EN DEFENSA DEL PLAGIO

por Juan García Brun

 

La autoría es uno de los fetiches que con mayor intensidad caracteriza al arte bajo el capitalismo. La idea de la obra como propiedad “intelectual”, en el sentido burgués, mercantil, es algo que sólo aparece en el Renacimiento y es expresivo del aburguesamiento de la sociedad europea, acompañando el lento acceso al poder de los propietarios de los medios de producción. Jurídicamente la propiedad comienza a ejercerse sobre derechos, en este caso los de autoría.

 

Los mecenas florentinos, por ejemplo, desempeñaron –guardando las debidas distancias- el mismo papel que en la actualidad desempeñan las fundaciones y ministerios, como el CNCA, como formadores y “productores” de arte. A los Médici, a los Rockefeller y a los Ministerios modernos, los impulsaba e impulsa un instinto común: apropiarse de la producción artística y mercantilizarla. Hacer negocios con ella y ganar respetabilidad.

 

De alguna forma, en este sentido y bajo sacrosantas consideraciones “académicas”, la creación sin autor definido es considerada espúrea, ruin y sospechosa. El fetiche burgués consiste en objetivar la creación artística y vulgarizarla, como una condición necesaria para apropiarse de ella como mercancía. La única forma de materializar este proceso, que requiere de la incorporación de plusvalía al objeto, es individualizando al autor, catalogándolo, normando su producción.

 

Esta es la base productiva sobre la que descansa la gran “industria” de la propiedad intelectual. Este proceso condiciona la alienación del productor, del artista, quien es transformado en un bufón, en función del cual –y sólo bajo esa premisa- puede ser apreciada su creación.

 

La realidad es que Beethoven fue un gigante a pesar de su sordera, Schumann un romántico de primera magnitud a pesar de su locura, Baudelaire el padre del surrealismo a pesar de su ebriedad sempiterna, Van Gogh con o sin oreja un transformador de la pintura, Hendrix el creador de la guitarra eléctrica a pesar de las drogas que lo llevaron a la muerte. Pero el capitalismo, para reforzar el concepto de propiedad, quiere hacernos creer que lo importante son las anécdotas, las particularidades del creador, sus excentricidades. Sobre esa base una pintura de Van Gogh puede llegar a valer mil millones de dólares.

 

 

Con anterioridad y estamos seguros que en el futuro, la autoría de una obra sólo puede tener un valor histórico, epistemológico. En efecto, las más grandes creaciones literarias antigüedad fueron el fruto de la intervención colectiva de diversos creadores. Se habla por ejemplo de la tribu de los Homeros como responsable de la creación de la Ilíada y la Odisea, textos religiosos, gigantescas construcciones y esculturas eran el producto “anónimo” del trabajo social.

 

En ese sentido el plagio, en su dimensión expropiatoria pude hacer las veces de una anticipación del fin de la propiedad intelectual. El Adagio de Albinoni o Adagio en sol menor es una obra para orquesta de cuerdas y órgano en sol menor, compuesta en 1945 por el musicólogo italiano Remo Giazotto, constituye una formidable referencia de reivindicación del plagio como concepto liberador.

 

Publicado por primera vez en 1958 por la editorial Casa Ricordi, el editor lanzó como argumento de venta que el autor se había basado en unos fragmentos de un movimiento lento de una sonata a trío de Tomaso Albinoni presumiblemente encontrados en las ruinas de la Biblioteca de Dresden, tras los bombardeos de la ciudad acaecidos en la Segunda Guerra Mundial, pero nunca se ha encontrado una prueba seria de la existencia de tales fragmentos; por el contrario, la «Staatsbibliothek Dresden» ha desmentido formalmente tenerlas en su colección de partituras.

 

El fragmento supuestamente encontrado sólo disponía del pentagrama del bajo y de seis compases de la melodía, y se supone que era el movimiento lento de una sonata de trío. Giazotto compuso pues el famoso Adagio en 1945 y fue publicado por primera vez en 1958.

 

Se trata de una composición extraordinariamente popular, utilizada en muchas películas, inolvidable en El Proceso de Orson Wells. Utilizada también como base de canciones de Sarah Brigthman, Camilo Sesto e incluso Tormenta.

 

La completa disociación entre la creación artística y su autor es una condición necesaria para la liberación del arte de las garras del capital.

 

Lo que escuchamos en este enlace es la magnífica versión de Karajan y de los músicos de la orquesta que dirige, por supuesto.

 

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