EL MISTERIO DE LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE

por Gustavo Burgos//

El misterio como tal, es un instrumento de civilización. Etimológicamente, aunque no está del todo despejado, proviene del griego y está ligado al acto de cerrar de ojos y murmurar. El reconocimiento de lo misterioso parece entonces, desde la antigua Grecia, al “decir” sobre algo que no puede conocerse o –lo que es lo mismo- se encuentra reservado para los iniciados, otro de los conceptos ligados a la etimología del misterio.

En efecto, el pensamiento religioso y particularmente el judeocristiano, descansa sobre bases conceptuales también misteriosas, algunas absurdas como la idea de la trinidad y otras sobrecogedoras como el de la transubstanciación. Más adelante, en el desarrollo del pensamiento burgués, que es el de la subjetividad, Kant teoriza sobre la incapacidad humana del conocimiento de lo real, de lo que él llama “la cosa en sí” y reduce el conocimiento al formalismo, al fenómeno que el individuo puede percibir, tras cuyos muros se encuentra aquello que es.

Lo característico de la noción de misterio –por lo tanto- es la idea de que existe algo en la realidad, algo con vida propia, relevante para nuestra existencia, que no somos capaces de conocer. Freud llama a esto el inconsciente, el “ello”, el mundo ingobernable de los instintos.

Traemos a colación la idea del misterio y de la impotencia, porque parece expresivo de uno de los conceptos políticos más utilizados en la actualidad, el de Asamblea Constituyente. En ella parecen confluir todos los miedos de la pequeñaburguesía frente al capitalismo, transformándose a estas alturas en la piedra filosofal, el Santo Grial de quienes aspiran a cambios sociales por vías pacíficas.

La Asamblea Constituyente es un concepto en extremo utilizado hoy en día. Desde trincheras opuestas y contiguas, haciéndose su contenido indiscernible y por tanto, a estas alturas, misterioso. Desde los sectores liberal democráticos de la Nueva Mayoría, aquellos comprometidos con el cumplimiento del programa bacheletista -aún atemperado con el penoso mote de “Proceso Constituyente” como Atria y Martner- se pontifica sobre la capacidad de este instrumento político para conjurar las injusticias del capitalismo y tornarlo en uno participativo, “social” y de rostro humano. Pastan en estos parajes, más por oportunismo que por convicción, diversos sectores de lo que fuera el Foro de Sao Paulo y el PC.

Para este sector, la preocupación fundamental es la preservación de la institucionalidad por la vía de su legitimación. Los defensores del “proceso constituyente”, reclaman la participación ciudadana, desafían a quienes se abstienen y son muy cuidadosos a la hora de aclarar de que por esta vía no se atentará en contra de la propiedad privada y muy por el contrario, se afirmará la seguridad jurídica mediante un nuevo pacto social.

El propio Martner subraya esta idea indicando explícitamente que “La nueva Constitución no debe consagrar ningún modelo económico-social particular –que debe ser materia de deliberación periódica y ser definido en el ámbito de la ley y de la gestión pública- y en cambio debe consagrar un Estado democrático y social de derecho, en el que los derechos básicos y las libertades fundamentales sean considerados inherentes a todos los seres humanos, inalienables y aplicables en igual medida a todas las personas, en concordancia con la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948” (El Mostrador, 13.11.16) Bachelet también lo anunciaba: “daremos inicio al Proceso Constituyente abierto a la ciudadanía, a través de diálogos, debates, consultas y cabildos, que deberá desembocar en la Nueva Carta Fundamental, plenamente democrática y ciudadana, que todos nos merecemos”.(La Tercera, 28 de abril de 2015)

Sin embargo, existe otra concepción de la Asamblea Constituyente, que supera la versión “legitimadora” de los liberales, es la versión “revolucionaria”. Mediante ella se busca significar la revolución y la ruptura con el régimen capitalista y el imperialismo. Esta es una concepción en extremo desarrollada en grupos centristas del trotskismo como el PTR, stalinistas como el PC-AP, Igualdad, por mencionar a aquellos que han hecho un mayor desarrollo de esta política.

En Clase contra Clase (PTR), en abril de 2014 podemos leer: “una asamblea constituyente libre y soberana basada en la movilización para terminar con todas las herencias de la dictadura, en el camino de un Gobierno de los trabajadores y el pueblo basado en sus organismos de auto-organización”. A su turno, el PC-AP nos propone una

Asamblea Constituyente Auto-convocada construida desde las demandas concretas de los trabajadores y pueblos de Chile,paso necesario para un Estado, para un Estado Independiente, Democrático Popular y Socialista”.

Se trata, esta versión “revolucionaria” de la Constituyente, del opuesto a la concepción “legitimadora” liberal-socialdemócrata. Desde esta perspectiva, lo central es que la Asamblea Constituyente se autoconvoca y se conforma, apoyándose en los órganos de masas, sustentándose en la movilización, con independencia de la institucionalidad del régimen. En largos pasajes, estos grupos refieren la necesidad de barrer con el régimen pinochetista mediante este expediente.

Nos permitimos disentir de ambas concepciones. La concepción burguesa, “legitimadora” que impulsan sectores de la NM, que se plantea inclusive en una versión erosionada como “proceso constituyente”, enuncia por sí misma su carácter conservador del régimen y neutralizador de la lucha democrática. En realidad esa versión de la Asamblea Constituyente, en boca de sus sostenedores y parafraseando al propio Atria, es una trampa, una política tramposa, porque se persigue encauzar el reclamo democrático y estirilizarlo de forma de preservar los intereses que se afirman en la gran propiedad de los medios de producción. Resulta autoevidente, no merece mayor análisis.

Pero es en su versión de izquierda, como decíamos “revolucionaria”, en la que es necesario detenerse porque en su confusión impide ver con claridad la mecánica de clase que subyace a esta Constituyente. En efecto, sus defensores, nos presentan a la Asamblea Constituyente, autoconvocada, sustentada en la movilización, revolucionaria, como un órgano extraño al Estado burgués y que por lo mismo procedería a ejecutar las tareas democráticas, nacionales y socialistas que Chile requiere para terminar con el capitalismo, valiéndose de su propia institucionalidad.

Para ellos entonces, la Constituyente sería un sucedáneo de la toma del poder, en los mismos términos que el gobierno de la Unidad Popular se presentaba a sí mismo, como una etapa del proceso revolucionario, una etapa institucional en un camino pacífico al socialismo, el que tenía por especificidad la vía electoral. Esto último es lo que hace inviable la Constituyente revolucionaria, su ambigüedad de clase y su carácter frentepopulista.

Sostenemos esto porque la Asamblea Constituyente es un instrumento en la lucha revolucionaria de primera magnitud, a condición de que se utilice para fortalecer la lucha de clases, afirmar la identidad política de los explotados y permita a éstos superar sus ilusiones en la democracia burguesa. Los bolcheviques se valieron de esta consigna hasta el final y sólo la dieron por agotada una vez que los explotados se habían afirmado en el poder mediante los soviets o concejos (asambleas con poder resolutivo), porque entendían que la Asamblea Constituyente es, en esencia, un parlamento burgués, elegido por sufragio universal y que se convoca para “decir”, no para ejecutar medidas ni transformaciones sociales.

Sostenían esto por cuanto toda Asamblea Constituyente se reduce a un acto electoral en que se eligen representantes o diputados, quienes discutirán y votarán el régimen legal, constitutivo del Estado burgués. Vale decir, la Constituyente ayuda a los trabajadores a superar sus ilusiones en la democracia burguesa, le permite a los explotados desprenderse de su condición subordinada a la institucionalidad patronal.

No hacemos acá un alegato terminológico o doctrinario. No se trata de eso. De lo que se trata es de darle a la Asamblea Constituyente el sentido que las masas y el proceso social le han dado, en Chile y el mundo, a esta instancia. El incisivo historiador Sergio Grez, nos recuerda en un interesante trabajo sobre la desconocida “Asamblea Constituyente de Asalariados e Intelectuales de Chile” en 1925 -que se desarrolla en paralelo por la FOCH y el PC a la Asamblea oficial de Alessandri (de esta última surge plebiscitariamente la Constitución del 25)- que aquella Asamblea se autoconvocó y sesionó con la expresa voluntad de materializar sus acuerdos. En la misma concurrieron lo más granado de esa gloriosa generación que nos diera a Recabarren. Lo interesante es que habiendo concurrido y representado formidables organizaciones como la FOCH y el naciente Partido Comunista, apoyada en poderosas movilizaciones, la misma no tuvo ninguna significación. Alessandri hizo su Constituyente, aprobó su Constitución y la gesta –también llamada Constituyente Chica- pareció olvidada especialmente por los historiadores de izquierda.

Creemos que la Constituyente Chica, es un modelo de Asamblea “revolucionaria”. Es un modelo y lo revela su propio desarrollo: organizar a los trabajadores, autoconvocarlos, movilizarlos, para votar leyes que modifiquen el Estado burgués, deviene invariablemente en intrascendencia. Resulta intrascendente para los trabajadores –y los chilenos lo aprendimos trágicamente el 73- plantearse transformaciones sociales por medio de la vía institucional, y esto último es lo esencial de la variante “revolucionaria” de la Constituyente.

No puede colegirse de lo indicado que estamos con esto renegando de la lucha parlamentaria y del combate por las reformas. Muy por el contrario, es necesario ir al parlamento burgués, es necesario desplegar lucha por las reformas, pero esta lucha debe orientarse a la superación de las ilusiones democráticas y –como hemos dicho- a afirmar la identidad de clase de los explotados frente a los patrones, en definitiva a la construcción del partido revolucionario, la dirección política de los explotados.

En ese sentido, la Asamblea Constituyente sólo puede plantearse en esta vía, con la finalidad de contribuir al proceso revolucionario superando toda forma de pacifismo y electoralismo, por ese camino no se va al socialismo. En este proceso son los propios trabajadores los que irán construyendo su propia democracia, la que ejercen en sus órganos de lucha, la que proviene de las asambleas y aquella que se desarrolla con la explícita voluntad de construir el poder obrero contra el poder burgués. A esto los rusos llamaron “poder soviético” (asambleario, de concejo).

Este proceso se verifica como acción directa, como lucha de clases, como enfrentamiento directo entre trabajadores y patrones. La victoria obrera es –desde esta perspectiva- la única garantía de democracia efectiva, de libertad y autodeterminación nacional. De esto hablamos cuando hablamos de Asamblea Constituyente, siendo este un debate fundamental a estas horas en que la formación de una nueva dirección de izquierda y los trabajadores, en buena forma, se resolverá en la medida de que tengamos capacidad de dar respuesta a los problemas democráticos que están hoy en juego en el país.

Invitamos, en este sentido, a la izquierda que defiende la autorganización obrera a plantearla en términos de poder, no en términos de Asamblea Constituyente. Un ejemplo desastroso de los efectos de esta política se vivió en Argentina el 2001: el régimen en el suelo, el Congreso cercado por las masas, el surgimiento de asambleas en barrios, fábricas y lugares de trabajo. La izquierda fue incapaz de articular una política de poder y en un acto penoso se limitó a pedir la convocatoria a una Constituyente.

A todos estos problemas aludimos cuando hablamos del misterio que nos plantea la Asamblea Constituyente. Para terminar, parece oportuno citar a Trotsky, junto a Lenin, uno de los forjadores de la primera revolución obrera triunfante de la historia. El revolucionario ruso, en polémica con la burocracia stalinista en 1930, sostiene que: “Es un hecho histórico plenamente establecido y absolutamente indiscutible que en septiembre, octubre y noviembre de 1917, en virtud de una serie de condiciones particulares, la clase obrera de las ciudades, los soldados y los campesinos de Rusia estaban preparados de un modo excepcional para aceptar el régimen soviético y disolver el Parlamento burgués más democrático. Y pese a ello, los bolcheviques no boicotearon la Asamblea Constituyente, sino que participaron en las elecciones, tanto antes como después de la conquista del poder político por el proletariado… …incluso unas semanas antes de la victoria de la República Soviética, e incluso después de esta victoria, la participación en un Parlamento democrático burgués, lejos de perjudicar al proletariado revolucionario, le permite demostrar con mayor facilidad a las masas atrasadas por qué semejantes parlamentos merecen ser disueltos, facilita el éxito de su disolución, facilita “la caducidad política” del parlamentarismo burgués.

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