La Clase Media y la Revolución Socialista

por Gustavo Burgos

 

El jueves pasado, en su temperado estilo oficialista, The Clinic, el portavoz de la pequeña burguesía educada, visualiza la perspectiva del fascismo. “Furia y fascismo”, anticipa la editorial, son los elementos que erosionan el diálogo político republicano y preparan el terreno para liderazgos antidemocráticos. Con su impotencia proverbial nos propone la necesidad de que “todos juntos” podamos superar este momento.

En una columna también del jueves pasado, el crítico Daniel Matamala (CNN) lamenta el reconocimiento que por distintas vías están recibiendo los Angelini, Ponce Lerou y Antonio Moreno (el Canciller de Bancard), por parte de los grandes organismos empresariales, a pesar de que estos mismos señores están implicados en casos de financiamiento ilegal de la política, y que tienen formalizadas  investigaciones criminales en contra de sus principales empresas (CORPESCA, SQM, PENTA) y ejecutivos, en un proceso que de conjunto ha sacudido al régimen y ha puesto el prestigio de la institucionalidad burguesa por los suelos.

Matamala y el Clinic –en sus particulares estilos-  coinciden en reprochar la inmoralidad y apelan al civismo republicano que –imaginan- en algún momento de la historia del país habría caracterizado al Estado chileno. En la misma línea se inscribe Camila Vallejo censurando a los ambientalistas detractores de Andrónico Luksic quienes, a la salida de una audiencia judicial lanzaron una piedra que golpeó al oligarca. “Estas no son las formas adecuadas en democracia”, aseguró.

No es el ambiente navideño y de fin de año. La moralidad, desde hace ya un tiempo, se ha tomado la escena política. En las elecciones del 99 un esperpéntico Frei Bolívar planteaba “reencantar” la política. Con diversas ópticas estos sectores expresan genuinamente sus aprehensiones. En efecto, la intelectualidad, la clase media acomodada, la pequeñaburguesía atenazadas –como están- por el conflicto entre las clases fundamentales en toda sociedad capitalista –la burguesía y el proletariado- cuando el orden social empieza a crujir corren a refugiarse en las madrigueras (cuando no en las cavernas) de la ética y la moral.

El viernes pasado, en una incomprensible y vergonzosa capitulación (que preferimos atribuir a senilidad) el cura Mariano Puga prestó su nombre como luchador antidictatorial para legitimar el acto de “perdón” que los gorilas de Punta Peuco realizoron, con la calculada finalidad de abrir una puerta para la impunidad, la misma que usara exitosamente dos veces Pinochet en Inglaterra y luego en Chile: las consabidas razones humanitarias fundadas en la demencia senil de los genocidas.

Sobre este punto, al contundente rechazo que esta iniciativa ha merecido por los organismos de DDHH, sólo podemos agregar dos observaciones. Sepan estos católicos asesinos, si de verdad quieren honrar la lúgubre institución en cuyas letrinas hoy se amontonan, que deben cumplir su condena íntegramente, no hay otro acto de reparación posible. Segundo, si fueron incapaces de tomar un arma en defensa de la patria, tengan el mínimo decoro de morir en silencio tras las rejas. Si lo que buscan es redimirse, así lo habrán logrado. Pero sabemos que nada de eso les interesa ni a quienes penosamente ofician de sacerdotes ni a los grotescos arrepentidos: su búsqueda es la impunidad, no otra cosa.

Todos estos devaneos morales son la expresión más clara de la enorme influencia que ejerce en nuestro país, la llamada clase media o pequeña burguesía. ¿Por qué se expresa de este modo la pequeñaburguesía?. Intentaremos dar respuesta a esta pregunta.

Siendo claro que es clase social aquél sector de a sociedad que se define por su común relación con la propiedad de los medios de producción, es sabido que Marx dejó al menos inconclusa su teoría sobre las clases sociales. Pero el ulterior desarrollo del marxismo, en particular el producido por la Revolución Rusa, permitió establecer que siendo las clases fundamentales en el capitalismo, la burguesía y el proletariado, la lucha de revolución y contrarrevolución se desenvuelve en gran medida por la capacidad que tengan estas clases de arrastrar al conjunto de las restantes clases sociales bajo su liderazgo. El concepto de dictadura del proletariado y su expresión popular, el gobierno obrero-campesino, encarnan la idea de que en países atrasados el proletariado ha de arrastrar a la mayoría nacional no proletaria, bajo su liderazgo.

En efecto, la democracia burguesa representativa es la forma más elevada y sofisticada que ha desarrollado la burguesía para ejercer su dominación, como minoría explotadora sobre el conjunto de la sociedad. A través de ella, de la fantasía que bajo su dominación los hombres somos “libres e iguales en dignidad y derechos” y de la intangible propiedad privada de los medios de producción, la burguesía crea la apariencia de un pacto social, de un ordenamiento jurídico en tanto sistema de derechos. De esta forma todo el debate político en una república burguesa, por lo mismo, se reduce a la disputa de las distintas facciones políticas que compiten por preservar y legitimar este orden social. Sobre este tema los posmodernistas han escrito bibliotecas, desde Foucault hasta Byung-Chul Han.

Por el contrario, el proletariado, privado del poder, no dispone ni del parlamento, ni de los medios de comunicación ni de las campañas electorales para expresarse políticamente. Sin embargo, en cada movilización de masas, en cada huelga, en cada lucha callejera estamos presenciando –de forma directa- la capacidad de las masas explotadas para imponerse en la arena política. Aún sin su propio partido revolucionario, aún sin las armas en las manos, los trabajadores no enseñan, con sus métodos de acción directa cuál es el camino para la emancipación social de la explotación y el capitalismo.

Como anticipábamos, en países de capitalismo atrasado y sometido semicolonialmente, el incipiente desarrollo de las fuerzas productivas –como ocurre en Chile, en toda América Latina y ocurrió en la Rusia zarista- condiciona que el proletariado trabajador sea una minoría. Esta condición minoritaria del proletariado lo obliga –si realmente quiere acceder al poder- a erigirse como caudillo de la nación oprimida. Esto significa que la clase obrera, el proletariado, la masa de trabajadores asalariados, han de alzar no sólo las banderas del socialismo, sino que además todas aquellas reivindicaciones democráticas que la burguesía criolla ha sido incapaz de cumplir, desde que se frustrara el desarrollo capitalista en la guerra de Independencia de la Corona española.

Esto supone que la revolución chilena será proletaria en sus métodos (insurrecional) y socialista y democrática por su contenido, porque ha de apoyarse en la inmensa masa de explotados del campo y la ciudad que forman la heterogénea pequeñaburguesía en sus más diversas formas desde campesinos, pescadores, pequeños comerciantes, hasta profesionales independientes e intelectuales. Este enorme conglomerado social –no asalariado- junto a la moderna clase media urbana y a las nacionalidades originarias oprimidas, conforman un mosaico de colosal amplitud que da cuerpo a la mayoría nacional en cuyo liderazgo debe empeñarse el proletariado y quienes aspiramos a la revolución, los auténticos socialistas.

Este choque sordo, irreconciliable, entre burguesía y proletariado constituye el pulso de la lucha de clases. En torno a los movimientos de estas clases girarán las clases restantes dependiendo de la capacidad de liderazgo que aquellas desplieguen. En períodos como los últimos 25 años, de estabilidad institucional, este liderazgo lo ha ejercido la burguesía casi sin contrapeso por la vía de la democracia burguesa, potenciado por el entorno internacional y logrando la disciplina de la pequeñaburguesía. En períodos revolucionarios la pequeñaburguesía se quiebra y tiende a adoptar posturas extremas, buscando que la tormenta social los encuentre a buen resguardo. Es lo explica la polarización social y la radicalización de derecha e izquierda que se observó en Chile desde los 60 hasta el Golpe del 73.

La radicalización o polarización guarda estrecha relación con la impotencia de la pequeñaburguesía o clase media, es su única forma de sobrevivir en medio de la tormenta social y es lo que da cuerpo a su tragedia política. La clase media -aún cuando sea umbilicalmente- se encuentra conectada con la gran burguesía a través de su pequeña propiedad que teme perder en las garras de los bancos o de los obreros movilizados, esto lo vuelca hacia el fascismo. Por otro lado, los sectores intelectuales de esta clase media, tienden a verificar sus aspiraciones de libertad y de igualdad de la mano de la lucha de los trabajadores.

De esta forma la pequeñaburguesía se conecta con la revolución. Estamos mal acostumbrados a escuchar esta categoría política y traducirla como un agravio. No es así, cuando hablamos de la pequeñaburguesía hablamos de una clase social con cuerpo histórico y rasgos distintivos cuya conducta política es perfectamente discernible de la de la burguesía o de la del proletariado. Cuando no se es dueño de los medios de producción como la burguesía, ni cuando se produce social y colectivamente como hace el proletariado, lo único que queda al pequeñoburgués, repetimos no es un anatema, es la idea, sus propias ideas, su moral.

Francisco Bilbao, el célebre romántico de la Sociedad de la Igualdad, masón y latinoamericanista, en 1856, al presentar su Iniciativa de la América del Sur, una  especie de Junta de Coordinación Revolucionaria de la época, califica  “este momento sagrado de la historia, por medio de la iniciación que nosotros emprendemos para que se manifieste la creación moral del nuevo continente”. Edwards Bello, cronista, poeta e incisivo cronista, dedicó toda su extensa y diversa obra a poner de relieve la decadencia de la moral y las costumbres en nuestro país. Sus textos pueden ser leídos hoy y, si cambiamos algunos nombres y fechas, serían de una actualidad y pertinencia totales en el debate político de hoy.

No queremos extendernos más en este punto, pero la formación del Partido Radical, del Partido Demócrata, el discurso de los propios Frentes Populares, la actividad de buena parte de nuestros intelectuales, desde hace más de un siglo viene planteando las mismas ideas: que el país está en decadencia, que la democracia no es participativa, que el ordenamiento jurídico legitima la inequidad y que los problemas sociales se resuelven con mejor educación y mayor participación democrática. Es el mismo discurso que escuchamos hoy desde distintas trincheras como Revolución Democrática o los autonomistas y que –obviamente- se nos presenta como un discurso innovador, juvenil, extra sistema etc.

A modo de conclusión

Compañeros, la unidad de la izquierda pasa por el esclarecimiento de estas cuestiones. Quienes nos reclamamos de izquierda, militantes de la revolución socialista y de la clase trabajadora, debemos dejar en claro que la reivindicación del socialismo importa la destrucción del Estado burgués, la expropiación de la burguesía y la instauración de un régimen de poder asentado en los órganos de poder de las masas, una auténtica democracia obrera. Mientras subsista el Estado burgués, aún pletórico de derechos económico sociales, será siempre una organización criminal al servicio de la minoría explotadora; por más extensa que se nos presente la democracia burguesa representativa, será siempre un instrumento de legitimación de la dictadura del gran capital sobre  la mayoría nacional. Esta es la lucha en que ha de inscribirse la clase media pues no tiene un camino propio. Es revolución o contrarrevolución.

Los graves problemas sociales que arrastran a nuestra sociedad al abismo de la barbarie no serán resueltos en la arena institucional o electoral. Ni aún la más espléndida de las Asambleas Constituyentes será capaz de conjurar el ímpetu contrarrevolucionario de la burguesía.

Las masas ya nos han marcado el camino. El multitudinario movimiento de trabajadores que se han en encolumnado tras la consigna de NO+AFP, han abierto una brecha, una trinchera de lucha contra el corazón del aparato financiero del gran capital. En efecto, la simple reivindicación de un sistema de seguridad social –que en Chile no existe- ha puesto en jaque a los poderosos y cuestiona las bases en las que se ha sustentado la reproducción ampliada del capital desde 1981.

Ayer lo fue la Educación Gratuita. Mañana lo será la Salud Pública o el Derecho a la Vivienda. Todas y cada una de estas elementales reivindicaciones, si son sostenidas consecuentemente, serán suficiente para poner en entredicho la dominación capitalista. Nos van a responder, llorando como Luksic, que no se puede, que es irracional, que más adelante. La respuesta socialista es clara: no hay más tiempo, si no pueden garantizar las elementales condiciones de vida de sus esclavos, los explotadores deben ser expulsados del poder. Así de simple, se van del poder al basurero de la historia con su parlamento, tribunales y con su Constitución y principios democráticos.

Si los trabajadores no toman el poder en Chile, nuestro país estará condenado a la miseria y al fascismo. Se es yunque o se es martillo. Para dar esta lucha debemos construir nuestro propio partido revolucionario, un verdadero partido socialista, el partido de la revolución socialista.

(Ilustración: La caída de los ángeles rebeldes es un óleo del pintor renacentista flamenco-holandés Pieter Brueghel el Viejo, realizado en 1562.)

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