir del derecho, a utilizar con toda “libertad” a su aparato armado, con la finalidad de doblegar la rebelión de los explotados. Estos períodos, que llamamos de guerra civil, insurreccionales, de agudas convulsiones, literalmente suspenden la vigencia del derecho en toda la amplitud que lo requieran las necesidades represivas de la burguesía. En estos períodos el Estado se nos presenta en su verdadera dimensión: una mera organización represiva al servicio de la gran propiedad privada,

            Los genocidios que sumieron en un baño de sangre a los explotados en América del Sur durante la década del 70, se hicieron en su totalidad bajo el dominio de Estados que sustentaban los principios del liberalismo burgués. Ni Pinochet, ni Barrientos, ni Videla, ni Stroessner, necesitaron de alguna facultad o potestad que no emanara de las armas que conducían. Su poder emergió precisamente de los fusiles, bastando para ello que sirvieran con la brutalidad que exigían los hechos, los intereses del empresariado y las transnacionales. Pinochet incurrió en el formalismo de derogar la Constitución del 25 en Chile (el legalismo de nuestros pagos lo impuso así), pero la Junta Argentina de 1976 hizo desaparecer a 30.000 personas, bajo el supuesto imperio de una Constitución que reconocía y protegía el derecho a la vida.

            Sin embargo, a pesar de lo demoledora que resulta nuestra propia experiencia histórica, y amparándose en las fricciones que se dan entre el ordenamiento jurídico, las disposiciones gubernamentales y los intereses particulares de los empresarios capitalistas, muchos llegan a sostener que el Estado sería un mediador entre las clases sociales en pugna. El reformismo y la izquierda proburguesa (PS, PC) se diluyen en estas especulaciones, consideran que conversando con el instrumento de dominación de la burguesía se le puede convencer a que se dedique a defender los intereses de los explotados y hasta contribuya a su liberación. Este es el fundamento “teórico” de la idea de que la democracia burguesa se debe profundizar, y -graciosamente- se nos dice que ello pasaría por barrer con los enclaves dictatoriales del pinochetismo.

 

3.- ¿QUÉ ES LA CONSTITUCIÓN? (Apariencia y esencia)

            El derecho, también el derecho constitucional, es la voluntad de la clase dominante convertida en ley.  El objetivo central de la actual Constitución Política es la preservación, a cualquier costo, de la propiedad privada de los medios de producción. De un modo más preciso lo que consagra la Constitución pinochetista, es un estatuto jurídico que expresa el triunfo de la burguesía y el imperialismo sobre las masas explotadas en Chile, en septiembre del 73. La finalidad de los resguardos castrenses (Consejo Seguridad, Tribunal Constitucional, irreformabilidad del sistema electoral y de la propia institucionalidad), se encuentran al servicio de la preservación de la propiedad. El extenso Nº24 del artículo 19 de la Constitución, regula de forma reglamentaria la protección a la propiedad privada y consagra un ultra protector sistema expropiatorio. Sólo a vía ilustrativa puede señalarse que mientras el derecho a la vida ocupa un párrafo, la protección de la propiedad ocupa tres páginas.

            Esta Constitución es la reacción ante la poderosa ofensiva obrera del 70-73 en la que la ocupación de fábricas y los cordones industriales fueron motorizando la lucha obrera por el poder. La Constitución del 80 pretende borrar ese pasado y representa la experiencia aquilatada de los explotadores en la materia. Si guardamos las debidas distancias, la Constitución representa una especie de programa burgués, en el que se plantea un orden social, un régimen de participación “democrática”, que sirve de un modo exclusivo a su proyecto.

            En este sentido Lora apunta que lo señalado “nos demuestra que no es la Constitución la que crea la propiedad privada y a la clase social de los propietarios, sino que son éstas, precisamente, las que dan origen a las normas constitucionales”.

            Eso de que existe una Constitución única, un derecho constitucional inalterable, no es más que fetichismo que tan generosamente propaga la burguesía, buscando justificar la pretendida validez universal y eterna de su dominio sobre la sociedad, la intangibilidad de su “derecho” de oprimir y explotar a la mayoría de la población. La historia constitucional chilena es la sucesión de las innumerables constituciones y reformas que constantemente se vieron superadas por los hechos. La cambiante realidad social, que se levanta sobre el contradictorio y crítico basamento económico, nunca llega a ser aprehendida ni siquiera por la mejor constitución y aparece siempre deformada por ésta, porque pretende vanamente inmovilizarla. La realidad concreta se convierte en una abstracción, en la idea constitucional que se pretende imponer mediante la violencia.

            De allí que mostrar el verdadero rostro de la Constitución es parte de esta subversión contra la gran propiedad privada, que supone la opresión imperialista, y contra toda la superestructura ideológica que se levanta sobre aquella. La rebelión contra el orden social imperante, es también rebelión contra su ordenamiento jurídico, y por supuesto contra su Constitución.

            La Constitución Política, aprobada en el fraudulento plebiscito pinochetista de 1980, ha demostrado ser eficiente en el empeño burgués de legalizar el genocidio que barrió con decenas de miles de lo mejor de vanguardia obrera y su objetivo final de sostener la podredumbre y la explotación capitalista y la entrega al imperialismo. A este respecto debemos clarificar que no son sólo los llamados “enclaves pinochetistas” los que transforman en reaccionario a este cuerpo constitucional. Su carácter reaccionario se desprende de su esencia, en la medida que consagra la gran propiedad privada burguesa y actualmente impide el desarrollo de las fuerzas productivas y que hunde a la mayoría nacional en el hambre y la miseria. La Constitución del 80 es reaccionaria no sólo por ser un engendro de un gorila como Pinochet, sino en primer lugar por dar expresión jurídica (con lo que se ordenan las facultades compulsivas del Estado) a un orden social caduco, en creciente descomposición y que sólo muestra capacidad para desatar represión y barbarie.

            En un segundo orden, debemos indicar que es también reaccionaria la Constitución del 80 por cuanto es la viva manifestación de la opresión imperialista. Ello por cuanto más allá de sus enunciados explícitos, que ya hemos dicho sólo persiguen “legalizar” la explotación capitalista, en su articulado encontramos sólo un catálogo de enunciados líricos, teóricos, desmentidos diariamente por la realidad. Ellos están impresos en las páginas constitucionales, como una elocuente demostración de la sumisión ideológica de la burguesía criolla, la que toma prestados preceptos de constituciones expresivas de formaciones sociales capitalistas desarrolladas, fruto en definitiva de revoluciones burguesas.

            Los derechos y la institucionalidad “democrática” que establece son letra muerta, por no corresponder a la realidad que pretende regir. Soberanía, democracia, libertades individuales, son en realidad “valores” que deben ser diariamente pisoteados por el régimen burgués con la finalidad de aferrarse al poder, mientras con ello se arrastra al conjunto de nuestra sociedad a la barbarie. Esta especie de “esquizofrenia”, que atraviesa el alma de la burguesía chilena en modo alguno puede atribuirse a una cuestión meramente ideológica, de tradición o racial (el peso español). El hecho indesmentible de que el régimen burgués atrasado, semicolonial, chileno levante constituciones liberales y que luego se vea obligado a ignorarlas o violarlas, resulta del precario desarrollo de las fuerzas productivas en nuestro país que impide a la burguesía realizar las más elementales tareas revolucionarias como: la ruptura con el imperialismo (la burguesía chilena se limita a parasitar del capital transnacional); el pleno desarrollo capitalista de la industria y el agro, la formación de un mercado interno (la producción está al servicio de los requerimientos de insumos de la moribunda industria imperialista); y, el florecimiento de un régimen de democracia burguesa (formal representativa). La incapacidad histórica de la burguesía chilena de realizar estas tareas -propias de las revoluciones burguesas- deja en evidencia su incapacidad para sacar el país del atraso, explotación y miseria y, por supuesto, de que bajo su dominación pueda surgir la democracia burguesa. En este marco, hablar de “profundizar” la democracia es postrarse de rodillas ante los explotadores y el imperialismo, es cerrar los ojos a la realidad, es traicionar la lucha de los explotados.

            En este contexto pasaremos a demostrar cómo la Constitución pinochetista -por ser burguesa- no pasa de ser un conjunto de abstracciones sobre la democracia y que encarna el papel reaccionario de la burguesía. Sus bases institucionales sólo consagran la entrega al imperialismo y la explotación capitalista, como se pasa a demostrar de una breve visión de su articulado en la que revisaremos apariencia y esencia de su orden constitucional.

  • APARIENCIA

a.- LA SUPUESTA SOBERANÍA DEL ESTADO: “Art. 5º: La soberanía reside esencialmente en la nación” Nuestros constitucionalistas, ej. Silva Bascuñán, Bertelsen, etc., de todo el arco político, sostienen que el Estado Democrático Moderno se sustenta en la soberanía de la constitución (debemos leer: “soberanía de la burguesía chilena”). Pero la realidad nos enseña que nuestro país sólo conoce gobiernos y soberanías, sometidos a la voluntad de la metrópoli imperialista, lo que constituye la negación de la soberanía del Estado, considerada en el mundo de abstracciones como la encarnación de la soberanía de la Constitución.

b.- DEMOCRACIA REPRESENTATIVA: “Art. 4º: Chile es una república democrática”, es decir, formal burguesa. Los hechos se han encargado de demostrar que el poco desarrollo del capitalismo, que se expresa como atraso, pobreza, extrema agudización de la lucha de clases, no permiten el pleno desarrollo de la democracia burguesa, inconcebible sin la presencia, por ej., de un vigoroso parlamento que no sólo fabrique leyes, sino que tenga capacidad y fuerza para controlar el poder ejecutivo. De esta manera, son las propias autoridades gubernamentales las que a diario se encargan de violar las normas constitucionales o de ignorarlas.

c.- IGUALDAD ANTE LA LEY: “Art. 19:  La Constitución asegura a todas las personas… Nº2 La igualdad ante la ley. En Chile no hay persona ni grupos privilegiados” . El precepto, arrancado de la tradición liberal, descansa sobre la idea de negar la existencia de clases sociales amparándose en la supuesta igualdad ante la ley. Negar la desigualdades para conservar la dominación de clase. La idea de que no existan grupos privilegiados resulta absurda en un país en que el 60% de la renta nacional se la apropia menos de un 10% de la población. Lo que se puede corroborar si se observa que la economía del país es controlada por cuatro grupos: Luksic, Matte, Angelini y Yaruszeck. Estos dueños del país, en la ridícula ficción constitucional, carecerían de todo privilegio.

ch.- EL DERECHO A LA EDUCACIÓN, A LA SALUD Y A LA SEGURIDAD SOCIAL: “Art. 19:  La Constitución asegura a todas las personas…  9º El derecho a la protección de la salud”; 10º El derecho a la educación. La educación tiene por objeto el pleno desarrollo de la persona en las distintas etapas de su vida”; 18º El derecho a la seguridad social.  Debe señalarse que estos derechos tan pomposamente enunciados, jurídicamente son sólo eso, ya que el Estado chileno no contrae obligación en garantizar estos supuestos derechos garantidos. Esto significa que el ordenamiento institucional no establece ningún mecanismo para hacer efectivo este derecho que se enuncia. Vale decir: aún en el papel son letra muerta. “Los amos son incapaces de mantener a sus esclavos” reflexionaba Marx, señalando que a esta conclusión sigue la necesidad de expulsar a la burguesía del poder por constituirse en un obstáculo absoluto para el desarrollo de la sociedad, la cual por tanto debe ser subvertida llevándose a los obreros al poder. Este planteamiento adquiere especial validez en este punto, toda vez que la educación, la salud y la seguridad social -únicos derechos sociales garantidos por esta Constitución- aparecen enunciados como meros “valores” que en la práctica -debido al brutal proceso de privatización de estos otrora servicios estatales, resultan actualmente conculcados del todo. Ni la educación, ni la salud, ni la jubilación, constituyen derechos de los trabajadores en Chile, el ordenamiento jurídico se limita aquí a conculcar -bajo la apariencia de garantizar- derechos con la finalidad de mantener su tasa de ganancia y hacer atractivo el mercado laboral a las compañías monopólicas.

D.- EL DERECHO A SINDICALIZARSE:  “Art. 19:  La Constitución asegura a todas las personas… Nº19 El derecho a sindicarse en los casos y forma que señale la ley. La afiliación sindical será siempre voluntaria… las organizaciones sindicales no podrán intervenir en actividades político partidistas”.   Con exterminio de las organizaciones sindicales por parte de la Dictadura Militar, se pretendió sacar a los sindicatos del arena política. Ese es el único sentido del gremialismo pinochetista, sacar a los trabajadores del debate político, de su lucha por el poder. La falta de este análisis lleva muchos sectores de izquierda (stalinistas, anarquistas, etc.) a plantear, desde una óptica de izquierda la no injerencia de los obreros en lo que llaman la politiquería burguesa. A ellos debemos decirles que la propia Constitución genocida, ratifica su posición, y que con ello sólo se sirve a los intereses de los explotadores. Reconocer, en definitiva, el derecho a sindicalizarse y negar su accionar político constituye una negación del sindicato toda vez que el accionar sindical -en el marco de la lucha de clases- necesariamente adquiere una dimensión política, ya que la lucha que se despliega se resume en la lucha por el poder. En el mismo sentido debe figurar la supuesta “libertad” de filiación sindical, la que sólo persigue atomizar, dividir, debilitar, los organismos de base de la clase obrera.

 

  • ESENCIA

a.- MONOPOLIO DE LAS ARMAS: “Artículo 90 inciso 2º: Las Fuerzas Armadas están integradas sólo por el Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea, existen para la defensa de la patria, son esenciales para la seguridad nacional y garantizan el orden institucional de la República… inciso 4º: Las Fuerzas Armadas y Carabineros, como cuerpos armados, son esencialmente obedientes y no deliberantes. Las fuerzas dependientes del Ministerio encargado de la Defensa Nacional son además profesionales, jerarquizadas y disciplinadas”. Aquí encontramos la verdadera esencia del “orden institucional consagrado  en la carta fundamental” como gustan decir pomposamente los juristas, a esto se resume toda la palabrería hueca sobre la separación de poderes y la participación. Aquí está el Estado Moderno, Democrático, etc., esto es el Estado de Derecho, la mascarada y la hipocresía hecha norma : el poder militar monopolizado para los explotadores, ese es el único poder del Estado, es falso lo predicado incluso por los reformistas en orden a la existencia de tres poderes, el único poder estadual es aquél sustentado en las armas, es lo único que puede sustentar el poder de una minoría explotadora sobre la amplia mayoría nacional.

            El Estado es, ya lo dijo Engels, no más “que una banda de matones al servicio de la gran propiedad privada”. El Estado no es “la nación organizada, y su esencia está confesada en el propio texto Constitucional, es simplemente un organismo represivo de clase sobre el conjunto de la sociedad, de ahí que su carácter “no deliberante” es una pantalla. Es de esencia de las FFAA no sólo deliberar, sino que afirmar el dominio de los explotadores, por ello el proletariado debe pugnar por explicitar este hecho reclamando el derecho a sindicalización de la tropa, punto de entrada de las ideas revolucionarias a las instituciones castrenses la que debe buscar la insubordinación de la tropa en favor de los explotados. Esto último unido al armamento de las masas, son condiciones para el desarrollo de la lucha insurreccional.

b.- PROPIEDAD PRIVADA DE LOS MEDIOS DE PRODUCCIÓN: “Art. 19: Nº3. Libertad para adquirir toda clase de bienes… Nº24. El derecho de propiedad en sus diversas especies sobre toda clase de bienes corporales e incorporales… inciso 6º : El Estado tiene el dominio absoluto, exclusivo, inalienable e imprescriptible de todas las minas…”. En estas normas, ya hemos indicado aparece lejos como el derecho de mayor protección, se consagra también la esencia de la dominación burguesa. La expresión normativa pareciera consagrar “todo tipo de propiedad”, pero en la realidad social debe observarse que este es un derecho que sólo puede ejercer la clase dominante. La verdadera propiedad que se protege no es aquella que tiene la mayoría sobre su entorno doméstico (vivienda, mobiliario, vestuario, etc.), que podemos llamar individual, ya que para su expropiación no es necesaria una ley (basta el embargo judicial, a petición de un banco); la propiedad que aquí se protege es la de los medios de producción: la industria, el latifundio y -como veremos- de los yacimientos minerales.        La norma que consagra el dominio estatal de la minería, no es más que un eufemismo violentado por la propia legalidad (régimen de concesiones mineras). La verdad es que esta norma ha sido puesta para ser incumplida -pensamos para garantizar financiamiento a las FFAA- toda vez que desde su dictación el país ha podido ver cómo sus riquezas minerales han sido expropiadas al Estado, por el capital transnacional que desde 1995 extrae más de la mitad de los minerales en nuestro suelo. Ello es la expresión viva de la sumisión y entrega al imperialismo.

c.- AUSENCIA DE DEMOCRACIA FORMAL, LA DICTADURA CIVIL: No haremos una enumeración de normas, pero hemos de referir, que la democracia representativa, formal burguesa, no alcanza en realidad a estar consagrada siquiera por nuestro orden institucional, habiendo ya anotado más arriba que esta democracia no tiene, no ha tenido, ni tendrá expresión bajo el orden burgués en Chile (no hay “Revolución Democrática” posible). Las atribuciones plenipotenciarias del Presidente de la República, dejan al parlamento como un órgano decorativo al que sólo le compete conservar el orden institucional. Importantes atribuciones y funciones estaduales, emanan no de órganos cuyos integrantes han sido generados electoralmente, sino que provienen del propio aparato burocrático, así son “autónomos” el Tribunal Constitucional, el Consejo de Seguridad, las FFAA y parte importante del Senado. Es más, allí donde se hace presente el sufragio, éste resulta deformado por el sistema binominal.

            Estos elementos, reformas más o menos, son la explícita refrendación de la falta aún de democracia formal y representativa. Por ello, y con la exclusiva finalidad de popularizar esta cuestión, hablamos de que este régimen institucional consagra una verdadera “Dictadura Civil”. No pretendemos embellecer con esta crítica a la democracia burguesa, por cuanto sabemos que aún la mejor de las democracias burguesas constituirán siempre una dictadura para la mayoría explotada. Lo que queremos apuntar con esta concepción, es que resulta indudable  que, más allá de si estas instituciones siguen o no en la Constitución, son por sí mismas expresivas de la dominación burguesa en Chile, país en que la burguesía no puede -por su propia decadencia- dominar de otro modo. Por eso agrupamos estas normas en aquellas que son de la “esencia” de la Constitución. Ni una reforma constitucional, ni una Asamblea Constituyente, pueden cambiar este hecho indesmentible que caracteriza el régimen capitalista en nuestro país. La Constitución del 25 no difería en mucho de la actual, por ello, cuando se habla de Prats, Schneider y otros como militares “constitucionalistas”, (o cuando el propio Allende muere jurando lealtad a la Constitución burguesa) no sabemos si tal epíteto  es un elogio o una denuncia.

 

4.- POR QUÉ RECHAZAMOS LA IDEA DE LA REFORMA O DE LA CONVOCATORIA A UNA CONSTITUYENTE.

                        Ya hemos demostrado suficientemente el carácter reaccionario de la Constitución, y cuáles son precisamente los fundamentos para sostener tal posición. Desde este punto de vista concordamos con todos aquellos que impulsan la lucha contra esta Constitución. Aquí estamos en un solo frente de lucha, lucha que entendemos como necesaria en el enfrentamiento al orden capitalista. Por ello, por ejemplo, desplegamos como organización todos nuestros esfuerzos en la lucha contra la entronización de Pinochet en el Senado como vitalicio, el pasado 11 de marzo. Lo hemos señalado, no sólo estamos “en contra”, en realidad luchamos contra esta Constitución y no podemos eludir este combate con el estúpido argumento de que con esta lucha se capitula al legalismo burgués.

            Sin embargo, debemos señalar que la pretensión de cambiar esta Constitución o incluso cambiarla por una nueva, con reformas o una Asamblea Constituyente, representa en la actualidad una capitulación al régimen.  Esto no significa que menospreciemos el potencial movilizador que puedan conllevar la lucha por ciertas reformas, pero, lamentablemente, la conducta que observamos en importantes sectores de la llamada “izquierda” consiste en aprisionar a las masas a la ley y pretender que éstas se disciplinen a los procedimientos de la democracia burguesa. La idea de formar un frente contra el binominalismo del sistema electoral planteada por el PC, de formar un Frente por una Asamblea Constituyente,  o de juntar firmas para que se convoque a un Plebiscito con idéntico propósito, carece de todo destino en términos de fortalecer al movimiento de masas.

            En realidad, con estas propuestas sólo se pretende alimentar ilusiones en la democracia o retardar el proceso de rompimiento de las masas con el electoralismo. Justo cuando millones comienzan a abstenerse, o a votar nulo, lo que en sí mismo es expresivo de un agudo decaimiento en las ilusiones democráticas, salen los “izquierdistas” de siempre a apuntalar estas ilusiones, precisamente para sostener el orden burgués.

            La idea tan en boga -tal es el tenor de lo sostenido al interior de Frente Amplio al menos en Valparaíso- de juntar firmas o “movilizarse” en pos de un Plebiscito que prepare una Asamblea Constituyente o bien que vote directamente una nueva Constitución, debe ser rechazada tajantemente.  Para sostener esto nos basamos en lo siguiente:

A.- La hipotética convocatoria a un Plebiscito bloquea el desarrollo de la movilización. Este es -objetivamente- el papel que le cupo al Plebiscito “del NO” en 1988. Más allá de si se planteó un NO rupturista (“hasta vencer”), o si se sostenía un NO más moderado (con arcoiris), los cantitos y la franja televisiva terminaron por doblegar el ímpetu de lucha de las masas y sumieron a éstas en un letargo -que tras diez años- no se ha logrado revertir. El Plebiscito “del NO”, fue objetivamente la bisagra que permitió un la transición, la continuidad del régimen, el pinochetismo sin Pinochet, no otra cosa es la actual Dictadura Civil como hemos tenido oportunidad de indicar. Plantear un Plebiscito para salir de este estado de cosas resulta, por decir lo menos, una garrafal equivocación, es curar a un enfermo con el mismo veneno de ayer.

B.- Sobre la Asamblea Constituyente, debemos también basarnos también, en la experiencia histórica. Son los hechos, la realidad de los procesos históricos y de la lucha de clases, los que deben servirnos como guía para la acción. La opinión pública y el sentido común son sólo expresión de la chatura y mediocridad intelectual de la burguesía, no podemos pretender que el proletariado -la única clase social capaz de liderar el derrocamiento de la vieja sociedad- se guíe por las percepciones de un patrón que si no está contando billetes mete su dedo en la nariz.

            Este tema, de la Asamblea Constituyente (AC), exige que nos remontemos a la experiencia bolchevique. Fue precisamente Lenin quien planteó, en medio de la convulsionada Rusia de la 1ª Guerra Imperialista, la consigna de la AC como un medio de unificar las luchas contra el régimen de la autocracia zarista lo que en definitiva ayudó al proceso revolucionario poniendo al desnudo la incapacidad de la burguesía rusa para hacer su propia revolución (burguesa), y potenciando el torrente revolucionario hacia la revolución proletaria y su gobierno Obrero-Campesino (dictadura proletaria).

            Sin embargo, ello no significa que siempre y en todo lugar los revolucionarios debamos plantear la AC como parte del reclamo de los explotados. Los bolcheviques supieron -en un país sin tradición parlamentaria- utilizar esta consigna para ayudar a las masas a romper con la burguesía y sus partidos que en aquél entonces se postraban frente al zarismo y su régimen, ahí radicó la explosividad revolucionaria de esta consigna.

            Efectivamente, en la actualidad en un país como Chile, a fines del Siglo XX, con una secular tradición parlamentaria y electoral, la consigna de la AC sólo contribuye a aprisionar a las masas al yugo patronal, al electoralismo, toda vez que se señala un camino de sufragio -dentro del marco capitalista- para resolver sus reclamos. Además no se nos dice quién convoca esa AC, ni cómo se eligen sus componentes, tampoco se señala cuál es la propuesta constitucional que se pretende llevar a esa Asambleas. Planteada en los términos que se señala la consigna AC se hiergue como un puntal sostenedor del régimen, tal y como fue en Argentina con Menem, en Colombia, en el Perú de Fujimori, en Brasil, etc., durante los últimos años. En todos estos países, la AC convocada ha servido para descarrilar las movilizaciones y servir los planes del imperialismo. Este es el papel histórico, concreto, actual de la AC en Chile, de ahí que su convocatoria en definitiva sólo sea expresiva de un reformismo y electoralismos incurables.

C.- Por lo dicho se debe rechazar toda forma de electoralismo. Las masas no pueden organizarse en torno a las convocatorias de la burguesía, ni menos confiar en la legalidad, en las instituciones o en el sufragio de los patrones. Reformas Constitucionales, Plebiscito, Asamblea Constituyente, dan cuerpo a una política en la que lo fundamental es el desprecio por el potencial revolucionario de los trabajadores, de su acción directa, la única capaz de subvertir este orden social. El potenciamiento del accionar de las masas, en definitiva, no pasa por respetar la ley sino muy por el contrario, por unificar los conflictos, fortalecer las organizaciones obreras y reivindicar el clasismo revolucionario en la política.

            Haciendo esta salvedad, finalmente, debemos apuntar que todo este electoralismo (AC, Plebiscito, etc.) ni siquiera tiene sustento dentro del actual orden institucional. Es decir carece de vigencia aún dentro de las propias reglas impuestas por los patrones. Esto es así, y el Capítulo XIV, que trata de la Reforma Constitucional, normas por la que debe pasar cualquiera de las propuestas reformistas ya analizadas, impide que la Constitución sea modificada.

            En este sentido el artículo 116 inciso 2º indica que “El proyecto de reforma necesitará para ser aprobado en cada Cámara el voto conforme de las tres quintas partes de los senadores o diputados en ejercicio. Si la reforma recayere sobre los capítulos I, III, VII, X, XI, o XIV, necesitará, en cada Cámara, la aprobación de las dos terceras partes de los diputados y senadores en ejercicio”.  Es decir si lo que quiere reformarse son las Bases de la Institucionalidad (Cap.I), Los Derechos y Deberes Constitucionales (Cap. III), Tribunal Constitucional (Cap. VII), FFAA y Seg. Pública (Cap. X), Consejo de Seguridad Nacional (Cap. XI) y, las normas para Reformar la Constitución (Cap. XIV), se requiere -hablando en claro- el apoyo de la derecha, la que por el sistema electoral como mínimo tiene más de dos quintos o un tercio en el Senado. Dicho de otra forma no hay posibilidad “parlamentaria” de reformar la Constitución o convocar una AC.

            Pero nos queda todavía la cuestión del Plebiscito, que tanto se ha mencionado recientemente. Con esta fórmula mágica se pretende “destrabar” la Constitución. Repetimos aquí lo anteriormente expuesto, los reformistas que creen en el Plebiscito ni siquiera tienen espacio en la institucionalidad burguesa que tanto adoran. Efectivamente, el inciso 4º del Artículo 117 establece que “Si el Presidente de la República rechazare totalmente un proyecto de reforma aprobado por el Congreso y éste insistiere en su totalidad por las dos terceras partes de los miembros en ejercicio de cada Cámara, el Presidente deberá promulgar dicho proyecto, a menos que consulte a la ciudadanía mediante plebiscito”. Nuevamente la derecha debe convocar este plebiscito.

            El derecho burgués al que pretenden someternos ni siquiera formalmente abre esta vía, por ello el propio Frei en marzo pasado se planteaba demagógicamente luchar por un plebiscito, con lo que la política del PC fue “robada” ni más ni menos que por Frei. No por nada nosotros acostumbramos a decir que la Concertación, la Derecha y el PC son lo mismo, porque en definitiva frente al movimiento de los explotados persiguen lo mismo: someterlos a la ley -de alguna forma- que es lo mismo que decir al poder patronal.

 

5.- NUESTRA PROPUESTA

                        El verdadero desarrollo de la base económica chilena -en el marco de su economía capitalista combinada- exige la sustitución de la propiedad privada por la propiedad social, a fin de hacer posible el desarrollo global de la economía nacional. En este preciso contexto planteamos nuestra nueva Constitución. Se debe entender que esta profunda transformación, fruto del accionar revolucionario, transformador, de las masas en lucha, será la que definirá el contenido de esta nuevo orden constitucional, el que no será sino un reflejo de las profundas transformaciones operadas en la estructura económica y social, y por supuesto en el poder político. Nuestra Constitución no será hija de las urnas y del sufragio burgués, la Constitución del proletariado, de su gobierno, será parida por los fusiles y el poder aplastante y subversivo de los explotados.

            A partir de estas definiciones se debe concluir que nuestra propuesta Constitucional no hace sino resumir, con la forma de un planteamiento de Gobierno el programa y la estrategia proletarias, del modo que se pasa a exponer:

 

PRINCIPIOS CONSTITUCIONALES

  1. EL ESTADO. Chile es una república proletaria, su gobierno lo ejerce la clase obrera apoyada en los explotados de la ciudad y el campo, su objetivo fundamental es la derrota de la burguesía consolidando la dictadura del proletariado, en tanto instrumento para impulsar la revolución socialista mundial. El Estado obrero chileno es internacionalista, por lo que está al servicio de la revolución y de la clase obrera mundiales, único marco dentro del cual es concebible la instauración del socialismo. Todo vínculo diplomático con otras potencias será público, se abole la diplomacia secreta y se desconoce toda obligación política, militar o financiera con el imperialismo.
  2. EL PODER OBRERO. Se encuentra radicado en los organismos de lucha de las masas, cuya centralización a escala nacional da expresión al Gobierno obrero. Estos organismos de poder reúnen en sí facultades legislativas, judiciales y ejecutivas, siendo su sustento el armamento general de la población, el pueblo en armas. El sistema de generación de los órganos de poder debe garantizar la más amplia participación popular, otorgándose un voto ponderado en favor del proletariado de forma de garantizar la preeminencia obrera en el poder estatal. Toda autoridad estatal o funcionario de su burocracia percibirá un ingreso no superior al de un obrero calificado, siendo sus cargos esencialmente revocables por los órganos de poder obrero.

III. EL PODER MILITAR. Todo grupo armado existente debe disciplinarse a las directivas del Gobierno obrero y a su programa revolucionario. Quedan disueltas las FFAA burguesas y el armamento, por fuera de las bases del poder obrero, se considerará un delito contrarrevolucionario cuya sanción quedará entregada a los Tribunales Populares competentes. El Estado deberá propender al desarrollo de una industria de armamento de toda especie, sea éste nuclear, químico o bacteriológico, conforme lo exija la defensa del proceso revolucionario.

  1. LA PROPIEDAD. Queda abolida toda forma de propiedad privada sobre los medios de producción tales como industrias, minas, latifundio cualquiera sea su aptitud y bienes de capital en general. Estos medios de producción quedan expropiados a la minoría capitalista, y su gestión, producción y distribución se organizará con arreglo a un plan gestionado y controlado por los trabajadores. Queda ex Subsistirá, sin embargo, la pequeña propiedad sobre parcelas, talleres y otros medios de producción en tanto no empleen mano de obra explotada y organicen su gestión armónicamente con la producción socializada, mediante estructuras cooperativas o de autogestión.
  2. AUTONOMÍA DE LOS SINDICATOS y CONTRATACIÓN COLECTIVA. El Estado reconoce la autonomía de la organizaciones de trabajadores, como asimismo su derecho a movilizarse, a hacer huelga y a presentar sus reclamos para ante las autoridades del Estado. Toda contratación tendrá el carácter de colectiva y la organización sindical será única y de filiación obligatoria. El Estado debe estar al servicio de los obreros y es la autonomía de estos últimos la que garantizará un control sobre la burocracia estatal.
  3. DERECHOS CIUDADANOS. El estado garantizará a todas las personas la posibilidad de que con su trabajo y estudio logre un ámbito de seguridad y libertad que le permita crecer como persona, educar a sus hijos conforme a sus convicciones, para satisfacer sus necesidades espirituales y materiales. Se garantiza el libre, gratuito e igualitario acceso a la salud y educación en cualquiera de sus grados, las que deberán propender al desarrollo integral del individuo y contribuir a la liberación social y nacional. Se garantiza un salario y pensión jubilatoria mínima equivalente al costo de la canasta familiar y el acceso gratuito a vivienda. El trabajo es un derecho y un deber revolucionario de todo ciudadano. Se garantiza la irrestricta libertad de conciencia y culto, su ejercicio se arreglará a los preceptos de esta carta.

VII. TRIBUNALES POPULARES. La administración de la justicia corresponderá a los tribunales populares, generados asambleariamente, por las unidades comunales en que se dividirá administrativamente el país. Ellos velarán por el respeto de los derechos constitucionales, la propiedad individual, el derecho a la vida y a su integridad física y psíquica, la violación de los mismos hará obligará civil y criminalmente al responsable. Se reconoce el derecho a sancionar retroactivamente conductas delictivas que hayan atentado en contra del proceso revolucionario. El sistema penal contemplará penas privativas de libertad exclusivamente para la sanción de delitos políticos contrarrevolucionarios. Se garantizará a todo individuo el derecho a un debido proceso y defensa.

VIII. COMERCIO INTERNACIONAL. Queda sin efecto todos los tratados de libre comercio suscritos a la fecha. Corresponderá al Estado el monopolio del comercio exterior y la fijación de aranceles aduaneros que protejan la industria nacional. Se liberan de aranceles aduaneros los bienes de capital y el armamento. Se desconoce toda deuda externa pública o privada contraída durante el antiguo régimen.

  1. PARTIDOS POLÍTICOS. Se reconoce existencia a toda organización política que adhiera a los principios revolucionarios expuestos en esta constitución, tal reconocimiento no estará sujeto a formalidad alguna y dependerá del grado de arraigo con que cuente en el interior de las masas. Se proscribe toda organización que accione o propague ideas contrarrevolucionarias, esto es que propugnen el derrocamiento del poder obrero y el restablecimiento de la explotación capitalista.
  2. CARÁCTER MULTINACIONAL DEL ESTADO. Se reconoce el derecho a las nacionalidades aborígenes el derecho a la autodeterminación política, conforme a sus propias tradiciones e intereses. A este respecto el Estado chileno tomará las medidas tendientes a la devolución de sus territorios como asimismo a prestarles el apoyo tendiente a obtener su completa unidad nacional si ella excediere las actuales fronteras chilenas.
  3. RELACIONES INTERNACIONALES. El Estado sostendrá relaciones diplomáticas con entera libertad, buscando con ello el fortalecimiento de la revolución mundial. En el concierto latinoamericano propugnará la formación de una federación de repúblicas socialistas de América latina. Se reconoce como sujeto de derecho internacional a todo movimiento de liberación, organismo sindical o de base, agrupamiento guerrillero, en tanto contribuya al proceso general de liberación de los explotados

 

6.- CONSIDERACIONES FINALES.

                        Los principios expuestos pretenden servir como referencia en el debate constitucional que se ha abierto. Con ellos pretendemos significar que la discusión sobre el poder, sobre la revolución, debe ser abordada en toda su integridad. El desenvolvimiento del proceso revolucionario y la construcción del Partido Obrero Revolucionario, son dos puntas de un mismo hilo que da continuidad al gobierno de los explotados.

            Cuando hablamos de Revolución Proletaria, de Dictadura del Proletariado, no sólo hacemos referencia en abstracto a la subversión radical del orden establecido. Decimos Revolución y con ello estamos hablando de un GOBIERNO, que se opone frontalmente a toda forma de Gobierno burgués. El Gobierno Obrero y de los explotados de la ciudad y el campo -Dictadura Proletaria- por el que luchamos, representa la única salida a la profunda crisis a la que la burguesía arrastra el país. Es así, no hay otro camino, no hay posibilidad de democratizar la barbarie capitalista. Los explotados tenemos voz, es nuestra propia acción directa la que abrirá el camino de la liberación.

            Asumimos las aspiraciones de libertad, igualdad, trabajo, alimento y paz. La justicia y la libertad, son valores a los que aspiramos pero no como utopía, sino como resultado de haber removido las causas que hoy impiden -en Chile y el mundo- la concreción de tal aspiración: esto es, la explotación del hombre por el hombre, esencia del decadente sistema capitalista, que niega todos los días y a toda hora la coexistencia pacífica de los habitantes, la justicia y la libertad.

            Para acabar con la explotación, para barrer con los explotadores y con los castrados que ofician de sirvientes, debemos poner en alto las banderas de la revolución obrera. No podemos permitir que los que hoy día están destruyendo el país, reprimiendo a los luchadores, sumiendo en la miseria a la mayoría nacional y entregándonos a los intereses de los yanquis, pretendan pontificar hoy día sobre “igualdad, libertad, democracia y racionalidad”. No podemos permitirlo porque es la presencia de esos explotadores y sus inmundos sirvientes, los que impiden la satisfacción de los más elementales reclamos de la mayoría nacional. Nos hablan de libertad y han encarcelado a más de 100 presos políticos; nos hablan de desarrollo y son millones los niños que hoy en Chile padecen de desnutrición; nos hablan de crecimiento y son miles los trabajadores que van a la cesantía mientras se cierran fábricas y servicios.

            Los capitalistas no pueden gobernar, si están en el poder se debe exclusivamente a la incapacidad de la clase obrera de expulsarlos de una buena vez del poder. Luchamos por el poder para subvertir esta sociedad, para transformarla al servicio de los intereses de las amplias mayorías, para liberarnos de la explotación. Luchamos por el socialismo mundial (no existe en un solo país) y nuestra postura en medio del debate constitucional es la expresión patente de que no cejaremos en nuestro empeño, no cederemos un milímetro a nuestros enemigos en la finalidad de desenmascararlos. Los reformistas, los que viven pendientes de la ley y de  cómo sobrevivir a su amparo, los que dicen a los explotados que de nada sirve luchar y que el único camino son las elecciones, a esos reformistas les decimos también que su hora ha llegado, que la vanguardia obrera dotada de su propio partido, de su propia estrategia no permitirá otro 11 de Septiembre, no lo permitiremos porque esta vez portaremos nosotros las armas, esta vez asaltaremos el poder.

            La consecución de esta estrategia, la revolución proletaria, pasa necesariamente por la estructuración del partido del proletariado, la vanguardia que lidere a las masas insurrectas. Es esa la responsabilidad que hemos asumido los militantes del Comité Constructor del POR.

 

Valparaíso, 5 de Julio de 1998.

Francia: el triunfo de Macron expresa la crisis de la izquierda francesa

por Alex Lantier//

El ciclo de elecciones legislativas y generales de esta primavera en Francia ha culminado en la desintegración del Partido Socialista (PS) y la elección de Emmanuel Macron como presidente con una mayoría absoluta en la Asamblea Nacional.
Macron, quien fue ministro de Economía bajo el presidente del PS, François Hollande, está apoyando la campaña de Berlín para convertir la Unión Europea (UE) en un rival estratégico y militar del imperialismo estadounidense. A nivel nacional, la base sobre la cual el imperialismo europeo irá tras sus ambiciones internacionales es una guerra implacable contra la clase obrera. El gobierno de Macron, compuesto por elementos del PS y de la derecha burguesa, está planeando una serie de decretos unilaterales que profundizará la reaccionaria legislación laboral del gobierno del PS y un permanente estado de emergencia del Instituto.
Este resultado refleja la desastrosa bancarrota de todas las organizaciones que se denominan de izquierda, habiendo rompido con el trotskismo, y que cargan con la responsabilidad principal de que Macron esté en una posición para sacarle provecho al descrédito de las políticas de austeridad y guerra de Hollande y el PS. Una y otra vez durante el último cuarto de siglo, los trabajadores en Francia han reaccionado fuertemente contra estos ataques, con huelgas de masas en los años 1995, 2003, 2010 y 2016. La clase obrera les dio a estas organizaciones millones de votos en el 2002 y este año, pero han demostrado ser incapaces de avanzar una alternativa.
No emprendieron la tarea en cuestión de construir un partido revolucionario de la clase obrera como alternativa al Partido Socialista, sino que les dieron la espalda a los trabajadores que los apoyaron. En el 2002, Lutte ouvrière (LO) y la Ligue communiste révolutionnaire (LCR) recibieron colectivamente tres millones de votos, cuando salió eliminado el candidato del PS, Lionel Jospin, y se dio la segunda vuelta entre el conservador Jacques Chirac y el neofascista Jean-Marie Le Pen. Fue entonces cuando LO y la LCR se alinearon con el PS en llamar a votar por Chirac.
Mientras que la LCR apoyó explícitamente a Chirac después de negociar tras bastidores con el PS, LO llamó a abstenerse pero dejando claro que “entendía” un voto por Chirac, la verdadera opción que favorecía.
Se negaron a tomar estas oportunidades para construir una fuerza política independiente de la clase obrera. En cambio, su alineación detrás del PS y Chirac le permitió a Le Pen del Frente Nacional (FN) presentarse como el único opositor a la austeridad en Francia. Luego, utilizaron el crecimiento del FN para justificar su capitulación ante Macron en el 2017, de forma similar al 2002.
Hicieron esto mediante la promoción de la campaña de Jean-Luc Mélenchon, un exministro del PS. En las últimas semanas de las elecciones presidenciales, consiguió duplicar su apoyo en las encuestas, recibiendo finalmente siete millones de votos, después de que criticó los ataques aéreos de EE.UU. en Siria y la política de rechazar a los refugiados y dejarlos que se ahogan en el Mediterráneo. Durante la segunda vuelta entre Macron y Marine Le Pen del FN, Mélenchon se negó a tomar una posición definida, haciendo caso omiso a la consulta de sus partidarios miembros de Francia Insumisa, dos tercios de los cuales preferían votar nulo o en blanco para protestar contra las políticas derechistas de Macron. Él también señaló que “entiende” a los que votaron por Macron y contra de Le Pen.
Cada una de estas tendencias —como LO, la LCR (hoy el Nuevo Partido Anticapitalista, NPA) y el mismo Mélenchon, quien tuvo sus inicios en la Organisation communiste internationaliste (OCI) de Pierre Lambert— remontan sus orígenes políticos a la ruptura con el trotskismo. Esto se ha visto reflejado en su desenfrenado oportunismo pequeñoburgués y su capitulación al Estado burgués.
La OCI se separó del CICI y el trotskismo en 1971 para unirse al establecimiento del PS ese mismo año. Rechazando la lucha por la independencia política de la clase obrera, buscó orientar a los trabajadores hacia la construcción de una “Unidad de la Izquierda” alrededor del Partido Socialista, un partido reaccionario del capital financiero. La OCI envió a sus miembros a incorporarse al PS, uno de los cuales, Lionel Jospin, se convirtió en primer ministro.
En cuanto a la tendencia LCR/NPA, rechazó los principios básicos del trotskismo durante su escisión del CICI en 1953 y renunció formalmente a su identificación puramente verbal y simbólica con Trotsky en el 2009. Fundó el Nuevo Partido Anticapitalista bajo una orientación explícitamente no trotskista, y propuso construir el NPA como una “izquierda amplia” y abierta a los miembros del PS.
Mélenchon expresa quizás más crudamente las concepciones antimarxistas que prevalecen en estos círculos. Proclamando que el desprestigio del PS significaba el fin del socialismo y la izquierda, escribió en su libro La era del pueblo que la clase obrera ya no desempeñará ningún papel político independiente y que la revolución socialista será reemplazada por un “revolución ciudadana”. La primera etapa de esta “revolución ciudadana” es ayudarle a Macron con sus planes de contrarrevolución social.
Esta política, que objetivamente le sirvió a la burguesía a intentar bloquear la oposición de la clase obrera, se enraíza teoréticamente en distintas formas de pseudomarxismo promovidas por las capas de la pequeña burguesía académica francesa que dirigen estos partidos. Francia les ha permitido poner a prueba sus teorías antimarxistas.
Cada una de las tendencias teóricas de la pseudoizquierda —de los “capitalistas de Estado”, Cornelius Castoriadis y Claude Lefort, al postestructuralista Michel Foucault y los postmodernistas exmaoísta, Alain Badiou y Jacques Rancière— contribuyeron su gota de veneno a la campaña contra el marxismo. Estas incluyeron las panaceas de Jean-François Lyotard en 1979 de que se venía el final de la historia y la “muerte de las metanarrativas” y la declaración de Jacques Derrida en 1993 en Espectros de Marx de que el marxismo tenía que dar paso al “pseudomarxismo”.
El verdadero valor de estas teorías fue evaluado de la forma más certera, a pesar de haber sido involuntariamente, por Badiou, quien escribió en el 2013 un ensayo titulado “Nuestra impotencia contemporánea” sobre la campaña de austeridad de la UE contra el pueblo griego.
“No tengo ni la capacidad ni la intención de resolver los problemas que acosan en la actualidad al pueblo griego”, declaró Badiou. “Por ende, mi subjetividad es externa a la secuencia en cuestión. Aceptaré los límites de esta posición y comenzar con un sentimiento, un afecto, tal vez personal, quizás injustificado, pero que sin embargo siento, dada la información a mi disposición: una sensación de impotencia política generalizada”.
En el centenario de la Revolución de Octubre de 1917, conforme colapsa el PS y se avecinan luchas de la clase obrera en oposición a Macron, se deben tomar lecciones de esta experiencia. Estas fuerzas, cuya impotencia radica en los intereses de clases hostiles y su rechazo al marxismo, podrán organizar sólo derrotas. El único camino a seguir es el revolucionario, el regreso a las tradiciones del marxismo clásico y del trotskismo y de los grandes titanes del marxismo revolucionario: Marx, Engels, Lenin y Trotsky.
Ganarse a la clase obrera, en Francia e internacionalmente, a este programa es la tarea del Comité Internacional de la Cuarta Internacional (CICI) y su sección francesa, el Parti de l’égalité socialiste (PES).

William Carlos Williams. Poesía reunida

por Santos Domínguez//

William Carlos Williams.
Poesía reunida.
Edición bilingüe.
Introducción de Juan Antonio Montiel.
Traducciones de Edgardo Dobry,
Juan Antonio Montiel
y Michael Tregebov.
Lumen. Barcelona, 2017.
El descenso nos llama
como nos llamaba el ascenso.
La memoria es una especie
de consumación,
una suerte de renovación,
incluso
de inicio, pues los espacios que abre son lugares nuevos
habitados por hordas
de especies
hasta entonces impensadas;
y sus movimientos
se orientan hacia nuevos objetivos
(aun cuando antes hayan sido abandonados).
LNinguna derrota es enteramente una derrota, pues
el mundo que abre es siempre un sitio
hasta entonces
insospechado. Un
mundo perdido,
un mundo insospechado,
abre paso a nuevos lugares
y no hay blancura (perdida) tan blanca como el recuerdo
de la blancura.

Con el atardecer, el amor despierta
aunque sus sombras
-que dependen
de la luz del sol-
se adormecen y se apartan
del deseo.

Despierta así un amor
sin sombras
que ha de crecer
con la noche.

Surgido de la desesperación,
inconcluso,
el descenso
despierta aun nuevo mundo
que es el reverso
de la desesperación.
Para lo que no podemos lograr, lo que
se niega al amor,
lo que perdimos por anticiparnos,
se abre un descenso
sin fin, e indestructible.

Ese poema, ‘El descenso’, con traducción de Juan Antonio Montiel, abre La música del desierto, de William Carlos Williams (1883-1963), uno de los grandes poetas norteamericanos del siglo XX.
Se trata de un poema seminal, porque con él no sólo se produce un giro crucial en su trayectoria poética, sino que se funda una nueva concepción del texto y de la escritura. ‘El descenso’ es un texto central en la obra de William Carlos Williams también porque contiene las claves temáticas existenciales y formales de la última fase de su poesía, que se inicia en los años cincuenta, y porque funciona como obertura de los temas de este libro y de los dos posteriores, Viaje al amor y Cuadros de Brueghel, con los que forma una evidente trilogía de la poesía madura de Williams Carlos Williams.
Con las que seguramente son las mejores traducciones de su obra al español, firmadas por Edgardo Dobry, Juan Antonio Montiel y Michael Tregebow, se pueden leer esos títulos en el espléndido tomo que con su Poesía reunida acaba de publicar Lumen.
Contiene, en edición bilingüe, cuatro libros fundamentales: desde el primer Williams experimental que delimita su concepción del poema en las prosas de Kora en el infierno, un libro oscuro y raro, de exigente complejidad pero imprescindible para entender su poesía posterior, al último Williams, que fundó en los años cincuenta una nueva estética sobre la materia autobiográfica y el tono confesional con La música del desierto y otros poemas, Viaje al amor y Cuadros de Brueghel y otros poemas, que –como señala Juan Antonio Montiel en su magnífica Introducción al volumen- “estuvo a punto de ser un libro póstumo” cuando se publicó en 1962.
Esa introducción sobre la poética de William Carlos Williams se dedica a desmentir la imagen de poeta irreflexivo y sin lecturas, de iletrado ingenuo que ha rodeado con frecuencia su figura.
Bastaría con leer un libro como Kora en el infierno, de finales de los años veinte, para descartar definitivamente esa imagen, pero además “la presente antología parece, de hecho, una recopilación pensada para dar al traste con la idea de un Williams resignado o ingenuo o, en el mejor de los casos, entregado a su propia fascinación por lo que lo rodeaba”, escribe el prologuista.
William Carlos Williams forma parte de una generación de poetas que rompieron con la tradición inglesa para dar lugar a una época renovadora y brillante en la poesía norteamericana del XX. Eliot, Pound, Wallace Stevens o e. e. cummings son algunos de sus compañeros de viaje, pero quizá W. C. Williams fuese el más radical de todos, el más alejado de la norma, de la tradición métrica y del mundo académico.
Nieto literario de Emily Dickinson, amigo de Hilda Doolittle y Ezra Pound y precursor de Ginsberg y Kerouac, William Carlos Williams buscó la precisión de la palabra poética, la exactitud de lo concreto, la transcendencia de lo cotidiano, la fuerza conceptual del habla coloquial.
Williams parte de la sensación, de la sensibilidad ante lo concreto para transformar la realidad en objeto verbal a través de la imaginación y la sintaxis. En su poesía convergen la vista y el oído para escuchar las cosas, pintar con palabras los objetos cotidianos y nombrar lo próximo.
No ideas but in things – no hay ideas sino en las cosas- fue la frase en la que cifró su poética, su idea de la poesía como exploración y descubrimiento, como resultado de la observación de la vida y de la mirada detenida en el objeto:
¿Cómo decir lo que ha de ser dicho?

Solo el poema.

Solo el poema, medido con exactitud;
imitar, y no copiar, la naturaleza: no copiar
la naturaleza.
¿Y cómo conseguir eso? Con una imaginación que va más allá de la mirada superficial para convertirse en la forma más intensa de observación y con lo que Williams llamaba ‘palabra fuerte’.
Autobiografía y conciencia aguda de la temporalidad, memoria y experiencia vertebran una trayectoria poética en la que el oído y mirada se conjugan como instrumentos fundamentales del poeta. Poco a poco, en el último Williams a ese concepto de imaginación se suma el de invención -“la invención es la madre del arte”, escribió- y se matiza con la memoria, a la vez que frente al verso libre crea una nueva estrategia poética con la prosodia renovadora del pie variable, que conecta el habla de la calle y el lenguaje poético.
Esa radicalidad renovadora, que modificó la música y el tono de la poesía norteamericana, tiene su momento decisivo, su referencia sin retorno en La música del desierto. Publicado en 1954, cuando daba ya por superada la poesía que había desarrollado en Paterson, La música del desierto es la primera manifestación significativa de su renovador concepto métrico del pie variable, con el que encauzaba la relación entre el habla de la calle y el lenguaje del poema.
Todavía publicaría otros dos libros en ese ciclo de madurez: El Viaje al amor (1955), un libro en el que el tema de la muerte o la vejez va ganando terreno hasta culminar en el extenso ‘Asfódelo, esa flor verdosa’, un largo poema amoroso que es también un particular descenso a los infiernos.
Cuadros de Brueghel (1962) fue su última obra. Sus diez primeros poemas están centrados en diez pinturas de Brueghel que se reproducen en el libro. Como Wallace Stevens en El hombre de la guitarra azul, como Ashbery en Autorretrato en espejo convexo, Williams acude en ellos a la pintura para reflexionar sobre la realidad, sobre la vejez y el tiempo.
“Todo está en el oído”, escribió. Y en estos textos se combinan oído y mirada para recordar el alto puente sobre el Tajo en Toledo, el puente que atravesaban unas ovejas y un pastor que en la vejez recorren los sueños del anciano y aún caminan en sus sueños, continuando mansamente en su verso para siempre en este libro que cierra significativamente el poema El resurgimiento:
Tarde o temprano
llegaremos al final
de la lucha

para restablecer
la imagen la imagen de
la rosa

pero aún no
dices extendiendo
el tiempo indefinidamente

por
tu amor hasta que una
primavera entera

reencienda
el violeta en las propias
orquídeas

y así por
tu amor el mismo sol
es reavivado

el poema.

Leon Trotsky: Escritos sobre “La mujer, la familia y la revolución”

Ponemos a su disposición un conjunto de trabajos de León Trotsky sobre “La Mujer, la familia y la revolución”, contenidos en la REVISTA TEORICA No. 4 primera dición Editada por la Brigada de Espartaco Para el 50 Aniversario del POR , 1985 La Paz – Bolivia, reeditada en Bolivia por la editorial Aquelarre Rojo el 2012. Seguir leyendo Leon Trotsky: Escritos sobre “La mujer, la familia y la revolución”

Cómo el banco Santander se lucra con la quiebra de Puerto Rico

por José Bautista//

Esta semana miles de personas de Puerto Rico, Estados Unidos e incluso Brasil han celebrado el Día Internacional contra los Bancos con manifestaciones frente a las sedes del banco Santander y del Popular (ninguna relación con la entidad española) para protestar contra las supuestas maniobras de estas entidades financieras para lucrarse de la frágil situación económica que atraviesa Puerto Rico.

Los convocantes acusan a dos ejecutivos del Santander de ser responsables de que la colonia estadounidense alcanzara niveles de deuda insostenibles en beneficio de la entidad española, al mismo tiempo que implementaban un duro programa de austeridad cargado de privatizaciones, recortes sociales y privilegios fiscales para inversores con perfil especulador y grandes fortunas. ¿Qué ha pasado exactamente?

Una investigación de las organizaciones estadounidenses Comité para Bancos Mejores, Hedge Clippers y la Federación de Trabajadores de Puerto Rico revela que el Banco Santander es una pieza clave para entender por qué la economía de la isla se encuentra sumida en uno de los episodios más oscuros de su historia reciente. La crisis financiera de 2008 asestó un duro golpe a esta colonia estadounidense —“Estado libre asociado”, según la nomenclatura oficial—, que por entonces ya sufría los estragos propios de una economía periférica y desindustrializada dependiente de la potencia vecina, con una elevada deuda pública, un gobierno maniatado y una población menguante debido a la precariedad y el elevado desempleo que asolan la isla. Puerto Rico, definida por varios economistas como “la Grecia del Caribe”, ya tiene más población en Estados Unidos (4,7 millones) que en la isla (3,6 millones).

La investigación, titulada Piratas del Caribe, cuenta cómo dos ejecutivos del Santander fueron los encargados de diseñar el programa de austeridad fiscal y la emisión de más deuda pública con elevados tipos de interés en favor del banco español. El nombre más relevante es el de Carlos García, el Rodrigo Rato de Puerto Rico, presidente del Banco Santander Puerto Rico tras haber sido ejecutivo de la entidad Santander Securities en la isla, filial encargada del negocio de los bonos públicos que gestiona este banco, tal y como explica a este medio Saqib Bhatti, uno de los investigadores que participaron en el estudio y que estos días visita Madrid junto con varios activistas puertorriqueños.

En 2009, García fue designado para dirigir el Banco de Fomento Gubernamental (Puerto Rico no tiene banco central), responsable de poner en marcha el programa de austeridad que supuso el despido de más de 30.000 funcionarios puertorriqueños, así como drásticos recortes y privatizaciones en los ámbitos educativo (cerraron el 43% de las escuelas públicas), sanitario y de pensiones que han agravado la crisis humanitaria que vive la isla (el 46,1% de la población vive bajo el umbral de la pobreza, según datos del gobierno). Nada más llegar a la institución, García fichó a su compañero José Ramón González, consejero delegado del Santander Puerto Rico. Desde entonces, miles de ciudadanos dentro y fuera de la isla caribeña han protestado contra el conflicto de intereses de estos dos altos cargos del Santander y su programa de austeridad.

“Bajo la dirección de García y González, Santander Securities se estableció rápidamente como administrador principal de emisiones de bonos del gobierno, coincidiendo con el crecimiento de la deuda pública”, dice el informe. Al mismo tiempo que implementaba estas medidas de austeridad y creaba nuevas normas de exención fiscal para quienes especulaban con la deuda de la isla (no sin aumentar los impuestos a las rentas medias y bajas), Carlos García firmó la emisión de más deuda pública en forma de ‘bonos tóxicos’ por valor de 71.000 millones de dólares, de los cuales 61.000 millones (85,9% de esa deuda) están en manos del Banco Santander, entidad para la que había trabajado como directivo. Desde que la isla se declaró en bancarrota en 2016, el Santander ha obtenido más de 1.000 millones de dólares en beneficios por el pago de intereses de esa deuda.

Este y otros datos también aparecen en la auditoría realizada por la red VAMOS4PR, que integra a varias organizaciones académicas, sindicales y de la sociedad civil de la isla y de Estados Unidos. “García y un grupo de exejecutivos del Santander implementaron en el Banco de Fomento Gubernamental un programa masivo de emisión de bonos que es la raíz de la crisis de Puerto Rico”, sostiene el informe de Hedge Clippers acerca de la elevada deuda pública de la isla (en torno al 100% del PIB). La Marea ha solicitado las cifras del negocio del Banco Santander en la isla y su posición ante este posible caso de prevaricación, conflicto de intereses, violación de secretos, tráfico de influencias y malversación por parte de sus dos directivos al frente de entes públicos de Puerto Rico. La entidad no ha contestado.

Tras poner en marcha esa emisión de deuda pública con elevados tipos de interés real (más del 300% en algunos casos, según esta auditoría) y en medio de un pernicioso programa de austeridad fiscal, Carlos García y José Ramón González abandonaron el Banco de Fomento Gubernamental de Puerto Rico para volver a sus puestos en el Banco Santander. Pero la historia no termina ahí: en 2016 el gobierno de Estados Unidos designó a García y González para formar parte de la Junta de Control Fiscal que ejerce de troika -integrada también por la Comisión de Control Fiscal y representantes de los partidos Republicano y Demócrata de EEUU- con pleno control sobre las finanzas de la isla para asegurar que las autoridades puertorriqueñas aplican las políticas de austeridad al pie de la letra. El gobernador de Puerto Rico es el único miembro de Comisión que no tiene voz ni voto.

Fuentes del Banco Santander respondieron* a La Marea que “en Puerto Rico fue práctica común en la industria de firmas de corretaje, como Santander, participar en la emisión y comercialización de la deuda de Puerto Rico”. Desde la entidad aseguran que “los productos financieros vendidos a los clientes de Santander cumplieron con todas las leyes, regulaciones y requisitos aplicables, incluyendo los establecidos por el regulador local de valores” y declinaron hacer declaraciones sobre el posible conflicto de intereses por parte de sus ejecutivos Carlos García y José Ramón González.

Al no ser un Estado en pleno derecho de EEUU, Puerto Rico no puede declararse en quiebra para recibir un rescate público (tal y como sucedió con Detroit en 2013) y, por tanto, el gobierno puertorriqueño no tiene poder en las negociaciones con sus acreedores, entre los que destaca el Santander.

Actualmente Puerto Rico dedica casi el 25% de su PIB a pagar los intereses de una deuda pública que es “insostenible”, opina la puertorriqueña Xiomara Paola, del Centro para la Democracia Popular. Puerto Rico pagará 33 500 millones de dólares en intereses por los 37 800 millones de deuda emitida en forma de bonos de Apreciación de Capital (CABs), por citar un ejemplo del carácter especulativo de gran parte de los más de 134 000 millones de deuda pública que adeuda la isla caribeña.

Estados Unidos controla Puerto Rico pero los isleños no pueden participar en la vida política de ese país, a pesar de las intensas movilizaciones que desde hace años protagonizan sus estudiantes y numerosos ciudadanos. El domingo pasado los puertorriqueños votaron en un plebiscito con escasa participación (menos del 25%) para posicionarse mayoritariamente a favor de una completa anexión a Estados Unidos, un resultado que analistas y medios interpretan como una respuesta desesperada al hundimiento del sistema financiero de la isla.

El futuro de la economía puertorriqueña depende en buena medida del Banco Santander, principal acreedor de la isla que además es la entidad financiera con mayor volumen de préstamos subprime en Estados Unidos. Este miércoles hay convocadas nuevas movilizaciones ante las sedes del Santander en San Juan, capital puertorriqueña. La entidad dirigida por Ana Botín no desglosa las cifras de negocio de su filial en Puerto Rico, subsidiaria de su filial estadounidense Santander Holdings. Hasta la fecha ni este banco ni la Junta de Control fiscal han expresado su posición ante el creciente malestar social que generan sus actuaciones en la antigua colonia española.

Esta información coincide con el juicio en la Audiencia Nacional española contra siete directivos del Banco Santander por supuesto blanqueo de capitales en el marco del caso HSBC, que afecta a varias entidades financieras de la lista Falciani.

¿Avanzamos a una nueva Tangentópolis?

por Gustavo Burgos//

La afiebrada campaña electoral ha terminado por desempeñar el papel de clase para el que ha sido concebida: la actividad de las masas, de los trabajadores y explotados en general, ha terminado sometida al espejismo democrático y orientada a actuar como pilar legitimador de la institucionalidad patronal. Seguir leyendo ¿Avanzamos a una nueva Tangentópolis?

Los nudos del programa presidencial de Guillier

por Ibán de Rementería//

El programa presidencial que ha sometido Alejando Guillier a consideración de las y los chilenos –“Bases Programáticas, Guillier, 2018- 2022” -, tiene al menos tres nudos complejos en lo político, lo económico y lo territorial. Seguir leyendo Los nudos del programa presidencial de Guillier

Isaac Deutscher: breve historia de la revolución rusa

La revolución de 1917 estalló en plena guerra mundial en la que Rusia, aunque perteneciendo de hecho a la coalición victoriosa, sufrió severas derrotas. En cierto sentido algunos consideran que la revolución se vio propiciada por el fracaso del ejér­cito zarista. Pero la realidad es que la guerra no hizo más que acelerar un proceso que desde hacía varias décadas estaba erosionando el viejo orden establecido; aceleración que ya se había visto más de una vez intensificada por otras derrotas militares. El zar intentó evitar las consecuencias de su fracaso en la guerra de la concediendo la emancipación de los siervos en 1861. La derrota en la guerra ruso-japonesa de 1904-1905 se vio inmediatamente seguida por un annus mirabilis de revoluciones. Tras el desastre militar de 1915-1916 el movimiento empezó de nuevo desde el punto muerto al que había llegado en 1905, con la diferencia que en 1905 la insurrección de diciembre de los obreros de Moscú, había significado la palabra fin de la solución, mientras que en 1917 la revuelta armada Petrogrado fue la primera chispa. La organización más importante creada por la revolución de 1905 1/ fue el llamado “consejo de representantes obreros” o soviet de San Petersburgo 2/. Tras un intervalo de doce años, los primeros días del nuevo alzamiento, aquella organización volvió de nuevo a vitalizarse para convertirse en el foco principal del gran acontecimiento que avecinaba.

Al comparar la revolución soviética con la francesa o con la puritana inglesa sorprende que lo que en las últimas revoluciones citadas tardó años en resolver en la revolución soviética fue solventado en la prime­ra semana del alzamiento. El clásico preludio de otras revoluciones que casi siempre había sido un enfrentamiento entre un monarca y alguna clase de “cuerpo parlamentario” no existía en la revolución soviética e 1917. Los que defendían el viejo absolutismo de los Romanov apenas tuvieron ocasión de hablar; desaparecieron de la escena casi al mismo tiempo que se al­zaba el telón. Los constitucionalistas que habrían de­seado conservar la monarquía, aunque sometida a un cierto grado de control parlamentario, no tuvieron si­quiera ocasión de exponer su programa; en los prime­ros días de la revolución la fuerza de los sentimientos republicanos les obligaron a arriar la bandera monár­quica y a desarrollar su acción política como constitucionalistas tout court. Aquí no encontramos ningún paralelo con los estados generales franceses o con el parlamento inglés de las revoluciones a que nos hemos referido al principio. La característica principal de los acontecimientos de 1917 fue la lucha entre unos grupos que hasta hacía poco tiempo habían formado el ala ex­tremista de la oposición clandestina: lo que podríamos llamar Gironda rusa (los socialistas moderados) y la Montaña rusa (los bolcheviques).

La fase “constitucionalista” de la revolución había dejado prácticamente de existir antes de 1917. En su manifiesto de octubre de 1905 Nicolás II había prome­tido acceder a la formación de un parlamento repre­sentativo. Pero sí Carlos I de Inglaterra o Luis XVI de Francia hicieron, antes de ser destronados, concesión tras concesión a sus instituciones parlamentarias, el zar se “recuperó” pronto del pánico de 1905 y pretendió reafirmarse como el autócrata de todas las Rusias. La historia política de los años 1906-16 se caracteriza por un proceso de progresiva decadencia de las Dumas. Las Dumas eran simples organismos consultivos sin derecho alguno a controlar al gobierno; eran disueltas cómo y cuándo el zar quería mediante simple decreto, y sus miembros eran frecuentemente encarcelados o de­portados. En marzo de 1917 no había por tanto au­ténticas instituciones parlamentarias que sirviesen como plataforma en la que pudieran dialogar las partes en­frentadas. Así las cosas, el soviet está predestinado a convertirse en el motor y centro del movimiento revo­lucionario.

El zarismo no aprendió la lección que supusieron los acontecimientos de 1905. No solamente continuó el gobierno autocrático sino que lo hizo en una atmós­fera de creciente corrupción y decadencia en la que fue posible un escándalo tan grotesco como el de Rasputín. La estructura social y económica del país permaneció invariable en lo esencial. Unos treinta mil terratenientes poseían nada menos que unos 70 mi­llones de desjatines de tierra 3/.

La comparación con los 75 millones de desjatine que poseían los 10,5 millones de campesinos censados era a todas luces escandalosa. Un tercio del campesi­nado no poseía tierra alguna. El nivel técnico de la agricultura era “criminalmente” bajo. Según el censo de 1910 solamente había 4,2 millones de arados de hierro y menos de medio millón de traíllas también de hierro frente a diez millones de arados de madera, y veinticinco millones de traíllas también de madera. La tracción mecánica era prácticamente desconocida. En más de una tercera parte de las granjas no tenían nin­gún tipo de herramientas agrícolas y en el 30 % de las mismas ni una sola cabeza de ganado. No hay pues que so»prenderse de que en los años inmediatamente anteriores a la guerra el rendimiento ceramista medio por acre fuese sólo una tercera parte del obtenido por los granjeros alemanes y la mitad del que obtenían los campesinos franceses.

Esta escandalosa pobreza se veía aún más agravada por los cada vez más fuertes tributos anuales que el campesinado debía pagar a los terratenientes (aproxi­madamente entre 400 y 500 millones de rublos-oro al año).

Más de la mitad de las haciendas hipotecadas por el “Banco de la nobleza” las tenían en arriendo los campesinos en condiciones diversas, pero que eran casi las mismas de las de la época feudal. La parte que se llevaba el terrateniente era a menudo el cincuenta por ciento de la cosecha. Más de cincuenta años después de la “emancipación” oficial de los siervos, la situa­ción de servidumbre persistía en la práctica en muchos casos y en algunas zonas, como, por ejemplo, en el Cáu­caso donde la “servidumbre temporal” siguió practi­cándose hasta 1912. El clamor para que se redujesen las rentas impuestas por los terratenientes y la reducción y abolición de la “servidumbre” era cada vez más insistente, y al no ser atendido este clamor se convirtió en la exigencia de que los terratenientes fuesen total­mente desposeídos de sus tierras y que las mismas fue­sen distribuidas entre el campesinado.

Todo esto tenía que conducir al zarismo, en un plazo más o menos largo, al desastre total. La guerra contribuyó decisivamente a excitar los ánimos del campesinado. Las continuas movilizaciones que tuvieron lugar entre 1914 y 1916 privaron a la agricultura de casi la mitad de su mano de obra; el ganado (el poco que había) era sacrificado en masa para las necesidades del ejército y el rendimiento agrícola descendió un veinticinco por ciento respecto de la media normal, mientras las importaciones del extranjero (de las que ya en tiempo de paz dependía la agricultura para sub­venir a las necesidades del país) quedaron prácticamente te paralizadas. Al disminuir la producción en forma tan grave, el pago de las rentas se hizo insoportable para los campesinos y el deseo de éstos por hacerse con tie­rras para su explotación integral se convirtió en algo desesperado e irresistible. Entre 1905 y 1917 solamente se intentó una reforma agraria de cierta envergadura: la reforma de Stolypin de noviembre de 1906, quien había intentado conseguir la formación de una capa de granjeros ricos sobre la que el régimen zarista pudiese apoyarse. Pero los logros de tal reforma fueron insignificantes y, por otra parte, se vieron minados por la guerra mundial.

La pobreza agrícola se veía acompañada por el atraso industrial. En vísperas de la guerra la producción rusa de hierro era de 30 kilos por cabeza frente a los 203 que producía Alemania, a los 228 de Gran Bretaña ya los 326 de los Estados Unidos. La producción de carbón era en Rusia de 0,2 toneladas por cabeza, de 2,8 toneladas en Alemania, de 6,3 toneladas en Gran Bretaña y de 5,3 toneladas en los Estados Unidos. El consumo de algodón era de 3,1 kilos por cabeza en Rusia, frente a los 19 de Gran Bretaña ya los 14 de los Estados Unidos. No había en Rusia más que una incipiente electrificación y una, también incipiente, industria de construcción de maquinaria; no había industrias de máquinas-herramientas, no había complejos quí­micos ni fábricas de automóviles. Durante la guerra la producción de armamento se intensificó, pero el rendi­miento de las industrias básicas se redujo. Entre 1914­-917 no se fabricaron más que 3,3 millones de rifles para un total de quince millones de hombres que ha­bían sido movilizados. El atraso industrial se tradujo inevitablemente en debilidad militar a pesar de las en­tregas de armas y municiones que los aliados hicieron al gobierno ruso. Y, a pesar de todo lo anterior y por extraña paradoja, la industria rusa era, en un aspecto, la más moderna del mundo: estaba muy concentrada y el coeficiente de concentración era incluso superior al de los Estados Unidos. Más de la mitad del proletariado industrial ruso trabajaba en industrias que empleaban a más de quinientas personas. Esto tendría consecuencias políticas porque esta concentración sin precedentes daba al proletariado ruso la oportunidad de llegar a un alto grado de organización política y fue uno de los factores que permitieron al proletariado ruso desempeñar un papel decisivo en la revolución soviética.

Pero, antes de que la clase obrera que iba a ser, junto a los intelectuales, la que evidenciase toda su fuerza, la debilidad del régimen allanó el camino al agravar su propia situación debido a la bancarrota fi­nanciera.

La guerra mundial obligó a gastar a Rusia más de cuarenta y siete mil millones de rubIos y de esta can­tidad sólo algo menos de la décima parte procedía del presupuesto ordinario, porque los préstamos de guerra (del interior y del exterior) alcanzaron la cifra de cua­renta y dos millones de rubIos. La inflación era terri­ble: en el verano de 1917 la circulación fiduciaria era diez veces superior a la de 1914. Al estallar la revolu­ción el coste de la vida era siete veces superior al de antes de la guerra mundial. A lo largo del 1916 esta­llaron frecuentes huelgas y disturbios en Petrogrado 4/, Moscú y otros centros industriales. “Si la posteridad reniega de esta revolución renegará de nosotros por haber sido incapaces de evitarlo haciendo nosotros una revolución desde arriba”.

Así es como Maklákov (uno de los líderes de la burguesía liberal) resumía la actitud de la corte, del gobierno y también de la clase media liberal en víspe­ras del alzamiento. Bien es cierto que la oposición li­beral y semiliberal de la Duma previó la tormenta que se avecinaba.

En agosto de 1915, tras unas derrotas militares que costaron a Rusia tres millones y medio de hombres y que le supusieron la pérdida de Galitzia y Polonia, el bloque que formaban la oposición en la Duma fue ga­nando fuerza y adeptos. Este bloque englobaba a los demócratas constitucionalistas dirigidos por P. N. Miliu­kov y por el príncipe G. E. Lvov; los octubristas (di­rigidos por A. I. Guchkov), es decir, los conservadores que habían abandonado la petición de que se formase un gobierno constitucional y que se habían reconciliado con la autocracia, y un grupo de nacionalistas de ex­trema derecha cuyo portavoz era V. V. Shulgin.

Este bloque, que ya hemos dicho que iba ganando fuerza progresivamente, se enfrentaba al zar (aunque con cierta timidez) pidiendo la formación de un gobierno que “disfrutase de la confianza del país”. Esta fórmula ni siquiera implicaba que el nuevo gobierno tuviese que rendir cuentas ante la Duma porque el “blo­que” no pedía al zar que cediese parte de sus poderes autocráticos sino simplemente que los hiciese más di­geribles. La principal preocupación de los progresistas era el destino de la guerra. Los líderes de la “oposición” estaban alarmados por el derrotismo que reinaba en la corte, Además había amplios sectores que creían que el zar estaba dispuesto a buscar la paz separada con Alemania. La camarilla de Rasputín, cuyo poder procedía de la mística admiración de la zarina por aquel anal­fabeto y licencioso monje siberiano, era la más sos­pechosa de propagar el derrotismo. Los líderes del blo­que progresista estaban unidos en la determinación de proseguir la guerra y, en esto, se veían alentados por los delegados de las potencias occidentales en la ca­pital rusa. No faltaban conatos de oposición en el man­do supremo. El general Brussilov, comandante en jefe, maniobraba de una forma un tanto confusa. Una cons­piración dirigida contra el zar fue atribuida a otro mi­litar de alto rango: el general Krymov.

El zar seguía obstinado en no hacer concesión al­guna. Los cortesanos intentaron por todos los medios apearle de su actitud para evitar la “arribada” de un Necker o un Turgot rusos que abriesen las compuertas a la revolución.

Del 3 al 16 de septiembre de 1915 el zar decretó la “temporal dispersión” de la Duma; nombró un nuevo gobierno pero lo hizo exclusivamente para humillar al bloque progresista ya la oposición en general. A cada nueva reorganización ministerial accedían al poder individuos tenebrosos que no hacían más que cargar, más de lo que estaba, la atmósfera derrotista.

En dos años de guerra, Rusia tuvo cuatro primeros ministros, seis ministros del Interior, tres ministros de Asuntos Exteriores y tres ministros de Defensa.

“Llegaban uno tras otro…—escribía Miliukov, his­toriador de la revolución- y pasaban como sombras de­jando paso a gente que no era más que… protegidos de la camarilla de la corte”. A finales de 1916 la Duma volvió a reunirse y los líderes del bloque progresista expresaron abiertamente no ya sus temores sino su alar­ma. En una filípica de Miliukov, en la que por primera vez denunciaba…públicamente a la propia zarina, blan­dió contra el gobierno su agresiva pregunta: “¿Qué es esto, traición o estupidez?” Pero la respuesta del zar fue la de costumbre: no dejar hablar a nadie y disol­ver la Duma. Las compuertas se cerraron hermética­mente ante el río de la revolución con el resultado de que el nivel de las aguas revolucionarias iba creciendo hasta que llegó a un punto en que desbordó todas las barreras para anegar la vieja monarquía de los Ro­manov.

La futilidad de todos los intentos para inducir al zar a cambiar de actitud se vio subrayada por el ase­sinato de Rasputín, “el genio maligno de la corte”, en la noche del 17/30 al 18/31 de diciembre de 1916. El “monje sagrado” fue asesinado por el príncipe Yussupov, un pariente del zar, en presencia de otros corte­sanos. Aquel acontecimiento demostró a todo el país la realidad de las disensiones en el seno de la clase go­bernante (lo que en realidad pretendían los asesinos de Rasputín era acabar con la facción progermana de la corte). Durante algún tiempo se alentaron esperanzas de un cambio en los métodos del gobierno pero éstas no tardaron en verse defraudadas.

El zar y la zarina, resentidos por el asesinato de su “sagrado amigo”, se aferraron aún con mayor obs­tinación a sus métodos tradicionales. El comporta­miento de ambos sirvió de lección (una lección que el pueblo asimiló perfectamente) en el sentido de que el derrocamiento de una camarilla cortesana no bastaba para hacer posibles los cambios que todos deseaban; aprendieron que la situación que provocaba las rei­vindicaciones del pueblo estaba encarnada en el propio zar y más concreta y ampliamente en todo el orden constitucional monárquico. Paralelamente a estos acon­tecimientos el país se sumía cada vez más profunda­mente en el caos: derrotas en el campo de batalla, hambre en el pueblo, fraudes y orgías en la corte y una interminable serie de movilizaciones. Todo ello irritó al pueblo, que se mostraba cada vez más inquieto.

“El gobierno —escribió Trotsky- pretendía evitar su pro­pio hundimiento con continuas movilizaciones y dar a los aliados toda la carne de cañón que necesitasen. Unos quince millones de hombres fueron movilizados para cubrir… to­dos los puntos estratégicos y obligados a pasar por toda suer­te de calamidades. Porque sí aquellas masas debilitadas no eran en el frente más que una fuerza imaginaria, en el inte­rior del país eran una poderosa fuerza de erosión. Se conta­bilizaron unos veinticinco millones entre muertos, heridos y prisioneros. El número de desertores fue enorme. En julio de 1915 los ministros parecían contratarse a sí mismos como plañideras: iPobre Rusia!, incluso su ejército, que en el pa­sado atronó el mundo con sus victorias… se ha convertido en una masa de cobardes y desertores”.

Y, sin embargo, cuando estalló la revolución casi nadie le atribuyó el carácter decisivamente histórico que iba a tener. Al igual que ocurriera con la Revolución francesa, la soviética fue tomada al principio por una simple sublevación y, no sólo por el zar, por la corte y por la oposición liberal, sino por los propios revolu­cionarios.

Todo el mundo se vio desbordado por la fuerza in­trínseca… de los acontecimientos. El zar continuó con su táctica de esgrimir amenazas hasta el mismo momento de su abdicación. Los líderes octubristas presionaban, como máximo, en favor de un cambio ministerial cuan­do era el propio zar la persona y el símbolo que resul­taba inaceptable para el país; después exhortaron al zar que abdicase en favor de su hijo o de su hermano cuan­do era toda la dinastía Romanov lo que el pueblo re­chazaba y cuando la república era ya un hecho con­sumado.

Por otra parte, el grupo clandestino que aglutinaba el socialismo (bolcheviques, mencheviques y social-re­volucionarios) creía ser testigo de una serie de brotes revolucionarios cuando éstos culminaron en manifesta­ciones y en una huelga general. Todos ellos se mostra­ban profundamente preocupados por la reacción de las fuerzas armadas, que podían sabotear la huelga general en lugar de unírseles y cuando se encontraron con el poder en las manos, no veían muy claro cuál iba a ser en definitiva el resultado real de la lucha. Después, la preocupación de los revolucionarios se centró en ver dónde y en qué nombres concretos debían delegar las máximas responsabilidades. No cabe duda de que los propios revolucionarios estaban aún hipnotizados por la potencia del viejo régimen que se había desintegrado hasta llegar al colapso total.

Esta fue, muy resumida, la secuencia de los aconte­cimientos. El 23 de febrero (8 de marzo) gran parte de los obreros de Petrogrado fueron a la huelga. Las amas de casa salieron a la calle a participar en manifesta­ciones (coincidiendo con el día internacional de la mu­jer). La gente asaltó varias panaderías pero, en reali­dad, los disturbios no tuvieron graves consecuencias. Al día siguiente prosiguió la huelga. Los manifestantes, tras conseguir romper los cordones de la policía, lle­garon al centro de la ciudad protestando del hambre, debida fundamentalmente a la falta de pan, y antes de ser dispersados, los gritos de” ¡Abajo la autocracia! “, atronaron las calles.

El 25 de febrero (10 de marzo) todas las fábricas y establecimientos industriales de la capital quedaron pa­ralizados. En los barrios de la periferia los obreros desarmaron a la policía. Para reprimir a los sediciosos fueron enviadas de su cuartel general tropas militares hubo algunos encuentros, pero, en general, los soldados evitaron disparar contra los obreros. Los cosacos, que habían tenido una participación tan importante en la represión de la revolución de 1905, decidieron apoyar a los manifestantes contra la policía. Al día siguiente el zar dio la orden de disolver la Duma. Los líderes de la Duma se mostraban aún temerosos de desafiar la au­toridad del zar y decidieron no convocarla clandestina­mente pero hicieron que los diputados no abandonasen la capital. Entre estos diputados se formó un comité para no perder el contacto “corporativo” con los acontecimientos. Aquel mismo día el zar ordenó al general que estaba al mando de la guarnición de Petrogrado que aplastase el movimiento revolucionario. En muchos pun­tos los jefes militares ordenaron a los soldados que disparasen contra la multitud. Por la tarde toda la guar­nición daba muestras de gran nerviosismo; los solda­dos celebraron “asambleas” en sus cuarteles para de­cidir sí debían obedecer la orden de disparar contra los obreros desarmados.

El 27 de febrero (12 de marzo) fue el día decisivo. Nuevas secciones de la guarnición se unieron a la re­volución. Los soldados compartieron sus armas y sus municiones con los obreros. La policía decidió desapa­recer de la calle, y la marea revolucionaria adquirió tal ímpetu que, por la tarde, el gobierno estaba completa­mente aislado, no le quedaba más refugio que el Pala­cio de Invierno y el edificio del almirantazgo.

Los ministros todavía albergaban la esperanza de aplastar la revolución con la ayuda de las tropas que el zar había ordenado venir desde el frente de Petro­grado. A última hora de la tarde los líderes de los co­mités huelguísticos, delegados de las fábricas, designa­dos por elección, y representantes de los partidos de ideario socialista se reunieron para formar el consejo de delegados de los trabajadores (el soviet). A la ma­ñana del día siguiente quedó perfectamente claro que las tropas del frente de Petrogrado no iban a salvar al gobierno, sencillamente porque los ferroviarios se ha­bían encargado de interrumpir los transportes militares desde ese frente.

La guarnición de la capital estaba totalmente “re­volucionada”. Los regimientos elegirían unos delega­dos que pronto serían admitidos como miembros del soviet que cambió su nombre adoptando el de consejo de los delegados de los obreros y soldados. El soviet, al que obreros y soldados prestaban una obediencia com­pleta, ira entonces el único poder real que existía en el país. Se decidió formar una milicia obrera, cuidar del aprovisionamiento de la capital y ordenar que se resta­bleciese la normalidad en los ferrocarriles siempre que no afectase a la estrategia militar. Los más exaltados asaltaron la fortaleza de Schlüsselburg (la Bastilla rusa) y liberaron a los presos políticos. Los ministros zaristas fueron arrestados.

Ante la realidad de los hechos consumados, ante la realidad de la revolución triunfante y de la fuerza con que el soviet asía las riendas del poder, el comité de la Duma que hasta entonces no se había atrevido a desai­rar la autoridad de zar tuvo que admitir la formaci6n de un nuevo gobierno. El 10 de marzo (14 de marzo) se acordó la formación de un gobierno provisional pre­sidido por el príncipe Lvov, que incluía a los octubris­tas, pero no a los representantes de los partidos de idea­rio socialista.

Solamente Kerenski estaba en la lista ministerial, para la cartera de Justicia, pero Kerenski fue propues­to para el cargo en consideración a sus aptitudes per­sonales pero no como representante de un partido. El día de su formación, el gobierno provisional envió a Guchkov y a Shulgin al zar para persuadirle de que ab­dicase en favor del “zarevich” Alexi. El zar no opuso resistencia pero decidió abdicar en favor de su hermano el gran duque Mijhail y no en favor de su hijo, El 2 (15) de marzo firmó la abdicación. Entre tanto, Milukov, que era ministro de Asuntos Exteriores del gobierno provi­sional, anunció públicamente la abdicación antes de co­nocer siquiera las condiciones y detalles. Dijo en un dis­curso dirigido a los oficiales del ejército, que el zar sería sucedido por su hijo y que hasta que el sucesor alcan­zase la mayoría de edad el gran duque Mijhail gobernaría en calidad de regente. Los oficiales reunidos con ocasión del discurso dijeron que no estaban dispuestos a volver a sus respectivos destinos a menos que el anun­cio de la regencia fuese retirado. En el soviet, Kerenski ya había hablado en favor de una república y sus pala­bras habían sido acogidas con clamorosas ovaciones. El gobierno provisional se encontraba dividido y mi­nistros monárquicos y republicanos expusieron las res­pectivas posiciones al gran duque Mijhail.

Milukov urgía al gran duque para que aceptase la sucesión mientras Rodzianko, presidente de la Duma, y Kerenski aconsejaban la abdicación. El gran duque se resignó, pero el gobierno provisional era incapaz de pro­nunciarse de una forma decidida- por las fórmulas re­publicana o monárquica y decidió dejar el problema en el aire hasta que se reuniese una asamblea constituyen­te, Desde el instante mismo de su formación, el gobier­no provisional y el soviet de Petrogrado quedaron en­frentados como auténticos rivales. El soviet no tenía ningún “título” legal en el que apoyar su autoridad sino que representaba la nueva legalidad dimanante de las fuerzas que habían hecho triunfar la revolución.

Es decir, los obreros y los soldados en unión de los intelectuales. El gobierno provisional se veía respaldado por las clases media y acomodada. Pero sus “títulos” legales eran también dudosos. Es cierto que el zar firmó un decreto por el cual se nombraba al príncipe Lvov como Primer Ministro, pero los historiadores no están seguros de sí firmó antes o después de la abdicación. En la confusión de aquellos días preñados de acontecimientos los líderes del nuevo gobierno parecieron ol­vidar las “bondades de los procedimientos constitu­cionales y es posible que el zar sancionase la formación del gobierno del príncipe Lvov en un momento en el que, legalmente, su sanción no tenía validez. Sea como fuere, el caso es que la revolución eliminó al zar en tanto fuente legal de poder. El gobierno provisional representaba a la última Duma que, como sabemos, había sido disuelta por el zar antes de su abdicación. La Duma había sido elegida sobre la base de una ley electoral resultante del golpe de estado de Stolypin del 3 (16) de julio de 1907 que le daba una palmaria falta de representatividad. Esta circunstancia explica la impopularidad de la Duma en 1917 y su consiguiente eclipse. Pero la principal debilidad del gobierno provi­sional era su incapacidad para ejercer el poder de ma­nera efectiva. Las clases medias a las que representaba se hallaban presas del pánico y políticamente desorga­nizadas y por lo tanto nada tenía que hacer frente a los obreros armados en unión del ejército rebelde. El gobierno provisional sólo podía, por lo tanto, ejercer sus funciones sí el soviet de Petrogrado y los soviets de provincias colaboraban. Pero los objetivos de unos y otros eran muy distintos. Los ministros más influyentes —Lvov, Milukov, Guchkov- confiaban en la restaura­ción de una monarquía constitucional; albergaban la esperanza de que remitiese la marea revolucionaria y estaban dispuestos a hacer todo lo posible para que así fuese; estaban, en definitiva, dispuestos a volver a im­poner a los obreros la vieja disciplina industrial y a evitar la reforma agraria.

Finalmente se decidieron a continuar la guerra con la esperanza de que la victoria daría a Rusia el control de los Dardanelos y de los Balcanes según lo prometido en el secreto tratado de Londres (1915). Ninguno de estos objetivos podía ser abandonado sin provocar la indignación popular.

Los soviets, por otra parte, no se apoyaban sola­mente en la clase obrera (porque, por ejemplo, en Pe­trogrado contaron con la guarnición militar). Gracias a sus procedimientos de representación estaban en es­trecho contacto con las masas y en una situación idó­nea para reaccionar de acuerdo con la “temperatura de las mismas. Los miembros de cualquiera de los soviets salían mediante elección de la masa obrera de las fá­bricas y el sistema se aplicaba asimismo en todos los cuerpos militares. Pero los diputados no se elegían para un período determinado y él electorado podía repudiar a cualquier responsable elegido sí no estaba de acuerdo con su gestión y elegir a otro en su lugar. Aquí radica una de las innovaciones introducidas por los soviéticos en los sistemas electorales; una innovación que más tarde, seguirían aplicando en la práctica aunque no estuviese “constitucionalmente” definida. Como mecanismo representativo, los soviets tenían una base restringida en los parlamentos elegidos por sufra­gio universal: eran por definición organismos de clase, su sistema de elección excluía cualquier representa­ción por parte de la alta y media burguesía. Por otra parte, los soviets de 1917 representaban a sus electores de forma mucho más directa que cualquier otra institución par­lamentaria. Los diputados permanecían bajo el cons­tante y vigilante control del electorado y muchas veces depuestos. Así pues, se modificaba constantemente imposición de los soviets de las fábricas, de los regimientos y de las organizaciones agrícolas. Además, como los votos no representaban divisiones administra­tivas sino unidades productivas o militares, su capacidad de acción revolucionaria era enorme.

Tenían el mismo poder que gigantescos comités de agitación que impartían órdenes a los obreros de las fábricas, de las estaciones de ferrocarril, de los servicios municipales, etc. Los diputados eran legisladores sui generis, a la vez ejecutivos y comisarios. La vieja divi­sión entre las funciones legislativas y las ejecutivas desapareció. Hacia el final de la revolución de febrero (marzo) el soviet de Petrogrado se convirtió en el orga­nismo dirigente de la revolución. Ocho meses después volvería a desempeñar el mismo papel.

Y, sin embargo, tras los acontecimientos de febrero (marzo) el soviet, más que impulsar la marea revolu­cionaria, se vio arrastrado por ella. Sus dirigentes se encontraban ante el panorama de su propio poder y el temor a usar del mismo. El 2 (15) de marzo el soviet de Petrogrado decretó la famosa orden nº 1. En vir­tud de la misma los representantes de los soldados eran admitidos en el soviets, se pedía a los soldados que eligiesen sus comités; se les permitía participar en las decisiones políticas del soviet y tomar toda clase de ini­ciativas siempre y cuando no contradijesen las del soviet. La orden sobre todo recomendaba a los soldados que mantuviesen una estrecha vigilancia de los depósitos de armas y que se resistiesen a cualquier intento por parte de la oficialidad de desarmar a los suboficiales y a la tropa. Esta fue la primera manzana de la discordia que se interpuso entre el gobierno provisional y el soviet después de que el soviet hubiera aceptado la autoridad del gobierno. El gobierno provisional acusó al soviet de estar relajando la disciplina militar. El soviet, por su parte, temeroso de un golpe contrarrevolucionario por parte de la oficialidad, sostuvo que la única forma que tenía el gobierno de garantizar su existencia era ase­gurarse la lealtad de la tropa y de la suboficialidad. Así pues, era en propio beneficio del gobierno por lo que advertían a los soldados que se resistiesen a cual­quier intento de desarmarlos. La orden nº 1 enfrentaba a los soldados con la oficialidad ya la oficialidad con el soviet. Puso sobre el tapete el problema de las relacio­nes entre el gobierno provisional y el soviet de Petro­grado ya la larga con todos los soviets en general. Desde el principio estas relaciones tomaron un cariz que tendía a consagrar un poder bicéfalo.

Todo el período que va de febrero (marzo) a octu­bre (noviembre) puede ser considerado en función de una serie de intentos desesperados para solucionar este problema. Este poder bicéfalo era, por su propia natu­raleza, transitorio. A la postre el gobierno provisional o el soviet tendrían que afirmarse como única autoridad eliminando al rival. Los cadetes y la oficialidad querían acabar con el soviet; los bolcheviques querían acabar con el gobierno provisional. Sólo los socialistas modera­dos y otros grupos de izquierda esperaban que se con­solidase el régimen bicéfalo, transformando la situa­ción de transitoria en permanente.

El curso de los acontecimientos desde la abdicación del zar hasta el momento en que los bolcheviques se adueñaron del poder puede dividirse en cuatro fases:

En la primera fase, que duró del 2 de marzo al 3 de mayo (15 de marzo a 16 de mayo), los líderes conser­vadores y liberales, que representaban exclusivamente a los terratenientes ya la burguesía, se hicieron con las riendas del poder e intentaron modelar de jacto la incipiente república a su propia imagen y semejanza. Al principio de esta fase los líderes del soviet 3/ acep­taron la autoridad del gobierno provisional.

Pero hacia el final de esta fase los representantes de los terratenientes liberales y de la burguesía ya no eran capaces de gobernar por sí solos. El primer go­bierno provisional se había desgastado por la propia fuerza del proceso revolucionario.

En la fase siguiente, que duró del 3 de mayo al 2 de julio (16 de mayo a 15 de julio), una primera coalición entre liberales y socialistas moderados intentó salvar al régimen liberal burgués. En esta coalición, presidida aún por el príncipe Lvov, los liberales estaban en ma­yoría, pero lograron mantenerse en sus cargos gracias al apoyo de los socialistas moderados que en esta fase tenían una fuerte mayoría en los soviets. La necesidad de recurrir a un gobierno de coalición revelaba que el régimen burgués liberal estaba a merced del socialismo moderado, de un socialismo moderado que estaba, a su vez, a merced de los soviets. Al prestar su apoyo a la burguesía liberal los líderes del socialismo moderado tuvieron que cargar con la acusación de sus partidarios de haberse desviado de sus principios. Hacia el final de esta fase eran casi tan impopulares como los libera­les. Pudieron haberse salvado abandonando la coalición y gobernando en solitario, pero no fueron capaces de dar este paso.

La tercera fase, que duró del 3 de julio al 3 de agosto (16 de julio a 12 de septiembre), empezó con un abortado estallido revolucionario y acabó con un abor­tado estallido contrarrevolucionario. Hacia la mitad de esta fase los socialistas moderados intentaron salvar la coalición asumiendo, por lo menos nominalmente, el liderazgo y formando un nuevo gobierno presidido por Kerenski. Pero la mayoría de los obreros de Petrogra­do, aunque no se hallaban aún dentro del marco de las condiciones objetivas que podían impulsarles a elevar a los bolcheviques al poder, estaba decidida a acabar con la coalición. Se enfrentaron amenazadoramente a los líderes moderados con la exigencia de que ellos eran los únicos (acompañados o no por los bolcheviques) que debían ocupar los cargos dirigentes y gobernar en nom­bre de los soviets.

Este fue, sustancialmente, el motor de la subleva­ción de los días de julio, sofocada por los socialistas moderados con la ayuda del ejército y fue precisamente durante esta crisis, cuando el gobierno del príncipe Lvov dejó de existir. Porque no solamente los obreros y los soldados, sino gran parte de sus propios valedores de la clase media le volvieron la espalda. La burguesía se encontraba dividida: unos, ya en franca decadencia, pretendían aún mantener la alianza con los socialistas moderados y, los otros, más poderosos, ponían sus esperanzas en una contrarrevolución que acabase con los soviets. Fue esta facción de la burguesía la que apoyó el golpe contrarrevolucionario del general Kor­nilov. Sería Kerensky quien abortaría el golpe, pero con la ayuda de los bolcheviques. El fracaso de los dos intentos de opuesto signo a que nos hemos referido en esta fase debilitó durante un breve período a los element­os de ambos bandos que no querían avenirse a ninguna conciliación, con lo que se produjo un relativo equilibrio social en el que parecía posible catalizar la coalición entre socialistas y liberales.

Al principio de la cuarta fase, que duró desde el 30 de agosto al 24 de octubre (12 de septiembre a 6 de noviembre), ambas alas de la coalición se habían retirado del gobierno; la burguesía liberal porque simpatiz­aba con Kornilov y los socialistas moderados porque acusaban a Kerensky de haber permitido que los planes de K­ornilov se incubasen bajo las protectoras alas del gobierno. Por entonces Kerensky sólo pudo formar un gobierno fantoche, el directorio, que se hallaba tan en el aire como el propio gobierno personal de Kerenski. Pero tras derrotar a Kornilov con ayuda de los .bolcheviques, Kerensky se encontró con que, entre tanto, éstos se habían hecho con la mayoría en el soviet de Petrograd­o. La revolución era cada vez más profunda. Como los bolcheviques se habían adueñado de los soviets, los socialistas moderados intentaron hacerse fuertes al mar­gen de los mismos encontrando, como tantas otras veces, una plataforma común con la burguesía liberal.

De ahí saldría la tercera y última coalición que iba a durar sólo un mes; un mes lleno de febrilizantes preparativos bolcheviques para el derrocamiento de la república de febrero.

Los bandos que se enfrentaban fundamentaban su existencia y sus argumentos en hacer que la revolución, cuyo estallido preveían a largo plazo, llegase cuanto antes. Estaban de acuerdo en que el alzamiento tendría un carácter antifeudal y burgués y en que en muchos aspectos iba a ser una reedición de la Revolución francesa. Hasta la Primera Guerra Mundial había sido un axioma para todos los partidos enfrentados que Rusia “no estaba aún madura para la revolución”. Solamente Trotsky —ya en 1906- se había atrevido a negar dicho axioma. Pero, a pesar de este acuerdo sobre la perspectiva histórica, lo que dividía a los partidos eran cosas fundamentales. Contrariamente a la Francia de 1789, Rusia había entrado en la época de la revolución burguesa en un momento en que ya poseía un proleta­riado industrial que, aunque numéricamente poco import­ante, era muy activo y políticamente capacitado y fuertemente influenciado por las ideas socialistas. Ya en 1905 este proletariado era la fuerza motriz de la revolución y esto no podía sino aterrorizar a la burguesía liberal por más tesis socialistas que se inyectasen al sig­no burgués de la revolución. La burguesía liberal se negó a dirigir el movimiento antizarista porque debía imaginar que el trono era aún algo defendible. Sin em­bargo, su reconciliación con el zarismo era un tanto for­zada porque los “cadetes” (el partido liberal) cada vez tenían más esperanzas de convertir el absolutismo za­rista en una monarquía constitucional. Los “octubristas” sellaron la paz con la dinastía sin cambio alguno.

La actitud de la clase media dio lugar a una signi­ficativa controversia en el seno del partido de los obre­ros socialdemócratas rusos.

El ala moderada de este partido (los mencheviques) creía que puesto que la revolución sólo podía tener un carácter antifeudal o antiabsolutista, la dirección de la misma recaía de forma natural, no en la clase obrera, sino en la burguesía. Porque, por más equívoca que pudiera parecer la actitud de la burguesía, argumentaban los mencheviques, se verían arrastrados por la propia fuerza de los acontecimientos al establecimiento de una democracia parlamentaria de corte europeo occidental. Los bolcheviques, y especialmente Lenin, decían que, como la burguesía había pasado o se estaba pasando al campo de la contrarrevolución, solamente el proleta­riado podía dirigir el país o por lo menos lo que era mayoría dentro del mismo: el campesinado, en su for­cejeo frente al orden impuesto por el absolutismo.

Pero los bolcheviques añadían además que aunque la revolución fuese dirigida por una clase que tuviese aspiraciones de justicia social no podía pretender el establecimiento del socialismo en Rusia antes de que otra revolución socialista triunfase en la Europa occidental.

El gobierno revolucionario repartiría las haciendas de los terratenientes entre el campesinado; proclamaría una república liberal y decretaría la separación entre la iglesia y el estado. Además, implantaría la jornada de ocho horas y una legislación social progresista, pero no nacionalizaría la industria ni aboliría la propiedad privada, se limitaría a sustituir las formas de propiedad burguesas por fórmulas feudales y semifeudales.

Después tras un período de intenso desarrollo de la sociedad burguesa cuya duración vendría dictada por las sucesivas coyunturas y por las condiciones objetivas, llegaría el momento de la transformación socialista. Lo que en aquellos momentos importaba más era que la clase obrera no se viese desplazada de la dirección de la revolución “burguesa” y que no aguardase, como aconsejaban los mencheviques, a que los burgueses to­masen la iniciativa. Fue con estas ideas con las que los bolcheviques de Petrogrado se pusieron a la cabeza del movimiento de febrero (marzo) de 1917.

Otra significativa diferencia entre bolcheviques y mencheviques, que ya les había separado en 1903, se refería a los métodos de organización. Los bolchevi­ques contaban con una organización muy sólida y muy bien estructurada, con un “cuerpo de doctrina” propio, con tácticas cuidadosamente estudiadas y aplica­das y con una estricta disciplina interna que permitía al comité central planificar todos los movimientos en la seguridad de que sus órdenes e instrucciones serían cum­plidas por la base; es decir, por los obreros, por los sol­dados y por buena parte de los intelectuales. El partido tenía su líder indiscutido en Vladimir Ulianov “Lenin”, en cuya personalidad se amalgamaban muchas cualida­des: una gran cultura, un apasionado temperamento re­volucionario, genio táctico y una extraordinaria capaci­dad administrativa. Lenin aglutinaba al partido por su gran poder de persuasión y por su autoridad moral más que en razón del disciplinado mecanismo en que poste­riormente se convertiría el partido bolchevique.

La organización de los mencheviques era muy de­ficiente y su doctrina muy vaga; el ala derecha de los mencheviques estaba muy cerca del liberalismo burgués y el ala izquierda muy cerca de los bolcheviques. Y, de uno a otro extremo, iba toda una serie de posiciones in­termedias. Los mencheviques contaban con muchos po­líticos bien dotados, grandes oradores y escritores bri­llantes, pero carecían de un verdadero líder que fuese capaz de impulsar una política bien definida.

La revolución de febrero (marzo) sorprendió al par­tido escindido en dos partes. Tseretelli y Cheidze (dos georgianos) eran sus más autorizados portavoces cuando la república de febrero llegó a su máximo apogeo. Tsere­telli había sido condenado a trabajos forzados por el zarismo, y su martirio le dio considerable influencia en­tre los soviets y después en la coalición. Cheidze había sido el principal portavoz socialista en la Duma. Tsere­telli era el porta voz del ala derecha del partido y Cheidze el portavoz del centro. En el ala derecha se encontraba Plejanov, fundador de la social democracia rusa al que Lenin consideró en su juventud como su guía y maestro. En el ala izquierda, Martov, que impul­só el menchevismo, encabezaba el grupo de los menche­viques internacionalistas. Los mezhrayontsy eran exmencheviques y exbolcheviques que por una u otra razón habían quedado al margen de las organizaciones originales y que posteriormente se organizaron por su cuenta. Dirigido por Trotsky este grupo se uniría a los bolcheviques en el mes de julio de 1917. En la tierra de nadie que quedaba entre el menchevismo y el bolchevismo se encontraba también Novaja Zizn (Vida nueva) de Máximo Gorki en la que se agrupaban socialistas que exponían libremente sus ideas.

Los socialistas revolucionarios formaron, al igual que los mencheviques, una serie de grupos faltos de un sólido liderazgo. Las tradiciones de este partido arran­caban del movimiento Norodnik con su actitud “promujik” que abogaba por un socialismo campesino y por el terrorismo como método para hacer frente al za­rismo. En el ala derecha del partido había hombres que, como Kerensky, hubieran nadado como pez en el agua pongamos por caso, en el partido radical francés, y que intentaban en vano hipnotizar a la revolución con los fuegos de artificio de la oratoria parlamentaria. Al lado de Kerensky se encontraba Savinkov, el romántico terrorista convertido en un “buen patriota” y en abo­gado de (la ley y el orden”. El centro del partido tenía a su mejor dotado portavoz en Chernov, que fue mi­nistro de Agricultura en el segundo gobierno de coalición y que hacía muy poco había tomado parte, jun­tamente con Lenin, en la conferencia antimilitarista que celebraron los socialistas en Zimmervald (Suiza). El ala izquierda del partido, que era la que se hallaba más plenamente identificada con los métodos revolucionarios del movimiento Norodnik, estaba representada por veteranos como Spiridonova y Natanson, que se unirían a los bolcheviques en octubre (noviembre).

Si los bolcheviques y mencheviques encontraban un mayor número de adhesiones en las zonas urbanas, los líderes socialrevolucionarios eran los portavoces del campesinado. El ala derecha hablaba en el mismo tono que los granjeros opulentos y, en cambio, el ala izquierda se veía inspirada por el tópico anarquismo cam­ino que había echado raíces profundas en la tierra de Bakunin. Pero, en conjunto, los socialrevolucionarios se sentían inclinados a dejarse llevar por los mencheviq­ues, especialmente durante los primeros meses de la revolución.

La creencia general de que se trataba de una revolució­n “burguesa” confundió un tanto a los propios lídere­s del soviet de Petrogrado y propició su disposición a reconocer al gobierno del príncipe Lvov.

Este reconocimiento parecía estar perfectamente de acuerdo con las ideas de los mencheviques, según los cuales eran los burgueses los que debían hacerse cargo del gobierno provisional en una revolución burguesa; no era tarea de los socialistas formar parte de tal go­bierno; sólo podían apoyarlo “desde fueran para hacer frente a los intentos contrarrevolucionarios y al mismo tiempo deberían defender también “desde fueran las reivindicaciones de los obreros frente a la burguesía.

En la primera fase de la revolución los socialistas moderados permanecieron fieles a estos principios antes de unirse a los liberales en la coalición gubernamental.

AI principio la posición de los bolcheviques no la muy clara. Estaban acostumbrados a considerar a la burguesía como una fuerza contrarrevolucionaria y se encontraban “de pronto” con sus líderes al frente del primer gobierno republicano de facto. ¿Cómo sería a el dirigente del proletariado en la revolución? do con un espíritu de oposición que no estaba dispuesto a pactar con las clases superiores, los seguidores de ­Lenin no podían reconciliarse con el príncipe o con Guchkov, con Miliukov, con los representantes de l­os terratenientes y con los industriales. Pero, por arte, la creencia que la revolución estimularía el desarrollo del capitalismo moderno en Rusia más que lugar a la implantación del socialismo, parecía obligar usar en algún medio de conciliación. En su exilio Lenin ya había resuelto el problema por su cuenta acabado convenciéndose de que la revolución “burguesa” no era más que el preludio de una revolución socialista; de que la clase obrera, con el apoyo del campesinado, acabaría con la burguesía e impondría su propia dictadura. Esto fue una importante novedad respecto de su diagnóstico anterior que sus seguidores pudieron apreciar desde el interior del país.

Sin la guía de Lenin sus seguidores vacilaban entre una política de oposición total al gobierno o­ prestarle un apoyo condicional Durante los días de la revolución de febrero (marzo) fueron dirigidos por un grupo de jóvenes radicales entre los que solamente Molotov llegaría, a la larga, a desempeñar un papel realmente histórico. El 12 de marzo (25) dos de los más importantes líderes bolcheviques, Stalin y Kámenev, regresaron de su exilio en Siberia y se encon­traron con que los criterios esgrimidos por sus jóvenes camaradas eran imprudentemente hostiles al gobierno provisional. Especialmente Kámenev aconsejó a los bol­cheviques que adoptasen una postura más conciliadora respecto del mismo. Lenin, en sus cartas desde Suiza, exponía ya las ideas que servirían de sostén teórico a la revolución de octubre (noviembre) pero, desde tan lejos, no podía imponer de momento a su partido que las aceptase. Así pues, en Petrogrado, durante la luna de miel de la república de febrero, bolcheviques, men­cheviques y socialrevolucionarios, aunque diferían entre sí por su tradición teórica y sus objetivos a largo plazo, convenían en los límites “liberal-burgueses” de la revolución. De ahí el idílico talante de unidad que exhibían las filas de la democracia revolucionaria, un idilio que bolcheviques y mencheviques estaban considerando se­riamente como capaz de llevar a un matrimonio del que emergiese un solo partido.

Pero los problemas básicos relativos a las tareas de la revolución se vieron complicados por las diferentes pos­turas de los partidos con respecto – la guerra. Los ca­detes y los octubristas confiaban en que la revolución no se convirtiera en un obstáculo para que su gobierno ganase la guerra y para proseguir con su política ex­terior. Como es sabido, en virtud del tratado secreto de Londres de 1915, se había prometido a Rusia el control de los Dardanelos y anexiones territoriales en los Bal­canes.

Miliukov, como ministro de Asuntos Exteriores del primer gobierno provisional, intentó reafirmar estos ob­jetivos como los “objetivos bélicos” de la Rusia revolucionaria. Pero, para conseguirlos, era evidente que el ejército debía luchar, y que debían restablecerse la dis­ciplina de la tropa y la autoridad de la oficialidad. El liberal ministro de Asuntos Exteriores se convirtió en ­un decidido defensor de la “línea dura”, del “gobierno fuerte”. Pero el restablecimiento de la disciplina, sólo era posible con la colaboración sin reservas de los so­viets. Pero, aún bajo la dirección de los líderes socia­listas más moderados, los soviets no podían hacer más que tímidos esfuerzos para conjurar el espíritu revolu­cionario de las fuerzas armadas. Casi todos los grupos socialistas estaban más o menos decididamente en con­tra del militarismo; la mayoría denunciaron la guerra como una aventura imperialista y revolucionaria cuando era el zar quien la dirigía. Pero con el derrocamiento del zar las cosas cambiaron un poco. Entonces podían aducir que el carácter de la guerra había cambiado y que la democracia revolucionaria rusa, aliada con las democracias parlamentarias de Francia y Gran Bretaña, estaba comprometida en una guerra a muerte contra las monarquías reaccionarias de los Hohenzonerns y de los Habsburgo. Esto era lo que proclamaban casi todos los socialistas, y algunos bolcheviques, en los meses de febrero y marzo y en cierto sentido se convirtieron en “patriotas” o en “socialpatriotas”. Pero, precisamente por aceptar la guerra en base a las razones apuntadas, no podían admitir los objetivos bélicos del viejo régimen. “Una paz democrática sin anexiones ni indemnizaciones” era el lema del día. Esto y las promesas de un pronto fin a la guerra sonaban a música del paraíso a los millones de soldados hambrientos que envejecían en las trincheras. Cuando Miliukov, el 18 de abril (lº de mayo), envió una nota a los aliados occidentales comunicándoles que su gobierno haría honor a los compromisos del gobierno zarista y prosiguió con sus objetivos bélicos, una marea de protestas se desencadenó en toda Rusia. Fue esto lo que acabó con la primera coalición tras la dimisión de Miliukov del ministerio de Asuntos Exteriores y de la de Guchkov del ministerio de Guerra.

Los recelos de los soldados que se encontraban el frente y de los obreros de los centros urbanos vieron mitigados con el nombramiento de Kerensky como ministro de la Guerra. A pesar de todo, en pIena “luna de miel” revolucionaria, los partidos socialistas no estaban aún seriamente divididos por sus criterio respecto a la guerra; todavía hablaban y actuaban con un espíritu de romántico pacifismo que, sin embargo, no les impedía apoyar tímidamente el esfuerzo bélico de su país. El verdadero motor de la escisión no había empezado aún a funcionar.

Desde el primer momento la revolución se centró en Petrogrado y en menor escala en Moscú y otros centros industriales. La iniciativa política partía de las ciudades. Pero la revolución no era, como puede comprenderse, una cuestión puramente “urbana”. Parafraseando a Marx podríamos decir que el “solo” del proletariado era poderosamente apoyado en todo el país por el “coro” del campesinado. Cada vez con mayor intensidad se elevaba un clamor en pro de una radical reforma del campo. Hacia la mitad del año los campesinos más impacientes empezaron a atacar a los te­rratenientes, a quemar sus casas ya repartirse sus tierras, hasta que llegó un momento en que estos actos empezaron a encadenarse con tal ímpetu que podía hablarse de una auténtica guerra campesina. La desintegración del ejército puede considerarse en cierto sen­tido como una faceta de esta revolución agraria. El ejército se nutría en su mayor parte del campesinado y éste esperaba que el nuevo régimen satisficiese sus demandas de tierra, por lo que en cierto modo “frenaron” los acontecimientos ya que los terratenientes estaban fuertemente representados en ese gobierno. En realidad los liberales y los octubristas deseaban evitar un cambio radical en las estructuras agrícolas.

Los socialistas moderados habían abogado durante mucho tiempo por la revolución agraria (4), pero en aquellos momentos vacilaban. ¿Podía hacerse una tal revolución en plena guerra? ¿No era la abolición de las estructuras que hacían posible la existencia de los terratenientes, un asunto lo suficientemente importante para ser abordado a la ligera y no en el seno de una asamblea constituyente? Podía dar la impresión de que en tales circunstancias la convocatoria de una asam­blea constituyente era la tarea más importante que debía abordar el gobierno y, sin embargo, los gobiernos que se iban sucediendo posponían esta convocatoria adu­ciendo que las pasiones políticas podían desatarse en las elecciones en perjuicio del esfuerzo bélico. Lo cierto es que las pasiones políticas ya estaban desatadas, que iban a desatarse aún más y que la congelación de la convo­catoria de una asamblea constituyente no conseguiría, “paradójicamente, más que encender los ánimos.

Los ministros burgueses insistían en seguir aplazando la convocatoria, temerosos de que una asamblea con­vocada en plena marea revolucionaria adoptase reso­luciones demasiado radicales, y los ministros socialistas sacrificaron la asamblea para salvar la coalición. Debido a su postura respecto de esta cuestión, tanto los libera­les como los socialistas contribuyeron, a pesar suyo, a fortalecer a los soviets que, aparte de los consejos mu­nicipales, eran las únicas corporaciones representativas que existían.

Una asamblea constituyente convocada a tiempo podía haber desbordado a los soviets y reducirlos, ante los ojos del pueblo, a simples facciones cuyo único objetivo era adueñarse del poder. Pero en el vacío cons­titucional de 1917 sucedió lo contrario; una especie de constitucionalismo soviético se apoderó de la mente de las masas. Frente a los soviets no hubo más que una serie de gobiernos provisionales sin el respaldo de la representatividad del pueblo, y serían entonces esos gobiernos provisionales los que recibirían de parte del pueblo la etiqueta de usurpadores.

Los bolcheviques se mostraron entonces mucho más decididos y enérgicos en su petición de que se convo­case la asamblea constituyente. Sin embargo, aún no veían claro cuáles iban a ser las relaciones de la asam­blea con los soviets y difícilmente podían pensar que iban a ser ellos mismos —los bolcheviques- los que unos meses más tarde convocasen la asamblea constitu­yente para disolverla casi a renglón seguido. Pero, por paradójico que parezca, al abogar por los derechos de una asamblea, durante el período de febrero a octubre (de marzo a noviembre) este partido revolucionario de extrema izquierda aparecía a los ojos del pueblo como mucho más fiel a la legalidad y formas constitucionales que los otros partidos.

Por lo que al subyacente pero enorme problema de la reforma agraria se refiere, los bolcheviques no ma­nifestaron tener, al principio, ideas muy claras. Lenin había hablado tiempo atrás y en muchas ocasiones de la nacionalización de la tierra por la sencilla razón de que tal medida estaba en línea con las ideas colectivistas de su partido. La idea de que las grandes ha­ciendas debían ser repartidas entre los campesinos, que los bolcheviques pondrían en práctica al hacerse con el poder, había sido parte del programa de los socialrevolucionarios pero no del de los bolcheviques, y el autor de ese programa (Chernov) había sido el ministro de Agricultura de la segunda coalición. Solamente un grupo dentro del partido bolchevique (al que pertenecía Stalin) había abogado en la década anterior por la distribución de la tierra.

Así pues, respecto de los principales problemas, como eran el sentido que debía tener la revolución, la guerra y la tierra, las diferencias entre los distintos grupos rivales dentro del socialismo parecían al princi­pio superficiales. La clara divisoria que iba a diferenciar a todos los partidos de los bolcheviques no la tra­zaría Lenin hasta su regreso de Suiza en 1917. Su viaje a través de Alemania y Suecia había sido preparado por los socialistas suizos, toda vez; que el gobierno británico había negado el permiso a los emigrados revolu­cionarios para regresar a su país a través del territorio británico. El gobierno alemán estaba al corriente de las actividades antibelicistas de Lenin y confiaba en que su propaganda restase agresividad a los militares rusos, pero lo que no esperaba es que, en cuestión de meses, tuviera que parlamentar con Lenin en su calidad de jefe del gobierno soviético. Tampoco esperaban los ale­manes el efecto de “boomerang” que la propaganda de Lenin iba a tener sobre las fuerzas alemanas, que sería uno de los factores de la desintegración del po­derío militar alemán en 1918. Lenin, como ha quedado demostrado por pruebas documentales, no mantuvo por su cuenta negociaciones con las autoridades alemanas y no se comprometió personalmente a nada salvo en pro­meter, a través de intermediarios suizos, que usaría de su influencia en Rusia, mediante compensaciones, para garantizar la salida de algunos alemanes del país. Las excepcionales circunstancias que rodearon este viaje de Lenin evidenciaban su ansiedad por situares lo antes posible en el centro de la agitación revolucionaria para asumir desde allí el liderazgo del partido: Cuando Lenin volvió a Rusia tenía una idea muy clara del camino que iba a seguir el bolchevismo. En sus famosas tesis de abril y en muchos discursos anticipó que la revolución pasaría pronto de su fase “liberal-burguesa” a la fase socialista para consumarse con la dictadura del proleta­riado.

Esta dictadura quedaría encarnada en el gobierno de los soviets para formar “un nuevo tipo de estado más adecuado para la construcción del socialismo. Pero sí el poder debían ejercerlo los soviets de una forma absoluta, los obreros deberían enfrentarse al gobierno del príncipe Lvov de una forma absoluta. El gobierno del príncipe Lvov era en realidad la dictadura de la bur­guesía que sólo se sostenía gracias a la complicidad de los socialistas moderados. Los bolcheviques tuvieron que seguir pechando con las ambigüedades de su propia actitud y explicar su postura abiertamente a los obreros, soldados y campesinos hasta lograr una mayoría suficiente en los soviets que les permitiese acabar definitivamente con el gobierno burgués. En cuestiones en las que estaba en juego la guerra y la paz la ambigüedad era inadmisible y el partido no podía prestar su apoyo a una” guerra que, a pesar del cambio de régimen, seguía teniendo un carácter “imperialista en todos y cada uno de sus aspectos”. Correspondía al proletariado “convertir una guerra imperialista en una guerra civil”. Las propiedades de los grandes terratenientes debían ser repartidas entre el campesinado como principal objeto de la fase “burguesa” de la revolución. La transición de la fase socialista se aceleraría con el estallido de la revolución en la Europa occidental que Lenin creía in­minente. Entre tanto, el control obrero o, más exactamente, el control conjunto de obreros y capitalista; sobre la industria sería el paso inmediato, que llevaría a la socialización.

El nuevo estado daría al pueblo un grado de libertad incomparablemente mayor que el que pudieran conse­guir en un típico estado liberal-burgués.

“Una vez iniciada la revolución es necesario reforzarla y proseguirla (dijo Lenin en un discurso dirigido a los sol­dados poco después de su regreso de Suiza). Todo el poder del estado, desde la base hasta la máxima responsabilidad, desde el pueblo más pequeño hasta la última calle de Petrogrado debe estar en manos de los diputados, obreros, soldados y campesinos de los soviets… No debe haber policía ni burócrata que no deba responder ante el pueblo ni que esté por encima del pueblo; no debe haber ejército regular sino que el pueblo debe armarse hasta el último hombre y unirse en los soviets; es él quien debe regir el estado. Sólo este poder, sólo los soviets pueden resolver el gran problema de la tierra. La tierra no debe estar en manos de los señores feudales… Uníos, organizaos, confiad los unos en los otros y no aceptéis más dueño que vuestra inteligencia y vuestra experiencia; y Rusia podrá entonces dirigirse con pasos firmes, mesurados y certeros hacia la liberación de nuestro país y dei toda la humanidad del yugo del capitalismo y de los horrores de la guerra”.

Esta forma de interpretar la dictadura del proleta­riado, es decir, un estado sin policía, sin burócratas y sin ejército regular, tenía una arrolladora fuerza de atrac­ción. Con nuestra perspectiva actual puede parecer que las palabras de Lenin no fueron sino simple demagogia encaminada a terminar con todo lo que quedase de autoridad gubernamental. Pero los que juzgan de esta forma la actitud de Lenin quedan desautorizados sí tenemos en cuenta la obra de Lenin, El Estado y la Re­volución, en el que Lenin desarrolla las mismas ideas bajo el plano teórico: un libro que no pudo ser escrito tan sólo por amor de la popularidad sino que refleja las profundas convicciones del autor.

A la vista de la evolución del régimen soviético es muy importante recordar el gran abismo que separó a la interpretación dada por Lenin de la dictadura del proletariado en 1917 y de su materialización en años posteriores.

Otra de las ideas importantes de Lenin, que expuso también al poco tiempo de regresar de su exilio, se re­fería al futuro del movimiento obrero no sólo en Rusia sino en todo el mundo. Anticipó la idea de la forma­ción de una Tercera Internacional, la internacional co­munista que, en su opinión, era necesaria porque los líderes de la Segunda Internacional habían abandonado la lucha de clases y el internacionalismo proletario.

Al principio estas ideas provocaron el asombro de los propios seguidores de Lenin. Pero gracias a su poder de persuasión y apoyado por las corrientes más radica­les de su partido, Lenin consiguió en poco tiempo que muchos bolcheviques coincidiesen con sus ideas. El 14 (27) de abril la conferencia del partido en Petrogrado aprobó las tesis de abril de Lenin y poco después una conferencia nacional bolchevique se pronunció en el mismo sentido, Fue éste en muchos aspectos el aconte­cimiento más importante desde la abdicación del zar, La primera revolución con su pretensión de “unidad en­tre las filas de la democracia revolucionaria” se había terminado; y el programa de la próxima revolución sería entonces aceptado por el partido que iba a llevar­lo a la práctica. En la conferencia nacional bolchevique que aprobó las mociones de Lenin sólo tomaron parte 133 delegados en representación de 76.000 miembros, En febrero el partido tenía solamente 30.000 afiliados, pero la fuerza del bolchevismo radicaba en la calidad y no en la cantidad. El bolchevique “medio” era por sí solo un líder influyente en su fábrica o lugar de trabajo y capaz de aglutinar a otros obreros que no per­tenecían a ningún partido e incluso a muchos que al principio seguían a los mencheviques.

Tras el colapso de la primera coalición en los meses de mayo y junio era cada vez más evidente el desen­canto popular respecto al régimen de febrero. Las elecciones municipales de la capital evidenciaron la debi­lidad de los cadetes, que eran los que habían venido dominando en el gobierno; la mitad de los votos fueron a parar a los mencheviques y algunos de los barrios obreros más radicales votaron por el partido de Lenin. La minoría bolchevique hacía gala de una gran astu­cia táctica y de una gran elasticidad. Lenin hizo que su partido aprovechara cualquier oportunidad para ex­poner sus ideas a las masas, pero no instigaba a un estallido revolucionario inmediato. Mientras los socia­listas moderados dominaron en los soviets, Lenin desau­torizaría todo intento por parte de los bolcheviques de hacerse con el poder. Lenin urgía a la mayoría de los soviets, formada por mencheviques y socialrevolucio­narios, a que ellos solos, sin los liberales, formasen el gobierno para justificar así la confianza que la clase obrera había depositado en ellos. Lenin anticipó su po­lítica en el congreso de todos los soviets rusos que empezó en Petrogrado el 3 (16) de junio y se atrajo a muchos obreros y soldados que hasta entonces habían ’1guido a los socialistas moderados. Los socialistas mo­derados se acababan de unir a la segunda coalición gu­bernamental formada por diez ministros burgueses y seis socialistas. “Los agitadores bolcheviques lanzaron enton­ces el lema “fuera los diez ministros capitalistas”. Cuan­to más fuertemente se asían los líderes mencheviques a la coalición gubernamental más se distanciaban de sus partidarios.

Mientras el congreso de los soviets se hallaba reu­nido, el comité ejecutivo dominado por los menchevi­ques organizó una manifestación para el 18 de junio (10 de julio) con la esperanza de que la clase obrera respondería y apoyaría a la coalición gubernamental. Para sorpresa y desencanto de los líderes moderados unos quinientos mil obreros y soldados pasaron delante de ellos con pan cartas en las que podía leerse: ” !Abajo la guerra! !Abajo los diez ministros capitalistas!”, y en otras que decían: ” !Los soviets al poder¡”. Evidente­mente gracias a su táctica Lenin había logrado el apoyo del proletariado de la capital.

La revolución tomó un extraño rumbo en las se­manas que siguieron. Los bolcheviques tenían ya tras de sí a los obreros ya gran parte de los soldados de la guarnición de la capital, pero en provincias los so­cialistas moderados eran los que ejercían una influencia mayor. Lenin y Trotsky confiaban en que esta brecha que separaba a la capital de las provincias desaparece­ría pronto. Pero, de momento, querían evitar a toda costa verse sometidos a una decisiva “prueba de fuer­zan; deseaban posponer tal prueba hasta que pudiesen tener razones fundadas y lo más sólidas posible de que iban a ganar y de que el gobierno bolchevique que se estableciese en la capital no podría ser aplastado por fuerzas enviadas desde provincias. Pero la impaciencia de sus propios seguidores en Petrogrado llevó al abor­tado alzamiento de julio. El 3 (16) de julio, el primer regimiento de ametralladoras en unión de los marinos de la flota del Báltico y de masas de obreros organizaron una manifestación violenta y armada, sitiaron la sede del soviet de Petrogrado e instaron amenazadora­mente a los socialistas moderados a que dejasen el, poder en manos- de los soviets en los que ellos tenían mayoría. El comité central bolchevique intentó con­trolar el movimiento y evitar que se convirtiese en una sublevación en toda regla. El gobierno desplazó,): tropas del frente a la capital y prohibió las manifes­taciones.

En plena ola de disturbios llegaron noticias a Pe­trogrado del colapso de la ofensiva rusa en el frente suroeste; una ofensiva que había empezado el 18 de junio (lº de julio).

La derrota, que conduciría a la total desintegración del ejército, dio lugar a violentas reacciones. Los bolcheviques se erigieron en abogados de los soldados, eximiéndoles, lógicamente, de toda responsabilidad; de unos soldados mal armados, mal alimentados y mal i equipados y acusaron al gobierno de haber sido incapaz de cortar la corrupción que había y de que lo’ que de­bió destinarse a comida y ropa para los soldados se destinase a enriquecer y regalar a muchos; acusaban a Kerensky, por entonces ministro de la Guerra, de ha­berse lanzado a la ofensiva cediendo a las presiones de las potencias occidentales y utilizaron su influencia en el frente para abogar por la paz. El gobierno, por su parte, atribuía la derrota a la subversiva influencia de los agitadores bolcheviques en las trincheras.

Como las manifestaciones de julio habían sido prohi­bidas, los líderes bolcheviques fueron acusados de estar al servicio del Estado Mayor alemán. La acusación lanzada en un periódico de gran difusión entre el pueblo y respaldada con documentos falsificados desencadenó una tormenta de indignación, en la que le fue fácil al gobierno propinar fuertes golpes al partido de Lenin. La liga de oficiales y otras asociaciones de­rechistas atacaron el cuartel general bolchevique, des­trozaron el edificio donde se encontraba la sección editorial de Pravda y varios comandos de extrema derecha hicieron incursiones de castigo en los barrios de mayoría bolchevique. El 6 (19) de julio el gobierno ordenó el arresto de Lenin, Kámenev, Zinóviev, Kollontaï y de otros líderes bolcheviques. Lenin y Zinóviev se oculta­ron, para no reaparecer hasta el mismo día de la revo­lución de octubre (noviembre); Trotsky, Kámenev y otros fueron arrestados. El 12 (25) de julio el gobierno volvió a implantar la pena de muerte para los delitos contra la disciplina militar que se cometiesen en el fren­te. El 18 (31) de julio el general L. G. Kornilov fue nombrado comandante en jefe en sustitución del ge­neral Brussilov.

Todos estos acontecimientos provocaron un “despla­zamiento hacia la derecha” cuya fuerza fue supervalo­rada en tiempo de Lenin. Lenin, considerando que los bolcheviques ya habían cumplido en aquellos momentos con su papel revolucionario, aconsejó a sus partidarios, al celebrarse un semiclandestino sexto congreso del par­tido, que cesasen de abogar por la transferencia del poder a los soviets. Los líderes de la liga de oficiales y de otras organizaciones de la derecha consideraron que era el momento adecuado para acabar definitiva­mente con los soviets. Pero la realidad es que la fuerza de los soviets era todavía grande y la amenaza de la derecha provocó la reacción de los socialistas modera­dos. El 24 de julio (6 de agosto) el comité ejecutivo de los soviets entregó al príncipe Lvov un ultimátum en el que se le pedía la inmediata y oficial promulgación de la república, la disolución de la Duma y la prohibi­ción de la compraventa de tierras hasta que una ley de reforma del suelo fuese aprobada por una asamblea constituyente El príncipe Lvov se negó a aceptar estas exigencias y su gobierno dejó de existir.

La segunda coalición se formó con Kerensky como jefe de gobierno, que se hizo cargo, asimismo, del Mi­nisterio de la Guerra. Este gobierno heredó de su an­tecesor sus divisiones internas y sus indecisiones, y no satisfizo a ninguno de los dos partidos que se le unieron.

El 12 (25) de agosto Kerensky convocó una confe­rencia en Moscú en la que iban a estar representados todos los partidos y todas las organizaciones de carác­ter económico. El objetivo de la conferencia era refor­zar el prestigio del gobierno y fue convocada precisa­mente en Moscú pues parecía que allí la influencia de los bolcheviques era menor que en Petrogrado. La aper­tura de la asamblea se vio acompañada por una huelga general que era como una tarjeta de visita del creciente poderío bolchevique en la segunda capital del país.

La conferencia convocada por el gobierno no hizo sino evidenciar la distancia cada vez mayor que sepa­raba a la izquierda de la derecha, es decir, a los socia­listas moderados de los liberales y las ligas militares. La conferencia evidenció también un incipiente an­tagonismo entre Kerensky y Kornilov, que había sido recientemente nombrado comandante en jefe del ejér­cito. Los debates se vieron repetidamente interrumpidos por estruendosos aplausos; unas veces de la izquierda, otras de la derecha; unas veces para subrayar las pala­bras de Kerensky contra Kornilov y otras para sub­rayar las de Kornilov contra Kerenski. La derecha aclamaba al comandante en jefe del ejército como el salvador de Rusia, como el hombre destinado a reim­plantar la disciplina sobre un país en plena desintegración. La izquierda aclamaba al jefe de gobierno como defensor de la revolución frente a los extremismos de sus propios partidarios y del adversario. Fuera de la sala de conferencias el jefe de gobierno y el comandan, te en jefe pasaban revista a formaciones militares rivales. Este antagonismo, que era, en parte, personal, SI debía fundamentalmente a diferencias políticas de fondo. Tanto Kerensky como Kornilov estaban de acuerdo en la necesidad de un gobierno fuerte que disfrutase d plenos poderes. Pero Kornilov pensaba en la oficialidad de alto rango como base para ese gobierno y en él mismo para el puesto de dictador. Kerensky deseaba ver libre a su gobierno de la presión de los soviets, pero gustase o no, tenía que contar con el apoyo de esos mismos soviets para poder gobernar. (No olvidemos que Kerensky era todavía miembro del comité ejecutivo del soviet de Petrogrado.) Kerensky había reimplantado la pena de muerte para castigar los delitos que se come­tiesen en el frente y Kornilov deseaba que la reimplan­tación afectase a todo el país para aplicarla a los que atentasen contra “1a legalidad y el orden.

Kerensky confiaba en frustrar las esperanzas de los soviets utilizando el ejército como contrapeso, en tanto que el objetivo de Kornilov era la total disolución de los soviets.

El 21 de agosto (3 de septiembre) Rusia sufrió otra derrota importante: Riga cayó en poder de los alema­nes. Las circunstancias que rodearon, esta derrota no estaban nada claras. Desde la izquierda se lanzó la acusación de que la miga roja” había sido deliberadamente entregada al enemigo, y Kornilov utilizó la caída de Riga como pretexto para sublevarse contra el go­bierno; el 25 de agosto (7 de septiembre) ordenó que poderosos destacamentos de cosacos marchasen sobre Petrogrado negando abiertamente su obediencia al go­bierno. Kerensky denunció al comandante en jefe por rebelde y decidió aplastar el motín con ayuda de los bolcheviques; armó a los guardias rojos, pidió ayuda a los marinos de la flota del Báltico y alentó a los agita­dores bolcheviques para que saliesen al encuentro de las tropas de Kornilov. La propaganda bolchevique entre estas tropas fue tan eficaz, que los soldados de Kornilov se negaron a obedecer las órdenes de éste ya luchar con la roja Petrogrado. El 30 de agosto (12 de septiem­bre) Kornilov fue destituido y arrestado y Kerensky pasó a ocupar el puesto de comandante en jefe.

La abortada revolución de julio había provocado un temporal desplazamiento hacia la derecha y la abor­tada contrarrevolución de Kornilov provocaría un apa­ratoso giro a la izquierda.

La primera manifestación de este giro a la izquierda fue el colapso de la segunda coalición. En cuanto Kor­nilov se pronunció contra el gobierno, los liberales se retiraron de la misma; bien porque simpatizasen con los amotinados o porque no deseasen compartir las res­ponsabilidades de la acción de Kerenski. Pero al mismo tiempo los ministros mencheviques y socialrevoluciona­rios también dimitieron; sus respectivos partidos se in­clinaban a acusar al propio Kerensky de un cierto grado de complicidad o de negligencia en los primeros mo­mentos de la conspiración de Kornilov.

Durante casi un mes el país estuvo sin gobierno propiamente dicho. El 10 de septiembre Kerensky formó un directorio compuesto por cinco ministros en­tre los que él era el único que tenía talla política. Su gobierno personal o, mejor dicho, su personal incapacidad para gobernar recibió de parte de los bolchevi­ques la etiqueta de bonapartismo.

El giro a la izquierda se haría más evidente cuan­do el 31 de agosto (13 de septiembre) los bolcheviques obtuvieron por primera vez una clara mayoría en el soviet de Petrogrado. Trotsky, liberado de su encarcela­miento, fue elegido presidente del soviet, cargo que ya había ocupado en 1905. Cinco días después los bolche­viques conseguían también la mayoría en el soviet de Moscú y poco después en la mayoría de los soviets de provincias.

De este cambio de opinión Lenin dedujo que había llegado el momento de que su partido se hiciese con el poder. Desde su refugio en Finlandia urgió a primeros de septiembre al comité central de su partido a que se preparase para la acción armada. Esta era la lógica conclusión a que cabía Ilegar a tenor del curso de la política bolchevique desde el mes de abril El régimen de febrero (marzo) había sido posible, según Lenin, gracias a la “retirada” de los soviets en favor del gobierno provisional, y esta “retirada” se había asimismo mate­rializado porque los socialistas moderados se habían adueñado de los soviets. Pero con la mayor ascendencia de los bolcheviques los soviets habían potenciado enor­memente su fuerza, y como el gobierno no parecía ni mucho menos dispuesto a ceder a la voluntad de los soviets, debía ser derrocado con las armas en la mano. También el gobierno comprendía que ése era el curso lógico que podían tomar los acontecimientos, cosa que advertían asimismo sus valedores mencheviques y social­revolucionarios, pero no creían que los bolcheviques es­tuviesen en situación de actuar de acuerdo con esta lógica. Pero es que además ni mencheviques ni social­revolucionarios podían enfrentarse a la arrolladora fuer­za que se había desencadenado contra la república “liberal-burguesa”.

Para los socialistas moderados era muy difícil, sí no imposible, desafiar abiertamente la autoridad de los so­viets; una autoridad que ellos mismos, en ocasiones, habían respaldado simplemente para contrarrestar la in­fluencia de los bolcheviques. Kerensky se negó hasta el último momento a convocar una asamblea constituyen­te, y en lugar de esto convocó la Ilamada “conferencia democrática” que se reunió en Petrogrado del 14 al 22 de septiembre (27 de septiembre a 5 de octubre). El prin­cipal resultado de la conferencia fue la formación del llamado “parlamento previo”, un cuerpo consultivo cuya autoridad, al carecer del respaldo del electorado, y no poder controlar al gobierno, era muy débil Esta auto­ridad se vio aún más debilitada cuando los bolcheviques vieron para preparar la defensa contra los alemanes pero al mismo tiempo sirvieron también para preparar el alzamiento.

Un poco después Kerensky ordenó la redistribución de las fuerzas militares para reforzar el frente con el propósito de dar una mayor solidez al gobierno alejan­do de la capital a las fuerzas más revolucionarias. El comité revolucionario militar vetó esta redistribución de los contingentes militares, y por consejo de Trotsky en­vió a sus comisarios a todos los destacamentos estacio­nados en Petrogrado y sus alrededores para controlar los movimientos de tropas. Esto fue un desafío al go­bierno y al alto mando; un desafío que Kerensky no podía dejar sin respuesta. El 23 de octubre (5 de no­viembre) Kerensky ordenó la retirada de los periódicos bolcheviques y decretó el arresto de los líderes bolche­viques que habían sido puestos en libertad bajo fianza. Al día siguiente incriminó al comité militar revoluciona­rio y ordenó una investigación sobre sus actividades. Mientras Kerensky perdía el tiempo dirigiéndose al “parlamento previo” con amenazas hacia los bolchevi­ques, la revolución ya había prácticamente empezado. Sus amenazas no hicieron otra cosa más que dar a los bolchevi­ques un pretexto más para justificar el alzamiento como una acción defensiva según la inicial táctica de Trotsky. El comité militar revolucionario había abierto el fue­go con su famosa Orden nº 1: “El soviet de Petro­grado se encuentra en peligro inminente. La pasada no­che los conspiradores contrarrevolucionarios intentaron hacer que los cadetes y los batallones de combate (fuer­zas de choque) marchasen sobre la capital. En virtud de esta orden debéis preparar vuestros regimientos para la acción. Estaban atentos a las nuevas órdenes que vayan llegando. Toda dilación o vacilación será considerada como traición a la revolución.”

El plan para las operaciones militares había sido preparado con gran precisión por Trotsky, Podvoisky, Antonov-Ovseenko y Lasevich, miembros del comité militar revolucionario.

Durante la noche del 24 al 25 de octubre (6 al 7 de noviembre) los guardias rojos y regimientos regulares ocuparon con extraordinaria rapidez el palacio Táuride, que era la sede del parlamento, las oficinas de correos y las estaciones de ferrocarril, el Banco Nacional, las centrales telefónicas, las centrales de energía eléctrica y otros puntos estratégicos.

Si en febrero se necesitó una semana para derribar al zar, para derribar al último gobierno de Kerensky bastaron unas pocas horas. En la mañana del 25 de oc­tubre (7 de noviembre) Kerensky ya había huido de la capital confiando en reagrupar tropas para la lucha.

Por la tarde su gobierno se encontraba sitiado en el Palacio de Invierno igual que estuviera el gobierno za­rista en la fase final de la revolución de febrero-marzo. En una sola noche y casi sin derramamiento de sangre los bolcheviques se habían hecho dueños de la capital. A la mañana siguiente la gente despertó sin poder dar crédito a lo que leía en carteles pegados a las paredes:

“El gobierno provisional ha sido derrocado. La autoridad gubernamental ha pasado a manos del…comité militar revolucionario que dirige el proletariado y la guarnición de i Petrogrado. La causa por la que tanto tiempo ha luchado es: ofrecer de inmediato una paz democrática; abolir la propiedad de los terratenientes; el control obrero de la produc­ción y la formación de un gobierno soviético. Esta causa está ahora garantizada. iViva la revolución de los soleados, obre­ros y campesinos!” ,

Por la tarde se abrió el segundo congreso de los soviets. Los bolcheviques tenían mayoría (390 delega­dos entre 649). Por primera vez desde el mes de julio, Lenin apareció en público para dirigirse al congreso y presentar dos mociones de la máxima importancia: una sobre la paz y la otra sobre la tierra. Su declaración sobre la paz apelaba “a todas las naciones beligerantes ya sus gobiernos para que empezasen inme­diatamente negociaciones para una paz justa y demo­crática…sin anexiones…sin adueñarse de tierras ex­tranjeras y sin indemnizaciones de guerra.

En el decreto sobre la tierra Lenin decía simplemen­te: “A partir de ahora queda abolida la propiedad te­rrateniente sin compensación alguna”.

Mientras el Congreso aplaudía las noticias del arres­to de los miembros del gobierno provisional del 26 de octubre (8 de noviembre) se formaba el primer consejo de comisarios del pueblo presidido por Lenin; Trotsky fue nombrado comisario de Asuntos Exteriores; Stalin comisario de las Nacionalidades; Rykov, comisario del Interior; Milutin, comisario de Agricultura; Shlyapnikov, comisario de Trabajo; Lunacharski, comisario de Educación, y Antonov-Ovseenko, Krylenko y Dybenko constituyeron un “triunvirato” encargado de los asuntos militares (incluyendo los navales).

El programa de este gobierno no estaba aún bien definido; pero sus líderes, decididos a implantar la dictadura del proletariado ya respaldarla con el apo­yo de amplias masas del campesinado que formaba el grueso de la población rusa. Confiaban en lograr este apoyo repartiendo entre el campesinado unos ciento cincuenta millones de desjatin de tierra que pertenecie­ron a los grandes terratenientes. Su otro objetivo in­mediato era conseguir la paz.

En el momento de la revolución los bolcheviques creían firmemente que los otros países europeos seguirían de forma inmediata a Rusia en la senda revolucionaria, que la paz podría ser negociada entre gobiernos proletarios de los principales países beligerantes.

Los líderes del nuevo régimen ya no veían tan claro hasta qué punto debían llegar en la socialización de la industria (nacionalizaron los bancos y los transportes. pero dejaron la mayoría de las industrias bajo el control conjunto de obreros e industriales). Finalmente aborda­ron la tarea de hacer, en base a los soviets, un nuevo tipo de estado” superando el estado liberal burgués y el que representase a los obreros ya los campesinos sobre la base de la democracia proletaria.

Federico Engels escribió una vez que “el pueblo que blasona de haber hecho una revolución se encuentra siempre al día siguiente de que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo; que la revolución que habían he­cho no se parecía en nada a la que habían pretendido hacer”. Engels sacaba su generalización principalmente de la experiencia de la Revolución francesa, pero su afirma­ción se vería confirmada por el camino que iba a tomar la revolución rusa, por las decepciones que iban a su­frir sus propios artífices. En abril de 1917 el príncipe Lvov proclamaba orgullosamente: “!Podemos considerarnos un pueblo afortunado. Nuestra generación ha tenido la suerte de vivir el período más feliz de la his­toria rusa”. Pero semanas después, a los ojos del mismo hombre, aquel período tan feliz pasaría a ser el más des­graciado de la historia rusa.

Kerensky, en sus mejores días, preguntaba a los soldados en un discurso: “¿Es el estado libre ruso un estado de siervos amotinados?… Lamento no haber muerto dos meses atrás porque habría muerto soñando’ el gran sueño de que, de una vez por todas, Rusia empezaba una nueva vida; que podíamos vivir sin el látigo, respetarnos unos a otros y administrar nuestro estado de forma muy distinta a como lo hicieron los pasados dictadores”.

El desencanto de hombres como Lvov y Kerensky fue en aumento conforme fueron advirtiendo que la revolución los utilizaba para después prescindir de ellos. Estos hombres no hicieron la revolución sea cual sea el criterio que se adopte para juzgarlos. En estos hombres el choque entre el espejismo y la realidad fue total.

El caso de los bolcheviques era distinto. Los bolche­viques formaban el único partido que en 1917 sabía lo que quería y que era capaz de conseguirlo. Había con­siderado sabiamente todos los factores del alzamiento y representaban una inaplazable necesidad para el pueblo ruso. Y, sin embargo, también ellos tuvieron que adver­tir que la revolución que habían hecho era muy distinta a la que querían hacer. Ellos también tuvieron que aprender por medio de crueles lecciones que los supues­tos que les habían movido a actuar no estaban libres de trágicos espejismos.

En vísperas del alzamiento de octubre, en su polé­mica con Zinóviev y Kámenev, Lenin había reafirma­do una vez más sus dos principales supuestos teóricos. ­Estaban convencidos de que la revolución se justificaría a sí misma “nacionalmente” y que sería apoyada por una aplastante mayoría del pueblo ruso. Creía también Lenin que la revolución se justificaría “internacional­mente” porque sería el preludio de una revolución a nivel internacional.

El primero de los supuestos de Lenin (el de que el bolchevismo se afirmaría sólidamente en todo el país) se vería desafiado en la práctica con una fuerza que difícilmente pudo imaginar: Porque durante más de dos años y medio los bolcheviques tuvieron que en­zarzarse en una salvaje guerra civil contra los ejércitos ” blancos” y contra la intervención de las tropas extran­jeras recabadas por estos.

Si a la postre el bolchevismo salió triunfante se de­bió al profundo ’arraigo popular que había ido acumu­lando en años anteriores. En cierto sentido la guerra civil fue un forcejeo entre el bolchevismo y las fuerzas del antiguo régimen por conseguir el apoyo del cam­pesinado, y serían los bolcheviques los que ganasen la partida. Los ciento cincuenta millones de desjatin de tierra que los mujiks habían conseguido gracias al pri­mer decreto dado por el gobierno soviético, eran una sólida base en la que asentar el nuevo régimen. Al de­fender a los bolcheviques contra los generales “blancos” y contra la invasión extranjera el campesinado ruso se defendía a sí mismo evitando el regreso de los terrate­nientes, que marchaban amparados por los ejércitos “blancos”. Podría aducirse que Lenin y Trotsky “sobornaron” al campesinado y, en cierto sentido, es ver­dad. Pero esto no altera para nada la realidad de que el antiguo sistema de posesión de la tierra era para el campesinado un anacronismo altamente lesivo, que las reivindicaciones del campesinado no habían sido satis­fechas, que ningún partido, salvo el bolchevique, se había demostrado capaz de atender sin demora esas reivindicaciones y que la revolución agracia de 1917 daba al sistema soviético una gran estabilidad. Fue tan grande la fuerza inicial que acumularon los bolchevi­ques gracias a estas circunstancias, que les permitió no sólo ganar la guerra civil sino arriesgarse, diez años más tarde, a un peligroso enfrentamiento con amplios sectores del campesinado debido a la implantación del colectivismo y salir asimismo triunfante del empeño. En su territorio es innegable que los bolcheviques ha­bían echado muy sólidas raíces.

El segundo supuesto en base al cual Lenin y Trotsky urgieron a sus seguidores a lanzarse a la revolución (la inminencia de una revolución proletaria en el oeste) fue un semiespejismo por lo que a las convicciones y es­peranzas de los bolcheviques se refiere.

Decimos que fue un “semiespejismo” porque en va­rios países europeos existía potencialmente la posibili­dad de una revolución. Pero este potencial no se desencadenó. Cuando, en noviembre de 1918, estallaron re­voluciones en Alemania y en Austria-Hungría, se limi­taron a la sustitución de las viejas monarquías por re­públicas parlamentarias burguesas y no desembocaron en dictaduras del proletariado. Además, estas revoluciones tuvieron lugar más tarde de lo que los bolche­viques esperaban y, entre tanto, los bolcheviques se habían visto obligados, debido a su aislamiento ya la debilidad provocada por la guerra a firmar la “vergonzosa” paz de Brest-Litovsk. En el período de 1918-1920 la simpatía de la clase obrera europea por la Rusia Soviética era lo suficiente­mente intensa para evitar la intervención de otros países contra el régimen comunista. En este sentido Lenin no se había equivocado al poner sus esperanzas en el “proletariado europeo”. Pero no hay que olvidar que estas esperanzas habían ido mucho más allá porque él con­fiaba fundamentalmente en el triunfo revolucionario de la “Europa proletaria”. Lenin siempre tuvo con­ciencia del gran atraso de la civilización rusa y no po­día admitir fácilmente que Rusia fuese capaz, por sí sola, de implantar el socialismo y precisamente por esta razón, en 1905-1906 y durante algunos años des­pués, a todo lo que aspiraba era a una revolución “democrático-burguesa”. En 1917 convenció a su partido de que la revolución podía pasar de la fase “liberal-burguesa” la fase socialista, pero sí estaba convencido de ello era porque confiaba que tal revolución no se detendría en las fronteras rusas. Una vez que la revolución triunfase en los países altamente industriali­zados y civilizados del oeste —repetía constantemente­— la construcción del socialismo se convertiría en una em­presa internacional y la adelantada Europa occidental ayudaría a Rusia con máquinas, asesoramiento técnico, experiencia administrativa y enseñanza. Y, precisamente en base a estas ideas y para acelerar el proceso revolu­cionario, el partido bolchevique fundó en 1919 la inter­nacional comunista. Sin embargo, hacia el final de la guerra civil 0 por lo menos en 1921, se vio claro que los regímenes parlamentarios burgueses de Europa occi­dental habían conseguido frenar las embestidas del comunismo, por lo menos de momento. La Rusia Sovié­tica está sola como un “prodigio” de ruina y desolación. Era inevitable que los bolcheviques reconsiderasen sus supuestos y empezaron entonces una serie de rea­justes. El primero de ellos fue la parcial reimplantación del capitalismo en el marco de la NEP o Nueva Política Económica en 1921. El segundo fue la formulación por Stalin de la doctrina del “socialismo en un solo país” (1924) cuya esencia era la autosuficiencia de la revolu­ción rusa. La perspectiva de una serie de naciones avan­zando conjuntamente hacia el socialismo había palide­cido y quedaba muy lejana. Esta perspectiva se vio sustituida o por lo menos difuminada por la de una Rusia avanzando en solitario hacia el remoto objetivo socialista a través de las duras pruebas que impondría la revolución industrial controlada por el estado y la colectivización forzosa de la agricultura.

En otro e igualmente importante aspecto el resultado de la revolución diferiría grandemente de las esperan­zas de sus artífices. “Jamás imaginamos que deberíamos recurrir al terror en la guerra .civil ni que nuestras manos iban a quedar tan ensangrentadas”, confesaba públicamente Zinóviev, en octubre de 1920, ante un con­greso de socialistas independientes alemanes celebrado en Halle.

El propio encarnizamiento de la guerra civil mo­dificó el carácter de la revolución y del estado resul­tante. En 1917. Lenin abogaba por el sistema soviético ensalzándolo como un tipo de democracia más perfecto, como un nuevo estado “sin policía, sin burócratas y sin ejército regular”…

Bien es verdad que las clases opulentas habían sido desposeídas y que el nuevo estado era efectivamente una dictadura del proletariado. Pero, la abolición de los privilegios de la burguesía fue considerada al principio como una medida más o menos transitoria dictada por una situación de emergencia; y, en cualquier caso, se suponía que la dictadura del proletariado iba a dar a obreros y campesinos (es decir, la gran mayoría de la población) más libertad política y económica de la que podían conseguir en un estado liberal-burgués.

Sin embargo, al término de la guerra civil los obre­ros y también los campesinos se habían visto privados de sus libertades políticas y ya se habían sentado las bases para un sistema de gobierno a base de partido único.

A la luz de los acontecimientos posteriores se ha dicho y escrito más de una vez que el partido de Lenin buscaba esto deliberadamente desde el principio. Pero esta opinión no se ve corroborada ni por documentos ni por los hechos. Fue en la vorágine de la guerra civil cuando los bolcheviques empezaron a no poder distin­guir amigos de enemigos, cuando suprimieron a los partidos de la oposición y establecieron su propio monopolio político de una forma gradual bajo la presión; de los acontecimientos.

En años posteriores la situación de aislamiento de Rusia, rodeada por Un mundo hostil, fue paralela a la inercia del gobierno en el que la coerción propició la to­tal abolición de la democracia del proletariado” y la transformación del régimen soviético en un estado po­licía en el que reinaba el terror.

Las ironías de la Historia se cebaron cruelmente en aquellos hombres que habían luchado “por un estado sin policía, sin burócratas y sin ejército regular”. Y, sin embargo, a pesar de todos los espejismos bolcheviques, que el tiempo se encargaría de despejar gradual o violentamente, lo que no puede ponerse en duda es que la revolución soviética, al igual que la Revolución francesa, abrió una nueva época para el mundo. El día 25 de octubre (7 de noviembre) de 1917 ha quedado inscrito con trazo imborrable en los anales de la humanidad, y aunque no puede decirse en modo alguno que a mediados de nuestro siglo se hayan despejado todas las connota­ciones de la Revolución de octubre puede decirse que con ella empezó la extraordinaria escalada de Rusia como potencia mundial y la siembra que daría lugar a la gigantesca revolución china.

Notas

­

1 Deutscher no emplea al azar el término “revolución”, sino haciendo un claro distingo con el de “reforma” por la especificidad que la expresión “reforma agraria” tiene en nuestros días y que, en buena parte ya tenía por entonces (Ndt).

2 Siempre que en este capítulo se encuentre la palabra soviet en singular se refiere al soviet de Petrogrado

3 Un desjatine equivale a 1,09 hectáreas (Ndt)

4Durante la guerra mundial San Petersburgo fue rebautizada con el nombre de Petrogrado.

Miristas contra texto que deshonra y daña imagen historica y el proyecto del MIR

1.- En los últimos años se han publicado muchos libros y artículos, y se han elaborado decenas de tesis universitarias sobre el MIR. Estos textos expresan visiones distintas, parte de ellas son visiones críticas de las políticas y direcciones partidarias, y, en general, aportan Seguir leyendo Miristas contra texto que deshonra y daña imagen historica y el proyecto del MIR

El Bosco y la agonía del feudalismo

por Allan Woods//

Poco se sabe de la vida del hombre que conocemos como El Bosco. Ni siquiera este nombre era el suyo, sino el seudónimo con el que firmaba sus obras. Su verdadero nombre era Jeroen Anthoniszoon van Aken, y nació hacia 1450 en la próspera ciudad comercial holandesa de Bolduque [‘s-Hertogenbosch, en holandés], cerca de la frontera alemana. Era una próspera ciudad de unos 25.000 habitantes y la producción de paños era su industria más importante. Pero también era conocida por sus organeros, campaneros, impresores, cuchilleros y herreros. Alrededor del 90 por ciento de la población vivía de la tierra.

El Bosco vivió durante el período que el historiador holandés Johan Huizinga ha llamado el ocaso de la Edad Media. Coincidió con el inicio de ese gran despertar cultural que llamamos el Renacimiento. La investigación y los descubrimientos científicos florecieron en una atmósfera de curiosidad intelectual. Bajo la superficie exterior de procesiones, peregrinajes y piedad, crecía un sentimiento de escepticismo hacia la Iglesia y surgían dudas sobre el orden divino de las cosas. La invención de la imprenta llevó la posibilidad de aprender a capas más amplias de la población.

Este fue un punto de inflexión importante en la historia. Fue un período en el que los cimientos del feudalismo estaban siendo erosionados por el capitalismo, como explicaron Marx y Engels:

“De los siervos de la gleba de la Edad Media surgieron los ‘villanos’ de las primeras ciudades; y estos villanos fueron el germen de donde brotaron los primeros elementos de la burguesía.

“El descubrimiento de América, la circunnavegación de África, abrieron nuevos horizontes e imprimieron nuevo impulso a la burguesía. El mercado de China y de las Indias orientales, la colonización de América, el intercambio con las colonias, el incremento de los medios de cambio y de las mercaderías en general, dieron al comercio, a la navegación, a la industria, un empuje jamás conocido, atizando con ello el elemento revolucionario que se escondía en el seno de la sociedad feudal en descomposición.

“El régimen feudal o gremial de producción que seguía imperando no bastaba ya para cubrir las necesidades que abrían los nuevos mercados. Vino a ocupar su puesto la manufactura. Los maestros de los gremios se vieron desplazados por la clase media industrial, y la división del trabajo entre las diversas corporaciones fue suplantada por la división del trabajo dentro de cada taller”. (Marx y Engels, El Manifiesto Comunista, “I, Burgueses y proletarios”).

alt“Las tentaciones de San Antonio” de El BoscoLa prosperidad de Bolduque se derivó de la introducción de métodos capitalistas. En la Edad Media, todas las actividades artesanas estaban reguladas por los gremios. Ahora, sin embargo, los patrones introdujeron nuevos métodos de producción. Los que tuvieron éxito obtuvieron más beneficios que los maestros tradicionales de los diversos oficios y amasaron grandes fortunas. Los gobernantes aristocráticos de los Países Bajos se aliaron con la burguesía para repartirse los beneficios de los nuevos modos capitalistas de producción. Pero los gremios se resistieron a los cambios porque les amenazaban con la ruina. La lucha entre estos intereses contrapuestos a veces estuvo a punto de desembocar en guerra civil.

El Bosco sólo fue redescubierto en el siglo XX, tras casi tres siglos de olvido. Esto no es una casualidad. Las generaciones anteriores no podían entender este arte extraño. Este es el arte de un mundo en turbulencia, desgarrado por tendencias contradictorias –un mundo en el que la luz de la razón se había extinguido y donde las pasiones animales dominaban, un mundo de terror y violencia, una auténtica pesadilla–. En suma, un mundo como el nuestro.

Un período de transición

Detalle de montañas de “El Jardín de las Delicias”, de El BoscoAunque separada del mundo moderno por más de 500 años, la obra de El Bosco parece decirnos más que la mayoría del arte contemporáneo. Es más relevante para el mundo en el que vivimos. Este arte tiene una belleza extraña y fascinante, pero lo que no parece tener es lógica. Desafía la razón humana a cada paso, dándole vuelta a la realidad. Nos enfrentamos a imágenes tan increíbles, tan en contradicción con nuestra visión normal del mundo, que nos sentimos mareados. Aquí la expresión de Hegel nos golpea con toda su fuerza: “La razón se convierte en sinrazón”.

Extrañeza es la esencia misma de este arte. Es el reflejo de un mundo que ya no está en armonía consigo mismo, sino que está completamente fracturado. El terreno que pisamos ya no es firme. Lo sólido se convierte en líquido y viceversa. Las montañas de la parte central de El jardín de las deliciasparecen haberse transformado en plantas monstruosas que se abren con una maduración antinatural. Todo está transformándose en su contrario o, para citar las célebres palabras de Heráclito, “Todo es y no es, pues todo fluye”.

Estilísticamente, la obra de El Bosco no parece asemejarse ni al arte medieval ni al arte del Renacimiento. Aunque los elementos de ambos están presentes, el arte de El Bosco da la impresión de ser increíblemente moderno. Las imágenes son tan sorprendentes, incluso espeluznantes, las yuxtaposiciones tan contradictorias e inesperadas, que uno tendría que mirar al mundo del surrealismo para encontrar algo remotamente similar. De hecho, el carácter de pesadilla de estas imágenes impacta con mayor fuerza que los torsos torturados y los relojes blandos de Dalí.

A pesar de su carácter aparentemente anárquico e irracional, este arte es, en realidad, una fiel representación del mundo en el que El Bosco vivió. Este es el arte de un período de transición: la época de la decadencia del feudalismo y el surgimiento del capitalismo. Esta fue una época de grandes convulsiones y cambios. El orden feudal se encontraba en un estado de declive irreversible y la burguesía de las ciudades estaba desafiando el viejo orden y exigiendo sus derechos.

Cuando un determinado sistema socio-económico avanza, predomina un sentimiento general de confianza y optimismo. Nadie cuestiona el orden existente, su moral o sus ideales. Pero ahora el viejo mundo de la Edad Media, con sus firmes cimientos asentados sobre la fe religiosa, se estaba hundiendo. De repente, todo era confusión. El sistema de creencias religiosas que había dominado durante el milenio siguiente a la disolución del Imperio Romano estaba en crisis. En su lugar, un clima generalizado de escepticismo y cinismo comenzó a apoderarse de la sociedad. La agitación social generalizada encontró su reflejo en la duda universal.

Detalle de humanos transportando un pez de “El jardín de las delicias” de El BoscoEste es un mundo enloquecido, un mundo enfermo de muerte y no puede encontrar remedio para su mal. El tema omnipresente del panel central del gran tríptico de El Bosco El Jardín de las Delicias es, precisamente, una especie de repugnante putrefacción. Los peces gigantes son obviamente un símbolo fálico. El pecado (a menudo asociado con el sexo) se nos ofrece en la forma de fruta grotescamente grande y carnosa, especialmente fresas. Su misma madurez, que sufiere descomposición interna, es lo que repugna.

El final del siglo XV fue testigo de las últimas batallas sangrientas de la Guerra de los Cien Años y la primera embestida de los turcos. No es una casualidad que la media luna creciente turca sea una imagen recurrente en las pinturas de El Bosco. Las vidas de los hombres y las mujeres estaban continuamente amenazadas por la violencia y la muerte al azar. Millones perecieron durante la Peste Negra, y las guerras y disturbios civiles eran acontecimientos habituales. La descomposición social llevó a una epidemia de robo, pillaje y desorden generalizado.

El triunfo de la muerte” de Pieter Brueghel el ViejoCiudades como Bolduque estaban llenas de horcas, patíbulos y prisiones. En esta era de violencia azarosa y sin sentido la muerte era una fiel compañera. En todas las iglesias se veía su imagen sonriente. Y en el fondo de estas pinturas la muerte –representada por lo general en forma de un esqueleto– siempre está presente. Este mismo leitmotiv fue tomado por el único sucesor real de El Bosco, Pieter Brueghel el Viejo, en su cuadro El triunfo de la muerte.

La desintegración del feudalismo, acompañada por todo tipo de convulsiones –guerras, hambrunas y peste–, creó una subclase de gente empobrecida: campesinos sin tierra, prostitutas y mendigos, vendedores ambulantes y prestidigitadores, soldados licenciados y salteadores de caminos, capaces de degollarte por unos centavos. En Alemania, muchos de los nobles feudales se convirtieron en barones ladrones que se aprovechaban de los campesinos. Todos estos desechos sociales encuentran su reflejo en las pinturas de El Bosco.

La Peste Negra, que diezmó Europa en el siglo XIV, acabó con al menos un tercio de la población. La hambruna que siguió mató a muchos otros. El mundo resultante fue uno de oscuridad, caos y anarquía. La gente creía que la enfermedad estaba causada por los demonios y que la peste negra era un signo claro de la ira divina. Para la mente medieval, impregnada de misticismo religioso, fantasmas y superstición, parecía que el fin del mundo estaba cerca. Había una creencia popular de que éste se iniciaría en el año 1500. El infierno estaba a la vuelta de la esquina y, para la mayoría de la humanidad, no había ninguna posibilidad de redención.

¿El fin del mundo?

Estaba claro para todos que el viejo mundo se encontraba en estado de descomposición rápida e irremediable. Tendencias contradictorias desgarraban a hombres y mujeres. Sus creencias se vinieron abajo y estaban a la deriva en un mundo frío, inhumano, hostil e incomprensible. La sensación de que el fin del mundo está cerca es común a todos los períodos históricos en los que un sistema socioeconómico particular ha entrado en un declive irreversible. Peter S. Beagle escribe:

“Cuando nació El Bosco el orden existente se estaba desenmarañando. La seguridad brutal del feudalismo se basaba en un entendimiento general de que el sistema reflejaba y, de hecho, era una extensión del orden de las cosas en el cielo. Dios Padre, el Grand Seigneur, mantenía el mundo como un feudo, parcelando las tierras y los poderes entre sus grandes vasallos, los papas y emperadores y reyes quienes, a su vez, las subarrendaban […]”. (P. Beagle, El jardín de las delicias, p. 14.)

Ahora, de repente, todas esas certezas se derrumbaban. Era como si se le hubiera quitado al mundo el eje sobre el que giraba. El resultado fue un mundo de terribles turbulencias e incertidumbre. A mediados del siglo XV, el antiguo sistema de creencias empezó a desmoronarse. La gente ya no miraba a la Iglesia en busca de salvación, consuelo y sosiego. En su lugar, surgió la disensión religiosa en muchas formas diferentes, y sirvió como pretexto para una oposición social y política.

Hay muchos puntos de similitud entre el mundo de El Bosco y el nuestro, pero también hay un abismo entre ellos. Hoy en día, al menos en Occidente, la religión se encuentra en un estado semimoribundo. Pero a finales de la Edad Media la religión lo impregnaba todo. Por consiguiente, era natural que la política y la lucha de clases tuvieran una expresión religiosa. Lo único que podía hacer la vida un poco más soportable para la masa del pueblo era la esperanza del más allá.

Se suponía que la Santa Madre Iglesia ofrecía consuelo a los pobres y la esperanza de una vida mejor más allá de este pecaminoso valle de lágrimas. Pero incluso esto se veía corrompido y socavado, tal y como observamos en una de las mayores obras maestras de El Bosco. Este fue un período en el que los viejos ideales de pobreza que habían inspirado a los pioneros de la vida monástica no eran más que un recuerdo lejano. Los señores de la Iglesia rivalizaban y, con frecuencia, superaban a los reyes temporales en su lujoso estilo de vida y riqueza excepcional.

Esta es una realidad chocante que tuvo las consecuencias más graves para la gente. Porque si esta vida era tan terrible, el único consuelo era aferrarse a la esperanza de una vida mejor en el otro mundo. Una vez desaparecida esa creencia, sólo quedaba resignarse a la más oscura desesperación. La autoridad de la Iglesia se ponía cada vez más en tela de juicio. Como síntoma de la desintegración y de la inminente disolución del viejo orden, los hombres y las mujeres buscaban la salvación fuera de la Iglesia en todo tipo de movimientos supersticiosos y místicos, en muchos de los cuales creencias religiosas poco ortodoxas encubrían movimientos sociales peligrosos y subversivos.

Este fue el período en el que muchos hombres salían a los caminos, descalzos y vestidos con harapos penitenciales, azotándose hasta sangrar. Las sectas flagelantes aguardaban el fin del mundo, que ansiosamente esperaban que llegara en cualquier momento. Al final, lo que ocurrió no fue el fin del mundo, sino sólo el fin del feudalismo, y lo que llegó no fue el nuevo Milenio, sino sólo el sistema capitalista. Pero no podemos esperar que entonces pudieran comprender esto.

El declive de la sociedad feudal y el surgimiento del capitalismo produjeron un fermento de ideas y una crisis de fe que se manifestaron en el aumento de corrientes de oposición como las de Lollards y John Wycliffe en Inglaterra y los husitas en Bohemia. Este es un mundo al borde de una revolución social y religiosa. El viejo orden se muestra corrupto y podrido hasta la médula. Estaba tambaleándose, en espera de su derrocamiento. No merece sobrevivir.

El espíritu de estas pinturas es el mismo espíritu que impulsó a los flagelantes a echarse a los caminos. Están impregnadas del espectro de la fatalidad. El espectáculo de las sectas flagelantes arrastrando su paso por villas y ciudades, con horribles gritos de “¡arrepentíos!”, interrumpidos por alaridos y gemidos cuando el látigo penetraba en la carne desgarrada de sus espaldas ensangrentadas, era un signo de los tiempos. En su célebre libro El otoño de la Edad Media, Johan Huizinga escribió:

“Un sentimiento general de calamidad inminente se cierne sobre todos. El peligro perpetuo prevalece por doquier […] El sentimiento de inseguridad general que fue causado por el carácter crónico que las guerras solían tener, por la amenaza constante de clases peligrosas, por la desconfianza en la justicia, se veía agravado por la obsesión de la llegada del fin del mundo y por el temor al infierno, a los hechiceros y a los demonios […] Por todas partes arden las llamas del odio y reina la injusticia. Satanás cubre una tierra lúgubre con sus alas sombrías”.

La promesa de salvación y vida eterna existe en teoría, pero en la realidad, el panorama general del período es de profunda oscuridad. Este sentimiento pesimista se refleja en la poesía de la época, como en los siguientes versos del francés Deschamps, que comparan el mundo con un viejo senil en un estado de decrepitud avanzada:

“Or est laches, chetis et moltz,
Vieux, convoiteux et mal parlant;
Je ne voy que foles et folz…
La fin s’approche, en verité …
Tout va mal”.

(“Ahora el mundo es cobarde, podrido y débil, viejo, codicioso, confuso del habla; veo sólo hombres y mujeres tontos… En verdad, se acerca el fin… Todo va mal”.)

El carro de heno o el poder del dinero

“El carro de heno”, de El Bosco

Bajo el feudalismo el poder económico se expresaba en la propiedad de la tierra. El dinero jugaba un papel secundario. Pero el auge del comercio y de la manufactura, y de las relaciones incipientes de mercado que los acompañaron, hicieron del dinero un poder cada vez mayor. Ahora tenemos, por un lado, una riqueza extravagante y, por el otro, a las masas llevando una vida miserable, dolorosa, brutal y corta. La vida del campesino bajo el feudalismo era dura en extremo, incluso en condiciones normales. Pero las condiciones en la última etapa del feudalismo estaban lejos de ser normales.

El surgimiento del capitalismo –especialmente en los Países Bajos, donde emergió antes que en ningún otro país a excepción de Italia– fue acompañado por nuevas actitudes, que poco a poco se solidificaron en una nueva moralidad y nuevas creencias religiosas. La Liga Hanseática, con más de un centenar de ciudades comerciales, controlaba el comercio de Inglaterra a Rusia. Se estaban forjando grandes fortunas. Surgieron poderosas familias de banqueros, como los Fuggers, que desafiaban el poder de los reyes. Surgió un nuevo poder, un poder que estaba desintegrando el tejido de la vieja sociedad y socavaba sus valores: el poder del dinero.

Por todas partes era palpable un nuevo espíritu: el espíritu del materialismo y del mercantilismo. El arte mismo poco a poco se convirtió en una mercancía. Si el artista tenía éxito, podía adquirir riqueza y gloria. Pero la mayoría no eran más que trabajadores del arte o, en el mejor de los casos, artesanos.

En su gran tríptico, El carro de heno (c.1485-90, Museo del Prado, Madrid) El Bosco muestra un mundo gobernado por la codicia y la violencia: aquí toda la humanidad está corriendo tras el carro de heno. Un carro cargado de heno, como se muestra en la pintura de El Bosco, habría sido un espectáculo familiar para la gente del siglo XV, como símbolo de víveres almacenados para el invierno y, por lo tanto, también símbolo de la prosperidad. Pero aquí el heno simboliza el poder de la riqueza y el dinero. Trae a la memoria el viejo proverbio holandés: “De werelt is een hooiberg; elk plukt ervan wat hij kan krijgen”. (El mundo es una pila de heno y todo el mundo agarra lo que puede.) Toda la humanidad está subyugada al carro de heno, tirado por siete demonios que lo arrastran hacia los llamas del infierno, en el lado derecho.

Detalle de “El carro de heno”El primer plano de la pintura es caótico. Todo el mundo está luchando para obtener un poco de “heno”. Un hombre corta la garganta a otro para conseguir su oro. La gente está dispuesta a matar o a ser atropellada por el carro para hacerse con dinero. Las mujeres ofrecen sus cuerpos por él. Los jueces venden su honor por él. A la derecha, una gran variedad de extrañas criaturas demoníacas del inframundo tiran del vagón. Una de estas criaturas es una mezcla de hombre y pez; otra es un ave en parte, y una tercera es un hombre encapuchado con ramas naciéndole de la espalda.

Detalle de “El carro de heno”Cerca, se puede ver gente saliendo por una puerta de madera en un montículo de tierra. El carro de heno va acompañado de hombres y mujeres que tratan de agarrar un puñado de heno; se pelean y caen bajo sus ruedas. En el primer plano del cuadro vemos a dos monjas llenando un saco de heno para provecho de un monje gordo, que es representado bebiendo tranquilamente el vino sacramental mientras supervisa el saqueo de su rebaño. La implicación no es sólo que la Iglesia esquilmaba al pueblo, sino que también alude a las relaciones sexuales ilícitas entre monjas y monjes. Este era un punto de vista mantenido universalmente en aquel momento, y no sin una buena razón. Hubo muchos escándalos atribuidos a la Iglesia; los fieles se sentían abandonados.

Detalle de “El carro de heno”La iglesia figuraba entre los mayores terratenientes de la época. Los monjes y los sacerdotes, aunque hacían votos de castidad y la pobreza, prestaban mayor atención a sus propias comodidades materiales que a vivir una vida piadosa. Una gran parte de la riqueza de la Iglesia se obtenía con la venta de indulgencias: trozos de papel que, por un módico precio, prometían al comprador librarle del purgatorio. Hans Dietz, famoso vendedor ambulante de indulgencias, fanfarroneaba de que las almas escapaban del infierno cuando las monedas tintineaban en su bolsa. La actitud de El Bosco con la Iglesia se expresa en la presencia de monjas y monjes participando con entusiasmo en la persecución del carro de heno.

Las únicas figuras del cuadro que parecen fríos y distantes son los ricos de la tierra: a la izquierda, un emperador, un rey y un papa cabalgan detrás de la carreta a una distancia respetable, incongruentemente proporcionando escolta a un carro cargado de hierba seca. Sin embargo, su indiferencia es engañosa. La única razón por la que no están corriendo detrás de la carreta es porque ya poseen más que suficiente “heno”, pero, en realidad, también son sus esclavos fieles y obedientes, avanzando inexorablemente hacia el Día del Juicio Final.

El rostro del mal

En Alemania el arte gótico tardío comenzó a reflejar el nuevo espíritu de la Italia renacentista. Pero mientras que el arte italiano está preñado de luz y sol, el arte alemán de estos tiempos es oscuro, su tema sombrío, y su estilo, grotesco. Este arte está suspendido entre dos mundos. Tiene un carácter transitorio porque es hijo de una época de transición entre feudalismo y capitalismo.

El retablo de Isenheim de Matthias Grünewald El retablo de Isenheim de Matthias Grünewald El retablo de Isenheim está pintado por el artista alemán Matthias Grünewald en 1506-1515. Aquí se representa la crucifixión de una manera brutal y sádica. No hay consuelo, no hay sentido de redención ni de vida después de la muerte, sino una negrura absoluta. Los demonios presentes representan el triunfo del mal. Es el arte de una época de miedo y ansiedad. Penetra los lugares más oscuros de la psicología colectiva en unos tiempos problemáticos, cuando las oscuras fuerzas del mal asediaban por doquier a hombres y mujeres.

En su cuadro La coronación de espinas, también conocido como Los improperios, El Bosco describe a los hombres como malvados, sus caras contorsionadas con expresiones inhumanas. La autoridad se expresa a través de la figura de Poncio Pilatos, quien se muestra como un repulsivo cínico e hipócrita. El único rostro humano es el del propio Cristo, quien pronto será martirizado. La visión de la humanidad parece ser de nuevo negativa: la de un mundo convulsionado y en ruinas, de una humanidad más allá de la salvación.

“Cristo con la cruz a cuestas” de El BoscoEn su obra Cristo con la cruz a cuestas, que puede verse en el Museo de Bellas Artes de Gante, contemplamos la figura de Cristo, solitario y agotado, rodeado de hombres con rostros bestiales y monstruosos. Son los rostros de hombres tan corruptos que han perdido todo sentimiento o condición humana. Sin embargo, si observamos más de cerca, comprendemos que tal conclusión es demasiado radical. El Bosco no reflexiona aquí sobre la humanidad en general, sino sobre un grupo social específico. No son los rostros de los pobres, sino de mercaderes, caballeros y otras autoridades, incluyendo un monstruoso monje dominico.

Mientras que a los pecadores que sufren el tormento del infierno El Bosco los representa con cierta compasión distante, para estos otros muestra su odio sin reparos. Aquí también podemos encontrar una lección para nuestros tiempos. El Bosco pintaba en una época en la que los valores bursátiles y el dinero eran un fenómeno reciente que había surgido recientemente como una fuerza social. En la actualidad, hablamos de hombres que “valen” millones de dólares sin siquiera pararnos a pensar en lo que decimos: que la gente se ha transformado en meras mercancías, en cosas a la venta.

En la defensa de su poder, riqueza y privilegios, los ricos y poderosos son capaces de mostrarse espantosamente crueles y feroces. Las caras deshumanizadas del Cristo con la cruz a cuestas son los rostros de la avaricia, de un voraz e incontrolado apetito y de la corrupción del espíritu humano. Son los rostros de los ricos y poderosos de la tierra, no como les gustaría presentarse, sino tal y como son. El Bosco les arranca sin piedad su máscara sonriente, mostrándonos el animal salvaje que se oculta tras ella.

Por supuesto, aquéllos que ostentan posiciones de poder les gusta verse bajo una luz distinta, como los benefactores de la humanidad, los “creadores de empleo”, los “capitanes de la industria” y cosas por el estilo. Los pintores de retratos aduladores nos los muestran bajo la luz más favorable. El carro de heno es la clave de todo esto. Es un producto de la llamada economía de mercado que corrompe el mundo, robándole su humanidad.

El jardín de las delicias

“El jardín de las delicias”

El Museo del Prado alberga la obra maestra de El Bosco, El jardín de las delicias. La tragedia de la existencia humana se expresa aquí en un espectacular tour de force. La obra entera es una loca explosión de color y movimiento que casi te hace dar vueltas la cabeza. Hay tal cantidad de detalles, tan sorprendentes imágenes y yuxtaposiciones que es imposible absorberlo todo de una vez. Pero al concentrarnos en cada uno de los detalles nos maravillamos de su riqueza conceptual.

En El jardín de las delicias nos enfrentamos a un tema recurrente en la obra de El Bosco: la tentación. Por sí mismo, esto es tanto una contradicción como una manifestación de tensiones antagónicas y conflictivas. La fruta prohibida (el placer sexual primigenio, o los pecados de la carne) es representada como una fruta y como una bella mujer desnuda –la más deseable de todas las frutas prohibidas–. La misma imaginería puede apreciarse en Las tentaciones de San Antonio. Examinándolo más de cerca, vemos que lo que El Bosco pinta no son las delicias terrenales, sino los tormentos del infierno.

La pintura es un tríptico (como El carro de heno), es decir, se divide en tres partes. Es una alegoría en un estilo típicamente medieval. Cuenta una historia. Mejor dicho, cuenta la historia de la Caída en Desgracia del hombre. De izquierda a derecha, comienza con el jardín del Edén. Pero incluso en este paraíso, las semillas del mal ya están presentes. Vemos monstruos: un pez con manos y la cabeza de un pato que agarra un libro mientras emerge de una cavidad. Entre tanto, un león ha matado a su presa y está a punto de devorarla. La forma grotesca de la fuente de la vida en el centro de la pintura está coronada por una media luna, la marca del Diablo, asociada al Islam y al turco.

Detalle de Más siniestro aún es la lechuza que mira fijamente desde un agujero en la base de la fuente. Mientras que para los antiguos atenienses la lechuza era un pájaro asociado a Atenea, la diosa de la sabiduría (de ahí el dicho “listo como una lechuza”), en la Edad Media esta ave nocturna era asociada, por su siniestro alarido, al mal. La lechuza reaparece constantemente en muchos de los trabajos de El Bosco.

Detalle de El panel central presenta un amplio panorama de la vida: figuras desnudas, animales fantásticos, frutas descomunales a punto de reventar e híbridas formaciones rocosas. Las fresas gigantes que los hombres intentan catar de manera desesperada son un símbolo de la tentación en su forma más obvia: el sexo. El enorme pez que aparece por todos sitios es un símbolo fálico. En el primer panel, dos figuras humanas (Adán y Eva) son más grandes que los animales y de una escala similar a la de Jesús (Dios), pero en éste las dimensiones son diferentes.

Detalle de El panel central contiene muchas aves que se mezclan con los humanos e incluso les proporcionan frutas (prohibidas). Aquí tenemos un golpe de genialidad que nos acerca al surrealismo. En la vida cotidiana las aves son consideradas generalmente como inocuas. Nos atraen con sus plumajes coloridos y cantos melodiosos. Sin embargo, estas aves son una presencia siniestra y amenazante. Tienen un tamaño exagerado y son mucho más grandes que los seres humanos. Con sus ojos mirando distraídamente y con sus poderosos picos afilados, parecen amenazar a los seres humanos desnudos e indefensos que están a su alrededor.

En El jardín de las delicias el peligro acecha a cada paso. El Bosco nos advierte de la fugacidad de los placeres terrenales. El gusto dulce de la fruta suculenta pronto desaparece. Toda la humanidad avanza en una única dirección, que se muestra en el panel derecho. Aquí encontramos un auténtico paisaje infernal que describe con gran detalle los tormentos de los condenados.

Detalle de Los condenados son castigados de acuerdo a sus pecados. Los glotones son condenados a vomitar eternamente o a ser purgados por el diablo, quien tiene una cabeza de pájaro. Un hombre (posiblemente un músico en vida) tiene el cuerpo atravesado por las cuerdas de un arpa, mientras otro tiene una flauta insertada en el ano. Hay una increíble variedad de demonios y monstruos de todo tipo, todos de la materia con la que se hacen las pesadillas.

Detalle de Sin embargo, el más terrorífico e inquietante de todos los monstruos del infierno es el Hombre Árbol, quien se sitúa en el centro de la pintura. Su torso hueco, sostenido por un par de troncos putrefactos, es atravesado por ramas que salen de su propio cuerpo. El hombre árbol proyecta hacia afuera, más allá del espectador, su expresión extraña y melancólica, sugiriendo que podría ser un autorretrato del propio Bosco, quien contempla con aflicción el espectáculo de una humanidad condenada.

Contradicciones

Estas extraordinarias pinturas muestran un contraste extremo entre luz y oscuridad, aunque, al final, la oscuridad siempre resulte triunfante. En ellas se dan cita todas las pesadillas de la Edad Media. El azufre y los fuegos del infierno; la condenación eterna y la oscuridad; el llanto y el crujir de dientes.

Al contemplar los cuadros de El Bosco nos asalta una poderosa sensación de contradicción. No sólo vemos este agonizante conflicto de tendencias incompatibles, sino que lo sentimos, lo tocamos, lo oímos y lo olemos. Las imágenes son tan vívidas que pareciera que saltaran del lienzo para agarrarnos por el cuello. Con frecuencia nos sugiere temas del arte surrealista, también producto de un contexto histórico similar, donde subyacen las mismas contradicciones, que son presentadas con descarnada yuxtaposición.

El Bosco pintó el periodo en el que vivió, reflejándolo como un espejo. El infierno sobre la tierra. Pero para la mayoría de los hombres y las mujeres del siglo XV la tierra ya era un infierno. Su obra está preñada de una enorme profundidad. Como todo Arte con mayúsculas, no permanece en la superficie, sino que penetra las partes más recónditas de la psicología humana, trayendo a la luz sus más secretos sueños y pesadillas. El arte aquí imita la vida.

En un mundo en el que muchos no tenían qué comer, vemos vergonzosas escenas de gula. Las mismas exageradas diferencias entre riqueza y pobreza, desigualdad e injusticia que existen en nuestros días. Incapaz de remediar en la práctica estas desigualdades, El Bosco las castiga en sus cuadros. El sufrimiento de los condenados corresponde certeramente a la naturaleza de sus pecados: libidinosas y altivas mujeres hacen el amor con sapos y lagartos que cuelgan de sus partes íntimas; una muestra de esa misoginia esencial en la visión cristiana del mundo por la que el Pecado Original es atribuible a Eva, madre universal. Los músicos son martirizados por sus propios instrumentos, convertidos en útiles de tortura, etc.

La inspiración artística para estas imágenes hunde sus raíces en el pasado medieval, aunque parezca sorprendentemente moderno. Se encuentra en las grotescas figuras de demonios y pecadores que adornan los muros exteriores de las iglesias –gárgolas, etc.–. Ésta era realmente la parte más viva de aquél viejo arte. Pero hasta entonces había asumido un papel secundario, mientras que en la obra de El Bosco pasa a primer plano y cobra una vida propia.

Reforma y contrarreforma

La muerte finalmente alcanzó al Bosco en 1516 en Bolduque, su ciudad natal. Un año después un joven monje llamado Martín Lutero caminó con paso decidido hasta la iglesia de Wittenberg y clavó en la puerta sus 95 tesis. La revuelta burguesa contra el feudalismo encontró su primera expresión, inevitablemente, en la protesta religiosa. En el fondo, la religión protestante expresaba la perspectiva y los intereses de la burguesía. El viejo orden feudal encontró su más fanática abanderada en la católica España.

Mesa de los pecados capitalesMesa de los pecados capitalesToda Europa se encontraba a las puertas de un periodo de revolución y contrarrevolución bajo la forma de guerras religiosas. Estaba a punto de adentrarse en un Baile de Muerte que duró tres décadas. Las llamas que ardían en la atormentada visión del infierno de El Bosco, devastaban ahora las ciudades de Holanda, Alemania y Bohemia. En ningún lugar se luchó con mayor crueldad en las guerras religiosas que en la patria de El Bosco, donde la primera revolución burguesa del mundo se manifestó en la forma de una guerra de independencia de los Países Bajos contra España.

Los más diabólicos tormentos descritos por El Bosco se asemejaban a los que la Inquisición Española, en nombre de la religión, infligía sobre hombres y mujeres indefensos. Después de que el siniestro Duque de Alba hubiera ahogado en sangre y fuego la primera revuelta protestante de los Países Bajos, muchos de los cuadros más famosos de El Bosco fueron llevados a España. Felipe II, fanáticamente católico y líder de la cruzada antiprotestante, era un entusiasta de El Bosco. Compró o confiscó todas las obras que pudo; y las guardó en su palacio de El Escorial, esa extraña mezcla de monasterio y centro de poder imperial.

El Bosco había colocado un cuadro suyo que representaba el motivo de los Sietes Pecados Capitales en su dormitorio, donde permaneció hasta su muerte. La siguiente inscripción avisa crípticamente: “Cuidado, Dios ve”. Pero es dudoso que Felipe II viera algo. No entendió ni al Bosco ni sus cuadros, que expresan una feroz denuncia de la Iglesia Católica y de sus prácticas, como esa pieza inolvidable en la que una cerda luce la toca de una monja, mientras exige que un hombre firme un documento –posiblemente donando sus bienes mundanos a la iglesia–. Estas obras contienen un retrato desnudo de la decadencia moral y de la podredumbre interna de la Iglesia.

El jardín de las delicias (Detalle) El jardín de las delicias (Detalle) Por alguna extraña razón, los líderes de la contrarreforma, como fray José de Sigüenza, consejero espiritual de Felipe II, aprobaban entusiastamente la obra de El Bosco. De hecho, no hay ni una sola pintura de El Bosco en la que un monje o una monja sean presentados favorablemente. Si El Bosco señalaba el camino de algo, este algo era el derrocamiento de la Iglesia, no su defensa. Se podría incluso decir que Martín Lutero dio una expresión coherente a las ideas que El Bosco expresaba incoherentemente a través de su arte. En ese sentido, el arte presagia la historia.

Algunos expertos han sugerido incluso que El Bosco era miembro de una de las numerosas sectas heréticas y disidentes que surgieron como hongos tras la tormenta. Wilhelm Fraenger intentó demostrar que era miembro de una secta religiosa disidente –los adamitas–. Los adamitas se referían unos a otros como “hermanos” y “hermanas”, y las mujeres ostentaban posiciones de importancia. Festejaban el árbol y las delicias del paraíso. Y rezaban juntos desnudos, como Adán y Eva antes de la Caída. Ésta era una idea revolucionaria, preñada de igualitarismo. Fraenger afirma que las pinturas de El Bosco se basan en rituales adamitas. Sin embargo, otros escritores lo han rebatido, y no hay ninguna prueba real de que fuera así.

Entonces y ahora

Podemos entender al Bosco como al último pintor de la Edad Media. Al referirse al arte de ese periodo, Walter Bosin escribió: “La moribunda edad media resplandeció con gran brillo antes de morir para siempre” (El Bosco: entre el cielo e el infierno.) Pero este arte no nos resulta medieval. Nos habla alto y claro. Su estilo y su técnica son increíblemente modernos. Esto es debido a su mensaje interior. Es arte que tiene algo que decir. Mira la realidad a la cara, sin miedo, y nos pide que pronunciemos nuestro juicio sobre ella ¡Qué contraste con las estériles irrelevancias del arte de hoy en día!

El Bosco pintó en un tiempo en el que el capitalismo estaba en sus primeros comienzos. Su época heroica aún pertenecía al futuro, fuera del campo de visión de El Bosco. Todo lo que podía ver eran los síntomas de una sociedad en fase de declive terminal. Cuando quiera que un sistema socioeconómico dado ha agotado su potencial, vemos los mismo síntomas: crisis económicas, guerras y conflictos internos, decadencia moral y una crisis de ideas, que se reflejan en una pérdida de fe en la antigua moral y religión, acompañada por un incremento de tendencias místicas e irracionales, un sentimiento general de pesimismo, falta de confianza en el futuro y la decadencia del arte y la cultura.

Estos son los rasgos que uno esperaría encontrar en una sociedad que ha agotado su carácter progresista y que es incapaz de desarrollar las fuerzas productivas tal y como había hecho en el pasado. En todos los casos, existe un sentimiento de que “el fin del mundo se está acercando”. En la antigua Roma esta creencia encontró su expresión en la religión cristiana, que predicaba que el mundo estaba a punto de acabar en llamas de un día para otro. En el periodo de decadencia del feudalismo, las sectas flagelantes marchaban por las ciudades y los pueblos prediciendo el fin del mundo. En ambos casos, lo que se acercaba no era el fin del mundo, sino la muerte de un sistema socioeconómico concreto (el esclavismo y el feudalismo).

Ahora, cuando la primera década del siglo XXI ha tocado a su fin, está claro que es el capitalismo el que ha entrado en una fase de declive terminal.

El mundo de El Bosco tenía muchas cosas en común con el nuestro. El mundo al comienzo del siglo XXI es un mundo de turbulencia, violencia y caos. Es el mundo del 11 de Septiembre y de la ruina de Irak y Afganistán. Vivimos en un mundo arruinado por las guerras. El hambre y la miseria conviven con la riqueza y la ostentación más obscenas.

La enfermedad del sistema se manifiesta en todos los niveles. Seis siglos después, El carro del heno aún sigue rodando, aplastando hombres y mujeres bajo sus pesadas ruedas. La alienación capitalista y el fetichismo de las mercancías han ocupado tal espacio en nuestras psicologías que ni siquiera somos conscientes de ello. Se necesitaría un artista de la talla de El Bosco para que estos prejuicios profundamente ocultos aflorasen a nuestra conciencia.

Nunca en la historia el gobierno del dinero había estado tan arraigado como en nuestra época. La gente se ve degradada al nivel de objetos y las cosas inanimadas adquieren características humanas. En el proceso la humanidad de devalúa, se empobrece, es aniquilada. Esos rostros crueles e inhumanos, crispados por la avaricia, que aparecen en las obras de El Bosco hoy se encuentran en los parqués de las bolsas del mundo, esos enormes casinos en los que convulsos movimientos del mercado deciden la suerte de millones de hombres y mujeres.

Las pesadillas de El Bosco no están tan lejos de las condiciones de nuestra propia época, salvo que, en vez de en pinturas, podemos ver esas mismas espantosas imágenes todas las noches en las pantallas de nuestros televisores. Aún así, nada de esto encuentra expresión en nuestro arte contemporáneo. Cuatro millones de hombres, mujeres y niños son masacrados en una guerra civil en el Congo y lo mejor que nuestros artistas británicos pueden ofrecernos es una cama deshecha.

¿Por qué la gente está siempre mirando hacia atrás, admirando con nostalgia el gran arte del pasado? Porque el arte actual no tiene nada significativo que decir. Pablo Picasso pintó su obra maestra, Guernica, en respuesta a la guerra civil española. Goya pintó sus Desastres de la guerra como comentario y sentencia sobre los horrores de su propia época. Pero hoy en día, incluso los tiburones han de presentársenos muertos y conservados en formol.

El propio arte ha sido esterilizado y embalsamado en una urna de cristal. Por primera vez en siglos el arte no tiene nada que decirnos sobre el mundo en que vivimos. Se ha convertido en la propiedad de un minúsculo grupo de especuladores y estetas totalmente alejados de la realidad y de la vida. Si el arte muestra indiferencia acerca de los problemas y las vidas de la gente, no es sorprendente entonces que la gente se muestre totalmente indiferente con el arte.

Nuestra época necesita de su propio Bosco para que le ponga un espejo frente a la cara y la muestre tal cual es. Esos artistas deben estar en algún lugar, pero sus voces no se oyen, ahogadas por el ruidoso carnaval especulativo que domina el arte, al igual que domina el resto de nuestra sociedad. Tarde o temprano la autentica voz del arte, sincera y valiente, se hará oír, y la humanidad se enriquecerá al oírla.

Londres, 23 de diciembre de 2010

 
 

Che Guevara: prólogo a “Con su propia cabeza”

por Francisco Fernández Buey//

La gran mayoría de los libros publicados en estos últimos años sobre Ernesto Guevara han puesto el acento en diferentes aspectos de su biografía. Han sacado a la luz algunos de los rasgos del carácter del Che que hasta hace poco eran insuficientemente conocidos o valorados.

Estos libros, de intención biográfica en su mayoría, han revelado también algunos de los motivos últimos que llevaron a Guevara a prolongar la actividad guerrillera en África y en América Latina después del triunfo de la revolución cubana.

Aun sin entrar a discutir la intención o la calidad de estas biografías, se puede decir que tales publicaciones han contribuido a mantener la leyenda del Che aventurero romántico, tal como ésta se difundió inmediatamente después de su trágica muerte en Bolivia. Y ya esto se puede considerar un resultado muy notable, sobre todo si se tiene en cuenta lo que han cambiado el mundo y las ideologías dominantes sobre el mundo en los cuarenta y tantos años transcurridos desde entonces.

Es, en efecto, fascinante comprobar cómo, a pesar del hundimiento de casi todo lo que navegó en siglo XX bajo la bandera del comunismo, la figura del guerrillero comunista por antonomasia de los años cincuenta y sesenta sale así reforzada e incluso enaltecida en un mundo que se ha ido por un lado muy distinto del que Guevara hubiera querido. Para explicar lo que puede parecer una paradoja de nuestro tiempo conviene tener en cuenta que algunas de las más difundidas aproximaciones a la figura del Che suelen ahora dejar en segundo plano, o poner en sordina, precisamente su pensamiento marxista y su concepto de comunismo para, desde ahí, acentuar la singularidad única del activista que se propone un imposible (o lo que se considera un imposible desde una visión distanciada de aquella historia).

No sé si quienes así se aproximan a la biografía del revolucionaro argentino-cubano tienen o no conciencia plena de lo que es tán haciendo con el Che. Pero es seguro que al privilegiar el estudio de los rasgos más llamativos de su carácter sobre lo que fue en realidad su pensamiento marxista y su reflexión teórica comunista lo que se consigue es demediar a Ernesto Guevara: convertirlo en un personaje de ficción romántica que todavía (¡Ay, todavía!) podría ser presentado por los más jóvenes a los señores bienestantes de nuestra sociedad sin que se sobresalte el padre gruñón y semicínico que dice una y otra vez de él mismo que se ha hecho mayor para seguir creyendo en ideologías, pero que en realidad tra ta de ocultar a los hijos que, con los años, se ha hecho de derechas. Algo parecido ha estado ocurriendo, por cierto, sobre todo en Italia, con otro héroe de la tradición marxista y comunista: Antonio Gramsci.

Ese parece ser el destino de los revolucionarios que un día, no tan lejano, se atrevieron a pensar con su propia cabeza, discutiendo a veces con los ideológicamente más próximos sobre la mejor forma de hacer posible el socialismo en esta Tierra de aquí abajo, no en la Babia de las “almas bellas” o en el País de Nunca Jamás de brechtiana memoria. Lo que era secundario desde el punto de vista ético-político —su disidencia en el marco de la tradición comunista— pasa a ser presentado como el aspecto principal, casi único, de sus vidas. Y lo que fue esencial para ellos —combatir en concreto al capitalismo y al imperialismo e implicarse personalmente en ello con los que diferían en la táctica pero compartían el objetivo de una sociedad alternativa— queda reducido a una especie de residuo utópico que, en las circunstancias actuales, permite a los bienestantes concluir: “También yo pensé así, utópicamente, alguna vez”. Se da la circunstancia de que quienes nunca fueron en realidad utópicos en el buen sentido de la palabra, ni pasaron nunca del vago pensar el socialismo al hacer que compromete, se sienten así, gracias a esta operación intelectual, doblemente reconfortados al escuchar que lo que el Che defendía con tanta convicción era en el fondo otra utopía y que su vida misma no dejó de tener contradicciones. Ahora todo el mundo va en busca de contradicciones en los grandes. Tal vez porque eso sirve para justificar las pequeñas contradicciones del normópata cotidiano que somos.

Vendrán tiempos en que el Che dejará de ser un rostro con halo postromántico grabado en una camiseta o utilizado convenientemente por las agencias de publicidad para vender. Cuándo llegarán esos tiempos no lo sé. Lo que sí sé es que para que esos tiempos lleguen antes tenemos que reconstruir su figura, entenderlo por entero, en su pensamiento y en su acción. Y para eso se necesita aclarar no sólo qué tipo de marxista y qué tipo de comunista era Ernesto Guevara, sino también qué pensaba de la mundialización del capital, qué concepción tenía del imperialismo realmente existente, por qué llegó a la conclusión de que la construcción del socialismo en la URSS se había metido en una vía muerta y por qué dio tanta importancia a la subjetividad y a los estímulos no materiales en la construcción de una sociedad de iguales alternativa.

No hace mucho, en un artículo publicado en Le Monde Diplomatique sobre el Che y los movimientos revolucionarios contemporáneos, escribía James Petras que la importancia de Guevara para el potencial impulso revolucionario contemporáneo no hay que buscarla tanto en sus consideraciones tácticas sobre la guerrilla, aplicadas a circunstancias coyunturales específicas, cuanto en su análisis general de la política, en sus reflexiones sobre la acción política y sobre las estructuras económicas. Petras añadía, en ese contexto, que reducir los pensamientos de Guevara, como se ha hecho tantas veces, a discusiones tácticas sobre la lucha guerrillera o sobre la lucha armada es entenderlo muy mal y que la aproximación más fructífera a su figura consiste hoy en dilucidar sus ideas sobre el imperialismo y en recuperar sus reflexiones, para dialogar con él, acerca de la relación entre subjetividad y condiciones o circunstancias objetivas.

Comparto en esto el enfoque metodológico de Petras. Y creo que eso es precisamente lo que empieza a hacer aquí, en este ensayo sobre el socialismo en la obra del Che, Manolo Monereo.

Monereo se detiene poco en las biografías más recientes porque su punto de partida y su enfoque son muy distintos de los de Castañeda, Lee Anderson o Kalfon. Conoce las obras de éstos, y las tiene en cuenta, pero no se para a discutir con sus autores. Rebate a Castañeda en algún punto concreto y, cuando tiene que con textualizar el pensamiento de Guevara en algún asunto oscuro, prefiere los escritos de Serguera y de Paco Ignacio Taibo. En sus viajes a Cuba, Monereo ha podido consultar algunos de los trabajos aún inéditos de Guevara custodiados por María del Carmen Ariet, pero puede declarar, brevemente y en nota, que no cree que estos trabajos cambien sustancialmente la perspectiva de su investigación.

Todo lo cual seguramente parecerá al lector de este libro muy razonable, puesto que lo que aquí importa no son las revelaciones biográficas o autobiogáficas sino las ideas de Guevara sobre el marxismo, sobre lo que fue la revolución cubana, sobre lo que po dría ser la transición al socialismo, sobre los problemas que plantea la planificación en relación con el mercado, sobre las debilidades del modelo soviético de entonces y sobre la dirección que estaba tomando el imperialismo norteamericano de la época.

Manolo Monereo ha privilegiado en este ensayo el estudio de las ideas del Che durante años 1962 a 1966. Y ha puesto el acento precisamente en un punto que por lo general se minusvalora o que suele tratarse como de pasada: sus ideas sobre la economía en un sentido amplio, es decir, sobre la estructura de las formaciones socioeconómicas y sobre la forma concreta que la producción y el consumo pueden tomar en una sociedad nueva, alternativa, como lo era la cubana de entonces. Y, al reconstruir el pensamiento del Che sobre estos puntos, ha utilizado ampliamente las actas que han quedado (o que están disponibles) de las intervenciones de Guevara en las reuniones bimestrales que mantuvo con su equipo del Ministerio de Industria.

Esto es algo que tiene muchísimo interés para todas aquellas personas que han pensado en el socialismo no como una palabra taumatúrgica, ni siquiera como un movimiento llamado a cambiar el mundo de base, sino como una forma de sociedad igualitaria en la que hay probar en la práctica que se produce, se consume, se vive y se está mejor que en cualquier otro tipo de sociedad anterior. Ante esto el revolucionario tiene que convertirse en estadista y la ideología y la teoría aprendidas tienen que dejar paso al sentido común cultivado. El grito, el eslogan y la palabra, incluso la voluntad revolucionaria encuentran en ese caso su réplica inmediata: cómo hacer realmente para que los de abajo, los históricamente desposeídos produzcan mejor, consuman mejor y vivan mejor. Ese ha sido el gran problema que sigue al acto revolucionario por antonomasia. Y ahí, en la cotidianeidad del servir a los otros desde la responsabilidad del dirigente, se necesita un tipo de valentía muy distinto del que se pide al revolucionario en la sierra.

Monereo muestra aquí hasta qué punto fue Guevara valiente e innovador también en esto, a la hora de pensar en cómo combinar estímulos materiales y estímulos morales para mejorar la producción y mejorar al mismo tiempo la forma de vida de las gentes. Él no era un economista. No era un experto en teoría económica ni en política económica. Como marxista, se sabía su Marx y su Lenin. Y como leninista, conocía las viejas polémicas que habían tenido lugar sobre esto en la Unión Soviética. Pero sabía también que en Marx sólo hay ideas generales sobre la prefiguración de la sociedad socialista y que el mundo había cambiado mucho desde la muerte de Lenin. Había que trabajar, por tanto, con un ojo puesto en una teoría insuficiente y el otro en la resolución apremiante de los problemas socioeconómicos de la población cubana. Es en esas circunstancias, más que en las declaraciones genéricas, donde se prueba la ductilidad con que se acepta que el marxismo es “una guía para la acción”.

El ensayo de Monereo resulta particularmente agudo en el análisis del pensamiento de Guevara en aquellas circunstancias, y en su comparación con lo que decían o escribían simultáneamente el Manual de Economía Política de la Academia de Ciencias de la URSS, Bettheleim y Mandel. No es este el único punto en que Monereo establece un particular y fructífero diálogo con las ideas del Che. También lo hace respecto de otras cuestiones discutidas, por ejemplo, al analizar su estimación de la situación internacional en la primera mitad de la década de los sesenta o al referirse a las opiniones de Guevara sobre la nueva política económica (nep) en la URSS, que considera “un misterio”.

El lector de hoy puede tal vez encontrar alguna dificultad para identificarse con el lenguaje en que eran discutidas en los años sesenta estas cuestiones del producir mejor, consumir mejor y vivir mejor que en el capitalismo. Guevara, como todos, era hijo de su tiempo. Y Monereo reproduce lo que era su tiempo respetando aquel lenguaje que la teoría económica hoy dominante ignora porque ignora casi todo de lo que un día se llamó “economía política”. Así que voy a hacer uso de la vieja amistad y de la amabilidad con que él me ha pedido que le acompañe aquí, después de tantos años de compartir los mismos fines y las mismas ilusiones, para acabar con una sugerencia dirigida a los lectores más jóvenes. Es drástica y me tendrán que creer bajo palabra: por debajo de aquel lenguaje de Guevara sobre los estímulos no-materiales a la producción, sobre “la ley del valor a escala mundial” o sobre la negación de la “categoría mercancía en la relación entre empresas estatales” lo que de verdad está latente es la última discusión seria sobre economía (política) del siglo XX; lo demás, lo que ha venido después, han sido discusiones sobre diferentes formas de la crematística y de los valores de cambio.

Hasta es posible que Guevara se fuera al Congo, y luego a Bolivia, porque vio venir eso: el dominio de la crematística sobre el economizar en sentido amplio. En cuyo caso se entendería mejor incluso el misterio de sus reservas respecto de lo que fue la nueva política económica leninista de la URSS en los años veinte.

Prólogo escrito por Francisco Fernández Buey para el libro de Manolo Monereo.

Documental: “El Despojo”

Centrado en las tensiones que por años han enfrentado las comunidades mapuches con el Estado chileno y empresarios forestales, el documental dirigido por Dauno Tótoro, Üxüf Xipay, El Despojo, intenta generar una mirada global hacia el conflicto, desde su gestación con la llegada de los españoles, hasta el actual dilema de territorialidad en el sur de país. Con la idea de conformar una mirada general, el realizador incluyó versiones de los involucrados -tanto de las comunidades, como de los empresarios y funcionarios de gobierno-, junto a material histórico de archivo.

FICHA TÉCNICA
TÍTULO ORIGINAL: El despojo (Üxüf Xipay)
AÑO: 2003
DURACIÓN: 73 min.
PAÍS: Chile
DIRECTOR: Dauno Tótoro
GUIÓN: Italo Retamal, Matin Correa, Dauno Totóro
MÚSICA: Arvo Pärt
FOTOGRAFÍA: Marcelo Vega
PRODUCTORA: Ceibo Producciones
GÉNERO: Documental

Piñera no es el único: los ultra ricos ocultan el 25 por ciento de su riqueza en paraísos fiscales

por Gabriel Black //

Un estudio publicado el 28 de mayo por el economista de la Universidad de California en Berkeley, Gabriel Zucman, y dos colegas escandinavos, “Evasión fiscal y desigualdad”, demuestra que la desigualdad en la riqueza global está siendo subestimada drásticamente en las estadísticas oficiales debido a lo exitosos que son los multimillonarios para evadir impuestos. Seguir leyendo Piñera no es el único: los ultra ricos ocultan el 25 por ciento de su riqueza en paraísos fiscales

Ante la condena mediática y la información que ocultan: defensa y reivindicación de Luis Marileo y Patricio González.

Lenin: sobre el Estado

Camaradas, el tema de la charla de hoy, de acuerdo con el plan trazado por ustedes que me ha sido comunicado, es el Estado. Ignoro hasta qué punto están ustedes al tanto de este tema. Si no me equivoco, sus cursos acaban de iniciarse, y por primera vez abordarán sistemáticamente este tema. De ser así, puede muy bien ocurrir que en la primera conferencia sobre este tema tan difícil yo no consiga que mi exposición sea suficientemente clara y comprensible para muchos de mis oyentes. En tal caso, les ruego que no se preocupen, porque el problema del Estado es uno de los más complicados y difíciles, tal vez aquel en el que más confusión sembraron los eruditos, escritores y filósofos burgueses. No cabe esperar, por lo tanto, que se pueda llegar a una comprensión profunda del tema con una breve charla, en una sola sesión. Después de la primera charla sobre este tema, deberán tomar nota de los pasajes que no hayan entendido o que no les resulten claros, para volver sobre ellos dos, tres y cuatro veces, a fin de que más tarde se pueda completar y aclarar lo que no hayan entendido, tanto mediante la lectura como mediante diversas charlas y conferencias. Espero que podremos volver a reunirnos y que podremos entonces intercambiar opiniones sobre todos los puntos complementarios y ver qué es lo que ha quedado más oscuro. Espero tambien, que ademas de las charlas y conferencias dedicarán algún tiempo a leer, por lo menos, algunas de las obras más importantes de Marx y Engels. No cabe duda de que estas obras, las más importantes, han de encontrarse en la lista de libros recomendados y en los manuales que están disponibles en la biblioteca de ustedes para los estudiantes, de la escuela del Soviet y del partido; y aunque, una vez más, algunos de ustedes se sientan al principio, desanimados por la dificultad de la exposición, vuelvo a advertirles que no deben preocuparse por ello; lo que no resulta claro a la primera lectura, será claro a la segunda lectura, o cuando posteriormente enfoquen el problema desde otro ángulo algo diferente. Porque, lo repito una vez más, el problema es tan complejo y ha sido tan embrollado por los eruditos y escritores burgueses, que quien desee estudiarlo seriamente y llegar a dominarlo por cuenta propia, debe abordarlo varias veces, volver sobre él una y otra vez y considerarlo desde varios angulos, para poder llegar a una comprensión clara y definida de él. Porque es un problema tan fundamental, tan básico en toda política y porque, no sólo en tiempos tan turbulentos y revolucionarios como los que vivimos, sino incluso en los más pacíficos, se encontrarán con él todos los días en cualquier periódico, a propósito de cualquier asunto económico o político, será tanto más fácil volver sobre él. Todos los días, por uno u otro motivo, volverán ustedes a la pregunta: ¿que es el Estado, cuál es su naturaleza, cuál es su significación y cuál es la actitud de nuestro partido, el partido que lucha por el derrocamiento del capitalismo, el partido comunista, cuál es su actitud hacia el Estado? Y lo más importante es que, como resultado de las lecturas que realicen, como resultado de las charlas y conferencias que escuchen sobre el Estado, adquirirán la capacidad de enfocar este problema por sí mismos, ya que se enfrentarán con él en los más diversos motivos, en relación con las cuestiones más triviales, en los contextos más inesperados, y en discusiones y debates con adversarios. Y sólo cuando aprendan a orientarse por sí mismos en este problema sólo entonces podrán considerarse lo bastante firmes en sus convicciones y capaces para defenderlas con éxito contra cualquiera y en cualquier momento.

Luego de estas breves consideraciones, pasaré a tratar el problema en sí: qué es el Estado, cómo surgió y fundamentalmente, cuál debe ser la actitud hacia el Estado del partido de la clase obrera, que lucha por el total derrocamiento del capitalismo, el partido de los comunistas.

Ya he dicho que difícilmente se encontrará otro problema en que deliberada e inconcientemente, hayan sembrado tanta confusion los representantes de la ciencia, la filosofía, la jurisprudencia, la economiá política y el periodismo burgueses como en el problema del Estado. Todavía hoy es confundido muy a menudo con problemas religiosos; no sólo por los representantes de doctrinas religiosas (es completamente natural esperarlo de ellos), sino incluso personas que se consideran libres de prejuicios religiosos confunden muy a menudo la cuestión especifica del Estado con problemas religiosos y tratan de elaborar una doctrina — con frecuencia muy compleja, con un enfoque y una argumentación ideológicos y filosóficos — que pretende que el Estado es algo divino, algo sobrenatural, cierta fuerza, en virtud de la cual ha vivido la humanidad, que confiere, o puede conferir a los hombres, o que contiene en sí algo que no es propio del hombre, sino que le es dado de fuera: una fuerza de origen divino. Y hay que decir que esta doctrina está tan estrechamente vinculada a los intereses de las clases explotadoras — de los terratenientes y los capitalistas –, sirve tan bien sus intereses, impregnó tan profundamente todas las costumbres, las concepciones, la ciencia de los señores representantes de la burguesía, que se encontrarán ustedes con vestigios de ella a cada paso, incluso en la concepción del Estado que tienen los mencheviques y eseristas, quienes rechazan indignados la idea de que se hallan bajo el influjo de prejuicios religiosos y están convencidos de que pueden considerar el Estado con serenidad. Este problema ha sido tan embrollado y complicado porque afecta más que cualquier otro (cediendo lugar a este respecto solo a los fundamentos de la ciencia económica) los intereses de las clases dominantes. La teoría del Estado sirve para justificar los privilegios sociales, la existencia de la explotación, la existencia del capitalismo, razón por la cual sería el mayor de los errores esperar imparcialidad en este problema, abordarlo en la creencia de que quienes pretenden ser cientificos puedan brindarles a ustedes una concepción puramente cientifica del asunto. Cuando se hayan familiarizado con el problema del Estado, con la doctrina del Estado y con la teoría del Estado, y lo hayan profundizado suficientemente, descubrirán siempre la lucha entre clases diferentes, una lucha que se refleja o se expresa en un conflicto entre concepciones sobre el Estado, en la apreciación del papel y de la significación del Estado.

Para abordar este problema del modo más cientifico, hay que echar, por lo menos, una rápida mirada a la historia del Estado, a su surgimiento y evolución. Lo más seguro, cuando se trata de un problema de ciencia social, y lo más necesario para adquirir realmente el hábito de enfocar este problema en forma correcta, sin perdernos en un cumulo de detalles o en la inmensa variedad de opiniones contradictorias; lo más importante para abordar el problema cientificamente, es no olvidar el nexo histórico fundamental, analizar cada problema desde el punto de vista de cómo surgió en la historia el fenómeno dado y cuáles fueron las principales etapas de su desarrollo y, desde el punto de vista de su desarrollo, examinar en qué se ha convertido hoy.

Espero que al estudiar este problema del Estado se familia rizarán con la obra de Engels El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Se trata de una de las obras fundamentales del socialismo moderno, cada una de cuyas frases puede aceptarse con plena confianza, en la seguridad de que no ha sido escrita al azar, sino que se basa en una abundante documentación histórica y política. Sin duda, no todas las partes de esta obra están expuestas en forma igualmente accesible y comprensible; algunas de ellas suponen un lector que ya posea ciertos conocimientos de historia y de economía. Pero vuelvo a repetirles que no deben preocuparse si al leer esta obra no la entienden inmediatamente. Esto le sucede a casi todo el mundo. Pero releyéndola más tarde, cuando estén interesados en el problema, lograrán entenderla en su mayor parte, si no en su totalidad. Cito este libro de Engels porque en el se hace un enfoque correcto del problema en el sentido mencionado. Comienza con un esbozo histórico de los orígenes del Estado.

Para tratar debidamente este problema, lo mismo que cualquier otro — por ejemplo el de los orígenes del capitalismo, la explotación del hombre por el hombre, el del socialismo, cómo surgió el socialismo, qué condiciones lo engendraron –, cualquiera de estos problemas sólo puede ser enfocado con seguridad y confianza si se echa una mirada a la historia de su desarrollo en conjunto. En relación con este problema hay que tener presente, ante todo, que no siempre existió el Estado. Hubo un tiempo en que no había Estado. Este aparece en el lugar y momento en que surge la división de la sociedad en clases, cuando aparecen los explotadores y los explotados.

Antes de que surgiera la primera forma de explotación del hombre por el hombre, la primera forma de la división en clases — propietarios de esdavos y esclavos –, existiá la familia patriarcal o, como a veces se la llama, la familia del clan (clan: gens; en ese entonces vivían juntas las personas de un mismo linaje u origen). En la vida de muchos pueblos primitivos subsisten huellas muy definidas de aquellos tiempos primitivos, y si se toma cualquier obra sobre la cultura primitiva, se tropezará con descripciones, indicaciones y reminiscencias más o menos precisas del hecho de que hubo una época más o menos similar a un comunismo primitivo, en la que aún no existiá la división de la sociedad en esclavistas y esclavos. En esa época no existiá el Estado, no había ningón aparato especial para el empleo sistemático de la fuerza y el sometimiento del pueblo por la fuerza. Ese aparato es lo que se llama Estado.

En la sociedad primitiva, cuando la gente vivía en pequeños grupos familiares y aún se hallaba en las etapas más bajas del desarrollo, en condiciones cercanas al salvajismo — época separada por varios miles de años de la moderna sociedad humana civilizada –, no se observan aún indicios de la existencia del Estado. Nos encontramos con el predominio de la costumbre, la autoridad, el respeto, el poder de que gozaban los ancianos del clan; nos encontramos con que a veces este poder era reconocido a las mujeres — la posición de las mujeres, entonces, no se parecía a la de opresión y falta de dere chos de las mujeres de hoy –, pero en ninguna parte encontramos una categoría especial de individuos diferenciados que gobiernen a los otros y que, en aras y con el fin de gobernar, dispongan sistemática y permanentemente de cierto aparato de coerción, de un aparato de violencia, tal como el que representan actualmente, como todos saben, los grupos especiales de hombres armados, las cárceles y demás medios para someter por la fuerza la voluntad de otros, todo lo que constituye la esencia del Estado.

Si dejamos de lado las llamadas doctrinas religiosas, las sutilezas, los argumentos filosóficos y las diversas opiniones erigidas por los eruditos burgueses, y procuramos llegar a la verdadera esencia del asunto, veremos que el Estado es en realidad un aparato de gobierno, separado de la sociedad humana. Cuando aparece un grupo especial de hombres de esta clase, dedicados exclusivamente a gobernar y que para gobernar necesitan de un aparato especial de coerción para someter la voluntad de otros por la fuerza — cárceles, grupos especiales de hombres, ejércitos, etc. –, es cuando aparece el Estado.

Pero hubo un tiempo en que no existiá el Estado, en que los vínculos generales, la sociedad misma, la disciplina y organización del trabajo se mantenian por la fuerza de la costumbre y la tradición, por la autoridad y el respeto de que gozaban los ancianos del clan o las mujeres — quienes en aquellos tiempos, no sólo gozaban de una posición social igual a la de los hombres, sino que, no pocas veces, gozaban incluso de una posición social superior –, y en que no había una categoría especial de personas que se especializaban en gobernar. La historia demuestra que el Estado, como aparato especial para la coerción de los hombres, surge solamente donde y cuando aparece la división de la sociedad en clases, o sea, la división en grupos de personas, algunas de las cuales se apropian permanentemente del trabajo ajeno, donde unos explotan a otros.

Y esta división de la sociedad en clases, a través de la historia, es lo que debemos tener siempre presente con toda claridad, como un hecho fundamental. El desarrollo de todas las sociedades humanas a lo largo de miles de años, en todos los países sin excepción, nos revela una sujeción general a leyes, una regularidad y consecuencia; de modo que tenemos, primero, una sociedad sin clases, la sociedad originaria, patriarcal, primitiva, en la que no existían aristócratas; luego una sociedad basada en la esclavitud, una sociedad esclavista. Toda la Europa moderna y civilizada pasó por esa etapa: la esclavitud reinó soberana hace dos mil años. Por esa etapa pasó también la gran mayoría de los pueblos de otros lugares del mundo. Todavía hoy se conservan rastros de la esclavitud entre los pueblos menos desarrollados; en Africa, por ejemplo, persiste todavía en la actualidad la institucion de la esclavitud. La división en propietarios de esclavos y esclavos fue la primera división de clases importante. El primer grupo no sólo poseía todos los medios de producción — la tierra y las herramientas, por muy primitivas que fueran en aquellos tiempos –, sino que poseía también los hombres. Este grupo era conocido como el de los propietarios de esclavos, mientras que los que trabajaban y suministraban trabajo a otros eran conocidos como esclavos.

Esta forma fue seguida en la historia por otra: el feudalismo. En la gran mayoría de los países, la esclavitud, en el curso de su desarrollo, evolucionó hacia la servidumbre. La división fundamental de la sociedad era: los terratenientes propietarios de siervos, y los campesinos siervos. Cambió la forma de las relaciones entre los hombres. Los poseedores de esclavos con sideraban a los esclavos como su propiedad; la ley confirmaba este concepto y consideraba al esclavo como un objeto que pertenecía íntegramente al propietario de esclavos. Por lo que se refiere al campesino siervo, subsistía la opresión de clase y la dependencia, pero no se consideraba que los campesinos fueran un objeto de propiedad del terrateniente propietario de siervos; éste sólo teniía derecho a apropiarse de su trabajo, a obligarlos a ejecutar ciertos servicios. En la practica, como todos ustedes saben, la servidumbre, sobre todo en Rusia, donde subsistío durante más tiempo y revistío las formas más brutales, no se diferenciaba en nada de la esclavitud.

Más tarde, con el desarrollo del comercio, la aparición del mercado mundial y el desarrollo de la circulación monetaria, dentro de la sociedad feudal surgió una nueva clase, la clase capitalista. De la mercancía, el intercambio de mercancías y la aparición del poder del dinero, surgió el poder del capital. Durante el siglo XVIII, o mejor dicho desde fines del siglo XVIII y durante el siglo XIX, estallaron revoluciones en todo el mundo. El feudalismo fue abolido en todos los países de Europa Occidental. Rusia fue el último país donde ocurrió esto. En 1861 se produjo también en Rusia un cambio radical; como consecuencia de ello, una forma de sociedad fue remplazada por otra: el feudalismo fue remplazado por el capitalismo, bajo el cual siguió existiendo la división en clases, así como diversas huellas y supervivencias del régimen de ser vidumbre, pero fundamentalmente la división en clases asumió una forma diferente.

Los dueños del capital, los dueños de la tierra y los dueños de las fábricas constituían y siguen constituyendo, en todos los países capitalistas, una insignificante minoria de la población, que gobierna totalmente el trabajo de todo el pueblo, y, por consiguiente, gobierna, oprime y explota a toda la masa de trabajadores, la mayoría de los cuales son proletarios, trabajadores asalariados, que se ganan la vida en el proceso de producción, sólo vendiendo su mano de obra, su fuerza de trabajo. Con el paso al capitalismo, los campesinos, que habían sido divididos y oprimidos bajo el feudalismo, se convirtieron, en parte (la mayoría) en proletarios, y en parte (la minoría) en campesinos ricos, quienes a su vez contrataron trabajadores y constituyeron la burguesia rural.

Este hecho fundamental — el paso de la sociedad, de las formas primitivas de esclavitud al feudalismo, y por último al capitalismo — es el que deben ustedes tener siempre presente, ya que sólo recordando este hecho fundamental, encuadrando todas las doctrinas políticas en este marco fundamental, estarán en condiciones de valorar debidamente esas doctrinas y comprender qué se proponen. Pues cada uno de estos grandes periodos de la historia de la humanidad — el esclavista, el feudal y el capitalista — abarca decenas y centenares de siglos, y presenta una cantidad tal de formas políticas, una variedad tal de doctrinas políticas, opiniones y revoluciones, que sólo podremos llegar a comprender esta enorme diversidad y esta inmensa variedad — especialmente en relación con las doctrinas políticas, filosóficas y otras de los eruditos y políticos burgueses –, si sabemos aferrarnos firmemente, como a un hilo orientador fundamental, a esta división de la sociedad en clases, a esos cambios de las formas de la dominación de clases, y si analizamos, desde este punto de vista, todos los problemas sociales — económicos, políticos, espirituales, religiosos, etc.

Si ustedes consideran el Estado desde el punto de vista de esta división fundamental, verán que antes de la división de la sociedad en clases, como ya lo he dicho, no existía ningún Estado. Pero cuando surge y se afianza la división de la sociedad en clases, cuando surge la sociedad de clases, también surge y se afianza el Estado. La historia de la humanidad conoce decenas y cientos de paises que han pasado o están pasando en la actualidad por la esclavitud, el feudalismo y el capitalismo. En cada uno de ellos, pese a los enormes cambios históricos que han tenido lugar, pese a todas las vicisitudes políticas y a todas las revoluciones relacionadas con este desarrollo de la humanidad y con la transición de la esclavitud al capitalismo, pasando por el feudalismo, y hasta llegar a la actual lucha mundial contra el capitalismo, ustedes percibirán siempre el surgimiento del Estado. Este ha sido siempre determinado aparato al margen de la sociedad y consistente en un grupo de personas dedicadas exclusiva o casi exclusivamente o principalmente a gobernar. Los hombres se dividen en gobernados y en especialistas en gobernar, que se colocan por encima de la sociedad y son llamados gobernantes, representantes del Estado. Este aparato, este grupo de personas que gobiernan a otros, se apodera siempre de ciertos medios de coerción, de violencia física, ya sea que esta violencia sobre los hombres se exprese en la maza primitiva o en tipos más perfeccionados de armas, en la época de la esclavitud, o en las armas de fuego inventadas en la Edad Media o, por último, en las armas modernas, que en el siglo XX son verdaderas maravillas de la técnica y se basan íntegramente en los últimos lo gros de la tecnología moderna. Los métodos de violencia cambiaron, pero dondequiera existió un Estado, existió en cada sociedad, un grupo de personas que gobernaban, mandaban, dominaban, y que, para conservar su poder, disponían de un aparato de coerción física, de un aparato de violencia, con las armas que correspondían al nivel técnico de la época dada. Y sólo examinando estos fenómenos generales, preguntándonos por qué no existió ningún Estado cuando no había clases, cuando no había explotadores y explotados, y por que apareció cuando aparecieron las clases; sólo así encontraremos una respuesta definida a la pregunta de cuál es la esencia y la significación del Estado.

El Estado es una máquina para mantener la dominación de una clase sobre otra. Cuando no existían clases en la sociedad, cuando, antes de la época de la esclavitud, los hombres trabajaban en condiciones primitivas de mayor igualdad, en condiciones en que la productividad del trabajo era todavía muy baja y cuando el hombre primitivo apenas podía conseguir con dificultad los medios indispensables para la existencia más tosca y primitiva, entonces no surgió, ni podía surgir, un grupo especial de hombres separados especialmente para gobernar y dominar al resto de la sociedad. Sólo cuando apareció la primera forma de la división de la sociedad en clases, cuando apareció la esclavitud, cuando una clase determinada de hombres, al concentrarse en las formas más rudimentarias del trabajo agrícola, pudo producir cierto excedente, y cuando este excedente no resultó absolutamente necesario para la más mísera existencia del esclavo y pasó a manos del propietario de esclavos, cuando de este modo quedó asegurada la existencia de la clase de los propietarios de esclavos, entonces, para que ésta pudiera afianzarse era necesario que apareciera un Estado.

Y apareció el Estado esclavista, un aparato que dio poder a los propietarios de esclavos y les permitió gobernar a los esclavos. La sociedad y el Estado eran entonces mucho más reducidos que en la actualidad, poseían medios de comunicación incomparablemente más rudimentarios; no existían entonces los modernos medios de comunicación. Las montañas, los ríos y los mares eran obstáculos incomparablemente mayores que hoy, y el Estado se formó dentro de límites geográficos mucho más estrechos. Un aparato estatal técnicamente débil servía a un Estado confinado dentro de límites relativamente estrechos y con una esfera de acción limitada. Pero, de cualquier modo, existía un aparato que obligaba a los esclavos a permanecer en la esclavitud, que mantenía a una parte de la sociedad sojuzgada y oprimida por la otra. Es imposible obligar a la mayor parte de la sociedad a trabajar en forma sistemática para la otra parte de la sociedad sin un aparato permanente de coerción. Mientras no existieron clases, no hubo un aparato de este tipo. Cuando aparecieron las clases, siempre y en todas partes, a medida que la división crecía y se consolidaba, aparecía también una institución especial: el Estado. Las formas de Estado eran en extremo variadas. Ya durante el período de la esclavitud encontramos diversas formas de Estado en los países más adelantados, más cultos y civilizados de la época, por ejemplo en la antigua Grecia y en la antigua Roma, que se basaban integramente en la esclavitud. Ya había surgido en aquel tiempo una diferencia entre monarquía y república, entre aristocracia y democracia. La monarquía es el poder de una sola persona, la república es la ausencia de autoridades no elegidas; la aristocracia es el poder de una minoría relativamente pequeña, la democracia el poder del pueblo (democracia en griego, significa literalmente poder del pueblo). Todas estas diferencias sur gieron en la época de la esclavitud. A pesar de estas diferencias, el Estado de la epoca esclavista era un Estado esclavista, ya se tratara de una monarquía o de una república, aristocrática o democrática.

En todos los cursos de historia de la antigüedad, al escuchar la conferencia sobre este tema, les hablarán de la lucha librada entre los Estados monárquicos y los republicanos. Pero el hecho fundamental es que los esclavos no eran considerados seres humanos; no sólo no se los consideraba ciudadanos, sino que ni siquiera se los consideraba seres humanos. El derecho romano los consideraba como bienes. La ley sobre el homicidio, para no mencionar otras leyes de protección de la persona, no amparaba a los esclavos. Defendia sólo a los propietarios de esclavos, los únicos que eran reconocidos como ciudadanos con plenos derechos. Lo mismo daba que gobernara una monarquía o una república: tanto una como otra eran una república de los propietarios de esclavos o una monarquia de los propietarios de esclavos. Estos gozaban de todos los derechos, mientras que los esclavos, ante la ley, eran bienes; y contra el esclavo no sólo podía perpetrarse cualquier tipo de violencia, sino que incluso matar a un esclavo no era considerado delito. Las repúblicas esclavistas diferían en su organización interna: había repúblicas aristocráticas y repúblicas democráticas. En la república aristocrática participaba en las elecciones un reducido número de privilegiados; en la republica democrática participaban todos, pero siempre todos los propietarios de esclavos, todos, menos los esclavos. Debe tenerse en cuenta este hecho fundamental, pues arroja más luz que ningún otro sobre el problema del Estado, y pone claramente de manifiesto la naturaleza del Estado.

El Estado es una máquina para que una clase reprima a otra, una máquina para el sometimiento a una clase de otras clases, subordinadas. Esta máquina puede presentar diversas formas. El Estado esclavista podía ser una monarquía, una república aristocrática e incluso una república democrática. En realidad, las formas de gobierno variaban extraordinariamente, pero su esencia era siempre la misma: los esclavos no gozaban de ningún derecho y seguian siendo una clase oprimida; no se los consideraba seres humanos. Nos encontramos con lo mismo en el Estado feudal.

El cambio en la forma de explotación trasformó el Estado esclavista en Estado feudal. Esto tuvo una enorme importancia. En la sociedad esclavista, el esclavo no gozaba de ningún derecho y no era considerado un ser humano; en la sociedad feudal, el campesino se hallaba sujeto a la tierra. El principal rasgo de la servidumbre era que a los campesinos (y en aquel tiempo los campesinos constituían la mayoría, pues la población urbana era todavía muy poco desarrollada) se los consideraba sujetos a la tierra: de ahí se deriva este concepto mismo — la servidumbre. El campesino podía trabajar cierto número de días para si mismo en la parcela que le asignaba el señor feudal; los demás días el campesino siervo trabajaba para su señor. Subsistía la esencia de la sociedad de clases: la sociedad se basaba en la explotación de clase. Sólo los propietarios de la tierra gozaban de plenos derechos; los campesinos no tenían ningún derecho. En la práctica su situación no difería mucho de la situación de los esclavos en el Estado esclavista. Sin embargo, se había abierto un camino más amplio para su emancipación, para la emancipación de los campesinos, ya que el campesino siervo no era considerado propiedad directa del señor feudal. Podía trabajar una parte de su tiempo en su propia parcela; podía, por así decirlo, ser, hasta cierto punto, dueño de sí mismo; y al ampliarse las posibilidades de desarrollo del intercambio y de las relaciones comerciales, el sistema feudal se fue desintegrando progresivamente y se fueron ampliando progresivamente las posibilidades de emancipación del campesinado. La sociedad feudal fue siempre más compleja que la sociedad esclavista. Había un importante factor de desarrollo del comercio y la industria, cosa que, incluso en esa época, condujo al capitalismo. El feudalismo predominaba en la Edad Media. Y también aquí diferían las formas del Estado; también aquí encontramos la monarquía y la república, aunque esta última se manifestaba mucho más débilmente. Pero siempre se consideraba al señor feudal como el único gobernante. Los campesinos siervos ca recían totalmente de derechos políticos.

Ni bajo la esclavitud ni bajo el feudalismo podía una reducida minoría de personas dominar a la enorme mayoría sin recurrir a la coerción. La historia está llena de constantes intentos de las clases oprimidas por librarse de la opresión. La historia de la esclavitud nos habla de guerras de emancipación de los esclavos que duraron décadas enteras. El nombre de “espartaquistas”, entre parentesis, que han adoptado ahora los comunistas alemanes — el único partido aleman que realmente lucha contra el yugo del capitalismo –, lo adoptaron debido a que Espartaco fue el héroe más destacado de una de las más grandes sublevaciones de esclavos que tuvo lugar hace unos dos mil años. Durante varios años el Imperio romano, que parecía omnipotente y que se apoyaba por entero en la esclavitud, sufrió los golpes y sacudidas de un extenso levantamiento de esclavos, armados y agrupados en un vasto ejército, bajo la dirección de Espartaco. Al fin y al cabo fueron derrotados, capturados y torturados por los propietarios de esclavos. Guerras civiles como éstas jalonan toda la historia de la sociedad de clases. Lo que acabo de señalar es un ejemplo de la más importante de estas guerras civiles en la época de la esclavitud. Del mismo modo, toda la época del feudalismo se halla jalonada por constantes sublevaciones de los campesinos. En Alemania, por ejemplo, en la Edad Media, la lucha entre las dos clases — terratenientes y siervos — asumió amplias proporciones y se trasformó en una guerra civil de los campesinos contra los terratenientes. Todos ustedes conocen ejemplos similares de constantes levantamientos de los campesinos contra los terratenientes feudales en Rusia.

Para mantener su dominación y asegurar su poder, los señores feudales necesitaban de un aparato con el cual pudiesen sojuzgar a una enorme cantidad de personas y someterlas a ciertas leyes y normas; y todas esas leyes, en lo fundamental, se reducían a una sola cosa: el mantenimiento del poder de los señores feudales sobre los campesinos siervos. Tal era el Estado feudal, que en Rusia, por ejemplo, o en los países asiáticos muy atrasados (en los que aún impera el feudalismo) difería en su forma: era una república o una monarquía. Cuando el Estado era una monarquía se reconocía el poder de un individuo; cuando era una república, en uno u otro grado se reconocía la participación de representantes electos de la sociedad terrateniente; esto sucedía en la sociedad feudal. La sociedad feudal representaba una división en clases en la que la inmensa mayoría — los campesinos siervos — estaba totalmente sometida a una insignificante minoría, a los terratenientes, dueños de la tierra.

El desarrollo del comercio, el desarrollo del intercambio de mercancías, condujeron a la formación de una nueva clase, la de los capitalistas. El capital se conformo como tal al final de la Edad Media, cuando, después del descubrimiento de América, el comercio mundial adquirío un desarrollo enorme, cuando aumentó la cantidad de metales preciosos, cuando la plata y el oro se convirtieron en medios de cambio, cuando la circulación monetaria permitió a ciertos individuos acumular enormes riquezas. La plata y el oro fueron reconocidos como riqueza en todo el mundo. Declinó el poder económico de la clase terrateniente y creció el poder de la nueva clase, los representantes del capital. La sociedad se reorganizó de tal modo, que todos los ciudadanos parecían ser iguales, desapareció la vieja división en propietarios de esclavos y esclavos, y todos los individuos fueron considerados iguales ante la ley, independientemente del capital que poseyeran — propietarios de tierras o pobres hombres sin más propiedad que su fuerza de trabajo, todos eran iguales ante la ley. La ley protege a todos por igual; protege la propiedad de los que la tienen, contra los ataques de las masas que, al no poseer ninguna propiedad, al no poseer más que su fuerza de trabajo, se empobrecen y arruinan poco a poco y se convierten en proletarios. Tal es la sociedad capitalista.

No puedo detenerme a analizarlo en detalle. Ya volverán ustedes a ello cuando estudien el programa del partido: tendrán entonces una descripción de la sociedad capitalista. Esta sociedad fue avanzando contra la servidumbre, contra el viejo régimen feudal, bajo la consigna de la libertad. Pero era la libertad para los propietarios. Y cuando se desintegró el feudalismo, cosa que ocurrío a fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX — en Rusia ocurrió más tarde que en otros países, en 1861 –, el Estado feudal fue desplazado por el Estado capitalista, que proclama como consigna la libertad para todo el pueblo, que afirma que expresa la voluntad de todo el pueblo y niega ser un Estado de clase. Y en este punto se entabló una lucha entre los socialistas, que bregan por la libertad de todo el pueblo, y el Estado capitalista, lucha que condujo hoy a la creación de la República Socialista Soviética y que se está extendiendo al mundo entero.

Para comprender la lucha iniciada contra el capital mundial, para entender la esencia del Estado capitalista, debemos recordar que cuando ascendió el Estado capitalista contra el Estado feudal, entró en la lucha bajo la consigna de la libertad. La abolición del feudalismo significó la libertad para los representantes del Estado capitalista y sirvió a sus fines, puesto que la servidumbre se derrumbaba y los campesinos tenían la posibilidad de poseer en plena propiedad la tierra adquirida por ellos mediante un rescate o, en parte por el pago de un tributo; esto no interesaba al Estado; protegía la propiedad sin importarle su origen, pues el Estado se basaba en la propiedad privada. En todos los Estados civilizados modernos los campesinos se convirtieron en propietarios privados. Incluso cuando el terrateniente cedía parte de sus tierras a los campesinos, el Fstado protegía la propiedad privada, resarciendo al terrateniente con una indemnización, permitiéndole obtener dinero por la tierra. El Estado, por así decirlo, declaraba que ampararía totalmente la propiedad privada y le otorgaba toda clase de apoyo y protección. El Estado reconocía los derechos de propiedad de todo comerciante, fabricante e industrial. Y esta sociedad, basada en la propiedad privada, en el poder del capital, en la sujeción total de los obreros desposeidos y las masas trabajadoras del campesinado proclamaba que su régimen se basaba en la libertad. Al luchar contra el feudalismo, proclamó la libertad de propiedad y se sentía especialmente orgullosa de que el Estado hubiese dejado de ser, supuestamente, un Estado de clase.

Con todo, el Estado seguía siendo una máquina que ayudaba a los capitalistas a mantener sometidos a los campesinos pobres y a la clase obrera, aunque en su apariencia exterior fuese libre. Proclamaba el sufragio universal y, por intermedio de sus defensores, predicadores, eruditos y filosófos, que no era un Estado de clase. Incluso ahora, cuando las repúblicas socialistas soviéticas han comenzado a combatir el Estado, nos acusan de ser violadores de la libertad y de erigir un Estado basado en la coerción, en la represión de unos por otros, mientras que ellos representan un Estado de todo el pueblo, un Estado democrático. Y este problema, el problema del Estado, es ahora, cuando ha comenzado la revolución socialista mundial y cuando la revolución triunfa en algunos países, cuando la lucha contra el capital mundial se ha agudizado en extremo, un problema que ha adquirido la mayor importancia y puede decirse que se ha convertido en el problema más candente, en el foco de todos los problemas políticos y de todas las polémicas políticas del presente.

Cualquiera sea el partido que tomemos en Rusia o en cualquiera de los países más civilizados, vemos que casi todas las polémicas, discrepancias y opiniones políticas giran ahora en torno de la concepcion del Estado. ¿Es el Estado, en un país capitalista, en una república democrática — especialmente en repúblicas como Suiza o Norteamérica –, en las repúblicas democráticas más libres, la expresión de la voluntad popular, la resultante de la decisión general del pueblo, la expresión de la voluntad nacional, etc., o el Estado es una máquina que permite a los capitalistas de esos países conservar su poder sobre la clase obrera y el campesinado? Este es el problema fundamental en torno del cual giran todas las polémicas políticas en el mundo entero. ¿Qué se dice sobre el bolchevismo? La prensa burguesa lanza denuestos contra los bolcheviques. No encontrarán un solo periódico que no repita la acusación en boga de que los bolcheviques violan la soberanía del pueblo. Si nuestros mencheviques y eseristas, en su simpleza de espiritu (y quizá no sea simpleza, o quiza sea esa simpleza de la que dice el proverbio que es peor que la ruindad) piensan que han inventado y descubierto la acusación de que los bolcheviques han violado la libertad y la soberanía del pueblo, se equivocan en la forma más ridicula. Hoy, todos los periodicos más ricos de los países más ricos, que gastan decenas de millones en su difusión y diseminan mentiras burguesas y la política imperialista en decenas de millones de ejemplares, todos esos periódicos repiten esos argumentos y acusaciones fundamentales contra el bolchevismo, a saber: que Norteamérica, Inglaterra y Suiza son Estados avanzados, basados en la soberanía del pueblo, mientras que la república bolchevique es un Estado de bandidos en el que no se conoce la libertad y que los bolcheviques son violadores de la idea de la soberanía del pueblo e incluso llegaron al extremo de disolver la Asamblea Constituyente. Estas terribles acusaciones contra los bolcheviques se repiten en todo el mundo. Estas acusaciones nos conducen directamente a la pregunta: ¿que es el Estado? Para comprender estas acusaciones, para poder estudiarlas y adoptar hacia ellas una actitud plenamente conciente, y no examinarlas basándose en rumores, sino en una firme opinión propia, debemos tener una clara idea de lo que es el Estado. Tenemos ante nosotros Estados capitalistas de todo tipo y todas las teorías que en su defensa se elaboraron antes de la guerra. Para responder correctamente a la pregunta, debemos examinar con un enfoque crítico todas estas teorías y concepciones.

Ya les he aconsejado que recurran al libro de Engels El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. En él se dice que todo Estado en el que existe la propiedad privada de la tierra y los medios de producción, en el que domina el capital, por democrático que sea, es un Estado capitalista, una máquina en manos de los capitalistas para el sojuzgamiento de la clase obrera y los campesinos pobres. Y el sufragio universal, la Asamblea Constituyente o el Parlamento son meramente una forma, una especie de pagaré, que no cambia la esencia del asunto.

Las formas de dominación del Estado pueden variar: el capital manifiesta su poder de un modo donde existe una forma y de otro donde existe otra forma, pero el poder está siempre, esencialmente, en manos del capital, ya sea que exista o no el voto restringido u otros derechos, ya sea que se trate de una república democrática o no; en realidad, cuanto más democrática es, más burda y cinica es la dominación del capitalismo. Una de las repúblicas más democráticas del mundo es Estados Unidos de Norteamérica, y sin embargo, en ninguna parte (y quienes hayan estado allí después de 1905 probablemente lo saben) es tan crudo y tan abiertamente corrompido como en Norteamérica el poder del capital, el poder de un puñado de multimillonarios sobre toda la sociedad. El capital, una vez que existe, domina la sociedad entera, y ninguna república democrática, ningún derecho electoral pueden cambiar la esencia del asunto.

La república democrática y el sufragio universal representaron un enorme progreso comparado con el feudalismo: permitieron al proletariado lograr su actual unidad y solidaridad y formar esas filas compactas y disciplinadas que libran una lucha sistemática contra el capital. No existió nada ni siquiera parecido a esto entre los campesinos siervos y ni que hablar ya entre los esclavos. Los esclavos, como sabemos se sublevaron, se amotinaron e iniciaron guerras civiles, pero no podian llegar a crear una mayoría consciente y partidos que dirigieran la lucha; no podían comprender claramente cuáles eran sus objetivos, e incluso en los momentos más revolucionarios de la historia fueron siempre peones en manos de las clases dominantes. La república burguesa, el Parlamento, el sufragio universal, todo ello constituye un inmenso progreso desde el punto de vista del desarrollo mundial de la sociedad. La humanidad avanzó hacia el capitalismo y fue el capitalismo solamente, lo que, gracias a la cultura urbana, permitió a la clase oprimida de los proletarios adquirir conciencia de si misma y crear el movimiento obrero mundial, los millones de obreros organizados en partidos en el mundo entero; los partidos socialistas que dirigen concientemente la lucha de las masas. Sin parlamentarismo, sin un sistema electoral, habría sido imposible este desarrollo de la clase obrera. Es por ello que todas estas cosas adquirieron una importancia tan grande a los ojos de las grandes masas del pueblo. Es por ello que parece tan dificil un cambio radical. No son sólo los hipócritas concientes, los sabios y los curas quienes sostienen y defienden la mentira burguesa de que el Estado es libre y que tiene por misión defender los intereses de todos; lo mismo hacen muchisimas personas atadas sinceramente a los viejos prejuicios y que no pueden entender la transición de la sociedad antigua, capitalista, al socialismo. Y no sólo las personas que dependen directamente de la burguesia, no sólo quienes vi ven bajo el yugo del capital o sobornados por el capital (hay gran cantidad de cientificos, artistas, sacerdotes, etc., de todo tipo al servicio del capital), sino incluso personas simplemente influidas por el prejuicio de la libertad burguesa, se han movilizado contra el bolchevismo en el mundo entero, porque cuando fue fundada la República Soviética rechazó estas mentiras burguesas y declaró abiertamente: ustedes dicen que su Estado es libre, cuando en realidad, mientras exista la propiedad privada, el Estado de ustedes, aunque sea una república democrática, no es más que una máquina en manos de los capitalistas para reprimir a los obreros, y mientras más libre es el Estado, con mayor claridad se manifiesta esto. Ejemplos de ello nos los brindan Suiza en Europa, y Estados Unidos en América. En ninguna parte domina el capital en forma tan cínica e implacable y en ninguna parte su dominación es tan ostensible como en estos países, a pesar de tratarse de repúblicas democráticas, por muy bellamente que se las pin te y por mucho que en ellas se hable de democracia del trabajo y de igualdad de todos los ciudadanos. El hecho es que en Suiza y en Norteamérica domina el capital, y cualquier intento de los obreros por lograr la menor mejora efectiva de su situación, provoca inmediatamente la guerra civil. En estos países hay pocos soldados, un ejército regular pequeño — Suiza cuenta con una milicia y todos los ciudadanos suizos tienen un fusil en su casa, mientras que en Estados Unidos, hasta hace poco, no existía un ejército regular –, de modo que cuando estalla una huelga, la burguesia se arma, contrata soldados y reprime la huelga; en ninguna parte la represión del movimiento obrero es tan cruel y feroz como en Suiza y en Estados Unidos, y en ninguna parte se manifiesta con tanta fuerza como en estos países la influencia del capital sobre el Parlamento. La fuerza del capital lo es todo, la Bolsa es todo, mientras que el Parla mento y las elecciones no son más que muñecos, marionetas. . . Pero los obreros van abriendo cada vez más los ojos y la idea del poder soviético va extendiéndose cada vez más. Sobre todo después de la sangrienta matanza por la que acabamos de pasar. La clase obrera advierte cada vez más la necesidad de luchar implacablemente contra los capitalistas.

Cualquiera sea la forma con que se encubra una república, por democrática que sea, si es una república burguesa, si conserva la propiedad privada de la tierra, de las fábricas, si el capital privado mantiene a toda la sociedad en la esclavitud asalariada, es decir, si la república no lleva a la práctica lo que se proclama en el programa de nuestro partido y en la Constitución soviética, entonces ese Estado es una máquina para que unos repriman a otros. Y debemos poner esta máquina en manos de la clase que habrá de derrocar el poder del capital. Debemos rechazar todos los viejos prejuicios acerca de que el Estado significa la igualdad universal; pues esto es un fraude: mientras exista explotación no podrá existir igualdad. El terrateniente no puede ser igual al obrero, ni el hombre hambriento igual al saciado. La máquina, llamada Estado, y ante la que los hombres se inclinaban con supersticiosa veneración, porque creian en el viejo cuento de que significa el Poder de todo el pueblo, el proletariado la rechaza y afirma: es una mentira burguesa. Nosotros hemos arrancado a los capitalistas esta máquina y nos hemos apoderado de ella. Utilizaremos esa máquina, o garrote, para liquidar toda explotación; y cuando toda posibilidad de explotación haya desaparecido del mundo, cuando ya no haya propietarios de tierras ni propietarios de fábricas, y cuando no exista ya una situación en la que unos estan saciados mientras otros padecen hambre, sólo cuando haya desaparecido por completo la posibilidad de esto, relegaremos esta máquina a la basura. Entonces no existir á Estado ni explotación. Tal es el punto de vista de nuestro partido comunista. Espero que volveremos a este tema en futuras conferencias, volveremos a él una y otra vez.

(Conferencia pronunciada en la Universidad Sverdlov*el 11 de julio de 1919)

Las elecciones británicas de crisis y las tareas de la clase obrera

por Chris Marsden//

Reino Unido fue a las urnas tras una campaña electoral sin igual. En el espacio de unas pocas semanas, una prevista victoria arrolladora por el Partido Conservador ha dado paso a especulaciones sobre una mayoría reducida, un Parlamento sin mayoría absoluta o incluso una victoria laborista.

Dos atentados terroristas brutales han dejado decenas de muertos y muchos más mutilados. Las calles son patrulladas por grandes contingentes de policías armados. El ejército fue desplegado a lugares estratégicos conforme a medidas secretas de emergencia.
La primera ministra Theresa May convocó anticipadamente los comicios porque la oligarquía financiera y el aparato militar y de inteligencia a quienes sirve decidieron que no podían esperar dos años más hasta las próximas elecciones programadas, en medio de grandes convulsiones políticas y sociales. Al parecer, apenas pudieron esperar dos meses.
May tenía la esperanza de poder utilizar la guerra interna en el Partido Laborista y la agresiva campaña mediática contra Jeremy Corbyn para garantizarse una dictadura parlamentaria de facto y poder intensificar su agenda de austeridad e intervenciones militares en Siria y otros lugares. En cambio, la campaña electoral ha visto una avalancha de muestras de odio hacia los tories y todo lo que representan por parte de los trabajadores y jóvenes, quienes han manifestado su apoyo a Corbyn y a sus promesas de poner fin a la austeridad.
El repulsivo intento de May de buscar capitalizar los atentados terroristas terminó perjudicándola. La abrumadora evidencia de que el servicio de inteligencia militar MI5 y la policía sabían sobre sobre el atacante de Manchester, Salman Abedi, y al menos dos de los tres asesinos de Londres comprueba que numerosos islamistas son activos protegidos para ser utilizados como fuerzas indirectas en las guerras libradas por Reino Unido y EE.UU. en Libia, Irak y Siria.
May apostó su propio futuro al prometer una salida “dura” de la UE pero, al hacerlo, alienó a amplios sectores corporativos y de la City de Londres. Las estimaciones de que, tras el brexit, caiga el comercio con la Unión Europea un 40 por ciento y la inversión extranjera un 20 por ciento, han provocado advertencias de un desastre financiero.
Su plan de depender en el gobierno de Trump para extraer concesiones de Alemania, Francia y otros en la UE ha tenido el efecto contrario. La respuesta de la canciller alemana, Angela Merkel, a las amenazas de Trump de poner a “EE.UU. ante todo” ha sido declarar que tanto EE.UU. como el Reino Unido pos- brexit no son de fiar como aliados. Ante el aumento en tensiones globales entre EE.UU. y Europa, la estrategia de toda la política exterior británica de atenerse al poder militar y económico de EE.UU. para avanzar su propia influencia ha colapsado.
Sin embargo, la brutal verdad es que un gobierno laborista encabezado por Corbyn tampoco representa una alternativa a las políticas de austeridad y de guerra de May.
Hay millones de trabajadores que quieren que los tories se vayan y están dispuestos a tolerar los constantes repliegues de Corbyn ante los partidarios del ex primer ministro Blair en su partido, con la esperanza de que al menos honre sus compromisos de defender el Servicio Nacional de Salud, aumentar el salario mínimo y construir nuevas viviendas. Pero los esfuerzos de su manifiesto para juntar reformas sociales mínimas con la agenda militarista del imperialismo británico es una combinación incompatible.
Reino Unido se está desestabilizando en el ámbito económico, político y social, mientras el capitalismo mundial entra en su peor crisis desde el final de la Segunda Guerra Mundial —una crisis que está reproduciendo todos los horrores del fascismo y la guerra asociados con la primera mitad del siglo XX. Cualquier intento para conservar la “competitividad global” del país bajo condiciones de guerra comercial y conflictos militares requiere profundizar la destrucción de puestos de trabajo, salarios y servicios esenciales.
Este proceso está cavando más el profundo abismo entre la clase obrera y los multimillonarios, llegando al punto de explosiones sociales. El choque de intereses entre la oligarquía y la clase obrera es tan agudo que no puede ser reconciliado a través de los llamados de Corbyn a “ser justos… para los muchos no los pocos”. Las políticas nacionalistas de los laboristas, de crear una forma de “patriotismo industrial” mediante la colaboración del gobierno “con las empresas y los sindicatos”, tienen como objetivo subordinar a los trabajadores al plan de guerra comercial de May, todo a costa de los empleos y niveles de vida de la clase obrera.
Han pasado casi dos años desde que Corbyn quedó electo como titular del Partido Laborista gracias a cientos de miles que ingresaron al partido con el fin de empujarlo hacia la izquierda. En cambio, Corbyn se ha trasladado cada vez más a la derecha.
Su oposición a expulsar a los parlamentarios laboristas de derecha que buscaron destituirlo, el permiso que dio a votar a favor de acciones militares en Siria y la renovación del sistema Trident de armas nucleares y luego la incorporación de estas concesiones en su manifiesto muestran cuál sería la función real de un gobierno laborista bajo su liderazgo.
La reacción de Corbyn a los atentados terroristas en Manchester y Londres se debe tomar como una clara advertencia.
Los conservadores buscaron utilizar los ataques para ganar las elecciones, intensificando su ofensiva para retratar a Corbyn como alguien indulgente hacia el terrorismo y una amenaza en sí para la seguridad nacional, basándose en sus declaraciones previas donde critica a la OTAN y se niega a asegurar categóricamente que autorizaría el uso de armas nucleares. Están preparándose para un giro brusco hacia la represión estatal después del 8 de junio.
La estrategia de cuatro puntos de May para “luchar contra el terrorismo” —incluyendo censura y vigilancia en Internet para eliminar “espacios seguros” para el “extremismo” en público— será utilizada para sofocar el descontento político, junto a la aplicación de medidas existentes para limitar aun más el derecho a la huelga. El núcleo autoritario de su programa fue caracterizado por la declaración: “Y si las leyes de los derechos humanos nos impiden hacerlo, vamos a cambiar las leyes para poderlo hacer”.
May también utilizó su discurso sobre los atentados de Londres para reafirmar su promesa de que intensificará la intervención militar en Irak y Siria.
Corbyn no dijo nada al respecto. En lugar de explicar que los atentados son consecuencias de las intervenciones criminales del imperialismo británico en Oriente Medio, optó por denunciar a May por recortar el número de policías, indicando que él está dispuesto a hacer “lo que sea necesario” en la lucha contra el terrorismo.
De esta manera, se posicionó como el candidato de la ley y el orden, no del cambio social. Su promesa a la élite gobernante de que no tienen nada que temer de un gobierno dirigido por él se refleja por el hecho de que su retórica de “izquierda” apenas sobrevivió una campaña electoral, ni hablar de cuando asuma su cargo.
Todos los grupos de pseudoizquierda británicos han intentado superar la profunda desconfianza de los trabajadores hacia el Partido Laborista explotando las ilusiones populares en Corbyn como individuo. El Partido Socialista de los Trabajadores (SWP; Socialist Workers Party) escribió, “No apoyamos a los que han intentado varias veces empujar al Partido Laborista hacia la derecha. Pero la única manera de mostrarle apoyo a Corbyn es votar por todos los candidatos laboristas”. El Partido Socialista, por su parte, evita toda mención de los laboristas y llama simplemente a formar “un gobierno liderado por Corbyn”.
Los acontecimientos han confirmado lo que el Partido Socialista por la Igualdad ha insistido: el Partido Laborista no puede ser cambiado mediante la instalación de un nuevo líder. Hoy día, el partido es el mismo que cuando lo encabezaban Tony Blair y Gordon Brown.
Sea cual fuere el resultado de las elecciones, la clase obrera británica, al igual que sus hermanos y hermanas en todo el mundo, se enfrenta a una lucha de vida o muerte en contra del descenso a la reacción social y política y el cada vez mayor peligro de guerra. La única manera de avanzar es mediante la adopción de una perspectiva nueva, socialista revolucionaria e internacionalista. La tarea de los trabajadores y jóvenes con una conciencia política más avanzada es unirse al Partido Socialista por la Igualdad y construirlo como la nueva dirección de la clase obrera.

(El autor milita en el PSI, sección británica del Comité Internacional de la Cuarta Internacional)

Roxana Miranda en el debate del Frente Amplio

por Daniel Giménez//

Por motivos personales –de afectos personales, para ser preciso– me he impuesto una autocensura respecto a eso que ha dado en llamarse “Frente Amplio”. Según todo indica, estará vigente hasta el 2 de julio. Mientras tanto, hay un hecho fundamental que ni siquiera por autocensura es posible pasar por alto. Seguir leyendo Roxana Miranda en el debate del Frente Amplio

Industria salmonera arruina a isla de Chiloé

por Paul Walder//

La industria salmonera vuelve a exhibir una capacidad de recuperación sorprendente. A un año del bloom de algas que afectó al sector con una mortandad masiva de peces, pérdidas económicas profundas y, como efecto colateral, una marea roja con niveles de toxicidad sin precedentes en las costas de Chiloé, renace este año con los mejores índices de utilidades en casi una década.
Al observar las ganancias del primer trimestre de 2017, la industria exhibe valores no registrados desde 2009, impulsados hoy por un aumento de los precios internacionales del salmón. Un incremento global, a su vez, estimulado por la menor producción mundial derivada del bloom de algas: como consecuencia de la caída de la producción en Chile, el precio del salmón chileno aumentó en los mercados internacionales en un 41 por ciento. Seguir leyendo Industria salmonera arruina a isla de Chiloé

León Trotsky: Las Tácticas del Frente Único

I. 

CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE EL FRENTE ÚNICO

 

1.- La tarea del Partido Comunista es la de dirigir la revolución proletaria. A fin de orientar al proletariado hacia la conquista directa del poder, el Partido Comunista debe basarse en la predominante mayoría de la clase trabajadora.

En tanto el Partido no cuente con esa mayoría, debe luchar para lograrla.

El Partido solo puede alcanzar este objetivo si es una organización absolutamente independiente, con un programa claro y una estricta disciplina interna. He aquí por qué el Partido tuvo que romper ideológica y organizativamente con los reformistas y los centristas que no luchan por la revolución proletaria, que no tienen el deseo de preparar a las masas para la revolución y que, con su conducta, coartan esta tarea. Los miembros del Partido Comunista que se aliaron en la escisión con los centristas en nombre de “las masas proletarias” o de la “unidad de frente”, están demostrando su incomprensión del ABC del Comunismo, y que están en las filas del Partido Comunista solo por accidente.

2.- Luego de asegurarse una completa independencia y homogeneidad ideológica de sus cuadros, el Partido Comunista lucha por influenciar a la mayoría de la clase obrera. Esta lucha puede asumir un carácter rápido o lento, que depende de las condiciones objetivas y la eficacia de la táctica seguida.

Pero es bien evidente que, la vida de clase del proletariado no se detiene en ese periodo preparatorio para la revolución. Los choques con los industriales, con la burguesía, con el aparato del Estado, ya respondan a la iniciativa de un sector o del otro, siguen su curso.

En estos choques, que envuelven ya sea a los intereses del conjunto del proletariado, o de su mayoría, o a este u otro sector, las masas obreras sienten la necesidad de la unidad de acción: de unidad para resistir el ataque del capitalismo, o de unidad para tomar la ofensiva en su contra. Todo Partido que se oponga mecánicamente a esta necesidad del proletariado de unidad en la acción, será condenado infaliblemente por los obreros.

Por otra parte, la cuestión del Frente Único no es, ni en su origen ni en su esencia, una cuestión de relaciones mutuas entre la fracción parlamentaria comunista y la socialista, o entre los Comités Centrales de ambos Partidos, o entre “L’ Humanité” y “Le Populaire”. El problema del Frente Único -a pesar del hecho de que es inevitable una escisión en esta época entre las organizaciones políticas que se basan en el voto- surge de la urgente necesidad de asegurarle a la clase obrera la posibilidad de un Frente Único en la lucha contra el capitalismo.

Para aquellos que no comprenden que todo Partido solo es una sociedad propagandística y no una organización para la acción de masas.

3.- En los casos en que el Partido Comunista aún permanece corno una organización compuesta por una minoría numéricamente insignificante, la cuestión de su conducta en el frente de la lucha de masas no asume un significado político y organizativo decisivo. En tales condiciones las acciones de masas permanecen bajo la dirección de las viejas organizaciones que continúan jugando un rol decisivo en virtud de su tradición aún poderosa.

Por otro lado, el problema del Frente Único no surge en los países donde -Bulgaria por ejemplo- el Partido Comunista es el único dirigente de las masas explotadas.

Pero donde quiera que el Partido Comunista constituya una fuerza política poderosa y organizada, pero no una magnitud decisiva -allí donde el Partido abarque organizativamente digamos una cuarta parte, una tercera y aún una proporción mayor de la vanguardia proletaria organizada— se halla ante el problema del Frente Único en toda su agudeza.

Si el Partido cuenta con una tercera parte o la mitad de la vanguardia proletaria, luego, el resto se hallará organizado por los reformistas o los centristas. Es bien evidente que los obreros que aun apoyan a los reformistas y centristas se interesan vivamente por mantener los niveles de vida más elevados y la mayor libertad de acción que sea posible. En consecuencia, debemos proyectar nuestra táctica a evitar que el Partido Comunista que en el futuro próximo abarcará los tres tercios del proletariado, se convierta en un obstáculo organizativo en el camino de la lucha proletaria actual.

Aun más, el Partido debe asumir la iniciativa en asegurar la unidad en la lucha presente. Solo así el Partido se acercará a esos dos tercios que aún no siguen su dirección, que aun no confían en él porque no lo comprenden. Solo de esta manera puede el Partido ganarlos.

Si el Partido Comunista no hubiese roto drásticamente y en forma irrevocable con los socialdemócratas, si no se hubiese convertido en el Partido de la revolución proletaria. No hubiese podido dar los primeros pasos serios en el camino de la revolución. Hubiese permanecido como una válvula parlamentaria de seguridad bajo el Estado burgués.

Quién no comprende esto, no conoce la primera letra del ABC del Comunismo.

4.- Si el Partido comunista no procurase construir un camino organizativo, al final del cual fuesen posibles en cualquier momento acciones coordinadas conjuntas entre las masas comunistas y las no-comunistas (incluyendo a las que apoyan a la socialdemocracia), pondría al descubierto su incapacidad para ganar -sobre la base de acciones de masas- a la mayoría del proletariado. Degeneraría en una Sociedad de propaganda comunista, nunca se desarrollaría como un Partido que lucha por la conquista del poder.

No es suficiente contar con una espada, tiene que tener filo; no es suficiente el filo: hay que saber usarla.

Luego de separar a los comunistas de los reformistas, no es suficiente fusionar a los comunistas entre sí por medio de la disciplina organizativa; es necesario que esa organización aprenda a guiar todas las actividades colectivas del proletariado en todas las esferas de la lucha de clases.

Esta es la segunda letra del ABC del Comunismo.

 

DIRIGENTES REFORMISTAS EN EL FRENTE UNICO

5.- El Frente Único, ¿comprende solo a las masas trabajadoras o incluye también a sus dirigentes oportunistas?

El solo hecho de hacer esta pregunta demuestra incomprensión del problema.

Si pudiésemos simplemente unir al proletariado en torno a nuestra bandera o alrededor de nuestras consignas prácticas, y saltar por encima de las organizaciones reformistas, ya fuesen partidos o sindicatos, lógicamente, esto seria lo mejor del mundo. En este caso, el problema del Frente Único no existiría en su forma actual.

La cuestión surge de que algunos sectores muy importantes del proletariado pertenecen a organizaciones reformistas o las apoyan. Su experiencia actual es demasiado insuficiente para permitirles abandonarlas y unirse a nosotros. Es precisamente luego de intervenir en aquellas actividades de masas que están a la orden del día, que se producirá un gran cambio en la situación.

He aquí lo que perseguimos. Pero los hechos aun no tienen esas características: actualmente, el sector organizado del proletariado esta dividido en tres agrupamientos.

Uno de ellos, los comunistas, tiene como objetivo la revolución social y precisamente por eso apoya todo movimiento de los explotados contra sus explotadores y contra el Estado burgués.

Otra agrupación, de los reformistas, persigue la conciliación con la burguesía, pero a fin de no perder su influencia sobre los obreros, es empujada, contra los propios deseos de sus dirigentes, a apoyar los movimientos parciales del proletariado contra la burguesía.

Finalmente, existe un tercer agrupamiento: los centristas, quienes vacilan constantemente entre los dos, y no tienen una actuación independiente.

Las circunstancias, por lo tanto, tornan completamente posibles las acciones conjuntas respecto a una serie de cuestiones vitales entre los obreros unidos en torno a esas tres organizaciones respectivamente, y las masas organizadas que las apoyan.

Los Comunistas, como ya hemos dicho, no solo no deben oponerse a tales acciones sino que, por el contrario, deben asumir la iniciativa, precisamente por la razón de que cuánto más sean impulsadas las masas hacia el movimiento mayor será su confianza en si mismas, el movimiento de masas tendrá más confianza en sí mismo y será más capaz de marchar resueltamente hacia delante, no importa cuan modesta sea la consigna inicial de lucha. Y esto significa que el crecimiento del contenido de masas del movimiento lo hace revolucionario y crea condiciones mucho más favorables para las consignas, métodos de lucha y, en general, para el rol dirigente del Partido Comunista.

Los reformistas temen al potente espíritu revolucionario de las masas; su arena más preciada es la tribuna parlamentaria; las oficinas de los sindicatos, las cortes de justicia, las antesalas de los ministerios.

Por el contrario, lo que a nosotros nos interesa, aparte de toda otra consideración, es arrancar a los reformistas de su paraíso y ponerlos al lado nuestro ante las masas. Usando una táctica correcta, solo podemos ganar. El comunista que duda o teme esto, parece aquel nadador que aprobó las tesis sobre el mejor modo de nadar, pero que no quiere arriesgarse a zambullirse.

6.- La unidad de frente presupone asimismo, dentro de ciertos limites y en torno a cuestiones especificas, correlacionar en la práctica nuestras acciones con las de las organizaciones reformistas, frente a aquello en que éstas aun hoy expresen la voluntad de importantes sectores del proletariado combativo.

Pero, después de todo, ¿no nos separamos ayer de ellos? Si, porque no estábamos de acuerdo en cuestiones fundamentales del movimiento obrero; ¿a pesar de eso buscamos acuerdos con ellos? Sí, en todos aquellos casos en que las masas que los siguen a ellos están dispuestas a ligarse en una lucha conjunta con las masas que nos siguen a nosotros, y cuando los reformistas en un mayor o menor grado, son empujados a transformarse en un órgano de esa lucha.

Pero, ¿no dirán que luego de separarnos de ellos aun los necesitamos? Si, sus charlatanes podrán decir eso. Aquí y allá algunos elementos de nuestro Partido pueden asustarse con ello. Pero en lo que respecta al conjunto de las masas proletarias -aun aquellas que no nos siguen y que aun no comprenden el objetivo que perseguimos, pero que ven dos o tres organizaciones obreras conduciendo en una existencia paralela- dichas masas sacarán la siguiente conclusión de nuestra conducta: que a pesar de la escisión, estamos haciendo todo lo posible para facilitar la unidad de la acción a las masas.

7.- La política tendiente a asegurar el Frente Único, por supuesto no incluye garantías de que la unidad de acción será alcanzada en todos sus puntos. Por el contrario, en muchos casos, y quizá en la mayoría de ellos, los acuerdos organizativos serán alcanzados a medias o no lo serán del todo. Pero es necesario que las masas en lucha tengan siempre la posibilidad de convencerse de que la imposibilidad de lograr la unidad de acción no se debió a nuestra política irreconciliable sino a la falta de una real voluntad de lucha por parte de los reformistas.

Al entrar en acuerdos con otras organizaciones, naturalmente asumimos una cierta disciplina en la acción. Pero esta disciplina no puede ser absoluta. En el momento en que los reformistas empiecen a poner freno a la lucha, en detrimento del movimiento, y a actuar en contra de la situación y la voluntad de las masas, nosotros, como organización independiente siempre nos reservaremos el derecho a dirigir la lucha hasta el fin, y esto sin nuestros semialiados temporarios.

Esto puede dar pie a una nueva agudización de la lucha entre nosotros y los reformistas. Pero esta ya no implicara una simple repetición de un conjunto de ideas dentro de un circulo cerrado, sino que significara -si nuestra táctica es correcta- la extensión de nuestra influencia sobre sectores nuevos y frescos del proletariado.

8.- Es posible ver en nuestra táctica una reconciliación con los reformistas solo desde el punto de vista del periodista que piensa que se aleja del reformismo criticándolo ritualmente, sin siquiera abandonar su oficina de redacción, que teme chocar con el reformismo ante las masas, y teme darles a estas ultimas la oportunidad para colocar a comunistas y reformistas en un mismo plano de la lucha dé clases. En esta apariencia del temor revolucionario a la “reconciliación” acecha en esencia una pasividad política que busca perpetuar un orden de cosas en que los comunistas y los reformistas tienen cada uno sus esferas de influencia rígidamente demarcadas, su propio público en los mítines, su propia prensa, y que todo esto cree la ilusión de una seria lucha política.

9.- Rompimos con los reformistas y centristas a fin de obtener una completa libertad de criticar la perfidia, la traición, la indecisión y el espíritu pasivo en el movimiento obrero. Por esta razón, toda clase de acuerdo organizativo que coarte nuestra libertad de crítica y de agitación, es completamente inaceptable para nosotros. Participamos en un Frente Único, pero en ningún instante nos diluimos en él. Actuamos en el Frente Único como un grupo independiente. Es precisamente en el curso de la lucha que el conjunto de las masas debe aprender por experiencia que nosotros luchamos mejor que los demás, que vemos mejor, que somos más audaces y resueltos. De esta forma, nos acercamos cada vez más a la conquista del Frente Único revolucionario, bajo la indiscutida dirección comunista.

 

II. 

SECTORES EN EL MOVIMIENTO OBRERO FRANCES

 

10.- Si nos Proponemos analizar el problema del Frente Único en su aplicación a Francia, sin abandonar el terreno de estas tesis, que surgen del conjunto de la línea política de la Internacional Comunista, debemos entonces preguntarnos: ¿nos enfrentamos en Francia con una situación en que los comunistas representan, desde el punto de vista de la acción práctica, una magnitud insignificante? O por el contrario, ¿abarcan la gran mayoría de los obreros organizados? ¿O acaso ocupan una posición intermedia? ¿Son lo suficientemente fuertes para que su participación en el movimiento de masas revista la mayor importancia, pero no lo bastante fuertes para concentrar en sus manos la dirección?

Es bien evidente que nos hallamos frente al tercer caso.

11.- En la esfera partidaria, el predominio de los comunistas sobre los reformistas es enorme. La organización y la prensa comunistas superan en mucho a la prensa de los llamados socialistas, tanto en tiraje como en riqueza y vitalidad.

Esta manifiesta preponderancia, sin embargo, lejos de asegurar al Partido Comunista Francés la dirección indiscutida del proletariado francés, no lo ha logrado hasta ahora, debido principalmente a que el proletariado está influenciado poderosamente por tendencias y prejuicios antipolíticos y antipartidarios, alimentados principalmente por los sindicatos.

12.- La particularidad sobresaliente del movimiento obrero francés estriba en eso, en que los sindicatos han servido por mucho tiempo como una cubierta para un Partido político particularismo, anti-parlamentario que lleva este nombre: sindicalismo. Si bien los sindicalistas revolucionarios pueden tratar de delimitar su actuación de la política o de un Partido, no pueden refutar el hecho de que ellos mismos constituyen un Partido político, que busca basarse en las organizaciones sindicales del proletariado. Este Partido tiene sus propias tendencias revolucionarias positivas, pero también sus propios aspectos sumamente negativos: la falta de un programa genuino y definitivo y de una organización constituida. La organización de los sindicatos no corresponde en absoluto a la organización del sindicalismo. En el sentido organizativo, los sindicalistas representan un núcleo político amorfo injertado en los sindicatos.

El problema se complica aun más por el hecho de que los sindicalistas, como todos los otros grupos en el proletariado, se han dividido desde la guerra en dos partes: los reformistas, que apoyan a la burguesía y por lo tanto se inclinan a la colaboración estrecha con los reformistas parlamentarios, y el sector revolucionario, que está buscando el camino para aplastar a su adversario y se está moviendo, en la persona de sus mejores elementos, hacia el comunismo.

Es precisamente esta urgencia de preservar la unidad (de clase) de frente, la que inspiro no solo a los comunistas sino también a los sindicalistas revolucionarios, la táctica absolutamente correcta de la lucha por la unidad de la organización sindical del proletariado francés. Por el otro lado, con el instinto de traidores que hace que sepan que frente a las masas no pueden -en la acción, en la lucha- enfrentarse con el ala revolucionaria, Jouhaux, Merrhaim y Cía. han tomado el camino de la escisión. La lucha colosalmente importante que envuelve actualmente al conjunto del movimiento sindical francés, la lucha entre reformistas y revolucionarios, constituye para nosotros al mismo tiempo una lucha por la unidad de la organización de los sindicatos y del Frente Único Sindical.

 

III. 

EL MOVIMIENTO SINDICAL Y EL FRENTE UNICO

 

13.- El comunismo francés enfrenta una situación sumamente importante en cuanto a la idea del Frente Único. En la estructura de la organización política, el comunismo francés ha triunfado al conquistar a la mayoría del viejo Partido Socialista, con lo cual los oportunistas añadieron a toda su lista anterior de calificativos, el de “disidentes” es decir, divisionistas. Nuestro Partido se ha servido de esta expresión en el sentido de que ha implantado la designación de divisionistas a las organizaciones social-reformistas francesas, dando así a la vanguardia la certeza de que los reformistas son destructores de la unidad de acción y de la unidad de organización.

14.- En el campo del movimiento sindical, el ala revolucionaria y sobre todo los comunistas, no pueden ocultar, ni tampoco sus adversarios, cuán profundas son las diferencias entre Moscú y Ámsterdam. -diferencias que de ningún modo son simples sombras que oscurecen el panorama del movimiento obrero sino un reflejo del profundo conflicto que conmueve a la sociedad moderna, aparte, especialmente, del conflicto entre la burguesía y el proletariado. Pero al mismo tiempo, el ala revolucionaria, es decir ante todo y principalmente los concientes elementos comunistas, nunca han propugnado la táctica de abandonar los sindicatos o de dividir las organizaciones sindicales. Tales consignas son características de grupos sectarios, de “localistas”, KAPD , ciertos “libertarios” grupitos anarquistas en Francia, que nunca han tenido influencia en el seno del proletariado, que no intentan ni aspiran a conquistar esa influencia sino que se contentan con pequeñas sectas propias y con congregaciones rígidamente demarcadas. Los elementos verdaderamente revolucionarios entre los sindicalistas franceses, han sentido instintivamente que la clase obrera francesa puede ser ganada en la arena del movimiento sindical solo si se enfrentan el punto de vista y los métodos revolucionarios con los de los reformistas en el terreno de la acción de masas, preservando al mismo tiempo él más alto grado posible de unidad en la acción.

15.- El sistema de fracciones en las organizaciones sindicales, adoptado por el ala revolucionaria, significa la forma de lucha más natural para la influencia ideológica para la unidad del frente sin perturbar la unidad de la organización.

16.- Tal como los reformistas del Partido Socialista, los reformistas del movimiento sindical tomaron la iniciativa para la escisión. Pero se debe ante todo a la experiencia del Partido Socialista, que les hizo ver claramente que el tiempo avanzaba a favor de los comunistas, y que la única forma de contraatacar esa influencia era forzando una escisión. Por parte de la camarilla dirigente de la CGT, podemos ver todo un sistema de medidas a fin de desorganizar al ala izquierda, de privarla de aquellos derechos que los sindicatos le dan, y finalmente, a través de la expulsión abierta -en contra de todo estatuto y reglamento de colocarla formalmente fuera de los sindicatos-.

Por otro lado, tenemos al ala revolucionaria luchando para defender sus derechos en el terreno de las normas democráticas de las organizaciones obreras, y resistiendo con toda su fuerza la escisión implantada desde arriba, convocando a la base a la unidad de la organización sindical.

17.-Todo obrero francés consciente debe saber que cuando los comunistas eran una sexta parte, o una tercera parte del Partido Socialista, no intentaron escindirse, pues tenían absoluta certeza de que la mayoría del Partido los seguirían en un futuro cercano. Cuando los reformistas se vieron reducidos a una tercera parte se separaron, carentes de esperanzas en ganar la mayoría de la vanguardia proletaria.

Todo obrero francés consciente debe saber que cuando los elementos revolucionarios tuvieron que enfrentar el problema sindical, a pesar de ser en ese momento una minoría insignificante, le dieron salida en la forma del trabajo en organizaciones de base, pues estaban convencidos que la experiencia de la lucha en las condiciones de una época revolucionaria empujaría enseguida a la mayoría de los obreros organizados hacia el programa revolucionario. Cuando los reformistas, en cambio, percibieron el crecimiento del ala revolucionaria en los sindicatos, acudieron inmediatamente al método de la expulsión y la división.

De aquí podemos sacar conclusiones de la mayor importancia:

Primero, la enorme profundidad de las diferencias que reflejan, como ya hemos dicho, la contradicción entre la burguesía y el proletariado, ha sido clarificada.

Segundo, el “democratismo” hipócrita de los opositores de la dictadura queda al desnudo hasta las raíces, máxime cuando estos caballeros no se inclinan a tolerar, no solo en la estructura del Estado sino también en la estructura de las organizaciones obreras, los métodos democráticos. Allí donde estas organizaciones obreras se vuelven contra ellos, las abandonan, tal como los disidentes en el Partido, o expulsan a los demás como hace la camarilla de Johuax Desmoulins. Es monstruoso suponer que la burguesía podría permitir que la lucha contra el proletariado llegara a una decisión dentro de una estructura democrática, cuando hasta los agentes de la burguesía en los sindicatos y en las organizaciones políticas se oponen a resolver las cuestiones del movimiento obrero sobre la base de las normas de la democracia proletaria adoptadas voluntariamente por ellos.

18.- La lucha por la unidad de la organización obrera y de la acción sindical seguirá siendo, en un futuro, una de las tareas más importantes del Partido Comunista, no solo una lucha en el sentido de empujar constantemente hacia la unidad de grandes sectores de obreros en torno al programa y tácticas de los comunistas, sino también en el sentido de que el Partido Comunista -en marcha hacia la realización de este objetivo- tanto en forma directa como a través de los comunistas en los sindicatos, se esfuerza por medio de la acción, por reducir a un mínimo los obstáculos que son las divisiones para el movimiento obrero.

Si a pesar de todos nuestros esfuerzos por restablecer la unidad, la división en la CGT se afirma sin remedio en un futuro inmediato, esto no significa en absoluto que la “CGT Unitaire” , sin tener en cuenta si una mitad o más de la mitad de los obreros organizados se le unirán en el próximo periodo, debe llevar adelante su tarea ignorando simplemente la existencia de la CGT reformista. Una política de esta naturaleza significaría dificultades al extremo, y hasta excluiría la posibilidad de realizar acciones coordinadas del proletariado, y al mismo tiempo facilitaría al máximo la posibilidad de que la CGT reformista jugara, en beneficio de la burguesía, el rol de “Ligue Civique” frente a huelgas, manifestaciones, etc.; y al mismo tiempo daría a la CGT reformista una especie de justificación, al argumentar que la CGT Unitaire provoca acciones publicas inoportunas, y que debe cargar con toda la responsabilidad por ellas. Es bien evidente que en todos los casos donde las circunstancias lo permitan a la CGTU revolucionaria, ésta iniciará una campaña cuando lo considere necesaria, dirigiéndose abiertamente a la CGT reformista con propuestas y demandas para un plan concreto de acciones coordinadas, y obligarla a sufrir la presión de la opinión publica proletaria, exponiendo ante dicha opinión publica cada uno de los pasos inciertos y evasivos de los reformistas.

Aun en el caso de que la división en la organización sindical sea un hecho, los métodos de lucha por el Frente Único conservaran todo su significado.

19.- Podemos, por lo tanto, establecer que en relación con el sector más importante del movimiento obrero —los sindicatos- la táctica del Frente Único exige que los métodos con que llevamos adelante la lucha contra Jouhaux y Cía., sean aplicados en forma más consistente, y con más persistencia y resolución que nunca

 

IV.

LA LUCHA POLITICA Y EL FRENTE UNICO

 

20.- En el plano del Partido, hay una gran diferencia con los sindicatos; la preponderancia del Partido Comunista sobre el Partido Socialista es enorme. Por lo tanto, es posible suponer que el Partido Comunista como tal es capaz de asegurar la unidad del frente político, y que por consiguiente no hay razones que lo empujen a dirigirse a la organización de los disidentes con propuestas para acciones concretas. Esta cuestión, de ser planteada en una estricta forma legista, basada en relación de fuerzas y no en un radicalismo verbal, debe ser apreciada coma merece.

21.- Cuando consideramos que el Partido Comunista cuenta con 130.000 miembros mientras que los socialistas tienen 30.000. Los éxitos enormes de la idea comunista en Francia se hacen evidentes. En cambio, sí tomamos en cuenta la relación entre esas cifras y la fuerza numérica del proletariado en su conjunto y la existencia de sindicatos reformistas, amén de la existencia de tendencias anti-comunistas en los sindicatos revolucionarios, entonces la cuestión de la hegemonía del Partido Comunista en el movimiento obrero se nos presentara como una tarea muy difícil, aun lejos de resolverse con nuestra preponderancia numérica frente a los disidentes. Estos últimos pueden, bajo ciertas condiciones, constituir un factor contrarrevolucionario mucho más importante dentro del proletariado de lo que podría parecer si uno juzga solamente a través de la debilidad de su organización y la insignificancia del tiraje y del contenido ideológico de su órgano, “Le Populaire”.

22.- A fin de apreciar la situación, es preciso dar una síntesis clara de su desarrollo. La transformación de la mayoría del viejo Partido Socialista en Partido Comunista se produjo como resultado de una ola de insatisfacción y resulta engendrada por la guerra en todos los países de Europa. El ejemplo de la Revolución Rusa y las consignas de la Tercera Internacional, indicaron el camino para salir de esta situación. Sin embargo, la burguesía pudo sostenerse en el periodo 1919-20 y pudo, a través de medidas combinadas, establecer un cierto equilibrio basado sobre los cimientos de la posguerra, equilibrio que fue socavado por las más terribles contradicciones y conduce a grandes catástrofes, pero que provee de cierta estabilidad por el momento, y para un periodo muy inmediato. La Revolución Rusa, superando las mayores dificultades creadas por el capitalismo mundial, ha sido capaz de llevar a cabo sus tareas socialistas solo en forma gradual, a costa de un extraordinario drenaje de todas sus fuerzas. Como resultado de esto, el flujo inicial de las tendencias revolucionarias ha dado lugar a un reflujo. Solamente los sectores más resueltos, audaces y jóvenes del proletariado mundial han permanecido bajo la bandera del comunismo.

Esto naturalmente no significa que los amplios sectores del proletariado que se han desilusionado en sus esperanzas de una revolución inmediata, de rápidas transformaciones radicales, etc., hayan vuelto en conjunto a sus antiguas posiciones de preguerra. No, su insatisfacción es más profunda que nunca, su odio a los explotadores más agudo. Pero al mismo tiempo, se hallan políticamente desorientados, no ven el camino de la lucha y por ende permanecen pasivamente a la expectativa, dando pie a la posibilidad de agudas oscilaciones hacia uno u otro lado, según como se presenta la situación.

Esta gran reserva de elementos pasivos y desorientados puede, bajo determinadas circunstancias, ser utilizada por los divisionistas en contra nuestro.

23.- Para apoyar al Partido Comunista, es necesario tener fe en la causa revolucionaria, ser leal y activo. Para apoyar a los disidentes, son necesarias y suficientes la desorientación y la pasividad. Es absolutamente natural que el sector revolucionario y activo del proletariado reclute de sus filas una proporción mucho mayor de miembros para el Partido Comunista, de lo que es capaz de proveer el sector pasivo y desorientado al Partido de los divisionistas.

Lo mismo puede decirse de la prensa. Los elementos indiferentes leen poco. La insignificancia de la circulación y contenido de “Le Populaire” refleja las condiciones de un sector del proletariado. El hecho de que haya un completo ascendiente de los intelectuales profesionales sobre los obreros en el Partido de los divisionistas, no contradice en absoluto nuestro análisis; que el proletariado pasivo y parcialmente desilusionado, parcialmente desorientado, sirve, especialmente en Francia, de fuente de alimento para las camarillas políticas formadas por abogados y periodistas, curanderos reformistas y charlatanes parlamentarios.

24.- Si contemplamos la organización del Partido como un ejército activo y a las masas proletarias desorganizadas como las reservas; y si garantizamos que nuestro ejercito activo es tres o cuatro veces más poderoso que el ejército activo de los divisionistas, entonces, bajo una combinación de circunstancias dada, las reservas pueden dividirse entre nosotros y los social-reformistas, en una proporción mucho menos favorable para nosotros.

PELIGRO DE UN NUEVO PERIODO “PACIFISTA”

25.- La idea de un “bloque de izquierda” está penetrando en la atmósfera política francesa. Luego de un nuevo periodo de Poncareismo, que constituye un intento de la burguesía de servir un plato recalentado -hecho con las ilusiones del pueblo de lograr la victoria- es bien probable una reacción pacifista en amplios círculos de la sociedad burguesa, especialmente entre la pequeño burguesía. Las esperanzas de una pacificación universal, de un acuerdo con la URSS, de obtener de ésta, bajo condiciones ventajosas, materias primas y el pago de sus deudas, disminuyen aplastadas por el militarismo; y de esta manera, el programa ilusorio del pacifismo democrático puede durante un cierto periodo transformarse en programa de un bloque dé izquierda, que reemplazará al bloque nacional.

Desde el punto de vista del desarrollo de la revolución en Francia, tal cambio de régimen será un paso adelante solo en el caso que el proletariado haya sido alcanzado muy poco por las ilusiones del pacifismo pequeño burgués.

26.- Los divisionistas reformistas son la agencia del “bloque de izquierda” en la clase obrera. Sus éxitos serán mayores cuando menos el proletariado sea alcanzado por la idea y practica del Frente Único contra la burguesía. Un sector de los obreros, desorientado por la guerra y la demora en el advenimiento de la revolución puede aventurarse a apoyar el bloque de izquierda como un mal menor, en la creencia de que no arriesgara nada, y a causa de que no ve otro camino.

27.- Uno de los medios más efectivos para contrarrestar en el proletariado las formas y las ideas del bloque de izquierda, es decir, un bloque formado por los obreros y cierto sector de la burguesía contra otro sector de la burguesía es insistir resuelta y persistentemente en la idea de un bloque formado por todos los sectores del proletariado contra el conjunto de la burguesía.

28.- En relación con los divisionistas, esto significa que no debemos permitirles ocupar impunemente una posición temporalmente evasiva respecto al movimiento obrero, y usar platónicas declaraciones de simpatía por los obreros, como una cubierta para aplicar al trasero de los opresores burgueses. En otras palabras, podemos y debemos, en todas las circunstancias adecuadas, proponer a los divisionistas una forma especifica de ayuda conjunta a los huelguistas, obreros bajo lock-out, desocupados, inválidos de guerra, etc. informando a las masas de su respuesta a nuestras propuestas, y en esta forma, oponerlos a ciertos sectores del proletariado políticamente indiferentes o semi-indiferentes, entre los cuales los reformistas esperan encontrar pronto apoyo en ciertas condiciones propicias.

29.- Este tipo de táctica es tanto más importante cuanto que los divisionistas están íntimamente ligados a la CGT reformista, y constituyen con esta ultima las dos alas de la agencia burguesa en el movimiento obrero. Debemos tomar la ofensiva simultáneamente en el campo sindical y político contra esta agenda de doble faz, aplicando los mismos métodos tácticos.

30.- La lógica de nuestra conducta impecable y sumamente persuasiva en la agitación es la siguiente: “Ustedes, los reformistas del sindicalismo y socialismo”, les decimos ante las masas, “han dividido a los sindicatos y al Partido mediante ideas y métodos que consideramos equivocados y criminales. Les exigimos que por lo menos se abstengan de poner obstáculos a las tareas del proletariado, y que hagan posible la unidad de acción. En la situación concreta dada, proponemos tal y tal programa de lucha”.

31.- En forma similar, el método indicado podría ser empleado con éxito en actividades municipales y parlamentarias. Decimos a las masas: “los disidentes, debido a que no quieren la revolución, han dividido a los obreros. Estaríamos locos si confiáramos con su ayuda a la revolución proletaria. Pero estamos dispuestos, dentro y fuera del parlamento, a entrar en ciertos acuerdos prácticos con ellos, teniendo en cuenta que estos acuerdos sean sobre cuestiones que los obliguen a elegir entre los intereses conocidos de la burguesía y las reivindicaciones definitivas del proletariado; para apoyar a este ultimo en la acción, los divisionistas solo pueden ser capaces de tales acciones si renuncian a sus ligazones con los partidos de la burguesía, o sea, el bloque de izquierda y la disciplina burguesa”.

Si los divisionistas fueran capaces de aceptar estas condiciones, entonces los obreros que los siguen serian rápidamente absorbidos por el Partido Comunista. Pero precisamente debido a esto, los divisionistas no aceptarán estas condiciones. En otras palabras, ante la clara y precisa cuestión de sí eligen un bloque con la burguesía o un bloque con el proletariado —en las condiciones concretas y específicas de la lucha de clases— se verán obligados a declarar que prefieren un bloque con la burguesía. Una respuesta tal no pasara de largo ante las reservas proletarias con las cuales cuentan los reformistas.

 

V.

TAREAS INTERNAS DEL PARTIDO COMUNISTA

 

32.- La política esbozada más arriba presupone, naturalmente, una completa independencia organizativa, claridad ideológica y firmeza revolucionaria por parte del Partido Comunista.

Por ende, ejemplarizando, es imposible llevar adelante con éxito una línea política que intente desacreditar ante las masas la idea de un bloque de izquierda, si en las filas de nuestro mismo Partido hay partidarios de este bloque en cantidad suficiente como para defender abiertamente esta línea de la burguesía. La expulsión incondicional y sin piedad de quienes estén a favor de la idea de un bloque de izquierda, es una tarea sobreentendida del Partido Comunista. Esto limpiará nuestra línea política de elementos que siembren el error y la falta de claridad; atraerá la atención de los obreros de vanguardia hacia la importancia del problema del bloque de izquierdas, y demostrará que el Partido Comunista no juega con las cuestiones que amenazan la unidad revolucionaria en la acción del proletariado contra la burguesía.

33.- Aquellos que tratan de utilizar la idea del Frente Único para agitar a favor de la unificación con los reformistas y los disidentes, deben ser arrojados sin piedad de nuestro Partido, pues sirven de agencia de los divisionistas en nuestras filas, y confunden a los obreros sobre los motivos de la división y sobre quiénes son los responsables de ella. En vez de plantear correctamente la posibilidad de tal o cual acción práctica coordinada con los disidentes, a pesar de su carácter pequeño burgués y esencialmente contrarrevolucionario, piden que nuestro Partido renuncie a su programa comunista y a sus métodos revolucionarios. La expulsión irrevocable de estos elementos, demostrara en forma excelente que la táctica del Frente Único proletario en modo alguno representa una capitulación o reconciliación con los reformistas. La táctica del Frente Único exige del Partido una completa libertad de maniobra, flexibilidad y resolución. Para hacer esto posible, el Partido debe declarar en forma clara y específica en todo momento, cuáles son sus deseos, qué objetivo de lucha se da, y debe plantear con autoridad, ante las masas, sus pasos y propuestas.

34.- De aquí surge la completa imposibilidad de admitir a los miembros del Partido que publiquen individualmente, bajo su propia responsabilidad y riesgo, cuestiones políticas en las que oponen sus propias consignas, métodos de acción y propuestas a las que representan al Partido.

Bajo la cubierta del Partido Comunista y en consecuencia, también en el medio influenciado por una cobertura comunistas, es decir; el medio obrero, estos elementos siembran día a día ideas hostiles al Partido o siembran la confusión o el escepticismo, lo que resulta más dañino que las ideologías abiertamente hostiles.

Los órganos de esta clase, junto con sus editores, deben ser expulsados del Partido y la Francia proletaria por entero debe enterarse de esta acción por medio de artículos que expongan sin piedad a los contrabandistas pequeñoburgueses que actúan bajo la bandera comunista.

35.- De lo dicho hasta aquí surge también la completa inadmisibilidad de que en las publicaciones fundamentales del Partido aparezcan, junto a artículos que defienden los conceptos básicos del comunismo, otros trabajos que los combatan o los nieguen. Es absolutamente inadmisible la continuación, en la prensa del Partido, de un régimen bajo el cual los lectores proletarios hallen, bajo la cubierta de los editoriales de las principales publicaciones del Partido, artículos que traten de retrotraerlos a posiciones de un pacifismo lacrimoso, y que propaguen entre los obreros una hostilidad que debilita, hacia la violencia revolucionaria, ante la violencia triunfante de la burguesía. Bajo la mascara de una lucha contra el militarismo, se conduce una lucha contra las ideas de la revolución y del levantamiento de las masas.

Si luego de la experiencia de la guerra y de todos los acontecimientos posteriores, especialmente en la URSS y en Alemania, los prejuicios del pacifismo humanitario aun sobreviven en el Partido Comunista, y si el Partido considera necesario -en interés de la completa liquidación do estos prejuicios- abrir una discusión al respecto, los pacifistas y sus prejuicios en ningún caso pueden intervenir en la discusión como una fuerza igual, sino que deben ser condenados severamente por la dirección del Partido, en nombre de su Comité Central. Luego que el Comité Central haya decidido que la discusión está agotada, todo intento de desparramar las ideas del tolstoismo o cualquier otra variante del pacifismo, debe provocar irrevocablemente la expulsión de las filas del Partido.

36.- Se podría afirmar, sin embargo, que mientras no se complete la tarea de limpiar al Partido de los prejuicios del pasado y de completar su cohesión interna, seria peligroso colocar al Partido en situaciones en que se aproximara estrechamente a los reformistas y nacionalistas. Pero este punto de vista es falso, naturalmente, no puede negarse que la transición de una amplia actividad propagandística a la participación directa en el movimiento de masas, entraña nuevas dificultades y – por lo tanto, peligros para el Partido Comunista-. Pero seria totalmente erróneo suponer que el Partido puede prepararse para todas estas pruebas sin participar directamente en la lucha, sin entrar directamente en contacto con enemigos y adversarios. Por el contrario, solo así puede alcanzarse una limpieza y cohesión interna del Partido real, no ficticia. Puede que algunos elementos en el Partido y en la burocracia obrera se sientan más inclinados hacia los reformistas, de los cuales se han separado accidentalmente, que hacia nosotros. Perder a esas aves de paso no será un peligro sino una ventaja, y será compensado cien veces por la inyección al Partido de los obreros y obreras que hoy siguen todavía a los reformistas. El Partido se hará entonces más homogéneo, más resuelto y más proletario.

 

VI.

LAS TAREAS DEL PARTIDO EN EL MOVIMIENTO SINDICAL

 

37.- Una de las tareas más fundamentales, es la de adquirir una absoluta claridad frente al problema sindical, tarea que sobrepasa en mucho a las otras que enfrenta el Partido Comunista en Francia.

Naturalmente, la leyenda difundida por los reformistas de que se están haciendo planes para subordinar los sindicatos organizativamente al Partido, debe ser denunciada y expuesta enérgicamente. Los sindicatos cuentan con obreros de tendencias políticas distintas, así como con hombres sin Partido, ateos o creyentes, en cambio, el Partido une en sus filas a hombres que piensa igual políticamente, sobre la base de un programa definido. El Partido no tiene ni puede tener instrumentos ni métodos para atar a los sindicatos desde fuera.

El Partido puede ganar influencia en la vida de los sindicatos si sus militantes trabajan en los sindicatos y llevan ahí el punto de vista del Partido. La influencia de los miembros del Partido en los sindicatos depende naturalmente de su fuerza numérica; y especialmente en el grado en que sean capaces de aplicar correctamente y en forma consistente y rápida, los principios del Partido a las necesidades del movimiento sindical.

El Partido tiene el derecho y él deber de proponerse conquistar, según la línea trazada más arriba, una influencia decisiva en las organizaciones sindicales. Solo alcanzará su objetivo si el trabajo de los comunistas en los sindicatos se armoniza completa y exclusivamente con los principios del Partido, y si es conducido invariablemente bajo su control.

38.- Las mentes de todos los comunistas deben ser por lo tanto purgadas de todo prejuicio reformista, que haga aparecer al Partido como una organización política parlamentaria del proletariado y nada más. El Partido Comunista es la organización de la vanguardia proletaria para la fructificación ideológica del movimiento obrero, y para asumir su dirección en todas las esferas, principalmente en los sindicatos. Si los sindicatos no están subordinados a un Partido, sino que son organizaciones completamente autónomas, los comunistas dentro de los sindicatos no por ello deben pretender realizar una tarea sindical autónoma, sino que deben actuar como los transmisores del programa y la táctica de su Partido. Condenamos severamente la conducta de aquellos comunistas que no solo no luchan en los sindicatos por la influencia de las ideas del Partido, sino que contraatacan esta lucha en nombre de un principio de “autonomía” aplicado por ellos en forma absolutamente falsa. En realidad, preparan el camino para la influencia decisiva en el campo sindical de individuos, grupos y camarillas que no tienen ni un programa definido ni se agrupan en torno a una organización, y que utilizan lo amorfo de los sectores y relaciones ideológicos para mantener el aparato organizativo en sus manos y asegurar la independencia de su camarilla de todo control por parte de la vanguardia proletaria.

Si el Partido, en su actividad en los sindicatos, debe mostrar la mayor atención y cuidados hacia las masas sin Partido y hacia sus representantes concientes y honestos; si el Partido debe, sobre la base de su tarea conjunta, acercarse estrechamente á los mejores elementos del movimiento sindical -incluso los anarquistas revolucionarios que sean capaces de aprender- el Partido en cambio, no debe tolerar a los seudo-comunistas que utilizan los Estatutos del Partido solo para ejercer una influencia anti-partidaria en los sindicatos.

39.- El Partido, a través de su prensa, de sus propagandistas y sus miembros en los sindicatos, debe someter a una crítica constante y sistemática los defectos del sindicalismo revolucionario, a fin de resolver las tareas básicas del proletariado. El Partido debe criticar sin cansancio y con persistencia, los aspectos teóricos y prácticos débiles del sindicalismo, explicando al mismo tiempo a sus mejores elementos que el único camino correcto para asegurar la influencia revolucionaria en los sindicatos y en el movimiento obrero en su conjunto, es el ingreso en el Partido Comunista, es su participación en la solución de todas las cuestiones básicas del movimiento, en sacar conclusiones de las experiencias, en fijar nuevas tareas, en limpiar al mismo Partido y en fortalecer sus ligazones con el proletariado.

40.- Es absolutamente indispensable hacer un censo de todos los miembros del Partido Comunista francés, a fin de determinar su estado social (obreros, empleados públicos, campesinos, intelectuales, etc.), sus relaciones con el movimiento sindical (¿Pertenecen a sindicatos? ¿Participan en mítines comunistas? ¿En mítines de los sindicatos revolucionarios? ¿Aplican en los sindicatos las resoluciones del Partido?, etc.); su actitud hacia la prensa del Partido, (¿Qué publicaciones del Partido leen?), y así sucesivamente.

Este censo debe ser llevado a cabo de forma que sus principales aspectos puedan considerarse antes del advenimiento del Cuarto Congreso Mundial de la Internacional Comunista.

Marzo de 1922

Ni Trump, ni Acuerdo de París: la solución al cambio climático es el socialismo

por Bryan Dyne//

La decisión de Trump de retirarse del acuerdo de París sobre el cambio climático es una más de una creciente lista de acciones que ejemplifica el carácter totalmente reaccionario de su administración.

Detrás de la retórica pseudopopulista de “EE.UU. ante todo” de su discurso el 1 de junio, el cual llevaba todas las marcas de tendencia fascista del jefe de personal de Trump, Stephen Bannon, se encuentra el mensaje de que no tolerará siquiera la fachada de algún límite a las operaciones rapaces de la aristocracia financiera y corporativa. Si la Tierra queda envenenada y quemada como resultado, que así sea.
Los rivales nacionales e internacionales de Trump aprovecharon la ocasión para presentarse como defensores del medio ambiente. Los editoriales en los diarios New York Times y Washington Post llamaron la acción de Trump “miope” y “contraproducente”. En Europa, el primer ministro italiano, Paolo Gentiloni, la canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente francés, Emmanuel Macron, emitieron un comunicado conjunto declarando que el acuerdo no será renegociado, llamándolo “un instrumento vital para nuestro planeta, sociedades y economías”.
Sin embargo, tales críticas tienen menos que ver con el tema del cambio climático —ni mencionar con medidas serias para frenar el calentamiento de la Tierra— que con disputas nacionales e internacionales entre diferentes facciones de la clase gobernante. Con Alemania a la cabeza, las potencias europeas han utilizado el abandono estadounidense del acuerdo de París para robustecer la defensa de sus propios intereses económicos y geoestratégicos ante el ahondamiento de la brecha transatlántica.
En EE.UU., la crítica de las acciones de Trump se confluye con la férrea contienda que está siendo librada dentro de los grupos de poder alrededor de cuestiones de política exterior. Samantha Gross del Instituto Brookings figuró esto cuando calificó la decisión como un “error de política exterior enorme” que socavaría la posición global de EE.UU. Manifestó esta inquietud: “¿Podría China buscar llenar el papel de liderazgo que está desocupando Estados Unidos?”.
El cambio climático es una amenaza real que requiere acciones urgentes. Se ha entendido desde el primer informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC; Intergovernmental Panel on Climate Change ) en 1990 que el calentamiento global es el resultado de las emisiones a la atmósfera terrestre de carbono (principalmente dióxido de carbono y metano) proveniente de la actividad industrial y agrícola humana. Desde entonces, los informes de un grupo científico tras otro han concluido de forma unánime que sólo es posible evitar consecuencias catastróficas con medidas inmediatas y del máximo alcance.
Los mismos problemas que fueron predichos hace treinta años ya se manifiestan. En el registro existente de 136 años, 16 de los 17 años más calientes son aquellos desde el 2001. Mayores sequías y olas de calor han interferido con la producción agrícola del mundo. La selva amazónica casi se incendia en 1998, el 2005 y el 2007 debido a un clima más seco y caliente. El nivel del mar ya ha comenzado a subir, causado por el calentamiento de los océanos y la expansión del agua al calentarse. Esto, a su vez, ha agravado las inundaciones que acompañan a los huracanes y tifones.
El blanqueo de corales —inducido en los corales por las temperaturas más cálidas del océano y la mayor acidez oceánica— ya ha matado casi la mitad de la Gran Barrera de Coral, una parte clave de la cadena alimentaria y el equilibrio ecológico en general. Los glaciares en la Antártida y Groenlandia están cayéndose al océano, lo que eleva inmediatamente los niveles del mar y altera los patrones climáticos en todo el mundo. Se están extinguiendo más especies conforme sus hábitats son transformados de forma repentina o se introducen nuevas enfermedades, las cuales prosperan en climas más calientes.
La gravedad de la situación se destaca muy por encima de las medidas acordadas por las potencias capitalistas. De hecho, el acuerdo de París, generalmente precedido con la palabra “hito” cuando se menciona en la prensa, es ineficaz. Consiste en promesas no vinculantes con el objetivo de mantener el aumento de la temperatura global por debajo de 2 grados centígrados, un poco más de dos veces el nivel actual de calentamiento.
En el momento de su adopción en el año 2015, el reconocido climatólogo, James Hansen, lo caracterizó acertadamente como un “fraude” y una “impostura”. Que el acuerdo de París cuente con el apoyo de los principales gigantes corporativos, incluyendo empresas de energía como Exxon Mobil, lo dice todo sobre su verdadero carácter.
El protocolo de Kioto de 1997, que fue sustituido por el acuerdo de París, también era insuficiente y fracasó porque las grandes potencias capitalistas, lideradas por EE.UU., rechazaron sus objetivos vinculantes. En negociaciones antes del acuerdo de París, el entonces presidente Barack Obama, a quien le gustaba dar floridos discursos sobre el peligro del cambio climático, insistió en que EE.UU. no podía quedar legalmente obligado a tomar ninguna acción en el nuevo acuerdo climático.
Para encarar de verdad el cambio climático es necesaria una reorganización trascendente de la vida económica a escala mundial. La producción energética debe pasar de una que utiliza combustibles fósiles a otra que dependa de energías renovables. Esto, a su vez, requiere un esfuerzo internacional, con una inversión masiva en infraestructura, el desarrollo de las tecnologías actuales y la investigación de nuevas ideas, en vez de derrochar miles de millones de dólares en guerras y el enriquecimiento personal de multimillonarios alrededor del mundo.
Existe la tecnología para resolver estos problemas y aumentar el nivel y la calidad de vida de la población mundial. Sin embargo, no es posible hacerlo bajo el marco del sistema capitalista.
Los esfuerzos para enfrentar el cambio climático entran en conflicto con las dos contradicciones fundamentales del sistema capitalista mundial: la contradicción entre una economía mundial y la división del mundo en Estados nación y aquella entre una producción socializada y la subordinación de la vida económica a la acumulación de lucro privado.
El hecho que la humanidad haya llegado al punto en el que sus acciones tienen un profundo impacto en los patrones del clima global es una expresión del enorme desarrollo de las fuerzas productivas. Sin embargo estas fuerzas productivas siguen atrapadas dentro de un sistema socioeconómico anticuado e irracional. Su desarrollo futuro, con base en la razón y la ciencia, exige una reorganización completa de las relaciones sociales.
Las mismas contradicciones del sistema capitalista que bloquean un abordaje serio también producen las guerras imperialistas que amenazan a todo el planeta y el crecimiento de la pobreza, el desempleo y la desigualdad social. Al mismo tiempo, estas contradicciones están radicalizando políticamente a los trabajadores de todo el mundo.
Como todo otro problema importante que enfrenta la humanidad, el cambio climático es fundamentalmente una cuestión de clase. Es la clase obrera la que va a sufrir la peor parte del impacto del calentamiento global. Es la clase obrera la que es objetivamente una clase internacional y que cada vez más se define por ello. Son los intereses sociales de la clase obrera los que se concentran en derrocar el capitalismo, abolir la propiedad privada de los medios de producción y establecer un sistema económico basado en la satisfacción de la necesidad humana, incluyendo un medio ambiente seguro y sano.
Los peligros causados por el calentamiento global pueden encararse solamente a través de una lucha política por la clase obrera internacional contra el anárquico y atrasado régimen capitalista. Sólo de esta manera se podrá reorganizar racional y científicamente la economía mundial y evitar una catástrofe ambiental. En resumen, la solución al cambio climático es el socialismo.

La participación del trabajo en la renta nacional

por Michael Roberts//

Los principales blogueros keynesianos han estado analizando una vez más las causas de la desigualdad. En particular, han puesto de manifiesto la aparente disminución de la participación del trabajo en la renta nacional en la mayoría de las economías capitalistas avanzadas desde principios de la década de 1980.

De acuerdo con un informe de la OIT, en 16 países desarrollados, el trabajo tenía una participación del 75% del ingreso nacional a mediados de la década de 1970, pero se redujo al 65% en los años previos a la crisis económica. Subió en 2008 y 2009 – pero sólo porque el ingreso nacional se contrajo en esos años, antes de reanudar su curso descendente. Incluso en China, donde los salarios se han triplicado en la última década, el porcentaje de los trabajadores en la renta nacional ha disminuido.

El último Informe Económico Mundial del FMI considera que “después de haber sido bastante estable en muchos países desde hace décadas, la proporción del ingreso nacional pagado a los trabajadores ha disminuido progresivamente desde la década de 1980”.

El FMI continua: “la parte del trabajo en la disminución de los ingresos, cuando los salarios crecen más despacio que la productividad, o la cantidad de producción por hora de trabajo. El resultado es que una fracción cada vez mayor de las ganancias de la productividad ha estado yendo al capital. Y como el capital tiende a concentrarse en los extremos superiores de la distribución de los ingresos, la disminución de la parte de los ingresos del trabajo tiende a aumentar la desigualdad de ingresos“.

El blogger keynesiano Noah Smith escribió en un artículo: “durante décadas, los modelos macroeconómicos asumieron que el trabajo y el capital se repartirían proporciones más o menos constantes de la producción: el trabajo un poco menos de dos tercios de la tarta, el capital de poco más de un tercio . Hoy en día la proporción es 60%-40%”. ¿Qué ha ocurrido? Smith reconoce que hay cuatro posibles explicaciones: 1) China, 2) robots, 3) monopolios y 4) propietarios.

Por China quiere decir que la globalización y la deslocalización de la fabricación de productos por las multinacionales a las llamadas economías emergentes ha hecho que el trabajo en las economías avanzadas pierda puestos de trabajo y sus salarios se estanquen a pesar de que la productividad ha aumentado. Sin embargo, como señala Smith, la participación del trabajo ha caído también en China y (hasta hace poco) la desigualdad de ingresos aumentó considerablemente.

En cuanto a la sustitución acelerada de trabajadores por máquinas, gracias a los robots y la inteligencia artificial, lo que parece estar sucediendo es que las empresas más eficientes, de alta tecnología están creciendo rápidamente, dejando atrás a las empresas ineficientes que utilizan más mano de obra. Estas empresas menos eficientes pierden cuotas de mercado y comienzan a emplear menos trabajadores también.

Esa es más o menos la tendencia en la acumulación capitalista desde una perspectiva marxista, por lo que no debería sorprender. De hecho, el informe del FMI respalda este punto de vista: “En las economías avanzadas, aproximadamente la mitad de la disminución de la participación del trabajo se puede atribuir al impacto de la tecnología. La disminución fue impulsada por la combinación de un rápido progreso en la tecnología de la información y las telecomunicaciones, y una alta proporción de trabajos que podrían ser fácilmente automatizados”.

La teoría económica convencional solía defender que las desigualdades eran el resultado de cualificaciones diferentes de la fuerza de trabajo y que la proporción de la renta nacional del trabajo dependía de la carrera entre la mejora de la formación y la educación de los trabajadores y la introducción de máquinas para reemplazar cualificaciones anteriores.

De hecho, otro destacado keynesiano, Brad Delong todavía apoya esta respuesta. En una nota reciente, sugiere que Smith y Krugman están equivocados. “Permítanme sugerir que no hay ningún misterio que explicar”. Si nos fijamos en la participación del trabajo en el PIB neto, es decir, después de deducir la depreciación (la cantidad de producción necesaria para reemplazar las plantas y maquinaria desgastada), la tasa del trabajo en realidad no ha caído, excepto durante la Gran Recesión.

 

Delong concluye que la redistribución de ingresos habida ha tenido lugar dentro de la tasa del trabajo, de los trabajadores de bajos ingresos a los de altos (CEOs, ejecutivos, médicos y dentistas, etc.) y no entre el trabajo y el capital.

El argumento de Delong no es convincente. En primer lugar, no se puede definir la depreciación como beneficio, pero es claramente una deducción del beneficio bruto. En segundo lugar, aunque el gráfico anterior sí muestra una tendencia decreciente de la participación del trabajo en la renta después de su fuerte aumento a finales de 1960, lo que condujo a una intensificación de la caída de la rentabilidad en la mayoría de las economías capitalistas avanzadas desde mediados de la década de 1960 y en la lucha de clases que la acompaño. El descenso también fue significativo desde el año 2000, durante la burbuja crediticia en los EE UU (a diferencia de Europa, donde la participación del trabajo se mantuvo constante e incluso aumentó durante la Gran Recesión: lo contrario de lo que ocurrió en Estados Unidos).

Y en tercer lugar, los aumentos de los ingresos de los ejecutivos y los médicos, dentistas, abogados y otros “profesionales libres” son en realidad beneficios y no salarios. Ver el excelente trabajo de Simon Mohun en este sentido.

Paul Krugman ha vuelto al tema de la caída de la participación del trabajo en una reciente nota en su blog, en la que argumenta que es el poder de monopolio de empresas de capital intensivo como Google, Microsoft, etc., y las compañías de energía las que están detrás de la subida de los beneficios en la economía global. Es un viejo argumento en su caso. Como ya dijo en 2012: “¿Estamos volviendo a hablar de verdad del conflicto capital/ trabajo?¿No es una discusión vieja, casi marxista, obsoleta en nuestra moderna economía de la información?”

Krugman reconoce que las desigualdades de ingresos y riqueza en la sociedad estadounidense y la participación cada vez menor de los ingresos que perciben los trabajadores del sector capitalista no se deben al nivel de educación y cualificación de la fuerza de trabajo de Estados Unidos, sino a factores más profundos. En 2012, citó dos explicaciones posibles: “Una es que la tecnología ha dado un giro que coloca a la mano de obra en desventaja; la otra es que estamos ante los efectos de un fuerte aumento del poder de monopolio. Piense en estas dos historias haciendo hincapié en los robots, por un lado, y los ‘barones ladrones‘ (robber barons), por el otro”.

El primer argumento es que la tecnología moderna está ‘sesgada a favor del capital’, es decir, que tiene como objetivo reemplazar mano de obra por máquinas progresivamente. Krugman lo expresó así: “El efecto de los avances tecnológicos en los salarios depende del sesgo del progreso; si está sesgado a favor del capital, los trabajadores no compartirán plenamente los aumentos de la productividad, y si está lo suficientemente sesgado a favor del capital, su situación puede incluso empeorar”.

Esto no es nuevo en la teoría económica marxista. Marx lo explicó de manera diferente a la teoría económica de su tiempo. La inversión en el capitalismo se lleva a cabo con fines de lucro, no para aumentar la producción o la productividad como tal. Si no se puede aumentar el beneficio lo suficientemente mediante más horas de trabajo (es decir, más trabajadores y más horas) o intensificando los esfuerzos (velocidad y eficacia – tiempo y movimiento), la productividad del trabajo sólo puede aumentarse entonces con mejor tecnología. Por lo tanto, en términos marxistas, la composición orgánica del capital (la cantidad de maquinaria e instalaciones en relación con el número de trabajadores) se elevará secularmente. Los trabajadores pueden luchar para mantener la mayor cantidad del nuevo valor que han creado como parte de su ‘compensación’, pero el capitalismo sólo invertirá para crecer si esa participación no se eleva tanto que hace que la rentabilidad del capital caiga. Por lo tanto, la acumulación capitalista implica una caída tendencial de la participación del trabajo, o lo que Marx llamaría una tasa creciente de explotación (o plusvalía).

Y sí, todo dependerá de la lucha de clases entre el capital y el trabajo por la apropiación del valor creado por la productividad del trabajo. Y está claro que el trabajo ha ido perdiendo la batalla, sobre todo en las últimas décadas, bajo la presión de las leyes anti-sindicales, el fin de la protección del empleo y la contratación fija, la reducción de beneficios sociales, un creciente ejército de reserva de desempleados y sub-empleados gracias a la globalización de la fabricación industrial.

Aparte de la tecnología sesgada a favor del capital, Krugman considera que la caída de la participación del trabajo en la renta puede ser causada por el ‘poder de los monopolios’, o la dominación de ‘barones ladrones’. Krugman lo pone de esta manera. Tal vez la parte del trabajo en la renta está cayendo porque: “en realidad no tenemos una competencia perfecta” bajo el capitalismo; “el aumento de la concentración de las empresas podría ser un factor importante en el estancamiento de la demanda de mano de obra, ya que las empresas utilizan su creciente poder de monopolio para subir los precios sin pasar las ganancias a sus empleados”.

Lo que Krugman parece sugerir es que es un defecto en la economía de mercado lo que crea esta desigualdad y que si erradicamos esa imperfección (los monopolios) todo se corregirá. De esta manera, Krugman plantea el tema en los términos de la economía neoclásica.

Pero no se trata de la dominación de los monopolios como tal, sino del dominio del capital. Si, el capital se acumula a través de una mayor centralización y concentración de los medios de producción en manos de unos pocos. Esto asegura que el valor creado por el trabajo sea apropiado por el capital y que la proporción destinada al 99% se reduzca al mínimo. Pero no se trata de que los monopolios sean una imperfección de la competencia perfecta, como quiere Krugman: es el monopolio de la propiedad de los medios de producción por unos pocos. Ese es el funcionamiento real del capitalismo, con todos sus defectos.

La caída de la parte de la renta nacional que va al trabajo comenzó justo en el momento en que la rentabilidad empresarial de Estados Unidos estaba en su punto más bajo en la profunda recesión de la década de 1980. El capitalismo tuvo que restaurar la rentabilidad. Lo hizo en parte aumentando la tasa de plusvalía despidiendo trabajadores, congelando los aumentos salariales y recortando paulatinamente prestaciones sociales y pensiones. De hecho, es significativo que el colapso de la participación del trabajo se intensificó después de 1997, cuando la rentabilidad en Estados Unidos se recuperó y comenzó a reducirse de nuevo. El gráfico del FMI anterior muestra que se aplica a la mayoría de economías.

La participación del trabajo en el sector capitalista en los EE.UU. y otras economías capitalistas se ha reducido debido a la mayor tecnología y su ‘sesgo pro-capital’, la globalización y la mano de obra barata en el extranjero; la destrucción de los sindicatos; la creación de un ejército de reserva de mano de obra mayor (desempleados y sub-empleados); y el recorte de las prestaciones sociales y la reducción de los contratos fijos, etc. De hecho, esta parece ser la conclusión del FMI en su último informe en el capítulo 3 de la edición de abril de 2017 de Perspectivas Económicas, que cree que esta tendencia está impulsada por un rápido progreso en la tecnología y la integración global.

“La integración global -como se refleja en las tendencias del comercio final de bienes, la participación en las cadenas globales de valor, y la inversión extranjera directa-, también desempeñó un papel. Su contribución se estima en más o menos la mitad que la de la tecnología. Dado que la participación en las cadenas de valor globales normalmente implica la deslocalización de las tareas intensivas en mano de obra, el efecto de la integración es reducir la participación del trabajo en los sectores comerciables. hay que admitir que es difícil separar claramente el impacto de la tecnología del de la integración global, o de las políticas y reformas. Sin embargo, los resultados para las economías avanzadas son convincentes. En su conjunto, la tecnología y la integración global explican cerca del 75 por ciento de la disminución de la participación del trabajo en Alemania e Italia, y cerca de 50 por ciento en Estados Unidos”.

Tal vez el ‘sesgo pro-capital’ y la ‘globalización’ tengan menos efecto sobre la participación del trabajo en los EE.UU. debido al mayor crecimiento de los beneficios financieros y las rentas que en el resto de las economías avanzadas.

De hecho, como Noah Smith dice: “el poder de los monopolios, los robots y la globalización podrían ser parte de un mismo fenómeno unificado: nuevas tecnologías que de forma desproporcionada ayudan a las grandes compañías multinacionales de capital intensivo”. Yo le llamo “capital moderno”, que, citando a Smith de nuevo, “proporciona una posible forma de unificar al menos algunas de las diversas explicaciones de esta preocupante tendencia económica”.

Lucha contra el capital financiero: el repudio de la deuda externa en el corazón de las revoluciones de 1905 y de 1917

por Eric Toussaint//

En su autobiografía, León Trotsky explica la detención de toda la dirección del Soviet de San Petersburgo el 3 de diciembre de 1905 por la publicación de un manifiesto en el que los miembros de ese consejo elegido llamaban al repudio de las deudas contratadas por el régimen del Zar. Explica igualmente que este llamamiento de 1905 al no pago de la deuda acabó por ser concretado a comienzos del año 1918 cuando los soviets adoptaron el decreto de repudio de las deudas zaristas:

“A mí me detuvieron al día siguiente de haberse publicado el llamado ’Manifiesto financiero’, en que proclamábamos que la bancarrota de la Hacienda zarista era inevitable, declarando categóricamente que el pueblo victorioso no reconocería las deudas contraídas por los Romanov “La autocracia no ha tenido jamás la confianza del pueblo, ni ha recibido de este mandato alguno”, decía en aquella declaración el Soviet de los diputados obreros. “Decretamos, por tanto, que no hemos de consentir que sean saldadas las deudas nacidas de todos esos empréstitos emitidos por el Gobierno zarista, en abierta guerra contra el pueblo ruso.” A los pocos meses, la Bolsa francesa contestaba a nuestro manifiesto abriendo al Zar un nuevo empréstito de tres mil doscientos cincuenta millones de francos. La prensa reaccionaria y la liberal se burlaban de aquella amenaza fanfarrona que los Soviets dirigían a la Hacienda zarista y a los banqueros europeos. Pasado algún tiempo, el manifiesto cayó en olvido. El mismo se encargó de aflorar nuevamente a la memoria del mundo, en momento oportuno. El derrumbamiento militar del zarismo fue acompañado por la bancarrota financiera del régimen, que venía gastándose desde muy atrás. Al triunfar la revolución, los Comisarios del pueblo, el 10 de febrero de 1918, decretaron que quedaban canceladas totalmente las deudas zaristas. Este decreto sigue en vigor. Se equivocan los que dicen que la revolución rusa viene a dejar incumplidas las obligaciones. ¡Las suyas, no! La obligación que contrajo ante el país el día 2 de diciembre de 1905, con el manifiesto de los diputados obreros de Petrogrado, quedó cumplida íntegramente el 10 de febrero de 1918. Y la revolución puede decir con justicia a los acreedores del zarismo: ’De qué os quejáis, señores? ¡Bien a tiempo se os advirtió!’”

En esto, como en otras muchas cosas, el año 1905 no hizo más que preparar el advenimiento del 17”.(Fuente: https://www.marxists.org/espanol/trotsky/1930s/mivida/15.htm)

En el libro titulado 1905, L. Trotsky describe la sucesión de acontecimientos que llevó a la adopción del Manifiesto financiero por el que el Soviet, órgano de la democracia revolucionaria, llamaba a negarse a pagar las deudas contratadas por el Zar.

“Un amplio campo de actividad se abría pues ante el Sóviet; en su derredor se extendían inmensos baldíos políticos, que solamente hubiera sido preciso trabajar con el fuerte arado revolucionario pero faltaba el tiempo. La reacción, febrilmente, forjaba cadenas y podía esperarse, de hora en hora, un primer golpe. El comité ejecutivo, a pesar de la masa de trabajos que tenía que realizar cada día, se apresuraba en ejecutar la decisión adoptada por la asamblea el 27 de noviembre 1905. Lanzó un llamamiento a los soldados y en una conferencia con los representantes de los partidos revolucionarios aprobó el texto del manifiesto “financiero” (…).

El 2 de diciembre 1905 el manifiesto fue publicado en ocho periódicos de San Petersburgo, cuatro socialistas y cuatro liberales. He aquí el texto de este documento histórico:

El gobierno llega a la bancarrota. Ha hecho del país un montón de ruinas, lo ha sembrado de cadáveres. Agotados, hambrientos, los campesinos ya no están en situación de pagar los impuestos. El gobierno se ha servido del dinero del pueblo para abrir créditos a los propietarios. Ahora no sabe qué hacer con las propiedades que le sirven de garantías. Ni los talleres ni las fábricas funcionan. Falta el trabajo. Por todas partes vemos el marasmo comercial. El gobierno ha empleado el capital de los empréstitos extranjeros en construir ferrocarriles, una flota, fortalezas, en hacer provisión de armas. Al agotarse las fuentes extranjeras, los pedidos del Estado no se reciben más. El comerciante, el gran proveedor, el empresario, el fabricante que ha cogido la costumbre de enriquecerse a expensas del Estado, son privados de sus beneficios y cierran sus despachos y sus fábricas. Las quiebras se suceden y se multiplican. Los bancos se derrumban. Todas las operaciones comerciales se han restringido hasta el último límite.

La lucha del gobierno contra la revolución suscita perturbaciones incesantes. Nadie está seguro del día siguiente.

El capital extranjero pasa en sentido contrario la frontera. El capital “puramente ruso” también se esconde en los bancos extranjeros. Los ricos venden sus bienes y emigran. Las aves de rapiña huyen del país, llevándose lo que es del pueblo.

Desde hace tiempo el gobierno gasta todos los ingresos del Estado en mantener el ejército y la flota. No hay escuelas. Las carreteras están en un estado espantoso. A pesar de lo cual, falta el dinero, incluso para la alimentación del soldado. La guerra nos ha dado la derrota, en parte porque carecíamos de municiones. En todo el país son señaladas sublevaciones del ejército reducido a la miseria y hambriento.

La economía de las vías férreas está obstaculizada por el fango; gran número de líneas han sido devastadas por el gobierno. Para reconstituir la economía de los ferrocarriles, serán precisos cientos y cientos de millones.

El gobierno ha dilapidado las cajas de ahorro y ha hecho uso de los fondos depositados para el sostenimiento de los bancos privados y de empresas industriales que, con frecuencia, son absolutamente dudosas. Con el capital del pequeño ahorro, juega a la bolsa, exponiendo los fondos a riesgos cotidianos.

La reserva de oro del Banco del Estado es insignificante en relación a las exigencias que crean los empréstitos gubernamentales y a las necesidades del movimiento comercial. Esta reserva será reducida a polvo si se exige en todas las operaciones que el papel sea cambiado contra moneda de oro.

Aprovechando que las finanzas carecen de todo control, el gobierno acordó tiempo atrás empréstitos que sobrepasaban en mucho la solvencia del país. Mediante nuevos empréstitos, paga los intereses de los precedentes.

El gobierno, de año en año, establece un presupuesto ficticio de ingresos y gastos, declarando éstos como aquellos por debajo de su importe real, a su voluntad, acusando una plusvalía en lugar del déficit anual. Los funcionarios no controlados dilapidan el Tesoro ya bastante agotado.

Solo una Asamblea Constituyente puede poner fin a este saqueo de la Hacienda, después de haber derribado a la autocracia. La Asamblea someterá a una investigación rigurosa las finanzas del Estado y establecerá un presupuesto detallado, claro, exacto y verificado de los ingresos y los gastos públicos.

El temor del control popular que revelaría al mundo entero la incapacidad financiera del gobierno fuerza a éste a fijar siempre para más tarde la convocatoria de los representantes populares.

La quiebra financiera del Estado procede de la autocracia, del mismo modo que su quiebra militar. (…)

Tratando de defender su régimen con malversaciones, el gobierno fuerza al pueblo a llevar a cabo contra él una lucha a muerte. En esta guerra, cientos y miles de ciudadanos perecen o se arruinan; la producción, el comercio y las vías de comunicación son destruidos de arriba abajo.

No hay más que una salida: es preciso derribar al gobierno, arrebatarle sus últimas fuerzas. Es necesario cerrar la última fuente de donde extrae su existencia: los ingresos fiscales. Esto es necesario no sólo para la emancipación política y económica del país, sino, en particular, para la puesta en orden de la economía financiera del Estado.

En consecuencia, decidimos que:

No se efectuará ninguna entrega de dinero por rescate de tierras ni pago alguno a las cajas del Estado. Se exigirá, en todas las operaciones como pago de salarios y contratos, moneda de oro y cuando se trate de una suma de menos de cinco rublos, se reclamará moneda sonante.

Se retirarán los depósitos hechos en las cajas de ahorro y en el Banco del Estado, exigiendo el reembolso íntegro.

La autocracia nunca ha gozado de la confianza del pueblo y no estaba en modo alguno fundada en ella.

Actualmente el gobierno se conduce en su propio Estado como en país conquistado.

Por estas razones decidimos no tolerar el pago de las deudas sobre todos los empréstitos que el gobierno del zar ha concertado mientras llevaba a cabo una guerra abierta contra todo el pueblo”.

Al pie del Manifiesto publicado en la prensa del 2 de diciembre de 1905 figuraba la siguiente lista de las organizaciones que apoyaban este llamamiento a rechazar el pago de la deuda zarista y a asfixiar financieramente a la autocracia:

El Soviet de Diputados obreros,

el Comité Principal de la Unión Panrusa de Campesinos,

el Comité Central y la Comisión de Organización del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso,

el Comité Central del Partido Socialista Revolucionario,

el Comité Central del Partido Socialista Polaco.

Trotsky añade un comentario final: “Lógicamente, este manifiesto no podía por si mismo derrocar el zarismo ni a sus finanzas. (…) El manifiesto financiero del soviet no podía servir más que de introducción a los levantamientos de diciembre 1905. Apoyado por la huelga y por los combates que se libraron en las barricadas, encontró un poderoso eco en todo el país. Mientras que, para los tres años precedentes, los depósitos hechos en las cajas de ahorro en diciembre rebasaban los reembolsos en 4 millones de rublos, en diciembre de 1905 los reembolsos superaron a los depósitos en 90 millones: ¡El manifiesto había sacado de la reservas del Estado, en un mes, 94 millones de rublos! Cuando la insurrección fue aplastada por las hordas zaristas, el equilibrio se restableció en las cajas de ahorro…” (Fuente: https://issuu.com/centromarx/docs/trotsky_1905 pg 212-215)

Conclusión

La denuncia del carácter ilegítimo y odioso de las deudas zaristas jugó un papel fundamental en las revoluciones de 1905 y de 1917. El llamamiento a no pagar la deuda acabó por concretarse en el decreto de repudio de la deuda zarista adoptado por el gobierno soviético y por los consejos de obreros, campesinos y soldados a comienzos de 1918.

 

36 Razones Para No Votar Por Piñera

por Albino Manosalva //

Miguel Juan Sebastián Piñera Echenique, se mantiene semana a semana, según las empresas de encuestas como el más probable ganador de las próximas elecciones por delante de los otros 17 candidatos y precandidatos; Felipe Kast y Manuel José Ossandon por chile vamos; Alberto Mayol y Beatriz Sánchez por el frente Amplio; Alejandro Guillier por los restos de la Nueva Mayoría, Carolina Goic por la DC; Eduardo Artes por el PC(AP); Marco Enríquez Ominami por el PRO; Nicolás Larraín y Nicolás Shea por el Todxs; Roxana Miranda por ANDHA CHILE; Alejandro Navarro por el PAIS; Carola Canelo; Marcel Claude ; Tomas Jocelyn Holtz; José Antonio Kast ; y Franco Parisi. Esto pese a los bullados casos de delitos, corrupción y conflictos de interés en los que se ha visto involucrado a lo largo de su historia. Seguir leyendo 36 Razones Para No Votar Por Piñera

Augusto Carmona A., justicia 40 años después

por Lucía Sepúlveda// 

Por el asesinato del periodista y dirigente del MIR, Augusto Carmona Acevedo, cometido por la CNI el 7 de diciembre de 1977 cuando él tenía 38 años, fueron condenados, 40 años después, algunos de los responsables. Augusto, “el Pelao Carmona”, padre de mi hija Eva María, fue mi compañero en los inolvidables años de la Unidad Popular y luego en la lucha antidictatorial. Eva María y Alejandra, su otra hija, crecieron sin él. Sus seis nietos irán conociendo la verdad histórica, aun cuando ello no borrará el dolor de la ausencia.  Seguir leyendo Augusto Carmona A., justicia 40 años después

Parodia de los ruidos del tiempo. Charlando con Juan Goytisolo

Aviso al lector: esto no es exactamente una entrevista. Más bien es una charla improvisada en un café, entre dos viejos amigos, con una grabadora a mano. Goytisolo pasó por Barcelona con motivo de la presentación de su última novela, El exiliado de aquí y allá. Miguel Riera charló con él.

En 1980 aparecía en España, publicada por la editorial Montesinos, Paisajes después de la batalla, una novela que no fue muy bien comprendida entonces pero que anticipaba el disparatado mundo en el que muy pronto se vería sumergida la sociedad española. Su protagonista, el Monstruo del Sentier (por el barrio parisiense en el que vive), es un personaje extraño, solitario, que tiene unos misteriosos contactos con organizaciones terroristas, profetiza catástrofes ecológicas y tiene fantasías sexuales que lo acercan al mundo de Lewis Carroll. El Monstruo padece un doble exilio: de su país y de su tiempo, una característica que es fácil rastrear en otros textos de Goytisolo (en su edición de Blanco White, por ejemplo).

Doble exilio sufre también el protagonista de El exiliado de aquí y allá, protagonista que no es otro que el mismo Monstruo de Paisajes, enviado al otro mundo por una bomba lapa pero que no se resigna a estar ausente del todo, y desde su “más acá”, que es nuestro “más allá” –un parque virtual del que Internet es una pieza fundamental– trata de entender el mundo que tan forzadamente había abandonado. La novela, llena de guiños, es verdaderamente divertida, no con el chiste fácil propio de la literatura pretendidamente cómica, sino a través de múltiples alusiones y enlaces subterráneos en una trama difuminada, amén de las a veces hilarantes descripciones de los personajes y sus avatares. Antes de regresar a Marrakech, donde vive habitualmente, Juan Goytisolo paseó por el lugar que más ama de Barcelona: las Ramblas. Y es ahí donde charlamos.

Te voy a hacer una pregunta que ya te habrán hecho un millón de veces…

—No lo creo. La primera pregunta que me han hecho muchas veces es la siguiente: ¿es verdad que usted escribe con un bolígrafo de un euro? Ya ves, la noticia no está siempre en el libro que has escrito, sino en el bolígrafo que has empleado.

—Bueno, esa desde luego no era la que iba a hacerte. No, la pregunta es esta: ¿por qué has regresado a la novela después de haber anunciado que abandonabas ese género?

—Es que en realidad no fue un anuncio. Fue una frase que le dije en una entrevista a Javier Valenzuela y que se convirtió en un titular. Le dije que probablemente no escribiría más, porque en aquel momento no tenía nada que decir y como no escribo por obligación, si no tengo nada que decir me callo.

Personalmente me alegro. Este libro que acabas de publicar con el pertinente título de “El exiliado de aquí y allá” enlaza con “Paisajes después de la batalla”, donde estabas adelantándote al mundo que venía, y que tú habías detectado. Algunas personas comentaron entonces que te habías extraviado, que exagerabas, que el futuro no sería el que tú pintabas en la novela.

—Cuando apareció Paisajes, en España no existía aún la experiencia urbana que yo sí tenía. Era una sociedad homogénea, no había inmigrantes, las fantasías del Monstruo del Sentier parecían en este contexto meros disparates. Pero en realidad ahí estaba ya todo: el terrorismo, el incendio de las barriadas, el cambio climático, todo está en esa novela.

Juan Goytisolo entrevista—¿Y cuándo decidiste rescatar al Monstruo?

—Entre 2002 y 2004 estuve escribiendo textos que eran como discursos, voces, y pensaba publicarlos en forma de un librito pequeño que se llamaría A la escucha de las voces del tiempo. Luego me di cuenta de que en realidad esos textos no eran islas, sino que constituían un archipiélago. A partir de ellos, poco a poco, elaboré la novela. Ha sido un trabajo complejo porque he querido mantener el argumento en segundo plano y dejar hablar a los textos. Hay una frase de Boris Pasternak que he leído citada en un libro de Sánchez Robayna: Él sueña en una prosa en acción y no en relato. Creo que no hay mejor definición de El exiliado de aquí y allá, es una prosa en acción.

Te habrás divertido ridiculizando las grandes alienaciones del mundo de hoy…

—Pues sí. Es una parodia, que he intentado hacer lo más cruel posible, de los ruidos del tiempo. Y todo tiene su origen en la lectura de la prensa, en lo que se oye por ahí…

¿Hasta qué punto es real el mundo que nos pintan los medios?

—Obviamente existe un mundo que está en los medios, pero al margen de ese mundo hay centenares de millones de personas. Hoy las personas sólo existen como noticia, como decía Guy Debord. Esa es la realidad. Lo hemos visto en las elecciones norteamericanas: puro espectáculo. No hay más que ver la inmunda invasión de lo privado en el espacio público, bien patente en los programas de telebasura. Es horroroso.

Al parecer, la vida política y social actual no puede prescindir de la escenificación. Todo se escenifica, incluso la verdad.

—Ya había empezado a tratar ese asunto después de Paisajes en La saga de los Marx, introduciendo la televisión y el cine en la novela. Otros escritores lo hacen al revés: escriben una novela pensando ya en su posible adaptación al cine o la televisión. Es estúpido, para eso es mejor escribir directamente para el cine o la televisión. Claro, este tipo de novela burguesa existirá siembre, pero hay otra forma de narrar.

De todos modos está bien que se escriban todo tipo de novelas porque hay todo tipo de lectores. El problema surge cuando la crítica y los medios ensalzan novelas que no tienen talla literaria. Cuando los medios olvidan que la literatura es un Arte.

—El fallo más grande de la cultura española, y en esto Octavio Paz tenía toda la razón del mundo, es la ausencia de una crítica literaria y cultural de nivel. Este es el punto flaco de la cultura española. Y si se publican libros de análisis apenas tienen reseñas, aunque algunos sean muy buenos. El libro de Sánchez Robayna Deseo, imagen, lugar de la palabra es extraordinario, y nadie ha dicho nada.

Hablando de Guy Debord, ese elemento espectacular ha sido incorporado por todos los segmentos sociales, en tu novela incluso por los antisistema. Incluso el terrorismo se piensa desde el espectáculo, desde el poder y desde las organizaciones que lo practican.

—Sí, claro, se busca sobre todo el efecto mediático: “Han puesto una bomba en un edicificio em-ble-má-tico”.

Vaya, como explicitas en la novela, la has tomado con esa palabra, emblemático. ¿Por qué? Es una palabra de uso corriente en los medios de comunicación.

—No la soporto. Es como “entrañable”. Antes todo era “entrañable”, y ahora todo es “emblemático”. Hay palabras que se ponen de moda, y yo detesto las modas.

Tu obra literaria es una continua vuelta de tuerca. El extravío literario del que algunos habían hablado no es otra cosa que la plasmación de un inconformismo radical. ¿Cómo crees que está siendo recibida en España tu obra por parte de la crítica?

—Bueno, depende, hay para todos los gustos. Normalmente el escritor cambia de tema. Los novelistas que publican a menudo, lo hacen sobre la relación con su padre, o hablan de la infancia, de la guerra civil, etc. De temas distintos. Yo no cambio de tema, cambio de propuesta literaria. Cada libro es una propuesta literaria distinta. Y la novedad, claro, choca.

Juan Goytisolo entrevistaCuando recibes malas críticas, ¿cómo te lo tomas?

—Cuando recibo malas críticas me consuelo leyendo la co-rrespondencia de Flaubert con George Sand, en la que dice: “¿Ha visto usted cómo los críticos se ensañan conmigo y las alabanzas que reciben…” y entonces da una lista de nombres perfectamente desconocidos. Siempre ha sido así.

Peor es la ausencia de crítica, es decir, la incapacidad de la crítica –salvando excepciones, que siempre las hay– para abordar determinadas obras. Recuerdo que cuando publicaste “Las virtudes del pájaro solitario” se produjo un silencio tremendo, yo creo que porque la crítica no sabía cómo abordar el libro.

—Ya decía André Gide que lo que se comprende en un abrir y cerrar de ojos no suele dejar huella. Y a veces el crítico no pasa de la primera página. Claro que hay razones de otro tipo. Paisajes después de la batalla no fue entendido en España porque la realidad que evocaba no era conocida aún en España, y tampoco fue bien aceptada en Francia porque presentaba un París que no coincidía con el tópico que reflejaban los escritores extranjeros, que siempre hablaban del Quartier Latin, de Montparnasse, de los barrios aristocráticos, etc. Recuerdo que la responsable de cultura de Le Monde le dijo a un amigo que yo no tenía derecho a hablar así de París, lo consideraba como una agresión. En cambio la novela tuvo muy buena crítica en Londres y en Nueva York. Si hubiese escrito las mismas cosas sobre Londres posiblemente la crítica francesa la habría saludado y la inglesa la habría boicoteado.

Son visiones etnocéntricas, en realidad provincianas, de lo que debe ser la ciudad.

—No se dan cuenta de que las ciudades, como las personas, son mutantes. En mi novela todo es mutante, ya has visto que los personajes cambian. El personaje a veces se pone en la piel del rabino rasta, a veces se confunde con Alicia, Alicia es a la vez un imán y una señora que hace un número porno, o se transforma en la ratera encoñada… buscando la inverosimilitud, pero también la realidad que hay detrás de esa inverosimilitud

Las tres religiones del Libro quedan ahí sarcásticamente retratadas, por lo menos en sus versiones más integristas. ¿Qué relación tienes tú con la religión?

—Bueno, una cosa son las tradiciones religiosas, que me parecen respetables siempre que no opriman a la población… Y he tenido una relación muy intensa con san Juan de la Cruz y el sufismo árabe… De lo que estoy en contra es de la ideologización, la politización y la comercialización de la religión. Lo que desenmascaro es que cuando se habla de espiritualidad muchas veces lo que hay detrás es poder, riqueza y mando, eso es lo que están buscando

Yo te tenía por pretecnológico, y ahora pones a tu protagonista en el ciberespacio…

—En realidad y como todos vivo rodeado de gente que domina el mundo virtual… empezando por los dos chavales mayores que corren por mi casa y que están siempre en Internet… eso me ha ayudado a convertir el más acá del personaje en un enorme parque cibernético. Por cierto, el subtítulo de la novela es un homenaje a Machado de Assis.

Ah sí, claro, en “Memorias Póstumas de Blas Cubas” Blas escribe también desde el otro mundo.

—Es un homenaje a una de las más grandes novelas que se han escrito.

¿De que otra filiación literaria procede la novela, si es que puede hablarse en estos términos?

—Explícitamente hay una referencia al Quijote. Por ahí está Cándido de Voltaire, Jacques el fatalista de Diderot y sobre todo Bouvard y Pécuchet, que para mí es un libro de cabecera. Cuando estoy de mal humor abro sus páginas y en cinco minutos se me pasa. Yo desearía que la gente con sentido del humor y que esté momentáneamente de mal humor leyera esa novela.

En tus dos novelas está presente con fuerza el tema del terrorismo….

—El terrorismo es importante por sus consecuencias, y también por la alianza existente entre el terrorismo y el sistema. Desde el 11 de septiembre estamos atrapados entre la sociedad de consumo y la conversión del terror en mercancía.

Juan Goytisolo entrevistaUna mercancía con la que se comercia para conseguir tener a la sociedad domesticada.

—Claro, Orwell tenía razón. Si te paseas por el centro de Londres quedas fotografiado al menos trescientas sesenta veces. Una vuelta completa.

Una cosa lleva a la otra. Habrás visto que lo de Afganistán no lleva camino de solucionarse…

—Se han metido en un embrollo. Si uno ve la historia, con el fracaso del intento de ocupación inglesa en el siglo XIX, después la invasión de la URSS con el fracaso que conocemos… Se han metido en un barrizal del que no van a poder salir fácilmente. Y si a esto sumamos la situación de EEUU en Iraq, donde están empantanados… sin poder quedarse ni salir… Si salen lo harán desplumados y enseñando el trasero, si se quedan siguen prolongando una situación insostenible, y con Irán de por medio. ¿Cómo se le ocurre atacar Osetia del Sur a este loco de presidente de Georgia? Menudo disparate. Porque imaginar que EEUU iba a intervenir es absurdo, y acaba por hacerle el juego a Putin.

Has citado a Irán. ¿Crees que EEUU, directamente o a través de Israel, puede crear un nuevo conflicto en ese país?

—Parece imposible que EEUU vaya a enfangarse de nuevo, pero cabe la posibilidad de que Israel lo arrastre. Eso sería un desastre descomunal. Yo he defendido siempre el reconocimiento del Estado de Israel dentro de las fronteras internacionalmente aceptadas. Pero la política que está llevando a cabo, machacando a la población palestina con una brutalidad que no tiene nombre, a la larga es suicida. Hablando con Jean Daniel, él me dijo esta frase tan reveladora: Tengo miedo por Israel e Israel me da miedo. No se puede expresar mejor. Para cumplir el deseo de tener un estado como los demás, los sionistas han creado un estado que no es como los demás, un estado excepcional que ignora todas las resoluciones de la ONU, que hace lo que quiere.

Hace lo que quiere porque le apoya el gran patrón.

—El apoyo incondicional de EEUU me parece muy grave, tanto para EEUU como para el propio Israel.

—¿Qué opinas de eso que llaman intervención militar humanitaria?

—Que es muy selectiva. En Bosnia no hubo intervención humanitaria. En el genocidio de Ruanda tampoco. Me parece muy bien que se eviten todas las matanzas, pero los Derechos Humanos se les exigen a unos países y a otros no. En la prensa norteamericana se hablaba mucho de la situación en Guinea Ecuatorial, pero en cuanto apareció petróleo se acabó, desapareció del mapa de los países que vulneran los derechos humanos

Volviendo a Palestina: cuesta entender que Hamás y Al Fatah sigan a la greña y no puedan acordar una política conjunta ante Israel.

—La primera vez que estuve en la franja de Gaza fue durante el rodaje de la primera Intifada, Luego volví después de los acuerdos de Oslo, y me llamó la atención que todos, en el entorno de Arafat –los llamaban los tunecinos–, se habían construido unas villas suntuosas junto al mar, en un país que estaba en la miseria, y no encontré a nadie que me hablara bien de ellos. Había un descontento general… A mí no me sorprendió que Hamás ganara las elecciones, porque estaba creando una serie de instituciones caritativas, de ayuda a la gente, de promoción social, y los otros… en fin. Obviamente yo simpatizo más con Al Fatah que con Hamás, pero hay que ver la realidad tal como es.

Regreso a la literatura. Desde tu punto de vista, como escritor alejado de los ruidos españoles, ¿cómo se inserta tu obra en el conjunto de la literatura contemporánea española?

—Yo creo que todo escritor de verdad es una anomalía. Todos los escritores que me interesan son anomalías dentro del panorama cultural.

—¿Y qué escritores españoles contemporáneos te interesan?

—De mi generación, desde luego Sánchez Ferlosio. Tiene una actitud ética con respecto a la cultura, extraordinaria. Por mi parte confieso que leo mas poesía que narrativa, y con la poesía soy muy exigente. En la poesía encuentro lo que yo también busco, la concentración verbal, y no la gran extensión. Pero he leído a algunos novelistas jóvenes que me interesan: Javier Pastor, Juan Francisco Ferrer, José María Pérez Álvarez, que ha escrito tres extraordinarias novelas, Cabo de Hornos, Nembrot y La soledad de las vocales. Pero hay otros más, algunos que a veces colaboran en Quimera intentan hacer cosas nuevas, se les ve una voluntad de cambio, de renovación.

En las entrevistas, ¿qué es lo que te preguntan más veces?

—Casi siempre me preguntan por qué no me dan el premio Cervantes o el príncipe de Asturias. Siempre contesto que son los escritores los que honran los premios, y no los premios a los escritores. Sanchez Ferlosio honró el Cervantes cuando se lo dieron, y no al revés. Y un premio, en cambio, puede deshonrarse, como cuando se lo dieron a Francisco Umbral.

¿Cuál es el último premio que te han dado?

—El Juan Rulfo, en Guadalajara, el mismo año en que la literatura catalana fue la invitada de honor.

—¿Sabes que ahora hay dos premios Juan Rulfo, el de Guadalajara y uno nuevo que se da en Francia, creo que lo da “Le Monde Diplomatique”? Es extraño… Oí rumores de que la Generalitat de Catalunya iba a condecorarte con la Cruz de Sant Jordi.

—No sé. Me llamó alguien y me habló de que me daban esa cruz, pero le conteste que ya había llevado yo demasiadas cruces en la vida para tener que soportar otra.

Nos suena conocido: la crisis del Partido Laborista británico

Max Shanly/ Roman Burtenshaw//

El Partido Laborista nunca ha sido un partido socialista, pero siempre ha tenido socialistas, y por primera vez están en el asiento del conductor. Esto se ha reflejado en el manifiesto-programa del partido de 2017. Con el título “For the Many, Not the Few” (Para la Mayoría, No la Minoría)*, representa el máximo logro del corbynismo hasta la fecha y ofrece al pueblo británico la primera oportunidad en una generación de votar por políticas que significarían un cambio fundamental hacia la izquierda.

Aunque moderadas en el lenguaje, las propuestas programáticas son radicales; basándose en las promesas de las dos campañas de primarias de Jeremy Corbyn, sostiene una visión que pondría fin a la era de la austeridad y daría forma a un nuevo marco económico, que acercaría la riqueza y el poder del capital a los trabajadores.

Todo indica que este programa es extremadamente popular. La semana en la que se lanzó el manifiesto completo de 128 páginas, se convirtió en viral en la red, compartido decenas de miles de veces. Fue mucho mejor recibido que el equivalente conservador y ha catapultado al Partido Laborista en algunas encuestas a cinco puntos del partido gobernante. Después de dieciocho meses de dificultades, el trabajo de Corbyn ha encontrado terreno firme por primera vez. Pero, ¿qué propone el manifiesto y cómo puede realizarse su propuesta?

La promesa

El manifiesto tiene tres ejes fundamentales: nacionalizar las principales empresas de servicios públicos cuya privatización ha aumentado el coste de la vida; reformar las condiciones laborales, deteniendo el proceso de degradación en términos y condiciones; y construir una economía social en la que los elementos básicos necesarios para vivir una vida digna – desde la educación y la vivienda hasta la asistencia social y las ayudas sociales – mejoren y, en muchos casos, sean de libre acceso.

El Partido Laborista propone revertir en propiedad pública no sólo el ferrocarril sino también el servicio postal, la energía y el suministro de agua. Aumentaría el salario mínimo a diez libras por hora, aboliría los contratos de cero horas, prohibiría las prácticas no remunerados, otorgaría a la gente autónoma los mismos derechos que a las personas empleadas y otorgaría a los sindicato el derecho de acceder a los centros de trabajo.

Bajo el gobierno laborista se construirían un millón de viviendas, la mitad de ellas de propiedad pública. Se introducirían controles de alquiler. Los gastos de matrícula de las universidades serían desechados, habría guardería gratis a partir los dos años, comedores escolares gratuitos durante la etapa de primaria y un servicio de educación nacional que invertiría 6 300 millones de libras en mejorar las escuelas. El Servicio Nacional de Salud sería renacionalizado, eliminando los servicios privatizados, y los hospitales ya no cobrarían por el aparcamiento de coches. Las personas mayores tendrían garantizada la pensión y se invertirían dos mil millones de libras en atención social. Se invertirían los recortes en bienestar.

Para lograr este programa de transformación social, el manifiesto vuelve al viejo principio de la tradición laboralista y socialdemócrata: la redistribución de la riqueza. Los 52 500 millones de libras esterlinas necesarios para financiarlo vendrían de los impuestos sobre las empresas y de quienes ganan más de 80 000 libras al año, así como de propuestas como una campaña contra la evasión fiscal y el fraude, el impuesto Robin Hood sobre las instituciones financieras y un impuesto sobre las tasas de la escuela privada. La gran mayoría de la gente británica se beneficiaría de un programa pagado por el 5 % que más gana. De la minoría para la mayoría.

A diferencia de los manifiestos de otras campañas en las últimas décadas, “Para la Mayoría, No la Minoría” es un giro a la izquierda en las propuestas del partido. En los dos años transcurridos desde las últimas elecciones, la política laborista ha avanzado desde el objetivo de suavizar los efectos del neoliberalismo, a querer reformarlo y, ahora, a derrotarlo. Si Ed Miliband se comprometió a limitar los precios de la energía (una política denunciada como marxista en aquel momento), Corbyn se compromete a intervenir directamente en el mercado de energía a través de la creación de empresas energéticas controladas regionalmente, junto con la renacionalización del National Grid (la red nacional). Hace dos años, Miliband y Balls trataron de acabar con los contratos de cero horas que eran “injustos”. Hoy, Corbyn y McDonnell buscan su completa abolición. El Labour entró en la elección general de 2015 prometiendo reducir las tasas de matrícula para la universidad, pero ahora están comprometidos con la educación superior gratuita.

Si el Brexit apareció como un vago y contradictorio llamamiento a “retomar el control”, el programa del Partido Laborista es el camino para lograrlo, recuperando una alternativa enterrada por el Thatcherismo. Se inspira en el aspecto más radical de la política socialdemócrata, la desmercantalización, y apunta a sacar del mercado los productos básicos de la vida cotidiana, haciéndolos públicos, universales y libres en el punto de acceso.

Al hacerlo, el programa del partido reduciría radicalmente el costo de vida, poniendo a la gente trabajadora bajo menos presión para ceder a la exigencia de sus jefes de trabajar más tiempo por menos salario. Recuperaría la idea de derechos contra la que el Partido Conservador ha luchado tan duro y pondría frenos a un desplazamiento hacia una economía en la que incluso los bienes públicos se proporcionan sobre la base del pago por el servicio. También podría cambiar la forma en que la gente se relaciona con la provisión de las cosas necesarias, desafiando la idea de que deba hacerse sobre la base del intercambio, donde lo que se recibe siempre se relaciona con lo que se pueda pagar.

Durante cuarenta y un años, Gran Bretaña ha estado gobernado, tanto por Tories como por New Labour, sobre la base de que el mercado lo es todo, y que la creciente mercantilización de la vida pública era un desarrollo natural. Al tratar de subordinar el mercado a los intereses del pueblo, el trabajo de Corbyn ha desafiado en lo fundamental la lógica impuesta al partido por el Fondo Monetario Internacional en 1976. Una lógica que llevó al entonces primer ministro, James Callaghan, a declarar en la conferencia del partido celebrada en el mismo año, que la opción socialdemócrata “ya no existe”.

La norma

En esta campaña electoral Jeremy Corbyn ha confundido a sus críticos. Casi dos años de constantes ataques de la prensa británica y una guerra interna llevado a cabo por la derecha de su propio partido lo colocaban muy atrás en las encuestas (a 14 puntos) al comienzo de la campaña electoral.

En esas mismas encuestas Jeremy Corbyn quedaba a unos 52 puntos por detrás de Theresa May en las calificaciones de aprobación personal. Sin embargo, el día previo al ataque terrorista en Manchester a principios de este mes, logró cerrar esa brecha casi completamente, situándose solo dos puntos de la primera ministra. Ahora es el político laborista más popular del país, superando cómodamente a cualquier rival potencial para el liderazgo.

Este cambio asombroso se debe en gran parte al manifiesto-programa, que ha demostrado ser enormemente popular. Una encuesta reciente de ComRes muestra que el 52 por ciento del electorado está a favor de la renacionalización de los ferrocarriles de Gran Bretaña, con sólo 22 por ciento en contra. La misma encuesta muestra el apoyo de exactamente la mitad del electorado para que la Royal Mail (correos) vuelva a ser de propiedad pública. Otro 71 por ciento apoyaban que los contratos de hora cero sean ilegales, y el 64 por ciento apoya la petición del Partido Laborista de aumentar el impuesto sobre la renta para los que ganan más de 80 000 libras al año. La única medida encuestada por ComRes que no contaba con el apoyo de una mayoría absoluta era la promesa de publificar la industria energética, pero aun así la propuesta gozaba de un 49 por ciento de apoyo y solo un 24 por ciento en contra.

Pero no sólo resulta popular el manifiesto sino que también está siendo un éxito la política comunicativa utilizada. Durante meses, el corbynismo intentó construir una política radical desde los pasillos de Westminster [Parlamento], jugando el juego de la alta política en el que sus enemigos son más expertos. En esta campaña, el equipo de Corbyn se ha liberado de los grilletes de ese ambiente, organizando grandes mítines en todo el país, compartiendo escenario con activistas de una amplia gama de causas sociales, llevando la política socialista a la gente, a quienes son sus sujetos. Esta dinámica de campaña de base ha ayudado a transformar la percepción pública de Corbyn y a involucrar a miles de personas en su proyecto de transformación social. También ha desenmascarado a Theresa May, que ha pasado de aparecer como la personalidad necesaria para guiar a buen puerto el Brexit, a no sólo ser incapaz de comunicar su visión política al pueblo, sino que aparece incompetente en la cuestión de la salida de Reino Unido de la UE. Probablemente su negativa a debatir cara a cara con Corbyn dañará más aún su ya terrible campaña.

Nada de esto podría haber ocurrido si la batalla hubiera permanecido confinada en un escenario tan orquestado como el Westminster, con guiones escritos por la prensa convencional y Corbyn disfrazado de un inadecuado traje de respetabilidad. Es con una política de masas como la izquierda puede ganar; lo que también es cierto para llevar a cabo este manifiesto-programa, en caso de ganar las elecciones.

Ningún programa significativo de redistribución de la riqueza y del poder puede lograrse solo a través del parlamento. Incluso si el Partido Laborista ganara el 8 de junio, su manifiesto se enfrentaría a una oposición significativa: de la derecha del Partido Laborista, del imperio de la prensa, de los aparatos del Estado y de la clase empresarial. La única manera de implementarlo sería mediante la organización más allá del parlamento: a través de los movimientos sociales que exigen sus propuestas, de los sindicatos que luchan por ellas en los centros de trabajo y de un Partido Laborista revitalizado que se convierta en un vehículo para el poder popular a nivel local así como a nivel nacional.

Finalmente, si el Partido Laborista es derrotado en las elecciones, la derecha del partido argumentará, sin dilación, que fue porque el liderazgo de Corbyn ha sido demasiado izquierdista. Pero ahora sabemos que esto no es cierto. La inmensa mayoría del país apoya las políticas de izquierda, es la derecha laborista y sus aliados en la élite política, empresarial y mediática los que están en minoría. La próxima batalla será defender el programa de estos ataques.

Por primera vez en décadas, podemos estar seguros de lo que pretende hacer un gobierno izquierdista del Partido Laborista. Hay una oportunidad real para construir un proyecto que a lo largo de los años podría mejorar la vida de millones de personas. Es responsabilidad de la izquierda, a lo largo y ancho de Gran Bretaña, mantener este horizonte –sea cual sea el resultado el 8 de junio– y luchar para hacerlo realidad.

 

Operación Plomo Sólido: la última matanza de Israel

por Higinio Polo//

En la madrugada del 5 de junio de 1967 Israel inició la Guerra de los 6 días al atacar por sorpresa a Egipto, Jordania y Siria. Empezaba así el Libro Negro de la ocupación de los territorios palestinos, uno de cuyos episodios narra aquí Higinio Polo.

* * *

Última matanza… ¿por cuánto tiempo? Israel quiere a los palestinos, derrotados y humillados, como siervos, como barata mano de obra. Y no necesita a tantos. Quiere, eso sí, su agua y sus tierras. Pero le sobran muchas personas. Y… eso ¿a qué o a quién recuerda?

El pasado 17 de enero, el Tsahal israelí, tras detener la agresión a la franja de Gaza, permitió la entrada de algunas personas de organizaciones internacionales por el paso de Rafah, fronterizo con Egipto; entre ellas, un pequeño equipo de Amnistía Internacional. Era una novedad, porque desde el mes de noviembre de 2008, Israel impedía la entrada en la franja de Gaza de organizaciones humanitarias y periodistas. La máquina de guerra israelí acababa de detener su furia. Las primeras impresiones de los miembros de Amnistía Internacional fueron atroces: en Gaza, todavía podían verse trozos de fósforo incandescente en la calle, en viviendas, al alcance de los niños. Pudieron ver cómo, entre un caos dantesco, los ciudadanos se afanaban para recuperar los cadáveres enterrados de cualquier forma por las palas de los bulldozersmilitares del ejército israelí entre los escombros de las casas, que trataban a los muertos como si fueran basura. Porque, mientras tenía lugar la feroz matanza de palestinos, los militares hebreos impedían el entierro de los muertos, dejando que los cadáveres empezaran a descomponerse: más de cien cuerpos fueron recuperados en los primeros días de la nueva tregua. De nuevo, con su potente maquinaria militar, a la vista del mundo, Israel arrasaba pueblos y ciudades, como hace poco más de un año en Líbano. Las consecuencias han sido letales: más de mil trescientos muertos, casi seis mil heridos, más de cien mil desplazados, cuatro mil casas destruidas y barrios enteros arrasados, decenas de escuelas dañadas, hospitales, centros administrativos, almacenes.

Para justificar su actitud, acumulando mentiras sobre mentiras, Israel acusó al gobierno de Hamás de haber roto la tregua, acto que estaría en el origen de su Operación Plomo sólido. Hamás había cumplido con los términos de la tregua, así como otras organizaciones palestinas, a pesar de que algunas, como el FPLP, no estaban de acuerdo con su contenido. La acusación del gobierno israelí era una mentira más, porque la agresión fue iniciada por el Tsahal y, además, olvidaba deliberadamente el inhumano bloqueo a la franja de Gaza, el cierre de los pasos fronterizos, la negativa israelí a permitir la entrada de gasolina, medicinas, alimentos, hasta el extremo de haber creado una situación de emergencia denunciada por los organismos de la ONU y por organizaciones humanitarias. Se calcula que en la Franja entraban setecientos camiones diarios con suministros para la población, y que, según datos de la Fundación Carter, el bloqueo israelí ha reducido esa cifra a menos de un tercio, condenando a la penuria y al hambre a un millón y medio de personas. En Gaza falta hasta el agua potable.

¿Qué había pasado, en realidad, en los meses anteriores a la agresión? El 19 de junio de 2008, el gobierno de Hamás en la franja acordó una tregua de seis meses con Israel, por la que Tel-Aviv se comprometía a suavizar el bloqueo, mientras que los palestinos aceptaban detener el lanzamiento de cohetes a territorio israelí. En ese momento, durante los poco más de cinco meses transcurridos del año 2008, el ejército israelí había matado a casi cuatrocientos palestinos, entre ellos sesenta niños, casi todos habitantes de la franja de Gaza, al tiempo que dieciséis civiles y nueve militares israelíes habían muerto en acciones palestinas. Algunos ataques israelíes tuvieron especial repercusión internacional, como el asesinato en Gaza del periodista Fadel Shana, de la Agencia Reuters, y de tres palestinos, dos niños y un adulto, en abril de 2008. El periodista estaba debidamente identificado con un chaleco antibalas fluorescente, donde podía leerse, al igual que en su vehículo, “PRENSA”, circunstancia que no impidió su asesinato: mientras Fadel Shana filmaba un tanque israelí, sus ocupantes lanzaron un obús contra él, pese a la presencia de civiles. Era el séptimo periodista asesinado por el ejército israelí. Para limitar las críticas internacionales, procediendo según su costumbre, Israel anunció una investigación, que concluyó justificando la acción de sus soldados. De hecho, ante asesinatos semejantes, todas las “investigaciones” que ha emprendido Israel han sido exculpatorias para sus militares.

La tregua de junio de 2008 fue recibida con alborozo por la población palestina, desesperada, pero deseosa de aferrarse a la más mínima posibilidad de cambio que permitiese la apertura de las fronteras y la llegada de alimentos y suministros. Israel, una vez más, no sólo incumplió sus compromisos, sino que aumentó su presión sobre la martirizada población palestina, que alcanza a todos los aspectos de la vida cotidiana. Ya en abril de 2008, antes de la firma de la tregua, la Organización Mundial de la Salud había denunciado que los servicios de seguridad del Shin Bet israelí llegaban al extremo de denegar muchos permisos para pacientes palestinos que debían ser tratados de cáncer fuera de la Franja. Debido a ello, en los últimos meses, decenas de palestinos han muerto por la negativa israelí a permitir su salida de la franja de Gaza, pese a conocer que no podían ser tratados dentro por la precaria situación hospitalaria. ¡Para conceder el permiso de salida de Gaza, los militares israelíes ponían en ocasiones la condición de que el paciente palestino se convirtiera en delator y colaborador de sus servicios secretos! En noviembre de 2008, John Ging, director de la UNRWA, denunciaba que Israel llegaba al extremo de someter a embargo a los propios organismos de la ONU que realizan trabajo humanitario, y se preguntaba en qué lugar del mundo la ayuda alimentaria era sometida a tan severas restricciones. Al mismo tiempo, en Ginebra, Navi Pillay, alta comisionada para los Derechos Humanos de la ONU, denunciaba: “Un millón y medio de palestinos han sido privados de sus más básicos derechos humanos durante meses. El bloqueo es una violación de las leyes internaciones y humanitarias.” Israel había creado un ghetto infame, aislado del mundo, y aumentaba su presión. En ese momento, hacía cuatro meses que el lanzamiento de cohetes hacia Israel desde la franja se había detenido por completo: la población israelí había disfrutado de una calma absoluta y las milicias palestinas no habían realizado ningún ataque, pese a padecer hechos tan graves como el pogromo contra palestinos en la ciudad israelí de Acre (donde viven muchos colonos extremistas evacuados de Gaza en 2005), pogromo tolerado por la policía israelí, o “asesinatos selectivos” por parte de los servicios secretos israelíes.

El 4 de noviembre de 2008, pese a la calma, Israel, utilizando como excusa que los palestinos estaban construyendo un túnel cerca de la frontera, rompió la tregua con Hamás, asesinando a seis palestinos en una incursión en el interior de Gaza, apoyada por fuerzas terrestres y aviación. Desde ese momento intensificó aún más el bloqueo, creando una situación de emergencia y configurando un gigantesco campo de concentración donde se impedía la entrada de periodistas, diplomáticos europeos, organizaciones humanitarias e incluso funcionarios de la ONU. Amnistía Internacional acusó a Israel de estar llevando a cabo un castigo colectivo a toda la población palestina. Sin inmutarse, a finales de diciembre, el gobierno israelí ordenaba al Tsahal atacar Gaza para iniciar la matanza. Comenzaba la Operación plomo sólido, preparada desde muchas semanas atrás. Pese a la propaganda con que Israel intentó intoxicar al mundo, fueron los soldados invasores quienes ocuparon las casas, quienes las utilizaron como puestos de ataque, quienes destrozaron el mobiliario, reventando las paredes y, desde los agujeros, practicaban la caza de palestinos.

Los servicios de seguridad del Shin Bet israelí llegaron al extremo de denegar muchos permisos para pacientes palestinos que debían ser tratados de cáncer fuera de la Franja.

Mientras tanto, sus tanques aplastaban ambulancias, vehículos, destrozaban las calles. Los misiles lanzados por Israel, junto con el bombardeo de sus F-16 y de la artillería crearon tal escenario de destrucción que Amnistía Internacional hablaba de “barrios concurridos convertidos en paisajes lunares”. La ferocidad israelí parecía no tener límite. Una buena parte de los huertos y carreteras, hospitales, escuelas, conducciones de agua, tendidos eléctricos, almacenes de alimentos, oficinas y locales de la ONU, centros administrativos, viviendas, fueron arrasados por completo: la devastación fue apocalíptica. Incluso la agencia de la ONU para la Ayuda a los Refugiados Palestinos (UNRWA) de Jabalia fue bombardeada, matando a 41 personas, y la escuela primaria de la UNRWA de Beit Lahia, donde se refugiaban casi dos mil personas que dormían hacinadas pensando que allí estaban seguras, fue blanco de la artillería israelí: varios niños murieron y otras personas resultaron heridas. La inhumanidad del ejército israelí, que bombardeó con saña a los civiles, sin preocuparse por las consecuencias, llenó Gaza de cadáveres, de personas con miembros amputados, con la cabeza reventada, con espantosas heridas que horrorizaban incluso a los médicos, quienes, con precarios medios, intentaban afrontar un infierno. La revista The Lancet, que denunció el silencio de la mayoría de las asociaciones médicas del mundo, recogió las palabras de unos médicos noruegos, expertos en escenarios de guerra, Mads Gilbert y Eric Fosse, quienes llegaron al hospital Al-Shifa de Gaza cuando el año 2008 finalizaba: “Hemos visto las heridas de guerra más horribles en hombres, mujeres y niños de todas edades”. Los testimonios eran numerosos, pero, negando la evidencia, el gobierno israelí y sus cómplices prosiguieron encarnizadamente la matanza. El propio Ban Ki-moon, secretario general de la ONU, que entró en la franja de Gaza el 20 de enero, calificó de “escandaloso” que Israel hubiese bombardeado incluso la sede de la ONU en Gaza y prometió que la organización internacional haría todo lo posible para que se abriera una investigación sobre la matanza de civiles. Pero la martirizada población palestina necesita algo más que palabras. La propia ONU considera que reparar la devastación causada por Israel costará miles de millones de dólares.

* * *

Esa es la secuencia de los hechos, aunque ello no impida a Israel seguir acumulando mentiras acusando a Hamás de haber roto la tregua. Tel-Aviv lo hizo con la ayuda del gobierno Bush (y con el silencio de Obama), cuya secretaria de Estado, Condoleeza Rice, pese a que estaba bien informada por sus servicios secretos y saber que no era así, también hizo responsable a Hamás de la ruptura. Algo parecido hizo el Parlamento Europeo, que culpó al movimiento islamista del fin de la tregua, y, aunque acompañó esa acusación del reconocimiento de que Israel “estaba violando el Derecho Internacional Humanitario” en su agresión a Gaza, se abstuvo vergonzosamente de pedir el fin del bloqueo a la Franja. Diputados comunistas del Parlamento Europeo acusaron a la Unión Europea de complicidad con el gobierno israelí, y de ser responsables, junto con Estados Unidos, “de la impunidad criminal de Israel”. Pero sus demandas de expulsión de los embajadores israelíes, de suspensión del Acuerdo de Asociación con Israel, firmado por la Unión Europea, y de creación de una Comisión de Investigación sobre los crímenes cometidos por Israel en Gaza, fueron desoídas por la mayoría del Parlamento.

Para justificar su feroz agresión, la propaganda israelí puso en circulación las habituales mentiras, mezcladas con medias verdades. Como la insistencia en el lanzamiento de cohetes (algunos portavoces militares, sin ningún escrúpulo, hablaban de “misiles”), ocho mil, según Tel-Aviv, que han causado muy pocas víctimas entre la población civil israelí. La propaganda israelí también utilizó al soldado Gilad Shalit, que sigue prisionero en Gaza, cuyo cautiverio fue una de las excusas dadas por el gobierno de Olmert para mantener el bloqueo a la Franja y para justificar su actuación, aunque se abstuvo de recordar que casi diez mil palestinos se hallan en prisiones israelíes (de los que casi mil proceden de la Franja). Para mayor vergüenza de Israel, además de la persistente política de asesinatos y matanzas contra la población palestina, llevada a cabo por todos los gobiernos israelíes, en el inicio de la Operación Plomo sólido había también cálculos electorales: para reforzar las posibilidades de Kadima, y también de Barak y Livni, aunque pertenezcan a distintos partidos.

Sin embargo, algo está empezando a cambiar. Las manifestaciones de solidaridad con el pueblo palestino que llenaron las calles de muchas ciudades del mundo, muestran el progresivo aislamiento de Israel, aunque no hayan conseguido detener su ferocidad. Las palabras del parlamentario británico Gerald Kaufman, judío y miembro del Partido Laborista, en la Cámara de los Comunes, calificando a los gobernantes israelíes de criminales de guerra, ilustran el desprestigio creciente de Israel: “Me educaron como judío ortodoxo y sionista. […] Mis padres vinieron a Gran Bretaña como refugiados desde Polonia. La mayoría de sus familias fueron más tarde asesinadas por los nazis en el holocausto. Mi abuela estaba enferma en la cama cuando los nazis llegaron a su casa en el pueblo de Staszow. Un soldado alemán le disparó un tiro en la cabeza. Pero mi abuela no murió para prestar cobertura a los soldados israelíes que asesinan abuelas palestinas en Gaza. El actual gobierno israelí explota cínicamente y sin piedad la inacabable culpabilidad de los gentiles por la matanza de judíos en el holocausto como justificación para asesinar palestinos. […] Ya va siendo hora de que nuestro gobierno le diga claramente al gobierno israelí que su conducta y su política son inaceptables, y de que imponga una total prohibición de suministro de armamentos a Israel. Ha llegado el momento de la paz, pero de una paz auténtica, no de la solución por conquista que pretenden los israelíes y que nunca podrán alcanzar. No son simplemente criminales de guerra: están locos.”

Gerald Kaufman, judío, diputado británico: “Los miembros del actual gobierno israelí no son simplemente criminales de guerra: están locos.”

En el ataque a Gaza, el Tsahal mató a casi mil cuatrocientos palestinos, y causó heridas a unas seis mil personas más, entre ellas dos mil niños y ochocientas mujeres. Para justificar el elevado número de civiles asesinados (entre ellos, más de cuatrocientos niños y más de cien mujeres), Israel volvió a acusar a las milicias palestinas, sobre todo a Hamás, de utilizar a la población como escudos humanos. Era una burda mentira, pero, según el derecho internacional, aunque esa acusación fuera cierta no justificaría el asesinato de civiles inocentes. Trece israelíes murieron, entre ellos cuatro civiles. La desproporción era evidente. También lo es el número de muertos en ambos bandos: en los ocho años transcurridos desde el inicio del siglo XXI, 15 israelíes han muerto a causa del lanzamiento de cohetes palestinos; mientras que el Tsahal ha causado directamente la muerte de casi cinco mil palestinos en el mismo periodo. Para vergüenza del gobierno israelí, Amnistía Internacional ha acusado directamente a su ejército de ser quien ha utilizado a la población civil palestina como escudo humano, ocupando viviendas palestinas y utilizando a las familias como rehenes en los pisos superiores mientras los francotiradores israelíes ocupaban los bajos de las casas para disparar desde allí. Es cierto que, al mismo tiempo, Amnistía Internacional reprocha a los combatientes palestinos que disparen desde zonas próximas a las viviendas, con el peligro que supone para la población, aunque es obvio para cualquier observador que en una zona tan pequeña y superpoblada como la Franja de Gaza es difícil para la resistencia defenderse y disparar lejos de zonas urbanas o campamentos de refugiados.

Israel ha utilizado armamento prohibido por los acuerdos internacionales, ha pisoteado las Convenciones de Ginebra, ha utilizado su poderosos ejército, su marina, su aviación, contra milicianos mal armados, y contra la población civil, en un intento deliberado de crear una situación de terror. La evidente comisión de crímenes de guerra por Israel exige que todas las organizaciones progresistas y los ciudadanos honestos pidan a sus gobiernos y a la Corte Penal Internacional la apertura de una investigación internacional y la creación de un tribunal que juzgue a los responsables. Convertidos en criminales de guerra, los dirigentes israelíes despreciaron incluso las acusaciones de algunas asociaciones judías internacionales y de destacados judíos, como el escritor francés André Nouschi, que, a principios de enero de 2009, escribió una contundente carta al embajador israelí en Francia en la que afirmaba: “Como judío, siento vergüenza de vosotros”.

El gran argumento que repite la propaganda israelí es que Israel es “la única democracia de Oriente Medio” y que no hace sino responder a las “provocaciones terroristas” palestinas utilizando su “legítimo derecho a la defensa”. Es difícil acumular tantas mentiras. Para empezar, porque Israel no es una democracia, sino un Estado racista, colonial, oficialmente judío (similar, por tanto, en ese sentido, a la teocracia iraní o a la dictadura saudita), que utiliza la tortura en sus centros de detención, que ordena asesinatos y ejecuciones extrajudiciales, que discrimina a buena parte de la población de su territorio, que encarcela sin justificación, que permite el robo de la tierra y las propiedades palestinas, no ya en Gaza o Cisjordania, sino en el propio Israel, como atestiguan los constantes abusos en Jerusalén Este, y que incluso impide la participación política de algunos partidos palestinos. Segundo, porque la mayor de las provocaciones, y el origen de todo el conflicto, es la “limpieza étnica” y el despojo protagonizados por las organizaciones terroristas sionistas en 1948 que provocaron una oleada gigantesca de refugiados palestinos en toda la zona, y que hoy, sesenta años después, siguen malviviendo, ellos y sus descendientes, en infames campamentos de refugiados. Esa es la verdadera provocación y el origen del crimen. Tercero, porque la defensa propia siempre debe ser proporcional, e Israel utiliza el terror y, con mucha frecuencia, es quien inicia los nuevos episodios de enfrentamientos. Ese es el Israel que dice defenderse. ¿Puede el mundo aceptar su comportamiento?

* * *

La gélida indiferencia ante la muerte de los civiles palestinos que ha gangrenado a buena parte de la sociedad israelí, explica el cinismo y la impunidad con que actúan sus gobiernos. Despojando de toda humanidad a la población palestina, los soldados israelíes pueden reventar las casas, patear las cabezas de aterrorizados ciudadanos, disparar al menor pretexto, tratar a los palestinos como si fueran bestias, asesinar sin temor a las consecuencias. El desprecio, el odio y el fanatismo religioso refuerzan la crueldad con que Israel destruye las vidas de tantos palestinos: años de mentiras, de humillaciones, de asesinatos impunes, de saña y de brutalidad, han creado en el imaginario colectivo de buena parte de la población israelí un estereotipo de “palestino” que se acerca mucho a la concepción que tenían los nazis sobre los propios judíos. Así, los palestinos despojados durante décadas no son víctimas, sino feroces partidarios del terrorismo islamista y merecen el bloqueo e incluso la muerte. Por eso, es habitual que incluso responsables de organizaciones israelíes califiquen a los palestinos de “bestias”, de “cucarachas”, de “basura”, cuyo destino debe ser el éxodo y la aniquilación. Para Israel, los palestinos deben aceptar que jamás volverán a recuperar su tierra, y la política de ampliación de los asentamientos para colonos israelíes, de construcción del muro, de confiscación arbitraria de tierras palestinas, está orientada a la absorción de buena parte de Cisjordania, encerrando a los palestinos en ghettos aislados, fuertemente vigilados, similares a la Gaza que conocemos hoy. El viejo plan de Ariel Sharon de retirarse de Gaza para controlar Cisjordania fue incluso rechazado por los más feroces partidarios de la segregación de la población palestina: incluso el Likud se manifestó contrario al plan de Sharon. En nuestros días, el gobierno de Olmert ha continuado impulsando la creación de nuevos asentamiento y la ampliación de los existentes. Más de doscientos mil colonos israelíes viven ya en barrios del Jerusalén palestino, y otros doscientos cincuenta mil ocupan las mejores tierras de Cisjordania. En ese escenario, el proceso iniciado en Oslo, y la posterior hoja de ruta diseñada por el gobierno de Bush son una verdadera burla y la constatación de que Israel no quiere la paz y, mucho menos, la solución del drama palestino. La vía de la negociación impulsada por la ANP y por Abbas, encajonada entre Oslo y la hoja de ruta, no ha dado ningún resultado, y ha servido de coartada para que Israel prosiga su política de represión y de despojo.

La política de colaboración con Israel que ha mantenido la Autoridad Nacional Palestina no ha dado resultados.

La resistencia palestina, que se debate entre organizaciones nacionalistas, islamistas e izquierdistas, tiene ahora un complejo escenario ante sí. Las grandes cuestiones que plantea la causa palestina continúan siendo las mismas: el fin de la ocupación israelí y la creación de un Estado independiente que conserve las fronteras de 1967; la cuestión de Jerusalén, que debe ser la capital, compartida o no, de la nueva Palestina; y el retorno de los refugiados. La paz en la zona debe basarse en esas premisas, porque todas las demás cuestiones son secundarias. Porque, pese a la enorme destrucción, el pueblo palestino ha vuelto a demostrar que, truncando el objetivo israelí, no va a rendirse, y que el único camino es combinar la resistencia y la negociación. Sin embargo, acechan muchos peligros: Israel ha conseguido convertir a buena parte de la Autoridad Nacional Palestina, ANP, en colaboracionista en muchas de sus decisiones, ahogada la administración de Mahmud Abbas en la corrupción y en la ineficacia, con la vieja Al Fatah de Yaser Arafat convertida en una organización desprestigiada. De hecho, Mahmud Abbas, que fue en los años setenta un destacado miembro del FDLP, se ha convertido en una figura que recuerda al Pétain colaboracionista bajo la ocupación, y no debe extrañar que Hamás y organizaciones de izquierda como el FPLP acusen a una parte de la ANP de “complicidad con Israel”. Pese a ello, la Autoridad Nacional Palestina ha decidido denunciar al gobierno israelí ante los organismos internacionales por la comisión de “crímenes contra la humanidad”. Pero la división palestina hipoteca la resistencia.

* * *

A Israel le conviene presentar a la resistencia palestina como un movimiento con hegemonía islamista, para intentar convertirla en un espantajo similar a Al Qaeda. De hecho, el apoyo israelí a Hamás, en sus inicios como movimiento, tenía como objetivo la erosión y posterior destrucción de la OLP como organización palestina mayoritaria, que se manifestaba progresista y laica, y de la izquierda representada por el FPLP de George Habash y otras de menor implantación. Israel ha conseguido parcialmente ese objetivo, y la división política entre Cisjordania y Gaza, con dos gobiernos diferentes, que actúan con lógicas enfrentadas, juega a favor de Israel. Esa división tiene su origen en el proceso electoral que se inició en 2005. Tras la muerte de Arafat (envuelta en múltiples sospechas que apuntan a Israel), el 9 de enero del 2005 se celebraron las elecciones a la presidencia de la Autoridad Nacional Palestina, creada en virtud de los acuerdos de Oslo. A los comicios (que, pese a los obstáculos israelíes que impidieron votar a decenas de miles de palestinos, fueron calificados por observadores internacionales de ejemplares) se presentaron como principales candidatos Mahmud Abbas, por Al Fatah, y Mustafá Barghouti (el compañero de tantas batallas de Edward Said); además de Taysir Khaled por el FDLP, Bassam Salhi, por el Partido del Pueblo Palestino, y los independientes Abd Al Karim Shbair, Al Sayyed Barakeh y Abd Al Halim Al Ashgar. Los resultados confirmaron a Mahmud Abbas como presidente de la ANP. Así, Al Fatah mantuvo su función de eje de la resistencia palestina. Sin embargo, un año después, el escenario cambió. Las elecciones parlamentarias, celebradas el 25 de enero de 2006 y consideradas plenamente democráticas por todos los observadores internacionales destacados en la zona, dieron la victoria a Hamás, configurando un Parlamento palestino donde Hamás disponía de 76 escaños sobre un total de 132. La resistencia de Abbas y de Al Fatah a ceder el gobierno a Hamás aumentó los desencuentros, que culminaron en la negativa del partido de Abbas a integrarse en un gobierno conjunto y, después, en enfrentamientos armados entre ambas organizaciones que desembocaron en la actual situación, con dos gobiernos palestinos, uno en Gaza dirigido por Hamás, y otro en Cisjordania dirigido por Al Fatah. Para complicar más la situación, el mandato de Abbas ya ha terminado, aunque siga ejerciendo como presidente, y Hamás no reconoce su autoridad.

La propaganda israelí, con el silencio y, a veces, la complicidad de la ANP, ha intentado crear la idea en el mundo de que el gobierno de Hamás en la Franja es ilegítimo, calificándolo como fruto de un golpe de Estado, pero esa versión dista mucho de ser cierta. De hecho, actuando así, Israel, con el apoyo de Estados Unidos y, también, de la Unión Europea, que califican a Hamás de organización terrorista, pretende desconocer el resultado de las elecciones democráticas celebradas en todos los territorios palestinos ocupados, y esas elecciones dieron la victoria al partido de Jalid Mechaal, gusten o no sus postulados. La izquierda palestina tampoco los comparte, pero sabe que, hoy, Hamás está del lado de la resistencia ante la ocupación israelí y sabe que ese es el principal instrumento que debe mantener la población palestina.

La política de negociación y colaboración con Israel que ha mantenido la Autoridad Nacional Palestina no ha dado resultados. Ni el proceso iniciado con los acuerdos de Oslo (¡han pasado ya dieciséis años!, sin avances tangibles hacia un Estado palestino), supervisados por el gobierno Clinton, en un momento de desconcierto por la desaparición de la URSS, tradicional apoyo palestino; ni la posterior hoja de ruta, que el llamado Cuarteto (Estados Unidos, Rusia, Unión Europea y la ONU) lanzó para supervisar las negociaciones de paz, han dado resultados. Hay que recordar que la hoja de ruta fue publicada por el Departamento de Estado norteamericano en abril de 2003, y preveía “un arreglo final y global al conflicto palestino-israelí para 2005”. Fue una iniciativa estadounidense, aceptada por los otros tres avalistas del proceso, que, sin embargo, fue papel mojado desde el principio. La última declaración norteamericana, bajo el gobierno Bush, fijaba el límite de 2008 para cumplir con la hoja de ruta. Todo han sido mentiras, porque Israel no tiene la menor intención de negociar con seriedad, y, mucho menos, de avanzar hacia la creación de un Estado palestino.

La colaboración de las dictaduras árabes, desde Egipto hasta Jordania y Arabia, complacientes con Estados Unidos e Israel, facilita la actuación israelí.

La estrategia de Tel-Aviv se resume en el mantenimiento de un estado de guerra y tensión intermitentes, enmarañando las negociaciones, añadiendo siempre nuevas exigencias, imponiendo la discusión de cuestiones menores, dilatando la solución a la cuestión palestina, eternizando en el tiempo el proceso, en la confianza de que la conjunción de su brutal represión sobre la población palestina, de los asesinatos selectivos de sus dirigentes más significados, de los masivos ataques armados y del estímulo de los enfrentamientos interpalestinos, añadidos al deterioro hasta límites insoportables de la vida cotidiana de los habitantes de Gaza y Cisjordania, sometiéndoles incluso a la tortura del hambre y al cerco de las enfermedades por las degradadas condiciones sanitarias que ha creado el bloqueo, mientras Israel sigue anexionando territorios y encerrando en ghettos inconexos a los palestinos, al otro lado de un muro más cruel que el del ghetto de Varsovia, llevará a las organizaciones palestinas a la interiorización de la derrota y al inicio del éxodo definitivo. Pero si una cosa ha demostrado el pueblo palestino es que continuará la resistencia al expolio y a la ocupación.

La colaboración de las dictaduras árabes, desde Egipto hasta Jordania y Arabia, complacientes con Estados Unidos e Israel, facilita la actuación israelí, que regularmente inicia agresiones limitadas, guerras que posponen la solución del conflicto palestino y crean cuestiones de disputa secundarias que facilitan su estrategia de no entrar a negociar la creación del Estado palestino. No es casualidad que Israel, además de destruir las infraestructuras de los territorios ocupados, arrase sistemáticamente todos los organismos e instituciones que pueden ser el germen del futuro Estado palestino. Tel-Aviv sabe que todas las organizaciones palestinas aceptarían la solución de dos Estados sobre la base de las fronteras de 1967. Pese a sus declaraciones, Israel no quiere la paz, sino la guerra, como demuestra su actuación: en el Líbano, Israel ha lanzado ataques en 1978, 1982, 1993, 1996 y 2006, y contra Cisjordania en 2002 (llamada, de manera hipócrita, Operación escudo defensivo), y la última, Operación plomo sólido, contra Gaza, por no hablar de las acciones más limitadas contra los palestinos o como el ataque contra Siria en 2008. Esa es la estrategia compartida por la mayoría de organizaciones israelíes que defienden el delirio sionista.

Pero la división, y el enfrentamiento armado entre facciones palestinas, azuzado por Israel y por Estados Unidos, plantea un difícil futuro en un Oriente Medio cruzado por múltiples enfrentamientos, con la ocupación norteamericana de Iraq y Afganistán, y donde tienen mucho qué decir Irán y Siria, Tur-quía y Egipto, además de las grandes potencias. El mandato de Mahmud Abbas ha concluido, y Hamás no reconoce ya su autoridad, como la ANP no reconoce al gobierno de Ismael Haniya, pero la dificultosa, e imprescindible, búsqueda de una estrategia común va a complicar el futuro inmediato, sobre todo porque Israel sigue estimulando la guerra civil entre los palestinos. En el horizonte inmediato sólo esperan al pueblo palestino nuevos sufrimientos, pero la resistencia sigue siendo el único camino ■

 

PALESTINA, LIBRE, LIBRE

Mientras Israel bombardeaba despiadadamente la franja de Gaza, cuando ya habían sido asesinados centenares de palestinos, las organizaciones judías que apoyan la actuación de los gobiernos israelíes lanzaron una campaña para contrarrestar las masivas manifestaciones de protesta que estaban teniendo lugar en todo el mundo contra la ferocidad del ejército israelí. Diferentes concentraciones “de apoyo a Israel” tuvieron lugar en ciudades europeas y americanas, con la colaboración de organizaciones conservadoras y partidos de derecha.

Así, el 11 de enero de 2009, en Nueva York, una nutrida manifestación de unas diez mil personas se concentraron ante el Consulado israelí. Habían sido convocados por la Federación UJA de Nueva York, por el Jewish Community Relations Council, también de Nueva York, y por la Conference of Presidents of Major America Jewish Organizations. Recibieron el apoyo del Consulado israelí y de importantes núcleos del poder norteamericano. Ante la concentración, el senador demócrata Charles Chuck Schumer defendió el ataque de Tel Aviv a la población de Gaza y habló de los “métodos humanitarios de guerra de Israel”, porque, afirmó, el Tsahal enviaba mensajes SMS a los palestinos cuya casa iba a ser bombardeaba “porque almacenan armas” en ellas, y se preguntó, admirado, “¿qué otro país haría eso?”. El senador Schumer se abstuvo de hacer mención del elevado número de víctimas civiles, de niños y de mujeres asesinadas por el ejército israelí. Por su parte, David Paterson, gobernador del Estado de Nueva York, justificó también el ataque a Gaza. Para ellos, Israel se defendía. La gran prensa norteamericana actuaba de forma similar: The New York Times, ante la evidencia de los crímenes israelíes, hacia imposibles equilibrios para intentar equiparar a ambas partes, recogiendo declaraciones de profesores que certificaban (¡) que “las normas éticas y legales del Ejército israelí son estrictas y el personal […] militar ha sido instruido en ellas concienzudamente.” Algunos de los periodistas del diario insistían en hablar de los “misiles” lanzados por Hamás, omitiendo deliberadamente la abismal diferencia entre cohetes artesanales y misiles. Todo vale, para defender a Israel.

Durante el acto neoyorquino, los manifestantes bailaban alegres al son de la música, agitando banderas israelíes, mientras gritaban ¡a por ellos!, en clara alusión a los “terroristas palestinos”. Pancartas con leyendas como Islam: Cult of Hate”, culto del odio, se pasearon por la concentración. El fanatismo proisraelí llegó a tal extremo que algunos asistentes hablaban de las fábricas de armas “que se encuentran en las escuelas de Gaza”, o en los hospitales, y justificaban los bombardeos contra la población civil. Una manifestante, para justificar el despiadado ataque a los palestinos de la Franja, alegó ante las cámaras que había visto en Internet como una niña era degollada por su propio padre en el curso de una fiesta musulmana chiíta en el Líbano: según la mujer, el padre le cortaba la cabeza. No era en tierra palestina, sino en el Líbano, y la noticia era harto dudosa, pero todo eso no importaba. La conclusión era obvia: acabar con esa gente atroz (palestinos, árabes, musulmanes, todo mezclado, qué más da) es legítimo. Merecen la muerte. Esa inhumanidad, ese desprecio atroz hacia el sufrimiento de los palestinos, esa indiferencia ante las más de mil trescientas personas asesinadas, mostraba la degradación ética y moral en la que se han hundido los defensores del gobierno racista de Israel. Mientras eso ocurría, y mientras en Gaza los palestinos intentaban sobrevivir a otro infierno, el embajador israelí en España, Raphael Schutz, tenía la desvergüenza de denunciar “los hechos antisemitas” que, según él, tenían lugar en Cataluña y en otros lugares de España. Ninguna mención al terrible castigo inflingido a los palestinos, ningún recuerdo para los asesinados. Los terribles “hechos antisemitas” que habían tenido lugar fueron unas pintadas en la sinagoga barcelonesa de la calle Porvenir.

Las escenas de esa manifestación neoyorquina llegaban mientras los soldados israelíes bombardeaban el hospital Al Quds de Gaza. Llegaban pocos días después de que, el 28 de diciembre, cinco hermanas de la familia Baalousha (Jawhir, de 4 años; Dina, de 8; Samar, de 12; Ikram, de 14; y Tahrir, de 17) murieran en su casa del campo de refugiados de Jabalia, al norte de Gaza, alcanzadas por las bombas israelíes. Llegaban poco después de que Ihab al-Madhoun, médico, y Muhammad Abu Hasida, el enfermero que le acompañaba, murieran tras un ataque aéreo el 31 de diciembre, cuando intentaban evacuar a personas heridas en un ataque de la aviación. Llegaban, mientras Nour Kharma, una adolescente palestina que vive en la ciudad de Gaza, se preguntaba, después de conocer la muerte de su amiga Christine, “¿yo también voy a morir?” No sé si su amiga era la misma Christine, una chica de catorce años, que murió de miedo en esos días: tras el paso atronador por su barrio de Al-Remal de los F-16 israelíes que bombardeaban, Christine se derrumbó, y su padre, médico, no pudo hacer nada por ella. Llegaban, mientras hombres maduros lloraban como niños, viendo a las madres desesperadas, y a los médicos impotentes ante la barbarie. Llegaban, mientras los enfermeros del pobre hospital de Gaza se veían obligados a limpiar con mangueras la sangre derramada en el suelo de los quirófanos.

Son tantas las historias de destrucción y de muerte que parece mentira que la dignidad humana siga consintiendo ese odio purulento de los gobiernos israelíes hacia un pueblo perseguido, masacrado, pobre y hambriento. Tal vez los dirigentes israelíes no soportan la dignidad con que generaciones de palestinos se han rebelado contra la adversidad, contra la derrota, contra el olvido. Son esos palestinos hacinados en los campos de refugiados de Sabra y de Chatila, en ghettos de pobreza donde brota el cansancio, y, a veces, la desesperación. Esos habitantes de los campos del Líbano, de Siria, de Jordania, de Gaza o Cisjordania, de la diáspora de millones de palestinos dispersos por el mundo, con las familias que siguen guardando un recuerdo perdido, la fotografía de una casa, de un pequeño jardín, de un huerto, de una tapia, prendidos en la retina cansada de los palestinos viejos, siempre colgados de un aire de primavera que se resiste a llegar a un pueblo de refugiados en los rincones más pobres de su propia tierra, apátridas desde hace sesenta años, refugiados de todas las guerras. Todas esas escenas nos traen a la memoria el ghetto de Varsovia, y los infames ghettos donde los nazis confinaron a tantas personas dignas, en Riga, en Vilna, en Cracovia, y las dantescas imágenes de los cadáveres de niños palestinos amortajados con pobres sábanas, esperando el último adiós; o de los niños palestinos heridos, que traen a la memoria las miradas asustadas de los niños judíos que pasaban entre las alambradas de los campos nazis de exterminio.

El odio sanguinario de los hijos de Israel, de sus gobernantes, de esos jóvenes soldados que volvían a casa satisfechos tras arrasar Gaza, tras haber pintado en las casas palestinas “¡muerte a los árabes!”; que volvían haciendo el signo de la victoria, dejando atrás la devastación y la muerte; el odio de esos soldados sonrientes, seguros, no podrá borrar de nuestra memoria la imagen de esa chica valiente que enarbolaba una bandera palestina subida a un montón de tierra, en Gaza, sola con su pañuelo y su voz, enfrentando la mirada de los soldados israelíes cargados de armas. No podrá ahogar la voz de un anónimo palestino que, en la manifestación de solidaridad realizada en Barcelona, gritaba desde los altavoces “Palestina libre, libre”, con toda la tristeza del mundo en su voz, cansada, casi afónica, rota, pero no vencida. Su voz llegaba con la megafonía, pero parecía apenas un susurro, de alguien que arranca fuerzas de flaqueza, de alguien que cuando parece imposible soportar más, seguir adelante, se levanta y muestra al mundo la dignidad palestina. Mientras el fuego bíblico del feroz dios de los judíos asolaba Gaza, resonaba en nuestros oídos: Palestina, libre, libre. Palestina, libre, libre.

Un cuento de Raymond Carver: “Póngase usted en mi lugar”

Estaba pasando la aspiradora cuando sonó el teléfono. Había ido haciendo todo el apartamento y ahora estaba en la sale, utilizando el accesorio de la boquilla para llegar a los pelos de gato que había entre los cojines. Se detuvo y escuchó: luego apagó la aspiradora. Fue a coger el teléfono.
—¿Sí? —dijo—. Myers al aparato.
—Myers —dijo ella—. ¿Cómo estás? ¿Qué haces?
—Nada —dijo él—. Hola, Paula.
—Va a haber una fiesta en la oficina luego —dijo ella—. Estás invitado. Te invitó Carl.
—No creo que pueda ir —dijo Myers.
—Carl me acaba de decir: llama a tu hombre por teléfono. Haz que se venga a tomar una copa. Hazle salir de su torre de marfil, que regrese al mundo real durante un rato. Carl es un tipo curioso cuando bebe. ¿Myers?
—Te he oído —dijo Myers.
Myers había trabajado para Carl. Carl siempre hablaba de irse a París a escribir una novela, y cuando Myers dejó el trabajo para escribir una novela, Carl le dijo que estaría atento pare cuando apareciera el nombre de Myers en las listas de best sellers.
—No puedo ir —dijo Myers.
—Nos hemos enterado de algo horrible esta mañana —continuó Paula como si no le hubiera oído—. ¿Te acuerdas de Larry Gudinas? Aún trabajaba aquí cuando tú venías por la oficina.
Estuvo echando una mano en los libros de ciencia durante un tiempo. Luego lo pusieron en trabajo de campo, y luego lo despidieron. Nos hemos enterado esta mañana de que se ha suicidado. Se ha pegado un tiro en la boca. ¿Te imaginas? ¿Myers?
—Te he oído —dijo Myers. Trató de recordar a Larry Gudinas y visualizó a un hombre alto y encorvado, con gafas de montura metálica, llamativas corbatas y unas entradas imparables.
Imaginó la sacudida, el brinco de la cabeza hacia atrás.
—Caramba —dijo Myers—. Lo siento.
—Vente a la oficina, ¿me oyes, cariño? —dijo Paula—. Estamos todos charlando y tomando una copa; escuchamos canciones navideñas. Venga, ven —dijo.
Myers, al otro lado de la línea, oía todo lo que le decía Paula.
—No me apetece —dijo—. ¿Paula? —Vio unos cuantos copos de nieve que se desplazaban de lado a lado de la ventana. Pasó los dedos por el cristal, y luego, mientras esperaba, se puso a escribir su nombre en él.
—¿Qué? Sí, te he oído —dijo ella—. Está bien —dijo Paula—. ¿Por qué no nos vemos en Voyles y tomamos una copa, entonces? ¿Myers?
—De acuerdo —dijo él—. En Voyles. De acuerdo.
—Todo el mundo se va a sentir decepcionado al ver que no vienes —dijo ella—. En especial Carl. Carl te admira, ¿sabes? Te admira de veras. Me lo ha dicho. Admira tu valor. Me dijo que si tuviera tu valor habría dejado todo esto hace años. Que hace falta valor para hacer lo que hiciste. ¿Myers?
—Estoy aquí —dijo Myers—. Creo que podré poner el coche en marcha. Si no consigo ponerlo en marcha, te doy un telefonazo.
—De acuerdo —dijo ella—. Quedamos en Voyles. Si no me llamas, salgo en cinco minutos.
—Saluda a Carl de mi parte —dijo Myers.
—Lo haré —dijo Paula—. Está hablando de ti.
Myers guardó la aspiradora. Bajó los dos tramos de escaleras y fue hasta su coche, que ocupaba la plaza del fondo y estaba cubierto de nieve. Se puso al volante, apretó unas cuantas veces el pedal y dio a la llave de contacto. El motor arranco. Siguió pisando a fondo.
Durante el trayecto miró a la gente que se apresuraba por las aceras cargadas de paquetes. Echó una ojeada al cielo gris, lleno de copos de nieve, y a los altos edificios que tenían nieve en las grietas y en los derrames de las ventanas. Trató de captarlo todo con los ojos, de retenerlo pare más tarde. Acababa de terminar una historia y aun no había dado comienzo a la siguiente, y se sentía despreciable. Llegó a Voyles, un pequeño bar situado en una esquina, junto a una tienda de ropa de hombre. Aparcó en la parte de atrás y entró en el bar. Se sentó un rato a la barra y luego cogió su bebida y fue a sentarse a una mesita, al lado de la puerta.
Cuando Paula entro en el bar y dijo «Feliz Navidad», él se levantó y le dio un beso en la mejilla. Y le ofreció una silla.
—¿Un escocés? —dijo.
—Un escocés —dijo ella. Y luego, a la chica que vino a atenderles—: Un escocés con hielo.
Paula cogió y apuró el vaso de Myers.
—Tráigame otro a mí también —le dijo Myers a la chica—. No me gusta este bar —dijo luego, cuando la chica se hubo ido.
—¿Qué tiene de malo este bar? —dijo Paula—. Siempre venimos aquí.
—No me gusta, eso es todo —dijo él—. Nos tomamos la cope y nos vamos a otra parte.
—Como quieras —dijo ella.
La chica se acercó con las bebidas. Myers pago. Brindaron. Myers la miraba ?jamente.
—Carl te manda saludos —dijo ella.
Myers asintió con la cabeza.
Paula bebió unos sorbos de whisky.
—¿Cómo te ha ido el día?
Myers se encogió de hombros.
—¿Qué has hecho? —dijo ella.
—Nada —dijo él—. He pasado la aspiradora.
Paula le tocó la mano.
—Todo el mundo me ha dicho que te salude de su parte.
Se terminaron el whisky.
—Tengo una idea —dijo ella—. ¿Por qué no pasamos un rato a ver a los Morgan? Todavía no los conocemos, santo cielo, y ya hace meses que han vuelto. Podríamos pasar por su casa a saludarles: «Hola, somos los Myers.» Además nos mandaron una postal. Nos decían que pasáramos a verlos en vacaciones. Nos invitaron. No quiero ir a casa —dijo por último, y buscó un cigarrillo en su bolso.
Myers recordó haber encendido la estufa y apagado las luces antes de salir. Y luego pensó en los copos de nieve que cruzaban despacio por la ventana.
—¿Y que me dices de aquella carta insultante diciéndonos que les habían contado que teníamos un gato en la case? —dijo Myers.
—Se habrán olvidado ya del asunto —dijo ella—. De todos modos, no era nada grave. ¡Oh, venga, Myers! Vamos a hacerles una visita.
—Antes tendríamos que llamar… en caso de que lo hiciéramos —dijo él.
—No —dijo ella—. Es parte del juego. Vayamos sin llamar. Llegamos y llamamos a la puerta y decimos: «Hola, vivíamos aquí.» ¿De acuerdo, Myers?
—Creo que antes deberíamos llamar.
—Son vacaciones —dijo ella, levantándose—, Venga, querido.
Le cogió del brazo y salieron a la nieve. Sugirió ir en su coche. El de Myers lo recogerían luego. Myers le abrió la portezuela del conductor y dio la vuelta al coche pare ocupar el otro asiento.
Le invadió una suerte de turbación cuando vio las ventanas iluminadas, la nieve en el tejado, y la rubia en el camino de entrada. Las cortinas estaban descorridas, y un árbol de Navidad parpadeaba hacia ellos desde la ventana.
Se apearon del coche. Myers cogió por el codo a Paula al pasar por encima de un montón de nieve, y echaron a andar hacia el porche delantero. Habían avanzado apenas unos pasos cuando un perro de tupidas greñas salió como un rayo de la esquina del garaje y se echó encima de Myers.
—Oh, Dios —dijo él, agachándose, reculando, levantando las manos. Resbaló, con los faldones del abrigo ondeando al aire, y cayó sobre el césped helado con la certeza aferradora de que el animal arremetería contra su garganta. El perro gruñó una vez y se puso a olisquearle el abrigo.
Paula cogió un puñado de nieve y lo lanzó contra el perro. La luz del porche se encendió, se abrió la puerta y un hombre gritó:
—¡Buzzy!
Myers se levantó del suelo y se sacudió la nieve de la ropa.
—¿Qué pasa? —dijo el hombre desde el umbral—. ¿Quien es? Buzzy, ven aquí, muchacho. ¡Ven aquí!
—Somos los Myers —dijo Paula—. Venimos a desearles feliz Navidad.
—¿Los Myers? —dijo el hombre del umbral—. ¡Fuera de aquí, Buzzy! Vete al garaje. ¡Vamos, vamos! Son los Myers —le dijo luego a la mujer que estaba a su espalda tratando de mirar por encima de su hombro.
—Los Myers —dijo la mujer—. Bueno, diles que pasen. Invítales a pasar, por el amor de Dios. Salió al porche y dijo—: Entren, por favor. Hace un frío que pela. Soy Hilda Morgan, y éste es Edgar. Mucho gusto en conocerles. Entren, por favor.
Se dieron un rápido apretón de manos en el porche. Myers y Paula pasaron al interior y Morgan cerró la puerta.
—Déjenme los abrigos. Quítenselos, por favor —dijo Edgar Morgan—. ¿Está usted bien? —le dijo a Myers, mirándole atentamente. Myers asintió con la cabeza—. Sabía que ese perro estaba loco, pero nunca había hecho nada parecido. Lo he visto todo. Estaba mirando por la ventana en ese preciso instante.
El comentario le sonó extraño a Myers, y miró al dueño de la casa. Edgar Morgan era un cuarentón casi calvo del todo; llevaba unos pantalones y un suéter, y unas zapatillas de piel.
—Se llama Buzzy —declaró Hilda Morgan, e hizo una mueca—. Es el perro de Edgar. Yo me niego a tener un perro en casa, pero Edgar compró este animal y prometió tenerlo siempre fuera.
—Duerme en el garaje —dijo Edgar Morgan—. No hace más que pedir que le dejen entrar, pero no podemos permitírselo, ya entienden. —Morgan soltó una risita—. Pero siéntense, siéntense. Si es que encuentran dónde en todo este desorden. Hilda, cariño, quita alguna cosa del sofá pare que Mr. y Mrs. Myers puedan sentarse.
Hilda Morgan retiró del sofá paquetes, papeles de envolver, unas tijeras, una caja de cintas, lazos… Lo puso todo en el suelo.
Myers reparo en que Morgan le miraba de nuevo ?jamente, y esta vez sin sonreír.
Paula dijo:
—Myers, tienes algo en el pelo, cariño.
Myers se pasó la mano por detrás de la cabeza y se quitó una ramita y se la metió en el bolsillo.
—Ese perro… —dijo Morgan, y volvió a reír—. Estábamos tomándonos un ponche caliente y envolviendo unos regalos de última hora. ¿Quieren que hagamos un brindis por las ?estas? ¿Qué quieren tomar?
Cualquier cosa —dijo Paula.
Cualquier cosa —dijo Myers—. No quisiéramos molestar.
—Tonterías —dijo Morgan—. Sentíamos… mucha curiosidad por ustedes, los Myers. ¿Tomará un ponche, Mr. Myers?
—Muy bien —dijo Myers.
—¿Y Mrs. Myers? —dijo Morgan.
Paula asintió con la cabeza.
—Dos porches, entonces —dijo Morgan—. Cariño, nosotros también ¿verdad? —le dijo a su mujer—. La ocasión lo exige. Cogió la taza de su esposa y fue a la cocina. Myers oyó cerrarse de golpe la puerta de un armario y luego una palabra ahogada que sonó como un juramento. Myers pestañeó. Miró a Hilda Morgan, que se estaba acomodando en una silla, a un costado del sofá.
—Siéntense aquí, los dos —dijo Hilda Morgan. Dio unos golpecitos en el brazo del sofá—. Aquí, junto al fuego. Mr. Morgan lo atizará en cuanto vuelva—. Se sentaron. Hilda Morgan enlazó las manos sobre el regazo y se inclinó un poco hacia adelante, estudiando la cara de Myers.
La sala seguía como Myers la recordaba, con excepción de tres pequeñas litografías enmarcadas que colgaban de la pared, a espaldas de Mrs. Morgan. En una de ellas, un hombre con levita y chaleco se tocaba ligeramente el sombrero delante de unas señoritas con sombrillas. Eso ocurría en un lugar con gran afluencia de gente y caballos y carruajes.
—¿Qué les pareció Alemania? —dijo Paula. Estaba sentada en el borde del sofá, con el bolso sobre las rodillas.
—Nos encantó Alemania —dijo Edgar Morgan, que volvía en aquel momento de la cocina con una bandeja con cuatro grandes tazas. Myers reconoció las tazas.
—¿Ha estado usted en Alemania, Mrs. Myers? —preguntó Morgan.
—Queremos ir —dijo Paula—. ¿No es cierto, Myers? Quizá el año que viene, el verano que viene. O el otro. En cuanto vayamos algo más sobrados de dinero. Quizás en cuanto Myers venda algo. Myers escribe.
—Pienso que un viaje a Europa le vendría muy bien a un escritor —dijo Edgar Morgan. Puso las tazas sobre unos posavasos—. Por favor, sírvanse. —Se sentó en una silla, enfrente de su esposa, y miró a Myers—. Decía en la carta que había dejado su empleo pare escribir.
—Cierto —dijo Myers, y bebió un sorbo de ponche.
—Escribe algo casi todos los días —dijo Paula.
—¿De veras? —dijo Morgan—. Sorprendente. ¿Y qué ha escrito hoy, si me permite la pregunta?
—Nada —dijo Myers.
—Estamos en fiestas —dijo Paula.
—Estará orgullosa de él, Mrs. Myers —dijo Hilda Morgan.
—Lo estoy —dijo Paula.
—Me alegro por usted —dijo Hilda Morgan.
—El otro día oí algo que quizá pueda interesarle —dijo Edgar Morgan. Sacó tabaco y empezó a llenar la pipa. Myers encendió un cigarrillo y miró a su alrededor en busca de un cenicero; luego dejó caer la cerilla detrás del sofá.
—Es una historia horrible, en realidad. Pero tal vez le sirva, Mr. Myers. —Morgan encendió una cerilla y se dio fuego a la pipa—. El granito de arena y todo eso, ya sabe —dijo Morgan, y se echó a reír y sacudió la cerilla—. El tipo era de mi edad, poco más o menos. Durante un par de años fue colega mío. Nos conocíamos un poco, y teníamos buenos amigos comunes. Un día se marchó, aceptó un puesto allá en la universidad del estado. Bien, ya sabe lo que sucede a veces… El tipo tuvo un idilio con una de sus alumnas.
Mrs. Morgan emitió un ruido de desaprobación con la lengua. Cogió un pequeño paquete envuelto en papel verde y se puso a pegarle encima un lazo rojo.
—Según se cuenta, fue un idilio ardiente que duró varios meses —siguió Morgan—. Hasta hace muy poco, de hecho. Hasta la semana pasada, para ser exactos. Esa noche le comunicó a su esposa, con la que llevaba veinte años, que quería el divorcio. Imagine cómo se lo tuvo que tomar la pobre mujer, al oír aquello de buenas a primeras, como quien dice. Se organizó una buena trifulca. Metió baza toda la familia. La mujer le ordenó que se fuera inmediatamente. Pero cuando el hombre estaba a punto de irse, su hijo le tiró una lata de sopa de tomate que le alcanzó en la frente. El golpe le produjo una conmoción cerebral, y le mandaron al hospital. Y su estado es grave.
Morgan dio unas chupadas a su pipa y observó a Myers.
—Jamás había oído nada parecido—dijo Mrs. Morgan—. Edgar, es repugnante.
—Es horrible —dijo Paula.
Myers se sonrió burlonamente.
—Ahí tiene materia para un cuento, Mr. Myers —dijo Morgan, captando su sonrisa y entrecerrando los ojos—. Piense en la historia que podría usted urdir si lograra penetrar en la cabeza de ese hombre.
—O en la de ella —dijo Mrs. Morgan—. En la de la mujer. Piense en su historia. Ser engañada de tal modo después de veinte años de matrimonio. Piense en como se tuvo que sentir.
—Pero imaginen por lo que está pasando el pobre chico —dijo Paula—. Imagínenlo. Un hijo que por poco mata a su padre.
—Sí, todo eso es cierto —dijo Morgan—. Pero hay algo a lo que creo que ninguno ha prestado atención. Piensen un momento en lo que voy a decir. ¿Me escucha, Mr. Myers? Dígame lo que opina de esto. Póngase en el lugar de esa alumna de dieciocho años que se enamora de un hombre casado. Piense en ella unos instantes, y verá las posibilidades que tiene esa historia.
Morgan asintió con la cabeza y se echo hacia atrás en la silla con expresión satisfecha.
—Me temo que no siento por ella la menor simpatía —dijo Mrs. Morgan—. Imagino la clase de chica que es. Ya sabemos cómo son, esas jovencitas que echan el anzuelo a hombres mayores. Y él tampoco me inspira ninguna simpatía. El, el hombre, el don Juan; no, ninguna simpatía. Me temo que mis simpatías, en este caso, son sodas pare la mujer y el hijo.
—Haría falta un Tolstoi para contar la historia, para contarla bien —dijo Morgan—. Un Tolstoi, ni más ni menos. El ponche aún está caliente, Mr. Myers.
—Tenemos que irnos —dijo Myers.
Se levantó y tiró la colilla al fuego.
—No se vayan todavía —dijo Mrs. Morgan—. Aún no hemos tenido tiempo de conocernos. No saben cuánto hemos… especulado acerca de ustedes. Ahora nos hemos reunido al fin. Quédense un rato más Ha sido una sorpresa agradable.
—Le agradecemos la postal y la nota —dijo Paula.
—¿La postal? —dijo Mr. Morgan.
Myers tomó asiento.
—Nosotros decidimos no mandar ninguna postal este año —dijo Paula—. No me puse cuando debía, y nos pareció que no valía la pena hacerlo en el último momento.
—¿Tomará otro ponche, Mrs. Myers? —dijo Morgan, de pie ante ella, con la mano en su taza—. Servirá de ejemplo para su esposo.
—Estaba muy bueno —dijo Paula—. Hace entrar en calor.
—Muy bien —dijo Morgan—. Te hace entrar en calor. Exacto. Cariño, ¿has oído a Mrs. Myers? Te hace entrar en calor. Estupendo. ¿Mr. Myers? —dijo Morgan, y aguardó—. ¿Nos acompañará también?
—De acuerdo —dijo Myers, y dejó que Morgan recogiera su taza.
El perro empezó a gimotear y a arañar la puerta.
—Ese perro… No sé qué mosca le ha picado —dijo Morgan. Fue a la cocina, y esta vez Myers oyó claramente como Morgan maldecía al dar con la olla de hervir el agua contra uno de los quemadores.
Mrs. Morgan se puso a tararear una melodía. Cogió un paquete a medio envolver, cortó un trozo de cinta adhesiva y empezó a pegar el envoltorio.
Myers encendió un cigarrillo. Dejo la cerilla en su posavasos. Miró el reloj.
Mrs. Morgan levantó la cabeza.
—Me parece que están cantando —dijo. Se quedó quieta, escuchando. Se levantó de la silla y fue hasta la ventana de la sala—. ¡están cantando! ¡Edgar! —llamó.
Myers y Paula se acercaron a la ventana.
—Llevo años sin ver a esos grupos que cantan villancicos —dijo Mrs. Morgan.
—¿Qué pasa? —dijo Morgan. Traía la bandeja con las tazas—. ¿Qué pasa? ¿Sucede algo?
—Nada, cariño. Que cantan villancicos. Allí están, míralos. En la acera de enfrente —dijo Mrs. Morgan.
—Mrs. Myers —dijo Morgan acercando la bandeja—. Mr. Myers. Cariño…
—Gracias —dijo Paula.
—Muchas gracias —dijo Myers.
Morgan dejó la bandeja en la mesa y volvió a la ventana con su taza. Unos chiquillos se habían agrupado en el paseo, delante de la casa de enfrente. Eran chicos y chicas pequeños y un muchacho algo mayor y más alto con bufanda y abrigo. Myers vio las caras en la ventana de la casa de enfrente —la de los Ardrey—, y cuando terminaron de cantar sus villancicos, Jack Ardrey salió a la puerta y le dio algo al chico mayor. El grupo siguió por la acera, haciendo fluctuar las linternas en la oscuridad, y se detuvo frente a otra casa.
—No van a pasar por aquí —dijo Mrs. Morgan al rato.
—¿Que? ¿Por qué no van a venir a nuestra casa? —dijo Morgan, y se volvió a su mujer—. ¡Qué tonterías dices! ¿Por qué no van a pasar por aquí?
—Sé que no van a hacerlo —dijo Mrs. Morgan.
—Y yo digo que sí —dijo Morgan—. Mrs. Myers, ¿van a pasar esos chicos por aquí o no? ¿Qué dice usted? ¿Volverán para bendecir esta casa? Lo dejaremos en sus manos.
Paula se pegó al cristal de la ventana. Pero el grupo se alejaba ya por la acera en dirección contraria. Y Paula guardó silencio.
—Bien de nuevo los ánimos calmados —dijo Morgan, y fue a sentarse en su silla. Frunció el ceño y se puso a llenar la pipa.
Myers y Paula volvieron al sillón. Mrs. Morgan se retiró al fi?n de la ventana. Se sentó. Sonrió y miró dentro de su taza. Luego dejó la taza sobre la mesa y se echó a llorar.
Morgan le tendió un pañuelo. Miró a Myers. Instantes después Morgan se puso a tamborilear con la mano en el brazo del sillón. Myers movió los pies. Paula buscó en su bolso un cigarrillo.
—¿Ves lo que has hecho? —dijo Morgan, fijando los ojos en algo que había sobre la alfombra, junto al pie de Myers.
Myers hizo acopio de ánimo para levantarse.
—Edgar, sírveles otra bebida —dijo Mrs. Morgan mientras se pasaba la mano por los ojos. Utilizó el pañuelo para sonarse—. Quiero que oigan lo de Mrs. Attenborough. Mr Myers es escritor. Creo que la historia podría interesarle. Esperaremos a que vuelvas para contarla.
Morgan retiró las tazas. Las llevó a la cocina. Myers oyó un estrépito de platos, de puertas de armario que se cerraban. Mrs. Morgan miró a Myers y esbozó una leve sonrisa.
—Tenemos que irnos —dijo Myers—. Tenemos que irnos. Paula, coge el abrigo.
—No, no. Insistimos, Mr. Myers —dijo Mrs. Morgan—. Queremos que oiga lo de Mrs. Attenborough, la pobre Mrs. Attenborough. También a usted le interesará, Mrs. Myers. Tendrá ocasión de ver cómo la mente de su marido se pone a trabajar sobre un material en bruto.
Morgan volvió de la cocina y distribuyó las tazas de ponche. Y se sentó en seguida.
—Cuéntales lo de Mrs. Attenborough, cariño —dijo Mrs. Morgan.
—Ese perro por poco me arranca la pierna —dijo Myers, y se asombró al instante de sus propias palabras. Dejó la taza encima de la mesa.
—Oh, vamos, no fue para tanto —dijo Morgan—. Lo vi todo.
—Los escritores, ya se sabe—le dijo a Paula Mrs, Morgan—. Les encanta exagerar.
—El poder de la pluma y todo eso —dijo Morgan.
—Eso es —dijo Mrs. Morgan—. Convierta su pluma en reja de arado, Mr. Myers.
—Que sea Mrs. Morgan quien cuente lo de Mrs. Attenborough —dijo Morgan, sin hacer el menor caso a Myers, que se ponía en pie en aquel momento—. Mrs. Morgan tuvo que ver directamente en el asunto. Yo ya he contado lo del tipo descalabrado por una lata de sopa. —Morgan soltó una risita—. Dejaremos que esto lo cuente Mrs. Morgan.
—Cuéntalo tu, querido. Y usted, Mr. Myers, escuche con atención —dijo Mrs. Morgan.
—Nos tenemos que ir —dijo Myers—. Paula, vámonos.
—Qué sinceridad la suya —dijo Mrs. Morgan.
—Sí, exacto —dijo Myers. Luego dijo—: Paula, ¿vienes?
—Quiero que escuchen la historia —dijo Morgan, alzando la voz—. Ofenderá usted a Mrs. Morgan, nos ofenderá a los dos si no la escucha. —Morgan apretó la pipa entre los dedos.
—Myers, por favor —dijo, inquieta, Paula—. Quiero oírla. Y luego nos vamos. ¿Myers? Por favor, cariño, siéntate un minuto.
Myers la miró. Paula movió los dedos, como haciéndole una seña. Myers vaciló, y al cabo se sentó a su lado.
Mrs. Morgan comenzó:
—Una tarde, en Munich, Edgar y yo fuimos al Dortmunder Museum. Había una exposición sobre la Bauhaus aquel otoño, y Edgar dijo que al diablo con todo, que nos tomáramos el día libre. Estaba con sus trabajos de investigación, ya saben, y dijo que al diablo, que nos tomábamos el día libre. Cogimos un tranvía y atravesamos Munich hasta llegar al museo. Dedicamos varias horas a ver la exposición y a visitar de nuevo algunas de las salas de pintura, en homenaje a algunos grandes maestros por los que Edgar y yo sentimos una especial devoción. Justo antes de marcharnos, entré en el aseo de señoras. Y me dejé el bolso. Dentro llevaba el cheque mensual de Edgar que nos acababa de llegar de los Estados Unidos el día anterior, y ciento veinte dólares en metálico que íbamos a ingresar junto con el cheque. También llevaba mi carnet de identidad. No eché a faltar el bolso hasta llegar a casa. Edgar llamó inmediatamente al museo. Hablaba con la dirección cuando vi que un taxi se paraba ante nuestra casa. Se apeó una mujer bien vestida, de pelo blanco. Era una mujer corpulenta, y llevaba dos bolsos. Avisé a Edgar y fui a la puerta. La mujer se presentó como Mrs. Attenborough, me entregó el bolso y explicó que también ella había estado en el museo aquella tarde, y que estando en el aseo de señoras había visto el bolso en la papelera. Como es lógico, lo había abierto para averiguar quién era la propietaria. Y encontró el carnet de identidad y lo demás, donde figuraba nuestra dirección en Munich. Dejó inmediatamente el museo y cogió un taxi para entregar el bolso personalmente. El cheque de Edgar seguía allí, pero no el dinero, los ciento veinte dólares. Me sentí, no obstante, muy agradecida por haber recuperado lo demás. Eran casi las cuatro, y le pedimos a la mujer que se quedara a tomar el té. Se sentó, y al poco empezó a contarnos cosas de su vida. Había nacido y se había criado en Australia, se había casado joven, había tenido tres hijos —todos varones—, había enviudado y seguía viviendo en Australia con dos de sus hijos. Criaban ovejas y poseían mas de veinte mil acres de tierra para pastos, y en ciertas épocas del año empleaban a multitud de pastores y esquiladores. Estaba de paso en Munich camino de Australia, y venía de Inglaterra de visitar a su hijo menor, que era abogado. Volvía a Australia cuando la conocimos —dijo Mrs. Morgan—. Y aprovechaba la ocasión para ver algo de mundo. Le quedaban aún muchos lugares por visitar.
—Ve al grano, querida —dijo Morgan.
—Sí. Y esto es lo que sucedió entonces, Mr. Myers. Iré directamente al clímax, como dicen ustedes los escritores. De pronto, después de una agradable charla como de una hora, después de que aquella mujer nos hubiera hablado de su vida y de su existencia aventurera en las antípodas, se levantó para irse. Estaba pasándome la taza cuando la boca se le quedó completamente abierta, se le cayó la taza al suelo y se desplomó sobre el sofá, muerta. Muerta. Allí, en nuestra sala de estar. Fue el momento más terrible de toda nuestra vida.
Morgan asintió con gesto solemne.
—Dios —dijo Paula.
—El destino la envió a morir en el sofá de nuestra sala, en Alemania —dijo Mrs. Morgan.
Myers se echó a reír.
—¿El destino… la envió… a… morir… en su… sala? —consiguió decir con voz entrecortada.
—¿Le parece gracioso, señor? —dijo Morgan—. ¿Lo encuentra divertido?
Myers asintió con la cabeza. Siguió riendo. Se enjugó los ojos con la manga de la camisa.
—Lo siento de veras —dijo—. No puedo evitarlo. Esa frase: El destino la envió a morir en el sofá de nuestra sala, en Alemania… Lo siento. ¿Y que pasó después? —consiguió decir—. Me gustaría saber lo que ocurrió después.
—No sabíamos qué hacer, Mr. Myers —dijo Mrs. Morgan—. La conmoción fue terrible. Edgar le tomó el pulso, pero no detectó señal alguna de vida. Incluso había empezado a cambiar de color. La cara y las manos se le estaban volviendo grises. Edgar fue al teléfono a llamar a alguien. Luego dijo: «Abre el bolso, a ver si averiguas dónde se hospeda.» Evitando en todo momento mirar el cadáver de aquella desdichada, cogí el bolso. Imaginen mi total sorpresa y desconcierto, mi absoluto desconcierto, cuando lo primero que vi dentro del bolso fue mis ciento veinte dólares, aún sujetos por el clip. Nunca en mi vida me había sentido tan perpleja.
—Y decepcionada —dijo Morgan—. No te olvides de eso. Fue una profunda decepción.
Myers dejó escapar unas risitas.
—Si fuera usted un escritor de verdad, como afirma, Mr. Myers, no se reiría —dijo Morgan, poniéndose en pie—. ¡No osaría reírse! Trataría de entender. Sondearía en las profundidades del corazón de aquella pobre mujer y trataría de entender. ¡Pero usted no tiene nada de escritor, señor!
Myers siguió riendo.
Morgan dio un puñetazo en la mesita, y las tazas se tambalearon sobre los posavasos.
—La historia que importa está aquí, en esta casa, en esta misma sala, ¡y ya es hora de que se cuente! La historia que importa esta aquí, Mr. Myers —dijo Morgan. Se paseó de un lado a otro sobre el brillante papel de envolver, que se había desenrollado y extendido por la alfombra. Se detuvo para mirar airadamente a Myers, que se agarraba la frente sacudido por las carcajadas.
—¡Considere la hipótesis siguiente, Mr. Myers! —gritó Morgan—. ¡Considérela! Un amigo, llamémosle Mr. X, tiene amistad con… con Mr. Y y Mrs. Y, y también con Mr. y Mrs. Z. Los Y y los Z no se conocen, por desgracia. Y digo por desgracia porque de haberse conocido, esta historia no podría contarse porque jamás habría sucedido. Bien, Mr. X se entera de que Mr. y Mrs. Y van a pasar un año en Alemania y necesitan a alguien que ocupe la casa durante ese tiempo. Los Z están buscando alojamiento, y Mr. X les dice que sabe del sitio adecuado. Pero antes de que Mr. X pueda poner en contacto a los Z con los Y, los Y tienen que salir para Alemania antes de lo previsto. Mr. X, debido a su amistad queda a cargo de alquilar la casa a quien estime conveniente, incluidos a los señores Y, quiero decir Z. Pues bien, los… Z se mudan a la casa y se llevan con ellos a un gato, del cual los Y tienen noticia mas tarde por el propio Mr. X. Los Z meten el gato en la case pese a los términos del contrato de arrendamiento, que prohíben expresamente que en la casa habiten gatos u otros animales a causa del asma de Mrs. Y. La genuina historia, Mr. Myers, está en la situación que acabo de describir Mr. y Mrs. Z… quiero decir Y se mudan a la case de los Z, invaden, a decir verdad, la casa de los Z. Dormir en la cama de los Z es una cosa, pero abrir el ropero particular de los Z y usar su ropa blanca, destrozando todo lo que encontraron dentro, eso iba en contra del espíritu y la letra del contrato. Y esta misma pareja, los Z, abrieron cajas de utensilios de cocina en los que ponía «No abrir». Y rompieron piezas de la vajilla pese a que en el contrato constaba expresamente, expresamente, que los inquilinos no debían utilizar las pertenencias de los propietarios, las cosas personales, y hago hincapié en lo de «personales», de los Z.
Morgan tenía los labios blancos. Siguió paseándose de aquí para allá encima del papel de envolver, deteniéndose de cuando en cuando para mirar a Myers y lanzar ligeros soplidos por la boca.
—Y las cosas del baño, querido. No olvides las cosas del baño —dijo Mrs. Morgan—. Ya es falta de tacto utilizar las mantas y sábanas de los Z, pero si encima entran a saco en el cuarto de Baño y siguen con otras cosas privadas almacenadas en el desván, eso es pasarse de la raya.
—Ahí tiene la autentica historia, Mr. Myers —dijo Morgan. Trató de llenar la pipa, pero le temblaban las manos, y el tabaco cayó y se esparció por la alfombra—. Esa es la historia verídica aún por escribir y que merece ser escrita.
—Y no necesita un Tolstoi pare escribirla —dijo Mrs. Morgan.
—No, no se necesita un Tolstoi —dijo Morgan.
Myers reía. El y Paula se levantaron del sofá a un tiempo, y se dirigieron hacia la puerta.
—Buenas noches —dijo Myers con regocijo.
Morgan estaba a su espalda.
—Si usted fuera un escritor de verdad, señor, convertiría esta historia en palabras y no se haría tanto el sueco al respecto.
Myers se limitó a reír de nuevo. Tocó el pomo de la puerta.
—Y otra cosa —dijo Morgan—. No tenía intención de sacarlo a relucir, pero, a la vista de su comportamiento de esta noche, quiero decirle que he echado en falta mis dos volúmenes de Jazz at the Philharmonic. Eran unos discos de gran valor sentimental para mí. Los compré en 1955. ¡Y ahora insisto en que me diga qué ha sido de ellos!
—Para ser justos, Edgar —dijo Mrs. Morgan mientras ayudaba a Paula a ponerse el abrigo, después de hacer inventario de los discos, admitiste que no podías recordar cuándo habías visto por última vez esos discos.
—Pero ahora estoy seguro —dijo Morgan—. Tengo la certeza de que los vi antes de irnos a Alemania, y ahora, ahora quiero que este escritor me diga exactamente cuál es su paradero. ¿Mr. Myers?
Pero Myers estaba ya fuera de la casa, y, con Paula de la mano, se apresuraba hacia el coche. Sorprendieron a Buzzy. El perro soltó un gañido, al parecer de miedo, y se apartó hacia un lado de un brinco.
—¡Insisto en saberlo! —gritó Morgan a sus espaldas. ¡Estoy esperando, señor!
Myers dejó a Paula en su asiento, se puso al volante y puso el coche en marcha. Volvió a mirar a la pareja del porche. Mrs. Morgan saludó con la mano, y luego ambos se volvieron y entraron en la casa y cerraron la puerta.
Myers arrancó y se aparto del bordillo.
—Esta gente está loca —dijo Paula.
Myers le dio unas palmaditas en la mano.
—Daban miedo —dijo Paula.
Myers no contestó. Le dio la impresión de que la voz de Paula le llegaba de muy lejos. Siguió conduciendo. La nieve golpeaba contra el parabrisas. Siguió silencioso, mirando la carretera. Se hallaba en el final mismo de una historia.

Sobre el autor
Raymond Carver (25 de mayo de 1938 — 2 de agosto de 1988), escritor estadounidense adscrito al llamado realismo sucio.

León Trotsky: ¿Qué es la objetividad histórica?

1° de abril de 1933//

Todas las personas digieren sus alimentos y oxigenan su sangre. Pero no cualquiera se atreve a escribir un tratado sobre digestión y circulación sanguínea. No ocurre lo mismo con las ciencias sociales. Puesto que todas las personas viven bajo la influencia del mercado y de los procesos históricos en general se considera que basta con tener sentido común para escribir tratados sobre temas económicos y, sobre todo, histórico-filosóficos. En general, lo único que se le exige a un trabajo histórico es que sea “objetivo”. En realidad, cualquiera que sea el sentido de este término altisonante en el lenguaje del sentido común, el mismo no tiene nada que ver con la obje­tividad científica.
El filisteo, sobre todo cuando se encuentra separado en el tiempo y en espacio del escenario de la lucha, se considera por encima de los bandos en pugna por el solo hecho de no comprenderlos. Con toda sinceridad opina que su ceguera respecto del obrar de las fuerzas históricas es el colmo de la imparcialidad, ya que está acostumbrado a usarse a sí mismo como medida normal de todas las cosas. No obstante su valor documental, son muchos los trabajos históricos que se escriben de acuerdo con esas pautas. El autor que lima las asperezas mediante una distribución pareja de luces y sombras, la conciliación moralizante y la simulación de sus simpatías consigue fácilmente para su obra histórica la elevada reputación que deriva de la “ob­jetividad”.
Cuando el tema de investigación como la revolución es un fenómeno que se concilia tan mal con el sentido común, la “objetividad” histórica dicta a priori conclu­siones inmutables: la causa de la conmoción reside en que los conservadores fueron excesivamente con­servadores y los revolucionarios excesivamente revo­lucionarios; ese exceso histórico que se llama gue­rra civil podrá evitarse en el futuro si los propieta­rios se vuelven más generosos y los hambrientos más moderados. Un libro escrito de acuerdo con estos lineamientos es bueno para los nervios, sobre todo en una época de crisis mundial.
La ciencia -no la “objetividad” filistea de salón- exige que el autor señale los factores sociales que condicionan los acontecimientos históricos, por mucho que esto altere los nervios. La historia no es un va­ciadero de documentos y sentencias morales. La his­toria es una ciencia no menos objetiva que la fisiología. Exige un método científico, no una “impar­cialidad” hipócrita. Se puede aceptar o rechazar la dialéctica materialista como método histórico científico, pero es menester tenerla en cuenta. La objetividad científica puede y debe ser inherente al método empleado. Si el autor no logró aplicar correctamente su método, hay que señalar exactamente dónde ocurrió.
Traté de basar mi Historía [de la Revolución Rusa], en los cimientos materiales de la sociedad, no en mis simpatías políticas. Enfoqué la revolución como un proceso, condicionado por el pasado, de lucha de las clases por el poder. Mi atención se centró en los cambios provocados en la conciencia de las clases por el ritmo febril de su propia lucha. Observé a los partidos y agentes políticos bajo la exclusiva óptica de los cambios y choques entre las clases. De esa manera, el trasfondo de la narrativa está constituido por cuatro procesos simultáneos, condicionados por la estructura social del país: la evolución de la conciencia del proletariado entre febrero y octubre; los cambios producidos en el estado de ánimo del ejér­cito; el incremento del deseo de venganza campesino; el despertar e insurgencia de las nacionalidades oprimidas. Al revelar la dialéctica de una conciencia de masas que supera su punto de equilibrio, el autor quiso mostrar la clave más inmediata de todos los acontecimientos de la revolución.
Una obra literaria es “auténtica” o artística cuando las relaciones entre los protagonistas se desarrollan, no según los deseos del autor, sino de acuerdo a las fuerzas latentes en los personajes y en el ambiente. Existe una gran diferencia entre el conocimiento científico y el conocimiento artístico. Pero ambos tienen algunos rasgos en común, que se definen en el hecho de que la descripción depende del objeto descrito. Una obra histórica es científica cuando los hechos se combinan en un proceso total que, al igual que en la vida real, se desenvuelve según sus propias leyes internas.
¿Es verídica la descripción de las clases en Rusia? Estas clases, por intermedio de sus partidos y perso­neros políticos, ¿hablan su propio idioma? Los aconte­cimientos -naturalmente, sin que se los fuerce-, ¿se corresponden con su origen social, es decir, con la lucha de las fuerzas históricas vivas? La concepción general de la revolución, ¿choca con los hechos?
Debo reconocer con gratitud que muchos críticos enfocaron mi obra precisamente desde el punto de vista de estos criterios genuinamente objetivos, vale decir, científicos. Sus observaciones podrán resultar justas o erróneas pero son, en su amplia mayoría, constructivas.
En cambio, no es casual que los críticos que se lamentan de mi falta de “objetividad” se olvidan totalmente del problema del determinismo histórico. En realidad se quejan de la “injusticia” del autor Para con sus adversarios, como si no se tratara de una investigación científica sino de un boletín escolar donde se califica la conducta. Un crítico se ofende en nombre de la monarquía, otro en nombre de los liberales, un tercero en nombre de los conciliadores.[2] Puesto que la realidad de 1917 no fue indulgente con las simpatías de dichos críticos ni las reconoció, ahora les gustaría encontrar consuelo en las páginas de la historia, así como algunos buscan refugiarse de los golpes del destino en las páginas de la literatura romántica. Pero nada más lejano del pensamiento del autor que pretender brindar consuelo a persona alguna. En su libro sólo quiso interpretar el fallo del propio proceso histórico. Dicho sea de paso: las personas ofendidas, a pesar de los quince o dieciséis años transcurridos, jamás trataron de explicar las causas de lo que les ocurrió. La colonia de emigrados blancos[3] no produjo una sola obra histórica digna de ese nombre. Todavía trata de atribuir sus infortunios al “oro alemán”,[4] al analfabetismo de las masas, a las conspiraciones criminales de los bolcheviques. El rencor personal de los apóstoles de la objetividad -confío en que nadie lo pondrá en duda- será necesariamente tanto mayor, cuanto más convincentemente demuestre la narrativa histórica que su destrucción era inevitable y su futuro carece de perspectivas.
Los más cautelosos de entre los críticos políti­camente desilusionados suelen ocultar las verdaderas razones de su escozor con la queja de que el autor de la Historia se permite utilizar la polémica y la ironía. Aparentemente, creen que ese tipo de recursos no va con la dignidad del gremio científico. Pero la revolución misma es una polémica que se transforma en acción de masas. Y el proceso histórico tampoco carece de ironía; durante una revolución, la misma puede medirse en millones de caballos de fuerza. Los discursos, resoluciones, cartas y memorias de los protagonistas son necesariamente de carácter polémico. No hay nada más fácil que “conciliar” todo este caos de luchas envenenadas según el método del justo medio; pero tampoco hay nada más estéril. El autor se esforzó por definir la verdadera fuerza relativa que tuvieron todas las opiniones, consignas, promesas v reivindi­caciones en el curso de la lucha social mediante la selección y descarte críticos (o, si se quiere, polémicos). Redujo lo individual a lo social, lo particular a lo gene­ral, lo subjetivo a lo objetivo. En nuestra opinión, en esto reside, precisamente, el carácter científico de la historia como ciencia.
Hay un grupo muy especial de críticos que se ofende personalmente en nombre de Stalin; para ellos la historia, fuera de ese problema, no existe. Se consi­deran “amigos” de la Revolución Rusa, pero en realidad, no son sino abogados defensores de la burocracia soviética. No es lo mismo. La burocracia se fortaleció a medida que se debilitó la actividad de las masas. El poder de la burocracia es un reflejo de la reacción contra la revolución. Es cierto que esta reacción se desarrolla sobre las bases sentadas por la Revolución de Octubre, pero no por ello deja de ser reacción. Los abogados de la burocracia son frecuen­temente los abogados de la reacción contra Octubre; y este hecho no cambia por que cumplan sus funciones inconscientemente.
Como el tendero enriquecido que se fabrica una genealogía más acorde con su nueva posición, la casta burocrática que surgió de la revolución creó su propia historiografía. Cuenta con cientos de imprentas, pero la cantidad no compensa la falta de calidad histórica. Aunque hubiera querido complacer a los amigos más desinteresados de las autoridades soviéticas, no podía dejar de referirme a esas leyendas que quizás resulten muy halagadoras para la vanidad de la burocracia pero que, no obstante, tienen la desgracia de contra­decir los hechos y los documentos.
Me limitaré a un solo ejemplo, que considero muy ilustrativo. Dedico varias páginas de mi libro a contra­decir el cuento de hadas fabricado después de 1924 en el cual se dice que yo traté de postergar la insurrección armada hasta después del Congreso de los Soviets, mientras que Lenin, aparentemente con el respaldo de la mayoría del Comité Central, consiguió que la insurrección se realizara en vísperas del congreso. Presenté numerosas pruebas para tratar de demos­trar -y creo que lo demostré más allá de toda duda- que Lenin, separado del teatro de los acontecimien­tos en virtud de su situación ilegal, estaba demasia­do impaciente por iniciar la insurrección, deslindán­dola del Congreso de los Soviets. En cambio yo, que contaba con el respaldo de la mayoría del Comité Central, traté de que la insurrección se efectuara en la fecha más próxima posible al congreso, para revestirla con la autoridad de éste. Este desacuer­do, pese a su importancia, era de carácter exclusi­vamente práctico y circunstancial. Mas adelante Lenin reconoció con franqueza que se había equi­vocado.
Mientras escribía mi Historia, no tenía a mano la recopilación de los discursos pronunciados en el mitin aniversario celebrado en Moscú el 23 de abril de 1920, en honor del quincuagésimo cumpleaños de Lenin. En una de las páginas de ese libro se lee el párrafo que transcribo textualmente a continuación:
“Los integrantes del Comité Central resolvimos proceder a fortalecer los soviets, convocar el Congreso de los Soviets, iniciar la insurrección y proclamar al Congreso de los Soviets órgano de poder estatal. Ilich [Lenin], que en esa época estaba en la clandes­tinidad, no estuvo de acuerdo y escribió [a mediados de setiembre- L.T.] que […] era necesario disolver la Conferencia Democrática[5] y arrestar a sus integran­tes. Para nosotros, las cosas no eran tan sencillas […] Todos los obstáculos, las trampas del camino nos resultaban más evidentes […] A pesar de las exigencias de Ilich procedimos con ese criterio y el 25 de octubre se desplegó ante nosotros la insurrección. Ilich nos miraba con una sonrisa intencionada y nos dijo: ‘Sí, teníais razón'”. (Quincuagésimo aniversario de V.I. Ulianov-Lenin, 1920, pp. 27-28)
El discurso arriba citado lo pronunció Stalin y data de unos cinco años antes de que él mismo pusiera en circulación la venenosa insinuación de que yo trato de “subestimar” el papel de Lenin en la revo­lución del 25 de octubre. Si ese documento, que confirma plenamente mi versión (en términos más gro­seros, por cierto), hubiera estado en mi poder hace un año, me habría obviado la necesidad de aducir pruebas menos directas y autoritarias. Pero por otra parte, estoy contento de que este librito, olvidado por todos, impreso en un papel mediocre y editado de igual forma (¡1920, un año difícil!) haya llegado a mis manos tan tarde, pues ello contribuye a reforzar la “objetividad”, o más sencillamente, la veracidad de mi narración aun en la esfera de aquellos asuntos personales en discusión.
Nadie, -y me permito afirmar esto del modo más categórico posible- nadie hasta ahora ha encontrado en mi narración una sola violación a la verdad, lo cual constituye una de las normas fundamentales para la narración histórica y de otro tipo. ¡Es posible cometer errores de detalle pero nunca distorsiones tendenciosas! Si en los archivos de Moscú fuese posible encontrar un solo documento que directa o indirec­tamente refutase o debilitase mis escritos hace mucho tiempo que habrían sido traducidos y publicados en todos los idiomas. La hipótesis inversa no es difícil de comprobar: todos los documentos que en mayor o menor grado representen algún peligro para las leyendas oficiales, están cuidadosamente apartados del público. No es sorprendente que los defensores de la burocracia stalinista que se proclaman amigos de la Revolución de Octubre, se vean obligados a suplir su falta de argumentos, con una excesiva dosis de fanatismo. Pero este tipo de crítica altera muy poco mi conciencia científica. Las leyendas se olvidan, los hechos permanecen.

[1] ¿Qué es la objetividad histórica? The Militant, 15 de julio de 1933. Tradu­cido [al inglés] por Max Eastman. Trotsky analiza el discurso de Stalin sobre Lenin en Stalin presenta testimonio contra Stalin (Escritos 1932).
[2] Llamábase conciliadores a los mencheviques y socialrevolucionarios, que apoyaron al Gobierno Provisional, capitalista, que intentó gobernar Rusia entre las Revoluciones de Febrero y Octubre de 1917.
[3] Blancos, Guardias Blancas y rusos blancos: fuerzas contrarrevolucionarias que actuaron durante la Guerra civil.
[4] Una de las acusaciones más corrientes contra los bolcheviques fue que eran agentes del imperialismo, pagados con oro alemán para provocar distur­bios en Rusia y así garantizar su derrota en la Primera Guerra Mundial.
[5] La Conferencia Democrática: al igual que el preparlamento, fue un intento de Kerenski y los “conciliadores” de encontrar una base de apoyo popular fuera de los soviets, cuando éstos comenzaron a repudiarlos y volcarse hacia el bando bolchevique en las semanas que precedieron a las derrotas del Gobierno Provisional. Sus resultados fueron nulos.

Gustav Mahler: Sinfonía No. 2 “Resurrección” (Lucerne Festival Orchestra, Claudio Abbado)

Para Freud ningún compositor se ha expresado de modo más conmovedor en lo que llamó “la lucha entre el Eros y la muerte, como se presenta en la especie humana”, como lo hizo Gustav Mahler en la sinfonía Resurrección. Seguir leyendo Gustav Mahler: Sinfonía No. 2 “Resurrección” (Lucerne Festival Orchestra, Claudio Abbado)

La batalla de Chile 1 – La insurrección de la burguesía

La insurrección en la burguesía es la primera parte de la trilogía documental chilena, La Batalla de Chile, dirigido por  Patricio Guzmán, siendo una de las últimas películas o documentales de Chile en el formato “blanco y negro”.

Traducido a prácticamente todos los idiomas y merecedora de numerosos premios y reconocimientos por la crítica internaciona, fue estrenada en Chile recién en 1996, permaneciendo proscrita su exhibición durante toda la Dictadura.

EP

 

Estado Islámico a punto de ser derrotado: los imperialistas se preparan para la guerra

por Niklas Albin Svensson//

Isis ha sido la principal fuerza fundamentalista yihadista en el Oriente Medio desde 2013. Originalmente, filial iraquí de al-Qaeda, su fusión (forzada) con al-Qaeda en Siria dio lugar al grupo yihadista mejor financiado y organizado en Oriente Medio. Fue capaz de hacerse con el control de una gran parte de las armas, de los voluntarios yihadistas y del dinero que fluía hacia Siria desde Arabia Saudita, Qatar, Turquía y los EEUU, a raíz de las protestas masivas contra Assad en 2011. Su capital se basaba en Raqqa, pero su victoria más significativa fue la captura de Mosul en 2014. Ahora, está sitiado en todos los frentes.

Mosul ha sido en gran parte reconquistada por una coalición del ejército iraquí, ayudada por las milicias chiítas y la Peshmerga kurda. Raqqa está siendo acorralada por las SDF (las Fuerzas Democráticas de Siria) lideradas por el PKK, y respaldadas por Estados Unidos. EEUU y sus aliados también están tratando de llegar a la rica ciudad petrolífera de Deir ez-Zor, desde el suroeste y el sudeste de la región. El gobierno sirio, por su parte, está luchando para alcanzar a los grupos respaldados por Estados Unidos, avanzando hacia Deir ez-Zor desde Palmira y hacia Raqqa desde Alepo, con el respaldo de Rusia. Parece claro que es el comienzo del fin para el Isis.

El acuerdo de “zonas de seguridad”

Como resultado, las potencias imperialistas están luchando para dominar las ciudades importantes y el desierto rico en petróleo que antes estaba bajo el control del Isis. Es en este contexto en el que recientemente se llegó a un acuerdo entre Turquía, Rusia e Irán sobre la creación de “zonas de distensión en Siria”.

Rusia, junto con el régimen de Assad, ha aplastado eficazmente los focos más importantes de oposición en el Occidente de Siria. Las zonas metropolitanas e industriales están ahora bajo el control de Assad, así como el acceso al mar. El acuerdo permite que las áreas controladas por los rebeldes permanezcan así, con la excepción de grupos directamente vinculados a al-Qaeda (El Frente de Nusra, por ejemplo) e Isis. Varios de estos grupos también serán reasentados en la provincia de Idlib.

Algunas zonas de Siria pasan al control turco. Como “garante”, Turquía tendrá que vigilar la provincia de Idlib y una gran área en la provincia de Alepo del Norte, separando las dos regiones kurdas una de otra. Los turcos se han dotado así de una posición favorable para mantener débiles a los kurdos de Siria, pero también para mantener débil al régimen de Assad, manteniendo vivos a los diversos grupos islamistas bajo la protección turca en Idlib. A cambio, Turquía reinará en las fuerzas anti-Assad, que asestará un golpe importante a cualquier grupo que quiera continuar luchando contra Assad.

El principal perdedor en el acuerdo es Arabia Saudita, que ve su influencia minimizada, ya que la mayor parte de las fuerzas islámicas ahora estarán bajo control turco. En efecto, Arabia Saudita ha sido expulsada de Siria con este acuerdo. El otro perdedor es Estados Unidos, a quien no se le dio un asiento en la mesa de negociaciones; el plan sólo les fue presentado para su aprobación después de que éste hubiera sido redactado. A los rusos, en particular, les urge que los Estados Unidos y el Consejo de Seguridad de la ONU den su visto bueno a esta división de Siria, y los partidos se han dado un mes para negociar y elaborar los detalles más precisos. Mientras tanto, Assad y los rusos intentan establecer el control de facto de Daraa.

El ascenso de Irán

El régimen iraní se ha convertido en uno de los beneficiarios de la guerra en Irak. Al haber destruido el régimen de Saddam Hussein, el ejército estadounidense eliminó de paso la mayor barrera a la expansión iraní en Irak. Ahora, las milicias chiítas respaldadas por Irán se han convertido en la fuerza de combate más importante del régimen iraquí y son, efectivamente, las principales fuerzas del gobierno iraquí. Con un régimen leal en Bagdad, unas relaciones amistosas con Damasco e influencia significativa en el Líbano, Irán está tratando de establecer un corredor bajo su control desde el Mediterráneo hasta el Golfo Pérsico e Irán.

Para este propósito, Irán ha desplegado las fuerzas de Hezbollah y las milicias iraquíes en apoyo de Assad en Siria. Por el momento, las fuerzas de Hezbollah están avanzando hacia la frontera iraquí, a través del territorio de los rebeldes respaldados por Estados Unidos, cerca de Al Tanf, que es una de las tres carreteras entre Irak y Siria (la de Deir ez-Zor está controlada por Isis y la del norte por las fuerzas kurdas). Estados Unidos y sus aliados rebeldes son clave para mantener esa vía bajo su control; Estados Unidos tiene incluso una base en Al Tanf, que se ha utilizado para entrenar a combatientes rebeldes. Esto ha provocado enfrentamientos, incluyendo ataques aéreos estadounidenses contra las fuerzas del régimen de Assad hace unos días.

Estados Unidos está tratando de contener a Irán. Se ha visto obligado a entregar el control de la mayor parte de Irak a Irán, pero está desesperadamente luchando para impedir que Irán domine la región. El control sobre Deir ez-Zor y Al Tanf es decisivo, ya que el control estadounidense de esos puntos impediría que Irán pueda mover tropas y recursos entre dicha zona y el Líbano. Por lo menos, forzaría a Irán y Assad a negociar.

Los rusos tampoco están dispuestos a entregar el control completamente a Irán y Assad. De hecho, Rusia ha acordado (por lo menos por el momento) el control estadounidense sobre Al Tanf. Hezbollah, Assad e Irán están claramente decididos a capturar Al Tanf, con o sin la ayuda de Rusia.

La carrera por el Éufrates

El acuerdo de “zonas de seguridad” entre Assad, Rusia, Turquía e Irán se convirtió en una necesidad a medida que las fuerzas respaldadas por Estados Unidos avanzaban contra el Isis. Las SDF kurdas estaban invadiendo Raqqa y las milicias chiítas junto con el ejército iraquí estaban avanzando hacia Mosul. Assad necesitó liberar a sus fuerzas para moverse contra el Isis, a quien en gran parte había abandonado a su propia suerte desde el principio de la guerra civil. De hecho, el Isis proporcionó una distracción conveniente desde el punto de vista de Assad, obligando a Estados Unidos a colaborar con él y sus aliados, en particular con Irán. Ahora, sin embargo, el Éufrates se ve amenazado de verse controlado por los kurdos en el norte y los rebeldes apoyados por Estados Unidos en el sur. La provincia de Deir ez-Zor, rica en petróleo, está siendo acorralada por estas fuerzas en Siria, aunque las milicias chiítas, respaldadas por Irán, están avanzando hacia esa zona dentro de Irak.

Aparte del petróleo, Deir ez-Zor también contiene uno de los tres pasos fronterizos entre Irak y Siria, por lo que tiene una importancia estratégica y económica tanto para Irán como para Assad. Estados Unidos, Jordania, Arabia Saudita e Israel, tienen interés en detener el control de Assad sobre esta provincia y su cruce fronterizo. Desde el punto de vista turco, la cuestión más importante es el debilitamiento de los kurdos; Por lo tanto, para ellos la cuestión decisiva es que los kurdos no se hagan con el control de la zona. Liberar a Assad para controlar el territorio del Isis beneficia por tanto a sus intereses.

La derrota del Isis en estas circunstancias sólo prepara el camino para conflictos más sangrientos en el futuro, sin resolución a la vista.

Un nuevo frente

Al mismo tiempo, Arabia Saudita está planeando abrir otro frente en la batalla contra Irán. Las tribus sunitas del oeste de Irak (a través de la frontera de Al Tanf y Deir ez-Zor) desempeñaron un papel importante en el éxito temprano del Isis contra el régimen de Maliki, pero más tarde abandonaron la organización. Arabia Saudita está armando hasta los dientes a los miembros de las tribus sunitas, y se espera otro levantamiento tan pronto como el Isis sea derrotado (al menos en Irak).

Trump acaba de anunciar su respaldo a las medidas anti-Irán de Arabia Saudita con una visita de Estado y un acuerdo de armas por un valor de 110.000 millones de dólares (gran parte aprobado por Obama). El primer ministro británico ha hecho movimientos similares en los últimos 9 meses. Las ofertas de armas incluyen una gran cantidad de dispositivos que podrían utilizarse para atacar a los barcos y aviones iraníes. Los saudíes, pero también otros Estados del Golfo como los Emiratos Árabes Unidos, están almacenando armas para contrarrestar a Irán.

Antes de la visita de Estado de Trump, los saudíes amenazaron abiertamente con ir a la guerra en territorio iraní y han estado apoyando a grupos reaccionarios de oposición dentro de Irán desde hace algún tiempo. En este contexto, el discurso de Trump este fin de semana fue una declaración abierta de apoyo a la acción saudí contra Irán, prácticamente un cheque en blanco. Aunque los saudíes no cumplan con su amenaza de entrar en guerra con Irán, sin duda presagia una intensificación de la guerra en Yemen y la apertura de otro frente en Irak.

Éste será probablemente el fin del Estado iraquí centralizado. Sumergirá a Irak en otra etapa dentro de esta sangrienta guerra de poder entre los Estados Unidos, Arabia Saudita e Irán. El país ya está dividido en dos, con la autoridad kurda en el norte, cuyo apoyo al régimen de Bagdad sólo es de boca para afuera. La parte restante se dividirá ahora en líneas sunitas y chiítas, profundizando un conflicto sectario que envenena al país desde la invasión estadounidense de 2003.

¿El final del Isis?

Aunque el Isis pueda estar llegando a su fin, una multitud de grupos islamistas están surgiendo para ocupar su lugar.

En Siria, están ocupados cambiando sus nombres. La filial siria de al-Qaeda, por ejemplo, recientemente logró salir de las listas de grupos terroristas en Estados Unidos y Canadá cambiando de nombre por novena vez. Sin duda, esto se ha hecho con la aprobación tácita de las autoridades de ambos países. Turquía ha puesto, efectivamente, a varios de estos grupos islamistas bajo su protección en el norte de Siria, dispuesta a usarlos contra los kurdos, Assad e Irán cuando le convenga.

Arabia Saudita está alimentando otra insurrección en la Irak sunita, indudablemente con tintes sectarios similares al Isis. También mantienen vivos los grupos de al-Qaeda en Yemen. Cuando Trump hace algunos años acusó a Arabia Saudita de estar detrás del 11 de septiembre, tenía en parte razón. Los sunitas wahabi del Isis y al-Qaeda tienen vínculos con Arabia Saudita, reciben el apoyo directo de todo el régimen o al menos de partes de él, y no hay señales de ponérsele fin, por mucho que afirmen luchar contra el “extremismo” y el “terrorismo”.

África está emergiendo como un campo de batalla cada vez más importante entre Occidente y los hijos bastardos del régimen saudita. Las fuerzas francesas y estadounidenses están luchando contra Boko Haram y otras fuerzas islamistas en Malí, Níger y Chad. La lucha en Somalia también se está intensificando y Trump está dando a los militares estadounidenses cada vez más posibilidades de intervención en el país, en su lucha contra al-Qaeda vinculada a al-Shabaab. Túnez también está luchando por contener a los islamistas, y es probable que sus problemas se intensifiquen con el regreso de los combatientes tunecinos del Isis en Siria e Irak (estimados en 5.000).

Muchos de los combatientes que forman el Isis son veteranos de conflictos anteriores, que cambian de zonas de conflicto: África Occidental, Libia, Somalia, Afganistán, Pakistán, Siria e Irak. Son como una banda ambulante de fervorosos combatientes de alquiler. Es probable que reaparezcan en otras zonas de conflicto o cometan actos terroristas en Occidente.

El coste del imperialismo

Las condiciones que prepararon el camino para el Isis sólo han empeorado. El desastre creado por las intervenciones de Bush en Irak y Afganistán se agravó con la reticente intervención de Obama en Libia y su más entusiasta intervención en Siria. La destrucción del Estado iraquí ha tenido consecuencias desastrosas para toda la región. Las intervenciones imperialistas en las revoluciones fallidas en Libia y Siria sólo han contribuido más a la mezcla de inestabilidad.

La mayor parte del mundo se divide entre las principales potencias imperialistas, siendo la parte del león para Estados Unidos y sus aliados. El poder relativo del imperialismo estadounidense está disminuyendo debido a errores políticos, así como a una falta comparativa de competitividad de sus industrias. En su lugar, emergen poderes menores, como Irán y Turquía, así como otras fuerzas tradicionales como Rusia. La incapacidad de Estados Unidos para imponer su voluntad a la región ha dejado un vacío que otros poderes están luchando por llenar, con consecuencias devastadoras para las masas.

El número de muertos en Siria ha llegado a 400.000 y es probable que a más de 270.000 en Irak. Aparte de la pérdida de vidas, 5 millones de personas en Siria se han visto obligadas a huir de sus hogares (el 25% de la población) y 3 millones en Irak (el 10% de la población). La devastación económica es inmensa. El coste financiero de la guerra civil en Siria se estimó en 237.000 millones de dólares a finales de 2015, y la producción económica se ha reducido a la mitad. Esto se debe en parte a las sanciones. Las guerras en Irak y el colapso de los precios del petróleo han hecho que el PIB per cápita esté casi al nivel de 1989, con gran parte de la infraestructura de la nación en un caos. El reciente colapso del PIB representa un mayor desastre para las masas en Irak y alimentará futuros conflictos.

A medida que las potencias imperialistas compitan por la influencia sobre la región devastada por la guerra, el sufrimiento de las masas aumentará rápidamente. La clase obrera en estos países está siendo destruida y atomizada. La barbarie se está instalando cada vez más. Las viejas estructuras tribales y las ideas religiosas, que deberían ser cosa de la Edad Media europea, experimentan un renacimiento. Para la mayoría de la población, la situación es desesperada.

El sistema capitalista en su período de decadencia senil está reviviendo catástrofe tras catástrofe. Cada vez más países se ven envueltos en un creciente torbellino de conflictos entre las potencias imperiales. Sólo una acción decisiva de la clase obrera puede poner fin a este horror.

 

La unidad de los revolucionarios y la revolución proletaria (2001)

por Raúl Bengolea//

           La evolución de la crisis del régimen político nos muestra con claridad tres cuestiones: que la burguesía chilena atraviesa un proceso terminal de entrega al imperialismo, en el cual no puede sino profundizar su entrega a los monopolios transnacionales; que, este mismo proceso de sumisión al imperialismo motoriza las “iniciativas políticas” más elementales, como las reformas laborales, el avance también terminal de las privatizaciones e inclusive la presión sobre Pinochet; y, finalmente, que en este marco todas estas cabriolas de la burguesía se hacen posible exclusivamente, por la falta de una dirección revolucionaria de los explotados y por la política entreguista y democratizante de la principal referencia política de izquierda, el PC.

            Estos tres elementos de la estructura del régimen político, aparecen como dominantes en el desarrollo de la lucha de clases, en el marco de la incapacidad de las masas de expresarse como un factor decisivo en la situación política. Dicho de otra forma estas características del régimen: entrega al imperialismo, nuevas reformas antiobreras y antinacionales y el reformismo prostituido del PC, sólo son determinantes en el momento actual, en la medida que las masas no intervienen en el escenario política como una fuerza desequilibrante.

Esta fase en que las masas son oprimidas por la burguesía y el imperialismo, valiéndose de las ilusiones de las masas en la democracia burguesa, adquieren especial significación las fisuras políticas de la burguesía. Formar a la vanguardia en la comprensión de estos problemas, es fundamental para los revolucionarios en la tarea de estructurar el partido-programa de la revolución proletaria. Si bien es cierto el accionar de las masas no aparece con la espectacularidad y radicalidad que exhiben las luchas en los países vecinos, los focos de resistencia obreros como el portuario y la situación pre-insurreccional que se vive en el movimiento mapuche, deben ser el eje de intervención y el centro del trabajo revolucionario. La debida comprensión de estos problemas es ineludible a la hora de armarse de una política internacionalista y proletaria.

 

cruje el orden imperialista

El capitalismo en su fase imperialista, no sólo es un obstáculo para el desarrollo de las fuerzas productivas, es el orden social que empuja y encamina a la humanidad a la barbarie. Según denunció Clinton en la campaña para su reelección, en los Estados Unidos, el 1% de la población, o sea los super ricos son los dueños del 40% del patrimonio total de la nación norteamericana. En Suiza, según la revista Bilanz, la fortuna de 300 multimillonarios se quintuplicó hasta alcanzar la quinta parte de todas las propiedades suizas. Entretanto, según el Informe del PNUD de 1999, las 200 personas más ricas del mundo en sólo cuatro años estaban duplicando sus haberes. Los 2.400 millones de personas más pobres de la tierra tendrían que trabajar todo un año y destinar todos sus ingresos para llegar a igualar esa riqueza. Por otro lado, América Latina es el continente que tiene la mayor desigualdad en todo el mundo. Brasil y Chile están entre los de peor registro. Según cifras del Banco Interamericano, el 10% de las familias más ricas se llevan el 47% en Brasil y el 46% en Chile, de todo lo que producen sus respectivos trabajadores.

Según el Informe Sobre el Desarrollo Mundial de las Naciones Unidas de 1998, las tres personas más ricas del mundo poseen bienes que exceden el Producto Interior bruto de los 48 países menos desarrollados, los bienes de lo 15 más ricos tienen mayor valor que el PDB de la región sub-Sahara de África, y los 32 más ricos poseen bienes de mayor valor que el PDB del sudeste de Asia. La riqueza de los 84 individuos más ricos excede el PDB de la China, la cual cuenta con una población de 1.2 billones.

De los 4.4 billones de habitantes en los llamados países en desarrollo, casi 60% carece de higiene pública básica, el 33% todavía no goza de agua potable y un 25% no tiene vivienda adecuada. El 20% sufre desnutrición y la misma cantidad no tiene acceso a servicios de salud adecuados.

Entre 1960 y 1994, la brecha entre el ingreso per capita del 20% más rico de la población mundial y el 20% más pobre se duplicó, aumentando de 30:1 a 78:1. Ya para 1995, la proporción había aumentado a 82:1. En 1997, el 25% más rico de la población en todo el mundo recibió 86% del ingreso mundial mientras que el 25% más pobre recibió sólo el 1.3%. Más de 1.3 billones de habitantes son forzados a subsistir con $1 al día; es decir, viven bajo amenaza a su existencia. De acuerdo a las Naciones Unidas, de los 147 países definidos como “en desarrollo”, unos 100 habían sufrido “grave deterioro económico” durante los últimos 30 años.

No son los “desastres naturales” lo que ha causado el empobrecimiento de poblaciones enteras en gran parte del mundo. Esta es efecto directo de la manera en que los mercados financieros funcionan y de los programas implementados por el Fondo Monetario Internacional para lograr “ajustes estructurales” en nombre de los bancos y las instituciones financieras internacionales principales con el fin de crear condiciones para que el capital mundial mantenga su dominio.

A pesar de enormes pagos reintegrables, extraídos a gran precio social, el nivel de insolvencia continúa aumentando. En 1990, la deuda total de los países en desarrollo fue $1.4 trillones; para 1997 había subido a $2.17 trillones. En África, la deuda total fue $370 por cada habitante del continente. La deuda total de varios países fue cuatro veces más que su Producto Interior bruto. En 1998, países del Tercer Mundo pagaron $717 millones diarios de deudas a los bancos e instituciones financieras.

La economía norteamericana, en medio de la especulación sobre las tasas de interés de la Reserva Federal, ha entrado en una fase recesiva. La baja de la tasa de interés decretada intenta reanimar la economía, pero eso tiene en contra que desestimula el ingreso de capitales del exterior, que han servido para financiar su creciente déficit comercial y se trata de un componente amenazador para la estabilidad del dólar, que puede bajar de valor.

Durante los últimos quince años la expansión económica yanqui se ha posibilitado debido a la fenomenal destrucción de fuerzas productivas en Europa del Este, el control del petróleo post Guerra del Golfo, el proceso de privatizaciones, especialmente en América Latina y a la expansión del consumo interno.

Sin embargo, estos pilares han ido desmoronándose. América Latina no puede ofrecer más al saqueo, ello por cuanto las principales empresas y servicios estatales ya han sido privatizados, y, salvo algunos emblemas (como CODELCO en Chile) el plan privatizador se encuentra virtualmente consumado. Esto ha obligado a extremar las medidas de opresión imperialista.

Ecuador, un país que desde casi 4 años no logra poner en pie un gobierno que logre dar continuidad a los planes del imperialismo, es así como los gobiernos de Bucaram, Alarcón, Mahuad y ahora ,de seguro Noboa, enfrentan la terca resistencia de las masas, cayendo uno tras otro. Ante esta extrema crisis política la burguesía ecuatoriana no tiene otro camino que profundizar su entrega al imperialismo.

De esta forma la dolarización –que en Argentina ha liquidado el mercado interno- que pretendía aplacar la actividad y resolver la crisis del régimen ha logrado su opuesto: Noboa a punto de caer y las masas golpeadas con alzas de 25% en bencina, 100% en gas licuado y 75% en transporte público. Ello como única forma de cumplir las medidas del FMI-BM que exigen un pago de deuda externa ascendiente a el 50% del presupuesto fiscal, considerando que el déficit fiscal alcanza los US$11.200 millones, más del 50% de PGB. Similar situación de opresión imperialista se observa en la globalidad de los países semicoloniales, evidenciándose un estado de alerta ante inminentes ataques militares del imperialismo, como se observa hoy en el Medio Oriente, en Colombia y Bolivia.

En Europa del Este, debido a la extrema debilidad de las nacientes instituciones restauradoras del capitalismo, la estabilidad política ha sido un problema insondable que ni la guerra genocida contra Yugoeslavia pudo esclarecer. Los efectos directos, a ya más de una década de la “caída del Muro”, de las medidas de restauración capitalista han importado no sólo la pérdida de derechos fundamentales de la clase obrera de los Estados Obreros burocratizados (empleo, vivienda, salud y educación garantizados por el Estado), sino que han sumido a estos trabajadores en la barbarie.

Los índices imperialistas de calidad de vida han debido consignar que durante la última década los países del ex “Bloque Soviético”, han experimentado una caída sistemática de su nivel de vida reapareciendo lacras sociales, enfermedades y plagas, largamente superadas por los procesos revolucionarios. La contrarrevolución en curso, piloteada por los restos de la burocracia stalinista, reconvertida en abierto agente imperialista no ha dado curso a una floreciente democracia burguesa, sino que a regímenes policiacos, de corte bonapartista, que restauran en Europa del Este el capitalismo semicolonial de América Latina, África y Medio Oriente.

Y en ningún otro lugar ha sido la devastación mayor que en la ex Unión Soviética, territorio donde los portavoces del capitalismo mantenían que el mercado produciría “magia”. Desde 1989, se ha calculado que la economía rusa ha decaído un 50%. En términos económicos actuales, su tamaño es igual al de Holanda, con una pérdida de producción mayor que la que se le infligió en 1942, cuando los invasores nazis ocupaban gran parte del país.

La tasa de natalidad también ha disminuido 50% desde 1985; la excede una tasa de mortalidad de 1.6. Si esta tendencia continúa, la población rusa declinará 20% durante la próxima década. A principios del Siglo XX, la longevidad de los varones rusos de 16 años de edad era mayor que la actual. Es decir, a pesar de dos guerras mundiales, la guerra civil, el hambre, las persecuciones políticas y los campos de concentración, un joven de 16 años tenía 2% mejor oportunidad de llegar a los 60 en 1900 que en el 2000.

El complejo proceso restaurador, que en términos económicos es de contraexpropiación privatizadora, no ha logrado generar una sólida burguesía ni desarrollar fuerzas productivas. En este sentido más allá del coyuntural negocio para las transnacionales –en términos de apropiación de medios de producción- , estos no lograron revitalizar la economía mundial y se han traducido en su opuesto: se ha fortalecido la concentración de capital y la sobreproducción industrial, elementos que han empujado a la quiebra a ramas completas de la ex-industria estatal. Una de las expresiones más elevadas de este problema, se observa en el total desmantelamiento de la industria automotriz rusa.

En los EE.UU., desde los años ochenta, operó una extensión en el mercado interno en base a la capacidad de crédito de la clase media norteamericana. El desarrollo inmobiliario y la industria automotriz pudieron expandir sus curvas de producción, en directa proporción al endeudamiento de la clase media. Esta capacidad de crédito se agotó y hoy se observan “quiebras” masivas consecuencia del sobreendeudamiento.

Este fenómeno ha provocado un frenazo en el consumo interno, lo que ha empujado al capital a presionar sobre la fuerza de trabajo a objeto de mantener las tasas de ganancia. La precarización del empleo, que en EE.UU. asume la forma de trabajo “ilegal”, se nutre de los millones de obreros y profesionales que principalmente de A. Latina han llegado a la capital del imperio en una cantidad superior a los 30 millones en la última década. La masiva inmigración, “importación” de mano de obra “indocumentada” es una imperiosa necesidad del gran capital. Las medidas policíacas de represión no apuntan a impedir la inmigración, sino que a garantizar que ésta opere como una válvula de escape para la crisis capitalista. La inmigración latina es la cabeza de turco, de una gigantesca ofensiva de la burguesía yanqui sobre las masas norteamericanas. Muy probablemente, la vanguardia de un nuevo ascenso en la lucha de clases norteamericana esté conformada principalmente por hispanoparlantes.

La profundidad de la crisis económica mundial, cuyos rasgos generales hemos delineado, pasa de la fiebre a las convulsiones. La formulación puramente ideológica de un “nuevo” orden mundial cimentado en el “alejamiento ciudadano de la política” y la estructuración de una democracia “medial”, “temática” y estamental, como superación de la “antigua” democracia como pacto de clases, no deja de ser una alucinación de este enfermo. La realidad evidencia que la propiedad privada de los medios de producción, la anarquía productiva y los grandes monopolios, se revelan como un obstáculo para el desarrollo de la humanidad, para la liberación del hombre.

La desesperada, ciega sorda y muda lucha del capital por alzar la tasa de ganancia, tiene como mayor expresión el hiperdesarrollo de capital parasitario especulativo. La creciente y explosiva huida de masas de capital al limbo bursátil ha transformado la economía mundial en un globo a punto de estallar. Aunque los valores de las acciones pueden seguir aumentando mucho más que el capital productivo hasta empequeñecerlo, el capital ficticio no puede escapar de sus orígenes. En cierto punto tiene que enfrentarse con el hecho que es un reclamo sobre la plusvalía y que esta plusvalía en realidad todavía tiene que extraérsele a la clase obrera. Según los defensores de la “nueva economía”, los valores del mercado de acciones no son “irracionales”, sino una mera anticipación del aumento en la productividad y beneficios ocasionados por las nuevas tecnologías, sobre   todo aquéllas relacionadas con el Internet.

No cabe duda que las tecnologías nuevas están produciendo—y producirán en el futuro—grandes incrementos en la productividad de la mano de obra. Pero, como ya hemos visto, esos incrementos no proveerán ninguna salida.

Como consecuencia, la estructura del capital internacional adquiere la forma de pirámide invertida a medida que la masa del capital ficticio que reclama su porción de plusvalía crece a pasos agigantados en relación al capital productivo que, a fin y al cabo, tiene que satisfacer.

A principios de 1999, el valor del mercado capitalizado de America Online, con 10,000 empleados, era de $66.4 billones. Sin embargo, el valor de mercado de General Motors, con más de 600,000 trabajadores, era de $52.4 billones. Ambos sectores del capital reclamaban una porción de la plusvalía de acuerdo a su valor de mercado capitalizado. Pero está muy claro que la contribución de America Online, con 10,000 trabajadores, a la acumulación general de la plusvalía disponible (al capital en general) es mucho menor que la de General Motors, con 600,000 trabajadores. Aun si todos los trabajadores de America Online fueran empleados 24 horas al día y no se les pagara nada, no podrían contribuir la misma cantidad de plusvalía que se les extrae a los obreros de General Motors.

En el caso de Yahoo! Esta contradicción—entre las reclamaciones que el capital le hace a la plusvalía por una parte y su verdadera extracción por otra—es aún más lúgubre. Yahoo!, con sólo 673 empleados, tenía un valor de mercado capitalizado de $33.9 billones.

Esta estructura tipo pirámide del capital internacional es la fuente de su extrema inestabilidad. Cientos de billones de dólares de capital, buscando su tasa de rendimiento, corren por los mercados mundiales en búsqueda de beneficios.

Cuando los precios de títulos de propiedad—acciones, bonos, bienes raíces, etc.,—aumentan, el capital “llueve”, pues busca sacar beneficios comprando barato y vendiendo caro. Todos se salen con la suya. Pero cuando el mercado se tambalea y es aparente que los valores del capital han sido inflados enormemente, corren de estampida y destruyen los valores del capital de la noche a la mañana—no sólo del capital ficticio, sino también del productivo.

Luego de la crisis económica asiática de 1997-1998, se trató de sugerir que ésta había resultado de las condiciones peculiares a la región. Pero la verdad es que el colapso oriental, en que se perdieron millones de empleos y los bancos y las corporaciones de repente se vieron con billones de dólares que de ninguna manera podían pagar, no expresó las “condiciones asiáticas” . Más bien representó como el mercado capitalista funciona en general.

Asia y otros mercados vertieron enormes cantidades de capital sobre los Estados Unidos, intensificando los valores del mercado de acciones y creando las condiciones para un desastre aún mayor: los fondos para pensiones, las cuentas de ahorro y las inversiones de millones de gente se corren el peligro de evaporarse de la noche a la mañana a medida que los valores inflados del mercado caen.

Por ello caracterizamos esta fase de la situación política mundial a partir de sus rasgos diferenciales: masiva destrucción de fuerzas productivas, en la actualidad una quinta parte de la humanidad está cesante; incremento y desarrollo de la opresión imperialista, expresada como políticas de “ajuste” del FMI y como abierta agresión militar; agudización de los roces interimperialistas, como se expresa de forma microscópica en la parálisis de la OMC y de forma tangible en la guerra contra Yugoeslavia

Sin embargo, de todos los rasgos hay uno que es cualitativo, que actúa sobre el conjunto transformándolo, moldeándolo: la generalizada intervención de la lucha de masas, la impenitente resistencia de los explotados. Levantando la lápida que hace diez años pretendió poner la burguesía sobre la lucha de clases, esta se alza en los cinco continentes incontenible y poderosa, con sed de poder. Las masas son alejadas del poder no por falta de disposición al combate, hoy en día en Colombia, Indonesia y Palestina el enfrentamiento al imperialismo se da con las armas en la mano. Las masas no consuman su aspiración al poder y a la libertad, porque las direcciones stalinistas, nacionalistas, foquistas y reformistas de todo pelaje devienen en proburguesas, en contrarrevolucionarias. Los movimientos de masas hacia la revolución son frenados por direcciones contrarrevolucionarias. Esta incapacidad del proletariado expresado como partido-programa, como IV Internacional, es la piedra de toque del momento actual: o la clase obrera impone su propia dictadura revolucionaria, aplastando al imperialismo, abriendo paso al socialismo o será el imperialismo el que sumirá a la humanidad a la barbarie.

Esta disyuntiva, Socialismo o barbarie, la enfrentamos con especial intensidad en Chile hoy. Ni la cordillera, ni el Pacífico, ni nuestra caricatura de modernidad nos ponen al margen de la crisis capitalista de la que somos parte integrante. Chile es una semicolonia, y la burguesía criolla agente antinacional del imperialismo, su régimen político una dictadura al servicio de la minoría explotadora. Estas caracterizaciones, elementales a la teoría marxista y abandonadas por el PC, el PS y el grueso de la izquierda que se ufana de ser “democrática”, se desprenden de la concepción del capitalismo como un modo de producción de escala mundial.

Nuestro pequeño país, de capitalismo atrasado, semicolonial, expresa particularizada y refractariamente las grandes tendencias del desarrollo-descomposición del capitalismo en su fase imperialista. Es por ello que sostenemos que debido a este agotamiento mundial –desde comienzos del Siglo XX- del capitalismo, es que nuestro país no tiene ninguna perspectiva de desarrollo integral, de independencia nacional ni de democracia, bajo los marcos de dominación burguesa. Por ello sostenemos que Chile está HOY maduro para la revolución, y que la tarea de consumar la emancipación de los explotados pasa por la construcción del partido de la revolución y dictadura proletarias, un auténtico partido obrero revolucionario.

En el mismo sentido, la caracterización de la situación política internacional que hemos expuesto, es determinante para observar correctamente los procesos en curso en la lucha de clases nacional. Una política proletaria necesariamente es internacionalista, y en una semicolonia como Chile obligadamente debe ser antiimperialista. Estas prevenciones son fundamentales para contextualizar y orientar a la vanguardia en el desarrollo de nuestra intervención en la lucha de masas.

Chile estrangulado por los Patrones

La burguesía chilena, por más que la izquierda democratizante quiera embellecer a sus sectores “progresistas”, como clase social, no puede sino entregarse al imperialismo. Esta entrega significa su absoluta incapacidad para resolver los problemas nacionales de desarrollo, independencia y vigencia de las libertades democráticas. La mantención del orden capitalista, con la etiqueta que quieran ponerle los oportunistas de turno, importa acentuar la opresión imperialista y sumir a las masas en la miseria y la explotación.

El principal instrumento de esta política antinacional y antiobrera, es el Gobierno concertacionista de Lagos. Cada una de las medidas del Gobierno apuntan a la satisfacción de las demandas del capital transnacional. Las criminales medidas económicas adoptadas en la última década –siguiendo el libreto pinochetista- apuntan a profundizar la entrega al imperialismo, facilitando el saqueo de las transnacionales y fortaleciendo el carácter extractivo-exportador de nuestra economía. Esta es la esencia de la insoluble crisis que arrastra nuestra economía desde 1997.

La impotencia de la burguesía chilena de salir de la crisis, se expresa en el estancamiento del valor de las exportaciones desde 1995, lo que es causa importante también de la débil recuperación y las difíciles perspectivas para el año 2001. En promedio anual, las exportaciones entre 1996 y 1999 alcanzaron sólo a US$14.750 millones de dólares, por debajo de los ingresos obtenidos en 1995. Este estancamiento es uno de los más graves problemas que la economía chilena está viviendo.

Sin embargo, este fenómeno no obedece al azar del mercado y es especialmente observable en el desarrollo de la crítica situación que vive la producción de Cobre, cuyos ingresos representan el 40% de las exportaciones globales chilenas. La disminución del precio del cobre se debe a una sobreproducción mundial creada desde Chile. Nuestro país, demoró 90 años para lograr producir 1.500.000 de toneladas de cobre. Posteriormente, en sólo seis años dobló ese volumen de producción, y en diez años lo triplicó, llegando en el año 2000 a producir 4.500.000 de toneladas. Este incremento productivo responde a las necesidades de las transnacionales y en ningún caso a los requerimientos de nuestra economía.

Ello queda demostrado al constatarse que en las 2,5 millones de toneladas producidas en 1995 reportaron al país, los mismos ingresos que los 4,5 millones de toneladas producidas el año pasado. Es decir se regaló a las transnacionales 2 millones de toneladas de Cobre. El economista O. Caputo nos indica que “el Estado recibió por cada libra de cobre 65 centavos de dólar. En 1995, recibió 36 centavos. Y, en 1999, recibió sólo 3 centavos de dólar. En 1989, por cada kilo de cobre, el Estado recibió $814; mientras que en 1999 recibió sólo $ 37 por cada kilo de cobre”. Esto ha acarreado, conjuntamente, que la participación del Estado en las exportaciones de Cobre ha caído de un 50% en 1989, a un 30% en 1995 para concluir en un insignificante 5% en 1999.

La base material de esta política entreguista hemos de encontrarla en el carácter raquítico y parasitario de la burguesía nacional. Nuestro país es gobernado por las transnacionales. Estas empresas dominan la electricidad, comunicaciones, los servicios informáticos, la mayoría de las exportaciones de cobre y frutas, una parte de la banca, seguros y fondos de pensiones, el mercado de la música, el libro, el cine y la radiodifusión, la distribución de combustibles, el comercio de bebidas, alimentos y el agua potable. Tres consorcios internacionales reciben el 60% de los peajes camineros. Se puede calcular que del total de activos productivos de la economía chilena cerca de un tercio, o sea 60.000 millones de dólares, pertenecen ya a las transnacionales. Por lo mismo, no es en absoluto anecdótico que en el interior de la principal agrupación patronal –la Confederación de la Producción y Comercio– se esté discutiendo una modificación estatutaria que permita formalmente, a un empresario extranjero presidir esta organización, emblemática de la burguesía chilena.

Esta ubicación extractiva-exportadora de nuestra economía, dentro del marco de la división internacional del trabajo, condiciona los rasgos fundamentales de la política de la burguesía y de su gobierno. El desempleo estructural de nuestra economía, que a la cifra oficial de 11% de cesantes, debe considerarse un 37% de empleo informal, categoría que domina el 60% de los empleos creados en la última década, es consecuencia del carácter atrasado y semicolonial de nuestro capitalismo.

La caída de toda medida proteccionista o arancelaria ha barrido la industria nacional y aquellas que mayor mano de obra calificada requieren, debido a que la precaria industria chilena no puede competir con las escalas de producción transnacionales. Las necesidades del capital transnacional, orientadas a la expansión financiera y de servicio, absorven muy poca mano de obra debido a su alta tecnificación. Por lo expuesto, a diferencia de lo que exponen los economistas del stalinismo como Fazio, Caputo o Cademártori, no es que el Gobierno sea “incapaz” de resolver el problema del desempleo por haberse entrampado en una telaraña neoliberal. Se trata simplemente, de que el capitalismo necesita para mantenerse, de altas y crecientes tasas de cesantía, para presionar el salario, para propender a la disciplina social y conservar en esta profunda fase recesiva, sus tasas de ganancia.

            Las reformas laborales, impulsadas por el Gobierno, obedecen a este requerimiento del capital. Con la apariencia de orientarse a expandir los derechos de los trabajadores, estas reformas buscan aplastar los sindicatos y facilitar los despidos (seguro de desempleo), fortaleciendo el régimen jurídico que mantiene sojuzgados a los trabajadores. En el ámbito económico la totalidad de las iniciativas legislativas del Gobierno –sobre las que no existe debate con la “oposición”- apuntan a favorecer el pillaje de los grandes consorcios, a facilitar el movimiento especulativo del capital financiero y a fortalecer las tendencias a la concentración de capital. En este rubro caben los proyectos sobre OPAS, régimen de concesiones de OO.PP., AFP, modificaciones a la ley de Bancos etc..

            En este contexto, de descomposición de la burguesía y de sus más elementales referencias políticas, debemos ubicar la farsa de juicio que se sigue a Pinochet. El castigo a Pinochet y a todos los genocidas del 73, constituye un reclamo fundamental de las masas; en ese sentido consideramos que su actual procesamiento constituye un resultado deformado –pero fruto al fin- de la lucha de las masas. A Pinochet y a los fascistas: PAREDÓN. Sin embargo, es equivocado sostener que el procesamiento del Dictador es el resultado directo de un poderoso movimiento de masas, que quebrando la política de impunidad y amnistía, logra arrancarle esta conquista al régimen.

            Desde su detención en Octubre del 98 en Londres, lo que ocurre con Pinochet es principalmente el resultado de la política del imperialismo de barrer con todo vestigio de nacionalismo burgués. Con la detención europea de Pinochet se pretendió dar un “vamos” democrático a la política colonialista de un Tribunal Penal Internacional, que permitiera oficializar en el terreno del Derecho, aquello que los F-16 yankees establecieron a sangre y fuego en Irak, Yugoeslavia y Afganistán, en los Hechos.

            Por lo expuesto, lo que prima en la actual situación de Pinochet es la presión del imperialismo. Pinochet está procesado en la actualidad no por la lucha de las masas, sino principalmente producto de la descomposición del régimen. En este sentido debemos precisar. Primero, la burguesía chilena y su “poder” judicial es incapaz de responder al reclamo democrático de “Juicio y Castigo a los Genocidas”, lo que se confirma en los procesos actuales en curso –Pinochet incluido- en los que se aplica la llamada doctrina Aylwin, que significa investigar las violaciones a los DD.HH. para luego aplicar la ley de amnistía, que afirma la impunidad. Segundo, los aparatos de izquierda pretenden hacer ver que estos procesos conducen a la justicia, lo que constituye un engaño ya que estos procesos sólo persiguen ajustar cuentas entre las distintas facciones del régimen y buscan por lo mismo fortalecerlo; las elocuentes declaraciones del Ministro Inzulza en la materia, señalando que hechos menores como la “tortura” no pueden ser objeto de investigaciones judiciales, debido a que se masificarían las acciones en tribunales, revelan a las claras que todos estos procesos circulan por el estrecho pasadizo de la impunidad. Dicho de otra forma: la estabilidad del podrido capitalismo exige en Chile institucionalizar la tortura y las violaciones a los DD.HH..

            Los procesos a Pinochet y a todos los asesinos y torturadores, pueden servir como un elemento potenciador de la lucha de masas, sólo a condición de que a través de ellos se logre esclarecer el carácter burgués y por tanto genocida de la propia Justicia. De lo que se trata es de ayudar, mediante estas acciones judiciales, a superar las ilusiones en la democracia y en sus instituciones, de forma de educar a la vanguardia en la política de Tribunales Populares, vale decir órganos de poder de las masas que hagan justicia castigando a los genocidas. Plantear la posibilidad de que el Juez Guzmán –más allá de sus atributos personales- pueda hacer justicia en el juicio a Pinochet, importa una capitulación al orden burgués creando ilusiones en las masas, en organizaciones de DD.HH., las que al ver frustradas sus aspiraciones –como ocurrió con la detención de Pinochet en Londres- volverán a retroceder en su accionar, contribuyendo al repliegue de su actividad y fortaleciendo con ello al régimen.

            La opresión imperialista, se expresa a través de la política del Gobierno de Lagos. Son las determinaciones y necesidades de los organismos internacionales y de las grandes compañías transnacionales las que fijan el rumbo de la política gubernamental. Esto está ampliamente demostrado y lo vivimos día a día. Esto resulta especialmente elocuente en la situación que atraviesa el pueblo Mapuche que además de soportar la opresión imperialista, es oprimido por el Estado Chileno. En este orden, contra toda ilusión democratizante de “integración”, la política del proletariado es la de reconocer el inalienable derecho a autodeterminación que no es otra cosa que el derecho a secesionarse, a organizarse plenamente como Estado independiente. Por ello, se hace necesario orientarse hacia la unidad de la clase obrera chilena con el proletariado mapuche, señalando que dicha unidad -palanca para el desarrollo de la revolución social- es la única herramienta capaz de garantizar la liberación de la Nación Mapuche.

En este marco debemos señalar que la línea izquierdista de “integración” es contraria a los intereses mapuches los que no buscan “integrarse”, precisamente porque no son chilenos. El planteamiento de integración, es la cara embellecida de la política gorila de la burguesía chilena cuyo pilar de sustentación es considerar a los mapuches como chilenos, es decir como sus esclavos. Integrar, en este contexto, es oprimir y explotar que es política histórica de la burguesía y sus sirvientes. Integrar es como hoy vivimos, encarcelar a los dirigentes de la Coordinadora Arauco-Malleco, militarizar la zona que se encuentra cercada por las fuerzas represivas, son los anunciados escuadrones de “autodefensa” con que amenaza la fascista Sociedad Nacional de Agricultura. En una palabra: integración es además fascismo.

La lucha del pueblo mapuche traza una perspectiva de los métodos que utiliza y utilizará el régimen para enfrentar una nueva ofensiva de las masas. Pero además pone a las claras dos cuestiones: las direcciones políticas de la izquierda observan con impotencia pacifista el desarrollo de la lucha sin ningún reflejo; las masas, al entrar en movimiento son capaces de crear y recrear no sólo los más audaces formas de combate, sino que son capaces de poner en jaque a un régimen que podrido, sólo espera levantamiento de las masas explotadas, sus sepultureras.

la lucha contra el democratismo stalinista

            La superación de la crisis de dirección de las masas constituye una tarea de los revolucionarios en el mundo entero. Es patrimonio marxista la concepción de que la crisis de la humanidad es la crisis de su dirección revolucionaria. Nuestro país, a escala mundial, es un modelo del fracaso político del frentepopulismo, del electoralismo y el pacifismo. La llamada “Vía Chilena al Socialismo” terminó abriendo las puertas a la barbarie fascista, nuestra experiencia política como país, de ser asimilada programáticamente será una poderosa contribución al desarrollo de la teoría marxista, del programa de la clase obrera.

Hasta el momento, y por las consideraciones que hemos expuesto más arriba, la experiencia del 73 emerge en la contingencia con la apariencia de los horrores del fascismo. Abundante literatura describe los horrores de la masacre en que fue sumida lo mejor de la vanguardia obrera y de izquierda de aquélla época, narraciones escalofriantes refrescan nuestra memoria política. Las plumas valientes de los denunciantes nos muestran el monstruoso rostro de la represión, el verdadero rostro de la burguesía y de su dominación. Gabriellis, Mamos Contreras y otras basuras, agazapadas en la impunidad que les garantiza el régimen siguen exhibiéndose amenazantes, como insignes figuras del régimen.

Pero más allá de los intentos –inclusive de algunos denunciantes- de disecar esta denuncia en el testimonio del “nunca más”, estas denuncias son la forma más o menos subterránea en que va emergiendo la ira y la disposición a la lucha de la mayoría explotada. Si estas denuncias aún no alcanzan la fase analítica, de explicarse estos horrores, de identificar los intereses de clase que impulsaron a la Dictadura genocida, se debe exclusivamente a la infinita debilidad de los revolucionarios de asumir su insustituible papel conductor en la politización de las masas. Los revolucionarios tenemos el deber de expresar, repetimos, a nivel programático y organizativo la lucha obrera por la revolución social y nacional. No otra cosa es la lucha por la estructuración del Partido Obrero Revolucionario: expresar estratégicamente, a nivel político, los reclamos más elementales, instintivos de la lucha de masas.

Un paso importante en la lucha por derrotar ideológicamente a la burguesía, que es precisamente construir el partido revolucionario y su programa, lo constituye el desenmascarar el papel pro-burgués y contrarrevolucionario del stalinismo, de la “Izquierda” del régimen burgués. Muchos grupos han emprendido esta tarea y es moneda corriente en la llamada “microizquierda” chilena, las críticas al PC. Calificarlo de reformista, “inconsecuente” y otros apelativos similares los que son imprescindibles a la hora de posicionarse como “revolucionario”. No podemos sino coincidir con tales caracterizaciones, sin embargo debemos señalar que no alcanzan para precisar el papel del stalinismo en el Chile de hoy, y lo que es más, por ser simples apelativos caen en el testimonio inútil e impotente.

Esta incapacidad política se expresa en una crítica superficial, que no va hacia una delimitación de clase, a nivel de estrategia. Muchos critican al PC pero siguen hablando de “democracia popular”, “gobierno del pueblo” y otras categorías políticas stalinistas (MIR, PC-AP, etc.); otros, simplemente caen en la crítica abstracta y diletante, en la actitud del comentarista.

La política del PC chileno en la actualidad, es la expresión refleja en el terreno del colaboracionismo de clases, del fracaso de la Unidad Popular. Es la lección de “derecha” sobre la caída de Allende. A líneas generales ante el fracaso de la llamada “experiencia de la UP”, se ha concluido en la abdicación formal de la revolución socialista, del carácter obrero del Partido y del antiimperialismo. En resumen, luego del Golpe del 73 y de la estrepitosa derrota de la política stalinista, el PC se ha transformado en el leproso de la política chilena –nadie hace acuerdos con él- y en esta penosa condición no le ha quedado otro camino que derechizarse aún más. Es lo que se esconde en la actualidad, en la compulsiva y penosa tendencia a autodenominarse como “la Izquierda”… de Lagos.

En líneas amplias, la postura del PC es posible descomponerla en tres grandes ideas. Primera, la recomposición del tejido social; segunda, la unidad de la izquierda; y, tercera, la lucha contra los enclaves pinochetistas y por la profundización de la democracia. Estos cuatro planteamientos constituyen la médula de su política, ellos condensan su actividad y limitan sus expectativas de desarrollo.

            En las reuniones de base, en las múltiples instancias de “coordinación” en las que episódicamente se convocan diversos grupos, en esas pequeñas reuniones semi-clandestinas en los locales de sindicatos o Juntas Vecinales, la discusión siempre comienza del mismo modo. Se critica el “providencialismo” de la “izquierda tradicional”, se constatan un par de hechos relativos al retraso de las masas y se plantea la vieja cantinela de la necesidad de trabajar por la llamada recomposición del tejido social, piedra angular de la ideología de stalinista contemporánea . Este concepto aparece en todos los balances y análisis del stalinismo, y se nos presenta como la tarea de las tareas: crear organizaciones, vincularse a las bases de las organizaciones creadas.

            Aparentemente, este concepto estaría expresando la necesidad de los grupos de izquierda, de la vanguardia como sector más esclarecido y con mayor disposición a la lucha y a la politización, de batallar por penetrar en las masas. Sin embargo, cuando se habla de recomponer el tejido social, se está planteando subterráneamente -y en la práctica- que es tarea de la izquierda adaptarse al estado actual de conciencia de las masas, de sus elementos más atrasados y conservadores. Con este concepto se está convocando a los militantes de izquierda a diluirse en la vasta amplitud de la masa. Así como en períodos de ascenso de la lucha de las masas, el stalinismo busca aislar a la vanguardia volcándola hacia el petardismo foquista como hicieron en los años 80 con el FPMR; en períodos de retroceso de las masas se busca descomponer a la vanguardia, a los grupos de activistas de izquierda, convocándolos a su dispersión, a su adaptación a los elementos más conservadores de la masa.

En definitiva, con esta categoría de recomponer el tejido social, se persigue nuevamente reemplazar al propio accionar de las masas. Mientras la versión foquista de este razonamiento, lleva a plantear acciones de propaganda armada y el terrorismo individual, la versión “democrática” para períodos de reflujo de masas, plantea que es tarea de la vanguardia hacer aquello que sólo las masas son capaces de hacer: reconstruir sus organizaciones y revitalizarlas. Estos procesos, de acción directa, son propios del accionar de las masas y en ellos las masas son irremplazables.

La verdadera tarea de los revolucionarios –como la fracción más lúcida y esclarecida del activismo- es la de agrupar a la vanguardia en torno al programa proletario, para politizar el accionar de las masas, y sólo en esa medida asumir un papel conductor. No es tarea de los revolucionarios “recomponer” , sino que la “incidir” en el propio accionar de las masas de forma de contribuir a su politización, de elevar su accionar a la altura de las necesidades históricas de las masas expresadas en la estrategia de la revolución y dictadura proletarias.

Se trata de convocar a la vanguardia, no a adaptarse a la opinión pública burguesa que se enseñorea en las masas, se trata, muy por el contrario de hacer entroncar a la vanguardia con el torrentoso accionar revolucionario de las masas de forma de potenciar sus tendencias al enfrentamiento entre clases. Al revés del stalinismo, que orienta a la vanguardia a fundirse con la retaguardia de las masas, convocándola a recomponer el tejido social, de forma de aplacar el enfrentamiento entre las clases sociales en aras de la protección de la democracia burguesa; los trotskystas planteamos a la vanguardia liderar el descontento de las masas, impulsar la lucha de clases y potenciar la politización de las masas de forma de expulsar del poder a la burguesía.

            La segunda “idea fuerza” del stalinismo es, ¡cómo no!, la sacrosanta unidad de la izquierda. Esta idea emerge con fuerza especialmente en los períodos electorales con más vehemencia que con claridad, pero se pone de relieve que esta unidad es la herramienta superadora de la dispersión política y por ende potenciadora de las luchas, etc.. Es propio de este concepto la idea de que la política correcta es aquella que equilibra las distintas posiciones, que es el resultado de la generosidad y las composiciones. La unidad se percibe al margen de cualquier consideración de tipo programática, y adquiere por lo mismo el carácter de estratégica.

            Esta concepción sirvió, con un lenguaje más ligado al socialismo, a la política de colaboración de clases que sirvió de base al frentepopulismo stalinista desde los años 30 hasta el Golpe del 73, cuatro décadas durante las cuales el PC se subordinó al latifundiario Partido Radical . Luego del Golpe, el PC se esforzó infructuosamente por dar cuerpo a un Frente Antifascista que uniera a la ex-UP con la golpista Democracia Cristiana, el centro de este planteamiento era la recuperación de la democracia. El único efecto práctico de esta política fue impedir la caída revolucionaria de la dictadura pinochetista, y viabilizar una ordenada transición a un régimen civil. En Octubre de 1984, el Paro Nacional convocado por el MDP (PC, PS Almeyda y MIR) paralizó completamente al país, poniendo en evidencia que la caída de la Dictadura no dependía de la “unidad” con la DC, sino que de una convocatoria preparada desde las bases y que se propusiera derrocar a la Dictadura con el accionar de las masas. El Paro convocado por sólo dos días y levantado por determinación del propio MDP, por no lograr consumar su orientación objetiva dejó la iniciativa en manos de Pinochet, quien desató una ofensiva represiva que desembocó en la declaratoria de Estado de Sitio. Una vez más, la unidad con los burgueses “progresistas” de la DC demostró no ser otra cosa que la subordinación a sus intereses de clase.

            En la actualidad la llamada unidad de la izquierda, insistimos, al margen de la estrategia del proletariado (la revolución obrera) y con una exclusiva perspectiva electorera, constituye un obstáculo para la unidad de los explotados ya que los subordina a los intereses y a la institucionalidad de los patrones. Los distintos referentes electorales del PC en la última década, luego de plantearse como la máxima expresión de “unidad y lucha”, han pasado al olvido sin pena ni gloria: PAIS, Izquierda Unida, MIDA. En la actualidad esta concepción sigue a flote en la idea de ser el PC “la Izquierda”, etiqueta tras la cual se encarama más de algún oportunista del tipo Moulian o grupos filostalinistas como la Surda, algunas astillas del MIR, etc..

La unidad que demandan las masas en lucha sólo puede forjarse bajo la conducción y estrategia del proletariado, la revolución y dictadura proletarias, cuestión que ha de expresarse como acción directa, lucha y movilización de las masas jamás en el terreno electoral –las elecciones sólo sirven a la partido revolucionario para potenciar la propaganda en torno a estas ideas- y que, en Chile ha de asumir la forma de un Frente Único Antiimperialista. Se trata no de unir aparatos para las elecciones, se trata de unir al proletariado y a la nación oprimida en torno a un Pliego Nacional de Reivindicaciones, con una perspectiva de revolución social y nacional.

Estos dos conceptos recomponer el tejido social y unir a la izquierda son funcionales a la llamada “estrategia” stalinista: la Revolución Democrática. Dicha “Revolución” tiene lugar bajo los marcos de dominación burguesa, por lo que es posible su realización sin afectar las bases sociales de la explotación capitalista, esta cuestión en la actualidad asume el nombre de el “término de los enclaves pinochetistas”.

La revolución democrática entronca en la vieja tesis de la revolución por etapas, vale decir, partiéndose de la afirmación de que nuestro país no estaría maduro para el Socialismo, corresponde al proletariado apoyar a la facción “progresista” de la burguesía criolla –también se le adjetiva de “nacionalista”, “industrial”, “democrática”- de forma de que se desarrolle plenamente el capitalismo. Esta Revolución democrática, en consecuencia, por la tareas históricas que enfrenta no es otra cosa que una Revolución burguesa, al menos ese fue el contenido que sostuvo el stalinismo hasta 1973.

La primera etapa de la revolución, repetimos de carácter burgués, resolvería las cuestiones de la independencia nacional, democracia y reforma agraria. Esta concepción ha demostrado su carácter reaccionario toda vez que se hipoteca la independencia política de los explotados en la perspectiva de apoyar a una inexistente burguesía progresista. La historia nos ha demostrado innumerables veces a lo largo del siglo XX la imposibilidad absoluta de que la burguesía pueda jugar un papel revolucionario, de desarrollo de las fuerzas productivas, como consecuencia de la decadencia global del capitalismo en su fase imperialista. Esta concepción leninista y trotskysta, forma parte del ABC del marxismo y su negación sólo puede ser consecuencia del abandono de la lucha por la revolución obrera.

Sin embargo, esta caracterización de revolución democrática como revolución burguesa, permite comprender su origen histórico, y demuestra el carácter colaboracionista de clases y contrarrevolucionario del PC, pero no corresponde exactamente a la definición stalinista actual. En la actualidad la revolución democrática como categoría, no alcanza a contener las tareas propias de una revolución burguesa, quedando por debajo de la plataforma liberal de la revolución burguesa. Revolución democrática tiene como exclusivo contenido programático barrer con los enclaves pinochetistas, lo que se resume en cuatro cuestiones: 1.- Reformas laborales, que no alcanzan para echar abajo al Plan Laboral; 2.- Reforma tributaria, que significa aumentar el impuesto a la renta ignorando que este aumento impositivo volverá finalmente a golpear los salarios; 3.- Verdad y Justicia, que se sintetiza en la anulación de la amnistía lo que planteado en el marco jurídico actual no afecta la impunidad de los genocidas; y, 4.- Reformas Constitucionales, especialmente del régimen electoral binominal de forma de verse ellos representados parlamentariamente.

Estas mezquinas tareas, de las que se encuentra ausente todo cuestionamiento al orden social cimentado en la propiedad privada de los medios de producción, consideradas en el marco de un plan de lucha, podrían tener viabilidad al menos como demagogia. Sin embargo, todas estas tareas de acuerdo al planteamiento stalinista han de ser cumplidas por la vía de las elecciones y del respeto del actual orden institucional, orden al que se le enseña los dientes pero que de ninguna manera se ataca. El electoralismo que demencialmente sigue sosteniendo el PC, transforma su discurso en su opuesto. De afirmadores de un tibio discurso liberal, terminan transformados en instrumentos del régimen y de su política pro-imperialista. La práctica política del PC, más allá de los charangos latinoamericanistas, afirma al régimen actual, las ilusiones de las masas en la democracia burguesa y en sus dirigentes. Esta es la explicación de la irrelevante presencia electoral del stalinismo.

Efectivamente, en el marco de la crisis económica actual, del creciente descontento de las masas, era el momento para que la política oportunista del PC lo hubiera transformado en una potencia electoral. No ocurrió así, y es más, el desgaste del Gobierno ha sido capitalizado por la Derecha reconvertida en lavinista. La explicación es muy simple: el PC no es percibido como una alternativa precisamente porque no lo cuestiona y aparece como un sostenedor “crítico” del mismo. Aparece ante las masas como un impotente comentarista que aspira “mejorar” el rendimiento de los dirigentes de la Concertación.

Demostración palmaria de este aserto lo configura la “Propuesta de Acuerdo Electoral del PC y la Concertación”, en esta línea calificada en Diciembre pasado por El Siglo como realista, democrática y nacional, el PC se ofrece para integrar dos o tres nombres a la lista de la Concertación, comprometiéndose de esta forma a hacer campaña por la coalición gobernante. Este acuerdo abriría las puertas a las transformaciones democráticas que el país necesita, desde este punto se envía un curioso ultimátum a la Concertación en una carta enviada por Gladys Marín a los dirigentes de la Concertación el pasado 10 de Diciembre: “Si la Concertación rechaza nuevamente esta propuesta (que el PC plantea desde 1997) quedará al desnudo su falta de una real voluntad y consecuencia democráticas, y será responsable de reforzar un sistema que a todas luces está agotado, y que será inevitablemente sobrepasado por la fuerza de las masas si no se reforma”.

Lo expuesto en este aspecto medular de la propuesta del PC adiciona a su planteamiento de colaboración con el Gobierno Pro-imperialista de Lagos, dos cuestiones clave. Primero, que el rechazo de la propuesta del PC por parte del Gobierno evidenciaría su falta de voluntad y consecuencia democráticas, vale decir, para los stalinistas hace falta esta respuesta para confirmar algo que según ellos no sería evidente luego del apoyo de Lagos a Pinochet, de la represión a los Mapuches, de la entrega del país a las transnacionales y de su ofensiva contra los trabajadores; con esto se revela que esta propuesta persigue principalmente apoyar al Gobierno, alimentar las ilusiones en él, al punto que los autoproclamados auténticos demócratas, el PC, “la Izquierda”, están dispuestos a plegarse a su plantilla parlamentaria.

No obstante, una segunda cuestión que se desprende de esta carta es aún más trascendente, en esta carta se evidencia el carácter abiertamente contrarrevolucionario de esta orientación política. El PC advierte al Gobierno que éste “será responsable de reforzar un sistema que a todas luces está agotado, y que será inevitablemente sobrepasado por la fuerza de las masas si no se reforma”. Le advierte al Gobierno que si no se pliega a su política las masas pasarán por encima del régimen, en definitiva los stalinistas le indican al Gobierno que ellos sí serán capaces de parar a las masas y contenerlas. El PC compite con el Gobierno en la realización de una tarea contrarrevolucionaria: las reformas democráticas.

la construcción del partido obrero revolucionario

Toda esta exposición, sobre las concepciones fundamentales que viven en la política de la principal referencia de izquierda en nuestro país, el PC, se hacen necesarias para la estructuración del programa, de la teoría política del proletariado chileno. No será posible que las masas superen este escollo en su desarrollo y maduración política, si previamente su vanguardia no logra derrotarle en el terreno de las ideas. La derrota ideológica de la burguesía chilena, llevará consigo la derrota del stalinismo en tanto uno de los puntos de apoyo del propio régimen burgués. Esta derrota ideológica es una consecuencia obligada de la propia estructuración de la dirección revolucionaria: su propio partido obrero.

Hemos demostrado que la crisis capitalista empuja a la humanidad hacia un abismo, no hay posibilidad de acomodar las superabundantes fuerzas productivas a las arcaicas relaciones de producción burguesas. Esto es un hecho indiscutible y ningún obrero honesto podría poner en duda esta cuestión. No es necesario ser un estudioso de la historia para comprender este problema.

No obstante esta enorme evidencia, no resulta igualmente claro cuál es el camino político que han de seguir los explotados en la lucha por su emancipación. Las quiebras estrepitosas de los aparatos de izquierda, su travestismo ideológico y la prostitución de sus dirigentes, arrojan una oscura sombra sobre la perspectiva de poner en pie un auténtico partido revolucionario. En este verdadero combate hemos de echar mano de la experiencia política acumulada por el proletariado mundial.

En Mayo de 1940, a semanas de ser asesinado por la contrarrevolución stalinista y en medio de una Europa ocupada de cabo rabo por las hordas fascistas, León Trotsky, el último de los grandes dirigentes proletarios y, junto a Lenin, conductor de la primera revolución obrera de la historia en la Rusia del 17, señalaba en su “Manifiesto sobre la Guerra”, el camino a seguir por los revolucionarios en un entorno político en que la contrarrevolución se imponía sin contrapesos: “El mundo capitalista no tiene salvación, a menos que así se considere una agonía mortal prolongada. Es necesario prepararse para largos años, décadas tal vez, de guerra, insurrecciones, breves intervalos de tregua, nuevas guerras y nuevas insurrecciones. Un joven partido revolucionario debe obrar según tal perspectiva. La Historia le suministrará bastantes ocasiones y posibilidades de probarse, de acumular experiencia y de madurar. Cuanto antes se fusionen las filas de la vanguardia, tanto más breve será la época de convulsiones sangrientas y tanto menos destrucción padecerá nuestro planeta. Pero el gran problema histórico no hallará solución en ningún caso mientras no acaudille al proletariado un partido revolucionario. Las cuestiones de ritmo e intervalos tiene seguramente enorme importancia; mas no modifican ni la perspectiva histórica general ni la orientación de nuestra política. La conclusión es simple y única: es necesario proseguir la obra de educar y organizar la vanguardia proletaria con energías multiplicadas. Esta es precisamente la tarea de la Cuarta Internacional.”

La certeza de esta proyección ha alcanzado durante el siglo XX ribetes dramáticos, la extraordinaria lentitud de la reconstrucción de la dirección revolucionaria, ha tenido como principal consecuencia la extensión aparentemente sin límites de sangrientas convulsiones sociales y de la destrucción de nuestro planeta. Efectivamente, el proletariado no ha sido acaudillado por un partido revolucionario y por lo mismo esta conclusión debe servirnos para prepararnos para largos años de insurrecciones y guerras. Hemos de prepararnos para batallas de largo aliento, pero he aquí una cuestión decisiva, los ritmos, los recodos en el camino no pueden modificar ni la perspectiva histórica general ni la orientación de nuestra política. La conclusión es única: : es necesario proseguir la obra de educar y organizar la vanguardia proletaria con energías multiplicadas. Tal es la ineludible tarea de los marxistas revolucionarios, de los trotskystas, de los reconstructores de la IV Internacional.

En esta lucha descomunal por poner en pie el partido revolucionario, se hace imperioso apropiarse de la experiencia histórica de las masas en lucha. La experiencia condensada en el Manifiesto Comunista, los Cuatro Primeros Congresos de la Tercera Internacional, la Tesis de la Revolución Permanente y el Programa de Transición de la IV Internacional. La experiencia marx-leninista-trotskysta del Partido Obrero Revolucionario de Bolivia, única referencia actual y viviente coloso programático de la clase obrera a lo ancho del orbe. A partir de estas referencias políticas podemos levantar orgullosos las banderas obreras del internacionalismo, de la revolución mundial y su punto de partida, la Revolución y Dictadura Proletarias. Ninguna corriente política, a excepción del trotskysmo, puede exhibir una incorruptible trayectoria de fidelidad a la estrategia del proletariado, ni un programa –el Programa de Transición de la IV Internacional- cuyas tesis a más de 60 años de ser formuladas, no hagan sino corroborarse día a día.

En Chile esta tarea ha permanecido inconclusa por el trotskysmo debido a la incapacidad del mismo de estructurarse como partido, de construir su propio programa, la teoría de la revolución chilena. En nuestro Programa –de Febrero de 1998- afirmamos que nuestro país es una incógnita para el marxismo, con ello significamos que nuestra historia no registra así sea un intento, por parte de las corrientes que se han reclamado de la IV Internacional, de formular un programa que exprese las particularidades de la revolución en Chile, sus rasgos diferenciales, la caracterización de las clases sociales, en una palabra: las leyes que rigen el desenvolvimiento de la Revolución Mundial en nuestro país. Nuestro Comité Constructor del POR ha iniciado esta tarea y hemos combatido incansablemente, con errores y desviaciones, pero con la certera convicción de batallar por poner en pie el partido de la Revolución y Dictadura Proletarias.

Sobre estas bases teóricas y programáticas llamamos a los revolucionarios a agruparse. No los llamamos a formar centros de estudio, ni sindicatos, ni aparatos electorales. No llamamos a quienes se reclaman del socialismo a silenciar la critica anticapitalista con la excusa de que “es necesario sumar fuerzas”. Llamamos, con todas sus letras, a construir el partido de la revolución obrera, la sección chilena del Partido Mundial de la Revolución Socialista, la IV Internacional. El fracaso del stalinismo y sus vertientes maoístas y castristas; la capitulación de todas las corrientes nacionalistas; y la putrefacción y el desarme ideológico que promueven los anarquistas, dejan al trotskysmo como referencia obligada de las masas en lucha, por ser la Dictadura del Proletariado la única salida para la crisis del país.

Las conquistas políticas de las que nos reclamamos, adquieren mayor vigencia hoy en día. En esta época en que la farsa de “democracia” burguesa, hace evidente su carácter de dictadura patronal opresiva y expoliadora de las masas, cae por su base toda concepción democratista y electorera como motor de los cambios sociales. Se hace igualmente evidente el necesario carácter violento de la revolución, violencia ejercida por las masas y que expresa a nivel social el choque entre las relaciones capitalistas de producción, entre la producción social y mundial y su apropiación privada.

La llamada globalización capitalista, que no es otra cosa que la exacerbación de la decadencia imperialista del capitalismo, y la estrepitosa caída del stalinismo ponen también a las claras la imposibilidad de la convivencia entre socialismo y capitalismo. La revolución proletaria, la revolución chilena, no será sino un preludio del desarrollo de la Revolución Mundial. La Revolución chilena sólo podrá desarrollarse como instrumento para el desarrollo de la Revolución en la arena internacional, no “exportando la Revolución” ni haciendo “Vietnams” como planteara el infantilismo castro-guevarista, sino que potenciando el desarrollo de la IV Internacional, contribuyendo al desarrollo de poderosos partidos obreros.

Por otra parte, el extraordinario aumento de la opresión imperialista política, económica y militarmente, nos obliga a desarrollar una política de Frente Único Antiimperialista (FUA). Nuestra minoritaria clase obrera, que por su ubicación en el proceso productivo y por ser parte de una clase mundial, es la única capaz de responder a los grandes reclamos sociales y nacionales. Democracia, pan, libertad, trabajo, vivienda y educación son reclamos de las masas que la burguesía no puede satisfacer. La burguesía sólo ofrece hambre, miseria y represión crecientes, ya que sólo puede servir los intereses del capital imperialista del cual es su instrumento. Sólo la clase obrera, el proletariado, es capaz de llevar hasta el final la lucha contra el capital y de asumir el poder, de imponer su propio gobierno; sin embargo, su carácter minoritario debido al atraso general del país, obliga a asumir además de las tareas de emancipación social, aquellas propias de la emancipación nacional, antiimperialistas.

En esta tarea la clase obrera debe acaudillar a las amplias masas explotadas de la ciudad y el campo, que no siendo proletarias sufren la opresión del capital. Para es necesario estructurar el FUA, para efectivizar este liderazgo y potenciar la revolución obrera. Hay quienes, impresionados por los botoncitos de internet, han visto en la globalización el fin de la lucha nacional. Utilizando osadamente un lenguaje “marxiano” nos refieren que la lucha antiimperialista sería una cosa del pasado, que han muerto los estados nacionales y que habría que limitarse a pelear por la revolución social. Es más, que sería reaccionario plantear la defensa de la nación oprimida frente al imperialismo. Este planteamiento, típicamente pequeñoburgués, ignora la contradicción entre nación oprimida y nación opresora –desarrollada en las Tesis de Oriente de la III Internacional- y tiene como resultado ignorar los poderosos movimientos nacionales que atraviesan la lucha de clases mundial, privar al proletariado de disputar la conducción de estos movimientos. Es más, al sacarnos –esta concepción- de la lucha antiimperialista, terminan estos “izquierdistas” poniéndose del bando imperialista.

En el mismo sentido, la auténtica lucha por las libertades democráticas, debe ocupar el grueso de nuestros esfuerzos. Debemos ser capaces de desenmascarar a los democratistas entregados a la burguesía, y plantear con claridad que la auténtica democracia es la Dictadura del Proletariado, es decir de la mayoría explotada sobre la minoría explotadora. Un régimen sovietista, de concejos, de asambleas, es el único que puede asegurar la emancipación de explotados y oprimidos. Un Chile gobernado por concejos obreros, como lo que embrionariamente expresaran los cordones industriales, es la única salida a la profunda crisis social que corrompe nuestro país.

Consumar estos objetivos, requiere de las tres premisas que planteara Trotsky: el partido, el partido y el partido. La estructuración del programa proletario sólo puede encarnar en las masas y transformar la realidad que desentraña, en tanto se exprese organizativamente como partido político. Una organización de combate, para la acción directa; conspirativo, para enfrentar la represión implacable que descargarán sobre él los enemigos de clase; de militantes profesionales, auténticos cuadros revolucionarios que subordinen todos los aspectos de su vida a la lucha revolucionaria; centralista democrático, para absorber la experiencia de los militantes en la vigorosa lucha de ideas para volcarla transformadoramente sobre la realidad. En una palabra: un partido del nuevo tipo, leninista, bolchevique.

Este es nuestro llamado, por la unidad de los revolucionarios en torno a la estrategia del proletariado. Esta es la unidad que necesitamos para derrotar a Lagos y a la burguesía HOY. Esta unidad comienza en el partido, para desplegar la necesaria política revolucionaria que encarne la ira y el descontento de la mayoría explotada y humillada. Es este partido el que debemos construir para dar continuidad a la lucha que hace más de cien años comenzó en las pampas salitreras. Para vindicar la sangre de los caídos en la lucha por el Socialismo, los de Santa María de Iquique, los de Ranquil, los de Pampa Irigoin, la sangre de millones de obreros y explotados que ha regado pampas y valles, desde Atacama hasta la Patagonia. Esa tradición de lucha irreductible de la que somos herederos y que es tributaria de la lucha de los obreros del mundo entero, nos permite decir: ¡PROLETARIOS NO HAY OTRO CAMINO QUE UNIRSE BAJO LA BANDERA DE LA IV INTERNACIONAL!

(Publicado en Lucha Obrera, Chile, febrero de 2001// Imagen: La muerte de Allende, Roberto Matta, 1973)

 

Debate marxista sobre el lugar común de la Asamblea Constituyente

En varios países de América Latina, se han vuelto cada vez más frecuentes en los últimos años los llamados por la convocatoria de asambleas constituyentes. Recientemente en torno a la huelga de masas y cuasi levantamiento en Oaxaca, que duró de mayo a noviembre de 2006, tanto la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) como toda una serie de grupos de izquierda lanzaron llamados a favor de una asamblea constituyente, una “asamblea constituyente revolucionaria”, una “asamblea nacional democrática y popular”, etc. Aunque una asamblea constituyente elegida mediante sufragio universal no es más que una reivindicación democrático-burguesa, los comunistas revolucionarios han lanzado esa consigna en el curso de su lucha en contra de toda una serie de regímenes precapitalistas y coloniales, así como de dictaduras bonapartistas. Así, por ejemplo, representó uno de los puntales esenciales de los bolcheviques de V.I. Lenin en la Rusia zarista, por ejemplo en la Revolución de 1905, hasta que fue sustituida como consigna central por “todo el poder a los soviets” en el curso de 1917. Asimismo, Trotsky se pronunció a favor de una asamblea nacional en China bajo los señores de la guerra, enfatizando al mismo tiempo que dicho llamado formaba parte de un programa para la toma del poder por parte de consejos de obreros y campesinos (soviets). Sin embargo, la actual avalancha de llamados a favor de asambleas constituyentes en el marco de regímenes supuestamente democrático-burgueses, se contrapone por el vértice al bolchevismo. Lo que hace es remplazar el programa de la revolución proletaria con el de la “democracia” (capitalista), la marca distintiva de los socialdemócratas por doquier.

 

En sus diversas formulaciones, los orígenes de esta consigna se remontan a la Revolución Francesa del siglo XVIII, cuando el Tercer estado (que representaba a las fuerzas ascendentes de la burguesía y de la pequeña burguesía) estableció la Asamblea Nacional Constituyente en junio de 1789 para acabar con los remanentes del ancien régime, una monarquía absolutista encima de un orden feudal decadente. Su propósito inicial era establecer una monarquía constitucional para poner fin a las caóticas condiciones que impedían el crecimiento de un mercado interno; así se propuso una división del poder entre el rey y la asamblea. Sin embargo, los eventos revolucionarios pronto sobrepasaron los planes de los burgueses “moderados”. Para 1792, la Asamblea Nacional había sido remplazada por la Convención Nacional, dirigida por los jacobinos bajo Robespierre. Con el posterior desarrollo del capitalismo, cuando la clase obrera empezó a jugar un rol de protagonista central, ya para la época de la Revolución de 1848 en Francia, la Asamblea Nacional se convirtió en el punto focal de la reacción burguesa en oposición al levantamiento proletario de las Jornadas de Junio. También en Alemania y Austria en 1848, las asambleas constituyentes de Berlín, Viena y Frankfurt hicieron las paces con las fuerzas de la reacción por temor a una revolución obrera.

 

Por su naturaleza genérica, las asambleas constituyentes no son simples cuerpos parlamentarios, sino que, como tales, tienen el propósito de establecer (constituir) una estructura estatal, por ejemplo, mediante la promulgación de una constitución. En Francia, la Segunda, Tercera y Cuarta repúblicas fueron establecidas por asambleas constituyentes. En América Latina hoy en día, es típico que los llamados a favor de tales asambleas estén acompañados por llamados a favor de la “refundación” del país. En un país en el que vastos sectores de la población han sido excluidos del ejercicio de derechos democráticos (por ejemplo, en Ecuador la enorme población indígena fue privada en los hechos del derecho al voto hasta 1978, en virtud del requisito que establecía que los votantes debían saber leer en español), puede ser una reivindicación clave. También es oportuno cuando una estructura social feudal o semifeudal impide que grandes sectores de la población rural tengan alguna participación política, con masas de campesinos sin tierra atadas a las haciendas en virtud del peonaje por deuda, como en México antes de la Revolución Mexicana de 1910-17. En tales circunstancias, la demanda de una “convención nacional” que resuelva la cuestión de la tierra mediante una revolución agraria, que elimine el dominio del clero en la educación y realice otras tareas democráticas, puede ser un poderoso mecanismo para levantar a las masas para que emprendan acciones revolucionarias. Lo mismo puede ser el caso en la lucha para derribar dictaduras militares, como las que predominaron en América Latina en los años 70.

 

Con todo, lanzar llamados por la convocatoria de una asamblea constituyente en México o Ecuador hoy en día –donde existen las estructuras formales de la democracia burguesa, así sea de manera raquítica, y los latifundios semifeudales han sido sustituidos desde hace mucho tiempo por la agricultura capitalista– equivaldría a llamar a “refundar” dichos países sobre una base burguesa, cuando lo que se necesita es una revolución socialista. En Bolivia, el Movimiento al Socialismo (MAS) de Evo Morales hizo campaña a favor de una asamblea constituyente, buscando sembrar la ilusión de que estaba dispuesto a realizar cambios fundamentales, pero sin tocar los fundamentos capitalistas del país. Esta consigna ha sido repetida por diversos grupos de izquierda que se han puesto a la cola del MAS, en un esfuerzo para empujar a Morales hacia la izquierda y reclutar adeptos entre sus seguidores plebeyos. En los levantamientos de obreros y campesinos de 2003 y 2005 que llevaron al país al borde de una insurrección, señalamos que urgía establecer no una asamblea constituyente democrático burguesa (ni una supuestamente más izquierdista “asamblea popular”) sino consejos (soviets) de obreros y campesinos que sirvieran como base de un gobierno obrero, campesino e indígena revolucionario. Señalamos también que si bien Bolivia es el campeón continental en lo que toca al número de golpes de estado que ha sufrido, también tiene la delantera con respecto a asambleas constituyentes o congresos (al menos 19 según nuestro conteo)1. Así, cuando Morales fue elegido presidente en diciembre de 2005, convocó la asamblea constituyente que había prometido desde hacía mucho tiempo. ¿Cuál ha sido el resultado? Derechistas racistas han secuestrado a la asamblea para implementar sus exigencias reaccionarias a favor de la autonomía regional para separarse del altiplano predominantemente indígena.

 

Así, aunque en ciertos contextos es apropiado que los comunistas llamen por la formación de una asamblea constituyente, esta demanda no es de ninguna manera inherentemente democrático-revolucionaria. En ciertas condiciones, puede incluso servir como cubierta de una contrarrevolución “democrática”. Nuestra corriente, ha tenido alguna experiencia con este tópico. En un artículo  titulado “Why a Revolutionary Constituent Assembly” [¿Por qué una asamblea constituyente revolucionaria?] (Workers Vanguard, n° 221, 15 de diciembre de 1978), señalamos que cuando la dictadura chilena de Pinochet organizó un plebiscito y la Democracia Cristiana (DC) estuvo diciendo que había que remplazar la dictadura con una junta militar reformada, denunciamos los comicios trucados y nos pronunciamos por una asamblea constituyente y por aplastar a la junta mediante una revolución obrera. Nuestro artículo, de la Organización Trotskista Revolucionaria de Chile, explicaba:

 

“En contra de las adaptaciones reformistas al programa de la burguesía, presentamos como trotskistas el llamado a favor de una asamblea constituyente con plenos poderes, elegida mediante voto universal, secreto y directo. Una genuina asamblea constituyente sólo puede, por definición, ser convocada si imperan plenas libertades democráticas, que permitan la participación de todos los partidos de la clase obrera. En consecuencia, uno de sus prerrequisitos es el derrocamiento revolucionario de la junta militar, algo que la DC y los reformistas, a pesar de su larga lista de reivindicaciones democráticas, olvidan mencionar.

 

“Para los leninistas, las tareas democráticas representan una parte subordinada del programa de clase del proletariado. Como escribió Trotsky al hablar del papel de las demandas democráticas en los países gobernados por los fascistas: ‘Pero las fórmulas de la democracia (libertad de prensa, derecho de asociación, etc.) sólo significan para nosotros consignas incidentales o episódicas en el movimiento independiente del proletariado, y no un dogal democrático echado al cuello del proletariado por los agentes de la burguesía (¡España!)’ (Programa de Transición). En países con una tradición de democracia burguesa y con una clase obrera avanzada, como Chile, la demanda de una asamblea constituyente no es una parte fundamental del programa proletario. Así, después de que la junta militar tomara el poder, la TEI no presentó dicha consigna. La lanzamos ahora de manera táctica en contra de los esfuerzos de la burguesía, apoyados por sus agentes en el movimiento obrero, para pactar con sectores militares. Nuestro propósito es desenmascarar el miedo de la burguesía a la democracia revolucionaria.

 

 

En otras ocasiones, en cambio, el llamado a favor de una asamblea constituyente se ha presentado para exorcizar el espectro de la revolución obrera. Esto fue lo que ocurrió en Portugal en el verano de 1975. Tras la caída de la dictadura de Marcelo Caetano en abril de 1974, cuando la reacción se consolidaba en torno al siniestro general Antônio Spínola, inicialmente nos pronunciamos a favor de elecciones inmediatas para una asamblea constituyente, así como por la formación de consejos obreros. Sin embargo, un año después, como señalamos en nuestro artículo de 1978 “¿Por qué una asamblea constituyente revolucionaria?”, “comisiones obreras, asambleas populares y diversas formas localizadas de doble poder, están apareciendo por doquier en el país.” En ese momento, mientras que el Partido Comunista Portugués (PCP) estaba aliado con oficiales izquierdistas del Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA), con Spínola hecho a un lado, las fuerzas contrarrevolucionarias se cohesionaron en torno al Partido Socialista (PS) de Mário Soares, que con el respaldo burgués ganó las elecciones de abril de 1975 para la asamblea constituyente.

 

¿Qué política debían adoptar los marxistas revolucionarios? La mayor de las organizaciones supuestamente trotskistas en ese momento, el Secretariado Unificado de la IV Internacional (SU), estaba dividido a la mitad. La mayoría, compuesta por los seguidores de Ernest Mandel, vitoreó a los “oficiales revolucionarios” del MFA, justo como hacen hoy en día muchos que se pretenden radicales con el coronel burgués populista Hugo Chávez en Venezuela. La minoría, dirigida por el Socialist Workers Party norteamericano de Jack Barnes y el seudotrotskista argentino Nahuel Moreno, se alineó con el Partido Socialista (fuertemente financiado por la CIA a través de la socialdemocracia alemana y su Fundación Friedrich Ebert) en nombre de la defensa de la “soberanía” de la asamblea constituyente. Así, mientras que las turbas dirigidas por los “socialistas” quemaban las oficinas del PCP, ¡el S.U. estuvo en ambos lados de las barricadas! En contraste, los auténticos trotskistas no dieron apoyo a ninguna de las coaliciones burguesas en contienda, y llamaron en cambio a formar soviets obreros en Portugal, contrapuestos a la asamblea constituyente dominada por los derechistas (ver nuestro artículo en dos partes, “Soviets and the Struggle for Workers Power in Portugal” [Los soviets y la lucha por el poder obrero en Portugal], Workers Vanguard nos. 83 y 87, 24 de octubre y 28 de noviembre de 1975).

 

Volvamos a la situación actual. Entre septiembre y noviembre del año pasado, los medios radicales en todo el mundo se vieron saturados con artículos que aclamaban una supuesta “Comuna de Oaxaca”, la mayor parte de los cuales por puro entusiasmo acrítico, en tanto que otros le añadían un toque “izquierdista” al sugerir a dicha comuna que tomara el poder, expropiara a la burguesía, etc. No se explicaba, sin embargo, cómo se realizaría esto en el estado más empobrecido y predominantemente campesino del país. El Grupo Internacionalista intervino activamente en Oaxaca a lo largo de varios meses, señalando todo el tiempo que aunque varios sindicatos formaban parte de la APPO, ésta no se basaba en la clase obrera y el campesinado y que en consecuencia no representaba una forma embrionaria de gobierno obrero y campesino –que es lo que eran la Comuna de Paris de 1871 y los soviets rusos de 1917 (ver “¿Una comuna de Oaxaca?” en El Internacionalista n° 6, mayo de 2007). De hecho, varios dirigentes principales de la APPO son militantes del Partido de la Revolución Democrática (PRD), un partido nacionalista burgués. El GI y la LIVI llamaron por una huelga nacional contra la represión, y a romper con el frente popular en torno al PRD y su principal dirigente, Andrés Manuel López Obrador, así como a formar un partido obrero revolucionario.

 

Tras la represión sangrienta del 25 de noviembre de 2006, se ha desvanecido la retórica de la “extrema izquierda” acerca de una Comuna de Oaxaca, de modo que hoy en día varios grupos radicales enfocan sus consignas en la demanda de una asamblea constituyente. Con mucho, el grupo de izquierda más grande en Oaxaca es el Partido Comunista de México (marxista-leninista), que sostiene que para lograr una “salida democrática revolucionaria”, la izquierda debe enfocarse a la “discusión de una nueva constitución”, “alcanzar una plataforma común”, “poniendo en la estrategia del movimiento de masas la realización de una Asamblea Nacional Constituyente Democrática y Popular” (Vanguardia Proletaria, 5 de marzo). No sorprende el hecho de que el PCM (m-l) haga ese llamado, pues es perfectamente consistente con su programa reformista de la “revolución por etapas” y del frente popular; de hecho, en el mismo número, un artículo alaba la política de Stalin como un “clásico del marxismo-leninismo”. Sin embargo, los estalinistas de los últimos días no son los únicos que defienden esta línea democrático-burguesa. Otra organización que se proclama como defensora de la asamblea constituyente en todos lados y en cualquier momento, es la Liga de Trabajadores por el Socialismo (LTS), parte de la Fracción Trotskista (FT).

 

En su balance, “Crisis del régimen y las lecciones de la Comuna de Oaxaca” (31 de diciembre de 2006, la LTS dice que la APPO debía establecer “un gobierno provisional [que] debería convocar a una Asamblea Constituyente Revolucionaria”. Más específicamente, la APPO debería “transformase en un verdadero organismo de democracia directa de los explotados y oprimidos que enarbolase un programa obrero y popular”, para “reorganizar el estado en función de los intereses de las grandes mayorías oprimidas y explotadas”. La LTS dice también que “un gobierno de la APPO y las demás organizaciones obreras y populares”, en tanto que “expresión política de la Comuna, debería poner en pie una verdadera Asamblea Constituyente Revolucionaria”, en la que “los trabajadores, los campesinos y los indígenas, junto a todo el pueblo, discutiesen como reorganizar la sociedad.” Prácticamente cada uno de estos puntos se contrapone al marxismo. En primer lugar, es necesario, no “reorganizar el estado”, sino aplastar al estado capitalista y remplazarlo con un estado obrero. En segundo lugar, un genuino soviet no es simplemente un ejemplo de democracia directa de los pobres, sino un órgano de clase del poder obrero. La LTS y la FT sistemáticamente pasan por alto el carácter de clase proletario del programa por el que luchan los trotskistas, y lo remplazan con palabrería sentimentaloide acerca de la “democracia” y el “pueblo”, que se sentaría en torno a una mesa para discutir qué tipo de sociedad quiere.

 

La retórica “democraticista” de esta corriente no es accidental, pues proviene directamente del progenitor de la FT, Nahuel Moreno. La FT se ofende cuando se le denomina neomorenista, pues dice haber roto con Moreno algunos años después de su muerte en 1986 (ver su “Polémica con la LIT y el legado teórico de Nahuel Moreno”, Estrategia Internacional n° 3, diciembre de 1993-enero de 1994). Ahí, aunque presentan objeciones en contra de varias de las formulaciones más abiertamente oportunistas de Moreno, como su llamado a favor de una “revolución democrática”, la FT conserva el marco metodológico y muchas de las consignas de su maestro. Su sección más importante, el Partido de los Trabajadores por el Socialismo de Argentina, escribió tras los cacerolazos de diciembre de 2001 en contra de la sucesión de presidentes burgueses:

 

“La consigna ‘que se vayan todos’ expresa la falta de legitimidad y el odio popular hacia el régimen de representación política, hacia los políticos patronales…. Pero, aún no se ha avanzado en identificar a este régimen, con su contenido social, la dominación capitalista. Es en el sentido de tender un puente entre esta conciencia ‘democrática’ de las masas y la necesidad de la revolución y el poder obrero, que los marxistas levantamos la consigna de Asamblea Constituyente Revolucionaria.”

 

Por supuesto, Trotsky mismo presentó el Programa de Transición de 1938 para “ayudar a las masas, en el proceso de la lucha cotidiana, a encontrar el puente entre sus reivindicaciones actuales y el programa socialista de la revolución”. Sin embargo, lo que el PTS y la FT hacen aquí es bien distinto, pues el llamado a favor de una asamblea constituyente, ya sea que se la etiquete como revolucionaria o no, no va más allá de los límites del capitalismo. En los países capitalistas económicamente atrasados, semifeudales o coloniales, una asamblea constituyente podría ser el vehículo para las luchas de e masas a favor de la revolución agraria, la independencia nacional y la realización de derechos democráticos elementales. Pero tanto antes como después de diciembre de 2001, Argentina ha sido un país independiente, completamente capitalista, que ni siquiera tiene un verdadero campesinado, sino más bien obreros agrícolas. Fingir que hay una “revolución democrática” a completar en Argentina, no es otra cosa que una capitulación ante –y una adopción de– las ilusiones democráticas de las masas, nada que tenga que ver con dirigirlas hacia la revolución socialista. Y esto es exactamente lo que hizo Moreno al hacer del llamado por asambleas constituyentes el elemento central de su programa, desde Portugal (de donde lo tomó prestado del SWP norteamericano), hasta Argentina y el resto de América Latina.

 

La piedra de toque del trotskismo se expresa en la primera oración del Programa de Transición: “La situación política mundial en su conjunto se caracteriza principalmente por la crisis histórica de la dirección del proletariado”. El propósito y razón de ser de la IV Internacional, de la cual éste es el documento de fundación, consistía en proveer la vanguardia revolucionaria independiente indispensable para dirigir las luchas de los obreros y oprimidos hacia la revolución socialista internacional. Moreno, sin embargo, rechazó la perspectiva de Trotsky. En un documento de 1980 titulado Actualización del Programa de Transición, Moreno sostiene que “a pesar de las fallas del sujeto (es decir de que el proletariado en algunas revoluciones no haya sido el protagonista principal) y del factor subjetivo (la crisis de dirección revolucionaria, la debilidad del trotskismo), la revolución socialista mundial obtuvo triunfos importantes, llegó a la expropiación en muchos países de los explotadores nacionales y extranjeros, pese a que la dirección del movimiento de masas continuó en manos de los aparatos y direcciones oportunistas y contrarrevolucionarios.”

 

Según Moreno, una dirección trotskista independiente no es necesaria para realizar lo que denomina “revoluciones de febrero”, en oposición a las “revoluciones de octubre”. Así, “actualiza” el programa de Trotsky al postular toda una etapa de revoluciones de febrero. En su Tesis 26, Moreno afirma:

 

“Nuestros partidos tienen que reconocer la existencia de una situación revolucionaria pre-febrero para sacar consignas democráticas adecuadas a la existencia de direcciones pequeñoburguesas que controlan el movimiento de masas y a la necesidad de establecer una unidad de acción lo más pronto posible para hacer la revolución de febrero. Debemos comprender que es inevitable hacerla y no tratar de saltarnos esa etapa, sino sacar todas las conclusiones estratégicas y tácticas necesarias.”

 

Así, lo que Moreno propone es lanzar una serie de consignas democráticas adecuadas para las direcciones pequeñoburguesas, no un programa para los revolucionarios. ¿Cuáles serían tales consignas? En la Tesis 27, enfatiza “el carácter democrático general de las revoluciones de febrero contemporáneas”. Y prosigue: “De ahí la enorme importancia que ha adquirido la consigna de Asamblea Constituyente o variantes parecidas en casi todos los países del mundo”. Se refiere a la asamblea constituyente como “la máxima expresión de lucha democrática”, diciendo que “Planteamos Asamblea Constituyente, pero diciendo: somos los más grandes demócratas”, etc. Habla también del “desarrollo del poder obrero y popular”, lo que sea que signifique, diciendo que el objetivo último de la clase obrera y sus aliados es la toma del poder. Pero lo fundamental aquí es que Moreno está presentando un programa democrático para falsos dirigentes pequeñoburgueses o, incluso, burgueses.

 

La “actualización” de Moreno del Programa de Transición fue parte de toda una evolución de sus concepciones políticas. Antes de eso, Moreno se había distinguido principalmente por la facilidad con la que realizaba abruptos cambios políticos, siendo un artista del disfraz, tanto así que nos referíamos a Nahuel Moreno como el Cantinflas del movimiento marxista. Nahuel Moreno siempre intentó hacerse pasar como representante del ala izquierda de cualquier movimiento en boga en un momento dado. Después de posar como peronista de izquierda en Argentina, a principio de los años 60 se vistió con uniforme militar verde olivo del guerrillerismo castro-guevarista. Por un rato, estuvo entusiasmado con las Guardias Rojas maoístas en China. Cuando algunos de sus compañeros se tomaron en serio sus palabras y comenzaron a formar un frente guerrillero en Argentina a finales de los 60, con resultados catastróficos, Moreno no tardó en dar la vuelta para vestirse con traje y corbata como un socialdemócrata respetable, uniéndose a los vestigios del Partido Socialista Argentino. En 1975-1976 respaldó a la socialdemocracia portuguesa financiada por la CIA. Para finales de los años 70, había vuelto al guerrillerismo, esta vez como un sandinista socialista. Documentamos esta historia en el folleto La verdad sobre Moreno (1980), publicado originalmente por la Tendencia Espartaquista Internacional y ahora disponible como publicación de la Liga por la IV Internacional.

 

 Pero para principios de los 80, la junta estaba agonizando, herida de muerte por su malhadada aventura militar en las Islas Malvinas/Falklands (aventura que los morenistas vitorearon con entusiasmo), y Moreno se alineó con la oposición burguesa de los radicales, dirigida por Raúl Alfonsín, quien ganó la presidencia en 1983. Moreno proclamó que esta victoria representaba una Revolución democrática triunfante, en un libro que llevaba ese título, inventando entonces su teoría de las “revoluciones democráticas”. La punta de lanza programática de este dogma antimarxista es su llamado, en todos lados y en cualquier ocasión, a favor del establecimiento de una asamblea constituyente.

Pero incluso antes de su repentino enamoramiento con las “revoluciones de febrero” (que ocurrió en tiempos en que Ronald Reagan abogaba por una “revolución democrática” en América Latina), Nahuel Moreno ya subrayaba el llamado a favor de asambleas constituyentes en el “Tercer Mundo” semicolonial. Así, su casa editorial (Pluma) publicó a mediados de los años 70 una colección de escritos de Trotsky titulada La segunda revolución china, que cubrían el período de 1919 a 1938 y que de manera prominente representaba el llamado del revolucionario bolchevique a favor de asambleas constituyentes en torno a 1930, tras la derrota de la segunda Revolución China en 1927. Sin embargo, este libro de 220 páginas dejó fuera los muchos artículos de Trotsky en los que éste llama por la formación de soviets en China, consigna que era el punto focal de sus llamados a la acción para el Partido Comunista Chino en el punto álgido del levantamiento revolucionario de 1925-1927. La sesgada selección de documentos presentada por Moreno es una distorsión deliberada de la política trotskista para los países semicoloniales. Hasta la fecha, los lectores de Trotsky en español jamás han visto sus repetidos llamados a favor de la revolución obrera en China basada en soviets de obreros, campesinos y soldados, y únicamente conocen la expurgada selección morenista.

 

Cabe señalar también que Moreno no sólo se pronunció por asambleas constituyentes únicamente en el “Tercer Mundo”, sino “en casi todos los países del mundo”. ¿Se incluye aquí a las “democracias” imperialistas? ¿Qué tal Estados Unidos? Pues de hecho, la efímera organización morenista en EE.UU. llamó a principio de los años 80 por el establecimiento de una asamblea constituyente. Al mismo tiempo, atacaron a nuestros camaradas con martillos. El “democraticismo” pro capitalista va de la mano con el gangsterismo anticomunista.

 

En Bolivia, donde la cuestión de una asamblea constituyente ha sido un asunto central debido a los llamados de Evo Morales para establecer una, un prominente portavoz de la sección boliviana de la FT, Eduardo Molina, publicó un artículo en los comienzos del levantamiento de 2003, llamando a favor de una “Asamblea Constituyente Revolucionaria” (Lucha Obrera, n° 11, 24 de febrero de 2003). En una sección titulada “La Asamblea Constituyente y el trotskismo”, Molina sostiene:

 

“León Trotsky levantó la consigna de Asamblea Nacional como una gran bandera unificadora de las masas luego de la Segunda Revolución China, propuso la consigna de Cortes constituyentes revolucionarias en los inicios de la Revolución Española, a principios de los años 30; y exigió una asamblea nacional, junto a un programa de consignas democrático-radicales dirigidas contra el régimen de la república francesa en su Programa de Acción para Francia de 1934.”

 

Éste ha sido el argumento morenista estándar durante años, mientras siguen traduciendo a Trotsky en el espíritu de la democracia burguesa. Más recientemente, este argumento ha sido retomado por la Ligue Communiste Révolutionnaire (LCR), la sección francesa del Secretariado Unificado, ahora que se incrusta cada vez más en el parlamentarismo burgués. (Los dirigentes de la desde hace mucho reformista LCR han intentado deshacerse ce la “C” y de la “R” en sus siglas, pero siguen enfrentando resistencia entre las bases.) El teórico de la LCR Francisco Sabado juega ahora con llamados a favor de una asamblea constituyente en Francia, citando el mismo programa de 1934 para justificarlo (“Quelques éléments clés sur la stratégie révolutionnaire dans les pays capitalistes avancés”, Cahiers Communistes n° 179, marzo de 2006).

 

Una vez más, esto es una distorsión de la política revolucionaria de Trotsky. En China, como hemos señalado, Trotsky lanzó el llamado por el establecimiento de una asamblea constituyente como parte de su agitación tras la derrota de la Segunda Revolución China, dirigiéndola así en contra de los señores de la guerra y de la dictadura del generalísimo Chiang Kai-shek; en el punto álgido de la batalla, su llamado fundamental era el de la formación de soviets. La Revolución Española de 1931 se estaba desarrollando en lucha contra la monarquía y la dictadura militar del general Primo de Rivera, que había gobernado al país con puño de hierro desde 1923. La consigna de Trotsky intersecaba sentidas exigencias a favor de elecciones democráticas y de la proclamación de una república, la revolución agraria, la separación de la iglesia y el estado, así como la confiscación de las propiedades del clero. Así, la demanda de una asamblea constituyente o de Cortes revolucionarias era la generalización de toda una serie de demandas democráticas que representaban el umbral de una revolución socialista. Por supuesto, Trotsky combinó este llamado con la propaganda a favor de la formación de soviets. Para la época de la Guerra Civil Española de 1936-1939, la exigencia de una asamblea constituyente dejó de ser apropiada bajo la república.

 

La situación en Francia a mediados de los años 30 era muy distinta, y Trotsky no se pronunció por una asamblea constituyente ahí, en contra de lo que sostiene la mitología morenista. ¿Entonces a favor de qué abogaba su “Programa para la acción en Francia”? En ese momento, reaccionarios derechistas y fascistas estaban lanzando al país hacia un régimen autoritario de “estado fuerte”, como reflejo de una corriente general en Europa simbolizada por el ascenso del Hitler al poder un año antes, y por la derrota en febrero de 1934 de un levantamiento de los obreros de Viena a manos del régimen clerical-fascista de Dolfuss en Austria. La consigna principal de Trotsky frente a esta amenaza bonapartista no fue la del establecimiento de una asamblea constituyente democrática, como sugieren los morenistas, sino más bien “¡Abajo con el ‘estado autoritario’ de la burguesía! ¡Por el poder obrero y campesino!” Como parte de la lucha por el establecimiento de una “comuna de obreros y campesinos”, Trotsky juró defender la democracia burguesa en contra de los ataques de los fascistas y los monarquistas. En dicho contexto, llamó por la abolición de diversos aspectos antidemocráticos de la Tercera República francesa, incluido el Senado, elegido mediante sufragio limitado, y la presidencia, punto focal de las fuerzas militaristas y reaccionarias, y propuso la formación de una “asamblea única” que “combinaría los poderes ejecutivo y legislativo”. Recientemente hicimos estos señalamientos en nuestro artículo “France Turns Hard to the Right” [Francia da un fuerte vuelco a la derecha] (The Internationalist No. 26, junio-julio de 2007). Sin embargo, este llamado es bien distinto de la consigna de asamblea constituyente en un país que hay ha tenido un régimen democrático burgués, no importa cuán avejentado y raído.Al presentar su programa para la revolución permanente en los países capitalistas atrasados, Trotsky enfatizó: “La tarea central de los países coloniales y semicoloniales es la revolución agraria, es decir, la liquidación de las herencias feudales, y la independencia nacional, es decir, el derribo del yugo imperialista.” Enfatizó también que los revolucionarios no pueden “rechazar sin más el programa democrático; es preciso que las masas lo sobrepasen en la lucha. La consigna de Asamblea Nacional (o Constituyente) conserva toda su fuerza para países como China o India. Esta consigna debe ligarse indisolublemente con el programa de la liberación nacional y el de la reforma agraria”. En síntesis, esta consigna no es apropiada para un país capitalista, o para los países atrasados que ya han ido más allá del nivel democrático burgués. En México, Bolivia o Ecuador, ninguna demanda democrática servirá para derribar el yugo del imperialismo o de la agroindustria capitalista. Esto sólo podrá conseguirse mediante la revolución obrera.

 

Fingir que una “revolución democrática” está hoy en el orden del día en América Latina o Europa, equivale a hacerle el juego a la reacción burguesa, tal como hizo Moreno al adoptar la retórica reaganista de los años 80, que se volvió después en contra de la Unión Soviética. No es sorprendente que muchos de los seudotrotskistas se hayan sumado al coro antisoviético en torno a Afganistán y Polonia a principios de los años 80, y que estuvieran del lado del contrarrevolucionario Boris Yeltsin en 1991, como lo estuvieron los morenistas y el Secretariado Unificado. También es lógico que al lanzar la consigna a favor de una asamblea constituyente en Francia hoy, el “teórico” de la LCR y el SU, Francisco Sabado, recurra a la crítica de Rosa Luxemburgo a los bolcheviques en torno a su disolución de la Asamblea Constituyente en Rusia en enero de 1918, por haberse convertido en punto focal de la oposición al gobierno de los soviets. En su manuscrito inconcluso Sobre la Revolución Rusa, Rosa Luxemburgo criticó la defensa por parte de Trotsky de esta media revolucionaria (publicada en su folleto De Octubre a Brest-Litovsk) y pidió que se eligiera una nueva Asamblea Constituyente al lado de los soviets, en nombre de la “democracia”. Esto es exactamente lo que se produjo unos cuantos meses después, tras la Revolución Alemana de noviembre de 1918, cuando la Asamblea Constituyente Nacional se convirtió en la base desde la cual el gobierno socialdemócrata aplastó el Congreso de Consejos de Obreros y Soldados a la vez que asesinaba a Luxemburgo y a su camarada, el también dirigente comunista Karl Liebknecht2. Nosotros nos ponemos, en cambio, del lado de Lenin, de cuyas “Tesis acerca de la Asamblea Constituyente” ofrecemos a continuación unos extractos.

Lo que hacía falta en Oaxaca entre junio y noviembre de 2006, en Bolivia en junio de 2005 y entre septiembre y octubre de 2005, en Argentina en diciembre de 2001, no era pronunciarse por una resolución democrático-burguesa de la crisis bajo la consigna de la asamblea constituyente, sino explicar a las masas (y a la izquierda) que ninguno de los objetivos de la lucha podría lograrse sin la formación de órganos de poder obrero, respaldados por los pobres del campo y la ciudad, y de la mano de la lucha por la construcción de auténticos partidos trotskistas y de una IV Internacional reforjada para dirigir la lucha por la revolución socialista internacional. ■

 

(Publicado por Liga por la IV Internacional (LIVI) y la Liga Comunista Internacional/tendencia espartaquista internacional (LCI/TEI) en octubre de 2007)

 

 

1 En 1825, 1826, 1831, 1834, 1839, 1843, 1851, 1861, 1868, 1871, 1878, 1880, 1899, 1920, 1938, 1945, 1947, 1961, 1967. Ver Luis Antezana E., Práctica y teoría de la Asamblea Constituyente (2003).

2 Es preciso señalar que Luxemburgo nunca publicó Sobre la Revolución Rusa. Tampoco es claro que fuera a hacerlo, pues siguió siendo un manuscrito incompleto. Fue publicado por primera vez como folleto en 1922 por Paul Levi (en una versión incompleta e falsificada) después de que éste rompió con el Partido Comunista y regresó a la socialdemocracia. Desde entonces, este texto ha sido utilizado como bandera por toda clase de anticomunista. Además, cuando se presentó la cuestión de asamblea nacional y/o consejos obreros en Alemania en noviembre-diciembre de 1918, Rosa la revolucionaria se pronunció tajantemente por un gobierno de consejos obreros en contra de la “democracia” burguesa encarnada en la Asamblea Nacional.

(Fotografía:Lenin hablando ante los representantes del I Congreso de los Soviets de Toda Rusia. Universidad Femenina, Moscú, 1918)

Continuidades y discontinuidades en la historia “judía”

Didier Epsztajn//

El libro de Ilan Halevi 1/, es a la vez un libro erudito y un libro político. El autor, periodista y político judío palestino, y uno de los pocos miembros judíos de alto rango de la Organización para la Liberación de Palestina.

Trata siglos y situaciones sociales diferentes. Analiza, a menudo con humor, siempre con una buena pluma, las relaciones sociales y sus contradicciones, las reescrituras históricas y míticas, las cristalizaciones ideales…

De este conjunto, sin retomar las grandes líneas presentadas por Enzo Traverso, yo me fijaría en algunos elementos.

Para los periodos históricos más antiguos, y las referencias a los textos bíblicos, sin pretender tener los conocimientos que permiten discutir los detalles, me apoyaría en los trabajos de arqueólogos e historiadores llamados “nuevos” 2/. Aquellos que afectan a las historias y las geografías de una región que hoy llamamos Palestina. “Aquí se derrumban y se disuelven, al servicio de opciones prácticas que se excluyen completamente, toda una serie de morales de la historia tanto más incompatibles en cuanto que llaman a los mismos símbolos, se expresan en el mismo lenguaje”.

Ilan Halevi reflexiona sobre la historia, su escritura: “las cuestiones dependen de quien las plantea y también de aquellos a los que van dirigidas”. Parte del presente y del pasado reciente, de los reasentamientos del siglo XX, de Europa y de la cuestión del emplazamiento de las poblaciones judías, de los desplazamientos entre la cuestión europea y la cuestión oriental, de las imágenes y de los mitos. Propone releer de otra forma esta historia: “Para ello, no es necesario inventar, solo descubrir. Solo es necesario no haber olvidado nada, no censurar, aproximar las omisiones a las convergencias, de coincidir y aclarar”.

Sobre la primera mitad del siglo XIX, durante la inestabilidad general de los imperios, el autor insiste particularmente en el sistema otomano, en el romanticismo de la emancipación burguesa, en la imaginería heredada de las cruzadas, las violentas contradicciones locales, el derecho a la autodeterminación, las identificaciones sociales, la comunidad judía Yishouv palestina… Las idas y venidas, esas expresiones de no linealidad del tiempo social, forman parte del esclarecimiento, de las preguntas sobre las situaciones reales.

Los tres primeros capítulos del libro están consagrados a las tres nociones que designan los subtítulos del libro: la tribu, la ley, el espacio. Ilan Halevi analiza los fundamentos y los funcionamientos de las comunidades, “la autonomía reconocida de la comunidad judía como tal” bajo la administración otomana, las relaciones entre comunidades judías y sus entornos, las migraciones, el judaísmo árabe, las relaciones intercomunitarias bajo el derecho islámico, la fluctuación de los estatus (poblaciones judías y/o cristianas), las persecuciones. “Esta persecución -explica- solo es religiosa porque las entidades socio-políticas afectadas se definen por la religión”. Y también la comunidad y los individuos, los asentamientos mayoritariamente urbanos, el derecho anterior al islam y la autodefinición de la comunidad por ella misma. “no tal como es sino tal como ella se imagina”. Para ser exactos, las consecuencias de este punto me parecen subestimadas por el autor. Las autodefiniciones de los grupos sociales conllevan efectos materiales concretos para las poblaciones afectadas. Es de esto de lo que hay que discutir, no de las diferencias, que siempre existen, entre la percepción y la realidad. Dicho en otras palabras: las percepciones de sí mismo forman parte de la construcción de la realidad.

El autor sigue con una relectura del relato bíblico, los mitos y las historias codificadas en términos de derecho. Habla del “divorcio de la profecía y el poder”. Del tiempo y de la definición del tiempo cero, de la reorquestación del tiempo, de la espera mesiánica: “todavía nada ha acontecido, el tiempo gramatical de la profecía y el futuro”. Este ángulo de profecía versus poder es especialmente seductor. Cabe destacar, como lo hace el autor, que el año cero no es el de la revelación de la ley sino más bien el de su reescritura…

Sea lo que sea, la biblia que conocemos está “reescrita, expurgada, anotada y completada”. Hay en ella una verdadera invención del judaísmo: “ el momento de transición: separar el antes y el después. Pero para el texto mismo, solo existe el presente de la lectura” y de la cristalización de “una casta de sacerdotes”. El autor insiste, con razón, en el tiempo babilónico, el arameo, la competencia ritual, la obsesión en la pureza alimentaria, las prácticas de autosegregación. Las reglas de la vida no son las de la Torá de Moises sino aquellas definidas época a época, “por los rabinos que comentan, interpretan y enmiendan”. Ahí también convendría estudiar las diferencias, los tiempos de la adopción y sedimentación de los rituales.

Ley del desierto, “afirmación terrorista de la Ley”, invención de itinerarios migratorios o de lazos de familia, genealogía caprichosa tenida por historiográfica. ¿Debemos sostener como el autor que “ninguna esencia étnica separa a los buenos de los malos”? Este continúa con el lugar del sacrificio, el control del estado y las percepciones fiscales en especie “mediante el rodeo de una administración policiaca del control de la carne y de la pureza de la vida, la tribu de Levi despliega el ritual de su hegemonía”. Las realidades materiales incluyen dimensiones ideales. La eficacia de la ley dispensa al estado. En su lugar, la teocracia: “la violencia viene de Dios, y del pueblo, nunca de una categoría social particular”. Hay que destacar las páginas de “Profecía y sacerdocio”, el lugar y el impulso de los profetas, la administración persa, el “dominio confesional extraterritorial”, las sectas y las escuelas (y sus prolongaciones cristianas o islámicas), la constitución del poder rabínico… Y la desnacionalización del mesianismo, la comunidad y la coherencia de la Ley, el Talmud, la cristalización de un “sentimiento de irreductible alteridad entre el “nosotros” colectivo judaico y el resto de la humanidad en bloque -las naciones, los goyim”, el conservadurismo “etnocéntrico”, la desterritorialización de las comunidades autónomas…”

El espacio, las migraciones, los intercambios, la unidad lingüística de lo que denominamos Próximo o Oriente Medio, “resultado del contacto, del mestizaje, del intercambio y de la aculturación”, los mitos y sus adaptaciones, el “mito judío del origen ismaelita de los árabes se convertía con el Islam en el mito de los propios árabes”, el espacio de las tres religiones, la Ciudad de Dios y los infieles (“Es decir, a los paganos: no a los judíos o a los cristianos”), la revelación islámica, la Meca y la Medina, los cambios políticos 3/ y el cambio de posiciones en relación a las comunidades judías que, sin embargo, no revela una “contestación teológica del judaísmo por parte del Islam”. Así mismo, el derecho tribal de la guerra, la posición de las poblaciones judías a lo largo de la época del Islam, la revolución abasida, “con esta revolución que abolió en la práctica las restricciones impuestas a la libre circulación de los judíos en el espacio geográfico y social de la nueva civilización, las comunidades judías del mundo musulmán van a transformarse y alcanzar pleno desarrollo”. Y aún los califas y la autoridad centralizada de un rabinato único, “del judaísmo, desde ahí, no se sale más…-…y tampoco se entra más”. Migraciones hacia el nuevo occidente y España, a las puertas del occidente cristiano. “No obstante, esta migración que encamina a los judíos hacia otra historia, no se basa en la lógica interna, social o ideológica, del judaísmo”. Un cambio notable, un “doble movimiento institucional y espacial”.

Ilan Halevi detalla las transformaciones, la apertura de las “puertas del poder profano”, el terreno del comercio que es también el terreno de la comunicación, las mutaciones lingüísticas y religiosas, las relaciones entre filosofía y fe, la circulación de las ideas…

Aborda al talmudista Maimonides, la refutación mística de la filosofía. La recomposición de las instituciones religiosas y comunitarias, la problemática religiosa, la dhimma, el intermedio del latín, la historia de los marranos, la cultura rabínica floreciente a la sombra de los príncipes castellanos, el Libro del esplendor (Sefer ha-Zohar), la lengua talmúdica (el arameo), el desciframiento de los textos, la ciencia cabalística, el entorno de los poderes… Son destacables las hermosas páginas sobre el mesianismo: “Este mesianismo se nutre de la persecución: humillaciones, inseguridad, explosión de violencia, expulsiones”, las otras simbiosis europeas del judaísmo, la expulsión de la tierra, los colores de la infamia. “Empujados por los mismos factores que prácticamente habían eliminado a los judíos de Francia, los judíos de Italia del Norte y de Bohemia, de Renania y de Prusia, van a afluir hacia el reino de Polonia, donde los príncipes católicos les van a ofrecer una protección sin parangón”.

Europa

El tiempo askenazi, la cristalización de un judaísmo en el interior del área lingüística germánica, los desplazamientos forzosos en esta zona, el yidis, “el mundo askenazi de Europa del Este va a dominar pronto todos los puntos de la diáspora”. Ilan Halevi detalla las condiciones y las organizaciones judías, la sociedad rabínica. Discute de la Horda, de los Jázaros 4/, del crecimiento geográfico, de la elasticidad de las fronteras, de la geopolítica de las nacionalidades, de las autonomías singulares, de las revueltas campesinas, del campesinado ucraniano, del fenómeno cosaco, de los abusos contra las poblaciones judías, “Pueblos, clases, órdenes, castas…tantas aproximaciones para formaciones cambiantes o inacabadas, cuya historia y configuración se bifurcan en función de los azares de la guerra, y que no son nada distinto a lo que son en tal o cual momento de esos destinos cambiantes, cualquiera que sea, por otra parte, la idea que ellas tienen de sí mismas. En realidad, hay una dificultad en utilizar términos que no tienen la misma significación en las configuraciones diferentes de las relaciones sociales.

El autor continua con la “constitución del judaísmo” en Polonia, su protección por parte de la monarquía, los “mazazos” sufridos “por las contradicciones sociales, religiosas, nacionales – económicas, ideológicas y étnicas”.

Ilan Halevi habla de la religión como signo de reconocimiento “para grupos al mismo tiempo nacionales y sociales”. Hace la crítica de los límites de la teorización de Abraham Leon y su reducción de la historia de la sociedad a un mecanismo económico.

Separación social, concentración comunitaria, espacio geográfico autónomo, densidad de la autonomía, protección real y modelo rabínico propio. Sin embargo, es una pena que el autor no aborde las contradicciones generadas por estas formas de organización. Ilan Halevi habla de “creación de las condiciones materiales de la existencia nacional”, de la particular implantación en el territorio, de sociedad dispersa, de aldea judía, exclusivamente judía, de Shtetl, de yuxtaposición y no aculturación , de lazos sagrado-legal-privado y de las lenguas hebreo-arameo-yidis, de la ortodoxia y de los debates, del dogmatismo y ritualismo exacerbado, de la Misnha y de la Halakha. Así que el universo cultural y mental del Shtetl, del sabatismo, del hassidismo, de la glorificación de los conocimientos y de la institucionalización de la ignorancia, de los Tsaddiq, del desarrollo de la contestación, de la Cabala, de la división entre “judíos y no judíos” y del concepto de separación (havdalah) de crisis interna del Shtetl, de las transformaciones y de las fisuras en la unidad del judaísmo askenazi…

En diferentes grados, la cuestión de la emancipación de los judíos (la emancipación de las mujeres es un agujero negro) se convierte en una cuestión europea, especialmente, al oeste del continente. Asimilación y antisemitismo, masacres y pogroms, exclusión social, grandes movimientos de población y oleadas migratorias que “hacen pasar al oeste a varios millones de ostjuden , niños y nietos de la civilización del Shtetl en crisis”, modificación de las miradas sobre sí mismos… Sin duda, se trata de historia. Sin embargo, permanece el mito “de una unidad étnica” propagada no solamente por los antisemitas. Destaco las páginas del autor sobre las diferentes formas del odio, del anti-judaísmo cristiano al antisemitismo racial. También es necesario insistir en las transformaciones: “En el espacio de dos generaciones, el estatus y el lugar de los judíos en Europa había sufrido modificaciones de una amplitud inigualable”. Al modificar una parte significativa de las condiciones materiales de las comunidades se produce la “desintegración de la problemática social judía separada” de la que hay que hablar. Queda para una parte de ellas, en el imperio ruso, en la zona de residencia, la conservación de concentraciones territoriales, el desarrollo de una pequeña industria, de un proletariado judío. El autor insiste con razón en las transformaciones que son “increíbles”. Nacimiento de una burguesía judía, de un proletariado judío y de una organización de obreros judíos, el Bund…

Si el “marco de identidad judaica” se rompe efectivamente, hablar como lo hace Ilan Halevi de”pueblo-testigo es puro anacronismo etnográfico y religioso” me parece impropio y dudoso y al descuidar las reconfiguraciones en las que las poblaciones judías se consideran como judías, a menudo separadamente, o al menos en parte, de sus creencias religiosas. Pero hay una clara contradicción en el ámbito socio-religioso-rabínico, “la imposibilidad para la vieja Ley de sobrevivir en las nuevas condiciones”.

El autor vuelve a la historia, especialmente la de los marranos, la diáspora marrano-sefardí y a Espinoza, para analizar mejor “el movimiento judío de las Luces, la Haskala, y la reforma del rabinismo”. Mendelssohn, la Haskala, yidis o hebrea, cultura judía laica, revuelta interna contra el “modelo rabínico de la protección”. Partiendo de las líneas de emancipación de la Haskala y del Yidisland, líneas opuestas y, sin embargo, emparentadas, sin duda es de la libertad, de la autonomía de los individuos de lo que se trata. Dos líneas históricas que se han opuesto y mezclado… Como el autor, destaco las dimensiones revolucionarias del ideal universalista del socialismo como el “sobrepasar y al mismo tiempo culminar la misión social de los profetas”. Queda que la emancipación individual y colectiva se enfrentan a las dimensiones “ideales” o “nacionales” que no desaparecen ni se disuelven en lo abstracto y el futuro de la universalidad no concreta.

Más allá de lo que dice el autor, cuya apreciación se limita a una crítica del “nacionalismo cultural”, creo que aún tenemos mucho que aprender de los análisis del Bund como el de los austriaco-marxistas.

Sea lo que sea, hubo otras profundas rupturas ligadas a las lejanas migraciones. “La marcha hacia América o hacia Australia representa la más clara ruptura con el Shtetl, incluso si más tarde, es en Estados Unidos donde se recompone la vida judía más comunitaria”.

También es la época de la “reorganización imperialista del mundo”. Ilan Halevi analiza, bajo múltiples facetas, el/los sionismo/s, el mito del trabajo de la tierra, los Amantes de Sion, Theodoro Herzl, el territorialismo, el sionismo político, la “utopía nacional judía”, la idea de una normalización de los judíos mediante un estado judío, las prácticas colonizadoras de masas, la reformulación secular del tema de elección. “El núcleo del consenso sionista afecta al destino judío, la naturaleza del estado de Israel y la esencia del rechazo árabe: fundamentalmente, el sionismo es un tipo de mirada puesta sobre el antisemitismo”. Estamos aquí lejos de la simple reducción del sionismo únicamente al colonialismo operado por algunos. “No se trata de considerarlos al mismo nivel, sino al contrario, de mostrar cómo el sionismo produce el antisemitismo y la reacción frente al antisemitismo, se funda y se consolida con el antisemitismo. Y aún habiendo renunciado al mesianismo que hacia del fin de las naciones el objetivo de su historia, o del declive del estado, el futuro de las sociedades, no se puede pensar en un judaísmo eternamente basado en un antisemitismo eterno”.

Masacres, pogroms, caricaturas, discriminaciones, humillaciones antes de la guerra, política nazi de exterminio junto con las poblaciones consideradas inútiles, parásitas, razas inferiores, en especial, las poblaciones judías y gitanas. La amplitud de esta ruptura no debería ser subestimada pues afecta a toda la humanidad le guste o no al tierno revisionismo de algunos.

Otra cosa es su reescritura ideológica a lo largo de los años, en la ocultación “de la lucha de los partisanos judíos no sionistas contra la máquina de guerra nazi, y en el hecho de que el estado de Israel “se considere único heredero de los muertos”.

La vuelta a Palestina. Una historia y no un complot

Ilan Halevi tiene razón al destacar que las clases o los estados-nación no son los únicos sujetos de la historia, que la “nación-estado homogénea y burguesa” no tiene la configuración social más extendida que hay una “multiplicidad de formaciones sociales transitorias entre la tribu (el clan) y los imperios multinacionales”. Sin embargo, esto no valida la utilización de “tribu” o de “clan” de manera trans-histórica. Si nada autoriza a reducir las construcciones institucionales en el siglo XX a las formas institucionales expandidas en una parte de Europa y en algunas otras regiones del mundo, nada justifica tampoco hablar de clan o tribu. Aquí se trata más bien de historia, de construcciones sociales siempre cambiantes, imbricadas y no aisladas, en contacto e interferencia permanentes con otras construcciones sociales. El autor prosigue con “la red de lealtades prácticas e ideológicas “ (fórmula que hace caso omiso a otras relaciones sociales, especialmente, las de explotación y de dominación), o “el carácter inestable, inacabado y fluctuante de los círculos discordantes de la identidad colectiva y de los contornos del “Nosotros”, esa es, sin duda, la verdadera normalidad” que no zanja la cuestión de las instituciones construidas. Centrar los análisis en las identidades siempre es reduccionista y poco propicio para pensar la historia y las contradicciones engendradas por las diferentes relaciones sociales.

Ilan Halevi destaca con razón “una falsificación esencialista de la historia de los judíos” por los sionistas que “afirman la existencia de una nación judía eterna y orgánica”. No obstante, es necesario nombrar esta “comunidad de destino(s)” que las personas que se consideran judíos y judías siguen percibiendo, más allá de la secularización y el abandono mayoritario de las prácticas religiosas. El problema sigue entero o rehecho después del genocidio, después de la destrucción del Yidisland y de la nación yidis”.

Hay que empezar con una crítica fuerte: “ninguna esencia está actuando en esta trayectoria en la que una formación antigua cambia de fisonomía y de configuración según las transformaciones sociales a las que está sometida” (esto es verdad para todas las poblaciones) y analizar sus concreciones históricas…

Como ya he indicado, los análisis del sionismo de Ilan Halevi son muy ricos. Especialmente habla de los núcleos de irreductibilidad de la especificidad del colonialismo sionista en la lógica del capitalismo moderno, de la lógica estatal-territorialista del sionismo político, de las miradas sobre los paisajes humanos y de la percepción del mundo “de ellos mismos pioneros”, de la negación de los palestinos, de “la necesidad universal de los colonizadores de borrar las huellas de la historia precolonial y de transformar los exterminios en decadencia natural… El autor analiza, entre otros, el sionismo obrero, la compra de tierras, los kibutz, la conquista militar que “va a hacer de la apropiación -expropiación de las tierras de Palestina una realidad masiva”, la Histadrout “(Confederación General de los Trabajadores Hebreos en Tierra de Israel)”, el “producir judío, consumir judío, boicotear y a veces destruir- la producción indígena”, los traslados forzosos de poblaciones “resultado de una acción continua y concertada”, el lugar de la matanza de Deir Yassine, las reestructuraciones sociales…

llan Halevi continua con el análisis de la sociedad israelí. Es particularmente interesante el análisis del traslado de los judíos árabes, los mitos sobre la situación de la población judía bajo el islam (para unos, una constante opresión y humillación, para otros, un encadenado de periodos oscuros: persecuciones, expulsiones, masacres), la negación de la arabicidad y la preeminencia del judaísmo, el control social y el lugar de la militarización y la escolarización, la “nueva nación israelí” (dimensión negada a menudo en los apoyos a los justos derechos de los palestinos), el racismo judío del Bloque de la Fe, el “rechazo a reconocer el hecho nacional palestino en el corazón de un espacio colonizado”…

A modo de conclusión, Ilan Halevi reafirma que “la historia no es una fatalidad sino en encadenamiento de contingencias y de libertades”. Habla de “desionización” del fin del apartheid, de democracia para las dos comunidades, de ficción étnica. “El rechazo nacionalista árabe a reconocer a Israel como hecho nacional no árabe e independientemente de cualquier cuestión de estructura aquí es eco a la negación de los derechos de los kurdos en Irak o de los azaníes en Sudán: una vez más, en un enfoque global en el que los judíos israelíes no son las únicos objetivos”.

Como ya lo he indicado, no me parece que el judaísmo se haya convertido en una “simple denominación religiosa”. El aumento o la reformulación del antisemitismo en las sociedades europeas, ligado o no a otras formas de racismo, muestra que “la cuestión judía, como entre otras, la cuestión gitana, siguen de actualidad.

 

Notas

1/ Question juive – La tribu, la loi, l’espace. Ilan Halevi. Prólogo de Michel Warschawski y de Enzo Traverso. Syllepse. París, 2016.

2/ En particular, los libros de Isra‘l Finkelstein y Neil Asher Silberman, La Bible dŽvoilŽe et Les rois sacrés de la Bible, À la recherche de David et Salomon, https://entreleslignesentrelesmots.wordpress.com/2010/04/05/archeologie-mythes-et-histoire

3/ Para profundizar sobre este tema Maxime Rodinson: Mahomet, o el reciente Suleiman Mourad: La mosaïque de l’Islam. Entretien sur le Cotran et le djihadisme con Perry Anderson, http:// http://entrelignesentrelesmots.wordpress.com/2016/09/26//le-wahhabisme-et-le-salafisme-comme-coupure/

4/ Ver el prólogo de Enzo Traverso