UN CUENTO DE MARIO BELLATIN: “BOLA NEGRA”

El entomólogo Endo Hiroshi decidió cierta mañana dejar de comer todo aquello que pudiera parecerle saludable al resto de las personas. Tomó la decisión luego de la noche de insomnio -provocado quizá por el recuerdo de la vieja cocinera de la casa en su tránsito por la Caravana de los Seres Desdentados (1)- que siguió al banquete de bodas de sus padres. Durante aquella noche sintió, entre dormido y despierto, la desaparición de sus brazos y piernas por la voracidad incontrolada de su propio estómago. Fue tal la agresividad que mostró en sueños aquel órgano, que Endo Hiroshi, con las primeras luces del alba, ya se sentía miembro del bando de los que comen sólo para estropear sus estómagos, de tal modo que se transformen con el tiempo en órganos casi inservibles.

Endo Hiroshi había escuchado historias de muchachas que morían mostrando una delgadez extrema por negarse de pronto a comer ni un grano de arroz. Algunos decían que muchas de aquellas inapetencias eran causadas por una desilusión amorosa, y otros, que se producía por seguir de una manera estricta la imposición de las modas que provenían de Occidente. Por el contrario, sabía también de hombres y mujeres que comían hasta hartarse, mostrando en sus corpulentos cuerpos la imposibilidad de abstraerse al desenfrenado deseo de representar dentro de sí mismos el universo entero (2). En su familia se habían dado las dos situaciones opuestas en más de una ocasión, incluso se presentó el caso de unos primos, mellizos, en el que la hermana se consumió producto de la anorexia y el hermano se convirtió en un destacado luchador de Sumo (3).

Recordaba además las historias referidas a los años de la guerra que oyó de niño, donde la escasez fue tal que muchos llegaron a matar por una ración de arroz o un trozo de pescado (4). Escuchó también relatos de carne de rata envuelta en delicados sushis, y de jóvenes que se dedicaban a atrapar moscas para después consumirlas a manera de mijo (5). El impacto de esos cuentos motivó que el entomólogo Endo Hiroshi desde pequeño adquiriera un espíritu de reverencia hacia la comida, y nunca estuvo de acuerdo con aquella expresión extranjera que afirmaba que la cocina de su nación parecía estar hecha para ser apreciada visualmente, antes que para ser consumida (6).

En casa de sus abuelos, donde pasó parte de su infancia ya que a sus padres les estaba prohibido vivir juntos, no se acostumbraba desperdiciar nada comestible. Incluso muchas veces -basados principalmente en el libro de enseñanzas del Profeta Magetsu- se implementó una peculiar manera de preparar los alimentos, que consistía en enterrar los ingredientes varias horas seguidas en medio de piedras encendidas con leña o carbón (7). Al cabo de una hora se destapaba esta especie de sepultura y apreciar aquella esplendorosa comida era como estar delante de la madre tierra viéndola ofrendar nuevamente vida desde sus entrañas. El Profeta Magetsu, monje que no tuvo una sino varias muertes, concebía la creación del universo como un obsequio de la madre tierra a los elementos constitutivos del cosmos.

Durante un viaje que hizo al Africa, invitado por la sociedad de entomólogos de la que formaba parte, Endo Hiroshi debió ingerir todo el tiempo alimentos empaquetados que compró en un negocio que le recomendaron los miembros de la asociación a la que pertenecía. Hasta ese entonces su dieta diaria había consistido únicamente en arroz blanco. Realizó aquel viaje llevando en sus maletas botes, platos y vasos de plástico que contenían distintas recetas de alimento deshidratado. Endo Hiroshi tan solo debía agregar agua hirviendo a los recipientes para conseguir una serie de comidas que guardaban un lejano parentesco con las que originalmente se consumían en el país. No se conocen las razones por las que no transportó arroz de fácil cocción.

La excursión fue bautizada por el entomólogo Endo Hiroshi como “El largo viaje del agua hirviendo”, pues fue fundamental para su desarrollo la presencia de teteras y de estufas portátiles que le permitieron no sólo alimentarse de forma adecuada, sino además tomar el té de la manera tradicional. Endo Hiroshi habría podido prescindir varios días de la comida, pero mientras estuviera despierto le era prácticamente imposible dejar de tomar té por más de cuatro horas seguidas. Algunos entomólogos le aconsejaron que aprovechara el viaje y probara uno de los tantos insectos comestibles que se consumían en la región. Desde las hormigas comunes, que eran servidas bañadas con miel dentro de cucuruchos de papel, hasta la pulpa de ciertas tarántulas de patas azules que vivían sólo en la copa de los árboles (8). Mientras iban deglutiendo estos especímenes, era común que los miembros de la expedición hablaran de las propiedades nutritivas de los insectos. Algunos años atrás ciertos expertos, principalmente el científico Olaf Zumfelde de la universidad de Heidelberg, construyeron una tabla donde se detallaba la relación de la cantidad de proteínas de los invertebrados que era asimilada por el cuerpo humano (9).

Sin embargo, Endo Hiroshi no probó nada que no fueran los alimentos envasados que había comprado en su país. Continuó con su travesía llevando consigo siempre sus comidas empaquetadas, el té que necesitaba beber en forma constante, su tetera y la pequeña hornilla que funcionaba con pilas (10). Sólo faltando unos días para el final del viaje, en el que trabajó con su diligencia habitual, halló un extraño especimen que se creía extinguido. Mejor dicho halló un ejemplar desconocido, pues el único del que se tenía memoria, el Newton camelus eleoptirus, era de otro color. Logró guardarlo en la mejor de las condiciones posibles, y sin decirle nada al resto de la expedición lo llevó consigo en el viaje de regreso.

Una vez desembarcado se dirigió directamente al laboratorio que tenía montado en la parte trasera de la que después sería casa de sus padres (11). En ese entonces los padres aún estaban solteros y cada uno vivía por separado. Pese a esta situación, los miembros de la familia se encontraban todas las noches en aquella casa, que habitaba Hiroshi en forma permanente, para rezar las oraciones del monje Magetsu. Sabía que el hallazgo del insecto era fundamental para su carrera de entomólogo. Su nombre, Hiroshi, iba a ser utilizado a partir de entonces para nombrar al especimen cazado. Según sus conocimientos el insecto que se conocía era azul y no rojo como el que había encontrado. Hiroshi camelus eleoptirus, iban a ponerle al eleóptero rojo hallado en las estepas africanas.

Cuál no sería la sorpresa del entomólogo Endo Hiroshi al abrir la caja de plástico y encontrar sólo una pequeñísima bola negra en lugar de su insecto. La bola era tan minúscula que fue curioso que se diera cuenta de su presencia. La caja de plástico estaba construida especialmente para transportar los ejemplares cazados. Las fabricaban exclusivamente para los miembros de la sociedad de entomólogos a la que Hiroshi pertenecía. Estaban diseñadas de tal modo que los insectos atrapados pudiesen vivir mucho tiempo en su interior. Era imposible que se hubiese escapado el eleóptero encontrado la semana anterior. La última vez que Hiroshi lo vio fue en el aeropuerto de Nairobi antes de abordar el avión de regreso. Previo a su salida del hotel le había echado otra ojeada, y el día anterior, inmediatamente después de volver de la excursión, lo estuvo contemplando largo rato bajo unas lentes de entomólogo (12). En esa ocasión estuvo comparándolo con el Newton camelus eleoptirus que aparecía en una ilustración del libro de insectos que siempre llevaba consigo.

Fue tal la impresión ante la ausencia que no reparó en la llegada de sus padres, quienes como todos los días se preparaban para rezar en la sala principal de la casa las oraciones al Profeta Magetsu. Durante las semanas que duró su viaje al África los padres tuvieron que orar en el templo del Profeta que se levanta en las faldas del monte principal. Hiroshi escuchó que lo llamaban, pues sin su presencia los ritos no podían comenzar. Shikibu, la vieja sirvienta, terminaba en esos momentos de preparar la gran olla de arroz blanco que ofrecería luego de la ceremonia. Desde que cumplió los quince años de edad, el cuenco de arroz que se servía después de las oraciones era el único alimento que Endo Hiroshi consumía durante la jornada. Arroz y varios litros de té. Cualquiera hubiera dicho que esta dieta lo pondría delgado y débil, pero su lozanía demostraba lo contrario. Como los viejos monjes budistas, incluso como el mismo Profeta Magetsu, un cuenco de arroz era comida suficiente para sobrevivir la vida entera.

Se dice que una de las muertes del Profeta Magetsu, parece ser que la definitiva, ocurrió cuando el Profeta decidió permitir que su cuerpo se alimentara de su propio cuerpo (13). Para dejar huella del proceso en el que su carne desaparecería gradualmente contó con la presencia de su discípulo, Oshiro, quien debía escribir en un gran pergamino de papel de arroz las palabras que su maestro le fuera dictando. Cada día dijo sólo una palabra. Curiosamente la última puede ser traducida como paz. Resulta extraño que un ser de la altura espiritual del Profeta Magetsu, al final del proceso de muerte tan complejo que llevó a cabo, hubiese pronunciado una palabra que para muchos puede resultar tan obvia.

Antes de comenzar el ritual del Profeta, tanto los padres como Endo Hiroshi debían proceder a revisar los dientes de la anciana cocinera. Los padres sólo podrían casarse cuando aquella mujer perdiera la dentadura completa y no pudiera volver a comer. La cocinera moriría por inanición después de un largo viaje solitario luego de las bodas de sus señores.

Precisamente la noche en que Hiroshi Endo notó la desaparición del insecto, a la vieja cocinera se le desprendió la ultima muela que le quedaba en la boca. En ese momento se decidió que debía emprender la Caravana de los seres desdentados, que era como se denominaba a la travesía final. Mientras trataban de revisarle las encías, Endo Hiroshi comenzó a intuir lo sucedido con el insecto. Antes de que el padre diera el veredicto final, el entomólogo Endo Hiroshi empezó a comprender de qué estaba conformada la minúscula bola negra hallada dentro de la caja de plástico. Mientras la vieja sirvienta suplicaba y se negaba a abrir las mandíbulas, Endo Hiroshi entendía que aquella bola era el estómago del insecto. El estómago del insecto si es que los insectos contaran con estómago. En realidad se trataba del bicho deglutido por sí mismo. Aquella tenía que ser una masa informe conformada por los elementos que lo habían constituido. Los gritos de la anciana fueron desgarradores (14). Los padres se mostraron inflexibles. Se decidió que la travesía iba a realizarse dos días después. Luego de que la anciana, quien de pronto mostró un repentino silencio que pareció una aceptación de su destino, los padres comenzaron a discutir los preparativos para la boda. Hablaron principalmente del banquete. Servirían comidas tradicionales, no habría toques exóticos, salvo los besugos ofrecidos a los recién casados antes de comenzar la ceremonia. Había que pensar en el cocinero que tuviera la maestría suficiente para preparar el Besugo fantasma (15).

La receta consistía en destazar el besugo hasta dejarlo descarnado pero vivo, para luego introducirlo en una pecera que sería puesta en el centro de la mesa de los novios. La pareja de recién casados comería la carne mientras el pez seguía nadando, moribundo, mostrando sus órganos internos. Como señal de buen augurio para el matrimonio, la comida debía durar el tiempo exacto que tardaba el pez en morir.

El entomólogo Endo Hiroshi corroboró aquella noche sus sospechas. Luego de que condenaran a Shikibu comprobó con la ayuda de un microscopio que el insecto se había consumido a sí mismo. Sin una razón aparente experimentó un acceso de náuseas. Vomitó. Mientras tanto, en la planta baja sus padres continuaban con los planes de un matrimonio que por la presencia de piezas dentales en la boca de la cocinera no se había llevado nunca a cabo. A partir de entonces la madre podría pintar sus dientes de negro, y el padre estaba en el derecho de ir al dentista para hacerse extraer la parte frontal de la dentadura. El entomólogo Endo Hiroshi podría a su vez reemplazar sus dientes por piezas de oro, pero reflexionando en la transformación experimentada por un insecto que hubiera podido llamarse Hiroshi camelus eleoptirus, suceso que de inmediato lo habría llevado a la fama entre el grupo de entomólogos, decidió que después de participar en la celebración de las bodas de sus padres, el fin de su vida sería atenuar hasta un punto mínimo la acción de su estómago. Buscaría neutralizarlo de una manera similar a la atrofia hepática que sufren los gansos cebados, o los gatos que en ciertos países de Sudamérica suelen ser criados en jaulas minúsculas y alimentados con maíz aromatizado con harina de pescado (16).

Al día siguiente del banquete de bodas de sus padres, Endo Hiroshi comprendió que el verdadero motivo de su insomnio tenía que ver con el largo viaje de la cocinera a la muerte. La terca presencia del último diente había sido impedimento de un deceso digno diez años atrás. El entomólogo Endo Hiroshi no quería llegar a una situación semejante. Cuando el sol entró por la ventana, iluminando la caja de plástico que contenía aún el supuesto estómago del insecto, decidió no sólo comerse aquella bola negra sino una serie de gorgojos y otros bichos que recolectaría durante la mañana. En el ropero de su cuarto guardaba casi intacto el traje para la cacería de orugas que se celebraba los años bisiestos. La última vez que participó en una de esas jornadas lo hizo acompañado de su prima la muchacha delgadísima, y de su primo el obeso luchador de Sumo.

1. Costumbre arcaica por la que deben pasar los ciudadanos que han perdido completamente la dentadura.

2. Creencia popular entre los caldeos asirios de que en el cuerpo humano estaba contenida la totalidad de las esferas celestes. Se cree, gracias a recientes estudios de corte psicológico profundo, que en el hombre existen remanentes de esta convicción como símbolo de superioridad social.

3. Tipo de lucha deportiva que tiene como fin celebrar los tiempos de cosecha o de abundancia. Se practica sobre todo en regiones que se rigen por el calendario solar.

4. El pez por el que la gente cometió un mayor número de asesinatos fue el lenguado.

5. Hasta el día de hoy aparecen de cuando en cuando en los diarios casos de comerciantes que venden moscas tostadas en lugar de mijo.

6. Ver revista Newsweek #234, pag.56.

7. En ciertos países andinos esta práctica es conocida como Pachamanca.

8. Se trataba de las tarántulas Larpicus fosforescentes que únicamente existen en el este de Namibia.

9. Consultar Tabla Zumfelde. Disponible en la Sociedad de Nutriología de Berlín.

10. Era un modelo para campistas de la marca Hiraoka.

11. Según la tradición del profeta Magetsu, los señores de una casa no podían llevar vida marital hasta que la servidumbre no perdiera el último de sus dientes. Este hecho no los eximía del derecho a tener hijos.

12. Se usaron unas lentes Stewarson, importadas por la Casa Tenkei-Marú.

13. Ver el Catecismo Sagrado de la secta Hiro Sensei.

14. Se dice que aquella noche algunos vecinos no pudieron conciliar el sueño.

15. Los maestros en esta técnica suelen encontrarse en la costa sur del país.

16. Con estos animales suele prepararse una receta llamada Seco de gato.

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