La Marcha Más Grande de la Historia

 

por Gustavo Burgos

Este 26 de marzo el Coordinador Nacional de Trabajadores NO+AFP, integrado a nivel nacional por la CONFUSAM, FENPRUSS, Unión Portuaria, Federación Walmart, Confederación Bancaria y el Colegio de Profesores, ha convocado para la que se espera sea la más grande movilización contra el sistema previsional. En palabras de su vocero, Luis Mesina, se trata de una convocatoria decisiva, en un año en el que este movimiento se ha impuesto acabar con las AFP, llevando a las calles a tres millones de trabajadores.

Creemos que esta convocatoria resulta de la mayor importancia para el desarrollo no sólo del movimiento NO+AFP, sino que para el conjunto del movimiento obrero y especialmente para la izquierda revolucionaria que espera dar una respuesta de poder a los problemas que presenta la lucha de clases hoy en día.

El significado de este movimiento es parte de un largo proceso de desarrollo histórico. Que la clase obrera vuelva a llenar las avenidas, organizados, encolumnados por sectores, fue la expectativa de la militancia revolucionaria de los últimos cuarenta años. La heroica huelga de la Textil Panal el 80, las Protestas Nacionales convocadas por la CNT desde el 83, se expresaban en la penosa reorganización durante la dictadura. Luego, en democracia, la FENATS, los trabajadores del Carbón en los 90, la ANEF, Profesores, Subcontratados del Cobre en los 2000.

En esta última década la efervescencia huelguística ha destacado por su terquedad, inorganicidad y puesto en evidencia la descomposición de la burocracia del CUT, que hoy día se encuentra en coma, desprestigiada ante las bases por su connivencia con el Gobierno y el empresariado. Pero el movimiento obrero no termina de despegar, o al decir lo menos, ha sido un lento despegar, así lo revelan las derrotas parciales de SODIMAC y SERVIESTADO.

Este marco general, de retroceso y debilitamiento del movimiento obrero, dio la oportunidad -a los socialdemócratas del PS y a los sectores conservadores del PC- olvidar al movimiento obrero como referencia política del todo. Hasta en el lenguaje se dejó de hablar de trabajadores o del pueblo, para pasar a hablar de “la gente” y hoy día derechamente de “la ciudadanía”. Estos cambios no fueron fortuitos sino que fueron la expresión profunda de la transformación programática de la izquierda tradicional PS-PC desde su antigua ubicación socialdemócrata y estalinista, a una concepción liberal democrática, asentada en la reivindicación de los derechos individuales, de profundización democrática y ruptura de los enclaves autoritarios, resignificados hoy como “derechos económico-sociales”.

Muy por el contrario, en el otro extremo del arco, la dispersa izquierda revolucionaria se aferró durante este largo período a la expectativa de que el movimiento obrero, de los trabajadores, volviese a ocupar un primer plano en la escena política. Al revés de lo que hicieron el PS y el PC, estos pequeños grupos, incapaces de dar respuesta a las tareas políticas de la clase obrera y aislados casi por completo de su incidencia en ella, se aferraron a caracterizaciones catastrofistas que suponían la inminencia del colapso del régimen. En las universidades de la década del 80, aquellas del pinochetismo tardío, se discutía si el movimiento estudiantil era simplemente “detonante” o bien “explosivo”.

El movimiento obrero ha sido durante todo este tiempo –en definitiva- una figura espectral sin mayor contenido práctico. La triste figura de los sindicatos, aislados, resistiendo la ofensiva patronal sin mayor expresión política que la apelación pura a la solidaridad de sus hermanos de clase, es la impronta del período. En este contexto, la reciente reforma laboral de Bachelet, una verdadera contrarreforma, es un paso más para perpetuar el Plan Laboral de la dictadura y una expresión palmaria de la debilidad crónica del movimiento obrero chileno.

De alguna forma, la reformulación del liberalismo de izquierda en el naciente acuerdo electoral del Frente Amplio, es una manifestación extrema de la debilidad endémica del movimiento obrero chileno. Vale decir, colapsada la izquierda tradicional en sus antiguas estructuras partidarias, el activismo de izquierda se agrupa en torno a las banderas de la participación democrático burguesa sin ninguna referencia revolucionaria de contenido socialista. La cohabitación de autonomistas, RD, liberales y otras fracciones, se hace en el marco acotado de la intervención electoral sin que ello represente una perspectiva estratégica revolucionaria y anticapitalista, más allá del reclamo democrático, participativo y de derechos sociales.

Pero el proceso histórico, nacional e internacionalmente, apunta en un sentido diverso al del reformismo liberal y de la conciliación social. El proceso apunta a la polarización y Trump, el Brexit, Le Penn y los neofascistas que se alzan en distintas latitudes, son la expresión viva de que ante la agudización de los antagonismos de clase, la burguesía comienza a echar mano –una vez más- a los gorilas, a la policía y a la represión institucional. Ante este fenómeno el reformismo liberal no tiene nada que ofrecer, porque su discurso descansa en la idea de la conciliación de clases, en el entendimiento ciudadano y la resolución pacífica de los conflictos. Aquella política, en corto y mediano plazo, dejará sin espacio a los apologistas de la democracia burguesa, precisamente porque es la burguesía la que se dispone a echar abajo la estantería institucional de la “sociedad de derechos”. El Estado de Bienestar keynesiano es un lujo que la burguesía rentista parasitaria chilena no puede darse, precisamente porque a lo que se dispone es a acabar con cualquier vestigio de ella.

No se trata, por todo lo expuesto, del enfrentamiento entre neoliberales y demócratas sociales (por inventar una categoría). Lo que emerge en el horizonte político es la lucha de clases, el enfrentamiento entre explotados y explotadores y este enfrentamiento se expresa en el día de hoy, con total nitidez, en la marea inconmensurable del Movimiento NO+AFP. Aún sin dirección política organizada, el Movimiento NO+AFP, encarna de manera concreta el enfrentamiento entre la clase obrera y el capital monopólico financiero y el imperialismo. Con todas sus limitaciones y despolitización, es este el espacio en que debe desarrollarse la izquierda revolucionaria, en el seno de las masas, inserta en el movimiento obrero.

Si la convocatoria del 26 de marzo logra verificarse como una contundente acción de masas -para tomar las palabras de Mesina- será un golpe central en la arquitectura del modelo y el patrón de acumulación capitalistas. Si esta movilización logra imponerse frente al régimen y le arranca la imposición de un sistema de reparto previsional, así de directo, el movimiento obrero se habrá levantado nuevamente como un actor político de primera magnitud. En un escenario así las discusiones sobre candidatos, primarias y encuestas, pasarán al lugar secundario que les corresponde, porque este triunfo de las masas será el llamado, el reinicio de un nuevo proceso revolucionario.

Conocemos a compañeros honestos, de probada convicción revolucionaria, que dudan frente a este proceso argumentando que es despolitizado, que lo domina la pequeñaburguesía y que su objetivo en nada contribuye a la lucha contra el capital. Franjas de militantes que han esperado décadas el renacer del movimiento obrero hoy desconocen al Movimiento NO+AFP, porque al igual que Penélope, “no es quien esperan”. A todos ellos hemos de convocarlos a esta lucha, no podemos ceder un milímetro a quienes quieren hacer de esto una plataforma electoral o un espacio para neutralizar y domesticar las luchas en curso.

Tenemos la responsabilidad de preparar en los lugares de trabajo y estudio, la movilización del 26 de marzo porque es esta la convocatoria de los trabajadores, la convocatoria a la acción directa, a ganar las calles y a derribar uno de los pilares de la institucionalidad patronal, de los que día a día nos roban y esquilman de nuestro propio salario. El grado de desarrollo de las fuerzas productivas no sólo en Chile sino que a nivel mundial, ha madurado para que se plantee la necesidad de la transformación de la sociedad. La propiedad privada sobre los medios de producción propia del capitalismo –de la que el modelo de AFP es una expresión extrema- es el obstáculo para que las fuerzas productivas se puedan desarrollar libremente en provecho de la vida de todos los miembros de la sociedad y no de un puñado de explotadores.

Cuando hablamos de acabar con las AFP, hablamos también de eliminar el interés privado burgués por la ganancia sustituyéndolo por el interés colectivo de toda la sociedad. Esto sólo es posible eliminando la propiedad privada sobre los medios de producción, reemplazándola por la propiedad social sobre los mismos.

En eso consiste la revolución que se necesita. Revolución quiere decir establecer nuevas relaciones de producción que liberen a las fuerzas productivas de la camisa de fuerza de la propiedad privada, para dar nacimiento a la nueva sociedad diferente a la capitalista en la que los medios de producción serán de todos y de nadie en particular. Esa nueva sociedad será el socialismo.

Estas cuestiones no son abstracciones, no son difusas apelaciones morales. Cuando hablamos de la movilización de los trabajadores, hablamos en realidad del único camino para emanciparnos de la explotación capitalista y hablamos –al mismo tiempo- de la unidad de todos los sectores en lucha sin ningún tipo de sectarismos, porque es la propia lucha la viga maestra de nuestro accionar y la medida de validez de nuestra política.

Preparar la Marcha del 26 de marzo es un paso en esta tarea y es también una responsabilidad para con nuestra clase, para con nuestros padres y abuelos, para con nuestros hijos. Las banderas revolucionarias sólo pueden alzarse y tener significado, en cuanto se pongan al servicio de las luchas. En torno a estas banderas hemos de organizarnos como partido revolucionario y habremos de construir nuestro programa, la teoría de la revolución socialista en Chile. Las tareas son enormes, se aclara el horizonte.

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