El Frente Amplio y la Inviabilidad de la Democracia Burguesa en Chile


por Gustavo Burgos 

 

El legendario óleo de Manuel Antonio Caro, La abdicación de O`Higgins, fija una imagen de trascendente significación: el líder militar de la gesta libertadora es derrotado por la fronda aristocrática y aquello que obtuvo en el campo de batalla, lo pierde ante la obsecuencia política de la oligarquía frente al imperialismo.

 

Es un hecho que nuestro país nunca logró consumar su revolución democrático burguesa. En Chile, como en toda América Latina, la incapacidad de la burguesía criolla para emanciparse del imperialismo acarreó la imposición de un capitalismo atrasado, impuesto desde la metrópoli. O`Higgins, derrotado como todos los líderes de las guerras de independencia –también ocurrió así con Bolívar, San Martín, Artigas- murió en el exilio, evidenciando la incapacidad genética de la burguesía rentista, comercial, agraria y minera, para desarrollar integralmente –sobre bases capitalistas- la sociedad chilena.

Esta incapacidad e impotencia política del régimen burgués en América Latina expresa el atraso estructural, productivo, del capitalismo en las que fueran las colonias españolas y las separan de las colonias inglesas norteamericanas que protagonizaron sus revoluciones democrático burguesas económica, militar y políticamente en un continuo que se inició en la declaración de Filadelfia de 1776.

Dicho de otra forma, el atraso estructural, productivo, condicionó políticamente la inviabilidad de la democracia burguesa como herramienta para garantizar la independencia, la vigencia de las libertades democráticas, el desarrollo de un mercado interno y la superación de las relaciones sociales precapitalistas en el agro. De esta forma, los principios constitucionales de la ilustración, la vigencia de los derechos individuales, la igualdad ante la ley, la separación de poderes, la preeminencia parlamentaria, tuvieron en nuestro país una presencia meramente declamativa, sin ninguna incidencia en el monstruoso atraso e incultura de la formación social chilena.

Para ser justos, el propio origen de la República de Chile encarna la derrota de la revolución burguesa latinoamericana, ya que expresa la incapacidad de la burguesía criolla de consumar la unidad de la nación latinoamericana. Celebramos el 18 de septiembre de 1810, festejamos nuestra identidad nacional, recordando –paradojalmente- un acto en que la aristocracia se pone de rodillas ante el intolerable derrumbamiento de la institucionalidad colonial. La campana tañida de Mateo de Toro y Zambrano no convocaba al combate, sino que enunciaba el miedo, el horror frente a los cambios políticos y el fin el orden monárquico.

La historia institucional chilena, por lo mismo, resulta una penosa farsa. Los textos constitucionales se siguen unos tras otros pretendiendo importar la civilización en textos escritos, como si la magia y el fetiche de la palabra escrita fuese suficiente para liberar a nuestro país de las cadenas de la barbarie, el gamonalismo y la monoproducción, para satisfacer las necesidades de la metrópoli. En un momento fue el cebo y el trigo, luego el salitre hoy es el cobre. Los barcos llegaban vacíos, cargados de lastre, de pino oregón, ladrillos y adoquines con los que se construyó Valparaíso como lo conocemos desde el siglo XIX y se devolvían a Europa con lo saqueado a nuestra economía.

Las constituciones, algunas jocosas como la moralista de Mariano Egaña, repetían y lo hacen hasta hoy, preceptos de libertad, igualdad y fraternidad, pero lo único que hacían era servir como decorado del atraso semicolonial. A la figura omnipotente del Gobernador del Virreinato del Perú, le siguió la del Dictador Supremo y luego la del Presidente de la República, frente a él el parlamento era un mero órgano consultivo cuyo funcionamiento estaba reducido –de mayo a septiembre- al período invernal en que los latifundistas se refugiaban en la ciudad. El presidencialismo chileno es la viva manifestación de la postración de las clases dominantes frente al imperio, es el comando central de la gestión de los intereses imperialistas. Como bien lo sabemos, las únicas veces que este orden se ha alterado -con Balmaceda y Allende- ha sobrevenido la guerra civil y el genocidio precisamente para preservar las bases del orden social cimentado en la gran propiedad privada de los medios de producción.

Lo ocurrido en la Guerra Civil de 1891 y el Golpe Militar de 1973, es calificado como una crisis institucional por los historiadores de la burguesía, como una ruptura a los preceptos constitucionales, porque son esos preceptos los que expresan los consensos políticos a través de los cuales el imperialismo y las clases dominantes ejercen su dominación clase y la opresión nacional. Esos preceptos, institucionalmente, dan cuerpo político a las relaciones sociales de producción vigentes en el capitalismo semicolonial chileno.

Hace unos días, sin que nadie se lo preguntara, Alberto Mayol –que funge como precandidato presidencial autonomista en el Frente Amplio- señaló que Cuba es una dictadura. El hecho fue saludado por diversos sectores como una manifestación de coraje político y liberación de las viejas concepciones de la izquierda anclada en la Guerra Fría. Más allá del anticomunismo primitivo que expresa este discurso, resulta evidente que proclamar que Cuba –el único país americano en que la burguesía ha sido expropiada- es una dictadura, en lugar de coraje, lo único que explicita es vocación servil ante los patrones y las multinacionales, interesadas en sustentar el discurso anticomunista.

Sin quererlo quizá, Mayol –un brillante político burgués- tiene claro que si quiere ocupar el sillón presidencial debe hacer explícito su compromiso de clase. En efecto, al proclamar su anticomunismo guarda un silencio cómplice –de los mismos cómplices pasivos de los que hablaba Piñera- frente a la inclemente Dictadura que la burguesía chilena y por su intermedio, el imperialismo, ejercen sobre los trabajadores y la mayoría nacional. Esa Dictadura de clase, Dictadura de la burguesía edulcorada con tribunales, normas constitucionales y elecciones periódicas, no merece ningún reparo para el joven irreverente, porque es fácil ser irreverente frente a los explotados máxime sin con ello se hace explícita la sumisión ante los explotadores. De ahí que la condena al régimen castrista por parte de Mayol no es un exabrupto, es una meditada posición de clase y un alineamiento consciente con la política dictada desde la Casa Blanca y una expresión del llamado Consenso de Washington.

Unos días antes, Noam Titelman de Revolución Democrática, también dirigente (aunque por edad no es precandidato entendemos) por el Frente Amplio, desplegaba ideas similares pero en ellas su compromiso de clase era mucho más explícito. En las páginas de El Mostrador se permitió afirmar que la izquierda debía hacerse cargo de la relación entre Estado y Mercado por una parte y, por otra, entre Democracia y Orden. La extravagante conclusión es que la “nueva izquierda” debe superar estas contradicciones y asumir su papel como preservadores no sólo del Estado y la Democracia, sino que también del Mercado y del Orden. “Ninguna y ambas opciones”, nos dice enigmáticamente. Ricardo Lagos diría que tenemos no sólo derechos sino que también obligaciones. Titelman nos lleva de la mano a la construcción de un nuevo partido del orden aquél en que se concilian las contradicciones de clase entre explotadores y explotados y todo se resuelve en la difusa normatividad democrática.

La idea que parece dominar en las cúpulas del naciente Frente Amplio y que se expresa en el discurso de Mayol y Titelman, se nos presenta como nueva, en ruptura con paradigmas supuestamente anquilosados de la lucha de clases y de revalorización de la democracia.

Como revisábamos al comienzo de esta nota, estas ideas tienen en realidad más de doscientos años. Los mismos que infructuosamente marcan la historia institucional chilena, durante los cuales las clases dominantes han tratado de inocular jurídica e institucionalmente trasformaciones liberales en la sociedad partiendo por la “mentalidad”, por las ideas, por la consolidación de los derechos. Un ambiente similar se vivió en nuestro país a mediados del siglo XIX –plenitud del régimen portaliano- con la llegada de Bello, la Codificación y la final separación de la Iglesia del Estado. Un ingenuo ambiente de expectativas de ilustración que terminaron aplastadas en 1891.

Lo que ignoran los liberales en su inveterado e impotente fetichismo normativo, es que las constituciones, los códigos y los derechos no realizan cambio alguno en la sociedad. Por el contrario, son las transformaciones sociales las que les dan nacimiento. La república burguesa parlamentaria, el régimen más sofisticado de dominación que haya sido creado por clase explotadora alguna en la historia de la humanidad, es el fruto de la revolución y no –como plantean los liberales- la transformación social el resultado de las normas.

Fue necesario pasar a guillotina a los reyes y a la nobleza europea y derrotarlos militarmente, para que –consecuencia de ello- la sociedad pudiese crear el moderno estado burgués, nacional y constitucional. Los revolucionarios burgueses antes que la pluma, tomaron el fusil. Pero si la Comuna de Paris de 1871, entregó una trágica lección a los revolucionarios fue, particularmente, que la burguesía, a poco de acceder al poder había devenido en clase contrarrevolucionaria, comoquiera que se trataba de una clase explotadora cuyo ímpetu liberador del oscurantismo, cuyo liberalismo, se limitaba a la consolidación de sus intereses como clase explotadora, como defensora de la renta del capital, lo que hoy día llamamos “lucro”.

Lo que fue válido al momento de organizarse los trabajadores en torno a los principios del Manifiesto Comunista de Marx y Engels, resulta hoy día doblemente válido. Desde la crisis de 2008 -con la caída de Lehman Brothers- el capitalismo monopólico financiero ha logrado sobrevivir a la crisis mediante el desarrollo de una poderosa red de apropiación suplementaria de plusvalía, de las que las AFP chilenas y su réplica global son una herramienta de primer orden. El capital financiero y las aseguradoras multinacionales Principal y Metlifey -presentes en Chile a través de Cuprum y Provida- están detrás de la segunda fase de privatizaciones, de la emisión irracional de dinero por los bancos centrales de las economías de EEUU y Reino Unido, y del refugio proteccionista que expresa los choques entre distintas facciones del imperialismo del tipo Brexit y Trump.

Lo que presenciamos hoy en día es la guerra abierta y declarada del gran capital en contra de los trabajadores de todo el orbe. A todo lo ancho de la tierra los pulpos imperialistas impulsan la idea de que la solución a los problemas sociales pasa por el esfuerzo individual, por la disciplina, al margen de cualquier perspectiva de solución política o colectiva. Para la burguesía todo se reduce a la lucha por la productividad y la liberación del capital de toda limitación al emprendimiento lo que supone –por cierto- barrer con la legislación laboral y la libertad sindical.

En este contexto, con un megalómano y narcisista como Trump a la cabeza de la mayor potencia imperialista de la historia. Con su campaña fascista contra los trabajadores y el chauvinismo antiinmigrante, la historia mundial y la lucha de clases está experimentando un pronunciado viraje hacia la polarización, que es consecuencia de la extrema agudización de los antagonismos de clase. En este escenario, como ya hemos señalado en otras oportunidades, la hora del reformismo liberal y socialdemócrata, la idea de que la conciliación de los intereses de clase puede sustentar la transformación democrática de nuestra sociedad, ha pasado por completo y ha devenido en obsoleta. La crisis capitalista y su lacra de miseria, desempleo estructural y represión fascista como salida a la misma, hace imposible –en Chile y en cualquier parte del mundo- un programa de reformas consensuadas como itinerario del ejercicio de un programa electoral.

Si en los 70 el programa reformista de la UP se estrelló con el fascismo y el Golpe pinochetista, hoy día, la propia experiencia de los trabajadores –reiteramos HOY- con la destrucción del sistema previsional a manos de las AFP, choca con todo programa reformista. Para acabar con la miseria es necesario acabar con el capitalismo y ello sólo será el resultado de la acción directa de las masas, de su propia capacidad movilizadora. Acabar con la miseria importa la expropiación de la burguesía, la destrucción de su Estado y la expulsión del imperialismo, no otra cosa es el socialismo que es la superación de la dictadura capitalista por la dictadura del proletariado, esto es, el poder radicado en los órganos asamblearios de los explotados.

El debate en el Frente Amplio y en la izquierda en general recién comienza, pero precisamente por ello resulta necesario abrir este debate desde una perspectiva de clase, de clase contra clase. La arena en la que ha de resolverse la crisis que atraviesa nuestra sociedad, que es la crisis del vetusto orden capitalista, nos obliga a poner la revolución socialista, la revolución proletaria, de los trabajadores, como salida superadora.

La convocatoria del 26 de marzo, que esperamos sea una gigantesca movilización contra las AFP y en recalmo de un nuevo sistema previsional solidario, pondrá en tensión a la izquierda y a los revolucionarios en su más amplio espectro. Es necesario que esta movilización sea un golpe mortal a los pulpos financieros que lucran con el hambre y la miseria de los trabajadores. Es necesario que esta movilización golpee el sistema nervioso del capital monopólico, al Gobierno de la Nueva Mayoría y al régimen en su conjunto. Es necesario que los trabajadores pasen a ocupar protagonismo frente al derrumbe de la institucionalidad del régimen, porque es el vacío de un Gobierno que pareciera no existir el que la burguesía se apresta a llenar con los Tribunales de Justicia y más adelante con el ruido de sables, éste último es el objeto de la campaña a favor de los genocidas de Punta Peuco.

La burguesía chilena, está demostrado históricamente, carece de capacidad para materializar los objetivos de toda revolución democrático burguesa. Mientras Chile se encuentre sumido en el capitalismo, el atraso, la miseria, la monoproducción de materias primas, la brutalidad represiva y el terrorismo de Estado, serán sus rasgos distintivos. Quienes agitan las banderas del liberalismo, bajo la divisa que pretendan alzar, de la humanización del capital, de una sociedad de derechos, etc. están –ellos sí-fumando opio y planteando un derrotero que la historia chilena y universal ha demostrado conduce a la barbarie.

Los trabajadores necesitamos un frente amplio y unitario, un verdadero Frente Amplio que cohesione a los explotados con una inequívoca voluntad de poder. De nada nos sirve un Frente Amplio que se proponga el itinerario liberal, aquél que necesitamos debe centrarse en la revolución socialista y en la capacidad para acometer el conjunto de las reivindicaciones democráticas y sociales de nuestra sociedad, en base a la capacidad transformadora de las movilizaciones. Eje de este proceso lo constituye la necesaria construcción de un partido revolucionario.

Desde hace un tiempo, la ultraderecha pinochetista anatemiza el retaceado programa de reformas de Bachelet, acusándolo de pretender pasar por sobre la “obra” pinochetista una retroexcavadora. La Nueva Mayoría, que esgrimió esa imagen con meras intenciones demagógicas, se replegó de esa alegoría. Es necesario que la izquierda revolucionaria afirme esa categoría. Debemos aprestarnos no sólo a pasar una retroexcavadora, se hace necesario destruir por completo el orden capitalista, democratizar el país y liberarnos de las cadenas de la explotación y opresión imperialista. La Nueva Mayoría, al igual que O`Higgins en 1823, ha abdicado de cualquier pretensión democrática y de transformación social. Este hecho se repite porque es la burguesía criolla la incapaz de dar respuesta a los profundos problemas que atraviesan nuestra sociedad. Si la burguesía no es capaz de gobernar, debe ser expulsada del poder a riesgo de que nuestra sociedad sea hundida en el fango de la miseria y la barbarie. Esto es lo que hace inviable la democracia burguesa en nuestro país.

Es el momento de tomar definiciones compañeros, o se es yunque o se es martillo.

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